La Diáspora Judía a lo Largo de la Historia
La Diáspora Judía a lo Largo de la Historia
El Pueblo Judío durante toda su historia ha sido objeto de peregrinaje continuo, desde los
Patriarcas vemos reflejado ese caminar. Los judíos son las únicas personas que han nacido
con un deber divino de habitar una región del mundo: Canaán (Israel). Sin embargo, a lo
largo de sus 4000 años de historia, se han convertido en la nación más cosmopolita del
mundo.
La Diáspora Judía, surge de acontecimientos que se vivieron en la época que les obligó a
abandonar sus tierras de origen, llevándolos de esa forma a todas las latitudes. Es
considerado como el movimiento étnico-religioso de mayor relevancia en el mundo a
través del tiempo, La historia judía está marcada por las dispersiones y las sucesivas
diásporas dentro de la diáspora, estas comunidades judías se extendieron en más de 100
países, llegando a ser una diversidad de grupos judíos que cristalizaron costumbres,
idiomas y comidas de los lugares donde vivían. Y también contribuyó a enriquecer las
culturas locales. Por otro lado fueron objeto de rechazo y gran humillación llegando en
muchísimas ocasiones al genocidio, Se puede observar el impacto que han ejercido
donde ha estado presente, les invitamos a viajar juntos por los momentos más
importantes de la saga judía través de las fronteras.
Desarollo
Judío: Se denomina a todas aquellas personas que forman parte del Pueblo Judío, es decir
un conjunto de personas que se reconocen y profesan descendientes de los hebreos y los
antiguos israelitas. El Pueblo judío posee una identidad etnoreligiosa, cuyo código de vida
y código moral lo dictamina el judaísmo, una de las tres grandes religiones
monoteístas del planeta.
Sólo 50 años después, en el año 538 a. C., el rey persa, Ciro, permitió el regreso de los
judíos a Jerusalén y la reconstrucción del templo. “Muchos optaron por quedarse en
Babilonia en su gran mayoría Judíos con poder adquisitivo, siendo esta región para ellos
un centro de cultura judía durante 1500 años”. Este monarca ayudó a la restauración de
Jerusalén impulsando el culto tradicional a Yahweh, el Dios de Samaría y Judea. En el
Templo reconstruido el Sumo Sacerdote y la aristocracia sacerdotal tenían un evidente
predominio sobre el pueblo. En cambio, la autoridad civil estaba en manos del
gobernador nombrado por Persia. Con el paso del tiempo, el sacerdocio fue adquiriendo
una posición predominante y a finales del siglo IV el Sumo Sacerdote asumió también el
cargo del gobernador.
En el año 63 antes de Cristo, hay un nuevo giro: el general Pompeyo invadió Judea y la
convirtió en la provincia del Imperio Romano; así terminó el reino Hasmonea, el último
país independiente judío que existía hasta la creación del moderno Israel en 1948. La
tensión culminó en una rebelión. En los 70 d.C., el general romano Tito suprimió los
rebeldes que destruyeron el segundo Templo y ordenaron a los judíos una nueva diáspora,
la cual llegó a Asia, Europa y África del Norte, pero, a diferencia del exilio en Babilonia, el
dominio romano marcó el inicio de la persecución. “Los romanos no toleran la adoración
judía de un Dios o diversas costumbres como el día de reposo”. La situación se agravó con
la conversión del emperador Constantino al cristianismo en el siglo IV. En 325, a los judíos
se les prohibió ocupar cargos públicos, tener empleados y casarse con no-judíos. Cualquier
parecido con las Leyes de Núremberg, promulgadas en 1935 por los nazis, no es
coincidencia.
Los judíos se asentaron en el norte de África, Cartago, Livia, Egipto, Siria e incluso en el
imperio Persa. La presión demográfica en la tierra de Israel, verificada ya en la época
helenística, constituyo la principal razón de la diáspora judía, La cual se vio además
fortalecida por los cauces de comunicación abierto por el helenismo y el impacto romano
y por sus dos lenguas francas, el griego y el latín que conocida por la mayoría de los judíos
favorecieron el contacto entre la gente y la formación de nuevas comunidades en el
ámbito mediterráneo.
La diáspora no estaba compuesta por judíos que vivían en la provincia de Jerusalén sino
entre otros pueblos, pero mantenían como pueblo del Señor una vinculación, esta era una
vinculación étnica religiosa o quizá un vínculo emocional, tal vez no hablaban la lengua de
sus padres, pero aún así ellos se consideraban Judíos y parte del pueblo de Dios. Estos
judíos de la diáspora tenían unas características importantes; una de ellas, es que eran
más liberales que los judíos que habitaban principalmente en la ciudad de Jerusalén,
aquellos que estaban en Jerusalén eran el núcleo duro del judaísmo, era el grupo más
fuerte del ritualismo, eran las personas más celosas de las leyes y las tradiciones de sus
padres, sin embargo los judíos que no vivían en la provincia tenían afinidad con otros
pueblos, tenían la oportunidad de interactuar con ellos y además tenían poco prejuicio,
estos judíos eran muy cultos y muchos de ellos hablaban dos o tres idiomas, eran judíos
acaudalados con bienes materiales y ellos contribuían con los hermanos que habían
quedado en la provincia, esto era para ellos parte de su cultura, es decir algo muy
particular en querer contribuir materialmente con el sostenimiento del servicio del Señor
en Jerusalén, al igual con el rescate de sus hermanos.
Las razones de la Diáspora han sido muy variadas. Existen motivos económicos, derivados
de la presión demográfica sufrida por Palestina en momentos determinados y de crisis
alimentarias. Otra razón es el proselitismo religioso, propio de casi cualquier creencia y
presente también en el judaísmo, con el deseo de expandir su propia fe. Una tercera
motivación para emprender la marcha de Palestina es la vinculación tradicional del mundo
judío a las actividades mercantiles, lo que hizo que un fuerte contingente de población
saliera para establecerse en colonias o enclaves comerciales. Finalmente están las razones
de tipo político y religioso, que hicieron que muchos judíos huyeran de Palestina en
momentos determinados para salvar su vida frente a las persecuciones de que eran
objeto. Esta razón de la Diáspora ha sido siempre la más esgrimida por quienes ven en el
judaísmo una actitud vital. Las relaciones de los judíos emigrados o exiliados con las
comunidades de recepción han variado en función de muchos factores, como la época o el
carácter más o menos abierto de los pueblos de acogida. Las situaciones, los medios de
vida de los judíos de la Diáspora y su integración con las comunidades de acogida
dependieron del grado de tolerancia con que se les admitía y se les permitía vivir
conforme a sus leyes. En épocas de crisis, los judíos han sido siempre acusados de ser los
causantes de los mayores desastres. Las relaciones del judaísmo con las otras dos grandes
religiones monoteístas -cristianismo e islam- han sido también un factor a tener en
cuenta. Tradicionalmente menos problemáticas con el segundo que con el primero, en
ambos casos la tendencia era a la separación y la persecución, cuando no, se llegaba a las
deportaciones masivas y los asesinatos generalizados. El triunfo del cristianismo en el siglo
IV como religión oficial del imperio romano significó el arrinconamiento de los judíos, a los
que pronto se acusó de haber matado a Dios en la persona de Jesucristo. Esta acusación
generó una animadversión general, la privación de derechos sobre sus ritos y vida
cotidiana, y su dispersión fuera de Tierra Santa. La prohibición cristiana de practicar la
usura, hizo que actividades como el comercio o el préstamo fueran practicadas por los
judíos, así como la de recaudadores de impuestos. Su rápido enriquecimiento causó
malestar en épocas de crisis, lo que sin duda acentuó el odio de los cristianos y está en el
origen de las masacres a que fueron sometidos. La culpa de la epidemia de peste negra
que asoló Europa hacia 1348 recayó sobre las poblaciones judías. A partir del siglo XVI,
incluso, los judíos, que anteriormente podían elegir libremente su lugar de residencia,
comenzaron a ser confinados en barrios específicos, llamados ghettos por la zona de
Venecia en que se localizó el primero de ellos. Entre las naciones musulmanes la situación
de los judíos, con ser precaria, no fue tan angustiosa, pues en tiempos de tolerancia
pudieron sobresalir como mercaderes, científicos, cortesanos, médicos o poetas. El mejor
ejemplo de esta situación se pudo observar en el Al-Andalus de los siglos X-XII, donde
destaca la figura del médico y filósofo Maimónides. Con todo, las poblaciones judías han
habitado también en lugares específicos y apartados del la comunidad musulmana, como
los barrios judíos de Marruecos, llamados mellah, entre los que actualmente el más
numeroso es el de Casablanca. Tanto entre cristianos como entre musulmanes, la figura
del judío ha podido jugar un papel importante como mediador cultural. La dispersión de
los judíos por toda Europa, Asia y norte de África; su constante movilidad como
mercaderes y su dominio de las lenguas han hecho de los judíos unos excelentes
transmisores de cultura.
El judaísmo se configura como sistema cultural durante la época persa (mediados del siglo
VI-finales del siglo IV a.C.) bajo la fuerte influencia de la antigua aristocracia sacerdotal
que Ciro liberó de su exilio en Babilonia. El distrito de Judea se constituye en esta época
como un estado-templo subordinado al Imperio persa, con un gobierno local
semiautónomo de carácter teocrático. La clase sacerdotal dirigente promueve la edición
de un conjunto de escritos narrativos y legales con el que se pretende dotar a la población
de una identidad étnica diferenciada y de unas normas culticas, éticas y sociales capaces
de mantener dicha identidad. Es la llamada Torá o Ley judía, que parece haber incluido
gran parte de las tradiciones actualmente integradas en el Pentateuco. Según estos
escritos, el pueblo judío desciende del antiguo Israel, cuya identidad se funda en la
elección de la que fue objeto por parte del Dios Yahvé para ser, entre todos los pueblos
de la tierra, el pueblo de su propiedad. La respuesta que Yahvé espera y exige de Israel es
su compromiso a no adorar otros dioses y a ordenar su vida de acuerdo con las normas
contenidas en la Torá. Empiezan también a editar otras colecciones de escritos, como
oráculos proféticos, proverbios y salmos, que poco a poco irán incorporándose al conjunto
de escrituras sagradas utilizadas en las distintas situaciones de culto.
De los más de seis siglos en los que Jerusalén se mantuvo como centro cultural del
judaísmo antiguo, solo entre los años 142 y 64 a.C. se le atribuye también el estatus de
capital de un reino independiente. Durante el resto del tiempo, toda Judea permanece
sometida a algún imperio foráneo: primero a Persia, luego a los reinos helenísticos de los
ptolomeos y los seléucidas, y por último, tras ese corto período de independencia, a
Roma. Los contactos culturales y las relaciones políticas entre la población judía de
Palestina y los imperios que sucesivamente la dominan, y entre las comunidades judías de
la diáspora y las sociedades anfitrionas donde se suman, favorecieron la creación de una
gran variedad de corrientes dentro del propio judaísmo. Uno de los problemas básicos a
los que todas estas corrientes quieren responder es el de cómo vivir el compromiso de
fidelidad a Yahvé en las diversas circunstancias históricas y sociales. Unas corrientes
entendían la elección de Israel por parte de Yahvé en términos de consagración y
separación respecto a los demás pueblos. En lo sucesivo, tienden a subrayar la necesidad
de practicar todas aquellas normas o costumbres supuestamente originadas en la Ley que
favorecen la distinción de los judíos respecto a los demás pueblos (normas cultuales,
circuncisión, descanso sabático, restricciones dietéticas y sexuales, etc.). Otras corrientes
preferían entender dicha elección en un contexto de interacción positiva con esos otros
pueblos, como encargo divino de dar testimonio ante ellos de la superioridad y justicia de
Yahvé. Su tendencia es resaltar los aspectos filosóficos, éticos y sociales más universales
del judaísmo.
Tras la subordinación del Estado judío al Imperio romano (64 a.C.), la interpretación
nacionalista del judaísmo continuó siendo una de las más arraigadas, aunque no todos sus
defensores consideraran la independencia política como uno de sus elementos
prioritarios. Así, la mayoría de la clase sacerdotal parece haber optado por aceptar la
dependencia política respecto de Roma, insistiendo únicamente en el derecho del pueblo
judío a practicar libremente sus costumbres ancestrales que se relacionaban más
directamente con el culto a Yahvé, centralizado en el templo de Jerusalén: sistema
sacrificial, normas de pureza, pago de diezmos, peregrinaciones, festividades, etc.
Los monarcas herodianos que gobernaron en Judea controlados por Roma, también se
interesaron por mantener y potenciar el estatus singular de Jerusalén y de su templo en el
mundo judío, pues de este modo favorecían la entrada de riqueza en la región y
aumentaban su propio prestigio político. En este punto es de destacar el colosal proyecto
arquitectónico emprendido por Herodes el Grande en dicho templo, gracias al cual quedó
transformado en uno de los recintos cultuales más extensos y ricos del mundo
mediterráneo antiguo, visitado anualmente por cientos de miles de judíos procedentes de
todos los puntos del imperio. Aunque el nacionalismo y religiosidad del judaísmo le
atribuían a la tierra y al templo de Israel un lugar privilegiado, la mayoría de los judíos
vivían en la diáspora.
La diáspora judía nunca fue un fenómeno cultural uniforme. Cada una de las diferentes
comunidades que la integraban tenía su propia historia y una relación sociopolítica con la
sociedad donde se hallaban. La forma de entender y practicar el judaísmo también podía
diferir considerablemente de una a otra. A pesar de todo, la mayoría de ellas mantenían
un contacto casi continuo con la cuna del judaísmo a través de aquellos de sus miembros
que hacían peregrinaciones a Jerusalén o pasaban allí algún período más prolongado de su
vida. También había frecuentes contactos entre familias judías de la diáspora dedicadas al
comercio, algo muy común debido a las restricciones que las ciudades grecorromanas
solían imponer a los extranjeros a la hora de adquirir tierras cultivables y otras
propiedades inmuebles económicamente productivas.
Una de las pocas instituciones que parece haber estado presente en todas o casi todas las
comunidades judías de la diáspora es la sinagoga. La sinagoga es la reunión de la
comunidad o de sus representantes para fines de interés general, juzgar, dar normas,
tomar decisiones, recaudar contribuciones económicas o actividades de carácter conjunto,
orar, recibir instrucción, celebrar. Dado que la Torá prohíbe sacrificar a Yahvé fuera del
templo de Jerusalén, la actividad cultual de las sinagogas se centraba en la oración, el
canto y la lectura comentada de las escrituras. Muchas de las primeras sinagogas, tanto en
Palestina como en la diáspora, se reunían en casas particulares de algunos de los
representantes más ricos de la comunidad.
En cuanto al idioma el griego koine (griego vulgar) se convierte en la lengua franca de todo
el Mediterráneo oriental y llega incluso a disputar este estatus lingüístico al arameo en
algunas zonas de Oriente próximo. Esta circunstancia nos ayuda a entender por qué
prácticamente todos los escritos cristianos de los dos primeros siglos están compuestos en
griego. Los monarcas helenísticos promueven el estilo de vida urbano propio de las
ciudades independientes de la antigua Grecia y favorecen el uso de la lengua griega,
especialmente, entre la élite social, los ejércitos, el personal administrativo, los esclavos
domésticos y las personas implicadas en el comercio. Esta diferencia local del impacto de
la cultura griega contribuyó a la creación de una red global de centros urbanos donde se
hablaba predominantemente en griego, superpuesta a un mapa étnicamente muy diverso
de zonas rurales donde apenas había penetrado la influencia griega. Un habitante de una
ciudad egipcia se entendía más fácilmente con un habitante de una ciudad de Asia Menor,
que cada uno de ellos con los campesinos de su propio entorno rural. Una persona de
habla griega podía viajar de una ciudad a otra por todo el Imperio romano sin encontrar
graves problemas de comunicación, pero no podía adentrarse en las zonas rurales sin la
ayuda de un intérprete de la zona.
En el año 66 d.C., tras casi un siglo de turbulento sometimiento a Roma, una parte de la
clase sacerdotal judía y diversos movimientos político-religiosos de carácter popular
protagonizaron una rebelión armada contra el imperio que no será totalmente sofocada
sino hasta siete años después. Tras el fracaso de este levantamiento, la clase sacerdotal
local de Jerusalén pierde definitivamente el escaso control político-religioso que había
conservado sobre los territorios judíos del entorno, quedando incorporados a la provincia
romana de Siria. El sistema institucional del Templo, hasta entonces centro del culto y de
la identidad judía, desaparece súbitamente, dejando que distintas corrientes y grupos
político-religiosos compitan entre sí por la herencia de Israel. En sus orígenes, el
cristianismo aparece como un elemento más entre la gran diversidad de grupos y partidos
de tendencia sectaria que intentan afirmarse como los únicos o auténticos herederos del
pueblo elegido. El fracaso de su primer levantamiento contra Roma en Palestina no
apaciguó los deseos de independencia del pueblo judío. Las medidas antijudías adoptadas
por los romanos como castigo y prevención contra futuras rebeliones, afectaron también
a las comunidades de la diáspora, que protagonizaron revueltas más o menos importantes
en diversas provincias. Este período de turbulencia violenta culminó con la segunda guerra
judía (135 d.C.) liderada por BarKochba en Palestina, que también terminó en derrota. La
actitud de sospecha que a partir de entonces adopta Roma en relación con los judíos y el
descrédito general al que son sometidos por parte de la propaganda imperial favorecieron
el progresivo distanciamiento de los cristianos de cultura grecorromana respecto al
judaísmo. Durante las primeras décadas de la expansión cristiana, los creyentes todavía
vinculados a la sinagoga habían podido beneficiarse de las prerrogativas que Julio César
había concedido al judaísmo debido a su venerable antigüedad. Sin embargo, después de
las revueltas, los perjuicios que ocasionaba dicha vinculación podían superar las ventajas.
Esta situación favoreció la posición de algunos sectores cristianos mayoritariamente
procedentes de la gentilidad que deseaban separarse del judaísmo y construir una
identidad religiosa independiente.
Época Moderna
La emancipación produjo en el seno del judaísmo una fuerte división interna, surgiendo
el movimiento liberal, el movimiento reformado y la ortodoxia. Así también llegaron los
problemas que generó la nueva situación en el resto de la población no judía y sus
gobiernos, en defensa del nacionalismo y sus críticas por la búsqueda de la uniformidad y
el consiguiente rechazo a los elementos extraños a su propia tradición histórica, lo cual
hace que los judíos sean vistos con recelo y con sentimiento de rechazo. Una de las
razones de ese desprecio se valía especialmente por sus progresos visibles y notorios
tanto en la parte económica, política y cultural. Esto denota que de alguna manera la
emancipación judía trajo consigo un nuevo antisemitismo, de fondo social o nacional. Ese
odio hacia todo lo judío, se justificó con argumentos presuntamente científicos, utilizando
la biología. Wilhelm Marr, bien conocido como el padre del antisemitismo, agitador
político alemán, redefinió el sentimiento de odio hacia los judíos en términos raciales, ya
no sólo religiosos. Otros alemanes eran de la idea que los judíos eran miembros de una
raza inferior, todos esos filósofos, científicos y pensadores se basaban en su nacionalismo.
Por otro lado se acentúa el crecimiento de ese nuevo antisemitismo basado en las ideas
raciales y alcanza su máxima y más desgraciada expresión en Europa de la primera mitad
del siglo XX y, más concretamente, en la Alemania nazi. El régimen de terror instaurado
por Hitler (1933-1945) y sus numerosos seguidores fue el responsable de una tragedia sin
precedentes en la Historia de la Humanidad, por su carácter programado y calculado.
Durante el llamado Holocausto (1941-1945), nombre que se le dio al exterminio masivo,
indiscriminado y sistemático de la población judía llevado a cabo en la Alemania nazi,
fueron asesinados dos tercios de los judíos europeos, y con ello, una tercera parte de la
población mundial judía.
En 1945 sin duda la situación judía había llegado a su punto más álgido. La aspiración a
poseer un patria judía ya se había venido cristalizando desde hacía tiempo. Los dirigentes
sionistas ya habían venido actuando desde principios del siglo XX en un doble sentido; por
un lado, favoreciendo una emigración masiva a Palestina; por otro, presionando en
medios diplomáticos para ganarse el favor de la comunidad de naciones. En este sentido,
el mayor éxito se consiguió con la llamada declaración Balfour, que es el documento por el
cual el gobierno británico respaldó el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo
judío en palestina (1917).
Los sionistas continuaban con los esfuerzos de crear un estado judío en Palestina, desde
el principio contaban con la oposición de los países árabes y de Turquía aunque su
influencia era menor por su debilidad. Por otro lado Gran Bretaña, quien gobernaba sobre
Palestina, favorece la llegada de emigrantes, aunque más tarde por la oposición árabe,
puso muchos obstáculos para que los judíos se establecieran en Palestina, jugando
entonces para beneficio propio. El asentamiento hebreo en Palestina provocó desde el
primer momento la reacción en los países árabes. Las relaciones entre las dos
comunidades religiosas fueron de total enfrentamiento, y se acentuaba más en la llegada
de nuevos emigrantes judíos. Estos conflictos dan lugar a la creación de una comisión
especial de las Naciones Unidas para estudiar una solución. Esta comisión dictamina, el 29
de noviembre de 1947, la partición de Palestina y la creación de un estado judío al lado de
otro árabe. Finalmente, el 14 de mayo de 1948, Ben Gurión, (primer ministro de Israel) en
nombre del Consejo Nacional judío, proclama la creación del estado de Israel, el mismo
día en que el comisario británico abandonaba Haifa, horas después, tropas árabes
invadían Palestina, dando comienzo a la primera guerra árabe-israelí. La solución al
problema judío había provocado el surgimiento del problema palestino. A partir de
entonces Palestina se convertirá en uno de los mayores focos de tensión del mundo
actual, un problema todavía en busca de solución.
Se hace necesario que se pueda entender en primer plano de que se trata todo esto para
luego ir hasta la influencia que puede tener en el pueblo judío. El post-modernismo está
marcado por el desencanto de la idea de progreso, Es una filosofía esencialmente
individualista, en la vida, el arte, la política, la economía. Postula la variedad, la diversidad,
la libertad de opciones. Frente a la politización exagerada de la modernidad, la post-
modernidad es esencialmente apolítica. Representa el triunfo de lo placentero, lo
circunstancial, lo fugaz. A diferencia de la seriedad esencial de todas las concepciones de
la modernidad, el post-modernismo reivindica el humor. Es básicamente hedonista y
representa los objetivos de una sociedad capitalista. Es una época de exaltación del
placer, de la revalorización del cuerpo, del deporte, del ideal de juventud. En el plano
artístico, su expresión por excelencia es la post-vanguardia. Es el coqueteo con teologías
pre- modernas, con misticismos triviales o con búsquedas más o menos excéntricas de la
trascendencia que nunca concluyen en una cosmovisión completa tanto religiosa como
secular. Lo post-moderno carece de tragedia, se trata, entonces, de una curiosa
celebración de la nada, de la falta de sentido de la existencia, de la imposibilidad de
entender un mundo rápidamente cambiante, y del individualismo a ultranza. El post-
modernismo parece pelearse con conceptos del clásico modernista como misión, deber,
responsabilidad, visión, ideal, revolución. En el plano político y social, la fiebre
privatizadora que ahora recorre el mundo, el cuestionamiento del estado, el énfasis dado
a la libertad y a la iniciativa más que a la solidaridad social, la reacción anti-burocrática,
han sido consideradas manifestaciones post- modernas, tanto en lo que puedan tener de
positivo como de negativo.
¿Cómo debe situarse el judaísmo frente a este fenómeno? Buscando siempre abarcar a la
mayor clase de judaísmo, nos referimos a aquellas corrientes que ven valores positivos en
la modernidad, la emancipación, la salida del ghetto, la asimilación de valores universales
y la evolución de un grupo religioso disperso en un pueblo con un estado y una identidad
nacional. Entre ellos se mencionan a la ortodoxia moderada y sionista como al
reformismo, al conservadorismo como al judaísmo humanista secular, a judíos sin
definición religiosa precisa o a tradicionalistas. En grandes líneas, el significado del
judaísmo en este contexto abarca a religiosos o laicos a los que su identidad judía les
preocupa, pero no la encuentran compatible con las formas de vida extendidas en la
sociedad industrial avanzada de nuestros días ni con sus requerimientos en todas las
esferas de la vida. O a aquellos que, en algún caso en que encuentren dificultades para
conciliar su concepto de vida judía con las realidades existentes, estén dispuestos a aplicar
fórmulas conciliatorias. Se excluye a los ultraortodoxos en todos sus grupos ya que todos
ellos trabajan por la pre-modernidad, por un estilo de vida arcaico, por una sociedad
teocrática, por ideales que predominaban en la humanidad medieval.
La cuarta: Diferencia que tiene que ver con el hedonismo. El judaísmo nunca fue
demasiado lejos en su rechazo del placer, pero tampoco aceptó nunca la consagración del
placer como valor central en su visión del mundo. El hedonismo elevado a la categoría de
valor primario lleva necesariamente a la transgresión en el campo moral. Y si existe un
principio unificador en todas las corrientes del judaísmo, es la primacía esencial de los
valores éticos. Por lo tanto, el rol protagónico del hedonismo en la post-modernidad es
esencialmente antagónico al judaísmo.
La quinta Disparidad que tiene que ver con el carácter esencialmente relativista del post-
modernismo. En contraste con éste, el judaísmo no se ha cansado de su sed de lo
absoluto. Las distintas variedades de mesianismo social judío siguen vigentes aún en un
mundo de quiebra de valores. Las contingencias cambiantes del post-modernismo son
esencialmente ajenas al remoto, pero vigente, mensaje profético judío, así como a sus
postulados éticos esenciales. El post-modernismo propugna una indiferencia frente a
valores esenciales, mientras que el judaísmo es compromiso permanente, vocación de
servicio, interés incansable por el mundo y el prójimo.
La sexta diferencia que tiene que ver con su esencia y no de concepto. El post-modernismo
es el reino de lo efímero; el judaísmo es el triunfo de lo permanente. El post-modernismo
es frágil, volátil, precario, pese a su alcance universal. Apuesta a lo inmediato, lo
alcanzable, lo fácil, lo cómodo; mientras el judaísmo apuesta a lo incómodo, lo
inalcanzable, lo difícil, lo eterno.
CONCLUSION
Viajar a través de las fronteras, la historia y el tiempo ha sido una experiencia maravillosa,
explorar campos donde jamás se había estado ha resultado de gran interés y beneficios
para el logro de los objetivo de esta monografía,
Al desarrollar el presente trabajo, quisimos ampliar nuestro campo de visión sobre los
acontecimientos históricos más relevantes de la Diáspora Judía, los cuales se ven
reflejados desde el primer exilio que tuvo lugar en 586 a.C., bajo el dominio del rey
babilónico Nabucodonosor II, quien logra conquistar el reino de Judá (sur de Israel)
arrasando con todo lo que conseguía a su paso y destruyendo el templo que significaba la
morada de Dios, y el lugar exclusivamente dedicado para efectuar ritos y ceremonias
sagradas. Llevando a los dirigentes judíos a Babilonia en Mesopotamia (actual Iraq). Y solo
50 años después, en el año 538 a. C., el rey persa, Ciro, permite el regreso de los judíos a
Jerusalén y la reconstrucción del templo. En ese regreso muchos judíos optan por
quedarse en Babilonia lugar que para ellos llegó a ser un centro de cultura judía por mas
1500 años.
Surgen otras invasiones que obligan otras diásporas del pueblo judío pero no del que vivía
en la provincia de Jerusalén, sino entre otros pueblos, pero mantenían como pueblo del
Señor una vinculación, esta era una vinculación étnica religiosa o quizá un vínculo
emocional, tal vez no hablaban la lengua de sus padres, pero aún así ellos se consideraban
Judíos y parte del pueblo de Dios.
Tal vez las motivaciones que tenía el pueblo judío de irse a otro lugar es la misma que en
la actualidad se puede vivir en este país, razones como mejoras de vida, en búsqueda de
trabajo, de emprendimientos comerciales. Obviamente que en ellos se reflejaran
muchísimas otras que tienen que ver con la religión y sus culturas. Pero no deja de ser
frecuentemente traumática desde todo punto de vista. Lo que les ha tocado vivir como
pueblo ha sido doloroso, ver el genocidio que ha existido en todas las épocas y justo les ha
tocado vivir al Pueblo de Dios, nos deja hoy por hoy con muchísimas interrogantes.
Pues si bien es cierto fue el único pueblo con una tierra como herencia, y aun en la
actualidad hay tantas disputas y conflictos no resueltos por el país y la tierra que les
pertenece como pueblo.