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Daniel Feierstein

EL GENOCIDIO COMO PRÁCTICA SOCIAL


ENTRE EL NAZISMO
Y LA EXPERIENCIA ARGENTINA

Hacia un análisis del aniquilamiento como


reorganizador de las relaciones sociales

Introducción
Dos genocidios y un intento de articulación
(fragmento)
El trabajo que aquí se presenta se propone dos objetivos simultáneos.
En su intención estratégica, se busca comprender al aniquilamiento de
colectivos humanos como un modo específico de destrucción y
reorganización de relaciones sociales. Es decir, observar estos
procesos de aniquilamiento no como una excepcionalidad en la historia
contemporánea, sino como una tecnología de poder peculiar, con
causas, efectos y consecuencias específicos, que pueden intentar ser
rastreados y analizados.
En su intención histórica y narrativa, lo que se propone es la
posibilidad de ilustrar esta afirmación a partir del análisis de dos
procesos de aniquilamiento: el desarrollado por el nazismo entre 1933 y
1945, que tuvo a su vez varias modalidades, objetivos y momentos
diferenciados, y el desarrollado en la República Argentina entre 1974 y
1983.
No sólo es presupuesto de este trabajo que ambos procesos pueden
ser agrupados bajo el término “genocidio” -lo cual será profusa y
ampliamente desarrollado en toda la obra- sino algo más: que analizar
precisamente esta secuencia -que atravesaría, como punto intermedio,
las luchas contrainsurgentes de las décadas de 1950 y 1960 en
Indochina, Argelia y Vietnam- es un modo privilegiado para observar
una de las peculiaridades del genocidio como práctica social: su
capacidad para destruir y reorganizar relaciones sociales en aquellas
sociedades en las que se implementa. Ello no implica, es necesario

DANIEL FEIERSTEIN El genocidio como práctica social


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aclararlo, ignorar las enormes diferencias de escala, magnitud, impacto
e incluso objetivos entre ambas experiencias históricas.
Sin embargo, la elección de estos dos ejemplos para estructurar la
obra no es casual ni aleatoria, sino que constituye un “tramado
discursivo” de una secuencia -de ningún modo la única posible, pero sí
tan válida como muchas otras- para comprender esta característica de
las prácticas sociales genocidas, un modo de observar y analizar el
aniquilamiento de colectivos humanos que ha tenido escaso desarrollo
en los trabajos académicos sobre las prácticas sociales genocidas en
diversas experiencias históricas.
Es objetivo de esta introducción intentar explicitar y justificar la
legitimidad de una mirada de este tipo, en sus dos búsquedas: la de
observar el genocidio como un modo de destrucción y reorganización
de relaciones sociales, y la de trazar una secuencia comparativa entre
el genocidio nazi y el genocidio implementado antes y durante la última
dictadura militar argentina, autobautizada precisamente como “Proceso
de Reorganización Nacional”.
Desde que Raphael Lemkin creara el término “genocidio” en 19441 y
las Naciones Unidas lo consagraran como término jurídico en 1948,2 los
trabajos que pretendieron comprender el sentido de estas prácticas -
que, en verdad, existían desde mucho tiempo antes- fueron
atravesando distintos campos: el del derecho, la historia, la sociología,
la psicología, la antropología, la ciencia política, las teorías de la
comunicación, la filosofía, la teología, la ética, por nombrar tan sólo
algunos.
La mayor parte de dichos abordajes se propusieron la comprensión
de un hecho histórico que había conmocionado moral y políticamente a
la humanidad occidental: el aniquilamiento de poblaciones producido
por el nazismo, muy en particular el de los más de seis millones de
1
Lemkin venía trabajando sobre el tema desde bastante tiempo antes, impactado
primero por el caso del genocidio armenio y luego por el ascenso del nazismo y el
inicio de sus prácticas sociales genocidas, pero es su obra clásica: Raphael Lemkin,
Axis Rule in Occupied Europe, Washington, Carnegie Endowment for International
Peace, 1944, la que se toma como punto de referencia para la discusión acerca del
“genocidio” como concepto.
2
El genocidio es sancionado jurídicamente a partir de la aprobación de la Convención
para la Sanción y la Prevención del delito de Genocidio por parte de las Naciones
Unidas, en diciembre de 1948 y la posterior ratificación de la Convención por parte de
la mayoría de los Estados. Previo a ello, los borradores de la resolución se discutieron
durante más de dos años, en los cuales uno de los desacuerdos fundamentales se
basaba en la inclusión o no de los “grupos políticos” entre aquellos protegidos por la
Convención. Finalmente fueron excluidos, pese a estar en todos los borradores
previos desde 1946, con el argumento de que ello permitiría aumentar
significativamente el número de los Estados ratificantes. Esta cuestión -la discusión
acerca del alcance de la Convención con respecto a los “grupos políticos”- tiene una
importancia fundamental para nuestro análisis, y será abordada a fondo en el capítulo
I del presente trabajo.

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judíos europeos.3 Recién hacia la década de 1980, comenzaron a surgir
obras comparativas, que se proponían trazar esquemas de
comprensión que articularan al nazismo con hechos anteriores o
posteriores y que, a partir de esta articulación o contraste, brindaran
explicaciones sobre el sentido o sinsentido -racionalidad o
irracionalidad- de las prácticas sociales genocidas en la modernidad.
Algunas de estas producciones observaron los procesos sociales
genocidas como una irrupción del salvajismo en el desarrollo del
ascenso civilizatorio -Goldhagen, por ejemplo, con su concepción de la
“germanidad” del genocidio nazi-. Otros, por el contrario, verificaron en
estas prácticas las consecuencias del propio desarrollo de la
modernidad -los primeros análisis de Theodor Adorno, entre otros
pocos autores preocupados por la cuestión durante la guerra y en la
inmediata posguerra; incluso las tempranas intuiciones de Walter
Benjamin ante un nazismo que avanzaba día a día-, mientras que
autores como Zygmunt Bauman vieron en el genocidio una posibilidad
moderna, que se encontraba en latencia en toda sociedad “civilizada”.
De un modo u otro, estos diversos pensadores -y, de allí en más,
quienes los sucedieron- se han propuesto algún tipo de inclusión de los
procesos sociales genocidas en el contexto de una “narración histórica”.
Hayden White ha sugerido que las ciencias sociales -al igual que la
literatura- se ven obligadas a utilizar recursos narrativos calificados
como una “poética de la historia”, y que conforman modos de tramar
(romántico, trágico, cómico, satírico), de argumentar (formista,
mecanicista, organicista, contextualista) y de implicación ideológica
(anarquista, radical, conservador, liberal).4 Estos tres modos de analizar
las narraciones -el tramado discursivo, el argumentativo, la implicación
ideológica- se encuentran articulados e influenciados mutuamente.
Es precisamente parte del tramado discursivo de esta obra, y objetivo
central de la misma, articular dos modalidades de prácticas sociales
genocidas cuyo recorrido no ha sido explicitado con anterioridad.
Una de las perspectivas centrales de este trabajo es, por lo tanto,
explorar y explicitar la viabilidad de este recorrido, de esta articulación
de eventos, sugiriendo que algo más que su articulación subjetiva en el

3
Cabe aclarar, sin embargo, que la profusión de trabajos sobre el nazismo recién
puede registrarse a partir de las décadas de 1960 y 1970 y, con mucha mayor
amplitud, desde comienzos de la de 1980, en una progresión casi geométrica. Previo
a ello, podemos rastrear veinte años donde fueron realmente muy pocas las obras de
la filosofía o del conjunto de las ciencias sociales que se propusieron integrar la
experiencia genocida del nazismo como elemento fundamental de la historia europea -
o, incluso, universal- contemporánea.
4
Para la obra de White, véase en particular Hayden White, Metahistoria. La
imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica,
1998.

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autor -judío y argentino- es lo que legitima y puede volver interesante o
relevante un trabajo de estas características.
Por otra parte, la elección de esta articulación de eventos no es ni
evidente ni ingenua, sino absolutamente intencional. Intentaré ilustrar
brevemente algunos discursos narrativos que se estructuran sobre otros
ejes -sobre otras articulaciones de eventos históricos- para sugerir que
el presente trabajo, tan políticamente intencionado y subjetivo como los
otros, puede resultar sin embargo legítimo; sin por ello querer
postularse como la única lectura posible ni la más relevante, sino
apenas como una más: una trama narrativa y argumentativa distinta
para abordar el análisis de las prácticas sociales genocidas durante la
segunda mitad del siglo XX.

))((

I. Acerca de las discusiones, definiciones


y límites del concepto de genocidio
(fragmento)

Lo que soy no es importante,


ni que viva ni que muera...
Es lo mismo para mí,
es lo mismo para ti.
Lo importante es lo que hacemos.
Es eso lo que he aprendido.
Nada importa lo que somos,
pero lo que hacemos sí.

JAMES FENTON, Children in Exile5

El aniquilamiento de masas de población es un fenómeno de larga data.


Numerosas crónicas de la antigüedad dan cuenta del arrasamiento de
poblaciones producto de conquistas militares, tanto desde los primeros
tiempos en que se registra relevamiento histórico, como en afirmaciones
míticas previas, incluso en el texto bíblico.

5
Cita con la que se inicia el Informe revisado y actualizado sobre la cuestión de la
prevención y sanción del crimen de genocidio, preparado por el relator especial
Benjamin Whitaker y presentado ante la Subcomisión de Prevención de
Discriminaciones y Protección a las Minorías, Comisión de Derechos Humanos,
Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, Informe E/CN. 4/Sub. 2/1985/6
del 2 de julio de 1985.

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Ejemplos históricos ya pueden encontrarse desde épocas remotas,
en las crónicas sobre el arrasamiento de Troya por los griegos, en los
aniquilamientos llevados a cabo por las campañas asirias o en la
destrucción total de Cartago por los romanos. Y la lógica del
aniquilamiento tuvo un momento fundamental en los exterminios
retributivos planteados en las incursiones militares de los mongoles bajo
Genghis Khan.
El concepto de genocidio, sin embargo, es un término moderno,
surgido de la discusión teórica a comienzos del siglo XX con motivo del
aniquilamiento de la población armenia llevada a cabo por el Estado
Ittihadista turco, y creado y difundido en el derecho internacional con
motivo de la conmoción producida por los asesinatos ejecutados por el
nazismo: el aniquilamiento sistemático de las poblaciones judías y
gitanas de Europa y los movimientos políticos contestatarios alemanes,
así como las matanzas parciales de otros grupos de población. Entre
ellos, las personas con necesidades especiales, aquellas con
identidades sexuales no hegemónicas, grupos eslavos como polacos y
rusos, religiosos como los Testigos de Jehová, entre otros colectivos
humanos.
La primera pregunta que surge a este respecto es si el genocidio
constituye una práctica antigua con un término nuevo o si, por el
contrario, es una práctica moderna que difiere de los procesos de
aniquilamiento previos.
Si bien existe cierto acuerdo, tanto a nivel del derecho como de la
historia, la sociología o la filosofía, en que las prácticas genocidas
introducen una novedad en el continuum histórico de los aniquilamientos
de masas de población, esa conformidad culmina cuando se trata de
establecer en qué consistiría dicha novedad, cuando se trata de definir
las características de dicha peculiaridad, cuando se intenta establecer
su momento de aparición y su genealogía.
El objetivo de este capítulo es interrogar dichas discusiones desde el
plano del derecho, desde una mirada histórico sociológica, e intentar un
análisis de algunos conceptos filosóficos que ingresan a la discusión
histórica sobre la peculiaridad de determinados hechos de aniquilamiento
para definirlos dentro del concepto de genocidio.

La cuestión etimológica: de la discusión sobre


un prefijo al concepto de práctica social
Hay consenso entre los historiadores acerca de que el término
“genocidio” surge como un neologismo creado por el jurista Raphael

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Lemkin.6 Dicho neologismo se estructura con el sufijo latino cidio
(aniquilamiento) y el prefijo griego genos, que ha dado mucho más lugar
a discusión con respecto a su origen etimológico y a su traducción, ya
sea que remita a un origen tribal común, a la comunión de
características genéticas (raciales) o al simple hecho de los rasgos
comunes que comparte un grupo. Estos dos últimos significados se
hallan presentes en el término griego genos y en su heredero latino
gens, ligado a los clanes familiares.
Matthias Bjornlund, Eric Markusen y Matthias Mennecke definen al
genocidio como un concepto “esencialmente problemático”,7 al rastrear
los desacuerdos producidos en el interior de la propia Convención para
la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio, las permanentes
discusiones entre los historiadores y sociólogos y la complejidad de las
discusiones desarrolladas por los tribunales penales internacionales
que juzgan los hechos de Ruanda y la ex Yugoslavia. En esta definición
problemática, los autores establecen una esencia común del conjunto
definicional -“el aniquilamiento sistemático de un grupo de población
como tal”- y tres puntos centrales de divergencia: la cuestión de la
“intencionalidad” del genocidio, el carácter de los grupos incluidos en la
definición y el grado total o parcial del aniquilamiento como elemento
excluyente de la definición.
En los parágrafos siguientes -tanto en el que refiere a las discusiones
jurídicas como en el que se ocupa de las discusiones histórico
sociológicas- se propone el análisis crítico de los puntos de divergencia,
en particular el que hace referencia al carácter de los “grupos
protegidos” por su pertinencia para este trabajo. Pero antes me interesa
focalizar en el aspecto básico de convergencia para analizar su
especificidad.
Desde el punto de vista jurídico, la propuesta de dirigir la definición
hacia el nudo esencial del “aniquilamiento sistemático de un grupo de
población como tal” es la mejor solución para resolver las
contradicciones y garantizar la igualdad ante la ley de los diversos
grupos victimizados.
Sin embargo, desde una mirada histórico sociológica, esta solución
parece reducir el fenómeno a la perspectiva que entiende al genocidio
como una práctica antigua que recién ahora cobra expresión jurídica.

6
Para la definición de Raphael Lemkin, véase Raphael Lemkin, Axis Rule in Occupied
Europe, Washington DC, Carnegie Endowment for International Peace, 1944.
7
Matthias Bjornlund, Eric Markusen y Martin Mennecke, “¿Qué es el genocidio? En la
búsqueda de un denominador común entre definiciones jurídicas y definiciones no
jurídicas”, en Daniel Feierstein (ed.), El genocidio: problemas teóricos y
metodológicos, Buenos Aires, Eduntref, 2005. Trabajo presentado originalmente en
inglés al Primer Encuentro Internacional “Análisis de las Prácticas Sociales
Genocidas”, Facultad de Derecho, UBA, 11 al 15 de noviembre de 2003.

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Por el contrario, este trabajo pretende esbozar la posibilidad de que
el genocidio -o cuanto menos su forma moderna, que es cuando
aparece como concepto, y al que en este trabajo diferenciaré con el
término de “genocidio moderno”- constituye una práctica social
característica de la modernidad (de una modernidad temprana, que
podría tener sus antecedentes hacia fines del siglo XV,8 pero cuya
aparición definitivamente moderna se centra en los siglos XIX y XX),
cuyo eje no gira tan sólo en el hecho del “aniquilamiento de
poblaciones” sino en el modo peculiar en que se lleva a cabo, en los
tipos de legitimación a partir de los cuales logra consenso y obediencia
y en las consecuencias que produce no sólo en los grupos victimizados
-la muerte o la supervivencia- sino también en los mismos
perpetradores y testigos, que ven modificadas sus relaciones sociales a
partir de la emergencia de esta práctica. Y es en esto en lo que difiere
de procesos de aniquilamiento de población más antiguos, así como de
otros procesos de muerte contemporáneos.

8
Si bien implica remontar a una genealogía muy temprana, podría elegirse el año
1492 como punto simbólico de partida con la creación de un primer proto Estado
moderno en la España de los Reyes Católicos, que se constituye sobre la base de la
adscripción confesional y de la construcción de la sinonimia “españolcatólico” y que se
articula con la expulsión de judíos y musulmanes no sólo de la materialidad de su vida
e historia en el territorio, sino de la posibilidad simbólica de pertenecer a la “nación
española”, a la que de hecho pertenecían hasta ese momento. Simultáneamente, al
ser el año de la llegada de Colón al continente americano, se iniciará también la
discusión acerca de la humanidad o inhumanidad de las “nuevas poblaciones”
encontradas en este continente. Quizás un punto algo previo podría ser la aparición,
hacia 1486, del Malleus Maleficarum (el Martillo de las Brujas) como el manual
persecutorio inquisitorial que, aplicado inicialmente a las mujeres librepensadoras
conceptualizadas como “brujas”, guiaría el modo de funcionamiento de la Inquisición
durante los siglos siguientes, como modalidad proto moderna de negativización,
hostigamiento y destrucción de poblaciones y relaciones sociales.

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