PROYECTO LECTOR 2021
GRADO SÉPTIMO
El perro que no sabía ladrar
Había una vez un perro que no sabía ladrar. No ladraba, no maullaba, no
mugía, no relinchaba, no sabía decir nada. Era un perrillo muy solitario,
porque había caído en una región sin perros. Por él no se habría dado
cuenta de que le faltaba algo. Los otros eran los que se lo hacían notar. Le
decían: —¿Pero tú no ladras? —No sé... soy forastero... —Vaya una
contestación. ¿No sabes que los perros ladran? —¿Para qué? —Ladran
porque son perros. Ladran a los vagabundos de paso, a los gatos
despectivos, a la luna llena. Ladran cuando están contentos, cuando están
nerviosos, cuando están enfadados. Generalmente de día, pero también de
noche. —No digo que no, pero yo... —Pero tú ¿qué? Tu eres un fenómeno,
oye lo que te digo: un día de estos saldrás en el periódico. El perro no sabía
cómo contestar a estas críticas. No sabía ladrar y no sabía qué hacer para
aprender. —Haz como yo —le dijo una vez un gallito que sentía pena por
él. Y lanzó dos o tres sonoros kikirikí. —Me parece difícil —dijo el perrito.
—¡Pero si es facilísimo! Escucha bien y fíjate en mi pico. —Vamos,
mírame y procura imitarme. El gallito lanzó otro kikirikí. El perro intentó
hacer lo mismo, pero sólo le salió de la boca un desmañado «keké» que
hizo salir huyendo aterrorizadas a las gallinas. —No te preocupes —dijo el
gallito—, para ser la primera vez está muy bien. Ahora, vuélvelo a intentar.
El perrito volvió a intentarlo una vez, dos, tres. Lo intentaba todos los días. Practicaba a escondidas, desde por la mañana
hasta por la noche. A veces, para hacerlo con más libertad, se iba al bosque. Una mañana, precisamente cuando estaba en
el bosque, consiguió lanzar un kikirikí tan auténtico, tan bonito y tan fuerte que la zorra lo oyó y se dijo: «Por fin el gallo
ha venido a mi encuentro. Correré a darle las gracias por la visita...» E inmediatamente se echó a correr, pero no olvidó
llevarse el tenedor, el cuchillo y la servilleta porque para una zorra no hay comida más apetitosa que un buen gallo. Es
lógico que le sentara mal ver en vez de un gallo al perro que, tumbado sobre su cola, lanzaba uno detrás de otros aquellos
kikirikí. —Ah —dijo la zorra—, conque esas tenemos, me has tendido una trampa. —¿Una trampa? —Desde luego. Me
has hecho creer que había un gallo perdido en el bosque y te has escondido para atraparme. Menos mal que te he visto a
tiempo. Pero esto es una caza desleal. Normalmente los perros ladran para avisarme de que llegan los cazadores. —Te
aseguro que yo... Verás, no pensaba en absoluto en cazar. Vine para hacer ejercicios. —¿Ejercicios? ¿De qué clase? —Me
ejercito para aprender a ladrar. Ya casi he aprendido, mira qué bien lo hago. Y de nuevo un sonorísimo kikirikí. La zorra
creía que iba a reventar de risa. Se revolcaba por el suelo, se apretaba la barriga, se mordía los bigotes y la cola. Nuestro
perrito se sintió tan mortificado que se marchó en silencio, con el hocico bajo y lágrimas en los ojos.
Por allí cerca había un cucú. Vio pasar al perro y le dio pena. —¿Qué te han hecho? —Nada. —Entonces ¿por qué estás
tan triste? —Pues... lo que pasa... es que no consigo ladrar. Nadie me enseña. —Si es sólo por eso, yo te enseño. Escucha
bien cómo hago y trata de hacerlo como yo: cucú... cucú... cucú... ¿lo has comprendido? —Me parece fácil. —Facilísimo.
Yo sabía hacerlo hasta cuando era pequeño. Prueba: cucú... cucú... —Cu... —hizo el perro—. Cu... Ensayó aquel día,
ensayó al día siguiente. Al cabo de una semana ya le salía bastante bien. Estaba muy contento y pensaba: «Por fin, por fin
empiezo a ladrar de verdad. Ya no podrán volver a tomarme el pelo». Justamente en aquellos días se levantó la veda.
Llegaron al bosque muchos cazadores, también de esos que disparan a todo lo que oyen y ven. Dispararían a un ruiseñor,
sí que lo harían. Pasa un cazador de esos, oye salir de un matorral cucú... cucú..., apunta el fusil y — ¡bangl ¡bangl—
dispara dos tiros. Por suerte los perdigones no alcanzaron al perro. Sólo le pasaron rozando las orejas, haciendo ziip ziip,
como en los chistes. El perro a todo correr. Pero estaba muy sorprendido: «Ese cazador debe estar loco, disparar hasta a
los perros que ladran...» Mientras tanto el cazador buscaba al pájaro. Estaba convencido de que lo había matado. —Debe
habérselo llevado ese perrucho, no sé de dónde habrá salido —refunfuñaba. Y para desahogar su rabia disparó contra un
ratoncillo que había sacado la cabeza fuera de su madriguera, pero no le dio. El perro corría, corría...
PROYECTO LECTOR 2021
GRADO SÉPTIMO
El doctor Terríbilis
El doctor Terríbilis y su ayudante, Famulus, trabajaban secretamente desde
hacía tiempo en un invento espantoso. Terríbilis, como seguramente su
mismo nombre indica, era un científico diabólico, tan inteligente como
malvado, que había puesto su extraordinaria inteligencia al servicio de
proyectos verdaderamente terribles. —Verás, querido Famulus: el supercrik
atómico que estamos terminando será la sorpresa del siglo. —No cabe duda,
señor doctor. Ya estoy viendo cómo se quedarán nuestros estimados
compatriotas cuando usted, con el supercrik, arranque la Torre de Pisa y la
transporte a la cima del Monte Blanco. —¿La Torre de Pisa? —rugió
Terríbilis—. ¿El Monte Blanco? Pero, Famulus, ¿quién te ha metido en la
cabeza semejantes bobadas? —La verdad, señor doctor, cuando
proyectamos...
—¿Proyectamos, señor Famulus respetabilísimo? ¿Nosotros? Tú,
personalmente, ¿qué has proyectado? ¿Qué has inventado tú? ¿El papel del
chocolate? ¿El paraguas sin mango? ¿El agua caliente? —Me retracto,
doctor Terríbilis —suspiró Famulus poniéndose humilde humilde—, cuando usted, y sólo usted, estaba proyectando el
supercrik, me pareció oír aludir a la Torre de Pisa y a la cumbre más elevada de los Alpes... —Sí, me acuerdo muy bien.
Pero te lo decía por pura y simple precaución, mi excelente e insigne Famulus. Conociendo tu costumbre de chismear a
diestra y siniestra, con el chico del panadero, con el empleado del lechero, con el portero, con la cuñada del primo del
portero... —¡No la conozco! Le juro, señor doctor, que no conozco en absoluto a la cuñada del primo del portero y le
prometo que nunca haré nada por conocerla. —De acuerdo, podemos eliminarla de nuestra conversación. Quería
explicarte, amable y atolondrado Famulus, que no me fiaba de ti y te conté el cuento de la Torre de Pisa para ocultarte mi
verdadero proyecto que tenía que permanecer secreto para todos. —¿Hasta cuándo, señor profesor? —Hasta ayer,
curiosísimo Famulus. Pero hoy tienes derecho a conocerlo. Dentro de pocas horas estará listo el aparato. Partiremos esta
misma noche. —¿Partiremos, doctor Terríbilis? —A bordo, claro, de nuestro supercrik atómico. —¿Y en qué dirección, si
me está permitido? —Dirección al espacio, oh Famulus mío, tan rico en interrogantes. —¡El espacio! —Y más
concretamente, la Luna. —¡La Luna! —Veo que pasas de los signos interrogativos a los exclamativos. Así pues, fuera
dilaciones y he aquí mi plan. Arrancaré la Luna con mi supercrik, la separaré de su órbita y la colocaré en un punto del
universo de mi elección. —¡Colosal! —Desde allí arriba, estimado Famulus, trataremos con los terrestres. —
¡Excepcional! —¿Queréis recuperar vuestra Luna? Pues bien, pagadla a su peso en oro, comprádsela a su nuevo
propietario, el doctor profesor Terrible Terríbilis. —¡Extraordinario!
—Su peso en oro, ¿me comprendes, Famulus? En oro. —¡Superformidabilísimo! —¿Y has captado la idea? —Captada,
profesor. La idea más genial del siglo Veinte. —Espero que también la más malvada. He decidido pasar a la historia como
el hombre más diabólico de todos los tiempos. Ahora, Famulus, manos a la obra... En pocas horas dieron los últimos
retoques. El supercrik atómico estaba preparado para entrar en actividad. Curioso aparato, en realidad se parecía al que
utilizan los automovilistas para levantar su coche cuando tienen que cambiar una rueda pinchada. Sólo era un poco más
grande. Pero tenía acoplada una cabina espacial en la que se habían dispuesto dos butacas. Sobre éstas, en el momento
elegido por el doctor Terríbilis para iniciar su diabólica empresa, se acomodaron el inventor y su ayudante quien, a decir
verdad, sólo trabajosamente conseguía ocultar un extraño temblor. —¡Quieto, Famulus! —Sssí... sseñoor... do-do-doctor...
—¡Y no balbucees! —Nno-no se-señor do-do-doctor... —Trágate esta píldora, te calmará al instante. —Gracias, doctor
Terríbilis, ya estoy tranquilísimo. —Estupendo. Cuenta al revés, Famulus... —Menos cinco... menos seis... menos siete...
—¡He dicho al revés, Famulus! ¡Al revés! —Ah, sí, lo siento mucho. Menos cinco... menos cuatro... menos tres... menos
uno... —¡Adelante!