David, Guerrero y Rey
David, Guerrero y Rey
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Frank G. Slaughter
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Título original: David, Warrior and King
Frank G. Slaughter, 1962
Traducción: Luis Buelta
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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A Rebecca.
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PRIMERA PARTE
EL VALLE DE ELAH
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CAPÍTULO I
Y Obed engendró a Isaí, e Isaí engendró a David.
Ruth-4:22
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seguro de que le era posible caminar más rápido que el chacal, que tenía que
arrastrar a su víctima, cuyo peso, aun tratándose de un corderillo, era excesivo
para poder ser llevado en la boca por el veterano malhechor.
A David no le preocupaba lo que Isaí, su padre, pudiera decir cuando le
informara acerca de esta nueva pérdida. Él siempre había sido cuidadoso en la
vigilancia del rebaño y perdía menos corderos que cualquier otro pastor de la
región. Además, los chacales constituían un riesgo con el que los pastores de
Belén no tenían más remedio que enfrentarse, un riesgo al que temían tanto
como a los filisteos, esos chacales humanos que merodeaban por el país
formando bandas dedicadas al pillaje y que solían caer sobre los caseríos y
aldeas que encontrasen indefensos.
Desde que el profeta Samuel consagrara a Saúl, hijo de Kish, unos años
antes, como rey de las tribus tanto septentrionales como meridionales, en
Gilgal, cerca del río Jordán, los filisteos de las cinco ciudades, Gath, Ekron,
Ashkelon, Ashdod y Gaza les tenían sometidos al pago de tributos. No
obstante en Belén seguía una guarnición de filisteos, así como en Beth-shan,
sita algo más al Norte, y en Mich-mash y en Geba. En todas estas ciudades un
mesibim estaba encargado del cobro de los impuestos, que a los orgullosos
hijos de Israel les repugnaba pagar como signo de sometimiento a un señor
extranjero.
Los filisteos destruyeron el antiguo santuario de Shiloh, y aunque el
profeta Samuel residía en Ramah, a no mucha distancia de allí, a los israelitas
no les quedaba lugar alguno que pudieran mirar como residencia terrena de
Jehová, su Dios. David era demasiado joven para poder acordarse de aquellos
días una vez al año, en que todas las familias de Israel esperaban hacer un
viaje a Shiloh, para celebrar la gran fiesta en acción de gracias por haber
recogido una nueva cosecha en las viñas y en los campos que cubrían las
laderas de las colinas. Pero había permanecido muchas noches sentado al
calor del hogar escuchando como Obed, su anciano y decrépito abuelo, le
relataba con temblorosa voz las gloriosas historias del pasado de Israel.
Eran los días de los shophetim o jueces, cuando las tribus solían guerrear
entre sí. Y solamente cuando surgía un gran caudillo, unía el pueblo sus
fuerzas en cantidad suficiente para arrojar al opresor del país. Porque los
hombres de Israel, aunque orgullosamente independientes, habían acabado
por darse cuenta de que sólo uniendo sus fuerzas en la defensa común les
sería posible sobrevivir en una tierra que en gran parte dominaban los
filisteos. Por aquel entonces, éstos les prohibieron que trabajaran el hierro. El
oficio de herrero quedó eliminado del país, excepto en el Sur, donde los
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kenitas eran, desde los tiempos de Moisés, expertos fundidores de cobre y
bronce.
Isaí, padre de David, fue uno de los dignatarios de Judea que eligió a Saúl
como rey, que lo fue primero de las tribus del Sur y más tarde de todo Israel.
Arrobado escuchaba el muchacho como le contaba su padre las ceremonias
que tuvieron lugar en Mizpeh y en Gigal con motivo de la coronación de Saúl
y de las gloriosas victorias del hijo de Kish contra los filisteos, por las que se
ganó la adoración de todo Israel, convirtiéndose en uno de sus mayores
héroes.
Para David era Saúl todavía más grande que Gedeón, que con trescientos
hombres escogidos derrotó a los medianitas en un ataque nocturno en el valle
de Jezreel, situado a algunas jornadas de camino al Norte. El joven no se
sentía, como lo hacían ahora sus mayores, llenarse de recelo ante la
incapacidad del rey para unir en una sola nación poderosa a todas las tribus
contendientes.
Al llegar cerca de la cumbre de una de las más altas colmas, el caminar de
David se hizo mucho más penoso. El paisaje lo formaban ahora rocas llenas
de aristas, y manchas oscuras marcaban entre las masas pétreas la entrada de
profundas cavernas en las cuales solían buscar oculto cobijo tanto los seres
humanos como las bestias que se dedicaban al merodeo.
La mano izquierda de David se atesaba ahora en la honda, mientras
colocaba en ella la piedra que serviría de proyectil. Había aprendido a servirse
del arma por un benjaminita que estuvo de pastor a las órdenes de su padre,
pues los honderos de Benjamín eran los más diestros entre todas las tribus en
su manejo. Durante las largas horas que pasaba al cuidado del rebaño, cuando
no cantaba al compás del arpa o soñaba, como todos los muchachos
acostumbraban a hacer, con batallas en las que él figuraba como el héroe,
David se perfeccionaba en su destreza en el uso de la honda de los pastores.
Ahora podía dar en un blanco que se encontrara a una distancia de den codos
y guiar al rebaño hacia los pastos o sacarle de ellos arrojando piedras a su
lado.
Un gruñido de advertencia hizo que David se detuviese, tensos todos los
músculos de su cuerpo en la ansiedad de la espera. Ahora llegaba hasta él la
tufarada de la guarida del chacal y se arrastró hacia delante, asiendo con su
mano derecha las cuerdas de la honda. A la vez que el fétido olor del animal,
su olfato percibía el dulce y desagradable de la sangre fresca derramada por el
corderillo.
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Dando un rodeo a un saledizo roquedal, se detuvo David, en tanto que sus
ojos escudriñaban las rocosas guaridas que se abrían en la cúspide de la
colina. Hada el Este, las montañas de Moab formaban una aserrada línea
purpúrea bajo el sol de la mañana. A los pies de la colina donde se
encontraba, podía ver la superficie, de un azul plomizo, del mar Salado,
llamado también mar Muerto, que separaba a Judea de las tierras de Moab.
Desde muy lejos llegaban a su oído las voces de las mujeres que trabajaban en
los viñedos y en los jardines que salpicaban las laderas de las colinas, pero al
seguir avanzando y llegar a la cumbre, no se percibía otro rumor que el
susurro del viento y el de su propia respiración al pasar a través de su nariz.
El gruñido de advertencia se había convertido ahora en un murmullo
amenazador. David pudo darse cuenta del lugar de donde procedía, una
abertura en las rocas que marcaba la entrada del antro del animal. Empezó a
sentir una creciente excitación, una rara palpitación que identificó como el
latido de su propia sangre en su oído. Aunque se había dedicado en otras
ocasiones a la caza de chacales, nunca le fue posible descubrir el lugar donde
se guarecían. Ahora que por fin lo había logrado, la línea del combate
quedaba bien determinada y era imposible pensar en retroceder.
Sin quitar la vista de la sombra oscura que señalaba el interior de la cueva
del chacal, David se agachó y cogiendo una piedra la arrojó con un
movimiento semicircular de su brazo, hada la caverna, en cuyo interior
desapareció, denunciando el rugido que oyó, que el proyectil había dado en el
blanco. Con los ojos fijos en la abertura, asió otra piedra y la arrojó también al
interior. El gruñido del chacal se hizo entonces más profundo y David advirtió
un súbito rebullir en las sombras, como si algo en ellas se preparara a saltar.
Al tirar la tercera piedra, y tal como esperaba, apareció de un salto el
enfurecido animal, dispuesto a arremeter contra el ser humano que osaba
seguirle hasta su guarida.
David esperaba ansiosamente que tal cosa ocurriera, pero al ver el tamaño
del animal, sus descubiertos colmillos y el hocico rezumando sangre, no pudo
por menos de sufrir un sobresalto. Durante un instante se quedó inmóvil,
paralizado por un súbito ataque de terror. El merodeador se encontraba ya a
medio camino entre la cueva y el lugar lleno de rocas donde él se encontraba,
cuando pudo por fin librarse de la parálisis que le dominaba y aprestar la
honda.
La volteó una, dos veces, sobre su cabeza, dejándola luego ir y oyéndose
un chasquido al abandonar la piedra su asiento. Ya no tendría tiempo de poner
en la honda un nuevo proyectil. Con la velocidad del relámpago tiró el arma y
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asió el largo cuchillo que llevaba a la cintura. Aunque hecho de bronce —
pues los filisteos destruían todas las armas de hierro que encontraban sobre
sus súbditos israelitas, dando muerte a sus portadores— el cuchillo estaba tan
afilado que David hubiera podido afeitarse con él si el vello suave que
empezaba a cubrir sus mejillas hubiera tenido la reciedumbre de la barba de
un hombre.
Cuchillo en mano pudo dominar David el impulso, poco menos que
invencible que le dominaba de huir y se adelantó afirmándose para recibir el
ataque de la fiera. Pero el arma le resultó innecesaria. La piedra, impulsada
por el fuerte brazo del muchacho y por la terrible potencia de la honda, había
herido al animal entre los dos ojos. Al intentar dar el salto para caer sobre él,
todos los músculos del cuerpo del chacal se aflojaron y cayó sobre el suelo
pedregoso casi a los pies de David, el cual no tuvo que hacer otra cosa que dar
un paso hacia delante y degollar al animal con el cuchillo.
Lleno de júbilo, dio un salto hacia atrás para evitar el chorro de cálida
sangre roja que brotó de la garganta del chacal y profirió un grito salvaje de
entusiasmo. Había realizado una hazaña de la cual cualquier hombre hecho y
derecho podría haberse sentido orgulloso durante el resto de sus días, un
episodio digno de ser relatado años y años al resplandor de las hogueras de
los campamentos. Sintió que nacía dentro de él una tremenda sensación de
poderío y se puso de nuevo a gritar en alta voz, como si quisiera dar a conocer
al mundo entero que al acabar con el chacal al que los pastores de Belén
habían en vano tratado de dar caza durante muchos años, había cruzado la
línea de demarcación que separaba la adolescencia de la virilidad.
Físicamente no era David todavía sino un muchacho. El vello de sus
mejillas tardaría aún un año o más en convertirse en la barba de un hombre.
Su cuerpo era larguirucho y sus piernas, excesivamente desarrolladas en
relación con el torso, le daban la grada torpe de un mozalbete. Pero su
corazón había sido puesto a prueba bajo el temple del fuego de un súbito
peligro y de un miedo sobrecogedor, de los que salió más fuerte que antes,
como sale el hierro templado de la fragua del herrero. Aunque muy joven
todavía, se había enfrentado con un enemigo del hombre, al que acababa de
derrotar. Nadie podría arrebatarle la gloria de esta hazaña.
Volvió de nuevo a gritar inundado de júbilo, y como las canciones no
estaban nunca lejos de sus labios, el orgullo que bullía en su interior halló
natural expresión en las estrofas de un poema triunfal, una poesía a la que
faltaba solamente el acompañamiento de las cuerdas del arpa que había
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dejado atrás, en el lugar donde las ovejas se encontraban pastando, para
convertirse en un cántico triunfal de victoria y de alabanza a Dios:
Bendito sea el Señor, que es mi fuerza,
Que entrena mis manos para la guerra
Y mis dedos para la lucha.
Él es mi roca, mi sostén,
Mi fortaleza y mi libertador.
Es mi escudo y tras Él me acojo.
¡Reverénciente, oh, Señor, los cielos y de ellos desciende!
¡Toca con tus manos las humeantes montañas!
¡Emite tu relámpago que hará dispersar a mis enemigos!
¡Extendiendo tu mano desde lo alto,
Lanza tus flechas y derrótales!
¡Cantaré, Oh Dios, un nuevo cántico en tu honor,
Que acompañaré con un arpa de diez cuerdas,
Tú que das la victoria a los reyes
Y que proteges a David, tu servidor!
¡Feliz el pueblo sobre el que caen tales bendiciones!
¡Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor!
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CAPÍTULO II
Te enviaré a Isaí de Belén: porque de sus hijos me he provisto de rey.
Samuel I—16:1
Los restos del chacal pesaban mucho para que pudiera arrastrarlos
montaña abajo; pero David no pensaba descender sin llevarse alguna prueba
de su hazaña. Sabía que sus hermanos no aceptarían nunca el relato que
pudiera hacerles de lo ocurrido; más de una vez le habían acusado de
embustero, a causa de la facundia de sus palabras, que le hacían a veces pintar
los acontecimientos con colores más vivos que los que ellos empleaban.
Procedió a cortar con su cuchillo de bronce la cabeza y manos del animal, a la
manera que los guerreros de aquellos tiempos solían hacer con las de sus
víctimas, a guisa de trofeos transportables de sus hazañas. Después se lanzó
monte abajo alegremente, viendo con la imaginación las escenas de su cacería
y cómo la contaría aquella noche en su casa.
Al acercarse al prado donde pastaban las ovejas. David avistó a Eliab, su
hermano mayor. Deseando sorprenderle con su proeza, ocultó detrás de la
espalda, al aproximarse, los trofeos del chacal.
—¡Qué clase de pastor eres! —le gritó, enfada dado, Eliab en cuanto
David se puso al alcance de su voz—. ¿Es ésta la manera que tienes de cuidar
del rebaño?
—Vino un chacal y se llevó uno de los corderos —explicó David— y yo
marché tras él.
—¿Se trataba acaso de aquel de hocico blanquecino que hace algunas
semanas robó otro corderillo?
—Sí.
—Los chacales viejos son peligrosos si se les acorrala. Antes de que
vuelva al Ejército organizaremos una cacería para hacer que salga de las rocas
y poder así darle muerte.
—No necesitas molestarte sobre el particular.
David mostró entonces la cabeza y las manos del animal.
—Le seguí hasta su escondrijo, del que le obligué a salir para darle
muerte.
Eliab contempló admirado la sangre que manchaba el cuchillo de David.
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—¿Con un cuchillo de bronce?
—Le di primero entre los ojos con una piedra —manifestó David, a
tiempo que mostraba la honda— y cuando cayó le rebané el pescuezo.
—Ha debido ser una cosa peligrosa. No debiste haberla llevado a cabo
solo.
—También se trataba de un solo chacal —replicó David encogiéndose de
hombros— y a ti mismo te he oído contar más de una vez que luchaste contra
varios filisteos al mismo tiempo y los pudiste vencer a todos.
—Es diferente. Hace tiempo que soy soldado y estoy entrenado en el
manejo de las armas, en tanto que tú…
Eliab se detuvo y se aproximó a David para examinarle más de cerca.
—Has crecido mucho desde que te vi por última vez —hubo de reconocer
—. Tienes casi la altura de un hombre y no te falta mucho para alcanzar su
misma anchura.
—Pronto lo conseguiré —dijo David lleno de seguridad—. Llegará el día
en que seré tan fuerte como tú.
—Si ésa es la voluntad de Dios. Nuestro padre me ha dicho que desea que
vayas a casa. Yo me encargaré de cuidar del rebaño hasta tu regreso.
Aunque David estaba ansioso de volver a su casa para enseñar sus trofeos,
no podía hallar el motivo de que le llamaran a mitad del día.
—¿Para qué me quiere? —preguntó a su hermano.
—No lo sé. El profeta Samuel está en nuestra casa. Tal vez quiera que le
cantes algunas de tus canciones.
David cogió la lira que dejara escondida entre las rocas.
—Volveré lo más pronto que pueda —prometió.
—A ver si es verdad, porque no es propio de un guerrero del ejército de
Saúl dedicarse a cuidar borregos en la ladera de una colina.
El nombre de Belén significa «Casa del Pan», apelativo que la ciudad
recibió desde sus primeros días a causa de la fertilidad de las tierras que la
rodean. La región era agradable y próspera y eran muy pocos los que carecían
de lo suficiente para comer y beber. Construida sobre dos eminencias, con un
lomo o caballo entre ambas, se alzaba Belén casi a la misma altura que la
fortaleza jebusea de Jerusalén, sita a dos horas de camino en dirección Norte.
Hacia este lado y hacia el Sur, las cuestas para ascender hasta la ciudad eran
bastante empinadas, pero no así en dirección Este en que las laderas se
suavizaban hasta convertirse en una llanura. Aquí era donde existían ricos
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campos de cereales, verdes pastos y bancales superpuestos cubiertos de
viñedos.
Aunque no era Belén una ciudad que pudiera considerarse como muy
fortificada, su situación en una masa rocosa en forma de cuña, le daba ciertas
ventajas defensivas. Durante los varios siglos que los hebreos se encontraron
en posesión de la mayor parte de la región de Canaán, los habitantes de
Jerusalén no les molestaron para nada, viniendo todos sus disturbios del
Oeste, por culpa de los filisteos, que utilizaban los valles que cortaban las
tierras altas centrales de Judea como carreteras para sus incursiones contra las
zonas interiores y las tierras fértiles del valle del Jordán.
Aunque iba presuroso en dirección a su casa, David no podía por menos
de detenerse de vez en cuando a fin de relatar a los amigos con los que se
encontraba el episodio de la victoria sobre el chacal, y si la repetición del
mismo podía resultar algo pesada, no dejaba de ser una cosa natural en un
muchacho de su edad.
Al llegar a las puertas de la ciudad, se encontró con tres de sus mejores
amigos, sus primos Joab, Abishai y Asahel, con los que se había criado, ido a
la escuela y jugado a hacer la guerra. La inteligencia viva de David le hizo
descollar rápidamente en las lecciones que recibieran; pero los anchos
hombros y la fuerte constitución de Joab hacían que fuera éste el que triunfara
en juegos de fuerza, mientras que los ágiles pies de Asahel eran los que
motivaban que llegara el primero a la meta cuando se trataba de disputar una
carrera.
En el pozo que existía en las inmediaciones, cuyas aguas encontraba
David dulces como ninguna cuando regresaba de apacentar el rebaño en las
herbosas tierras altas o de jugar a la guerra con sus amigos, se encontraba
cuchicheando un grupo de muchachas. Al ver llegar al joven se dieron con el
codo, admirando su esbelta apostura, pero cuando sacó de detrás de la espalda
los sangrientos despojos del chacal, echaron a correr gritando llenas de
alborozo delante de él y haciendo que los que pasaban descubrieran la causa
de su emoción y admirasen a su vez la proeza del cazador.
Corriendo ágilmente por las estrechas callejuelas y tarareando las
endechas del himno que acababa de componer, ascendió David por la
eminencia al final de la cual se encontraba la casa de su padre, en la parte alta
de la ciudad.
La casa de Isaí, a diferencia de la mayoría, hechas de adobes y expuestas a
la erosión causada por las lluvias primaverales y a que se derrumbaran sobre
sus moradores, era de piedras sin desbastar unidas con argamasa. Como su
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padre Obed, y su abuelo Boaz, Isaí era hombre de recursos. Sus ocho
hermosos hijos de los que David era el menor, constituían el orgullo de su
vejez.
La casa de Isaí era de dos pisos, con una escalera hecha de bloques de
piedra que conducía hasta la azotea por la pared exterior. La azotea estaba
construida con vigas de cedro, recubierta de tablones de madera, sobre los que
iban colocadas las baldosas, formando el todo un sólido conjunto sobre el que
solía dormir a menudo la familia durante los grandes calores veraniegos,
como era costumbre en la localidad.
Las casas de esta parte de la ciudad se tocaban unas a otras y a veces
tenían muros comunes, de manera que a David le era posible ir a visitar a sus
amigos en los grandes crepúsculos invernales saltando de azotea en azotea,
siguiendo lo que era popularmente conocido con el nombre de «Camino de
los Tejados».
La parte principal de la casa rodeaba un patio abierto, al que
proporcionaban sombra las extendidas ramas de un terebinto de grandes
dimensiones. A un lado había una cisterna cubierta de losas enlucidas, en la
cual era recogida el agua que caía de la azotea durante la época de las lluvias.
En otros tiempos estaba llena de grandes cántaros y ollas que las hermanas de
David y las sirvientas de la casa llevaban cada mañana a llenar al pozo de la
entrada de la ciudad.
Isaí se encontraba sentado en un banco bajo la sombra del terebinto y a su
lado había un hombre alto de flotante barba gris y cabellos cortados a la
manera nazarena, que era como se llamaba a los que se consagraban por
entero al servicio del Señor. El visitante no iba vestido con lujo, antes bien, la
calidad de la tela de su traje era inferior a la del dueño de la casa, y sus
sandalias, hechas de cuero ordinario, mostraban el desgaste de largas
caminatas. Pese a su aspecto exterior, se dio cuenta David que se trataba de
un hombre lleno de orgullo y de energía, que se reflejaban en sus ojos
profundamente hundidos en sus cuencas y en las múltiples arrugas de su
rostro.
Todo Israel conocía la historia del profeta Samuel, que al correr de los
años se convirtió en una verdadera leyenda. Se decía que su madre,
entristecida por no haber tenido hijos, oró en el antiguo santuario de Shiloh,
mucho antes de que los filisteos lo destruyeran, pidiendo tener un hijo varón y
prometiendo como agradecimiento, que si esto ocurría le dedicaría desde su
nacimiento al servicio de Dios.
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Durante los años de su niñez, Samuel sirvió de acólito al anciano sumo
sacerdote Eli, en el santuario de Shiloh, en cumplimiento de la promesa de su
madre. Una noche, cuando se encontraba allí descansando de su servicio en el
altar, oyó una voz que le llamaba para que se pusiera a las órdenes de Dios.
Como portavoz del Señor en Israel, Samuel nunca flaqueó, incluso en los
tiempos de disturbios en que los filisteos se apoderaron del Arca de la Alianza
símbolo de la presencia de Dios. Por profanar el preciado símbolo de la fe de
Israel, los filisteos se vieron castigados por plagas y pestilencias, hasta que lo
enviaron desde su territorio, primero a Beth-shemest y después a Kirjath-
jearim donde permanecía. Bajo la dirección de Samuel como profeta y juez,
los israelitas arrojaron a los filisteos de una buena posición que ocupaban en
las tierras altas, reclamando las ciudades tomadas en ellas por el enemigo.
Solamente al envejecer Samuel y al advertir el pueblo que los hijos de
éste, Joel y Abiah no eran dignos de confianza como jueces, se enfrentaron,
contrariados, los israelitas con la realidad de que cuando muriera el anciano
profeta se quedarían sin guía que los condujera. Y en una reunión que tuvo
lugar en Marah, rogaron a Samuel que eligiera un rey como caudillo de todo
el pueblo, a la manera que él lo estaba siendo. No sin ciertos escrúpulos,
temeroso de que el nombramiento de un gobernante temporal y no un profeta
de Dios pudiera llevar aflicción a su pueblo Samuel consagró como rey a un
benjaminita, a Saúl, hijo de Kish.
En los primeros momentos a todos les pareció la elección acertada. Saúl
era alto, arrogante y fuerte y majestuosos sus ademanes en todos los
momentos. Además, por proceder de una de las tribus, aunque de las más
pequeñas, de las más belicosas, nadie podría acusar al profeta de favorecer a
una sobre otra por interés o por recomendación. No obstante, para nadie fue
un secreto que desde el principio nació el desacuerdo entre Samuel y Saúl.
Saúl era un hombre de acción, soldado primero y después sacerdote,
mientras que Samuel soñaba que Israel fuera solamente guiado por la voz de
Dios, como antaño ocurriera. Posteriormente, el abismo que les separaba se
hizo más profundo entre el rey y el hombre que lo había elegido al
permanecer Samuel en su antigua casa de Ramah mientras que Saúl se
escondía a veces en su palacio de Gibeah, al norte de Jerusalén, afectado por
uno de aquellos ataques de depresión y melancolía, que constituían su signo
más ostensible de debilidad.
—Has tardado mucho en llegar, David —le dijo Isaí al joven, cuando éste
entró en el patio donde se encontraban los dos ancianos—. No es cortés hacer
que un huésped esté esperando.
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—Fui tras un chacal que había robado un cordero —explicó David, a
tiempo de que se inclinaba cortés— mente ante el visitante.
—¿Y diste con él?
La voz de Samuel, que fue quien pronunció estas palabras, era profunda y
David siempre pensaba al oírla que la voz de Dios sería semejante a ella si
algún día le hablara desde una zarza ardiente, como habló a Moisés en el
monte Sinaí.
—Sí, mi señor Samuel.
Y al decirlo, David sacó de detrás de la espalda la cabeza y las dos manos
del animal.
—Seguí sus huellas hasta su guarida y le maté. He aquí las pruebas.
—¡Por las tiendas de Israel! —exclamó Isaí—. ¡En verdad que se trata de
una hazaña de cierta importancia! Desde hacía mucho tiempo tratábamos
inútilmente de dar caza a ese animal.
Ante los elogios de su padre, David se sintió inundado por un cálido
sentimiento de orgullo. Por ser el más pequeño de los hijos siempre parecía
encontrarse al pie de la escalera, sin muchas probabilidades de poner el pie en
el primer peldaño.
—¿Es éste tu hijo menor? —le preguntó Samuel a Isaí.
—Sí. A los otros ya los conocéis.
—Acércate, hijo mío —le ordenó el viejo profeta—, déjame que te vea
con más claridad.
David se aproximó y permaneció en pie ante el anciano, no pudiendo
comprender la razón de que Samuel le sometiera a tan riguroso examen. En
realidad, bajo la mirada penetrante del profeta experimentaba la extraña
sensación de que le escudriñaban el alma y que sus más íntimos pensamientos
quedaban al descubierto. Durante largo rato reinó el silencio; después, habló
Samuel.
—Éste es el elegido por el señor —dijo—. Llama a toda tu familia, Isaí,
porque le voy a ungir.
Rápidamente fue congregándose el resto de la familia, en tanto que David,
sin darse todavía cuenta exacta de lo que ocurría, seguía en pie ante el viejo
profeta. Cuando todos estuvieron en el patio, con excepción de Eliab que se
encontraba cuidando del rebaño Samuel sacó de sus vestiduras un pequeño
cuerno lleno de aceite y quitándole el tapón vertió el contenido sobre la
cabeza de David, empapando con él la rizosa cabellera del muchacho.
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—Procedo a ungirte, hijo mío, David, en nombre del Altísimo —dijo
Samuel recitando las sagradas palabras de ritual para una ocasión semejante
—. Que el espíritu del Señor esté siempre contigo y te proteja en todas las
adversidades. Y le sirvas tú al Altísimo para siempre.
La ceremonia de ungir con aceite se llevaba significativamente a cabo al
llegar el hombre a cierto punto crucial de su vida y, por ello, lo que creyó
David era que se trataba de celebrar su salida de la adolescencia y su entrada
en la edad viril. Fue más tarde cuando se dio cuenta del significado de la
ceremonia.
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CAPÍTULO III
Y el espíritu del Señor se apartó de Saúl, y atormentábale el espíritu malo
de parte del Señor.
Samuel I—16:14
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un gran festín de victoria y utilizarse el rescate que se pagaría por el rey Agag
en construir fortificaciones más fuertes en Gibeah, la capital de Saúl.
—Bendito seáis en el Señor —le dijo Saúl a Samuel, saludándole lleno de
alborozo al ver llegar al profeta a Gilgal, donde el rey había ordenado que
tuviera lugar una fiesta para conmemorar la victoria sobre los amalecitas—.
He cumplido lo que el Señor ordena.
Pero Samuel no se dejaba convencer con facilidad.
—¿Qué significan esos balidos de ovejas y esos mugidos de bueyes que
llegan hasta mis oídos? —preguntó severamente.
Raúl recordó demasiado tarde la maldición que Dios había dejado caer
sobre los amalecitas y la obligación que él tenía, como ungido del Señor, de
llevarla a cabo. Con la emoción de la lucha, la embriaguez de la victoria y la
satisfacción de haber capturado un rey cuyo rescate habría de ser grande, todo
lo demás se le había olvidado.
—Han traído las ovejas y los bueyes para sacrificarlos al Señor, nuestro
Dios —balbuceó torpemente.
Para el viejo profeta, que había coronado con sus propias manos a Saúl
como rey, aquellas palabras denunciaban una gran debilidad. Las victorias las
ganaba Samuel sirviendo al Señor en todo, juzgando al pueblo con sabiduría y
enviándole a combatir cuando sabía que Dios le daría la victoria. Para Saúl,
sin embargo, el Señor de los Ejércitos no era un dios personal que guiara cada
una de las acciones, sino la deidad vengativa y a menudo irascible de Samuel
con la que no se había encontrado nunca en verdadera comunión para que le
permitiera gobernar a su pueblo en calidad de dispensador de la voluntad
divina.
—¿Qué es más grato al Señor, que se le quemen ofrendas y se le hagan
sacrificios o que se obedezcan los dictados de su voz? —preguntó Samuel—.
Obedecer es mejor que sacrificar y escuchar mejor que devorar el sebo de los
moruecos. La rebelión es tan pecado como la hechicería y la obstinación tan
mala como la iniquidad y la idolatría. Puesto que habéis rechazado la palabra
del Señor él también os rechaza como rey.
Estas palabras levantaron la ira dentro de Saúl contra el viejo profeta al
ver que le trataba delante de su pueblo como si fuera solamente un niño al que
se le echa una reprimenda.
—He pecado transgrediendo el mandamiento de Dios y vuestra palabra —
acabó por reconocer—. Pero si obré así fue porque temía al pueblo y obedecí
su voz. Os ruego que perdonéis mi pecado y me ayudéis a que pueda seguir
adorando al Señor.
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—El Señor os ha quitado ya el reino de Israel y se lo ha dado a un vecino
vuestro que tiene mejores cualidades que vos. En lo sucesivo será la fuerza de
Israel y no mentirá para tener luego que arrepentirse.
Saúl trató aún de hacer las paces, dándose cuenta del efecto que la noticia
causaría tanto en la nación como en el Ejército.
—He pecado —dijo—, pero os pido que me respetéis ante los dignatarios
del pueblo y me ayudéis de nuevo para que pueda reverenciar al Señor.
Samuel sentía solamente lástima hacia el hombre que había defraudado
tanto a Dios como a él, cosa que ya temiera que ocurriera años atrás, cuando,
cediendo a los deseos del pueblo, coronó como rey a un héroe nacional.
Samuel sabía que le sería imposible ayudar a Saúl. La voz del Señor se había
manifestado suficientemente clara para saber que ante Él el hijo de Kish había
fracasado por completo como conductor del pueblo. Pero Dios no decretó que
Israel muriera, y de momento le pareció oportuno a Samuel que Saúl
continuara siendo cabeza de la nación, pues desde ese puesto podría todavía
inspirar entusiasmo a aquellos que combatían contra los enemigos
tradicionales, que ya se estaban reagrupando para volver al ataque.
—Rezaré por vos —dijo finalmente Samuel al rey penitente—. Ahora
salgamos juntos.
Fueron al antiguo santuario de Gilgal y sobre el altar sacrosanto hecho
con doce piedras extraídas del lecho seco del Jordán al cruzarlo los hijos de
Israel guiados por Josué, se realizaron los sacrificios rituales por parte de
Samuel, quien oró por última vez con Saúl. Pero no había terminado todavía
de castigar a éste. Al terminar la ceremonia ordenó Samuel que condujeran a
Agag a su presencia.
El rey de los amalecitas llegó encadenado, pero en su aspecto no
denunciaba hallarse atemorizado, pues sabía cuánto deseaba Saúl el rescate
que su pueblo pagaría gustoso por él. Pero al ver a Samuel, la confianza
empezó a abandonarle, porque desde hacía muchos años ambos eran
enemigos y sabía cuán severo e implacable era el profeta.
—Indudablemente podemos dar por terminada la amargura de nuestras
antiguas querellas —le dijo a Samuel tratando de congraciarse con él, pero
sus palabras no hallaron contestación cordial alguna.
—De la misma manera que vuestra espada ha dejado a tantas madres sin
hijos, la vuestra va a quedarse entre las demás mujeres sin el vuestro —dijo el
viejo profeta con aspereza.
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Y volviéndose, sacó de su vaina la pesada espada de hierro de Saúl,
reliquia recuerdo de una victoria anterior sobre los filisteos, y después de
voltearla con las dos manos, de un solo golpe segó la cabeza del rey de los
amalecitas.
Más tarde, a solas en su cámara de Gibeah, culpaba a sus anchas a
Samuel, más que a sí mismo, de todos los contratiempos que caían sobre él. Si
el profeta no hubiese ido a Gilgal aquel día, el pueblo se habría regalado
devorando el ganado amalecita. Sus bolsas de guardar dinero estarían llenas
del oro de éstos y podrían comprar una verdadera fortuna en joyas a los
propietarios de las caravanas que diariamente transitaban por el camino, entre
los próximos vados del Jordán y las ciudades costeras. Lo que sin embargo
más le apesadumbraba era que hubiese defraudado a Israel como rey.
Porque Saúl se daba cuenta vagamente que el verdadero caudillo de un
pueblo debe de ser algo más que un guerrero que sirve de inspiración para
entrar en combate. Los períodos de paz entre las guerras con los filisteos se
habían hecho cada vez más largos al afirmarse su fuerza militar obligando a
los enemigos a mostrarse más cautos ante su potencia. En tales tiempos de
paz lo que la nación necesitaba era un jefe que personificara un ideal que
mantuviera a todos tan unidos como cuando sentían la emoción de la batalla
en tiempos de guerra. Un hombre semejante, empezaba a sospechar ahora,
debía de tener muchos de los atributos de un dios, los cuales solamente podía
aspirar a ganar por favor divino.
Si se hubiera entretenido en examinar las crónicas antiguas, Saúl habría
descubierto que Dios había dado a Israel la victoria o la derrota según que el
pueblo y sus gobernantes le hubieran obedecido o no, sin extraviarse
siguiendo los falsos dioses de Canaán y Filistea. Más de una vez en la historia
de Israel se permitió que un opresor esclavizara al pueblo para hacer que éste
volviera al cumplimiento de sus obligaciones hacia la deidad que habló a
Moisés desde la zarza ardiente y que le guió en el largo viaje que hubo de
emprender para librarse del yugo de Egipto.
Ahora que sus caminos empezaban a separarse de una manera ostensible,
le pareció a Saúl que cuando él y Samuel empezaron realmente a discrepar
fue en cierta ocasión no mucho después que le ungiera como rey. Había
estado esperando en Gilgal la llegada de Samuel para que éste realizara los
sacrificios de ritual, invocando el favor de Dios para la batalla que poco
después iba a librarse contra los filisteos. Samuel se retrasó, lo que provocó la
impaciencia de Saúl. Finalmente, temeroso de que los efectivos de sus
ejércitos disminuyeran a causa de las deserciones que en ellos se producían
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diariamente, realizó él mismo los sacrificios. Era lo que creía que procedía
hacer dadas las circunstancias, pero ahora Saúl no podía escaparse al
convencimiento de que algo había fallado en una prueba crucial, una prueba
que decidiría si era o no el rey cuyas obras le hacían digno de gobernar la
nación durante los años venideros.
Sintiendo una repentina opresión que le era imposible resistir bajo el peso
de sus pensamientos y de su culpa, Saúl fue hasta la puerta de su cámara y la
abrió de par en par. La brisa nocturna refrescaba un tanto su rostro agitado,
porque la fortaleza se levantaba sobre una eminencia casi tan alta como la de
Jerusalén, que se encontraba a corta distancia hacia el Sur y el viento
refrescaba mucho al ponerse el sol. Desde aquella altura era visible buena
parte de la tierra que estaba bajo su dominio, y al contemplarla Saúl podía
decir en apoyo de su manera de obrar, que desde los territorios salvajes de
Shur, en la región desértica de Néguev, situada en la parte meridional del
país, hasta un punto del Norte tan lejos como eran los nuevos territorios
arrancados para sí por los Hijos de Dan, donde el río Jordán brotaba del suelo
en forma de gran manantial, más allá del bello lago llamado Chinnereth, no
existía israelita alguno que sufriera esclavitud alguna por parte de sus
enemigos.
La mayor parte de las ocupaciones habían sido realizadas por los ejércitos
bajo su mando, por lo que resultaba difícil tener que soportar el hecho de que
Jonatán, su hijo, el guerrero más valiente de todo Israel, no pudiera sentarse
en el trono de su padre simplemente por el hecho que éste no hubiese sido a la
vez un profeta que interpretase la voluntad de Dios y un soldado que entrase
en combate.
Una ira violenta empezó a tomar pábulo en su interior, una ira que iba
contra Samuel, contra su propio destino e incluso contra Dios. Levantando sus
ojos a la bóveda del firmamento tachonada de estrellas, empezó a lanzar
maldiciones a gritos una y otra vez, hasta que el patio del palacio se llenó de
tan desaforadas voces y los soldados empezaron a salir dando traspiés de su
acuartelamiento, colocándose las armaduras y aprestando las armas mientras
corrían.
Pero al llegar al patio no vieron otra cosa que la figura del rey, en pie
sobre la balconada que se abría al lado de la puerta de su cámara lanzando
airadas imprecaciones contra los cielos. Y moviendo tristemente la cabeza,
porque ya no podían por menos de comprender que su rey era un verdadero
demente, regresaron en silencio a sus dormitorios.
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Durante estas explosiones de rabia, solamente Jethro, el criado personal
de Saúl, era el que se atrevía a aproximarse a su amo. Los dos habían estado
jimios desde el día ya lejano en que llegaron a la casa de Samuel, en Ramah,
en busca de unas mulas que habían huido del lugar donde pacían y el profeta
Samuel había ungido a Saúl proclamándole rey de Israel. Jethro le sirvió
fielmente desde entonces y no abandonaba al rey en aquellos momentos de
profunda melancolía y de insurrección.
—Un mal espíritu de Dios os está atormentando, mi señor —le dijo el
criado tratando de apaciguarle—. ¿Por qué no envía a sus servidores para que
vayan en busca de un hombre que es un hábil tañedor de arpa? Cuando ese
mal espíritu os ataque él podría tocar su instrumento y os encontraríais mucho
mejor.
—Ve tú en busca de ese hombre y tráelo a mi presencia —ordenó Saúl.
—He conocido en Belén al hijo de Isaí, que es el músico en cuestión.
Toca el arpa divinamente y además tiene una presencia agradable.
—¿Cómo se llama?
—Se llama David, mi señor. Sus hermanos se encuentran entre los
soldados y él algunas veces suele venir aquí para visitarles.
—Envía un mensaje a Isaí diciéndole que me mande a su hijo David.
—Será hecho como es vuestro deseo, mi señor —contestó Jethro.
Jethro no sabía que en aquellos momentos se convertía en un instrumento
que obedecía los designios de Dios, que habían empezado a ser trazados el día
en que Samuel realizó su visita a Belén y ungió al hijo menor de Isaí en el
patio de la casa de éste.
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CAPÍTULO IV
Y tomó Isaí un asno cargado de pan, y una vasija de vino, y un cabrito y
enviólo a Saúl por mano de David, su hijo.
Samuel 1-16:20
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—La mula se encuentra ya casi lista —le dijo Isaí—. Puedes partir en
seguida.
—Voy a buscar mis armas —le contestó David—. Las tengo
perfectamente afiladas y brillantes.
—No necesitas llevar arma alguna, como no sea la honda para ahuyentar a
los osos y a los chacales que puedas encontrar en el camino de Gibeah. Y
también, quizá, puedes llevarte tu cuchillo.
—¡Pero si el rey Saúl me ha llamado para servir en su ejército!
—¿Quién te ha dicho semejante cosa? Para lo que Saúl te necesita es
solamente para que le toques la dulce música que sabes sacar de tu arpa y para
que le cantes tus canciones.
—¡Yo un cantor de canciones! —exclamó David disgustado—. ¿Qué
honor puede haber en dedicarse a semejante cosa?
—Mucho, si es que agradas al rey. Se dice que Saúl se ve asaltado por un
mal espíritu y que a veces parece que ni se da cuenta de lo que hace. Conozco
desde hace tiempo a su criado Jethro, quien en una ocasión que estuvo aquí te
oyó cantar. Seguramente ha debido de hablar a Saúl de ti, porque me ha
mandado a decir que tú podrías aliviar el torturado espíritu del rey con tu
música y tus canciones.
Lentamente, casi a disgusto, fue David en busca de su arpa. Se trataba de
un bello instrumento, hecho de madera de sándalo que había comprado con su
propio dinero. Tenía el marco muy pulimentado, las cuerdas eran de tripa seca
y retorcida y los extremos unidos a la caja de resonancia estaban exornados
con taraceas de oro delgadas como el papel. No había arpa semejante en todo
Belén y David la consideraba como la más preciada de todas las cosas que
hasta entonces poseyera. Sin embargo, el rostro del joven mostró escaso
entusiasmo al colocarla entré las pocas pertenencias que iba a llevarse a
Gibeah. Su corazón había soñado con jugar un papel harto diferente, porque a
pesar de su habilidad con el instrumento musical y en la composición de
canciones, David era un muchacho dinámico y vigoroso, capaz de tenérselas
tiesas con sus rudos compañeros de juegos, tales como Joab y Abishai en las
diversiones marciales con que solían entretenerse en el pueblo.
—Si agradas al rey puede llegar a nombrarte su escudero —sugirió Isaí
tratando de calmar algo el desengaño de su hijo— y entonces tendrías
oportunidad de practicar con las armas de guerra.
El expresivo rostro de David se iluminó un tanto.
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—Seguramente el rey no necesitará que le esté cantando sin parar —dijo
—. Quizá disponga de tiempo para que Eliab me instruya en el manejo de las
armas.
Y sintiéndose feliz ante semejante perspectiva, emprendió el camino hacia
Gibeah, llevando del ronzal a la mula de carga.
Sobre una montaña situada al norte de Jerusalén, desde la que se podía
contemplar la ciudad, David se detuvo para dar descanso al animal. Desde
aquella distancia, Jerusalén, edificada sobre varias eminencias, con una fuerte
y ancha muralla rodeándola y varias fuentes para proporcionarle el agua
necesaria, parecía una ciudad inconquistable. David sabía que Saúl había
pensado en más de una ocasión en atacarla, pero siempre desistió de hacerlo
porque resultaba evidente que intentar tomar por asalto aquellos muros
imponentes era tanto como un acto de suicidio por parte de los atacantes. Sin
embargo, David recordó que Josué se apoderó de más de una fortaleza
canaanita recurriendo a la astucia y pensó que podrían utilizarse tretas
semejantes en el caso de Jerusalén.
En la base de la muralla brotaba un pequeño manantial, y David había
advertido, después de pasarse muchas horas explorando las cuevas de las
colinas de Belén, que tales fuentes señalaban a veces aberturas en la base
rocosa de las mismas, aunque no podía advertir en el caso de Jerusalén que
existiera semejante quebradura. Por último, cansado de dar rienda suelta a su
fantasía, volvió sus ojos hacia el Este, donde el oscuro color azul pizarroso
del mar Salado destacaba contra el gris rosáceo de las montañas de la tierra de
Moab que podían verse a lo lejos. A la luz de la tarde los matices que las
montañas ofrecían eran verdaderamente fascinadores para quien tenía en su
temperamento inclinaciones naturales hacia la belleza. Entre el lugar donde
David se encontraba y Moab, el Jordán se curvaba en perezoso arco,
semejante a un gran collar formado de esmeraldas, que eran sus fértiles orillas
donde incluso en el rigor del invierno las heladas eran poco menos que
desconocidas.
Gran parte de la historia de Israel en esta tierra prometida de Canaán, se
había desarrollado en aquel círculo que David tenía en aquellos momentos
ante sus ojos. Hacia el Norte, su vista, aguzada por la costumbre de acechar a
los animales dañinos, tales como el chacal al que había dado muerte, podía
descubrir algunos de los puntos en los que Israel luchó tiempos atrás para
conservar la orilla oriental del Jordán, antes de cruzar el río para atacar la
ciudadela de Jericó. Una profunda cortadura que advertía en las lejanas
colmas, no podía ser otra cosa que el lecho bañado por las turbulentas aguas
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del Jabbok, en cuyas márgenes Jacob luchó durante toda la noche con el
ángel. Más allá, los cerros de Gileah ocultaban las murallas de la ciudad de
Jabesh, primer lugar donde Saúl se había cubierto de gloria en su esfuerzo por
la liberación de Israel. La despierta imaginación de David reconstruyó sin
trabajo aquella batalla crucial y la gran victoria que provocara el que el
pueblo eligiese a Saúl como rey.
En el primer plano inmediato, el flanco oriental del país del monte de
Judea descendía en violento declive sobre el valle del Jordán, con el fértil
oasis de Jericó oculto por las amarillentas eminencias de la imponente
montaña, llamada Quarantaria, elevándose sobre la ciudad.
Desde el lugar donde David se encontraba, podía dirigir la mirada casi en
línea recta hacia abajo a un valle en miniatura, escondido entre alcores donde
se ocultaba una pequeña aldea. Setos formados por perales espinosos,
marcaban las manchas de los jardines y de las huertas, y el blanco y el rojo de
la flor del almendro alternaba con los matices plateados de los olivos y con el
verde más intenso de los algarrobos que crecían desperdigados formando
tupidos grupos.
Recordó con algún retraso que en aquellas alturas se producía al caer la
noche un gran descenso en la temperatura, por lo que David aflojó el ronzal
de la mula y hombre y animal comenzaron a descender de aquella eminencia,
siguiendo el sendero que conducía al camino principal entre Jerusalén y
Gibeah, un poco al norte de la primera de ambas ciudades. Varías cabras
negras ramoneaban ten la hierba a lo largo del camino y al ser sorprendidas
por la pequeña caravana empezaron a balar y echaron a correr colina abajo
dando grandes saltos. David no se permitía distracción alguna y permanecía
aferrado al ronzal de la mula para evitar que ésta se encabritase, ya que un
paso en falso podía suponer un hueso roto para el hombre o para la bestia,
contingencia harto desastrosa en cualquiera de los dos casos.
Sobre una elevación circular, no lejos de donde se asentaba el pueblo de
Anathoth, se detuvo David para echar un vistazo al territorio concedido a la
tribu de Benjamín, de la que Saúl era el miembro más distinguido.
Destacando de una manera impresionante entre la sucesión de alturas que
caracterizaban al país de Benjamín, se encontraba Gibeah, donde Saúl estaba
construyendo una fortaleza para sede de su Gobierno. Y a través de una
estrecha planicie siguiendo la vista desde la capital benjaminita, se levantaba
la soberbia altura de Mizpeh, en cuya cumbre fue Saúl coronado como rey de
todas las tribus, primer gobernante en la historia de Israel después de Dios.
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Al pie de la ladera, camino a la fortaleza de Saúl, se detuvo David para
que la sedienta mula bebiera de un regato que nacía de una fuente inmediata.
También él, arrodillándose al borde de la corriente, se puso a beber con
avidez. Luego se puso en pie procediendo a limpiarse de las hojas y pequeños
tallos que se le habían quedado adheridos a su ropa, pues quería entrar en la
ciudad de Gibeah con el mejor aspecto posible. La mula se puso a trotar por la
orilla del pequeño arroyuelo, en busca de hierba fresca que en ella crecía en
abundancia y David hubo de seguirla hasta apoderarse de nuevo del ronzal.
Pero cuando iba a iniciar la ascensión por la orilla opuesta, se quedó
asombrado al ver a una muchacha que se encontraba de pie en un plano más
elevado que el suyo y que le examinaba con curiosidad.
Parecía tener unos catorce años, algunos menos que él, y su belleza era
singularmente frágil. El kiton o túnica que vestía estaba hecho de un rico
material y lo llevaba con un aplomo y una dignidad ciertamente superiores de
lo que podía esperarse en una muchacha de su edad.
—¿Quién eres? —le preguntó ésta.
—Me llamo David. Mi padre, Isaí, es uno de los miembros del Consejo de
Ancianos de la congregación de Belén.
A la muchacha no pareció impresionarle semejante título.
—¿Vas a Gibeah? —siguió preguntando.
—Sí.
—Entonces iré contigo.
David se encogió de hombros.
—Como gustes —contestó.
La muchacha bajó corriendo por la ladera y se puso a acariciar las orejas
de la mula.
—¿Sabes que eres muy guapo para ser un chico? —dijo con franqueza,
examinando de cerca el rostro de David.
—¡Yo no soy guapo! —exclamó David con indignación, pero
inmediatamente se echó a reír.
La muchacha se unió a aquellas carcajadas y aquel rumor de alegría se
extendió por el pequeño bosquecillo que rodeaba a la fuente.
—Me gustas, David —dijo con franqueza—. Y yo, ¿te gusto también?
—Me parece que sí —contestó él con cierto recelo.
Pero inmediatamente sintiéndose audaz, añadió:
—Sí, desde luego me gustas.
—Me llamo Michal.
—Bonito nombre. Tan bonito como tú.
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La chica pareció tomar el cumplido como algo obligado. Seguramente se
lo habían dicho muchas veces.
—¿A qué vas a Gibeah? —preguntó.
—Voy a tocar y cantar para el rey Saúl.
Vio entonces como se agrandaban los ojos de la muchacha, llenos de
sorpresa y de placer.
—¿No querrás cantar una canción para mí? —preguntó con vehemencia.
David no tenía motivo alguno para no complacer a la traviesa muchacha.
Además le gastaba, porque no se parecía en nada a sus hermanas ni a las
demás chicas de Belén. Sacó su arpa de la carga que llevaba la mula y la afinó
rápidamente. Al tañer las cuerdas brotó del instrumento una cascada de
arpegios que se desparramó por el bosquecillo, y Michal, llena de placer,
aplaudió y rió con entusiasmo. David miró a su alrededor para inspirarse en
algo que cantar y sus ojos cayeron en la fuente y en el regato que de ella
brotaba. Y lo mismo que el agua del manantial borboteaba sobre la tierra,
surgieron de súbito las palabras en su imaginación y se puso a cantar
dulcemente:
Lo mismo que el viejo ciervo corre anhelante tras los arroyos,
Así mi alma corre anhelante detrás de ti,
Alma mía…
Michal interrumpió la canción, antes de que siguiera adelante y dijo:
—Me gusta eso que acabas de cantar del ciervo y del arroyo. La semana
pasada vi aquí mismo a un cervatillo bebiendo al lado de su madre. Me
hubiera gustado tenerlo como mi animal favorito, pero antes de que pudiese
apoderarme de él dio un salto y desapareció.
—Mi primo Asahel te lo podría haber cogido —le aseguró David—,
porque corriendo va más veloz que un chacal.
El rostro de Michal se ensombreció.
—Odio a los chacales casi tanto como al profeta Samuel —dijo.
La estupefacción ante semejantes palabras, impidió a David hablar
durante unos instantes.
—¿Y por qué odias a Samuel? —pudo decir por fin.
—Porque amonestó a mi padre por hacer unos sacrificios por llegar él
tarde, cuando los filisteos estaban casi encima de nosotros.
El incidente era bien conocido de David, porque había oído a Samuel y a
su padre hablar de él en Belén.
—¿Es que eres hija del rey Saúl?
—Sí.
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Súbitamente la muchacha volvió a ponerse alegre.
—Si es que vas a tocar y cantar para mi padre tendrás que vivir en el
palacio. Entonces podremos venir todos los días a la fuente en busca del
cervatillo y me cantarás tus bellas canciones.
—¡Michal! —gritó la voz de otra muchacha con aspereza—. ¿Qué estás
haciendo?
David levantó la cabeza, divisando a la que había hablado, que debía de
tener aproximadamente su edad o un poco más y que se encontraba en pie
sobre la eminencia rocosa que había sobre el manantial.
Era una muchacha tan hermosa que durante unos momentos se quedó sin
respiración. Su belleza era lozana, aunque en aquel instante llena de enojo, y
era completamente diferente de la gracia y delicadeza que constituían el
travieso encanto de la muchacha más joven.
Michal se apresuró a subir al elevado lugar donde se encontraba la
muchacha mayor.
—¡Éste es David, Merab! —exclamó llena de entusiasmo—. Ha venido
para cantarle canciones a nuestro padre.
Merab emitió un pequeño bufido despectivo.
—A mí más bien me parece un pastor. ¿Se puede saber por qué te has
escapado corriendo? Te he estado buscando por todas partes hasta dar
contigo.
—Ya sabes que acostumbro siempre a venir al manantial —dijo la
hermana menor, tratando de defenderse—. No hace mucho que vi aquí mismo
al cervatillo del que te hablé.
—Antes de que lleguemos a casa habrá sido ya la hora de la cena —le dijo
Merab con acento de reprimenda—. Vamos, es preciso que nos apresuremos.
La hermana mayor parecía como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de
la existencia de David, salvo por el resoplido de desdén al decirle Michal su
nombre y por la observación que hizo de que parecía más un pastor que otra
cosa.
De no haber sido la muchacha tan arrebatadoramente bonita, David se
hubiese sentido ofendido por el desprecio de que le había hecho objeto, pero
resultaba verdaderamente duro tener que pensar algo malo tratándose de una
muchacha de semejante hermosura.
Cuando las dos hermanas fueron a emprender la ascensión de la ladera,
Michal se volvió hacia el lugar en que David se encontraba y le prometió:
—Ya te buscaré por el palacio y no dejaré de escucharte cuando cantes.
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CAPÍTULO V
Y David llegó hasta Saúl.
Samuel 1-16:21
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—¿Por qué trata de entrar el hijo de Isaí en el palacio del rey Saúl? —
preguntó el soldado—. Tus hermanos están acuartelados abajo.
—El rey me ha mandado a buscar —contestó David con orgullo.
—¿De veras? —replicó el hombre, que no parecía haber quedado
demasiado impresionado con la declaración—. ¿Y se puede saber por qué
razón?
—Para que toque y cante a fin de que los malos espíritus queden
aplacados.
—¡Por las tiendas de Israel! —exclamó el soldado—. ¡Será algo meritorio
si puedes llevar a cabo semejante cosa! Desde hace días el espíritu malo no
deja de acongojar al rey. La mitad de sus servidores del palacio muestran las
huellas de su ira.
—En todo Israel nadie puede tocar la lira como yo lo hago —se atrevió a
decir David con jactancia—. El rey ha tenido noticias de cómo toco y me ha
mandado llamar.
—Entra, pues —le dijo el centinela—, encontrarás a Jethro, su criado, en
uno de los cuartos a la izquierda del patio.
David se dio cuenta de que aunque el palacio del rey Saúl era más grande
que su casa de Belén, no era más lujoso que ésta. Siguiendo las instrucciones
del soldado, no tuvo dificultad en dar con Jethro, al que entregó los obsequios
de pan, vino y un cabrito que Isaí enviaba al rey.
—Vivirás en los aposentos de los criados del palacio y comerás con
nosotros —le informó Jethro—. A veces se despierta el rey atenazado por el
mal espíritu y debes de estar preparado para tocar y cantar para él a cualquier
hora del día o de la noche.
—Permíteme que durante el día permanezca en el campamento de los
soldados fuera de la muralla —rogó David— pues quiero entrenarme en el
manejo de las armas de guerra.
—El rey Saúl no te ha mandado llamar para luchar —replicó Jethro—.
Para semejante menester ya dispone de hombres más grandes y robustos.
La idea de vivir y comer con los criados no le resultaba a David muy
atractiva, porque su padre era uno de los dignatarios de Judea, la más
numerosa y rica de todas las tribus, y su familia tan noble como la primera da
Israel. Sin embargo, no tenía otra alternativa, a menos que regresara a Belén,
y si Saúl se enfurecía con la facilidad que el centinela y el propio criado le
habían dicho, tal acto de desobediencia podía tener consecuencias
desagradables para él y para su familia. Tal como se presentaban las cosas, lo
más sensato era quedarse y apechugar con ellas.
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La cena consistió en un sabroso estofado y cortezas de pan recién cocido,
caliente todavía del horno, de las que hacían uso los criados para sacar el
estofado de la olla común en la que comían. Había también leche de cabra,
enfriada en la fuente que proveía de agua al palacio y una mezcla, bastante
aguada, de este último líquido y vino.
Todavía no había visto David rastro alguno del rey Saúl ni de Michal y
Merab.
—¿Sabe el rey que estoy aquí? —le preguntó a Jethro al terminar de
cenar.
—Ya le dije que habías llegado y le enumeré los obsequios de que has
sido portador —contestó el criado—. Pero Saúl se encuentra esta noche de un
humor muy negro. No te puedo decir qué es lo que tiene intenciones de hacer.
—Quizá debería yo cantarle para levantar su ánimo —sugirió David.
—Sus hijas y su esposa favorita se encuentran en estos momentos a su
lado —explicó Jethro—. Michal le cuenta cosas acerca de los animales que
van a beber al regato al píe de la colina. A veces consigue que Saúl se libre un
tanto del mal espíritu que le domina.
—¿Por qué no puedo ir, pues, al campamento para ver a mis hermanos?
—preguntó David.
—Tienes que residir en el palacio —replicó Jethro secamente, perdiendo
la paciencia con sus preguntas—. Si no te encuentras aquí cuando te llame,
puede ordenar a su guardia que te corte la cabeza.
Tal amenaza fue suficiente para aquietar a David. Acondicionándose en
un cálido rincón del cuarto afinó el arpa, tensando con las clavijas de sándalo
el sonido de las cuerdas. Al empezar a pulsar el instrumento y a cantar con
sordina para sí, los criados se agruparon a su alrededor para escucharle. La
presencia de un auditorio contribuía siempre a animarle, y pronto el austero
aposento de los criados se llenó de música y canciones, haciendo conocer a
los que le escuchaban cantos de guerra de Israel y algunos poemas líricos.
Varios de éstos eran tan antiguos que se decía que habían sido traídos de
Egipto por los que siguieron a Moisés en el gran éxodo desde aquella tierra
tan magníficamente descrita en las viejas crónicas de los hebreos.
Había una canción que David amaba en particular. Se aseguraba que había
sido compuesta por un faraón de Egipto como himno al sol, el cual abandonó
la adoración a los antiguos dioses, adoptando una religión basada en el sol y
en su templanza y en una deidad que estaba sobre todo y que era la que hacía
que el sol brillara. Los versos eran hermosos y en cuanto David empezó a
cantarlos, se hizo un gran silencio entre los criados que le rodeaban:
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¡Cuán bella es tu alborada en el horizonte del cielo,
Oh, ardiente sol, principio de la vida!
Cuando te alzas por Oriente,
Llenas todas las cosas con tu hermosura.
Eres espléndido, grande, deslumbrador, sobre todas las tierras.
Tus rayos cubren cuanto creaste.
Eres el sol y todos son tus esclavos,
Que se sienten unidos a ti por el amor.
Aunque de muy lejos, tus rayos están sobre toda la tierra.
Aunque te encuentras en la altura, las huellas de tu paso son el día.
La tierra brilla cuando te elevas sobre el horizonte.
Al relumbrar durante el día Ahuyentas la oscuridad.
Al enviar tus rayos,
La tierra toda se viste de fiesta.
El ganado descama sobre sus pastos;
Florecen las plantas y los árboles.
Aletean los pájaros sobre sus lagunas,
Levantando las alas en un acto de adoración hacia ti.
Todos los corderos retozan alegremente.
Todas las cosas aladas vuelan
Y viven porque tú has brillado sobre ellas.
Navegan las embarcaciones arriba y abajo de la corriente.
Todos los caminos se abren porque tú amaneciste.
Ante ti saltan los peces en el río.
Tus rayos se reflejan en el gran mar verde.
¡Cuán múltiples son tus obras!
¡Permanecen escondidas para nosotros,
Oh, único dios, cuyos poderes nadie más posee!
Tú creaste la tierra de acuerdo con tu corazón,
A los hombres, a las reses grandes y pequeñas
A cuánto hay sobre la tierra,
Todo lo que camino con sus pies,
O está en lo alto, o vuela con sus alas.
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¡Cuán grandes son tus designios, oh, Señor de la Eternidad!
Tus rayos dan vida a todos los jardines,
Al levantarte tú, viven
Y por ti crecen.
Tú formas las estaciones:
El invierno para darles frescura
Y el calor para que puedan saber cuál es tu sabor.
Hiciste que los distantes cielos se alzaran también
Para contemplar todo lo que hiciste
Tú solo, resplandeciendo en forma de ardiente sol.
Amaneciendo, resplandeciendo, marchándote lejos y regresando
Construyes millones de formas
Contando sólo contigo mismo.
Ciudades, pueblos, tribus,
Caminos y ríos,
Todos los ojos te contemplan ante ellos,
Porque tú eres él día sobre la tierra
Resplandeciendo y floreciendo para siempre jamás.
Al morir en el arpa la última nota, volvió a reinar un gran silencio en el
aposento. Incluso aquellos criados, muchos de ellos esclavos filisteos
capturados que no adoraban al dios de Israel, podían darse cuenta de la
belleza de las estrofas y de la maestría del músico. Finalmente, Jethro se puso
en pie para marcharse a su dormitorio particular, que era una cámara
inmediata a la que su amo ocupaba. Al pasar junto a David le apretó
cariñosamente el hombro, en un gesto más elocuente que cualquier palabra
que pudiese haber pronunciado. Y como si la partida de Jethro fuera la señal
para que todos se dirigieran en busca de sus jergones de paja, los reunidos
empezaron a desfilar.
David, sin embargo, no tenía sueño. Las palabras del faraón, desaparecido
hacía tanto tiempo, le llenaban de una inquietud extraña, y dejando el arpa,
salió de la habitación. La fresca brisa nocturna que descendía de la montaña
en cuanto se ponía el sol, soplaba en los corredores exteriores, dirigiéndose al
que sabía que conducía a los muros de la fortaleza. No tardó en llegar a una
puerta que daba a un espacio amplio y llano en la parte superior de la muralla.
Para David quien durante el buen tiempo acostumbraba a dormir con el
rebaño bajo las estrellas, la noche era la parte más hermosa de esa sucesión de
luz y oscuridad a la que llamamos día. Y en ningún sitio, estaba seguro de
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ello, el pálido y dulce resplandor de la luna brillaba con más intensidad que
sobre su tierra, que tanto amaba.
Todavía no había salido la luna, y mientras permanecía allí, envuelto en
su gruesa capa, que le servía de ropaje exterior de día y de manta por la
noche, dejó vagar sus ojos y sus pensamientos entre las estrellas que titilaban
sobre su cabeza. En algún punto de este vasto dosel con sus millones de
puntos de luz, recordó haber oído decir a un atezado conductor de caravanas,
que había una estrella que nunca parecía cambiar de posición y que siempre
señalaba el Norte a los que sabían buscarla. Utilizando sólo esta estrella como
guía, les fue posible a los fenicios cruzar con sus embarcaciones el mar sin
caminos fuera de la visión de la costa, de la misma manera —le dijo— que un
conductor de caravanas se guía por ella para seguir el Camino del Mar, la ruta
más antigua y famosa del mundo por donde pasaba todo el comercio entre
Egipto y Damasco y la tierra de Mesopotamia.
La primera vez que lo oyó, le pareció a David una fanfarronada embustera
semejante cuento de una estrella capaz de guiar a los hombres, puesto que los
comerciantes fenicios que solían llegar a Belén para comprar y vender,
contaban relatos tan fabulosos acerca de otros países lejanos ajenos a su
experiencia, que resultaban casi imposibles de creer. Pero permaneciendo en
aquella elevada altura de Gibeah y recordando que un faraón del lejano
Egipto descubrió, como lo hicieron los israelitas, la unidad de Dios con todo
el pueblo, no parecía en absoluto fantástico que ese mismo Dios hubiese
puesto en el cielo una estrella para que los hombres se guiaran en los viajes
que tuvieran que hacer lejos de su hogar. Tampoco resultaba increíble, como
sostenían algunos hombres doctos, el creer como los curtidos comerciantes de
Caphtor, que esas mismas estrellas pudieran ser otros tantos mundos,
poblados de hombres y animales, completamente diferentes en su forma a los
de la Tierra.
Perdido en la contemplación de los cielos, David no se dio cuenta de que
no estaba solo hasta que el crujido de una piedrecilla bajo el cuero de la suela
de una sandalia, le sacó sobresaltado de la abstracción de su ensueño. Al
dirigir rápidamente la vista al lugar donde se oyó aquel rumor, pudo ver a un
hombre, aproximadamente de su misma estatura, que se encontraba a pocos
pasos de distancia de la espaciosa y llana superficie de la muralla donde él
estaba.
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CAPÍTULO VI
El alma de Jonatán fue ligada con la de David y Jonatán amólo como a su
alma.
Samuel 1-18:1
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—Acércate más para que pueda verte a la luz de la lámpara —ordenó
Jonatán.
David se dirigió al lugar donde la luz de una lámpara de aceite derramaba
su claridad a través de la puerta abierta de una habitación que daba a la
muralla. Advirtió que Jonatán tenía poco más o menos su estatura, aunque era
más recio y de hombros más poderosos.
El hijo del rey le estuvo examinando durante unos momentos.
—Nunca serás tan ancho de hombros como yo, David —terminó diciendo
—, aun cuando presumo que debes ser más ágil que yo en tus movimientos, lo
cual puede compensar la diferencia.
—Seguramente que no puedo aspirar a igualar las hazañas del hombre
más valiente de Israel —protestó David.
Ahora que veía de cerca al hijo mayor del rey se arrepentía de su propia
temeridad al haber presumido por haber dado muerte a un chacal.
—Que no te oiga mi padre decir semejante cosa —le aconsejó Jonatán—.
Desde la pelotera que tuvo con Samuel se encuentra temeroso incluso de sus
propios actos.
—¿Qué derecho tiene un viejo que apenas puede ya caminar a criticar a
un hombre como el rey de Israel? —preguntó David con acento de
indignación.
—No digas semejante cosa, David —contestó Jonatán con tono de leve
reproche—. Samuel puede ser viejo, pero habla todavía con la voz de Dios. Y
no debemos nunca de olvidar que sin la ayuda del Señor no es nada toda
nuestra fuerza.
—Pero Saúl rechazó a los filisteos (con vuestra ayuda, desde luego) hasta
el punto de que le temen de tal forma que ya no volverán más contra él.
—Mi padre se ha portado bien —reconoció Jonatán—, pero últimamente
se siente muy perturbado porque Samuel dice que después de él no será rey
ninguno de los de su sangre.
—Seguramente que nadie tiene mejores títulos que vos en Israel para
reinar después de Saúl.
—Posees una fiera lealtad, David amigo —dijo sonriendo Jonatán—, y
me gustas porque yo tengo un carácter parecido. Pero nuestro pueblo necesita
algo más que un guerrero que le sepa guiar contra los filisteos y sea capaz de
realizar grandes hechos de armas. En los actuales momentos ninguna de las
dos cosas es suficiente.
—¿Qué queréis decir?
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—Antes de que mi padre fuera ungido como rey de Israel, el país corría
un grave peligro de poder existir como pueblo separado. El comportamiento
de Samuel fue excelente en su tiempo, pero iba envejeciendo y las tribus
empezaban a marchar cada una por diferente camino. El Arca de la Alianza
cayó en poder de los filisteos, que la escarnecieron, aunque el enemigo no
tardó en reconocer su error al ofender al Altísimo y la devolvió a nuestras
fronteras. Pero somos un pueblo dotado de fiero orgullo, David, y es harto
difícil formar una confederación de tribus libres moldeándola en una sola
patria que pueda luchar al unísono, y lo que todavía es más importante, que
pueda vivir como una sola.
—Seguramente Saúl lo ha conseguido.
—Al principio sí, por ser el guerrero más grande de Israel —reconoció
Jonatán—. Pero ahora que los filisteos han sido rechazados, las tribus
empiezan a separarse de nuevo. Mi padre no me habla nunca de ello, pero
estoy seguro que esos raptos de ira y de tristeza que sufre son debidos a que
se da cuenta de que como rey no ha podido conseguir que Israel se mantenga
unido.
—La culpa es de Samuel. Debió de quedarse con vuestro padre y revelarle
la voluntad de Dios.
—Las cosas podrían haber sido en efecto diferentes si hubiese ocurrido
semejante cosa —no pudo por menos de reconocer Jonatán—, pero yo creo
que lo que Samuel quería era poner a prueba la confianza de mi padre en Dios
al retrasarse en ir a Gilgal para hacer el sacrificio, antes de que fuéramos a
luchar con los filisteos de Mich-mash.
—¿Cómo fue probado Gedeón en tiempos pasados?
—Veo que conoces las antiguas crónicas. Pero Gedeón obedeció al Señor,
reduciendo incluso sus fuerzas a trescientos hombres, siéndole concedida una
gran victoria sobre los medianitas. Pero mi padre se impacientó y realizó por
sí mismo el sacrificio, temeroso de que sus hombres desertaran antes de la
batalla. Para Samuel tal cosa significa que mi padre confiaba más en sí mismo
que en el Señor.
—Sin embargo, la batalla fue ganada —le recordó David.
—Sí, pero sólo cuando yo obligué a mi padre a atacar, después que con mi
escudero destrocé una guarnición de filisteos.
—Mi padre y Samuel son viejos amigos —apuntó David—. Puede
convencer al profeta que Saúl está verdaderamente arrepentido y que desea
seguir por la senda del Señor.
Jonatán le dirigió una penetrante mirada.
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—Has hablado poco ha de Samuel como de un viejo lleno de achaques.
¿Hace mucho que le has visto?
—Hace ya irnos meses, cuando fue a Belén a ungirme.
David observó que Jonatán se ponía tenso como si acabara de ser herido
por una flecha invisible.
—¿Hay algo de malo en ello…? —empezó a decir, pero el otro le
interrumpió.
—Ven conmigo a mi habitación —exclamó con voz envarada y algo
ronca.
El aposento de Jonatán estaba amueblado con la misma sencilla austeridad
que el resto del palacio, conteniendo poco más que los arreos bélicos colgados
de soportes en la pared, un jergón de paja para dormir y un rústico banco, que
indudablemente servía también de silla. Todavía incapaz de comprender el
motivo de aquel súbito cambio en la actitud de Jonatán, vio David que dejaba
caer una espesa cortina sobre la puerta que conducía a la balconada y que
después se encaraba con él.
—Explícame cómo tuvo lugar esa unción —dijo en voz baja.
David le contó de qué manera estando en Belén el viejo profeta le había
echado sobre la cabeza el aceite fragante contenido en un pequeño cuerno con
el ritual de la unción.
—¿Explicó Samuel por qué lo hizo? —inquirió Jonatán.
—No.
—¿Y no se lo preguntaste?
—No. ¿Creéis que en realidad podía significar algo?
Jonatán no contestó a esta pregunta; en vez de hacerlo, formuló otra:
—¿Se lo has contado a alguien de aquí?
—No. Creí que no tenía importancia. ¿Es que acaso la tiene?
—Puede que sea lo más importante que ha ocurrido en Israel desde hace
mucho tiempo —dijo Jonatán—. ¿No recuerdas de qué manera fue elegido
rey mi padre?
—¡Ya lo creo! Yo mismo compuse una canción acerca de ello.
—Dime como sucedió, tal como lo has oído contar.
—Seguramente ya lo sabéis…
—No importa, cuéntamelo tal como lo oíste.
David se encogió de hombros.
—Según se asegura se extraviaron unos asnos pertenecientes a Kish,
vuestro abuelo, cuando se encontraban comiendo en un campo, y Saúl salió
en su busca en compañía de un criado.
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—Sí, de Jethro.
—Por el camino se enteraron que Samuel vivía cerca y fueron a verle para
pedirle que les ayudara a encontrar a los animales. Dios le había ordenado a
Samuel que ungiera a un rey de Israel…
Aquí se detuvo David con los ojos muy abiertos.
—Continúa —apremió Jonatán.
—Dios había ordenado a Samuel que ungiera a un rey de Israel. Ungió a
vuestro padre y más tarde, cuando el pueblo se congregó en Mizpeh para
elegir un rey, la elección recayó sobre vuestro padre.
—El Señor ha vuelto a proceder de la misma forma, David. Durante
varios meses ha habido rumores de que había sido elegido un nuevo rey para
gobernar Israel a la muerte de mi padre y que Samuel le consagró. ¡Has sido
tú el escogido!
—¡Pero solamente vos podéis suceder a Saúl!
Jonatán movió lentamente la cabeza.
—Me encontraba en Gilgal cuando llegó Samuel después de que mi padre
rompiera el mandamiento de Dios e hiciera los sacrificios antes de la batalla.
Entonces el profeta le dijo a mi padre: «El Señor hubiera querido que
reinarais para siempre en Israel a través de vuestros descendientes, pero
vuestro reinado no puede ya continuar. El Señor ha buscado otro hombre más
grato a su corazón y ha ordenado que sea él quien capitanee a su pueblo,
porque no habéis sabido cumplir con su mandamiento».
—Pero Saúl no hizo otra cosa que lo que creía que debía de hacer —
protestó David.
—Desde aquel día de Gilgal me di cuenta de que yo nunca reinaría en
Israel —dijo Jonatán solemnemente—. Dios ha hablado de nuevo y tú has
sido el elegido.
—¡Pero si yo no sé nada de leyes ni de gobernar! —exclamó David,
súbitamente un poco asustado ante las revelaciones de Jonatán.
—Recuerda que Samuel no hizo público el nombre de mi padre como rey
hasta después de que resultara elegido en Mizpeh. Tu tiempo llegará cuando
el Señor juzgue que estás maduro para poder gobernar.
Como cualquier otro muchacho de su edad, David había soñado alguna
vez con ser rey, mostrando en tal ansia de poder el sentimiento de
autosuficiencia que semejante sueño entrañaba. Pero al mismo tiempo se
trataba de una persona muy leal, y no podía ya por más tiempo sentir placer
por lo que representaba un amargo desengaño para el amigo que acababa de
hacer aquella noche. Movido por un generoso impulso, dijo:
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—Permitidme que vaya a ver a Samuel y que le diga que en todo esto
existe un error. Cuando se entere que concurren en vos todas las cualidades
que debe de tener un rey de Israel, seguramente rogará a Dios que vuelva de
su acuerdo y que os permita ser el sucesor de vuestro padre.
Jonatán hizo con la cabeza un gesto negativo…
—Todo quedó ya acordado cuando Samuel te ungió en Belén, David —
dijo—. Lo único que te pido es que sirvas bien a mi pueblo y que seas mi
amigo.
—¡Eso siempre lo seréis!
La daga de Jonatán colgaba de la pared dentro de su vaina. Sacando de
ella el arma, David se punzó con ella la yema del pulgar hasta ver que brotó la
sangre sobre la piel.
—Tomad —dijo pasando él arma a Jonatán—. Hagamos el juramento de
hermandad de sangre, para qué nada pueda interponerse entre nosotros.
Jonatán titubeó un momento.
—Tengo toda clase de razones para odiarte —advirtió—. Puedo incluso
verme obligado un día a romper el juramento, matándote para poder ocupar el
trono de Israel.
—Si en mi poder estuviera dároslo, lo haría en este mismo momento —
aseguró David.
Jonatán cogió la daga y se punzó también el pulgar. Silenciosamente
unieron las dos gotas de sangre, contemplando cómo se mezclaban.
—Pronunciemos el juramento de Jacob —sugirió David.
Y recitaron juntos las siguientes palabras: «El Señor nos observará cuando
estemos alejados el uno del otro. Dios es un testigo entre tú y yo».
David había obrado impulsivamente al concertar aquel pacto de
fraternidad, movido por la profunda admiración que sentía por el hijo del rey.
Jonatán, por su parte, tenía más edad y era un buen observador de los
hombres. Había advertido en el joven un sentimiento de honda lealtad y de
respeto al honor, que no dejó de conmoverle en gran manera. Ambos se
sintieron satisfechos de sí mismos al limpiarse la sangre de sus dedos.
—Prométeme una cosa —dijo Jonatán—, que no dirás nunca a nadie lo
ocurrido en Belén a la llegada de Samuel. Mi padre se encuentra a veces fuera
de sí mismo y podrías correr un grave peligro si se supiera que algún día te
convertirías en rey de Israel.
—Lo prometo —le aseguró David—, pero cuando vuelva a ver de nuevo a
Samuel le pediré que permita que seas tú el sucesor de tu padre. Después de
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todo yo soy joven y si Dios verdaderamente desea que sea quien gobierne a
Israel, todavía hay mucho tiempo por delante.
—Obedeceremos la voluntad de Dios —contestó Jonatán con sencillez—.
No hay nadie que pueda hacer otra cosa.
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CAPÍTULO VII
Mas Michal, la hija de Saúl, amaba a David.
Samuel 1-18:20
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de las ayudantes de cocina con grasa de oveja y un paño para que te dediques
a pulimentarlas.
A David no Je quedaba otra alternativa que obedecer, aunque si le
hubieran dado a escoger habría elegido una tarea algo más emocionante que
aquella de limpiar armas oxidadas. Su viva imaginación no tardó, sin
embargo, en convertir el enojoso trabajo en un juego excitante al reconstruir
mentalmente las batallas en que aquellas armas y armaduras habían tomado
parte. Los pocos escudos redondos de hierro que había, supuso que
indudablemente debían de haber sido capturados a los filisteos, y
posiblemente en la gran victoria de Mich-mash en la que Jonatán se había
convertido en un héroe. Antes de este triunfo, los filisteos dominadores les
negaban a los israelitas el derecho a fabricar herramientas y armas e incluso el
de aguzar las azadas y otros instrumentos de labranza. Durante muchos años
los hebreos se vieron obligados a llevar sus herramientas a las ciudades
costeras donde vivían los filisteos y pagar altos precios si querían que fueran
afiladas. En cuanto a las armas de hierro, puede decirse que eran casi
inexistentes, y lo que era más importante, muy pocos hebreos habían sido
autorizados para adquirir la destreza de los herreros, que les hubiera permitido
fabricar para sí las herramientas y las armas de las que tan necesitados
estaban.
Las victorias de Saúl habían suavizado en cierto modo esta presión
ejercida sobre los israelitas en materia de herramientas y armas, pero la
mayoría de las jabalinas y lanzas que encontró en la armería, todavía tenían
las puntas de bronce, muchas de ellas astilladas o dentadas. La aleación
conseguida fundiendo cobre de Caphtor con estaño —traído en los buques
fenicios de un lejano país llamado Tarsis— no resultaba tan dura como el
hierro, pero en cambio resultaba más fácil de trabajar para convertirla en
herramientas, armas y armaduras. En cuanto a las flechas, de las que había
centenares almacenadas en la armería, muchas de ellas tenían puntas hechas
de láminas de aguzado pedernal, manchado todavía con la sangre de las
pasadas víctimas.
Los cascos que se alineaban en las paredes estaban fabricados por regla
general también de bronce. Aunque no se trataba sino de rudimentarios
capacetes de metal cumplían un importante papel al proteger durante la
batalla la cabeza del guerrero. Algunos de ellos tenían incluso prolongaciones
para la defensa de las orejas y de la parte superior del cuello, aunque muy
poco podían ufanarse de contar con la pieza protectora de la nariz, que bajaba
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de la frente, entre los dos ojos, para resguardar de heridas a esta parte de la
cabeza.
Los ástiles de las lanzas estaban hechos en su mayoría de nogal, roble o
fresno, habiéndose calentado la punta antes de meterla en la madera y
asegurándola luego con clavos de hierro. Casi todas las espadas eran de
bronce, aunque no faltaban algunas de hierro capturadas a los filisteos, que
controlaban las grandes minas del Sur, en las zonas conocidas con los
nombres de Néguev y del Arabah. Todas ellas eran de doble filo y
generalmente se manejaban con las dos manos, en especial las de hierro, que
David sabía que se fabricaban principalmente en la ciudad filistea de Gezer,
más allá del sistema montañoso del Shepheleh, cuyas estribaciones llegaban
hasta la llanura costera al oeste de Belén.
Incluso a los ojos de David, poco experto en materia de armas y de
guerras, resultaba evidente que los hebreos se veían obligados a pasar por
duras pruebas en los combates al faltarles las armas hechas de hierro. Las
pocas armaduras que había hechas de este metal, con planchas frontales y
dorsales para proteger el pecho y la espalda y faldas o túnicas de escamas
metálicas, cosidas a un espeso tejido de lana, para el resguardo de la parte
inferior del tronco y la superior de los muslos, resultaban indudablemente
muy superiores a sus duplicados en bronce. David se hizo a sí mismo la
promesa de que si alguna vez llegaba a ser rey y jefe de los ejércitos, uno de
sus primeros actos de guerra habría de ser dirigir un ataque contra las
fundiciones y centros metalúrgicos de los filisteos para apoderarse no
solamente de armas y armaduras, sino, lo que todavía era más importante, de
herreros diestros que serían retenidos como esclavos para fabricar los
elementos de protección de que tan necesitados estaban los israelitas para
entrar en batalla.
David incluso preveía que llegaría un tiempo en que los guerreros de
Israel estarían también equipados con carros de combate, de los cuales
existían actualmente muy pocos en su país. Entonces les sería posible llevar a
cabo rápidas incursiones, incluso a lugares tan distanciados como eran las
llanuras costeras, hasta que acabaran por tener fuerza suficiente para arrancar
a sus enemigos ancestrales de las cinco grandes ciudades que constituían el
poderío de Filistea y pudieran arrojarlos al mar. Sólo entonces podría ser
Israel una nación independiente, como lo había sido cuando Josué iba al
frente de sus guerreros en las batallas de conquista, que les aseguraron en
herencia la prometida tierra de Canaán, así como las fértiles llanuras a lo
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largo de ambas márgenes del Jordán, parte de las cuales se encontraban, sin
embargo, en la actualidad en poder de los amoritas de Moab.
Mientras soñaba, David trabajaba con todo empeño y a media tarde el
metal de armas y armaduras brillaba con el mismo fulgor que si hubiese sido
pulimentado. Sin embargo, permaneció dentro de la armería jugando a la
guerra, pinchando con la lanza a un enemigo imaginario y cortando el aire
con los espadones. Mientras luchaba con uno de sus supuestos adversarios,
vio un par de ojos brillantes que estaban observándole a través de la puerta
entreabierta, reconociendo la risa irónica de Michal.
—¡Eres mi prisionera! —le dijo a la muchacha con tono altisonante, a la
par que fingía amenazarla con una lanza—. ¡Entra y ríndete!
La muchacha entró sumisamente en la armería, con los ojos llenos de
travesura y los labios temblorosos por el esfuerzo que hacía para contener la
risa.
—¿Cuánto tiempo llevabas ahí fuera? —le preguntó David.
—El suficiente para ver cómo matabas a dos filisteos y a un amalecita.
David no pudo menos de echarse a reír ante aquella salida, a la par que la
admiraba al dejar de apuntarla con la lanza. Esbelta y graciosa, vestía una
túnica azul claro y lucía alrededor de la cabellera una cinta del mismo color.
El cinturón que ceñía su talle era de cuero repujado con un dibujo floral, de
los que hacían los obreros fenicios que trabajaban dicho material, y sus
sandalias lucían dibujas parecidos.
—Iba a ver si veía a la cierva y al cervatillo que acostumbran a ir todos
los días al manantial que hay al pie de la colina alrededor de esta hora, y al
pasar oí ruidos extraños que salían de la armería, acercándome para ver si se
trataba de una cabra que la había convertido en su redil.
David emitió un bufido de desdén.
—Lo que hacías era fisgonear, como a todas os gusta hacer. Yo tengo
hermanas y por eso sé a qué atenerme.
Michal volvió a reír irónicamente.
—No sabes lo gracioso que estabas dando zapatetas, emitiendo gruñidos y
asaeteando el aire.
Luego se puso seria y añadió:
—Pero serás un gran guerrero, David. Yo sé que lo serás.
David tuvo entonces en la punta de la lengua el decirle que algún día se
encontraría en el lugar que ocupaba su padre, pero recordó la promesa que
había hecho a Jonatán y desterró tal pensamiento de su imaginación. Además,
que no quería causar ningún daño a Michal.
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Después le asaltó otro pensamiento, una idea que jamás tuviera con
anterioridad. Cuando fuera rey podría elegir para esposas las mujeres más
bellas del país…, incluso a Michal, si para entonces no estaba ya casada. Y al
volver a mirar a la joven y ver la encantadora esbeltez de su cuerpo dentro de
aquella sencilla túnica, la risa que brillaba en sus ojos y los oscuros rizos de
su cabello, pensó que de momento no podía escoger nada mejor que ella.
—¿Por qué me miras de esa manera tan rara? —le preguntó la joven,
rompiendo su ensueño.
—Pensaba en lo inconveniente que resulta a veces una muchacha —
contestó en un tono más seco de lo que era su intención, molesto por lo cerca
que ella había estado de leer sus pensamientos.
Vio que los labios de Michal temblaban, dándose cuenta de que había
herido sus sentimientos.
—Lo siento, Michal —dijo—, realmente no quería decir semejante cosa.
—¿De verdad? —preguntó ella, con un fulgor de contenidas lágrimas en
los ojos.
—Te lo aseguro.
—Si es así, te perdono, pero a condición de que me acompañes al
manantial.
—Jethro me ha dicho que no abandonara la armería, no fuera a preguntar
el rey por mí.
—Mi padre ha salido —para el campamento para conferenciar con Abner,
el primer capitán, acerca de conseguir mejores armas para los soldados. Estoy
segura de que no regresará hasta la hora de la cena. Además, veo que ya has
terminado tu trabajo.
Michal conocía un sendero que no atravesaba la pequeña ciudad de
Gibeah, de forma que no sería probable que se tropezaran con su padre o con
Jethro. Al aproximarse al manantial, puso la muchacha su mano en el brazo
de David para detenerle.
—Anda sin hacer ruido —le advirtió susurrante—. La cierva y su hijito
vienen a beber todos los días a esta hora.
Abriéndose paso en silencio entre la lujuriante vegetación que crecía a
orillas del regato, se fueron acercando al manantial cogidos de la mano.
Aunque David se había jactado con frecuencia de que era capaz de seguir las
huellas de un chacal hasta su guarida, no advirtió nada anormal hasta que un
rápido suspiro apagado y una presión en el brazo recomendándole cautela de
la muchacha que iba a su lado, le hicieron detenerse.
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—Mira al lado del arroyo, exactamente debajo del manantial —le dijo
Michal en voz muy baja.
Entonces pudo ver la graciosa silueta de la cierva con el cervatillo a su
lado. Los dos habían estado bebiendo en un remanso; pero la madre parecía
haber advertido de repente un olor anormal. Permanecía ahora con todos los
músculos de su cuerpo en tensión, escudriñando la maleza con la vista,
tratando de identificar el invisible peligro. A su lado, el cervatillo seguía
bebiendo sin inquietud, por no tener los sentidos tan aguzados como los de la
madre.
Instintivamente, la mano derecha de David echó mano a la honda que
pendía de su cinturón, así como de un puñado de redondas piedras que llevaba
en el bolsillo. Michal no se dio cuenta de sus intenciones hasta que una de las
piedras pasó del bolsillo a la mano de David, como operación preparatoria
para cargar la honda.
—¡No! —gritó, horrorizada.
Ante aquel grito, la cierva y el cervatillo desaparecieron rápidamente entre
la maleza.
Michal, enfurecida, empezó a golpear el pecho del muchacho con ambas
manos, a la par que exclamaba:
—¡Bestia! ¿Por qué has hecho que huyeran?
David se vio obligado, para defenderse, a cogerle las manos, pero ella
seguía debatiéndose con vigor. De pronto pareció como si toda la energía la
abandonase y ocultando el rostro en la blusa que él vestía, se puso a llorar con
grandes espasmos que sacudían todo su cuerpo, en tanto que David la
contemplaba asombrado, no pudiendo comprender el motivo de semejante
reacción tan súbita y violenta.
El instinto de arrojar un proyectil a la cierva había sido en él una cosa tan
natural como respirar. En múltiples ocasiones derribó piezas de caza con su
honda mientras cuidaba del ganado, y a continuación solía celebrar con ellas
alegres festines, a los que eran invitados los vecinos para solemnizar la buena
suerte de la familia Isaí, figurando él como homenajeado de honor. Nunca se
le ocurrió pensar antes de ahora que la caza fuera una actividad cruel aunque
a veces sintió momentos de piedad al ver que un conejito o una ardilla se
revolcaban agonizantes a sus pies. Ahora, con Michal sollozante apoyada en
su pecho, comprendió que en lo sucesivo ya no le sería posible matar sin
sentir algo del dolor que ocasionaba a su víctima.
En un gesto instintivo para consolar a la muchacha, le pasó el brazo
alrededor de los hombros, con lo que se fue calmando hasta dejar de llorar.
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Cuando finalmente alzó sus ojos, que aún tenía irritados y húmedos, hacia él,
hizo David algo que ni entonces ni después pudo explicarse la razón de
hacerlo. Se inclinó hacia ella y la besó torpemente, sintiendo en los labios el
sabor salado de sus lágrimas y la sorprendente suavidad de su boca en la suya.
Se trataba de algo involuntario, inspirado por la simpatía que le merecía la
muchacha en aquel estado, pero lo sorprendente y lo que no dejó de alarmarle,
fue la reacción de Michal, ya que los labios de ésta se pegaron a los suyos y le
echó los brazos al cuello apretándole fuertemente, como si no tuviera
intención de dejarle marchar.
Sólo unos momentos permanecieron en aquella forma. David, con un
súbito esfuerzo embarazoso, se desprendió de la muchacha, agachándose para
recoger la honda que se le había caído al suelo al abrazarla.
A propio intento, David tardó bastante tiempo en llevar a cabo la
operación, atándose después cuidadosamente la honda a su cinturón de cuero,
antes de que alzara la vista y la mirara a los ojos. Al hacerlo, advirtió en ellos
una mirada —de la que se dio cuenta en un momento de alarmada
comprensión— que reflejaba un completo dominio de sí misma.
—Perdóname, Michal, lo que quería hacer con la cierva y con su cría —
balbuceó—. Lo que pasa es que no me había nunca dado cuenta con
anterioridad de lo lindos que son.
—Y como hombre, no pensaste en otra cosa que en matar —dijo ella en
tono de comprensiva tolerancia, acento que le recordó el oído a veces en boca
de su madre cuando ésta reprendía a su padre por cualquier tontería que había
hecho. Y pese a que no tenía la experiencia suficiente para comprenderlo, se
dio cuenta, sin embargo, de que, con indiferencia de sus edades respectivas
ella era mucho mayor y más juiciosa que él como suelen serlo siempre las
mujeres con los hombres que aman.
—Me hubiera venido bien poder comer carne de ciervo —gruñó—, ya
que tu padre, como debes de saber, nos da una comida que no tiene nada de
exquisita.
Michal se echó entonces a reír con ganas, volviendo a ser la de siempre.
—Cuando estemos en nuestra casa —prometió— nos regalaremos un
poco mejor. Haré que los criados te sirvan todas las noches para cenar carne
asada y pan recién sacado del horno.
—¿En nuestra casa?
—¿En que no somos ya prometidos? —dijo con la mayor naturalidad—.
Claro que no lo podremos hacer público hasta que Merab se case, pero esto
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tardará poco tiempo en producirse. Hay ya muchos hombres que la desean y
ella sólo espera al príncipe o al rey que pida su mano.
—Pero tú eres hija de un rey y yo lo soy de un pastor.
Lo que desde luego no era del todo cierto, por cuanto Isaí era hombre de
buena posición y su familia tan noble como la que más de Judea.
—Cuando embeleses a mi padre con tu música, seguramente te hará
príncipe de su corte. Y después, cuando llegue el momento oportuno, podrás
enviar al casamentero para que pida mi mano.
Los ojos de la muchacha se humedecieron de nuevo al decir:
—¡Pero no quiero que beses a ninguna otra chica! ¡Prométeme que no
tendrás otras esposas que yo!
Aquella conversación de matrimonios y esposas, empezaba ya a aburrir
bastante a David.
—Veo que todo lo arreglas a tu gusto. Aunque, ¿por qué no? —dijo
encogiéndose de hombros.
—¡Michal! ¿Dónde estás?
Era la voz de Merab, que la llamaba imperiosamente desde la colina.
—Se enfadará si te encuentra aquí —dijo Michal a David en voz muy baja
—. ¡Vamos, date prisa, escóndete!
David no veía razón válida para ocultarse, no efectuándolo con la rapidez
suficiente y así, antes de que pudiera agazaparse entre los matorrales, se abrió
la maleza que había sobre el manantial y apareció Merab.
—¿Qué estás haciendo aquí con ese zagal de pastor? —preguntó llena de
suspicacias—. Si se lo digo a nuestro padre hará que os azoten a los dos.
—Vinimos al regato para ver a la cierva y a su cría —le explicó Michal—,
y David estuvo a punto de matar a la madre con su honda.
Cuando las dos muchachas empezaron a ascender por la colina, David
pudo oír que seguían discutiendo enojadas.
—¿Es que no puedes acordarte de que eres la hija del rey? —le decía
Merab—. Y que ése es un simple zagal que vive con los criados.
—¡Un simple zagal!
David estuvo tentado de abandonar inmediatamente la corte del rey Saúl,
pero recordó lo que le había dicho Michal acerca de encantarle con su música,
con la posibilidad que le nombrara príncipe. El pensamiento de poder obligar
a la orgullosa Merab algún día a que se inclinase ante él, era una perspectiva
demasiado agradable para desperdiciarla. Además recordó que como futuro
rey de Israel, él era en Gibeah, como en toda la nación, tan bueno como el
mejor.
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Jethro no había advertido la ausencia de David, así que a éste le fue
posible volver a entrar en palacio sin despertar comentario alguno. La cena
fue tan mezquina como la de la noche precedente, y David lamentó haber
permitido que Michal le impidiese dar caza a la cierva. ¡Con el sabor que
hubiese dado al guisote de lentejas y cebollas que era el plato fuerte de la
colación!
David no había visto todavía al rey Saúl. De pronto oyó el restallar de una
voz airada, que salía de la gran habitación del otro lado del patio, que servía al
monarca de salón para las recepciones y los banquetes y el ruido que
producían unos muebles al ser derribados. Se dio cuenta que debía de ser Saúl
que pasaba por una de sus crisis de cólera. Jethro no tardó en aparecer en la
estancia donde comía con los criados. Se leía desolación en el rostro del
criado y en su mejilla derecha, debajo del ojo, empezaba a insinuarse una
negra hinchazón.
—¡El rey está otra vez en poder del mal espíritu! —exclamó jadeando—.
¡Vamos, David, corre a ver si le puedes aplacar con tus canciones!
David contemplaba con aprensión el ojo amoratado de Jethro. En casa de
Isaí muy rara vez se golpeaba a los criados y nunca en arrebatos de cólera.
—¿Y qué, qué pasará si… me pega?
—Entonces no hagas caso alguno del golpe. Cuando Saúl vuelva en sí te
recompensará con regalos. Es un amo magnífico cuando no tiene el espíritu
turbado.
David cogió su lira, pero cuando se dirigía apresuradamente hacia la
cámara de audiencias de Saúl, hubiera preferido más tener que enfrentarse
con un león de los bosques de Judea.
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CAPÍTULO VIII
Y cuando el espíritu malo de parte de Dios era sobre Saúl, David tomaba el
arpa y tañía con su mano; y Saúl tenía refrigerio y se encontraba mejor, y el
espíritu malo se apartaba de él.
Samuel 1-18:20
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aguardaban, tratando de apaciguar a un hombre que a primera vista parecía
estar completamente loco.
El rey Saúl se encontraba sentado en el sillón del trono, hecho de madera
de acacia con complicadas tallas, sobre un pequeño estrado de piedra. En el
preciso momento en que David entraba en la habitación, bajó del estrado, y
apoderándose de un florero de alfarería, de delgado cuello, decorado con
anillos concéntricos de colores rojo y azul, alternos, lo levantó sobre su
cabeza y lo estrelló contra la pared, lloviendo sus fragmentos sobre los
soldados que habían estado jugando al senit. Como si aquello hubiese sido la
señal que los libraba de su actitud de congelación, uno de los hombres tiró al
suelo al cubilete que contenía los palitos. No habiendo todavía advertido la
presencia de David, se agachó Saúl para coger un frutero de cerámica
vidriada, que contenía peras, manzanas y granadas, que se desparramaron por
el pavimento al levantarlo, disponiéndose también a lanzarlo contra el muro.
El rey Saúl era uno de los hombres más altos y mejor parecidos que David
había visto en su vida. Su cabello era negro como el azabache y la barba
oscura que bajaba de sus mejillas y cubría su mandíbula, la llevaba recortada
al estilo asirio. El largo manto que vestía, confeccionado con tela de excelente
calidad, estaba teñido del famoso púrpura de los fenicios, color reservado,
principalmente, para los ornamentos reales. Las mangas solamente le llegaban
al codo, quedando al descubierto los nervudos antebrazos, que ahora los tenía
unidos en la acción de levantar el frutero.
David reflexionó acerca de la manera que le sería posible anunciar su
presencia, sin incitar a que Saúl le tirara el frutero a la cabeza. Su perplejidad
fue resuelta por Jethro, quien desde el corredor, bien a cubierto de cualquier
objeto que le pudiera arrojar Saúl, le urgió a David en un susurro:
—¡Toca, en nombre de Moisés, toca!
David hizo correr sus dedos por las cuerdas de la lira y una cascada de
arpegios inundó la habitación. A las primeras notas, Saúl se quedó inmóvil,
con el frutero todavía en alto. Los dos soldados jugadores de senit, volvieron
la cabeza estupefactos. David, de una manera instintiva, había escogido una
melodía propicia para llamar la atención de un guerrero. Se trataba de la
música marcial del más notable canto de victoria jamás cantado en Israel, La
canción de Deborah. En él se relataba cómo las huestes del cruel capitán
Sisera, del ejército del rey Jabin, habían sido aniquiladas cuando el Señor
envió sobre ellas una lluvia torrencial que hizo que los carros de guerra del
enemigo quedaran atascados en el fango. Era un cántico de alabanza de
Barak, que era quien dirigía los ejércitos, y de la profetisa Deborah, que fue la
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que le inspiró, así como a los combatientes, para conseguir aquella victoria.
Pero sobre todo era un himno de admiración hacia. Dios que la había
concedido.
Al segundo tañido de las cuerdas, David empezó a cantar los versos de la
canción con una voz armoniosa, de una belleza de sonido sólo inferior al que
le producían las cuerdas del instrumento:
¡Despierta, despierta Deborah!
¡Despierta, despierta y canta una canción!
Levántate, Barak, y deja que tu cautividad quede cautiva,
Tú, hijo de Abinoam.
De Efraím surgieron los que combatieron a Amalee;
Detrás de ti tienes a Benjamín entre tu pueblo;
De Machir salieron los gobernadores
Y de Zebulón los que enarbolan la péñola del escritor.
Y Los príncipes de Issachar estaban con Deborah;
Y el propio Issachar y también Barak.
Fue enviado caminando hacia el valle,
Porque las disidencias de Rubén
Pesaban mucho sobre tu corazón.
¿Por qué vivías entre los rediles
Oyendo los balidos de las ovejas?
Fue porque las disidencias de Rubén
Penetraban en tu corazón.
Gilead moraba más allá del Jordán:
¿Y por qué Dan permanecía en los barcos?
Asher continuaba a orillas del mar.
Y tenía su residencia en sus playas.
Zebulón y Neftalí fueron los que
Expusieron sus vidas hasta la muerte
En los altos lugares del campo.
Llegaron los reyes y lucharon,
Lucharon contra los reyes de Canaán
En Taanach, junto a las aguas de Megiddo.
No buscaban ganancias materiales.
Luchaban desde los cielos;
Las estrellas en su carrera combatieron contra Sisera.
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El río de Kishon hizo que se dispersaran,
Ese viejo río, el río de Kishon.
¡Oh, alma mía, cómo has pisoteado su fuerza!
Entonces fue cuando tos cascos de los caballos se rompieron
Ante las corcovas,
Las corcovas de los más poderosos.
¡Maldice a Meroz!, dijo él ángel del Señor.
¡Maldice amargamente a sus habitantes todos!
Porque no vinieron en ayuda del Señor,
En la ayuda del Señor contra los poderosos.
Entre todas las mujeres, será bendecida Jael,
La esposa de Heber, el kenita;
Será bendecida entre todas las mujeres de la tierra.
Él le pidió agua y ella le dio leche,
Y le llevó manteca en un magnífico plato.
Entonces cogió con una mano un clavo
Y con la otra él martillo de un obrero,
Y con él hirió a Sisera,
Destrozándole la cabeza.
Después de haberle golpeado y agujereado las sienes,
Se inclinó ante tos pies de la mujer, cayendo al suelo:
Ante sus pies se inclinó y quedó tendido muerto.
¡Que todos tus enemigos perezcan así, oh, Señor,
Pero permite que los que te aman
Sean como el sol cuando se alza lleno de esplendor!
Embebido en el emocionante relato de cómo Deborah y Barak habían
conducido a los israelitas a la victoria y de qué forma Jael dio muerte a Sisera
cuando éste buscaba refugio en su tienda, David no se dio cuenta de lo que
pasaba a su alrededor mientras cantaba. Cuando por último dejó caer los
dedos de las cuerdas, advirtió que reinaba en la estancia un extraño silencio.
Contempló cómo Saúl se había vuelto a sentar en el sillón del trono con la
mirada pensativa, en la que ya comenzaban a apagarse los fulgores de la ira.
Ahinoam no se había movido de su banco, donde ahora estaba sonriente, y los
dos soldados habían dejado de jugar al senit para poder escuchar mejor.
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Durante un largo rato, después de que las últimas notas del himno se hubieran
desvanecido, nadie habló. Por último Saúl rompió el silencio.
—¿Quién eres? —preguntó el rey con un tono de voz que era casi amable.
—Soy David, hijo de Isaí. El rey mi señor me envió a buscar.
—Sí, ya recuerdo. Jethro me aseguró que tus canciones podrían aliviar mi
espíritu.
—Mucho celebraré que haya podido ocurrir así, mi señor.
—Eres un músico muy hábil, David. ¿Cuánto hace que estás en mi casa?
—Desde ayer. Hoy he estado dedicado a pulimentar las armas de la
armería.
—No volverás a dedicarte a esas bajas tareas. Mientras yo esté en Gibeah
serás mi escudero y te dedicarás a tocar y cantar para mí cuando lo desee.
David inclinó la cabeza.
—Los deseos del rey mi señor son órdenes para mí.
—¿Conoces otras canciones? —preguntó Ahinoam—. ¿Algunas, quizá,
de diferente naturaleza?
—Conozco muchas, señora. Mientras cuido de las ovejas en la montaña,
he cantado algunas que nadie ha escuchado jamás.
—¿No quemas cantar alguna de ellas para mí?
David dirigió una rápida mirada a Saúl, porque dudaba que al rey le
interesara una canción de amor, como la que Ahinoam seguramente quería.
—Permitidme que cante —dijo— la fábula que Jothan contó a los
hombres de Shechem, después de que nombraron rey a Abimelech y se
encontraba en peligro de muerte.
Y sin esperar contestación a sus palabras, empezó a cantar:
Se propusieron los árboles en cierta ocasión
Nombrar un rey entre ellos,
Y al efecto dijeron al olivo:
«Sé tú nuestro rey».
Pero el olivo les respondió:
«¿He de abandonar mi fertilidad,
Que por mi mediación honra a Dios y al hombre,
Para ir a destacar sobre los demás árboles?».
Y los árboles dijeron a la higuera:
«Ven y reina sobre nosotros».
Pero la higuera les contestó:
«¿Habré de abandonar mi dulzura
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Y mi fruto,
Para ir a destacar sobre los demás árboles?».
Entonces los árboles dijeron a la vid:
«Ven y reina sobre nosotros».
Y la vid les contestó:
«¿Habré de abandonar el vino,
Que alegra a Dios y al hombre,
Para ir a destacar sobre los demás árboles?».
Se dirigieron entonces los árboles a la zarza:
«Ven y reina sobre nosotros».
Y la zarza les contestó:
«Si en verdad queréis ungirme como vuestro rey,
Venid y descansad, confiados, a mi sombra.
Cuando no, dejad que el fuego surja de la zarza y devore los cedros del
Líbano».
Cuando David terminó el apólogo, Saúl le dijo bruscamente:
—Cántalo otra vez, por favor, y dime su significado.
David volvió a hacerlo, y al terminar preguntó:
—¿Os habéis dado cuenta, mi señor, de la historia que encierra esta
fábula?
Saúl sacudió la cabeza con impaciencia.
—Soy un soldado y no un erudito —respondió.
—Yo conozco esa historia —interrumpió Ahinoam—. En tiempos de los
jueces, hace ya muchos años, Gedeón combatió contra los medianitas en el
valle de Jezreel, con sólo trescientos hombres. Rodeó a sus enemigos,
amparándose en las nombras de la noche, y armó un gran clamor y encendió
innumerables antorchas, haciendo que los hombres de Median,
desconcertados, se mataran entre sí al intentar desesperadamente huir. Cuando
quisieron nombrarle rey Gedeón rehusó diciendo que ni él ni sus hijos tenían
derecho para gobernar. Poco después de la muerte de Gedeón, un hijo de su
concubina, llamado Abimelech, habló con los hombres de Shechem,
convenciéndoles de que le nombraran rey. Mataron a todos los hijos legítimos
de Gedeón, menos al menor de ellos, Jothan, que se escondió en el monte de
Gerizim, la montaña sagrada, para combatir a los hombres de Shechem. Allí
fue donde pronunció las palabras de la fábula que acabas de cantar.
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—Habéis contado la historia a las mil maravillas, señora —dijo David en
tono de alabanza.
—¿Pero el significado de la fábula cuál es, me lo queréis decir? —insistió,
impaciente, Saúl.
—Está bien claro, señor —contestó David—. Los árboles son el pueblo
que desea un rey, como Israel os deseaba a vos para que le condujerais a la
victoria y para que le gobernaseis después. Al haber sido ungido rey, el deber
del pueblo es seguiros y obedecer vuestras órdenes. Si así no lo hace,
sucederá lo que dice la canción:
Dejar que él juego surja de la zarza
Y devore los cedros del Líbano.
Saúl asintió con la cabeza y dijo:
—Has hablado muy bien. Debe de suceder tal como dices.
—Sigo queriendo oírte cantar una canción de amor —insistió Ahinoam—.
Seguramente has debido de cantar por lo menos una.
David estaba seguro de que Michal debía de haber hablado a su madre de
la canción que empezara a cantarle junto al manantial. Pero no tenía intención
de hacerlo ante el rey, porque tal vez por ello le podría considerar más músico
que guerrero.
—Cantaré una alabanza a la belleza de la reina —anunció mientras
empezaba a tañer de nuevo las cuerdas del arpa:
Todas tus vestiduras olerán a mirra, a áloe y a casia,
Cuando salgas de los palacios de marfil donde te han hecho feliz.
Las hijas del rey figurarán entre tus honorables mujeres
Y en tu diestra empuñarás la reina en oro de Ofir.
¡Préstame tu oído y escúchame, hija mía!
Deberás olvidar a los tuyos y la casa de tu padre.
El rey se encuentra ansioso de tu belleza;
Es tu señor y debes de adorarle.
La hija de Tiro se encontrará allí con un regalo;
Los más ricos del pueblo mendigarán tus favores.
La reina está llena de la gloria por dentro:
Sus vestiduras son de oro repujado.
Será llevada hasta el rey cubierta de bordados.
Las vírgenes, sus compañeras que le llevarán hasta él,
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La conducirán llenas de alegría y entusiasmo
Hasta penetrar en el palacio del rey.
En vez de a tus padres, tendrás a tus hijos,
A los que convertirás en príncipes de toda la tierra.
Será recordado tu nombre por todas las generaciones
Y te alabará el pueblo por siempre jamás.
—Gracias, David —dijo Ahinoam, cuyos ojos resplandecían—. La
canción ha sido bellísima.
Después del éxito conseguido aliviando la melancolía del rey, la situación
de David en casa de Saúl cambió considerablemente. Ya no volvió a dormir
en la habitación común de los criados, pasando al recinto de los soldados de la
guardia que custodiaban el palacio. Saúl comía sólo, servido por Ahinoam y
por sus hijas, en tanto que David, en su calidad de escudero, cargo exento de
deberes en tiempos de paz, se encontraba en una posición relativa muy poco
por debajo de los miembros de la propia familia del rey.
En los meses siguientes, fue llamado en contadas ocasiones para que
tocara y cantara con objeto de disipar los ataques de depresión del monarca,
aunque se dedicaba a menudo a solazar a las mujeres de la corte. Saúl parecía
haberse ya liberado del mal espíritu que antes le dominaba. Alerta y seguro de
sí mismo, se dedicaba ahora afanosamente a formar mi ejército, lo más
numeroso que las tribus le permitían, entregándole hombres jóvenes para que
les entrenara en el manejo de las armas de guerra, especialmente las de hierro
capturadas a los filisteos.
Para David los días pasaban harto aburridos, y de no haber sido por la
práctica diaria que hacía con los hombres de la guardia de Saúl con los
elementos de combate, se hubiese visto en un aprieto para pasar el tiempo. Le
gustaba Michal, pero la encontraba, quizá, demasiado absorbente para su
gusto. Muchas veces añoraba las montañas de Judea y el emocionante acoso
del chacal, el oso y el león, e incluso la modesta cacería de la liebre, que tan
sabrosos bocados prestaba a la olla.
Al anunciarse días más fríos al declinar el verano, y con ello una pronta
reanudación de las incursiones de los filisteos, Saúl decidió hacer
personalmente un recorrido por las tribus, con objeto de reunir un numeroso
ejército, que estuviera siempre en estado de alerta en los alrededores de
Gibeah. Dotado de una vista perspicaz y ya seguro de sí mismo, el rey volvió
a ser de nuevo el caudillo que había conseguido ganarse la lealtad de Israel.
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Hacía ya muchas semanas que no había mandado llamar a David para que le
cantase. Durante los preparativos para la partida del rey, David quedó
olvidado. Poco después de la salida de Saúl, regresó a su casa de Belén.
Una vez en ella, no sintió gran nostalgia por Gibeah, considerándose feliz
al reanudar sus tareas de cuidar el rebaño de su padre. Las historias que solía
contar de la corte de Saúl, un poco adornadas por su parte, pues tenía el
instinto nato del narrador, encantaban a todos los muchachos y muchachas de
Belén y especialmente a sus primos, Joab, Abishai y Asahel. Con ellos se
pasó muchas horas practicando en el tiro de la jabalina la lanza y el arco y
contendiendo en combates simulados con espada y escudo. No tardó David en
ser muy diestro en el lanzamiento de la lanza y la jabalina y con el arco y la
flecha pudo enviar proyectiles, con gran puntería, mucho más lejos de lo que
hubiera podido soñar hacerlo con la honda. Pero en cuanto al manejo de la
espada de doble filo, nadie aventajaba al gran luchador que era Joab, que
disponía de un cuerpo muy fuerte y de anchos hombros. Además tenía
aptitudes naturales para la lucha y afición por el combate físico, cualidades
que hacían inevitable que algún día se convirtiera en soldado.
Al pasar los meses, David se trocó de mozuelo en un joven atractivo
capaz de mantenerse firme e incluso ganar en los deportes a la mayoría de los
demás jóvenes de Belén…, con excepción de Joab.
Y en virtud de su maestría con el arpa y de su habilidad para componer
bonitas canciones, era el favorito de las muchachas… y de las madres cuyas
hijas se iban aproximando a la edad de matrimonio.
El breve período en que vivió en la capital de Saúl, era ya para David
poco más que un leve recuerdo y la noche aquélla en que él y Jonatán
mezclaron su sangre, cuando le prometió que no diría a nadie lo sucedido
cuando fue ungido por Samuel, casi la había olvidado entre sus absorbentes
ocupaciones de cuidar el rebaño y de jugar a la guerra con sus primos.
Entonces ocurrió algo que iba a cambiar por completo su existencia al
entretejer de nuevo los hilos de su vida con los de Saúl y Jonatán, mezclados
en un lienzo en el que los suyos iban a ser los que predominasen.
Ello sucedió cuando los filisteos empezaron a avanzar hacia el Este con
todo su poderío a través de las quebradas de Judea, llevando sus ejércitos
desplegados en línea de combate hasta el centro israelita de Shochoh, en el
valle de Elah, al oeste de Belén.
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CAPÍTULO IX
Y también Saúl y los hombres de Israel se juntaron y asentaron el campo en
el valle de Elah y ordenaron la batalla contra los filisteos.
Samuel 1-17:2
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supusieran naturales de la Grecia continental, aun cuando no eran totalmente
griegos. La historia de su incansable marcha a lo largo de la costa oriental del
Mediterráneo o «Gran Mar», la señalaba sus avances por tierra junto a la
reseña de las escuadras de buques que les acompañaban. Avanzando
simultáneamente por mar y por tierra, atacaban uno tras otro todos los centros
costeros, estrujaban las ciudades como con un par de pinzas gigantescas.
Caminando siempre hacia el Este y el Sur en dirección a su meta final, que
eran las ricas y fértiles tierras del delta, alrededor de la desembocadura del
Nilo en Egipto, los invasores saquearon Ciricia, se apoderaron en las minas de
Tarso de toda la plata fácilmente accesible y utilizaron las riquezas de Chipre,
especialmente su cobre y otros metales, para servir sus propósitos.
Los centros fenicios de Ugarit, Byblos, Tiro y Sidón, situados en el
extremo oriental del Gran Mar cayeron en sus manos en rápida sucesión, en
tanto que otra columna invasora llegó tierra adentro a puntos tan distantes
como Carchemish, sobre el río Éufrates, siguiendo una ruta similar en sentido
inverso a la de Abraham durante el viaje de Harán a Canaán,
aproximadamente mil años antes. Con un flanco así protegido y el otro
apoyado en el mar, se encontraban ya en condiciones de caer sobre Egipto.
Por implacable que fuera la marcha del «Pueblo del Mar» por irresistible
que su avance pareciera, estas mismas circunstancias fueron finalmente las
que originarían su derrota. Porque los rumores que les precedieron obligaron
al enérgico faraón Ramsés III a movilizar un gran ejército para la defensa del
delta del Nilo, y lo que es más, los egipcios poseían carros de combate que
eran mucho más rápidos y maniobreros que los pesados vehículos de los
invasores. Cuando el «Pueblo del Mar» llegó finalmente al delta del Nilo, las
fuerzas del faraón se encontraban preparadas. Columnas compactas de
arqueros, guardando la distancia suficiente para estar fuera del alcance de las
grandes lanzas y de las anchas espadas de hierro, hicieron llover, la muerte
sobre los invasores. Al mismo tiempo, los navíos de los atacantes fueron
arrojados contra la costa y destrozados por las rápidas y ligeras galeras de
guerra egipcias, que confiaban como fuerza impulsora, más que en las velas,
en los remos de los galeotes esclavos.
En una batalla final, una de las más grandes que jamás tuvo lugar en
Egipto o en Canaán, los invasores del Norte acabaron por ser contenidos y
obligados después a retroceder, vacilantes, a lo largo de las playas del delta
del Nilo y de la costa de Canaán. Luego de su derrota en Egipto, el «Pueblo
del Mar», al que se le empezó a dar el nombre de filisteos, obligó fácilmente a
canaanitas e israelitas a abandonar sus ciudades costeras, reconstruyéndolas y
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poniendo nuevos nombres a cinco centros importantes: Ashkelon, Ashdod,
Ekron, Gaza y Gath. Finalmente, en la línea costera meridional de Canaán
establecieron fraguas para fundir y trabajar el hierro y el cobre para renovar
las armas que habían perdido. Rehaciéndose rápidamente de su derrota en
Egipto, pronto se convirtieron en un gran peligro para los israelitas, y
especialmente para la tribu de Judá, cuyos dominios caían al este de las
principales ciudades filisteas.
Los hijos de Israel habían entrado en Canaán procedentes del Oeste hacía
poco tiempo, quizá tan sólo cincuenta años antes de que el «Pueblo del Mar»
invadiera Egipto y fuese rechazado. Durante los años siguientes, los hebreos
estuvieron muy ocupados con la conquista de Canaán y los filisteos con el
trabajo de restablecerse de sus heridas y fundar, con la confederación de cinco
ciudades próximas a la costa, una nación poderosa lo mismo en la guerra que
en el comercio. Negándose a compartir sus conocimientos con sus vecinos,
consiguieron guardar el secreto de fundir y dar forma al hierro para su uso,
por lo menos a lo que a aquella región se refería, pues los hititas del Norte
hacía muchos años que lo conocían.
Cortado su acceso a Egipto por una sucesión de enérgicos faraones y una
línea de fortificaciones llamada «Línea del Príncipe», construida en el Sur
tocando los dominios de los reyes egipcios, los filisteos no podían abrirse
camino sino hacia el Este, sintiéndose, además, atraídos en esta dirección por
los hermosos valles entre cadenas montañosas que formaban Judea y
particularmente por las amplias y fértiles tierras bajas a ambas márgenes del
río Jordán.
Al principio los hebreos eran lo bastante fuertes para resistir con éxito
cualquier avance filisteo por potente que fuera. Bajo Josué tuvieron lugar una
serie de éxitos para las armas de Israel, que tuvieron como resultado la derrota
de los cinco reyes canaanitas entre la ciudad de Gedeón y su exterminio en
Makkedah, más la derrota en el Norte del rey Jabin de Haazor. Pero después
del fallecimiento de Josué, sucedió un período de retiradas graduales de los
israelitas, especialmente por parte de los de Dan y Judea, los cuales se veían
obligados a enfrentarse por el Oeste con un enemigo que constantemente
crecía en número y en fuerza. En diversas ocasiones gran número de hebreos
habían sido hechos esclavos por los filisteos, aun cuando cada vez que esto
sucedía, el gran jefe de los shophetim, o jueces, había dado los pasos
necesarios para emanciparlos.
La aparición de Saúl como caudillo de toda la federación hebrea, nunca
completamente unida hasta entonces, fue vista por los filisteos como una seria
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amenaza contra sus ansias de expansión, cuando no contra su propia
existencia. Siendo un pueblo enérgico y naturalmente belicoso, dio
inmediatamente los pasos necesarios para enfrentarse con el peligro que le
amenazaba. La conquista por parte de Saúl del reino amalecita, en dirección
hacia el Sur, hizo que se extendiera el dominio de los hebreos, y lo que era
más alarmante, los llevó peligrosamente cerca de la fuente de origen del
hierro y del cobre, lo que podía independizarlos de los herreros filisteos. Era
inevitable, por consiguiente, que por parte de la confederación filistea se
llevara a cabo una invasión en gran escala del territorio hebreo. Este
acontecimiento tuvo lugar pocos años después de la breve visita de David a
Saúl en Gibeah.
La más septentrional de las ciudades filisteas era Ekron, que se encontraba
sólo a una hora de camino de Jamnia, localidad que fue asignada por Josué a
la tribu de Judá en tiempos de la conquista. En esta región fue precisamente
donde Sansón llevó a cabo sus célebres hazañas, hasta que Dalila, en el valle
de Sorek, le hizo revelar, mediante una artimaña, que su fuerza residía en su
cabellera, entregándole poco después a los filisteos como prisionero. Dado
que ocupaba una situación primordial entre las montañas que eran dominantes
atalayas de la llanura, Jamnia podría haber sido de gran valor pero los hebreos
nunca trataron de afirmarse en la región inmediata a causa de estar infestada
no solamente de moscas, sino también de ratas que a veces destruían toda una
cosecha en cuestión de horas.
Hacia el este de Ekron y de Gath, que se encontraban al sur de Jamnia, la
tierra se elevaba en sucesivas eminencias, separadas por valles que penetraban
profundamente en el territorio de Judea. Muchos de ellos contenían corrientes
de agua y a lo largo de sus márgenes los caminos estaban desgastados por el
tráfico comercial y a veces por las invasiones. Los israelitas, aunque
generalmente vivían en pueblos entre las montañas, bajaban durante el día a
trabajar los campos y cuidar de los viñedos que había en las fértiles regiones
de los valles, viéndose obligados a menudo a tener que protegerse contra las
bandas de merodeadores filisteos. Éstos, por su parte, tenían que estar en
constante estado de alarma para evitar que la ciudad cercana de Gezer, uno de
los centros donde se trabajaba el hierro, no cayera en manos de los hebreos. A
consecuencia de todo esto, los valles que se encontraban inmediatamente al
este de Ekron y Gath, constituían una fuente perpetua de rozamientos entre
hebreos y filisteos. Y entre todos estos valles, ninguno ofrecía una ruta más
directa al corazón de Judea y al valle del Jordán, siendo por lo tanto el más
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vital para la defensa de Israel, que el llamado valle de Elah u, ocasionalmente,
«valle de las Acacias».
Aquí, en Ephes-dammin, cerca de Shochoh, en la orilla de una hondonada
cortada por una encrespada corriente de agua, los filisteos habían concentrado
un considerable ejército, con la intención de cruzarla y apoderarse del
principal camino del valle, que conducía a Judea central. Al otro lado del
valle, Saúl tenía apostados sus ejércitos frente al enemigo y durante más de un
mes se mantuvieron dándose la cara, con sólo la corriente de agua entre ellos.
Aparte de algunas escaramuzas ocasionales entre destacamentos dedicados al
pillaje, no había ocurrido ninguna acción digna de este nombre. Pero como
solía ocurrir con frecuencia cuando se enfrentaban dos ejércitos, existían
campeones individuales que desafiaban a singular combate a los de las
fuerzas contrarias.
Existían importantes precedentes de esta clase de luchas, y en más de una
ocasión, especialmente durante el tiempo en que era Sansón el Juez, las
batallas se habían decidido por combates individuáis. Ahora las cosas, en lo
que a Israel atañía, se habían invertido, y era un filisteo el que osaba desafiar a
todos, un verdadero gigante al que se daba el nombre de Goliat de Gath.
Rumores del atolladero en que se encontraban en el valle de Elah se
habían infiltrado en todas las ciudades de Judea particularmente en Belén, que
encontrándose a una jornada del campo de batalla, era la que estaba más
preocupada. Todavía eran peores las noticias que se recibían respecto a que,
viéndose incapaz de atacar Saúl a las fuerzas superiores de los filisteos y
obligado a permanecer inactivo mientras veía como aumentaban diariamente,
había caído de nuevo en arrebatos de ira, como los que sufriera antes de la
estancia de David en Gibeah. Preocupado por la suerte de sus hijos mayores
que se encontraban en las filas de Saúl, Isaí preparó cierta cantidad de gofio y
pan recién cocido para los tres hermanos, así como diez quesos para su
capitán, dando instrucciones a David para que los llevara a Shochoh. También
tenía la misión de observar cuál era la situación y traer a casa el informe
correspondiente.
David se sintió encantado con la orden de que visitara el campo de batalla.
Siendo mayores que él, sus primos Joab, Abishai y Asahel habían partido
pocos meses antes para unirse a los soldadas de Saúl Y puesto que su padre
había acordado que pasara toda la noche en el campo antes de regresar a
Belén, partió con la esperanza de ver a sus primos y particularmente al
gigante filisteo que se atrevía a desafiar a las fuerzas de Israel.
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Al aproximarse a Shochoh, el interés de David se acentuó, por haberse
encontrado con una numerosa partida de desertores que se dirigían desde el
campo de batalla a sus hogares. Pudo por fin detener a uno de ellos,
ofreciéndole un trago de vino de una bota que llevaba en el arzón de la mida,
con la esperanza de animarle a que hablara.
—¿Por qué abandonáis el campo de batalla? —le preguntó mientras el
hombre bebía—. Seguramente que la batalla no puede todavía darse por
terminada.
El soldado se encogió de hombros.
—No habrá lucha. Seremos derrotados antes de tirar una lanza o arrojar
una flecha.
—¿No está el rey Saúl con las tropas?
—Saúl está allí, pero ni aún él es capaz de enfrentarse con el gigante.
—No han habido gigantes en esta tierra desde que Josué mató a Og, el rey
de Bashan —dijo David—. Og era el último de la raza.
—Yo no sé nada de Og ni de Bashan —contestó el desertor—, pero he
visto a Goliat con mis propios ojos. Es una mitad más alto que vos y sus
hombros son dos veces más anchos. Al retumbar de su vozarrón tiembla la
tierra y no hay hombre corriente que no se ponga también a temblar.
—¿Y qué hay del rey Saúl? ¿Qué hay de Jonatán? Seguramente que a
ninguno de los dos les atemoriza ningún filisteo.
—Todo lo que sé es que Goliat, pomo el gigante se hace llamar a sí
mismo, sale cada día y desafía a cualquier hombre que quiera luchar con él, y
que ni Saúl, ni Jonatán, ni nadie aparece para recoger el guante.
Esto le resultaba a David duro de creer. Hubiera apostado a que Saúl era
capaz de combatir contra cualquier filisteo aislado, fuera el que fuera, y era
bien conocido que Jonatán había atacado y destruido a una guarnición
completa del enemigo, sin más ayuda que la de su escudero. Todavía pensaba
lleno de estupefacción en el extraño relato que el deserto le había hecho y se
inclinaba cada vez más a no creerlo, cuando alcanzó la cúspide de la montaña,
encontrándose en el borde del valle de Elah. Allí se d tuvo y echó una ojeada
al espectáculo que tenía a sus pies.
Lo que vio fue para él como la premonición de un desastre.
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CAPÍTULO X
He aquí aquel varón que se ponía en medio de los dos campos, que se
llamaba Goliat, el filisteo de Gath.
Samuel 1-17:23
Al otro extremo del valle, visto desde el lugar donde se encontraba David,
y separados del ejército israelita por un riachuelo, se alzaban las tiendas de los
filisteos, dispuestas en ordenadas filas y cubriendo casi toda la falda de la
montaña. Llegaba desde el campamento el rumor de martillos al golpear los
yunques y se elevaba hacia el cielo el humo provocado por muchos fuelles al
dedicarse los herreros a sus tareas de aguzar las armas y dar forma a otras
nuevas. Todo el campamento era como una colmena llena de actividad,
mucha de la cual estaba centrada en una gran tienda ante la que ondeaban
cinco banderas. A juicio de David debían de indicar que se encontraban allí
representadas las cinco ciudades que componían la confederación filistea.
Los rumores que se oían acerca de las proporciones del ejército enemigo,
eran demasiado ciertas, se dijo a sí mismo. Debía de tratarse del empuje
principal, designado para penetrar profundamente en Judea y aislarla de las
demás tribus, después de lo cual los hebreos podrían ser perseguidos hacia el
Este, en dirección al territorio de los ammonitas, atravesando el Jordán y más
allá del mar Salado. Allí podrían ser cogidas las fuerzas de Saúl entre dos
fuerzas enemigas y ser completamente aniquiladas.
Al principio David no podía comprender qué razón podría tener el
enemigo para no atacar, puesto que los filisteos parecían ser en número
aproximadamente igual que los israelitas. Pero la actividad de colmena de sus
herreros parecía indicar que tal vez no todas las fuerzas allí reunidas
disponían de armas de hierro y que los cinco reyes y sus generales habían
decidido hacer un alto en el valle de Elah, donde existía gran suministro de
agua, hasta que semejante falta pudiera ser remediada. El enemigo parecía
tener pocos carros de combate, si es que contaban con alguno, cosa que no
sorprendió a David.
Los vehículos de rápido avance del pueblo de los hicsos, que con los
hebreos fueron los primeros que emigraron a estas tierras mil años antes, no
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tenían mucho valor en las montañas y por lo tanto no solían usarse en este
tipo de guerra.
Al otro lado de la parte del valle ocupado por los filisteos, el ejército de
Israel formaba un conjunto casi igualmente formidable, por lo menos en
cuanto al número de combatientes. Pero sabía bien David que las armas de
hierro poseídas por el enemigo, podían sólo representar la diferencia entre la
victoria y la derrota. Claramente se advertía también que el resonar de los
martillos y el rugido de las fraguas debían de causar un efecto deprimente en
el entusiasmo de los soldados israelitas, que sabían que muy pronto se verían
obligados a enfrentarse con armas formidables.
Las tiendas de los israelitas se alineaban por centenares, con parecida
pulcritud que las de los filisteos, indicando que Saúl no había perdido nada de
su genio como caudillo militar. Mas así como en el campamento enemigo
reinaba febril actividad, en el de Israel el silencio era casi deprimente, como si
esperara una derrota inevitable.
David bajó con su mula por la ladera y haciendo preguntas a irnos y otros
no tardó en localizar el lugar de acampamento de sus hermanos y de los
restantes hombres de la zona de Belén. Antes de que llegara hasta ellos, una
súbita interrupción cruzó el valle haciendo que se detuvieran todas las
actividades por parte de los israelitas.
—¡Oh, hombres de Israel!, ¿por qué habéis venido para entrar en
combate? —rugió una voz estentórea en un dialecto filisteo que los hombres
de Judea entendían perfectamente por haber vivido tanto tiempo a lo largo de
la frontera que separaba ambas naciones.
David movió la cabeza en todas las direcciones, seguro de que el hombre
que hablaba lo hacía por medio de una bocina para amplificar el sonido de su
voz. Pero en seguida se dio cuenta de que estaba equivocado, tan equivocado
como había estado en lo cierto el desertor en la descripción que le hizo del
campeón filisteo, porque Goliat era todavía más enorme de lo que le dijo. Sus
robustas piernas eran como troncos gemelos de árbol, su cuerpo un roble
macizo y su cabeza sobresalía por encima de las de sus camaradas y las de los
soldados israelitas al otro lado de la corriente.
—¿No soy yo filisteo y vosotros siervos de Saúl? —preguntó el gigante de
Gath, insultando deliberadamente a los hebreos, que se enorgullecían de no
ser esclavos de hombre alguno, ni siquiera de su rey—. ¡Escoged un hombre y
que venga dónde yo estoy! Si es capaz de luchar conmigo y matarme, todos
seremos vuestros siervos. Pero si soy el que gane y le mate os convertiréis en
nuestros esclavos.
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De la parte israelita del otro lado del valle sólo llegó el silencio, porque
ningún hombre se atrevía a cruzar el riachuelo, que sólo podía representar su
muerte.
—¡Desafío hoy a los ejércitos de Israel! —retó de nuevo el filisteo—.
¡Dadme un hombre con el que pueda luchar!
Al ver que nadie le respondía, escupió con desprecio a través de la
corriente y seguido de su escudero regresó con andar majestuoso a su
campamento.
David encontró a sus hermanos y les entregó los alimentos que llevaba
para ellos y después se dirigió al capitán, al que hizo entrega de los quesos,
regresando por último al lado de los hombres de Belén que estaban comiendo
junto a sus hogueras. Apenas ninguno de ellos abandonó su actitud para
hablarle, aunque muchos de los acampados cerca de sus hermanos eran
parientes suyos. Todos parecían presos de honda represión ante el desafío
diario y el declarado desprecio de Goliat. Finalmente buscó David a Joab y se
sentó a su lado.
—¿Cuánto tiempo hace que el filisteo nos está desafiando? —preguntó
David.
—Cuarenta días —contestó sombríamente su hermano Joab.
—Es un triste momento para Israel el que semejante tipo pueda
maldecirnos y llamamos cobardes.
Joab se limitó a encogerse de hombros, ya que nada podía decir, pero
cuanto más pensaba en Goliat mayor indignación mostraba David.
—¿Quién es este filisteo incircunciso para poder desafiar de esta manera a
los ejércitos del Dios vivo? —dijo estallando por último, incapaz de contener
la cólera que le dominaba por más tiempo—. Pienso en el premio que podría
recibir el hombre que acabara con él y con la vergüenza que pesa sobre Israel.
En su ira y su frustración, David alzó la voz más de lo que pensaba y un
benjaminita que se encontraba cerca de él le oyó.
—El rey le concedería grandes riquezas y a su hija en matrimonio —dijo
el hombre— y sin duda alguna su familia se cubriría de honra.
—¿Por qué no reclamas tú el premio, mozuelo? —preguntó otro hombre,
mientras los que le rodeaban estallaban en grandes carcajadas burlonas.
Eliab, hermano mayor de David se dio cuenta de la barahúnda.
—¿Por qué has venido? —le preguntó con acritud—. Observo la maldad
que hay en tu corazón. Viniste con la esperanza de ver una batalla y estás
intentando provocarla.
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A David no le gustó que Eliab le riñera delante de los hombres de
Benjamín, así que replicó:
—Si no hay nadie que luche con este filisteo y le mate, Israel será
derrotado antes de que haga silbar una flecha o lance uña jabalina.
—¿Por qué no le matas tú, mozalbete? —sugirió uno de los benjaminitas.
Herido por las nuevas risas que tal pregunta provocó, replicó David:
—Tal vez lo haga.
—¡Ya tenemos un campeón! —gritó alguien—. ¡Un campeón que va a
defendemos contra Goliat!
Sin quererlo, David había dado a aquellos hombres algo de lo que estaban
muy necesitados, un respiro de la ira estéril que sentían ante los insultos que
Goliat hacía caer sobre ellos.
—¡Un campeón!
Propagado de grupo en grupo, el grito se extendió por todo el
campamento.
—¡Un campeón contra Goliat!
—¡Ya has conseguido ser el hazmerreír de la gente! —le dijo Eliab
furioso—. Anda, vete a dormir a otro lugar. Que no se sepa que el hijo de Isaí
es un necio.
Ya por entonces se había alzado un gran clamor en la parte asignada a los
hombres de Belén y de Benjamín. Mohíno, aunque aún sintiéndose belicoso
ante las bromas de que era objeto, David buscó refugio cerca de sus primos,
pero el grito en son de mofa de «¡un campeón!» le seguía. Por fin se vio
obligado a tender su capa al lado de su mula de carga en un extremo del
campamento, y allí lo encontró Joab poco después.
—El rey reclama tu presencia —le dijo—. Te espera en su tienda.
—¿Sabes qué es lo que quiere?
David recordaba perfectamente la actitud del monarca la primera vez que
lo vio en el palacio de Gibeah y sus pensamientos no fueron muy
tranquilizadores. La ira del rey Saúl era una cosa terrible de presenciar y no le
sorprendió en absoluto que estuviese enfadado con él por haber alborotado el
campamento de aquella manera.
—Alguien le ha dicho que te has ofrecido para luchar contra el filisteo —
dijo Joab—. ¿Cómo ha sido posible que dijeses semejante estupidez?
David tuvo en la punta de la lengua el protestar diciendo que él no se
había ofrecido a semejante cosa, sino que simplemente expresó su natural
curiosidad preguntando qué recompensa recibiría el que tuviera la suerte de
dar muerte al campeón enemigo. Pero su orgullo había quedado
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profundamente lastimado por el vapuleo que le había dado en público Eliab y
por las burlas de los hombres, así que no contestó nada.
—El filisteo te partirá en dos —hizo observar Joab a tiempo que cruzaban
el campo en dirección a la tienda de Saúl—. El rey, por su parte, suele caer
últimamente en grandes cóleras. Puede llegar incluso a hacer que te corten la
cabeza, antes de que Goliat te eche mano.
David no se sentía feliz ante semejantes perspectivas, pero su orgullo no
le dejaba obrar en aquellos momentos de la única forma que parecía sensata,
esto es, hacer que Joab fuera solo con la noticia de que él había abandonado el
campamento, reintegrándose a cuidar los rebaños de su padre. De pronto le
asaltó un pensamiento. Si Jonatán pudiera interceder por él, podría tal vez
zafarse del asunto con nada peor que una reprimenda. Después de todo, se
decía David, su única falta consistía en haber provocado ciertas risas, lo cual,
en las condiciones depresivas en que se encontraban los soldados, no podía en
modo alguno considerarse un delito.
—¿Dónde está Jonatán? —preguntó—. En Gibeah éramos buenos amigos.
Joab se encogió de hombros.
—Ya estoy empezando a pensar que los cuentos que nos contaste sobre tu
fraternidad de sangre con Jonatán y el haber sacado a Saúl de su melancolía,
fueron también fútiles jactancias, aunque esta vez no corres el peligro de
quedar como embustero. Jonatán se marchó ayer al frente de una patrulla
exploradora hacia el Este, con objeto de ver si venían por esta parte más
refuerzos para los filisteos. No se espera que regrese antes de mañana.
Desvanecida aquella última esperanza de salir con bien del lío en que
estaba metido, David hubiera dado gustoso todas las probabilidades que
pudiera tener de convertirse en rey de Israel, por regresar de nuevo a la
montaña frente a Belén para cuidar de las ovejas. Pero ya no había manera de
escaparse del atasco como no fuera huyendo con el rabo entre las piernas o
bien arrodillarse ante Saúl y reconocer que si preguntó por la recompensa que
daban por matar a Goliat, lo hizo por simple curiosidad. De cualquier forma
que procediese, volverían a caer sobre él las chanzas y burlas del
campamento.
En pie ante la tienda de Saúl había un hombre nervudo, cuya túnica,
teñida de púrpura, indicaba que se trataba de un jefe de alta graduación. Al
ver aproximarse a David y Joab se adelantó la luz de la antorcha de la tienda y
David pudo comprobar que se trataba de Abner, capitán jefe del ejército al
mando de Saúl. Le había visto en múltiples ocasiones en Gibeah y sabía que
era muy respetado, y no solamente como valiente guerrero, sino también
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como estratega inteligente y astuto, cuyas realizaciones tácticas salvaron en
más de una ocasión al rey, menos reflexivo que él de la derrota.
—¿Es éste el muchacho, Joab? —preguntó Abner.
—Sí, mi señor Abner —contestó Joab—. Pero se trata sólo…
—Le conduciré ante el rey. Puedes volver a tu puesto Joab.
Al desaparecer ése, David no pudo por menos de sentir el peso de su
desolación. Abner no le llevó en seguida ante Saúl, sino que durante irnos
momentos le estuvo examinando sin pronunciar palabra. Con cierta sorpresa
por parte de David, en sus ojos no había burla sino cierta expresión
meditativa.
—¿Así que eres capaz de luchar contra el filisteo por la recompensa? —
preguntó por último.
—Por la recompensa no, mi señor —replicó el joven— sino para vengar
la afrenta que se está haciendo a Israel y al Altísimo.
Abner alzó las cejas y un instante pareció que hablaba consigo mismo. En
seguida se encogió de hombros y se dirigió hacia la entrada de la tienda del
rey, diciendo:
—Vamos, pasa. Al rey no le gusta que le hagan esperar.
Saúl estaba sentado en una especie de arcón, al que se le habían añadido
unas asas para poder ser utilizado en el transporte de puntas de flecha y de
lanza de bronce durante las marchas. No vestía en aquellos momentos la
túnica purpúrea que acostumbraba a llevar en Gibeah, sino, como cualquier
otro guerrero de Israel, una especie de blusón que le llegaba a las rodillas, con
mangas cortas que le cubrían los hombros de forma que las correas que
sujetaban el peto y el espaldar no le tocaran la piel. Tenía a su lado una vasija
de vino y en la mano un tazón de plata a medio llenar.
—¿Quién es éste? —preguntó Saúl levantando sus melancólicos ojos y
mirándoles fijamente.
David se sintió impresionado por el cambio que había experimentado el
rey desde la última vez que le vio. Entonces, aun en sus momentos de
iracundia, el hijo de Kish tenía la apostura majestuosa de un rey y de un
conductor natural de hombres. Ahora parecía vencido y cansado, como si le
hubiesen despojado de toda su fuerza interior. Emocionado, se dio cuenta
David del motivo de este cambio: Saúl tenía miedo.
David se había resignado a confesar al rey que no tenía ninguna gana de
pelear en un combate que solamente podía tener un fin: su propia muerte.
Pero al descubrir el miedo del rey, hizo que procediera de una forma que
ninguna otra cosa le hubiera hecho hacer. Se sintió poseído por una extraña
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sensación de fuerza, que no recordaba haber poseído con anterioridad. Porque
si el rey de Israel se encontraba atemorizado hasta, el punto de no parecer ya
apto como caudillo, ello sólo podía significar que no estaba lejano el día en
que David, como ungido sucesor de Saúl, sería lo suficiente fuerte para salvar
a su pueblo de la destrucción. El joven, inconscientemente, encuadró sus
hombros, lo que hizo que Abner, que se encontraba a su lado, le dirigiera una
atenta mirada.
—¿Quién es éste? —volvió a repetir Saúl, que parecía próximo a dejar
estallar su cólera.
—Es el judaíta que preguntó qué recompensa se ofrecía al que aniquilara
al gigante filisteo —se apresuró a decir el capitán.
—¿Se ha ofrecido a luchar contra Goliat?
Antes de que David pudiese hablar, contestó Abner:
—Sí. Varios hombres de Benjamín se lo oyeron decir. Supuse que
querríais conocer a un hombre tan valiente y ordené que fuera traído ante su
majestad.
Saúl vació el contenido del tazón de vino de un golpe y luego lo apartó a
un lado.
—No tienes ni la edad ni la experiencia necesaria para poder luchar con el
filisteo —le dijo mirándole sorprendido.
A David no le sorprendió que Saúl no le reconociese, pues había
experimentado un gran cambio desde que estuvo en Gibeah. Creció, sus
hombros se ensancharon y tenía el cuerpo más robusto, aun cuando era
todavía esbelto comparado con la pesadez de Saúl o de Joab. Además, sus
mejillas, que en Gibeah aparecían apenas cubiertas con el fino vello de la
adolescencia, lucían ahora una barba rizada, por la que sentía un orgullo fuera
de lo corriente. Ahora que Saúl le ofrecía una honrosa salida, le asaltó un
pensamiento lleno de prudencia. Reconoció, con una intuición que debía de
llegarle de algún poder superior a él, que formaba parte de un plan, aunque
como éste habría de desarrollarse cuando los hilos de los acontecimientos
comenzaron a tejerse y entretejerse era algo de lo que no podía tener la menor
idea; pero se dio cuenta de que debía de seguirlo, fuera a donde fuera a parar,
porque se trataba nada menos que de la voluntad de Dios.
—No permitáis que el corazón de un hombre decaiga ante el filisteo —le
dijo a Saúl con toda calma—. Vuestro servidor irá y luchará contra él.
—Pero tú no eres otra cosa que un mozuelo, mientras que Goliat ha sido
un hombre de guerra desde su juventud.
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La consideración de Saúl era ahora sólo superficial. Abner habló antes de
que el rey pudiera añadir algo más:
—Has hablado bien, muchacho. Seguramente el Señor será tu protección
y tu escudo.
Aquellas palabras sonaban un poco a hueco. ¿Sería posible, pensó David,
que todo aquello hubiese sido planeado por Abner, después que su curiosidad
por Goliat hubiera sido burlonamente interpreta da por los soldados como una
aceptación del desafío del filisteo? Incluso le asaltó una razón de esta
artimaña estratégica de Abner: quizás el capitán se había dado cuenta del
cáncer de terror que devoraba las entrañas de Saúl, y le había conducido a él,
deliberadamente, a la tienda del rey para obligarle a aceptar, lo quisiera o no,
el desafío. Porque una vez que el gigante le hubiese matado —«sacrificado»
era la palabra precisa, pensó David con amargura— Saúl se convencería de
que era inútil pretender él mismo luchar con el campeón filisteo y parte del
miedo roedor que había atacado el alma del rey, se apaciguaría. Todavía más,
el sofístico consejo de Saúl, le dijo a David que el rey estaba por completo
decidido a seguir la opinión de Abner, cuando no había sido aliado suyo.
En aquella prudencia recién hallada, a David le fue fácil comprender
ahora el cáncer que amenazaba con destrozar la inteligencia del rey. Debía de
ser la convicción de que Dios le había abandonado al fracasar en ser el
caudillo que debía de ser por la unción de Samuel. Y una vez que Dios le
abandonaba, la muerte se encontraba siempre a su lado, bien fuera en la forma
de Goliat o de una pequeña piedra en la que pudiera tropezar y caer de
cabeza, montaña abajo, para quedar destrozado sobre las rocas.
Lo peor de todo era que aquel insano miedo a la muerte le había
despojado a Saúl de toda energía para ser un hombre y enfrentarse con Goliat,
para morir, si fuera preciso, con el valor que su pueblo tenía derecho a esperar
de un rey.
En aquel momento nació un nuevo David. Era un David que podría
admirar a Saúl y serle fiel incluso en su debilidad, porque Dios había ungido
al hijo de Kish como rey de su pueblo y se le debía dar a su fuerza un margen
de confianza para que obrara como debía de hacerlo. Y aun sintiendo
compasión por Saúl, aquel nuevo David debía incluso ayudarle a llevar el
fardo de su propio miedo, facilitando que el rey le condujera a lo que debía de
saber que sería su muerte.
—Vuestro servidor cuidaba las ovejas de su padre —le dijo David al rey
confiadamente—. Y aunque a veces llegaba el león y se llevaba un cordero
del rebaño, yo iba tras él, le quitaba su presa de la boca y le mataba. Vuestro
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servidor ha matado no solamente al león, sino también al oso, y seguramente
ese filisteo incircunciso no será mejor que esas bestias, puesto que ha
desafiado a los ejércitos del Dios vivo.
—La lanza del filisteo es más aguda y más larga que las zarpas del león o
del oso —le advirtió Saúl.
—El Señor me libró de las garras del león y de las garras del oso —dijo
David tranquilamente y seguramente me librará también de las manos de ese
filisteo.
Saúl se inclinó hacia delante y buscó con sus ojos los de David. En aquel
momento volvió a tener de nuevo el aspecto resuelto y decidido del hombre
para el cual tocó David su arpa en Gibeah. Cuando habló de nuevo, incluso su
voz parecía haber cambiado, conteniendo ahora un acento que antes no tenía,
una nota de esperanza.
—¡Ve —dijo— que el Señor está contigo!
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CAPÍTULO XI
Y el filisteo venía andando y acercándose a David, y su escudero delante de
él.
Samuel 1-17:41
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gigante y le lanzara la jabalina contra un costado, Goliat ya le habría partido
en dos con la espada o le atravesaría con la lanza.
—¿Has planeado ya la manera que tendrás de combatirle? —preguntó
Joab.
David hizo un signo negativo con la cabeza.
—El Señor guiará mi mano, de la misma manera que me envió aquí para
que aceptase el desafío.
Su amigo le miró mudo de asombro.
—¿Por qué te ha elegido a ti —pudo decir por fin— cuando el propio rey,
ungido por él, no tiene valor para enfrentarse con Goliat?
—Dios ha abandonado a Saúl —explicó David—. Lo abandonó ya en
Mizpeh, cuando hizo los sacrificios sin esperar a que llegara Samuel.
—Pero Saúl ganó la batalla. Tal vez ello quería significar que el Señor se
había aplacado.
—De haber sido así, Saúl lo sabría y no tendría miedo de luchar contra el
filisteo.
Joab frunció el entrecejo. Siendo un hombre de acción, las sutilezas del
pensamiento y de la lógica estaban generalmente fuera de su alcance.
—¿Cómo es, entonces, que tú no tienes miedo? —le preguntó.
David tuvo en la punta de la lengua contestarle que el ungido por el Señor
era ahora él; pero recordó la conversación que tuvo con Jonatán en Gibeah y
su promesa de no revelar nunca a nadie aquella verdad.
—Confío en Dios —se limitó a decir simplemente—. Él será quien me
guíe por el camino que debo seguir.
Joab movió lentamente la cabeza.
—Has sido siempre algo extraño, David. Si cualquier otro fuera músico y
cantor de canciones como lo eres tú, yo ya le hubiese catalogado como medio
mujer; pero sé que tú eres todo un hombre, pues he luchado contigo y he
probado mi espada contra la tuya. Si de algo pudiera servir, sería yo quien iría
contra Goliat en tu lugar, pero sé que me mataría, ¿y de qué podría servir mi
muerte a nadie?
David sabía que Joab hablaba con toda sinceridad, y de no haber
empeñado su palabra a Jonatán, muy gustosamente le hubiera contado todo.
—Goliat vendrá pronto —dijo—. Debo de ir, por consiguiente, a la tienda
del rey y entrevistarme con los trompeteros que anunciarán que hemos
aceptado el desafío.
—Déjame que luche a tu lado —rogó Joab.
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—No, es preciso que vaya solo —le recordó David—. De lo contrario el
enemigo proclamaría que hemos obrado innoblemente.
Como todas las mañanas, en cuanto alcanzaba su memoria, David se
colocaba la honda en el cinturón. La bolsa en la que llevaba las piedras que de
ordinario usaba como proyectiles, se encontraba vacía, cosa que no le
preocupó. Si es que llegaba a sobrevivir a su encuentro con el filisteo, no le
sería difícil encontrar las municiones necesarias cogiendo piedras del lecho
del río, para defenderse, en caso de necesidad, cuando iniciara su viaje de
vuelta a Belén.
Súbitamente, con la mano todavía tocando la honda, tuvo la intuición de
la manera que le podría ser posible vencer al campeón. Para sobrevivir le
sería necesario herir al enemigo mucho antes de que Goliat pudiera echar
mano a la jabalina, a la lanza o a la espada, y eso solamente podría lograrlo
utilizando el arma con la que su habilidad igualaba, si no excedía, a la de
cualquier guerrero de Israel: ¡la honda! Después de pensar en ello, pareció
como si un gran peso se descargaba de su imaginación, porque entonces se
dio cuenta de que verdaderamente Dios estaba con él y que no podía fracasar.
Camino de la tienda de Saúl, se detuvo a la orilla del arroyo que se
despeñaba por el barranco que delimitaba ambos ejércitos, para lavarse la cara
con agua fresca y acabar de ahuyentar el sueño de su cabeza. En el fondo de
un remanso encontró la prueba final de que el Señor combatiría aquel día a su
lado. Había allí cinco piedras, que parecía que le estaban esperando, como
verdaderamente lo creyó. Sus aristas estaban desgastadas por las turbulentas
aguas, que las habían dejado suaves y redondeadas y constituían la munición
ideal para su honda.
Saúl se encontraba esperando frente a su tienda, con los apretados
contingentes del ejército de Israel detrás de él, ocupando la falda de la colina.
Todos los soldados estaban completamente armados, incluso Saúl. El espíritu
del rey parecía, asimismo, haber cambiado, pues aquella macilenta luz
depresiva que brillaba en sus ojos la noche anterior, había desaparecido. A su
lado, Abner se encontraba también completamente armado, como si fuera a
entrar en combate.
Al acercarse David, Saúl llamó a su escudero y el joven sacó de la tienda
un segundo conjunto de armadura muy pulimentada que el rey se ponía
generalmente en las batallas. Cogiendo el casco de bronce de manos de su
ayudante, Saúl dio unos pasos hacia delante y se lo colocó a David en la
cabeza.
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Saúl era un hombre bastante más voluminoso que David y cuando el
casco se hundió tapando las orejas del joven y casi obstruyéndole la visión, se
oyó un murmullo de diversión entre las filas de los soldados reunidos.
Fingiendo no oír las risas, Saúl ayudó a David a pasar los brazos por las
correas que sostenían el peto de la armadura. Destinado a proteger el pecho en
el combate, estaba hecho de cuero con planchas de bronce unidas delante y
detrás. El peto también le venía muy ancho a David, entorpeciendo sus
movimientos. Y cuando Saúl ciñó su propia espada a la cintura del joven, las
risas se intensificaron porque la empuñadura del arma chocaba contra las
rodillas de David.
Éste no quería que el rey se molestase, porque se había mostrado muy
generoso proporcionándole la armadura, pero al propio tiempo sabía que
tendría que librarse de ella antes de enfrentarse con el filisteo ya que el peso
del peto colgándole de los hombros dificultaría el uso de la honda, y la
puntería exacta que tendría que hacer sería imposible.
—Mi señor rey —empezó diciendo David, apoderándose de la primera
idea que le vino a la mente—, no puedo ir con todo esto, porque no estoy
acostumbrado a ello. Os ruego que me permitáis utilizar en su lugar mis
propias armas.
—Nada hay más justo —reconoció el rey—. Cada hombre lucha mejor
con las armas que está acostumbrado a usar.
David se desabrochó rápidamente las correas del peto, entregando éste,
con el casco, al escudero. Sin el estorbo de la armadura, se dirigió al borde de
la corriente de agua y escogió las cinco piedras que había visto en el fondo del
remanso. Saúl parecía estar a punto de protestar pero un clamor que venía del
campamento filisteo, llevó la atención de los israelitas al otro lado del arroyo,
hacia donde se dirigía Goliat para su desafío mañanero. Su escudero, un
muchacho casi tan alto como David, iba delante del campeón filisteo,
conduciendo el enorme escudo de hierro, cuyo peso exigía todo su esfuerzo
solamente para llevarlo.
Goliat iba con la armadura completa y el sol de la mañana se reflejaba en
su casco de bronce cegando casi a David, recordándole que debía de
aproximarse a su enemigo de tal manera que el sol no se reflejara en sus ojos
al cruzar la corriente. El pesado peto que protegía el pecho de Goliat era
también de hierro y llevaba un faldellín de láminas metálicas que le llegaba
hasta la rodilla, resonando al chocar unas contra otras mientras caminaba para
situarse en el espacio abierto que existía al otro lado de la corriente. Incluso la
parte inferior de las piernas las llevaba recubiertas por espinilleras, que iban
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desde las rodillas a los tobillos atadas a las pantorrillas, y que también estaban
moldeadas en metal.
Mientras Goliat tomaba su posición acostumbrada, preparatoria para
lanzar el desafío, David aprovechó la oportunidad para examinarle
cuidadosamente, buscando el punto vulnerable donde lanzar la piedra. Sabía
que tendría que derribar al gigante del primer golpe, pues de lo contrario la
jabalina o la lanza terminarían con él antes de que pudiera poner otra piedra
en la honda y arrojarla. No podía ver ningún punto vital que no estuviera
cubierto con la armadura, que vestía literalmente al filisteo de pies a cabeza,
hasta que recordó al chacal que había matado en la montaña cercana a Belén.
Derribó al enfurecido animal a corta distancia con una piedra que le dio
exactamente entre los ojos.
Al examinar a Goliat de nuevo, después de recordar aquel episodio, se dio
cuenta inmediatamente David del lugar a donde debía de dirigir el proyectil,
una pequeña zona en la frente de Goliat, apenas mayor que la palma de la
mano de un hombre y en el lugar donde el borde del casco brillaba sobre la
línea del pelo. Desde aquella distancia era un blanco imposible, pero David se
dijo que acercándose lo más que pudiera al coloso, tendría considerables
probabilidades de éxito. La única contra era que no tendría oportunidad de
lanzar una segunda piedra, si fallaba con la primera.
—¡Desafío hoy a todos los ejércitos de Israel!
La voz de Goliat recorría el valle y su eco repercutía contra las abruptas
masas rocosas de las colinas que lo delimitaban.
—¡Que salga un hombre con el que pueda luchar!
Saúl dudó un momento antes de levantar la mano como señal para los
trompeteros que estaban en pie a la puerta de su tienda. Resonaron también
por el valle las duras notas de las largas trompetas llamadas shofar, hechas de
cuerno de morueco, que se tocaban al llamar a los israelitas al combate. Los
soldados de Israel pudieron ver cómo se envaraba Goliat al oír las estridentes
notas aceptando el desafío. En el campo enemigo llegaron corriendo de todas
partes los soldados para ver quién había sido capaz de contestar al reto de su
campeón; pero en aquel intenso momento dramático no sé dieron cuenta los
filisteos de algo cuya significación tampoco captó David entonces: que los
hombres de Saúl se encontraban armados hasta los dientes, aunque su aspecto
negligente era del que se dedica a presenciar por curiosidad la desigual
contienda.
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CAPÍTULO XII
Y así venció David al filisteo con honda y piedra.
Samuel 1-17:50
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David no contestó, esperando que el filisteo se entretuviera vociferando
insultos hasta que él se encontrara tan cerca de su blanco que resultara
imposible que errara el tiro.
—¡Ven por mí! —rugió Goliat con sarcasmo.
Hasta el momento el gigante no se había molestado en tomar la rodela de
su escudero ni de arrojar una lanza o una jabalina, como era costumbre en esta
clase de luchas. Era evidente, y en ello residía la esperanza de David, que
considerara sus manos desnudas como armas suficientes para deshacerse de
aquel insignificante rival.
—¡Ven, acércate, que voy a dar tu carne a las aves del cielo y a las bestias
de los campos!
David habló por vez primera desde que abandonó las filas israelitas.
—Vienes a mí con espada y con lanza —dijo—, pero yo voy a ti en
nombre del Dios de los ejércitos de Israel, al que te has atrevido a desafiar.
Goliat se asentó con mayor firmeza sobre sus anchos pies, abriendo y
cerrando sus manazas, con las que pensaba destrozar a aquel advenedizo que
osaba ir contra él.
—¡Hoy te entregará el Señor a mis manos! —dijo David acercándose cada
vez más, hablando al gigante para retener su atención—. Te heriré y después
te cortaré la cabeza. ¡Seré yo quien dé los restos de los filisteos a las aves del
cielo y a las bestias salvajes, para que toda la Tierra se entere de que hay un
Dios en Israel!
Al detenerse David para recobrar el aliento, Goliat gritó su desafío una
vez más, retumbando su eco entre los paredones del estrecho valle. Casi sin
darse cuenta de lo que hacía, metió David su mano en la bolsa de su cinturón
y tanteó una redonda piedra pulimentada de las que había recogido en el
fondo del arroyo. Ya se encontraba lo suficientemente cerca para poder
contemplar los grandes tendones que sobresalían del cuello macizo del filisteo
y para oír cómo crujían los nudillos de las manos de Goliat al abrirlas y
cerrarlas. Estando ya seguro de que el gigante esperaría hasta tenerle al
alcance de sus manazas, David se atrevió a aproximarse a él todavía más.
Sólo cuando estuvo seguro de no poder fallar la puntería, se deshizo del
báculo e hizo que su mano izquierda se pusiera en su cinturón para colocar la
piedra en la honda.
—¡Todos cuantos se encuentran aquí reunidos se enterarán que al Señor
no se le combate con lanza y espada! ¡Será el Señor quién te entregue a mis
manos!
Página 87
David lanzó sus últimas palabras en las mismas narices de Goliat, puesto
que se encontraba a no más de doce pasos de él. En el mismo momento, su
mano derecha agarró las cuerdas de la honda y con la izquierda sacó de su
cintura la piedra, asentándola firmemente en la cavidad de la misma.
Empleando toda la fuerza de su brazo y de su cuerpo, hizo girar dos veces la
honda sobre su cabeza y soltando las cuerdas unidas a uno de los lados de la
cavidad, hizo que la redonda piedra quedara en libertad y se dirigiera con
impresionante velocidad hacia su blanco.
El impacto de la piedra contra la frente del gigante fue tan fuerte que a
favor de la brisa mañanera pudo oírse en el campamento israelita al otro lado
del arroyo. David, con los ojos siempre fijos en el blanco, vio cómo se hundía
la piedra en la frente de Goliat, aplastando hueso y cerebro en su camino,
exactamente igual que los hendió en el cráneo del chacal.
En las pupilas de Goliat brilló una horrible expresión, antes de que se
pusieran vidriosas y avanzara unos pasos vacilantes. Después se doblaron sus
rodillas y cayó pesadamente a tierra.
Cuatro sonidos rompieron el terrible silencio que siguió a la caída de
Goliat. El primero de ellos fue como un gemido de temor, que se elevó de las
filas de los filisteos, agrupados al borde de la pequeña hondonada. El segundo
consistió en el batir metálico contra las piedras, al dejar caer el escudero de
Goliat la rodela de que era portador y escapar, como alma que lleva el diablo,
hacia el campamento filisteo. El tercero fue el vibrar de los shofar del
campamento israelita emitiendo la orden de combate.
Y por último, los gritos triunfales de los guerreros israelitas atravesando el
arroyo y atacando al enemigo, desarmado en su mayoría, por encontrarse
distraído por el extraño combate entre David y Goliat, no habiéndose
preocupado de recoger sus armas al salir de las tiendas para presenciarlo.
En cuanto a David, de momento sólo le preocupaba una cosa: completar
su victoria sobre el campeón filisteo. Colocando su pie sobre el pecho del
gigante caído, asió la empuñadura de la espada de Goliat y la sacó de su
vaina. Aun cuando manejó el arma con las dos manos, tuvo necesidad de dar
dos golpes para seccionar la cabeza del gigante. Después se llevó la
ensangrentada espada como un trofeo, ya que las armas de hierro eran
valiosas presas de guerra, procediendo a cruzar el arroyo en dirección al
campamento israelita. Entonces se encontró con que las líneas israelitas se
habían trasladado hacia el Oeste, en persecución de los desarmados filisteos,
cogidos desprevenidos al ser atacados en el momento de la victoria de David.
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Después de la emoción de la lucha con Goliat, cuyo cuerpo yacía tocando
el campamento filisteo al otro lado del arroyo, David apenas podía desechar la
idea de que había quedado olvidado. Las líneas de batalla se alejaban
demasiado rápidamente en dirección al Oeste para que pudiera ya alcanzarlas,
y no le quedaba otro remedio que esperar el regreso del Ejército. Era la
primera vez que daba muerte a un hombre, y ahora que los instantes de
excitación habían terminado, no podía dejar de sentir un poco de repugnancia.
La cabeza de Goliat yacía a orillas del arroyo, donde la había dejado caer, y
no podía eludir la convicción de que sus ojos sin vista le perseguían por el
campamento, como si incluso después de su muerte le acusara el filisteo de
haber utilizado el recurso desleal de la honda.
Para huir de aquella mirada, implacable al parecer, David acabó por
cubrirse la cabeza con el corselete de la armadura que tomó del cuerpo caído
del gigante, no teniendo ya otra cosa que hacer que esperar el regreso de Saúl
y su viaje de vuelta a Belén, dedicándose, poco después, a cuidar a los
heridos, vendándoles y llevando a los moribundos el alivio posible dándoles a
beber agua del arroyo. Todavía se encontraba ocupado en esta actividad,
cuando Saúl y Abner volvieron a la cabeza del principal cuerpo de ejército
israelita al campamento, poco antes de que anocheciera.
Saúl penetró en su tienda y poco después cruzaba Abner el arroyo hasta
llegar al lugar donde David se encontraba dando de beber a un herido
israelita.
—El rey Saúl desea verte —dijo el capitán.
Por entonces ya se había acostumbrado David al hedor de los moribundos
que había en la falda de la colina y al olor, enfermizo y cálido, de la muerte.
Incluso el propio Abner palideció un poco cuando le vio recoger la decapitada
cabeza de un montón de armaduras, mientras David seguía al capitán israelita
hasta la tienda del rey.
Saúl se estaba lavando, tratando de quitarse de su cuerpo la suciedad y la
mugre del combate, utilizando para ello una vasija de cobre capturada a los
filisteos. Su armadura y sus armas yacían en el suelo de la tienda, pudiendo
darse cuenta David, al advertir las mellas que había en el peto, así como la
sangre seca de la espada y en la lanza, que el rey había jugado el papel que le
correspondía, luchando aquel día como el verdadero caudillo de un pueblo.
Solamente después de secarse la cara y la barba con una toalla, se volvió Saúl
hacia David y Abner.
—¿De quién eres hijo, muchacho? —le preguntó.
—Soy hijo de vuestro servidor Isaí de Belén —contestó David.
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—Tu destreza con la honda ha salvado hoy a Israel.
David movió negativamente la cabeza.
—El Señor fue quien guió mi brazo, majestad —contestó modestamente
—. Sólo Él es quien debe recibir los parabienes y vos también, por haber
conducido al Ejército a la victoria al ser cogido el enemigo por sorpresa.
Saúl le dirigió una mirada no exenta de asombro.
—¿Qué hacías hoy en el campamento? —preguntó—. No recuerdo
haberte visto con anterioridad por aquí.
—Mi padre me envió para que trajese alimentos a mis hermanos Eliab,
Abinadab y Shamma.
Saúl asintió:
—Los conozco bien. Son excelentes guerreros.
—Mi padre y toda mi familia nos contamos entre sus más leales
servidores, señor. Cuando le diga que habéis alabado a mis hermanos, se
sentirá muy orgulloso.
—¿Vas a regresar a Belén?
—No soy soldado, señor —le recordó David a Saúl—. Me encontraba hoy
en el campamento por casualidad.
—Por una feliz casualidad, si es que puedo llamarla así —dijo Abner que
se encontraba a su lado—. A menos, como dices, que fueses sólo un enviado
del Altísimo con la misión de aniquilar a Goliat.
David pudo observar una vez más que Saúl fruncía el entrecejo, como
solía hacer cuando se disgustaba; pero después se encogió de hombros y
pareció no dar importancia a los pensamientos que le habían asaltado.
—¿No querrías quedarte en el Ejército, si te buscara una plaza en él? —
preguntó a David.
—El rey mi señor no tiene sino ordenar y yo obedeceré.
En el rostro de David brilló la satisfacción que sentía ante aquella
sugerencia del rey.
—Así, pues, no hay más que hablar —le dijo Saúl—, te quedarás y
servirás siempre a mi lado.
—Si vuestros músicos, señor —insinuó David—, me proporcionan un
arpa me complaceré en componer un himno de triunfo para que sea cantado
esta noche por los soldados en todas las hogueras del campamento.
Saúl volvió a fruncir el entrecejo.
—Hace unos años, hubo un muchacho llamado David —dijo—, que tocó
y cantó para mí en Gibeah. Seguramente que no puede ser el mismo.
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—Eso ocurrió hace solamente dos años, mi señor —contestó David—,
aun cuando las cosas hayan cambiado mucho desde entonces.
—Así es —convino Saúl—. Tu barba te hace parecer de más edad de lo
que yo hubiera esperado.
Y has conseguido ya alcanzar la estatura de un hombre.
Volvióse después hacia Abner y ordenó:
—Procura que busquen un arpa para este muchacho. Esta noche veremos
si sigues cantando tan dulcemente como antes, David.
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CAPÍTULO XIII
El alma de Jonatán fue ligada con la de David, y Jonatán amólo como a su
alma.
Samuel I —18:1
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que esperara destruirme con sus propias manos, sin tomarse la molestia de
matarme a distancia con la lanza o la jabalina.
—Pero todo eso exigió valor, un valor que ninguno de nosotros había
tenido.
—No tanto valor como confianza en la, voluntad de Dios —le rectificó
David—. Había algo en mi interior que me decía que el Señor me daría la
victoria. De no haber tenido esta seguridad, jamás me hubiera atrevido a
cruzar el arroyo.
—El mismo hecho de que sintieses semejante confianza demostraba que
estabas realizando la voluntad de Dios —convino Jonatán—. Mas no dejo de
pensar qué es lo que mi padre sentiría si se enterase que el hombre al que está
honrando, es el que le sucederá algún día como rey de Israel.
—¡Calla! —exclamó David—. No debes de decir semejante cosa.
—Sin embargo, es la verdad; tu triunfo lo demuestra.
—Los hombres de Benjamín son muy diestros con la honda. Disparando
la piedra desde tan corta distancia, cualquiera de ellos hubiera podido matar a
Goliat, como yo lo hice.
—Es cierto que tenemos centenares de hombres que hubieran podido
derribar al gigante desde tan cerca —reconoció Jonatán—, pero ninguno de
ellos tenía suficiente confianza en Dios de que el enemigo sería derrotado,
para atreverse a correr el riesgo.
Su rostro se puso más grave al añadir:
—Abner me manifestó algo más en relación con este episodio cuando
cabalgábamos de regreso de Ekron, pero no sé si deba decírtelo.
David levantó su mano y puso el pulgar delante de los ojos de Jonatán.
—Si examinaras con cuidado la piel de este dedo, seguramente podrías
encontrar en él todavía la cicatriz en el lugar en que me pinché para mezclar
mi sangre con la tuya. Entonces me dijiste en Gibeah que no existirían
secretos entre nosotros.
Jonatán hizo con la cabeza un gesto de asentimiento, pero su expresión
continuaba siendo grave.
—¿No te extrañó que mi padre accediese a que un simple pastor de Belén,
que ni siquiera era soldado, fuera a luchar contra el filisteo?
—Supongo que lo hizo porque esperaba que le mataría. ¿Por qué otra cosa
podría ser?
Jonatán negó con la cabeza.
—Todo fue una artimaña de Abner. Me lo contó esta misma tarde, cuando
regresábamos al campamento.
Página 93
—¿Qué artimaña fue ésa?
—Cuando Abner se enteró que habías preguntado por la recompensa que
se daría al que matase a Goliat, habló con mi padre para que te convenciera de
que aceptases el desafío del gigante y luchases con él.
David recordó entonces la escena de la noche pasada, cuando Abner envió
a Joab a buscarle y había ido a la tienda de Saúl. Y cuanto más pensaba en
ello, más claro veía que lo que allí sucedió podía encajar muy bien con lo que
Jonatán acababa de contarle.
—¿Así, pues, ninguno de los dos creía que fuera yo el que triunfara?
¡Todo el encuentro fue un señuelo para atraer a los filisteos y llevarles a su
aniquilamiento!
El dolor se reflejaba en el rostro de Jonatán, porque al contarle a David lo
que Abner le había confiado, condenaba también a su propio padre.
—Abner estaba convencido de que los filisteos estarían tan absortos en la
lucha entre tú y Goliat, que se olvidarían por completo de tomar elementales
medidas de precaución. Y esto fue exactamente lo que sucedió.
—Pero los que se encontrasen en el bando perdedor, se acordó que
habrían de someterse a la voluntad del vencedor. Tu padre corrió un gran
riesgo, entonces, al permitirme ir contra el gigante.
Jonatán movió negativamente la cabeza.
—No lo creas. Tú no eras ni siquiera un soldado, David. Así que ni mi
padre ni Abner consideraban que deberían respetarse las condiciones del
duelo con tu actuación.
—Y mientras Goliat me mataba y la atención de los filisteos se encontraba
distraída, nuestro ejército caería sobre ellos, ¿no es así?
—Tal era, en efecto, el plan de Abner. Deberías haberte dado cuenta de
que nuestros soldados se encontraban completamente armados, listos para
entrar en combate.
—Tan abismado estaba en la idea de matar a Goliat que no me di cuenta
de nada.
La voz de David tuvo un timbre de amargura al añadir:
—¡Y pensar que durante todo el tiempo no fui otra cosa que una víctima
propiciatoria para salvar a tu padre de la derrota!
—No seré yo quien le defienda —dijo Jonatán—, pero cuando con el
pensamiento me pongo en su lugar, estoy seguro que hubiese obrado de la
misma forma en circunstancias parecidas. Tú nunca has sabido, David, qué
cosa es tener la vida de los demás pendiente de las propias decisiones. Es el
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fardo más pesado que un hombre se pueda ver obligado a soportar. Dejar que
muriera un hombre para salvar a toda una nación, no es un precio demasiado
elevado ante el triunfo de hoy.
—Desde luego, tienes razón —reconoció David.
No había ahora amargura en su voz. En el breve espacio de tiempo de un
día, desde la salida del sol hasta aquel momento, David había madurado
mucho. Después de todo, como Jonatán acababa de decirle, aquello había sido
una magnífica treta estratégica, merced a la cual una derrota casi segura se
trocó en una victoria. El hecho de que las cosas se hubiesen desenvuelto de
diferente manera de lo que Abner y el rey pensaron, y que él estuviese vivo y
Goliat muerto, no alteraba en realidad el fondo de la cuestión. Incluso si él no
hubiese vencido al gigante, y éste le hubiese matado, el ejército israelita
habría atacado lo mismo. Y aunque las probabilidades de éste de vencer al
enemigo hubieran sido mucho menores, pues los filisteos interpretaron la
caída de Goliat como señal de que el terrible Dios israelita había elegido a su
pueblo para que fuese el vencedor, quedaba incólume el hecho de que el
propio David había sido simplemente una treta insospechable que podía
gastarse sin rebozo.
El convencimiento de lo que realmente sucedió, así como la propia
certeza de que su breve encuentro con Goliat no había tenido el carácter de un
verdadero combate, sino que fue una simple exhibición con la honda, que
centenares de hombres de Israel hubieran podido realizar de la misma manera,
no contribuyó, ciertamente, a aumentar en David la estimación de sí mismo.
Y sin embargo, su choque con Goliat, le había dado una lección muy
importante, esto es, que el miedo era cosa que, lo mismo que la fuerza, podía
dominarse y que la falta de miedo es el arma más poderosa con la que un
hombre pueda contar. En los años venideros, David perfeccionaría
considerablemente este conocimiento, siendo una de las armas de la que
echaría mano una y otra vez.
No se dio cuenta de que su propia situación había cambiado mucho hasta
que al salir de la tienda de Jonatán fue objeto de grandes aclamaciones de
entusiasmo por parte de los soldados que fueron testigos de su encuentro con
Goliat y que durante el día estuvieron demasiado ocupados para rendirle aquel
merecido homenaje. Se apoderaron de él y le pasearon en triunfo por todo el
campamento, hasta llevarle al lugar de honor donde se encontraban apilados
todos los despojos ganados al enemigo, con los que se iban a celebrar los
grandes festejos de la victoria.
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Arrebolado y feliz, aceptó, complacido, David el homenaje de que le
hacían objeto sus camaradas y cuando en la culminación de la fiesta que
siguió le pusieron un arpa en la mano y le instaron a gritos para que cantara
un himno triunfal conmemorativo de aquella acción, sintió que su corazón se
llenaba de recónditas armonías y empezó a cantar lo que centenares de siglos
después habría de seguir llamándose el Himno de la Victoria de David:
Te alabaré, Señor, con todo mi corazón.
He de mostrar todas tus maravillosas obras.
Me satisfará regocijarme en Ti
Al cantar alabanzas de tu nombre, ¡oh, Tú, él más Alto!
Cuando mis enemigos son rechazados,
Caen y perecen en tu presencia,
Porque Tú, apoyando mi derecho y mi causa,
Permaneces sentado en tu trono juzgando con rectitud.
Has rechazado a los idólatras;
Has aniquilado a los malos;
Has borrado sus nombres para siempre
A fin de que con ellos perezca su memoria.
Pero el Señor será él que siempre perdure.
Ha dispuesto su trono para desde él realizar sus juicios,
Y juzgará al mundo rectamente,
Administrando justicia al pueblo con probidad ejemplar.
El Señor será también refugio de los oprimidos,
Puerto de asilo en tiempos de aflicción,
Y cuantos no ignoran tu nombre confiarán en ti,
Y Porque Tú, Señor, nunca abandonas al que te busca.
Cantad alabanzas al Señor,
Propagad entre el pueblo sus obras.
Los impíos se hundieron en el propio hoyo que calvaron;
En la red que ocultaban, sus propios pies se enredaron.
Al Señor se le conoce por los juicios que ejecuta.
El malo cae en la trampa que él mismo tiende.
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El malo será arrojado al infierno,
Lo mismo que todas las naciones que de Dios se olvidan.
¡Álzate, oh, Señor, y no permitas que el hombre sobresalga!
Que él impío sea por ti juzgado.
Atemorízale, Señor,
Para que en todas las naciones no haya otra cosa que hombres.
Arrebolado y feliz, no se dio cuenta David de que Saúl estaba en pie ante
su tienda, sita en medio del campamento, observando y escuchando. Si
hubiera podido examinar la actitud del rey, se hubiese convencido de lo
oportuno de la advertencia de Jonatán en Gibeah, de que no revelase que
Samuel le hubiese ungido en Belén, porque el rostro de Saúl estaba
ensombrecido por la contrariedad y la envidia. Hacía mucho tiempo que las
voces de sus hombres no se elevaban para aclamarle como lo hacían en
aquellos momentos con David. Y mientras el rey escuchaba, sus dedos se
contraían espasmódicamente agarrando el asta de una jabalina, que un
soldado de la guardia, al que Abner había dado permiso para unirse a los
festejantes, dejó apoyada en la puerta de la tienda.
Dos hombres se encontraban, sin embargo, vigilando a Saúl aquella
noche. Uno de ellos era Abner, el cual al pasar la vista del rostro radiante de
felicidad de David al del rey, se había quedado pensativo; el otro era Joab,
que mientras se regocijaba de la buena suerte de su mejor amigo, calculaba de
qué manera podría aprovechar aquella misma suerte en ciertos proyectos
personales que albergaba para el porvenir.
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CAPÍTULO XIV
Yo, Jehová, les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos.
Ezequiel 34:24
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obligados a combatirles de la mejor manera que podamos, utilizando la
astucia para levantar el ánimo de nuestros soldados.
—¿Tal como elevasteis el mío, quizá, para que aceptara el desafío de
Goliat?
—Debo de reconocer que fuiste un don del cielo, pero ya has recibido
alguna recompensa. Y si eres inteligente como creo, recibirás muchas más.
¿No te gustaría ser capitán del millar?
—¡Capitán del millar! —exclamó David, mirando a Abner con
incredulidad, seguro de no haber oído bien.
Ni en sus más fantásticos sueños, salvo en aquéllos en que se veía
convertido en rey, se había atrevido a considerar semejante posibilidad.
—Soy aún demasiado joven —balbuceó— y no he sido probado todavía
en combate.
—¿Y quién ha podido serlo más? —replicó Abner fríamente—. ¿Quién ha
podido nunca demostrar su valía de una forma más completa?
—Pero, ¿estaría de acuerdo el rey Saúl?
—Ayer ganaste para él una batalla que parecía perdida. No te puede negar
nada que desees.
—Me dijeron que Saúl ofreció su hija y grandes riquezas al que matara a
Goliat.
—Todo puede ser tuyo… con el tiempo. El cargo de capitán del millar
será sólo el primer paso de lo que tengo yo en proyecto para ti.
—¿Creéis que me seguirían los soldados?
—El hombre se convierte en conductor de los demás por diversas razones,
David, la principal de las cuales es haber demostrado su valor y ser capaz de
convertir una derrota en triunfo. Y ayer tú realizaste ambas cosas.
El capitán jefe se puso en pie, añadiendo:
—No digas nada de esto ni a Saúl ni a Jonatán. Puedo tardar algún tiempo
en llevarlo a cabo.
—¿Y qué pedís de mí a cambio?
Abner estalló en una sonora carcajada.
—Ya veo que has debido de oír que Abner no da nada por nada. Ya me
has pagado suficientemente, David, con una victoria sobre los filisteos. Puedo
seguir siendo todavía, gracias a ti, capitán jefe de Israel y no un esclavo dando
vueltas a los molinos de Gath y de Ekron. ¿Puedo pedir más?
Cuando Abner se hubo marchado, David se puso a pasear por el reducido
espacio de la tienda, tratando de reflexionar sobre todo lo que le había dicho.
Como estaba más acostumbrado a los espacios abiertos de las cumbres de
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Belén que a los reducidos confines de una tienda de campaña, decidió salir
fuera. Recogiendo el arpa, a cuyos sones acababa de cantar junto al fuego de
las hogueras del campamento, empezó a ascender por la empinada ladera de
la colina, deteniéndose al llegar a un lugar que marcaba el punto más elevado
de todo el contorno.
La luna había ascendido ya por encima de la distante cadena montañosa,
cuyos declives inferiores eran bañados por las aguas del mar Salado. Bajo su
suave y clemente claridad, podía contemplar las fértiles tierras altas de Judea,
cuya puerta de entrada hacia el Oeste era el valle de Elah, extendiéndose ante
él. Por el Sur se veía la cadena montañosa de Adullam, donde existían
múltiples cavernas, en las cuales los hombres de Judea se habían escondido
con frecuencia para huir de la persecución de los depredadores filisteos. Hacia
el Norte estaba la meseta central, con los antiguos santuarios de Bethel y
Shechem.
Por un momento sintió David la misma emoción descubridora que
debieron de experimentar Josué y los hijos de Israel varios siglos antes, al
contemplar por vez primera aquella tierra de verdes laderas y valles fértiles
ante ellos. A la luz de la luna le era posible otear la alineación matemática de
las hileras de los trigales, que cubrían la mayor parte del valle de Elah, así
como los oscuros surcos de tierra fértil que las separaba. Hacia el Este, un
opaco trozo de terreno, que parecía sobresalir como si fuera agua bajo la brisa
nocturna, podría ser un campo de maduro grano amarillento. Toda aquella
zona era bien conocida por los hombres de Judea, quienes durante siglos
habitaban las montañas para vivir seguros, mientras bajaban a trabajar las
tierras de los valles.
El rumor de unos pasos sacó a David de su ensueño. Se volvió
rápidamente, echando mano al cuchillo que llevaba en la cintura. Pero al
identificar una figura corpulenta y familiar que salía de la oscuridad, levantó
la mano en señal de paz.
—¿Prefiere, acaso, el hijo de Isaí su propia compañía a la de sus
parientes?
David pudo notar por la rudeza del tono de la voz del recién llegado, que
era Joab, que se encontraba disgustado, aunque de momento no podía
comprender la razón de ello, como no fuera por envidia.
—Necesitaba reflexionar —dijo David—. Han pasado tantas cosas desde
ayer que me resulta difícil tratar de ponerlas en orden.
—¿Tal como ser buscado por Abner y ofrecerte la capitanía del millar?
—Mi primo Joab no tenía por costumbre espiar los asuntos de sus amigos.
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—A menos que necesite saber quién continúa siendo amigo suyo.
—¿Por qué ha de cambiar nada entre los dos, Joab? Nada he hecho que
pueda perjudicarte, y seguramente quien es mucho mejor soldado que yo no
me puede envidiar un tiro afortunado con la honda.
Hizo una pausa, esperando que Joab le diera una explicación de su
disgusto, pero al observar que éste no le contestaba, se le ocurrió lo que
podría ser el motivo:
—¿O es que codicias para ti esa capitanía?
—¿Y por qué no habría de codiciarla? —gruñó Joab—. Soldado soy y por
lo tanto creo que es justo que desee tener un cargo con mando.
—¿Hemos llegado, pues, a esto, a que me envidies una habilidad que
cualquier pastor posee? Los dos, sabemos que en el combate tú me superas.
En realidad, cuanto más pienso en ello más me doy cuenta de lo necio que
debí pareceros a todos cuando me decidí a aceptar el reto de Goliat.
—¿Por qué lo hiciste entonces?
El timbre de la voz de Joab era ya menos áspero, vibrando en él más bien
el asombro.
David quería mucho a Joab y pensó que quizá deberla atreverse a
revelarle lo que hasta el momento no había dicho sino a Jonatán.
—Ven, sentémonos en estas peñas —dijo por fin, decidiéndose—. He de
hablarte de muchas cosas.
Cuando David terminó de contarle el episodio de la visita de Samuel a la
casa de su padre en Belén, pasó algún tiempo antes de que Joab hablara.
Cuando por último lo hizo, su voz ya no era áspera, sino meditativa.
—¿Dices que le has contado todo eso a Jonatán y que cree que es verdad?
—Sí.
—¿Y por qué habrías tenido que ser tú precisamente el elegido? Es lo que
no puedo comprender.
—Yo tampoco tengo contestación a esa pregunta. Pero recuerda que
Gedeón tampoco era soldado cuando fue elegido para liberar a su pueblo del
yugo de los medianitas. En realidad en aquellos momentos se dedicaba a
trillar el grano para esconderlo al enemigo.
—¿Estás seguro de que Abner no sabía nada de lo que me has contado
cuando te ofreció ser uno de los capitanes de Saúl?
—¿Y cómo habría de saberlo si no he hablado a nadie del asunto excepto
a Jonatán?
—Entonces se trata de lo que yo pensaba. Abner trata de explotar tu
valimiento porque los soldados te miran ya como un héroe. No debemos de
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tolerar que estés en deuda con él.
—Entonces, ¿por qué no dejar que las cosas sigan su curso natural, como
sucedió ayer en mi lucha contra Goliat?
—La voluntad de Dios debe de llevarse a cabo por mediación de los
hombres —le recordó Joab—. Josué no se limitó a acampar delante de las
murallas de Jericó y esperar allí a que cayeran, sino que marchó alrededor de
la ciudad, como el Señor le ordenara, haciendo sonar sus trompetas, hasta que
llegó el día de su destrucción. Y cuando sus soldados fueron derrotados junto
a Ai, dirigió una marcha nocturna a través de las montañas y quedó en acecho
mientras una pequeña fracción de sus hombres atraía engañosamente a los
defensores de la ciudad fuera de sus murallas, pudiendo caer entonces sobre
ellos y aniquilándolos.
—Recuerdo perfectamente esas historias, pero ¿qué pueden tener que ver
conmigo?
—El Señor te ha otorgado su favor ungiéndote para ser futuro rey de
Israel. Pero si has de ser un rey digno de este nombre, debes de empezar a
ganar el título con tu propio esfuerzo.
—¿Y qué debo de hacer?
—Convertirte en capitán del millar antes de que Abner lleve adelante sus
planes —contestó Joab vivamente, poniéndose en pie—. Debemos ser los
primeros en actuar, a fin de que Abner no pueda decir que el cargo se lo debes
a él y se permita querer influir sobre ti.
—Pero, ¿de qué manera?
—Nehemías, uno de los capitanes jefes de Judea, resultó muerto en el
combate de ayer. Los hombres de Judá elegirán mañana nuevo capitán, ¿y en
quién puede recaer más lógicamente la elección que en el vencedor de Goliat?
Recuerda que fue Judá la que comenzó nombrando rey a Saúl. Sin el apoyo de
Judá nunca podrás reinar en Israel.
—Estoy dispuesto, pero, ¿de qué forma conseguirlo?
—Déjamelo todo a mí —contestó Joab, empezando a descender por la
ladera en dirección al campamento.
Al ver que David no le seguía, se volvió preguntándole:
—¿No vienes conmigo?
—Vete solo. Necesito meditar unos momentos.
—Sobre todo no digas absolutamente nada a nadie de todo esto —le
advirtió Joab—. Debemos de coger a Abner por sorpresa. De lo contrario se
nos anticiparía, haciendo que Saúl nombrase otro capitán en el puesto de
Nehemías.
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El frío de la noche había empezado ya a caer sobre la montaña y David
sentía dentro de él un escalofrío todavía más intenso, por lo que se vio
obligado a arroparse en su capa. No estaba acostumbrado a aquella clase de
intrigas, de que Joab le había dado cuenta. En realidad sentía un fuerte
impulso de huir a Belén, volviendo a la paz que había conocido cuidando de
las ovejas en las faldas de las montañas. A su pesar, tuvo que ahogar aquel
impulso, porque dentro de él había algo, que le decía que al cruzar el arroyo
para enfrentarse con Goliat, había cruzado también el límite de una fase de su
vida para entrar en otra.
Las perspectivas que se abrían ante él no dejaban de ser amedrentadoras
para quien como él no era en muchos aspectos otra cosa que un muchacho,
porque no tema manera de ver los peligros, las trampas e incluso las›
recompensas que podrían estar en su acecho. Entonces, como había hecho en
otras muchas ocasiones, cuando la incertidumbre y el miedo le asaltaban,
cogió el arpa y pasando sus dedos por las cuerdas, las hizo vibrar. Cuando las
notas empezaron a sonar, y teniendo como base los sonidos del instrumento,
brotó una canción de lo más profundo de su alma, saliendo las palabras con
un ritmo sin esfuerzos, que le tranquilizó tanto como el contenido de las
mismas:
El Señor es mi pastor. Nada con Él echaré de menos.
Él me hace echarme sobre verdes prados.
Él me conduce hasta las aguas tranquilas.
Él cura mi alma,
Llevándome en su nombre por la senda del bien.
No temeré al mal,
Puesto que Tú estás conmigo.
Tu cetro y tu báculo me consuelan.
Tú dispusiste una mesa ante mí en presencia de mis enemigos;
Con aceite ungiste mi cabeza;
Mi copa rebosa.
Seguramente el bien y la misericordia
Me seguirán todos los días de mi vida,
Y residiré para siempre en casa del Señor,
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SEGUNDA PARTE
LA CUEVA DE ADULLAM
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CAPÍTULO I
Y el sacerdote respondió: La espada de Goliat el filisteo, que tú venciste en
el valle de Elah, contémplala, aquí está.
Samuel 1-21:9
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obtenerlo fácilmente de los amalecitas del Sur o de los edomitas del Este, que
permanecían más o menos aliados con los filisteos.
El enemigo retenía asimismo las tierras bajas de la fértil llanura costera, o
shephelah. De momento, sin embargo, los hombres de Judá no tenían deseo
de poseer esta región. Acostumbrados a pelear desde cuevas y valles de
abruptas laderas, no se sentían ansiosos de batallar con el enemigo en
llanuras, donde los carros de ruedas de hierro de los filisteos colocaban a los
hebreos en considerables condiciones de inferioridad. En realidad, solamente
una vez se atrevieron a combatir contra los carros. Fue en los días de los
jueces, bajo el mando de Deborah y de Barak, cuando el Señor envió grandes
aguaceros que atascaron en el barro los carros del rey Hazor en la llanura de
las proximidades de Jezreel. En esta batalla, Sisera, el capitán enemigo, fue
muerto por una valerosa mujer llamada Jael, cuando intentaba refugiarse en la
tienda de ésta, ganándose con ello un eminente lugar entre las mujeres de la
historia de Israel.
En los primeros días del reinado de Saúl, hubo un glorioso período en el
que se ganaron victoria tras victoria y que unificó las tribus israelitas. Pero la
desavenencia ente Samuel y Saúl y la enfermedad mental del rey, hizo que
durante cierto tiempo cundiera el desánimo entre los hebreos. Ahora después
de la asombrosa hazaña de David al matar al campeón filisteo y de las
victorias que a ella siguieron, las tribus estaban inundadas por un nuevo
espíritu. Pareció de nuevo que existía una probabilidad de que se mantuvieran
unidas en algo que se asemejara a una nación, cuya fuerza y habilidad
combativa respetaran y temieran los demás pueblos de la región.
A tiempo que los hombres de Saúl establecieran el campamento, la noche
había descendido sobre la cúspide de la colina que formaba el lugar sagrado
llamado Nob. En lugar de ir directamente a su tienda, David dejó el
campamento y ascendió por la rocosa ladera hasta alcanzar la cumbre. Ante el
Tabernáculo ardían un grupo de antorchas, siendo, después del Arca de la
Alianza, el objeto más sagrado de Israel.
Como el Tabernáculo hecho por Moisés en el desierto, siguiendo las
instrucciones del propio Dios, el símbolo actual de la divina presencia era una
gran tienda hecha de lujoso paño y sostenida con un armazón de acacia,
llamada también madera de shittinu Desde sus estudios infantiles sabía David
de memoria las dimensiones del Tabernáculo: treinta codos de largo y diez de
ancho. La porción frontal, conocida con el nombre de «Lugar Sagrado», tenía
veinte codos de largo; la cámara más pequeña, el «Lugar Sacrosanto», medía
diez codos cuadrados. Los dos departamentos estaban separados por una
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cortina de rico tejido teñido con la púrpura de los fenicios. Estaban sostenidos
por columnas de madera de acacia cubiertas con delgadas planchas de oro
batido. En los primeros tiempos, el Arca de la Alianza descansaba en el
«Lugar Sacrosanto», pero desde que se encontraba en Kirjath-jearim, esta
cámara estaba vacía.
Enel «Lugar Sagrado» sé veía la mesa para el pan ázimo, diariamente
cocido y colocado tierno como acto de gradas a Dios por el maná que les
había permitido a los hijos de Israel subsistir en el desierto durante la larga
huida desde Egipto. Al lado de la mesa se elevaba el Candelabro de Oro, en el
cual ardía constantemente un cirio y el Altar de Oro del Incienso, desde el que
ascendía siempre un humo fragante. El Altar del Sacrificio no estaba dentro
del Tabernáculo, sino a un lado en medio de la cumbre rocosa de la colina.
Hecho de una losa de piedra sostenida por cuatro columnas, se encontraba
manchar do por la sangre de múltiples sacrificios y ennegrecido por los
fuegos allí encendidos para consumirlos.
El lienzo que cerraba la puerta de entrada del Tabernáculo había sido
recogido para que los visitantes pudieran ver el interior del «Lugar Sagrado».
Atraído por los bellos símbolos de la presencia de Dios, David se fue
acercando y cuando alguien empezó a hablarle entre las sombras, pensó por
un momento que escuchaba la voz del propio Dios.
—El hijo de Isaí no tiene necesidad de dudar para entrar en este lugar
sagrado —dijo una voz profunda—. El ungido del Señor es uno de sus
sacerdotes.
David se volvió para enfrentarse con un hombre alto que salía de la
penumbra al lado del Tabernáculo. Iba vestido con ropas sacerdotales y su
barba estaba recortada y oleosa y no era áspera y descuidada como la del
profeta Samuel.
—Soy Ahimelech, sumo sacerdote entre los que sirven al Señor aquí en
Nob y guardián de este santo Tabernáculo —dijo el hombre alto—. El profeta
Samuel viene por aquí a menudo.
—¿Os ha hablado de mí?
—Sí.
—¿Y los demás? ¿Lo saben también?
Ahimelech movió negativamente la cabeza.
—La hora en que la verdad ha de ser difundida, no ha llegado aún, pero
no está lejana.
—Yo quisiera de muy buena gana dejar el camino libré a Jonatán —dijo
David—. ¿No podríais pedir al Señor que ocupara mi lugar?
Página 107
—La voluntad de Dios está fuera del poder de los hombres cambiarla, hijo
mío. Debiste darte cuenta de ello cuando luchaste contra Goliat.
—Pero el enemigo ha sido ya rechazado. Si regreso a la casa de mi padre,
Jonatán puede todavía ser rey después de Saúl.
—Incluso tú debes de reconocer que has dejado a Belén detrás —dijo el
sacerdote—. El muchacho se siente unido a las escenas de su niñez, pero una
vez que se convierte en hombre, debe de hacerse con un nuevo hogar para él,
aun cuando se encuentre éste muy lejos.
—¿Y no podré regresar nunca?
Aquellas palabras fueron pronunciadas de una forma casi dolorida, porque
a pesar de la alta posición que ocupaba y del respeto que los hombres de Judá
le profesaban por su bravura y por sus dotes de mando, David, en los pasados
seis meses, añoró muchas veces los tranquilos días pasados en la laderas de
las montañas de los alrededores de Belén. Allí no había tenido otro enemigo
que el chacal cuando trataba de robar corderos del rebaño que cuidaba.
—No, cuando se ha sido ungido por el Señor, como tú lo has sido, para
llevar a cabo una misión especial —le contestó el sacerdote—. Tal persona
debe de permanecer siempre lista para hacer la voluntad de Dios.
—Pero yo no sé ya cuál es mi camino. La noche antes de que fuera contra
Goliat, fue como si una voz me hablara diciéndome lo que tenía que hacer.
Pero desde entonces no la he vuelto a escuchar.
—Algo debe de haberte traído esta noche aquí. Seguramente fue obra de
Dios.
David movió negativamente la cabeza.
—Sólo vine para dar las gracias al Altísimo por mi victoria sobre Goliat y
por haber sido nombrado capitán del millar.
—El rey Saúl hará mañana ofrendas con el botín de guerra. Parcialmente
es también fruto de tu victoria.
—Pero yo quisiera hacer más.
—Entonces ofrenda al Señor lo que más aprecies —sugirió Ahimelech.
—Pero si no tengo nada que merezca…
David se detuvo en mitad de la frase porque súbitamente se dio cuenta de
que en verdad poseía algo de mucho valor. Más que nada de cuánto hasta
entonces había poseído, apreciaba la espada de hierro que arrebatara a Goliat.
En todas las aldeas por las que había pasado las gentes se apiñaban para verla
y para escuchar una vez más la historia de la gran victoria. La espada era no
sólo un símbolo de aquella victoria, sino también un arma de hierro; como tal,
de extraordinario valor para los israelitas.
Página 108
—Sólo poseo una cosa digna de ser ofrendada al Altísimo —dijo
lentamente David—. Él permitió que llegara a mis manos y yo se la
devolveré.
Cuando David estuvo de regreso siendo portador del espadón de doble filo
de Goliat, Ahimelech se encontraba todavía en pie al lado del Tabernáculo.
—¡La espada de Goliat! —exclamó—. Solamente quien ama al Señor más
que a la vida puede ser capaz de desprenderse de semejante trofeo. ¡Puedes
estar seguro de que su valor te será devuelto centuplicado!
Cuando David volvió a su tienda, no le sorprendió encontrar a Joab que le
estaba esperando en ella. Su primo había adquirido la costumbre de visitarte
cuando casi todo el mundo estaba dormido en el campan mentó. Solamente
entonces podían comentar los acontecimientos del día y su significado sin
temor de ser oídos.
—Al llegar vi qué te habías marchado —dijo Joab—. ¿Te enviaron, acaso,
a buscar esta noche Saúl o Abner?
Dándose cuenta de la desconfianza de Joab por Abner y del deseo que le
consumía de ocupar el puesto de capitán jefe, David se había acostumbrado al
hecho de que su pariente creía encontrar a menudo en todos sus actos la
posibilidad de estar influenciado por Abner.
—Fui al Tabernáculo —explicó David— para hacer una ofrenda de
gracias al Altísimo.
—Saúl va a hacer una por todos nosotros. ¿Por qué has de dar tú más?
—Se trata de algo personal, una ofrenda que pensé iría más lejos que
cuánto Saúl puede dar.
La voz de Joab se endureció.
—Así que Abner te dio más que a los demás cuando el reparto del botín.
—Si necesitas saberlo —replicó David con cierta sequedad— te diré que
lo que he dado es la espada de Goliat.
—¡La espada de Goliat! —dijo Joab, petrificado por el asombro—. ¿Pero
es que te has vuelto loco?
—No es locura sino gratitud… Si Dios no me hubiese mostrado la manera
de matar al gigante, mi sangre en vez de la suya hubiese manchado las rocas
del valle de Elah.
—Pero has dado nada menos que la mayor de las ventajas que tenías sobre
Saúl —protestó Joab—. Sin la espada para recordárselo, se olvidará
rápidamente de que fuiste tú quien salvó a su ejército.
—No puedo hacer otra cosa que obedecer la voluntad del Altísimo —
insistió David.
Página 109
—Dios otorga sus favores al que osa cuando las probabilidades están en
su contra —exclamó Joab con acritud—. ¿Fue para nada para lo que yo
convencí a los hombres de Judá de que te eligieran como su capitán?
David no podía por menos de reconocer que Joab había jugado un papel
importante al ser nombrado capitán cuando, a la mañana siguiente de su lucha
con Goliat, los hombres de Judá se reunieron para elegir un caudillo. Todos
sabían en el Ejército cuán importante sería esta elección, pues el propio Saúl
fue elevado a caudillo de Judá, antes de convertirse en rey de las tribus
unidas. Fue Joab quien lanzó el urim y el thummin, como se llamaban la
especie de dados que se utilizaban para echar las suertes, y al salir elegido
David se elevó un clamor de aprobación lanzado por los hombres de la tribu.
David sabía que Joab había preparado el terreno para este entusiasmo
haciendo que sus hermanos Abishai y Asahel propagaran la especie de que el
vencedor de Goliat debía de ser lógicamente el elegido.
En un lugar solamente el resultado de la elección había sido recibido con
menos entusiasmo. David nunca olvidaría la súbita fría mirada que apareció
en el rostro de Saúl cuando fue anunciado el resultado, así como la pensativa
expresión de Abner, cuando el capitán jefe le miró a través del espacio abierto
donde se había echado a suertes.
—¿Controlaste realmente el lanzamiento del urim y del thummin aquel
día, Joab? —le preguntó impulsivamente David.
Su primo le dirigió una rápida mirada inquisitiva.
—¿Por qué me lo preguntas? Nunca lo hiciste antes de ahora.
—Es algo que me preocupa —reconoció David.
—Todo se preparó para que la suerte se decantara al lado que nos
interesaba —contestó Joab.
—¿Pero controlaste la caída de los dados?
—No. El urim y el thummin cayeron honradamente aquella mañana.
—¿No prueba ello que actúo como el Señor quiere que lo haga?
Joab se encogió de hombros.
—En tanto que actúes como yo lo hubiese hecho, nada me preocupa —
dijo—. Y es posible que cuando digamos en Gibeah que diste, la espada de
Goliath al Señor, el pueblo se incline todavía más hacia ti a causa de este acto.
—Ahimelech dice lo mismo.
Y añadió riendo entre dientes:
—Además era una espada demasiado pesada de llevar, incluso en un
desfile victorioso.
Página 110
Joab se apoderó de una bota de vino que colgaba del palo central de la
tienda y echó un largo trago.
—¿Qué es lo que vas a hacer después de que lleguemos a Gibeah? —
preguntó a su primo, a tiempo que se limpiaba los labios con el dorso de la
mano.
—Creo que volver a Belén. Saúl ha dado ya licencia a la mayoría de los
soldados para que regresen a sus hogares.
En aquellos momentos, sólo doscientos hombres de los mil que estaban
bajo el mando de David permanecían en filas, entre los que se encontraban
Joab, como segundo en mando, y Abishai y Asahel como tenientes.
—¿Es que quieres permanecer en el olvido como antes?
—¿Y qué otra cosa puedo hacer?
—Antes de que llegaras al valle de Elah, Saúl ofreció a su hija como
recompensa al hombre que matara a Goliat —le recordó Joab—. Puedes pedir
esa recompensa.
En el pensamiento de David volvió a aparecer la encantadora fragilidad de
Michal y los días que pasaron juntos cuando él fue músico del rey en Gibeah.
Entonces eran poco más que dos niños, pero Michal ya había dado por
sentado que se casarían algún día. Y al recordar lo cerca que estuvo de matar
a la cierva en el manantial y cómo ella le golpeó para terminar cayendo
sollozante en sus brazos, no podía negar que el pensar que volvería a verla le
resultaba incitante.
—¿No le has pedido la recompensa? —insistió Joab.
—No.
—¿Y por qué no, si te la debe?
—Si realmente soy el ungido del Señor, ¿por qué he de pedir favores a
Saúl?
Joab consideró reflexivamente estas palabras un instante para hacer luego
un gesto de asentimiento.
—Tal vez tengas razón en esto. Cuando llegue el momento en que debas
sustituir a Saúl, será justo también que nada le debas.
—Yo nunca desplazaré al rey legítimo de Israel —dijo David con firmeza.
—¿Incluso si ello significase convertirte tú en el rey?
—Si el Altísimo desea alguna vez que semejante cosa ocurra, deberé ser
elegido exclusivamente por el pueblo.
Joab se sonrojó.
—¿Es ése tu agradecimiento por haber hablado yo a los hombres de Judá
para que te eligieran como capitán del millar? Todavía no eres lo suficiente
Página 111
importante, David, para que puedas dar de lado a tus amigos.
David echó su brazo encima de los anchos hombros de Joab, en un gesto
conciliatorio.
—Tú y yo hemos sido amigos desde que mamábamos del seno de nuestras
madres, Joab —dijo—. No he de pelearme contigo, pero recuerda que acabas
de decirme que la suerte me favoreció en la elección de una manera legal. Fue
la mano de Dios la que me eligió como capitán del millar de los hombres de
Judá, no la mano de Joab.
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CAPÍTULO II
Saúl mató sus miles y David sus diez más.
Samuel 1-18:7
Página 113
imaginación del pueblo. Era esa clase de hazañas con las que se forjan las
leyendas, un relato de la victoria contra una superioridad que parecía
imposible de vencer, un combate personal en que el valor y la destreza
vencían a la fuerza, tales como las victorias de Deborah, Barak y Gedeón,
cantadas en Israel siglos después de que sucedieran.
El camino que conducía a la puerta de la ciudad estaba flanqueado de
gente, y cuando apareció David, detrás de Saúl y de Abner, toda ella entonó la
tonadilla de las mujeres:
Saúl mató sus miles
Y David sus diez miles.
Al convertirse las aclamaciones del pueblo en una rítmica canción, Joab
se acercó más a David, diciéndole en voz baja:
—El país sería tuyo solamente con que lo quisieras. ¡Observa cómo te
aclaman por encima de Saúl!
David buscó con la vista a Saúl, quien con Abner tras él marchaba a la
cabeza del desfile. No necesitó ver la cara del rey para darse cuenta de lo
disgustado que estaba, porque Saúl marchaba con los hombros rígidamente
echados hacia atrás, sin mover la cabeza ni a derecha ni a izquierda.
A un gesto terminante que le hizo, Abner corrió a su lado y David pudo
oír que Saúl le decía en tono ahogado por la ira:
—Asignan diez miles a David y sólo miles a mí. ¿Qué otra cosa puede
dársele que el reino?
David no oyó la contestación de Abner, pero era indudable que el capitán
jefe trataba de aplacar al rey. Y no debió de conseguirlo demasiado bien, por
cuánto la actitud de Saúl no mostraba ningún cambio apreciable.
—De ahora en adelante, deberás andar con mucho cuidado, mi querido
primo —le dijo Joab—. A menos que quieras que una daga real se te
introduzca entre las costillas.
David no le prestaba atención porque acababa de ver entre la
muchedumbre un rostro conocido. Era Michal. En los dos años que dejó de
verla se había convertido, de una muchacha frágil y encantadora, en una
hermosa y delicada mujer. Se encontraba presenciando el desfile con
ansiedad, y cuando sus ojos encontraron los suyos, David hubiese jurado que
relampaguearon con la misma sonrisa de travesura que tan bien recordaba.
Después le contempló con fría indiferencia y luego la mirada de la muchacha
se dirigió a la cabeza del desfile donde iba su padre.
Al llegar a la puerta de la fortaleza-palacio, Saúl y Abner penetraron en el
interior, en tanto que David conducía a sus hombres al lugar de acampada
Página 114
situado en un extremo de la ciudad. La carne de los corderos que habían sido
sacrificados por la mañana en el santuario de Nob, no tardó en ser asada en
las hogueras, pero él no participó en la comida con los demás. Esperando ser
llamado para celebrar con Saúl y la corte el acostumbrado festín de la
victoria, fue a bañarse al arroyo. Después de frotarse el cuerpo con arena y un
puñado de hojarasca tomado de un matorral vecino, se puso una túnica nueva
que había traído a la ciudad. Después, utilizando como espejo un pequeño
remanso, se peinó la cabellera con un peine de marfil incrustado de piedras
preciosas que se encontraba entre el botín cogido a los filisteos en una de sus
ciudades.
Al regresar David al campamento, sus soldados continuaban todavía
festejándose con la carne de los corderos, así como con el vino y algunas
golosinas que había ordenado que se les sirviera. Y al ver que no recibía
ninguna llamada del palacio, dominó su desengaño lo mejor que pudo y se
sentó al lado de sus hombres. Cuando acabaron de comer, afinó las cuerdas de
su arpa, como había realizado centenares de veces en los campamentos de los
campos de batalla, y no tardó en dirigir los cánticos de guerra de Israel
tarareados por sus soldados.
A la mañana siguiente, David, en unión de los demás capitanes, se dirigió
a Abner para recibir órdenes. No había trabajos especiales que realizar
durante el día sino para el destacamento que montaba la guardia en palacio,
concediéndose a los demás soldados un período de descanso o bien la
oportunidad de visitar sus hogares, si así lo deseaban. Mientras los demás
capitanes se retiraban, Abner le pidió a David que se quedase.
—A Saúl le ha atacado de nuevo el mal espíritu, David —le dijo el
capitán jefe.
—Supongo que no tardará en abandonarle.
—Esta vez no —contestó Abner secamente—. Es la envidia lo que le
turba. Envidia de ti.
—Seguramente sabe el rey que en todo Israel no tiene súbdito más leal
que yo —protestó David.
—Saúl ya no puede pensar con claridad. Creo que lo mejor sería que
regresaras una temporada a Belén, aunque no quiero decirte con ello que
vuelvas a tu antigua vida de pastor. Eres, David, un conductor natural de
hombres y te necesito cerca de mí cuando los filisteos vuelvan al ataque.
—¿No creéis que acabaremos alguna vez con ellos?
Página 115
—Posiblemente no durante mi existencia, pero quizá sí en la tuya —dijo
Abner—. Pero tal cosa no sucederá hasta que todas las tribus luchen como
una sola nación y con armas de hierro, tales como las que los filisteos ya
tienen.
—¿Por qué, pues, no se dirige Saúl al pueblo y le explica que esto tiene
que hacerse?
Antes de contestar estuvo Abner examinando pensativamente al joven
durante unos momentos.
—Saúl estuvo en un tiempo favorecido por el Señor de los ejércitos, como
tú pareces estarlo ahora. Solamente si hubieses gozado del favor y lo
perdieras (lo que ruego a Dios que no te suceda, David) podrías comprender
algo de lo que ahora le obsesiona.
Página 116
CAPÍTULO III
Y un varón de Belén de Judá, fue a peregrinar en los campos de Moam, él y
su mujer y dos hijos suyos.
Ruth 1:1
Página 117
con algo de acritud—: ni siquiera tu padre.
Ella trató de enfadarse, pero su curiosidad infantil, que la hacía ser tan
diferente del carácter serio de su hermana Merab, se lo impidió.
—¿Es verdad que era tan alto y tan ancho de hombros como dos hombres?
—preguntó.
—Exactamente.
—Dice Abner que Goliat te hubiese destrozado con sus manos desnudas si
te hubieses acercado un poco más a él.
Y añadió con los ojos llenos de excitación:
—¡Qué emocionante hubiese sido!
—Horroroso, creo yo que es la palabra más adecuada.
—Pero, ¡tú fuiste sin vacilar hacia él! Abner me lo ha contado todo.
—Tenía que acercarme lo más posible para derribarle del primer tiro. No
hubiera tenido oportunidad de lanzar una segunda piedra.
De repente oyó David fuertes gritos que salían del palacio. Era un hombre
vociferando con voz ronca; pero las palabras se mezclaban tan
atropelladamente que resultaban ininteligibles.
—A mi padre le ha dado otro ataque de furia —dijo Michal rápidamente
—. Si te ve conmigo se enfadará mucho.
Arrastrando a David de la mano, le hizo subir por una escalera que
conducía a un corto pasillo. Éste se abría sobre un espacio llano en la parte
superior de la muralla del palacio. Se trataba de un escondido rincón donde se
unían dos secciones del muro. Cuando le hizo pasar Michal al estrecho
refugio, se encontraron tan solos como si estuvieran a una jornada de
distancia de la ciudad.
—Aquí estaremos seguros —dijo la muchacha, en cuyos ojos brillaba
aquella luz conspiradora que a él siempre le había encantado.
David casi se había olvidado de cuán bello podía ser el paisaje que se
divisaba desde las partes altas de Gibeah. Cadenas de montañas recortadas de
aspecto gredoso, se extendían por el Norte, y sus laderas aparecían salpicadas
por luces y sombras del sol mañanero. Hacia el Este, una sucesión de
barrancadas denunciaban el desprendimiento del terreno hacia la orilla
distante del Jordán que se señalaba como una cinta de color oscuro sobre un
lecho de verdor, y más al Sur, el azul intenso del mar Salado, brillaba a los
pies de los picachos amarillos y rosados de Moab.
—Algún día tengo que ir a visitar el país de Moab —dijo David—. Uno
de mis antepasados era oriundo de él.
—¿Cómo es eso posible, si tú eres de Judá?
Página 118
—La cosa sucedió durante un tiempo de hambre en Belén, Mee muchos
años. Un hombre llamado Elimenech, con su esposa Noemi y sus dos hijos,
Mahlon y Chillón, emprendieron viaje a Moab encontrando trabajo en una
herrería. Los hijos se casaron con mujeres moabitas, Ruth y Orpah de
nombres; pero después de que los hombres murieran y allí quedaran
enterrados, Noemi decidió regresar a Belén. Ruth había insistido en volver
con ella, pero el pueblo la acusó de ser una espía. Ya estaban a punto de
lapidarla, cuando un antepasado mío, llamado Booz, la tomó bajo su
protección y se casó con ella. Fue la madre de mi abuelo Obed.
—Pero los moabitas han sido siempre enemigos nuestros desde los
tiempos de Moisés.
—Pero Ruth no. Mi abuelo decía que era tan hermosa y tan buena que no
hubo nadie en Belén que no acabara por quererla.
—Es una bonita historia David —dijo Michal, cuyos ojos brillaban llenos
de interés—. Casi tan bonita como algunas de tus canciones.
—Algún día la pondré en verso y la cantaré al son del arpa. Especialmente
las palabras de Ruth, cuando Noemi trataba de convencerla de que regresase a
Moab, ya que en Belén la tenían por enemiga.
—Dímelas.
—¡Muy bonito! Hace un momento estabas rebajando mi victoria sobre
Goliat y ahora me pides un favor.
—Era que estaba celosa de las mujeres que cantaban en tu honor y de la
forma que tenían de hablar las doncellas de palacio cuando se referían a ti,
diciendo que eras guapo y valiente.
—En cierta ocasión tú también me dijiste que era guapo.
Michal palmoteó alegremente y se echó a reír.
—¡Ya lo creo que me acuerdo! Y me acuerdo también de lo furioso que te
pusiste.
—¿Y no te enfadaste tú igualmente cuando al siguiente día estuve a punto
de matar a la cierva junto al manantial?
—Sí. Mi primer impulso fue pegarte, pero después me eché a llorar, hasta
que me secaste las lágrimas con tus besos.
En aquel momento se encontraba en pie, pegada a él, contemplándole con
la vista levantada, llena del cálido recuerdo de aquel día.
—Prométeme que seremos siempre igual que hoy —dijo Michal
dulcemente—, que no nos enfadaremos el uno con el otro, que no habrá nada
que nos impida continuar siendo amigos.
Página 119
Le pareció entonces la cosa más natural del mundo besarla, como se lo
había parecido aquel día a orillas del manantial. Sus labios eran dulces y
suaves, como entonces, y el cuerpo que estrechaba en sus brazos era en su
entrega igualmente encantador. Pero existía ahora una diferencia: que desde
entonces él se había convertido en un hombre y ella en una mujer.
Michal fue la primera en separarse.
—No me has contado lo que Ruth, la moabita, le dijo a Noemi —le
recordó un poco falta de aliento.
—Las palabras son tan bellas —dijo David— que todas las mujeres de mi
familia las han repetido desde entonces como parte de su ceremonia
matrimonial.
Y acto seguido empezó a pronunciar las palabras inmortales, que se han
convertido en una de las tradiciones más hermosas del pueblo de Judá:
No me ruegues que te deje y me aparte de ti. Porque dondequiera que tú
fueres, iré yo; y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo
y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada. Así
me haga el Señor, y así me dé, que solamente la muerte pueda separarnos.
—¡Qué hermosura David! Me entran ganas de llorar.
Michal hundió su rostro en la túnica de David, mientras él intentaba
consolarla entre sus brazos. Cuando por fin levantó sus ojos inundados de
lágrimas, él se inclinó para besarla de nuevo y pensó en aquellos momentos
que nada había en el mundo que desease más que hacerla su esposa.
—Saúl prometió dar una hija en matrimonio al que matase al gigante —le
dijo al deshacer el abrazo—. Reclamaré la recompensa.
—¿Fue por eso por lo que arriesgaste la vida al matar a Goliat?
—Desde luego. ¿Puede esperar alguien una recompensa mejor?
Era más sencillo continuar la comedia que arriesgarse a desencadenar su
inestable temperamento, que tan diferente la hacía de las demás muchachas
con las que había tratado. La contestación fue, sin duda, la más acertada, pues
observó cómo sus ojos se volvían de nuevo cálidos y dulces.
—Repitamos juntos las palabras de Ruth, la moabita —dijo la muchacha
—. Después nos casaremos y nada nos podrá separar.
Con intención algo interesada, pronunciaron juntos las bellas frases. Fue
un solemne momento que dejó a ambos asustados y silenciosos, sintiendo la
emoción más profunda de su vida. Michal, más práctica, fue la que rompió el
embrujo.
—No digas a mi padre nada de esto —le aconsejó—. Merab está
prometida a Adriel, el meholatita y estaban esperando su regreso para
Página 120
celebrar los esponsales. Una vez que ella esté casada, ya podrás tú pedirle mi
mano.
Y centelleantes los ojos, con la traviesa sonrisa acostumbrada, añadió:
—¡No digas que no has sido bien pagado por matar a Goliat!
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CAPÍTULO IV
Mas Saúl se temía de David, por cuanto el Señor era con él, y se había
apartado de Saúl.
Samuel 1-18-12
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—Antes de que tú vinieses al valle de Elah, se habló mucho entre los de
Judá que éramos unos necios si seguíamos soportando tener por rey a un loco
y cobarde —le dijo Joab a David—. Quizás ha llegado el momento de volver
a tratar del asunto…
—¡Saúl 110 es ningún cobarde! —replicó. David con viveza—. En el
valle de Elah mató muchos filisteos, en tanto que yo solamente maté uno.
—Pero precisamente el que él tenía miedo de matar —le recordó Joab—.
Sí, creo que lo mejor será que regreses a Belén, por lo menos por una corta
temporada.
David sabía en lo que estaba pensando Joab: que una vez en Judea le sería
posible empezar a organizar el núcleo de su ejército personal, teniendo como
seguidores a los soldados que habían servido bajo sus órdenes. Pero él estaba
muy lejos de tener intenciones semejantes, porque en tanto que Saúl viviera,
le consideraría el rey de Israel ungido por el Señor. Era una dignidad que él
pensaba ocupar un día, pero sólo cuando fuera la voluntad de Dios y no la
consecuencia de la eliminación del hombre que entonces la ocupaba.
—Llévate contigo a Asahel —le aconsejó Joab—. Puede venir corriendo
en pocas horas hasta Gibeah, en caso de que tú me necesitases allí.
David sonrió, pues conocía tan bien a Joab que podía leer perfectamente
sus pensamientos.
—¿Y también traerte noticias de lo que yo esté haciendo?
Joab se encogió de hombros.
—Mi vida está unida a la tuya, David; pero ¿por qué no asegurarme que
realizas lo que es más conveniente para todos?
—Procura no hacer nada contra Saúl —le advirtió David.
—El rey ya sabe cuidarse de sí mismo —contestó secamente Joab—.
Dentro de pocos días le llamarán loco, como ahora le llaman profeta. ¿Y
quién es el que quisiera tener ninguna de las dos cosas como rey?
Si Joab no hubiera estado tan interesado por el porvenir de David, y por el
suyo propio, podría haberse dado cuenta de la presencia cerca de la tienda de
un hombre de corta estatura, nervudo, con la piel oscurecida por el sol y la
nariz aquilina de esos habitantes del desierto, a los que se conoce, entre otros
nombres, por beduinos. Como jefe de los pastores de Saúl, Doeg, el edomita
entraba y salía con libertad de Gibeah donde servía a su amo como criado
durante su estancia en la capital. En aquellos momentos era sin embargo, una
figura algo más siniestra, un espía dispuesto siempre a vender sus
informaciones urdidas a veces en su astuta y poca escrupulosa imaginación, al
mejor postor de dos bandos contendientes. E incluso el propio Joab se hubiera
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sorprendido al advertir que Doeg se trasladaba inmediatamente después al
lugar donde se encontraba aposentado Ishbosheth, segundo hijo de Saúl, el
cual, aunque prefería los placeres de la mesa y del harén al campo de batalla
no dejaba de alimentar fuertes ambiciones de gobernar Israel a la muerte de su
padre.
David se encontraba aquella noche ante una de las hogueras del
campamento cantando el himno de victoria de Deborah, entre los hombres de
Judá, cuando le dijeron que Jethro, el criado de Saúl, quería hablarle.
Inmediatamente cesó de tocar y se acercó al criado que permanecía fuera del
alcance del círculo de luz del fuego.
—¿Qué te trae aquí, viejo amigo? —le preguntó—. ¿Es que Saúl se ha
vuelto ya completamente loco y te ha arrojado del palacio?
Jethro movió lentamente la cabeza.
—El rey se encuentra aún en poder del mal espíritu. ¿No querríais venir y
tocar para él?
—¿Es Saúl quién me manda a buscar?
—No; pero mi señora Ahinoam espera que tu música le pueda librar al rey
del ataque de ira que sufre y le reconcilie contigo.
—En lo que a mí respecta, no existe pugna alguna entre los dos.
—Eso lo sabe todo el mundo en el palacio, excepto el rey. Y esperamos
que tú y tu arpa le convenzáis.
David regresó al lado de la hoguera y habló con Joab:
—Voy a tocar para el rey. Si algo me sucediera, hazte cargo de los
hombres y parte inmediatamente para Judea.
—¿Por qué no me dejas que vaya contigo?
—Cuando Saúl quiera matarme, no le será difícil encontrar a alguien a
quien pagar para que lo haga. Si voy con un guardaespaldas, le daré un
pretexto para aniquilarme.
A la puerta de la cámara de las audiencias de Saúl, se encontraron con
Ahinoam, la encantadora esposa del rey.
—Esta noche se encuentra un poco más tranquilo —le dijo a David—.
Vuestras canciones le hicieron tanto bien en otra ocasión, que espero que
consigáis de nuevo hacerle volver a la razón.
Al abrir la mujer la puerta, David echó una rápida ojeada por la
habitación. Saúl se encontraba sentado en el sillón del trono, sobre el estrado,
que se elevaba en un rincón de la cámara. Michal se sentaba a sus pies en
tanto que Merab estaba en pie al lado del rey llenándole una copa de vino.
Los dos centinelas, apostados al pie de la escalera que conducía al piso
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superior, estaban en actitud expectante y alerta, como si esperaran que Saúl
volviera a sus violencias de un momento a otro. Y Doeg, el jefe de los
pastores, permanecía acurrucado cerca de la puerta, dispuesto a salir huyendo
ante el primer estallido de cólera de su amo.
Al entrar en la habitación con David a la zaga habló Ahinoam:
—He traído a tu músico favorito, señor, para que, te distraiga con una de
sus canciones.
Como hizo en su primera visita al salón del trono, David se entregó a
pulsar las cuerdas del arpa y empezó a cantar la canción que había
seleccionado mentalmente por el camino al venir apresuradamente al palacio,
acompañado de Jethro. La compuso después de una de las grandes victorias
de Saúl, mucho antes de que empezaran los malos tiempos derivados de la
querella entre el rey y Samuel:
Mi corazón redacta un interesante relato
Que habla de lo que he hecho con relación al rey.
Mi lengua es como la pluma de un hábil escribano.
Tú eres la más perfecta de las criaturas.
La gracia ha sido derramada en tus labios
Y con ella tienes para siempre la bendición de Dios.
¡Cíñete la espada sobre el muslo, oh, poderoso!
Con tu gloria y tu majestad
Cabalga lleno de bienandanzas
En unión de tu verdad, tu bondad y tu rectitud.
Tu mano derecha dará terribles lecciones.
Tus dardos están aguzados
Contra él corazón de los enemigos del rey,
Por todo lo cual el pueblo se postra a tus pies.
Tu trono es de Dios para siempre jamás.
El cetro que de tu reino empuñas es el más justo.
Amas la justicia y aborreces la maldad,
Por lo cual Dios, tu Dios, te ha ungido
Con óleos de júbilo sobre tus semejantes.
Tu nombre será recordado por todas las generaciones
Y todo el pueblo te alabará para siempre jamás.
Completamente embebido en la música y la canción, David no ejercía
vigilancia alguna sobre Saúl, hasta que un grito proferido por Michal, le hizo
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ponerse súbitamente en guardia.
Alzó su vista hasta el rey para verlo en pie sobre el estrado, empuñando en
la mano una jabalina.
Los ojos de Merab se encontraban desorbitados por el terror, cayéndosele
al suelo la copa de plata del vino que sostenía en la mano. Como si el ruido
que produjo al chocar contra el pavimento fuese la señal que aguardaba, el
brazo de Saúl se proyectó hacia delante, disparando con violencia la jabalina.
David no tuvo tiempo de moverse para esquivarla, pero en el momento de
soltar el arma la mano del rey, una ligera inclinación del ángulo con que Saúl
la sostenía, le dijo a David que no había tenido intención de matarle. Si en
realidad hubiese querido hacerlo, no habría podido fallar a tan corta distancia.
Desviada en el último momento de su blanco original, la garganta de David,
la jabalina atravesó la tela de su túnica y fue a hundirse en una mesita de
madera que a su lado tenía.
David no dio a entender en modo alguno que se había dado cuenta de que
Saúl no le alcanzó de una manera deliberada. Poniéndose en pie, salió de
espaldas de la habitación, dominando inflexiblemente el casi incontrolable
deseo que sentía de huir. En cualquier momento podría Saúl probar de nuevo
y dar con la segunda jabalina en el blanco.
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CAPÍTULO V
Y David se conducía prudentemente en todos sus negocios y el Señor era
con él.
Samuel 1-18:14
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—¿Y por qué razón ha de querer perjudicarme?
—Con Jonatán fuera de su camino, Ishbosheth sucedería a su padre —dijo
Joab—. Saúl estuvo a punto de ejecutar a Jonatán cuando en cierta ocasión
faltó a la ley en un combate. Y a estas alturas debe de haberse enterado ya de
que tú y Jonatán os encontráis unidos fraternalmente por un juramento de
sangre. Su cerebro puede ser fácilmente envenenado contra Jonatán, legando
el reino a Ishbosheth con Abner a su lado.
David se frotó la barbilla pensativo, mientras reflexionaba acerca de lo
que Joab acababa de decirle.
—¿Supones entonces que el asunto de mañana me puede alcanzar de
alguna manera?
—Para desacreditarte, puedes estar seguro de ello. Pero todavía tienes
tiempo para marcharte a Belén. Puedo sobornar al mercenario que fue
portador del mensaje para que diga que ya te habías ido.
David movió enérgicamente la cabeza.
—Me iría si nada sospechase. Lo que debes hacer es que Abishai y Asahel
no se aparten de mi lado por si algo desagradable sucede.
David se vistió cuidadosamente para la fiesta del palacio. Estaba
determinado a que Saúl no supiera que él sospechaba una traición. Había
comprado a un mercader fenicio una vestidura semejante a una túnica,
conocida en el idioma fenicio con el nombre de kiton, hecha de un tejido fino
y suave en los telares de los hábiles fabricantes de paños de Byblos. El borde,
que le llegaba exactamente a las rodillas, y los puños de las cortas mangas,
estaban bordados con escenas en color representando galeras de combate
fenicias de altos mástiles y largos remos. Los colores, especialmente el
famoso púrpura obtenido de una clase de mariscos que se encontraban a lo
largo de las costas del Gran Mar, eran en extremo brillantes, y como todo lo
que hacían los habilidosos artesanos de las ciudades fenicias, el teñido era
perfecto.
Sobre el kiton lucía David una capa de flecos de nuevo diseño, que
empezaba a estar de moda entre los israelitas. Sobre uno de los hombros
llevaba una banda de una tela más recia teñida de rojo oscuro, arrollada en la
parte superior del cuerpo y con un extremo colgante en el costado izquierdo
hasta alcanzar casi la rodilla. Un cinturón de cuero blando se la sujetaba a la
cintura, y las sandalias eran del mismo material, finamente repujado, con
ataduras alrededor del tobillo y parte baja de la pantorrilla. El oscuro pelo y la
barba los llevaba cuidadosamente peinados y untados de costosa esencia de
nardo. La única arma que llevaba era una daga, dentro de una vaina plana,
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sujeta con una correa a la parte superior del brazo izquierdo, poco más abajo
del hombro, de manera que podía sacarla con un sencillo movimiento de la
mano derecha.
Para aquella fiesta de gala, Saúl había abierto al público las puertas de su
palacio. En mesas instaladas en el patio, se veía carne de cordero, cabra y
buey, que había estado asándose lentamente sobre carbones durante la
mañana, junto con panes recién horneados, frutas en conserva, dulces pasteles
y vino en abundancia.
Excepto la obligada reverencia de cortesía ante Saúl al llegar David no
intentó unirse a los que rodeaban al rey. En unión de Joab, Abishai y Asahel,
eligió la comida y la bebida y aceptó los aplausos del pueblo. La fiesta se
encontraba en su punto culminante, cuando el vibrante toque de una trompeta
hizo acallar el rumor de las conversaciones.
—¿Dónde se encuentra el matador de Goliat? —preguntó Saúl con voz
potente—. Que se presente ante mí, pues quiero honrarle como se merece.
Una explosión de aclamaciones por parte del pueblo, evidenció su
aprobación a tales palabras. David oyó a Joab, que estaba a su lado,
murmurar:
—Anda con cuidado. Cuando Saúl se pone amable es cuando le temo
más.
David se dirigió a un estrado provisional que había sido levantado en un
extremo del empedrado patio para el rey y su familia. Había algo en la actitud
de Saúl, especialmente la nota de afectada satisfacción que vibraba en su voz,
que hacía sospechar que la elección para recibir los honores no era del todo lo
que parecía ser. Y cuando advirtió David que Ahinoam también se encontraba
ceñuda, se convenció de que debía de haber descubierto algo falso en la
jovialidad de su esposo.
—No relataré la historia de la gran victoria en el valle de Elah —dijo Saúl
—. Todos vosotros la conocéis y será cantada por los poetas en los años
venideros.
La muchedumbre interrumpió con sus aclamaciones entusiastas y por un
instante una sombría expresión oscureció los rasgos de Saúl. Ocurrió, sin
embargo, de una manera tan rápida que David dudó que alguien lo hubiera
advertido aparte de él.
—Antes de la batalla del valle, prometí dar a mi hija en matrimonio al que
acabase con Goliat —continuó diciendo Saúl—. Nos hemos reunido esta
noche aquí para cumplir mi promesa.
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David oyó un suspiro de Michal y adivinó que no debía de haberle
advertido lo que pensaba hacer.
—Daré por esposa a David a mi hija mayor Merab —anunció Saúl—. Sed
valiente sólo para mí y luchad en las batallas del Señor.
—¡No!
Era Merab la que había hablado. David vio que le miraba con
consternación sin disfraz, con la boca abierta y los ojos llenos de terror. En
cuanto a Michal el rostro se le había quedado sin color y temió que cayera
desmayada. Incluso la multitud se quedó silenciosa, dándose cuenta de que
presenciaba un drama intenso, cuya naturaleza no podía de momento
determinar.
Dominando su propio desaliento ante el asombroso anuncio de Saúl, habló
David rápidamente, esperando evitar nuevas reacciones ante las palabras del
rey:
—¿Y quién soy yo? —dijo en voz bastante alta para que sus palabras
llegaran a la muchedumbre—. ¿Quién soy yo y la familia de mi padre en
Israel para merecer el honor de convertirme en yerno del rey?
Mientras hablaba miraba a Michal, rogándole con la mirada que no
hablara, puesto que algo le decía que lo que precisamente esperaba Saúl era
eso, una resistencia ante el anuncio por parte de los interesados; que le diese
una excusa para humillar en público a David.
—El hijo de Isaí es demasiado humilde —dijo Saúl en un gruñido que era
más que enfado—. ¿Es que acaso rechaza el honor que le hago?
—¿Quién podría rechazar semejante gran presente del ungido del Señor?
—contestó David—. Si el rey me considera bastante digno para casarme con
su hija, no es preciso otro testimonio de mi dignidad.
La multitud recobró por fin la voz y se arracimó en tomo a David para
aclamarle. Cuando consiguió desasirse de los que le rodeaban, vio que el rey
y su familia habían abandonado el estrado. Fue un acto de descortesía que
estimó deliberado, por lo menos en lo que a Saúl concernía.
—Creía que era a Michal la de las piernas de gacela a la que amabas —le
dijo Joab a David cuando salieron en compañía de sus tenientes.
—En efecto, ésa es.
—Seguramente que Saúl lo sabía.
—No me cabe ninguna duda.
—Entonces hay más de lo que se ve a simple vista —dijo pensativo Joab
—. Ya me pareció que la voz de Saúl sonaba a hueco cuando te llamó su
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yerno. No debe dejar de albergar otros propósitos escondidos tras ese querer
que ingreses en su familia. Pero ¿qué espera ganar con ello?
—Creo que lo que quería era que Merab me despreciara públicamente —
sugirió David—. O tal vez suponía que yo la rechazaría y con ello tendría un
pretexto para decir que yo le había afrentado.
—Puede que sea eso —convino Joab—, pero debe de haber alguien detrás
de todo ello. Saúl no es lo bastante inteligente para urdir él solo semejante
intriga.
—¿Y quién puede ser?
—O mucho me equivoco, o se trata de Ishbosheth y de Doeg. Saúl ya ha
dado oídos antes de ahora al jefe de sus pastores. Es indudable que Saúl se
puso de acuerdo con Doeg para hacerte caer en la trampa de que rechazaras a
Merab, a fin de que pudieses ser arrestado por afrentar al rey.
—Lo que me dices es razonable —afirmó David—, pero semejante
intento fracasó, así que ahora la situación es semejante a un juego de senit.
Ahora le corresponde a Saúl tirar los palillos y formar las figuras.
—De eso ya no estaría yo tan seguro. No olvides que Adriel, el
meholatita, quiere, a Merab para sí.
Y volviéndose hacia su hermano, añadió Joab:
—Abishai, coloca hoy una guardia en la tienda de David. No vaya a ser
que Adriel hunda un cuchillo entre las costillas del hijo de Isaí.
Sin embargo, aquella noche David no fue molestado para nada, y a la
mañana siguiente salió de palacio un sensacional anuncio. Salieron los
heraldos a proclamar que Merab, la hija mayor del rey, quedaba
comprometida en matrimonio, con Adriel. David comprendió el motivo que
guiaba a Saúl para obrar de semejante manera. Se trataba de un insulto
deliberado, por medio del cual el rey quería incitarle a que cometiese un acto
desesperado. Pero aunque su indignación fue grande ante el ultraje, el alivio
que sintió al no tener que tratar con la enojada Merab, fue suficiente para que
su ira se atemperase. Al final nada había perdido en la estimación del pueblo a
causa del incidente, porque la mayoría consideraban que Saúl no estaba en sus
cabales.
Presunción ésta que pareció confirmar el siguiente paso dado por el rey.
Fue cuando Jethro, en su calidad de servidor de mayor confianza de Saúl,
visitó a David en el campamento, sito bajo las puertas de la ciudad.
—El rey te distingue con sus lisonjas y cuántos sirven en el palacio te
aman —anunció Jethro utilizando el floreado lenguaje de las declaraciones
públicas—. Por consiguiente todos siguen deseando que seas el yerno del rey.
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David reprimió la sorpresa que sentía, no fuera Jethro a explicar a Saúl su
reacción.
—Creo que no es cosa de poca monta convertirse en yerno del rey.
No pudiendo contenerse, añadió:
—Además, ¿no te das cuenta de que soy un hombre pobre y al que no se
le estima demasiado?
—El rey no te pide que deposites arras en dinero —le aseguró Jethro.
Las pupilas de David se contrajeron porque no podía creer que el corazón
del rey hubiese cambiado hasta el punto de entregarle a Michal como en un
gesto de disculpa.
—¿Qué es lo que pide entonces?
—Yo me limito a hablar por boca del rey —dijo, no sin cierta
repugnancia.
—Un servidor debe de obedecer siempre las órdenes de su amo —le
recordó David, aun cuando el anciano había sido siempre bondadoso y
servicial.
—El rey pide como arras la vida de un centenar de filisteos, para ser
vengado de sus enemigos.
David estaba seguro de que Jethro repetiría fielmente las palabras de su
contestación a Michal y a Saúl, como también que ambos se sentirían felices
con ellas, aun cuando por diferentes razones. Para Michal, el saber que su
novio estaba dispuesto a arriesgar su vida en un ataque contra los filisteos
para alcanzar su mano, sería una muestra del cariño que por día sentía y del
gran deseo de› hacerla su esposa. En cuanto a Saúl, le encantaría muchísimo
el haberle colocado en una situación en que peligraría su vida o, en caso
contrario, sería tachado de cobardía.
Toda la intriga era digna de una inteligencia más despierta que la de Saúl.
Ahora estaba David convencido. No se trataba de una acción defensiva contra
los filisteos, no era cuestión de luchar en defensa del hogar y la familia. Así
que no creía que fueran muchos los que accedieran a arriesgar sus vidas en
semejante empresa particular, puesto que la expedición debería de realizarla
con un número reducido de combatientes, bajo su mando personal.
Se trataba de un plan astuto, cuyo fin podría muy bien ser la muerte de
David o una seria derrota que acabase con gran parte de la confianza que el
pueblo tenía en él depositada. Para evitar que ello sucediera, así como
conseguir las arras que Saúl pedía por Michal, debía de sobrepasar en astucia
a la persona que urdiera tal plan para provocar su destrucción. Como ya había
dicho, el asunto se presentaba como un juego de senit; pero ahora le tocaba a
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él agitar el cubilete y tirar los palillos para decidir la siguiente jugada. Y si sus
esperanzas se realizaban, tanto Saúl como Ishbosheth, encontrarían muchas
sorpresas en el juego.
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CAPÍTULO VI
Mas Saúl pensaba echar a David en manos de los filisteos.
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Zorah, planeando lanzar un rápido ataque antes de que fuera advertida su
presencia por el enemigo en aquella zona. Solamente mediante semejante
táctica, podía tener la esperanza de capturar o de dar muerte a un número
crecido de filisteos en una sola operación.
Mientras examinaba desde la cúspide la comarca que le rodeaba, pudo
darse cuenta David de lo importante que aquélla era para los hombres de
Judá. Desde esta elevación dominante podía el ojo recorrer un ancho valle que
se dirigía en dirección Oeste, hacia las aguas azules del Gran Mar. Por el Sur
se extendían varias cadenas montañosas en territorio filisteo, con el pueblo de
Timnah un poco hacia el Oeste. Más allá podía ver los muros de Beth-
shemest, donde estuvo alojada por breve tiempo el Arca de la Alianza, antes
de ser trasladada definitivamente a Kirjath-jearim. Aún más lejos, en
dirección Noroestease elevaba un penacho de humo, sobre la vaga silueta del
centro filisteo de Gezer, uno de los más antiguos poblados cananitas. Al Este,
las montañas de la Judea central y de Moab, eran como una pincelada
purpúrea entre la neblina del mediodía.
El jefe de los judaítas, que se encontraban de centinelas en Zorah, saludó
a David, dándole un fuerte abrazo.
—El destructor de Goliat llega en un momento oportuno —le dijo—. Una
gran cuadrilla de filisteos ha sido avistada por un pastor en el valle de Sorek.
Estamos esperando ver la señal de alguna hoguera, para poder deducir contra
qué pueblo se dirigen.
—Así, pues, todavía no han atacado.
—No hemos visto humo. Se trata de una partida suficientemente
numerosa para apoderarse de todo un pueblo, así que es posible que se
adentre mucho en nuestro territorio hasta dar con un lugar en el que pueda
hacer muchos cautivos.
David apenas se había atrevido a esperar el poder caer sobre una sola
cuadrilla de guerreros filisteos, lo bastante numerosa como para
proporcionarle de un solo golpe la cantidad suficiente que prometió como
arras por Michal.
—Tus noticias no pueden ser mejores, hermano. Si acabamos con ellos,
una parte del botín será para ti y para los hombres que están contigo.
—Recuerda que solamente somos cien soldados —le advirtió Joab.
—Pero un centenar entre los más valientes —aseguró David con firmeza
—. Hombres duchos en la guerra y que no tienen miedo a nada. Con sólo tres
veces este número, Gedeón aniquiló a todo el ejército medianita en el valle de
Jezreel.
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Joab se encogió de hombros.
—Si sigues por ese camino no tardarás en recordarme que no lejos de aquí
Sansón mató a muchos filisteos con la quijada de un asno. Pero recuerda que
nosotros no somos sansones.
—Ni tú tampoco eches al olvido que nuestras armas son un poco mejores
que la quijada de un asno —replicó David con una sonrisa.
—¿Tenéis alguna idea de la localidad que los filisteos pueden tener la
intención de atacar? —preguntó Joab al centinela judaíta.
—Se dirigen en dirección a Chesalon por el Este, pero pueden haber dado
la vuelta hacia el Sur, ya que no les visteis al venir hacia aquí.
—Lo hicimos por el camino de Kirjath-jearim y muy bien pudo
habérnoslos ocultado el monte Seir.
—Sea cualquiera el pueblo que elijan, deben de regresar, sin duda, por el
valle que hay al pie —dijo David—. No tenemos que hacer otra cosa que
permanecer en acecho y cortarles la retirada cuando pretendan regresar a su
propio territorio.
—Ese plan me parece excelente —afirmó Joab—, pero lo primero que
debemos de saber es dónde se encuentran.
—¡Asahel! —exclamó David, llamando al más joven de los hermanos de
Joab, que se encontraba sirviéndose agua de un cántaro que los guerrilleros
judaítas llenaban cada mañana de una fuente que copiosamente manaba en la
base de la montaña—. ¿Conoces el país que hay en los alrededores de
Chesalon?
—He estado cuidando ovejas en las cercanías —contestó Asahel,
limpiándose la boca con la manga—. ¿Por qué lo preguntas?
—Esa partida de filisteos puede estar atacando el pueblo en estos
momentos. Convendría que explorases esa región y nos trajeras noticias de
dónde andan. Pasaremos por el valle en dirección Este y ya nos encontrarás a
tu regreso.
Asahel cogió un mendrugo de pan y un pedazo de carne, de los víveres
que habían traído con ellos de Kirjath-jearim, y corrió dando saltos montaña
abajo, como si fuera una gacela. No llevaba consigo armas pesadas, puesto
que su habilidad de correr el doble de rápido y de llegar más lejos en una
jornada que cualquiera de los hombres de la partida de David, le hacía más
valioso en esta capacidad que como guerrero.
—Haz que los hombres coman y beban antes de que emprendamos la
marcha —dijo David a Joab dándole instrucciones—. Durante algún tiempo
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deberemos de estar al acecho de los filisteos y no nos será posible cocinar los
alimentos.
Mientras Joab llevaba a cabo sus órdenes, David comió un poco de pan y
de carne y una vez más se decidió a observar el panorama que se divisaba
desde la altura.
Al recorrer David con sus ojos desde el mar azul del Oeste, pasando luego
por las quebradas tierras altas donde tanta historia de su pueblo se había
desarrollado, hasta la neblina purpúrea que señalaba las tierras de Moab hacia
el Este, un nuevo sentimiento de orgullo y de decisión nació en su interior, y
con él, la reafirmación del convencimiento de que le había sido asignada la
misión de conducir a su pueblo a una nueva época gloriosa.
No era simplemente un hecho de armas lo que le esperaba, estaba seguro
de ello, sino algo mucho más grande. Quizá —y la magnitud de tal
posibilidad hizo que su imaginación volara muy alto— quizá Dios le asignaba
la misión de que fuera el más fuerte de esta parte del mundo, tan fuerte que
incluso Egipto y Asiría buscarían su amistad. Entonces ya no habría más
guerras, a todos los hombres se les dejaría en libertad para que se dedicaran a
sus labores, disfrutando del fruto de sus cosechas y viendo crecer a sus hijos
sin temor.
Mientras permanecía en pie allí, empezaron a nacer dentro de su alma las
estrofas de una canción. Era una sensación que había experimentado con
anterioridad, como si una voz diferente de la suya le afirmase en su interior la
grandeza de su propio destino:
Los que siembran lágrimas cosecharán lágrimas.
El que avanza y llora,
Portador de la semilla que ha de sembrar,
Volverá, sin duda, inundado de júbilo
Trayendo con él las gavillas.
Un áspero sendero seguía la orilla de la corriente que saltaba a lo largo del
valle al pie de la montaña de Zorah. Mientras David y sus hombres
marchaban por el serpenteante camino en dirección al Este, aproximadamente
una hora después, dos exploradores iban delante en misión de escuchas,
mientras otros se metían entre la maleza de ambos lados, para asegurarse y
evitar que si los filisteos volvían de sus correrías, les sorprendiesen
desprevenidos. Además, todos los hombres caminaban jabalina en ristre,
dispuestos a lanzarla al primer contacto con el enemigo.
Hasta última hora de la tarde no apareció Asahel ante ellos en el sendero.
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—El enemigo ha atacado esta mañana Chesalon, como pensaste que lo
haría, David —informó—. Cogió prisioneros a la mayoría de sus habitantes,
que son conducidos atados en estos momentos.
—¿De cuántos hombres se compone la banda?
—Por lo menos de doscientos; probablemente de más. Pude acercarme al
pueblo sin ser descubierto pero no me fue posible contarlos a todos.
—¿Volverán hoy o mañana a su país? —preguntó Joab.
—Hoy. Cuando me marché se dedicaban ya a sacar del pueblo a los
cautivos.
—Si aniquilamos a los filisteos primero, los prisioneros quedarán
automáticamente libres —le recordó David.
—Nuestro deber es ayudar en primer lugar a nuestros compatriotas —
replicó Joab con brusquedad—. ¿Arriesgarías la vida de cien hombres por
ganar unas arras, para después, si es que perdemos, vayan gentes de nuestra
sangre a la esclavitud?
—Los cautivos son lo primero, desde luego —reconoció David—, pero
podemos perfectamente matar al lobo y al mismo tiempo salvar a los
corderos. Una partida tan numerosa de hombres debe de proceder de Ekron o
de Gath, y pronto se hará oscuro para que les sea posible llegar a ninguna de
estas poblaciones a la caída de la noche. Forzosamente habrán de acampar por
el camino.
—Yo he visto el lugar en que acamparán —puntualizó Asahel—. El
enemigo se detuvo al ir hacia el Este y dejó tras sí un depósito de comida y de
vino, como si fuera su intención volver a aquel lugar.
—¿Podríamos llegar allí antes que ellos? —preguntó David.
—Si marchamos rápidamente, sí. Se encuentra a cosa de una hora de aquí.
—Da la orden de marcha, Joab —dispuso David—. Les tenderemos una
trampa en su propio campamento y saltaremos sobre ellos después de
oscurecer.
El lugar escogido por los filisteos para acampar, era excelente, situado a
orillas de la corriente que discurría por el valle. Era evidente que no habían
previsto la posibilidad de una emboscada, porque el lugar estaba rodeado de
espesos matorrales y bosque bajo, cosa que convenía mucho a David para sus
planes.
Después de dividir a los cien hombres de su partida en dos grupos, envió a
uno de ellos, bajo el mando de Joab, a que se ocultara en el lado opuesto del
lugar de acampada. El resto de los soldados se escondió tras él en la maleza.
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Empezaba a caer la oscuridad sobre la cañada antes de que quedaran
terminados todos los preparativos. Poco después se escucharon voces en
dirección Este y no tardó en aparecer una columna de guerreros filisteos
custodiando una larga fila de prisioneros. Hombres, mujeres y niños
marchaban con las manos atadas a la espalda, con paso vacilante, a lo largo de
la senda, siendo aguijoneados con las puntas de las lanzas por sus
capturadores. Muchos habían resultado heridos y tenían que apoyarse en los
demás para poder caminar.
Los filisteos parecían tener la confianza de que su incursión había pasado
inadvertida en el resto de Judea, por lo menos de momento. Su jefe no se
cuidó de apostar centinelas, y mientras una parte de los hombres se dedicaba a
preparar la cena, los demás amontonaron a los prisioneros en un espacio
abierto bajo los árboles. Aparte de permitirles arrodillarse o tenderse en tierra
para beber del arroyo, no se les proporcionó ninguna otra clase de asistencia.
David se había puesto de acuerdo con Joab que cuando hiciera sonar el
cuerno de morueco, o shofar, que llevaba en bandolera, sería la señal de
ataque. Quería, no obstante, esperar hasta que los filisteos hubiesen terminado
de comer. El hombre que se encuentra embotado por la comida y el vino suele
ser más lento en la pelea.
Era ya noche cerrada cuando los filisteos acabaron de cenar. Muchos de
ellos se habían tendido en el suelo, al lado de las varias hogueras encendidas;
algunos empezaban ya a encontrarse adormilados. David se llevó entonces el
shofar a los labios y emitió un sonoro trompetazo, que repercutió en todo el
valle. A esta señal, sus hombres, lanzando grandes gritos, se precipitaron
monte abajo sobre el enemigo, seguidos segundos después por el grupo de
Joab. En el campo filisteo la sorpresa fue completa y mortal. Una barahúnda
infernal no tardó en producirse al ir a coger los soldados sus armas en la
mayor confusión.
Incluso contando con la ventaja de la sorpresa, el ser mayor el número de
los enemigos, hizo que la victoria no resultara fácil para David. Los filisteos
lucharon valientemente y con sus armas superiores podrían muy bien haber
vencido de no haberles sorprendido la emboscada totalmente desprevenidos.
Tal como sucedían las cosas, el combate se prolongó fieramente durante una
media hora, terminando finalmente con que unos veinticinco filisteos
pudieron retirarse en dirección al Oeste, dejando tras sí a los heridos y los
moribundos. Los cautivos no pudieron tomar parte en la lucha por carecer de
armas, pero habían estado dando grandes gritos, animando a David y los
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suyos. Estos gritos, unidos al fragor del combate, hacían aumentar la ilusión
de que las fuerzas de David eran mayores de lo que realmente eran.
Mientras Joab y sus hombres terminaban con los últimos focos de
resistencia, David se apresuró a ir en socorro de los cautivos, muchos de los
cuales sufrían heridas que exigían pronta asistencia. Cuando Joab, jadeante y
cubierto de sangre, fue en su busca, lo encontró al borde del arroyo, lavando
el rostro ensangrentado de un muchacho que se quejaba lastimeramente.
—¿Cuántos? —fue la primera pregunta que le hizo David.
Joab rió entre dientes.
—Los suficientes para ganarte la novia. Mis hombres se dedican
activamente ahora a recoger las pruebas de la victoria para llevárselas a Saúl.
—Desatad entonces, a los prisioneros y dadles la comida que los filisteos
no han consumido.
—Pero nuestros hombres están también hambrientos. Ha sido un día muy
largo.
—Comisteis al mediodía —le recordó David—. Y estas pobres gentes
fueron hechas prisioneras esta mañana.
Joab intentó protestar, porque el bienestar de sus soldados era siempre su
preocupación principal; pero luego de dirigir una segunda mirada al rostro de
su primo, se encogió de hombros y se fue. La vehemente convicción que
acababa de leer el robusto teniente en los ojos de David, le hizo comprender
que éste acababa de poner una nueva piedra miliar en el camino que le iba a
conducir a ser el gran caudillo de su pueblo.
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CAPÍTULO VII
Y Saúl le dio a Michal, su hija, por esposa.
Samuel 1-18:27
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David tenía buen cuidado de no cruzarse en el camino de Saúl, excepto en
aquello que la cortesía exigía. Según las noticias que del palacio le llegaban,
parecía ser que, de momento por lo menos, la inestabilidad temperamental del
rey estaba dominada.
La costumbre exigía generalmente que el padre hiciera entrega a la novia
de la mayor parte de las arras dadas por el prometido. Esto llamábase el
mohar, literalmente el «precio de la novia», y con él se le aseguraba a ésta un
medio de vida para el caso de que el esposo pudiera llegar a divorciarse de
ella, cosa que le era posible efectuar anunciándola sencillamente con el ritual
prescrito. En el caso presente esto era imposible puesto que el «precio de la
novia» consistió en carne de los cuerpos de los filisteos muertos. Así, pues,
anunció Saúl que cedería a Michal una casa en Gibeah, como futuro hogar
para su hija favorita y su esposo, éste ahora el capitán más importante del
Ejército, después de Abner y Jonatán.
El último día de las fiestas nupciales, David, acompañado de un
considerable número de vecinos de la ciudad, se dirigió, atravesando ésta, al
palacio de Saúl. Allí, de acuerdo con la costumbre, David debía de solicitar
que le fuera entregada la novia.
Se trataba de un desfile lleno de colorido formado por el novio, sus
acompañantes y gran cantidad de personas adornadas con guirnaldas de flores
multicolores. Delante de todos iban los músicos, tocando arpas y otros
instrumentos de cuerda, así como trompetas de cuerno y de metal y timbales y
tamboriles. Formaba parte también del cortejo una compañía de vírgenes, que
iban tocando y bailando, y que, después de la ceremonia nupcial, debían de
acompañar hasta la puerta de su hogar a los desposados.
Los hombres armados que estaban a las órdenes de David, iban a cada
lado del cortejo y la misión que se les había asignado era muy importante,
pues al hacer molinetes con sus armas y entrechocar sus escudos, se creía que
ahuyentaban a los demonios que pudieran estar presentes. La música era
también alegre, para dar a entender a los malos espíritus, siempre presentes,
que se trataba de una boda, esto es, de un acto de alegría y no de un funeral.
Durante los siete días de los festejos, se habían consumido grandes
cantidades de vino y muchos de los invitados a la ceremonia no se mantenían
con demasiada estabilidad sobre sus pies, por lo que los que todavía podían
marchar derechos sostenían a los primeros y todos pudieron llegar sin
novedad al palacio. Allí llamó David a la novia con voz potente, y poco
después Michal, ricamente vestida y con el rostro cubierto por un velo,
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bajaba, acompañada de Saúl para unirse a su prometido a la cabeza del cortejo
nupcial.
La aparición de Michal fue el motivo para que las jóvenes vírgenes
empezaran a entonar el tradicional canto nupcial de los canaanitas, una alegre
jácara cantada ya por éstos, mucho antes de que los israelitas llegaran al país:
¡Vuélvete, vuélvete, oh, bella Michal!
¡Vuélvete, vuélvete para que podamos verte!
Mirad a la bella
En la danza de Mahanaim.
¡Cuán preciosos son los pasos de tus sandalias!
¡Cuán preciosos con tus pies, oh arrobadora doncella!
Tan grande era la alegría de David ante la hermosura de Michal, ante el
convencimiento de que por fin era suya, que ni corto ni perezoso se unió a los
cánticos y a las zapatetas delos demás en la improvisada danza. Su manera de
proceder arrancó exclamaciones de aprobación de los circunstantes; pero
cuando, jadeante por el esfuerzo, volvió al lado de su novia, se sorprendió al
advertir en los ojos de ésta una expresión de disgusto, una mirada que le
pareció, con un súbito escalofrío de aprensión, semejante a la que había visto
en los ojos de su padre durante uno de sus ataques de cólera. Pero desapareció
con tanta rapidez, que David no pudo por menos de decirse a sí mismo que
todo fue producto de su imaginación.
En el patio del palacio condujo David a Michal a una narria de trillar,
cubierta profusamente de flores, sobre la cual fueron paseados por las calles
de la ciudad, hasta llegar al campo abierto de las afueras. Allí, sentados uno
junto a otro en la narria, como soberanos en un trono, fueron agasajados con
bailes, cantos, juegos, música y diversiones de todas clases durante todo el
día, mientras frente a ellos se iban apilando los regalos, formando un montón
cada vez más alto. Con tanto ajetreo, los enamorados tuvieron pocas
oportunidades de hablar entre sí sino contadas palabras, mientras se
aproximaba la hora de la terminación de la fiesta. Entonces, David y Michal
fueron llevados de nuevo a través de la ciudad, esta vez con destino a su
nuevo domicilio. Frente a él se levantaba el huppah, o dosel nupcial de
ceremonia, de rico paño fenicio, que había sido emplazado desde la mañana y
que señalaba la casa de los novios.
Los jóvenes del cortejo les acompañaron hasta el umbral, llevando en alto
velones encendidos. En presencia de los testigos de ambas familias, bebieron
juntos el vino ceremonial, estrellando después contra el suelo, donde se
rompió en mil pedazos, el recipiente en que lo habían hecho, una copa de
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largo pie, obra exquisita de la vajilla filistea. Realizado esto, cogió David en
brazos a su esposa, atravesando el umbral de su nuevo hogar y cerrando tras
ellos la puerta a la muchedumbre.
El pueblo, no obstante, no se retiró, aun después de que las luces de la
casa se apagaron. Se quedaron fuera en Vela entre grandes manifestaciones de
regocijo, pasándose de mano en mano las botas de vino, hasta que finalmente
apareció en una de las ventanas de la cámara nupcial una sábana blanca. Los
representantes de la familia se adelantaron entonces para examinar el
tradicional «testimonio de virginidad», que demostraba que la novia había
llegado indesflorada, y por lo tanto pura, al lecho nupcial.
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CAPÍTULO VIII
Y habló Saúl a Jonatán, su hijo, y a todos sus criados para que matasen a
David.
Samuel 1-19:1
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dio cuenta de la gravedad de la situación, hasta que una noche se presentó
Jonatán en su casa.
La firme y acrecentada amistad que unía a los dos jóvenes había llegado a
ser para David fuente de extrema felicidad, por lo que se sintió alarmado al
ver que el hijo mayor de Saúl parecía presa de profunda pesadumbre.
—Mi hermano Jonatán tiene el aspecto de traer malas noticias —le dijo al
saludarle.
—No pueden ser peores, en efecto —contestó Jonatán—. Mi padre ha
dado orden a todos sus servidores para que te maten cuando quiera o donde
quiera que te encuentren.
David se quedó como si un rayo acabara de caer a sus pies.
—Pero ¡seguramente los que son mis amigos no harán semejante cosa!
—Tus amigos verdaderos te guardarán con su propia vida; pero tampoco
faltan los que no tendrían escrúpulos en matarte por el oro que mi padre
pudiera darles.
David no perdió el tiempo en fútiles comentarios.
—Creo que ha llegado la hora que Michal y yo vayamos a visitar a los
míos —dijo—. Mientras permanezcamos en Belén, quizá se enfríe el odio que
por mí siente el rey.
—No podrás salir, mi padre ha colocado centinelas en los campos de los
alrededores de Gibeah para evitar que te vayas.
—Pero ¿por qué? ¡Debería de saber que no hay nadie en Israel que le sea
tan leal como yo!
—Cuando el espíritu malo se apodera de mi padre, no necesita razón
alguna para odiarte.
—¿Qué debo de hacer entonces?
—Acógete esta noche al campamento con Joab y tus hombres —le
aconsejó Jonatán—. Yo no he tenido todavía oportunidad de hablar con él
acerca de esta orden de darte muerte. Quizá todavía le pueda hacer entrar en
razón.
—¿Cómo puedo enterarme yo de si triunfas o no en tu empeño?
—Sal mañana muy temprano de la ciudad, confundido entre los que van a
trabajar en el campo y escóndete en él. Mi padre visita a los trabajadores poco
después de salir el sol. Yo le acompañaré mañana por la mañana y trataré de
convencerle de lo mal que te trata. Si se aplaca, podrás volver a tu casa. En
caso contrario yo te ayudaría a huir a Belén.
—Puedes estar seguro de que jamás olvidaré lo que haces por mí,
hermano mío —dijo David con calor—. Pero ándate con cuidado no vaya a
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ser que el genio de Saúl se vuelva contra ti.
Joab no se sintió tan esperanzado como Jonatán cuando le contó David la
orden de Saúl.
—Ha llegado el momento de tirar por la calle de en medio —le dijo con
dureza—. Cuando le digamos al pueblo de Judá que el rey ha ordenado a sus
servidores del palacio que te maten, no querrán tenerlo por más tiempo como
monarca. Entonces serás coronado en su lugar.
—No se derivaría bien alguno si nos empeñáramos en una guerra civil
mientras estemos en lucha con los filisteos —objetó David—. En tanto que
Saúl viva, debe de ser el rey de todas las tribus.
La mano de Joab cayó como al azar en la larga daga fenicia que llevaba en
el cinto.
—Se puede conseguir fácilmente que no continúe estando vivo —dijo.
—¡Te prohíbo terminantemente que le hagas el menor daño, Joab! —
replicó David con firmeza—. El Señor me ha mostrado con anterioridad el
camino que debo de seguir; estoy seguro de que me lo seguirá mostrando
ahora.
—De todas maneras te colocaré aquí una fuerte guardia. Los mercenarios
de Saúl son capaces por dinero de matar a su propia madre.
Ningún asesino en potencia se hubiese atrevido a atacar a David en medio
de sus hombres, de forma que la noche transcurrió sin incidentes. Como
Jonatán le había sugerido, por la mañana temprano salió de la ciudad con los
trabajadores, escondiéndose entre unos matorrales desde los cuales podía ver
y oír cuánto sucedía en el campo. Poco después de salir el sol aparecieron
Jonatán y Saúl, poniéndose a pasear entre las ringleras de cultivo. David pudo
oír como el primero abogaba por él al rey.
—No peques contra David, porque David no ha pecado contra ti —rogó
Jonatán a su padre—. Sus obras hacia ti fueron siempre buenas.
Saúl no contestó nada, pero Jonatán continuó con su alegato de defensa.
—Después de todo puso su vida en tus manos cuando mató al filisteo
Goliat y gracias a él el Señor trajo una gran salvación a Israel. Tú lo viste y te
alegraste de ello. ¿Por qué, pues, pecar contra sangre inocente matando a
David sin motivo?
—En tanto que el Señor viva nadie matará a David —dijo Saúl con uno de
aquellos súbitos cambios de temperamento que caracterizaban su enfermedad.
—¡David —gritó lleno de alegría Jonatán—, ya puedes salir!
Saúl pareció sobresaltarse al ver aparecer a David, pero de todas formas
inició una sonrisa de bienvenida y abrazó a su yerno con cierta muestra de
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afecto.
—Puedes volver al palacio y tocar para mí, David —le dijo—. La casa ya
no es la misma sin tu música.
Durante unas cuantas semanas no hubo indicio alguno de que David no
fuera bien recibido en el palacio de Saúl. Michal, en especial, se sentía feliz
por aquella mudanza en los acontecimientos, porque echaba de menos los
lujos relativos del palacio y la compañía de sus hermanos. Por un tiempo, la
frialdad que había nacido entre los dos parecía haber desaparecido.
Entonces los filisteos atacaron de nuevo, y gracias a una feliz operación
estratégica de David, las tropas israelitas bajo su mando no solamente
rechazaron al enemigo, sino que le capturaron considerable cantidad de botín.
Los habitantes de Gibeah y de los pueblos vecinos, le hicieron un apoteósico
recibimiento a su entrada en la capital. Una vez más resonó el grito de: «¡Saúl
mató sus miles y David sus diez miles!» en Gibeah, que, inevitablemente, no
tardó en llegar a oídos del rey.
A su regreso, David reanudó sus visitas regulares al palacio tocando para
Saúl pero cuando un día el rey volvió a lanzarle otra jabalina, que le pasó tan
cerca que no le hirió de puro milagro, se dio cuenta de que el rompimiento
entre los dos debía de ser definitivo. David no perdió el tiempo y recogió a
Michal, que se encontraba hablando con su madre, llevándosela a su casa.
Una vez en ella, su esposa se enfrentó furiosa con él en el dormitorio del
segundo piso en el que se encontraban.
—¿Por qué hemos de marchamos de noche de esta manera? —le
preguntó, ya que él casi la había llevado a rastras por las calles sin darle
ninguna explicación—. ¡No es digno que abandone la casa de mi padre como
una ladrona!
—¿Tampoco cuando le arrojan una jabalina a tu esposo? —le preguntó
secamente David.
El súbito cambio de actitud de Saúl hacia él le había afectado
profundamente y el descaro de ahora de Michal no hacía sino arrojar leña al
fuego de su descontento.
—Pero no te acertó, lo mismo que la vez primera, ¿no es así? Lo que
demuestra que ahora también no se trataba de otra cosa que de probar tu
valor.
—Mi valor no necesita probarse. ¿Sabe alguien esto mejor que Saúl?
—¿Y qué piensas hacer?
—Mañana abandonaremos Gibeah, acompañados de Joab y mis hombres
para protegernos.
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—¿Es posible que el poderoso David pueda huir como un delincuente al
que sorprenden robando? —preguntó Michal agriamente.
David se encogió de hombros.
—Tal vez te parezca mejor que sea asesinado en el lecho por un asesino
pagado.
—Mi padre no descenderá a hacer semejante cosa —exclamó colérica—.
Si quiere matarte lo hará por sí mismo y en lucha noble.
—¿Llamas noble dar órdenes a sus servidores para que me maten en
cuanto me echen la vista encima? —preguntó—. De no haber sido por tu
hermano, yo ya no estaría vivo.
David había atrancado la puerta de la planta baja, aun cuando no esperaba
que Saúl le molestara aquella noche. Al oír por la parte de fuera un
rechinamiento de metal contra metal, cosa que no es corriente oír por la noche
en una ciudad pacífica, se dio cuenta de que había juzgado demasiado
benévolamente a su suegro, sobreestimación que podía fácilmente costarle la
vida. No había duda de que Saúl había mandado hombres que le siguieran,
sospechando con razón que puesto que Michal le acompañaba, debería de
haber ido a su propia casa.
Michal quedó petrificada al oír también aquel ruido y se acercó a la
ventana. Separando con cuidado los ricos cortinajes de lino egipcio, regalo del
pueblo de Gibeah a los novios en su boda, miró hacia la calle. Al enfrentarse
de nuevo con David, tenía los ojos desorbitados.
—¡Fuera hay hombres armados! He reconocido a Doeg, el pastor.
David apagó la lámpara de aceite que lucía en un soporte sobre el muro.
Luego se asomó a través de los cortinajes. De momento no vio nada; pero
después, en una figura baja y zamba que saltaba de sombra en sombra,
reconoció a Doeg, el pastor y espía particular de Saúl.
—Han venido a cogerme por sorpresa y matarme —dijo en un susurro.
Michal se pegó a él. El peligro había hecho desaparecer de su rostro el
pasado descaro.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó.
—Si pudiese enviar recado a Joab, vendría con soldados y ahuyentaría a
los mercenarios; pero ello supondría quizá lucha en Gibeah y las tribus se
inclinarían a uno u otro bando. No quiero que tal cosa suceda…, por lo menos
por ahora.
—Tengo miedo —gimió Michal—. ¡Pueden matarme si huyo en tu
compañía!
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David sintió una puñalada de dolor al darse cuenta de que ella había
pensado más en su propia seguridad que en su deseo de estar con él.
—Si te quedas aquí no correrás peligro alguno —le dijo—. Por la mañana
manda recado a Joab de que él y sus hombres no deben de seguirme o dar la
batalla a los partidarios de Saúl. Diles que regresen a Judea pacíficamente, tan
ponto como puedan. No seré yo responsable de una guerra civil en Israel.
—¿Qué vas a hacer?
Parecía que iba recobrando el dominio de sí misma, ahora que sabía que
no tendría que marcharse con él.
—Todavía no lo sé —reconoció—. Pero no creo que ni a Doeg ni a los
mercenarios les convenga alborotar. El pueblo de Gibeah les mataría si
supiera lo que está sucediendo.
Por la escalera subió el rumor de unos golpes secos sobre la puerta.
—¡Rápido! —le dijo David—. Contesta y diles que me encuentro
enfermo.
Michal abrió la ventana, en tanto que David se dedicaba a rasgar los
cortinajes de una ventana en el otro extremo de la habitación. Aquella ventana
daba acceso a la azotea de una casa inmediata, un camino para huir que
acababa de ocurrírsele.
—¿Qué queréis? —oyó que Michal preguntaba a los hombres que estaban
en la calle.
—El rey desea la presencia de vuestro esposo en palacio.
David reconoció la voz de un mercenario de la guardia personal de Saúl, y
conociendo al hombre, comprendió que no podía esperar misericordia por este
lado. Como Joab le había dicho, cualquiera de ellos sería capaz de matar a su
propia madre si les pagaran lo suficiente.
—Está enfermo y no puede ir —contestó Michal—. Volved y decídselo
así a mi padre.
Hubo un coloquio en voz baja en la calle y después se oyeron pasos que se
alejaban. Desde la ventana pudo ver Michal que algunos hombres quedaban
rezagados para vigilar la casa. Dejando caer las cortinas, fue donde se
encontraba David tratando de unirlos trozos de tela para formar una fuerte
cuerda.
—Doeg regresó al palacio —informó—, pero los demás se han quedado
vigilando fuera.
—Por lo menos hemos ganado un poco de tiempo. Ayúdame a tirar esta
cuerda por la ventana. La ataré a una silla y si tú la sujetas contra la pared, me
será posible descender por ella y escaparme por el «camino de las azoteas».
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—Seguramente irán a buscarte a Belén —le advirtió ella mientras
terminaba de anudar los trozos de tela que formaron la cuerda.
—Tu padre teme mucho a Samuel. Trataré de unirme a él en Ramah,
donde se encuentra, hasta que la cosa se calme. Entonces mandaré a buscarte
para que te reúnas conmigo.
—¡Y pensar que de no haber ocurrido todo esto, podías haber sido rey
algún día y yo reina! —sollozó Michal—. ¡Ahora ya está todo perdido!
—Nada está perdido mientras los dos estemos vivos y nos queramos.
Pero ella no quiso escuchar sus palabras y no hizo sino llorar todavía con
mayor fuerza, negándose a que David la consolase.
—Yo no puedo vivir la vida de un proscrito al que se intenta dar caza y
que se ve obligado a dormir en cuevas —protestó la joven—. Soy la hija del
rey y he vivido en el palacio durante toda mi vida. ¡No es posible que tú
puedas obligarme a obrar de esa manera!
—Quédate atrás, entonces, donde te encontrarás a salvo —le dijo David
—. Pero juro por el Altísimo que algún día te reclamaré como mi legítima
esposa que eres.
Besándola rápidamente al decirle adiós, se subió a la ventana, en cuyo
alféizar quedó a caballo un momento para darle más instrucciones.
—Cuando me vaya finge que yo te obligué a que me ayudaras a huir. De
esta forma tu padre no podrá hacer recaer en ti la culpa de que yo me haya
escapado.
Ahora que Michal se daba cuenta de que no corría peligro, ayudó a David
voluntariamente a escaparse. Mantuvo la silla fuertemente contra el borde de
la ventana, a fin de asegurar el extremo superior de la cuerda formada con los
trozos de tela y observó cómo él iba bajando con la improvisada ayuda la
breve altura que separaba la ventana del dormitorio de la azotea de la casa
inmediata. Cuando los pies del hombre tocaron las baldosas de la azotea, soltó
la cuerda, que ella recogió metiéndola dentro de la habitación.
La última visión que de Michal tuvo David, fue el brillo de su pálido
rostro en la ventana; pero si hubiese podido llegar a saber el número de años
que habrían de transcurrir antes de que pudiera volver a verla, el dolor de la
partida hubiera sido todavía más intenso.
De todas maneras la aflicción que experimentó fue muy grande. Perdía de
momento a la muchacha que había conocido y amado al pie de la colina de
Gibeah, donde vieron a la cierva y al cervato bebiendo el agua del
manantial…, una muchacha que, ahora lo comprendía, no había tenido una
existencia real fuera de su sueño.
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CAPÍTULO IX
Huyo, pues, David, y escapóse, yendo a Ramah con Samuel.
Samuel 1-19:18
Al elegir Ramah como lugar donde ocultarse, David había actuado con
cierta premeditación. El pueblo se encontraba casi directamente al norte de
Gibeah, mientras que Belén, donde seguramente le buscaría Saúl primero,
estaba casi el doble de lejos y hacia el Sur. Ramah no era una de las
tradicionales localidades de derecho de asilo, como Kadesh, Chefrin, Hebrón,
Bezer y Rainoth donde los hombres perseguidos podían encontrar un cobijo
cuando sus vidas estaban en peligro. Sin embargo, siendo Ramah un centro
religioso en virtud de la presencia allí de Samuel, podía David tener la
esperanza de hallarse en él a salvo de la persecución de Saúl.
En la vertiente sudoccidental de la cadena montañosa sobre la que estaba
erigida Ramah, había un olivar. Allí pasó David el resto de su primera noche
envuelto en el pesado capote de los soldados de Israel Sin embargo, el hecho
de que era un fugitivo cuya cabeza seguramente se había puesto a precio, no
le conturbaba de una manera especial. Se encontraba mucho más preocupado
por lo que Joab podría hacer cuando se enterara de la presente crisis, porque
en el intento del rey de asesinarle, su primo podría ver la ocasión de llevar a
cabo un levantamiento de Judea contra Saúl, desobedeciendo las órdenes de
David transmitidas por mediación de Michal.
A David le despertaron de su ligero sueño las voces de las gentes que se
dirigían a trabajar a las pequeñas fincas que salpicaban las laderas de las
montañas en esta región. Se levantó y empezó a caminar por la vía que
conducía a Ramah, si bien teniendo cuidado de no apartarse del camino para
parecer un sencillo viandante y no llamar la atención. Aunque se encontraba
hambriento, sabía que tenía que contenerse y no pedir comida a nadie para no
ser reconocido. Las noticias de su rompimiento con el rey podrían haber
llegado ya a esta región y los campesinos podían creer que era su deber
denunciar sus andanzas al monarca. Hubo de contentarse, por consiguiente,
con recoger un puñado de aceitunas a lo largo del camino, derecho que tenía
cualquier viajero que se sintiera desfallecer por el hambre en su jornada.
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El camino entre Gibeah y Ramah marcaba la verdadera espina dorsal de la
red central de comunicaciones de Canaán. Hacia el Este una sucesión de
valles conducía hacia el Jordán, muy por debajo de las alturas por las que
David viajaba. La rica tierra del valle a lo largo del río marcaba una
alentadora perspectiva desde lejos, y desde la montaña era fácil hacerse cargo
por qué los filisteos intentaban continuamente abrirse paso a través de los
collados montañosos del Canaán central para dominar las fértiles tierras bajas.
Puesto que Judea se encontraba precisamente sobre los caminos que el
enemigo tenía que cruzar para alcanzar su rica presa, no podía existir paz
duradera entre Filistea y Judea hasta que una de ellas fuera destruida.
David no tenía la menor idea de cuándo se cumpliría la profecía de
Samuel de que él remara un día en Israel. Su suerte se encontraba en aquellos
momentos más en baja que nunca lo había estado desde que fue ungido por
Samuel en Belén; pero él no dudaba ni por un momento que, a pesar de todo,
era el seleccionado por Dios para llevar a cabo la labor. Y la fuerza de esta
convicción le dio el valor de seguir adelante, pese a que sabía que
probablemente a aquellas horas Saúl había ya dado órdenes a sus mercenarios
a que salieran en su busca y acabaran con él.
En su modesto hogar de Ramah, el anciano profeta Samuel escuchó con la
mayor atención la historia de sus relaciones con Saúl y el intento de asesinato
en su propia casa la noche anterior.
—El hijo de Kish ya sabe que Dios le ha retirado su apoyo —dijo Samuel
al terminar David su relato—. Sólo el mal espíritu es el que guía ahora los
actos de Saúl.
—¿No abandonará éste alguna vez su presa?
—Me es imposible predecir cuál será la suerte de Saúl —contestó Samuel
—, pero lo que es seguro es que la voluntad de Dios ha de cumplirse y que
algún día serás tú quien gobierne en Israel.
—¿Qué debo de hacer entretanto?
Samuel había envejecido mucho desde aquella lejana fecha en que ungió a
David en Belén. Su mano temblaba cuando se acariciaba la barba y en la
palidez de alabastro de su piel destacaba la red tortuosa de sus venas.
—No hay que permitir que se diga que el Señor no ha sido misericordioso
y que no le ha dado al hijo de Kish una oportunidad para redimirse —dijo por
último—. Debes de regresar a Gibeah.
—¿Y si trata de matarme otra vez?
—Habrás hecho todo lo que estaba en tu mano hacer. Después de ello
quedarás en libertad para buscar tu propio futuro.
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—Yo jamás haré la guerra contra Saúl para convertirme en rey —insistió
David.
—El Señor no te pide que lo hagas —le dijo Samuel—. Viajarás conmigo
hasta Naioth, donde te quedarás un poco de tiempo antes de regresar a
Gibeah. Quizás el Altísimo me revele alguna verdad.
—Si vos lo decís estaré seguro.
—Al que Dios ha ungido no es abandonado por Él —le aseguró Samuel.
En la pequeña aldea de Naioth pasó David muchos días agradables
hablando con el anciano profeta sobre el pasado glorioso a partir de cuando
llegó Abraham por vez primera a esta tierra, procedente del Noroeste y el
porvenir que Dios prometió aquí a su pueblo sí le adoraba solamente a Él y
seguía sus leyes. David no se dio cuenta entonces por completo de ello, pero
Samuel le estaba preparando para cuando llegase el día en que fuera rey de
Israel y asumiese una relación íntima y responsable con Dios y con el pueblo
que debería gobernar. Fue un intervalo placentero y grato, que duró hasta que
llegaron noticias de que Saúl había ordenado a sus hombres que detuvieran a
David y lo condujeran a Gibeah. Hubiera querido partir en seguida, buscando
refugio en la comarca montañosa, cuyos senderos solamente los pastores
conocían, pero Samuel no le permitió huir.
Cuando los mensajeros de Saúl llegaron a Naioth encontraron a Samuel en
pie entre los sacerdotes que le asistían. Los mensajeros se quedaron tan
intimidados por la autoridad que emanaba de la actitud del profeta, que se
marcharon sin cumplir la orden que llevaban. Un segundo grupo llegó días
después y fue igualmente despedido, pero David sabía que no podía
permanecer por más tiempo en Naioth. Porque si la próxima vez se atrevía
Saúl a mandar sus mercenarios contra el anciano profeta, podría tener como
consecuencia la sangrienta matanza de los sacerdotes.
—Iré a Gibeah y buscaré a Jonatán —le dijo al profeta—. Puedo confiar
en él para que haga un último esfuerzo para una reconciliación con Saúl.
—Ve, pues —le dijo Samuel—. Y hagas lo que hagas la bendición del
Señor te acompañará.
A su regreso, no entró David en la capital, sino que se ocultó en un denso
matorral que crecía al lado del arroyo que bordeaba la base de la colina. Tuvo
la suerte de encontrar por el camino a uno de sus hombres, al que envió a
buscar a Jonatán, con instrucciones también para Joab, diciéndole a este
último que no fuera, por miedo de que Saúl se enterase de sus andanzas.
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Cuando poco tiempo después apareció el hijo del rey ambos se abrazaron
estrechamente.
—¿Qué iniquidad he cometido para que tu padre quiera arrancarme la
vida? —preguntó David.
—No permitirá Dios que mueras a sus manos —protestó Jonatán—. Sea
lo que fuera lo que desees, lo haré por ti.
—Mañana entra la luna nueva —dijo David— y como yerno del rey, yo
debería de sentarme a su mesa, pero en lugar de eso he de permanecer
escondido. Si Saúl pregunta por mí, dile que me fui a Belén para asistir al
sacrificio anual que allí realiza toda mi familia. Si dice que le parece bien,
entonces habrá paz entre nosotros; pero si se enfada, comprenderás que
alberga malos sentimientos hacia mí todavía.
—Me parece un buen plan —reconoció Jonatán—. Lo haré tal como me
lo dices.
—Nos une un juramento —le recordó David—. Si crees ahora que he
cometido alguna iniquidad, te ruego que me des muerte con tus propias
manos.
Jonatán levantó su pulgar para que David pudiese ver la pequeña cicatriz
en el lugar donde la daga punzó la piel cuando mezclaron su sangre.
—Si mi padre quiere hacerte algún daño, te lo comunicaré y haré que
puedas marcharte en paz —prometió—. Mientras yo viva, muéstrame la
bondad del Señor no dejando de dispensar tu afecto hacia mi casa, incluso
cuando el Señor borre a los enemigos de David de la faz de la tierra.
—Lo juro.
Y al decirlo, David cogió el antebrazo del otro con el gesto tradicional de
amistad.
—Pero ¿cómo sabré yo que tu padre te contesta mal y que intenta hacerme
algún daño?
—Al tercer día ve al campo en que te ocultaste antes. Yo iré también y
dispararé tres flechas como si estuviera tirando al blanco, enviando después a
un muchacho a recogerlas. En caso de que diga: «Tienes las flechas junto a
ti», sal, porque será señal de que en la casa de mi padre se albergan
sentimientos de paz hacia ti.
—¿Y si no fuera así?
—Entonces le diría al muchacho: «Las flechas están más allá».
—Esperaré en el campo la tercera mañana —convino David—. Pero ten
cuidado de que no te llegue algún mal por haberme ayudado.
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Los días tardaban en pasar pero David los pasó descansando en el
pequeño valle donde discurría la corriente. Se escondía por la mañana cuando
la gente que trabajaba en el campo iba al manantial a llenar sus vasijas, y por
la tarde en el momento de pasar los labriegos para ir a dormir en Gibeah. La
mañana del tercer día despertó temprano y se dirigió al campo donde Jonatán
iba a disparar sus flechas.
En cualquier otra ocasión, el instinto poético de David se hubiera sentido
inspirado por los diversos sonidos y perspectivas que señalaban el nacimiento
de un nuevo día. Por encima de él, la ciudad de Gibeah empezaba a vivir,
mientras que hacia el Este la sucesión de valles y laderas que se veían
empezaban a iluminarse con los rojos rayos de la aurora que aparecían
alrededor de los picachos de Moab.
De las casas apiñadas alrededor de la fortaleza en la cumbre de la colina,
podía oír la voz de una mujer tratando de levantar a su hijo de la cama; luego
el balido de una cabra al ser ordeñada y el chasquido de metal contra metal al
ser relevados por los centinelas de día los que habían permanecido en servicio
de vigilancia durante la noche. De la propia fortaleza le llegaban hasta David
las órdenes de mando de los oficiales, mientras se hacían los preparativos
necesarios para abrir la puerta a fin de permitir que el destacamento del
campamento de abajo entrara. Él mismo había mandado muchas veces este
destacamento, y pensó que en aquellos momentos no era otra cosa que un
fugitivo, que estaba esperando saber si seguiría o no siendo tratado de ser
cazado como si fuera un animal, lo que le deprimió profundamente. En su
propio hogar o bien en el palacio, si es que el padre de Michal se creyó la
historia de que él la obligó a ayudarle a que se escapara, Michal debía de estar
despertándose en aquellos momentos. Una puñalada de dolor le atravesó el
corazón al pensar cuán hermosa era y sintió una aguda añoranza por aquellos
primeros días en que contemplaban cómo la cierva y su cría bebían el agua
del manantial.
El sol era ya más fuerte y en la imaginación de David surgió el
espectáculo de las calles de Gibeah empezando a nacer a la vida. Vio cómo
bostezaban y se desperezaban los hombres al levantar las persianas de sus
hogares e ir a quitar las mamparas con que habían protegido durante la noche
la puerta de sus comercios. Las mujeres hablaban quedamente entre sí,
mientras eran portadoras de los dátiles, el pan y las jarras de leche enfriada
por el aire nocturno que constituían la comida matinal. Sus dulces voces
llegaban mezcladas de cuando en cuando con el pregón del vendedor callejero
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anunciando sus mercancías de aceitó de oliva, pan y paquetes de higos y de
dátiles.
Gibeah no era una ciudad industrial, como la mayoría de los centros
filisteos del Oeste, pero sí había en ella algunas pocas tiendas donde se
realizaban trabajos de artesanía. David sabía que sus dueños preparaban en
aquellos momentos los martillos y los punzones para dar forma al metal o las
leznas y las agujas usadas para trabajar el cuero. Los alfareros debían de estar
ya dando forma a la arcilla, sacada el día anterior de hoyos excavados en las
laderas de la colina. En otra calle, un escriba bostezante debía de estar
preparando su tablilla de greda, junto con los pergaminos, los papiros y los
pequeños tinteros. También los prestamistas se encontrarían sentados en sus
cuchitriles mostrando sus monedas, dispuestos a prestárselas a cualquiera que
estuviera propicio a pagar el rédito usurario que estaba permitido, pero no
más, so pena de ser castigados por Dios.
El despertar de la ciudad era una cálida y grata mezcla de pequeños
ruidos, que para los oídos de David se habían convertido en música los meses
que había vivido en Gibeah, habitando una hermosa casa y con el lujo y alta
posición que significaba ser yerno del rey.
Pero ahora, a menos que Jonatán anunciara que las flechas habían caído
cerca, tendría que abandonar todo esto y huir de la cólera de Saúl al país
montañoso en disputa entre Judea y Filistea. E incluso allí no podía esperar a
tener mejor alojamiento que una cueva y comer la comida que él mismo
pudiera recoger entre la basura.
A los oídos de David llegaron las voces de las gentes que iban a trabajar al
campo mientras se apresuraba a esconderse en los matorrales. No tardó en ver
a Jonatán que venía de la ciudad. En la mano llevaba el arco y un carcaj de
flechas le colgaba del hombro. Tras él trotaba el muchacho que le hacía de
escudero.
—Prepárate —oyó David que le decía— a recoger las flechas que dispare.
Mientras el muchacho echaba a correr adelantándose, Jonatán tomó una
flecha de la aljaba y la colocó en el arco. David miraba con toda su atención.
Cuando vio que su amigo tensaba la cuerda bien hacia atrás, su corazón sintió
una gran pesadumbre, porque ello sólo podía significar que la flecha sería
disparada mucho más allá del muchacho que se apresuraba por el campo
labrado.
Al ser liberada la flecha el arco resonó sonoramente. David vio cómo el
proyectil trazaba una larga trayectoria sobre la cabeza del muchacho cayendo
a tierra muy por delante de él. El arco disparó en rápida sucesión otras dos
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flechas, que alcanzaron todavía mayor distancia. Al detenerse el muchacho
para mirar donde estaban, le gritó Jonatán:
—¿No están las flechas más allá?
Era la señal de que Saúl no se había aplacado y que David tenía que huir
para salvar su vida.
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CAPÍTULO X
Y levantándose David aquel día, huyó por miedo a Saúl.
Samuel 1-21:10
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definitivo con el rey. Puesto que en su huida de Gibeah no había podido traer
sus armas consigo, debería lo primero hacerse con éstas y con algo de comer.
—El rey me ha enviado a realizar una misión —explicó—. No tengo
alimentos, así que os mego me deis un poco de pan o lo que tengáis.
—Solamente dispongo del pan sagrado —dijo Ahimelech titubeando—.
Éste es cocido cada mañana y colocado sobre el altar por si el Señor visitara
el sagrado lugar y sintiera hambre, ya que ha sido taxativamente estipulado en
las instrucciones dadas por Moisés: «Tendrás siempre dispuesto en la mesa el
pan ázimo para mí».
Ahimelech tomó una hogaza de pan que había sobrado del día anterior
para uso de los sacerdotes, y se la dio, con un poco de aceite de oliva y un
puñado de dátiles.
David no se dio cuenta de que un rebaño de ovejas se encontraba pastando
en la falda de la colina, ni del hombre patizambo que le había seguido hasta el
lugar sagrado y que ahora procuraba ocultarse tras un árbol, escuchando con
ansiedad todo lo que allí se hablaba. Los ojos de Doeg, el edomita, parecieron
echar chispas, cuando vieron que el viajero no llevaba armas y puso a punto
su mano para usar la larga daga que llevaba al cinto. No podía atacar a David
en el lugar sagrado, a menos de exponerse a profanarlo y ganarse con ello las
iras tanto de los sacerdotes como de Saúl. Pero existían muchos lugares a lo
largo del camino donde podría ocultarse y estar al acecho de un hombre
desarmado, sabiendo que Saúl le recompensaría con largueza si le presentaba
pruebas de la muerte de David.
Cuando éste terminó de comer echó una mirada recelosa alrededor de la
loma.
—¿No tenéis una lanza o una espada? —preguntó al sacerdote.
Ahimelech palideció de miedo, pues ya había advertido la presencia de
Doeg, y sabiendo que cuanto allí ocurriera llegaría a oídos de Saúl, no reveló
a David la presencia del edomita para evitar la efusión de sangre en el lugar
sagrado.
—Trajiste aquí la espada del filisteo Goliat, después de darle muerte en el
valle de Elah —dijo—. La encontrarás envuelta en un lienzo detrás del efod.
Tómala si lo deseas.
David titubeó antes de aceptar el ofrecimiento del sacerdote por dos
razones. Siendo la espada de hierro y habiendo sido forjada para las grandes
fuerzas de Goliat, era tan pesada que resultaba difícil manejarla. Pero puesto
que pensaba llevarla solamente hasta Belén, donde podría adquirir armas más
Página 160
convenientes, la cosa no tenía gran importancia. Lo que le perturbaba más era
que para llegar al arma le sería preciso tocar el sagrado efod[5].
El efod, la vestidura ritual del sumo sacerdote para el culto y el sacrificio,
había sido fabricado originalmente, siguiendo las instrucciones de Moisés,
con sortijas, pendientes, brazaletes y otras joyas de oro. El efod actual, tejido
en lino finísimo y teñido de azul, púrpura y otros colores de gran precio, había
sido hecho, de acuerdo con las antiguas crónicas, tan parecido al original
como fue posible. Las instrucciones que en ellas se daban, especificaban que
el efod tenía que ser cuadrado, con cuatro filas de tres piedras preciosas cada
una, simbolizando las doce tribus de Israel, debidamente engarzadas en
monturas cosidas a la tela del ornamento sagrado. Se consideraba que éste
tenía un valor superior al simplemente simbólico, pues era creencia difundida
que al ser tocado por un sacerdote, éste podía adquirir la facultad de profetizar
la voluntad de Dios y los acontecimientos del futuro.
Sin embargo, como no podía proporcionarse ninguna otra arma, y hubiera
sido una locura continuar el viaje sin la debida protección, David entró en el
Tabernáculo. Poniendo el mayor cuidado en no causar la menor perturbación
al efod, levantó poco a poco la gran espada. Se había olvidado de lo pesada
que era y al apoderarse de ella casi se tambaleó. Por un momento pensó
volver a dejarla donde estaba y aventurarse a realizar el trayecto hasta Belén
sin ir armado. Pero en su interior le pareció volver a oír aquella voz que nunca
le había engañado y que le aconsejaba ahora que no hiciese semejante cosa.
Finalmente, se colgó del hombro el cinturón en que la espada estaba
suspendida, puesto que si se lo hubiese puesto en la cintura le habría
arrastrado por el suelo, y abandonó el Tabernáculo.
Al salir David de la tienda sagrada, Doeg se encontraba todavía al acecho.
Cuando vio el arma, su rostro se ensombreció, ya que su valor no era muy
grande, y solamente al amparo de la oscuridad y a traición se hubiese atrevido
a atacar a un hombre armado. No siguió a David, sino que se dirigió a Gibeah,
dejando que las ovejas pacieran desatendidas, en su afán de decirle a Saúl que
el hombre al que tanto odiaba había visitado el centro sacerdotal y que aún era
tiempo de seguir sus pasos y acabar con él.
David se detuvo en Belén solamente el tiempo suficiente para dejar el
espadón de Goliat en casa de su padre y recoger comida y armas antes de
emprender viaje hacia el Oeste, en dirección a la disputada tierra que existía
entre Judea y Filistea. Pero como ni aun allí se encontraría seguro contra la
persecución de Saúl, con la cabeza puesta a precio, decidió dar un paso más
audaz e introducirse en territorio filisteo.
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Guiaba a David un doble propósito al buscar refugio en el país enemigo
de su propio pueblo. Por una parte era poco conocido de los filisteos, por
haber permanecido en la retaguardia durante el mayor tiempo de la batalla del
valle de Elah, y era dudoso que los soldados enemigos que fueron testigos de
la manera que tuvo de dar fin a Goliat, reconocieran en el guerrero formado
de hoy al jovenzuelo que derribó a su campeón de una pedrada. Por otro lado
quería explorar el territorio filisteo, con vistas a cuando llegara el día en que,
como rey de Israel, invadiera el mismo corazón de la confederación enemiga.
El lugar que escogió para su refugio temporal fue la ciudad fronteriza de
Gath, que estaba regida por el rey Achish.
En tiempos de paz, los israelitas acostumbraban a bajar hasta esta ciudad
para hacerse afilar sus herramientas por los herreros filisteos y vender de paso
pieles y quesos, que constituían las exportaciones principales y la mayor
fuente de ingresos de este pueblo pastoril. A su vez, los israelitas compraban
allí herramientas de hierro y la maravillosa alfarería de color de cuero,
altamente ornamentada, por la que los filisteos eran famosos en esta parte del
mundo, como sus antepasados, los micenios, lo habían sido con su exquisita
loza de barro.
Construida sobre un empinado risco de marga, Gath era ciertamente una
ciudad impresionante. David llevaba consigo desde Belén una azada y un
hacha, con el pretexto de hacerlas amolar por un herrero, por lo que no
encontró obstáculos para entrar, unido a un grupo de trabajadores que se
retiraba de los campos al anochecer. Una vez que estuvo dentro de la ciudad,
no pudo por menos de sentirse impresionado por las fuertes murallas y las
pesadas puertas fortificadas de aquel centro filisteo.
Otra cosa que sorprendió a David, fue la alta estatura de los hombres de
Gath. Aun cuando la de él sobrepasaba la media, la mayoría de ellos
sobrepasaban la suya. Recordó que Goliat era oriundo de esta ciudad, y pensó
en la magnitud del esfuerzo que representaría cuando fuera rey dominar a este
pueblo para llevar la paz a Judea y a todo Israel. Bajando de la muralla, a la
que había subido para echar una ojeada al paisaje que desde ella se divisaba,
buscó una taberna que solía alquilar colchonetas para que pasaran la noche en
ella los viajeros. Antes de irse a dormir, tuvo, sin embargo, la desgracia de
tropezar con un soldado filisteo a la luz vacilante del crepúsculo.
—¡Estúpido —gruñó el hombre dándole un empujón—, ya podías mirar
dónde pones los píes!
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Al ver el soldado que David, con la reacción instintiva de un hombre de
lucha, echaba mano a la empuñadura de su daga, sacó su espada. Al dar un
paso atrás para dejar sitio para la pelea, en el caso de que ésta fuera a tener
lugar, pudo ver mejor el rostro de David. Entonces prorrumpió en un
juramento lleno de asombro:
—¡Por las barbas de oro del mismísimo Dagón, pero si es David, el yerno
de Saúl!
David dejó caer la mano de la empuñadura de la daga y se la puso en el
costado, porque una lucha en semejantes circunstancias solamente podía tener
un final.
—Has debido de llevarte la bota a los labios con excesiva frecuencia,
amigo —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Cómo puedo ser yo mismo y a la
vez el yerno de Saúl?
El soldado filisteo procedió a examinarle recelosamente.
—Si no eres David, eres entonces un hermano gemelo suyo.
Pero ya la duda empezaba a manifestarse en su voz, al añadir:
—Vi a ese David en el valle de Elah, el día que fue muerto Goliat y de
nuevo en un camino, cuando fue atacada nuestra partida de regreso de
Chesalon.
—Nunca oí que el hebreo tuviera un hermano gemelo —dijo David,
tratando de dar un tono de frivolidad a sus palabras, para evitar que el otro
pudiese advertir el esfuerzo mental que estaba sufriendo.
—Ni yo —reconoció el filisteo—. Lo que es una razón más para que tú y
él seáis una misma persona. ¡Ven conmigo! Voy a llevarte ante el rey Achish.
David no podía hacer otra cosa que obedecer bajo la amenaza de la punta
de la espada de su apresor. Resistir hubiera sido tanto como declararse
culpable y recibir un puntazo en su cuerpo.
No tardó en verse en una amplia cámara formada por enormes bloques de
piedra, en la que un hombre alto, de orgulloso rostro de halcón e inteligentes
ojos hundidos, ocupaba el sillón del trono colocado sobre un estrado. Durante
su recorrido a través de las calles de la ciudad, David no había dejado de dar
vueltas desesperadamente a su cabeza, para ver de escapar de lo que se había
convertido en una aventura estúpida. Entre el implacable rey filisteo y el loco
que gobernaba en Israel, ¿qué probabilidades podía tener de sobrevivir? Pero
de repente le asaltó una idea, un acto de astucia, pero terriblemente sencillo, y
para llevarlo a cabo debería de echar mano a todos los recursos de la
impostura.
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Los filisteos habían adoptado como propios los viejos dioses canaanitas,
añadiéndoles las deidades que trajeron consigo de su antigua tierra originaria.
Como para los hebreos, era para ellos el mundo un lugar lleno de espíritus
buenos y malos, de cuyos caprichos podía depender el destino de un hombre.
Sabía David que como israelita podía esperar muy poca clemencia en manos
del rey de Gath; pero en calidad de loco, ¿no sería posible que inspirara miedo
de que los espíritus que habitaban su cuerpo pudieran pasar a los de los demás
y conseguir ser expulsado de la ciudad? Afortunadamente había tenido mucho
contacto con un demente de primera magnitud, el rey Saúl. Resultaba
verdaderamente irónico, una verdadera jugarreta del destino, que su propia
vida, que Saúl tan ardientemente deseaba arrancarle, pudiera depender ahora
de la habilidad que tuviese en imitar al rey hebreo.
Cuando cruzaban el salón del trono, David se puso a blasfemar, lanzar
alaridos y dar zapatetas hasta que cayó al suelo. Allí pateó y se retorció con
espasmos tan convincentes, que Achish ordenó que no le dejaran acercarse a
menos de veinte pasos del trono.
—Este hombre está loco —dijo el rey al soldado filisteo que lo había
hecho entrar—. ¿Por qué me lo has traído?
—Es David, el yerno de Saúl, mi señor y rey. Lo he reconocido fuera.
—Si es verdad que es él, está tan loco como su suegro. ¿Qué necesidad
tengo yo de que me traigas locos a mi presencia? ¡Vamos, llévatelo!
—Pero mi señor y rey…
—¡Fuera, he dicho, antes de que los malos espíritus que moran en su
cuerpo queden en libertad entre nosotros! —ordenó Achish—. ¡Arrojadle más
allá de las puertas de la ciudad y cerradlas tras él!
David entendió perfectamente las palabras de Achish, porque los judaítas
y los filisteos de esta región estaban familiarizados los unos con el idioma de
los otros; pero tuvo buen cuidado en no darlo a conocer, dado el papel que
representaba. Siguió jurando y vociferando, arrojándose al suelo cada diez o
doce pasos, mientras era llevado a rastras por el soldado filisteo, que ahora
estaba tan preocupado como Achish de que los malos espíritus quedaran
libres del cuerpo del detenido.
Solamente cuando se vio fuera de las puertas de la ciudad, a salvo en
pleno bosque, fue cuando David cesó en su actitud. No se detuvo para pasar la
noche en territorio filisteo, sino que se puso a caminar con la mayor velocidad
que pudo bajo la luz de la luna por el camino que conducía a Judea. Llegó
finalmente a las alturas de Adullam, que se encontraba en la parte sur del
valle de la zona disputada por Judea y Filistea.
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David se escondió allí entre los árboles, hasta que al llegar la mañana,
alcanzó una de las múltiples cuevas que salpicaban la falda de la montaña. Y
cuando, aproximadamente una semana más tarde, vio a Joab y a casi un
centenar de soldados de su propia banda pasar por el valle, corrió a saludarles
y les condujo hasta el lugar en que se guarecía.
Cuando terminó David de relatarles sus aventuras en la ciudad filistea de
Gath, advirtió la presencia en el grupo de un desconocido, un hombre joven y
delgado, vestido con las ropas sacerdotales, y que era portador de un paquete
envuelto en una tela riquísima.
—Es Abiathar, el hijo de Ahimelech —le manifestó Joab, satisfaciendo su
curiosidad.
—Bien venido seáis, Abiathar —dijo David afectuosamente—. Aunque
me es imposible ofreceros otra cosa que el cobijo de una cueva y los
alimentos que puedo sacar de la montaña, para corresponder al buen pan
ázimo con que vuestro padre me socorrió un día. Espero que Ahimelech se
encuentre en perfectas condiciones de salud.
Al oír estas palabras, un estremecimiento de dolor pasó por el rostro del
joven sacerdote, el cual se a apresuró a desviar la mirada, pero no sin que
antes pudiera advertir David que tenía los ojos llenos de a lágrimas.
—Ahimelech ha muerto, David —le dijo Joab—. 9 Tanto él como todos
los demás sacerdotes de Nob fueron asesinados. Solamente Abiathar
consiguió escapar a la matanza.
—¿Quién se atrevió a profanar aquel recinto sagrado? —replicó David
lleno de indignación—. No quiero creer que fuera obra de Saúl.
—La orden partió efectivamente de Saúl, por lo que la culpa debe de
recaer en primer lugar sobre su alma —dijo Abiathar, que por fin había
logrado recobrar el uso de su voz—. Pero las manos que manejaron
materialmente las espadas fueron las de Doeg, el miserable edomita y las de
los mercenarios del cuerpo de guardia de Saúl.
Estaba bien claro lo que debía de haber ocurrido en Nob, y claro,
asimismo, el motivo del sangriento suceso que allí se había desarrollado.
—Entonces no cabe duda de que asesinaron a vuestro padre porque
intentó ayudarme.
Abiathar hizo un gesto expresivo con la cabeza al decir solemnemente:
—El ungido del Señor no hace otra cosa que cumplir los designios del
Altísimo. Al ver mi padre que llegaban Doeg y los mercenarios, cogió el efod
del Tabernáculo, ordenándome que os lo trajera.
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Desenvolviéndolo de la tela que lo contenía, el sacerdote sacó el efod y se
lo mostró a David. Al hacerlo, las joyas cosidas por sus monturas al exquisito
lino del tejido sacerdotal, atrajeron el fuego de la luz solar, resplandeciendo
con un brillo que a todos les pareció que podía rivalizar con el del propio sol.
—¡Es un anuncio! —se puso a exclamar Joab—. ¡Es un anuncio de la
protección que dispensa el Altísimo a David, el hijo de Isaí!
El propio David no pudo por menos de quedarse deslumbrado ante la gran
belleza de las gemas que adornaban el efod y de la forma que brillaban bajo la
luz del sol. Y aun cuando lo ocurrido no tuviera la interpretación que Joab le
había dado, reconoció que los demás necesitaban el estímulo que provocaba
la creencia de que era la forma que Dios tenía de dar su aprobación.
—Seréis mi sacerdote, Abiathar —le dijo—. Quien atente contra vuestra
vida, atentará también contra la mía. Guardad el efod, porque juro, asimismo,
que algún día he de llevarlo, con el Arca de la Alianza y el Tabernáculo, al
lugar sagrado que le corresponde.
Cualquier oyente casual que hubiese escuchado tales palabras las hubiera
juzgado como una simple jactancia, porque de los únicos hombres que podía
disponer David era de los que le rodeaban. Su número llegaba a duras penas a
cien, mientras que Saúl estaba al frente de los ejércitos de Israel. Pero
entonces recordó que las posibilidades de vencer todavía habían sido menores
para él en el valle de Elah, cuando cruzó el arroyo para enfrentarse con
Goliat.
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TERCERA PARTE
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CAPÍTULO PRIMERO
Porque contigo desharé ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros.
Salmos —18:29
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ambas partes. David y sus hombres proporcionaban a la ciudad la debida
protección a cambio de la comida y otras necesidades. Entonces fue cuando
pensó David que se podría llegar a un acuerdo para que su residencia se
convirtiera en permanente, y en virtud de ello mandó a buscar a Abiathar,
diciéndole que fuera portador del efod sagrado, a las cuevas de Adullam,
donde residía el sacerdote, después de haber escapado de la matanza de Nob.
Abiathar hizo su entrada en Keilah con gran pompa y regocijo de su
vecindario, aun cuando parte de éste murmuró que seguramente Saúl buscaría
la manera de que le fuera devuelto el símbolo de la fe de Israel. El propio
David presidió la procesión, que atravesó las puertas de la ciudad hasta llegar
a un pequeño edificio que debía de servir de alojamiento a Abiathar y al efod.
Cuando después de la ceremonia, se disponía a retirarse, le llamó el sacerdote.
—En vuestra ausencia, llegó a Adullam un mensajero —dijo a David—.
Saúl ha dado vuestra esposa a otro.
David se quedó petrificado, porque aunque tenía buenas razones para
saber que Saúl era implacable en todo lo relacionado con su yerno, no podía
llegar a suponer que le arrebatara a Michal.
—¿Quién es el hombre? —acertó a preguntar.
—Phalti, hijo de Laish.
Con su familia obligada a huir a Moab, su esposa entregada a otro y sus
bienes confiscados, no podía reprochársele a David que incluso su victoria en
Keilah sobre los filisteos se le volviera ceniza en su boca. Afortunadamente
tenía poco tiempo para entregarse al desaliento, porque tanto la ciudad como
sus soldados se encontraban por aquel entonces muy atareados con la
celebración de la llamada Fiesta de la Cosecha o de los Primeros Frutos.
Los festejos comenzaron una tarde, saliendo las gentes de la ciudad y
dirigiéndose a un bosquecillo, a cuya sombra se había erigido un altar. Un
grupo de cantores entonaba un himno; mientras eran acompañados a los sones
de caramillos, panderetas, salterios y el obligado shofar. En el fondo del
bosquecillo estaba el altar del sacrificio y el pueblo se reunió en torno a
Abiathar, que era el que presidía la ceremonia por el hecho de haber residido
en el centro sacerdotal de Nob y ser hijo de Ahimelech, jefe de los sacerdotes
de aquel lugar. Era costumbre el elegir entre los concurrentes a uno que
actuara como cantor principal. Recayó este honor sobre David, bien conocido
de todos por tener la voz cantora más dulce de todo Israel y estar altamente
favorecido por el Señor. Después de colocarse los dos hombres frente al altar,
el pueblo empezó a desfilar por delante, portador de las tradicionales ofrendas
de los primeros frutos, que se entregaban al Señor en acción de gracias por la
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buena cosecha recolectada, así como también por la derrota del enemigo. El
altar no tardó en verse rodeado de grandes montones de trigo, cebada, uvas,
higos y dátiles, amén de un pollo, un cabrito y un corderillo.
En realidad, la Fiesta de los Primeros Frutos surgió de una costumbre
todavía más antigua, el sacrificio del primer hijo, que era ya muy practicada
en Canaán cuando llegaron los hebreos al país. Obedeciendo a una orden de
Dios y como demostración de su fe, Abraham, padre de los hebreos, colocó a
Isaac, su único hijo en el ara del sacrificio del monte Moriah en las
proximidades de Jerusalén. Cuando ya tenía levantado el cuchillo de bronce
ritual y se disponía a degollar al muchacho, dejando que su sangre se
derramara por las piedras, Dios detuvo mi mano. Desde entonces el sacrificio
de los primeros frutos y el pago ritual de una redención simbólica al sacerdote
por el primer nacido, había remplazado al sacrificio humano.
Después de su colocación sobre el altar, los sacerdotes ayudantes de
Abiathar, degollaron rápidamente a los tres animales. Una vez derramada su
sangre sobre las piedras, se pegó fuego a la leña seca con una antorcha y
empezaron a elevarse las llamas para consumir las ofrendas. Mientras en el
bosquecillo ascendía el humo hacia el cielo, David empezó a pulsar las
cuerdas del arpa que el pueblo de Keilah le había regalado en sustitución de la
suya, que dejó atrás cuando hubo de huir precipitadamente de Gibeah,
cantando al unísono una poesía de acción de gracias a Dios por el regalo de
una cosecha abundante y la promesa de un año más de vida:
Nuestro corazón se regocija en el Señor.
El activa la seca semilla en la blanda tierra.
Él refresca la tierra con la lluvia
Y hace crecer los extendidos olivos.
El cálido aliento del Este es el hálito de su nariz,
Que hace madurar por completo las semillas del grazno de la viña y del
árbol
Desplegando ante el hombre una fiesta en la tierra.
¡Bendito sea el Señor! ¡Sea bendito su nombre!
Al terminar la canción, empezaron los músicos a tocar otra tonadilla, ésta
llena de alegría, y el pueblo se dedicó al baile, lleno de regocijo. La música
inició entonces un ritmo más insinuante bajando de tono y ello fue la señal
para que diera comienzo la danza ritual del amor. En sus figuras, los hombres
perseguían a las mujeres, mientras éstas huían fingiendo resistir, pero
acabando por entregarse a los últimos compases de la música. El ensayo de
semejante comedia de persecución, entrega y conquista, era solamente algo
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simbólico aquella noche. Pero una semana después, al finalizar las fiestas, los
hombres se echarían a dormir sobre el suelo de la trilla, y si una doncella
yacía también bajo la capa del amado, la mujer podía elegir de esta forma, sin
vergüenza, al hombre que deseaba tener por esposo.
Terminadas sus obligaciones como músico y cantor, David abandonó a los
demás y se fue a sentar sobre una peña solitaria, monte abajo, al lado del
manantial que allí manaba de la tierra. El rumor del agua al correr, le trajo a la
memoria el recuerdo de otro manantial y la imagen de la muchacha que
estrechó entre sus brazos a su lado. En aquel entonces fue feliz, todo lo feliz
que puede ser un hombre joven que tiene toda la vida por delante y su amor
en los brazos. Ahora… Había perdido a Michal, que durante tan breve tiempo
fue suya, aún cuando mantuviese la intención de cumplir la promesa que le
hizo de reclamarla algún día, como su esposa legítima que era.
Y aunque la tenía lejos, quizás en aquellos momentos en brazos de otro,
había algo en el suave discurrir del agua que parecía amortiguar un tanto el
profundo dolor que sentía.
El deslizarse de una piedra por encima mismo del manantial, hizo que
David se pusiera rápidamente en pie, daga en mano. Pero al reconocer la alta
figura de Abiathar, que vestía aún las ropas de oficiar y que llevaba el
enjoyado efod arrollado al cuello, volvió a meter el arma en su vaina.
—¿Por qué se esconde el hijo de Isaí, mientras los demás se divierten? —
preguntó Abiathar—. Además, el pueblo os reclama para rendiros nuevos
homenajes.
—Me sentí atacado por una profunda melancolía —reconoció David—,
que no hizo sino agravarse a la vista de la felicidad de los demás.
—Habéis perdido mucho, es cierto, lo mismo que yo —se limitó a replicar
sobriamente Abiathar.
—Pero vos quedaréis aquí bien considerado, mientras que yo debo de
continuar mi camino. Cuando se entere Saúl que estamos en Keilah, no hay
duda que no tardará en emprender nuestra persecución.
—Ya se ha enterado.
David dirigió una mirada llena de sorpresa al sacerdote.
—Espero que no habrá sido el pueblo de Keilah el que nos haya
denunciado.
—El pueblo no, pero sí algunos ambiciosos que hay entre él. Varios de los
que forman el Consejo de Ancianos, enviaron un mensaje a Saúl diciéndole
que os encontrabais aquí.
—¿Cómo os habéis enterado?
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—A un sacerdote se le dicen cosas que no llegan a oídos de los demás.
Aquellos regidores tienen miedo de que permanezcáis demasiado tiempo en la
ciudad.
—¿Es que pretenden acaso intentar gobernarla? —preguntó David con
voz áspera.
—También eso ésta en su pensamiento. Pero no forméis demasiado mal
juicio de ellos. Saben que son unos facinerosos muchos de los que forman en
vuestras filas. En realidad, algunos de ellos fueron expulsados en algún
tiempo de Keilah por delitos cometidos en la ciudad.
—Es cierto que yo no he hecho preguntas a los que se ofrecían para luchar
a nuestro lado contra los filisteos —reconoció David—. ¿Cuándo enviaron el
mensajero a Saúl?
—Hace tres días.
—Entonces no ha de tardar en volver.
—Regresó esta misma tarde, durante la celebración de la fiesta. Supe que
había ido a informar al decano del Consejo de Ancianos y entonces vine en
vuestra busca.
—No debéis de exponeros así. Aquí en Keilah, habéis encontrado un
refugio y una posición honorable al frente de los demás sacerdotes. Todo lo
podéis perder si se llega a saber que vinisteis a ponerme sobre aviso.
—Creo que no tengo nada que perder —contestó Abiathar con toda calma
—, porque cuando os marchéis de aquí pienso ir en vuestra compañía. Y
llevarme el efod.
—¡Pero eso es una locura! ¿Por qué poner en peligro vuestra propia vida
por quién fue el causante de la muerte de vuestro propio padre y de los demás
desgraciados sacerdotes que se encontraban en Nob?
—Los que están al servicio del Altísimo, deben de estar siempre
preparados para ir en ayuda del ungido de Dios —se limitó a decir,
sencillamente, Abiathar—. Mi padre obedeció esta ley cuando en Nob os dio
el pan ázimo. El efod lleva consigo poder adivinar la voluntad del Señor. Si
habéis de defenderos contra las fuerzas superiores de Saúl, tendréis necesidad
de él.
Durante algunos momentos la garganta de David estaba llena de tal
emoción que no pudo hablar. Después tomó el antebrazo del sacerdote en la
acostumbrada forma amistosa, y le preguntó:
—¿Qué contestación trajo de parte de Saúl el mensajero?
—El rey se puso muy contento al saber que estabais en Keilah. El
mensajero repitió a los del Consejo de Ancianos las mismas palabras
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pronunciadas por el rey: «Dios le ha puesto en mis manos, porque ha sido él
mismo el que se ha metido en una ratonera, yendo a refugiarse en una ciudad
que dispone de puertas y de trancas».
—Hay mucha agua puertas afuera y grano suficiente en los pueblos
vecinos para alimentar a todo un ejército —reconoció David—, así que Saúl
podrá sitiar Keilah, si así lo desea. Pero nosotros disponemos de un arma que
él no tiene. ¿No podría decirnos el efod si el pueblo de Keilah nos traicionará
o no?
—Podemos preguntárselo. Oremos, para que sea revelada la voluntad de
Dios.
De pie ante el manantial, se dirigió David a Dios, cuya presencia cerca de
él no había dudado ni por un momento incluso cuando de niño cuidaba ovejas
en las laderas de las montañas de Belén.
—¡Oh, Señor de Israel! —rezó—. Tu siervo se ha enterado de que Saúl
piensa venir a Keilah y tal vez destruir la ciudad por mi culpa. ¿Llegará hasta
aquí Saúl, como tu siervo ha oído decir? ¿Me entregará a él el pueblo de
Keilah?
Durante un momento reinó el silencio; después habló Abiathar,
tranquilamente:
—Saúl vendrá y los hombres de Keilah os traicionarán.
David se puso en pie. Ya no había falta alguna de resolución en su actitud.
—Abandonaremos mañana la ciudad —dijo—. Antes de que Saúl nos
atrape en ella.
—¿Dónde pensáis ir?
—Ni el bosque de Hareth, ni las cuevas de Adullam ofrecen ahora refugio
seguro, puesto que se encuentran demasiado cerca de aquí. En esta ocasión
habremos de dirigirnos al desierto de Ziph.
Colocó otra vez su mano en el brazo del sacerdote volviendo a
aconsejarle:
—No es aún demasiado tarde para que os quedéis aquí, Abiathar. La
sangre de vuestro padre es una carga que pesa demasiado sobre mi
conciencia. No quisiera de ningún modo añadir la carga de la vuestra.
Abiathar sonrió.
—¿Olvidáis, acaso, que yo también soy un hijo de Judá? Y que aun
cuando no pertenezco a la familia de Isaí he oído repetir muchas veces las
palabras de Ruth, vuestra antepasada: No me niegues que te deje y me aparte
de ti. Porque donde quiera que fueres, iré yo; y dónde quiera que vivieres,
viviré.
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—Que sea Dios quien nos muestre siempre el camino por mediación
vuestra y de la del efod —contestó David, Heno de agradecimiento—. No
quiero impedir que mis hombres sigan divirtiéndose. Se han ganado con
creces lo que disfrutan esta noche. Pero mañana sin falta emprenderemos la
marcha hacia el desierto.
Sin embargo, y por una vez, el efod no parecía haber revelado toda la
verdad. Al día siguiente poco después de aparecer el sol por el horizonte,
mientras la mayor parte de los hombres de David, así como el pueblo de
Keilah, se encontraban entregados al descanso, los centinelas de la muralla
dieron el grito de alarma de que un gran ejército se aproximaba a la ciudad
con el propósito, al parecer, de cercarla. David ascendió precipitadamente a
una de las torres de la muralla mientras Joab y Abishai iban a despertar a los
soldados. No necesitó una segunda mirada para identificar al hombre alto,
recubierto con una armadura resplandeciente, que iba al frente de los soldados
que ahora se desplegaban estratégica y hábilmente, en tomo de la montaña en
que Keilah se asentaba.
Era Saúl, y David calculó que el número de soldados que componían su
ejército no bajaría de los tres mil…
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CAPÍTULO II
Y David se estaba en el desierto en peñas y habitaba en un monte en el
desierto de Ziph.
Samuel 1-23:14
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Luego, dirigiéndose al pueblo allí congregado, exclamó:
—¡Habitantes de Keilah, nada temáis! De la misma manera que os
salvamos de los filisteos que destrozaba vuestras cosechas y se llevaban al
cautiverio a vuestros hombres y mujeres jóvenes, os salvaremos de la
amenaza de Saúl.
—Nada tenemos que temer por parte de Saúl —dijo con reticencia el
decano del Consejo—. De vos y de vuestros hombres es de los que
necesitamos librarnos.
Un gruñido iracundo salió de la garganta de Joab ante semejantes
palabras, pero antes de que pudiera replicar nada, habló David:
—La palabra del hijo de Isaí no fue jamás quebrantada. Os prometo, y si
no lo cumplo que pierda la ayuda del Altísimo, que mañana sin falta
saldremos de Keilah. Por vosotros mismos podéis comprobar que Saúl ha
permitido que sus hombres se entreguen al descanso, después de la dura
marcha desde Gibeah, y que por lo tanto, hoy no piensa atacar.
—¿Es cierto que os marcharéis mañana? —preguntó, incrédulo, el
decano.
—Tenéis mi palabra —le aseguró David—. Antes del mediodía de
mañana podréis abrir las puertas de la ciudad a vuestro rey.
—¿Qué tontería es ésta? —le preguntó después Joab—. ¿Es que ahora es
cuando has perdido el juicio de verdad, no cuando lo fingiste perder en el
palacio de Achish?
—Mira ladera abajo, en dirección al campamento de Saúl, y dime lo que
ves.
—Pues veo los rastrojos del grano recién segado, los dos manantiales y
los regatos que de ellos nacen.
Y veo también tres mil hombres, que no tardarán en hacer prisioneros a
los seiscientos que estamos aquí.
—Seguramente debes de ver algo más que todo eso —dijo David
sonriente—. Fuiste tú, precisamente, el que dio la fórmula para poder escapar
de Keilah.
—¡No me vengas con acertijos! ¿Supongo que no pretenderás tirarle
piedras a Saúl como hiciste con Goliat?
—Piedras no, pero sí algo mejor: antorchas.
—¡Los rastrojos! —exclamó Joab comprendiendo por fin—. Ni el propio
Saúl podrá luchar contra el fuego que se lanzará montaña abajo una vez
hayamos Incendiado los rastrojos. Pero tampoco nosotros podremos caminar
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entre las llamas ni sobre un terreno tan Heno de escorias ardientes que nos
llenarían los pies de ampollas.
—Es que no vamos a andar, sino a correr —puntualizó David—, y no
sobre cenizas, sino sobre agua. Prenderemos el fuego al otro lado de la
montaña, de manera que crea Saúl que pretendemos huir en esa dirección. En
lugar de hacerlo así, bajaremos por los arroyos, escondiéndonos entre los
mimbres y matorrales que crecen en sus orillas.
Joab se puso a estudiar el escenario, el manantial que había arriba de la
montaña, cuyas aguas iban a juntarse con las del segundo manantial que nacía
en su base.
—No es imposible —hubo de reconocer—, pero debe de hacerse todo con
la mayor exactitud, pues de lo contrario retrocederían las llamas a la cumbre y
nos atraparían antes de que pudiéramos abrirnos camino hasta el arroyo.
—Creo que nos protegerá la muralla —replicó David, señalando la parte
del bastión que sobresalía de la terraza superior, el cual proporcionaba una
zona a nivel fuera de la puerta, con el manantial superior a pocos pasos por
debajo de él—. Prenderemos fuego a la ladera esta noche, antes de que Saúl
pueda atacar. El viento suele generalmente amainar hacia medianoche, y en el
aire inmóvil las llamas descenderán montaña abajo como si se tratara de agua.
No digas nada de esto a nadie, pero haz una buena provisión de antorchas. Y
al llegar la medianoche, cuando el vecindario duerma, reúne a tus hombres en
la puerta opuesta al campamento de Saúl. Obrando así, será tarde para que
cualquier traidor pueda dar la voz de alarma.
—Tenemos suerte de que la cosecha haya sido ya segada —dijo Joab—.
De lo contrario todos seríamos J condenados por incendiar los campos.
Efectivamente, así estaba escrito en las leyes que Moisés recibió de Dios
durante la larga estancia del los hebreos en el desierto, después de la huida de
Egipto: «Si se pega fuego a los campos donde crece el grano y éste fuere
destruido por él, los causantes del incendio habrán de sufrir la misma
retribución».
Era costumbre de los israelitas, como lo había sido de los canaanitas antes
de su llegada, cercar sus campos con setos de espinos, lo suficientemente
juntos para impedir que los animales entraran a devorar el grano ni los
hombres a prender fuego accidentalmente a las cosechas. Además, durante los
últimos meses de maduración de éstas, cuando los tallos estaban ya crecidos,
se apostaban vigilantes que continuamente cuidaban de que no estallara un
incendio, que hubiera podido propagarse por toda la zona, destruyendo el
alimento del pueblo durante todo el año y provocando un período de hambre.
Página 177
Una vez recogida la cosecha, la situación cambiaba por completo e incluso
muchos labriegos se dedicaban a quemar los rastrojos para destruir con ello
las malas hierbas.
Con objeto de que ardiera precisamente la parte que interesaba, el propio
David se puso al frente de cincuenta hombres escogidos, cuya misión era
incendiar la parte norte de la montaña. Poco después de la medianoche
salieron sigilosamente por la puerta, llevando antorchas empapadas en sebo
fundido, a fin de que pudieran arder con facilidad. Después de tomar las
posiciones convenientes, David dio la orden, y media docena de hombres con
sus antorchas encendidas, salieron fuera. Se tardaron contados instantes en
prender fuego a las de los restantes cincuenta hombres que estaban
aguardando. Tan pronto como su antorcha ardía, cada hombre corría media
docena de pasos por los rastrojos secos, formando entre todos una línea de
fuego y arrojando después cada uno su antorcha montaña abajo, con lo que se
provocaba un segundo incendio.
Una vez llevado a cabo su cometido, David y sus hombres corrieron hacia
la terraza, justamente por la parte que daba al manantial, uniéndose con Joab
y los demás, que ya desfilaban en fila india, guardando todo el silencio
posible, introduciéndose todos en el agua fría del arroyo que descendía por la
montaña.
Del campamento de los israelitas se elevó un enorme clamor. Mientras
David y sus hombres empezaban a bajar silenciosamente por la montaña,
vieron cómo en el campamento de abajo se encendían antorchas y oyeron los
rumores que los soldados producían al trasladarse con toda rapidez hacia la
parte norte, donde un muro de llamas hacía arder los rastrojos y se dirigía
ladera abajo. A juzgar por el griterío que se oía, Saúl juzgaba, como David
había esperado que lo hiciera, que su presa tratara de escapar sirviéndose de
las llamas a manera de escudo. Nunca pudo suponer que el fuego no fuera
otra cosa que una táctica de diversión para permitirles escapar protegidos por
la pantalla de matorrales que crecían en las márgenes del arroyo que se
precipitaba hacia la base de la montaña.
La marcha de los hombres de David era muy penosa, puesto qué se veían
obligados a saltar de terraza en terraza y vadear charcas donde el agua les
llegaba a veces hasta la rodilla. De vez en cuando algún soldado tropezaba y
caía en la oscuridad y el ruido que hacía el metal al chocar contra la piedra,
resonaba fuertemente en el silencio de la noche. Afortunadamente, el clamor
que venía de abajo era lo bastante intenso para amortiguar por completo aquel
sonido.
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En la confusión producida por el estallido del fuego y ante el peligro de
que las llamas se corrieran por todos los rastrojos y destruyeran sus vituallas,
Saúl tardó casi una hora en descubrir la añagaza que David había utilizado
para escapar. Por entonces, su anhelada presa se encontraba ya bien lejos de
Keilah, dirigiéndose hacia las antiguas guaridas del bosque de Hareth.
Después de haber descansado allí, durante todo el día, continuaron su retirada
huyendo de las fuerzas superiores de Saúl, hacia el desierto de Ziph.
Caminando por senderos que les eran bien conocidos, atravesaron el país
montañoso al oeste de la punta meridional del mar Salado hacia la plaza
fuerte de Engedi, situada en la orilla occidental.
Situado poco más o menos en la parte media de la distancia que les
separaba del mar, Engedi en un fértil oasis, al que daba vida un gran manantía
conocido con el nombre de Fuente del Cabrito. David había estado muchas
veces allí, acompañando a las caravanas que desde Belén se dirigían en busca
de sal a las salobres orillas del gran lago. Ahora esperaba encontrar refugio
para su partida en el laberinto de cuevas que se abría en las colmas que
dominaban la ciudad. Los habitantes de ésta no se sintieron, sin embargo,
demasiado felices con la presencia en sus proximidades de aquellos
seiscientos hombres, algunos de los cuales habían sido perseguidos por delitos
cometidos en sus propias ciudades y aldeas. En consecuencia, no tardaron en
dar parte a Saúl de la presencia de David por aquellos contornos. Después de
atravesar el antiguo camino de las caravanas, que bordeaba la orilla del mar
Salado, Saúl estuvo a punto de dar con David en Engedi. Solamente le salvó
la precaución de éste de examinar concienzudamente las cuevas y encontrar
los pasajes subterráneos para la huida.
Hasta llegar a Engedi, Saúl se había expuesto a pocos peligros por haber
seguido por un camino bien trazado. Fue por el que pasó también Abraham,
casi mil años antes, cuando se dirigió hacia el Norte para ir en auxilio de su
sobrino Lot, que estaba preso del rey Cherdorlaomer. Pero Saúl no se atrevió
a perseguir a David y a los suyos penetrando profundamente en la montaña
salvaje, fortaleza natural conocida con el nombre de Desierto de Judea, y
situada al sur del centro judaíta de Hebrón. Por consiguiente retiró con toda
prudencia sus fuerzas hacia Gibeah. Entretanto, David, después de
permanecer algunas semanas en el desierto, guió a sus hombres a los montes
de Ziph, Maon y Carmelo, a corta distancia, por el Sur, de Hebrón.
La región en torno a Hebrón era famosa por sus viñedos y olivares. El
fértil distrito adolecía solamente de un breve inconveniente y era su
proximidad a los centros filisteos de Lachish, Eglón y, particularmente, Gath,
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hacia el Oeste y la ciudad de Ziklag a cierta distancia en dirección Sur. Todas
estas localidades tenían potentes guarniciones constituyendo una permanente
amenaza para los habitantes israelitas, víctimas con frecuencia de sus
incursiones, en el curso de las cuales les eran arrebatadas las cosechas, como
lo fueron en parte las de Keilah, situada más al Norte, y vendidos como
esclavos los hombres y mujeres jóvenes de los que podían apoderarse.
David no podía residir con su partida en los centros populosos de la
región, por miedo a que Saúl pudiera embotellarle en cualquiera de ellos,
gracias a su gran superioridad numérica. Pero hacia el Sudeste, en la salvaje
región montañosa de Ziph, Maon y Carmelo, existían multitud de cuevas
donde poder cobijar sus fuerzas. Allí podían contar también con una buena
acogida por parte de la población, muy necesitada de la protección que
podrían darle contra el enemigo.
Desde la cercana ciudad de Juttah, en dirección Sur, casi hasta las
proximidades de Carmelo, se extendía un gran valle profundo y estrecho. Se
encontraba casi por completo desprovisto de piedras, pues habían sido
recogidas hacía mucho tiempo, para poner un dique a las ramblas y cañadas
pequeñas, en forma de barreras, llamadas gadairs, que detenían las avenidas
en la estación lluviosa y originaban eventualmente la formación de campos de
superficie limitada, pero de suelo jugoso, donde podía sembrarse el grano. Era
una hermosa y próspera región, salvo por aquel peligro, siempre presente, de
un ataque filisteo, siendo el lugar ideal de residencia para una gran partida de
guerreros trashumantes, como era la que David, mandaba. Existía amplio
refugio para ellos entre las montañas, y si se sentían demasiado perseguidos,
no tenían más que retirarse hacia el Sur, a las proximidades del gran desierto
de Néguev. Al propio tiempo, podían defender de los ataques enemigos la
próspera región al sur de Hebrón, y hacia el Este, a lo largo del shephelah, en
la frontera de Filistea. La población estaba satisfecha de pagar en
compensación un tributo en grano y en otros productos por la protección que
David y sus hombres podían proporcionarles.
Durante un cierto tiempo, David se estableció allí y fue todo lo dichoso
que puede serlo un hombre que sabe que su destino se encontraba en tan altas
esferas aun cuando no tuviera todavía indicio alguno de que semejante destino
empezara a cumplirse. Y entonces ocurrió un suceso que contribuyó a que se
aminorase la confianza que todavía pudieran tener en él. Llegó hasta sus oídos
la noticia de que Samuel, que le había ungido para que un día fuera rey de
Israel y que le sirvió de mentor y de guía en momentos de infortunio, acababa
de fallecer.
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CAPÍTULO III
Y murió Samuel y juntóse todo Israel y lo lloraron, y lo sepultaron en su
casa en Ramah. Y levantóse David, y se fue al desierto de Paran.
Samuel 1-25:1
Página 181
llevar a cabo el largo trayecto que habría de llevarles una vez más a las tierras
de Canaán.
Al atravesar el Néguev o «Tierra del Sur», para llegar hasta la Tierra de
Promisión, los vagabundos israelitas pasaron por cierto número de fértiles
oasis. Uno de los mayores se encontraba en las proximidades de Kadesh. Allí
los hebreos hicieron un alto para gozar de las delicias de tan apacible paraje,
rico en suculentos higos, uvas, granadas y otros frutos. Los fértiles prados
para apacentar los rebaños a lo largo de la corriente de agua, parecían ya
como la propia Tierra de Promisión. Ansiosos de apoderarse para sí del
territorio, los vagabundos de Egipto destacaron partidas de espías para
averiguar la potencia del pueblo que habrían de conquistar si querían que
aquel país fuese suyo.
Unos cuantos, tales como Josué y Caleb, volvieron contando maravillas
de la región alrededor de Hebrón, tierra a su juicio mucho más fértil que la
zona en las proximidades de Kadesh, Pero muchos otros, de ánimo poco
resuelto, que vieron sólo las: espesas murallas de las ciudades canaanitas y
las armas de hierro de sus habitantes, estaban seguros de que éstos eran
demasiado fuertes para poder ser derrotados. Convencidos de que el enemigo
era invencible, los israelitas fueron fácilmente derrotados en una breve
refriega. Entonces se dirigieron hacia el Este para seguir un camino que,
después de toda una generación de desplazamientos y de luchas, habría de
llevarles finalmente a Canaán bajo el mando de Josué.
David no se detuvo, sin embargo, para gozar de las delicias del oasis de
Kadesh, sino que se quedó en las montañas. Dirigiéndose luego hacia el Sur a
través del país de los kenitas, llegó finalmente a una de las regiones más
formidables de toda la zona: el Desierto de Parán, que se encontraba a no
mucho más que un día de viaje del mar Rojo.
No se trataba de una tierra precisamente propicia para elevar el espíritu de
un viajero cansado y deprimido, incierto acerca de sus propósitos y de su
porvenir. Tampoco se trataba de una región en la que de ser conocida la
identidad de David, pudiera esperar una acogida por parte de sus habitantes,
porque los edomitas, que eran quienes la ocupaban, eran enemigos
tradicionales de Israel, y particularmente de la tribu de Judá, con la que
compartían una frontera común aunque no bien definida. Mucho tiempo ha,
Ismael, arrojado de la casa de su padre Abraham por el odio de Sara hacia su
madre, Hagar, había plantado su tienda en esta misma tierra selvática como lo
hicieron también muchos otros vagabundos sin hogar. Aquí, viajando de día y
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durmiendo por la noche en cuevas, David buscó una respuesta para su
porvenir.
Las semanas pasadas en el desierto marcaron uno de los puntos de mayor
depresión en la carrera de David, un tiempo en que incluso su fe en el
designio de Dios hacia él fue objeto de fuertes ataques por la duda. No podría
haber dicho exactamente qué era lo que buscaba allí; quizá esperase que Dios
le hablara de una manera espectacular, como desde una zarza ardiente, y
apuntalara con ello los baluartes debilitados de la fe en sí mismo. Fuera lo que
fuera lo que David esperase oír, tal certidumbre no llegó a sus oídos. Pero no
habría sido el joven lleno de recursos que derribó a Goliat, si hubiese pasado
todo su tiempo desesperándose acerca de, la insuficiencia de su fe en el
designio de Dios hacia él.
Mientras caminaba observaba en torno suyo y vio cosas que no había
visto con anterioridad, que como rector futuro de una nación destinada a ser
grande, fue acumulando en su memoria para que en su día le sirvieran de
ayuda para gobernar bien a su pueblo. Desde la cumbre de una montaña de
Parán, vio pasar las caravanas a lo largo del gran Camino del Rey, una ruta
por la que los viajeros de las tierras al este del río Jordán e incluso los que
Venían de las lejanas Asiría y Mesopotamia, habían llevado y traído
mercancías a Egipto durante más de mil años. Vio animales de carga que
acarreaban armas de metal de los hititas producido en Damasco; joyería fina
de oro y plata, y utensilios de cobre procedentes de las tiendas de los kenitas
por cuyo territorio había pasado. Vio turquesas y otras joyas finas de las
minas de Sinaí camino a los palacios de Asiría y mobiliarios completos
tallados en marfil para los compradores ricos de la tierra de Mesopotamia.
Vio alfarería, aun cuando no tan exquisita como la producida por los expertos
artesanos de las ciudades de Filistea. Y vio ricos tejidos, aun cuando no tan
finos como los que salían de los telares de Byblos, teñidos éstos con la
púrpura sacada de los moluscos existentes en las orillas del Gran Mar.
En ocasiones, cuando se atrevía a bajar a alguna ciudad sita junto al
Camino del Rey, David hablaba con los conductores de caravanas y con los
mercaderes que se encontraban descansando en los caravansares que se
establecían en las afueras de cada pueblo para comodidad de los viajeros. Allí
fue donde oyó relatos acerca de la magnificencia de los faraones y del lujo de
los monarcas orientales de la «Tierra Entre los Ríos» de la que sus
antepasados procedían. Conforme escuchaba, el mundo de David comenzaba
a ensancharse; su mentalidad se iba ajustando a la visión de una nación
todavía más grande de lo que Israel fuera en el punto culminante de la
Página 183
conquista de Saúl, una nación que podría ocupar algún día un puesto igual, en
cuanto a fortaleza, que Egipto, Asiría y Fenicia.
Si esto eran sueños David los olvidaría, porque no; le gustaba desperdiciar
el tiempo en vanas fantasías. Su mirada escrutadora iba descubriendo otras
cosas relacionadas con estos países meridionales, cosas de importancia
inmediata para su destino particular como gobernante de su pueblo, si es que
tal destino se cumplía algún día.
A lo largo de un camino de caravanas que iba de Edom a la ciudad de
Gerar, uno de los principales centros siderúrgicos de la parte meridional de
Filistea, vio grandes cargas de mineral de hierro y; cobre conducido de las
minas del desierto de Parán, y en los pueblos kenitas pudo contemplar dobles
fuelles formados por pieles infladas por bombas accionadas con los pies, que
avivaban los carbones bajo los; peroles del cobre derretido. Observó de qué
forma los herreros añadían el precioso estaño al cobre para endurecerlo y
convertirlo en bronce para fabricar puntas de flechas y de lanzas, jabalinas,
espadas y herramientas agrícolas de todas clases. Vio cómo construían moldes
de arena y arcilla, en los cuales, se echaba el bronce derretido para dar forma
a utensilios tales como sierras gigantescas para cortar las vigas en la
edificación o los grandes bloques de piedra usados en las fortificaciones.
Yaun cuando aprendió poco de la técnica de la fabricación de hierro, que era
un secreto celosamente guardado por los herreros filisteos, sí se enteró de que
Gerar y la zona circunvecina era una región cuya posesión proporcionaría a
Israel las armas de aquel metal de que tan necesitada estaba.
Se trataba de actividades acerca de las cuales David tenía escasos
conocimientos; hasta entonces. Mientras viajaba, atesorándolo todo en su
mente viva e inquisitiva, empezó a tomar forma en su imaginación un nuevo
concepto de los designios de Dios para Israel.
Se trataba de algo grandioso para un joven que se veía obligado a vivir
como un fugitivo. Pero se trataba de uno de los pocos que aparecen en cada
generación, poseyendo imaginación para soñar tales sueños y a la vez el valor
y la energía necesarios para convertirlos en realidad. Afortunadamente, los
edomitas, los kenitas, los kenizitas y los amalecitas por cuyos países pasó, no
adivinaron su identidad ni lo que ante él se abría. De haberlo sabido se
habrían apoderado de él y le habrían ejecutado inmediatamente.
Aun cuando muy atareado con sus observaciones y sus desplazamientos
de un lugar a otro, David se sentía profundamente turbado por no haber
gozado aún de la revelación de la voluntad de Dios, que había ido a buscar
desde los lejanos confines de su propio país. Finalmente se entristeció de que
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el Señor no le hubiese mostrado de nuevo la verdad que le inspiró el poder
luchar contra Goliat, por lo que volvió sus pasos hacia el Norte, en dirección a
la región en las proximidades del Carmelo donde Joab y sus hombres
esperaban su regreso y su decisión acerca del camino que debían seguir.
En cierto modo, el camino de vuelta le resultaba menos penoso, quizá
porque su cuerpo se había endurecido a consecuencia del largo y arduo
caminar por un territorio selvático y hostil. Sin embargo, sus pasos no eran lo
vivaces que el Señor había ordenado que fueran a los que le amaban, cuando
se juntaban el sábado[6] con sus compañeros de fe, porque no podía llevarles a
los hombres que en él confiaban una contestación a las preguntas que le
harían acerca de su futuro. Y así sucedió que un día en que se encontraba al
caer la noche junto a una corriente de agua casi seca, en un valle estrecho y
profundo, no lejos del oasis de Kadesh, estaba demasiado cansado y
deprimido para comer nada y ni siquiera para buscar una cueva donde
refugiarse, por lo que se limitó a envolverse en su grueso capote para
defenderse del frío nocturno y a tumbarse al lado de la corriente. Tan rendido
se encontraba, que inmediatamente se quedó dormido.
En su cansancio y depresión, no advirtió David los cumulonimbos que se
amontonaban por encima de las montañas, al este de su improvisado lugar de
acampada, ni se despertó por el rumor furioso de la tempestad que se estaba
formando en las alturas donde nacía la precaria corriente de agua junto a la
que yacía. Incluso el relámpago y el trueno no molestaron su sueño, no
despertándose hasta que la lluvia empezó a caer con fuerza y el cauce casi
seco del riachuelo se convirtió repentinamente en avasallador torrente.
Cuando se puso en pie, en medio de una completa oscuridad, el agua, se
arremolinaba ya en tomo de sus tobillos.
David estaba demasiado familiarizado con la fuerza terrible de estos
súbitos aguaceros, para no darse cuenta del peligro en que se encontraba,
inmovilizado por la oscuridad en un estrecho valle y con el agua subiendo
rápidamente a su alrededor. Durante los breves momentos que tardó en
decidir lo que debería hacer, el líquido elemento le llegaba ya a las rodillas.
La negrura de la noche se veía solamente; iluminada por el intermitente brillar
de los relámpagos, y a la luz de ellos se dio cuenta de que era inútil tratar de
trepar por las abruptas laderas de la estrecha cañada en la que estaba
refugiado. Si tenía alguna probabilidad de escapar era corriente abajo,
tratando de llegar a un punto en que el angosto valle se ensanchase y le fuera
posible salvarse encaramándose a un terreno más elevado.
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Dando traspiés en la oscuridad, con sólo los relámpagos para iluminar de
vez en cuando su camino, empezó David a andar penosamente, tratando de
seguir la orilla de la corriente. El agua se elevaba velozmente al despeñarse el
torrente desde las alturas. Apenas había andado cien pasos, cuando ya le
llegaba a la cintura; otros cincuenta más allá, se sintió elevado del suelo,
cayendo sobre la cresta de una rugiente ola. David sabía por primera vez en su
vida que se encontraba en inminente peligro de muerte, no teniendo tiempo
sino para implorar al Señor en voz alta que fuera en su auxilio y le salvase,
pues todas sus energías las tenía puestas en mantenerse a flote. De tanto en
tanto, la fuerza torrencial del agua le hundía en la corriente, rebotando su
cuerpo en las piedras del fondo, hasta el punto de quedar medio; inconsciente.
Al llegar a cierto lugar de su descenso, se pudo: agarrar instintivamente al
tronco de un árbol seco, y permanecer asido a él, mientras daba vueltas y se
afanaba sacudido por la corriente. Solamente su flotabilidad era lo que le
mantenía sobre el agua. Unos golpes más contra las piedras del torrente y
hubiera perdido por completo el conocimiento. Trastornado y sólo vivo a
medias, no se dio cuenta de que la lluvia había cesado y que las aguas
empezaban a descender. Las ramas del árbol muerto, que se había enroscado a
su cuerpo, fueron lo único que impidieron que se ahogase. El árbol siguió
manteniéndole en su abrazo hasta después de ser arrastrado por la fuerza de
las aguas hasta un lugar más elevado de las paredes de la cañada.
El sol despertó a David. El calor de sus rayos acarició su tundido y
dolorido cuerpo, y durante largo rato se quedó inmóvil, dándose apenas
cuenta de que se encontraba vivo. Finalmente se liberó de las ramas que le
apresaban, aun cuando cada movimiento que hacía representaba un dolor para
su carne golpeada y para sus músculos doloridos, pudiendo con trabajo
ascender por la ladera de la cañada. Había perdido sus armas, así como la bota
de piel del agua y la comida. De todas sus posesiones, solamente una cosa
pudo salvar: el arpa. La llevaba atada con una fuerte cuerda en tomo al cuello,
habiendo podido, como quiera que fuese, no ser desprendida de él en la feroz
batalla con el torrente.
Penosamente fue ascendiendo por los últimos salientes rocosos hasta
encontrarse en terreno llano. Allí se irguió, y mientras el cálido sol formaba
como un manto protector en tomo a su cuerpo, una inmensa alegría inundó su
alma. Con una convicción que nacía de la terrible prueba que acababa de
pasar y contemplando el verde oasis que brillaba a la luz del sol ante él, se
daba cuenta ahora de que Dios no le había abandonado y que continuaría
haciéndolo en tanto que tuviese un hálito de vida. Movido por un impulso de
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gratitud hacia el Altísimo por el milagro que había acabado de tener lugar en
el agua, cogió el arpa que colgaba a su espalda y afinó sus cuerdas hasta que
pudieron vibrar melodiosamente bajo la presión de sus dedos doloridos.
Su canción fue de gratitud, fe y confianza en el porvenir. La empezó hacía
tiempo, a orillas del manantial a la vista de la fortaleza de Saúl en Gibeah y
ahora la terminaba rodeado de aquella naturaleza salvaje:
¿Por qué te sientes deprimida, oh, alma mía?,
¿Por qué me atormentas?
Confía en Dios, que yo le alabaré
Por la ayuda que me presta.
Te recordaré por las tierras del Jordán,
Por los hermonitas, por la montaña de Mizar.
El abismo llamó al abismo en el rumor de tu avalancha
Y tus olas pasaron sin dañarme sobre mí.
El Señor me mostrará su bondad durante el día
Y por la noche su cántico estará a mi lado.
Mi oración ascenderá hacia el Dios de mi vida.
¿Por qué te sientes deprimida, oh, alma mía?
¿Por qué me atormentas en mi interior?
Ten la esperanza puesta en Dios a quien siempre alabaré,
Porque es mi salud, mi amparo y mi Dios.
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CAPÍTULO IV
Y Nabal respondió a los criados de David y dijo: ¿Quién es David? ¿Y
quién es el hijo de Isaí?
Samuel I —25:10
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—El propietario más rico de la región en torno a Carmelo. Reside en
Maon.
—¿Es judaíta?
—No, procede de la casa de Caleb.
—Lo que quiere decir que los suyos vienen residiendo aquí desde que
Josué dividió Canaán entre las doce tribus —dijo David—. Pero eso no le
exime de pagar como los demás.
—Ahora que tú has regresado, enviaré a los hombres que le vayan a
visitar de nuevo —dijo Joab—. Mis informes son que se encuentra ahora en
Carmelo, dedicándose al esquileo de sus rebaños.
—¿Son éstos importantes?
—Unas tres mil ovejas y mil cabras.
Los labios de David se fruncieron en un mudo silbido.
—Eso es más de lo que el propio Saúl tiene. Le enviaré con los emisarios
mi saludo personal. Hombre de semejante importancia merece que se le invite
con esta atención a que pague por la protección que le hemos dispensado.
Fueron elegidos diez hombres para ir a visitar a Nabal, con Asahel a la
cabeza de ellos.
—El mensaje que debes transmitirle es el siguiente —le dijo David al más
joven de los hermanos del Joab—: «Que la paz sea con vos, con vuestra casa
y con cuánto poseéis. Vuestros pastores os habrán podido decir que desde que
estamos aquí no han sido molestados para nada ni nada han perdido durante el
año. Hemos protegido vuestros campos y vuestros, rebaños contra los ataques
de los filisteos. Hemos i traído la paz a cuántos aquí viven».
Hizo una pausa, mirando interrogativamente a Asahel, el cual hizo un
gesto dando a entender que se había aprendido el mensaje de memoria.
—Y para terminar le dirás a Nabal: «Por lo tanto esperamos vernos
favorecidos por vos y haber llegado en buena ocasión. Os ruego me
entreguéis lo que buenamente sea vuestra voluntad para vuestros servidores y
vuestro hijo David».
—Le comunicaré exactamente tus palabras —prometió Asahel.
—Lleva carros contigo para poder traer los donativos que te entregue —le
recomendó David—. Después de la protección que le hemos dado, no creo
que Nabal pueda mostrarse tacaño.
Era ya media tarde cuando los centinelas apostados en las alturas que
rodeaban el campamento, dieron la voz de que Asahel regresaba. Para la
fiesta que se aproximaba, se habían encendido hogueras que estuvieron
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ardiendo durante horas para proporcionar el necesario rescoldo sobre el que se
asaría la carne que Asahel traería consigo. Las mujeres tenían preparados los
molinos para moler el granó formados por dos piedras, una cóncava, que era
la base donde se echaba el grano y la otra redondeada para descansar sobre la
otra, siendo movida por un eje acoplado en ella. Se necesitaban dos mujeres
para la molienda: una para accionar la piedra y la otra para echar el grano y
recoger la harina. Por entonces ya estaban incorporados muchas mujeres y
niños a la partida de David, de manera que no faltaban manos serviciales que
echaran leña en las hogueras y que hicieran funcionar los molinos de los que;
saldría el elemento básico para confeccionar los pasteles de la fiesta.
Mas de pronto se oyó una gran exclamación de desengaño, cuando Asahel
y sus hombres dieron la vuelta a la colina inmediata al campamento, pues
pudo verse que los carros regresaban vacíos y que ningún hombre acarreaba
bulto de clase alguna.
David se encontraba en aquellos momentos dormitando en el interior de
su tienda, pero aquel potente grito de desengaño le espabiló por completo y al
precipitarse a toda prisa fuera, se encontró con Asahel y Joab. El primero
tenía el rostro congestionado por el embarazo: el de Joab estaba negro de ira.
—¿Dónde están los donativos que te envié a buscar a Nabal? —preguntó
David al hermano menor de Joab.
Asahel levantó las manos y las dejó caer en un elocuente gesto de
desaliento.
—Venimos con las manos vacías.
—¿No visteis, entonces, a Nabal?
—Ese Nabal es un tío grosero. Cuando le comuniqué el mensaje que me
diste para él, contestó: «¿Quién es David? ¿Quién es el hijo de Isaí? En la
actualidad hay muchos criados que abandonan a sus amos si se encuentran
descontentos. ¿Y por qué habré yo de quitar a mis esquiladores el pan y la
carne que para ellos maté y dárselos a unos hombres que para mí son
desconocidos?».
—¿Estás seguro de que te dijo eso?
—Palabra por palabra.
David sintió que la ira le ahogaba. Había traído el orden y la paz, cosa que
no las conocía nadie desde hacía siglos, a este país, y gracias a ello los
propietarios prosperaban como nunca. Desde hacía varios meses no había
filisteo alguno que se atreviera a atacar, y los israelitas podían cultivar sus
campos sin temor de ser ellos y sus hijos arrastrados a la esclavitud. Sin
embargo, a cambio de esta protección no pidió otra cosa que comida y
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vestiduras para él y sus hombres. Y precisamente el hombre más rico de la
región, y por consiguiente uno de los que más se habían beneficiado de su
presencia, era precisamente el que se negaba a pagar el justo tributo.
Hasta entonces David se las había arreglado para no tener que luchar
contra los de su sangre, e incluso cuando él y los suyos estuvieron sitiados en
Keilah procuró escabullirse sin efusión de aquélla entre hermanos israelitas.
Ahora, sin embargo, resultaba imperioso que castigara a Nabal, ya que de lo’
contrario perdería la faz ante su propio pueblo, al que daría motivo para que
dudase de sus dotes de líder. Al castigar a Nabal, la mano del hermano tendría
que levantarse contra el hermano, pero David; no trató de eludir su
responsabilidad una vez resuelto a ello.
—Reúne cuatrocientos hombres y deja los doscientos restantes de guardia
en el campamento —ordenó, a Joab—. Mañana por la mañana iremos a
visitar a ese grosero y le enseñaremos una lección que no olvidará nunca.
A las primeras palabras pronunciadas por David, Joab empezó a sonreír.
—Ya habéis oído la orden del hijo de Isaí —dijo i alegremente a sus
hermanos—. Los bienes de Nabal no van a tardar en ir a parar a nuestras
manos.
La negativa de Nabal a pagar el tributo, colocaba, en verdad, a David en
una amarga incertidumbre. Durante toda la noche estuvo pensando en ello, no
encontrando otra solución que la de ponerse a la cabeza de los cuatrocientos
hombres y dirigirse al lugar en que Nabal se hallaba para dar un escarmiento
al grosero propietario. Se daba perfecta cuenta de que al obrar así, daría un
pretexto a Saúl para calificarle de completo bandolero, que no dudaba en
atacar a su propio pueblo. Pero no podía ver otra alternativa. Si permitía que
Nabal eludiera el pago del tributo, otros muchos propietarios seguirían su
ejemplo.
Cuando al nacer el sol salió de su tienda, después de pasar una noche en
vela, encontró a Joab a orilla del arroyo lavándose el rostro y el torso. David:
se arrodilló a su lado. Su delgada figura formaba un frágil contraste con la
constitución maciza de su primo.
—Temía que la noche te hubiese hecho cambiad de opinión respecto al
castigo que hay que dar a Nabal —le dijo Joab en tanto que se secaba la cara
y las manos y se ponía después la túnica de gruesa lienzo que llevaba siempre
debajo de la armadura de combate.
—¿Por qué?
—Porque cualquier ciego puede ver que estás en una encrucijada difícil.
La tribu de Caleb es pequeña, pero sus hombres han sido siempre duros
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guerreros. Si se les antoja convertir esta lección de Nabal en deuda de sangre,
caerán muchas cabezas antes de que ésta quede saldada.
—Celebro que sepas reconocer los cuidados y aflicciones que pesan sobre
quien ejerce el mando. ¿Querrías, quizá, que dejara a Nabal libre de castigo?
—Nada de eso. No lo permitiría aunque me viera obligado a hacerte ir
hasta él a punta de espada. Actualmente los filisteos dan señales de gran
actividad atacando a Saúl en el Norte, mientras nosotros podemos consolidar
nuestra fuerza. Pero si el enemigo oyera decir que has permitido que un
simple propietario se te subiera a las barbas, deduciría que no tienes a todo el
pueblo de Judá detrás de ti y volvería a atacar de nuevo por el Sur. Entonces
nos volveríamos a ver cogidos entre Saúl y los filisteos.
—No me pintas el cuadro precisamente de color de rosa.
Joab no le escuchaba sin embargo en aquel instante. Su vista estaba fija en
la cuesta que conducía al valle, por la que se aproximaba una caravana
compuesta por animales de reata pesadamente cargados de grano, frutos y
carne recién muerta. Pero no fue precisamente la caravana lo que más llamó
la atención de David cuando dirigió la vista a la dirección que los ojos de Joab
señalaban. Cabalgando en la mula delantera, iba a la cabeza de ella una de las
mujeres más bellas que viera en su vida. Al verla, algo que dormía en su
interior pareció cobrar vida, sintiendo algo que no había vuelto a sentir desde
el día en que por fin pudo tener a Michal entre sus brazos, estrechándola con
el abrazo del amor.
—¡Por las barbas de Moisés! —exclamó Joab—. ¡Nabal nos envía esta
vez un tributo verdaderamente regio!
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CAPÍTULO V
Y dijo David a Abigail: Bendito sea Jehová, Dios de Israel, que te envió
para que hoy me encontrases.
Samuel 1-25:32
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David dio un paso hacia delante con intención de levantarla, pero las
siguientes palabras que ella pronunció, le hicieron detenerse con la mano
extendida.
—Mi señor, os ruego que no os preocupéis demasiado seriamente de ese
hombre de Belial, que es Nabal, mi esposo, porque la locura reside dentro de
él.
Entonces se levantó llena de gracia y alzó los ojos hasta encontrar los de
David.
—Yo, que soy vuestra sierva, no vi a los jóvenes que enviasteis para que
se entrevistaran con Nabal, mi esposo. No me encontraba allí cuando se negó
a pagaros el tributo por la paz que le trajisteis a él y a sus rebaños. Nabal es
avariento y necio, pero no es malo. Como que el Señor existe y que os ha
inspirado para no ir a derramar sangre para vengaros por vuestra propia mano,
os digo que os deseo que cuántos enemigos tengáis y cuántos os quieran mal,
sean como Nabal.
Era una disculpa inteligente y que dejaba traslucir la creencia de que
David no había planeado el ataque contra Nabal, aun cuando debía de
resultarle evidente a la mujer que por lo menos los dos tercios del
campamento se estaban preparando para la marcha.
—Que las bendiciones que esta sierva ha traído para su señor, recaigan
también para cuantos le siguen.
Con un gesto de su mano señaló después la pequeña caravana que
aguardaba tras ella.
—Os suplico que perdonéis la falta en que ha incurrido Nabal, mi esposo.
El Señor hará que vuestra casa se eleve sobre sólidos cimientos, porque
combatís las batallas de Dios y el mal no os ha visitado en todos los días de
vuestra vida.
—¿Se trata, acaso, de una profetisa capaz de predecir el futuro? —gruñó
Joab, que se encontraba aún al lado de David.
Joab había estado pensando mucho en la perspectiva de llevar a cabo el
asalto contra Nabal; pero ya que la esposa de éste había traído un donativo
harto más generoso que el que Asahel tenía instrucciones de recoger, ya no
hacía falta llevar a cabo la acción.
Si Abigail oyó el comentario de Joab, no dio señales de ello, pues sus ojos
estaban sólo fijos en el rostro de David. En realidad era como si todos los
demás no existieran para ella y únicamente los dos estuvieran allí, un hombre
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y una mujer que se encontraban por primera vez, pero que instintivamente
sabían que no sería la última.
David ya no tenía motivo alguno para castigar a Nabal, porque cuánto
había proyectado sacar al avariento propietario, lo tenía con creces, más otro
donativo sin precio que creyó que también podía hacer suyo: la bella esposa
de Nabal. Mas aunque se encontraba dominado por una ola de deseo poco
menos que irresistible, no podía olvidar que apoderarse de ella podía ser tanto
como hacer que toda la tribu de Caleb cayera sobre él clamando una deuda de
sangre.
—Bendito sea el Dios de Israel que os ha traído hasta mí —dijo— y
bendita seáis por haber impedido que tomara cumplida venganza con mis
propias manos.
Se volvió después hacia sus hombres, que habían estado contemplando el
espectáculo que se desarrollaba delante de la caravana y les dijo:
—Nos estábamos preparando para una fiesta y ya han llegado los
elementos que necesitábamos para celebrarla. Alegrémonos para demostrar a
la que nos ha traído esta alegría, que somos generosos.
Al oír estas palabras, los reunidos estallaron en vivas diversos,
dirigiéndose acto seguido hacia los animales para descargarlos y llevar al
campamento, la carne, el grano —qué ya estaba molido y listo, por lo tanto,
para hacer los pasteles— y las telas y correas que habían servido para hacer
los bultos. David tendió una mano a Abigail y poniendo ésta en ella la suya se
dejó conducir hasta un banco que había a la puerta de la tienda.
Joab les dirigió una rápida mirada y luego se dirigió hacia los fuegos,
donde las gentes del campamento se afanaban para preparar la fiesta.
—Seguramente incurriréis en la ira de vuestro esposo cuando se entere de
lo que habéis hecho —sugirió David.
Abigail se encogió de hombros.
—No vine aquí para salvarle a él, sino para salvaros a vos.
—¿Y qué motivo os guía para hacer semejante cosa si jamás nos vimos
antes de ahora?
—El pueblo de esta región no conoció la paz hasta que llegasteis —
explicó la mujer—. Los filisteos temen ahora atacamos. Si hubieseis ido
contra Nabal y le hubierais obligado a pagar el tributo, habría nacido una
deuda de sangre entre Judá y Caleb. Con tantas manos levantadas sobre
vuestra cabeza, hubierais acabado por haberos visto obligado a marchar de
aquí, y la paz abandonaría de nuevo el país.
—¿Os interesa preservar la paz o la vida de vuestro esposo?
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Ella le miró cara a cara.
—Los que me han hablado de vos no me mintieron. No sois de los que
pueden ser engañados, ni siquiera por una mujer. Pero os dije la verdad
cuando le llamé hijo de Belial. Nabal no piensa más que en el dinero.
—No obstante, os casasteis con él.
—Mi familia era pobre y él les ofreció unas magníficas arras. En este país
la mujer es vendida como si se tratara de una vaca o de un cerdo.
—¿Se divorciaría Nabal de vos…, si se le daba una recompensa
adecuada?
Al decir esto David sintió cierto remordimiento de conciencia al pensar en
Michal; pero ésta se encontraba tan lejos, que su recuerdo quedaba casi
borrado por la realidad de esta mujer graciosa y esbelta, cuyo porte era el de
una reina.
—Pagándole, es capaz de vender todo lo que tiene —contestó ella—. Pero
vos sois un hombre perseguido. ¿Dónde podríais encontrar el dinero
necesario?
—Suponed que os tomara por la fuerza…
—Si todo dependiera de mí o incluso de vos —dijo ella por fin— os
seguiría desde este mismo momento. Pero Israel necesita la clase de rey que
habéis de ser, David, y no quiero hacer peligrar vuestra vida o vuestro
porvenir provocando derramamientos de sangre entre vuestra tribu y la mía.
—En estos momentos vuestro esposo ya debe de saber que vinisteis aquí
—le advirtió David.
—Se encuentra ahora borracho en una fiesta que ha dado para jactarse de
no haber pagado el tributo —dijo ella con desprecio—. Cuando esté sereno le
diré lo que he hecho y será ya demasiado tarde para que pueda hacer daño
alguno.
—¿Y qué será de nosotros? ¿O es que todo debe j de terminar… de esta
manera?
—El Señor está a nuestro lado. Si no estuviera segura de ello habría
permitido que matarais a Nabal y que me tomarais como parte del botín.
Estad seguros de que la voluntad de Dios se cumplirá en ambos.
Hasta aquel momento habían estado sentados en el banco. Abigail se
levantó.
—Debo de regresar con los criados y los animales de carga antes de que
esté sereno.
—¿Estáis segura de que no os hará daño alguno?
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—Nabal es un cobarde. Sabe que los hombres de mi familia le castigarían
si lo hiciera.
—Entonces, marchad en paz. Os he escuchado y he aceptado vuestro
tributo.
Las palabras parecían dichas para aquellos que pudieran estar
escuchándolas; pero el oculto significado de las mismas era sólo para ella.
Cuando David, en pie ante la puerta de su tienda, vio cómo se alejaba la
erecta y graciosa figura de Abigail montada sobre una mula, sintió una voz
dentro de sí que parecía decirle que era un estúpido dejándola marchar. Que
debía de haberse apoderado de ella y fingir que el tributo no había sido
recibido. De esta forma se podía haber puesto a la cabeza del sus hombres
para aniquilar a Nabal y apoderarse del resto de sus bienes.
Abiathar, el sacerdote, salió en aquel momento de detrás de la tienda,
deteniéndose ante David.
—Hermosa mujer y muy deseable por cierto.
Y añadió luego, intencionadamente:
—Y esposa de otro.
—No necesitáis recordármelo. Ya sé el castigo que en Israel lleva
aparejado el adulterio.
Siendo un muchacho, en Belén, David había presenciado cómo un hombre
y una mujer, sorprendidos en flagrante delito de adulterio fueron condenados
por el Consejo de Ancianos y ejecutados por el método tradicional hebreo de
la, lapidación. Era entonces demasiado joven para comprender la naturaleza
del delito cometido, pero jamás pudo olvidar los gritos de las víctimas al
llover las piedras sobre ellas, ni los rostros contorsionados de los acusadores,
quienes, de acuerdo con la tradición, teman el derecho de arrojar la primera
piedra.
—Si hubiera sido libre, habría venido a mí —dijo David, haciendo sitio en
el banco para que Abiathar se sentara a su lado—, pero siendo casada, dice
que no quiere crearme más complicaciones de las que va tengo.
—Por lo visto, además de ser hermosa es también inteligente.
—Y capaz de encender un fuego devorador en las entrañas de un hombre
—manifestó, pensativo, David—. ¿Habéis consultado últimamente con el
efod, Abiathar? ¿Os ha revelado algo del porvenir inmediato que me espera?
—Cuando busco la ayuda de la vestidura sagrada, lo único que puedo ver
en ella es la necesidad que tenéis de guardaros de Saúl. Sin embargo, tengo el
convencimiento de que es esplendoroso el futuro que os espera.
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—Ojalá pudiera ver yo las cosas de la misma manera —replicó David con
desaliento—. La visita de Abigail me ha salvado hoy de convertirme en un
bandolero, ¿pero qué puede suceder mañana si cualquier otro se negase a
pagar el tributo? Si permito que mis seiscientos hombres se desunan, los
filisteos se enterarían en seguida y no tardarían en atacar al país de nuevo. Y
no los puedo mantener unidos a menos que les pueda dar de comer y les vista.
—El Señor os ha favorecido siempre en vuestras anteriores tribulaciones
—le recordó Abiathar— y hoy mismo, sin ir más lejos, os ha salvado de un
grave peligro del que parecía no había forma de escapar.
—Pero sólo a costa de enfrentarme con una tentación que desconocí antes
de ahora: el ansia del abrazo de una mujer.
—Debéis de tomar esposa. No es bueno que un joven retenga la semilla
cuando existe tierra propicia para recibirla de buen grado.
—Antes de huir de Gibeah, juré que algún día volvería en busca de
Michal.
—¿Y si se encontrase satisfecha con Phalti?
—¿Con semejante marica? ¡No es posible!
—Las mujeres evalúan los méritos de un hombre por otras cosas además
de su valor y su gentileza.
—¿Queréis decir con eso que quizá pueda preferir a Phalti?
—Lo que quiero es solamente que estéis sobre aviso. Habéis sido herido
con frecuencia, pero nunca fuisteis duro y rencoroso como Saúl después de su
pendencia con Samuel. Tomad una mujer entre las de vuestra propia tribu y
dejad de pensar en ese abrazo que decía. Y cuando seáis rey ya os será posible
—si es que así lo deseáis— hacer que Michal vuelva a vuestro lado.
—Puesto que es imposible tener a Abigail o a Michal, esperaré un poco
antes de tomar nueva esposa. En el desierto, Abiathar, tuve una visión
grandiosa de Israel, nación que será tan fuerte que los filisteos no podrán
atacarla. Construiremos grandes ciudades con fundidores para trabajar el
hierro y puertos de donde zarparán nuestros barcos con destino a todas las
ciudades del mundo, para que nuestros mercaderes sean más ricos y cada vez
más hábiles nuestros artesanos. Pero si me enredo con las esposas de otros
hombres, el pueblo se volverá contra mí y necesitaría más tiempo del que
puede durar mi propia vida para convertir en realidad semejante sueño.
Se levantó y terminó diciendo:
—Guardad bien el efod y buscad sus contestaciones con la frecuencia que
os sea posible hacerlo. Pronto derrotará Saúl a los filisteos o será derrotado
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por ellos. Suceda una cosa u otra, la voluntad del Señor será la que a mí me
guíe.
Unas semanas más tarde, al regresar Asahel de un viaje que había
realizado a Carmelo, quedó resuelto uno de sus problemas: el relacionado con
aquella llama que el deseo había hecho arder en su interior.
—El Señor ha derribado a otro de tus enemigos, David —exclamó Asahel
no sin cierto júbilo—. ¡Nabal ha muerto!
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CAPÍTULO VI
Y conociendo Saúl la voz de David, dijo: ¿No es ésta tu voz, hijo mío,
David?
Samuel 1-26:17
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celebró con la debida pompa y Abigail encontró en los brazos de David la paz
que no había podido disfrutar desde hacía muchos meses.
Con los importantes recursos de su esposa a su disposición, a David le fue
posible adquirir nuevas armas y continuar el entrenamiento de sus hombres.
Su partida era ya tan numerosa, que incluso Achish de Gath no se atrevía a
atacarla. Por otra parte, sus espías le informaron que Saúl había regresado
Gibeah, después de una escaramuza en el Norte. La situación quedó como en
tablas. Los filisteos no podían lanzar todas sus fuerzas contra Saúl ante el
peligro de que David les atacara por el Sur. Y, entretanto, Saúl no podía ganar
ninguna victoria considerable en sus refriegas esporádicas que tenían lugar en
las montañas y en los valles del Canaán central.
Abigail era para David lo que había soñado: amante, inteligente,
interesada por su bienestar y siempre dispuesta a solazarle con su abrazo. Pero
al pasar los meses y no quedar embarazada, fue grande su desencanto. David
era en aquellos momentos el hombre más fuerte de Israel, después de Saúl. Y
aun cuando se encontraba todavía perseguido por el Gobierno legal de la
nación, el pueblo de Judá le miraba como su futuro jefe. Era opinión general
que a la muerte de Saúl, se convertiría en rey de dicha tribu y probablemente
de Israel. En tales condiciones y dada la madurez en que había empezado a
entrar, resultaba cosa bien natural que deseara tener un heredero.
Abigail, siempre atenta a los menores deseos de David, se dio cuenta de lo
que le perturbaba, y ella misma sacó un día la conversación.
—Mi señor se encuentra disgustado conmigo porque no he concebido —
le dijo un día cuando se encontraban sentados junto a una hoguera del
campamento.
—¿Cómo puedo disgustarme contigo, si sabes lo mucho que representas
para mí? —le contestó David—. Es cierto que me gustaría tener un hijo, aun
cuando no tengo un reino que darle.
—No tuve ningún hijo de Nabal, pero yo achaqué esto a que no le quería.
—Por lo menos yo nunca podré dudar de tu cariño, después de la felicidad
que entre tus brazos he gozado.
Pulsó el arpa que tenía a su lado, extendiéndose por todo el valle una
suave melodía.
—Antes de que vinieras, casi dejé de tocar. Ahora las canciones afloran
en mí como las aguas en un bello manantial, liberadas de toda atadura dentro
de mi alma por el contacto milagroso de tus manos.
Abigail tomó la mano de David y se la besó, manteniendo la palma
pegada a su mejilla.
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—Verdaderamente, me has hecho la más feliz de las mujeres —dijo
dulcemente— y puesto que lo he sido, no tengo derecho a negarte el hijo que
todo hombre espera de su esposa.
—Pero yo…
Ella le puso los dedos en los labios para que no hablara.
—Por favor, David. No me resulta fácil expresar lo que quiero decir.
Deja, pues, que lo haga a mi modo…
Abigail besó otra vez la mano de su esposo y suspiró hondamente, antes
de añadir:
—Puesto que tu semilla no ha hecho florecer la vida en mi vientre, debes
buscar para ella una tierra que sea más fértil.
—Yo jamás te dejaré —protestó él—. Ni siquiera aunque no llegue nunca
a tener un hijo.
—Pero eres un hombre importante, y con derecho, por consiguiente, a
tener varias esposas —le recordó ella—. Entre las jóvenes que traje conmigo,
se encuentra una hija de Jezreel, llamada Ahinoam. Tómala en calidad de
segunda esposa; sé que nunca tratará de suplantarme en tu corazón.
David recordaba a la muchacha. Era delgada y de pelo oscuro, ligera al
caminar y de risa fácil, lo mismo que lo fuera otra Ahinoam que fue buena
para él. No se le ocurrió pensar que si se había fijado en ella fue porque le
recordaba a la hija de otra Ahinoam más vieja, la muchacha que por breve
tiempo fue su esposa.
—La tomaré por esposa, ya que lo quieres; pero solamente con la
esperanza de que me dé un hijo.
La hija de Jezreel resultó ser dulce y tierna, aunque en sus brazos no tenía
el fuego de Abigail. Sin embargo, tampoco prendió su semilla en las entrañas
de la muchacha inmediatamente. Por aquel entonces, David terna otras cosas
en qué pensar, porque los espías que pagaba para vigilar a Saúl le informaron
que éste se dirigía al Sur al frente de tres mil hombres. Lo que pretendía Saúl,
al parecer, era hacerle caer en una trampa en la fortaleza del bosque.
David y Joab, con los hermanos de éste y un hitita llamado Ahimelech,
jefe de una compañía compuesta por unos cien mercenarios, oyeron el
informe que les daba el espía.
—¿Has sabido cómo pudo enterarse Saúl dónde nos encontramos? —le
preguntó David.
—Alguien de Ziph se lo mandó a decir.
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Situada a unas dos horas de camino al sur del Hebrón, era Ziph una ciudad
bastante grande, erigida en lo alto de una elevación de terreno, en medio de
una región selvática de montañas y de valles del empinadas laderas. Al este
de ella se encontraba Jeshimon, nombre con que era conocida la región
desértica que se dirigía hacia el mar Salado. Jeshimon era una comarca de
colinas peladas a la que los habitantes de la zona solían llamar el Valle de la
Sombra de la Muerte, porque incluso al mediodía los rayos del sol no
llegaban nunca a las atormentadas profundidades que la convertían en un
salvaje conjunto de crestas y abismos.
Casi un año antes, David y su partida habían acampado cerca de Khoresh
—palabra que significa «madera»—, a cosa de media hora de marcha de
Ziph.
Khoresh era un magnífico puesto de observación, pues desde su altura,
algo menor que la de Ziph, podía vigilarse al encrespado mar de blancos
picachos y serpenteantes senderos. La soledad de Jeshimon abundaba en
cuevas, que podían convertirse en lugares excelentes en donde ocultarse, aun
cuando los traidores de Ziph, que denunciaron donde se encontraba, no
dudarían de seguir informando a Saúl de sus andanzas, si bien David no
albergaba muchos temores de que el rey israelita pudiera atraparle en una
región como ésta.
—¿Así es cómo nos pagan esos canallas de Ziph haber salvado sus
cosechas y sus rebaños de los filisteos y el haber evitado que sus hijos y sus
hijas fueran como esclavos a Egipto? —preguntó, airado, Joab—. Préstame
cien hombres, David, y haré que los hombres de Ziph se arrepientan de haber
hablado.
—Ya sabes que eso no conduciría a nada, sino a que tuviéramos que
meternos todavía más profundamente en el desierto…
—Pero los hombres están ya cansados de ir siempre huyendo. Si no les
llevas pronto a una victoria se sublevarán contra ti.
Las pupilas de David se contrajeron.
—¿Y tú? ¿Qué harías tú, Joab?
—Mis hermanos y yo juramos en el valle de Elah que no te
abandonaríamos y que te prestaríamos nuestro apoyo, y así sucederá aunque
lancen a diez mil hombres contra ti. Pero encuentro antinatural ser atacados y
no contestar en la misma forma.
—Esta vez lo haremos —prometió David—, pero de una manera que Saúl
lo entienda sin necesidad de lanzar a luchar seiscientos hombres contra tres
mil. Tomarás el mando de la parte más importante de nuestras fuerzas e irás a
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esconderte en la parte más honda del precipicio de Jeshimon. Ni el propio
Saúl podría seguirte hasta allí.
—¿Y tú?
—No estoy seguro si podré dar una lección a Saúl; pero por lo menos creo
podré dársela a Abner.
—Abner no es tonto —le advirtió Joab—. Aunque yo no puedo verle, soy
el primero de calificarle de guerrero valiente y de jefe hábil.
—No me arriesgaré —le aseguró David—. Pienso visitar el campamento
de Saúl y lo haré yendo con un solo compañero.
—Estaría orgulloso de ir contigo —dijo Abishai, el hermano de Joab
ofreciéndose—. Ahimelech se puede quedar guardando con sus hombres las
familias de nuestra partida y Asahel ser, como de costumbre, utilizado como
mensajero.
—No podría llevar a nadie más valiente conmigo —contestó David
efusivamente—. Envía mañana a las mujeres y los niños al desierto de Maon,
Joab, y asigna a Ahimelech y a sus hombres el deber de protegerles. Cuando
esté a la vista el ejército de Saúl, asegúrate de que te han descubierto. Tan
pronto como te convenzas de ello, ocúltate en el abismo que existe a los pies
de la cadena montañosa de Hammahlekoth. Si es que yo conozco a Saúl, te
seguirá.
—¡Por las tiendas de Israel! —exclamó Joab con admiración, habiéndole
ya desaparecido todo su mal humor—. ¡Cuándo Abner se entere de la trampa
en que le hemos hecho caer sudará sangre!
Pero su rostro volvió a ensombrecerse al añadir:
—Serás un estúpido, David, si permites que salgan indemnes. Mis
hombres conocen cada rincón y cada grieta de ese abismo, y allí podríamos
hacer pedazos a todo el ejército de Saúl con menos de la mitad de nuestros
seiscientos soldados. Entonces el pueblo se sublevaría y despojaría a Saúl de
su reino.
Ylos ojos de Joab despidieron fuego al pronunciar estas últimas palabras.
—Por ahora, Israel nos necesita a todos —contestó David—. Tengo un
plan que te diré cuando termine lo que ahora tengo entre manos. Si resulta
como creo, no tendremos necesidad de volvemos a esconder de Saúl.
—Podríamos, incluso, hacer algo mejor —sugirió Asahel—: eludir a las
fuerzas de Saúl mientras se encuentren atrapadas en el abismo y quizás
apoderamos de Gibeah.
El movimiento de la banda hacia el Sur en dirección a los escondrijos en
los riscos y en las cuevas que ya les eran conocidos, empezó en seguida.
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Cuando el ejército de Saúl fue avistado dos días después, Joab y las fuerzas
que le habían sido asignadas se encontraban ya a punto. Cuando las trompetas
de las filas israelitas empezaron a resonar enérgicamente Joab se convenció
de que le habían descubierto. Dio la orden de retroceder a un punto situado a
dos horas de marcha de Ziph. Allí una enorme grieta dividía la tierra, un
abismo de paredes casi perpendiculares y de angostos puntos de entrada y
salida.
David y Abishai también se encontraban preparados en la cresta de una
montaña que dominaba el abismo. Observaron, protegidos por una cueva,
como se introducía Joab con los hombres que le seguían por la angosta cañada
y desaparecía en las hendiduras en sombra. David había explorado esta región
muchas veces y sabía que Joab no tardaría en llevar a sus hombres al otro lado
del abismo, quedando a salvo. A Saúl, sin embargo, en su anhelante
persecución y seguro de que estaba ya a punto de acorralar y destruir a David
y a sus hombres, le debió de parecer que se iban éstos retirando a una
posición indefendible sin escape posible.
—Saúl sigue anheloso tras tus huellas —le informó Abishai muy
satisfecho—. Pero cantará en un tono diferente cuando se entere del papel
ridículo que le has hecho hacer.
—Para entonces espero que sienta más miedo aún que el que sintió ante
Goliat. A menos que tú y yo fracasemos esta noche en la misión que vamos a
emprender.
Observando el magnífico desfile de los guerreros israelitas, con sus lanzas
y escudos resplandeciendo bajo el sol de la tarde y la alta y gallarda figura de
Saúl a su cabeza, David no pudo por menos de pensar en otros tiempos en que
él era también un jefe de esa misma tropa, honrado por todos por haber dado
muerte a Goliat y por sus subsiguientes victorias contra los filisteos. Ahora,
varios años después de haber huido de Gibeah, continuaba siendo un hombre
perseguido. Pero si el plan en el que había pensado resultaba, las cosas
cambiarían pronto de una manera definitiva.
—Joab ya ha salido del barranco —informó Abishai—. Hace un momento
pude ver cómo brillaba el sol en un escudo al otro lado de la montaña.
—Entonces Saúl debe de estar pensando asombrado, cómo ha podido ser
posible que la liebre se haya escapado del cazador. Y en cualquier momento
Abner puede aconsejarle que no se arriesgue a que llegue la oscuridad para
acampar.
El sonido de una trompeta ascendió desde el precipicio momentos
después, con lo que quedó confirmada la suposición de David. Desde el
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elevado punto de observación en que se encontraban, observaron como iban
llenándose de tinieblas las profundidades a sus pies, cuando todavía había luz
del día en el lugar donde estaban. No tardaron en aparecer parpadeantes
puntos de luz en el lugar de la acampada, pero al otro lado del valle Joab no
daba señales de vida porque David le había dado instrucciones de que no
denunciara su presencia hasta la mañana siguiente.
—Deberíamos dormir un rato —le dijo a Abishai al terminar de comer un
poco de pan y de carne fiambre—. Debemos estar muy despiertos cuando
bajemos al campamento. Si damos un paso en falso, Saúl caerá sobre
nosotros.
No llevaban sandalias de suela de madera o de cuero endurecido, que era
el calzado corriente de los soldados para las grandes marchas. Se habían
puesto unos zapatos de piel suave, como el que se llevaba generalmente en el
interior de las casas, con objeto de evitar despertar al campamento con el
rumor de sus pisadas o con el ruido de una piedra despeñándose montaña
abajo. Era poco después de medianoche cuando David despertó a Abishai.
Iniciaron el trabajoso descenso de la pared del abismo en la más completa
oscuridad, siguiendo una senda utilizada por los cazadores que iban en
persecución de las ágiles cabras montesas que vivían en los picachos.
David estaba seguro de que Abner debía de haber colocado centinelas en
los puntos clave de observación, tanto por encima como por debajo del
campamento, establecido a media ladera de la estrecha garganta. Mas no creía
que los hubiese situado también a lo largo de dicha ladera por parecerle
imposible que pudiese descender una fuerza atacante por tan abruptos parajes
sin ser descubierta. Convencido de ello no tuvo temor de descender en medio
del campamento. Una vez allí, familiarizado con la manera que Saúl y Abner
teman de razonar, ya sabía dónde debían dirigirse.
Al atravesar David y Abishai el campamento israelita, oyeron los
ronquidos de los hombres que descansaban en torno suyo. Vieron que Saúl
estaba echado sobre un pequeño saliente de la ladera de la cañada.
Tenía arrollado en tomo suyo un pesado capote y otro, doblado debajo de
la cabeza, le servía de almohada. Su lanza, un arma de largo ástil y punta de
hierro en cuyo manejo era el rey muy experto, estaba clavada en la hierba al
lado de su cabeza. Cerca de ella había también una vasija de barro llena de
agua para tenerla a mano por si deseaba beber durante la noche.
—Dios ha puesto a tu enemigo en nuestras manos —susurró Abishai
contemplando la figura yacente de Saúl—. Déjame que haga uso de mi lanza
y te aseguro que no necesitaré arrojarla dos veces.
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Se trataba de una proposición tentadora, porque si Abishai mataba a Saúl,
ninguna culpabilidad podría recaer sobre él. En realidad, todo lo que tendría
que hacer sería subir un poco por la ladera y dejar a Abishai detrás para no ser
testigo de la escena. Pero David movió negativamente la cabeza.
—Nadie puede levantar su mano contra el ungido de Dios y quedar sin
culpa. Dios ya se encargará de él, o bien sus días terminarán en el campo de
batalla. Pero no seré yo quien levante la mano contra Saúl, aunque lo que sí
voy a hacer es quitarle la lanza y la ampolleta de agua.
Sólo un instante necesitó David para arrancar la lanza del suelo y colgarse
la vasija de agua en su cinturón de cuero. Tanteando el terreno para retroceder
hasta alcanzar el estrecho sendero por el que habían venido, abandonaron el
campamento israelita sin ser descubiertos. Solamente cuando se encontraron
en la cima de la montaña, bien por encima del dormido ejército, fue cuando
David echó mano a la curvada trompeta hecha de cuerno de morueco que
siempre llevaba colgada del hombro, y dio con ella un gigantesco trompetazo.
Rodó el eco de un lado a otro, rebotando en las empinadas paredes. A
Saúl y a su ejército debió de parecerles que un gran ejército caía sobre ellos.
De las profundidades del abismo ascendió un clamor de voces,
entremezcladas con el ruido del metal al chocar contra las piedras y con las
maldiciones de los soldados al precipitarse en busca de sus armas para formar
una defensa contra las fuerzas que indudablemente se les venían encima. En
la oscuridad y en medio de aquella gran confusión, habrían podido empezar a
luchar camaradas contra camaradas, iniciándose una sangrienta refriega. Pero
no era ésa la intención que a David guiaba.
Dejando el cuerno, hizo una bocina con sus manos y gritó dirigiéndose al
fondo del precipicio:
—¡Abner, hijo de Ner! ¿Por qué no contestas?
—¿Quiénes sois los que así gritáis en presencia del rey? —exclamó Abner
desde abajo.
—Deberían mataros por no guardar como es debido al ungido del Señor
—le gritó David—. Id a ver dónde están la lanza y la vasija de agua del rey.
El cuchicheo de voces que se oyó por breve tiempo abajo, denunció que
ya se habían enterado de que David logró infiltrarse en el campamento y que
por breve tiempo tuvo a Saúl a merced suya.
Ahora era el rey quién hablaba, y las voces de los demás se extinguieron
rápidamente.
—¿No es ésta tu voz, hijo mío, David?
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—¡Es mi voz, oh rey! —gritó éste—. ¿Por qué me perseguís si no llevo
mal alguno en mi mano? Si fuera el Señor el que os ha movido contra mí, que
me permita hacerle sacrificios; pero si han sido los hijos de los hombres,
malditos sean ante Dios por haberme despojado de mi patrimonio.
Durante un momento no hubo contestación. Después Saúl habló de nuevo:
—He pecado —reconoció—. Ven a mí, mi hijo David. No te causaré más
daño, porque hoy precisamente me he dado cuenta de lo preciosa que es mi
alma para ti.
David levantó la lanza del rey con la punta hacia delante y la arrojó lejos
de sí, monte abajo.
—Allí tenéis la lanza del rey —dijo al oírla aterrizar sobre el pedregoso
sendero—. Hoy la puso el Señor en mis manos, pero no seré yo quien la
levante contra el ungido del Señor. Lo mismo que he apreciado en lo que vale
vuestra vida ante mis ojos, que mi vida sea apreciada también ante los ojos
del Señor y me salve de toda tribulación.
—Bendito seas, David, hijo mío. Has de llevar a cabo grandes cosas —
contestó Saúl.
Pero David ya no le escuchaba. Dirigía sus pasos al otro lado del
precipicio donde Joab y sus hombres habían estado oyendo la conversación
que cambiara con el rey. Él y Abishai llegaron al lugar de la acampada en el
momento en que el sol se levantaba sobre las distantes montañas de Moab y
del mar Salado.
—Has conseguido que Saúl hiciera una vez más el ridículo —le dijo Joab
mientras consumían el yantar matinal juntos—. ¿Por qué, pues, te encuentro
como preocupado?
—Dejándome a mí a un lado, ¿arriesgarías tú tu vida con una promesa de
Saúl?
—Ni aunque me lo jurara —reconoció Joab—. Pero por lo menos las
cosas no han cambiado en nada.
—Yo creo que sí que han cambiado —le rectificó David—. En un tiempo
las gentes de este país se sentían felices dándonos cobijo a cambio de que las
protegiéramos del enemigo. Pero desde que los filisteos no atacan, se figuran
que están ya libres de todo peligro y ya no nos reciben con la misma buena
voluntad que antes. Si continuamos aquí, llegará un día en que nos veremos
atrapados entre Saúl y los filisteos, sin tener un lugar donde poder ocultamos.
—Fuiste tú quien no quisiste rechazar sus ataques —le recordó Joab con
amargura—. Si hubieses permitido que Abishai matara anoche al rey, te
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encontrarías en estos momentos camino de Hebrón para ser coronado rey de
Judá.
—Saúl no morirá a mis manos o con mi permiso —replicó con energía
David.
—¿Cómo vamos a poder vivir, entonces? Sabes perfectamente que se
olvidará pronto de que le perdonaste la vida y volverá a perseguirnos —
replicó Joab.
—Reconozco que es imposible hacer las paces con Saúl. Nuestro último
recurso es hacerlas con otro de nuestros enemigos, con el rey de Gath.
El asombro hizo que se le cayera a Joab de las manos la ampolleta de agua
de la que iba a beber, la cual se deshizo en mil pedazos al chocar contra las
piedras.
—¿Es ése el cambio a que te referías antes de que hiciéramos caer en la
trampa del barranco a Saúl?
—Sí. Lo pensé desde el momento que supe que se dirigía de nuevo contra
nosotros.
—¿Pero creerán los filisteos que vamos a serles leales?
—Vi a Achish en una ocasión y me parece que podríamos llegar a un
acuerdo con él.
—No olvides que fingiste estar loco para poder escapar de sus manos.
¿Qué pasará si Achish te reconoce en aquel demente?
—El recurrir a él en busca de protección, será lo bastante para demostrarle
que ya no estoy loco.
—Es un plan lo bastante atrevido como para merecer tener éxito. Y que
nos proporcionaría algo de lo que andamos muy necesitados: un lugar en
donde poder residir en paz hasta que Saúl muera y puedas tú ser proclamado
rey.
—Además, podríamos entretanto aprender mucho de los filisteos —
puntualizó David—. Incluso hacer una buena provisión de armas de hierro
para el día que las necesitemos.
—¿Pero no se dará cuenta Achish de tu treta?
—No es ningún necio, pero los beneficios que se derivarían para él de una
paz con Judá, no dejarán de parecerle evidentes. Y verá también las ventajas
de disponer de una potente fuerza combatiente en el Sur para rechazar los
ataques de los amalecitas y los edomitas, mientras tiene las manos libres para
dirigirse al Norte en compañía de los otros reyes filisteos para combatir contra
Saúl. Si accede a tenernos como aliados, pienso pedirle como lugar de
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residencia una ciudad del Sur donde no nos encontremos directamente bajo su
férula.
—Y desde donde podremos ir contra otros de nuestros antiguos enemigos.
Se trata de un buen proyecto, David. Mis hermanos y yo lo apoyaremos.
—Mañana enviaré mis emisarios a Achish —dijo David con entusiasmo
—. Le dirán que el comportamiento de Saúl respecto a nosotros nos obliga a
convertirnos en mercenarios y a buscar la salvación a su lado. Achish se
sentirá halagado de que pensemos que es lo suficiente fuerte para pedirle que
sea nuestro protector.
Tal como se desarrollaron las cosas, quedó demostrado que David había
justipreciado bien la reacción de Achish ante su proposición de vasallaje. Y
puesto que el jefe filisteo comprendía las ventajas derivadas de localizar una
fuerza combatiente tan numerosa y bien entrenada en cualquier sitio que no
fuese su propia capital, accedió sin titubear a la sugerencia de David de que su
partida fuera acuartelada en el Sur. Se le asignó a tal efecto la localidad de
Ziklag. Allí, pocas semanas después de su encuentro con Saúl en el desierto,
David y los suyos se establecieron en el primer lugar de residencia fijo que
habían tenido desde su asociación.
Cuando Saúl se enteró de que su antiguo yerno se había convertido en
vasallo de los filisteos, ya no llevó a cabo nuevas tentativas para acabar con él
porque al tomar tan drástica resolución, David cortó, aparentemente, todos los
lazos que le unían con su propia tribu de Judá.
Pero en esto, como ya había planeado David astutamente, se equivocaba
Saúl.
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CAPÍTULO VII
Y hería David el país.
Samuel 1-27:9
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tribus habitantes del Néguev no intentarían destruirle. Los seiscientos
hombres primitivos, formaban todavía una banda de guerreros bien
entrenados. Colocándolos bajo el mando de Joab y de sus hermanos, los
utilizó como una especie de punta de lanza para introducirse profundamente
en el territorio de Bedawin en el Sur.
En las rápidas incursiones que los hebreos llevaban a cabo, obedecían
estrictamente las órdenes que Samuel había dado a Saúl en el sentido de que
cuántos enemigos cayeran en sus manos fueran muertos, apoderándose de
cuánto poseyeran. De esta manera, atacando desde Ziklag en una serie de
incursiones relámpago, la mano de David pesó duramente sobre los
amalecitas y los edomitas. En el curso de estas operaciones capturó
considerable botín y consiguió una pequeña fortuna para sí y para sus
seguidores, con poco riesgo, sin embargo, de que sus actividades fueran
conocidas en detalle por Achish, de cuyo feudo nominal dependían.
Poco después de llegar a Ziklag, David hizo saber secretamente por toda
Judea que su verdadera lealtad era y sería siempre para su propia tribu,
teniendo buen cuidado de enviar a los Consejos de Ancianos de los pueblos
judaítas vecinos —tales como Jattit, Honnah, Aroer, Beersheba e incluso
Hebrón— parte de los despojos de las incursiones realizadas contra sus
antiguos enemigos.
En tanto que David gobernara bien en Ziklag, como representante del rey
Achish, su señor, éste no tema motivo alguno para molestarle. Además, los
filisteos se encontraban muy atareados reuniendo fuerzas para lanzar otro
ataque contra Saúl a través de los pasos montañosos del Norte, de forma que
el monarca de Gath se sentía complacido de no verse obligado a tener que
guardar la frontera, a menudo turbulenta, del Sur, así como de mantener un
estado de tregua armada con los hebreos del Este. David tenía buen cuidado
de enviar a Achish partes regulares de sus actividades militares así como una
porción del botín que conseguía. Pero en cada caso hacía constar en los
informes que las tribus atacadas se encontraban en la parte meridional de
Judea —gentes tales como los kenitas y los jeramelitas— con las cuales el
reino de Gath había tenido choques durante muchos años.
De no haber estado Achish tan preocupado por los asuntos de la
confederación filistea, David no habría podido seguir manteniendo tal estado
de cosas durante tanto tiempo. Pero al no ser así, pudo ir tirando durante un
año y cuatro meses. Por fin llegó el día que, como ya había supuesto, sería
inevitable y que le colocaba ante un difícil dilema. Fue la orden que recibió de
ir a Gath con sus hombres para encontrarse con Achish y marchar juntos hacia
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el Norte para tomar parte en una gran campaña contra Saúl y el ejército de
Israel.
David no tenía ninguna posible alternativa. Si no quería destruir toda su
labor en Ziklag, no tenía otro remedio que obedecer la orden de su señor
filisteo. Dirigió a sus hombres hacia el Norte, en dirección de Gath. Habiendo
ya abandonado Achish esta ciudad, se encaminó a Shunem, punto de
concentración de las fuerzas filisteas, en las alturas que dominaban el valle de
Jezreel, en el Canaán septentrional.
David no quería entrar en el campamento filisteo hasta no haber tenido la
oportunidad de estudiar secretamente la situación y planear el camino a
seguir, aunque hasta el momento no había podido encontrar solución al
dilema que tema planteado. Se detuvo para pasar la noche en la antigua
ciudad de Dothan. Las fuerzas de David se encontraban a no menos de un día
de marcha del punto de reunión de Shunem. Mientras descansaba y trataba de
hallar en su imaginación una manera viable de poder evitar tener que unirse a
Achish en la presente lucha contra las fuerzas de Saúl, se le aproximaron Joab
y su hermano Asahel.
—Asahel ha tenido que ir a la ciudad a comprar víveres —dijo Joab— y
parece que se ha enterado de algo interesante.
David había llegado a apreciar mucho al esbelto y ágil Asahel, que
además de correo, ejercía el cargo de guardián de los suministros.
—Dime qué es lo que has sabido, ¡oh, tú, el de los pies alados! —dijo
David sonriendo.
—Los mercaderes de la ciudad decían que Saúl consultó con una bruja
para saber cuál serla el resultado de la batalla.
—Pero si fue el propio Saúl el que expulsó de Israel a toda clase de brujos
y brujas a instancias de Samuel.
—La mujer practica la hechicería en Endor. Dicen que el propio rey se
trasladó allí para consultarla.
—Aun tratándose de Saúl debería de tener un poco más de experiencia en
estas cosas —dijo David—, pues es bien sabido que las brujas dicen sólo lo
que uno quiere oír.
—Olvidas que Saúl está también poseído por un mal espíritu —contestó
Joab—. Tal vez el uno habrá llamado al otro.
—Según se asegura, Saúl obligó a la bruja a evocar el espíritu de Samuel
y a preguntarle qué debería de hacer para no ser vencido por los filisteos. Se
dice que Samuel le aseguró que no solamente perdería la batalla, sino que él y
su hijo Jonatán resultarían muertos en ella.
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—¿Eso le dijo a Saúl el espíritu de Samuel?
—Por lo menos es lo que se afirma —dijo Asahel—. Lo oí en varios sitios
y la versión era siempre la misma.
—Si Saúl ha de morir, tú no puedes ayudarle, David —manifestó Joab—.
¿Por qué no esperar a unirnos a Achish cuando todo haya terminado?
Entonces por lo menos tus manos no se mancharán de sangre.
Si aquel cuento era verdad no carecía de prudencia el consejo de Joab
porque si los filisteos iban a ganar fácilmente el próximo combate contra los
israelitas, Achish estaría tan satisfecho que le perdonaría a David de buen
grado tu tardanza en llegar al campo de batalla. Pero exponerse a este albur,
basado en lo que no debía de ser sino un mero rumor, significaba arriesgar la
propia vida, la de los hombres de su partida y la de sus familias que se
encontraban en Ziklag.
—No podemos guiarnos por cosas tales como espíritus evocados por
brujas —decidió David—. Pero, de todas formas, si encuentro forma de
demorar el asunto, trataré de hacerlo.
—En tanto, ruega que la bruja haya dicho la verdad en relación con Saúl
—manifestó Joab—. Sería el principio de algo importante para ti.
David y sus hombres se unieron con Achish a la mañana siguiente en
Shunem, donde los filisteos estaban planeando un ataque para atravesar el
valle de Jezreel y los pasos que conducían a un cruce importante del Jordán
en las inmediaciones de Beth-shan. Una vez en su poder, Beth-shan les
serviría de llave para abrir la puerta de los tesoros de las tierras del fértil valle
al otro lado del Jordán, donde existía la fabulosa región llamada Gilead y el
antiguo camino comercial de la margen oriental conocido con el nombre de
Carretera Real.
David dedujo, después de haber observado las posiciones de las fuerzas
que allí se enfrentaban, que sin duda Saúl debió de haber estado perdiendo el
tiempo con brujas. Shunem, donde estaba el cuartel general de los filisteos,
que dominaba la llanura, había sido convertido de una pequeña localidad, en
un centro militar de grandes proporciones y de enorme actividad, en el que
sobresalían las tiendas de los cinco reyes que formaban la confederación
filistea. Enfrentándose con este formidable despliegue de fuerzas, el ejército
de Saúl tenía a sus espaldas el monte Gilboa. No existía una probabilidad
aparente de que los hombres de Saúl pudieran escapar puesto que la suave
falda de la parte oriental de la montaña proporcionaba poca protección contra
la acción de los carros de guerra, que David iba a ver usar aquí por primera
vez.
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En los valles de empinadas laderas y en los lechos pedregosos de los ríos
que abundaban en Judea, existía poco espacio para que pudieran maniobrar
esos vehículos de ruedas, provistos algunos de ellos de mortíferas y aguzadas
hojas de guadaña que podían producir una terrible carnicería al abrirse paso
entre las filas de los combatientes a pie. Pero aquí, en la llanura, las cosas
cambiaban por completo. Había gran espacio para los carros, factor que
decidió a los filisteos, después de fracasar en sus campañas a través de los
valles de Judea, a dirigir sus actividades hacia el Norte.
Achish saludó efusivamente a David.
—Espero que vos y vuestros hombres salgáis a tomar parte en la batalla a
nuestro lado —le dijo.
—Ya veremos lo que vuestro servidor puede hacer —contestó David.
Al decir esto pensaba desesperadamente en la forma de encontrar un
camino para evitar tener una participación directa en el desastre, que a juzgar
por la miserable organización que era evidente en el campo israelita, parecía
ahora seguro.
—Marcharéis sin tardanza a ayudar a cortar la retirada del enemigo hacia
el Sudeste, por el camino de Aphek —le ordenó algo más tarde Achish.
Aquí las esperanzas de David parecieron elevarse de nuevo
repentinamente, porque todo lo que fuera alejarse de la escena inmediata de la
batalla que no tardaría en empezar, podría librarle de tener que combatir
contra Saúl. Vio cómo le brillaban los ojos a Joab y comprendió que su
ayudante también se daba cuenta de que el movimiento de flanco del Sudeste
hacia Aphek podía ser el camino para salir de la encrucijada en que estaban.
Pero cuando, aproximadamente una hora más tarde, vio las proporciones del
flanco filisteo apostado en Aphek, sus ilusiones empezaron a naufragar. Casi
la mitad del gran ejército se extendía a lo largo de una de las posibles vías de
retirada de Saúl. Incluso sin la ayuda de los hombres de David, esta fuerza era
por sí misma lo suficientemente potente para derrotar a los israelitas.
—No cabe duda de que Saúl debió de dedicarse más a escuchar a sus
generales que a las brujas para evitar meterse en semejante ratonera —dijo
Joab con profundo disgusto—. Hoy va a ser un día de luto para Israel.
—Y para nosotros —añadió sombríamente David—, no veo manera de
eludir el tener que luchar contra nuestros propios hermanos.
La columna llegó a un punto inmediato a la zona del vivac. Allí un filisteo
de arrogante apostura, un príncipe a juzgar por la magnificencia de su
atuendo, se unió a Achish. Hablaron breves momentos e inmediatamente se
puso a pasar revista a los soldados de Gath. Con evidentes muestras de
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satisfacción examinó la estatura de los hombres y el estado de sus armas. Pero
al llegar al lugar donde se encontraban David y Joab al frente de sus tropas, su
mirada se endureció.
—¡Hebreos! —dijo, pareciendo escupir la palabra como si fuera una
maldición—. ¿Qué hacéis aquí?
—Es David —se apresuró a decir Achish—, que lleva algún tiempo
conmigo y de cuya conducta nada malo puedo decir.
—¿Se trata, acaso, de ese David del que se canta: «Saúl mató sus miles y
David sus diez miles»?
—El mismo —hubo de reconocer Achish.
—¿De qué forma podría reconciliarse mejor con su antiguo amo que
llevándole las cabezas de nuestros propios hombres? ¡Echadle de aquí antes
de que se convierta en la batalla en enemigo nuestro!
Los dos filisteos se habían apartado entregándose; a una viva discusión,
que sin embargo David podía oír. Por un momento pareció que Achish iba a
oponerse al criterio del general filisteo, pero finalmente acabó por encogerse
de hombros y llamó a David.
—A mis ojos os habéis portado siempre bien en todo —le dijo—. Nada
puedo reprocharos desde el día en que vinisteis a mí. Sin embargo, no
inspiráis confianza a los señores de nuestro ejército así que creo que debéis
marcharos antes de que este disgusto se acreciente.
David podía contener a duras penas su alegría, aunque tuvo buen cuidado
en no dejarla traslucir.
Antes bien, preguntó:
—¿Qué he podido yo hacer para no merecer el honor de luchar contra los
enemigos del rey mi señor?
Detrás de él pudo oír el gruñido de sorpresa con que Joab acogía sus
palabras, pero el fornido teniente no intervino en la conversación.
—Para mí no podéis ser mejor, —manifestó Achish—, pero los príncipes
de mi pueblo han decidido que no entréis a nuestro lado en la contienda. De
manera que levantaos temprano mañana por la mañana y partid con todos
vuestros hombres.
—Se hará tal como es vuestro deseo —prometió David—. Nos iremos al
levantarse el sol.
En cuanto apuntó la aurora, David y sus hombres se dirigieron al Sur,
siguiendo el camino de las caravanas que cruzaban el Jordán cerca de Beth-
shan. Desde un picacho que dominaba el valle de Jezreel se detuvieron para
mirar hacia el campo de batalla, donde las fuerzas de Saúl no tardarían en
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enfrentarse contra un enemigo mucho más poderoso. Profundamente
afectado, se separó David de los demás. No podía soportar el pensamiento de
que posiblemente antes de que se pusiera el sol, Israel quedaría desmembrada
como nación. No advirtió la presencia de Joab a su lado hasta que el fornido
teniente le puso la mano en el hombro en un gesto confortador.
—Tanto como pueda dolerte a ti, me duele a mí que no podamos ayudar a
nuestros hermanos que se encuentran bajo el mando de Saúl y que son
víctimas de la locura de éste —le dijo—. Si no hubiera dilapidado el tiempo
en consultas con brujas para tratar de adivinar su porvenir, no habría caído en
esa trampa de las laderas de Gilboa.
—Todavía podríamos realizar una marcha forzada rodeando el flanco
norte y dividiendo el ataque filisteo.
—Seríamos aniquilados en cuanto los hombres de Saúl hayan sido
vencidos por los carros. Tú conoces bien las cosas para pensar en serio en
acción tan temeraria.
—Pero ¡Israel va a quedar hecha pedazos al pie de esa montaña!
—Es posible, aunque en mi opinión cuando la batalla afecte a Abner,
tendrá éste el buen sentido de retirarse, atravesando con su ejército el Jordán
por los vados inmediatos a Beth-shan. En la orilla oriental quedarán a salvo,
aunque Judea y todo nuestro pueblo queden a merced de los filisteos.
Entonces solamente existirá un hombre capaz de servir de guía, David. No te
permitiré que tires por tierra tu vida y la mía en un intento de salvar una causa
que desde hace años está perdida.
—Joab tiene razón.
Abiathar había llegado inadvertido mientras hablaba Joab.
El sacerdote y su efod viajaban por todas partes con David, al objeto de
que el oráculo sagrado pudiera ser consultado siempre que fuera necesario.
—Los días de Saúl tocan a su fin —continuó diciendo Abiathar—.
Cuando caiga debéis de hallaros preparado para recoger el manto de ungido
del Señor. Fingiendo ser vasallo de Achish nos salvasteis a todos… y a Judá
también. No podéis en manera alguna hacer que el interés que sentís por Saúl,
perjudique a las únicas personas capaces de mantener vivo a Israel.
—De muchacho, Saúl fue mi héroe favorito y Jonatán era mi hermano de
sangre —dijo David—. Y no puedo por menos de sentirme entristecido en
estos momentos al ver que no puedo ir en su ayuda.
—Consultaré con el efod, si así lo deseáis, para ver cuál es la voluntad del
Señor.
David movió negativamente la cabeza.
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—¿Qué duda cabe que nos guía la voluntad del Señor, cuando fue sin
duda Él quien envió al príncipe filisteo para salvarnos de vernos obligados a
luchar contra nuestro propio pueblo? Da la orden de marcha, Joab.
Regresaremos a Ziklag al lado de nuestras familias.
Pero cuando coronaron la primera de las tres colinas desde la que Ziklag
se dominaba, pareció que David se debía de haber equivocado al suponer que
Dios velaba por ellos. Porque ante su vista no había sido unas minas
humeantes y unos cuantos viejos, demasiado débiles para poder recorrer una
larga distancia entre los escombros.
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CAPÍTULO VIII
Y David siguió el alcance con cuatrocientos hombres.
Samuel 1-30:10
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—¿Qué hicieron con las mujeres y los niños? Veo sólo unos pocos
cadáveres.
—Se los llevaron a todos para convertirlos en esclavos. Incluso a tus
mujeres Ahinoam y Abigail.
Mientras hablaba con el anciano, David oía gruñidos guturales de protesta
que salían de las filas de los hombres de las tropas que se agolpaban en tomo
suyo. La mitad de ellos habían perdido a sus seres queridos y todos fueron
despojados de sus bienes por el súbito ataque de los asaltantes procedentes del
desierto meridional. Los murmullos no tardaron en convertirse en amenaza al
gritar uno de los soldados:
—¡Deberíamos apedrear a David, por habernos embarcado en una
estúpida aventura, mientras nuestras mujeres y nuestros hijos eran arrastrados
a la esclavitud!
Joab se volvió rápidamente hacia donde había partido la voz, con la
jabalina levantada y presta a ser arrojada.
—¡Quienquiera que pronuncie palabras semejantes de nuevo, sentirá en su
corazón la hoja de mi arma! —gritó amenazador—. David ha perdido más
que ninguno de vosotros. ¿Es que hay algún necio que suponga que no le
importa?
Las murmuraciones se apagaron inmediatamente ante las palabras de
Joab, a las que, sin embargo, David no había prestado atención.
—Abiathar —llamó— sacad el efod, por favor.
El sacerdote se adelantó. Abriendo el paquete que contenía la brillante y
enjoyada vestidura sacra, se la tendió a David para que pudiera tocarla.
Tocando levemente el tejido, David elevó los ojos al cielo, donde el sol aún
no se encontraba a mitad de su recorrido, y preguntó como si rezara:
—¡Oh Dios y Señor mío! ¿Debo de perseguir a esos asaltantes y tratar de
alcanzarles?
Se dirigía instintivamente al que le había guiado siempre en todas sus
tribulaciones, esperando ansiosamente recibir alguna respuesta
tranquilizadora para su alma, tal como le llegó aquella noche después de
matar a Goliat. Y como en otras ocasiones, le pareció oír la misma voz que
hablaba dentro de sí mismo y que le decía que persiguiera a aquellos salvajes
y que recuperara lo que les habían robado.
David no perdió el tiempo.
—Por mediación del efod, el Señor me ha hablado —dijo—.
Perseguiremos a los amalecitas. Hemos de recuperar cuanto antes lo que nos
han robado.
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Ante esta decisión, un gran clamor de alegría se elevó entre sus hombres.
—Haced acopio de toda la comida que podáis encontrar y llenad los odres
con agua del pozo. Marcharemos hacia el Sur en cuanto hayamos dado tierra
a los asesinados.
Mientras unos hombres iban en busca de alimentos y de agua, otros
excavaron unos hoyos poco profundos en los que enterraron a las víctimas de
la incursión. Esperando a que terminaran su trabajo, David se puso a pasear
entre los restos de lo que había sido su hogar. Allá brillaba una enjoyada
presea femenina a la luz del sol, que los asaltantes olvidaron llevarse en su
apresuramiento; acullá, el juguete de uno de los niños de las sirvientas
aparecía aplastado y roto bajo el brutal pisotón de una sandalia. En tanto que
observaba aquellos escasos restos de todo lo que más había amado, una rabia
profunda y sorda contra los autores de aquella tropelía, inundó el alma de
David. Se prometió que cuando Dios pusiera a los atacantes en sus manos, los
haría desaparecer de la faz de la tierra como justo castigo a su acto de
violencia.
Las huellas de los amalecitas en retirada a través de las arenas movedizas
de la región desértica del sur de Ziklag, hacía tiempo que se habían borrado.
Sin embargo, ello no preocupó a David, porque en sus anteriores campañas
por el país, supo dónde se encontraban localizados los centros amalecitas a
los que era lo más probable que llevaran su valioso botín para hacer su reparto
y vende las mujeres y los niños a los siempre presentes tratantes egipcios de
esclavos.
Estaba seguro de que el enemigo no llegaría por él Este hasta la ciudad de
Beersheba, porque podría esperar en ella una fuerte resistencia por parte de
los hombres de Judá, a los que él pertenecía. Su ruta lógica de retirada debía
de dirigirse, por consiguiente, en dirección sur, a lo largo del camino de
caravanas al este de Beersheba. Desde allí pensarían alcanzar el más
importante camino de Jerusalén a Egipto, donde a cada momento se podrían
tropezar con los tratantes de esclavos.
Al sur de la ruta de las caravanas había un arroyo llamado Besor, y David
se encaminó hacia él. No intentó descubrir las huellas que se perdían en la
arena, sino que condujo a sus hombres, en rápida marcha, hacia el Sur. El
pensar lo que en aquellos momentos podría estar sucediendo a Abigail, a
Ahinoam y a todos los demás cautivos le hacía caminar hacia delante lleno de
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energía. Marchó a la cabeza de sus hombres, sin darles descanso, hasta que
llegó la noche.
David hubiese querido continuar hasta estar en el arroyo, pero Joab dio la
orden de detenerse.
—En más de una tercera parte los hombres están rendidos y tienen los
pies demasiado doloridos para continuar la marcha, ni siquiera mañana —le
dijo Joab en son de protesta—. Si les obligas a seguir adelante se te
sublevarán.
—Acampemos entonces —accedió David—, pero envía a Asahel hacia el
Sur con algunos exploradores, no vaya a ser que los amalecitas hagan uso de
sus veloces camellos para atacarnos durante la noche.
—Los hombres que no están rendidos, tampoco podrán marchar mañana
como lo han hecho hoy —le advirtió Joab—. El peso de la comida y del agua
que deben llevar, constituye también un gran embarazo para ellos.
—Con el estorbo de las mujeres y de los niños, los amalecitas tampoco
pueden llevamos mucha delantera —dijo David—. Ordena que mañana por la
mañana, todo hombre que pueda sostenerse en pie esté preparado con sus
armas y una vasija de agua. Esa tercera parte de que me hablaste, que se
quede aquí custodiando los víveres.
—¿Qué sucederá si no damos mañana con el enemigo?
—No será la primera vez que he sufrido hambre —le contestó David—.
La ciudad amalecita de Renoboth se encuentra a poco más de medio día de
marcha hacia el Sur. Podemos encontrar allí algo de comer y luego continuar
hasta Kadesh, si fuera necesario. Al enemigo se le debe dar una lección que
jamás pueda olvidar. De lo contrario nos exponemos a que esté siempre
mordiéndonos los flancos, como hacen los chacales con los rebaños en la
montaña.
Joab nada replicó. No era la primera vez que veía a David de semejante
talante y sabía lo implacable que podía llegar a ser en tales momentos.
Apenas habían acabado de fijar el campamento, llegó Asahel sosteniendo a un
joven delgado, de piel morena, rostro chupado e inteligente mirada.
—Encontré a este hombre medio muerto no lejos de aquí —informó—.
Pensé que querrías interrogarle antes de acabar de matarle.
El arroyo Besor solía estar seco en su parte superior excepto durante la
estación de las lluvias; pero aquí, a lo largo de su corriente principal llevaba
algo de agua fresca. El cautivo bebió con avidez y después devoró algunos
higos y pasas, de los que se producían en los alrededores de Hebrón y Maon.
David no dejaba de observarle, pues había algo en su aspecto que le era
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vagamente familiar. El hombre no parecía, desde luego, amalecita, pero como
este pueblo estaba fraccionado en tantas tribus y tantas variaciones, lo mismo
que Israel, por las características faciales y el matiz de la piel resultaba difícil
establecer una completa identificación.
—¿De dónde eres y a qué pueblo perteneces? —le preguntó David cuando
terminó de comer.
El cautivo empezó a hablar en una extraña lengua. Cuando se dio cuenta
de que no le entendían, cambió de idioma expresándose en uno de los
dialectos amalecitas que los israelitas también conocían.
—Me llamo Shisha —dijo—. Soy egipcio y esclavo de los amalecitas.
Inscribía las anotaciones de mi señor.
—¿Eres escriba?
David se dio cuenta entonces por qué le había parecido familiar el cautivo.
En las ciudades de caravanas del Arabah vio escribas parecidos a éste
haciendo anotaciones o comprando y vendiendo.
—¿Por qué te encontrabas solo?
—Hace tres días caí enfermo y mi amo me abandonó para que muriera.
Habíamos invadido la parte sur del país de los queretitas y los territorios de
Judea y de Caleb. También quemamos la ciudad de Ziklag.
—¿Formabas tú parte de los combatientes?
El egipcio sonrió mostrando sus manos. Unas manos de dedos finos, casi
femeninas, seguramente ágiles, pero carentes de la fuerza de las del guerrero.
—Ya os he dicho que no soy sino un escriba. Al enfermar, me consideró
mi amo un estorbo inútil y me arrojó al borde del camino. Yo me arrastré todo
el tiempo que pude, tratando en vano de seguir a los demás.
—¿Puedes guiamos hasta dónde se encuentra la banda que quemó Ziklag?
El escriba le dirigió una rápida mirada inquisitiva.
—Juradme por vuestros dioses —dijo— que no me mataréis ni me
entregaréis a mi antiguo amo y os conduciré donde deben acampar mañana
por la noche.
—Lo juro —le prometió David—. Descansa esta noche y si me sirves
bien serás mi escriba y hombre libre.
A la mañana siguiente el egipcio guió a David y a los cuatrocientos
hombres de la partida que se encontraban en condiciones de caminar. Se
dirigieron al Sur, y a media tarde, Asahel, que iba en vanguardia como
explorador, regresó con la noticia de que los amalecitas estaban acampados
en un oasis al sur de Beersheba donde celebraban su victoria con una gran
orgía. Poco después del anochecer, David ordenó a sus hombres que atacaran
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con el usual avance bifurcado. La batalla se prolongó durante toda la noche y
parte del día siguiente, hasta que finalmente se derrumbó la resistencia
amalecita. Unos pocos pudieron huir a lomos de sus camellos y el resto fue
rápidamente aniquilado.
Aquel día todos volvieron a ser felices, al reunirse de nuevo las familias.
Tanto Abigail como Ahinoam fueron encontradas sin novedad y recuperados
todos, los bienes de David. Además, los amalecitas llevaban consigo el
producto del saqueo de otras ciudades que atacaron, todo lo cual cayó en
poder de los vencedores.
Al siguiente día se inició el viaje hacia el Norte. Los rebaños iban en
cabeza, seguidos de las mujeres y los niños. Hombres armados guardaban la
retaguardia contra un posible ataque de los camelleros enemigos. Tardaron
varios días en encontrarse a orillas del arroyo Besor, donde los que no
pudieron caminar estaban al cuidado del material y de los víveres.
Algunos de los que tomaron parte en la persecución de los amalecitas,
protestaron que el botín fuera repartido entre todos por partes, iguales. David
les hizo callar y decretó severamente:
—De aquí en adelante, recibirá lo mismo el que toma parte en la lucha
como el que se dedica a la custodia de los suministros.
Y desde entonces esto fue ley en Israel.
David sabía que si llevaba el botín a Ziklag tendría que compartirlo con
Achish de Gath. Como no tenía intención de hacer semejante cosa, resolvió el
problema enviando regalos a los Consejos de Ancianos de los pueblos
israelitas sitos en las comarcas circunvecinas hasta Hebrón. Porque sí la bruja
de Edor dijo la verdad respecto al futuro de Saúl, no estaba lejano el día en
que podría proclamarse caudillo de Judá, y con ello tener pie para reclamar
audazmente el propio trono de Israel.
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CAPÍTULO IX
Y vinieron los varones de Judá y ungieron allí a David por rey sobre la casa
de Judá.
Samuel II —2:4
Había mucho trabajo por hacer en Ziklag. Los cadáveres, que habían
recibido tierra de una manera superficial cuando pasaron por allí semanas
antes, hubieron de ser exhumados y vueltos a enterrar con la debida pompa.
Los contados tejados que aún subsistían, hubieron de ser reparados y
reconstruidos los arrasados. Afortunadamente los muros de las casas eran de
adobe y por lo tanto no fueron consumidos por el fuego prendido por los
amalecitas al marcharse después de su ataque. Fueron levantadas tiendas de
campaña para alojar a la mayoría de los habitantes mientras duraban los
trabajos de reconstrucción.
Entretanto Joab, al frente de un pequeño destacamento, fue enviado para
que estuviera al tanto del regreso de los filisteos del campo de batalla del valle
de Jezreel. Al caer la tarde del segundo día, observaron que regresaban por la
parte norte. Esperando recibir noticias de lo ocurrido en la batalla entre Saúl y
los cinco reyes, David, impacientemente, fue al encuentro del destacamento,
al que se unió al lado del pozo, cerca de la derruida puerta. Con Joab venía un
hombrecillo de rotas y polvorientas vestiduras y el rostro tiznado de cenizas,
como si guardara luto[7].
En cuanto el desconocido avistó a David, se apresuró a arrodillarse a sus
pies. David le ayudó a levantarse y después le preguntó amablemente.
—¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
—Soy amalecita —contestó el recién llegado—. He huido de la parte
israelita durante la lucha.
—¿Puedes decimos qué pasó?
—Los israelitas huyeron ante los filisteos; pero no antes de que muchos de
aquéllos perdieran la vida.
—¿Qué ha sido de Saúl y de Jonatán?
—Los dos murieron. Y también los otros hijos del rey, Abinadab y
Melchishua.
Las pupilas de David se contrajeron.
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—¿Cómo sabes que Saúl y Jonatán murieron si huiste del campo de
batalla? —le preguntó receloso.
—Yo me encontraba en el monte Gilboa cuando miré hacia abajo y vi a
Saúl que se reclinaba sobre la punta de su lanza. Iba a suicidarse, porque
estaba gravemente herido y tenía los carros del enemigo materialmente
encima de él. Pero como carecía ya de fuerzas para matarse, al llegar yo a su
lado me rogó que lo hiciera por mi mano.
Hizo una pausa en su relato y dirigió a David una fugaz ojeada inquisitiva,
como tratando de calcular hasta dónde podrían llegar sus palabras.
—Continúa —dijo David con impaciencia.
—Como estaba convencido de que Saúl no podía subsistir, puesto que
estaba mortalmente herido y había ya caído al suelo, cogí mi lanza y le
rematé.
—¿Qué prueba tienes de lo que dices?
El amalecita se metió la mano en el pecho rebuscando entre sus
mugrientas vestiduras y sacó dos objetos que lanzaron destellos bajo los rayos
del sol poniente. A la vista de ellos un suspiro se escapó del pecho de muchos
de los presentes.
—He aquí la corona que llevaba el rey en la cabeza y la ajorca que lucía
en el brazo.
Y añadió el amalecita con una sonrisa con la que pretendía congraciarse
con David.
—Como veis, os lo he traído.
No podía dudarse ya de que Saúl había muerto. Y conociendo a Jonatán,
sabía David que el hijo mayor del rey habría caído sin duda al lado de su
padre, como el amalecita aseguraba. Sintió por la muerte de Jonatán el mismo
dolor que hubiera sentido por la de un hermano suyo. Con un impulso de
desesperación, David se rasgó las vestiduras y cogiendo un puñado de hollín
de una pared inmediata lamida por el fuego, se apresuró a cubrirse con él su
rostro. Las mujeres que había detrás, empezaron a emitir sus lamentos
plañideros por Jonatán, pues se hizo querer de todos.
—¿Cómo osaste alzar tu mano para matar al ungido del Señor? —le
preguntó David secamente al amalecita.
El hombre le miró asustado, porque comprendió, demasiado tarde, haber
cometido una grave equivocación al decir a David que accedió al ruego del
rey y que le había matado. Antes de que pudiera responder a su pregunta,
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David se volvió hacia un joven soldado que se encontraba al lado de Joab, y
le ordenó:
—¡Mátale!
El amalecita empezó a gritar, aterrorizado. Sus gritos se convirtieron en
un quejido burbujeante al atravesarle la garganta la lanza del soldado que
había sido nombrado su verdugo.
—¡Que tu sangre caiga sobre tu propia cabeza! —dijo David al hombre
que yacía moribundo a sus pies—. Porque tu boca ha sido un testigo que ha
declarado contra ti al decir: «He matado al ungido del Señor».
La tradición exigía que se guardara una semana de luto riguroso por la
muerte de una persona amada. Por orden de David, así se hizo en Ziklag al
saberse la noticia de la muerte de Saúl. Los tres primeros días fueron los de
mayor intensidad en el luto. Durante este tiempo David no salió de su tienda y
las gentes discurrían por las calles con las vestiduras hechas jirones y el rostro
cubierto de cenizas u hollín, como tributo al fallecido.
Finalizado el período de luto, David salió de la tienda. En presencia de su
pueblo, se lavó el hollín del rostro y quitándose la destrozada vestidura, se
puso una nueva. Después, empezó a pulsar las cuerdas del arpa, y ante la
atención de todos, cantó una endecha fúnebre. El escriba egipcio Shisha,
ahora rebautizado con el nombre hebreo de Jasher, iba anotando las palabras
de David mientras éste cantaba. Aquella canción habría de convertirse en el
más celebrado de cuántos tributos se rindieron al primer rey de Israel y a los
hombres que murieron a su lado en la falda del monte Gilboa:
La belleza de Israel ha sido herida en los más altos lugares
¡Cómo han caído tos poderosos!
No lo digáis en Gath,
No lo publiquéis por las calles de Ashkelon.
Para que las hijas de los filisteos no se alegren.
Para que no celebren su triunfo las hijas de los incircuncisos.
¡Vosotras, oh, montañas de Gilboe,
No permitáis que os bañen ni el rocío ni la lluvia!
Porque allí fue donde fue abatido el escudo del poderoso,
El escudo de Saúl; como si éste no hubiese sido un ungido del Señor.
Ante los cuerpos y la sangre de los poderosos caídos,
No retrocedió el arco de Jonatán,
Ni permaneció ociosa la espada de Saúl.
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Saúl y Jonatán fueron en vida amables y placenteros.
Y la muerte no pudo separarlos.
Eran más rápidos que las águilas,
Eran más fuertes que leones.
Vosotras, hijas de Israel, llorad por Saúl,
Quien entre otros beneficios, os vistió de escarlata
Y puso ornamentos de oro en vuestras vestiduras.
¡Cómo cayeron los poderosos en el fragor del combate!
¡Oh, Jonatán, tú fuiste muerto en su puesto!
Lloro por ti, hermano Jonatán,
Que tan afectuoso fuiste para mí.
El cariño que me dispensaste fue maravilloso
Excediendo en mucho al amor de las mujeres.
¡Cómo cayeron los poderosos
Y se abatieron las armas de guerra!
Asahel había sido enviado al Norte, para enterarse de lo que ocurrió
realmente en el monte Gilboa. Regresó precisamente cuando David estaba
entonando su endecha fúnebre y se quedó escuchándole en primera fila de los
oyentes, al lado de sus hermanos y de Abiathar, el sacerdote. Cuando David
terminó de cantar, hizo un gesto a los cuatro para que le siguieran a su tienda.
Allí se sentaron todos en cojines esparcidos por el suelo alfombrado.
—La batalla no tardó en empezar contra el ejército de Saúl como ya
sabéis —informó el mensajero—. Jonatán fue el primero en morir, después de
luchar valientemente y con él sus hermanos Abinadab y Melchishua. Saúl
resultó herido de varios flechazos y cayó a tierra.
—¿Muerto?
—No, según me dijeron, pero sí mortalmente herido. Y por miedo a caer
en manos de los filisteos y a que se recrearan con él, rogó al escudero que le
atravesara con la espada. El joven tuvo miedo de hacerlo y entonces Saúl
cogió el arma y se arrojó sobre ella quitándose la vida.
—Ya sabía yo que el amalecita mentía cuando dijo que había matado a
Saúl —dijo sobriamente David—. Un hombre de valor cae sobre su propia
espada, antes de rogar a un enemigo que le mate.
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—Abner pudo salvar a más de la mitad de los soldados israelitas —
continuó diciendo Asahel—. Se retiraron atravesando el Jordán en las
proximidades de Beth-shan, donde los filisteos no les podían perseguir. Ahora
se encuentran en Jabesh de Gibeah y en otras; localidades más allá del río.
—Esto deja que los filisteos dominen todo el territorio situado al oeste del
Jordán, excepto Judea —puntualizó Joab—. No hay duda de que dirigirán el
próximo ataque contra Hebrón.
—A menos que lleguemos allí antes que ellos —dijo David—. Ésta es la
razón de que os haya convocado aquí.
Los ojos de Joab brillaron llenos de entusiasmo.
—Si eres coronado rey de Judea antes de que Achish y los demás filisteos
regresen a sus lugares de procedencia, el pueblo te seguirá. Pero tenemos que
darnos prisa.
—Solamente si tal es la voluntad de Dios —le recordó David—. Antes,
debe de ser consultado el efod.
—Voy a traerlo —manifestó Abiathar, abandonando la tienda.
Mientras esperaban su regreso, David hizo nuevas preguntas a Asahel.
Cuando se enteró de que los filisteos habían profanado los cadáveres de Saúl
y de Jonatán, desnudándolos y colgándolos de las murallas de Beth-shan, su
rostro mostró a la vez ira y tristeza. No se tranquilizó hasta que Asahel le dijo
que unos hombres procedentes de Jabesh, la localidad más importante de la
zona de Gilead, al otro lado del Jordán, lograron recuperar los cuerpos de los
muertos en una rápida incursión nocturna y les dieron sepultura en las afueras
de la ciudad.
—Estos hombres de Jabesh serán recompensados por su acto de
misericordia y de valor hacia el ungido del Señor —aseguró David— y los
filisteos se arrepentirán del día que profanaron los cuerpos de Saúl y Jonatán.
Cuando Abiathar regresó, siendo portador del sagrado efod, David puso
sus manos sobre él y elevó los ojos al cielo, haciendo las preguntas que más
intensamente llevaba en su imaginación. Como en otras ocasiones semejantes
creyó oír una voz que hablaba claramente a su corazón y que le decía el
camino que debía de seguir.
—Que la gente se prepare para la marcha, Joab —ordenó al quitar las
manos del efod—. Es la voluntad de Dios que vayamos a Judea, a la ciudad
de Hebrón.
La distancia a que estaban de Hebrón era sólo de un día de marcha para
los pies de unos guerreros, pero para entonces la subtribu de David se había
incrementado considerablemente, tanto en número como en bienes, hasta
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formar una gran caravana. El avance fue, por consiguiente mucho más lento
al dirigirse al Norte.
Por todo el país se había extendido la noticia del desastre del valle de
Jezreel y de la muerte de Saúl.
El pueblo de Judá empezó a temer que los filisteos completasen su
victoria invadiendo todo el país con su ejército masivo aniquilando a cuántos
hebreos encontraran en su camino. Al contemplar la gran caravana de David,
compuesta por expertos combatientes, así como la ostensible riqueza que
poseía, su valor renació de nuevo. Se le unieron multitud de personas al
aproximarse a Hebrón, convirtiéndose en un desfile triunfal impresionante. La
muchedumbre salió a recibirles fuera de la ciudad, saludándoles alegremente
con música y bailes.
David no entró, sin embargo en Hebrón, a pesar del entusiasta
recibimiento. Recordaba demasiado bien lo que le ocurriera en Keilah y no
quería que la cosa se repitiera en aquel momento crítico de su carrera. En vez
de hacerlo, levantó un campamento fuera de las murallas, para alojar a parte
de sus soldados y sus familias, alojándose el resto en los pueblos vecinos. Fiel
a su promesa, uno de sus primeros actos fue enviar un mensajero con regalos
para el pueblo de Jabesh, al otro lado del Jordán, dándoles al mismo tiempo
las gracias por haber rescatado los cuerpos de Saúl y Jonatán,
proporcionándoles adecuada sepultura. Hecho esto, esperó ponerse en
contacto con el Consejo de Ancianos de Judá, con la propuesta que le había
anticipado cuando se decidió a trasladarse a Hebrón.
No hubo de esperar mucho tiempo. Su familia era una de las más antiguas
de Judá como también lo era la de Zeruiah, cuyos hijos, Joab, Abishai y
Asahel eran sus primeros lugartenientes. Además, había tenido buen cuidado
de enviar a Judea gran cantidad de regalos procedentes del botín de sus
correrías contra los amalecitas y los edomitas, por todo lo cual creó una
creciente marea de buena voluntad hacia su persona.
Solamente transcurrió una semana antes de que el Consejo de Ancianos de
Judá, formado por los varones más sabios y de mayor edad de cada una de las
mejores familias, se pusiera en contacto con él. Propusieron solemnemente
que fuera nombrado rey de Judá y de Israel en lugar de Saúl. A ello accedió
graciosamente David. Al día siguiente, en una gran ceremonia que tuvo lugar
en Hebrón, le fue colocada en la cabeza la corona de Saúl y en el brazo la
ajorca que le entregara el desgraciado amalecita.
Solamente una cosa enturbió el placer que David sentía. Fue la noticia,
que trajo el enviado a Jabesh con regalos y su expresión de agradecimiento,
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de que Abner había nombrado rey de Israel a Ishbosheth, el hijo de Saúl.
Supo David que la corte de Ishbosheth estaba establecida en Mahanaim,
una ciudad en la montaña al este de Jabesh, en el territorio asignado por Josué
a la tribu de Manasés. No era probable que Ishbosheth ejerciera mucha
autoridad sobre Judá, donde ahora reinaba David. Pero al coronar Abner al
hijo de Saúl creó una grave situación que David hubiera querido evitar: la
división de los israelitas en dos campos. Como nación dividida, e
inevitablemente debilitada en consecuencia, Israel se encontraba en una pobre
situación para defenderse en unos tiempos en que le era necesario echar mano
de todas sus fuerzas para, simplemente, subsistir.
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CUARTA PARTE
LA CIUDAD DE DAVID
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CAPÍTULO PRIMERO
Y como se juntaron, paráronse los unos de la una parte del estanque, y los
otros de la otra.
Samuel 11-2:13
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Gibeón estaba ocupado por múltiples terraplenes formados en el curso de
los siglos aplanando los estratos de piedra caliza en forma de anillo que
constituían su base. Dichos terraplenes habían sido profusamente plantados de
viñedos y otros cultivos que convertían la zona en un verdadero vergel. Al
este de la ciudad existía un gran estanque o depósito de agua. Cortado en la
piedra caliza, este estanque estaba limitado con bloques de roca unidos con
argamasa para conservar el agua que le llegaba desde un inmediato manantial.
De común acuerdo, los dos ejércitos de David y de Ishbosheth se
detuvieron para parlamentar con el estanque entre sí.
Durante los años que siguieron a la muerte de Saúl, David trató de
unificar todas las tribus bajo un solo monarca, porque Samuel le había ungido
para ser rey de todo Israel y no únicamente de Judá. Además, estaba
convencido de que solamente de esa forma podría realizar algún día su sueño
de constituir una gran nación entre Asiría y Egipto.
Hasta aquel momento se había progresado poco en cuanto a la
unificación, debido, en gran parte, a que los hombres de Benjamín no se
mostraban propicios a ceder el reino que al ser ungido Saúl por Samuel
recayó indirectamente sobre ellos. Además, muchas de las tribus menores de
Israel desconfiaban de Judá a causa de su mayor tamaño y riquezas. David,
por otra parte, no podía renunciar a sus aspiraciones personales de ocupar el
trono de Israel, pues al ungirle Samuel quería decir que la voluntad de Dios
era que remase como soberano único. A causa de tal callejón sin salida, desde
la muerte de Saúl, acaecida algunos años antes, estuvieron enfrentadas las dos
facciones en que se dividía Israel, pero David nunca permitió que Joab,
siguiendo sus naturales impulsos, atacara a las fuerzas de Ishbosheth.
Esperaba, por el contrario, que con ayuda de Abner, que era el poder
verdadero tras Ishbosheth, podría llegar algún día a unificar el pueblo en una
sola nación. Esta esperanza parecía estar condenada al fracaso ante el paso
dado por Abner cruzando el Jordán y aproximándose al territorio judaítas.
Los años transcurridos desde la muerte de Saúl y Jonatán en el monte
Gilboa, habían sido propicios para David. Uno de los primeros actos que llevó
a cabo fue dar los pasos necesarios para continuar los lazos de amistad que le
unían con Achish, rey de Gath. Cada uno de ellos comprendió las ventajas
que le reportaba respetar las fronteras del otro. Al mismo tiempo, la libertad
que le daba el no tener que defender su confín occidental, le permitió dedicar
su tiempo y su tremenda energía a levantar sus propias defensas en Hebrón,
aun cuando, técnicamente, seguía siendo vasallo de Achish.
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Recordando que muchas de las dificultades con las que se tropezó Saúl
derivaron de su falta de habilidad para mantener bajo las armas a un
contingente poderoso de guerreros en todo tiempo, David adoptó la práctica,
muy corriente entre los gobernantes de entonces, de contratar y poner bajo su
mando un cuerpo de mercenarios, compuesto de seiscientos soldados diestros,
provistos de armas de hierro. Bajo la dirección de un rudo guerrero llamado
Ittai, casi todos esos hombres procedían de Gath, pues David sabía por
experiencia que esta ciudad producía los mejores luchadores de esta parte del
mundo.
El propósito que guiaba a David al contratar estos mercenarios era doble.
No solamente añadía un fuerte contingente a las tropas de Judea sino también
adquiría una guardia personal que le sería fiel en caso de ocurrir una rebelión
dentro de su propio pueblo, que podía estallar en cualquier momento a causa
de los impuestos que creó para mantener sus numerosas fuerzas armadas.
David evidenció de esta manera las brillantes dotes de estadista que le
adornaban, que superaban incluso sus aptitudes como combatiente y que
incrementaría más y más en los años venideros.
Una de sus principales maniobras políticas consistió en colocar espías en
la casa de Ishbosheth y en Mahanaim, los cuales le informaron acerca de la
existencia de cierta discordia entre Abner y el corpulento y algo flojo
Ishbosheth. El motivo de la disensión era la orgullosa decisión de Abner de
tomar para sí a una concubina del difunto Saúl llamada Rizpah. Era, según de
decía, de rara belleza y prestancia. Apoderarse de la esposa o de una
concubina de un rey muerto hacía que, naturalmente, hiciera que recayera
sobre él la sospecha de ser un pretendiente al trono, y desde luego parecía que
al tomar a Rizpah, trataba Abner de fortalecer la posición que ocupaba; pero
en este caso la querella era doble, porque, de acuerdo con los informes
recibidos, Ishbosheth quería también a Rizpah para sí.
Sabiendo todo esto con anticipación, David había solicitado parlamentar
tan pronto como supo qué Abner cruzaba el Jordán. Incluso añadió, al hacer la
propuesta, que no tenía inconveniente en que tuviese lugar en territorio de la
tribu de Benjamín y no en la de Judea, acto de magnanimidad y de tributo al
antiguo rey de Israel, que seguramente no dejó de causar excelente impresión
en las demás tribus. Joab, siempre sospechando de Abner, protestó en
principio de este plan, pues temía que cualquier acuerdo con Abner
representaría el encumbramiento del antiguo capitán jefe de Saúl en el posible
reino unificado. Mas David pudo convencer a su teniente que era mejor llegar
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a una avenencia, si es que existía alguna probabilidad en los resultados, en pro
de la unificación de la nación, formando un frente común contra los
enemigos.
Personalmente, no se podía quejar David de la forma que el destino le
había tratado en los últimos años. Tanto Ahinoam como Abigail habían
concebido, dándole dos hermosos hijos, Amnón la primera y Chileab la
segunda. Realizó también un acto de extremada habilidad al tomar como otra
esposa a Maacah, la bella hija de Talmai, rey de Geshur.
El reino de Geshur, aunque de reducida extensión, era para David una
región estratégica de la más alta importancia. Estaba situado al oeste del mar
de Chinnereth, al otro lado del Jordán, y al norte de Giled, centro del reino de
Ishbosheth, encontrándose en el camino que venía del reino sirio de Damasco,
de suerte que adquiriendo un aliado por matrimonio, David colocó una fuerza
amiga contra el flanco de Ishbosheth, así como a través del camino en
dirección meridional, un tropezadero para cualquier movimiento que pudiera
proceder del poderoso Damasco.
Por todo ello, al ir a parlamentar a Gibeón, ocupaba una posición muy
fuerte, aunque no por ello adoptó una actitud orgullosa. Como aprendió el día
en que dio muerte a Goliat en el valle de Elah, su manera de actuar era guiada
por la voluntad del Señor, debiéndola llevar a cabo sin vacilar hasta el último
extremo, luchando si fuera preciso, pero siempre derramando la menor
cantidad posible de sangre.
Las dos fuerzas se contemplaban recelosamente a través de la superficie
del estanque de Gibeón. Los uniformes de vistosos colores se reflejaban en las
aguas claras y frías que manaban del manantial. Los saludos fueron corteses
pero cautelosos, y cuando terminaron, propuso David:
—Que sean los jóvenes los que tengan ahora la palabra.
Era costumbre en parlamentos de esta especie elegir un número igual de
combatientes jóvenes de ambos bandas para sostener un combate ante los
ejércitos congregados, en la creencia de que semejante prueba pudiera dar un
atisbo de lo que sería el resultado de una batalla general entre las dos fuerzas.
Doce de los seguidores de Ishbosheth fueron enfrentados contra otros doce
partidarios de David. El duelo tuvo lugar en una terraza elevada al lado del
estanque. La lucha fue cuerpo a cuerpo y muy sangrienta, puesto que el área
elegida era reducida y no quedaba espacio para maniobrar. En menos de
media hora, todos los jóvenes combatientes de ambos bandos yacían muertos
en el lugar de la contienda.
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David esperaba que su grupo triunfaría rápidamente y que de esta forma
descorazonaría a Abner y a sus seguidores para no llevar a cabo una ulterior
acción militar. Pero en el curso de la lucha llegó a un extremo tal la exaltación
común, que cuando cayó el último de los jóvenes combatientes subieron a la
palestra otros de ambos bandos para continuar la lucha. No tardó ésta en
generalizarse, entablándose una furiosa batalla que, sin embargo, no duró
largo tiempo, pues en cuanto advirtió Abner que las fuerzas de Ishbosheth
llevaban la peor parte, dio la orden de retirada. Puesto que David no tenía
empeño en que se derramara más sangre entre hermanos israelitas, cursó las
oportunas órdenes a Joab y a Abishai que suspendieran toda persecución.
David no había tenido oportunidad de hablar privadamente con Abner, y
cuando vio que éste se encontraba solo al pie de la colina empezó a descender
para ir a reunirse con él. Pero cuando se encontraba a mitad de la ladera, vio
que una figura rápida y ágil se interponía entre él y Abner. Era Asahel, el
hermano de Joab.
—¡Detente, Asahel! —le gritó.
El hermano más joven de Joab no llevaba armadura, puesto que en los
combates el papel que representaba era más bien de enlace y correo. Si
Asahel obligaba a pelear al más experimentado Abner, el resultado sería fatal
para él. Asahel, sin embargo, no oyó o no quiso oír la voz de David y
continuó corriendo, disminuyendo rápidamente la distancia que le separaba de
Abner.
—¿Eres Asahel? —oyó David que le preguntaba Abner.
—Sí, lo soy —contestó Asahel sin dejar de correr.
—Deja de perseguirme —le aconsejó Abner—. ¿No comprendes que si te
mato me ganaré el odio de tu hermano Joab?
David volvió a llamarle, esperando que Asahel se detendría. Pero el
hermano de pies alados de Joab siguió corriendo, aproximándose cada vez
más a Abner a cada paso que daba. Cuando éste se vio obligado a detenerse
para defenderse contra el ataque, David se encontraba demasiado lejos para
poder intervenir.
En realidad no se trató de un duelo, porque Asahel no tenía ninguna
probabilidad de ganar. Lanzada por una mano experta, la punta del arma de
Abner penetró profundamente en el pecho del joven, no deteniéndose aquél
sino el tiempo necesario para sacar la lanza, continuando su marcha entre los
matorrales. David se lanzó monte abajo, hasta llegar a la postrada figura de
Asahel. Allí le encontró momentos después Joab, de pie ante el cuerpo sin
vida de uno a quien amó como si fuera su propio hermano.
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—¿Quién ha sido el autor de esto? —preguntó Joab.
—Abner. Advirtió a Asahel que no le persiguiera, pero tu hermano no
hizo caso y persistió en el ataque.
—¡Abishai! —gritó Joab a su otro hermano, que acababa de aparecer en el
borde del claro donde Asahel había caído—. ¡La sangre de nuestro hermano
clama venganza! Sólo la vida de Abner podrá pagar la deuda de sangre que se
ha creado entre nuestras dos familias.
—Así sea —contestó Abishai en tono sombrío—. Iremos tras él y
derramaremos su sangre sobre la tierra, como él hizo con la de Asahel.
David sabía que no conseguiría nada recordándoles que Abner había
tratado de que Asahel no le atacara. Para el pesar que ambos hermanos
sentían, la respuesta sólo podía ser una: Abner tenía que morir en justa
retribución. Mientras seguía David a los dos hombres, que conducían al
campamento el cuerpo de Asahel, un gran peso gravitaba sobre su corazón,
provocado por la muerte de Asahel y por el fracaso total de unir a la nación en
un mando único. Con una guerra en gran escala en perspectiva las dos
porciones de Israel cada vez se irían distanciando más y la labor del que
venciese habría de ser muy dura.
Pero David no tenía en cuenta otros factores que estaban ya actuando en la
corte de Ishbosheth: uno de ellos era el disgusto que los jefes de Israel
experimentaban ante la debilidad y la Indecisión que caracterizaban al
heredero de Saúl; el otro, todavía más poderoso, era el deseo de un hombre
por una mujer hermosa.
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CAPÍTULO II
Vino, pues, Abner a David en Hebrón.
Samuel 11-3:20
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David no dijo nada a Joab acerca del mensaje de Abner. Sabía que su odio
hacia él, mil veces intensificado por la muerte de Asahel, así como por su
fracaso y el de su hermano para acabar rápidamente con Abner, harían que las
negociaciones fueran dificultosas. No cabía duda de que Abner esperaba
ocupar un alto puesto en Israel como recompensa por la entrega del antiguo
reino de Ishbosheth. Por lo que, en cuanto David se enteró de que Abner se
disponía a visitarle, para tratar de las discusiones finales, envió a Joab y a
Abishai, al mando de un destacamento para que realizaran una profunda
incursión en territorio edomita. Como la misión implicaba varios días de
ausencia de Hebrón, podría dedicarse durante este tiempo a aquellas
importantes y delicadas negociaciones.
Abner llegó a Hebrón acompañado de veinte hombres y de Michal. Ésta
era aún más bella en su madurez que de muchacha, pero a David no le fue
posible averiguar sí la advertencia del sacerdote de que tal vez había llegado a
amar a Phalti, y por lo tanto hubiera tenido que ser arrancada con violencia de
su hogar, pudiera tener realidad. Cuando vio que los ojos de Michal
empezaban a encenderse en ira ante la presencia de sus otras mujeres y de sus
hijos, comprendió que, por lo menos en su aspecto de intensos celos y de su
facilidad para indignarse, era la misma de siempre.
—Shisha, mi mayordomo, se preocupará de que nada te falte Michal —le
dijo cortésmente después de saludarla—. Estoy muy contento al ver lo bien
que te han tratado los años que han pasado.
Aun cuando David cumplió cómo había prometido en cuanto a dejar en
libertad al egipcio después que éste le guiara al campamento de los
amalecitas a raíz del saqueo de Ziklag, Shisha prefirió quedarse como jefe
civil de la casa de David. Se preocupaba también de la fiscalización de los
rebaños y de otros bienes de éste que ahora constituían una importante
fortuna. Ejercía su cargo con extraordinario celo y lealtad, y además había
empezado a tener una considerable influencia en la organización política del
reino de Israel.
—¿Va a ser la hija del rey como una de éstas? Michal señaló con gesto
despectivo a las esposas, los niños y a las demás mujeres de la casa.
—Cada una de ellas es también la esposa de un rey —le recordó David
con severidad.
Y podía en verdad sentirse orgulloso mientras recorría con la vista las
mujeres que allí se encontraban, todas lujosamente vestidas, como
correspondía a las esposas del monarca de la tribu más importante de Israel.
En primer lugar destacaba la alta y morena Maacah, hija del rey Talmai, de
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Geshur. Con ella se encontraba su hijo, Absalón, un muchacho de pelo
ensortijado y tez oscura que era el favorito de su padre entre los demás hijos.
No menos soberbio aspecto ofrecían Abigail y la dulce Ahinoam, también
acompañadas de su respectiva prole.
—Maacah es hija del rey Talmai —continuó diciendo David señalándola
y dirigiéndose a Michal—. Sus familiares eran ya reyes de Geshur, cuando tu
padre, Saúl, no era más que mi simple pastor que cuidaba de los rebaños de su
padre, allí en las montañas de Benjamín.
Michal se limitó a encogerse de hombros, pero David pudo advertir que
no había dejado de sentirse impresionada. Cuando se fue en compañía de
Shisha, comprendió que la primera escaramuza estaba ganada, aunque
conociendo a Michal, sabía que no sería la última.
Al traer a Michal, Abner había cumplido lo exigido en el trato hecho. No
reclamó de David que le prometiera concesiones en pago de sus protestas de
lealtad. La indignación de Abner contra Ishbosheth a causa de Rizpah era tan
grande que no exigió nada a cambio. Pero quedó entendido entre los dos que
cuando la consolidación de ambos reinos se completase, Abner ocuparía una
elevada posición, probablemente gobernador bajo David del antiguo dominio
de Ishbosheth. De esta forma, David ganarla no solamente un administrador
capaz para las ricas tierras al este del Jordán, sino uno que podría conservar su
propio centro de actividad en la importante zona enfrentada con el tradicional
enemigo de Israel, Filistea.
—Iré y conseguiré que todo Israel se ponga de parte del rey, mi Señor —
dijo Abner—. Entonces podréis reinar sobre todo lo que deseáis.
—Procurad que no se le haga daño alguno a Ishbosheth —le previno
David.
—Se hará tal como deseáis. No es sino un alfeñique y nada tenéis que
temer tampoco por su parte.
—¿Qué hay de la descendencia de mi hermano Jonatán?
—No le queda más que un hijo cojo llamado Mefibosheth. También es
inofensivo y no le falta nada.
—Entonces, id en paz —le dijo David a Abner cuando se marchaba—.
Me congratulo que la mano del hijo de Ner no se alce ya contra mi casa.
Con los problemas de gobierno arreglados de momento, David empezó a
pensar en la reanudación de su intimidad con Michal. Sabía que ésta era
petulante y que estaba sujeta a arrebatos de cólera sin fundamento; pero
también recordaba perfectamente los días que siguieron a su boda en Gibeah,
cuando disfrutó entre sus brazos el tumultuoso amor de un hombre y una
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mujer que experimentan juntos las sensaciones íntimas del matrimonio. Sin
embargo, tal como se pusieron las cosas, se vio obligado a posponer de
momento la visita que había pensado hacer a Michal, porque Joab entró en su
cámara a primeras horas de la noche. Su rostro estaba casi negro de ira.
—¡Ya sé que Abner ha estado aquí, en Hebrón! —dijo con acento
acusatorio—. ¿Por qué no le echaste, sabiendo que vino a enterarse de tus
planes y a engañarte?
—Abner vino a aliarse conmigo para que yo reine en todo Israel —
contestó David.
—¿A qué precio?
—No se habló de ningún precio.
—¡Entonces no cabe duda de que te ha engañado! ¿No te das cuenta de
que trata de ponerte en deuda con él, como lo hizo con Ishbosheth, para que
tenga derecho a decirte lo que debes y lo que no debes hacer?
David hizo un esfuerzo para dominar su enfado, pues se daba cuenta de la
intensa aflicción que embargaba a su amigo desde la muerte de Asahel. El
odio de Joab al antiguo capitán jefe de Saúl, era uno de los móviles que le
impulsaron en sus actos, odio que ahora se incrementaba al pensar que el
precio que pondría a la entrega del reino de Ishbosheth sería nada menos que
ocupar el generalato de los ejércitos de Israel.
—Salvo el Altísimo —se limitó a decirle tranquilamente David—, nadie
tiene que decirme lo que he de hacer.
—¿Dónde está Abner en estos momentos?
—Marchó a Mahanaim hace unas horas.
—Eres pariente mío —le echó en cara Joab—. ¿Por qué no le has matado
para cobrar la deuda de sangre de mi hermano?
—No hubiese querido más a Asahel si hubiese sido hermano mío, pero
también oí como Abner le advertía que no fuera tras él so pena de perder la
vida. No tienes derecho, Joab, a culparle de —la muerte de Asahel.
Nunca estuvieron los dos más cerca de un rompimiento; pero David sabía
que el futuro dependía de llevar a cabo las negociaciones, que no habían
hecho más que iniciarse cuando Abner partió hacia Mahanaim. Siempre
colocó el bienestar de Israel por encima del suyo propio, y por lo tanto no
consentiría ahora que se impusiera el orgullo de Joab.
Durante unos instantes llenos de violencia, creyó que su antiguo
compañero de armas iba a sacar su espada y a atacarle. Pero finalmente Joab
dio bruscamente la vuelta y salió de la habitación sin pronunciar palabra.
David sintió tal alivio de que la agria escena no hubiese terminado con un
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completo rompimiento entre los dos, que no tomó medida alguna contra la
descortesía del otro, si bien no tardaría en arrepentirse amargamente de su
decisión.
A la mañana siguiente, Ittai, el filisteo que capitaneaba los mercenarios
que David contratara en Gath, trajo noticias del acto final de la tragedia entre
Abner y los hijos de Zeruiah. Fue introducido a su presencia en el momento
en que se disponía a consumir un magro yantar y cantaba canciones a sus
hijos, uno de los cuales, si sus planes salían de acuerdo con sus deseos,
gobernaría el gran reino cuando él faltara. Amón el primer hijo de Ahinoam
era tenaz y robusto mientras Chileab, el hijo de Abigail era de corta estatura y
algo enclenque a pesar de la fortaleza de su madre. En cambio Absalón, el
hijo de Maacah tenía todas las características de un verdadero príncipe y
dominaba con arrogancia y mano de hierro a los demás niños de la casa.
—¿Qué ocurre, Ittai? —le preguntó al jefe de sus mercenarios, en el que
había encontrado un colaborador firme y digno de toda confianza.
—El cuerpo de Abner, el hijo de Ner, se encuentra tendido al lado de la
puerta de la ciudad. Ha sido muerto por Joab.
David dejó a un lado la lira que tocaba. Su rostro se ensombreció
súbitamente por el dolor y la cólera.
—¿Cómo ha sucedido?
—Ayer, después de que Abner saliera de aquí, Joab envió emisarios para
que siguieran sus pasos hasta el pozo de Sirah.
—Conozco el lugar —dijo David—. Se encuentra a corta distancia de
Hebrón.
—Sus emisarios anunciaron a Joab que regresaba de nuevo, y le esperó en
la puerta.
—¿Lucharon allí?
Ittai movió negativamente la cabeza.
—Uno de mis hombres lo vio todo. Joab se encontró en la puerta con
Abner y le llamó aparte como si quisiera hablarle privadamente. Pero en lugar
de hacerlo así, le hundió un puñal debajo de la quinta costilla y le mató.
—¿Cuándo sucedió?
—Poco después de salir el sol.
—Traedme a veinte de vuestros hombres y acompañadme —le dijo David
a Ittai—. Iremos en busca del cuerpo y lo entraremos en la ciudad.
El impulsivo acto de Joab colocaba a David en una posición muy difícil.
No podía ordenar la muerte de Joab, porque el derecho de vengar el
derramamiento de sangre con otro derramamiento de sangre era algo que
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autorizaban las leyes que trajo Moisés de la montaña del desierto. Pero por
otro lado, no podía dejar el asesinato sin tomar alguna medida contra Joab, a
menos de ofender a otras tribus, a las que ayer representó Abner en las
negociaciones relativas a la unificación del reino. Todas estas cosas asaltaban
la imaginación de David cuando abandonó el palacio en compañía de Ittai y
de los otros veinte mercenarios. La respuesta a sus cavilaciones no la encontró
hasta ver el cadáver de Abner junto a la puerta. La sangre había ya empezado
a secarse sobre las ropas del muerto y las moscas zumbaban en tomo a su
cuerpo.
—Yo y mi reino no seremos jamás culpables ante el Señor de la sangre de
Abner, el hijo de Ner —anunció David ante la muchedumbre que se había
reunido en tomo suyo—. Que caiga sobre la cabeza de Joab y no deje de
haber en su casa quien sufra de enfermedad o de lepra, se apoye sobre un
bastón, caiga sobre una espada o carezca de pan.
Era una maldición terrible para ser lanzada sobre el hombre que había
sido el brazo derecho de David, pero éste sabía que nada menos sería
suficiente para convencer al Consejo de Ancianos de Israel que él no tuvo
nada que ver con la muerte de Abner.
—Rasgaos las vestiduras y cubríos con sayales de arpillera —continuó
diciendo— para guardar el luto por Abner, que era un amigo.
Él mismo se rompió el borde de su vestidura, y agachándose, cogió un
puñado de tierra, escupió en ella y se embadurnó la frente con el tradicional
gesto de dolor. Marchó tras el féretro que conducían los soldados hasta su
propia casa, donde el cadáver quedaría expuesto hasta la hora del entierro. No
vio a Abishai ni a Joab entre el gentío y poco después supo que habían partido
para Belén, lo que no dejó de producirle una sensación de alivio.
Abner fue enterrado en Hebrón con gran pompa. David presidió el duelo
vestido de arpillera y con el rostro lleno de cenizas.
—Sabed que el caído era un gran hombre de Israel —dijo como elogio
fúnebre al descender el cadáver a su tumba—. El Señor hará que el culpable
pague a tenor de la maldad cometida, aun cuando se trate del hijo de Zeruiah.
Todavía estaba por verse en qué afectaría la muerte de Abner a la
propuesta que éste trajo a Hebrón para que fuera nombrado soberano de toda
la nación. Sabía que todo dependería de la forma que pudiera verse influido el
Consejo de Ancianos de Israel por Ishbosheth, que como es natural trataría de
conservar su corona todo el tiempo posible. Afortunadamente para David,
esta parte del problema no tardó en quedar resuelta. Pocas semanas después,
dos hombres, que se anunciaron a sí mismos como Baanah y Rechab hijo de
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Rimmon, hombre destacado de la tribu de Benjamín, llegaron a Hebrón con la
noticia de que Ishbosheth había muerto.
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CAPÍTULO III
Y ungieron a David por rey sobre Israel.
Samuel 11-5:3
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David se quedó contemplando fijamente y sin pronunciar palabra durante
largo rato a los dos hombres. Por lo que éstos leyeron en su rostro, empezaron
a perder su aire de aplomo y bravuconería que les caracterizó desde que
entraron en el palacio momentos antes, solicitando ser recibidos en audiencia
por el rey.
—En cierta ocasión vino a verme un hombre y me dijo: «Saúl ha muerto»,
creyendo que me daba una buena noticia. Yo me apoderé de él y ordené que
le dieran muerte —dijo por fin David—. ¿Por qué no he de hacer lo mismo
con los malvados que han asesinado a una persona de bien en su propia casa y
sobre su propio lecho?
—Lo hicimos para serviros… —balbuceó Baanah en son de queja.
—¡Sacadlos fuera y matadlos! —ordenó secamente a Ittai—. Cortadles
luego manos y pies y colgadles sobre el estanque, para que sirvan de lección a
los que intenten congraciarse conmigo asesinando a los que yo he jurado
proteger.
Cuando los asesinos de Ishbosheth fueron sacados de la habitación, David
se volvió hacia Michal, que se encontraba allí, y le dijo:
—Juré a Saúl, tu padre, que le respetaría, así como a toda su descendencia
y no tengo intención de romper el juramento. La cabeza de tu hermano será
enterrada en el sepulcro de Abner. Compañeros fueron en vida y quiero que
yazcan juntos en la muerte.
Desaparecidos Abner e Ishbosheth, y siendo David inocente de ambas
muertes, incluso ni la tribu de Benjamín tenía motivos para oponerse a que
fuera elevado al trono de Israel. Al siguiente día dieron comienzo las
ceremonias de la coronación, que habían de durar una semana. Se iniciaron
con la solemne firma de un acuerdo entre David y los Consejos de Ancianos
de las tribus unidas que apoyaron la casa de Saúl. Los monarcas de Israel
reinaban por derecho divino y eran ungidos por un representante de Dios, tal
como lo había hecho Samuel con David cuando éste no era sino un
muchacho; pero se veían obligados a suscribir un solemne tratado con los
Consejos de Ancianos, que actuaban de mentores de los reyes, en virtud del
cual juraban actuar en todo momento de acuerdo con la ley de Dios y sin otro
pensamiento que incrementar en conjunto el bienestar del pueblo.
Al día antes del señalado para la coronación, se dirigió David al
departamento que Michal tenía asignado. Las cosas no habían ido demasiado
bien entre ellos, y las visitas que le hiciera desde la llegada de la mujer a
Hebrón, fueron ocasionales. Ahora le iba a proponer algo que estaba seguro
de que impresionaría a los benjaminitas. Aun cuando le anunció previamente
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su visita, al entrar en la habitación encontró a Michal vestida con una sencilla
túnica de lino, que no obstante hacía destacar sus líneas esbeltas como si
llevase puesto el atuendo de una reina. Pese a la evidente frialdad del
recibimiento, David estaba lejos de ser insensible a su belleza, pues a pesar de
las vicisitudes que les persiguieron desde que él tuvo que huir de Gibeah,
seguía siendo su primer amor.
—Di a tus doncellas que salgan. He de hablar a solas contigo.
Antes de que Michal diera la orden, las muchachas se retiraron
discretamente.
—¿Estás enfadada conmigo por haberte traído aquí? —le preguntó David
—. La única idea que me ha guiado al hacerlo ha sido la de cumplir el
juramento que te hice en Gibeah de que algún día te reclamaría como mi
esposa. Pero si es que deseas volver con Phalti eres libre de marcharte.
Como Michal no contestara, limitándose a hacer un movimiento con la
cabeza, David continuó diciendo:
—Mañana voy a ser coronado rey de Israel con la corona de tu padre. He
venido para pedirte que estés a mi lado en dicho acto.
Vio en los ojos de la mujer como un relámpago fugitivo de sorpresa. Por
un momento creyó observar en ellos aquella dulzura que los caracterizaba en
los primeros días de su matrimonio. Luego aquella expresión cambió
rápidamente. Michal apretó fuertemente los labios y su mirada volvió a
endurecerse.
—Si crees que vas a convencer a la tribu de Benjamín para que olviden a
mi padre —dijo— estás equivocado.
—No trato de convencer de nada a la tribu de Benjamín. Pero si optan por
rebelarse, les enviaré a Ittai y a sus hombres, que en menos de una semana los
someterán.
—¡Feliz inicio para Judá el emplear la fuerza contra una tribu mucho más
pequeña! —le echó ella en cara—. Pero no pienses que podrán dominar a los
hombres de Benjamín con la misma facilidad que lo hiciste tú con el gigante
filisteo, que se movía tan lentamente que cualquier pastor podría haberle
derribado. Mi pueblo sabe todavía manejar la honda. Puede hacer blanco en
tus mercenarios uno a uno.
—Hubiera podido matar a tu padre con mi lanza, cuando le encontré
dormido en la garganta de Hammahlekoth, si tal hubiera sido mi real deseo —
le recordó David— y, sin embargo, le perdoné la vida. Cuando un amalecita,
buscando una recompensa, pretendió haber matado a tu padre, le hice
ejecutar. Tú misma viste cuando los hijos de Rimmon se jactaban de haber
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dado muerte a Ishbosheth, lo que les sucedió, porque juré a Saúl respetar su
descendencia.
Hizo una pausa, antes de pronunciar las palabras finales:
—Pero mi paciencia no es infinita, Michal.
Dio media vuelta para marcharse y ella le cogió de la manga.
—David…
—¿Qué hay, Michal?
—Soy una pécora ingrata. Si lo deseas, estaré mañana a tu lado.
—¿Cómo es que has cambiado de manera de pensar?
—Me conoces demasiado bien y debes de saber la respuesta. Cuando
llegué aquí y vi que tenías otras esposas, sentí unos celos rabiosos.
Especialmente de la hija de Talmai.
—Maacah ha sido para mí una buena esposa y me ha dado un hijo muy
hermoso. Además, su padre está entre mí y el reino de Siria, lo que
proporciona a mi pueblo una gran defensa.
—Ahora lo comprendo —reconoció ella—. ¿Me perdonarás que al estar
celosa se enturbiaran mis pensamientos?
David quería creer que era sincera, que el cambio producido en ella no
estaba sólo inspirado por el deseo de compartir la gloria de la coronación del
día siguiente y elevarse de esa manera sobre las demás mujeres.
Como David empezaba a comprender mejor a Michal, no podía sustraerse
a la duda de que los motivos que la guiaban fueran los que ella decía. Sin
embargo, y pese a todo lo que había ya sucedido, todavía esperaba que se
produjera un milagro que hiciera que volviese a recuperar la felicidad que
conocieron durante aquellos primeros meses en Gibeah. De momento procuró
que sus dudas se aplacaran.
La coronación fue una fiesta llena de colorido, a la que acudieron
representantes de todas las tribus que se congregaron en Hebrón. Los
Consejos de Ancianos se reunieron en solemne cónclave, en tanto que David
juraba en nombre de Dios respetar la alianza que habían hecho con él. Se
trataba de un documento explícito, en virtud del cual se obligaba a respetar
tanto los derechos individuales y colectivos del pueblo, como las leyes dadas
a Moisés en el monte Sinaí, haciendo también todo lo que estuviera en su
mano para que fueran cumplidas.
Después de prestar juramento sobre el efod sagrado, se arrodilló David
ante Abiathar, sumo sacerdote de toda la nación. Éste rompió una ampolleta
de aceite y lo derramó sobre la cabeza del rey en el simbólico acto de unción,
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repitiendo la primera y más sencilla ceremonia que tuvo lugar muchos años
antes en la casa de Isaí en Belén.
David no pudo sustraerse a cierto sentimiento de orgullo cuando se
levantó y ascendió hasta el estrado, donde Michal, adorable y altiva en su
regia vestidura de púrpura fenicia, se hallaba en pie detrás del sillón del trono.
Sentía también al mismo tiempo humildad y gratitud profundas hacia el Señor
que no le había abandonado.
—¡Cantad, David! —alguien gritó entre la muchedumbre.
Corearon otras muchas voces la misma solicitud, y cuando le pusieron un
arpa en las manos, David hizo correr sus dedos sobre las cuerdas. Y al
compás de los acordes melódicos, cantó unos versos que le brotaban de lo
más profundo de su corazón y que eran un himno de alabanza y de acción de
gracias a Dios:
Cuando Israel sacó de Egipto
A la casa de Jacob de un pueblo de extraña lengua,
Judea fue su santuario
E Israel su dominio.
Al verle, él mar se retiró
Y las aguas del Jordán retrocedieron.
Las montañas brincaron como moruecos
Y las colinas como corderillas.
¿Qué te pasó, oh mar, para que te retirases?
¿Por qué tú, Jordán, retrocediste?
¿Por qué las montañas brincaron como moruecos
Y las colinas como corderinos?
Tiembla tú, tierra, ante el Señor,
Ante la presencia del Dios de Jacob,
El que hizo brotar agua de las rocas
Convirtiendo en fuente el pedernal.
Al finalizar aquella semana de fiestas y conmoraciones, David convocó
una reunión de sus capitanes y consejeros. Ittai se encontraba presente en
representación de la guardia real. Del Consejo de Ancianos de Israel asistió
Hushai, un arquita que habitaba en la región montañosa al noroeste de Ramah
y que había sido seguidor de Samuel. El clero estaba representado por
Abiathar y su inteligente y joven ayudante, Zadok. Sentado discretamente
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aparte, con sus tabletas, sus hojas de pergamino y sus plumas y estilos a
mano, se encontraba Shisha, llamado también a veces Jasher, que debía
escribir las deliberaciones.
Al mirar David el grupo allí reunido, su rostro se entristeció, porque
notaba la ausencia en él de dos rostros familiares, que no faltaron nunca en los
consejos de guerra convocados con anterioridad, los de Joab y de Abishai.
Desde el asesinato de Abner los había desterrado de su lado.
—¿Qué ha sido de los hijos de Zeruiah? —le preguntó a Abiathar—. ¿Se
sabe algo de ellos?
—Viven en Belén, en casa de su padre, esperando el día en que el rey se
digne llamarlos a su presencia.
—Sin sus voces, los consejos ya no son lo que eran antes. Pero pecaron
gravemente al matar a un hombre que venía en son de paz y habrán de
rehabilitarse antes de poder volver a concurrir a los consejos de Israel.
Miró David en tomo suyo y se felicitó de tener a su alrededor aquel
florilegio de fuertes varones de cuya lealtad no se podía dudar. Lo que no se
le ocurrió pensar era que parte de aquella lealtad se la debía a su propia
prestancia personal al sentarse a presidir el consejo.
David se encontraba en lo mejor de la vida, pues contaba treinta años y
era gallardo, fuerte y de correctas facciones. Tenía unos ojos profundos y
fogosos, cuya ardiente luminosidad causaba siempre sensación en los
extraños. Su expresión, que podía ser severa e incluso implacable cuando las
circunstancias lo exigían, era generalmente dulce y comprensiva. Los niños,
en particular, no dudaban en correr tras él cuando se lo tropezaban por las
calles de la ciudad, rogándole que les contara cosas relativas a las
emocionantes aventuras de los héroes de Israel y de sus hazañas. Sabían que
con frecuencia accedía a sentarse sobre un bajo tapial o sobre una piedra,
mientras ellos se apiñaban a su alrededor y daba vida a un hechizo que sentían
repugnancia en romper cuando llegaba el momento de tener que marcharse.
Los hombres respetaban su fuerza y su sabiduría y en múltiples ocasiones
buscaban su consejo como mentor y juez. Por otra razón completamente
diferente, las mujeres se detenían en la calle al verle pasar, cuando iban con
sus cántaros camino del pozo, siguiéndole con la mirada hasta que
desaparecía. Con hijos sanos, que jugaban traviesamente en la casa que le
servía de palacio en Hebrón y una bella hijita que le acababa de nacer de
Maacah de Geshur y que se encontraba en la cuna, tenía toda clase de motivos
para sentirse feliz…, menos uno.
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A causa de él era por lo que había convocado aquel consejo de guerra. En
él empezaba a insinuar el tema que tenía ocupado su pensamiento desde hacía
largo tiempo.
—Hebrón —dijo a sus consejeros— está demasiado al Sur para poder ser
una capital efectiva de toda la nación. Les he convocado aquí para que me
ayuden a escoger otra que sea algo más adecuada.
—El Consejo de Ancianos de Judá no consentirá que la capital esté
situada en territorio de otra tribu —le advirtió Abiathar.
—¿Habláis como judaíta o como israelita?
—Hace poco tiempo que me encuentro sometido a Israel, y me es difícil
poder llegar a pensar de otra forma que como judaíta —reconoció el
sacerdote.
—A mí me pasa lo mismo —dijo David—, pero todos debemos de
procurar pensar en el pueblo y en su bienestar en conjunto. Nada hay tan
importante en las actuales circunstancias como elegir un lugar para la capital.
—Mahanaim, la capital del reino de Ishbosheth, creo que está demasiado
lejos hacia el Este —puntualizó Hushai.
—Los reyes de Gath, Eglón y Lachish no querrían nada mejor que ver que
os establecíais más allá del Jordán —añadió Ittai—. Entonces Judea no
tardaría en caer en sus manos como cae de un árbol la fruta madura.
—¿Qué me decís de Gibeah? —preguntó Hushai—. El palacio de Saúl ya
está fortificado y a la tribu de Benjamín le gustaría que la sede del Gobierno
se estableciera en su territorio.
—No quisiera dar ocasión a que ninguna tribu se engolase por tener la
sede del Gobierno dentro de su territorio —objetó David.
—Supongo que no querréis dar a entender… —empezó diciendo Hushai
frunciendo el entrecejo.
—Existe solamente una ciudad —le interrumpió David— verdaderamente
apropiada para ser la capital de toda la nación. Se encuentra en el límite de la
tribu más poderosa, Judá, razón por la cual no creo que el Consejo de
Ancianos tenga que decir que se le ha dado de lado al hacer la elección. Y sin
embargo su emplazamiento está localizado en un punto ten céntrico, que
desde él nos podríamos mover rápidamente en cualquier dirección para
rechazar al enemigo.
—Y con fuertes murallas para protegernos en caso de que el rey Achish
de Gath llegue a creer que sois tan fuerte como él —añadió Ittai riendo entre
dientes—. Tenéis razón, David. No hay nada que responda a todas vuestras
exigencias mejor que la ciudad de los jebuseos.
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—Debe de ser Jerusalén —convino David—. Es el único lugar
verdaderamente perfecto para fijar el emplazamiento de la capital de Israel.
—¿Cuándo os decidisteis a ello? —preguntó Hushai.
David sonrió.
—¿Quién puede saberlo? —dijo—. Tal vez fuera un día que me detuve
encima de un monte al norte de Jerusalén y dirigí mi mirada a la ciudad antes
de ir a tocar para Saúl. Pero ello sucedió hace mucho tiempo.
—Cuando no erais sino un muchacho —agregó Hushai.
—Pero ya entonces, un muchacho lleno de ambiciones —les recordó
Abiathar—. Ambición y golpe de vista, las cualidades que han unido a todo el
pueblo tras David, como no lo han unido nunca.
—Os habéis olvidado de mencionar lo más importante de todo: la fe en
Dios —les recordó David serenamente—. A veces, en mis momentos de
debilidad, parecía que Dios estaba lejos. Mas siempre, cuando realmente
precisaba de él, siempre lo encontraba a mi lado. Creo que estará también allí
cuando nos decidamos a tomar la ciudad de Jerusalén.
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CAPÍTULO IV
Entonces el rey y los suyos fueron a Jerusalén.
Samuel 11-5:6
Caía la noche sobre las tiendas del gran campamento de David levantado
en la montaña llamada Ofel o Sión, donde condujo a su ejército como acto
preparatorio para llevar a cabo el sitio de Jerusalén. Hacia el Este se veía un
valle, llamado sencillamente El Arroyo, a causa de la corriente de agua que lo
cruzaba. Las laderas de las alturas que desde allí se divisaban estaban
cubiertas de olivares y jardines, que cuidaban los jebuseos. Al Oeste, otro
valle señalaba el límite de las tribus de Judá y Benjamín.
Jerusalén se encontraba situada sobre una elevación de terreno, desde
donde se dominaba la confluencia de caminos de Gaza, Joppa, Shechem,
Jericó y Belén. Era el sitio ideal, desde el punto de vista estratégico, para
establecer la ciudad principal de una nación que podía verse atacada por todas
partes en cuanto se supiera que pensaba embarcarse en un gran programa de
expansión. Sin embargo, pese a esta ventaja estratégica para fines defensivos,
en cuanto Israel pasara a la ofensiva, ejércitos de movimientos rápidos
podrían atacarla por el Este tomando el camino de Jericó, cruzando el Jordán
por Moab, o bien por el Norte, a través de Canaán, hacia el valle de Jezreel,
puerta de las ricas tierras de Gilead, más allá del río.
La toma de Jerusalén era el primer paso importante en que David estaba
empeñado después de su ascensión al reino de las tribus unidas. La ocupación
de centro tan dominante y altamente fortificado, daría, más que ninguna otra
cosa, una sensación de unidad a la confederación, hasta el presente algo
desunida, que se proponía gobernar. Una vez tomada Jerusalén, se podría
dirigir al Sur, hacia las grandes tierras de Edom y del Arabah. Allí se
aseguraría las fuentes de suministro del mineral de hierro, apoderándose de
hombres duchos en la fundición y el trabajo del metal que, para una nación
guerrera, era tan precioso como el mismo oro. Lo más importante de todo era
la capacidad de Jerusalén para poder defenderse contra cualquier masiva
fuerza atacante con sólo una pequeña guarnición de hombres bien adiestrados.
Los jebuseos habían rechazado en más de una ocasión los intentos hechos
para apoderarse de su fortaleza.
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Desde la elevación de Ofel, donde David había establecido su
campamento, podía ver a sus pies la fortificada ciudad de los jebuseos. Ésta se
levantaba sobre un escarpe, en parte construido por la mano del hombre,
encima de un gran manantial que proporcionaba agua a la ciudad. Desde
donde se encontraba David, podía ver a los hombres que se dirigían a sus
quehaceres cotidianos dentro de la ciudad y a los que se dedicaban al trabajo
de la trilla fuera de ella, dándose cuenta de la confianza que todos parecían
tener en la fortaleza de las macizas murallas que rodeaban su ciudad. El
espesor de éstas en algunos puntos era hasta de ocho o nueve pasos.
Nada de todo esto resultaba nuevo para David, que ya desde muchacho
llevaba los rebaños de su padre a pacer desde Belén a las montañas
colindantes con Jerusalén.
La tradición israelita aseguraba que en la elevación en que ahora se
encontraba, tal vez a sus mismos pies, fue donde mucho tiempo atrás levantó
Abraham un altar, sobre el que colocó a su hijo Isaac, dispuesto a sacrificarlo
al Dios que le había guiado hasta estas tierras, desde el tradicional hogar de
los hebreos en Haran. El episodio, que todos los hebreos aprendían en las
rodillas de sus madres, decía de qué forma, cuando Abraham levantaba el
brazo armado con un cuchillo de bronce para degollar a su propio hijo, oyó la
voz de Dios que le ordenaba no realizar aquella prueba de fe y de obediencia.
Una vez que le fuera posible introducirse en Jerusalén, a David no le
costaría gran trabajo apoderarse de la ciudad, ya que sus habitantes eran
relativamente pocos en número. Siglos de depender de la protección de las
grandes murallas, habían creado una confianza en su invulnerabilidad, pero
una vez que las murallas cayeran, la presa sería fácil de atrapar. En realidad,
cuando su ejército empezó a acampar en aquella montaña de Ofel, los
jebuseos le habían lanzado despectivamente un reto diciéndole que sus cojos
y sus ciegos serían suficientes para defender su fortaleza contra el ataque y
que su ejército acabaría por fracasar y retirarse derrotado, como les había
sucedido a cuántos intentaron el ataque antes que él.
David no había proyectado un sitio de larga duración, pues tropezaba, por
una parte, con el problema del abastecimiento de sus fuerzas. Después de los
primeros días de requisas por los contornos, todo lo que en lo sucesivo
consumieran debería de ser traído a lomo de mulas desde las ciudades
próximas de Judea y Benjamín, y por otro lado, aun cuando no dudase de la
lealtad de los mercenarios, en tanto que les pagase con cargo a su fortuna
personal —que tampoco podría resistir durante mucho tiempo semejante
gasto— sabía que no le sería posible contar por mucho tiempo con el resto del
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Ejército concentrado para aquella particular aventura, a menos que realizara
pronto alguna acción de guerra espectacular. En estos primeros días de su
reinado, David tropezaba con las mismas dificultades que habían asaltado a
Saúl en más de una ocasión. Preocupaciones de tipo semejante fueron las que
acabaron por hacer que cayera el poco equilibrado hijo de Kish en aquellos
ataques de furia y de violencia sin sentido.
Poco después de haber levantado su campamento, solicitó David de
Abiathar que averiguara la voluntad de Dios por medio del efod, pero como el
sacerdote no pudiera decirle nada sobre el particular, lo interpretó como que
el Señor quería poner a prueba su capacidad como gobernante de la nación,
cuyo reinado había asumido recientemente. Que Dios al final le favorecería
en sus esfuerzos, era cosa de lo que David no tenía la menor duda; pero los
detalles de cómo tenía que apoderarse de Jerusalén, los dejaba exclusivamente
a su cuidado.
David advirtió que hubiese deseado que Joab estuviera en aquellos
momentos a su lado. Era la primera vez que emprendía una aventura militar
de gran envergadura sin tener a su lado, guardándole las espaldas, a su
robusto y leal lugarteniente. Pero Joab había sido destituido de su cargo de
capitán jefe del ejército israelita a raíz del asesinato de Abner. Más que
ningún otro acto realizado por David, el destierro de Joab había demostrado a
las tribus del Norte y a las de más allá del Jordán, que pensaba admitirlas en
un mismo pie de igualdad con Judá en todos los asuntos de Israel y no
convertirlas en vasallos de la tribu mayor y más rica de la nación. Este temor
a la sumisión completa de Judá, era lo que durante mucho tiempo había
impedido la unidad de Israel.
Mientras David contemplaba, meditativo, el panorama de Jerusalén, salió
de la sombra de detrás de su tienda Ittai de Gath. Iba con él Hushai, que se
había convertido en uno de los más íntimos consejeros del rey, después del
exilio de Joab y de Abishai. El oficial mercenario llevaba en sus manos un
trozo de carne y una bota de vino.
—No conviene preocuparse reflexionando demasiado acerca de la
potencia del enemigo antes de la batalla —dijo alargando a David un pedazo
de carne—. Cuando parece que es más fuerte, es cuando hay que empezar a
reflexionar acerca de su mayor debilidad.
David masticó la carne con sus blancos y fuertes dientes y luego la
engulló acompañada de un buen trago de vino.
—Mirad allá abajo y decidme dónde descubrís esa debilidad de la que
estáis hablando —le dijo a Ittai.
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—Su debilidad está en su reducido número —contestó el mercenario— y
también en la falta de espíritu, después de haber vivido tanto tiempo bajo la
protección de una muralla. Hace mucho tiempo, allá lejos, en dirección al
Oeste, el Pueblo del Mar, al que mis antepasados pertenecían, vivía también
protegido por murallas semejantes a éstas; pero mis antepasados entendieron
que tal cosa contribuía a debilitarles, por lo que decidieron emprender un gran
viaje hacia el Este para hallar nuevas tierras que conquistar. Nuestros
hombres de mar navegaban en grandes flotas a lo largo de la costa, mientras
nuestros guerreros caminaban por las playas, llevando en grandes carros
cuánto poseían. Cuando se decidían a atacar una ciudad, se acercaban los
navíos y entonces los habitantes de la misma se veían exprimidos entre las
dos fuerzas de mar y tierra como se exprimen las aceitunas en las prensas de
aceite.
—Conozco la historia —dijo David—. Una tras otra cayeron las ciudades
ante ellos, pero por último se enfrentaron con los egipcios en una gran batalla,
en tierras que los hebreos llamamos Goshhen, en la desembocadura del gran
río de Egipto. Y fracasaron, no lo olvidéis.
—Nunca lo olvidamos —replicó Ittai—, como tampoco el motivo de la
derrota.
—¿A qué se debió después de tan repetidas victorias? —inquirió Hushai.
—Nuestros barcos estaban construidos para ser movidos por la fuerza del
viento, pero las bocas del Nilo penetran profundamente tierra adentro y el
viento nos falló. Nuestros carros de transporte y guerra, se vieron, además,
atascados en los pantanos. Y lo que es más importante de todo, nos habíamos
acostumbrado a nuestra manera de guerrear, como nos acostumbramos en el
hogar del Oeste a nuestra manera de vivir. No podíamos adaptarnos con
rapidez a las nuevas circunstancias, y por ello los egipcios nos rechazaron de
su país.
—¿A qué fue debido que os asentarais en el sephelah, abandonando el
mar? —preguntó David.
—También en esto la culpa fue nuestra. Después de la batalla del delta,
muchos de nuestros hombres se encontraban malheridos y gran cantidad de
nuestros barcos destrozados. Nos vimos obligados a asentamos donde
encontramos un cobijo, en las tierras bajas, a lo largo de la costa, al —Oeste
de Judea. Pero no existiendo allí buenos puertos naturales, nos apartamos
cada vez más de nuestra condición de pueblo marítimo.
—Podríais haber seguido hacia el Norte y atacado las ciudades fenicias —
le recordó Hushai.
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—Es cierto. Y si hubiésemos seguido avanzando hacia allí, después de
nuestra derrota en Egipto, es seguro que hubieran caído en nuestras manos y
controlaríamos su comercio. Pero habían muerto tantos de nuestros marinos,
que perdimos la afición al mar. Además, nunca fuimos, como lo son los
fenicios, una nación de mercaderes. En el sephelah nos dedicamos en seguida
a la alfarería y a la fundición y el trabajo de los metales, con lo que no
tardamos en dominar en tierra y ya no quisimos volver al mar.
—Tengo curiosidad por saber una cosa, Ittai —le preguntó entonces
David—. Vuestro pueblo y el mío han estado siempre en guerra y el ejército
de Saúl sufrió en vuestras manos una gran derrota en el valle de Jezreel. ¿Por
qué arriesgáis vuestro porvenir permaneciendo a mi lado, cuando ya no se
puede decir que yo siga siendo vasallo del rey Achish?
Ittai sonrió.
—Si Achish sigue aún pensando semejante cosa, es más estúpido de lo
que yo creo. Dos cosas me decidieron a entrar a vuestro servicio. En primer
lugar, vuestro dios es más fuerte que el nuestro. Al apoderamos del Arca y ser
llevada a la ciudad de Ashod, la imagen de Dagón, que se encontraba en el
templo, cayó a tierra dos veces.
—Y la cabeza y las manos de Dagón aparecieron cortadas en su propia
casa —puntualizó Hushai.
—Vivir o morir en una gran batalla depende del jefe que guíe a los
soldados —continuó diciendo Ittai—. ¿Y quién puede negar, David, que
seréis el rey más grande de la historia de Israel?
—Cosa que será desmentida si no soy capaz de tomar la ciudad de los
jebuseos. ¿Podéis decirme cómo debería hacerlo?
—Mostradme una brecha en sus muros o abridme las puertas y me
apoderaré de ella sólo con mis hombres y los queretitas.
—Ahí está la dificultad. ¿Cómo abrir semejante brecha?
Nadie podía decirlo. Por último, todos se retiraron a descansar y David
quedó solo con su problema.
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CAPÍTULO V
Tú no entrarás aquí, si no echares a los ciegos y los cojos.
Samuel 11-5:6
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De pronto dio un respingo al ver que se levantaba ante él una gran
sombra; pero se trataba sólo de una enorme muela de piedra de una prensa de
aceite. Cuando dentro de algunos meses se recogiese el fruto, la piedra
prensaría con su peso las aceitunas y haría salir el aceite que las gentes
empleaban no solamente para fines culinarios, sino también como
combustible para sus lámparas.
A David se le ocurrió entonces que fue una hoja de olivo, arrancada de un
árbol por una paloma, la prueba que tuvo Noé de que el Diluvio había cesado.
Sin embargo, no pudo advertir en aquel olivar signo alguno que le anunciara a
él la posibilidad de abrir una brecha en las murallas de Jerusalén, sin verse
obligado a sacrificar millares de hombres en el intento.
Había casi completado la vuelta a la colina sobre la que Jerusalén se
asentaba, cuando llegó, en la parte oriental de la misma, a un gran manantial
llamado Gihón, o «El Borbollón». Se trataba de uno de los varios suministros
de agua que la ciudad tenía, encontrándose en el fondo de una depresión a la
que se llegaba por una serie de escalones tallados rudamente en la roca.
El nivel del agua del estanque que el manantial originaba no permanecía
estático, sino que subía y bajaba, como si estuviera alimentado por una
corriente subterránea, de aquí el nombre que llevaba. A veces la superficie
permanecía quieta y lisa, pero otras empezaba a rizarse y a borbotear.
Encontrándose sediento, se arrodilló David al borde del agua, y se puso a
beber ávidamente. Luego, esperando aclarar sus enfebrecidos pensamientos,
metió la cabeza en el agua. La frialdad de ésta le refrescó y al permanecer
durante unos momentos en aquella posición, llegó hasta sus oídos un raro
sonido. Era tan claro como el de una campana, su timbre era metálico y se
repitió varias veces con un ritmo regular. Acompañándole, percibió otro
rumor rasposo, como si algún recipiente de barro se arrastrara por las piedras.
El primer pensamiento de David fue que al borde del estanque debía de
haber alguien con intención de atacarle. Se incorporó rápidamente, llevándose
la mano al puñal que llevaba al cinto, pero alrededor del manantial todo era
silencio y soledad. Recordando el timbre extraño de algunos de los ruidos que
acababa de escuchar, le vino a la memoria algo de su niñez, cuando,
acompañado de otros chiquillos, iba a nadar a un estanque en las
proximidades de Belén. Una de sus diversiones favoritas era que uno de los
muchachos hiciera entrechocar dos piedras debajo de la superficie del agua al
borde del estanque, mientras los demás, buceando por el fondo, escuchaban el
ruido que producían. Pero aquella noche no había nadie más que él y al
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comprender que los ruidos que acababa de oír no podían provenir sino de una
transmisión a través del agua, empezó a tomar forma en su imaginación una
idea tan llena de emocionantes posibilidades, que el pulso le empezó a latir
con violencia.
Se tumbó ahora sobre el suelo rocoso al borde del agua y volvió a meter la
cabeza, escuchando atentamente.
Oyó el mismo murmullo de arrastrar un cacharro por las piedras, pero
ahora acompañado de otro, que de momento no le fue posible identificar. De
repente se dio cuenta de lo que era. Por increíble que pudiera parecer, se
trataba de voces humanas.
El pulso de David emprendió ahora veloz carrera. Si lo que oía era lo que
él pensaba, acababa de encontrar nada menos que la llave que podría abrirle
las puertas de Jerusalén y entregarle la ciudad. Una rápida ojeada en torno
suyo, le volvió a asegurar que nadie había en las inmediaciones del manantial.
Y siendo así, aquellos ruidos solamente podían tener un origen, debían de
venir de algún lugar que se encontrase dentro de la roca maciza sobre la que
Jerusalén se asentaba.
David se desnudó rápidamente y se metió en el agua. Estaba tan fría que
le hizo dar una boqueada. Sus pies daban en el fondo, en tanto que su cabeza
sobresalía del agua, de forma que pudo ir andando por el estanque hasta llegar
a la base de la colina donde se originaba la corriente de agua. Tanteando con
las manos las rocas que había bajo la superficie, descubrió la abertura por la
que salía el agua del manantial desde su origen subterráneo para ir a llenar el
pequeño estanque. Haciendo una inspiración profunda, se sumergió,
introduciéndose por aquella abertura, para lo cual tuvo que luchar con la
fuerte corriente que de ella salía.
El pasaje era muy corto. Casi inmediatamente se encontró en el interior de
una pequeña caverna parcialmente cubierta de agua, pero también con la poca
hondura suficiente para permitirle permanecer de pie. En la semioscuridad
que reinaba, no podía decir si se trataba de una cueva natural o estaba hecha
por la mano del hombre. Una rápida ojeada hacia arriba le reveló que había
sido tallado un trozo en la dura roca. No le cupo la menor duda que ésta debía
de llevar a la ciudad que estaba arriba, pues, había oído hablar de que
tomaban precauciones semejantes los residentes en otros centros fortificados,
para evitar que pudiera ser cortado por el enemigo el suministro de agua de un
manantial situado más allá de las murallas. Bajaba por el pozo una luz difusa,
y David se acercó más a la abertura inferior del cañón para ver de lo que se
trataba.
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De pronto oyó la voz de una mujer, cuyo eco bajaba rebotando por las
paredes del pozo hasta llegar a sus oídos. Instintivamente se metió en el agua,
de la que volvió a salir avergonzado por comprender que era imposible que la
persona que hablaba le viera en la oscuridad de la caverna al final del pozo.
Al sacar la cabeza del agua, lo hizo con el tiempo exacto para impedir que
chocara con ella un cántaro que era bajado con una larga cuerda. Contempló,
fascinado, en la semioscuridad, cómo se llenaba el cántaro y se hundía en la
superficie del agua antes de ser izado por medio de la cuerda.
El cántaro bajó otra vez, mientras las mujeres que había arriba, las cuales
indudablemente estaban dedicadas a sacar agua para sus necesidades
domésticas, charlaban descuidadamente. Su conversación versaba sobre el
sitio de la ciudad por el ejército israelita y su confianza de que las murallas
protectoras de Jerusalén resistirían cualquier ataque por parte del invasor.
David no podía dejar de pensar maravillado, mientras se agazapaba a un lado
de la salida del pozo, lo que podrían experimentar aquellas mujeres si
supieran que el simple hecho de bajar un cántaro para llenarlo de agua, le
había dicho a él la manera de poder apoderarse de la ciudad.
Al terminar de llenar sus cacharros, las mujeres se fueron y David volvió
a ponerse en pie bajo el pozo. Aunque acostumbrado ya a la penumbra,
todavía no Je era posible ver bien, porque solamente se encontraba iluminada
la parte superior del pozo, al parecer por medio de una lámpara encendida en
su boca para ayudar a quienes fueran a extraer el agua. Pero pudo darse
cuenta que la anchura del pozo era poco más de la longitud de su brazo,
pareciendo haber sido excavado en la base de piedra de la colina en la que la
ciudad estaba construida. Que la abertura superior estaba dentro de los muros
de Jerusalén, lo demostraba la presencia de las mujeres, que no se hubieran
aventurado a salir fuera de la ciudad una vez anochecido. Y lo más importante
de todo, si a una mujer le era posible llegar con su cántaro al manantial a
través del pozo, un hombre podría recorrer el mismo camino a la inversa,
incluso aunque fuera de noche.
A la mañana siguiente, terminada la colación matinal y los trabajos de
ordenación del campamento, mandó David que se formara el Ejército ante él.
Como se encontraba subido en una peña, le era posible ver desde donde se
encontraba, a los habitantes de Jerusalén que se dirigían a sus ocupaciones
diarias con la misma tranquilidad que si los israelitas no se encontraran allí.
Pensó David que esta confianza sería precisamente su perdición, porque era lo
que les había hecho dejar sin vigilancia el pozo del manantial de Gihón. Al
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pasar la mirada por sus tropas, vio algo que le acabó de dar la seguridad de
que no podía fallar el plan que la noche anterior imaginara. Fue que advirtió
la figura robusta de Joab, vestido con el uniforme del soldado raso, formado
entre los hombres que tema delante.
—¡Hombres de Israel! —les dijo David—. He descubierto el medio de
que Jerusalén caiga en nuestras manos, como cae del árbol una aceituna
madura.
Ante estas palabras los soldados empezaron a lanzar gritos de entusiasmo,
pues la posibilidad de conseguir abundante botín era algo que les
entusiasmaba tanto como la gloria de la guerra o la conquista de nuevos
territorios.
—Necesito un hombre de gran fuerza y de habilidad superiores a lo
corriente, de un guerrero que piense sólo en la misión que se le va a confiar y
no en su seguridad personal —continuó diciendo David—. Será un hombre
que tal vez vaya a la muerte y por consiguiente, no puedo obligarle que
realice esta difícil misión; pero si triunfa en el empeño, dándonos, como
consecuencia, la victoria, prometo que será nombrado capitán jefe de los
ejércitos de Israel.
Apenas acababan de salir estas palabras de su boca, cuando escuchó la
contestación que esperaba oír. Era la voz de Joab, que exigía para sí el
privilegio de realizar aquel cometido.
David no habló hasta que Joab llegó al espacio abierto ante él. Sus ojos se
encontraron un momento, pero fue lo suficiente para demostrar que los dos
hombres se habían entendido. Permitiéndole tomar parte en la peligrosa
empresa como voluntario, David hacía posible que Joab volviera a recobrar su
antigua posición, sin ofensa para aquéllos cuya lealtad todavía los inclinaba
hacia Abner y la casa de Saúl.
—¿Qué propósito le guía al hijo de Zeruiah al aproximarse aquí?
David tenía buen cuidado de no demostrar cordialidad alguna hacia Joab.
Hacerlo, hubiera representado una ofensa para otras tribus israelitas, que
habían estado al servicio de Abner y de Ishbosheth. En cuanto a Judá, no
despertó odio alguno que Joab matara a Abner. El hecho se miraba
simplemente como la aplicación de la antigua ley mosaica que decía que la
sangre de un hombre debe de ser pagada con la sangre de otro hombre, a
mano de la familia de la víctima.
—El rey acaba de solicitar un hombre de gran fortaleza, capaz de luchar y
sin miedo a morir —dijo Joab—. Ese hombre lo tiene ante sí, un soldado de
Israel, de la tribu de Judá y de la familia de Zeruiah, trayendo sus armas en
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contestación a la llamada la que deben responder cuántos aman y adoran a
Dios nuestro Señor.
—El hijo de Zeruiah es tan bien recibido como lo sería cualquier otro que
empuñara las armas de Israel —le dijo David— para actuar como voluntario
en la difícil misión de que acabo de hablar.
Luego levantó la mano y dirigiéndose al ejército formado ante él, dijo:
—Regresad a vuestras ocupaciones, mientras yo me dedico a planear la
batalla que va a librarse, en unión de vuestros jefes y del hombre que se ha
ofrecido a arriesgar su vida para que la aventura tenga éxito.
A la conferencia estratégica que poco después tuvo lugar, asistieron los
capitanes del millar, junto a Joab, Hushai, Abiathar, el sacerdote y el escriba
Shisha, éste para registrar las deliberaciones. David les contó el
descubrimiento que hizo la noche pasada y Abiathar comentó:
—Fue Dios quien os guió hasta aquel manantial. Sólo la voluntad del
Señor es capaz de revelar accidentalmente lo que tan bien escondido estaba.
—Ahora que el Altísimo nos ha señalado el camino —continuó diciendo
David— debemos de seguirlo con la mayor rapidez posible, antes de que los
jebuseos se enteren de que tienen una puerta desguarnecida en el estanque que
hay al este de la colina. He requerido el concurso de un hombre vigoroso, por
exigirlo así el ascender por el cañón del pozo sin ayuda de tina cuerda.
—Para trabajo semejante no habéis podido haber escogido un hombre
mejor —dijo Ittai con calor.
Los demás asintieron, pero Joab no mostró engreimiento por los elogios
que se le otorgaban. Se daba cuenta de que debía de llevar primero a cabo la
misión para la que se había ofrecido como voluntario, antes de que pudiese
volver a ocupar su antiguo cargo de capitán jefe del Ejército.
—¿Cuándo se ha de realizar el intento? —preguntó Joab.
—Mañana por la noche a última hora, poco antes del amanecer, cuando
no es de suponer que vaya alguien al pozo y pueda descubrirnos. Al mismo
tiempo se llevará a cabo un ataque ficticio por la parte occidental, con objeto
de distraer la atención de los jebuseos. Los hombres de Ittai se encontrarán
preparados frente a la puerta principal. Cuando Joab y los suyos la abran
desde dentro, entrarán en tromba.
—¿No sería mejor que fuera yo solo? —preguntó Joab.
David movió negativamente la cabeza.
—De ningún modo —dijo—. Sería arriesgar demasiado a una sola baza.
Cuando te encuentres en el brocal del pozo, tirarás tina cuerda y los hombres
subirán rápidamente por ella hasta estar a tu lado. De esta forma, aunque te
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veas obligado a abrirte paso a la fuerza entre los pocos centinelas con que
puedas tropezarte a esa hora de la madrugada, te será posible llegar hasta la
puerta.
—¿Puedo escoger los hombres que han de acompañarme?
—Sí; todos, menos uno.
—¿Quién será el décimo hombre?
—Yo.
Reinó un momento de silencio embarazoso, que Hushai fue el primero en
romper.
—¿Es que pensáis quebrantar el acuerdo que suscribisteis con el Consejo
de Ancianos de Israel?
—Le prometí gobernar a conciencia, conducir a los hombres en las
batallas contra el enemigo, servir al Señor y respetar sus leyes —respondió
fríamente David—. Pero no existe cláusula alguna en el convenio que diga
que yo no pueda ser uno de los diez hombres que acompañen a Joab.
—No hay nada de eso en el convenio, es cierto —reconoció Hushai—.
Pero no olvidéis que Saúl fracasó como jefe de la nación precisamente porque
era sólo un guerrero. Vos, David, sois a la vez guerrero y rey, la más valiosa
joya que Israel posee después de Dios. No podemos permitir que arriesguéis
vuestra preciosa existencia en una cosa que puede ser realizada por cualquier
combatiente.
David miró en torno suyo. Lo que leyó en los ojos de los reunidos le dijo
que todos estaban de acuerdo con las palabras que Hushai acababa de
pronunciar. Pero fue Ittai de Gath el que pronunció el fallo decisivo.
—No soy otra cosa que un mercenario y el jefe de una banda de
mercenarios —dijo—, pero tengo una deuda de caudillaje con los hombres
que mando y que han depositado su confianza en mí. Si arriesgáis vuestra
vida y alguien, en el fragor de la batalla, dice que habéis muerto, yo no tendré
más remedio que retirarme con mis soldados antes de que sean aniquilados.
Por un momento sintió David como un arranque de cólera, poro que
dominó apenas nacer. La nación iría adelante, tanto si tenía éxito ahora en
conquistar Jerusalén o tenía que esperar diez años para llevarlo a cabo. Su
deber estaba en el futuro, no en el presente ni en el pasado.
—Tenéis razón, mis buenos amigos —terminó diciendo—. La mayor de
las bendiciones que Dios me ha otorgado, es poder contar con unos consejeros
como vosotros.
—En eso os equivocáis —le rectificó gravemente Abiathar—. La mayor
de las bendiciones que sobre Israel y sobre vos ha derramado el Señor, es que
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precisamente hoy os habéis convertido en rey de todo el pueblo.
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CAPÍTULO VI
Quién llegará a los canales y herirá al jebuseo… será jefe y capitán.
Samuel 11-5:8
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utilizando la cuerda como guía para pasar por la abertura y penetrar en el
recinto interior.
Comparada con la negrura que reinaba en el exterior, la pequeña claridad
que se filtraba pozo abajo, hacía parecer que la caverna estaba casi iluminada.
—¡Por las tiendas de Israel! —exclamó Joab en un susurro—. ¡No podían
haber abierto un camino mejor para penetrar en la ciudad!
—Falta por realizar una difícil ascensión —le recordó David en voz baja
—. Y sería conveniente que la empezaras ya, antes de que algún madrugador
pueda acercarse al manantial.
Fue preciso sólo un momento para comprobar que Joab llevaba todo su
equipo completo: la daga al cinto, la cuerda arrollada al cuello y el paquete de
espadas, que entregó a David, el cual lo colocó en el suelo en un lugar con el
que podría dar fácilmente, tanteando con el pie.
—Recuérdalo bien —le dijo a Joab—. Tan pronto como llegues al brocal,
tira la cuerda, a la que te ataré el paquete de espadas. Puedes necesitar una de
ellas para asegurar la cuerda arriba. En cuanto hayas hecho eso, tiraré de la
cuerda para que entren los demás.
Joab hizo un gesto de asentimiento y David se colocó inmediatamente
debajo del cañón del pozo. Al enderezarse pudo tocar la parte inferior del
mismo, pero le hubiese sido imposible por sí solo alcanzar su áspera
superficie para ascender hasta él. Asentó firmemente los pies en el fondo del
estanque subterráneo y luego se agachó de forma que Joab pudiera colocar el
pie en su rodilla flexionada, como un primer paso para subírsele en seguida a
los hombros. Ya en esta posición, Joab podía tantear con las palmas de las
manos las paredes del pozo. Al incorporarse David, la parte baja del borde del
cañón le llegaba a Joab exactamente por debajo de su cintura.
Asegurándose bien para poder resistir el peso considerable de Joab, David
colocó primero una mano y después otra bajo la planta de sus pies. Después,
haciendo un esfuerzo que coincidió con un salto súbito por parte de Joab, el
cuerpo de éste fue proyectado al interior del pozo, donde pudo extender las
piernas y se aseguró mediante la presión de los pies contra las paredes
rocosas.
—Que Dios te acompañe… —le dijo David en un susurro al comenzar
Joab a ascender.
La operación no tenía nada de fácil para el trepador. Tenía que mover
primero un píe y después una mano, seguidos del otro pie y de la otea mano,
sosteniendo el cuerpo en el interior del pozo por la simple presión de sus
fuertes brazos y piernas contra las paredes del mismo. El progreso tenía que
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ser necesariamente lento, pero un hombre de constitución algo menos robusta,
no hubiera podido llevar a cabo semejante ascensión. Sin hacer caso de las
piedras que le caían sobre la cara, David miraba hacia arriba tratando de ver la
subida de Joab. De pronto cesaron de caer tierra y piedras.
—Me encuentro en una especie de recinto, pero ya veo el paso para salir
de él —le informó Joab.
Poco tiempo después sintió que la cuerda caía, golpeándole los hombros.
Rápidamente buscó el paquete de espadas y lo ató, siendo izado por Joab. En
tanto que tenía lugar esta ascensión, dio tres tirones a la cuerda que llevaba
atada a la cintura, apartándose a un lado de la angosta caverna, a fin de poder
ir haciendo entrar a los soldados, conforme aparecieran por la abertura
subterránea. Se había convenido, dado lo estrecho del recinto, que no hubiera
en él más de tres soldados juntos. Al aparecer la cabeza del primer soldado
debajo del agua, David le ayudó a incorporarse y le guió hasta el centro del
estanque.
David, Joab y los diez hombres habían ensayado muchas veces cómo
debían de actuar para subir todos por el pozo y entrar en la ciudad. El primer
soldado se colocó directamente debajo del cañón del pozo, listo para ayudar al
segundo a subir sobre sus hombros. Ése se agarraba a la cuerda y comenzaba
la ascensión. El último hombre de cada grupo de tres era colocado en posición
por el propio David. Con el auxilio de la cuerda, no tardaron los diez soldados
en encontrarse junto a Joab en el brocal del pozo. La cuerda fue dejada
colgando, por si fuera necesario emprender la retirada por el mismo camino.
Cuando David, al quedase solo, salió al exterior, un gran clamor de voces
llegó hasta sus oídos, lo que le dijo que el ataque de diversión había ya
empezado. Ascendió corriendo por la colina, insensible para sentir, en la
emoción del momento, el frío que se filtraba por sus empapadas vestiduras.
No lejos de la puerta principal de Jerusalén, encontró a Ittai y a sus
hombres, que aguardaban en la oscuridad.
—¿Cómo han ido las cosas? —le preguntó Ittai.
—Perfectamente. Joab encontró un recinto al llegar arriba, pero con un
paso que le permitió salir de él.
Por la parte más alejada del otro lado de la colina el rumor del ataque de
diversión se incrementaba cada vez más. El grupo que esperaba junto a la
puerta, podía ver el ir y venir de las antorchas por la muralla y los gritos y
maldiciones de los defensores, que se tropezaban los unos contra los otros en
medio de la confusión.
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—Los jebuseos sé jadiaban de que Jerusalén sería defendida por los cojos
y los ciegos —dijo Ittai riendo entre dientes—. Parece que es verdad, a juzgar
cómo chocan entre sí dentro de la muralla.
—El escándalo de la parte occidental es lo que origina el desorden. Mirad
cómo se dirigen hacia allí las antorchas de los defensores.
Todavía no existía señal alguna dentro de la ciudad que denunciara que
Joab y los suyos alcanzaran su objetivo y David empezó a sentir algo de
aprensión. Poco después, del otro lado de la puerta principal, llegó un
chaparrón de gritos, el entrechocar de las espadas y el alarido de un hombre al
caer mortalmente herido. Luego se oyó el chirriar de las bisagras al abrirse la
pesada puerta principal y la voz de Joab que gritaba jubiloso:
—¡Hemos tomado Jerusalén! ¡Viva David, rey de Israel!
Cuando Ittai dio la orden de avanzar, David se sorprendió a sí mismo
lanzando el grito de guerra de Judá y se encontró, espada en mano, corriendo
al lado de los mercenarios. No tardó en tropezarse con un soldado jebuseo. El
hombre era valiente y estaba lejos de ser cojo o ciego, pero ante la destreza
adquirida por David en los tiempos que era perseguido por las huestes de
Saúl, poco podía hacer. Hubo unos cortos momentos de esgrima y David
acabó derribando al soldado y siguiendo de nuevo su carrera tras Ittai.
Deprimidos por la inesperada presencia de las tropas israelitas dentro de
los muros de la ciudad, que consideraban totalmente inexpugnables, los
habitantes de Jerusalén perdieron pronto las ganas de combatir. En poco
tiempo terminó toda la resistencia. David se puso al frente de su ejército,
saliendo por la puerta principal. Allí encontró a Joab con la espada todavía
ensangrentada y las vestiduras sucias y desgarradas a consecuencia de su
ascensión por las paredes rocosos del pozo, el cual dio un paso
orgullosamente hacia delante al ser nombrado para su antiguo cargo de
capitán jefe de los ejércitos de Israel.
Al terminar la ceremonia, se unió a David y a los demás consejeros para
tomar parte en el festín organizado con parte del botín del que se habían
apoderado.
—Ittai me ha dicho que has dado orden de no matar a los que no han
combatido contra nosotros —le dijo.
—Así es —contestó David.
—¿Y por qué? Antes acostumbrábamos siempre a acabar con todos los
que eran nuestros enemigos.
—Los jebuseos no nos atacaron nunca. Hemos vivido siempre en paz con
ellos, residiendo en el mismo corazón de nuestra tierra, desde los tiempos de
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Abraham.
—Pero has tomado su ciudad.
—Ciertamente, pero sólo porque Israel necesita a Jerusalén como capital.
Además estas gentes poseen aptitudes que nos pueden ser de utilidad.
—¿Aptitudes? ¿Qué aptitudes son ésas? No son metalúrgicas y ni siquiera
buenos alfareros.
—Los jebuseos poseen un arte diferente, el de saber comprar y vender con
provecho. Pueden evaluar las cosas sólo con mirarlas y hacer que los demás
lo reconozcan.
—¡Vamos, sí, el arte del mercader! —exclamó Joab con desprecio—. La
espada, en manos de un guerrero veterano, puede ganar en una sola
arremetida tanto como un mercader gana durante toda su vida.
—Pero no olvides que un comercio próspero produce también riqueza y
que esta riqueza puede servir para contratar los más poderosos guerreros. Lo
que yo quiero decirte Joab, es que Israel no puede seguir siendo en lo
sucesivo sólo una nación de luchadores, pastores, granjeros y viñadores. Para
ser verdaderamente grandes, tenemos que traficar con los países vecinos, y
para ello precisamos de mercaderes capaces, tanto como de la espada de
nuestros guerreros.
—Una ciudad de mercaderes es como una cáscara vacía. Ya ves lo que le
ha ocurrido a Jerusalén en cuanto no ha tenido murallas que la protegiesen.
David sonrió.
—Teniéndote a ti para guiarnos en el combate, no podremos tener miedo
de nadie que nos ataque por el lado que sea. Te he echado mucho de menos,
así como también a Abishai. Ojalá no haya nada que pueda volver a
separamos.
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CAPÍTULO VII
E Hiram, rey de Tiro, envió también embajadores a David.
Samuel 11-5:11
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completa utilización. Los fenicios podrían obtener con el tratado propuesto,
comestibles, pieles y otros artículos semejantes, mientras Hiram podría
proporcionar a David hábiles artesanos, tales como albañiles y carpinteros,
que ayudarían a construir una nueva ciudad en el lugar que ocupaba el viejo
centro jebuseo de Jerusalén. Y dado que Israel poseía poca madera para las
construcciones, la alianza le prometía también a Hiram un buen mercado para
los hermosos cedros que cortaba en las montañas del país llamado el Líbano,
que se encontraba situado al oeste de su costa.
Lo más importante de todo, por lo menos desde el punto de vista de
David, era que los fenicios no eran un pueblo guerrero, y que, por
consiguiente, su alianza con ellos no representaba el menor peligro para
Israel. En consecuencia los emisarios de Hiram fueron tratados con la mayor
cortesía. A su regreso, les fue entregado un mensaje que decía que Israel y
David se sentirían muy honrados en suscribir un tratado de paz y de amistad
con la gran ciudad-estado de Tiro.
El período que siguió a la firma de este tratado, fue de una gran
prosperidad y crecimiento de Israel, bajo la mano férrea de su soberano, que
se encontraba por entonces en el ápice de la vida. El palacio que los artesanos
fenicios construyeron era lujoso y de grandes proporciones. David llenó
varias de sus múltiples estancias con nuevas esposas que tomó de las regiones
vecinas, con lo que fomentó las buenas relaciones con varios pequeños
Estados, como había hecho con el rey de Geshur.
Los departamentos asignados a los niños en el nuevo palacio, no tardaron
en llenarse de príncipes y princesas de todas las edades. De todos ellos, los
favoritos de David eran los que había tenido con Maacah. Su hermosa y
morena hija Tamar hacía, en efecto, una gran pareja con Absalón, su atractivo
hermano. Aunque éste no era el mayor de sus hijos, pues tal honor
correspondía a Amnón, hijo de la dulce Ahinoam, era sin disputa el que
gobernaba a todos los demás niños dentro de la casa real.
Incluso con tan gran harén, adecuado a su riqueza y posición, tuvo David
buen cuidado en conservar a Michal como su esposa favorita, ante el temor
que pudieran ofenderse las tribus que habían seguido al hijo de Saúl,
Ishbosheth. Pero a medida que su poder crecía en unas proporciones que
jamás pudo conseguir Saúl, la separación entre ambos se acentuó. Todavía iba
a visitarla ocasionalmente, pero el arrebato amoroso de antaño ya no existía
entre ellos. Y al correr de los días, el temperamento de Michal era cada vez
más irascible y David tenía cada vez menos tolerancia con su continuo mal
humor.
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Entonces sucedió algo que de momento apartó todos los pensamientos de
David de sus problemas domésticos y de la belleza y magnificencia de su
capital. Desde la muerte de Saúl, la mayor parte del país situado al oeste del
Jordán se encontraba bajo la soberanía titular de los cinco reyes filisteos que
se unieron para derrotar a Saúl en el monte Gilboa. Incluso después de haber
sido coronado rey de Israel, continuó David manteniendo la ficción de que era
vasallo del rey Achish. Al obrar así, trataba de evitar la guerra con los filisteos
antes de que estuviesen terminadas las nuevas murallas de Jerusalén y hubiera
elevado la fuerza militar del resto de la nación al más alto nivel posible. Pero
ya Jerusalén en manos de David, ni siquiera Achish de Gath tenía la menor
duda de que el nuevo rey se estaba fortaleciendo en tales términos que no
tardaría en enfrentarse con los reyes filisteos en el mismo pie de igualdad.
Desafiando la nueva amenaza, como ya lo habían hecho ante el poder de Saúl,
reunieron un poderoso ejército y por medio de una rápida maniobra
penetraron profundamente en el territorio de Judea y amenazaron a la propia
Jerusalén.
Al sudeste de la ciudad se extendía una amplia planicie conocida con el
nombre de valle de Rephaim. Los filisteos tenían fácil acceso a esta llanura
por el camino del valle de Elah y por otros varios pasos de la montaña.
Convergían en ella buen número de caminos, y por esta razón, los filisteos
pudieron emplazar un ejército considerable casi a la vista de Jerusalén, antes
que a David le fuera posible reunir sus fuerzas para detenerles.
Si hubiera ya tenido terminadas las nuevas murallas de Jerusalén, David
se podría haber retirado al interior de la ciudad, mientras el enemigo
dilapidaba sus fuerzas tratando de abrir brecha en los muros, que en el
presente estado en que se encontraban ofrecían serias roturas. Si David tenía
que mantener una posición de completa independencia frente a sus antiguos
señores, debía de infligir una seria derrota al enemigo, a pesar de la
vulnerabilidad de su actual situación.
En cuanto tuvo noticias del ataque filisteo, David llamó a Abiathar en
unión de su efod.
—Preguntad al Señor —le rogó— si debo de ir al encuentro de los
filisteos y si hará que éstos caigan en mis manos.
Abiathar tocó la sagrada vestidura y se puso a orar, dando a continuación
la respuesta sin vacilación alguna:
—El Señor os dice: «Ve contra ellos y seguramente haré que caigan en tus
manos».
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Inmediatamente convocó David a los capitanes de su ejército. Joab,
siempre dispuesto a la lucha cuerpo a cuerpo, propuso un ataque frontal
contra los filisteos, y David no tuvo esta vez otra opción que aceptar la
sugerencia, pues las fuerzas enemigas se habían acercado demasiado a
Jerusalén y era imposible realizar ninguna maniobra que pudiese resultar
efectiva. Al encontrarse el enemigo a una hora de marcha de Sión, Joab se
puso al frente del ejército de Israel, y el mismo día, en un lugar llamado
Baalperazim, los dos enemigos chocaron violentamente. La lucha fue
sangrienta desde los primeros momentos, pero las fuerzas que David había
reunido contra los atacantes, eran muy diferentes de los bisoños soldados
reclutados por Saúl, en una época en que se mostraban demasiado propicios
para lanzar el clásico grito de retirada: «¡Cada hombre a su tienda, oh,
Israel!».
En las líneas de vanguardia se encontraban los bien entrenados guerreros
de Gath y Caphtor. Detrás de ellos se alineaban los hombres de la antigua
partida de David, fogueados por los largos años de sufrir persecuciones entre
el dédalo salvaje de montañas y barrancos de Judea. Apoyando a estas tropas,
se hallaban, alternativamente, las levas formadas por los hábiles honderos de
Benjamín y por arqueros adiestrados a disparar sobre las cabezas de las filas
de los demás soldados y hacer caer mía lluvia de flechas sobre el enemigo.
Al anochecer, los filisteos habían sido rechazados casi hasta la entrada del
valle de Rephaim, retirándose a las montañas a reagrupar sus fuerzas. El
campo de batalla se encontraba literalmente cubierto de las pequeñas
imágenes llamadas terafim, que todos los guerreros filisteos llevaban consigo
con la creencia que aquellas reproducciones de su dios familiar les traerían
suerte en el combate. Y puesto que la pérdida de un teraf lo consideraban
como una derrota, los israelitas se apoderaron de todas las minúsculas
imágenes que pudieron recoger en el campo de batalla y las quemaron.
David no tomó parte efectiva en la batalla. Recordaba demasiado bien el
consejo que le había dado Hushai y todos los demás, cuando hubiera deseado
subir por el pozo del manantial con Joab. Presenció la lucha desde una
elevada colina, que proporcionaba un excelente punto de vista por abarcar en
conjunto el campo de batalla. De vez en cuando, si lo estimaba necesario,
enviaba mensajes a los diferentes cuerpos de ejército, con instrucciones si
debían cambiar de táctica. Después del anochecer, cuando el enemigo se hubo
retirado a las montañas, los jefes subieron a la colina para dar su parte a
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David. El rostro de éste, ante la relación de los muertos, moribundos y heridos
que le presentaron, se ensombreció más y más.
—Hemos perdido más hombres de los que podemos permitirnos. Si
mañana perdemos otros tantos, podremos dar la batalla por perdida.
—Por cada hombre que cae, el enemigo pone dos en su lugar —reconoció
el propio Joab—. De no ser por el valor de los peletitas y de los queretitas,
nuestros flancos hubieran acabado por ceder.
Benaiah, un fornido guerrero, cuya estatura no se diferenciaba de la de los
demás mercenarios de Caphtor que mandaba, hizo uso de la palabra:
—Los elogios del hijo de Zeruiah suenan como música en mis oídos. Pero
debo decir que mañana no nos será posible resistir como lo hemos hecho hoy.
—Quizá los filisteos no lancen mañana tantos hombres como lo han hecho
ahora —sugirió Abiathar.
Pero David movió, dubitativo, la cabeza.
—Desde mi puesto de observación —dijo— he podido ver como
atravesaban nuevos refuerzos los pasos del Norte. Mañana tendremos que
enfrentarnos con fuerzas todavía mayores.
En ese caso las cosas no podrían irnos bien —añadió Joab con
pesadumbre—. A menos que nos retiremos a Jerusalén y podamos defender
las brechas de las murallas.
—No olvidemos que es el Señor quien mañana ha de damos la victoria o
la derrota —les recordó David—. Quedaos aquí mientras yo voy a rezar ante
el efod, a ver si recibo alguna revelación de la voluntad de Dios.
Incluso los mercenarios, que no adoraban al dios de Israel, sino que
llevaban sus propios minúsculos terafim entre sus ropas, no tuvieron nada que
oponer, puesto que en más de una ocasión a las plegarias de David fueron
premiadas con la revelación de un plan que convirtió en victoria la derrota.
Respetando su deseo de estar solo cuando trataba de comunicarse con el Dios
que le había guiado a través de tantas dificultades, ni el propio Abiathar se
ofreció a acompañarle, limitándose a entregarle el envoltorio de tela de lino,
que contenía el efod.
Hacía frío en la cumbre de aquella montaña, pero cuando David se colocó
el efod sobre los hombros, como tenía derecho a hacer en su calidad de
sacerdote y rey, y tocó los enjoyados bordados que lo cubrían, experimentó
una vez más la sensación, cálida y confortadora de una presencia superior, tal
como le sucedió la primera vez en el valle de Elah. Al mirar a lo largo de la
llanura de Elah hacia el campamento de los filisteos, empezó a formarse una
imagen en su pensamiento.
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Era un cuadro familiar y al propio tiempo extraño. Familiar, porque el
valle que tenía ante sí era el mismo que había contemplado durante el día,
mientras la marea de la batalla subía y bajaba; extraño, porque aun cuando sus
ojos le decían que el valle estaba en tinieblas, pues la luna todavía no había
salido, aquella imagen estaba tan llena de luz como si la contemplara al
mediodía. Y mientras contemplaba, asombrado, aquel cuadro interior, vio
muchas cosas que en el calor y entusiasmo de la batalla no se había dado
cuenta.
En el otro extremo del valle se alzaba un bosquecillo de moreras que
muchas veces contempló y en el que se detuvo en más de una ocasión cuando
regresaba a Jerusalén después de un día de marcha, para coger un poco de
fruto. Sin embargo, era como si contemplara aquel bosquecillo por primera
vez. Podía ver las gruesas ramas que crecían cerca del suelo y que el peso del
fruto y del follaje hacían bajar más, formando una sólida barrera verde, una
pantalla tras la cual se podría ocultar un considerable número de hombres, sin
correr el riesgo de ser descubiertos.
En tanto que examinaba aquel cuadro mental del bosquecillo de moreras,
le pareció oír una voz, que le salía de lo más profundo de su alma, y que le
decía: «No les ataques de frente. Rodéalos por detrás y cae sobre su
retaguardia desde el bosquecillo».
Era un plan audaz, y por su mismo atrevimiento, lógico y sencillo. Desde
aquel punto, detrás de las principales fuerzas filisteas, un pequeño grupo de
escogidos combatientes hábiles podría sembrar la confusión y la derrota en las
filas enemigas. Incluso el momento de lanzar la acción no ofrecía problemas,
porque en aquel clima la brisa se levantaba siempre al salir el sol. El ondular
de las copas de las moreras a causa del viento podría ser la señal a los que se
ocultasen detrás del bosquecillo para que atacasen.
Al descender de la cúspide de la montaña David iba sonriendo.
—He aquí el camino que el Señor quiere que sigamos mañana para
combatir contra el enemigo —explicó a los que formaban el grupo que les
estaba esperando—. Ittai y Benaiah emprenderán con sus hombres una
marcha entre la medianoche y el amanecer, para ir a esconderse detrás del
bosquecillo de moreras que existe en el otro extremo del valle, esperando allí
hasta que salga el sol. Cuando yo dé la orden, los que nos encontremos en el
valle fingiremos que retrocedemos. Entonces, cuando el enemigo se lance en
nuestra persecución, los que están ocultos se arrojarán contra la retaguardia de
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los filisteos. La brisa del amanecer que empezará a agitar las ramas altas de
los árboles, será la señal para que inicien la acción.
—¡Por Asherah[8], esposa de Baal! —gritó uno de los capitanes
mercenarios—. ¡Será una cosa tan sencilla como cascar una nuez entre dos
piedras!
—Y si cascamos bien esa nuez, su fruto os sabrá muy dulce cuando
mañana lo saboreemos antes de ponerse el sol —les prometió David—. Que
cada uno da cuenta a sus hombres del papel que les corresponde jugar. Yo
estaré en la cumbre de la montaña, vigilándolo todo.
—¿No has dejado nada para que lo haga yo? —preguntó, quejoso, Joab.
—Al contrario, a ti te corresponderá realizar la misión más importante de
todas —le contestó David—. Tu papel será emprender la persecución del
enemigo cuando se vaya retirando hacia el Oeste.
—Podemos rechazarlos más allá de Gath —dijo Joab con los ojos
brillantes de entusiasmo—. Con ese territorio en nuestras manos, Filistea será
conquistada y en el porvenir ya no tendremos enemigos.
—Te olvidas del Este, del Norte y del Sur —replicó David—. Antes de
que el reino de Israel acabe de tomar forma, te prometo que podrás mojar tu
lanza en el mar Rojo, en el río Éufrates y en el Gran Mar a los pies del monte
Carmelo.
Nadie contestó. Porque de todos los presentes, solamente David poseía la
visión suficiente para ser capaz de soñar semejante sueño.
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CAPÍTULO VIII
Y pusieron el arca de Dios sobre un carro nuevo y lleváronla de la casa de
Abinadab que estaba en Gibeah.
Samuel 11-6:3
Las fuerzas a las órdenes de Ittai y de Benaiah dieron una amplia vuelta al
campamento filisteo poco después de la medianoche, para llegar al
bosquecillo de moreras y tomarse allí un breve descanso antes de que diera
comienzo la batalla. Por entonces la luna ya había asomado por las tranquilas
y sombrías montañas de Moab, por el Este, y el cielo estaba tachonado de
estrellas.
David se encontraba solo, sentado a la puerta de su tienda,
experimentando una vez más la sensación de desamparo que lleva consigo el
peso de una gran responsabilidad. Sus pensamientos iban más allá de aquellos
campos que tenía ante sí, porque si la batalla del día siguiente se desarrollaba
tal como él esperaba, quedaría abierto el camino del Oeste, y el enemigo,
cuyo empuje durante más de un siglo no había hecho otra cosa que contraer
las fronteras de su propia tribu de Judá, sería por fin rechazado y encerrado en
una pequeña zona poco superior en extensión a la que ocupaban las ciudades
de la costa. Entonces Filistea dejaría de ser un peligro para la joven y
creciente Israel. Era un pensamiento a la vez temerario y emocionante, que no
le permitió conciliar el sueño hasta que la noche estaba muy avanzada.
El sol acababa de elevarse sobre las cumbres de Moab cuando el ejército
filisteo, confiando en la victoria, se dirigió de nuevo al valle de Rephaim para
enfrentarse con las fuerzas israelitas. En el momento de empezar a chocar los
escudos de ambos antagonistas de primera línea, Joab, siguiendo las
instrucciones de David, dio la orden de retirada hacia la fortaleza de
Jerusalén. Como este último esperaba, los filisteos se lanzaron afanosamente
en su persecución, prorrumpiendo en gritos de guerra ante aquella promesa de
victoria.
Durante irnos instantes, temió David que Ittai y Benaiah, esperando que se
levantara la brisa que moviera las copas de los árboles, pudieran llegar
demasiado tarde. Pero en aquel preciso instante el viento mañanero acarició
su frente y al mismo tiempo vio que las ramas altas de las moreras, al otro
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extremo de la planicie, empezaban a agitarse. Su emoción fue profunda
cuando observó que los mercenarios salían de la protección del bosquecillo y
se arrojaban sobre la retaguardia del ejército filisteo.
Joab también había estado esperando aquel momento. David pudo oír su
grito de júbilo antes de asir el gran shofar que llevaba pendiente del hombro
antes de emitir un fuerte trompetazo, que era la señal para que sus tropas
volvieran a combatir. Luego se lanzó a lo más recio de la pelea agitando su
gran espada. Detrás de él se tensaron las cuerdas de los arcos, y las flechas,
pasando por encima de las filas más avanzadas de los israelitas, empezaron a
llover sobre el enemigo. Silbaron también las hondas de los benjaminitas al
lanzar sus piedras contra los filisteos.
Una vez que Ittai y Benaiah atacaron la retaguardia enemiga, el resultado
de la batalla no tema ya duda. Los filisteos no pudieron seguir avanzando
sobre Jerusalén. Por el contrario, en tanto que el sol empezaba a ascender por
el firmamento, iniciaron su retirada hacia el Oeste, seguidos de Joab en
enconada persecución. Antes de que oscureciera, el combate se había
desplazado tanto hacia aquella dirección, que David ya no podía ver lo que
ocurría desde su destacado puesto de observación de la montaña. Aun cuando
Joab no pudo llevar a cabo la esperanza que alimentaba de apoderarse de Gath
y otras ciudades filisteas, la victoria había sido de todas formas tan grande,
que durante muchos años impediría que Israel volviera a ser amenazado por el
enemigo.
Para celebrar la gran victoria, ordenó David que se sucediera un período
de fiestas y conmemoraciones en toda la nación. En mucho mayor grado de lo
que él mismo había esperado, Jerusalén se convirtió en la verdadera capital
política del reino unido de Judá e Israel. Pero quedaba todavía por hacer una
cosa, antes de que su plan quedara completado: Jerusalén debía de convertirse
también en la capital religiosa de la nación. Con este fin, tenía que ser
trasladada hasta la nueva capital el Arca de la Alianza, que se encontraba en
Gibeah.
Después de haber sido recobrada de los filisteos más de veinte años antes,
el Arca[9] fue trasladada a Gibeah, donde se guardaba en la casa de un hombre
muy piadoso llamado Abinadab. Pero con el traslado de la capital a Jerusalén,
esta ciudad se había convertido en el lugar adecuado donde debía de estar.
David ordenó que se preparara para alojarla, un magnífico nuevo
Tabernáculo, en una tienda todavía más lujosa que la de Nob.
El día señalado para realizar el traslado, una gran muchedumbre,
capitaneada por David, se encaminó a Gibeah, localidad situada a dos horas
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de distancia, a pie, de Jerusalén. En la casa de Abinadab fueron saludados por
los dos hijos de éste llamados Uzza y Ahio, que en aquel entonces estaban
encargados de la custodia del Arca. Los sacerdotes la colocaron sobre un
carro que Ahio guió en el viaje de regreso a Jerusalén. Uzza iba a pie al lado
del vehículo y David delante de él.
David vestía un sencillo efod de lino, propio de un sacerdote de menor
categoría, como símbolo de su humildad y obediencia a la voluntad de Dios.
Seguía siendo el dulce cantor de Israel, y mientras caminaba iba tocando el
arpa y entonando canciones en acción de gracias al Señor. El pueblo le seguía
lleno de alegría. Algunos tocaban salterios y cuernos y otros marcaban el
ritmo del paso con panderos y címbalos. Era un día del más extremado
regocijo para todos. El corazón de David estaba inundado de felicidad, porque
traía consigo el Arca de la Alianza, sagrado símbolo de la presencia de Dios,
para que descansara en lugar adecuado en la nueva capital de Israel.
Y precisamente en aquellos momentos sobrevino la tragedia. Cuando la
procesión pasaba junto a un terreno de trilla que había al lado del camino, una
de las ruedas del carro que conducía el Arca tropezó con una piedra,
bamboleándose el vehículo y estando a punto de volcar. Instintivamente,
Uzza, que caminaba a su lado, para evitar que cayera, puso su mano en el
Arca, cosa que solamente podían hacer los sacerdotes.
David, que iba delante, oyó un súbito grito de terror por parte de los que
seguían al carro. Ordenó detenerse, y al retroceder, se encontró con que Ahio
estaba arrodillado al lado de su hermano caído, mientras los que les rodeaban
sollozaban y gemían presos de hondo temor.
—Los bueyes hicieron vacilar el carro —le explicó Ahio— y Uzza debió
temer que el Arca cayese y puso su mano en ella. Los que lo presenciaron
dicen que inmediatamente cayó muerto.
Un murmullo de voces confirmó el relato. David no tenía medios de
averiguar si la trágica muerte de uno de los que hasta hacía poco habían
custodiado el Arca, se debía a un accidente casual o a la cólera del Señor. Él
no iría contra la voluntad de Dios, si lo que verdaderamente quería con aquel
aviso era que el Arca no fuera llevada a Jerusalén.
—¿Qué he de hacer para que el Arca venga a mí? —inquirió.
La pregunta era formulada tanto a sí mismo como a cuantos le rodeaban,
porque la trágica muerte de Uzza se le presentaba como un dilema difícil de
resolver acerca de lo que procedía hacer con el Arca.
—No desafiéis la cólera del Señor —contestó a su pregunta un hombre
barbudo que había ido caminando detrás del carro—. A su debido tiempo os
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será revelado lo que proceda hacerse con el Arca sagrada.
El que así hablaba era un hombre alto, ancho de hombros y en la flor de la
vida. En nada se parecía al débil y anciano Samuel, y sin embargo, había algo
en sus ojos, en su actitud llena de ardor y de convicción, que a David le
pareció que no podía ser fruto de ningún interés personal y que le recordó al
viejo profeta que un día, mucho tiempo atrás, le había ungido a él en Belén.
—¿Quién sois? —le preguntó.
—Es Nathan, mi señor rey —contestó por él Ahio—. Es un profeta por el
que habla la voluntad de Dios. A menudo solía orar junto al Arca, cuando
estaba en casa de mi padre.
—¿Qué es lo que procede hacerse con el Arca?
—Un hombre llamado Obededom reside cerca de aquí —respondió
Nathan—. Él y toda su familia adoran al Señor y guardan sus mandamientos.
Que los sacerdotes lleven a su casa él Arca. Si el Señor derrama sus favores
sobre ella y sobre los que la habitan, podéis estar seguro de que no está
irritado porque el símbolo de su sagrada Alianza sea trasladado a Jerusalén.
—Preocupaos de que así se haga —le dijo David—. Después, seguidme a
la ciudad. Quiero que estéis a mi lado para que el Señor pueda hablarme por
mediación de vuestro corazón y de vuestra voz.
Transcurrieron tres meses antes de que Nathan pudiera llevar a David la
noticia de que las bendiciones del Señor habían caído sobre la casa de
Obededom a causa del Arca. De nuevo volvió a formarse una gran procesión
para llevar él sagrado símbolo de la presencia de Dios a la ciudad. Como en la
ocasión anterior, David presidió el cortejo, vistiendo el sencillo efod de lino
del más modesto de los sacerdotes y levitas y tocando el arpa. Tan grande era
la felicidad que sentía porque hubiese Dios accedido por fin a que el Arca
fuera llevada a Jerusalén, que lo mismo que en el cortejo de su propia boda,
años atrás, se puso a cantar y a bailar con todos los demás en la alegre
procesión. Sólo una persona en todo Jerusalén miró con disgusto aquella
explosión de regocijo: Michal, su esposa.
David había convertido a ésta en su favorita, en reina titulada de la nación,
por ser la hija del antiguo rey. Pero por haber sido capaz de aumentar el poder
y la gloria de Israel en un corto espacio de tiempo, haciendo mucho más de lo
que su padre había sido capaz de hacer durante todo su reinado, fue como una
gangrena de envidia que carcomió el corazón de Michal. Al correr los años,
su carácter se hizo cada vez más intratable, particularmente cuando resultó
evidente que el tosco castillo de su padre era más pequeño, allá en Gibeah,
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que el patio del magnífico palacio de David sobre la altura de Sión, en
Jerusalén.
Michal había presenciado la entrada de la procesión portadora del Arca en
la ciudad. Cuando David llegó, al palacio para cambiarse el sencillo efod por
ropaje más regio, fue a su encuentro en las habitaciones de su esposo.
—¡Cuán honrado ha sido hoy el rey de Israel —le dijo con voz que
rezumaba sarcasmo— exhibiéndose estúpidamente ante los ojos de las criadas
de sus siervos con contorsiones dignas de un juglar!
David comprendió al mirarla que para él ya no era aquella mujer otra cosa
que mi ser malévolo y rencoroso. No le inspiraba sino lástima, lástima por no
haber sabido comportarse como una verdadera esposa y una digna compañera,
a causa de la envidia y el despecho que la carcomían.
—Danzaré delante de Jehová —dijo fríamente— que me eligió en lugar
de tu padre y de toda tu casta por príncipe de Israel. Y delante de las criadas
que dijiste, delante de ellas seré honrado.
Michal palideció ante estas palabras y el tono con que fueron
pronunciadas. Por un momento permaneció bajo el dintel de la puerta, como
si esperara de él algún signo de enternecimiento. Pero al ver que David
continuaba vistiéndose sin hacerle el menor caso, como si se tratara de una
sirvienta, dio la vuelta rápidamente y salió de la habitación.
El rompimiento con la casa de Saúl era ya definitivo. De ahora en
adelante, sería David y sólo David quien remase en Israel.
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QUINTA PARTE
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CAPÍTULO PRIMERO
Mira, ahora yo moro en edificios de cedro y el Arca de Dios está entre
cortinas.
Samuel 11-7:2
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el tiempo, por Zadok, su brillante discípulo, que había sido ya uno de los más
íntimos consejeros de David.
Puesto que el registro de los anales de un país es un factor importante en
todo Gobierno bien organizado, Shisha enseñó a un joven llamado Josafat
para que se encargara de llevarlos.
Los hijos mayores de David, ya muchachos activos y capaces, fueron
nombrados gobernadores de distrito. A Absalón, que era su favorito, le fue
asignada la tribu de Judá. El propósito que guiaba a David al nombrar
gobernadores a sus hijos, era hacerles dignos de la responsabilidad de los
puestos de mando desempeñados con firmeza.
Mucho le quedaba todavía por hacer hasta que David pudiera convertir en
realidad el sueño que tuvo en el Desierto de Parán. Todavía se veía acosado
en algunos lugares por estados poderosos que odiaban a los hebreos. Odiaban
en particular a David, porque era un caudillo fuerte y agresivo, que mostraba
indicios de ser capaz de amalgamar a las tribus que acostumbraban a pelearse
entre sí, formando con ellas una sola fuerza combativa. Esta fuerza, atacando
desde la fortaleza central de Jerusalén, temían que fuera capaz de dominarles
con el tiempo.
Si todas estas naciones circundantes, los ammonitas, que habitaban la
comarca montañosa oriental, los maobitas al este del lago Salado y por el
Norte los sirios de Damasco, se hubieran unido, podrían haber destrozado el
sueño de David de un solo golpe, reduciéndole de nuevo a la condición de
vasallo, como lo había sido ya del rey Achish de Gath. Pero debían de
transcurrir todavía algunos siglos antes de que formaran una confederación de
Estados y reyes, olvidando sus mezquinas envidias.
David estaba con razón orgulloso de su hermoso y nuevo palacio. Las
piedras del mismo habían sido talladas y ensambladas por hábiles obreros
fenicios. Los grandes techos los sostenían vigas y columnas de cedros
cortados de las montañas densamente pobladas del Líbano. Además, David
había capturado gran cantidad de botín en sus campañas pasadas, la mayor
parte del cual fue utilizado para adornar el palacio y llenar el arca del tesoro,
con vistas a emplearlo cuando las próximas acciones militares exigieran
grandes desembolsos. El palacio tenía a sus pies una metrópoli progresiva,
porque la prudencia que tuvo David de no aniquilar a los jebuseos, tuvo como
consecuencia el expansivo comercio que había llegado hasta Jerusalén. La
ciudad era ya el mercado central de toda la nación, así como un importante
cruce de los caminos de caravanas que venían de todas las direcciones.
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Con toda esta prosperidad, tenía razones sobradas David para poder estar
satisfecho. El que no lo estuviera del todo y existiera un factor en su vida que
amargaba su conciencia y no le dejaba disfrutar de su buena fortuna y de la
magnificencia de su palacio, residía en que todavía no había conseguido
levantar un digno lugar de residencia para el sagrado símbolo de la presencia
de Dios, el Arca de la Alianza, templo, por tanto, del Altísimo.
David insistía siempre en que Nathan el profeta le tuviera siempre al
corriente de sus andanzas, a fin de poder consultar al hombre más santo de la
nación cuando las circunstancias lo exigieran. Ahora había decidido reclamar
su presencia en Jerusalén.
—¿No veis cómo yo moro ahora en edificios de cedro, mientras el Arca
de Dios está entre cortinas? —le preguntó cuando vio ante él, recibido en
audiencia, al alto profeta de larga barba y cabellera de nazareno—.
Comunicad mis palabras al Altísimo y decidme si esta situación puede
continuar.
—Haced lo que esté en vuestro corazón porque el Señor se encuentra a
vuestro lado.
Gran felicidad proporcionaron a David estas palabras porque las creyó
interpretar en el sentido de que podía emprender la construcción de la casa de
Dios, tal como tenía planeado, en reconocimiento a la forma que el Altísimo
le había guiado para que pudiese ocupar su posición presente de eminencia y
esplendor. Sin embargo, aquella felicidad se le desvaneció cuando al día
siguiente llegó Nathan a su presencia.
—Anoche la palabra del Señor vino de nuevo a mí —anunció el profeta.
—¿Y cuál es la voluntad del Altísimo? —le preguntó David.
—He aquí lo que Señor ha dicho: «¿Pretendéis construirme una casa
dónde residir, cuando no he habitado en ninguna desde que traje a los hijos
de Israel sacándolos de Egipto, hasta el presente, no utilizando sino una
tienda y un tabernáculo? En todos los lugares a los que he ido con los hijos,
de Israel, ¿dije a alguien palabra alguna ordenando que se me construyera
una casa de cedro?».
Hizo una pausa el profeta y después prosiguió:
—«Ve pues», —continuó diciéndome el Señor— a mi hijo David y dile:
«Te saqué del redil de tus corderos para gobernar sobre mi pueblo de Israel,
y fui contigo dondequiera que fueses, exterminé a todos tus enemigos e hice
que tu nombre fuera tan famoso como los de los más famosos hombres de la
Tierra. Además, escogeré un lugar para que mi pueblo de Israel pueda
residir como en tierra propia y del cual no tenga que marcharse jamás».
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—¿Me prohíbe entonces el Altísimo construirle una casa donde pueda
residir? —preguntó David.
«Cuando tus días hayan terminado y vayas a dormir al lado de tus
padres, dijo el Señor que os comunicara —continuó el profeta— me cuidaré
de que tu progenie continúe reinando. Tu sucesor será el que construya una
casa en mi nombre, donde estableceré el trono de su reino para siempre.
Seré su padre y él será mi hijo. Si comete alguna injusticia le castigaré con
la vara de los hombres y con el flagelo de los hijos de los hombres, pero mi
misericordia no le abandonará jamás, como abandoné a Saúl, a quien hube
de eliminar antes de ti. Y tu casa y tu reino quedarán establecidos para
siempre».
David nunca dejó de obedecer los dictados de Dios, tanto si llegaban a él
por las palabras de algún profeta como Nathan, o por la voz familiar y
confortadora que en contadas ocasiones había escuchado dentro de su propia
alma. Aun cuando Dios parecía haber encontrado sus manos demasiado
manchadas de sangre en las múltiples batallas que había tenido que sostener
por Israel para permitirle construir el templo sagrado, por lo menos le había
dado la seguridad de que la casa de David seguiría reinando después de su
muerte, seguridad que con anterioridad no fue concedida a hombre alguno.
Para demostrar su gratitud a Dios por su promesa de que su casa
mantendría el cetro de Israel, David se dedicó resueltamente a extender su
reino. Y aquí se puso de manifiesto su inspirada sabiduría de haber escogido a
Jerusalén como capital de Israel.
Aproximadamente a medio día de rápida marcha hacia el Este, el más
importante camino de Egipto cruzaba las rutas de las caravanas que iban
desde el shephelah al distrito de Gilead cruzando el Jordán. Allí David podía
observar prácticamente todo el dominio de Israel, así como el territorio
enemigo que le rodeaba. Lo que aún era más importante es que le era factible
mover rápidamente sus fuerzas en cualquier dirección desde la capital. Al
mismo tiempo estaba seguro de poder volver con la misma rapidez a la
ciudadela en caso de que partiera cualquier ataque desde cualquier punto. Así
ganaba una notable movilidad de operaciones que le permitía reducir el
número de las fuerzas que habría de mantener de una manera permanente.
En cualquier operación militar de importancia, tal como el ataque contra
los filisteos que ahora estaba David planeando, las tribus israelitas del
Noroeste —Issachar, Neftalí, Asher, Dan y Zebulón— no eran de gran
importancia, puesto que eran bastante reducidas e incapaces de una acción
independiente. La mayor fuente de fuerza de David había residido siempre en
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su propia tribu de Judá, hasta que adquirió el territorio asignado a los hijos de
José en Gilead, después de la muerte de Abner y de Ishbosheth. Con estas
fuerzas detrás de él, David podía atreverse a lanzar una gran ofensiva contra
los filisteos. Esperaba con ello levantar la amenaza que éstos hacían pesar
sobre su seguridad militar, antes de que pudiera dirigir su mirada hacia la
altiplanicie llena de ricas posibilidades al otro lado del Jordán.
Moviéndose directamente hacía el Nordeste por el camino de Beth-horon,
las altamente disciplinadas fuerzas de la propia partida de David, junto a los
mercenarios y las levas que les acompañaban, pudieron conquistar la región
alrededor del valle de Jezreel, llave de la entrada de Gilead a través del
Jordán. Siguiendo entonces hacia el Oeste, a la sombra del monte Carmelo,
las fuerzas de David alcanzaron la orilla del mar y dieron la vuelta hacia el
Sudoeste pasando por sus antiguas guaridas de las vecindades de Hebrón y
Ziklag. Desde esta posición dominante, les fue posible dirigirse de nuevo
hacia el Oeste, hacia las orillas del Gran Mar y comprimir al enemigo en la
zona más pequeña que los filisteos habían jamás ocupado, limitada
principalmente a las ciudades de Ekron, Ashdod, Ashkelon, Gaza y Gath.
Después, por medio de una rápida operación, David pudo conseguir el
control de los importantes caminos de caravanas que cruzaban el área
alrededor del valle de Jezreel y también cercar a sus antiguos enemigos de
una manera tan completa que ya nunca más fueron lo suficientemente fuertes
para lanzar un ataque contra él. En el curso de esta campaña, la primera
promesa de David a su capitán jefe quedó cumplida: Joab pudo bañar su lanza
en las aguas del Gran Mar.
David dirigió ahora su vista hacia el Este, donde se encontraban las
adquisiciones más importantes para la expansión de su reino.
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CAPÍTULO II
Y así fueron los moabitas siervos de David bajo pago de tributo.
Samuel 11-8:2
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él, quizá porque reconocía en el joven rey del ahora unido Israel un enemigo
demasiado poderoso para oponérsele. Excepto pequeñas escaramuzas
fronterizas, no existieron grandes discrepancias entre los dos reinos, y cuando
por último decidióse David a ir contra Moab, fue contando con la seguridad
de que el rey Nasah no se movería de Rabbath, su capital muy fortificada en
las montañas al este del Jordán.
Mandadas por Joab, las fuerzas de David cruzaron este río y lanzaron una
de aquellas rápidas campañas que las hicieron ser famosas. Si Moab hubiese
poseído grandes ciudades amuralladas, la campaña pudiera haberse
prolongado mientras eran sitiadas. Pero sus habitantes eran principalmente
nómadas, que conducían sus rebaños de oasis en oasis y raramente agrupaban
sus fuerzas, por lo que los entrenados guerreros de David los conquistaron
rápidamente. Como era costumbre, para evitar que el enemigo volviera a
ganar fuerza de nuevo, David ordenó que los dos tercios de los combatientes
de Moab fueran muertos y colocó el reino directamente bajo su propio
control. Por cruel que pareciera esta medida sobre un enemigo vencido, era en
realidad más humana que la que se impuso a los amalecitas en tiempos de
Saúl. En aquella ocasión éste hizo recaer sobre el enemigo la maldición de
herem, en virtud de la cual todo ser viviente entre ellos fue exterminado.
La conquista de Moab fue sólo el primer paso dado por David en la gran
llanura para hacerse con les minerales y el comercio de la vasta región al sur
del mar Salado, llamada el Arabah y que él mismo había explorado en su
viaje al desierto muchos años antes. En su marcha hacia el Sur por la
Carretera Real se apoderó a continuación de los oasis más importantes y de
los fuertes del país de los edomitas. Siguiendo hacia el Sur sus fuerzas no
tardaron en encontrarse en la región donde se hallaban situadas las grandes
minas de hierro y de cobre. Así la promesa de Dios de que su pueblo
encontraría en la Tierra de Promisión una comarca cuyas «piedras son de
hierra y en cuyas montañas se puede excavar el cobre», quedó cumplida
siglos después de que las tribus trashumantes pasaran sobre esta zona
conducidas por Josué y Moisés.
Las victorias de David en el Arabah fueron un serio golpe para los
filisteos. Durante siglos, largas caravanas conducidas por los beduinos de piel
oscura y perfil aguileño de las tribus de los amalecitas y edomitas habían
transportado estos minerales a las ciudades filisteas, particularmente al gran
centro siderúrgico de Gerar. Al cortarles las fuentes de suministro de cobre y
de hierro de Edom, poniéndolas bajo su control personal, a David le fue
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posible descargar un rudo golpe contra el principal suministro de fuerza a las
ciudades filisteas de la costa.
Aproximadamente a medio camino entre el extremo meridional del mar
Salado y el golfo de Akaba, uno de los brazos del mar Rojo, David y sus
tropas llegaron un día a última hora de la tarde a un estrecho desfiladero que
se abría entre recortados picachos en la parte oriental del Arabah. Fuera de
aquel pasaje el sol lucía lleno de esplendor, pero al ir avanzando
prudentemente entre las perpendiculares paredes de piedra, las sombras se
hicieron cada vez más profundas hasta reinar la oscuridad de la noche. David
recordó otro estrecho paraje por aquellos mismos lugares en que estuvo a
punto de perder la vida cuando descendió impetuosamente un torrente desde
las alturas. El camino que seguían era pedregoso, porque en realidad
caminaban sobre el lecho seco de un arroyo. Los soldados conducidos por
David y Joab avanzaban lentamente por el estrecho desfiladero,
prorrumpiendo en blasfemias cada vez que las toscas suelas de sus sandalias
resbalaban en las piedras.
Un prisionero hecho a los edomitas; antes de morir a consecuencia de sus
heridas, relató un cuento extraño acerca de un oasis limitado con paredes de
piedra arenisca donde Moisés había golpeado la roca para que brotara un
manantial. El hecho de que corriera mi hilo de agua por el fondo de la
quebrada por la que pasaban, hacía sospechar que debía de existir una fuente
en algún lugar más allá del desfiladero, y por su situación, David y Joab
estuvieron seguros que se trataba del lugar que el prisionero moribundo había
dicho.
Al continuar su marcha por el desfiladero, éste se hizo más y más
serpeante y angosto, hasta parecer que los enormes muros de piedra arenisca
que se elevaban a considerable altura, se tocaban entre sí. De repente, al
doblar un agudo recodo, se encontraron con que el camino desembocaba en
una especie de atolladero o valle cerrado, alimentado por un gran manantial.
El suelo del valle aparecía alfombrado de crecida y lustrosa hierba. A ambos
lados de la corriente crecían árboles y en las abruptas laderas de las montañas
que lo circundaban, las bocas de unas cuevas abiertas en la rojiza piedra
arenisca, señalaban los lugares donde los antiguos habitantes del lugar debían
de haber residido. Pero los edomitas que habían formado la población de este
extraño pueblo al que el prisionero llamó Sela[10], hacía tiempo que huyeron
ante los invasores.
Joab se detuvo a la entrada de este bello y escondido oasis y se enjugó el
sudor y el polvo que cubrían su rostro con el musculoso antebrazo.
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—Aquí no tenemos que molestamos en construir murallas para poseer una
fortaleza inexpugnable —comentó con satisfacción.
—Verdaderamente ha debido ser Dios quien la ha construido para
nosotros —convino David—. Nunca vi este lugar antes de ahora, pero diría
que ya sabía que Dios lo había puesto aquí cuando me guió a través del
Arabah hace años.
Joab le dirigió una mirada llena de asombro, pero no hizo comentario
alguno. Nadie en Israel podía negar que existía una especie de comunión entre
su rey y su Dios.
—Si dejamos aquí un pequeño destacamento, puede vigilar el paso de las
caravanas edomitas, caer sobre ellas y retirarse a esta fortaleza natural
después del ataque —hizo observar Ittai.
—Será uno de nuestros puntos fuertes para el dominio de Edom —
reconoció David—. Existe agua y cobijo y la comida para el suministro de la
guarnición, puede traerse.
Aquella noche, cuando yacía acostado contemplando el brillante dosel de
estrellas que se percibía por encima de la alta masa rocosa, pensaba David en
lo lejos que había llegado desde que durmió en otro desfiladero semejante
muchos años atrás. Entonces casi murió en una riada, accidente que, sin
embargo, tuvo como consecuencia el recibir, a través del sentimiento de
contar con la confianza de Dios, la fuerza necesaria para poder seguir su
camino hacia delante. Y en aquel momento en que se encontraba, de triunfo y
de satisfacción, no se le ocurrió que nunca pudiera perder el favor del Señor.
Dejando una pequeña guarnición detrás para mantener el oculto y desierto
pueblo de Sela, el Ejército continuó su camino hacia el Sur. Pocos días
después, cuando los soldados caminaban llenos de cansancio por la vertiente
de una montaña, vieron aparecer delante de ellos una lengua de agua azul y
profunda.
David sintió entonces un súbito estremecimiento triunfal, porque pensó
que aquello no podía ser otra cosa que el golfo del que le habían hablado, que
estaba conectado con un océano, grande y misterioso que se extendía
ininterrumpida e infinitamente en dirección al Este.
—¡Mira! —exclamó dirigiéndose a Joab—. ¡No hablé a humo de pajas
cuando te prometí que bañarías tu lanza en las aguas del mar Rojo!
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CAPÍTULO III
Asimismo hirió David a Hadadezer, hijo de Rehob, rey de Soba, yendo él a
extender su término hada el río Éufrates.
Samuel 11-8:3
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jefes militares, los principales sacerdotes y los ancianos de la nación. David
anunció:
—Hushai ha traído noticias que nos interesan a todos, razón por la que os
he convocado para que las oigáis al mismo tiempo.
El barbudo consejero se puso en pie y dijo:
—Joab y nuestros ejércitos han ganado grandes victorias sobre los
filisteos y Moam y Edom. Los amalecitas no poseen ya la fuerza necesaria
para poder inquietamos. Sin embargo, todavía nos rodean poderosos
enemigos por el Este y el Norte.
—El rey Toi de Hamath es amigo nuestro —puntualizó Joab—. Ha
enviado presentes a David y nos ha garantizado su buena voluntad.
—Pero Hamath se encuentra muy al Norte —replicó Hushai—. Los sirios
de Damasco pueden interceptarle al oeste del monte Hermón si tratara de
ayudamos.
—Es verdad —reconoció Joab—. Pero también contamos con el rey
Nasah de Ammón, que es aliado nuestro.
—El rey Nasah se ha mostrado hasta ahora amigo nuestro; pero, no
obstante, es ya viejo y los asuntos del reino se encuentran en su mayor parte
en manos de su hijo, el príncipe Hanun, que es ambicioso. He tenido noticias
fidedignas de nuestros espías en Rabbath de que trata de buscar poderosos
aliados para ir contra nosotros.
—¡Por las tiendas de Israel! —exclamó Joab—. ¿Quién osará unirse a él?
—El rey de Soba ya ha pactado con Ammón en el Sur y con los sirios de
Damasco en la frontera Noroeste —manifestó serenamente Hushai—. Esta
noticia me llegó precisamente ayer por medio de una caravana que se detuvo
en Damasco.
Todos los presentes comprendieron la amenaza que para la seguridad de
Israel representaba semejante confederación. La cuestión no era tanto si el rey
Nasah podría controlar o si Ammón constituía un serio peligro para Israel,
como el peligro que Soba ofrecía, porque, como David, el príncipe
Hadadezer, su caudillo, era inteligente y ambicioso. Y lo mismo que Israel, su
reino de Soba estaba ensanchando sus fronteras rápidamente.
—La noticia es realmente grave —dijo Benaiah—. Con Soba y Damasco
aliados, los ammonitas pueden poner en pie de guerra un ejército que nos
excederá en número casi dos a uno.
—Hadadezer posee muchos carros —añadió Ittai—, pero los necesita para
guardar su frontera nordeste contra los ataques de los asirios.
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En realidad, el ejército de David poseía pocos vehículos rodantes. No
acostumbrado a esta clase de guerra, había preferido hasta entonces combatir
en los estrechos valles del Canaán central o en la región montañosa al este del
Jordán, donde los carros eran de poco valor. Pero si Hadadezer avanzara por
el valle del Jordán con una fuerza compuesta de dicho medio de combate, las
ventajas recaerían en gran manera a su favor. Fue el propio David, no
Obstante, el que señaló que el mayor peligro residía en una alianza entre
Ammón, Soba y Damasco.
—Hadadezer es un jefe fuerte y resuelto —dijo—. No hay duda de que su
intención es unir los tres reinos bajo su mando.
—Entonces tendríamos un conquistador en nuestras mismas puertas —
dijo Joab—. Rabbath-ammón debe de ser tomado inmediatamente, antes de
que la alianza resulte demasiado poderosa para nosotros.
—La capital de Ammón debe de ser tomada —reconoció David—. Pero
mientras sitiamos las murallas de Rabbath, es de suponer que Soba y
Damasco no permanecerán ociosos.
—¿Qué es lo que tenéis en vuestro pensamiento, David? —preguntó Ittai,
cuyos ojos empezaron a fulgurar, porque David y el jefe mercenario pensaban
con frecuencia lo mismo.
—Oigamos primero lo que ha sabido Hushai por la caravana.
—La alianza ha sido ya realizada —dijo Hushai— y en realidad los sirios
de Damasco se jactan de que David no tardará en ser destruido y el reino de
Israel con él.
—¿Por qué, pues, no se pone Hadadezer ya en movimiento? —preguntó
Joab.
—Su frontera con el Éufrates se encuentra amenazada por los asirios —
explicó Hushai—. Cuando la caravana se aproximaba a Damasco por el Este,
vieron gran número de soldados de Hadadezer que se dirigían hacia Tadmor y
el Éufrates, donde se han concentrado los asirios.
—Este Hadadezer debe ser tan inteligente como yo tengo noticias de que
lo es —manifestó Joab—. Es oportuno asegurar una frontera antes de atacar
otra, pero al obrar de esta forma ha actuado en favor nuestro. Mientras se
encuentra atareado en el Éufrates, podemos tomar Rabbath y prepararnos para
resistir el ataque sobre Jerusalén.
—El consejo de Joab es oportuno, como de costumbre —admitió David
—. Con una fortaleza como Jerusalén, estamos seguros de resistir cualquier
sitio, de forma que resulta tentador dejar que Hadadezer se estrelle contra los
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muros de Sión. Pero si esto sucede, lo que hará será retirarse a su país para
conseguir nuevos aliados y volver de nuevo al ataque.
—Como vos haríais —dijo Ittai.
—He tratado de ponerme en su lugar y en efecto creo que eso sería lo más
oportuno.
—¿Y la contestación?
—Hadadezer intenta acabar con nosotros de un solo golpe con Siria y
Ammón como aliados suyos. Pero de momento se encuentran entretenidos
con los asirios en la frontera nordeste. Así que tendremos tiempo de aplastarle
ahora con la ayuda de nuestros aliados.
—Nosotros no tenemos aliados, si exceptuamos acaso el rey Toi de
Hamath y tu suegro Talmai de Geshur —objetó Joab—. Y ninguno de los dos
es suficientemente fuerte para tener algún valor.
—Os olvidáis de los asirios —le recordó Ittai sonriendo entre dientes.
—Son también enemigos nuestros. O lo serán, si continúan avanzando
hacia el Oeste, como parece que es su intención.
—Un aliado no es necesario que combata precisamente a nuestro lado —
puntualizó David—. Ni tampoco es preciso que nos tenga simpatías en tanto
que combata a un enemigo común.
—Y divida las fuerzas enemigas —añadió Ittai.
—Soba es la parte más fuerte de la alianza que incluye Siria y Ammón —
continuó diciendo David—, y no solamente porque posee el ejército más
numeroso sino porque cuenta con el caudillo más fuerte. Pero Hadadezer se
encuentra muy ocupado en las orillas del Éufrates. Si le atacamos la
retaguardia desde Gilead y también desde el territorio de Dan, lo menos que
podremos conseguir será separar Damasco de Ammón y posiblemente
también de Soba.
—Para poder aniquilarlos separadamente —reconoció Joab—. ¿Cuándo
hemos de emprender la marcha contra Soba y Hadadezer?
—Démosle a éste una semana para que alcance el punto más extremo de
la frontera y se enrede a fondo con los asirios, mientras nosotros preparamos
nuestras fuerzas para un avance rápido —dijo David—. Hanun tiene
seguramente espías en Jerusalén, así que fingiremos que nos preparamos para
atacar a Ammón. Pero cuando nos movilicemos atacaremos en su lugar a
Soba, antes de que Hadadezer pueda retirarse del Éufrates.
David, volviéndose luego hacia su capitán jefe, terminó diciendo:
—Te prometí, Joab, que mojarías tu lanza en el río Éufrates, aun cuando
en verdad no creía que sería tan pronto.
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Para su marcha hacia el Norte eligió David una ruta que atravesaba las
montañas del Canaán central. Al llegar al valle de Jezreel, al pie del monte
Gilboa, en la cordillera central de Canaán, dividió sus fuerzas en dos partes,
una bajo el mando de Joab y la otra bajo el suyo propio.
Las fuerzas de Joab se dirigieron hacia el Este en dirección a Beth-shan y
cruzaron el Jordán. Era su misión atacar casi directamente hacia el Nordeste,
metiendo una cuña entre Soba y Damasco por el Norte y Arrimón por el Sur.
Entretanto las fuerzas a las órdenes de David avanzaron por una zona formada
por profusas rocas basálticas de color negro, desde las que ocasionalmente se
podía divisar hacia abajo el azul intenso del bello lago llamado Chinnereth.
Siguiendo luego la orilla de este lago por una comarca tan fértil que
parecía un verdadero jardín del Edén, con las montañas de Galilea llenas de
bosques y bien regadas a su izquierda, llegaron al Jordán, a corta distancia de
donde sus aguas entraban en el lago. Cruzando el río por esta parte, eludieron
la base de las estribaciones del monte Hermón, cubierto de nieve, con los
colores grises y marrones del desierto hacia el Sur.
Cuando todavía se encontraban a la vista del monte Hermón, a las tierras
desérticas empezó a suceder una amplia planicie llena de terraplenes, que se
extendía hasta las proximidades de Damasco. Pronto apareció esta ciudad en
la distancia, visión semejante a un país de las hadas lleno de verdor y con los
ondulantes plumeros de las palmeras elevándose sobre los blancos edificios.
Era un espectáculo de sorprendente belleza, semejante a un espejismo soñado
por un sediento viajero del desierto. Dejando Damasco a un lado, el ejército
de David avanzó por las estribaciones del monte Hermón, hacia Beerothai, el
centro de Hadadezer.
La elección del camino a través de la comarca montañosa había sido
intencionada, porque aquí los carros eran de escaso valor. Sin embargo, en las
llanuras alrededor de Damasco se podrían haber movilizado libremente y
cortar en pedazos las tropas de David. Éste usaba la misma táctica que utilizó
hacía tiempo contra los filisteos. Y al atacar a Hadadezer mientras los
ejércitos de Soba estaban empeñados contra los asirios, empleó otra táctica,
aprendida en los tiempos en que era jefe de guerrillas: el ataque desde un
lugar inesperado. Los resultados demostraron el genio que para la estrategia
militar poseía David, el guerrero más grande de la historia de Israel después
de Josué.
Descendiendo rápidamente sobre Beerothai, David se apoderó de la
ciudad casi sin disparar una flecha. Al propio tiempo flanqueó Damasco,
dejándola casi a su merced. Desde Beerothai atacó a través de la región
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montañosa la retaguardia del ejército de Soba, mientras Hadadezer se
dedicaba a luchar contra los asirios.
La batalla que tuvo lugar fue dura y rápida. Cuando terminó, el ejército de
Hadadezer estaba derrotado y sus mil carros, que eran la fuerza más
formidable de la región, se hallaban en manos de David. Éste ordenó que
fueran destruidos casi todos los vehículos, llevándose solamente un centenar
con él a Jerusalén para acostumbrar a su ejército a usarlos y formar el núcleo
de su propio cuerpo de carros en futuras batallas.
Los sirios de Damasco se dieron cuenta de haber sido víctimas de una
estrategia superior y trataron de invertir la derrota de Hadadezer, pero el
rápido movimiento de flanco de David les había colocado en franca
desventaja. Obligados a combatir solos contra un victorioso ejército israelita,
sufrieron una fuerte derrota en las montañas al norte de su capital. A
consecuencia de ello, le fue posible a David dejar guarniciones tanto en Soba
como en Damasco para sostener el territorio contra todo posible
levantamiento.
Fue realmente un ejército victorioso el que regresó a Israel por la
Carretera Real. De cuántos lo componían, era Joab el que mayor júbilo
mostraba porque, como David le prometió, había podido mojar su lanza no
sólo en el Gran Mar al Oeste, sino también en el golfo de Akaba, brazo del
casi legendario mar Rojo, y por último en el río Éufrates.
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CAPÍTULO IV
Y ganó David fama cuando volvió de la derrota de los sirios.
Samuel II —8:13
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Durante la ausencia de David habían surgido muchas cuestiones de Estado
que debían ser solventadas, bien por él mismo o en colaboración con el
Consejo de Ancianos. Cuando fueron resueltas, pudo dedicarse a fortalecer
los futuros lazos que esperaba que unieran a las diferentes tribus entre sí
después de su muerte. A este fin envió a buscar a su mayordomo Shisha y al
actual compilador de acontecimientos Josafat, cuya misión era llevar un
registro detallado de la historia de la nación.
—¿Queda alguien de la casa de Saúl? —les preguntó David—. Si así
fuera, quisiera poder hacer por ellos en recuerdo de mi hermano Jonatán.
—Hay un criado en vuestra casa llamado Ziba, que un día fue criado de
Jonatán —dijo Josafat—. Él es quien debe de saberlo.
—Dile que venga.
Cuando Ziba se presentó, un hombre de pelo canoso y aspecto serio,
David le formuló la pregunta.
—Jonatán tenía un hijo que es cojo —respondió Ziba—. Se llama
Mefibosheth.
—¿Dónde se encuentra?
—En casa de Machir, en Lodebar.
David conocía bien aquella región. Se encontraba en el extremo oriental
del valle del Jordán, no lejos de la antigua capital del hijo de Saúl, Ishbosheth,
en Mahanaim. Por las palabras de Ziba, no parecía que el hijo de Jonatán
pudiese constituir peligro de clase alguna para David, aun cuando vivía en
una región que se había mantenido fiel a la familia de Saúl, incluso después
de ser nombrado David rey de Israel. Éste sabía que traer al hijo cojo de
Jonatán a la capital y ser amable con él, satisfaría a los que se le oponían en
Israel. Al mismo tiempo tendría a Mefibosheth en un lugar donde podría ser
fácilmente vigilado. Esta precaución era particularmente necesaria, porque de
tiempo en tiempo se extendían rumores de que existía descontento en la tribu
de Benjamín, de la que fue originario Saúl.
—Trae a Mefibosheth a Jerusalén —le ordenó David a Ziba— y dile que
no tenga temor alguno porque su padre y yo hicimos un pacto de sangre de
hermandad.
Menos de una semana después, Mefibosheth fue llevado a presencia de
David. En cuanto lo vio comprendió éste que poco podía temerle, porque el
joven andaba con ayuda de muletas y se postró con trabajo a sus pies.
—No temáis —le dijo David—. En nombre de vuestro padre os mostraré
mi afecto y se os devolverán las tierras de Saúl. Además, comeréis en mi
mesa.
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—¿Qué ha podido hacer vuestro servidor para que os fijéis en un
miserable perro como yo? —preguntó Mefibosheth mientras tocaba el suelo
con la frente.
David no pudo por menos de sentir una punzada de dolor al ver que el hijo
de Jonatán, que tan fuerte y valiente había sido, se humillara de tal forma ante
él.
—He dado al hijo de tu amo todo lo que pertenecía a Saúl y a su casa —le
dijo David a Ziba—. Tú, tus hijos y los siervos a tus órdenes trabajarán la
tierra para él.
—Todo lo que mi señor el rey pida será cumplido al instante —contestó
Ziba ayudando a su amo a ponerse en pie y salir de la habitación.
La vista del hijo lisiado de Jonatán había deprimido mucho a David, no
pudiendo ni siquiera levantar su espíritu la constante lucha que reinaba
continuamente en su casa. Sus hijos mayores se esforzaban por destacar a sus
ojos, con la esperanza de heredar la corona de Israel, y los más pequeños no
hacían más que llevarle chismes de los primeros.
En estas circunstancias no podía por menos de afirmar su admiración por
Absalón, pues este robusto joven solamente arreglaba sus desavenencias con
sus hermanos de una manera expeditiva. Más de una vez aparecieron en la
mesa del príncipe con contusiones que ponían de manifiesto las dotes de
luchador que adornaban a Absalón.
Impaciente y enojadizo a causa de la forzada inacción que se veía
obligado a llevar en Jerusalén, David casi acogió con satisfacción un intento
hecho por el príncipe Hanun de Ammón, a raíz de la muerte del rey Nasah
para reinstaurar la antigua confederación siria y atacar a Israel. En rápida
campaña dirigida por él mismo, los sirios fueron rudamente dominados y
durante un breve tiempo pudo gozar de nuevo de la guerra y la conquista. Al
terminar la campaña, Joab salió a poner sitio a la altamente fortificada capital
ammonita, Rabbath, pero asuntos de carácter político exigían la presencia de
David en Jerusalén. Aquí, una vez más, volvió a sentirse inquieto ante los
lazos que le ataban a la capital y las constantes rencillas dentro de su propia
casa.
Hacía ya mucho tiempo que David no tañía las cuerdas de un arpa ni
cantaba las canciones que el pueblo había amado tanto. Pero el dulce cantor
de Israel, que en cierta ocasión bailó incluso lleno de regocijo ante el Arca de
Dios, vistiendo sólo el efod de lino de un sacerdote humilde, se había
convertido en un hombre de pelo canoso próximo a la cincuentena. Su rostro
estaba surcado por las arrugas producidas por las preocupaciones en la
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gobernación del reino, donde las tribus todavía combatían a veces unas contra
otras para ganar ascendencia y donde aquellos que un día siguieron a Saúl no
cesaban de hablar abiertamente de rebelión, so pretexto de que al pertenecer
David a la tribu mayor y más rica de Israel, necesariamente se inclinaba a su
favor en detrimento de las demás.
Existía también un profundo malestar en la nación a causa de que los
grandes tesoros conquistados en las guerras así como los obsequios llevados
por los reyes vecinos para consolidar una buena amistad con Israel, no habían
sido distribuidos entre el pueblo. El hombre corriente de Israel estaba
acostumbrado a ver el Arca dentro de la lujosa tienda llamada el Tabernáculo.
No podía entender el sentimiento de culpabilidad que asaltaba a David cuando
miraba su magnífico palacio de cedro y piedra y recordaba que, a causa de la
sangre que había teñido sus manos en el proceso de dar forma al reino sobre
el cual gobernaba, Dios le negó el derecho a construir un templo para mayor
gloria del Altísimo. El hombre de la calle no comprendía que hubiese
provecho alguno en apilar tesoros enormes con los cuales otro habría de
construir un día el templo. Esos mismos tesoros —pensaba— le hubieran
aliviado sus necesidades, así como el importe de los impuestos que se
recaudaban para sostener la casa real y el ejército de mercenarios que
custodiaba las fronteras de Israel.
A veces David hubiera deseado volver a vivir aquella vida de jefe de
guerrillas en el desierto, haciendo incursiones contra los filisteos y los
amalecitas y exigiendo tributos a las ciudades cuyos habitantes protegía
contra el ataque de los enemigos. Entonces su existencia era mucho más
sencilla. Entonces no tenía otro motivo de preocupación que vivir al día o
planear un rápido ataque contra el enemigo, experimentando la emoción del
combate con un adversario tan ansioso de arrebatarle la vida como él lo estaba
de evitarlo.
Como rey de Israel hubo de renunciar a aquella vida fundamentalmente
sencilla. Ahora, cada uno de sus actos estaba guiado por el protocolo y la
ceremonia. Las decisiones que tomaba lo eran sólo después de haber sopesado
el efecto que pudieran producir en los diferentes principados que estaban
ahora bajo su mando, porque si no pensaba bien cada una de las decisiones
que tomaba, surgían mezquinas envidias y nuevas rencillas entre los reyes,
dispuestos siempre a minar su autoridad para tratar de derrocarla. Todo el día
lo tenía que dedicar a los deberes de su cargo, y excepto en las últimas horas
de la noche, apenas tenía un momento para sí.
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Cada mañana, Shisha, el escriba egipcio, ahora uno de los hombres más
importantes del reino, se presentaba ante David con su ayudante Josafat.
Shisha le daba un informe detallado de todos los asuntos que exigían la
atención del rey hasta conseguir una decisión del mismo. Además, todos los
documentos importantes, las comunicaciones con los gobernantes extranjeros,
lo concerniente a las obras públicas, finanzas, Ejército y todos los múltiples
asuntos de un reino próspero y expansivo, debían ser aprobados y en muchos
casos, los documentos oportunos tenían que ser sellados con el sello real.
Después venía una conferencia con «Los Treinta», presididos por Joab,
como general en jefe de los ejércitos de Israel, cuando se encontraba en
Jerusalén. En su calidad de un cuerpo militar honorario compuesto por
hombres eminentes, cuyas proezas y lealtad eran incuestionables, «Los
Treinta» formaban un consejo consultivo en toda clase de asuntos
estrictamente militares. A continuación llegaban los principales sacerdotes
para tratar de cuestiones relacionadas con la ceremonia y el culto, puesto que
David, como el ungido de Dios, también debía de oficiar ante el Arca y los
altares de sacrificio. La vida del pueblo y la unidad del reino estaban
íntimamente unidos con el culto religioso, porque David nunca había
pretendido reinar sino como un agente de Dios, porque el Altísimo era quien
gobernaba a todos. Su falta de humildad en los primeros días de su reinado,
enajenó a Saúl la completa aprobación y el apoyo del profeta Samuel, jefe
sacerdotal de aquellos tiempos, y David no intentaba aumentar las fuerzas
divisorias que aún trabajaban dentro de la nación, al incrementar las llamas de
la controversia religiosa.
Terminados los trabajos rutinarios, era costumbre del rey sentarse en una
sala de juicios para dirimir las divergencias entre personas del reino. Tales
casos se solían llevar ante los Consejos de Ancianos en las diferentes
ciudades y villas, pero a todo hombre le asistía el derecho de llevar su
controversia ante el rey en apelación de última instancia, si había tiempo de
que fuera oído. Inevitablemente, David se conquistó enemigos, ya que en
raras ocasiones era posible dar un fallo a satisfacción de las dos partes
litigantes, y generalmente una de ellas se marchaba llena de júbilo, mientras
la otra se sentía infeliz, con lo cual se aumentaban las filas de los
descontentos, siempre propicias a murmurar.
Todos los días se reunía una gran concentración de estos peticionarios que
esperaban ser recibidos en audiencia por el rey. Pero incluso si hubiese
permanecido todo el día en la sala de juicio le hubiera sido imposible
escuchar a todos los quejosos y la mayor parte de ellos tenían que regresar a
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sus hogares sin haber podido ser escuchados. Naturalmente podía esperarse
que se sintieran defraudados y aumentaran sus agravios contra el rey, el cual,
a su parecer, dedicaba demasiado tiempo a los negocios del imperio para
poder escuchar las aflicciones del pueblo.
Con todos estos cuidados asaltándole por todas partes, David se sentía
oprimido por negra melancolía. Se sentía también separado de la amante
simpatía de sus esposas, que a menudo se quejaban de los favores que
respectivamente les dispensara por la noche y que durante el día le
apremiaban con sus demandas para obtener favores en relación con la
posición ocupada por sus hijos. Gradualmente, su carácter, que antes era
optimista y alegre, se le fue agriando. Encontraba ya poco placer en la
comida, en la bebida e incluso en el sueño. A menudo se despertaba en medio
de la noche, dando vueltas durante horas sobre el magnífico lecho de marfil
tallado de Egipto, regalo del rey Hiram de Tiro. Otras veces se dedicaba a
pasear sobre la azotea del palacio donde solía dormir en los días calurosos,
tratando en vano de encontrar solución a las dificultades que le asaltaban.
David había cesado casi por completo de componer canciones. Pero en
uno de aquellos períodos de honda depresión escribió un salmo que pasó a los
archivos de Israel como un lamento personal:
¡Oh, Señor, Dios de mi salvación,
Noche y día lloro ante ti!
Permíteme que te dirija mi oración.
Inclina tu oído para escuchar mi llanto,
Pues mi alma está llena de pesadumbre
Y mi vida va arrastrándose hacia la tumba.
Me encuentro entre los destinados a la huesa.
Soy un hombre carente ya de fuerzas,
Que sólo se sentirá libre entre los muertos
Que yacen en la tumba,
A los que ya no recuerdas
Y has apartado de tu lado.
Tú me has arrojado a la tumba más honda,
A la más profunda oscuridad.
Tu cólera cayó sobre mí
Y me abrumas con todas tus olas.
Me has despojado de todos mis amigos
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Y has hecho que abominen mi nombre.
Me encuentro cercado y sin poder salir.
A mis ojos empaña la más intensa aflicción.
Señor, diariamente he pronunciado tu nombre
Y te he tendido mis brazos.
¿No podrás hacer algún milagro para los muertos?
¿No se alzarán los que perecieron para alabar tu nombre?
¿Podrá ser tu bondad reconocida en la tumba
Y tu misericordia en la destrucción?
¿No podrán contemplarse tus maravillas en la oscuridad
Y apreciarse tu rectitud en la tierra del olvido?
¡He llorado ante ti, oh, Dios mío,
Y por la mañana mis oraciones te excusarán!
Señor, ¿por qué me arrancaste el alma?
¿Por qué me ocultas ahora tu rostro?
Desde mi juventud estuve dispuesto a morir…
Ahora, mientras sufro tus terrores, estoy conturbado.
Tu furiosa cólera pesa sobre mí.
Tus errores me han apartado de todo.
Llegaron hasta mí como una inundación,
Rodeándome por todas partes.
Apartaste de mí a la amante y al amigo
Y mi único descargo es la oscuridad.
Y precisamente entonces sucedió algo que iba a cambiar toda la vida de
David y proporcionarle nuevas energías. Volvió a ver a la mujer cuya lustrosa
hermosura tanto le emocionara el día de su triunfal entrada en Jerusalén,
volviendo de derrotara los sirios de Damasco.
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CAPÍTULO V
Y envió David mensajeros, y tomóla.
Samuel 11-11:4
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Hacia el Este, las sombras destacadas de las montañas le recordaron que
Joab y su ejército estaban en aquellos momentos acampados frente a Rabbath.
Por un momento pensó si no habría obrado imprudentemente al mandar
fuerzas tan numerosas a través del Jordán para sitiar el último reducto del
enemigo que aún seguía resistiendo. Pero se daba cuenta de que era forzoso
que Rabbath fuera conquistada para que no se convirtiera una vez más en
punto de concentración de fuerzas dispuestas siempre a oponérsele. No hubo,
por consiguiente, otra alternativa que proporcionar a Joab cuántos soldados
tenía disponibles y asumir los gastos de un sitio prolongado.
David se disponía ya a volver a su lecho, cuando le llamó la atención una
luz que brillaba a sus pies en la ciudad. Se trataba de una pequeña luminaria,
como si procediera de una lámpara de aceite, visible sobre la azotea de una
casa próxima al palacio. Tuvo curiosidad por saber quién podía haberla
encendido a aquellas horas de la noche, y dirigiéndose hacia el parapeto que
rodeaba la azotea, miró hacia abajo. Lo que vio le dijo que debía de retirarse,
puesto que constituía un pecado, de acuerdo con la antigua ley, mirar a
escondidas la desnudez de otra persona. Pero después de una primera ojeada,
no había fuerza en el mundo que le hubiese podido apartar de allí.
En la azotea de una casa debajo del palacio, una mujer se estaba bañando
a la luz de una lámpara de aceite. Segura por lo visto de que a semejante hora
de la noche todo el mundo dormía en la ciudad, no parecía temer que nadie la
espiara. En aquella noche tan calurosa, demoraba su estancia en el baño
gozando de la frescura del agua. Después se friccionó el cuerpo casi con
voluptuosidad y levantando el paño con que lo hacía, dejó escurrir el agua
hombros abajo.
Estaba sentada en un gran lebrillo, de los usados para sus abluciones por
el pueblo que no disponía en sus casas de un baño fijo, y David solamente
podía ver una pequeña parte de su cuerpo, aunque sí lo suficiente para decirle
que era una mujer extremadamente hermosa. Supo inmediatamente de quién
se trataba, pues reconoció en ella a la mujer que tan profunda emoción le
había causado cuando la vio, mezclada entre el gentío, al regresar de vencer a
los ejércitos sirios. Hubo de reconocer ahora que gran parte del descontento
que sentía en las últimas semanas provenía del deseo que aquella visión fugaz
despertó dentro de él y a que no supiera ni siquiera el nombre de la
desconocida.
El cabello de la mujer era exactamente igual a como lo recordaba, negro y
lustroso. Sentada sobre el lebrillo, le caía sobre los hombros hasta llegarle
casi a la cintura, y David estaba seguro de que su piel debía de ser sonrosada
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y resplandeciente y su cuerpo debía palpitar cálido y lleno de vida. Una y otra
vez se echó agua sobre el cuerpo, elevándose sus pechos perfectos al arrojarse
ahora el líquido con un pequeño jarro.
A David le latían las sienes violentamente y se agarró con fuerza al
parapeto que corría alrededor del borde de la azotea. El ronco y rítmico rumor
que percibía en sus oídos, lo identificó como su propia respiración, pero no
hizo esfuerzo alguno para acallarlo, dominado como estaba por la marea
todopoderosa del deseo.
Finalmente, la mujer dejó a un lado el jarro y poniéndose en pie cogió una
toalla para secarse el cuerpo. Después, como si deseara gozar todo lo posible
de la frialdad del agua que todavía humedecía su cuerpo para aliviar el intenso
calor de la noche salió del lebrillo, poniéndose en pie sobre una pequeña
alfombra, mientras se pasaba los dedos, como si la peinase, por la húmeda
cabellera.
Sobre aquella alfombra tenía el prestigio encantador de una estatua de
mármol que David vio en cierta ocasión en el palacio del rey Achish de Gath.
Aquella mujer era todavía más asombrosamente hermosa que cuanto él podía
haber imaginado. Bastante alta, de miembros largos y finos, caderas
dulcemente turgentes y senos llenos de plenitud, todo el cuerpo de aquella
mujer, al empezar a secarse, era un resumen de gracia y perfección. Pero no
era solamente la admiración por su hermosura lo que le tenía a David clavado
en aquel lugar; era más bien el deseo intenso que le inundaba, desechando
todo pensamiento de pecado o de castigo de hacerla suya, como exigía cada
una de las partículas de su ser.
Cuando la mujer hubo acabado de secarse, se puso un vestido de tela
ligera, que cubrió su desnudez, pero que no pudo ocultar la límpida gracia de
su cuerpo. David cruzó vacilante la terraza y se dirigió hacia un soldado
estacionado en ella, junto a la escalera que conducía al piso inferior. Se
encontraba a media docena de pasos del durmiente, cuando éste se despertó,
como estaba entrenado a hacer, completamente despierto y con la espada en la
mano.
—¿Qué sucede, mi rey y señor?
—Ven conmigo al otro lado de la azotea.
El hombre miró extrañado a su amo, porque la voz de David estaba ronca
de emoción, pero le siguió sin decir nada hasta el borde del parapeto. La luz
de la casa de abajo seguía todavía encendida. La mujer iba de acá para allá,
vaciando el agua, poniendo a un lado el lebrillo y el jarro y extendiendo su
lecho consistente en un grueso jergón de paja que era en aquel entonces el que
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utilizaba casi todo el mundo, ya que sólo los reyes y los muy ricos podían
permitirse el lujo de utilizar una de aquellas camas bajas egipcias de marfil
tallado.
—Mira y dime si conoces a esa mujer —le ordenó David.
El soldado se inclinó sobre el parapeto y observó la casa que había debajo.
—¿No es Bethsabé, la esposa de Urías, el hitita? —preguntó.
David se quedó de una pieza al enterarse de que la mujer estaba ya casada.
Desde luego que su hermosura y el tener más edad que una simple muchacha
hacía sospechar que perteneciera a otro, pues incluso si fuera viuda, no podía
tardar mujer tan bella en volver a casarse. Lo que le conmovió fue la
identidad del marido. Urías era capitán de las fuerzas mercenarias a su
servicio, había combatido en varias ocasiones a su lado y sabía que era
hombre valiente, aunque algo terco y de individualismo inflexible. No trató
David de contener un súbito estremecimiento de satisfacción al venirle ahora
a la memoria que Urías se encontraba entre las fuerzas que sitiaban Rabbath y
que, por consiguiente, su esposa estaba sola en la ciudad.
—Baja y despierta a mi mayordomo —le ordenó al soldado—. Dile que
me traiga esa mujer llamada Bethsabé.
—Pero, mi señor —se atrevió a balbucir el soldado—, es la esposa de
Urías.
Como israelita que era conocía la antigua ley concerniente al adulterio.
—Urías es hitita —replicó David fríamente— y por lo tanto no adora a
nuestro Dios.
El hecho de que Urías fuera pagano constituía un argumento harto endeble
para quebrantar una de las leyes más serias y fundamentales de Israel; pero el
fuego que en David había despertado la desnudez de aquella mujer llamada
Bethsabé, sólo podía apagarse teniéndola en sus brazos. Incluso si Urías fuera
israelita, igualmente la hubiera tomado, aunque hubiera tenido que arrancarla
de los brazos de su propio esposo.
—Haz lo que te digo —ordenó al soldado con rudeza—. Que me traigan
inmediatamente a esa mujer.
El hombre atravesó la azotea a toda prisa y descendió por la escalera.
Poco después pudo oír David movimiento de gentes en el piso de abajo al ser
despertado el mayordomo y pronto pudo ver cómo dos hombres, portadores
de sendas antorchas, salían de palacio y se dirigían por las calles a la casa de
Urías. No tardaron en salir de ella en compañía de una grácil figura. La mujer
vestía una larga capa y llevaba el rostro oculto con un velo, a fin de no ser
reconocida por los que pudieran cruzarse a su lado.
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Tan pronto como los tres entraron en el palacio, David se dirigió al
pabellón y echó las cortinas laterales. Era un recinto privado, ricamente
alhajado con cojines y cubrecamas, pues el viento que soplaba desde la cima
de Sión refrescaba mucho durante la madrugada. En un rincón había una
mesita de complicadas tallas. Llenó dos de las copas que en ella se
encontraban de una bota de vino envuelta en un paño húmedo para conservar
fresco el contenido. Su corazón latía apresuradamente, como el de un colegial
ante la primera muchacha que corteja, pues hacía años que no experimentaba
un profundo sentimiento semejante de emocionada expectación.
Al oír ligeros pasos en la azotea, no se levantó para ir al encuentro de la
recién llegada, pero cuando los delicados dedos de ésta tentaron los cortinajes,
levantó uno de ellos para que pudiera pasar al interior la mujer llamada
Bethsabé. Al volver a dejar caer la cortina tras ella, los dos quedaron solos en
la azotea. Allí, bajo pena de incurrir en la cólera del rey, cuyas consecuencias
podrían ser la muerte inmediata, ningún hombre podría molestarles, hasta que
fuera la voluntad de David salir del pabellón ricamente alhajado. Incluso el
centinela bajó por la escalera para ir a situarse en la puerta al pie de la misma.
Bethsabé no pronunció ni una palabra, pero David pudo leer en su mirada,
cálida y levemente burlona, que no sentía miedo y ni siquiera indignación por
haber sido arrancada de su hogar a medianoche, y aun cuando no dio un paso
hacia él, sabía que se mostraba propicia a que la hiciera suya.
—¡Enséñame tu rostro! —exclamó David con voz ronca.
Era una orden más propia de ser dada a una esclava o concubina a la que
su amo llevaba a su casa, pero Bethsabé no pareció ofenderse. Lentamente se
fue despojando de su velo de fino lienzo egipcio, dejándolo caer al suelo
alfombrado y poniendo en libertad sus hermosas trenzas que le llegaron hasta
la cintura. Era todavía más hermosa vista de cerca que lo que parecía desde
lejos.
Sus ojos eran negros y luminosos, sus pestañas pintadas de kohl y los
párpados sombreados con pasta de estibio que vendían los mercaderes
fenicios para las cajas de cosmética de las mujeres israelitas ricas. Pero el
magnífico color de sus mejillas no precisaba la ayuda de esa caja, ni tampoco
la plenitud de sus labios húmedos el de ningún embellecimiento.
David no pudo por menos de lanzar un profundo suspiro.
—¡Por los cuernos de la mismísima Arca! —dijo emocionado—. ¡Eres
aún más bella de lo que yo recordaba!
La mujer no habló, pero una sonrisa entreabrió sus labios, dejando ver la
blancura de perla de sus dientes y la puntita rosada de su lengua al tocarlos
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por un segundo. Solamente cuando los dedos de ella empezaron a desatar el
cordón que ceñía la prenda de tejido casi transparente que llevaba debajo de la
capa y él se vio obligado a ayudarla en la operación, se dio plena cuenta de
que el deseo de la mujer era tan grande como el suyo. Sus dedos temblaban y
al tocar los de David parecían de fuego. Cuando por fin quedó deshecho el
nudo, dio ella un paso hacia atrás y con rápido movimiento apartó la vestidura
que resultó ser lo único que llevaba. Se encogió luego de hombros y dejó que
todo cayera al suelo formando un pequeño montón.
—¡Amor, amor mío! —gritó David dándose cuenta que por fin iba a
encontrar la felicidad perfecta que no había podido encontrar ni siquiera en
los brazos de Abigail.
Al adelantarse hacia ella, Bethsabé cayó en sus brazos con el cuerpo tan
lleno de ansias como el suyo.
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CAPÍTULO VI
Y concibió la mujer, y enviólo a hacer saber de David, diciendo: Ya estoy
embarazada.
Samuel 11-11:5
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Y maldito aquel que te maldiga.
Durante el día, David se dedicaba alegremente a su trabajo, con un
entusiasmo que desconocía desde hacía tiempo. Su actitud optimista era
contagiosa y las mujeres le sonreían cuando se tropezaban con él en la calle y
los hombres prorrumpían en salutaciones de alabanza y fidelidad. Todas las
noches, en cuanto se hacía oscuro, se apresuraba a trasladarse al pabellón de
la azotea, donde Bethsabé no tardaba en llegar, y levantando una de las
cortinas, caía en sus brazos.
Al principio no había habido gran necesidad de hablar. La urgencia de su
deseo común era tan grande que se apoderaba de ellos y los conducía a las
más altas cumbres de la pasión y la felicidad, hasta que, agotados todos los
deseos, caían dormidos el uno en brazos del otro. David hubiera querido gritar
la noticia de su amor desde todas las azoteas, pero Bethsabé era más práctica.
Por lo menos una hora antes de que amaneciera, abandonaba el pabellón y
regresaba a su casa, acompañada del criado personal de David. Y todas las
noches demoraba su salida hasta el palacio esperando que las calles estuvieran
oscuras y las gentes de la ciudad se hubieran retirado a sus casas.
Dominado por el éxtasis mayor que jamás conociera, David no podía, de
momento por lo menos, sentir escrúpulo alguno de conciencia. De haberlo
experimentado, ésta le habría dicho que ni aun el rey está por encima de la ley
y que tener relaciones amorosas con la mujer de otro, aun cuando éste fuera
un pagano, era uno de los diez grandes pecados prohibidos a los israelitas y
dados a Moisés como ley de Dios en el monte Sinaí. Urías llevaba muchos
meses ausente con los ejércitos que sitiaban Rabbath en Ammón, y nadie se
hubiera atrevido a denunciar al rey. Aunque la noticia de las relaciones
adúlteras se había extendido por todas partes, no había nadie que condenara a
ninguno de los dos.
Al acabar por saciarse su pasión. David empezó a sentir nuevos placeres
al estar simplemente al lado de Bethsabé. Era ésta inteligente y capaz de
llevar una conversación de temas generalmente reservados para los hombres.
Por Urías había sabido muchas cosas acerca de los territorios donde David y
sus ejércitos lucharon y acerca de las fuerzas políticas en actividad, no
solamente en el centro de Israel sino en los más lejanos confines del reino.
David encontró una nueva alegría en hablar con ella, un tranquilo placer que
sus otras mujeres, a menudo preocupadas por mezquinas rencillas del harén,
nunca le habían sabido dar.
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—Cuando pienso que podía haber pasado mis días sin ni siquiera saber
que existía alguien como tú, amada mía —le dijo una noche a Bethsabé
cuando estaban sentados ante una cortina levantada del pabellón—, doy las
gracias al Altísimo y que acertara a verte cuando entraba en un carro en
Jerusalén y de nuevo la noche en que te bañabas sobre la terraza de tu casa.
—Amor como el nuestro suele ser mutuo, David —contestó Bethsabé—,
yo también te quise el primer día que te vi.
—Lo mismo me sucedió a mí —convino él, pensando que se refería al día
que la vio entre el gentío al entrar triunfante en Jerusalén—. Nunca olvidaré
cómo palpitó mi corazón cuando mis ojos se encontraron con los tuyos.
—Para ser rey y un hombre tan sabio sabes poco de las mujeres, querido.
Había en su acento una nota de burla afectuosa.
—¿Qué quieres decir?
—La primera vez que te vi fue hace mucho tiempo, cuando abandoné la
casa de mi padre para vivir en Jerusalén.
—¿Y ya me quisiste entonces? —preguntó él con incredulidad.
Incorporándose con un ágil movimiento de su cuerpo adorable, que él
conocía tan bien, pero que nunca dejaba de encalabrinarle[11], Bethsabé sirvió
dos copas de vino y le dio una a David antes de volverse a sentar en un
almohadón a sus pies.
—No solamente te quise —confesó— sino que me prometí que llegaría un
día en que caería en tus brazos.
—Podías haberme llamado fácilmente la atención. Belleza como la tuya
no se ve todos los días, ni siquiera por los reyes.
—Quería llegar a ti cuando realmente me necesitases. Cuando me
necesitases no solamente por mi cuerpo, sino por el amor que pudiera darte y
por la paz que podrías encontrar entre mis brazos.
—He tenido necesidad de ti desde hace mucho tiempo. Durante muchos
meses toda la alegría de la vida parecía haberme abandonado…, hasta que
viniste tú.
—Lo leí en tus ojos cuando entraste en Jerusalén. Entonces fue cuando
comprendí que había llegado el momento de poder ayudarte con mi amor. Por
eso te sonreí.
—Fue como el sol apareciendo entre nubes después de una tormenta.
—¿Pensaste, pues, en buscarme y en hacerme tuya?
—Quizá habría acabado por hacerlo. Entraste dentro de mis pensamientos
y a causa de ti desconocía la paz. Entonces acaeció verte como te bañabas en
la azotea y envié a mi criado para buscarte.
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La sonrisa de la mujer contenía todo lo que hay de misterioso en su sexo.
—No fue mera casualidad lo que hizo que tus ojos se dirigieran hacia mí
aquella noche, amado mío, sino porque yo sabía que me necesitabas y porque
mi corazón estaba también anhelante de ti.
David la miró de reojo.
—Soy —dijo— cantor de canciones, pero tus palabras me suenan como
los arpegios de una lira.
Los ojos de David empezaron a centellear porque por fin empezaba a
comprender lo que ella quería decir. Acto seguido le preguntó:
—Dime, ¿cuántas veces te bañaste en la azotea antes de que yo te viera?
—Espero que el rey mi señor no irá a creer que su más amante y humilde
sierva tratara de tenderle una trampa —dijo Bethsabé con gravedad.
—¿Cuántas noches?
—Tres —confesó ella—. Y fue una suerte que el aire fuera tan cálido,
porque de lo contrario podría haber muerto de enfriamiento.
—¿Por qué escogiste aquellas ocasiones en particular?
—Noche tras noche te había visto pasear nervioso por la azotea del
palacio después de que todos los demás se marcharon a dormir. Sabía lo que
te atormentaba, porque yo había sentido la misma inquietud que a ti te
asaltaba. Así que hube de tomar el camino que llamaría tu atención. Todos
saben que las mujeres más bellas de Israel son tus esposas y concubinas, así
que me vi obligada a utilizar un nuevo procedimiento para que te fijaras en
mí.
Él se inclinó para besarla, probando la dulce suavidad de sus labios y
sintiendo cómo se estremecían de pasión bajo los suyos.
—Comparadas contigo todas las demás mujeres son como viejas
verduleras del mercado. Seguramente que ningún hombre, ni aun en sus
sueños más queridos, ha poseído antes un tesoro semejante.
Había, pues, caído en sus brazos de una forma que no desmentía en lo más
mínimo el hecho de que le tendió un lazo, como implícitamente la mujer
había reconocido. En realidad, parte de su atractivo se basaba en que ella le
deseaba tanto como él la deseaba a ella.
Había transcurrido ya un mes y ni David ni Bethsabé hablaron del hecho
de que ella era la esposa de otro hombre, realidad con la que eventualmente
tendrían que enfrentarse bajo las leyes de Israel. En lugar de ello, se
contentaban con vivir, por lo menos por el presente, en un reino encantado de
felicidad. Sucedió entonces que una noche en que ella llegó al pabellón,
cuando David trató de abrazarla, le rechazó suavemente.
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—Tenemos algo que hablar —le dijo gravemente—. Me encuentro
embarazada.
—No podías haberme traído mejor noticia —exclamó David lleno de
felicidad, extendiendo la mano para coger el arpa que yacía en un cojín a su
lado—. Siéntate y compondré una canción de alborozo por el hijo que vas a
darme.
—¡Pero no puedo tener un hijo tuyo! ¿Has olvidado que soy la esposa de
otro?
—Lo único que sé es que eres mi amada y la más preciada de mis
posesiones.
—Pero todos saben que Urías hace varios meses que se encuentra en el
sitio de Rabbath y que, por lo tanto, es imposible que haya podido hacerme
engendrar un hijo.
Las manos de David cayeron de las cuerdas del arpa, porque por fin
comprendía las graves preocupaciones de la mujer.
—La ley te condenaría por adúltera —dijo pensativo—, pero yo también
sería culpable, porque ante la ley la culpa recae tanto sobre el hombre que
seduce a la mujer de otro como sobre ésta.
—¡No permitiré que tú vayas en boca de nadie! —exclamó Bethsabé—.
Puedo jurar que mi hijo puede serlo de alguno de los varios hombres a los que
he recibido en mi casa. Así ningún hombre en particular podría ser condenado
como mi cómplice.
—¿Y crees tú que yo permitía que te sacrificaras para salvarme? Por el
contrario, lo que debes de hacer es jurar que yo te hice venir y que una vez
aquí te forcé para que te acostases conmigo. Después de todo, envié mis
criados para que fueran a buscarte.
—Pero yo vine por propia voluntad, incluso deseándolo.
Levantó orgullosamente la cabeza y añadió:
—No lo negaré ni aunque fuera para salvar mi vida.
David le pasó el brazo por la cintura y la abrazó tiernamente. Luego la
llevó hasta unos cojines, sirviéndole una copa de vino.
—Debemos de pensar con serenidad acerca de esto —le dijo—. Tal vez
haya alguna salida.
—¿Y cuál puede ser? Mi esposo se halla ausente y yo me encuentro
embarazada de otro hombre. Ante la ley, el castigo de semejante crimen es…
morir lapidada.
—Pero no sucederá eso, si tu esposo es el padre de la criatura.
—Pero no es así; lo eres tú. Lo sabemos los dos.
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—Lo sabemos, pero nadie más. ¿Has dicho algo del embarazo a tus
criados?
—No, hasta hoy mismo no estaba segura de ello.
—Entonces, puede ser que hayas concebido hace menos de un mes.
—Desde luego no llega a un mes. Tal vez sólo tres semanas.
—Imagínate que viniera tu esposo a Jerusalén y que te naciera un hijo
algo prematuramente. ¿Podría alguien decir que no era Urías su padre?
—Pero Urías se encuentra ante Rabbath-ammón.
—Un carro puede hacer el recorrido en menos de un día. Mandaré
inmediatamente una carta a Joab para que haga venir a Urías a Jerusalén para
que me informe sobre la marcha de la campaña. No se le puede criticar a un
hombre que desee estar junto a su mujer lo antes posible al volver al hogar,
sobre todo cuando tiene una esposa como tú.
—¿Y debo volver a yacer con él? Será como un sacrificio después de la
felicidad que hemos gozado juntos.
—No hay otro camino. Debemos de pensar en el niño y no en nosotros.
—¿Y qué sucederá después de todo esto?
—Si Urías te repudiara yo podría casarme contigo. Entonces el niño que
llevas en el seno se educaría en el palacio como mi propio hijo, ya que lo es.
—Pero ¿cómo podría inducir a Urías a divorciarse de mí sin decirle toda
la verdad?
—Conozco de antiguo a Urías. Tiene la ambición de prosperar en su
carrera y si Joab le ofreciera una capitanía del millar a cambia del divorcio, no
creo que rehusara.
—Por una capitanía del millar, Urías sería capaz de vender a su padre y a
su madre como esclavos —aseguró Bethsabé.
—Entonces no debemos de preocupamos por nada. Ve a tu casa y no
salgas de ella. Antes de tres días recibirás la visita de tu esposo.
«Después de todo, el ser rey tiene sus ventajas, —pensaba David mientras
desde la azotea veía cómo regresaba Bethsabé a su hogar acompañada del
siervo portador de una antorcha—. Puede mover a los simples mortales como
si fueran palillos del juego del senit. ¿Y, después de todo, quién salía
perjudicado? Seguramente no Urías, que conseguiría su ambición de ser
capitán del millar, ni tampoco Bethsabé, que se convertiría en una reina. Y
menos que nadie él, porque conseguiría hacerse con la magnífica joya de su
amor y tendría el cuerpo de ella para siempre».
Por la mañana temprano del día siguiente llamó David al escriba y le hizo
redactar una misiva dirigida a Joab. En ella le decía al capitán jefe que enviara
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a Urías a Jerusalén por el mismo carro que llevaba la carta, con un informe
acerca de la situación en Rabbath-ammón.
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CAPÍTULO VII
Entonces David envió a decir a Joab: Envíame a Urías, el hitita.
Samuel 11-11:6
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bella esposa, pero si era tan necio que no tenía ni idea del tesoro que poseía,
¿a qué decírselo?
No lejos del cruce del Jordán se encontraba el pueblo de Jericó. En
tiempos de Josué había sido una gran ciudad fortificada, con murallas
gigantescas que la defendían de cualquier ataque. Situada como estaba en la
ruta de las caravanas que iban desde Moab y Ammón hasta el mar, a la misma
entrada de la Tierra de Promisión, Jericó le pareció a Josué un obstáculo
insalvable para el avance ulterior de él y de sus hombres. Pero entonces un
terremoto —fenómeno no infrecuente en este país, como lo demostraban los
grandes bloques basálticos de color negro que abundaban por todas partes y
los humus sulfurosos que esporádicamente salían de las grietas de las rocas—
derribó las murallas de Jericó y destruyó por completo la ciudad. Ahora no
era sino un pueblo, pequeño pero muy lindo, con palmeras y jardines repletos
de fruta, puesto que las heladas eran casi desconocidas en las tierras bajas a lo
largo del Jordán.
En el palacio, UrÍas fue recibido por Shisha, que entonces ejercía ya
funciones de chambelán.
—Espero que mi señor haya tenido un feliz viaje desde Rabbath —le dijo
cortésmente—. El rey espera oír vuestro informe.
—Pues vamos en seguida. Debo regresar a Rabbath lo antes que pueda.
Shisha levantó las cejas sorprendido, pero como era hombre prudente y
sirviente fiel, no hizo el menor comentario y acompañó al hitita hasta la
cámara de audiencia de David. El rey no esperó a que se acercara al estrado
donde se encontraba, sino que bajó de él y fue al encuentro de Urías.
—Debéis de encontraros muy cansado del viaje —le dijo—, así que no
quiero entreteneros mucho tiempo, ya que supongo que estáis ansioso de ir a
vuestra casa. Decidme tan sólo cómo va la lucha ante Rabbath-ammón y ya
hablaremos mañana detenidamente de todo; así como de los mensajes que
debéis de llevar a Joab a vuestro regreso.
Urías no pudo por menos de sentirse halagado ante el afectuoso
recibimiento de David. Aunque no inteligente, era, como ya le había dicho
Bethsabé, muy ambicioso. Mientras seguía a David hasta el sillón del trono,
su imaginación trabajaba sin descanso.
—Mi señor Joab envía sus mejores saludos al ungido de vuestro Dios —
dijo— y os desea que gocéis de perfecta salud y de una larga vida.
—Me duele verme obligado a permanecer en Jerusalén, mientras hombres
tan valientes como vos y como Joab se esfuerzan ante Rabbath —manifestó el
rey—. Pero no tengo otra alternativa.
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Urías pensaba que solamente podía existir una razón para que hubiese
sido elegido para venir a Jerusalén. Seguramente las noticias de sus hazañas
militares debían de haber llegado a oídos del rey y se le escogió para recibir
alguna recompensa. Si jugaba bien su papel y se conducía de manera
adecuada para ganarse la aprobación de David, sería una magnífica
oportunidad para ganarse el ascenso que tanto deseaba.
—Conozco las privaciones que estáis sufriendo —dijo David—. Decidme,
¿ha sido muy dura la lucha?
—Los ammonitas se han encerrado en sus murallas y no saldrán a
combatir —dijo Urías con desprecio—. Yo he desafiado a su campeón, como
vos hicisteis con Goliat de Gath, pero son cobardes y temen enfrentarse con
mis armas.
David pensó que no era de extrañar que Bethsabé sintiera tan poco respeto
por su esposo y experimentó un sentimiento de repulsión al pensar que
semejante patán tuviera que acostarse con la mujer a la que él tan
profundamente amaba. Pero no había otro remedio para poder conseguir a
Bethsabé, y una vez que Urías pasara la noche en su hogar, las cosas podrían
arreglarse rápidamente. El hitita conseguiría su capitanía y Bethsabé sería
libre por mía ley que permitía al hombre divorciarse de su mujer diciendo
simplemente que ya no la quería.
—Id a vuestra casa a tomar un baño y ya hablaremos mañana.
David durmió tranquilo aquella noche, pensando que su plan había tenido
éxito. Por la mañana envió a buscar a Shisha para que preparara el decreto
elevando a Urías a la categoría de capitán del millar de los ejércitos de Israel.
—Traedme el documento en cuanto lo tengáis escrito —le ordenó—, a fin
de estampar mi sello. Pero antes decidle que es a cambio de que repudie a
Bethsabé.
—Sin duda que Urías estará tan satisfecho como vos, mi rey y señor —
replicó Shisha—, pero esto no arreglará el asunto.
—¿Qué queréis decir?
—Urías no fue anoche a su casa.
David miró al escriba con incredulidad.
—Debéis de estar equivocado. Yo mismo le envié allí.
—Creí que querríais saber los pasos que daba y envié a un hombre para
que lo siguiera. Me ha informado que Urías no estuvo anoche en su casa.
—Pero yo le envié comida para festejar su regreso.
—La comida fue recibida por un siervo de mi señora Bethsabé y fue
preparado un festín para honrarle; mas Urías durmió en el departamento de la
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servidumbre de palacio y no cruzó el umbral de su hogar.
Era una noticia bien inquietante. Para que el plan de David diera
resultado, Urías tenía que pasar por lo menos una noche en su casa, de manera
que ante los ojos de la ley pudiera asegurarse que era el padre del hijo que
Bethsabé llevaba en su seno. Ahora aquel imbécil había echado todo a rodar
al no precipitarse a los brazos de su esposa, como todo hombre normal
hubiese hecho después de una ausencia de varios meses.
—¿Dio alguna explicación de su extraña conducta? —preguntó David.
—No, mi señor y rey. Pero sospecho que estima ser digno de mayores
honores si pone sus servicios para el rey incluso por encima de todo, incluso
de los abrazos de su esposa.
—Me servirá mejor si obra como le he mandado —dijo David enfadado
—. Haced que se presente inmediatamente ante mí.
—Escucho y obedezco, mi señor —manifestó Shisha—, pero debo de
advertiros…
Ante la perturbación que sentía por la inesperada manera de obrar de
Urías, David estuvo a punto de azotar a su fiel escriba por su temeridad, pero
recordó los importantes servicios prestados por Shisha y se contuvo.
—¿Qué es lo que queréis sugerir?
—El hitita es muy terco —dijo el egipcio—. Si sospecha que os guía
algún otro motivo para que visite su casa, puede todavía mostrarse más reacio
a hacerlo.
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CAPÍTULO VIII
Venida la mañana, escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano
de UrÍas.
Samuel 11-11:14
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beber y a acostarme con mi mujer? ¡No haré nada semejante, en tanto que vos
viváis!
David se quedó atónito ante aquellas palabras y la vehemencia con que
fueron pronunciadas. Se dio cuenta de que el hombre era todavía más terco de
lo que Bethsabé le había hecho creer. Y la dificultad estribaba en que el hitita
tenía que ser convencido sin que se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—Quedaos hoy e id a descansar a vuestra casa. Mañana os dejaré
marchar.
No parecía posible que ni aun la propia severa conciencia del hitita le
pudiera impedir realizar semejante cosa. Si iba a su casa durante el día,
Bethsabé quedaría relevada de la obligación de tener que seducir a su esposo
para que ejerciera sus derechos maritales. Pero en caso de que Urías se
mostrase irreductible, podía David utilizar un último recurso. Si el hitita se
embriagaba, podría ser llevado a su casa y dejado en ella durante toda la
noche, sin que al despertar a la mañana siguiente se acordara de lo que había
sucedido sin tener fundamento alguno para asegurar que el hijo de Bethsabé
no fuera también hijo suyo.
—Volved al anochecer y cenaremos juntos —dijo David—. Os quiero
invitar por vuestra Valentín en los combates.
Urías marchó muy complacido de aquella perspectiva de cenar con el rey.
David estuvo muy ocupado con diversos asuntos que reclamaron su atención
hasta la hora del yantar nocturno; pero cuando Shisha le trajo la noticia de que
Urías estaba esperando, también le comunicó otra, verdaderamente
descorazonadora, y fue que el hitita se había negado a aproximarse a su
propia casa durante todo el día. Ante semejante obcecación por parte del
hombre, no le fue fácil a David mostrarse amable durante la dura prueba de
aquella cena, mas sabía que no debía dar a entender nada que pudiera
despertar las sospechas de Urías hasta que éste no estuviera lo suficiente
borracho para no recordar nada hasta que a la mañana siguiente se despertara
en la cama al lado de Bethsabé.
Desgraciadamente, Urías demostró poseer una resistencia extraordinaria
para el vino. Aun cuando David le estuvo sirviendo liberalmente durante toda
la cena, cuando finalmente el hitita salió poco después de medianoche,
todavía podía sostenerse sobre sus pies. Después de dar órdenes a sus criados
para que le acompañaran hasta su casa, David se acostó con la esperanza de
que el vino hubiese suavizado la empedernida terquedad de Urías lo suficiente
para hacerle entrar en su hogar.
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David no pudo dormir bien aquella noche, y no solamente porque había
tenido que beber más vino de lo que tenía por costumbre, sino porque
albergaba el presentimiento de que el hitita le fallaría de nuevo en aquel plan
que tan excelente le pareció al concebirlo.
Mucho antes del amanecer, ya estaba David paseando por la azotea del
palacio, mirando hacia abajo a la de Bethsabé, donde ésta dejaba siempre
encendida una lámpara durante la noche. En las horas que pasó insomne, su
mente empezó a forjar una decisión que no dejó de adoptar sin repugnancia,
puesto que no era fácil acordar fríamente la muerte de un hombre. Pero a
menos de que Urías no hubiese entrado en su hogar impulsado por la
inconsciencia de la embriaguez, no le quedaba otro camino que aquél.
No había tiempo que perder, porque en cuanto fuera conocido el
embarazo de Bethsabé no faltaría quien se presentase ante el Consejo de
Ancianos para denunciarla como adúltera. David tenía enemigos en Israel,
que adoptarían gustosos tal medio para poder atacarle, esperando que fuera
culpado como cómplice del adulterio de Bethsabé. Y cuando la máquina de la
justicia se hubiera puesto en movimiento, ni aun el propio rey podría ya
detenerla. Ineludiblemente serían ambos encontrados culpables y morirían
con la más horrible de las muertes, por la ejecución tradicional a pedradas,
decretada por la ley.
David sabía que Bethsabé trataría de salvarle, jurando que durante la
ausencia de Urías más de un hombre se había acostado con ella, aunque tal
cosa fuera colocarse a la altura de una vulgar prostituta. Pero David la amaba
demasiado para permitir que se enfrentara sola con sus acusadores —y con las
piedras—, además de que el niño que llevaba en su seno era inocente de
cuánto había sucedido.
En un análisis final, fue esta última consideración la que más le obligó a
pensar que su decisión era la única posibilidad. No tenía otra alternativa, y
cuando Shisha apareció por la mañana ya tenía preparado lo que haría y la
forma de llevarlo acabo. Una sola mirada al rostro del egipcio, le convenció
de que era imposible tratar de retroceder.
—Los criados trataron de meter al hitita en su casa, como ordenasteis,
señor —informó Shisha—; pero él se resistió y empezó a armar tal escándalo
que no les pareció oportuno insistir para obligarle a hacerlo.
—Así, pues, no puso los pies en su casa.
—No, mi señor. Si le hubiesen obligado a efectuarlo por la fuerza, la cosa
hubiera llegado al conocimiento público, así que lo mejor fue no seguir
adelante.
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David hizo, pensativo, un gesto de asentimiento con la cabeza. Ahora que
su decisión estaba ya tomada, sintió al pensar en ello una rara falta de
emoción.
—No es posible hacer otra cosa que lo que se tiene que hacer —dijo.
—Es mejor que muera uno que dos, y más cuando uno de éstos —es un
niño todavía por nacer.
—O tres —le corrigió David.
—Incluid, entonces, también a la nación —manifestó el escriba—. Ni la
vida de mil hombres de Israel vale lo que la del rey.
—Traed todo lo necesario para escribir —le ordenó David—. Urías está
ansioso para regresar al campo de batalla. Llevará consigo una carta para
Joab.
No tardó en volver Shisha, portador de todos los elementos de escritura,
más un pequeño rollo de papiro. El mensaje que le dictó, dirigido a Joab, era
claro y conciso: «Coloca a Urías en lo más recio de la pelea y no le prestes
atención alguna, a fin de que sea herido y muera».
Shisha esperó a que la tinta se secara, antes de enrollar el papiro. Luego,
David lo selló con cera utilizando el anillo que llevaba con el escudo oficial
de Israel.
—Entregar la carta a Urías y decidle que ya puede regresar con Joab y su
ejército —le ordenó David—. Mi propio conductor de carros le llevará hasta
Ammón y esperará allí para traerme noticias de lo que ocurra en los próximos
días.
Cuando el conductor de carros regresó del campo de batalla, traía consigo
el correo de Joab.
«Los defensores de Rabbath hicieron una salida y nos atacaron —decía la
carta—. Nosotros les perseguimos hasta la misma puerta de las murallas; pero
los arqueros que estaban sobre éstas dispararon, muriendo muchos servidores
del rey, entre los que se encontraba Urías».
David se abstuvo de visitar a Bethsabé mientras duró el período
tradicional de guardar el luto; pero tan pronto como éste terminó, la envió a
buscar y la hizo su esposa. Pero no la instaló en el harén con las demás
mujeres, sino en un departamento inmediato al que él ocupaba.
Desde aquel día fue Bethsabé la favorita del rey, y el corazón de éste
experimentó un gran contento cuando finalmente le nació un hijo. David
incluso se permitió tener la esperanza de que tal vez su pecado quebrantando
la ley había pasado inadvertido para Dios. Pero al aparecer una mañana en la
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sala de audiencias Nathan el profeta, una sola ojeada al rostro severo del
visitante le convenció de lo vano de tal esperanza.
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CAPÍTULO IX
Entonces Nathan dijo a David: ¡Ese hombre sois vos!
Samuel II —12:7
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no hubiera sido bastante, te habría dado muchas cosas más. ¿Por qué, pues,
has despreciado los mandamientos del Señor, haciendo el mal ante sus
propios ojos? Has matado a Urías, el hitita, con la espada de los hijos de
Ammán y te has apoderado de su esposa para hacerla tu esposa. Por lo tanto,
he de levantar el mal contra ti y contra tu propia casa. He de quitarte tus
mujeres y se las entregaré a sus vecinos para que yazgan con ellas a la vista
de todo el mundo. Lo que tú hiciste en secreto, yo lo realizaré públicamente
ante todo Israel».
Era aquélla una profecía y una maldición terribles, porque no podía recaer
sobre un hombre mayor indignidad que las mujeres de su casa fueran
ultrajadas públicamente. Pero cada una de las palabras pronunciadas por
Nathan se ajustaban a la verdad, y David ya sabía que, por mucho que se
hubiera esforzado en hacer creer a sí mismo qué Dios podía haber tolerado su
pecado, no había duda de que leyó en lo más profundo de su corazón y que
algún día le pediría estrechas cuentas.
—He pecado contra el Señor, mi Dios —reconoció humildemente David
— y merezco la muerte por mi pecado.
Nathan contempló durante unos momentos a David y no pudo por menos
de darse cuenta de que eran sinceros la admisión de su culpa y su
arrepentimiento.
—El Señor olvida de momento vuestro pecado y no moriréis —dijo
finalmente el profeta—, pero como por vuestra falta habéis dado ocasión a
que los enemigos de Dios blasfemen, el hijo que os ha nacido seguramente
morirá.
Poco tiempo después el hijo de Bethsabé y de David enfermó gravemente,
y aun cuando le atendieron los mejores médicos de Israel, todos los esfuerzos
que hicieron para salvar al pequeño fueron vanos. El rey se humilló ante el
Señor, impetrando la ayuda divina, ayunó y durmió sobre el duro suelo fuera
del palacio, como si fuera el último de sus súbditos, pero todo resultó inútil.
El séptimo día de declararse la enfermedad, murió la criatura, tal como
Nathan había profetizado.
Después de mucho tiempo de que los médicos declararon que el niño
había muerto, David permaneció a su lado contemplando la pequeña figura
inmóvil envuelta en pañales y luego abandonó la estancia. Se dirigió acto
seguido a sus habitaciones, se bañó, se friccionó con aceites olorosos, se
vistió con finas vestiduras y fue al Tabernáculo, donde se alojaba el Arca. Allí
adoró a Dios y se sometió a la voluntad del Altísimo. Y terminado el
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sacrificio, regresó al palacio, pidió de comer y se sentó a consumir lo que le
sirvieron, como si nada hubiera ocurrido.
—¿Cómo es que ayunasteis y llorasteis cuando el niño estaba todavía vivo
—le preguntó uno de sus servidores— y ahora que está muerto vestís
lujosamente y volvéis a comer de nuevo?
—Mientras el niño vivía —contestó David— ayuné y lloré porque me
dije: «Quién sabe si el Señor querrá mostrar su compasión y hacer que el niño
viva». Pero ahora que está muerto, ¿por qué ayunar? No por eso me lo
devolverá.
Bethsabé sintió también gran dolor por la muerte de su hijo, pero tanto
ella como David, no pudieron por menos de reconocer que su fallecimiento no
era otra cosa que el justo castigo que Dios descargaba sobre ellos, tal como
Nathan había profetizado. En cuanto al resto de la profecía de que la espada
seguiría pendiente sobre su casa, David no podía hacer otra cosa que esperar a
que se manifestara la voluntad del Señor y confiar en su misericordia.
Entonces sucedieron dos cosas que le dieron pie para esperar que la
maldición de Dios contra él se había cumplido por completo con la muerte del
hijo de Bethsabé. Ésta quedó embarazada de nuevo, dando a luz un hermoso
niño, al que David puso el nombre de Salomón, y poco después apareció
Nathan para bendecir a la criatura, asegurando que había conseguido la gracia
del Señor.
La ceremonia de la bendición tuvo lugar en las propias habitaciones del
rey. En el acto, además del rey, del niño Salomón, de su madre, de Nathan y
del sumo sacerdote Zadok, estaba presente Benaiah, el jefe de los mercenarios
que formaban la guardia personal del monarca.
Nathan, al bendecir al niño, pronunció las palabras siguientes:
—Su nombre será también Jedidiah, porque obtendrá la gracia del Señor.
Después tomó una ampolleta de aceite y derramó su contenido sobre la
cabeza del niño, con el acostumbrado ritual de la unción.
David no pudo por menos de comparar aquella ceremonia con otra más
sencilla que ocurrió años atrás en Belén. Entonces el profeta Samuel le eligió
a él entre los hijos de Isaí y le ungió para ser rey de Israel. Y al oír de nuevo
una voz en lo profundo de su alma, una voz que hacía tiempo que no oía,
llamó a sus asistentes cuando éstos salían ya de la habitación.
—Todos habéis sido testigos de lo que hoy ha ocurrido aquí —les dijo—.
El niño sobre el que el Señor ha derramado su gracia, reinará cuando yo haya
muerto. Él será el que levante la casa a mayor gloria de Dios, cuya
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construcción me fue denegada por tener las manos manchadas de sangre.
Gobernará después de mí el reino y lo engrandecerá.
Como si el nacimiento y la unción de Salomón fueran señales de que Dios
mostraba de nuevo sus favores a David, no tardaron en llegar noticias de Joab
de que Rabbath estaba a punto de caer. David reunió entonces a una gran
muchedumbre, cruzando el Jordán para unirse a los ejércitos que se
encontraban delante de las murallas de la capital de Ammón, a fin de recibir
la rendición de sus habitantes. El botín fue considerable, y cuando David tuvo
en sus sienes la corona de rey de Ammón, como prenda del sometimiento de
la nación, le produjo gran orgullo el que el último de sus enemigos, al que
había tenido cercado, hubiese acabado por sucumbir. Ya nunca más durante la
vida de David fue Israel amenazada seriamente desde el exterior. Pudo
entonces dedicar todas sus energías, renovadas por el amor de Bethsabé y por
la seguridad de que uno de sus hijos había logrado la bendición divina, a la
tarea de fortalecer la estructura interna del reino de Israel.
Esta labor iba a ser, sin embargo, la más dolorosa y difícil de toda la
carrera de David, el rey.
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SEXTA PARTE
¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo
mío!
Samuel II —18:33
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CAPÍTULO PRIMERO
Absalón ha muerto a todos los hijos del rey, que ninguno de ellos ha
quedado.
Samuel 11-13:30
Página 334
todavía era más importante, se requería tenerlo sometido a una constante
vigilancia militar para evitar que los reyes pudieran unirse y conspiraran
contra el dominio de Israel. Esta misión le había sido especialmente confiada
a Joab, porque el David, un día joven guerrero, había dado paso al David, rey
y estadista, cuyo principal interés se centraba no en nuevas conquistas, sino
en mantener unido el reino y hacer prosperar la nación.
En semejantes esfuerzos, David no recibía mucha ayuda por parte de su
familia. En realidad, las batallas qué para el dominio de unos y otros tenían
lugar dentro de su propio hogar, eran casi tan enconadas como las que se vio
obligado a librar cuando se dedicaba a extender las fronteras de Israel. Con
objeto de evitar que surgieran mayores animosidades en el seno de su familia,
había sido guardado en el mayor secreto el hecho de que la sucesión al trono
hubiera sido prometida a Salomón. Amnón, el hijo mayor de David, debería
de considerarse normalmente el primero en la sucesión, aun cuando en
realidad no existiese ley alguna en Israel que dijera que el primogénito
hubiese de ser precisamente el sucesor de su padre en el trono. Además, se
trataba de un joven indolente que prefería los placeres de la mesa y del harén
a los trabajos que, junto a los otros príncipes, le habían sido encomendados
por David. En verdad, sólo uno de los demás hijos había mostrado interés por
los asuntos de gobierno, y éste era el gentil hijo de Maacah de Geshur, al que
se le asignó la gobernación de la mayor parte de Judea.
Pese a sus modales un tanto jactanciosos y a su notoria vanidad, que le
había hecho dejarse los cabellos muy largos para llamar la atención, Absalón
se había ganado la protección de Joab, teniendo la habilidad de amoldar sus
actos a los intereses de éste. Joab, que no dudó en dar muerte a Abner cuando
se interpuso en su camino, vio en Absalón cualidades parecidas a las suyas, y
que consideraba esenciales para el bienestar del reino y para su propia
continuación como capitán jefe cuando acaeciese la muerte de David. Joab
sintió, además, gran resentimiento hacia éste al condenar a muerte a Urías,
que era buen amigo suyo, para quedarse con su mujer. Incluso llegó a odiar
después a la mujer que consideró responsable de la muerte del hitita, y estaba
decidido a que el hijo de Bethsabé no fuera el que ocupara el trono.
Durante estos años, Salomón, el más joven de los hijos de David, se había
convertido, de un niño de negra cabellera, en un muchacho gallardo, de
carácter serio y enamorado del estudio, cuyas aficiones contrastaban
fuertemente con las maneras levantiscas y los objetivos de los demás
príncipes mayores que él. Cuando ya de muy joven, mostró una sabiduría,
mucho mayor de la propia de su edad, se ganó la aprobación de hombres tales
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como Zadok, el sumo sacerdote, y Nathan, el profeta, que fue quien llevó la
noticia de que Dios miraba con predilección al más joven de los hijos de
David. Pero como Salomón no tomaba parte en los juegos violentos ni se
dedicaba a la bebida y a las mujeres como sus demás hermanos, incluso
Absalón se inclinó a considerarle poco peligroso para sus crecientes
ambiciones. Además, Absalón estaba ya casado y tenía casa aparte en otro
lugar de la ciudad, razón por la que no estaba tan metido en las intrigas
palaciegas como los otros príncipes.
Entonces sucedió algo que, de momento, pareció poner un serio obstáculo
en el camino del gallardo e impaciente Absalón. No se advirtió
inmediatamente que ello pudiera tener conexión con la maldición que Nathan
hizo caer sobre la progenie de David a raíz de la muerte de Urías, pero al
correr del tiempo dicha relación se hizo evidente.
De las hijas de David, Tamar, la hermana de Absalón, era la más bella,
como Absalón era el mejor parecido de todos los hermanos. Y pese a ser su
hermana por parte de padre, Amnón concibió tal pasión amorosa por ella, que
no le era posible pensar en otra cosa. Amnón podía haber pedido a su padre
que le diera a la bella Tamar por esposa, puesto que en aquellos tiempos no
eran infrecuentes los matrimonios entre parientes unidos por lazos íntimos de
parentesco. Pero el príncipe, amante de los placeres, no quería casarse con
Tamar para verse obligado a compartir con el ambicioso Absalón algunos de
los poderes que habrían de ser suyos a la muerte de su padre.
En todas estas pasiones y rencillas el poco inteligente Amnón, era un
juguete en manos de su primo Jonadab, hombre astuto y sin escrúpulos, hijo
de uno de los hermanos de David. Jonadab vio en la pasión que Amnón sentía
por Tamar, una oportunidad para afirmar su propia posición, minando la
estabilidad del gobierno de David. Si estallara un gran escándalo en el palacio
de éste, sería una gran oportunidad para que su propio padre fuera nombrado
en el lugar de David…, sobre todo si acaecía la muerte inesperada de éste.
—Dime —le preguntó Jonadab a Amnón, el enfermo de amor—, ¿cómo
es que veo languidecer de día en día al hijo del rey?
—Es que quiero a Tamar, la hermana de mi hermano Absalón —confesó
Amnón.
—Acuéstate y finge encontrarte enfermo —le aconsejó Jonadab—.
Cuando vaya a verte tu padre, interesándose por tu estado de salud, dile que te
mande a Tamar para prepararte algo que comer. Entonces podrás hacer con
ella lo que quieras.
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Amnón cayó de lleno en la intriga, porque no advirtió en el consejo de
Jonadab un plan para acabar a la vez con los dos aspirantes al trono. Cuando
David fue a visitarle al fingir que estaba enfermo, le rogó que le enviara a
Tamar para prepararle algo de comer, tal como Jonadab le había aconsejado.
No viendo nada anormal en esta petición, David envió a la muchacha a la
habitación de su hermanastro. Cuando llegó a ella, Amnón, que ya tuvo
cuidado de mandar fuera a sus criados, la hizo suya por la fuerza.
Tamar fue lo suficientemente juiciosa para darse cuenta de las posibles
consecuencias del delito que Amnón había cometido con ella y trató de
convencerle para que la pidiera al rey en matrimonio. Mas una vez satisfecho
su deseo, Amnón se cansó de ella y la arrojó ignominiosamente fuera de su
casa. Cuando fue a la de Absalón y confesó, llorosa, su vergüenza, fue
acogida por éste, quien juró vengarse de su hermano Amnón.
Absalón tuvo buen cuidado en no denunciar acto seguido a Amnón porque
no sabía de qué forma reaccionaría David ante el escándalo, aunque lo más
probable era que, tratándose de algo familiar, tratara de acallarlo. Si ello
hubiese convenido a sus propósitos, Absalón no hubiera tenido escrúpulos en
que Amnón fuera castigado, pero su astuta imaginación ideó otro
procedimiento por medio del cual podría deshacerse de Amnón y eliminar una
barrera que se alzaba entre él y el trono. Por consiguiente, nada dijo de
momento acerca de la desgracia que había acaecido a su hermana, y en su
lugar, se puso a actuar para acabar secretamente con Amnón, de una forma
que no se sospechara que él había participado en su muerte.
Además de lo que David había repartido entre sus hijos perteneciente al
real tesoro, les proporcionó también importantes propiedades de terrenos con
cuyas rentas cubrían sus necesidades. A Absalón le correspondió una finca de
gran valor, en un lugar llamado Baal-hazor, situado en la comarca montañosa
al norte de Bethel. Allí poseía un gran rebaño de ovejas, atendido por
pastores, que como era costumbre desde tiempo inmemorial en las montañas
de Canaán, las hacían ir de valle en valle, donde los animales pudieran
encontrar jugosa hierba. Absalón tenía también en aquel terreno ricos
viñedos, que eran una de las mayores fuentes de ingresos de los terratenientes
de Israel.
Dado que la recogida de estas cosechas, las uvas y la lana, constituían dos
de las más importantes actividades del pueblo, se las asociaba con las dos
fiestas más importantes del año. Una de ellas se celebraba en otoñó, en el mes
de la vendimia, al ser recolectada la uva y pisada en los lagares. La otra tenía
lugar en la primavera, cuando la tierra empezaba a mostrar nuevos síntomas
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de vida después del largo sueño invernal y eran espesos los vellones en los
lomos de las ovejas. En ambas circunstancias había mucho jolgorio y alegría,
y se realizaban gratos sacrificios al Señor por la generosidad de las› cosechas
recogidas. ¿Qué tenía, pues, de particular que el rica príncipe Absalón invitara
a toda la corte de Israel para que le acompañara en la fiesta de celebración del
esquileo?
—Tengo a mis esquiladores en Baal-hazor —le dijo Absalón a su padre—
y he invitado a los hijos del rey, mis hermanos, para que me acompañen en la
celebración de la fiesta. También ruego al rey que venga en nuestra compañía
en unión de todos sus siervos.
—No, hijo mío —le contestó David, tal como Absalón esperaba—, tanta
gente constituiría un gran trastorno para ti.
—Por lo menos quisiera contar con la asistencia de Amnón.
—¿Y por qué ha de ir precisamente éste?
—Amnón es el hermano mayor. Si él viene, todos los demás príncipes le
seguirán. Me gustaría que todos mis hermanos celebraran en mi compañía mi
buena suerte.
La petición era una artimaña verdaderamente artera para conseguir que el
indolente Amnón saliese de Jerusalén, pero David no podía ver mal alguno en
ello. Además, siempre le había sido difícil negarle al gallardo Absalón
cualquier cosa que le pidiera, debido a que se parecía mucho a él cuando era
joven. Así que todos los hijos de David se trasladaron a Baal-hazor para
acompañar a su hermano Absalón en la celebración de la fiesta del esquileo.
El astuto Absalón había tomado sus precauciones para hacer que no
recayera sobre él ninguna sospecha cuando sus servidores cayeran sobre
Amnón en forma que pareciese que éste era víctima del ataque de unos
salteadores de caminos. Pero aquéllos no pudieron esconder su identidad y su
presencia le denunció como inductor del crimen. Sucedió que durante el
fragor y la confusión producidos por el asesinato, uno de los miembros del
cortejo pudo huir a Jerusalén, llevando la horrible noticia de que Absalón
había dado muerte a todos los hijos del rey.
Para David esto representó el cumplimiento final de la maldición de
Nathan a raíz de la muerte de Urías. Primero, la muerte del hijo concebido por
Bethsabé durante los primeros días de su turbulento amor; ahora, caía de
nuevo la espada, como Dios había prometido, sobre sus restantes hijos. En un
paroxismo de dolor, desgarró el rey sus vestiduras y se arrojó al suelo, forma
con la que tradicionalmente se ponía de manifiesto el profundo dolor que se
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sentía por algún ser querido, mientras que los servidores de la casa y las
mujeres se ponían a sollozar por los príncipes muertos.
Jonadab había sido uno de los invitados a la fiesta del esquileo. Tan
pronto como le fue posible enterarse de lo que realmente había sucedido, se
apresuró a presentarse en Jerusalén. Su llegada no fue mucho más tarde que
cuando se recibieron los primeros informes, e intentó congraciarse con el rey,
a la vez que acusaba a Absalón del asesinato deliberado en la persona de
Amnón.
—No creáis, mi señor eso de que hayan sido muertos todos los hermanos,
hijos del rey. Solamente Amnón ha sido el asesinado por orden de Absalón,
cosa que estaba decidido hacer desde el día en que se enteró que aquél había
violado a su hermana Tamar.
Ante la buena nueva traída por Jonadab, el pesar que sentía David se
alivió un tanto y alimentó esperanzas de que, en efecto, el primer informador
pudiera estar equivocado, por lo que apostó centinelas en la puerta de la
muralla a fin de que fueran llevándole las noticias complementarias que
pudieran ir llegando de la escena del crimen. Los soldados no tardaron en
anunciar que veían venir por el camino de Baal-hazor en dirección a
Jerusalén, un grupo compacto de personas.
—Vedlo, son los hijos del rey que regresan —se apresuró Jonadab a
comunicar a David—. Ya podéis comprobar como han sido exactos los
informes que vuestro servidor se apresuró a comunicaros.
No tardaron en llegar los príncipes en persona, corroborando el relato de
Jonadab, mientras Absalón, temiendo la cólera de su padre, se apresuró a
refugiarse en casa de su abuelo materno, el rey Geshur, donde David no fue a
perseguirle.
En la corte hubo el duelo consiguiente por la muerte de Amnón, pero
Bethsabé por su parte no pudo por menos de sentirse satisfecha de lo que
había ocurrido. Con los dos más presuntos pretendientes al trono fuera de
escena, el camino se encontraba más expedito para su hijo Salomón.
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CAPÍTULO II
Envió Joab a Tekoa y tomó de allá una mujer astuta.
Samuel 11-14:2
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En realidad, la mayor parte de los israelitas no consideraban que Absalón
hubiera cometido un grave delito al ordenar la muerte de Amnón. De acuerdo
con las leyes de Moisés, que en estas cuestiones decían siempre la última
palabra, Absalón tenía derecho a vengar con sangre el insulto hecho a su
hermana Tamar. La única falta que cometió fue el haber mandado a sus
criados a que lo mataran y no haber sido él quien hubiese empuñado el arma
vengadora. Sin embargo, este detalle no tenía una importancia fundamental,
desde el momento que la ley había quedado cumplida. Al pasar uno, dos y
tres años, el crimen de Absalón quedó olvidado, permaneciendo sólo el
recuerdo de sus brillantes cualidades y de sus pequeños escándalos.
Joab, en particular, miraba la gradual ascendencia de la influencia del
grupo que patrocinaba a Salomón, como un peligro para el país y para sí
mismo. Desde el día en que se puso al lado de David en el valle de Elah, en
ocasión de la muerte de Goliat, solamente hubo un corto plazo en que no
estuviera íntimamente unido a él, como jefe de los ejércitos y consejero. Este
período fue el que medió entre el asesinato de Abner y la toma de Jerusalén.
La hazaña de Joab al subir por el pozo sobre el manantial de Gihón, decisiva
para la batalla de Jerusalén, le valió ser repuesto en su cargo de capitán jefe.
Al envejecer David y mostrar cada vez más inclinación a concentrarse en
sí mismo, Joab contemplaba con creciente preocupación la ascensión del
grupo que rodeaba al niño Salomón, que ocupaba una situación dominante en
los asuntos del reino. Y con el Ejército jugando un papel cada vez menos
preponderante en la vida de Israel, ahora que sus principales enemigos habían
sido ya vencidos, veía también que iba quedando gradualmente minada la
posición que él ocupaba.
Joab se puso inmediatamente en acción urdiendo un astuto plan para que
Absalón pudiera volver a Jerusalén y a ganar el favor de su padre. El primer
paso era convencer a David ya algo débil, que el bienestar de Israel exigía la
designación de Absalón como sucesor suyo. Para llevar a cabo la estratagema,
contrató los servicios de una inteligente mujer que vivía en Tekoa, pequeño
pueblo tocando el desierto de Judea, no lejos de Hebrón y de la tumba de
Abraham, en Mamre. Siguiendo instrucciones de Joab, llegó a Jerusalén
vestida de luto, como si hubiera fallecido recientemente una persona querida
y se presentó en el palacio. Allí pidió que su caso fuera oído y juzgado
personalmente por el rey.
David podía escuchar solamente a unos pocos de los muchos que le
solicitaban audiencias, los cuales eran seleccionados antes por los consejeros
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del rey. Pero Joab todavía gozaba de suficiente influencia en el palacio para
conseguir que la mujer de Tekoa fuera admitida a presencia de David.
—¡Ayudadme, oh rey! —suplicó, arrodillándose en el suelo ante el trono.
Por la pena que sentía a causa del gallardo Absalón, David se sentía más
considerado con los dolores ajenos de lo que normalmente lo había sido hasta
entonces, circunstancia con la que ya contó astutamente Joab al planear la
intriga. El rey miró compasivo a la mujer y le preguntó:
—¿Qué os sucede?
—Soy viuda y tenía dos hijos. Pero un día se pelearon y como no había
nadie que los separara, uno de ellos mató al otro.
—Continuad —dijo David, cuyo interés había sido despertado
naturalmente por aquella historia, tan paralela a lo que, estaba él pasando.
—Ahora, se ha alzado contra mí toda la familia. Pide que les entregue al
matador de su hermano, para matarlo a su vez.
—Es la ley —le recordó David—. Si la familia de vuestro esposo exige la
vida del matador, ésta debe de ser suya.
—¡Pero entonces el único carbón que dejó encendido se extinguirá! —
sollozó la mujer—. No quedará sobre la tierra ni rastro del nombre de mi
esposo.
Aquella cuestión legal no era sencilla de resolver, puesto que en Israel la
mayor tragedia que podía acaecer a un hombre era que su descendencia
desapareciera por completo y que la tierra de la familia tuviera que ser
vendida. Muchos artículos de la ley estaban dedicados a la cuestión de la
herencia, de forma que la tierra propiedad de una familia pasara a las
generaciones sucesivas. No era una cuestión que pudiera resolverse con
ligereza y David necesitaba tiempo para reflexionar acerca de ella.
—Marchad a vuestra casa —le dijo a la mujer—. Más tarde daré órdenes
relacionadas con el caso que me presentáis.
Una mujer menos inteligente hubiera dejado correr el asunto, no fuera a
despertarse la cólera del rey si lo llevaba adelante; pero Joab había escogido
bien su agente y la mujer no terminó en aquel punto el asunto que le llevó al
palacio.
—Ruego que el rey recuerde —suplicó— que el Señor vuestro Dios
sufrirá al morir mi hijo, cansado de que se sigan poniendo en práctica estas
venganzas de sangre.
—Como que Dios vive —le prometió David—, ni un solo cabello de
vuestro hijo caerá a tierra.
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Éste, era el compromiso que la mujer estaba esperando obtener, una
decisión que, incluso aplicada a un caso hipotético, podía servir de base para
el regreso sin peligro de Absalón a Jerusalén y al favor de su padre.
—Os ruego que permitáis que vuestra sierva diga unas palabras a su señor
el rey.
Antes de hablar contempló pensativo a la mujer. Aunque en aquel tiempo
su cuerpo se fatigaba con facilidad y sus cabellos y su barba estaban ya
blancos a causa de la edad, su inteligencia era clara y aguda como siempre, y
algo le decía que en la historia de aquella mujer había más de lo que parecía a
primera vista.
—Decid lo que gustéis —manifestó al fin.
—¿Por qué, pues, si el rey muestra su misericordia hacia mí y hacia mi
hijo, no hacéis que regrese a su hogar vuestro propio hijo que tenéis en el
destierro? —preguntó con atrevimiento—. Como un ángel de Dios, puede el
rey mi señor separar lo bueno de lo malo. Obrando así el Señor os
acompañará.
David pudo ver entonces la trama de la intriga claramente y no tuvo que
hacer gran esfuerzo para descubrir mentalmente al autor de ella.
—¿No anda la mano de Joab en todo esto? —preguntó, por saber que éste
había estado trabajando por el retomo de Absalón a Jerusalén.
Cogida de sorpresa, la verdad de la acusación quedó reflejada en la
palidez que cubrió las mejillas de la mujer.
—Vuestro servidor Joab fue, en efecto, el que me mandó venir, el que
puso en mi boca las palabras que he pronunciado —admitió—.
Verdaderamente mi señor posee la sabiduría de un ángel de Dios para conocer
todo lo que en la tierra sucede.
—Marchad —le dijo David sin aspereza— y decir a Joab que se presente
ante mí.
La mujer se apresuró a salir de la estáñela. Joab no tardó en aparecer, no
sin mostrar cierta aprensión, no sabiendo la manera que David tendría de
reaccionar por haberle enviado a aquella mujer con el cuento engañoso de un
hermano matando a otro. David, sin embargo, se mostró benévolo, porque
Joab le había dado la excusa que necesitaba para autorizar el regreso de
Absalón del exilio.
—Puedes hacer que Absalón vuelva a Jerusalén —le dijo al capitán jefe
—. Pero que vaya a su casa y que a mí no me mire a la cara.
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CAPÍTULO III
Absalón se hizo de carros y caballos y de cincuenta hombres que corriesen
delante de él.
Samuel II —15:1
David cumplió su palabra. Durante dos años después del regreso del
destierro a Jerusalén, no admitió a Absalón en su presencia. Sin embargo, fue
éste un periodo activo y productivo para el marrullero y ambicioso príncipe.
Los años que pasó en Geshur no le habían hecho cambiar en absoluto.
Vanidoso y brillante como siempre, solamente se hacía cortar el pelo una vez
al año, y cuando lo efectuaba los cabellos cortados pesaban doscientos siclos,
unidad de medida de Tiro, que entonces regía en Israel. No perdía ocasión de
impresionar al pueblo con sus excentricidades o con sus maneras reales.
Joab se inclinaba a que fuera el propio David quién se decidiera, sin
presión de ninguna clase, a hacer que Absalón recuperara por completo su
protección, pero el gallardo príncipe estaba impaciente. Al cabo de dos años
de permanencia en Jerusalén, sin haber sido llamado por su padre,
importunaba continuamente al capitán jefe para que hablara en su nombre con
David. Joab acabó por interceder por él, pero de haber sabido lo que había en
la imaginación de Absalón, debería de haber antes rogado a David que
mandara al príncipe de nuevo a Geshur.
Cuando Joab rogó a David que admitiera al joven príncipe en el palacio y
en los consejos, el rey accedió a ello. Había echado mucho de menos a
Absalón y saludó gozoso la oportunidad de tener de nuevo a su hijo cerca de
sí. Al mismo tiempo, restableció a Absalón en su antiguo puesto de
gobernador de un distrito que comprendía gran parte de Judea y la zona muy
poblada al oeste de Jerusalén. La acción de David convenía perfectamente a
los planes de Absalón, que era nada menos que desposeer a su padre, en
beneficio propio, del trono de Israel.
El primer acto de Absalón dentro del complicado proyecto que había
imaginado fue comprar varios carros de combate y emplear una compañía de
mercenarios para su guardia personal. Dondequiera que fuera, iba ahora
acompañado por un séquito militar aún mayor que el que generalmente seguía
a David en sus cada vez menos frecuentes apariciones en público.
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Inevitablemente, esta ostentación de fuerza y poderío no dejaba de
impresionar al pueblo acerca de la importancia de Absalón, y para los incultos
adquirió unas dimensiones no por debajo de las del rey. Era cosa
generalmente aceptada que gradualmente se iría apoderando cada vez más del
poder de David.
En cuanto a éste, su cariño hacia Absalón y la felicidad que sentía al
tenerle de nuevo como miembro de la corte, le hacían tener los ojos cerrados
hacia lo que realmente estaba ocurriendo. De hecho, si Absalón se hubiera
limitado a esperar que llegara su momento, la corona de Israel hubiera sido
suya casi por negligencia del envejecido David que cada vez se sentía más
cansado de los rutinarios deberes de reinar. Sin embargo, el joven príncipe era
a la vez impaciente y estaba demasiado convencido de su propia inteligencia.
Sin consultar a Joab, que había sido su patrocinador original, forjó planes para
realizar una verdadera revuelta. La primera parte de su proyecto consistía en
alejar al pueblo de la actitud de casi adoración que mantenía hacia su padre. A
este efecto, llevó a cabo una habilidosa estrategia. Se levantaba temprano
todas las mañanas y se situaba en la principal parte de la ciudad saludando a
cuántos llegaban a Jerusalén con la esperanza de que sus disensiones fueran
escuchadas y juzgadas por el rey.
—Vuestros asuntos son buenos y justos —solía decir a los peticionarios
—, pero no ha sido designado nadie por el rey para escuchar vuestras quejas.
Tal declaración, hecha por el propio hijo de David, conocido por ser
hombre de gran importancia en Israel, inevitablemente hacía nacer la duda en
la mente de los visitantes de si debían o no ir a ser escuchados por el rey.
Cuando ordinariamente la mayor parte de ellos eran rechazados porque David
no tenía tiempo material de escuchar sus litigios, no podía reprochárseles de
recordar lo que Absalón les había dicho y se dirigían de nuevo a él. A estos
peticionarios descontentos, así como a los que fueron escuchados y fallado en
contra, Absalón les daba su conmiseración y su simpatía por su mala suerte,
añadiendo:
—¡Oh, si yo fuera nombrado juez en este país para que cada hombre que
tuviera un pleito pudiera venir a mí para que le hiciera justicia!
Cuando después cogía la mano del visitante y le abrazaba, era fácil que un
peticionario desengañado se dijera que David no se preocupaba en absoluto
del pueblo corriente, y que Absalón era el único hombre que ocupaba un alto
puesto en el reino que se preocupase, abandonando sus deberes, de que los
desafueros se corrigieran y de que se hiciese justicia. De esta manera,
Absalón fue poco a poco granjeándose la simpatía del pueblo, no solamente
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en Judea, donde ya era muy admirado, y en Jerusalén donde le seguían todos
los ociosos deslumbrados por sus maneras, sino también en los demás
distritos del reino donde los que fracasaban al exponer sus quejas a David se
hacían lenguas de las prometedoras cualidades del joven príncipe. Juzgaban
que este príncipe estaba mejor dotado para gobernarles que el achacoso y
anciano rey.
Finalmente llegó el día en que Absalón estuvo dispuesto a empezar su
revuelta. Pero puesto que había planeado congregar en Judea las fuerzas que
tenía preparadas fuera de Jerusalén, sabía que tenía que abandonar esta ciudad
sin despertar sospechas y que para ello necesitaba el permiso de David, cosa
que no le preocupaba puesto que su padre accedía siempre a todos sus deseos.
Al encontrarse frente a David sus gestos eran humildes como correspondían a
un hijo amante de sus deberes.
—Os ruego que me dejéis marchar para cumplir un voto que he hecho al
Señor en Hebrón —solicitó de su padre.
—¿Qué voto es ése? —le preguntó David.
—Cuando vivía en Geshur, en Siria, prometí al Señor que si alguna vez
hacía que pudiera volver a Jerusalén, le haría un sacrificio en nuestro antiguo
hogar.
Era una astuta falsedad, la clase de solicitud que era difícil que el rey no
accediera a ella.
—Ve en paz —le dijo David a su hijo, el cual inmediatamente abandonó
la corte.
Acompañado por sus carros, sus mercenarios y por varios centenares de
jóvenes a los que invitó a seguirle, salió de la ciudad hacia Belén y Hebrón.
Una vez situado allí, envió mensajeros por todo el país para anunciar la señal
convenida con pequeños grupos de disidentes, cuya ayuda había estado
cortejando varios años.
—Tan pronto como oigáis el sonido de la trompeta —les dijo—, debéis
gritar: «¡Absalón reina en Hebrón!».
Existían varias razones para comprender que hubiera diversos grupos
propicios a seguir a Absalón: resentimientos antiguos, la esperanza de ricas
recompensas por el botín de que se apoderaran, el deslumbramiento por la
acción en los jóvenes en un país donde desde hacía muchos años no tuvo
lugar ninguna guerra seria, la probabilidad de ganar gloria personal en los
combates, el descontento por parte de la tribu de Benjamín a causa de que los
hijos de Saúl no hubiesen sido los sucesores de éste, todo ello contribuyó a
que el príncipe rebelde pudiera levantar un ejército bastante considerable con
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el que empezó a marchar sobre Jerusalén, con la esperanza de poder tomar
esta ciudad por sorpresa, antes de que David se aprestara a su defensa.
Noticias de la rápidamente extendida rebelión llegaron hasta David en el
momento en que un hombre al que consideraba uno de sus más inteligentes y
fieles consejeros, Ahitofel de Giloh se unió a las fuerzas de Absalón. La
defección de Ahitofel fue un duro golpe para David, por haberle tenido toda
la confianza y respeto. Era un rey severo y triste el que reunía ahora en tomo
suyo a los consejeros de Jerusalén.
—He recibido noticias de que los corazones de muchos hombres de Israel
siguen a Absalón —manifestó al grupo— y que en estos momentos marcha
éste hacia Jerusalén.
Aun cuando Joab había apoyado a Absalón como sucesor de David, no
tomó parte alguna en la rebelión, eligiendo permanecer al lado del rey.
—Si cerramos las puertas y dominamos en los manantiales, Absalón se
verá obligado a poner sitio a la ciudad —dijo—. Yo y mis hombres estamos
dispuestos a defenderla.
Los ojos de David se humedecieron ante aquella protesta de lealtad por
parte de su viejo amigo y compañero de batalla, de quien las vicisitudes de la
vida política le habían apartado tanto en los últimos años.
—Sería combatir como en los días de antaño —reconoció—. Pero yo
nunca me he acostumbrado a luchar detrás de unas murallas. Además,
Jerusalén resultaría dañado y sus habitantes sufrirían las consecuencias,
aunque no tienen culpa alguna de las desavenencias surgidas entre mi hijo y
yo. Retirémonos, en lugar de eso, a Mahanaim cruzando el Jordán y reunamos
allí a los que nos son leales entre las tribus y los reyes de la comarca
circunvecina y que quieran cobijarse bajo nuestras banderas.
Nadie se atrevió a señalar que eso sería tanto como volver a representar
casi en sus menores detalles la escena de los acontecimientos ocurridos
durante los últimos días del reinado de Saúl cuando David se convirtió en
caudillo de Judá y las fuerzas leales a Saúl y a Ishbosheth se retiraron a
Mahanaim bajo el mando de Abner. El paralelo era demasiado claro para que
nadie lo viera en cuanto, inevitablemente, ello afectaría de una manera
deprimente a los espíritus. Dar la orden de evacuar Jerusalén y su hermoso
palacio era la decisión más dolorosa que jamás había tomado David. Y sin
embargo sabía que ésta era la única decisión posible para salvar la hermosa y
amada ciudad donde Dios prometiera que uno de sus hijos levantaría un
templo a la mayor gloria del Altísimo.
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CAPÍTULO IV
Hushai, el arquita, le salió al encuentro, trayendo rota su ropa y tierra
sobre su cabeza.
Samuel 11-15:32
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con la mano un gesto de saludo a los mercenarios que en aquellos momentos
cruzaban el arroyó, seguidos de los demás. Detrás de todos seguía una larga
fila de habitantes de la ciudad, que preferían abandonar sus casas y la
seguridad de las murallas antes que abandonar a su rey. Cerrando el cortejo
iba la magnífica tienda del Tabernáculo, en cuyo interior se hallaba el Arcá de
la Alianza, llevada en unas angarillas especiales por jóvenes y robustos
levitas. A éstos seguía una fila de sacerdotes ricamente vestidos, encabezados
por Zadok y Abiathar, a los que David detuvo antes de que alcanzaran el
vado.
—Llevad de nuevo el Arca de Dios a la ciudad —ordenó.
—El Arca debe de ir dónde vaya el ungido de Dios —protestó el
sacerdote Zadok.
—Si el Señor me sigue otorgando su protección, me traerá de nuevo aquí,
al lado del Arca y de su lugar de residencia —replicó David—. Pero si Dios
me dice: «No me complaces», entonces seguiré mi camino. Dejad que se haga
su santa voluntad.
Zadok, que ocupaba ahora el cargo de sumo sacerdote, ayudado en su
ministerio por un hijo de Abiathar, sentía repugnancia de regresar a Jerusalén.
—Regresad en paz a la ciudad y vivid en ella con vuestros hijos —le dijo
David—. Observad cuánto ocurra en Jerusalén y mandádmelo a decir cuando
me encuentre en el desierto.
—Que Dios os acompañe y os devuelva sano y salvo al hogar —dijo
Zadok partiendo y ordenando a la procesión que llevaba el Arca que regresara
a Jerusalén, según los deseos de David.
Desde la cumbre de la eminencia llamada monte de los Olivos, David se
volvió para mirar a Jerusalén. Podía ver el Tabernáculo, fácilmente
identificable por el color de rica púrpura del tejido con que estaba hecho, que
era conducido a través de las calles al lugar de su residencia habitual. Al otro
lado de la colina, la línea de la muchedumbre se arrastraba lentamente hacia
abajo por el ondulante camino que se dirigía a Jericó, pareciendo
desoladamente pequeña en comparación con los grandes ejércitos que en más
de una ocasión había él llevado a la victoria por este mismo camino. Por la
agonía que ello le hacía experimentar y, sobre todo, por el gran dolor que en
su corazón sentía al pensar que el hijo que tanto amaba había demostrado ser
un traidor, David prorrumpió en un lamento todavía más angustioso que la
canción fúnebre que cantó cuando la muerte de Saúl y Jonatán:
¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?
¿Por qué estás tan lejos y no me prestas tu ayuda?
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De día, ¡oh, mi Dios!, te llamo, pero no me oyes
Y tampoco durante la noche permanezco silencioso.
Pero Tú eres santo,
¡Oh, Tú, que recibes todas las alabanzas de Israel!
Nuestros padres confiaban en ti:
Confiaban y Tú les liberaste.
Yo tengo el desastre cerca de mí
Y a nadie que venga en mi ayuda.
Fieros todos me persiguen,
Fuertes toros de Bashan que me cercan.
Me miran con sus bocas abiertas,
Como coléricos y rugientes leones.
Siento escapárseme la vida
Y dislocarse todos mis huesos.
Mi corazón parece de cera,
Se derrite dentro de mis entrañas.
Mis fuerzas se secan como en tiesto sin riego
Y mi lengua se pega a mi paladar.
Tú me has arrojado al polvo de la muerte.
Los perros me persiguen.
La cuadrilla de los perversos me ha cercado
Y agujereado mis manos y mis pies.
Puedo contar todos los huesos de mi cuerpo,
Parecen contemplarme,
Horadan mis vestiduras
Y se las reparten entre ellos.
¡No te alejes de mí, oh, mi Señor!
¡Ayúdame, tú que eres mi fuerza!
Libra mi alma de la espada,
Sálvame de la boca del león,
Como ya lo hiciste de los cuernos de los unicornios.
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Vencido por el dolor, David no pudo pronunciar una palabra más.
Entonces, antes de que el monte de los Olivos se la ocultara de su vista,
levantó sus ojos para dar a la ciudad que tanto amaba un último adiós, y algo
extraño y maravilloso sucedió en aquel momento. Le pareció que la ciudad ya
no estaba envuelta en la tristeza y la aflicción que el destino derramaba sobre
ella. Ahora hasta las murallas parecían brillar ante sus ojos, como un faro
visto de lejos que guía los pasos del viajero al regresar al hogar. Comprendió,
con súbita oleada de reconocimiento, que era la manera que Dios tenía para
decirle que volvería a la ciudad que él dedicó a la gloria del Altísimo sobre la
cumbre de Sión, y que fuera lo que fuera lo que le ocurriera, el Señor no le
dejaría morir, despreciado y abandonado, en el desierto.
Con tal seguridad por parte de Dios, sintió David que se despojaba de
todo su cansancio y de toda su tristeza, como si fueran vestiduras sucias que
se arrojan al suelo. Su cuerpo se irguió y sus hombros se echaron
orgullosamente hacia atrás. Incluso en sus ojos brilló como una nueva luz de
esperanza. Ya no era un hombre viejo y doblegado que seguía a los demás por
el camino de Jericó, sino un rey, fuerte y resuelto, acaudillando a su pueblo
hacía la victoria.
Cerca del pie de la colina vio David un pequeño grupo que caminaba por
una senda que se juntaba por delante del camino donde él se encontraba. Al
acercarse, pudo reconocer a Hushai, un antiguo amigo y consejero que andaba
despaciosamente a causa de sus muchos años.
Los dos hombres se abrazaron cariñosamente debajo mismo de la cresta
de la colina. Hushai se dejó caer sobre una peña, jadeando por el esfuerzo
hecho para subir por la cuesta. David observó que llevaba la ropa destrozada
y que su rostro estaba cubierto de cenizas, en la forma tradicional de duelo.
—Triste día para Israel éste en que el rey se ve obligado a huir a causa de
un hijo traicionero —manifestó Hushai—. Tan pronto como me enteré de la
noticia, vine desde Ataroth para ponerme a vuestro lado.
Media hora antes, David habría juntado sus lágrimas a las de Hushai a
causa de lo profundo que la desgracia le había arrastrado. Pero desde entonces
recibió de parte de Dios la seguridad de que regresaría a la ciudad que amaba.
Era ahora un nuevo David el que se encontraba al frente de aquella nueva
aventura, un hombre que se quitaba diez años de encima en aquel momento
de reacción y que se encontraba dispuesto a emprender la campaña que le
llevase a volver a ganar su reino.
—Si venís conmigo, os convertiréis en un peso para mí —le dijo
afablemente David—. Os ruego que regreséis a la ciudad y que le digáis a
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Absalón cuando se encuentre en ella: «¡Seré vuestro servidor, oh rey! Lo
mismo que serví antes a vuestro padre, os serviré a vos ahora».
—¿Es que pretendéis, acaso, que me convierta en un traidor? —preguntó
Hushai con indignación—. Mientras viva y respire, eso no sucederá.
—No se trata de ser un traidor, al contrario —le aseguró David—, pues lo
que podéis hacer estando en Jerusalén es ayudarme a anular en los consejos a
Ahitofel.
—¿Así es verdad que se marchó con Absalón? Ya lo he oído, pero era una
cosa que no podía creer.
—Pues sí, es cierto que Ahitofel se ha ido con él —le confirmó David—.
Y sin uno de vuestra categoría allí para poder derrotarle, todo lo que hemos
conseguido en tantos años se perderá.
—¿Pero qué podré hacer yo estando solo?
—Se encuentran también allí Zadok y Abiathar —le aseguró David— y
todo lo que podáis oír en la casa del rey, debéis de decírselo a ellos.
—¡Pero no seremos sino tres hombres encerrados dentro de las murallas!
—Ahimaaz, hijo de Zadok, y Jonatán, el hijo de Abiathar, serán utilizados
como mensajeros míos —le explicó David—. Les podéis comunicar cuánto
sepáis seguro de que no tardará en llegar a mis oídos.
Hushai se puso en pie.
—Si de lo que se trata —dijo— es de combatir los consejos que pueda dar
hombre tan experimentado como Ahitofel, no cabe duda que mi puesto está
en Jerusalén. Que Dios os acompañe, David, y cuide de vos.
—Lo hará —aseguró David con confianza—. Hoy ha hablado a mi
corazón y me ha dicho que regresaré.
David no esperó a ver como Hushai entraba en la ciudad porque quería
estar en Jericó antes de que anocheciera. Por entonces Absalón se dirigía
hacia Jerusalén en un carro, suelta al viento su larga melena, y Hushai estaba
ya en la ciudad decidido a acabar con la revuelta del triunfante nuevo
gobernante por todos los medios a su alcance.
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CAPÍTULO V
Y Ahitofel dijo a Absalón: Entra a las concubinas de tu padre.
Samuel II —16:21
No lejos del monte de los Olivos, David se encontró con una pequeña
caravana que estaba aguardando a un lado del camino. Al acercarse, un
hombre rechoncho que la guiaba se arrodilló ante él, reconociendo a Ziba, que
estaba encargado de cuidar de Mefibosheth, el hijo impedido de Jonatán.
Aunque la caravana era pequeña, llevaba apilados en los lomos de los
animales de carga muchos paquetes conteniendo panes, pasteles de pasas de
los viñedos de Hebrón, cestos de frutas frescas y pellejos de vino.
—Los asnos son para que cabalguen en ellos los familiares del rey —
explicó Ziba—. El pan y los frutos de verano para que los coman los jóvenes
y el vino para que lo pueda beber quien pueda sentirse débil en el desierto.
David no pudo por menos de sentirse animado por la lealtad y la buena
voluntad de aquel hombre dispuesto a ayudar a un rey cuyo gobierno sobre
Israel parecía estar llegando a su fin. Pero no había rastro de Mefibosheth, a
quien el propio David socorrió dándole las rentas de todas las posesiones de
Saúl y permitiéndole vivir en Jerusalén como un miembro más de la casa real.
—¿Dónde se encuentra el hijo de vuestro antiguo amo? —preguntó a
Ziba.
—Vive en Jerusalén. Cuando oí que vos ibais a abandonar la ciudad,
pregunté a Mefibosheth qué es lo que pensaba hacer. Se limitó a decirme:
«Hoy la casa de Israel me restablecerá en el trono que debía de pertenecer a
mi padre».
Era verdaderamente una extraña situación, aquélla en que un criado había
puesto el bienestar del rey antes que el suyo propio, en tanto que su amo
pagaba la bondad que se le mostraba yendo a Absalón a la primera
oportunidad. Con este pensamiento le vino la contestación de lo que en su día
habría de hacerse con el desagradecido hijo de Jonatán.
—Todo lo que perteneció a Mefibosheth, será vuestro —le aseguró David
a Ziba.
—Lo único que quisiera obtener siempre de mi señor y rey es una buena
acogida a su lado —contestó Ziba, a tiempo que entregaba las riendas de la
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primera mula de la reata a uno de los criados de David—. Dios quiera que
podáis regresar sano y salvo a vuestro pueblo.
Un poco al este de Jerusalén, David y los que iban con él pasaron por el
pueblo de Bahurim. Filas de curiosos se habían congregado a lo largo del
camino para ver pasar el cortejo. La mayor parte de ellos permanecían en
silencio, mientras algunos vitoreaban al rey y le saludaban enviándole
bendiciones a él y a los de su casa. Sin embargo, cerca ya de la salida del
pueblo apareció un hombre que había salido corriendo de una casa, lanzando
maldiciones contra ellos. Abishai, el hermano de Joab, marchaba al lado de
David, a fin de protegerle contra cualquier contingencia, puesto que era
imposible predecir cuáles podían ser ahora los sentimientos del pueblo.
—Es Shimei, hijo de Gera, de la casa de Saúl —gruñó Abishai—.
Siempre te ha odiado y no pierde oportunidad de hablar en contra tuya.
Mientras Abishai decía esto, una piedra, dirigida sin género de duda a
David, acertó a dar en una mula que se encontraba no lejos de él. El animal
lanzó un gruñido de dolor y se introdujo entre las filas de los caminantes
obligando a la columna a detenerse un momento. David se adelantó para
cerciorarse de que nadie había recibido daño. En el momento en que se
disponía a hablar con uno de los mercenarios, vio cómo Shimei cogía otra
piedra y se disponía a lanzarla hacia la dirección donde él se encontraba.
—¡Vamos, vamos, hombre sanguinario —le gritó el benjaminita a David
—, que el Señor ha hecho que caiga sobre tú cabeza toda la sangre de Saúl, en
cuyo lugar reinas! Porque eres un hombre sanguinario, un verdadero hijo de
Belial, el Señor ha puesto tu reino en manos de tu hijo Absalón…
—¿Cómo se atreve ese perro podrido a maldecir de esa forma al rey? —
preguntó Abishai—. Déjame que vaya y que le corte la cabeza.
—Si mi hijo, que es de mi misma carne, anda tras de matarme ¿en nombre
de qué podemos culpar a este benjaminita? —replicó David—. Déjale en paz
que maldiga cuanto quiera, si es que el Señor le permite que lo haga.
—Pero si se tolera que haya uno que te maldiga sin ser castigado, no
tardarán otros muchos en seguir su ejemplo —insistió Abishai.
—Tal vez se fije el Señor en la aflicción que ahora sufro y me compense
con algo por estas maldiciones —contestó David—. Di a la columna que
vuelva a ponerse en marcha.
Mientras las gentes que componían la caravana volvían a recoger los
paquetes que dejaron descansar en el suelo y reanudaban su caminata, se
quedaron atónitos al ver como Shimei les seguía corriendo a lo largo del
sendero, lanzando con voz chillona invectivas y maldiciones contra el rey de
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Israel y tirándole piedras hasta que se quedó atrás en una revuelta del camino.
Para aquellas gentes la suerte de David parecía haber descendido al más bajo
nivel posible. Pero todavía el poder divino que protegiera al pastorcillo de las
montañas cercanas a Belén, seguía actuando. La evidencia de ello quedaba
patente para todos al ver un nuevo fulgor en las pupilas del rey y una nueva
firmeza en su manera de caminar. Y asimismo debía de estar ese poder
actuando también en aquellos momentos en Jerusalén, donde se encontraba
Hushai, urdiendo planes para desbaratar los consejos que convocase Ahitofel
y para conseguir que Absalón no fuera otra cosa que un juguete en manos de
David.
Era la época de las lluvias, cuando el Jordán bajaba crecido y muchas
veces se salía incluso del cauce, de manera que David y los suyos se vieron
obligados a cruzar la corriente con los procedimientos que podían encontrar a
mano o idear. Joab y los otros jefes trataron de convencer a David para que
fuera el primero en cruzar el río, pero se negó a hacerlo. Por el contrario,
quiso permanecer detrás hasta que todos lo hubieron cruzado y se encontraron
a salvo de Absalón, en caso de que el príncipe rebelde les persiguiera en el
momento más crítico de su huida. En la orilla del río fue donde los
mensajeros Ahimaaz y Jonatán encontraron a David vigilando los últimos
detalles del cruce del río.
—¿Qué noticias hay de Jerusalén? —les preguntó—. ¿Ha entrado
Absalón en la ciudad?
—Sí, ha entrado —contestó Ahimaaz—, en compañía de gran cantidad de
guerreros y de carros de combate.
No eran noticias en verdad muy consoladoras, pero podían haber sido
peores, como por ejemplo, que Absalón les iba ya pisando los talones con sus
carros.
—¿Qué hay de Hushai?
—Es ahora jefe de los consejeros de Absalón —puntualizó Jonatán.
—¿Y cómo puede ser eso? Se decía que era Ahitofel quién aconsejaba a
mi hijo en todo.
—Ahitofel entró en Jerusalén inmediatamente después del príncipe
Absalón y al principio era solamente a él a quien escuchaba.
Pareció titubear para seguir hablando y David le dijo:
—Contádmelo todo. Sin ocultarme nada.
—Cuando Absalón entró en vuestro palacio, Ahitofel le aconsejó que se
apoderara de vuestras concubinas y las poseyera sobre la azotea a la vista de
todo el pueblo.
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David sintió como una puñalada de dolor al enterarse que el hijo al que
amaba sobre todos los demás le hiciera objeto públicamente de semejante
desprecio y escarnio. Porque ningún hombre podía deshonrar a otro de una
manera más efectiva que apoderarse de sus mujeres y disponer de ellas en
público. El dolor no tardó en ser sustituido por una oleada de cólera, pero
antes de que pudiera dar expresión a la ira que sentía, hubo algo que le
detuvo; fue el recuerdo de la voz familiar de Nathan, hablándole en ocasión
de contarle aquella historia del pobre, cuya corderilla fue robada por el señor
rico. Entonces Nathan proclamó el edicto del propio Dios relativo al castigo
que él debía de sufrir por el pecado cometido:
«He de levantar el mal contra ti y contra tu propia casa. He de quitarte
tus mujeres y se las entregaré a tus vecinos para que yazgan con ellas a la
vista de todo el mundo».
—Absalón debe de morir por haber hecho semejante cosa —dijo Joab.
David movió negativamente la cabeza.
—Es la voluntad del Señor.
Pero no pudo por menos de pensar también en que el resto de la profecía
sería también cumplido y que la espada no dejaría de seguir pendiente sobre
su hogar.
—¿Por qué no vino Absalón con sus carros para sorprendernos aquí, antes
de que cruzáramos el río?
—Tal fue el consejo que le dio Ahitofel —dijo uno de los mensajeros—.
Se interesó porque doce mil hombres os persiguieran durante la noche. Pero
cuando Absalón consultó a Hushai, éste le advirtió que mi señor el rey podría
tenderles una emboscada en las montañas y que al caer en la trampa sus
gentes podrían desertar.
—¿Y mi hijo le escuchó?
—Es cosa bien sabida que en Israel hasta el rey mi señor escucha los
consejos de Hushai cuando éste habla —dijo Ahimaaz riendo entre dientes—.
Además, Absalón no se sentía muy inclinado a abandonar los placeres del
harén del rey.
—¡Por las tiendas de Israel —exclamó Joab— que me hubiera gustado ver
la cara que ponía Ahitofel cuando Absalón siguió el consejo de Hushai en vez
del suyo! Siempre fue un hombre de un orgullo desmedido.
—No podemos, con todo, demorarnos en cruzar el río —dijo David—.
Ahitofel es uno de los hombres más inteligentes de Israel y no creo que tarde
en convencer a Absalón para que vaya en nuestra persecución.
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—No creo que pueda hacerlo —aseguró Ahimaaz—. Antes de partir
nosotros de Jerusalén, Ahitofel había ya salido, montado en una mula, por una
de las puertas. Tomó el camino de Giloh, en Judea, y no creo que aconseje
más a Absalón.
Era ésta la mejor de todas las noticias que David podía recibir. Con
Ahitofel fuera de la escena y con Hushai sirviendo de consejero a Absalón,
podía contar con un prolongado entreacto antes de que tuviera lugar un ataque
contra sus menguadas fuerzas. Cada momento que ganase aumentaban sus
probabilidades de llegar sano y salvo a Mahanaim y poder organizar allí un
gran ejército para enfrentarse con Absalón.
—Hushai ha llegado incluso a convencer a Absalón de que lo que tiene
que hacer es esperar hasta organizar un ejército con soldados procedentes de
todas partes de la nación antes de atacaros —dijo. Jonatán—. Probablemente
tardará un mes o más antes de cruzar el río hasta Gilead.
—Durante ese espacio de tiempo, yo también mandaré mis mensajeros a
Dan y a Beersheba —dijo ceñudamente David—. Israel debe de escoger entre
mi persona y Absalón.
—Yo puedo asegurar quién será el elegido —exclamó Joab
alborozadamente—. Antes de que llegue el calor del verano, el ungido del
Señor estará de regreso en Jerusalén.
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CAPÍTULO VI
Y David llegó a Mahanaim.
Samuel 11-17:24
Una vez a salvo en la otra orilla del Jordán, David se dirigió hacia el
Norte siguiendo la orilla occidental del río por las profundas quebraduras de
una estrecha garganta que recibía el nombre de Ghor. Cuando subían sus
aguas, el Jordán cubría una extensión mucho más considerable que durante la
estación seca del verano y del otoño, cuando la crecida disminuía en gran
manera. Como el gran Nilo de Egipto, anualmente inundaba y fertilizaba las
tierras que había a lo largo de sus márgenes. Y dado que la temperatura era
suave, incluso en lo más crudo del invierno, la comarca era placentera, con las
graciosas ramas de los sauces llorones inclinándose sobre el agua y con un
murmullo musical del río.
Al terminar la garganta de Ghor, en la orilla occidental, empezaba a
alzarse una cadena de montañas calizas. La oriental era llana y pantanosa en
algunos lugares, estando flanqueada de tamariscos y sauces. Bosquecillos de
acacias, álamos temblones, cedros, terebrintos, durillos, madroños, adelfas,
alfónsigos y otras muchas clases de arbustos, convertían en muchas partes
aquella zona en una verdadera selva. Incluso se podía advertir a veces entre la
maleza las huellas de un leopardo, que se había acercado a la orilla para
beber.
Bandadas de grullas y de patos silvestres levantaban el vuelo ante los
soldados al ser molestados mientras comían. Repentinamente brotaban entre
la vegetación centenares de gorriones, ruiseñores, tórtolas, golondrinas, tordos
y el pájaro llamado wur-wur, de sorprendente belleza con su brillantísimo
plumaje y del que se decía que se alimentaba exclusivamente de abejas.
Cuando la garganta de Ghor dio paso a los primeros declives de la zona
montañosa, se veían grandes bandadas de perdices, como las que cayeron a
los pies de los hijos de Israel, rendidas por el largo vuelo al cruzar el mar
Rojo, cuando la huida de aquéllos de Egipto, proporcionándoles una
alimentación de la que se hallaban muy necesitados.
A veces se oía en las márgenes del río, el rugido de un león o el gruñido
de un oso, junto al sordo verraqueo de un jabalí. El más extraño de todos los
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animales habitantes de la región era, sin embargo, el gerbo, que no tenía más
de dos palmos de altura, pero cuyas patas traseras eran tan largas como todo
el cuerpo y la cola todavía más. Cuando saltaba sobre la hierba espesa o la
maleza, parecía literalmente que volaba.
Cuando la columna se tropezaba con algún arroyo profundo y turbulento,
no tenía más remedio que hacer alto y construir un pequeño puente para poder
pasar. Puesto que el agua de estas corrientes bajaba de las montañas, era clara
y fría, un verdadero regalo al lado del agua fangosa del Jordán.
En Adamah la fuerza de la corriente había minado la inclinada orilla
occidental del Jordán. Se solían formar grandes montículos de tierra, que en
ocasiones se desmoronaban sobre el río bloqueando e incluso secando la
corriente a veces durante un día o más. En una de estas circunstancias, Josué
y los hijos de Israel lo cruzaron pisando los terrones en las proximidades de
Jericó. Si Absalón hubiese optado por enviar una fuerza hacia el Norte, por la
orilla occidental del río, para cruzarlo en Adamah, hubiese impedido que
David pudiera llegar a Mahanaim sin librar antes un combate, cuyo resultado,
dadas las escasas fuerzas que el rey tenía bajo su mando, seguramente habría
resultado adverso para éste.
Pero Hushai fue lo suficiente hábil para hacer creer al príncipe rebelde
que el tiempo trabajaba a su favor, y así fue que David y la columna que
mandaba no encontraron en Adamah otra cosa que un barquero.
Continuando su camino llegaron al río Jabbok, que nacía en las tierras
altas de la gran meseta que separaba el valle del Jordán de las vastas
extensiones del desierto habitado por las tribus de los feroces y nómadas
beduinos.
Desde las profundidades de la garganta de Ghor hasta el borde del Jordán,
las montañas de Gilead parecían tener una altura inaccesible. Pero al ascender
con denuedo por la abrupta comarca hacia su destino de Mahanaim, las
laderas de las montañas de la meseta oriental no parecían ofrecerles grandes
obstáculos para su avance.
Una tarde la columna se detuvo para descansar sobre una altura que se
alzaba sobre las demás que la circundaban. Desde aquel magnífico puesto de
observación, pudo ver David el azul centelleante del lago llamado Chinnereth,
hacia el Noroeste, y un poco más lejos, el monte Hermón coronado de nieve.
Y aun cuando Jerusalén estaba oculta por las montañas de Canaán, David
podía ya imaginarse la ciudad con Absalón sentado en su trono.
Aquella imagen mental le trajo un sentimiento de duda momentánea de
que el Señor quisiera reintegrarle algún día a su amada ciudad; mas entonces
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pensó, y ello bastó para sentirse reconfortado, acerca de la promesa que le
hizo el Altísimo por boca de Nathan acerca de que uno de sus hijos levantaría
en Jerusalén un gran templo dedicado a la mayor gloria de Dios. Y al dejar de
pensar en futuros proyectos, para concentrar su atención en la belleza del país
que le rodeaba, pudo ver los ricos pastos de Gilead, sus montañas densamente
cubiertas de bosques y sus rumorosas corrientes de agua, que le daban la
seguridad de que él y los suyos podrían vivir cómodamente allí hasta que
llegara el momento de reconquistar la capital.
Una vez que hubo establecido su cuartel general en Mahanaim, David,
como era característico en él, no esperó a que el Señor cumpliese su voluntad
en su lugar. Con la energía recién recuperada en el monte de los Olivos,
cuando se humilló en su miseria y en su desesperación ante el Señor y le
suplicó que le ayudara, empezó inmediatamente a organizar un ejército que le
permitiera derrotar a Absalón y reconquistar el reino. Y aquí fue donde se
puso de manifiesto que la generosidad que había sembrado con los enemigos
caídos y los reinos vecinos, no había sido en vano.
De Sobi el hijo del rey Nasah de Ammón, a quien David colocó en aquel
distrito, después de que su hermano Hanun se rebelara y causase la
destrucción del ejército ammonita, le llegaron tropas y suministros. De
Lodebar, un principado vecino, llegó Machir hijo de Ammiel. Y de Rogelim,
al oeste de Gilead, lo hizo Barzillai. Lo más importante era que todos ellos
trajeron consigo impedimenta y comestibles de lo que se encontraban muy
necesitados: colchones y mantas contra el frío de la noche en la montaña,
vasijas de cobre y de barro, trigo, cebada, harina, grano seco, alubias, lentejas
y pulse, nombre que recibían unas semillas que crecían en vainas y que al ser
molidas servían para hacer una especie de puré o gachas. Además de esto,
trajeron consigo los recién llegados grandes cantidades de miel, manteca,
queso, ovejas y cabras para carne y vino para que el gran ejército que poco a
poco iba formándose en la región alrededor de Mahanaim no sufriera de
hambre.
El David que mandaba estas fuerzas era un hombre nuevo, animado por el
convencimiento de que solamente su inspiración podía proporcionar a los
futuros combatientes el valor y el celo necesarios para enfrentarse con las
tropas, muy superiores en número, que Absalón preparaba para lanzar contra
ellos. Excepto los mercenarios y los combatientes de Israel que habían
seguido en su día a David en la larga cadena de victorias que convirtieron a
doce tribus que con frecuencia se dedicaban a luchar entre sí en una nación
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poderosa, todas sus demás tropas se habían desbandado en su mayor parte.
Algunos de sus antiguos soldados eran ya demasiado viejos para combatir, y
los voluntarios que acudían de las comarcas vecinas obedeciendo a la llamada
de David, tenían que ser adiestrados para poder convertirlos en un ejército
disciplinado para que no tiraran las armas y salieran corriendo a las primeras
escaramuzas, en cuanto avistaran los carros de guerra que estaba seguro que
lanzaría Absalón contra ellos en la línea frontal del avance.
Tenían que ser nombrados capitanes para cada mil unidades en que las
tropas fueron divididas. Estas unidades se fraccionaban, a su vez en
compañías de cien hombres, mandadas por otros capitanes y que formaban las
formaciones tácticas del Ejército Los lanceros que figuraban en vanguardia
debían ser enseñados cómo teman que clavar en el suelo los cuentos o
regatones de sus armas de largo mástil y aguzada punta, para que ésta
penetrara en el pecho de los caballos, empalándolos y matándolos antes de
que sus carros pudieran romper la línea del frente bajo sus pesadas ruedas.
Detrás de ellos se alinearían los arqueros, a los que tenía que enseñarse a
descargar sus flechas en oleadas sobre las cabezas de los que ocupaban la
línea del frente, para hacerlas caer sobre las tropas atacantes.
Puesto que la mayoría de los benjaminitas, que eran los honderos más
hábiles de Israel, habían estado desde un principio contra David, a causa de la
alianza que tenían con Saúl, podía estarse seguro de que formarían una fuerza
considerable en las tropas que Absalón lanzaría contra él. Al planear el
emplazamiento de sus hombres, David tomó esta circunstancia en
consideración, debiendo evitarse las grandes concentraciones de soldados
para que no sirvieran de fácil blanco a los honderos a distancia.
Como todos estos factores y otros muchos podían marcar la diferencia que
separaba la victoria de la derrota, antes de planear la campaña que se
avecinaba, era preciso realizar una gran cantidad de estudios y tener en cuenta
numerosas consideraciones.
Después de la primera inspección que realizó en Mahanaim, desechó
David toda idea de fortificar más la ciudad, convirtiéndola en un lugar de
resistencia. Para el tipo de defensa que tenía planeado, lo más apropiado era la
parte montañosa que existía detrás de la localidad. En semejante terreno el
enemigo podía ser fraccionado en pequeños grupos y aniquilados uno tras
otro, utilizando los movimientos tácticos clásicos de la guerra de guerrillas,
que David había llegado a dominar a la perfección durante los años que se vio
obligado a actuar casi como un bandolero en la región salvaje entre Filistea y
Judea.
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Sin embargo, como cuartel general y base de operaciones, Mahanaim
resultaba prácticamente perfecta. No lejos de ella brotaba un gran manantial,
cuyas aguas formaban un vasto embalse que le proporcionaría cuanta agua
necesitase. Todavía se encontraban en pie muchos edificios gubernamentales,
que el enérgico y capacitado Abner hizo construir en su intento de convertir a
Mahanaim en la capital de Israel bajo Ishbosheth. En ellos se alojaban gran
parte de las fuerzas leales, existiendo amplio espacio fuera para levantar
tiendas de campaña.
La presencia de un número tan elevado de hombres, la llegada constante
de nuevas tropas de las comarcas vecinas y la instrucción a que eran
sometidos los soldados preparándoles para el combate, mantenían ocupado a
todo el mundo. Cuando aquel ejército empezó a tomar forma de algo
disciplinado, David ordenó dividirlo en tres secciones. La primera, constituida
en su mayor parte por los combatientes de su antigua partida, junto a otros
veteranos llegados de otras localidades del reino, fue puesta bajo el mando
directo de Joab. La segunda, a las órdenes de Abishai, estaba compuesta de
los soldados más bisoños, cuya capacidad para el combate estaba por
demostrar hasta que se viese cómo reaccionaban después del primer ataque
enemigo. Una tercera fuerza, extremadamente móvil, bajo el mando de Ittai,
en la que podía confiarse que maniobrara rápidamente y acudiera para
reforzar cualquier punto débil que pudiera presentarse en los otros dos grupos.
Cuando David anunció su propósito de luchar al lado de sus soldados
como hiciera antaño, encontró inmediata oposición por parte de los miembros
del Consejo de Ancianos que habían huido con él. Aunque nadie se atrevió a
señalar la circunstancia de que, a pesar de las nuevas fuentes de energía que
parecían haber brotado en su interior desde que abandonó Jerusalén, era ya
demasiado viejo pana poder tomar parte activa en una batalla.
—No salgáis con los combatientes —le rogaron—. No importa que
muramos la mitad de nosotros, pero vos valéis por diez mil de los que aquí
nos encontramos.
David no podía negar su utilidad dirigiendo y vigilando el curso de la
batalla y dando órdenes para que las tropas acudieran a los puntos clave en los
momentos de peligro, cosas que eran mucho más importantes que empuñar un
arma. Los consejeros le argumentaron que sus servicios serían de mayor
utilidad actuando como lo hizo cuando la toma de Jerusalén y al ser atacado
por los filisteos en el valle de Rephaim. Frente a tales argumentos, David no
tuvo otro, remedio que claudicar, aun cuando tenía una razón muy particular
al querer encontrarse en medio del fragor de la batalla.
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Cuando llegó la noticia de que Absalón había cruzado el río Jordán y se
dirigía a Gilead, mandó formar a sus tropas. Les dio las últimas instrucciones
y les recomendó algo que estaba en lo más profundo de su corazón:
—Quiero que tratéis bien a ese joven Absalón —dijo—. ¡Hacedlo por mí!
Cuantos salieron a librar el combate pudieron oír aquel grito desesperado
de un padre, tratando de salvar la vida de su hijo, que, aunque extraviado, le
seguía siendo querido.
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CAPÍTULO VII
¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!
Samuel 11-18:33
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enredó en las ramas bajas, desarzonándole y dejándole pendiente de las
mismas. En esa situación se encuentra ahora.
Hubo un tiempo en que Joab apoyó a Absalón en su ambición de ocupar
el trono de su padre; pero había pasado demasiados años ayudando a David a
unificar el reino para permitir ahora que un necio vanidoso como Absalón
pretendiera destrozar todo lo que él y David construyeron, simplemente
porque el ambicioso príncipe era demasiado impaciente para esperar la
muerte natural de su padre, siendo así que cuando esto ocurriera la corona
hubiese ido indudablemente a parar a él. Estando ahora a su merced, era
mucho mejor, desde el punto de vista de Joab, que el joven príncipe muriese,
no fuera a ser que el envejecido David, movido por su amor hacia él, le
volviera a colocar en un puesto desde el que cualquier día desencadenara otra
insurrección.
—Si le encontrasteis en esa situación, ¿por qué no le derribasteis de un
lanzazo? —preguntó Joab enfadado—. Os hubiera gratificado con diez siclos
de plata y un buen ceñidor.
—Aunque me dieran mil siclos de plata, no levantaría yo mi mano contra
el hijo del rey —replicó el soldado—. Pude oír, como todos los demás, que el
rey os recomendaba, lo mismo que a Ittai y a Abishai: «Cuidad de que nadie
toque al joven Absalón».
—Está bien, reuníos con vuestros camaradas —le ordenó Joab—. No
tardaré en hacerlo yo.
Cuando momentos después encontró Joab a Absalón, el engreído príncipe
se encontraba casi inconsciente a causa del dolor y del miedo. El encanecido
jefe de los ejércitos de Israel, le podría haber salvado fácilmente la vida
cortándole con su espada la cabellera que tenía enredada en el ramaje. Pero en
lugar de hacerlo, se sacó del cinto tres venablos de hierro de acerada punta,
terribles proyectiles que lanzados por la mano de un hombre fuerte podían
hundirse profundamente en un bloque de madera. Joab lanzó uno de ellos con
toda su alma, viendo como se enterraba hasta la empuñadura en el pecho de
Absalón.
Sin hacer caso de los gritos de dolor que daba el moribundo, disparó un
segundo venablo y después todavía un tercero. Cuando este último dio en el
blanco, Absalón solamente emitía ya unos quejidos guturales y su cuerpo se
contorsionaba con las convulsiones de la muerte.
David se encontraba sentado junto a la puerta de Mahanaim, esperando
noticias del campo de batalla, cuando llegó un correo, portador de un mensaje
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para él, en el que Joab le decía que Absalón estaba muerto y la rebelión
aplastada.
—¡Oh, hijo mío! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío! ¡Quién me diera que
muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! —gritó David
rasgándose las vestiduras y embadurnándose el rostro de hollín y cenizas en el
paroxismo de su dolor.
La derrota y la muerte de Absalón, hubieran muy bien haber podido ser el
fin de la revuelta, si David hubiese explotado la victoria con su acostumbrada
energía. Pero todo el ardor parecía haberle abandonado. Permaneció durante
todo el día junto a la puerta de la ciudad, llorando y lamentándose por la
muerte de su hijo. Como resultado de su inacción, muchos de los que
apoyaron a Absalón pudieron escabullirse del campo de batalla y retirarse
cruzando el Jordán, a lugares desde donde continuaron atizando la rebelión.
Con el país en un estado de grave incertidumbre y sin una mano firme que
empuñara el timón, le correspondió a Joab salvar la situación, como ya había
ocurrido en otras ocasiones. Arriesgándose a ganarse el disfavor de David y
hasta su propia seguridad personal, puesto que en todas partes se sabía que era
él quien había dado muerte al príncipe rebelde cuando pendía de un árbol,
Joab trató de llevar el orden al caos que se estaba apoderando rápidamente de
la nación.
—Al dar la sensación de amar a tus enemigos y odiar a tus amigos —le
dijo hoscamente Joab— lo que has conseguido es llevar el deshonor a los que
te hemos servido fielmente, salvándote la vida y la de tus hijos, tus esposas y
tus concubinas. Por la forma que tienes de obrar pareces declarar que nada te
importan los príncipes ni tus servidores y que darías gustoso la vida de todos
nosotros con tal de que Absalón estuviese vivo.
David alzó la entumecida cabeza y miró al hombre que había sido su
amigo y su más íntimo consejero desde el día en que derribó al gigante Goliat
allá en el valle de Elah. Pero Joab había matado a su hijo, acción que el rey no
podría realmente perdonar jamás.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó con voz apagada.
—Incorpórate y dirige a tus seguidores palabras tranquilizadoras —
contestó Joab con dureza—. Si no lo haces así, te aseguro que todos acabarán
por abandonarte y caerán sobre ti peores males que cuántos has podido sufrir
desde tu juventud hasta el presente.
Aun desde lo más profundo de su pesar, David no podía por menos de
reconocer la razón que asistía a Joab para recordarle el deber que tenía con
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Israel. Entonces, quizá más que nunca, precisaba la nación de una mano firme
que empuñara la caña del timón.
—Reúne al pueblo —dijo— y le hablaré.
Cuando estuvo el pueblo reunido ante la puerta de Mahanaim, David le
dio las gracias por el leal apoyo que le había prestado. Aunque a todos les
agradaron aquellas palabras de encomio, nadie pudo dejar de ver que la
vitalidad y determinación que antaño caracterizaban a su rey, se habían
amortiguado considerablemente, en parte a causa de la edad, cierto, pero más
que nada por la pena que le corría por la muerte de su hijo favorito. Al llegar
a las tribus del Norte, de donde Absalón sacó gran parte de su fuerza, la
noticia de que David ya no actuaba con firmeza en los asuntos de Estado,
algunos se atrevieron a continuar la rebelión, especialmente un hombre de la
tribu de Benjamín llamado Seba.
Aun cuando sentía un gran peso en el corazón, David emprendió la tarea
de volver a unir a la nación, que se encontraba entonces más desunida que
incluso en los días en que Ishbosheth reinaba allí mismo, en Mahanaim. Lo
primero que hizo fue enviar por conducto de Ahimaaz, el hijo de Zadok, un
mensaje a Jerusalén para el sumo sacerdote y para Abiathar.
«Hablad al Consejo de Ancianos de Israel», —ordenaba a los sacerdotes
en su escrito—. Decidles: «Sois hermanos nuestros; formáis parte de nuestra
carne y de nuestros huesos. ¿Por qué, pues, tardáis tanto en permitir que el rey
regrese a su hogar?». Decidle también a Amasa: «¿No sois de nuestra carne y
de nuestros huesos? David os promete ser nombrado capitán jefe del Ejército
sustituyendo a Joab».
Amasa, el antiguo jefe de las fuerzas de Absalón, al principio huyó
cruzando el Jordán después de la derrota de Mahanaim. Al ofrecerle David el
cargo de capitán jefe, no solamente castigaba a Joab por haber matado a
Absalón, en contra de las órdenes que había dado, sino que, al propio tiempo,
trataba de atraerse a un poderoso enemigo como hiciera con Abner en tiempos
de Ishbosheth. Si David hubiese sido el mismo de antes, habría tenido buenas
razones para sospechar de Amasa, ante la gran alegría con que aceptó la
oferta de amnistía y el cargo que Joab ocupaba en el Ejército. Pero como se
decía que Seba estaba ganando partidarios rápidamente, el rey se veía
obligado a buscar ayuda allí donde la pudiera encontrar.
Al ponerse Amasa al lado de David, mucha de la oposición nacida durante
la malhadada rebelión de Absalón pareció desaparecer, especialmente en la
propia tribu de Judá del rey. No tardó en llegarle a éste un mensaje del
Consejo de Ancianos que decía: «Regresad con todos los vuestros».
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Una compacta muchedumbre siguió a David hasta el punto del cruce del
río opuesto a Jericó. El Consejo de Ancianos y gran número de gentes
procedentes de Judea estaban acampados a la otra orilla del Jordán. Al
observar que eran tantas, Abishai llegó a donde se encontraba David y le
habló animadamente, y en voz baja para que Amasa no pudiera escucharle.
—Por lo menos hay también mil hombres de Benjamín y entre ellos está
Shimei. Recuerda de qué manera te maldijo y apedreó éste cuando salimos de
Jerusalén. Puede que traten de tenderte una trampa.
—Solamente cruzaremos el río unos cuantos de nosotros hasta que el
Consejo de Ancianos me haya jurado aliarse de nuevo conmigo —contestó
David—. De esta manera todos los demás quedarán a salvo.
Después, volviéndose hacia Amasa, le ordenó:
—Esperad aquí y tened las fuerzas dispuestas. Abishai e Ittai pasarán al
otro lado conmigo.
Amasa era lo suficiente astuto para darse cuenta de lo que David
pretendía, pero no hizo comentario alguno.
Al llegar una barca desde la orilla oriental, David y los dos capitanes
entraron en ella y cruzaron la corriente. El primero que saludó al rey al pisar
tierra firme fue Shimei, que se postró a sus plantas.
—Que mi señor no haga caer la indignidad sobre mí —suplicó
humildemente— ni recuerde las acciones perversas de este siervo suyo al salir
de Jerusalén, porque reconozco que he pecado. Mirad como he venido en este
día para saludar al rey mi señor.
—¿No debe ser acaso ejecutado Shimei por haber maldecido al ungido de
Dios? —preguntó enfadado Abishai.
Pero David, que ya estaba harto de derramamientos de sangre, le replicó
airado:
—¿Y qué deberé hacer yo con vosotros, hijos de Zeruiah, que siempre
tenéis opiniones en contra de la mía? ¿Es que no sé acaso, para decidir, que
vuelvo a ser el rey de Israel?
Abishai se quedó silencioso ante la cólera de David y éste se dirigió al
arrepentido Shimei.
—No moriréis —le prometió, haciendo acto seguido un juramento de que
ningún mal alcanzaría por su mano al benjaminita ni a su familia.
Mostrando generosidad hacia sus enemigos, esperaba David poder soldar
de nuevo las diversas facciones en que Israel se dividía, formando un
conjunto sólido. Sabía que con una política de represalia contra los que
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siguieron a Absalón, no conseguiría otra cosa que endurecer la oposición en
contra suya.
Y efectivamente, tal como presumía, en cuanto demostró haber elegido el
camino de la misericordia, el pueblo empezó de nuevo a ir hacia él en busca
de protección.
Un hombre que le había apoyado decididamente, no le pidió en cambio
favor alguno. Se trataba de Barzillai, el jefe tribal de Gilead, que puso sus
hombres y cuánto poseía a las órdenes de David. El anciano jeque le había
acompañado hasta el Jordán, dispuesto a defenderle si veía algún acto de
traición por parte de los enemigos del rey, pero al observar que éste se había
ganado la confianza de la parte más fuerte de la nación, la tribu de Judá, pidió
permiso para retirarse.
—Venid conmigo y tendréis toda mi protección en Jerusalén —le dijo
David al viejo jefe, con el que se había sentido muy unido durante su
permanencia en Mahanaim.
Pero Barzillai movió negativamente la cabeza, a tiempo que contestaba:
—¿He de vivir acaso mucho tiempo para que tenga que seguir a mi rey
hasta Jerusalén? Tengo ya ochenta años y ya no saco gusto a la comida que
como ni a la bebida que bebo. No oigo las voces de los hombres y las mujeres
que cantan. ¿Qué razones puede haber, por consiguiente, para que vuestro
servidor se convierta en una carga para el rey? Os ruego que me autoricéis a
marchar para que pueda vivir en mi propia ciudad y ser enterrado donde mis
padres descansan.
El alma fatigada de David hubiera deseado acompañar a Barzillai para ir a
gozar de la paz de la bella Gilead, con sus bosques, sus ríos y sus verdes
valles; pero en tanto que Israel corriera el peligro de ser dividido, su deber era
no permitirse el menor descanso.
Así, pues, le dio a Barzillai un fuerte abrazo de despedida y volvió su
rostro hacia occidente para regresar a Jerusalén. Conforme iba marchando, se
le agregaban cada vez más gentes de Judea, formando la comitiva que había
de acompañar al rey hasta la capital.
El benjaminita Seba, que había arrastrado tras sí a parte de las fuerzas de
Absalón para continuar la rebelión, interpretó la generosidad de David hacia
sus antiguos enemigos como un síntoma de debilidad. Utilizando astutamente
la desconfianza tradicional de las tribus al norte de Judea hacia esta parte del
reino, consiguió cada vez más copiosa ayuda de esos elementos
septentrionales disidentes. Tenía el propósito de atacar con audacia y formar
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un reino propio antes de que las fuerzas de David fueran lo suficientemente
fuertes para volver a unir a toda la nación.
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CAPÍTULO VIII
Después Joab y su hermano Abishai fueron en seguimiento de Seba.
Samuel II —20:10
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Afortunadamente, los hombres que seguían a Amasa conocían bien a
Joab, puesto que la familia Zeruiah era una de las más distinguidas de Judá.
Muchos de ellos incluso habían combatido a sus órdenes. Cuando Abishai
lanzó el grito de: «¡Quién está al lado de Joab y apoye a David que le siga!»,
hubo cierto momento de indecisión. Después alguien entre los soldados
exclamó: «¡Joab y David!». El peligro había pasado.
Con un gran Ejército ahora bajo sus órdenes, Joab y Abishai avanzaron
rápidamente hacia el Norte en persecución de las tropas de Seba en retirada.
Viendo la fuerza y la decisión que les inspiraba, las gentes de la región por la
que pasaban rápidamente abandonaron todo intento de continuar la rebelión, e
incluso se les unieron para ir tras Seba. Por último, en Abel, a los pies del
monte Hermón, Seba y las fuerzas rebeldes, considerablemente disminuidas,
trataron de resistir pero su causa podía ya darse por perdida. Antes de ver su
pueblo destruido, los habitantes de Abel cortaron la cabeza al jefe rebelde y se
la mandaron a Joab, con lo que quedó por completo terminada la rebelión.
Habiendo actuado Joab de una manera tan decisiva en la extinción de ésta,
David no tuvo más remedio que reintegrarle a su puesto. Pero un abismo
separaba ya a los dos hombres, que tan unidos estuvieron durante tanto
tiempo, abismo que no hizo sino crecer al transcurrir los años.
David esperaba que seguiría un período de paz y prosperidad después de
sufrir tantos disturbios, pero poco después del sitio de Abel empezó una gran
hambre en el país. Como ésta continuó sin remitir durante tres años, el pueblo
suplicó a David que inquiriese del Señor por medio de los sacerdotes y
profetas en qué podía haber ofendido la nación al Altísimo para merecer tan
largo castigo. Al ser consultados los profetas, la contestación que dieron fue
todo «era a causa de Saúl por su proceder sanguinario en la matanza de los
gibeonitas».
Siglos antes, inmediatamente después de la caída de Jericó, hombres de la
confederación gibeonita, que incluía Gibeón, Kirjath-jearim, Beroth, Lachish
y varias otras ciudades del país montañoso situadas a corta distancia de
Jerusalén, enviaron representantes a Josué. Pretendiendo haber llegado desde
larga distancia, apelaron al deseo de éste de aplacar a cuántos canaanitas
pudieran amenazar la retaguardia de su ejército mientras él avanzaba para
ocupar la parte central de Canaán, consiguiendo de Josué la promesa de que
no serían atacados. Cuando fue descubierto que estas ciudades se encontraban
en realidad muy cerca del camino que pensaban tomar los israelitas y que no
constituía peligro alguno para los flancos de la retaguardia, como se le había
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hecho creer a Josué, el caudillo israelita condenó a los hombres de Gibeón a
ser trabajadores de la clase más humilde de Israel por haberle engañado.
En tiempos de Saúl, la rivalidad entre Benjamín, la tribu de Saúl, que
estaba inmediata a Gibeón, y ésta, dio como resultado el saqueo de la ciudad.
Una gran cantidad de sus habitantes resultaron muertos y quedó rota la
promesa hecha por Josué a los gibeonitas centenares de años antes. Éste fue el
crimen a que los profetas se refirieron. En la creencia de que efectivamente el
hambre que sufrían era una manifestación de la cólera de Dios por no haber
vengado a los hombres de Gibeón contra la casa de Saúl, llamó a una
representación de los gibeonitas para hablar con ellos en Jerusalén.
El derecho a la venganza por la muerte de un hombre se reservaba
estrictamente a los miembros de la familia o de la tribu a la que la víctima
hubiera pertenecido; pero en este caso estaban implicados por una parte toda
una dudad y por la otra los descendientes de un solo hombre. La ley, de todas
formas, se tenía que poner en movimiento exactamente igual que si estuvieran
complicadas sólo dos personas.
—¿De qué forma se podría llevar a cabo la expiación para complacer al
Señor? —les preguntó David a los gibeonitas.
—No queremos oro ni plata de Saúl ni de su descendencia —contestaron
los hombres de Gibeón—, ni por nosotros tendréis que matar a ningún
hombre de Israel.
—¿Qué es lo que puedo hacer, entonces, por vosotros?
—Permitir que nos sean entregados siete hijos de Saúl para que los
ahorquemos en Gibeah, su —fue la contestación.
Se trataba de una retribución en verdad terrible y sanguinaria sobre los
miembros que quedaban de la casa de Saúl. Pero creyendo que tal era la
voluntad de Dios, David no vaciló, porque la vida de muchos miles se
encontraba en peligro de continuar el hambre durante mucho tiempo.
—Os los entregaré —prometió David a los gibeonitas—, pero a condición
de que sea perdonado Mefibosheth, hijo de Jonatán, por el juramento de
hermandad que con su padre me ligaba.
Los hombres de Gibeón lo aceptaron así y David ordenó que se les
entregaran los dos hijos de Rizpah —la concubina de Saúl, que había dado
origen a las desavenencias entre Abner e Ishbosheth— y los cinco hijos de
Merab, la hija de Saúl, que tuvo de su esposo Adriel, el meholatita.
Cuando los gibeonitas ahorcaron a los siete sobre el alcor de Gibeah,
Rizpah se dirigió al lugar de la ejecución y extendió sobre el suelo una
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arpillera sobre la que durmió durante la noche y permaneció junto a ella
durante el día, para evitar que en las horas diurnas se posaran los pájaros
sobre los cadáveres y fueran presa en las nocturnas de alguna otra clase de
animales.
Cuando David se enteró de la acción que Rizpah había realizado, dio las
órdenes oportunas para que los huesos de Saúl y de Jonatán, cuyos cadáveres
fueron rescatados por los hombres de Jabesh-gilead después de haber muerto
en la batalla y expuestos en la muralla por los filisteos, fueran enterrados,
junto a los restos de los siete ahorcados, con los debidos honores, en el
sepulcro de Kish, el padre de Saúl.
Una vez realizada aquella venganza de los gibeonitas sobre los
descendientes de Saúl, las lluvias comenzaron de nuevo a caer sobre la tierra,
tal como d profeta había pronosticado. Las cosechas fueron copiosas y las
laderas de las montañas aparecieron cubiertas con un manto de verdor y los
rebaños pudieron apacentarse en ellas.
Ocupado David con la rebelión y los disturbios que se habían producido
dentro de las fronteras de su propio reino, no pudo seguir vigilante, como era
su costumbre, muy de cerca, sobre las actividades de los filisteos de la costa.
La confederación filistea reunió una vez más sus ejércitos y atacó a la tribu de
Judá en un lugar llamado Gad, que se encontraba en las montañas, poco antes
de llegar a Gath. A pesar de su avanzada edad y del mal estado de salud, que
no había dejado de aquejarle desde que estalló la rebelión y la muerte de su
hijo Absalón, David no dudó un momento y se puso inmediatamente a la
cabeza de sus tropas para conjurar el nuevo peligro que se abatía sobre Israel.
La batalla que siguió se resolvió a favor de los israelitas y la fuerza de los
filisteos quedó tan quebrantada que ya no volvieron a levantar cabeza. Pero
poco después del combate, David sufrió un desmayo, cayendo al suelo. Fue
trasladado en seguida a su tienda y tanto los médicos como sus más íntimos
consejeros le anunciaron que ya nunca más debía de tomar parte en una
batalla. En meses sucesivos sufrió otros desmayos parecidos; su cuerpo se fue
debilitando gradualmente, resultando evidente para todos que la Luz de Israel
no tardaría en extinguirse.
Página 374
CAPÍTULO IX
¿No has jurado a tu sierva diciendo: Salomón, tu hijo, reinará después de
mí y él se sentará en mi trono?
Reyes 1-1:13
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canciones. Conociendo la naturaleza de su esposo, Bethsabé le había escogido
como enfermera a una agraciada joven llamada Abishag, que llegó de
Shunem, distrito del Norte que dominaba el valle de Jezreel y que era famoso
por la belleza de sus mujeres. Pero la chispa que pensó que acaso pudiera
despertarse en David, ya no podía ser encendida. Ya nunca más cantó himnos
de amor con aquella voz, la más dulce de Israel, que antaño poseyera,
dedicando todas sus palabras a dar consejos al joven príncipe.
Observando de qué forma Bethsabé y sus partidarios parecían tener ligado
a David, permitiendo sólo que fuera Salomón entre todos sus hijos el que
estuviera ten su presencia, Joab creyó que debía de actuar rápidamente si
quería vencer a aquella mujer a la que tanto odiaba, desde que el amor que
David sintió por ella condujo a la muerte a su amigo Urías. Hubiera, con todo,
deseado para Israel un rey más adecuado que Adonías, puesto que éste
mostraba ya algunos de los indeseables rasgos de su hermano Absalón.
Adonías se había comprado un carro y hacía que cincuenta hombres corrieran
delante de él, anunciando su llegada, cuando iba a pasar por la ciudad.
Pero a pesar de su vanidad, para Joab, Adonías era con mucho preferible a
Salomón, entre otras razones porque estaba seguro que no podía esperar de
Bethsabé otra cosa que la muerte si ésta vencía y Salomón era elevado al
trono al ocurrir la muerte de su padre.
Como David había ya caído en una inconsciencia de la que apenas salía
ocasionalmente, estimó Joab que llegó el momento de actuar sin dilación.
Decidido a crear una situación en la que el rey se viese obligado a nombrar
sucesor suyo a Adonías para evitar otra güera civil, convenció a éste para que
anunciara un sacrificio especial, seguido de una gran fiesta cerca del
manantial de En-rogel, en el valle precisamente situado al sur mismo de la
colina de Sión. Planeó que durante la fiesta Adonías se declarara a sí mismo
rey de Israel, entrando triunfalmente en la ciudad de Jerusalén para hacerse
cargo del trono de su doliente padre.
Dado que En-rogel era lugar favorito para el pueblo de Jerusalén para la
celebración de fiestas religiosas y profanas, Adonías podía contar con la
asistencia de una nutrida concurrencia procedente de la ciudad, así como con
la asistencia de los hijos del rey, que fueron declarados invitados de honor.
Tuvo buen cuidado, por otra parte, de no invitar al sumo sacerdote Zadok, al
profeta Nathan, al capitán Benaiah ni a otros notorios partidarios de Salomón
en el Consejo de Israel.
Nathan tuvo noticias del complot al llegar invitaciones para personas
influyentes de la ciudad en que residía. Inmediatamente se dio cuenta de la
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débil pantalla que ocultaba las verdaderas intenciones de Adonías, poniéndose
a actuar rápidamente. Se dirigió a Jerusalén y fue en busca de Bethsabé.
Aunque ésta había sido la causa de la declaración que un día se vio obligado a
hacer contra David, a raíz de la muerte violenta de su esposo, Bethsabé era la
madre del elegido por Dios como futuro rey de Israel.
—¿Habéis oído que Adonías reclama el reino para sí sin conocimiento de
David? —le preguntó el profeta.
Bethsabé estaba demasiado preocupada con la salud declinante de David
para prestar demasiada atención a las actividades de Adonías, pero se dio
inmediatamente cuenta de la amenaza que existía para el porvenir de su hijo.
—Decidme —imploró al anciano profeta— qué es lo que creéis que debo
hacer.
—Id a ver al rey David y preguntadle si no es cierto que os juró que
vuestro hijo se sentaría en el trono y cuál era la razón de que en su lugar
pudiera reinar Adonías.
—No es suficiente que hable con él. Soy mujer y ya sabéis que solamente
los hombres son escuchados ante el Consejo de Israel.
—Cuando estéis con el rey entraré yo y confirmaré vuestras palabras —le
prometió el profeta.
Abishag, la enfermera shunammita, se encontraba al lado del lecho del rey
cuando Bethsabé entró en la habitación. David tenía los ojos cerrados, como
de costumbre desde hacía algún tiempo, por lo que su esposa temió que
hubiese muerto, pero la enfermera la tranquilizó.
—Casi siempre acostumbra a estar así —le dijo Abishag en voz baja—. A
veces habla para sí de las canciones que cantaba cuando era joven. Cuando se
despierta se da cuenta de todo lo que le rodea.
En aquel momento abrió David los ojos y miró a Bethsabé.
—¿Qué desea la más adorada de mi corazón? —preguntó utilizando una
frase que venía empleando desde que Bethsabé fue suya.
—Me hiciste el juramento ante el Señor de que sería Salomón el que
reinase cuando tú faltaras, pero ahora trata de reinar Adonías y el rey no lo
sabe. Ha matado bueyes y corderos en abundancia e invitado a una fiesta a los
hijos del rey y a Joab. Pero a quien no ha invitado es a vuestro siervo
Salomón.
David volvió a cerrar los ojos. Estuvo tentado de fingir que nada había
oído, porque la mayor parte de su vida la pasó tratando de evitar que Israel se
desuniera. Ahora se encontraba cansado y lo único que quería es que le
dejaran en paz hasta que el Señor le llamase a su seno. Pero nunca había
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eludido la responsabilidad que le fuera impuesta por Dios, que era asegurar la
futura estabilidad de Israel, aun en aquellos momentos declinantes de su vida.
Un día tuvo la esperanza de que Absalón reuniera las cualidades que
Israel necesitaba en un rey, pero no tuvo más remedio que desengañarse y
ahora no podía caer en el mismo error suponiendo que Ado nías fuera capaz
de mantener la cohesión entre los elementos dispersos que constituían la
nación. Los días de guerrear habían ya pasado y ahora no se necesitaba un
hombre de lucha sino un hombre de sabiduría. Entre todos sus hijos,
solamente Salomón poseía esta cualidad de una manera sobresaliente.
La voz implorante de Bethsabé volvió a llevar a David a la realidad del
presente.
—Los ojos de todo Israel están fijos en ti para ver quién se sentará en el
trono cuando faltes. Si no designas a Salomón antes de ir a dormir al lado de
tus padres, mi hijo y yo seremos tratados como delincuentes y seguramente se
nos dará muerte.
Mientras hablaba Bethsabé, entró Nathan en la habitación, conforme había
prometido. El encanecido profeta no perdió el tiempo, no fuera a caer David
en su estado de inconsciencia del que apenas salía, antes de que hubieran
podido lograr su propósito.
—¿Habéis dicho, acaso, que sería Adonías quién se sentaría en el trono?
—le preguntó a David—. Lo que ha hecho es sacrificar bueyes y corderos
para obsequiar al pueblo. Ha invitado a los hijos del rey, a los capitanes del
Ejército y a los sacerdotes a comer con él, a beber con él, para que después
griten: «¡Dios salve al rey Adonías!». Pero ni Zadok, ni Benaiah, ni Salomón,
ni yo, hemos sido invitados. ¿Ha sido todo esto llevado a cabo con el permiso
del rey mi señor, sin decirme a mí quién era el que iba a sentarse en el trono
después de vos?
Mientras argumentaba Nathan de esta manera, Bethsabé se había retirado
un poco para que no pareciera que estaban de acuerdo de acercarse a la vez a
David. Éste susurró su nombre y la mujer acudió inmediatamente a su lado.
—Llama a Zadok y a Benaiah —le dijo, saliendo Bethsabé acto seguido a
cumplir la orden.
Al regresar con los dos hombres, el rey les dijo:
—Llevad a Salomón, cabalgando en mi propia mula, hasta el manantial de
Gihón. Que procedan allí a ungirle como rey de Israel el sacerdote Zadok y el
profeta Nathan. Que suenen seguidamente las trompetas, mientras el pueblo
grita: «¡Dios salve al rey Salomón!». Regresad después todos a palacio para
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que se siente en mi trono, porque le nombro en mi lugar rey de Judá y de
Israel.
Benaiah, el fornido jefe de los rudos queretitas y peletitas, jefe de la casa
militar del rey, tomó acto seguido la palabra:
—Lo mismo que el Señor estuvo al lado de mi rey, que también lo esté al
lado de Salomón y haga que su trono sea todavía más grande que lo ha sido el
del rey David.
Los partidarios de Salomón no tardaron en cumplir las instrucciones del
monarca. Benaiah salió para dar órdenes a todos los miembros de la guardia
del rey que se hallaban de servicio y Nathan lo hizo para convocar a todos los
nobles de Jerusalén en el manantial de Gihón. Bethsabé, por su parte, preparó
a Salomón para la ceremonia que se avecinaba. Con la fiesta que había dado
en el manantial de En-rogel, Adonías ayudó a la causa de su hermano
indirectamente, pues con sus partidarios fuera de la ciudad, le sería a Salomón
más fácil ascender al trono, contando, además, con la venia de David.
No tardó en reunirse, con la mayor solemnidad, un nutrido grupo de
personas en tomo del manantial de Gihón. Entonces tomó Zadok un pequeño
cuerno lleno de oloroso aceite y, siguiendo el ceremonial tradicional de la
unción, lo derramó sobre la oscura cabellera de Salomón, en la misma forma
que tantos años antes lo hiciera Samuel con David en la casa de su padre en
Belén.
Salomón, alto y esbelto, permanecía en pie mientras el fragante aceite le
empapaba los cabellos y le resbalaba hasta los hombros. Cuando Zadok hubo
pronunciado las palabras rituales de la bendición, los trompeteros de Benaiah
emitieron un clamoroso sonido, y la muchedumbre, que se había reunido
presurosa para presenciar la ceremonia, prorrumpió en entusiastas gritos de
«¡Dios salve al rey Salomón!».
Para Adonías y para los baladrones reunidos allá abajo en el valle de
Kidrón, el sonido de las trompetas llegó débilmente. Sin embargo, Joab las
identificó bien y frunció el entrecejo.
—¿Por qué suenan las trompetas en la ciudad? —preguntó a Adonías, al
lado del cual se encontraba comiendo—. ¿Será, acaso, que ha fallecido
vuestro padre?
Remiso a abandonar el jolgorio de la fiesta y regresar a Jerusalén, Adonías
siguió celebrando lo que creía que era su ascensión al trono de Israel. Por su
parte, los invitados en En-rogel no creían que sucedía nada anormal, hasta que
Jonatán, el hijo del sacerdote Abiathar, llegó presuroso con la noticia de que
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David había nombrado a Salomón en su lugar y que el nuevo rey se
encontraba ya en aquellos momentos ocupando el trono en el palacio.
Si Adonías hubiese sido el hombre fuerte y audaz que fue David en sus
días juveniles, podía haber reunido a todos sus partidarios y tratar de arrojar
violentamente a Salomón del trono que ocupaba. Pero al comenzar a vacilar y
no tomar ninguna acción rápida y decisiva ante la noticia de la ascensión de
Salomón al trono, el número de los que le apoyaban empezó a disminuir,
como se licúan las nieves de las laderas del monte Hermón a la llegada del
verano. Temiendo por su propia seguridad, Adonías huyó de Jerusalén,
refugiándose bajo los cuernos del Ara del Sacrificio, que era lugar tradicional
de refugio para aquéllos cuya vida peligraba.
Salomón podía haber terminado fácilmente con su hermano en castigo de
su acción, de haber elegido el camino de violar el derecho de asilo junto al
Ara, concedido por tradición desde los lejanos tiempos de Moisés. Pero
entonces fue cuando se puso de manifiesto la sabiduría y la prudencia que
David y el inteligente Nathan habían observado desde hacía tiempo en el
joven príncipe, cualidades que habrían de llevarle a ensanchar las fronteras
del reino de Israel mucho más lejos de lo que su padre había conseguido hasta
aquellos momentos, llevando con ello a la nación al pináculo de su gloria.
—Suplico al rey que me prometa que no ha de matarme con la espada —
dijo Adonías al solicitar el derecho de asilo.
Salomón se apresuró a concederle la seguridad que deseaba, con estas
palabras:
—Si mi hermano demuestra que es un hombre digno, ni un solo pelo de su
cabellera caerá a tierra. Pero si por el contrario, se comporta con maldad y
con desprecio a las leyes establecidas, morirá.
Contando con esta seguridad, salió Adornas de su refugio y le fue
permitido ir en paz a su casa. El cínico intento del príncipe para arrojar a
David del trono, había fracasado tan miserablemente como el de Absalón.
Ahora se encontraba ya Salomón firmemente asentado en el trono de
Israel.
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CAPÍTULO X
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque
tú estarás conmigo.
Salmos-23:4
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hizo cuando dijo: «Si tus hijos procuran caminar ante mi por senderos de
verdad con todo su corazón y toda su alma, nunca te ha de faltar un hombre
en el trono de Israel». El Dios que es la roca de Israel, también me dijo:
«Quien gobierne a los hombres ha de ser siempre justo, haciéndolo en todo
momento con el temor de Dios. Será entonces como la luz de la mañana,
como una mañana sin nubes, cuando el sol empieza a lucir y como la hierba
tierna que nace de la tierra después de la lluvia bajo sus rayos».
Y aunque mi casa no haya sido siempre fiel a esta norma, Dios en su
misericordia ha hecho conmigo un pacto eterno para que así suceda. En ello
estriba mi salvación y es mi mayor deseo.
Al terminar de pronunciar estas palabras, los ojos de David se cerraron y
sus hombros cayeron pesadamente. Abishag hizo una seña a los portadores de
las angarillas para que se lo llevaran, a lo que David no se opuso. Después de
terminar de dar aquellos consejos a su hijo parecía como si toda la fuerza le
hubiese abandonado. Pero su corazón había encontrado la paz, pues estaba
seguro de que Dios le bendijo más de lo que merecía.
Era cierto que David pecó gravemente al causar la muerte de un hombre
inocente, que es el pecado mayor que un hombre puede cometer después del
de blasfemar contra el santo nombre de Dios. Mas la profecía de Nathan de
que la sangre caería sobre su casa por motivo de esa falta, se había cumplido
también, primero con la muerte del hijo que tuvo durante su ilícita unión con
Bethsabé, y más tarde con la rebelión de sus hijos Absalón y Adonías. Ahora
sabía que en Salomón se cumpliría la segunda parte de la palabra dada por
Dios, la de permitir que un hijo suyo levantara un gran templo a la mayor
gloria del Altísimo.
Ya no le retenían a David en el mundo otros deberes terrenos. Al ser
conducido fuera de la cámara donde había tenido lugar la investidura de
Salomón, sus labios se movían, pero sus palabras sonaban tan débilmente que
sólo pudo escucharlas Abishag, la shunammita; pero ésta no podía saber que
en las postreras horas de la vida del rey más grande que había tenido Israel,
las últimas palabras que David pronunciaba eran las mismas palabras de
resolución que pronunció en el valle de Elah, cuando se encontraba junto al
cuerpo decapitado de Goliat que aún yacía al lado del arroyo donde el gigante
había caído.
Aquella noche David avizoró el porvenir y sintió miedo. Pero fue
entonces cuando Dios fue en su ayuda como habría de hacerlo después en
múltiples ocasiones con palabras llenas de confianza, que fueron las que
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hicieron que David pudiera pasar sin peligro a través de todas las vicisitudes
con las que se enfrentó tanto como guerrero que como rey:
El Señor es mi pastor. Nada con Él echaré de menos.
Él me hace echarme sobre verdes prados.
El me conduce hasta las aguas tranquilas.
Él cura mi alma,
Llevándome en su nombre por la senda del bien.
No temeré el mal,
Puesto que Tú estás conmigo.
Tu cetro y tu báculo me consuelan.
Tú dispusiste una musa ante mi en presencia de mis enemigos;
Con aceite ungiste mi cabeza;
Mi copa rebosa.
Seguramente el bien y la misericordia
Me seguirán todos los días de mi vida,
Y residiré para siempre en casa del Señor
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FRANK G. SLAUGHTER (1908-2001), escritor norteamericano famoso por
sus best seller, fue uno de los autores norteamericanos de más éxitos
vendiendo más de sesenta millones de ejemplares de sus novelas.
Ejerció la medicina como cirujano en el Hospital Riverside de Jacksonville de
1934 a 1942. Luego participó como médico en la Segunda Guerra Mundial.
Acabada la contienda volvió a ejercer como médico compaginando su carrera
de medicina con la de escritor. Destacó tanto como escritor de novelas de
médico (La espada y el bisturí; Nadie debería morir; Hombres de blanco;
Esposas de médico; Epidemia), así como las de temas históricos,
especialmente recuperando personajes bíblicos (María de Magdala; El velo
sagrado; Jezabel, el precio del pecado; Camino de Bitinia).
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Notas
Página 385
[1] Divinidad de los filisteos, adorada en Ashdod, donde tenía un templo en el
Página 386
[2] Graduación importante en el ejército israelita. (N. del T.) <<
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[3] Individuos de la tribu de LevÍ, a cuyo cuidado estaba el culto del santuario.
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[4]
consuetudinariamente: Dícese de lo que es tradición, costumbre o
convencional en una persona o sociedad determinada. (N. del Ed.) <<
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[5] Vestidura de lino fino, corta y sin mangas, usada únicamente entre los
Judíos por el Pontífice o Sumo Sacerdote y que se ponía sobre todas las
demás, cubriéndole principalmente las espaldas. (N. del T.) <<
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[6] El día festivo de los judíos. (N. del T.) <<
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[7] Los judíos, en aquel tiempo, se rasgaban las vestiduras y se embadurnaban
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[8] Asherah: en la antigua religión semita, es una diosa madre que aparece en
una serie de fuentes antiguas. Ella aparece en los escritos acadios con el
nombre de Asratu, y en hitita como Aserdu o Asertu. Asherah generalmente
se considera idéntica a la diosa ugarítica Aṯiratu. (N. del Ed.) <<
Página 393
[9] En el Arca de la Alianza, mística, alegórica y sagrada, los judíos guardaban
Página 394
[10] Petra, en la actualidad. (N. del T.) <<
Página 395
[11] encalabrinar: excitar, irritar o causar enfado. (N. del Ed.) <<
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