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aolpuyIL, Album santiagués ECHOS: 165
Acuarela bs A Mademoiselle 167
Un retrato de Watteau 98 Pensée 168
Naturaleza muerta 100 Chanson crépusculai
Al carbén 101 a a |
Paisaje 102 | |
El ideal ; | 103 i Apéndice m
‘La muerte de la emperatriz de la China 104 5 . | ,
‘Auna estrella 114 Vida y obra de Rubén Dario 173
EL ANO LiRIco 19 |
Primaveral 124 |
Estival 126 i
Autumnal 133
Tnvernal 137
Pensamiento de Otoiio 142 QHno
A un poeta 145
Anagke 147
SONETOS AUREOS 151
Canpolican 153
Venus 154
De Invierno 155
MMEDALLONES 157
I Leconte de Lisie 159
II, Catulle Mendés 160
TI. Walt Whitman 161
IV. J.J. Palma 162
V. Salvador Diaz Mirén 163
VL Parodi 164“20 opi Sapuouoyy uur oleae,
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[nzy ap oysodoid yDe maneta que el Modernismo y Rubén Dario se
confunden, especialmente a partir de 1888, cuando
el genial centroamericano publica su libro Az. el
primer pilar de su gloria literaria.
Tenfa apenas 20 afios de edad y la suficiente
conciencia del oficio que habfa asumido, En Azul...
Dario reunié textos poéticos en donde se encontra-
ban lejanas reminiscencias de la poesia romantica
francesa, junto con prosas narrativas con brumo-
sos ecos patnasianos. Sin embargo, en la novisima
expresién personal del joven artista, como en un
singular laboratorio, apatecieron construcciones
nunca antes leidas en nuestra lengua.
Dario tuvo la audacia de desafiar la estructura tra-
dicional de la poesia espafiola: combin6é de manera
espectacular la métrica francesa con la ibérica, alter-
nando el uso de los eneasilabos con los decasilabos,
endecasilabos con los alejandrinos, dodecasilabos con
heptasilabos, y versos libres, largos y anchos como al-
gunas imprecaciones del Antiguo Testamento.
Todo ello, junto con el rompimiento de la te-
matica rural con un salto al cosmopolitismo, lanzé
Dario en Agul.. hacia una atmésfera nueva, fresca,
remozada, aun cuando cayera en los excesos del exo-
tismo, el sensualismo y lo artificioso.
Acusado de afrancesado por sus antagonistas, sati-
tizado por sus pates como Jasé Asuncién Silva, alabado
por prohombres como Jos? Marti y pot iconoclastas
como Vargas Vila, negado como poeta americano
|
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bemoin
por pensadores como Rod y acusado de galicismo
mental por hispanistas como Juan Valera, el indio
nicaragiiense logré, sin embargo, ser el poeta mas
fiel a su entorno y a su tiempo, especialmente en su
libro inicial Agu..; por cuanto anuncié alli toda la
carga expresiva que vendrfa en el siglo XX con una
expresién verbal riquisima, habiéndola despojado de
la mordaza de la monotonia, y a la vez otorgado un
gran aliento épico, arterial y epictireo, que devolvié
a Espafia y a América en su verbo castellano, todo el
esplendor hibernado de sus mejores tiempos.
José Luis Diaz-Granados~OGY
WsOdd Nd SOLNINDJean-Antoine Watteau, The Halt during the Chase
(1718-1720)
CCUENTOS EN PROSA
El Rey Burgués
QO
Cuento alegre
jAnigo! El cielo est4 opaco, el aire fijo, el dia
[Link] cuento alegre... asi como para distraer las
brumosas y grises melancolias, helo aqui:
ote
Habia en una ciudad inmensa y brillante un rey
muy poderoso, que tenia trajes caprichosos y ricos,
esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de lar-
gas crines, armas flamantisimas, galgos rdpidos y
monteros con cuernos de bronce, que Ienaban el
viento con sus fanfarrias. (Bra un rey poeta? No,
amigo mio: era el Rey Burgués.a
gsouoyes sorupns? ‘omen ‘san “sop SuIpreyD,
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ole waqnyRubén Dario
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inun-
dada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona
en la cabeza, como un rey de naipe.
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Un dia le llevaron una sara especie de hombre ante
su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de
retdricos y de maestros de equitacién y de baile.
—2Qué es eso? —preguntd.
—Sefior, es un poeta.
El rey tenia cisnes en el estanque, canarios, go-
rriones, senzontes en la pajarera: un poeta era algo
nuevo y extrafio, —Dejadle aqui.
Y el poeta:
—Seior, no he comido.
Y el rey:
—Habla y comeras.
Comenzé:
—Sedior, ha tiempo que yo canto el verbo del por-
venir. He tendido mis alas al huracdn, he nacido en el
tiempo de la aurora: busco la raza escogida que debe
inspirar con el himno en la boca y la lira en la mano,
Ia salida del gran sol. He abandonado la inspiracién
de Ia ciudad malsana, la alcoba llena de perfume, la
musa de carne que lena el alma de pequefiez y el
rostro de polvos de atroz. He roto el arpa adulona
de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y
las jarras donde espuma el vino que embriaga sin dar
fortaleza; he arrojado el manto que me hacia parecer
histrién, o mujer, y he vestido de modo salvaje y es-
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CUENTOS EN PROSA
pléndido: mi harapo es de purpura, He ido a la selva,
Gonde he quedado vigoroso y ahito de leche fecunda
ylicor de nueva vida; y en la ribera del mar aspero, sa-
cudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
como un angel soberbio, o como un semidiés olimpi-
co, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado,
al calor del ideal, el verso que esta en el astro en el
fondo del cielo, y el que est en Ia perla en lo pro-
fando del océano. jHe querido ser pujante! Porque
viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un
Mesias que es todo luz, todo agitacién y potencia, y
es preciso recibir su espiritu con el poema que sea
arco triunfal, de estrofas de acero, de esttofas de oro,
de estrofas de amor.
Sefior, el arte no esté en los frfos envoltorios de
marmol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelen-
te sefior Ohnet! jSefior!, el arte no viste pantalones,
ni habla en burgués, ni pone puntos en todas la ies.
Bl es augusto, tiene mantos de oro, o de Hamas, 0
anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta
con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las
Aguilas, 0 zarpazos como los leones. Sefior, entre
un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el
uno sea de tierra cocida y el otto de marfil.
Oh, la Poesial
¥¥ bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los
lunares de las mujeres, y se fabrican jarabes poéti-
cos, Ademés, sefior, el zapatero critica mis endeca-
silabos, y el sefior profesor de farmacia pone puntosjeasta ey wasepy! joduran & sou
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EI Satiro Sordo
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Cuento Griego
Haitaba cerca del Olimpo un sitio, y era el vie-
jo tey de la selva. Los dioses le habian dicho: «goza,
el bosque es tuyo; sé un feliz bribén, persigue nin-
fas y suena tu flautay. Ell sétiro se divertia.
ete
_Un dia que el padre Apolo estaba tafiendo la
divina lira, el satiro salié de sus dominios y fue
osado a subir el sacro monte y a sorprender al dios
crinado. Este le castigé tornandole sordo como una
toca, En balde en las espesuras de la selva lena
22
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CUENTOS EN PROSA
de péjaros, se detramaban los trinos y emergian los
arrullos. El satiro no ofa nada. Filomena Iegaba a
cantarle sobre su cabeza enmatafiada y coronada
de pampanos, canciones que hacian detener los
arroyos y enrojecer las rosas palidas. El permanecia
impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba
ascivo y alegre cuando percibfa por el ramaje lleno
de brechas, alguna cadera blanca y rotunda que
acaticiaba el sol con su luz rubia, Todos los animales
Je rodeaban como a un amo a quien se obedece.
‘Asu vista, para distraerle, danzaban cotos de bacantes!
encendidas en su fibre loca, y acompafiaban la
armonia, cerca de él, faunos adolescentes, como
hermosos efebos, que le acariciaban con su sonrisa, y
aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los
crétalos, gozaba de distintas maneras. Asi pasaba la
vida este rey, que tenfa patas de cabro.
ote
Era sétiro caprichoso.
Tenia dos consejeros dulicos: una alondra y un
asno. La primera perdié su prestigio cuando el satiro
se volvié sordo. Antes, si cansado de su lascivia so-
plaba su flauta dulcemente, la alondra le acompafiaba.
Después en su gtan bosque, donde no ofa nila voz
del olimpico trueno, el paciente animal de las largas
orejas le servia para cabalgar, en tanto que la alondra,
en los apogeos del alba, se Je iba de las manos, can-
tando camino de los cielos.
1 Mujeres griegas adoradoras de Baco,quien es el dios de la vendimia
Gecoleccién de uvas) y el vino, inspirador de la locura ritual y el éxtasis.
23sz
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notas arménicas que brotan de un sitinga. Canté del
verso, que baja del cielo y place a los dioses, del que
acompafia el birbitos en la oda y el timpano en el
pean y el buche del péjaro y la gloria del sol.
Y desde el principio del céntico brillé la luz con
mas fulgores. Los enormes troncos se conmovie-
ron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios que se
inclinaron languidamente como en un dulce des-
mayo. Porque Orfeo hacia gemir a los leones y llorar
a los guijarros con la musica de su lita ritmica. Las
bacantes mas furiosas habian callado y le ofan como
en un suefio. Una nayade virgen a quien nunca ni
una sola mirada del sitio habia ptofanado, se acet-
6 timida al cantor y le dijo temblando en voz baja:
«yo te amo». Filomela habia volado a posarse en la
lira como paloma anacreéntica. No habia mas eco
que la voz de Orfeo. Naturaleza sentfa el himno.
Venus, que pasaba por las cercanias, pregunté de
Iejos con su divina voz: «iEstd aqui acaso Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa ar-
monfa, el tinico que no ofa nada era el satiro sordo.
Cuando el poeta concluyé, dijo a éste: —Os pla-
ce mi canto? Sies asi, me quedaré con vos en la selva.
El satiro dirigié una mirada a sus dos consejeros.
Era preciso que ellos resolviesen lo que no podia
comprender él. Aquella mirada pedia una opinién.
—Sefior —dijo la alondra, esforzandose en produ-
cir la voz mis fuerte de su buche—, quédese quien
asi ha cantado con nosottos. He aqui que su lira es
26
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CUENTOS EN PROSA
pella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz
sara que hoy has visto en tu selva. Te ha dado su
armonia. Sefior, yo sé de estas cosas.
Cuando viene el alba desnuda y se despierta el
mundo, yo remonto a los profundos cielos y vierto
desde la altura las perlas invisibles de mis trinos, y
entre las claridades matutinas mi melodia inunda
elaire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo
que Orfeo ha cantado bien, y es un elegido de los
dioses. Su mtisica embriagé el bosque entero. Las
guilas se han acercado a revolar sobte nuestras ca-
pezas, los arbustos floridos han agitado suavemente
sus incensarios misteriosos, las abejas han dejado
sus celdillas para venir a escuchar. En cuanto a mi,
joh sefiorl, si yo estuviese en Ingar tuyo le daria mi
guirnalda de pampanos y mi tirso. Existen dos po-
tencias, la teal y la ideal. Lo que Hércules haria con
sus muiiecas, Orfeo lo hace con su inspiracién. El
dios sobusto despedazarfa de un pufictazo al mis-
mo Athos. Orfeo les amansarfa con Ia eficacia de
su voz triunfante, a Nemea su leén y a Erimanto su
jabali. De los hombres unos han nacido para forjat
los metales, otros pata arrancar del suelo fértil las
espigas del trigal, otros para combatir en las san-
gtientas guerras, y otros para ensefiar, glorificar y
cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu pala-
dar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.
‘Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompafiaba
con su instrumento, y un vasto y dominante soplo liti-
co se escapaba del bosque verde y fragrante. El satiroez
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oiled waqnydescomponia en las copas medio vacias, donde que-
daba algo de la parpura del borgofia, del oro hirviente
del champafia, de las Iiquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena
pasta, tras una buena comida. Bramos todos artistas,
quien més, quien menos, y atin habia un sabio obeso
que ostentaba en la albura de una pechera inmacula-
da, el gran nudo de una corbata monstruosa. Alguien
dijo: —jAh, sf, Fremiet! —Y de Fremiet se pas6 a sus
animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce
que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza,
y otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y
arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¢Quién
hablé de Mirén? El sabio, que recit6 en griego el epi-
grama de Anacreonte: «Pastor, lleva a pastat mis lejos
tu boyada, no sea que creyendo que respira la vaca de
Mir6n, la quieras llevar contigon.
Lesbia acabé de chupar su azticar, y con una car-
cajada argentina:
—jBahl Para mi los satiros. Yo quisiera dar vida
a mis bronces, y si esto fuera posible, mi amante
seria uno de esos velludos semidioses. Os advierto
que mAs que a los sétiros adoro a los centauros; y
que me dejarfa robar por uno de esos monstruos
robustos, sdlo por ofr las quejas del engafiado, que
tocarfa su flauta leno de tristeza.
El sabio interrumpio:
— Bien! Los sitios y los faunos, los hipocentauros y las
sirenas, han existido, como las salamandtas y el ave Fénix.
30
CCUENTOS EN PROSA
‘Todos reimos pero entre el coro de carcajadas, se ofa
irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro en-
cendido, de mujer hermosa, estaba como resplande-
ciente de placer.
ob
—Si—continué el sabio—, econ qué derecho nega-
mos los modernos hechos que afirman los antiguos? El
perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hom-
bre, es tan real como la arafia Kraken, que vive en el
fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de no-
venta afios, fue en busca del viejo ermitafio Pablo, que
vivia en una cueva. Lesbia, no te las. Iba el santo por el
yermo, apoyado en su baculo, sin saber dénde encontrar
a quien buscaba. A mucho andar, gsabéis quién le dio
sefias del camino que debia seguir? Un centauro, me-
dio hombre y medio caballo —dice un autor—hablaba
como enojado; huyé tan violentamente, que presto le
perdié de vista el santo; asf iba galopando el monstruo,
cabellos al aire y vientre a tierra.
En ese mismo viaje, San Antonio vio un sétiro
«hombrecillo de extrafia figura, estaba junto aun arro-
yuelo, tenfa las narices corvas, frente 4spera y arrugada,
y la tltima parte de su contrahecho cuerpo remataba
con pies de cabran.
—Ni mis ni menos —dijo Lesbia—, M. de Co-
cureau, futuro miembro del Instituto!
Siguié el sabio:
—Afirma San Jeronimo que en tiempo de Cons-
tantino Magno se condujo a Alejandro un satiro vivo,
siendo conservado su cuerpo cuando murié.
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Llegué més cerca. (Sofiaba? ;Oh, Numal Yo senti lo que
‘ti, cuando viste en su grata por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la in-
quietud de los cisnes espantados, una ninfa, una
verdadera ninfa, que hundia su carne de rosa en
el agua cristalina, La cadera a flor de espuma pa-
recia a veces como dorada por la luz opaca que
alcanzaba a llegar por la brecha de las hojas. jAhl,
yo vi litios, rosas, nieve, oto; vi un ideal con vida
y forma, y of entre el burbujeo sonoro de la ninfa
herida, como una brisa burlesca y armoniosa, que
me encendfa la sangre.
De pronto huyé la visida, surgi la ninfa del es-
tanque, semejante a Citerea® en su onda, y recogien-
do sus cabellos que goteaban brillantes, corrié por
los rosales, tras las lilas y violetas, més alla de los
tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, has-
ta perderse, jay!, por un recodo; y quedé yo, poeta
itico, fauino burlado, viendo a las grandes aves ala-
bastrinas como mofandose de mi, tendiéndome sus
largos cuellos en cuyo extremo brillaba brufiida el
Agata de sus picos.
Después, almorz4bamos juntos aquellos amigos
de la noche pasada; entre todos, triunfante, con su
pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso,
futuro miembro del Instituto.
Y de tepente, mientras todos charlaban de Ja ulti-
ma obra de Fremiet en el sal6n, exclamé Lesbia con
su alegre voz parisiense:
* Se refiere a la dimensién de la isla griega que eva por nombre
Citerea.
34
|
|
Cusnrosn pros |
|
—{Tél, como dice Tartarin: jel poeta ha visto ninfasl..
La contemplaron todos asombrados, y ella me
miraba, me miraba como una gata, y se tela, como
una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas.
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cérsela en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas
flacas y musculosas, cubiertas por los sucios panta-
Jones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo.
Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; jpero
los miserables no pueden aprender a leer cuando se
llora de hambre en el cuartucho!
El tio Lucas era casado, tenia muchos hijos.
Su mujer levaba la maldicién del vientre de las
pobres: la fecundidad. Habfa, pues, mucha boca
abierta que pedia pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que
temblaba de frio; era preciso ir a evar qué comer,
a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos y
trabajar como un buey. Cuando el hijo crecié ayudé
al padre. Un vecino, el herrero, quiso ensefiarle su
industria, pero como entonces era tan débil, casi una
armazén de huesos, y en el fuelle tenia que echar el
bofe, se puso enfermo y volvié al conventillo. jAh,
estuvo muy enfermo! Pero no murié. No murié! Y
eso que vivian en uno de esos hacinamientos huma-
nos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas,
en Ia callejuela inmunda de las mujeres perdidas, he-
dionda a todas horas, alumbrada de noche por esca-
sos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a
las zambras de echacorveria, las arpas y los acordeo-
nes, y el ruido de los matineros que llegan al burdel,
desesperados con la castidad de las largas travesias,
a emborracharse como cubas y a gritar y patalear
como condenados. ;Sil, entre la podredumbre, al es-
38
CCUENTOS EN PROSA
trépito de las fiestas tunantescas, el chico vivid, y
pronto estuvo sano y en pie.
Luego, llegaron después sus quince afios.
he
El tio Lucas habia logtado, tras mil privaciones,
comprar una canoa. Se hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetén al agua, lle-
vando los enseres de la pesca. El uno remaba, el
otro ponia en los anzuelos la carnada. Volvian a la
costa con buena esperanza de vender lo hallado, en-
tre la brisa fia y las opacidades de la neblina, can-
tando en baja voz alguna «triste» y enhiesto el remo
triunfante que chorreaba espuma.
Si habia buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno habia temporal. Padre e hijo, en
la pequefia embarcacién, sufrfan en el mar la locu-
ra de la ola y del viento. Dificil era llegar a tierra.
Pesca y todo se fue al agua, y se pensé en librar el
pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la
playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita
les empujé contra una roca, y la canoa se hizo asti-
las. Ellos salieron slo magullados, jgracias a Dios!,
como decia el tio Lucas al narrarlo. Después ya son
ambos lancheros.
pendiente como una sierpe de hierto del macizo pes-
cante que semeja una horca; emando a pie y a compas;
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—Se va el bruto! — dijo uno de los lancheros.
— [El barrigén! — agregé otro.
Y el hijo del tio Lucas, que estaba ansioso de aca-
bar pronto, se alistaba pata ir a cobrar y desayunar-
se, anud4ndose un pafiuelo de cuadtos al pescuezo.
Bajé la cadena danzando en el aite. Se amarré un
gran lazo al fardo, se probé si estaba bien seguro, y
se grit6: jlzal mientras la cadena tiraba de la masa
chirriando y levantandola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme
peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio
una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zaf6
del lazo, como de un collar holgado saca un perro la
cabeza; y cayd sobre el hijo del tio Lucas, que entre
el filo de la lancha y el gran bulto, quedé con los
rifiones rotos, el espinazo desencajado y echando
sangre negra por la boca.
‘Aquel dia no hubo pan ni medicinas en casa del
tio Lucas, sino el muchacho destrozado al que se
abrazaba llorando el reumitico, entre la griteria de
la mujer y de los chicos, cuando levaban el cadaver
a Playa-Ancha.
ob
Me despedi del viejo lanchero, y a pasos eldsticos
dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y ha-
ciendo filosofia con toda la cachaza de un poeta, en
tanto que una brisa glacial que venia de mar afuera
pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
42
CUENTOS EN PROS:
El velo de la Reina Mab
HO
Loa reina Mab, en su carro hecho de una sola petla
tirado por cuatro coleépteros de petos dorados
alas de pedreria, caminando sobre un rayo de sol, se
col6 por la ventana de una buhatdilla donde esta
ban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinen|
tes, lamentdndose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habjan repartido su
dones a los mortales. A unos habian dado las vatita
misteriosas que Henan de oro las pesadas cajas del co.
mercio; a otros unas espigas maravillosas que al des;
granarlas colmaban las trojes de riqueza; a ottos unos
cristales que hacian ver en el rifién de la made tierra,
43sp
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1
ojied woanyRubén Dario
dacias de inspirado. Yo tengo Ia percepcién del
filésofo que oyé la musica de los astros. Todos
los raidos pueden aprisionarse, todos los ecos son
susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la
Iinea de mis escalas cromiticas.
La luz vibrante es himno, y la melodia de la selva
halla un eco en mi corazén. Desde el ruido de la
tempestad hasta el canto del péjaro, todo se con-
funde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto,
no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda
del manicomio.
ote
Y el tiltimo: —Todos bebemos del agua clara de
Ia fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y
pata que los espiritus gocen de Ja luz suprema, es
preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de
miel y el que es de oro, y el que es de hierro can-
dente. Yo soy el Anfora del celeste perfume: tengo
el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros cono-
céis mi morada. Para los vuelos inconmensurables
tengo alas de 4guila que parten a golpes magicos el
huracén. Y para hallar consonantes, los busco en
dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo
la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a
mi Musa. Amo las epopeyas porque de ellas brota el
soplo heroic que agita las banderas que ondean so-
bre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los
cascos; los cantos liricos, porque hablan de las diosas
y de los amotes; y las églogas, porque son olorosas a
46
CCUENTOS EN PR
verbena y a tomillo, y al sano aliento del buey cor
nado de rosas. Yo escribiria algo inmortal; mas m¢
abruma un porvenir de miseria y de hambre...
Entonces la reina Mab, del fondo de su carr
hecho de una sola perla, tomé un velo azul, <
impalpable, hecho de suspiros, de miradas de 4
geles rubios y pensativos. Y aquel velo era el vel
de los suefios, de los dulces suefios que hacen vet
la vida de color rosa. Y con él envolvié a los cui
tro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Lo:
cuales cesaton de estar tristes, porque penetré er]
su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre,
con el diablillo de la vanidad, que consuela en su
profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los bri
lantes infelices, donde flota el suefio azul, se piensa
en el porvenit como en la aurora, y se oyen risas quq
quitan la tristeza, y se bailan extrafias farindula
alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje
de un violin viejo, de un amarillento manuscrito.
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para medir la vida de los felices opulentos, que en
vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.
obs
Aquella especie de poeta sonrié; pero su faz tenia
aire dantesco. Sacé de su bolsillo un pan moreno,
comié, y dio al viento su himno. Nada mas cruel
que aquel canto tras el mordisco.
ote
jCantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que leva dicha y hiz
pordonde va, como los fragmentos de un sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo
de la madre tietra; inmenso tesoro, leche rubia de
esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, rio caudaloso, fuente de la vida,
que hace jévenes y bellos a los que se bafian en sus
cortientes maravillosas, y envejece a aquellos que
no gozan de sus raudales.
Cantemos el oto, porque de él se hacen las tia-
ras de los pontifices, las coronas de los reyes y los
cettos imperiales; y porque se derrama por los
mantos como un fuego sélido, e inunda las ca-
pas de los arzobispos, y refulge en los altares y
sostiene al Dios eterno en las’ custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos per-
didos, y él nos pone mamparas para cubrir las lo-
curas abyectas de la taberna y las vergiienzas de las
alcobas adilteras.
50
CUENTOS EN PROSA
Cantemos el oro, porque al saltar del cufio lleva en
su disco el perfil soberbio de los cesares; y va a re-
pletar las cajas de sus vastos templos, los bancos, y
mueve las maquinas, y da la vida, y hace engordar
Jos tocinos de los privilegiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los
carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos
de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espi-
nazos aduladores y las muecas de los labios eterna-
mente sontientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es, en las orejas de las
lindas damas, sostenedor del rocfo del diaman-
te, al extremo de tan sonrosado y bello caracol;
porque en los pechos siente el latido de los cora-
zones, y en las manos a veces es simbolo de amor
y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos
insultan; detiene las manos que nos amenazan, y
pone vendas a los pillos que nos sitven.
Cantemos el oro, porque su voz es musica encan-
tada; porque es heroico y luce en las corazas de los
héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas
y en los conturnos trdgicos y en las manzanas del
jardin de las Hespérides".
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas
de las grandes liras, la cabellera de las més tiernas
1 El Jardin de las Hespérides es el huerto de Hera en el oeste, donde
un tinico arbol 0 toda una arboleda daban manzanas doradas que
proporcionaban la inmortalidad
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Te onb ojdad jo 4 eBidso ej op soues3 soy ‘sepewe
oie wangRubén Darfo
El Rubi
—iA\n! Conque es cierto! jConque ese sabio
parisiense ha logrado sacar del fondo de sus retortas,
de sus matracas, la purpura cristalina de que estén
incrustados los muros de mi palaciol Y al decir esto
el pequefio gnomo iba y venta, de un lugar a otro,
a cortos saltos, por la honda cueva que le servia de
morada; y hacia temblar su larga batba y el cascabel
de su gorro azul y puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreu
—cuasi Althotas—, el quimico Fremy, acababa
54
|
CCUENTOS EN PROSA
de descubrir la manera de hacer rubies y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo —que era sabidor y
de genio harto vivaz— seguia monologando.
jAh, sabios de la Edad Medial ;Ah, Alberto el
Grande, Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no
pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra flosofal,
yhe aqui que sin estudiar las formulas aristotélicas,
sin saber cabala y nigromancia, llega un hombre
del siglo decimonono a formar a la luz del dia lo
que nosotros fabricamos en nuestros subterraneos!
Pues el conjurol, fusidn por veinte dias de una mez-
la de sflice y de aluminato de plomo; coloracién
con bictomato de potasa o con éxido de cobalto.
Palabras en verdad que parecen lengua diabélica.
Risa:
Luego se detuvo.
El cuerpo del delito estaba alli, en el centro de
la gruta, sobre una gran roca de oro; un pequefio
rubj, redondo, un tanto teluciente, como un grano
de granada al sol.
El gnomo tocé un cuerno, el que levaba a su
cintura, y el eco resoné por las vastas concavidades.
Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos
los gnomos habian llegado.
Era la cueva ancha, y habfa en ella una claridad
extrafia y blanca. Era la clatidad de los carbiinculos
que en él techo de piedra centelleaban, incrustados,
hundidos, apifiados en focos miiltiples; una dulce luz
Io iluminaba todo.
‘A aquellos resplandores, podia verse la maravillosa
55“s
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-ed op owodse ns ‘epeasu uqzeq ues8 ns ‘seppsor
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argos ‘somos soy ug “Topustdss ns oper wo uoIsuEUT
ojieg wean_Rubén Dario
—|Sefiores! -dijo-, jque no sabéis de lo que hablais!
‘Todos escucharon.
—Yo, yo que soy el més viejo de vosotros, puesto
que apenas sirvo ya para martillar las facetas de los
diamantes; yo, que he visto formarse estos hondos
alcézares; que he cincelado los huesos de la tierra,
que he amasado el oro, que he dado un dia un pu-
fietazo a un muro de piedra, y caf a un lago donde
violé una ninfa; yo, el viejo, os referiré de como se
hizo el rubi.
Oid. of
Puck sonrefa curioso. ‘Todos los gnomos ro-
dearon al anciano cuyas canas palidecian a los res-
plandores de la pedrerfa, y cuyas manos extendfan
su movible sombra en los muros, cubiertos de pie-
dras preciosas, como un lienzo Heno de miel donde
se arrojasen granos de arroz.
—Un dia, nosotros, los escuadrones que tenemos
a nuestro cargo las minas de diamantes, tuvimos
una huelga que conmovié toda la tierra, y salimos
en fuga por los crateres de los volcanes.
El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud;
y las rosas, y las hojas verdes y frescas, y los péjaros
en cuyos buches entra el grano y brota el gorjeo, y el
campo todo, saludaban al sol y a la primavera fragante.
Estaba el monte arménico y florido, leno de tri-
nos y abejas; era una grande y santa nupcia la que
celebraba la luz, y en el 4rbol la savia ardia profun-
damente, y en el animal todo era estremecimiento 0
58
7
CUENTOS EN PROSA
palido o céntico, y en el gnomo habia risa y placer.
Yo habia salido por un crater apagado. Ante mis
ojos habia un campo extenso. De un salto me puse
sobre un Arbol, una encina afieja. Luego bajé al
tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un rio pe-
quefio y claro donde las aguas charlaban diciéndose
bromas cristalinas. Yo tenfa sed. Quise beber abi...
Ahora, oid mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, ro-
sas, panecillos de marfil coronados de cerezas; ecos
de risas uteas, festivas; y all4, entre las espumas,
entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...
—¢Ninfas?
—No, mujeres.
—Yo sabia cul era mi gruta. Con dar una pata-
da en el suelo, abria la arena negra y Hegaba a mi
dominio. Vosotros, pobrecillos, gnomos jévenes,
jtenéis mucho que aprender!
Bajo los retofios de unos heléchos nuevos me
escurri, sobre unas piedras deslavadas por la co-
rriente espumosa; y parlante; y a ella, a la hermo-
sa, a la mujer, la agarré de la cintura, con este
brazo antes tan musculoso; grits, golpeé el suelo;
descendimos. Arriba quedé el asombro, abajo el
gnomo soberbio y vencedor.
Un dia yo martillaba un trozo de diamante in-
menso, que brillaba como un astro y que al golpe
de mi maza se hacfa pedazos.
El pavimento de mi taller se asemejaba a los res-
5919
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ojieg veanySe comprendieron todos. Tomaron el rubi falso, lo
despedazaron y arrojaron los fragmentos —con
desdén terrible— a un hoyo que abajo daba a una
antiquisima selva carbonizada.
Después, sobre sus rubfes, sobre sus épalos, entre
aquellas paredes resplandecientes, empezaron a bai-
lar asidos de las manos una farandola loca y sonora.
¥ celebraban con tisas, el verse grandes en la sombral
Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba re-
cién nacida, camino de una pradera en flor. Y mur-
muraba —jsiempre con su sonrisa sontosadal—
yh madye Tierral, eres grande, fecun-
da, de seno inextinguible y sacro; y de tu vientre
moreno brota la savia de los troncos robustos, y el
oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. Lo
puro, lo fuerte, lo infalsificable! Y ta, Mujer!, eres
—espiritu y carne— toda amor.
62
CCUENTOS EN PROSA
EI Palacio del Sol
HO
A sosoteas, madres de las muchachas anémicas,
va esta historia, la historia de Berta, la nifia de los
ojos de color de aceituna, fresca como una rama
de dutazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
‘Ya veréis, sanas y respetables sefioras, que hay
algo mejor que el arsénico y el fierro, para encender
la pirpura de las lindas mejillas virginales; y que es
preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas
encantadoras, sobre todo cuando llega el tiempo de
la primavera y hay ardor en las venas y en las savias,
y mil 4tomos de sol abejean en los jatdines, como
un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.
639
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Cuando Berta, ya alto el divino cochero, subié
a los salones por las gradas del jardin que imitaban
esmaragdina, todos, la mamé, la prima, los criados,
pusieron la boca en forma de O. Venia ella saltando
como un péjaro, con el rostro Meno de vida y de
purpura, el seno hermoso y henchido, recibiendo
las caricias de una crencha castafia, libre y al des-
gaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio
mostrando la malla de sus cuasi imperceptibles ve-
nas azules, los labios entreabiertos por una sontisa,
como para emitir una cancién.
‘Todos exclamaron: —jAleluya!
na al rey de los Esculapios! jFama eterna a los glé-
bulos de Acido arsenioso y a las duchas triunfale:
Y mientras Berta corrié a su retrete a vestit sus
mis ricos brocados, se enviaton presentes al viejo
de las antiparras de aros de catey, de los guantes
negros, de la calva ilustre y del cruzado levitén.
Y ahora, ofd vosotras, madres de las mu-chachas
anémicas, cémo hay algo mejor que el arsénico y
el fierro, para eso de encender la purpura de las
lindas mejillas virginales. Y sabréis cOmo no, no
fueron los glébulos, no, no fueron las duchas, no,
no fue el farmacéutico, quien devolvié salud y vida
a Berta, la nifia de los ojos color de aceituna, ale-
gre y fresca como una rama de durazno en flor,
Tuminosa como un alba, gentil como la princesa
de un cuento azul.
66
CCUENTOS EN PROSA
ot
Asi que se vio en el carro del hada, le pregun-
16: —éY adonde me llevas? —Al palacio del sol. Y
desde Inego sintié la nifia que sus manos se torna-
ban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como
henchido de sangre impetuosa. —Oye —siguié el
hada—. Yo soy la buena hada de los suefios de las
nifias adolescentes: yo soy la que curo a lis cloréti-
cas con s6lo Ievarlas en mi carro de oro al palacio
del sol, a donde vas ti. Mira, chiquita, cuida de no
beber tanto el néctar de la danza, y de no desvane-
certe en las primeras répidas alegrias. Ya legamos.
Pronto volverds a tu morada. Un minuto en el pa-
lacio del sol deja en los cuerpos y en las almas afios
de fuego, nifia mia.
En verdad, estaban en un lindo palacio encan-
tado, donde parecia sentirse el sol en el ambiente.
jOh, qué luz!, ;qué incendios! Sintié Berta que se le
Henaban los pulmones de aire de campo y de mar, y
las venas de fuego; sintié en el cerebto esparcimien-
tos de armonia, y como que se ponfa més elistica
y tersa su delicada carne de mujer. Luego vio, vio
suefios reales, y oy6, oy6 musicas embriagantes. En
vastas galerias deslumbradoras, llenas de clatidades
y de aromas, de sederias y de marmoles, vio un tor-
bellino de parejas, arrebatadas por las ondas invisi-
bles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas
anémicas como ella llegaban péllidas y entristecidas,
respiraban aquel aire, y luego se arrojaban en brazos
de jévenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro
6769
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uoo ueqezuep A ‘zny vy & UeqETTEg sopfequo souy &
oiieg uganyRubén Darfo
El pajaro azul
Ho
Pais es teatro divertido y terrible. Entre los
concutrentes al café Plombier, buenos y decididos
muchachos —pintores, escultotes, esctitores, poe-
tas—, si, jtodos buscando el viejo laurel verdel,
ninguno més querido que aque! pobre Garcin,
triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, sofiador
que nunca se emborrachaba, y, como bohemio in-
tachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres re-
uniones guardaba el yeso de las paredes, entre los esbo-
20s y tasgos de futuros Clays, versos, estrofias enteras €s-
critas en la letra echada y gruesa de nuestro péjaro azul.
70
CCuENTOS EN PRosA|
El péjaro azul era el pobre Garein. No sabéis por qué se
Tamaba asi. Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fue un simple capricho. Aquel excelen
te muchacho tenia el vino triste. Cuando le pre.
guntébamos por qué, cuando todos refamos como
insensatos © como chicuelos, él arrugaba el cefio y
miraba fijamente el cielo raso, nos respondia con
cierta amargura:
—Camaradas: habéis de saber que tengo un paja-
ro azul en el cerebro, por consiguiente...
ab
Sucedia también que gustaba de ir a las campifias
nuevas, al entrar la primavera. El aire del bosque
hacia bien a sus pulmones, segtin nos decia el poeta!
De sus excursiones solfa traer ramos de violetas
y gruesos cuadernillos de madrigales, escritos al rui
do de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las
violetas eran para Nini, su vecina, una muchacha
fresca y rosada que tenfa los ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los lefa.
mos y los aplaudiamos. Todos tenfamos una alaban-
za para Garcin. Era un ingenio que debia brillar. El
tiempo vendria. ;Oh, el p4jaro azul volaria muy alto!
{Bravol, jbien! |Eh, mozo, més ajenjo!
oe
Principios de Garcin: De las flores, las lindas campénulas.
Entre las piedras preciosas, el zafiro. De las inmen:
sidades, el cielo y el amor; es decir; las pupilas de Nini,
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vl a1qurayasd so oxdurars aonb 0237) ve190d yo enodox X
ojseg upangRubén Dario
ob
Una noche legé Garcin riendo mucho y, sin em-
bargo, muy triste.
La bella vecina habia sido conducida al cementetio,
—(Una noticial, juna noticial Canto tiltimo de mi
poema. Nini ha muerto. Viene la primavera y Nini
se va. Ahorro de violetas para la campifia. Ahora
falta el epilogo del poema. Los editores no se dig-
nan siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto
tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El epilogo
debe de titulatse asi: De cémo el pdjaro azul alza el
vuelo al cielo azul.
[Plena primavera! Los arboles florecidos, las nu-
bes rosadas en el alba y pélidas por la tarde; jel aire
suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas
de los sombreros de paja con especial ruido! Garcin
no ha ido al campo.
Hele ahi, viene con su traje riuevo, a nuestro
amado café Plombier, palido, con una sontisa triste.
—Amigos mios, jun abrazo! Abrazadme todos,
asi, fuerte, decidme adiés, con todo el corazén, con
todo el alma... El pajaro azul vuela...
Y el pobre Garcin Llor6, nos estrech6, nos apreté
las manos con todas sus fuerzas y se fue.
‘Todos dijimos: Garcin, el hijo prédigo, busca a
su padre, el viejo normando. Musas, adids; adiés,
Gracias. {Nuestro poeta se decide a medit trapos!
JEh! (Una copa por Garcia!
Palidos, asustados, entristecidos, al dia siguiente,
todos los parroquianos del Café Plombier, que me-
74
CCuENTos en PRosA|
tfamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado,
nos hallébamos en la habitacién de Garcin. El es
taba en su lecho, sobre las sfbanas ensangrentadas
con el craneo roto de un balazo. Sobre la almohada|
habia fragmentos de masa cerebral. Qué horrible!
Cuando repuestos de la impresién, pudimos lorat!
ante el cadaver de nuestro amigo, encontramos que
tenia consigo el famoso poema. En la tiltima pagina
habia escritas estas palabras: Hoy, en plena primavera,
dejo abierta la puerta de la jaula al pobre péjaro azul.
ote
jAy, Garcinl, jcudntos llevan en el cerebro tu mis
ma enfermedad!
75aL
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shied wandRubén Dario
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Mi prima —pero, jDios santo, en tan poco tiem-
pol— se habia hecho una mujer completa. Yo de-
Jante de ella me hallaba como avergonzado, un tan-
to serio. Cuando me dirigia la palabra, me ponfa a
sonreirle con una sonrisa simple.
Ya tenia quince afios y medio Inés. La cabellera,
dorada y luminosa al sol, era un tesoro. Blanca y le-
vemente amapolada, su cara era una creacién muri-
Iesca, si se veia de frente. A veces, contemplando su
perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en
un rostro de princesa. El traje, corto antes, habia des-
cendido. El seno, firme y esponjado, era un ensuefio
oculto y supremo; la voz! clara y vibrante, las pupilas
azules, inefables; la boca lena de fragrancia de vida y
de color de pirpura. Sana y virginal primaveral
La abuelita me recibié con los brazos abiertos.
Inés se negé a abrazarme, me tendié la mano. Des-
pués no me atrevi a invitarla a los juegos de antes.
Me sentia timido. jY quél, ella debia sentir algo de
lo que yo. [Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mafiana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando
cantaban los campanarios su sonora llamada matinal,
yo estaba despierto.
Ola, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la
puerta entreabierta veia salir la pareja que hablaba
en voz alta. Cerca de mi pasaba el frufra de las polle-
ras antiguas de mi abuela y del traje de Inés, coqueto,
ajustado, para mi siempre revelador.
78
CCUENTOS EN PROS:
jOh, Eros!
—Inés...
an
Y estébamos solos, a la luz de la luna argentina,
dulce, una bella luna de aquellas del pais de Nicaragual
Le dije todo lo que sentia, suplicante, balbucien!
te, echando las palabras, ya rdpidas, ya contenidas,
febril, temeroso. |Sil, se lo dije todo: las agitaciones
sordas y extrafias que en mi experimentaba cerca
de ella, el amor, el ansia, los tristes insomnios del
deseo, mis ideas fijas en ella, alld en mis meditacio.
nes del colegio; y repetia como una oracién sagra
da la gran palabra: jel amor! ;Oh!, ella debia recibir,
gozosa mi adoracién. Creceriamos més. Serfamos
marido y mujer...
Esperé.
La pilida clatidad celeste nos iluminaba, El amt
biente nos levaba perfumes tibios que a mf se me
imaginaban propicios para los fogosos amores. Ca
bellos 4ureos, ojos paradisfacos, labios encendidos y|
entreabiertos!
De repente, y con un mohin: —jVel, la tonteria...
Y cortid, como una gata alegre adonde se hallaba|
la buena abuela, rezando a la callada sus rosarios y|
responsorios.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con
aire de locuela:
—iEh, abuelital, ya me di...
{Billas, pues, ya sabian que yo debia «decir»!
7918
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Sued wangRubén Dario
Era all4, en una ciudad que esté a Ia orilla de un
lago de mi tierra, un lago encantador, leno de islas
Aloridas, con pajaros de colores.
Los dos solos estaébamos cogidos de las manos,
sentados en el viejo muelle, debajo del cual el agua
glauca y oscura chapoteaba musicalmente. Habia un
crepiisculo acariciador, de aquellos que son la deli-
cia de los enamorados tropicales. En el cielo opa-
lino se veia una diafanidad apacible que disminuia
hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por la
parte del oriente, y aumentaba coinvirtiéndose en
oro sonrosado en el horizonte profundo, donde vi-
braban oblicuos, rojos y desfallecientes, los iltimos
rayos solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la
adorada mfa y nuestros ojos se decfan cosas ardoro-
sas y extrafias. En el fondo de nuestras almas canta-
ban al unisono embriagador como dos invisibles y
divinas filomelas.
Yo extasiado veia ala mujer tierna y ardiente; con
su cabelleta castafia que acariciaba con mis manos
su rostro color de canela y rosa, su boca cleopatrina,
su cuerpo gallardo y virginal; y ofa su voz queda,
que me decfa frases carifiosas, tan bajo, como que
solo eran para mi, temerosa quizés de que se las
Hevase el viento vespertino. Fija en mi, me inunda-
ban de felicidad sus ojos de Minerva", ojos verdes,
ojos que deben siempre gustar a los poetas. Luego,
erraban nuesttas miradas por el lago, todavia leno
'9 Se refiere 2 la diosa Minerva, protectora de la sabidurfa, las artes,
Jas técnicas de la guerra y patrona de los artesano
82
de vaga claridad. Cerca de 1a orilla, se detuvo un
gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas mo-
renas, de esas que cuando el dia calienta, legan a
las riberas a espantar a los cocodrilos, que, con las
anchas mandibulas abiertas, beben el sol sobre las
rocas negtas. [Bellas garzas! Algunas ocultaban los
argos cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban
grandes manchas de flores vivas y sontosadas, mé-
viles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se
alisaba con el pico las plumas, o permanecia inmé-
vil, escultural o hierdticamente, o varias daban un
corto vuelo, formando en el fondo de la ribera Nena
de verde, o en el ciclo, caprichosos dibujos, como
las bandadas de grullas de un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel
pais de la altura, me traerfan las garzas muchos ver-
sos desconocidos y sofiadores. Las garzas las encon-
traba mas puras y voluptuosas, con la pureza de la
paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas con
sus cuellos reales, parecidos a los de las damas in-
glesas que junto a los pajecillos rizados se ven en
aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte
de Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar
en desfallecientes suefios nupciales; todas —bien
dice un poeta— como cinceladas en jaspe.
Ah, pero las otras tenfan algo de mas encantador
para mi! Mi Elena se me antojaba como semejante a
ellas, con su colot de canela y de rosa, gallarda y gentil.
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| SoeAntonio Smith, Rio Cachapoal (Chile)
(1870)
EN cite
Album Portefio
Ho
I
En busca de cuadros
Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lapiz,
Ricardo, poeta lirico incorregible, huyendo de las
agitaciones y turbulencias, de las maquinas y de los
fardos, del ruido monétono de los tranvias y el cho-
car de los caballos con su repiqueteo de caracoles
sobre las piedras; de las carreras de los corredores
frente a la Bolsa; del tropel de los comerciantes; del
grito de los vendedores de diarios; del incesante bu-
llicio ¢ inacabable hervor de este puerto; en bus-
ca de impresiones y cuadros, subié al cerro Alegre,
que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus
flancos verdes, sus monticulos coronados de casas
risuefias escalonadas en la altura, rodeadas de jardi-
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died wangRubén Dario
méreas y en que hay rostros que bien valen un alba,
Luego todo eta delicioso. Aquellos quince afios en-
tre las rosas —quince afios, si, los estaban prego-
nando unas pupilas serenas de nifia, un seno apenas
erguido, una frescura primaveral, y una falda has-
ta el tobillo, que dejaba ver el comienzo turbador
de una media de color de carne; aquellos rosales
temblorosos que hacian ondular sus arcos verdes,
aquellos durazneros con sus ramilletes alegres don-
de se detenian al paso las mariposas errantes lenas
de polvos de oro, y las libélulas de alas cristalinas
itisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el
alabastro de sus plumas, y zambulléndose entte es-
pumajeos y burbujas, con voluptuosidad, en la trans-
parencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible,
de donde emergia como una onda de felicidad; y en
Ja puerta la anciana, un invierno, en medio de toda
aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lirico que andaba a caza de cua-
dros, estaba alli con la satisfaccién de un goloso que
paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
—2Qué traes? —Flores.
‘Mostraba Mary su falda lena como de itis hechos
trizas, que revolvia con una de sus manos griciles
de ninfa, mientras sonriendo su linda boca purpu-
rada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un
color de lapislézuli y una humedad radiosa.
El poeta siguié adelante.
90
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En cnite
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Paisaje
A poco de andar se detuvo.
EI sol habia roto el velo de las nubes y bafiaba de
claridad 4urea y perlada un recodo del camino. Alli
unos cuantos sauces inclinaban sus cabelleras ver-
des hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban
altos barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja,
pedruscos brillantes como vidrios. Bajo los sauces
agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas filo-
sdficas —joh, gran maestro Hugo!— unos asnos;
y cetca de ellos un buey, gordo, con sus grandes
ojos melancélicos y pensativos donde ruedan mira-
das y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos,
mascaba despacioso y con cierta pereza la pastura.
Sobte todo flotaba un vaho cAlido, y el grato olor
campestre de las hierbas chafadas. Veiase eft lo pro-
fundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de
esos fuertes campesinos, toscos hércules que detie-
nen un toro, apatecié de pronto en lo més alto de
los barrancos. Tenia tras de si el vasto cielo. Las
piernas, todas misculos, las llevaba desnudas. En
uno de sus brazos trafa una cuerda gruesa y arrolla-
da. Sobre su cabeza, como un gorro de nutria, sus
cabellos enmarafiados, tupidos, salvajes.
”
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