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Reflexiones sobre la obsesión y el amor

Este documento describe la psicología de una persona obsesiva. Expresa que los obsesivos se enfocan intensamente en ideas, ideales, fantasías e incluso personas de una manera que puede volverse morbosa. Se sienten frágiles ante el rechazo. Sus obsesiones crecen a lo largo de su vida, desde historias de la infancia hasta recuerdos y personas del pasado que no pueden dejar ir.

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Reflexiones sobre la obsesión y el amor

Este documento describe la psicología de una persona obsesiva. Expresa que los obsesivos se enfocan intensamente en ideas, ideales, fantasías e incluso personas de una manera que puede volverse morbosa. Se sienten frágiles ante el rechazo. Sus obsesiones crecen a lo largo de su vida, desde historias de la infancia hasta recuerdos y personas del pasado que no pueden dejar ir.

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Cosas mías

La realidad es cruda para los soñadores. Éste siglo no es hogar para el auténtico, clásico y viejo
filósofo, al que la política no le da respuestas a sus preguntas ni le muestra la cara de “Dios”.

El cuerpo es un envase muy pequeño para contener tantos pensamientos e incertidumbres.

La vida es muy corta para tantas vivencias.

La piel se vuelve muy áspera para recibir caricias sensatas.

Los nervios son de plástico inflamable. Las manos ya no toleran el temblor.

Los obsesivos somos incomprensibles. Sentimos asfixia, pero somos quienes asfixiamos. Lo
observamos todo, lo analizamos aún más. Nuestra mente es un universo turbio, que en más de
una ocasión puede tornarse un tanto morboso. El morbo, en nuestra lengua sabe a placer.
Ardemos adrenalina cuando el cerebro se ve inundado de imaginación, de oscuridad, de
“imposibilidades” nunca demasiado imposibles para el ensañamiento.

Los obsesivos fijamos víctimas. Éstas pueden ser ideas, ideales, fantasías e inclusive personas
lejanas a comprender y a someterse a padecer nuestra necesidad vital de posesión.

Las manías del obsesivo crecen, se desarrollan y mueren junto con él. Los primeros años de vida
nos obsesionamos con escuchar una y otra vez la misma historia de la que luego seremos
prisioneros hasta el final del juego… El recorrido de la mano de papá por los pasillos del
cementerio de Santa Fe, el olor de las flores secas de los que condenan a sus muertos al olvido, y
las preguntas como “¿De qué manera perdió sus piernas el hombre que pide limosna en la
florería?”. Sucede lo mismo con los cuentos que oímos hasta que por la noche nos atrapa el sueño,
y unos años después cuando no podemos entender que nuestro único amigo se nos comienza a
alejar ¿Acaso no era “nuestro”? Tan nuestro como aquel que nos robó la inocencia, nuestro tan
preciado tesoro, convirtiéndonos en miserables que perseguimos añares a la persona que recorrió
cada uno de nuestros poros, tapándolos y ahogándolos con la fragancia de su intenso perfume que
aún a veces creemos oler. Ese aroma tóxico, que nos espera en cada esquina, en cada dolor, en
esas sandalias rojas, en aquel vestido gris. Aun así, insistimos con observar su pulsera en nuestra
muñeca, que permanece allí en modo de atadura, no dejamos de visitar el lugar que alguna vez
nos unió para siempre, donde supimos perder el rumbo el día que decidimos abrirle las puertas al
error. Ese error que nos mira con los ojos del desprecio, que nos desconoce, que se desvincula de
nuestra historia y de nuestra vida, que se espanta de los pobres diablos, de los “enfermos”, como
nos llamaría su excesiva prudencia, su exacta razón, la frialdad de sus crueles palabras… Los
obsesivos solemos ser frágiles, sensibles a la insensibilidad del rechazo, en especial aquellos que
tenemos predilección por el romanticismo. En estos casos, nuestros inviernos son más helados de
lo común (No es una casualidad haber nacido el día más frío del año, sino que es, “una marca
personal”, una cicatriz). Tanto como el engaño que ni el propio amante puede soportar cuando se
ve atrapado por el deseo constante, imposible de contener, convirtiéndose incapaz de respetar las
barreras que separan la cotidianeidad de lo efímero, el sueño del despertar. El amante obsesivo,
goza de la clandestinidad, le sienta bien y a su vez ésta lo involucra en asuntos que hieren su
condición, al punto de añorar la simplicidad, la repetición de las viejas historias que en fin,
entiende que, no eran tan terribles, los paseos en el Jeep por el Pasaje Echeverría, escuchando, sin
rozar jamás el cansancio, los relatos que nos hacen viajar por la memoria un domingo por la tarde,
mientras suena la voz de Miguel Abuelo (“…yo no pedí nacer así, son cosas mías.”), y el obsesivo
logra librarse al menos por un momento del melodrama que lo mantiene vivo, pudiendo separar
su piel de la del personaje que él mismo creó.

“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que se convierte en ellas. Éstas le sobreviven y, de
esa manera, se convierte en inmortal.”

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