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Meynaud, J. - Problemas Ideológicos Del Siglo XX

Teoría de la ideología.
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PROBLEMAS IDEOLOGICOS

DEL
SIGLO XX
DEMOS - COLECCION DE CIENCIA. POLITICA

JEAN MEYNAUD

PROBLEMAS
IDEOLOGICOS
DEL
SIGLO XX
(El destino de las ideologías
y
Tecnocracia y política)

EDICIONES ARIEL
CARACAS-BARCELONA
Titulo• originales

DESTIN DES IDEOLOGIES


y TECHNOCRATIE ET POLITIQUE

Venión ca,tellana de
JORGE ESTEBAN
Profeoor-Ayudante de la
Univeraidad de Madrid

® Jean Meynaud
© do la traducción ca1tellana para España
y América: Edicione1 Ariel, S. A.
Depósito legal B: 4.802-1964 N. • Regi,tro: 897 - 64

Talleres tipográficos ARIEL, S. A. - Berlln, 46-50 • Barceltma


PREFACIO PARA LA EDICióN ESPA&OLA

La presente obra reúne dos trabajos precendentemen-


te publicados por separado y en fechas distintas : Des-
tin des idéologie·s (1961) y Technocratie et politi-
que (1960). Sin embargo, ambos estudios nacieron de
idéntica inspiración: contribuir a la exploración de la
coyuntura ideológica existente hoy en las sociedades in-
dustrializadas que presentan políticamente la forma de
democracias pluralistas. Al tiempo que vamos a exponer
algunas observaciones de alcance general, quisiéramos
poner de relieve aquí la estrechez de las relaciones que
unen a los dos temas mencionados. ·

* * *
El tema de la ~cade~cia o superación de las ideolo-
gías -tomadas éstas en el sentido de sistemas globales
de interpretación del mundo- goza actualmente de
gran difusión en los países económicamente desarrolla-
dos de América del Norte y de Europa occidental.'Al-
gunos autores no temen proclamar, en estos momentos,
la muerte de las ideologías, mientras que otros, anali-
zando la situación con más moderación o en forma
más matizada, se contentan co:r;i. invocar el apacigua-
miento* progresivo de. las luchas ideológicas.

• A falta de otra expresión más adecuada traducirnos, a lo largo de esta


obra, «apaisement idéologique• por «apaciguamiento ideológico•. ( N. del T.)

5
Recogiendo una expresión en boga, podríamos decir
que/asistimos actualmente a una auténtica «níiitación
política», y de este modo las transformaciones que he-
mos señalado corresponderían a un movimiento irre-
versible. Si en algunos casos las viejas querellas tien-
den a persistir, se debería simplemente a un retraso
en el reajuste de las actitudes humanas con respecto
a los cambios sociales. En suma, la supervivencia de
las viejas disputas -tal como las manifiestan o sim-
bolizan los partidos tradicionales- sería el resultado
de las dificultades que muestran los hombres para adap-
tarse espontánea y rápidamente a las variaciones obje-
tivas de su marco de vida y de su modo de existencia.!
La explicación que se da normalmente de esta mu-
tación reside en la aparición de la «sociedad opulenta»
(o «sociedad de consumo», como también se la ha lla-
mado). Estas expresiones se emplean corrientemente
sin tener la precaución, en todos los casos, de atribuir-
les un contenido preciso. Parece que la forma mejor, y
en todo caso la más sencilla, de definir la aparición
de la «opulencia» sería considerarla como el paso de
una situación de pobreza generalizada a un , estado
de enriquecimiento individual y colectivo.
Merced a la intensidad y rapidez del progreso técni-
co -consecuencia a su vez de las invenciones y perfec-
cionamientos científicos-, las sociedades modernas po-
drían llegar a superar la miseria y los males de todo
orden que se deducen de ella. Por primera vez en la
larga y trágica historia del mundo, los seres humanos
se evadirían de la obsesión de tener que satisfacer. co-
tidianamente sus necesidades elementales, pudiendo
llegar a una situación de bienestar, es decir, a uri esta-
do que les permitiría consagrar una gran parte, de
hecho una parte creciente, de sus ingresos disponibles,
para la salud, las diversiones y la cultura. Para apre-
ciar el alcance de esta evolución, pensemos que en los
países más avanzados los gastos de alimentación no ab-
sorben más que del 30 al 40 % de los ingresos de los
hogares modestos. Por último, el rasgo más caracterís-

6
tico de la «sociedad opulenta» sería la seguridad ad-
quirida por el hombrie en cuanto a las necesidades más
graves y acuciantes de su existencia.
Ciertamente, las sociedades que disfrutan ya de la
opulencia o se benefician al menos de un comienzo de ri-
queza siguen siendo poco numerosas, y, para la mayoría
de los países del mundo, el paso a una situación de este
orden no deja de representar un sueño inaccesible.
Pero del mismo modo que en otro tiempo el capitalis-
mo hizo sentir sus efectos en toda la superficie de la
tierra, incluso en aquellos países que permanecían fie-
les a las formas tradicionales de organización económi-
ca, hoy la opulencia que han logrado algunas socieda-
des podría repercutir, en cierta medida, en la totalidad
del mundo, incluidas las sociedades más pobres. ¿No
podemos ver hoy cómo ciertos atributos o símbolos de
riqueza penetran hasta en las comunidades más atrasa-
das, aunque ciertamente esto sea en beneficio de una
capa reducida de privilegios ( dándose la paradoja de
que se adquieren flamantes automóviles en países aún
desprovistos de red de carreteras)?
En consecuencia, aunque la opulencia impregne en
adelante la totalidad de la vida social en los países
considerados como ricos, o limite sus efectivos a unos
sectores reducidos de los países pobres, su aparición
representa la gran novedad de la mitad del siglo xx y
constituye un factor poderoso de transformación de
las relaciones políticas habituales. Esta opulencia ten-
dría, en particular, como efecto, ocasionar o agudizar
el desuso de las ideologías construidas en el seno de
un mundo de pobreza y sancionadas por la miseria
de los hombres.
Pero no nos equivoquemos : en el fondo de la tesis
de la decadencia o de la muerte de las ideologías exis-
te la convicción o ía esperanza de que el socialismo
-tomado en el sentido de una voluntad de transforma-
ción brutal y drástica de las relaciones sociales- no
tiene ya razón de ser y de que constituye una doctri-
na superada. La razón de esta afirmación es simple:

7
la evolución social lleva en sí misma el remedio de los
males denunciados por los socialistas y aporta poco a
poco a los hombres, sin que haya necesidad a este res-
pecto de revoluciones violentas, las ventajas que ellos
esperaban alcanzar en otro tiempo con una reorganiza-
ción completa de la sociedad. Ciertamente, el socialis-
mo posee aún su utilidad; pero entendida ésta en tan-
to que factor de aceleración e intensificáción de las
tendencias suscitadas por la aparición de la opulencia.
En resumen, el socialismo a partir de ese momento
no tendría más justificación que la de intensificar la
corriente que conduce a las sociedades modernas hacia
la igualdad de la condición humana y a la generaliza-
ción del bienestar. Esta ideología -como ya ha suce-
dido en los países escandinavos- pasaría inevitable-
mente de ser una doctrina orientada hacia la revolución
o la realización de reformas profundas a ser una es-
pecie de «segurismo» que haría predominar unos afanes
concretos de eficacia sobre una voluntad abstracta de
equidad. En último término, se habría de considerar
como criterio único o principal, para aquilatar la ex-
celencia de los diversos regímenes socioeconómicos, su
aptitud para producir la cantidad máxima de bienes y
satisfacciones. Es fácil ver que la aceptación por los
interesados de. un empirismo de estas características
constituiría un factor importante de apaciguamiento en
las luchas políticas.
El lector de esta obra tendrá ocasión de comprobar
que sin rechazar en bloque estos análisis -los cuales,
debo señalar, gozan hoy de un amplio asentimiento en
los medios de inspiración política más diversa~ estoy
lejos de adoptar -todos sus elementos y, aún más, de
aprobar todas las consecuencias que se quieren deducir
de ellos. Con la finalidad de aclarar cuanto antes mi po-
sición, yo diría que los defensores de la tesis de la de-
cadencia de las ideologías parece que exageran no sólo
el fenómeno de la opulencia, sino también la realidad
del apaciguamiento. Aunque los fenómenos señalados
no carecen de bases reales, estimo que existe la ten-

8
dencia a exagerarlos hasta el punto de presentar un
cuadro deforme y parcial de la vida social contempo-
ránea.
Reflexionando sobre el caso de Francia, resulta claro
que en varios aspectos el recurso a la noción de opu-
lencia proviene de un razonamiento mítico. Varios ras-
gos, t9dos fácilmente aprehensibles y tangibles, pue-
den ser citados en apoyo de esta posición: el número
extrémadamente elevado de rentas bajas, que prohí-
ben por su intrínseca mediocridad el acceso a las co-
modidades y a los placeres de la existencia; la dureza
de la condición campesina, agravada por un implaca-
ble mecanismo de depauperación relativa; la crisis per-
manente de las viviendas, que agobia en particular a los
jóvenes matrimonios; la insuficiencia y, en algunos ca-
sos, la miseria de los servicios colectivos (sectores de
la educación, de la salud, etc.).
¿Se podría afirmar que al menos los Estados Uni-
dos han salido del ámbito de la miseria? Para admi-
tirlo sin reservas, sería preciso olvidar el contenido de
las estadísticas oficiales recientes, las cuales nos se-
ñalan que, todavía hoy, un americano de cada cinco
vive en la pobreza, y que otros, en número considerable,
sufren privaciones de diverso orden.\ Según estos do-
cumentos, 77 millones de americanos en total, o bien
viven en la pobreza, o bien, aunque siendo menos des-
graciados, no poseen un nivel de vida adecuado.
Parece, por lo tanto, que la tesis de la aparición de
la «sociedad opulenta» reposa sobre una valoración
demasiado optimista de la situación social. Incluso las
sociedades más ricas tienen que realizar todavía mu-
chas cosas para merecer plenamente el calificativo de
opulentas.
Resulta tentador exponer un razonamiento semejan-
te a propósito del grado del apaciguamiento ideológico.
Por supuesto, el éxito logrado por los partidos o gru-
pos conservadores durante el decenio 1950-60 parece
aportar un sólido argumento a la tesis de la pacificación
ideológica. Estas victorias no habrían sido posibles,

9
o hubiesen sido menos claras, si las formaciones ape-
gadas al mantenimiento del orden establecido no hubie-
sen recibido los sufragios de una fracción importante
de los trabajadores (incluido, naturalmente, cierto sec-
tor de obreros industriales). Sin embargo, es muy po-
sible que no se haya dicho la última palabra sobre esta
cuestión.
En los últimos meses, se han podido notar diversos
signos de un rebrote de la atención popular en prove-
cho de los partidos de izquierda (laborismo británico)
e, incluso en algunos casos, de extrema izquierda (comu-
nismo italiano). No ignoramos que deseosos de exten-
der sus partidarios entre el más amplio sector posible
de las clases medias, los socialistas tienden desde hace
poco a preconizar con preferencia el W elfare State a
las reformas de estructura, y la protección de los con-
sumidores al control obrero de la empresa ( o a la coges-
tión). Admitidas todas estas reservas, no se puede ne-
gar, sin embargo, que el retorno al poder del Labour
Party o el asentamiento de la experiencia italiana de
centro sinistra puedan producir la aparición de medi-
das capaces de reanimar la competición ideológica.
Al período de la inmediata posguerra, que en va-
rios países fue de inspiración reformista, siguió una
fase de estabilización ( dentro de la cual una parte, aun-
que no la totalidad, de los beneficios obtenidos por las
fuerzas de izquierdas han sido puestos en duda). No
se debería excluir la posibilidad de un nuevo giro del
péndulo político que hiciese posible la reaparición de
los partidarios de la reforma. El régimen capitalista,
aunque se haya consolidado durante los últimos años,
no creemos que esté destinado a eternizarse. En todo
caso hay un punto que merece nuestra atención : las
prisas de diversos adversarios de las ideologías tra-
dicionales en predicar (disculpándose por dar tal paso
si se les apura) ideologías nuevas o ideologías de recam-
bio. El ejemplo más típico y en muchos aspectos el
más significativo, es el de la ideología tecnocrática, cuya
exposicón general se hace en el segundo de los ensa-
yos que contiene esta obra. El análisis de la naturaleza
de esta concepción nos permitirá comprender mejor
el sentido de la lucha ideológica que se desarrolla en
las sociedades industrializadas.

* * *
Según un punto de vista muy popular en diversos
medios, el criterio del régimen sociopolítico del futuro
será evitar tanto el capitalismo como el comunismo, di-
rigiéndose, en cambio, hacia la búsqueda de la eficacia.
El fundamento de esta actitud se basa en que la polí-
tica, entendida como el dominio de las discusiones y
combinaciones partidistas, complica inútilmente la so-
lución de los problemas y acarrea pérdidas de energía.
La regla áurea de una sociedad moderna debe ser ésta:
hacer prevalecer las normas de la eficacia, por encima
de los imperativos o sujeciones ideológicas. La manera
de conseguir esto sería evitar las polémicas sobre prin-
cipios a las que son tan aficionados los políticos (por
ejemplo, la discusión sobre el estatuto de la propie-
dad) y aplicar las reglas del método experimental a
los problemas que haya que resolver. Esta orientación
es mucho más deseable desde el momento en que las
aplicaciones del cálculo matemático para la formación
de las opciones políticas (particularmente la investi-
gación operativa y la programación lineal) permiten
acrecer sustancialmente la esfera de racionalidad.
Así, se implanta la idea de que los asuntos del Esta-
do estarían mejor dirigidos desde el momento en que
se utilizaran, para su estudio y su reglamentación, los
métodos empleados con éxito en la vida industrial. He
ahí uno de los aspectos más claros de la ideología tec-
nocrática en la época actual. ·
Esta ideología no es ciertamente una novedad. La
encontramos ya expuesta con claridad y fuerza excep-
cional en la obra de Saint-Simon. El elemento más pro-
fundo de esta concepción radica en la valoración de la
competencia, es decir, la exaltación de las facultade_s o
méritos de los técnicos, en detrimento de los habitua-
les modos de obrar de la política, a la que abiertamen-
te se tacha de ineficaz e irracional. Hoy, la ideología
tecnocrática se ha enriquecido con una nueva dimen-
sión : el culto al futuro ( que está relacionado con la
actitud «prospectiva»).*
Según esta corriente de pensamiento, la verdadera
lucha se ha de situar en adelante entre las fuerzas que
se aferran al pasado y las que se dirigen resueltamente
hacia el porvenir. Ahora bien, las viejas ideologías cons-
tituyen justamente uno de los factores que impiden o
contrarían esta reorientación del pensamiento. La con-
quista de la eficacia implica por lo tanto que la com-
petencia -una competencia que se dirige sistemática-
mente hacia el futuro- venga a remplazar a las motiva-
ciones partidistas y a las posiciones ideológicas que,
sobre la base de la experiencia histórica, le sirven de
fundamento o de justificación. únicamente a este pre-
cio será posible llevar el crecimiento al máximo, y el de-
sarrollo del bienestar que resulte de esto permitirá por
sí sólo resolver todos los conflictos sociales heredados
del pasado. Una vez más nos encontramos ante el tema
de la opulencia en cuanto fuerza de pacificación de los
espíritus.
Una de las constantes del pensamiento tecnológico
aplicado al terreno político es la reivindicación del
apoliticismo. Como otros muchos, los técnicos que
alcanzan el poder tecnocrático se declaran abiertamente
indemnes de toda motivación ideológica o partidista. El
lector encontrará en mi ensayo la demostración de la
imposibilidad de reducir el juicio y los objetivos polí-
ticos a una formulación puramente técnica. Resulta di-
tfcil ejercer el gobierno de los hombres sin referirse
a un sistema de moral social o, si se prefiere, a una
concepción global de tas relaciones humanas. La pre-

* Ver el artículo «Les spéculations sur !'avenir•, Revue Franc. Scíen.


Polit., Septiem. 1963, pp. 666-688, donde el autor de la presente obra analiza
las diferentes formas de especulación sobre el futuro y su actual desarrollo
en Francia. (N. del T.)

12
tensión de los técnicos hacia el apoliticismo no resiste
eJ. análisis, pero el fundamento de esta pretensión no
es uniforme. A este respecto sigue siendo útil señalar
la diversidad de las motivaciones que se encuentran en
la base de estas actitudes.
Y o señalaría en primer lugar el caso del apoliticis-
mo-ilusión. Existen personas que de buena fe olvidan
o no consiguen representarse la especificidad de lo
político. :Éste es el caso corrientemente de los ingenie-
ros que, lraiaudo de analizar la vida política sin una
preparación suficiente, se imaginan que es posible apli-
car las mismas reglas para el gobierno de los hombres
que para la construcción de un puente. De aquí la pu-
blicación en cada generación de obras o programas cu-
vos autores manifiestan tanta buena voluntad como
simpleza. Pero, en otras situaciones, nos encontramos
con la cuestión del apoliticismo-mistificación. Así ocu-
rre cuando técnicos, perfectamente informados de los
aspectos o consecuencias ideológicas de sus tareas, uti-
lizan el pretexto del apolitlcismo para dar a sus in-
tervenciones una apariencia de neutralidad.
En suma, el apoliticismo de los técnicos proviene de
un error en el análisis o constituye una forma de
coartada ideológica. Sin embargo, en la práctica, una y
otra, de estas dos variedades convergen para asegurar
o facilitar la preservación del orden establecido. No
debemos olvidar este punto de vista cuando tratemos
de valorar el sentido de la intervención de los técni-
cos en la vida política.
Pero nos sorprendería el propósito, si consideramos
que la operación técnica constituye en principio un
simple ·instrumento que puede ser utilizado indiferen-
temente tanto al servicio de la conservación del orden
de cosas como a su renovación, o lo que es igual, para
la reforma lo mismo que para la revolución. En resu-
men, la técnica aparece como el modo de actualizar o
de realizar un esquema ideológico cualquiera. Pero si
ahondamos en el razonamiento, llegaremos a la conclu-
sión de que la tesis del apaciguamiento ideológico, en

13
la medida en que proclama la inutilidad o inexistencia
de las ideologías de remplazamiento, se analiza dentro
de una exaltación o, al menos, de una aceptación del
sistema existente. La acción del técnico no podrá sino
tender a la mejora o consolidación de este sistema, una
vez que se haya insertado en semejante marco. Para que
sucediese de otro modo, sería preciso que esta activi-
dad se apoyara en una voluntad de transformación o
recibiese un impulso. Ahora bien, no sería éste el caso,
si se plantea desde el comienzo la ausencia de una vo-
luntad semejante o, lo que es peor, su carácter nocivo.
Tenemos la impresión de que la tesis· de la decaden-
cia de las ideologías, al expresar correctamente la rea-
lidad, o como es más probable, al acentuar sus con-
tornos, actúa en provecho de las capas sociales domi•
nantes, confiriéndoles un aspecto respetable con el fin
de proteger la organización existente y de salvaguardar
los privilegios adquiridos. La expansión de esta tesis
favorece el desarrollo de la ideología tecnocrática que,
por un efecto de retroacción, tiende a consolidar y ex-
tender la idea de una desintegración o superación de
las ideologías tradicionales.
Notemos que la ideología tecnocrática presenta,
como ideología de remplazamiento, unas ventajas par-
ticulares, pues aunque los técnicos no sean siempre
muy populares, la técnica goza en nuestras sociedades
de un gran prestigio. Si en muchos aspectos resulta ex-
cesivo ver en la tecnocracia (ascensión de los managers)
la nueva forma del capitalismo en el siglo xx, no se de-
bería afirmar que hasta el presente la revolución técni-
ca, o más sencillamente, el empuje técnico haya sido
desfavorable a este sistema.
. Si realmente la decadencia de las ideologías tradi-
cionaies, y en particular del socialismo, se acentuase o
se extendiese, asistiríamos a una consolidación, tal vez
duradera, del régimen actual. Una hipótesis de estas
características, porque en nuestra opinión se trata de
una hipótesis todavía no demostrada, ¿tiene alguna po-
sibilidad de realizarse?

14
* * *
Para responder a este interrogante con alguna cer-
tidumbre, sería menester que conociésemos mucho me-
jor los determinantes de la coyuntura ideológica. Sin
desarrollar aquí el esquema que trazamos en el Destin
des idéologies, querríamos destacar que su respuesta
depende en gran medida del comportamiento de los
sistemas económicos en los años y decenios venideros.
Se podría pensar que la supervivencia de una grave cri-
sis económica sería capaz de engendrar el retorno de
actitudes que siguen siendo todavía endebles. Es pre-
ciso igualmente contar en adelante con los logros (cua-
litativos y cuantitativos) de los países comunistas. Pero
el cont~nido y la orientación de los grandes medios de
información (mass-communications) sigue siendo una
variable de gran importancia.
Indiscutiblemente, nuestro mundo está sufriendo
una transformación material considerable capaz de re-
percutir en la constelación de las actitudes sociopolí-
ticas y en el sentido de las decisiones partidistas ( de-
rechas-izquierdas). En el presente estado de nuestros
conocimientos, nos parece difícil señalar con certidum-
bre la orientación, y con mayor razón, el punto de llega-
da de este cambio. Los partidarios de la «prospectiva»,
declaran que se atienen únicamente a conjeturar lo
probable, evitando transformar en pronósticos sus pro-
pios votos y deseos. Pero se comprenderá fácilmente las
dificultades de esta actuación.
No se debiera excluir el hecho de que gran número
de las especulaciones sobre el futuro traducen en reali-
dad, según un proceso perfectamente conocído, la volun-
tad de influir el futuro. A fuerza de presentar a la gen-
te cierta orientación como inevitable, ésta tiende a con-
formar su conducta con arreglo a la misma. Por lo de-
más, la imagen dada del futuro es capaz de marcar el
desarrollo de la evolución.
En este sentido, la especulación sobre la decadencia
de las ideologías [Link], así como la aparición de

15
nuevas concepciones (por ejemplo, el culto al futuro),
constituyen al mismo tiempo unos intentos de análisis
sociológico y unas etapas del combate ideológico. Aun-
que nos hayamos esforzado por dar una exposición im-
parcial de las corrientes que hemos analizado, querría-
mos que el lector no olvidase esta propiedad al consul-
tar mis propios trabajos.

Lausana, mayo de 1963.

16
PRIMERA PARTE

EL DESTINO DE LAS IDEOLOGIAS

2. · PllOnEKAS ID~LÓGICOS
PRóLOGO

Esta obra tiene su origen en un curso [Link] en


la Universidad de Lausana durante el curso académi-
co 1960-61. Aunque dejando subsistir el aparato biblio-
gráfico, he tratado de aligerar su exposición de los ine-
vitables fardos y repeticiones de las lecciones escolares.
Pero el peso de· la costumbre adquirida hace difícil
tal transposición.
Quisiera decir unas palabras acerca de las razones
que me indujeron a exponer estas lecciones y que me
han empujado a ofrecerlas al público. Asistimos actual-
mente a la penetración en el análisis social de nociones
que poseen cierto prestigio gracias a su aparente no-
vedad: sociedad opulenta, neocapitalismo, «americani-
zación» de la clase obrera, «relaciones humanas», «des-
politización», fin de las ideologías, etc. Ahora bien, si
nos remontamos a las fu entes comprobaremos a menu-
do la fragilidad de los conceptos así utilizados y la
de las deducciones asombrosas que se extraen de tos
mismos.
El fin primordial de este ensayo es el de proceder a
un examen crítico de estas concepciones que dejan hue-
lla en el pensamiento de los hombres, incluso hasta
cuando sus promotores, satisfechos por el efecto de
sorpresa que han producido, tienden con rapidez a
abandonarlas. De lo que se trata es de reducir estas es-
peculaciones a su escala justa y de restituir a la polé-
mica cotidiana lo que no pertenezca a la investigación
científica.

19
Durante los seminarios que acompañaron a estos
cursos, mis alumnos de Lausana me ayudaron, con sus
críticas y sugerencais, a realizar este intento de valo-
ración,· por ello tengo conciencia de saldar una deuda
de gratitud al dedicarles estas páginas.

Lausana, julio-agosto 1961.

20
INTRODUCCióN

En los últimos años, un sector bastante extenso del


pensamiento político ha pronosticado la decadencia e
incluso el fin de las ideologías. El argumento general
de esta tesis se basa en la aparición en las sociedades
modernas de pujantes factores de acercamiento y de
auténtico sentido de solidaridad en la búsqueda de la
paz. La verdad es que la lucha continúa y aun, si se
repara en la literatura que se consagra a las ideologías,
parece intensificarse. Pero este enfrentamiento, que res-
pondía antaño a las condiciones de la vida social, se
reduce a menudo, en nuestros días, a una pura contro-
versia de escuela, por lo que hace que esta evolución
tienda a disgregar poco a poco el fundamento concre-
to de estas posiciones y a conferirles un carácter fic-
ticio.
¿Hemos llegado realmente a la desaparición de los
conflictos ideológicos? Son muchos los hechos toma-
dos de la experiencia cotidiana que permiten dudarlo:
así, desde las agrupaciones laicas en Francia hasta las
marchas organizadas por los «unilateralistas» en Gran
Bretaña, o desde las manifestaciones racistas y antirra-
cistas en el sur de los Estados Unidos hasta las mani-
festaciones organizadas por los sindicatos japoneses
contra el pacto americano-japonés y sus consecuencias.
Un ardoroso nacionalismo se consolida en los nuevos
Estados conteniendo una gama de actitudes positi-
vas (industrialización) o negativas (repulsa de los mo-
delos extranjeros), cuyas implicaciones todavía no se

21
han valorado. Por último, y sobré todo, el mundo co-
munista nos manifiesta cada día su voluntad de .diri-
gir, contra los sistemas occidentales, una implacable
lucha ideológica, de la que constituye un instrumento
privilegiado la «coexistencia pacífica» ..
Los partidarios de la tesis del apaciguamiento cono-
cen estos hechos y otros muchos de las mismas carac-
terísticas. Pero, entonoes, ¿ cómo logran conciliarlos con
su afirmación central?
En realidad, la cuestión no es nada sencilla; y ade-
más la falta de perspectiva aumenta la complejidad de
su examen. Sería tentador aplazar para más tarde el
análisis y dejar a los acontecimientos, por así decirlo,
la tarea de resolver la cuestión. Pero el veredicto de los
hechos carece casi siempre de claridad y las divergen-
cias entre los historiadores, incluso sobre períodos le-
janos, muestran que el paso del tiempo no garantiza
en absoluto la unanimidad en la interpretación. Por
otra parte, a pesar de prevenciones tenazmente soste-
. nidas, nunca resulta inútil emprender el estudio de la
realidad inmediata. Es difícil que se puedan construir
obras importantes concentrándose sobre la actualidad,
pero, sin embargo, tales trabajos pueden conducir a
una extensión considerable de las dimensiones del aná-
lisis documental, sentando las bases para un estableci-
miento posterior de esquemas generales.

* * *
El examen de los problemas que afectan a la ideolo-
gía es de una gran complejidad a causa de las diver-
gencias existentes en la designación y apreciación de
los fenómenos. Un análisis profundo de los mismos
traería como consecuencia escribir otro libro. ·Es nece-
sario, empero, explicar sucintamente las posiciones, o
si se· prefiere, las convenciones que adoptaremos en
esta obra.
En un primer análisis, podemos considerar a la
ideología como la organización conceptual de un cierto

22
número de fines colectivos reconocidos como desea-
bles. Según esto, opondríamos el conservadurismo que
se basa en el reconocimiento y apología del orden esta-
blecido, al liberalismo, que afirma la necesidad de la
evolución y pone el acento en las realizaciones futu-
ras.1 En esta acepción la ideología se acerca a la no-
ción alemana de Weltanschauung que se traduce, a fal-
ta de una expresión más adecuada, por concepción del
mundo, o, en todo caso, por conjunto de ideas que se
tienen del mundo y de la vida. Según algunos, la ideo-
logía se distinguiría por su carácter necesariamente co-
lectivo, mientras que el contenido del término alemán
puede abarcar también el orden individual.2 Otros auto-
res han tratado, sin embargo, de dar una visión más
precisa de la ideología, especialmente en sus aplicacio-
nes al terreno político. Entre estos, Karl Loewenstein la
define como «un sistema coherente de ideas y creen-
cias que explican la actitud del hombre ante la socie-
dad y que conducen a la adopción de un modo de com-
portamiento que refleje estas ideas y creencias, con-
formándose a ellas».3
Si nos situamos_ en el nivel del lenguaje corriente,
podremos observar que existe una gran confusión en
.el empleo de términos próximos: doctrinas, ideas, ideo-
logías ... Estas palabras se utilizan frecuentemente como
si fuesen intercambiables. Los autores que consideran
necesario establecer una distinción sugieren diversas
acepciones.
De esta manera, Jean Touchard propone reservar la
palabra «doctrina» para la designación de un sistema
completo de pensamiento que descanse sobre un aná-
lisis teórico del hecho político. 4 Para este autor, la doc-

l. En este sentido: NIBL (H), «Les idéologies». Lumiere et Vie, julio de


1956, pp. 105-126.
2. Así, Wladimir WEIDU! en la introducción al número especial de Res
Publica (1960, n.• 3, p. 190) sobre «Les idéologies et leurs applications au
xxe siCcle•.
3. «L'intluence des idéologies sur les changements politiques», Bulletin
Internatiomil des Scieru:es Sociales, p. 55.
4. Historia de las ideas políticas, Tecnos, Madrid 1961, p. 13.

23
trina es una obra individual, ya que contribuye a la
formación de la idea política que, contrariamente al
pensamiento doctrinal, posee un cuerpo y un peso so-
cial. Con gran acierto, Touchard compara la idea (según
él, difícil de distinguir de la ideología) con una pirá-
mide compuesta de varios pisos: correspondiendo su-
cesivamente cada uno de ellos, a la doctrina, a la praxis,
a la vulgarización, y a los símbolos y representaciones
colectivas. Poniendo un ejemplo actual, podríamos decir
que El Capital se encuentra en un extremo de la cade-
na, y en el otro, el slogan de las «doscientas familias».
La posición de Raymond Aron difiere algo de la
precedente, pues este autor ve en las ideologías --es-
pecialmente en lo que se denomina los «ismos»- unas
doctrinas que poseen unos ·rasgos característicos cla-
sificables, según él, en tres categorías: potencial emo-
cional (a diferencia de las puras ideas, las. ideologías
tratan más de convencer que de demostrar); justifica-
ción de intereses o de grupos; estructura aparentemen-
te lógica, o si se prefiere carácter sistemático (aunque
este rasgo, especialmente visible en las ideologías de
tipo comunista, no tiene la misma importancia en todos
los casos).5
A pesar de adoptar una sistematización y un vocabu-
lario diferentes, la posición de Aron tiene · numerosos
puntos de contacto con la de Touchard. Uno. y otro
admiten la idea de una degradación insensible de la
obra intelectual a medida que se llega a la fase final
de su utilización práctica. Llevando este razonamiento
hasta el final, se ha podido ver en las ideologías unos
sistemas de ideas « que no son ya pensadas por na-
die».6 Esta desvalorización queda explicada . si. se ad-
mite que la ideología es, en algún aspecto, el soporte o

5. Res Publica, op. cit., pp. 276-277. Otra formulación de R. ARON: «Las
ideologías políticas entremezclan siempre, con más o menos fortuna, pro-
posiciones de hecho y juicios de valor. Asimismo expresan una perspectiva
sobre el mundo y una voluntad que apunta hacia el porvenir• (L'opium des
intellectuels, París 1955, p. 246).
6. W. Wmnu~, en la misma revista, p. 189.

24
la annad1,1ra de la acción, ya que proporciona un· pro-
grama de' actividad, justifica este programa, o aún
mejor; aporta un criterio o una serie de referencias
para el juicio de las conductas y la realización de los
objetivos escogidos.
En gran medida, la palabra «ideología» continúa es-
tando marcada por el sentido que le han dado los mar-
xistas, para quienes lo propio de la ideología sería tra-
ducir los intereses vitales de un grupo o de una clase so-
cial, como si se tratase de la expresión de un pensamien-
to desinteresado. La ideología de esta manera tendría
su origen en una conciencia falseada, puesto que es ca-
racterística del ideólogo ignorar que su sistema de refle-
xión es el producto de las condiciones materiales en que
está sumido. Al expresar las relaciones de propiedad, ve-
mos cómo la ideología se encuentra vinculada a la divi-
sión de la sociedad en clases sociales, y así la clase domi-
nante trata por todos los medios de imponer su propia
concepción del mundo al conjunto de la comunidad. El
proceso ideológico adopta desde entonces la aparien-
cia de factor defensivo o de principio protector. La
ideología, elemento de cobertura social de contenido
engañoso, desempeña el papel de un instrumento de
lucha entre los grupos.
Con arreglo a esto, al marxismo, que se manifi~sta
como la ciencia que estudia las leyes del desarrollo· ,de
la naturaleza y de la sociedad, no podría ser asimilado
por sus adeptos, pero sólo por éstos, a una ideología.
El marxista no puede ser calificado de ideólogo.· por-
que en la base de su reflexión se encuentra la creencia
en la determinación de la superestructura ideológica
por la situación de las relaciones de producción, Ob-
servemos, no obstante, que actualmente los comunis-
tas definen corrientemente el marxismo-leninismo·
como la ideología del movimiento de liberación del
proletariado, viniendo a parar así a la noción, curiosa
desde el punto de mira de la filosofía marxista, de
ideología científicamente verdadera frent~ todas las.
demás que se conceptúan falsas.

25
Hay que tener presente que en la perspectiva mar-
xista la ideología se halla vinculada a la existencia y
a la actividad de un grupo social en cuanto tal. Esta
relación entre las concepciones políticas y las agrupa-
ciones sociales posee un alto grado de verosimilitud
y explica una parte bastante amplia de la realidad. La
investigación y la práctica contemporáneas han sido
clara y profundamente influidas por esta afirmación.
Pero la relación no expresa en modo alguno la totali-
dad de los fenómenos considerados. La pertenencia
a un grupo social no determina de forma infalible las
concepciones del individuo, puesto que no se puede
ignorar la posibilidad de una superación de las ideolo-
gías en el sentido marxista del término, y además sería
peligroso subestimarla. Otra cuestión que tampoco
debe olvidarse es la tendencia de un grupo a aferrar-
se por tradición o pereza mental a una ideología que
no representa ya sus intereses. Es posible que la uti-
lización sistemática de los grandes medios de comu-
nicación (mass-communications)* aumente la frecuen-
cia de tales desajustes, que tal vez sea optimista con-
siderar como simples retrasos en su adaptación a los
factores obj,etivos. Del mismo modo, si se admite que
las ideas son el producto de las condiciones sociales
-y con mayor razón si rechazamos a este propósito
todo nexo de filiación rígida-, no se puede negar
tampoco que el pensamiento desempeña circunstan-
cialmente una función de motor en el dominio de la
ínfraestructura.7

• Véase a este respecto la nota (2) del estudio: «La sociología de las
comunicaciones masivas en los Estados Unidos», Revista de Estudios P<>-
ltticos, enero 1963, p. SO, en la que el prof. JIMÉNl!Z BLANCO se inclina,
para la traducción castellana de este término, por la expresión «comunica-
ciones masivas». ( N. del T.)
7. Sobre el problema de las relaciones entre la actividad intelectual y la
existencia social, conviene releer la obra de Karl MANNHEIM, ldeologla y
Utopla. Introducción a la sociologla del conocimiento. Madrid, Aguilar, 1958.
Para un crítica de estas concepciones, consultar ante todo Raymond ARON,
La sociologie allemande contemporaine, 2.• ed., París, 1950, pp. 74-94. Ver
también Paul KAHN, «ldéologie et sociologie de la connaissaince dans l'reu-

26
Considerando las ideologías como simples elemen-
tos de racionalización de las agrupaciones sociales (al-
gunos autores no han visto en ellas más que reflejos
de estas últimas), nos exponemos a abandonar o sub-
estimar las ideas que en un momento dado no en-
cuentran, circunstancial o definitivamente, «detenta-
dor», pues los motivos de su debilitamiento o de su
fracaso no tienen por qué ser necesariamente función
del estado de la estructura social.8 Ha surgido desde
este momento la pregunta de si no convendría utilizar
un sistema dualista de distribución, ideologías-ideas
políticas. La palabra «ideología» se emplearía para
abarcar las concepciones y posiciones de una clase o
de una cate•goría social cualquiera (ideología burgue-
sa o campesina, por ejemplo, o bien, ideología de las
«clases medias»). En cuanto al término «idea», serviría
para identificar las tendencias políticas que existen en
un momento determinado en una sociedad cualquiera: li-
beralismo, tradicionalismo, industrialismo, socialis-

,-re de Karl Mannheim», Cahiers lnternationaux de Sociologie, vol. 8, 1950,


pp. 147-168. Mencionemos también el interesante análisis de J. A. SCHUMPl!Tl!R,
«Science and ideologie•, American Economic Review, marzo 1949, pp. 345-359.
Ver por último MACRAE (Donald G.), ldeology and society. Papers in sociolo-
gy and politics, Londres 1961, cap. VI, así como la obra de VAsou, (Cesare)
Tra cultura e ideología, Milán 1961.
8. Citemos, por ejemplo, la obra, descubierta a comienzos de siglo,
de Emeric CRucll (1590-1648), Le nouveau Cymée (publicada en 1623). Se ha
podido ver más tarde, en este autor, el fundador del movimiento pacifista
moderno. En este libro se trata de demostrar que los móviles alegados
como justificación de las guerras (honor, búsqueda del provecho, reparación
de algún descalabro, necesidad de actividad y ejercicio, no tienen valor,
aparte de que los conflictos armados no producen los resultados que se
esperan de ellos. Consciente de los peligros que suscita el espíritu guerrero
y de las amenazas a la paz que se deducen de ciertos fenómenos económicos
y sociales, Crucé propone un plan de reformas con el fin de reducir el
militarismo. La pieza esencial de su sistema estriba en la creación de una
corporación que se esforzará en mantener la paz a través de su persuasión
moral, no impóniendo sus decisiones por la fuerza más que en los casos
extremos (corporación compuesta por embajadores de los estados monár-
quicos, del papa, que tendría aqul la supremacía sobre los demás, del
sultán de Turquía, de Venecia y de Suiza). Crucé pasa por haber influido
a hombres como Leibnitz y al Abate de Saint-Pierre, a los fisiócratas y a los
liberales ingleses. Pero ¿cuánto tiempo hará falta para que ideas semejan-
tes encuentren una amplia repercusión entre los pueblos?

27
mo... (según el esquema adoptado por Thibaudet, para
estudiar las ideas políticas de su tiempo.) 9
Esta distinción, aunque parta de una propiedad es-
tablecida por el marxismo, no tendría sentido para un
marxista, el cual estaría obligado a tildarla de idealis-
ta. No obstante, nos parece que ofrece un gran interés
en el plano conceptual, al establecer que el movimien-
to que une el pensamiento a la acción práctica no es
rígido ni unilateral, ya que entre ellos no existe una
simple relación, sino un vaivén extrañamente comple-
jo. La fuerza o irradiación de una idea no proviene
solamente de su adecuación a las relaciones sociales
u otros factores objetivos. Aunque admitamos que en
gran número de casos las ideas son un arma de la
lucha social, un instrumento de protección de los pri-
vilegiados, hemos de reconocer también que en múl-
tiples circunstancias se revelan más fuertes que los
intereses, y que existen posiblemente -más allá de la
sucesión de los regímenes políticos- unas aspiraciones
humanas permanentes. Aspiraciones que el análisis so-
ciológico debe proponerse en cuanto tal, investigar y
describir a trayés de sus manifestaciones positivas y en
ningún caso criticarlas y juzgarlas, so pena de caer
en el reducto del derecho natural.10
9. Nos referimos aquí a su conocida obra Les idées politiques de la
France, París 1932. Según R. GIRARDET, la ideología se opone a la idea o,
más exactamente, rebasa el contenido de ésta, en la medida en que al
ser superada se .convierte en tradición de un grupo social. Ello explica
la extrema dificultad para renovar un sistema doctrinal como consecuencia
de la resistencia de los medios en que esta ideología se ha «incrustado•
(observación extraída de la obra colectiva Tendances politiques dans la
vie fran~aise depuis 1789, París 1960, pp. 134-135.
10. Ver sobre este punto el libro de Roger MUCCHIELLI, Le mythe de la
Cité idéale, París 1960. Resumiendo la crítica hecha por Tomás Moro de la
sociedad inglesa de su época, Mucchielli ve en ésta la expresión de una
moral •que no es la propia de su función, de su clase y de su tiempo ... »
(página 58). De forma general, el objetivo del autor es ayudar a la cons-
trucción de un «nuevo relacionismo», para el cual «la fuente de los valores
se encuentra en la relación ínterhumana, es decir, en el mismo vínculo
social ... • (p. 297). Mucchielli expresa la totalidad de su pensamiento cuan-
do declara que la relación •indefinible en términos de realidad cultural,
histórica, sociológica o sicológica ... no puede definirse más que por y en la
idea de la Ciudad ideal, que implica la paridad de la relación y del ser
,ocia! que integra a la humanidad como totalidad•.

28
Sin embargo, esta distinción nos parece difícil de
ser llevada· a la práctica. El primer obstáculo· reside
en la aparente fluidez de los grupos sociales. El orde-
namiento doctrinal de la sociedad -lo veremos en la
continuación- pierde siempre una gran parte de su
virtud clasificadora al confrontarlo con la realidad in-
mediata. En cuanto a las concepciones intelectuales y
morales de estos grupos diversos y en cierto modo
inestables, están desprovistas de rigor y de precisión.
Por querer someterlas a un nivel elevado de generali-
zación se las expone al riesgo de reconstrucción dog-
mática. El mismo peligro existe, sin ninguna duda,· en
algunas tendencias políticas como, por ejemplo, las sus- .
tentadas por Thibaudet. La lectura del libro de éste
nos · bastaría para comprobarlo. Pero en este caso el
esfuerzo de selección y de comparación implica, en fin
de cuentas, un riesgo menor de interpretación subje-
tiva· en razón de la naturaleza misma del análisis.
En definitiva, esta distinción podría falsear la des-
cripción de los hechos, por lo que preferimos abando-
narla. Trataremos, por consiguiente, desde el comienzo
de nuestro razonamiento, de asimilar las ideologías a
los «ismos» tradicionales que, a pesar de diferenciarse
por la inspiración de conjunto y por el fin último, tienen
con frecuencia numerosos puntos en común. Pero al ac-
tuar así, no debemos olvidar las relaciones a menudo es-
trechas que unen a estos· sistemas con los diversos gru-
pos sociales (si, al menos, éstos presentan un grado sufi-
[Link] de homogeneidad y de coherencia capaz de sen-
tar las bases de una línea ideológica común). Por último,
tendremos un especial cuidado en recordar que. las ideas
o elementos de ideas cuyo conjunto constituye una ideo-
logía, se degradan y empobrecen en el momento de
su difusión y en razón de su éxito, debido, en parte,
a la pérdida de matices. Pensemos solamente en lo que
quedaría del sistema de Maurras en el espíritu de un
servidor real de mediana inteligencia y, con mayor ra-
zón, en el del simpatizante de una provincia leja11a.

2S
A pesar de su excepciónal coherencia interna el mismo
marxismo--leninismo no escapa a tal servidumbre.
Presentada de esta forma, la ideología no debería
ser disociada de la acción o, al menos, de una voluntad
de acción (teniendo en cuenta la desigualdad de fuer-
zas que, en un momento dado, caracteriza a los diver-
sos sistemas ideológicos existentes). Este empeño por
marcar y atraer a la opinión, ya perceptible en nume-
rosos casos en la fase doctrinal ( de la que cabe pre-
guntarse si no sería deseable, caso de que fuese con-
cebible y posible, distinguir del plano de la pura teo-
ría), se amplía y profundiza cuando se llega al terreno
de la vulgarización. De aquí se deduce el excepcional
interés de la disociación de una ideología en sus ele-
mentos componentes: parte de demostración racional,
función de las consideraciones morales, posición de las
representaciones míticas... Resulta difícil pensar que
un sistema ideológico cualquiera pueda ignorar algu-
nos de estos datos. Finalmente, podemos preguntarnos
si toda ideología en tanto que como tal expresa pro-
yectos para el. futuro o programas de acción, no está
abocada a contener algo de mito o de utopía o, como
dice E. M. Cioran, si la vida sin utopía, en el nivel de
la multitud, no se haría irrespirable y de este modo la
nostalgia adoptaría, entonces, en las sociedades y en
los grupos, la forma de un retorno a la edad de piedra
o de una idolatría del futuro. 11
* * *
Nos saldríamos de los límites de esta introducción
si planteásemos el problema de las funciones de la
11. Histoire et utopie, París 1960, p. 24. Las relaciones entre la ideolo-
gía y la utopía plantean unos problemas teóricos que no nos sería posible
abordar en este corto ensayo. Ver sobre este tema, la interesante clasifica-
ción de Georges DUVEAU: «lntroduction a une sociologie de l'utopie•, Cahiers
Internationawc de Sociologie, vol. IX, 1950, pp. 17-41. También de G. Du-
Vl!AU: «La résurrection de l'utopie», en la misma revista, julio-diciembre
1957, pp. 3-22. Para un estudio más profundo ver, aparte de la obra de
Mucchielli ya citada en la nota precedente, el importante libro de R. RUYER,
L'utopie et les utopies, París 1950. Hay también una buena exposición gene-
ral de las diversas utopías, de acuerdo con un punto de vista histórico en:.
ADitbNI (Maurilio), L'utopia, Roma 1961 (Universale Studium, 74).

'30
ideología, que a juicio de algunos cumple actualmente
misiones en otro tiempo propias de la religión.12 Se ha
dicho que para muchos autores ·que se inspiran más
o menos abiertamente en la posición marxista, la ideo-
logía se presenta como una ilusión o un engaño o, en
todo caso, como un arma forjada con mejor o peor
fortuna y espontáneamente en la lucha social. Pode-
mos decir, pero de una forma menos categórica, que la
lucha ideológica reviste a menudo la forma de aspec-
tos tácitos que no están exentos, y esto en todas las
épocas, de signos de intoxicación. Por otro lado, pue-
de ocurrir que los manipuladores caigan en su propia
trampa, siendo alcanzados por el rebote de las ideas
que emitieron (éste es el caso de la ideología humani-
taria ll¡nzada en el siglo XIX por numerosos escritores
«burgueses»). G. Duveau ha citado con acierto el ejem-
plo del patrón que, después de haber frecuentado la
iglesia para garantizar en su fábrica una «disciplina
productiva», se convierte en devoto o incluso en as-
ceta, olvidando el destino de sus bienes temporales. 13
Otro aspecto de este tema consistiría en analizar la
ideología como soporte de la acción.14 La cuestión se ha
suscitado hoy por la pretensión de los tecnócratas de
construir un Estado ideológicamente neutro y cuya
línea de conducta descansaría en la búsqueda de la
eficacia. Este problema se ha planteado y discutido a
propósito, sobre todo, de la U.R.S.S. En un libro an-
tiguo, pero cuyas conclusiones continúan estando vi-
gentes, Barrington Moore Jr. declaró que desde la toma
del poder en Rusia por los Soviets, éstos han hecho
predominar la ideología de los medios sobre la de los
fines. 15 Así se explica, por ejemplo, la repudiación del

12. Ver el artículo de L. DION, «Political ideology as a too! of func-


tionnal analysis in socio-political dynamics: an hypothesis», Canadian Journal
of Economics 'and Political Science, febrero 1959, pp. 47-59.
13. Op. cit. 1950, p. 24.
14. R. ARON, ha esbozado el problema en el número ya citado de Res
Publica, pp. 276-286.
15. Soviet politics. The dilemma of power: the role of ideas in. social
change, Cambridge (Mass.) 1950.

31
ideal de la igualdad, que en la práctica se ha mostrado
intompatible con la creación de una sociedad indus-
trial. 1 Para este autor, la industrialización impondría
unas reglas de conducta absolutamente imposibles de
soslayar. De igual manera, e;1 el plano de las relaciones
internacionales, los Soviets, al buscar el equilibrio del
poder antes que el ideal de la revolución proletaria,
habrían actuado como aiscípulos de Maquiavelo y Bis-
marck más bien que de Marx y Lenin.
· Se 'puede dudar en aceptar tales posiciones que tie-
nen siemp~e una gran audiencia. En verdad, N. Krus-
chef no pierde ninguna ocasión para insistir en el su-
plemento de popularidad que valdrá al marxismo la
mejora de las condiciones de vida. Todo será más fá-
cil, declara, cuando la aceptación espiritual vaya acom-
pafiada de unas ventajas para el estómago.16 Pero, al
mismo tiempo, no cesa de afirmar la necesaria subor-
dinadón del arte -pintura, música, literatura etc.-,
a la realización del ideal de la sociedad comunista. El
partido mantiene también una lucha constante con-
tra las numerosas supervivencias de la ideología «bur-
guesa», declarando que el desarrollo de la conciencia
moral no sigue el mismo ritmo que la expansión de
las fuerzas económicas (la más notable de estas super-
vivencias es el mantenimiento de las creencias religio-
sas ). El partido combate también las deformaciones
de la · ideología socialista (ocultación de los fracasos,
cosmopolitismo, actitud incorrecta con respecto a las
diversas formas de trabajo). Esta importancia de la
ideología no se ha puesto en duda en la reciente reor-
ganización de la dirección económica ( división de las
administraciones de provincias en una rama industrial
y en otra agrícola). La operación deja subsistir en todos
los niveles los servicios del AGIT PROP rebautizados
como «servicios ideológicos».
Sin entrar en la controversia sobre la función de

16. Posición que menciona J. MocH: •Le vrai combat Est-Ouest: le


course au mieux-etre•, Revue de Defense Natianale, febrero 1961, pp. 197-212.

32
la ideología en la U.R.S.S., no dejarnos de tener un
cierto escepticismo en lo que respecta a las tesis que
sostienen, según numerosos casos, que los dirigentes
soviéticos se inspiran exclusivamente en considerado- ·
nes «realistás», tanto en el plano interno corno en el
externo. 17 Es arriesgado sostener que estos líderes ha-
yan hecho prevalecer siempre, en el momento de tornar
decisiones las consideraciones de realismo político por
endrna de las posiciones ideológicas (nótese, por ejem-
plo, las vicisitudes de las relaciones soviético-yugos-
lavas ). En general, sigue siendo asombroso ver el cui-
dado con que son forjadas y sustentadas ideológicamen-
te las nociones y conceptos que se utilizan en la lucha
política, especialmente en el terreno internacional {por
ejemplo, la tesis sobre la «coexistencia pacífica»). La
flexibilidad de la dialéctica que se utiliza en casos de
este tipo no permite decir en verdad si la ideología es
el elemento motor o la justificación a posteriori de la
posición tornada.18
Sea corno fuere, el análisis de las funciones de la
ideología en las sociedades comunistas plantea unos
problemas específicos que no serán tratados en este
ensayo. Tenernos la impresión de que las comparacio-
nes que se hacen de tan buena gana entre los países
del Este y los del Oeste aportan por el momento más
confusión que luz. Por ello, concentraremos este tra-
bajo sobre la situación de las naciones democráticas
de Occidente que poseen ya un nivel de desarrollo eco-
nómico relativamente elevado, no siendo tratadas las
ideologías de otros sistemas más que por su influencia
eventual sobre los nuestros.19

17. Para una buena exposición de esta controversia, ver el simposio


«ldeology and power politics», publicado en Problems of Communism, mar-
zo-abril 1958, pp. 10-35. Se encontrará también material interesante sobre
este tema en la· misma revista, número de noviembre-diciembre 1959.
18. En lo que se refiere a Yugoslavia, donde existen ciertos problemas
particulares, véase KARDBU (E.), •D'un appel a la lutte idéologique•, Ques-
tions actuelles du socialisme, enero-febrero 1954, pp. 25-82.
19. Señalemos, aunque exceda al terna que tratarnos, la importancia que
se debería conceder a un análisis correcto del papel de los intelectuales,

33
3. - PRO:[Link] IDEOLÓGICOS
Naturalmente, la discusión se limitará a las ideo-
logías políticas. En el estado actual del análisis social,
esta restricción resulta obligatoria si se quiere hacer
una obra coherente. Pero en el campo de las ideas, so-
bre todo, esta restricción es a la larga superficial o,
más exactamente, convencional. Bastarán dos ejemplos
para poner de relieve las lagunas del itinerario adop-
tado. Itinerario que el progreso de los conocimientos
permitirá, con certeza, ir ampliando hasta recoger el
conjunto de las posiciones humanas (por consiguiente,
todas tendrán contacto con la política, pues ¿ cuáles
son, en resumidas cuentas, las que quedan exentas
de ello?)
En primer lugar, vamos a ver el fenómeno de las
creencias religiosas. Se ha podido demostrar -no exis-
te ninguna duda en el caso privilegiado del Islam-
que éstas dominan la misma geografía humana a veces
más que los factores materiales. De este modo, encon-
tramos la marca del Islam en un urbanismo muy es-
pecial, en la explotación del suelo (comprendiendo aquí
las prohibiciones de ciertos alimentos), en los pere-
grinajes, etc. 20 De una manera al menos tan evidente,
sabemos que la religión islámica que se vincula a lo
temporal tanto como a lo espiritual, ha modelado po-
derosamente el gobierno de los hombres. Esta influen-

realizado sin preconcepción dogmática .. Es de destacar el impulso que ha


dado a estos estudios Jean ToucHARD con su equipo de la Fondation Na-
tionale des Sciences Politiques. Se encontrará Jo esencial de los resultados
conseguidos en un número especial de la Revue Fran~aise de Science Poli-
tique, diciembre 1959, sobre «Les intellectuels daos la société contemporaine».
Sobre este problema, ver Boom (Louis), Les intellectuels, París 1962 (Que
sais-je?, 1901). Consultar, igualmente, BoBBIO (Norberto), Politica e cul-
tura Turín 1955 y ZoLLA (Elemire) Eclissi detl'intellettuale, Milán 1959. Men-
cionemos también, pero sin recomendar su lectura, la obra mediocre y
discutible de HuszAR (George B. de), The intellectuals. A controversia! par-
trait, Glencoe (Ill.) 1960. Consultar sobre el punto de vista teórico SARTORI (G.)
«Intelletuali e intelligentzia», Studi Politici, marzo-agosto 1953 (l'intelligent-
zia es presentada como la fracción de la élite cultural en rebeldía contra
su época y su medio). Para un enfoque nuevo de este problema, ver las
obras de Raymond WtLLIAMS, Culture and society, 1780-1950, Londres 1958 y
The long revolutiott, Londres 1961.
20. Ver el interesante libro de Xavier de PLANHOL, Le mande islamique,
essai de géographie religieuse, París 1957.

34
cía es ciertamente menos manifiesta en una religión
como el catolicismo, sobre todo en la época moderna,
pero sigue siendo imposible, de todas formas, negar
el peso global de la religión católica en la política, así
como la existencia de afinidades entre ciertas posicio-
nes temporales y objetivos propiamente religiosos (mé-
todos de apostolado, función de los laicos en la socie-
dad, valor atribuido en la enseñanza libre, etc.).
Un caso que se cita con menos frecuencia es el de
los movimientos literarios. Aunque se olvida de ordi-
nario la relación que les une, literatura y política pa-
recen capacitadas para influirse mutuamente, incluso
en sociedades donde la creación artística escapa a las
consignas gubernamentales. Podemos citar a este res-
pecto el caso del surrealismo (pero se podría tam-
bién mencionar el romanticismo, el naturalismo, el
existencialismo). Como es sabido, los medios conser-
vadores han acusado a los surrealistas de haber con-
tribuido a agravar la confusión moral característica
de la primera posguerra.21 Por añadidura, la afinidad en-
tre varios adeptos de este movimiento y las agrupacio-
nes políticas extremistas comunistas y anarquistas, es
demasiado conocida para que haya necesidad de recor- ·
darse aquí. 22 Se dirá, tal vez, que estas actitudes in-
telectuales manifiestan simplemente un desequilibrio
social más profundo, pero cabe preguntarse si la obra
de arte -sobre todo cuando su autor no teme provo-
car el escándalo- no añade un elemento adicional a
este enjuiciamiento de las estructuras existentes.
Tenemos la certeza de que, por ignorar estos fenó-

21. Ver por ejemplo las observaciones presentadas por Jacques CHASTI!·
Nl!T en una obrita con el sugestivo título de Quand le breuf montait sur le
toit, París 1958 (especialmente el capítulo IV: «Le cirque intellectuel» ).
22. Para el estudio del paso de la proclamación literaria a la acción
política, se podrá consultar la obra muy conocida de Maurice NADEAU, Histoi-
re du surréalisme, París 1945 (en particular los capítulos: «La guerre du
Maroc•, pp. 122-132; «Au service de la révolution», pp. 187-195; «La politique
surréaliste•, pp. 2'20-229). Leer igualmente la reciente obra de Roger GARAUDY,
L'itinéraire d'Aragon, Parls 1961 (en este libro se propone el autor estable-
cer la unidad de pensamiento de Aragon que ha ido « del surrealismo al
mundo reab.

35
menos, el análisis político incurre en una falta, pues
probablemente no sería equivocado pensar que cier-
tas tendencias filosóficas o literarias han contado en-
tre los factores que hicieron posible que la sociedad
alemana fuese permeable al hitlerismo (por ejemplo,
un vigoroso esfuerzo por revalorizar lo irracional con-
tra «la tuerta razón» del. siglo XIX, una desconfianza
por todo aquello que está definido, por aquello que
tiene un principio y un fin, un respeto por lo confuso
que llega hasta el desprecio de las virtudes de la cohe-
rencia, etc.).
Estas observaciones nos muestran las dimensiones
que debería tener un análisis de la decadencia de las
ideologías para ser totalmente significativo. Si el esta-
do actual de fragmentación en la investigación de las
ciencias humanas nos obliga a unas visiones más mo-
destas, conviene, sin embargo, no subestimar la dis-
tancia que nos separa de la meta.

* * *
Adoptamos, por lo tanto, aquí, como base de nues-
tro razonamiento, la tesis de la decadencia de las ideo-
logías en las sociedades contemporáneas. Tesis que en
su acepción rigurosa predice el fin de los conflictos
ideológicos, pues se piensa que, aunque los hombres
no lo sepan aún, se podrían poner de acuerdo sobre
las cosas esenciales. Una corriente más moderada re-
conoce que esta afirmación es una simple tendencia
que debe vencer numerosos obstáculos antes de llegar
a imponerse. El factor común de ambas concepciones
es la creencia en un proceso de «desideologización». De
esta manera, se ve en el fenómeno una evolución que
se deduce, a partir de un punto de referencia, en fun-
ción de variables cuyo sentido sigue siendo, por otro
lado, superficial.
Sentimos gran desconfianza hacia esta exposición,
en cierto modo lineal, del problema considerado. La
debilidad mayor de esta posición es el carácter arbi-

36
trario de la fecha de la cual se partiría para estable-
cer la comparación. Resulta ciertamente posible modi-
ficar la valoración de la situación actual con un simple
cambio de la época que se toma como referencia. Esta
propiedad no obliga a despreciar la idea de una trans-
formación, pero . incita, sin embargo, a otro modo de
sistematización.
El período inmediato se caracteriza por una cierta
desvalorización de los conflictos ideológicos, una cierta
indiferencia frente a las batallas doctrinales. Presen-
ciamos un apaciguamiento que no es total y que no
debe, salvo preconcepción dogmática, ser tenido como
definitivo. La historia nos ofrece múltiples ejemplos de
un obscurecimiento parecido en la lucha de las ideas,
pero no~ falta un elemento para poder fijar en principio
su significación, es decir, el conocimiento del nivel habi-
tual de controversias semejantes en la vida política.
Supongamos que el gobierno de la polis suscita por
regla general polémicas ideológicas de una intensidad
real. La imagen de un eclipse traduciría entonces co-
rrectamente el estado presente de las cosas. Pero po-
demos sostener igualmente que tales luchas no se pro-
ducen más que muy raramente y a menudo en relación
con un problema determinado (asunto Dreyfus, cues-
tión de la C.E.D. etc.). En esta perspectiva el apaci-
guamiento presente correspondería, en suma, a esta
norma habitual, con lo cual, el problema se reduce úni-
camente a investigar los factores responsables de su
mantenimiento, o, en otros términos, las causas expli-
cativas de la persistencia de la apatía.
No parece posible, al menos por el momento, reali-
zar una elección científicamente fundada entre las dos
hipótesis que hemos expuesto. Sin estar en situación
de poder justificarla plenamente, creemos que la se-
gunda parece más conforme con la situación. Por di-
ferentes causas, los períodos de fuerte tensión ideoló-
gica se muestran como fases de excitación temporal
destinadas a diluirse dentro de la vulgaridad de la prác-
tica cotidiana.

37
Este apaciguamiento no es necesariamente sinó-
nimo de inmovilismo. Incluso en épocas de calma apa-
rente, las oposiciones ideológicas subsisten y siguen
siendo susceptibles de inspirar resoluciones de alcance
reformista. No obstante, este empequeñecimiento de las
rivalidades partidistas más bien favorece la conserva-
ción del orden establecido, cualquiera que éste sea. De
aquí viene la tendencia, que hoy se manifiesta particu-
larmente evidente en la lucha contra el comunismo, a
insistir en las virtudes del apaciguamiento ideológico
y a exaltar sus méritos. No jugamos con las palabras
al mencionar una ideología del apaciguamiento ideo-
lógico, en la que los críticos más severos de nuestro
mundo verán quizás un mito al servicio de una so-
ciedad en vías de desintegración. Esta observación
conduce a examinar la tesis de la decadencia de las ideo-
logías como estudio de una práctica social y cumpli-
miento de una tentativa de persuasión.
Advertiremos aún otra cosa : la indiferencia global
de los ciudadanos frente a la controversia ideológica
se acompaña, a veces, de un intenso hervidero de ideas
en círculos, eventualmente restringidos, de opinión.
Esta forma de actuar adopta a menudo la apariencia
de una negación previa de las ideologías existentes,
pe\_,() al actuar así se rechaza lo que está en vigor, sin
siempre proponer los elementos para remplazarlo.
Puede suceder que estas actitudes negativas se inter-
preten como signo de este apaciguamiento ideológico.
Pero esto es un contrasentido, porque tales enjuicia-
mientos son uno de los elementos susceptibles de pro-
vocar las tensiones ideológicas que de vez en cuando
ponen en peligro los fundamentos de las sociedades,
o por lo menos debilitan la fuerza de las ideas exis-
tentes.
En definitiva, la hipótesis escogida como base de
nuestro trabajo permite no atribuir un carácter excep-
cional al período que atravesamos, ya que se considera
la pretendid~. fase de decadencia ideológica como un
estado de debilitamiento que no tiene carácter perma-

38
nente. Esta hipótesis, sin pronunciarse de forma ex-
plícita sobre las condiciones y modalidades para conse-
guir un cambio de la corriente, no niega la posibilidad
de su implantación. Queda por demostrar, entonces, si
no la perfecta validez, al menos la verosimilitud de
semejante posición.

39
I

AMPLITUD Y LIMITES DEL APACIGUAMIENTO


IDEOLóGICO

La tesis del apaciguamiento ideológico expresa y


sintetiza, según sus partidarios, las conductas políticas
efectivas en los regímenes pluralistas de economía de-
sarrollada. Para ellos, es fruto de la observación socio-
lógica y no de la formulación doctrinal. Por consiguien-
te, poco importa que se alabe o se deplore la evolución,
puesto que se trata ante todo de exponer un movimien-
to existente en contacto con la realidad.
Esta posición, digámoslo cuanto antes, no , debería
ser aceptada más que a beneficio de inventario. La afir-
mación de que nuestras sociedades van a obedecer en
adelante a corrientes poderosas de pacificación, sirve
demasiado bien a ciertos intereses para que no pro-
duzca un malestar. Es pues indispensable apreciar la
amplitud actual y el contenido histórico de esta «desi-
deologización» que se está convirtiendo, poco a poco, en
uno de los lugares comunes de la explicación política.
Las técnicas cuantitativas, al no ser fácilmente adap-
tables al estudio de las ideas ( sino por la bifurcación
imperfecta de los sondeos de opinión y de las escalas
de actitudes), constituyen una tentativa difícil y arries-
gada. Por otra parte, los autores que abordan este
problema generalmente tienden con preferencia a las
afirmaciones que a las demostraciones. Existe finalmen-

41
te un desajuste manifiesto entre la gravedad de las no-
ciones formuladas y la endeblez de sus justificaciones.
Este intento de evaluación no se ha de librar de la
fluidez y de la imprecisión que caracterizan aún a tan-
tos sectores de la ciencia política·. Nuestras posibilida-
des de examen no logran alcanzar a nuestras ambi-
ciones. En todo caso no mejoraríamos seriamente el
estado de los conocimientos si cayésemos en la trampa
rle las generalizaciones prematuras.

TESIS DE LA DECADENCIA DE LAS IDEOLOGÍAS

Señalaremos los rasgos esenciales de este fenómeno


valiéndonos de las declaraciones de algunos autores re-
presentativos de las posiciones analizadas. Nuestra elec-
.ción es ciertamente arbitraria, pero la calidad de las
personalidades escogidas, así como de su predicamen-
to, permiten considerarla como significativa. Sin tra-
tar de propender a una «dosificación» equilibrada, ex-
pondremos el testimonio de publicistas y de hombres
de ciencia, ya que consideramos que la convergencia
de unos y otros constituye un factor interesante del
problema.

1. Contenido y finalidad de la tesis

Una primera dificultad reside en elegir el punto de


partida de la corriente que estudiamos. Decisión tanto
más delicada cuanto que estas nociones de nuevo cuño
no son tal vez más que viejos temas adaptados al gus-
to del día. Escogemos, no obstante, como elemento de
referencia, la conferencia organizada en Milán, en sep-
tiembre de 1955, por el Congreso para la Libertad de
la Cultura, y que versó sobre el futuro de la libertad.
Si se cree en los informes que fueron redactados so-
bre este tema, los participantes (aproximadamen~e 150
intelectuales y políticos, llegados de numerosos países
.democráticos), comprobaron que la diversidad de su

42
filiación partidista no producía ningún grave desacuer-
do ideológico. Asimismo, declararon no conceder más
que mínima importancia al color político de los go-
bernantes en el poder de sus países respectivos, ya que
los diferentes partidos no podían adoptar sino posicio-
nes análogas en orden a los asuntos internos.23
No sería muy difícil descubrir manifestaciones más
antiguas de un estado de ánimo parecido. En junio
de 1950, A. Krestler exponía ante este mismo Congreso
«que las antinomias "socialismo y capitalismo", "izquier-
das y derechas" están en camino de vaciarse rápida-
mente de su contenido y que en tanto que Europa per-
manezca enfrascada en estas falsas alternativas que
hacen imposible todo pensamiento lúcido, no podrá es-
perar. que se encuentre ninguna solución constructiva
a sus problemas», puesto que al haberse convertido
las izquierdas según él, en un «fetiche verbal cuyo cul-
to distrae la atención de los verdaderos problemas ...
nos encontramos ante un anacronismo peligroso».26
Criticando ásperamente estas nociones, Krestler re-
conocía su influencia sobre el espíritu de los hombres.
Algo después, ciertos autores iban .a discutir esta in~
fluencia, cuando proclamaban lo que se ha convertido
eu banal denominar «la muerte de las ideologías».
Tal es, por recoger un testimonio muy reciente, la posi-
ción de Daniel Bell, periodista y universitario. 25 De este
tipo es también, aunque de más finura y solidez, el
punto de vista del sociólogo Seymour M. Lipset.26

23. Ver, en particular, los informes de la conferencia de Edward SHILS,


«The end of ideology», Encounter, noviembre 1955, pp. 52-58, y Seymour lIP-
sllT, «The state of democratic politics», Canadian Forum, noviembre
1955 pp. 170.171.
24. Texto traducido en L'ombre du dinosaure, traducido del inglés,
París 1956, pp. 193-205. Resulta curioso comprobar que este enjuiciamiento
de las izquierdas no dejaba de tener alguna reserva mental, rogando
KoESTLBR (p. 202) que no se vea en su· afirmación «una apología del capi-
talismo o un ataque contra el socialismo».
25. Véase The end of ideology. On the exluiustion of political ideas in
tite fifties», Glencoe (Ill.) 1960.
26. Ver, en particular, el capítulo final de su última obra Political man.
Tite social bases of politics, Londres 1960. (Recientemente ha apareci<IQ la
traducción francesa de esta obra. N. del T.)

43
Bell declara, desde el comienzo, sentir gran descon-
fianza por lo que hace a las ideologías. Pero mientras
que este rasgo se asocia normalmente en Europa con
la imagen de las derechas, él se define como no conser-
vador.27 A su juicio, las viejas ideologías, y en particu-
lar el marxismo, se hallan superadas debido a que han
perdido frente a los intelectuales su «verdad» y su
fuerza de persuasión. La intelligentsia occidental está
de acuerdo hoy, en líneas generales, en las soluciones
a dar a los grandes problemas políticos: aceptación
del W elfare State; deseo de una descentralización del
poder; valorización del sistema de economía mixta y
del pluralismo político. A la sazón, ha abandonado to-
talmente no sólo las viejas nociones conservadoras (en
particular la idea de que el Welfare State compromete-
ría a las sociedades en el «camino de la servidumbre»),
sino también las nuevas utopías de inspiración scien-
tiste (la realización de la armonía comunitaria por el
social engineering). Por su parte, Lipset afirma que en
las democracias occidentales las nociones de derechas
e izquierdas han perdido una gran parte de su rigor.
La decadencia de las controversias ideológicas le pare-
ce manifiesta; sin embargo, no quiere deducir de este
fenómeno más que conclusiones prudentes y matiza-
das en cuanto al futuro de las luchas políticas.
El principal documento en lengua francesa para el
estudio de esta tesis es el informe de los Colloques de
Rheinfelden,'JJJ reunión igualmente organizada por el
Congreso para la Libertad de la Cultura. En la comuni-
cación de Raymond Aron se encuentra la exposición
más clara del tema considerado. Comparando las dis-

27. Etienne de LA VALulE-PoussrN en «Suis-je un homme de droit?• Res


Publica, 1960, n. 0 3, p. 255, señala expresamente que las derechas, •habitua-
das a las responsabilidades del poder, pero confundiendo un poco sus in-
tereses con los del Estado•, han profesado siempre «un desdén por las
ideologías•.
28. Publicado en París en 1960. Ver también las observaciones que ha
este autor, « las naciones democráticas se están convirtiendo cada vez más,
principalmente el capítulo VIII.

44
cusiones políticas de los años 1930 con las de 1950, Aron
descubre un contraste asombroso: «Fascismo y comu-
nismo han desaparecido, por así decirlo, en tanto que
doctrinas respetables, habiéndose conseguido el acuer-
do sobre las cosas esenciales entre los partidos que
respetan las reglas del juego, entre el socialismo (par-
lamentario) y el conservadurismo (ilustrado) ... El he-
cho mismo no se presta a discusión».29 Y más adelante
sigue diciendo: «Propiedad privada contra propiedad
pública, anarquía del mercado contra planificación, ex-
plotación capitalista contra igualdad, son tres temas de
la doctrina socialista que han perdido en gran parte
su repercusión. En adelante, cuando se hable· de la pro-
piedad, de la planificación o de la igualación de la ren-
ta, ya no se tratará tanto de elegir entre dos términos
de una alternativa, como de combinar en una cierta
proporción dos modalidades complementarias, o lo que
es lo mismo, de ir más o menos lejos en una dirección
determinada».30 Otra cita aún: «En las democracias es-
tabilizadas todos los partidos están de acuerdo sobre
el modo de gobierno democrático (representativo par-
lamentario o presidencial); sobre la economía mixta
expansionista, con legislación social y redistribución
de las rentas y sobre la renuncia a la dominación co-
lonial».
La exposición de Raymond Aron no carece de mati-
ces, al mismo tiempo que sus propósitos se dirigen ex-
presamente a las «democracias estabilizadas».31 Este

29. En relación con este propósito ver el número especial de Realités


(junio 1957), que versa sobre «el cambio de la corriente de las ideas»
durante la segunda mitad del siglo xx. Este texto es precioso para es-
tudiar la lucha ideológica en el dominio de la praxis; Marx va a la cabeza
de los «dioses [Link]».
30. Robert A. DAHL había expresado ya una idea análoga señalando la
decadencia de las •grandes alternativas• (en la obra colectiva Research
frontiers in politics and government, Washington 1955, pp. 45-47). Según
este autor, «las naciones democráticas se están convirtiendo cada vez más
y al mismo tiempo, en socialistas y capitalistas, en democráticas y bu-
rocráticas y en planificadas y no planificadas».
31. Sobre esta noción, ver el informe de R. ARON en La démocratie a
l'épreuve du XX•. siecle, París 1960, pp. 11-42.

45
autor señala con fuerza la persistencia de los conflic-
tos de doctrina técnico-ideológicos, pero afirma que «lo
que es inédito es la extensión del dominio del acuerdo
entre los partidos y el reconocimiento de las necesida-
des de la civilización industrial». Aron indica también
las supervivencias de «viejas pasiones», especialmente
en Francia. En todo caso, con estas reservas, que son
importantes, permanece firme en su propósito esen-
cial: «La tendencia al apaciguamiento de los conflictos
ideológicos en las sociedades occidentales... esta es-
pecie de desvalorización de los conflictos ideológicos
del siglo xix».32
En este punto del análisis, el lector se preguntará:
suponiendo que este acuerdo sea verdaderamente real
y completo, ¿se limita a los círculos intelectuales, o se
extiende también a la masa de los ciudadanos? Pare-
ce que para R. Aron, esta extensión sea ya, en gran
medida, un hecho consumado. Y por otra parte, ésta
no es una posición aislada. Se puede encontrar un eco
de esta tesis en una obra reciente de Maurice Duver-
ger.33 :Éste señala en particular «la ausencia de conflic-
tos de legitimidad en la Francia actual». Ciertamente,
«la querella ideológica del socialismo y del capitalismo
continúa en pie. Pero los hechos tienden a privarla de
significación concreta, y la opinión se da cuenta de
ello... El sistema mixto, con un sector público y otro
privado bajo control, que es en el que vivimos en defi-

32 R. ARON, observando que los fragmentos de su informe que tra-


tan del problema no han sido discutidos, concluye: «La no discusión del
hecho histórico del apaciguamiento relativo de los conflictos históricos me
parece que significa que en el fondo todos estamos de acuerdo con lo dicho
más arriba». (Colloques ... , op. cit., p. 310. J. RoVAN parece que no se halla
muy lejos de esta posición cuando escribe (Une idée neuve: la démocratie,
París 1961, p. 13): «Los servicios que se pedían a las ideas democráticas ...
consistían en el buen funcionamiento de técnicas que algunos esperan ob-
tener ahora». Es cierto que «otros se consagran a los «cortocircuitos• pro-
ducidos por nuevas creencias apasionadas y fuera de la razón, a un mi-
lenarismo revolucionario vacío de todo contenido objetivo o a un naciona-
lismo brutal, privado de toda perspectiva incluso en el interior de sus
límites naturales•. Pero el tono. mismo de estas formulaciones son el ex-
ponente del poco valor que el autor concede a tales manifestaciones.
33. De la dictature, París 1961.

46
nitiva, ya nadie lo pone en duda». Comentando la situa-
ción del partido comunista, Duverger escribe que «el
mayor número de sus electores... consideran al régi-
men político occidental como legítimo, compartiendo
esta opinión con la mayoría de los restantes franceses».
Por último, le parece dudoso que la masa de comunis-
tas permanezca ligada a la idea de una socialización in-
tegral de los medios de producción.34
En suma, Raymond Aron y Maurice Duverger, cada
uno según un itinerario propio, admiten la desapari-
ción de las grandes controversias económicas que han
constituido uno de los fundamentos esenciales de las
discordias políticas. Estos autores se unen de esta for-
ma al diagnóstico formulado en los Estados Unidos
por John K. Galbraith, que ocupa un lugar destacado
en está corriente de pensamiento.35 Para Galbraith, la
mayoría de las cuestiones que dividieron a los ameri-
canos hasta la época del N ew-Deal están definitivamen-
te superadas. Ya no existen graves problemas, según
él, cuando se trata del papel de los sindicatos, de la
ayuda a los productores agrícolas, de la concesión de
una facultad reguladora del poder público o de la ex-
tensión de la seguridad social. Surgen situaciones de
conflicto, pero, se refieren principalmente a la ampli-
tud de las intervenciones y a la naturaleza de los me-
dios. El aspecto técnico prevalece, pues, sobre las cues-
tiones políticas; en otros términos: ya no existen en

34. Observemos que el programa del partido comunista (tal y como ha


sido definido en el XVI Congreso, en mayo de 1961) implica la nacionaliza-
ción de los monopolios de hecho (particularmente de la industria atómica,
del petróleo y del gas natural, de las grandes empresas siderúrgicas y quí-
micas, de los bancos de negocios, de las grandes compañías de navega-
ción), as! como una «profunda democratización» de los sectores naciona-
lizados. Para el informe de este Congreso, ver el número especial de
Cahiers du Communisme, junio de 1961.
35. Desde este ángulo véase esencialmente su obrita La economla y el
arte de la controversia, Ariel, Barcelona 1960. El pensamiento de GALBRAITH
da muestras en general de un vivo optimismo, que se ha plasmado princi-
palmente en la noción del «poder compensador», Capitalismo americano. El
concepto del poder compensador, prólogo de Fabián Estapé, Ariel, Bar-
celona, 3.• ed., 1964.

47
estas materias cuestiones de princ1p1os (no obstante,
se ha manifestado un desacuerdo de esta clase en el
sector de las tarifas aduaneras).
La conclqsión de Galbraith es sencilla: los partidos
políticos persiguen idénticos objetivos estratégicos y
no discrepan más que en la táctica. La Administración
que ocupa el poder, republicana o demócrata, es lo
mismo, empujada por un deseo de reelección, hará en
circunstancias determinadas una política aproximada-
mente análoga. En presencia de una depresión, no po-
dría abstenerse de medidas de tipo keynesiano más
que aceptando la perspectiva de un suicidio político.
Por consiguiente, en la vida pública se establece la di-
ferencia esencial entre los hombres cargados de res-
ponsabilidades del poder y aquellos que están dispen-
sados de las mismas. Estos últimos tienen el campo
libre para defender cualquier posición ideológica, pero
una vez en los puestos de mando, están obligados a
ajustarse a las necesidades de la vida diaria. Así, se
analizaría en los Estados Unidos la oposición entre el
Presidente y el Congreso, incluso cuando el partido del
Presidente posee la mayoría en las Cámaras. De esta
forma también, para tomar una referencia europea, se
explicaría el hecho de que un socialista al llegar a mi-
nistro, no siga el comportamiento ideal del ministro
socialista.
Podríamos fácilmente multiplicar los ejemplos de
actitudes semejantes. Analizando la forma de gobierno
de Suecia, G. Heckscher escribe: «En la atmósfera po-
lítica de Escandinavia las ideologías políticas y las
ideas generales poseen poca importancia. O, al menos,
parecen tener un papel insignificante».38 Es también
un lugar común, señalar la desconfianza en la ideología,
de los movimientos políticos británicos (laborismo in:
cluido ). Estos fenómenos refuerzan la noción del apá-

36. Démocratie efficace, París 1957, p. 59. Ver también TINGSTEN (H.),
«Stability and vitality in Swedish democracy•, Political Quarterly, 1955,
n.• 2, pp. )40-151.

48
ciguamiento de las ideologías. Pero los sustentadores
de esta tesis ¿no silencian sistemáticamente ciertos he-
chos que son contrarios a sus proposiciones?

2. Respuesta a algunas objeciones


El primero de estos hechos radica en la persisten-
cia de disputas ideológicas sobre problemas que se
piensa están resueltos. El liberalismo económico está,
sin duda, en plena decadencia como modo de organiza-
ción. Sin embargo, en los Estados Unidos y en otros
países, son numerosos los hombres de negocios que
alaban los innumerables méritos de la iniciativa pri-
vada o de la concurrencia y protestan contra las in-
tervenciones paralizantes del poder público. Pero, nos
dice Galbraith, son unos combates ficticios y por ello
mucho más violentos. Estas «personas políticamente
desplazadas», según su expresión, no tienen ningún me-
dio de oponerse al movimiento. Los cañones también
hacen el mismo ru1do cuando tiran al blanco. Adoptan-
do un tono muy violento que parece excluir los com-
promisos, se prueba que no existe de momento ningu-
na posibilidad de modificar realmente la situación.
Los hombres de negocios ¿desean verdaderamente
un cambio de la situación? Las declaraciones de la
Cámara de Comercio de los Estados Unidos y del Con-
sejo Nacional del Patronato Francés, ¿son más que una
simple formalidad, cuyo cumplimiento permite aceptar
a continuación, con recta conciencia, la intervención y
el apoyo de los poderes públicos? Tenemos demai-
siados ejemplos del divorcio entre la ideología (sos-
tenida) y la realidad (aceptada) para rechazar tal ob-
servación. E.n esta perspectiva, la ideología tendría por
función, de una forma más o menos inconsciente, per-
mitir «guardar las apariencias».
Sería interesante analizar desde este ángulo la ex-
periencia económica de la Alemania de Bonn. Los hom-
bres responsables de esta política se esfuerzan, con el

49
4. · PRÚBLEMAS IDEOLÓGICOS
concurso de algunos economistas de espíritu dogmá-
tico, en presentarla como una aplicación particular-
mente aceptada del liberalismo económico. Es dudoso
que la realidad confirme este juicio. Numerosos hechos
(papel desempeñado por las empresas públicas, mul-
tiplicidad de prácticas cotidianas no liberales, densi-
dad de las intervenciones en el orden social) establecen
que Alemania se ha inspirado también en los mo-
delos corrientes de las democracias occidentales ( eco-
nomía mixta, W elfare State ... ).37
Maurice Deverger, señalando que las derechas capi-
talistas y las izquierdas socialistas aceptan el sistema
mixto actual, expone que «los independientes continúan
vituperando al «dirigismo» y la S.F.1.0. reivindicando
«el socialismo».38 Pero ¿están en condiciones de aceptar
otro comportamiento? Como ha mostrado agudamente
R. Crossman, un partido no puede nunca abandonar su
«mito central». A los conservadores se les achaca invo-
car el principio de la libre empresa incluso cuando in-
troducen un planning de Estado, y los socialistas deben
presentar como auténticas políticas socialistas medidas
extrañas a esta ideología. La misión de los líderes con-
siste en convencer a los militantes, por medio de una
formulación idealizada de la realidad, de que. se man-
tiene la línea tradicional. 39
Una segunda objeción a la tesis del apaciguamien-
to es la persistencia de querellas eventualmente capa-
ces de producir manifestaciones o protestas masivas.
Francia es un buen ejemplo, a este respecto. Con razón
o sin ella, este país es considerado como muy sensible
a las seducciones ideológicas. «Si una de estas ideas,

37. Este punto ha sido aclarado por A. FRISCH en «Regareis sur la réa-
lité économique et sociale de l' Allemagne fédérale• Bulletin SEDEIS, 1.0 abril
1961, n.0 783, suplemento «Futuribles». Heinz AeoscH, estudiando el mismo
problema, presenta la política económica alemana como una combinación de
«las libertades importantes con ciertos controles» (L'A/lemagne sans mira-
cle, Parls, 1960, p. 91).
38. Op. cit. p. 41.
39. «On political neurosis•, Encounter, mayo 1954, p. 66 (cita recogida
de LIPSET, The political man, pp. 405-406).

50
escribía Faguet, pasa ante los ojos de los franceses por
un principio del 89, están dispuestos a sacrificar a Fran-
cia con la convicción de hacer un acto que los honra».40
Más tarde, Julien Benda, describiendo los «progresos
de ideología política» (aunque no exclusivamente en
Francia, es cierto), afirma que nuestro siglo será el de
«la organización intelectual de los odios políticos».41 Su
concepción del «perfeccionamiento moderno de las pa-
siones políticas» está en contradicción directa con la
tesis del apaciguamiento de las ideologías. Al observar
el pasado más reciente de la política francesa (luchas
a propósito de la integración europea, de la moderni-
zación económica, de la laicización, de la «descoloniza-
ción»), nos sentiríamos tentados de dar la razón a
Benda contra las opiniones de Aron y Duverger. Bas-
taría, a este efecto, evocar las imponentes movilizacio-
nes políticas realizadas con motivo de la cuestión esco-
lar en la IV y sobre todo en la V República (función
del Comité Nacional de Acción Laica).
Sin embargo, Aron y Duverger han visto muy bien
la objeción y han notado el carácter complejo y con-
tradictorio que da a la política de Francia el gusto de
los franceses por las viejas querellas. ¿No se trata, ca-
sualmente, de vestigios llamados a disolverse en el
curso dinámico de la evolución? Francia nunca ha admi-
tido en conjunto, según la expresión de Aron, la «orto-
doxia anticolonialista», pero, con excepción de Argelia,
«la descolonización» se ha efectuado a un ritmo acele-
rado desde 1958 sin suscitar graves protestas. ¿Está
fuera de razón esperar que se encuentre un día una
solución al problema de las escuelas confesionales que
sea aceptable para todos los intereses y, por tanto, du-
radera?
El razonamiento puede ser ampliado en lo que se
refiere al conflicto que varios observadores consideran

40. Citado por FELS (conde de), Essai de politique expérimentale, París
1921. p. 35. ·
41. La trahison des clercs, París 1927, p. 40.

51
como el más grave en la Francia contemporánea, esto
es, la oposición de los defensores de la modernización
económica frente a los mantenedores de las viejas es-
tructuras (agrícolas, artesanas, comerciales). Roger
Priouret señala que estas clases caducas disimulan una
ideología caracterizada «por la demagogia antitrust, el
nacionalismo exacerbado y la nostalgia por las grande-
zas del pasado». Este autor los considera capaces de
provocar «una explosión de violencia generalizada»,
pero cree que el punto de ruptura podría ser evitado
si el Poder se muestra con prevención y si la evolución
se realiza con lentitud.42 En suma, volviendo a tomar la
fórmula de Duverger, el empuje de las nuevas genera-
ciones tenderá a resolver progresivamente el problema
del «poujadismo» (que, por el contrario, ha podido fa-
vorecer, en diversas épocas, un rigor en la política mo-
netaria y en la gestión de las finanzas públicas).
¿ Es valedera la misma observación a propósito de
la ideología comunista? Priouret lo piensa así cuando
declara que el pasado de luchas violentas y heroicas de
la clase obrera «parece estar detrás de ella». Duverger
emplea, sin duda, unas fórmulas más flexibles, pero su
punto de vista no es fundamentalmente divergente.43
De creer a estos autores, y a algunos otros, el comu-
nismo, que se dice tiene asegurado el éxito por el mo-
vimiento de la historia, estaría en realidad condenado

42. «Les institutions politiques de la France de 1970», Bul/etin SEDEIS,


1.0 marzo 1961, n.• 786, suplemento «Futuribles•. Como ejemplo de previ-
sión, en términos menos ambiciosos, ver SALLERON (Louis), «Vers que!
régime politique allons-nous?•, Cahiers de Centre d'Etudes Politiques et
Civiques, n. 0 13. Para un estudio más detallado, ver el interesante trabajo
de Roger QUILLIOT, La societé de 1960 et !'avenir politique de la France,
París 1960.
43. De la. dictature, op. cit.: «La integración de la clase obrera en la
comunidad francesa no se ha conseguido enteramente todavía. Pero va
progresando de forma regular• (p. 38). «La lucha de clases no parece que
vaya a desaparecer. Pero en adelante revestirá formas menos violentas:
la lucha se desarrolla cada vez más en el interior del sistema más bien
que contra él» (p. 39); «el sueño revolucionario tiende a refugiarse cada vez
más en círculos reducidos de intelectuales sin influencia real; en otras
partes, incluso se ha abandonado. De hecho la masa de la clase obrera
francesa, comunista o no, se ha convertido en reformista• (p. 64).

52
a desaparecer o a transformarse en organización refor-
mista por el mismo sentido de la evolución, puesto que
se vería sometido también a la decadencia de las ideolo-
gías por efecto de los progresos económicos y sociales,
los cuales corroerían su base y, por último, le pri-
varían de su legitimidad como movimiento revolucio-
nario. Sin emprender por el instante la discusión de
este problema, limitémonos a señalar el carácter bas-
tante sumario y verdaderamente precipitado de esta
demostración. •
Observemos, empero, que estas visiones concuerdan
en líneas generales, al menos en su resultado lógico,
con las concepciones que hacen del régimen comunista
una técnica especial de industrialización y, más general-
mente. de desarrollo económico. Posición ésta sosteni-
da por Djilas, para el que las revoluciones comunistas
estallan «allí donde el capitalismo es aún embriona-
rio, y precisamente porque no se muestra capaz de
realizar su propia tarea histórica : la industrialización
del país».44 Se encuentra la misma idea, expresada en
forma mucho más pedante, en la última obra de
W. W. Rostow. 45 Reflexionando sobre un cuadro ambi-
cioso y muy discutible del desarrollo histórico -que
hace abstracción del papel desempeñado por las for-
mas de la propiedad en la expansión de las fuerzas
productivas- sitúa el dominio preferente de las erup-
ciones comunistas en las sociedades que se hallan en
la situación de pasar de un estado anticuado de su eco-
nomía a un estatuto moderno de la producción. En
definitiva, el comunismo, esta «enfermedad de transi-
ción», tendría su misión histórica a cumplir en la rea-
lización de la fase de «despegue»; en todo caso, las
sociedades donde este «despegue» no se ha consolidado

44. La nueva clase, EDHASA, Barcelona, 1958 p.


45. The stages of economic growth. A non-communrst manifesto, Cam-
bridge 1960. Para una critica profunda de esta obra, ver GusTAFSSON (Bo G.)
• Rostow, Marx and the theory of economic growth• en Science and So-
ciety, 1961, n. 0 3, pp. 229-244, y VILAR (P.) en Que! avenir attend l'homme,
París 1961, pp. 1-16.

53
-políticamente, económicamente., socialmente- son las
que ofrecerían al comunismo sus mejores posibilidades
para hacerse con el poder. Sin embargo, una vez alcan-
zado el nivel elevado de consumo -que la U.R.S.S.
rehúsa actualmente otorgarse para obtener la domina-
ción mundial-, el comunismo como forma de organi-
zación de la sociedad se «autodesmoronaría».
De tan simples puntos de vista -que es asombroso
hayan tenido una acogida tan entusiasta y celebrada
en diversos medios -se desprende q1ee en sociedades
como las nuestras (llegadas ya a la edad de la high
mass-consumption) el comunismo es poco peligroso
y, en todo caso, inútil. Es posible que esta visión con-
tenga algún elemento de verdad; pero ciertamente no es
la demostración dada la que nos convencerá, la cual,
por otra parte, nos recuerda los trabajos de la antigua
escuela histórica alemana.
Aparte de los problemas de la ideología comunista,
que son específicos, las posiciones adoptadas por los
defensores del apaciguamiento· ideológico sobre el pro-
blema de las viejas querellas no dejan de tener valor.
Sin embargo, estas explicaciones atestiguan probable-
mente un cierto optimismo si se considera la persis-
tente virulencia de estas oposiciones. Algunos dirán, sin
duda, que el conflicto entre la derecha clerical y la
izquierda anticlerical ya no significa gran cosa en las
sociedades modernas. No obstante, puede ser que la
disputa sobre la enseñanza libre sea susceptible, por
mucho tiempo aún, de comprometer la formación de
mayorías homogéneas. S. Hoffmann, al señalar que por.
lo que se refiere a Francia «el fin de las ideologías» no
coincide con el fin de las actitudes ideológicas, destaca
un punto capaz de reducir la esperanza de los parti-
darios del apaciguamiento. 46
Hasta ahora nos hemos limitado a presentar un cier-
to número de concepciones intelectuales sin analizar

46. •Übservations sur la crise politique fran~aise, Archives Europée,mes


de Sociologie, 1960, pp. 303-320.

54
los fenómenos positivos que se deducen de ellas. La
sección siguiente se consagrará a esta observación so-
ciológica.

SIGNOS POSITIVOS DEL APACIGUAMIENTO

Los participantes en las sesiones del Congreso para


la Libertad de la Cultura, observando que no existe
entre ellos ningún desacuerdo ideológico fundamental,
manifiestan, a veces, ver en ello un signo decisivo del
apaciguamiento de los conflictos. Esta convergencia
apenas nos convence, pues el Congreso no pudo pre-
tender, por sus orígenes y por sus vínculos, expresar
todas las corrientes intelectuales y, por otra parte, no
tiene más que mínimos contactos con los ciudadanos
normales. En verdad, lo hemos dicho ya, el fenómeno
de la desvalorización de las querellas ideológicas es
considerado generalmente como indiscutible por parte
de sus expositores, es decir, en cierta manera, como si
la evolución fuese demasiado evidente para que requi-
riese una demostración.
Partiendo, por el contrario, de la idea de que el
hecho mismo no está necesariamente demostrado, nos
proponemos investigar en la vida· política contemporá-
nea los elementos que sean capaces de aportar algo de
claridad al debate. Entre los signos existentes hay tres
que parecen, en primer lugar, de un valor particular:
la transformación en un sentido reformista de los par-
tidos socialistas, la indiferencia de los ciudadanos res-
pecto a los asuntos públicos, y la importancia dada a
las consideraciones de eficacia en la acción guberna-
mental. Se trata aquí de tendencias bien conocidas por
todos, por lo que nos limitaremos a recordar sus carac-
terísticas fundamentales. El punto más interesante si-
gue siendo naturalmente el de saber si son capaces de
servimos como prueba -circunstancialmente por una
especie de causalidad regresiva- para demostrar la
« desideologización » afirmada.

55
Estos rasgos caracterizan, en grados diversos, la
vida política interior de los Estados occidentales. Pode-
rnos preguntarnos si no podría encontrarse otro signo
de la decadencia ideológica en uno de los hechos que
particularizan las relaciones de los Estados democrá-
ticos con otros, especialmente del Tercer Mundo; nos
referimos a la ausencia de difusión del pluralismo ideo-
lógico en estos países. Aunque resulta difícil extraer
algunas consecuencias del fenómeno, le dedicaremos
algunos párrafos al final de la sección.

1. Transformación de los partidos socialistas

Antes de abordar esta evolución, debemos mencio-


nar un hecho: el estado de casi agonía en que se
encuentra el partido socialista americano, hecho tanto
más importante cuanto que no ha ocurrido siempre
así. Desde 1870 hasta la víspera de la primera guerra
mundial, este partido se fundaba en un sólido núcleo
de obreros procedentes de Alemania y tuvo un papel
nada despreciable en la política de este país. En 1886,
gracias a la activísima campaña de su candidato H. Geor-
ge, estuvo a punto de conseguir la alcaldía de Nueva
York.'7 Desde 1919, a excepción del período 1929-1933,
no ha dejado de decaer.48 Han surgido muchos interro-
gantes sobre los factores de esta decadencia. Así, unos
lo atribuyen a causas locales (victoria definitiva de
Gompers en 1894 en el seno del A.F.L. que haría del
sindicalismo americano un movimiento apolítico), otros
invocan unos factores más profundos (actitud dinámica
del capitalismo americano, fuerte movilidad social que

47. Sobre este período ver QUINT (Howard H.), The forging of American
socialism: origins of the modern movement. The impact of socialism on
American thought and action, 1886-1901, Columbia (Carolina del Sur) 1953.
Para un estudio profundo del socialismo americano nosotros señalaríamos
la obra monumental de EGBERT (D. D.) y PERSONS (S.) eds., Socialism and
American life, Princeton 1952, 2 vols.
48. Sobre esta decadencia. ver SHANNON (Davis, A.), The socialist party
of America. A history, Nueva York 1955.

56
privaría a los obreros de sus líderes naturales, etc.).49
Sin embargo, aunque las interpretaciones del fenóme-
no no coincidan, lo que sucede es que en una nación
que posee, según los esquemas habituales, muchas con-
diciones necesarias para el acceso al poder de los so-
cialistas, el movimiento socialista -como algunas otras
pequeñas agrupaciones de espíritu avanzado- no de-
sempeña más que un papel insignificante.60
La situación aparece sensiblemente diferente en los
otros países pluralistas. Encontramos en ellos podero-
sos partidos socialistas con vocación gubernamental,
que al aproximarse al poder han perdido, no obstante,
su ardor reformista inicial. Estas agrupaciones que, con
exclusión del laborismo británico, derivan, al menos
parcial:µiente, del marxismo, han tendido a apartarse
cada vez más de la ideología marxista; unos, sin decirlo
abiertamente, y otros reconociéndolo con franqueza
mediante una modificación expresa de sus estatutos.
Así ha nacido, por oposición al comunismo del modelo
soviético, una corriente que se denomina normalmente
«socialismo democrático». Si bien los partidos de esta
tendencia difieren en algunos puntos, todos ellos tienen
en común el aceptar, prácticamente sin reservas, la vía
parlamentaria. :Éstos son ya unas formaciones adictas
ordinariamente que se amoldan a las reglas del juego
político y se esfuerzan por adaptar sus ideales a los
imperativos o a 1as posibilidades de la situación.51

49. Sobre estos problemas consultar el capítulo XIII de la obra ya


citada de D. BELL. «The failure of american socialism: the tension of
ethics and politics•, pp. 265-285. Se encontrará una exposición esquemática
de la cuestión en Esprit, noviembre 1952: LENS (S.), «Pourquoi l'Amérique
n'a pas de parti ouvrier•, pp. 627-643, y THOMAS (N.), «Le capitalisme amé-
ricain a eu de la chance•, pp. 606-611. Para una visión general del problema
ideológico americano, ver AnAMs (Walter) • Economie, idéologie et politique
aux Etats-Unis•, Diogene, octubre-diciembre 1961, pp. 56-82.
SO. Se encontrarán elementos interesantes sobre la situación de las «iz-
quierdas americanas•, en el número de Esprit sobre «el hombre estandard»,
marzo 1959, pp. 385-433.
51. Para una buena exposición sintética, ver VAN ERDB (K. S.) «Socialism
in Western Europe a mid-century• Social Research, invierno 1959, pp. 408-422.
Ver también CALVEZ (J. Y.) «Le socialisme en question», Revue de l'Action
Populaire, mayo 1960.

57
El partido socialdemócrata sueco, al que algunos
llaman el «partido satisfecho», es una excelente ilustra-
ción de esta política de moderación. Aunque ocupa el
poder desde hace algunos años, ha dejado práctica-
mente intacta la estructura capitalista de la economía,
habiendo evitado proceder a verdaderas socializaciones
o nacionalizaciones que abrazarían toda una rama o un
grupo de industrias.52 Las cooperativas, tan alabadas
en el extranjero, no aseguran en realidad más que una
débil fracción del comercio al por mayor y al por menor.
No se reconoce en el sistema más que unos rasgos rela-
cionados con la noción corriente del socialismo, incluso
con el de inspiración reformista. Aún más, son hoy los
conservadores y liberales los que se dedican a la crítica
y explotan el descontento, mientras que, por el contra-
rio, los socialistas se solidarizan con el orden existente
y la administración. Según F. Seller, esto sería una expe-
riencia no de socialismo, sino de una especie de «se-
gurismo», por otro lado, muy perfeccionado.M Parece
que hoy, la socialdemocracia alemana, en un esfuerzo
oportunista por conquistar el poder, se orienta en una
vía análoga. Desde su vuelta de Bad-Godesberg (noviem-
bre de 1959), ha abandonado casi totalmente toda clase
de veleidad socialista, limitándose a hacer suyo el lema
«prosperidad para todos» (por ejemplo, extensión de
las vacaciones pagadas, aumento general de las pen-

52. De todas maneras se encuentran algunas muestras de propiedad pú-


blica en algunos sectores de la economía: ferrocarriles, banco nacional de
Suecia, crédito inmobiliario y seguros, industria de la madera, energía
eléctrica, minerales de hierro... Mencionemos también la «Sociedad sueca
de Tabacos y la de Vinos y bebidas alcohólicas ( única empresa que tiene
el derecho de distribuir las bebidas alcohólicas).
53. En un interesante número de Esprit, «Socialisme•, mayo 1956, p. 666.
Este número insiste particularmente en la «parálisis de las socialdemocra-
cias». Sobre inspiración y métodos del gobierno sueco se puede consultar
RusTOw (Dankwart A.), The politics of compromise. A study of parties
11nd cabinet government in Sweden, Princeton 1955. Para una panorámica
diferente del socialismo escandinavo, pero, ciertamente, refiriéndose a otro
país, véase FERRATON (Hubert), Syndicalisme ouvrier et social. Démocratie
en Norvege, París 1960.

58
siones y jubilaciones hasta el 75 % de los últimos suel-
dos o salarios percibidos, etc.).M
El caso de Gran Bretaña es más complejo. Sola-
mente al final de la primera guerra mundial es cuando
el partido laborista se proclamó «socialista», incluyen-
do en su programa la creación de una sociedad basada
en la utilización en común de los medios de produc-
ción, de distribución y de cambio. Al mismo tiempo,
permaneció inflexiblemente fiel a las reglas del juego
parlamentario. Desde su apartamiento del poder, el par-
tido no ha logrado elaborar un programa de acción que
gozase del asentimiento de la totalidad de sus miem-
bros. A pesar de una clara inclinación hacia la vía re-
formista de la « democracia industrial», la dirección
parlamentaria no ha obtenfdo de la conferencia del par-
tido la modificación del artículo 4.0 que, precisamente,
implica el compromiso por Uha socialización de la eco-
nomía (la actual dirección, sin rechazar a priori la na-
cionalización, duda en considerarla una panacea). Otra
característica es la división del partido por lo que hace
a los problemas de la defensa nacional y especialmente
al armamento nuclear. Contrariamente a varios otros, el
movimiento laborista continúa siendo socavado por
discordias ideológicas internas y no se unifica total-
mente ante la ideología reformista. Por una curiosa pa-
radoja, un partido que se funda en el antidogmatismo,
presenta ( en la oposición, es cierto) una fuerte tenden-
cia a los grandes debates doctrinales. 55 Notemos, en

54. Sobre la evolución reciente de la socialdemocracia alemana, ver


CALVFZ (J. Y.), «Evolulion du socialisme en Allemagne: le nouveau program-
me de la S.P.D.», Revue de l'Action populaire, abril 1960, pp. 401-417. Para
una crítica marxista de este programa, ver WEGENER (Thomas), .sur le
nouveau programme du parti social-démocrate allemand», Nouvelle Revue
lnternationale, enero 1960, pp. 14-29.
55. Para una excelente exposición de las controversias sobre la apropia-
ción pública de los medios de producción, ver RoBsON (William A.), Nation-
alized industry and public ownership, Londres 1960, pp. 460-494. (La ver-
sión castellana saldrá próximamente en la edil. Tecnos.) Para una crítica
(de inspiración comunista) del Labour -se le acusa de haber reducido el
socialismo a una especie de moralismo en una sociedad en que la mayoría
de la industria sigue estando en las manos de la empresa privada-, ver

59
todo caso, que con ocas1on de la designación del suce-
sor de H. Gaitskell, el partido parece haber puesto una
cierta sordina en sus discordias internas. Es probable
que el afán de presentar un frente unido durante las
próximas elecciones, no sea algo ajeno a esta tendencia.
Sin embargo, es posible que el Labour logre superar
estas dificultades. ~sta es, al menos, la impresión que
dejan entrever diversos sucesos recientes: publicación
de un nuevo manifiesto de política interior Signposts
for the Sixties (junio 1961) que propone un conjunto,
bastante equilibrado, aunque demasiado moderado ante
los ojos de la extrema izquierda, de reformas sociales
y económicas; 56 cambio de actitud de varios grandes
sindicatos en lo que refiere a los problemas de arma-
mento nuclear en un sentido más conforme a los de-
seos de la dirección parlamentaria del partido; inten-
sificación del deseo de unidad, etc. Pero es aún dema-
siado pronto para manifestar si estas determinaciones
pueden lograr si no la desaparición, al menos el apaci-
guamiento de los antagonismos internos.
La S.F.1.0. ofrece el ejemplo de una agrupación só-
cialista en discordia con un poderoso partido comunis-
ta (el cual le hizo perder en sus comienzos las tres cuar-
. tas partes de sus miembros). La competencia ejercida
sobre su izquierda por el partido comunista le obliga
a ser intransigente en el plano doctrinal (mantenimien-
to en 1946 de la ortodoxia marxista contra los defen-
sores de la solución «laborista»); mientras que su voca-

CAMPBBLL (J. R.), Some economic illusions in the Labour movement, Londres
1959. Para un estudio general véase MILIBAND (Ralph), Parliamentary socialism.
A study in the politics of Labour, Londres 1961 y JAY (Douglas) Socialism
in the New Society, Londres 1962.
56. Este documento se consagra al estudio de varios problemas: plani-
ficación de la economía con vistas a la expansión (principalmente creación
de un Consejo Nacional de Planificación Industrial); expansión de la pro-
piedad pública (racionalización del acero) y del control de las empresas
privadas; lucha contra la especulación territorial (así, compra progre-
siva por una comisión del terreno libre destinado a la construcción); exten-
sión de los servicios sociales; desarrollo de las facilidades de la educación
e integración de las public schools en el sistema general; modificación de
la fiscalidad en un sentido igualitario (arancel de beneficios de capital).

60
c10n de partido gubernamental y la heterogeneidad de
su clientela le conducen, en la práctica, a adoptar unas
soluciones de moderación y de compromiso que le han
valido frecuentes dificultades (creación en 1938 del par-
tido socialista obrero y campesino de Marceau Pivert;
formación del partido socialista autónomo ... ). Desde la
operación de Suez, y en razón de la continuación del
conflicto argelino, era de buen tono, en varios medios
socialistas extranjeros, imputar a la S.F.I.O. un com-
portamiento «reaccionario»; en realidad, en el plano de
los problemas económicos y sociales, sus posiciones
ideológicas y sus actividades gubernamentales no difie-
ren sensiblemente de las de la mayor parte de los par-
tidos socialistas europeos. Como éstos, manifiesta un
reformismo moderado que lleva consigo la franca acep-
tación · del régimen parlamentario.57 Aparte de conmo-
ciones sociales graves, es poco verosímil que el partido
-con un proceso de redefinición del «programa funda-
mental» en curso-- se separe sustancialmente de esta
dirección. Observemos, en todo caso, que la evolución
reciente del régimen gaullista tiende a desviar a la
S.F.I.O. hacia la izquierda (alianzas electorales y con-

57. En los últimos años, varias obras doctrinales han sido publicadas
por líderes socialistas. Citemos en particular las de Jules MocH, Confron-
tations: doctrines, déviatións, expériences, .espérances, París 1952 y Social-
ism vivan/, París 1960; André PHILIP, Le socialisme trahi, París 1957 y
Pour un socialisme humaniste, París 1960; de Edour DEPREUX, Renouvelle-
ment du socialisme, París 1960 y de Paul RAMADIBR, Les socialistes et l'exer-
cice du pouvoir, París 1961. Aunque estas obras difieran sensiblemente
por el tono y la inspiración, tienen en común considerar que el partido
socialista debe operar dentro de un régimen pluralista: «El partido único,
escribe por ejemplo Depreux (p. 171), no constituye solamente un absurdo
lingüístico... sino la negación misma de la democracia política, el símbolo
y la armadura del totalitarismo». Compárese con el importante estudio de
Henri JANNE, «L'avenir du socialisme•, publicado en el número de mayo
de 1960, de la revista Socialisme, pp. 235-276. Para una crítica reciente desde
un punto de vista comunista de las posiciones reformistas, véase el nú-
mero de abril de 1961 de los Cahiers du Communisme, «La social démocra-
tie et le capitalisme•. Ver también SJMON (Michel), «La social-démocra-
-devant le marxisme•, Nouvelle Critique, febrero 1961, pp. 51-77. Se encon-
trará otro punto de vista en Chronique Sociale de France, 31 de julio de
1960, pp. 314-378 (serie de artículos bajo el título: «Y a-t-il une crise du
socialisme fram;ais?•). Para una síntesis histórica reciente, nos remitimos
a LIGOU (Daniel), Histoire du socialisme en France 1871-1961, París 1962.

61
versaciones con el partido comunista, así como formu-
lación de una proposición de nacionalización de los
bancos de negocios, etc.). Aunque todavía sea hipotética,
la reconstitución de un cierto frente común socialco-
munista no es en estos momentos absolutamente incon-
cebible. (Esta operación se subordina tanto a la evolu-
ción de la situación como al estado de las relaciones
internacionales.)
En suma, la socialdemocracia europea ha evolucio-
nado hacia la moderación y el compromiso ( con excep-
ción de alguna de las corrientes del partido socialista
italiano; mientras que hasta ahora la experiencia deno-
minada de centro sinistra ha producido más bien un
giro de esta tendencia hacia el centro).68 La extensión
del poder soviético en todo el mundo no ha hecho más
que reforzar unas tendencias ya presentes en el seno
de estas agrupaciones. Los comunistas, por su parte,
critican incansablemente «la ideología socialista de
derechas» m y reprochan a sus defensores el hecho de
que reduzcan el socialismo a una especie de control
social mal definido, que aseguraría. el buen uso de la
propiedad privada de los bienes de producción más bien
que tratar de conseguir su abolición. También les impu-
tan el haber capitulado enteramente, en gran núme-
ro, ante la «política imperialista» de las clases dirigen-
tes, cuyo único fin es agravar la tensión internacional.
Tengamos en cuenta, desde ahora, que la existencia de
formaciones comunistas conduce a la apertura de un
nuevo frente de batalla ideológico sobre el que no se
tiene hoy la impresión de que intervenga una interrup-
ción de las operaciones.

58. Sobre las concepciones italianas del socialismo, ver una interesante
obra colectiva Esperienze e studi socialisti in onore di Ugo Mondo/fo, Flo-
rencia 1957. Así como, entre varias disponibles, las de GALLI (Giorgio),
La sinistra italiana ne/ dopoguerra, Bolonia 1958, MALVESTITI (Piero), I social-
democratici, Roma 1957 y BAsso (Lelio), JI partito socialista italiano, Mi-
lán 1958.
59. Véase principalmente el conjunto de estudios: dmpasses social-
démocrates• (Francia, Inglaterra, Austria, Italia, Suecia, Hungría), Recher•
ches Internationales d la Lumiere du Marxisme, n. 0 11, enero-febrero 1959.

62
2. La indiferencia de los ciudadanos
En el transcurso de los últimos años se han empren-
dido· varias investigaciones para caracterizar y medir
la participación de los ciudadanos en la vida política
de los sistemas pluralistas. Los resultados ya recogidos
concuerdan para revelar la endeblez de esta participa-
ción. Estos estudios han confirmado, en fin de cuentas,
la presencia de un desfase entre la amplitud (y la casi
regularidad de las participaciones electorales) que se
percibe en varios países y el poco interés que se de-
muestra en los asuntos de la política. Parece que para
muchos ciudadanos el acto de votar emana, al menos
parcialmente, de la obligación moral.60
En Francia, los sucesos recientes han renovado la
atención en ío que se refiere a este problema.61 Según
la opinión de numerosos autores, asistiríamos actual-
mente a una especie de «despolitización» del pueblo
francés, movimiento que comporta particularmente un
descenso del porcentaje de participación. La indiferen-
cia que han testimoniado los franceses ante el hundi-
miento de las dos últimas Repúblicas -debida, a juicio
de Maurice Duverger, a un sentimiento de alienación
política-, es citada normalµiente en apoyo de esta
concepción. Sin embargo, en cuanto a la agravación
de esta apatía se han hecho algunas reservas; princi-
palmente se destaca el papel que tienen por delante
dentro de la vida política, algunos sectores de la comu-

60. Ver, sobre este problema, el número de la Revue Internationale des


Sciences Sociales consagrado a «La participation des citoyens a la vie po-
litique•, 1960, n. 0 1, pp. 5-112. Ver también MEYNAUD (Jean) y LANCELOT (Alain),
La participation des Franfais a la vie politique, París 1961 (Que sais-je?,
n.0 911). En lo que se refiere a Italia, nos remitimos a la encuesta de Tempi
moderni, enero-marzo 1962, pp. 61-88, y abril-junio, 1962, pp. 29-76.
61. Así lo demuestra la organización en noviembre de 1960 por la
Association Fran9aise de Science Politique de una mesa redonda sobre la
cdespolitización• (término discutido para designar una tendencia de los
individuos a desinteresarse de la cosa política). Los resultados de esta
mesa redonda han sido publicados recientemente con el título de La dépo-
litisation, mythe ou réalité?, bajo la dirección de George VEDBL, París 1962.

63
nidad que hasta ahora estaban acostumbrados a per-
manecer alejados de ella ( «politización» del ejército,
paso de los movimientos juveniles del plano de la for-
mación moral al de la acción activa, etc.). El rasgo
característico de la situación francesa se podría concre-
tar en la transferencia de las preocupaciones políticas
a organismos que no poseen vocación política, o en
otros términos, a la pérdida de influencia de los parti-
dos tradicionales en beneficio de estas agrupaciones.
Por lo demás, todo depende de la elección del período
de referencia, el cual a veces adquiere una aureola míti-
ca. En un penetrante estudio, Michel Crozier ha negado
que nuestros abuelos tuviesen más posibilidades de
acción en la vida pública que nosotros, y por lo tanto,
que estuviesen más ligados a ella.62
Señalemos una hipótesis interesante de Léo Ha-
man: 63 la distinción entre el interés de los ciudadanos
por la cosa pública y su compromiso. Según él, si hay
que creer a varios testimonios formulados durante el
año 1960, la atracción que han ejercido los aconteci-
mientos políticos ha sido más grande que nunca (espe-
ciamente en el campo de las relaciones internacionales
y de los problemas de ultramar). Por el contrario, apar-
te de algunos sectores, parece existir una gran crisis en
la práctica del compromiso (descenso del militantismo).
Se podría observar en las reuniones de los partidos
(especialmente en la S.F.1.0. y en el M.R.P.) un despla-
zamiento de las preocupaciones de los militantes hacia
temas en donde predomina el punto de vista técnico
(construcciones, alojamientos ... ) El orden del día «de-
sengarzaría» de esta manera las cuestiones y controver-
sias propiamente ideológicas. Sin embargo, los france-
ses permanecen, en su conjunto, muy ligados a la liber-
tad de compromiso, aunque la utilicen poco.

62. •Le citoyen•, Esprit, febrero 1961, pp. 193-211.


63. HAMON ha formulado esta hipótesis en un informe presentado en la
Association Franc;:aise de Science Politique «Partis politiques et dépolitisa-
tion•, que forma parte de la La dépolitisation, mythe ou réalité?, op. cit.,
pp. 115-146.

64
El fenómeno así esbozado por Léo Hamon merece-
ría ser perfilado y verificado en un período más amplio,
El carácter espectacular de ciertos sucesos de 1960
(crisis del Congo, por ejemplo) explica, tal vez, este
sobresalto de interés del que todas las manifestaciones
(conversaciones de café ... ) no pueden ,estar afectadas
por ]a misma trascendencia.
Los sondeos de opinión pública que se han realizado
en Italia establecen que en este país se manifiesta tam-
bién una indiferencia semejante. En marzo de 1960, por
ejemplo, el 39 % de los italianos interrogados no sabían
indicar el nombre del presidente del Consejo (y el 56 %
el del ministro de Asuntos Exteriores). En el mes de
diciembre de 1961 la mitad de las personas objeto de
encuesta declaró no haber oído nunca hablar de la
apertura a la izquierda. Es inútil multiplicar los ejem-
plos. Digamos solamente que las mujeres dan muestras
de mucha más ignorancia que los hombres por lo que
hace a ]as cosas de la política.
En definitiva, los fenómenos observados en Francia
presentan numerosos puntos de coincidencia con los
advertidos en países de civilización similar, siendo la
variable diferencial las transformaciones de la «desco-
lonización» (Argelia, y remontándonos al pasado; Indo-
china). Resultaría interesante, en particular, verificar
si nos encontramos también aquí con la corriente de
tolerancia que Jean y Monica Charlot han hallado en
la clase obrera británica (actitud que ha podido condu-
cir a los trabajadores de este país a cambiar de campo
político desde el momento en que consideran que esta
maniobra puede ser favorable al mantenimento de su
nivel de vida en un corto período).!"
Esta tendencia general no es exclusiva de «borbo-
tones» o de «oleadas» de participación a propósito y en
función de sucesos capaces de socavar la apatía ordi-
naria de los ciudadanos, pues aunque la teoría de estos

64. C. su estudio «Politisation et dépolitisation en Grande-Bretagne•,


Revue Fran~aise de Science Politique, septiembre 1961, pp. 609~1.

65
5, · PROBLEMAS IDEOLÓG[COS
puntos o focos de cristalización no se haya formulado
aún, su existencia no puede ser puesta en duda (así,
las reacciones británicas en el momento de la opera-
ción de Suez). Igualmente, esta tendencia no excluye el
acceso a la «politización» ( operación que implica la
transferencia de móviles políticos a asuntos o sectores
que normalmente provienen de otros criterios). Final-
mente, no es incompatible en absoluto con la actividad
de los grupos de presión, especialmente de aquellos que
defienden unos intereses materiales (empleo de la po-
lítica para fines corporativos).
El análisis de la indiferencia de los ciudadanos con-
duce naturalmente a plantear el problema del estatuto
y del papel a desempeñar de los partidos políticos en
las sociedades pluralistas. En varios países, estas agru-
paciones sufren una desafección notoria ( que a veces
intentan paliar entregándose a la realización de activi-
dades extrapolíticas; por ejemplo, manifestaciones de-
portivas). Esta situación es particularmente clara en
Francia. Aunque se tiende a exagerarla (por un aumen-
to abusivo de los efectivos en el día que se ha escogido
como referencia, normalmente el período inmediato de
la Liberación), la baja de los adheridos es cierta, y, en
algunos casos impresionante. A la inversa de los parti-
dos de otros países (belgas e italianos, por ejemplo),
los partidos franceses tradicionales no poseen en su
mayoría más que unos efectivos muy reducidos. No
parece erróneo admitir que la formación de partidos
adecuados a las necesidades de nuestro tiempo sea la
condición necesaria para la renovación de la participa-
ción; sin embargo, si la decadencia de las ideologías
correspondiese a un fenómeno real, esta reconstitución
de un sistema partidista de acuerdo con otras bases,
sin ser imposible, plantearía graves problemas.
Ciertamente, el funcionamiento actual de los parti-
dos puede ser objeto de serias reservas. Hay mucho de
verdad en la crítica que se ha hecho de las tendencias
oligárquicas, burocráticas y voluntariamente imperia-
listas de su aparato dirigente: es difícil evitar el paso

66
del «estado de partidos» a la «partidocracia».85 Pero
algunos van mucho más lejos cuando declaran que es
rigurosamente errónea la afirmación de que no podría
haber democracia sin partidos organizados, y así hacen
valer que en Francia el ejercicio del sufragio universal
y el régimen parlamentario han existido antes que
ellos.88 El razonamiento es exacto cuando la participa-
ción efectiva en las instituciones se limita a círculos de
notables o de medios seleccionados (eventualmente
organizados· en sociedades secretas del tipo de la franc-
masonería); pero este razonamiento pierde parte de
su consistencia si se pretende asociar el conjunto del
país a esta gestión.
Hoy S,! habla mucho -utilizando a este propósit.:>
una expresión discutible- de «personalización» del po-
der, entendiendo por ella que en la cúspide del régimen
se encuentra situado un líder qug ostenta efectiva-
mente la autoridad y domina la vida política.67 El fenó-
meno, próximo a las viejas nociones carismáticas y
que se refiere al reforzamiento del ejecutivo, ha sido
facilitado y amplificado por la utilización de los gran-
des medios de información ( especialmente la radio y la
televisión). A veces, se presenta como el advenimiento
del «liderazgo heroico», expresión que significa que el
líder en cuestión se impone a sus compatriotas y gana
su aquiescencia al personificar una especie de héroe
nacional.68

65. Según los términos de G. MARANINI, «Stati di partiti non partitocra-


zia•, Studi Politici, julio-diciembre 1960, pp. 278-287. Para una visión más
profunda del problema véase del mismo autor, Miti e realtii della democra-
zia, Milán 1958. También del mismo autor, «Dall'oligarchia nei partiti alla
tirannia nello Stato», Rassegna Italiana di Sociología, julio-septiembre
1960, pp. 113-118.
66. Así R. PRIOURET, op. cit.
67. Según la definición que da A. MABILllAU en un interesante artículo:
«La personnalisation du pouvoir dans les régimes démocratiques•, Revue
Franraise de Science Politique, marzo 1960, pp. 39-66. A juicio de algunos, esta
• personalización» constituiría el único medio de interesar a las masas en la
política. Para una crítica de esta corriente consúltese McLELLAN (D. S.), «Style
and substance in american foreign policy,, Yale Review, septiembre 1958,
pp. 41-57.
68. Se puede ver una tentativa de teoría del « liderazgo heroico• en el

67
Se puede estudiar este problema desde el punto de
vista del arte político. Tratándose de países subdesarro-
llados, ha surgido la pregunta de que si recurrir a una
forma de gobierno de esta clase, no constituye el único
medio de hacer frente a las necesidades de la moderni-
zación económica, sin comprometer definitivamente las
posibilidades de la democracia pluralista. Aparte del ré-
gimen comunista, el recurso del líder heroico represen-
taría la única vía abierta para obtener la combinación
de progreso y de disciplina que son tan necesa-
rios a estos países. Pero, por «una paradoja de las so-
ciedades políticas contemporáneas» (A. Mabileau), el
problema se ha extendido a las naciones democráticas
de Occidente, o al menos a algunas de ellas, en~re las
cuales se encuentra Francia. Para Maurice Duverger,
por ejemplo, la «necesidad de personalización» es uno
de los argumentos que justifican la instauración de un
régimen presidencial.69
Podemos igualmente analizar el problema conside-
rándolo como un hecho de observación positiva, inten-
tando abstraer la parte efectiva de «personalización»
que comporta en sí el sistema político. Ésta es muy
considerable en lo que respecta a los jóvenes Estados
constituidos en los antiguos imperios coloniales. En los
viejos Estados de Occidente existen también numero-
sos elementos de este tipo. Incluso antes de la V Repú-
blica la personalización de la vida política se podía ver
en Francia, tanto en el exterior como en el interior de
los partidos (concentración de la notoriedad sobre un
pequeño número de personas -designadas por sus

estudio de Arthur [Link] Jr., «Démocratie et 'leadcrship' hero1que


au xx• siecle» en La démocratie a l'épreuve du XX siecle, op. cit., pp. 83-102.
69. Punto de vista expuesto por este autor principalmente en el núme-
ro de La Nef que trataba de las «nuevas formas de la democracia•, nueva
serie, n. 0 6, pp. 44-45. Para más detalles ver su reciente obra La VI Répu-
blique et le régime présidentiel, París 1961. Este punto de vista ha sido
criticado vivamente por los marxistas. Véase, por ejemplo, el estudio de
J. A. HENNESSEY «La démocratie serait-elle depassée•, Nouvelle Critique,
abril 1961, pp. 19-32.

68
nombres o incluso por sus iniciales- con el apoyo de
la gran prensa y de la televisión).
Es posible dudar sobre el juicio global que merece
este fenómeno (en el que algunos ven, tal vez con algo
de exageración, el fenómeno del «déspota ilustrado»).
Al mismo tiempo que una desvalorización del parla-
mentario medio, este fenómeno produce, sobre todo, en
los regímenes pluralistas, una renuncia de los ciuda-
danos (y de los partidos que los representan) a los asun-
tos. Los ciudadanos se limitan a esperar que los proble-
mas se resuelvan sin que tengan que mezclarse ellos. De
este modo, la «personalización» del poder es inse-
parable de una reducción del compromiso político de
los miembros de la comunidad.
Es posible que esta fórmula posea algún mérito,
esencialmente a corto plazo. Desde el ángulo de nuestro
estudio, encuentra su base en la indiferencia de fos
ciudadanos y contribuye a acelerar su eclipse. Pero si
acabamos de admitir que el recurso al liderazgo heroico
constituye, bien una tendencia irreversible, bien un
mal inenor, sus consecuencias ya manifiestas no deben
disimularse.

3. Importancia dada a la eficacia

Vivimos en una sociedad que concede mucho valor


a las consideraciones de eficiencia. En varios sectores ·
de las relaciones humanas, las decisiones que se toman
son objeto de cálculos previos y rigurosos. Ciertamente,
los hombres responsables, incluidos los hombres de ne-
gocios, no pueden vanagloriarse de una visión total-
mente objetiva de las cosas, puesto que son muchos los
factores susceptibles de perturbar la fría disposición
de las ,presentaciones técnicas (tradiciones familiares,
temperamento individual, intuiciones personales ... ). Pero
estos «accidentes» o «desviaciones» no alteran el culto
consagrado al raciocinio. El constante perfeccionamien-
to de las técnicas de previsión y de estimación (por

69
ejemplo, investigación operativa) no pueden sino refor-
zar esta tendencia.
El poder público que se proyecta sobre la realidad
social, especialmente desde el plano administrativo, no
puede ignorar tales solicitaciones. El movimiento, ya
perceptible en el orden de las funciones tradicionales
del Estado, iba a ganar en profundidad y en solidez a
medida que las responsabilidades gubernamentales se
extendían a unas actividades con componentes e inci-
dencias mensurables (por ejemplo, planificación econó-
mica). Hoy los servicios públicos se preocupan por la
eficacia y por la productividad con mucha más energía
de la que generalmente suelen concebir los admjnis-
trados.10
Un primer aspecto de esta evolución ha sido el de-
seo -difícil de conseguir- de racionalizar el mismo
aparato gubernamental (oficina de organización y mé-
todos, encuestas sobre el coste y el rendimiento de los
diversos servicios, etc.). Otro aspecto, que se deduce
parcialmente de la naturaleza de las cuestiones trata-
das, consiste en la importancia que se atribuye al estu,
dio técnico de los expedientes. El dominio de las deci-
siones políticas, se ha podido decir, se limita cada vez
más «a las opciones fundamentales destinadas a pro-
curar orientaciones de conjunto en las acciones técni-
cas».n De este fenómeno se deduce inevitablemente un
aumento de la importancia del papel, así como de )a in-
fluencia de los técnicos (bien sean managers con ca-
pacidad para animar grandes servicios, bien sean ex-
pertos especializados). Un problema acude ¡inmedia-
tamente a nuestra consideración: el de las consecuen-

70. Sobre los esfuerzos que se realizan y las dificultades que aparecen
en esta materia, se puede consultar la obra de DIMOCK (Marshall .E.}, Admi-
nistrative vitality. The conflict with bureaucracy, Londres 1960. El autor,
reflexionando sobre ejemplos británicos, expone la dificultad de combinar
«v«alidad• (energía más resistencia, habilidad en la concurrencia y poder
de supervivir) y «burocracia» (ordenamiento institucional de la gestión
sobre una base sistemática).
71. J. ROVAN, op. cit., p. 146.

70
cias de este fenómeno sobre el desarrollo del juego
político.
La teoría de la tecnocracia, que no representa ne-
cesariamente una maniobra de los sociólogos reaccio-
narios franceses,72 se esfuerza por hallar una respuesta a
esta cuestión. Esto explica que una amplia parte de las
facultades de decisión, esto es, la realidad del poder en
la especie, haya sido transferida a unos responsables ofi-
ciales, a los agentes elevados de la función pública y a
los expertos que les son asimilados. Así, por efecto <le
una evolución insensible y silenciosa, el régimen re-
presentativo irá perdien~o, cada día un poco más, su
significación original. Sin embargo, muchos altos fun-
cionarios, entre los actuales o antiguos titulares de
puestos clave, impugnan la realidad misma de tal trans-
ferencia y se declaran, por su parte, rebeldes a la
ideología tecnocrática. Analizando este debate, un co-
mentarista muy al corriente del funcionamiento de la
administración, estima que la noción de un crecimiento
del papel de los técnicos, en detrimento de los políticos,
constituye una simple hipótesis de trabajo. La cual no ha
sido aún sistemáticamente sometida a la prueba de los
hechos.73
Un punto, sin embargo, está fuera de duda: las res-
ponsabilidades de los funcionarios se han modificado
a medida que se transformaba la naturaleza misma de
las tareas gubernamentales. Hoy, la ley no tiene ya
como misión esencial prohibir o mandar, sino que se
quiere sea constructiva y tiende a ordenar. El agente
público debe. dar pruebas, por consiguiente, de inicia-
tiva y sentido de organización. 1• Las responsabilidades
aumentan cuando se ensancha el cuadro de los fenó-

72. Así lo afirma dogmáticamente J. I. ROUBINSKI, «La théorie de la


'technocratie' en France», traducido del ruso, Cahiers du Communisme,
marzo 1961, pp. 622-639.
73. Bernard GoURNAY, «Technocratie et administration», Revue Fr,m-
('aise de Science Politique, diciembre 1960, pp. 881-890.
74. Este punto ha sido expuesto claramente por MUNRO (C. K.), The
fountains in Trafalgar Square. Sorne reflections on the Civil Service. Lon-
dres 1952 (cap. 11).

71
menos tratados por la política, por lo que la consoli-
dación de la influencia de los técnicos entra así en la
naturaleza de las cosls.
¿Es preciso, en esta perspectiva, considerar que los
funcionarios se esfuerzan en mejorar sus ventajas, o
conviene admitir que no hacen nada para aumentar sus
prerrogativas? Si se cree a F. L. Closon, «no hay tecnó-
cratas más que por debilidad de los políticos, pues· el
proceso de la tecnocracia no es ni más ni menos que la
falta de adaptación de los políticos a las situaciones
nuevas».75 Admitiendo este punto de vista, tendríamos
que reconocer que el alto funcionario no rebasa su mi-
sión de consejero y de ejecutante más que por tener
que hacer frente a las exigencias de la situación. Y en
cierta medida, éste es, probablemente, el caso. ¿Es posi-
ble, empero, considerar de acuerdo con la experiencia
más reciente, que diversos grupos o agentes del poder
administrativo, no han contribuido a este debilitamien-
to de las estructuras políticas en las que es legítimo
encontrar el fundamento de las prácticas tecriocráticas?
En definitiva, aun aceptando empeñecer la significa-
ción del fenómeno -que hasta que no se demuestre lo
contrario nos parece ser una verdadera subestima-
ción del movimiento-, es preciso reconocer que impor-
tantes sectores de la acción gubernamental tienden a
escapar a la lógica de las agrupaciones partidistas. De
ello resulta una desvalorización cierta del hombre polí-
tico y sobre todo del parlamentario que no accede a las
funciones ministeriales. La tecnocracia conduce, en
suma, al mismo resultado que el ejercicio del liderazgo
heroico con el que es totalmente compatible, si es que
no constituye necesariamente una parte integrante del
mismo. Varias proposiciones han sido formuladas con
miras a rectificar la situación, pero es dudoso que su

75. Un homme nouveau, L'ingénieur économiste, París 1961, p. 35. Ver


también sobre este tema SrssoN (C. H.), The spirit of British administration
11nd some European comparisons, Londres 1959 (cap. IX: •The politician
as lntrudero ).

72
práctica consiguiera tal resultado.76 Michel Collinet no
deja de tener razón cuando señala que el único antís
doto sería «una democracia activa que suscitase la ini-
ciativa política de los ciudadanos y la económica de los
trabajadores, y que controlase con atención a los gran~
des magnates ... » 77 Todo esto viene a establecer un víncu-
lo directo entre la apatía del ciudadano y la expansión
de las tendencias tecnocráticas; siendo poco discutible,
la relación incita a estudiar la trabazón entre las tres se-
ries de fenómenos observados con respecto y en fun-
ción del apaciguamiento ideológico.

4. Valor explicativo del factor ideológico


Las tres tendencias de las que se acaba de esbozar
el contenido, se encuentran entre las características
esenciales de la vida política en las democracias plura-
listas de Occidente. Se han expresado, para explicarlas,
global o separadamente, múltiples hipótesis de las que
ninguna ha llegado a ser satisfactoria. ¿No serán estas
tendencias, en realidad, los signos observables justa-
mente -y por lo tanto la prueba- de un fenómeno más
general: el apaciguamiento ideológico?
a) La transformación de los partidos socialistas,
aunque todavía no se haya dilucidado, ejerce sin duda
una influencia sobre la participación. Se podría cierta-
mente admitir que no ha cambiado demasiado el sen-
tido de la adhesión de los trabajadores (al menos en
los países en que éstos continúan votando masivamente
por tales partidos). Sin embargo, es posible que al dis-
minuir la intensidad de las pasiones y suscitar su tole-
rancia, esta transformación haya reducido considera-

76. Así, por ejemplo, la proposición hecha por Charles S. -HYNEMAN


(Bureaucracy in a democracy, Nueva York 1950) de crear un Consejo cen-
tral que permitiría conciliar el buen funcionamiento de la máquina ad-
ministrativa y del control legislativo.
77. •La technocratie est-elle une aristocratie moderne?», Preuves, ju-
lio 1955, p. 47.

73
blemente el ardor militante de los obreros. ¿Hasta qué
punto el «desdén por la política interesada» de la que ha-
blaba Alexandre Marc, es aún un rasgo específico de
su comportamiento? '18 En todo caso, esta modificación
parece explicarse fácilmenle por el descenso de viru-
lencia de los conflictos ideológicos. ¿No se puede sos-
tener del mismo modo que aquélla es el signo privile-
giado de este fenómeno? ·
La cuestión no es, sin embargo, tan simple. En algu-
nos países, la transformación ha tenido por efecto re-
chazar una amplia fracción de los trabajadores, y sin-
gularmente de los obreros, hacia el partido comunista
.que, al menos según las declaraciones de sus dirigentes,
mantiene la lucha ideológica en el primer plano de sus
.actividades. Otro elemento de incertidumbre lo consti-
.tuye la fecha de esta evolución. A decir verdad, se po-
.dría sostener que la modificación se ha limitado a una
cuestión de fachada, merced a que los partidos de la
II Internacional han utilizado un lenguaje revolucio-
.nario para cubrir unas prudentes conductas reformis-
tas. Pero en política las apariencias cuentan también,
mas ¿cuándo cambian?
No sería inexacto decir que la Revolución de octu-
bre de 1917 señala el punto de ruptura. Sin duda los
,doctrinarios de la Internacional socialista no cesaron
.de proclamar su solidaridad con los dirigentes del cam-
po leninista en lo que se refiere a la elección de los
.objetivos a alcanzar. Sin duda también, no dejaron,
,durante varios años aún, de reclamar unos fines revolu-
cionarios, aunque testimoniando respecto de los méto-
dos del bolchevismo una oposición que no dejaría de
.crecer. Pero la voluntad por diferenciarse del comu-
nismo, como también el trabajo de zapa emprendido
por la Komintern contra los socialdemócratas, condu-
jeron lentamente a los partidos socialistas a dar entra-
da a elementos reformistas y, desde entonces, a aceptar

78. Avenement de la France ouvriere, Ginebra 1945 (cap. V).

74
la participación en el poder dentro del cuadro de la
sociedad burguesa y, eventualmente, en colaboración
con unos partidos no socialistas.
Si nos situamos en 1930 (punto de referencia elegido
por R. Aron), parece que lo esencial de esta modifica-
ción se ha conseguido prácticamente. Henri de Man
ha escrito ya Au-dela du marxisme (1927). La S.F.1.0.
con~erva, es cierto, su porte exterior de partido revolu-
cioñario, pero gracias a una distinción sutil entre «la
toma del poder» (con fines de cambio total) y el «ejer-
cicio del poder» (gestión de la sociedad capitalista con
unos objetivos limitados), León Blum consagrará, a
partir de 1933, la vocación ministerial del partido. En
definitiva, estas observaciones conducen a insistir en
· la extensión del proceso histórico de « desideologiza-
ción »; que durante todo un período puede efectuarse
de manera casi oculta (la referencia a la antigua ideo-
logía no es más que un velo al abrigo del cual se esta-
blecen las nuevas prácticas).
Pero ¿ es legítimo a este propósito hablar de «diesi-
deologización»? En apariencia, la ideología subsiste
aunque se transforme. Sin embargo, el cambio se opera
en el sentido de la moderación, de la aceptación del diá-
logo y de la convergencia con otros partidos democrá-
ticos. Sería excesivo servirse de esto para proclamar la
muerte de las ideologías. En todo caso, se permite ver
aquí el signo de un cierto apaciguamiento ideológico
cuyos orígenes históricos se encuentran, tal vez, más le-
janos de lo que afirman los partidarios de esta tesis.

b) Llegamos ahora a la participación del ciudadano.


Su debilitamiento, especialmente en el terreno del com-
promiso, es notorio. Resulta tentador buscar la expli-
cación de esta apatía en la desvalorización de los con-
flictos ideológicos, puesto que, en suma, la lucha se
habría atenuado por falta de razones serias para em-
prenderla y, sobre todo, para llevarla a término. Para-
fraseando una sentencia célebre, no habría ya política
al no haber ya ideas. Si, finalmente, todo debe arre-

75
glarse mediante compromisos, ¿no resulta to más sen-
cillo abandonar la escena y someterse a unos árbitros
competentes (enlace con la ideología tecnocrática)?
Esta concepción supone implícitament'e que la polí-
tica, al menos en el nivel de los ciudadanos, se reduce
a unos combates ideológicos cuya desaparición progre-
siva sería un factor de apatía. Según la opinión de un
periodista sueco, es difícil apasionarse por la política
cuando la discusión se centra esencialmente en el aumen-
to del salario por hora de los obreros de la metalurgia,
en el alza del precio de la leche o en la extensión del
sistema de la jubilación.'19 Tales cuestiones son cierta-
mente de la mayor importancia para los interesados y, a
veces también, para la economía nacional. Pero, según
este periodista, son francamente «tediosas» e inca-
paces de suscitar la excitación que da el tono a las lu-
chas por el poder.80 A propósito de Gran Bretaña, Ray-
mond Aron escribe en el mismo sentido: «A menos de
ser un economista profesional, se puede disputar, pero
no matarse por causa del servicio de sanidad gratuito,
del .volumen del fisco, o del estatuto de los aceros».81
Se ha discutido este punto de vista citando prefe-
rentemente el ejemplo de los Estados Unidos. Se admi-
te en general que el consenso cubre aquí un dominio
sensiblemente más amplio que en el caso de varios
países de Europa occidental: de ahí el carácter débil-
mente ideológico de los partidos americanos. Ahora
bien, a pesar de esta situación, un gran número de
electores testimonian una adhesión fiel a uno u otro de
los partidos. Según los especialistas, este sentido resul-

79. Referido por LIPSET, op. cit., p. 406.


80. Observemos que en los Estados Unidos la critica de la vida social
emprendida por los intelectuales de espíritu «avanzado• se ha desplazado
del sector político hacia los fundamentos socioculturales de la vida ame-
ricana (ver la obra de autores corno D. RIESMAN, Max Ll!NER, Vanee
PACKARD y Williarn H. WHITE). Según una cierta interpretación, este hecho
sería el signo evidente de la decadencia de la ideología política y la prue-
ba de que la vida política, reducida a elementos técnicos, pierde la mayor
parte de su atracción sobre las gentes.
81. L'opium des intellectuels, op. cit. p. 250.

76
taría de la imagen que los ciudadanos tienen de las dos
formaciones, puesto que el partido demócrata sería
considerado, por una gran parte de ellos, como el defen-
sor de los «débiles» y el partido republicano como el
portavoz de los «poderosos».82 Así, la «desideologiza-
ción» no provocaria necesariamente la supresión de fi-
suras partidistas. Algunos ven en esto igualmente el
efecto de una cierta madurez de la conciencia política
que progresivamente ha llegado a ser capaz de abordar
los prnblemas de la vida pública de manera directa y
no a través del prisma deformador de las ideologías.
Confesemos que el ejemplo de los Estados Unidos
sigue siendo difícil de interpretar. En este país, la exis-
tencia y la percepción de escisiones empíricas se acom-
pañan" normalmente con una débil participación, que
llega incluso hasta el dominio electoral. A simple vista,
parece preferible, por lo que hace a los países europeos,
partir de la relación habitual entre la intensidad de las
querellas ideológicas y la amplitud de la participación.
Sin embargo, librémonos de creer que la discusión idea-
lógica lleva consigo necesariamente una fuerte partici-
pación. Existen unas razones permanentes de absten-
cionismo en lo que se refiere a la política (riesgo social
del compromiso, particularmente), circunstancialmente·
más apremiantes en una fase de conflicto ideológico
grave que en período de apaciguamiento. En estas con-
diciones, ya no es tan fácil establecer una firme rela-
ción entre «desideologización» y «desparticipación», no
siendo esta última forzosamente -como con mucha
frecuencia se llega a admitir- el signo de la aparición
o, al menos de la profundización, de la primera.
Dicho de otro modo: la existencia de los conflictos
ideológicos no es necesariamente incompatible con la
apatía de los ciudadanos normales -de una gran parte

82. Véase sobre estas imágenes (especialmente sobre las modalidades


y la intensidad de su percepción) CAMPBELL (A.), CONVERSE (Ph. E.). MIL·
LER (W. E.), SroKES (D. E.), The American voter, Nueva York, Londres
1960, pp .. 42-63.

77
de ellos- ante la política. Tendríamos menos dificul-
tades para ,estudiar este fenómeno si conociésemos me-
jor el nivel habitual de la participación. ¿ Corresponde
la situación presente a un estado acentuado de «des-
participación»? :Éste es un punto sobre el que no existe
un acuerdo unánime. Si se compara 1950 con 1945, la
baja de temperatura política es notoria. Ocurre exacta-
mente lo mismo si comparamos 1950 y 1930 con 1900.
Tengo la impresión de que esta afirmación de descenso
es una ilusión que se atiene al hecho de que se parte
normalmente, sin darse demasiada cuenta de ello, de un
punto excepcional que representa simplemente un acci-
dente en una curva generalmente uniforme.
Al concentrarse sobre la actualidad, la ciencia polí-
tica se priva de la dimensión histórica; y por otro lado,
los historiadores se interesan poco en conjunto por el
tipo de problemas que se plantea esta disciplina. La
conexión « desideologización-desparticipación» pierde
su valor explicativo si la apatía de los ciudadanos en
régimen democrático adopta la apariencia de una ten-
dencia permanente ( eventualmente con erupciones de
fiebre política). Del mismo modo, empero, en esta hipó-
tesis no se puede negar que el apaciguamiento ideoló-
gico aporte un matiz particular al cuadro, modificando
si no la densidad, al menos el clima de las luchas polí-
ticas. Aunque sea normalmente una dedicación de mi-
norías -con composición más o menos reducida- la
vida política adoptará una fisonomía diferente según
la disposición de estós elementos entre sí y según los
principios que animen su actividad. Por lo demás, no
estamos en condiciones de afirmar -sobre la base de
datos precisos de sociología histórica- que la «desi-
deologización» no contribuya a reducir algo la partici-
pación en los negocios públicos, y no sólo de los ciuda-
danos, sino también de los mismos hombres políticos:
volvemos a tropezar así con el problema complejo de
la tecnocracia.
Abramos aquí un paréntesis para señalar que, según
otra escuela de pensamiento, el debilitamiento de los

78
partidos, esté ligado o no a la decadencia de las ideolo-
gías, lejos de producir el fin de las luchas políticas con-
tribuiría a darles unas formas nuevas con unos nuevos
actores. Insertados muy mediocremente en la vida so-
cial, los partidos se encuentran superados, ya que en
adelante lo esencial de su función representativa está
asegurada por los movimientos y asociaciones especia-
lizados que no han cesado de multiplicarse y de desarro-
llar sus actividades en la época reciente. ¿Sería esto,
por tanto, el retorno a un simple corporativismo? No;
porque estos grupos comprenderían que la satisfacción
de sus demandas se halla necesariamente subordinada
a la realización de una política de conjunto y que por
lo tanto deben contribuir entonces a la definición de
las opciones trascendentales. En definitiva, la decaden-
cia de los partidos en provecho de los sindicatos, agru-
paciones económicas, iglesias, etc., indicaría simple-
mente la transferencia y la extensión tal vez del domi-
nio político; en una palabra: lo contrario de la «despo-
litización», ya que sería el resultado de una tendencia
hacia la devaluación de lo político, debida a varios fac-
tores ya señalados ( carácter cada vez más técnico de
las decisiones políticas que hacen que excedan de la
competencia de la mayoría de los electores; progreso
del tiempo disponible que se dedica a las diversiones
y dificultades de los transportes que entorpecen cada
vez más la acción militante, etc.).
Semejante tesis, bajo aspectos nuevos -corriente
vaga más que doctrina rígidamente formulada- se li-
mita a volver a utilizar los antiquísimos temas de la
representación de intereses y de la democracia funcio-
nal. Esta concepción que pide la sustitución de los par-
tidos por los grupos, es típica de la confusión actual
del pensamiento político francés. En muchos aspectos,
está indiscutiblemente emparentada con las tendencias
ideológicas del gobierno de Vichy. Suponer capacitados
a los grupos especializados para dominar sus propias
reivindicaciones con objeto de adoptar una visión der
destino nacional, sería fundarse en una esperanza que

79
ninguna referencia histórica puede ser capaz de justi-
ficar. Ocurre que a pesar de tantas experiencias, la po-
sición que tiende a remplazar o a doblar el Parlamento
por un organismo seleccionado de acuerdo con una base
profesional, no deja de conservar partidarios, algunos
<le los cuales se proponen reforzar de este modo, por
medio de su renovación, la fórmula democrática. 83 En
el fondo, por su misma ambigüedad, esta tesis contri·
buye a señalar la importancia de los partidos en una
democracia pluralista. Pero tiene el mérito, totalmente
involuntario, por otro lado, de señalarnos la dificultad
que poseen aquéllos para adaptarse a los cambios ideo-
lógicos. El sistema francés de partidos debe tal vez su
extrema debilidad y su inestabilidad a la incapacidad
para realizar esta operación.

e) El apaciguamiento ideológico, incluso relativo,


parece susceptible de facilitar a los técnicos el acceso
al poder. Las consideraciones de eficacia alcanzan más
fácilmente una cierta preeminencia cuando se reducen
las pasiones partidistas. Aunque se disculpen de ello, !os
tecnoburócratas y expertos contribuyen con su acción,
y a veces con el único deseo de servir mejor al Estado, a
reforzar esta tendencia. La relación « desideologización-
tecnocracia» posee por lo tanto un alto grado de vero-
similitud. Al crear la expansión técnica, mediante un
efecto de retroacción, los elementos de una nueva deca-
dencia ideológica, cabe preguntarse si más allá de un
cierto sentido, el movimiento no se nutre de sí mismo.

83. Como por ejemplo, el Gran Consejo de las Actividades Nacionales,


-que según la construcción propuesta por J. RovAN (Une idée neuve: la
démocratie, op. cit.) sería una de las dos Cámaras del sufragio universal.
Esta concepción prevé también la formación de un Consejo Superior de la
Representatividad, que estaría encargado de conceder la • representatividad•
a los diversos organismos, incluidas las iglesias, deseosos de tomar parte
en el proceso gubernamental. Nos encontramos así con uno de los viejos
temas del reformismo político: la tentativa de reconciliar democracia re-
presentativa y funcional. Otro intento de conciliación se puede ver en
MENDils-FRANCE (P.) La República moderna, Aguilar, Madrid 1963 (especial-
mente cap. V). ·

80
Sin embargo, librémonos de interpretar este hecho
de forma unilateral. Es posible que la tecnocracia sea ella
misma un factor directo del eclipse de las ideologías,
más bien que la resultante de tal desvalorización. La
expansión de las tendencias e infiltraciones tecnocráti-
cas se realiza, por lo demás, bajo la cobertura de una
ideología que, situándose en la misma línea del indus-
trialismo,84 le confiere en alguna manera su legitimidad
histórica y social. Esta ideología, aunque confusa y va-
riada, posee sus propios temas, símbolos y vicios.85 Po-
dríamos, pues, admitir que la tecnocracia, una vez pen-
sada y sistematizada, contribuye a la transformación del
aparato ideológico y no a su supresión.
Es verdad también que el técnico olvida a veces los
límites de su misión, o incluso, puede que traicione el
espíritu: de su preferencia ideológica al inmiscuirse en
las luchas y controversias partidistas. Y esto de múlti-
ples maneras, por ejemplo, ocultando con su autoridad
moral una intención o un proyecto que sabe ha sido dic-
tado por unas consideraciones de partido. Como muchas
otras variedades de esta actitud, el apoliticismo del téc-
nico se reduce a menudo a una ilusión o a un pretexto.
Es probable que en la presente situación de las cosas
nos veamos arrastrados a exagerar el nivel de la «des-
ideologización» producido por la expansión de las mani-
festaciones, teóricas y prácticas, de la tecnocracia.
Observemos igualmente que la tendencia a valorizar
la eficacia técnica en detrimento de las controversias
políticas, es anterior a la época que muchos señalan
como punto de partida de la decadencia ideológica. Sin
remontamos demasiado, podemos tomar el ejemplo
de la Cámara de 1919, caracterizada por la presencia de

84. Una de las ideas políticas de Francia, según THIBAUDET (Les idées
politiques de la France, París 1932, cap. 111). El industrialismo evoca, es
cierto, la gestión del aparato estático por los mismos productores, por lo
que es difícil, a veces, distinguirlo del corporativismo. El tecnócrata, por
el contrario, se considera el gerente del mecanismo económico en nombre
del interés general. ·
85. Ver en la segunda parte, p. 327 la exposición de esta ideología.

81
6. - PROBLEMAS IDEOLÓGICOS
muchos ex combatientes, pero también por la accesión
al mandato parlamentario de un número apreciable de
«competencias» (industriales, financieros, administrado.
res ... ). Louis Barthou ha narrado con cierta crueldad el
fracaso de estos hombres eminentes que, según él, «ma-
taron» la idea de un Parlamento profesional. Muy pron-
to, escribe, los elegidos (es decir los «políticos») recu-
peraron sus derechos sobre los intrusos (entiéndase aquí
las «competencias»). No se debería interpretar la elec-
ción de éstos más que· como decadencia del predica-
mento de los diputados profesionales ante la opinión
( que depositaba su confianza, para asegurar la recons-
trucción económica, en unos hombres a los que sus ofi-
cios habían alejado de las intrigas partidistas).88
Es posible que Barthou, como buen político, haya
propendido a exagerar la ambición y los medios de estos
diputados que creían entonces «no hacer política». Fran-
~ois Goguel nota sin embargo la existencia, entre los
elegidos de esta Cámara, de una voluntad por «dirigir
los asuntos públicos como lo hubiera hecho el consejo
de administración de una gran sociedad».87 A pesar de
su carácter provisional, así como parcial, esta deca-
dencia de la ideología debía ser señalada. La tesis que
atribuye un carácter de mera actualidad a este apaci-
guamiento, ¿no testimonia demasiada indiferencia en
lo que se refiere a la dimensión histórica?
Otro índice que tiene las mismas características
consiste en la existencia de una fuerte corriente de
pensamiento, hacia 1930, que descansaba sobre la pla-
nificación o «planismo» (a veces se utiliza esta fecha
como punto de referencia para establecer la «desideo-
logización» actual de la vida política). Encontraríamos
múltiples ejemplos en una revista como Plans o incluso
en L'ordre nouveau. Mencionemos, en este sentido, el
documento llamado Plan du 9 juillet (publicado en 1934}

86. Le politique, París 1923, cap. 11.


87. La politique des partís sous la III• République, 3.• ed., París 1953,
p. 220.

82
en cuya redacción tomaron parte importantes entida-
des del Estado y personalidades que se consideraban a
sí mismas como apolíticas (miembros del grupo X-Crise).
Mencionemos también la obra de Marcel Déat, Pers-
pectives socialistes (publicada justamente en 1930): el
autor proponía en este documento un vasto plan de
reformas sociales al término de las cuales el Estado
sería remplazado por un estado mayor de gerentes-
técnicos. Podemos relacionar esto con múltiples co-
rrientes (neocorporativismo, neosindicalismo) cuyo ras-
go común consistía en afirmar la incapacidad de la
democracia política para realizar una organización ra-
cional de la producción; de aquí la voluntad vagamente
anticapitalista de reconstruir la sociedad sobre la base
de las . agrupaciones o sindicatos profesionales.
Los datos obtenidos de este modo de la vida inter-
na de los Estados considerados continúan siendo va-
gos y no autorizan a formular unas conclusiones claras.
¿Nos suministrará una lección más precisa el examen
de las condiciones de difusión de las ideologías occi-
dentales?

5. Ausencia de difusión del pluralismo ideológico

Es claro que los «nuevos» Estados afroasiáticos -a


los que se unen cada vez más los «antiguos» Estados
iberoamericanos- sienten poca atracción por los idea-
les sociopolfticos actuales de Occidente. Se trata de
actitudes múltiples que van desde la indecisión a la in-
diferencia, y que conducen, a veces, a un completo des•
precio y a un rechazo total. Por otro lado, es probable
que este movimiento de aversión o de repulsa sea más
riguroso por lo que se refiere a las jóvenes élites, im-
pacientes por la posesión del poder, que en lo que res-
pecta a los actuales gobernantes. Esta situación ¿no es
la contrapartida de la desvalorización de los conflictos
ideológicos que muchos autores occidentales consideran
que se ha logrado ya? Pero suponiéndola realizada, esta

83
especie de aturdimiento o, si se prefiere de beatitud,
se aviene mal con el comienzo de una larga carrera y
de un gran esfuerzo. El hecho de que se separen hoy de
nuestros modelos, ¿no es en definitiva el signo indirecto
de que hemos remontado la fase en que las luchas se
agudizan y son inevitables, para alcanzar la fase de
un relativo apaciguamiento?
Antes de seguir adelante, señalemos el aspecto vago
y confuso de las expresiones que se utilizan. Se habla
hoy mucho del «Tercer Mundo» como de una realidad
homogénea, e incluso de naturaleza monolítica; Pero to-
dos sabemos que la noción abraza de manera artificial
a elementos de una extrema heterogeneidad social y
económica, que contribuyen a resaltar, sobre todo en
Africa (bloque de los Estados llamados «moderados»
y de los denominados «militantes»), la oposición entre
el Este y el Oeste. Es cierto que posee, al menos por
el momento, una intención política unificadora, siendo
justamente uno de los elementos de esta mentalidad
la repulsa de las ideologías occidentales, o, si acaso, la
desconfianza hacia las mismas. En cuanto a las ideo-
logías «occidentales», no se trata de ideologías nacidas
en Occidente (entre las que habría que incluir el na-
cionalismo y el marxismo), sino de aquellas que las na-
ciones que se consideran políticamente occidentales se
atribuyen a sí mismas o, también, que se les atribuye
(democracia pluralista con rivalidades partidistas, eco-
nomías dirigidas por las fuerzas de la iniciativa priva-
da, y, en su caso, por la impulsión de los centros guber-
namentales, tentativa de igualación progresiva de la
condición humana, etc.).
Durante varios años, hombres de Estado y pensado-
res de Occidente (los primeros más numerosos que los
segundos) han luchado por modelar la vida política y
social de los jóvenes Estados con arreglo a los patro-
nes de las viejas democracias pluralistas de economía
desarrollada. Sobre la· base de la observación positiva,
pocos analistas se atreverían a negar que los resulta-
dos de la operación han sido generalmente malos y a

84
veces catastróficos.88 La causa ya está vista: nuestros
actuales esquemas no son adaptables fuera del medio
en que se han formado; así como tampoco fueron adap-
tables, por las mismas razones, los de 1830 (entre los
que convendría no olvidar el autoritarismo político-
social cuando critiquemos los métodos un poco toscos
de las jóvenes economías todavía en la fase de la acu-
mulación inicial).
Sin embargo, no todos los comentaristas occidenta-
les se muestran favorables a las nuevas concepciones
que aparecen en estos países. Así, por ejemplo, Da-
niel Bell juzga severamente las ideologías que animan
a los pueblos subdesarrollados (industrialización, mo-
dernización, panarabismo, raza y nacionalismo). Ideo-
logías .de espíritu estrecho ( parochial) y utilitario, in-
ventadas por hombres políticos en búsqueda del
desarrollo económico y del poderío nacional. ¡ Qué con-
traste, según Bell, con los ideales del siglo xrx: idea-
les de espíritu universalista y humanitario, tallados por
intelectuales que manifestaban un extraordinario afán
por la igualdad social y por un soplo de libertad! 89 For-
mulada así, esta requisitoria comporta pesadas injusti-
cias y produce un malestar real; sin embargo, a la luz
de numerosas manifestaciones recientes, parece difí-
cil poder rechazarla por completo.
Comparemos esta actitud demasiado unilateral con
el punto de vista moderado de Lipset, que se esfuerza
en aclarar las diferencias fundamentales de la situa-
ción de los dos mundos.00 El universo subdesarrollado
no ha ·alcanzado aún -y no lo alcanzará probablemen-
te en mucho tiempo-- el punto de apaciguamiento,
puesto que pueden surgir controversias ideológicas de
intensidad sobre los problemas de. la industrialización,

88. En Jo que concierne al Asia del Sudeste -donde algunos Estados


se han convertido, desde este punto de vista, desgraciadamente para ellos,
en auténticos laboratorios-, véase la obra ruda y saludable de Julien CHE-
VERNY, Eloge du colonialisme. Essai sur les révolutions d'Asie, París 1961.
89. Op. cit., p. 373.
90. Op. cit., p. 416.

85
de la situación de la religión, o de la naturaleza de las
instituciones políticas. En ningún caso la fórmula de
la muerte de las ideologías parece aplicable al mundo
subdesarrollado, y el destino final de los países que lo
componen permanece aún, en gran parte, confuso e
incierto.
Si se cree a diversos sociólogos occidentales, tales
controversias serían a la vez inevitables y deseables.
:É.ste es el caso de Lipset cuando declara que los alia-
dos de Occidente deben de ser «radicales» en estos países
y, probablemente, hasta socialistas, porque sólo los.
partidos que prometan extensas reformas sociales serán
capaces de luchar con éxito contra la expansión del co-
munismo. En todo caso, añade, su tarea se verá complica-
da por las secuelas del imperialismo y del colonialis-
mo. Por consiguiente, estos socialistas deben adoptar un
tono y unos métodos revolucionarios que sean capa-
ces de conducirles a inculpar a las «cabezas de turco»
( capitalistas nacionales y prestamistas extranjeros)
las inevitables dificultades y decepciones de la industria-
lización. No deben titubear en comprometer la lucha
contra el capitalismo, el imperialismo extranjero y el
crisfianismo (secuela principal de la dominación extran-
jera). Actuando de otro modo, los hombres que siguen
siendo en estos países partidarios y amigos de Occi-
dente, no harían sino facilitar el triunfo del comunismo.
Aunque estemos dispuestos a discutir alguno de
estos consejos, se debe aplaudir a Lipset el que se-
ñale que el apaciguamiento ideológico -o más general-
mente la configuración ideológica de nuestro mundo-
no es una mercancía de exportación. El hecho éle decir
en los países subdesarrollados que el socialismo está
«superado» o «pasado de moda» no haría sino acele-
rar el progreso de la ideología comunista ( siendo la si-
tuación tal vez la misma, lo veremos más adelante, en
los países desarrollados de Occidente). No obstante,
Lipset mantiene la esperanza de que la actual situa-
ción de los países subdesarrollados sea solamente una
fase de transición, eventualmente larga, y que más pron-

86
to o más tarde, después de haber resuelto a su manera
los problemas de la industrialización, conocerán un es-
tado de apaciguamiento de los conflictos. De este modo
la decadencia de las rivalidades ideológicas continua-
ría siendo la etapa final, la meta última, de la vía de ex-
pansión y de consolidación de las sociedades industria-
les.
Este razonamiento (cuyo último eslabón ha sido
deducido del texto de Lipset más bien que expresado
formalmente por él) es ciertamente coherente. Pero no
es plenamente convincente al reposar sobre la idea de
que las naciones subdesarrolladas -al menos las que se
separan del modelo soviético- seguirán en líneas ge-
nerales el modo de desarrollo occidental. Ahora bien,
es posiple, y algunos dirán probable, que estos países
acaben por encontrar, al precio de muchos sufrimien-
tos, de titubeos y de despilfarros, una vía original, even-
tualmente variada, que convenga más a su propia na-
turaleza y al espíritu del tiempo. En estas condiciones,
su repulsa a aceptar nuestras normas y métodos se
debería a un afán de radical innovación y no a la desa-
parición en nuestros sistemas de pensamiento de que-
rellas que conservan, por otra parte, su razón de ser.
Si nos atenemos, por ejemplo, a la situación de los
africanos, podremos observar que no poseen hoy nin-
. guna atracción hacia la condición de europeos de color.
Y así no consideran al Occidente como maestro y a
Africa como su discípula convencida. Aunque no sepan
exactamente hacia dónde dirigirse, rehúsan, al menos
muchos de ellos, considerarse ligados por la alterna-
tiva de democracia o comunismo.91 En el fondo, es
nuestro universo ideológico completo, con o sin la ten-
dencia al apaciguamiento, lo que el «Tercer Mundo»
-especialmente en lo que respecta a las jóvenes élites-

91. Ver JAHN (Janheinz), Muntu: l'homme africain et la culture néo-


africaine, traducido del alemán, París 1961. Para el estudio de un fracaso
de una ideología particular, ver CLAIRMONTE (F. F.), Economic liberalism
and underdevelopment. Studies in the [Link] an idea, Londres 1961.

87
declara no aceptar. Este sistema se rechaza, no porque
contenga elementos pacifistas -incompatibles con el
deseo de una expansión económica a todo precio- sino
en razón de sus inspiraciones fundamentales. La au-
sencia de irradiación del pluralismo ideológico no
podría servir de argumento a propósito de la querella
sobre la desvalorización de los conflictos, sino que los
dos fenómenos se sitúan en planos distintos· de ob-
servación y de razonamiento.
Resulta imposible emitir un pronóstico sobre la
evolución futura de los países subdesarrollados, dado
el estado de confusión e improvisación que caracteriza
aún a tantas experiencias nacionales. Será preciso mu-
cho tiempo todavía para que las grandes líneas del pa-
norama socioeconómico de estos Estados se aclaren y
se consoliden. La experiencia histórica nos suministra
muchas pruebas de un relativismo práctico, especial-
mente en cuanto a la elección de los medios, por lo
que resulta prudente rechazar a primera vista la hipó-
tesis de una divergencia en las conductas sociocultu-
rales relativas a la industrialización.
Insistimos intencionadamente en la rigidez del mar-
xismo, o mejor dicho, de los comentaristas de Marx.
Así ha podido suceder que algunos partidos comunistas
(incluido entre ellos el soviético) hayan ofrecido sig-
nos de «cristalización» ideológica respecto a posiciones
insostenibles. Pero, al lado de esto, existen ejemplos
de una extraordinaria habilidad en la adaptación de la
teoría a los hechos o, si se prefiere, en el empleo de los
medios tácticos adaptables a la realización de fines
estratégicos inmutables. A primera vista -y a pesar
de perspicaces observaciones de Lenin, que unía revo-
lución nacional y revolución social- el caso de al-
gunos de los nuevos Estados no encaja con facilidad en
el esquema que, a través de las contradicciones del ca-
pitalismo, conduce a la revolución socialista, y ello,
aunque estos Estados mantengan aparentemente las
relaciones más amistosas con el bloque soviético. Por
ende, durante la .conferencia de los 81 partidos (no-

88
viembre de 1960) apareció la exposición doctrinal de un
nuevo· tipo : el Estado independiente de democracia na-
cional.111 Se trata de una unidad cuyos rasgos principa-
les (pugna por el progreso social, papel activo en la
lucha de los pueblos por la paz, acci6n contra la polí-
tica de agresión del campo imperialista) justifican el
hecho de que los partidos comunistas locales les otor-
guen un firme sostén; lo que no excluye la necesidad de
mantener una gran vigilancia sobre los hombres que
se hallan en el poder. Estos factores explican también
que los países socialistas consideren un «deber inter-
nacional» sostener a aquellos países en su lucha y les
presten la ayuda más amplia, sobre todo en cuanto a
la creación de una industria nacional y a la forma-
ción de sus cuadros.
Ast estos Estados -entre los cuales, los teóricos
soviéticos incluyen en la época actual a Cuba, Ghana,
Guinea, la Federación Malí e Indonesia- se reintegra-
rían en la corriente de la historia. Por consiguiente, se
encuentra abierta, finalmente -sin que la Declaración
insista demasiado-, una nueva vía de acceso, ideoló-
gicamente legitimada, al campo socialista. Una vez más,
se revela la importancia que los comunistas conceden a
las ideas en la lucha política y, sobre todo, a la forma-
ción de sus tesis. Es cierto que éstos definen nuestra
época, no como una era de apaciguamiento de los
conflictos, sino como una fase de intenso combate ideo-
lógico.

* * *
En suma, las observaciones que hemos hecho su-
gieren una interpretación prudente de los diversos
hechos considerados (prudencia que impone, particular-
mente, la insuficiencia extrema de los conocimientos

92. El texto íntegro de la declaración ha sido publicado en el suplemento


del semanario Temps Nouveaux (Moscú), 1960, n.0 50. Se podrá encon-
trar igualmente este texto en el número de diciembre de 1960 de La Nouvelle
Revue Internarionale, pp. 157-203.

89
relativos a las conductas políticas del pasado). En un pri-
mer análisis, la tesis del apaciguamiento ideológico pa-
rece constituir una explicación coherente -pero con
grados diversos, por otro lado- de las tendencias exa-
minadas, y así constituir, por su misma existencia, una
prueba. Sin embargo, las relaciones que se puedan de-
ducir siguen siendo, en la situación actual de la discu-
sión, de naturaleza aún superficial. En varios de los
sectores en donde se presume que es una variable ca-
sual, la «desideologización» presenta también el aspecto
de un fenómeno derivado.
Así se explica que diversos autores se limiten a si-
tuar la decadencia de las ideologías paralelamente a
otros fenómenos, sin tratar de reunirlos mediante un
nexo sistemático. La desvalorización de los conflictos
ideológicos sería, pues, una tendencia más que añadir,
y de alguna manera en igualdad de condiciones, a los
elementos que parecen caracterizar la vida política.
Pero si se renuncia a probar el movimiento remontán-
•dose desde los efectos -al menos en Jos fenómenos con-
siderados por tales- a la causa, es entonces indis-
pensable hacer una demostración y una verificación
directa, que es precisamente lo que se omite.
En definitiva, partiendo de afirmaciones tajantes o
prudentes, sobre la decadencia de las ideologías, hemos
intentado en vano descifrar la realidad con la ayuda de
una especie de causalidad regresiva. Es necesario, pues,
volver a investigar el fenómeno abiertamente, estable-
ciendo sus características y su valor, y, en todo caso,
decir cómo se podría mejorar su conocimiento.

TENTATIVA DE VALORACIÓN DEL FENÓMENO

Sin querer presentar una valoración sistématica


-que en el estado actual de la documentación y tam-
bién de la teoría queda fuera de nuestro alcance--, tra-
taremos ahora de exponer algunos elementos para su

90
apreciación, así como de señalar algunas «pistas». La
finalidad de estas páginas es llamar la atención sobre lo
complejo del problema y sobre el aspecto simplista de
la mayoría de las formulaciones que se han establecido
del mismo.

1. Clima de la discusión

El estudio de la tesis del apaciguamiento no debería


disociarse de las consecuencias que sus expositores pre-
tenden deducir de ella. Ésta es una precaución indispen-
sable en ciencia política, en especial cuando el trata-
dista universitario posee también la cualidad de
publicista muy «comprometido». Sería pueril imaginar
que la· visión del mundo, cuya consolidación o· im-
plantación desea favorecer el polemista, no esté rela-
cionada en cierto modo con su interpretación cientí-
fica de la realidad o, al menos, no esté influenciada
por ella. El «compromiso» no puede sino desarrollar
la tendencia hacia una concepción parcial u «orientá-
da», que se halla presente en cada uno de nosotros.
Ahora bien; en nuestra materia, la consecuencia es
clara: la desvalorización de las ideologías, como expre-
sión de las conductas o aspiraciones habituales, acaba
considerando «caducas» o «pasadas de moda» las doc-
trinas o agrupaciones de partidos que se fundan, o di-
cen fundarse, en la oposición de los «ideales» en la so-
ciedad. En los países desarrollados, el marxismo, lejos
de desenvolverse en el «sentido de la historia» como
creen sus partidarios, se situaría, en todos los planos,
a contracorriente de la evolución que lleva a los hom-
bres de una manera espontánea e irresistible hacia
fórmulas de conciliación o de compromiso. Pero libré-
monos de tachar uniformemente de conservadurismo
estrecho a los defensores de esta posición, ya que la
mayoría admite, y algunos desean, éstablecer cambio~
sociales. No obstante, todos están de acuerdo en admi•
tir que los factores de la evolución actúan ya en un sen-

91
tido que perfecciona a la condición humana. De ahí la
inutilidad y el peligro de las tentativas que se dirigen
a promover una transformación radical y violenta. Y si
se prefiere una evolución gradual, ¿no se exagerará la
amplitud de un apaciguamiento que al mismo tiempo
garantiza el curso y permite controlar el ritmo de esfa
evolución?
En el terreno de las declaraciones de los hombres
políticos, se comprueba óptimamente esta relación con
los aspectos tácticos. Si hay que creer a Harold Mac-
millan, por ejemplo, los conservadores están realizando
lo que ya había soñado Disraeli : la formación de una
nación unida. En diez años de gobierno habrían conse-
guido suprimir una gran parte de los sentimientos de
frustración y amargura, invalidando de este modo a
los socialistas la parte esencial ¡ie sus argumentos. Vi-
niendo de un jefe de gobierno, la reivindicación de un
éxito de este tipo no debería sorprendemos (no obstan-
te, no se puede negar que los graves fracasos electorales
de los conservadores en la época reciente señalan el
carácter frágil de este éxito), pero ¿no favorecen la posi-
ción del partido conservador varios líderes laboristas
cuando sugieren hacer del Labour un simple partido de
oposición teniendo por misión proponer -sobre la base
del pleno empleo y del Welfare State- una política
de recambio un poco más expansionista e igualatoria
que la de los conservadores, aunque de idéntica ins-
piración? 93
Podríamos deducir del fenómeno una conclusión di-
ferente. Si la inocuidad revolucionaria de los partidos

93. Se puede consultar la colección fabiana («Socialism in the Sixties•,


R. H. S. CROSSMAN, Labour in the affluent society (Fabian Tract 325) y An-
thony CROSLAND, Can Labour win (Fabian Tract 324). En lo que respecta
a la influencia de la sociedad fabiana véase LEwrs (G. K.), «Fabian social-
ism: sorne aspects of theory and practice•, Journal of Politics, agosto 1952,
pp. 442-470; ARNOLD (G. L.), «Notes on fabianism•, Twentieth Century, ju-
nio 1956, pp. 536-548; [Link] (H. F.), (The Fabian Society and the British
Labour Party•, Western Political Quaterly, junio 1958, pp. 319-330. La obra
L'avenir du travaillisme. Nouveaux essais fabiens, traducido del inglés,
París 1954, continúa siendo de actualidad.

92
de izquierda parece haberse logrado para el futuro, y
si verdaderamente el juego político debe limitarse a
una dicotomía parecida a la que existe en los Estados
Unidos, ¿por qué no acelerar el curso de la evolución
cogiendo de los partidos de izquierda todo lo que po-
seen aún, al menos en potencia, de reformismo social?
Algunos dirán que esto es cosa hecha, mencionando,
entre otros signos, la convergencia de los manifiestos
de los conservadores y de los laboristas en las últimas
elecciones generales británicas (1959). Concordancia tan
manifesta que se ha forjado un término, el «bustkellis-
mo»; para designar la política respectivamente preco-
nizada por Butler y Gaitskell, que conduce a las iz-
quierdas y a las derechas hacia un denominador co-
mún : el centro. Pero sigue siendo poco discutible que
el Labour haya andado más trecho en este sentido.
El problema es más complejo cuando nos encon-
tramos, en la ruta del apaciguamiento, con un fuerte
grupo comunista. Prioret nos asegura que «no hay ya
en Francia clase, ni partido que esté decidido, al pre-
cio de derramar su sangre, a cambiar de forma revo-
lucionaria el régimen económico, lo que significa que
los franceses aceptan implícitamente el régimen capi-
talista».94 Si es así, y verdaderamente los comunistas
son ya, aunque ellos no lo sepan, unos simples reformis-
tas, no existe motivo alguno para tenerlos apartados del
juego político normal. Es posible que este punto de vis-
ta se, halle presente en ciertos autores que han tra-
tado de la teoría del apaciguamiento. Sin embargo,
podríamos apostar que se trata, en la mayor parte de
ellos, simplemente de una voluntad de mostrar a los
electores del partido comunista el carácter anacróni-
co de su afiliación.

94. Op. cit.

93
2. ¿Fin de las ideologías o unificación ideológica?

Los autores americanos hablan normalmente -aun-


que a veces, es cierto, con una inflexión interrogativa-
del fin de las ideologías. Esta fórmula se halla en rela-
ción con otro .fenómeno, del cual es, es cierta medida,
la condición necesaria : el consenso cuya existencia ca-
racterizaría particularmente a las democracias estabili-
zadas. Habiéndose incorporado esta palabra rápidamen-
te al vocabulario científico, conviene definirla brevemen-
te. El consenso manifiesta el acuerdo existente en el
seno de una sociedad en lo tocante a los valores que
presiden el gobierno de los hombres, recogiendo este
acuerdo, a la vez, las concepciones de la autoridad y los
objetivos que justifican su empleo.95 Es cierto que en
una sociedad en la que los hombres se ponen de acuer-
do (aunque sólo sea en las líneas generales y en las mo-
dalidades de ejecución) sobre los fundamentos de auto-
ridad, el método de elaboración de las decisiones y la
dirección gubernamental no puede quedar más que un
espacio reducido para las cuestiones sobre controver-
sias ideológicas. O, en otras palabras, el camino hacia
el consenso pasa por el apaciguamiento de las querellas
ideológicas.
No podemos juzgar aquí el valor de la descripción
corriente de la vida americana (la «desideologización»
no implica necesariamente la «desparticipación» ). Por•
el contrario, conviene rechazar la expresión utilizada,
pues lo que se presenta como el fin de las ideologías
es, cuando más, un fenómeno de unificación o de con-
formismo ideológico. Contrariamente a lo que dicen
los tecnócratas (ilusión o camuflaje) las opciones po-
líticas se reducen siempre, en último término, a una
concepción moral de la sociedad. No hay, por ejemplo,

95. Sobre estos problemas ver el conceptual scheme ofrecido por Sa-
muel H. BEER en la obra colectiva Patterns of government. The majar puli-
tical systems of Europe, Nueva York 1958, pp. 12-25.

94
un programa neutro para enderezar la situación finan-
ciera, pues aunque el margen de maniobra sea a veces
estrecho, existe espacio para una ordenación de los
sacrificios que no dependa del puro tecnicismo, sino de
opciones sociales. No hay elección política que no con-
tenga un elemento moral. Los Estados Unidos no tienen
tampoco por qué evadirse de esta circunstancia. La
máquina gubernamental americana no puede prescin-
dir de un criterio de referencia; poco importa, pues,
que se califique a este criterio con el término de «ideo-
logía», o con cualquiera otra expresión, como por ejem-
plo «cultura política».
Los autores franceses, al menos los que se sitúan
en una perspectiva científica, mencionan solamente la
decadencia o la desvalorización de las querellas ideo-
lógicas: Raymond Aron pone especial cuidado en especi-
ficar la persistencia de los conflictos «tecno-ideológi-
cos». En cuanto a Maurice Duver~er, se limita a señalar
la existenccia de una tendencia que, aunque tenga el
futuro por delante, encontrará todavía bastantes di-
ficultades. A la luz de un pasado de profundas divisio-
nes, sigue. siendo necesario un optimismo sólido para
prever el advenimiento eh este país de una especie de
unificación ideológica.96
Se podría inquirir si esta tesis no contiene una cier-
ta contradicción lógica. Se dice que los ciudadanos tien-
den a ponerse de acuerdo sobre el valor del pluralismo
político; pero ¿sobre qué reposará este pluralismo si,
justamente, las querellas ideológicas se atenúan hasta
el punto de desaparecer? Galbraith, a su vez, ha visto
bien el problema. A su juicio, una sociedad libre debe
permitir un cierto número de controversias políticas

96. Se encontrará en la obra citada en la nota precedente una exposición


de Nicolas WAHL relativa a las concepciones divergentes de la autoridad
en la tradición histórica francesa (pp. 216-234). Según Wahl, que peca
probablemente de generalizaciones audaces y un poco rápidas, la principal
enfermedad política de Francia es el resultado de un dualismo en estas
concepciones, pues mientras una parte de los franceses otorga su confianza
exclusivamente a la Administración, la otra lo hace a la Asamblea repre-
sentativa. ·

95
( que, según él observan curiosamente un volumen apro-
ximadamente constante). No bastando ya la política eco-
nómica para mantener el interés de los ciudadanos, y
especialmente el de los políticos, para los cuales el apa-
ciguamiento total de las pasiones significaría el «acabó-
se de la política», la energía disponible se ha desplaza-
do hacia los asuntos exteriores.97
La política no se reduce exclusivamente a unas ideas,
sino que pone en juego también intereses e idiosincra-
sias, a los que corrientemente las ideologías sirven de
justificación racionalizadora o de punto de apoyo. Por lo
demás, los políticos muestran gran flexibilidad en el
enunciado y en la utilización de sus divergencias .. Así,
por ejemplo, gobernando juntos desde hace varios
años, los dos grandes partidos políticos austríacos han
llegado -por necesidad según algunos artífices- a man-
tenerse en estado de rivalidad permanente ante el elec-
tor. 98 Sin embárgo, resulta difícil, a la larga, combinar
un auténtico pluralismo y una tendencia hacia la uni-
ficación o hacia el apaciguamiento ideológico. Desde
el momento en que las bases económicas del orden so-
cial están cubiertas por una aceptación unánime, las
disputas de intereses se reducen a meras cuestiones de
ajuste periódico y, por consiguiente, a luchas eventual-
mente serias, pero casi necesariamente fragmentadas.
¿Existe, empero, realmente la propensión al apacigua-
miento?

3. Limitación de la fase de observación


No se puede evitar que surja alguna duda cuando
comparamos la brevedad de la fase estudiada con la gra-
vedad. de las conclusiones que se han obtenido de ella.

97. La economía y el arte de la controversia, trad. cit., pp. 132-133.


98. Sobre esta experiencia, ver KIRCHHEIMER (Otto), cThe waning of
opposition in parliamentary regimes•, Social Research, verano de 1957,
pp. 127-156.

96
¿Hasta qué punto es legítimo fundar una nueva teoría
de la vida política en base a las apreciaciones que se
han realizado durante una decena de años? Aunque
las afirmaciones que conciernen al periodo presente
se revelasen exactas -lo que está lejos de demostrar-
se- sería aventurado concluir de ello que se trata de
un movimiento con cierto valor y no de una fase tem-
poral destinada a diluirse con la aparición de una nue-
va variable (por ejemplo, el acceso de las jóvenes ge-
neraciones a las responsabilidades).
Esta salvedad resulta particularmente necesaria si
se observa que varias de las afirmaciones que se han
hecho despiden un olor rancio, por lo que algunas pare-
cen bastante arcaicas (así, por ejemplo las diatribas
de A. Koestler contra la distinción derechas-izquier-
das ). En cualquier época hay personas que denuncian la
inutilidad y los defectos de las divisiones partidistas,
proclamando la necesidad de confiar el gobierno a un
hombre o a un equipo que se sitúe fuera o por encima
de tales rivalidades. Ahora bien, en estas ocasiones di-
cha ideología -inspirada en la preocupación del bien
público o en simples apetitos personales- consigue
siempre adeptos. En definitiva, al no tener una pers-
pectiva suficiente, ¿no presentamos como una idea nue-
va un fenómeno que no es sino el producto de la evo-
lución?
Vayamos más allá. ¿ Cómo interpretar la adhesión
a una filosofía autoritaria de las relaciones sociales y,
más aún, al movimiento que la sostiene? Sobre todo
en el segundo caso, parece difícil ver en ello un testimo-
nio de «desparticipación»; de este modo, el adherido
nazi, especialmente ante la toma del poder, representa-
ba todos los signos del militantismo. Por el contrario,
algunos han podido interpretar la adhesión a la id~o-
logía nacionalsocialista -una ideología que patroci-
naba sobre todo la acción, que reposaba sobre la fuer-
za bruta y que apelaba a las potencias oscuras del
ser- como una abdicación o una renuncia que se en-
cuentra en el lado opuesto de la elección ideológica

97
7, - PROBLEMAS IDEOLÓGICOS
habitual. De esta manera, el desarrollo de las ideologías
autoritarias, con su cortejo de aniquilamientos indivi-
duales, expresaría una forma particular de la deca-
dencia ideológica, una forma que se dirigiría a la
unificación mediante el terror. Esta posición, aunque
parezca tanto filosófica como moralmente discutible, se-
ñala con elocuencia la relatividad y la multiplicidad de
un fenómeno que se trata de juzgar a partir de uno solo
de sus aspectos.
Otro inconveniente del razonamiento limitado a un
corto período estriba en el peligro de considerar como
fenómenos duraderos ·aquellos que, por el contrario,
son susceptibles de cambios. Los fracasos sufridos
por el partido laborista en las tres últimas elecciones
en Gran Bretaña y que algunos han tendido, un poco
prematuramente, a considerar como · definitivos, han
contribuido mucho a reforzar la tesis del apaciguamien-
to. Como es sabido, éstos no se deben a una reducción
del núcleo central del electorado socialista, sino a la
imposibilidad para el partido de obtener la audiencia
suplementaria necesaria para conquistar la mayoría.
Para explicar esta impotencia, Léo Hamond ha formu-
lado la idea de la «prima en el poder», que consiste en
el crecimiento incesante de la categoría de los electo-
res intelectualmente no comprometidos en la política.
Este público, ideológicamente disponible, es una clien-
tela de excepción para el que, gobernando ya, pueda
aparecer como símbolo de la unidad nacional por en-
cima de los partidos (supra la reivindicación de Mac-
millan). De esta forma, se pasaría de un régimen que
pone en competición la posesión del poder a otro
que asegura la libertad de crítica y deja a la oposición
la posibilidad de influir, en vez de la simple esperanza
del relevo.99

99. «L'échec du travaillisme anglais. L'avantage du pouvoir», Esprit,


diciembre 1959, pp. 766-772. Sobre este problema, véase ABRAMs (Mark),
ROSE, (Richard), HINDEN (Rita), Must labour lose?, Hardmondsworth 1960
(Penguin Books). Según Abrams, la imagen del partido laborista como

98
A simple vista, esta noción parece apoyar la tesis
del apaciguamiento. Sin embargo; si se considera la
debilidad del margen electoral que separa a los dos
parttdos (cuyas consecuencias, según efecto bien co-
nocido, aumenta el régimen electoral en el reparto de
los escaños), la hipótesis de que en una coyuntura par-
ticular el partido laborista, restañado por las necesida-
des de la causa, recuperase el poder, no es ni absurda
ni inconcebible. Según esto, ¿por qué no se puede pen-
sar que la eventual prima en el poder jugaria en su
favor, permitiéndole resucitar nuevamente el refor-
mismo social y consecuentemente la querella ideoló-
gica?
Por último, cualesquiera que sean los fenómenos
que se observan actualmente, el deseo de interpretar-
los como una tendencia permanente depende más de
la creencia personal que del razonamiento positivo.
Pero, ¿cuáles son, precisamente, estos fenómenos?

- 4. Riesgos del razonamiento analógico


Admitamos que se observa en los Estados Unidos
una «desideologización» de carácter permanente. Pero
¿hasta qué punto podemos sostener, si es que se notan
en• Francia unos fenómenos análogos, que la idea del
apaciguamiento se está extendiendo en este país de
igual forma? Sin embargo, es banal señalar que los
americanos, al contrario de los europeos, han descon-
fiado siempre de las grandes concepciones doctrinales
y que no han construido nunca grandes sistemas de
pensamiento. Ya en los comienzos del siglo, lord Bryce

defensor de los oprimidos, ha perdido gran parte de su poder de atracción


en el actual contexto de Gran Bretaña. Rose concluye en parecida afirma-
ción al decir que existe un debilitamiento de la lealtad del elector labo-
rista frente a su partido, aunque señala que la situación podría cambiar.
Según los últimos sondeos de opinión pública que manifiestan un claro
avance del partido laborista, cabe preguntarse si esta modificación no se
está realizando ya (aunque el retomo actual se deba más que a un aumento
del prestigio de los laboristas, a los fallos e incapacidad de los con-
servadores).

99
notaba la ausencia de una filosofía política entre los
partidos americanos, que describía como desprovistos
de ideas sobre los problemas fundamentales. Notando
que el fin principal de estas agrupaciones era el de
procurar para sí y conservar los puestos del gobierno,
señalaba la desaparición de diferencias en la doctrina
y en las costumbres políticas. En suma, el razonamien-
to analógico, aplicado de buena fe, es un importante
procedimiento de investigación científica; pero emplea-
do de manera ilegítima o imprudente, produce las peo-
res faltas de interpretación.
No resulta imposible que la denominada decaden•
cia de las ideologías corresponda, en la experiencia
francesa, a una fase de transformación de la que sur-
girán unas determinaciones, si no nuevas, al menos re-
novadas. «En nuestro derredor no existen hoy más
que ruinas. Las ideologías que se nos han hecho "tra-
gar", los regímenes políticos que hemos tenido que
soportar, y cuyo espejismo se ha querido que conside-
ráramos como realidad, se convierten, unas y otros, en
pedazos», proclama Daniel Guérin, que recuerda esta
frase de Edgard Quinet (en 1865): «Hemos perdido
nuestro equipaje».100 Por consiguiente, para Guérin, se
trata de rehacer todo nuestro bagaje de ideas. Ello
implica una fase de replanteamiento, de duda, de escep-
ticismo, de repulsa ante la vinculación a las familias
espirituales existentes, que se asemeja a un período de
decadencia de las controversias ideológicas, si no fue-
se por su intención final.
Una situación como ésta no es ninguna novedad.
Bastará con evocar, según la fórmula de Jean Touchard,
«el espíritu de los años 1930».1º1 A distancia, la caracte-
rística intelectual de este período estriba en el enfren-
tamiento de múltiples grupos o camarillas -corriente-

100. Jeunesse du socialisme lil>ertaire, París 1959, p. 29.


101. En un importante estudio incluido en la obra colectiva, ya citada,
Tendances politiques de la vie fran1,aise depuis 1789, pp, 88-118 (intento de
clasificación de las corrientes y amplia bibliografía).

100
mente agrupados alrededor de una revista- con el fin
de renovar el pensamiento político francés. Estas
agrupaciones que exhibían concepciones muy diversas,
a veces efímeras, no tenían en común más que una re-
pulsa por el orden establecido y un embrión de volun-
tad revolucionaria ( que la impotencia gubernamental
por sacar al país de la crisis económica, aunque no la
hubiese suscitado, sí se encargaba de exacerbarla). La
«superación» de las viejas concepciones era ya Una
afirmación de moda y, también ya, algunos excelentes
pensadores llegaron a poner en duda la oposición clá-
sica derechas-izquierdas, o incluso la de capitalismo-
socialísmo. Touchard ve en estos años «una de las
épocas de sincretismo en que las oposiciones políticas
e ideológicas se difuminan, en que el espíritu de la
época es más importante que las distinciones tradicio-
nales entre las corrientes de pensamiento» (ob. cit.
pág. 89). Pero ignoramos si este ramillete de ideas de
toda especie ejerció una influencia profunda o si se
limitó a propucir una agitación superficial entre los
intelectuales.
Actualmente son múltiples los signos de una insa-
tisfacción semejante. Sin duda, las ocasiones y los
temas de la reflexión difieren de aquellos de los años
1930, aunque existan sobre ciertos puntos -crítica de
los partidos y exaltación de la organización profesio-
nal- varias curiosas. afinidades. Pero si se trata de
totalizar el conjunto de las ideas removidas y de los
programas confeccionados, el balance no resulta des-
preciable. La consigna de la superación ideológica tiene
siempre gran aceptación entre los altos funcionarios
que participan actualmente en el movimiento de ma-
nera más activa que sus predecesores (Patrie et Progres
y sobre todo el club Jean Moulin). Algunos sectores
considerados como amorfos manifiestan de improviso,
y con vigor, su presencia en el mundo moderno (Cen-
tro Nacional de los Jóvenes Agricultores).
Otros signos de esta efervescencia es la pluralidad
de las corrientes que aparecen en el seno de la Iglesia

101
católica y el deslizamiento hacia pos1c1ones «sociales»
de una parte de sus fieles. Mencionemos, por último,
el aumento de las formaciones, camarillas, revistas, en
derredor de las cuales han tratado de reagruparse los
partidarios del socialismo a los que no convence ni el
Partido Comunista, ni la S.F.I.O. Algunos dirán, tal vez,
que el período de 1930 fue más rico en oposiciones
creadoras; pero ¿no será esto querer magnificar el
pasado?
En tales épocas, es normal que la crítica de las
viejas ideologías esté más e~tendida y sea más signi-
ficativa que la formulación de los principios llamados
a sucederlas. Tal es, por ejemplo, el sentido de la
última obra de Jean Dubignaud y, más generalmente,
las posiciones adoptadas por el reducido equipo de la
revista Arguments,1°2 Desde los comienzos de su ensa-
yo, Dubignaud afirma la repulsa de las «simples ideas
podridas». Es poco probable que este libro -que no
aporta ninguna respuesta a los grandes interrogantes
de nuestro tiempo- ejerza una influencia importante.
Se le cita aquí, no obstante, como característico de
una cierta actitud marcada por la repulsa y la espe-
ranza. Contrariamente a las tesis sobre el apacigua-
miento de las ideologías, nuestro mundo no carece ni
de intelectuales, ni de ciudadanos para los que la so-
ciedad debe transformarse, pero a excepción de los
incondicionales del marxismo, no saben cómo promo-
ver este cambio sin que los resultados que se consigan
no contradigan sus intenciones.
En otras partes también, se observan testimonios
de un planteamiento de este tipo, siendo uno de los pro-

102. La obra de DuvIGNAUD tiene un título significativo: Pour entrer dans


le XX• siecle, París 1960 (pero la capacidad de construcción del autor no
se halla en consonancia con su ardor para destruir). Otro testimonio del
mismo malestar se puede ver en la obra de Edgar MoRIN, Autocritique,
París 1959. En la colección de Arguments, ver los números 8, de junio de
1958, sobre «La crise fran~aise»; 16, cuarto trimestre de 1959, «Perspectives»;
20, cuarto trimestre de 1960, «Les intellectuels». Sobre este punto; es con-
veniente leer el opúsculo de D. MAscow, Lettre polonaise sur la misere in-
tellectuelle en France, París 1957.

102
blemas principales el que consiste en saber si los
ideales de Occidente tienen la talla necesaria para
afrontar el «desafío» comunista.103 El mismo viejo li-
beralismo no escapa a este soplo de rejuvenecimiento.
De esto resultan obras de contenido diverso, pero entre
ellas alguna testimonia un evidente afán de renovación
ideológica, pareciendo capaz de sacudir la indolencia
que los sostenedores del apaciguamiento declaran o
desean duradera, o mejor aún, definitiva.104

103. Citemos, entre otras muchas, dos pequeñas obras con conclusiones
finalmente optimistas: CATLIN (Georges), What does the West want. A study
of political goals, Londres 1957, y KOHN (Hans), Is the liberal West in de-
cline?, Londres 1957. Para Catlin, el Occidente está todavía en condiciones
de no perder la • batalla del espíritu», siempre que realice las revisiones
que se imponen. Del mismo modo, Kohn estima que el Occidente, aunque
ya no pueda dirigir el mundo, es capaz de tener un papel de moderador
y de guía espiritual. Si nos circunscribirnos al sector propiamente filosófico,
un rasgo llama la atención del espectador: la diversidad y la disparidad de
las corrientes y de las escuelas. Los marxistas ortodoxos ven aquí el signo
de la irremediable decadencia del pensamiento burgués. Véase lRmAD!.U:OV
(Nicola1), «Le rnarasme de la philosophie bourgeoise conternporaine•, Nou-
velle Revue Internationale, enero 1960, pp. 49-63. Pero ¿es posible disociar
la creación intelectual de la aspiración pluralista?
104. No insistiremos aquí sobre el mediocre ensayo de Walter UPPMANN,
Crépuscule des démocraties?, París 1955, que expresa en un estilo frecuen-
temente confuso un cierto número de lugares comunes y de proposiciones
de reformas totalmente banales. Ocurre lo mismo a pesar de su peso mate-
rial, con la última obra de Friedrich A. HAYBK (Los fundamentos de la
libertad, Fomento de Cultura, Valencia, 1961, la cual no aporta ningún
nuevo elemento en relación con los trabajos más antiguos del autor, a no
ser una curiosa profesión de fe: «Por qué no soy un conservador•. No hay
que decir que el argumento del • milagro alemán» se utiliza en apoyo de
un liberalismo que conserva todo su sabor dogmático. Por las preguntas
que suscita, la obra de Salvador de MADARIAGA (De l'angoisse a la liberté. Pro-
fession de foi de un libéral révolutionnaire, París 1954) constituye el testi-
monio de una confusión, pero es mucho más sorprendente que una expo-
sición doctrinal indiferente a las corrientes profundas de nuestro siglo.
La obra más interesante de esta serie es la de WATSON (George), ed. The
unservile state. Essays in liberty and welfare, Londres 1957, cuyo terna
principal es el de las relaciones entre «libertad• y •bienestar•; de la con-
ciliación entre la libertad política y el Welfare State. La preferencia de los
autores -que son los principales teóricos del partido liberal británico--
se dirige hacia una descentralización de la autoridad que permita se afir-
men las iniciativas y las responsabilidades. El Unservile State Group pu-
blicó hace dos años un folleto de Alan T. PEACOK, The Welfare Society, Lon-
dres 1961. La expresión Wel/are Society que sustituye a la de Welfáre State,
quiere manifestar, sin equivocas, que debe ser reducida la parte de las
necesidades asegurada por los servicios públicos. El verdadero papel del
Welfare State, dice A. Peacok, debe consistir en enseñar a los ciudadanos
cómo pueden pasarse sin él.

103
Muchas ideas debatidas de esta forma se revelan dis-
paratadas, sin hablar ya de aquellas otras que son muy
vagas. Algunos de sus autores no valoran en su justa
fuerza de sujeción los imperativos de la civilización in-
dustrial. Los sistemas que se proponen tienen general-
mente poco en común, a no ser una profunda insatis-
facción hacia estas estructuras sociales, cuya evolución
actual explicaría para algunos la desvalorización de
los conflictos ideológicos y en último término lle-
garía hasta legitimarla. Es posible, pues, que el apaci-
guamiento actual corresponda a una pausa, pero ¿ cuá-
les son precisamente sus dimensiones?

S. Dimensiones del fenómeno


Sobre la base de diversas informaciones -de las
que nunca se afirmará suficientemente su carácter su-
perficial y fragmentario-, parece posible deducir la
existencia de una relativa desvalorización de los con-
flictos de ideas. Algunos índices (entre ellos una cierta
extensión de la tolerancia) sugieren una modificación
de los debates políticos. Aunque se analice el movi-
miento como si fuese un estancamiento provisional o
un accidente coyuntural, debe de ser también tenido
en cuenta. En todo caso, es probable que se le conceda
en varios medios una excesiva significación.
La observación es válida para lo que se denomina,
no sin algo de desdén, viejas querellas o indignaciones
ideológicas. Tal vez sea peligroso, por ejemplo, subes-
timar la importancia de la escisión que se funda en la
religión: ¿por qué clase de milagro este fenómeno,
que a lo largo de la historia no ha cesado de provocar
consecuencias políticas, habría de adquirir, incluso en
los países comunistas, una coloración neutra?
Evoquemos ahora, en sus últimas encarnaciones,
al racismo. Sería necesario un optimismo excepcional
para declarar que la era de las discriminaciones ra-
ciales, con sus secuelas en la vida pública, pertenece

104
ya a un tiempo superado. Y un último ejemplo: el
apaciguamiento de la querella modernización-protec-
ción del pasado provocado por la desaparición progre-
siva de la segunda de estas actitudes. Parece impru-
dente anunciar el fin de esta discusión, pues a menos
de imaginar el tránsito a una sociedad estacionaria,
debemos admitir que cada etapa, y por decirlo así,
cada progreso, suscita brotes de resistencia. Los ele-
mentos motores del ayer tienen en su hoy una misión
de freno.
Estas querellas están tal vez pasadas de moda, o,.
desde el punto de vista de Sirius (lo que es decir, de
los salones parisienses) son absurdas. Pero hasta aho-
ra no se ha demostrado que el ciudadano sincronice
su reloj necesariamente con el del intelectual. Sobre
este punto, la dosis de wishful thinking que contiene
la tesis del apaciguamiento parece muy pesado. Cua-
renta años después de la Revolución de Octubre, los
campesinos continúan testimoniando, en la Unión So-
viética, unos comportamientos específicos que deben
ser tenidos eri cuenta obligatoriamente por el régi-
men. En el caso de una organización pluralista de la
sociedad -ésta que nuestros doctrinarios estiman que
se ha conseguido definitivamente-, los agricultores
encontrarían rápidamente el medio de constituir un
grupo que tuviese sus propios ideales y normas de
conducta.
Las ideas de una sobreestimación del apacigua-
miento es válida para la ideología comunista. Los sus-
tentadores del apaciguamiento final razonan como si
el partido comunista fuese semejante en todas las fa-
cetas a los demás, y se encontrase, por ende, llamado a
sufrir progresivamente la misma mutación que los par-
tidos socialistas, bien por el efecto normal de las ten-
dencias oligárquicas y de. la torpeza propia de los apa-
ratos burocráticos, bien por el debilitamiento de su
base ideológica a medida que los artículos importantes
del programa pasan a plasmarse en hechos ( de aquí la
itlea de que se podría acelerar el movimiento -y por

105
ello debilitar el partido- intensificando el reformismo
social y elevando el nivel de las masas). Hace algunos
años, ciertos calculadores evaluaban el número de los
electores que sería posible sustraer al partido comu-
nista por medio de una inteligente política social. Hoy
se nos explica que estos electores, obsesionados por
evadirse de la realidad, se hallan virtualmente neutra-
lizados.
Estos análisis no dejan de tener su fundamento,
puesto que los dirigentes comunistas conocen bien los
peligros que corre un partido revolucionario en una
sociedad que se orienta hacia el disfrute material (a
condición, en todo caso, de que la adquisición de los
bienes sea muy extendida). Pero es preciso no olvidar
dos fenómenos que cuadran mal con la exposición pre-
sente. El marxismo es una visión total de la humani-
dad y cuyo fin último radica en la «construcción del
hombre nuevo», según la expresión acertada de Jean
Lacroix.105 Ahora bien, es dudoso que la evolución
-actual de la sociedad provoque e incluso facilite esta
regeneración del hombre que confiere a la ideología mar-
xista su significación más profunda. Identificando la
moral y la revolución, el partido se encuentra en algu-
na manera destinado a una lucha absoluta contra el
capitalismo cuya aceptación eventual del reformismo
no podría ser más que un aspecto táctico.
Añadamos -es una comprobación fundamental-
que los partidos comunistas occidentales no están solos,
puesto que constituyen los elementos de un conjun-
to que, a pesar de las graves contradicciones y tensio-
nes chino-soviéticas actuales, bascula con una fuerza
que se acrecienta sin cesar, sobre el destino de la
humanidad. Se exagera normalmente no sólo la inte-
ligencia táctica de este bloque, sino también el aspec-
to de «conspiración» del movimiento. Se trata, sin

105. Marxismo, existencialismo, personalismo, presencia de la eternidad


en el tiempo. Fontanella, Barcelona 1962, p. 5. El capítulo I, «El hombre
;marxista», es excelente.

106
embargo, de un sistema cuyos diversos componentes
respetan un cierto orden en la maniobra, al mismo
tiempo que reciben, del centro que consideran como
tal, apoyo e impulsión. Al no vislumbrarse hoy un
reflejo del movimiento, se llega a veces a pronosticar
su desintegración interna; pero esto es una afirmación
un tanto osada.
Estas observaciones no conceden a la expansión del
comunismo de modelo soviético, ningún carácter de ne-
cesidad histórica. Señalan, simplemente, que la lucha
no ha terminado y que la eventualidad de una ruptura
del orden establecido, no deberá necesariamente excluir-
se por la aceptación generalizada de cualquier clase
de reformismo social. Aunque tenga unos aspectos tác-
ticos,_ no se puede privar a esta lucha de una armadura
ideológica; por ello, seguirá siendo desigual, si conti- -
nuamos oponiendo a unas ideas morales defendidas
por una poderosa organización, refrigeradores, pares
de zapatos o metros de tela.
La necesidad de un programa ideológico, frente a
tensiones externas y en reacción a las presiones sufri-
-das, no encuentra su fuente sólo en las actividades del
mundo comunista. El despertar de la conciencia de
los países subdesarrollados, se efectúa con frecuencia
sobre la base de un antioccidentalismo desenfrenado,
habiendo escogido ya sus consignas en los temas «neo-
colonialismo» y «neoimperialismo». Muchos occidenta-
les, sin embargo, estiman que el apaciguamiento nacerá
de la madurez y del acceso a la prosperidad material.
Este optimismo contiene una buena dosis de utopía, ya
que las dificultades de la acumulación inicial y el em-
puje demográfico deberán normalmente reducir la ex-
pansión del bienestar en los países desfavorecidos. ¿ Es-
tán dispuestos los Estados privilegiados -de número
tan pequeño- a aceptar la institución de un impuesto
cósmico de tipo progresivo?
Al ser considerados nuestros países como fieles al
pluralismo político, deberán sufrir el choque de estas
tensiones que corren el riesgo de provocar -y de

107
hecho ya están provocand~ unas esc1s1ones ideoló-
gicas (yendo bastante más lejos que una simple oposi~
ción a propósito del colonialismo clásico). En otros tér-
minos, nuestras sociedades no dominan el índice de
controversias ideológicas que pueden admitir en su
seno. La tesis del apaciguamiento peca· de optimismo
cuando permanece indiferente a estas virtualidades
( considerando, por ejemplo, que las ideologías de los
pueblos subdesarrollados conciernen únicamente a
éstos).
Se puede también formular la pregunta de si no
ocµrre lo mismo en lo que se refiere a los fenómenos
puramente internos. Entre las sugerencias presentadas
en las discusiones sobre la realidad del apaciguamiento,
una de ellas merece una especial mención : el análisis
de la cuestión, ya no en conjunto, sino por problemas.
La idea consistiría en que la «desideologización» que se
ha observado en ciertos sectores sería contrapesada, y
tal vez compensada en otros, por un movimiento de
sentido inverso.
Citemos, por ejemplo, la gestión de las colectivida-
des locales. Agudos observadores estiman que en la épo-
ca contemporánea, esta gestión se encuentra sometida
a una intensa «politización». Así, en Gran Bretaña se
ha considerado desde hace tiempo que las elecciones
nacionales y locales no tenían la misma naturaleza, a
pesar de que, en su lucha, los partidos utilicen la mis-
ma «etiqueta». Hoy existen unas relaciones tan estre-
chas entre los municipios locales y Whitehall, que los
asuntos locales se encuentran cada vez más condicio-
nados por lo que ocurre en el sector central. La gestión
de las colectividades locales estaría afectada, pues, en
proporción creciente por la división ideológica. En Ita-
lia se habla de elecciones «administrativas» cuando se
trata de elegir a las autoridades locales, pero cualquiera
sabe, sin embargo, que las consultas tienen un carácter
eminentemente «político».
En algunos países occidentales, los comunistas po-
seen una apreciable cantidad de alcaldes. Así, se estima

108
que en Italia son dueños, junto con sus aliados del
partido de Nenni, aproximadamente de una cuarta par-
te de los municipios. Esto constituye indiscutiblemente
una base para la acción, y a veces unos bastiones, en la
lucha por la consolidación y la expansión de la clientela
del partido. He aquí algunos puntos de la actividad que
ejercen los comunistas italianos en este plano: política
de obras públicas; lucha contra el paro y ayuda a las
clases medias; requisa de las empresas clausuradas y
atribución provisional de su gestión a cooperativas
obreras; lucha por la reforma de la legislación fiscal,
transfiriendo el peso del impuesto indirecto de los obje-
tos de primera necesidad a los objetos de lujo; lucha
contra las empresas de energía eléctrica por medio de
medidas contra las tarifas que se juzgan demasiado ele-
vadas;· creación de farmacias municipales y, más gene-
ralmente, esfuerzo por asegurar la «municipalización
de los servicios públicos», etc. Naturalmente, no hay en
Italia una sola asamblea local donde por iniciativa de
los comunistas o de sus aliados no se haya discutido en
un momento o en otro algún problema político can-
dente, como el llamamiento del Movimiento de la Paz
para la prohibición y detención de los ensayos nuclea-
res, la cuestión de las bases militares extranjeras, el
peligro de guerra y el rearme alemán, aumentando la
magnitud de estas cuestiones lógicamente cuando los
comunistas son dueños del orden del día.
Es posible que este desmonte de la «tendencia» por
problemas nos permita unas fructíferas comprobacio-
nes. Entre las hipótesis que se podrían entonces some-
ter a verificación figura la de una «desideologización»
consecutiva a la ampliación de las funciones de la má-
quina gubernamental. La lucha se produciría --even-
tualmente de forma violenta- sobre el principio mismo
de esta extensión (por ejemplo, las nacionalizacio-
nes); pero una vez franqueado el paso, se atenuaría por
causa de la importancia de las consideraciones técnicas
en la gestión (y también por la actitud de los hombres
de negocios que estarían interesados en volver a ganar

109
una parte del terreno perdido). ¿No se debería el movi-
miento observado, por esencia, a que los nuevos secto-
res de la intervención estatal se prestan menos que los
antiguos y tradicionales al combate ideológico? Por el
momento, esto no es más que una sugerencia.
Según otros autores, la «tendencia» ganaria al des-
componerse por sectores y, en su caso, por grupos orga-
nizados. Se percibiría entonces probablemente que la
lucha ideológica sólo se ha desplazado (por ejemplo, los
sindicatos británicos y la renuncia unilateral a las ar-
mas nucleares). En esta vía, sería preciso proceder a
un análisis detallado, es decir, diferenciador de los me-
dios en cuestión. Así, resulta que en Francia, según
Marce! David, la «despolitización» (dentro de la cual se
puede incluir, hasta cierto punto, la «desideologiza-
ción») alcanzaría ante todo a los inorganizados, a la
masa, a los simples. obreros, mientras que por el con-
trario este movimiento no se extendería o, afectaría
menos, a los trabajadores organizados, a los militantes,
y a los obreros especializados. 106
Hemos criticado vivamente la posición que p,reco-
niza, o considera como ya realizada, la sustitución de
los partidos por las agrupaciones socioprofesionales.
Este punto de vista no impide en modo alguno inves-
tigar si, efectivamente, estos grupos poseen en la lucha
ideológica una importancia probablemente mayor que
otras veces ( cuestión de las organizaciones estudianti-
les por ejemplo). Sin querer prejuzgar los resultados
de un estudio que queda por realizar, digamos que la
transferencia sugerida debería ser objeto de una veri-
ficación particularmente minuciosa. En lo que concier-
ne a los sindicatos obreros principalmente, seria conve-
niente examinar su grado de autonomía en el desenca-

106. «Le monde ouvrier», La dépolitisation, mytlze ou realité? op. cit.,


pp. 213-249. Consultar también ON0FRI (Fabrizio) Classe operaia e partito,
Bari 1957, así como la obra colectiva (publicada bajo la dirección de Léo
Hamon) Les nouveaux comportements politiques de la classe ouvriere, Pa-
rís 1962. Ver, por último, DOGAN (Mattei) «JI comportamento politico degli
operai francesi», Tempi nzodemi, abril-junio 1962, pp. 3-28.

llO
denamiento de campañas ideológicas o su participación
en semejantes empresas. Sería igualmente necesario
evaluar la adhesión efectivamente demostrada por el
conjunto de los miembros en las proclamas y consignas
de los dirigentes.
Falta por tratar un último punto: el establecimiento
de una distinción entre la forma y el fondo de la lucha
ideológica. En este momento del razonamiento intervie-
ne una noción que podríamos calificar como el «estilo
de la política». Existe hoy en numerosos medios una
tendencia a atribuir a las luchas políticas un carácter
en cierto modo civilizado. Esta tendencia sería particu-
larmente manifiesta, se dice, en el Congreso americano,
puesto que allí el político se esfuerza por ofrecer al
público la imagen de un «buen camarada», desprovisto
de agresividad. No es necesario desechar la idea de que
estas nuevas maneras sean la consecuencia del apaci-
guamiento de las rivalidades, o que acaso contribuyan
a esta decadencia (papel del tuteo en los medios parla-
mentarios tradicionales de Francia). El estilo es signi-
ficativo. del fondo y contribuye a darle forma. En esta
perspectiva, es interesante observar que los diputados
comunistas franceses han seguido siempre un compor-
tamiento especial en la Cámara. De este modo, no tie-
nen la costumbre de «hacer pasillo» y siguen siendo
ajenos a ciertas formas de gregarismo parlamentario.
Conviene, empero, no asimilar apaciguamiento del
estilo y desvalorización de las escisiones ideológicas. La
extrema cortesía del parlamentarismo británico (por lo
menos, en general) así como la atención que se presta
allí a la minoría en sus puntos de vista, favorecen a
veces el nacimiento de un clima de compromiso, o al
menos de mutua comprensión. Pero sería un error de-
ducir de esto la inexistencia o debilidad de los motivos
de oposición. La corrección más exquisita en la defensa
de un programa no excluye necesariamente la mayor
firmeza en lo que respecta al fondo.

111
6. Sugerencias para análisis ulteriores
Va siendo el momento de concluir esta exposición,
que en definitiva ha valido al lector para proporcio-
narle más bien ciertas sugerencias que no afirmaciones
concretas. Sin embargo, a pesar de las convenciones
que impone el cuidado de evitar generalizaciones pre-
surosas, nuestra posición puede resumirse fácilmente
en algunas fórmulas. Existe hoy día en nuestras socie-
dades una tendencia a la desvalorización de los conflic-
tos ideológicos, una especie de reducción de la intensi-
dad de estos conflictos. Por diferentes motivos, sobre
los que volveremos más adelante, algunos observadores
han exagerado la amplitud de esta tendencia, siendo
uno de sus errores el establecer una clara oposición
entre el pasado (punto de referencia) y el presente,
mientras que probablemente se trata en la realidad de
un simple deslizamiento de escasa amplitud.
Un punto parece, empero, apoyar esta tesis: la de-
bilidad de la participación en la vida política de las
sociedades industrializadas. Como alguien ha dicho, no
se ha probado que la situación actual sea fundamental-
mente diferente de la de ayer. Aunque en Francia, por
lo menos en la época reciente, no sea inverosímil la
hipótesis de una cierta «desparticipación». Después de
todo, son numerosos los filósofos o sociólogos que nos
han prevenido sobre el carácter necesariamente oligár-
quico o minoritario de la gestión de los asuntos pú-
blicos.
Las investigaciones que permiten verificar y preci-
sar estas modestas conclusiones continúan estando, so-
bre todo en Europa, casi enteramente por hacer. Los
datos existentes son generalmente inadecuados para tal
objeto, como por ejemplo los elementos disponibles
para la sociología electoral tradicional. El depositar la
papeleta en la urna no nos enseña nada de la inten-
sidad con la que el elector detecta la lucha ideológica
(sobre todo si se admite que el voto es normalmente la

112
simple expres1on de una obligación cívica). No se de-
bería excluir el hecho de que el ciudadano -deseoso de
no abstenerse- se pronuncia eventualmente, mediante
una especie de constricción sutil, por una agrupación
en la que no tiene más que una relativa confianza. Di-
versos sondeos efectuados en Francia han enseñado
que esta hipótesis corresponde a la realidad. Para avan-
zar más en este sentido, sería necesario -probable-
mente basándose en largas entrevistas- analizar el sen-
tido y la naturaleza del compromiso adquirido por el
militante o la adhesión manifestada por el elector (es-
pecialmente el grado y los motivos de la identificación
a un partido, utilizando un término de la sociología
americana).107 Tales estudios, cuya gran dificultad sigue
siendo la de expresar cuantitativamente unos datos
esencialmente cualitativos, nos suministrarían, incluso
no siendo perfectos, una base preciosa para el estudio
de la intensidad de las pasiones públicas, pero la «re-
conversión» de la ciencia política hacia los análisis si-
cológicos no se ha intentado más que parcialmente.
Otra vía de acceso a este conocimiento podría ser
el análisis profundo de los procesos de decisión en los
diversos niveles de la vida pública y paraestatal (empre-
sas económicas del Estado). El análisis del comporta-
miento de los hombres responsables de las elecciones
de objetivos nos abriría sólidas perspectivas sobre la
parte de los factores ideológicos en las motivaciones.
El estudio del papel de los técnicos se saldría por fin
del marco de las vagas generalidades entre las que se
debate aún. Pero, fuera de los Estados Unidos, el análi-

107. Parece que la puesta a punto de esta noción de «identificación• se


debe a los investigadores del Survey Research Center ( del lnstitute for
Social Research de la Universidad de Michigan). Se encontrará en Angus
CAMPBELL, Gerald GuRIN, Warren E. MILLER, The voter decides, Evans-
ton (111.) s. f. (capítulo VII), una primera discusión profunda de este
concepto -principalmente a la luz de la elección presidencial de 1952. Para
una aplicación en un dominio antiguo, véase Euuu (H.), «ldentification with
class and political role behavior», Public Opinion Quartely, otolio de 1956,
pp. 515-529.

113
8. · PROBLEMAS IDEOLÓG[COS
sis de la decision-making se encuentra todavía en la si-
tuación de proyecto o de esbozo.
No sería tampoco inútil estudiar sistemáticamente
(y dentro de lo posible cuantitativamente) las procla-
mas de los hombres políticos (tanto octavillas electo-
rales como declaraciones ministeriales), así como el
contenido de los debates parlamentarios. Desde esta
misma perspectiva, el estudio de la prensa suministra-
ría materiales útiles, a condición de no olvidar que las
diversas secciones de un diario no tienen necesaria-
mente el mismo eco. Como es sabido, por ejemplo, las
«noticias locales» tienen frecuentemente dos o tres ve-
ces más lectores que los editoriales.
Se podrían deducir sin dificultad otras «pistas». 108
Pero si existía alguna duda en el comienzo, el lector
sabe desde ahora que las afirmaciones importantes so-
bre el apaciguamiento ideológico no reposan ya sobre
una base científica indiscutible. Es ciertamente posible
confiar en un golpe de suerte que permita, mediante la
intuición, deducir una generalización válida. Pero, a pe-
sar de ello, no debemos inclinarnos hacia este procedi-
miento.
Tal es el estado del problema en el nivel de la valo-
ración del fenómeno. Es posible que las explicaciones
dadas por los sostenedores de la tesis del apacigua-
miento contribuyan a aclararnos más su significación
y difusión. Ha llegado el momento de dar cuenta de
ello.109 ·

108. Ver, por ejemplo, la interesante encuesta de la revista Tempi modcr-


ni, sobre el tema «Valori e miti nella societa italiana dell'ultimo ventennio
(1940-1960)•. Las respuestas han sido publicadas en los números de enero-
marzo 1961 (pp. 23-62), abril-junio 1961 (pp. 23-54), julio-septiembre, 1961
(pp. 25-79) y octubre-diciembre (pp. 17-45).
109. Existen muy pocas obras sobre el análisis de los conflictos de
ideas en el mundo contemporáneo. Mencionemos el reciente volumen de
Edward McNALL BURNS, Ideas in conflict. The political theories of tite
contemporary world, Nueva York 1960. Este libro no carece de solidez ni
de claridad, sin embargo el cuadro de clasificación que adopta y la dis-
tribución de las diferentes corrientes en el interior de los grandes apar-
tados merecen numerosas reservas.

114
II

NATURALEZA Y VALOR DE LAS EXPLICACIONES


DEL APACIGUAMIENTO

El análisis de la amplitud y de los límites del apaci-


guamiento ideológico ha tenido como principal resul-
tado señalar la complejidad de este fenómeno y reve-
lar, entre los partidarios de esta tesis, una tendencia
que en vez de tratar de probarse, se limita a ser simple-
mente afirmada. Una de las mayores dificultades de la
valoración preside, como hemos indicado ya, en la
ausencia de estudios de sociología política sobre fenó-
menos del pasado, pues no hay que decir que los tra-
bajos de los historiadores responden en general a otras
preocupaciones.
Ahora bien, las explicaciones que se citan con más
frecuencia tienen como rasgo común el poner en tela
de juicio grandes evoluciones de contenido socioeconó-
mico. No debemos excluir la posibilidad de que su expo-
sición mejore nuestros conocimientos por el momento
y, al menos, nos ayude a precisar el sentido de las afir-
maciones formuladas. Pero librémonos de un optimis-
mo exagerado, ya que los elementos de este análisis se
encuentran en autores que no se preocupan, o que sola-
mente lo hacen como algo accesorio, de la desvalori-
zación de los conflictos de ideas. En esta materia, la
fragmentación del análisis social conduce a dejar a los
economistas y a los sociólogos industriales el estudio
de los hechos susceptibles de dar un fundamento a las
refleúones de los especialistas de ciencia política. Cuan-

115
do se trata de un viejo problema, la vinculación entre
el examen del fenómeno y la exposición de sus factores
acaba por establecerse de una manera u otra. En el do-
minio de un tema relativamente nuevo, el «enlace» plan-
tea dificultades y sigue estando marcado por una c1er-
ta arbitrariedad.
Las dos corrientes importantes de la explicación
(era de la opulencia y sociedad poscapitalista) nos con-
ducirán a considerar el fenómeno como el producto es-
pontáneo d.e un movimiento más general. Este desarro-
llo encierra, sin duda, algún elemento de verdad. No de-
beríamos, con todo, excluir la idea de que esta desva-
lorización ideológica, por otra parte muy relativa, sea
también en definitiva el resultado de diversas presiones
sociales, que sin haberse estrictamente concertado,
actuarían no obstante en un sentido convergente. Esta
tendencia a insistir sobre la unificación del apacigua-
miento de los espíritus, ¿no será, en definitiva, más
que una manifestación del papel protector que cumple
la argumentación ideológica, entre otras misiones? En-
tonces nos quedaría por preguntar si el cálculo es
exacto.

UNA EXPLICACIÓN ECONÓMICA: LA SOCIEDAD OPULENTA

Este modo de razonar reposa sobre la prodigiosa


expansión de las fuerzas productivas en la época con-
temporánea, así como de las perspectivas de crecimien-
to ilimitado que de las mismas se deducen. «Creci-
miento económico en intensidad, pero no mediante con-
quista de tierras, esclavitud de la población o inclusión
en el circuito capitalista de países subdesarrollados,
sino por un rendimiento acrecentado del trabajo por el
descubrimiento de nuevos procedimientos de fabrica-
ción y por la aparición de nuevas mercancías», escribe
R. Aron, que añade: « En esta economía en crecimiento,
el problema de la distribución adquiere una significa-
ción radicalmente diferente de la que ha tenido siem-

116
pre a lo largo de los siglos».110 Tal es, en efecto, el pro-
blema; mas el aumento del producto nacional ¿no está
consiguiendo suprimir el fundamento de los conflictos
más graves que existen entre los hombres, y no produce
también como resultado, aún inadvertido, minar las
bases de las oposiciones ideológicas más cimentadas?
La idea no es nueva. Ya en 1942, Schumpeter mani-
festó que si de 1928 a 1978 el régimen capitalista ame-
ricano gozaba de un grado de libertad suficiente para
funcionar regularmente con la misma eficacia que antes
(productividad creciente en razón de un 2 % al año), la
renta nacional de los Estados Unidos llegaría a fin de
este período «a un nivel tal que todos los desiderata
formulados por los reformistas sociales -prácticamen-
te sin -excepción y comprendiendo a la mayoría de los
utopistas- se realizarían automáticamente o podrían
realizarse sin perjudicar demasiado el funcionamiento
del capitalismo». 111 Es cierto que Schumpeter declaraba
no creer en la supervivencia prolongada del capitalismo
en razón de la hostilidad que rodeaba al régimen y de
los crecientes obstáculos puestos ante él por el legis-
lador, debiéndose traducir todo ello por un rendimien-
to decreciente.
Hoy s_e formulan los mismos razonamientos, pero ya
sin las consideraciones pesimistas sobre el destino del
sistema con el que Schumpeter había ajustado su tesis,
impresionado por la gran depresión de los años 30. Más
exactamente, se estima que el conflicto capitalismo-
socialismo se halla superado y que el modo actual de
funcionamiento de la economía, en donde la interven-
ción pública desempeña un gran papel, garantiza la re-
gularización del sistema sin privarle de su dinamismo.
Por consiguiente, en estos momentos es posible la ima-
gen de una expansión bastante fuerte y duradera para

110. Col/oques de Rheinfelden, op. cit., p. 12.


111. Capitalismo, socialismo y democracia, Aguilar, México 1952. Para
una crítica de la afirmación que hemos realizado véase MAINGUY (Yves),
«Capitalisme, socialisme et... néolibéralisme», Economie apptiquée, abril-
junio 1951, pp. 211-242.

117
vencer definitivamente a las miserias sociales. El exage-
rado miedo de John Maynard Keynes -deficiencia de
las ocasiones de inversión- se halla superado. Espe-
cialmente en Europa, el centro de las preocupaciones
gubernamentales radica en la inflacción con sus conse-
cuencias sobre la balanza de pagos.
Esta visión, como se dirá. más adelante, corresponde
a una interpretación optimista de la situación, y sobre
todo de la evolución. Algunos argüirán que olvida la
parte de gastos de armamento en la suma de los gastos
nacionales y los riesgos de dislocación económica que
produciría una «desmilitarización» brutal de la econo-
mía. Ciertamente, un auténtico desarme plantearía a
las economías occidentales, y especialmente a la ame-
ricana, bastantes serios problemas. Especialmente se
verían afectadas algunas regiones (así, en los Estados
Unidos, la de Los Angeles); sin embargo, si se supiera
utilizar alguna de las técnicas de la planificación, el pro-
blema no sería insoluble. 112 Otra laguna se halla en las
dificultades que ha acarreado la automatización y el
riesgo de paro estructural o crónico que de ella puede
resultar (las fábricas automatizadas tienen una produc-
tividad tal que se ven obligadas, a veces, a limitar el
tiempo de utilización de las máquinas para evitar una
acumulación excesiva de stocks). Sobre este punto se
conciben todavía algunos remedios, a condición de no
titubear en el replanteamiento de varios aspectos del
funcionamiento actual del sistema.
En resumidas cuentas, es probable que se sobres-
time la capacidad de ajuste espontáneo del régimen a
las variables perturbadoras, y es posible que se sobre-

lU. Tal es entre otras la opinión de GALBRAITH en La llora liberal Ariel,


Barcelona 1961, p. 32. Se podrá consultar sobre este punto la obra co-
lectiva Disarmement and tite America11 economy, Nueva York 1960. A pesar
de su evidente filiación ideológica (denuncia por economistas progresistas
americanos y europeos occidentales, de la «política agresiva» de los Es•
lados Unidos) la obra concluye afirmando que con la transferencia de los
gastos militares para financiar obras públicas y servicios sociales (princi-
palmente viviendas), la economía americana obtendría un apreciable aumen-
to del empleo.

118
valore la actitud de los gobernantes para tomar las me-
didas, de ambición estructural, que permitirían supe-
rar estas dificultades. Desde el fin de la guerra, las eco-
nomías occidentales han conocido varios retrocesos, de-
bido a que no han sabido superar las contradicciones
existentes entre la expansión y la estabilidad de los pre-
cios. Sin embargo, la atmósfera se encuentra hoy llena
de optimismo y hay que situarse en este clima para
comprender la acogida extraordinaria que se ha ofre-
cido al libro de Galbraith The affluent society.113 Esta
obra, más aguda que profunda y más brillante que atre-
vida, aporta a la vez razones dignas de crédito y mo-
tivos de duda. A consecuencia de la difusión de que
goza hoy la noción de sociedad opulenta, importa de-
limitar en este concepto, según su principal teórico, sus
zonas iluminadas y sus sombras.

1. De la pobreza a la abundancia

Noción fundamental de la obra que vamos a comen-


tar es la de que la sociedad americana ha pasado del
mundo de la pobreza general a la era de la abundancia.
«Muere más gente en los Estados Unidos a causa de
demasiada alimentación que debido a inanición», escri-
be Galbraith en una frase característica (p. 127). Esta
situación, sin precedentes históricos, ha tenido nume-
rosas consecuencias, entre las que sobresalen dos, espe-
cialmente importantes, en lo que se refiere a la interac-
ción de lo político y de lo económico.
En primer lugar, el aumento de la producción ha
suprimido bastante peligrosidad al problema de la desi-

113. (Todas las referencias a esta obra se harán de acuerdo con la ver-
sión castellana de C. Grau Petit La sociedad opulenta, Ariel, Barcelo-
na, 2.• ed., 1963. T.) Para otro enfoque de mayor alcance la «opulencia•
en los Estados Unidos, ver Max [Link], La civilisatian americaine, tradu-
cido del americano, París 1961. Se encontrarán observaciones de utilidad
en GREVILLOT (J. M.), La Amérique expliquée, París 1951 y Van BoRCH
(Herbert), U.S.A. societé inachevée (traducido del alemán), París 1962.

119
gualdad, debido a una redistribución de las riquezas.
Según Galbraith, existen «pocas cosas más evidentes en
la historia social moderna que la decadencia del interés
por la desigualdad en cuanto problema económico»
(pág. 93). Constituiría una prueba manifiesta de esto la
observación de que, en el transcurso de los últimos
años, ninguno de los dispositivos que se dirigen a re-
forzar la igualdad ha sido discutido, e incluso ni si-
quiera propuesto en los Estados Unidos y en los países
occidentales. Contrariamente a lo que se podía prever,
la desigualdad no ha mostrado ninguna tendencia a
agravarse, mientras que los privilegios políticos o so-
ciales de la clase acomodada sufrían una clara dismi-
nución. Ciertamente, el hombre que posee una gran
fortima conserva ciertas ventajas particulares, pero «un
coche magnífico, ricamente tapizado y de grandísima
potencia no causa ya ninguna sensación de riqueza
cuando se producen en masa millares de automóviles
semejantes» (pág. 101), afirma este autor, para el cual
el interés incrementado que se ha conseguido en la
producción, ha ocupado el puesto que anteriormente se
reservaba a la discusión entre poseedores y no poseedo-
res (pág. 105).114
Otra consecuencia de la expansión de las fuerzas
productivas estriba en la desaparición de las incerti-
dumbres más importantes en la vida económica. Según
Galbraith, los clásicos cometieron un craso error al de-
clarar la inseguridad esencial al progreso económico.
En realidad, existe un vínculo indisoluble entre el
aumento de la seguridad y el acrecimento de la .pro-
ducción. Esta tendencia, añadimos nosotros, se ha lle-
vado hoy tan lejos que en Gran Bretaña se ha consti-
tuido una comisión para el estudio de las condiciones

114. Sobre la investigación de la igualdad en la sociedad americana -y


la reticencia respecto de la igualdad en ciertos sectores medios- véanse los
resultados de una curiosa encuesta de Robert E. LANE (demasiado limita-
da para que se pueda generalizar), «The fear of equality•, American Politi-
cal Science Review, marzo 1959, pp. 35-51.

120
y modalidades de una indemnización pública en bene-
ficio de las víctimas de los crímenes violentos.115 La
cuestión capital del control de las crisis continúa sien-
do evidentemente el que éstas pueden destruir todas
las micromedidas de protección laboriosamente elabo-
radas por o para los industriales, los agricultores y los
trabajadores. Suponiendo que se consiga contener las
fluctuaciones adversas dentro de unos límites tolera-
bles y garantizar una tasa de crecimientos satisfacto-
ria -lo que constituye hoy día una de las mayores
tareas políticas de los gobiernos occidentales-:--, la cues-
tión de la estabilidad económica en beneficio de todos
podrá considerarse como alcanzada.
Estas nociones son esenciales. Si es cierto que el ca-
pitalismo moderno ha llegado, en razón de su potencia
productiva, a resolver aceptablemente los habituales
dramas sociales de la miseria, de la desigualdad y de la
inseguridad, se habría suprimido de esta forma una
gran parte de los fundamentos morales del socialismo.
De aquí resultaría inevitablemente una consolidación
de la American way of lif e que Schumpeter no previó.
Ciertamente, Galbraith no discute la persistencia, inclu-
so en los Estados Unidos, de algunas situaciones de
pobreza de la que distingue dos tipos: los «casos espe-
ciales» que se encuentran en toda comunidad y que
están normalmente vinculados a las características pro-
pias de las personas afectadas, y los «islotes de pobre-
za» geográficamente localizados y acantonados que exis-
ten por el deseo que manifiestan numerosos individuos
de permanecer toda su vida en el lugar donde nacie-

115. La comisión (working party) ha publicado no hace mucho su in-


forme Compensa/ion far victimes of crimes of vio/ence, HMSO, [Link] l.406.
116. A pesar de la opulencia, el tema de la pobreza continúa reteniendo
el interés de los investigadores, tanto en el plano de la formulación teórica,
como en el de la observación de los hechos. En este sentido, ver ROCHE
(Eugene). Pauvreté dans l'abondance, Prospérité materielle et pauvreté
évangelique, Castern¡an 1963, así como un número especial de la revista
Service Social (publicada por la Escuela de Servicio Social de la Universidad
Lava!). noviembre-diciembre de 1960. Se encontrará en Mark ABRAMS, Social
surveys and social action, Londres 1951, una buena información de las en-

121
ron.116 Pero, gracias al aumento de producción, la pobre-
za ha desaparecido en tanto que calamidad universal, lo
que nos explica, dice Galbraith, que la categoría de las
gentes muy pobres haya cesado de tener interés para el
político.
Hasta aquí, el cuadro de la sociedad «opulenta»
-versión americana- es, en conjunto, atrayente. Pero
otros aspectos de este libro complejo nos impiden ser
optimistas. De hecho, varios capítulos constituyen una
crítica de la opulencia, de la que los comentaristas no
han señalado siempre la dureza y aún menos las impli-
caciones que puede tener en orden a la política social.
Sin anular las ventajas adquiridas, el contenido de estos
capítulos representa una ruda· ~ontrapartida.
La noción de base de Galbraith es que las ideas, a
las que atribuye demasiado rápidamente un carácter
uniformemente conservador (p. 34 ), están frecuente-
mente atrasadas en relación a los hechos. Utiliza la
expresión «ideas convencionales» para expresar su desa-
juste con la marcha de los acontecimientos. En la in-
terpretación de toda vida social, existe un conflicto per-
manente entre lo que corresponde a la realidad y lo que
es agradable o aceptable. El hombre acostumbra iden-
tificar la verdad a la comunidad, con la finalidad de
salvaguardar su bienestar personal o evitar los esfuer-
zos siempre molestos para la adaptación. En nuestro
dominio, las «ideas convencionales» consisten en pro-
longar indebidamente en el siglo XX «la tradición de la
desesperanza», típica de la ciencia económica durante
la fase inicial del crecimiento; en otros términos, el
pensamiento corriente continúa fijándose en nociones
concebibles en período de pobreza, pero fuera de lugar
en la era de la opulencia.
Se trata, ante todo, de la preminencia que atribui-

cuestas realizadas en Inglaterra sobre esta situación (en particular, las


célebres investigaciones llevadas a cabo en York por B. S. RoWNTREB y su
esfuerzo para deducir su «línea de pobreza•). Ver igualmente PAGANI (A.),
La linea della poverti,, Milán 1960;

122
mos a la producción en nuestros afanes y de la costwn-
bre de hacer de ella el patrón que permite medir la
calidad y el progreso de la civilización. Estado de ánimo
en el que Galbraith ve «el resultado de una gran conti.
nuidad en nuestras ideas, que vincula el presente a un
mundo en que la producción se identifica verdadera-
mente con la vida» (p. 240). Según él, se deducen de
aquí tres móviles convergentes: el peso de los intere-
ses, el oscurantismo de la teoría económica usual en el
orden del consumo y una concepción errónea de,Ja se-
guridad nacional.
Admitamos la observación; pero ¿es necesario dedu-
cir de ella la conveniencia de atribuir un puesto mayor
a otras satisfacciones -diversiones y cultura, por ejem-
plo- ,que al crecimiento indefinido del producto na-
cional, especialmente en su componente «bienes mate-
rales»? Sí, sin duda alguna; pero no es ésta la única ins-
piración de nuestro autor. ¿Le ·traicionaríamos si escri-
biésemos que su crítica de la importancia de la produc-
ción la ha enfocado tal y como se realiza en la socie-
dad americana, es decir, una producción de carácter
esencialmente privado que tiene como resultado am-
plios despilfarros en ciertos sectores, mientras que en
otros las necesidades vitales se encuentran mediocre-
mente satisfechas o incluso hasta ignoradas?
Sobre el plano técnico, la crítica de la teoría usual
de la demanda representa probablemente la aporta-
ción mayor de esta obra. Galbraith, reasumiendo y pro-
fundizando algunas observaciones ya antiguas sobre la
dominación de los consumidores sobre los productores,
establece de forma irrefutable que hoy las necesidades
son, en gran medida, fruto de la producción. Atribuye al
productor «tanto la función de fabricar los bienes como
la de elaborar los deseos que se experimentan por
ellos ... que procura satisfacer no de una forma pasiva,
a través de la competencia, sino de una forma activa,
mediante la publicidad y las demás actividades relacio-
nadas con ésta» (p. 155). Se halla aquí el «efecto depen-

123
dencia» que aparece como el más importante de los
fenómenos económicos actuales.
Semejante propósito, que altera el orden establecido
de los factores, corre el riesgo de sorprender e incluso
hasta de maravillar. Como dice Galbraith, este propósi-
to no es legítimo más que en el caso de que el econo-
mista no se niegue a formular un juicio sobre la utilidad
real de los bienes producidos para los consumidores.
Enfrentándose con una tradición teórica extremadamen-
te sóijda, nuestro autor invoca la autoridad de Keynes,
el cual, en un momento de su desarrollo doctrinal esta-
blece sin profundizar demasiado una distinción entre
dos tipos de necesidades: las necesidades absolutas que
se sienten, cualquiera que sea la situación en que se en-
cuentre el prójimo, y las necesidades relativas cuya sa-
tisfacción confiere un sentimiento de superioridad fren-
te a los semejantes. Sin_ atribuirle este contenido, Gal-
braith cree en la posibilidad de establecer una jerarquía
social de las necesidades en función de su urgencia para
los hombres. La consecuencia de esta posición, que es
capital tanto en teoría como en la práctica, permite
afirmar que la producción no tiene el mismo carácter
imperativo según las necesidades satisfechas, lo que vie-
ne a replantear un postulado del análisis económico no
trasgredido desde A. Marshall.
Observemos -y la comparación nos lleva lejos- que
esta idea es la base indispensable de toda planificación
autoritaria del consumo. Los teóricos soviéticos razo-
nan sobre una acción parecida cuando predicen el ad-
venimiento de una sociedad comunista en donde la
distribución de los bienes se efectuará según las necesi-
dades. « La plena satisfacción de las necesidades de to-
dos los soviéticos -ha declarado Kruschef en el XXI
Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética-
de alimentos, alojamiento y vestido en el límite de lo
razonable y de lo necesario, podría ser asegurada sin
duda para un próximo futuro. Ciertamente, cuando se
habla de la satisfacción de las necesidades, no se trata

124
de caprichos o de objetos de lujo, sino de necesidades
normales de un hombre culto.» 117
La vida de los negocios en los Estados Unidos, en su
estado actual, se inspira en una filosofía fundamental-
mente diferente. Las empresas declaran que la satisfac-
ción de los deseos de los consumidores constituye su
objetivo e incluso su única razón de ser, pero la enor-
midad de los gastos de publicidad ( del orden de unos
11.000 millones de dólares) atestigua, como ve Gal-
braith, que estos deseos no son, en su mayoría, inheren-
tes al hombre. La exposición de los despilfarros que de
ello resulta se ha convertido en un lugar común y, por
otra parte, esta situación es tanto más seria cuanto que
como dice Claude Alphandéry, «América no está sola en
el mundo».118 Este sistema produce también un desarro-
llo desigual de las diversas ramas económicas (en par-
ticular, por una afectación diferencial de los fondos
consagrados a la investigación) sin otra garantía de
conformidad en el interés social que una anarquía con-
currencia!, bastante atemperada, empero, por una
concentración monopolística muy fuerte.
Falta el argumento supremo: la expansión de las
ventas es indispensable para el mantenimiento de la ac-
tividad productiva y por ende para el nivel de empleo.
«El capitalismo, escribe Max Lerner, ha efectuado de
forma perfecta una revolución sideral. Todos los plane-
tas gravitarán en adelante alrededor de un sol central
que es la venta» (p. 223 ). De aquí se deduce la justifica-
ción del prodigioso endeudamiento de los individuos, lo
que, según Galbraith, conduce a hacer que la demanda
«dependa cada vez más de la capacidad y de la disposi-

117. En la colección de Documents publicados en París sobre el Con-


greso (bajo los auspicios de los Cahiers du Communisme), p. 86.
118. L'Amerique est-elle trop riche?, París 1960, p. 67. Se destaca el
paralelo establecido •entre los juegos de redes electrónicos y el hindú fa-
mélico».

125
c1on de los consumidores para incurrir en deuda»
(p. 192).119 Sin embargo, en el dominio del arte económi-
co, la relación es menos rígida de lo que se suele afirmar
en diferentes medios de negocios. La reducción de la
duración del trabajo (sin disminución del salario paga-
do) abriría un portillo a las posibilidades de ajuste, pero
traería consigo en principio algunos problemas sociales
merced a las diferentes productividades según las ra-
mas. Por otro lado, la disminución de los precios (por
reducción de los márgenes de autofinanciación previso-
ra), volvería a dar una cierta elasticidad al sistema (au-
mentando, es cierto, el riesgo de inseguridad). Por últi-
mo, y sobre todo, no se debería rechazar la idea de que
un traslado de los recursos hacia otras actividades, po-
dría ser ventajoso para la colectividad.
La crítica más grave, desde el terreno político, que
se hace a la sociedad opulenta, versión americana, se
centra en la existencia de un contraste entre la riqueza
del sector privado y la pobreza del sector público. Des-
de hace bastante tiempo, los observadores de la vida
americana han señalado la mediocridad y la insuficien-
cia de numerosos organismos públicos. En este país, la
mayoría de los servicios colectivos se encuentra mal
adaptada a las necesidades (especialmente en el sector
de las administraciones locales). La penuria o la mala
organización conciernen tanto a los transportes urba-
nos o suburbanos, a la recogida de las basuras domés-
ticas, o a la distribución del correo, como a la ordena-
ción de las organizaciones escolares y de las autoridades
de policía. Como señala Galbraith, «apenas si tiene sen-
tido que debamos satisfacer nuestras sociedades de
bienes privados con una abundancia sin medida, en tan-
to que, en el caso de los bienes públicos, como se puede
comprobar a simple vista, practicamos una renuncia
ilimitada» (p. 247).

119. Aunque contengan un tono humorístico, las observaciones de R. Es-


CARPIT, en Les dewc font la paire, París 1959, pp. 180-184, ilustran bastante
bien la esclavitud que produce al consumidor la compra a plazos.

126
La causa inmediata de esta situación· reside en la
creencia de que el coste de los servicios públicos consti-
tuye un fardo penoso para la producción privada. Por lo
que en todo momento, está vigente la voluntad de re-
ducir los gastos gubernamentales a una cifra que la co-
munidad considere tolerable. ¿ Cuál es el móvil profundo
de esta repugnancia? Sería probablemente injusto atri-
buirla a la escasa diligencia de las clases acomodadas,
para financiar servicios de los que se benefician, de una
forma igualitaria, todos los miembros de la comunidad.
No obstante, sería un error subestimar el alcance polí-
tico inmediato y las consecuencias sociales lejanas de la
situación (la U.R.S.S. concede, como es sabido, una pri0-
ridad absoluta a los bienes duraderos colectivos).m Par-
tiendo de consideraciones puramente económicas, nues-
tro estúdio desemboca -'en función de la actual división
de las fuerzas productivas- en un problema político
importante. Pero, según Galbraith, estas reservas no dis-
minuyen en nada la capacidad de la sociedad opulenta
para resolver algunos, al menos, de los dramas sociales
más graves. Ha llegado el momento de apreciar la vali-
dez de estas aserciones.

2. Límites de la opulencia
· En primer lugar, ¿es legítimo extender a otros paí-
ses, aparte de los Estados Unidos, y particularmente a
los del Mercado Común, el esquema de la sociedad opu-
120. Aunque este aspecto del problema no entre en el marco limitado
de nuestro trabajo, es claro que las cuestiones que se debaten se refieren
también a la competición entre los Estados Unidos y la U.R.S.S. Este punto
lo aclara bastante bien -a veces sobre la base de declaraciones hechas por
especialistas americanos- la obra claramente prosoviética de G. BoFFA,
La sfida all'America, Roma 1960. Aunque se ocupe sobre todo de política
exterior, la obra de A. WERTH, America in doubt, Londres 1959, se refiere
también a estos temas. Numerosos americanos advierten hoy el problema,
pero muchos continúan manifestando en cuanto al sistema de la «libre
empresa• un optimismo que los hechos no confirman plenamente. Así
WALLICH (Henry C.). El coste de la libertad. Una nueva versión del capi-
talismo, Edit. Ariel, Barcelona 1962 (el precio que hay que pagar por la
libertad es la aceptación de una tasa de crecimiento inferior a la que
permitirían los recursos disponibles).

127
lenta? La respuesta no puede darse más que teniendo en
consideración una serie de matices.
No sería difícil, fundándonos en datos iñdiscuti-
bles, desmentir la extensión que hemos mencionado,
calificándola de tendenciosa, o incluso hasta de escan-
dalosa. Aunque nos refiramos a la renta monetaria o a
diversos signos de enriquecimiento (como por ejemplo
la posesión de un teléfono o de un receptor de tele-
visión), el progreso social, aun teniendo en cuenta los
últimos pasos dados en él, continúa siendo con frecuen-
cia modesto y a veces muy insuficiente. Algunos estiman
que sería posible hablar ya de una semiopulencia o de
una preopulencia. Pero, ¿no es demasiado optimista,
teniendo en cuenta las condiciones de alojamiento, la
insuficiencia de material en algunos servicios públicos
y el retraso considerable de varios sectores regionales
que se nota todavía en estos países?
En gran medida, la dificultad de formular un jui-
cio serio proviene de la desigualdad de las condiciones
de vida, y ello incluso aunque nos atengamos al sector
que se considera, erróneamente, homogéneo de los tra-
bajadores del comercio y de la industria. 121 He aquí, por
lo que respecta a Francia, en francos antiguos, una es-
timación del salario medio mensual neto en 1958 (la
evaluación que figura a continuación pertenece al mes
de abril de 1961): obreros 47.500 (57.000); obreras 30.300
{36.700); empleados 55.300 (66.400); empleadas 42.500
{50.900).122 El poder adquisitivo que resulta de estas
cifras -sin olvidar, empero, las posibilidades de una
acumulación familiar- sigue siendo modesto. Pero las
medias globales ocultan fuertes disparidades. Según

121. Se encontrará desde el punto de vista metodológico, un buen in-


tento de apreciación de estas desigualdades en Paul PAILLAT, •Les differen-
ces de niveau de vie au sein de la clase ouvriere•, Population, octubre-
diciembre 1960, pp. 769-788.
122. La revista Statistiques et Eludes [Link], incluye en su ntímero
.de abril de 1961, pp. 390-426, los resultados completos (referentes a 1958) de
la encuesta anual sobre los salarios distribuidos en la industria y el co-
mercio. Las medias citadas se dan en la p. 426 (las cifras que se refieren
a 1961, las hemos tomado de G. MATHIEU, Le Monde, 13 de mayo de 1961).

128
las estadísticas del Ministerio de Hacienda, el salario
medio en la industria del petróleo sería dos veces y
medio más elevado que en los servicios de higiene y más
del doble que en los sectores textiles, de la industria del
cuero o de los muebles. La misma observación se pue-
de hacer en lo que se refiere al plano geográfico, siendo
el salario medio global 2,3 veces más elevado en el Sena
que en el Creuse (y superior al SO % en Lorena, en Bo-
cas del Ródano y en el Ródano que en numerosos de,.
partamentos del Centro).
Observemos también que en la mayoría de los paí-
ses, incluidos los más favorecidos, la situación de las
familias numerosas continúa siendo difícil. En razón
de la insuficiencia, y a veces de la inexistencia del plus
familiar, estas familias se encuentran faltas de una ali-
mentación racional (insuficiencia del consumo de car-
ne) y asimismo no poseen los medios necesarios para
asegurar los gastos de educación de los hijos. Con de-
masiada frecuencia estas familias viven .en la pobreza.
No olvidemos en todo caso que de la existencia de estas
variables -número de hijos y trabajo de las mujeres-
la difel'encia en los ingresos de los hogares obreros pue-
de variar de lo normal al triple.
De hecho, incluso si nos atenemos a los países mejor
provistos de Europa occidental, podríamos comprobar
numerosos fenómenos en contradicción absoluta con la
tesis de la opulencia. Citemos, por ejemplo, el caso de
los agricultores. Es sobradamente conocido que su
renta se establece, por término medio, entre la mitad
y los dos tercios de la que gozan los trabajadores urba-
nos. Un reciente informe (redactado en noviembre
de 1962) ha destacado que en un país tan rico como Sui-
za, una parte de la población que vive en las monta-
ñas sufre carencia alimenticia (debido a la no absorción,
en cantidades suficientes, de sustancias nutritivas esen-
ciales). Las dificultades del alojamiento en Francia son
demasiado conocidas para que haya necesidad de expo-
nerlas aquí en detalle; en enero de 1963, la Comisión de
Finanzas de la Asamblea Nacional ha cifrado en 1.828.000

129
9. - PROBLEMAS IDEOLÓG[COS
el número de alojamientos de que se carece (estando,
por otra parte, desprovistas las viviendas actuales del
más elemental confort). No olvidemos tampoco la suer-
te de los ancianos, cuya penuria constituye un desho-
nor para toda nación civilizada. Los universitarios cató-
licos, al consagrar a este tema de la pobreza sus re- ·
cientes jornadas de estudios (3-5 abril de 1963) nos han
recordado unas verdades elementales que no debemos.
olvidar.
La verdad es, por consiguiente, que la opulencia,
en la dimensión europea, naturalmente, comienza a
extenderse a ciertos sectores, mientras que en otros.
sigue existiendo un claro atraso (frecuentemente en la
función pública). Un punto importante, desde el ángulo
del análisis político, radica en que los progresos reali-
zados en la Europa occidental desde 1945 -con fre-
cuencia son más notorios en términos económicos que
sobre el plano social- no parecen haber suscitado una
atmósfera general de satisfacción, pero tampoco son
exclusivos de un espíritu reivindicativo cuyas impli-
caciones podrían ser, a menudo, brutales. Al hablar de
americanización de los trabajadores de la Europa occi-
dental, se ha ido, sin duda, demasiado lejos.
Pero, sin embargo, se produce lenta pero inexora-
blemente una evolución en el nivel y en la forma de
vida, que llega a alcanzar incluso a Italia, país que sigue
siendo el más pobre del Mercado Común. Hace algunos
años, la comisión parlamentaria encargada de realizar
una encuesta sobre la miseria, fijó en 6 millones el nú-
mero de italianos que tenían un nivel de vida muy bajo·
y en 5,9 el de las personas con nivel de vida escueta-
mente bajo. En resumen, se puede fijar en 12 :millones
los italianos cuyos ingresos comprenden menos de la
mitad de la cifra que se considera como necesaria (la
mayor parte de éstos se hallan en el Sur y en las Islas).
La comisión estableció que aproximadamente el 50 %
de la categoría más pobre no consumía carne, azúcar ni
vino; en Nápoles, según una indicación de este infor-
me, 80.000 habitantes se levantaban cada mañana sin

130
saber si podrían comer algo a lo largo de la jornada.123
Pero las últimas estadísticas oficiales establecen tam-
bién que el porcentaje de los gastos alimenticios ha
bajado, en algunos años, del 60 al 48 % (el consumo de
las pastas y de las legumbres secas ha disminuido en
las ciudades). Las estadísticas revelan igualmente que
los gastos relacionados con las diversiones representan
ya el 15 % del consumo privado (bebidas alcohólicas,
tabacos y gastos de viaje, no entran en este porcentaje).
Algunos comentaristas deducen de este hecho la prue-
ba de que en Italia también, a pesar de los contrastes
entre el Norte y el Sur, así como entre el campo y las
ciudades, se va rellenando la fosa que separa al rico
del pobre. 124
Nuestras sociedades han adquirido, pues, alguno de
los rasgos que se atribuyen a la idea de riqueza. Ahora
bien, las etapas que han superado en el camino hacia
la opulencia son muy modestas, siendo posible que el
afán de imitación del nivel de vida americano -tal y

123. MoNTINI (Ludovico), «L'enqueie parlamentaire sur la m1sere en


Italie•, Revue lnternationale du Travail, enero 1955, pp. 62-82. Según la
comisión, el consumo medio de una familia urbana pobre compuesta de
dos adultos y de dos hijos se eleva mensualmente a 27.628 liras. Pero al
mismo tiempo, los obreros de la Fiat en Turín consumen por término me-
dio 65.656 liras al mes (familias de dos a tres personas). Esta disparidad
hace que sea difícil la formulación de juicios globales. Ver el cuadro sin
indulgencia de Alessandro SCHIAVI, Le piaghe d'ltalia. Dissoccupazione,
analfabetismo, tuguri, miseria, Roma 1958. Pero, por otra parte, se en-
cuentran fenómenos de pobreza en países mucho más avanzados que Italia.
Si es cierto que algunos italianos viven en cuevas, no se debería olvidar
que en la Gran Bretaña de 1962 existen todavía slums (donde viven aproxi-
madamente dos millones y medio de personas, es decir, el 5 % de la po-
blación total según una reciente encuesta de Gavin LYAll en Sunday Times
números de 23 y 30 de abril y 7 mayo 1961 ).
124. Así, Antonio CrAMPI en un artículo con el titulo revelador de «Le
revendicazioni socia!i oggi tendono al superfluo•, Corriere della Sera, 6 abril
1961. Para un análisis detallado de la evolución económica italiana ver el
número especial de la revista Mondo Economico (31 diciembre 1960): «Cen-
to anni di economia italiana 1861-1960•. Ver también la colección de traba-
jos colectivos L'economia italiana da/ 1861 al 1961, Milán 1961. Según estos
trabajos, la renta media por habitante se habría triplicado (en liras cons-
tantes, naturalmente). Sobre el sentido de la evolución ver las observaciones
de Camilio RIGHI en Banca Nazionale del Lavoro Quarterly Revicw, diciem-
bre 1961, pp. 439-452.

131
como ha sido vulgarizado por las películas y las re-
vistas- haya sido uno de los elementos -iniciadores de
este movimiento. Del mismo modo, se puede estimar
que sería socialmente más justo u oportuno consagrar
a la lucha c0ntra la pobreza todo o parte de las sumas
que se consagran a las cosas superfluas. En los países
europeos más aún que en los Estados Unidos, la expan-
sión de ciertas formas del «sector terciario» adquiere
el aspecto de despilfarro nacional. Pero al ser el sistema
lo que es, la evolución crea privilegios y perfila unos
contrastes que, quizás en contra de los interesados,
están desempeñando ya un papel en la política.
El segundo punto de esta apreciación estriba en el
valor del esquema de la opulencia por lo que se refiere
a los mismos Estados· Unidos. Se ha formulado la pre-
gunta de si no pecaba de optimismo el cuadro· definido
-con excepción naturalmente del sector público, cuya
pobreza es reconocida- en lo que respecta a este país
de «consumo exuberante». Sin discutir necesariamente
la exactitud global, pensamos, no obstante, que este
cuadro necesita probablemente unos retoques bastan-
te serios.
Galbraith señala claramente la persistencia de la
pobreza, pero cabe preguntarse si empequeñeciendo el
papel de factores como la carencia de enseñanza y de
educación, expone una visión realmente adecuada. Las
declaraciones hechas por J ohn F. Kennedy en el mo-
mento de su campaña electoral sobre los niveles de ali-
mentación y las condiciones de alojamiento de numero-
sos americanos, sorprendieron a aquellos que tenían
una visión un poco idealizada de la way of life en este
país. Los primeros mensajes del nuevo Presidente
-principalmente el que versaba sobre el alojamien-
to-125 han confirmado y precisado la amplitud de estas

125. El texto íntegro se expuso en el New York Times, lnternational


Edition, 10 marzo 1961. Entre varios elementos propios para moderar el en-
tusiasmo por la opulencia, ver la sección VII sobre hábitat rural. Se podrá

132
insuficiencias, tanto más difíciles de aceptar cuanto que
coexisten con enormes desembolsos inútiles y con la
prodigalidad de algunos. El hecho de que la pobreza
parezca ser, a menudo, la consecuencia de caracterís-
ticas raciales, constituye una grave cuestión (así, la si-
tuación de los underdogs, negros y portorriqueños,
que en gran parte continúan viviendo en condiciones
ínfimas, formando este conjunto un subproletariado
que se explota con gusto y que a veces se le oprime).
Se estima, en líneas generales, que la renta media de
los negros asciende solamente a la mitad de la de los
blancos.
A estos elementos, bastante sombríos del cuadro,
se opone la situación de las familias americanas cuyos
ingresos se hallan comprendidos entre los 4.000 y
7.500 dólares. Estas familias representan la mitad apro-
ximadamente de los hogares no agrícolas, y se debe a
ellas, en gran parte, el que se· haya planteado la validez
del esquema. Ahora bien, todos los comentaristas es-
tán de acuerdo en señalar su desahogo frente a algunas
necesidades esenciales (principalmente alimentación y
vestido) pero también indican las dificultades qU:e se
les presentan respecto a otras necesidades importantes
(gastos de educación universitaria de los hijos; cuida-
dos médicos y dentales, cuyos precios son muy eleva-
dos para las capas sociales inferiores que no tienéri de-
recho a la gratuidad, y también algunos des·embolsos
para las diversiones tales como la asistencia ál teatro).
De ahí que se haya hablado con razón de «facilidades
inaccesibles». 126 En cuanto a la «franja» verdaderamente
opulenta, es decir, en condiciones de no privarse de nin•
guna de las facilidades para la existencia, no representa

consultar sobre estos problemas la obra (que ha suscitado algunas con-


troversias) de Michel HARRINGTON The other America. Poverty in the United
States, Nueva York 1961.
126. Claude ALPHANDERY, L'Amerique est-elle trop riche?, op. cit., p. 38.
Ver también LERNER, op. cit. esp. pp. 101-112. Para un análisis teórico· de
estas cuestiones ver SHENFIELD (A. A.), «The theory of social balance•, Po-
litics, marzo 1960, pp. 65-75.

133
más que un porcentaje muy escaso de la población.
Citamos una vez más a Max Lerner: «Continúa exis-
tiendo en América un pirámide cuya base no se ha re-
ducido en nada con la reciente prosperidad» (p. 240).
No debemos olvidar tampoco la existencia de un
paro relativamente considerable y, en todo caso, que ex-
cede de las tolerancias admitidas por los teóricos del
pleno empleo. Sin ser despreciables, los desembolsos
efectuados con motivo del seguro de paro continúan
siendo limitados. De esto se deduce la existencia de
unas consecuencias molestas a la vez en el plano huma-
no y en el nivel del gasto nacional. Es un fallo grave,
en todos los respectos, en el sistema de la opulencia.
A juicio de Galbraith, no habría solución para este pro-
blema a no ser que se encontrase otra fuente de renta
que no sea la producción por individuo. De ahí la pro-
posición hecha por él (p. 280) de la «compensación gra-
duada cíclica» (C. G. C.), cuyo fin sería acrecentar el
subsidio de paro cuando el subempleo aumenta, y de
reducirlo cuando se está cerca ·del pleno empleo. La
idea es ingeniosa, pero ¿no sería más indicado consa-
grar esta mano de obra ociosa para conseguir la sa-
tisfacción de necesidades públicas, con tanta frecuencia
descuidadas?
Estas cuestiones, tanto en su amplitud material
como en su significación moral, se presentan con di-
versas formas. Abarcan desde los atascos de circula-
ción -la «ciudad paralizada», según la expresión de
Duncan Macbeth-127 hasta el estado de la salud men-
tal. El número de manuales americanos de social patho-
logy o social disorganization nos señalan la importancia
y complejidad de este tema. 128 Corrientemente se men-

127. Cahiers de la République, mayo 1961, pp. 61-73.


128. Una buena muestra de estos manuales se puede encontrar en [Link]
(Mabel A.), MERRIL (Francis E.), Social disorganizatian, 4.• ed., Nueva York
1%1. Es de sentir que no dispongamos de análisis de este tipo sobre otros
países con nivel de vida relativamente alto. Según las más recientes esta-
dísticas, el número de americanos que sufren enfermedades mentales y
nerviosas sobrepasaría los 5.000.000 (de los que 4.000.000 tienen necesidad

134
ciona a este propósito el desarrollo de la criminalidad
y especialmente de la delincuencia juvenil, pues exis-
te la idea de que progreso material y criminalidad, en
cierto sentido, tienen un desarrollo paralelo.129 El pro-
blema, en todo caso, continúa· siendo inquietante. El
Presidente de los Estados Unidos no hace mucho pro-
puso en el Congreso un plan de lucha contra la delin-
cuencia juvenil, cuya puesta en vigor se establecería
para cinco años. Si la evolución actual no se detiene,
declaró, se debe esperar que 4.000.000 de niños compa-
rezcan ante los tribunales en el transcurso de los· diez
próximos años. Las estadísticas más recientes confeccio-
nadas en Gran Bretaña expresan también un aumento
de la criminalidad.
Se aducirá, tal vez, que las sociedades ricas de Occi-
dente no tienen el monopolio de semejantes preocu-
paciones.130 Probablemente también se argüirá que ta-

de una vigilancia continua).• Para otra calamidad pública de la sociedad


americana, véase KYLl!-KEITH (Richard), The high price of pornograpl1y,
Washington 1961.
129. Según los datos comunicados al Congreso por la Administración
Kennedy, el número de casos de delincuencia juvenil sometidos a los tri-
bunales se habría más que duplicado durante los diez últimos años. Sin
embargo, diversos autores niegan que exista actualmente una amplia exten-
sión de la criminalidad en· la sociedad americana. En particular Daniel
BELL, op. cit., cap. VIII: «The mythe of crime waves: the actual decline
of crime in the United States», pp. 137-158.
130. Así lo demuestra el conjunto de medidas de represión penal que
se han· instituido en la U.R.S.S. al comienzo de mayo de 1961 y que se
refieren principalmente al restablecimiento de la pena de muerte para varios
crímenes. Citemos también el decreto (de fecha de 4 de mayo) que promulgó
el Presidium del Soviet Supremo de la Federación rusa, que permite enviar
a los campos de reeducación a clos ociosos, desocupados, parásitos y otros
elementos antisociales». Aunque convergente, la inspiración de estas decisio-
nes parece compleja: defensa de los estandards comunistas (pena de muerte
contra aquellos que violan una propiedad del Estado o penas de prisión por
falsificación en los acuerdos en la ejecución de los planes), represión de
actos 'que tienen su origen en la rareza relativa de ciertos bienes (especula-
ción a causa de los alimentos); pero también punición de actitudes que
derivan de la relativa opulencia de la que se benefician ya ciertos sectores
de la población (en particular ociosidad). A pesar de que estas contradiccio-
nes sean «no antagónicas•, no son por ello menos temibles en una sociedad
que se consagra a la construcción de un hombre nuevo,

135
les problemas no son «políticos» y que, de todos mo-
dos, no ponen en juego las divisiones partidistas ha-
bituales. Un razonamiento de este tipo sería simple-
mente la prueba de que el apaciguamiento actual es
el producto de un conformismo social que impide el
retroceso de los efectos a las causas en el análisis
de las dificultades.
Esta observación es aún más cierta cuando se tra-
ta del problema de fondo de la sociedad opulenta,
esto es, de una distribución de las fuerzas producti-
vas que descuida ciertas necesidades fundamentales
en provecho de la satisfacción de necesidades artifi-
ciales. El libro de Galbraith, situado en esta perspec-
tiva, nos descubre algunos aspectos sombríos cuando
menciona, en un mundo de miseria, el espectáculo de
una sociedad donde el despilfarro sigue siendo uno
de los factores esenciales del nivel económico. La sub-
utilización cuantitativa y cualitativa del potencial de
producción continúa siendo uno de los defectos esen-
ciales de 1a sociedad americana. Imperfección grave
si se .considera la acumulación de riqueza privada ( de
donde proviene, finalmente, la desigualdad eh el bien-
estar) y la pobreza pública (cuya supresión aportaría
con nueva vitalidad económica, mejores perspectivas
de equilibrio social). Cuando el manifiesto de los 81 par-
tidos reprocha «al capital monopolístico de los Esta-
.dos Unidos... su incapacidad evidente para utilizar las
fuerzas productivas existentes», no añade ni una pa-
labra siquiera a las demostraciones más sólidas y ele-
gantes, ciertamente, de J. K. Galbraith. Pero ¿obtiene
éste sus conclusiones del análisis sobre el plano de la
política social?
En absoluto; ya que habiendo demostrado, median~
te un lucido examen, los elementos que dificultan el
crecimiento del país -todavía y a gran distancia, el
más poderoso del mundo sobre el plano económico-
llega a proponer respecto a este problema unas medi-
das de sorprendente vulgaridad. Radical, e incluso hasta
algo iconoclasta en la exposición de los hechos, Gal-

136
braith permanece conformista cuando se trata de de-
ducir lecciones de ello. No se encontrará en su obra
ninguna proposición que se dirija a instaurar una po-
lítica de conjunto ni, sobre' todo, una redistribución de
las fuerzas productivas (que implicaría accidentalmen-
te una penalización de los consumos malsanos así como
la prohibición de los medios publicitarios que se des-
tinan a este fin). A lo más, Galbraith sugiere un cierto
desarrollo de los servicios públicos, pero discretamen-
te, y cuando exista la necesidad, evitando presentar
las cosas tal y como son. Nuestro autor llega a escri-
bir {p. 293) que la «única esperanza ... es la de separar
la cuestión de la igualdad de la del equilibrio social».
Se dirá que esta moderación se explica por un afán
de realismo. Pero ¿no es sugerir que el famoso apaci-
guamiento resulta, en gran parte, de un conformismo
social cuyos inspiradores y beneficiarios, naturalmen-
te, sería conveniente buscar?

3. Una negación de la opulencia: la depauperació11,

Vamos a partir del contenido que dio a esta tesis


de la depauperación, después de animados debates, 'la
C.G.T. en su XXX Congreso (junio de 1955): «Consiste
ésta no solamente en el empobrecimiento relativo con
relación a la renta nacional o al enriquecimiento de los
trusts, sino también en el empobrecimiento absoluto, en
baja real del nivel de vida». Este punto de vista sin
equívocos venía a añadirse a diversos artículos de Mau~
rice Thorez (el primero de los cuales se publicó, que
sepamos, en los Cahiers du Communisme de marzo
de 1955). Esta «ley de la depauperación» en total con-
tradicción con el tema de la opulencia, ¿ es una super-
chería o traduce, en verdad, la realidad?
En medios diversos, se ha presentado este esfuerzo
del partido comunista como un simple episodio de pro-
paganda, o como una especie de moda destinada a una

137
rápida desaparición. Se ha querido ver igualmente en
la aspereza del tono de la polémica una prueba indi-
recta, pero significativa, de la realidad del bienestar
obrero. La tesis de la depauperación encaja demasiado
bien dentro del espíritu profundo del marxismo, para
que sea posible satisfacernos con una interpretación
tan superficial como ésta. De todas maneras, el partido
comunista, a mediados del año 1961 insistió más que
nunca sobre este tema que no se puede silenciar en
un estudio que tienda a deducir los fundamentos de
una eventual decadencia de las ideologías.
Un examen completo de la tesis de la depauperación
excedería del marco restringido de esta obra. Por ello
nos limitaremos a trazar aquí las principales líneas de
la controversia, esencialmente en función de sus impli-
caciones políticas. Por lo demás, la advertencia de las
afirmaciones comunistas no debiera ser inútil. Pues,
aunque finalmente no se acepte su esencia, esta posi-
ción llama la atención sobre unos hechos y unas evo-
luciones que los defensores de la «opulencia» tienden
a olvidar o a infravalorar.131

131. Exponemos a continuación algunas referencias, que no hemos tenido


más remedio que reducir a las esenciales, para estudiar esta cuestión. Con-
sultar en primer lugar el número especial de Temps modernes septiembre•
octubre 1962, «Données et problemes de la lutte ouvriere•, en particular el
estudio de Gilbert MATHJEU que trata de responder a la pregunta «¿abun-
dancia o depauperación?», mediante la «respuesta de las cifras•, pp. 403-
456. Para una exposición de la tesis del partido comunista francés, ver el
folleto de Maurice THOREZ, La paupérisation des travailleurs franfais (reedi-
ción de artículos antiguos precedidos de un nuevo estudio de Henry CUUDE),
París 1961, así como los estudios publicados con el título de «Recherches
sur la paupérisation», en Cahiers du Communisme, enero 1961, pp. lJ.94. Ver
también BARJONET (André), Qu'est-ce que la paupérisation?, París 1961. Para
un análisis crítico de la tesis comunista, me remito a las investigaciones de
Pierre RIMBBRT, publicadas en la Revue Socialiste de octubre de 1955 a
febrero de 1956. Estos análisis han sido criticados a su vez, en la revista
Economie et Politique, principalmente por Henri DENIS, «La Revue Socialiste
et la paupérisation», núm. de julio de 1956, pp. 45-54. Véase también en la
misma revista MoNTJOJE (P.), «La peupérisation absolue de la classe ouvriere•,
junio 1956, pp. 10-36 (en este artículo el autor afirma que la clase obrera no
puede impedir a la larga la acción de la ley de la «depauperación absoluta»).
Sobre el conjunto de estos problemas invitamos al lector a consultar a
MARCHAL (Jean), LECAILLON (Jacques), La répartition du revenu nationaJ. Les

138
Una de las dificultades esenciales de esta exposición
consiste en establecer el contenido exacto que los teó-
ricos comunistas ofrecen del tema de la depauperación
absoluta. La diferencia en la fórmula se atiene, eviden-
temente, a la variedad de los públicos a los que se
dirige el argumento. La controversia se desarrolla así,
tanto sobre el plano de una discusión filosófica, que
relaciona el fenómeno del empobrecimiento con el fe-
nómeno de la alienación, como en el nivel de un simple
análisis estadístico que establecería la comparación
entre precios y cantidades. Aunque no sea siempre fá-
cil establecer el «nexo» entre los dos tipos de afirma-
ciones, continúa siendo legítimo admitir su convergen-
cia, mientras que los ejemplos numéricos, que aún son
parciales, tienen como misión probar la exactitud teó-
rica de las deducciones globales. Pero en varios casos
la variedad de los puntos de vista manifiesta una opo-
sición de fondo. A continuación pondremos un ejemplo.
Según ciertos marxistas, la depauperación absoluta
no sería más que una tendencia del capitalismo contra
la cual continuaría siendo posible a los trabajadores deS-
encadenar una lucha eficaz. Dicho de otro modo, lejos
de constituir un fenómeno categórico e inmutable, po-
dría no manifestarse en el caso de que partidos y or-
ganizaciones obreras manifestaran una combatividad
suficiente. Parece que, en este punto, la «vía italiana
hacia el socialismo» comporta cierta singularidad fren-
te a las posiciones francesas. A pesar de señalar que
en los últimos años la explotación de los trabajadores
.se ha intensificado, el partido comunista italiano no
parece decidido a adoptar una concepción rígida de
la depauperación.132

modeles, tomo III, París 1958, especialmente pp. 324-371. Mencionemos por
último la obra de Jeanne SINGER-KllREL, Le cout de la vie a Paris de 1840 a
1954, París 1961 (varios elementos de esta investigación conducen a matizar
. el optimismo sobre la elevación del nivel de vida obrera).
132. De esta manera, P. TOGLIATTI (en Le parti communiste italien, tra-
.. ducido del italiano), que aunque denuncia la agravación de las condiciones
, de trabajo, evita no caer en un esquema dogmático.

139
Otro ejemplo de una «disimilitud» teórica lo cons-
tituye la idea de que el sistema capitalista podría llegar
a ,evitar la depauperación absoluta, si se consagrase a
la explotación de los países colonizados o dependientes
económicamente. La explotación pasa entonces del cua-
dro nacional al plano mundial. Lenin había formulado
ya una idea análoga; en su ánimo sólo sería una pe-
queña minoría de trabajadores (la aristocracia obre-
ra) la que podría obtener un beneficio de esta opera-
ción.133 Algunos economistas marxistas han tendido a
ampliar esta doctrina al declarar que la depauperación
debe ser apreciada a escala global del mundo capitalis-
ta (países desarrollados y sus consecuencias coloniales).
La. clase obrera de los países capitalistas avanzados se
beneficiaría, en su conjunto, de una elevación de su ni-
vel de vida -de aquí la expansión entre ellos de tenden-
cias reformistas- pero la contrapartida del movimien-
to ,sería la miseria de las clases trabajadoras de los paí-
ses subdesarrollados.134
La tesis sostenida por Maurice Thorez va mucbo
más lejos, pues enuncia el carácter ineluctable de la
depauperación como consecuencia de la ley general de
acumulación, y afirma que ésta interviene en cualquier
país capitalista (incluidos los Estados Unidos o Suecia
y ·naturalmente Francia). Esta tesis puede ser enfocada
desde dos vertientes. Una, de carácter brutal, en la que
se . define la depauperación absoluta como. la disminu-
ción pura y simple del nivel de vida de las clases obre-
ras. M. Thorez ilustra este punto de vista cuando, so-
bre .el crédito que le ofrecen los trabajos de John Boyd
Orr, manifiesta que actualmente el nivel de alimenta-
ción de una gran parte de los trabajadores ingleses es

133. De ahí, según él, la posibilidad para la burguesía de corromper la


capa superior del proletariado y de consolidar el oportunismo, en una pala•
bra, de reforzar la ideología reformista, L'impérialisme, stade supreme du
capitalisme, ed. francesa 1952, p. 93. ·
134. Para una discusión de este punto de vista, consúltese MARCHAL y
[Link], op. cit., pp. 326-340.

140
inferior al que tenían los trabajadores del siglo XVIII
( esta disminución se refiere al hierro, al calcio, a las vi-
taminas, etc.). 135
Desde la segunda vertiente, más sutil, se define a la
depauperación absoluta como la distanciación creciente
entre el coste de producción de la fuerza de trabajo
y los salarios reales, entre las necesidades y la .posi-
bilidad de satisfacerlas. Esta posición, que ha sido ex-
puesta con detalle por el economista soviético A. Arzu-
manian,136 reposa en la idea de que se incorporan pro-
gresivamente al coste de producción de la fuerza de
trabajo bienes y servicios nuevos. Dicho de otro modo :
ésta no es una entidad de valor fijo, sino que depende
esencialmente de las condiciones históricas, económi-
cas y sociales del país considerado. Junto a datos si-
cológicos, conviene situar las necesidades sociales cuya
satisfacción es igualmente indispensable en la renova-
ción de esta fuerza. Esta versión de la tesis es impor-
tante en el sentido de que no excluye la elevación ael
nivel de vida de la clase obrera. A pesar de este aumen-
to, subsiste un escollo creciente entre el coste de pro-
ducción (físico y social, como por ejemplo la necesi-
dad de una formación técnica en una época de pro-
greso) y el salario obtenido. El precio de la fuerza de
trabajo desciende siempre por debajo de su verdade-
ro valor. 13'7 ,
La actual argumentación del partido comunista con-
siste en afirmar que se vacía al término «depauperación,.
de su contenido, cuando se le limita a los aspectos ma-

135. Op. cit., p. 71.


136. «Questions de théorie marxiste-léniniste sur la paupérisation•, tra-
ducido del ruso, Economie et Politique, octubre 1956, pp. 6-19. Ver la crítica·
de esta tesis por RIMBERT en la Revue Socialíste desde el número de· no-
viembre-diciembre de 1956 hasta el de junio de 1957. Respuesta de ARZU•
MANIAN en «Le socialiste Rimbert et la théorie marxiste de la paupérisation»,
Economie et Politique, abril 1957, pp. 8-22.
137. Ver sobre este punto el estudio de André BARJONET, «Besoins histo-
riqucs et paupérisation», Cahiers du Communisme, enero 1961, pp. 72-79. Del
mismo autor, «Aspects actuels de la paupérisation•, en France Nouvelle,
8 de junio de 1960.

141
teriales de la pobreza. Para apreciar bien este fenóme-
no parece indispensable tener en cuenta el conjunto
de la condición proletaria (intensificación del ritmo de
trabajo, obsesión de productividad, longitud de los tra-
yectos, crisis del alojamiento, necesidad de acumular
varios salarios en un solo hogar, etc.). La depauperación
expresa esencialmente la «mutilación acrecentada de
la personalidad del ser humano .en el obrero» (H. Clau-
de), mientras que, por otra parte, la posesión de cier-
tos nuevos bienes de consumo no hacen sino indicar
frecuentemente una agravación de las condiciones de
vida. En gran parte, esta posición corresponde simple-
mente a unas necesidades objetivas que los trabajado-
res deben satisfacer para estar en situación de renovar
su fuerza de trabajo. Desde este punto de vista, el alza
de los salarios reales no excluye la posibilidad de un
empobrecimiento absoluto, aunque no basta para cu-
brir las necesidades objetivas nuevas, que en un con-
-texto histórico dado condicionan esta renovación.
Es difícil expresar un juicio uniforme sobre los di-
versos aspectos de esta tesis. Las afirmaciones relativas
al descenso continuo del nivel de vida (o lo que viene
a ser igual, del salario real) son, ciertamente, la parte
más fácilmente discutible del problema. Aparte de ciér-
tos casos aislados, resulta difícil concederle una con-
sistencia real. Los comunistas franceses declaran que
se traicionan sus ideas al reducir la controversia úni-
camente a este problema. Sin embargo, sus exposicio-
nes no carecen de observaciones o de afirmaciones que
tienden a mostrar que no han renunciado a este aspec-
to de la argumentación y que en todo caso la concep-
ción más amplia de la depauperación no excluye ele-
mentos de este tipo. Si, por el confrario, se extiende
la depauperación al conjunto de la condición obrera, la
comparación de un período con otro continúa siendo in-
cierta, y sobre todo más complicada. Sin negar la rea-
lidad de varios de los rasgos enunciados (así, la fatiga
nerviosa de ciertas profesiones), se tiene la impresión
de que los partidarios de esta tesis confunden en mu-

142
chos casos lo que se debe al sistema capitalista y lo
que proviene de la civilización técnica (los males com-
probados -como los de la urbanización y del alarga-
miento de los trayectos- afectan a todos los miem-
bros de la sociedad y se encuentran en todos los países
avanzados, incluidos los comunistas).
La demostración pierde de esta forma una gran par-
te de su oportunidad. Es cierto que el obrero de los
países capitalistas sufre una alienación como conse-
cuencia de la separación entre. propiedad y trabajo, y
que el trabajo representa para él el coste social de las
diversiones. Pero durante los últimos años transcurri-
dos, innumerables estudios y discursos han versado so-
bre la existencia y los defectos de un «burocratismo»
en los países comunistas, capaz, por ejemplo, de este•
rilizarJas mejores iniciativas de los trabajadores. A pe-
sar de las diferencias sociopolíticas entre los diversos
sistemas modernos de producción, una norma general,
por lo menos, parece destacarse de la situación: toda
evolución de la técnica moderna va en contra de la
autogestión, o como mínimo la hace extremadamente
difícil de organizar.138 Aunque los autores marxistas
denominen a las sociedades socialistas como «no anta-
gónicas», han señalado con demasiada claridad el man-
tenimiento de contradicciones en estas sociedades, para
que haya necesidad de insistir a este respecto.
La forma que Arzumanian ha dado a esta tesis de
b depauperación es más sutil, pero se presta a serias
críticas. Ya no se sabe muy bien si se trata de una
depauperación realmente absoluta o si es simplemente
relativa. La objeción más importante que se le puede
hacer se refiere a la naturaleza del mecanismo suge-
rido. De creer a este autor, la depauperación consistiría
en el retraso adquirido por el sistema para satisfacer
las necesidades de los trabajadores, o en el desajuste
entre la aparición de un bien (y su introducción en el

138. Así lo dice Jean MARCZEWSKI en Contribution de la révolution hon·


groise a la pensée socialiste, Bruselas 1959, p. 50.

143
coste .de renovación de la fuerza de trabajo) y su di-
fusión generalizada. Esta posición sería, ciertamente,
más sólida si distinguiese entre la urgencia de las ne-
cesidades y estableciese, por consiguiente, una grada-
ción en la depauperación, según las categorías de los
bienes de que se carecen. Más exactamente al ampliar-
se, la tesis a las necesidades denominadas sociales, adop-
ta, a pesar de lo que se ha escrito sobre ello, la forma
de un engranaje sicológico. Desde esta única perspec-
tiva, en efecto, se puede concebir· que la supresión de
una central de televisión sea tan trascendentalmente
sentida, como la insuficiencia de la ración de carne.
Pero · entonces ¿no nos exponemos a encontrar fenó-
menos de depauperación en todas las sociedades no
igualitarias, es decir, en todas aquellas -incluidas las
socialistas, dada la situación actual de las cosas- en
que el producto no sea distribuido según las necesi-
dades?
' Si nos atenemos a esta corriente de pensamiento,
parece que el único medio de suprimir el estado de
depauperación -que resulta dificil no denominar sen-
timiento-,- sería no tolerar, y con mayor razón, no crear
ninguna necesidad nueva mientras que la sociedad no
se .encuentre en condiciones de satisfacerla integral-
mente con arreglo a una perfecta igualdad. Ahora bien,
hasta el presente el propósito de las sociedades dinámi-
cas ha sido crear bienes nuevos cuya difusión gene-
ralizada exige un plazo de tiempo más o menos largo.
Desde· este punto de vista, la sociedad capitalista· ofre-
ce numerosos problemas : el poder de los ricos --espe-
_cialmente por la fortuna adquirida- de poseer en pri-
mer ..lugar semejantes bienes, es objeto, desde hace
mucho tiempo, de una crítica creciente; la satisfacción
de ·las necesidades secundarias se emprende frecuen-
temente antes de que todas las necesidades elemen-
tales de la población se hayan saciado; los mass-com-
munications (cine, por ejemplo), y la «ducha» publi-
citaria manifiestan, de forma aún más aparente y por
consiguiente más insoportable, esta desigualdad. Dicho

144
de otro modo : la publicidad, apta para crear necesi-
dades, eleva el nivel de vida deseado o considerado
como legítimo por los individuos, antes de que la eco-
nomía esté en condiciones de satisfacer estos deseos,
por lo que podemos afirmar que más bien es un factor
permanente de descontento y de tensiones sociales.
En resumen, la tesis de Arzumanian pone de relieve
algunos de los mayores defectos de nuestros sistemas
occidentales. Pero, por otro lado, muchos testimonios
nos obligan a creer que incluso hasta en las sociedades
comunistas siguen existiendo taras de este tipo. Parece
difícil definir este. sentimiento de descontento, en lo
que se refiere a la desigualdad social, como un proceso
objetivo de la depauperación.
Las controversias que se desarrollan en Francia des-
de 195S no han resultado inútiles; al menos han seña-
lado que en sus presentes dimensiones el W elfare State
no es una panacea, por lo que no llega a suprimir mi-
lagrosamente las taras de nuestra sociedad, como se
proclamó un poco imprudentemente hacia el año 1945.
Gracias a las encuestas socioeconómicas de la época
reciente, sabemos que los mecanismos de seguridad
social han tenido simplemente como resultado una re-
distribución de la renta global de los trabajadores, pero
no un aumento sistemático de ésta por descuento pre-
vio de las rentas de otras capas sociales. Sabemos tam-
bién que en varios países europeos ( entre ellos Fran-
cia) la elevación del nivel de vida ha sido repartida
desigualmente y que son raras aquellas personas -so-
bre todo entre las clases modestas- cuya remunera-
ción se haya beneficiado de los progresos de la pro-
ducción139 (sometida a fuertes descuentos de orden

139. Se encontrará una buena exposición de este empobrecimiento rela-


tivo, cuyas causas son numerosas, en un estudio de M. RUNGIS, «Les travail-
leurs n'ont touché qu'une faible part de J'enrichissement national depuis
la guerre», Perspectives socialistes, febrero-marzo 1959, pp. 17-41. Una discu-
sión general del problema se encontrará en TAVITIAN (R.) La part des salaires
dans le revenu national, París 1959. Este trabajo expone una conclusión
que nos alecciona sobre la dificultad del paso de los conceptos teóricos a

145
10. - PROBLEMAS IDEOLÓGICOS
civil -elevación de la tasa de ínversión- y militar).
Sabewos, del mismo modo, que esta lentísima ascen-
sión hacia el bienestar se halla sembrada de fases
de detención, cuando no de retroceso absoluto. Si cree-
mos en la Contabilidad Nacional, el consumo anual
que había crecido por término medio, de 4,4 % al año,
desde 1948 hasta 1957, no ha aumentado más que en un
3,9 % durante el trienio de 1958-1960 (ligera baja en 1918,
estancamiento en 1959 y nuevo aumento en 1960). Las
caídas que afectan con frecuencia y en primer lugar a
los titulares de las rentas débiles, son dolorosamente
sentidas y minan la creencia popular en una elevación
continua del bienestar. Por lo demás, incluso cuando in-
terviene la mejora, se realiza por etapas insensibles. Es
mucho más fácil comprobar ésta a posteriori mediante
un análisis estadístico de un largo período, que sentirla
en el mismo momento. En definitiva, sabemos, proba-
blemente y sobre to~o. que el ,enriquecimiento de las
sociedades deja subsistir una desigualdad, así como el
mantenimiento de las distancias relativas entre los di-
versos sectores de la comunidad.
Estos hechos, demasiado conocidos ya para que
exista necesidad de una demostración en toda regla,
deberían moderar el entusiasmo de los doctrinarios de
la opulencia, cuyas deducciones referentes al paso de
lo económico a lo político son, en muchos casos, sim-
plistas y precipitadas.

4. Riqueza y política

En definitiva, la opulencia continúa siendo, en esta


mitad del siglo xx, un fenómeno de implantación limi-
tada, manifestándose particularmente en el consumo

Jas representaciones estadísticas: a corto plaw, la parte del salario variará


en razón inversa de la coyuntura, pero a largo plazo habrá un crecimiento
lento y bastante regular de esta parte. (1 % cada diez años).

146
masivo de ciertos bienes de uso duradero y también
de servicios de todo orden. ~sta no se observa más
que en un número limitado de países en el seno de los
cuales sobreviven muchos temas de inquietud y de des-
contento económico. La situfición del mundo campe-
sino, particularmente, sigue siendo muy deficiente. Como
lo puede saber cualquiera, una gran fracción de los cam-
pos no se ha visto afectada, más que en pequeña medi-
da, por los beneficios de las técnicas propias de una
sociedad rica. Los campesinos tienen conciencia de ello
en este momento y por ello están dolidos. Los susten-
tadores de la decadencia de las ideologías admiten este
fenómeno, pero señalan su arcaísmo, pues piensan que
ésta sería una de las contradicciones provenientes del
pasado, cuyo rigor el mundo nuevo aminorará lenta-
mente: Pero este optimismo es tal vez imprudente si
consideramos la persistencia en la U.R.S.S. de impor-
tantes contradicciones entre la ciudad y el campo.
No quisiéramos tomar partido aquí sobre el valor
del socialismo como técnica de ordenación de las rela-
ciones sociales. Sin embargo, si consideramos aunque
sea de una manera tosca, los móviles que producen
su nacimiento, resulta difícil encontrar en las socieda-
des modernas alguna razón para justificar su decaden-
cia o abandono. Enfocado como un deseo de igualáad
-la vieja aspiración a la justicia social-, el socialismo
conserva, a pesar de la «opulencia» relativa, toda su
razón de ser. A pesar de las comparaciones que suscita
la utilización generalizada de ciertos bienes de confort; s
el abismo que separa la riqueza de la pobreza no a-
sido superado. Hoy en día, ciertos rasgos nuevos de tas
sociedades modernas contribuyen a mantenerlo (i ifica-
estatuto de los managers). Es posible, también,. e par-
bir el socialismo en la perspectiva de una pi
ción que implique una afectación más eficaz de
tares de producción. Ciertamente el «planism
técnica de ordenación y de cálculo racional d dioe_t Recherches
de mayor
tos humanos que no pertenece en concret vie quotidienne
escuela de reforma social. La experiencia 25-44.

147
empero, que los conservadores sienten en general una
gran desconfianza hacia este procedimiento. No resul-
ta, por consiguiente, excesivo asociar la planificación
a una idea, en cierto modo vaga, del socialismo. Desde
este ángulo, basta recordar los defectos en el reparto
de los factores que caracterizan a las sociedades occi-
dentales para admitir que la aspiración socialista man-
tiene todo su fundamento.
, En otros términos, la explicación directa del apaci-
guamiento ideológico basada en la opulencia continúa
estando teñida por la incertidumbre. Por lo demás, da
muestras de una «parquedad» bastante sumaria en la
que no caen los marxistas, ejercitadísimos en el razo-
namiento dialéctico.140 Existe cierta conexión entre la
evolución del nivel de vida y la formación de las acti-
tudes políticas y también, especialmente en los regí-
menes bipartidistas, entre el estado de la coyuntura y
el reparto de votos. Lo poco que sabemos de la dinámi-
ca de estas relaciones nos obliga a emitir diagnósticos
matizados; en particular, cuando se trata de apreciar
los efectos del enriquecimiento de los trabajadores,
muy relativo por otro lado, sobre sus inclinaciones par-
tidis\.as.141

140. Observemos, ile pasada, que un cierto número de sociólogos ame-


ricanos -que se consid1;,an no marxistas e incluso hasta antimarxistas-
manifiestan en lo tocante a lJ),s relaciones entre lo económico y lo político
una mayor rigidez que los misws marxistas. Así ocurre, por ejemplo, con
la serie de ensayos que tratan de e~tablecer una relación entre el nivel de
'esarrollo económico y el funcionamie;,.to de la democracia pluralista, Un
4. •álisis de estas tentativas se podrá encon·,rar en LIPSET, The political man,
cit., esp. cap. 11. Ahora bien, uno de l;?s resultados notables de la
. ,1og1a política ha sido el de establecer que las cosas no son tan simples.
:[Link] numerosos testimonios de que disponemos, ver los resultados de
m'tacl'cuesta italiana, «L'Italia rossa non coincide cí:!l ]'Italia povera•,
1 mayo-junio 1960, pp. 103-108. De % provincias, 43 ~an globaJrnente
tada, r¡alistas de Nenni y a los comunistas un porcentaje de: votos supe-
'ice nacional, mientras que 36 disponen de una renta pi:: ca~eza
_____la media del país. Ahora bien, 22 de estas provincias .;~¡as•
las 36 materialmente favorecidas. •
~ficultad, lejos de ser propia al análisis político, se ex.íende
las repres~ntac1clas actitudes sociales. Se puede consultar, para con-Probar
en razón inversa 1el problema, el análisis monográfico de ACKl!RMAN,- (W,) Y
lento y bastante rtbangements sociaux et transformation de l'univl'n écono-

148
La miseria más extrema, cuando continúa estando
inserta dentro de estructuras feudales, se condinw!nta
normalmente con votos de tendencias conservadoras,
cuando no reaccionarias (Italia del Sur). En semejan-
te coyuntura la industrialización (o la transferencia en
una región industrializada) producirá al mismo tiempo
una conciencia de clase y una mejora del nivel de
vida capaz de provocar una radicalización de las opi-
niones. En los países avanzados, se nota que ciertas
fracciones de las clases obreras que gozan de un salario
relativamente elevado y de ventajas sociales importan-
tes, continúan apoyando masivamente a los elementos
más «rojos» de la vida política. De este modo, mineros,
metalúrgicos, o ferroviarios, conservan sus preferen-
cias ppr las izquierdas a pesar de las ventajas materia-
les conquistadas. Entran dentro de estas determinacio-
nes el género de trabajo efectuado, el nivel de la con-
ciencia obrera que resulta en parte de las luchas his-
tóricas y el valor del encuadramiento sindical. Los
obreros de las grandes fábricas de automóviles poseen
generalmente un comportamiento electoral más avan-
zado que el de los pequeños garajes y talleres de re-
paración.
Dogan, estudiando el «voto obrero en Europa occi-
dental»,142 ha señalado la importancia del hecho de que
los partidos socialistas y comunistas hayan sido pri-
vados, en los años recientes, de una parte de los sufra-
gios obreros (un tercio aproximadamente en Gran Bre-
taña, en Francia y en Italia, un cuarto en los países
escandinavos y la mitad, poco más o menos en Alema-
nia occidental). Para hallar una explicación a estas
escisiones electorales, Dogan se remite a la estratifica-
ción interna de:i grupo de los trabajadores, y en par-

migue et familia) des travailleurs•, Bul/etin du Centre d'Etudes et Recherches


Psycho-Techniques, enero-junio 1959, pp. 65-77. Para un estudio de mayor
envergadura se puede consultar CHOMBART DB LAUWB (P.), La vie quotidienne
des famUles ottvrieres, París 1956.
142. Revue Fran¡:aise de Sociologie, 1960, núm. 1, pp. 25-44.

149
ticular del nivel de las rentas. Pero la acción de este
factor no es siempre uniforme, pues si en ciertos paí-
ses el voto de las izquierdas es directamente propor-
cional a la fragilidad del nivel de vida, no ocurre de
igual modo en otros (Alemania, Dinamarca, Suecia) en
los que el voto conservador o cristiano-demócrata es
más frecuente entre los obreros :mayormente desfavore-
cidos que entre los más acomodados. Por lo demás, el
nivel de vida no es sino uno de los elementos de estas es-
cisiones, que Dogan analiza mediante la utilización de
múltiples factores sociosicológicos.
Es probable que cometamos un error al concentrar
el análisis sobre la dirección de los votos. Pues, al di-
fundirse la opulencia repercute probablemente más so-
bre el tono y el contenido de las luchas políticas, que
sobre 1~ misma distribución de las opiniones. El meta-
lúrgico, por ejemplo, sigue votando «rojo», pero la po-
sesión de un pequeño automóvil -incluso comprado
de ocasión-, atenúa la virulencia de esta opinión. :esta
es una hipótesis para cuya verificación no disponemos
apenas de instrumentos apropiados. Por otrá parte, se
correría un riesgo si le concediésemos, en principio,
un crédito total. ¿No tiene razón el obrero para creer
que debe este confort relativo a la presión colectiva que
ejerce sobre el empresariado y no al funcionamiento
espontáneo del sistema? Esta cuestión nos conduce a
mencionar otro aspecto del problema.

UNA EXPLICACIÓN SOCIOLÓGICA: EL NEOCAPITALISMO

Esta clase de explicación no es fundamentalmente


distinta de la que precede, pues aunque insiste en las
mutaciones observadas en las estructuras y mecanis-
mos de la vida social, se refiere también al tema de la
sociedad «opulenta» cuya supervivencia y expansión
e<; el factor principal, cuando no exclusivo, de las
transformaciones en cuestión. En otros términos, la

150
era de la opulencia sería la condición necesaria para
el advenimiento de la sociedad poscapitalista.
La corriente que vamos a intentar estudiar contiene
en realidad múltiples direcciones, cuyos adeptos se
oponen, a veces totalmente, en lo que se refiere a las
consecuencias de los fenómenos considerados. Algunos,
ensalzando el orden existente, no temen en último tér-
mino asociar capitalismo y democracia, y de esta for-
ma, modelan la expresión «capitalismo democrático». 143
Otros, sin discutir la realidad de cambios, estiman que
no hay nada que esperar de un capitalismo que reposa
por ahora en la «receta del enriquecimiento y del im-
perialismo avaro».144 Sin embargo, unos y otros tienen
un rasgo común: el de considerar, en grados diversos,
según. los autores, que los viejos análisis del capita-
lismo se encuentran superados y que las transforma-
ciones comprobadas actualmente en las estructuras de
las relaciones sociopolíticas, se explican por la inter-
vención de nuevas variables, o, al menos, que han sido
subestimadas por los autores del pasado. Otros ven en
la concurrencia ejercida por los países comunistas (téc-
nica del «desafío») uno de los factores de este cambio.
Frente a esta corriente, la escuela marxista-leninis-
ta mantiene, sin modificaciones apreciables, sus posi-

143. Según el título de la obra de Massimo SALVADOR!, Capitalismo de-


. mocratico. Considerazioni sull'economia americana, Roma 1956. Sobre el
mismo tema J. FouaAsul! y A. LALBUP estiman que de todas las expresiones
propuestas para bautizar a este «capitalismo nuevo estilo», la de «democra-
cia económica• es la mejor (Révo/ution a l'Ouest, París 1957, p. 209). Sobre
las modalidades y el contenido de esta revolución ver EINAUDI (Mario),
Rooseve/t et la révo/ution du New-Deal, traducido del americano, París 1953.
Para una exposición general de las actitudes morales y sociales de la gran
, empresa en los Estados Unidos, consultar [Link] (Richard), The meaning of
modem business: An introduction to the philosophy of /arge corporate en-
terprises, Nueva York 1960.
144. Según la expresión de Jacques GERMAIN, Le capita/isme en question,
París 1960, p. 234. Ver también las reflexiones de Jules Moc:H y Jacques
GERMAIN sobre las formas actuales del capitalismo en la Revue Socialiste,
junio 1959, pp. 285-331. Consultar igualmente la reciente obra de Robert
FossAERT, L'avenir du capita/isme, París 1961. A partir de su número 81, la
revista Cahiers Internationaux ha empredido una encuesta sobre el capita-
lismo contemporáneo (las respuestas son principalmente de inspiración mar-
xista).

151
ciones tradicionales. Para sus adeptos, las exposiciones
de estilo neocapitalista -lo mismo sean críticas que
laudatorias- constituyen una mixtificación o un in-
tento de diversión. Actualmente se desarrolla una nue-
va fase de la crisis general del capitalismo, la cual está
caracterizada por tres notas : desarrollo de las fuerzas
socialistas mundiales; disgregación del sistema colo-
nial y acentuación de las contradicciones entre los
países capitalistas, incluso en el interior de cada uno
de ellos. La ley fundamental de la desigualdad del desa-
rrollo económico y político continúa ejerciendo sus
efectos y provocando nuevas formas de contradicción
(los intentos de «integración» regional no han consis-
tido nada más que en el entendimiento de ciertos mo-
nopolios entre sí consagrado mediante acuerdos de los
Estados). Los defensores de estas concepciones con-
cluyen afirmando la inconsistencia y total nulidad de
las teorías y prácticas revisionistas que discuten estas
contradicciones o se esfuerzan en hallarles remedio.
El tiempo labora contra el capitalismo, que se desmo-
ronará según las reglas y en las formas previstas por el
análisis leninista del imperialismo.
En esta perspectiva, las intervenciones del Estado
y principalmente las nacionalizaciones -que los «re-
visionistas» presentan como el medio de hacer desapa-
recer la mayoría de los defectos y aspectos negativos
del capitalismo, sin perder sus ventajas- son una sim--
ple tentativa de salvación de la clase burguesa. Bajo el
imperialismo, el Estado se convierte cada vez más en
el comité ejecutivo de los monopolios. El sector pú-
blico, pieza esencial de la «economía mixta», sirve, no
a los intereses del socialismo, sino a los del capitalismo
monopolista. Un estudio minucioso del sector nacio-
nalizado británico confirma que al sustraer a los pro-
pietarios privados varios sectores deficitarios, abonán-
doles, en cambio, una generosa indemnización, el go-
bierno laborista ha reforzado sensiblemente las cuatro•
quintas partes de la industria que sigue permaneciendo -

152
en el sector privado. 145 No obstante, el reformismo in-
ternacional ha obtenido un beneficio cierto de estas
nacionalizaciones, desde el momento en que ha presen-
tado por medio de una vasta propaganda la experiencia
laborista, como un modelo de realización socialista sin
brutal ruptura con la tradición establecida.
La conclusión que se puede sacar de este razona-
miento es que la evolución no ha aminorado en modo
alguno el alcance de la ideología marxista. «La tarea
de la clase obrera y de su partido revolucionario no
está sino empezando.»146 ¿Existe la posibilidad de se-
ñalar algunos jalones de esta controversia?

1. De la explotación a la integración

La corriente que estamos estudiando aquí es, al


mismo tiempo, amplia, confusa y contradictoria. Todo
esfuerzo que se dirija a enunciar los principales te-
masr.. es arbitrario, y tanto más cuanto que este movi-
mieoto agrupa a auténticos defensores del empresa-
riado, a personas de inspiración reformista y a autores
que continúan reivindicando el marxismo (un aspecto
interesante y .tal vez importante del movimiento con-
siste •en que estas diversas fracciones aceptan con fre-
cuencia el diálogo entre ellas). Digamos una vez más
que la confianza en la eficacia de la técnica moderna
(vinculación con la opulencia) constituye un poderoso
foco de reagrupamiento.

a) Cambio en la estructura y en la mentalidad del


capitalismo. - Podemos establecer como punto de par-
tida la noción que los defensores del régimen y también
los reformistas utilizan más corrientemente. De conce-

145. Según JENKINS (Clive), Power an the top. A critica/ survey of the
nationalized industries, Londres 1959, pp. 13-14.
146. Guy BEssE, «De la nécessité du partí communiste» Nouvelle cri-
tique, noviembre 1959, p. 51.

153
derles crédito, las criticas tradicionales serían inope-
rantes ante este «capitalismo de nuevo estilo». ¿En qué
consiste?
Los partidarios de esta tesis nos dicen que, durante
los últimos cincuenta años, la economía ha cesado de
estar controlada por los poseedores del capital, en par-
te porque las grandes fortunas se han ido disgregando
y empequeñeciendo a causa de su transmisión por he-
rencia. Como consecuencia de la dispersión de capital
que esto lleva consigo, la facultad de gestión se ha ido
separando cada vez más de la propiedad o del control
financiero. Una nueva categoría se ha apoderado de
las palancas de mando de los grandes negocios. Nos
encontramos desde entonces en la era de los mana-
gers o grandes directores; categoría abierta y dispuesta
para los nuevos hombres que provienen principalmen-
te de las aulas universitarias o de las escuelas técnicas.
Ahora bien, esta · categoria social introduce en los ne-
gocios una ética totalmente diferente a la de los viejos
dirigentes capitalistas, los cuales llegaban a los puestos
supremos mediante la descendencia familiar. La expan-
sión de la empresa, mucho más que el lucro financiero,
constituye su principal móvil de acción; o, si se prefie-
re, ya no considera el provecho más que como el medio
de realizar el desarrollo. El éxito en los asuntos deja
de estar ligado a los beneficios distribuidos, no repre-
sentando las sumas entregadas a los accionistas, por
término medio, más que una fracción de las rentas ob-
tenidas por la empresa. En adelante, la satisfacción del
cliente (el «cliente rey», la venta como «un servicio»)
y la del personal, se anteponen a la complacencia de
los accionistas. Esta categoria social de los managers,
lejos de ser hostil, por sistema, al Estado, según el
esquema del viejo liberalismo manchesteriano, acepta
cooperar con todos los servicios públicos en el ejerci-
cio de sus funciones. De ello se deduce, por lo que res-
pecta al poder público, la posibilidad de dirigir el
desarrollo de la economía en interés de la totalidad de
la sociedad.

154
Este nuevo comportamiento es el propio de los di-
rigentes de esos negocios que tienen demasiados accio-
nistas, como para poder pertenecer verdaderamente a
alguna persona en concreto (vinculación con la tesis
de la «democratización» del capital: los 1.400.000 ac-
cionistas de la American Telephone and Telegraph). Pero
este comportamiento se extiende también, por contagio,
a algunas grandes empresas que continúan estando bajo
control familiar. De ello resulta un «capitalismo sin
complejos» que, dentro de ciertos límites, alcanza igual-
mente a las unidades de tipo medio. Sobre el plano eco-
nómico, estos nuevos dirigentes adoptan, por consiguien-
te, una estrategia de productividad, de expansión y de
conquista (caso de los dirigentes franceses en el Mer-
cado Común). En materia social combaten, al menos los
más dinámicos, el violento antagonismo heredado del
siglo XIX, pero aunque el diálogo con los sindicatos obre-
ros siga siendo tenso, en conjunto es pnsitivo.
Como ejemplo de este remozamiento, se cita en
Francia -el caso de los patronos textiles de Roubaix-
Tourcoing (esas viejas «fortalezas» de la acción revo-
lucionaria). No contentos con haber modernizado sus
fábricas para hacer frente a las dificultades de sumi-
nistro y de ventas, estos empresarios han aceptado
<lesde hace ya unos veinte años el principio de las dis-
cusiones paritarias para la solución de los problemas
sociales. Estas consultas se efectúan a través de la me-
diación de comités especializados; el más conocido de
los cuales sigue siendo el Comité Interprofesional del
Alojamiento, que puede vanagloriarse de haber conse-
guido importantes realizaciones. Los responsables de
este movimiento estiman hoy que la experiencia ha
sido concluyente : una vez desaparecida la antigua des-
confianza, esta colaboración, que por otra parte no se
desarrolla sin tropiezos, conduce a reanimar la con-
dición humana de los trabajadores.
Otro índice de esta transformación estriba en la
moda de lo que se denomina, no sin alguna concesión
al sensacionalismo, el «capitalismo popular», cuyos par-

155
tidarios más ambiciosos no dudan en declarar que sal-
vará sin más al capitalismo. La operación tiene dos
aspectos que es necesario no confundir: por una parte
otorgan al personal una participación en el capital de
la empresa, bien contra un cierto pago (General Mo-
tors, en los Estados Unidos), bien incluso mediante la
distribución de acciones gratuitas (Péchiney, en Fran-
cia); y por otra, la distribución de acciones en el gran
público, con el fin de aumentar el número de aquellos
que tienen un interés financiero en el mantenimiento
del sistema. La reciente regresión al sector privado del
60% del capital de la Volkswagen A.G. ha sido efectua-
da en provecho de estas dos categorías de beneficia-
rios, interesándonos particularmente aquí la primera
de ellas.147 Se trata de acrecentar la vinculación de los
trabajadores a su empresa y, más aún, al modo actual
de su gestión. Podemos observar, sin sorprendemos,
que el procedimiento ha sido utilizado por diferentes
firmas amenazadas de nacionalización (así en Gran
Bretaña, la poderosa empresa azucarera Tate and Lyle
Ltd.) Añadamos, para terminar, que especialmente en
los países anglosajones, los sindicatos han adquirido
la costumbre de invertir en acciones industriales una
parte de sus haberes. Hasta ahora, esta práctica se ha
seguido más en los Estados Unidos que en la Gran
Bretaña, pero en este último país se proyecta su más
amplia extensión.
Sobre la base de situaciones semejantes, algunos
no dudan en proferir la expresión de «obreros capita-
listas». Pero esto es correr demasiado, si consideramos
que se trata de una fórmula tomada nuevamente del
viejo arsenal paternalista; aparte de que los casos en
que se aplica son raros y los resultados han sido con

147. La primera asamblea general que corresponde a la nueva fónnulá


se ha reunido el l de julio de 1961, con la participación de aproximadamen•
te 6.500 accionistas (los cuales no parecen haber tenido mucha influencia fren-
te a los grandes accionistas: en particular, las autoridades federales y loca-
les, que, detentan el 50 % del capital).

156
frecuencia mediocres (así en Italia, las acciones distri-
buidas han sido vueltas a vender frecuentemente a ter-
ceros). Se puede decir lo mismo, acerca del tema, muy
manoseado, de la participación de beneficios y de· su
versión moderna del interessement.148 No obstante, es
característico que ·estas fórmulas obtengan un rebrote
de popularidad (aunque varios sindicatos, en Francia la
C.G.T., siguen estando totalmente en contra). En algu-
nos casos, son objeto de un empleo combinado, como,
por ejemplo, el procedimiento en uso de la firma britá-
nica Chemical Industries (atribución de un bono en
función del salario distribuido y pago de este bono me-
diante la entrega de acciones que el interesado queda
en disposición de negociar a continuación, con absoluta
libertad, en el mercado).
Entre los instrumentos sistemáticos de «pacifica-
ción industrial» las técnicas llamadas de las «relacio-
nes humanas» ( human retations) presentan otra en-
vergadura. Se las ha podido definir como «los medios
para obtener las interrelaciones de orden sicológico y
social necesarias para asegurar las condiciones ópti-
mas· de satisfacción humana y de productividad, o, en
forma más breve, los medios de mejorar el clima so-
cial en el seno de las empresas».1411 Estas prácticas se
han afirmado en primer lugar en los Estados Unidos,
donde han encontrado un fundamento teórico en las
experiencias de sicología social de Elton Mayo, la so-

148. El nuevo reg1men francés recoge actualmente a 36.980 asala•iados


sobre un total de 13 millones, es decir el 0,28 % (según Le Monde, 24 de
mayo de 1961). Para una descripción del sistema actual, ver VILLE, G.), Ac-
tionnariat ouvrier et participation [Link] du personnel il l'entreprise,
París 1960.
149. Se puede encontrar una buena exposición de las • relaciones huma-
nas• (con indicaciones bibliográficas) en la obra de Marcel Bou.E DE BAL;
Re/ations humaines et relations industrie//es, Bruselas 1958. Ver también
LEMESNIL (Fran1;ois), Les relations hwnaines dans l'entreprise et la condition
salaria/e, París 1961. Un estudio crítico más profundo habrá de buscarse
necesariamente en las diversas obras de G. FRIEDMANN (en particular, Pro-
blemes humains du machinisme industrie!, nueva ed., París 1955. (Hay edi-
ción argentina; Ou va le travail humain?, París 1953; Le travail en miettes,
París 1956).

157
ciometría de J. L. Moreno y la dinámica de los grupos
de K. Lewin. Desde 1945, el movimiento ha empezado
a extenderse a Europa, habiéndole conferido una viva
impulsión las misiones de empresarios, de sindicalistas
y de representantes gubernamentales, enviados a los
Estados Unidos dentro del marco de ayuda del plan
Marshall. Aunque esta transposición no haya sido li-
teral, el fin del proyecto sigue siendo idéntico en el
fondo: mejorar las relaciones entre el personal y la
dirección de la empresa con el fin de responder al nue-
vo estado de ánimo de los trabajadores, que se incli-
nan a discutir y combatir los modos tradicionales del
ejercicio del liderazgo empresarial.
La política de «relaciones humanas» encierra, en
efecto, un doble fin, o si se prefiere, una doble cara.
Por un lado, unos aspectos de «humanización» de la
actividad profesional : conferir al obrero el sentimiento
de que no es un simple elemento de la producción, re-
integrarle la alegría en el trabajo garantizándole el de-
sarrollo de su personalidad, en una palabra, tratade
como a una persona humana. Este punto de vista es deS-
tacado intencionadamente por los defensores y promo-
tores del sistema. Pero, por otro lado, este movimiento
tiene otra cara: la «integración del trabajador». Se tra-
ta, sin que siempre se diga, de consolidar la vinculación
del personal a la empresa, de amalgamarle en ·esta co-
lectividad social y de apartarle de sus relaciones ex-
ternas (principalmente de las organizaciones sindica-
les ajenas a la empresa). En esta perspectiva, el fin
apuntado estriba en obtener la aceptación de la auto•
ridad patronal y de suscitar la elevación del rendi-
miento. Ahora bien, se puede decir, sin formular un
juicio de valor, que el sistema de las relaciones huma-
nas debe casi enteramente su nacimiento y su desarro-
llo a unos móviles económicos (productividad). Las con-
sideraciones «humanistas» han llegado más tarde, apa-
reciendo en muchos casos como una «racionalización».
Uno de los objetivos, o de los resultados, de estas
técnic~, sigue siendo el de mejorar el estado de .ánimo

158
de los trabajadores, apartándolos del culto a las ideo-
logías de contenido revolucionario o incluso reformis-
ta. Se hará la misma obsenración a propósito de la
técnica de solución de los conflictos sociales conocida.
con el nombre de mediación. 150 Este procedimiento se
encuentra particularmente en auge en los Estados
Unidos, donde toda una escuela de pensamiento tiende
a reducir los conflictos colectivos de trabajo a unos
defectos de ajuste en el funcionamiento de las «rela-
ciones humanas». Este modo de arreglo de los con-
flictos tiene como insp~ración dominante suprimir a
los mismos su carácter de «pruebas de fuerza», hacien-
do prevalecer la noción de un «compromiso razonable».
La existencia de ciertas inclinaciones ideológicas en el
ánimo de las partes de la discusión no haría sino debi-
litar sti alcance. Este sistema está mal visto por aque-
llos para los que la solución de las disputas industria-
les depende sobre todo de la relación entre las fuerzas
de la clase obrera y de la clase capitalista, parecién-
doles la mediación una especie de tentativa para de-
bilitar la combatividad obrera y limitar su derecho a
la huelga.
Hasta ahora, este sistema se ha limitado a los inten-
tos de ordenación de las relaciones sociales de inspira-
ción patronal y de factura, en suma, espontánea. Pero
esto no es todo, ya que el poder público ha intervenido
en varios casos, bien para consolidar unas prácticas
facultativas privadas, generalizándolas mediante la im-
posición obligatoria, bien para imponer contra la vo-
luntad de los patronos, cuando sea necesario, unas nue-
vas fórmulas· de relaciones. Nos referimos a las múl-
tiples y heterogéneas tentativas de la creación de una
«democracia industrial». Sin entrar en detalles, diga-
mos que la expresión, bastante ambiciosa en cuanto a
la práctica seguida, abarca los sistemas de consulta pa-

150. Se puede encontrar los elementos necesarios para un estudio de la


mediación industrial en MBYNAUD (Jean) y ScHRODER (Brigitte), La médiation.
Tendances de la recherche et bibliagraphie ( 1945-1959), Amsterdam 1961.

159
ritaria, c:le asociac10n de trabajadores en la dirección
(del tipo de comités de empresa) y en último término
de la cogestión. Estos dispositivos tienden a aportar
algunos elementos de satisfacción, generalmente mo-
destos, a la tradicional reivindicación del «control
obrero». 151
Este intento de democratización de la empresa me-
diante procedimientos legales difiere en varios propó-
sitos de la filosofía americana de las «relaciones huma-
nas», que reposa sobre la concepción de la «libre em-
presa». Entre varios de estos promotores, empero, «la
democracia industrial» proviene de una intención aná-
loga a la de las «relaciones humanas»: preservar a la
empresa de la lucha de clases y, por ende, reducir
la influencia de los «feudalismos» obreros ajenos a la
empresa, dando al personal la impresión de participar
en la marcha de «su» empresa.
Igualmente se puede ver en estos procedimientos
-generalmente muy tímidos en cuanto al control de
las grandes decisiones económicas- un intento para
apartar la «revolución» favoreciendo la «reforma» (lo
cual se ha llamado hace algunos años la «revolución
por el derecho»). Puede suceder, por otra parte, que
combinándose el hastío o la impericia obrera con la
resistencia patronal, impidan a esta modesta ambición
reformista recoger sus frutos ( comités de empresa fran-
ceses). De esta forma existe la tendencia a restablecerse
el vacío tradicional entre la dirección y el personal, por
lo que los patronos sienten una fuerte incitación a pre-
conizar la técnica, mucho menos apremiante, de las «re-
laciones humanas», en su versión americana.
Los factores que acabarhos de mencionar influyen
evidentemente sobre la vida cotidiana de la empresa.

151. Para una buena exposición descriptiva y critica véase CLBGG (H. A.),
A new approach to industrial democracy, Oxford 1960. Consultar igualmente
La participation des travailleurs a la gestion des entreprises privées dans
les principaux pays d' Europe occidentale [Estudios realizados bajo la direc-
dc\n -de Marce! David]. París 1954.

160
¿Cuál es hoy, especialmente desde el ángulo de las re-
laciones de trabajo, el modo de funcionamiento de la
gran unidad?

b) Cambio en el modo de funcionamiento de la


gran empresa. - Las investigaciones en esta materia
son recientes y continúan siendo escasas; a pesar de
notables esfuerzos, no se puede afirmar que la socio-
logía industrial sea capaz por ahora de establecer algu-
nos esquemas válidos para estos análisis.152 De ahí, la
prudencia general de los comentaristas; algunos, con
todo, no retroceden ante la dificultad de•formular con-
clusiones válidas. En este sentido, Serge Mallet, para
el cual «se acentúa la separación entre los obreros de
las grandes fábricas modernas y el proletariado de las
empresá.s tradicionales». 153 La complejidad del proble-
ma proviene de que los movimientos observados se
atienen tanto a la misma evolución técnica (y even-

152-. Entre diversos intentos, mencionemos el de Luciano GALLINO que


trataba de aplicar a la empresa un esquema de interpretación inspirado en
los trabajos de PARSONS, Progresso tecnologico ed evoluzione organiuativa
negli stabilime11ti Olivetti ( 1946-1959), Milán 1960 (tentativa de análisis de la
firma industrial como un sistema complejo sociotécnico en el que una
cantidad variable de materiales, energías e informaciones circulan a través
de los elementos componentes, dando Jugar por parte de éstos y bajo formas
muy variadas, a procesos de elaboración, de transformación y de transmisión
conformes a los fines unitarios del sistema). Para una presentación general
de los métodos de estudio, ver el capitulo «Psycho-sociologie de J'entre-
prise», debido a G. FRII!DMANN y Jean-Daniel llEYNAUD en el Traité de Sociologie,
bajo la dirección de G. GURVITCH, tomo I, París 1958, pp. 459-478.
153. «La classe ouvriere n'a pas qu'un seul visage•, France Observa-
teur, noviembre 1958. Entre los numerosos trabajos de S. [Link], señalamos
a continuación algunas referencias útiles para nuestro tema: «Histoire d'une
raffinerie franc;aise•, Voies nouvelles, enero 1959; «Comment se fonne la
nouvelle classe ouvriere•, France Observateur, 9 de abril de 1959; «Une usine
déconcentrée: la Compagnie de machines Bull», Temps Modernes, febrero-
marzo 1959, pp. 1355-1393 y abril 1959, pp. 1631-1655. [Ver el conjunto de
estos_ trabajos en la obra recientemente aparecida La 11ouvelle classe ouvrie-
re. Ed. du Seuil, París 1963. ( N. del T.)] Comparar desde el punto de
vista del método de análisis con CoURVAL (Hélene), «Les mineurs de
fer de Lorraine•, Eco11omie et Politique, mayo 1959, pp. 5-36. Ver también
el interesante estudio de G. CAROCCI, Inchiesta alla Fiat, Florencia 1960 (se-
gún el autor, el obrero de la Fíat, a pesar de las ventajas materiales que
ha conseguido, sigue conservando el sentimiento de su propia alienación).

161
11. • PROBLEMAS IDEOLÓGICOS
tualmente, a la localización geográfica) como a una po-
lítica sistemática de los hombres responsables de la
gestión.
Analizando, por ejemplo, el desarrollo de la refine-
ría Caltex (en Bec d'Ambes en la Gironda), Mallet señala
que la automatización del proceso de fabricación com-
porta inevitablemente un cambio en los métodos de di-
rección del personal. Los trabajadores de esta fábrica
utilizan unos medios de producción de un costo y tam-
bién de un rendimiento tales, que los managers se en-
cuentran en cierta manera obligados a asegurar la «co-
operación volttntaria» del personal (tres días de huelga
en marzo de 1957 valieron a la sociedad unas pérdidas
de varios millones de francos antiguos). Funcionando
con unos efectivos restringidos, pero cuyo papel es
decisivo, la refinería vería comprometida su explota-
ción por la cesación concertada del trabajo, del mismo
modo que por el absentismo. Por lo demás, la lentitud
de la formación del personal operante hacen del turn-
over una verdadera plaga. Para garantizar la permanen-
cia de un clima cooperativo, la dirección practica natu-
ralmente una política de «salarios en punta» (la cual no.
ha sido, por otra parte, extraña a la acción reivindi-
cativa). Además, se ha esforzado por crear las «condi-
ciones sicológicas óptimas» que permitan al obrero
asumir convenientemente su tarea. Así, la atribución
a cada trabajador de la plena responsabilidad en su
· trabajo productivo, sin que pueda intervenir nadie arbi0

trariamente en su sector. El rasgo dominante de la


situación es una «integración» que se aplica en los
dos sentidos. Cada vínculo que une al obrero con la fá-
brica refuerza también la dependencia de ésta respec-
to de un trabajador difícil de remplazar (integración
que acrecienta aún más la realización en la misma em-
presa de un esfuerzo intenso de formación profesional).
¿ Cuáles son las consecuencias de la situación sobre
el comportamiento obrero? Contrariamente a lo que
opinan otros, Mallet estima que la conciencia de cla-
se permanece más sólida en las fábricas de este tipo

162
que en otras partes. El sentimiento del conflicto per-
manente de intereses que opone a empresario y a em-
pleados, continúa siendo aquí muy vivo, por lo que el
sindicato ejerce una influencia que raramente posee
en otros sectores. Pero, hecha esta reserva, la lucha
de clases se concibe a escala de la empresa y, por así
decirlo, en el interior de ésta. Sintiéndose vinculados
los trabajadores de por vida a la refinería, llegan a
considerar la acción reivindicativa como un asunto pro-
pio. De aquí la imposibilidad para los responsables
sindicales -bajo pena de liquidación a corto tiempo-
de acatar estrechamente las consignas generales dic-
tadas por las «centrales». En esta perspectiva es don-
de se sitúa el riesgo de la «atomización de los sindica-
tos», copsecuencia de las transformaciones estructurales
que destrozan toda solidaridad real entre los trabaja-
dores de la gran industria mecanizada (y en el día de
mañana automatizada) y los de la pequeña industria ma.
nufacturera. Así se explica, por último, la repugnancia
de tales obreros -desembarazados en el ejercicio de su
trabajo de las amenazas policiales o económicas- en
adoptar posiciones políticas ajenas a sus preocupa-
ciones.
En definitiva, apoyándose en varios ejemplos (entre
ellos la fábrica de Lacq), Mallet estima que la «nueva
clase obrera» conserva un alto nivel de afirmación sin-
dical y de conciencia reivindicativa. Piensa también que
las concepciones tradicionales de la lucha de clases no
están adaptadas ya a su mentalidad. El movimiento
sindical debe revisar su táctica so pena de no ser segui-
do más que por la fracción más atrasada de la clase
obrera. El punto esencial será en adelante la utilización
por los sindicatos de algunos de los elementos de con-
trol que han conseguido sobre la gestión y, con mayor
razón, de los medios de presión consecuencia de los mis-
mos acuerdos de producción.
El interés de los estudios de S. Mallet se limita
ciertamente a la claridad y a la · originalidad de las

163
conclusiones que expone. Pero ¿no se trata de genera-
lizaciones precipitadas que se basan, en suma, en al-
gunos ejemplos particulares? Estudiando la automa-
tización en la fábrica Renault, 154 Jean Laplace estima
que «el trabajador individual, aislado en su puesto,
tiene la impresión de desempeñar un papel cada vez
menos importante en la producción y de no ser casi
nada». «Pero -añade- cuanto más colectivo se va ha-
ciendo el trabajo, más pueden cobrar conciencia los
obreros de que lo que crea la riqueza no es el capital,
sino su trabajo colectivo». Esta apreciación se opone
a la tesis de Alain Touraine para el que la situación
implicaría una especie de «recomposición del trabajo»,
definiendo a éste, sobre todo, por el medio humano
donde se. encuentra el obrero y ya no como la acción
humana sobre la materia.155 Según Laplace, en la Re-
nault, como en otras fábricas, el clima social de cola-
boración no es, de hecho, más que la sumisión de los
obreros conseguida por el empresariado, público o pri-
vado, con la ayuda de las «relaciones humanas».
Los sociólogos industriales manifiestan, en general,
una gran prudencia que ellos justifican por la insu-
ficiencia de las investigaciones realizadas hasta ahora. 156
Tratándose, por ejemplo, de los efectos de la automa-
tización, algunas encuestas establecen que el resultado
de la misma entre los [Link] consiste en el senti-
miento de una «calificación» superior, pero este sen-
timiento -del cual no todos los comentaristas admiten

154. •Evolution tcchnique et travail ouvrier a la Régie Renault», Economie


et Politique, diciembre 1958, pp. 7-24.
155. Ver su importante obra L'évolution du travail ouvrier aux Usin~s
Re11ault, París 1955.
156. Para el estudio de estos problemas, la mejor guía disponible en
lengua francesa es el Traité de Sociologie du Travail de Georges FIREDMANN
y Pierre NAVILLB, 2 vol., París 1961-1962. Ver también de quinta sección. •Pro-
blemes de sociologie industrielle• del Traité de Sociologie de GURVITCH ya
citado, tomo I, pp. 439-511. Véase igualmente de Pierre NAVILLB «Vues pré-
liminaires sur les conséquences du développement de l 'autornation pour la
rnain-d'reuvre industrielle•, Cahiers d'Etude de l'Automation, 11, mayo 1958,
páginas 3-25.

164
su realidad- es tal vez debido a unos factores extrín-
secos a la misma -calificación (así, modernización de la
instalación). Mencionemos ahora el contraste que algu-
nos han establecido entre la mecanización que habría
producido efectivamente la «descalificación» (principal-
mente por el hecho de la parcelación excesiva del tra-
bajo) y la automatización susceptible de exigir una ele-
vación de la competencia (las tareas de vigilancia y con-
trol requieren unos conocimientos nuevos).
La misina incertidumbre se afirma en la aprecia-
ción de la influencia que las técnicas modernas de re-
muneración ha ejercido sobre la moral. Un punto, em-
pero, parece ser objeto de una anuencia general: la
endeblez de los resultados obtenidos por las técnicas
de la «democracia industrial» (consejos de fábrica,
comités de empresa, joint committees). La utilización
de estos procedimientos no modifica apenas la actitud
del conjunto del personal (los participantes directos
en el siste:rpa se impresionan con más vigor, pero
siempre en el sentido deseado).
Hasta ahora, nos hemos limitado a citar el caso de
trabajadores que pertenecían a las grandes empresas
en la vanguardia d~l progreso técnico. Pero la evolución
¿no afecta igualmente -en último caso de forma indi-
recta- a todos los trabajadores?

c) Cambios en las estructuras y en las mentalida-


des de la clase obrera. - Estos cambios serían el re-
sultado conjugado de varios factores: difusión del bie-
nestar (sociedad «opulenta»), transformación en el es-
píritu y en los métodos de la dirección patronal, mo-
dificación física en el cumplimiento de las tareas ... La
consecuencia inmediata de estos cambios, ¿no es vaciar
de todo contenido concreto a la expresión «clase
obrera»?
El hecho de que una parte de los obreros haya vo-
tado «sí» en el referendo constitucional de septiembre
de 1958 y la importancia del retroceso comunista en

165
las elecciones siguientes (noviembre) han suscitado en
Francia un interés vivísimo por el problema. El resul-
tado de ello ha sido una voluminosa literatura, con fre-
cuencia prematura.157 Estos trabajos, en su mayoría fun-
dados en estudios sociológicos anteriores, tienen en co-
mún admitir la aparición de grandes cambios en las ca-
pas sociales asalariadas. Lejos de ser un accidente his-
tórico, la actitud obrera de 1958 habría correspondido
a un profundo movimiento, cuyo resultado para los au-
tores más atrevidos no podría ser más que la desvalori-
zación de las mismas clases sociales (la sociedad posca-
pitalista tendría, en definitiva, como consecuencia con-
vertir en anacrónicos los análisis marxistas).
Los autores de estos estudios de desigual valor se
hallan lejos de obtener unas conclusiones idénticas en ·
cuanto al movimiento considerado. Probablemente, la
mayoría aceptaría la afirmación de Michel Crozier: «La
era del proletariado se acaba». 158 En esta segunda mi-
tad del siglo xx, una situación característica de los tra-
bajadores -la que Marx tuvo ante sus ojos- ha desa-
parecido o, por lo menos, no es propia ya más que de
fracciones «marginales» (trabajadores argelinos, por
ejemplo). En conclusión, la evolución económica y la
implantación del consumo masivo han transformado al
proletariado integrándolo, en mayor grado, dentro de
la sociedad. Los factores que han provocado esta mo-

157. A continuación damos una lista simplemente indicativa: «Qu'est-ce


que la classe ouvriere fran<;aise?», Arguments, enero-marzo 1959, pp. 2-33;
«Sociologie des milieux ouvriers», Revue de l'Action Populaire, enero 1959,
pp. 16-94; «La classe ouvriere», Les Cahiers de la République, septiembre-
octubre 1959; TouRAINE (Alain) y MALLET (Serge), «Ou va la classe ouvriere?•,
Christianisme Social, marzo-abril 1959, pp. 175-200. Se puede ver una expo-
sición más antigua en el número especial de Esprit, «Condition prolétarienne
et lutte ouvriere», julio-agosto 1951, pp. 1-217. Consultar igualmente para un
análisis de ambición más profunda los artículos publicados en el núme-
ro 2 de 1960 de los Archives Européennes de Sociologie con el significativo
título de: «A la recherche des classes perdues». Ver, en particular, el estu-
dio de Michel CR0ZIER, «Classe sans conscience ou préfiguration de la société
sans classe» que se refiere a los grupos intermedios como el de los emplea-
dos y funcionarios modestos.
158. Arguments, op. cit., p. 31.

166
dificación de la situación colectiva de la clase obrera
en la nación, son bien conocidos ( elevación del nivel
de vida, ciertamente, pero más aún adquisición de ga-
rantías contra las inseguridades bajo sus múltiples
formas, disminución de las barreras sociales, princi-
palmente por medio de la difusión de la enseñanza ... ).
Pero, por el contrario, no se ha prestado la suficiente
atención a los cambios que han resultado de ello en
la conciencia de los trabajadores. De ahí proviene el in-
terés en promover los modos de acción que permitirían
a la clase obrera situarse en consonancia con su impor-
tancia dentro de la nación.
Pero, precisamente, ¿cuáles son hoy día las dimen-
siones de esta categoría? Sobre este punto, la confu-
sión es grande, en razón de la variedad de criterios
que se han adoptado para el estudio de la estratifica-
ción social. Según algunos, la clase obrera se limita
a la categoría de los trabajadores manuales de la indus-
. tria, de los transportes y de la agricultura; según otros,
abarca también al conjunto de los asalariados, emplea-
dos y cuadros incluidos. Esta amplia concepción sitúa
en el mismo apartado a elementos que el modo de
trabajo, y con frecuencia también el género de vida,
tienden a distanciar; se le reprocha igualmente agru-
par junto a los trabajadores manuales otras personas
cuya· preocupación principal estriba en evadirse de la
condición «obrera». De ahí la idea -que se reduce a
un puro juego verbal- de mantener una categoría úni-
ca para los asalariados, pero denominándola «clase as,!-
lariada» y ya no «clase obrera». No obstante, la expre-
sión «clase asalariada» no desarmará a aquellos que si-
túan una parte de los asalariados -especialmente los
cuadros- dentro de la movilidad de las clases medias
(agrupando a Les hommes des temps qui viennent, se-
gún el título de una obra reciente).159

159 .. [Link] (Pierre), Les hommes des temps qui viennent. Essai sur les
classes moyennes, París 1956. Para otra perspectiva, consúltese ACOUAVIVA

167
Frente a estas discusiones, los marxistas mantienen
que la clase obrera se compone de hombres que, des-
provistos de toda propiedad sobre los medios de pro-
ducción, se encuentran obligados a vender su fuerza de
trabajo, física o intelectual, al empresario capitalista.
Desde este punto de vista, los técnicos y los ingenieros,
empleados directamente en la producción, pertenecen
a la clase obrera y no a las pretendidas «clases me-
dias» o «terciarias».160 Esta posición extensiva tiende
a combatir las declaraciones que, asimilando la clase
obrera únicamente a los trabajadores manuales, con-
cluyen en su disminución numérica y, frecuentemente
también, en la baja de su calificación ( supra). Proba-
blemente tiene un fundamento doctrinal, pero esta in-
terpretación tropieza con un hecho que el análisis polí-
tico no debería ignorar. Aunque se haya probado, como
así lo afirman los marxistas, que los intereses fundamen-
tales de la mayoría de los sectores medios coinciden con
los de las clases obreras, continúa siendo cierto que los
miembros de estas categorías sociales adoptan, en gran
número, un comportamiento [Link] al de los trabaja-
dores manuales y a veces en completa oposición con el .
mismo (puede suceder que esta distorsión sea el resulta-
do de factores objetivos ignorados por los marxistas, o
incluso que sea el producto de una sabia manipulación
intencionada que la clase dirigente haya realizado en
provecho propio).
El problema esencial implicado en esta polémica
de la que estamos citando las principales caracterís-
ticas, radica en una persistencia de la conciencia de

(Sabino), Automazione e nuova classe, Bolonia 1958 (se estudia el nacimien-


to, debido a la automatización, de una nueva clase de especialistas llamados
a desempeñar un papel dominante en la vida social).
160. Según la observación de André BARJONET en «Réalité de la classe
ouvriere•, Nouvelle Critique, noviembre 1959, pp. 24-39. Ver también el estudio
de Femand NICOLON, «Situation des couches moyennes en France», Nouvelle
Revue lnternationale, abril 1959, pp. 107-127. Para este autor, «la concep-
ción de una clase media es científicamente falsa y políticamente peligrosa•
(lo que impide particularmente a la pequeña burguesía tener una política
que sea en verdad la suya).

168
clases, especialmente entre los obreros manuales, así
como su orientación en relación con la ideología refor-
mista. Nos hallamos ahora en el meollo de la polémica,
Bajo los efectos del progreso técnico y de sus conse-
cuencias económicas, así como de un esfuerzo de con-
dicionamiento de los agentes («relaciones humanas»), la
clase obrera, cuya importancia numérica disminuye aun-
que adoptemos una concepción restringida de este gru-
po,161 ¿va camino de perder su combatividad y de ali-
nearse poco a poco junto a las clases medias? Una evo-
lución semejante -compatible con el antiguo manteni-
miento aparente de las viejas etiquetas políticas a las
que !a apatía habría vaciado de su contenido- ¿aporta-
ría un fundamento sólido a la tesis de la decadencia de
las id~ologías? ¿O, por el contrario, esta clase continúa
siendo capaz de un dinamismo revolucionario que pro-
duciría la incorporación progresiva, dentro de ella, de
una gran parte de las capas sociales medias (o al menos
de las llamadas nuevas: cuadros, funcionarios, intelec-
tuales)?
Algunos estimarán que esta manera de encarars~
con el problema reposa sobre un esquema superado
por la evolución. Existen autores, en efecto, para los
cuales el mismo principio de la división de la sociedad
en clases debe ser objeto de una revisión radical. Así,
Pierre Fougeyrollas, que divide a Francia en tres sec-
tores, teniendo cada uno de los cuales sus capas socia-
les correspondientes («precapitalista y arcaico»; «ca-

161. Disminución que es discutida, de otra parte, por los marxistas.


Según BARJONET, op, cit., p. 32, la pretendida ley de decrecimiento del sector
secundario se vendrá abajo desde el momento en que se realice un severo
examen interno del sector industrial. Parece en todo caso que se acerca
a la verdad cuando señala la decadencia relativa (compatible con un aumento
de los efectivos) de los trabajadores manuales en la masa de los asalariados.
Según el Comisariado del Plan, la realización del próximo plan exigiria la
contratación de 470.000 personas suplementarias en la industria, pero de
820.000 en el sector terciario. La opinión de Jacques LECAILLON no admite
duda: en •u opinión, existe una disociación entre el mundo obrero y el de
los asalariados, por lo que la clase obrera en sentido estricto vendría a ser
en la nación «un grupo cada vez más minoritario• ( en Témoignage Chrétien,
1 de mayo 1959).

169
pitalista y pasablemente heterogéneo»; y «poscapita-
lista, dentro del cual se desarrollan plenamente la tec-
nocratización y la automatización»); en consecuencia, la
única posibilidad de las izquierdas consistiría en desa-
rrollar al máximo el tercer punto y en liquidar «lo más
flexiblemente posible» el primero. 162
Este mismo fenómeno lo menciona también, pero
con mayor moderación y agudeza, Pierre Bigo, el cual
señala la aparición por encima de las habituales divi-
siones de clases de unas nuevas realidades sociales
cuya influencia es capital para explicar el comporta-
miento de los individuos. Piensa que «entre el flujo de
hombres que se dirigen cada mañana a su trabajo y
aquel otro que por la tarde se consagra a las diver-
siones... resulta cada vez más artificial trazar unas
fronteras». La clase obrera, sin duda, se ha constituido
en una realidad sociológica, pero actualmente se halla
afectada por «una evolución interna y externa que la
disgrega y la fusiona». P. Bigo teme que ello produzca
una deterioración de la existencia de los trabajadores
y teme mucho, igualmente, que la exposición de las
diferenciaciones internas de la clase obrera produzca
la rotura de su solidaridad y debilite su acción. 163
Según S. Mallet, la evolución actual del movimiento
obrero comporta un serio riesgo de «parcelación» de
las acciones reivindicativas, así como un peligro de cola-
boración de clases, por lo que el sindicalismo no debe
encontrar su sentido más que reclamando un control ge-
neral, tanto técnico como económico, de los medios de
producción y de l~ vida de los negocios. Esta unifica-
ción de la agitación política y económica -basada en
la obtención de situaciones estratégicas dentro de los
.organismos que son la piedra angular del Estado capi-
talista- le parece a Mallet el único medio de detener
la desafección por lo que hace a los partidos obre-

162. Cahiers de la République, septiembre-octubre 1959, pp. 91-9"3.


163. Revue de l'Action Populaire, enero 1959, pp. 62-63.

170
ros tradicionales.1114 A. Touraine, relacionando igual-
mente la. parálisis política de la clase obrera con el
papel dominante del partido comunista, distingue tam-
bién los dos planos mencionados. Según este autor,
el sindicalismo obrero ha cesado de constituir un mo-
vimiento ~ocial animado por la imagen de una socie-
dad sin clases, para llegar a convertirse en un elemen-
to de presión, de control o de resistencia. Pero no con-
seguirá extender su acción en la empresa más que ma-
nifestándose también y con fuerza en el plano político,
lo que exige una reagrupación previa con otras cate-
gorías sociales (asalariados no obreros y elementos de
clase media no asalariados). Para conseguir esto, es
necesario que el movimiento se sitúe en una perspec-
tiva de desarrollo económico y cese de estar retrasado
en relación con el gran capitalismo, más progresivo
que el pequeño.1e5
Pero, ¿en qué medida estas especulaciones cuadran
con las actuales aspiraciones de sus eventuales desti-
natarios? A decir verdad, nadie posee unas conviccio-
nes claras sobre este punto capital. La controversia re-
lativa a la «americanización» de la clase obrera se ca-
racteriza también, en varios problemas, por un desajus-
te entre la amplitud de los puntos de vista que se man-
tienen y la endeblez de las justificaciones plenamente
sociológicas. Hemos hablado de los obreros, especial-
mente de los «manuales», pero ¿se les ha escuchado su-
ficientemente? Sin duda, se han hecho encuestas 166 y se
han publicado datos, 167 pero en muchos autores, la es-

164. Christianis,ne Social, marzo-abril 1959, p. 199.


165. En la misma revista de la nota precedente, p. 191.
166. Ver entre otros trabajos (no siempre disponibles en las librerías),
At,;DRIEUX (Andrée), LIGNON (Jean), L'ouvrier d'aujourd'hui. Sur les chan-
gements dans la [Link] et la conscience ouvriere, París 1960. La obra, que
se basa en una encuesta directamente realizada en el medio obrero, sigue
teniendo un gran interés y utilidad. Desgraciadamente, la limitación de la
muestra disminuye el alcance de la clasificación que se [Link] (el «obrero•
.escapista, ·el resignado y el militante). Se encontrarán numerosos elementos
<le información y de reflexión en GIROD (R.), Etudes sc,ciologiques sur les
couches salariées. Ouvriers et ernployés, París 1961.
167. Ver, por ejemplo, MoTHE (Daniel), Journal d'un ouvrier (1956-1958).

171
peculación intelectual se ha adelantado al análisis posi-
tivo (inexistencia de una sociología histórica, por lo que
sufren de precariedad todos los intentos de compara-
ción temporal).
La aclaración del tema evocado en esta obra exi-
giría unas respuestas sin equívocos en las dos pregun-
tas que vamos a examinar a continuación. Primer pun-
to: -¿existe siempre un particularismo obrero (espe-
cialmente en orden al trabajo manual), o los cambios
comprobados en las sociedades industrializadas desde
hace algunos decenios han tenido como resultado pro-
vocar o preparar su asimilación a las otras capas so-
ciales? Segundo problema: la clase obrera, ¿concibe
o no una solución al problema de su existencia? Des-
graciadamente, los largos debates de estos últimos
años no nos permiten dar una solución basándonos
en observaciones positivas. Los escasos elementos dis-
ponibles de información directa no apoyan apenas, es
cierto, las suposiciones optimistas de estos «pensado-
res de salón»: todavía muy frecuentemente el obrero
se siente objeto de una segregación. De aquí se deduce
el sentimiento de «melancolía obrera» que han compro-
bado varios encuestadores. Así como también el man-
tenimiento de un particularismo que se atiene al ele-
mento «subordinación» que, por término medio, ca-
racteriza la situación del mundo del trabajo. Todo
conduce a pensar, por otra parte, que la multiplicación
y el perfeccionamiento de las encuestas sociológicas
tendrán como resultado unas respuestas de índole di-
ferente, Solamente la argumentación doctrinal puede
ignorar el relativismo o el pluralismo que marca casi
necesariamente a una colectividad en vías de transfor-
mación.
París 1959. Del mismo autor «Les ouvriers et la culture•, Socialisme ou
barbarie, abril-mayo 1960, pp. 1-44. Recomendamos igualmente la lectura
de dos obras de Jacques LoEW, de la orden de dominicos, En mission pro-
létarienne, París 1946 (publicada otra vez en 1961, como •libro de bolsillo») y
Journal d'une Mission ouvriere, París 1959. Se podrá encontrar algunas ob-
servaciones interesantes en la última obra de Michele AUMONT, En usine.
Pourqoui?, París 1958.

172
Esta insuficiencia de nuestros conocimientos es un
buen incentivo para analizar otras posiciones que dis-
cuten la originalidad del «neocapitalismo» o que le
atribuyen unos rasgos bastante menos progresistas.

2. Et neocapitatismo; ¿mixtificación o realidad?


Hemos tenido ocasión de exponer muchas reservas
respecto a las tesis, frecuentemente confusas y a veces
contradictorias, que afirman la aparición de un neoca-
pitalismo, o que, por lo menos, convergen en su defini-
ción. Este régimen sería fundamentalmente diferente
del viejo capitalismo y, como tal, susceptible de expli-
car la desvalorización de los conflictos ideológicos. Se
trata de:.de ahora de exponer los ataques frontales que
discuten los mismos principios de este análisis según
el cual la falta de crecimiento del proletariado indus-
trial (junto a su no depauperación), frenaría y tal v~z
anularía de manera duradera el impulso revolucionario
de los obreros. Los agruparemos en dos series, por otra
parte generalmente · complementarias : de un lado la
repulsa a admitir la existencia de cambios sustanciales
en los métodos del capitalismo (permanencia de la
«explotación), y de otro el rechazo de las observacio-
nes sobre las transformaciones de la clase obrera (len-
titud de la integración). ¿ Cuáles son los fundamentos
de esta argumentación?
a) Permanencia de la explotación. - La existencia
de una categoría social de empresarios, capaces y de-
seosos de acabar con los antagonismos del pasado,
constituye hoy día un tema muy extendido en diferen-
tes medios. Es uno de los argumentos favoritos de las
«relaciones públicas», la nueva rama de la propaganda
que los negocios utilizan para mejorar la imagen que
tiene de ellos el hombre de la calle. 168 Sin embargo, mu-
168. Se puede ver una magistral utilización de esta técnica en un suple-
mento (de 24 páginas) en el Times del 30 de mayo de 1961, «The survey of
Imperial Chernical Industries,.

173
chas discuten que la argumentación sea perfectamente
sólida, pues están convencidos de que los cambios con-
seguidos se exageran hasta llegar a su falsificación, así
como de que se tergiversa su sentido. El «neocapita-
lismo» seguiría siendo una sociedad fuertemente desi-
gual, y ello aunque la composición de sus beneficiarios
haya sufrido cambios. A menos de falsear el sentido de
la palabra, no sería cierto decir que esta sociedad evo-
luciona espontáneamente hacia el socialismo.
La observación es válida particularmente en lo que
se refiere al método de las consultas paritarias cuyo
débil alcance hemos ya señalado. Este sistema deja
intacta, en general, la facultad de decisión de los em-
presarios o de sus representantes, que son, por lo de-
más, los únicos que disponen de la información nece-
saria principalmente en el orden comercial y financiero.
La actividad de semejantes organismos puede tener
unas consecuencias felices para la solución de ciertos
problemas sociales, ya que no implica·· una auténtica
participación en el poder económico. En otros térmi-
nos: no se debería asimilar estas prerrogativas estre-
chas de discusión, ni tampoco la realización de una
presión sobre los salarios con el ejercicio de un «poder
compensador».
Según esta corriente, uno de los puntos inás impor-
tantes consistiría en la amplitud de las prerrogativas
y de las ventajas materiales de que gozan los mana-
gers de las grandes empresas, que son a la vez la van-
guardia y la piedra angular de nuestra economía. De-
bemos partir, en nuestro razonamiento, de la tesis de
Burnham. Ciertamente éste ha cometido errores fun-
damentales, y una gran parte de sus deducciones son
inaceptables; en particular, no tiene razón cuando pos-
tula la unicidad de la clase dirigente, y menos aún
cuando quiere subordinar la política a la gestión de
los medios de producción. Ni en las sociedades colec-
tivistas ni en las capitalistas la dominación del sector
industrial es suficiente para ejercer el mando del país.
La descripción de las relaciones entre lo político y lo

174
económico es irreducible a una esquematización uni-
lateral.189 Pero, de acuerdo con el carácter minorita-
rio de la gestión industrial, no podría rechazarse seria-
mente, ya que a pesar de las bellas palabras la dirección
de las fábricas sigue estando en manos de una oligar-
quía que detenta la mayor parte del poder económico.
¿Quiénes son los miembros de esta oligarquía?
Según un punto de vista corrientemente admitido,
se trataría de una nueva capa dirigente: la de los ma-
nagers u «organizadores», o también, como dicen algu-
nos, de los tecnoburócratas. Existen ciertos puntos
comunes entre esta tesis y los argumentos en favor de
un nuevo capitalismo: disgregación de las grandes for-
tunas, que reduce las posibilidades del control fami-
liar; decadencia y desaparición a largo plazo de la ca-
tegoría de los accionistas, cuya parte en la renta de la
empresa ( al menos en la forma de pago en especie}
iría decreciendo. Pero las conclusiones que se extraen
de estos fenómenos son totalmente diferentes, según
los casos: para unos, tendencia a la democratización;
para otros, traslado de los poderes y privilegios a una
nueva categoría de beneficiarios. ¿Cuál es, empero, el
contenido exacto de esta novedad?
Para ciertos autores, esta clase, supuestamente nue-
va, sería la antigua clase dirigente en un papel dife-
rente. En otros términos: la capa social poseedora no
habría abdicado ni un ápice de su poder. Este punto
de vista ha sido sostenido en los Estados Unidos por
C. Wright Mills, que ha presentado un minucioso aná-
lisis estadístico de los «riquísimos» (aquellos que po-
seen más de 30 millones de dólares).170 Basándose en
una voluminosa documentación, Mills declara que el
capitalismo es siempre una máquina eficaz para la
creación y la perpetuación de las fortunas (debido, en

169. Véase este punto, más adelante, en la segunda parte de esta obra,
pp. 336-348.
170._ En su obra La élite del poder, Fondo de Cultura Económica, Méxi-
co. Consultar igualmente LERNER, op. cit., capítulo V.

175
particular, a numerosas evasiones fiscales). Afirma tam-
bién que lejos de constituir un conjunto de america-
nos de origen diverso, los managers forman un tipo
social uniforme que en sus comienzos han dispuesto
de ventajas excepcionales por su nacimiento y educa-
ción (un dos y medio por ciento solamente de los altos
dirigentes del mundo de los negocios provienen de los
medios obreros). Esta concepción es defendida tam-
bién por los marxistas, que señalan la amplitud de las
sumas pagadas a los antiguos accionistas de los grupos
nacionalizados, la elevación global de los dividendos
entregados y la. dimensión considerable de las plusva-
lías bursátiles; sin embargo, si se tiene en cuenta la
degradación monetaria, es dudoso que el accionista me-
dio sea, en cuanto tal, beneficiario del movimiento.
Las observaciones de Mills tienen el mérito de lla-
mar la atención sobre los obstáculos de la movilidad
social, que siguen manifestándose en las sociedades
avanzadas. 171 Aunque la cuestión no se ·i,1antee en tér-
minos idénticos en todos los países, resulta difícil admi-
tir que el reclutamiento de la nueva clase dirigente
está caracterizado por una excepcional «apertura».
Pues, se encuentra afectada de elementos oligárquicos
que confieren a los miembros de las capas poseedoras
unas posibilidades excepcionales para su reclutamien-
to y promoción ( social eclusiveness). Bastará mencio-
nar a este respecto el papel de las public schools bri-
tánicas que, tanto antes como después de fa llegada
al poder de los laboristas, siguen siendo el vivero de
altos dirigentes públicos y de una parte de los mana-
gers privados del país. Estas escuelas agrupan aproxi-
madamente a 50.000 alumnos (por lo tanto, el 6 % de

171. Sobre la noción misma de movilidad social se puede leer la obra


interesante de LrPSET (S. M.), BENDrx (Reinhard), Social mobility in indus-
trial society, Berkeley-Los Angeles 1959. Este libro replantea varias nociones
vigentes: en particular, la idea de que los individuos buscan medrar, aunque
de -hecho no todos utilizan las ocasiones que se les ofrecen, y la idea de
que la movilidad conduce a la «armonía• y a la «integración• sociales,
aunque, como forma de cambio social, lo mismo crea tensiones corno solu-
ciona problemas.

176
la totalidad de este grupo de edad) que sin constituir
necesariamente el factor esencial de la estratificación
social, desempeñan un papel importante en la selec-
ción de las élites dirigentes (Iglesia, Parlamento, Admi-
nistración, etc.). Las public schools, frente a las que el
Labour hasta ahora ha mostrado mucha timidez, están
actualmente, con el apoyo financiero de las grandes
empresas, remodelando sus programas con vistas a las
necesidades de una sociedad tecnológica (principal-
mente el desarrollo de las secciones científicas). Estas
escuelas -en que los gastos de matriculación son
fuertes-, al entretejer unos lazos muy estrechos con
la industria, gozan de un tratamiento preferencial para
situar a sus alumnos. El reclutamiento en la industria,
al efectuarse por cooptación discreta más bien que por
seleccióri. abierta, nos recuerda en efecto la facticidad
de un cierto nepotismo ( en particular, en lo que se re-
fiere a una comunidad de educación). 172 Pero probable-
mente esas suposiciones son demasiado sistemáticas.
En otros países, como Francia, el sistema de enseñan-
za es aparentemente más democrático, pero, como es
sabido, prácticamente los hijos de una gran parte de
la población no tienen acceso a la Universidad (la cual
cobija a la mayoría de las carreras de responsabilidad).
Una faceta caracteriza el comportamiento de los ma-
nagers situados en la cúspide de los grandes negocios :
su. aptitud para asegurarse un acceso privilegiado a
los bienes de consumo. Los miembros de esta categoría
social se atribuyen unos tratamientos importantes ( q"\.te
tienen el privilegio de fijarse ellos mismos), pero la
imposición directa sustrae por otro lado una parte del
interés en la operación. De ahí el alumbramiento de

172. Parece, empero, que la expansión de las escuelas oficiales, junto al


aumento de la necesidad de técnicos disminuye la importancia relativa de las
public schools en la formación de los cuadros del país. Sobre las conse-
cuencias del plano universitario, véase FURNEAUX (V. D.), The chosen few.
An examina/ion af some aspects of university selection in Britain, Oxford
1961. Me remito igualmente a la sugestiva obra de T. H. PEAR, English social
.differences, Londres 1955.

177
12. - PROBLEMAS IDEOLÓGICOS
una nueva técnica: la del financiamiento de los pnVI-
legios por la empresa. Este método implica el otorga-
miento a los cuadros superiores de favores y ayudas
múltiples al abrigo del radio de acción de los impuestos
(gastos de representación, automóviles, préstamo sin in-
terés ... ). Se ha calculado, en lo que se refiere a Ingla-
terra, que un cuarto de los gastos de viaje, un tercio
de los nuevos coches (y una parte de las bebidas) se
saldan en las cajas de las empresas. Así se explica que
a pesar de la tasa de descuento fiscal, los restaurantes
de lujo se encuentren siempre llenos, las carreteras
surcadas por potentes automóviles con chóferes de li-
brea, etc.113 En el nivel de los directores del más alto
rango, se produce una confusión entre la vida del indi-
viduo y la de la empresa (así, por ejemplo, ésta puede
ser propietaria de casas de campo o de apartamentos
en la ciudad, que pone a disposición de los primeros,
sin hablar, naturalmente, del personal y servicio co-
rrespondiente). Puede suceder que estas facilidades lle-
guen hasta la utilización de un yate, de un club en el
campo o a veces hasta de un avión. Actualmente la
ayuda se extiende también a la educación de los hijos
(mediante la concesión por la empresa de algunas be-
cas o también mediante el pago de los gastos de ma-
trícula ,en las escuelas privadas). A fin de cuentas, los
dirigentes que no poseen a título personal más que
una parte, a menudo ínfima, de la riqueza de la empre-
sa, se encuentran en condiciones de obtener aprecia-
bles privilegios de los bienes cuya gestión aseguran.
Estas prácticas representan en varios casos un
fraude fiscal sin más, pero que sigue siendo delicado,
si no de descubrir, al menos de sancionar. Existen tam-
bién numerosos ejemplos de «fraudes legales» o de

173. Según Peter SHORE, en un interesante artículo (del que utilizamos


ampliamente los datos de esta exposición), «Reflexions sur l'expérience travail-
liste», Temps Modernes, mayo-junio 1959, pp. 1789-1821. Sobre las técnicas
utilizadas por ciertos contribuyentes para protegerse de los rigores de la
ley fiscal, véase TITMUss (R. M.), lncome distribution and social change,
Londres 1962.

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evasiones toleradas. Su amplitud varía según los paí-
ses, sin duda, en función de la agresividad de la fisca-