PARABOLAS
PARABOLAS
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Las parábolas son relatos, historias escuetas, claras, sencillas, y su finalidad es transmitir una
enseñanza del modo más comprensible y fácil de recordar.
Jesús predica utilizando parábolas, es decir, ejemplos vivos, imágenes tomadas de la vida
ordinaria, dándoles contenidos ricos y amplios. Después un año de recorrer los caminos de
Palestina, predicando el Evangelio del Reino y confirmando su doctrina con innumerables
milagros. Muchos creen, otros no. Jesús habla del Reino de Dios con tacto y utiliza parábolas en
las que, sin ocultar que está diciendo cosas nuevas incita a los oyentes a interesarse y les
advierte: "!quién tenga oídos para oír, que oiga". Entenderán los que tengan un corazón dispuesto
a la conversión a Dios con el rechazo del pecado, también en sus formas más sutiles.
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Existen algunas parábolas y/o alegorías presentes en el antiguo testamento, se encuentran en:
o Jue 9.7–15
o 2 Sam 12.1–4
o 2 Sam 14.1–7
o Is 5.1–7
o Ez 15-16; 17.1–10; 19; 31.1–9; 34
Jesús explicaba las Parábolas de la Biblia para niños, siempre quiso que desde pequeños
puedan entender la Palabra de Dios.
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Parábolas
La palabra parábola (hebreo mashal; sirio mathla, griego parabole) significa en general una
comparación, o paralelo, por la cual se usa una cosa para ilustrar otra. Es una semejanza tomada
de la esfera de los incidentes reales, sensitivos o terrenales para transmitir un significado ideal,
espiritual o celestial. Dado que el pronunciar una cosa y denotar otra es de la naturaleza de un
enigma (hebreo khidah; griego, ainigma o problema) y, por lo tanto, tiene un lado claro y un lado
oscuro —"máximas oscuras", Sab. 8,8; Sir. 39,3)— tiene la intención de despertar la curiosidad y
exige inteligencia en el oyente: “El que tenga oídos que oiga” (Mt. 13,9). Su designación griega (de
paraballein, tirar a un lado o contra) indica una "composición" deliberada de una historia en la que
se da y a la vez se oculta una lección. Al tomar objetos simples o comunes para arrojar luz sobre
la ética y la religión, se ha dicho bien de la parábola que "la verdad encarnada en un cuento
entrará por las puertas humildes". Abunda en figuras del lenguaje animadas, y se encuentra a
medio camino entre la exactitud literal de la mera prosa y las abstracciones de la filosofía. Se
desconoce su derivación del hebreo. Si se relaciona con el asirio mashalu, el arábigo matala, etc.,
el significado de la raíz es "semejanza". Pero será una semejanza que contiene un juicio, y así
incluye la "máxima" o proposición general que se relaciona con la conducta (griego "sabiduría
gnómica"), de la cual el Libro de Proverbios (Meshalim) es el principal ejemplo inspirado. En el
latín clásico, la palabra griega se traduce como collatio (Cicerón, “De invent.”, I-XXX), imago
(Séneca, “Ep. LIX."), similitudo (Quintil., "Inst.", V, 7-8). Observe que parábola no aparece en el
Evangelio según San Juan ni paroimia (proverbio) en los Sinópticos.
La semejanza y la abstracción entran en la idea del lenguaje, pero pueden contrastarse como
cuerpo y espíritu, al estar como lo hacen en una relación de ayuda y oposición. La sabiduría para
la práctica de la vida ha tomado entre todas las naciones, una forma figurativa, pasando del mito o
la fábula a los dichos contratados que llamamos proverbios y llegando a las escuelas griegas de
filosofía como sistemas éticos. Pero el sistema, o la metafísica técnica, no les interesa a los
semitas; y nuestros Libros Sagrados nunca fueron escritos con miras a ello. Sin embargo, si el
sistema no se convierte en el vehículo de la enseñanza, ¿qué empleará un profeta como su
equivalente? Le queda la imagen o comparación, la cual es primitiva, interesante y fácilmente
recordada; y sus diversas aplicaciones le dan una frescura continua. La historia entró en uso
mucho antes que el sistema y sobrevivirá cuando los sistemas sean olvidados. Su afinidad, como
una forma de habla divina con el "sacramento" (misterion) como una forma de acción divina,
puede retenerse provechosamente en la mente. Tampoco podemos pasar por alto los puntos de
semejanza que existen entre las parábolas y los milagros, ya que ambos exhiben a través de
muestras externas la presencia de una doctrina y agencia sobrenaturales.
Por lo tanto, podemos hablar de la ironía que siempre debe ser posible en mecanismos adaptados
a la debilidad de la comprensión humana, en lo que concierne a los secretos celestiales. Bacon ha
dicho excelentemente bien: "las parábolas son útiles como una máscara y velo, y también para
elucidación e ilustración" (De sap. Vet.). De las parábolas de las Escrituras concluimos que
ilustran y edifican al revelar algún principio divino, con referencia inmediata a los oyentes a los que
se dirige, pero con aplicaciones más remotas y recónditas en toda la economía cristiana a la que
pertenecen. De este modo, encontramos dos líneas de interpretación: la primera que trata de las
parábolas de Nuestro Señor como y cuando las pronunció —llamemos a esto exégesis crítica; y la
segunda, al destacar su importancia en la historia de la Iglesia, o exégesis eclesiástica. Ambas
están relacionadas y pueden ser rastreadas a la misma raíz en la revelación; sin embargo, son
distintas, algo más o menos a la manera del sentido literal y místico en las Escrituras en general.
No podemos perder de vista ninguna de las dos. Las parábolas del Nuevo Testamento se niegan
a ser manejadas como las fábulas de Esopo; estaban destinadas desde el principio a representar
vagamente los “misterios del Reino de los Cielos”, y su doble propósito se puede leer en Mateo
13,10-1, donde se le atribuye a Cristo mismo.
Los críticos modernos (Jülicher y Loisy) que niegan esto, afirman que los evangelistas desviaron
las parábolas de su significado original en interés de la edificación, y las adaptaron a las
circunstancias de la Iglesia primitiva. Al hacer tales acusaciones estos críticos, siguiendo el
ejemplo de Strauss, no solo rechazan el testimonio de los escritores de los Evangelios, sino que
también le hacen violencia a su texto. Pasan por alto la idea profundamente sobrenatural y
profética sobre la cual se mueve toda la Escritura como su forma vital, una idea certificada por el
uso de Nuestro Señor al citar el Antiguo Testamento, y admitida igualmente por los evangelistas y
San Pablo. Es evidente que ellos se oponen a la tradición católica. Además, las parábolas así
desprendidas de un significado cristológico colgarían en el aire y no podrían reclamar ningún lugar
en la enseñanza del Hijo de Dios. Por lo tanto, se preparará una exégesis válida para descubrir en
todas ellas no solo la relevancia que tuvieron para la multitud o los fariseos, sino también su
verdad, sub specie sacramenti, para "el Reino", es decir, para la Iglesia de Cristo. Y este método,
Y los Padres las han expuesto sobre este método sin distinción de escuela, pero especialmente
entre los occidentales, San Ambrosio, San Agustín y San Gregorio Magno, como lo demuestran
sus comentarios.
Una buena definición del proverbio podría ser que es una parábola cerrada o contraída; y de la
parábola, que es un proverbio expandido. En Mt. 11,17 aparece una instancia que se cierne al
borde de ambos: "Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y
no os habéis lamentado.” Las palabras fueron tomadas de algún juego de niños, pero se aplican a
San Juan Bautista y a Nuestro Señor, con una moral gnómica “La sabiduría es justificada por sus
hijos.” En un mito o alegoría, se introducen personas ficticias, dioses y hombres; y el significado
reside en la historia, como en Apuleyo, "Eros y Psique". Pero una parábola mira a la vida como se
vive, no trata de personificaciones y requiere ser interpretada desde afuera. La fábula está
marcada por dar lenguaje y pensamientos a objetos inanimados o irracionales; la parábola, según
la emplea el Señor, nunca hace eso. Ejemplos o “historias con una moral” tienen por lo menos un
núcleo de realidad — las instancias que aparecen en la Escritura y permitidas por los críticos son
tales como Ester, Susanna, Tobías; pero una parábola no necesita citar a personas individuales, y
excepto en el caso dudoso de Lázaro, no nos vamos a encontrar casos de este tipo entre las
historias contadas en los Evangelios.
Un tipo consiste en el significado dado por la profecía a una persona o sus actos, por ejemplo, a
Isaac como el cordero del sacrificio, y los hechos simbólicos de Ezequiel o Jeremías. Pero la
parábola no introduce tipos directamente ni en su sentido inmediato, ni personas determinadas. La
metáfora (latín translatio) es un término vago, que puede aplicarse a cualquier dicho parabólico
corto, pero no se ajusta a la narrativa de una acción, como denota una parábola en el Nuevo
Testamento. El mito socrático que adorna el “Gorgias”, “Faedo” y la “República” es
manifiestamente una fábula, mientras que en nuestros Evangelios sinópticos las ilustraciones que
encontramos se escogen de entre los acontecimientos cotidianos.
El genio hebreo, a diferencia de los helenos, no era dado a la creación de mitos; aborrecía las
personificaciones de la naturaleza a las que les debemos los dioses de los elementos, las
nereidas y las hamadríades; rara vez perseguía una alegoría por ningún motivo; y su "realismo" al
tratar el paisaje y los fenómenos visibles golpea con mayor fuerza la imaginación moderna. El
teísmo era el aliento de sus narices; y donde por un momento se permitía un giro hacia el folclore
antiguo (como en Isaías 13,21), está muy alejado del Panteón salvaje del culto griego a la
naturaleza. En las parábolas nunca encontramos piedras encantadas o bestias parlantes o árboles
con virtudes mágicas; el mundo que describen es el mundo de cada día; ni siquiera los milagros
alteran su orden establecido. Cuando consideramos lo que la fantasía oriental ha hecho del
universo, y cómo lo representa en cosmogonías como la de Hesíodo, el contraste se vuelve
indescriptiblemente grande. Es en el mundo que todos los hombres conocen que Cristo encuentra
ejemplificadas las leyes de la ética humana, y las correspondencias en las que su Reino se llevará
a su divina consumación. Visto con ojos purificados, la naturaleza ya es el reino de Dios.
A partir de Mt. 13,34 y Mc. 4,33 está claro que el carácter de la enseñanza de Cristo a la multitud
era principalmente parabólico. Quizás deberíamos atribuir a la misma causa un elemento de lo
sorprendente y paradójico, por ejemplo, en su Sermón del Monte, que, tomado literalmente, ha
sido mal interpretado por mentes simples o además fanáticas. Además, no se puede dudar de que
tal forma de instrucción era familiar para los judíos de este período. Los dichos de Hillel y
Shammai aún existentes, las visiones del Libro de Enoc, los valores típicos inherentes a las
historias de Judit y Tobías, el Apocalipsis y la extensa literatura de la cual es la flor, todos indican
un reclamo por algo esotérico en la predicación religiosa popular, y muestran cuán
abundantemente estaba satisfecha.
Pero si, como sostienen los escritores místicos, el grado más alto de conocimiento celestial es una
intuición clara, sin velos ni símbolos que atenúen su luz, vemos en nuestro Señor exactamente
esta comprensión pura. Él mismo nunca se presentó como un visionario. Las parábolas no son
para Él sino para la multitud. Cuando Él habla de su relación con el Padre lo hace en términos
directos, sin metáfora. De ello se deduce que el alcance de estas pequeñas y exquisitas
moralidades debe ser medido por la audiencia a la que iban destinadas a beneficiar. En otras
palabras, forman parte de la "Economía" por la cual la verdad se distribuye a los hombres según
sean capaces de entenderla (Mc. 4,33; Juan 16,12). Sin embargo, dado que es el Señor quien
habla, debemos interpretar con reverencia sus palabras a la luz de toda la revelación que
proporciona su base y contexto. El "verdadero sentido de las [Biblia |Escritura]]", como señala
Newman de acuerdo con todos los Padres católicos, es "el alcance de la inteligencia divina", o el
esquema de Encarnación y redención.
Sujeto a esta ley, cada una de las parábolas del Nuevo Testamento tienen un significado definido,
que debe determinarse a partir de la explicación, donde Cristo se digna a dar una, como en la del
sembrador; y cuando no hay ninguna disponible, a partir de la ocasión, la introducción y la moral
anexa. Los intérpretes han diferido importantemente en cuanto a la cuestión de si todo en la
parábola es de su esencia (el "núcleo") o si algo es mera maquinaria y accidente (la "cáscara").
Hay una regla negativa obvia. No debemos pasar por alto como insignificante ningún detalle sin el
cual la lección dejaría de ser efectiva. Pero, ¿debemos insistir en una correspondencia en todos
los puntos de modo que podamos traducir el todo a valores espirituales, o podemos descuidar lo
que no parece componer una característica de la moral que se va a presentar? San Juan
Crisóstomo (In Matt., LXIV) y la Escuela de Antioquía, quienes eran escrupulosamente literales,
prefieren el segundo método; ellos son sobrios en la exposición, no imaginativos o místicos; y
Tertuliano tiene expresiones al mismo propósito (On Pudicity 9); San Agustín, quien se apoya en
Orígenes y los alejandrinos, abunda en el sentido más amplio; sin embargo, admite que "en las
narraciones proféticas se nos dicen detalles que no tienen importancia" (Ciudad de Dios XVI.2).
San Jerónimo en sus primeros escritos sigue a Orígenes; pero su temperamento no era el de un
místico y con la edad se vuelve cada vez más literal. Entre los comentaristas modernos aparece la
misma diferencia de manejo.
En un problema tanto literario como exegético, debemos evitar aplicar una regla estricta y rápida
en la que se requiera el gusto y el discernimiento. Cada una de las parábolas tendrá que ser
tratada como si fuera un poema; y la plenitud de significado, el refinamiento del pensamiento, las
insinuaciones y toques leves pero sugestivos, característicos del genio humano, no le faltarán al
método del Maestro Divino. En la alta crítica, como nos advierte Goethe, no podemos dividir, como
con un hacha, desde afuera hacia adentro. Donde todo está vivo, la metáfora del núcleo y la
cáscara puede ser mal aplicada. El significado está implícito en el todo y sus partes; aquí, como
en todo producto vital, el espíritu gobernante es uno, los elementos toman su virtud de él y, por
separado, no tienen importancia. A medida que nos alejamos de la idea central, perdemos la
seguridad de que no estamos persiguiendo nuestras propias fantasías; y la sustitución de un
dogmatismo mecánico pero extravagante por la verdad del Evangelio ha llevado a gnósticos y
maniqueos, o visionarios de los últimos días como Swedenborg, a un desierto de delirios donde ya
no se puede discernir la belleza severa y tierna de las parábolas. Son creaciones literarias, no
meramente mecanismos hieráticos; y al despertar la mente a los principios espirituales, su intento
se cumple cuando reflexiona sobre las cosas profundas de Dios, las leyes de la vida, la misión de
Cristo, de las cuales se hace así íntimamente consciente.
Santo Tomás y todos los doctores católicos sostienen que los artículos de fe deben deducirse solo
del sentido literal de la Escritura siempre que se cite como prueba de ellos; pero el sentido literal
es a menudo el profético, que a su vez como una verdad divina puede ser aplicable a toda una
serie de acontecimientos o línea de caracteres típicos. El Ángel de las Escuelas declara, siguiendo
a San Jerónimo, que “la interpretación espiritual debe seguir el orden de la historia”. San Jerónimo
mismo exclama "una parábola y las dudosas interpretaciones de los enigmas no pueden servir
para el establecimiento de dogmas" (Summa I-I, Q. 10; San Jerónimo, In Matt., XIII, 33). Por lo
tanto, no discutimos categóricamente a partir de una sola parábola; la tomamos en ilustración de
verdades cristianas probadas en otros lugares. Fue este canon de buen sentido que los gnósticos,
especialmente Valentino, ignoraron para su propio dolor, y así cayeron en la confusión de ideas
mal llamadas por ellos revelación. Ireneo opone constantemente la tradición de la Iglesia o la regla
de fe a estos soñadores (II, XVI, contra los marcosianos; II, XXVII, XXVIII, contra Valentinus). De
igual manera, Tertuliano dice: “Los herejes llevan las parábolas a donde quieren, no a donde
deben”, y “Valentino no hizo que la Escritura se adaptase a su enseñanza, sino que forzó su
enseñanza sobre la Escritura.” (Vea On Pudicity 8, 9; De Praescript., VIII; y compare a San
Anselmo, "Cur Deus homo", I, IV.)
Aprendemos lo que significan las parábolas, en esta exposición, a partir de "la escuela de Cristo";
las interpretamos en las líneas de la "tradición apostólica y eclesiástica" (Tertuliano, Escorpiace
12; Vinc. Lerin., XXVII, Conc. Trid., Sess. IV). La "analogía de la fe " determina qué tan lejos
podemos llegar aplicándolas a la vida y a la historia. Con Salmerón se permite distinguir en ellas
una "raíz", la ocasión y el propósito inmediato, una "cáscara", la imagen sensible o los incidentes,
y una "médula", la verdad cristiana, así transmitida. Otra forma sería considerar cada parábola en
relación con Cristo mismo, con la Iglesia como su cuerpo espiritual, con el individuo como quien se
reviste de Cristo. Estas no son diferentes, ni mucho menos elucidaciones contrarias; ellas surgen
del gran dogma central, “El Verbo se hizo carne”. Al tratar este sistema con cualquier parte de la
Sagrada Escritura, nos mantenemos dentro de los límites católicos; explicamos el "Verbum
scriptum" por el "Verbum incarnatum". Al mismo principio podemos reducir los "cuatro sentidos", a
menudo considerados como derivados del texto sagrado. Estos refinamientos medievales no son
más que un esfuerzo por establecer al pie de la letra, entendidas fielmente, implicaciones que
aparecen más o menos en todas las obras de genio que no sean científicas. El sentido gobernante
permanece y es siempre el estándar de referencia.
En el Evangelio según San Juan no hay parábolas. En los sinópticos Marcos solo tiene una
peculiar para él, la semilla que crece en secreto (4,26); él tiene tres que son comunes a Mateo y
Lucas: el sembrador, la semilla de mostaza y el agricultor malvado. En los mismos evangelios se
encuentran dos más: la levadura y la oveja perdida. Del resto, dieciocho pertenecen al tercero y
diez al primer evangelista. Así contamos 36 en total; pero algunos han elevado el número incluso
a 60, al incluir expresiones porverbiales. Una división externa pero instructiva las clasifica en tres
grupos:
De diversas maneras, los comentaristas siguen este arreglo, mientras indican distinciones más
elaboradas. Westcott nos refiere a parábolas extraídas del mundo material, como el sembrador;
de las relaciones de los hombres con ese mundo, como la higuera y las ovejas perdidas; de las
relaciones de los hombres entre sí, como el hijo pródigo; y con Dios, como el tesoro escondido.
Está claro que podríamos asignar ejemplos de una de estas clases a un encabezado diferente sin
violencia. Una sugerencia adicional, no irreal, resalta el aspecto mesiánico de las parábolas en
San Mateo, y el más individual o ético de las de San Lucas. Nuevamente, los capítulos posteriores
de San Mateo y el tercer Evangelio tienden a ampliarse y a dar más detalles; tal vez al comienzo
del ministerio de nuestro Señor estas ilustraciones fueron más breves que lo que se convirtieron
después. Seguramente no podemos imaginar que Cristo nunca repitió o varió sus parábolas,
como lo haría cualquier maestro humano en diversas circunstancias. La misma historia puede ser
registrada en diferentes formas y con una moral adaptada a la situación, como, por ejemplo, los
talentos y las libras, o el matrimonio del hijo del rey y el invitado indigno de la boda. Tampoco
debemos esperar en los reporteros una precisión estereotipada, de la cual el Nuevo Testamento
en ninguna parte se muestra ser solícito. Aunque hemos recibido las parábolas solo en forma de
literatura, de hecho, fueron habladas, no escritas, y habladas en arameo, mientras que nos fueron
entregadas en griego helenístico.
Aunque, según la mayoría de los escritores no católicos, San Mateo y San Lucas se basan en San
Marcos, es natural comenzar nuestra exposición de las parábolas en el primer Evangelio, que
tiene un grupo de siete consecutivamente (13,3-57). Su introducción es el sembrador con su
explicación; la red de pesca completa su enseñanza; y no podemos negarnos a ver en el número
siete (véase Evangelio según San Juan) una idea de pertinencia selecta que nos invita a buscar el
principio involucrado. Los hombres favorables a lo que se conoce como un sistema de exégesis
"histórico y profético", han aplicado las siete parábolas a siete edades de la Iglesia. Esta
concepción no es ajena a la Escritura, ni desconocida en los escritos patrísticos, pero apenas
puede ser expuesta en detalle. No estamos calificados para decir cómo los hechos de la historia
de la Iglesia corresponden, excepto en sus rasgos generales, con cualquier cosa en estas
parábolas; tampoco tenemos los medios para adivinar en qué etapa de la economía divina nos
encontramos. Puede ser suficiente señalar que el sembrador denota la predicación del Evangelio;
la cizaña o joyo, cómo se encuentra con los obstáculos; la semilla de mostaza y la levadura su
crecimiento silencioso pero victorioso. Del tesoro escondido y de la perla preciosa aprendemos
que aquellos que son llamados deben renunciar a todo para poseer el Reino. Finalmente, la red
de pesca muestra el juicio de Dios sobre su iglesia y la separación eterna de los buenos y los
malos.
A partir de todo esto, parece que San Mateo reunió las parábolas con un propósito (Vea
Maldonado I, 443) y él distingue entre la "multitud", a la que se dirigían principalmente las primeras
cuatro, y los "discípulos", que eran privilegiados al conocer su significado profético. Ilustran el
Sermón de la Montaña, el cual termina con una doble comparación, la casa sobre la roca que
tipifica a la Iglesia de Cristo, y la casa sobre la arena opuesta a ella. Nada puede ser más claro, si
creemos en los sinópticos, que nuestro Señor lo enseñó de tal forma para iluminar a los elegidos y
dejar a los pecadores obstinados (sobre todo los fariseos) en su oscuridad (Mt. 13,11-15; Mc.
4,11-12 ; Lc. 8,10). Observe la cita de Isaías (Mt. 13,14; Is. 6,9, según los Setenta) que insinúa
una ceguera crítica, debido a las recaídas de Israel y manifiesta en los problemas públicos de la
nación mientras los evangelistas escribían. Los incrédulos o modernistas, reacios a percibir en el
Jesucristo hombre cualquier poder sobrenatural, consideran tales dichos como profecías después
del evento. Pero la parábola del sembrador contiene en sí misma una advertencia como la de
Isaías, y ciertamente fue pronunciada por Cristo. Abre la serie de sus enseñanzas mesiánicas,
incluso según la del agricultor malvado las concluye.
Desde el principio hasta el final se contempla el rechazo de los judíos, todos excepto un “resto”
santo. Además, dado que los profetas habían adoptado constantemente esta actitud, denunciando
el sacerdocio corrupto y despreciando el legalismo, ¿por qué deberíamos soñar que no se oyó de
los labios de Jesús un lenguaje de importancia y contenido similar? Y si en cualquier lugar, ¿no se
encontraría en sus delineamientos parabólicos de la Nueva Ley? No hay una razón sólida por la
que el doble filo de estas moralidades deba atribuirse a una mera "tendencia" en los registradores,
o a una reflexión posterior edificante de los cristianos primitivos. Si los tres evangelistas tenían
como objeto la "alegoría", es decir, la aplicación a la historia, (lo que concedemos), esa intención
se encuentra en la raíz de la parábola cuando fue pronunciada. Cristo es “el sembrador” y la
semilla no pudo escapar de las diversas fortunas que le sobrevinieron en el suelo del judaísmo.
Incluso desde el punto de vista modernista, nuestro Salvador fue el último y el más grande de los
profetas. Entonces, ¿cómo pudo Él evitar hablar como lo hicieron ellos de una catástrofe que iba a
traer el reinado del Mesías? O ¿cómo vamos a suponer que Él se quedó solo a este respecto,
aislado de los videntes que lo precedieron y de los discípulos que lo siguieron? Es cierto que, para
los evangelistas, "el que tiene oídos para oír, que escuche" no significa simplemente un "llamado
a la atención"; podemos compararlo con las fórmulas clásicas, eleusinas y otras, a las que se
asemeja, ya que conllevan una insinuación de algún misterio divino. Cuanto más se pone un
significado esotérico sobre los Evangelios como su alcance original, tanto más será evidente que
nuestro Señor mismo hizo uso de ello.
Descartando la crítica conjetural insignificante que nos dejaría apenas más que un simple
bosquejo, y sin considerar las diferencias verbales, podemos tratar las parábolas como que vienen
directamente de Nuestro Señor. Enseñan una lección a la vez ética y dogmática, con
implicaciones de profecía que llega a la consumación de todas las cosas. Su analogía con los
sacramentos, de los cuales la Encarnación de nuestro Señor es la fuente y el patrón, nunca debe
dejarse fuera de vista. Las objeciones modernas proceden de una concepción "iluminada"
estrecha como la del "hombre razonable", que enseña verdades generales en abstracto, y no
atribuye importancia a los ejemplos por los cuales las impone. Pero los evangelistas, al igual que
la Iglesia católica, han considerado que el Hijo de Dios, al instruir a sus discípulos para todas las
épocas, les encomendaría misterios celestiales “cosas ocultas desde la creación del mundo” Mt.
13,35). Así, perfectamente, esta correspondencia con la historia se aplica a la cizaña, al buen
samaritano, a las parábolas "vigilantes", a Dives y Lázaro (ya sea un incidente real o no) y a los
labradores malvados, que no se puede dejar de lado. En consecuencia, algunos críticos han
negado que Cristo haya pronunciado algunas de estas "alegorías", pero los motivos que alegan
les darían derecho a rechazar las demás; no se atreven a enfrentar esa conclusión (cf. Loisy, "Ev.
synopt.", II, 318).
La cizaña (Solo en Mt. 13,24-30): Cualquiera que sea el significado de la palabra zizania, que se
encuentra solo aquí en la Escritura griega, originalmente es semita (árabe zuwan). En la Vulgata
se conserva y en el francés popular Wyclif traduce como “ballico o cizaña”, y curiosamente el
nombre de sus seguidores, los lollardos, se deriva de su equivalente latín “lolium”. En el Nuevo
Testamento de Reims tenemos “cizaña”, para la cual compare Job 31,40: “en vez de trigo broten
en ella espinas, y en lugar de cebada, cizañas.” Está bastante bien determinado que la planta en
cuestión es "lolium temulentum", o cizaña barbuda; y la dañina práctica de "sobresembrar" se ha
detectado entre los orientales, si no en otros lugares. La escardadura tardía de los campos está
en "acuerdo sustancial con la costumbre oriental", en un momento en que las plantas buenas y
malas se pueden distinguir completamente. Cristo se llama a sí mismo “Hijo de Hombre”; Él es el
sembrador. Los hombres buenos son la semilla; el campo es indiferentemente la Iglesia o el
mundo, es decir, el Reino visible en el que se mezclan todas las clases, para ser resuelto en el día
de Su venida. Explica y ajusta en detalle la lección de los incidentes (Mt. 13,36-43), con una
adaptación tan clara a la era primitiva del cristianismo que Loisy, Julicher y otros críticos modernos
se niegan a considerar la autenticidad de la parábola. Suponen que fue sacada de una breve
comparación en la "fuente" original perdida de Marcos. Estas conjeturas fortuitas no tienen valor
científico.
Históricamente, la moral que recomienda el aguante de los desórdenes entre los cristianos cuando
surgiría un mal mayor al tratar de reprimirlos, ha sido impuesta por las autoridades de la Iglesia
contra Novaciano, y su teoría se desarrolló en las largas disputas de San Agustín con esos firmes
puritanos africanos: los donatistas. San Agustín, al reconocer en las palabras de Nuestro Señor
como en la vida espiritual un principio de crecimiento que exige paciencia, por medio de ella
reconcilia el estado militante imperfecto de sus discípulos ahora con la visión de San Pablo de una
"iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga "(Ef. 5,27). Tal es la gran filosofía católica, ilustrada por la
Iglesia Romana desde los primeros tiempos, a pesar de hombres como Tertuliano; de la condena
medieval de los cátaros; y de la resistencia posterior a Calvino, quien habría traído una especie de
república estoica o "Reino de los Santos", con sus inevitables consecuencias, hipocresía y
fariseísmo. Sin embargo, Calvino, quien se separó de la comunión católica por este y otros
motivos similares, dice que es una tentación peligrosa suponer que "no hay Iglesia donde la
pureza perfecta no es aparente". (Cf. San Agustín, "In Psalm. 99"; "Contra Crescon.", III, XXXIV;
San Jerónimo, "Adv. Lucifer" y Tertuliano en su etapa ortodoxa, "Apol.", XLI "Dios no apresura ese
cernido, el cual es una condición del juicio, hasta el fin del mundo.”)
El grano de mostaza (Mt. 13,31-32; Mc. 4,30-32; Lc. 13,18-19) y la levadura (Mt. 13,31-32; Lc.
13,20-21): Si en la cizaña percibimos una etapa más avanzada de la enseñanza de Cristo que en
el sembrador, podemos considerar que la semilla de mostaza anuncia el triunfo manifiesto de su
Reino, mientras que la levadura nos revela el secreto de su funcionamiento interno. Dificultades
extrañas han sido comenzadas por occidentales, que nunca se habían fijado en el exuberante
crecimiento de la planta de mostaza en su hogar nativo, y objetan contra la letra que la llama "la
menor de todas las semillas". Pero en el Corán) Sura XXXI) está implícito este estimado
proverbial; y es una regla elemental de la sana crítica de la Escritura el no buscar precisión
científica en tales ejemplos populares o en discursos que apuntan a algo más importante que el
mero conocimiento. Se dice que el árbol “salvadora persica” es raro. Obviamente, el punto de
comparación va dirigido a los comienzos humildes y al extraordinario desarrollo del Reino de
Cristo. Wellhausen cree que para los evangelistas la parábola era una alegoría que tipifica el
rápido crecimiento de la Iglesia; Loisy inferiría que, de ser así, Nuestro Señor no la pronunció en
su forma real.
Pero aquí hay tres historias distintas pero afines, la semilla de mostaza, la levadura, la semilla que
crece secretamente, que aparecen en los sinópticos, contemplan un lapso de tiempo y son más
aplicables a las épocas posteriores que al breve período durante el cual Cristo predicaba; —
¿diremos que Él no pronunció ninguna de ellas? Y si permitimos estas anticipaciones proféticas,
¿no las explica mejor la visión tradicional? (Wellh., "Matt.", 70; Loisy, "Ev. Syn.", III, 774-3.) Se ha
cuestionado si en la levadura deberíamos reconocer una buena influencia, respondiendo a los
textos, "ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo" (Mt. 5,13-14), o el mal que debe ser
"purgado" según San Pablo (1 Cor. 5,6-8). Mejor tomarlo como la "buena semilla", con las
consiguientes aplicaciones, como lo hace San Ignacio (Ad Magnes., X) y San Gregorio
Nacianceno (Orat., XXXVI, 90). En el sistema gnóstico se entendían las “tres medidas” como las
clases “terrenales” “carnales” y “espirituales” entre los cristianos (Iren. I, VIII). Trench describe
admirablemente estas dos parábolas como las que nos presentan el "misterio de la regeneración"
en el mundo y el corazón del hombre. Para la "levadura de los fariseos", consulte a los autores
sobre Mateo 16,6.
El Tesoro escondido (Mt. 13,44) y la perla fina (Mt. 13,45): Con Orígenes podemos llamar a estas
"similitudes"; en una el objeto se encuentra como por accidente (Isaías 65,1; Rom. 10,20: "Me
encontraron aquellos que no me buscaban"); en la otra, un hombre la busca y la compra
deliberadamente. Bajo tales figuras se denotaría el llamado de los gentiles y los esfuerzos
espirituales de aquellos que, junto con Simeón, esperaron "por la consolación de Israel". En la
primera seguramente hay una alusión a la alegría del martirio (Mt. 10,37). El tesoro oculto es una
idea oriental generalizada (Job 3,21; Prov. 2,4); las perlas o los rubíes, que pueden ser
representados por la misma palabra hebreo (Job 28,18; Prov. 3,15, etc.) significarán la "joya" de la
fe, Nuestro Señor mismo o la vida eterna; y si los cristianos la han de ganar, deben hacer la gran
renuncia. No es posible la reserva, en cuanto al Espíritu se refiere, un hombre debe dar el mundo
entero por su “alma”, que vale mucho más, por lo tanto, se regocija. Aquí, como en otras partes, la
comparación no implica ningún juicio sobre la moralidad de las personas tomadas a modo de
figuras; la casuística de "tesoro", el posible exceso en el negocio, pertenece a la "corteza" no a la
"médula" de la historia y no da ninguna lección. San Jerónimo entiende que la Santa Biblia es el
tesoro; San Agustín, los dos Testamentos de la Ley”, pero Cristo nunca identifica el “Reino” con la
Escritura. Una interpretación extraña, no justificada por el contexto, mira al Salvador como a la vez
el que busca y el que encuentra.
La red de pesca (Mt. 13,47-50): La red de pesca completa la séptuple enseñanza en el primer
Evangelio. El orden fue escogido por San Mateo; y si aceptamos el significado místico del número
“siete”, es decir, “perfección”, percibiremos en esta parábola no una repetición de la cizaña, como
afirmó Maldonado, sino su corona. En la cizaña se dilata la separación del bien y el mal; aquí se
cumple. San Agustín compuso una especie de balada para el pueblo, contra los cismáticos
donatistas, que expresa claramente la doctrina "seculi finis est littus, tunc est tempus separare"
(N.T.: Ha llegado el fin del mundo, entonces es tiempo de separar.) (ver Enarr. Sal. 64, n. 6). La
red es una red barredera, latín verriculum, o una jábega, que por necesidad captura todo y
requiere ser halada a tierra, donde se realiza la división. Particularmente para los judíos, se debe
tomar los limpios y tirar los inmundos. Dado que se establece claramente que dentro de la red hay
tanto buenos como malos, esto implica una congregación visible y mixta hasta que el Señor venga
con sus ángeles al juicio (Mt. 13,41; Apoc. 14,18).
El evangelista, observa Loisy, ha entendido esta parábola alegóricamente, como las otras citadas,
y Cristo es el pescador hombres. Clemente de Alejandría quizás escribió el reconocido himno
órfico que contiene una denominación similar. El "horno de fuego", las "lágrimas y el crujir de
dientes", al ir más allá de las figuras de la historia, pertenecen a su significado y al dogma
cristiano. En la conclusión, "todo escriba" (13:52) señala el deber que los apóstoles de Nuestro
Señor entregarán a la Iglesia para llevar a los creyentes el sentido espiritual oculto de la tradición,
"lo nuevo y lo viejo". Específicamente, esto no sirve como una distinción de los Testamentos; pero
podemos comparar, "no vine a destruir sino a cumplir", y "ni una jota, ni una tilde" (Mt. 5,17-18).
Los críticos modernistas atribuyen toda la idea de un "escriba" cristiano a San Mateo y no a
nuestro Señor. La expresión "instruido" es literalmente, "habiendo sido hecho discípulo",
matheteutheis y es raro que ocurra (Matt. in loco; 27,57 – 28,19; Hechos 14,21). Responde al
hebreo "hijos de los profetas" y es completamente oriental (2 Rey. 2,3, etc.).
El siervo despiadado (Mt. 18,21-35): El siervo despiadado, o “serve nequam” puede ser resumida
en dos palabras: “perdonado, perdona”. Este capítulo 18 resume la enseñanza parabólica; Cristo
coloca a los niños pequeños en medio de sus discípulos como ejemplo de humildad, y cuenta la
historia del buen pastor (v. 11-13) que el Evangelio según San Juan repite en primera persona.
Indudablemente, Cristo dijo: "yo soy el buen pastor", como Él dice aquí: "El Hijo del hombre ha
venido a salvar lo que estaba perdido" (11). La pregunta de San Pedro, "¿Cuántas veces tengo
que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?", pone de manifiesto el espíritu de legalismo
judío, en la que el Apóstol estaba todavía atado, mientras que provoca una declaración del ideal
cristiano. El contraste, a menudo usado para aumentar el efecto de las enseñanzas de nuestro
Señor, es visible aquí con la actitud asumida por Pedro y corregida por su Maestro. “Hasta setenta
veces siete”, la perfección de lo perfecto, significa por supuesto no un número sino un principio,
“no te dejes vencer por el mal, sino que vence al mal con el bien” (Rom. 12,21). Ese es el “secreto
de Jesús” y constituye su revelación.
San Jerónimo leyó una variante curiosa, sencillamente una glosa, en el “Evangelio según los
hebreos” (Loisy, II, 93). El número proverbial es quizás tomado de la canción de la venganza de
Lámek (Gén. 4,24), donde sin embargo la versión del rey Jacobo I dice "setenta veces siete". Esta
parábola es la primera en la que Dios aparece y actúa como un rey, aunque, por supuesto, el título
es frecuente en el Antiguo Testamento. En cuanto a las personas, observe que el Señor no les da
nombres, lo que hace que la narración sea más difícil. El "siervo malo" puede ser un sátrapa, y su
enorme deuda sería el tributo del gobierno. Que él y su familia fuesen vendidos como esclavos le
parecería natural a un oriental, en ese momento o más tarde. Los “diez mil talentos” puede
referirse a los Diez Mandamientos. Los “cien denarios” que le debía su “compañero siervo”
gráficamente representan la situación como entre hombre y hombre comparada con las ofensas
humanas hacia Dios. La "prisión " en que la tortura es quitarle al culpable todo lo que posee,
representa lo que siempre ha sucedido bajo las tiranías de Asia, hasta tiempos recientes (compare
los cargos de Burke contra Warren Hastings en referencia a actos similares). “Hasta que pague”
puede significar “nunca”, según un posible sentido de “donec”, y fue tomado así por San Juan
Crisóstomo. Teólogos posteriores lo interpretan más levemente y adaptan las palabras a una
prisión donde se pueden redimir las deudas espirituales, es decir, el purgatorio (Mt. 5,25-26,
corresponde estrechamente). La moral ha sido felizmente denominada "ley de desagravio de
Cristo", anunciada por él en otro tiempo en el Sermón del Monte (Mt. 5,38-48), y la Oración del
Señor hace que sea una condición para nuestro propio perdón
Los obreros en la viña (Mt. 20,1-16): Los obreros en la viña se ha vuelto célebre en las
discusiones económicas modernas por su significativa frase "a este último." El poeta español
Calderón traduce bien su significado, “a tu prójimo como a ti”. Sin embargo, entre las parábolas es
una de las más difíciles de resolver, y es expuesta de diversas maneras. Principalmente es una
respuesta a todos los fariseos y los pelagianos que exigen la vida eterna como una recompensa
debida a sus obras, y quienes murmuran cuando los “pecadores” o los menos dignos son
aceptados, aunque llegaron tarde al llamado divino. Podría introducir oportunamente la Epístola a
los Romanos, que procede en líneas idénticas y enseña la misma lección. Sin embargo, nadie le
ha negado su autoría a Cristo (Cf. Rom. 3,24-27; 4,1; 9,20, especialmente “¡Oh, hombre! ¿quién
eres tú para pedir cuentas a Dios?”) La actitud de Cristo hacia los publicanos y pecadores que
ofendía a los fariseos (Mc. 02,16; Lc. 05,30), proporciona el comentario más claro sobre la
parábola en su conjunto. Algunos críticos rechazan la última frase, "muchos son los llamados,"
como una interpolación sacada de la parábola del banquete de bodas. Opiniones místicas
tempranas entienden que los trabajadores son Israel y los paganos; Ireneo, Orígenes e Hilario
adaptan las diferentes etapas a la Antigua Alianza. San Jerónimo la compara el hijo pródigo, para
la cual esta puede ser la lección equivalente de San Mateo. Tenga en cuenta el "ojo malo" y otras
referencias a él (Deut. 15,9; 2 Sam. 18,9; Prov. 23,6).
La parábola de los dos hijos (Mt. 21,28-32) comienza en Mateo una serie de denuncias dirigidas a
los fariseos. Su intención es clara. Estos "hipócritas" profesan guardar la ley de Dios y la violan; de
ahí su desprecio por la predicación del Bautista; mientras que "los publicanos y las prostitutas" se
convertían; por lo tanto, ellos entrarán al Reino antes que los demás. Pero si se acomoda a los
judíos y a los gentiles, ¿cuál es el hijo mayor y cuál el más joven? No se puede sacar ninguna
respuesta a partir del texto y los comentaristas no se ponen de acuerdo. En algunos manuscritos
el orden está invertido, pero sin fundamento (Vea Lc. 7,29-30.37-50).
Los viñadores homicidas (Mt. 21,33-45; Mc. 12,1-12; Lc. 20,9-19): Este notable desafío para los
"sumos sacerdotes y para los fariseos", que aparece en todos los sinópticos, y que predice la
forma en que la viña de Dios se transferirá de sus guardianes presentes, nos recuerda a las del
buen samaritano y del hijo pródigo, con las que armoniza, aunque severa en su tono a diferencia
de estas dos. Sin embargo, su extrema claridad de aplicación en detalle ha llevado a los críticos
modernistas a negar que Nuestro Señor la pronunciara; la llaman una alegoría y no una parábola.
La “viña del Señor de los Ejércitos” está en Isaías 5,1-7, y la profecía en ambos casos es análoga.
Es indudable que Jesús previó el rechazo de parte de los “sumos sacerdotes”. Su contemplación
de la entrada al Reino de Dios de muchos gentiles es evidente a partir de Lucas 13,29, así como
de parábolas ya citadas. Esto, de hecho, fue descrito destacadamente en el Antiguo Testamento
(Isaías 2,1-4, 19,20-25; Miq. 4: 1-7). En el primer evangelio Nuestro Señor se dirige a los fariseos;
en el tercero habla a la “gente”. La “torres” es el Monte Sión con su Templo; los “siervos” son los
profetas; cuando el “hijo amado” es asesinado podemos pensar en Nabot, que murió por su viña, y
viene a la vista la crucifixión. Cristo es el "heredero de todas las cosas" (Heb. 1,2). Debemos
conceder a Loisy que la anticipación de la venganza es un apocalipsis en resumen, mientras se
mantiene al mismo tiempo la autenticidad de la opinión más grande, en Mateo 24, que su escuela
atribuiría a un período después de la caída de Jerusalén; pues la "piedra que los constructores
rechazaron" "ha venido a ser la piedra angular” vea Sal. 118(117)22-23, y Hch. 4,11. La lectura se
toma de los Setenta, no del hebreo.
Banquete nupcial del hijo del rey (Mt. 22,1-14): También conocida, aunque menos precisamente,
como la parábola del vestido de bodas. Si, como Maldonado y Teofilacto, identificamos esto con la
gran cena en San Lucas (14,16), debemos admitir que las diferencias observables se deben a los
informantes inspirados que tenían a la vista "no la historia sino la doctrina”. O podríamos sostener
que el discurso había sido variado para satisfacer otra ocasión. Lea a San Agustín, “De consensu
evang.”, II, LXXII, quien es partidario de distinguirlas. La historia de San Lucas podría ser anterior;
la presente, pronunciada en ira cuando toda esperanza de aceptación de Cristo por parte del clero
o escribas llega a su fin, revela el estado de ánimo de tristeza severa que ensombreció los últimos
días de nuestro Señor. Naturalmente la escuela mítica (Strauss e incluso Keim, con los últimos
modernistas) descubre una tendencia apologética en la violencia y castigo de los invitados, debida
a los editores de la historia original. “Estas adiciones”, dice Loisy, “se hicieron después de la toma
de Jerusalén por Tito; y el escritor nunca había oído a Jesús, sino que estaba manipulando un
texto ya establecido” (Ev. Synopt., II, 326). Es indiscutible que en esta historia siempre se denotó
el reinado del Mesías, luego del rechazo de Israel. La fe católica, por supuesto, permitiría que los
“siervos” maltratados fueron, en la mente de Nuestro Señor, San Juan Bautista, los apóstoles, los
primeros mártires. La fiesta, en nuestros comentarios, muy bien puede ser la Encarnación; la ropa
de bodas es la gracia santificante, “revestíos del Señor Jesús” (Rom. 13,14). Así Ireneo, IV,
XXXVI; Tertuliano, Sobre la Resurrección de la Carne 27, etc.
Las diez vírgenes (solo en Mt. 25,1-13) puede ser considerada como la primera de varias
parábolas que declaran que el advenimiento del Reino será inesperado. Estos son todos
comentarios sobre el texto "de aquel día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles del cielo, sino sólo
el Padre" (Mt. 24,36). Es una parábola "vigilante", y no alaba la virginidad como tal, aunque
aplicada por los Padres, como San Gregorio mártir, a los deberes de la virginidad. San Agustín
escribe “almas que tienen la fe católica y parecen tener buenas obras” (Serm. XCIII, 2); San
Jerónimo, “se jactan del conocimiento de Dios y están manchados con idolatría”. Parece haber
una reminiscencia de esta parábola en Lc. 12,36, forjado en la advertencia a los hombres “que
esperan por su Señor”. Es insostenible la idea de Wellhausen de que San Mateo lo compuso a
partir del de San Lucas. En el Oriente es habitual que la novia debe ser llevada con honor a la
casa del novio; pero puede haber excepciones, como en este caso. Místicamente, Cristo es el
novio, su parusía, el evento; y las lámparas o antorchas encendidas son imagen de la preparación
por la fe que brilla en las obras cristianas. Para la “puerta cerrada” vea Lc. 13,25. La conclusión,
“Vigilate”, es una lección directa y no es parte de la historia. San Metodio escribió el “Banquete de
las Diez Vírgenes”, una obra de misterio ruda en griego.
Los talentos (Mt. 25,14-30) y las libras o minas (Lc. 19,11-27): Apenas se puede determinar si
debemos identificar o dividir estos dos famosos apólogos. San Marcos (13,34-36) combina su
breve alusión a un texto a partir de las diez vírgenes. Las circunstancias en el primer y tercer
Evangelios difieren; pero la advertencia es prácticamente la misma. Los comentaristas señalan
que aquí se ensalza la vida activa, así como en las vírgenes una contemplación atenta. Del verso
27 no se puede obtener ningún argumento sobre la legalidad de la usura. El "siervo" era un
esclavo; todo lo que tenía o había adquirido sería propiedad de su amo. “Al que tiene se le dará”
es uno de los “dichos duros” que, mientras que revelan una ley de vida, no parecen armonizar con
la bondad cristiana. Sin embargo, la analogía del proceder de Dios —no "simple" benevolencia,
sino que aquí se mantiene el "sabio y justo" reconocimiento del esfuerzo moral. Si, como dice la
tradición, Nuestro Señor dijo: "Sed buenos cambiadores de dinero" (ver 1 Tes. 5,21), se
recomienda el mismo principio. Éticamente, todo lo que tenemos es un depósito del cual debemos
dar cuenta. Para la diversidad de talentos, note a San Pablo en 1 Cor. 12,4 y la reconciliación de
esa diversidad en “el mismo espíritu”.
Ambas parábolas se refieren a la segunda venida de Cristo. Por lo tanto, Loisy y otros atribuyen a
los evangelistas y en especial a San Lucas, una ampliación, basada en la historia posterior, tal vez
tomada de Josefo, y destinada a explicar el retraso de la parusía (Ev. Synops., 2, 464-80). Al no
aceptar estas premisas, dejamos a un lado la conclusión. Maldonado (1, 493), que trata las
historias como variantes, observa, "no es una cosa nueva que nuestros evangelistas parezcan
diferir en las circunstancias de tiempo y lugar, ya que consideran sólo el esquema general
(summam rei gestae) no el orden o el tiempo. Dondequiera que los encontramos pareciendo
diferir, desean explicar no las palabras de Cristo, sino la tendencia de la parábola en su conjunto".
Dejando a San Mateo, vemos una historia corta peculiar a San Marcos de la semilla que crece en
secreto (4,26-29). Ya la hemos asignado al grupo del árbol de mostaza y a la levadura. Su punto
es comunicado en la línea horaciana, “Crescit occulto velut arbor aevo2 (Odas, I, XII, 36). El
agricultor que “no sabe cómo” crece la cosecha no puede ser el Todopoderoso, sino que es el
sembrador humano de la Palabra. Con fines exhortatorios podemos combinar esta parábola con
sus afines "a menos que el grano de trigo muera" (Juan 12,24) que se aplica al propio Cristo y su
influencia divina.
El buen samaritano (Lc. 10,29-37) es ciertamente auténtica; puede ser explicada en detalle
místicamente, y es tanto una “alegoría” como una parábola. Fue pronunciada por Nuestro Señor al
igual que los viñadores asesinos. Exactamente no responde a la pregunta “¿Quién es tu prójimo?”
pero propone y contesta una mayor “Si yo estuviese en angustia, ¿quién me gustaría que fuese mi
prójimo?” y da un ejemplo eterno de la regla dorada. Al mismo tiempo que rompe las vallas del
legalismo, triunfa sobre el odio nacional y levanta al samaritano despreciado a un lugar de honor.
En el sentido más profundo discernimos que Cristo es el buen samaritano, la naturaleza humana
del hombre caído en manos de ladrones, es decir, bajo el yugo de Satanás; ni la ley ni los profetas
pueden ayudar; y el Salvador solo soporta las cargas de la curación de nuestras heridas
espirituales. La posada es la Iglesia de Cristo; el aceite y el vino son sus sacramentos. Y de nuevo
vendrá y hará todo bien. Los Padres, los Santos Ambrosio, Agustín, Jerónimo, están de acuerdo
en esta interpretación general. La mera filantropía no satisfará la idea del Evangelio; debemos
añadir “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor. 5,14).
El amigo a medianoche (Lc. 11,5-8) y el juez inicuo (Lc. 18,1-8) no necesitan explicación. Con una
cierta fuerza del lenguaje ambas enfatizan el poder de la oración continua. La importunidad gana,
"el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan" (Mateo 11,12). Dante ha
expresado hermosamente la ley divina que estas parábolas enseñan (Paraíso, XX, 94-100).
El rico insensato (Lc. 12,16-21) y Dives y Lázaro (Lc. 16,19-31) plantean la pregunta de si
debemos interpretarlas como historias verdaderas o como ficciones instructivas. Ambas se dirigen
contra el principal enemigo del Evangelio, la riqueza querida y buscada. El rico insensato (“Nabal”
como en 1 Sam. 25) fue pronunciada en ocasión de una disputa respecto a la propiedad y Cristo
responde “Hombre, ¿quién me ha nombrado a mí juez o repartidor entre vosotros?” Aquí no se
reprende a la justicia, sino a la codicia, “la raíz de todos los males”. Lea a San Cipriano, “De opere
et eleemosyna”, 13.
La historia de Lázaro, que completa esta lección por contraste, no parece tener un significado
oculto y por lo tanto no cumpliría la definición de una parábola. Los católicos, con Ireneo,
Ambrosio, Agustín y la liturgia de la Iglesia, la consideran como una narrativa. La escuela moderna
rechaza esta opinión, acepta que Nuestro Señor pudo haber pronunciado la primera mitad de la
narración (Lc. 16,19-26) pero considera que el resto es una alegoría que condena a los judíos por
no aceptar el testimonio de Moisés y los profetas a favor de Jesús como el Mesías. En cualquier
caso, la Resurrección de nuestro Señor suministra una referencia implícita. Generalmente, los
Padres generalmente adoptan el “seno de Abraham” para el estado intermedio después de la
muerte; recibe ilustración de 4 Macabeos 13,17. San Agustín (De Gen. Ad Litt., VIII, 7) duda de si
podemos tomar literalmente la descripción del otro mundo.
La gran cena (Lc. 14,15-24): Omitiendo la higuera estéril (Lc. 13,6-9) que dio una clara
advertencia a Israel; y solo refiriéndonos a la oveja perdida (Mt. 18,12-14; Lc. 15,3-7) y la moneda
o dracma perdida (Lc. 15,8-10), en ninguna de las cuales necesitamos detenernos, llegamos a la
gran cena. Se admite y es importante que esta parábola se refiere al llamado de los gentiles, pues
apunto a la comisión universal en Mateo 28,19. "Obligarlos a entrar", como los fuertes dichos
citados anteriormente (viuda insistente, etc.), deben tomarse en el espíritu del cristianismo, que
obliga por persuasión moral, no por la espada (Mt. 26,52).
El hijo pródigo (Lc. 15,11-32), llamado así por el versículo 13, tiene un profundo significado ético,
pero asimismo uno dogmático, en la cual los dos hijos son los israelitas, que se quedan en la casa
de su padre, y los gentiles que se han alejado. Como mensaje de perdón, merece ser llamado el
corazón mismo del Evangelio de Cristo. Hemos justificado estas líneas paralelas de interpretación
para la ética y la revelación, que eran visibles para el evangelista. El uso limitado de la historia por
parte de Tertuliano no es crítico. San Juan Crisóstomo y la Iglesia siempre se lo han aplicado a los
cristianos, es decir, los penitentes bautizados. Los "teólogos" asumen naturalmente que la
"primera [o mejor] túnica" es la "justicia original", y la fiesta de la reconciliación es el sacrificio
expiatorio de nuestro Señor. Aquellos que otorgan una fuerte influencia paulina en el Evangelio
según San Lucas no deben negarlo aquí. Los "celos de los hombres buenos" hacia los pródigos
que regresan, que preocupan a los comentaristas, son conformes con la realidad; y contaron
mucho en las disensiones que finalmente separaron a la Iglesia de Israel de la Iglesia de Cristo (1
Tes. 2,14-16). La alegría por la conversión de un pecador une esta parábola con las de la oveja
perdida y el dracma perdido.
El administrador infiel (Lc. 16,1-9) es indiscutiblemente la más dura de todas las parábolas de
Nuestro Señor, si podemos argumentar a partir de la cantidad y variedad de significados que se le
atribuyen. Los versículos 10-13 no son parte de una narración sino un discurso al que la misma da
lugar. El vínculo de conexión entre ellos es la expresión difícil "mammon [más correctamente
'Mamón'] de iniquidad" y podemos suponer con Bengel que Cristo estaba hablando a aquellos de
sus seguidores, como Leví, que habían sido recaudadores de impuestos, es decir, "publicanos".
En el contraste entre los “hijos de este mundo" y los "hijos de la luz" encontramos una pista para
la lección general. Note la semejanza con el Evangelio según San Juan en la oposición así
presentada. Hay dos generaciones o tipos de hombres —el mundano y el cristiano; pero de estos
uno se comporta con una comprensión perfecta del orden al que pertenece; el otro a menudo
actúa tontamente, no pone su talento a interés. ¿Cómo procederá en la menos cristiana de todas
las ocupaciones, que es el manejo del dinero? Debe sacar el bien de su mal, sacarle partido para
la vida eterna, y esto con limosnas, "Dad más bien en limosna lo que tenéis y así todas las cosas
serán puras para vosotros.” (Lc. 11,41). Luego sigue la conclusión fuerte, que está implícita en
todo esto, "No puedes servir a Dios y a Mamón" (Lc. 16,13).
Los comentaristas demostraron mucha falta de sabiduría, pues estaban perplejos de que nuestro
Señor derivase una moral de la conducta, evidente y presuntamente injusta, por parte del
mayordomo; contestamos, el proceder de un hombre justo no habría brindado el contraste que
señala la lección: que los cristianos deberían aprovechar las oportunidades, pero de manera
inocente, así como el hombre de negocios que no deja pasar ninguna oportunidad. Algunos
críticos han ido más lejos y conectan el significado oculto con el "alma del bien en las cosas
malas" de Shakespeare, pero podemos dejar eso de lado. Los predicadores católicos se
concentran en el deber especial de ayudar a los pobres, considerados en cierto sentido como
guardianes de las puertas del cielo, "tiendas de campaña eternas". Aquí se puede citar al
"administrador fiel" de San Pablo (1 Cor. 4,2). Las "medidas" escritas son enormes, más allá de
una finca privada, las que favorecen la noción de "publicani". La Versión Revisada transforma
felizmente "factura" en "pagaré". Puede dudarse cuál es el "señor" que elogió al mayordomo
injusto. Si lo aplicamos a Cristo o al hombre rico, obtendremos un sentido satisfactorio. “En su
generación” debe ser “para su generación”, como lo prueba el texto griego. San Ambrosio, con un
ojo en los terribles escándalos de la historia, ve en el administrador a un gobernante malvado en
la Iglesia. Tertuliano (De Fuga) y, mucho después, Salmerón aplican todo al pueblo judío y a los
gentiles, que de hecho eran deudores de la ley, pero que deberían haber sido tratados con
indulgencia y no rechazados. Por último, no parece haber fundamento para la creencia
generalizada de que "mammon" era el Pluto fenicio, o dios de las riquezas; la palabra significa
"dinero".
Los siervos inútiles (Lc. 17,7-10): Este corto apólogo puede ser considerado como una parábola,
pero no necesita mayor explicación que la frase de San Pablo “no de las obras, sino del que
llama” (Rom. 9,12). Esto será igualmente cierto con respecto a judíos y cristianos, en cuyos
méritos Dios corona sus propios dones.
El fariseo y el publicano (Lc. 18,9-14): La lección se hace convincente por contraste, una vez más,
entre el fariseo y el publicano, al revelar la verdadera economía de la gracia. Por un lado, está
permitido entender esto, con Hugo de San Víctor y otros, como tipificación del rechazo del
judaísmo legal y carnal; por otro lado, podemos ampliar su enseñanza al principio universal en
San Juan (4,23-24) cuando nuestro Señor trasciende la distinción de judío y pagano, israelita y
samaritano, en favor de una Iglesia o reino espiritual, abierto a todos. San Agustín dice (Enarr. en
Sal. 74): "El pueblo judío se jactó de sus méritos, los gentiles confesaron sus pecados". Se
pregunta si aquellos "que confiaban en sí mismos que eran justos y despreciaban a los demás"
eran en realidad los fariseos o algunos de los discípulos. A partir del contexto no podemos decidir;
pero no sería imposible si, en este período, nuestro Salvador hablara directamente a los fariseos,
a quienes condenó (en ningún momento por sus buenas obras, sino) por su jactancia y su desdén
por la multitud que no conocía la ley (cf. Mt. 23,12.23; Jn. 7,49).
La actitud “de pie” de los fariseos no era peculiar a ellos; nunca ha sido el modo de oración usual
entre los orientales. Él dice: “Ayuno dos veces en semana”, no “dos veces los sábados". “Doy el
diezmo de todo lo que poseo” significa “todo lo que me llega” como ingreso. La confesión de este
hombre no reconocía ningún pecado, sino que abunda en alabanzas hacia sí mismo — una forma
todavía existente cuando los cristianos se acercan al tribunal sagrado. Uno podría decir: "Él hace
penitencia; no se arrepiente". El publicano es, por supuesto, un judío, Zaqueo o cualquier otro; no
puede alegar mérito, pero tiene un "corazón contrito" que Dios aceptará. “Ten misericordia de mí”
es muy bien traducido por la Vulgata a partir del griego, “sé propicio”, una palabra sacrificial y
significativa. “Bajó a su casa justificado y aquel no” es un modo hebreo de decir que uno quedó
justificado y el otro no, según enseña San Agustín. La expresión es la dikaiousthai de San Pablo;
pero no se nos exige aquí examinar la idea de justificación bajo la Ley Antigua. Místicamente, la
exaltación y abajamiento indicados se podrían referir a la venida del Reino y el Juicio Final.
CONCLUSIÓN:
Queda por observar, en general, que los Padres siempre han atribuido un "doble sentido" a los
milagros de nuestro Señor, y a la historia del Evangelio en su conjunto. Consideraron mucho los
hechos tal como se informaron a la luz de los sacramentos, o eventos divinos, que no podían sino
tener un significado perpetuo para la Iglesia y por eso fueron registrados. Este fue el método de la
interpretación mística, según la cual todo incidente se convierte en una parábola. Pero la más
famosa escuela de críticos alemanes en el siglo XIX dio vuelta a ese método, viendo en la
intención parabólica de los evangelistas una fuerza que convirtió los dichos en incidentes, que
hizo de las doctrinas alegorías y de las ilustraciones hizo milagros, de modo que poco o nada
auténtico de la vida de Cristo quedase para nosotros. Tal es el secreto del procedimiento mítico,
como se ejemplifica en el trato moderno de la multiplicación de los panes, la caminata de nuestro
Señor sobre el mar, la resurrección del hijo de la viuda en Naím y muchos otros episodios del
Evangelio (Loisy, "Ev. Synopt. ", passim).
En esa opinión, la parábola ha creado historia aparente; y no solo el documento de Juan, sino que
las narraciones sinópticas deben interpretarse como hechas a partir de supuestas referencias
proféticas, mediante la adaptación y citación de pasajes del Antiguo Testamento. Le corresponde
al apologista católico probar en detalle que, por más profunda y de mayor alcance sea la
significación que los evangelistas atribuyan a los hechos que relatan, esos hechos no pueden
simplemente reducirse a mitos y leyendas. La naturaleza también es una parábola; pero es real.
"El cenit azul", dice Emerson admirablemente, "es el punto en el que el romance y la realidad se
encuentran". Y además "la naturaleza es el vehículo del pensamiento", el "símbolo del espíritu";
las palabras y las cosas son “emblemáticas”. Si esto es así, hay una justificación para la filosofía
hebrea y cristiana, que ve en el mundo debajo de nosotros analogías de las verdades superiores,
y en el Verbo hecho carne a la vez el hecho más seguro y el más profundo símbolo.
CATECISMO
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Anotaciones
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La narración comienza cuando un doctor de la ley le preguntó a Jesús con ánimo de ponerlo a
prueba qué debía hacer para obtener la vida eterna. Jesús, en respuesta, le preguntó al doctor
qué está escrito en la ley de Moisés. Cuando el doctor cita la Biblia, y precisamente: "amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (2), y la ley paralela
"amarás a tu prójimo como a ti mismo" (3), Jesús dijo que había respondido correctamente y lo
invitó a comportarse en consecuencia. En ese punto, queriendo justificar su pregunta, el doctor
preguntó a Jesús quién era su prójimo. Jesús le respondió con la parábola.
El camino que desde Jerusalén conducía a Jericó era -en tiempos de Jesús- muy inseguro. La
gran cantidad de pequeñas cuevas existentes en la zona eran un buen refugio para los
salteadores. Además, el aspecto desértico y árido de la región hacía de aquella zona un lugar
solitario. Por aquella vía pasaban numerosas peregrinos en dirección a la Ciudad Santa a la
vez que era transitada por numerosas caravanas comerciales. Todas estas condiciones
favorecían la presencia en los alrededores del camino de bandas de ladrones que asaltaba a los
peregrinos y a las caravanas comerciales.
La presencia de asaltantes en los bordes de los caminos no era casual. La gran cantidad de
impuestos que los judíos debían pagar al dominador romano, implicaba un continuo
empobrecimiento de la población, que repercutía duramente sobre las clases más desheredadas.
Muchas personas, habiéndolo perdido todo, no tenían otra alternativa que "echarse al monte y
buscarse la vida"; de esa manera los caminos de Judea se iban poblando de malhechores. Como
decíamos antes hubo épocas en las que los asaltantes estaban en connivencia con el poder
romano o con los mismos gobernantes judíos. Hubo épocas en que los salteadores estaban en
connivencia con el poder romano, los gobernadores toleraban los robos a cambio de recibir parte
del botín.
Esta última observación es importante tenerla en cuenta. El mal de nuestro mundo no se debe
solamente a causas personales, se debe principalmente a causas estructurales. Si aquellos
hombres eran ladrones no se debía a una maldad intrínseca que hubiera en el interior de su
persona. El hecho de convertirse en ladrones venía provocado por una situación social
fuertemente injusta y, el desgobierno de unos dirigentes que buscaban ante todo su propio
enriqueciniento.
Los ladrones que asaltan a nuestro hombre tal vez no fueran ladrones por cuenta propia, sino que
podrían serlo por cuenta ajena; es decir en connivencia con el poder romano o con los
gobernantes judíos. Observemos la dureza del asalto perpetrado por estos bandidos contra el
hombre que desciende de Jerusalén a Jericó: " ... lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos
y se marcharon dejándolo medio muerto ... ".
Personajes de la parábola.
El Sacerdote.
En tiempos de Jesús las cosas no sucedían de esta manera. Un hombre era sacerdote no por
vocación, sino por nacimiento. Los hombres que nacían en determinadas familias de Judea eran
sacerdotes, independientemente de si tenían vocación o no. Los sacerdotes pertenecían al tribu
de Leví, y descendían de la familia de Aarón (1 Cr 24, 1). Entre ellos la función de dirección
suprema era ocupada por el "sumo sacerdote" descendiente de la familia de Sadoq (Ez 40, 46; 1
Cr 24, 3).
La función del sacerdote -en general- se reducía a trabajar durante dos semanas al año en el
Templo y, a asistir -además- a las funciones más solemnes del culto, especialmente a las
celebraciones del tiempo pascual. Durante el resto del año vivían en su pueblo natal trabajando en
un oficio concreto. Presentaban la Ley de Dios al pueblo, muchas veces enseñaban las primeras
letras a los niños, impartían bendiciones y, ejercían una función de docencia y consejo entre las
gentes del pueblo.
Para poder participar en la liturgia del Templo de Jerusalén se requería de los sacerdotes un
elevado estado de pureza exterior. Por eso antes de oficiar -los sacerdotes- no podían haber
tocado sangre ni haber estado en contacto con enfermos, ni mucho menos haber tenido contacto
con algún muerto.
Debían evitar a toda costa la relación con cosas sucias y con determinados animales; tampoco
debían contactar con personas que no conocieran bien de antemano. Mantener un estado
exterior de pureza, tan estricto, no era nada fácil. Por eso el Antiguo Testamento (Lv 11-16) y
otras leyes especiales vigentes en tiempo de Cristo, establecían complejas normas para
salvaguardar el estado de pureza: Lavarse continuamente las manos, realizar repetidas
abluciones con agua, lavar minuciosamente las ollas y utensilios que se habían utilizado,
mantener la mirada en dirección al suelo, etc. Marcos, cita un ejemplo referido a los fariseos (Mc
7, 3-4) que ilustra esta situación.
La actitud del sacerdote respecto del hombre mal herido, nos la presenta el texto mediante la
utilización de dos expresiones: " ... al verlo, dio un rodeo y pasó de largo ... " :
La significación es muy sencilla. El sacerdote "vio con sus ojos"; es decir se dio cuanta
perfectamente del estado en que se encontraba aquel hombre malherido.
Esta actitud es especialmente significativa. Tan significativa que Lucas utiliza un verbo griego muy
especial. Este verbo en todo el NT aparece únicamente dos veces, y las dos en la parábola del
buen samaritano (10, 31.32). Fuera del NT este verbo no aparece en ningún otro escrito de lengua
griega.
Ese dato nos permite afirmar que el verbo es una creación propia de nuestro evangelista; lo que
demuestra, una vez más su vasta cultura y capacidad literaria.
La palabra que "inventa" Lucas para describir la actitud del sacerdote se compone de tres partes:
Un verbo precedido de dos preposiciones. El verbo significa "ir hacia"; o sea, el sacerdote
habiendo visto al hombre asaltado decide seguir su camino. Pero la forma cómo el sacerdote
decide continuar nos viene indicada por las dos preposiciones antepuestas al verbo. La primera
preposición es "delante de" y la segunda "al lado de". Es decir, el sacerdote se ha dado
perfectamente cuanta de la situación del hombre malherido, se ha acercado y lo ha observado por
delante y por los lados. Ha constatado bien la situación crítica en que se halla aquel hombre; pero
a pesar de haberlo contemplado yaciendo en el suelo, lo abandona y se marcha.
El sacerdote conocía la Ley y, sabía -con toda certeza- lo que es la misericordia. Entonces ¿ Por
qué abandona a aquel hombre ?. Seguramente no lo abandonó por malicia moral o por maldad,
tampoco lo hizo -probablemente- por comodidad. Recordemos que el sacerdote para oficiar las
funciones sagradas debía encontrase en un estado perfecto de pureza externa. Si aquel sacerdote
tocaba al hombre malherido quedaba impurificado y no podría oficiar el culto litúrgico. El hombre
asaltado era un desconocido, estaba apaleado y medio muerto, seguramente la sangre le saldría
a borbotones. Cualquiera de estas causas es suficiente para hacer que el sacerdote evite, a toda
costa, el contacto con el hombre. Si lo tocaba quedaba impuro y no podía oficiar en la liturgia.
Es por ello que el simbolismo del sacerdote y el levita no es de impiedad ni de crueldad, sino de
anteponer formalismos rituales a la misericordia y el perdón. Esta imagen de la balanza entre
el espíritu de la ley y la letra de la ley es uno de los pilares de la enseñanza de Jesús, y también
del Antiguo Testamento: "misericordia quiero y no sacrificios". (6)
Para el sacerdote los preceptos externos de la Ley, son más importantes que la práctica del amor
y la misericordia.
El Levita.
La figura del levita equivale -más o menos- a la de un sacristán. Eran aquellas personas que
ayudaban en los oficios religiosos del Templo de Jerusalén. Sus funciones más características
consistían en la organización de los cantos durante las celebraciones, la música, la limpieza, el
cuidado del Templo, el mantenimiento del orden, y la asistencia los sacerdotes en la celebración
de los oficios. El libro de las Crónicas es el que mejor nos describe la distribución y oficio de los
levitas (1 Cr 23).
Al igual que los sacerdotes, los levitas no lo eran por vocación, sino por nacimiento. Los hombres
que nacían en ciertas familias de Palestina eran levitas. En tiempos de Jesús se consideraban
levitas todos aquellos descendientes de la tribu de Leví, pero que no procedían de la familia de
Aarón ni de Sadoc, familias que daban origen a la clase sacerdotal. Vivían en su pueblo
ejerciendo una profesión y ayudaban en los oficios del Templo durante quince días al año y en las
fiestas más señaladas. Para participar en el culto del Templo -al igual que los sacerdotes- era
necesario hallarse en estado de pureza externa. Por tanto, para ejercer con dignidad el oficio de
levita, no podían haber tocado sangre, ni ninguna otra cosa que fuera sucia o pareciese
contaminada.
Cuando el texto de Lucas nos describe la actitud del levita respecto del hombre malherido utiliza
las mismas palabras que para describir la actitud del sacerdote. El levita ha visto la situación del
hombre asaltado. Se ha acercado a verle por delante y por los lados. Ha captado perfectamente la
situación de aquel hombre, pero opta por seguir su camino.
¿ Qué ha sucedido en el corazón del sacerdote y del levita para que abandonen a aquel hombre
junto al camino ?. La causa no es personal sino que es estructural. Podemos suponer que tanto el
sacerdote como el levita eran excelentes personas; pero vivían aferradas al cumplimento
externo de la ley. La sociedad en la que vivían y la forma de vida religiosa que practicaban
les había inculcado que era más importante "no tocar sangre" que "practicar la
misericordia con el desvalido".
La inteligencia y la razón humana buscan a Dios e intentan discernir el sentido de la vida. La razón
busca pero quien encuentra es el corazón. Ciertamente, por su función sacerdotal, aquellas
dos personas conocerían por la razón y la inteligencia muy bien al Dios del Antiguo
Testamento, pero no lo habrían encontrado con el corazón. Solamente aquel que ha
encontrado con el corazón a Jesús; es decir, que ha tenido un encuentro personal con él,
es capaz de convertirse en corazón para sus hermanos, capaz de hacer de su vida una
imagen de la misericordia y la ternura de Dios.
El samaritano.
Los samaritanos eran los habitantes de la provincia de Samaría; situada en el centro de Palestina
entre Galilea y Judea. Eran considerados por los judíos como gente baja y poco religiosa.
Su religión no era exactamente el judaísmo, sino la mezcla de algunas religiones orientales con el
propio judaísmo. Por esa razón conocían poco el Antiguo Testamento y, podríamos decir que,
religiosamente eran muy poco practicantes. La diferencia en el origen racial y en la comprensión
religiosa de la vida provocaba frecuentes tensiones y conflictos con los habitantes de Judea.
Muchos de ellos se dedicaban al comercio y al transporte de mercancías con otros países, con lo
cual tenían contacto con culturas extrañas al judaísmo; lo que hacía aumentar el desprecio que los
habitantes de Jerusalén sentían por ellos.
El samaritano también ve al hombre que había sido asaltado. Pero su actitud es radicalmente
distinta a la mostrada por el sacerdote y el levita. Al ver al hombre herido siente misericordia
-el texto bíblico nos dice que se le conmovieron las entrañas ante la presencia de aquel hombre
herido. El hecho de "conmoverse las entrañas" no es, en modo alguno, una expresión banal. En
el lenguaje bíblico "conmoverse las entrañas" indica lo que le sucede a una madre cuando va a
dar a luz a un hijo. Esta acción indica, de una manera externa, todo el amor y entrega que una
madre pone en favor de su hijo. El Antiguo Testamento, cuando nos habla de la forma en que Dios
ama a los hombres, usa la misma expresión. A Dios también se le conmueven las entrañas ante el
padecimiento de sus hijos, que son todos los habitantes de nuestra tierra.
La actitud del samaritano ante el dolor del hombre herido, es el mismo sentimiento de Dios frente
al sufrimiento de sus criaturas "se le conmueven las entrañas". El samaritano no se limita a tener
un simple sentimiento de "lástima" ante el dolor ajeno como observábamos en los otros dos
personajes. El añade una acción en favor de aquel hombre que sufre. Esta acción llenará "la
pobreza del corazón de su hermano"; será pura misericordia.
El samaritano le ayuda con su propia persona "se acerca a su lado". Le aplica una medicina muy
sencilla "aceite y vino". Le presta su propio medio de locomoción. Entrega en la posada un dinero
que equivale, aproximadamente, al jornal de dos días de trabajo. No le deja desprotegido, le cuida
y, asegura al posadero que a la vuelta le pagará las posibles deudas. El samaritano no se
propone utilizar medios extraordinarios en favor del hombre asaltado, ni pretende
resolverle el sentido de su vida. Simplemente le da algo de lo que el tiene para aliviar su
sufrimiento.
Lo más importante en el samaritano es la misericordia que siente por aquel hombre herido, se le
conmueven las entrañas. Recordemos que la misericordia es la actitud opuesta a la lástima.
Misericordia es la capacidad de dar algo de lo nuestro -o mejor darnos a nosotros mismos- para
remediar pobreza del corazón de nuestros hermanos.
La imagen del samaritano como el piadoso salvador del judío apaleado constituye toda una fragua
al concepto de "prójimo". Los samaritanos y los judíos constituían rivales irreconciliables;
unos a otros se consideraban herejes.
Los judíos fundamentaban sus razones en que los samaritanos hacían su culto en el monte
Garizim (o Gerizim) en lugar del Templo de Jerusalén. Además, solamente aceptaban a Moisés
como único profeta, y no reconocían la tradición oral del Talmud, el libro de los Profetas ni el de
los Escritos.
Por su parte, los samaritanos odiaban a los judíos por las veces que estos habían destruido y
profanado el santuario de Garizim.
Ciertamente no están mencionados sin intención el sacerdote y el levita. A buen seguro que
tampoco es casual atribuir al hombre misericordioso condición de samaritano.
Todo ello está muy deliberadamente escogido para subrayar la nueva noción de prójimo que
Jesús quiere promulgar. Porque esta es la escuela y acerada enseñanza de su parábola: el amor
al prójimo es hacer esto, y el prójimo es éste, un samaritano, un extraño.
El Hombre herido.
El texto bíblico no nos explica ningún detalle específico de este personaje, simplemente nos dice
que era un hombre; un cierto hombre. Pero observemos que el texto nos refiere con detalle la
acción de los bandidos "lo desnudaron, lo molieron a palos dejándolo medio muerto". Al leer ese
texto saltan enseguida a nuestra imaginación dos detalles de la pasión de Jesús.
* " El Hombre".
En el interrogatorio de Pilato a Jesús (Lc 23, 2-7; 13-24) cada vez que los acusadores se dirigen
al Señor utilizan la expresión "hombre": "Hemos encontrado a este hombre... " afirman los judíos;
"ningún delito encuentro en este hombre" les responde Pilato e inquiere "si aquel hombre era
galileo"; "me habéis presentado a este hombre" responde de nuevo el procurador a los sumos
sacerdotes y a los magistrados del pueblo. El evangelio de Juan todavía será más significativo en
este aspecto. Cuando Pilato ha hecho azotar a Jesús lo presenta al pueblo alborotado y les dice:
"Aquí tenéis al hombre" (Ju 19, 5).
El evangelio de Lucas nos cuenta la intención de Pilato de dar un escarmiento a Jesús para
después dejarlo en libertad (23, 16); pero finalmente el procurador romano cede ante la presión de
la muchedumbre y entrega a Jesús para ser crucificado (23, 25). El texto de Juan, juntamente con
los otros dos sinópticos (Mt 27, 26-31; Mc 15, 15-20), amplía un poco la narración de estos
acontecimientos: "Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una
corona de espinas y se la pusieron en la cabeza.... entonces Pilato dijo a la gente ¡ Aquí tenéis al
hombre ! " (Ju 19, 1-5).
Notemos el paralelismo existente entre el hombre asaltado junto al camino, y los sucesos que
tienen lugar durante la relación de Jesús con Pilato. El procurador se dirige a Jesús mediante la
palabra "hombre". Pilato parece no conocer demasiados detalles de Jesús, hasta pregunta si era
galileo. El hombre asaltado junto al camino también se nos presenta como un "cierto hombre", el
texto no nos refiere su nombre ni nos aporta ningún dato respecto de su vida.
Pilato reconoce continuamente no encontrar ninguna culpa en el hombre que los judíos le
presentan para que lo sentencie a muerte: "Ningún delito encuentro en este hombre" (23, 4). El
hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó no era culpable de ningún delito, era como Jesús
inocente, los bandidos cayeron sobre él y le maltrataron injustamente.
Jesús y el hombre asaltado reciben un castigo muy semejante. Antes de que un reo fuera
entregado al suplicio de la cruz era torturado mediante la flagelación. Se le desnudaba, se le
ataban las manos a un poste y se le molía a golpes dejándolo medio muerto a fin de que falleciera
con prontitud en la cruz. Jesús antes de la pasión es azotado brutalmente. El hombre asaltado
junto al camino recibe un trato un tanto semejante al que debió recibir Jesús cuando fue azotado:
Fue desnudado, llenado de golpes quedando muy malherido.
El hombre asaltado por los bandidos, en el contexto de la parábola del Buen Samaritano,
representa el sufrimiento de cualquier hombre maltratado por la opresión y la injusticia. Pero
también es una metáfora de la persona de Jesús azotado en la columna antes de su crucifixión. El
rostro de Jesús torturado, se nos revela en el rostro sufriente de cada persona que sale a nuestro
encuentro en el camino de nuestra vida.
En el evangelio de Lucas Jesús se aparece a sus discípulos y a otras personas (24, 13-53). Las
apariciones de Jesús son una manera de indicarnos los lugares más genuinos en donde podemos
encontrar a Cristo vivo entre nosotros. El Señor sale a nuestro encuentro en la Eucaristía,
bellamente descrita en la narración de los discípulos de Emaús (24, 13-35). Cristo se nos aparece
en los pobres y en los que sufren, aparición que se describe -metafóricamente- en la parábola
del Buen Samaritano. La Eucaristía y los pobres, uno y otro lugar, son los momentos privilegiados
en los que Jesús resucitado se presenta en el camino de nuestra vida.
El Pentateuco presenta numerosas Leyes, por ejemplo (Nm 29, 7) que nos habla de las ofrendas
del día de la expiación. El texto dice: " ... ayunaréis y no realizaréis ningún trabajo ". Pero podía
suceder que realizar un trabajo fuera imprescindible. Era necesario -por ejemplo- caminar;
entonces el maestro de la Ley estudiaba la cuestión, y respondía -a quien le preguntaba- cuantos
pasos se podían dar sin cometer pecado durante la fiesta de la expiación.
Eran unos maestros muy eruditos en el conocimiento de la Ley y, a veces, muy diestros para
inventar subterfugios que rebajaban la exigencia en el cumplimiento de los preceptos legales.
Tendían a conocer bien la Ley pero la practicaban poco. Observemos que este maestro ignora -o
hace ver que ignora- saber quién es su prójimo; cuando el AT no se cansa de insistir en la relación
privilegiada que debe guardarse en favor de los débiles: " Cuando cosechéis las mies de vuestra
tierra, no siegues hasta el borde del campo ... los dejarás para el pobre y el forastero. No
oprimirás a tu prójimo. No retendrás el salario del jornalero. No maldecirás a un mudo ... " (Lv 19,
9-14) .
Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano al maestro. Pero fijémonos que después no le
pregunta: ¿ Quién de estos tres te parece que ha cumplido la Ley con este hombre asaltado ?. Le
pregunta: ¿ Cuál de estos tres hombres te parece que se comportó como prójimo con el hombre
que ha sido asaltado?.
Jesús le dice al maestro: " Ve y haz tu lo mismo ". No le dice: " Ve y aprende lo que has oído ", ni
tampoco le dice: "explica a la gente lo que yo te he enseñado ". Jesús habla de acción, y acción
realizada desde la capacidad de amar: " Ve y haz tu lo mismo". Hábilmente, Jesús ha cambiado la
pregunta de su interlocutor. No se ha limitado a responder ¿quién es mi prójimo?, sino que ha
insistido en enseñar ¿que debo hacer yo para ser prójimo de los demás ?. El evangelio no se lee
solo para conocer a Jesús, se estudia para seguir a Cristo mejor; el evangelio no son datos sino
vivencia de la misericordia.
Una lección de "misericordia" hacia los necesitados, y un anuncio de que los no judíos pueden
también observar la ley y, en consecuencia, entrar en la vida eterna.
Jesús no hace distinciones entre los hombres en este aspecto: todos son "prójimos", sin importar
nacionalidad, religión, ni ideas políticas; porque prójimo es sinónimo de próximo, cercano.
Asimismo, el sujeto tampoco reconoce límites, significando que la práctica del mandamiento del
amor es para todos.
Jesús escoge a un "samaritano" para ilustrar el concepto de un sujeto cuya extensión es ilimitada.
En efecto, el objetivo de la parábola es "detener la atención del lector para obligarlo a imitar el
comportamiento de un paria, de un samaritano".
Simbología e importancia.
Esta parábola es una de las más famosas del Nuevo Testamento, y su influencia es tal que el
significado actual de samaritano en la cultura occidental es el de una persona generosa y
dispuesta a ofrecer ayuda a quien sea que lo requiera. El "buen samaritano" se convirtió en
símbolo típico de la fraternidad humana y del humanitarismo.
A modo de conclusión
Jesús utilizó parábolas frecuentemente para enseñar las verdades más elevadas en una forma
que estuviese al alcance de todos. Su enseñanza contrastaba por su sencillez y sus imágenes con
el estilo complejo de los antiguos filósofos.
Cuando los discípulos le preguntaron por qué enseñaba con parábolas, Jesús les respondió:
"Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.
Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se
cumple la profecía de Isaías: "Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis." ".
(8)
No cabe duda, que la presente parábola está relacionada con la "caridad[8]y la "misericordia[9]de
parte del "samaritano"; donde Jesús comparte estas virtudes a través de las parábolas que
enseñaba, donde aproximadamente fueron 35.
ESTRUCTURA
Mateo
Nació en Nazaret y vivió en Cafarnaúm. Era recaudador de impuestos para los romanos,
un oficio en aquél entonces odiado por el pueblo, pues veían sus propiedades o dinero
como fortunas de ladrones, por lo que les prohibían participar en su actividades religiosas,
al igual que de todos eventos de la sociedad cívica.
Jesús, que había curado un paralítico en Cafarnaúm, vio a Mateo en un puesto de cobro
de peaje que tenía en el mar de Genesareth y lo llamó a seguirle. El hombre era rico,
disfrutaba de un sueldo lucrativo, era un hombre sabio y prudente, y entendía
perfectamente lo que le costaría seguir al Señor.
Después de la ascensión del Señor, San Mateo predicó por varios años en Judea y en los
países cercanos hasta la dispersión de los apóstoles. Un poco antes de la dispersión
escribió su evangelio.
San Mateo, después de haber hecho una gran cosecha de almas en Judea, fue a predicar
la fe a las naciones bárbaras e incivilizadas del Este. También llevó el evangelio a Etiopía y
al Sur y Este de Asia.
Marcos
Marcos nació en Cirene, en las Pentápolis Norteafricanas, en el año 15 y murió en
Alejandría en el año 68.
Era hijo de una mujer llamada María, nombre común en la época, una viuda al parecer de
alta posición, en cuya casa se reunía la primitiva Iglesia de Jerusalén.
Se cree que en la casa de María fue donde el Señor celebró la Última Cena e instituyó la
Eucaristía, y que el hombre que llevaba el cántaro era el propio Marcos, detalle
conservado por el evangelista y usado también por san Lucas.
San Marcos inicia su actividad evangélica con Bernabé y Pablo, quienes cumplido su
ministerio de llevar subsidios a la Iglesia de Jerusalén, fueron a Antioquía llevándose
consigo a Marcos.
Enviados de nuevo Bernabé y Saulo a la misión para la que les había llamado el Espíritu
Santo, embarcaron rumbo a Chipre, donde predicaron en las sinagogas, teniendo a
Marcos como auxiliar o diácono, y una vez evangelizada la isla, al zarpar Pablo, Marcos se
separó de ellos y se volvió a Jerusalén.
De su muerte se cie que fue arrastrado por las calles de Alejandría, atado con cuerdas al
cuello, y que después lo llevaron a la cárcel y al día siguiente le volvieron a aplicar el
mismo martirio hasta que falleció.