REGUILLO R - Las Culturas Juveniles Un Campo de Estudio
REGUILLO R - Las Culturas Juveniles Un Campo de Estudio
Estas páginas intentan cuestionar los modos en que desde el campo cultural han sido pensadas las culturas
juveniles que. caracterizadas por sus sentidos múltiples y móviles, incorporan, desechan, mezclan, inventan
símbolos y emblemas, en continuo movimiento que las vuelve difícilmente representables en su ambigüedad.
Para este cuestionamiento, el primer supuesto que se asume como punto de partida, es el de la enorme
diversidad que cabe en la categoría “jóvenes”: estudiantes, bandas, punks, milenaristas, empresarios, ravers,
desempleados, sicarios, pero todos hijos de la modernidad, de la crisis y del desencanto.
Un segundo supuesto, entonces, lo constituye el contexto en tanto referente-mundo en el cual habitan estos
nomádicos sujetos: el de un orden social marcado por la migración constante, el mundo globali- zado, el
reencuentro con los localismos, las tecnologías de comunicación, el desencanto político, el desgaste de los
discursos dominantes y el deterioro de los emblemas aglutinadores, aunados a la profunda crisis estructural de la
sociedad mexicana, como parte indisociable del escenario en el que cotidianamente miles de jóvenes semantizan el
mundo y se lo apropian.
Ello representa una enorme complejidad que vuelve imposible articular un solo campo de representaciones
porque el sentido está siempre siendo, armándose en un continuum simbólico que desvanece fronteras, márgenes y
límites.
De acuerdo con estos supuestos, la discusión que aquí se plantea está organizada en tres partes o ejes
temáticos.
a) En una primera parte se analizan los discursos que han producido conocimiento sobre los jóvenes. A partir de
una revisión de la literatura especializada disponible se buscó el conjunto de supuestos que han orientado, en
el país, la mirada sobre los jóvenes, como insumo fundamental para arribar a una reflexión crítica sobre los
conceptos, las categorías y los enfoques utilizados. Se trata de una primera aproximación a la naturaleza,
límites y condiciones del discurso que se ha producido sobre las culturas juveniles.
b) En un segundo momento se discute acerca de los "nuevos" escenarios tanto en lo que respecta al pensamiento
sobre las culturas juveniles, como en lo que toca a sus territorios - materiales y simbólicos.
c) En el tercer momento se abordan las perspectivas y desafíos que para la investigación en ciencias sociales
representa el campo de estudio de las culturas juveniles.
Es importante plantear de entrada que los jóvenes no representan una categoría unívoca. La juventud es una
categoría construida culturalmente, no se trata de una “esencia" y, en tal sentido, la mutabilidad de los criterios que
fijan los límites y los comportamientos de lo juvenil, está necesariamente vinculada a los contextos
1 Reproduzido de G. M. Carrasco, Gabriel Medina (comp.). Aproximaciones a la diversidad juvenil. México: El Colegio de México,
Centro de Estudios Sociológicos, 2000, com autorizadlo da autora.
sociohistóricos, producto de las relaciones de fuerza en una determinada sociedad. Así, lo que estas páginas
intentan es objectivar los modos en que los jóvenes son construidos por los estudiosos del tema, a partir de unos
recortes y ejes particulares; y simultáneamente proponer algunos elementos de reflexión sobre un tema que,
pienso, será clave en el transcurso de los próximos años, de manera especial para México y América Latina.
Pensar a los jóvenes: la construcción cultural de la categoría
Definir al joven en términos socioculturales implica, en primer lugar, no conformarse con las delimitaciones
biológicas, como la de la edad. Se ha dicho que “la juventud no es más que una palabra" (Bourdieu. 1990) y hoy
sabemos que las distintas sociedades en diferentes etapas históricas han planteado las segmentaciones sociales por
grupos de edad de muy distintas maneras y que, incluso, para algunas sociedades este tipo de recorte no ha
existido.
No se trata en estas páginas de rastrear las formas en que las distintas sociedades han construido la categoría
“jóvenes”2 sino de destacar el error que representa pensar a este grupo social como un continuo temporal y
ahistórico.
Para los efectos de este ensayo se señala que la juventud, como hoy la conocemos, es propiamente una
invención de la posguerra que hizo posible el surgimiento de un nuevo orden internacional que conformó una
geografía política en la que los vencedores accedían a inéditos estándares de vida e imponían sus estilos y valores.
Cobraba forma un discurso jurídico, un discurso escolar y una floreciente industria, que reivindicaban la
existencia de los niños y los jóvenes como sujetos de derecho y, especialmente, en cuanto a los jóvenes, como
sujetos de consumo.
Las sociedades del “primer mundo” alcanzaban una insospechada esperanza de vida, lo que tuvo
repercusiones directas en la llamada vida socialmente productiva y, por ende, la inserción de las generaciones de
relevo tendía a posponerse. Los jóvenes debían ser retenidos durante un periodo más largo en las instituciones
educativas.3 Al mismo tiempo, emergía una poderosa industria cultural que ofrecía por primera vez bienes
“exclusivos” para el consumo de los jóvenes.
En esta en emergencia de la juventud como sujeto social ha desempeñado un papel fundamental el paso de la
ciudadanía civil a la ciudadanía política (Marshall, 1965), en el sentido de la comple- mentación de los derechos
individuales, la libertad, la justicia y la propiedad, con los derechos a participar en el espacio público.
Por tanto, puede considerarse que la realización tecnológica y sus repercusiones en la organización productiva
y simbólica de la sociedad, la oferta y el consumo cultural y el discurso jurídico, se constituyen entonces en tres
elementos que le dan sentido y especificidad al mundo juvenil, más allá de la fijación de unos límites biológicos de
edad.
Sin embargo, se han insinuado ya algunas “líneas de fuga” que obligan a replantear la definición del sujeto
juvenil; (re)definición que conecta directamente con lo que se ha llamado “ciudadanía cultural” (Rosaldo, 1990).
Primero, resulta evidente que la realización tecnológica y los valores que se le asocian, lejos de achicar la
brecha entre los que tienen y los que no, entre los poderosos y los débiles, entre los que están dentro y los que
están fuera, la ha incrementado. La posibilidad de acceso a una calidad de vida digna es hoy para 200 millones de
2 Para este fin, véase, por ejemplo. G. Levi y J C Schmitt (directores), Historia de los jóvenes. Tauros, 1996. También el excelente
trabajo de recuperación histórica de Caries Feixa, La tribu juvenil, una aproximación transcultural a la juventud. Edizione L’Occhiello. Turín,
1988.
3 En cuanto a control social sobre los grupos más jóvenes se encuentran, por ejemplo, datos que señalan que en la Europa judía de 1660,
la instrucción llegaba hasta los 13 años en el caso de los varones pudientes y a los 10 años en caso de los varones pobres, que debían entrar a
servir a esta edad. Puede notarse cómo a medida que pasa el tiempo va aumentando la ampliación de los rangos de edad para la instrucción, que
no es solamente una forma de distribución del conocimiento social sino además un mecanismo de control social. Véase Elliot Horowitz. Los
mundos de lajuventud judía en Europa: 1300-1800, en Levi y Schmitt. op. cit.
latinoamericanos4 un espejismo. Si este dato se cruza con el perfil demográfico del continente mayoritariamente
juvenil, no se requieren grandes planteamientos para inferir que uno de los sectores más vulnerables por el
empobrecimiento estructural, es precisamente el de los jóvenes.
Segundo, en lo que toca a la adquisición de la ciudadanía, uno de cuyos soportes fundamentales es el derecho
a la integración plena en la sociedad, el problema es complejo ya que el papel que la ciudadanía ha desempeñado
en tomo a la constitución y su vinculación con ciertas categorías sociales, es ambiguo y contradictorio. En México
la ciudadanía se otorga a una edad en la que los jóvenes están muy lejos aún (dependiendo de los niveles
socioeconómicos) de acceder a una plena integración al sistema productivo, tanto por el deterioro de los
mecanismos de integración (crisis político-cultural), como por la incapacidad real de las instituciones para
absorberlos (crisis político-económica).
Esto ha resultado en un discurso esquizofrénico, en el que se exige de los jóvenes, cuando hacen su entrada en
el universo de los derechos y deberes ciudadanos, ciertos comportamientos sociales, culturales y políticos, pero no
hay alternativas reales de inserción económica. Puede señalarse aquí, a manera de ejemplo, el debate en tomo a la
disminución de la edad penal, de cuyas múltiples repercusiones se señala exclusivamente la contradicción y el
conflicto societal que implica fijar unos criterios "móviles” que otorgan parcialmente a una edad, penalizan a otra
y no incorporan a los sujetos en un sentido pleno.
En tercer lugar, la importancia creciente de las industrias culturales en la construcción y reconfiguraciones
constantes del sujeto juvenil es un hecho que sale al paso de cualquier observador. El vestuario, la música y ciertos
objetos emblemáticos constituyen hoy una de las más importantes mediaciones para la construcción identitaria de
los jóvenes, elementos que se ofrecen no solo como marcas visibles de ciertas adscripciones sino
fundamentalmente como lo que los publicistas llamam con gran sentido “un concepto, un estilo”. Un modo de
entender el mundo y un mundo para cada necesidad, en la tensión-identificación-diferenciación. Efecto simbólico -
no por ello menos real - de identificarse con los iguales y diferenciarse de los otros, especialmente del mundo
adulto.
Inexorablemente el mundo se achica y la juventud internacionalizada que se contempla a sí misma como
espectáculo de los grandes medios de comunicación encuentra paradójicamente en la homogenei- zación la
posibilidad de diferenciarse y, sobre todo, la posibilidad de acceso a una ciudadanía cultural que no se detine
mediante actos jurídicos, sino que se experimenta como el derecho a la igualdad en la afinación de la diferencia.
En estos territorios, en los de la cultura así experimentada, la juventud es un “estado”, no una etapa de
transición, ni un proceso de metamorfosis. De ahí el choque principal, en términos culturales, entre los diferentes
discursos sociales en tomo a los jóvenes.
Con excepciones, el Estado, la familia y la escuela siguen pensando a la juventud como una categoría de
tránsito entre un estado y otro, como una etapa de preparación para lo que sí vale la juventud como futuro.
Mientras que. para los jóvenes, su ser y su hacer en el mundo está anclado en el presente, lo que ha sido finamente
captado por el mercado.
La construcción cultural de la categoría “joven”, al igual que otras “calificaciones” sociales (mujeres e
indígenas, entre otros) se encuentra en fase aguda de recomposición, lo que de ninguna manera significa que se
piense, como ya se ha señalado, que había per- manecido hasta hoy inmutable. Lo que resulta indudable es que los
cambios planetarios han acelerado los procesos y han provocado crisis en los sistemas para pensar y nombrar el
mundo. La juventud no es más que una palabra, una categoría construida, pero las categorías son productivas,
hacen cosas, son simultáneamente productos del acuerdo social y productoras del mundo.
Literatura sobre juventud: conceptos y categorías
4 América Latina comenzó la década de 1970 con 200 millones de pobres, es decir, con 70 millones más de los que tenía en 1970,
principalmente como resultado de la pobreza urbana (Roux, 1994).
Partiendo del reconocimiento del carácter dinámico y discontinuo de los jóvenes, que no comparten en
absoluto los modos de inserción en la estructura social, se plantea que sus esquemas de representación configuran
campos de acción diferenciados y desiguales.
Pese a ello, en términos generales, la gran mayoría de los estudios sobre culturas juveniles no ha matizado
suficientemente esta diferenciación, y la mayor parte de las veces ésta es abordada (y reducida) en función del tipo
de “inserción” de los jóvenes en la sociedad.
En un primer acercamiento exploratorio y en términos de su vinculación con la estructura o sistema, en la
literatura pueden reconocerse básicamente dos tipos de actores juveniles:
a) Los que pueden conceptualizarse como “incorporados” y que han sido analizados a través o desde su
pertenencia al ámbito escolar o religioso; o bien, desde el consumo cultural.
b) Los “alternativos” o "disidentes” cuyas prácticas culturales han producido abundantes páginas y que han sido
analizados desde su no-incorporación a los esquemas de la cultura dominante.
Desde luego este recorte es un tanto arbitrario (¿qué recorte analítico no lo es?) y sumamente grueso para los
fines del análisis, pese a ello, resulta útil como una primera entrada que permita ir desentrañando cómo han sido
pensados los jóvenes.
Si se acepta este primer recorte, el balance de los estudios se inclina tanto en términos cuantitativos como en
lo referente a la relativa consolidación de lo que podría considerarse una “perspectiva” de estudio, del lado de los
“alternativos” o “disidentes”. En tanto, sobre “los incorporados” la producción tiende a ser dispersa y escasa. 5
Estas tendencias señalan que el interés de los estudiosos se ha centrado de manera prioritaria en aquellas
formas de agregación, adscripción y organización juveniles que transcurren por fuera de las vías institucionales.
Esta “selección” apunta a una cuestión que resulta vital y no es de ninguna manera “inocente” o “neutra”: la
pregunta por el sujeto.
Esta pregunta ha estado orientada por una intelección que, con sus matices y diferencias, reconoce las
características y especificidades del sujeto juvenil. La casi imposibilidad de establecer márgenes fijos, “naturales
al sujeto de estudio, ha obligado a una buena parte de los estudiosos de esta vertiente a situarse en los territorios de
los propios jóvenes, lo que da como resultado una abundante cantidad de reportes, monografías, tesis, videos, que
miran al joven como esencialmente contestarlo o marginal.6
Hay en estos estudios una tendencia fuerte a (con)fundir el escenario situacional con las representaciones
profundas de estos jóvenes o, lo que es peor, a establecer una relación mecánica y transparente entre prácticas
sociales y universos simbólicos.
Por ejemplo, la calle en tanto escenario "natural” asume en muchos de los estudios un papel de antagonista en
relación con los espacios escolares o familiares y pocas veces ha sido pensada como espacio de extensión de los
ámbitos institucionales en las prácticas juveniles. Los jóvenes en la calle parecerían no tener vínculos con ningún
tipo de institución, ajenos a cualquier normatividad y censura por parte del mundo adulto y oficial; de otro lado,
prácticas como el lenguaje, los rituales de consumo cultural, las marcas de vestuario, al presentarse como
diferentes y, en muchos casos, como atentadoras del orden establecido, han llevado a plantearlas como
“evidencias” incuestionables del contenido liberador a priorí de las culturas juveniles, sin ponerlas en contexto
(deshis- torizadas) o sin problematizarlas con la mediación de instrumentos de análisis que posibiliten trascender la
5 Para obtener un panorama bastante completo véanse, por ejemplo, los dos tomos producto de la Reunión Nacional de Investigadores de
la Juventud, celebrada en Querétaro a finales de 1996. En estos tomos se presenta una serie de “estados del arte” que recogen diez años de
trabajos a proposito de la investigacióm sobre juventud en diferentes áreas temáticas (Pérez Islas y Maldonad, 1996).
6 “Marginal” se utiliza aquí en un sentido metafórico, para hacer alusión a una forma de respuesta “activa” al choque de valores. Para
conocer una exposición más amplia véase Giddens (1995)y Maffesoli (1990).
dimensión descriptiva de los estudios.7
Esto nos lleva a un segundo planteamiento. A partir del interesante y acucioso análisis del estado de la
cuestión sobre organización juvenil, realizado por Maritza Urteaga, 8 se plantea aquí que en relación con los
estudios sobre juventud, hechos en México - en términos generales - pueden reconocerse dos momentos o tipos de
conocimiento.
Un primer momento que para efectos prácticos9 puede ubicarse en la primera mitad de la década de los
ochenta, estaría caracterizado tanto por acercamientos de tipo emíc10 (específico, finalista, punto de vista interior),
como por acercamientos de tipo etic (genérico, predictivo y exterior). Pero ambos tipos unidos por un tratamiento
de carácter descriptivo.
Mientras que en el primer tipo es el punto de vista del “nativo” lo que prevalece, se asume por ende que todo
lo "construido" y dicho al interior del sistema es necesariamente "la verdad”; mientras que en la segunda vertiente,
lo que organiza el conocimiento proviene de las imputaciones de un observador externo al sistema, que no sabe
(no puede, no quiere) dialogar con los elementos emíc, es decir con las representaciones interiores o nativas.
Como se señaló antes, pese a las diferencias en la posición del observador, estos acercamientos comparten un
enfoque descriptivo en el que no se explicitan las categorías y conceptos que orientan la mirada. Ello vuelve
prácticamente imposible un diálogo epistémico entre perspectivas, convirtiendo las diferencias de apreciación en
un forcejeo o tironeo estéril entre posiciones. Es decir, donde unos ven “anomia” y “desviaciones”, otros ven
"cohesión” y “propuestas”. Los primeros tienden a recurrir al lenguaje normativo de la ciencia, a partir del cual
“descalifican” el conocimiento “militante” producido por los segundos; mientras que estos últimos recurren a su
posición intema - de intelectual orgánico - para descalificar las proposiciones de los primeros. 11 12
Sin embargo, en la medida en que en términos generales ninguno de estos discursos trasciende lo descriptivo,
el intercamhio posible queda atrapado en el nivel de la anécdota, de la interpretación “interesada” (en uno y otro
caso), lo que desafortunadamente desemboca en una sustancialización de sujetos y prácticas.
Sin pretender aquí descalificar la cantidad de estudios producidos en esta época y sus aportes al conocimiento
de las culturas juveniles, es necesario apuntar que en términos generales, la producción de este periodo se
caracteriza por una autocomplacencia que no asume de manera intencionada la construcción de mi andamiaje
teórico-metodológico que soporte los estudios realizados y que. en cambio, tiende a fijar una posición en tomo al
sujeto de estudio.
Elacia finales de la década de los años ochenta y principio de los noventa, puede reconocerse la emergencia de
7 Por ejemplo, las innumerables posibilidades que ofrece el análisis discursivo: enunciación, semiótica, análisis pragmático, actos de
habla etc.
8 Véase Maritza Urteaga-Pozo, Organización juvenil, en José Antonio Pérez Islas y Elsa Patricia Maldonado (coords.), Jóvenes: una
evaluación del conocimiento; La investigación sobre la juventud en México 1986-1996. Causa Joven. México. 1996.
9 Tomando como base las fechas de publicación de los estudios.
10 Según la propuesta de Pike para el estudio de la conducta (retomada a su vez de Sapir) en la que se distinguen: “phonetics”, que se
ocupa de los sonidos en el sentido físico, y “phonemics”, que trata los fonemas en sentido lingüístico (Pike. 1954).
11Una ejemplificación de esto puede encontrarse en el trabajo de Gómez Jara que, a partir de un acercamiento de carácter psicosocial,
proporcionó los primeros marcos conceptuales para analisar los comportamientos juveniles con énfasis en la violencia y la delincuencia
(Gómez Jara. 1987. especialmente capítulo III). Para una ejemplificación del conocimiento producido de tipo “militante” pueden verse los
primeros trabajos de Pablo Gaytán, entre otros, Notas sobre el movimiento juvenil. México: institucionalidad y marginalidad. Revista A. n° 16.
UAM-A (Universidad Autónoma Metropolitana Azcapatzalco). México. 1985.
12 Muchas veces utilizado de manera abusiva, desprovisto de su tarea básica (servir como mediación teórico-metodológica entre las
estructuras y las prácticas) y usado como equivalente aproblemático de “identidad”, en el mejor de los casos, ya que también suele utilizarse en
remplazo de “biografía”.
un nuevo tipo de discurso comprensivo en tomo a los jóvenes. De carácter constructivista, re- lacional, que intenta
problematizar no sólo al sujeto empírico de sus estudios, sino también a las “herramientas” que utiliza para
conocerlo. Puede plantearse que se trata de perspectivas interpretativo- hermenéuticas, que intentan conciliar la
oposición exterior-interior como parte de una tensión indisocia- ble a la producción de conocimiento científico.
Vale la pena detenerse un momento para intentar ubicar aquí, en términos muy generales, el debate que en
ciencias sociales ha influido de maneras diversas algunos de los estudios sobre juventud de este periodo.
Por ejemplo, el trabajo desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, que ha hecho énfasis en que su
concepto de habitus" es su intento (su apuesta) por superar la dicotomía planteada por la sociología clásica entre
instituciones y sujetos, entre estructuras y prácticas, entre formas de control y formas de participación, o planteado
en los propios términos de Bourdieu, entre el momento objetivo y el momento subjetivo de la cultura.
El británico Giddens, con su compleja y potente propuesta de “estructuración” social, que supone el papel
activo de los sujetos en la constitución del mundo social, lo que metodológicamente implica trabajar en lo que él
ha denominado una “doble hermenéutica”, que a su vez está anclada en el viejo supuesto weberiano de la
interpretación que hacen los actores de sus propias acciones. Para Giddens, el analista trabaja sobre estas
interpretaciones convirtiéndose así su discurso en una interpretación de las interpretaciones.
Habermas coloca al centro de su teoría una subjetividad que se expresa por medio del lenguaje, para lo cual
recupera y refonnula como una categoría clave el concepto de ‘Inundo de la vida” desarrollado por Husserl y la
fenomenología.13 Metodológicamente ello significa reconocer al sujeto como la capacidad de referirse en actitud
objetivante a las entidades del mundo y la capacidad de adueñarse de los objetos, sea teórica o prácticamente.
Estas formulaciones teóricas, pese a sus diferencias, se encuentran en el reconocimiento del papel activo de
los sujetos sociales, de su capacidad de negociación con las instituciones, estructuras o sistemas (de acuerdo con la
terminología propia de cada autor). Y, fundamentalmente, comparten la preocupación por el principio de
"reflexividad”, es decir, “pensar el pensamiento”, en términos de lbáñez (1994), o la distancia entre un
pensamiento que “toma” el mundo social y lo registra como datum. o sea, como dato empírico independiente del
acto de conocimiento y de la ciencia que lo propicia (Bourdieu & Wacquant, 1995), y un pensamiento que es
capaz de hacer la crítica de sus propios procedimientos.
Esta pequeña desviación de la ruta principal es útil en tanto que permite ubicar comprensivamente la
emergencia de un nuevo tipo de estudios y señalar los cambios habidos respecto al periodo anterior. Ello, desde
luego, no significa que en la literatura revisada aparezcan de manera "explícita” estas posiciones, mucho menos
estos autores. Pero si es posible reconocer una tendencia creciente a darle a los estudios sobre juventud un marco
comprensivo-interpretativo que está anclado en tres dimensiones: la capacidad activa de los sujetos, el lenguaje no
sólo como vehículo sino como constructor de realidades, y la problemati- zación constante de los propios
supuestos de el(la) investigador(a).
De las perspectivas teórico-metodológicas aquí recuperadas, cabe hacer énfasis en que la vertiente de estudios
interpretativos sobre las culturas juveniles ha incorporado, de maneras diversas, el reconocimiento del papel activo
de los jóvenes, de su capacidad de negociación con sistemas e instituciones y de su ambigüedad en los modos de
relación con los esquemas dominantes. Esto ha posibilitado, en términos generales, trascender las posiciones
esencialistas: “o todo pérdida, o todo afirmación”; y encontrar otro nivel para la discusión que no se agota en la
anécdota o en el dato empírico.
Aquí se asume que “las clasificaciones explícitas (edades de vida, época de la mayoría de edad etc.)
evidentemente no poseen sino un valor indicativo. No bastan para definir los contextos de una historia social y
cultural de lajuventud” (Levi & Schmitt, 1995).
En tal sentido, el segundo periodo o vertiente de estudios en el caso de México, puede considerarse abierto a
13Para una discusión más amplia sobre este concepto, véase Reguillo (1996).
partir de lo que podrían entenderse como los primeros trabajos claramente dirigidos en la línea de una “historia
cultural” de lajuventud14 y los que podrían ubicarse como los primeros trabajos que desde una perspectiva
interdisciplinaria problematizan el discurso del sujeto juvenil (Reguilio, 1993; Urteaga- Pozo, 1993; Castillo,
Zermeño & Ziccardi, 1995).
Es decir, pueden considerarse, por un lado, la tarea de historizar sujetos y prácticas juveniles a la luz de los
cambios culturales, rastreando orígenes, mutaciones, contextos político-sociales; y por otro lado, la perspectiva
hermenéutica que rastrea la configuración de sentidos sociales, trascendiendo la descripción a través de las
operaciones de construcción del objeto de estudio y con la mediación de herramientas analíticas. Si se está de
acuerdo con Wallerstein en que los tres temas que se han conjuntado en los estudios culturales son:
[...] primero la importancia central, para el estudio de los sistemas sociales históricos, de los estudios de género y todos los tipos de estudios
“no eurocéntricos"; segundo, la importancia del análisis histórico local, muy ubicado, que muchos asocian con una nueva actitud
“hermenéutica”; tercero, la estimación de los valores asociados con las realizaciones tecnológicas y su relación con otros valores...
(Wallerstein, 1996, p. 71)
Puede argumentarse entonces que lo destacado en el periodo que va de finales de los ochenta a la década de
los noventa en el estudio de las culturas juveniles no es ajeno a la perspectiva de los estudios culturales. 15
En esta emergencia - de un modo constructivista y centralmente cultural - es importante señalar la importancia
que ha tenido otra vertiente de trabajos que, abrevando en una larga tradición latinoamericana, se ubican en la
perspectiva de crónica-periodística.
Se retomam aquí tres ejemplos clave, guardando las diferencias. En el caso de México, el trabajo de Carlos
Monsiváis (1988), que ha sabido penetrar - y rescatar - con agudeza los elementos significativos y pertinentes para
la comprensión de las formas culturales de la juventud.
Alonso Salazar (1998) en Colombia, que a partir de su incursión en los mundos del narcotráfico, del sicariato
y de las comunas de Medellín, ha puesto al descubierto una situación descamada y terriblemente compleja del
mundo juvenil. Salazar ha sabido colocar simultáneamente la mirada del observador externo y la mirada del
“nativo”.
En el caso de Venezuela, puede señalarse el trabajo de José Roberto Duque y Boris Muñoz (1995), que han
logrado incorporar, con gran sentido crítico, las diferentes voces comprendidas en la problemática juvenil de
Caracas. Hablan los jóvenes desde su precaria situación social, pero se incorporan también las voces de
autoridades gubernamentales, representantes de la Iglesia, promotores sociales y analistas.
Por supuesto, estos autores no agotan el espectro de producciones que desde la crónica o el ensayo
periodístico han posibilitado una mirada cualitativamente diferente sobre las culturas juveniles "alternativas” o
“disidentes”. Pero son suficientes para señalar los modos en que las ciencias sociales se han abierto a otro tipo de
discursos.
El proyecto comprensivo respecto a las culturas juveniles requiere un segundo acercamiento para discutir los
temas y los elementos que han sido proble- matizados. Empero, por cuestiones de carácter expositivo, primero nos
ocuparemos de los discursos producidos en tomo a los que aquí se han caracterizado como “los incorporados”.
Se señaló ya que la literatura producida en tomo a los jóvenes que transitan por las mtas "predecibles” tiende a
ser dispersa y escasa. Otra característica muy importante de esta literatura es que en varios casos el objeto
principal de estudio no lo constituyen los jóvenes, sino que son enfoques centrados, por ejemplo, en el aparato
escolar, en las comunidades eclesiales de base, en las maquiladoras, en los sindicatos, cuyos autores están más
14Por ejemplo el trabajo pionero de José Manuel Valenzuela, en publicaciones diversas y dos de sus libros, ¡A la brava ése! El Colegio
de la Frontera Norte, México, 1988 y Vida de barro duro, Colef/UdeG Guadalajara, 1997.
15Por ejemplo Reality bites. La sociedad de los poetas muertos, Breakfast club y Santana, americano yo?, esta última, conjunta la
problemática de los migrantes latinoamericanos con la juvenil y cuestiona severamente el orden institucional.
interesados en los modos de funcionamiento de instituiciones y espacios que en las culturas juveniles. Los jóvenes
aparecen entonces en su papel de “estudiantes”, de “empleados”, de "creyentes”, de “obreros”, y su especificidad
como sujetos juveniles (más allá de las clasificaciones de edad) tiende a diluirse.16
Es más bien el discurso cinematográfico y literario el que ha logrado interesantes acercamientos analíticos y
críticos en tomo a los espacios tradicionales de socialización de los jóvenes, como la escuela, la familia, el trabajo,
sin “perder" al sujeto juvenil.10
El desencuentro entre la producción de conocimiento de la vertiente que se ocupa de los “no-institucionales” y
la que se ocupa de los “incorporados” es profundo y da como resultado, para una y para otra, análisis parciales en
las que hay por un lado insuficiente tratamiento de los aspectos estructurales e institucionales no necesariamente
antagónicos a las expresiones culturales juveniles y, por el otro, focali- zación en la institución en detrimento de la
especificidad juvenil. De un lado sujetos sin estructura, del otro, estructura sin sujetos.
Un nuevo filón, que pudiera constituirse como puento de equilibrio entre estas perspectivas, lo constituyen los
estudios que se ocupan del consumo cultural juvenil.
La relación con los bienes culturales como lugar de la negociación-tensión con los significados sociales. El
consumo cultural como forma de identificación- diferenciación social (García Canclini. 1993a; Bourdieu. 1988)
que coloca al centro del debate la importancia que en términos de la dinámica social tiene hoy en día la
consolidación de una cultura-mundo que repercute en los modos de vida, los patrones socioculturales. el
aprendizaje y fundamentalmente en la interacción social.
Estos estudios han mostrado al joven como un actor posicionado socioculturalmente y han abordado las
interrelaciones entre los distintos ámbitos de pertenencia del joven - la familia, la escuela, el grupo de pares -, que
se constituyen en comunidades inmediatas de significación (Orozco, 1991) y aquellos movimientos o “gramáticas
de vida” en el sentido habermasiano (Habermas, 1989), que hacen las veces de “comunidades imaginarias” alas
cuales adscribirse.1
Lo tematizable: segunda visitación
“La caída de tabiques entre disciplinas” (Canclini. 1993) y la emergencia y paulatina consolidación de
estudios llamados interdisciplinarios o “de frontera”, han sido una constante en los últimos años de investigación
sobre juventud en América Latina.
Los contornos imprecisos del sujeto y sus prácticas han colocado al centro de los análisis la vida cotidiana no
necesariamente como tema, sino como lugar metodológico desde el cual interrogar a la realidad.
Desde esta mirada, que se sitúa en los propios territorios de los jóvenes, los objetos-problema abordados han
sido diversos, aqui se analizan centralmente cuatro que son los que a nuestro juicio dan sentido a la literatura
especializada y conectan con la problemática que aqui nos ocupa: se trata del grupo y las diferentes maneras de
entender y nombrar su constitución; el “otro construido” en relación con el provecto identitario juvenil; la cultura
política y la acción; y finalmente, la noción de futuro.
El grupo
La problematización en tomo a “los modos de estar juntos” (Martín Barbero. 1995) de los jóvenes ha sido
elaborada de diversas maneras.
La diferenciación más clara se relaciona con la direccionalidad del enfoque. Es decir, un tipo de estudios va de
la constitución grupal a lo societal; otro tipo va de los ámbitos sociales al grupo.
En el caso del primer enfoque, la identidad grupal particular se convierte en el referente clave que permite
16 Este argumento se sostene a partir de la revisión de una gran cantidad de estudios empíricos producidos por la sociología del trabajo o
por los investigadores de la educación y los valores. A manera de ejemplo de esta “disolución” del sujeto juvenil, véase Rafael Izquierdo
(1996). Véase también Enrique Luengo (1996). Aunque se trata de estudios excelentes, tienden a perder las especificidades del sujeto.
“leer” la interacción de los sujetos con el mundo social. Hay por lo tanto un colectivo empírico al que 17 18 se
observa y desde el cual se analizan las vinculaciones con la sociedad. A este tipo, por ejemplo, corresponden las
etnografías de bandas juveniles que centraron la atención durante la década de los ochenta.
Por razones del propio enfoque, para conceptua- lizar (pocas veces de manera explícita) la agregación juvenil,
se ha recurrido a categorías como “identidades juveniles”, “grupo de pares”, “subculturas juveniles”; y las más de
las veces, sobre todo durante la primera mitad de la década de los ochenta, se utilizó “banda” como “categoría”
para nombrar el modo particular de estar juntos de los jóvenes populares urbanos. Esta mirada intragrupal, si bien
ha aportado muy importantes elementos de comprensión, ha sido insuficiente para captar las vinculaciones entre lo
local y lo global y las interacciones culturales.
Por otra parte, han ido cobrando fuerza los estudios que van de los ámbitos y de las prácticas sociales a la
configuración de grupalidades juveniles. El rock, el uso de la radio y la televisión, la violencia, la política, el uso
de la tecnología, se convierten aquí en el referente para rastrear relaciones, usos y decodificaciones y
recodificaciones de los significados sociales de y para los jóvenes. No necesariamente debe existir entonces un
colectivo empírico, se había de los "jóvenes de clase media”, de los “jóvenes de los sectores populares” etc., que se
constituyen en “sujetos empíricos” por la mediación de los instrumentos analíticos; se trata de "modos de estar
juntos” a través de las prácticas que no se corresponden necesariamente con un territorio o un colectivo particular.
Esta vertiente ha buscado romper con los imperativos territoriales y las identidades esenciales y para ello ha
construido categorías como la de "culturas (en plural) juveniles”, “adscripción identitaria”, "imaginarios juveniles”
(pese a lo pantanosa que resulta esta última). Es una mirada que trata de no perder al sujeto juvenil pero se busca
entenderlo en sus múltiples “papeles” e interacciones sociales.
El "otro"
Un tema recorrente en los estudios sobre juventud, no por obsesión de los analistas sino porque aparece de
manera explícitamente formulada por los jóvenes, es el de lo que aquí se denomina “el otro”, para hacer referencia
al “antagonista”, o “alteridad radical”, que otorga más allá de las diferencias, por ejemplo, socioeconómicas y
regionales, un sentimiento de pertenencia a un “nosotros”. La identidad es centralmente una categoría de carácter
relacional (identificación-diferenciación) y todos los grupos sociales tienden a instaurar su propia alteridad. La
construcción simbólica “nosotros los jóvenes”, ha instaurado diferentes alteridades, principalmente respecto al
mundo adulto.
Diferentes estudios se han ocupado de construir corpus de representaciones en los que es posible analizar las
separaciones, las fronteras, los muros que las culturas juveniles construyen para configurar sus mundos. Más allá
de la dimensión antropoformizada de esas alteridades (policía, gobierno, maestros, escuela), algunos trabajos - que
trascienden lo puramente descriptivo - han señalado que estas figuras representan para los jóvenes un orden social
represor y por consiguiente injusto, se trata de los guardianes del orden; lo que aquí puede representar una
obviedad, que no lo es tanto si se atiende a que buena parte de la literatura sobre juventud se ha quedado atrapada
en el dato empírico, en la anécdota y que no separa la “militancia” en la lucha por los derechos humanos de los
jóvenes de la tarea de producir conocimiento.19