La conversión de Zaqueo
Recordemos que, en el momento en que se produjo este
incidente, el Señor Jesucristo se dirigía hacia Jerusalén para
morir en la cruz. En su viaje, resolvió pasar por Jericó. Leamos
el versículo 1:
"Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad."
Lucas nos contó que Jesús había estado en el país de los
samaritanos. Cuando salió de Samaria, se encaminó hacia
Jerusalén y pareció salirse de su fatigosa ruta. ¿Pero fue así
realmente? El fue a Jericó porque había allí un pecador. De
hecho, había 2 o 3 pecadores en aquella ciudad. El señor quería
alcanzarles y debemos tener en cuenta las intenciones de sus
movimientos para no perder de vista el mensaje total de este
pasaje.
Jericó había sido la ciudad que Dios había entregado al control
de Josué. Se había establecido una maldición para quien la
reedificase. El hombre que la reedificó, en tiempos del rey Ahab,
recibió la maldición en toda su plenitud. En los días de Jesús,
era como una zona turística. Mucha gente pasaba allí sus
vacaciones. Allí vivían los publicanos o recaudadores, que eran
despreciados.
Se nos dice que Jesús entró en Jericó e iba atravesando la
ciudad. Así, Él también entró y pasó por este mundo. No vino a
la tierra para quedarse, sino para morir. Yo entré en este mundo
para vivir y me agradaría vivir por un tiempo prolongado. Pero
el único propósito de Jesús al venir a la tierra fue el de morir por
los pecados del mundo. Esa acción tremenda quedó reflejada e
ilustrada en el hecho de entrar y atravesar Jericó. No perdamos
esa imagen.
Leamos ahora el versículo 2:
"Y sucedió que un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los
publicanos, y rico"
Se nos dicen 3 cosas sobre este hombre. El Espíritu de Dios
tiene una forma de decir, con el breve trazo de una pluma, todo
lo que tenemos que saber sobre una persona. Lo primero que
sabemos de este hombre era su nombre, que era Zaqueo. No
pude menos que sonreír al descubrir que el nombre significa
"puro". Resulta difícil imaginar a un publicano que fuese puro.
Cuando era niño, sus padres le habrán contemplado pensando
que era el niño más precioso del mundo. Pienso que cuando
creció y le llamaban por ese nombre, se habrán divertido
bastante en Jericó, al asociar su nombre con su profesión de
recaudador de impuestos.
Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos. Sus padres
nunca habrán pensado que él tomaría ese camino. Alguna noche
oscura, él habrá tenido que decidir si se iba vender a Roma.
Como publicano, tenía que pagar a Roma la cantidad de dinero
designada para un territorio, en el cual recaudaría las
contribuciones. Entonces, por supuesto, recolectaría más dinero
por impuestos de lo que le pagaba a Roma, lo cual le había
enriquecido. Zaqueo había abandonado su religión y no tenía
acceso al templo. Era probablemente aquel publicano que
estaba a cierta distancia y que golpeaba su pecho mientras
decía "¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!" (Lucas
18:13). Zaqueo, como un pobre pecador, buscaba un lugar
hacia el cual acercarse, para ser alcanzado por la gracia de Dios.
Zaqueo quería volver a Dios.
Zaqueo era rico. Se empleó a fondo para que su profesión
resultase productiva. No condujo sus negocios con una
dedicación dividida. Si él iba a cobrar los impuestos a una viuda
que no pudiera pagar, la desalojaba de su casa. Si un hombre
no tenía dinero suficiente para pagar lo que debía, le
comprometía con una hipoteca sobre lo que tuviese en
propiedad. Había robado a mucha gente. Y aunque una vez
había tomado la decisión de convertirse en un cobrador de
impuestos, descubrió que toda la riqueza del mundo no
satisfaría su corazón. Deseaba poder volver atrás y empezar de
nuevo. Había recorrido una calle de una sola dirección y no
había manera de volver a tener acceso al lugar del templo
donde se manifestaba la gracia de Dios. Quería recibir gracia y
misericordia y el Señor lo sabía. Por ello fue a Jericó con el
propósito de ayudar a ese hombre. Deseaba llevar a Zaqueo con
Él, no a Jerusalén, sino a la cruz para que recibiese la salvación.
Leamos los versículos 3 y 4:
"procuraba ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la
multitud, pues era pequeño de estatura. Y, corriendo delante,
se subió a un sicómoro para verlo, porque había de pasar por
allí."
No le habrá resultado fácil subir a aquel árbol pero finalmente lo
logró y se situó en una rama y, a través de las hojas, observó y
se consideró aislado, en su lugar privilegiado de observación.
Así permaneció esperando hasta que Jesús se acercó. El Señor
sabía que él se encontraba allí. Estaba pasando por Jericó para
tener un encuentro con él para salvarle. Dice el versículo 5:
"Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba lo vio, y
le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario
que me hospede en tu casa."
Cuando el Señor miró hacia arriba y le vio, debió sonreír. Es
cierto que el texto no lo dice, pero es difícil leer este relato sin
ver algo de humor en él. Es como si le hubiere dicho: "Zaqueo,
querías verme y te esforzaste mucho para subirte a este árbol.
Pero ahora, apresúrate y baja en seguida" El pobre habría
pasado mucho tiempo en trepar al árbol; pero no le debió llevar
mucho tiempo ni esfuerzo bajarse de él. Es siempre más fácil
bajar que subir. Y el Señor le dijo: "Hoy he de quedarme en tu
casa". En aquella ocasión, el Señor no se detuvo en casa del
alcalde, ni en casa de un Fariseo ni de ningún otro personaje
importante. Se fue a la casa de un publicano. Leamos los
versículos 6 y 7:
"Entonces él descendió aprisa y lo recibió gozoso. Al ver esto,
todos murmuraban, diciendo que había entrado a hospedarse
en casa de un hombre pecador."
El relato destaca la alegría del momento que estaba viviendo.
Pero, ¿quiénes murmuraban? Los chismosos de la multitud. Y
vemos en el relato un lapso de tiempo, aunque no sabemos
cuánto tiempo pasó. Porque más tarde, Jesús tuvo una cena en
casa de Zaqueo. Y allí fue donde el recaudador tuvo algo que
decir. Leamos el versículo 8:
"Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Señor, la mitad
de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a
alguien, se lo devuelvo cuadruplicado."
Algo le había ocurrido a este hombre. Admitió que había estado
robando a los pobres y prometió dar la mitad de sus bienes a los
pobres. Y devolver una cantidad de dinero cuatro veces mayor a
quienes había asignado falsamente impuestos más altos. Estaba
actuando de acuerdo con la ley de Moisés, como podemos ver
en Éxodo 22. Algo había sucedido en su interior y era un
hombre nuevo.
No tenemos un relato detallado de la conversación entre Zaqueo
y el Señor. Por algún motivo, el Espíritu Santo no nos dijo de
qué hablaron. Sin embargo, cuando el Señor habló con las
personas, generalmente les habló de 2 cosas: (1) de la
necesidad del ser humano, y (2) de la capacidad de Dios para
satisfacer esa necesidad. No tuvo que decirle a Zaqueo que era
un pecador, porque éste lo sabía, lo mismo que los demás. El
Señor le dijo que había un remedio para el pecado.
Seguramente le habrá dicho: "Voy a Jerusalén para morir en la
cruz, así que, Zaqueo, habrá un lugar de gracia y misericordia
para ti". Leamos el versículo 9:
"Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por
cuanto él también es hijo de Abraham"
Desde que se convirtió en un recaudador, Zaqueo había estado
excluido de acercarse al propiciatorio o tapa del arca del pacto,
lugar donde operaba en el templo la gracia de Dios. El
propiciatorio señalaba al Señor Jesucristo y a Su sangre
derramada en la cruz por nosotros. El Señor quiso que este
hombre odiado supiese que Él se dirigía hacia Jerusalén para
morir, y que Su muerte le proveería a él un lugar de gracia. Y
así, el publicano hizo su decisión de seguir a Cristo y se
convirtió en un hombre nuevo. Leamos ahora el versículo 10:
"porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se
había perdido."
Observemos que Zaqueo no declaró públicamente lo que sentía
interiormente por haber recibido a Cristo. Sino que dijo lo que
iba a hacer, la forma en que iba a restaurar los daños causados
a otros para demostrar que se había convertido. Esta es la única
manera en que el mundo podrá saber que te has convertido a
Cristo. La gente no lo sabrá por una declaración o un testimonio
público, sino únicamente por lo que los demás vean en tu vida.
Si en aquel día las personas no hubieran visto su vida cambiada,
jamás habrían sabido que aquel veterano recaudador se había
convertido en un nuevo hombre.
La experiencia de Zaqueo es una buena ilustración de lo que el
apóstol Santiago dijo en 2:18, Pero alguno dirá: Tú tienes fe y
yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré
mi fe por mis obras. Zaqueo mostró su fe por medio de sus
obras. No habló de su fe, sino que la demostró en la vida
práctica. El mundo en la actualidad no está escuchando algo;
está buscando algo. Zaqueo tenía lo que el mundo estaba
buscando. Jesús había cenado con él y su vida había cambiado.
Jesús aun está entrando y pasando por las calles de tu ciudad,
donde quiera que ésta se encuentre, y quiere cenar con aquellos
que no le conocen. Quiere hablar de tu alma y de la salvación.
¿Ha pasado frente a tu casa? ¿Ha llamado a la puerta de tu
corazón? ¿Le has dejado entrar?