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Reflexiones sobre el Vía Crucis y Adicciones

El documento presenta una reflexión sobre la Pasión de Cristo dividida en tres meditaciones. En la primera meditación, se describe cómo Jesús es traicionado, arrestado y condenado, cargando la cruz y cayendo bajo su peso, encontrándose con su madre María y siendo ayudado por Simón de Cyrene. En la segunda meditación, se reflexiona sobre la Verónica limpiando el rostro de Jesús, Jesús cayendo por segunda vez y consolando a las mujeres de Jerusalén. La tercera meditación concluye describiendo la crucifixión y muerte de Jesús
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Reflexiones sobre el Vía Crucis y Adicciones

El documento presenta una reflexión sobre la Pasión de Cristo dividida en tres meditaciones. En la primera meditación, se describe cómo Jesús es traicionado, arrestado y condenado, cargando la cruz y cayendo bajo su peso, encontrándose con su madre María y siendo ayudado por Simón de Cyrene. En la segunda meditación, se reflexiona sobre la Verónica limpiando el rostro de Jesús, Jesús cayendo por segunda vez y consolando a las mujeres de Jerusalén. La tercera meditación concluye describiendo la crucifixión y muerte de Jesús
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ORACIÓN INICIAL

PRIMERA MEDITACIÓN

Primera estación: Jesús es traicionado por Judas, uno de sus discípulos. Por tanto es arrestado y
condenado a muerte por Poncio Pilato.

Jesús es traicionado, arrestado, condenado…

Hoy Jesús es traicionado, arrestado y condenado en la vida de tantas personas que padecen el
flagelo de las adicciones. Hoy una vez más, Jesús es traicionado, arrestado y condenado por cada
uno de nosotros cuando, frente a esta realidad de muerte, nos volvemos cómplices, cuando
pudiendo hacer algo nos desentendemos, nos lavamos las manos y “miramos para otro lado”.

¿Dónde está Dios en medio de tanta muerte? ¿Dónde está Dios en las calles de nuestra ciudad
donde nos encontramos con tantas vidas sin sentido? ¿Dónde está Dios en las familias que sufren
por la adicción de sus seres queridos, por ver sus vidas atrapadas y hundidas en las drogas?

Segunda estación: Jesús carga la cruz.

Nos dice el Papa Francisco:

Con la Cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que no pueden ya gritar, sobre
todo los inocentes y los indefensos; con ella, Jesús se une a las familias que se encuentran en
dificultad, que lloran la trágica pérdida de sus hijos, o que sufren al verlos víctimas de paraísos
artificiales como la droga...

Jesús carga con esta cruz de la humanidad doliente, herida. Jesús carga con el dolor de vidas
deshumanizadas por las drogas, ya que la droga pues anula el don precioso y único de la libertad
que todos poseemos y quiebra proyectos de vida, sueños y esperanzas de cada uno de los adictos
y lleva al sufrimiento y dolor a todas sus familias

Queremos, como Iglesia, cargar con ellos esta cruz. Con Jesús.

Tercera estación: Jesús cae por primera vez por el peso de la cruz.

Lectura del profeta Isaías (53, 4.7)


Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso,
herido de Dios y humillado. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como
cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Jesús es el Cordero, predicho por el profeta, que ha cargado sobre sus hombros el pecado de toda
la humanidad. Se ha hecho cargo de la debilidad del hombre, de sus dolores y delitos, de sus
iniquidades y maldiciones. Hemos llegado al punto extremo de la encarnación del Verbo. Pero hay
un punto aún más bajo: Jesús cae bajo el peso de esta cruz. ¡Un Dios que cae!
En esta caída está Jesús que da sentido al sufrimiento de los hombres. El sufrimiento para el
hombre es a veces un absurdo, incomprensible para la mente, presagio de muerte. Hay
sufrimientos que parecen negar el amor de Dios. Jesús cae bajo el peso de la cruz, pero no queda
aplastado. Cristo está allí, descartado entre los descartados, último entre los últimos. Pobre entre
los pobres…Marginado con los que son excluidos a causa de su adicción.

Dios se hace cargo de todo eso. Un Dios que por amor renuncia a mostrar su omnipotencia. Pero
que así, precisamente así, caído en tierra como grano de trigo, Dios es fiel a sí mismo: fiel en el
amor.

Te rogamos, Señor,
por todos esos sufrimientos que parecen no tener sentido,
por los que caen bajo el peso de esta cruz,
por nuestros barrios y comunidades eclesiales que muchas veces,
no saben cómo llevar este peso, y desfallecen,
pierden la esperanza.

Haznos comprender, Señor, que la fuerza y la gracia de tu cruz nos hace levantar, no permanecer
caídos… porque con tu cruz derrotaste el mal y nos liberaste de toda opresión.

Cuarta estación: Jesús se encuentra con su madre, María.

Jesús se encuentra hoy con su madre, en el corazón y las lágrimas de tantas madres que lloran a
sus hijos. Nos conmueve acompañar a las madres y los padres que ya no saben qué hacer con sus
hijos adictos, a quienes ven cada vez más cerca de la muerte. Nos quedamos sin palabras ante el
dolor de quienes lloran la pérdida de un hijo por sobredosis o hechos de violencia vinculados al
narcotráfico.

Alentamos en la esperanza a cada una de esas madre, y a todos los que buscan una respuesta sin
bajar los brazos:

- A las madres que se organizan para ayudar a sus hijos.


- A los padres que reclaman justicia ante la muerte temprana.
- A los amigos que no se cansan de estar cerca y de insistir sin desanimarse.
- A los comunicadores que hacen visible esta problemática en la sociedad.
- A los docentes que cotidianamente orientan y contienen a los jóvenes.
- A los sacerdotes, consagradas, consagrados y laicos que en nuestras comunidades brindan
espacios de dignidad humana.
- A los miembros de fuerzas de seguridad y funcionarios de otras estructuras del Estado que
aún a riesgo de su vida no se desentienden de los que sufren.
Quinta estación: Jesús es ayudado a cargar la cruz por Simón el Cirineo.

Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una
gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le
llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la
humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos
(Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está
indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así
alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la
gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, haz de nuestras comunidades
eclesiales espacios de consuelo y cercanía para los que lo necesitan. Que compartir la cruz con
nuestros hermanos que viven en la oscuridad de las drogas sea para nosotros fuente de comunión
y esperanza.

SEGUNDA MEDITACIÓN

Sexta estación: la Verónica limpia el rostro de Jesús.

“Señor, Ayúdanos a reconocer tu rostro”

- Para que prestemos atención al rostro del que está a nuestro lado y necesita de nuestra
ayuda, de nuestra compasión.
- Para que nuestra preocupación social sea auténtica y sea respuesta concreta que brote de
nuestro cambio interior.
- Para que como comunidad superemos las mezquindades, los egoísmos, orgullos y
envidias, para no llorar por no haber reconocido el rostro de Jesús en los que sufren.

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez con la Cruz.

A cada uno de los que han caído en la droga, le decimos con el Papa Francisco:

“Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres.
Tú eres el protagonista de la subida, esta es la condición indispensable. Encontrarás la mano
tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti”.

No dejemos que nos roben la esperanza, ni que se la arrebaten a nuestros jóvenes. Cuidémonos
los unos a los otros. Estemos particularmente cerca de los más frágiles y pequeños. Trabajemos
por una cultura del encuentro y la solidaridad como base de una revolución moral que sostenga
una vida más digna.

Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.

Llorar, llorar por Jesús, por su dolor, dolor que también es nuestro dolor. Como pueblo nos duelen
muchas cosas, hay realidades que nos hacen llorar, estas mujeres que se acercan a Jesús nos
invitan a no ser insensibles ante el sufrimiento del otro. Muchas veces, tendríamos que analizar la
causa de nuestras lágrimas, de nuestros pesares, de nuestras preocupaciones. El otro siempre nos
salva de encerrarnos, sintamos el dolor que causan las heridas que hay en nuestra patria, en
nuestra sociedad.

Novena estación: Jesús cae por tercera vez.


En esta repetida caída, Jesús nos acompaña en medio del temor; su debilidad sana nuestra
fragilidad y nos da ánimo para no abandonarnos a la desesperanza. Su mirada sanó la debilidad de
Pedro; su mirada quiere sostener nuestra esperanza en esta hora.

En medio de la realidad de la muerte y el pecado, en medio de la caída ante el dolor y el


sufrimiento de tantos hoy queremos orar por todos aquellos a los que les cuesta levantarse,
ponerse en pie:

- Oremos por nuestros barrios y comunidades donde hay tantos caídos, para que sepamos
tender una mano y ayudar a levantarse a quien lo necesita.
- Oremos por aquellos que en medio de esta situación de pandemia que estamos viviendo
han caído una y otra vez bajo el peso de la cruz que ya cargaban: el abandono, la soledad,
la indigencia, la marginación.

Sabemos que la crisis del COVID 19 nos ha afectado a todos, pero cuánto más a aquellos que
tienen un lugar donde cobijarse, que no pueden acceder a los cuidados de sí mismos ni de los que
los rodean…

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus ropas, hicieron cuatro partes y se
las repartieron. Pero la túnica, como no tenía costura, sino que estaba tejida de una pieza, se
dijeron: no la rompamos, sino echémosla a suertes. Y así se cumplió la Escritura: «Se repartieron
mis ropas y sortearon mi túnica»

En estas semanas, corremos el riesgo de que la pandemia nos quite la esperanza. Miremos a Jesús
despojado de todo y dejémonos arropar por él en estos momentos de vaciamiento; no estamos
solos; él también sufrió el despojo de todo y, sin embargo, ha sido revestido de gloria. Sus heridas
pueden curarnos.

Hermano nuestro Jesucristo, que antes de morir fuiste despojado de toda dignidad, imploramos
que tu mirada compasiva conforte a quienes el virus ha despojado de la compañía de sus seres
queridos y se ven abocados a vivir en soledad las lentas horas de su enfermedad. Infunde en el
personal sanitario la humanidad necesaria para cuidarles con eficacia y con amor. Concede
sabiduría y acierto a los investigadores, que buscan con ahínco el remedio de la enfermedad

TERCERA MEDITACIÓN

Undécima estación: Jesús es crucificado.

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.

Decimotercera estación: el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y abrazado por María.

BREVE TESTIMONIO DE UN JOVEN EN RECUPERACIÓN


Decimocuarta estación: el cuerpo de Jesús es colocado en el sepulcro.

Señor Jesús
sabemos que estás vivo
pero hoy queremos contemplarte en el sepulcro,
tu cuerpo, cubierto de heridas,
nos recuerda al de tantos otros.
Y en tu sepultura vemos tantos sudarios de nuestra ciudad,
de nuestra Bogotá…
Esta ciudad nuestra, tan maltratada.
Tu cuerpo abandonado,
es hoy, el de tanta gente sola
nuestros niños expuestos al flagelo de la droga,
nuestros jóvenes golpeados, marginados,
tantas personas que viven en la esclavitud.

Tus llagas son las de la esos hombres y mujeres,


perdidos una y mil veces,
maltratados en su dignidad,
deambulando por nuestras calles,
ajenos a todo, buscando consuelo y sentido.

Bajo tu cuerpo yacen tantos niños, jóvenes y adultos,


asesinados a causa de las drogas
que dejaron su vida y su sangre en vidas acabadas,
familias destrozadas.

Tu cuerpo, Señor, tu pasión,


desnuda nuestras miserias,
personales y comunitarias,
como pueblo, como país,
como iglesia.
Ayúdanos, Jesús,
a resucitar contigo
a vivir el hoy con esperanza.

Jesús de la sepultura,
hoy quisimos acompañarte
en tu camino hacia la cruz,
sufrimos contigo,
y como tus apóstoles,
nos quedamos entristecidos.
Mañana, Señor,
acuérdate de nosotros,
haznos vencer nuestras debilidades,
y al resucitar,
vuélvenos a decir, Señor,
como tantas veces ya lo has hecho,
¡no tengan miedo! Yo hago nuevas todas las cosas.

Decimoquinta estación: Jesús resucita de entre los muertos al tercer día.

CUARTA MEDITACIÓN

ORACIÓN FINAL

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LA ESPERANZA

“Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me
hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a
verme” (Mt 25,35-36).

Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que a menudo resuena en nuestra mente y en
nuestro corazón: ¿Dónde está Dios?”. ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente
que vive en medio de la violencia, las consecuencias del delito, las adicciones?

Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Solo podemos mirar a Jesús, y
preguntarle a él. Y la respuesta de Jesús es esta: “Dios está en ellos”, Jesús está en ellos, sufre en
ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como “un
solo cuerpo”.

Jesús mismo eligió identificarse con estos hermanos y hermanas que sufren por el dolor y la
angustia, aceptando recorrer la vía dolorosa que lleva al calvario. Él, muriendo en la cruz, se
entregó en las manos del Padre y, con amor que se entrega, cargó consigo las heridas físicas,
morales y espirituales de toda la humanidad. Abrazando el madero de la cruz, Jesús abrazó la
desnudez y el hambre, la sed y la soledad, el dolor y la muerte de los hombres y mujeres de todos
los tiempos. En este día, Jesús —y nosotros con él— abraza con especial amor a nuestros
hermanos que sufren las adicciones y a sus familias...

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