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Justo Fernández
Víctor Sánchez
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Autores:
Justo Fernández • Víctor Sánchez
Prólogo
Laura A. Esteban
Maquetación y Diseño:
Alfredo Pavón Moreno
ISBN: 978-84947982-6-9
Depósito legal: CC-000398-2017
[Link]
Cáceres, 2018
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total
ni parcialmente sin el permiso previo de los titulares de los derechos
de propiedad intelectual.
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A nuestras/os hijas/os Ana, Miguel y Manuel.
A la Asociación Círculos de Hombres.
A vosotras.
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Prólogo
De los secretos al grito de rebeldía.
A ntes de introduciros en lo que yo me encontré en
Diálogos Masculinos, La masculinidad tarada, me gusta-
ría agradecer a Justo y a Víctor la oportunidad que me
han dado de poder introducirme en su introspección, en
sus vivencias, en su sentir, en su metamorfosis, en todos
sus ángeles y demonios.
Me habéis cambiado, afortunadamente.
He crecido un poco más gracias a vosotros.
Diálogos masculinos es eso; es cambio, es reciclaje, es ob-
servación afuera y adentro.
Es la revolución del ser.
Es querer sentarse a hablar con el humilde gesto de com-
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Diálogos Masculinos
partir la basta, cruda, y otras veces concienzuda viven-
cia de aquel que nace hombre en esta, nuestra sociedad.
Pero también el bello florecer de quien se proclama final-
mente el hombre que hoy quiere ser.
El rol que viene cumpliendo hasta ahora, lo que ellos y
ellas de verdad han demandado de ellos por el hecho de
ser ellos. Y claro, sin poder evitarlo, la gran cuestión del
millón: ¿Qué consecuencias ha podido tener esto para
ellas? ¿Y para ellos? ¿Qué nos supone?
Sí, puedes llegar a sentir odio, puedes buscar en todos
los archivos de biólogía que tu lógica y saber te permitan
para seguir justificando o, por el contrario, emprender el
viaje al cambio.
Puedes ver con la sencillez que un instinto nos acecha o
puedes ver lo rebuscado y enrevesado que se puede vol-
ver el cuestionarse quién realmente se quiere ser y cuán
inherente nos ha pesado, y nos pesa, la identidad de gé-
nero, aquella que empieza a tomar forma monstruosa
por la entidad de lo que nos acarrea.
No es apto para fronteras ni para banderas, no es apto
para miedosos/as.
Y saliéndonos entonces de las etiquetas y las impresio-
nes, de las definiciones y de las expectativas, Diálogos
es eso, un conjunto de conversaciones que en cualquier
caso nos dan la oportunidad de entrar en ese diálogo.
Puede que entres, cojas la silla y te marees, puede que
permanezcas ahí impasible, escuchando todo lo que dos
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Prólogo
hombres se han sentado a decirse como un mero espec-
tador que visita un espectáculo de drama, puede que te
entristezca, que te toque la fibra, que te devuelva la ilu-
sión, que te haga engradecerte, perdonarte, soltar, em-
patizar y, por fin, amar.
Abrazar quien fuiste, a quien fue tu padre, tu abuelo, tu
hermano, aquel que te maltrató, te discriminó, te hirió
en lo más profundo o te rescató de las profundidades
y ejerció en calidad de humano el don de acudir y es-
tar presente. Desde el respeto, desde el afecto, desde la
comprensión.
Para que, cuando se cierre el telón, cierres capítulo, libro,
episodio y elijas.
Elecciones tenemos, elecciones ejercemos.
Creamos lo que creemos, somos lo que pensamos, y to-
dos sabemos que somos parte del problema, así que, sí,
también somos parte de la solución.
El ser humano es un tarado, un tierno, un impulsivo,
un romántico, un protector, un luchador. Es tanto que,
por eso, afortunadamente, es efímero, y por tanto, solo
le salva «el consciente», palabra de moda que deberia-
mos llevar a la acción de una vez por todas: usar ese
personaje, «el consciente», siempre que nos arrastre la
intolerancia, la violencia y la ausencia de diálogo, ya sea
hacia dentro o hacia fuera.
Te pido por último, mujer, hombre que estás leyendo
esto, que por favor, te concedas la oportunidad de ser
un audaz participante en este diálogo. Te prometo que
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Diálogos Masculinos
el cambio está llegando, pues quien se abre, recibe, y tú
estás abriendo el siguiente capítulo de tu próximo libro.
Te lo aseguro.
Gracias por venir, acomódate y siente.
Te estábamos esperando.
Laura A. Esteban.
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Víctor Sánchez
Justo Fernández
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Presentación
Y será diálogo, que no debate.
M i íntimo amigo Víctor Sánchez y yo, Justo Fer-
nández, somos dos seres humanos bien diferentes: dis-
tinta edad, procedencia e historia personal, distinta pro-
fesión, bien distinto carácter, distintas creencias —si es
que tenemos alguna—, colores ideológicos en la misma
escala cromática, pero con matices que se distinguen fá-
cilmente… Y así, en el territorio enumerativo de lo exter-
no, de la superficie, podríamos seguir indefinidamente
sin encontrar similitudes relevantes. Sin embargo, es en
lo esencial y sencillo, en lo vital, en la vastedad y profun-
didad interior, donde aparece el encuentro en comunión
entre nosotros. Es en lo esencial donde nos miramos re-
conociéndonos: los dos somos hombres y los dos somos
padres. Sí, los dos somos Hombres Padres. Unimos ex-
profeso las dos palabras, como ya hicimos al titular un
libro anterior, por lo intrínseco de las dos esencias que
se funden entre ellas una vez que, como es nuestro caso,
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Diálogos Masculinos
la masculinidad ha tomado rumbo también a través del
territorio de la paternidad.
No es solo el hecho de sentir estas dos esencias en nues-
tro interior lo que nos ha unido de una forma inopina-
da a lo largo de estos dos últimos años. Es la vocación
vital de explorar la profundidad de esos sentires, de
vivenciar y aflorar sus sabores —agrios y dulces—, de
buscar sus significados, de encontrarnos cara a cara con
nuestra oscuridad y nuestros condicionamientos, lo que
ha convertido la inicial unión estática en un dinámico
viaje personal y experiencial. Es la vocación de tomar
conciencia. Y en este viaje, hace tiempo que caminamos
juntos. Víctor y yo somos compañeros de viaje.
La motivación de la transformación a través de la bús-
queda de quiénes somos realmente como Hombres, el
ansia de ser y sentirnos libres, el derecho a liberarnos de
modelos masculinos autoimpuestos —y por imposición
de otros—, el Amor incondicional que surge de una pa-
ternidad sin molde, la responsabilidad de no transmitir
a nuestros hijos los hechizos malditos de una masculi-
nidad y una paternidad taradas, el profundo dolor de
un pasado y un presente masculinos de puños cerrados,
tantas veces origen de sufrimientos infringidos, la es-
peranza de poder ser arte y parte de un mundo nuevo,
pleno de igualdad y libre de violencia, con las manos
abiertas, tendidas hacia ellas… De todas estas fuentes
surge la energía inagotable y el arrojo para continuar
esta aventura sin final rumbo al encuentro de la mejor
versión de nosotros mismos.
Es en este contexto explorador que así me ha salido pre-
sentaros donde surge este ejercicio a modo de ensayo
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Presentación
al alimón que hemos titulado Diálogos Masculinos. A
lo largo de esta obra, Víctor y yo dialogaremos desde
el corazón sobre Masculinidad y Paternidad. Nuestro
compromiso ha sido sentir siempre lo que escribimos y
escribir lo que sentimos. Eso sí, sin orden ni concierto,
sin estructura previa, sin el dictado de creencias ni ideo-
logías, puro libre albedrío.
¿Será verdad que la Libertad del corazón no atiende a
ningún mandato o guion, ni propio ni ajeno? Nosotros
siempre lo hemos sospechado.
El formato de Diálogos Masculinos es sencillo: uno de los
dos escribe un texto y el otro, simplemente, hará lo pro-
pio, siguiendo el hilo o cambiando el tema. Y será diálo-
go, que no debate, porque escribir y describir lo que se
siente no tiene contrario.
Hacer este ejercicio a nosotros nos ha hecho bien. Solo
por eso ya ha servido para algo.
Ojalá a ti, querido lector, querida lectora, así mismo te
haga bien leer estos textos.
Tras esta breve presentación, iniciamos ahora nuestros
Diálogos Masculinos, arropados también por nuestra
Asociación, Círculos de Hombres, a la que Víctor y yo per-
tenecemos, un espacio tejido con la labor de muchos y a
la que así aportamos también lo nuestro.
Justo Fernández
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La sinceridad
masculina
Víctor
«… El tema por excelencia que, probablemente, ponga en valor o en
descrédito, el resto de asuntos que queramos tratar en este libro. Y no es
otra cosa, que la tan cuestionada y puesta siempre en entredicho, sinceridad
masculina...».
Justo
«… Sin honestidad no hay plenitud, ni libertad, ni acceso al Amor. Mi
deseo es que busquemos el vernos desnudos, vulnerables y sinceros. Todos so-
mos hermosos tal y como somos. No hace falta ningún fingimiento...».
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V íctor Sánchez:
L a verdad es que se me ocurrían unos cuantos te-
mas para empezar este nuevo proyecto en el que, queri-
do Justo, nos acabamos de embarcar.
Me temo que son tantos y tan importantes temas los que
desde nuestras respectivas masculinidades hemos ocul-
tado, mentido y manipulado de manera consciente o in-
consciente a lo largo de nuestras vidas, que cualquiera
de ellos hubiera sido igual de válido para empezar.
Tenemos tantos temas pendientes de los que hablar de
puertas hacia afuera —temas que no hemos compartido
o no hemos querido tratar en profundidad ni siquiera
con nosotros mismos—, que a priori, daba la impresión
que era difícil decidirse por uno u por otro.
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Diálogos Masculinos
O no.
A lo mejor ha sido extremadamente fácil elegir. Ha sido
una decisión que se ha producido de forma automática
y natural, porque sabemos que «está ahí», que es el tema
por el que deberíamos empezar, el origen de todas nues-
tras mentiras —masculinas—, el tema que, quizá, ponga
en valor o en descrédito el resto de temas que queramos/
podamos tratar en un futuro próximo en este libro, e in-
cluso que justifique o eche por tierra la existencia misma
de una iniciativa como esta.
Y no es otra cosa que la cuestionada y puesta siempre en
entredicho «sinceridad masculina».
Me explico:
Hay dos cosas por encima de todo que ODIO de los
hombres.
Sí. Has oído bien. He dicho «odio».
Podía haber sido más comedido, más agradable, más
suave, utilizando otros términos como «no me gusta»
o «no me agrada», pero no, he elegido conscientemente
esta palabra, «odio».
Sé que no es una palabra bonita ni agradable de escu-
char, y más cuando se supone que intentamos desterrar,
y trabajamos a diario para ello, la violencia de nuestras
vidas —algo también muy masculino—.
Pero hablando de sentimientos, de emociones, de reco-
pilación de experiencias vividas, cuando hablamos de
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La sinceridad masculina
ese pasado que necesariamente nos ha moldeado —no
siempre con nuestro permiso ni con nuestra aproba-
ción— de la manera tan perversa e influyente en que lo
ha hecho, sinceramente, cuando en muchos casos me re-
fiero y me referiré a situaciones y comportamientos de
otros hombres que han tenido la importancia que han
tenido en mi vida y que me han marcado tanto como lo
han hecho, no se me ocurre otra palabra más adecuada
y necesaria.
Y voy a tratar de explicar y desarrollar la elección de este
primer tema para este primer capítulo, para que todos y
todas sepamos realmente de lo que estamos hablando.
Uno de los escenarios en donde más se desarrolla la vio-
lencia entre hombres es el de una simple y llana conver-
sación entre iguales, entre pares.
Si eres hombre, o si eres mujer y has visto a hombres
comportarse de esta manera, sabrás bien de lo que estoy
hablando; hombres compartiendo conversación en una
mesa a la hora de la comida, en una reunión de traba-
jo, tomando unas cañas después de la jornada laboral
o, simple y llanamente, comentando las postrimerías de
cualquier partido de fútbol.
La poderosa sensación de competir y quedar siempre
por encima de los demás.
La irresistible sensación de querer llevar siempre la ra-
zón.
De tomar el turno de palabra en el momento oportuno.
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La inconfundible sensación de disfrutar aportando el ar-
gumento más brillante, el comentario más acertado, la
frase más adecuada en cada momento, la reflexión últi-
ma, el broche final…
Y, por supuesto, la sensación de superioridad sobre
aquel rival que no pasa el corte, que no llega al nivel
exigido, que no está a la altura de sus compañeros com-
petidores masculinos.
El lobo que no tiene ni la fuerza, la experiencia, ni el
arrojo suficiente para imponerse al macho alfa.
El gregario de lujo que, una vez puesto en su sitio, aga-
cha la cabeza y se ubica en el lugar del grupo que le co-
rresponde, cumpliendo la función que le corresponde.
Relegado rápidamente a un rol secundario.
Afianzando y consumiendo las consecuencias de su de-
rrota.
Pero todavía no hemos llegado al cuestionamiento de la
sinceridad masculina.
Solo hemos coqueteado con un aparente postureo en-
démico masculino que todos conocemos o hemos visto
practicar a nuestro alrededor en alguna ocasión, pero
que no representa como debe a nuestra realidad.
Vamos con otros ángulos de visión más amplios.
Segunda cosa que odio de los hombres que se compor-
tan de esa manera que acabo de relatar:
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La sinceridad masculina
Imaginaros que incorporamos, en cualquiera de los es-
cenarios que he descrito con anterioridad, la imagen o la
presencia de una mujer.
Analicemos cómo se comportan esos competidores mas-
culinos cuando les acercamos la figura de una mujer y
la introducimos en ese particular círculo de competitivi-
dad masculina.
Los gestos cambian.
Los rostros se transforman.
La violencia invisible o sutil presente en ámbitos mascu-
linos se transforma en una aparente amabilidad o mues-
tra de agrado permanente respecto a esa nueva pieza
que se incorpora al tablero de juego.
El mayor y más preciado botín o trofeo por el que los
hombres permanentemente compiten. La mujer.
Empieza el festival y la demostración de las aparentes
maravillas que se ven desde el escaparate de nuestras fa-
chadas y que, en contraposición a otras muchas facetas
nuestras personales que no queremos enseñar ni mos-
trar, en esta ocasión sí nos permitimos.
Se esconden nuestras más que evidentes debilidades,
nuestros temores, los miedos e inseguridades que nos
acompañan en cualquier esquina y los rincones más
oscuros de nuestras personalidades que no queremos
compartir con nadie, y menos con el bienaventurado ob-
jeto de deseo que ahora aparece a nuestro alcance.
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Diálogos Masculinos
No perdamos de vista el espacio o ubicación para el que
el hombre ha sido creado y forjado. El territorio de la
conquista. Y qué mejor escenario para la gran batalla
que una mujer en medio de la disputa de varios machos
de la manada que antes «coqueteaban» sacudiéndose
con los cuernos unos a otros, a ver quién demostraba
más fuerza y potencia.
Es en ese momento, cuando toma las riendas ese per-
sonaje, esa máscara que, por encima de nuestra verdad
—si es que alguna vez la mostramos o la llevamos con
nosotros—, busca el éxito, la presencia, la confianza, o el
triunfo por encima de todo, al precio que sea.
Porque cuando queremos, somos personas de conversa-
ciones interesantes y complejas, o al menos aparentamos
saber llegar hasta ellas para dar esa sensación.
Porque cuando lo necesitamos, mostramos nuestro lado
más sensible, que también lo tenemos, a pesar de lo que
digan, y a pesar de que, en según qué situaciones y esce-
narios, sea totalmente fingido.
Porque somos los hombres que a toda mujer, en un mo-
mento determinado, le podría gustar conocer.
Y necesitamos demostrarlo. Aquí. Y ahora.
Perfectos conquistadores entrenados duro durante mu-
chos años.
Perfeccionando nuestras cualidades innatas de género.
Con las que dicen hemos nacido.
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La sinceridad masculina
Somos los cazadores que salíamos a busca la pieza más
codiciada y los que soñábamos con volver triunfadores
al reconocimiento del resto de la tribu.
Nos han enseñado a reconocer el terreno. A seguir las
huellas. A olisquear las dificultades que se presenten
para tratar de vencerlas y superarlas, cueste lo que
cueste.
Y por encima de todo, si es necesario, sabemos mentir
cuando una mujer está presente.
¿Quién dijo una vez que «en el amor todo vale»?... Pues
eso mismo. Aunque no le llamemos ni de lejos «amor».
Porque sabemos que, si nos mostramos tal y como so-
mos, es más que probable que creamos que vamos a re-
cibir un rechazo frontal a nuestra aparente debilidad y
nuestra falta de sinceridad.
O por lo menos, eso es lo que nos han hecho creer duran-
te toda nuestra vida.
Pero… ¿Es eso verdad o es solo un constructo adquirido
a través de nuestras impuestas y dirigidas masculinida-
des? ¿De verdad nos han hecho creer que, si nos mostra-
mos ante las mujeres tal y como somos tenemos todas
las de perder? ¿De verdad seguimos pensando que las
mujeres todavía no nos han desenmascarado? ¿Está en
nuestro sino la ocultación emocional, vivir permanente-
mente en el engaño, o por el contrario es nuestro obliga-
do recurso para alcanzar el triunfo anhelado?
No voy a ser yo el que te resuelva esa pregunta.
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Yo ya tengo mi(s) respuesta(s)… Que no tienen por qué
ser la(s) misma(s) que la(s) tuya(s).
Creo que cada uno debería saber hasta qué punto llega
su sinceridad, su honestidad, su honradez personal, y
preguntarse, llegado este punto, cómo han sido de sin-
ceras sus relaciones con las mujeres, o incluso yendo un
poquito más allá, cómo hemos sido de sinceros y hones-
tos con nosotros mismos.
Y no me refiero única y estrictamente a nuestras parejas o
exparejas, que, a priori, parece que, cuando hablamos de
mujeres, es a ellas a quienes nos referimos únicamente.
Me refiero a las mujeres como género. A nuestras pare-
jas. Nuestras amigas. Nuestras compañeras de trabajo.
Nuestras familiares. Todas esas mujeres que inundan en
mayor o menor medida nuestras vidas, aunque no las
conozcamos.
Mírate al espejo y contéstate a la pregunta. No sé si
eres lo suficientemente honesto y sincero con los demás
hombres con los que compites, si eres lo suficientemente
honesto y sincero con las mujeres con las que tratas a
diario.
Porque lo que ahora te estoy pidiendo es un ejercicio de
honestidad, de sinceridad, contigo mismo.
De ser capaz de que lo que dices y lo que sientes se co-
rresponda.
Que no sean dos caras aparentemente diferentes de la
misma moneda.
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La sinceridad masculina
Que sientas tu propia seguridad y confianza en ti mismo.
Que estés en paz contigo mismo.
Que, al final, eso es de lo que se trata.
Que de sufrimiento ya hemos estado bien servidos en
nuestras vidas.
Ahora lo que toca es ser un poquito más honestos y sin-
ceros con nosotros mismos, porque solo así seremos ca-
paces de empezar a serlo con los demás, y lo que es más
importante, con las demás…
Porque con ellas, seguimos teniendo todavía muchas co-
sas sin resolver.
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J usto Fernández:
M i querido Víctor, hay una sentencia que, a lo largo
de mi pasada historia, vine oyendo de manera reiterada,
precisamente proveniente de boca de mujeres que me
amaron mucho, mujeres que formaron parte esencial de
mi vida —palabras que, por cierto, jamás me dijo nin-
gún hombre—: «Justo, tu problema es que te crees tus
propias mentiras».
Estas palabras, claras y precisas, este regalo que ellas me
hicieron, que muchas veces fueron precisamente su des-
pedida, eran oídas por mis orejas, pero en absoluto eran
escuchadas por mi conciencia. Tampoco llegaba su signi-
ficado a mi silenciado corazón. Además, ¿qué estupidez
era esa de que lo que yo expresaba de mí, la imagen que
yo quería transmitirles, lo que yo creía que yo era, lo que
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Diálogos Masculinos
yo argumentaba como mi verdad, en realidad era una
gran mentira? Simplemente ellas no podían entender a
alguien como yo. Mi madre, mis hermanas, mis novias,
mi esposa, mis amantes… No, ellas no entendían nada.
De esta forma naif era como me escondía de ellas y de
sus palabras.
Así transcurrió durante varias décadas mi biografía,
perseverante en el empeño de parecer un hombre preco-
cinado por mí mismo. Un hombre guion, a medida para
ellas. Un hombre máscara. Un hombre personaje. Un
hombre postura. Un hombre contractura. Un estresado
seductor que vendía fidelidad, infiel a sí mismo. Poco
me duraban mis conquistas….
Eso ocurría ante ellas. Pero, ¿y ante ellos? ¿Qué ocurría
ante otros hombres? Es fácil de contestar a esta pregunta
tras leer lo que tú has expresado —parecería que habla-
ras de mí mismo en esas reuniones masculinas—. Me
temo, mi querido Víctor, que tú «odiarías» verme en ac-
ción en esos encuentros entre hombres. Mi machoalfis-
mo se activaba de manera automática a través de una
conducta de «piñón fijo» más o menos sutil, pero im-
placable. Una forma de ser hombre entre hombres. El
primer paso era el estudio atento de los interlocutores y
la identificación de posibles rivales a batir en duelo dia-
léctico. Solo podía quedar uno y ese ansiado puesto se
lograba mediante el sometimiento de tus semejantes. A
falta de poder dar dentelladas, usaba como arma mi in-
teligencia técnica, el raciocinio, la lógica, la erudición, mi
vasta experiencia —que no dudaba en exagerar o inven-
tar—. Solo puede quedar uno. Admiradme, seguidme,
escuchadme, yo tengo razón, yo sé de lo que hablo, la
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La sinceridad masculina
idea es mía. O estás conmigo, o estás contra mí. Buscaré
tu debilidad y te humillaré, si es necesario. El fin justifi-
ca los medios. Yo soy líder. Yo soy eso. Sin mi razón, no
tengo nada. No hay espacio para el corazón, ni para el
estorbo de las emociones. Mandaba un solo hemisferio
en el intelecto y, sin él, me sentía muerto...
Puede parecer exagerado, pero yo así lo siento y lo escu-
cho como la banda sonora de gran parte de mi pasado.
Que las cosas fueron así no es una conclusión, es un sen-
timiento.
Así se va dejando tras tus pasos un reguero de víctimas,
ellas y ellos, además de recurrentes desencuentros. Afor-
tunadamente, no se puede estar toda una vida desconec-
tado de uno mismo. Antes o después ocurre el pequeño
milagro. Escuchas la sutil voz de tu corazón. Escuchas
tu otro hemisferio. Escuchas la Vida misma que, incan-
sable, te había estado diciendo: «Hombre, eso no eres tú,
estás fingiendo».
Gracias, Víctor, por haber abierto sin tapujos este im-
prescindible melón. Sin honestidad no hay plenitud, ni
libertad, ni acceso al Amor. Nosotros seguiremos vigi-
lantes, rascando capas y capas de esta máscara tras la
que tantas veces nos escondemos. Mi deseo es que bus-
quemos el vernos desnudos, vulnerables y sinceros. To-
dos somos hermosos tal y como somos. No hace falta
ningún fingimiento.
Te invito ahora a una próxima entrega, a un próximo
diálogo. Espérame, voy a buscar con el corazón, voy a
mirar dentro.
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El tamaño
de mi pene
Justo
«… : El aplauso lo confundes con el afecto. Pobre de ti si fracasas. Sin
sobresalientes resultados tu historia será mediocre, vulgar, sin sustancia, sin
fundamento. ¿Quién te va a querer a ti, pobre ser insuficiente?...».
Víctor
«… Así que, sí, desde bien pequeñito nos han inculcado que el tamaño
importa, y mucho. Sobre todo, lógicamente, si eres hombre en un mundo de
hombres...».
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J usto Fernández:
C uando yo era niño, no tardé mucho en apren-
der que era necesario caminar por esta vida apoya-
do en una vara de medir(te). Todo el mundo a mi al-
rededor tenía la suya. Y desde mi primer aliento ya
la utilizaban conmigo. La vara de medir iba siempre
acompañada, según el contexto, de las correspondien-
tes tablas comparativas: ranking de belleza exterior,
ranking de sensibilidad y bondad interior, ranking de
inteligencia, ranking de salud, ranking de habilidades
y fortaleza física… Poco a poco se va desarrollando en
tu interior el hábito de medir y comparar como resul-
tado de haber sido sistemáticamente medido y compa-
rado, bien con respecto a otros niños, o bien a ciertos
«modelos de niño» idealizados. Te comparan sin ex-
cepción todos los adultos que te rodean, empezando
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por los que te aman, que, al principio, son tu única
referencia.
Pronto descubres que este paradigma vital de identi-
dad extraída de la comparación y valoración de otros va
mucho más allá de tu amoroso hogar. La vara de medir
es intrínseca a la sociedad entera. El primer master en
comparativa lo hice en la escuela, cursando mis ochos
años de Educación General Básica —¡sí, yo fui a EGB!—.
El objetivo primordial de esta pedagogía era inocular
en tu ser una única visión piramidal de la vida. Arriba
y abajo. Arriba, un vértice superior y estrecho llamado
éxito, reservado a unos pocos, los buenos, los inteligen-
tes, los que merecen la pena. Abajo, una amplia base, un
espacio llamado mediocridad y fracaso poblado de seres
inferiores, débiles y pusilánimes, personas incapaces y
prescindibles. Este perverso sistema de domesticación
de personas funcionaba de manera increíblemente sen-
cilla. Un juez, el maestro, asignaba un número de 0 a 10
como resultado de unos periódicos ejercicios de evalua-
ción llamados exámenes. Ni que decir tiene que, obtener
10 era mucho mejor que obtener 0. De hecho, todos los
niños éramos calificados e identificados como Sobre-
salientes, Notables, Bienes, Suficientes, Insuficientes o
Muy deficientes. Cuando volvías con tus notas a tu casa,
tus allegados consolidaban el condicionamiento me-
diante los aplausos a tu persona si portabas notas altas,
y los reproches a ti y a tu conducta si eran calificaciones
insuficientes. Sin duda, el sistema era perfecto y eficaz.
Te confieso que, en mi interior, yo sabía que tenía mucho
más mérito mi cuatro en artes plásticas que mis dieces
en matemáticas, pero aquellos adultos no parecían tener
el mismo criterio.
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El tamaño de mi pene
Y con las gafas piramidales bien fijadas delante de tus
ojos, fundidas a tu cabeza, la vida ya solo la ves de una
manera. Todo es competición. Y compites, consciente o
inconscientemente. Todo se reduce a obtener un buen
resultado que correrás orgulloso a contar para que otros
—y tú mismo— te aplaudan durante unos breves mo-
mentos. Y el aplauso lo confundes con el afecto. Y pobre
de ti si fracasas. Sin sobresalientes resultados tu historia
será mediocre, vulgar, sin sustancia, sin fundamento.
¿Quién te va a querer a ti, pobre ser insuficiente?
Y así puede transcurrir una vida entera hasta que por
fin entiendes lo esencial, que tú no necesitas hacer nada
especial para amar y ser amado —porque hacerlo es
mercadería, es venta— y, de manera natural, te despren-
des de esa vara-muleta. No es tuya, te ha sido por otros
impuesta.
Por eso, mi querido Víctor, descubierto el truco de magia
con forma de condicionamiento, ahora no me importa
confesar que durante mucho, mucho, mucho tiempo,
el tamaño de mi pene —y su rendimiento—, el tama-
ño de mi inteligencia, de mi profesión, de mi coche, de
mis trajes, de mi tarjeta de crédito, de mi erudición, de
mi oratoria, de mis conquistas, de mi liderazgo, fueron
fuente inagotable de mi masculino orgullo egoico, tanto
como de mi silencioso y, durante mucho tiempo, crónico
sufrimiento.
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V íctor Sánchez:
C uando leí el título de tu propuesta para el segun-
do capítulo de este libro y como suele ser muy a menu-
do, enseguida mi mente empezó a rebuscar en su inte-
rior imágenes, referencias y detalles de cuántas veces en
mi vida me he encontrado como tema de conversación
el tamaño del pene, o de la polla, que es la palabra que a
menudo utilizamos los hombres en prácticamente todas
las conversaciones que tienen lugar a su alrededor.
Después me he dado cuenta de que el tema iba de penes
y de otras varas de medir(se), pero la imaginación iba
más deprisa que mis dedos sobre las teclas del ordena-
dor y me había quedado en el umbral de la puerta del
artículo sin ni siquiera pararme a leerlo con detenimien-
to.
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Diálogos Masculinos
Esa impulsiva manera de actuar es también muy mascu-
lina, sí. Lo sé.
Pero ya no podía dejar pasar esta oportunidad. Así que,
aquí me tienes, recuperando y trayendo al folio en blan-
co dos significativos aunque breves destellos en mi fu-
gaz memoria en relación al tamaño de los penes o de
las pollas —elíjase la opción que más le agrade o menos
disguste a cada uno—.
Uno ocurrió cuando era pequeño, en el patio del colegio,
en la sufrida y muchas veces comentada por ti EGB que
nos tocó en suerte, germen de no pocas desdichas que
nos han ido acompañando a lo largo de nuestras vidas.
Una imagen que me viene a la cabeza sin demasiado es-
fuerzo es la de la pandilla de amigotes o compañeros
de clase cuando nos dedicábamos a jugar a bajarnos los
pantalones —y los calzoncillos— en clase de gimnasia
—todavía no se llamaba Educación Física— para vernos
las colas y reírnos del que la tuviera más pequeña —aun-
que no viéramos nada, la clave estaba en reírse y en ata-
car siempre al más débil, eso por descontado—.
Por aquel entonces, el colegio donde yo cursaba los estu-
dios era solo masculino, así que suerte de las chicas que
no fueron con nosotros a clase porque, sin duda, se aho-
rraron muchas de esas situaciones desagradables que no
cuesta imaginar y que seguro que hubieran protagoniza-
do los chicos con ellas…
Otra ocurrió de bien mayor, de adulto, con un compa-
ñero de trabajo que me tocó sufrir hace años que, en su
estúpida e insoportable juventud, y aún sin conocerle
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El tamaño de mi pene
apenas, presumía a los cuatro vientos de tener un pene
de 24 cm.
Lo que no tengo muy claro en aquella época —o sí, y no
quiero reconocerlo—, es si lo que me molestaba era el ta-
maño de su pene o simplemente el de su incómoda chu-
lería masculina que en tan desventajado lugar me dejaba
al hablarme de su miembro, al que protegía, cuidaba y
daba un protagonismo exacerbado —no pudo reprimir
tampoco contarme la parte en la que se presentó a un
casting para participar en una película porno, con todo
lujo de detalles—.
Por suerte no me tocó comprobarlo ni medirlo en per-
sona. Solo tuve que soportar sus continuos y frecuentes
diálogos con el monotema en cuestión.
Más varas de medir —y comparar—…
Los hombres las tenemos en todas partes. Es un tema del
que podríamos estar hablando semanas enteras…
Hay una escena soberbia de la película American
Psycho en donde los machos de un mundo de negocios
despiadado y cruel compiten por la calidad de sus tarjetas
de visita —así de ridículos podemos llegar a ser los
hombres—: el tacto de la tarjeta, el tipo de letra elegida,
el color escogido, el sensible relieve de sus caracteres,
el grosor de la tarjeta, la marca de agua, etc. Se podían
haber bajado directamente los pantalones, pero no,
decidieron mostrar sus mejores y más escogidas armas
de conquista, al menos, en el escenario donde luchaban
y se despedazaban a diario…
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Diálogos Masculinos
Quizá, si no has visto la película, esto te pueda parecer
hasta ridículo. Pues no. No lo es. Date una vuelta por
YouTube y lo podrás comprobar en persona.
No tiene desperdicio el sufrimiento y las ganas de ven-
ganza que el protagonista siente al ver que la tarjeta ga-
nadora de entre su grupo más cercano de amigos no es
la suya.
Así que sí, desde bien pequeñito nos han inculcado que
el tamaño importa, y mucho. Sobre todo, lógicamente, si
eres hombre en un mundo de hombres.
Lo masculino asociado a lo más grande. A lo más alto. A
lo más caro. A lo más brillante. A lo más exitoso.
He visto chavales de apenas 18 años matándose a tra-
bajar en la construcción, trabajando por y para pagarse
única y exclusivamente las letras mensuales del Audi A3
de color rojo y las juergas del fin de semana donde poder
desfilar con su conquista de cuatro ruedas.
He visto hombres escogiendo a sus parejas obligatoria-
mente más bajas que ellos para que no les roben ni qui-
ten la atención, ni nadie pueda reírse en sus caras de ese
«pequeño defecto biológico» que es ser de menor estatu-
ra que tu pareja.
Clientes y/o proveedores que, en su inicial apretón de
manos, te dejan bien presente quién va a llevar el peso
y quién es el macho alfa en la negociación de la reunión
que en breves segundos va a comenzar.
Hombres que han superado la «crisis de los 40» com-
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El tamaño de mi pene
prándose una moto de mayor cilindrada que la que ya
tiene aparcada sin utilizar en el garaje de sus casas.
Anuncios de tabaco en televisión donde nos explicaban
qué era un hombre y qué tenía que hacer para destacar
por encima de otros hombres.
Incluso yo, que me río ahora de todas estas estupideces
masculinas para demostrar quién la tiene más grande,
no dejo pasar la oportunidad de ver en las redes cuántos
«me gusta» alcanzan las publicaciones que comparto en
mi muro de facebook y de calibrar, medir y comparar el
alcance y el tamaño de cualquier estupidez que se me
ocurra compartir.
Malditos genes e impulsos masculinos… Cómo os sigo
odiando…
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Privilegios
masculinos
Víctor
«… Los privilegios se tienen, aunque no se utilicen. No es suficiente con
renunciar y no utilizar nuestros privilegios de género. Es necesario desmon-
tarlos del todo, para que otros hombres tampoco ejerzan esa posición de supe-
rioridad y dominio sobre la mujer, injusta, desproporcionada, y por supuesto,
desigual y discriminatoria...».
Justo
«… No quiero el horror –más que constatado hasta ahora– de un mundo
monocolor construido únicamente de cualidades masculinas. Yo no quiero es-
tar arriba de ninguna jerarquía...».
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V íctor Sánchez:
A los pocos meses de vida, mis dos gatetes —un
varón, una hembra—, hermanos de la misma camada,
empezaron a mostrar sus «pequeñas» diferencias de gé-
nero.
Os pongo en antecedentes.
Un día llegué a casa y me dispuse a ponerles la comida.
Debían estar más hambrientos que de costumbre, ya
que normalmente suelen tener comida en el recipiente
donde comen, pero en esta ocasión no fue así y, nada
más llegar a casa, era más que evidente que tenían cierta
hambre y prisa por llevarse algo a la boca.
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Diálogos Masculinos
Acto seguido, y aun cuando yo apenas les acababa de
poner la comida, el gato —varón— enseñó los dientes
a la gata —hembra— y le pegó un sonoro bufido para
dejar claro quién iba a comer en primer lugar y quién no.
Fue la primera vez que yo vi algo semejante en su com-
portamiento durante los meses previos que habían con-
vivido juntos en casa.
Su hermana, por supuesto, entendió el mensaje de forma
clara y precisa. No le quedó más remedio que retroceder
varios pasos y esperar pacientemente a que su hermano
acabara de comer.
Iluso de mí, creí que con poner en ese momento otro co-
medero para que su hermana pudiera comer al mismo
tiempo —y con la misma necesidad— tendría el proble-
ma solucionado. Y lo puse a la suficiente distancia para
que el gato no pudiera comer de los dos a la vez.
De cualquiera de las maneras fue inútil el intento. Su
hermano, automáticamente, se acercó al comedero don-
de estaba comiendo la gata para ver si su comida era
«mejor», o le había puesto más, ¡qué sé yo!
El caso es que siguió impidiendo que su hermana comie-
ra a la vez que él…
Sin necesidad de que le enseñaran otra vez de forma vio-
lenta los dientes, su hermana, en sucesivas ocasiones o
intentos frustrados de acercarse a la comida, entendió
que tampoco le iba a dejar comer antes de que él acabara.
Indefensión aprendida, que dicen.
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Privilegios masculinos
Pero no aprendida a lo largo de una situación alargada
en el tiempo y desarrollada de forma sutil, que es como
nos han enseñado que este tipo de comportamientos se
van asimilando e integrando en nuestro carácter y per-
sonalidad. No, no. En el mundo animal estas cosas se
aprenden a una velocidad de vértigo. Y mi gata lo apren-
dió y lo integró en ese mismo momento.
Muchos dirán y argumentarán que así es la naturaleza,
que hay cosas que no está a nuestro alcance cambiarlas,
y tendrán «toda la razón» del mundo. Vamos, el habitual
«siempre se ha hecho así» —«y no nos ha ido tan mal»,
que se empeñan en añadir algunos—.
Pero no traigo aquí a mis gatos para hablar de la natu-
raleza y de los instintos animales más primarios. Traigo
aquí a mis gatos para ver si somos capaces de entender
de una vez por todas lo que esconde la expresión «pri-
vilegios masculinos». Todos aquellos comportamientos
en los que el hombre, por su única condición de serlo,
disfruta de mayores ventajas de partida que las mujeres.
Pero tranquilo. Si estás empezando a leer este texto y
te estás empezando a poner nervioso, no hace falta que
busques la respuesta perfecta para las diferencias «na-
turales» de género, porque no es necesario defender o
perpetuar lo que no tiene justificación alguna, se mire
por donde se mire.
Te lo pongo mucho más fácil, trayendo a la palestra
unas palabras que escuché hace pocos meses de boca de
José Ángel Lozoya en una intervención en un progra-
ma de televisión de Canal Sur a propósito de los pri-
vilegios masculinos y de las violencias machistas y que
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Diálogos Masculinos
creo que explican a la perfección el grado de conciencia
y consciencia que deberíamos ser capaces de encontrar
los hombres de una vez por todas, si es que tenemos
intención de transformar nuestros respectivos modelos
de masculinidad heredados: «…Los privilegios se tie-
nen, aunque no se utilicen. Imaginémonos un blanco en
la Sudáfrica del Apartheid. Sabía que existían piscinas
para blancos, aunque él nunca fuera allí. Sabía que tenía
esa posibilidad. Si no renunciamos a que esa posibilidad
exista, si no tomamos consciencia de que está en nuestra
mano —el eliminar esos privilegios—, obviamente la si-
tuación no va a cambiar…».
Para todos aquellos hombres que dicen practicar y edu-
car a sus hijos e hijas en igualdad y que levantan las ma-
nos argumentando en actitud defensiva que ellos no son
machistas porque no practican comportamientos deni-
gratorios contra la mujer —no las pegan, no las insultan,
no les sueltan piropos por la calle y, por supuesto, no
las violan de madrugada—, en definitiva, que no hacen
ninguna de esas cosas que solo hacen los «hombres ma-
los», les diré, muy brevemente, que eso, me temo, no es
suficiente.
No es suficiente con renunciar y no utilizar nuestros pri-
vilegios de género.
Es necesario desmontarlos del todo, para que otros hom-
bres tampoco ejerzan esa posición de superioridad y do-
minio sobre la mujer, injusta, desproporcionada y, por
supuesto, desigual y discriminatoria.
Así que, estamos tardando en ir empezando. El tiempo
apremia.
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J usto Fernández:
M i querido Víctor, tus gatos no son seres humanos.
Y una manada de lobos, por muy hermosos, salvajes y
esteparios que sean, tampoco es una comunidad de se-
res humanos —ahora que está tan de moda identificarse
con ese sagrado animal para justificar perversos «ma-
choalfismos» y naifs gregarismos—. Yo no quiero ser un
gato ni un lobo. Yo no quiero ser lo que no soy. Yo quiero
ser un hombre. Quiero ser lo que soy.
Un ser humano alberga en su construcción interior la sa-
grada naturaleza instintiva, pero un ser humano ya no
es solo eso, hace tiempo que la ha transcendido —o al
menos está en ello—. Un ser humano es esencialmente la
conciencia que observa al gato y al lobo, la que observa
a sus semejantes y a sí mismo; tu conciencia y la mía,
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Diálogos Masculinos
sin ir más lejos. Y la conciencia es integradora y trans-
formadora, es creadora, es pura alquimia. Por lo tanto,
los sagrados instintos animales ya no pueden ser justi-
ficaciones finalistas. Mi conciencia no quiere ni puede
permitirme resignarme ante la supuesta normalidad,
solo porque «siempre ha sido así». Y es que la concien-
cia, precisamente, para eso está.
Seguramente, Víctor, volveremos en otra ocasión a la
manada de lobos y a los instintos, pero ahora me voy de
la mano de la conciencia, para trasladarte mi sentir so-
bre los privilegios masculinos. Yo siento que existe una
cómoda confusión para muchos hombres, una zona de
«inconsciente» confort. Y es que nos cuesta mucho ver la
diferencia esencial entre cualidad y privilegio. Una cua-
lidad es una simple característica de algo o de alguien.
Un privilegio es una jerarquización, un sometimiento de
unos a otros en base a la primera. En el caso de tus gatos
es evidente: la cualidad de varón jerarquiza el acceso a la
comida y somete a la hembra. Ahora bien, los gatos no lo
«saben», pero nosotros sí. Nosotros ya tenemos concien-
cia de esa «conveniente» confusión —o empezamos a te-
nerla—. Por lo tanto, ya no debería tener sentido seguir
perpetuando semejante despropósito. Y si lo seguimos
haciendo es pura sirvengonzonería.
La cualidad «masculina» no es ni mejor, ni peor, ni medio-
pensionista. Simplemente ella sola es parcial e insuficien-
te. Es estéril e inútil en sí misma. Le falta su igual: la cua-
lidad femenina. Y viceversa. Por lo tanto, no hay posible
jerarquía. Y seguir viéndola es miopía de conveniencia.
Yo creo que la pregunta primigenia que deberíamos ha-
cernos los hombres es: ¿Por qué habríamos de renunciar
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Privilegios masculinos
a nuestros privilegios masculinos? Para mí, la respuesta
en conciencia, igual que la pregunta, también es sencilla:
Renuncio a mis privilegios porque no quiero el horror
—más que constatado hasta ahora— de un mundo mo-
nocolor construido únicamente de cualidades masculi-
nas.
Y si alguien duda de que vivimos en un mundo mo-
nocromático masculino, le invito, por ejemplo, a poner
conciencia meditativa sobre la reciente imagen, la foto
de familia, nada menos que en la Capilla Sixtina, de la
última reunión de los mandatarios europeos con motivo
del aniversario del Tratado de Roma: veintiocho hom-
bres y tres mujeres. ¡Hasta Dios es hombre, con el papa
Francisco incluido! Así está construido el poder terrenal
—y el espiritual— de nuestro mundo actual.
Pero el mundo que yo deseo, que va iluminando poco
a poco mi conciencia, ha de ser multicolor, plural, in-
clusivo e igualitario; sin sometimientos, sin violencia.
Por eso, entregar las armas, que son mis privilegios, a
medida que soy consciente de ellos, es mi forma de ayu-
dar a construirlo. Yo no quiero estar arriba de ninguna
jerarquía.
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Sexo con
amor por mi
Justo
«… El macho alfa que llevas dentro se ha vuelto tu amo despiadado y tú
mismo eres el instrumento a su servicio...».
Víctor
«… ¿Y por qué a un hombre adulto, la primera palabra que le surge en la
cabeza, directa e íntimamente relacionada con el sexo es el porno y no el amor
que tú nos propones?...».
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J usto Fernández:
G
« imnasta sexual, empotrador, delicado, románti-
co… Me pregunto cómo querrá ella que yo sea». «¡Sin
prisa, ya sabes que son importantes los preliminares!».
«Esto no va bien. Debo aguantar un poco más. Voy a
pensar en la muerte». «¡Por fin! ¡A la vez! ¡Alabado sea
el señor!». «Me gustaría saber qué nota he sacado, se lo
voy a preguntar sutilmente». «Ojalá yo haya sido el me-
jor de todos y ojalá ella me lo diga». «He estado increí-
ble, lo veo en su cara». «Mierda, ahora me entra sueño.
No te duermas. Disimula».
Sí, amigo Víctor, esto es el silencioso diálogo mental que
una vez un hombre mantenía consigo mismo como re-
currente banda sonora de la mayoría de sus encuentros
sexuales. Silencioso desde fuera, estridente, angustioso
y ruidoso desde dentro.
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Diálogos Masculinos
¿Y por qué puedo afirmar que tal cosa fue así? Porque
fue precisamente mi condicionada masculinidad, la mía,
la que compuso esa partitura, y fue mi cerebro, el mío,
su machacón intérprete.
Bien sé que hay muchos más ángulos y dimensiones en
este asunto del sexo desde lo masculino que los que ex-
plora ahora esta sencilla propuesta que aquí te traigo.
Y estoy seguro de que volveremos a hablar de sexuali-
dad y de intimidad masculina, pero para este diálogo
me apetece la sencillez de esta verdad constatada: so-
mos cuando menos estúpidos al convertir todo lo vital,
lo mágico, lo bello —como es el acto mismo de comu-
nión sexual entre seres humanos— en un neurótico jui-
cio mental, en una estresante competición —notar que
aquí compites contra todo el género masculino y con-
tra ti mismo—. Desconectados de nuestras emociones y
sentimientos, interceptados por nuestra mente progra-
mada, somos incapaces de dejarnos llevar por el fluir de
la vida. Incapaces de vivir de forma plena. Y así también
ocurre en esto del sexo.
No es difícil imaginar con qué componentes está cons-
truida esta alienante conducta: soberbia, miedo, insegu-
ridad, falta de honestidad, poder, dominación, mendici-
dad de reconocimiento…
Pero hay una reflexión más relevante aún: comportán-
dose así, ¿Dónde queda uno mismo? ¿Por qué me he de
maltratar indignamente exigiéndome ser un caballo de
carreras? El macho alfa que llevas dentro se ha vuelto
tu amo despiadado y tú mismo eres el instrumento a su
servicio. Y que no se te ocurra pensar que la presión la
ponen ellas. No es cierto y nunca lo fue. Ellas no tienen
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Sexo con amor por mi
nada que ver en esto. Es la infantiloide identificación
masculina con el éxito, con medir resultados, con la efi-
ciencia, la que nos obliga a correr poseídos tras una qui-
mera, abandonando nuestra propia esencia en la cuneta.
Y las consecuencias de esta autotraición son graves, muy
graves, porque es nada menos que el Amor y la Libertad
lo que está en juego. El Amor por uno mismo —respe-
to y cuidado de uno— es pisoteado y prostituido para
obtener un miserable premio a cambio. La Libertad de
ser quien eres, aquí y ahora, en cada momento, es tam-
bién sometida a la exigencia del personaje y del espejo.
Y vacío de amor por ti mismo, te volverás un mendigo,
pidiendo entre las sábanas migajas de reconocimiento.
Nada valioso tendrás para ofrecer a quien contigo esté,
porque nada será verdadero. Tu cuerpo desnudo escon-
derá un corazón amordazado por la impostura, la ansie-
dad y el miedo.
Afortunadamente para mí, querido Víctor, desde hace
tiempo mi consciencia masculina me habla con dulzu-
ra de Libertad y de Amor por mí mismo, también en el
sexo.
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V íctor Sánchez:
C ada vez que mencionas las palabras Libertad y
Amor, querido Justo, me pones en un serio e incómodo
aprieto.
En el asunto que me propones hoy, sigo sin ver la liber-
tad ni el amor por ningún lado, ni siquiera en el sexo,
en la cama, con alguna mujer con la que haya podido
compartir, de manera continua o puntual, partes incom-
pletas de mi vida incompleta.
Quizá porque todavía no he llegado a ese estado o ni-
vel de libertad y amor personal e individual que tu sí
pareces tener perfectamente integrado —o al menos al
alcance de tus manos—, o quizá solo porque yo me sigo
viendo esclavo del modelo de masculinidad que he ma-
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Diálogos Masculinos
mado o que me han hecho mamar durante toda mi vida,
en cuyo vocabulario o diccionario particular no aparece
ninguna de esas dos palabras tan aparentemente chulis
como las que tú mencionas: Libertad y Amor.
En cualquiera de los casos, recuerdo el día que aún sin
escribir tú tu parte del texto, me mencionaste el tema so-
bre el que ibas a escribir, SEXO, y cómo mi mente —que
en muchos temas se muestra condicionada, como no
puede ser de otra manera—, automáticamente la asoció
a otra palabra, PORNO.
¿Y por qué a un hombre adulto, la primera palabra que
le surge en la cabeza directamente relacionada con el
sexo es el porno?
¿Qué importancia o profundidad puede tener en la re-
lación con otras mujeres el haber consumido con total
normalidad y naturalidad durante más de tres décadas
pornografía?
¿En qué afecta todo esto a nuestra mirada sobre la mu-
jer?
¿En qué afecta todo esto a nuestro comportamiento en la
cama con una mujer?
¿Y en qué afecta todo esto a nuestro disfrute personal en
la cama con una mujer?
Ya has hablado del permanente, agobiante y siempre
presente calculador comportamiento masculino, que en
pleno proceso o relación sexual, nuestra mente trata de
medir y acotar.
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Sexo con amor por mi
Otra vez la vara de medir apareciendo insistentemente
en otro escenario de nuestra vida. Conquistar, agradar,
poseer, tanto el cuerpo de la mujer que está con noso-
tros, como alimentar y satisfacer a ese voraz, perverso
y agotador ego masculino tan presente y tan continua-
mente exigente.
No veo libertad por ningún lado ni amor por ninguna
esquina perdida de la habitación.
Veo cadenas y más cadenas, cada vez más pesadas y di-
fíciles de soportar.
Tanto en el hombre como en la mujer.
Veo roles monotemáticos, modelos prefabricados, este-
reotipos adjudicados, comportamientos adquiridos en
los que ninguno de los dos protagonistas parten de una
misma premisa inicial, similar, natural y hasta cierto
punto consentida.
Y eso me parece, a todas luces, lo más alejado de la Li-
bertad y del Amor.
Veo, al igual que si diseccionamos un rayo de luz, dife-
rentes longitudes de onda, en donde, por desgracia, los
hombres y las mujeres no caminan juntos en el mismo
espectro.
Sigo viendo inevitablemente la presencia masculina por
encima de la mujer. Aunque a priori nos autoengañemos
pensando que nuestro interés primordial como varones
es satisfacerlas en la cama. ¡Qué mentira más grande nos
hemos autoconstruido con aparente normalidad! Otra
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Diálogos Masculinos
más a sumar a nuestra particular recolección de compor-
tamientos y actitudes, condicionados y condicionantes,
y más falsos que un duro de cuatro pesetas.
Eso sin hablar de los preliminares, de los que tú también
has hablado. Pero yo no me refiero a esos preliminares.
Me refiero a los preliminares de los preliminares. Y me
explico...
La sensación exigente de conquista de alguna mujer que
debe responder al perfil que durante tantos años hemos
normalizado y consumido como si de la realidad se tra-
tara.
Decía el fabuloso personaje interpretado por Eusebio
Poncela en la no menos fabulosa película Martin (Hache),
una frase tal que así: «… Yo hago el amor con las mentes,
me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me
seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay mente
que los mueve que vale la pena conocer. Yo hago el amor
con las mentes, hay que follarse las mentes…».
Siento llevarte la contraria, mi querido Eusebio Ponce-
la, y por extensión, mi querido Justo Fernández, cuando
reconozco que yo en toda mi vida no he hecho el amor
en ninguna ocasión con las mentes. Ni siquiera me han
llegado a seducir —por desgracia— en los preliminares.
Me han seducido los cuerpos, por supuesto, los más
perfectos, jóvenes, cuidados y bellos, los cuerpos que
más se parecían/recordaban a mis fantasías sexuales y
los cuerpos que parecían responder de manera más con-
cienzuda a mis estímulos previos de conquista y satis-
facción personal.
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Sexo con amor por mi
Los cuerpos que en definitiva respondían al modelo
perfecto que la pornografía utilizó en mi «educación se-
xual» adolescente y posteriormente adulta.
Porque, al igual que en la pornografía, era yo, en mis
relaciones sexuales, el que quería disfrutar y salir «dis-
frutado», como si de un espectador/actor privilegiado
de la escena sexual de mis fantasías se tratara.
Por supuesto, mi ego también me introducía el perma-
nente ruido que comentas tú, pero no era por agradar a
la mujer que tenía delante, sino para satisfacer y com-
pletar mis ansias personales de buen y perfecto amante.
Es otra de las paradojas perversas en las que nos tiene
enclaustrado este modelo hermético de masculinidad, y
el sexo es uno de los escenarios más crueles y despia-
dados en donde se muestra de qué está hecha la actual
masculinidad hegemónica que hemos construido entre
todos hoy en día.
Y para acabar, y por poner otro ejemplo igual de visual
y esclarecedor al que estamos tratando, es extremada-
mente ridículo imaginar ir acompañado al cine, y pre-
guntarse durante cada minuto, durante cada segundo,
durante cada fotograma de la película si a tu pareja le
estará gustando la película que habéis elegido.
Esa incomodidad continua, ese sentarte nervioso en la
butaca buscando una posición que te permita un poco
más de calma y tranquilidad, esa breve atención que po-
nes en la gran pantalla para, a continuación, mirar de
reojo y ver la expresión de satisfacción/desagrado de tu
acompañante, que no te permite disfrutar de la película
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Diálogos Masculinos
ni de siquiera enterarte cuál es la propuesta de su argu-
mento, es la historia que durante mucho tiempo hemos
repetido una y otra vez con las mujeres en la cama.
Otra mentira más, otro sufrimiento más, otra carga más
acumulada, en nuestra particular mochila de miserias e
infelicidades que nos van incorporando en un perma-
nente viaje de no retorno al que nuestras masculinida-
des nos están conduciendo…
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La insoportable
gravedad de ser
padre
Víctor
«… Y es en ese momento cuando emergen los miedos más inconscientes,
esos miedos que aparentemente todavía no habían aflorado, pero que estaban
allí, esperando su momento, la situación adecuada. Y me sentí más humano
(indefenso) que nunca, y menos padre (protector) que siempre...».
Justo
«… Al final mi hijo cruzó por aquel pasillo ante mí en el interior de
una pecera de cristal, como un pececillo con gorrito. Y la enfermera se detuvo
un momento, menos de un segundo, para que yo apoyara mis manos y mirara
dentro...».
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V íctor Sánchez:
E s curioso porque, cuando nació esta iniciativa
compartida de los Diálogos Masculinos, y al igual en que
muchas de las reuniones o encuentros a los que asisti-
mos en nuestra asociación Círculos de Hombres, daba la
sensación de que nuestras conversaciones o los temas
sobre los que íbamos a dialogar iban a versar sobre los
dos grandes pilares que, quizás, han sustentado nues-
tras vidas: la Masculinidad y la Paternidad.
Y parece que, por lo visto hasta ahora, estamos ponien-
do mucho énfasis —por algo será— en la masculinidad,
sensiblemente más que en la paternidad, en la que tam-
bién estamos inmersos de forma apasionada y apasio-
nante.
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Diálogos Masculinos
Pero hoy, sin embargo, te propongo dejar de lado por un
momento las taras propias de nuestras masculinidades
para sumergirnos en una de esas repentinas y descono-
cidas etapas de la paternidad que afloran en el momento
más inesperado.
Mi relato, mi propuesta de hoy, trata indefectiblemente
de mi sensación, una de muchas, que hace poco experi-
menté como padre.
Quizá todos tenemos en mente el primer significado
que le podamos dar a la palabra gravedad y, si no, echa-
mos mano rápidamente del diccionario para encontrar
la definición exacta y que todos, seguro conocemos:
«Fuerza que sobre todos los cuerpos ejerce la Tierra ha-
cia su centro». Yo, sin embargo, quiero dirigirme hacia
otra acepción, otro significado, que es el que, en este
preciso instante, reclama mi atención y mi interés: «Im-
portancia, dificultad o peligro que presenta una cosa o
persona».
Siguiendo con el juego de palabras o de definiciones di-
ferentes de este mismo término, la sensación más grave
que me he encontrado en el ejercicio de la paternidad es
la de que les pueda pasar algo grave a mis hijos.
Y la primera vez que sentí de verdad esa sensación de
vacío, de indefensión y de preocupación sin solución,
fue cuando me pasó lo siguiente, hace muy poquitos
meses:
Era un sábado por la mañana, no hace mucho tiempo,
cuando mi hijo mayor había quedado en el parque, al
lado de mi casa con un amigo suyo.
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La insoportable gravedad de ser padre
Después vendrían a comer y a pasar el resto de la tarde
con nosotros.
Habían quedado a las 14:15, pero apenas media hora
más tarde, a pesar de intentar aguantar todo lo posible
para no salir corriendo demostrando mis cualidades de
padre excesivamente protector y preocupado por su hijo
de 11 años, no pude remediarlo y, después de mirar al
reloj unas ciento cincuenta veces en poco más de 30 mi-
nutos, decidí salir a buscarlo en cuanto vi por la ventana
que estaba diluviando.
Cogí un paraguas, bajé con cierta celeridad, pero sin pri-
sas —no quería dar la sensación a mi hijo si me veía lle-
gar a lo lejos de excesiva preocupación, sobre todo si no
había razón para ello—, y me acerqué al parque donde
habían quedado ambos amigos, que está a escasos cinco
minutos de mi casa o menos.
Y ahí me encontré a mi hijo, en el lugar exacto donde
habían quedado, empapado de arriba a abajo, a pesar
del paraguas, solo, en mitad del campo de fútbol del
parque, dando vueltas sobre sí mismo, sin, evidente-
mente, dirigirse a ningún sitio. Solo esperando.
Es evidente que por alguna razón su amigo no había po-
dido presentarse, al menos en la hora y lugar en el que
habían quedado...
Y allí estaba mi hijo. Tranquilo. Sin saber el tiempo que
había pasado y sin aparentes recursos para solucionar o
salir del problema que en estos momentos se le estaba
planteando.
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Diálogos Masculinos
Por un lado, respiré aliviado. A mi hijo no le había pasa-
do nada. Nada grave.
Sin embargo, sí tuve la sensación de desamparo y de in-
defensión que, en apariencia, presumía que mi hijo tam-
bién tendría en ese momento. Aunque después compro-
bé que eso no era así realmente, viendo a mi hijo con la
aparente normalidad con la que me recibió.
Eso fue lo que yo sentí, o lo que me transmitió el ver-
le allí solo en medio de la nada, sin capacidad alguna
de trascender, sobrepasar o solucionar un problema que
ni siquiera se le había llegado —todavía— a plantear.
Pero no fue lo que él me transmitió y comunicó cuan-
do aclaramos lo que estaba pasando —inmediatamente
después recibí un mensaje de la madre del amigo, expli-
cando el porqué de su retraso—.
Es decir, independientemente de que mi hijo estuviera
o no en aprietos, yo, de manera automática, o mejor di-
cho, mi mente, traicionera y miedosa como ella sola, me
trasladó a situaciones futuras, relacionadas sobre todo
con la incipiente adolescencia a la que se dirige, en las
que la hora de vuelta a casa un fin de semana, después
de alguna fiesta o salida con sus colegas, pueda suponer
una de esas preguntas sin respuesta de «dónde está mi
hijo, quiero saber si está bien».
Miedo a alguna futura llamada o mensaje que le haga
y que no me responda, cuando la hora o el límite de
una salida a la calle se haya sobrepasado y no obtenga
respuesta ni pueda saber a ciencia cierta dónde se en-
cuentra.
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La insoportable gravedad de ser padre
Simple y llanamente, miedo a sentir miedo. No preocu-
pación por saber si estaba haciendo algo inadecuado.
No. Solo miedo.
Miedo a que a alguno de mis hijos le ocurra algo en algún
momento de sus vidas y yo no esté ahí para salvarles.
Hasta ahora, han estado —casi— siempre conmigo. Las
24 horas del día. 7 días a la semana. Soy consciente que
en cualquier momento les puede pasar algo, pero al me-
nos están a mi alcance, en mi radio de acción para actuar
o responder de la forma debida. O simplemente para
recibir la sorpresa que la vida me pueda deparar en un
momento determinado, sea o no agradable, y puedas al
menos estar con ellos, acompañarlos.
Pero no siento lo mismo cuando no estoy presente.
Es justo cuando me viene a la cabeza la famosa frase
«ojos que no ven, corazón que no siente» y me repito a
mí mismo, ¡¡¡y una mierda!!! —seguro que esa frase no
la escribió ni un padre ni una madre de un hijo preado-
lescente—.
Y es en ese momento, cuando emergen los miedos más
inconscientes, esos miedos que aparentemente todavía
no habían aflorado pero que estaban allí, esperando la
situación adecuada.
Y me sentí más humano —indefenso— que nunca, y me-
nos padre —protector— que siempre.
Mi querido amigo el Miedo. Ya estaba tardando en apa-
recer…
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J usto Fernández:
S í, querido Víctor. Has decidido empezar una de
las notas más graves de la canción de la Paternidad: el
miedo.
En realidad, a mí no me importa por dónde empecemos
a hablar de la extraordinaria aventura de ser padre. Y
en mi caso, afirmo también que el miedo me ha acom-
pañado en algunas largas etapas de mi viaje. Y trataré
de contarte de qué estaba precisamente hecho mi miedo.
Aunque bajo ningún concepto yo lo reconocía ante
nadie, ni siquiera ante mí mismo, ya padecía un sutil
temor antes de nacer Manuel, desde el mismo momento
en que se anunciaba en la tripa de su madre. Cierto que
entonces era una preocupación llevadera porque todavía
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Diálogos Masculinos
no había ningún ser real ante mí. Podía defenderme
del temor con idealizaciones, libritos de maternidad
—de paternidad no encontré o no había— y palabrerías,
propias y ajenas. «Todo va a salir bien», «serás un padre
estupendo», me decían y me decía.
Y como ya he contado en otra ocasión, una noche de fe-
brero, llegó el momento…
Y Manu nació en silencio, invadiendo el silencio de la
madrugada. Yo, con mi batita verde hospital y mi go-
rrito verde hospital y mis cubrezapatos verdes hospital
esperando en el pasillo, expulsado del paritorio por cul-
pa de un médico frío como la noche de febrero, que me
consideró un ente incompatible con su maniobra de ce-
sárea. Y al final mi hijo cruzó por aquel pasillo ante mí
en el interior de una pecera de cristal, como un pececillo
con gorrito. Y la enfermera se detuvo un momento, me-
nos de un segundo, para que yo apoyara mis manos y
mirara dentro…
Y justo ahí, en ese preciso momento, la sutil preocupa-
ción inicial tornó en grave miedo. De todas las confusas
emociones que me embargaron, la única nítida fue esa:
el miedo. Así ocurrió mi dura verdad y así te lo cuento.
Y de nuevo entonces no lo reconocí ni compartí con na-
die. Y nadie incluye también a la madre. Ni siquiera tuve
intención de hacerlo. Era mi oscuro secreto. Solo ante mi
hijo, durante mucho tiempo fuimos tres: Manu, yo y, en
medio, el miedo.
Sí, amigo mío, reconozco que tardé varios años en des-
cubrir de qué mimbres estaba hecho aquel molesto y feo
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La insoportable gravedad de ser padre
intruso que me separaba de mi hijo. Y lograr traerlo por
fin a la consciencia fue revelador: descubrí que en reali-
dad no era miedo o preocupación por el futuro de Manu
o por su integridad física o emocional, no era exacta-
mente ese tipo de temor. En esencia se trataba de miedo
a no ser un padre perfecto. El sentimiento latente era de
profundo miedo a mi fracaso, un sentir de frustración
permanente al tratar de que cada momento con mi hijo
fuera impecable. Quería ser un padre ejemplar y, sobre
todo, quería parecerlo.
Honestamente he de decirte que tuve que trabajarme
mucho hasta lograr sentir y entender qué me estaba ocu-
rriendo.
Pero como siempre ocurre, cuando descubres el truco de
magia, el mago se marcha en silencio, porque ya no le
funciona el engaño, porque ya no hay ningún misterio.
Y al poner presencia y conciencia, se fue de nuestras vi-
das este miedo. Y ahora, cuando de cuando en cuando
aparece de nuevo a intentar confundirme, me río de mí
mismo, me río con amor, me río de este señor «padre
perfecto».
Sí, Víctor, ahora todo es distinto. Ahora miro a Manu dis-
tinto. Mejor dicho, ahora por fin veo a mi hijo sin ningún
intruso de por medio. Al apartar al miedo a un lado, he
dejado de mirarme el ombligo. No dedico ni un segundo
a proyectar cómo quiero yo que sea mi paternidad, ni
como quiero yo que sea mi hijo, y menos a compararlo
con cómo está siendo. Ahora estoy «aquí y ahora», en el
hacer, en el sentir, en el reír, en el llorar, en el disfrutar.
Estoy presente, metido hasta las cejas en los asuntos de
mi hijo, que son también mis asuntos, y viceversa.
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Diálogos Masculinos
Porque, de todos los padres que tiene mi hijo, yo soy, sin
ninguna duda, su padre perfecto.
Amor y Libertad, por encima del miedo, ya sin nada de
por medio.
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Masculinidad
y Miel
Justo
«… No estoy partido en dos, no somos distintos el de dentro y el de fuera. Y
si adentro lloro, lo verás en mis ojos. Y si adentro hay miedo, te cogeré de la mano.
Y si adentro estoy perdido, te pediré un abrazo que me sirva de referencia...».
Víctor
«… Y es en este preciso instante, cuando la poca cantidad de miel que he
ido recogiendo laboriosamente por el camino, es capaz de contrarrestar el efecto
de toda esa hiel acumulada a lo largo de cuatro décadas y media de camino por
la vida. Y eso, para variar, me hace sentir tremendamente bien...».
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J usto Fernández:
M i querido Víctor, compañero de viaje. Llevamos
ya unos cuantas miles de palabras transitando por es-
tos territorios de la masculinidad y la paternidad. Siento
que hasta ahora hemos elegido conscientemente ciertos
pasajes necesarios de aridez y de crudeza. Y así tiene
que ser, cuando nuestra guía es la consciencia.
Permíteme, sin embargo, que en este momento cambie-
mos el paso dirigiéndonos hacia adentro. Dediquemos
unas cuantas palabras a visitar el paisaje, también ver-
dadero, del hombre libre que sentimos dentro. Una mi-
rada interior hacia nuestra Libertad sutil de elegir como
hombres, aquí y ahora, momento a momento.
Elegir entre hiel o miel:
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Diálogos Masculinos
Mi voz es grave, poderosa por recia y rotunda. Un gri-
to mío, por ejemplo, puede advertirte eficazmente de
un peligro inminente. Puedo usar también mi voz para
asustarte, para apelar a tu miedo arquetípico e intentar
someterte a través de la obediencia. Mi voz se eleva fá-
cilmente por encima de las voces de otras y de otros.
Puedo incluso lograr en un momento silenciarlas, aca-
llarlas por la fuerza. Me basta con subir el tono hasta
registros de violencia.
Pero yo no soy mi voz. Quien yo soy desea en su co-
razón otras experiencias. Desea, por ejemplo, susurrar
de vez en cuando una nana a mi hijo, «Duerme, duer-
me negrito», tal y como hacía cuando él era mucho más
niño. Deseo también usar mi voz para celebrar cantando
junto a mis semejantes, para eso existe la Canción de la
Alegría. Y tengo vocación de acudir con palabras ama-
bles a acompañar duelos o momentos de melancolía. Y
aunque pudiera parecer que mi voz, por cruda, grave y
desafinada, no es la más adecuada, yo elijo armonía en
vez estridencia y ruido. Soy yo quien decide el tono y la
letra de mis canciones, las que te canto a ti, a él, a ella, a
mi hijo…
Entre hiel o miel, elijo miel.
Mi inteligencia es fina y sutil. Cabalgando en mi narci-
sismo, siento que navego bien por la lógica de los argu-
mentos. Armado con la erudición de retahílas de citas y
referencias, puedo intentar liarte con una palabrería ra-
zonablemente convincente. Puedo buscar, además, cual
buitre carroñero, el cadáver de tu error, y puedo hacer
saña de ello. Puedo hacerte sentir mal. Puedo hacerte
creer torpe, equivocado e incompleto. Incluso puedo
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Masculinidad y Miel
preparar arengas y discursos para liderar mis egoicos
proyectos, convenciendo a muchos con mi charlatenería
de que unirse y seguirme es lo mejor para ellos.
Pero yo no soy mi inteligencia. Quien yo soy desea en
su corazón escucharte y preguntarte, y estar bien atento
a tus respuestas. Quiero aprender de ti, seas quien seas.
Mi experiencia de hombre maduro quiere también pre-
guntar al joven recién llegado qué es lo que trae de nue-
vo, fresco y genuino a este mundo, que tanto necesita de
él. Quien yo soy elige poner mis neuronas y mi lógica al
servicio de otros, sin soberbias, sin planes grandilocuen-
tes, esperando sencillamente a ser llamado, caso por
caso, sobre el escenario o entre bambalinas, con texto
protagonista o en silencio. Y, si al final algo sirve de ayu-
da, ya es más que suficiente. No me importa demasiado
que se me reconozca o se me devuelva.
Entre hiel o miel, elijo miel.
Mi cuerpo es razonablemente fuerte. Mis manos son ru-
das y curtidas. Puedo, con mi puño cerrado y apreta-
do, golpear con estrépito la mesa. Y puedo acompañar
el golpe con mi voz, golpeando doble: «¡Porque lo digo
yo, y punto…!». Te puedo amenazar, porque solo con un
rictus de mi cara podría anticiparte las consecuencias de
mi fuerza si la ejerciera contra ti, contra él o contra ella.
Pero yo no soy mi cuerpo. Quien yo soy desea en mi co-
razón abrazarte y abrazarle. También deseo con mi piel
acariciar la libertad de piel ajena. Yo elijo sin reservas
poner toda mi fortaleza al servicio de amar, de construir,
de reparar, de ampliar espacios, de cuidar, de llevar en
volandas a quien en un momento andar no pueda.
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Diálogos Masculinos
Entre hiel o miel, elijo miel.
Y mi corazón late, y en cada latido, en cada experiencia,
mis sentimientos fluyen libres; a veces pausados, a ve-
ces en una torrentera. Podría simplemente retenerlos y
tratar de controlarlos con los dientes apretados. Podría
también fingir y ocultártelos, sobre todo cuando saben
a tristeza, a miedo, a abandono o a inseguridad, no sea
que veas mi debilidad o mi falta de firmeza.
Pero yo soy lo que soy. No estoy partido en dos, no so-
mos distintos el de dentro y el de fuera. Y si adentro llo-
ro, lo verás en mis ojos. Y si adentro hay miedo, te coge-
ré de la mano. Y si adentro estoy perdido, te pediré un
abrazo que me sirva de referencia. Yo elijo ser uno, no
disimular, no fingir. Ser honesto es el regalo que decido
hacerte, porque darte lo que no soy, yo no creo que para
nada te interese.
Entre hiel o miel, elijo miel.
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V íctor Sánchez:
No hay viaje más interesante para mí que el que
uno mismo inicia a su propio interior.
No en vano, a lo largo de nuestras vidas, en algún mo-
mento, todos hemos sentido la necesidad de encontrar-
nos a nosotros mismos.
Lo que no tengo tan claro es que ese sea un territorio
menos árido y crudo que el que habitualmente tratamos
en estos iniciados Diálogos masculinos.
Por supuesto, hablo única y exclusivamente de mí, como
siempre trato de hacer. Pero acepto tu propuesta y con
total sinceridad trato de enfrentarme a ella.
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Diálogos Masculinos
Mi hombre libre todavía titubea al andar.
Los pasos son cortos, decididos, pero a veces torpes,
como el pequeño bebé al que le pueden más las ganas
por descubrir lo que está a su alcance visual que las
propias limitaciones físicas que su cuerpo no le permite
trascender.
Mencionas la palabra Libertad, y a mí la palabra liber-
tad —con minúscula— me produce la misma sensación
que una manzana colgada de un árbol a la que no tengo
posibilidad de alcanzar por mis propios medios sin la
ayuda de nada o nadie más.
La veo, la siento, sé que está ahí y estoy convencido que
en algún momento madurará y caerá, y solo quizá, si es-
toy bien atento, pueda incluso acercarme a ella, morder
un trozo y disfrutarla fugazmente.
Soy lo que veo y lo que siento fuera de mí, incapaz de
refugiarme en mi sola presencia sin proyectar nada ha-
cia el exterior y sin que me pueda afectar lo que se me
acerque desde fuera...
Así que, presto y dispuesto a elegir entre miel o hiel, en
cada etapa de nuestro camino dialogado, como propo-
nes, ahí vamos:
Mi voz es silenciosa, calmada, tranquila y no siempre
con la agilidad que le gustaría mostrar o demostrar.
A cambio, mis silencios sí hablan por mí. No son recios
ni rotundos. Son solo silencios.
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Masculinidad y Miel
No te puedo, a través de mi voz, avisar ni prevenir de
ningún peligro inminente, porque seguramente tú pro-
nuncies ese grito antes incluso de que a mí me de tiempo
a reaccionar.
Podrás asustarme, apelar a mis temores y miedos, tú y
todos aquellos hombres que utilicen ese tipo de armas
tan masculinas.
Así que, en mi insatisfactoria búsqueda de mi libertad,
de momento, entre hiel o miel, me encuentro en mi ca-
mino, no por elección voluntaria, con hiel.
Mi inteligencia también es fina y sutil y compruebo que,
cuanto más abro la misma a la capacidad de absorber
del exterior, de las personas, de las ideas e incluso de
los libros que me voy encontrando en mi renovada vida,
más cercano a esa manzana me encuentro cada día, aún
sin posibilidades todavía de alcanzarla ni de siquiera
notarla con la punta de mis dedos.
No quiero más palabrería en mi vida ni falsas promesas,
ni mentirosos halagos, ni estúpidos discursos o arengas.
Mi mente ha dicho «basta» y dejo de escuchar automá-
ticamente cuando delante de mí se despliegan las armas
masculinas que más me he encontrado —y sufrido— a
lo largo de toda mi vida.
Así que, de momento, entre hiel o miel, me sigo encon-
trando con hiel.
Mi cuerpo trata de comportarse como mis silencios, y
allá camina por la calle transitando calmadamente por
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Diálogos Masculinos
espacios y escenarios conocidos por los que he pasado
en más de una ocasión, viendo comportamientos de per-
sonas que permanentemente no me gustan.
En mi incipiente madurez, no consigo aceptar a nadie
que no se parezca ni un mínimo a mí o que se identifi-
que con ciertos postulados que considere mínimamente
exigibles en el ser humano. Desconozco si es la mejor
versión de defenderse en ese salvaje mundo exterior o,
por el contrario, es la única forma inteligente de prote-
gerse de lo que se avecina. Quizá sea solo un error y una
muestra más de mi fracaso absoluto en relacionarme con
el entorno que tengo a mi alrededor.
La indefensión aprendida de tantos años de verme li-
mitado me hace sentir desconfianza y rechazo ante el
animal desconocido que se acerca con según qué inten-
ciones.
Me encuentro en la selva, con la desconfianza que ge-
nera el propio entorno y con el miedo de encontrarme
sin el apoyo suficiente para salir con vida de cualquier
enfrentamiento. Ni con la manada ni sin ella; me sigo
sintiendo más cerca de la hiel que de la miel.
Mis manos no son rudas ni curtidas, aunque hace tiem-
po que perdieron la calidez que un día tuvieron, qui-
zá porque las manos, como los corazones, necesitan un
contacto continuo y permanente con otras manos, otros
corazones, para mantenerse en un estado de salud ópti-
mo.
Así que, te confesaré que mi estado de salud es solo es-
table, si es que ese calificativo, propio del más insensible
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Masculinidad y Miel
y pragmático de los médicos, es indicativo de algo que
merece la pena ser sentido y compartido.
También puedo, conozco y alguna vez he practicado,
muchas más veces sin duda de las que hoy me gusta re-
cordar, las amenazas, tanto verbales como gesticulantes.
Eso es tan intrínseco en mí, como lo considero a cual-
quier ser humano nacido hombre —de las mujeres no
puedo opinar porque no soy mujer—.
Es nuestro particular pecado original, de nuestro gé-
nero, de nuestra época, de nuestra cultura, de nuestra
sociedad y del sistema que con tanto ahínco nos sigue
diciendo cómo tenemos que comportarnos como hom-
bres. Algo que nace, crece, se reproduce y muere con de-
masiada frecuencia en mi alrededor.
Así que, de momento, entre hiel o miel, me sigo encon-
trando con hiel allá por donde transite.
Mis sentimientos empiezan a fluir libres, generalmente
tan pausados como mis silencios y tan callados como mis
palabras. Podría intentar no retenerlos si fuera yo el que
decide limitar su libertad, pero no siento que yo sea el
culpable de mis limitaciones sensoriales y emocionales.
Mi debilidad y mi falta de firmeza adornan mi exterior,
y es precisamente mi fuerza la que está escondida, in-
tentando asomarse en mi mirada, que espero, sea todo
lo sincera que es mi balbuceante corazón.
Más hiel que miel sigue siendo el principal ingrediente a
estas alturas de mi vida.
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Diálogos Masculinos
Así que mi regalo para ti es un no regalo. No va envuelto
ni te lo ofrezco de manera externa.
Yo sé que es fácil de ver —y sentir— dentro de mí, y que
mi única verdad está en mi interior —sea en la cantidad
que sea—.
Así que, de momento, entre hiel o miel, me sigo encon-
trando con hiel, aunque con esperanzas de que pronto
llegue el día en que pueda ver las cosas de otro color, de
un color miel precioso, dorado y brillante.
Hasta ese momento, gracias a ti, Justo, por irradiar con
tu miel la esperanza que confío encontrar en todos aque-
llos hombres y mujeres que sí quiero seguir encontrán-
dome en mi paso por la vida.
Siempre presumo de que me encanta equivocarme, pues
mi pesimismo per se —hiel—, que me acompaña allá
donde voy, siempre íntegro, siempre aparentemente
invencible, a veces, muy de vez en cuando, encuentra
la horma de su zapato y se ve inmerso en una ola de
optimismo —miel— que nunca pensó que encontraría
cruzándose por su camino victorioso.
Y es, mi querido amigo Justo, con tu presencia constan-
te y diaria a mi lado, transitando por los caminos que
yo todavía estoy escudriñando con no pocos titubeos y
miedos todavía, la que me hace confiar en que vienen
tiempos mejores para los ingredientes con los que siem-
pre ha estado condimentada mi vida.
Voy más lejos.
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Masculinidad y Miel
Y es en este preciso instante, cuando la poca cantidad
de miel que he ido recogiendo laboriosamente por el
camino, es capaz de contrarrestar el efecto de toda esa
hiel acumulada a lo largo de cuatro décadas y media de
camino por la vida.
Y eso, para variar, me hace sentir muy bien.
Así que, no puedo estar más contento de acabar este diá-
logo con la palabra Miel.
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Miedo a
La Mujer
Víctor
«… No lo llaman igualdad. Lo llaman feminismo. La igualdad es el des-
tino final, la meta. Y el feminismo es ese camino todavía molesto para muchos
hombres, que se resisten como gato panza arriba, a caminar o transitar de ma-
nera natural a través de él...».
Justo
«… Bajo la sombra del posible rechazo de ella, o de su indiferencia, a
pesar de la aparente excitación, subyacía mi miedo a su sola presencia en forma
de oscura y oculta misoginia...».
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V íctor Sánchez:
L a primera vez que leí la frase «Los hombres tienen
miedo de que las mujeres se rían de ellos; las mujeres
tienen miedo de que los hombres las asesinen», de Mar-
garet Atwood, me quedé en estado de shock.
Pensé inmediatamente que era una de esas habituales
frases un tanto desproporcionadas a la que los hombres,
en estado de excepción —cuando no nos enteramos de
lo que pasa a nuestro alrededor, sobre todo en lo que
tiene que ver en relación con las mujeres—, nos tenemos
que ir acostumbrando porque las mujeres, simple y lla-
namente, se han cansado de nosotros y se han cansado
de esperar que alcancemos una mínima exigencia con la
empatía feminista que ellas demandan.
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Diálogos Masculinos
En nuestra habitual superioridad otorgada por nuestros
privilegios masculinos, rápidamente catalogamos —en
vez de tratar de entender y comprender— las exigencias
actuales de las mujeres dentro del espectro de necesa-
rias, recomendables, ilusas, exigentes y descabelladas
—táchese lo que tu actual conciencia machista no te per-
mita reflexionar sobre ello—.
Y me viene entonces esa eterna pregunta que, vuelve
una y otra vez cuando alguien nos pregunta que por
qué no aceptamos a mujeres dentro de los espacios no
mixtos que celebramos en nuestros Círculos de Hombres.
Podría dar muchas respuestas políticamente correctas a
esta pregunta. Sin duda, una de las más inevitables sería
el cuestionamiento del género femenino sobre nuestra
propuesta de cambio y las suspicacias que despierta otra
nueva versión de que los hombres —esta vez sí— «van
a cambiar».
Hablamos en el primer artículo de este libro, Diálogos
Masculinos, de la sinceridad masculina, así que no me
queda más remedio que responder, bajo mi único pris-
ma individual, lo que subyace y se esconde detrás de
semejante y acertada pregunta.
Creo de verdad que los Círculos de hombres es el único
espacio que conozco en el que los hombres no compiten
entre ellos, no tienen en su interés quedar por encima
del compañero ni decir siempre la última frase y no nos
pisamos entre medias el turno de palabra; tres razones
que, a priori, no parecen gran cosa, pero créeme, tratán-
dose de hombres, es todo un triunfo conseguirlas.
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Miedo a La Mujer
También creo que hay varias razones —más— de peso
para restringir la presencia femenina en nuestros círcu-
los que también conviene tener presente: los hombres
mentimos en presencia de mujeres. Tal cual. Ocultamos
nuestros defectos y miserias, sacamos a relucir nuestras
aparentes cualidades e interpretamos un papel para el
que nos han educado y acostumbrado desde bien pe-
queñitos, la construcción de un personaje que no tiene
por qué ser real ni responder a nuestras verdaderas in-
tenciones, pero que en virtud de nuestro sexo de naci-
miento tenemos que aprender a construir y desarrollar
de la manera más convincente posible —¡ahí radica, sin
duda, la clave de nuestro éxito como HOMBRES!—.
Los hombres, automáticamente, damos un paso atrás
cuando vemos que la presencia femenina es más deter-
minante, más inmediata y más notable.
Somos brillantes en nuestros espacios, en nuestros esce-
narios de trabajo y en nuestro trabajado ámbito públi-
co, en donde podemos y nos dejan desarrollar nuestras
mejores armas de conquista y convicción, pero…, ¡ay de
esos espacios más recogidos, más privados, menos gran-
dilocuentes, en los que nos ganan terreno las mujeres!
Ahí entonces más de uno se acobarda, se resguarda y se
protege como sabe.
Escondiéndose.
Y se hace el silencio, volviéndonos a poner, inevitable-
mente, la máscara o el traje que hemos venido a quitarnos,
al menos, en este breve espacio no mixto; normal si, por
otra parte, nos hemos acostumbrado a vivir en el País de
Nunca Jamás Cuestionarás mis Privilegios Masculinos.
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Estamos, sí, muy desentrenados en todo lo que tiene que
ver con todo ese trabajo de deconstrucción que tratamos
de llevar a cabo en nuestros grupos de reflexión mascu-
linos, y hacerlo al lado de las alumnas aventajadas, las
mujeres, nos incomoda sobremanera.
Si a todo eso le sumamos que los hombres, ante la inevi-
table presencia femenina, lo que intentamos es conquis-
tar esa presencia, no dialogar ni construir en compañía
de ella…, pues tendremos más pistas para resolver la
ecuación en cuestión.
A los hombres les preocupa y mucho que las mujeres
se cuestionen si necesitan para algo a un hombre en su
vida, porque en caso de que las conclusiones sean las que
todos nosotros imaginamos, ¿en qué lugar nos dejaría?
No sé si los hombres se plantearán semejante pregunta
de la manera en que yo la estoy formulando.
Supongo que, al menos, en algún momento de sus vidas
la mirarán de reojo, con desconfianza y con temor, no
sea que su actual circunstancia en pareja —en caso de
tenerla— se rompa o se venga abajo por lo frágilmente
que está construida y tengan que enfrentarse a nuevas
formas de afrontar la vida o nuevas y futuras relaciones
de pareja.
No sé si los hombres estarán preocupados porque las
mujeres nos lleven décadas de ventaja —gracias, entre
otras cosas, a las herramientas de empoderamiento que
el feminismo les ha otorgado— en muchos aspectos que
tienen que ver sobre todo con la relación que mantene-
mos entre ambos géneros.
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Miedo a La Mujer
No sé si los hombres estarán preocupados por perder
el protagonismo del que siempre hemos respondido y
presumido durante tantos siglos.
Pero es más que evidente que los tiempos están cam-
biando.
Y lo llevan haciendo ya mucho tiempo, valga la redun-
dancia.
Y me da la sensación de que ya no va quedando mucho
margen de maniobra para nuestra reacción.
Podemos tratar de concienciarnos de manera real y
práctica o podemos dejarnos arrasar por el tren que, sin
duda, va a pasar a nuestro lado a una gran velocidad.
No lo llaman igualdad. Lo llaman feminismo.
La igualdad es el destino final, la meta. Y el feminismo
es ese camino, todavía molesto para muchos hombres
que se resisten como gato panza arriba a caminar o tran-
sitar de manera natural a través de él.
Y eso es básicamente debido a que se trata de un nuevo
modelo de vivir según otros patrones o maneras que,
desde luego, no son las formas masculinas que con tan-
to ahínco y determinación nos han enseñado desde bien
pequeñitos.
Y eso nos produce miedo, un miedo atroz que no sabe-
mos ni podemos controlar.
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J usto Fernández:
M i querido Víctor. A estas alturas, en ciertos asun-
tos, reconozco que no me es fácil hablar en términos de
colectivo masculino, de «nación hombre». Y la realidad
de la misoginia —aversión, rechazo, miedo o falta de
confianza en la mujer— es precisamente uno de esos
temas. La razón es sencilla: el miedo es una emoción,
por lo tanto, es una experiencia individual, interna. O se
siente o no se siente. Es por eso que mi aportación a tu
propuesta será, en este caso, escribir únicamente sobre
«mi» miedo a la mujer, el que yo conozco, del que soy
experto, el mío.
Sin más preámbulos, me preguntaré entonces a mí
mismo: «¿Tengo miedo, aversión o desconfianza a la
mujer?». La respuesta, meditada desde el corazón es
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Diálogos Masculinos
nítida: por fortuna, ya no. O, más detalladamente, ya
no me predispongo en estado de alerta ante un ser hu-
mano solo por el hecho de que sea una mujer. No hay
ya, por lo tanto, prejuicio ante ellas. Eso no significa
que, ante una mujer en concreto, en una situación de-
terminada, pueda surgir libremente toda la variedad
cromática del arcoíris de las emociones, miedo inclui-
do. Pero, al menos, esos sentires ya no llegan anticipa-
dos, condicionados ni precocinados. Podría decir que
es igual a lo que me ocurre ante un hombre. Es obvio
que solo puedo referirme con honestidad a aquello de
lo que soy consciente. De la parte oculta del iceberg, del
inconsciente, solo puedo decir que en ello estoy. Y este
ejercicio de diálogo contigo es buena prueba de estar
en ello. Quizá la buena noticia sea el hecho mismo de
poner el foco de mi conciencia en mi misoginia, en la
mía, que ha sido fuente probada de infelicidad, desen-
cuentros y sufrimiento.
Y puedo constatar, también por experiencia, que el mie-
do inconsciente a la mujer es origen de dolor propio y
ajeno. No me cuesta demasiado recordar tiempos en que
la sola presencia de una mujer ante mí, fuera quien fue-
ra, modificaba el cómo yo era. De manera automática
trataba de convertirme en otro, en el que deseaba que
ella viera. Así de sencillo. Simplemente me contractura-
ba, fingía, actuaba y yo no me daba ni cuenta. Era la es-
clavitud de la búsqueda obligada de su aceptación y re-
conocimiento. El resultado es que no había opción a una
honesta relación en libertad entre dos. Y, bajo la sombra
del posible rechazo de ella, o de su indiferencia, subya-
cía mi miedo a su sola presencia en forma de oscura y
oculta misoginia.
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Alguien lo suficientemente conservador y monolítico
podría decir que exagero. Diría también que acabo de
realizar una fea descripción psicoanalítica del natural
proceso de conquista romántica. Podría incluso llegar a
decir que la conducta descrita es parte misma del «ser»
macho, del «ser» hombre. Y más o menos hombre eres
según sea el balance entre conquistas versus rechazos
en tu privada colección; es decir, el conocido cómputo
masculino de muescas en la culata de tu arma.
Pero yo me pregunto: ¿Hay que resignarse a la condena
de actuar siempre así, como si se tratase de una cadena
perpetua? Mi corazón-conciencia-libertad vuelve a res-
ponder sin titubeos: no. No estamos los hombres «con-
denados» a ejecutar una y otra vez ningún ritual de des-
pliegue de cualidades y autopromoción ante ellas. Un
hombre es un ser humano, no es un pavo real.
Y hay más, mucho más que decir sobre lo necesario de
trascender esta tara masculina. Porque si no eres cons-
ciente del condicionamiento de macho-conquistador,
tampoco lo eres de sus consecuencias. La primera y qui-
zá la más alienante, es la negación del ser completo que,
como tú, es una mujer. Porque mientras tratas de con-
quistar —o seducir, o convencer…—, conviertes necesa-
riamente a quien tienes delante en tu objetivo, en un ob-
jeto-castillo que asaltar. Para ti, una mujer es una «cosa»
a poseer, ni más ni menos. Y si no logras tu propósito,
puedes despreciar y pisotear esa cosa que te acaba de
rechazar. Al fin y al cabo, no hay ninguna persona ahí.
No, no exagero en absoluto con esto.
Y sigue habiendo más, querido Víctor, hay muchas más
consecuencias. Si estás atrapado en el condicionamien-
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Diálogos Masculinos
to, no harás otra cosa distinta a lo programado ante la
presencia de ella. No podrás elegir en libertad el resto
de opciones posibles: colaborar, construir, escuchar, ca-
minar a su lado, crear juntos, aprender de ellas… Y te
perderás la mitad de la vida, que es precisamente el lado
femenino de la existencia.
Y, por último, como colofón íntimo del desastre perso-
nal, además de tu libertad de elegir, perderás también la
esencia misma de tu vida: el Amor. Porque no se puede
amar «una cosa». Esta sí que es ley universal, natural,
humana y divina.
Así que mi sugerencia es aceptar con el corazón la miso-
ginia propia como magnífico punto de partida para, por
fin, deshacernos de ella.
Disculpa de nuevo, amigo mío, si me he ido por otros
cerros para atender tu propuesta, pero así me ha salido
el ejercicio. Quizás ha sido por reconocerme «exmisógi-
no» o, mejor, misógino en rehabilitación. Quizás ha sido
por mi vocación de Libertad traducido en deseo de dejar
atrás mis condicionamientos. Quizás es solo compasión.
O quizás es solo amor por mí y amor por ella, que, cuan-
do por fin respiro igualdad, del mismo Amor se trata, no
hay diferencia.
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El hemisferio
izquierdo
Justo
«… La Tierra es un ridículo planeta sentimental. Fdo: Mi hemisferio
izquierdo...».
Víctor
«… El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las
dimensiones del tiempo y del espacio...».
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J usto Fernández:
S e me ha ocurrido un cuento y te lo voy a contar. Es
una pequeña historia fantástica, de ciencia ficción. Como
sé que te gusta mucho el cine, puedes imaginar un corto-
metraje al estilo de un episodio de Star Wars donde los
protagonistas aterrizan en un lugar desconocido. Lo he
titulado: «La Tierra es un ridículo planeta sentimental»,
y dice así:
Era una misión de rutina. Ya sabían que no encontrarían
nada relevante para su propósito ni para sus importan-
tes proyectos científicos, pero había que hacerlo; estaba
en el plan. Bothan y Gugan provenían de la galaxia Tes-
tor. Ahora debían visitar ese extraño y lejano planeta del
sistema solar. El objetivo era chequear, de nuevo, si allí
había inteligencia tal y como ellos la concebían. Un ser
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Diálogos Masculinos
inteligente debía poseer un hemisferio izquierdo hiper-
desarrollado junto a un minúsculo, residual y atrofiado
hemisferio derecho. Solo era considerado intelecto lo
proveniente del lado valorado del cerebro.
En las incursiones anteriores, que se producían cada
cien años, se habían obtenido siempre resultados ne-
gativos. En ese lugar no había inteligencia alguna. Pro-
bablemente esta vez sería similar; por eso los dos seres
hiperinteligentes tenían nulas expectativas. Ajustaron
el escáner al tipo de individuos fijados como mues-
tra: un hombre y una mujer que en ese momento se
encontraban sentados en un banco solitario de un par-
que cualquiera de una ciudad cualquiera. Los sistemas
de rastreo eran capaces de monitorizar, a pesar de la
enorme distancia, cualquier movimiento molecular y
celular que se producía en el interior del ser objeto de
la prueba. Todos los ritmos vitales eran también regis-
trados, además de captar cualquier sonido que pudiera
emitir. La duración del muestreo era corta, apenas tres
minutos serían suficientes. El propio sistema analizaría
a continuación los resultados.
El test comenzó justo en el momento en que el hombre
tomó la mano de ella y dirigió sus labios muy despacio
hacia los de su compañera. Ambos se fundieron en un
largo beso y los ojos de los dos permanecieron cerrados
todo ese tiempo.
—Te amo —dijo él, acariciando dulcemente su mejilla.
—Pero ahora estás llorando… —dijo ella, emocionada.
—Es profunda alegría. Supongo que mis lágrimas agra-
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El hemisferio izquierdo
decen así esto que ahora siento —los ojos inundados del
hombre brillaban con el reflejo de ella.
—Gracias amor. Gracias por compartir conmigo tus sen-
timientos —en un intenso abrazo, ella se acercó a su oído
para así susurrarle.
En ese momento el analizador dio por finalizada la prue-
ba. Bothan, atareado en otros asuntos, no había prestado
atención alguna a la escena; sin embargo, Gugan sí ha-
bía permanecido atento a los monitores. Ahora los dos
hiperinteligentes alienígenas se dispusieron a escuchar
el audio del informe:
«Informe de observación: Ritmo cardiaco y respiratorio
de ambos individuos irregular y alterado. Actividad ce-
rebral desperdiciada, inconexa y caótica. Torrentes de
oxitocina de perfil patológico. Conductas ineficientes
sin ningún propósito ni objetivo definido. Los indivi-
duos analizados actúan irracionalmente, guiados por
sus sentimientos. Según las tablas vigentes, los especí-
menes estudiados pertenecen a una especie inferior de
nula utilidad. Fin del informe».
—Bueno, nada nuevo bajo el Sol. Nos vamos —dijo Bo-
than tras escuchar el resultado.
—Sí, estos siguen igual. Quizá cuando volvamos dentro
de cien años… —replicó Gugan.
—Es muy poco tiempo para que evolucionen, si es que
lo hacen. Esta especie está muy atrasada. La tierra es un
ridículo planeta sentimental —Bothan indicó así su des-
precio.
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Diálogos Masculinos
Los dos hipermegainteligentes extraterrestres progra-
maron ahora su próximo destino y se acomodaron en
sus asientos. Así continuaron un tiempo con su progra-
mada labor de manera precisa y eficiente.
De repente, el sistema emitió una estridente alerta a
través del audio de la nave. «Atención, alerta médica,
detectada actividad en el hemisferio derecho del coman-
dante Gugan. Posible contaminación. Indicio de senti-
mientos. Iniciamos protocolo de observación».
—¿Qué te pasa Gugan? ¿Te encuentras bien? —pregun-
tó su compañero.
—Sí, no te preocupes, es solo un malestar extraño. Aho-
ra se me pasa.
—Vale. Dime si persiste. Habría que iniciar tratamiento.
—¿Sabes, Bothan? Siento que es muy triste no tener sen-
timientos.
—Bueno, no pasa nada… Vete recostándote en la camilla
y súbete la manga. Te quitamos el malestar en un mo-
mento…
«La Tierra es un ridículo planeta sentimental».
Fdo: Mi hemisferio izquierdo.
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V íctor Sánchez:
C ine, ciencia ficción y AMOR. No sé si con mayús-
culas o no. Dependiendo, quizá, desde qué civilización
lo analicemos…
Me encanta el tema y la forma elegida para este diálogo.
Yo no te voy a contar un cuento porque mi imaginación
es muy limitada, pero sí, después de leer y ahora al res-
ponder a tu propuesta, te voy a hablar de una película,
de una escena y de una elección vital basada en el Amor
en donde está en juego ni más ni menos que el futuro
mismo de toda la humanidad —casi nada, como para
encima ponerlo en manos del denostado últimamente
«amor romántico»—.
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Diálogos Masculinos
Película Interstellar.
La humanidad tal y como la conocemos hoy en día está
al borde del cataclismo y su esperanza de vida tiene fe-
cha de caducidad.
Apenas nos queda una generación más —de donde
arranca temporalmente la película— para que los recur-
sos del planeta lleguen a su fin.
Nos encontramos con la habitual expedición puesta en
marcha con toda celeridad que tiene que seguir el rastro
dejado por doce voluntarios que han viajado a doce desti-
nos —planetas— diferentes a través de un agujero negro
cercano a Saturno con el objetivo de investigar a contra-
rreloj cuál de todos esos planetas sería más habitable y
adecuado para que, en caso de que la humanidad —o una
parte de ella— tuviera que tomar un viaje de ida fuera de
la Tierra, encontrara el lugar idóneo para que las futuras
generaciones puedan volver a empezar desde cero.
No vamos a entrar en los detalles de cómo van decidien-
do a qué planetas visitan primero y cuáles van descar-
tando —no hay tiempo para llegar a todos ni noticias de
que todos los tripulantes mandados previamente sigan
con vida—. Se les acaba el tiempo, el combustible, y hay
que tomar una decisión única y trascendental. Sin mar-
gen de error.
Nos dirigimos al momento final y decisivo, el momen-
to en que deben decidir qué planeta van a elegir como
última opción de inspección y estudio antes de agotar
todos sus recursos. La decisión está en sus manos, en sus
mentes…, o en sus corazones.
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El hemisferio izquierdo
Es un pequeño grupo de personas cuyas respectivas vi-
das y anhelos pasan con casi total seguridad por no po-
der volver a ver los suyos antes de morir.
La decisión es elegir entre la opción más sensata o seguir
la sorprendente intuición de una de las personas allí pre-
sentes —la única mujer entre ese reducido grupo de tri-
pulantes con vida—, que piensa jugarse la última carta,
la de la supervivencia de toda la humanidad, apostando
por uno de los planetas que a priori genera severas du-
das…
¿Y por qué? El superior al mando de esa expedición
—inevitablemente, el hombre protagonista— argumen-
ta que esa elección no es la más idónea porque la perso-
na que la vota está enamorada del voluntario que viajó
previamente a ese planeta y del que no saben ni siquiera
si permanece con vida, con lo cual su implicación emo-
cional por esa persona debería dejar su opción descar-
tada.
Ya sabes. La eterna batalla entre las emociones y la men-
te. Ampliamente enfrentadas y puestas en entredicho en
según qué escenarios. Separadas en contra misma de la
naturaleza y asignadas y adjudicadas cada una de ellas
a un género distinto.
No sé si es un problema de hemisferios derechos o iz-
quierdos, de decisiones masculinas —¡científicamente
empíricas!— o femeninas —la intuición del amor y de
las emociones en general—. Lo que es hermoso es sim-
plemente plantearnos qué haríamos cada uno de noso-
tros en esa tesitura. Lanzarnos al territorio de lo desco-
nocido y emocional o seguir insistiendo en el terreno de
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Diálogos Masculinos
la lógica y de la razón. Arriesgarnos a que salga bien o
convencernos de que, si sale mal, al menos hicimos lo
correcto o lo que creíamos que era lo que teníamos que
hacer.
Yo lo tengo claro, desde luego…
«El amor es lo único que somos capaces de percibir que
trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio».
Interstellar
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El patriarcado
y la física cuántica
Víctor
«… No deja de resultar paradójico que estando como estamos en la época
en donde más información tenemos al alcance de la mano, sea sin duda, una de
las épocas, sino la que más, donde el patriarcado está no solo más y mejor ins-
taurado, sino que presenta, una salud a prueba de bombas...».
Justo
«… El patriarcado no se ve porque está por todas partes...».
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V íctor Sánchez:
P
« atriarcado» es una de esas palabras que, en cuan-
to son pronunciadas por algún incauto interlocutor, pro-
vocan un rechazo y una desconexión automática en la
persona que tenga enfrente, sea lector, espectador o sim-
plemente alguien con la que esté entablando una senci-
lla conversación —feminismo es otra de esas palabras
que provocan un efecto similar o incluso mayor—.
Para entendernos, es como si a una publicación o artí-
culo que comparta en mis redes sociales, le pusiera por
título algo que tuviera que ver con la física cuántica.
El bostezo está más que asegurado y el aburrimiento
y pereza para que la gente se introduzca en semejante
tema es más que evidente.
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Diálogos Masculinos
Y ya que de por sí es bastante difícil traer a la palestra
al público masculino no concienciado con temas como
el machismo, el acoso callejero, la prostitución, la por-
nografía y la violencia de género, como para que no nos
dejen ni mencionar al padre de todos esos problemas,
sin que, automáticamente, nos tuerzan la cara o miren
para otro lado: el —maldito— patriarcado.
Qué bien instaurado y protegido que está.
Dicen, con toda la razón del mundo a poco que nos pon-
gamos a pensar y a mirar a nuestro alrededor, que desde
bien pequeños nos empiezan a acostumbrar a caminar
entre el patriarcado, a pesar de que en algunos casos
nos intenten hacer ver que estamos exagerando, que «la
igualdad ya está conseguida y legislada» y bla, bla, bla.
Los argumentos reactivos están tan integrados en el dis-
curso social que rápidamente afloran sin apenas pesta-
ñear.
Es más que evidente que el patriarcado como sistema pi-
ramidal imperante necesita tanto de la selección —¿natu-
ral?— de los escasos líderes o personas más brillantes del
grupo —cogida con pinzas la palabra brillante—, como
del resto de la base de la pirámide poblada de personas
que soporten el peso de la maquinaria para que funcione
al máximo nivel con total normalidad e impunidad.
Y a todo esto, ¿dónde empieza a implantarse el patriar-
cado?
Independientemente de que el proceso de jerarquización
y adquisición de roles para uno y otro género empieza
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El patriarcado y la física cuántica
incluso antes de nacer —con una elección aparentemen-
te tan simple e inofensiva como el color rosa o azul de la
pintura de la habitación en la que el bebé vaya a ocupar
el sitio que le corresponde dentro del hogar familiar—,
uno de los lugares donde rápidamente se ejerce, se de-
sarrolla y se va implantando el patriarcado desde bien
prontito es en los patios de colegio. Este es el primer es-
cenario social donde hombres y mujeres, niños y niñas,
empiezan a interaccionar entre sí —el parque podría
considerarse otro de esos primeros escenarios, pero no
tiene la importancia colectiva y jerárquica ni la continui-
dad en el tiempo que sí tiene el colegio—.
El patio del colegio, y en concreto el espacio que ocupa
el recreo y el tiempo libre que deja el horario escolar,
es donde más patente queda una buscada y para nada
dejada al azar segregación de los individuos por sexos a
través de los juegos, y más concretamente, del todopo-
deroso mundo del fútbol.
Aquí es donde se empieza a forjar la visibilidad del espa-
cio público dominado por la presencia masculina, mien-
tras poco a poco se va forjando igualmente la invisibili-
dad de la presencia femenina relegada a las bandas, a los
laterales del campo de fútbol o centro de atención social
—es decir, las vamos relegando casi sin darnos cuenta a
ese ámbito privado y oculto al que siempre, época tras
época, las hemos ido acostumbrando—.
Si crees que exagero, investiga por qué en algunas co-
munidades autónomas ya se está empezando a legislar
el uso de estos espacios, prohibiendo incluso el uso de la
pelota uno o varios días por semana.
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Diálogos Masculinos
Claro que alguien me dirá: «Pues yo he visto niñas en
el recreo jugando al fútbol». Y es verdad, yo también he
visto niñas jugando al fútbol en el patio de los colegios.
Concretamente en el patio del colegio donde cursan es-
tudios mi hijo y mi hija. Pocas, pero las he visto. Y ca-
sualmente, jugaban como los ángeles.
Es decir, que si juegan tan bien o más que los niños, to-
davía haremos un esfuerzo por aceptarlas, porque ya se
nos acaban los argumentos para discriminarlas y por-
que, en el fondo, nos viene bien para defender nuestros
argumentos de aparente normalidad que haya siempre
una pequeña representación femenina en todos los ám-
bitos, para cubrirnos las espaldas del posible «qué di-
rán» recriminador y no nos echen en cara que nuestro
sistema es descaradamente diferenciador y opresor.
Sin embargo, ¿qué ocurre o en qué situación les deja a
los niños —varones— que no juegan al fútbol como los
ángeles o que, directamente, son mediocres porque no
se les da bien el fútbol?
Pues lo que ocurrirá, ni más ni menos, como en el resto
de la sociedad o los diferentes espacios públicos en don-
de la presencia femenina empieza a asomar con timidez,
es que se les aceptará solo por ser niños, porque es ne-
cesario completar el resto de la plantilla de los equipos
que disputan esos partidillos, o dicho de otra manera,
necesitamos reforzar la base de la famosa pirámide pa-
triarcal de la que antes hablábamos, porque si no, dicho
claramente, la máquina no funciona.
Decía Karl Marx allá por el siglo XIX que «la religión es
el opio del pueblo».
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El patriarcado y la física cuántica
Dos siglos más tarde, hemos aparcado ligeramente la
religión a un lado y la hemos sustituido por el mundo
del fútbol —recordemos a los gladiadores del imperio
romano como la comparación más cercana que se nos
ocurre para tener contento y distraído al pueblo de sus
miserias y rutinas cotidianas—.
Sin embargo, como nos hemos dado cuenta que, a lo lar-
go de los siglos, a las mujeres no les ha interesado ni el
mundo de los gladiadores ni el mundo del fútbol, algo
nos tendríamos que inventar los hombres, el patriarca-
do y el sistema dominador masculino hegemónico para
tener entretenidas, distraídas y ocupadas en su ámbito
privado a las mujeres.
Y allí encontramos también un filón que ha dado mu-
cho que hablar, mucho sobre lo que reflexionar y mucho
sobre lo que también tocará deconstruir si queremos de-
rribar uno de los muchos muros levantados de forma
perversa entre ambos géneros.
El amor. Y más concretamente, el amor romántico.
Decía Kate Miller, en su libro La política del sexo, que «el
amor ha sido el opio de las mujeres», volviendo otra vez
más a parafrasear y transformar a la realidad actual, la
frase original de Marx.
Y volvemos a esas bandas o laterales de los patios de
colegio desde donde también empiezan una serie de
comportamientos que después vendrán conveniente-
mente reforzados por los mensajes que encontramos en
todas las facetas y escenarios que la sociedad nos va pre-
parando a lo largo de nuestro desarrollo y crecimiento
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Diálogos Masculinos
evolutivo. Sí, sobre todo a ellas: las princesas Disney, la
hipersexualización de la publicidad donde empiezan a
aparecer las niñas tomando posesión de sus respectivos
roles ya adjudicados, las descaradas campañas de jugue-
tes sexistas, el mundo de la moda, el cine, la cultura, el
mercado laboral y las profesiones dirigidas a la mano de
obra femenina, etc.
No deja de ser curioso que, estando como estamos, en
la época en donde más información manejamos y más
tenemos al alcance de la mano, esta sea sin duda una de
las épocas —si no la que más—, donde el patriarcado
está no solo más y mejor instaurado, sino que presenta
una salud a prueba de bombas —haciendo un símil mer-
cantil, el patriarcado sigue presentando de forma conti-
nua, año tras año, los mejores resultados económicos de
toda su historia milenaria—.
Y eso, sin duda, tiene que ser motivo de estudio, re-
flexión y concienciación, para que entendamos en toda
su complejidad cuáles son las reglas del juego en las que
estamos inmersos.
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J usto Fernández:
M i padre murió cuando yo tenía solo seis años.
«Ahora tú eres el hombre de la casa». Esta fue la frase
con la que, desde entonces, machaconamente, mi entor-
no adulto fue taladrando mi cerebro infantil. Supongo
que antes me darían el pésame, pero de eso no me acuer-
do. Aclaro, aunque no es necesario, que mi madre era
una mujer absolutamente capaz, maestra de escuela, y
que yo tenía, y tengo, una hermana mayor que ha resul-
tado ser una brillante profesora e investigadora de to-
pología algebraica en una universidad estadounidense.
Pero era yo el que debía ser el «hombre» de la casa. Ese
era mi guion, mi programa, mi obligatorio destino. ¡Seis
años, Víctor, yo solo tenía seis años!
El patriarcado no se ve porque está por todas partes. Lo
llamamos normalidad. Es una actitud vital cuyo primer
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axioma es el desprecio por la vida misma. La vida no
tiene valor alguno por si sola. Sus formas sagradas na-
turales —amor, fraternidad, solidaridad, maternidad,
paternidad,…—, son irrelevantes e insuficientes para
la valoración de un ser humano. Tenemos la obligación
ineludible de desempeñar un rol social predefinido que
nos es encomendado y debemos dedicar toda nuestra
energía a lograr ese desempeño o no seremos recono-
cidos por los demás. Para ello, somos azuzados por el
miedo al fracaso personal, miedo al desmerecimiento.
Sí, por eso funciona, porque nos mueve el miedo. Des-
de niños se nos ha inculcado que la vida hay que ganár-
sela primero. Hay que demostrar que eres merecedor
de ella. No eres nada ni serás nada sin sacrificio, esfuer-
zo, ambición y deseo de éxito. Por eso, lo primero que
nos preguntamos, sobre todo entre hombres, es: «¿Y tú,
cómo te ganas la vida? ¿Tú a qué te dedicas?». Prueba,
mi querido Víctor, a contestar a esa pregunta con un
sencillo «a criar a mis hijos». Te vas a divertir con las
reacciones de ellos.
Claudio Naranjo, psiquiatra, librepensador y escritor
chileno —como sabes, a mí especialmente me nutre su
pasión por el derecho a la transformación personal—,
define «mente patriarchal» o, si se quiere, «ego patrísti-
co», refiriéndose, según sus palabras, a «ese complejo de
violencia, desmesura, grandeza e insensibilidad típica-
mente masculinas». Naranjo continúa diciendo: «… Al
decir que una “mente patriarcal” subyace al problema
patriarcal de la sociedad, he caracterizado a esta, hasta
ahora, como una sociedad en que las relaciones de domi-
nio-sumisión y de paternalismo-dependencia interfieren
en la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios
y fraternales…».
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El patriarcado y la física cuántica
Esa interferencia en los vínculos a la que se refiere el
autor acaba conformando nuestra propia escala de au-
tovaloración. Las relaciones de dominio-sumisión y de
paternalismo-dependencia son el entramado de lo que
tradicionalmente hemos llamado poder y jerarquía. A
mayor poder, liderazgo y control sobre los demás, ma-
yor valoración personal. Por eso, hoy, todos los puestos
de poder están mayoritariamente ocupados por hom-
bres y así seguirá ocurriendo, perpetuándose semejante
despropósito, mientras sigamos utilizando como me-
dida del mérito para desempeñarlos esa única y estre-
cha escala de valores patriarcal —miedo, competencia,
violencia, desmesura, grandeza, insensibilidad…—, que
nada tiene que ver con la vida.
En cualquier caso, mi querido Víctor, al margen de aca-
demicismos y erudiciones, yo solo pido que, por favor,
no se nos olvide jamás que sigue siendo demasiado fácil
transmitir a los que vienen este maldito hechizo de neu-
rótica normalidad. Basta con tener mente patriarcal para
que tu boca, por sí sola, acabe diciéndole a tu hijo: «La
vida es muy dura, hijo mío, y algún día tú tendrás que
ser el hombre de la casa».
Y con eso, ya está todo dicho.
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¡Rompamos el
hechizo!
Justo
«… El niño comienza a mirar la femineidad «hechizado» por la manifes-
tación de la relación que con ella tiene su propio padre. Por tanto, el niño no
elige «la forma» de su relación en Libertad...».
Víctor
«… Es más que evidente que uno de los constructos o pilares en los que
se basa el actual modelo de masculinidad es la Violencia. O como mínimo, una
forma violenta de resolver los conflictos. Así nos han educado, y lo han hecho
muy bien por cierto...».
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J usto Fernández:
I
maginemos la siguiente escena rescatada de una
pasada normalidad cotidiana:
Un vehículo circula por una carretera comarcal semide-
sierta entre dos pueblos. Estamos en una zona rural del
norte de España. Es domingo por la mañana temprano
de un hermoso día soleado primaveral. En los asientos
delanteros viajan un padre y una madre, conduce el
hombre. En el asiento trasero viaja su hijo, un niño de
cuatro años. El coche se detiene permaneciendo con el
motor en marcha y las dos puertas delanteras se abren
a la vez. El padre y la madre intercambian sus posicio-
nes. Ahora conduce ella. El coche retoma el movimiento,
pero esta vez se desplaza a tirones acompañado con el
estridente ruido del motor sometido a fuertes acelero-
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Diálogos Masculinos
nes. Finalmente, el coche se detiene y el motor se cala. Se
vuelve a sentir el silencio de la mañana. Sin embargo, en
el interior del vehículo se desarrolla otra realidad.
—No me explico cómo cojones puedes ser tan torpe
—dice el padre con voz agria.
—Ya te dije que no era una buena idea que tú me en-
señaras a conducir. Pierdes la paciencia muy fácilmente
—responde ella.
—¿Qué pasa, mami? —pregunta el niño, que no pierde
detalle al escuchar el tono de su padre.
—Nada, hijo, que aprender a conducir lleva su tiempo.
No pasa nada —responde la madre con voz suave.
—¡Sí que pasa, hijo, sí que pasa! —grita ahora enfadado
el padre—. Pasa que tu madre es una inútil. Como todas
las mujeres. No sé quién me manda a mi meterme en
este lío. ¡A ver, hostia, inténtalo otra vez y vigila el puto
embrague! —el tono del padre es ya amenazante.
El coche retoma la marcha por segunda vez. De nuevo lo
hace a bruscos tirones y de nuevo con el fuerte ruido de
las sacudidas del motor. Se vuelve a detener bruscamen-
te. El motor se para y vuelta a arrancar. Esto ocurre una
cuarta vez, y una quinta con resultados similares. Al fi-
nal, el vehículo queda totalmente detenido. La puerta del
copiloto se abre y el hombre desciende dando un agresi-
vo portazo. Se aleja por el arcén vociferando. La mujer
queda sola en el coche con el niño de 4 años, que ahora
está llorando. La transparencia de la mirada de un niño
y el silencio de una mañana se han roto definitivamente.
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¡Rompamos el hechizo!
Sin entrar en academicismos de disciplinas del compor-
tamiento que no me corresponden, parece razonable
pensar que la relación que un ser humano tiene con otros
se nutre de la propia experiencia y de la observación de
las experiencias de los demás. En el niño, desprovisto
de vivencias propias, su presencia ante las experiencias
ajenas las confiere un calado y un peso específico deter-
minante, máxime cuando estas son nada menos que las
de su padre y la de su madre.
Volviendo a la escena del vehículo, parece razonable
sentir que, para el niño, el episodio no ha sido intrans-
cendente. Del mismo modo, empatizando con el padre
y con la madre, la intuición nos dice que ese clima de
relación entre ellos es una constante presente en todas
sus interacciones —al menos en las más íntimas o pri-
vadas—. Y de nuevo la intuición nos revela que el niño
se está paulatinamente nutriendo de esos fundamentos.
En definitiva, la mirada del niño varón hacia su madre
se va conformando de manera primigenia con los retales
de la mirada del padre a su pareja. Del mismo modo,
la primera referencia determinante de lo femenino a la
que un niño tiene acceso es precisamente la figura de su
madre. El niño comienza por lo tanto a mirar la feminei-
dad «hechizado» por la manifestación de la relación que
con ella tiene su propio padre. En estas condiciones, el
niño no elige «la forma» de su relación en Libertad. Su
masculinidad natural está siendo domesticada a través
del hechizo del ejemplo y las referencias. Esas referen-
cias son señales que van indicando al niño el camino a
seguir. Primero las que observa en su padre, luego las
de su entorno familiar y círculo más próximo, después
las de su espacio educativo, mediático y cultural. Poco
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Diálogos Masculinos
a poco, se va sumergiendo en una realidad de relación
hombre-mujer de la que puede o no ser plenamente
consciente.
Querido Víctor, tú y yo somos padres de hijos varones;
tenemos, por tanto, la responsabilidad de transmitir
Igualdad, Amor y Libertad. Y eso no se hace con arengas
y palabras. La clave está en asegurar que nosotros, sus
principales referentes, no «hechizamos» a nuestros hijos
mediante nuestras propias actitudes y comportamien-
tos, conscientes o inconscientes. Como siempre, se trata
de empezar por uno mismo.
Mi sencilla y calmada propuesta es seguir investigando
mediante la exploración de la realidad de uno, con acti-
tud de consciente limpieza interior, sin juzgar y sin bus-
car culpables en el exterior. No hay riesgo identitario ni
de pérdida de autoestima en la aceptación sosegada de
que quizás nuestra masculinidad esté contaminada por
el machismo. Si miramos bien, hay demasiados indicios
de ello. Busquemos con ecuanimidad y compasión en
nuestro propio ser las escenas de construcción de noso-
tros mismos.
Quizás así podamos definitivamente «romper el hechizo».
Yo, por ejemplo, buscando conscientemente las mías, he
encontrado sin dificultad la escena que aquí te he relata-
do: esa mañana de domingo de un hermoso día prima-
veral en la que mi padre trataba con «su normalidad» de
enseñar a conducir a mi madre …
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V íctor Sánchez:
M e gusta la forma en que has traído este hilo, este
tema, hasta aquí.
Quizá porque del ejemplo que has puesto, yo pueda
aportar una situación similar, aunque desde otro ángulo
de vista —en esta ocasión, con la misma visión del padre
hacia el hijo, pero siendo yo el protagonista de la escena,
como padre, no como hijo—.
Nunca he tenido un control claro sobre la ira. Al menos
en mi faceta de padre.
Curiosamente, y a pesar de tener una apariencia y un ca-
rácter extremadamente tranquilo y alejado de cualquier
tipo de conflicto, siento que, con respecto a la crianza de
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Diálogos Masculinos
mis hijos, por una de esas causas en apariencia injustifi-
cables, he tenido una vertiente que ya hemos tratado en
otras ocasiones en nuestros Círculos de Hombres y que es
una constante en muchos de los hombres que conoce-
mos y tratamos, que aparece cuando menos se la espera
y que resuelve los conflictos de una manera, digamos,
poco adecuada.
Nos podremos poner más o menos filosóficos, pero es
más que evidente que uno de los constructos o pilares
en los que se basa el actual modelo de masculinidad es
la Violencia.
O, como mínimo, una forma violenta de resolver los
conflictos. Y todo lo que detrás de ella se esconde.
Poder, sometimiento, control, imposición, ira, rabia,
frustación, negación, etc.
Recuerdo la escena en la que un día vi a mi hijo actuar
con su hermana de la misma manera que yo actuaba con
él, cuando desde mi posición de adulto le recriminaba
algún acto que yo consideraba inadecuado en ese mo-
mento.
Sentí que me estaba mirando en un espejo, solo que con
33 años menos.
Vi una de sus habituales escenas o discusiones entre her-
manos en las que trato de entrometerme o intervenir lo
menos posible —con los límites obvios que todos nos
imaginamos— para ver cómo y de qué forma son capa-
ces mis hijos de resolver sus conflictos entre ellos.
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¡Rompamos el hechizo!
Se trataba de una discusión donde mi hijo, dos años y
medio mayor que su hermana, actuaba de una forma
que me recordaba de forma clarividente al modo en que
yo le regañaba en ocasiones anteriores: miradas, gestos,
posición del cuerpo, palabras, gritos, expresiones, etc.
La frustración del niño —varón— que resuelve sus frus-
traciones con su hermana pequeña —hembra— con una
violencia verbal inusitada e injustificada. Imperdonable,
pero esclarecedor.
Hemos oído centenares de miles de veces que los hijos/
as no siempre hacen lo que se les dice, pero sí es muy
probable que hagan o repitan aquello que ven en el com-
portamiento de sus padres —somos el espejo permanen-
te donde se miran—.
Pretender que los niños de corta edad aprendan a gestio-
nar y resolver sus conflictos de una forma satisfactoria,
más de la que demuestran gran parte de los adultos, es
un pensamiento ridículo e irrisorio.
Pero yo tuve esa visión, esa lejana posibilidad de que
mis hijos, poco menos que a través de la ciencia infusa,
aprendieran a transitar por los caminos que tanto traba-
jo y esfuerzo a mí me han costado, y todavía me siguen
costando.
De ahí mi aparente sorpresa ante un comportamiento
que es de todo menos de sorprendente.
La segunda ocasión en la que vi a que respondían mis
enfados particulares o mi respuesta a los conflictos/ra-
bietas en los que mis hijos me incluían —aunque solo
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Diálogos Masculinos
sea para ejercer de árbitro de sus enfrentamientos cuan-
do no saben resolverlos—, tuvo lugar en el I Retiro de
Círculos de Hombres que celebramos hace pocos meses.
A lo largo de las muchas sesiones, talleres y activida-
des que tuvimos la oportunidad de compartir un grupo
de hombres reunidos en un mismo espacio durante dos
días completos, vi de forma clara y precisa cómo mis res-
puestas a los conflictos de mis hijos se resolvían desde
el enfado que yo mismo sentía por todos esos conflic-
tos que yo no había resuelto durante mi pasado en mi
relación con otros muchos hombres. Era mi particular
venganza contra todos aquellos hombres que no me ha-
bían dejado ser quién yo quería ser en cada momento
o que me obligaban a acatar decisiones con las que yo
no estaba de acuerdo y que, sin embargo, aceptaba. Y
por supuesto, una venganza que estaba cumpliendo con
quien no debía y con quien no tenía la culpa de esos sen-
timientos sin resolver.
Estaba justamente transmitiendo ese hechizo al que alu-
días, Justo, en tu parte o texto de este diálogo tan mascu-
lino que has iniciado con anterioridad.
Y yo, en ese momento, lo vi claramente.
Reunido en un círculo de hombres con los que expre-
sábamos y compartíamos nuestras vivencias, no pude
más que expresar y exteriorizar lo profundamente HAR-
TO que estaba de todos esos hombres que tanto daño y
sufrimiento habían incorporado a mi vida a lo largo de
más de cuatro décadas.
Y por extensión, ahora, a la de mis hijos.
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¡Rompamos el hechizo!
Sin comerlo ni beberlo, mis hijos estaban sufriendo las
consecuencias de todo ese aprendizaje perverso rela-
cionado con la violencia que tantos y tantos hombres
hemos heredado de nuestras infancias, adolescencias o
etapas todavía no adultas.
Y así nos va en la actualidad. Y así seguirá yéndonos si
no hacemos nada por remediarlo.
Y yo, en ese preciso instante que antes relataba, sentí que
desmonté el truco de magia. Y sentí que podía empezar
a hacer algo al respecto.
Rompí el hechizo —como decías tú antes, Justo—.
Ese instante, ese momento, me permitió adquirir el án-
gulo de visión de quien no necesita preguntarse por qué
ocurren las cosas de la forma en que ocurren, porque ya
es capaz de averiguar la respuesta por sí mismo.
Sentí, por primera vez en mi vida, que dejaría de repren-
der y regañar a mis hijos por los enfados y malas resolu-
ciones de mis conflictos del pasado, que había acumula-
do durante décadas.
Sentí que iba a empezar a tratar de entender a mis hijos
desde la única visión posible de lo que estaba ocurrien-
do —aquí y ahora—. Sin influencias del pasado ni mo-
chilas que no les corresponde transportar.
Ni más ni menos.
Y el hechizo, poco a poco, se empezó a romper.
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Diálogos Masculinos
Y los gritos dieron paso a las conversaciones.
Y los enfados dieron paso a las comprensiones de los
estados emocionales que, en casa, todos y cada uno de
nosotros experimentamos, no siempre de la manera más
agradable, pero sintiendo lo que son en cada momento.
Y nuestros estados emocionales dieron lugar al respeto
que todos y cada uno de nosotros defendemos y pro-
piciamos para poder vivir en convivencia de la mejor
forma posible.
Y aquí seguimos.
Tratando de hacerlo de la mejor forma posible.
Tratando de romper el hechizo sobre la forma en que nos
han enseñado a hacer las cosas.
Tratando de romper el hechizo sobre la forma que te-
nemos de solucionar los conflictos de una manera tan
masculina.
Tratando, en definitiva, de hacer las cosas de otra ma-
nera.
No sé si lo conseguiremos siempre, muchas veces o, al
menos, las que podamos.
Pero que lo seguiremos intentando, no nos cabe la más
mínima duda.
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El germen del
sufrimiento
masculino
Víctor
«… Y cuando ya no puedas más, y no sepamos que hacer contigo, pedire-
mos que salga al terreno de juego otro jugador, y a ti simplemente, te sacaremos
del campo de juego, porque ya no nos vales para seguir compitiendo de manera
eficaz. Y ni siquiera te daremos las gracias por los servicios prestados. Porque
era simple y llanamente, lo que esperábamos de ti...».
Justo
«… Si quieres construir un macho a partir de un niño, solo tienes que
podar cada vez que broten sus sentimientos. Puedes usar tijera, burla o ningu-
neo...».
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V íctor Sánchez:
H ace varios días mencionamos en uno de nuestros
diálogos anteriores, un tanto de pasada, los famosos
patios de colegio, donde el deporte omnipresente es el
fútbol, como claro ejemplo una vez más del androcen-
trismo imperante en el sistema actual.
No quería dejar pasar la oportunidad de comentar un su-
ceso que pasó hace pocas semanas en el patio del colegio
donde cursan sus estudios tanto mi hijo como mi hija.
Era un jueves por la tarde y, aunque la hora de salida de
clase es a las 16:45, aprovechando todavía que el buen
tiempo nos daba margen de maniobra, nos solíamos
quedar hasta las 18:00, que es cuando el colegio cierra
definitivamente sus puertas.
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Diálogos Masculinos
En ese intervalo de tiempo se suceden las diferentes cla-
ses extraescolares, todas ellas relacionadas con algún de-
porte; en concreto, ese día, cómo no, el fútbol.
Así que, mientras mis hijos/as pululaban por el patio
jugando con sus respectivas amistades, yo tenía tiempo
libre para consultar el móvil, leer un libro o, dedicarme
a mirar a mi alrededor...
No os imagináis lo que se aprende simplemente obser-
vando.
Entrenamiento de fútbol. Un partidillo. Dos equipos en-
trenándose. Uno de los jugadores, un niño que supongo
que no pasará de los 10 años, corría tras una pelota que
se escapaba por la banda y, antes de que el balón saliera
fuera, en el forcejeo con el jugador atacante, cayó al sue-
lo, se raspó la pierna y, después de darse un buen golpe
en la caída, comenzó a llorar.
Primera reacción de sus compañeros: reírse de él. No to-
dos, obviamente. Otros compañeros suyos se acercaron
a ver qué había pasado y a interesarse por él —general-
mente los niños de más corta edad, todo hay que decir-
lo—.
Segunda reacción, esta vez del entrenador: esperar dos
segundos con cara de circunstancias a ver si el niño en
cuestión, por arte de magia, se recomponía, se olvidaba
de quejarse y volvía al terreno de juego por su propio
pie.
Al ver que eso no se producía torció la cara y, claramente
decepcionado, se acercó hasta el niño, lo cogió por deba-
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El germen del sufrimiento masculino
jo de los brazos y, sin preguntarle siquiera cómo se en-
contraba, le puso bruscamente en pie para que caminara
—que pudiera o no pudiera hacerlo, no parecía impor-
tarle—. Por supuesto, acompañado el gesto del habitual
«venga, que no es para tanto, que no ha sido nada».
Tercera reacción, la de la madre, que estaba un poco más
lejos y ha tardado más en llegar al lugar donde se había
producido la caída de su hijo: Tuvo al menos la inicial
sensibilidad y empatía de preguntarle qué tal estaba y
animarle tibiamente, con otra de las frases clásicas entre
los clásicas —«No pasa nada, ya verás cómo se te pasa
enseguida, sigue jugando que se te olvidará pronto»—.
El entrenador apoyó la moción y soltó un escueto «Bah,
si lo único que tiene dolido es el orgullo».
En apenas un puñado de segundos, a ese niño le ha que-
dado meridianamente claro, que:
• No puede llorar, al menos en público, porque se
reirán de él esos que dicen llamarse amigos.
• Que, independientemente de la cantidad de
daño que se haya hecho, que solo él es capaz de
calibrar, no está justificado quejarse, ni sentir que
ha dolido, porque no tiene ninguna importancia.
Lo importante es volver al terreno de juego
cuanto antes y ocultar a la realidad social que
te rodea tus debilidades y sensiblerías frente al
dolor.
• Que la figura masculina que podría ejercer
un modelo más respetuoso y cercano en ese
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Diálogos Masculinos
preciso instante prefiere mostrarse tan exigente
como para pedirle que se comporte «como un
hombre», aunque no lo sea, porque sigue siendo
un niño. Debe tener en cuenta y agradecer que
lo hace por tu bien, para, sin duda, fortalecerte
y hacer de él cuanto antes un hombre hecho y
derecho.
• Además, y por si todo lo dicho anteriormente
no fuera suficiente, le empiezan a bombardear
con palabras —orgullo— que para él no tiene
ningún significado ni sentido, pero que supone
que, una vez conseguidas e integradas, le harán
sentir bien.
• Que su madre se interesa y preocupa por él,
aunque sin duda llegará el día en que desprecie
esa ayuda de quien se lo ha dado todo en esta
vida, porque ya se habrá endurecido lo suficiente
y no querrá que le dejen en ridículo delante de
tus competidores —y amigos— varones. Ya
hace tiempo que no deja que su madre le dé un
beso de despedida al entrar en el colegio porque
sabe que eso es de niños pequeños y débiles...
Así que, bien por él: va avanzando y consolidando las
diferentes etapas de su desarrollo y crecimiento mascu-
lino. Todo según lo previsto y en los plazos acordados…
Lo que no le cuentan los adultos varones porque no les
interesa es cómo esas castraciones emocionales desde
bien pequeño van a afectar a su vida adulta.
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El germen del sufrimiento masculino
Lo que no le muestran esos mismos hombres adultos es
el grado de sufrimiento que sentirá en algún momento
de su vida cuando, por fin, se haya negado a si mismo
la posibilidad de sentir o demostrar emoción alguna, no
sea que alguien le esté mirando en ese preciso instante.
Lo que no le quieren mostrar tampoco es la manera en
que aprenderá a gestionar sus decepciones y sus frus-
traciones, porque nunca ha aprendido a aceptarlas, de-
sarrollarlas y a, simplemente, gestionarlas de manera
natural, dándoles el tiempo y la atención necesaria para
aceptarlas y trabajar con ellas.
Lo que no le quieren desvelar tampoco es que llegará el
día en que dejará de llorar, porque sentirá que es algo
inútil, que no sirve para nada.
O peor todavía, será su cuerpo el que de manera auto-
mática integre que esa faceta o función biológica la po-
demos retirar por falta de uso y utilidad.
Lo que sin embargo aprenderá pronto es que de vez
en cuando necesitará abrir esa válvula de escape que
le oprime —y de qué manera—, y lo hará, quizá, con
la persona menos indicada que tenga a mano, porque
quizá ya no aguantes más, o simplemente porque esa
persona le dijo algo que no le gustó en el momento más
inoportuno y con un comentario quizá sin importancia
que no justifica su repentino mal humor y su brusca sa-
lida de tono.
Lo que no le cuentan tampoco es que quizá, solo qui-
zá, para sedar u ocultar esa sensación de vacío perma-
nente que le invade en algunos momentos, tendrá que
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Diálogos Masculinos
echar mano de alguna sustancia que consiga engañar a
su cuerpo lo suficiente como para no darle más impor-
tancia o para no dejar que le haga tanto daño esa extra-
ña, inquisitoria y molesta sensación de que no estás bien
contigo mismo.
Y cuando ya no pueda más y nadie sepa qué hacer con
él, pediremos que salga al terreno de juego otro jugador,
y a él, simplemente, le sacaremos a la banda, porque ya
no nos vale para seguir compitiendo de manera eficaz.
Y ni siquiera le daremos las gracias por los servicios
prestados.
Porque era, simple y llanamente, lo que esperábamos de
él.
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J usto Fernández:
Q uerido amigo Víctor, veo que has querido abor-
dar uno de los aspectos que más me fascina en esto de la
construcción del rol estándar masculino. Yo lo llamo «la
poda del niño varón». Esta labor de arreglo es efectua-
da con tesón y meticulosidad por parte de los jardineros
adultos que rodean al nuevo retoño de esta subespecie
que llamamos «hombre de provecho».
En una ocasión escribí: «Si quieres construir un macho
a partir de un niño, solo tienes que podar cada vez que
broten sus sentimientos. Puedes usar tijera, burla o nin-
guneo».
La escena del accidente del niño jugando al fútbol que
relatas no es más que un ejemplo cotidiano de esa tala
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Diálogos Masculinos
de sentimientos. Esta vez la técnica ha sido el ninguneo.
El objetivo es claro: endurecer al niño. Y, lo más sor-
prendente, es que la misión se verbaliza sin pudor: se
le explica directamente al joven que su debilidad o su
sensibilidad es un «error» a corregir. «¡No es para tan-
to! ¡Tienes que ser duro!». Por eso el modelo de hombre
buscado no admite sensiblerías. Y por eso hay que cer-
cenar de raíz, en cuanto se manifiesten, las emociones y
los sentimientos.
Amigo mío, te confieso que cuando un hombre como
este que ahora escribe toma conciencia en sí mismo de
ese moldeado perverso y sistemático, de esa manipula-
ción más o menos sutil de la que ha sido objeto, sabe que
le robaron el Alma, que se le atrofió el corazón. Así de
nítido es como ahora lo siento, ahora que sentirlo puedo.
Y la pregunta que siempre me surge a continuación es:
¿para qué esto? ¿Para qué desearían los adultos —pa-
dres, madres, educadores, todos jardineros—, arrasar
y devastar la naturalidad del mundo interior del niño
como si de malas hierbas se tratase? La respuesta es tan
simple como estremecedora: el rol del hombre buscado
ha de ser competitivo y, para ello, es indispensable que
sea insensible al dolor propio y ajeno. Lo emocional y lo
empático es un lastre en la lucha por ser el mejor, por ser
el primero. El niño debe convertirse lo antes posible en
un ser duro, frío, curtido y calculador.
Así es, mi querido Víctor, la insensibilidad será indis-
pensable para triunfar en la dura vida que le espera al
joven. Te puedo poner un sencillo ejemplo: ¿Crees que
un hombre iba a permanecer trabajando dieciséis horas
diarias para lograr un ascenso o para entregar vete tú a
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El germen del sufrimiento masculino
saber que «importante» proyecto si su corazón «sintie-
ra» que sus hijos necesitan de su tiempo y de su presen-
cia? Naturalmente que no. Y si padece esa «debilidad»
en forma de paternidad «sensible», será entonces un
mediocre profesional y será criticado por sus compa-
ñeros-hombres por falta de entrega y compromiso. Solo
quedará fuera.
Pero hay necesidades más oscuras que cubrir con ese
modelo de hombre buscado en el niño. Aunque no se
diga abiertamente, es necesario también lograr que sea
despiadado y violento, capaz de golpear si llegara el
caso. ¿Quién iba a disparar si no los fusiles en las gue-
rras? ¿Quién iba a mirar a los ojos de un desconocido,
a apuntar a su corazón y apretar el gatillo solo porque
alguien ha dicho que ese semejante es el enemigo? ¿O
quién iba a torturar sin piedad a ese enemigo cuando
este es apresado?
No voy a continuar desgranando las causas y los efectos
de la poda de sentimientos. Son tan obvias y estructu-
rales que, sorprendentemente, hasta hace bien poco, no
nos hemos dado ni cuenta de lo que está ocurriendo. Tan
solo comparto contigo un dato escalofriante y revelador
sobre el uso de la violencia: de los 370 asesinatos come-
tidos en España en 2014, 344 fueron cometidos por varo-
nes. Supone el 93% de los casos. Demoledor1.
Por suerte para ti y para mí, precisamente estos días he-
mos podido contemplar de manera especial el color de
la esperanza. Como sabes, venimos de celebrar el primer
aniversario del Círculo de Hombres de Mataelpino. Y lo
1 Fuente: INE
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Diálogos Masculinos
hicimos de la manera más especial posible, con un «Cír-
culo de Mujeres y Hombres», ellas y ellos hermosamente
unidos por el reconocimiento del otro, agradecidos por
la presencia del otro, unos al encuentro amoroso de los
otros. Todo fue emoción y todo fue sentimiento. Todos
fuimos libres, sin podas ni sometimientos.
Y también en estos días, mi admirada cantante Soledad
Giménez ha lanzado su nuevo disco titulado Los Hom-
bres Sensibles. ¡Vaya título más hermoso! Para mí son
señales e indicios sutiles de que algo está cambiando, de
que la transformación es posible, a nuestro alrededor al
menos. Es el momento.
Y es que un hombre emocionado, libre de condiciona-
mientos, sufrirá mucho menos y, sobre todo, provocará
mucho menos sufrimiento.
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La Jauría
Justo
«… Hay algo en la normalidad que me inquieta. Es su capacidad de anes-
tesiar la conciencia. Que una situación sea habitual y cotidiana, que lo haya
sido siempre desde que se tiene recuerdo, hace que se acomode en las pupilas del
observador dejando de causar efecto alguno en el que mira....».
Víctor
«… Entre feminismo y barbarie, yo elijo feminismo...».
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J usto Fernández:
C omienzo este texto relatando unos sencillos he-
chos reales:
Estamos en una zona cualquiera de Madrid. Una chi-
ca camina sola por la acera exterior al recinto de una
empresa. Al verla, tres individuos, trabajadores de esa
lugar, se aproximan a la valla y avanzan a su lado si-
guiendo sus pasos. Solo la verja les separa. Comienzan
a increparla, le piden su teléfono, mencionan explíci-
tamente ciertas partes de su cuerpo, le proponen vela-
das barbaridades, le piden dejarse fotografiar... La jo-
ven acelera el paso sin decir palabra hasta el siguiente
cruce. Ellos quedan pegados a la valla voceando en la
esquina. Ante su silencio, acaban insultándola y bur-
lándose de ella. Al final, simplemente, se dan la vuelta
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Diálogos Masculinos
y vuelven al trabajo. Ellos son tres hombres de unos 40
años. Ella no llega a los 18.
Querido amigo, hay algo en la normalidad que me in-
quieta. Es su capacidad de anestesiar la conciencia. Que
una situación sea habitual y cotidiana, que lo haya sido
siempre desde que se tiene recuerdo, hace que se aco-
mode en las pupilas del observador dejando de causar
efecto alguno en el que mira. Ocurre como con la conta-
minación del aire que respiras. Te acabas acostumbran-
do. No la percibes. Siempre fue así. Forma parte de la
normalidad en la que vives.
Y es en el paradigma de lo normal donde ubico uno de
los más habituales fenómenos de violencia machista.
Hablo de hombres reales, conocidos o desconocidos, ve-
cinos, compañeros de trabajo o simplemente transeúntes
que son capaces de sumarse de manera natural a un acto
público de acoso callejero contra una mujer. La razón:
que ella pase por delante de ellos. Así es, de repente ocu-
rre. Uno comienza y todos le siguen. Unos cuantos a por
una sola, como si de una jauría ante una presa se tratase.
No, mi querido Víctor, no exagero. No hay límites para
ese ataque. Ni siquiera importa que la presa sea mucho
más joven que ellos. Según su propio código es suficien-
te con que la chica «sepa cruzar la calle solita» para que
se convierta en su víctima. Como bien sabes, esa expre-
sión para indicar que ella ya está «disponible» también
forma parte de la jerga de la manada.
Pero no es mi intención ahora poner el foco en los hom-
bres —muchos— que todavía hoy son capaces de formar
parte activa de esas jaurías del terror. Que algo así siga
ocurriendo, por desgracia, no me sorprende. Mi estupor
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La jauría
tiene que ver con la pasividad de los otros hombres y
mujeres que son testigos presenciales de semejantes ac-
tos. Me pregunto si son conscientes de que se trata de
una intolerable violación de la dignidad y la intimidad
de un semejante. Sospecho que no hay conciencia de tal
cosa. Seguramente para los espectadores se trata solo de
los tradicionales e ingeniosos piropos. Los requiebros de
toda la vida, tan españoles ellos. A lo sumo reconocerán
que algunos son de mejor gusto que otros, pero no verán
nada grave que haya que corregir o recriminar en estos
cotidianos sucesos.
Yo no pretendo juzgar a nadie por su pasividad ni por su
falta de conciencia. Solo quiero compartir la manera en
que yo percibo con mi razón y con mi corazón este tipo
de hechos. Para mí el acoso callejero no es resultado de
la buena o la mala educación ni del buen o del mal gusto.
Yo lo siento como un acto violento de maltrato, cosifica-
ción y sometimiento. Para mí son conductas intolerables
y no admiten condescendencias ni atenuantes.
Es por esto por lo que deseo proponer aquí y ahora otro
modo de actuar ante estas situaciones. Propongo aban-
donar de una vez por todas la cómplice pasividad. Mi
propuesta es, por supuesto, no violenta. Comencemos
por interponernos entre ellos y ellas. Hagamos acto de
nuestra presencia masculina. Con nuestros brazos abajo
y en riguroso silencio, miremos al acosador o acosado-
res directamente a sus ojos. Nuestra mirada inequívoca
les dirá sin palabras que nosotros, hombres como ellos,
jamás estaremos con ellos en esto. Al menos sabrán que
se acabó el tiempo de pasiva complacencia de todos sus
«colegas» masculinos. Al menos ya no podrán decir que
son todos.
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Diálogos Masculinos
Querido Víctor, además de compartir esta propuesta,
comparto mi compromiso de que así actuaré siempre
que sea testigo de un nuevo acoso callejero. Siento que
ya es el momento de interponerse.
Nota: El relato con el que comenzaba este capítulo me lo
contó directamente su joven protagonista. Sus emocio-
nadas y quebradas palabras describiendo aquel repug-
nante hecho han colmado mi vaso. Su verdad, unida a
otras muchas, me ha llevado a escribir este texto.
¡Basta ya!
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V íctor Sánchez:
C on frecuencia, para justificar mis despistes, aludo
a mi mala memoria.
Lo digo muy a menudo, quizá como arma defensiva,
quizá como recurso facilón, quizá como mentira com-
placiente y piadosa. No sé.
El caso, es que, desgraciada o afortunadamente, en algu-
nos momentos reconozco que mi memoria es infalible y
precisa, y que se acuerda no solo de los hechos, sino de
los detalles que adornan con precisión esos momentos.
Y el ejemplo que voy a relatar a continuación es una bue-
na muestra de ello.
Ya que al principio de estos diálogos nos comprome-
timos a nosotros mismos a utilizar la sinceridad como
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Diálogos Masculinos
única herramienta para narrar o hablar desde nuestras
propias experiencias, ahí va la mía.
El hecho ocurrió hace varios meses, difícil de concretar
con exactitud, pero es lo de menos.
Cada vez que camino por la calle y me cruzo con alguna
adolescente me viene a la memoria con extrema facili-
dad ese momento. Y supongo que eso seguirá siendo así
durante mucho, mucho tiempo. Por algo será.
Camino por el metro, en dirección al andén correspon-
diente que me llevará a mi destino, solo por los pasillos.
Escucho cómo el metro se me escapa literalmente y sé
que me tocará esperar unos cuantos minutos en el an-
dén.
Pero no es uno de esos días que tengo prisa, así que poco
me importa.
Cuando llego al andén y giro hacia la derecha, buscando
el sitio donde habitualmente me sitúo para bajarme y
hacer el siguiente transbordo, escucho unas voces y risas
en un tono bastante alto, casi escandaloso.
«El clásico grupo de jovenzuelos adolescentes haciendo
el gamberro en fin de semana», pensé.
Pasé delante de una chica que estaba apoyada en la pa-
red, con el móvil a escasos centímetros de su cara, tra-
tando por todos los medios de sumergirse en algún sitio
que no fuera el lugar donde ahora mismo estaba, acom-
pañada por quien estaba en ese preciso instante.
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La jauría
En esos momentos en los que el tiempo parece frenarse,
caminas despacio, casi a cámara lenta, escuchando con
precisión todas las palabras que tus oídos van recogien-
do y todos los detalles que no se te escapan, a pesar de
que no estés mirando detenidamente o trates, al menos,
de no hacerlo. A pesar de que sigas caminando como si
eso no fuera contigo.
Allí estaba.
La jauría de 14 o 15 chicos adolescentes —todos varo-
nes— de la misma edad que la chica, de no más de 16-17
años, acosando y molestando sin parar, de muy diferen-
te manera a esa persona cuyo única culpa o responsabi-
lidad era la de ser del sexo contrario.
Pasé por delante de todos estos chicos caminando hacia
mi sitio, mi lugar en el andén, apreciando todos y cada
uno de sus personajes/perfiles/modelos/roles de con-
ducta, perfectamente delimitados y demostrados. De
manual.
El fanfarrón, líder o cabecilla de la jauría, invadiendo con
sus palabras, gestos, gracias, miradas y postureos el es-
pacio vital de esa chica, que a veces respondía, a veces
trataba de ignorar a su agresor, o simplemente a veces tra-
taba de pasar lo más desapercibida posible para que ese
tiempo pasara cuanto antes, y que por fin el metro llegara.
Los amigotes de la segunda fila, esos que no ejercían
el abuso de manera directa pero que aplaudían y reían
las gracias de su compañero machoalfista, no dándose
cuenta —o sí— de que cooperaban a alargar su indesea-
ble comportamiento.
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Diálogos Masculinos
Y el resto de chicos que completaban el grupo, aquellos
que en apariciencia se mostraban incómodos, pero que
no hacían nada al respecto. Sin cuestionar el liderazgo
de su amigo, y sin ponerle ningún tipo de freno a sus
comportamientos.
Era fácil darse cuenta de que esta pasividad y no expre-
sión de apoyo a las manifestaciones del cabecilla de la
jauría no eran suficientes para que este cejara en su em-
peño.
De la misma manera que las gracias, las risas y los cole-
gueos, sí apoyan y refuerzan este tipo de comportamien-
tos tan desagradables, la pasividad y la no expresión del
rechazo no sirven para atajar ni cortar de raíz estos com-
portamientos. Ni siquiera para dejar constancia frente al
agresor de tu opinión al respecto.
No sabe / no contesta. No reacciona.
En definitiva, un claro y nítido #ElSilencioNosHace-
Cómplices.
Y allí estaba yo.
Caminando hacia mi sitio, mi lugar, lejos del enfrenta-
miento que delante de mis ojos estaba pasando en ese
preciso instante.
El adulto que superaba en casi tres décadas la edad de
esos acosadores, incapaz, por miedo, paralizado, quizá
por el qué pasará si decido actuar, dejó sola y sin defen-
sa posible a esa chica que durante esos eternos minutos
tuvo que seguir sufriendo algo que, por desgracia, le se-
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La jauría
guirá pasando muchos días y en muchos momentos a lo
largo de su vida…
Es la normalidad y la normalización del acoso callejero
y, por extensión, de la cultura de la violación.
Porque lo seguimos permitiendo.
Porque no actuamos ni hacemos frente a ese tipo de
comportamientos de violencia y acoso machista.
Porque sentimos miedo y/o simplemente miramos
avergonzados a otro lado, incapaces de actuar.
Porque no le damos la suficiente importancia.
Porque no pensamos que ese es el germen de otros com-
portamientos más graves e importantes, que seguro
vendrán y se darán más adelante.
Porque quizás estamos tan bien amaestrados por nues-
tros superiores que pensamos o nos han hecho pensar
que eso solo es un comportamiento presente en un pe-
queño grupo reducido de hombres y que no es necesario
hacer nada al respecto, porque son solo unas pocas ove-
jas negras descarriadas del resto del rebaño.
El silencio y la pasividad no son parte de la solución.
Y ya sabes la frase que dice que, si no somos parte de la
solución, somos parte del problema.
Así que creo que ya es hora de que empecemos a des-
pertar.
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No solo por el bien de las mujeres, víctimas de todas
y cada una de las jaurías masculinas que inundan las
noticias más de lo deseable, sino por el bien de nuestras
conciencias y de nuestro deber como individuos de una
sociedad, que se sigue comportando de una manera ver-
gonzosa con la mitad —o más— de la población, que
sufren los rigores de los privilegios masculinos…
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Cómo se construye
un hombre
feminista
Víctor
«… Créeme. Ser feminista es más fácil de lo que crees. Únicamente tienes
que mirar hacia atrás, para ver quién ha influido y de qué manera en tu vida. Y
sacar las oportunas conclusiones...».
Justo
«… Mi feminismo no surge por ideología, ni por erudita acomodación
intelectual, ni mucho menos por creencias. Ha sido más bien el único y natural
desenlace posible tras haber puesto conciencia al dramático argumento de una
vida masculina de grandes logros y ningún alma. Una vida de éxito entre hom-
bres, finalmente abandonado por hombres...».
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V íctor Sánchez:
U no de los mayores regalos que me llevo de los úl-
timos casi cuatro años que llevo compartiendo mi vida
con otros hombres conscientes es que mi mirada sobre
la mujer ha cambiado o sigue cambiando de forma no-
table. Por suerte.
Es curioso cómo he tenido que estar reunido estricta-
mente con hombres en espacios no mixtos para darme
cuenta y reconocer a quien tenía a mi lado en todo este
tiempo.
Sí. Las mujeres están ahí. Estaban ahí. Aunque yo no las
mirara ni las prestara la más mínima atención.
Me dijeron desde muy pequeño que un hombre y una
mujer nunca pueden llegar a ser amigos.
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Diálogos Masculinos
Y yo me lo creí. Me lo creí cuando me lo dijeron, y me lo
seguí creyendo a medida que crecía y el paso del tiempo
me acercaba a mi edad adulta o madura.
Así, no me extraña que pueda y deba afirmar con total
naturalidad y sin un mínimo de exageración por mi par-
te que, a lo largo de mis 45 años de vida, no pueda, aun-
que lo pretenda, encontrar alguna mujer que me haya
servido de referente en mi particular tránsito y evolu-
ción por mi masculinidad.
Cuando miro atrás, solo veo hombres y más hombres
en situaciones y recuerdos que, por desgracia, no se en-
cuentran entre lo más preciado de mi pasado.
Cuando me miro al espejo, ese objeto que tanto evito
consciente o inconscientemente, me vienen a la cabeza
esos hombres, que siguen desgraciadamente tan presen-
tes en mi vida.
Me veo con tan solo 5 años tratando de sobrevivir en
la esquina de una piscina inmensa donde un joven
varón, aparentemente experto y profesional en estos
menesteres, me enseñaba a nadar «por las bravas» en
un medio que a esa edad me parecía tan hostil como
era el agua. Supongo que sentir que te estás ahogan-
do en el agua sin que te dejen agarrarte durante un
buen rato al borde de la piscina era, por aquel enton-
ces, la manera de enseñar a nadar más rápida y más
efectiva.
Recuerdo también a ese niño compañero de clase que,
por diversión, tocaba el culo a las niñas de preescolar en
los recreos y se mofaba entre sonrisas y miradas cómpli-
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¿Cómo se construye un hombre feminista?
ces, de que esas pobres criaturas de tan corta edad no
hicieran nada por detenerle.
Recuerdo también por aquellos tiempos, a ese otro com-
pañero de clase y de equipo de fútbol al que le gustaba
mostrarnos cómo se masturbaba en el asiento de atrás
del coche del padre o la madre de otro compañero cuan-
do nos dirigíamos a uno de esos intempestivos partidos
del sábado por la mañana.
A ese compañero, tres veces repetidor, que le encantaba
hacer de maestro de ceremonias en mi introducción al
alcohol, al tabaco y a esa andrajosa y mugrienta revis-
ta pornográfica en blanco y negro que tuve por primera
vez en mis manos con apenas 12 años.
Esos chavales, que quedaban a la salida de clase, en un
descampado cercano al colegio para pegarse y liarse a
puñetazos y disputarse los cariños de una chica.
Recuerdo, apenas con 10 u 11 años, cómo ese profesor
encolerizado pegó un sonoro bofetón a un compañero
de clase, saltando desde su mesa alzada sobre una tari-
ma hasta el pupitre de la primera fila donde se sentaba
ese crío de todavía corta edad.
Me veo, con unos pocos años más, resguardándome de-
trás de la presencia de los malos y gamberros de la clase,
que curiosamente solo se atrevían a tumbar las clases de
las profesoras más jóvenes e inexpertas, acompañando
y riendo las gracias de sus actos para, sobre todo, evitar
que se fijaran en mí como blanco de sus próximas fecho-
rías. «Mimetizarse», lo llaman…
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Diálogos Masculinos
O esa etapa de mi vida en la que me conformaba con
salir a las discotecas, acompañando a mis colegas de ca-
cería, ofreciéndoles mi compañía en el caso de que sus
conquistas amatorias no desembocaran en el desenlace
esperado por ellos. Era necesario tener siempre a mano a
ese buen amigo que escuchaba pacientemente cómo esas
chicas tan feas, tan guarras o tan calientapollas no mere-
cían que siguiera gastando mi preciado tiempo en ellas.
Recuerdo también a ese doctor militar que trabajaba en
el Hospital Gómez Ulla de Madrid y que firmó mi exen-
ción del servicio militar sin apenas mirarme a la cara y
con un trato a medio camino entre la indiferencia y el
más absoluto de los desprecios. Cuántas veces no escu-
ché a mi alrededor por aquella época lo bien que me iba
a venir la mili para convertirme en un «hombre de ver-
dad».
O ese responsable supervisor del trabajo impertinente y
desagradable, que me exigía de manera muy sutil, que
no debía entablar ningún tipo de relación de amistad ni
coger ningún tipo de confianza adicional con esos tra-
bajadores y trabajadoras a los que tenía que exprimir al
máximo en beneficio de los resultados económicos de la
empresa.
Ese jefe que también tuve un poco más tarde, simpático,
risueño y locuaz, que nos contaba sus batallitas de pre-
jubilado como el responsable de cerrar esos tratos tan
importantes en la multinacional para la que trabajaba
con anterioridad, en donde acostumbraba a acabar sus
largas e intensas reuniones de trabajo en los puticlubs
más cotizados de Madrid.
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¿Cómo se construye un hombre feminista?
O ese hombre que vi un día, que gritaba y denigraba de
forma extremadamente violenta a su pareja en el andén
de la estación de Cercanías de Méndez Álvaro a la vista
de todas las personas allí presentes, que impertérritas
no sabíamos cómo reaccionar, salvo dirigiendo nuestras
miradas a otro sitio que no nos recordara para el resto
de nuestras vidas la cara de esa mujer profundamente
violentada.
Y así, per eternum…
Mires donde mires, hables con quien hables.
Es denigrante que la mujer tenga que seguir sufriendo
los envites de un género, el masculino, tan mal entendi-
do y construido de un modo tan perverso.
Pero es absolutamente vergonzoso, que nosotros, los
hombres, protagonistas en mayor o menor medida de
todos y cada uno de esos incidentes de los que hemos
sido como mínimo, testigos y cómplices desde nuestro
silencio, sigamos callando y ocultando la verdad.
Créeme. Ser feminista es más fácil de lo que crees. Solo
tienes que mirar hacia atrás para ver quién ha influido
y de qué manera en tu vida. Y sacar las oportunas con-
clusiones.
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J usto Fernández:
M i querido Víctor, tus recuerdos se entreveran con
los míos a poco que haga memoria. Es como si hubié-
ramos participado en la misma película. A veces como
protagonistas, otras como secundarios y otras, simple-
mente, como cómplices en el reparto. Una película que
sería de género costumbrista, porque lo relatado en ella
es lo que todos llaman «la normalidad cotidiana». Y
como tú también sabes, tras escuchar a tantos otros se-
mejantes en tantas y tantas sesiones de nuestros Círculos
de Hombres a las que tú y yo hemos asistido, podemos
asegurar que el argumento de esa historia no es exclusi-
vo de tu vida y de la mía. Es la famosa sopa tóxica de la
que se han alimentado en mayor o menor medida todos
los masculinos espíritus desde niños. Recuerdo bien una
sesión en la que uno de los asistentes, que acudía por
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Diálogos Masculinos
primera vez a un Círculo, tras escuchar nuestros íntimos
relatos, acabó diciendo con certera sabiduría: «Hoy he
aprendido que yo estoy hecho de trocitos de cada uno
de vosotros».
Pero sabes, querido amigo, uno podría caer en el error de
creer que todo ese pasado de la construcción de nuestra
masculinidad, plagada de episodios de violencia, com-
petitividad, supremacismo y sometimiento, rodeados de
personajes masculinos pétreos, crueles con el diferente,
vacíos de compasión, de ternura y faltos de sentimien-
tos, es solo pasado y pasado está. Uno podría creer, quizá
por pura supervivencia, que una vez superada la infan-
cia y la adolescencia, nuestra adultez discurre ya con un
argumento diferente. Pero no, no es así, ni mucho me-
nos. Nada ha cambiado. Los personajes hemos crecido y,
aunque ahora parecemos hombres sanos y socialmente
aceptables —nos hemos convertido en «hombres de pro-
vecho»—, la realidad es que estamos hechos de lo que
estamos hechos. Como tú bien conoces, mi experiencia
vital ha sido reveladora también en eso. Y aprovecho la
emoción que siento al escribir este diálogo sobre cómo
me he «construido», para traer aquí aquello que solté
desde las tripas en un reciente Círculo de Hombres. Y es
que de manera sosegada no quiero ya quitármelo nunca
de mi corazón ni de mi cabeza:
Hasta hace bien poco había sentido siempre que, a todos
los hombres que me rodeaban, que eran muchos, en el
fondo yo les importaba una puta mierda. Y viceversa.
La verdad era que mientras nos sirviéramos para nues-
tras correrías ambiciosas y nuestros proyectos egoicos,
todo iba bien. Pero como alguno de nosotros flaqueara,
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¿Cómo se construye un hombre feminista?
dudara o, simplemente, se deprimiera —o se quedara
sin fuerzas—, dejábamos de contar con él. Sutilmente o
sin miramientos le apartábamos, le abandonábamos, le
mandábamos a la mierda. Ese alguien ya no era «uno de
los nuestros».
Y cuando me llegó a mí el día en que me tocó caer y dejé
de ser uno de «los suyos» —¡porque me llegó, y de qué
manera!—, ocurrió justo eso. Por mí y por ellos, por ellos
y por mí, al final me quedé solo como un perro.
Y fueron un par de mujeres, BENDITAS SEAN, quienes
me cogieron de la mano, me abrazaron, confiaron y me
acompañaron con Amor hasta donde hoy me encuentro.
Esta es la verdad de lo que a mí me ocurrió y por eso así
lo cuento.
Sí, fueron ELLAS, no ellos.
Como puedes ver, querido amigo, tengo razones pode-
rosas y vitales para explicar desde el corazón y usando
la cabeza cómo y por qué se ha construido este hombre
feminista. No ha sido por ideología, ni por erudita aco-
modación intelectual, ni mucho menos por creencias. Ha
sido más bien el único y natural desenlace posible tras
haber puesto conciencia al dramático argumento de una
vida carente de sentido humano. Una vida masculina vi-
vida entre hombres, siendo todo un hombre. Una vida
de grandes logros y ningún alma. Una vida de éxito en-
tre hombres, finalmente abandonado por hombres. Una
vida que, cuando todo estaba perdido y ya solo se espe-
raba el fundido en negro, vinieron a rescatar ELLAS.
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Diálogos Masculinos
Y ahora, vitalmente convencido por una vida de expe-
riencia, quiero y puedo decir bien alto lo que me dice mi
conciencia: «la revolución será feminista o no será».
Porque es el mismo argumento de mi existencia: o es con
ELLAS o no será
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Paternidad
en Paz
Justo
«… Podría continuar la heroica ascensión a mi privado Everest, pero
decido quedarme. Podría incluso vestirme de gurú y emprender la vuelta al
mundo de las conciencias voceando que hay que decidir quedarse, pero decido
quedarme...».
Víctor
«… Recuerdo que tardé 30 años en volver de vuelta del viaje de mi vida,
y recalar en el hogar que mis padres siempre habían dejado con la puerta entre-
abierta, esperando que, en algún momento de mi viaje por la vida, necesitara
volver… Estarás de acuerdo conmigo que treinta años son muchos años...».
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J usto Fernández:
Q uerido Víctor, para abordar directamente con el
corazón la descripción de los mares por los que nave-
ga actualmente mi Paternidad, he querido rescatar estos
versos que escribí hace ya un par de años y que aquí y
ahora te traigo:
Un Padre es un viajero que, libre y feliz, elige quedarse.
Podría salir por la puerta en dirección al otro lado del
mundo, pero decido quedarme.
Podría continuar la heroica ascensión a mi privado
Everest, pero decido quedarme.
Podría salir de caza con mi jauría de malditos duendes,
pero decido quedarme.
Podría aterrizar en las vírgenes playas brasileñas y
volver a desplegar mis velas, pero decido quedarme.
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Diálogos Masculinos
Podría convocar a mis musas y volar lejos, cabalgando
los caballos alados de mis artes, pero decido quedarme.
Podría incluso vestirme de gurú y emprender la vuelta
al mundo de las conciencias voceando que hay que
decidir quedarse, pero decido quedarme.
Porque ahora, para buscarme, yo he decidido
quedarme.
Un Padre es un viajero que, libre y feliz, elige quedarse.
Así vivenciaba yo por entonces el sentido de ser padre
de mi amado hijo, Manuel. Y aquel entonces era pre-
cisamente justo cuando tú y yo iniciábamos, junto con
otros muchos Hombres Padres, la aventura de compar-
tir nuestras vivencias y experiencias de Paternidad y
Masculinidad. Aventura que continúa hoy fresca y fértil,
dando sus frutos por nuevos derroteros, como son, por
ejemplo, estos mismos Diálogos Masculinos, en el contex-
to de nuestra hermosa Asociación Círculos de Hombres.
Y con esos versos sonando en mi corazón, la pregunta
que honestamente me he hecho antes de empezar a es-
cribir este texto ha sido si este sentir sigue vigente para
mí. Es decir, si me sigo sintiendo un hombre libre y feliz,
que elige su Paternidad como prioridad vital. Y la res-
puesta es: absolutamente SÍ.
Manu tiene ahora trece años y siento cómo en estos tiem-
pos ando esperando, con ilusión renovada, la llegada
del adolescente que ya asoma dentro del niño que aún
sigue siendo. Siento también cómo mi diaria y amorosa
dedicación a sus asuntos, que son los míos, son prueba
de que sigo eligiendo, libre y feliz, quedarme plenamen-
te a su lado.
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Paternidad en Paz
Pero en esta nueva reflexión sobre mi Paternidad, que
ahora se prepara ante la llegada del joven Manuel, quie-
ro renovar mis votos. Porque deseo profundamente se-
guir regalándonos a mi hijo y a mí una Paternidad en
Paz. En conciencia, yo no concibo Amor sin Paz.
Y es que, mi querido Víctor, por lo visto, lo que está es-
crito en el guion de ser padre de un adolescente —guion
tantas veces repetido—, parece que dista mucho de ser
un tiempo pacífico. Pero, una vez más, eso es un guion
escrito por otros. Por eso, mi propuesta es, como hemos
hecho con rotundidad hasta ahora, volver a romper de
nuevo el hechizo. Así que ya voy avisando: una vez más,
no voy a seguir el programa preconcebido de cómo debe
ser un padre de un joven de trece años. Soy muy cons-
ciente de que ya no estamos en tiempo de crianza —me
fascina, por cierto, como la «nueva» paternidad parece
que se va diluyendo a medida que los hijos crecen—. Y
sé que ahora se trata del tiempo de acompañar a Manu
en su aventura única y personal de descubrir y explorar
el mundo que le espera ahí fuera. El vasto mundo que se
extiende más allá de su hogar, de su madre, de su padre,
de sus maestros, de su escuela...
Mi intuición me dice que este viaje será emotivo, emocio-
nante, laborioso y muy, muy intenso. Siento cómo las ve-
las del Amor y de la Libertad habrán de estar permanen-
temente izadas en todo su esplendor, y sé que requerirá
aún de mayor presencia y de mayor consciencia. Bueno,
sé muchas cosas, quizá demasiadas, algunas erradas y
otras atinadas. De hecho, siento que no estoy seguro de
casi nada, salvo de que deseo con toda mi alma acompa-
ñar en esta etapa a mi hijo con Amor y en Paz.
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Diálogos Masculinos
¿Y por qué pongo la Paz como valor fundamental a pre-
servar? Porque la tradición de la relación padre-adoles-
cente parece solo hablar del conflicto, de la lucha ge-
neracional, de desencuentros graves, de las ansias de
libertad mutiladas, de «porque yo lo digo y punto», de
reproches, de exigencia de formalidad, de miedo a que
el joven «se nos tuerza», de supuestos peligros ocultos
en la noche y en las conductas …
La tradición y la propia proyección de nuestra historia,
más o menos inconsciente, invita a ir preparando el cam-
po de batalla. La tradición nos dice que habrá guerra.
Mi querido Víctor, te aseguro que mi corazón no está
ni estará dispuesto a batalla alguna. Es verdad que no
tengo fórmulas, ni ideales, ni creencias preconcebidas
sobre cómo actuaré con mi hijo Manuel a partir de aho-
ra. Solo sé que será como he venido haciendo hasta este
momento. «Aquí y ahora» resolveré cada situación con
Amor, presencia, escucha verdadera y consciencia. No
habrá lucha, no habrá sometimiento, no habrá implícita
ni explicita violencia.
Yo confío en Manu y confío en el padre que yo soy y que
llevo dentro.
Así es como aquí y ahora renuevo mis votos.
Aquí, en el muelle del puerto, donde ahora el velero ini-
cia su gran viaje.
¡Por la Paternidad, el Amor, la Libertad y la Paz!
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V íctor Sánchez:
P aternidad, paz, amor, adolescencia, renovación de
votos, libertad, conciencia, un montón de palabras que
me vienen a la mente después de leer tu texto, pero que,
sin duda, están por debajo de la valoración de un dato
que has aportado, y sobre el que no puedo evitar reflexio-
nar, desde la experiencia previa de mi viaje por la vida.
Tu hijo Manu tiene 13 años; los míos, Miguel y Ana, tie-
nen 12 y 9 respectivamente.
Recogiendo parte de tus versos, yo también soy o me
considero un padre que, libre y feliz, elige quedarse.
Aunque siento que siempre ha sido así, porque de ma-
nera natural, nunca he sentido la necesidad de conside-
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Diálogos Masculinos
rarme un viajero que elige en libertad quedarse, porque
aunque he sentido la necesidad de viajar —o de huir—
de muchos lugares y personas de mi vida, nunca he te-
nido la sensación de que mis hijos fueran un pequeño
lastre que me impidiera seguir mi viaje.
Será que tengo poca alma de marinero, dicho en tono de
broma o ironía.
Mi vida no ha transcurrido por viajes, ficticios o reales,
exóticos ni especiales. Mis viajes han estado siempre re-
lacionados con las cuatro paredes de una casa, de un ho-
gar. Y han transcurrido de una manera tan quieta y tan
—aparentemente— tranquila que no me planteo o me
imagino que hubieran podido ser de otra manera.
Entiendo que, en breve, en apenas un puñado de años,
los viajeros o los viajantes serán mi hijo y mi hija, y yo
seré o me convertiré, en el humilde hostelero que, a la
vuelta de sus viajes, les recibe de vuelta en su casa, en
su hogar.
Y no puedo más que recuperar y traer a la palestra mis
sumamente recurrentes preocupaciones, miedos y expe-
riencias de vida pasada no resueltas; en definitiva, los
sentimientos que estas edades tan cercanas a las que tie-
nen mis hijos y tu hijo, y los hijos de muchos de nuestros
amigos me hacen evocar o sentir.
Yo tenía doce años cuando empecé mi paulatina desco-
nexión de mis padres. O mi particular viaje, si nos que-
remos poner en formato poético o imaginario. Supongo
que en la más absoluta normalidad que se podía esperar
en aquellas edades o etapas de la vida.
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Paternidad en Paz
Doce años que coincidieron con otro cambio de ciudad,
otro cambio de colegio, otro cambio de amistades, y su-
pongo que otro cambio de ubicación personal, indivi-
dual y colectiva, en unas edades que ya de por sí son
bastante desconcertantes.
Entiendo que, en aquella época, y sin nada que repro-
char a mis padres —que hicieron todo lo que estuvo en
su mano, con las herramientas y el conocimiento que
les correspondía irremediablemente en esa época—, no
había muchas más opciones ni éramos conscientes de
cómo los cambios trascendentales repercuten en nuestra
edad adolescente y, por consiguiente, en nuestras futu-
ras edades adultas.
Una edad o etapa de la vida que, la verdad, no consigo
recordar de ninguna manera agradable, pero sí tremen-
damente intensa, y no todo lo bien resuelta que me hu-
biera gustado recordar.
Recuerdo también que tardé treinta añosen volver del
viaje de mi vida, y recalar en el hogar/casa/hostal que
mis padres siempre habían dejado con la puerta entrea-
bierta, esperando que, en algún momento de ese viaje,
necesitara volver con la absoluta libertad que en todo
momento sentí que respetaban.
Estarás de acuerdo conmigo en que treinta años son mu-
chos años. Muchos años para viajar sin querer volver o
sin sentir que necesitaba volver, o para viajar teniendo
miedo de compartir y reconocer todas esas sorpresas
que un viaje tan importante y tan trascendental como
es tu propia vida te tiene deparado a lo largo de tantas
décadas.
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Diálogos Masculinos
Treinta años son muchos años, incluso para un viaje apa-
rentemente vital e importante. Demasiados para según
qué situaciones, no siempre todo lo halagüeñas que un
día nos atrevimos a imaginar.
Yo espero que mi hijo y mi hija, cuando decidan partir
de viaje con sus respectivas vidas, se sientan más cerca-
nos y más deseosos de volver cuándo y cómo lo necesi-
ten, que lo que yo sentí una vez en mi vida. Porque, sin
duda, será una señal importante, de que se sentirán todo
lo libres y dichosos que a mí me hubiera gustado sentir-
me a sus respectivas edades.
Y volverán si quieren volver, y no volverán sino quieren
volver.
Así que, en esta ocasión no me queda más remedio que
ponerme a tu lado, Justo, y brindar desde el corazón por
Manu, Miguel y Ana. Con toda la humildad y honesti-
dad de la que soy capaz. Para que sus viajes le lleven a
todos esos sitios donde quieran estar, vivir y sentir en
cada momento.
Y brindo no solo por ellos, sino por ti y por mí. Por no-
sotros.
Porque no habrá manera más honesta de vivir la pater-
nidad que, precisamente, con la paz, la calma y la tran-
quilidad que los corazones de nuestros hijos e hijas nos
transmitan en cada momento.
Así que, espero que ellos sean esos viajeros que, en abso-
luta libertad y felicidad, deciden regresar cuando sien-
tan que eso es lo que les apetece hacer.
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El suicidio como
hecho social
Víctor
«… : Al individuo no se le permite realizarse. Algo que le mantiene tre-
menda y permanentemente insatisfecho, generándole un grado de sufrimiento
interno atroz, que provoca, unas irremediables ansias de quitarse de en medio.
¿Te suena? A mí, sí. Sin lugar a dudas. Me suena y me resuena...».
Justo
«… A ti, que como yo estás vivo y por eso puedes leer esto, jamás olvides
que hacer el Amor nada tuvo que ver con hacer el dolor....».
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V íctor Sánchez:
Q uerido amigo Justo, son ya varias las ocasiones en
las que hemos hablado del patriarcado, del capitalismo,
del neoliberalismo, del machismo, del androcentrismo
y, en definitiva, de todas y cada una de las caras que
conocemos de un sistema que, no solo no nos gusta ni
convence, sino al que le vemos un matiz a todas luces
perverso, hasta el punto de que cada vez vemos y sen-
timos más limitada nuestra propia libertad individual a
medida que vamos incorporando más consciencia a las
reflexiones que, de forma continua e implacable, veni-
mos haciendo de nuestras experiencias y vivencias del
pasado.
Encontrarme de sopetón —a través del temario de un
curso que estoy actualmente realizando— una teoría
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Diálogos Masculinos
como la de Èmile Durkheim sobre el suicidio como un
hecho social ha sido toda una nueva visión del complejo
entramado del sistema en el que estamos inmersos y que
no nos cansamos de desnudar o desvestir, como si de las
capas interminables de una cebolla se tratara.
Una nueva vuelta de tuerca más, otro ejercicio de aban-
donar Matrix para verlo y sentirlo desde fuera, dándo-
nos cuenta de nuestro espacio, de nuestra ubicación y
de nuestra necesaria realización a medio camino entre
la realidad prediseñada ad hoc y la fantasía menos sutil
e imaginaria.
El estudio del sociólogo francés Émile Durkheim, trata
al suicidio como un fenómeno social.
Y vamos a tratar de explicarlo o profundizar más al res-
pecto.
Durkheim rompe la tendencia tradicional de conside-
rarlo como un fenómeno estrictamente individual y,
por ende, solo considerado objeto de estudio de la psi-
cología o, si acaso, de la ética y de la moral. Para ello,
distinguía cuatro tipos de suicidio, de entre los cuales
me llama poderosamente la atención el que él denomina
suicidio egoísta.
Al individuo no se le permite realizarse. Algo que le
mantiene tremenda y permanentemente insatisfecho,
generándole un grado de sufrimiento interno atroz
—otro de los temas recurrentes dentro y fuera de nues-
tros Diálogos masculinos—, que provoca, en no todos los
casos, claro está, unas irremediables ansias o necesida-
des de quitarse de en medio.
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El suicidio como hecho social
¿Te suena? A mí sí. Sin lugar a dudas. Me suena y me
resuena.
Ese pequeño matiz, aparentemente sin importancia, de
convertir este problema en algo social y no solo indivi-
dual, adquiere especial relevancia cuando consideramos
el punto de vista de daño colateral de un sistema que hace
aguas por todas partes, pero que no se puede permitir el
lujo de que se note demasiado, no sea que se le empiece
a cuestionar peligrosamente. Esos pequeños flecos sin re-
solver de un deficitario sistema tan imperfectamente per-
fecto, ya tratados en otros Diálogos masculinos.
Aprovecho a continuación para traer unas palabras de la
doctora en psiquiatría Anne Maria Möller-Leimkühler,
a la que también he tenido el gusto de descubrir y leer
hace bien poquito:
«Si hay una clave, esa es la ideología masculina tradi-
cional. Ser el que trae el pan a casa sigue siendo esencial
para la identidad masculina y para la autoestima.
Las normas de la masculinidad funcionan a través de ex-
pectativas sociales y del autoconcepto. Y estas normas
dictan que los hombres siempre tienen que ser fuertes,
racionales, dominantes, autónomos, independientes,
activos, competitivos, poderosos, invulnerables y posi-
tivos. A lo que añade que las emociones como la tristeza,
la ansiedad, la impotencia, la incertidumbre o la indeci-
sión deben ser controladas y compensadas. La búsqueda
de ayuda se ve como un indicador de la falta de mascu-
linidad, así que muchos hombres se convencen de que
tienen que resolver sus problemas por ellos mismos y no
hablan de lo que sienten».
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Diálogos Masculinos
Y aquí es cuando merece la pena completar este diálogo
con varios datos que son reveladores, y que afectan de
manera clara y diferenciada a los hombres:
• Una de cada cuatro personas sufre, en algún
momento de su vida, un trastorno mental2.
• La tasa de suicidio entre hombres es al menos
tres veces más alta que entre las mujeres.
• El suicidio es la principal causa de muerte en
hombres de entre 20 y 45 años, y es tres veces
más frecuente en esa concreta franja de edad que
los accidentes de tráfico3.
•
Sin embargo, la mitad de los hombres con
trastornos mentales ni siquiera irán al médico
—y aquí dejamos a cada uno que investigue
en su interior el porqué de una afirmación tan
brutal—.
• Las mujeres son más propensas a sufrir depresión
y ansiedad, mientras que las dependencias de
sustancias psicoactivas y los trastornos por
personalidad son más frecuentes en los hombres.
• Hasta en las enfermedades, trastornos mentales
y todo tipo de adicciones, se aprecia un claro
ejemplo diferenciador entre sexos, que no es ni
mucho menos casual.
2.- Fuente de las referencias a la salud mental: National Institute of Mental
Health ([Link] y Asociación Española de Psiquiatría
Infantil y Adolescente ([Link] Wy25dF)
3.- Fuente de las referencias al suicidio: BBC ([Link]
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El suicidio como hecho social
Independientemente de que sean los profesionales los
que sí aprecian diferencias entre la morfología de los
cuerpos de hombres y mujeres que provocan respuestas
diferentes a enfermedades que se inician desde un simi-
lar punto de partida, no es menos cierto que la construc-
ción social y, por lo tanto, de género, penaliza a ambos
sexos de forma diferenciada.
A diferentes aprendizajes culturales y sociales, diferen-
tes consecuencias para unos y otras.
Seguimos buceando en datos, esta vez, cifras que aluden
a edades cercanas a las que se encuentran muchos de
nuestros hijos e hijas:
• La mitad de los trastornos psiquiátricos en
adultos se inician antes de los 14 años, y el 75%
antes de los 24 años.
Querido amigo Justo, entre tú y yo, es más que eviden-
te que no necesitamos convencernos de los perversos
y malintencionados métodos de un sistema que tanto
daño y sufrimiento nos provoca, sin parecer importarle
a nadie. Y que encima planta sus raíces en edades cada
vez más tempranas con métodos cada vez más comple-
jos, perfeccionados y difíciles de combatir.
Y nuestras armas o herramientas para combatir esos mé-
todos tan perfeccionados de ingeniería social parecen
ser, cada vez más débiles e insuficientes. O al menos esa
es la sensación a día de hoy que tengo al respecto.
Y ojalá en este capítulo, en este diálogo, pudiera ser algo
más optimista.
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J usto Fernández:
N os comprometimos con nosotros mismos a que
estos Diálogos nuestros estuvieran siempre conectados
a nuestra propia experiencia, a nuestra vivencia perso-
nal como hombres y como padres. Es lo que hemos lla-
mado alguna vez «expresarnos desde las tripas». Y justo
hoy, al tener que escribir sobre el tema que propones, el
suicidio, para mí ya no es solo un compromiso; es una
necesidad.
Como sabes, recientemente he conocido la terrible y des-
garradora noticia de la muerte violenta de una persona,
una mujer, muy importante para mí. Aunque tú cono-
ces los detalles, considero que no es este el espacio para
compartirlos, simplemente porque no son necesarios
para comprender. Es suficiente con indicar que acabo de
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Diálogos Masculinos
vivir de cerca un ejemplo real en el que el machismo y
su inherente y estructural violencia tiene como conse-
cuencia la muerte de inocentes. Y eso es lo que la hace la
más injusta y cruel: el tratarse de víctimas inocentes. Y
esas muertes pueden ser directas, a través del asesinato,
o provocadas, en forma de suicidio inducido.
Hoy hago mi aportación a este diálogo con el corazón
encogido como nunca. Por eso traigo simplemente las
palabras que me ha inspirado la historia a la que hago
referencia, que no es otra que la mía propia:
Como te prometí, hoy volví a la plaza de nuestro
pueblo a comer pipas y a verte pasar.
Después de haber llorado la mitad, quise buscar
también las escaleras de aquel convento apartado
donde tú y yo, al anochecer, pintábamos sus peldaños
de besos adolescentes.
Ahí lloré la otra mitad.
Y es que me he enterado de que la muerte se te ha
llevado de la manera más injusta que conozco.
Por eso yo, para hacer justicia, treinta y cinco años
después, te vuelvo a traer a mi lado.
¡Maldita sea! Como nuestros besos, nosotros somos
inocentes.
Con todo mi corazón, descansa en Paz.
Y a ti, que como yo estás vivo y por eso puedes leer
esto, jamás olvides que hacer el Amor nada tuvo que
ver con hacer el dolor.
A ti, que mientras ella está muerta, tú sigues vivo, a ti,
yo te maldigo.
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La crueldad
Justor
«… Mi hijo entendió que la crueldad es la excepción. Entendió que no-
sotros no tenemos por qué sumarnos al horror cruel, pero también su corazón
comprendió que nos va a doler mucho cuando contemplemos esa humana cruel-
dad....».
Víctor
«… La crueldad es considerada como un signo de desajuste psicológico
por la American Psychiatric Association. Y si asumimos que la crueldad está
tan asociada al elemento masculino como lo que estamos hablando en éste y en
otros muchos diálogos, permitidme entonces, que las conclusiones a las que
llegue, sean tremendamente devastadoras...».
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J usto Fernández:
Q uerido Víctor, la historia que te voy a relatar me
produce un profundo desasosiego. Cada vez que la re-
memoro me asalta la angustia y la tristeza. Estas emo-
ciones emanan a borbotones del hecho de que mi hijo
Manuel estuvo involucrado involuntariamente en aquel
episodio. Y a pesar de todo eso, traerlo aquí es un nuevo
intento de comprender y comprendernos.
Ocurrió hace unos dos años:
Un grupo de amigos nos encontrábamos pasando una
tarde relajada tras una comida en una finca a la sombra
de unos grandes pinos. Éramos todos adultos salvo mi
hijo Manuel, que entonces tenía doce años. No todos nos
conocíamos, pues había personas invitadas por los real-
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Diálogos Masculinos
mente amigos. Entre esos invitados, había un grupo de
hombres de alrededor de veinticinco años. Todo iba bien
hasta que, de repente, alguien de ese grupo de jóvenes
sacó una escopeta de perdigones, la carabina de toda la
vida. No tengo ni idea de dónde ni por qué esa arma
había llegado hasta allí. No tardaron los chavales en co-
menzar a disparar a unas latas vacías para demostrar su
puntería. A pesar de la animadversión que yo tengo a
cualquier arma de fuego, no dije nada ni le presté mayor
atención. Todo transcurría como un juego relativamente
inocente. Además, mi hijo Manuel, atareado en sus co-
sas, no mostró interés alguno en disparar, ni siquiera en
contemplar los disparos.
De pronto, sin ninguna razón aparente, uno de aquellos
hombres, al que en ese momento le tocaba el turno, di-
rigió el cañón de la escopeta hacia la copa de uno de
los pinos y, sin decir una sola palabra, disparó un tiro.
De pronto se hizo el silencio más absoluto. Solo se escu-
chó el batir de unas alas mortalmente enredadas en las
ramas de aquel árbol. Segundos después, una preciosa
paloma caía reventada al suelo, con la cabeza partida en
dos, todavía moviendo su cuello, a los mismos pies de
su desalmado ejecutor.
Ahora sí. Ahora mi hijo Manuel sí corrió hacia el grupo
a contemplar aterrado lo sucedido. Vino como una exha-
lación, como si su Ser hubiera escuchado con nitidez la
llamada en forma de silencioso grito del horror: «Papá,
por favor, papá, tienes que curarla. La podemos curar.
Vamos a llevarla a algún sitio. Papá, por favor, tienes
que curar a la paloma…».
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La crueldad
Querido Víctor, recordar la cara de mi hijo Manuel, con
sus doce años de pura vida y poderosa inocencia, recor-
dar sus ojos húmedos de lágrimas clavados en los míos
pidiéndome un ya imposible milagro, recordar esa esce-
na me revienta de dolor por dentro todavía hoy.
Te voy a ahorrar —y me voy a ahorrar— más detalles
de los que ocurrió después. Decirte que mucho tuve que
abrazar y besar a Manu para traerlo de nuevo a la reali-
dad del Amor, la Paz y la confianza en los demás. Para
mí acompañar a mi hijo fue la máxima prioridad.
Después, ya te puedes imaginar la conversación que
mantuve con aquel cruel asesino. Pero ese es otro asun-
to…
Al atardecer del día siguiente, Manu y yo, ayudados
por un buen amigo, hicimos juntos un hermoso ritual
de duelo a modo de homenaje a aquella paloma vilmen-
te asesinada. Plantamos un retoño de castaño en el mis-
mo lugar que había caído aquel hermoso e inocente ser.
Lo rodeamos de velas e incienso también. Un pequeño
árbol, una nueva vida en honor a todos los inocentes
seres del mundo cuyas vidas han sido arrebatadas por
la crueldad humana. Y gracias a ese homenaje, siento
que mi hijo entendió que la crueldad es la excepción.
Entendió que nosotros no tenemos por qué sumarnos
al horror cruel. También su corazón comprendió que
nos va a doler mucho cuando contemplemos esa hu-
mana crueldad.
Y yo me pregunto… ¿Por qué, Víctor, por qué…? ¿Por
qué un hombre de veinticinco años apunta con un arma
a una inocente paloma y dispara? ¿Por qué no somos
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Diálogos Masculinos
como Manu? ¿Por qué dejamos de ser niños? ¿Por qué,
amigo mío…?
O, mejor dicho… ¿Para qué…?
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V íctor Sánchez:
D espués de leer tu relato he intentado buscar y re-
buscar sin éxito entre mis recuerdos una historia similar
que tuviera de protagonista a mi hijo o a mi hija.
Me surgen otros ejemplos de crueldad situados en mi
preadolescencia y en los patios de colegio y con otros
compañeros como víctimas —en vez de con animales
como la paloma asesinada de tu relato—, pero eso son
otro tipo de crueldades de las que ya hemos tenido la
oportunidad de tratar con anterioridad.
Así que, puestos en el escenario concreto de la crueldad
animal que me planteas con el relato de tu historia, no
me preguntes por qué, pero lo primero que se me ha
ocurrido, después de sentir y lamentar profundamente
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Diálogos Masculinos
esa emoción que relatabas de Manu, es buscar en Google
dos cosas.
Por una parte, la definición de crueldad: «La crueldad se
define como la respuesta emocional de obtención de pla-
cer en el sufrimiento y dolor de otros o la acción que in-
necesariamente causa tal sufrimiento o dolor». Por otra,
el número de licencias de caza que existe hoy en España:
850.000.
Cierto es que hace siete años se superaba el millón
—segundo país a la cabeza de toda Europa, después
de Francia—, aunque no sé si tomarme ese dato como
mínimamente positivo de que las cosas estén muy poco
a poco cambiando, o solo como un simple reflejo de la
crisis económica, que a muchas personas no les está per-
mitiendo mantener una afición —me niego a llamarlo
deporte, como algunos nos quieren hacer ver—, un tan-
to elitista y privilegiada sin lugar a dudas, cuyo coste, no
solo de la licencia sino de todo lo demás que conlleva a
su alrededor, no es poco.
Y ambas cuestiones o búsquedas, inevitablemente, las
imagino con caras de hombre, o si se prefiere sustituir
por una expresión más adecuada, ambas me parecen
claramente identificadas con todo lo que tiene que ver
con lo masculino.
La crueldad, en este caso animal, las armas de fuego y
la violencia convertida en asesinato por deporte, o peor,
por mero disfrute individual.
No veo mujeres en esta ecuación, que las habrá, en mu-
cha menor cantidad que sus compañeros varones.
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La crueldad
Y digo yo que por algo será. Y trato siempre de llegar
hasta esa conclusión que me siga aportando algo de luz
a esa inevitable diferenciación y separación obligatoria a
la que someten a uno y otro género desde siempre, otor-
gando presencia y quitándola, según sea el escenario al
que nos acerquemos.
Y es que, sinceramente, a estas alturas del libro y de mi
vida, no puedo más que intentar sacar conclusiones que
tienen que ver irremediablemente con el género, pues
desde ese complejo y desvirtuado camino que nos mar-
can desde antes incluso de nacer, es desde dónde a veces
se ven las cosas de forma clara y nítida.
Nos han metido tanta basura en nuestras mentes a lo
largo de nuestras vidas, que es difícil ver o tratar en pro-
fundidad los temas que venimos transitando por nues-
tros diálogos sin esa necesaria y excepcional visión de
género para intentar desmantelar todos los condiciona-
mientos a los que nos han sometido, tanto a los hombres
como a las mujeres.
Leo en la Wikipedia que la crueldad es considerada
como un signo de desajuste psicológico por la American
Psychiatric Association.
Y si asumimos que la crueldad está tan asociada al ele-
mento masculino como lo que estamos hablando en este
y otros muchos diálogos, pues permitidme que las con-
clusiones a las que llegue sean tremendamente esclare-
cedoras.
Siento que ninguna persona puede disfrutar asesinando
a un animal, y siento que ninguna persona puede disfru-
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Diálogos Masculinos
tar siendo testigo o espectador de un comportamiento
como este.
Y, sin embargo, en tu relato veo no solo al protagonista
de la historia, escopeta en mano, sino a todo un séquito
de acompañantes celebrando y aplaudiendo, y en defi-
nitiva, divirtiéndose de un acto que tiene de todo menos
de divertido.
Me encantaría que alguien me explicara el disfrute que
supone arrebatarle la vida a un ser vivo desde ese apa-
rente, justificado y normalizado por la sociedad desajus-
te psicológico.
Tampoco entiendo que se permita a los chicos de 14 años
poder tener licencia para matar, como se permite en este
país de amplia y profunda tradición en cuanto al mal-
trato animal.
Entiendo que, si para tantas cosas importantes de nues-
tra sociedad, la edad mínima es la mayoría de edad, los
18 años, no entiendo por qué en este caso se hace una tan
dañina y temprana excepción.
Supongo que es necesario explicar y normalizar a los
más pequeños desde bien prontito ciertas prácticas in-
deseables que sus modelos de referencia adultos más
cercanos cometen en la más absoluta de las impunida-
des.
Es necesario ejercer una influencia desde bien pequeños
para ir horadando ese necesario campo para que el sur-
co de nuestro camino sea cada vez más fácil de seguir y
produzca menos reticencias y resistencias al mismo.
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La crueldad
Y sigo. Inmerso como estamos en desenmascarar el ac-
tual modelo de masculinidad, busco y rebusco el dato
de cuántas de esas 850.000 licencias de caza pertenecen
a mujeres. Y el dato no es para nada sorprendente.
Un 99,3% de las licencias de caza en este país son de
hombres, mientras que un exiguo 0,7% lo son de muje-
res4.
Juzguen por ustedes mismos.
¿Realmente sigue el hombre, el varón, el portador de la
masculinidad, necesitando diferenciarse de todo lo fe-
menino de esta manera?
¿Realmente la crueldad masculina vista en este y en mul-
titud de otros escenarios tan cercanos y tan presentes es
la excepción o, por el contrario, es la norma a seguir?
¿Hasta cuándo seguiremos permitiendo que esto siga
siendo así?
Tengo miedo de responder con sinceridad a esa pregun-
ta.
Y si tu hijo me lo preguntara directamente, no sé hasta
qué punto sería capaz de explicarle la razón por la que
alguien pensó que esto, a día de hoy, podía estar tan nor-
malizado y tan adscrito e integrado al género masculino.
4.- Fuente: MECD. Estadística de Deporte Federado 2015.
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El mal llamado
«sexo débil»
Víctor
«… Y por más que siga buscando ejemplos en una y otra dirección, de
esa idea tan masculina de lo que es y no es una demostración de fuerza, seguiré
viendo modelos sensiblemente diferentes de valoración que a mí particularmen-
te ya no me resultan engañosos. Es obvio, quién elige, quién marca las pautas
para decidir en esta sociedad lo que es y lo que no es fuerte. Pero yo al menos,
sin condicionamientos externos, tengo muy claro cuál es el sexo fuerte, en qué
consiste, y sobre todo, qué me transmite...».
Justo
«… Si cosificas a otro, te cosificas a ti mismo; si juzgas y mides a otro, te
juzgas y mides a ti. La autoestima está en juego al apegarla y hacerla dependien-
te de los resultados obtenidos en el fiel de una implacable y constante balanza.
Y es que, o todos somos sujetos, o todos somos objetos....».
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V íctor Sánchez:
N o vamos a descubrir a estas alturas de la historia
de qué pie cojea la RAE. Ni vamos a revisar uno por uno
todos y cada uno de los sillones que conforman la mis-
ma, ampliamente ocupados desde principios de los albo-
res por hombres y más hombres —y hoy en día, algunas
pocas mujeres en una proporción todavía vergonzosa—.
Por aquello de hacer un poquito de historia previa para
introducir el tema que en este capítulo os presentamos,
deciros que la RAE tardó nada más y nada menos que
300 años en incorporar a la primera mujer entre sus fi-
las —Carmen Conde, en 1978—. Para que tengamos una
ligera idea de cómo está el percal en uno de los pilares
por antonomasia de la hegemonía masculina: la cons-
trucción (y el uso) del lenguaje…
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Diálogos Masculinos
Y para muestra, un botón.
Busco en el diccionario oficial de la RAE la definición de
la palabra sexo y, después de sus acepciones primeras
que definen escuetamente esa palabra, me encuentro lo
siguiente:
• Sexo débil. Conjunto de las mujeres.
• Sexo fuerte. Conjunto de los hombres.
Y yo me pregunto qué sentirá una mujer cuando lea una
definición tan burda, simple e insultante como esta.
Creo que no es necesario seguir insistiendo en la impor-
tancia que el lenguaje tiene en seguir perpetuando unas
ideas, unos estereotipos y unos roles sociales asignados
tanto al género femenino como al masculino, de forma
tan intencionalmente diferenciada.
Creo que no es necesario destacar todavía más, la impor-
tancia del uso de un lenguaje más inclusivo, en donde, de
primeras, se visibilice a esa mayoría de la población, que
por razones puramente androcentristas, ha estado siempre
incluida en la parte masculina del uso del lenguaje. El mal
llamado genérico. Generalmente, la forma masculina de
referirnos a algo, que de neutro e inclusivo no tiene nada,
sino todo lo contrario, excluye de una manera que, a poco
que intuyamos y profundicemos, no tiene nada de casual.
Decía George Steiner, escritor, filósofo e intelectual fran-
cés, que «lo que no se nombra no existe».
Y así, durante siglos, la visibilidad de la mujer en tér-
minos de lenguaje ha estado permanentemente oculta
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El mal llamado «sexo débil»
de manera más que evidente. O todavía sigue estando,
para hablar más correctamente incluso, porque no es
algo que a día de hoy se haya solventado ni mucho me-
nos.
Pero lejos de discursos y teorías más o menos complejas
e importantes y no exentas de polémica por los movi-
mientos reactivos que provoca, hoy queremos ir simple-
mente al centro de esta expresión, de este término de uso
tan normalizado y, por qué no, de su contrario, que a mí
tanto me remueve y tanto me hace reflexionar.
Vamos a tratar de hacer un ejercicio lo más cercano a la
realidad para definir y aclarar qué es lo que yo entiendo
por un hombre fuerte y por una mujer fuerte.
Cuando me hablan de hombres fuertes, no puedo evitar
buscar en Google el hombre que más peso levanta en-
cima de sus brazos. Y me encuentro a un halterofilista
de origen iraní que levanta de una sola tacada casi 300
kilos.
Cuando me hablan de hombres fuertes veo a hombres
arrastrando camiones de gran tonelaje con una cuerda
atada a su boca o, si me apuras, con otras partes de su
anatomía que aquí no me voy a molestar ni siquiera en
señalar.
Cuando me hablan de hombres fuertes, veo cuerpos
extremadamente musculosos que no necesariamen-
te corresponden a los cuerpos que más fuerza puedan
demostrar. Salvo, claro está, cuando entendemos por
fuerza una demostración exagerada de poderío muscu-
lar que apenas dura unos breves segundos y cuya única
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función o misión es la demostración de algo que nadie o
casi nadie es capaz de igualar.
Será espectacular para quien así se lo parezca, pero no
deja de ser una demostración vacía a más no poder de
algo excelso que a mí no me transmite ni me hace admi-
rar nada, pese al esfuerzo ingente empleado.
En cambio, cuando me hablan de mujeres fuertes veo a
mujeres marroquíes de todas las edades inimaginables
cruzando la frontera de Melilla varias veces a lo largo
del día, con fardos que pesan de 40 a 70 kilos sobre sus
castigadas espaldas.
Cuando me hablan de mujeres fuertes, veo a millones de
mujeres en muchas partes del mundo trabajando en el
campo durante jornadas interminables, con sus niños/
as a cuestas.
Cuando me hablan de mujeres fuertes, veo mujeres y ni-
ñas de corta edad recorriendo grandes distancias para
transportar encima de sus cabezas un bien tan básico
como es el agua, desde el río o pozo más cercano al po-
blado o a la casa donde toda la unidad familiar vive y
desarrolla una vida cercana a la normalidad que solo
sería posible porque son las mujeres las encargadas de
semejantes funciones vitales.
Y por más que siga buscando y rebuscando en una y otra
dirección, más imágenes que me refuercen, nunca mejor
o peor dicho, esa idea tan masculina de lo que es y no
es una demostración de fuerza, seguiré viendo modelos
sensiblemente diferentes de valoración que a mí ya no
me resultan engañosos.
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El mal llamado «sexo débil»
Es obvio quién elige, quién marca las pautas para deci-
dir en esta sociedad o este sistema lo que es y lo que no
es fuerte.
Yo al menos, y dejando en libertad mis pensamientos
para forjarme una opinión por mí mismo, sin condi-
cionamientos externos, tengo muy claro cuál es el sexo
fuerte, en qué consiste y, sobre todo, qué me transmite.
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J usto Fernández:
F ortaleza o debilidad, valor o cobardía, dureza o
fragilidad, entereza o vulnerabilidad… Y así podríamos
continuar eternamente con este entramado de supuestos
valores universales que, a modo de vara de medir, califi-
can el «peso» de cada ser humano y lo jerarquiza en base
al resultado de esa medida, como si de objetos, que no
sujetos, se tratara.
Es el naif, por simplista e inconsciente, paradigma dual
cuya base es la cosificación de tus semejantes. Pero este
juego, aprendido día a día desde que nacemos, tiene una
fatal consecuencia inevitable: si cosificas a otro, te cosifi-
cas a ti mismo; si juzgas y mides a otro, te juzgas y mides
a ti. La autoestima, entendida como Amor incondicional
por uno mismo, está en juego al apegarla y hacerla de-
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Diálogos Masculinos
pendiente de los resultados obtenidos en el fiel de una
implacable y constante balanza. Y es que, o todos somos
sujetos, o todos somos objetos.
No es mi intención escribir ahora sobre la obviedad de la
necesidad de romper con esta atrofia emocional que su-
pone juzgar y juzgarse. Más bien mi deseo es compartir
lo que para mí es la segunda perversión de este modelo.
Siguiendo con tu propuesta, la pregunta a contestar aho-
ra, de manera meditativa, es: ¿quiénes son —y han sido
históricamente— los seres humanos que han definido
este modelo, seleccionando qué valores son los que hay
que medir y cuál es la escala que marca el aspirado nivel
excepcional versus el despreciado nivel insatisfactorio?
Pues bien, mi querido Víctor, la respuesta que yo siento
como verdad en mi corazón es clara y reveladora: He-
mos sido los hombres, atendiendo únicamente a la par-
cialidad de nuestra masculinidad, los que hemos creado
esta infame y violenta máquina de jerarquizar y compe-
tir. Hemos construido y perpetuado, ladrillo a ladrillo,
privilegio a privilegio, la pirámide machista y patriarcal
en la que hoy estamos inmersos. Y lo hemos hecho des-
de nuestras posiciones de poder, liderazgo e influencia
que los hombres hemos acaparado y defendido histó-
ricamente. Es la pirámide jerárquica cuya cúspide está
hecha de asfixiante y miope masculinidad, la cual, por
definición, supone la negación del círculo de iguales.
Lejos de sentirme ajeno a esta manera de entender la
vida, te vuelvo a confesar algo que ya conoces bien: Du-
rante mucho tiempo yo he sido también un servil y efi-
ciente albañil de esta inhumana edificación. Y, lo que es
peor, un albañil con aspiraciones a arquitecto. Las con-
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El mal llamado «sexo débil»
secuencias en mi ser y en los seres de mi entorno fueron
demoledoras, como también sabes. Quizá por eso, o qui-
zá porque tocaba, comenzó la transformación personal.
Estaba en juego mi Libertad y el Amor. Guiado ahora
por esa liberadora energía, cambié las pirámides que se
estrechan hacia arriba por los Círculos que se expanden
sin límite.
Acabo diciendo, con la voz calmada que surge desde el
fondo de mi corazón, que yo no voy a jugar nunca más
a trepar por pendiente alguna, a medir, ni a medirme, a
juzgar, ni a juzgarme, ni a mirar a otro desde arriba ni
desde abajo.
Nunca más.
Y, tan importante como eso, no seré yo tampoco quien
alimente en mi hijo Manuel esa alienante forma de ver a
los demás y de verse a sí mismo.
Por la Libertad y el Amor, que son sinónimos, rompa-
mos el hechizo.
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El vínculo de la
paternidad
(Me lo contó un gorrión)
Justo
«… Los Padres-Hombres no hemos perdido nada, lo que ocurre es que
nuestra existencia está vuelta del revés, mirando afuera, esperando que nos dic-
ten cómo se debe ser buen Padre, enjaulados en interminables estructuras de
derechos y obligaciones. Y eso es demasiado ruido para sentir la sutil melodía
que suena naturalmente en nuestras mismas entrañas....».
Víctor
«… No quiero hablar de mi particular vínculo con mis hijos ni de la
forma tan mal resuelta en que papá y mamá gorrión resolvieron un sensacional
truco de magia propuesto por la naturaleza y destrozado por la humanidad de
las personas adultas...».
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J usto Fernández:
V ínculo es unión, es fusión. Dos seres vinculados
tienen la oportunidad única de percibirse como un solo
Ser sin renunciar a sus respectivas identidades. Es el de-
licioso paradigma holístico de «uno más uno son tres: el
uno, el otro y la unión de los dos». Vínculo es trascen-
dencia, es Creación.
Y yo me quiero atrever a reflexionar desde el corazón,
con actitud meditativa, sobre el Vínculo de Amor Pa-
dre-Hijo. Y es meditativa mi actitud porque me compro-
meto a validar que todo lo que digo es mi verdad. Es
decir, además de pensarlo, también lo siento. Me com-
prometo a asegurar que las palabras resuenan primero
en mi pecho antes de subir a mi cabeza.
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Diálogos Masculinos
Recuerdo una primavera en que una pareja de gorriones
anidó en el respiradero del tendedero anejo a mi cocina.
Por la disposición de la ventana, desde el fregadero po-
día ver perfectamente las evoluciones de mamá y papá
gorrión en su trajín familiar. Y resulta que como yo frie-
go mucho, no me perdía detalle. Nada especial ocurrió
en mí en las primeras semanas mientras observaba cómo
realizaban sus «paradas nupciales», cómo iban constru-
yendo el nido y cómo se turnaban para empollar. Hasta
que un día, al observar cómo el papá gorrión traía en
su pico un insecto para alimentar a uno de los polluelos
—algo que había visto ya muchas veces—, de repente
me surgió un torrente de dudas: ¿Por qué lo hace? ¿Por
qué no se marcha? ¿Por qué busca alimento una y otra
vez sin descanso y lo entrega con delicadeza a sus hijos?
¿Por qué sigue ahí presente y cuidador? Y la belleza de
ese momento residió en que todas y cada una de esas
preguntas venían acompañadas de la misma respuesta,
de una única y luminosa respuesta que disolvía todas
las dudas.
Y la respuesta no es que esa conducta está grabada en
su ADN. La respuesta no es que protege a sus vástagos
porque quiere egoístamente que sus genes se diseminen
por el ancho mundo. Ni siquiera la respuesta es que la
mamá gorrión lo abronca cada noche y lo amenaza con
echarle del nido si no cumple bien su papel de padre.
No, ninguna de esas era ni es la respuesta. Esas son po-
bres respuestas científicas, intelectuales y limitadamente
humanas.
La respuesta al enigma, querido Víctor, es que el Pa-
dre gorrión está vinculado a sus polluelos. Está unido
esencialmente a ellos. El papá gorrión los cuida como se
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El vínvulo de la paternidad
cuida a sí mismo. Los ama como se ama a sí mismo. El
papá gorrión es Uno con sus polluelos. Los conoce como
conoce sus propias alas. Los alimenta como él se alimen-
ta. Los protege como se protege a él mismo. Y tiempo
después, los enseña naturalmente con su ejemplo a volar
como solo él sabe volar. El papá gorrión escucha en su
interior la música del Vínculo y solo se deja guiar por
ella, música que empezó a sonar en él probablemente el
mismo día de la Concepción.
Para acabar quiero que sepas que el título de este diálo-
go iba a ser «En busca del vínculo perdido», pero luego
recordé ese bello proverbio hindú que reza: «Y Dios dijo:
¡esconderé la felicidad en un lugar donde el hombre
nunca pensará en buscarla! ¡La esconderé en el fondo de
su corazón!». Y entonces sentí que los Padres-Hombres
en realidad no hemos perdido nada, lo que ocurre es que
nuestra existencia está vuelta del revés, mirando afuera,
escuchando afuera, esperando que nos digan, y en dema-
siadas ocasiones sometidos a juicio sumarísimo, atrapa-
dos en constructos intelectuales, morales y credenciales
que pretenden dictarnos cómo se debe ser buen Padre,
enjaulados en interminables estructuras de derechos y
obligaciones. Y eso, amigo mío, es demasiado ruido para
sentir la sutil melodía que suena naturalmente en nues-
tras mismas entrañas. Así que la propuesta que aquí te
traigo es dejar a un lado el ruido y, como el Papá gorrión,
empezar a escuchar(nos) por dentro. Porque tenemos la
letra, pero siento que a veces nos falta la música. Y esta
música proviene del Alma, y es belleza en estado puro.
Y lo que yo te cuento aquí, a mí me lo contó un gorrión.
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V íctor Sánchez:
D e todo el texto que me propones, me quedo con la
palabra vínculo, que es, sin duda, la palabra más desta-
cada sobre la que versa este pequeño gran relato o dic-
tado de magia animal que me acabas de contar, que por
supuesto va mucho más allá de cualquier explicación
técnica o científica que trate de poner en palabras ese
sentimiento o vínculo de paternidad entre los gorriones
protagonistas.
De nuestros antagonistas o simplemente diferentes esti-
los de escribir, de sentir y de expresar(nos), de nuestros
procesos particulares en los que cada uno se encuentra,
me es inevitable tratar de abstraerme y buscar en mi in-
terior qué es lo que me sugiere una palabra como la que
tú nos traes en este preciso instante.
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Diálogos Masculinos
Y como siempre, lo que me surge, lo que me llama, es
algo muy diferente a tu propuesta. Es, quizá, la otra cara
de la moneda.
Ya sabes que yo no soy ni muy propenso ni muy recep-
tivo a la magia. La miro con esa desconfianza de quien
siente que la experiencia a la que le ha conducido su
paso por esta vida le ha convertido en un espectador
más encaminado a destapar el truco del mago que a de-
jarse llevar por sus propuestas tan desafiantes a la rea-
lidad y tan atractivas a las miradas de los espectadores
allí presentes.
Así que, por el contrario, mi sitio, mis recuerdos, mis
vivencias, mis experiencias de toda una vida, me llevan
una y otra vez a la mente, ese espacio tan acogedor como
traidor en el que a veces, demasiadas veces, ponemos
todas nuestras energías. Yo al menos.
Y aquí, como no podía ser de otra manera, en este nuevo
terreno de juego, más mental que mágico, quien manda
son mis recuerdos.
¿Y cuál es la otra cara de la moneda a la que aludía hace
un rato?
¿Cuál es el término antagónico que rompe, transforma
e incluso pervierte algo tan bonito y tan naturalmente
desarrollado como es el vínculo al que aludías antes?
El trastorno del vínculo. Término al que aluden los psi-
cólogos/as cuando se refieren a trastornos relacionados
con los más pequeños, en donde precisamente ese vín-
culo se ha roto o no se ha mantenido de la forma ideal
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El sentimiento de falta de sentimiento
posible que quizá todas las personas que estamos leyen-
do ahora mismo este texto tenemos en mente en mayor
o menor medida idealizado —y si no, volvamos a esa
imagen idílica del nido y del gorrión alimentado y cui-
dado por sus padres, y lo volveremos a ver y sentir de
manera clara—.
Ese truco del mago mal resuelto, que queda expuesto a
las miradas de todo el público.
Yo no te voy a hablar de gorriones. O sí. Porque quizá
tanto mi hijo como mi hija pueden ser esos gorriones
protagonistas a los que alguien, desde fuera, desde otra
de esas ventanas como desde la que tú estabas mirando,
pueda estar siguiendo con esa mirada escudriñadora y
curiosa su pequeña evolución por este mundo.
Y veo a mi alrededor otros nidos, otro tipo de vínculos,
quizá no tan perfectos ni tan mágicos, pero que me su-
gieren visiones igual de comprensivas, enriquecedoras
y enamoradoras.
No quiero hablar de mi particular vínculo con mis hi-
jos ni de la forma tan mal resuelta en que papá y mamá
gorrión resolvieron un sensacional truco de magia pro-
puesto por la naturaleza y destrozado por la humanidad
de las personas adultas que intervenían como meros
conductores o magos del truco en cuestión.
Espero, deseo y confío que nuestro viaje por la vida de-
penda de otras muchas cosas más que de nuestro más
primitivo e inicial vínculo, y que seamos capaces de ver
más allá y de ir alimentando, desarrollando y dejando
crecer diferentes vínculos que acompañen incluso fuera
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Diálogos Masculinos
del nido a esos pequeños gorriones necesitados de tan-
tas y tantas cosas que les va a hacer falta en un futuro tan
próximo y cercano.
Quiero seguir mirando a nuestro alrededor y encontrar
las respuestas más positivas para saber si estos y otros
muchos gorriones adultos que nos acompañan bien cer-
quita a lo largo de nuestro viaje por todo el bosque de
la vida, han tenido, disfrutado o se han alimentado de
un vínculo tan lleno de amor y magia como el que nos
proponías al principio del relato, o, por el contrario, han
tenido suerte diversa en el comienzo de sus respectivas
vidas, pero les han ayudado a contrarrestarlo debida-
mente.
Mi particular vínculo con mi niño —o gorrión— interior,
como siempre, en conflicto.
O en reconstrucción.
No podía ser de otra manera.
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El sentimiento
de falta de
sentimiento
Víctor
«… Busco, reclamo y hasta denuncio también, la responsabilidad de un
sistema, de un entorno y de una estructura social, tan poderosamente delimita-
da, que ha sido tan castrante con respecto al sentimiento y a la expresión de las
emociones en el ámbito masculino...».
Justo
«… ¿Cuándo un hombre como yo podrá sentir en libertad lo que hones-
tamente sienta? ¿Cuándo dejaremos de vocear desde los púlpitos qué es lo que
debe o no debe sentir un hombre, sea en una dirección o en otra?...».
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V íctor Sánchez:
U na de las cosas más apasionantes que no dejan de
sorprenderme en la historia más reciente de la humani-
dad es el auge de todo lo relacionado con la psicología.
Tenemos un montón de ejemplos de comportamientos
que, al no corresponderse dentro de la más estricta de
las normalidades, son automáticamente catalogados,
clasificados y objeto de posterior estudio y desarrollo
como trastornos mentales.
El ejemplo de la homosexualidad es el primero que me
viene a la cabeza.
Hace menos de 3 décadas que dejó de ser considerada
una enfermedad mental por la Organización Mundial
de la Salud, en pleno siglo XX.
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Diálogos Masculinos
Pero seguro que habrá muchos otros ejemplos como
este, no sé si tan rotundos o no, que a lo mejor se os va
ocurriendo sobre la marcha o sobre la lectura de este ca-
pítulo —la histeria de las mujeres, estudiada a fondo por
Freud, también sería un buen tema a tratar en profundi-
dad por lo demencial de su diagnóstico y tratamiento,
aunque quede un poco más atrás en el tiempo—.
Hay muchos trastornos que, por ejemplo, tienen que ver
con la dificultad de expresar, sentir o siquiera verbalizar
sentimientos o emociones puntuales —anhedonia, alexi-
timia, trastornos del estado de ánimo en general, etc.—.
Puestos a buscar ejemplos más cercanos en mí, personal-
mente, encontré en un libro de psicología un término que
me llamó la atención: sentimiento de falta de sentimiento.
No voy a tratar de explicar la definición en sí misma
porque creo que, con echarle un poco de imaginación,
seremos capaces de entenderlo, y porque creo que cada
uno de nosotros puede indagar en lo que le sugiera este
término en su vida, si aparece en algún momento o es-
cena de su pasado, si sigue enquistado en el presente, o
si simplemente lo puede entender, sentir y reconocer en
alguien de su entorno.
Por supuesto, busco y reclamo también la responsabi-
lidad de un sistema, de un entorno y de una estructu-
ra social tan poderosamente delimitada que ha sido tan
castrante con respecto al sentimiento y a la expresión de
las emociones en el ámbito masculino.
Ya sabemos que desde siempre, las emociones —esas
emociones muchas veces señaladas y nombradas de ma-
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El sentimiento de falta de sentimiento
nera despectiva— se han considerado un signo de debi-
lidad, ya fueran propias o asignadas convenientemente
a las mujeres, que precisamente por esas limitaciones de
género no podían ocupar puestos de responsabilidad o
importancia en determinados espacios del ámbito públi-
co —cómo no, copados por la presencia masculina— en
los que se requería otro tipo de habilidades más agresi-
vas para liderar y tomar según qué decisiones.
Pero para no seguir hablando desde una visión teórica y
poco práctica, vamos a intentar poner los pies en el suelo
sacando a relucir ejemplos que ilustren esta reflexión.
Que tus hijos te reclamen más expresiones de cariño que
las que ellos te demuestran de forma natural y espontá-
nea te hace sentir como que algo dentro de ti mismo en
algún momento de tu vida se quebró y no se ha podido
recuperar, o que no funciona todo lo correctamente que
debiera.
Que tu pareja se deshaga en muestras de amor y cariño
a menudo presentes en la convivencia del día a día y
sientas en tus propias carnes que no eres mínimamen-
te capaz de corresponder es una fuente de sufrimiento
continua —otra más— que no te permite vivir y disfru-
tar de algo tan maravilloso como una relación de pareja.
Que tu mente sea consciente, por ejemplo, de la pérdida
de un familiar de alguien cercano y no seas capaz de
empatizar ni de sentir lo que corre por sus venas, ni de
corresponder a esa necesidad de acercamiento o acom-
pañamiento emocional sin pensar ni interrogarte sobre
qué es lo más conveniente hacer o no hacer en ese preci-
so instante, es tremendamente descorazonador.
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Diálogos Masculinos
Que te preguntes por qué en tu pasado más reciente y
más lejano no recuerdes cuándo fue la última vez que
le dijiste a tus padres un simple «te quiero» y que, aun
siendo consciente de la cantidad de décadas que ese he-
cho no se produce, seas incapaz de ponerle remedio por
esa extraña incomodidad que te produce el simple he-
cho de pensar en hacerlo…
En definitiva, que cualquier toma de decisión que impli-
que una muestra emocional al respecto no se convierta
en un sufrimiento perpetuo, constante y endémico que
no te permita actuar en cada momento con la suficiente
y necesaria libertad individual y naturalidad emocional.
Es la esclavitud de la falta de sentimientos en cada mo-
mento o suceso, convenientemente diagnosticado por
el especialista de turno, pero sin ninguna carga de res-
ponsabilidad o culpa por quien lo ha permitido, apoya-
do y fomentado. Quizá porque alguien pensó que esto
no era importante dentro del desarrollo emocional de
cualquier individuo. Alguien que, por error, se olvidó
incluir, cuando se dispuso a moldear, como si de un vul-
gar trozo de barro se tratara, el perfil de los hombres que
pueblan en gran medida este mundo.
Recuerdo una anécdota ya contada por mí en multi-
tud de ocasiones cuando hemos ido a ofrecer alguna
de nuestras charlas para explicar nuestra iniciativa de
Círculos de Hombres, de cómo un simple abrazo entre
desconocidos cambió, y de qué manera, mi concepto de
compartir experiencias, vivencias y sensaciones en reu-
niones o grupos de hombres a los que cada cierto tiempo
tenemos la suerte de poder asistir.
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El sentimiento de falta de sentimiento
¿En qué momento de nuestras vidas un único y casi
anecdótico abrazo entre dos hombres que no se cono-
cen de apenas nada, solo de compartir dos horas de sus
respectivas vidas, se convierte en algo tan inaudito, ex-
traordinario y liberador?
¿Podremos en algún momento ponerle remedio a nues-
tras masculinidades taradas?
¿Serán nuestros hijos capaces, una vez más, de romper
el hechizo?
Yo espero que sí.
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El sentimiento de falta de sentimiento
J usto Fernández:
A ño 1970: Los hombres no lloran.
Año 2017: Los hombres deben llorar.
Uno a tus peguntas la mía: ¿Cuándo un hombre como
yo podrá sentir en libertad lo que honestamente sienta?
¿Cuándo dejaremos de vocear desde los púlpitos qué
es lo que debe o no debe sentir un hombre, sea en una
dirección o en otra? Yo me respondo a mí mismo: Para
este hombre que ahora escribe, ese cuando es Ya. Mejor
dicho, hace tiempo que ya no escucho las arengas bien
o mal intencionadas que pretenden ahora medir la «ca-
lidad» del varón en función de su sensibilidad, con la
misma intención que entonces se hacía con su dureza.
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Diálogos Masculinos
Para mí, la invitación, y digo invitación, que no obli-
gación, es mirar con honestidad el interior y buscarse,
nada que ver con meterse en el traje de un modelo con-
feccionado por otros y menos aún tratar de sentir lo que
los demás esperan que sientas en cada situación. Yo sim-
plemente me escucho y acepto la música que suena.
Y te cuento esto, querido Víctor, con esta especial aserti-
vidad, que esta manera mía de aceptar mis sentimientos
no siempre fue así. Yo también anduve mucho tiempo
transitando por el «juzgado» implacable de lo que mi
corazón sentía o dejaba de sentir en cada momento, y el
resultado fue catastrófico.
Ya he narrado en otra ocasión cómo viví yo el nacimiento
de mi hijo Manuel. Momento que, según todos los ma-
nuales del buen hacer del corazón, debería ser el «top»
de sentimientos positivos en un padre. Pues bien, en mi
caso no fue así. Ni un buen ni un mal sentimiento.Y lan-
zo al aire la pregunta: ¿Y qué si no fue así?
Yo tuve que pasar por ahí, tuve que «haber sido así»,
tuve que aprender a aceptar cómo soy para hoy poder
sentir libremente y a raudales, sin molde y sin medida.
Y es por este ejemplo vital y por muchos más, por lo que
al enfrentarme al enunciado de este ejercicio sobre cómo
fueron mis sentimientos, cómo son ahora y cómo serán
en el futuro, con delicadeza he cuestionado mi relación
con el planteamiento. No me siento cómodo juzgando
el pasado de los sentimientos de nadie, ni la forma en
que nadie siente su presente. No quiero ser un juez om-
nisciente, por muy magnánimo o compasivo que sea. Y
en ese «de nadie» también me incluyo. Así que he elegi-
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El sentimiento de falta de sentimiento
do que, para mi pasado y para mi presente, en términos
de sentimientos, no habrá juez, ni juicio, ni acusado, ni
condena, ni siquiera absolutoria. Y para mi futuro, ¡pues
imagínate!: honesta aceptación de sentir lo que la Vida
me haga sentir en su viaje. Yo, mientras tanto, siempre
estaré atento a la alegre melodía o a la música de ré-
quiem que suene en lo más profundo de mi corazón. La
canción de los sentimientos. Lo que suena es lo que sue-
na, no seré yo quien evalúe sus notas.
Por la Libertad de sentir y por el Amor por sentir.
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La masculinidad
tarada
Justo
«… Mientras nos sigamos identificando con la tara –”Yo soy eso y, si lo
cuestionas, me cuestionas a mí”– no será fácil desprendernos de ella....».
Víctor
«… ¿Puede ser que la masculinidad, tal y como la conocemos actual-
mente, tal y como la hemos vivido y sentido a lo largo de nuestras vidas, y tal
y como la vemos a nuestro alrededor, conscientemente forjada y perversamente
manipulada, esté definitivamente tarada?...»
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J usto Fernández:
M i querido Víctor, tengo el privilegio de cerrar este
último diálogo de este inopinado ejercicio que hemos
osado realizar al alimón y que hemos llamado Diálogos
Masculinos. Y no encuentro mejor forma de hacerlo que
traer aquí una meditación muy personal que, como sa-
bes, me viene acompañando de manera protagonista
desde hace ya largo tiempo: Soy consciente de que mi
Masculinidad está tarada, o al menos lo ha estado en mi
pasado relativamente reciente.
Quiero abordar esta reflexión de manera sosegada y me-
ditativa y, sobre todo, validada con mi vivencia y expe-
riencia personal como Hombre. Es mi sentir que ahora
decido también compartir en este diálogo contigo. Mi
compromiso, como ha sido en todo lo aquí escrito, es
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Diálogos Masculinos
asegurar que siento lo que escribo y escribo lo que sien-
to. He tratado de eludir también, espero que con acierto,
cualquier pieza ideológica, credencial o de enlatada eru-
dición que no resida en mi interior.
Hay al menos un par de acepciones del término «tara»
y, por ende, de la calificación de «tarado». La primera se
refiere al peso estructural del contenedor de algo. Por
ejemplo, un camión tiene una tara de x kilos que corres-
ponde a su peso en vacío. Es decir, la tara corresponde a
lo que pesa su estructura. La segunda se refiere a la tara
como defecto o mancha que disminuye el valor de algo.
En este uso, una tara resta funcionalidad o capacidad de
valer de algo. Por ejemplo, una prenda de vestir tiene
tara si tiene algún defecto de fabricación que merma su
usabilidad o propósito.
Aplicar la calificación de tarado a una persona en su in-
tegridad es una temeridad que solo podría ser fruto de
la soberbia y la ignorancia. Y no seré yo quien me atre-
va a tal cosa, fundamentalmente porque no siento que
tarado o perfecto sean cualidades aplicables a un Ser
Humano. Ahora bien, entendiendo que un Hombre no
es ni mucho menos únicamente su conducta, ni siquiera
su Masculinidad, el ejercicio que pretendo compartir en
este texto es analizar si la Masculinidad —la mía, por
ejemplo— pudiera haber perdido su esencia —y su va-
lor esencial— durante el proceso de construcción de la
personalidad a través de la cual se manifiesta. En ese
sentido la hipótesis de trabajo es que la Masculinidad
—la mía, por ejemplo, insisto— tiene una carga de condi-
cionamientos adquiridos en su desarrollo y construcción
—peso de la estructura— que la lastra y que su propieta-
rio está condenado a arrastrar quebrando así su Libertad
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La masculinidad tarada
y acceso a la Plenitud. Por si acaso ya voy adelantando
que esta no es una situación finalista, ni mucho menos;
la liberación de la carga se produce mediante la toma de
conciencia, mediante el afloramiento del inconsciente a
través del autoconocimiento. Esto es un hecho incontes-
table que invita a que uno mismo sea su propio labo-
ratorio, como estoy tratando de hacer conmigo en este
ejercicio.
Siguiendo con la hipótesis de trabajo, diría que, en térmi-
nos de conducta y de relación con la Vida en su totalidad,
una Masculinidad tarada conlleva también, además de
la carga del condicionamiento, el defecto de distorsionar
poderosamente la imagen que uno percibe de sí mismo
y de la realidad que le rodea. Sería como un filtro sucio,
como unas gafas correctoras que en algún momento nos
hemos colocado —o nos han colocado— en la nariz y
que ya creemos forman parte inseparable de nosotros,
de nuestra identidad. Este defecto, cuando menos, resta
potencial y valor a la esencia de la Masculinidad, limi-
tándola al negarle la visión de la otra mitad, perdiendo
así el acceso a la integridad de la Vida. Por ejemplo, si
la idea de «la mujer» te trae sistemáticamente la imagen
de un ser inferior, incomprensible e incompleto, no te
será posible jamás explorar ni conocer la femineidad. De
hecho, no mostrarás mayor interés en hacerlo. Te perde-
rás la mitad de tu propia existencia. Acceder al universo
interior de otro ser humano o de ti mismo solo es posible
con una mirada inocente y limpia.
Pero la razón más importante que me lleva a realizar
este análisis no es por la evidente merma de mi Libertad
o el lógico afán de corregir esa visión castrada de la rea-
lidad, que también. La razón es sobre todo la dramática
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Diálogos Masculinos
gravedad de esta tara desprovista de conciencia. A dia-
rio presenciamos la punta visible de este iceberg profun-
damente sumergido, las terribles consecuencias de esa
forma tarada de mirar y aprehender la Vida: violencia de
género y muerte, sometimiento y aniquilación del otro,
jerarquización de los seres humanos, domesticación de
la infancia, uso alienante del poder, división, esclavi-
tud, guerras… Y lo que todo ello implica de sufrimiento;
tsunamis de drama y riadas de dolor más o menos ma-
nifestado y visible. La toma de conciencia en este caso
es muy urgente y debería llevarnos directamente a la
alegría de sentir que no necesitamos esas estúpidas ga-
fas porque nunca hubo ningún defecto ni diferencia que
corregir. Debería llevarnos a La Paz interior y exterior.
Continuando con el desarrollo de la tara de la Masculi-
nidad y de sus manifestaciones a través de la experien-
cia y, para facilitar su análisis, expongo la división en las
tres subcategorías que considero que aparecen signifi-
cativamente relevantes e intrínsecamente entreveradas:
Machismo, Amor idealizado y Patriarcado. Considero
que las tres conductas son irrenunciables; la presencia
de cualquiera de ellas implica la existencia de las otras
dos. Por eso hoy es una realidad manifiesta que estas
tres manifestaciones están siendo objeto de un cuestio-
namiento y abordaje similar. Existe en torno a las tres un
profundo debate existencial, ideológico, social y político
que ya no tiene vuelta atrás. Está suponiendo ya un her-
moso despertar de muchos y muchas, pero también, por
desgracia, en algunos casos son causa de división y de
desencuentro entre Seres Humanos.
En una aproximación simple, pero que siento como ver-
dadera, diría que mientras nos sigamos identificando
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La masculinidad tarada
con la tara —yo soy eso y, si lo cuestionas, me cuestionas
a mí— no será fácil desprendernos de ella.
Para finalizar este texto, trataré de expresar de mane-
ra coloquial y deliberadamente intensa y estereotipada,
pero basada en mi propia experiencia, lo que entiendo
que es el discurso o la esencia sutil de cada una de estas
tres manifestaciones de una Masculinidad más o me-
nos tarada —recuerda que pudiera estar hablando de la
mía—:
• Machismo: A veces veo a la mujer como
un ser débil, incompleto, estructuralmente
carente de las cualidades claves para ser útil
a la exigente sociedad actual. Es verdad que
muchas se esfuerzan, pero no están a mi altura.
No entiendo muy bien cómo es una mujer por
dentro, es un jeroglífico indescifrable. Lo que
si sé es que muchas veces tienden a ocuparse y
preocuparse de asuntos para mí incomprensibles
e irrelevantes. Puedo parecer misógino, pero a
veces las mujeres me producen rechazo y miedo.
Prefiero estar con mis amigos, confío más en
ellos. Afortunadamente, soy una buena persona
y, como a los niños, siempre trato de protegerlas
y ayudarlas en todo lo posible. También es cierto
que pocas veces valoran todo lo que hacemos
por ellas.
• Amor idealizado: Me encanta la seducción. Lo
llevo dentro. Cuando veo una mujer atractiva
me engalano y acicalo por dentro. Trato de
demostrarle mi brillantez. Mi objetivo es llamar
su atención. Deseo que se sienta admirada y
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Diálogos Masculinos
atraída por mí y por cómo soy. En otro tiempo
desarrollé un sofisticado plan para lograr este
propósito y a veces lo sigo utilizando como
un martillo hace ante un clavo. Es verdad
que muchas no se dejan, pero no me importa
demasiado. Me mosqueo, pero luego se me
pasa. Solo es un juego. Mujeres hay muchas y
para lo básico ya tengo la mía. Confieso que lo
que sí me ha jodido siempre en este juego es que
venga otro hombre y consiga desviar la atención
de ella.
• Patriarcado: La vida es esfuerzo y competencia.
Estamos aquí para ascender por la rampa de una
pirámide donde arriba solo puede quedar uno.
Cada vez que miro a un semejante varón siento
esa competencia. Para este juego vital, desde
luego, la mujer no cuenta. Quizá todo empezó
cuando era más joven y salía con mis amigos de
fiesta; entonces el trofeo era ella. Ahora siento esa
misma competencia en el trabajo, en la política,
en la imagen y en la posición social. El liderazgo
y el éxito es del más fuerte. No es para los débiles.
Tengo que defenderme y defender mis valores y
mis creencias. Por eso puedo llegar a entender
las guerras. Todo es cuestión de fortaleza, de
dureza, de dedicación y de entrega. Detenerse
en las emociones y sus manifestaciones en forma
de sensiblería es un estorbo en el ascenso. Hay
que seguir trepando sin descanso. Por supuesto,
no olvido a mi familia: yo la abastezco y educo
con firmeza a mis hijos. Los convertiré lo antes
posible en adultos útiles y responsables como
yo. Tengo una misión en la vida, es mi obligación
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La masculinidad tarada
y me debéis que esté entregado a ella. O estáis
conmigo o contra mí.
Para mí, querido Víctor, es indiscutible que ver la Vida
de esta manera, con estas actitudes ante la mujer, ante
los otros hombres y ante uno mismo, es la aportación
de muchos compañeros de género, aparentemente sanos
y respetables, a que este mundo sea desigual, violento,
brutal, competitivo, cruel y alienante.
Es urgente cambiar la forma en que los hombres mira-
mos a la Vida.
Por la Libertad y el Amor.
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V íctor Sánchez:
C uanto más investigo, estudio y observo las mas-
culinidades que veo a mi alrededor, más me resuena
la expresión «masculinidad tarada» y más razón le en-
cuentro.
La masculinidad actual tiene taras, unas sensiblemente
más graves que otras, pero taras al fin y al cabo.
La primera imagen que me viene a la cabeza cuando
pienso en la palabra tara me lleva automáticamente a
una tienda de ropa. Una de esas franquicias que todos
podemos traer de ejemplo a este escenario imaginario.
Una tienda de ropa en cuyo interior, en una alejada y
pequeña esquina, expone un pequeño recipiente se-
miescondido y poco menos que expuesto de forma un
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Diálogos Masculinos
tanto vergonzosa, donde se agolpan sin doblar y sin
necesidad de presentar al público de forma atractiva
una serie de productos ligeramente defectuosos de su
particular proceso de fabricación. Defectos que posibi-
litan que se pueda poner a un precio bastante inferior
al del producto perfectamente acabado y que se expone
de manera elegante en los escaparates que dan al exte-
rior.
Ahora imaginemos la misma tienda y tratemos de pen-
sar que todos o una gran parte de los productos que se
venden en ese lugar tienen taras: un botón mal cosido,
una manga más larga que otra, un cuello mal cortado,
una tela enganchada y semidescosida, colores mal defi-
nidos, etc. Lo que se te venga a la mente. Cien mil ma-
neras de imaginar defectos o imperfecciones de todos
los niveles, desde la menos importante en apariencia a
primera vista, hasta la pieza de ropa más gravemente
dañada que sería difícil imaginar vendida por mucho
que rebajemos el precio.
Y ahora, hagamos la inevitable comparación con el tí-
tulo o propuesta de nuestro último diálogo masculino.
¿Puede ser que la masculinidad, tal y como la conoce-
mos hoy, tal y como la hemos vivido y sentido a lo largo
de nuestras vidas y tal y como la vemos a nuestro alre-
dedor conscientemente forjada y manipulada esté defi-
nitivamente tarada?
Supongo que muchos hombres se sentirán ofendidos
ante tamaña exageración o generalización sin escrúpu-
los. Puede ser que se sientan señalados, cuestionados,
incomodados o, simplemente, enjuiciados gratuita-
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La masculinidad tarada
mente. Quizás esos mismos hombres son los que jamás
se han molestado en preguntar y escuchar a las mujeres
sobre lo que ellas opinan del género masculino. Quizá
porque uno de nuestros grandes privilegios de género
es sentir que somos superiores por el simple hecho de
ser hombres en un mundo construido y pensado por
hombres.
Entonces, ¿qué necesidad tenemos de que nos cuestio-
nen? Y, por supuesto, ¿cómo vamos a pensar que quie-
nes nos cuestionen puedan tener razón siendo como son,
individuos —mujeres— a los que no tenemos ni siquiera
en consideración?
Este breve texto de Nohemí Hervada, que publicó en su
blog hace bien poquito me parece de lo más acertado,
claro y sencillo, que he leído últimamente sobre el ma-
chismo:
«… Si mi madre y mi padre son españoles, si me crío
en España, si convivo con españoles y voy a un co-
legio que imparte clases en español, con compañeros
españoles…
¿Cuál será mi lengua materna? ¿Alguien duda que
sea el español?
Pues hemos sido criados en una cultura machista,
por padres machistas, con madres que contribuían a
criar hijos machistas e hijas perpetuadoras de su rol
dentro del machismo, ¿somos tan simples como para
creer que somos otra cosa que machistas/ apoyadoras
del machismo?
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Diálogos Masculinos
Si piensas otra cosa igual eres de los que cree que
vas a ser bilingüe por ir una hora a la semana a una
academia de inglés…»5.
Y, aprovechando este pequeño colofón a nuestra veinte-
na de capítulos compartidos, no puedo más que reafir-
marme en mis convicciones adquiridas y reformuladas
durante el último año que básicamente, ha durado esta
pequeña y paulatina incursión en nuestros Diálogos mas-
culinos.
Cuanto más leo y cuanto más me introduzco en una vi-
sión feminista del mundo, cuanto más siento, reflexiono
y cuestiono que el actual modelo de Masculinidad, como
diría un famoso titular de un artículo de Jokin Azpiazu6,
autor de Hombres y Feminismos, debe ser reformado,
abolido o, como mínimo, transformado.
Y ahora, juzguen y elijan de esas tres opciones cuál es la
que más les convence o cuál es la que menos miedo les
da. Y si quieren, rásguense las vestiduras todo lo que
necesiten. Pero hagan algo al respecto.
Es lo que nos toca antes de plantearnos el gran cambio
sustancial de nuestras vidas que, espero, nos llegue a to-
dos lo antes posible.
5.- Texto de Nohemí Hervada.
6.- Artículo «¿Qué hacemos con la masculinidad: reformarla, abolirla o
transformarla?», de Jokin Azpiazu
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Epílogo.
No me da la vida para más.
D espués de 45 años de mi vida en los que no me he
preocupado de nada más, salvo de mi entorno más cer-
cano y, por supuesto, como todo buen hijo del patriar-
cado, fundamentalmente de mí mismo, echo la mirada
hacia atrás con un cierto aire de análisis y reflexión críti-
ca y empiezo a darme cuenta de todas las cosas que me
hubiera gustado hacer y en las que me hubiera gustado
participar si no hubiera estado inmerso en ese modelo
privilegiado de hombre-blanco-heterosexual-adulto que
tan bien me ha venido durante tantos y tantos años.
Me encantaría luchar contra el cambio climático. Recorrer
todo el mundo y ser consciente de lo poco que cuidamos
el planeta en el que vivimos y el mundo desolado que, a
este ritmo, le vamos a dejar a las generaciones venideras.
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Me encantaría ayudar en algún país del tercer mundo de
alguna manera más eficaz y real que donando una pe-
queña cantidad de dinero al mes a esa persona tan joven,
tan agradable, que con tanta credibilidad nos convenció
un buen día cerca de la Puerta del Sol de las razones
para llevar a cabo semejante detalle solidario.
Me encantaría tener consciencia de todo lo que comemos
en nuestra casa, del proceso en el que nos lo comerciali-
zan, y de tener el tiempo, la predisposición y el dinero,
obviamente, para comer de otra manera diferente a la
que siento que hoy en día engullimos.
Me encantaría luchar de alguna manera contra el mono-
polio de las farmacéuticas. Pensar que nuestra salud tie-
ne precio y que muchos de nuestros problemas/enfer-
medades tienen solución, salvo para alguien que decide
que, en un momento determinado, no se puede hacer
nada al respecto porque no hay suficiente dinero es algo
que me indigna, me repatea y me hace hervir la sangre.
Me gustaría tener todo el tiempo del mundo para de-
dicárselo a mi hijo y a mi hija. Para acompañarles, para
leer un montón de libros que me ayuden y me asesoren
sobre mis dubitativos pasos en la crianza y educación
que ellos necesitan y me demandan.
Me gustaría ayudar a todos esos millones de personas
refugiadas y desplazadas que, por culpa de un montón
de guerras y genocidios sin sentido o con demasiado
sentido —económico—, deambulan de país en país, de
continente en continente, buscando únicamente algo
que llevarse a la boca.
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Epílogo
Me gustaría que todo el mundo de este mundo —valga
la redundancia— supiera leer y tuviera acceso a la cul-
tura en general, porque estoy convencido, y yo mismo lo
he comprobado personalmente, que cada libro que lees
es un pasito más hacia la conciencia, el respeto y la me-
jora de una sociedad a la que tanto le queda por mejorar.
Me gustaría un día dormir en la calle, o mejor dicho,
darme una vuelta por las calles, de noche, tratando de
hablar con todas y cada una de esas personas invisibles
que viven y duermen en los cajeros donde, curiosamen-
te, nosotros sacamos el dinero que a ello les falta, perso-
nas a las que nadie se acerca, ni de día ni de noche, y de
las que apenas sabemos o queremos saber nada.
Me gustaría aumentar mi círculo de amistades y gente
conocida, pues sin duda dicen que el ser humano es un
ser social que necesita convivir y vivir en sociedad. Qui-
zás así, solo así, conseguiría desterrar la idea tan dañina
que a veces siento en mi más profundo interior de que
nuestra sociedad, tal y como la conocemos, está conde-
nada al más absoluto de los fracasos.
Me gustaría viajar, conocer otras culturas, incluso otras
religiones, para saber lo que ocurre dentro de la cabeza
de otras personas que no se parecen a mí, y a las que se-
guro les mueven otras inquietudes, otras formas de pen-
sar, otras formas de vivir. Estoy convencido de que sería
tremendamente enriquecedor y que sería la mejor cade-
na de favores posible que se me pudiera ocurrir, pues yo
podría servir de enriquecimiento a otras personas con
las que me podría cruzar en mi vida y viceversa, y así ir
multiplicando exponencialmente a lo largo del mundo
la idea de que se puede (con)vivir de otra manera.
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Diálogos Masculinos
Me gustaría trabajar más cerca de la comunidad LGTBI+,
conocerles de primera mano, sentir en sus carnes que
se puede y se debe amar de forma diferente a como
siempre nos han inculcado y/o adoctrinado. Que se
puede, se debe y es de obligado cumplimiento buscar
esa felicidad que anhelan como cualquier otra persona,
que en tantas ocasiones y de tantas maneras diferentes
les hemos arrebatado desde siempre los de siempre,
porque no respondían al modelo de normalidad que un
día la sociedad se propuso calibrar y mesurar bajo sus
propios y únicos criterios hegemónicos y normativos.
Me gustaría también acabar, o ayudar a caminar en esa
dirección, con la Violencia de Género. Me parece increí-
ble que después de tantos siglos en los que la mujer ha
sido sometida, recluida, secuestrada, violada, compra-
da o simplemente gobernada por el género masculino,
ahora, más que nunca, se las asesine impunemente de la
forma en la que últimamente estamos viendo un día sí
y otro también en las noticias, sin que a nadie —estado,
gobierno, sociedad, hombres en general— parezca im-
portarles nada.
Me gustaría unirme y luchar por tantas causas —para-
dos, pensionistas, personas dependientes, etc.—, que
ahora, desgraciadamente, me doy cuenta, de que LA
VIDA NO ME DA PARA MÁS, y que en las pocas dé-
cadas que me quedan de seguir caminando por este
mundo —en el mejor de los casos—, no me queda más
remedio que dedicarme única y exclusivamente a una
de todas las opciones que he enumerado y me han ido
viniendo a la cabeza.
El feminismo.
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Epílogo
Porque sin duda, es la revolución más amplia, global e
importante a la que hoy en día me puedo sumar, y por-
que siendo aliado del feminismo, siento y comparto que
se puede luchar por todas y cada una de las inquietudes
que me rondan la cabeza y que antes he ido enumerando
una tras otra.
Porque sí. Porque no es una frase hecha.
Porque no existe una lucha tan transversal, tan compleja
y tan ambiciosa como la que las mujeres llevan coman-
dando y protagonizando en exclusiva cerca de tres si-
glos.
Porque, sin duda, el feminismo es la revolución que lu-
cha por todos los derechos, por todas las personas y por
todas las formas de opresión. Sea cual sea tu raza, reli-
gión, etnia, sexo, nacionalidad o nivel de pobreza en la
que estés inmersa.
Porque sí. Porque no es solo una frase hecha.
Porque la revolución será feminista, o no será.
Víctor Sánchez
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