Pablo Ananía
UN ESP E C T R O
A S E D I A A
LA A R G E N T I N A
ARTE POLÍTICA
ARTE POéTICA
ARTE amatoriA
Ananía, Pablo
Un espectro asedia a la Argentina : arte política, arte poética, arte
amatoria / Pablo Ananía ; editado por Leonardo Longhi ; Saurio ;
ilustrado por Saurio ; prólogo de Jorge Dorio. - 1a ed. - Ciudad Autó-
noma de Buenos Aires : La Idea Fija, 2017.
128 p. : il. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-27624-9-0
1. Poesía Argentina. I. Longhi, Leonardo, ed. II. Saurio, ed. III. Saurio, ilus. IV.
Dorio, Jorge, prolog. V. Título.
CDD A861
La Idea Fija – Ediciones bastante literarias
www.laideafija.com.ar
[email protected]
© 2017, Pablo Ananía.
ISBN 978-987-27624-9-0
Diseño, diagramación e ilustración de tapa: Saurio.
Prólogos de Jorge Dorio y Daniel Freidemberg.
Reportaje de Leonardo Longhi.
Se ha hecho en el depósito de ley 11.273
Impreso en la Argentina – Printed in Argentina
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o
transmitida en alguna manera ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de
grabación o fotocopia sin previa autorización del editor.
Para Adriana Brunetti, “la aurora y el intacto día”.
Índice
Un peronista en la Ciudad Irreal por Jorge Dorio 9
Ponerse en juego por Daniel Freidemberg 15
I. ARTE POLÍTICA, ARTE POÉTICA 17
II. ARTE AMATORIA. MUJERES 55
III. ARTE POÉTICA. ESCLAVOS DE LA LENGUA 69
IV. CUESTIONES DE FAMILIA 101
Alquimia militante Entrevista con Pablo Ananía
por Leonardo Longhi 115
Un peronista en la Ciudad Irreal
por Jorge Dorio
Entre las groserías más riesgosas de la lectura debe consignarse
ese ejercicio que superpone, como un prisma, la figura del autor
sobre su obra con la supuesta intención de iluminar algún aspecto
o –aun peor– algún sentido de su palabra escrita.
El efecto es letal. Es una distorsión propia de un psicoanalis-
ta puesto a crítico literario con el resultado de que toda línea revela
opacidades que la convierten en un diamante falso.
Un antídoto posible es que la misma obra impida la opera-
ción proveyendo un efecto dinámico que hipnotice al lector a través
de giros en los que brillen sucesivamente palabra y vida.
Giros que terminen por revelar la consistencia inalterable de
un diamante auténtico.
En la voluntad de esa alquimia se despliega el presente volu-
men de Pablo Ananía.
Se me dirá: ¿cuánta gente hay con la capacidad de distinguir
una joya verdadera de una falsificación? Una respuesta prudente
sería “pocas”. Pero seguramente son más que los que se esfuercen
en diferenciar una poética de orfebrería del tallado efectista y su
efecto brilloso.
Esto me conduce a la tentación de continuar estas líneas con
otra prevención mezquina pero también certera: proteger lo que
se dirá bajo la advertencia de que un tiempo signado por el desfile
9
victorioso de filisteos de toda laya es, sin duda, el peor momento
para celebrar una obra como la de Pablo Ananía.
Y aunque la tentación no yerra en el paisaje, adolece de
un facilismo que pronto se revela como hijo de los tiempos que
condena.
Es probable que la obra poética de Ananía haya crecido en
períodos posiblemente un poco más propicios que el presente para
la producción literaria en general y la poética en particular.
Pero, para hablar con mínima sinceridad, ha de decirse que
esos momentos tampoco hicieron de esta palabra una bestia dócil
para ser incluida en las taxonomías circulantes.
Y sobre todo, ya en tren de obscenas confesiones, es necesa-
rio aclarar que la pretensión –audaz e inverecunda– de este texto,
es intentar una mirada que no se permita la prolija acción quirúrgi-
ca que disocia el diáfano cuerpo de los textos del hombre –elusivo
en esa condición– que los produjo.
Para ser más preciso: no se trata aquí de abordar un retrato
posible de lo que suele denominarse “el autor” sino de ir un paso
más allá, internarse en esa selva oscura donde suele radicarse aquel
que escribe.
Podría descargar esta responsabilidad en la insistencia de
un editor como Leonardo Longhi y su perseverancia embozada en
la inocencia de ofrecer un perfil exhaustivo del autor. Pero a fuer de
ser sincero, al optar por este registro estoy asumiendo la puesta en
palabra (la conversión en realidad) de historias que terminarán por
hacer borrosos a los protagonistas para iluminar esos arrabales de
la cotidianeidad que un buen día nos conducen al trabajo de la es-
critura poética.
Creo sinceramente que en ese derrotero, en sus desvíos y
atajos, en sus fugaces e inesperados hallazgos está la senda en la
que a muchos, sin dramatizar, nos va la vida.
Dicho lo anterior, permítaseme regresar a un paisaje signado
históricamente por el desfile soberbio de filisteos de toda laya.
10
II
Pablo Ananía transitó el periodismo llamado profesional, en
una vertiginosa sucesión de eficacia exitosa y apuestas audaces.
Supo desplegar una prosa proteica y rápidamente ascendió
en el escalafón de medios que, al tiempo que disputaban la prima-
cía del mercado, se permitían lucir los mejores recursos de una cul-
tura de masas desafiante, preocupada aun por cierta dignidad.
Después invirtió su talento periodístico para reinventarse
como empresario en nichos editoriales inesperados y en duelos ul-
teriores frente a consagrados amanuenses corporativos.
Me sucedió conocerlo en tiempo de esos acaeceres sin lograr
percibir con claridad sus períodos de prosperidad de las estreche-
ces generadas por la entrega a nuevos desafíos que a veces podían
localizarse más cómodamente en la categoría de berretines.
Sé que esta data puede tener un dejo a ese tufillo rancio del
cotilleo de comadres que acecha en las síntesis biográficas.
Pero la mención apunta en verdad a desbrozar el carácter
agonal de un trabajo sobre la palabra que desemboca en (permíta-
seme una complicidad pueril) la razón de su vida.
Ha de decirse, a esta altura, que aquella comprensión de la
historia y la política que solemos apodar el “pensamiento nacional”
es otra marca de insistente presencia en la vida de Pablo. Y, una
vez más, le tocó transitar períodos de la vida argentina en el campo
de las ideas y las prácticas sociopolíticas en los cuales crecían las
ventajas de unos pocos privilegiados mientras muchos pensaban
como niños. Fue también una época apta para observar la forma en
que se enseñorea la muerte en las comunidades donde confrontan
la codicia y la puerilidad llevadas hasta el paroxismo sin atender los
consejos de la historia.
Buena parte de mis “descubrimientos” y reflexiones sobre
los temas precedentes son parte de mi deuda con Pablo Ananía a
partir de años de conversaciones y lecturas sostenidas a la sombra
–o la excusa– del trabajo periodístico.
11
III
Si se trata de hablar de las personas, me atrevería a afirmar
que las familiaridades auténticas permanecen a lo largo del tiempo
sin atender al refuerzo de la práctica o a la asiduidad de los encuen-
tros. Los textos funcionan de manera más misteriosa.
En este volumen, los poemas invitan al único ejercicio im-
prescindible de la comprensión poética que es la relectura.
Si se aborda con seriedad esa práctica se comprenderá rá-
pidamente que aquellos versos (o temas, o referencias o variacio-
nes de estilo) que resulten poco “familiares” a lo que se espera de
un poema de Ananía, están hechos de la misma sustancia que los
tanteos augurales de “Tipos, observaciones” y los libros que le su-
cedieron, pero sometidos a la presión feroz de un trabajo donde lo
poético destila la sustancia –apenas perceptible– de lo vital. Fuera
del omnipresente Girri es difícil hallar en las letras nacionales un
trabajo de afinación constante de la propia voz como el que viene
desarrollando Pablo en su producción literaria.
Cuando Freidemberg, con su habitual agudeza, determina la
presencia de al menos cuatro libros fundidos en un volumen, nos
está remitiendo, además, a una apuesta de un autor que jamás se
permitiría las fintas de flaneur que subyacen –por ejemplo– en el
recurso de la heteronimia. Ananía se niega a optar por las opciones
que tironean de su contextura en los abismos agonales que cons-
truyen su obra.
La paternidad –que implica también una genealogía–, lo tes-
timonial que convive con lo reflexivo, lo armónico que no termina
de someterse a lo melódico, lo fatal que lucha en cada paso con lo
voluntario: en esas batallas se juega la orfebrería poética de toda
una vida.
El resultado apreciable en este volumen es el de un derrote-
ro literario que se desplaza como sobre una cinta de Moebius. O un
ouroboros emperrado en no cerrar el círculo en que la cabeza de la
criatura logra morder su cola.
Con insistencia, la presión y el pulido de la propia poética
nos lleva nuevamente a la belleza y solidez de un diamante.
12
Recuerdo, tardíamente que es sobre estas cosas que me ha-
bía comprometido a no abundar. Lo propongo como una imposi-
bilidad que, por una vez, no está emparentada con el fracaso del
intento sino con su propia consistencia.
IV
Supongo que a esta altura no hay margen ya para justificar
las omisiones testimoniales. He sido testigo de las batallas libradas
por el autor con las distancias entre la idea del amor y el amor en sí
mismo. Baste tal mención para ratificar la importancia de una orda-
lía semejante. Se notarán aquí las ausencias referenciales directas
de nombres y palabras como Portogalo, Eliot, peronismo, rima, pa-
tria, judeocristiano, tango, destierro, Borges, inmigración, capricho.
Una lista arbitraria en el proceloso mar de las identidades.
En cualquier caso, la omisión es voluntaria y hasta ideológi-
ca. Pablo Ananía –a diferencia de, por ejemplo, Alberto Girri– se ha
negado sistemáticamente a la construcción de un personaje poético
de esos que la gente no lee pero cita. Ananía no frecuenta cenáculos
ni embajadas, no se distrae con cocteles o mesas redondas. Tam-
poco aprovecha la excelente chance de venderse como un eremita
aislado en un remoto paraje de montaña.
Las alegrías e inquietudes que nos ofrece su persona están
definitivamente tramados con las revelaciones con las cuales nos
enriquece su obra. No es poca nobleza para los tiempos que corren.
Ni tampoco para los que transcurrieron.
Entiéndase este final como un despojado testimonio.
Balvanera, julio 2017
13
Ponerse en juego
por Daniel Freidemberg
Aquella cuestión acerca de si escribir o no poesía después de Aus-
chwitz, o cómo hacerlo, es muy anterior al momento en que algo al
respecto dijo Theodor Adorno: tiene que ver con el hecho mismo de
hacer poesía, si hacer poesía es hacer algo que merezca algún lugar
en la vida humana, y suele retornar a interrogarnos cuando algún
advenimiento atroz la desata, una y otra vez. Y la respuesta es, casi
siempre, la única posible: escribir, a ver qué pasa, haciéndose cargo
de Auschwitz o de como se llame la atrocidad, sin garantías de que
a eso que se escribe le quepa el nombre de “poesía”. La poesía, en-
tonces, es un hecho, que obliga a replantear lo que se sabe o espera
de “la poesía”.
Acuciado por una realidad que no cesa ni un instante de ve-
nirse encima, y, como tal, no deja margen para la palabra poética,
Pablo Ananía siente que es precisamente palabra poética lo que ese
estado de cosas reclama: “quien habla no está muerto”, escribió Al-
berto Girri y, en Un espectro asedia a la Argentina, Ananía lo cita,
lanzado, como quien ejecuta actos de vida, a hablar de eso que lo
urge, es decir a poner en juego, sin garantías, su larga, compleja
y singularísima relación con la escritura. Abre así paso a un arte
política franca que es también, manifiestamente, un arte poética,
pero que para la necesidad de hablar en tanto no estar muerto, así
como se presenta, no basta: es toda una vida lo que exige exponer,
poner en juego, la propia vida del poeta Ananía, incluidos lecturas,
amores, los autores venerados o respetados, la poesía, la familia,
15
las mujeres que por algún motivo lo conmovieron, y lo que en el
encuentro o el entrevero con todo eso se suscita.
El resultado es, en todos los sentidos de esa palabra, inmenso.
No hay cómo dar cuenta de la experiencia a la que uno se enfrenta
en los cuatro libros que componen este libro. Por su magnitud, pero
también porque eso es precisamente lo que supone Un espectro
asedia a la Argentina: la imposible tentativa de dar cuenta de lo
que demanda ser puesto en palabra. Tan imposible como necesaria
esa tentativa, tan incanjeable como desafiante y riesgosa: de esos
riesgos suele estar hecho lo que hace a la poesía refundarse para
no entrar en el juego de la reducción general de cuerpos y palabras.
16
I. ARTE POLÍTICA, ARTE POÉTICA
"Todos los hombres son iguales ante la ley.
Libres de Pisístrato
Escogemos a un bribón o a un eunuco
Para que nos gobierne".
Ezra Pound
Cuando lo minúsculo y lo inmenso se conjugan
¿En quién cree aquél o aquella que cree
deseable volver a convivir con asesinos?
¿Saben acaso cómo operan esos enanos
ingeniosos que activan en sus cerebros
los terrores nocturnos del pequeño burgués
atrapado en las arterias del odio y la codicia?
¡Ah la farándula: aquí sólo se habla
todavía del cepo del dólar. Con qué
maestría gobierna el juego de esos aparatos
de sueño letal la prensa miserable!
¿Pero no decía Milosz que es imperioso
aprender del grito de los vientos que silban
con furia el nombre de los muertos?
No escuchen amigos mis palabras, sino el propio
tumulto –como Milosz decía– que necesariamente
se levantará de sus cuerpos cuando en realidad
se permitan escuchar el rugido del viento.
¿Acaso no se trata eternamente del ser
o del no ser, de estar aquí y ahora vivos
a conciencia de que otros en nuestro nombre
fueron desaparecidos? ¿No fue acaso un hijo
de los tuyos o un compañero arrojado al mar
entumecido o condenado a los más crueles suplicios?
19
¿No se trata todo esto, mis amigos gorilas,
de sentarse cada noche a la mesa familiar
y observar en el centro de sus mundos esas
lámparas nocturnas que hoy los alumbran
diciéndoles en su lengua silenciosa que lo minúsculo
y lo inmenso se conjugan, que la muerte del otro
es nuestra propia vida mutilada por los mismos,
los mismos que hicieron posible el genocidio?
20
Democracia
Parece el mío un lenguaje profético, no porque hable
el idioma de un dios o porque posea un pensamiento
de raíz teológica sino porque me complace hacer conjeturas
y erróneos pronósticos políticos e intento siempre mediar
entre la puta realidad y mi existencia, aunque nunca con éxito.
De allí que prefiriera durante muchos años vivir entre paréntesis,
de tal forma que en el telón de fondo de mi vida se destacara
sólo la palabra. Fue determinante que al llegar al mundo
me llamaran Pablo, en homenaje a Neruda, y Edmundo por Dantès,
el conde de Montecristo. En ambos casos influyó lo que llamaría
cultura del inmigrante o inaudita mescolanza literaria: mi padre,
–José Portogalo– poeta comunista, pero de la bassa Italia ultramontana,
y mi madre –Eva Ambas–, judía polaca, anhelaban fervientemente
el nacimiento de un hijo/poeta/militante/imaginario
al que solo le apasionara el acto del habla.
En los papeles del contrato natal, concebido y escrito
desde mucho antes de la fecha del parto (aquel 4 de agosto
de 1942), nada se decía del chiquillo desnudo que luego, en silencio,
observaba el negro vuelo de los pájaros dando vueltas y vueltas
todo el tiempo en el solitario atardecer de Rosario,
a metros escasos del Parque de la Independencia.
Recién a mediados de los años setenta, no casualmente
en el período más oscuro de la dictadura genocida,
en 1976 exactamente, ya cumplidos mis treinta, Alberto
21
Girri dio con la frase que finalmente explicaría las razones
de mi existencia: quien habla no está muerto.
El habla: prueba incontrastable de realidad.
Lo evidente se estaba haciendo verdadero.
Hablar sin hablar, hablar a viva voz, vocear,
nominar el silencio, permitir la irrupción
de lo extraordinario en lo cotidiano, esa
extravagancia: ser el pájaro negro de la discordia,
sobrevolar la puta realidad dando vueltas
y vueltas, jamás decir te quiero, sólo dejar, padre,
en tus distintos cuerpos espectrales, huellas
sonoras que apaciguaran la angustia catastrófica
de mi anunciada locura melancólica
logrando que nos pobláramos de olvidos y fantasmas.
Hice mi tarea, cumplí mi oficio en todo.
No comprendo entonces por qué hoy
las sombras del purgatorio cavan y cavan
todavía profundas fosas a mi alrededor:
¿retornaron acaso los setenta? Padre:
hemos actuado siempre como perros de paja
que supuestamente crean otros mundos posibles.
Pero nuestra fe revolucionaria nunca produjo
hechos más allá del lenguaje y jamás encontramos
ni una sola palabra, ni una sola, que lograra
devolvernos el poder que perdimos
sobre el uso preciso de los signos.
22
Hoy, como Marx suponía, un espectro asedia a la Argentina,
pero esa cosa fantasmática que nos anega en sus tinieblas,
esa cosa todavía invisible, que está ahí, mirándonos, ahí
esa cosa que nos ve no verla del todo todavía, no es
el comunismo como él anhelaba y predecíamos.
Tiene otros nombres execrables: neofascismo, dictadura,
neoliberalismo radical, capitalismo salvaje, mafia financiera,
y hay quienes viven convencidos de que es ésta una democracia
imperfecta, que cumple pese a todo con las leyes morales.
¡Hipócritas! ¿Continuaremos ofreciéndole vidas?
Auden decía en un poema maravilloso que la antigua Roma
era un ciudad donde siempre reinaba el catarro gripal. De allí
la fragilidad del imperio y el estrépito de su caída.
No sé si era Auden quien también decía en algún otro
poema nunca olvidado que no somos dioses ni gigantes
ni duendes ni enanos; que el poder que nos divide
y esparce como pájaros heridos sobre las ramas de la noche
oscura, finalmente también nos instruye en el arte
de la resistencia y el aguante, y que esa idea debe cultivarse
dignamente en toda tierra arrasada para que encuentre ahí
sustento y luz bastante el amor por el otro, único modo
de liberarse que tiene un pueblo subyugado.
23
Conciencia poética, conciencia política
¿Cuál es el verdadero nombre del Borgia moderno y cuál
el de su señuelo sexual? No preguntes, no insistas, me decían
en otra época poetas ya consagrados que debía eliminar
los nombres propios de mis poemas porque la vida
es un misterio e invocar con apelativos siempre fugaces
los hechos de nuestra actualidad lleva al error: presumían
ellos que la realidad no es tan real y por esa causa
se confunde conciencia poética con conciencia política.
Tal vez sea cierto y quizás ambos conceptos no expresen lo mismo.
Tal vez nombrando se le quitan al verso sus augurios y predicciones,
a la metáfora profecía y su carácter de aparición, de idea
que ha de guardarse en una cripta simbólica, embalsamada,
no fácilmente aprehensible para el hombre común, cuestión
de hacerla sólo un sueño del más allá en el supremo acto
de llevar la palabra de la humanidad hacia la esfera de lo sagrado
y traer la voz de un dios a la tierra para que su alma
sobre el llano ardiente de la pampa se difunda.
Así lo explicaba Murena: llevar más allá lo sensible y mundano
significa traer más acá al otro mundo. Ese –según el extraordinario
poeta– siempre ha de ser el objetivo último del poema: no hablar
de un judeocristiano viviente con nombre y apellido sino
rezo, oración, meditación, la metáfora del dios encarnado.
Oh Jesús, oh Yahvé, así se tergiversa sin embargo el sentido
del término metáfora si lo que se quiere es entronizarla
24
no como figura literaria sino como obra divina: lo real
es que mencionar al actor principal de este mismo poema
con su propio nombre tiene como fin hacer de ese ser
un sujeto identificable, lograr que se manifieste
lo sustancial e insustancial en él, aquellas cosas
que lo expongan como lo que en verdad es: un ángel
de la muerte, el repudiable, el grotesco, el moderno Prometeo.
Ante este espejo que es la alegoría poética (mi poema)
muy pronto alguien se detendrá, y al reflejarse en él
podrá pulsar las cuerdas de su propio cuerpo
como lo hizo aquel hombre de la guitarra azul
costilla por costilla para revelarle a Stevens
la magnitud de su dolor. Hombre o mujer,
desde ese mismo instante, al reconocerse el sujeto
como es, evitará que la propaganda fascista
se apropie de su mente, que los mecanismos
del poder ya no dirijan su comportamiento social
y disocien su subjetividad para dejarlo sin memoria
y sin proyecto. Es por ello que en estos días
aciagos de 2017 y en los próximos años hasta 2019,
la música de todo poema ha de instar a que se pronuncien
a viva voz todos los nombres. Naturalmente surgirá
entonces la parábola y se apropiará de las formas reales
de los cuerpos, depurará las mentes y –en su caso– estimado
Mauricio Macri, usted particularmente y su preciosa Lucrecia
Borgia bonaerense, revelarán ambos –en la rima
y la metáfora– su verdadero timbre vocal,
ese que con malas artes disimulan, hablen o callen,
sonrían ustedes cuando esto suceda o mueran en el instante
25
en que ese otro u otra (sobre todo) se presente finalmente
ante el espejo poético y los intime a beber de la copa que contiene
el veneno de su fingido amor por el pueblo. Aquí y ahora,
esa ha de ser hoy la función de la metáfora, de la poesía,
arte u oficio que hace del poema un arma política.
26
Macri
Incapaz de metáfrasis
palabra por palabra
del estrago hace gala, acopia
sinonimias, huellas, restos
óseos de tumbas estropiadas
por caranchos envueltos en mantillas
de oro, concólicos, acéfalos, esdrujados,
pero el señor muerte al lecho va mitriado,
epíscope libérrimo sin asco legal
va dando y dando
a dedo alzado va el neocavallo,
a giro hondo en chapuzón confiado
otros hay en hilera otros carnívoros,
al desnudo las damas, las choborras,
tanto vino escanciado en copa en vaso
en cacerola, damas anas y aguadas
anales damas juanas
con baldes de mierda atesorada
en años, y tipos más tipos
de tonsura, rapadas las cabezas
como curas, crucesitas
cubriéndoles partículas malsanas,
un rabino, dos escribas, ceonazis
con gasa y muselina, putos
algunos, religiosos todos,
desmielinizados del amor
al Dios Mosca rogando
27
y con el mazo dando
a niños pobres dando,
a niñas dando y
dando hasta estropiarnos
tordos, milicos, malandras, bogas
del estropicio humano.
Volvieron. Setentaiseis al palo.
Ahiestánotravez:
de pobres la matanza.
28
Macri (II)
De ese que se prodiga de palabras, el hablista
en afecto tenebroso con el oscuro pasado, la dictadura
militar y la apropiación de bienes públicos, ¿cuál es su don?
¿Cuál ha sido el pacto sobre las letras y las sílabas
recibidas de su primera infancia? ¿Quién le crió,
malversó su espíritu y dañó su alma racional?
¿Qué hay en ese viviente cuyo objetivo es medrar
a costa de las mayorías populares y cómo, puesto su fraude
en evidencia, igualmente le resulta posible continuar
con el engaño y con infinidad de mentiras obtener nuevas
victorias fraudulentas? ¿Caerá él como todo mortal
en confusión cuando perciba que esa pasión sombría
por el dolo abrirá un horizonte imprevisible de desdichas?
¿Será conciente de que la palabra es fecunda, se hace
verbo, con ella se crean los sentidos de la existencia
humana y comienza de modo imperceptible a circular la acción
abriendo también surcos de silencio y de odio que violentan
a la multitud? ¿Tendrá conciencia acaso de que la palabra
hiere, quema, que la palabra es pháino (fanía), manifestación
si se quiere deiforme, obra de un dios maligno de la lengua
cuando su uso obedece al latrocinio?
¿Pero es acaso el predador de la palabra el culpable
o nosotros, vos y yo, los responsables de haber ignorado
29
que somos incapaces de existir sin límites, en libertad,
y es la privación nuestra condena? Tu yo en vigilia, indiscernible
el fin, ¿aprenderá a herir de muerte con su propia palabra
a todos sus enemigos deshaciendo sofismas y errores
con la misma facilidad con la que nos han vencido?
30
¿Democracia?
Un cierto acoplamiento de sonido
y significado define la gramática generativa
de una lengua sutil, sexuada: sintaxis
y sentido van haciendo las reglas que nos sumen
en el desconcierto fonético cuando alternan
voces que generan anhelo con otras
dolientes, de tortura y sacrificios humanos,
cuando la lengua no responde al deseo
y como una cuerda te estrangula el cuello.
Es la bendita democracia, no la respetes:
es el canto de la muerte de un hombre,
un socialista en las minas de Barrick Gold
que WCW tradujo como ¡Yah! ¡Yah! ¡Yah!
Es Milagro en cana. Es el trágico ¡Yah! de otra india
en el sur cuyo ngillatun anticipa la muerte de un amor
sombrío, la rosa enferma de Blake atacada hoy
por los gusanos de Miami que hablan la lengua
de la muerte y no la dejarán restablecerse.
Es la democracia, Saccone, son como decís los que caminan
el borde del arroyo Ludueña, en mi Rosario natal, no ávidos
de furia, a los que mirás mientras cagás en cuclillas. En persona,
no por TN. Es tu palabra y la mía y la de Nora Avaro y
la Carmen Colombo y la de otras poetas en posición supina,
con mirada al cielo dirigida en vano. Es como diría Borges
el jocoso lenguaje de la plebe, el proletariado en democracia.
31
No son ideas las mías, describo no lugares, lenguas
extrañas, geografías saqueadas, matanzas. Somos
objetos descartables. Es esa la angustia del cuerpo,
lo que siempre supimos que no tiene remedio.
No viviremos muertos como Yeats deseaba
en tumbas de oro y lapislázuli. Los pobres no van
desde sus camas de hospital al cielo. Es lo que nos tocó
en suerte: vivir en democracia no podría haber sido
peor. Ninguna palabra es lo que sus letras dicen,
es cierto, ninguna calle en Buenos Aires te llevaría
al mar pero tampoco te aleja del deseo. No respetes
ninguna palabra. Ninguna lengua sacra, no hay
otra política; concientes de nuestras limitaciones, no
permitamos que ningún fuego consuma nuestros cuerpos.
32
Alta en el cielo
¿Será que con Ella en prisión o vencida, fuera
de sí, negándose a sí misma, lucrarán a mansalva
en Satrapía, o en verdad –como anunciaba Isaías–
se abrirán los ojos de los ciegos?
¿Comprenderán entonces acaso los incrédulos
que la que aún hoy no existe para sí
es la que será en el no tiempo –Evita eterna–
la que pruebe taxativamente que la muerte
comparte su morada con la vida?
¿Se ilusionan los sátrapas con que Ella se deje ir
con aquél que la amaba hacia el que dice Eliot
es el reino soñado de la muerte?
¿Heroína de una nación enferma o amante
desdichada? ¿Mujer en clausura o letra viva
y, como Juana, cuerpo en llamas del cual
cada palabra será un epitafio, un apartar
la mano indecisa del incrédulo, un silencio mordaz
para el cabrón de falsa simpatía?
Oh no temas, fascista: es la política. Y Ella,
luz de luz, mujer amante, águila guerrera, Eva
o Cristina, retornará con su otro yo o con su
propio nombre, alta en el cielo, cuando otra vez
se piense en el porvenir como una aurora.
33
Arte poética, arte política
[...]”¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena!”
José Portogalo
¿Un sueño más esta existencia,
discurrir vanamente si sopla el viento
desde el sur hacia la izquierda?
¿O acaso la que sólo vuela es un ala
inútil desprendida de un cuerpo
en desvarío incierto, estatizante?
¿Fue una mujer sola, otra loca, expuesta
a la injuria mediática, en un orbe de bocas
desnutridas, con hambre de un salario
decente que permitiera disfrutar
lo inmenso, encarnar aquí, parir aquí,
gozar, darle aquí a los labios la certeza
de pronunciar el fin de una larga agonía?
A punto estuvo de suceder esa locura,
que se borrara para siempre en la casa del pueblo
el retrato de Videla. A punto estuvo de suceder
esa locura, que este país sin mapa ni destino
en la misma hora cierta del luto maternal
resolviera doblegar el terrorismo de estado,
abrir los ojos, responder con Memoria
al genocidio, vivir sin muros ni fronteras, salirse
del espejismo capitalista donde heraldos del mal
34
los buitres negros se hicieran su festín
con nuestros restos. A punto estuvo de suceder
esa locura, ser liberados, pero entre ese sueño
y la realidad se abrió el abismo.
Un corazón impuro, una especie de hombre
–como los define Eliot– que esperaba
como víbora en las polvorientas escaleras
del infierno, en torno del cual husmeaban
como perros activísimos sus laderos mafiosos,
tomó nuestra casa como suya y ladrando
desde el sillón patriarcal mintió: "Esto era
un nido de víboras, déjenme destruirla".
Enseña también aquel poeta que no supimos
defender la casa: ignoramos nuestra vacuidad
y esa indiferencia fue la clave de la derrota.
Hoy la política ha de escuchar al poema. Hay
un arte allí, en la metáfora, una forma de ser llevados
de la riqueza del léxico al gobierno de una idea.
En el cuarto de todo poeta un universo.
El cosmos en el que se elevan las palabras
como estrellas luminosas cuya luz permite
ver a esos despiadados chacales del estiércol
recorriendo los límites de nuestros cerebros,
apropiándose de las preciosas vetas de la vida
donde conservamos aún el ritmo, la música
tenue, el fiel reconocimiento de lo recibido,
35
la certeza de que es necesario creer
en quien dice guiarnos hacia una región
que aún no se nos ha revelado. Un arte
nos hace existir si nos unimos en el límite, si es
que se desea con firmeza que suceda la locura
de que un cristo girriano les quiebre la nuca.
36
Cristina
“Mi rostro en tus ojos, en los míos el tuyo,
En los rostros descansan los corazones fieles”.
John Donne
Cada tantas páginas de la historia argentina la sangría,
la sangría del poema y vendrá la muerte a tu dominio. Así
lo predicen Osvaldo Lamborghini y Dylan Thomas y William
Butler Yeats cuando hablan de cielos acerados, del crepúsculo
sangriento y su absurda belleza sin bandera.
Ella sabe que su estar es frágil obra del destino,
arte efímero de la lengua poética y de quien supo
de Ella hacer psíquica partera: a los fascistas romperles el culo
con palabras, intensivamente, no con fusiles: con su labia de loca
a los pequeños burgueses, sirvientes de los amos de la muerte.
De Ella les hablo, de su voz que anuncia la aurora
cuando el oscuro círculo rojo convoca al suicidio
del voto o nuevamente al crimen. Desprecian
nuestra lengua los fascistas pero saben: si Ella
hace silencio nuestra luz se apaga, sangra el poema.
Salvajes unitarios: su paz es agonía. Desatinan
la ortografía y la metáfora, el oxímoron, endecasílabos
y objetos metonímicos, la partera que canta
en las tumbas de Girri o Bonomini, mis amigos
del alma, que al desfile van muertos batiendo
cacerolas porque no comprendieron que hay sujetas
37
dotadas de poder divino (sagradas). Minga de
ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sanctis.
Pero rezo, claro que rezo Diosa del silencio:
no nos dejes a merced de la escoria putrefacta.
Vénganse William, Dylan, Osvaldo, poetas intensos:
súmense, háganle saber a los fascistas
quién y cómo se gobierna la patria.
Entonces la muerte ya no tendrá amo ni dominio.
38
Del cielo y el infierno
Permítanme lo que Pound llamara fanopoeia, ese arte
propio del Dante de proyectar imágenes o significados
en el lector con la técnica de trasladar de una lengua
a otra, de uno a otro ser visiones, deseos y ofrendas.
He investigado en Los últimos días del infernal verano
de Buenos Aires que una plabra que inmortaliza Benveniste,
Ojah, en sánscrito significaba fuerza, poder, autoridad,
y era sinónimo de urje, con jota, pero en nada te apresures
ni busques urgir la consecuencia, pues hoy Ojah también te llevaría
quedamente al sacrificio, a la entrega, al dominio de tu ser,
al saber, al suvira, a un estado superior de la fuerza que el corazón
reserva al buen gobernante y al militante místico que busca
en vida desnacer o negar la conmoción del nacimiento .
Pero en sentido contrario se le ofrecerá también ese poder
al Sombrío, el demonio del vrka, el lobo sanguinario, esa otra
fuerza hostil, antagónica y desgarradora del mundo sutil de Lucifer,
el que desgarra al pueblo y a las fuerzas del bien, desprovisto
por completo de moral, de conciencia y de las cualidades de Áditi,
origen de todas las criaturas y diosa solitaria de lo Infinito.
No te sorprendan las coincidencias entre aquella milenaria
irrealidad y ésta, terrena. Son mundos paralelos. En su Poética
también Hegel le adjudicaba a la poema esa capacidad de ir
más allá, de hacer que el tiempo, las costumbres, las lenguas
diversas y las ceremonias se adecuaran a la idea del poeta
de que todo lo que sucede puede objetivar lo sagrado.
39
Rilke, por su parte, decía de nosotros, humanos,
que somos inconstantes, capaces de ir en pos
de unos deshechos putrefactos y olvidarnos del cisne
que guía a su prole nadando en la insondable superficie de lo eterno.
Es evidente: ninguna idea, ninguna palabra, nos pertenece,
ni la poema será artífice de la victoria sin contienda. Obra
somos del azar y a la vez consecuencia de nuestros actos.
Por eso, cuando vuelvan a tener nombre propio todos
nuestros muertos, cuando la vida en nosotros apenas
nuevamente hable, cuando por esta podredumbre del río
se desborde su cauce y el poeta dantesco se silencie, ya no oficie
como el geógrafo y el historiador del infierno, quizás entonces,
olvidada la comedia, otra vez se oiga la voz que anhelamos,
la de Áditi, por nuestra indolencia expulsada del cielo.
40
Trump
Hoy ha de recordarse el poema
grandioso que escribió Lawrence:
"La serpiente emplumada". No
su novela: un simple poema
escrito hace cien años que narra
cómo los señores de la vida
son los amos de la muerte.
No tiene pena de sí mismo
el hombre herido –dice Lawrence–
quien canta su amor por Quetzalcōātl,
la diosmujer de cuyo vientre
ha nacido como todos aquellos
por quienes Ella derramó hasta
vaciarse su sangre y sus tripas.
Hoy es el día de la muerte.
Brilla un sol negro y opaco
sobre el mundo y el viento
ya no sopla desde los corazones.
Llora Quetzalcōātl. Su rostro
está teñido de rojo porque llora
lágrimas de sangre. Su collar
de jade azul se ha opacado
y en su falda quedan sólo
restos de flores acuáticas
41
marchitas. Perros grises mean
sobre las cenizas antes de morir
para ser ellos mismos la ceniza
o pertenecer a la ceniza
de este mundo. Hoy –dice Lawrence–
es el fin de este mundo. Hay
parálisis y muerte por doquier. Está
probado que seguir viviendo es partir
para no volver. Sólo un chacal
solitario celebra el funeral
de la especie humana entera.
42
Errores humanos
“Unos estúpidos solemnes de apariencia grave”.
Cavafis
Homero escribe en su Odisea que Ulises
se golpeaba el pecho diciéndole a su corazón
con aspereza "soporta, tolera", lo obligaba
con esas palabras a resistir las más duras
pruebas. ¿Es tal vez ese mismo ideario
el que hoy te clausura el camino de la resistencia
porque aún te sojuzga la idea cristiana
de que no hay existencias perversas
sino tan sólo errores humanos?
No se trata de ser hostil al amor ciudadano
pero tampoco hagas de tu vida una extraña.
Si cada esfuerzo tuyo aquí está condenado
por unos estúpidos solemnes de apariencia grave,
si aquí por ellos seguís perdiendo la vida,
si mansamente tributás, si ofrecés
la otra mejilla rodeado de comediantes
que sin el menor asomo de emoción
te tratan como a un loco o un ingenuo,
si el amor que profesan no es el amor de nada,
si el dios del capital es al único que alaban,
¿no será ya hora de evitar tu naufragio?
¿No alcanzaste a entrever acaso que sólo Ella
es la que produce escalofríos de luz en la distancia,
herrumbre y temor en sus miradas?
43
Estación Drago corregida y recargada
aquí y ahora en medio de la farsa macrista
sobre la calle eduardo ladislao holmberg
se han escrito ensayos biografías poemas historias
de amor se han descripto actos criminales abusos violaciones
hemos ido de mal en peor haciendo cuentas formulando hipótesis
rogando a dios riqueza hijos propiedades viajes transoceánicos
cuerpos jóvenes burgueses flotantes en la misma ciénaga
cadáveres cubiertos de papiros antiguos de poetas pavesas
sumergidas aquí en estas aguas negras del río Poeta Perlongher
agonizamos en bragado en el sur nos cagamos
de hambre en la 1-11-14 y en colegiales
en el albergue warnes en donado y congreso
donde clausuramos la autopista osvaldo cacciatore
nos hicimos okupas desde la calle pampa en coghlan
hasta plaza y sucre en el corazón de belgranoerre clavada
esta daga: adicta la negrada a estafas secuestros afanos
desde el estrecho pasillo de la muerte que une
la calle turín en parque chas con tres ríos
perdidos en el culo del mundo donde fuimos
de ocaso en ocaso amor mío amante fiel esposa falopera
el maestro del acosta el mariano babese
con los trans y las putas y una sola idea
la ilusoria creencia de hacernos iguales en la mierda
rezando el salmo cincuentaiuno de la biblia
libranos diosito del pecado de ser
apátridas peronistas okupas habichuelas
resecas en esta tierra ácida
44
dejemos miserere
a los ingenuos obsecuentes
mientras tu falda se levanta
y se oyen los murciélagos
en la penumbra de tu sexo
escritos los poemas de la existencia allá en turín
en parís en la calabria en un piso catorce luminoso
de la calle holmberg entre casas tomadas
mil veces escritos los poemas con fe
vencida: lógica de la ilusión con fecha
de extinción que nadie niega
así como nadie siente con la misma intensidad
a Pavese y su amor por un mundo
en el que no para todos ha sido bueno nacer
45
Genocida
¿Es la palabra un acontecimiento físico? ¿Cómo
verla? ¿Cuál el modo de conocer su textura y espesor?
No es un objeto, no es un hecho. Palabra deriva
del antiguo vocablo "parabŏla" que significa alegoría.
Es decir: tiene la función de representar un suceso
posible que acontece, describe un carácter, anticipa
una muerte, no silencia mi duelo. Pero si súbitamente,
por obra de una política negacionista se le diera
al genocida la opción de eliminar el término que lo identifica,
¿no pondrías en duda el suceso definido por esa palabra
indiscutible, se ovidaría el genocidio, se alteraría el curso
natural de la vida, comenzaría en primavera la caída
del fruto otoñal, inciaríamos acaso en esta tierra
una inmoral travesía hacia el olvido? Si privaran
de palabras a un ser vivo, en qué clase
de ser vivo podría convertirse un genocida?
Si aprendiera la palabra precisa que diferencia un acto
legal de un acto de violencia extorsiva, si en su mente
el vocablo amor a la patria no significara su opuesto,
¿qué sucedería entonces con su constitución subjetiva?
¿Habría otro modo de aceptarlo humano? Si como hablante
intentara cambiar lo real vivido por el signo opuesto,
¿cuál ha de ser la voz que sustituya al lobo
sanguinario que habita al asesino, cuál el modo
de que el centurión no reviente en pedazos la Memoria?
46
Locos aislados
Locos sin ideas aislados que injurian o ruegan
locos pensando en el hablar de otras gentes
no de labios como todos los labios
con un mismo defecto locos pensando en tinieblas.
El amor en los labios es casi insoportable
ese áspero roce de la Muerte
del amor excesivo que enloquece los labios.
El odio en los labios es casi insoportable
ese áspero roce de la Muerte
enlazadas sus vidas con pobres pensamientos
las carnes turbulentas los sueños inconclusos
no una idea política ni intimidad siquiera
–ni mundos exteriores–: ojos exaltados de almas solitarias
sometidas al imperio de ideas restrictivas.
Locos en fuga en súbita negrura insomnes sin memoria
se entregan al delirio del oro o de la fama ahogados
en alcohol o vencidos por las tenues fronteras
del sueño absoluto que en la muerte se sueña.
Locos sin ley abiertos los ojos al infierno del país que crearon
estériles codiciosos enfermos sin recordar las cosas
por las que un día lucharon ardieron o fueron torturados
privados de ideas y palabras. ¿No es ese acaso
el triste ruido del alma en carne viva?
47
Baldío
“Como una mosca de largas zancas
sobre el río, su mente se mueve en silencio”.
William Butler Yeats
Sin señales de seres vivos, cuando una luz tardía
pero firme se desplaza sobre la tierra seca de un baldío
sobre la calle Holmberg, puede verse desde mi ventana
una sombra deshaciéndose del cuerpo que la proyecta.
Un cuerpo de mujer, oculto entre otras sombras
de un tiempo ya ido, es apenas perceptible
por obra del sol quizás que se hunde en la bruma
del crepúsculo. La escena es ambigua. Un enigma.
En el claroscuro de luz blanca y sombra negra,
en una tierra baldía de extramuros donde nada
es presencia, nada ausencia, alguien o algo bestial
arrastra hacia sí objetos muertos, ultrajados.
¿Será acaso ese un movimiento impensado
de mi mente? ¿Se ven o se imaginan
las sombras? ¿Son sombras o gritos inaudibles
de seres vivos sometidos a tormentos infames?
En el infierno interior de quien observa no son
visibles aquellos rostros amados desaparecidos
entre otros que también se desvanecen. Sólo sombras,
carnes atormentadas en la desolación de la realidad.
48
¿Traerá la noche un alivio a esos cuerpos
informes? ¿Se convertirá en abismo
el baldío cuando se apague mi mirada?
¿Habrá otra vida en medio de la muerte?
49
Este país estas gentes cuismajul y las juanas
Como frailes palotinos de pie en la barricada
van en fila de a una van las juanas
las pobres las queridas van orando
porque pasan a degüello a cada juana
juanita arlt juanita la del yunque y la guadaña
juana azurduy juana perón y juana paraguaya
juana de hambruna hasta las tetas juana
la juana musulmana y juana comunarda
juana de juan
y juana por los pelos juana
juana la palestina
la juana desterrada
de la cabeza juana
juana transexual juana belgrana
allí van las santas juanas
la juana evita y la cristina juana
las juanas de ayer las juanas de mañana
ay sor juana agustiniana un guacho cuis
te salta al cuello un cuismajul una lanata
te asaltan la garganta te afanan hasta el alma
50
ay juanas mujeres de la patria
la cumpa juana juana sanmartina
juana la loca la juana juana
que danza la difunta su pavana
esos ortivas matan
ay mi juana
51
Milagro Sala
¿Hemos de huir acaso, elegir nuevamente
el ostracismo o padecer los instrumentos de martirio
del pestífero feudo de Jujuy que castiga a quien al pobre daba
partes de sí? ¿Amor quizás o se llamaba conciencia política?
¿Cuál será tu respuesta pueblo de Jujuy o pueblo de esta
Argentina sometida? ¿Acaso no define nuestra vida
como quería San Agustín que aquello que se ama en los amigos
de tal modo se ama que nuestra conciencia humana
se considera rea de culpa si no ama al que le ama
o no corresponde al que le amó primero?
¿Habrá que ser flor en el desierto, hora fantasmal,
enseñarle a la piedra su modo violento de ser fuego?
¿Cómo no celebrar de tal modo las acciones
de aquél que discierne en falso juicio
o por decreto, entre sombras, juzga
quién vive o muere o va a prisión?
Algo se va muriendo igualmente aquí
en nuestros corazones, dejando nada más,
tras de sí, la certeza de que no habrá piedad
ni compasión. ¿Será también certeza que sólo
se deba obedecer, aceptar que una sociedad vencida
se rige siempre por las leyes del sacrificio
humano o, más bien, por un sacrificio sin ley?
52
Patria
“... el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria”.
Salvatore Quasimodo
Lo reveló Edgar Bayley hace tiempo: es infinita
esta riqueza abandonada. No hay murallas
aquí que nos protejan. En este territorio
las hojas no caen, el frío no llega, el presente
nunca pasa al futuro y la tragedia de no ser
en nuestra propia tierra tiene un cuerpo
sibilino en estas áreas de penumbra intensa.
¿Cómo encontrar aquí el acceso a un extraño
animal al que le faltan los sentidos? ¿En qué lengua
gritarle al que no oye? ¿Qué gesto, qué mirada
hará visible al que no ve el naufragio, la patria
escindida no por una geografía volcánica sino
por su codicia, el desprecio y el odio de su clase?
¿Cuál el muro interior que nos aísla y no
nos permite combatir, atravesar lo oscuro,
disolver el aquelarre, doblegar a la inepta Átropos,
la fatal cortesana del sombrío cabrón que gobierna
la escena goyesca del país que amamos y añoramos?
La tragedia se repite. A cada instante se corta
el hilo de la vida. Este nuevo Creonte sepulta viva
a nuestra insumisa Antígona. En la moderna Tebas
de los Buenos Aires se reproduce fielmente el aliento
53
de ese otro autócrata porfiado. ¿No la condenaba
igualmente aquel tirano sin pruebas y arrojaba su cuerpo
a las fieras del Areópago? ¿No es este nuevo Creonte
el mismo bruto que prefiere dar de comer a los perros
en Balcarce (a los pérfidos y centuriones perros de presa),
los cuerpos de los desaparecidos, por el solo placer sádico
de agraviar sus memorias? ¿No son las otras Antígonas
presentes de este mundo una prueba de esa dinámica
de la repetición? ¿No lo son acaso los feminicidios
permitidos que no cesan o el alevoso acto criminal
de enviar a Milagro al foso y si se resiste crucificarla?
Aquí la ley humana es la ley del varón y la mujer
el aciago objetivo: ¿las madres de la Plaza?
Esa es la verdad oculta, una vez más la ley nocturna:
no se quiere la paz ni siquiera en la morada de los muertos.
Es la nuestra una tragedia ética y política. Ni toda
la energía de su amor salvará a nuestras Antígonas
de la ejecución pública si consentimos que se impida
la Memoria. Se juega en un solo grito colectivo
la suerte de la patria: nunca más, ni una menos.
54
II. ARTE AMATORIA. MUJERES
“Han existido mujeres tan leves que una sola
palabra, una sola, las convirtió en esclavas.
Y existieron otras, de manos rojizas, que al tocar
una frente suavemente disiparon ideas terribles.
Y otras cuyas manos exangües y elásticas, con giros
lentos aparentaban insinuarse creando una urdimbre
rara y fina en la que las venas simulaban
hilos de vibración ultramarina. Mujeres
pálidas, marchitas, devastadas, ardidas
en el fuego amoroso hasta lo más profundo de sí mismas,
consumido el rostro ardiente, con la nariz
agitada por el impulso de inquietas aletas, con los labios
abiertos como yendo hacia las palabras pronunciadas,
con los párpados lívidos como las corolas de las violetas.
Y todavía han existido otras
y, maravillosamente, yo las he conocido”.
Gabriele D’Annunzio
[...] “¿cómo podrían entonces estos
labios no componer el tema
y el ser de todas las apariencias?”
Charles Tomlinson
I. Flora
Se toma una ginebra y media hora toma
para pensar. A medida que bebe, típico de Flora,
la vida y la muerte bailan su danza al compás
de esas voces que sólo Flora escucha. El ritmo
del desapego, escucha Flora, marca el compás,
día y noche, día y noche. Tú, imita Flora,
ante el espejo en su versión española del filme
Los Angeles Confidencial, en lo único en que piensas
es en follar, día y noche, que la mesa de mármol,
que la sala de estar, que la cama con dosel. Joder,
se mira Flora actuar, haz que parezca que estamos juntos,
pero la respuesta, previsible, llega sin piedad:
me encantaría quedarme y cotillear pero no puedo,
algún día te veré. Ella sabe: un coro sumiso
sin bajos ni tenores, un coro masculino en su cabeza
siseando nocierreslaspuertasnocierreslasventanas
nocierrestusojosnocierreslosoídos. Objetos de porcelana,
estatuillas, floreros chinos, miniaturas, jarrones de la India,
imitaciones, la TV de 14 pulgadas, el poster de Madonna,
tufo a su propio sudor en el dormitorio, el colchón
húmedo y tazas vacías con borra de café sobre el piso
de linóleo como ojos e intestinos que flotan en formol,
frascos llenos de penes en la mesa de pino, sus ovarios
inútiles y una mano de mujer con su anillo de casada
todavía en el dedo, ella en pedazos de fotos de orgías,
partes de cuerpos deshaciéndose de amor en la playa
y una voz de barítono por encima del coro
nocierreslaspuertasnocierreslasventanasnocierreslosoídos
mientras Flora aspira profundamente el gas
57
II. Dara
Sólo había un par de mesas ocupadas en La Academia
ese 4 de agosto de 1962, día en el que cumplí 20 años
jugando una partida de dados. Reichman, el viejo comunista
alemán que tenía una profunda cicatriz desde la comisura
de los labios hasta la oreja izquierda, mientras agitaba
el cubilete, insistía con su ruego: huesitos, huesitos.
A sus espaldas lo estimulaba Dara, una mujer, también
mayor, vestida con trapos rojo brillante y un saco Mao
abotonado hasta el cuello. Tenía el pelo rojo desteñido
y una cinta también roja en la frente, el rostro suave,
los ojos castaños. Lo que hace falta en este mundo,
mi reina –decía él– es saber soñar para cambiar la suerte.
No podía imaginar el viejo que sólo el joven Nietzsche
casi con esas mismas palabras, saber soñar
para forzar la suerte, trató de explicar el mundo
y la influencia del azar como el juego escénico
de un dios aburrido que despreciaba la vida, aunque no
en Buenos Aires, tirando dados, en espera de un seis.
III. Alicia
Soñé labios sin color, mandíbulas sin dientes, dedos
desprendidos. Mi cerebro era una maraña
de minucias verbales que reflejaba claramente
los efectos tremendos de una posesión demoníaca:
zumbidos en los oídos, temblores en todo el cuerpo,
flojera, estremecimientos que me helaban
hasta la médula, neuralgias que partían mi cabeza
en dos y me provocaban náuseas que sólo podía aplacar
con hipnóticos y altas dosis de dramamine. Fueron días
vividos en el desesperante dominio del odio.
58
IV. Subte B
Alambre nervioso, puro invierno, mamboretá,
pájara, lombriz de pajonal, mugrona, magra,
hiedra de estación subterránea, la piel
llena de arrugas, de repliegues, de tejidos
con bolsas como tumores y venas
sinuosas como gusanos. Muda la lengua, o muerta,
abrazándose, o dormida, cubierto
su cuerpo por una camisa, dormida,
abrazando su propio cuerpo, muda
la lengua en el aire denso de su tumba oscura,
muda la lengua, muerta, dormida, muda
la lengua, no pobre corazón dolido,
no el umbral complaciente del amor
en un instante de dicha.
V. Liebe
Hacer uno de los dos. Quiso
sus labios, sus oídos,
quiso no ser. Esa ausencia
de realidad, el aullido
de su sexo, su voluntad
de naufragar, sus emociones,
quiso esa música sexual.
VI. Abril
Imagina ese rostro glorioso de ángel
nacido para asombrar la habilidad confusa
de los seres débiles y humillar
la gloria sin mérito del mundo.
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Cree ver que de su rostro
parten miradas como flechas
que jamás podrían ser imitadas
por arte alguno.
¿Qué pluma o pincel
describiría ese fulgor
púrpura que inunda
el mediodía y ciega?
VII. Madre
Se mueve de un lugar al otro
como lo haría un sonámbulo
en un cuarto sin puerta
ni ventanas ni salida.
VIII. Mónica
Es el idioma de la noche: nadie la escuchará.
Es la que nunca volverá, la desaparecida
declarada irreal. ¿Un día, cuando mi súplica
amorosa nos reúna, esa noche, ese día, nadie
tampoco mi voz escuchará?
IX. Laura
Siempre comparé su cuerpo tatuado
con un grabado de Goya: al hacerle el amor
sólo veía enanos, súcubos, mujeres
rapaces que intentaban arrancarme los dientes.
60
X. Alma
He leído, en antiguos tratados de psiquiatría,
que no pocas niñas en su pubertad
suelen poner bajo sus faldas trozos de telas
que crujen o gritan como una mujer al copular.
Quizá por ello se la oye esta noche, hermosa y solitaria,
cuando desciende de su torre y enlaza en el poema
su alma misteriosa. Se la oye, mas teme
ser visible: apenas vive a medias, sólo en mí.
XI. Agustina
Vivía para la gloria de ser un día como la brisa
que va de prisa a ningún lugar. Tenía la loca idea
de que su cuerpo sobrevolaba la inmensidad
como un espíritu que se libera de las angustias de lo real.
Fluía tan pura y leve como gaviota que se detiene
en mitad del cielo sin otro anhelo que ser la brisa
que va de prisa a ningún lugar.
XII. Alfonsina
Estabas en el agua retratada,
como una sombra casi muda
en la escollera. Es el mar
que va viniendo, me decían,
es el mar de plata que te engaña,
es tu memoria de un amor que naufragó.
61
XIII. Amanda
Los museos, Amanda, son un error de perspectiva.
Se reúnen en una sala tipos extraños entre sí
para ocuparse, en poco menos de una hora, del Arte,
de aquella o de esta obra, de esta transparencia
o aquella veladura. De la misma forma,
cuando te observo o te desnudo, me convierto
en crítico de arte. ¿No soy yo mismo un observador
que carece de sustancia, criatura débil y enfermiza,
amarga y agónica? Pero en mi caso, ¿no merece
un premio, aunque sea leve y frívolo, tanta devoción?
XIV. La chica del Hotel Melancólico
No había tarea para la cual no se sintiera dotada.
Escribía, pintaba, enseñaba idiomas con paciencia
y dedicación, imitaba con felicidad a John Lennon
y fácilmente los gestos de la Garbo, cantaba
como Tita Merello, mordía las palabras con voz
enronquecida o sustituía, como Gardel, algunas enes
por erres, bailaba flamenco, hacía un delicioso guiso
de conejo a la cerveza negra digno del gato Dumas
y jamás confundía amor con sexualidad ni ternura
con necesidad de protección. Era, sin duda,
una dotada. Para los idiomas, para las artes,
para las ciencias del sexo. Pero corrían los sesentas,
teníamos veinte años y ambos éramos parte
de una generación fatalmente dedicada a exterminarse.
62
XV. Chicas con chicas
Pubis osados, huesos doloridos,
bellas mujeres impregnadas
del rojo del amanecer, ligeras
y simples tejen sus redes
para apresar al viento.
XVI. La chica del adiós
Una nuca fantástica de apariencia casi real,
ojos negros, chinelas rojas de un tono
ligeramente más claro que el de su pelo:
leía novelas de misterio y copiaba el estilo
de sus protagonistas: rameras, cocainómanas,
estudiantes de teatro sin futuro. Como
una sombra pálida, nube o humo, aún vive suspendida
en mi cielo, casi secreta, herida de melancolía.
XVII. Lucy
Es un ser débil cargado de infortunios,
sombra, agua de jazmines, un antiguo
perfume en su almohada. Puede verse
en sus ojos cómo se nutren las raíces
de una mujer que a los cuarenta
ya no se hace ilusiones. De sí dice
que es un payaso de cara fea
con un sentido del ritmo y del baile
aprendido por la fuerza
en los clubes vulgares de Ortúzar,
sombra lejana que implora el olvido.
63
XVIII. Raquel
Con movimientos bruscos se abrazó a una silla
y se lastimó vientre, pubis, muslos. Su sangre
me trastornó, el sudor empezó a empapar
mi camisa. Sentí frío y me puse a temblar. Sentí calor
y empecé a quemarme. Raquel fue el sésamo ábrete
de la vida que en esa época para mí con codicia
avizoraba. Sombra ocular y polvo, artilugios
precarios de una actriz, con ella aprendí
a ignorar, a estafar, a representar.
XIXI. Final
Dos corazones huyen,
se desprecian y aprenden
el odioso arte del olvido.
XX. La Puente
Salí de esa vida ambigua
como de un teatro
o una casa saqueada.
No fue gran cosa
perder lo ya perdido.
Como animales
atraídos por objetos
de colores chillones, falsas
joyas, así se fueron a otra parte
la mujer y su séquito
de arpías que hablaban
en escena de belleza y bondad
mientras desvanecían sus palabras
64
con agravios y burlas. No quise
ser testigo de tanta traición:
sierpes de doble lengua
nunca fueron leales.
XXI. Micaela
Esa fina morocha de orfebres peinada
quería revivir en su cuerpo plebeyo
la poesía simbólica de una Evita soñada.
¿Ocurrirá el olvido y en el blanco tálamo
de la memoria vil la sumirá el vacío?
Más vivo el olvido que el dolor
de un destino sombrío
o de un tormento físico infantil.
Ratas inmundas y pingos febriles
galopan y matan. Matan y matan
en el desconcierto de tanto mentís.
Es un habla extraña fascista y hostil.
En el claroscuro del instante en que cambia
el curso del viento político, allí donde
inocencia hubo,
ni luz.
Naufraga su alma
deshecha en la sombra.
Y así de la nada ha nacido
otro cielo senil.
65
Se desvanece ella
en el ocaso triste
de los asesinos
de este pueblo gris.
XXII. Sor Juana
Te era fácil hacerte esta ilusión: en un paisaje
encantado de campos infinitos y desiertos
pero de cielos relucientes con transparencias de azul,
placeres sutiles e intensos llenaban tu espíritu
de una inmensa extensión de piedad y misticismo
sobre la que flotaban a lo lejos, como desperdicios,
los episodios insignificantes de tu vida cotidiana.
XXIII. Adriana
¿No hay acaso partes de la noche
en las cuales toda pasión debe concluir?
Ella, dulcemente dormida, sabe
de qué hablo. Si me abandona
en un sueño, temo que sin arte
la lleven, con falsas promesas
y malicia. Temo esa otra lengua
sin palabras que al pronunciar te amo
tiente al cuerpo dormido
y en mi ausencia lo posea.
66
XXIV. Brunetti
"... l'aurora e intatto giorno."
Giuseppe Ungaretti
Cuando la razón nos abandona, en la plenitud
del placer, mientras Venus fecunda su dominio,
ella, que nunca es ausencia ni rechazo, en voz
alta sueña; en algún sitio, en algún punto
de algún sitio de amor constituido, sueña.
Allí donde no existe sombra alguna, donde todo
es sustancia, alma y cuerpo femenino, sólida materia
de los sueños, podría compararse con un día de estío,
pero es más suave y tiene mayor belleza cuando el viento
agita con excesivo celo sus colores de invierno.
Es preciso tratarla con cuidado, como a un paisaje
sin adjetivos. Su corazón parece fácil y ligero como una lluvia leve
y si bien a otros en sueños ama, prefiere vagar a solas
sin nadie que le advierta cuáles han de ser sus heridas:
incluso cuando sueña, su corazón es el sitio más seguro.
67
III. ARTE POÉTICA.
ESCLAVOS DE LA LENGUA
“¡Viejo que venís, el Cid
Viejo venís y florido!”
Romance del Mio Cid
“El poema,
desprendido de la visión
y del que no podrías
explicar, sólo ofrecerlo,
ofrecerlo
en homenaje a lo recibido”
Alberto Girri
Esclavos de la lengua
I. Quevedo
Vivillo, jugador de musa momia,
colgados de quevedos ojos planos,
ciego por codicia y malicioso,
a qué vino o viene es de milagro.
II. Góngora
Adjetivos, decimillas, lengua ruin
–diría Gongorilla– bastarían. Pero nada
a mi oído privado de emoción incita.
III. Ananía
Yo tan sólo un aspecto del paisaje,
ornamento quizá de una iglesia
privada, nada significativo.
IV. Girri
¿Quién si no un poeta
con desdén y lejanía niega el morir
si el cuerpo muere?
¿Quién si no en ciega armonía
con su mente cruel y oscura
a la aurora despierta sin la aurora?
¿Quién si no sediento de emoción
enciende fuegos que no matan
aunque amante no merezca ser llamado?
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V. Auden
¿Te disminuye que éste sea el escenario,
que no más frecuentes la lascivia
con sus pomposos huéspedes, que sea
tu placer la cortesía, que vuelvas
tu ojos al ocaso, hacia un sol que se oculta
para no ver como se cierra la flor que teme
a las sombras de la noche? Así ha de ser
tu despedida: en el poema una luz trémula
se apaga, un anciano a media voz habla
el lenguaje del anochecer, ignora
el canto de la memoria.
VI. Borges
No se trata de resolver con el poema
–como Borges dijera– las arritmias
cardíacas, el espanto, la rigidez mental,
los amores contrariados, la impotencia
o la histeria convulsiva, sino
de aceptar, humildemente, la certeza
de sabernos esclavos de la lengua,
esté uno poseído por un dialecto
romántico, vehemente, o –como Borges
dijera– por el jocoso idioma de la plebe.
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VII. Krolow
En el preciso instante de aparente calma
en que todos los deseos del corazón, todas
las nociones de la mente, los lazos de sangre
y los interrogantes de la existencia se disuelven
a media voz en escritura, sobreviene
la muerte, el Holocausto.
VIII. Yeats
Ni miedo ni esperanza
acompañan a los animales
humanos cuando mueren.
Sin embargo, una larga procesión
de cadáveres putrefactos
va con alegría hacia el osario
como los eterniza Brueghel.
Con sus caras poéticas
muertas y rientes.
IX. Portogalo
(Chacarita, 9 de setiembre, 1970)
Un temblor involuntario contrae mi cuerpo
y un gemido incesante sale de mi boca lastimada.
Miro la tierra removida pero estoy mirando también
más allá, hacia el futuro sin padre que desangra.
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X. Portogalo (II)
¿No éramos
Uno los dos
ante la Muerte
que mezcla
tu dulce amargura
con mis penas?
XI. Portogalo (III)
Voluntad única
que fuimos
¿No es uno
el lenguaje
de la Muerte?
XII. Bonomini
Donde hubo candor, melancolía exasperada.
Y al pasar, ojos de otoño, un hombre que se fuga
de sí mismo. Como una serpiente
huye del cazador que lo acosa. Huye
como las golondrinas en invierno.
Se arrastra y vuela y huye para que no lo vean
enfermo o perdido. De todo huye
pero todo sigue igual, la Muerte
en el poema de la muerte
en el poema de la muerte
en el poema de la muerte
74
Briante
Murió sin avisar lo mal que estaba
un día de enero de 1995. Lo llamábamos
Carver por como narraba historias de su ciudad,
General Belgrano creo, donde había nacido:
historias de borracho. A veces, a principios
de los sesenta, contrariado por el alcohol, discutía
a los gritos y de pronto, en el Bárbaro, se desnudaba
delante de todos, enseñaba su pene, y se iba solo
a caminar la noche. Casi no dormía. Se quedaba
en la cama, a oscuras, con los ojos abiertos. Todo
en la vida fue para él muy difícil. Apenas si podía
escribir y la cuestión con la escritura –creo– era ésta:
"¿Cómo puedo siquiera progresar en algo
y de qué manera y con qué medios?"
Ese pensamiento lo sumía en estados
desesperantes que terminaban por asfixiarlo
y a los que pretendía doblegar
con la indiferencia que proporciona el alcohol.
Hacía meses que le martillaba en la cabeza
una frase de Ovidio:
"Cuando tus ojos miran otros ojos enfermos, ellos mismos enferman:
muchos males dañan trasladándose de un cuerpo a otro de esa manera".
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Lía, su compañera de esas épocas, lo escuchaba confundida.
Quizá, ni siquiera, era una frase de Ovidio. La cabeza
le pesaba y los pensamientos negativos se sucedían
sin interrupción. Hasta que un día se dijo
lo que no a todos les ha sido dado decirse:
"Siempre estás esperando algo que sabés que nunca va a pasar.
Uno se puede pudrir aquí lo mismo que en cualquier otra parte".
Fue quizá esa la frase de despedida pronunciada por un escritor
notable, un día cualquiera que jamás acabaría en noche.
76
Muerte y resurrección
Para Ángel Bonomini, en su memoria.
Como una flor que se cierra y es cortada, con todo
el cuerpo consumido, le vi partir y tuve miedo.
Sé que no ha de medirse el final inesperado
de un hombre solemne –un poeta cuyas obras
por amistad me pertenecen– con la vara de la Muerte.
Pero pese a lo que aún hoy es mi orgullo, esa sutil
amistad que nos unía, cuando él transformó su cuerpo
en un lirio marchito, también transformó
en miedo lo que había sido un estado inmutable
de dicha, cada vez que su voz grave insinuaba un poema.
Fue el miedo quizá, o la repentina ausencia
de su cuerpo, o acaso mi errónea idea de que sólo así
se borrarían de mi mente esos días borrascosos
de enfermedad y dolor, los que me llevaron a imaginar
que podría para siempre ser parte de su música.
La Muerte, el reino de las sombras que a veces emancipa
a las almas –me ilusioné– nutre a los poetas como los manantiales,
desata las lenguas, libera las pasiones. El fluir de aguas dulces, la noche
perdurable de sus versos y hasta su inevitable adiós
quizá me devolvieran el perdido equilibrio de mi poder como poeta.
Seré tu música –me dije– en los poemas que de aquí en más escriba.
Pero él, con esa negligencia de artista que deshace la madeja
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de las ilusiones, quizá por un secreto ensalmo de la Muerte,
se hizo inaccesible a mi deseo. Cada tanto lo busco, es cierto,
y a veces resucita en algunos poemas breves que parece dictarme.
Pero no es como yo imaginaba, que nuestra amistad habría
de encontrar en mi escritura su modo de morir viviendo.
78
Hombres de altamar
¿No ves que ellos, príncipes de prostíbulos, si la muerte
sedienta de presas tentara sus cuerpos, podrían someterla
y en sus propias mortajas violarla? ¿No ves que esconden
en sus corazones el antiguo deseo de los hombres
de forjar distancias como el modo del agua
que invade las playas pero luego se aparta?
¿No ves del vigía los ojos ardientes que abren
fácilmente la noche? ¿Y no es ese otro Ahab
en el puente de mando injuriando al cielo sombrío
porque ya nadie comprende el habla del mar?
¿No son acaso de coral sus huesos, moluscos malolientes
sus puños y perlas de nácar sus ojos sin lágrimas?
¿No mueren desafiando al olvido entre las aguas
tormentosas de un azul apagado a la edad en que otros
suplican los halagos del sol? ¿No partieron acaso
de un lugar al que nunca llegaron,
del vientre de un monstruo marino
de un libro que Melville no escribió?
79
Carta muerta
(Remitida a las escritoras Mónica López Ocón y Claudia Wright con el objeto de hacer
constar una opinión sobre el sentido último de la escritura, esta carta adjudicada al
amanuense Bartleby, escrita en máquina portátil Remington Rand y sin firma, fue ha-
llada en sobre cerrado sin estampillar entre las páginas del libro Bartleby, de Herman
Melville, prólogo y versión del inglés de Jorge Luis Borges, quien probablemente haya
sido su traductor y –tal vez, muy probablemente– su verdadero autor.
Colección Cuadernos de la Quimera, Emecé, al cuidado de
Eduardo Mallea, ejemplar N° 838).
Estimadas: hubiera preferido no hacerlo;
sin embargo, algunas circunstancias ineludibles me obligaron.
Rumores hubo cerca de mi indolencia, mi propensión
a la melancolía, cartas muertas. Pero es innegable:
la escritura no es un espectáculo ni una fiesta,
es un aprieto, una encrucijada de la lengua,
frase ésta de Hammet o Santayana, no interesa, que define
la esencia de todos mis problemas. Ignoro las razones
por las cuales se me impuso no volver a escribir jamás.
¿No hubiera sido más digno argüir una dolencia incurable,
quizá extrema rigidez en los dedos, algo realista, en lugar
de imaginar para mí esa ingrata adicción al jengibre?
Sé que es absurdo obligar a un autor que prefirió la fama
que le dieron sus crónicas de viajes a tratar temas de escasa
o nula atracción, el malestar existencial, los blancos en la mente.
Pero en ese funesto invierno de 1851 en el que se produjo
la parición de Ahab y su temible ballena, nació también la creencia
que hizo para siempre inútil mi oficio. Esta es la verdad: la escritura
se concibió desde entonces sólo como una tarea destinada a entretener.
Ya habrán leído ustedes a Böll, al propio Grass, al intrigante Borges.
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¿Podrían acaso sostener con rigor que amaron y entretuvieron
más a los lectores que la ligera Allende, el mezquino Sábato
o ese tal Bioy, idiotizado por pequeñas rubias oxigenadas?
¿Cómo entonces un hombre equilibrado y juicioso
(no un escritor o, si ustedes lo prefieren, no un simple
copista que prefirió ocultar el secreto destino de la escritura)
podría siquiera entrever que sólo es Ella la que produce
escalofríos de luz en el mar, herrumbre en la mirada?
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Digo sobre una poema de Alberto Girri
Digo sobre lo que nada
se puede decir.
Hablo de una región inexplorada
de luz que asoma en la poema
de cenagoso vigor, de tu precioso
don sin los favores del lirismo.
Digo aquella flor
sobre tus muslos
donde nada
es ficción.
Hablo del lenguaje, de lo sublime
de cada instante que pasa,
de cada voz que se oye, cada
canto que se hunde en la nada,
cada dolor de alguien que gime
por su pérdida, de cuerpos
mutilados, alguien que dice
he de decir de mí
lo que era y no soy.
De aquella que más tarde
se ofrece deseando ser deseada,
hablo de aquella flor,
de la poema entre tus muslos,
de la poema en mí, abierta
al goce, esperanzada.
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Hablo de hacer
semen y flujo vaginal
con tus palabras,
lo sencillo, lo tenue,
lo templado, el amor.
Ya no de amor carnal
sino de la filosofía
atea de un cuerpo
sobre un cuerpo, sin
pasión y sin dios,
materia en la materia
que se absorbe sin remedio
y desaparecen las creencias
porque nunca, nunca
una poema ha de ser
lo que el lector creyó.
83
Una vez más el motivo es el poema
Sucede ocasionalmente en la vejez que bordeen mi sien
los difusos dedos del espíritu santo, acaso Alberto supiera
a ciencia cierta que efectivamente alguien nos habla
aun desde el no ser y así se obstina en dirigir mi mirada
a los aspectos en nada sustanciales del poema.
No es el mío un pensamiento religioso ni una certidumbre
radical; chispas quizás de un fuego que se extingue, restos
del yo caído y ya inmóvil por el paso de los años. La existencia
humana se anula en ese acto y convierte en poema lo indecible
más allá de la presencia conjetural de algún autor. Sobrevienen
ideas erróneas, el ocaso, lo que Yeats llamaba la desolación
de la realidad. Y vuelve aquello que jamás poseímos.
¿Acaso una y otra vez no ha soñado conmigo Wittgenstein
para repetirme que lo que me vuelve poeta es ir lentamente, siempre
llegar último? No se trata de una abstracción lo que entonces surge:
es materia oscura, observable, formas del yo piel en pena
en el poema. Se apaga toda pasión y un resto del fuego que nutría
y laceraba mi espíritu se diluye por completo en ese instante,
desaparece sin alegría. El que dice ser quien soy no encuentra
sentido a las acciones que me imponen la diosa del agua
y la diosa de la sombra, nunca ausentes en mis meditadas siestas.
No todo está dicho sin embargo. No hay certeza que conduzca
a la mente ni otros dioses en mi biblioteca parlante.
Pero es real que cuando llueve en Buenos Aires mi alma
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disipa la lujuria como una condena y prescribe la hora
del día en que habré de ir hacia las ruinas de un cubil
donde yace un cuerpo sin memoria de lo vivido, sin huellas
digitales, en lo oscuro abandonado, al que le sirvo
con la obediencia de un hijo, con la sumisión de un esclavo.
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Luz
Un poeta menor de extraña labia, un antiguo
implorar. La luz como imperativo. No fue lo suyo
amor sin amor sino poesía. Un modo no natural
de amanecer que poseía. No un acto divino.
Un modo ateo, literario. L'amor qui move il sole
e le altre stelle. Amor a sí mismo de un cuerpo
que se mueve sin el mío. Un otro yo por completo
indefinido. Una lectora inhábil para la poética. Farsante
yo con la apariencia de un ser que se ha perdido: la luz
como elemento adverso que asombra suspendida
en el aire irrespirable de un mal verso. Luz que era luz
en el sendero. La pétrea luz de la inteligencia. Luz que exige
un alto precio. Al yo del que se ama y a la par se ignora.
Luz final de purgatorio. Luz que ciega y apaga la pasión.
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En el museo del Prado
Luz más íntima que mi ser más íntimo.
Luz intemporal que ensombrece y trastorna.
Luz viva, actuante, luz del retratista Rembrandt.
Luz sobre sobre el vientre de Artemisa.
Que deshace las formas, las oculta.
Luz que en la noche más oscura la devora.
Luz en entredicho cuando esa luz hostiga el alma.
Luz crepuscular que se respira en el aire quieto.
En soledad oscura.
Luz de Goya. Falsa luz.
De zarza ardiente. Luz de la locura de dios.
Luz que sólo en mi corazón se enciende.
Luz trémula, liberada. De dios ya muerto.
En el mismo momento del deseo.
Luz de estar a solas.
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Arte poética. El poema no escrito
“Irás, oh mi canción, contra el que yerra”.
Dante
“Está reencontrada /¿Qué? – La eternidad”.
Rimbaud
En Otra Parte se juzga. En Otra Parte se define.
Se juzga, se define. Poeta o arquetipo de poeta
es el que promete eternidad.
Paul Valery pulsaba un joven cuerpo femenino
en su vejez: oh triunfo del ocaso, dulce Jeanne –exclama
todavía o me imagino.
Obra inconclusa la suya que consume relámpagos tardíos,
espuma invisible del languidecer
en carnes y en ideas.
Mis dedos escribirán por él un epigrama. ¿Desmentiré
la lengua paternal que me dio obstinación de vida, anhelo
por ir más allá de todo abismo?
¿Revelaré el signo de la noche del espíritu, aquello que fuera
Yo al nacer, lo más interior de lo más íntimo
mío: el poema no escrito?
¿Ha de ser entonces el eterno dilema de Dios o el Hombre
el que subsista? ¿Inmolar al padre, el maestro, o clavetear
al hijo, el epígono, en la cruz del sacrificio?
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¿Acaso el pensamiento ateo sin otro sentimiento, sin alma,
sin la poesía pura de un dios que actúa y crea en la Otra Parte
y aquí nos obliga a estafar para existir?
En Otra Parte se juzga. En Otra Parte se define.
No hay piedad, sin embargo, ni consuelo más allá,
donde se pierde "el flujo del tiempo por venir".
Sólo habitarás otro mundo de infortunio
en el que la inteligencia yerra como la juventud:
se cree morir estando vivo.
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Arte poética. Desasosiego
La geografía mental de un poeta
se intuye en su lenguaje. Su habla
habla. Es también esa la función
del pintor, del músico, el compositor
o el intérprete, y del que labra
su angustia en piedra: el recurso
final del artista por obra
de las metáforas que oscurecen
el alma del que lee o contempla
el arte. Sólo un artista sabe que si elimina
de golpe la gramática, al concebir
el silencio logra urdir que la materia bruta
del pensar se reduzca al ah, oh,
los monosílabos. No hay otras
palabras que signifiquen. Ni el verbo
es entonces el principio de nada.
En el principio, el fin del hacedor:
nada: la omisión, la ausencia
de dios, el silencio musical, el blanco
absoluto del lienzo, la masa inerte y hosca
de la piedra, el goce del desasosiego.
90
Todo lo que no es poesía ni mística
“[...] en el modo posible
que concebirse puede lo invisible”.
Sor Juana Inés de la Cruz.
DEL HIJO AL PADRE
Alabo tu nombre sin nombrarte. Ese
es mi don. Es una cuestión de oído.
A veces la música vacila y se niega
en vida el perdón que un padre insano
en la zona de cólera de su mente
reclama. Del hijo al padre –decías–
no consta que deba haber respeto,
pero ya en lucha con su propio cuerpo,
debe pensar el hijo en el silencio del invierno
que a él mismo lo destruye.
Pienso en ese goce inesperado de ser
cuerpo de destrucción que me libera
de toda empatía y semejanza. ¿Ya no
habrá bronca, porfía , ni acto de fe
ni entrega ciega? Arcano mayor,
desamparado sol estalinista, a la deidad
de Harpócrates consagrado, no me destruye
el tiempo, no tu ausencia sino tu invariable
amistad en las fronteras de este cielo,
¿la mística heredada que por herencia prima
y al que mi oído díscolo se humilla
cuando simula o plagia tu asonante rima?
91
Oscuro labio arbitral que aunque muerto
todo lo posee: ira, pasión, arrojo, vuelo
intelectual y –para bien o para mal– deseo.
Ser inmaterial nada te impide ser
presencia viva a la deriva, gozable
espectro, fin de la poema y principio
de lo opuesto, el denso aliento, la matriz
enferma, barroco el pensamiento dado a producir
todo el efecto que ese pensamiento debe
producir: alejarme por un larguísimo tiempo
de la dicha y dar por probable la aterradora idea
de que una segunda vida nos espera.
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Arte poética. Dolor
Se trata de ajustar la urdimbre o devanar
si fuera necesario el tejido lingual que se produce
al expulsar de la mente un deseo malicioso.
Si no, por lo contrario, urdir es el verbo.
Algo así como en secreto, con suma cautela,
como si hilos de oro pudieran dar vida al interior
ya muerto, sellar en un capullo de seda lo incierto,
aquello a lo que nadie, nunca, tendrá en verdad acceso.
Urdir, hilar, metáfora textil que da lugar a insectos.
Hacer realidad el sueño de la infancia, las trasformaciones
nocturnas de un ocurrente Samsa. E inferir, suplicar, discurrir,
invocar en el más oscuro centro del vacío personal
hasta encender la nada, hacer un dios, una forma divina.
Escribir a solas, conjurar, expulsar de la mente
la nostalgia hasta alcanzar el sinsentido cierto
del escribir. Y extraviarme in fíeri en la ambigua
selva del maestro. Haciéndome a su imagen.
Constante hacerme, no en función de un estilo
ni extrema obediencia a una razón poética.
Allí, en el instante mismo en que la clemátide
del verso abre sus alas como un pájaro ciego
hacer de la siniestra trepadora familiar el motivo,
la excusa: ¿oh mamá –preguntarme en el sueño–
qué he de gritar al despertar? ¿Por qué
esta raquialgia, el dolor cervical, esta neuralgia?
93
¿El dolor siempre fue el tema, verdad?
Un dolor intenso mamá. ¿Acaso esa otra forma
vegetal de la casa natal no lo revela? ¿Qué
significan si no estos cuantiosos pétalos entre sí
envueltos que simulan un tubo del que emergen
estambres, flores actinomorfas que atraviesan
con sus fálicos rayos de luz el horizonte?
¿No era nuestro trébol de la suerte? Del pasado
subsiste el mundo de lo que no fue posible. Y aquello
que no se tuvo, que no se tiene, está aquí sin
embargo en la mente. Ahí, en la casa donde ya nadie
respira pero hay olor a oruzúz y a leche rancia.
94
Visitantes sin nombre
No es un sentimiento ni una afección.
Es un acontecimiento fatal para un escritor
sin atributos considerables: emergen
en sus sueños o al despertar, en fugaces visiones,
renacidas del polvo, presencias indeseables.
No es Monet, no es Chopin. No se trata
de Pound. Visitantes sin nombre copian
indistintamente el modo de Girri o de su padre:
sus voces, sus ocultas intenciones amorosas,
responden a signos opuestos, discrepantes.
Almas del abismo en el santuario
del poeta parecieran resguardarle
de una realidad hostil. Pero su fin es otro.
Que sus propias lenguas no enmudezcan.
Lejana, demencial, una vieja angustia
resurge y se adueña de su cuerpo y de sus muecas.
Como si la mano paternal continuara
vivamente su constante condena
para obtener el fruto vil de una enseñanza.
El trazo acusatorio de un índice rasga en el aire
el velo de lo real y le penetra, se convierte
en íntimo censor, juez y parte a la vez
del más necio propósito de un poeta: no se debe
jamás traer desde la Otra Parte muertos a la vida.
95
Arte poética. Otra vida
Acerca del arte
de escribir fracasó
el poeta en lo ilusorio.
El sendero recibido
lo llevó senil
al borde del abismo
y en lo más alto
del delirio el saliente
filo de una roca
como el pico
de un pájaro pétreo
horadó su pecho.
Con la ligereza de la bestia
del animal no humano
en el que transmutó
al hacerse pájaro
se apegó a la roca.
Fue piedra
negra sobre
piedra gris.
Cementado
96
el cuerpo
se hizo pez
y al huir
de ese desliz
en zigzag de pez
disuelto fue
en ríos ilusorios.
De tal arte no hubo
ya retorno.
Posó alas aletas
piesimanos y pico
pétreo en otra vida
más allá de sí
a la cual si pudo ir
con su sentir
nunca de ella
tuvo respuesta
su pensar.
97
Gramática sexual
“Now, gods, stand up for bastards!”
Shakespeare: The Tragedy of King Lear
Ene de ene
bien podría indicar
como es de presumir
que la preposición indica
cierta pertenencia, algún grado
de conyugalidad: señora
ene de ene, por ejemplo.
Sin embargo, en mis sueños,
no aparece como referencia
a persona o situación concreta
alguna, ni opera en mi mente
adjudicándose más sentido
del que podrían tener
dos consonantes unidas
por la preposición 'de', la cual
–como todo el mundo sabe–
actúa de tal forma
en la relación entre palabras
que a veces modifica el sentido
de las ideas que éstas pretenden
sugerir. Habrá que reconocer
que no sería lo mismo,
quizá por su evidente carácter
sexual, un sueño con ene
sobre ene, ene encima de ene o
98
–frase ésta netamente prepositiva–
ene desde dentro de ene.
Deduzco entonces que la presencia de 'de'
entre dos enes en mis sueños
sólo se refiere a personas sin nombre
y revela ciertos indicios
acerca de mi origen bastardo
cuyos significados desconozco
y acerca también de algunas funciones
sexuales de la lengua que prefiero ignorar.
99
IV. CUESTIONES DE FAMILIA
“Si la humildad y la pureza no están en el corazón, no están en el hogar;
y si no están en el hogar, no están en la Ciudad”.
Thomas Stearns Eliot
“Después de nosotros no viene nadie,
nadie que lo cuente, nadie que tome
en sus manos las cosas que dejamos
inconclusas y las lleve hasta el final.
(...)
No hay espejos dispuestos
para que reciban y guarden
nuestra imagen, tampoco habrá
una sucesión de espejos
cuando ya no estemos.
(...)
Algunos pocos se han de ir
como nosotros, del modo
en que nos vamos, tanto da
lo que escribamos o hablemos.
(...)
Fuimos hechos para el día solamente”.
Hilde Domin
Herencia
No lejos en el tiempo su propia sombra fascinante
recelaba de seguir el camino de su cuerpo. El viejo
iba por el pasillo de la muerte que un demente
diabético traza a conciencia cometiendo excesos,
mejillas al rojo vivo, un cigarro tras otro, como quien
no tiene ya otra cosa que humo en los pulmones, nada
más que ofrecer. Volutas de humo allí en lo alto,
no lejos en el tiempo, él de pie, con un brazo apoyado
en el quicio de la puerta, con ese aire sutil de victoria
no decisiva todavía respecto de su muerte.
Un retrato de Lorca de los años treinta en Madrid,
partes desgarradas de un cuaderno Avon con sus propios
poemas manuscritos dedicados a Mao y censurados
por Victorio Codovilla, una caja metálica de cigarros repleta
de monedas diminutas, billetes de otros mundos, patacones
bonaerenses, sillas sepultadas bajo pilas de viejas
revistas, medias sucias, ropa interior, varios pares
de anteojos, una carta de Neruda entre decenas
de poetas desconocidos, una lámpara eléctrica quemada,
pétalos secos de una rosa roja marchita entre los libros,
la historia reciente argentina diluida en objetos insípidos
como un mapa de vida sin otro destino que el olvido.
103
Mami
Hizo puré de papas
con sal y leche, batió
yemas con oporto y más
yemas con aceite
de oliva, pisó
banana con miel, tragó
semen, ovilló lana, tejió
echarpes a croché, meó
y cagó mientras zurcía
medias, lavó y secó
platos y vajilla, barrió
zaguán y vereda, echó
aguas de nuevo, hizo mate
dulce con tostadas, manteca
y jalea de cereza, té
con límene y leicaj,
café con leche: a cada
cual lo suyo y a
poco de chupar
azúcar en cuadritos
tuvo arcadas, vomitó
bilis –dijo– bilis, nada
más, otra vez
meó, usó panceta
ahumada refrita
y pasas duras
en carne empanizada,
104
tuvo un acceso de tos
al aspirar la blanca
harina triple cero,
amasó, meó, volvió
a cagar: las heces
son para jugar –dijo–,
jugar como los niños,
juzgar a una, líquidas
las heces hablan de mí,
del mal que guardan
en mi hígado. Mami
abrió el placard y sacó
a su amante del perchero.
105
Ciudad irreal
“Como golpes dados en la inmensa sombra”.
María Rosa Lojo
Abstraído en tus pensamientos, indiferente al frío
intenso de la noche, cuando ni una sola luz permanece
encendida en las casas, al borde mismo de las aguas
grises que se estrellan contra sus paredes, perdido
en esa oscuridad, salen de tu boca murmullos
como si quisieras pronunciar una plegaria
a las quietas figuras del agua que aparecen
y desaparecen, furtivas, en el canal más distante
entre los tantos que surten esa maraña infranqueable
de canales que van a ninguna parte. Tus cuatro hijos
gritan y corren de un lado a otro por Venecia, cruzando
puentes imaginarios en lo invisible de esa ciudad suspendida
en el vacío de tu mente, sombras en la sombra inmensa
de tus párpados. Ciego, sin ver que de las barcas colgantes
los cuerpos se sustraen a tu mirada y engañan también
a los pequeños párvulos con sus bruscos movimientos
impulsados por un viento desatado del sudeste. ¿Es ésta
la ciudad perdida del infierno, la cuna en la que nacen, porfiados,
una y otra vez los que reencarnan, seres que se rehacen
a sí mismos, sin edad y sin nombre, en la vorágine de tus sueños?
106
Papi
Papi fue un hueso duro de roer.
Lo parió una yegua gigantesca
en Savelli, la Calabria, a la intemperie,
en la soledad de la montaña, y vino
a esta nación como mito montando
una langosta macho. Madre
analfabeta de los arrabales, supo
con ella de de tormentas brutales
cuando cruzó el Oceanus Procellarum
de la cara visible de la Luna y trepó
al mundo nocional girriano
con asco y mala onda.
Sufrimiento mental o pánico
fue el diagnóstico psiquiátrico
por exceso de 'vuoto cerebrale'.
Datos alarmantes lo confirman.
Un quantum de angustia libremente
flotante, sacudidas del corazón, un vivir
separado de sí mismo y restos
del lóbulo frontal de Lenin disecado
entre las hojas de sus libros
constituyeron el síndrome.
Leyó mal a Freud, pero a Nietzsche
no: episodios de brusco entendimiento
107
con diarreas, desmemoria e intenso dolor
cervical fueron la avant premiere de Tumulto
(tercer premio municipal de poesía
del gobierno fascista de 1935).
En octubre de 1939 parió una hija
en Buenos Aires, niña Mónica, un ángel.
Refugiado, apeló a sus propios recursos
seminales y con ternura, en Rosario, concibió
tres años más tarde a niño Pablo,
un pecado mortal para el vientre
de Eva, otra hija judía de Stalin.
Porque se fue de boca, en el barco Paris
lo encadenaron con destino a la Ushuaia.
Una vez más la Nomenklatura lo rescató
y desde entonces llenó su vida con sinonimias
envasadas para consumo rápido de clientes
del partido y angustiados poemas testimonios
de obreros inmigrantes, no metáforas
sutiles, extravíos, no Mao redimido
en el monte Yang a orillas del Tu Fu,
el cenagoso río Yeats al que él
hubiese podido llegar aceptando
lo que realmente ser quería: Homero
cagándose en su Calabria natal, Magna
Grecia estoica, del Porto Galo venida,
langosta macho que al traerlo
a esta tierra del mare magnum gris
en el lado oscuro de la Luna
108
procelosa que habitamos, perdido
el rumbo, crepó sin fe.
¿Y yo? ¿Su facsímil? ¿Acto
de amor pensante, remedo
de un poeta solsticial sombrío?
109
Vejez
Le hace decir Platón a Sócrates que un alma
en su vejez no es más ni menos que otra.
Pero cuando un alma hiede y ella misma es
como una lira que nadie ejecuta, pero de la cual
igualmente se escucha una música, esa extraña
anomalía ¿no permite presumir que aquél,
cuya presencia apesta, es a la vez un ser
mentalmente desvalido? ¿No tiene pruebas
acaso el poeta de que en su mente hay gérmenes
por cuyo influjo discurre que la lira es su cuerpo
y que rotas las cuerdas o hecha pedazos la lira,
igualmente subsisten deseos? ¿No teme acaso
ser el instrumento de un ánima que ya no gobierne
las pasiones del cuerpo y sólo se escuche a sí misma?
¿Permitirá que un perverso mal como a su padre,
violento hacedor de torbellinos, en su vértigo
lo ciegue, arrase con los ojos de su alma
para que ya no recuerde lo vivido
y sin memoria destruya lo viviente?
110
Nada más es verdad
(Para mis hijos Francisco y Abril.)
“Oh Señora de la profundidad
¿qué hace usted en la superficie?
Oh Señora de mis aguas profundas
¿estaré tan cerca de las sombras
o viene usted para ayudarme a vivir
con todo su frágil equilibrio?”
Supervielle, 1996.
No permitan que otros
la remitan al olvido
recuerden, siempre
recuerden: Ella
la siempreviva, "la pura sensitiva
o la ineludible sensitiva... tendida
humildemente, humildemente,
para el invento del amor"
te da la vida. Recuerden
a Juan Gelman que dice
toda poesía es hostil
al capitalismo, a Ho
Chi Min que enseña
también el poeta
debe combatir
Tengan memoria
de los 90 de los pibes
de veinte que murieron
desde antes
del setentaiseis
y después de la triple a
111
de los que transaron
con videla y massera
del exilio y el hambre
de la rúa y cavallo
el dos mil uno y el dos mil
quince de las promesas
incumplidas de macri
(lo que uno sabe
y olvida es por el tráfico
lingüístico que hay
en la cabeza y confunde
la memoria, porque
se quiere creer y te hacen
hacer que creas)
Aférrense a la memoria
sensorial porque sólo se vive
de lo que en realidad se siente
en un instante crucial
odio o amor más allá del placer
nada más es verdad
Tu mente dice freud por ahí
es una colección de percepciones
la riqueza inextinguible de tu mente
no las suprimas no cedas a la
prensa hostil porque su fin
es ya no más tu existir
Tu conciencia política es
tu órgano sensorial por excelencia
112
memoria percepción conciencia
–la ciencia del alma– te dice
lo que oscuramente somos
por lo que amamos y vivimos
no cedas ese poder al que saquea
en nombre del capital
el falso amor o una
supuesta modernidad
Oh Señora de la profundidad
sabemos qué hace usted
en la superficie. Ha vuelto.
Hemos vuelto. Volveremos.
113
Política, amor, poesía:
alquimia militante
Entrevista con Pablo Ananía, por Leonardo Longhi
El libro Un espectro…, en su inicio, se remite a un “origen”, poético y familiar.
El origen está en la familia, eso es indiscutible. En mi viejo, José Portogalo,
en lo que significó mi casa natal. Venían poetas como Juan L. Ortiz, Álvaro
Yunque, Raúl Gonzáles Tuñón… Los domingos en casa se hacían tallarines.
Amasaba mi abuela, la tana, a la que dedico un libro anterior, Hemos cons-
truido este país desde el principio al fin equivocados. Doménica es la
montaña de mi vida, la fuerza. La vieja era una analfabeta total, y de una
inteligencia superior. De ahí salió mi viejo, si no hubiera sido imposible que
mi viejo haya podido escribir lo que escribió haciendo lo que él hacía en su
vida. Ella me bancó toda la infancia. En algunos poemas vinculados con mi
viejo hay abandono, hay pérdida, hay dolor. Laburaba todo el día, no estaba
nunca, era un fantasma, y cuando venía era bravísimo, muy bolche, esta-
linista. Y mi vieja vivía enferma, hipocondríaca. Entonces la sensación de
abandono era terrible. Eran sobreprotectores y abandonadores, una mez-
cla fatal. Y la que se hizo madre sustituta fue mi abuela. Muerto su marido,
mi viejo la lleva a vivir con nosotros, a Villa Ortúzar, en la calle Virrey Avi-
lés. Los domingos venían los poetas, que traían el vino, y mis viejos ponían
el morfi. Se armaban mesas de poetas.
¿En tu caso esas escenas pueden haber sido una suerte de iniciación?
Yo sufrí ahí la mayor humillación de mi vida poética. Llevé mi poemita, a
los doce años, para mostrarle a mi viejo, delante de todos. Creo que estaban
115
por suerte Álvaro Yunque y Ulises Petit de Murat, que era una gran perso-
na. Mi viejo dijo: “Esto es una cagada”. Lo agarró Petit, lo leyó, me abrazó…
el poema hablaba de la soledad, hacia dónde vamos, de dónde venimos,
quiénes somos, esas cosas. No leía nada de poesía en ese entonces, leía a
Salgari, Ivanhoe, la colección Robin Hood. Todo eso fue el inicio, el caldo
de cultivo.
¿Cómo fue tu formación poética?
Leía los libros que tenía mi viejo. Predominan Quevedo, García Lorca, Ne-
ruda. A partir de los 13, 14 años, fue caótica mi vida. Fui un jugador em-
pedernido; perdí muchas cosas, perdí una casa. Escribía todo el tiempo en
cuadernos, como lo había visto hacer a mi viejo. Todo pésimo, malísimo.
Con los pibes del barrio nos reuníamos en un bar a jugar a las cartas por
mucha guita, lo que teníamos. Yo había empezado a laburar muy temprano,
a los 14 años, de cualquier cosa. A los 17 años me fui a trabajar al sur de
maestro. Me llevé una parva de libros, uno de los cuales era la historia del
surrealismo, y me copé con Artaud, con Breton. Para mi fueron un alimento
precioso. Ya de vuelta, a los 19 me enamoro de una mina de unos treinta y
pico. Me fui a vivir con ella, dejé la casa de mis viejos y empecé a circular
por el bar de los estudiantes, en la zona de la Facultad de Medicina. Ahí se
reunían Gianni Siccardi, Poni Micharvegas, Juan Gelman, José Peroni… Era
un grupito de cuatro. A mí el que más me sedujo de todos ellos fue Gianni
Siccardi, que era un lírico. Los más chicos andábamos por ahí alrededor,
Custé, Menassa, Moccio… Éramos todos jugadores, íbamos a los burros…
Publicamos en conjunto, a fines de los 60, creamos una editorial que se
llamaba Vos.
¿Qué relación tenías con tu viejo?
Por contactos de mi viejo empecé a trabajar en periodismo. Fue en la re-
dacción de Compañero, donde laburaban Horacio Eichelbaum (hijo de
Samuel), Germán Rozenmacher, donde hice las primeras armas periodís-
ticas. Después me llaman para entrar de cronista raso cuando salió Siete
Días, pero no dejé Compañero, porque ahí estaba mi militancia. Militaba
en Avellaneda, en el frigorífico La Blanca. Era la resistencia peronista. Me
hice peronista en serio, en esa época, y mi viejo no lo pudo tolerar. A él lo
invitan a China, conoce a Mao, y vuelve completamente encandilado por
la revolución. Escribe un libro de poemas hermosísimo, con el apoyo de
Juan Ele, que era chinoísta… Y después lo quema, por orden de Codovilla.
Eso fue entre el 55 y el 60. Cuando vuelve lo meten en cana, adentro de
116
un barco, el París, y lo fletaban para Ushuahia. Estaba por partir el barco
y Codovilla lo saca; en cambio, entrega el libro. Para mí eso fue terrible.
Después ya me voy a vivir solo, dejo de jugar, mi viejo viene a casa a tomar
mate y empezamos un diálogo, poco antes de que se muriera.
El que es tu primer libro, Tipos, observaciones, está signado por una serie
de temas que después se desarrollan en tu poesía, uno de ellos, lo que podría
llamarse el “Poema del Padre”. En ese libro hay una parte, “La última conver-
sación de un poeta”, que inicia esa serie donde aparecen la enfermedad, el
deterioro, la demencia, la pérdida...
Fue muy fuerte eso. Él muere en los 70, yo tenía 28 o 29 años. Hay un episo-
dio brutal en la vida de ambos. Él hace una demencia senil. Y cuando yo me
caso con la que fue mi primera mujer oficial, en la fiesta que organizaron
los viejos de ella mi viejo tiene un ataque. Parecía epiléptico, terrible. Pero
no fue epilepsia, fueron convulsiones. Ahí se enfermó. Yo me voy a vivir con
mi mujer, y todos los fines de semana íbamos a ver a mi viejo. Ya se perdía,
no podía salir solo a la calle. Y se produce un episodio muy grave. Mi vieja
lo lleva a Mar del Plata, a la casa de una amiga, y cuando están por subir
al micro, desaparece. Se perdió en Mar del Plata. Lo encontraron azarosa-
mente, en un boliche. Lo traen a Buenos Aires, y al año ya no puede salir
más. Salvo cuando venía Petit, que lo llevaba a la cancha a ver a Racing (los
dos eran hinchas). Y ahí, cuando ve Racing le cambia la vida. Yo me hice
futbolero por eso, por Petit y por Racing. Pero mi viejo no era futbolero. El
estar con Petit, y hablar con él de algunas cositas que a ellos los conmovían
todavía, lo calmaba. También lo veía Álvaro Yunque. Mi vieja lo tuvo que
meter en un geriátrico, porque ya no podía atenderlo más, estaba como
perdido. Dura un año y medio más o menos, y en el 73 muere de un paro
cardiorrespiratorio. Es la muerte, la pérdida, lo que me marca toda la vida y
la escritura. Yo tuve siempre una relación muy fuerte con mi viejo, y nunca
pudimos tener una relación poética. Salvo lo que yo quiera tomar de él.
En ese libro ya está muy presente la influencia de Girri, aunque con marcas
propias en los temas, series de palabras que se resignifican y que van mutan-
do en tus siguientes libros… Y una presencia de la musicalidad en el poema
que es determinante.
Eso es parte de lo que me transmite mi viejo. En él era la poesía rimada, el
cuarteto, el endecasílabo, el soneto. En mi caso hay otra música, que es la
música interior. No lo podría definir, es parte del quehacer poético para mí.
117
Pero además, entre las palabras que cobran una suerte de significación liga-
da con la lógica de tus poemas, está muy presente la “rima”. En este primer
libro es central ese poema con el ritornello “Su vida era la rima…” Inicia una
suerte de diálogo con tu viejo.
Es un diálogo interno, nada que ver con la realidad (aunque eso también
es “realidad”). Yo defino la poemática de mi viejo como la “rima”. La rima
es Quevedo, es Góngora, es Neruda, Lorca. Es lo “despreciable”. Lo peor
de Lorca es cuando empieza a rimar, tiene cosas maravillosas, de una
sensibilidad exquisita, que se pierden por la rima. Neruda era un poeta
extraordinario, pero la rima lo ata a una métrica donde la sensibilidad no
puede surgir. La sensibilidad surge con la razón poética, y si no hay razón
poética no hay poesía. En Quevedo, en Góngora, hay razón poética. En los
poetas del 28. En Jorge Guillén hay razón poética. Un poco más lejos, aun-
que a mí no me gusta demasiado, también en Juan Ramón Jiménez, es un
tipo para sacarse el sombrero. Y si te nutrís con los poetas ingleses te vas
a dar cuenta de que ahí está el raciocinio, el pensamiento, la razón poética
verdadera, que no es la rima.
Hablábamos de Girri, ese otro padre, determinante en tu obra. ¿Cómo fue el
encuentro con su escritura?
Lo que me impacta de Girri es la atención puesta en la observación. Esto me
parece el hallazgo que me permite a mí generar un mundo completamente
distinto. Lo que yo intento es poesía de observación todo el tiempo, sea lo
que fuere, en cualquier registro, en cualquier modo. La idea es girriana, es
poesía de observación. Después lo que viene, o que sale, tiene más que ver
con mi sensibilidad.
A Girri se le lo asocia con cierta frialdad, hermetismo…
Pero lo que lo hace hermético es su cultura. Si vos no sabés nada de los
griegos, los romanos, es muy difícil entenderlo. Era una biblioteca cami-
nando. Lo valiosísimo en él es que con ese bagaje cultural pudiera generar
un mundo sensible absolutamente extraordinario. El que venga a decir que
Girri no era sensible, no entiende nada de poesía. Girri era esencialmente
sensible. Cuando hablabas con él, te hablaba de lo que está más allá de las
cosas; podías entender que cuando le prestás atención a un objeto, siempre
vas a encontrar algo que está más allá de ese objeto y que no es visible para
el ojo común, sólo para el tipo muy atento que lo percibe. Cuando él habla
de “percepción”, habla de percepción sensible. Yo a partir de eso descubro
118
que puedo hacer poesía con cualquier cosa. Si yo veo un objeto, puedo des-
cribirlo, asociarlo con sentimientos míos personales… Estas cosas son las
que Girri me enseña con su poesía.
¿Cuándo comienza tu contacto personal, el encuentro con Girri?
Le debo eso a mi amistad con Ángel Bonomini. Yo me enamoro de la poesía
de Bonomini. Era un ser absolutamente transparente. Escribía como los
dioses. Era un cuentista de la puta madre, y muy buen poeta. Yo hago mu-
cha guita en esa época, cuando invento una revista farmacéutica. Me voy de
Confirmado, me voy de Siete Días, y armo una editorial, Ambigua Selva, y
ahí publico mi primer libro. Un día voy a la casa de Bonomini y está Girri.
Bonomini me habla también de Murena. Conocí a Sara Gallardo, que era la
mujer de Murena, y también era una excelente escritora. Cuando aparece
mi primer libro, Girri ya estaba ahí.
¿Y el segundo libro Ciudad Irreal?
Yo ya lo había conocido a Girri, cuando se publicó. Bonomini me dijo “por
qué no se lo llevás a Alberto”. Me encuentro con él, hablamos comiendo
tallarines en Broccolino y después nos volvemos a encontrar en casa de
Bonomini. Le fascinó el poema “Ciudad Irreal”. No lo entendió, el poema,
yo tampoco se lo pude explicar, pero él sentía que había una cosa suya muy
personal en ese poema, y estaba fascinado con eso, qué sé yo.
En ese libro hay un diálogo permanente y muchas veces explícito con los poe-
tas, pero no sólo mediante citas, se incorporan en la trama significativa de
los textos, extraidos de sus propios ámbitos. Pero aparecen, para usar una de
tus palabras, “mutilados”.
Es que ése es mi mundo, los poetas, la poesía. Y la mutilación se relaciona
con la poesía. Yo soy incapaz de escribir una narración. Y para mí el poema
son narraciones mutiladas. Yo no tengo oratoria, capacidad para hablar. Lo
que pienso lo puedo escribir, pero contarlo me cuesta mucho. Sí lo puedo
escribir, pero entonces el pensamiento, el relato, sale mutilado. Yo puedo
escribir sobre cualquier cosa, agarro el sobrecito de azúcar y hago un poe-
ma, porque es un sobre, está el azúcar encerrada, eso se asocia con otra
cosa… Con lo que venga se puede escribir un poema, y puede salir un buen
poema. Ahora, si yo quisiera escribir una narración con el azúcar como ele-
mento, no lo puedo hacer. Intenté escribir cuentos mil veces y fracasé. Pero
119
de esos cuentos salen poemas. La idea que tengo es que los poemas consis-
ten en pensamientos y sentimientos mutilados.
Hay algo de barroco en eso.
Por algo revalorizo a Quevedo. Y si leo a Carpentier, veo un gran poeta.
¿Qué encuentro en Carpentier? La luz de la poesía. ¿Concierto barroco
es narración? No, es poesía pura. En alguna época fue el surrealismo, en
otra el barroco… Yo me conecto con todo. Lo único que no puedo tolerar
es cuando la rima resulta absurda, vana. Cuando te lleva al vacío. Ahí es
intolerable, no hay poema.
El siguiente libro, La comedia continua, es un solo poema “mutilado”, que a
su vez es germen de otras series fundamentales de tu obra
Ahí está el enriquecimiento que me da la poesía de Murena. Es algo que
también está en Girri, pero no muy explícito: que más allá de un objeto
hay algo, y que uno trae del más allá ese algo. Ese es Murena, es un pensa-
miento religioso, sobre un dios que está ahí velando. Yo lo transformo en
algo más racional: detrás de este objeto, detrás de esta forma, hay algo que
me transmite más de lo que es. Hay otra realidad paralela, que quiero des-
cubrir, y por eso escribo poemas. La única herramienta para detectar esa
realidad paralela que nos acompaña todo el tiempo y que el inconsciente
puede percibir es el poema.
Una herramienta muy particular en tu caso, que se pone en juego como parte
de esa realidad adoptando formas diáfanas, musicales y una torsión del len-
guaje, una transmutación de las palabras que obedece a las reglas ocultas de
esa búsqueda.
Yo tuve una época de pensar que lo único que tenía valor de lo que yo escri-
bía era lo que no se entendía. No es que buscara hacer cosas ininteligibles.
¿Qué quiere decir “De Yeats los éxtasis simulados…”? Es una interpretación
totalmente mía de una lectura de Yeats. ¿Qué quiere decir “Los éxtasis si-
mulados del cuerpo / súbita muerte / ligera plenitud”? Se puede entender,
pero es muy “cerrado”. ¿Con qué derecho yo escribo “… que le es propio en
el instante de femineidad / cedido al extravío”? Si se lee a Yeats con deteni-
miento, tenía aspectos femeninos, pero andá a entender eso en este poema
como lector. No se entiende nada. Una de las cosas que decía Girri era que
de este libro le interesaba la música, que era musical, y que si bien él no
entendía mucho lo que yo quería transmitir, sentía esa música. Este libro
120
es el padre y la madre de toda mi poesía preferida. Está en La poema, y en
este libro. En Ciudad Irreal empezaba a despuntar. Pero este libro para mí
es fundamental.
Es relevante el tema del “ojo”, que se toma del poema de Allen Tate.
El ojo es el ojo que observa. Es Girri y es Merleau Ponty. Merleau Ponty
tiene un libro extraordinario sobre la percepción, donde el tipo enseña el
valor de los sentidos. Y es un religioso, también (un católico que no le tiene
miedo al sexo). Entonces aparece el ojo como uno de los sentidos vitales,
como el órgano de percepción por excelencia.
También aparece la noción del femenino – masculino, pero no como oposi-
ción de géneros sino como aspectos de lo mismo… Eso que muchos años des-
pués se desarrolla en La poema.
Yo no voy a poder explicar nunca qué es “la poema”, pero claro, aparece ya
en La comedia… con Sylvia Plath. De ella tomo lo sufriente de la mujer, el
tema del engaño, de la traición. Ella vivía con Ted Hughes una relación fatal,
que la lleva al suicidio. Sus poemas son desgarradores. Yo la tomo como
algo personal, como si fuera una parte mía. Todo lo que escribo es una par-
te mía, todo poeta es una parte mía, y hay mujeres que me conmovieron
profundamente. De ahí viene “la poema”, pero no tengo una explicación. Se
puede asociar con la parte femenina…
Hay otras palabras – concepto, como el “agua”, o lo “blanco”…
El agua es la mujer, lo blanco es el semen, la masturbación, o la fantasía de
estar con la mujer interminable, la diosa hombre, la hombre diosa. La Dios-
Mujer es un personaje interno mío, muy fuerte. Es Quetzacoatl. En Un es-
pectro... hablo en un poema de la “serpiente emplumada”. Viví tres meses
en México. Yo dejé de militar cuando comienza la represión acá, decidido a
no tomar las armas (había que elegir si te unías a los montos). Mi organiza-
ción era semiarmada. A los dirigentes los mata la Triple A, y en esa época
dos amigos míos psicoanalistas se exilian, uno a México y otro a Brasil. Con
el que fue a México tenía una relación intensa, y me fui a México.
¿Cómo surge el siguiente libro, Pensar sin Pensar, compuesto a partir de
textos poéticos ajenos y contemporáneos, como punto de partida para la
reflexión, el denuesto, la interpretación, pero todo dentro del propio desa-
rrollo poemático?
121
No sé qué quise hacer con ese recurso. Tal vez había una búsqueda de reco-
nocimiento, no sé; a lo mejor quería que me leyeran, y entonces me puse a
“dialogar” con ellos… Hay algunas críticas fuertes, también. Y lo del pensar
para acabar con el pensar es típico de Murena.
El libro lleva un subtítulo, “Apuntes, diálogos, elogios y soledades”. De lo otro
ya hablamos, pero ¿cómo se entiende lo de “soledades”?
La soledad es cuando estoy conmigo mismo, y cómo entra la lectura de los
demás poetas en mi mundo.
¿Lo pensaste como “libro”? ¿Dijiste ahora voy a hacer una serie de poemas
sobre la escritura de poetas contemporáneos?
Yo voy escribiendo poemas, nunca hago “libros”. El que hacía libros era Gi-
rri. Esos poemas fueron saliendo, después armé el libro. Yo siempre me
preocupé por leer a algunos tipos, lo que me fueron llegando en esa época,
y los que me llegan ahora también los leo, y siempre trato de buscar un
sentido a esa escritura, nada más.
Hay una suerte de traducción o apropiación de esas voces. Otra vez, no apa-
recen “citadas” sino incorporadas a la propia lógica de tu poema…
Eso tiene que ver con que yo robo mucho. Leo un verso importante para
mí, me lo apropio, lo “traduzco” a mi lengua, y después elaboro, sale o se
genera el poema. Eso es muy común en mí, porque necesito disparadores
para escribir. Como decía antes, se puede hacer poesía de cualquier cosa,
de una clase de botánica, de física cuántica, de lo que sea, si te lo proponés,
sale un poema.
Pensar sin pensar termina con un poema dedicado a Girri, donde se repite,
anafóricamente, en el inicio de las estrofas un “Qué discutir…”
Eso tiene que ver con algo de Girri. Discuto con él, porque él habla de lo
sensible y para mí el tema de la sensibilidad es central. “Qué discutir si lo
sensible ha de ser percibido en lo formal…”, es algo de lo que él dice, aun-
que no exactamente eso.
“Qué discutir si el texto es quien lo lee..”.
Tenía la teoría, que es de Umberto Eco, de que el lector es el que le da el
carácter y la forma real al texto, y que el verdadero autor es el lector. Eso
122
nació de una discusión, una noche que Girri vino a comer a casa, con Bono-
mini, y se habló de la importancia del lector. Yo decía que importaba un ca-
rajo el lector, y Girri sostenía eso, aunque hubiese un solo lector, ese lector
le va a dar sentido a tu obra. Era un tierno Girri, detrás de esa caparazón.
Esta suerte de no concesión, o de concesión de la búsqueda, no del sentido,
al hipotético lector, sigue vigente en libro Más milagro que muerte, que es
barroco, laberintico, con retazos narrativos, obviamente “mutilados”.
Ese libro responde a la historia de mi relación con una mujer. Más milagro
que muerte, porque era para morirnos ambos de odio y de amor al mismo
tiempo, y milagrosamente sobrevivo. Allí se habla de ese vínculo. Claro que
es hermético, pero necesariamente tenía que serlo. Está el poema Escritos
en el cuerpo, que es fundamental en ese sentido. En el libro hablo de lo que
vivimos en doce años. Aparecen también mujeres sustitutas, matrimonios
anteriores… y el libro resulta barroco porque las relaciones son barrocas,
no porque me haya propuesto algo así. Son poemas terribles. Es un libro
que yo detesto, no puedo explicar lo que sufrí escribiéndolo. No sé si sufrí
más escribiéndolo que viviendo con esa mina. “No lo que es, / lo que dice
ser que invoca/ con su voz constrictora. // No su visión al despertar,/ per-
cibir qué oprime su cerebro. / No la que disuelve el cuerpo concibiéndose /
como en el Poema del Mar/ ahogada sensitiva. No la que cedía / el oído de
la memoria / porque no concebía ser parte sino todo / retórica, confesión,
salmo, extravío, / construyendo, rompiendo, reconstruyendo / a solas”. (de
“Afirmación del poema”.) Ahí está el por qué del poema. Pero creo que en
realidad no se puede explicar ni se puede tratar de “entender” la poesía.
En Hemos construido… aparece otro registro, hay poemas que se “abren”
más a lo referencial, hay nombres propios familiares, algo que no aparece
antes de modo explícito. Savelli, el lugar de origen familiar, que pasa ligarse
con un relato genealógico. ¿Qué pasó entre uno y otro?
Recuperar lo social, o a los poetas sociales, es como recuperar a mi viejo, no
hay otra cosa. Es muy lindo el tránsito. Porque los poetas sociales de los 60,
sea Juan Gelman, Poni Micharvegas… Gianni Sicardi, que es más lírico pero
no deja de ser un poeta social. Esos poetas se nutrieron con Neruda, con
Tuñón, con mi viejo, y con los surrealistas. Roberto Santoro condensa la
poesía social argentina, latinoamericana, con el surrealismo. Es muy loco lo
que escribía, y a la vez transparente, ligado con lo social. Yo recupero eso en
Hemos… Y lo llevo a cabo en el último libro Un espectro… Es el amigarme
123
con mi viejo. No es que tomo la poesía de él; empiezo a entender que mi
viejo tenía cosas valiosas, y me puedo reconciliar con su poesía.
“(…) trabajo antiguo de resucitar / lo inservible, vocecitas italianas cavan-
do en el vacío / sin lograr que se calme el gentío, argentinos / muertos de
risa, acostumbrados a la fatalidad”. Me recuerda a la “Gran Llanura de los
Chistes”, de Osvaldo Lamborghini… El cinismo que cuesta vidas. Pero también
hay un poema muy extenso, que cierra el libro, “Tirando dados”, que mutila
o reprocesa la serie familiar en relación con otra serie de tu obra, la de La
comedia y La poema: “No hay ojos aquí / sólo agonía // sombra ocular y
polvo te ruego / alta mujer (…)” Es notable la operación en apariencia dis-
continua que va del abrir el poema a lo social, volver a tomar esos elementos
y a sumirlos en la desintegración, mutilación y recombinación permanente
de la propia poesía.
De nuevo, no hay intención de hacer una cosa u otra. Trabajo a partir de
influencias, de eso no hay escapatoria. Cuando digo que “robo” es eso, tomo
prestados conceptos, ideas, nociones. Por ahí me golpean situaciones, lec-
turas. Si leo a Mallarmé, sale “Tirando dados”, y yo lo escribo. Después si
responde a una suerte de coherencia con el resto, no lo sé. No responde.
Pero resulta que soy hijo de Portogalo, entonces tengo que “obedecer” a esa
línea. Y resulta que encuentro al “maestro de vida” que es Girri, y también
respondo a eso. Y aparece Bonomini, perdido por ahí, en poemas breves.
Mi obra es una condensación, en la medida de lo posible, de lo que he leído.
La poema pone de nuevo en primer término y tematiza esa operación
alquímica.
La idea de que hacer poesía es un proceso alquímico donde vos en la olla
metés todo lo que tenés con el objeto de obtener el “oro” del poema. Que
es un imposible, no se consigue. No lo consiguieron los alquimistas y no lo
consiguen los poetas. Pero el proceso de elaboración es fantástico, es una
aventura de la lengua y de la mente.
Lo carnal también entra en esa materia en mutación, el deterioro, las “partes
mutiladas del cuerpo”.
Entra todo, cómo no. Están ahí adentro, cortadas a propósito para obtener
en la mezcla lo más valioso con lo único que tenemos.
En el último libro, Un espectro, nuevamente se da una vuelta al registro
social pero se hace aún más explícito, narrativo, e incorpora incluso la sátira.
124
Y como nuevo rasgo, al mismo tiempo, se meten en la “olla” del libro los otros
elementos fuertes de lo femenino, el azar, la escritura, la pérdida… Como una
confluencia de los afluentes de tu obra.
La escritura de los poemas políticos está gobernada por dos espíritus,
el girriano y el de Portogalo. Cuando escribo, trato de hacerlo desde la
observación de lo que sucede, eso es Girri. Pero la idea es que se entienda.
En otra época habría tomado esos poemas y los hubiera trabajado durante
años, lo que fuera necesario, para comprimirlos. Esta vez no, la idea es “a
como venga”.
Este libro comienza por ese registro explícito y referencial, el poema político,
que interpela fuertemente a la época y a los personajes que la encarnan.
La idea en eso que llamo “arte política” es intervenir en la realidad, como
debería intervenir un buen poeta (no digo que yo lo sea) en la realidad,
para develarla. Es un trabajo girriano. Uno interviene cuando realmente
se compromete a develar cierta parte de la realidad que no es visible al ojo
corriente, digamos.
Aparecen figuras como Macri, que se arrancan de la “realidad” para encar-
nar también valores arquetípicos en una realidad más densa, digamos, la
“real realidad” de Girri.
Sí, Creonte.
Y la figura femenina también se explicita.
Antígona… Es que también los poemas sobre mujeres son políticos. Hay un
poema “Micaela”, que surge de cómo me golpeó la muerte de la pibita, algo
fuertísimo. Es un tema político, tiene que ver con la mierda acumulada en
esta sociedad, dentro de Dios sabe qué grado de marginación y desastre.
Cuando hablo de una influencia notable de mi viejo, está en eso.
Cuesta imaginarse a Girri con ese nivel de referencialidad respecto de la
época.
No te imaginás a Girri, pero en uno de los poemas con que se cierra el
libro se habla de “romperle la nuca…” Esto sale de un poema de Girri. En él
estaba eso, lo que pasa es que nunca se animó a hacer una apertura hacia
lo social. Pero yo creo que está ahí.
125
Lo que ocurre en este libro es que la línea abiertamente política y referencial
convive con las otras líneas de que hablamos. Lo más novedoso, para decirlo
de algún modo, es que hay un discurso político versificado. Evidentemente,
responde a una necesidad muy fuerte no sólo de interpelar a la época, sino,
como decíamos, de intervención.
Yo fui militante político, y viví situaciones, no sé si contrapuestas… En
1978, cuando era jefe de redacción de Siete Días, me llamaron de Gen-
te. Me duplicaron el sueldo. En menos de dos semanas intuí lo que estaba
pasando, una penumbra. Renuncié. Del 76 al 78 el periodismo estaba ha-
ciendo ese laburo de ser el vocero, en el caso específico de Gente, del 601
de Infantería. Viví muy intensamente la dictadura, el genocidio, el Proceso.
Todo lo que vino después hasta 2001 estuvo condicionado por las políticas
que se impusieron entonces, hasta la crisis de 2002. Cristina y Néstor me
abrieron la fantasía de que se podía armar un país diferente. Y vino esto de
ahora, el macrismo. Y entonces cómo no voy a salir con mi poesía, por lo
menos a usar esas pocas herramientas que tengo para decir lo que pienso,
para pelear, ayudar, conmover a alguien. De ahí viene la necesidad del “arte
política”. Entonces recupero a mi viejo, recupero a Gianni, a Juan, me amigo
con ellos, trato de retomar esa claridad, esa “transparencia”, trato de acce-
der a ese mundo sin perder la influencia girriana, la del orfebre, el que me
enseña a trabajar la poesía con su poesía.
En el libro también se explicitan y tematizan las influencias, hay una parte
de “arte poética” dedicada a los escritores que marcan tu vida y tu poesía
anterior, donde los nombres son parte del entramado musical y de sentido. Y
aparecen además en un plano de contemporaneidad.
¿Cómo no van a ser contemporáneos si yo estoy acá, vivo ahora, y ellos
marcaron mi vida? Virgilio es contemporáneo, Platón es contemporáneo.
Lo mismo ocurre con las mujeres en la parte “Arte amatoria”, aparecen las
mujeres que he amado en mi vida. Y cierra con mi mujer, a la que amo pro-
fundamente. Y la última parte del libro, “Arte de familia”, sintetiza todo, lo
político, lo poético, lo amoroso… y lo que viene. El “volveremos”.
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Se imprimió en
en TecnoOffset, Araujo 3293,
Buenos Aires, Argentina,
agosto de 2017