CONCURSO DE CREACIÓN DE CÓMICS
FÁBULAS EN VIÑETAS
Fábula de los tres leones
Autor: Juan Antonio Alix
Tres bravos leones lucharon,
unidos se defendieron,
después que se separaron,
uno por uno murieron.
Por los valles y montañas
a tres leones perseguían,
pero jamás los vencían
por temor a sus hazañas.
En mil refriegas tamañas
como unidos batallaron,
los tres amigos triunfaron
venciendo a sus cazadores
y contra sus perseguidores
tres leones bravos lucharon.
Aquellos que perseguían
a los tres de las montañas,
se valían de mil mañas
para ver si los vencían.
Pero no lo conseguían
porque los tres combatieron
y en sus campañas se vieron
de acuerdo y en perfecta unión
y así por esa razón,
unidos se defendieron.
Pero astutos cazadores
para poder combatir,
trataron de dividir
a sus grandes vencedores.
Enviando disociadores
con chismes que se inventaron,
que con los cuales lograron
realizar sus intenciones,
venciendo a los tres leones
después que se separaron.
En esto deben fijarse
las tres potencias iguales,
y como amigos leales
nunca deben separarse;
y si desean escaparse
sean unidos como fueron
porque si se dividieron,
hagan estas reflexiones:
que por eso tres leones
uno por uno murieron.
El abejarrón y la abeja
Autor: José Núñez de Cáceres
Con mucho afán y gran zumbido un día
iba el abejarrón picando flores,
a tiempo que venía
a coger materiales una abeja
para hacer sus labores.
De ello el abejarrón le forma queja,
y haciéndole parar en su carrera,
enfadado le habló de esta manera:
cansado estoy de oír tus alabanzas,
que yo no sé por qué te las tributan:
todas son desconfianzas,
y misterios ocultos en tu obra:
si los bienes y males se computan,
parejas van las cargas, nada sobra,
y si das miel y cera en tus panales,
también das picaduras infernales.
Querido, nuestra abeja le responde,
usted tiene razón, pero yo doy
la utilidad que dar me corresponde,
y aunque imperfecta soy,
por una picadura hago mil bienes;
en nada de esto tienes,
las flores sin provecho
destrozas, los maderos despedazas,
y por mi dardo estrecho,
tu encajas donde puedes dos tenazas.
¿Y no es un modo de pensar muy recto,
que el que es útil y tiene habilidades
tal cual es se perdone su defecto?
Pero si son sus gracias falsedades,
calumnia, robo y vicio sobre vicio,
¿habrá lugar al mismo beneficio?
Si el parecer alguno contradice
téngalas con la abeja lo que dice.
El palomo, la paloma y la lechuza
Autor: José Núñez de Cáceres
Sobre la seca rama
de una añosa caoba
vinieron a posarse
el palomo y la paloma.
Si esta unión fue casual o meditada
ni hace al caso, ni es cosa averiguada.
Ojos adormecidos
y a más, las alas flojas
publican que la ninfa
tiene interior congoja.
Que del alma las penas y desvelos
siempre se ven aunque por entre velos.
Al galán igualmente
la pesadumbre agobia
pero es hombre y se esfuerza
y con voz amorosa
le pregunta: ¿qué tiene y qué motivo
de sus ojos apaga el fuego vivo?
Ella entre pucheritos
y frunciendo la boca
díjole que la causa
es hallarse tan sola
y expuesta a los peligros de este mundo
en falacias y engaños tan fecundo.
Mas yo también observo
en tu rostro una sombra
indicante seguro
de pena que devora.
Y pues que yo te dije mi tristeza
dime la tuya con igual franqueza.
Contra mí, le responde,
el infortunio agota
de trabajos la serie
de miserias la copa,
sin casa, sin albergue, sin comida
apetezco la muerte, no la vida.
Mas variando de especie
y hablando de otra cosa
vivo tu soledad
y mi vida afanosa
¿alivio no tendrás, a lo que veo,
en los dulces placeres de himeneo?
La lechuza que estaba
escuchando la historia
desde el hondo agujero
que labró la carcoma
la cabeza sacó del lado afuera
y les comienza a hablar de esta manera:
¡Qué santo matrimonio!
Ninguno lo mejora.
El marido sin capa
y sin manto la esposa.
Si el refrán lo reprueba, yo lo alabo
aunque tuerza después la puerca el rabo.
Callóse, y el palomo
entendiendo la sorna
le replica: a su cueva
vuélvase la trinosa.
A morir triste, solitaria y muda
sin mano amiga que le preste ayuda.
Los débiles bejucos
que espesa selva brota
se enlazan y resisten
la tempestad furiosa.
Así nosotros en la unión buscamos
el bien que dividimos, no encontramos.
El tigre y el lobo reconciliados
Autor: José Núñez de Cáceres
En amistad vivían
de largo tiempo unidos tigre y lobo
de una almendra partían,
gustábales un guiso, un mismo adobo:
vaya que eran modelo, triunfo y palma
de haber en sus dos cuerpos sola una alma.
En las altas y bajas
de este mundo ¿qué cosa es duradera?
Por quita allá esas pajas
armaron entre sí tal pelotera
nuestros dos amigachos, que la alianza
en guerra se convierte y en matanza.
¡Ay Dios! Aquí fue Troya,
el tigre brama y se estremece todo
su artificio y tramoya
prepara el lobo por diverso modo
que del valiente a veces las hazañas
contrarresta el astuto con su mañas.
De tan sangrienta lucha
el daño alcanza a tantos animales
que si el león no escucha
el clamor general y las fatales
consecuencias evita apresurado
iba a quedar el reino desolado.
Llama a los campeones
y luego que los tuvo en su presencia
con sus buenas razones
los induce a recíproca avenencia:
ellos se dan sus quejas como amantes
y vuelven a lo mismo que eran antes.
Divúlgase la nueva
por toda la comarca en el momento.
¡Oh paz! ¡Quien no te aprueba!
¡Tú sola das la vida! ¡Tú el contento
a do tú estás que vale una victoria!
Con que ya habrá quietud: sigue la historia.
Saltando viene el zorro
y al tigre empieza a dar la enhorabuena.
—Quítate allá cachorro,
le dice con furor y con él estrena
sus afiladas garras: tú, tú fuiste
quien al lobo en mi contra indispusiste.
El perro placentero
también acude al lobo con halagos
pero en su diente fiero
encuentra de la muerte los estragos:
porque según el lobo sostenía
al tigre de testigo le servía.
Otros se preparaban
a igual demostración, más guarda Pablo
dijeron, y escapaban
huyendo de esta paz como del diablo
porque de toda alianza el beneficio
pidió siempre cruento sacrificio.
Mírense en este espejo
los que tengan amigos en reyerta
el imparcial manejo
de imputaciones nunca los liberta.
Ellos arman sus guerras y altercados
y otros salen en costas condenados.
Las mariposas y el elefante
Autor: Felipe Dávila Fernández de Castro
Una turba placentera
de festivas mariposas
daban vueltas bulliciosas
alrededor de una hoguera.
Un elefante sesudo
que no lejos observaba
con bondad las exhortaba
en lenguaje tosco y rudo.
—Apartáos, necias, del fuego,
si no queréis perecer,
que ese aparente placer
la muerte os prepara luego.
—¡La muerte! le gritan ellas
¿Qué? ¡La luz! ¡Oh disparate!
¿Qué nos cuenta el botarate
contra el sol y las estrellas?
Sin la luz, nada es la vida,
sin ella no habría colores
ni benéficos calores.
¡Tinieblas!... ¡El caos!, ¡por vida!
¡Oh sabias superficiales!
les replica el elefante.
¿Quién os niega ni un instante
verdades tan garrafales?
Pero si un incendio hacéis
y jugáis en derredor
ni es ya luz, ni su furor
incautas, evitaréis.
Las mariposas hicieron
del consejo poco caso:
creció el fuego, y es el caso
que todas en él murieron.
Más de un político osa
especular en revueltas…
¡espere a muy pocas vueltas
el fin de la mariposa!
La libertad sin exceso
es un bien, exagerada,
no es libertad, es osada
licencia. ¡Es retroceso!
El loro y el ratón
Autor: Nicolás Ureña de Mendoza
«Dejo mi patria querida
para ir a enseñar a un pueblo,
cuya ignorancia me brinda
ancho campo para el medro».
Así dijo, según dicen,
cierto loro no hace tiempo,
tan sólo porque sabía
cuatro palabras de griego.
No hay quien ignore que el topo
es un pobre animalejo
muy parecido al ratón
por no decir que es idéntico:
sólo que el topo, en los ojos
tiene una piel como velo
que le impide divisar,
aun de cerca, los objetos.
Así con razón se ha dicho
que es el topo animal ciego.
Llegóse el hinchado loro
al humilde lugarejo
que habitado por los topos
se imaginó en sus ensueños;
y encaramado en las ramas
de un guayabo corpulento,
a guisa de catedrático
tan docto como Epícteto,
dio principio a sus lecciones,
explicando el movimiento
de rotación que los astros
verifican en el cielo…
Y cuántos idiomas hay
y pudieran haber de nuevo,
y cuántas ciencias existen,
y cuántos artes e inventos
se conocen desde Adán
hasta el décimo-noveno,
sobre todas disertó
con aire de magisterio.
Pero no sabe el lector
lo más gracioso del cuento,
y es que el loro predicaba
como dicen, en desierto,
porque ninguno a su charla
asistió por cumplimiento.
Mas tanto disparató,
tanto se llamó académico,
que un ratón ya fastidiado,
saliendo de su agujero,
le dijo con gravedad
frunciendo tamaño ceño:
¿Qué es lo que Ud. se ha pensado,
señor pedante vocinglero?
Si piensa que somos topos
se equivoca medio a medio.
Somos, según Ud. ve,
ratones, ni más ni menos.
Dígame: ¿dónde aprendió?
¿Quién ha sido su maestro?
¿Cuál fue la universidad
que le graduó para esto?
¿Dónde reposan sus títulos?
Diga, no se ponga serio.
El loro con monosílabos
respondióle a este argumento;
mas el bueno del ratón,
que al parecer no era lego,
le dijo: «Pues cualidades
en Ud. ninguna encuentro,
ni el saber, ni las virtudes
que exigen tan alto puesto,
sufra desde hoy los ultrajes
que se les hace a los necios».
Dicen que entonces el loro
meditó algunos momentos,
y que luego, silencioso,
emprendió a otra parte el vuelo,
mientras todos los ratones,
con ruidosos palmoteos,
decíanle: ¡Bravo! ¡Te hallaste
con el cura de tu pueblo!
El águila, el león y la zorra
Autor: José Dubeau y Bremón
En amistosa reunión
trataban en cierto día,
asuntos de gran valía
el águila y el león.
Graves eran las razones,
pensadas ya de antemano,
con que los dos soberanos
aclaraban sus cuestiones:
porque en casos de importancia,
por ser de gran transcendencia,
calla la maledicencia,
calla también la ignorancia.
Ufanos, aunque calmados,
los dos reyes se mostraban
y los puntos aclaraban
para regir sus Estados.
No sé yo qué grave cosa
el águila defendía;
grave, a la verdad sería
abstrusa y dificultosa;
mas, la zorra si sabía
que oculta todo escuchaba;
y de todo se burlaba,
y de todo se reía.
«Gracioso —dice el león
cansado de tolerar—.
¿Piensas el punto aclarar
sin traer una razón?
¿Con tu burla maliciosa
desconcertar nuestro asunto?
Pues sabe que ni en un punto
nos has de causar gran cosa.
¡Imbécil! ¡Linda ocasión
para traer por divisa
o alguna estúpida risa
o torpe murmuración!
En asuntos de gran ciencia,
que encierran altas cuestiones,
se combate con razones
o se escucha con paciencia.
Mas, quede la zorra a un lado
sin salir de su escondite;
sepa que en este convite
no tiene plato guardado».
Esto dijo con razón
casi furioso y rugiendo,
y siguieron discutiendo
el águila y el león.
Si el caso se presentare
de algún pedante hablador,
que tus palabras burlare
con ínfulas de doctor,
hacerle como a la zorra,
despreciarle es lo mejor.
El petirre y el murciélago
Autor: Pablo Pumarol
Un murciélago alevoso
lleno de rabia y envidia,
amparado por la noche,
que los crímenes auxilia,
maltrataba con encono
a un petirre que dormía
sin inquietud ni temores
en la rama de una encina.
Este, por fin, indignado,
bate las alas con ira
y al murciélago cobarde
busca en vano y desafía;
pero merced a las sombras,
ve su esperanza perdida
porque sin ver su adversario
que en su elemento lo esquiva
ni es posible la defensa,
ni la ofensa merecida.
Mas el petirre con calma
a sufrirle se resigna,
diciendo: «Aprovecha ahora
que pronto llegará el día».
Y en efecto; huye la noche
y con la noche termina
la autoridad del murciélago,
quien ya inútil y si vista,
a la revancha temiendo,
se refugia en una ruina.
Mas el petirre ensañado,
apenas la aurora brilla
venganza jura, y al cabo,
después de muchas fatigas
con su enemigo tropieza
y con él y con su cría
sin compasión acabando,
vio satisfechas sus iras…
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Los que familia tenéis;
los que abusáis en la vida
del poder y de la fuerza,
sin pensar en la recíproca,
no hagáis mal a vuestros prójimos,
pues sereis en la caída
como el murciélago aleve
que ojalá de ejemplo sirva.
El carpintero y el gavilán
Autor: Pablo Pumarol
Sobre un pino majestuoso
un halcón muy jovencito,
dormitaba blandamente
resguardado entre su nido;
cuando un necio carpintero
le sorprende de improviso,
y abusando de sus alas,
de su fuerza y de su pico,
y viendo débil y aún tierno
a aquel halcón pobrecito,
le ataca al punto cobarde
y al suelo le arroja impío,
temiendo que su existencia
pudiese hacerle perjuicio.
Pero Dios que al inocente
presta su apoyo y su auxilio,
su santa mano le extiende
salvándole compasivo.
Y el halcón, libre de riesgos,
alza los ojos al pino,
y al ver allí al carpintero
que ostenta su fuerza altivo,
desde las ramas de un sauce
con justo encono le dijo:
«Si de esa altura aprovechas,
y en tus fuerzas engreído,
burlas y ofendes al débil
con infame despotismo,
piensa que todo es inestable;
que a ser hombre llega el niño;
que quizá mañana pueda
remontarme a lo infinito
y hacerte bajar ¡quién sabe!
de la altura al hondo abismo».
Pasa el tiempo… Al fin ya ufano,
grande, fuerte, bravo, invicto,
el halcón domina el éter
y es de las aves temido.
Llegó el día en que gozoso
ve al carpintero abatido
en las ramas de un arbusto,
lamentando su destino.
…Vuela al punto; y apresándole
entre sus garras tranquilo,
le dice: «¿Dó están tus fuerzas,
y tu altura qué se hizo?».
Y el carpintero tirano,
sin esperanza ni auxilio,
exclama de esta manera,
lanzando el postrer gemido:
«Vosotros, míseros hombres,
que vivís envanecidos,
ultrajando y ofendiendo
al débil de un modo indigno,
tras la sólida trinchera
que os ofrece el poderío;
ved el ejemplo elocuente
que os presenta en mí el destino.
No abuséis de vuestra fuerza,
ni de nombres, ni de títulos,
y pensad que en este mundo
nada es eterno, infinito,
sin que jamás olvidéis
que no hay culpas ni delitos
que a la tarda o a la larga
no merezcan su castigo.
La fragata y la canoa
Autor: Fábulas diversas
Una fragata hermosa
con sus velas henchidas, muy pomposa,
altiva balanceaba,
y orgullosa el océano surcaba.
De su próspera suerte así engreída,
se hallaba bien creída
de que era sin disputa
la dueña de los mares absoluta.
Al ver una canoa, no distante,
que bogaba adelante,
le dijo: aparta, inútil navecilla,
no sea que mi quilla
con su violento roce
fácilmente te vuelque y te destroce,
ya que por tu impotencia eres sin duda
un estorbo más bien que no una “ayuda”.
Humilde la canoa
se desvió de la proa
de la fragata, y de su choque rudo
ella sola salvóse como pudo.
Mas cesa de soplar afable el viento,
Y una gran calma sucedió al momento.
La fragata es un apuro solicita
el favor de la ínfima barquita,
generosa con sin par acierto
a remolque condújola hasta el puerto.
Aunque en muy triste posición miremos
a un hombre, desdeñarle no debemos
tratándole de inútil, pues propicio,
luego puede prestarnos un servicio
semejante al que en esta fabulita
se cuenta de la pobre canoita.