Riesgos de Lesiones Auditivas y Salud
Riesgos de Lesiones Auditivas y Salud
1
Lesión auditiva. Radiaciones ioinizantes. Estrés térmico. Bacterias, virus y parásitos.
2
CONTENIDO
. Competencias
3. ESTRÉS TÉRMICO
3.1. Tolerancia al color
3.2. Balance térmico
3.3. Análisis de las condiciones
3.4. Efectos patológicos del calor
3.5. Exposición al frío
ANEXO : Examen.
1.1. EL RUIDO
siendo p la presión sonora en pascales y p o la presión sonora de referencia que se toma como el umbral
auditivo 10-5 pascales. Mediante la utilización de decibelios como unidad de medida se pueden expresar
los niveles de ruido que habitualmente se encuentran en la industria mediante cifras de como mucho tres
dígitos (140 dB). Hay que tener en cuenta, no obstante, que los dB por ser logaritmos no pueden
sumarse de la forma tradicional.
Así la coincidencia de dos ruidos cuyo nivel de presión sonora de aproximadamente, 80 dB en ambos
casos, darán lugar a un nivel de presión sonora de aproximadamente 83 dB.
Tal como se ha dicho antes, dos ruidos de igual nivel de presión sonora en dB (A), son comparables en
cuanto al efecto que presumiblemente causaran en los individuos expuestos a lo largo del tiempo.
Se sabe que ruidos de diferentes características no producirán pérdidas auditivas para exposiciones de 8
horas diarias, si su nivel de presión sonora es menor de 80 dB (A).
La medición de los niveles de ruido que afectan a los trabajadores exige que se utilicen instrumentos
adecuados, cuya primera exigencia deberá ser la precisión, en general debe tratarse de aparatos como
mínimo de tipo 2 según Normas CEI 651 y 804.
Los instrumentos para la medición del ruido se denominan sonómetros o dosímetros,.
Los primeros son aparatos de lectura directa que miden el nivel de presión sonora, bien instantáneo (Lp)
o el nivel continuo equivalente durante un tiempo, (Leq. T) estos últimos son los sonómetros
integradores.
Los dosímetros son instrumentos que la persona expuesta al ruido lleva encima durante el trabajo. Los
dosímetros indican la dosis de ruido en % y/o el nivel continuo equivalente en un tiempo determinado.
Todos ellos deben disponer de la ponderación (filtro) A.
Cualquier persona sometida a ruido en exceso puede presentar hipoacusia. Si ésta aparece de
inmediato tras una emisión corta pero intensa (blast o explosión) suele llamarse traumatismo acústico y
casi siempre es accidental. En cambio, cuando es consecuencia de una exposición menos agresiva pero
repetida, recibe el nombre de lesión auditiva inducida por ruido.
Ambas son indistinguibles desde el punto de vista audiométrico, aunque en la primera el antecedente y
la posible presencia de alteraciones asociadas simplifican el diagnóstico.
En el ambiente laboral, la pérdida de audición se produce por exposiciones, repetidas o continuas, a
niveles equivalentes de ruido superiores a 80 dB (A), aunque este límite no debe considerarse con
absoluto ya que la susceptibilidad individual pudiera ocasionar alteraciones con menor presión acústica.
La disminución de la agudeza auditiva comienza de forma silente y hasta que no se produce la pérdida
de comprensión del lenguaje oral no es percibida por el paciente.
Al principio puede existir como único síntoma un acúfeno que se presenta al final de la jornada laboral.
Mientras, la lesión afecta frecuencias extraconversacionales, de forma progresiva, y sólo cuando la
exposición no cesa se extiende hacia zonas útiles para la conversación motivando la consulta por
pérdida de audición.
En un estudio más avanzado pueden aparecer sensaciones de inestabilidad más o menos importantes
pero casi siempre fugaces.
Otras características de la hipoacusia inducida por ruido son la bilateralidad y simetría de la lesión. Sin
embargo, las audiometrías que no cumplan estos requisitos son compatibles con el diagnóstico a
condición de demostrar la existencia de fuentes de sonido especialmente orientadas.
Por otra parte, el déficit auditivo es de tipo neurosensorial y corresponde a una lesión edococlear. Por
tanto, es posible hallar recruitment (aumento anormalmente rápido de la sensación de ruido con
pequeñas variaciones de intensidad y a veces con sensación de distorsión) que puede no existir si la
afectación sobrepasa la estructura coclear y existe degeneración de las fibras nerviosas. Existen
numerosas pruebas supraliminares para corroborar la topografía de la lesión.
Otro tipo de pruebas, corresponden a las realizadas para diferenciar las hipoacusias funcionales. La
impedanciometría (positividad del reflejo acústico) y los potenciales evocados auditivos del tronco
cerebral, en los que el paciente no participa como sujeto activo, nos sirven para alcanzar este objetivo.
La audiometría vocal evalúa la pérdida del umbral y la comprensión del lenguaje por lo cual es utilizada
en la valoración social de las sorderas.
Actualmente, existen distintas herramientas de investigación que completan este panorama diagnóstico.
La audiometría de altas frecuencias y las otoemisiones acústicas, pueden ayudarnos a comprender
mejor este especial tipo de lesión audiológica.
Por último, hay que señalar que la realización de audiometrías requiere aprendizaje, en especial cuando
el objetivo primordial es mantener la vigilancia epidemiológica de los trabajadores expuestos a ruido. Por
ello se recomienda la lectura atenta de las normativas que la mayoría de países han establecido y la
puesta en práctica de los controles técnicos que se argumentan en las mismas.
El modo más utilizado, en medicina del trabajo, para calcular el déficit auditivo en individuos con
desarrollo normal del lenguaje, es el siguiente:
1º. Promediar los umbrales auditivos a 500, 1.000, 2.000 y 3.000 Hz en cada oído (pérdida promedio
en las frecuencias conversacionales).
2º. Restar del resultado 25 dB (standard de normalidad audiométrica).
3º. Calcular la pérdida monoaural, multiplicando la cifra anterior por 1.5. El resultado queda expresado
en tanto por ciento.
En la actualidad existen tablas, discos como el de Perelló-Salesa y también programas informáticos que
obtienen el resultado directamente.
Si el déficit es simétrico, el porcentaje obtenido es aplicable a la pérdida binaural. En caso contrario, se
aplica esta ecuación:
Este procedimiento no prevé pérdidas por presbiacusia razón por la que puede emplearse un factor de
corrección.
Valorar la situación de riesgo, desde un punto de vista colectivo, y controlar la evolución de las lesiones
implica, cuando menos, recoger la información previa con criterios uniformes.
El método más recomendable, en el momento actual, para conseguir este objetivo es la Clasificación
de Klockhoff Modificada (figs. 2 y 3), con siete posibles diagnósticos relacionados con distintas áreas
del audiograma.
En su concepción original la diferencia entre hipoacusia y trauma acústico se refiere sólo a la presencia
o no de alteraciones en las frecuencias conversacionales, siendo este segundo término equiparable a la
pérdida permanente del umbral.
Es preciso señalar que únicamente se contemplarán como escotomas auditivos aquellos aumentos del
umbral auditivo centrados en 4-6 KHz con recuperación en 8 KHz.
NORMAL
Ninguna frec. > 25dB INICIAL
escotoma < 55 dB
TRAUMA ACÚSTICO
No pérdida convencional
AVANZADO
escotoma > 55 dB
MODERADA
Todas las frec. afectadas < 55 dB
AVANZADO
Todas las frec.
OTRAS ALTERACIONES Afectadas Pero 1 ó más
Alteraciones no debidas a exposición a ruido
El control del riesgo de pérdida de audición, debido al ruido implica la actuación desde distintos frentes.
Por una parte el conocimiento técnico de los niveles de ruido existentes y su espectro frecuencial. A
partir de estos datos que pueden expresarse como un mapa de ruido de la empresa se puede proceder a
la implantación de medidas correctoras. Estas pueden derivarse de un cambio en el proceso productivo,
en la maquinaria en las herramientas de trabajo, etc o en el aislamiento de los procesos, máquinas u
operaciones ruidosas.
La reducción de los niveles de ruido puede lograrse también mediante la instalación de barreras que
impidan o dificulten su transmisión (pantallas, cortinas, etc…).
Asimismo el recubrimiento de techos o paredes con materiales que absorban las ondas de presión y
disminuyan la reflexión de las mismas.
El material de recubrimiento debe ser adecuado a las frecuencias predominantes en el ruido existente.
Las medidas y controles de tipo administrativo, como por ejemplo la disminución del tiempo de
exposición al ruido, la señalización de los locales en los que el nivel de ruido sea excesivo, o la
planificación a largo plazo de las diferentes actuaciones preventivas frente al ruido, son también
necesarias en la lucha contra el ruido en el mundo laboral.
La protección personal, ya sean orejeras o tapones debidamente certificados y homologados por
organismos competentes suelen atenuar en buena medida el nivel de ruido. Los protectores auditivos
deben ser adecuados al tipo de ruido. No todos ofrecen protección suficiente en cualquier situación. Eso
depende fundamentalmente de las frecuencias del ruido existente. Debe conocerse este dato antes de
adquirir dichos protectores. Es conveniente que los trabajadores participen en la elección de los
protectores auditivos, y se tenga asimismo en cuenta el grado de confort de los mismos.
La lesión auditiva inducida por ruido no tiene tratamiento y por tanto la única forma de evitar sus
consecuencias es evitar que aparezca.
La prevención médica se inicia en el proceso de selección laboral.
Las audiometrías prelaborales corroboran la inexistencia de lesiones previas y justifican la adopción de
medidas protectoras en caso de lesión.
Las pruebas de sensibilidad al ruido, como el test de Peyser, son reprobables y no han mostrado su
eficacia en la predicción de la lesión auditiva.
Las audiometrías periódicas proporcionan una visión evolutiva de la exposición. Es necesaria su
repetición en cortos períodos de tiempo, si aparecen cambios en el umbral de audición junto a la revisión
de la anamnesis y el puesto de trabajo.
La adecuación del lugar de trabajo tendrá en cuenta la presencia de alteraciones otológicas previas, de
cualquier origen. Las hipoacusias de percepción deberán considerarse por la fragilidad coclear que
suponen. Las otitis serosas o crónicas simples, otosclerosis, luxaciones de la cadena osicular, cirugía
(timpanoplastia, estapedectomía) y parálisis faciales supraestapediales, impiden la contracción del
músculo estapedial y por tanto permiten la entrada directa de energía sonora al oído interno aumentando
la probabilidad de lesión.
La naturaleza del ruido es también un factor importante en la adaptación al lugar de trabajo. El ruido
intermitente es evidentemente menos lesivo. Existen normas concretas para valorar las dosis
equivalentes de exposición.
Además el oído se defiende mejor frente a ruidos constantes y estables que no a los pulsados gracias al
sistema de amortiguación que componen los músculos del oído medio.
Las situaciones de sordomudez y sorderas profundas deben examinarse desde una perspectiva social.
La ausencia de alteraciones psíquicas o de comportamiento asociadas comportan una buena adaptación
al trabajo, siempre y cuando no existan situaciones manifiestas de inconfortabilidad o su seguridad
dependa de señales acústicas.
Bibliografía
Industrial Noise And Vibration Control. Irwin JD. And Graf ER. Prentice-Hall.Inc.N.J.
Moreno N, Solé D, Márques F, Moliné JL. Ruido: vigilancia epidemiológica de los trabajadores expuestos. Notas técnicas de
prevención. INST..
Noise Hearing Conservation Manual. Berger EH, Ward WD, Morrill JC, Roysser LM. Eth. Edition.
R.D. 1316/89 de 27/10 (B.O.E. de 2/11/90) sobre protección de los trabajadores contra los riesgos derivados de la exposición a
ruido.
Existe una radiación de base, variable según las zonas del planeta, a la que está expuesta toda la
humanidad. El origen de la mismas es cósmico, atmosférico, terrestre y también a inhalación de
sustancias radioactivas.
Junto a este fondo radiactivo se encuentran otras fuentes, desarrolladas en la industria y centros
sanitarios que contribuyen a incrementar el riesgo de padecer lesiones cuando se utilizan sin suficiente
control.
La justificación de la vigilancia médica se encuentra en este apartado.
La radiación es la emisión y propagación de energía a través de ondas o de partículas subatómicas. Las
ondas transmisoras de energía pueden ser de una componente (ondas sonoras) o de dos componentes
perpendiculares entre sí (campos eléctrico y magnético) como las radiaciones electromagnéticas (luz
visible, calor, rayos gamma, etc).
También la radiación puede consistir en la emisión de partículas por parte de los átomos (radiación
corpuscular).
La radiactividad consiste en la propiedad de ciertos átomos de desintegrarse espontáneamente
perdiendo parte de su masa en forma de radiación corpuscular y/o electromagnética. De todas las
formas de radiación mencionadas, tienen un especial interés preventivo, por su capacidad de producir
daños para la salud, aquellas denominadas «ionizantes» es decir, las que tienen suficiente energía como
para disociar moléculas, producir radicales libres e iones excitados.
Esta característica ionizante, sólo la poseen aquellos tipos de radiación muy energéticas, como es el
caso de las radiaciones corpusculares y una parte de las radiaciones electromagnéticas.
Como se ha explicado, son ondas formadas por la existencia de campos eléctricos y magnéticos cuyas
direcciones son perpendiculares entre sí y a su vez perpendiculares a la dirección de propagación. Una
de sus características es que se propagan en el vacío pues no precisa medio material como soporte. La
velocidad con que viaja la energía transmitida es de 300.000 Km/seg, en el vacío y esto es una
constante.
Las ondas electromagnéticas se diferencian entre sí por su longitud de onda y su frecuencia. La relación
entre estas dos características es la siguiente:
Entre los diferentes tipos de ondas electromagnéticas podemos encontrar longitudes de onda del orden
de micrómetros o de kilómetros. También frecuencias que van desde unos pocos herzios, hasta millones
de ellos.
La energía de una onda electromagnética, que en definitiva determina en gran parte su peligrosidad para
el ser humano, es directamente proporcional a su frecuencia e inversamente proporcional a su longitud
de onda, por lo que las radiaciones electromagnéticas más peligrosas son aquellas de mayor frecuencia
y menor longitud de onda.
La determinación de esa energía se lleva a cabo mediante la expresión siguiente:
E= h.f siendo E la energía en julios, f la frecuencia en herzios y h una constante (cte. de Planck)
que vale: 6.63.10-34-julios. seg
Para alterar estructuras moleculares, es decir para que una radiación sea ionizante, debe poseer una
energía superior a 12.4 eV (electrón – Volts) es decir 2.10-18 julios
Esto significa que las radiaciones electromagnéticas ionizantes son aquellas cuya frecuencia es superior
a 3 x 1015 herzios que como puede comprobarse en el espectro electromagnético abarca las radiaciones
correspondientes a una franja de la banda de los ultravioletas, rayos X y rayos gamma.
Los rayos X y los rayos gamma son las radiaciones electromagnéticas más peligrosas puesto que tienen
mayor energía.
También son capaces de penetrar en el organismo atravesando tejidos. Esto las hace muy útiles en
medicina tanto para obtener imágenes del interior de aquél, (radiodiagnóstico), como para localizar y
administrar energía en zonas poco accesibles del cuerpo con fines terapéuticos (radioterapia). Este tipo
de radiación, así como la radiación corpuscular originan riesgos para la salud de las personas que
trabajan en contacto con ellas.
Ya se ha comentado que, la radiactividad consiste en la desintegración de ciertos átomos inestables
denominados isótopos, emitiendo radiación para pasar a un estado de menor energía.
Un isótopo es tanto más radiactivo cuanto mayor es el número de transformaciones espontáneas que en
él suceden por unidad de tiempo.
El número de transformaciones nucleares espontáneas por unidad de tiempo se denomina. Actividad.
El tiempo necesario para que la actividad de una sustancia se reduzca a la mitad se denomina Período
de semidesintegración.
La radiación que se emite en un proceso radiactivo en general suele ser de estos tipos:
La radiación alfa consiste en la emisión de partículas alfa, es decir, partículas subatómicas con dos
protones y dos neutrones, equivalentes a núcleos de helio.
La energía que implica la emisión de una partícula alfa está entre 4 y 10 millones de eV.
La partícula no tiene gran aplicación en radiodiagnóstico o radioterapia, porque a pesar de poseer gran
capacidad de ionización, se desplaza con relativa lentitud por lo que no penetran con facilidad los
materiales de hecho estas partículas son absorbidas por una simple hoja de papel.
Por este motivo, el trabajo con este tipo de isótopos no ofrece un gran riesgo por irradiación exterior pero
si en el caso de contaminación, es decir, que los isótopos sean inhalados, o penetren en el organismo
por ingestión o a través de heridas.
La radiación corpuscular beta se debe a la capacidad de ciertos núcleos para emitir electrones. La
emisión de partículas beta se usa en medicinas como radioterapia externa o interna.
La radiación beta no es tan energética como la alfa pero tiene también gran poder de ionización y mayor
capacidad de penetración, debiendo utilizarse plástico o madera para absorberlo.
La radiación electromagnética gamma se produce al pasar un núcleo radiactivo, de un estado excitado a
un estado de energía más bajo (estable).
Su energía aunque muy variable, es siempre suficiente para ionizar y se trata de una radiación ionizante
de gran poder de penetración.
La radiación gamma se utiliza en radioterapia externa o implantada en una zona determinada del
paciente.
Los rayos X son radiaciones electromagnéticos de energía superior a 100 eV sin llegar a energías tan
elevadas como los rayos gamma.
Por su capacidad de atravesar tejidos del cuerpo humano y la posibilidad de generarlos a voluntad y de
variar su intensidad variando la tensión eléctrica del generador de rayos X, son muy utilizados en
radiodiagnóstico.
Los efectos dañinos de la exposición a radiaciones ionizantes están bien demostradas para dosis altas y
sugieren prevenir las exposiciones a dosis más bajas.
Se considera que una persona profesionalmente expuesta que reciba una dosis anual, en el cuerpo
entero, inferior a 50 mSv, tiene un riesgo despreciable de sufrir lesiones.
Dado que se acepta como efectos estocásticos aquellos que no tienen umbral de aparición, este
concepto debe interpretarse con precaución, desde el punto de vista higiénico, tendiendo siempre a la
aplicación del criterio ALARA (As Low As Reasonably Achievable), es decir, dosis tan bajas como
razonablemente sea posible.
Se suele diferenciar entre personas profesionalmente expuestas y público en general.
Suele establecerse como norma de seguridad que le público en general sea sometido como mucho a
dosis máximas anuales diez veces inferiores a las máximas admitidas para los profesionales.
Los límites comúnmente aceptados para las personas profesionalmente expuestas son los siguientes:
Existen asimismo, limitaciones según edad y sexo que se especifican en las normativas de cada
La radiación capaz de provocar alteraciones en el organismo humano es la que puede ser absorbida y
este hecho es de naturaleza probabilística. Cuando se produce la sesión, ésta es inespecífica e
indistinguible de la causada por otros agentes físicos o químicos (energía térmica, tóxicos industriales,
etc).
Los efectos están basados en mecanismos directos, si las moléculas celulares vitales absorben la
energía, o bien indirectos, cuando el agua celular se ioniza y genera iones y radicales libres altamente
reactivos.
El daño causado está relacionado con la dosis. Si es muy baja, como la empleada en el diagnóstico
médico, es tolerable. Si es alta, los efectos son mayores y más probables.
Sin embargo, otros factores influyen en la respuesta celular.
La tasa de dosis introduce el factor tiempo. Si es alta significa que la dosis se ha recibido en poco
tiempo y por tanto los mecanismos de reparación enzimática no pueden actuar correctamente.
Del mismo modo, a dosis iguales los efectos pueden ser distintos, según la transferencia lineal de
energía o energía cedida al medio por unidad de longitud, en su recorrido en el organismo.
A estos factores hay que añadir la mayor o menor susceptibilidad celular a las radiaciones, la cual
aumenta de forma inversa al grado de diferenciación y directamente en relación a la actividad mitótica y
al capacidad de división.
En cultivos celulares irradiados se observa un umbral por debajo del cual no existen efectos
demostrables. En cuanto se sobrepasa aparece una inhibición de las mitosis que permanece durante un
tiempo. Conforme la dosis y la tasa de dosis crecen, los mecanismos de reparación tienen más
dificultades para actuar y por tanto los efectos pueden ser más ostensibles. Si la radiación se produce
sobre células germinales, las consecuencias quizá no se manifiesten hasta algunas generaciones más
allá.
Además de los retrasos en la división, las células pueden llegar a morir. Esto sucede en fase
reproductiva, por lesión cromosómica, o bien durante la interfase por alteraciones metabólicas.
En consecuencia, las radiaciones ionizantes producen sobre el organismo humano una serie de efectos
que pueden clasificarse como somáticos, si afectan al propio individuo, o genéticos, cuando afectan a las
células germinales y se manifiestan en las generaciones futuras.
Unos y otros se expresan tras un tiempo de latencia que suele ser corto para los primeros, aunque no
siempre y largo en los segundos, hasta varias generaciones después.
Atendiendo a este período de latencia, los efectos se han dividido en precoces si aparecen tras días o
semanas siendo en general reversibles (se reparan) o tardíos cuando no se manifiestan hasta meses
después de la exposición. En este caso la reparación no se produce.
Según la dosis recibida y la respuesta del organismo, los efectos se dividen en :
Efectos no estocásticos o no aleatorios.
Se producen en todos los individuos aunque a distintas dosis a partir de un umbral. La gravedad
depende, en relación directa, del incremento de la dosis.
Pertenecen a este grupo casi todos los efectos somáticos precoces y algunos somáticos tardíos.
Su probabilidad de aparición es baja. No existe umbral. La dosis recibida influye en la aparición pero no
en la gravedad. A mayor dosis mayor riesgo.
En este grupo se incluyen los efectos genéticos y la carcinogénesis.
En condiciones laborales normales se reciben actualmente dosis bajas de radiación. Por tanto, es
posible encontrar sólo algunos efectos no estocásticos pero es necesario tener atención especial con los
estocásticos tantos somáticos como genéticos.
2. Ojos
Es posible observar alguna conjuntivitis.
La catarata necesita un largo período de latencia para ser evidente.
Radiodermitis crónica: en largas exposiciones. Aparecen piel seca, atrofia, hiper o hipopigmentación,
etc, que se mantiene indefinidamente. Puede ser el lugar de asentamiento de un cáncer cutáneo.
4. Gónadas
Es difícil que se produzca hipogonadismo con la exposición laboral habitual ya que depende de
células radiorresistentes.
5. Feto
La irradiación intraútero puede provocar muerte fetal (primeras cuatro semanas), malformaciones
(primer trimestre) y aumenta el riesgo de sufrir neoplasias en los primeros años de vida. A baja dosis
estos efectos no se presentan.
1. Algunos autores han calculado pequeñas disminuciones en la duración de la vida para aquellos
trabajadores que acumulan siempre la dosis máxima permisible durante toda su vida laboral.
2. La relación entre la exposición a las radiaciones ionizantes y la inducción de cáncer es evidente
como también parece que las condiciones de trabajo correctas disminuyen la incidencia hasta
niveles semejantes a la población general.
3. La escasez de datos, al igual que en los puntos anteriores, es importante para valorar las
alteraciones genéticas radioinducidas, sobre todo con bajas tasas de dosis. La mayoría de las
estimaciones se han obtenido a partir de experimentación animal, con todos los problemas de
extrapolación que este hecho acarrea.
2.5. SÍNDROME DE IRRADIACIÓN
La exposición súbita, de todo el organismo a un nivel muy intenso de radiación, capaz de hacer fracasar
las funciones vitales, se presenta en muy pocas ocasiones.
Es un efecto no estocástico ya que depende de la dosis recibida y altera sobre todo aquellos órganos
con un ritmo rápido de renovación celular.
La dosis corporal total necesaria para ser letal se expresa en términos de DL 50 (dosis letal 50), es decir,
aquella dosis capaz de producir un 50% de muertes sin tratamiento médico. Se suele indicar también el
período de tiempo (días) necesario para producir estos efectos. Así, se habla de DL 50/30 o DL 50/60
que para el hombre está situada cerca de los 4 Gy.
Tras la irradiación existe una fase prodrómica con manifestaciones neurovegetativas acusadas que
pueden disminuir hasta la presentación de la fase clínica, con características distintas según la dosis
absorbida.
Aparece tras dosis de 1 a 10 Gy, con un tiempo de latencia entre 15 y 20 días, por desaparición de las
células hematopoyéticas.
Por tanto, existen anemia, hemorragias e infecciones, con una gravedad relativa menor de la primera
porque la vida media de los hematíes es larga.
El primer signo periférico es la disminución drástica de los linfocitos en las primeras 48 h.
Con dosis superiores a 50 G y se presenta un cuadro neurológico grave, con tiempo de latencia muy
corto que conduce a la muerte.
Tras un período de agitación y desorientación, sobreviene un importante edema cerebral. El enfermo
fallece en 24-48 h.
2.6. RADIOPROTECCIÓN
No debe producirse práctica radioactiva alguna si no implica un beneficio claro para el ser humano.
La exposición de los individuos a las radiaciones ionizantes debe mantenerse tan baja como sea
posible.
Las dosis máximas recibidas por los individuos no pueden superar nunca los límites máximos
legislados para cada situación.
Todos los trabajadores deben ser sometidos a exámenes de salud, antes de su contratación y durante
su estancia en el centro, al menos con periodicidad anual.
La información obtenida durante las entrevistas no debe ceñirse exclusivamente a la descripción del
puesto de trabajo que se propone, sino que han de considerarse todas aquellas situaciones anteriores,
laborales o extraprofesionales, que pueden incrementar la dosis total recibida hasta este momento.
Durante la anamnesis es preciso investigar la existencia de enfermedades hereditarias y hematológicas
que contraindiquen la asignación del puesto de trabajo y también todas aquellas alteraciones,
susceptibles o no de tratamiento, que contribuyan a aumentar el riesgo de enfermar.
El resultado de los exámenes debe guardarse al menos, durante 30 años.
La entrevista es un excelente momento para incidir en distintos aspectos sobre protección y fomento de
la salud ya sea por interés propio del trabajador o porque los resultados de las distintas exploraciones
efectuadas así lo aconsejen.
Bibliografía
3. ESTRÉS TÉRMICO
J. A. BENITEZ
El hombre es un animal que necesita mantener la temperatura de sus órganos vitales dentro de unos
márgenes muy estrechos debido a que las numerosas y complicadas reacciones metabólicas, de las que
depende su vida, deben desarrollarse en unas condiciones de temperatura en las que las velocidades y
rendimientos de las mismas sean óptimas.
Se puede decir, que el hombre, para encontrarse saludable tanto física como mentalmente debe
mantener una temperatura interna de alrededor de 36.8°C. si la temperatura central se sitúa por debajo
de 35°C se habla de hipotermia, llegándose a una situación crítica e incluso letal cuando esta
temperatura oscila entre 23 y 27°C. La situación contraria se alcanzaría cuando la temperatura central
está en torno a 40.6°C, con ausencia de sudoración y se llega al riesgo de muerte cuando la temperatura
rectal está entre 41.7 y 43.3°C.
Con objeto de contrarrestar desequilibrios que puedan desembocar en este tipo de situaciones extremas,
el organismo humano posee un sistema termorregulador muy complejo para mantener la temperatura
interna dentro de unos intervalos muy estrechos, compensando las pérdidas y ganancias de calor.
Se considera que existen claras evidencias de que el centro regulador de la temperatura está situado en
el hipotálamo. Cuando se produce alguna modificación del balance térmico en el cuerpo, el hipotálamo
elabora una señal que provoca la puesta en marcha de diferentes mecanismos correctores con objeto de
contrarrestar los desequilibrios térmicos. En situaciones de elevada intensidad de trabajo o ambientes
con sobrecarga térmica, el cuerpo humano debe eliminar el exceso de calor para que la temperatura
interna permanezca dentro de los límites y para ello se sirve básicamente de dos mecanismos:
Por un lado se incrementa el flujo sanguíneo periférico con objeto de transportar el calor acumulado
desde las zonas más profundas del organismo hasta la piel y una vez allí eliminarlo por conducción
radiación y convección.
Por otra parte, una vez el calor se ha transportado a la piel, incrementando la actividad de las
glándulas sudoríparas se consigue eliminar calor mediante la evaporación del sudor.
El control de estos dos mecanismos: regulación del flujo sanguíneo y cantidad de sudor secretado, está
en poder de los centros termorreguladores situados en el hipotálamo que actuarán en función de las
condiciones ambientales y de la carga de trabajo fundamentalmente.
Sin embargo, la respuesta al desequilibrio térmico no siempre va a ser la misma para todos los
individuos que se enfrentan a situaciones de estrés térmico equiparables, sino que ésta va a depender
de diferentes factores que van a condicionar la intensidad de las acciones correctoras que pone en
marcha el organismo.
Las variables que influyen en la tolerancia al calor son:
3.1.1. Aclimatación
Este es un factor que influye principalmente en el caso de individuos obesos debido a que la relación
entre la superficie cutánea y el corporal es relativamente baja. Dado que la disipación del calor es
función de la superficie y la producción interna del calor, del peso, el hombre corpulento está en
desventaja ya que la relación entre la superficie y el volumen corporal es menor en él.
Los obesos sufren con mayor frecuencia síncopes por calor que las personas de menor peso debido
fundamentalmente al peor funcionamiento del aparato circulatorio y a la menor proporción de superficie
desde la cual se disminuye la carga térmica por evaporación. Es un error la creencia de que esto se
debe al mayor espesor de la capa adiposa subcutánea que limitaría la disipación del calor durante el
trabajo por su efecto aislante. Realmente este efecto no es muy importante ya que el calor que proviene
del interior del cuerpo se transporta por medio de la sangre y no por conducción a través de esta capa.
Durante el trabajo pesado en ambientes calurosos, se somete al sistema cardiovascular a una doble
carga, puesto que se establece la necesidad de aumentar el flujo sanguíneo hacia la piel y hacia los
músculos activos. Es bien conocido, que la capacidad cardiovascular disminuye con la edad y por tanto
también la tolerancia a este tipo de situaciones. Este es el caso contrario de individuos en buenas
condiciones físicas que deberán poseer normalmente una mayor capacidad cardiovascular.
Por otra parte, en ambientes muy calurosos, los trabajadores de mayor edad disipan con más dificultad
la carga calorífica que los más jóvenes, debido a un retado en la respuesta de sudoración y a una inferior
capacidad de generación de sudor. El resultado es un aumento en la cantidad de calor almacenado
durante el trabajo y un mayor tiempo necesario para la recuperación.
En situación de equilibrio térmico, es decir, cuando la temperatura interna del cuerpo permanece
constante, las ganancias y pérdidas de calor en el organismo deben equipararse. Se puede establecer
una ecuación de balance en la que se tengan en cuenta todas las variables que influyen en el
mantenimiento o pérdida de este equilibrio y que podría ser del tipo que se describe a continuación:
A = M – (R + C + E)
Donde el término «A» representa la acumulación corporal, «M» es el calor producido por el metabolismo
y el último término representa las pérdidas o en su caso ganancias que afectan al individuo en forma de
radiación térmica «R», calor convectivo «C» o por evaporación «E». En el caso de situaciones con
elevada carga de trabajo y en ambientes con sobrecarga térmica se producirá una acumulación de calor
cuantificable mediante la resolución de la ecuación anterior. Por el contrario, en situaciones de equilibrio
térmico la acumulación de calor será nula y por tanto, esto significa que los términos que representan las
pérdidas y ganancias de calor son iguales.
La cantidad de calor producida por el metabolismo viene influenciada principalmente por la actividad que
desarrolla el individuo y más concretamente por el tipo de trabajo y el movimiento en general del cuerpo.
Existen tablas de valores para cuantificar el metabolismo de trabajo en función de la posición,
movimientos corporales y la clase de trabajo a desarrollar. Para obtener el consumo metabólico total de
energía, habrá que sumar al valor anterior el término correspondiente al metabolismo basal, que sería el
consumo energético necesario para el mantenimiento de las funciones vegetativas y que se puede
calcular fácilmente mediante correlaciones experimentales de fácil acceso.
Por otra parte, los intercambios de calor entre el individuo y el medio ambiente, se podrían desglosar en
intercambios de calor por radiación, convección y evaporación, los cuales estarían influenciados por
variables tales como la temperatura del aire, la temperatura radiante media, la velocidad del aire, la
humedad ambiente y por supuesto, por la ropa de trabajo.
Se establece por tanto un conjunto de variables en función de las cuales se puede plantear el balance
térmico en cualquier tipo de situaciones de trabajo. Para ello se establecerán modelos o métodos la
evaluación del estrés térmico. La bibliografía que presenta multitud de estudios para evaluar las
condiciones térmicas del ambiente de trabajo. Sin embargo, cualquier método de evaluación que
pretenda ser riguroso deberá medir la temperatura del aire, la temperatura radiante media, la humedad
absoluta y la velocidad del aire, así como cuantificar la carga metabólica del trabajo.
Los métodos de evolución podemos clasificarlos en función de los datos que procesan. Los métodos
fisiológicos serían aquellos que se basan en estudios sobre grandes colectivos a partir de la integración
de datos estadísticos y que sirven como base para evaluar problemas termohigrométricos. Dentro de
este grupo estaría el llamado «Índice de Temperatura efectiva», basado en el estudio de las respuestas
de grandes colectividades cuando son expuestas a diferentes combinaciones de temperatura, humedad
y movimiento del aire, aunque sólo se utiliza como criterio de evaluación del confort térmico ya que no
tiene en cuenta el factor de la carga metabólica ni la influencia en la carga térmica total de aportaciones
de radiación térmica.
Los métodos instrumentales tratan de establecer modelos físicos que expliquen las reacciones del
hombre cuando se le somete a diversas condiciones termohigrométricas, mediante la cuantificación de
factores externos. En este grupo quedaría integrado el índice WBGT que ha sido adoptado como valor
permisible promedio (TLV) por la American Conference of Governmental Industrial Hygienists (ACGIH)
debido a su simplicidad y eficacia.
Al no ser posible medir la temperatura corporal interna para supervisar la carga térmica de los
trabajadores, este método utiliza la medida de factores ambientales que más estrechamente se
correlacionan con la temperatura corporal interna y demás respuestas fisiológicas. En la actualidad, el
índice WBGT constituye la técnica más simple y una de las más adecuadas para medir los factores
ambientales.
El índice WBGT se obtiene por ponderación mediante ecuaciones apropiadas de la Temperatura de
globo (Tg), Temperatura seca (Ts) y Temperatura húmeda (Th):
Siendo:
La determinación del índice WBGT, así como el instrumental necesario y las condiciones bajo las que
se han de realizar las mediciones de las variables que intervienen, están especificadas en las
siguientes normas:
ISO 7243: «Estimación del estrés térmico en el ambiente de trabajo basada en el índice WBGT»
ISO 7726: «Ambientes térmicos. Instrumentos y métodos para la cuantificación de magnitudes
físicas».
Una vez calculado el índice WBGT se compara con unos valores de referencia que existen para este
índice en función de la carga de trabajo, que nos indican el valor máximo permitido para éste según el
régimen de trabajo que se ejerza (Tabla 1).
El índice WBGT es muy eficaz, a pesar de su gran simplicidad si lo comparamos con otros métodos de
evaluación. Sin embargo presenta varios inconvenientes que es necesario mencionar. Por ejemplo este
método se basa en la utilización de la Temperatura de globo, Temperatura húmeda y Temperatura seca,
con lo que indirectamente estamos ponderando otras variables que influyen en ellas, como son la
temperatura del aire y su velocidad, la humedad absoluta y al temperatura radiante media, pero no es
sensible a cambios de estas variables una a una. Además cuando se aplique este método se
incorporarán correcciones de factores no tenidos en cuenta como son la aclimatación de la persona
expuesta, ropa que viste, obesidad y edad, entre otras. Por último, decir que este método sólo distingue
entre situación de disconfort o de riesgo, pero es incapaz de clasificar el grado de disconfort o de
distinguir entre una situación de riesgo a corto o largo plazo.
Para acabar con la descripción de los métodos de evaluación del estrés térmico, diremos que también
existen aquellos que se denominan métodos de balance térmico. Son los más modernos, precisos y por
supuesto los más complicados. Pretenden la obtención de todas las variables que intervienen en el
balance térmico mediante la resolución de ecuaciones a veces bastante complejas.
Entre estos métodos se encuentra el llamado “índice de sudoración requerida”, cuyo desarrollo está
especificado en la norma ISO 7933: «Determinación analítica e interpretación del estrés térmico basada
en el cálculo de la sudoración requerida», y básicamente consiste en la evaluación de dos tipos de
parámetros:
Parámetros físicos relativos al ambiente térmico, como son la temperatura del aire, temperatura
radiante media, presión parcial de vapor de agua y velocidad del aire.
Parámetros característicos de las situaciones de trabajo, como podrían ser la carga metabólica de
trabajo o el aislamiento térmico de la ropa.
Reúne este método todas las posibles variables que intervienen en el problema y establece una
ecuación de balance térmico que nos indica si estamos o no en una situación de equilibrio:
M – W = Cres + Eres +K + C + R + E + S
donde M es la carga metabólica total, W la carga metabólica útil, C res y Eres corresponden a intercambios
de calor a nivel de vías respiratorias por convección y evaporación: K, C, R y E son los intercambios de
calor a nivel de la piel por conducción, convección, radiación y evaporación respectivamente. Por último
S expresa el término de acumulación de calor en el cuerpo.
Teniendo cada uno de estos términos sus ecuaciones correspondientes para cuantificarlos, y en caso de
desequilibrio térmico, la acumulación de calor tiene un valor límite máximo tal que la elevación de la
temperatura interna del cuerpo no entrañe efectos patológicos. Asimismo se considera un valor máximo
de pérdida hídrica del organismo compatible con el mantenimiento del equilibrio hidromineral.
Lógicamente, en función de estos valores límite de exposición, se determina un tiempo máximo de
permanencia bajo estas condiciones que provocan el desequilibrio térmico.
Cuando analizamos las condiciones mediambientales y de carga de trabajo debemos distinguir entre
situaciones de estrés térmico a corto o a largo plazo en función del tiempo de exposición necesario para
que se den circunstancias de desequilibrio térmico. Entre las situaciones de estrés térmico a largo plazo
podemos distinguir:
Es evidente, que ante la variedad de factores y situaciones que pueden evidenciar una exposició
peligrosa, el análisis de las condiciones, necesario para establecer posteriores medidas correctores, ha
de seguir unas pautas para conseguir los siguientes objetivos:
La investigación debe comenzar con la observación del lugar de trabajo y la recolección de datos
referentes a:
Todos estos datos resultan básicos para la elaboración de posibles futuras soluciones y a la hora de
escoger que método de evaluación de las condiciones térmicas vamos a utilizar.
El intercambio de calor entre el individuo y el medioambiente en forma de calor radiante, convectivo o por
evaporación, va a depender, sin contar la influencia de la ropa de trabajo de la persona expuesta, de
cuatro parámetros fundamentales: la temperatura radiante media, la temperatura seca, la humedad
absoluta y la velocidad del aire.
Las características físicas de un ambiente quedan perfectamente descritas con estos cuatro parámetros
suponiendo que sean uniformes en todo el entorno de trabajo y estables a lo largo de toda la exposición
del trabajador a este ambiente.
Así, la temperatura del aire influirá en el intercambio de calor por convección. La velocidad del aire
influye en la determinación de los intercambios de calor por convección y evaporación. La humedad del
aire influye y controla la evaporación del sudor generado por el organismo y representa por tanto una
barrera térmica para el mismo. Por último, la temperatura radiante media influye en el intercambio por
radiación entre el hombre y el medioambiente que le rodea.
La carga metabólica se puede estimar aproximadamente por comparación de las tareas realizadas por
los operarios. En el caso de tareas repetitivas, se puede dividir la actividad en fases sucesivas a las que
se asigna una duración y carga metabólica determinadas para evaluar posteriormente la carga
metabólica total. La postura de trabajo, partes del cuerpo involucradas en la tarea y nivel de esfuerzo
requerido nos marcarán la carga metabólica implicada en cada una de las fases de que está compuesta
la actividad total. Además se deberán conocer y evaluar las pausas existentes, así como su duración y
distribución a lo largo de la jornada de trabajo.
Una vez que se han planteado y resuelto las etapas anteriores, se debe proceder a la elección del
método de evaluación del estrés térmico y la posterior interpretación de resultados. La proposición de
una estrategia de actuación deberá tener en cuenta sus posibilidades y campo de aplicación y su
relación coste-efectividad en el proceso productivo.
La carga térmica de las condiciones de trabajo viene determinada fundamentalmente por las
características físicas del ambiente de trabajo y las condiciones en que este se desarrolla y se cuantifica
como la cantidad de calor que debe ser eliminada por el organismos para mantener su equilibrio térmico
(Fig. 1)
Como consecuencias de esta carga térmica se producen una serie de reacciones funcionales del
sistema termorregulador tendentes a contrarrestar su efecto.
Vasodilatación periférica
Sudoración
Sudoración
Golpe de calor
Los esfuerzos fisiológicos mantenidos de una forma repetida, pueden dar lugar por una parte a posibles
alteraciones de la salud y por otra, a través de las modificaciones de los sistemas nervioso, muscular y
sensorial, a repercusiones sobre la seguridad, la productividad y el confort en el trabajo. Entre los efectos
podemos destacar la incidencia de la carga térmica en el absentismo y la disconformidad en el trabajo,
reducción en la eficiencia con incrementos en el número de errores o incluso el incremento de
accidentes. Refiriéndonos a exposiciones más intensas o de mayor sobrecarga térmica, se pueden
producir efectos fisiológicos tales como agotamiento, reducción de la capacidad de trabajo, esfuerzo
circulatorio o desequilibrio de agua y sal.
Se produce el denominado «golpe de calor» cuando las cargas de calor ambiental y de trabajo son tan
grandes, que los aportes de calor al organismo superan las pérdidas, produciéndose una acumulación
excesiva de calor con elevado incremento de la temperatura central. En esta situación, el fracaso de los
mecanismos de refrigeración corporal son patentes y se produce una anhidrosis generalizadas
acompañada a veces de delirio, con incremento de la sequedad y temperatura de la piel y ausencia de
sudoración. Este tipo de accidente puede desembocar en la muerte y la actuación frente a él debe ir
encaminada a la disminución de la temperatura interna por inmersión en agua y la estimulación de la
circulación sanguínea sometiendo al cuerpo y extremidades a masajes. Se debe vigilar continuamente la
evolución de la temperatura interna, y en cualquier caso, el golpe de calor deberá siempre ser atendido
por personal especializado.
Otras alteraciones que se pueden producir en situaciones de carga térmica son el síncope por calor,
deshidratación y déficit salino.
Medidas correctoras
La elección de los métodos de control frente a situaciones de estrés térmico, se hará en función de un
estudio de todos los elementos que intervienen en el problema (Tabla 2). La actuación se puede llevar a
cabo a tres niveles:
Sobre los focos de calor existentes en los lugares de trabajo, impidiendo las emisiones
principalmente en forma de calor convectivo y radiaciones térmicas.
Sobre el medio de difusión o propagación, evitando que, aunque el calor haya pasado al medio
ambiente, éste llegue hasta el individuo.
Sobre el receptor, principalmente mediante protección personal adecuada a la situación de riesgo.
Como consecuencia de estas premisas, se abre un amplio abanico de posibilidades de actuación sobre
los tres medios de acción: foco, medio de propagación y receptor.
Los métodos de control que se aplican generalmente sobre el medio de difusión son fundamentalmente
la ventilación por dilución y el ajuste de la velocidad del aire en los locales de trabajo. Hay que tener en
cuenta que estamos ante una situación en la que el calor ya ha pasado al ambiente y lo que tratamos
es de mantener unas condiciones termohigrométricas dentro de unos límites aceptables.
Al considerar la posible implantación de la ventilación generalizada como método de control hay que
tener en cuenta que sólo es eficaz cuando las condiciones ambientales no son muy severas ya que de lo
contrario las cantidades de aire que habría que renovar serían excesivas para llegar a una dilución
aceptable del calor. Por otra parte la emisión de calor desde los focos deberá ser razonablemente
uniforme para no tener que recurrir a grandes renovaciones de aire en cortos períodos de tiempo.
La ventilación de los locales se aplica generalmente como método de corrección de las condiciones
termohigrométricas una vez que se han aplicado otros métodos de control. Si se han reducido al mínimo
las aportaciones de calor tanto exteriores como interiores, es posible corregir la temperatura y humedad
del aire en el interior de los edificios mediante una ventilación adecuada utilizando el aire exterior o bien
aire previamente tratado o acondicionado.
La velocidad del aire es un parámetro físico que afecta fundamentalmente a los intercambios de calor por
convección y evaporación. Su valor óptimo va a estar condicionado por el nivel metabólico, la humedad y
sobre todo por la temperatura del aire ya que en función de ésta variará su efectividad como método de
control.
En situaciones en que la temperatura del aire es inferior a 36°C, el aumento de la velocidad del aire
favorece el intercambio por convección aumentado las pérdidas de calor y facilitando por tanto la
adaptación a un ambiente térmico desfavorable.
Por el contrario, cuando la temperatura del aire es superior a 36°C, el intercambio de calor se realiza en
sentido contrario al anterior, es decir, desde el ambiente hacia el individuo y un aumento de la velocidad
del aire aumentaría las aportaciones de calor por convección. Sin embargo en esta situación habría que
tener en cuenta que se está favoreciendo la pérdida de calor por evaporación. Tenemos entonces
efectos opuestos sobre el balance térmico del organismo cuando variamos un solo parámetro, con lo
cual es importante determinar la velocidad óptima del aire a la cual los intercambios de calor por
evaporación son mayores que los efectos adversos sobre los cambios de calor por convección.
Sucede frecuentemente, que a pesar de la puesta en marcha de métodos de control que actúen sobre
los focos de calor o el medio de difusión, las condiciones termohigrométricas sobrepasan los valores
admisibles para trabajos continuos de 8 horas. Recurrimos entonces a la aplicación de medidas de
actuación sobre el individuo con intención de minimizar los efectos de exposiciones adversas desde el
punto de vista térmico. Estas medidas se pueden resumir brevemente en:
Debe informarse al personal sobre la necesidad de reponer las pérdidas de líquidos y electrolitos
mediante la ingestión de agua y sal. Se debe estimular a los trabajadores a beber frecuentemente agua,
ya que la sed no siempre es estímulo suficiente para la reposición de las cantidades de líquido
eliminadas considerándose apropiada la ingestión de un vaso de agua cada 20 minutos
aproximadamente.
Las exposiciones al frío entre trabajadores, suelen ser el resultado de situaciones accidentales aunque
se den casos en que no se pueden evitar las bajas temperaturas ambientales o la inmersión en agua a
baja temperatura.
El primer síntoma que advierte del peligro ante el estrés por frío puede ser la aparición de sensación de
dolor en extremidades, aunque el aspecto más importante y que constituye una grave amenaza para la
supervivencia es el descenso de la temperatura interna corporal. Se considera como límite aceptable que
la temperatura interna no descienda por debajo de 36° C, ya que a partir de ese punto se producirán
efectos graduales que irán desde una reducción de la actividad mental con disminución en la capacidad
para tomar decisiones, hasta llegar a la pérdida de la conciencia con la amenaza de consecuencias
fatales para la supervivencia.
Se considera como una situación normal, aquélla en la que la temperatura rectal del individuo está
alrededor de 37.6°C. Si en este momento comienza una situación de exposición prolongada a aire frío o
una inmersión en agua fría, se producirán una serie de reacciones encadenadas cuyo objetivo será el de
compensar la pérdida de calor que se está produciendo. Cuando la temperatura interna disminuye hasta
36°C, se produce un aumento de la actividad metabólica en un intento de recuperar el equilibrio térmico.
Si la exposición continúa, el trabajador experimentará manifestaciones clínicas progresivas de la
hipotermia cuya secuencia se podría describir de la siguiente forma:
Aparición de tiritona de máxima intensidad cuando la temperatura interna se acerca a los 35°C.
Fuerte hipotermia por debajo de 33°C.
Por debajo de una temperatura interna de 30°C se empieza a producir una pérdida progresiva de la
conciencia.
Límite de supervivencia a los 24°C.
Riesgo de paro cardíaco a una temperatura interna de 22°C.
Medidas correctoras
La pérdida del calor corporal por efecto de la exposición a bajas temperaturas puede tener
consecuencias graves sin que se alcancen los límites anteriormente establecidos. Muchos accidentes de
trabajo se producen por pérdida de la destreza o capacidad intelectual del trabajador ocasionadas por
exposiciones prolongadas sin haber tomado las mínimas medidas preventivas.
En el caso de trabajos que exijan una destreza manual, se tomarán medidas cuando se trate de
exposiciones de más de 25 minutos a ambientes por debajo de 15°C, con objeto de que los trabajadores
puedan mantener las manos calientes. En este sentido, se puede recurrir a la instalación de aparatos
calefactores (de aire caliente o de calor radiante) orientados hacia la zona de trabajo o bien a la
utilización de guantes si la pérdida de destreza no es un factor muy importante, en este caso los mandos
de máquinas y herramientas para uso en condiciones de frío se diseñarán para poder manejarlos con los
guantes puestos.
En situaciones donde se realice el trabajo en ambientes con temperaturas inferiores a 5 °C, los
trabajadores deben llevar ropa de protección, cuya elección estará en función de la actividad física que
vayan a desarrollar y del nivel de frío al que se vayan a someter. Esta ropa aparte de la función
protectora deberá cumplir unos requisitos ergonómicos, debiendo asegurarnos una mínima transpiración
o en su defecto una adecuada ventilación para impedir que las prendas interiores se mojen con el sudor.
Asimismo, puede ser beneficiosa una capa exterior impermeable si existe el riesgo de que se puedan
mojar las prendas interiores.
Si el trabajo se realiza a la intemperie en su mayor parte, se dispondrán refugios con calefacción para
que los trabajadores los utilicen a intervalos regulares con una frecuencia en función del grado de
intensidad de la exposición. La vuelta a la zona de descanso se hará a intervalos regulares o cuando
aparezcan indicios de fatiga excesiva, somnolencia, irritabilidad, euforia o signos de congelación.
También deberá plantearse el cambio de ropa por otras prendas de trabajo secas para evitar el retorno al
trabajo con ropa húmeda.
Conviene por tanto que el ritmo de trabajo no sea tal que provoque una sudoración excesiva,
humedeciendo la ropa.
Si estas medidas no son suficientes, se recurrirá a la modificación de los ciclos de trabajo estableciendo
pautas de trabajo calentamiento y a la toma de medidas de protección colectiva como el apantallamiento
de las zonas de trabajo para evitar elevadas velocidades del aire.
Bibliografía
El trabajo en ambientes con sobrecarga térmica. Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo.
Valores límite adoptados por la ACGIH (TLVs).
ISO 7243: 1989, Ambiances Chaudes – estimación de la contrainte thermique de I´homme au travail, basée sur Índice WBGT
(temperature humide et de globe noir).
ISO 7933: 1989, Ambiances thermiques chaudes – Determinaction analytique et interprétation de la contrainte thermique fondées
sur le calcul de la sudation requise.
ISO 7726: 1985, Ambiances thermiques – Appareils et methods de mesure de grandeur physiques. “Evaluating the heat stress
indices recommendeb by ISO”. Helmut Peters. Internacional Journal of Industrial Ergonomics.
4.1. BRUCELOSIS
La brucelosis integran un conjunto se zoonosis transmisibles, propias del ganado que proporciona leche
y carne para la alimentación humana, y originadas por diferentes especies del género brucella. La
brucelosis humana es siempre consecuencia de la brucelosis animal, ya que es el animal enfermo o
infectado la única fuente de infección para el hombre. Tiene la consideración de enfermedad profesional
en aquellas ocupaciones relacionadas con el contacto con animales (veterinarios, pastores, ganadores,
matarifes), sus productos (industria textil, lanera de curtidos, lácteas), y con la manipulación de cultivos y
muestran contaminadas (laboratorios de microbiología, etc).
Los mecanismos de transmisión son la vía digestiva (ingesta de leche y derivados contaminados), la vía
cutáneo-mucosa (es la de mayor impacto laboral), la vía aérea (inhalación de aerosoles, conjuntivitis
ocular por salpicadura) e incluso por inoculación accidental (obtención de muestras, elaboración de
vacunas, etc).
El cuadro clínico es muy polimorfo, pudiendo presentarse formas agudas (fiebre, síndrome tóxico,
sudoración y mialgías), formas crónicas (osteoarticulares) y formas localizadas (osteomielitis, orquitis,
derrame pleural, neuropatías, endocarditis, etc).
El diagnóstico de laboratorio es fundamental y se basa en la realización de pruebas bacteriológicas
(hemocultivo, cultivo de LCR, líquidos articulares, exudados) y serológicas (seroaglutinación, rosa de
bengala coombs anti-brucella, inmunoenzimáticas) . El tratamiento se realiza asociando doxiciclina y
estreptomicina como pauta más habitual.
La prevención se fundamenta en la vacunación animal, medidas de higiene alimentaria, medidas de
protección del personal expuesto (batas, guantes, gafas, etc), protocolos de actuación en laboratorios y
normas sanitarias específicas en establos y granjas.
En medicina laboral se recomienda realizar dos exámenes anuales de salud en profesionales
particularmente expuestos, que incluyan exploración física y análisis de laboratorio. En aquellos
individuos con reacciones serológicas positivas, pero sin manifestaciones clínicas, debe realizarse un
seguimiento especial. Si se producen abortos masivos o sacrificios de animales a gran escala, deben
efectuarse también exámenes suplementarios. Para ello la colaboración entre el veterinario y el médico
general o del trabajo es fundamental y propicia muy buenos resultados.
Actualmente en algunos países no están indicadas la vacunación humana a los grupos de riesgo por
diferentes motivos: pauta vacunal compleja, existencia de importantes efectos secundarios,
disponibilidad de medidas diagnosticas y terapéuticas eficaces, así como un desarrollado nivel de
controles sanitarios.
4.2. TÉTANOS
Enfermedad aguda inducida por la tetanoespasmina neurotoxina producida por el Clostridium Tetan en
condiciones de anaerobiosis estricta.
El reservorio es básicamente telúrico o ambiental (tierra, polvo, basuras, superficies, fómite, etc) aunque
también puede encontrarse entre la flora del tracto intestinal de animales herbívoros (caballos, vacas,
etc), y omnívoros como el hombre, donde es una bacteria saprofita. Las esporas tetánicas penetran en el
organismo a partir de las heridas presentes en el revestimiento cutáneo o mucoso. Aquellas heridas que
por sus características favorecen la anaerobiosis (heridas tetanígenas) representan un mayor riesgo de
desarrollar la enfermedad en individuos no inmunizados correctamente. Las más peligrosas son las
heridas profundas, anfractuosas, punzantes, contaminadas con cuerpos extraños (tierra, metralla
óxidos), necróticas, quemaduras, etc.
La susceptibilidad al tétanos es general. No se presenta el fenómeno de la inmunidad de grupo vacunal,
y el padecimiento de la enfermedad no confiere inmunidad.
Existe un mayor riesgo de tétanos en personas laboralmente expuestas a los principales reservorios
(ganaderos, basureros, agricultores, soldados, jardineros, toreros, personal de funerarias, etc), y que
constituyen una de las principales indicaciones de la vacunación con toxoide tetánico.
Tras un período de incubación variable (5 días), aparece un cuadro clínico espectacular y florido que
constituye la base del diagnóstico (espasmos musculares, trismus, opistotonos, hiperactividad simpática,
etc). El tratamiento es hospitalario (unidad de cuidados intensivos), en base a protocolos específicos
según la gravedad del cuadro clínico. El tratamiento del tétanos una vez desarrollada la enfermedad
requiere la movilización de unos importantes recursos humanos y materiales, que contrastan con la
sencillez, eficacia y escaso coste económico de la aplicación del toxoide tetánico (vacuna) para su
prevención.
El control y prevención de la enfermedad se basa en la vacunación. La vacuna absorbida con hidróxido
de aluminio se administra por vía subcutánea profunda o intramuscular, y sus efectos secundarios se
limitan, en algunos casos (10%), a reacciones inflamatorias locales en el punto de inoculación.
No presenta más que las contraindicaciones generales comunes a todas las vacunaciones
(enfermedades sistémicas en fase aguda, antecedentes de hipersensibilidad vacunal, convulsiones,
etc).Si bien toda la población de un país debería estar correctamente vacunada contra el tétanos, las
embarazadas, los lactantes (calendario de vacunaciones sistemáticas) los trabajadores laboralmente
expuestos a los reservorios, y las situaciones epidemiológicas de elevado riesgo tetánico (heridas
tetanígenas) son las indicaciones específicas de la vacunación antitetánica.
La pauta vacunal del adulto o no sistemática es: 1ª dosis inicial. 2ª dosis a las 4-6 semanas (mes), 3ª
dosis a los 6-12 meses (año), y revacunaciones cada 10 años.
En la Tabla 1 se recoge el protocolo de actuación para la prevención del tétanos ante una posible puerta
de entrada.
4.3. TUBERCULOSIS
Enfermedad transmisible producida por especie del género Mycobacterium (M. tuberculosis
fundamentalmente) que, aunque puede localizarse en cualquier órgano o sistema, la forma más
frecuente es la pulmonar. El principal reservorio es el individuo infectado que puede desarrollar la
enfermedad y hacerse bacilífero. También las vacas pueden actuar ocasionalmente como reservorio de
la infección en el hombre (M. bovis).
La vía aérea a partir de un trabajador enfermo bacilífero es el principal mecanismo de transmisión en el
medio laboral. El afectado produce aerosoles contaminados, formados por los denominados Núcleos
goticulares de Wells con uno o dos bacilos, que permanecen suspendidos en el ambiente. El riesgo de
contagio es directamente proporcional al tiempo de exposición y a la concentración de gérmenes en el
aire. Por vía digestiva, el papel de la leche procedente de vacas enfermas o contaminadas durante el
proceso de manipulación es actualmente poco relevante al haberse generalizado su consumo
pasteurizado.
Reviste un especial interés epidemiológico la receptividad del huésped a desarrollar la enfermedad. Un
15% de los infectados enferman de tuberculosis, siendo el riesgo de desarrollar la enfermedad más
elevado durante los primeros cinco años posteriores a la infección (particularmente durante el primer
año): Predisponen también algunas enfermedades profesionales de base (silicosis), enfermedades
crónicas (diabetes, insuficiencia renal, neoplasias), medicaciones inmunosupresoras (corticoesteroides,
citostáticos, radioterapia), y disminución general de las defensas (malnutrición, alcoholismo, estrés), así
como la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).
Clínicamente la tuberculosis pulmonar es la forma más frecuente y la más contagiosa. Puede ser
asintomática y descubrirse casualmente durante un reconocimiento rutinario de salud o en un estudio de
contactos de un enfermo tuberculoso ya diagnosticado. Puede predominar la sintomatología general o
sistémica, integrada por un síndrome tóxico (astenia, anorexia y pérdida de peso), febrícula y sudoración
nocturna que dura varias semanas e incluso meses. Con todo, las manifestaciones respiratorias son muy
orientadoras: tos inicial seca irritativa que va incrementándose, y evolucionando con la producción de
esputos muco-purulentos y hemoptisis.
La tuberculosis extrapulmonar representa globalmente un 20% de todos los casos de tuberculosis. Se
incluyen en este apartado la tuberculosis miliar (diseminada), la meningitis tuberculosa, la pleuritis
tuberculosa, la adenitis tuberculosa, la tuberculosis –osteoarticular, la tuberculosis genito-urinaria,
tuberculosis cutánea, tuberculosis ocular (iridociclitis), tuberculosis suprarrenal, laringitis tuberculosa, etc.
El diagnóstico de la infección tuberculosa se realiza con la prueba de la tuberculina: inyección
intradérmica (técnica de Mantoux) de un extracto de cultivo de bacilo de Koch, con el fin de detectar la
sensibilización del organismo a la infección tuberculosa. En un individuo sin antecedentes de vacunación
por BCG, se considera positiva si aparece una induración de diámetro igual o superior a los 5 mm, que
debe evaluarse a las 48-72 horas de la inoculación. La radiografía de tórax complementada con el
examen bacteriológico o el cultivo del esputo proporcionan el diagnóstico de certeza de la tuberculosis
pulmonar. Los estudios anatomo-patológicos (biopsia) pueden ser de gran ayuda en el diagnóstico de las
tuberculosis extrapulmonares. Todo material de biopsia con sospecha de tuberculosis debe ser
procesado bacteriológicamente (microscopio y cultivo).
La pauta terapéutica general recomendada para la enfermedad tuberculosa es la siguiente: isoniacida,
rifampicina y piracinamida, diariamente, durante los dos primeros meses, y posteriormente isoniacida
más rifampicina durante los cuatro meses siguientes.
La quimioprofilaxis antituberculosa es la administración a individuos sanos de medicación específica con
una finalidad preventiva. Trata de prevenir la infección de los individuos expuestos al contagio
(quimioprofilaxis primaria) o evitar la enfermedad en los ya infectados (quimioprofilaxis secundaria o
quimioterapia de la infección tuberculosa). Se realiza con isoniacida a dosis de 5 mg/ Kg/día, sin
sobrepasar los 300 mg/día. Antes de pautar la quimioprofilaxis debe destacarse la enfermedad
tuberculosa activa (requeriría tratamiento), una alteración hepática importante y medicaciones
simultáneas con una influencia notable sobre el metabolismo hepático.
4.4. CARBUNCO
Infección bacteriana aguda, causada por el Bacillus Anthracis, que se observa en los animales
herbívoros. La infección en el hombre se produce cuando las esporas del bacilo penetran en el
organismo. Los animales herbívoros (caballos, vacas, ovejas, etc) se infectan al pastar el forraje
contaminado con esporas del germen. Los animales en su fase terminal eliminan esporos y contaminan
el suelo y el ambiente.
El carbunco humano se divide en agrícola e industrial. El agrícola proviene de contactos con animales
infectados, por picaduras de moscas infectadas y rara vez por consumo de carne contaminada. Puede
darse en carniceros, desolladores. Los casos industriales se dan por exposición a pieles, pelo de cabra,
lana o huesos contaminados que se utilizan con fines comerciales. La infección se produce por
inhalación (se conoce también como la enfermedad de los cardadores de la lana). El 95% de los casos
de carbunco en el hombre son cutáneos y el 5% lo son por inhalación.
La lesión cutánea se localiza en zonas descubiertas de la piel. Consiste en una escara central, rodeada
por un intenso edema sin fóvea. El carbunco por inhalación produce una mediastinitis hemorrágica y una
infección generalizada de rápida agravación. El carbunco digestivo es poco frecuente (fiebre, náuseas,
vómitos, diarrea sanguinolenta, etc). El Bacillus Anthracis se encuentra en grandes cantidades en las
lesiones cutáneas y puede evidenciarse su presencia con tinción gram o cultivos. Confirman el
diagnóstico las pruebas serológicas específicas. El tratamiento aconsejado es penicilina G (2 millones de
unidades). La prevención se fundamenta en la aplicación de métodos de descontaminación de la lana y
el pelo de los animales herbívoros, inmunización de los mismos e incineración de los cadáveres de los
animales infectados, proscribiendo su descuartizamiento y necropsia.
4.5. LEPTOSPIROSIS
Zoonosis producida por el género leptospira. La enfermedad aparece en diversos animales domésticos y
salvajes, pudiéndoles provocar desde un cuadro inadvertido a una enfermedad grave y mortal. La
supervivencia de las leptospiras en la naturaleza depende del pH de la orina del huésped del pH del
suelo o del agua donde son eliminadas y de la temperatura ambiental. En el hombre las infecciones
pueden aparecer directamente por contacto con la orina o tejidos de un animal infectado, o
indirectamente a través del agua, el suelo o la vegetación contaminados. Las puertas de entrada son las
rozaduras cutáneas (sobre todo en los pies), y las mucosas conjuntival, nasal y bucal. Es una
enfermedad de adolescentes y adultos jóvenes.
Se considera una enfermedad profesional que, al perfeccionarse los métodos de desratización y las
medidas de higiene general, ha disminuido en ciertas profesiones como los mineros del carbón y
trabajadores del alcantarillado, aunque sigue dándose en granjeros, tramperos, trabajadores de
mataderos, arrozales, etc.
Es una enfermedad bifásica. Inicialmente existen leptospiras en sangre y líquido cefalorraquídeo con lo
que sus manifestaciones más frecuentes son cefalea mialgías hiperestesia cutánea, fiebre en agujas y
escalofríos. En una segunda fase aparecen anticuerpos contra la leptospira, desaparecen los síntomas
un tiempo, para volver a reaparecer posteriormente. Provoca cuadros específicos como el síndrome de
Weil, fiebre hemorrágica, con afectación renal, neumonía atípica, meningitis aséptica y miocarditis. EL
diagnóstico se basa en el aislamiento del microorganismo o en pruebas serológicas. Al principio se aislan
en sangre y líquido cefalorraquídeo, y posteriormente en la orina. La doxiciclina es el tratamiento más
eficaz.
4.6. TULAREMIA
También denominada fiebre del conejo o fiebre de la mascota del venado. Infección causada por
Franciscella Tularensis, se encuentra únicamente en el hemisferio norte. Es un microorganismo que
habita en muchos animales (conejos, ardillas, castores, venados, ganado vacuno, ovejas, pájaros y
peces). Se transmite bien por contacto de la piel con cualquier animal, o a través de un insecto vector
(garrapatas o moscas del venado). El microorganismo se encuentra también en las heces de la
garrapata.
Los cazadores y los tramperos son los que tienen mayor riesgo laboral. La tularemia presenta un período
de incubación de 2 a 5 días, tras el que aparece fiebre, escalofríos, cefaleas mialgías,
hepatoesplenomegalia dolorosa y exantema maculopapuloso en un 20% (puede evolucionar a
pustuloso). Aparecen también diferentes alteraciones condicionadas a la puerta de entrada: conjuntivitis,
faringitis (por inhalación). El diagnóstico es serológico con pruebas de aglutinación. El tratamiento
consiste en administrar estreptomicina o bien gentamicina por vía intramuscular. Las tetraciclinas o el
cloranfenicol también pueden ser de utilidad pero presentan un elevado porcentaje de recaídas. La
prevención consiste en evitar la exposición y vacunar a las personas de mayor riesgo (veterinarios,
cazadores, tramperos, guardabosques, etc).
4.7. FIEBRE Q
4.8. PSITACOSIS
Enfermedad infecciosa de las aves causada por Chlamydia Psittaci. El microorganismo se encuentra en
las secreciones nasales, excretas, tejidos y plumas de loros, papagayos, periquitos, palomas etc. Se
transmite al hombre por vía respiratoria. No es imprescindible un contacto prolongado con la fuente de
infección, pues una breve exposición es suficiente.
La psitacosis puede considerarse una enfermedad profesional en los trabajadores de pajarerías,
colombófilos, tratantes de aves de corral, taxidermistas, veterinarios y empleados de zoológicos.
El cuadro clínico se inicia bruscamente con escalofríos, fiebre, cefalea intensa, neumonitis, etc. Pueden
existir infecciones subclínicas o formas leves semejantes a la gripe. El diagnóstico se confirma por el
aislamiento del microorganismo causal o por estudios serológicos. En el tratamiento se utilizan las
tetraciclinas con buenos resultados.
Bibliografía
5.1. HEPATITIS A
Personas que viajan a países subdesarrollados del tercer mundo (periodistas, religiosos, personal
sanitario, militar, intercambios culturales, negocios, etc).
Manipuladores de alimentos.
Personal hospitalario en unidades de pediatría y geriatría.
Personal de instituciones semicerradas (deficientes mentales, guarderías)
Situaciones especiales (brotes epidémicos en determinados colectivos).
5.2. HEPATITIS B
La hepatitis B (VHB) es una enfermedad de distribución mundial que constituye un importante problema
de salud pública por su elevada prevalencia, frecuente evolución a la cronicidad y asociación con la
cirrosis y el carcinoma hepatocelular.
Su agente causal es un virus DNA (hepadnavirus) que posee un núcleo central (Core) y una cubierta
lipoproteica. En el núcleo central se identifican 2 antígenos: HBc Ag (específico) y el Hbe Ag (relacionado
con una elevada capacidad infectante de la persona portadora). La cubierta lipoproteica alberga el
antígeno de superficie HBs Ag.
El reservorio de la enfermedad es exclusivamente humano: está integrado por los enfermos (durante el
período de incubación y la fase precoz de la enfermedad), y por los portadores crónicos (principales
reservorios).
La principal fuente de infección está constituida por la sangre y hemoderivados, aunque también se
pueden considerar otros fluidos corporales como la saliva, el semen, secreciones vaginales, orina,
heces, sudor, leche materna, etc, si bien con menores concentraciones del virus.
La hepatitis B es una enfermedad profesional en el personal sanitario con contacto frecuente con sangre
y hemoderivados (unidades de hemodiálisis, bancos de sangre, laboratorios, servicios quirúrgicos y de
urgencia).
Las medidas preventivas frente a la hepatitis B en el personal sanitario pueden ser de diversa naturaleza:
Por su importancia e interés práctico en salud laboral hay que destacar las medidas de carácter
biológico.
La gammaglobulina específica antihepatitis B está indicada en la profilaxis postexposición tras una
inoculación accidental en el personal sanitario no vacunado. Se administran 0.06 ml/Kg por vía
intramuscular durante las primeras 48 horas posteriores a la inoculación (la eficacia preventiva es tanto
mayor cuanto más precoz es su administración).
También está indicada la inmunoprofilaxis pasiva en aquellos trabajadores que, a pesar de haber sido
vacunados, no han desarrollado anticuerpos.
La vacunación es el método más adecuado de prevención de la hepatitis B. Todo el personal sanitario y
cualquier otro personal con riesgo que trabaje en centros sanitarios (personal de limpieza, auxiliares)
deben recibirla. También está indicada en otros grupos como funcionarios de instituciones penitenciarias,
bomberos, servicios funerarios, personal de ambulancias, estudiantes de profesiones sanitarias, etc.
Con la vacuna DNA- recombinante obtenida en levaduras (saccharomyces cervisiae) no existe riesgo
infeccioso y la respuesta inmunógena es altamente protectora.
5.3. HEPATITIS C
El virus de la hepatitis (VHC) es del tipo RNA y presenta una gran tendencia a la cronicidad y a
degenerar en hepatocarcinoma. Actualmente es el responsable del 90% de las hepatitis post-
tranfusionales.
La vía de transmisión más frecuente es la pareteral, aunque también puede darse la transmisión sexual
por contactos hetero u homosexuales. Los drogadictos por vía intravenosa, los politransfundidos, los
hemodializados y el personal sanitario forman los grupos de alto riesgo de esta enfermedad.
El período de incubación oscila entre las 2 y 5 semanas. No se diferencia clínicamente de las otras
hepatitis, aunque la sintomatología suele ser menos acusada (es característico el patrón fluctuante de las
transaminasas). No hay un tratamiento específico para esta enfermedad (estudios realizados con
interferon alfa 2b recombinante han presentado resultados esperanzadores).
La única medida preventiva existente hasta el momento es el cribado de anticuerpos frente al VHC en los
bancos de sangre. En caso de accidente con sangre del personal sanitario se determinan los anti VHC
del paciente y del trabajador, lo que supondrá poder valorar el riesgo de infección y realizar un
seguimiento de la evolución del trabajador.
5.4. RABIA
La rabia es una antropozonosis producida por un virus neurotropo que, penetrando por una solución de
continuidad de la piel o a través de las mucosas, se fija en el sistema nervioso central causando una
encefalomielitis aguda, casi siempre mortal.
Tiene una distribución mundial por la existencia de un reservorio animal múltiple y difícil de erradicar.
Hay que diferenciar la rabia urbana (perros o gatos domésticos no vacunados) y la rabia selvática o
reservorio permanente (zorros, lobos, chacales, murciélagos, etc).
Se transmite principalmente por la mordedura a partir de la saliva del animal rabioso. Otros mecanismos
de transmisión que se han descrito son por transplante de tejidos infectados (córnea) y por inhalación del
virus aerosolizado en laboratorios que trabajan con tejidos infectados o en cuevas a partir de los
excrementos de murciélagos.
Hay un riesgo de exposición aumentado en personas laboralmente relacionadas con los reservorios de la
enfermedad (veterinarios, personal de laboratorios, cazadores, criadores de animales, guardas
forestales, personal de zoológicos, espeleólogos, etc), que precisan unas medidas preventivas
adecuadas.
El período de incubación oscila entre 1-3 meses, siendo más corto cuanto más cercano al sistema
nervioso central está la puerta de entrada. Clínicamente se diferencian una fase prodrómica
(melancólica), un período de excitación (neurológico agudo) y un período paralítico que finaliza con la
muerte del afectado, ya que una vez iniciada la clínica, su letalidad es del 100%.
La profilaxis laboral de la rabia se fundamenta en la vacunación. La actual vacuna de virus muertos
(cepa Pitman Moore) obtenida en cultivos de células diploides de origen humano e inactivadas por la B-
propiolactona, originan una rápida e intensa inducción de anticuerpos neutralizantes, y no presentan
complicaciones neuroparalíticas al carecer de mielina en su composición. La pauta vacunal consiste en
tres dosis los días 0, 7 y 28, con dosis únicas de refuerzo a los tres años si persiste el riesgo laboral.
A nivel laboral, la problemática más importante se plantea ante una lesión accidental o pinchazo
procedente de un enfermo VIH positivo o con SIDA en un trabajador sanitario.
Para aceptar una transmisión profesional del VIH en un trabajador sanitario deben darse las siguientes
condiciones:
Bibliografía
***
ANEXO
1. ¿Qué es el ruido, cómo se produce y cuáles son los límites de percepción tolerables en el
oído humano?
2. Defina el concepto de hipoacusia. ¿Cuáles son los síntomas clínicos que acusa una persona
expuesta al ruido en exceso y por qué es importante la prueba de la audiometría para su
evaluación?
3. Enumere algunas medidas preventivas que permitan evitar consecuencias dañinas de
carácter auditivo.
4. ¿Qué instrumentos para medir el ruido conoce? Descríbalos.
5. ¿En qué consiste la radiactividad?. ¿Cuáles son las formas de radiación y qué características
posee?
6. ¿Qué frecuencia alcanzan las radiaciones electromagnéticas ionizantes?. ¿Cuál es el uso
que se le da a las radiaciones alfa, beta o gamma y por qué son considerados los rayos X y
los rayos gamma los más peligrosos de las fuentes irradiantes?
7. Señale los tipos de efectos que producen sobre el organismo humano las radiaciones
ionizantes. ¿Por qué se dice que estos efectos dependen de la dosis recibida?. ¿Cuáles son
sus manifestaciones?
8. ¿En qué principios se basa la radioprotección?
9. Explique los grados de tolerancia al calor considerados normalmente en el hombre.
10. ¿Por qué al hipotálamo se le considera centro regulador de la temperatura?
11. ¿Cuándo el cuerpo alcanza su balance térmico y qué variables condicionan dicha situación?
12. ¿A qué se denomina estrés térmico y cuáles son sus métodos de evaluación?
13. Defina el concepto de hipotermia. Describa su ciclo evolutivo. ¿Qué medidas preventivas se
recomienda en un ambiente de trabajo cuya exposición al frío es constante?
14. Cite las conocidas enfermedades infecciosas de origen bacteriano y realice un cuadro de
presentación de características, mecanismos de transmisión, cuadros clínicos, diagnósticos,
medidas de prevención, control sanitario y tratamientos respectivos.
15. ¿Cuáles son las diferencias entre las tres formas de hepatitis y qué vacunas son
recomendables para evitar el riesgo de contagio?
16. ¿Qué es la rabia, cómo se transmite e incuba el virus y qué ámbito ocupacional es el más
propenso a contraerla?
17. ¿Por qué el paludismo es considerado como enfermedad parasitaria laboral?. ¿Cuáles son
las medidas de higiene con respecto a esta enfermedad?
* * *