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Hebreos 2

Este documento habla sobre los grandes peligros espirituales de los que Dios nos ofrece salvarnos a través de Jesucristo. Menciona nueve grandes peligros como ser condenados, sufrir la ira de Dios, el castigo eterno en el infierno, la separación de Dios y la segunda muerte. Argumenta que descuidar esta "salvación tan grande" tendría consecuencias terribles. Exhorta a no ignorar estos peligros y a cuidar nuestra salvación con diligencia para no perderla.

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Hebreos 2

Este documento habla sobre los grandes peligros espirituales de los que Dios nos ofrece salvarnos a través de Jesucristo. Menciona nueve grandes peligros como ser condenados, sufrir la ira de Dios, el castigo eterno en el infierno, la separación de Dios y la segunda muerte. Argumenta que descuidar esta "salvación tan grande" tendría consecuencias terribles. Exhorta a no ignorar estos peligros y a cuidar nuestra salvación con diligencia para no perderla.

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Hebreos 2:1-4

Extracto de este mensaje relacionado con la frase "no sea que nos deslicemos".

Este tipo de “deslizamiento” triste y penoso, no frenado a tiempo, tiende a cobrar


más, y aún más, ¡rapidez!

Como el esquiador que empieza suave sobre una superficie bastante llana, pero que,
avanzando sin cuidado, al momento se encuentra sobre un suelo notablemente más
inclinado.

Se cree a salvo al divisar un montículo de nieve más adelante, mas, sin embargo, se
congela su sangre cuando, al subirlo con excesiva velocidad, ve que, al otro lado, a muy
poca distancia, lo que hay es un despeñadero, más allá del que solo se ve un vacío
aterrador.

Por ahí va volando, dando saltos mortales desesperados en el aire hasta chocar su
pobre cuerpo con el frío y duro suelo bien abajo, expirando en el acto.

Amadísimo hermano, hermana, otro tanto sucede espiritualmente al cristiano que no


frena a tiempo su deslizamiento del lugar seguro donde Dios lo
colocó cuando obedeció al evangelio.

I. Introducción.

A. Salutación. ¡Muchas, muchas bendiciones del cielo para todos y cada uno de ustedes,
mis amados hermanos y amigos!

B. El tema para esta ocasión es: “Descuidando una salvación tan grande”. Lo tomamos
de Hebreos 2:3, de la pregunta retórica: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos
una salvación tan grande?” A la que es obligatoria la respuesta: “No escaparemos. En
definitiva, ¡no escaparemos las consecuencias sumamente desagradables, aun horrendas,
de tan enorme descuido!”
1. “Cuidadoso.” “Descuidado.” ¿Cómo soy yo? ¿Cómo es usted? Si
bien “cuidadoso” es un atributo positivo y loable, “descuidado” suele ser, por el
contrario, un rasgo peligrosísimo, resultando a menudo en accidentes, fracasos sociales,
maritales, económicos y espirituales, como además en la muerte física prematura.

2. “Cuidadoso.” Es decir, “esmerado”, “que hace las cosas con atención, para hacerlas


bien”. ¿Acostumbra usted poner la necesaria atención en lo que hace “para que salga lo
mejor posible… para evitar un riesgo… un mal efecto… para que no se estropee una
cosa delicada”? (Términos y definiciones del Diccionario de uso del español, Tomo I, Página 837, por
María Moliner)

3. “Descuidado.” Es decir, “Dejado, negligente, desidioso, abandonado”  (Vox. Diccionario


de sinónimos y antónimos. Página 217).
4. Vuelvo a preguntar: ¿Cómo clasificaría usted a sí mismo? ¿De “cuidadoso”? ¿O acaso
de “descuidado”? ¿O “cuidadoso” de algunas cosas, pero de otras no? En tal caso,
¿cuáles cuida, y cuáles descuida?

5. Me parece no equivocarme al observar que aflora en nosotros los humanos un mal
demasiado común, a saber, poner mucho cuidado a cosas materiales, aun a las
más insignificantes, mientras descuidamos las de suprema importancia y valor.
¿Qué opina usted al respecto?

6. Subamos al plano espiritual. De haber usted echado mano alguna vez de


la “salvación”, ¿ha seguido cuidándola con esmero y afán hasta el sol de hoy,
poniéndola mucha atención día y noche, veinticuatro siete, para no perderla jamás?

II. “Una salvación tan grande” figura prominentemente en el título.  “Salvación.” “Una


salvación tan grande.” Pero, ya quizás no “tan grande” para muchos de los que profesamos
tenerla.

A. Mi apreciación personal, mi temor, es que el vocablo “salvación” se escuche con tanta


frecuencia en predicaciones y clases bíblicas como para provocar hasta aburrimiento y
bostezos. De tanto pronunciarse o repetirse, pierde su significado original, su impacto, su
incalculable importancia.

B. Querido joven, adulto, cristiano, amigo, consideremos esta palabra “salvación” como si


no la hubiésemos escrutado anteriormente.

1. “Salvación” se deriva del verbo “salvar”. Este verbo quiere decir: “Librar de un gran


peligro a alguien o algo...”, como en la declaración: “Él le salvó de la ruina” (Diccionario de
uso del español, Tomo II, Páginas 1098 y 1099, por María Moliner).

2. Quien haya sido “salvado” literalmente de un edificio o casa en llamas, de ahogarse


en las aguas de un río, lago o mar, de un barco que se hunde, de cualquier otro
accidente potencialmente catastrófico o mortífero, de los estragos de un huracán,
terremoto o inundación, de ser herido o muerto en un campo de batalla, por un médico
de una enfermedad debilitante o fatal, de una vergüenza tremendamente humillante, de
un motín, de prisión –el tal afortunado entiende, se supone, por lo menos en términos
materiales, cuán grande resulta ser semejante “salvación”. ¡Salvado! ¡Puesto a
salvo! ¡Rescatado de gran peligro! Su agradecimiento ha de ser profundo y eterno.

3. Pues bien, “librar” a usted, a mí y a todo ser humano “de un gran peligro” es


precisamente lo que ofrecen hacer Dios el Creador y su Hijo amado, Jesucristo. Y no de
uno solo sino ¡de muchos grandes peligros! Se proponen a “salvarnos” de todos
ellos. ¡A rescatarnos de ellos! A ponernos a salvo en un lugar seguro más allá del
alcance de terribles peligros feos y espeluznantes.

4. “¿Pregunta usted que “cuáles grandes peligros terribles, feos y


espeluznantes”? ¡Ah! ¿No los conoce usted? ¿No está plenamente consciente de su
existencia y naturaleza? Si los ignora, o si tiene solo una idea vaga e imprecisa de ellos,
¡cuidado que no le sobrevengan de repente, aplastándole con devastadoras
consecuencias dolorosas!

a) Un hombre medio ciego y sordo, impetuoso, descuidado y desdeñando


advertencias, decide cruzar una avenida muy transitada, diciendo “Yo no veo ni
escucho nada peligroso”. Tomando tan solo siete pasitos, un camión lo impacta
duramente. “No hay peor ciego que el que no quiera ver, ni peor sordo que el que no
quiera oír.” ¿Acaso no quiere usted ver peligros, ni oír mensajes, como este, acerca
de ellos?

b) Una dama tímida y miedosa se encierra en su casa, pensando y diciéndoselo a sí


misma repetidamente: “La gente alarmista siempre exagera peligros. Comoquiera,
ningún peligro me alcanza aquí en mi linda casa fuerte y segura”. Pero, se arrecia la
gran tempestad que se acerca, con lluvias torrenciales que inundan todo a su paso,
espectaculares relámpagos que parten árboles y violentos vientos que destechan y
destruyen estructuras. La suya no resiste. Encuentran su cadáver entre los
escombros. Tristemente, vecinos, familiares y conocidos le habían advertido una y
otra vez los graves peligros. Pretender que peligros no existan es un tipo de
autoengaño que nosotros los humanos practicamos con muchísima
frecuencia. ¿Acaso está pretendiendo usted que no existan grandes peligros
potencialmente fulminantes para su alma, o que estén tan lejos de usted que nunca le
afecten, o que sean insignificantes?

C. De cierto, Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo nos advierten grandes peligros, añadiendo
que tienen el poder y disponen de los medios para salvarnos de ellos, librarnos de ellos.
¿Quiere usted revisarlos brevemente conmigo, y me incluyo por notar también en mí una
tendencia preocupante de no tenerlos presente como debiera. Nueve grandes peligros
espeluznantes se yerguen, tal cual fantasmas espantosas, en derredor nuestro, a
saber:

El peligro de ser desaprobado por el Creador que nos ha dado vida y propósito. (2
Corintios 10:18; 2 Timoteo 2:15)

El peligro de no ser tenido por digno de la resurrección de los justos. (Lucas 20:34-36)

El peligro de ser condenado en el juicio final. (2 Corintios 5:10)

El peligro de ser blanco de la ira divina. (Romanos 2:4-11; 1 Tesalonicenses 1:10; Apocalipsis


11:18)

El peligro de castigo eterno en el infierno. (Mateo 13:40-43)

El peligro de encarcelamiento eterno en prisiones de oscuridad, de ser consignado


eternamente a las tinieblas de afuera. (Mateo 25:30)

El peligro de ser separado para siempre de la presencia de Dios.  (2 Tesalonicenses 1:6-10)

El peligro de cargar con culpa y vergüenza por toda la eternidad. (1 Juan 2:28; Lucas 16:19-
31)
El peligro de la “segunda muerte”, de la cual no habrá nunca resurrección alguna de
ninguna clase. (Apocalipsis 20:12-15)

¡Tan grandes peligros! ¡Tan grandes cuales no ha habido jamás! Por


consiguiente, con sobrada razón se nos enseña que ser salvos de ellos es,
efectivamente, “una salvación tan grande”. Cuan grande el peligro, ¡cuánto más
grande la salvación para quien se libra de él!

D. “¡Ah! Pero son fantasmagóricos, nada más”, dice alguien, indignado, añadiendo


que “se trata de peligros imaginarios, meras creaciones de mentes supersticiosas. De
predicadores fanáticos empeñados en amedrentar a sus oyentes para que pasen a su redil
donde los trasquilarán”. Quien cree esto, sencilla y llanamente no cree en Dios, Cristo o la
Biblia. El que cree esto, ¿a quién lo compararemos?

1. Lo compararemos a la generación incrédula del tiempo del patriarca Noé, la misma
que preguntaba, recogiendo el sentido de su argumentación: “Noé, ¿dónde está el
peligro de un gran diluvio inminente, pues ni siquiera ha llovido sobre la faz de la tierra
desde la creación hasta la fecha?” No obstante sus objeciones y postulados, el diluvio,
habiendo sido anunciado durante ciento veinte años, vino tal cual profetizado, anegando
en agua a aquel mundo, salvándose tan solo ocho personas.

2. Lo compararemos a los burladores mencionados en 2 Pedro 3:1-14, quienes dirían,


según la profecía sobre ellos: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento (o sea, de la
Segunda Venida de Cristo)? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las
cosas permanecen así como desde el principio de la creación”. Estos argumentan,
parafraseando: “¿Peligro? ¿Qué gran peligro inminente? Todo sigue igual. Jesús
no volverá. Esta tierra no será destruida por fuego. No seremos llamados a juicio”.

3. Lo compararemos al que pasea serenamente en su barco llamado “Seguridad


Material”, remando feliz y despreocupadamente, disfrutando los paisajes, pero no
dándose cuenta de que la corriente se acelera paulatinamente, cobrando cada vez más
velocidad, llevándolo hacia unas cataratas altas, las que lanzarán su barquito, con todo y
pasajero, al abismo profundo donde un vórtice irresistible lo hundirá eternamente.

4. Lo comparemos a la persona que se encierra en el cuarto de entretenimiento de su


casa, se pone unos audífonos, sube al máximo el volumen del televisor o del tocadiscos
y se olvida del mundo fuera de su escondite, incluso, se olvida de Dios y de los peligros
por él advertidos. Sin embargo, mientras aislado así de la realidad, de pronto se
materializan esos espeluznantes “peligros”. Grande y aterradora es su sorpresa cuando
el fuego y el humo se irrumpen en su cuarto, haciéndole sufrir una muerte agónica, lo
cual también expone su alma a la segunda muerte, la cual es aún más temible, en parte
por ser irreversible.

E. Resumiendo, si usted, respetado joven, adulto, cristiano, amigo, cree en Dios y la Biblia,
ha de creer obligatoriamente que son reales los grandes peligros proclamados por la
Deidad, y, por ende, que ser salvados de ellos es, de veras, “una salvación tan
grande”. ¡Tan y tan grande! ¡Incomparablemente grande¡
F. Muy amado hermano, hermana, en la común fe, ¿acaso piensa usted escapar las
consecuencias si osa descuidar esta “salvación tan grande”? Os aseguro que no
escaparéis. “Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda
transgresión y desobediencia recibió justa retribución” durante la Era Mosaica, bajo el
Antiguo Testamento, “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan
grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada
por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y
diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”. Así, pues, la
grandeza de esta salvación descansa no solo en la magnitud del rescate sino en el hecho de
que fue anunciada por el mismo Señor Jesucristo, luego confirmada por Dios mismo
mediante manifestaciones sobrenaturales.

1. ¿Escapar nosotros de castigos divinos por descuidar tan grande salvación? ¡De modo
alguno!

a) Descuidarla es despreciarla; es tenerla en menos, por poca cosa.

b) Descuidarla es volver a ocupar el lugar peligrosísimo del que Dios nos rescató,


por medio de Cristo, cuando una vez obedecimos “de corazón” al evangelio.

c) ¡Descuidarla es perderla!

2. Ser el afortunado y bendecido beneficiario de un rescate tan difícil y glorioso, el cual


costó el sacrificio del Hijo de Dios, para luego colocarse de nuevo en el mismo peligro,
seguramente merece ser clasificado como un acto insensato en extremo. De hecho, el
cristiano culpable de semejante desfachatez recibirá aún mayor castigo, conforme a la
norma del Señor que dice: “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se
preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes”  (Lucas 12:47).

Rescatar a personas en peligro acarrea, a menudo, riesgos hasta de muerte para el


que intenta el rescate. Por ejemplo, altos riesgos hay para el bombero que se
introduce en una casa o apartamento ya casi consumido en llamas y lleno de denso
humo, con el propósito de rescatar a los moradores. Una vez puestos a salvo estos,
si uno de ellos entra de nuevo en la vivienda ardiente para sacar algún objeto
material, ¿no dirán que está loco de remate?

Librar a nosotros de los peligros creados a causa de nuestros propios pecados fue
muy arriesgado para Jesucristo. De hecho, le costó oprobios, sudor como gotas de
sangre, latigazos, una corona de espinas, y para colmo, muerte de cruz. Pues bien,
quien vuelve atrás al lugar peligrosísimo, en sentido espiritual, de donde fue
rescatado por el Señor a precio tan grande, ¿cómo catalogarlo sino como
desquiciado espiritualmente, muy mal agradecido y merecedor de “muchos
azotes” divinos?

III. A la luz de todas estas consideraciones, podemos, se supone, apreciar mucho mejor la
exhortación de Hebreos 2:1. “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos
a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.”
A. “Por tanto.” Se alude a todo lo enseñado en el Capítulo 1 de Hebreos sobre cómo Dios
se ha comunicado con la raza humana, primero por los profetas, luego “en estos postreros
días… por el Hijo”. También, en torno a la superioridad de Jesucristo a los ángeles. Además,
sobre la desaparición del universo visible y la permanencia eterna del Señor. “Los cielos son
obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces… tus años no
acabarán.” Enseguida, el autor inspirado hace una deducción razonable: “Por tanto, es
necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos
deslicemos”.

B. ¿Qué “cosas… hemos oído”? ¡Todo el evangelio! Incluso, toda la enseñanza sobre


grandes peligros y cómo ser salvados de ellos. Atender “con más diligencia” estas “cosas”,
es la exhortación del autor. Es decir, acogerlas con más cuidado y actividad. Ponerlas más
atención.

“Atender” significa: “Aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o


sensible. Tener en cuenta o en consideración algo. Mirar por alguien o algo, o cuidar de
él o de ello.”  (Diccionario de la Real Academia Española, en Microsoft Encarta 2007. Derechos
reservados)

C. ¿Por qué atenderlas “con más diligencia”? La razón: “No sea que nos


deslicemos.”  Para evitar “que nos deslicemos”. Deslizarse. O sea, moverse poco a poco.
Dejarse arrastrar con suavidad. “Evolucionar paulatinamente hacia una determinada
actividad, forma de ser, postura ideológica, etcétera.” (Diccionario de la Real Academia Española,
en Microsoft Encarta 2007. Derechos reservados)  Muy amado cristiano, ¡he aquí el tremendísimo
peligro para nosotros¡ ¡Deslizarnos! Apartarnos poco a poco del lugar espiritual de más
fuerte seguridad. El apóstol Pablo amonesta: “no os dejéis mover fácilmente” (2
Tesalonicenses 2:2). Mas, sin embargo, el cristiano que se desliza hace caso omiso, ya que
dejarse “mover fácilmente” es precisamente lo que hace.

1. Deslizarse. No se trata de una caída estrepitosa, como la que experimentó nuestra


querida hermana Minerva cuando pisó lozas mojadas aquel día de la limpieza aquí. O la
que sufrió nuestro apreciado hermano Jorgíto cuando ensayó esquiar allá en la nieve de
Minnesota. O la que suele ocurrir cuando se pisa la cáscara de un guineo maduro.

2. Más bien, visualizamos un distanciamiento lento, casi imperceptible al principio, del


lugar espiritual de absoluta seguridad. Un solo pasito hacia atrás. Un solo desliz. Sin
justificación razonable, no congregarse un domingo; no tomar la cena del Señor. Ver un
chispito, nada más, de material pornográfico. Pero, siempre con la frente en
alto, creyéndose incapaz de una caída desastrosa. Sin embargo, dejándose arrastrar
con suavidad, poco a poco, más lejos del Señor, ya por el esposo, la esposa o los hijos,
ya por amigos, compañeros de trabajo o aun por “cristianos” faltos de compromiso
y espiritualidad, ya por su propio desinterés, dejadez o concupiscencia.  Luego, más
pasitos desviados, más frecuentes deslices cada vez más arriesgados. Entonces, dando
tras pies y tambaleándose, atendiendo cada vez menos a aquellas maravillosas “cosas
que hemos oído”.
3. Este tipo de “deslizamiento” triste y penoso, no frenado a tiempo, tiende a cobrar
más, y aún más, rapidez. Como el esquiador que empieza suave sobre una superficie
bastante llana, pero que, avanzando sin cuidado, al momento se encuentra sobre un
suelo notablemente más inclinado. Se cree a salvo al divisar un montículo de nieve más
adelante, mas sin embargo, se congela su sangre cuando, al subirlo con excesiva
velocidad, ve que al otro lado, a muy poca distancia, lo que hay es un despeñadero, más
allá del que solo se ve un vacío aterrador. Por ahí va volando, dando saltos mortales
desesperados en el aire hasta chocar su pobre cuerpo con el frío y duro suelo bien
abajo, expirando en el acto. Amadísimo hermano, hermana, otro tanto sucede
espiritualmente al cristiano que no frena a tiempo su deslizamiento del lugar
seguro donde Dios lo colocó cuando obedeció al evangelio.

IV. Invitación.

A. ¿Qué tal, amado cristiano? ¿Sigue usted firme en el lugar seguro donde fue colocado
cuando Dios le rescató de mil peligros al asirse usted de Cristo, arrepentirse, confesar su
nombre y bautizarse “para perdón de los pecados”? ¿O acaso está deslizándose,
alejándose paulatinamente de “una salvación tan grande”? ¿Necesita ser restaurado al
lugar seguro que una vez ocupaba? ¿Reconciliarse aun públicamente, pidiendo que sus
hermanos en la fe oren por usted, brindándole su respaldo moral y espiritual? Pregunto, no
como quien emita juicio alguno, sino como compañero suyo, salvado, al igual que usted, de
grandes peligros, pero aun sujeto, al igual que usted, a tentaciones y debilidades
peligrosas. 

B. Mientras reflexione usted sobre su condición y deber, me dirijo respetuosamente a las


personas en esta preciosa audiencia que no han experimentado todavía esta “salvación
tan grande” por no haber obedecido cabalmente las instrucciones divinas sobre cómo ser
libradas de grandes peligros espirituales, tanto del presente como del futuro. Respetado
amigo, amiga, le pregunto:

¿Cree usted que existen esos nueve peligros terribles, feos y espeluznantes


identificados anteriormente? ¿El infierno, las tinieblas de afuera, la segunda muerte y
los demás?

Si cree en Dios, ¿cómo pensar que mencionados peligros no sean reales e inminentes? 

Y si acepta que lo son, ¿con qué lógica permanecer un minuto más en el lugar
donde le alcancen, con efectos indecibles? 

De cierto, Dios pondrá a salvo a usted también al confesar usted fe en su Hijo,


determinar usted no seguir más en pecados y ser bautizado con el “lavamiento de la
regeneración” (Tito 3:5). 

Dios y Cristo quieren rescatarle, ofreciéndole por gracia el medio eficaz.

¿Lo acogerá con alegría y eterno agradecimiento?

Esperamos que sí, y me quedo aquí al frente para felicitarle y asistirle en su obediencia a
la “buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
 

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