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Destructores de Las Libertades Ajenas - Javier Marías

El autor critica la hipocresía de la sociedad actual, que utiliza eufemismos para ocultar realidades y justificar regímenes autoritarios bajo el término 'democracia iliberal'. Señala que la verdadera democracia requiere el respeto a las libertades individuales y colectivas, y denuncia la tendencia creciente de censura y represión por parte de políticos y ciudadanos que buscan eliminar opiniones contrarias. La preocupación radica en que muchos votantes están adoptando actitudes 'iliberales', convirtiéndose en destructores de las libertades ajenas.
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Destructores de Las Libertades Ajenas - Javier Marías

El autor critica la hipocresía de la sociedad actual, que utiliza eufemismos para ocultar realidades y justificar regímenes autoritarios bajo el término 'democracia iliberal'. Señala que la verdadera democracia requiere el respeto a las libertades individuales y colectivas, y denuncia la tendencia creciente de censura y represión por parte de políticos y ciudadanos que buscan eliminar opiniones contrarias. La preocupación radica en que muchos votantes están adoptando actitudes 'iliberales', convirtiéndose en destructores de las libertades ajenas.
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Destructores de las libertades ajenas

Javier Marías
19 ENE 2019 - 17:00 CST
Es la tendencia de demasiada gente fanática: lo que
yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad,
y a los que se opongan sólo cabe eliminarlos
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UNO DE LOS ELEMENTOS para medir la hipocresía de una sociedad es su


sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más
hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras
que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen.
No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen
faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y
llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas
actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el
ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el
propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se
utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad
exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de
España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya
muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y
justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula
el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones
cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una
manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y
tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus
partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no
entra.

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Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta
con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria,
pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su
victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en
especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y
proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más
políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las
nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante
el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se
rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y
represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios,
dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las
opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que
rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo
nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que
perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los
partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si
soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy
vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes.
Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo
condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe
callarlos o eliminarlos.
La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de
aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese
opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus
sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la
diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío
suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores
profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo
falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más
frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me
impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi
pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto
de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era
censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con
espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a
la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los
reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que
no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas
desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra
suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no
son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que
tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo
“iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

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