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Varillon - Alegría de Creer Alegría de Vivir

El documento presenta una introducción sobre la fe cristiana y su importancia para dar sentido a la vida y al sufrimiento humano. Plantea que vivimos en una época de crisis donde falta un sentido común pero la fe cristiana ofrece una respuesta al dar significado incluso a lo que parece absurdo. Distingue entre la indiferencia hacia estas cuestiones existenciales y la duda sincera sobre la fe, siendo comprensivo con quien busca respuestas.

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Varillon - Alegría de Creer Alegría de Vivir

El documento presenta una introducción sobre la fe cristiana y su importancia para dar sentido a la vida y al sufrimiento humano. Plantea que vivimos en una época de crisis donde falta un sentido común pero la fe cristiana ofrece una respuesta al dar significado incluso a lo que parece absurdo. Distingue entre la indiferencia hacia estas cuestiones existenciales y la duda sincera sobre la fe, siendo comprensivo con quien busca respuestas.

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François Varillon

Alegría de creer, alegría de vivir


Ed. Mensajero, Bilbao, 1999

Índice
Introducción
LO ESENCIAL DE LA FE
Sentido y sinsentido
¿Tiene un sentido la vida?
Lo esencial de lo esencial
Cristo revela quién es el hombre y quién es Dios
Las características del amor
Morir y resucitar
Transformación
Tres Pascuas o pasos transformadores
Primera parte
CRISTO, VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE
El corazón de la enseñanza de Jesús: El Sermón del Monte
¿Qué se quiere decir cuando se afirma que “Cristo murió por nosotros”?
Presentación rudimentaria del misterio de la Redención.
Propuesta de reflexiones teológicas
¿Es un hecho histórico la resurrección de Cristo?
Cristo resucitó de entre los muertos y subió a los cielos...
La resurrección
La ascensión
Segunda parte
LA ACOGIDA DEL DON DE DIOS
La Virgen María
La Iglesia, visibilidad del don de Dios
Visibilidad del don de Dios
Triple origen de la Iglesia
Misterio de amor
Tercera parte
CRISTO VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE
REVELA QUIÉN ES DIOS Y QUIÉN ES EL HOMBRE
Introducción
Dios-Trinidad: la intimidad de un Dios que no es más que amor
Dios crea al hombre creador
La experiencia de un amor liberador, de un dinamismo de liberación
Eliminar tres palabras peligrosas
Posibles teorías sobre el misterio de la creación
El misterio del acto creador
El pecado original: todos los hombres son pecadores en la raíz de su ser
Propuesta de reflexiones teológicas
El dogma del pecado original es esencial para nuestra
verdadera relación con Dios
La resurrección de la carne o divinización del hombre y del universo
No inmortalidad del alma sino resurrección total del hombre
Valor del cuerpo. Ningún alma sin cuerpo, ningún cuerpo sin alma
En la soledad de la muerte, reencuentro con Cristo resucitado
Nuestro cuerpo actual no es plenamente cuerpo
Nota 1: El reverso de la divinización: el infierno
El infierno en la Biblia
Reflexión teológica
Nota 2: El purgatorio
Cuarta parte
ALGUNOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO
PARA LLEVAR A CABO LA TAREA HUMANA
Vivir es esperar
Las esperanzas humanas
Las esperanzas humanas pueden transformarse
en cristianas
Dios es el poder de nuestros poderes, la iniciativa
de nuestras iniciativas
El Evangelio, una llamada a la Fe y a la Libertad
Vivir el Evangelio en su integridad
Vivir el Evangelio es vivir de fe. Los cinco pasos de la fe
Vivir el Evangelio es elegir a Cristo como educador
de la libertad
Orar
¿Cómo orar?
El riesgo de una oración pagana
¿Por qué orar? Los fundamentos de la necesidad de orar
Combatir el mal y el sufrimiento
El escándalo del mal ...puede transformarse en un misterio de purificación ...
Conclusión
La Eucaristía recapitula todo
Unión a Cristo que se da como alimento
Signo eficaz de la tarea humana realizada
Acción de gracias
Sacramento de la comunidad humana por construir
Epílogo

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Introducción:
LO ESENCIAL DE LA FE

Sentido y sinsentido

Págs. 31-53
Una situación de crisis como la que atravesamos actualmente es bienhechora. Una crisis puede
ser mortal, pero también hay crisis de crecimiento.
Péguy distinguía, tanto en nuestras existencias individuales como en la historia de las
civilizaciones, periodos y épocas. Un periodo es un tiempo en el que no pasa gran cosa, los individuos y
las colectividades viven con tranquilidad, no tienen necesidad de tomar decisiones importantes. La
época es un tiempo en que sucede algo, porque la libertad, esencial para el hombre, es zarandeada por
problemas que quitan el sueño. Una época es un momento crucial de la historia en el que es preciso salir
a cualquier precio del adormecimiento. No son precisamente los adormecidos quienes entrarán en el
Reino de Dios.
Vivimos en una época, no hay duda. Hay importantes decisiones que tomar y no podemos
eludirlas. Decisión, una palabra que me escucharéis pronunciar muy a menudo. Valemos lo que valen
nuestras decisiones, pequeñas o grandes; por nuestras decisiones somos hombres.
Un tiempo de crisis como el nuestro debe ser a la vez de vigilancia (hay crisis mortales) y de
optimismo. Como sabemos, no insistiré en ello, la crisis presente no es sólo eclesial, es una crisis de
civilización en la que la Iglesia, como es normal, sufre de rebote.
Por decirlo en dos palabras, lo que caracteriza a la crisis de civilización presente, es que existe un
desequilibrio entre el dominio creciente del hombre sobre el conjunto de sus medios (técnicos,
económicos, políticos, etc.) y una ausencia cada vez más evidente de metas comunes. Existe
actualmente una gran inteligencia, un progreso creciente en el plano de los medios, y un absurdo en el
plano de los fines. Se ha llegado a la luna y, como decía André Malraux: si con ello conseguimos
suicidarnos más fácilmente, no hemos progresado. Se persigue el bienestar, pero ¿para qué?, ¿para
hacer (o para ser) qué?

¿Tiene un sentido la vida

El problema que se le plantea al hombre es el del sentido de la existencia. Paul Ricoeur escribió:
“Los hombres carecen de justicia y de amor pero más aún carecen de sentido”. ¿Qué significa esto en
definitiva?
El problema fundamental de la Filosofía es el siguiente: ¿por qué hay algo y no nada? En el
terreno práctico la cuestión sería, ¿por qué tiene que haber un desarrollo, un poder, un ser más? ¿a
dónde nos lleva esto? Es la cuestión del sentido y del sinsentido de la vida.
Sentido según la doble acepción del término: sentido como dirección, como se dice de un río o de
la dirección única de una calle, y sentido como significado, como se dice aplicado a una frase. ¿Cuál es
la dirección de nuestra existencia, a dónde vamos? ¿Qué sentido tiene, qué quiere decir esto?
Muchas cosas tienen sentido afortunadamente, la amistad, el amor, la cultura, el progreso
económico y social, el progreso de la justicia en el mundo. Todo esto tiene sentido.
Pero existe también el sinsentido. Esa muchacha de veinte años que veo en el hospital y me dice
que tiene un cáncer y va a morir dentro de unos meses, hermosa, llena de talento y con un porvenir
magnífico, me dice: “Me rebelo”. Lejos de escandalizarme, le respondo: “Yo me rebelo contigo”. Ella
se sorprende creyendo que iba a decirle que la rebelión es pecado. Ante el sinsentido, ante el absurdo, la

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rebelión es sana. Un padre de familia con cuatro hijos que muere de repente como consecuencia de un
frenazo en una carretera mojada. Un terremoto que reduce a la miseria a miles de paquistaníes. Es
absurdo, no tiene sentido.
¿Cómo evitar plantearse el problema de saber quién vencerá, el sentido o el sinsentido?
¿Vencerá el sinsentido? ¿Es la muerte el final de todo? ¿Es la muerte el tope contra el que choca lo que
tiene sentido y habrá que decir con Paul Valery que “Todo es enterrado y forma parte de una cadena” , la
cadena de la naturaleza, y nuestros cadáveres servirán de estiércol para las verduras de nuestros nietos?
En términos más filosóficos, ¿será nuestra libertad, esa magnífica libertad que nos permite
elevarnos sobre los seres de la naturaleza, vencida finalmente por la naturaleza? No creo que pueda
evitarse la cuestión del sentido, aunque se puede naturalmente no prestarle atención.
Estamos rodeados de gentes que se estancan en sentidos parciales de la existencia, en el amor,
la cultura, el progreso económico y político. Pascal diría: se distraen. Dicho de otro modo, viven de
manera superficial. Se puede no prestar atención a la cuestión fundamental, pero cuando se le hace caso
se plantea de manera insoslayable.
El Cristianismo se presenta como una respuesta a este interrogante que nos define como hombres.
Ser cristiano es creer en la respuesta que Dios da en Jesucristo a esta interrogación humana. La fe
cristiana nos convierte en adversarios del absurdo o del sinsentido, profetas del sentido o si lo preferís,
testigos del sentido. Ser cristiano es poder dar un sentido más profundo al que ya lo tiene (amistad,
amor, cultura, música, incluso la simple camaradería), y poder dar sentido a aquello que no lo tiene.
Yo le decía a la muchacha del hospital tras haberme rebelado con ella contra el sinsentido de su
muerte prematura: “¿Vamos a dejarlo así? ¿Crees que te es posible darle tú misma un sentido al
acontecimiento de la muerte que, en sí es absurdo y carece de sentido? ¿No constituye la grandeza de
nuestra libertad el que el sentido no esté en las cosas sino que le demos un sentido a lo que no lo tiene?”

Distinguir entre indiferencia y duda


Quisiera acentuar la distinción entre indiferencia y duda. Debemos ser comprensivos con los que
llamo “dubitativos” sinceros, es decir, aquellos que están “a la búsqueda”. No rechazan a Cristo;
simplemente no saben, dudan.
La indiferencia es otra cosa. Consiste en no querer saber en qué lugar se sitúa el más alto nivel de
existencia, intentan “distraerse” para eludir la cuestión del sentido de la vida, para ahogar la voz de la
conciencia que no puede ser oída si no se le presta un poco de atención. No juzguemos a nadie, pues no
podemos saber quién es totalmente indiferente. Digamos que si el indiferente total existe (sólo Dios lo
sabe), es un ser inhumano o deshumanizado.
Por lo que se refiere a la duda, hay que ser muy prudentes. Como dice Jean Lacroix, “si muchos de
nuestros contemporáneos mantienen con respecto a los dogmas una duda parcial o incluso total, es a
menudo porque en conciencia no pueden hacer otra cosa”. Todo acto humano, para ser humano, tiene
que estar justificado, incluso y sobre todo el acto de creer. Todos los teólogos han afirmado que es
normal la inteligencia de nuestra fe, que tratemos de comprender lo que creemos. Nuestra razón tiene su
parte, y una parte importante, en el acto de creer. No somos fideístas; el fideísmo es una actitud según la
cual la razón no participa en el acto de fe.
Como escribe también Jean Lacroix, “nada hay peor que una intelectualidad sin espiritualidad como
no sea una espiritualidad sin intelectualidad (no se trata de una intelectualidad superior reservada a seres
especialmente inteligentes, sino de la intelectualidad sencilla del que trata de fundamentar y justificar su
fe). Por reacción contra un intelectualismo agostado (que ha estado en la base de un cierto catecismo
durante muchos años), algunos preconizan hoy la vuelta a una fe pura que no buscaría ninguna
justificación... Se trata de olvidar (y esto es capital) los fideísmos que destruyen la fe de la misma
manera como los tradicionalismos destruyen la Tradición. Niegan todo diálogo, e inmediatamente
naufragan en la violencia y el desatino (o la necedad)”.
Quien, en el estado actual de sus certezas, pone verdaderamente toda su honradez en la reflexión
religiosa y no ve resueltamente el medio de creer, no sólo no debemos tirarle la piedra sino que

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debemos decir que tiene razón. Nadie debe afirmar lo que afirma la Iglesia si no estima en conciencia
que tiene el deber de afirmarlo.
Santo Tomás de Aquino no temía decir: “Creer en Cristo es en sí una buena cosa, pero es una falta
moral creer en Cristo si la razón estima que este acto es malo; cada uno debe obedecer a su conciencia
aunque sea errónea”. Naturalmente, ni qué decir tiene, pero conviene decirlo aquí, que el error no ha de
ser voluntario, ni siquiera indirectamente por negligencia.
Hablo de los que dudan porque quieren ser honrados con el coraje que supone la honradez. Son
quizás los testigos dolorosos de la mediocridad, mediocridad intelectual si no nos esforzamos por
purificar nuestras creencias de los aspectos míticos que acarrea inevitablemente la mediocridad moral
(cuántos, por ejemplo, confunden caridad con limosna, o amor con sentimiento y se vuelven incapaces
de comprender el verdadero sentido de las palabras de San Juan: “Dios es Amor”).
Los que dudan por honradez de conciencia se niegan a adherirse a las verdades de la fe hasta ver
claro, se niegan a contentarse con una fe ingenua y en cierto modo precrítica. Lo que importa es que no
pasen junto al Himalaya y digan que no han visto nada, porque no se puede negar que el gran
movimiento judeo-cristiano, desde Abraham, guarda riquezas considerables. Hay que pedirles que sean,
al menos, capaces de admirar pero, al mismo tiempo, hay que comprender que puedan muy bien
admirar sin estar convencidos y que sus reticencias no son, por otra parte, sospechosas.
Quien duda sinceramente no es el escéptico que hace de la desconfianza un principio, lo cual es
una enfermedad de la inteligencia. No es tampoco el que tiene miedo a comprometerse y que, a causa
de este miedo, se refugia en la duda teórica; aquí hay una enfermedad de la voluntad. ¿Dudáis porque
tenéis miedo a comprometeros? La fe no es sólo una opinión, es comprometerse. No se cree que Dios
existe como se cree que hay o no platillos voladores; pues si Dios existe es esencial comprometerse
con El desde lo más profundo del ser.
Es evidente que hay actualmente muchos enfermos de espíritu y muchos de voluntad. El mayor
mal es no estar atentos, no dejar surgir de uno mismo la pregunta fundamental sobre el sentido último
de la existencia humana o, lo que es lo mismo, no interrogarse acerca de lo esencial de la fe.

Lo esencial de lo esencial

Hay algo esencial. No lo digo yo sino el Concilio Vaticano II: “Hay un orden o jerarquía de
verdades de la doctrina católica por su diferente relación con los fundamentos de la fe cristiana” . Dicho
de otro modo, no se trata de ponerlo todo en un mismo plano. Podría daros una conferencia sobre los
ángeles pero os diré que la cuestión de los ángeles es mucho menos esencial que el misterio de la
Trinidad. Incluso los dogmas relativos a la Virgen María, mucho más importantes que los ángeles, son
sin embargo menos importantes que la Trinidad y la Encarnación. Y si la Virgen María es importante, es
en función de la Trinidad y de la Encarnación porque es madre de Jesucristo.
No diré que se haya de distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque pienso que cuando se han
comprendido las cosas, no hay nada accesorio. Lo que digo es que existe lo esencial y lo que es menos,
lo que está ligado a lo esencial de manera más o menos directa. Lo que se echa en falta hoy es la
capacidad de distinguir lo esencial de la fe, diría lo esencial de lo esencial.
Quisiera que los cristianos fueran capaces de responder en dos renglones a esta pregunta: ¿en qué
creen? Y de la misma manera quisiera que el incrédulo pudiera también responder en dos líneas a la
pregunta: ¿en qué no creen ustedes? ¿Qué se niegan a creer exactamente?
Nosotros creemos en la respuesta que da Dios a la pregunta insoslayable sobre el sentido de la
existencia. Esta respuesta está contenida en un adagio tradicional de la Iglesia de los primeros siglos; al
parecer, el primero en utilizarlo fue San Ireneo, obispo de Lyón, muerto hacia el año 200, y no dejó
nunca de ser repetido y comentado por los Padres de la Iglesia tanto en Oriente como en Occidente. Lo
cito en latín para que conserve su sello de autenticidad: “Deus homo factus est ut homo fieret Deus”, es
decir, “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios” o, si lo preferís “Dios se hizo hombre
para que el hombre se hiciese Dios”.
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¿Es esto lo esencial de vuestra fe? Si al escuchar esta breve frase pensáis que hay una
exageración, vuestra reacción indica que no habéis profundizado todavía en lo esencial de la fe. Ocurre
con frecuencia que uno se pregunta: ¿No fue acaso el pecado original querer ser Dios? Hay aquí un gran
equívoco: sí, el pecado original es pretender hacerse Dios con las propias fuerzas, pero no es pecado
original sino lo esencial de la fe aceptar el don absolutamente inaudito de nuestra divinización.
¿Habéis reflexionado bastante para comprender que, de no ser así, la Encarnación de Dios no
sería más que una visita de Dios a la tierra, como vemos en las mitologías paganas donde los dioses se
pasean por la tierra disfrazados? De no ser así, habría que decir que Dios tomó nuestras vestiduras para
estar con nosotros durante cierto tiempo y predicarnos una moral que se puede decir que es superior a
todas las morales; hecho lo cual, subió al cielo desde donde vigila nuestra manera de comportarnos aquí
abajo, a fin de premiarnos si practicamos las virtudes cristianas y castigamos si preferimos vivir en el
pecado. ¡Estamos en plena mitología!
No os sorprendáis si nuestros contemporáneos y en especial los jóvenes se niegan a aceptar esto.
Pues si esto es la fe, el deber de un hombre inteligente es salirse cuanto antes. No bromeo, lo que estoy
diciendo es muy doloroso y temo que haya todavía hombres y mujeres, sacerdotes y religiosas, que
están viviendo en plena mitología sin darse cuenta.
El adagio que os he propuesto como expresión de lo esencial de la fe es de lo más tradicional en
la Iglesia. Digamos de pasada que no hay que llamar tradicional a lo que algunos de nosotros
aprendieron a principios de siglo. Hay confusiones que conviene disipar enérgicamente. Muchos se
dicen actualmente tradicionales pensando en lo que se les enseñó cuando eran jóvenes. Pero hay que
saber que hace cincuenta años fuimos educados en una época en que la Iglesia estaba bastante lejos de
su propia Tradición, lo que no tiene nada de escandaloso, pues en la vida de la Iglesia ha habido
momentos de una bajada de tensión. Algo así como ocurre en la obra de un escritor en la que nos
sorprende encontrar en partes de su obra cosas que rozan la tontería. Sucede lo mismo con una partitura
de un gran músico, hay momentos en que da la impresión de olvidarse de su identidad por lo flojo que
aparece. En una gran obra esa bajada de tensión es normal, en general no dura y el genio se repone muy
rápidamente.
Lo mismo ocurre en la vida de la Iglesia; hay momentos en que estamos lejos de lo esencial de la
Tradición. Que los mayores de entre vosotros traten de acordarse: ¿Os hablaron de san Pablo cuando
erais jóvenes? No mucho, se tenía miedo a la libertad. Es un ejemplo entre mil. Tenemos pues que
prestar mucha atención para no confundir la Tradición de la Iglesia con lo que se nos ha enseñado que,
en la mayoría de los casos y de ahí la crisis actual, era relativamente ajeno a la verdadera Tradición de
la Iglesia (digo relativamente pues no hay que exagerar, una bajada de tensión no es un error).
Hay dos verdades que son rigurosamente correlativas, la encarnación de Dios y la divinización
del hombre. Es lo absolutamente tradicional, la base de la fe, lo permanente, lo inmutable, lo que
ningún contexto cultural nuevo puede modificar, lo que la Iglesia no pondrá jamás en tela de juicio
aunque tenga que cambiar su formulación. Nos lo han dicho siempre, pero en términos terriblemente
desgastados, como se dice del tejido que se puede ver a través de él.
GRACIA SANTIFICANTE: gracia quiere decir don y santificante quiere decir divinizante. Santo
es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento (Cf. Santo, Santo, Santo es el Señor...) Por consiguiente,
en términos estrictos, lo santificante es lo divinizante. Todos hemos aprendido que existe la gracia
santificante pero no se nos dijo que se trataba de nuestra divinización.
SALVACIÓN: ¿Hay palabra más utilizada que esta? Albert Mury, intelectual marxista, quien
durante una semana de Intelectuales católicos en París me ayudó a precisar mi propio pensamiento
sobre la salvación, me decía: “A mi modo de ver, esta palabra conlleva cuatro preguntas:
“¿Quién es salvado?”
“¿Quién salva?”,
“¿Salvado de qué?”
“¿Salvado para llegar a qué?”
He aquí la respuesta marxista: ¿Quién es salvado?, el hombre. ¿Quién salva?, el proletariado
organizado en partido. ¿Salvado de qué?, de la alienación (injusticias, explotaciones, etc.) ¿Para llegar a

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qué?, a la sociedad sin clases, a la ciudad armoniosa y fraterna. Tras ello, di la respuesta cristiana.
¿Quién es salvado?, el hombre. ¿Quien salva?, Jesucristo. ¿Salvado de qué?, de la finitud de la criatura
(somos seres finitos) reforzada por el pecado que es una alienación mucho más profunda. ¿Para llegar a
qué?, no a la sociedad sin clases sino a una vida eterna divinizada, que no excluye el objetivo humano
de una sociedad más justa y fraterna (digamos de paso que no seremos divinizados, que no iremos al
cielo -hablando como el viejo catecismo- si no trabajamos ya desde ahora cuanto podamos, por crear un
mundo más justo, mas fraterno, más profundamente humano). Se nos habló siempre de salvación pero
omitiendo esta precisión.
HIJO DE DIOS. Esta palabra no quiere decir solamente criatura sino que vive la misma vida que
Dios. Un padre no da solamente la vida a sus hijos sino que les da su propia vida. Cuando decimos que
somos hijos de Dios decimos que Dios nos da su propia Vida, es decir, que nos hace participar de su
divinidad, en resumen, que somos divinizados. Esto es muy serio, que el bautismo nos haga hijos de
Dios no es poco.
VIDA SOBRENATURAL: Haced una encuesta en vuestro medio social, en vuestras parroquias,
escuelas, colegios, ¿qué significa esta expresión? Para algunos, una aparición de la Virgen María en
Lourdes es un fenómeno sobrenatural. Otros dirán que lo sobrenatural es lo que la naturaleza no puede
explicar, un platillo volante es un fenómeno sobrenatural. ¿Cuántos cristianos saben hoy que esta
palabra significa estrictamente la vocación del hombre a compartir la vida misma de Dios, a ser
divinizado?
Aunque las palabras se gasten o se degraden, no perdamos de vista la realidad enseñada pues se
trata de lo esencial.

Cristo revela quién es el hombre y quién es Dios

El sentido último de la existencia humana es que estamos llamados a convertimos en Dios. Me


gustaría que se relanzase en la Iglesia la palabra divinización o deificación. También aquí habría que
hacer una encuesta, ¿sería aceptado el término? Es necesario precisar diciendo que no seremos
eternamente Dios como Dios es Dios, ni seremos infinitos, absolutos como Él, pero viviremos la misma
Vida de Él. De ahí la necesidad de saber en qué consiste esa Vida. De nada sirve repetir que vamos a
vivir eternamente la vida misma de Dios si no sabemos en qué consiste esa vida. Dios no puede
revelamos que nuestra vocación es convertirnos en lo que es El sin decirnos quién es Él, de otro modo
estaría burlándose de nosotros.

¿Qué es un misterio?
Hay que comprender bien lo que significa la palabra misterio. Cuando yo era pequeño me decían
que un misterio es lo que no se puede comprender. No era yo muy listo entonces. De haber tenido un
poco de inteligencia hubiera replicado: qué curioso, si Dios me habla es para que yo le entienda. Es
absurdo afirmar, por una parte, que Dios por amor me revela su vida y, por otra, que yo no pueda
entenderlo. Es como si yo le dijera a uno de vosotros: tengo una gran amistad y simpatía por ti, dame un
poco de tiempo y te contaré toda mi vida, qué amo, qué hago, cuáles son mis amistades, etc. Me diréis
que es muy amable por mi parte y que os doy una gran prueba de amistad. Pero si me pongo entonces a
hablaros en chino, pensaréis que estoy loco, pues por una parte me dispongo a haceros partícipes del
secreto de mi existencia y, por otra, os hablo en chino.
Es lo que sucede cuando se afirma que el misterio es lo que no se puede entender. Acabáis de
comprobar con este ejemplo lo que representó una cierta enseñanza cuando la Iglesia olvidó su propia
Tradición. San Agustín nunca definió el misterio como lo que no se puede comprender sino como lo que
no se termina de comprender, que es muy distinto. Un hombre casado, muy feliz en su hogar, viene y
me dice al cabo de veinte años de matrimonio: “Padre, mi mujer es todavía un misterio para mí”. Yo le
contesto: “Ello no quiere decir que ella sea un enigma, sino que veinte años de vida en común no te han
bastado para penetrar en lo más profundo de su ser. Tanto mejor, pues vas a descubrir en tu mujer

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arcanos insospechados”. De la misma manera yo puedo preguntaros a la salida de un concierto, ¿os ha
gustado esa fuga de Bach? Cuidado, me diréis, es muy profunda y hay que escucharla varias veces.
Entonces, quizás a la duodécima vez, puesto que Bach no es Dios, no habrá ya misterio, pero hace falta
tiempo.
Dios nos hace penetrar en su misterio. Pero no se trata de curiosidad intelectual ni de responder a
una pregunta filosófica, ¿quién es Dios? sino de saber cual es nuestra vocación, convertir-nos en lo que
es Él. Es preciso que sepamos quién es Él. En otros términos, el sentido de la vida es nuestra relación
con Dios hasta el extremo de que viviremos eternamente su vida. El Cristianismo es esencialmente la
verdad de una relación. Lo contrario de la verdad no es el error (dos y dos son cuatro, es una verdad;
dos y dos son cinco es un error) sino la mentira. Hay relaciones verdaderas y relaciones engañosas.
Decir a una mujer que se le ama y tener relaciones amorosas con ella pensando en otra, es una relación
engañosa, no verdadera.
El Cristianismo contiene los elementos necesarios para que nuestra relación con Dios sea verdadera.
Todo en el Cristianismo (dogma, moral, sacramentos...) está encaminado a garantizar o a autentificar
nuestra relación con Dios. Obviamente, para que nuestra relación con Dios sea verdadera, hay que saber
quién es el hombre y quién es Dios, hay que conocer la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios.
No se tiene una relación verdadera con alguien que no se conoce. Cristo, que se hizo hombre para que el
hombre se hiciera Dios, nos revela quién es el hombre y quién es Dios.

¿Quién es el hombre?
Si me preguntáis qué es el hombre os responderé que pertenece a la categoría de lo divinizable. Es
la respuesta más profunda que se pueda dar más allá de lo que puedan decirnos las ciencias humanas
por interesante que sea. Los estudiantes llenan las facultades de ciencias humanas, sicología, sociología,
sociosicología, sicoanálisis, etc. El tema es apasionante, pero no llegan hasta la profundidad última del
hombre, no nos informan sobre el misterio del hombre, porque el hombre es un misterio.
¿Por qué el hombre es divinizable? Sencillamente porque hay un hombre que es Dios, un hombre
plenamente hombre. El Evangelio y San Pablo nos repiten que Cristo es plenamente hombre, salvo en
lo que se refiere al pecado, añaden. Cristo es plenamente hombre precisamente porque no es pecador. Y
lo que nos impide a nosotros ser plenamente hombres es el hecho de ser pecadores.
Si un miembro del género humano, de la especie humana, es Dios, quiere decir que hay en
todos los hombres la capacidad de ser Dios. Si un hombre es Dios, todos pueden serlo. El misterio del
hombre, el sentido del hombre, la significación de la vida humana, es la aptitud esencial del hombre
para ser lo que es Dios. De no ser así, habría que decir que Cristo no es hombre sino un paréntesis en la
historia de la humanidad, un aerolito, un fenómeno caído del cielo. La Iglesia luchó durante siglos por
mantener, a todo precio y contra todos, la humanidad de Jesucristo. Cristo no es un paréntesis sino el
Hombre en su plenitud. Existe ciertamente el hombre según Sócrates, según Nehru, etc., pero nosotros
los cristianos creemos que sólo Cristo nos dice qué es el hombre verdadero. Sólo Cristo realiza a la
perfección la definición misma de hombre: Él es Hombre y es hombre Dios. Por eso nosotros seremos
plenamente hombres sólo cuando seamos divinizados.
Tropiezo con estas objeciones: no me interesa saber cómo seré divinizado, pido sencillamente ser
humanizado; no me dice nada llegar a ser Dios, sí llegar a ser auténticamente hombre. Hay que tratar de
comprender que, al mismo tiempo, Cristo nos humaniza y nos diviniza. No tenemos que escoger entre
llegar a ser plenamente hombres y llegar a ser Dios. Se nos quiso encerrar en un dilema: o el hombre o
Dios. Si yo tuviese que escoger entre el hombre y Dios de modo que uno de los dos tenga que ser
excluido, yo escogería el hombre. Lo cual sería conforme a mi dignidad: pues soy hombre y he de llegar
a serlo. No podría creer en un Dios que me obligase a hacer esta elección, pues este Dios no podría ser
más que un ídolo. Llegar a ser Dios no quiere decir dejar de ser hombres.
¿Qué diferencia hay entre Cristo y nosotros? Hay dos. Primera: lo que Él es, nosotros tenemos
todavía que serlo. El hecho de no ser como Él desde nuestra concepción sino tener que llegar a serlo -a
lo largo de nuestra vida- crea entre Él y nosotros una diferencia infinita que durará toda la eternidad.
Segunda: sólo por Él llegamos a serlo. El modelo de hombre que se trata de ser es Cristo, norma

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absoluta, tipo de humanización acabada. Sólo por Él llegamos a ser hombres.
Estas dos diferencias bastan para mantener entre Cristo y nosotros una distinción eterna
irreductible. Jesús es el único Hombre-Dios, pero todos los hombres son divinizables; nos convertimos
perfectamente en Él. Jesús nos lo revela por su existencia como hombre-Dios. Incluso antes de oír sus
palabras, si creo que hay un Hombre-Dios, creo que mi vocación es llegar a ser yo también divino,
llegar a ser Dios. Como dice G. Morel: “Llegamos a ser por participación lo que Dios es por
naturaleza”.

¿Quién es Dios?
Jesús nos revela quién es Dios: Dios es Amor. Lo sabemos, pero ¿1o tomamos en serio?
Evidentemente, si existe un hombre que es Dios, es porque Dios es Amor. De otro modo no se
comprende la Encarnación si Dios no es Amor. En efecto, la tendencia profunda, el dinamismo
profundo del amor conduce a convertirse en el ser amado, no sólo estar unido a él sino ser uno con él.
Este dinamismo existe también en el amor humano pero no es plenamente realizable.
Pienso que no hay alegría comparable con la de amar; no tiene punto de comparación con la alegría
del arte o de la investigación científica. La alegría de amar es única pero no está exenta de sufrimientos.
Entrar en el amor es entrar en la alegría pero también entrar en el sufrimiento, no sólo porque existe
siempre el riesgo de la traición, del hábito, de una disminución progresiva del sentimiento recíproco,
sino porque de manera más profunda, el deseo íntimo del amor no puede realizarse aquí abajo; no se
trata solamente de que tú y yo estemos unidos, sino que tú y yo no seamos más que uno, sólo uno.
Es lo que Dios realiza en la Encarnación: se hace uno conmigo; en Jesucristo, Dios no está
solamente unido al hombre sino que es uno con él. El amor se ha realizado plenamente. Pues cuando la
Iglesia me dice que Cristo es a la vez Dios y Hombre, una sola persona, yo sé ya que Dios es amor.
Toda la Biblia lo desarrolla.

Del poder al amor


La historia de la Revelación es la conversión progresiva de un Dios considerado como poder
en un Dios adorado como amor. En esta perspectiva tenemos que releer toda la Biblia y estudiar la
historia de las religiones. Es normal que el hombre considere a Dios primero como el Todopoderoso.
Pongámonos en el lugar de los primitivos que se dan cuenta de que han sido arrojados a un mundo
peligroso, que su existencia es frágil, precaria, que están sometidos a los peligros de las fieras,
tempestades, inundaciones, epidemias.., y buscan espontáneamente un poder que los proteja. Los
paganos sacralizaron todo lo que tiene aspecto de poder: el rayo, el sol, los árboles, la luna, etc.
Pero la idea de poder es muy ambigua; un poder puede hacer mucho bien pero también mucho mal,
hay poderes que aplastan, que dominan, que nos anulan. Hitler y Stalin fueron en un tiempo muy
poderosos. ¿Vamos a entregarnos atados de pies y manos a este tipo de poder? Los paganos ante este
poder ambiguo tratan de que les sea propicio, de ganárselo, ofreciéndole sacrificios y oraciones.
Poco a poco, en toda la historia del Antiguo Testamento, ha habido una conversión de un Dios-
poder en un Dios-amor. En el centro de esta evolución los profetas revelan que Dios es voluntad de
justicia: tratáis, dicen ellos, de ganaros al todo-poder y de que os sea favorable y para ello quemáis
incienso, ofrecéis bueyes, machos cabríos, multiplicáis fiestas y ceremonias, celebráis las lunas nuevas;
convenceos de que no tenéis más que un medio para que el todo-poder os sea propicio y es practicar la
justicia entre vosotros, pues Dios es voluntad de justicia. Es la gran etapa de los profetas en pleno
corazón del Antiguo Testamento.
Finalmente Jesús revela que Dios es amor. La historia de la conversión progresiva de un Dios que
es simplemente todo-poder en un Dios que es Amor, ¿no es en el fondo la historia de cada uno de
nosotros? ¿No tenemos que convertirnos, constantemente, a un Dios que no es más que Amor? Pero
decir que Dios es Amor, equivale a decir que Dios no es otra cosa que Amor.

Dios no es más que Amor


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Todo está en el “NO ES MÁS QUE”. Os invito a pasar por el fuego de la negación, pues sólo más
allá encontraremos la verdad. ¿Es Dios Todopoderoso? No, Dios no es más que amor, no me digáis que
es Todopoderoso. ¿Es Dios Infinito? No, Dios no es sino Amor, no me habléis de otra cosa. ¿Es Dios
Sabio? No. Es lo que llamo la travesía del fuego de la negación que es absolutamente necesaria. A todas
las preguntas que me hagáis responderé, no y no. Dios no es otra cosa que Amor.
Decir que Dios es Todopoderoso es poner como telón de fondo un poder que se puede ejercer a
través de la dominación, de la destrucción. Hay seres que son poderosos para destruir (preguntádselo si
no a Hitler que aniquiló seis millones de judíos). Muchos cristianos ponen la omnipotencia como fondo
y después añaden, pero Dios es amor, Dios nos ama. Es falso. La omnipotencia de Dios es la
omnipotencia del amor, es el amor quien es todopoderoso. Decimos a veces, Dios lo puede todo. No,
Dios no lo puede todo, Dios no puede sino lo que puede el Amor. Cada vez que salimos de la esfera del
amor nos equivocamos sobre Dios y fabricamos una especie de Júpiter. Espero que veáis la diferencia
entre un todopoderoso que nos ama y un amor todopoderoso. Un amor todopoderoso no sólo no es
capaz de destruir nada sino que es capaz de llegar hasta la muerte. Yo amo a un cierto número de
personas pero sé muy bien que no soy capaz de darlo todo por ellos, es decir, morir por ellos.
En Dios no hay otro poder que el poder del amor y Jesús nos dice (es Él quien nos revela quién es
Dios): “No hay mayor amor que morir por aquellos a quienes se ama” (Juan 15,13). Aceptando morir
por nosotros nos revela la omnipotencia del amor. Cuando Jesús es apresado por los soldados en el
Monte de los Olivos, dice Él mismo que hubiera podido llamar a legiones de ángeles para liberarlo de
las manos de los soldados. Se guardó de hacerlo pues, de otro modo, nos habría revelado un falso Dios,
uno todopoderoso, en lugar de revelarnos el verdadero, el que va a morir por los que ama. La muerte de
Cristo nos revela que la omnipotencia de Dios no es un poder de aplastamiento, de dominación, no es
un poder arbitrario que nos llevaría a decir: ¿que está tramando allá arriba en su eternidad? No, no es
más que amor, pero ese amor es todopoderoso.
Yo acepto los atributos de Dios (poder, sabiduría, belleza...) sólo como los atributos del amor. De
ahí la fórmula que os propongo, el amor no es un atributo de Dios entre otros, sino que los atributos de
Dios son los atributos del amor.

El amor es todopoderoso, sabio, hermoso, infinito.

¿Qué es un amor todopoderoso? Es un amor que va hasta el final del amor. La omnipotencia del
amor es la muerte, ir hasta el final del amor es morir por los que se ama, y es también perdonarlos.
Si hay alguien entre vosotros que haya pasado por la dolorosa experiencia de una desavenencia familiar
o con un amigo, sabe hasta qué punto es difícil perdonar de verdad. Hace falta que el amor sea muy
fuerte para perdonar, lo que se llama perdonar de verdad. Hace falta el poder de amar.
¿Qué es un amor infinito? Es un amor sin límites. Tenemos límites en nuestro amor humano pero
el amor de Dios es infinito y por tanto capaz de convertirse en hombre sin dejar de ser Dios.
Él realiza lo que nosotros no podemos realizar ni siquiera en los hogares más profundamente
unidos. Por eso os decía que es imposible entrar en el amor sin entrar en el sufrimiento, si de verdad se
ama y se realiza lo que representa amar, es decir convertirse uno en el otro. El infinito de Dios no es un
infinito en el espacio, un océano sin fondo ni orillas, es un amor que no tiene límites.

Las características del amor

No hay que ser sentimental, hay que combatir tanto el sentimentalismo como el racionalismo. Uno
de los beneficios del canto gregoriano, del que soy devoto, es que me ha apartado a un tiempo del
racionalismo seco y del sentimentalismo bobo. Repetir machaconamente la palabra amar termina por
ser un poco simple.

Amor = acogida y don


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Lo miremos como lo miremos, el amor es don y acogida. El beso es un hermoso símbolo del amor,
es signo a la vez de don y de acogida. Un beso se da solamente si es acogido. Los labios de mármol de
una estatua no acogen, no reciben un beso; tienen que ser labios vivos que acogen y dan al mismo
tiempo. El beso es un gesto admirable, y precisamente por eso no hay que prostituirlo sino reservarlo
como signo de algo muy profundo. El beso es el intercambio de alientos, de soplos, es decir de nuestras
profundidades: yo soplo en ti (te doy mi aliento), yo me expiro en ti y te aspiro en mí de tal forma que
yo estoy en ti y tú estás en mí. Es decir, yo me descentro a fin de no ser más yo mismo mi propio
centro, sino que en adelante mi centro seas tú. Te amo, eres mi centro, yo vivo por ti y para ti. Lo
mismo ocurre contigo de forma que tú también vives para mí y por mí y los dos vivimos el uno por el
otro. Amar es vivir para el otro (es el don, la entrega) y vivir por el otro (es la acogida). Es renunciar a
vivir en sí, para sí y por sí.
En esto consiste el misterio de la Trinidad. Si el amor es don y acogida, tiene que haber varias
personas en Dios. No se da uno a sí mismo ni se acoge uno a sí mismo. La vida de Dioses esta vida de
acogida y de entrega. El Padre no es sino movimiento hacia el Hijo. No existe más que por el Hijo.
Esposas, son los hijos los que os hacen madres, sin ellos no seríais madres. El Padre es paternidad y
sólo existe por y para el Hijo. El Hijo no es sino Hijo y no existe si no para y por el Padre. Y el Espíritu
Santo es el beso entre ambos.
Puesto que la vida de Dios es acogida y entrega, y puesto que yo debo llegar a ser Dios, no debo
querer ser un hombre solitario. Si soy un hombre solitario no me parezco a Dios, y si no me parezco a
Dios no podré compartir su vida eternamente. Esto es lo que se llama pecado, no parecerse a Dios, no
tender a llegar a ser lo que es Él, don y acogida.
Si Dios no es más que amor, es pobre, dependiente, humilde. A primera vista parece imposible y sin
embargo hay una frase fundamental de Cristo que hay que tomar muy en serio. Cuando veo a Jesús
arrodillado a los pies de los apóstoles, lavándoles los pies, en ese preciso momento le oigo que me dice:
“Quien me ve, ve al Padre”, es decir, “Quien me ve, ve a Dios” (Juan 14, 9). Esta afirmación es muy
fuerte y sentiremos quizás que nuestra razón titubea y vacila. Dios no se nos revela como el Ser Infinito.
El Dios en quien creemos no es el de los filósofos, de Aristóteles o de Platón, sino el Dios revelado por
Jesucristo. Profundicemos en esta meditación partiendo de nuestra experiencia humana, pues si no
tenemos experiencia del amor, no sabremos qué decimos cuando afirmamos que Dios no es otra cosa
que amor.

Pobreza de Dios
En mi experiencia de hombre veo que no hay amor sin pobreza. Tratemos de imaginar una mirada
de amor en la cual sólo hubiera amor. Es muy difícil, pues en toda mirada humana hay siempre algo
más. Incluso en la mirada más amorosa hay siempre una mirada hacia sí mismo. Soy pecador y ello
quiere decir que cuando te digo que te amo, debería añadir, si fuera sincero, que hay alguien a quien
prefiero a ti y ese alguien soy yo. He ahí el pecado, cualquiera que sea la forma que revista. El pecado
original es mi incapacidad de amar puramente, lo que hace que el otro no lo sea todo para mí (en
sentido estricto) y que yo no sea puro dinamismo hacia el otro (puro en sentido estricto), como en la
Trinidad el Padre es puro dinamismo hacia el Hijo y el Hijo hacia el Padre, y el Espíritu Santo es la
reciprocidad, la fuerza del amor, el dinamismo.
Existe un medio de imaginar una mirada de amor donde no haya más que amor pues pienso que,
en la experiencia del amor humano (ya se trate del amor conyugal, de la simpatía fraternal, del amor
paternal o maternal, de la caridad y de la dedicación a los otros, etc.), hay suficiente amor aunque esté
mezclado con el egoísmo, para que podamos comprender qué es el amor vivido en Dios, en toda pureza,
y en toda plenitud.
Cuando un hombre mira a su mujer con esa mirada de amor en la que no hay más que amor ¿qué
puede decirle que traduzca esta mirada? No encuentro más que una frase: “Lo eres todo para mí, eres
toda mi alegría”. Es una expresión de pobreza: si tú eres todo, yo soy nada. Fuera de ti soy pobre. Mi
riqueza no está en mí sino en ti. Mi riqueza eres tú y yo soy pobre.
Si es cierto en el amor humano, lo es más cuando se trata de Dios. Dios es la Pobreza Absoluta,

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en Él no hay indicios de tener, de posesión. Eternamente el Padre le dice al Hijo, tú eres todo para mí, y
el Hijo responde al Padre: tú eres todo para mí. Y el Espíritu Santo es el dinamismo mismo de esta
pobreza. Dios es el más pobre de todos los seres. Si vuestra razón vacila ante esta perspectiva, decid
entonces, Dios es rico, pero añadid inmediatamente: rico en amor y no en poseer. Así pues, ser rico en
amor y ser pobre es la misma cosa. Dios es un infinito de pobreza. La propiedad, el poseer, es lo
contrario de Dios.
Cierto que, en la complejidad de lo humano, es necesaria cierta propiedad; quien no tiene nada es
un mendigo. Lo malo es que si no tiene nada le costará mucho ser, lo cual quiere decir que aquí abajo
ser sin poseer es imposible. Por ello la Iglesia reconoce el derecho a la propiedad; para que el ser
humano sea hace falta un cierto poseer. Pero no en Dios, de ninguna manera, Y no entraremos en Dios
más que cuando nos hayamos despojado de todo lo que tenemos. La pobreza material de Belén y de
Nazaret no es más que el signo de una pobreza mucho más profunda, pobreza inmensa de Dios, infinita,
absoluta, sin la cual no podemos decir que Dios es amor. Estamos muy lejos de ciertas imágenes de
Dios. Seamos serios, esto es el centro de nuestra fe, y no es broma. Hay ateos que no son serios pero
también hay cristianos que no lo son. Si uno quiere situarse donde debe, hay que confrontar al cristiano
serio con el ateo serio. Y el cristiano serio es quien afirma la pobreza de Dios.

Dependencia de Dios
Tratemos de imaginar la mirada de amor de una mujer a su marido, donde no haya más que amor, y
procedamos por el absurdo. ¿Puede esta mujer decir a su marido, te quiero, pero quede bien claro que si
tu profesión te obliga a ir a Madagascar, yo me quedo en Francia? Dicho de otro modo, al mismo
tiempo que te expreso mi amor, afirmo mi independencia con respecto a ti. Obviamente una actitud tal
es imposible, impensable. Amar es querer depender, te amo y te seguiré hasta el fin del mundo, quiero
depender de ti. Por otra parte, en toda comunidad humana está implícito decir: quiero depender de
vosotros. ¿Por qué tantas comunidades en nuestros días nacen y mueren tan deprisa? Porque no hay esta
afirmación de dependencia recíproca. Si en el amor humano amar es querer depender, con mayor razón
es cierto cuando se trata de Dios en quien el amor es vivido en toda plenitud. Si Dios no es más que
amor, Él es el más dependiente de los seres, es un infinito de dependencia. El padre del pródigo
depende de su hijo, si su hijo no regresa llorará, si regresa vivirá en la alegría.
Prestemos atención a una ambigüedad que hay que desterrar, pues hay dos tipos de dependencia,
¿es el bebé el que depende de su madre o la madre quien depende del bebé? En el plano del ser y de la
vida es el bebé quien depende de su madre, pero en el plano del amor ¿no es la madre la que depende
del niño? La dependencia del niño con respecto a la madre es ajena al amor, a la libertad. Naturalmente
si la madre no está allí para darle el pecho tendrá hambre, pero en el amor es la madre la que depende
de su hijo y le dice: eres mi alegría. Y si el niño respira mal, si está enfermo, si el médico se inquieta, la
madre no vive, hasta tal punto depende de su hijo. Dios es el más dependiente de los seres, dependencia
en el amor no en el Ser.

Humildad de Dios
Dios es el más humilde de los seres. No sólo Jesús a quien decimos, “Jesús, manso y humilde de
corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”, sino Dios en su profundidad. Pero el que Dios sea humilde
no quiere decir que sea deficiente o débil. Somos nosotros quienes somos humildes reconociendo que
somos unos pobres hombres. La humildad de Dios no tiene nada que ver con esto sino con el hecho de
que el amor no puede mirar de arriba abajo...
Partamos de la experiencia del amor humano. ¿Creéis que es posible que un hombre, en el acto
mismo de amar, le diga a su mujer, “te quiero, pero no olvides que soy profesor de Filosofía y Ciencias,
soy superior a ti que no eres más que una modistilla con un simple certificado de estudiosos?” ¿Creéis
que es amor una mirada que domina, que mira de arriba abajo? De ningún modo.
Cuando Jesús lava los pies a los apóstoles los mira de abajo arriba y en ese momento nos dice que
es Dios. Buscamos a Dios en la luna y nos está lavando los pies. El lavatorio de pies es una lección de
amor fraterno pero, más profundamente, es una revelación del ser de Dios. Dios no puede sino situarse
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abajo, si no lo hiciese no podríamos decir que Dios es amor. La humildad de Dios es la profundidad de
Dios.
Me diréis que Dios es más grande que nosotros. Ciertamente más grande en amor, puesto que no es
más que amor. En humildad Dios es más grande que nosotros, nunca seremos tan humildes como El. El
Dios en quien creemos es infinitamente humilde, dicho de otro modo, despojado de todo prestigio. El
prestigio es siempre accesorio. Hay en nosotros cierta necesidad de prestigio, de apariencia, que no
existe en Dios. Dios es la plenitud de la humildad.
Al escuchar a esos jóvenes que les suenan mal las palabras de la liturgia: “Tuyo es el reino, el poder
y la gloria”, los comprendo muy bien. No digo que haya que suprimir estas palabras, pues son
tradicionales y tienen su significado, pero hay que comprender que el fondo de la gloria es una
humildad sin la que el amor no es amor. E1 amor que no es más que amor no mira desde arriba nunca.
No hay mirada de amor que sea una mirada de arriba a abajo. Inclinarse sobre el pueblo, no es amar al
pueblo. Inclinarse sobre un niño, no es amar a un niño. Dios no se inclina.
Lo que hay en el corazón de Dios es un poder de anonadamiento de sí. En vuestra opinión, ¿hace
falta más poder para ponerse por delante o para anonadarse? Mi propia experiencia es que hace falta
mucho más poder para anonadarse. Por consiguiente, si Dios es todopoderoso y si yo no puedo entender
este poder más que partiendo de mi experiencia, concluyo que Dios es un Poder Infinito de
anonadamiento de sí.
Ved en qué se transforma entonces la adoración. Os dejo con esta imagen, pensad en una jovencita
sencilla, una campesina de quince años. Imaginad a un Don Juan que la ve, la encuentra bella y quiere
seducirla. Se entera de que ella se llama María y vive en Nazaret. Cuanto más se le acerca, constata más
que emana de ella una majestad tal que todos los planes de seducción se le vienen abajo. Esta es una
majestad ante la que uno no puede hacer menos que inclinarse y el seductor cae de rodillas ante la
humildad majestuosa de esta jovencita. Para saber quién es Dios lo aplico en el mismo sentido y,
entonces, me encuentro con Dios. Estamos muy lejos de Júpiter, del paternalismo y del triunfalismo. Es
este el Dios que nos revela Jesucristo.

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Morir y resucitar
Págs. 55-68

Si no nos contentamos con lo que acabamos de decir, tropezamos inevitablemente con una objeción
tremenda: ser divinizado es imposible pues Dios es precisamente lo que no puede transformarse, y Dios
no puede lo imposible. Es un error creer que Dios puede cualquier cosa; Dios no puede hacer que dos y
dos hagan cinco o seis; no es posible. Cuando decimos que Dios es trascendente, decimos precisamente
que es Totalmente-Otro, absolutamente otro y que entre Él y nosotros, hay un abismo infranqueable. En
consecuencia, atreverse a afirmar que el sentido de la existencia humana es ser divinizada, es decir algo
que no parece posible.

Transformación

Os propongo cambiar la frase: “Nuestra vocación es ser divinizados” por la siguiente, “nuestra
vocación es ser divinamente transformados”. No se convierte uno en Dios deslizándose
tranquilamente sobre un plano inclinado, no se desemboca, sin más en la vida misma de Dios, se
necesita una transformación radical. La entiendo en el sentido más estricto: “radix” significa raíz. Para
llegar a ser lo que es Dios, es preciso que el hombre sea transformado radicalmente.
Así como la expresión clave hasta ahora ha sido “NO ES MÁS QUE” la expresión clave en
adelante será “TRANS”. Encontramos este prefijo en trans-formación, trans-figuración, trans-porte,
trans-siberiano, trans-atlántico. Cuantas veces interviene el prefijo “TRANS” hay muerte de alguna
cosa y nacimiento de otra.
El viajero que va de París a Pau muere a la vida parisiense, para nacer a la de Pau. No hay
“TRANS” sin muerte de algo y nacimiento de algo nuevo. Por ello, si nuestra vocación es la de ser
divinizados, inevitablemente nuestro destino toma la forma de muerte y resurrección. Es importante
definir estos dos términos. Cuando hablo de muerte, no se trata de nuestra muerte final, de la muerte
como final de nuestra vida, se trata de la muerte a lo largo de nuestra vida, la muerte de sí mismo, la
muerte del egoísmo, lo que llamamos sacrificio. Todos sabemos que traer al mundo a un hijo impone
sacrificios. Cuando hablo de resurrección, no se trata de volver a la vida de antes de morir, Resucitar es
pasar a una vida completamente diferente.
Quiero mostraros que el paso o la transformación a la vida divina, a la vida misma de Dios, se
opera no sólo después de la muerte sino a lo largo de la vida e implica siempre un nuevo nacimiento o
una resurrección. Tomemos ejemplos de la vida ordinaria. Se trata de comprender que un crecimiento
no es un agrandamiento sino una transformación.
El agrandamiento sólo existe en el reino mineral. Cuando pasamos a un organismo vivo, hay
transformación. Tomaré tres ejemplos elementales, muy elocuentes a mi modo de ver.

La niña que se hace mujer


La mujer no es una niña grande; si así fuese, sería un monstruo. La niña se convierte en mujer sólo
transformándose, es decir, muriendo a su estado de niña para nacer a su estado de mujer adulta. Esto es
muy importante. Si preguntamos a una niña qué le haría más feliz, responderá espontáneamente:
quisiera ser tan alta y tan mayor como mamá. Pero no piensa ni un segundo que para ello tendrá que
renunciar a sus muñecas, a su vida sin preocupaciones, para pasar a algo totalmente nuevo que le
acarreará sufrimientos. No sabe que para convertirse en persona mayor tiene que morir a su estado de
infancia para nacer al estado adulto. Esta observación parece anodina pero en realidad va muy lejos ya
que hay aquí un aspecto que en el mundo moderno se llama mito. Uno de los aspectos esenciales del
mito es que el hombre tiende a proyectar hacia el futuro el presente tal como es, sin transformación.
En este sentido podemos decir que hay algo de mito en la forma de expresarse la Biblia. En efecto,
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la Biblia nos representa la vida eterna como un reposo que tendemos a asimilar al reposo en la vida
terrestre cuando estamos cansados. Cuando dejamos vagar nuestra imaginación, sin corregirla con la
reflexión, nos representamos esta vida eterna como una especie de “far niente” eterno. La liturgia, me
diréis, contribuye a ello pues en el oficio de difuntos decimos: “dales Señor el descanso eterno”. Lo
que ocurre es que la liturgia supone que somos inteligentes, elemental. Se nos presenta también la vida
eterna como un festín, un banquete, porque en la vida presente una comida en común es el signo de
fraternidad, de paz y de alegría. Al hablarnos de banquete eterno se nos hace proyectar hacia el futuro el
presente tal como es. Esto es mítico, y hay que reconocer que tanto la Biblia como el mismo Evangelio
y la liturgia contienen aspectos míticos que hay que criticar seriamente. No os escandalicéis si os digo
que la expresión bíblica debe ser criticada. La Palabra de Dios es una palabra humana, Jesús hablaba a
hombres de su tiempo y, para que le comprendiesen, utilizaba viejos mitos que les eran familiares. Es
propio de la teología criticar, en el buen sentido de la palabra, es decir hacer crítica, reflexionar,
comprender lo que hay detrás del mito, de manera que nuestra imaginación no ceda a la tentación
infantil de proyectar hacia el futuro el presente sin transformarlo.
Tendemos a imaginar la felicidad del cielo como un agrandamiento de lo que llamamos aquí
abajo felicidad (descanso, banquete, etc.), cuando en realidad la dicha del cielo es la dicha misma de
Dios. Ser divinizados, ir al cielo como dice el catecismo, no es escalar una montaña o ir a un sitio
determinado, es participar en la vida divina. Y puesto que Dios no es más que amor, la vida eterna
consiste únicamente en amar. Esta es la dicha del cielo.

Gusano que se convierte en mariposa


La mariposa no es un gusano grande, ya que el crecimiento no es nunca agrandamiento. Si el
gusano tuviese una conciencia y yo pudiese hablarle, como en un cuento de hadas, le preguntaría cuál es
su ideal. Me contestaría, sin duda de manera mítica, que le gustaría ser el gusano más grande del
bosque, el rey, el emperador de los gusanos, que reinase sobre todos los gusanos del bosque. A esto se le
llama voluntad de poder que no es sino la ampliación de lo que se es sin transformación. El gusano no
sabe que para volverse en lo que tiene que ser tiene que despojarse de su cuerpo de gusano y adquirir un
nuevo cuerpo, pues en realidad sólo existe para convertirse en mariposa, tal es su vocación. Cuando se
convierta en mariposa será lo que tiene que ser.

Grano de trigo que se convierte en espiga


Es inútil detenernos en ejemplos elementales, siendo así que Jesucristo escogió él mismo en el
Evangelio un ejemplo muy elocuente, en el capítulo 12 del evangelio de san Juan: la historia del grano
de trigo. Jesús no desarrolla esta historia, pero es fácil hacerlo. Si alguien de entre vosotros tuviera
talento literario, le aconsejaría de buena gana que escribiese la historia del grano de trigo. Un escritor
danés, Joergensen, autor de una Vida de san Francisco de Asís, ha escrito una admirable parábola sobre
la historia del grano de trigo.
El grano de trigo está muy feliz en su granero, sin goteras, ni humedad, rodeado de compañeros
amables, sin disputas, perfecto. Esta sería la dicha del hombre honrado con desahogo financiero, éxito
en los negocios, buena salud, etc. No debemos ciertamente despreciar la felicidad humana, pero sin
perder de vista que se trata de una pequeña dicha comparada con lo que debemos ser por toda una
eternidad.
Imagino que este grano de trigo es muy piadoso, da gracias a Dios: Señor, te doy gracias por lo que
me das, esta felicidad que hace que yo sea tan feliz en mi granero, y deseo que dure para siempre. Tiene
razón para darle gracias a Dios. Solamente que... ¡cuidado! este grano de trigo se dirige a un Dios que
no existe, pues un Dios que no fuera más que el autor y el garante de la pequeña felicidad de un grano
de trigo en un granero, aun siendo legitima esa felicidad, un Dios así no existe, es un ídolo. Es éste
precisamente el Dios negado por muchos ateos contemporáneos nuestros. ¿Podemos decirles que están
equivocados? Y si el grano de trigo se obstina en entonar cánticos, tomaré mi pluma y escribiré un
tratado para hablar de la ilusión de los creyentes.
Un día cargan el trigo en una carreta y lo llevan al campo, más hermoso aún y más agradable que
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el granero. Una vez más el grano da gracias a Dios y tiene razón en hacerlo. La tierra ha sido labrada
hace poco. Se echa el trigo en la tierra, un pequeño escalofrío, está fresca; poco importa, es agradable,
es una sensación nueva. Pero he aquí que se hunde el grano en la tierra, ya no ve ni oye nada, la
humedad le penetra hasta lo más profundo. El grano de trigo, que por la muerte inevitable se está trans-
formando en lo que debe ser, es decir en una hermosa espiga, echa de menos el granero en donde era
muy dichoso pero dichoso de una pequeña felicidad humana. En aquel momento dice lo que tantos
millones de hombres: ¡si Dios existiera estas cosas no ocurrirían! Es una lástima porque se trata aquí del
verdadero Dios, el Dios que lo transforma para convertirlo de grano en espiga, lo que sólo es posible
mediante la muerte. El único Dios que existe es aquél que nos hace crecer y pasar de una condición
simplemente humana a la condición de hombre divinizado.
Esta es nuestra historia, nuestra condición humana. No hay crecimiento sin transformación, ni
transformación sin muerte y nuevo nacimiento. Dicho lo cual, diré que hay en la historia de la
humanidad tres tipos de muerte y de nacimiento, tres tipos de transformación, tres tipos de pascua.
La palabra Pascua o Pascuas viene del hebreo “paso”, “tránsito”: pésah en hebreo, pascha en
griego, pasqua en latín, pascua en castellano.
En nuestra vida hay dos tránsitos.
El primero es nuestro nacimiento humano, pasamos de la nada a la existencia humana, inteligente
y libre. Pero este primer paso es sólo previo a un segundo. Este segundo paso es el de una existencia
humana a la existencia humano-divina. Este paso es inconmensurable comparado con el primero. Es
enorme pasar de la nada a la existencia, pero lo es mucho más pasar de la existencia humana a la
existencia humano-divina. El primer paso se hace sin nuestro consentimiento, pues no se nos pide
permiso para traernos al mundo, pero el segundo tránsito no se hace sin nosotros, se realiza a lo largo de
nuestra vida. Este segundo paso es la Pascua. Hay tres en la historia de la humanidad,

Tres Pascuas o pasos transformadores

La Pascua de los Hebreos


Está reflejada en el libro del Éxodo. Los hebreos eran en Egipto una minoría oprimida. Ya
sabemos qué son las minorías tan a menudo explotadas. Los hebreos tenían que transportar paja y tejas
para construcción de casas, siendo su salario unas pocas cebollas. Un día el Faraón decidió aumentar la
producción sin aumentar el salario. Moisés se dirigió entonces a Dios y le dijo: “Esto es intolerable, tu
pueblo es un pueblo de esclavos”, a lo que Dios le respondió: “Tienes razón, no me es posible dialogar
con un pueblo de esclavos, quiero que mis hijos sean hombres libres. Lo que define al hombre es la
libertad. Los vas a hacer pasar (pasaje, pascua) del Egipto de la esclavitud a la Palestina de la libertad.
Palestina es la tierra que he prometido a tus antepasados, la tierra donde eran hombres libres.
Entre el Egipto de la esclavitud, es decir la situación de un grano de trigo en el granero, y la
Palestina de la libertad hay un desierto inmenso, el Sinaí. Son necesarios cuarenta años para atravesarlo,
cifra evidentemente simbólica para indicar un lapso de tiempo muy largo. Cuanto más se adentran en el
desierto, más se parecen al grano de trigo que se ha hundido en la tierra y más echan de menos el
tiempo en que eran esclavos en Egipto, pues allí al menos tenían su salario, su pequeña porción de
cebollas, mientras que en pleno desierto no hay nada que comer. Comienzan a sublevarse y Moisés
tiene que calmarlos con el milagro de las codornices, el del maná, el del agua que brotó de la roca. Pero
cuanto más avanzan, más calcinado está el suelo y quieren volverse atrás. Un pueblo que era esclavo,
que marcha hacia la libertad, y quiere volver a la esclavitud. En Los hermanos Karamazov, Dostoievski
pone en boca del gran Inquisidor: “Si se deja a un pueblo que elija entre felicidad y libertad, ¡ay!, es
capaz de escoger la felicidades, la pequeña felicidad del grano de trigo en el granero. Ahí está la
desgracia, preferir la felicidad simplemente a la dicha de ser un hombre libre.
Finalmente Moisés consigue que el pueblo le siga y llegue a la tierra prometida, la patria de la
libertad. Imposible evitar el desierto. Los hebreos creen que van hacia la muerte cuando en realidad van
hacia la verdadera vida, como el grano de trigo hundido en la tierra que cree que muere cuando en

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realidad se encamina hacia la bella espiga que pronto se mecerá con el viento. No hay transformación
sin pasar por una muerte, por el sacrificio de un cierto estilo de felicidad, digámoslo claramente, de
felicidad egoísta. Hay que renunciar al propio egoísmo para conocer la verdadera dicha, la dicha misma
de Dios a la que estamos llamados para la eternidad. Hay que pasar por la muerte para. alcanzar la gran
libertad divina. Uno no puede, sin ser transfigurado, convertirse en hombre libre con la libertad misma
de Dios.

La Pascua de Cristo
Cristo revivió lo que había vivido su pueblo. Lo revivió en primer lugar simbólicamente, pasando
cuarenta días en el desierto en el umbral de su vida pública (cuarenta días que recuerdan los cuarenta
años del Éxodo) y luego, no ya de manera simbólica sino real, subiendo al Calvario: va hacia la muerte,
en realidad hacia la verdadera vida que es la vida resucitada en el corazón de la Trinidad, la vida misma
de Dios. La primera pascua no era más que una imagen, la de Cristo es la Pascua central de la historia.
Cristo, ya lo hemos dicho, es el hombre, el Hombre perfecto, el que vive en plenitud el destino
del hombre, es Dios mismo hecho hombre que muere para resucitar, es decir para “pasar de este mundo
al Padre” (Juan 13, 1). La resurrección de Cristo no es el retorno a su vida precedente antes de morir, es
el paso a la vida de Dios. Después de su resurrección, Cristo vive en el corazón mismo de la Trinidad y
sus condiciones de vida son las de la vida divina. Se ha vuelto otro y ya no está, como nosotros, ligado a
los condicionamientos de espacio y tiempo,
Reflexionemos: Cristo se vuelve otro, pero no es otro sino que sigue siendo el mismo. Algo así
como el París de las nieblas de otoño convertido en otro en verano, transfigurado por el sol, pero
continúa siendo el mismo París. Cristo resucitado no deja de ser un hombre. Como dice Romano
Guardini, “de todas las religiones el Cristianismo es la única que se ha atrevido a poner el cuerpo
(humano) en las profundidades más recónditas de Dios”. (Romano GUARDINI, El Señor, Rialp,
Madrid, 1965). Al resucitar, Cristo no se ha despojado de su humanidad, no ha rechazado su “carne”,
después de treinta años, como un polvo inútil. Cristo resucitado es Hombre-Dios por toda la eternidad.
Tras la resurrección la Trinidad ya no es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es el Padre, el Hijo
encarnado, muerto y resucitado y el Espíritu Santo; es el Padre, Cristo y el Espíritu Santo. Resucitado,
el hombre-Jesús vive en el corazón mismo de la Trinidad. ¿Por qué Dios se ha hecho hombre sino para
llevarnos con Él, para que “por Él, con Él y en Él” vivamos, en el corazón de la Trinidad, la vida de
Dios? Vale la pena dar su vida para que los hombres lo sepan y que ésta sea su esperanza.

Nuestra Pascua
La tercera pascua de la historia es la nuestra, y no hay solamente una sino que cada una de
nuestras decisiones es una pascua, toma la forma de muerte y resurrección.
1) Importancia de nuestras decisiones
Comencemos por comprender que lo que cuenta en nuestra vida son nuestras decisiones. Mi vida
real de hombre o de mujer o, si lo preferís lo que hay de humano en mi vida, es un conjunto de
decisiones. Lo que no es decisión no es nada, no construye nada, es como la paja que se pone en los
paquetes para evitar que se rompa el objeto preciado que contienen. San Agustín tiene una comparación
más poética: “Somos comparables a un arpa cuya única cosa importante son las cuerdas. Está lo demás,
ciertamente, pero son las cuerdas las que vibran”. En mi vida, lo que vibra, lo que me constituye, son
mis decisiones, pequeñas o grandes.
Hay pequeñas decisiones que parecen insignificantes, prestar un servicio a un vecino enfermo,
renunciar a un paseo para pasar el día en el hospital visitando a un compañero herido, etc. A los niños
les diría, decisión de ceder el asiento en el autobús o en el tren, decisión de tomar el pedazo más
pequeño de carne para dejar el más grande a la persona que se sirve después de mí, etc. Es un sacrificio,
es una muerte. Para un niño hacer esto es morir ya a su egoísmo.
Hay asimismo grandes decisiones que orientan toda una vida, decisión de contraer matrimonio,
decisión de entrar en el seminario o en la vida religiosa, decisión de renunciar a una mujer que no es a
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quien he jurado fidelidad. Es terrible tener que renunciar a un hombre o a una mujer a quien se ama,
tengo confidencias al respecto, es una muerte.
Entre las pequeñas y las grandes decisiones hay toda una gama, pero lo que en la vida no es
decisión, acto libre, opción, no es nada. Son nuestras decisiones las que nos construyen. Nuestra vida
eterna la construimos día tras día, minuto tras minuto, exactamente decisión tras decisión. ¿Por qué?
Sencillamente porque Cristo resucitado está en el corazón de las decisiones que tomamos.
2) Cristo está presente en nuestras decisiones
Planteemos simplemente la cuestión: ¿creéis que Cristo ha resucitado? Como sois cristianos me
responderéis sí, claro. San Pablo nos dice que si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe (1 Corintios
15, 14).
Si Cristo ha resucitado ¿está vivo? Estáis obligados a responder sí. Decir que ha resucitado equivale
a decir que está vivo.
Si Cristo está vivo, está presente, ¿dónde queréis que esté? No está en la luna, ni en Sirio, ni detrás
de las estrellas, ni en el espacio que nos separa aquí a los unos de los otros (puesto que ha resucitado,
nada tiene que ver con el espacio). Está presente en nuestra libertad, pues por nuestra libertad
somos verdaderamente hombres, nos elevamos sobre la naturaleza.
Si está presente está activo, hace algo, pues una presencia inactiva no es una presencia real.
Recuerdo a una joven que no conseguía comprender que Cristo estuviera activo en nuestra libertad. “No
irás a creer que es un leño”, le dije. Comprendió al instante, Cristo no es un leño, no está ahí sin más
(dejemos por el momento la Eucaristía, hablaremos más adelante). Cristo está donde estamos nosotros y
no está ni en nuestro hígado ni en nuestro páncreas, está en nuestra libertad y no en nuestra libertad
cuando dormimos sino en nuestros actos libres, es decir, cuando tomamos decisiones.
Si está activo es transfigurador, ¿qué queréis que haga sino transfigurar? Cristo es Amor y el amor
transfigura todo lo que toca. Ved esa muchacha medio neurasténica que no quiere salir de su
habitación, no quiere comer, no duerme. Un día encuentra al príncipe encantado y todos se preguntan
qué le ha ocurrido. Se ha transformado, el amor la ha transformado. El amor no puede dejar de
transfigurar todo lo que toca.
Si es transfigurador es divinizante. Puesto que es Dios quien está presente en nuestra libertad, para
Él transfigurarnos supone divinizarnos, convertirnos en lo que es Él.
Insisto en este punto porque tengo la impresión, según los sondeos que he podido hacer aquí y allá,
que esta verdad absolutamente central de nuestra fe parece difícil a muchos cristianos porque están
todavía atascados en nociones abstractas. No me digáis que es difícil lo que acabo de deciros. Decir que
alguien está vivo no es abstracto (una presencia no es ni mucho menos un abstracto), decir que está
presente en nuestros actos libres, en nuestras decisiones, y que las transfigura tampoco lo es. No me
digáis que soy un intelectual, pues en ese caso os hubiera demostrado que sois vosotros quienes lo sois.
Pues el intelectual en el mal sentido de la palabra es el que utiliza palabras gastadas hasta el extremo sin
romperlas. Hay que romper las palabras como se rompe una hucha o un huevo de Pascua para ver qué
hay dentro. Es indispensable.
3) Cristo diviniza nuestra actividad humana humanizadora
De buenas a primeras esta fórmula es un poco densa pero no abstracta, es completamente real:
Cristo da una dimensión divina a nuestras decisiones humanas humanizadoras. En otros términos,
diviniza lo que nosotros humanizamos.
¿Qué queréis que Cristo divinice si nosotros no humanizamos nada, si seguimos en zapatillas, si por
no arriesgarnos a ensuciamos las manos no tocamos nada en todo el día? Si nuestra vida no está al
servicio de la transformación de las relaciones entre los hombres y las instituciones sociales y políticas
que condicionan esas relaciones, nuestras relaciones ¿son humanas y cada día más humanas?; las
decisiones que tomamos ¿tienden a humanizar el mundo en el plano familiar primero y en el
político después? Por ejemplo, una actividad sindical tiende a humanizar las relaciones entre los
hombres.
El Hombre no está hecho, está por hacer. Somos principios de hombre, dice Santiago. Somos

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bocetos de hombre. Dios no crea al hombre ya hecho, Dios crea al hombre capaz de crearse a sí
mismo.
Nuestra tarea humana es la de crear al hombre, es decir hacer que el hombre sea hombre. ¿Quién de
nosotros se atrevería a decir que ya es hombre? Cuando veo a un bebé en brazos de su madre, la felicito
y le digo, es magnífico, espero que haga usted de él un hombre. Así pues, lo que es evidente tratándose
de un niño es cierto aplicado a cualquier hombre de cualquier edad. Hay cosas que ya están hechas pero
el hombre es otra cosa, tiene que hacerse. Nuestras relaciones y nuestras instituciones tienen que
llegar a ser verdaderamente humanas, están en vías de humanización.
Somos hombres en devenir, son nuestras decisiones las que contribuyen a que seamos hombres y
nuestras decisiones no son verdaderamente humanas si no son humanizadoras. Nuestra humanidad
pasa por la humanización de los demás, nuestra libertad pasa por la liberación de los demás. El hombre
no se hace libre por sus propios medios sino cuando trabaja por liberar a sus hermanos. Se hace uno
más hombre trabajando para que el mundo sea más humano.
Es raro que estas decisiones humanizadoras no sean sacrificios, muertes al egoísmo, no se puede
a un tiempo dar y guardar para sí mismo. Todos sabemos por experiencia que no hay vida humana
humanizadora auténtica sin sacrificio, pero lo que los no creyentes no saben pero nosotros debemos
saber (por algo somos cristianos) es que cada una de esas decisiones humanas humanizadoras que hacen
morir en cierto modo nuestro egoísmo es un paso hacia la vida divina, cada una de esas muertes es un
nuevo nacimiento. Es la decisión la que tiene una estructura pascual, una estructura de muerte y de
resurrección, ya que no pasamos a la vida divina después de la muerte. Os ruego que eliminéis de
vuestra mente la idea de que Dios vierte en nuestra alma un licor que llamaríamos gracia que nos
permite ser transportados después de la muerte a un hermoso jardín llamado paraíso. Esto es mitología.
La vida divina, la vida eterna, la divinización no es solamente la vida eterna, ha comenzado ya. Se hace
uno Dios, se “va al cielo” por cada una de las decisiones humanizadoras. De ahí la fórmula a la que por
mi parte me atengo y me basta para ser cristiano.
Esta fórmula es la siguiente: Cristo resucitado está vivo-presente-activo-transfigurador-
divinizador en el corazón de nuestras decisiones humanizadoras y les da una dimensión de Reino
eterno, divina.
Parece que algunos tropiezan con la palabra dimensión que evoca para ellos las dimensiones de
un objeto. Ayudadme a encontrar otra, pues hace años que la busco sin conseguirlo. Una comparación
podría ayudamos a comprenderlo. He aquí un soltero, su vida tiene una dimensión filial (tiene padres),
su vida tiene una dimensión fraterna (tiene hermanos y hermanas), su vida tiene una dimensión nacional
(es francés), su vida tiene una dimensión musical (le gusta mucho la música), su vida tiene una
dimensión profesional (es abogado, médico o carpintero), pero es soltero y su vida no tiene por tanto
una dimensión conyugal. Si este hombre se casa, su vida adquiere una nueva dimensión absolutamente
privilegiada que va a cambiar su vida, y ésta será la dimensión más esencial.
La comparación es luminosa, si hay una Iglesia es para revelar a los hombres que su vida no es
sólo una vida humana, la vida de los hombres tiene una dimensión humano-divina. Así Cristo está
presente en las decisiones humanizadoras de los que no le conocen, por ejemplo los mil millones de
chinos. Si pudiera ir a China, yo diría que voy allí no para salvar a los chinos (hace tiempo que Cristo
me precedió), sino para revelarles a Aquél que los salva, es decir que los diviniza. Si me decís que esto
no tiene importancia os diré que no amáis verdaderamente a Cristo. Si amo a Cristo quiero darle a
conocer a los que no le conocen, incluso si se salvan sin conocerle, a condición, como se dice, de que
obren conforme a su conciencia, es decir que su actividad sea verdaderamente humanizadora.
Cuantas veces tomo una decisión en favor de la verdad, de la justicia, de la libertad, de lo que
llamamos valores, Cristo resucitado da a mi decisión una dimensión divina. Dicho en resumen, sólo
puede divinizar mis decisiones humanizadoras. El pecado es lo que Cristo no puede divinizar porque
no es humanizador, el pecado es renunciar a humanizar, es deshumanizador. No se puede comprender
bien lo que es el pecado si no se comprende primero cuál es nuestra vocación. El pecado consiste en
faltar a nuestra vocación. Es el rechazo a nuestra divinización y se traduce en egoísmo bajo todas sus
formas, lo contrario de lo que es Dios.

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Esta es la pascua de la historia y hay tantas pascuas en la historia como decisiones humanas
humanizadoras. Día tras día, decisión tras decisión, construimos una eternidad humano-divina, pero esta
eternidad sólo es humano-divina porque Cristo la construye con nosotros. Nosotros, los cristianos,
creemos que éste es el sentido de nuestra existencia y que este sentido se vive en el cumplimiento
mismo de nuestra tarea humana. Si fuéramos sólo hombres no construiríamos más que lo humano y
todo lo humano entra en los versos de Valéry: “Todo se hunde en la tierra y entra en el juego”. Pero Él,
que se hizo hombre para que el hombre se volviese Dios, está en el corazón de nuestra libertad y
transfigura divinamente nuestra actividad humana-humanizadora.
El Evangelio es la Buena Noticia de que Dios no es más que Amor y de que la grandeza del
hombre es inmensa, pues su vocación se sitúa infinitamente más allá de lo que él mismo podría
imaginar o concebir, es capaz de amar como Dios ama.

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Primera Parte
CRISTO, VERDADERO DIOS Y HOMBRE

El corazón de la enseñanza de Jesús: El Sermón del Monte


Págs. 71-100
Comprender lo que dice Jesús en este gran texto es llegar al corazón del cristianismo. Es uno de los
textos más importantes del Evangelio. Habría que dejar de llamarle “sermón”, imposible escoger peor
palabra. De este Sermón del Monte que encontramos en san Mateo (caps. 5, 6, 7) y en san Lucas (cap.
6, 12-49) se desprende incontestablemente una unidad, unidad de tono y unidad lógica. El pensamiento
de Cristo sigue la línea lógica propia del cristianismo. Lógica de estilo de vida, de la calidad de
existencia que viene a instaurar Jesús, en una palabra, la lógica misma del amor.

Ser cristiano es compartir la experiencia del Hijo


El Discurso está precedido en san Lucas de dos notas importantes, Jesús pasó toda la noche en
oración en la montaña (6, 12) y por la mañana escogió a doce discípulos a quienes dio el nombre de
apóstoles (6, 13-14).
- Oración de Jesús: estamos aquí ante un gran misterio, el misterio de la Trinidad. Jesús se dirige al
Padre y al Espíritu que son distintos a Él y no lo son (no hay más que un solo Dios). Él se ha hecho
carne y se somete a la ley de la criatura, la de acoger primero antes que. dar y en vistas a dar, “Yo no
hago nada por mí mismo”, dirá El en san Juan (5, 30). El Discurso va a ser un llamamiento a la
existencia filial; hablará por experiencia, pues no imaginamos a Jesús diciendo cosas de las que no tiene
experiencia, que no vive. Invitará a compartir una experiencia, la suya, la de la filiación, la del hijo que
no es más que hijo. Esto es muy importante si queremos salir de las nociones abstractas y comprender
de una vez por todas que todo es cuestión de experiencia.
- Elección de los apóstoles: ya que la enseñanza de Jesús será una invitación a compartir su
experiencia de filiación, de amor vivido principalmente como acogida (el Hijo recibe del Padre), es
necesario que los hombres que tengan que proclamar esta Buena Noticia de que Dios es un Padre, sean
los primeros en compartir la experiencia de su Maestro. En adelante los Doce seguirán a Jesús
dondequiera que vaya. Marcos precisa con gran cuidado: “Escogió Doce, para tenerlos con Él y
enviarlos a predicar” (3, 14). La doctrina de Jesús no es una filosofía sino una experiencia de vida. Los
apóstoles de Jesús no pueden ser por consiguiente los propagandistas de una filosofía, de un sistema de
pensamiento, no podrán repetir su palabra más que si la pueden atestiguar con una experiencia, la de
una cierta relación con Dios. Durante la vida de Jesús atestiguarán muy imperfectamente: “Serán lentos
en creer, prontos a deformar, torpes en comprender” , pero, después de Pentecostés el Espíritu Santo, es
decir, Aquél que inspira desde dentro y anima la actividad de Jesús, les concederá poder reproducir el
modo de vivir y de obrar de Jesús, el estilo de vida, la calidad de existencia de Jesús, la vida vivida en
plenitud según la lógica del amor. A falta de esto el cristianismo sería un sistema, es decir algo
completamente distinto, mientras que si se trata de experiencia, entonces vale la pena.

El Evangelio es para todos


Para Lucas como para Mateo el Discurso se dirige a los discípulos, pero en los dos evangelios se
precisa que hay allí una multitud innumerable venida de lejos, no sólo de Jerusalén sino también de la
frontera marítima de Tiro y Sidón. Si el mensaje que Jesús va a transmitir no es teórico (es una
experiencia vivida), no es en absoluto esotérico (es para todos, no reservado a unos pocos). Jesús dirá:
“Lo que se os ha susurrado al oído, gritadlo desde los tejados” (Mt 10, 27). El Vaticano II dirá como un
eco: “La Iglesia es para el mundo”. Es por la multitud innumerable por quien los discípulos de Jesús
están a su lado en calidad de discípulos, y lo que Jesús va a decirles interesa a todos los hombres. Si hay

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discípulos es para atestiguar a los ojos de la multitud que la experiencia de vida propuesta para todos los
hombres puede ser seguida, puesto que algunos ya lo han intentado aceptando seguir a Jesús.
El cuadro que se nos presenta es muy diáfano. Es lo que pide san Ignacio de Loyola en sus
Ejercicios espirituales, claridad. Antes de escuchar observemos: está Jesús, los discípulos agrupados a
su alrededor, y la multitud que se estrecha en la meseta (la precisión es de Lucas). Vedlo vosotros:

Jesús los discípulos la multitud


El Santo los ya santificados los santificables
Dios hecho hombre los divinizados los divinizables
El hombre libre los ya liberados todos los que son llamados a
la libertad” (Gál. 5,13) la
multitud de los que son
El Hijo los que han hecho ya la
invitados a hacer esta
perfectamente Hijo experiencia de la filiación
experiencia.

¿Qué ve la multitud? Ve a Jesús, y a sus discípulos cerca de Él. Los discípulos, es decir la gente
que hace poco tiempo, formaba parte de la multitud, vivía como todo el mundo, tenía el estilo de vida
de todo el mundo. Ahora estos hombres pertenecen íntegramente a Jesús, viven con Él, como Él, le
siguen “adonde Él va”. La multitud ve que a estos hombres les ha sucedido algo que no les ha sucedido
a los otros. Es evidente, salta a la vista, esta escena lo expresa en cierto modo.
¿Qué ven los discípulos? Ven a la multitud de la que han salido y a la que van a ser enviados.
¿Qué ve Jesús? Ve cerca de Él el núcleo de su Iglesia y, más allá, la gran Iglesia que quiere que sus
límites sean los mismos del universo. Todos a quienes llama por medio de los discípulos a compartir su
experiencia de Hijo de Dios. Él es, sólo Él, el Enviado del Padre, los discípulos serán los enviados de
Jesús (tal es el significado de la palabra “apóstol”). Jesús sabe que ellos serán rechazados por el mundo
como también Él lo será. El misterio de la Cruz que está en el corazón mismo del acto creador (cuando
Dios crea, .arriesga la Cruz del Hijo) será vivido por ellos tanto como por El.

Evitar los contrasentidos de las Bienaventuranzas


Entonces Jesús “abrió la boca”. Esta fórmula tradicional, empleada por Mateo, destaca la
importancia de lo que va a seguir. Es algo así como la recomendación de guardar silencio: callad, no
hay que perderse una sola palabra. Las primeras palabras de Jesús, son las Bienaventuranzas. Se ha
tomado la deplorable costumbre de aislar las Bienaventuranzas de lo que les sigue, como si las
Bienaventuranzas fuesen un todo que se basta a sí mismo y tuvieran un valor en sí y por sí. Sucede
incluso que, en la mente de algunos cristianos, Bienaventuranzas y Sermón del Monte son sinónimos,
como si el Sermón fuesen las Bienaventuranzas. En realidad, las Bienaventuranzas ocupan apenas diez
líneas mientras que aquél se extiende a lo largo de tres largos capítulos del Evangelio según san Mateo.
La costumbre de separar las Bienaventuranzas de todo lo que le sigue es deplorable porque conduce
fatalmente a un sinsentido radical del pensamiento de Jesús. ¡Como si el mensaje evangélico consistiera
en afirmar que lo que antes era negro ahora es blanco! ¡Como si la desgracia (miseria, lágrimas,
hambre) debiera llamarse en adelante felicidad! Al final se termina sacralizando en nombre de Cristo el
mal y el sufrimiento y, a la vez, se rechaza todo esfuerzo humano para triunfar; no os convirtáis en ricos
puesto que Jesús ha dicho que son dichosos los pobres. Se llega uno a volver pasivo y resignado ante la
desgracia de los hombres porque Jesús ha dicho que la desgracia es felicidad.
El sinsentido está servido. Estamos en trance de pagar los errores cometidos, interpretando las cosas
como se ha hecho. Péguy tiene páginas de una violencia inaudita en su libro titulado Jean Coste. Nada

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de sacralizar la miseria, nada de decir a las pobres gentes que no tienen otro remedio que estirar su
presupuesto a fin de mes: ¡No os inquietéis, Jesús declara que sois dichosos porque sois desgraciados!
Si las Bienaventuranzas nos propusieran un consuelo vulgar, el cristianismo sería una religión doliente
y llorosa. La verdad es que soñamos en una felicidad de rebajas hecha de alegrías fáciles. Es este sueño
el que Jesús condena, y lo que propone (he aquí la palabra esencial) es que nuestro apetito de felicidad
sea transformado. ¡Dichosos, bienaventurados aquellos cuya alma es bastante grande para que su deseo
esencial sea vivir como hijo del Padre que está en el cielo!
La pobreza, las lágrimas, el hambre, la persecución, no son por consiguiente condiciones para ser
dichoso con la felicidad que aporta Jesús. La desgracia no es una especie de condición, como si fuera
necesario llorar y tener hambre para conocer la verdadera felicidad. El Padre Guillet ha escrito estas
palabras, a mi modo de ver definitivas: “La miseria, la cautividad, el hambre, las lágrimas, son para
Jesús diversos aspectos de la desgracia del hombre; si proclama dichosos a los que están angustiados es
porque viene a liberarles... La originalidad del Evangelio no consiste en afirmar que lo que era negro se
ha convertido súbitamente en blanco, sino en ofrecer a los que están en la desgracia una salida nueva y
feliz”.
Las Bienaventuranzas comprometen al hombre en un proceso de transformación de la existencia.
Constituyen un comentario anticipado del misterio pascual, paso de la naturaleza en la historia o en la
libertad, misterio de desapego de un yo prefabricado en vistas a la creación de uno hecho por uno
mismo. Se trata de pasar a la libertad a partir del yo prefabricado por nuestra herencia, por nuestro
medio, por la educación recibida. Nuestro deseo espontáneo e instintivo de felicidad es conforme a la
naturaleza, pero debe ser transformado para acceder a la verdadera libertad.
Las bienaventuranzas son, por consiguiente, una llamada. No formulan una verdad de orden
general (los desgraciados son dichosos) sino que comprometen en una actitud, invitan a compartir la
misma experiencia de Jesús. Por consiguiente es la continuación del Sermón de la montaña la que dirá
cuál es el tipo de existencia que responde a la verdadera grandeza del hombre y cuya consecuencia será
la felicidad, no una felicidad de rebajas hecha de alegrías fáciles sino la felicidad digna del hombre, la
felicidad a la medida de la grandeza de los hijos de Dios, la felicidad de amar y no la felicidad de estar
satisfecho. ¿Qué felicidad queréis? ¿Una felicidad de qué naturaleza y situada a qué nivel? Todo
consiste en esto. Pues hay niveles de felicidad, del mismo modo que en el plano de la cultura hay
músicas dignas de las profundidades del hombre y otras músicas que se dirigen a lo más epidérmico o
superficial del hombre.

Dichosos los pobres en espíritu: el reino de los cielos es suyo


No se trata evidentemente de traducir los pobres de espíritu. “En Espíritu” quiere decir en la raíz
misma, en el corazón del ser. La pobreza en espíritu es interior al amor. El amor sin pobreza no es amor
(esto es incomprensible si no tenéis experiencia de ello). Por esto el mismo Dios es pobre, es extraño al
tener (Dios no tiene nada), pues su modo de existir es el de amar.
Tener un alma de pobre (sin duda la mejor traducción de “pobres en el espíritu”), es estar
desposeído de sí, por consiguiente dejarse poner en cuestión por otro por una parte, y por otra, fiarse de
él. Las dos frases que definen al pobre son éstas: “Te doy crédito” (Credo) -la fe- y “te encargo mi
felicidad” la esperanza. Apoyado sobre la fe y la esperanza, el pobre vive en la caridad, puede servir,
ponerse al servicio del otro y de los otros, pues está desligado.
De un extremo a otro de la Biblia el pobre de Yahvé es el servidor de Yahvé, está, pues, en el Reino:
dichosos los que tienen un alma de pobre, pues el Reino de los cielos es de ellos. ¿Habéis entrado en
esta experiencia, en este estilo, en este tipo de existencia? Si la respuesta es sí, el Reino está en
vosotros. Por los otros, Jesús os invita: si decís sí, el Reino será vuestro, es decir, la relación de
intimidad con Dios. La felicidad de la pobreza domina todo el Evangelio. Sería impensable si Dios
mismo no fuera pobre, es decir absolutamente ajeno al tener; Dios no tiene nada, E1 es todo. El que es
todo no tiene nada, y todo lo que Él es, un todo que se da, no es más que Amor.

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Bienaventurados los dulces: tendrán la tierra en herencia
La dulzura está muy cerca de la pobreza, hasta el punto de que se ha preguntado si la
bienaventuranza de los dulces no era sino un doblete de la de los pobres. La palabra hebrea anav
significa a la vez dulzura y pobreza. Es la renuncia a todo derecho propio cuando se está en litigio y no
existe más que una cuestión de amor propio (pero en la sociedad es necesario un orden jurídico, como
es necesaria la autoridad que lo custodia).
La dulzura está unida a la paz y a la fuerza del alma. Es la caridad no sólo de carácter sino de
inteligencia. Conduce a escuchar a los otros y a comprenderlos incluso cuando su forma de pensar es
diferente u opuesta a la nuestra. La dulzura evita actitudes de ruptura ante los imprevistos de la historia,
permite encontrar cada día respuesta a situaciones nuevas a menudo imprevisibles.

Bienaventurados los que lloran: ellos serán consolados


El mejor comentario, al menos en los tiempos modernos, de la felicidad de los afligidos es sin duda
el gran texto de Péguy, Nosotros somos los vencidos (escrito en 1909): “Un secreto instinto, una
advertencia secreta, un secreto remordimiento, nos advirtió que todavía hay alguna impureza en el
triunfo, un descaro en la victoria, una cierta impureza al menos metafísica, un resto de enfermedad, un
residuo de impureza, una impureza residual en la fortuna. Los grandes honores secretos de la gloria, los
supremos honores, siempre han estado históricamente en el infortunio”.
Péguy habla aquí como un profeta, su texto debe ser aclarado por el de un filósofo (profeta y
filósofo que dicen lo mismo que el Evangelio, ¡es prodigioso!). Diremos con Jean Lacroix: “En sí
mismo el éxito es bueno, pues es el sentido del esfuerzo (se hace un esfuerzo para triunfar). Por el éxito,
es decir, por la victoria sobre el obstáculo, cada vez tomamos más conciencia de nosotros mismos y nos
creamos otra vez. Pero el éxito no es bueno (paradójicamente) más que cuando es el gran revelador del
fracaso... Si el éxito viniera a hacer olvidar el fracaso, sería la peor de las experiencias. Los hombres
que triunfan en todo y no tienen otro ideal que el de triunfar, son precisamente los seres más
superficiales y no accederán nunca a la existencia auténtica que representan sin embargo los fracasados,
los divertidos, los que yerran en todo, y ese es su tormento. Es preferible ser el nieto de Rameau
(modelo mismo del fracasado en la novela de Diderot) o el vagabundo del rincón de M. Homais o un
arribista (M. Homais, ese imbécil a quien el genio de Flaubert ha inmortalizado, como decía François
Mauriac). La grandeza de Don Juan no fue la de ser un hombre de éxito, sino la de quedar insatisfecho
de todos sus éxitos, la de perseguir en cada mujer un ideal que jamás pudo alcanzaron”.
Se adivina, pues, en qué sentido Jesús declara dichosos a los que lloran anunciando que serán
consolados. Como dice Bonhoeffer, teólogo protestante que los nazis ahorcaron, “los discípulos ven que
la embarcación en la que resuena la alegría de la fiesta hace aguas”. “En la música de Schubert, dice
Julien Green, la muerte está sin la danza.” Pero el hombre no es para la muerte sino para la vida, por lo
que saber que se es hijo de Dios es la verdadera fiesta humana, en definitiva la única. Jesús la da a los
hombres y hay que acogerla, es decir, experimentar la filiación divina, vivir y no sólo pensar como hijos
que tienen un Padre.
Me acuerdo de aquel sacerdote a quien espontáneamente le decía al encontrarle, ¿cómo estás? Él
me respondía invariable-mente: no me puede ir mal, el Padre se ocupa de mí. ¡Esto no se ve a primera
vista, hay que creerlo! ¡Es cuestión de experiencia! En definitiva, no puede ser otra que la experiencia
misma de Jesús pues, hablando con rigor, Él es el único que ha experimentado la Paternidad de Dios y
es sobre su Palabra por la que creemos que el Padre se ocupa de nosotros. Si no, ¿cómo lo sabríamos?
¡Es difícil ver que Dios se ocupa de las personas que están a punto de morir de cáncer en la cama de un
hospital!
Hay en El zapato de raso de Claudel una prodigiosa aproximación a la felicidad de los afligidos.
Prouh6ze dice, pensando en Rodrigo de quien está separada: “Puesto que no puedo darle el cielo, al
menos puedo arrancarle de la tierra. Sólo puedo darle una insuficiencia a la medida de su deseo”.
¡Desgraciados aquellos a quienes su insuficiencia nunca les ha sido revelada! En otros términos,
¡desgraciados los suficientes!

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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: ellos serán saciados
Tener hambre y sed de justicia es la única manera de ser justos. No se trata aquí más que
secundariamente de justicia social, se trata en primer lugar de fidelidad. La fidelidad en sí misma es no
dejar nunca de buscan Buscar es una de las palabras clave de la Biblia. Jesús dirá: “Buscad y
encontraréis”, “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, el resto se os dará por añadidura”.
Pero estar satisfecho del mundo y de uno mismo es negar que seamos un infinito. En cierto
sentido, la Iglesia existe para relativizar todas las sociedades cualquiera que sean y todas las políticas
incluso las mejores, con sabiduría y discernimiento, pues nunca el hombre puede estar plenamente
satisfecho aquí abajo. Se puede decir que el hombre es un infinito en hueco que no puede ser colmado
más que por el Infinito vivo que se da.

Bienaventurados los misericordiosos: se les hará misericordia


El misericordioso, según la etimología de la palabra, es el corazón desgraciado. Es el que sufre del
sufrimiento de los otros. El que no sabe “sufrir con” no puede acoger el don de Dios, pues Dios es Él
mismo, el primero que sufre con el hombre. El sufrimiento de Cristo, su pasión y su muerte en la Cruz,
son el signo sensible de una profundidad en el amor de Dios, que sin duda El nos ha permitido llamar
sufrimiento, algo muy misterioso, sin el que el amor no sería amor, y que sólo puede revelarnos el
sufrimiento de Cristo.
La misericordia implica una preferencia por los pequeños, los débiles, los miserables, los enfermos,
los solitarios (éste es uno de los mayores sufrimientos humanos), a los que se humilla, a quienes se hace
violencia, a quienes son víctimas de la injusticia, por los que se atormentan, por los que están inquietos.
Este es el tipo de existencia de Jesús, trabajar por liberar a los que son esclavos de lo que sea,
testimoniar que no se es hombre libre más que trabajando por liberar a sus hermanos, puesto que no se
puede pasar a la libertad más que pasando por el amor. No hay libertad fuera del amor. Ser libre y amar
es una misma cosa.

Bienaventurados los corazones puros: ellos verán a Dios


“¿Quién tiene el corazón puro?, pregunta Bonhoeffer. Quien no ensucia su corazón ni con el mal que
comete ni con el bien que hace”. No ensuciar su corazón con el bien que se hace es divino, no puede ser
dado más que por Dios. No ser propietario del bien que se hace es ser puro, es decir sencillo, sin doblez.
Ser puro es la actitud del que no vuelve sobre sí, del que no alardea de sus buenas obras. Me acuerdo
del salvamento de una joven-cita que pudo ser aplastada por un tren. Aquel hombre fue heroico,
arriesgó su vida. Cuando se le hablaba de ello, decía: “Eso es natural, no tiene importancia, callaos, no
tengo ningún mérito!”
La simplicidad, en el sentido estricto de la palabra, es lo contrario de la duplicidad, no mirarse a sí
mismo hacer el bien, no estar ante el espejo, no mirarse crecer en caridad como una coqueta ante su
espejo se contempla transformarse en bella por todo lo que el artificio añade a su encanto natural. La
existencia doble es la existencia enmascarada, la máscara doble del rostro (se dice de ciertos hombres
que tienen muchos rostros). Marcel Proust nos mostró hasta qué punto la máscara, el maquillaje, la
máscara-maquillaje -la máscara que se adhiere a la piel- es lo propio de la vida mundana. Analizó los
innumerables rostros de la inexistencia o de la existencia enmascarada. Nada más multiforme que lo
que no existe, lo que no tiene Sentido, significación, lo insignificante. Dios ama nuestro rostro único, no
enmascarado, que es un rostro de pobre. Mi verdadero rostro es el que verá Dios, el que estará cara a
cara con Él eternamente.

Bienaventurados los artesanos de la paz, ellos serán llamados hijos de Dios


Es preciso estar en paz consigo mismo para trabajar por la paz entre los hombres. Estar en paz
consigo mismo es estar interiormente unificado, lo que no contradice la insatisfacción profunda ante
todo lo que no es más que humano. La satisfacción consigo mismo sería un falso principio Por otra
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parte conciliar hasta cierto punto lo que aparece como irreconciliable a los espíritus superficiales y que
produce, digámoslo en términos modernos, los progresistas y los tradicionalistas, los nacionalistas y los
internacionalistas, los de izquierdas y los de derechas, los místicos y los polemistas, en resumen, todo lo
“sectario” en tanto que es unilateral, todo lo que endurece las dualidades y los dualismos. En tiempos de
Jesús, los griteríos de las sectas religiosas eran bien conocidos. Para ser “llamados hijos de Dios”, es
decir, para ser declarados hijos por el mismo Padre, es preciso trabajar para que los hombres sean
hermanos. Si el hijo no es verdaderamente hijo, los hombres no serán para él hermanos. Esto no es
posible más que estando nosotros mismos en paz. Estando interiormente unificados trabajáis por la paz
universal.

Bienaventurados si sois perseguidos a causa de Cristo


Jesús concluye: si entráis en esta experiencia seréis perseguidos. Es inevitable. Se puede traducir, si
la palabra “perseguidos” da miedo, por la expresión “perseguir con saña”. Jesús no lo dice aquí, pero tal
vez lo piensa (lo dirá más tarde), así como yo seré perseguido, perseguido con saña. Un cristianismo
que no choque no tiene aspecto de ser auténtico. Baudelaire decía en plan estético que lo bello es
siempre raro. Haría falta que nos diésemos cuenta de que lo verdadero también es raro. Según esto los
hombres no aman más que lo raro. La moda es el rechazo de lo raro. Hay una rareza de lo verdadero,
como la hay en lo bello.
Emmanuel Levinas ha escrito unas palabras definitivas: “La idea de una verdad que se manifiesta
en su humildad, la idea de una verdad perseguida, es la única modalidad posible de la trascendencia (lo
que quiere decir que un Jesús que no hubiera sido perseguido no sería el Testigo del Dios trascendente,
no es posible). Manifestarse como humilde, como aliado del vencido, del pobre, del perseguido con
saña, es precisamente no entrar en el orden. La humildad trastorna absolutamente: no es de este
mundo... La persecución y la humillación a la que expone son modalidades de lo verdadero”. Si no sois
perseguidos en absoluto, desconfiad, corréis el riesgo de ser mero artificio o de vivir a flor de piel.
En el fondo, aunque hay cuatro bienaventuranzas en Lucas y ocho en Mateo, no hay más que una:
bienaventurados los que hacen la experiencia de una existencia verdadera. Hacer esta experiencia es a la
vez e indivisiblemente la felicidad y la Cruz, las dos juntas, pues el cristianismo es la unión estrecha
entre la felicidad y la Cruz. Para acceder a la más alta felicidad, es necesario renunciar a la felicidad
demasiado fácil, a la felicidad ligera. Lo que llamamos la felicidad del cielo es la felicidad de amar, es
decir, de salir de sí mismo, de no pensar más en sí mismo, de no estar replegado sobre uno mismo.
¿Cómo queréis que aquí abajo el aprendizaje de esta felicidad no sea un sacrificio, puesto que
espontáneamente, no pensamos más que en nosotros, puesto que espontáneamente incluso en el amor
humano, el otro es siempre un medio privilegiado para el amor que nosotros nos tenemos a nosotros
mismos? La Cruz es la superación de las felicidades de rebajas y el acceso al gran honor, digno sólo en
definitiva de los hijos de Dios, que es la felicidad de amar. El acceso a esta felicidad pasa por el
sacrificio, lo que experimentamos todos más o menos en la vida de cada día.

La ley nueva: dar como Dios da


Después de las bienaventuranzas vienen los mandamientos de la nueva Ley. Se resumen en esto:
puesto que hemos recibido, hay que dar. La acogida es en vistas al don. Acoger para dar. Pero ¿acoger
qué? ¿Qué da Dios? Él no da cosas ya hechas sino tareas a realizan
“Dar, dice el Padre Guillet, constituye uno de los grandes estribillos del Discurso de la Montaña:
"no rechaces.., no reclames.., presta sin esperar nada..., da y se te dará". Pero es preciso ponerse en
guardia, dar puede ser aún un medio de conquistar y de valorarse (uno se revaloriza mucho siendo
generoso). La pura alegría de dar, la alegría de unirse al que recibe: sólo el pobre está en situación de
conocerla, es decir, el que ha hecho la experiencia de las Bienaventuranzas y ha descubierto cómo Dios
da”.
Dar como Dios da (Dios no alardea de sus dones) es ser la sal de la tierra y la luz del mundo. El
Evangelio es sabor y luz, porque es Presencia y Poder transformadores de Dios apercibidos a través de

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los caminos humanos. Cuando la sal está sosa, es decir, cuando el sacerdote no es verdaderamente
sacerdote, cuando el religioso no es verdaderamente religioso, cuando el cristiano no es verdaderamente
evangélico, el discípulo deja de ser lo que tiene de mejor para transformarse en lo que tiene de peor,
sal sosa que no se puede más que pisar con los pies. No interesa, pues no es nada francamente, es una
duda perpetua de ser algo o más bien alguien.

La ley nueva: llamada a la libertad


Lo que caracteriza la Ley nueva es a la vez el radicalismo de sus exigencias y la llamada a la
libertad con relación a la letra. Libertad con relación a la letra de la ley no quiere decir exención ni
emancipación: Jesús precisa que Él no ha venido para “abolir” la ley sino para “completarla”, no para
añadir nuevos preceptos, proponer aditivos a la ley, sino para revelar la verdadera intención de la ley,
mostrar que ella contiene el principio de su propia superación.
Pues el mandamiento de amar, el primer mandamiento del Decálogo, el corazón mismo de la ley es
en sí mismo ilimitado. No hay límite en el amor. Por ello el amor es un absoluto cuyas exigencias son
radicales, a la vez que sólo la libertad puede determinar cómo en la práctica y según circunstancias debe
ser vivido el amor. He aquí el discurso de la montaña: sois libres en cuanto al modo de vivir el
radicalismo de la exigencia. Por eso tantos hombres tienen miedo de la libertad y reclaman consignas
que Jesús no da y rechaza darlas. Jesús muestra sencillamente la profundidad de la libertad del hombre.
Por eso señala con fuerza la oposición entre, “se os ha dicho...” y “Yo os digo...”. ¿Qué se os ha dicho y
qué os digo Yo?
- Se os dijo: “No matarás”. Yo os digo: “Quien mire a su hermano con cólera ya es un asesino”,
pues amar, es querer, es querer que el otro sea, que sea lo máximo posible. La mirada colérica, la
palabra colérica, está dirigida contra la vida de mi hermano, contra su misma existencia. Mirar a alguien
“de soslayo” (como se suele decir), es en el fondo querer que no exista, es tender aunque sea
mínimamente, a su anulación, es anularle de pensamiento y al mismo tiempo colocarnos por encima de
él, estimar que nuestra vida tiene más valor que la suya.
- Se os dijo: “No cometerás adulterio”. Yo os digo: “Quien mire a una mujer para desearla ya ha
cometido adulterio con ella en su corazón”. En efecto, del mismo modo que hay miradas que matan hay
miradas que poseen, que transforman al otro en algo que se considera como de uno. Es considerar a la
mujer como un objeto del que se es propietario...
- Se os dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo: “Amad a vuestros
enemigos”, pues el amor no es aún verdadero amor si está condicionado por una exigencia de
reciprocidad. Yo no te amo porque tú me ames, no te amo a condición de que me ames, no te amo para
que tú me ames, te amo incluso si tú no me amas. Te amo porque sí. Mi amor es más fuerte que tu
indiferencia e incluso que tu hostilidad, mi amor no oscilará según las oscilaciones de tu respuesta. Se
trata de una exigencia sin límites, de una ascensión sin techo. El único techo, que no lo es, es la
perfección del Padre: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. No hay más que un
medio para alcanzar la perfección del Padre, el de no cesar de dirigirse a Él.
Se dirá, ¿no nos encontramos en plena utopía? ¿Todo esto es practicable? Uno se siente tentado a
responder, sí, esto es utopía, es impracticable. Aparentemente se tiene razón, pues dar el manto a quien
nos pide sólo nuestra túnica, poner la mejilla izquierda a quien nos ha golpeado en la mejilla derecha,
arrancarse el ojo y cortarse la mano, privarse de lo necesario por quien pide lo superfluo, es no
pertenecerse, es dejarse devorar vivo.
Entonces, ¿qué hacer?, ¿vamos a edulcorar estos preceptos, tomar nosotros mismos la iniciativa de
rebajarlos pretendiendo a pesar de todo ser discípulos de Jesús? Ciertamente no. Ante todo nada de
hipocresía, nada de duplicidad, no se puede a la vez tratar a Jesús de soñador y declararse “cristiano”,
pues sería indigno del hombre ser discípulo de un soñador. Por otra parte todo el contexto de la vida y la
enseñanza de Jesús manifiesta con evidencia que Él es todo lo contrario de un soñador.
No hay que edulcorar nada, Jesús sabe lo que se dice. Pero no hay que olvidar que hace una
llamada a nuestra libertad. Se podría decir que no es Él, Jesús, quien es exigente, somos nosotros sin
saberlo, somos nosotros quienes enmascaramos nuestras propias exigencias porque tenemos miedo y
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tememos tener que ser hombres. Jesús no hace más que revelarnos a nosotros mismos, nos desvela la
grandeza de nuestra libertad, arranca las máscaras que nos hemos fabricado con nuestras propias manos
por miedo y egoísmo. Nos dice, tú vales más de lo que crees, tu grandeza sobrepasa la conciencia que
de ti tienes, vive conforme a esta grandeza, cuanto más vivas más te apercibirás de que eres grande y
que esta grandeza es una exigencia. Descubrirás hasta dónde puede conducirte tu libertad si rechazas tus
maquillajes.
La nueva Ley, el cristianismo, no puede ser una lista de consignas, es el desvelamiento de los
horizontes sin límites de la grandeza humana. No tenemos más que escuchar a nuestra conciencia
cuando acabamos de comprender cuánto valemos y lo que queremos, cuando descubrimos que estas
exigencias no son de otro sino nuestras propias exigencias. Es ésta una grandeza sin límites vivida en la
vida más humilde y más cotidiana. Horizonte sin límites en el corazón de los horizontes más familiares,
la familia, la vecindad, el barrio, la profesión... Jesús habla de lo que el hombre es capaz en la vida más
sencilla, a condición de que sea hijo de un Dios que es Padre.
Por eso hace falta que nos guardemos de ofrecer a Dios una especie de dimisión como pretexto de
obediencia. Lo que hay que ofrecer a Dios es la construcción, día tras día, de nuestra libertad, para que
sea no libertad de esclavos sino libertad de hijos.

¿Qué se quiere decir cuando se afirma que


“Cristo murió por nosotros”?

Todas las espiritualidades se reúnen, necesariamente, al pie de la Cruz de Cristo. Muchos caminos
han sido abiertos en el curso de los siglos para conducir al hombre a la unión más íntima con su Dios.
Unos siguen el camino trazado por san Juan de la Cruz y santa Teresa; otros prefieren seguir a santo
Domingo, otros a san Francisco de Asís, otros a San Ignacio, otros a san Francisco de Sales, Otros al P.
Foucauld. Pero también existen caminos que no conducen a ninguna parte y se pierden en las arenas de
la ilusión. Existe lo auténtico y también lo aberrante.
Puede decirse que el criterio seguro, el único criterio de autenticidad espiritual es la Cruz. Todo lo
que conduce a la Cruz es inequívocamente cristiano. Todo lo que elimina la Cruz o la soslaya, es falso o
un sucedáneo.
Pero hay que comprender el sentido de la Cruz. La muerte de Cristo alrededor de sus treinta años
de edad es un hecho histórico situado y datado. ¿Qué significa este acontecimiento? En sí mismo no es
otra cosa que “el fracaso bastante inútil de un predicador ambulante” (Duquoc), que se llamó profeta y
Mesías de Israel, padeció bajo Poncio Pilato, murió y fue resucitado. Esto sucedió al final de un proceso
que causó cierto revuelo en la provincia romana de Judea y la tradición judía se hizo eco, incluso el
historiador Tácito en sus Anales. Para nosotros, los cristianos, este acontecimiento es el centro de la
historia, lo que quiere decir que confesamos que este suceso particular (como todos los sucesos) tiene
un significado universal. ¿Qué significado? Sería una ligereza no plantearse esta pregunta.

Presentación rudimentaria del misterio de la Redención

Uno se lo plantea hoy tanto más profundamente en cuanto que se advierte que la crisis de la Iglesia
impone, más allá de los múltiples problemas que implica, un volver a centrarlo con rigor, quiero decir
que hay que redescubrir el Centro. Pues el Centro no puede estar sino allí. Lo que más impresiona en
los numerosos ensayos religiosos que se publican actualmente, principalmente en Alemania y en
Francia, es que todos rechazan la presentación del misterio de la Cruz que marcó a nuestros antepasados

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y también nos ha marcado a nosotros mismos; esta presentación ha deformado las cosas.
He aquí cómo se expresa a este respecto el cardenal Ratzinger: “La conciencia cristiana ha sido,
en este punto, muy ampliamente influida por una presentación extremadamente rudimentaria de la
teología de la satisfacción de Anselmo de Canterbury (1033-1109)”. Os ruego que os deis cuenta de las
expresiones que emplea Ratzinger, dueño de su pluma. No pone en cuestión la concepción de Anselmo
pero emplea la expresión “presentación rudimentaria de la teología de Anselmo” y añade:
“Para un gran número de cristianos y sobre todo para los que no conocen la fe más que de lejos,
la Cruz se situaría en el interior de un mecanismo de derecho lesionado y restablecido. Esta sería la
manera en que la justicia de Dios infinitamente ofendida habría sido de nuevo reconciliada por una
satisfacción infinita... Ciertos textos de devoción parecen sugerir que la fe cristiana en la Cruz
representa a un Dios cuya justicia inexorable reclamó un sacrificio humano, el sacrificio de su
propio Hijo. Esta imagen es tan falsa como extendida. La Biblia no presenta la Cruz como parte de un
mecanismo de un derecho lesionado”. Tenía que citaros a alguien que es una autoridad en teología.

¿La justicia de Dios exige la muerte de Cristo?


La idea es clara: Cristo sería el sustituto de la humanidad pecadora, habría tomado sobre sí el
castigo destinado a esta humanidad, habría hecho de su vida un sacrificio de expiación. Subrayad
bien estas palabras pues uno se arriesga a manipularlas sin entrar en su significado. La humanidad
pecadora debe ser castigada: estamos delante de un Dios que castiga. Si Dios castiga, no es por gusto,
no puede ser por su parte una medida arbitraria, pues las medidas arbitrarias son propias de los tiranos y
Dios no es un tirano, si castiga, es porque “debe” castigar, porque su justicia lo exige. En consecuencia
Cristo sustituye a la humanidad para sufrir el castigo. Toma sobre sí el castigo. Si muere no es a causa
de sus pecados (es inocente), sino a causa de los nuestros. Cristo expía en nuestro lugar.
Se emplean también mucho las palabras “reparación” y “compensación”. Se dice que la ofensa
hecha a Dios debe ser reparada. La satisfacción que los hombres han rechazado dar a Dios por sus
pecados, Cristo, que está sin pecado, se la ofrece en compensación. Tales son las palabras principales de
un vocabulario no ha muy corriente en los catecismos y devocionarios. Recapitulo: justicia, castigo,
sustitución, expiación, reparación, compensación.
Para justificar estas palabras, veamos cómo se razona: el castigo debe ser proporcionado a la
falta. En efecto, Dios no puede apaciguar su cólera más que si el castigo pedido por la trasgresión se
cumple, pero como el mismo Dios ha sido ofendido, el hombre es incapaz de hacer una reparación
suficiente, pues Dios es el Infinito y el hombre es finito. Es, pues, imposible que la justicia de Dios sea
satisfecha. Por eso Cristo que es hombre, pero que es Dios, sustituye a los hombres para dar a Dios una
satisfacción digna de Él, es decir, que tenga un valor infinito. El amor de Dios por los hombres se
manifiesta pues en la sustitución imaginada para satisfacer su justicia.
Por tanto lo esencial es la reparación. No puede haber reparación más que por una compensación
ofrecida a la justicia de Dios. Esta compensación toma la forma de una pena aceptada por la víctima
misma, y por eso se designa en términos de satisfacción o expiación. Podéis ver cuánta razón tiene el
cardenal Ratzinger al decir que una presentación tal de la muerte de Cristo es “extremadamente
rudimentaria”. Esto es decir muy poco, por lo que añade: “Uno se aparta con horror de una justicia
divina en la que la sombría cólera quita toda credibilidad al mensaje del amor”.
En efecto, reflexionemos: se nos dice que Dios no podía perdonar al hombre sin que antes su
justicia hubiera sido satisfecha. Es preciso concluir que Dios no es un Infinito de gratuidad, se hace
intervenir en una fase del proceso de perdón una “justicia” que aparece inevitablemente como un
límite del amor. Ponéis en Dios un amor limitado por la justicia. Si la justicia de Dios exige una
compensación por el pecado, ¿puede uno aún hablar de perdón? Esto querría decir que Dios no puede
dar libre curso a su misericordia más que si es “vengado” previamente. Se plantea una especie de
conflicto en Dios entre una justicia vindicativa y un amor paternal, y el amor paternal está limitado
por la exigencia de la justicia vindicativa. La sangre de Jesús vertida en el Calvario es el precio de
una deuda exigida por Dios en compensación de la ofensa infligida a su honor por el pecado de los
hombres.
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Y sin embargo los textos del Nuevo Testamento...
No se puede ser insensible a lo inaceptable de todo esto, pero hay que reconocer que los
evangelios y san Pablo parecen autorizar el empleo de estas palabras: expiación, satisfacción,
compensación, sustitución. Leemos en efecto en san Marcos: “El Hijo del Hombre ha venido para dar
su vida en rescate por muchos” (10, 45). ¿Rescate? Busco el sentido exacto de la palabra en un buen
diccionario del Nuevo Testamento y encuentro esto: cantidad de dinero dada para la liberación de un
prisionero de una guerra o para rescate de un esclavo (de ahí la palabra redención que quiere decir
rescate: Cristo nos ha rescatado, es decir, nos ha comprado de nuevo). ¿Qué significa tal expresión? No
se puede ignorar este texto de san Marcos, cuya autenticidad no es dudosa.
Uno puede dudar menos, pues, veinte años antes que san Marcos, san Pablo había expresado la
misma idea más o menos en los mismos términos: “Dios destinó a Jesucristo a ser por su sangre víctima
propiciatoria, para los que creyesen en Él, para mostrar su justicia, porque El dejó impunes los pecados
cometidos antes, en el tiempo de su paciencia, para probar que es justo justificando al que tiene fe en
Jesús” (Rom 3, 25). He aquí un texto que reintroduce todo lo que se querría descartar, sangre, víctima,
justicia, castigo, todo está en él. O bien: “Cristo se entregó a Dios por nosotros como ofrenda y
sacrificio de buen olor” (Ef 5, 2). Y sobre todo en la carta a los Hebreos en la que su autor, para dar
sentido a la muerte de Cristo, se refiere continuamente a los sacrificios sangrientos del Antiguo
Testamento. Nada de esto se puede ignorar.
Entonces, ¿estamos en la rueca, como decía Montaigne? ¿Estamos condenados o a rechazar las
palabras de san Marcos y de san Pablo, o a afirmar como dato de fe lo que no puede más que rebelar a
nuestros contemporáneos? Pues, como dice muy bien el Padre Duquoc, cuando Bossuet se lamenta de
que “Dios Padre saciaba su venganza sobre Jesús”, estaremos o rebelados o engañados. Rebelados,
pues ¿con qué derecho se presta Dios a sentimientos que le deshonran y a suponerlos necesarios para
nuestra salvación? Engañados, en cuanto que esta sustitución de Cristo por los pobres hombres
impotentes para reparar su pecado parece algo completamente gratuito y abstracto.
La verdad es que, al principio, la Cruz de Jesús se aparece a los apóstoles como un fracaso
irrisorio. Ellos habían seguido a Jesús creyendo haber encontrado en Él al rey a quien nunca nadie
podría vencer, y he aquí que, contra toda expectativa, se convierten en compañeros de un hombre
condenado y ejecutado. Me diréis: la Resurrección les iluminó, después de las apariciones
reencontraron su antigua seguridad, están seguros ahora de que Jesús es el Rey en quien habían
creído. Es verdad. Pero uno se arriesga a no ver que hizo falta mucho tiempo para que los apóstoles
comprendieran para qué servía la Cruz. La Cruz, ¿para qué? El Resucitado dice a los discípulos de
Emaús: “¿No era preciso que Cristo padeciera estos sufrimientos para entrar en su gloria?” (Lc 24,
26). ¿Por qué “era preciso”? Los apóstoles lo comprendieron poco a poco.
Para explicar este acontecimiento, tuvieron que recurrir al Antiguo Testamento con categorías de
pensamiento propias de los judíos. Se trata de categorías rituales, cultuales. El culto era el centro de la
vida religiosa judía, el culto y por consiguiente los ritos del culto (no hay culto sin ritos). Los apóstoles
estuvieron pues convencidos, después de la resurrección de Jesús, de que todo lo que se había dicho en
el Antiguo Testamento se cumplía en Él, e incluso que era a partir de Jesús cuando uno podía entender
realmente lo que se trataba en realidad antes de Él. San Pablo y los evangelistas han “explicado”,
pues, la Cruz, han dado un sentido al acontecimiento “muerte de Jesús a los treinta años sobre una
Cruz” partiendo de las ideas de la teología cultual del Antiguo Testamento.
La palabra “sacrificio”, por ejemplo, pertenece a esta teología, se sabe que en Israel se ofrecían
ritualmente animales en sacrificio. Se vuelve a encontrar la palabra en el Nuevo Testamento, pero allí
está como un término de comparación. Jesús mismo pensó en su propia muerte con la ayuda de los
antiguos sacrificios, ofreció su sangre como la del sacrificio de la Alianza, dice que su sangre será
derramada por muchos (son las palabras de la consagración eucarística), y el “memorial” que instituye
en los días de la Pascua se inspira en el sacrificio pascual del Cordero. Pero para Jesús no había allí
más que imágenes, sabía que su muerte era algo distinto a un rito. 5 Lo que dice, es esto: los antiguos

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sacrificios eran ineficaces, sólo mi muerte puede conseguir lo que estos sacrificios querían obrar y
significar6. Se puede, pues, decir que la muerte de Jesús es “sacrificial”, es lo que dice el Evangelio.
Se ha originado durante mucho tiempo un gran sinsentido queriendo interpretar la epístola a los
Hebreos según las categorías del Antiguo Testamento. Desde el principio hasta el fin, el autor de esta
epístola se refiere al antiguo Templo, a los sacrificios de la Ley judía, al sacerdocio levítico. Se estaba
intentando creer que su autor, un discípulo de san Pablo probablemente, comprendía la muerte de Cristo
según estas categorías. De hecho su pensamiento es distinto, compara la muerte de Cristo a los antiguos
sacrificios para acentuar que entre esta muerte y esos sacrificios existe una diferencia esencial. Se sirve
de categorías conocidas por sus interlocutores (es una carta a los Hebreos, a los Judíos) para hacerles
comprender cómo su espera ha sido cumplida más allá de lo previsible.
Ratzinger resume admirablemente en pocas líneas el pensamiento del autor: “Todo instrumento
sacrificial de la humanidad, todos los esfuerzos de que el mundo está lleno para reconciliarse con Dios
por el culto y los ritos, estaban condenados a quedar como obra humana ineficaz y vana, pues lo que
Dios quiere no son machos cabríos ni toros, ni ninguna ofrenda ritual. Se puede sacrificar a Dios
multitud de animales en toda la superficie del globo, a Dios no le importa, pues en todo caso, esto le
pertenece; no se aporta nada a Dios quemando todo esto para su gloria... El hombre, sólo el hombre,
es quien interesa a Dios. La sola adoración verdadera es el “sí” incondicional del hombre a Dios.
Todo le pertenece a Dios, pero le da al hombre la libertad de decir “sí” o “no”, de amar o de rechazar
amar; la adhesión libre del amor es la única cosa que Dios puede esperar.” 7 Fuera de esto, nada tiene
sentido. Sólo esto es irreemplazable.
En consecuencia todo el culto antiguo buscaba reemplazar lo irreemplazable, sustituir las
ofrendas de los animales por la ofrenda del amor del hombre. Tal sustitución era perfectamente vana.
Jesús se ofreció a sí mismo, pronunció el “sí” a Dios de la obediencia filial (notad que resumo la
epístola a los Hebreos, no pretendo explicar en este momento por qué la muerte de Cristo es un “sí”
filial de obediencia a Dios, puesto que precisamente estimamos inaceptable y escandaloso que Dios
pueda, en nombre de su justicia, exigir la sangre de su Hijo; volveremos sobre ello).
Para el autor de la epístola a los Hebreos Cristo sustituye las ofrendas vanas e ineficaces de los
Antiguos por su propia persona. Ciertamente, el texto afirma que es por su sangre por la que Jesús ha
cumplido la reconciliación con Dios (9, 12). Pero esto no quiere decir que esta sangre vertida sea un
don material, un medio de expiación cuantitativamente mensurable, la sangre vertida es la expresión
concreta de un amor que va hasta el fin de sí mismo. Cristo para el autor de la carta a los Hebreos es el
que lo ha dado todo, absolutamente todo. Es el Hombre, el hombre en la plenitud de su perfección, Él
es el absoluto del amor, tal que sólo podía ofrecerlo Aquel en quien el amor mismo de Dios se había
transformado en amor humano.
Por ello, no porque los Evangelios, san Pablo y la epístola a los Hebreos expresen la muerte de
Cristo en términos de rescate, expiación o sustitución, debemos quedar prisioneros, como lo hemos sido
demasiado tiempo, de la teoría según la que el Padre exigió la sangre de Cristo como satisfacción a su
justicia lesionada por el pecado de los hombres. En otros términos, no es ser infiel a la Escritura huir de
tal teoría (pues no es más que una teoría, y no es el único caso en que los teólogos indebidamente han
unido lo esencial de la fe a una teoría explicativa). En el sentido de la muerte de Cristo, no sólo la teoría
que durante siglos prevaleció en los tratados de teología y en los catecismos es discutible, es,
repitámoslo, gravemente deformante. Estamos en el punto de partida: ¿qué sentido tiene pues la
expresión del Credo, Cristo murió por nosotros?

Propuesta de reflexiones teológicas

Hay que volver a la palabra de Jesús en el Evangelio de san Juan: “Quien me ve a mí, ve al
Padre” (14, 9). Ver a Jesús, es ver a Dios. No conocemos a Dios más que por Jesús. Pero conociendo a
Jesús conocemos verdaderamente a Dios, porque nos es necesario conocerle para tener con Él una
relación verdadera. Lo esencial es no equivocarse acerca de quién es Dios.

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Todo lo que Jesús dice y hace, revela o desvela a Dios. Lo visible en Jesús existe invisiblemente,
misteriosamente, en Dios. Si la Encarnación es un acto de humildad, es porque Dios es un Ser humilde.
Si Jesús es pobre, es porque Dios es pobre. Cuando contemplo a Jesús la tarde del Jueves santo lavar
con humildad pies de hombre, veo entonces a Dios mismo ser eternamente Servidor con humildad en lo
más profundo de su Gloria. La humildad de Cristo no es un suceso excepcional de la gloria de Dios sino
que manifiesta en el tiempo histórico humano que la humildad está eternamente en el corazón de la
Gloria. En el momento en que Jesús muere sobre la Cruz le escucho decirme: “Quien me ve, ve al
Padre”. La muerte de Jesús me revela, me desvela, me hace ver quién es Dios, cuál es su ser, cuál es la
profundidad del Ser eterno de Dios.
Para Cristo, “obedecer” al Padre, no es ejecutar una orden, como vemos aquí ejecutar a un inferior
la orden de su superior jerárquico. No hace falta imaginar a Dios Padre diciendo a Dios Hijo: te ordeno
sufrir y morir a los treinta años. Si esto fuera la obediencia estaría de acuerdo con toda clase de
contestatarios para rechazarla. Cristo “obedece” al Padre revelándole tal como É1 es; esto significó para
Jesús aceptar morir. Si Jesús no hubiera aceptado morir, no habría revelado a Dios tal como es.

El amor es muerte de sí mismo, entrega de sí


En el fondo de todo, en Dios la muerte está eternamente en el corazón de la vida. Dios es Amor.
En consecuencia amar es morir a sí mismo, no sólo prefiriendo a los otros a sí sino (cuando se es Dios y
se ama en plenitud, en quien se realiza eternamente la perfección del amor, renunciando a existir por sí
y para sí, a fin de existir únicamente por los otros y para los otros. Dios es Trinidad, el Padre no es más
que movimiento hacia el Hijo y el Espíritu, el Hijo no es más que movimiento hacia el Padre y el
Espíritu, el Espíritu no es más que movimiento hacia el Padre y el Hijo. Este ~,no es más que,~ sobre el
que insisto, expresa el misterio de Dios. Quiere decir que en el fondo de Dios la muerte es idéntica a la
vida. Salir de sí es morir para sí. Vivir es amar, pero amar es morir, pues no es otra cosa que ser por los
otros y para los otros.
Esto significa exactamente lo que Jesús manifiesta muriendo en la Cruz. San Pablo nos dice que
Dios “se vació sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres.., se
humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz” (Filp 2, 8-9). Esto quiere decir que el
ser de Dios está eternamente en acto de entregarse por los otros. Ciertamente que no podemos
comprender exactamente lo que esto significa, pues el Ser eterno de Dios está más allá de todas nuestras
representaciones, pero podemos tratar de comprender que tal es el “misterio” del Ser de Dios. Es
preciso saber al menos en qué Dios creemos.
Los judíos esperaban una manifestación triunfal de Dios. Y he aquí que, en el Calvario, Dios no
interviene, se esconde y calla. Este no es el Dios Sabaoth, es decir el Dios de las armadas, es el Dios
“desarmado”; el juego de palabras es clásico. Se le imaginaba rico y poderoso, y ciertamente lo es
puesto que es el Infinito, pero uno ve ahora que su riqueza no es la de tener sino la de dar, es la riqueza
de una entrega total de sí, sin reservas ni segundas intenciones. Sería desconocer el amor si
sospecháramos en Dios una segunda intención o una intención torcida. El amor no entrega algo de sí
cuando se reserva en el fondo, precisamente es el fondo lo que entrega. Guardar un pensamiento o una
intención detrás de sí querría decir que uno es propietario de sí. Pero no hay rastro de propiedad en
Dios.
Muy lejos de exigir el sacrificio de su Hijo para que la satisfacción sea dada a su Justicia, el Padre,
sacrificando a su Hijo, sacrifica lo que tiene de más querido, es decir, se sacrifica a sí mismo. El Padre
no se reserva a El mismo. Puesto que el Ser del Padre no es más que (otra vez “no es más que”) por y
para el Hijo, entregándonos a su Hijo se entrega a sí mismo. Su ser, su “naturaleza”, es ser “entrega de
sí” (la palabra “entrega”, “entregarse” es una de las que se encuentran más a menudo en los evangelios).
La muerte de Cristo nos lleva a pensar que el ser de Dios es diferente al que nosotros nos
representamos, que las perfecciones de Dios son no sólo infinitamente superiores a lo que nosotros
podemos ser en perfección, sino que ellas están en El bajo un modo infinitamente diferente al nuestro,
Dios es Totalmente Otro. Nosotros, somos ricos poseyendo; Dios es rico despose-yéndose. Nosotros
somos fuertes dominando; Dios es fuerte humillándose.

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Cristo, haciéndose esclavo, dejándose apresar en su Pasión y desposeyéndose de su misma vida,
traduce a Dios en gestos y actos humanos. El es, como se ha dicho, el “prisma” de Dios que
descompone para nuestros ojos de carne la luz blanca esplendorosa de la Divinidad. Él es este prisma de
un extremo a otro de su vida, pero lo es sobre todo por su muerte. Es cuando da su último suspiro
cuando se desposee de la vida misma, por tanto de todo, es en este momento cuando es humanamente lo
que .Dios es divinamente por toda la eternidad, es en este momento cuando es humanamente
todopoderoso al igual que Dios es divinamente todopoderoso, es en este momento cuando Él participa
de la omnipotencia de Dios; que no es una potencia de dominación ni de exhibición, sino de
anonadamiento de sí.
En tanto que no se ha comprendido que la omnipotencia de Dios es una omnipotencia de
anonadamiento de sí en tanto en .cuanto no se ha experimentado en la propia vida que es necesario más
poder de amor para anonadarse que para exhibirse, todo lo que acabo de decir es literalmente
ininteligible. Amar al otro ~.s querer que él sea, y no querer pasarle delante para que sea menos, ¡tal es
el poder del amor!

La omnipotencia del amor es el perdón


Cuando Cristo participa en la omnipotencia de Dios, que es un poder de anonadamiento de sí -y
Él participa cuando se anonada, es decir cuando muere-, participa en el poder de perdón que existe en el
fondo de Dios. En un sentido literal, Él muere por nosotros los hombres, nos “salva”. Esto necesita ser
explicado, pues es muy difícil hablar de perdón y sin embargo, como decía Mauriac, tenemos más
hambre de perdón, incluso más aún, que de pan.
El perdón no es una indulgencia sino una recreación. Es la recreación de la libertad de aquél que la ha
dejado languidecer por el pecado. A Dios le hace falta más poder para perdonar que para crear, pues
recrear, es más que crear. El poder de recreación está en el corazón de la potencia creadora como un
súper-poder. Creando libertades, Dios se compromete en un redoblado amor a restituirles el poder que
les da de crearse a ellas mismas. Así, pues, el acto creador es en Dios acto de humildad y de renuncia,
Dios que es Todo, renuncia a ser Todo. Pues, cuando se es Amor uno no tolera ser Todo; no se puede ser
Amor y ser Todo. Él abre un espacio a la libertad, como dice el poeta alemán H61derlin, “Dios hace al
hombre como el mar hace los continentes, retirándose”.
Si para Dios el acto de crear es el acto de retirarse, ¿no será porque el acto de recrear o de perdonar,
de rehacer una libertad no es si no un redoblamiento del acto de retirarse? ¿no será que perdonar es
retirarse dos veces? ¿No será éste la suprema omnipotencia? La oración de la misa del vigesimosexto
domingo ordinario lo expresa explícitamente: “Oh Dios, que das la prueba suprema del poder cuando
tienes paciencia y cuando perdonas sin cansarte, concédenos tu gracia”.
Es, pues, muriendo como Cristo participa en el poder Supremo, recreador, perdonador de Dios. Un
hombre, nacido de la Virgen María, por tanto de nuestra raza, tiene por su muerte el poder divino de
perdonar. Un Dios que no facilitase el perdón podría ser sospechoso. Nada más sospechoso que un
cierto modo paternalista de decir, te perdono. Pero un Dios hecho hombre que perdone muriendo, cuya
muerte es idénticamente perdón, y perdón universal, ¿cómo ser sospechoso?
Es, pues, verdadero decir que por la sangre vertida de Cristo somos salvados. Es lo que expresa la frase
de la consagración eucarística: he aquí la sangre que será derramada en remisión de los pecados. Estas
palabras no quieren decir que la sangre es una compensación ofrecida a la justicia de Dios que exige
que la sangre de Cristo sea derramada. La sangre vertida es el signo de un amor que va hasta el final (cf.
Jn 13, 1), hasta el final del don, es decir, al perdón o don perfecto.
Subrayo que el misterio de la Cruz de Cristo no es más que un enigma desprovisto de significación,
si uno no cambia la idea que se hace espontáneamente del poder de Dios. Todo Dios es el “Gran
Patrón”, es inevitable, pero uno no puede orientarse en esta dirección pagana. Espontáneamente
querríamos que Dios interviniese constantemente en nuestros asuntos, que Dios escribiese Él mismo
nuestra historia en nuestro lugar, que Dios nos librase de esa terrible responsabilidad por la que tenemos
que ser nosotros mismos los autores de nuestro destino.
Cuando se llega a ser cristiano (pues no se es cristiano, uno lo llega a ser, hace falta una conversión
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día a día) y se contempla la Impotencia absoluta del Hombre-Dios clavado sobre una Cruz, uno tiene
siempre dificultad para olvidar el primer paso (pagano) que nos marcó profundamente. Uno todavía está
mal convertido. Se oscila entre dos imágenes de lo divino que se concilian tan mal que hay que
distinguirlas: la imagen de la omnipotencia pagana, dominadora, y la imagen de la Impotencia total de
Cristo clavado que agoniza y muere. La imagen de la omnipotencia pagana subsiste por debajo,
inmutable, y la imagen de la Impotencia total de Cristo clavado es una especie de sobreimpresión. La
coexistencia de estas dos imágenes es desastrosa para el alma y para el espíritu.
Es preciso, pues, proseguir a lo largo de los días y de los años una meditación cristiana que nos
persuada en profundidad de que es la Impotencia total del Calvario la que revela la verdadera naturaleza
de la Omnipotencia de Dios, del Ser eterno e infinito. Es la muerte de Cristo la que revela en plenitud la
Gloria de Dios, esta Gloria que es idénticamente el amor como Poder de anonadamiento de sí. Es en
Jesús crucificado donde se pone de manifiesto el puro “por ti” o “por vosotros” del Absoluto viviente
que es la Trinidad. Es un hombre desfigurado, sangrante, lleno de escupitajos, de sudor y de sangre,
comparado por Isaías con el cordero conducido al matadero, quien desvela el Ser eterno sin figura. La
existencia humana no tiene sentido más que en Él y por Él, tal es la afirmación central de nuestra fe.
¡Cómo se comprende la emoción de san Pablo cuando dice (Flp 3, 18) que “llora” pensando en los
hombres “que caminan como enemigos de la Cruz de Cristo”! Haría falta sin duda llegar a ser capaces
de llorar también.

¿Es un hecho histórico la resurrección de Cristo?

Págs. 101-116
Abordamos el problema de la resurrección de Cristo. Problema o misterio muy importante, pues
debemos creer a san Pablo cuando dice que “si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana o vacía”, es decir,
sin fundamento (1 Cor 15, 14).

Historia y fe
La batalla de Austerlitz es un hecho histórico, la muerte del general de Gaulle también. ¿Hay que
decir que la resurrección de Cristo es igualmente un hecho histórico? Sí y no. La resurrección es a la
vez e indivisiblemente un acontecimiento para la fe que comporta un hecho histórico (sin el cual no
podría hablarse de acontecimiento).
Lo histórico es el testimonio de los apóstoles: hombres que vivieron con Jesús, le tuvieron por
Mesías y proclamaron haberle visto vivo después de su muerte en la Cruz.
Este testimonio histórico implica algo que no es histórico y tampoco puede serlo, la Resurrección,
como acto de pasar de la muerte a la vida eterna, no puede ser una realidad más que para la fe. Los
apóstoles no fueron testigos de este hecho y no podían serlo (incluso si se hubiesen quedado en la
tumba de Jesús hasta la mañana de Pascua). En efecto, con relación al mundo, en el que cualquier
acontecimiento puede ser constatado, la resurrección es pura y simplemente una desaparición. El
cuerpo de Jesús resucitado no pertenece ya a nuestro universo físico de espacio y tiempo.
En consecuencia, es imposible que se pueda constatar el paso -el acto de pasar- de la muerte a la
vida eterna. Es por lo que la resurrección de Jesús no puede ser asimilada de ningún modo a la
reanimación de un cadáver, como fue el caso de Lázaro.
La resurrección de Lázaro no es el paso de la muerte a la vida eterna, al mundo de Dios, sino el
retorno a la vida tal como era antes de su muerte. Lázaro volvió a su vida de antes de morir. Cuando me
dirijo a los niños les digo que, al salir de la tumba, Lázaro quizás estornudó, tosió, apreció el tiempo
que hacía (sol o lluvia). En todo caso, reencontró a sus parientes, a sus amigos, al universo tal y como lo
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había dejado antes de morir, reemprendió su vida y no fue dispensado de morir una segunda vez. Por
consiguiente nada hay de común entre lo que se llama la resurrección de Lázaro (que es más bien el
milagro de un cadáver reanimado) y la resurrección de Jesús.
Lo que podemos tener por histórico es lo que fue para los apóstoles objeto de una constatación
sensorial o sensible (por los sentidos). En consecuencia, lo que constataron con sus sentidos, lo que fue
para ellos objeto de una constatación sensorial, son sólo dos cosas: la tumba vacía y por otra parte no
diré la manifestación de Jesús resucitado sino la manifestación de alguien que se presenta a ellos sin
que le reconozcan todavía como Jesús viviente. Si le hubieran reconocido enseguida como Jesús
viviente habría que decir que se trataba de un cadáver reanimado.
Se teme bromear cuando se trata de un misterio tan profundo pero se puede decir que uno no se
imagina a los apóstoles exclamando: ¡toma! ¿tú has salido de la tumba? o ¡toma! ¿cómo se hace eso?
¡estabas muerto y ahora estás aquí! ¡Esto es impensable! Los apóstoles han constatado la presencia de
alguien, jardinero para la Magdalena, viajero para los peregrinos de Emaús..., y es en un acto de fe
como a continuación reconocieron a este alguien como aquél con quien habían vivido durante tres años
y de quien fueron discípulos.
Insisto, sería falso imaginarse que los apóstoles constataron (constatación -por los sentidos- por
tanto histórico) que este alguien que se presenta a ellos es el Jesús que ellos habían conocido antes de
su muerte en la Cruz, y que enseguida creyeron al Resucitado. Los textos evangélicos dicen lo
contrario:
- ellos percibieron a alguien, pero sin reconocerlo;
- de esta percepción pasaron a la fe por medio de una reflexión sobre su existencia anterior con
Jesús, esclarecida ahora por las Escrituras que Él les interpreta y por la misión que les confía.
Tenemos por consiguiente:
1) Constatación de la presencia de alguien que se manifiesta.
2) Entendimiento de las antiguas palabras de Jesús, de su anterior conducta y de las profecías
relativas a su muerte (es en el relato de los peregrinos de Emaús donde este tiempo de reflexión por
medio de las Escrituras está más desarrollado, pero todos los relatos de apariciones hacen notar que la
simple manifestación de Jesús resucitado no es suficiente a los apóstoles para reconocerle, mientras
que todo el mundo reconoció a Lázaro).
3) Reconocimiento (por la fe) de este alguien como Jesús viviente, el cual Jesús les orienta, a partir
de su pasado, hacia el porvenir con-fiándoles una misión, la de construir la Iglesia.

La tumba vacía
¿Cuáles son los signos por los que se manifiesta Jesús resucitado? El Evangelio responde que hay
dos: uno, negativo (la tumba vacía); otro, positivo (Jesús se aparece a los apóstoles).
Precisemos que el descubrimiento de la tumba vacía, tal como nos ha sido relatada por el
Evangelio, casi no ha desempeñado un papel en la génesis de la fe de los apóstoles. La tumba vacía, en
efecto, no prueba por sí misma la resurrección. Por otra parte, en la fórmula más antigua del Nuevo
Testamento (alrededor del año 50), san Pablo afirma que “Dios ha resucitado a Jesús de entre los
muertos” (1 Tes 1, 9); no hay mención al sepulcro. El descubrimiento de la tumba vacía es relatada
ciertamente en los evangelios, pero no forma parte del mensaje apostólico fundamental (ocurre algo
distinto con las apariciones).
“La tumba vacía es un hecho curioso que plantea un interrogante. La respuesta no se impone”. 1 Se
puede interpretar el hecho de otra forma, por el robo del cuerpo. No decimos que la tumba vacía no sea
una realidad, un hecho, decimos simplemente que si se aísla este hecho del contexto, es decir
esencialmente del testimonio de los apóstoles en lo concerniente a las apariciones, se reduce a un
detalle, al que el historiador podrá siempre discutir su solidez (como tal o cual hecho diverso relatado
por el historiador Tácito). Tomado por sí mismo, a dos mil años de distancia, tal detalle, incluso bien
atestiguado, no tiene gran valor histórico. No se pueden declarar “históricos” más que los sucesos de

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cierta amplitud e integrados en un conjunto tenido como “histórico”.
No hay que asombrarse de que el historiador moderno muestre la mayor reserva con respecto al
descubrimiento de la tumba vacía. Y no saldrá de su reserva de historiador más que si reconoce el
valor del testimonio de los apóstoles relativo a las apariciones.

Las apariciones, su objetividad


Por lo que concierne a las apariciones, no se comprende cómo se puede ser negar el hecho. “Sin ellas,
aunque se renuncie a la insostenible hipótesis de una trapacería concertada, el cristianismo se
convierte en inexplicable”. Para Édouard Le Roy, filósofo amigo de Bergson y de Teilhard de Chardin,
“el hecho de las apariciones está situado por encima de toda discusión razonable “. Pero el problema
es el del significado de este hecho, su contenido. En consecuencia, aquí la reflexión se obstina a
menudo sobre un a priori, según el cual toda aparición no puede ser más que una alucinación subjetiva
y patológica sin valor objetivo. Hay que decir que este postulado no es nada evidente en sí mismo.
Zanjar así de antemano la cuestión no es conforme al verdadero método crítico.
Se habla de autosugestión: “Habría que comprender cómo la fe de los apóstoles, tan débil, tan
frágil ante la gran decepción de la muerte de Jesús, pudo renacer tan viva y tan exaltada después. El
peligro era mucho mayor para ellos predicar a Jesús resucitado de entre los muertos que reconocer en
el momento de su proceso que habían sido sus discípulos. Los apóstoles no tuvieron coraje en el
momento de su proceso para reconocerle como su maestro, y sin embargo era menos difícil que tener la
audacia de predicar que Jesús había resucitado. La dificultad una vez que hubo desaparecido era
mucho mayor que antes para tener en Él una confianza que les empujase hasta la alegre aceptación del
martirio.”
Notemos sin embargo que esta observación no es decisiva por sí misma, puede haber una objeción.
Hay casos de fenómenos colectivos de creencia en que sobrevive un héroe muerto en la guerra, parece
comprobado en poblaciones de psicología primitiva. Sobrevive no en el sentido de que el héroe haya
escapado de la mansión de los muertos, sino en el sentido de que permanecería siempre, aunque
invisiblemente, en nuestro mundo, y aquí aún tendría una influencia histórica. Una creencia tal puede
suscitar entre los pueblos primitivos la devoción más exaltada, por parte de sus fieles, por la causa
encarnada por este héroe. Es preciso, pues, ser prudente, porque se trata del fundamento de la fe.
Se dice que una aparición no puede ser más que una elaboración del espíritu, algo subjetivo; uno
queda impresionado por un mecanismo alucinatorio. Pero nuestras percepciones más comunes (por
ejemplo, la percepción que yo tengo ahora de este micrófono, de este papel, de esta mesa, y de todos
vosotros aquí reunidos) comportan, también ellas, una parte de construcción subjetiva. Una aparición
puede implicar perfectamente elementos de construcción subjetiva y tener un valor objetivo, sólo hace
falta comprender bien la palabra “objetivo”. Es ambigua. Objetivo no quiere decir exterior. Nuestra
imaginación nos lleva a creer que todo lo objetivo es exterior y que todo lo interior es puramente
subjetivo. Bien es verdad que todos vosotros en este momento ante mí sois objetivos, tenéis una
existencia objetiva (no os resignaríais a existir más que en mi pensamiento; si os dijera que no existís
más que en mi pensamiento os pondríais furiosos y protestaríais pues existís objetivamente). Y al
mismo tiempo sois exteriores a mi (estáis separados de mí por quince o veinte metros y, para tocaros,
estrecharos la mano, o abrazaros, sería preciso que yo franquease el espacio que nos separa). Pero, de sí,
objetivo no quiere decir exterior, son dos conceptos completamente diferentes.
Cuando decimos que la manifestación de Jesús resucitado a los apóstoles ha sido objetiva -es lo
esencial- no decimos que fue exterior a ellos (como vosotros sois exteriores a mí y yo exterior a
vosotros). Incluso si los apóstoles, construyendo necesariamente su percepción (puesto que toda
percepción es una construcción, esto es el ABC de la psicología) y hablando en un lenguaje corriente,
apercibieron a Jesús como exterior a ellos, no quiere decir de ningún modo que Jesús era, en sí mismo,
exterior a ellos.
Reconozco que se trata de un punto difícil; si preferís pensar que Jesús resucitado era a la vez
objetivo y exterior, sois libres para hacerlo. Sólo hay que prever objeciones y dificultades, no hay que
obstaculizar el camino de la fe, pues lo esencial, lo que compromete la fe, es que su presencia era
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objetiva.
Lo que queremos decir hablando de “valor objetivo” de las apariciones es exactamente esto: las
apariciones no son una invención de los apóstoles, son reales en el sentido de que los apóstoles
percibían al Resucitado en virtud de una iniciativa que no procedía de ellos, sino de Él. En la
alucinación, la iniciativa procede del sujeto que conoce. En el caso de las apariciones, la iniciativa no
procede de los apóstoles sino de Cristo. En otros términos, si los apóstoles vieron a Jesús es porque
Jesús se hizo ver, se manifestó para que le viesen.
¿Puede uno comparar las apariciones de Jesús resucitado a las experiencias místicas de las que nos
habla la historia de la Iglesia (las de una santa Teresa, de una santa Catalina de Siena o de una
Bernardette de Lourdes)? Sí y no, pero sobre todo no.
Sí, porque, aquí y allí, para los apóstoles y para Bernardette, hay una experiencia de lo inefable; en
Jerusalén como en Lourdes lo inefable (es decir lo que no es de un modo natural objeto de la
experiencia, Dios incluso o María) se transforma en objeto de experiencia. Leed cualquier libro serio
sobre los místicos, Baruzi o Delacroix, y pensad que por el estudio de los místicos Bergson llegó a la fe.
La experiencia mística es la de lo divino, es verdadera para santa Teresa o para santa Bernardette, es
verdadera para los apóstoles.
Pero he dicho “sobre todo no”, porque en la experiencia de los apóstoles, en lo que nosotros
llamamos las apariciones de Jesús resucitado, hay algo absolutamente original, algo de lo que sólo ellos
han tenido experiencia. ¿Cuál? ¿Qué diferencia fundamental hay entre las apariciones de Jesús a los
apóstoles y las de María a Bernardette? Esta: la identidad de quien ven ahora, después de su muerte,
con aquél que conocieron, antes de su muerte, en condiciones de existencia natural. 0 lo que es lo
mismo, los apóstoles reconocen a Jesús como aquél con quien habían vivido antes de su muerte.
Bernardette no reconoce a María como una mujer con la que había guardado las ovejas, no existe
ningún reconocimiento de identidad. La experiencia de los apóstoles es absolutamente original y única
en la historia, ellos comprenden que hay una continuidad entre la vida mortal de Jesús y su existencia
de Resucitado.

La génesis de la fe entre los apóstoles


Tratemos de comprender cómo sucedieron las cosas, aunque estas cuestiones, como veis, no sean
sencillas. Es probable que si no es sencillo, sea porque hemos sido deformados un poco. Sería preciso
que fuera sencillo (no digo simplista), pues la fe es para todo el mundo y no sólo para los eruditos y los
filósofos. Hay tres tiempos en la génesis de la fe en los apóstoles:
PRIMER TIEMPO: los apóstoles son hombres que han encontrado a Jesús, al hombre Jesús, en su
vida mortal, le han seguido, han creído en Él como el Mesías anunciado, salvador de su nación, no
digo como Dios, ningún apóstol creyó antes de Pentecostés que Jesús era Dios. Primer tiempo: vida
mortal, hombres mortales viviendo con un hombre mortal.
SEGUNDO TIEMPO: esta fe, real pero frágil, ha sufrido la terrible prueba de la muerte de Jesús,
no importa qué muerte pero una muerte infamante. Esto significó para ellos el fin de un bello sueño, la
interrupción de una bonita aventura. Ya no creían en su Mesías condenado y crucificado. ¿Creen aún en
Dios? No es seguro pues Dios ha dejado que condenasen al justo, y ¿existe un Dios que permita
condenar al justo? Se encuentran en una confusión total, ya no esperan nada. En el episodio admirable
de los discípulos de Emaús, san Lucas ha descrito esta confusión: nosotros esperábamos pero nosotros
ya no esperamos .... y huyen. Quedan sin embargo los que han estado más unidos a Jesús y le siguieron
durante tres años. Será a partir de ellos como va a engendrarse la fe pascual por la intervención de
Jesús resucitado.
TERCER TIEMPO: alguien se presenta ante ellos. Esto es un dato, alguien de repente está allí sin
que nadie se dé cuenta de su proximidad. Podría ser el jardinero (es lo que cree al principio María
Magdalena), podría ser un viajero en el camino entre Jerusalén y Emaús. Esto no aclara nada a los
apóstoles, al contrario les perturba. ¿Quién es éste? Ellos no tienen fe ni esperanza, ¿cómo
reconocerían por sus sentidos naturales (sus ojos, sus orejas, sus manos) a alguien que ha superado la
existencia natural y que no se puede por consiguiente reconocer por los sentidos naturales? Si le
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hubieran reconocido de repente Jesús sería un cadáver reanimado como Lázaro, habría vuelto a la vida
mortal. Pero Jesús ha pasado a la vida eterna, a la vida divina. Mientras que este alguien les explica las
Escrituras aplicándolas a su vida pasada y sobre todo a su muerte. Él les propone una lectura de las
Escrituras que va más allá de lo que habían comprendido hasta entonces, Él les explica lo que los
profetas habían anunciado con respecto al Mesías que debía sufrir y morir. Para los apóstoles, es
precisamente esta luz proyectada sobre los sufrimientos y la muerte de Jesús la causa de su confusión,
las tinieblas mismas donde su fe había naufragado. Su fe renace, y he aquí el punto capital, comprenden
que Jesús, precisamente porque era el Mesías, debía sufrir y morir (no por casualidad, sino porque era
el Mesías). Los Profetas lo habían dicho, ahora los apóstoles lo comprenden.
Y al mismo tiempo que su pasión y su muerte, las Escrituras habían anunciado la exaltación del
Mesías. A continuación la Iglesia empieza a crecer, porque, tan pronto como los apóstoles
reconocieron a Jesús, se aseguraron de su identidad, Jesús los envía hacia el futuro con-fiándoles una
misión: hacer la Iglesia, hacer crecer la Iglesia. Este punto del envío en misión es tan importante como
la vuelta sobre el pasado (la exégesis moderna insiste mucho sobre esto).
Se escucha a menudo la siguiente objeción: si la resurrección de Cristo hubiera sido atestiguada
por otros hombres que no fuesen los apóstoles, neutrales, digamos los paganos que no habían conocido
a Jesús, o incluso por sus adversarios (los fariseos, los príncipes de los sacerdotes), tal testimonio ¿no
sería más probatorio? ¿No hay motivos para dudar que los apóstoles estuviesen en una situación
privilegiada con relación a una eventual resurrección? Sería menos sospechoso si Judas hubiera sido
testigo de la resurrección...
Tomar en serio tal objeción es imaginar la resurrección como si fuera la reanimación de un cadáver,
como la vuelta de Jesús a una vida natural. Es concebir la resurrección como un prodigio que
dispensaría de un acto de fe (no hay necesidad de hacer un acto de fe para reconocer a Lázaro saliendo
de la tumba), un prodigio que podría *estremecer de terror a cualquiera y constreñirle en cierto modo
en la fe”.4 Imaginad a Judas como testigo de la resurrección: ¡no hubiera ido a ahorcarse, hubiera
estado obligado a creer! Pero esto es contradictorio porque si uno es obligado a la fe, la fe no es ya fe.
Una resurrección que no fuera más que un prodigio impresionante para cualquiera y constriñendo a la
fe, ¡no sería serio!
La verdad es que, si los adversarios de Jesús se hubieran encontrado con los apóstoles en el camino de
Emaús, tal vez habrían visto a un “desconocido”, no habrían reconocido a quien ellos habían
crucificado. Un buen hombre que hubiera estado fumando su pipa en el dintel de su puerta que da al
camino de Emaús, ¿habría visto dos o tres viajeros? No lo sé. Todo depende de lo que se piense:
aparición exterior o puramente interior, objetiva en cualquier caso. También habría visto tal vez a un
“desconocido” pero no habría reconocido al que él había crucificado, suponiendo que este hombre
honrado fuera uno de los verdugos que clavaron a Jesús en la Cruz.
Hay que añadir que las apariciones son una señal que desaparecerá. La Ascensión será la última y la
fiesta de la Ascensión es la fiesta de la última aparición. La fe perfecta implica superar todo signo
particular, es la libertad con relación a los signos. La fe perfecta es la fe según el Espíritu. Pentecostés
inaugura esta fe. Más allá de las apariciones, y más que ellas, la expansión de la Iglesia significará la
plena manifestación de Jesús resucitado.

Las tentaciones del no-creyente y del creyente


¿Qué significa la resurrección de Cristo para el no-creyente? El no-creyente moderno está en la
misma situación de los apóstoles antes de reconocer a Jesús en un acto de fe. Los signos (tumba vacía y
apariciones), si se les quita su significado, tienden a esterilizarse. Para los apóstoles, Jesús cuando se
manifiesta provoca en primer lugar un sobrecogimiento, lo toman por un fantasma. Para el historiador,
en tanto que está fuera de la fe, los signos son frágiles e incluso motivo de precaución. La fe obra sobre
los signos revelando, esclareciendo su coherencia y su solidez. Pero la increencia también obra sobre
los signos dislocándolos en cierto modo y disolviéndolos.
Para el historiador no-creyente hay un dato literario de la tumba vacía y de las apariciones: ¡está
escrito! Pero este dato literario, si se separa de su significado, tiende a vaciarse él mismo de forma que

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no llega incluso ni a constituir un problema, el no-creyente, tiende a suprimir el dato de la tumba vacía
como hecho histórico (dirá que los primeros cristianos inventaron este hecho por necesidades del
momento, o bien, si el estudio serio de los textos concluye en el carácter verdaderamente histórico de la
tumba vacía, encontrará una salida a la cuestión planteada por el hecho histórico en la leyenda judía que
aporta Mateo 27, 64 y 28, 13 según la cual “os discípulos de Jesús vinieron durante la noche y robaron
el cuerpo con el fin de poder decir al pueblo que ha resucitado de entre los muertos”). Y, con respecto a
las apariciones, el no-creyente tenderá a interpretarlas como fenómenos de autosugestión o de
alucinación colectiva. El punto importante es éste: cuando se desconoce el sentido del acontecimiento
se acaba por disolverlo, el desconocimiento del significado tiende a refluir sobre el acontecimiento y a
disolverlo.
Pero estemos en guardia, inversamente, en no exagerar el dato histórico. Es la tentación del
creyente, razonamos como si el significado fuera perceptible en el dato histórico, como si la tumba
vacía fuera por sí misma una prueba de la resurrección, como si las apariciones permitiesen identificar
a Jesús instantáneamente sin que haya que hacer un acto de fe, como si Jesús fuera Lázaro vuelto a la
vida. Pongámonos en guardia porque si así fuera, habría que decir que la resurrección de Jesús cae en
bloque bajo las tomas de sentido y de la historia. Sería preciso concluir entonces que el no-creyente es
un imbécil o un ignorante, que no conoce los textos, o que es incapaz de leerlos correctamente o,
todavía más, que tiene mala fe (Dios sabe que uno no está exento de tratar con increyentes imbéciles o
gentes de mala fe). Pero esto no es honrado y no tenemos derecho a hacerlo. No exageremos el dato
histórico, la resurrección de Jesús no es pura y simplemente un hecho histórico como la batalla de
Lepanto. La fe es libre, si no, no es fe.

No un prodigio sino una serie de signos


Grandes pintores han intentado poner en escena a Jesús saliendo de la tumba en una explosión
victoriosa, por ejemplo un cuadro del Perugino en el que Cristo sale de la tumba ¡con una pequeña
bandera! Tal vez se han realizado obras maestras, pero han prestado un flaco servicio. Ningún testigo ha
visto nunca algo parecido. Jesús no se mostró resucitando, enseñó a los suyos a reconocerle resucitado.
Si hubiera tenido una salida espectacular de la tumba, el misterio hubiera sido elevado al nivel del mito,
se habría tenido materia para una maravilla puramente humana encerrada en el ámbito de lo humano.
Me gustaría que reflexionaseis sobre la siguiente cuestión (Cuestiones como ésta son las que pueden
medir la calidad de la fe, pues hay personas que se dicen creyentes y, de hecho, están ávidas
sencillamente de lo maravilloso; ¡lo maravilloso que permite triplicar la tirada del Paris-Match, cuando
cuenta la historia de una Virgen de bronce que se pone a llorar o de una hostia que sangra!): ¿qué
pensaríais de una religión fundada sobre un dios muerto que toma su desquite sobre nosotros
deslumbrándonos con una victoria poderosa? Una victoria tal se parecería demasiado a cierta especie de
desquite en el que soñamos cuando nos gustaría que la Iglesia “tomase su desquite” sobre esos “lobos
malos de los comunistas y francmasones, etc.”. Soñamos en un Cristo más o menos triunfante.
Imaginarse a Jesús saliendo espectacularmente de la tumba es pasar al plano de las mitologías
paganas, es hacer un Dios a nuestra imagen, no en nuestra verdadera historia que es la historia de
nuestras decisiones sino en lo que querríamos que fuera nuestra historia, para evadimos. Significaría el
triunfo del folclore, y no hay que dar pie para confundir la sublimidad de la fe cristiana con cualquier
sucedáneo de los folclores paganos!
La resurrección no puede ser un prodigio arrancando de la evidencia, no puede ser más que una
serie de signos que piden la fe. Es preciso subrayar que son los que constataron de más cerca el prodigio
los que rechazaron la fe, me refiero a los jefes judíos que hicieron custodiar la tumba. Recordadlo: no
discutieron la resurrección de Lázaro como un hecho, pues, era indiscutible, ellos sencillamente habían
decidido suprimir a Jesús urgentemente, éste era para ellos el sentido del hecho, este hombre hace tales
prodigios que todos van a creer en él y los romanos vendrán a destruir nuestra nación. Habían ilustrado
así la respuesta de Abraham al mal rico de la parábola: “Si ellos no escuchan a Moisés y a los Profetas,
no creerán ante un muerto resucitado” (Lc 16, 31).
En verdad, no hay en ninguna parte del Evangelio prodigios que sean únicamente prodigios, Jesús

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los rechaza categóricamente. No quería que se creyese a causa del prodigio, ¿qué valor tendría tal fe?
En el desierto no convirtió las piedras en panes; cuando se le pide un signo del cielo responde que el
gran signo será su muerte (Mt 12, 40). La multiplicación de los panes no es una sobreproducción de
vituallas que, por ella misma, no podría más que encerrar el deseo de los hombres sobre las
comodidades terrestres, un puro hecho maravilloso mitológico en consecuencia. El verdadero signo
orienta la esperanza y la fe hacia realidades definitivas, para saber que el hombre no sólo vive de pan.
Por eso el discurso sobre el pan de vida, la eucaristía, forma cuerpo con la multiplicación de los panes
(Jn 6).
El peligro es querer investigar para reconstruir lo que pudo pasar exactamente y apartarnos de lo
que quieren decir los evangelistas. Pues lo que quieren decir, no es lo que sucedió exactamente, hora a
hora o día a día, sino introducirnos en una experiencia, la de la presencia nueva de Jesús. Esta presencia
nueva no es descriptible, no puede reconocerse por el testimonio de los sentidos, es otra cosa. No es
otro, sino el mismo, transformado del todo en otro.
Como escribe el Padre X. León-Dufour, tenemos dos series de textos evangélicos:
- Una que insiste sobre el hecho de que Jesús resucitado no es un fantasma, un espíritu (los judíos
creían fácilmente en los fantasmas y en los espíritus), “Tocadme y red que un fantasma no tiene ni
carne, ni hueso, como veis que yo tengo” (está al pie de la letra en Lc 24, 39), una serie para afirmar
que Jesús ha resucitado realmente en su cuerpo.
- Otra serie de textos para afirmar que ese cuerpo ya no es el mismo, el resucitado aparece,
desaparece, atraviesa las puertas cerradas, su cuerpo escapa a los determinismos de espacio y tiempo. Él
es el mismo (primera serie), pero el mismo convertido en totalmente otro (segunda serie). Hay pues, dos
series de textos para permitirnos vislumbrar -la palabra es importante- lo que no puede ser objeto de
una representación precisa, un “cuerpo espiritual”, como dice san Pablo.
Entre los signos, uno sólo puede ser objeto de constatación: la tumba vacía. En cuanto a las
apariciones, ya es otra cosa.
Podemos estar seguros de que los discípulos de Emaús, María de Magdala y los discípulos,
aisladamente y en grupo, han sido los que sólo han visto y oído a Aquel que se manifestaba. Si hubieran
dispuesto de cámaras o magnetófonos, no habrían podido grabar ni fotografiar nada. Lo que se les pide
es testimoniar.
No sabría insistir bastante sobre la diferencia entre el testimonio y el reportaje. Muchos estarían
tentados de ver en un reportaje provisto de todos los medios de grabación la cúspide de la verdad
histórica. No ven que las cámaras y los magnetófonos no pueden fijar más que las apariencias externas.
Para grabar una experiencia profunda, el único instrumento válido es el corazón en el sentido bíblico de
la palabra, es decir, la conciencia. Lo que me lleva a plantear la pregunta ¿por qué creéis?, ¿cuál es el
motivo de vuestra fe? Dicho de otra forma, ¿cuál es el sentido que la resurrección de Jesús da a vuestra
vida? No importa tanto el hecho como el sentido del hecho.
Si se quiere respetar una palabra que la fotografía utiliza, diría que lo que fue “impresionado” por la
experiencia de Jesús resucitado es el fondo del ser, nuestra existencia misma. Cuando los apóstoles
dicen, “Nosotros somos testigos” (Hch 5, 32), no significa que lo hemos visto salir de la tumba, quiere
decir: estamos absolutamente seguros de que Jesús vive, que ha abierto de una vez por todas, en su
persona, las puertas de la Vida verdadera, es decir que él es, Él mismo, la Resurrección. Y con esta
certeza que es más que humana, el don que hacemos de nuestras vidas hasta el martirio es la garantía.
Este es el testimonio.

Conclusión: la resurrección de Cristo es una cuestión planteada a la historia


Para el historiador que no es más que historiador, la resurrección de Cristo plantea una cuestión
insoluble con los medios propios del historiador, una cuestión de la que uno no se puede desembarazar
con explicaciones de orden empírico. Es a la vez una cuestión insoluble e inexpresable; no se puede
expresar y, en el plano puramente histórico, no se puede resolver.
No se trata sólo de un enigma histórico, como la identidad de la Máscara de hierro o el nacimiento de

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Weygand, se trata de una cuestión que supera toda posibilidad de solución (entiéndase: en el plano
puramente histórico). No sólo no está resuelta sino que no es solucionable. La resurrección, en el plano
histórico, no puede ser afirmada como hecho histórico, pero no puede dejar de ser una cuestión
histórica, una cuestión objetivamente planteada. Como historiador es imposible ir más lejos.
Pero ningún historiador es puramente historiador, al igual que ningún sabio es sólo sabio. Un sabio
es un hombre, un historiador también es un hombre que puede estar casado, tener hijos, ser músico, ser
creyente.... por tanto, porque es un hombre, el historiador no puede decantarse en el estudio de un
objeto cuidadosamente limitado y considerado con la indiferencia de una ciencia que no es más que
ciencia. El historiador no puede dejar de sentirse él mismo comprometido con la historia, es necesario
que deje hablar en él al hombre, confrontado al sentido de esta historia.
Hoy no se puede ignorar la cuestión planteada por veinte siglos de cristianismo, uno no puede dejar
de interrogarse sobre el posible sentido divino de la historia humana. El hecho original de la
resurrección de Cristo (digamos para no prejuzgar nada, el hecho original del testimonio de los
apóstoles sobre la resurrección de Cristo) no puede dejar de plantearle la cuestión de una “dimensión
trascendente” de la historia. Puede por consiguiente admitir razonablemente que el “dedo de Dios” está
allí, puede admitirlo en tanto que hombre que se plantea cuestiones sobre el sentido de la existencia
humana.
¿Hay que ir más lejos y añadir que ésta es incluso la única salida razonable para una cuestión
inexpresable? Esto exige que se admitan los límites radicales de la razón humana al explicar el
encadenamiento de los fenómenos. Es preciso también, si se quiere ser verdaderamente serio,
profundizar en una filosofía del cuerpo, para comprender que la desaparición del cadáver de Jesús no es
una volatilización de materia sino una asunción transfigurante de la materia en Dios.
Al historiador le será siempre lícito rechazar este juicio, pero entonces quedará encerrado en la
consideración de un hecho desprovisto de sentido. El sentido es que la muerte ha sido vencida, o que el
amor es más fuerte que la muerte. Mi exigencia más profunda es la vida, yo quiero vivir para siempre.
Si me decís que vosotros no lo tenéis igualmente claro, estoy obligado a romper el diálogo, no puedo
hacer otra cosa. Todo lo que os podré decir es que no estoy hecho como vosotros. Pues yo, yo mismo,
quiero vivir para siempre. La resurrección me dice: tú vivirás para siempre. Este es el sentido. Es por lo
que creo.
Cuando Marc Oraison era cirujano en Burdeos, veía morir cotidianamente a los hombres, dejar de
vivir. Decidió ser sacerdote para que en el seno de la universal mortalidad se dijera la misa y, por la
misa, la Resurrección estuviera presente en el corazón mismo de un universo donde todo es mortal. Lo
dice extensamente en varios lugares de sus libros. La resurrección está, en efecto, más allá de toda
muerte; la Vida, la brecha abierta en el círculo de la universal mortalidad; sin ella, estaríamos sin
remisión encerrados en la muerte.

Cristo resucitó de entre los muertos y subió a los cielos

Págs. 117-129
La resurrección

Vamos a estudiar el sentido, la significación del Misterio. Una frase es suficiente para decir lo
esencial: “E1 amor es más fuerte que la muerte, a condición de que sea en primer lugar más fuerte que
la vida”. El amor más fuerte que la vida es el sacrificio y la muerte; el amor más fuerte que la muerte es
la resurrección. En otros términos, el sacrificio, que es una muerte parcial, y la muerte, que es el

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sacrificio total, transforman la vida según la carne y la sangre en vida según el espíritu. El misterio
pascual -muerte y resurrección juntos- es un misterio de transformación, la transformación del hombre
carnal en hombre espiritual e incluso divino por participación.

El amor es un deseo de inmortalidad


Para comprender esto hace falta, como siempre, partir de la experiencia y reflexionar sobre la
experiencia iluminada por la fe. Es ésta la experiencia que tenemos del amor, que nos persuade que
existe en el hombre un deseo incoercible de inmortalidad.
No sé si la inmortalidad del alma puede ser probada por un argumento filosófico. Lo dudo. No ha
mucho los filósofos cristianos, digamos más bien los profesores cristianos de filosofía (al menos en la
enseñanza secundaria), no lo dudaban. Enseñaban que lo espiritual es incorruptible, es así que el alma
es espiritual, luego el alma es incorruptible, es decir inmortal. Así de sencillo. Hoy en día vamos menos
deprisa y recusamos la demasiado cómoda dualidad de alma y cuerpo. Pensamos que Gabriel Marcel
tiene razón al ponernos en guardia contra la fórmula “Yo tengo un cuerpo”, hay que preferir, dice, la
fórmula, “Yo soy mi cuerpo”. Lo que quiere decir que cuerpo y alma no son dos realidades disociables,
el alma no es nada sin el cuerpo. Por eso el ateísmo niega toda inmortalidad.
Pero el mismo Gabriel Marcel, que es cristiano y ha escrito páginas admirables sobre la esperanza,
plantea de otra forma la cuestión de la inmortalidad. Como ya lo hacía san Agustín en sus Confesiones,
afirma la inmortalidad a partir de la experiencia de la muerte de un ser querido. Hace falta aceptar, dice,
la muerte del ser querido, esposo o esposa, hijo o hermano o amigo, pero en el fondo esta muerte es
inaceptable.
Y precisa que no es inaceptable por reivindicación del corazón, no a causa del sufrimiento, sino por
protesta del espíritu. El corazón sufre, pero dice sí. Y si dice no, es que se ha rebelado, pero se rebela en
vano. Mientras que el espíritu no puede decir no. ¿Por qué? Porque decir a alguien “Te amo”, equivale a
decirle “Tú no morirás”. En el “Te amo” auténtico (y ciertamente hay que subrayar “auténtico”, pues
sabemos que el “te amo” es muy a menudo pronunciado a la ligera, al nivel de las fibras más
superficiales del ser) está inscrito con una escritura enigmática un “Tú no morirás”, que resiste
misteriosamente a la desesperación de la pérdida y de la evidencia sensible de la muerte.
Como dice Étienne Borne, Gabriel Marcel da carta de nobleza filosófica al famoso “Salud en la
inmortalidad” que Baudelaire, en Las flores del mal, dirige “a la muy querida, a la muy bella”. Es
conocido el admirable poema titulado Himno:
A la muy querida, a la muy bella,
Que rebosa mi corazón de claridad,
Al ángel, al ídolo inmortal,
¡Salud en la inmortalidad!

Ella se expande en mi vida


Como un aire impregnado de sal,
Y en mi alma insatisfecha
Vierte el sabor de lo eterno.
¿Cómo, amor incorruptible,
Expresarte con verdad?
¡Grano de almizcle que yaces, invisible,
En el fondo de mi eternidad!
A la muy buena, a la muy bella,
Causa de mi alegría y de mi salud,
Al ángel, al ídolo inmortal,
¡Salud en la inmortalidad!
Los jóvenes, que a menudo se enamoran muy pronto, debe-rían recoger la lección que les da el
poeta, lección de autenticidad en el amor: el amor auténtico es incorruptible, indestructible; exige serlo;
es como una llamada de infinito. Pero si el amor exige el infinito, no puede darlo. Él dice al ser amado

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“Tú no morirás”, pero el ser amado muere. Él pretende la eternidad (como dice Bau-delaire, vierte
sobre nosotros el sabor de lo eterno) pero, en realidad, forma parte del mundo de la muerte, está
encerrado como nosotros en el círculo de la mortalidad, con su soledad y su poder de destrucción. La
paradoja es violenta.

zSobrevivir por sí o en otro?


Partiendo de esta paradoja en la que todos vivimos más o menos, podemos comprender lo que
significa el misterio cristiano de la resurrección. Es el triunfo del amor sobre la muerte: el amor es más
fuerte que la muerte. ¿Pero cómo puede ser el amor más fuerte que la muerte? ¿Puede volverme
inmortal? Es cierto que me convertiré en polvo, nada puede hacerse que no esté abocado a la muerte;
sólo puedo sobrevivir en otro, un otro que subsiste aun cuando yo ya no subsista.
Hay que comprender por qué la Biblia relaciona estrecha-mente el pecado y la muerte, por qué san
Pablo por ejemplo afirma que “la muerte es el salario del pecado”. El pecado, en su esencia, es una
afirmación de autarquía; el pecador es el que quiere ser “como Dios”, es decir, subsistir eternamente en
sí mismo y por sí mismo. Pero el hombre no puede subsistir en sí y por sí; querer esto, aspirar a esto,
significa en realidad entregarse a la muerte. ¿Pero cómo subsistir en otro, o en otros? Existen varios
caminos posibles. El hombre los ha ensayado todos. Hay sobre todo dos.
En primer lugar, uno quiere sobrevivir en sus hijos, prolongarse como se dice, en sus hijos y en sus
nietos. Es por lo que los pueblos primitivos siempre han considerado el celibato y la esterilidad como
una maldición; no tener ningún hijo significa la imposibilidad de sobrevivir y tener muchos hijos, tener
más oportunidad de sobrevivir, es una bendición.
También uno busca sobrevivir en la memoria de los hombres, se aspira a la gloria. Y bien se dice,
en efecto, cuando se escucha a Mozart o se contempla a Rembrandt, que están todavía vivos entre
nosotros. Un modo de hablar, ciertamente. Aquí nadie se engaña: ni Rembrandt ni Mozart están vivos y
yo, que le escucho o le contemplo, no le escucharé ni le contemplaré siempre, les reuniré en una de las
innumerables necrópolis que cubren la tierra.
En verdad, yo no puedo sobrevivir en otro más que si existe un Otro que sea eterno y que me ame
bastante para acogerme en Él. Uno no puede ser inmortal más que en Dios, si Dios es Amor. Sólo un
Dios que me ame tiene el poder, no de impedir que yo muera, sino de resucitarme. Sólo el amor es más
fuerte que la muerte.
Todavía es necesario que en mí el amor haya sido más fuerte que la vida. La palabra está en el
Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Esta es la
definición misma de la libertad. Ser libre es no ser esclavo (es una verdad evidente). Pero ¿por qué el
hombre hecho de carne y de sangre es el más esclavo, sino por querer vivir según la carne y la sangre?
Sabemos que ser cobarde es siempre, de una u otra manera, tanto en las pequeñas como en las grandes
circunstancias de la vida, tener la preocupación predominante de preservar uno su bienestar, su fortuna,
sus privilegios, su posición en este mundo, su salud, en una palabra eso que se llama vida. Se es esclavo
cuando uno se apega a lo que es y a lo que tiene.

Sólo en Jesús, el amor es más fuerte que la vida


Platón decía: “Sólo es digno de existir aquél que es digno de ser amado”. Lo que no sabía Platón es
que nosotros, los cristianos, creemos con toda nuestra alma que sólo es digno de ser amado quien ama.
Por consiguiente sólo es digno de existir aquel que ama, porque sólo aquél es libre, sólo aquél es un
hombre.
Pero, en la historia de la humanidad, uno sólo fue absolutamente libre porque sólo uno amó
perfectamente. Uno sólo es el hombre en plenitud. Nos esforzamos en amar, construimos penosamente
a lo largo de días y años nuestra libertad, nos hacemos esclavos de muchas cosas y de muchas maneras,
nos apegamos a nuestro tener y a todo lo que sabemos que debe morir, nos enganchamos a la vida en
forma de esclavitud y por consiguiente de mortalidad. Estamos atados más que desatados. En nosotros
la vida, la vida presente, la vida biológica, la vida mortal, es más fuerte que el amor.

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En Jesús sólo (pongo aparte el caso de María su madre) el amor ha sido más fuerte que la vida. Su
muerte es la de un hombre absolutamente libre, absolutamente desprendido de sí y de todo, totalmente
amante. ¿Cómo Dios no le acogería en Él, para vivir eternamente en Él? Cristo no ha vivido más que
por el Padre y para el Padre, por tanto en un Otro más que en sí. Esto es el amor, vivir en otro. Pero
vivir en otro es morir para uno. Decir que Jesús ha resucitado o que el Padre ha resucitado a Jesús, es
decir que, para este hombre plenamente hombre, en quien el amor ha sido más fuerte que la vida, el
amor es para siempre más fuerte que la muerte. El ha resucitado, está Vivo.
Estamos en el camino de comprender esta proposición que tal vez nos ha parecido un poco sibilina,
el amor es más fuerte que la muerte, a condición de que sea en primer lugar más fuerte que la vida.

Cristo resucitado fundamenta nuestra inmortalidad


Para nosotros pecadores, que amamos poco y mal porque tenemos más en cuenta la carne y la
sangre, para nosotros, que no preferimos a los otros más que parcialmente y haciéndonos muchas
ilusiones, está claro que, si nos abandonásemos a nosotros mismos, no podríamos resucitar. Y en
definitiva la existencia humana sería absurda, pues el “Tú no morirás” que decimos implícitamente a
quienes amamos, sería un deseo no escuchado p, ara siempre. Pero Cristo resucitado nos dice: “Tú no
morirás”. El nos lo dice puesto que nos dice “Te amo”.
Si no estamos totalmente encerrados en nuestro egoísmo -lo que sería, eventualmente, el caso de los
condenados-, hay en nosotros, tal vez en lo más profundo de nuestro ser y escondido a todos los ojos
salvo a los suyos, algo digno de ser amado, por tanto de existir eternamente. Es ese punto misterioso de
nosotros, que podemos esperar que también existiera en Judas, en Hitler, en Stalin, donde Cristo va al
encuentro, omnipotencia perdonadora. Perdonar no es pasar la esponja, perdonar es recrear, rehacer,
resucitar. Cristo nos resucita perdonándonos, nos vuelve, a pesar de nuestra monstruosa mediocridad,
capaces de vida divina eterna. Hay que esforzarse por escuchar, rezando con recogimiento, en el atento
silencio de la fe, a Cristo que nos dice: “Tú no morirás”. Es Él, y solamente Él, quien fundamenta
nuestra inmortalidad.
La vida resucitada es una vida transformada o, si se prefiere, transfigurada. “La figura de este mundo
pasa”, dice san Pablo (1 Cor 7, 31). Sólo la figura. ~,Es sorprendente, escribía el Padre Teilhard de
Chardin, que tan pocos espíritus lleguen a captar la noción de transformación. Tan pronto les parece que
la cosa transformada es la antigua cosa no cambiada, como perciben allí algo totalmente nuevo,~.
En el cielo nos convertiremos en nosotros mismos; soy yo, y no otro que no sea yo, quien veré a
Dios en su gloria y viviré su vida amando como El ama. No seremos absorbidos, aniquilados, sino
llevados a un estado diferente, refundidos, metamorfosea-dos, transfigurados. Yo no seré otro, seré yo
mismo pero convertido en totalmente otro.
,,Nuestro cuerpo, dice el Padre de Lubac, no está destinado, por efecto de la resurrección que se nos
promete, a un reinicio sin fin de su existencia terrestre y carnal, más o menos sublimada sólo por
propiedades milagrosas; nuestro cuerpo está destinado, no a una reanimación cualquiera, sino a una
total metamorfosis que debe hacer de él, como dice san Pablo, un “cuerpo espiritual”. Pues lo que es
verdadero para nuestro cuerpo individual no lo es menos para este vasto cuerpo colectivo que la
humanidad se construye a través de generaciones. Su forma actual (su “figura” actual) es provisional...
El Universo está prometido, también él, en el Espíritu Santo, para la gran Metamorfosis” (el Padre
Teilhard escribía “Metamorfosis” con mayúscula, tanta importancia tenía para él la palabra).

La ascensión

El Credo dice: “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. ¿En qué medida nuestros
contemporáneos son engaña-dos por las imágenes, por las tres imágenes reunidas en esta frase?
Francamente no lo sé. El problema se plantea en la educación de los niños, ¿qué quiere decir “subir”
(Cristo subió)? ¿Qué quiere decir “sentado”? ¿Qué quiere decir “derecha” (a la derecha de Dios Padre)?

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Imágenes y realidades
Para ayudar a los educadores, los teólogos, en libros recientes, insisten sobre la necesidad de
superar las imágenes para interpretar el significado. A título de ejemplo leo en uno de estos libros:
“Ascensión”. La palabra evoca al mont Blanc, al Everest, o al pico Lenín, y todos los pertrechos del
alpinista... Ascensión: la imagen expresa en términos diversos las aspiraciones fundamentales de los
hombres, la “subida” de los pueblos subdesarrollados, el “alza del nivel de vida”, la “promoción en la
escala social”, la alegría del que ve “subir” su oro, sus dólares o sus acciones, “trepar” a su cota y su
popularidad. Estas expresiones simbólicas, estos desplazamientos en vertical no engañan a nadie,
jugamos con imágenes como un organista juega con Bach con el teclado del órgano. El teclado, las
imágenes no son más que imágenes”. ¡Ya lo veo! Es sin duda así como hay que enseñar a los niños.
Me impresionó ver al cardenal Ratzinger, cuyo libro está escrito para personas cultivadas, insistir en
esto. Se podría decir que es necesario hacerlo. “Hablar de ascensión al cielo o de descenso a los
infiernos (e incluso en el Credo de Nicea, del descendimiento del Verbo eterno a la tierra, "Por nosotros
los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo") refleja, a los ojos de nuestra generación despertada
a la crítica por Bultmann, la imagen del mundo en tres pisos que llamamos mítica y consideramos
definitivamente prescrita. Que sea "en alto" o "en bajo", el mundo es en todas partes y siempre mundo,
está regido por las mismas leyes físicas, puede ser explorado en todas partes con los mismos métodos.
No hay pisos... La concepción de un mundo de tres pisos, en sentido de lugar, ha desaparecido. ¿Pero es
esta concepción la que querían afirmar los artículos de fe sobre el descenso a los infiernos y la
ascensión del Señor? Esta concepción ha dado las imágenes por las que la fe se ha representado estos
misterios, pero también es cierto que no es lo esencial de la realidad afirmada”. No hay tres pisos
cósmicos, hay mejor tres dimensiones metafísicas de la existencia humana.
¿Qué dice el Diccionario del Nuevo Testamento en la palabra “Ascensión”? Dice: “Escena contada
por Lucas e indicada al final de Marcos. Dos aspectos la caracterizan. En tanto que separación, dice el
término de un cierto modo de relación entre Cristo y sus discípulos, hasta la Parusía. Como elevación a
lo alto o subida al cielo, simboliza la exaltación, la glorificación, o el Señorío de Cristo presente en todo
el universo”.
Exaltación. Vale la pena buscar en el mismo Diccionario lo que se dice en esta palabra: “Para decir
que Jesucristo es Señor en la gloria, vivo para siempre después de su muerte, existe un lenguaje
primitivo distinto al de Resurrección, el de Exaltación. Se inscribe en la tradición judía según la cual
Dios eleva al que ha sido humillado y preserva al justo de la muerte elevándolo al cielo (por ejemplo
Elías). Este lenguaje presupone una teología elaborada partiendo de una cosmología de tres pisos, el
cielo arriba o sede del Altísimo, la Tierra bajo donde viven los hombres, los infiernos por debajo donde
se encuentran los muertos... Otros textos no conservan la imagen de la subida: Jesús ha “entrado (no
subido) en el cielo” (Hch 9, 24), “É1 se ha ido de aquí” (Hch 1, 10)”.
Leo, en fin, lo que se dice en el mismo Diccionario en la palabra “Derecha” (Cristo está sentado a la
derecha de Dios): “Calificación que denota el lado más noble del hombre (mano o mejilla). La derecha
designa también el Poder divino”. Cristo se sienta a la derecha del Poder de Dios quiere decir que
participa en este Poder, que es igual a Dios en Poder, que es Todopoderoso como Dios, en definitiva que
Él es Dios.
Aún hay una palabra que explicar que no está en el Credo pero sí en san Lucas, es la palabra “nube”. El
teólogo que nos hablaba del Mont Blanc, de saco y piolet, nos habla aquí de meteorología: “Hace falta
insistir mucho, dice: ¿esta Nube existirá sin relación a la meteorología?” “No es la nube que anuncia la
lluvia o procura la sombra, la nube en la Biblia es lo que manifiesta a Dios presente sin desvelar el
misterio, lo que a la vez le manifiesta y le esconde”. La nube que según san Lucas oculta a Cristo de la
mirada de los apóstoles, es la misma nube que conducía a los Hebreos por el desierto y reposaba sobre
el arca de la alianza, la misma de donde salió la voz del Padre en el momento del bautismo de Jesús, la
nube de la Transfiguración sobre el Tabor, y la nube sobre la que Cristo volverá al fin de la historia para
juzgar a vivos y muertos. La nube bíblica es a la vez opaca y luminosa, es un elemento esencial en el
lenguaje de las manifestaciones de Dios.

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Cielo: reencuentro íntimo de Dios y del hombre
Lo que se llama, el cielo, o los cielos, donde “sube” Jesús, es, exactamente, la intimidad de Dios.
Lo que los cristianos llaman “cielo”, no es un lugar eterno, supraterrestre, un dominio metafísico. No es
más que Dios. El cielo es el contacto del ser del hombre con el ser de Dios, el reencuentro íntimo de
Dios y el hombre.
Guardini tiene una frase que hace pensar: -Sólo el cristianismo ha osado situar un cuerpo de hombre
en la profundidad de Diosas. Evidentemente, esto no podría ser imaginado. Más que nunca, aquí, hay
que mortificar severamente la imaginación. Un hombre está en el corazón de la Trinidad. Un hombre es
igual al Padre y al Espíritu.
Y si nosotros nos acordamos de la palabra de Jesús, en san Juan, la noche del Jueves santo: “Voy a
prepararos un lugar” (Jn 14, 2), o de esta otra palabra: “Para que estéis donde yo estoy (Jn 14, 3),
debemos concluir diciendo que el cielo es el porvenir del hombre, el porvenir de la humanidad. Si hay
un hombre glorificado en el corazón de la Trinidad, es para que toda la humanidad esté eternamente en
este hombre, Jesucristo, en el corazón de la Trinidad. La Ascensión es el signo que inaugura el cielo,
digámoslo en el rigor del término, quien le hace existir.
La Ascensión es también, en un sentido que hay que comprender, la partida necesaria de Cristo. Una
partida que es un nuevo modo de presencia, no más exterior y localizada, sino interior y universal. La
verdadera presencia, bajo aspecto de ausencia. Si Jesús no hubiera “subido” al cielo, estaría aún entre
nosotros, en medio de nosotros, al lado nuestro, exterior a nosotros, como yo os soy exterior y como
vosotros me sois exteriores. Pero, dice san Pablo, ha subido al cielo “para llenar el universo” (Ef 4, 10).

La Ascensión de Cristo es el respeto de nuestra libertad


Y sin embargo la Ascensión es la partida de Cristo, de modo que no nos es posible, cuando
tengamos decisiones que tomar, preguntarle para que nos diga qué hay que hacer. Ciertamente
podemos, e incluso debemos preguntar en la oración a Aquél que está en nosotros, más nosotros
mismos que nosotros. Pero El no nos responde relevándonos de la responsabilidad de nuestras
decisiones y de nuestros actos. Una frase de Jesús en el Discurso de después de la Cena, es
extremadamente esclarecedora: “Os conviene que yo me vaya, pues si no me voy, no vendrá el Espíritu
Santo” (Jn 16, 7).
El Espíritu Santo, efectivamente, no es el que dicta decisiones, es Aquél que las inspira. Dios
rechazará siempre escribir nuestra historia. Si lo hiciera, no podríamos decir que nos ama, pues
consentiría que siguiéramos siendo niños, menores, me atrevería a decir unos mocosuelos. Es una
expresión desafortunada decir que Dios tiene un proyecto sobre el hombre. Mi dignidad de hombre me
impide aceptar que alguien tenga un proyecto sobre mí (¡ese alguien es Dios!). Para muchos es un
profundo motivo para ser ateos. La verdad no es que Dios tiene un proyecto sobre el hombre, es que el
hombre es el proyecto de Dios. Lo cual es completamente distinto.
Dios nos quiere hombres, es decir adultos responsables, construyendo nosotros mismos nuestra libertad,
escribiendo nosotros mismos nuestra historia. La partida de Cristo -su Ascensión- es esencialmente, por
su parte,, respeto a nuestra libertad. Imposible en adelante contar con El para que nos dicte la acción a
emprender o la decisión a tomar. Claudel traduce muy bien, a su manera, la frase de Jesús: “Os
conviene que me vaya, pues si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá”, escribiendo: “Es preciso que os
quite mi rostro para que tengáis mi alma”.
Cuando Cristo desapareció en la nube, los apóstoles, nos dice san Lucas, continúan teniendo los
ojos levantados hacia el cielo. Entonces los ángeles les dicen: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí
mirando al cielo” (Hch 1, 9). Se sobreentiende: no perdáis el tiempo. Tenéis una tarea, os hará falta dar
pruebas de inteligencia y de coraje. Vosotros sois hombres: tenéis una razón y un corazón. Con esta
inteligencia y este corazón, sumergíos en el mundo.
Puesto que el mundo es muy complejo y también malo. Hay lobos, y vuestro Maestro os envía
como ovejas en medio de lobos. O también, otra imagen que empleaba Jesús: “Sed cautos como

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serpientes, cándidos como palomas” (Mt 10, 16). Dicho de otra forma, no podéis dispensaros de
analizar tan correctamente como os sea posible las situaciones -morales, culturales, económicas,
políticas- a partir de las que tendréis que decidir qué hay que hacer. Sois hombres adultos. Contad con
el Espíritu Santo que está en vosotros para conservar un alma de oveja o de paloma, pero no contéis con
él para proponer soluciones hechas. Los cristianos no están dispensados de ser hombres. No se es
hombre limitándose a ejecutar consignas. Dios, que ama a los hombres, no les da consignas. Jesús dice:
“Os conviene que me vaya”. Y se va.
Es así como Él nos es lo más profundamente presente. Nuestra imaginación divaga cuando querría
persuadirnos de que si Cristo resucitado “está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso”, dicho
de otro modo si está en el cielo, no está sobre la tierra; si está arriba, no está abajo. Ciertamente creemos
que desciende sobre el altar para hacerse presente en la Hostia consagrada. Se empleaba a menudo no
ha mucho el verbo “descender” que no hace más que reforzar la ilusión.
Decíamos: el cielo es el contacto del ser del hombre con el ser de Dios, el reencuentro íntimo del
hombre y de Dios. Por tanto allí donde está Dios, allí está Cristo. Cristo con su cuerpo y su alma de
hombre está, como Dios, presente en todas partes. Según eso es exactamente aquí donde nuestra
imaginación se arriesga a jugarnos malas pasadas. Uno la deja ir, imaginando un cuerpo parecido a
nuestro cuerpo terrestre, biológico, agrandado con las dimensiones del mundo. Un poco como, a la
inversa, uno deja ir su imaginación representándose el cuerpo de Cristo como “en miniatura” -reducido
infinitamente pequeño- en una parcela de hostia consagrada. Es absurdo, y como uno no se da cuenta de
que esto es absurdo, se deja llevar, o lo que es peor, llega a imaginar un Cristo que ya no tiene cuerpo.
Como escribe graciosamente el Padre Rey-Mermet: “¡É1 no ha abandonado su cuerpo como un
módulo lunar que ha quedado inutilizado! ¡Es tanto como imaginar que un Rubinstein vaya a meter su
piano en una caja”. Se puede apreciar de muchos modos esta clase de humor, uno puede incluso
horrorizarse. ¡Sea! pero entonces estemos muy firmes en esto, que la misma teología enuncia en
términos excelentes: ((Si Dios se ha hecho hombre, no es precisamente para rechazar lo que le ha
“hecho hombre”, lo que ha construido su "personalidad" de hombre. Sin lo cual no sería ya un hombre...
El Señor resucitado está pues liberado, no de la materia, sino de las limitaciones terrestres de la materia.
Aquí abajo su cuerpo, por donde pasaba todo encuentro, era también traba y barrera. Resucitado, este
cuerpo no es más que un maravilloso medio de comunicación con todos sus hermanos en humanidad,
totalmente próximo a todos a la vez y de cada uno como si fuera él solo”.
A nosotros nos corresponde, con plena responsabilidad, lo repito, tomar las decisiones convenientes
para el advenimiento de un mundo más humano, pero Cristo está presente en cada una de esas
decisiones humanizantes para darles una dimensión divina. Cristo está presente y activo para divinizar
lo que nosotros humanizamos. Para hacemos pasar, no mañana, sino hoy, día tras día, decisión tras
decisión (digo “pasar”), pues la palabra “Pascua” significa probablemente “paso”) de la tierra al cielo
(siendo el cielo la intimidad de Dios). He aquí lo esencial de la fe.

47
Segunda parte
LA ACOGIDA DE DIOS

La Virgen María

Págs. 133-138
Afirmamos en nuestro Credo que Jesús, nacido de la Virgen María, fue concebido por el Espíritu
Santo. Es incontestable-mente una afirmación escandalosa para la razón. ¿Cómo no sentirse ofuscados
por la idea de que un hombre fue concebido sin la intervención de un elemento masculino? ¿Cómo una
mujer fue al mismo tiempo virgen y madre? Esto es, sin embargo, lo que los cristianos se atreven a
afirmar como un punto sustancial de su fe.

La concepción virginal de Cristo es un hecho


No hay que sorprenderse de que se haya intentado siempre minimizar el testimonio del Evangelio
sobre este punto, a reducir su alcance. Se han querido distinguir diferentes capas literarias en la
redacción de los textos de san Mateo y de san Lucas. Se ha recordado con insistencia que los antiguos
carecían totalmente de espíritu crítico o científico. Se ha tratado de reducir el acontecimiento a un
símbolo: hablar de concepción virginal, se ha dicho, puede tener un significado magnífico, a condición
de rechazar que se trate de un hecho histórico.
Sobre esto quiero citar a dos teólogos lioneses, el Padre Duquoc, dominico, y el Padre George,
marista. El primero escribe: “Hay que mantener que no se puede salvaguardar el sentido de la
concepción virginal independientemente de su historicidad. Es el acontecimiento el que da que pensar, y
no la doctrina que inventa un símbolo. Las confesiones de fe lo han comprendido siempre así. No hay
ninguna razón seria para ponerlas en duda”. Esto es firme y claro.
En cuanto al padre George, precisa: %Qué significa exactamente un “hecho histórico”? Es un
hecho que conocemos a través de testimonios cuyo valor podemos establecer de manera crítica. La
existencia de Napoleón, la batalla de Waterloo, son en este sentido hechos históricos, porque están
seriamente atestiguados. La muerte de Cristo en tiempos de Tiberio, bajo el procurador Pilato, es
también un hecho histórico críticamente atestiguado tanto por creyentes como por no creyentes, por los
apóstoles, así como por la tradición judía y por el historiador Tácito en sus Anales.
“La resurrección de Jesús ¿es un hecho de este mismo orden? Afirmar que Jesús resucitó equivale a
decir que salió de las condiciones generales de la historia, que escapa al espacio y al tiempo en el eterno
hoy de Dios. Afirmar la resurrección de Cristo sólo puede ser el hecho de que el creyente entra en esta
afirmación en el orden de la fe, en donde se alcanzan realidades que trascienden el orden histórico puro.
“Es también éste el caso de la Anunciación que se presenta como una experiencia sobrenatural e
interior. Una aparición angélica en la más estricta teología es un fenómeno espiritual completamente
interior, lo que no quiere decir irreal. Pero se trata de un orden de realidades que depende de otro tipo de
conocimiento y, por consiguiente, de otra forma de testimonio.
“Sólo María pudo saber que su hijo había sido concebido virginalmente. En sí mismo este hecho
no puede depender de la verificación histórica, sólo pudo ser conocido por María misma. Según nos
cuenta san Mateo, María no dijo nada a José al principio y parece muy verosímil. Pero san Lucas, que
nos relata la Anunciación, nos dice también en el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 14) que María
estaba presente en la Iglesia naciente después de la Ascensión, que ella rezaba con los primeros fieles.
Es verosímil que, una vez Jesús resucitado y reconocido como Dios, se interrogase a María, que se le
preguntase sobre su experiencia cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia.

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“En ninguna parte, es cierto, dice el Nuevo Testamento que María hablase de la concepción
virginal. Pero hay indicios. Por ejemplo éste: "María guardaba estas cosas en su corazón y las meditaba"
(2, 19 y 51). Ahora bien, ésta es la fórmula empleada varias veces en el libro de Daniel cuando se trata
de una revelación que se debe mantener en reserva para el futuro, de un mensaje que sólo debe
transmitirse más tarde. En la composición del Evangelio, san Lucas se ha inspirado mucho en Daniel.
Cuando dice que “María conservaba y meditaba estas cosas en su corazón” es para hacernos
comprender que María no habló enseguida. En vida de Jesús calló; era Él quien tenía que hablar si lo
juzgaba conveniente. Pero cuando Jesús resucitó y la Iglesia vio al Espíritu Santo, es normal que se
dirigiesen a María y le preguntasen sobre sus recuerdos”. Y ella, que los había guardado precisamente
para aquel tiempo, los confió a Lucas.
Se ha tratado también de hacer entrar el testimonio del Evangelio en el marco de la historia de las
religiones con el fin de presentar la concepción virginal como la variante de un mito universal. Es un
hecho que el mito del nacimiento milagroso del niño-salvador está muy ampliamente extendido. En
nuestros días ha sido renovado por Freud y el psicoanálisis. Expresa una nostalgia de la humanidad: la
virgen intacta significa la lozanía y la pureza, la maternidad tranquilizadora y buena. ¿Ha hecho el
Evangelio suyas las aspiraciones oscuras de la humanidad sobre la “virgen-madre”?
Un estudio a fondo nos mostraría2 que los relatos de san Mateo y de san Lucas no están enraizados en
la historia de las religiones sino en el Antiguo Testamento. Subrayemos, con el cardenal Ratzinger, que
hay una diferencia radical entre el Evangelio y los relatos paganos relativos al mito del nacimiento
milagroso. En los relatos paganos, el dios es padre del niño-salvador en un sentido físico, biológico,
tiene una actividad que, en cierto modo, es sexual, él procrea, él fecunda, de forma que el ser
engendrado es un semidiós, mitad dios, mitad hombre.
Nada de esto hay en el misterio de la Encarnación. Dios no es el padre de Jesús en sentido
biológico como si el Espíritu Santo hubiese depositado una semilla en el seno de María. La virginidad
de María no es el fundamento de la filiación divina de Jesús. Jesús no es mitad dios y mitad hombre. Él
es verdadero Dios y verdadero hombre, es decir, del todo Dios y del todo hombre.
Ratzinger piensa (pero no todos los teólogos comparten su opinión) que la doctrina de la divinidad
de Jesús no se habría cuestionado si Jesús hubiese sido el fruto de un matrimonio normal, si hubiera
sido concebido como todos por la unión sexual de un hombre y una mujer. Este teólogo tiene razón en
que los apóstoles creyeron en la divinidad de Jesús gracias a la resurrección, con independencia de la
concepción virginal. Pero cuando los Padres de la Iglesia argumentan contra los herejes en favor de la
divinidad de Cristo, la concepción virginal juega sin embargo un papel importante.
Sea lo que fuere, concepción virginal no significa para la fe cristiana que es un nuevo Dios-hijo el
que va a nacer. Es el Hijo eterno de Dios, Dios mismo por lo tanto, el que se hace hombre. No es, pues,
en el marco de la historia de las religiones donde se llegará a reducir el Evangelio a la simple variante
de un mito.
Lo fundamental es que Dios es el Padre de Jesús, Dios sólo. Cristo no es un fruto de la historia de la
humanidad, no es la humanidad quien lo engendra. Él es el Don de lo Alto. No procede del propio fondo
de la humanidad sino del Espíritu de Dios. Es, como dice san Pablo, el “Nuevo Adán”(1 Cor 15, 47).
Adán es la humanidad. Con Cristo comienza una nueva humanidad.
Ratzinger hace observar que si se da a la concepción virginal un sentido puramente simbólico, si se
suprime el hecho, como muchos tienden a hacerlo hoy, no hay más que razonamientos vacíos y una
falta de honestidad.

Calor y sobriedad de la fe de la Iglesia


El Credo es de una sobriedad notable. También nosotros deberíamos ser muy sobrios sobre todo
cuando hablamos de María. La exageración y la intemperancia en la palabra tienen siempre como
resultado rebajar lo que se quiere exaltar. Con la mejor intención se da libre curso a la imaginación, a la
sensibilidad, incluso a la curiosidad. Y se corre el riesgo de olvidar que el Evangelio, ante el misterio de
Dios, impone la mortificación de la curiosidad, de la imaginación y de la sensibilidad, que actúan

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demasiado a menudo en la superficie en detrimento de la profundidad.
La sobriedad no excluye el calor. La verdadera intimidad no es seca ni fría. Hay una alabanza
maravillosa en el silencio amante. Alabar a alguien, en efecto, es hacerle saber que es digno de ser
amado. Por consiguiente se expresa con mayor elocuencia en una simple mirada que en la profusión de
palabras.
Calor y sobriedad, toda la vida profunda de la Iglesia. El uno no va nunca sin la otra. El calor se
traduce en el surgir espontáneo e ininterrumpido de la oración en el pueblo de Dios. La sobriedad es el
atributo de las definiciones dogmáticas. Cuando la Iglesia lo juzga necesario, formula breve y
netamente lo que debe ser afirmado para que la luz de Cristo sea acogida correctamente. Si la piedad no
estuviera iluminada por el dogma tendría mucha dificultad para evitar el exceso, la exageración, y por
tanto la desviación. Pero si la formulación dogmática no fuese vivifica-da por el empuje caluroso del
corazón, sería seca como un teorema, abstracta, y finalmente estéril. Para las almas hambrientas sería
como una piedra, cuando lo que debe ser es pan.
Desde el principio de su historia la Iglesia reflexiona ante el misterio de Cristo, verdadero Dios y
verdadero hombre. La Encarnación es el centro de todo, el corazón de lo Real, la Realidad misma. No
un misterio entre otros, sino el Misterio.
Sin embargo, no es posible que la reflexión sobre María no acompañe a la reflexión sobre Cristo.
Acompañamiento, palabra pronunciada al parecer por los observadores del Oriente cristiano en el
último Concilio. Es esclarecedor. La melodía y su acompañamiento. Lo que importa es la melodía, y si
importa el acompañamiento, lo es de manera subordinada y en función de la melodía. Un
acompañamiento musical no suena por sí mismo y con independencia de la melodía, sino únicamente
en relación a ella.
Así es como la Iglesia ha comprendido siempre las cosas. Ha rezado a María, ha formulado
dogmáticamente la grandeza de María, pero siempre como acompañamiento de su oración a Cristo y de
su reflexión sobre Cristo, un acompañamiento no arbitrario sino necesario. Como dicen muchos
teólogos, la devoción mariana no puede reposar sobre una mariología que sería una especie de
segunda edición reducida de la cristología; no se puede, ni hay motivo para establecer este tipo de
duplicación. Los Padres de la Iglesia han visto siempre en María la figura de la Iglesia, la figura del
hombre creyente que no puede llegar a su plena realización más que por el don del amor, lo que la
teología llama Gracia. Cristo es el Don dado, María el Don acogido.

La Iglesia, visibilidad del don de Dios

Págs. 139-151
Si hay tantos contemporáneos, sobre todo jóvenes aunque también adultos, que se preguntan si no
es posible adherirse a Cristo sin pasar por la Iglesia, es porque la Iglesia aparece como un obstáculo a la
fe. Querrían amar a Cristo y su Evangelio pero sin lo que llaman el “sistema”, entendiéndose por éste
todas las instituciones pontificales, diocesanas, jurídicas, morales, sacra-mentales, etc., que pesan sobre
los hombros de muchos como una argolla o una capa de plomo.

Visibilidad del don de Dios

No se va a Dios, es Dios quien viene a nosotros


¿Es posible ir a Dios sin pasar por la Iglesia? Esta pregunta esconde una trampa. En las
religiones que no son el cristianismo se trata en efecto de ir a Dios; se ha presentido desde siempre que
hay más allá de este mundo un ser trascendente, todopoderoso, y las religiones han tratado de elevar al
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hombre para que vaya a ese dios, algo así como elevarse hacia un ideal. Los artistas tienen un ideal
estético, los sabios un ideal científico, los hombres políticos un ideal político. Del mismo modo, en
estas religiones hay un ideal religioso.
Pero si se trata de la divinización de la humanidad, si ése es el objeto de nuestra fe y la originalidad
misma del cristianismo, no es cuestión de ir a Dios. No se diviniza uno a sí mismo, esto no tiene ningún
sentido. Es Dios quien viene. No hay camino del hombre hacia Dios. ¿A dónde queréis ir? ¿A dónde
queréis trepar con una escalera de cuerda? Hay un camino de Dios hacia el hombre, se llama Iglesia. La
Iglesia es el camino que Dios emprende para encontrarnos. Él no quiere divinizar a los individuos
aisladamente sino a toda la humanidad.
Dios se da, la Iglesia es la forma visible de ese don de Dios en la historia, es la porción de la
humanidad que acoge de manera visible el don de Dios. Notad que María, ella sola, es toda la Iglesia
cuando dice “sí” a Dios. Antes que una institución, la Iglesia es acogida de Jesucristo y comunión de los
que acogen a Jesucristo.
Esto es capital. En el discurso de después de la Cena (Jn 14, 17) Jesús no dice, “Subid hacia Dios”
sino “Mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él”. La morada de Dios está entre los
hombres. Amar a la Iglesia es amar el movimiento de Dios hacia nosotros, es amar la prisa con la que el
Señor corre hacia nosotros (cf. La parábola del hijo pródigo) para tomarnos con Él y hacernos vivir su
vida. Evidentemente podemos obstaculizar esta venida de Dios, podemos encerrarnos en nosotros
mismos y Dios no pasará (Péguy tiene páginas encantadoras sobre la gracia divina).
Es pues Dios el que viene. No está inmóvil en su eternidad sino vivo. Ahora bien, la vida es
movimiento, la vida de Dios es ser movimiento hacia nosotros. A Dios no deberíamos nunca
representárnoslo más que con los brazos tendidos hacia nosotros y corriendo a nuestro encuentro.

Pertenencia invisible a la Iglesia


¿Qué es de los que no conocen a la Iglesia? ¿Se salvan? Se trata de saber por qué razones rechazan
a la Iglesia. Es más que probable que la mayoría rechacen la Iglesia por buenas razones, no ven en ella
la manifestación visible de Jesucristo sino una organización que les parece decadente, tienen la
impresión de que la Iglesia es el lugar donde tienen cabida todas las supersticiones, estiman (y no
siempre se equivocan) que es la aliada de las potencias de este mundo, en resumen, no ven más que una
caricatura de la Iglesia. Sé que a menudo damos pie a esta caricatura y debemos entonar nuestro mea
culpa.
Es cierto que millones de hombres que no conocen la Iglesia o que, conociéndola, no quieren oír
hablar de ella por las razones que acabo de exponer, pertenecen invisiblemente a la Iglesia, es decir son
salvados, divinizados, tendrán una eternidad como nosotros esperamos tenerla (participación en la vida
misma de Dios) en la medida en que obedecen a su conciencia. Sólo Dios puede saber si alguien
pertenece o no a la Iglesia invisiblemente, yo no soy juez en modo alguno. Como decía san Agustín:
“Hay quienes piensan que están dentro y están fuera, hay quienes se creen fuera y están dentro”. La
cuestión es saber si estos hombres que llamamos no creyentes, se adherirían o no a la Iglesia
suponiendo que ésta pudiera mostrárseles como es, es decir como el signo histórico de nuestra
divinización.
Es mejor no decir que hay una Iglesia visible y una Iglesia invisible. ¿Cómo queréis que no sea
visible si es el signo de nuestra divinización? Un signo es evidentemente visible. Se puede decir que
hay gente que pertenece visiblemente a la Iglesia y otros que le pertenecen invisiblemente. Los
novecientos millones de chinos son salvados, es decir divinizados, por la Iglesia que no conocen,
siempre que su actividad sea verdaderamente humanizante. En otros términos, si no hubiera Iglesia no
habría salvación.
La Iglesia no es una institución que rige desde el exterior la vida de los cristianos como una
organización que tiene sus reglas, sus leyes, su programa, que hay que aceptar antes de entrar.
La Iglesia es la que nos transmite la vida divina, la que nos la comunica y regula. Nuestra vida
necesita al mismo tiempo ser animada, divinizada y regulada. Si no hay reglas, el dinamismo puro

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puede conducirnos a las peores aberraciones. A la inversa, donde no hay más que reglas, leyes,
disciplinas, sin ninguna vida ni empuje, no hay sino puro juridicismo que no responde a ninguna de
nuestras necesidades profundas. Lo esencial en la vida es la fuente.
Ahora bien, la fuente es Cristo. No nos comunicamos con Dios más que a través de Cristo y no nos
comunicaremos con Cristo si no a través de la Iglesia. Es muy bonito querer abandonar la Iglesia,
querer ir a Jesucristo sin pasar por la Iglesia, pero sin embargo es “nuestra madre Iglesia” la que nos
enseña quién es Jesucristo. ¿Qué es eso de subirse a los hombros de la que ha sido nuestra nodriza para
golpearla? Tiene sus defectos y sus faltas que hacen sufrir, como se sufre con las imperfecciones de una
madre. Pero sin la Iglesia ¿cómo sabríamos que Dios es amor y que se encarnó? Suprimid la Iglesia y
dentro de veinte años ya nadie sabrá que Dios se da, nadie sabrá que el sentido de la vida es compartir
eternamente la vida misma de Dios. Ciertamente hay en la Iglesia pedagogías caducas, estructuras que
hay que modificar, incluso de arriba a abajo. 1 Hay que reformar siempre la Iglesia, según el adagio
tradicional: “Ecclesia semper reformanda”. Ello no impide que sea la Iglesia la que nos enseña el fondo
de las cosas, a saber, que hay un hombre-Dios y que en Él somos plenamente humanizados y
divinizados; ella nos da también la vida misma de Cristo por medio de los sacramentos.
La Iglesia no es como algunos podrían pensar, una necesidad pedagógica transitoria, comparable a la
autoridad de los padres de la que uno se separa a medida que se avanza en la vida. Al contrario, cuanto
más se avanza en la vida más cercana está la Iglesia, pues se avanza por medio de ella, es ella la que
hace avanzar. Yo propondría una comparación: el hombre es polarizado o imantado por Dios que viene
y nos atrae hacia Él. La fuerza de imantación es la Iglesia, dejar la Iglesia es dejar el campo magnético.
Por consiguiente, la Iglesia no es un absoluto como algunos le reprochan, una especie de
intermediaria entre el hombre y Dios que impide que haya un contacto directo. No es mediadora en el
sentido de una nación que media entre otras dos con puntos de vista opuestos a fin de acercarlos y llegar
a una conciliación. La Iglesia no se sitúa justo en medio del hombre y Dios; es ella, por el contrario, la
que establece el contacto. Es en cierto modo la luz que ilumina la comunicación directa entre el hombre
y Dios en Cristo. Para profundizar en el entendimiento de la Iglesia hay que conocer su triple origen.

Triple origen de la Iglesia

Origen histórico
La Iglesia nació de la fe en la resurrección de Jesús y de la fidelidad de los creyentes en el
dinamismo provocado por esta resurrección. La primera convicción que vive la Iglesia primitiva es ésta:
Cristo resucitó y está vivo para siempre. Progresivamente todos los que comparten esta convicción
sacan conclusiones: en Jesús se ha manifestado una superación radical de las posibilidades humanas. Él
es el Señor universal, de Él se puede decir lo que se decía de Yahvé, “el Santo”, Él es aquél por quien y
en quien tenemos una relación con el Absoluto vivo. El hecho histórico que nadie puede eludir es el
testimonio de los apóstoles ligado al nacimiento de la Iglesia.
Esta constituye la voluntad de mantener este testimonio en una comunidad que se organiza. En pleno
entorno judío, el hecho cristiano surge como una novedad absoluta. Para la mentalidad judía la distancia
entre Dios y el hombre era insalvable; el judío estaba como aplastado por la trascendencia de Dios, y he
aquí que se rinde culto a Jesús de Nazaret. Los que le han cono-ciclo dicen de Él que es “Señor y
Mesías” (Hch 2, 36; 4, 26), “Príncipe de la Vida” (Hch 3, 15), “Jefe y Salvador” (Hch 5, 31), “Señor de
todos” (Hch 10, 36), “Juez de vivos y muertos” (Hch 10, 42), “Luz de las naciones” (Hch 13, 47).
“Hubo quienes, todavía incrédulos y desamparados la víspera, testimonian sobre el terreno,
prácticamente al día siguiente del acontecimiento, en favor de un hombre, Jesús, a quien todos habían
visto muerto en el patíbulo infamante de la Cruz, gentes que testimoniaron ante sus propios jueces, cuya
cólera era temible, y afirmaron que este muerto estaba todavía vivo y que es Señor de la gloria de Dios,,
(P. Moingt). Los apóstoles no pudieron dejar de aportar este testimonio: “No podemos callar lo que
sabemos y hemos oído” (Hch 4, 20). Los miembros de esta comunidad descubren (está en los Hechos
de los Apóstoles) que la trascendencia de Dios que se manifestó en Jesús implica la universalidad

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absoluta de su mensaje. Todos los hombres están llamados a formar el Pueblo de Dios.

Origen de la Iglesia en Dios


La palabra principio tiene dos significados, origen y aparición. Es importante distinguirlos con
claridad, el origen de un niño es su concepción; su aparición se da el día de su nacimiento. El origen es
el comienzo original, escondido, no observable. La aparición es el comienzo observable, explícito, la
manifestación visible. Acabamos de reflexionar sobre la aparición de la Iglesia. Del mismo modo que
cada uno dice: “he nacido en tal ciudad, tal día, a tal hora”, la Iglesia dice: he nacido en Pascua y en
Pentecostés pero mi origen (mi concepción) está en Dios, en el secreto que Dios... se guardaba desde
antiguo” (Ef 3, 9).
Dios se hizo Cristo para que Cristo se hiciera Iglesia. Dicho de otro modo, la Encarnación no
termina en la persona de Cristo. Si Cristo existe es para que toda la humanidad sea cristificada. Lo que
Dios pretende en su eternidad es la unión con toda la humanidad, unión que llamamos Iglesia.
Notemos que el orden de ejecución es inverso al orden de la intención. La intención eterna de Dios
es la comunidad de todos los hombres divinizados, lo que Teilhard llama “el punto omega”. De ahí la
aparición de una realización progresiva, creación de la materia, de la vida (vegetal, animal), del hombre,
advenimiento de Cristo, desarrollo de la Iglesia, visibilidad del don de Dios o de la vocación del
hombre para acoger el don de Dios.
Cuidémonos de decir a los hombres rectos que no son cristianos: “Sois cristianos sin saberlo”; les
irritaría, es jugar con las palabras. Precisemos, pues, que hay tres sentidos en la palabra “Iglesia”:
- lo primero en el designio de Dios, la reunión comunitaria final (eterna) en Cristo.
- la pertenencia invisible a la Iglesia visible.
- la misma Iglesia visible.
Los dos primeros sentidos sólo los pueden comprender los creyentes. Hablamos pues, en estos dos
primeros sentidos, más bien del Reino. El tercero es el que suscita quejas, incomprensiones, en la
medida en que la Iglesia aparece como pantalla y no como signo.

Origen de la Iglesia en el hombre


Hay una correspondencia profunda entre lo que la Iglesia quiere significar y lo que es el hombre en
lo más íntimo de su ser. Lo que la Iglesia propone existe en el corazón del hombre como un deseo
esencial. Si la Iglesia fuera de algún modo extraña al hombre, y si no diese importancia al deseo más
profundo del hombre, no seña más que un postizo caído del cielo sin interés. El hombre es un ser
relacional en dos dimensiones, una horizontal, otra vertical. La relación con el mundo y con el otro es
esencial para él; sin ella él no existiría ¿qué es un niño sin sus padres? El otro es esencial para mí: sin el
otro, no soy nada. El hombre busca con afán la comunión (camaradería, amistad, fraternidad, amor,
etc.). Pero la relación con Dios no le es menos esencial. Uno, reflexionando, no puede dejar de estar de
acuerdo con esto: “Yo no soy mi fuente, no soy el centro unificador de todas las conciencias, no puedo
ser el autor de la comunión universal a la que todos los hombres aspiran conscientemente o no; es
preciso que la comunión fraternal de los hombres tenga un fundamento como mi existencia.” Con más
profundidad que con cualquier “prueba” de Dios en el plano intelectual, el hombre “experimenta” que
el sentido de su vida, aún siendo suyo (él es creador) es de Otro, del Absoluto vivo que fundamenta su
existencia.
La Iglesia (no su caricatura sino como la quiere Cristo) se presenta como la realización de esa doble
dimensión, la unión del hombre a Dios y la unión de los hombres entre ellos. Ella nos dice: eres
divinizable, estás atraído por Dios en lo más íntimo de tu ser, tu itinerario personal hacia Dios va a la
par con tu unión con los hombres. Lo “vertical” no va sin lo “horizontal”, aquello tiene su raíz en esto.
La Iglesia es la figura histórica de la naturaleza misma del hombre.
Desfigurada por todas las infidelidades de los cristianos, causa decepción en la medida en que no es
signo de Cristo. Lo que explica el errar de tantos hombres que buscan a Cristo en otra parte que no sea
la Iglesia tal como la perciben, pues el hombre, que no puede prescindir de la Iglesia sin renegar de lo

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que le constituye fundamentalmente, creará sucedáneos de Iglesia haciendo del sexo, del dinero, de la
droga o de los “paraísos artificiales” un absoluto y un medio de reunión. Pero los caos de la historia
provocan en la Iglesia renacimientos en los que su fidelidad sale renovada, presentando al mundo de
manera más auténtica, el rostro de Cristo.

Misterio de amor

Para penetrar en el misterio de la Iglesia hasta su realidad más profunda, que es Cristo resucitado
dándonos su Espíritu de amor, debemos percatarnos de que no hay diferencia entre la frase fundamental
de Jesús, “En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 35) y
lo que decimos en el Credo, “Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica”, pues amor es una
palabra vaga, fácilmente superficial, sentimental. Uno puede equivocarse sobre el verdadero amor. Son
las cuatro notas o características de la Iglesia las que dicen cómo debe estar animada por el amor y
cómo debe trabajar para reunir a los hombres en el amor. Decir que la Iglesia es una, santa, católica y
apostólica, equivale a decir que es un misterio de amor.

Una
Sólo el amor une y unifica. Hay que comenzar siempre por la justicia, pues el amor es quimérico si
no florece sobre el fundamento de la justicia. Pero la justicia puede mantenernos separados; habrá
respeto mutuo pero no comunicación o comunión recíproca. No hay comunidad auténtica si el cimiento
no es el amor.
Cuando Cristo nos dice: “Amáos los unos a los otros como yo os he amado”, no utiliza una simple
comparación: del mismo modo que yo os he amado, amáos, sino que quiere decir: amáos con el mismo
amor con el que yo os amo. Ahora bien, este amor no es un sentimiento sino una persona viva, el
Espíritu Santo que, en la Trinidad, es la unidad del Padre y del Hijo y su lazo de amor. Se nos da en el
bautismo y en nuestras comuniones eucarísticas para que tengamos en nosotros la fuerza o la energía
para superar los obstáculos que se oponen al amor. Pero nosotros nos resistimos, no nos desarraigamos
del egoísmo que separa y divide. Por eso la unidad de la Iglesia es muy imperfecta.
La comunidad ideal que sería la Iglesia en un mundo sin pecado no existe, marcha hacia la unidad.
El designio de Dios es que todo el mundo sea a imagen de la Trinidad, que los hombres sean uno en el
amor, a imagen de la unidad de la Trinidad. La unidad no está hecha, hay que hacerla.
Esta unidad no excluye cierta diversidad de funciones, de escuelas teológicas, de espiritualidades, etc.,
al igual que en la: Trinidad, la verdadera unidad no es la uniformidad. La fidelidad a la unidad en la
moda no conduce a que todas las mujeres vayan de uniforme: imaginémoslas así ¡no sería un bello
espectáculo! El que el hombre y la mujer sean diferentes no es motivo para que no haya unidad en el
hogar; hay unidad y es fruto del amor. Por eso hay que evitar el espíritu sectario. La unidad sólo se
rompe cuando las diferencias se convierten en oposiciones rechazando el diálogo.

Santa
La palabra “santo” no significa principalmente la santidad de las personas humanas sino la de
Cristo. La Iglesia es santa porque Cristo es santo. Cristo es quien aporta a un mundo de pecado la
santidad de Dios, o, lo que es lo mismo, el Amor puro. En el Antiguo Testamento la palabra “santo” se
aplica sólo a Dios (así en el cántico de Isaías 6, 3: Santo, santo, santo es el Señor; el Magníficat
proclama: Santo es su nombre). Dios es “E1 Santo”. Por eso, cuando se calificó a Jesús de santo, hubo
gran escándalo, pues por primera vez en Israel se osaba llamar a un hombre con este nombre reservado
a Dios. Más adelante, los cristianos también fueron llamados “santos”, lo que se ha convertido en un
artículo del Credo: creo en la comunión de los santos.
Hay que comprender que santo no es sinónimo de perfecto, de sabio o de héroe que, en
circunstancias excepcionales, muestra mucho coraje. Los santos son los vivos con vida divina. Pues este
es el corazón de nuestra fe: todos los hombres están llamados a, compartir eternamente la vida misma
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de Dios, a amar como El ama. Hay, pues, una comunión misteriosa de santificables santificados o de
divinizables divinizados; digo misteriosa, pues se trata de saber quién es divinizado y en qué medida.
La santidad de la Iglesia es el poder de santificación o de divinización que Dios ejerce a pesar de
los pecados de los hombres. Karl Rahner habla de la “santa Iglesia de los pecadores”. Decir que la
Iglesia es santa, es decir que coexisten en ella, a la vez, la fidelidad de Dios y la infidelidad de los
hombres y que Dios permanece fiel a pesar de nuestra infidelidad. Lo inaudito cuando reflexionamos, es
que Dios escoge “manos sucias”, por tomar el título de la obra de Jean-Paul Sartre, como receptáculo de
su presencia y de su acción.
No hay contradicción entre la santidad de la Iglesia y nuestra mediocridad. Al contrario, la santidad
de la Iglesia resplandece cuando no tiene miedo de ser manchada por el contacto de quienes somos
pecadores. A lo largo de su vida pública, Jesús frecuentó a los “pecadores”, comía con ellos, se sentía a
gusto en su compañía. No había en Él ninguna actitud rígida y tajante: “No vine a llamar a justos sino a
pecadores” (Mt 9, 13); “he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Si la Iglesia
excluyese de su seno a los tibios, los mediocres y los pecadores, buscando ser un “ghetto” de puros,
dejaría de ser santa. Imagináos una Iglesia que fuera una sociedad de perfectos, ¿cómo podría ser
humilde? Una Iglesia gangrenada por el orgullo no podría ser signo de un Dios infinitamente humilde,
ya que no hay peor imperfección que la de imaginarse perfecto.
A nosotros corresponde aportar santidad a la iglesia. Pues ¿quién es la Iglesia sino todos nosotros?
Si decimos que la Iglesia no es santa, queremos decir sencillamente que nosotros no somos santos, a
menos que estéis aún confundiendo, como hace algunos años, la Iglesia con su jerarquía. Ésta es una
función en la iglesia, los laicos representan otra función: la santidad se requiere para unos y otros.

Católica
Esta palabra significa universal. ¿Cómo podría ser de otro modo si la Iglesia está encargada de
volver visible el amor de Dios? El don de Dios no puede ser particular, es para todos los hombres de
todos los tiempos y de todos los países. Del mismo modo que Cristo es el sacramento de Dios, es decir
Dios mismo visible, del mismo modo la Iglesia es el sacramento de Cristo para todos los hombres.
No vayamos a creer que la universalidad de la Iglesia es geográfica. La Iglesia es católica en el sentido
profundo de que es capaz de unir en Jesucristo a todas las naciones, razas, culturas y civilizaciones. “La
Iglesia ya era católica la mañana de Pentecostés cuando todos sus miembros se encontraban en una
pequeña sala, lo era cuando las rebeldías arrianas parecían hacerla naufragar, lo sería aún mañana si
apostasías masivas le hicieran perder casi todos sus fieles”.
La Iglesia es católica porque sólo ella puede revelar a los hombres el sentido de su vida. Es una
capacidad que procede del Espíritu Santo, responder a las necesidades verdaderas de todos los hombres
sean quienes sean. Para pertenecer a la Iglesia, el hombre no tiene que renunciar a nada esencial pero,
en la práctica, las cosas aparecen muy diferentes. He viajado por Camerún, por Tchad, por la República
Centroafricana y si supierais lo triste que es ver iglesias edificadas al estilo europeo cuando existe un
arte negro tan magnífico...
Conocéis la historia de los jesuitas en China en el siglo XVII, con el Padre Ricci: los astrónomos,
comprendieron inmediatamente las letras chinas; fueron también acogidos por todos los estratos
populares, pues hablaban la lengua del país. Se guarda-ron de imponer a los chinos los ritos
occidentales. Desgraciadamente, tal manera de obrar fue condenada por Roma. Pero hay en las almas
chinas, como en la de todos los hombres, motivos para esperar en Cristo aunque no hay ninguno para
esperar en la cultura occidental. ¿Por qué queréis que los chinos abandonen su exquisita educación, su
arte, su música? Ha habido una relación entre cierto estilo de vida y el Evangelio; igual que la hubo en
el último siglo con la cultura “burguesa”. Para ser cristiano, no se tiene que renegar de una riqueza
humana; al contrario, la Iglesia es católica, capaz, a pesar de sus errores y sus faltas, de acoger todas las
riquezas humanas para que sean divinizadas por Cristo.

Apostólica

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Cuando decimos que la Iglesia es apostólica queremos decir que a pesar de las diferencias, a menudo
considerables, en el plano de las formas y de las modalidades exteriores, la Iglesia de hoy es la misma
que la de los apóstoles. Es fiel a Cristo que la fundó a través de todas las vicisitudes y cambios de la
historia. Es la continuidad, desde los apóstoles hasta nuestros días, de un servicio a la humanidad, la
educación en el amor. Los doce apóstoles (cifra simbólica correspondiente a las doce tribus de Israel, es
decir a todo el pueblo de Dios) eran ya la Iglesia. Desde la Ascensión, Cristo es invisible pero
permanece presente y actuando. Él nos llega hoy invisiblemente por su Espíritu, y visiblemente por los
sucesores de los apóstoles y los sacramentos.
Bastaría que la Iglesia fuera una comunidad regida sólo por el amor donde no hubiera ninguna
función de autoridad. Sería el ideal y así será la iglesia en el Reino de Dios. En el cielo no habrá
jerarquía, no habrá ni papa ni obispos. Pero estamos en un mundo de pecado. La Iglesia es una
comunidad de amor que necesariamente tiene aspectos de sociedad. Hay tres grados de agrupamientos
humanos:
- la masa o el rebaño; domina la fuerza, la ley de la jungla;
- cuando la masa se organiza se convierte en sociedad; el derecho sustituye a la fuerza, y se
necesita una autoridad para hacer respetar este derecho o este orden jurídico;
- la comunidad, donde reina el amor que fundamenta la comunión fraternal.
No olvidemos que la fuerza no es abolida cuando se opera el paso al derecho, ni éste cuando se
opera el paso al amor; de otro modo, sería imaginar que ya estamos en el paraíso. Ningún camino es
posible si no se tienen en cuenta las relaciones de fuerzas que subsisten.
En la Iglesia tal como es, es inevitable un derecho, una autoridad, un gobierno, etc., o estaremos
soñando. Pero todos los debates actuales corren el riesgo de ser falseados si se ve a la Iglesia
únicamente como una sociedad o una institución ordinaria. Los problemas de estructuras, que son reales
y hay que estudiarlos de muy cerca, deben ser corregidos en relación con el Absoluto de Amor de quien
la Iglesia es la visibilidad en la historia.

56
Tercera parte
CRISTO VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE,
REVELA QUIÉN ES DIOS Y QUIÉN ES EL HOMBRE

Dios trinidad: la intimidad de un Dios que no es más que amor 1.

(Págs. 155-170)
Introducción
Los cristianos se arriesgan afirmando de Jesucristo que es verdadero Dios y verdadero hombre;
esta afirmación constituye lo esencial de su fe. Uno se ve tentado a veces a plantear en términos
conceptuales la cuestión de cómo puede ser que Dios sea un hombre y un hombre sea Dios. Hay que
resistir la tentación, pues ¿quién es el hombre y quién Dios? No lo sabemos más que por el Hombre-
Dios, es Él quien nos lo revela. Es preciso, pues, renunciar a elaborar, en un primer tiempo, los
conceptos de humano y de divino, para intentar, en un segundo tiempo, armonizarlos para dar cuenta de
la posibilidad de un Hombre-Dios. Es éste un método de reflexión familiar para muchos y no será de
extrañar que nos conduzca a callejones sin salida. Ciertamente, las ciencias humanas nos dicen algo del
hombre y el discurso filosófico nos dice algo de Dios, pero es la existencia misma del Hombre-Dios la
que nos lleva sin contradicción a la posibilidad del Ser absoluto de tomar figura en el mundo de lo
relativo (nuestro mundo) sin dejar de ser el Absoluto, la posibilidad para Dios de convertirse en hombre
sin dejar de ser Dios. No se puede construir una ciencia de Cristo partiendo de una ciencia de Dios y de
una ciencia de hombre que le serían previas. La teología (ciencia de Dios) y la antropología (ciencia del
hombre) deben por el contrario encontrar su origen en la Cristología (ciencia de Cristo).
El ser de Jesucristo es Apertura total. Él es Hijo. Decimos equivalentemente Hijo y Verbo quiere
decir Palabra; Él es completamente Palabra. La palabra no subsiste nunca en sí misma, viene de alguien,
es la palabra de alguien. Del mismo modo el Hijo es hijo de alguien, existe por alguien, el Padre. La
palabra está dicha para ser escuchada, está ordenada para otros. Así el Verbo es pronunciado para ser
dado a los hombres. Decir que el ser de Jesucristo es Apertura total, es decir que es “a partir del Padre”
y “para los hombres”. Es decir, Él es amor, pues amar es estar suspendido entre dos polos, el polo de la
acogida y el polo del don. Acoger, es “ser por” otro; dar, es “ser para” lo otro o los otros. No hay que
decir que en Jesucristo existe amor, hay que decir que Él es amor. Pero sólo Dios es amor. Si Jesús es
amor, hay que decir que es Dios, Dios como Hijo perfectamente hijo, Hijo único de Dios, verdadero
Dios.
Pero también verdadero hombre. Si Jesús es completamente lo que hace, si es completamente lo
que dice, si él es completamente para los hombres, es el más humano de los hombres, es la plenitud de
lo humano, en verdad el único hombre plena y absolutamente hombre, cerca de quien estamos desde los
comienzos del hombre, de los hombres en devenir de humanidad. Él es lo que nosotros tenemos que ser,
verdadero hombre.
Se trata del hombre y como debe ser. Cristo es este hombre. Por eso san Pablo le llama “l nuevo
Adán” o “el último Adán” (1Cor 15,45), es decir el hombre tipo, el hombre ejemplar. El hombre es
tanto más hombre cuando está menos replegado sobre sí mismo, menos limitado. El paso del animal al
hombre o el paso de la vida al espíritu se ha cumplido cuando un ser de tierra y polvo h a podido llevar
su mirada más allá de sí mismo y de lo que le rodea, y decir “tú” a Dios. Pues el hombre es plenamente
hombre, no sólo cuando entra en contacto con el Infinito, sino cuando es uno con Él. Jesucristo el
hombre uno con Dios.

1
Extractos del manuscrito Jesús Christ Fils unique de Dieu, n.3 de la primera serie del Credo redactado en 1977-
1978.
57
Hay que añadir que si hay un hombre que es uno con Dios, es porque todos los hombres pueden
llegar a serlo. Llegar a ser lo que es Jesucristo es la vocación del hombre. Jesucristo no s una excepción
en la humanidad, en el sentido de curiosidad eminente en quien Dios mostraría todo su Poder. La
existencia del Hombre-Dios concierne a la humanidad entera. En la Biblia, la palabra “Adán” expresa la
unidad de toda la realidad humana. Si san Pablo llama a Cristo el “nuevo Adán”, es para decir que en Él
ha sido reunida toda la humanidad. Él es la Cabeza de un Cuerpo del que nosotros somos los miembros
o, como dicen los ingleses, es una corporate personnality, una “personalidad corporativa”, o, en
términos teilhardianos, el máximo de complejidad en la más perfecta unidad.

Dios-Trinidad : la intimidad de un Dios que no es más que amor 2.


El padre Bockel, cura de la catedral de Estrasburgo, amigo de André Mairaux, escribe que
recibió un golpe bajo en el curso de una conferencia que pronuncié en Estrasburgo, al plantear
brutalmente la cuestión: “Si, aunque esto es imposible, la Iglesia os dijera que Dios es una sola persona
y no Trinidad, ¿qué cambiaría en vuestras vidas?” 3 El padre Bockel dice que comprendió entonces que
el cristianismo no es una filosofía, un conjunto de verdades para creer que forman entre ellas un sistema
comparable al de Kant o Bergson, sino que todos los dogmas tienen una repercusión en la vida práctica.
Pienso que si Dios no fuera Trinidad yo sería probablemente ateo. No estoy completamente
seguro porque me es muy difícil situarme en esa hipótesis. En todo caso si Dios no fuese Trinidad, yo
no comprendería nada de nada.

El poder de Dios es el poder del amor


Nosotros los cristianos, ¿afirmamos tranquilamente, como si fuera lo normal, que Dios es
todopoderoso o, por el contrario, experimentamos un cierto malestar al decir esto? Pienso que para
muchos, no representa ninguna dificultad; efectivamente, si Dios es Dios, mal se comprende cómo
pudiera dejar de ser todopoderoso. Para otros, sin embargo, cada vez más numerosos, en estos tiempos
de crisis, la afirmación de un los todopoderoso es el motivo más serio para dejar de creer.
Pongámonos en guardia y no tomemos a la ligera la posición de estos hombres que, en el fondo,
juzgan más digno del hombre, y en consecuencia más verdadero, preferir un cielo vacío al fantasma de
un Emperador del mundo, potente, déspota, dramaturgo supremo, que maniobra con las marionetas de
la trágico-comedia humana congelando, petrificando, o recortando las libertades que, por otra parte, él
ha tenido a bien crear. Existen, yo lo veo así, ateos que lo son porque el concepto de Absoluto o
Transcendente les parece contradictorio, pero pienso que los ateos más numerosos son los que rechazan
un todopoderoso que fuera la negación o destrucción de nuestra libertad. De todas las saetas que
apuntan a la fe cristiana o incluso al teísmo, la que intenta herir a Dios en su omnipotencia es la más
peligrosa.
Por consiguiente, si reflexiono en lo que creo (y os invito a reflexionar en lo que creéis), veo con
claridad esto: que me sería radicalmente imposible fiarme de Dios, abandonarme a Él con confianza, si
no supiera nada acerca de la naturaleza de su poder. El es todopoderoso, ¿poderoso con qué poder? Ante
un ser muy poderoso, se recomienda ser prudente. La más elemental sabiduría consiste en desconfiar;
ante todo quedar libre, salvaguardar su independencia. Es preferible el nihilismo (del latín nihil = nada)
que la esclavitud. El nihilismo es la gran tentación del siglo, porque el gusto de la nada, aunque amargo,
es sin embargo menos malo que el de la servidumbre. Entre no ser y ser esclavo del poder de Hitler,
escojo deliberadamente no ser.
De sobra sé que el nihilismo no es más que un sueño, puesto que de hecho existo. Pero puedo por
lo menos dejarme deslizar por la pendiente que conduce al suicidio. Es menos necio suicidarse que estar
2
Manuscritos : un conjunto de notas antiguas tituladas «El misterio de un sólo Dios en tres personas»; un artículo redactado
(en 1970?) para una revista (?) y reproducido en L´humilité de Dieu, p. 103-109; «Creo en Dios Padre Todopoderoso», n° 1 de
la serie sobre la primera parte del Credo redactada en 1977-1978.-Hojas ciclostiladas: Boulogne. «La Trinidad» (18 de
Noviembre de 1969); Auteuil: «El Espíritu Santo» (19 de Octubre de 1970); Lyon-Sainte-Héléne. «Dios, el Padre
todopoderoso» (6 de Octubre de 1977).
3
P. BOCKEL, L' enfant du rire, Grasset, 1973, p. 95.

58
en manos de alguien que amenaza nuestra libertad. No puedo afirmar que creo en un Dios todopoderoso
si no tengo la certeza de que se trata de un poder que no amenaza mi libertad.
En otros términos (sopeso mis palabras pues de esto depende todo, depende lo esencial de mi fe),
si yo no creyese que Dios no es poderoso más que para amar y para llegar hasta el límite del amor, es
decir la muerte (morir por los que se ama) y el perdón (perdonar a los que os asesinan), si no creyera
que el poder de Dios es un Sobrepoder cuya naturaleza es la de renunciar por amor al empleo de los
medios del poder respecto a las criaturas, comprendería enseguida que se acceda a la pendiente del
sueño nihilista, y me guardaría de acusar a mis contemporáneos a quienes fascina este sueño.
Pero todo cambia si la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del amor. Entre una
omnipotencia y un amor todopoderoso hay una diferencia abismal, existe un abismo. El cristiano no
dice que cree que Dios es todopoderoso, dice que cree en un Dios Padre todopoderoso. ¡Importancia
decisiva de la preposición “en” seguida de un nombre de persona! En el Credo, la afirmación de Dios y
de su omnipotencia está tomada y comprendida en un movimiento de confianza y amor que expresa
precisamente esta preposición. Decir creo en ti, es decir: yo sé que tu poder no es un peligro para mi
libertad, sino que al contrario, está al servicio de mi libertad. “Creer en”, todo reside en esto.
El novio que dice a la novia que cree en ella -son palabras cargadas de sentido- no dice: doy fe
de tu existencia y de tus cualidades, creo que eres esto o aquello, creo en los informes que me han dado
de ti, creo todas las verdades que se refieren a ti. Dice esto otro: te doy mi confianza, me comprometo a
fondo contigo, tú serás en adelante el centro de mi vida, yo me descentro para que en adelante el centro
de mi existencia no sea yo sino tú, te confío por un acto de donación de mí mismo mi felicidad, eres
digna de ser amada y te amo, quiero depender de ti. Amar es consentir depender del amor. La vieja
palabra francesa “fianza”, caída en desuso, ha sobrevivido en “confianza” y en “novia” 4; la “confianza”
es la “fianza” recíproca donde el amor, fe y alegría no son mas que una misma cosa.
La fe es el impulso de todo el ser hacia Dios, el compromiso de lo más profundo de sí; de otro
modo, no es fe. Este impulso sería delirio, locura, si no se estuviera seguro de que Dios no es poderoso
más que para amar, que es el amor y no el poder la .esencia de Dios, ya que el poder es un atributo del
amor. Sería locura confiarse sin reservas a un poder que pudiera ser peligroso para mi libertad.
Abandonarse a un ser sin poder, sería igualmente una locura. Y la idea de un amor desprovisto de poder
o de energía es una idea loca, insensata. Pero lo que, en cambio, está lleno de sentido es la acogida de la
Energía de amar. Esta energía es el Espíritu Santo, una energía divina de amar que se nos da.
En verdad, no existe nada tan tradicional y tan constante entre los Padres de la Iglesia como
subrayar la preposición “en” y su importancia doctrinal cuando está seguida de un nombre de persona.
Es un solecismo, es decir una incorrección gramatical, pero precisamente los escritores cristianos,
empezando por san Juan, no temen ser gramaticalmente incorrectos para expresar mejor el misterio de
la fe. “La obra de Dios, dice Jesús, es que vosotros creáis en aquél que ha enviado” (Jn 6, 29).
Creer en la omnipotencia de Dios, creer que Dios es todopoderoso sin creer en Él, nada mejor
para falsear la vida religiosa de raíz. La historia de las religiones muestra que la mentalidad y las
prácticas mágicas han proliferado en la historia y proliferan aún en nuestros días, incluso en medios
cristianos, a despecho del decoro eclesial del vocabulario. No hay que dejarse engañar por las palabras.
Lo que funciona demasiado a menudo con respecto a Dios es el interés y el miedo. El interés que nos
empuja a utilizar la omnipotencia en beneficio propio, el miedo que exige encontrar los medios de
defenderse del peligro que se recela. Esto no tiene nada que ver con la fe, es magia. Si se pudiera
psicoanalizar a un cierto número de cristianos educados mal, uno se daría cuenta de que dicen por lo
bajo: “¿qué es lo que me guisa Dios allá arriba en su cielo? ¿qué me prepara? ¿felicidad o desgracia?
¿salud o enfermedad? ¿éxito o fracaso? Por interés y por miedo voy a rezar para que no me prepare
nada desagradable”.
Hasta el día en que surge la tentación de exorcizar radicalmente la amenaza diciendo
sencillamente que no hay Dios todopoderoso. Es entonces cuando el ateísmo aparece en la conciencia
adulta como la actitud más racional, lo que no es absolutamente falso, aunque no debemos olvidar la
4
N. del T.: Imposible traducir, siguiendo el texto, el juego de palabras: «fiancé» = novia, prometida, en correlación
con «fiance» y «confiance» = fianza y confianza, respectivamente
59
frase de Pascal: “Ateísmo, señal de fuerza de espíritu, pero hasta un cierto grado solamente.” Pues, bajo
el cielo transformado en desierto, vaciado de un todopoderoso supremo, otros poderes nacen y
proliferan, poderes que no se temerá absolutizar alegremente en todos los planos de la vida individual y
colectiva. Estos poderes los conocemos de sobra: dinero, sexo, raza, partido, etc. Nada más sagrado que
un mundo pretendidamente desacralizado; todo puede llegar a ser poder de dominación, de opresión, de
destrucción. Toda mutación de civilización es en cierto modo una mutación de idolatría.
Esto -magia supersticiosa o ateísmo que niega (a escoger)- es inevitable si el poder de Dios no se
comprende como el poder del amor. La fe es un acto íntimo de libertad que compromete en lo más
profundo de sí y pone en movimiento hacia un Amor que no sabe hacer otra cosa que amar. El cristiano
no dice que cree en Dios todopoderoso, dice que cree en Dios Padre todopoderoso. Lo que proclama, lo
que canta, es el poder de una Paternidad. La estructura del Credo es trinitaria [Link] no creo que Dios sea
un Narciso eterno que se contemple a sí mismo, que se quede absorto en sí mismo, que esté encantado
de sí mismo. Creer en tal Dios sería manifiestamente absurdo. Yo podría a lo sumo pensar que este Dios
narcisista existe, pero creer en él, en absoluto.
Si la preposición “en” es esencial en el acto de fe. Aquél en quien creo no puede ser más que
Padre. Y si nombro al Padre, exige que, en un mismo impulso de pensamiento y amor, nombre también
al Hijo y al Espíritu. Decir que Dios es Amor y decir_ que es Trinidad, es exactamente lo mismo.

Progresión del descubrimiento de un Dios uno y trino


Para contemplar el misterio de la Trinidad necesitamos reflexionar como la Iglesia ha
reflexionado históricamente. El cristiano no reflexiona al estilo del filósofo que inventa, en cierto modo,
su verdad y la propone a otros hombres. El cristiano no inventa la verdad, la recibe. Reflexiona sobre la
verdad que acoge pero retomando la experiencia secular de la Iglesia, pues la Iglesia ha reflexionado
partiendo de la Revelación de Jesucristo.
¿Quién es este hombre? Los apóstoles no han afirmado su fe en la divinidad de Jesús más que al
término de un largo camino. Escucharon a Jesús llamar “Padre” a Dios, usando una palabra: Abbá, que
quiere decir “querido papaíto” y significa el abandono filial en la raíz misma del ser. En mi oración trato
de representarme la estupefacción de los apóstoles oyendo decir a Jesús: Abbá, Padre. Han visto a Jesús
obrar según una experiencia de Dios y de hombre igualmente inmediata. Él les pareció alguien a la vez
Dios mirando al hombre y hombre mirando a Dios. Fueron testigos de la intimidad entre un hombre y
Dios absolutamente única, vivida no sólo ante ellos sino para ellos, ya que Jesús les invita a
compartirla, “Decid como yo: Abbá, Papito” (Mt 6, 9).
Intimidad mantenida en el sufrimiento más extremo, cuando el Padre se calla, parece ausente, y
cuando los hombres son excesivamente crueles, “Padre, pongo mi espíritu en tus manos... Perdónales”.
Cuando Jesús resucitó es manifiesto que Dios está con este hombre. Pero la cuestión se plantea en saber
si este hombre es Dios. ¿Dios y Jesús son dos o uno?
En Pentecostés los apóstoles son invadidos por el Espíritu de Jesús. Tienen en adelante en ellos a
Aquél que Jesús tenía en sí. Aquél por quien Jesús era quien era. Les conduce a los mismos hechos -los
Hechos de los Apóstoles-, afrontando los mismos riesgos con el mismo coraje ante la muerte. Es el
Espíritu de Jesús, pero no puede ser otro que el Espíritu de Dios, ya que sólo Dios puede dar su
Espíritu. Nosotros no podemos dar nuestro espíritu, nos es absolutamente personal. Yo puedo dar mi
ciencia, mi cultura, pero dar mi espíritu es absolutamente impensable. Entonces, pero sólo en
Pentecostés, los apóstoles afirman que Jesús es Dios, pues este hombre que es Dios, dice “tú” a Dios.
Dios habla a Dios. Dios se dice “enviado de Dios”. Dios tiene “como alimento hacer la voluntad de
Dios”. Hay pues una dualidad en Dios. Y el Espíritu ¿de quién habló? Él es Dios también, es el tercero.
He aquí como la Iglesia, emplazada ante la paradoja de un Dios uno y trino, comprendió muy
pronto que, si no se mantenía con rigor, estaba hecha de esperanza humana. “Si la Encarnación, dice
Cirilo de Jerusalén, fue una pura imaginación, la salvación también será pura imaginación”. Si Dios no
se ha hecho hombre ¿cómo podría ser divinizado el hombre? ¿Y cómo un Dios que no fuera más que
5
Para el desarrollo de esta afirmación, remitirse a H. de LUBAC, La fe cristiana, ensayo sobre la estructura del
Símbolo de los Apóstoles, Ed. Secretariado Trinitario, 2a ed.. Salamanca, 1988.
60
una persona podría encarnarse? Tal hombre-Dios no conocería a otro Dios más que a sí mismo, no
podría dirigirse a un Otro, sería el Adorador de sí mismo. ¿Cómo podría ser el hombre en plenitud, si el
hombre no puede ser definido más que por su relación con un Otro?
La Iglesia mantuvo un combate apasionado durante los primeros siglos de su historia para que la
profundidad del misterio no fuera suprimida en beneficio de una comprensión inmediata. Es la
tentación de la impaciencia, que es más actual hoy que nunca, suprimir porque se quiere comprender
enseguida. Cuando se trata de la verdad, el Espíritu Santo, a pesar de nuestras tentaciones de mediocres
compromisos, mantiene siempre la exigencia de una comprensión superior que no se obtiene más que
lentamente y de manera cuidadosa. La Iglesia obedecía con una lógica rigurosa que exigía no separar
nunca, en la unidad de su fe, la triple creencia en la divinización de la humanidad, en la divinidad de
Jesucristo, en la Trinidad. Si Dios no es Trinidad la Encarnación es un mito y si la Encarnación es un
mito está fuera de lugar que el hombre sea divinizado. Todo está relacionado.

La Trinidad realiza perfectamente el compromiso del amor


Es de amor de lo que se trata. Uno se arriesga a equivocarse cuando busca entender el misterio
de Dios por otros caminos que no sean los del amor. El nos hace reflexionar partiendo de la experiencia
humana del amor y a partir de la decepción que todos, más o menos, experimentamos en el amor.
En efecto, ¿cuál es el compromiso profundo del amor en el matrimonio, en la relación fraternal o
filial, en la amistad o en la vida de comunidad? El compromiso del amor consiste en llegar a ser el otro
siendo yo mismo, de tal manera que el otro y yo no sólo estemos unidos sino que seamos uno. La
experiencia humana del amor es alegría y sufrimiento mezclados, alegría prodigiosa de decir a aquél o a
aquella que se ama: tú y yo no somos dos sino uno. Sufrimiento de estar obligado a reconocer que,
diciendo esto, se dice, no lo que expresa, sino lo que se querría que fuera y no puede ser. Pues si el
amante y la amada no fueran dos no habría un otro, y el amor desaparecería. Como dicen las gentes
sencillas, para amar hay que ser dos.
Escuchad dialogar a dos personajes de Gabriel Marcel en El corazón de los otros: “Tú y yo, dice
Daniel a su mujer, no somos dos”. Su mujer, muy aguda, responde: “Eso es precisamente lo que me
horroriza algunas veces; que tú no tienes nunca el aspecto de considerarme como a alguien. Cuando no
se es más que uno sólo... ¿cómo explicártelo? ya no se da nada... Y es terrible, porque puede llegar a ser
un pretexto para no pensar más que en uno mismo”. Si tú y yo no somos más que uno, nos amamos a
nosotros mismos. Pero el amor de sí no es el amor, es complacencia en sí, no es don ni acogida.
El amor quiere a la vez la distinción y la unidad. En la condición humana este compromiso
profundo, estar no sólo unido al otro sino ser uno con él, quedando en sí, es irrealizable, porque nadie
entra sin sufrimiento en el reino del amor. Pero en Dios el compromiso del amor es eternamente
escuchado, es el misterio mismo de la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se distinguen
realmente el uno del otro, no es posible ninguna confusión: el Padre no desaparece en el Hijo, el Hijo no
desaparece en el Padre, el Padre y el Hijo no desaparecen en el Espíritu Santo, son uno, siendo
perfectamente distintos.
La Trinidad no son tres personas yuxtapuestas sino tres " generosidades que se dan la una a la
otra en plenitud. Cada una de las Tres Personas no es para ella misma más que siendo para las otras dos.
El Padre no existe como Padre distinto al Hijo más que dándose completamente al Hijo, el Hijo no
existe como Hijo distinto al Padre más que siendo completamente impulso de amor para el Padre. El
Padre no existe como persona constituida en sí misma y para sí misma, es el acto de engendrar al Hijo
lo que constituye su persona. Si no tuviera Hijo no sería Padre, es evidente. Cada persona no es ella más
que estando fuera de ella, l es puesta en el ser estando en la otra. En el Padre, en el Hijo, en 4-el Espíritu
Santo, hay una imposibilidad absoluta del menor repliegue sobre sí. Dios no hace “atención de sí”,
como escribía Maurice Zundel.

Tres personas en un solo Dios


¿Por qué tres personas (y no cuatro o diez, como se preguntaba el filósofo Kant)? Se pueden

61
proponer dos aproximaciones al misterio del Espíritu Santo. La primera a partir de la exigencia de
reciprocidad, esencial para la perfección del amor. En el amor [.humano esta reciprocidad, no la
percibimos más que por el intérprete de los signos, por sí misma escapa a los que se aman. “Yo te amo a
ti, mi mujer, y veo que tú me amas por lo que me dices, por tus gestos, por tu comportamiento hacia mí,
pero no veo tu amor mismo. De ahí el sufrimiento, la duda en ciertos momentos, cuando esas palabras,
esos gestos, ese comportamiento, parecen menos ardientes, menos espontáneos. Si yo viese el amor esas
fluctuaciones no existirían, pero no veo más que los signos del amor. Por eso existe en mí ese violento
deseo de conocer tu amor de otro modo que por signos, cuya presencia me encanta y me hace feliz, pero
cuya disminución me mortifica y cuya ausencia me desespera.” San Agustín ha escrito una frase amiga
de la memoria: “Ella ve a él, él ve a ella, pero nadie ve el amor”.
En la Trinidad, donde la reciprocidad es perfecta, el Amor mismo es una persona, el Espíritu
Santo, Amor del Padre al Hijo, Amor del Hijo al Padre, beso común si se quiere. La reciprocidad del
amor hecha persona en el sentido que podríamos decir: Mozart es la música hecha hombre. El amor se
vive en plenitud, existe el Amante, el Amado y el Amor. El Amante es amado, el Amado es amante, y el
Amor es el dinamismo del impulso por el que dos no son más que uno siendo distintos.
Otra aproximación a este misterio de la tercera persona puede intentarse partiendo de la
exigencia de pureza en la perfección del amor. Entiendo por pureza la exclusión de todo egoísmo, de
todo tener. En Dios no hay señal de propiedad de sí mismo, pues el amor no puede ser propietario. Si no
hubiera tercera persona, el Padre encontraría en el Hijo y el Hijo en el Padre, una posesión de sí, algo
así como un padre de familia que verdaderamente se hubiera sacrificado por su hijo y le hubiera dado
todo; cuando contempla a su hijo él se reencuentra: yo soy quien ha dado todo a mi hijo. El Padre se
encontraría en el Hijo e igualmente, el Hijo en el Padre. Pero si el amor recíproco del Padre y del Hijo
se abre a un tercero, hay exclusión absoluta de toda forma de tener, de toda mirada sobre sí, es la pureza
absoluta del amor, la Pobreza de Dios.

Vivir es amar
Amar es ser y vivir para el otro y por el otro, para los otros y por los otros, nunca por sí y para sí.
Cada una de las tres personas divinas no es ella más que siendo por y para las otras dos. Para el otro, es
el don; por el otro, es la acogida. Acoger es dar, es amar. Dios es un Poder infinito, sin límite, de
renuncia a ser para sí y por sí. Reemplazad “poder” por “energía” que traduce, tal vez mejor, de manera
menos ambigua, la palabra griega dynamis, o incluso “dinamismo”. Yo creo en un Dios cuya energía de
amor, cuyo dinamismo es infinito. Creo en una energía sin límite de renuncia a ser por sí y para sí. Creo
en la Energía eterna de una Voluntad sin límite de ser para el otro y por el otro, más aún, creo que Dios
es una Impotencia absoluta de encerrarse en sí.
Se nos revela así que la relación de amor es la forma original del ser, o, lo que es lo mismo, que
el fondo del ser es amor o comunión. El misterio trinitario esclarece todos los avatares de la existencia
humana.
Porque sabemos quién es Dios, aunque en misterio, sabemos lo que debemos ser. Ciertamente,
como decía el antiguo catecismo, Dios es infinito y puro espíritu pero, cuando san Pablo dice que hay
que “imitar a Dios” (Ef 5,1), que toda mi vida consiste en parecerme a Dios, no veo cómo puedo
parecerme a un puro espíritu infinito. En esta definición se habla de atributos de Dios que no puedo
imitar. Mientras que, si lo esencial de la Revelación cristiana es que Dios es amor, comprendo que debo
de esforzarme en amar y que toda la vida debe conducirme a amar.
¿Qué es la persona humana? Es el ser que se realiza dando y, no buscándose a sí misma, se
encuentra en otro. La vida se nos dio para que nos dirijamos a los otros, para darnos como las tres
personas divinas, no para conquistarlos, poseerlos o anexionarlos, sino para enriquecerles y hacerles
crecer. San Agustín decía: “No debemos amar a los hombres como los comilones aman la comida, pues
eso no es amar a los hombres sino quererlos asimilar”. No hay que amarles para sí sino para ellos.
Para amar como se aman las tres personas divinas hay que ser uno mismo lo más profunda y
conscientemente posible, hay que querer que los otros sean lo más profunda y conscientemente posible
y no sólo quererlo de pensamiento, en deseo, sino obrar para que lo sean. Quiero que seas tú, y me

62
consagro totalmente para que tú seas plenamente tú. Lo que es válido para los individuos vale para las
patrias, las razas y las civilizaciones.
La verdadera unidad no es la unicidad sino la riqueza de un pluralismo unido por el amor. Una
sinfonía está hecha por una pluralidad de notas que no valen sino por las relaciones que tienen unas con
otras, pero cada nota debe ser ella misma y querer que las otras sean ellas mismas pues, si ella
desapareciese, el acorde sería más pobre. El ideal de la orquesta no es que no haya más que violines; el
violín debe querer que el violonchelo sea plenamente violonchelo, que la flauta sea plenamente flauta, y
que esta diferenciación, esta riqueza y esta diversidad de instrumentos, constituyan una orquesta
verdaderamente una.
El amor trinitario nos obliga a excluir la voluntad de poder y el deseo de anexión, pero también
la “voluntad de debilidad” y la ruindad de ser anexionados.
Ya se trate de nuestra vida personal más íntima o del ejercicio de nuestra libertad en los
diferentes niveles de la familia, de la profesión, del Estado, de la sociedad internacional, todo consiste
en no equivocarse sobre el amor. Para enseñar a los hombres lo que significa amar, cuáles son sus
condiciones, las consecuencias y las implicaciones del amor, cuáles pueden ser las falsificaciones y las
ilusiones, la Iglesia pregunta a lo largo de los siglos al Espíritu Santo que le ha sido dado. Sólo Él
conoce el secreto de Dios, El nos da la Energía de vivir, de amar como Dios ama. Tal es la forma más
alta de existencia a la que es posible acceder, si el hombre la acoge como un don (en sí misma es
inaccesible) y si no rechaza, como gustaba decir Maurice Blondel, pagar el “peaje” del don mortificante
de sí mismo.

Dios crea al hombre creador 6


(Págs. 171-190)
El misterio de la Creación es de todos los misterios cristianos posiblemente el más difícil, el más
misterioso de los misterios. Hay que tratarlo aunque sea así, pues es en el misterio de la creación donde
se plantea actualmente el ateísmo. En el fondo, lo que se niega por los ateos no es la trascendencia en
cuanto tal, sino un Dios creador pues dicen que si Dios nos crea, no es posible que seamos
verdaderamente hombres libres, seríamos en cierto modo como objetos entre las manos del Creador,
“títeres en manos de los dioses”, como dice un personaje de Platón, lo que es evidentemente contrario a
la dignidad del hombre. Estamos, pues, ante un tema fundamental. Y aun cuando no llegásemos a decir
cosas muy positivas, es importante prescindir de un cierto número de imaginaciones que no pueden más
que chocar al no-creyente o al ateo.

Advertencias preliminares
Cuando se aborda este tema es preciso a toda costa renunciar a la imaginación. Sé de sobra que
es muy difícil, pues estamos más dispuestos a imaginar las cosas que a concebirlas y, cuando no
llegamos a imaginar decimos que no comprendemos. Hay que realizar, pues, un serio esfuerzo por
mortificar totalmente la imaginación. Así como no se puede imaginar a Dios, tampoco se puede
imaginar su acción creadora, el acto por el que crea al mundo.
Igualmente hay que mortificar nuestra curiosidad, incluso intelectual, pues la Revelación no
intenta satisfacer la curiosidad de los hombres sobre Dios. El cristianismo no es una filosofía, la

6
Manuscritos: «Los relatos de la creación en el Génesis» y «El sentido cristiano de la creación», n° 1 y 2 de la
serie redactada en 1975-1976 (el n° 2 retoma una conferencia dada en Grenoble en Diciembre de 1972); «Creador
del cielo y de la tierra», n° 2 de la serie sobre la primera parte del Credo redactada en 1977-1978.-Hojas
ciclostiladas: Boulogne (18 de Noviembre de 1969); Auteil (13 de Octubre y 10 de Noviembre de 1975); Lyon-
Sainte-Héléne (6 de Noviembre de 1975); Carcassonne: «Los dogmas, ¿para qué?» (26 de Enero de 1978).
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Revelación no se sitúa en el plano de la explicación de las cosas, esclarece nuestro caminar hacia Dios
que es totalmente distinto. La Revelación nos dice algo de Dios y algo del hombre en la medida en que
es necesario para nuestra relación viva, real, con Dios.
Es pues absolutamente indispensable comprender la diferencia entre explicación y significado.
La fe nunca se sitúa en el plano de la explicación científica y filosófica, sino siempre en el terreno del
significado, es decir, del sentido de nuestra existencia. Esta distinción es absolutamente esencial y la
equivocación de muchos es la de pedir a la religión informaciones que pertenecen a la ciencia. No es la
religión quien os dice que el agua se congela a 0° o que la suma de los ángulos de un triángulo es igual
a 180°. Imagino a un hombre, a un supercerebro competente en muchas disciplinas, que conoce la
explicación del mundo tanto como es posible conocerla a un hombre; si su mujer acaba de traicionarle,
este sabio será capaz de suicidarse porque, para él, la vida no tendrá significado, no tiene ya sentido, no
tiene razones para vivir. El sentido de su vida no estaba en la explicación que encontraba en las ciencias
sino en el amor de su mujer. El cristianismo no sirve para explicar el mundo.

La experiencia de un amor liberador, de un dinamismo de liberación 7


Lo que se revela ante todo en la Biblia no es el Dios creador sino el Dios liberador. Lo que está
en el corazón de la Biblia es el Éxodo, es decir, el misterio de liberación de Israel. Y lo que está en el
corazón de nuestra fe cristiana es nuestro acceso a la libertad misma de Dios, lo que hemos llamado
nuestra divinización con la frase clave que repito: estamos en la tierra para llegar a ser por participación
lo que Dios es por naturaleza. En la Biblia, no escuchamos decir a Dios al pueblo hebreo, “Yo soy quien
te ha creado” sino “Yo soy quien te ha liberado, soy yo quien te ha hecho salir de la esclavitud de la
casa de Egipto”. Sólo tardíamente los judíos se plantearon la cuestión de la creación.
También hay que leer la Biblia no comenzando por el principio del libro sino por el comienzo de
la experiencia que ha hecho nacer al libro, que es la experiencia fundamental del pueblo de Israel. Digo
bien e insisto: la experiencia, lo vivido, lo concreto, lo real, en oposición a lo nocional, a lo conceptual,
a lo abstracto. Experimentar una pera o una manzana es comerla, no es describirla con palabras. Se
puede tratar de describir con palabras el sabor de un fruto pero en definitiva se dirá, comedia. Se puede
tratar de describir el perfume de una rosa pero las narices son un instrumento más eficaz para el
conocimiento que el vocabulario. Se puede también tratar de describir los sentimientos del amor, hay
novelistas para ello, pero si no tenéis ninguna experiencia del amor, toda descripción será para vosotros
letra muerta, como sí fuera chino.
Cuánta más razón cuando se trata de la creación del hombre y del mundo por Dios. En principio,
no se tiene experiencia del origen. Como dice el P. Ganne con ese sentido de las palabras elementales
que le caracteriza (pues tiene la convicción firme de que lo que el hombre ve menos claramente es lo
más elemental, y tiene razón), el niño que está en el pecho de su madre no se pregunta si es el heredero
de Vercingetorix y de Gaulois, lo que busca es ser liberado de sus desfallecimientos de estómago, y su
madre se le aparece en primer lugar no como quien le ha puesto en el mundo, sino como la que ahora le
libera de su sufrimiento, de su hambre. No será más que poco a poco, cuando el niño que se hace adulto
se planteará la cuestión de su origen y de su fin, pero no es lo inmediato ni lo primero.
Del mismo modo, los Israelitas al principio no dijeron nada de Adán. Una consciencia concreta,
real, viva, no parte nunca de los orígenes sino que se remonta a partir de lo que vive en su presente.
Estas advertencias banales expresan una verdad muy sencilla pero sucede que se olvida y toda
catequesis se falsea radicalmente: “La fe de Israel no ha ido de la doctrina a la vida sino de la vida a la
doctrina, y la experiencia inicial de Israel, la que se llama idea fundante, es la liberación de la
servidumbre de Egipto”. Os recuerdo que esta liberación -el Éxodo- que tuvo lugar en el siglo XIII a.
C., es anterior por lo menos en cinco siglos al segundo relato de la creación (Génesis 2 y 3) que es el
más antiguo y data probablemente del siglo VIII a. C., y anterior en siete siglos al primer relato
(Génesis 1) que es el más reciente y data del siglo VI a. C. 8
Intentemos meternos en la piel de los israelitas del siglo VI y tratemos de vivir como ellos. Son
7
En esta primera parte, el P. Varillon utiliza el cuaderno n.21-22, La création de Ediciones Cultures et Foi, p.53,
de los P. Ganne, y F. Fournier.
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deportados a Babilonia desde principios del siglo. Hay hombres que han nacido en el exilio, lejos de la
tierra de sus antepasados, y se preguntan si todo lo que les han dicho sus padres es verdad. Saben que
en Jerusalén no hay templo, ni fiestas en consecuencia. Políticamente el pueblo judío está borrado de la
historia. No se sabe cuánto tiempo durará el exilio. No hay ningún indicio, ningún signo de liberación.
¿Cómo no creer que Dios ha abandonado a su pueblo? La Alianza con Moisés, que era el corazón de la
religión judía, ¿no ha caducado? Nos resulta fácil imaginar las burlas de los paganos tanto más en
cuanto que la religión de Babilonia es floreciente, hay fiestas, brillantes procesiones, se adora a los
ídolos, se practica la astrología. ¿Cómo no estar tentado, seducido por ella? Por otra parte existen
aventuras sentimentales entre judíos y babilonias, entre judías y babilonios.
¿Qué hace Yahvé? Aparentemente nada. En realidad habla por medio de los profetas (como dice
nuestro Credo). ¿Qué dicen los Profetas? Dicen que Dios no ha abandonado a su pueblo. El Dios de los
judíos es fiel, su palabra es una Roca, por tanto el desierto florecerá, Jerusalén resurgirá de sus ruinas.
¿No es Dios una Energía liberadora? ¡Que no lo olviden los judíos! Ellos fueron esclavos en Egipto
hacia el año 1250, y Dios les liberó. Siete siglos han transcurrido, pero los pueblos tienen memoria
colectiva. Entonces, para recuperar su coraje, para luchar contra la desazón y el escepticismo, para
conservar buena imagen ante las burlas de los babilonios, para retener a los que se deslizan por la
pendiente de la apostasía, los judíos cuentan las grandes hazañas del Éxodo. Lo que Dios ha hecho una
vez lo hará una segunda vez, habrá un segundo Éxodo y una renovación de la Alianza.
Os sugiero que comencéis la lectura de la Biblia por el segundo Isaías, autor de los capítulos 40
al 56 del Libro de Isaías, profeta del siglo VI a. C. Veréis allí como la “vivencia” religiosa de Israel es
una relación con un Dios que no es el Autor de la Naturaleza, la Causa primera del mundo, sino un
Amor liberador.
Pero el Éxodo no es el principio. ¿Qué había pasado antes de Moisés? Decíamos que una
conciencia concreta no parte nunca de los orígenes sino que se remonta a ellos. El bebé no habla al
principio de Vercingetórix pero, cuando crezca, se planteará la cuestión del origen de Francia, su patria.
Y bien, hacia el año 2000 Abraham tuvo una experiencia de liberación. A la luz del Éxodo, los
judíos interpretan la emigración del clan de Abraham como un signo de la presencia de Dios. Ya hay
una Alianza de Dios con Abraham. Después de leer el segundo Isaías y el libro del Éxodo, hay que leer
en el libro del Génesis la historia de Abraham. ¿Y antes de Abraham? Para los judíos es la prehistoria.
¿Van a detenerse en este umbral? No, pues creen que su Dios es el único Dios verdadero (los otros
dioses son ídolos). Si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, no es sólo el Dios de los Judíos, es el
Dios de toda la humanidad, el Dios que hizo la Alianza con Abraham y Moisés hizo alianza con toda la
humanidad. Esío es lo que afirma el ciclo de Noé, en que sus autores utilizan viejos mitos para expresar
la universalidad de la Alianza. ¿Y antes de Noé? Está Adán, el hombre, la humanidad entera (tal es el
significado de la palabra Adán).
Esta introducción es capital si no se quiere caer en graves sinsentidos con los primeros capítulos
de la Biblia: el amor liberador (se sobreentiende que el Amor es liberador, en otro caso no sería Amor;
el amor que volviese esclavo a alguien o le mantuviese esclavo, sería una contradicción en los términos)
o el Poder de liberación, que está en el origen de la historia de los Hebreos, está también en el origen de
todo lo que existe. El Dios de quien Israel experimentó el amor liberador a lo largo de su historia, es el
mismo Dios Creador del mundo.
No hay ningún peligro, en consecuencia, de que Dios aparezca como un Poder de dominación o
como un Fabricante. En el origen de todo existe el mismo amor que Israel experimentó en el curso de su
historia. Encontraréis confirmación de lo que os adelanto leyendo atentamente esto: “Así habla Yahvé
tu Liberador, el que te ha formado en el seno materno: soy yo, Yahvé, quien lo ha hecho todo, quien, yo
solo, he desplegado los cielos” (Is 44,24). Está tan claro como pueda estarlo: el que ha liberado a Israel
es quien lo ha hecho todo, el Creador es el Liberador. La relación entre creación y liberación es
evidente. Hay muchos más pasajes parecidos.

8
Para el estudio detallado de los primeros capítulos del libro del Génesis, el Padre VARILLON se refiere a las notas
del curso del Padre P. BEAUCHAMP; y, para la noción de creación en la Biblia, remite a los libros de Cl.
TRESMONTANT editados en Seuil, así como al vocabulario de teología bíblica ya citado.

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Es necesario, por otra parte, estar muy convencido de que no se puede apreciar el comienzo de
nada. Probad a advertir el momento en que os dormís, el momento en que no podéis decir “yo duermo”
ni “yo no duermo”, temed entonces no poderos dormir, pues en el momento en que podáis decir “estoy
a punto de despertarme” sin duda ya os habéis despertado. ¿Podéis hablar de vuestro propio nacimiento
de modo que sin ningún testigo que os lo haya contado, podáis decir cómo sucedió? Vuestro nacimiento
fue seguramente un acontecimiento, pero no un acontecimiento para vuestra conciencia. No podemos
comprender el comienzo de la historia. El conocimiento del comienzo del mundo es absolutamente
imposible, porque es impensable que haya quedado testimonio de alguien que sea consciente de ser el
comienzo absoluto de la humanidad. Nunca se escribirá el capítulo primero de la historia de la
humanidad, en un plano estrictamente histórico.
Subrayemos con el Padre Ganne: “La Alianza da sentido a la Creación, la fe en el Creador es el
reconocimiento de un Poder de liberación remontando hasta los orígenes, lo-extensivo a todo el
universo” 9

Eliminar tres palabras peligrosas


Importa eliminar de nuestro espíritu, con todo vigor, un cierto número de imaginaciones
engañosas y tremendas, que han cristalizado en unas palabras que empleamos a la ligera y que es
necesario criticar enérgicamente: emanación, fabricación, comienzo. Os propongo reemplazarlas:
- emanación por distinción o alteridad (existencia de un Otro);
- fabricación por génesis;
- comienzo por dependencia radical (del hombre con relación a Dios).
1) EMANACIÓN: se representa a veces la creación como una emanación, como si el mundo
emanase de Dios como el río emana de la fuente o la masa de luz de un fuego luminoso. No es ésta una
idea judeo-cristiana, el mundo no es una emanación de Dios. Si el mundo fuese una emanación de Dios
habría que decir que es necesario. Efectivamente, desde el momento que hay una fuente, hay río que
emana necesariamente, hay rayos y masa de luz. La cuestión es importante porque en otras religiones
orientales el mundo es entendido como una emanación necesaria de Dios.
Si el mundo emana de Dios como el río emana de la fuente, no hay distinción radical entre el
hombre y Dios, el río no es radicalmente distinto a la fuente, y el rayo no es radicalmente otro al fuego
luminoso. No hay, pues, alteridad, y si no hay alteridad no hay amor posible, no se puede amar más que
a otro, no se ama el fondo de sí.
En la Biblia, de principio a fin, se trata de revelar un Dios que no es más que Amor, no podría ser
de otro modo. Se afirma que Dios existe, un Dios personal, y Dios quiere que el mundo exista, el
mundo como una realidad distinta de Dios. Dios crea al mundo otro que él. Por eso os he dicho:
tachemos emanación y reemplacemos esta palabra por distinción o alteridad.
Debemos desconfiar de estas imágenes peligrosas o se dirá que el mundo existe con relación a
Dios como el río con relación a la fuente. Quiero que haya un modo de comprender a Dios como fuente
que no sea falsa. Si uno se desliza por la idea de una emanación necesaria, no estamos en el hilo
conductor de la Revelación cristiana.
2) FABRICACIÓN: la creación no es una fabricación. Dios no fabrica nada, pues una fabricación
termina en un objeto acabado. Dios es todopoderoso, seguro, pero es el amor quien es todopoderoso. No
se trata de cualquier poder. Dios no puede más que lo que puede el amor. No hay que decir que Dios lo
puede todo, es absolutamente falso. Dios no puede destruir, el amor no puede destruir. Por eso creo en
la vida eterna, porque quien me creó no me destruirá. Dios no puede fabricar, el amor no fabrica, el
amor engendra, lo cual es muy distinto.
El amor no puede crear más que creadores. Nosotros somos criaturas, cierto, pero criaturas
creadoras. Y el universo material no es más que el condicionamiento de nuestra libertad, a partir de la
que tenemos que crearnos a nosotros mismos. Nosotros no somos Dios, sólo El es incondicional,
nosotros estamos condicionados. Yo estoy, por ejemplo, condicionado por mi sexo masculino y, en
9
P. Ganne y Fr. Fournier, l.c., p.59.
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consecuencia, mi proyecto de vida no puede ser un proyecto femenino. Este condicionamiento es
extenso, afecta a todas las galaxias, pero no tiene sentido más que para la libertad del hombre. Dios,
puesto que es amor, nunca habría creado criaturas que no fueran creadoras.
Hay que criticar ciertas expresiones que encontramos en la Biblia (esto es normal, puesto que la
Biblia es una pedagogía y una pedagogía progresiva). En el segundo relato de la creación, el más
antiguo. Dios es comparado a un alfarero que modela la arcilla. En el primer relato, el más reciente, la
imagen del alfarero se abandona, el verbo “modelar” está suprimido y reemplazado por un verbo nuevo
que significa “crear”, fruto de una reflexión profunda del pueblo judío.
Dios no fabrica ni el más pequeño elemento del mundo, ni el menor átomo. No fabrica
libertades, pues lo propio de la libertad es precisamente no ser fabricada, no poder serlo, al no ser un
objeto. La libertad no es libertad más que si se crea a sí misma.
En la medida en que se imaginan un dios fabricante, los ateos tienen razón de protestar en
nombre de la dignidad del hombre, pues sería contrario a nuestra dignidad haber sido fabricados por un
eterno alfarero. Eliminamos, pues, esta idea tan absurda como peligrosa de un mundo fabricado por
Dios. No estamos fabricados por Dios “como el artesano fabrica un cortapapeles” según expresión de
J.-P. Sartre.
3) COMIENZO: se imagina a veces la creación como un cachete inicial por medio del que Dios
habría puesto en marcha todo un proceso de desarrollo. Víctor Hugo, un día de débil inspiración,
comparó la creación a una magistral patada dada a un balón, al enorme balón del mundo, y, dado el
vigor divino de la patada, vigor infinito, el mundo continúa dando vueltas solo, siendo conservado en su
existencia y en su movimiento. ¡Esto es absurdo!
El acto creador no es un comienzo cronológico sino ontológico, una “dependencia radical en el
ser”, en expresión de santo Tomás de Aquino. Cuando decimos que Dios crea el mundo, no decimos que
lo ha creado. No hay que poner nunca en pasado el verbo crear. Es ahora cuando Dios crea. No hay que
imaginar la creación como un acto del pasado. Dios crea el mundo hoy, tanto hoy como al principio.
El acto creador es el mismo ahora que en el origen del mundo, es coextensivo a toda la historia del
mundo.
Si la creación fuese una fabricación nosotros no podríamos decir esto. Para un objeto fabricado,
como esta mesa en la que pongo mis codos, no hay acto actual del carpintero, no es ahora cuando el
fabricante fabrica la mesa, mientras que para la creación, es ahora cuando Dios crea.
Pensad que crear es un acto simple para Dios, y tomad esta palabra en su sentido más estricto,
más etimológico. Simple es lo que no está compuesto. Un acto simple es un acto que uno no puede
dividir en operaciones sucesivas. En una fabricación hay operaciones sucesivas (perdonadme que os
diga cosas tan elementales, pero es preferible precisar). Pensad en la fabricación de un vestido: en
primer lugar el corte del tejido, a continuación el hecho de coser, de adornar, de bordar, etc. La creación
es un acto simple, sin composición, sin sucesión, no se le puede dividir. Todo aquel que no sea Dios está
en cierto modo compuesto, sólo Dios es absolutamente simple.
Decir que el acto creador es un acto simple es decir que la energía divina que crea está
simultáneamente presente en todo su acto, lo que quiere decir que, para Dios, el comienzo coincide
con el fin. Una persona de ochenta y cinco años es actualmente creada por Él tanto como cuando se
encontraba en el vientre de su madre. Si no habría que decir que el acto creador es una especie de
proceso operatorio, como el acto de fabricación de una costurera o un metalúrgico. ¡Estamos en pleno
infantilismo!

Posibles teorías sobre el misterio de la creación

La creación no pertenece al dominio de la ciencia


Este es un preludio necesario, pues la doctrina cristiana de la creación no responde a cuestiones
planteadas por la ciencia. Preveo que me plantearéis cuestiones que me obligarán a responder:
preguntádselo a los sabios y no a los teólogos. Lo que sucede en nuestro universo físico pertenece al

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físico, y el físico, en tanto que físico (lo subrayo), no tiene por qué recurrir a la hipótesis de un creador.
Tampoco el químico en tanto que químico, ni el biólogo como biólogo.
Recuerdo que, meses después de los sucesos de mayo del 68, se organizó en Lyón una
conferencia para alumnos de clases superiores de toda la ciudad. Había allí de tres a cuatrocientos
jóvenes, chicos y chicas, de diecisiete, dieciocho años. El tema tratado era la Creación. Se habían
pedido dos oradores, un físico, profesor en la Facultad de Ciencias, y un servidor. Fue el profesor de
física quien primero tomó la palabra. Explicó que como físico no tenía necesidad de la hipótesis de un
Dios Creador, e incluso que esta hipótesis le molestaba mucho hasta el límite, de que con ella no podía
honestamente ejercer su profesión de físico. Ciertos adultos que estaban en la sala se enojaron con
horror diciendo: “Imaginaos lo que se dice ahora a nuestros alumnos: ¡uno no tiene necesidad de un
Dios Creador!” Cuando el profesor hubo terminado, ciertos alumnos le interrogaron diciendo:
“Pero usted, Señor, ¿en qué cree? Él respondió: “¡Ah! si me preguntáis lo que creo, yo creo en un
Dios Creador y digo el Credo cristiano”. Los alumnos comprendían muy mal. A continuación se me
concedió la palabra y dije para empezar: “Estoy completamente de acuerdo con todo lo que acaba de
decirse”. ¡El escándalo llegó entonces hasta el colmo!
La ciencia se interroga sobre el modo como se producen los fenómenos de nuestro mundo, los
rayos, el viento, los temblores de tierra, la evolución biológica de las especies, etc.; la ciencia no tiene
por qué interrogarse sobre el origen primero de los seres ni sobre su sentido último. Digo origen, no
digo comienzo, ¿captáis la diferencia? Una persona de ochenta años puede preguntarse cuál es su origen
cuando tiene ochenta años. Es distinto a su comienzo que tuvo lugar hace ochenta años. Pero puede
plantearse ahora la cuestión de su origen, del fundamento de su existencia, como podría planteárselo a
los treinta o a los cincuenta años.
La ciencia no tiene que examinar más que las transformaciones que se producen en el seno de un
universo dado. No quiere decir que alguna cuestión sobre el primer comienzo ni del fin último no se
plantee a nivel de la ciencia física, por ejemplo: ¿qué sucederá al final?, ¿hay un final?, ¿qué significa la
degradación de la energía?, pero estas cuestiones científicas son algo ajeno al Credo cristiano, son
problemas de termodinámica. No es pues en la ciencia donde hay que buscar teorías acerca del misterio
de la creación.

La creación artística
En nuestra experiencia hay, me parece, dos teorías posibles acerca del misterio de la creación.
Digamos algo sobre la creación artística pero insistiremos más bien sobre el amor (el amor que de por sí
es creador). No somos todos genios creadores, pintores, músicos o poetas, pero todos tenemos, de una
manera o de otra, la experiencia del amor.
Pensad en un músico o en un pintor que os guste, Rembrandt, Beethoven, Mozart, Chopin, poco
importa. La creación artística no es una producción, hay una invención totalmente gratuita. ¿Os habéis
planteado saber cómo es posible que tal fragmento de Mozart haya podido brotar de un cerebro
humano? Es prodigioso y digno de admiración. No es lo mismo que una fabricación, la invención es la
marca misma del genio.
En la obra de arte es verdad que hay una parte de fabricación, imposible ser de otra manera. Es
necesario que la idea gratuita, el tema de la fuga, el leit-motiv, se exprese a través de las notas musicales
o de palabras, de mármol, de colores. Es preciso que el artista que es creador, inventor en el sentido
latino de la palabra, dé cuerpo a su idea transformando la materia. La Venus de Milo era antes un bloque
e hizo falta que el bloque fuese tallado. Allí hay un elemento de producción, es cierto. Por un proceso
continuo el escultor talla la piedra, el escritor lucha con la materia lingüística; desde este punto de vista
la creación artística se parece a una fabricación. Pero, en el origen, hay una creación, hay una
discontinuidad entre la materia preexistente (mármol, colores, piedras, sonidos, palabras) y la obra de
arte en sí misma.
Si uno se orienta con la imagen de la creación artística sin olvidar que, en la obra de arte, hay una
parte de fabricación, uno se orienta correctamente respecto al acto creador de Dios.

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El amor re-creador
La experiencia del amor es aún más apropiada. Estoy impresionado por la posibilidad que
tenemos todos los hombres de recrear. Recrear un gangster, un vagabundo, un pobre tipo cuya
existencia es apenas una existencia pues no es amado en la vida y, precisamente por no ser amado, se
dirige hacia una existencia que se parece a la nada.
Estamos obligados a plantear la cuestión, ¿ciertos seres existen? Existen, ciertamente, en el
sentido de que comen, beben, respiran. Pero no llamemos a esto existencia en sentido intenso, son
parecidos a una nada, se le aproximan, si se puede decir, degradándose progresivamente. ¡Y bien! tengo
el poder inaudito de recrear tal ser, simplemente mirándole con amor, interesándome por él, dirigiéndole
mi atención. A partir del momento en que vea posarse sobre él una mirada de amor vuelve a la
existencia, pues se encontraba caminando hacia la nada y puede convertirse, o reconvertirse,
auténticamente en un hombre.
Hace algunos años, sacerdotes y laicos de la parroquia de Saint-Severín de París organizaron
comidas con jóvenes marginales, gamberros, así se les llama. Los sacerdotes me dijeron que fue como
si se asistiese a un regreso. Estos muchachos estaban en camino hacia la nada; cuando vieron que
alguien se interesaba por ellos, que se posaba sobre ellos una mirada de amor o de amistad, volvieron a
la existencia, tomaron confianza en ellos mismos, empezaron a vivir en el sentido fuerte de la palabra y
no simplemente a respirar, beber y comer.

El misterio del acto creador


Partiendo de aquí trato de comprender el misterio del acto creador. El amor -Dios no es más que
Amor, con éste “no es más que” despiadado que yo subrayo tan a menudo- “diferencia tanto como
unifica” (Teilhard de Chardin). Empieza por diferenciar ya que el amor quiere que el otro sea
verdaderamente otro, no un reflejo de sí, no un satélite, sino otra libertad. Dios quiere, éste es su mismo
ser, su acto simple, eterno, que el otro sea, que otros sean. Y este querer es eficaz, como todo querer
divino.
Quien es la luz quiere que la luz brille en los ojos del ser amado. Si yo te amo, quiero que haya
luz en tus ojos y quiero estar cerca de ti como un contagio de luz, un contagio de existencia luminosa.
Una mirada de amor o de amistad es una mirada de ambición para otro. Yo te amo, quiere decir que soy
ambicioso para ti, no quiero dominarte y sofocar tu libertad, quiero despertarla. Quiero que mi libertad
comunique con la tuya, lo que no es posible más que si existe la tuya.
El poder divino no es un poder que domine, es un poder que despierta. Dios no crea objetos, os
lo recuerdo. Si Dios nos dominase seríamos objetos para Él. Un ser dominado no puede ser más que un
objeto y a un objeto se le fabrica. Un amor que nos dominara, sería una contradicción en los términos.
Perdonadme que insista pero la experiencia me muestra que quizá el 80% de los que se llaman
cristianos se representan a Dios como el que nos domina. No se puede dominar libertades, no tiene
sentido; uno puede dominar objetos, cosas, pero Dios es un suscitador de sujetos libres, no puede
amarnos más que si ve en nuestros ojos la luz de la libertad.

El amor es suscitar un contagio de existencia


Dios crea por influjo de su contagio estimulante. Y puesto que hace falta siempre partir de
nuestra experiencia cuando reflexionamos -de otra manera uno se mueve en lo abstracto-, recurriría a
nuestra experiencia y os preguntaría: ¿no habéis recibido nunca el contagio de alguien? Yo puedo daros
mi propio testimonio. En mi vida he tenido la gran suerte, que desgraciadamente no se le ha dado a todo
el mundo, de tener un maestro, un verdadero maestro, cerca del cual he vivido durante más de veinte
años, un hombre que era para mí a la vez el padre, el maestro y el amigo; los tres no eran más que uno.
Yo recibí el contagio de este hombre, de modo que casi podría decir que me creó. Nunca me dio una
orden. Pienso incluso que nunca me dio un consejo positivo, formal, alguna vez de pasada, ¡pero tan
leve!

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¿Qué hacía este hombre a mi lado? Existía, eso es todo. Su sola existencia era contagiosa en el
sentido de que mi deseo continuo era parecerme a él, existir como él, con la misma nobleza de alma, la
misma grandeza, la misma cultura. La existencia de este hombre era contagiosa en el sentido de que no
me era posible ser sistemáticamente mediocre a su lado. Si yo hubiera querido ser mediocre y
pervertirme, hubiera sido necesario escapar a su contagio estimulante y sugerente. Aunque no hayáis
tenido un maestro como éste en vuestra existencia, habréis experimentado que hay momentos en la vida
en que uno se dice: si yo permanezco en relación habitual con este hombre o con esta mujer, no puedo
ser mediocre. Ser mediocre es ser una semi-nada, la mediocridad es una seminada.
El acto creador de Dios es esta existencia pura y simple. En el fondo Dios no hace nada, y pienso
que hay que abstenerse de decir: Dios hace esto o aquello, pues todo el mundo entenderá: fabricar;
ahora bien, crear no es hacer algo. Dios es absolutamente simple. Esta simplicidad es terrible, preguntad
a los místicos que han tenido alguna experiencia. No hay en Dios una existencia y una acción como si
fueran dos cosas. Su acto es idéntico a su ser. Él es, es todo. Dios crea existiendo, nada más, pero esta
existencia es contagiosa pues es amor, y el amor es una fuente de existencia.

Acto por el que Dios hace que los seres se hagan a ellos mismos
Intentemos ir más lejos, nos aproximamos a lo esencial. La creación es el acto por el que Dios
hace que los seres se hagan a ellos mismos por ellos mismos. Si imaginamos que somos manipulados,
no podemos decir que Dios es Amor. Pero Dios es Amor y quiere que nos hagamos a nosotros mismos,
por nosotros mismos. Lo dice la Biblia: “El Señor creó al hombre... y lo entregó en poder de su
albedrío” (Eclo 16,14).
¿No os lo imagináis? Yo tampoco. Sin embargo, me acuerdo de un grupo de jóvenes hogares que
tenían hijos de diez, doce años. Cuando trataba de explicarles esto, eran más o menos escépticos. De
repente, un padre de familia, desde el fondo de la sala, me interpela: “¡Ya está, lo he comprendido! El
ideal sería que mis hijos se hagan ellos mismos por ellos mismos, dicho de otra manera que la
educación no comporte golpes, consignas, molestias. Un verdadero educador debe sufrir si ha de dar
golpes, incluso cuando son inevitables”. Este padre de familia empezaba a comprender que la creación
es el acto que hace que los otros se creen a ellos mismos.
Recuerdo haber asistido a una discusión bastante viva entre un joven sacerdote y un comunista
militante del partido. La discusión podría haber durado indefinidamente. El sacerdote decía: “Es Dios
quien ha creado el mundo”, poniendo el verbo crear en pasado”. Yo temblaba en mi rincón diciéndome:
¿cuándo dejará de hablar en pasado? El comunista respondía: “No, es el hombre quien se crea a sí
mismo”. ¿Qué habríais hecho vosotros en esta discusión? Pienso que algunos hubieran tomado partido
por el sacerdote contra el comunista, y otros partidos por el comunista contra el sacerdote. Al cabo de
un rato, intervine diciendo: “Perdéis el tiempo, tenéis razón los dos o, lo que viene a ser lo mismo, si El
no estuviera en génesis creadora, en cosmogénesis como dice Teilhard, haría falta decir que Dios lo
fabrica. Y si decimos que el mundo se crea a sí mismo no somos cristianos, puesto que lo afirmamos al
principio de nuestro Credo:
“Creo en Dios el Padre todopoderoso creador”. Precisamente Dios no sería creador si fabricase
todo acabado. No hay un todo acabado, hay lo que “se está haciendo a sí mismo”.

Acto de humildad de Dios


Insisto mucho sobre la idea del acto creador como renuncia de Dios, como un acto de humildad.
Dios no es alguien que ame como nosotros que existimos primero y amamos a continuación. En Dios el
acto de amar no es accesorio, advenedizo, es su mismo ser. Para Dios existir y amar es exactamente lo
mismo, el amor no existe sin humildad, es decir sin renuncia de sí.
Apelo a vuestra experiencia: amar es querer al otro por él mismo y, al mismo tiempo, quererle
por mí. “Te quiero para ti”. Es verdad que Dios es todo pero es un todo que renuncia a ser todo, pues la
renuncia está en el corazón del amor.
Imaginad que Dios no sea Trinidad, imaginad que Dios no sea amor en él mismo, el acto creador

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es entonces ininteligible. Si el corazón de Dios es amor, por consiguiente renuncia a sí, por tanto
humildad, el acto creador es un acto de humildad. Ahora puedo comprender que la creación es el acto
por el que Dios no renuncia a Él mismo en el interior de la Trinidad, en el interior de su ser eterno, sino
que, en cierta manera. El se “retira” verdaderamente para no ser todo. El se “contrae” como dicen
ciertos espirituales orientales, Boulgakoff por ejemplo, en la gran Tradición de san Gregorio Palamas
(somos desgraciadamente muy ignorantes en Occidente de la admirable espiritualidad del Oriente
cristiano).
El acto creador es el acto por el que Dios se retira, desaparece para dejar surgir libertades que no
son El. Se ha citado mucho estos últimos años la frase del poeta alemán Holderlin:
“Dios ha hecho todo como el mar ha hecho los continentes, retirándose”. Amar no es imponerse,
es querer que el otro sea. No vamos a imaginar el acto creador de Dios como una voluntad de tener
satélites, ¡nada de eso! Si Dios no renunciase a ser todo no podríamos decir que es amor. La imagen del
mar que se retira y que crea los continentes, retirándose, es admirable pero un poco peligrosa porque,
cuando se trata de Dios, Él no se retira de manera espacial, está presente en su creación. Las imágenes
cojean siempre, de una o de otra manera.
Es la omnipotencia de Dios quien crea el mundo, sí, pero ¿qué poder? No un poder de
dominación o de fabricación, no un poder que va a petrificar o congelar nuestra libertad. El poder
creador es un poder de renuncia tan absoluta de sí que otros vienen a existir en ellos mismos y por ellos
mismos. Cuando Dios me crea, me da el poder de ser yo mismo y por mí mismo.
Ahora ya no podemos decir que Dios es un competidor que amenaza nuestra libertad, puesto que
Dios renuncia y se retira para que existamos en nosotros-mismos y por nosotros-mismos, no quiere ser
un competidor. No hay nada más divino, más altamente divino, que esta renuncia de Dios, que no es
otra cosa que la renuncia eterna que es Dios en Él mismo, en el seno de la Trinidad.

Dios no es el relojero del mundo


Si Dios no fuera creador en este sentido, si no crease criaturas creadoras, si no fuera más que un
fabricante del mundo, tendríamos excelentes razones para reprocharle ser un pésimo fabricante. Muchos
no se privan de decirlo. ¡Cuántas cosas mal hechas!, en efecto: ¡los terremotos, los ciclones, las
erupciones volcánicas, las enfermedades, todos los sinsentidos de la existencia humana! Si Dios fuera el
relojero que ha fabricado un reloj como imaginaba Voltaire: “El universo me desconcierta y no puedo
pensar que exista este reloj y no haya un relojero”, deberíamos decirle: ¿sabéis que sois muy mal
relojero? ¡vuestro reloj no suena nunca a la hora! Traducid: existe el mal por todas partes.
Se dice muchas veces que el mal del mundo viene del pecado. ¡Pues no! No es al menos por el
pecado del hombre por lo que hay ciclones, terremotos y erupciones volcánicas. Lo cierto, es que el
pecado agrava considerablemente el mal del mundo: todos los odios, todas las rivalidades, todos los
egoísmos en conflicto, todas las guerras e incluso el progreso humano en su contrapartida, la polución
por ejemplo.
Es contradictorio creer en Dios y creer que fabrica el mundo. Mientras que si Dios crea hombres
creándose ellos mismos, si el amor en Dios, el amor más alto, consiste en respetar su libertad creadora
sin manipularla (pues el amor no manipula al otro, quiere que el otro sea y se haga él mismo),
comprendemos que el hombre vaya a tientas, que la historia del mundo, es decir la historia de la
creación del hombre por él mismo, no se haga sin retrocesos, fallos, errores. ¿Ha hecho bien yendo a la
luna? Tal vez, no lo sé. ¿No hubiera sido preferible dedicar todo ese dinero para estudios contra el
cáncer? Tal vez, es probable, no lo sé.
El hombre va a tientas. ¿Querríais que Dios interviniese diciendo: pobre amigo mío, no
comprendes nada, te voy a decir cómo hay que hacerlo? ¿Querríais a un Dios que interviniese de este
modo? Sería llamarle intervencionista, lo que escandaliza a Francis Jeanson. ¿Dónde estaría nuestra
dignidad de hombre? No podríamos decir que existimos en nosotros mismos y por nosotros mismos y,
así, el don de Dios sería mucho menos grande. ¿Podéis imaginar un don más grande que la posibilidad
de existir en nosotros mismos y por nosotros mismos?

71
Es evidente que el hombre humaniza el mundo con una increíble lentitud. Esto es muy doloroso.
Pero, creedme. Dios es el primero en sufrir. Siempre, y como es amor, se guarda de intervenir. Es asunto
nuestro. El hombre es el responsable de la humanización del mundo y de la humanidad.

El amor creador implica el riesgo de la Cruz


Me diréis: ¿cómo puede Dios dejar sufrir al hombre? Creo firmemente que el acto creador
implica el riesgo de la Cruz. La Cruz de Cristo está en el interior del acto creador, el acto por el que
Dios continuamente da a nuestra libertad el poder de crearse a sí misma, lo que no puede hacerse sin
sufrimiento. Pero el mismo Dios entra en el sufrimiento y muere en la Cruz. Está escrito en el
Apocalipsis que “el Cordero (es decir, el Hijo) es inmolado desde el comienzo del mundo”; en cierto
sentido. El está eternamente inmolado en el corazón de Dios. El acto creador implica el sacrificio del
Hijo.
Si Dios interviniese para impedir que el hombre sufra, podríamos tal vez decir, en una primera
aproximación, que nos ama impidiéndonos sufrir. Pero si se va al fondo de las cosas, reconoced que
esto sería un amor infantil, no sería serio. Lo que está en el corazón del acto creador, es el absoluto
respeto a una criatura que debe crearse a ella misma y no puede hacerlo sin sufrimiento aunque proceda
del pecado, lo que evidentemente, complica las cosas.
Me atrevo a distinguir en Dios dos niveles de amor. Es un modo de hablar. Un nivel inferior en
que Dios interviene para impedir sufrir al hombre y un nivel superior de amor en que respeta
absolutamente la criatura que debe crearse a sí misma. Un filósofo me decía recientemente: “¿Usted
llega hasta ahí?” Yo le i respondí: “Sí, yo llego hasta ahí; comprender el amor en su última profundidad
significa comprender la no-intervención de Dios.”
Si Dios interviene, sea en el Evangelio por los milagros, sea en ciertos casos para curar, por
ejemplo, es porque está presente en nuestros humildes comienzos 10, allí donde nuestro deseo es aún
carnal, donde se trata más de necesidades que de deseos. Pero siempre para conducirnos al calvario
donde no hay ninguna intervención. En el calvario, en el silencio, en la ausencia, es allí donde el amor
se revela en toda su profundidad.
Me atrevo a terminar esta paradoja reconociendo que la cuestión es difícil. Retened al menos que
hay ciertas imágenes peligrosas que hay que extirpar a toda costa. Pero como no podemos pasar sin
imágenes, hay que sustituir las imágenes menos falsas en el orden de la creación artística y en el orden
del amor; después, en el corazón de todo esto, hay que sostener los dos extremos de la cadena: por una
parte, es Dios quien crea, por otra, la capacidad del hombre de crearse a si mismo, de ser en sí mismo y
por sí mismo.
Para profundizar en esta reflexión, no puedo menos que recomendar el folleto muy importante
-que he citado ya- de mi compañero el Padre Ganne sobre La Creación (nos 21 y 22 de Cultura y Fe) 11.

El pecado original:
todos los hombres son pecadores en la raíz de su ser 12

(Págs. 191-202)

10
Cf. F. VARILLON, L'humilité de Dieu, p. 154.
11
Publicado por Ediciones du Cerf 1 1979 en la colección “Dossiers libres”.
12
Manuscrito: ninguno; no he encontrado más que hojas antiguas y resúmenes de sus tres “fuentes(P.
Hubtamann, P. Gibert, y J. Moingt); eso es lo que me permite comprender que ciertos aspectos faltan en esta
conferencia, la cuestión del bautismo de niños p.e.. –Hojas ciclostiladas: Le Péage-de-Rousillon (12 de
Diciembre de 1967); Boulogne (27 de Enero de 1977).
72
Tres advertencias para allanar el terreno 13
1) ¿Por qué hablar del pecado original? Jesús no dijo nunca una palabra sobre él y no aparece en
el Evangelio, al menos directamente. El Credo nos hace confesar que hay “un sólo bautismo para el
perdón de los pecados” sin mención explícita al pecado original. Esto no es extraño, pues el centro del
Credo es la unión de Dios y la humanidad en Jesucristo.
Hay que comprender que un enunciado dogmático, como el del pecado original, es siempre una
precisión de la fe sobre tal o cual intención de esta Realidad central. Todo enunciado dogmático es una
iluminación que procede del misterio de Cristo acerca de nuestra condición humana. El conjunto de los
dogmas es la suma de las afirmaciones necesarias en el curso de la historia para recibir correctamente la
luz de Cristo.
2) En consecuencia, no se trata de considerar el pecado original partiendo del relato del Génesis,
hay que partir de Cristo. Un dogma, una precisión de fe, se sitúan siempre al nivel de la Nueva Alianza
(que ilumina la Antigua y la asume). El enunciado de la fe con respecto al pecado original tiene su
origen en las reflexiones de la Iglesia a partir de: - Nuestra experiencia: existe pecado en el mundo,
fuera de nosotros y en nosotros, es un hecho. - Del bautismo que, tradicionalmente, ha sido
comprendido como un nuevo nacimiento en Cristo.
- Ciertos pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo la epístola a los Romanos (5,12ss) donde san
Pablo escribe: “Del mismo modo que vosotros, los judíos, decís que todos somos solidarios en Adán,
por lo mismo os declaro, yo Pablo, que todos somos solidarios en Jesucristo resucitado”. San Pablo
llama a menudo a Cristo el nuevo Adán. Antes de ser considerado como el primer pecador (porque hace
falta que el pecado haya comenzado), Adán debe ser considerado como la imagen que prepara al Nuevo
Adán, “figura del que debía venir” (Rom 5, 14), es decir Cristo. Así lo pensaron los Padres de la
Iglesia de los primeros siglos empezando por san Ireneo, obispo de Lyón, en el siglo II: “Creando al
hombre, Dios pensaba en Cristo”.
3) De donde se sigue que uno se equivoca siempre en teología cuando aísla un dogma. Se ha
pretendido (por ejemplo ciertos pensadores del siglo XIX como Bonaid, Maistre, Veuillot, etc.)
presentar el cristianismo sólo a partir del pecado original, como si la caída, de la que se habla en el
libro del Génesis, fuese el punto de partida sobre el que se edificó el cristianismo.
Cierta educación daba motivos para imaginar las cosas del modo caricaturesco llamado “el
arreglo del divino fontanero”:
Dios, el fontanero supremo, fabricó el mundo con una tubería que funcionaba perfectamente
bien; el hombre se las arregló para estropear esta tubería, de ahí la decisión del fontanero de enviar a
su Hijo para reparar el estropicio de manera que funcionase aún mejor que en el plan primitivo. No, el
cristianismo está completamente fundamentado en Jesucristo. Teníamos falsas costumbres, teníamos la
tendencia a poner el acento donde no se debe poner. Existe progreso en la Iglesia no cuando se reniega
hoy de lo que se creía ayer, sino cuando se eliminan los falsos hábitos, cuando más allá de las
deformaciones inevitables (efímeras en derecho pero tenaces de hecho, como todos los malos hábitos)
se reencuentra la Fe más tradicional de la Iglesia.

Propuesta de reflexiones teológicas 14

La situación de Adán es nuestra situación


Hay que descartar la idea mítica de un tiempo en que el primer hombre habría vivido, antes de
haber pecado, en un estado de felicidad y de perfección sin perturbación. Un teólogo contemporáneo
escribe: “El dogma no impone esta interpretación y, en consecuencia, la Escritura tampoco la impone.
Si el relato de la Escritura lo impusiera, el dogma lo habría también impuesto”.
Hay que saber que el género literario de los capítulos 2 y 3 del Génesis es el género sapiencial
13
Estas tres advertencias han sido hechas por P. Haubtamann en una conferencia dada en Grenoble el 11 de
Marzo de 1970.
14
Esta primera parte está heca con notas del curso del P. J. Mingt
73
(de la palabra latina sapientia, sabiduría), donde se expresa la reflexión y la experiencia del “sabio”
bajo forma de proverbios, de sentencias solemnes o discursos, que tienden a transmitir una enseñanza
de alcance universal. Hay proverbios o sentencias enigmáticas, por ejemplo: “Sobre sus goznes gira la
puerta y sobre su cama el perezoso” (Prov 26,14), enigma que se puede formular así: “¿Quién es el que
da vueltas como la puerta sobre sus goznes? ¡el perezoso sobre su camal” Parece una adivinanza. En
los escritos sapienciales no hay más que enigmas de juego o de sabiduría popular, los grandes enigmas
de la vida y de la muerte, del mundo y del destino humano.
El tema que encontramos en Génesis 2-3 no es un relato histórico (como la historia de David o
de Salomón), no es un relato puramente mítico, ni una tesis de filosofía en el sentido occidental de la
palabra, sino un escrito de sabiduría cuyo extremo es la resolución de un enigma, el enigma mayor de la
condición del hombre en el mundo y ante Dios, y este escrito es fruto a la vez de la experiencia de Israel
y de la reflexión de los Sabios 15.
Lo que el autor de estos capítulos ha querido presentarnos, es ante todo la situación del hombre
a secas, el del siglo XX y el de cualquier tiempo, a los ojos de Dios y con relación al pecado.
Etimológicamente, la palabra hebrea Adama significa la tierra, el suelo, la arcilla roja; “Adam” es el
terreno, el arcilloso, el que procede de la tierra. Con riesgo de sorprenderos, afirmo no como opinión
particular sino en nombre de la Iglesia: si dice que la causa del pecado es Adán, nunca ha definido
quién es Adán. La mayor parte de los teólogos contemporáneos admiten que Adán es toda la
humanidad, por consiguiente, la historia de Adán que se nos contó es también nuestra historia, el
pecado de Adán es nuestro pecado.
Es verdad que el relato dice que Adán fue creado en un estado de santidad y justicia. ¿Hay
entonces que concebirle como un hombre con una inteligencia y con una libertad perfectas, una especie
de superhombre en relación a los hombres que conocemos? Esto no se corresponde con la descripción
que nos da la ciencia actual acerca de los primeros hombres que emergen lentamente de la animalidad.
No hay que imaginar al principio de la humanidad (es decir hace dos o tres millones de años) un
superhombre y pienso, que es mucho mejor evitar esta hipótesis.

La perfección de Adán es la perfección de una vocación


Lo que la Biblia nos presenta es el fin al que Dios ha ordenado al hombre: su divinización. La
perfección del primer hombre consiste en que no es como los otros seres de la naturaleza, animales o
vegetales, sino que ha sido llamado por Dios, desde el origen, para un fin divino: llamado a entrar en
el amor de Dios, a compartir eternamente la misma vida de Dios. Desde que despierta el espíritu del
hombre ve que no puede vivir como los demás seres de la tierra que no tienen que llegar a ser libres. Él
sí, él tiene que llegar a ser lo que debe ser. Dicho de otro modo, la perfección del hombre es la
perfección de una vocación y no de una situación, es lo que la Biblia enseña diciendo que el hombre
fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26), literalmente “a imagen en vistas a la semejanza
con Dios”; los teólogos interpretan semejanza en el. sentido preciso de participación en la misma vida
divina.
Dios da al hombre la capacidad de llegar a ser perfecto, porque quiere que el hombre sea
perfecto, a su imagen. Dios, repito, no ha fabricado una libertad pues es el hombre creado en
posibilidad de libertad, de volverse libre él mismo. Dios crea al hombre capaz de crearse a sí mismo.
Por eso no me gusta la expresión: Dios ha creado al hombre libre, pues en ella hay dos errores: se
pone la creación en pasado y se tiene la impresión de que la libertad es un regalo, una especie de cosa
terminada, cuando la libertad es esencialmente lo contrario a una cosa terminada, la libertad no es
libertad más que si uno la crea él mismo.
En consecuencia en la perfección de Adán, el problema, no es un estado de perfección sino el
comienzo de una historia de perfección que debe acabarse en la gloria de Dios. Dios crea al hombre
divinizable. Esta es la definición más profunda que se pueda dar del hombre, más allá de lo que nos
15
Para un conocimiento más profundo de los capítulos 2 y 3 del Génesis, el Padre VARILLON remite a P. GIBERT,
Croire [Link]'hni an peché originel, Sénevé 1971, y a P. BEAUCHAMP en su curso sobre el género literario de los
relatos contenidos en el Génesis
74
dicen las ciencias humanas. Ésa es su vocación y es eminentemente exigente.
Pero el hombre no puede divinizarse solo, hace falta que acoja el don de Dios ya que es Dios
quien diviniza. No es el hombre por sí mismo quien va a franquear el abismo infinito que existe entre
Dios y él, pues aunque su origen es terrestre, sus raíces son cósmicas. Él es “terreno”. Poco importa el
modo en que concibáis este origen terrestre, sea, como dice el Génesis, sacado directamente de la
tierra o sea, como se admite corrientemente hoy, por medio de numerosas escalas animales.
Este origen terrestre es para el hombre una fuente de semejanza respecto a Dios, pues la voz de
la naturaleza hace resonar en el hombre una llamada a vivir no para Dios y los otros hombres sino
para él mismo, egoístamente, como los otros seres de la naturaleza que viven según su instinto.
Simplificando, se puede decir que hay en el hombre una doble fuerza:
- una fuerza de gravedad y de inercia que le invita a renunciar a ser un hombre libre y le empuja
a vivir como los otros seres del mundo que no tienen libertad que construir (una planta, un perro, un
gato);
- una fuerza ascensional que le invita a construir su libertad que Dios, por gracia, hará llegar
hasta su propia libertad.
He aquí, pues, al hombre en tensión -y no puede dejar de estarlo, ya que Dios le llama a
compartir su propia vida- entre una fuerza de gravedad que le atrae hacia abajo (el camino de
servidumbre de su libertad) y otra fuerza ascensional (el camino del crecimiento de su libertad).
El primer hombre no estaba en una condición diferente a la nuestra. Es inútil buscar
representarse lo que pudo ser culpa suya. Uno se imagina a menudo una culpa de grandeza
excepcional, luciferina, pero para ello hubiera sido preciso que Adán hubiese sido dotado de una
inteligencia totalmente desarrollada y de una libertad perfecta. Pero no es éste el hombre que la
ciencia sitúa en los orígenes de la humanidad. Además, ¿quién es Adán? Los sabios nos dicen que,
probablemente, la humanidad no desciende de una pareja única (esta hipótesis se llama monogenismo)
sino que apareció más o menos en la misma época en varios puntos del globo (hipótesis del
poligenismo que es la más extendida actualmente).
Tal es la situación del hombre. La culpa, es decir la obediencia a la fuerza de la pesadez, va
unida al despertar de la conciencia moral, el hombre se da cuenta de que es un ser diferente a los otros
y que por ello, debe construir su libertad apoyándose en sus condicionamientos. Dios pide al hombre
que se realice a sí mismo tendiendo hacia Dios, escogiendo a Dios, acogiendo el don de Dios. No se
puede ser verdaderamente hombre más que escogiendo a Dios como centro. El pecado original es el
hombre, es todo hombre que escoge realizarse él mismo tapándose los oídos para no escuchar la
llamada de Dios de crearse a sí mismo, es el hombre que escoge la servidumbre fácil antes que la dura
exigencia de la libertad.
He aquí la culpa original: no se trata de un origen cronológico, se trata del origen de la
naturaleza humana, de la raíz misma de la existencia. Por eso el pecado original es impensable
independientemente de la vocación del hombre a ser divinizado. Si hay algún escándalo en la
educación cristiana de los niños y de los jóvenes, es cuando se les habla del pecado original antes de
asegurarse de que han comprendido que lo esencial de la fe es creer que están llamados a compartir la
vida divina. ¡Los dogmas cristianos no tienen sentido más que con relación a lo esencial! El pecado
original es la distancia inconmensurable entre lo que es el hombre abandonado a sí mismo y lo que
debe ser viviendo la vida divina.

¿Cómo se propaga o se transmite el pecado original?


Hay que descartar la idea de que la culpa del primer hombre fue para la historia el punto de
partida de una caída vertiginosa. Nosotros hacemos empezar nuestra historia después del pecado y
tenemos la impresión de que el estado de Adán antes del pecado no tenía nada en común con el estado
que el hombre ha conocido después. Y uno se pone ingenuamente a pensar que si Adán no hubiera
cometido esta animalada, si hubiera sido un poco más razonable, un poco mas firme ante. su mujer,
muchas catástrofes se habrían evitado, habríamos estado en felicidad completa, nos habríamos

75
encontrado establecidos para siempre en la virtud. Francamente, pensar esto es pura imaginación,
infantilismo.
Suponiendo que el primer hombre no hubiera pecado, ¿quién nos garantiza que no lo habría
hecho el segundo? ¿Y por qué no el tercero o el cuarto? Si la culpa del primer hombre tuvo tanta
influencia en nosotros, ¿por qué la del segundo o del tercero no la habría tenido tanto? Es cuanto menos
un poco raro. Y después, se llega a la idea de una humanidad que habría podido alcanzar la gloria
perfecta de su divinización olvidándose completamente de Jesucristo, se llega a imaginar que, si Adán
no hubiera pecado, hubiera tenido el poder de conducir por sí mismo a la divinización a toda su
descendencia humana. ¡Desgraciadamente hizo un estropicio e hizo falta que Jesús viniese a repararlo!
¡Hay que reflexionar! No tenemos más que leer el Nuevo Testamento para ver que no hay más
que una sola fuente de divinización que es Cristo. Desde el principio Cristo es querido por Dios y, como
dice san Pablo, hemos sido creados en Él (Col 1,16). Esto quiere decir que nuestra humanidad, desde
sus orígenes, está destinada a entrar en la filiación divina por Cristo y en Él.
Ciertos predicadores daban la impresión de que Dios estaba tan ofendido por el pecado del
primer hombre que decidió que todos los hombres, en adelante, estarían esclavizados al pecado. ¡Hay
que reconocer que es ésta una conclusión extraordinaria! La preocupación de Dios no es tanto la de
esclavizar a los hombres al pecado sino librarles. No es Él quien ha decidido por su voluntad soberana
imputarnos la culpa del primer hombre, como si hubiera estado despechado de que hubiera infringido
su ley. No. La libertad absoluta no puede querer otra cosa que liberar.
Si el pecado se transmite, significa que es propio de todo pecado transmitirse a los otros. El
pecado no se transmite como un acto de culpabilidad. Cuando cometemos una falta esta falta es nuestra
y no pasa a nuestros hijos o a nuestros vecinos. A este respecto, la expresión misma de “pecado
original” se presta a equívoco, pues el pecado original se distingue del pecado personal por la ausencia
de consentimiento personal. El pecado original en nosotros no es un acto pecaminoso sino la
consecuencia en nosotros de todos los pecados cometidos desde el primero. Es una situación en
relación con una vocación.
Lo propio de todo pecado es desencadenar un desorden que perturba las relaciones humanas. Si
un hombre no viviese más que obsesionado por el deseo de dinero, su relación con los otros estaría
falseada. Si un hombre es un don Juan, no piensa más que en la lujuria, todas las mujeres bonitas del
mundo se le aparecerán como ocasión de placer, todo está perturbado, no existe fraternidad. El menor
de nuestros pecados es una provocación al mal que depositamos en la conciencia del prójimo. Siempre
que obro con egoísmo, incito al prójimo a hacer otro tanto. Siempre que busco mi goce, provoco al otro
a obrar de modo parecido. Todo pecado se convierte en camino por el que una tendencia al pecado se
infiltra en la conciencia humana.
El conjunto de relaciones humanas constituye lo que se puede llamar conciencia común de la
humanidad, la voluntad común del género humano. Los actos malos de todos los hombres contribuyen
a esparcir y a propagar el pecado. Cada acto malo que cometemos es como una onda que se expande
por los terrenos de todas las relaciones humanas. Es así como los pecados de los hombres se aglutinan
y forman entre ellos como un verdadero cuerpo de pecado. El niño que viene al mundo entra en una
comunidad de pecado. Yo soy pecador desde el primer momento de mi existencia, porque el primer
momento de mi existencia es vivido en un mundo de pecado. Ningún hombre puede formarse sin la
ayuda de los otros, pero los otros le ayudan tanto a destruirse como a construirse. Así podemos
comprender la propagación del pecado original.
Advertid que el mundo, si es cuerpo de pecado, también es cuerpo de gracia. Si pesamos en el
sentido del pecado, igualmente pesamos en el sentido del bien y el bien, cualquiera que sea, es una
colaboración en la obra divina.

El dogma del pecado original es esencial para nuestra verdadera relación con Dios

76
Pecadores perdonados en la raíz de nuestro ser
Si la Iglesia mantiene el dogma del pecado original es porque es esencial para nuestra relación
con Dios; si olvido el pecado original, mi relación con Dios no es ya una relación verdadera. Esto no
aparece a primera vista, hay que descubrirlo. Es precisamente porque no aparece a primera vista por lo
que muchos están tentados a decir: después de todo, ¿qué más da? ¿qué cambiaría en mi vida? En
realidad, cambia mucho.
En Las palabras, Jean-Paul Sartre cuenta que siendo niño, desobedeció a sus padres jugando con
cerillas y quemó una alfombra; escondió el estropicio como pudo y saltó sobre las rodillas de su mamá
sin decirle nada de la falta cometida. Y añade, relación falsa, relación mentirosa. Mi relación de hijo con
mi madre habría sido una relación verdadera si yo le hubiera dicho: mamá, te pido perdón, te he
desobedecido, he jugado con cerillas y he quemado la alfombra, espero que me perdones y me permitas
abrazarte. Entonces, la relación hubiera sido verdadera.
Si el hombre no se reconoce pecador su relación con Dios es i falsa. Cuando la Iglesia nos habla
del pecado original quiere hacernos entender que en la raíz misma de nuestro ser, somos no sólo
criaturas finitas sino también criaturas pecadoras. Existe en nuestra raíz una orientación que no es una
orientación hacia Dios.
El fondo de todo (se advierte mejor en los Ejercicios de treinta días en que muchos están
asombrados de que se pase una semana hablando sobre el pecado) es que, si yo no me reconozco
esclavo, no puedo saber qué es la libertad y no puedo ponerme en camino hacia un liberador. La peor de
las esclavitudes es la de no conocerse a sí mismo. Únicamente en función de la libertad es urgente
saberse esclavo, en otro caso no tendría ningún interés. Es Cristo Salvador, Liberador quien nos libera
no sólo de la finitud (somos seres finitos y si somos divinizados, es preciso que seamos liberados de
esta finitud que nos encierra; por todas partes) sino también de la esclavitud del pecado que es una
esclavitud redoblada. Es una liberación la que debe hacernos acceder a la libertad misma de Dios.
Así la verdadera relación con Dios, la relación de verdad entre el hombre y Dios, es una relación
de pecador perdonado en un infinito de amor y de perdón. Decir que el hombre es una criatura y que
Dios es creador es verdad, pero no es éste el fondo de la cuestión. La distancia entre lo que somos y el
Dios de amor que nos diviniza es infinitamente más grande, está entre un infinito de amor que perdona
y una criatura que no es sólo finita sino que es a la vez pecadora y perdonada. Con la sola excepción de
la Virgen María, es imposible al hombre presentarse ante Dios con la cabeza alta. Si me presento ante
Dios con la cabeza alta, como un inocente, mi relación con El es falsa y al mismo tiempo desconozco lo
que Él es con relación a mí, es decir, no sólo quien nos crea sino también el que nos diviniza y nos
perdona.
La gran realidad no es el pecado sino el perdón. Dios no se revela en plenitud más que cuando
revela ser un poder infinito de perdón. Yo no sé si tenéis la experiencia del perdón; yo no la tengo como
tal pues no tengo conciencia de haber sido gravemente ofendido en toda mi vida, lo he sido en pequeñas
cosas pero no tengo la impresión de haber tenido ocasión de revelar la gratuidad total de mi amor
perdonando, es decir dando a fondo. Lo más profundo que se puede decir de Dios es que es un poder
infinito de perdón. Si no fuéramos pecadores, conoceríamos a un Dios que da, pero no le conoceríamos
como aquél que da hasta perdonar y podríamos siempre preguntarnos si Dios continuaría dándonos
cuando le ofendiéramos. Dicho de otro modo, no conoceríamos el fondo de Dios.
Hay tres grados de gratuidad en el amor de Dios hacia nosotros:
- la gratuidad del amor que nos crea;
- la gratuidad del amor que nos diviniza;
- la gratuidad del amor que nos perdona, es decir que nos devuelve perpetuamente lo que
perdemos perpetuamente por el pecado.
No pidáis a la Iglesia lo que no pretende dar. La Iglesia no pretende que el pecado de Adán sea
una explicación del mal y del sufrimiento. Pues al mismo tiempo que la universalidad del pecado,
afirma la universalidad del amor liberador. No se debería hablar nunca de pecado original, sino llamar
siempre pecado y perdón originales, pecado y redención originales, a condición de comprender que

77
redención quiere decir liberación. Si la divinización de los pecadores que somos se llama redención, es
porque nuestra salvación no lo es únicamente en forma de crecimiento, sino también en forma de
enderezamiento. Dios, para divinizarnos, no viene sólo a buscarnos en una situación de inocencia sino
en una situación de pecado, de forma que nuestro crecimiento, cuyo fin es el mismo Dios, lo es en
forma de enderezamiento.

Transformar el don en deuda

El pecado original consiste en transformar el don de la divinización en deuda, es querer


apoderarse de lo que hay que acoger. “No comerás de este fruto, pero todo es para ti, yo te lo daré.” El
fruto del paraíso terrestre es un fruto verde que Dios no puede dar. El tiempo es indispensable y el
pecado original consiste justamente en querer suprimirlo, en querer el fruto enseguida. Se trata de
querer arrebatar lo que se debe acoger. El hombre es tentado de apoderarse de la condición divina que
se le ofrece. Si me invitáis para enseñarme las obras de arte que habéis reunido y me decís que son para
mí, que me las daréis más adelante, y si de noche las robo en vuestro apartamento, cojo lo que me
habéis dado, éste es el pecado.
Nuestra libertad no es algo totalmente acabada. Querer coger, es impedir a Dios dar pues Dios no
puede dar lo hecho del todo. Hay que acoger la divinización. En la raíz misma de nuestra existencia y
en el fondo de nuestros pecados actuales, existe la perversión consistente en transformar el don en una
deuda. La perversión suprema es la voluntad de conquista o de captura que sustituye a la voluntad de
acogida. No hay amor en coger, mientras que sí lo hay en acoger. Hay tanto amor en acoger como en
dar, y lo que hace el cristianismo es decir que todo puede ser vivido desde la acogida y el don.
Suplico a los cristianos que no sean triunfalistas, que no se presenten ante los no creyentes como
quien puede darles una explicación. ¿Por qué el hombre es pecador? No hay respuesta. El pecado está
en el origen de nuestra existencia y nosotros estamos originariamente en los brazos de Dios como en
brazos de un Padre que perdona, tal es el significado, pero no es una explicación. La respuesta de Dios
no es una respuesta teórica. Él entra en el mundo del pecado y muere. Tal es su humildad.
Nunca un cristiano puede decir que tiene la respuesta, no puede más que vivirla amando como
Dios amó hasta el final. Nunca el cristiano puede vanagloriarse de poseer la verdad sobre el pecado,
sobre el mal y el sufrimiento que se derivan, pues no puede impedir que se le haga la eterna pregunta:
¿no hay caminos en que toda esperanza parece excluida, donde domina la noche sin ningún resplandor?
El cristiano que espera una plenitud de sentido (os recuerdo que no hay respuesta teórica para el último
“¿por qué?”, hay sólo una esperanza) no puede más que ser inmensamente humilde y guardar silencio
respetuoso ante la experiencia de la desesperanza y el absurdo de millones de hombres a su alrededor.
Contra el pecado, sólo podemos esperar el triunfo definitivo, es decir, la vida eterna en el amor.

78
La resurrección de la carne o divinización del hombre y del universo 16
(Págs. 203-222)
El término español “carne” no tiene las mismas connotaciones que la palabra hebrea
correspondiente: un judío no opone carne a espíritu, como nosotros hacemos. La carne, para él, es el
hombre entero, con su debilidad y fragilidad pero también con su arraigo en la naturaleza, en un medio
determinado, en su raza; la carne incluye todas las relaciones con las personas y las cosas. Cuando
decimos que creemos en la resurrección de la carne -éste es un artículo de nuestro Credo-, decimos que
es el hombre total quien resucita.
Os hago igualmente notar que nuestros Credos no hablan de la resurrección de los cuerpos. En el
Símbolo de los Apóstoles se habla de la “resurrección de la carne” y en el símbolo de Nicea, que
recitamos o cantamos en la misa, se habla de la “resurrección de los muertos”. El cuerpo está implicado
en un conjunto mucho más vasto que la Biblia llama carne.
La fe de la Iglesia en la resurrección de la carne, es decir, del hombre y de todo el mundo,
escandalizó tanto al pensamiento pagano que no hay que sorprenderse de la dificultad que tuvieron los
autores cristianos de los primeros siglos para que se aceptase. Hay que subrayar que, entre las obras de
los primeros Padres de la Iglesia, un gran número está consagrado a este dogma. Y como el cristianismo
es una doctrina de vida, yo replantearía brutalmente la misma cuestión que he planteado a propósito de
la Trinidad: si un concilio declarase que no hay resurrección de la carne, ¿qué cambiaría prácticamente
en vuestra vida cotidiana?

No inmortalidad del alma sino resurrección total del hombre


Hemos dejado desvanecerse o empobrecerse la riqueza de la fe cristiana acerca de nuestra
felicidad eterna, en la medida en que hemos dejado de seguir la pedagogía divina expresada en la Biblia
(Antiguo y Nuevo Testamento) 17, y lo que aún es más grave, confundimos inmortalidad del alma con
resurrección de la carne. Reducimos el cielo a no ser más que el lugar del alma inmortal. El resultado es
que este mundo, en que vivimos, trabajamos y sufrimos durante cuarenta, sesenta u ochenta años, se ha
descolorido, desvalorizado. El valor del mundo de hoy, de nuestras tareas humanas, familiares, sociales,
sindicales, políticas o culturales, se nos aparece como algo secundario en relación a lo que llamamos el
otro mundo, la otra vida.
¡Como si hubiera dos mundos y éste, en el que estamos, tuviera poca importancia con relación al
otro! Confundimos otro mundo con mundo convertido en otro, y no es lo mismo. Hablando con rigor,
no existe otro mundo con otra vida sino que este mundo se transforma en otro, esta vida se transforma
en otra. Cuando veis un hombre de sesenta años que habíais conocido de joven decís que es el mismo
hombre, no decís que es otro, envejeciendo se ha transformado en otro, pero es el mismo. No
deberíamos hablar de otro mundo sino siempre del mundo que, por la resurrección, se transforma en
otro.
Si hablamos de otro mundo lo hacemos con relación al mundo esencial, ya que este mundo de
aquí aparece simplemente como terreno de pruebas antes de recibir la recompensa. Vaciando el cielo de
su sustancia y atractivo vaciamos igualmente la tierra, llegamos a un cielo que no es más que una
inmortalidad para el alma y la tierra materia perecedera, una especie de máquina de producir espíritus

16
Manuscritos: un texto de 15 páginas titulado «¿Cómo comprender la resurrección de la carne?» (bastante
antiguo); «El sentido de la muerte» y «La Resurrección», n° 3 y 6 de la serie redactada en 1975-1976.- Hojas
ciclostiladas: Boulogne (24 de Febrero de 1970); Annecy (29 de Abril de 1971 y 13 de Enero de 1972); resumen
impreso de una sesión teológica celebrada en Montauban en 1972 sobre «La Resurrección de Cristo»; Lyon-
Sainte-Héléne (8 de Marzo de 1974, 6 de Diciembre de 1975 y 4 de Marzo de 1976); Auteuil (8 de Diciembre de
1975 y 4 de Marzo de 1976); Pau (Octubre de 1976).
17
Sobre la progresión de la Revelación cristiana a partir de la doctrina del sehol, ver Elementos de doctrina
cristiana, t. II, Nova Terra, Barcelona, 1964.
Padre FONTOINONT, citado en Elementos de doctrina cristiana, t. II.
79
puros. Veis pues que es importante el punto de vista.

Felicidad divina, comunitaria, encarnada


Lo que afirma la Iglesia es esencialmente esto: nuestra felicidad eterna será verdaderamente una
felicidad de hombre, conforme a la naturaleza del hombre:
- social o comunitaria (pues el hombre es un ser social y una felicidad individualista no
respondería a su naturaleza);
- encarnada (pues el hombre no es un puro espíritu);
- divina, consistente en la unidad de vida con Dios (pues el hombre no es un ser encerrado en sí
mismo sino abierto al infinito; o, hablando de otra manera, una de las dimensiones del hombre es su
aspiración al infinito).
Estos tres aspectos están íntimamente unidos en el dogma de la resurrección de la carne, de
forma que una felicidad plenamente humana, no puede realizarse más que en y por la resurrección de la
carne. Si el hombre no resucitase completo, cuerpo y alma, nuestra felicidad eterna no sería una
felicidad de hombre sino una recompensa exterior, algo así como la bicicleta que se ofrece al muchacho
por aprobar sus exámenes. De este modo, no sería yo el hombre que soy por naturaleza, no sería mi
felicidad. Tal modo de pensar es insoportable, es un asunto de dignidad elemental como nos recuerdan
ciertos ateos: yo soy hombre, mi dignidad es la de ser hombre y por tanto serlo eternamente. Si bien es
verdad que no puede haber resurrección de la carne sin el don de Dios que nos llama a compartir su
vida, este don y esta llamada implican que nosotros nos hagamos a nosotros mismos por nuestra
actividad en nuestra vida presente. La palabra recompensa, ciertamente, está en el Evangelio: “Vuestra
recompensa será grande en los cielos” (Mt 5, 12) pero en el sentido en que la cosecha es la recompensa
de las semillas, es una recompensa intrínseca.
Por ello según la doctrina de la Iglesia, la vida eterna es la permanencia divinizada de todo
hombre, yo y todo mi yo. Soy todo yo y todo mi yo quien será eternamente dichoso. Cuando digo todo
mi yo, lo entiendo con todas mis relaciones, si estoy casado con mi mujer, si soy padre o madre de
familia con mis hijos, con mis hermanos y hermanas, con mis amigos, con mi comunidad religiosa, con
mi medio social, con mi medio profesional, con mi trabajo, no solamente con la intención que pongo en
mi trabajo sino con la obra misma. Voy a haceros una confidencia: cuando escribí mi libro “La
humildad de Dios”, ciertas personas me dijeron: “¡0h! ¡hay citas de músicos y poetas! -Sí, porque no
quiero licenciar a los que han contribuido a hacer de mí lo que soy y quiero encontrarles durante toda la
eternidad, de otro modo no sería yo”.
Observad que, cuando digo todo el hombre, incluyo también todo el cosmos porque estamos
unidos a todo el cosmos, es decir al universo de la materia, de la vida vegetal y animal. Nos asimilamos
al cosmos cuando comemos o cuando admiramos una obra de arte. Cuando, después de haber pasado
varias horas contemplando el Partenón, vuelvo a bajar a la Acrópolis, el Partenón forma parte de mí
puesto que soy diferente de lo que era antes de haberlo visto. El Partenón resucitará en mí y por mí.
El hombre no puede ser separado del cosmos, es solidario con él. Nuestro cuerpo está cortado de
la misma tela que el universo: tenemos necesidad de calcio, de fosfatos, etc., ¡lo sabéis mejor que yo! El
hombre no está con relación al mundo como una estatua con su pedestal, más bien como la flor con
relación al tallo y formando cuerpo con todo él. Somos uno con el cosmos, de tal manera que lo que
decimos del cuerpo vale para el universo. En un célebre sermón pronunciado con motivo de la fiesta de
la Anunciación, Bossuet decía que “el hombre es un microcosmos, un pequeño mundo en el interior del
mundo”.
En consecuencia, la fe en la resurrección de la carne es, de hecho, la fe en la resurrección del
mundo. Se vislumbra aquí la importancia de nuestras tareas terrestres, que sirven siempre directa o
indirectamente para transformar, para humanizar el mundo. El mundo resucita. Estamos lejos de una
filosofía que se contente con probar la inmortalidad del alma y en la que el universo tal y como es no
tiene valor duradero. Así se llega a una felicidad de espíritu puro que se transforma fácilmente en una
felicidad individualista. La verdad revelada es infinitamente más rica, es felicidad social o comunitaria,

80
encarnada y divina o, en otros términos, permanencia espiritualizada y divinizada de todo el hombre y
de todo el universo del que el hombre es solidario. Por ello, tratemos de comprender qué es el cuerpo,
aunque las siguientes reflexiones sean un poco difíciles.

Valor del cuerpo. Ningún alma sin cuerpo, ningún cuerpo sin alma 18
¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es nuestro cuerpo de hombre? No es un objeto entre los múltiples
objetos del mundo físico, no es una cosa entre las cosas, aunque aparezca al principio como tal; no es
una cosa pesada, opaca, que impone límites, que se presenta como un conglomerado de límites, una
especie de prisión que hace que estando aquí, no esté en otra parte. Es cierto que el niño descubre su
cuerpo al principio como si no fuese el suyo: la punta de su pequeño pie es una cosa como la sábana o
la sobrecama sobre la que está puesto.
El cuerpo no es algo, el cuerpo es alguien, mi cuerpo soy yo. Cierta cosa pesada y opaca, sí;
límite y limitativo, sí; agregado de materia, sí en cierto sentido; pero sobre todo mi cuerpo es un hogar
de energías y de energías poderosas y flexibles, una masa de células vivientes, pero ved en qué se
transforma esta masa en el deporte o en la danza.
Si sois deportistas, reflexionad en el delantero centro de un equipo de fútbol, está en el terreno
de juego en todas partes a la vez. Si sois artista, reflexionad en un bailarín o una bailarina. Ved el
pequeño diálogo a imitación de Platón que Paúl Valéry tituló “El alma y la danza”, título muy sugestivo,
pues es el alma, el espíritu, quien toma cuerpo para nuestro asombro en los saltos del bailarín y, también
él está en todas partes sobre el escenario: “(La bailarina) nos enseña lo que hacemos, mostrando
claramente a nuestras almas lo que nuestros cuerpos oscuramente cumplen. A la luz de sus piernas
nuestros movimientos inmediatos nos parecen milagros, nos asombran tanto como es posible” 19. Valéry
quiere decir, si le tradujera en prosa sencilla, que el arte del bailarín o de la bailarina ilumina lo que
todos realizamos, sin apercibirnos, en la vida ordinaria, cuando caminamos por la calle o por nuestro
jardín.
¡Qué despliegue de energías! Es también comunicación con el otro. Es en fin expresión radiante
de la vida, de la fuerza, de la belleza y de la inteligencia. Me diréis: hacéis el elogio del cuerpo de los
bailarines y nosotros no somos bailarines, hacéis el elogio de los cuerpos de los deportistas y nosotros
no somos deportistas. Precisamente por eso hago el elogio del cuerpo de los bailarines y de los
deportistas que tiene como meta el elogio del cuerpo de todos. El deportista y el bailarín manifiestan de
modo espectacular este hogar de energías que es el cuerpo.
Mirad la mano (no sólo los pianistas tienen manos). Santo Tomás de Aquino decía que lo que
constituye al hombre es el espíritu y la mano. La mano parece la extremidad banal de los miembros
anteriores, de hecho, en el hombre, que es un animal de pie, la mano está liberada (el hombre no tiene
necesidad de sus manos para caminar), ella puede cogerlo todo sin unirse a nada de lo que se apropia.
Es decir que la mano es el signo más impresionante de la inteligencia, ella permanece idéntica
adquiriendo relaciones universales. Como se ha dicho correctamente, el hombre ejerce una
manumisión, pone la mano sobre todo, y todo cae en el reino del hombre. Por la mano el hombre es el
artesano del mundo. La mano es el obrero del espíritu, la presencia práctica del espíritu en el mundo.
Paúl Valéry, después de haber hecho el elogio de la danza, inteligencia misma encarnada en los
pies, las piernas y en todo el cuerpo, hace el elogio de la mano: habla de las “manos sabias,
clarividentes e industriosas del cirujano”. Del mismo modo que el danzante llena toda la escena y que
el deportista ocupa todo el terreno, los hombres, por su trabajo, llenan el mundo con su cuerpo, con su
actividad corporal. Hay que decir (por banal que sea, aunque capital para nuestro trabajo) que todos los
productos del trabajo y del arte, desde la pluma que me ha servido para escribir las líneas que tengo
bajo los ojos hasta los cohetes de los cosmonautas, son la prolongación del cuerpo de los hombres o, lo
que viene a ser lo mismo, su presencia corporal activa extendida al universo entero. En definitiva, el
universo entero se transforma en el cuerpo de los hombres.
18
En esta segunda parte, el Padre VARILLON utiliza a G. MARTELET, L'an-delá retrouvé, Desdée, 1975, p. 15-62, en
Nolivelle Revue théologique, abril de 1974, p. 374-383, y notas de curso de P. VALADIER.
19
P. VALÉRY, L'ame et la dame, Pléiade, p. 157.
81
En su poder de aprehensión universal la mano del hombre supone el cerebro y se une a él. Los
sabios explican cómo la posición derecha (el hecho de que el hombre esté de pie) ha liberado el
edificio craneano de una especie de yugo muscular que bloqueaba su despliegue; levantado este
impedimento, la hornacina protectora del cerebro cortical ha podido desarrollarse. En esta hornacina
se ha alojado ese fabuloso ordenador viviente que contiene en su interior una quincena de millares de
células: el cerebro. Es él quien hace posible el juego indefinido de asociaciones y de relaciones del que
se nutre y que produce el espíritu.
Luego está el rostro. Mejor que rostro, digamos cara. Es la mano la que permite la aparición de la
cara humana. Sin la mano, la mandíbula o la quijada o la boca o la lengua o el colmillo, atacarían
directamente los alimentos y esto implicaría violencia. Pero cuando la mano, liberada por la posición de
pie, aprehende los alimentos, la cara, sustraída a la violencia, se reajusta y se humaniza para otras
funciones que la alimentaria. Entonces la cara se convierte en rostro, es decir, sonrisa, mirada, y sobre
todo palabra (por otra parte la sonrisa y la mirada son ya, en cierta manera, palabras).
Hay que insistir un poco sobre esta maravilla que es la palabra. ¿Qué es hablar? Es hacer brotar
ideas en el seno de un conjunto sonoro, por sí mismo, un juego de vibraciones. Sólo "el hombre tiene el
poder de hacerlo. Hablar es proferir un conjunto organizado de sonidos, vocales y consonantes
formando sílabas y palabras, que se encuentra unido a un conjunto organizado de significaciones. Este
sistema de sonidos, unido a un sistema de sentido (o de significados) que varía en cada país, se llama
una lengua, el francés, el inglés o el chino. El hombre aprende una lengua, o mejor su lengua llamada
“materna”, y es desde entonces capaz de abrirse al universo del encuentro y del diálogo. Digo el
universo, es decir que por la palabra el hombre se universaliza, se convierte en un sujeto entre otros
sujetos. Como bellamente dice el Padre Martelet: “Cuando la palabra ha nacido, el hombre ha.
franqueado verdaderamente el Rubicán inaugural de su humanidad”.
El hombre no podría pensar si no pudiera hablar y no hay pensamiento reflexivo más que donde
hay lenguaje. El lenguaje es corporal. Tal vez primitivamente era gestual, se hablaba haciendo gestos,
pero poco a poco, se pasó a lo que se llama gesto laringo-bucal, es decir de la laringe, de la garganta y
de la boca. Si no pudiésemos gesticular ni hablar no podríamos hacer razonamientos ni emitir juicios.
El hombre no es doble sustancia, cuerpo y alma, donde el cuerpo, encadena a la otra, el alma, y
la sirve. El cuerpo no es un elemento exterior del que podría prescindir el alma, el cuerpo esencialmente
forma parte de nuestro ser. El cuerpo y el alma están tan unidos el uno al otro en el acto mismo de
existir como el sonido y el significado en el acto de hablar. Así como la palabra es indivisiblemente
significado y sonido, del mismo modo, también indivisiblemente, la existencia humana es cuerpo y
alma. El alma no existe sin el cuerpo, el cuerpo no existe sin el alma, y el cuerpo y el alma no existen
sin el mundo.
El cuerpo no es otra cosa que el alma misma en el despliegue de su poder y de su energía. Esta
masa de células vivientes a la que llamamos cuerpo, hogar de energías, sostiene y nutre las funciones
que desarrollan una vida psíquica, que se expande en sentimientos superiores, en inteligencia, en
voluntad y en amor. El cuerpo es la expresión misma del espíritu y el espíritu no es nada fuera de esta
expresión o manifestación. En otros términos, el espíritu no es sino una energía hecha cuerpo, más aún,
lo que llamamos alma es “el espíritu en la maestría del cuerpo”.
Esto hoy está admitido, pero hay que decirlo si queremos expulsar la idea de una inmortalidad
del alma sin el cuerpo. Es evidente que el alma no obra y no existe más que por el cuerpo. Para vivir
hay que comer y beber. Para realizar una civilización no es suficiente pensarla, hay que construirla a
golpe de esfuerzos corporales; hacen falta las manos del albañil, las del artista, las del cirujano, etc.
Incluso para los actos más espirituales, el cuerpo es igualmente necesario. En un libro, ya antiguo, Jean
Mouroux escribía: “No es la inteligencia quien piensa, sino el hombre” 20. Se puede incluso decir: no es
el espíritu quien reza, es el hombre entero. Todos los autores espirituales han insistido sobre el papel del
cuerpo en la oración: ¡preguntad a todos esos jóvenes que rezan hoy en los movimientos de Renovación

20
J. MOUROUX, Sentido cristiano del hombre, Studium, 2a ed., Madrid, 1993. Ver también D. de ROUGEMONT,
Pensar con las manos, Ed. Magisterio Español, Madrid, 1977. Cl. BRUAIRE, Phüosophie du corps, Senil, 1968; y
Cl. TRESMONTANT, Le probléme de l´ame, Seuil, 1971.
82
carismática!

En la soledad de la muerte, reencuentro con Cristo resucitado


Puesto que el cuerpo no es un elemento secundario sino parte integrante de nuestra identidad de
hombre, esencial al hombre para que sea hombre, se debe prohibir que se considere a la muerte como un
acontecimiento que libera al alma de las ataduras del cuerpo. ¡Como si el cuerpo fuese para el alma una
molestia, una atadura, por no decir un paquete o una prisión! No admito frases de este estilo: “En la
muerte, el espíritu, al fin, empieza a existir”, tal frase significa que el cuerpo es el mal del espíritu.
Decir que llegará un día en que el espíritu sea liberado de este mal, significa una mala esperanza, un
optimismo infantil.

¿Por qué la muerte?


Es preferible mirar las cosas cara a cara y decir que, en un primer momento la muerte es
humanamente una miseria, un escándalo o, como pensaba Albert Camus, un absurdo. La muerte no es
un drama entre otros dramas, es EL drama, el drama integral, el drama sin retorno, nos atreveríamos a
decir, el drama absoluto. La muerte destruye la existencia del hombre en su misma raíz. No es bueno,
no es sano, eliminar este primer momento pues no se puede hacer sino desvalorizando indebidamente al
cuerpo, relegando al mito, o a una creencia secundaria, el dogma de la resurrección de la carne.
Si la muerte es una miseria, un escándalo, un absurdo, ¿cómo pensar que Dios, y sobre todo un
Dios que no es más que Amor, consiente que la criatura (que Él crea por amor) experimente tal
desastre? ¿El hombre debe morir por ser pecador? El hecho de morir, es decir el hecho de terminar, no
procede del pecado. Lo que procede del pecado, lo que es “el salario del pecado” (Rom 6, 23), es la
muerte como erradicación terrorífica. Pero la muerte como fin, es simplemente el hecho de nuestra
finitud. Es una perogrullada: lo que es finito debe acabar. Entonces, ¿cómo declarar inocente a Dios?
Dios quiere que el hombre sea alguien, alguien para Él, alguien ante Él. Él me quiere sujeto o
persona, lo que no es posible si yo soy diferente a Él, es decir si yo no soy Dios. Es elemental, pero se
tiene tendencia a olvidarlo, vosotros no sois alguien para mí más que si vosotros sois otros que yo. Por
consiguiente, puesto que Dios es infinito es necesario que la criatura sea finita, en otro caso, no sería
alguien sino una emanación de la divinidad, como el río es una emanación de la fuente y no es
verdaderamente otro. Puesto que no hay nada finito sin fin, el hecho de deber terminar -otra
perogrullada- es el signo de nuestra finitud. Yo no soy Dios, infinito, pues soy finito, mortal.
Tal vez me digáis: Dios es Todopoderoso, ¿no podía hacer al hombre de otro modo que finito?
Puesto que es perfecto, ¿no podía hacer al hombre tan perfecto como El? Comprendo que esta idea
brote de vuestros espíritus, es normal, pues no se trata de un detalle en nuestra vida sino de esa cosa
terrible y escandalosa que es la muerte. Entre muchas respuestas en un plano metafísico os recuerdo
esta sencilla reflexión: el poder de Dios es el poder del amor. Por consiguiente el amor quiere que el
otro sea verdaderamente otro y no un reflejo de sí. Un hombre nunca dirá a una mujer que ama, quiero
que seas mi reflejo; le dirá, quiero que tú seas “tú”, otra que yo, plenamente tú y plenamente otra que
yo. El amor quiere que el otro no sea creado completamente acabado. Un ser creado perfecto no sería
un ser que se crea a sí mismo, sería una criatura quizá maravillosa, pero no sería creadora de sí.
Es, pues, la seriedad del amor creador quien exige que Dios cree a ¡un ser totalmente otro que
Él, una criatura creadora de sí y del mundo. Porque es amor Dios crea a un no-Dios, un ser finito, quien
por naturaleza debe terminar. Diremos que, previendo los dolores que implica la finitud ¿habría debido
Dios prohibirse crear? Es lo que piensan muchos que no perdonan a Dios haber creado un mundo donde
la finitud engendra tantos desastres y sufrimientos.
Es verdad que la creación para Dios es una aventura. No temo la palabra. Creando, Dios se ha
aventurado en el sentido de que no retrocede ante el drama resultante de la creación de seres libres y
finitos. Aventura, drama, riesgo, estas palabras proclaman una verdad: es un drama para nosotros, pero
también para Dios. Por eso pienso que, contrariamente a lo que más de uno piensa, existe un
sufrimiento en Dios.

83
El sufrimiento de Dios
Dios es amor y el amor es necesariamente vulnerable. Lo que a nuestro mundo enrabieta (la
expresión es de Jacques Maritain) es imaginar a un Dios que se incline sobre el sufrimiento humano con
una especie de serenidad olímpica, algo así como la mujer que dijera: sé que mis hijos sufren mucho
más que yo, pero soy feliz de que el sufrimiento de mis hijos no me alcance. Si escucháramos a una
mujer expresarse con este lenguaje, diríamos que su felicidad es monstruosa. Y, en cambio, lo
aceptamos como bueno cuando se trata de un Dios que imaginamos como un Júpiter, detrás de las
nubes, a quien el sufrimiento de los hombres no afecta en su serenidad indefectible. “Si las gentes
supieran que Dios sufre con nosotros y mucho más que nosotros por todo el mal que asola la tierra,
muchas cosas cambiarían sin duda y muchas almas se sentirían liberadas” 21. Dios no hubiera arriesgado
el sufrimiento del hombre se habría ahorrado también el sufrimiento en Él mismo, pero nos hubiera
creado hechos del todo.
Eternamente Dios prevé la angustia del hombre ante la muerte, pero, según la fe cristiana, al
mismo tiempo abolió el escándalo de esta angustia. En el momento mismo en que Dios crea al hombre
mortal, crea la trascendencia de la muerte en una resurrección, rompe el círculo de la mortalidad en el
momento mismo en que la crea.
Me diréis: ¿no es esto un juego? ¿Por qué, al mismo tiempo, romper lo que se ha establecido?
¿No habría sido más divino no establecerla y crear al hombre inmortal? Henos aquí en el centro del
misterio del amor: en lugar de evitarnos la muerte por un acto que hubiera sido un prodigio, yo
diría una magia (en la que el hombre no hubiera sido respetado, donde Dios no habría arriesgado ni
para El ni para nosotros) decide eternamente entrar Él mismo en nuestra finitud y participar de
ella. Dicho de otro modo, decide morir Él mismo.
En un mismo acto Dios crea y se encarna. Al mismo tiempo (la palabra “tiempo” es inadecuada,
debería decir “en la misma eternidad”) que el infinito crea al finito. Él se convierte en finito para
introducir al finito en la vida misma del infinito, se hace hombre para que el hombre se haga Dios,
según el adagio tradicional. Dios no quiere ni puede crear dioses, pero los crea capaces de crearse a
ellos mismos, y se hace hombre para que su historia desemboque en su divinización. Es necesario, pues,
abandonar la idea un poco infantil según la cual habría sido en primer lugar la creación (al principio) y a
continuación la encarnación. La creación no está al principio, está ahora y, si bien es verdad que Cristo
apareció en el centro de la historia (Navidad está fechada históricamente), preexiste eternamente en
Dios. Releed los principios de la epístola a los Efesios y de la epístola a los Colosenses; san Pablo
insiste: “Dios es indivisiblemente Creador y Encarnado”. Dice explícitamente que Cristo es “el
Primogénito de toda criatura”. Yo creo firmemente que la creación no es pensable desde el punto de
vista de Dios independientemente de la Encarnación. Dios, dice Teilhard de Chardin, se convierte en el
hombre que Él crea. ¡Es una frase inolvidable!
En el jardín de Getsemaní Cristo tembló, se angustió, tuvo miedo; estas palabras están en el
Evangelio. ¡Afortunadamente para nosotros! Pues si Dios se encarna, no es para asomarse a nuestra
angustia, es para vivirla a fin de que convirtiéndose ella misma en acontecimiento de Dios (digo algo
tremendo: que nuestra angustia de hombre ante la muerte se convierte en acontecimiento de Dios
mismo), sea transformada. No suprimida (caeríamos en la magia) sino transformada; la muerte asumida
con todo lo que comporta de fracaso, de angustia y de soledad, se transforma en el umbral de una
resurrección.

La resurrección comienza en la muerte pero no será total más que al fin de los tiempos
Aquel a quien san Pablo llama “el Primogénito de toda criatura”, el Apocalipsis le llamará “el
Primogénito de entre los muertos” (1, 5), el Primer Viviente de todos los que han muerto y de los que
morirán. La muerte permanece como un fin (imposible de otra manera) pero el fin sólo de una forma de
vida y el paso a otra forma de vida, la de Dios mismo.
Cuando cruzamos el umbral de la muerte nos reencontramos con Cristo, resucitado.
21
J. MARTTAIN, Revue thomiste, 1969,1 (citado en La souffrance de Dial, p. 15).
84
¿Cómo lo podemos representar? No lo podemos representar. Nuestra certeza de fe no suprime la
oscuridad profunda en que quedamos acerca de Cristo resucitado, porque vivimos en un mundo
sometido a la muerte. La Vida más allá de la muerte, la Vida que no es más que Vida o, lo que es lo
mismo, el Amor que no es más que Amor, no lo podemos imaginar.
Lo que resucita en mí, exactamente lo que empieza a resucitar desde la muerte misma, es mi
relación con los otros y con el mundo (con los otros, con mis padres, mis próximos, mis amigos; con el
mundo, es decir, todo lo que mi cuerpo conseguía con el trabajo, el arte, la cultura, las aficiones). Es la
relación con los otros y con el mundo (es decir, mi vida) la que resucita con un poder y una intensidad
divinas, que viene de otro -del Cristo vivo- pero experimentada como mía.
Mi alegría es entonces la alegría del amor; la felicidad me viene de otro -de Aquel a quien amo-
y por eso es mi felicidad. Pues si te amo tú eres mi alegría, no quiero tener alegría más que de ti, de otro
modo no te diría que te amo. Esto significa para el hombre, en su cuerpo y en su alma, un nuevo modo
de existir. En su cuerpo, cierto, puesto que es por el cuerpo como el hombre se relaciona con los
hombres y con el mundo. Y es esta una verdadera resurrección, puesto que ha necesitado pasar por la
soledad absoluta de la muerte.
Esta resurrección comienza desde el momento de la muerte (no hay sala de espera donde el
alma separada del cuerpo espera el fin del mundo para recuperar su cuerpo) pero no será total hasta el
fin de los tiempos, pues no soy verdaderamente yo mas que en compañía de todos mis hermanos.
Para decirlo como el catecismo elemental, será al fin del mundo cuando todos los hombres estarán en el
cielo.
Para que la felicidad celestial sea la felicidad del amor que no es más que amor, es preciso que
estemos absolutamente desprendidos de nosotros mismos (absolutamente en sentido estricto, soledad
absoluta).
Cristo resucitado lo será todo para mí pero todos mis hermanos son miembros de Cristo.
Cristo no es separable de los miembros de su Cuerpo, pues ¿cómo queréis que reencuentre a Cristo que
es la Cabeza, sin encontrar a los miembros de su Cuerpo? Se oye a veces preguntar: “¿Encontraré en el
cielo a mi hijo fallecido a los veinte años?” Por supuesto, señora, puesto que usted está hecha por la
relación con sus hijos. Lo que he llamado cuerpo, es vuestra historia y ella resucita en Cristo, pues
¿qué somos nosotros sin los seres que amamos?

Nuestro cuerpo actual no es plenamente cuerpo


Si la vocación del hombre no fuera la de participar en la vida misma de Dios no habría
resurrección de la carne. Es la divinización del hombre la que permite la subsistencia del cuerpo. Vengo
a decir que, de los tres aspectos de la felicidad necesarios para que sea una felicidad humana, el aspecto
divino es la raíz y el principio de los otros dos. Ahora no estamos divinizados más que en germen. ¿Qué
sucederá cuando después de la muerte, seamos divinizados en plenitud y “semejantes a Dios” (1 Jn 3,
2)? Todo se fundamenta en esta frase: el espíritu, cuando está poseído por Dios, posee totalmente su
cuerpo.
Sabemos que no poseemos totalmente nuestro cuerpo, en parte se nos escapa. Si tengo una fuerte
migraña, no contéis conmigo para daros una conferencia. Si estoy en París, no estoy en Lyón. Basta que
una mosca zumbe, escribe Pascal, para que ese gran filósofo sea incapaz de pensar. Por el cuerpo los
esposos comulgan en el amor, pero es el cuerpo el que impide que su unión sea total (es por otra parte el
sufrimiento del amor). Equivale a decir que el cuerpo no es perfectamente cuerpo, es parcialmente
instrumento de acción y de comunicación, será verdaderamente cuerpo cuando no sea obstáculo de
ninguna forma. Y cuando digo cuerpo, no olvidéis que el universo entero no es separable del cuerpo.
Sólo el cristianismo, sólo él, enseña la divinización. No sólo la enseña sino que se puede decir
que es la misma enseñanza. ¡Todo el cristianismo está ahí! Como dice Guardini: “El cristianismo es el
único en atreverse a situar un cuerpo de hombre en pleno corazón de Dios”. Evidentemente, no se trata
de un cuerpo como un conglomerado de células biológicas. Cuando comemos el Cuerpo de Cristo
resucitado, no comemos células biológicas (lo cual no es evidente para todos, y sucede que se nos trata
de antropófagos).
85
Por otra parte es en este sentido como nos dice el Evangelio que “los elegidos serán en el cielo
como ángeles de Dios” (Mt 22, 30), es decir que su realidad corporal será completamente nueva. No
decimos sin embargo que el cuerpo se transformará en espíritu, sería el sinsentido más radical,
seguiremos siendo hombres. El cuerpo no se convierte en espíritu, es más cuerpo que nunca, permanece
plenamente cuerpo.
San Pablo cuando dice que el cuerpo resucitado es un “cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42) no hace
filosofía. Es inútil ilustrar cómo es tal cuerpo: no pensaréis en una especie de gas luminoso (Nietzsche
hablaba del gran vertebrado gaseoso). Esto me recuerda una salida de tono de Claudel a quien se le
pidió una conferencia sobre la Trinidad y, como aquel día estaba de muy mal humor, respondió: “¿La
queréis con proyecciones?” Hay que renunciar a la imaginación, es indispensable. Las reflexiones que
os propongo no tienen otra meta, no son más que opiniones teológicas; desde el punto de vista
doctrinal, la Iglesia es extremadamente sobria, dice que “resucitaremos en cuerpo y alma”, eso es todo.

El “cuerpo espiritual” es un cuerpo de libertad


El cuerpo espiritual es la expresión del hombre que llega a la libertad. Llegar a ser un hombre
libre, es morir a todo lo que no es amor o caridad. El hombre es libre cuando es capaz de afrontar la
muerte, la muerte del egoísmo bajo todas sus formas:
tranquilidad, confort, posesión de privilegios, consentimiento tranquilo a las desigualdades
insolentes del mundo. El hombre es libre cuando muere activamente a todo esto, cuando trabaja por no
ser esclavo de sí, activamente, es decir, poniendo actos libres, tomando decisiones, pequeñas o grandes,
que permitan llegar, día a día, a una libertad mayor.
“Si la muerte es sólo sufrida, es pura destrucción. Un cuerpo maltratado no produce un
bailarín, puesto que, para llegar a ser bailarín, hay que soportar una disciplina que nunca procurará
la más severa corrección. Sólo consentir la muerte como sacrificio voluntario puede hacer acceder al
universo de la resurrección, como el más riguroso entrenamiento hace acceder al universo de la danza.
El único que ha muerto por puro sacrificio voluntario es Cristo”.
Todos los actos de la vida de Cristo han sido actos de amor. No se ha dado en parte, en tales actos
con exclusión de otros; hablando con rigor. El ha dado su vida a lo largo de toda su vida, sin nunca
retomarla para sí. Él ha muerto pues a todos los límites que constituyen el hombre y a todos los pecados
que encierran al hombre en estos límites. Muerte cotidiana voluntaria, son verdaderamente el conjunto
de actos realizados por Él. La muerte de Cristo, comprendámoslo bien, muerte constituida por cada uno
de sus actos a lo largo de toda su vida y muerte final en la Cruz, es el acto perfecto de la libertad
humana, por tanto expresión perfecta en un hombre de la libertad misma de Dios.
Este hombre de carne y de sangre al que llamamos Jesús supera íntegramente su libertad en el
acto libre por el que se da. Podemos decir equivalentemente. Jesús o el Hombre íntegramente libre. Si
tomamos al pie de la letra la palabra “íntegramente”, es una perogrullada decir que es libre sin trabas. Y
equivale a decir que es viviente sin trabas o que muriendo resucita. “Él no conoció la corrupción” (Hch
2, 31). Si la muerte de Jesús hubiera sido una muerte natural sólo sufrida, la tumba no estaría vacía,
habría un residuo destinado a la destrucción pura y simple. Pero si la muerte de Jesús es su vida
entregada, es la Vida simplemente, pues la vida no es verdaderamente la Vida más que cuando es
entregada, ya que ser y amar son la misma cosa. Dios es Amor, la Vida es por consiguiente amor. En
Jesús, la muerte es la expresión perfecta de la Vida. El cuerpo muerto de Jesús, es la Vida misma, el
cumplimiento, y, al mismo tiempo, la revelación de la libertad. Él es el hombre libre y no hay libertad
en las tumbas, allí no puede haber más que residuos. Nada de lo que ha sido Jesús se convierte en
polvo, la tumba está vacía.
En nosotros, existe algo más que amor, algo más que libertad, ¡somos esclavos de tantas cosas!
Lo expresamos reconociendo que somos pecadores. Existe en nosotros algo más que la Vida. Lo
contrario de la vida, la muerte, la llevamos en nosotros a lo largo de nuestra existencia terrestre. La
muerte está dentro de cada una de nuestras decisiones egoístas. Esta muerte es el rechazo de la muerte
voluntaria, es la muerte sufrida. Es la parte de energía nacida en nuestros cuerpos que no se ha
convertido en actos de verdadera libertad, que no ha sido transformada en energía de amor o de muerte

86
voluntaria.
Es necesario pronunciar la palabra que expresa que muerte voluntaria y amor son lo mismo, la
palabra “sacrificio”. La energía que nace de mi ser de carne y sangre, si no se transforma a nivel da mi
ser espiritual (de mi libertad), sacrificio, está destinada a la decrepitud, es un residuo que llegará a ser
polvo. Por consiguiente no hay que pretender imaginarse la resurrección de un residuo de decrepitud,
no la tiene.
En resumen, se puede morir de decrepitud o, como se dice, en el trabajo, morir de decrepitud es
la fatalidad de la naturaleza; morir trabajando es un holocausto (sacrificio total de sí mismo)
voluntario. En realidad todo hombre, a excepción de Cristo y de su madre, muere a la vez de decrepitud
y de holocausto, de muerte sufrida y de muerte voluntaria. La tumba de Cristo está vacía, porque todo
en Él fue holocausto, acto de amor, don voluntario de sí. Nuestras tumbas no están vacías porque todo
en nosotros no es holocausto, acto de amor, don voluntario de nosotros mismos; nuestra tumba es la
señal, para todos los que van allí a depositar flores, de que somos unos pobres pecadores.
Pero, gracias a Dios, existe en nosotros la verdadera vida. Ha habido amor verdadero en nuestra
vida: hemos trabajado, no hemos visto en nuestro trabajo sólo provecho individual o familiar, nos
hemos entregado, hemos cumplido una tarea, hemos muerto en cierto modo en la tarea. Hay, pues, una
parte de nosotros mismos que resucita, no somos residuo. Si no fuésemos más que residuo, sería el
infierno, una destrucción eternamente perseguida y jamás alcanzada.
Decía que no es posible representarse un cuerpo espiritual, un cuerpo de libertad. El Padre
Pousset propone esta comparación: “hay bellotas y encinas. Aquel que no ha visto más que bellotas no
puede representarse una encina. Así, nosotros no podemos representarnos nuestro cuerpo de
resurrección. Pero quien ve una encina no debe preguntar cómo subsiste en ella la bellota; subsiste
siendo encina.”. Es poco más o menos lo que dice san Pablo: “Se siembra en corrupción, se resucita en
la incorrupción; se siembra en ignominia, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en
fuerza; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42).

Permanencia eterna y divinizada de todo el hombre y de todo el universo


En nuestra vida resucitada veremos a Dios en todo y todo en Dios. Yo veré a Dios en todo porque
este mundo que amo tanto, por el que me apasiono (la inmensidad de las llanuras, de los mares, de las
estrellas y de las montañas -¡lo pensaba viendo, el otro día, la soberbia cadena de los Pirineos!- y sobre
todo la comunidad de los hombres que es aún más bella y más apasionante que toda la belleza de la
naturaleza), pronto este mundo se me aparecerá tal como es, saliendo en cierta forma de las manos
divinas, creado eternamente por Dios, en su ser tal como es, una participación en el Ser mismo de Dios.
El mundo entero me será transparente; veré a Dios a través suyo. ¡Tratad de imaginar qué sería este
mundo, si pudiésemos ver a Dios a través de un amor humano, de una amistad humana, incluso de una
camaradería! Dios en todo.
Y entonces, en mi misma conciencia, en mi conciencia de hombre divinizado, veré todo en Dios
y todo el universo estará en mí. El universo no es separable de Dios puesto que eternamente El lo crea,
por consiguiente todo en Dios. Y los dos cuadros -Dios en todo y todo en Dios- coincidirán
exactamente.
Podemos pensar que, en nuestra vida resucitada, todo lo que hay de bueno, de bello y de
verdadero en la existencia terrestre, subsistirá. Todo esfuerzo realizado por la paz, la justicia, la belleza,
la cultura, toda obra ejecutada en las canteras humanas, todo es inmortal. Mi cuerpo es en definitiva
todo esto. Puedo decir que mi cuerpo es mi historia a partir de una naturaleza: mi naturaleza es
masculina, no es femenina, soy francés, no esquimal, etc. Todo esto es el enraizamiento de mi ser y, a
partir de ahí, tengo una historia, mi educación, mis estudios, mi entrada en el noviciado, mis relaciones
de camaradería y de amistad, mi trabajo, los acontecimientos de la vida social o política, el momento
que vivo con todos: todo esto constituye mi cuerpo, es lo que resucita.
Mi historia construye mi rostro eterno. ¡Cómo imaginar un inmenso rosetón donde haya millares
y millares de colores diferentes! Hay millares y millares de rostros humanos pero no hay dos idénticos,
desde el origen y probablemente hasta el fin de los tiempos. Esta-diversidad prodigiosa de rostros
87
simboliza la diversidad aun más prodigiosa de las almas, de las profundidades. Eternamente soy
diferente de todos vosotros y cada uno de vosotros es diferente de todos los demás. Vuestra diferencia,
ese color azul, verde o rojo único, que seréis en el rosetón eterno, son las decisiones que tomáis día tras
día, a condición de que sean decisiones de caridad, de justicia, de amor, y por supuesto de elemental
honestidad. Incluso lo hecho por los impíos, con más razón por los no-creyentes que no son impíos, por
ejemplo los novecientos millones de chinos que no han oído hablar nunca de Jesucristo, en la medida en
que obran bien, los encontraré en el Reino de los cielos, en la Jerusalén celeste de la que habla el
Apocalipsis.
Construimos a lo largo de los siglos, nuestra vida eterna a través de altibajos, progresos y
decadencias. Lo que quiere decir que la felicidad de un francés no será la de un chino, la felicidad de un
hombre casado no será la de un soltero, pero el francés tendrá parte en la felicidad del chino, el soltero
en la del hombre casado, y recíprocamente, pues la historia de un francés casado del siglo XX no es la
misma historia que la de un soltero chino del siglo XV. Por tanto es todo el hombre de todo hombre lo
que resucita, en el sentido que la caridad o muerte voluntaria que la resurrección alcanza ha sido
asumida en energía corporal que con particularidades, y según las relaciones de parentesco, de
camaradería, de amor y de amistad, son propios de cada uno. Todo resucita, salvo lo que ha quedado
fuera del amor, salvo el egoísmo y el pecado. Por eso puedo concluir con una fórmula que lo resume
todo: la vida eterna es la permanencia eterna, espiritualizada, divinizada, de todo el hombre y de todo el
universo.

NOTA 1
El reverso de la divinización: el infierno 22
(Págs. 223-233)
Es tan grande la incomodidad, por no decir la desazón, de los cristianos ante lo que el catecismo
designa con el nombre de infierno que, prácticamente, se ha dejado de hablar de él salvo rarísimas
excepciones. El silencio vale más que explicaciones que prolongarían viejos malentendidos
persistentes. Se hace bien en callar si no se es capaz de hacer comprender que la negación pura y simple
del infierno conduce en definitiva, si no a una negación de Dios y del hombre, sí al menos a una
mutilación de Dios, del hombre, y del amor.
Anticipo algo que, a primera vista, es una paradoja, pero, precisamente, hay que afrontar la
paradoja de la estrecha relación entre el amor y el infierno. Si se tuviera tiempo para desarrollarla
minuciosamente, se podría mostrar que la eventualidad de la condenación -digo eventualidad y no
realidad, porque nos es imposible afirmar que la condenación sea una realidad-, es necesaria para
comprender:
-el misterio de nuestra vocación a ser eternamente los Vivientes con Vida divina (es evidente que
fuera del misterio de nuestra divinización la eventualidad de una condenación es absurda)
-la seriedad o la gravedad del amor (ya se trate del amor de Dios por nosotros o del amor que El
nos da por El);
- la dimensión absoluta de los actos de nuestra libertad en el tiempo, por consiguiente del tiempo
mismo que nos es dado;
-la verdadera naturaleza de la esperanza y su fundamento, es distinta a las múltiples esperanzas
humanas, de modo que una meditación sobre el infierno debe desembocar en un himno a la esperanza.

22
Manuscrito: «Uenfer et k pnrgatoire», n° 5 de la serie redactada en 1975-1976. El Padre VARILLON utiliza a J.
Ratzinger, op. cit.. G. MARTELET, Uan-delá retrouvé, p. 181-191; y sus Élements de doctrine chrétienne, cap. 62 y
64.- Hojas ciclostiladas: Nantes (4 de Noviembre de 1970); Annecy (14 de Enero de 1971); Auteuil (9 de Febrero
de 1976); Lyon-Sainte-Héléne (26 de Febrero de 1976); Pau (Octubre de 1976).
88
El infierno en la Biblia
En el vocabulario cristiano hablamos de infiernos y de infierno. Decimos: Cristo bajó a los
infiernos, por una parte, y el condenado baja al infierno, por otra. Siendo la misma palabra, se trata de
dos destinos diferentes, y si no existe más diferencia que entre singular y plural no es por azar, no es
casual; hay una lógica profunda que expresa una verdad capital. Los infiernos como el infierno son el
reino de la muerte. Sin Cristo no habría en el mundo más que un infierno y una muerte, la muerte
eterna, la muerte con todo su poder, la muerte del ser finito encerrado en su finitud, en el círculo de la
mortalidad.
Si existe una “segunda muerte”, por hablar como el Apocalipsis (21, 8), separable de la primera y
que llamamos infierno, es porque Cristo con su muerte ha destruido el reino de la muerte. Como Cristo
bajó a los infiernos, los infiernos no son ya el infierno, porque hay dos muertes.
“Infiernos”, en plural, es la traducción de la palabra hebrea sehol, equivalente de la palabra
griega Hades (exactamente Aides, es decir, el lugar donde uno no ve nada). Para los judíos el sehol era
el “lugar de cita de todos los vivientes” (Job 30, 23). Al igual que muchos otros pueblos, imaginaban la
otra vida como una sombra de existencia, sin valor y sin alegría, algo más próximo a la nada que al ser.
El sehol era “una tierra bajo la nuestra, un lugar de tinieblas, de polvo y cieno, donde los muertos bajan
desnudos, de donde no se sube, donde se reúnen con sus padres (exactamente, donde se acuestan con
sus padres) y donde se lleva la vida pálida y disminuida de las sombras, vida en nada envidiable,
estando ausente Dios”. Tal es el séhol, o el hades, o los infiernos.
Decir que Cristo bajó a los infiernos (un artículo de nuestro Credo), es decir en primer lugar que
murió realmente. Y si Dios, resucitándole, le ha librado del séhol como dice san Pedro (Hch 2, 24), ha
sido sumergiéndose en él. Él conoció la soledad de la muerte, la soledad radical, la soledad a cuyo lado
cualquier soledad de este mundo no es más que una aproximación a la soledad; conoció el abandono
total.

El infierno de la soledad absoluto


El drama de nuestra existencia es que en el fondo, en lo más íntimo de sí, el hombre está solo y
no puede soportar la soledad, aunque la disimula, la enmascara. Estando solo, experimenta que no está
hecho para estar solo. Como Dios mismo que es Trinidad, comunidad de tres Personas, el hombre es un
ser-con; si tacháis “con”, casi es necesario tachar “ser”. Deber ser-con el otro o los otros y estar solo, es
la contradicción. Y cuando esta contradicción se vive, viene la angustia, la angustia de la soledad,
siempre relativa, de esta vida que sólo puede dar una vaga idea de la soledad de la muerte.
Un teólogo evoca “al hijo que debe estar solo de noche en un bosque oscuro. Tiene miedo,
incluso si se le ha demostrado convincentemente que no tiene que temer absolutamente nada. En el
momento en que está completamente solo en la noche y experimenta de modo radical la soledad, el
miedo se manifiesta, el verdadero miedo, que no es miedo de algo, sino miedo en sí. El miedo ante un
objeto determinado es en el fondo anodino, puede ser desterrado, basta hacer desaparecer el objeto
que lo provoca. Si alguien tiene miedo de un perro fiero, todo se arregla atando al perro”.
El miedo que engendra la soledad es otra cosa, es mucho más profundo. No se trata de una
amenaza exterior susceptible de ser neutralizada, no hay nada que neutralizar, se trata de nuestra
existencia misma, de la contradicción de nuestra existencia.
La angustia de la soledad no puede superarse más que por la presencia de un ser amante, la mano
de alguien, la voz de alguien que dice “tú”. Aquí abajo, cualquiera que sea nuestra situación y
cualquiera que sea la edad, existe siempre la posibilidad de una mano, de una voz, de un tú. Pero si
existe una soledad donde ninguna voz puede penetrar, una soledad en que ninguna mano se puede
alcanzar, se trata de una soledad absoluta, la angustia absoluta de quien está hecho para no estar solo y
que está definitivamente solo. A esta soledad y a esta angustia llamamos “infierno”.
Muchos de nuestros contemporáneos en la literatura, el teatro y el cine, han puesto al día el tema
de la soledad. Reflexionad en los films de Antonioni: todos los encuentros son superficiales, no se
permite a nadie de aquí abajo tener acceso a la profundidad del otro, la comunicación verdadera en la

89
camaradería, la amistad y el amor, es imposible. Todo reencuentro, bello en apariencia, no hace más
que anestesiar la llaga incurable de la soledad. Hay allí un pesimismo negro, que viene a decir que el
hombre lleva el infierno en él mismo y que es algo tan terrible que uno se aferra a lo que sea para
escapar de él, que se tiene la ilusión de conseguirlo pero nunca se consigue.
Cualquiera que sea la soledad en el transcurso de la vida, hay una soledad ineludible, la de la
muerte. Uno muere siempre solo. La muerte es una puerta que no puede ser franqueada más que en la
soledad y todo el miedo del mundo es, en el fondo, miedo a esta soledad. He aquí por qué el Antiguo
Testamento no tiene más que un solo nombre para el infierno y para la muerte, la palabra sehol. La
muerte es soledad simplemente, por eso creemos que Jesucristo murió. El infierno es la soledad donde
el amor no puede penetrar, por eso creemos que Jesucristo descendió a los infiernos. Si franqueó la
puerta de nuestra última soledad, si entró en el abismo de nuestro absoluto abandono, hay que decir que
allí donde ninguna mano, ninguna voz, ningún “tú” podía entrar, está ahora Jesucristo. El infierno,
como idéntico a la muerte, ha sido superado.
En otros términos, la muerte, que antes era infierno, ya no será más el infierno. En el corazón de
la muerte está la vida; Jesucristo es la vida. En el corazón de la muerte está el amor;
Jesucristo es el amor, el “Tú” absoluto que no puede convertirse en un “Él” (alguien de quien se
habla) sino que es aquel que habla y a quien se habla.
El infierno, en adelante, es otra cosa. Es una “segunda muerte”, no la muerte simplemente, sino
la muerte eventual de los que están hasta tal punto encerrados en ellos mismos, en el egoísmo, que no
pueden abrirse ya al amor. Si hay una mano tendida, no la ven; si hay una voz, no la escuchan; si hay un
“tú” que se ofrece, le toman por un “él”, por un ser extraño. Ellos siguen tal como suena -aquí hay que
sopesar las palabras, son muy duras- extraños a todo; digámoslo en lenguaje moderno, alienados.
El Antiguo Testamento presintió que había una distinción entre la muerte y el infierno. Los
judíos no tenían más que un nombre para los dos pero multiplicaban las imágenes y las comparaciones
para expresar qué es la muerte del egoísta endurecido, imágenes de azufre y de fuego, de devastación en
el valle de la Gehenna, muchos versículos que expresan ideas de infecundidad y de esterilidad, de
rechazo y de no-valor, de corrupción 23, etc. Por esta multiplicidad de imágenes, pusieron las bases de lo
que, más tarde, la Iglesia definirá dogmáticamente en el plano del pensamiento. En los pasajes de la
Escritura, repleta de imágenes sobre el dogma formulado por la Iglesia, es donde tenemos que trabajar.
No hay que lanzar por la ventana las imágenes diciendo que es infantilismo, hay que hundirse en ellas y,
a partir de los enunciados dogmáticos que la Iglesia propone, tenemos que reflexionar lo mejor posible
como hombres inteligentes.

Reflexión teológica

El cristiano debe trabajar para interpretar correctamente la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento);
no debe ser fundamentalista, es decir, atenerse a una lectura literal del Evangelio; pero no se le permite
componendas con trozos escogidos de la Biblia reteniendo los que le gustan y rechazando los que le
molestan. La reflexión teológica debe hacerse con todos los textos bíblicos, incluso los más difíciles.

La eventualidad del infierno. condición de la grandeza de nuestra libertad


Digámoslo una vez más, que lo esencial de todo, en el cristianismo, es la revelación de un Dios
que no es más que amor. Tero añadamos inmediatamente que no hay que lisonjearse demasiado aprisa
de saber lo que no es más que el amor cuando es vivido por el Ser infinito. Pienso que hace falta toda
una vida, y una vida rica de experiencias, para comprender un poco lo que es el amor y lo que implica.
En todo caso, si hubiera algún punto de la doctrina cristiana que apareciese sin lazos con el amor,
contradiciendo el amor o no siendo condición o consecuencia del amor, se tendría derecho a rechazarlo.
Pero esto es imposible, pues ser cristiano es creer que es imposible que un punto cualquiera de la
23
Para un estudio detallado de estas imágenes, consultar Elementos de doctrina cristiana, t. II, Nova Térra,
Barcelona, 1964.
90
doctrina cristiana no tenga nada que ver con el amor. Y toda reflexión teológica consiste en tomar
conciencia de la unión lógica entre el amor y cada uno de los puntos de la doctrina.
A primera vista, si Dios es amor, el infierno debería ser imposible. Ser cristiano no es, desde
luego, creer en el infierno, es creer en Cristo y esperar, cuando se plantea la cuestión, que sea
imposible que el infierno exista para los hombres 24. Hago notar a continuación -es muy importante- que
si alguien dice que existe el infierno, se jacta de un conocimiento que no tienen los cristianos.
El infierno no existe como existe en el centro de la isla de Guadalupe un volcán llamado
Soufriére. La reflexión a partir de imágenes bíblicas conduce a concebir el infierno no como un lugar
(que existe o no existe) sino como un estado, una situación. Si hay equívoco aquí, mejor que decir
“infierno” digamos “condenación”, “estado de condenación”. Existe el infierno si hay condenados. No
existe un infierno independientemente del estado de condenación.
No sabemos si hay o si habrá condenados. Esperamos, no podemos dejar de esperar, que no los
habrá. Se tiene la impresión de que mucha gente se enoja por no poder afirmar que hay condenados,
querrían que los hubiera. Se me han pasado comunicaciones, diciendo que san Agustín, san Juan
Crisóstomo, san Ireneo, afirmaron con la tradición cristiana que el número de los elegidos es inferior al
de los condenados. ¡Es inaudito! Os confieso que apenas he podido mantener la calma.
Si rezo por todos los hombres sin excepción, también por Judas, también por los que fueron unos
monstruos a los ojos del universo, Hitler o Stalin (nadie me obligará a no rezar por ellos), es porque
espero su salvación; si no la esperara, no rezaría. Esto es fundamental: la fe en Dios que no es más que
amor y la esperanza de la salvación universal (la liturgia eucarística lo dice: “Ofrecer el sacrificio de
toda la Iglesia por la salvación del mundo”).
Pero esta fe y esta esperanza implican que el amor con el que los hombres son amados sea un
amor serio. ¿Qué es un amor serio? Un amor que no quita la libertad humana sino que la alienta. El
amor no sería amor si manipulase la libertad para obtener cueste lo que cueste la reciprocidad. Con
vuestros hijos, cuando son pequeños, llegáis a obtener reciprocidad; obtenéis una caricia, un beso, el
final de una rabieta, pero son niños. Dios no nos trata como a niños. El amor no es ya amor si dice: te
obligo a que me ames. No se puede obligar a nadie a amar; obligar a amar es no amar.
En un libro admirable Jean Lacroix escribió una frase que es tal vez una de las más profundas
que hayan sido escritas en estos últimos años: “Amar es prometer y prometerse no emplear nunca con
respecto al ser amado los medios del poder. Rechazar todo poder es exponerse al rechazo, a la
incomprensión y a la infidelidad”. 5 Existen poderes que se utilizan más o menos en el amor humano,
desde la seducción cuyo matiz es imperceptible hasta la violencia más abyecta. La coquetería, la
jactancia, la mentira, son aspectos escondidos en los bellos frutos que ofrecen, y tienen todas el aspecto
de una violación camuflada o no.
Nada de esto hay en Dios, en Él el amor no es más que amor, es un amor en el que se prohíbe
absolutamente el uso del poder. Su amor es verdaderamente un don, lo cual implica que se transforme
en un amor acogido. ¿Quién puede garantizar que el amor realmente dado u ofrecido, no será nunca un
amor libremente rechazado? Si pretendéis que tal garantía exista, no hay ya amor, porque no podéis
encontrar esta garantía más que con el uso del poder. La única garantía posible, sería que Dios nos
obligase a amarle.
En realidad, el rechazo del amor es algo estremecedor, está en el límite de lo pensable o, si lo
preferís, no es pensable más que como límite. Por contra, lo que está más allá de lo pensable es que
Dios pueda dejar de amar. No hay mal-amados por Dios. Pero la libertad del hombre, que constituye su
grandeza, permite que el amor incondicionalmente ofrecido pueda ser incondicionalmente rechazado.
Si creéis imposible que el hombre se hipoteque en un egoísmo consciente y terco en el fondo de
sí, disminuís al hombre, lo reducís más o menos, como dice Sartre, a un títere en manos de los dioses y
llegaréis a imaginar un dios que a la vez, fundamenta nuestra libertad y la congela, la petrifica y la
manipula; esto no es preferible. Cuando se cree verdaderamente en la grandeza del hombre, se cree
también que la eventualidad de la condenación está inscrita, como rechazo incondicional de amor, en la

24
J. Ratzinger, o.c., 181.
91
estructura misma de su libertad. La eventualidad del infierno es un elemento estructural "de nuestra
libertad divinizable.
La fe de la Iglesia, es exactamente ésta: la grandeza de Dios, la santidad de Dios, la pureza del
amor de Dios que se prohíbela sí mismo el uso de cualquier poder para obligarnos a amar; la grandeza
del hombre, la grandeza de la libertad del hombre, implican que la condenación esté inscrita como una
eventualidad real en lo más íntimo de sí mismo. Eso es todo, pero es ir muy lejos.

El infierno de Dios
Quiero citar aquí una frase de Kierkegaard y otra de Nietzsche 25. Son dos gigantes del
pensamiento humano, uno cristiano, el otro no. Kierkegaard, el cristiano, dice que “el pecado contra el
Espíritu Santo” del que habla el Evangelio es el pecado “llevado a su supremo poder”. ¿Cómo es
llevado el pecado a su supremo poder? Cuando el hombre decide aniquilar en él el amor mismo de
Dios. El amor de Dios no puede ser aniquilado en sí mismo, pero yo tengo el poder de aniquilarlo para
mí como aniquilo para mí el oxígeno, sin aniquilarlo en sí mismo si rechazo respirarlo. La condenación,
o el pecado contra el Espíritu (es la misma cosa), consiste en la decisión de negar que hay amor en mi
existencia; en el fondo, es rechazar ser amado.
Para que haya condenación hace falta, cierto, que esta decisión comprometa el fondo de sí. Es
evidente que no se comete el pecado contra el Espíritu -le llamamos pecado mortal- como quien pisa un
charco o como cuando se tropieza por la calle, se trata de una eventualidad apenas pensable, pero que
me es imposible tachar sin disminuir al mismo tiempo a Dios, al hombre y al amor. Esto es lo que la
Iglesia no quiere. El día en que los hombres comprendan qué idea tan espléndida tiene la Iglesia del
hombre, que no pueden encontrar en ninguna parte, ese día serán menos severos con ella, a pesar de sus
deficiencias, de sus defectos y de sus expresiones desafortunadas.
La otra frase es de Nietzsche: “Dios mismo tiene su infierno: es el amor que tiene por los
hombres”. Desgraciadamente disminuye la profundidad de esta frase añadiendo más adelante: “Pero
¿cómo encapricharse con los hombres?” Esta adición es lamentable pero esclarecedora, hace falta en
efecto escoger o un Dios sin amor, que no puede ser más que un ídolo, o un Dios de amor que tiene,
también Él, su infierno.
O bien Dios nos manipula, manipula nuestra libertad, utiliza poder para hacerse amar, y no hay
ninguna eventualidad de infierno ni para Él ni para nosotros. O bien Él, la pureza absoluta del amor que
respeta hasta el fondo nuestra libertad, se prohíbe obtener cueste lo que cueste la reciprocidad del amor,
y entonces la eventualidad del infierno existe tanto para El como para nosotros. Escoged: si Dios es
amor el infierno es una eventualidad real, y si negáis el infierno tened el coraje de decir que Dios no es
amor. Reconozco que la paradoja es muy fuerte pero verdadera.
Llegados a este punto, la inteligencia vacila sobrecogida y desarmada. ¿Pero por qué, cuando
evocamos esta terrible eventualidad, no pensamos más que en nosotros mismos y tan poco en Él? No
hay que tener sólo confianza en los hombres, sino antes tenerla en El.
Los textos del Evangelio hay que leerlos bajo esa luz. Cuando el Evangelio parece decir que
Dios toma a su cargo la condenación de los hombres, que es Él quien pronuncia la sentencia
condenatoria (Mt 13, 41; 25, 41), significa que Dios mismo, no puede nada más que sufrir ante una
libertad que se cierra al amor. El castigo no viene de Dios, viene del interior del hombre, algo así como
quien cierra sus ventanas y al mismo tiempo, se priva de la luz del sol. También significa que el acto
creador, que es eterno, no puede dejar de incluir esta eventualidad; es el gran riesgo del acto creador.
El dogma del infierno muestra una actitud del alma, pues ningún dogma existe para satisfacer
nuestra curiosidad intelectual. Ni Dios revela ni la Iglesia enseña más que lo que nos es necesario para
que nuestra actitud interior sea una actitud de verdad y para que nuestra acción sea una acción
verdadera. La actitud interior, el valor espiritual, que implica el dogma del infierno, es la esperanza en
forma de oración. No podemos superar la tensión entre una fe en la eventualidad de la condenación y la
esperanza de salvación de todos los hombres. No es posible que nuestra salvación eterna, nuestra
divinización, sea una certeza de tipo matemático como 2 y 2 son 4; eso nos haría salir de repente del
25
Citadas por MARTELET, p. 183,189 y 382.
92
Reino del amor. Mi certeza, si se trata de amor (pensad en la experiencia que podéis tener del amor), no
puede ser más que una esperanza. Es una certeza en forma de esperanza y la esperanza está en forma de
oración.
El descenso de Cristo a los infiernos es un artículo del Credo, pero la eventualidad del infierno
no lo es. ¿Por qué? Porque todos los artículos del Credo están capitaneados por dos palabras: Credo in,
creo en... y no creo que. “Creer en” no puede estar seguido más que por un nombre de persona, se cree
en alguien. Esta es la misma palabra del amor: creo en ti, te doy mi confianza, te amo, me fío de ti, me
abandono en ti. El Credo es la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la estructura del Credo es
trinitaria. Creer en el infierno no tendría absolutamente ningún sentido; se cree que el infierno es una
eventualidad, exactamente se cree en Dios, cuyo amor no puede nada en contra de la eventualidad del
infierno.

NOTA 2 El purgatorio
(Págs. 235-240)
La teología le da un matiz de certeza más débil que la de la eventualidad del infierno, pero
confieso que pienso que si no existiera el purgatorio habría que inventarlo.
El purgatorio es necesario para participar en la vida de Dios
La profundidad de un abismo es proporcional a la altura de la montaña. Si la montaña tiene
trescientos metros el abismo correspondiente tiene trescientos metros, si la montaña es el Himalaya, el
abismo correspondiente hasta el nivel del mar es de ocho mil ochocientos ochenta y dos metros. ¿Cuál
es la altura de la montaña cristiana? Es infinita, inconmensurable. El abismo correspondiente, el revés
de este lugar, no tiene fondo. Si nuestra vocación no fuera la de participar en la vida de Dios, de
transformarnos nosotros mismos en dioses (como no temen decir los místicos), no habría infierno. Hay
que decir igualmente que, en esa hipótesis, no habría tampoco purgatorio.
Os ruego a los que seáis educadores que no habléis a los niños de infierno o de purgatorio antes
de haberos asegurado de que creen que lo esencial es nuestra vocación, nuestro destino a compartir la
vida misma de Dios; de otra forma, todo viene a ser absurdo, no significa absolutamente nada, incluso
el pecado original.
La doctrina del purgatorio está fundada en que, para estar unidos a Dios en una comunidad de
vida, hace falta que seamos todo amor como Él mismo es todo amor. Ni un átomo, ni un grano de
egoísmo puede entrar en Dios, pues el egoísmo es lo contrario de Dios, por consiguiente la oposición a
Dios. Sólo el amor es asimilable al amor. ¿Quién se atrevería a pensar que, en la hora de su muerte, uno
está en estado de amor perfecto y no hay en él el menor átomo de egoísmo? Exceptuando sólo a la
Virgen María, es imposible.
Es probable que ninguna criatura pueda producir aquí abajo un solo acto despojado de todo
retorno egoísta sobre sí. Es necesario -puesto que no se trata de disfrutar de una felicidad natural sino
de la participación en Dios tal como es en sí mismo- que este residuo de egoísmo sea enteramente
consumido: tal es el sentido del purgatorio. Decimos: para que el amor sea consumado hace falta que el
egoísmo sea consumido. Para que el amor sea consumado en felicidad es preciso que el egoísmo sea
consumido en arrepentimiento purificante.
Si tenéis una auténtica vida espiritual, si vivís verdaderamente en el interior de vosotros mismos
con Dios, sabréis muy bien que egoísmo, no son solamente nuestros actos explícitos contra el amor, es
también, como dice Claudel, esa “temperatura continua” de repliegue sobre sí, inmanente a nuestros
actos incluso los más generosos; nuestros actos pecaminosos no son más que señales de peligro.
Una purificación que alcance al fondo del ser, no puede dejar de ser dolorosa. Se trata de estar
enteramente desprendido de sí para ser capaz de estar totalmente entregado a Dios. Como el
desasimiento de sí es el sufrimiento mismo, en el sufrimiento del tiempo presente comienza ya esta

93
purificación, y si el sufrimiento no tuviera este valor de purificación sería pura y simplemente un
sinsentido, un escándalo. Hay pues un purgatorio aquí abajo, pero el sufrimiento del tiempo presente
tiene que acabar más allá de la muerte de un modo misterioso (sobre el que la Iglesia es de una
prudencia notable) pero cierto.
No hay nada de sorprendente que la Tradición compare con un fuego a esta purificación.
Purgatorio significa purificatorio. En el fondo es el mismo fuego que daña en el infierno el que purifica
en el purgatorio, el que santifica en el cielo. Dios no cambia, el fuego del amor es siempre el mismo.
Somos nosotros los diferentes ante el amor inmutable e infinito: si somos contrarios al amor, el fuego de
Dios nos tortura, si somos capaces de purificación ese fuego nos purifica, y si estamos unidos a Dios
ese fuego nos santifica.

Purgatorio = amor purificador

El purgatorio no es pues un sufrimiento impuesto y contra el que uno lucharía en vano; hay que
comprenderlo como un sufrimiento voluntariamente asumido cuando, en presencia de la fulgurante
santidad de Dios, uno se horroriza por lo que es. Este horror de sí ante el amor, es el arrepentimiento. El
arrepentimiento es una intensidad de amor que querría compensar la mediocridad del pasado. Se
comprende que nazca espontáneamente en el hombre a medida que la luz divina le invade, le pone
frente a lo que él es. Es en cierta forma el balance viviente de toda su existencia, de toda su historia.
El purgatorio es un sufrimiento voluntario del que no se querría escapar por nada del mundo y es
al mismo tiempo una alegría. ¡Hay que hablar de la alegría del purgatorio! En un admirable Tratado
sobre el purgatorio, santa Catalina de Génova escribe que nada, si no la alegría del cielo, es comparable
a la alegría del purgatorio, pues cuando más se arde en el fuego de amor purificador, más se siente, más
se ve uno puro y capaz de entrar en Dios. Algo así como una barra de hierro, cubierta de óxido y
purificada con papel de lija, experimentaría, si fuera consciente, el dolor del frotamiento, pero se
alegraría de verse limpia de su propio óxido raspado y disuelto.
Cuando uno es puesto en presencia del amor, no se puede desear otra cosa que amar. El
sufrimiento es constatar que uno no es capaz. Hay aquí abajo un comienzo de purgatorio, cuando
experimentamos el más noble de los sufrimientos que es constatar que en el momento mismo en que
decimos al ser querido que le amamos no es verdad, no nos amamos más que a nosotros mismos, nos
preferimos a él. Es hermoso llorar cuando se experimenta que al decir “te amo” uno no es nunca
absolutamente sincero. Se es sincero sólo hasta cierto punto y, muy a menudo, el otro es un medio
privilegiado para el amor que me tengo a mí mismo. Mi sufrimiento es que me siento obligado a decir,
con toda lucidez, que soy incapaz de amar verdaderamente.
El purgatorio es este sufrimiento pero intensificado, llevado a un grado gigantesco de intensidad
por la luz divina qué descubre a la vez el infinito de Dios, la pureza de su amor que no es más que
amor, y la parte enorme de egoísmo en el balance de nuestra vida.
El purgatorio es, tal como suena, la hora de la verdad, el ins-tante de la verdad. Hay una frase de
Fénelon terrible: “Todo lo que aún está en sí es del dominio del purgatorio”. En el momento de morir,
lo más mío soy yo; más que mi tener es mi ser mismo, y es preciso que sea “despegado” de mí mismo
para reunirme con Dios y entrar en una comunidad de vida con Él.
Cuando me encuentro a la cabecera de la cama de un hombre que acaba de dar el último suspiro,
cuando su rostro se vuelve apacible después de todas las contracciones de la agonía, oigo alrededor de
mí a los cristianos que dicen con fe, ¡al fin, es dichoso! Preferiría que dijesen, ¡al fin es capaz de amar!
pues la dicha del cielo no es cualquier dicha, es la felicidad de amar como Dios ama, sin la sombra de
un retorno sobre sí, de un repliegue sobre sí, de una atención a sí mismo. El purgatorio nos hace por fin
capaces de ser como Dios, pura relación con el Otro y con los otros.
Este balance de nuestra vida que se nos descubre, que en cierta manera nos coloca desnudos sin
posibilidad de máscara, es lo que también se llama en lenguaje tradicional el juicio particular (¡no hay
una alfombra verde con sillones, un juez y asesores!). Es en efecto una misma cosa la de ver claro en

94
sí, sufrir esta claridad, y disfrutar inmensamente la disminución progresiva del obstáculo que impide
entrar plenamente en Dios.
Por eso, en la quinta Gran Oda titulada La casa cerrada, Claudel hace decir a las “almas del
purgatorio”:
“Rezad por nosotros, no para que nuestro sufrimiento disminuya sino para que aumente, y así
termine por fin el mal en nosotros y la abominación de esta resistencia detestada “ 26.
Estos versos son teológicamente perfectos. El purgatorio (o juicio particular) es una total
presencia de sí ante sí, un perfecto conocimiento de sí por sí, una perfecta visión de sí por sí que es, al
mismo tiempo una crucifixión de sí por sí. Mi Cruz es conocerme tal y como soy, lo que no es posible
más que si estoy iluminado por la luz divina. Todo esto nos aloja en Dios eternamente.
Dada la imperfección de nuestra inteligencia y de nuestro lenguaje, es inevitable que
traduzcamos cuantitativamente lo que pertenece al orden de la cualidad. Haría falta expresarse
únicamente en términos de intensidad, intensidad del amor que disuelve el residuo del pecado. Lo
expresamos desgraciadamente en términos de duración y hablamos de un “tiempo” más o menos largo
que se pasa en el purgatorio. ¿Por qué esta inexactitud de lenguaje? Muy sencillo, pienso que en épocas
menos críticas que la nuestra era el único medio de ser comprendido.
Hay que criticar esta representación temporal recordando que no es más que un símbolo. La
transposición en términos de duración o de tiempo somos incapaces de expresarla en términos
adecuados. Si entramos en el camino de la crítica (nuestros contemporáneos son muy exigentes, si la
Iglesia tiene un lenguaje inexacto lo sabe muy bien : ¡habla un lenguaje muy sencillo pues es para todo
el mundo!), hay que ir hasta el fin de la crítica filosófica.
No se dice que el purgatorio está después de la muerte y la felicidad está después del purgatorio,
ya que, hablando con rigor, no hay después. El antes y el después están en relación con el tiempo, por
consiguiente en esta vida. Si uno se precia de saber filosofía tendrá que decir: la muerte es la condición
del purgatorio y el purgatorio es la condición de la felicidad. La palabra condición es correcta, no hay
nada de temporal, no implica un antes ni un después.
Yo añado, concluyendo, que el uso inmemorial de rezar por los difuntos ha engendrado la
doctrina del purgatorio y no a la inversa. La Iglesia declara que existe un purgatorio, porque siempre ha
existido la costumbre de rezar por los difuntos. En la Iglesia, siempre la vida es lo primero, la vida
precede a la doctrina y no a la inversa. Seamos prudentes y rigurosos en nuestro modo de hablar de
estos misterios. No hay que acumular obstáculos sobre el camino de la fe que como sabéis es tan difícil
para nuestros contemporáneos.

26
P. CLAUDEL, Oeuvre poétique, Pléiade, p. 292.
95
Cuarta parte
ALGUNOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO PARA LLEVAR A
CABO LA TAREA HUMANA

Vivir es esperar 27
(Págs. 243-260)
Voy a seguir, a veces citándole literalmente, el cuaderno “Culturas y fe” redactado por el Padre
Ganne. Tiene por título: La esperanza que existe en nosotros. Es una obra maestra de lógica concreta o
de crítica severa de esa forma peligrosamente abstracta y demasiado corriente de entender la Biblia. El
espíritu que anima este trabajo es eminentemente bíblico, las referencias explícitas a la Biblia son
constantes pero supeditadas a una reflexión sencilla sobre la vida de los hombres, la nuestra y la de
nuestros hermanos. “Estar en la vida”, “partir de la vida”, debe ser distinto a un eslogan. Se trata a la
vez del Evangelio eterno y de la más candente actualidad.
Partimos, pues, de la vida. Planteémonos la cuestión: ¿cuál es la esperanza de los hombres de
hoy? ¿esperanza de qué? ¿esperanza que se apoya sobre qué? ¿qué es lo que permite a los hombres de
hoy esperar lo que esperan? ¿qué relación vamos a descubrir entre la esperanza de los hombres de hoy y
la esperanza cristiana? Estas dos esperanzas se oponen de hecho en el sentido de que, para la mayoría
de nuestros contemporáneos, la esperanza que viven, que es su vida misma (pues vivir es esperar), no
tiene nada que ver con lo que llamamos “virtud teologal” de la esperanza. ¿Pero, quién tiene razón?
Dicho de otra forma, ¿es fatal que la esperanza de los hombres de hoy conduzca al ateísmo? Si la
respuesta es sí, hay que concluir que la fe no tiene que estar situada más que fuera de la vida, y es lo que
el marxismo llama alienación. Si no, si la fe no es auténtica más que unida a la vida, ¿dónde están los
malentendidos y qué hacer para evitarlos?
Cuando hay que escoger entre lo humano y lo divino, entre las esperanzas humanas y la
esperanza cristiana, algo no funciona, hay una puerta falsa, hay algo falso. Escoger entre lo humano y lo
divino es desconocer la Encarnación, pues la Encarnación es precisamente la unión indisoluble de Dios
y del hombre en Cristo. No hay que escoger entre el hombre y Dios, es lo mismo, Cristo es hombre y es
Dios. Hay que borrar ese falso problema que nos hemos fabricado que tiene consecuencias
extremadamente graves.

Las esperanzas humanas

La esperanza está unida al poder


El Padre Ganne traza un camino de claridad diciendo, como lo había hecho en otro tiempo
Gabriel Marcel, qué es esperar. Se espera cuando se cree poder llegar a lo que se busca. Se desespera
cuando se piensa que no se puede, que no se puede hacer nada. Yo espero, mi querido amigo, poder
obtener esto o aquello, pero me doy cuenta de que no hay nada que hacer, francamente no puedo hacer
nada. He aquí la llave que nos va a abrir muchas puertas, incluso las de la Biblia.
El hombre espera porque cree que puede hacer algo. En este “poder” hay un “poder”. La
esperanza reposa siempre en un poder que hace posible una transformación de la existencia. Si yo
espero poder comprar una segunda residencia es normal que espere que mi existencia se transforme;
mañana, con una casa de campo, no será lo mismo que hoy sin casa. Pero podría comprar una casa si
tuviera dinero.

27
Manuscritos: «La esperanza I y II», no 3 y 4 de la serie redactada en 1976-1977.- Hojas ciclostiladas: Belleville
(7 de Diciembre de 1975). El cuaderno no 14-15, «Cultures et Foi», ha sido editado en la colección «Dossiers
libres» del Cerf bajo el título Espérer.
96
Aquí el poder sobre el que me apoyo es el dinero, es el dinero quien garantiza mi esperanza,
quien hace que mi esperanza no sea un sueño, un castillo en el aire. En otros casos el poder será el
triunfo social, el progreso científico, la toma de poder político o la revolución; si no hay poder, no hay
esperanza.
En consecuencia ¿cuál es el contenido de toda esperanza? La esperanza siempre significa la
búsqueda de una liberación. No se quiere cambiar por cambiar, a menos que el gusto de cambiar por
cambiar aparezca como liberación de una rutina que engendra hastío, hastío de estar siempre en el
mismo sitio y hacer siempre lo mismo desde la mañana a la noche. Pero no busquemos tres pies al gato,
lo que el hombre espera es, como decía Rimbaud, citado mil veces desde Mayo del 68, “cambiar la
vida”, es decir transformar las condiciones de existencia que sojuzgan inhumanas. No se puede decir
que se espera si uno no aspira a transformar una situación de servidumbre más o menos intolerable.
Ser liberado, ¿para qué? Para vivir una vida que sea verdaderamente humana, para ser mas
hombre en una sociedad más humana. La cuestión estará en saber qué es ser más hombre, qué es una
sociedad más humana. Todas las tentativas de liberación en la historia suponen una concepción del
hombre. El freudismo, por ejemplo, es una concepción del hombre, una antropología; el psicoanálisis
siempre ha tenido como fin, ¡Dios quiera que lo consiga como efecto!, que el hombre sea más hombre.
Aquí podríamos hablar ya de la Biblia, que es la larga historia de una liberación, el
descubrimiento de un Poder eficaz para la liberación de la humanidad. La Biblia dice cómo los
hombres, empujados por su historia a buscar una liberación, descubrieron y acogieron, en su
experiencia humana, el Poder liberador de Cristo resucitado.
Esperar es estar mirando hacia el futuro, es rechazar estar bloqueado en lo inmediato
resignándose al presente, a las insuficiencias del presente. De hecho, la conciencia de servidumbre es la
que hace surgir la decisión de salir de ella. Se puede decir que la esperanza es una desesperación
superada, y yo añado que la esperanza es siempre colectiva, pues nunca se espera solo. Se puede
imaginar que se espera solo o para sí solo, pero es una ilusión; el aislamiento es por el contrario
desesperante. Una esperanza que no es vivida colectivamente se degrada o se atrofia. La esperanza se
parece a la alegría, necesita ser compartida, no existe alegría estrictamente individual. La esperanza
está, pues, unida a la solidaridad.

Los poderes humanos modernos


¿Sobre qué poderes de esperanza colectiva del mundo nos apoyamos para transformar las
condiciones de existencia, para “cambiar la vida”? Jean Lacroix, en un precioso librito [2], las resume
en tres:
1) EL PODER TÉCNICO: la técnica es hija de la ciencia. En otros tiempos la ciencia conducía a
Dios. Se decía a menudo: un poco de ciencia aleja de Dios, mucha aproxima. En efecto, cuanto más se
conocen las maravillas del mundo más se admira al Creador de este mundo. Se parafraseaba el salmo:
los cielos cantan la gloria de Dios. Se admitía que la ciencia era autónoma en sus dominios, pero sólo
en sus dominios.
El dominio de la ciencia es la naturaleza, lo que los filósofos llaman el mundo de los fenómenos,
es decir lo que aparece, lo que no es dado por la reflexión sino por observación. Lo real en profundidad,
es decir, lo que está más allá de lo que aparece (como el alma espiritual o Dios) era del dominio de la
filosofía y de la religión. Pero poco a poco, la ciencia pretendió que le pertenecía lo real, todo lo real,
pues lo real está aquí abajo; el único universo real es el universo de aquí abajo; y en este universo la
ciencia quiere asegurar el destino de los hombres, realizar su esperanza.
El sabio dice que Dios no explica nada; más exactamente, que hacer intervenir a Dios para
explicar el mundo es una solución fácil que la honestidad científica debe prohibirse. Es lo que quería
decir el filósofo Renouvier con su célebre frase, a menudo mal comprendida: “El ateísmo es el
verdadero método científico”. Es cuestión de método: una afirmación es científicamente verdadera si el
sabio la establece con métodos propios. La ciencia no permite tratar al mundo como un reloj cuyo
relojero haya que buscar fuera del mundo.

97
Por otra parte, si probáis a Dios científicamente, ese Dios que probáis es el primer eslabón de
una cadena de explicaciones. Veréis que no es Dios sino el primer eslabón de una cadena formando
parte de ella. Por eso Jean Lacroix tiene razón al afirmar: “Lo que la ciencia encuentra, rechazamos
llamarle Dios”
La ciencia moderna desarrolla tanto más una mentalidad atea cuanto más se ve operativa, quiero
decir que ha hecho una alianza con la técnica. No se trata de conocer por conocer, se trata de conocer
para hacer (hacer puentes, viaductos, cohetes, etc.). Uniendo ciencia y técnica se construye la
humanidad, se asume la responsabilidad de la historia. Tres revoluciones sucesivas han transformado la
civilización. La primera fue la de la máquina de vapor, la segunda la de la electricidad, la tercera la de
la energía atómica.
Desde hace un siglo la técnica ha desarrollado de modo prodigioso las condiciones de vida, ya se
trate del hábitat, de los transportes, de lo que nos rodea etc, etc. Incluso si se puede hacer un uso
inhumano (se puede emplear la energía nuclear para hacer saltar en pedazos el planeta), incluso si los
accidentes se multiplican (accidentes de carretera, accidentes de trenes, catástrofes aéreas...), incluso si
el progreso industrial plantea problemas de polución, es cierto que el poder técnico da al hombre una
confianza en sus propios poderes, engendra la esperanza de estar liberado de las servidumbres de la
naturaleza. Nada impide esperar que el poder técnico libere a los hombres del poder de los ciclones, de
los terremotos y de las erupciones volcánicas; la técnica destruye la idea de fatalidad contraria a la
esperanza que nos hace decir: ¡la suerte está echada, es inútil actuar, está escrito y ha de ser así!
En resumen, la naturaleza ya no es sagrada o sacra. Los paganos hablaban del Destino; los
espíritus religiosos prefieren hablar de Providencia, ¡qué más da!, se quería decir que las fuerzas
naturales aparecían como sagradas. Cuando las fuerzas (o poderes) de la técnica son más fuertes que las
fuerzas de la naturaleza, la naturaleza deja de ser sagrada. El tiempo ha cambiado mucho desde que el
hombre religioso consideraba a Dios como el tapa-agujeros que iba a llenar las lagunas de la ciencia. En
otros tiempos se rezaba a Dios para que hiciese llover o brillase el sol, hoy se le reza cada vez menos
porque se tiene la esperanza de que el hombre se las arreglará por sí mismo. La técnica es un poder que
permite esperar, mientras que la resignación, que estaba unida a la religión, no lo permitía.
2) LA POLÍTICA es el segundo poder en el que arraiga la esperanza del mundo moderno. Es
evidente que no se puede escapar de la política, que la dimensión política es una dimensión esencial del
hombre, pero durante milenios, la política fue únicamente labor de algunos individuos, de algunas
familias, o de una sola clase social. Hoy, es la masa humana la que toma conciencia de su existencia
política, el hombre se siente capaz no sólo de dominar las fuerzas de la naturaleza sino de orientar las
energías de las masas.
Dios aparece a los hombres de nuestro tiempo como la autoridad suprema que sirve para
mantenerlos en una especie de minoría de edad e impedirles acceder a su mayoría política. Se podrá
decir que Dios nos ama, pero eso no arregla nada, al contrario, pues el Dios paternalista es más temible
que el Dios dictador. Con el dictador uno sabe a qué atenerse; con el paternalista, hay una pantalla de
caridad que sirve de fachada a un desorden profundo en el que la injusticia se mantiene. Aquí palpamos
lo que J. Lacroix llama “el peor de los dramas”, a saber, que “la misma exigencia de justicia conduce
a los hombres al ateísmo”. La fe en Dios aparece a muchos como un obstáculo a la esperanza y la
religión consuela a los hombres decepcionados en sus esperanzas aportando el consuelo del más allá.
3) Está por fin LA ENERGÍA MORAL, le llamamos la conciencia que quiere ser responsable. Para
los ateos, la negación de Dios es condición de una moral auténticamente humana, es decir, digna del
hombre. Hay que comprender qué quieren decir con ello antes de poner el grito en el cielo.
El hombre moderno piensa que es moral cuando asume la responsabilidad integral de la
transformación de la vida social para la liberación del hombre. El ateo precisa que no puede hacerlo
más que si niega la situación de culpabilidad que los cristianos llaman pecado original. Hay que
reconocer que, muy a menudo (no digo siempre), los cristianos han utilizado el dogma del pecado
original para ser inmovilistas. ¡Cuántas veces he escuchado despropósitos como éste: ¿por qué tomarse
la molestia de querer transformar al mundo?, al fin y al cabo el hombre es pecador desde el principio y
lo seguirá siendo siempre!

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El filósofo Merleau-Ponty (que en su juventud fue católico militante) escribe que es necesario, a
cualquier precio, descartar la hipótesis de la existencia de Dios pues, si Dios existe, lo sabe todo, lo
conoce todo, para El todos los problemas están resueltos y todos los dramas solucionados; es Él quien
maneja los hilos de la comedia en la que los hombres funcionan como verdaderos títeres o marionetas.
Para que el hombre sea verdaderamente hombre, moralmente hombre, es necesario que no haya en
alguna parte una verdad hecha del todo sino que es preciso que, día tras día, el hombre invente la verdad
trabajando sin ninguna garantía, que sería siempre exterior a él, para transformar las relaciones humanas
con la esperanza de alcanzar un mundo más justo y más fraternal.
En otros términos, durante mucho tiempo lo esencial de la moral consistía en someterse a la
autoridad legítima, ya se trate de la autoridad en la familia, de la autoridad en el Estado o de la
autoridad en la Iglesia. Para el hombre moderno estas morales de autoridad han prescrito, incluso la
autoridad de Dios; lo que cuenta es la primacía de la responsabilidad con respecto a la sumisión a la
autoridad.
De este modo la esperanza del mundo moderno que reposa sobre una fe en el hombre y en sus
poderes o energías, técnica, política, moral, desemboca de hecho en el ateísmo. Hay una
“desacralización” en toda regla de la naturaleza, de las estructuras sociales y políticas, de las
autoridades morales. Ni la naturaleza, ni el Estado, ni la conciencia moral, son ámbitos de la presencia
de Dios, sino del poder creador del hombre. Desacralización, secularización.

Cazad lo sagrado, retorna al galope


No hace falta una atenta observación de nuestro mundo, tal como va, para constatar que ese
movimiento casi universal de desacralización está acompañado de un movimiento, no menos universal,
de resacralización. ¡Que no se sacralice todo; la Ciencia, el Progreso, el Partido político, muchas otras
cosas o personas! Incluso en un régimen, político ateo lo sagrado funciona muy bien: muchos llegan en
peregrinación al mausoleo de Lenín.
He aquí lo que se encontró en Francia, en el año 72, en una carpeta de disco. Es una oración a
Johnny Halliday:
¡Johnny! Nuevo ídolo de la juventud (la palabra es: ídolo)
Día tras día tú ganas fervientes fieles,
Pues eres un dios y un demonio a la vez (es interesante para ayudar a comprender lo que vamos a
llamar ambigüedad sacra; dios y demonio)
Eres un dios pues creemos en ti
Como la felicidad suprema.
Y nosotros te adoramos en todos tus hechos y hazañas.
Pero eres un demonio,
Pues cuando se te escucha
Todo es posible,
Todo trabajo se vuelve tedioso.
Sólo tu voz que destila como la miel
Fija nuestro espíritu,
¡Tú eres el que esperábamos!
Un estudio más profundo de nuestro universo desacralizado muestra que el hombre tiene siempre
necesidad de mitos y de ritos. Lo “sagrado” lo encontramos por todas partes, desde el lenguaje
deportivo hasta en horóscopos y videntes, pasando por carnavales y cenas de medianoche, porque la
tendencia a “sacralizar” es una constante de la humanidad. Necesitamos analizar con cuidado qué quiere
decir esto, si queremos comprender la auténtica relación entre cristianismo y esperanza.
Desde que hay hombres existe religión, una “abundancia de religiones” como dice Pascal de la
religión o de lo sagrado. Intuitivamente el hombre busca un “poder” capaz de realizar su esperanza.
Más allá de sus necesidades vitales elementales, experimenta la necesidad de vivir más intensamente,
más libremente, más totalmente, quiere escapar a la precariedad, a la fragilidad de su existencia, y al

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mismo tiempo a la angustia (la precariedad engendra angustia y la angustia engendra desesperación). Lo
que el hombre desea, conscientemente o no, es una intensidad de vida sin límites, una plenitud de
existencia sin fisuras, lo que Nietzsche y Rimbaud llamarán “eternidad”, es decir Felicidad.
¿Cuál es el poder capaz de franquear nuestros límites y hacernos “vivir” en el sentido profundo
de la palabra? Hay que encontrar este poder. Decíamos: el hombre espera porque cree que puede. ¿Qué
o quién, le dará poder? No tiene más que tomarse la molestia de escoger, por eso tiende a sacralizar
todo poder que le supera y parece poder realizar su esperanza. El hombre ha sacralizado los poderes
naturales cósmicos (sol, luna, astros, tierra, fuentes, ríos), los poderes o energías biopsíquicas
(árboles, animales, sexo, los poderes de fecundidad), los poderes sociales (raza, patria, clase, partido,
jefe, guerra, oro, plata), sin olvidar la proliferación indefinida deformas inferiores de superstición. En
resumen, todo lo que parece detentar un poder, una energía excepcionalmente prometedora, atrae al
hombre y fija en este poder el misterio de su esperanza; es la idolatría. Decía Bossuet: “Todo es Dios
menos Dios mismo.”
He aquí no sólo un fenómeno del pasado que surge de una mentalidad primitiva sino una
constante de la condición humana. Sacralizar la luna, el automóvil o la vedette, es exactamente el
mismo fenómeno. Se oye decir a veces 'que el hombre moderno no tiene ya sentido de lo sagrado.
Nada más falso: ¡lo tiene más que nunca! Se escucha también decir que el cristiano tiene sentido de lo
sagrado, y el pagano no lo tiene. Precisamente es en el paganismo donde todo es sagrado o puede
llegar a serlo.
El cristiano que, a menudo, no es más que un pagano que no lo sabe (entendedme, el cristiano
que no está seriamente convertido), no se priva de sacralizar toda clase de poderes. Evidentemente no
sacralizará el sol o la luna, no dirá que el sol y la luna son dioses, pero sacralizará como bello y bueno al
Jefe o a la Propiedad, sacralizará la Naturaleza, diciendo que es conforme a sus leyes que haya
desigualdad entre los hombres (es decir algunos ricos y muchos pobres), sacralizará las estructuras
sociales, políticas o eclesiales. La idolatría es una constante de la condición humana. Para que no
hubiera idolatría, sería necesario que en el corazón de los hombres hubiera esperanza, o que la
humanidad estuviese convertida a la fe pues, sólo ella desacraliza verdaderamente. Para salvar la
esperanza del hombre, se alzan los profetas.

Las esperanzas humanas pueden transformarse en cristianas

Los profetas purifican lo sagrado


Los profetas de Israel fueron, antes de Jesucristo, los grandes educadores de la conciencia
humana. En esta constante de desacralización y de resacralización en que los antiguos judíos no
cesaban de oscilar, los profetas introducen la fe como principio de discernimiento. En la fusión de lo
sagrado aprenden a discernir cuál es el Poder que no confunde la esperanza; por eso, critican los
poderes de los que los hombres se fían peligrosamente.
En primer lugar los poderes religiosos: “¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?,
dice el Señor, Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de cebones...” (Is 1,11). Esto quiere
decir: tenéis religión pero no tenéis fe, y religión sin fe es magia, buscáis reconciliaros con oraciones y
sacrificios para que os sea propicio mi poder y perdéis el tiempo, os equivocáis sobre mi identidad. Yo
no soy Aquel que creéis...
En el capítulo 58 (por tanto trescientos años más tarde; hay que sospechar que las prácticas
religiosas sin fe real eran persistentes en Israel). Dios dice: “¿No sabéis cuál es el ayuno que me gusta?
Romper las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, romper todos los yugos, compartir el pan con el
que tiene hambre, albergar a los pobres que no tienen abrigo...”
En Jeremías (7, 5-11) es también Dios quien habla y dice que el Templo no protege a aquél que
vive en la injusticia, es un falso sagrado, un falso poder, un poder no apto para realizar la esperanza:
“Mejorad vuestra conducta y vuestras obras y yo permaneceré con vosotros en el Templo... Si tenéis
una verdadera preocupación por el derecho entre vosotros, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la
viuda, me quedaré con vosotros”. Son textos que deberíamos saber de memoria o, al menos, leer todas
100
las mañanas.
He aquí denunciada con vigor la religión que no significa una conversión de corazón, es decir, de
la conciencia. La verdad sagrada está en el nivel de la conciencia y de la libertad. El único poder que
garantiza la esperanza del hombre es, en sí, voluntad de justicia; Dios no puede escuchar la oración del
hombre más que si practica la justicia.
Los profetas denuncian también vigorosamente los ídolos políticos. Los poderes políticos, a los
que se llama Príncipe, Poder establecido, Jefe o Partido, tienen siempre tendencia a hacerse pasar por
Dios, exigen obediencia incondicional a los individuos o partidarios. Contra estos poderes sacralizados
que esclavizan a los hombres en vez de liberarlos, los profetas “rugen”; a Amos, pequeño pastor que
vive en las colmas de Palestina, Dios le encarga transmitir a los hijos de Israel su rugido (1,2).
He aquí la frase que resume el propósito de los profetas: a causa de que la fe desvela (o revela)
la verdadera naturaleza del Poder absoluto, salva la verdad de la esperanza. Los profetas purifican lo
sagrado sin destruirlo, reconcilian lo sagrado con la razón y con la conciencia, con lo mejor del
hombre. Si la fe en un poder absoluto se afirma por una conciencia preocupada por la justicia y la
libertad, lo sagrado no es ya alienante. Por el contrario, sólo cierta fe -la fe en este Poder absoluto al que
llamamos Dios- impedirá al hombre tomar otros poderes como absolutos. Nada es absoluto fuera de
Dios, pero no hay que equivocarse acerca de la naturaleza de este absoluto, es preciso que sea
verdaderamente el garante de la esperanza humana, lo que no es posible más que si es voluntad de
justicia. ¿Qué valdría en efecto una esperanza humana que no fuera una esperanza de justicia? No sería
una esperanza auténticamente humana.
¿Qué significa la moderna resacralización, si no que el hombre sin fe es incapaz de ir hasta el fin
en su crítica de lo sagrado? Los hombres persisten en poner su esperanza en poderes incapaces de
liberarles totalmente.
Para acoger el Poder verdadero al que llamamos Dios, es necesaria una triple conversión :
- De la conciencia: hay que pasar (paso que es una pascua, es decir, una muerte y un
renacimiento) de la actitud mágica, conservadora y esclavizante de lo sagrado, a la actitud espiritual,
opilativa y desinteresada del amor. Dicho de otra forma, para escapar de las confusiones, lo sagrado
debe asumir todas las exigencias de una moral auténtica. Cristo, en un compendio sobrecogedor de la
doctrina de los profetas, dijo cuáles son estas exigencias: “la justicia, la misericordia y el derecho”
(texto para saber de memoria en Mt 23, 23).
- De la idea que uno se hace del poder: los cristianos que dicen creer en un Dios todopoderoso
deben saber que Dios no es poderoso más que en amar, no es un Poder de destrucción o de dominación,
es el amor, el Don completamente puro, sin el menor signo de repliegue o de retorno o, como dice san
Bernardo, de doblez sobre sí. Dios no lo puede todo, no puede más que lo que puede el amor, pero
puede todo lo que puede el amor.
- De nuestros poderes humanos: la técnica, la política, la energía moral. No es cuestión de
despreciarlos pero hay que ponerlos al servicio de la justicia y de la fraternidad. Puesto que el
verdadero poder es Voluntad de justicia, practicando la justicia se estará en verdadera relación con Él.
No importa conocer a Dios si uno no se convierte; convertirse es dejar de explotar al hombre, es
participar eficazmente en su esperanza de liberación. El conocimiento de Dios está unido a la acción
liberadora, a la dignidad del hombre.

Jesús revela que el Poder no es más que Amor


Los Profetas anunciaban a Cristo. Cristo prolonga la crítica empezada por los profetas y la
concluye. Cristo revela que el verdadero Poder es una Presencia, la Presencia de un Amor cuya
Energía, llamada Espíritu Santo, es capaz de oír los ruegos de la esperanza transformando a la
humanidad entera, liberándola plenamente.
Igual que los Profetas, Cristo desacraliza. Los fariseos habían sacralizado la Ley de Moisés.
Dios mismo, decían, está sometido a la Ley. Jesús dice: Dios es más grande que la Ley, la Ley no es
Dios. Los fariseos habían, entre otras cosas, sacralizado el sábado. Jesús dice y repite: “El sábado se

101
hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Me 2, 27).
Cristo desacralizó la autoridad. Nada más pagano que la idea de que la autoridad es superior a
la libertad. No, dice Jesús, la autoridad es servicio: “Quien quiera ser el más grande que se haga el más
pequeño, y quien gobierne sea como el que sirve” (Mt 20, 25-28).
Cristo desacralizó la riqueza. La denunció como un poder de desgracia: “¡Desgraciados
vosotros los ricos!, pues ya tenéis vuestro consuelo” (Le 6, 24), es decir no esperéis nada, no sois
vivientes.
Cristo desacraliza los poderes para liberar la fuerza de la esperanza. Es necesario hacer un
poco de historia para comprender cómo vivió Jesús la esperanza de su pueblo.
Jesús es un hombre. Salió del pueblo judío. Conoce la historia de su pueblo que, como toda
historia, es la de una esperanza. No vayamos a creer que se desolidariza, reconozcamos que los
cristianos tenemos tendencia a desdoblar al hombre: por una parte sus esperanzas temporales, por otra
un Dios que les vigila, un Dios del más allá, un Dios que vive detrás del mundo. Jesús es lo contrario de
un Dios que vigila. Un Dios que, encarnándose en el mundo, “sobrevolase” el mundo, sería el colmo de
la marrullería. Jesús no hace trampas. Miradle vivir entre sus hermanos. Él sabe que, desde la guerra de
los Macabeos, la esperanza de restaurar el reino de Israel permanece viva. En lo que se refiere a la
liberación, ve que Palestina está ocupada por los romanos. No se asombra de escuchar a su alrededor
que se espera un día liberarse de la ocupación extranjera.
Pero también ve, al vivir con sus compatriotas, que su preocupación es totalmente política.
Constata que la esperanza judía de liberación se apoya en diversas teorías: la de ¿os Zelotes (que
esperan expulsar a los ocupantes romanos por medio de la guerrilla); la de los Esenios (que
constituyen alrededor del monasterio de Qumrám una comunidad de puros); la de los Saduceos (que
son los colaboracionistas).
Jesús determina entonces educar la conciencia de sus contemporáneos. Poco a poco, les lleva a
superar sus ideologías y a descubrir el contenido verdadero de su esperanza de liberación. Él no dirá a
los apóstoles, ¿qué buscáis? Bien sabe Él lo que buscan en su conciencia clara, no analizada por la fe.
Él les dice: “¿A quién buscáis?” para conducirles a descubrir que, en el fondo de ellos, buscan a
Alguien y no cualquier cosa. El verdadero Poder de liberación del hombre es Dios y no una ideología
cualquiera, pero, para encontrar al Dios que libera, hay que salir de la actitud mágica y entrar en la
gratuidad del amor.
Es difícil educar a los hombres. Educar a los hombres es conducirles a ese punto de profundidad
donde reconocen el verdadero contenido de su esperanza de liberación. Después de la multiplicación de
los panes. Jesús aparece como un excelente ministro de Avituallamiento. Hay que coronarle, darle el
poder político. La masa le propone ser el representante de la ideología política; así, piensa ella, su
esperanza será escuchada favorablemente. Jesús dice no, rechaza ser el Poder sacralizado que dispense
de la conversión profunda de conciencia. Los apóstoles, tan aturdidos como los otros, aceptarán dejarse
criticar por Cristo, salvo Judas que se enfada, pues él ha dicho no a la exigencia de transformación de sí
mismo, permanece fijado en el poder del dinero, en la ideología del provecho. Jesús le había dicho sin
embargo que, de todas las ideologías, esa es la que se revuelve más fácilmente contra el hombre, pues
no se puede servir a la vez a Dios y a Mammón.
Dios es Amor, Presencia y Libertad. Estas tres palabras deben estar unidas, presencia del amor
que vuelve libre, que suscita o crea la verdadera libertad. El hombre no despierta como libertad más que
si se sabe reconocido, amado. Si el amor no vuelve libre no es amor, si el amor no es una presencia no
es amor. Presencia total de un Amor infinito (es decir sin límite) que vuelve libre absolutamente. Dios
no es el todopoderoso, es la omnipotencia del amor. El amor no es poderoso más que en hacer libre. Así
es el Evangelio.

Dios es el poder de nuestros poderes, la iniciativa de nuestras iniciativas.


¿Podemos comprender ahora mejor el drama espiritual de nuestro tiempo, la crisis del mundo y
de la Iglesia? El Padre Ganne formula este drama de la siguiente manera: “El formidable progreso de

102
los poderes humanos que, para muchos de nuestros contemporáneos, permite toda clase de esperanzas,
¿está en oposición al poder que procede de Dios y que san Pablo llama “la energía (o dinamismo) de
Cristo resucitado” (FU 3, 10)? ¿El poder del hombre se opone al poder de Dios? ¿El poder que
procede de Dios destruye las energías que proceden del hombre?”
¿Cómo Dios podría pedirnos que renunciásemos a nuestros poderes? El nos crea creadores, nos
confía la tarea de crear un mundo verdaderamente humano. Que este mundo verdaderamente humano
no existe, salta a la vista. El hombre no está hecho del todo, está por hacer. Dios no quiere hacerle,
quiere que nosotros nos hagamos, nos da el poder de hacerlo, pues es evidente que el hombre no va a
construir el mundo con otros poderes o energías que las suyas. Un mundo humano se construye con
medios humanos técnicos, políticos, morales.
Pero estos medios humanos deben ser criticados. Criticar quiere decir discernir. Hay todo un
trabajo de discernimiento que se impone, porque automáticamente los poderes del hombre no se ponen
al servicio de la justicia y de la libertad. Cuando nuestros poderes no se critican ni se convierten, se
ponen sin más al servicio de la injusticia y de la esclavitud. No hay más que mirar lo que sucede,
carrera de armamentos, millones de hombres mueren de hambre, embrutecimiento del hombre por las
condiciones inhumanas del trabajo... Somos prisioneros de un mundo absurdo a pesar del despliegue
de inmensos recursos. Los recursos son considerables y el absurdo es flagrante. Los poderes humanos
son, de hecho, inhumanos. La esperanza está frustrada.
Cuando digo que soy cristiano digo exactamente esto: el Evangelio me da criterios de
discernimiento para juzgar si el uso que se hace de los poderes del hombre va, o no, en el sentido de un
mundo más humano, el Evangelio me dice quién es el hombre, qué debe ser un mundo humano, en qué
sentido la técnica, la política, el ejercicio de las responsabilidades, deben orientarse para estar
verdaderamente al servicio de la liberación y no de la esclavitud.
Si me decís: ¿vuestra conciencia no os basta?, me guardaré de contradeciros, me abstendré sobre
todo de deciros que sois un cristiano que se ignora, pues sé que os ofendería y con razón, me abstendré
también de deciros que el cristiano incorpora a Dios a su esperanza de hombre. No hay que dar la
impresión de que Dios es una cantidad que se añade a otra cantidad, esto convertiría a Dios en una
especie de “decorador”. ¡Se puede prescindir del decorador!
Yo os diría más bien, sí, la conciencia es suficiente, la esperanza humana es suficiente por sí
misma, el don de sí a los otros es un absoluto, el amor de los otros es una razón suficiente para vivir y
morir. Estoy de acuerdo. Y al decirlo soy fiel al Evangelio, puesto que es el Evangelio quien me dice:
“Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos menores, me lo hicisteis a mí” (Mt 25, 40).
Pero creo que la exigencia de mi conciencia es un don de Dios. Lo que Dios da son tareas a
realizar, de modo que la obediencia a la conciencia es el amor de Alguien que me ama. Dios no está en
la luna. Dios no está detrás de las estrellas. Dios no está más que en mi conciencia de hombre. Esta
conciencia está habitada por alguien que me ama y porque este Alguien me ama me quiere creador,
creador de un mundo más humano. Es lo que constituye el corazón de toda esperanza: amar y ser
amado. Esta es la profundidad del hombre. Cristo nos revela la profundidad de nuestra esperanza.
La cuestión se reduce en definitiva a ¿cuál es la fuente de la esperanza humana? Creemos que es
Dios creador. Creándonos, Dios crea nuestra esperanza, pone en nosotros un apetito de libertad total.
Por consiguiente la libertad total es una participación en la libertad misma de Dios, ya que sólo Dios es
absolutamente libre. Él es absolutamente libre porque es Amor. Nuestra esperanza es pues la del amor.
Vivir y amar, si Dios es Amor, es exactamente una misma cosa.
Creándonos, Dios nos da poder amar como Él ama. Vivir la vida de Dios o amar como Él ama, es
exactamente lo mismo. Es lo que llamamos Vida eterna, pero la vida eterna no es la vida futura, es la
Vida presente: “Desde ahora, dice san Juan, somos hijos de Dios” (1 Jn 3, 2).
No es cualquier clase de vida, no es una vida que se soporta, ni en la que uno se abandona, es una
vida en la que, como dice san Juan, uno “obra la verdad” (3, 21). La verdad, en el sentido bíblico de la
palabra, no está del todo hecha, la verdad es lo real que está en génesis; Dios no la creó (en pasado), la
crea y no sin nosotros, si no es así, no es amor en plenitud. El nos da el poder de crearla.
Esto viene a decir que en el corazón de los poderes técnicos, políticos y de las responsabilidades,
103
está el Poder del Espíritu Santo. En el corazón, no al lado, no en lugar del hombre. Dios está en el
corazón de nuestra actividad que utiliza los poderes que tenemos para esperar de manera eficaz. Dios no
es una energía al lado o por debajo de nuestras energías. Él es el Poder de nuestros poderes, la Energía
de nuestras energías, la Iniciativa de nuestras iniciativas.
Nuestra tarea es un don de Él. “Obrar la verdad” es, pues, cumplir nuestra tarea. Nuestra tarea es
siempre, de un modo u otro, hacer al hombre, trabajar en que el hombre sea más hombre, en que el
mundo sea más humano, en que las relaciones de los hombres entre sí sean más humanas, es decir, más
justas y más fraternales. “Obrar la verdad” es transformar el mundo. “El que obra la verdad se acerca a
la luz” significa que el conocimiento de Dios (la luz) está unido a la génesis del hombre.
Ya seáis padre o madre de familia, militante sindicalista o político, patrono o ingeniero, obrero o
campesino, educador o psicólogo, construid al hombre y conoceréis a Dios. Recuerdo que en sentido
bíblico “conocer” es “vivir-con”. Vivir-con Aquél que nos ama y a quien uno ama, es la Vida, la
verdadera Vida, la Vida eterna. En presente. Un día, esta Vida-con Dios, esta intimidad con Él, nos será
manifestada en plenitud y eso será la Felicidad a plena luz.
Last but non least, la última cosa pero no la menor: el conocimiento de Dios y la transformación
del mundo (inseparables ambos) pasan por la Cruz. La palabra “transformación” es suficiente para
decirnos por qué: el crecimiento no es un agrandamiento sino una transformación, el hombre no es un
bebé grande, la mujer no es una gran jovencita, la mariposa no es una gran oruga, la espiga de trigo no
es un grano grande. Dios no es un hombre grande. Ser transformado es morir y renacer.
La muerte no es, pues, una fatalidad, es un momento necesario de todo crecimiento. No hay
cosecha sin que muera el grano, no hay conversión sin opción. La opción es una muerte. Poner lo
poderes terrestres al servicio de la justicia es renunciar a ponerlos al servicio del aprovechamiento.
Educar a un hijo es querer para él, y por tanto renunciar a quererlo para sí. Vivir una esperanza es morir
a un cierto número de costumbres, consentir en el advenimiento de otras estructuras políticas y sociales.
No hay vida real sin sacrificio.
La muerte de Cristo es la entrada de la humanidad en una vida transformada. La Cruz opera la
verdadera desacralización de los poderes, pues viendo a Jesús clavado en la Cruz sabemos, sin equívoco
posible, cuál es la naturaleza del verdadero Poder. Ante la impotencia de Cristo clavado, uno no se
arriesga ya a creer que Dios es un Poder de dominación y que se le volverá favorable con prácticas
religiosas sin conversión de conciencia. Es preciso leer los tres primeros capítulos de la primera carta de
Pablo a los Corintios, de los que el Padre Ganne dice que constituyen “una teología del verdadero
poder de Dios”. Jesús crucificado es la omnipotencia del amor y del perdón. La liturgia sabe lo que
dice cuando nos hace cantar: ¡Salve, Cruz, nuestra única esperanza!

El Evangelio, una llamada a la Fe y a la Libertad 28


(Págs. 261-282)
Vivir el Evangelio en toda su integridad
El Evangelio no es sólo un mensaje. Ciertamente hay un mensaje cristiano, pero el Evangelio
antes que ser un mensaje es una persona, la misma persona de Jesucristo. Sabéis que la palabra
“evangelio” significa “Buena Noticia”. Esta Buena Noticia no es principalmente lo que Cristo nos dice
sino El mismo, es la Buena Noticia de la Encarnación : Dios ama al hombre de tal modo que se
28
Manuscritos: «Vivir el Evangelio» (5 páginas no fechadas); «Reflexión sobre la fe», n° 2 de la serie redactada en 1976-
1977.- Hojas ciclostiladas: Belleville (16 de Enero de 1972: «La tarea humana»; 12 de Octubre de 1975: «La fe»; Diciembre
de 1977: «La libertad»; Enero de 1978: «¿Son compatibles la vida política y la vida cristiana?»; Febrero de 1978: «La
pobreza»; 5 de Marzo de 1978 : «Creyentes y no creyentes tienen una tarea común: ¿cual?».- Pau (10 de Abril de
1974 : «El compromiso», en la conferencia «Relación entre la Eucaristía y la vida»; 28 de Octubre de 1975:
«Vivir el Evangelio»).- Lyon-Sainte-Héléne (4 de Noviembre de 1976 : «La fe»).
104
convierte en hombre. Amar es querer convertirse en el que se ama, formar uno con él. La motivación
más profunda de mi fe es que no se puede ir más allá en la Encarnación, no le es posible a Dios amar
todavía más al hombre que transformándose Él mismo en hombre.
Actualmente muchos aceptan el mensaje pero rechazan o emiten objeciones en lo tocante a lo
esencial de la Divinidad misma de Jesucristo en sentido estricto. El mensaje está falseado y, a partir de
ahí, se llega fácilmente a componer fragmentos escogidos o antologías del Evangelio, a tomar unos
textos olvidando otros. El Evangelio no es el Evangelio más que si se le toma completo. La frase de
Pascal, “La Escritura es de un sólo poseedor” es muy profunda.

Cristo revela quién es Dios


La Buena Noticia es fundamentalmente la revelación del Padre que se nos da en Jesucristo. El
Evangelio es sobre todo respuesta a la pregunta que en todo tiempo se han planteado los hombres:
¿quién es Dios? Jesucristo nos dice quién es Dios. Y en función de esta revelación de la identidad de
Dios dirige un mensaje a los hombres para decirles: escuchad la voluntad de Dios, vivid en
conformidad con lo que ahora sabéis de Dios.
En el capítulo 16 de san Mateo, existe una escena de la mayor importancia, la confesión de Pedro
en Cesárea de Filipo. Jesús pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Pedro (es decir los Doce, ya
la Iglesia) responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Evidentemente, esto no es una afirmación
dogmática de la Divinidad de Cristo, porque Pedro no podía saber aún que Jesús era verdaderamente
Dios encarnado. A excepción de la Virgen María, sobre la que no tenemos revelaciones particulares,
nadie, antes de Pentecostés, pudo afirmar la Divinidad de Jesucristo. Lo que Pedro afirma es que Jesús
es quien dice quién es Dios, aquél en quien se puede poner plenamente la confianza. “Tú vienes de
parte de Dios y no nos engañas sobre la verdadera identidad de Dios”.
Por consiguiente el Espíritu del Hijo se nos ha dado. Los apóstoles tomarán conciencia de ello en
Pentecostés y dirán: no sólo nos adherimos a tu Palabra sino que tenemos en nosotros tu Filiación
misma, pues el Espíritu que se dio a los hombres en Pentecostés es tu Espíritu de Filiación. Tenemos
“capacidad de ser hijos de Dios” (Jn. 1,12).
Cada uno de nosotros es interpelado como los apóstoles lo fueron. La respuesta ha de ser
absolutamente personal. No puede ser nuestra respuesta eco de otra palabra, estar influenciada por
presiones sociales, o ser sumisión a una presión sociológica o autoritaria; es necesario que sea
verdaderamente mi palabra expresando la raíz de mi ser. Para emplear un término de la filosofía
contemporánea es necesario que mi respuesta a la cuestión, “¿Quién dices que soy yo?” sea una victoria
sobre el “se”. El filósofo alemán Heidegger y, siguiéndole, Gabriel Marcel han hablado mucho de lo
que llaman el “se”. “Se” dice que... El periódico expresa la opinión del “se” dice que... Es preciso que
mi respuesta, si quiero vivir de verdad el Evangelio, sea una victoria sobre el anonimato del “se”.
Otra frase clave del Evangelio es la siguiente: “Quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14, 9). No hay
que perderla nunca de vista cuando se lee el Evangelio. Cristo es, sobre todo, la imagen del Padre, es el
prisma de Dios. Del mismo modo que el prisma descompone en un cierto número de colores la luz
blanca del sol, Cristo traduce a Dios, expresa a Dios en gestos humanos, en palabras humanas, en
actitudes humanas. Para saber quién es Dios debo mirar los gestos de Cristo, meditar sus actitudes
profundas, y escuchar sus palabras. La vida misma de Cristo revela que el poder de Dios es el rechazo
al poder que domina.
Podemos leer el Evangelio de principio a fin y constatamos que Jesús nunca utilizó su poder. Sé
de sobra que está la cuestión de los milagros y el milagro es extremadamente antipático para nuestros
contemporáneos. Los cristianos “evolucionados” e inteligentes, creen no “a causa” de los milagros sino
“a pesar de” los milagros del Evangelio (Malebranche ya lo decía en el siglo XVIII). Es un hecho sin
embargo que hay milagros en el Evangelio aunque es muy difícil determinar históricamente qué pasó en
tal o cual caso, pero hay que comprender que el milagro está junto al no-milagro.
Lo más importante en el Evangelio es la ausencia de milagro: la vida pública de Jesús empieza
con la ausencia de milagro en el desierto (rechaza convertir las piedras en panes) y su vida termina en el
Calvario donde el silencio del Padre es absoluto, tan total como en una ausencia. Los milagros del
105
Evangelio tienen como función conducirnos al no-milagro, un cierto poder conduce a la ausencia total
de poder 29.
Con humildad. Dios nos ruega eternamente que acojamos el Don que nos hace de Él mismo.
Cuando hablamos del Don de Dios, queremos decir que Dios no puede dar otra cosa que a sí mismo.
¿Qué queréis que dé? El lo es todo; aquél que es todo no tiene nada, esto es evidente. Y el ser de Dios
no es más que Amor. Nosotros hacemos regalos con los que expresamos más o menos el don de
nosotros mismos, pero no llegamos nunca a darnos verdaderamente a nosotros mismos. Dios se da El
mismo y nos ruega que acojamos este don para que podamos realizar en plenitud nuestra humanidad
que es capacidad de divina-humanidad. No se es hombre más que siendo más que hombre.

Amar a los hombres con el amor mismo de Dios


El Evangelio no es otra cosa que el enunciado de las condiciones de la acogida del don de Dios.
El Evangelio nos dice lo que debemos ser para acoger a un Dios que se da a sí mismo, es decir, que nos
transfigura en El. Se trata de parecérsele. Dios no quiere otra cosa. Se trata, como dice san Pablo, de
imitarle: “Sed imitadores de Dios.”
Se trata de convertirnos en seres libres para amar como Dios ama, de ser divinos como Dios es
Dios, de llegar a ser lo que El es. Es la frase principal del discurso que Jesús pronuncia después de la
Cena: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).
Si reflexionamos un poco nos apercibimos de que, en definitiva, cuando rebasamos las capas
superficiales de nuestra actividad o de nuestro espíritu, tenemos que elegir entre tres opciones: creer que
el ser es materia, que el ser es espíritu, o bien que el ser es Amor o Comunión (cf. Roger Garaudy). Si
creemos que el ser es materia seamos materialistas y si creemos que el ser es espíritu seamos
racionalistas, pero si creemos que el fondo del ser es Amor o Comunión seamos cristianos pues
Jesucristo sólo nos dice que Dios es Amor o Comunión.
El amor no es el sentimiento. Yo no hablo mal del sentimiento, los grandes hombres son
frecuentemente seres sensibles; la cuestión no está ahí. El amor en el fondo no es sentimiento, vibración
de la epidermis, el amor, san Juan lo dice, es voluntad y acto, voluntad de darse y acto de darse a sí
mismo. La precisión es importante porque nuestros contemporáneos temen los “Bla, bla, bla” sobre el
amor, tienen miedo, no lo quieren y creo que les sobra razón.
Una de las tentaciones de nuestro tiempo es pretender amar a los hombres sin amar a Dios,
reacción normal contra una época en que se pretendía amar a Dios sin amar a los hombres, época no
muy lejana. Esto ha engendrado toda la logomaquia de lo vertical y de lo horizontal, lo vertical que es el
amor a Dios y lo horizontal que es el amor a los hombres. Es muy cierto que uno no ama a Dios si no
ama de verdad a los hombres, en voluntad y en acto. La prueba del amor de Dios es el amor real y no
verbal o sentimental que tenemos por nuestros hermanos los hombres. Todo el mundo conoce la frase
de san Juan en su primera epístola: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente”
(4, 20). Nada más verdadero.
Nos arriesgamos a olvidar que si uno no ama a Dios, el amor a los hombres no puede ser puro. El
Padre Lubac pronunció un día una frase terrible: “Fuera del amor de Dios, el amor de los hombres corre
el peligro de no ser más que una extensión del amor de sí”. Hay que ser un poco psicólogo y apercibirse
de que es casi imposible, por nosotros mismos, amar puramente al otro. Sólo Dios ama absolutamente y
nos da amar como Él ama. La muerte de nuestro egoísmo no es total más que con el purgatorio, él es
por consiguiente una esperanza.

Vivir el Evangelio es vivir de fe. Los cinco pasos de la fe


Yo os haría una pregunta: ¿cuál es vuestra esperanza? ¿qué esperáis en definitiva? ¿esperáis ser
dichosos? ¿esperáis amar como Dios ama durante la eternidad? La felicidad de Dios, por tanto nuestra
felicidad eterna, el objeto de nuestra esperanza no es pura y simplemente ser dichosos. Dichosos ¿con
qué felicidad? Hay niveles de felicidad.
29
Cf. F. VARTILLON, L´humildé de Dieu, p.153-154.
106
La felicidad de la hermanita de los pobres que pasa toda su vida cuidando enfermos no es la
felicidad de Onassis. He leído la vida de este último; es asombrosa. ¿De qué felicidad habláis? El
cristianismo responde: dichosos los que tienen la felicidad misma de Dios que consiste en amar y no en
estar satisfecho. La cuestión que constantemente debemos plantearnos si queremos vivir el Evangelio es
la de la felicidad. Todo el Evangelio está dominado por la palabra de Jesús, por las Bienaventuranzas.
Vivir el Evangelio es vivir de fe.
Os ruego que observéis que, en el Evangelio, Jesús pide siempre fe a los hombres y mujeres que
encuentra. No dice nunca: “Yo te he salvado”, dice siempre: “Tu fe te ha salvado”; se trata a menudo de
hombres y mujeres sin religión o de religión pagana. El centurión es un romano que no sabe una palabra
de catecismo, la cananea que procede de sirofenicia lo mismo. No se es salvado más que por otro y este
otro es Dios. El hombre es alguien. Es el hombre quien se salva él mismo en la fe y por la fe. No
podemos imaginar hasta qué extremo respeta Dios al hombre. Aquí es preciso que seamos
extremadamente rigurosos o, de otro modo, nuestro Dios será un ídolo y Dios no quiere ser un ídolo
para nosotros.

Primer paso: todo hombre está en situación de fe


El simple hecho de vivir, digo bien de vivir, pone a todo hombre en situación de fe. No digo fe
religiosa, sino fe en el sentido más profano de la palabra. El sembrador, creyente o no-creyente, está en
situación de fe, “trabaja para lo invisible” (según Hch 11, 27), porque hace un acto de fe, no es evidente
que cosechará, habrá tal vez sequía, inundaciones, guerra, ¿quién sabe? Cuando siembra, no hay
evidencia de recolección comparable a dos y dos son cuatro, ciertamente no. Hay una fe.
El educador está, más aún, en situación de fe, se trate de un papá, una mamá, de un preceptor o
de una institutriz. Para emprender la educación de un hijo es preciso “creer en él”, la expresión es
elocuente. ¡Cuántas dificultades! No hay resultado inmediato. ¿Qué será este muchacho o esta
muchacha en diez o veinte años? No lo sabemos en absoluto. Acto de fe.
El “creer” está pues enraizado en el “vivir”. Vivir es creer. Es preciso tenerlo en cuenta si se
quiere comprender que la fe religiosa no es de “paracaidista”, algo que nos cae del cielo, hay ya fe en el
obrar humano más elemental. Sólo en los ensueños no hay fe, situación de fe. Precisamente la fe
cristiana será lo contrario de un ensueño, a pesar de cierto número de personas que se llaman cristianos
e imaginan otro mundo en el que Dios nos espera,, Al ensueño puro y simple me permito llamarle
patología de la fe. Si pudiésemos ver cómo funciona ella en nosotros, os garantizo que nos sorprendería.

Segundo paso: en toda acción, grande o pequeña, el hombre busca la felicidad


Un paso más: cualquier cosa que haga el hombre, directa o indirectamente, es siempre en vistas
de la felicidad que se produce. Pequeña felicidad en el detalle de la vida concreta o felicidad profunda
en el amor, la amistad o la cultura, poco importa. Incluso los que se suicidan buscan la felicidad
(felicidad negativa, supresión del sufrimiento). Sería muy interesante estudiar la canción de nuestros
días, que es un verdadero género literario, y ver cómo una Édith Piaf, un Brassens, un Julien Clerc, un
Leo Ferré y otros muestran que el hombre busca siempre, y en la más pequeña de sus acciones, la
felicidad.

Tercer paso: la búsqueda de la felicidad está sometida a los valores


Me doy cuenta enseguida que la situación natural de fe y la búsqueda de la felicidad deben ser
necesariamente superados. ¿Por qué? Porque el ganster y el explotador están también en situación de fe
y en búsqueda de la felicidad. El que planea un atraco está en situación de fe, no sabe si su operación
triunfará, está a la búsqueda de la felicidad que procura el dinero.
Buscando la felicidad puedo tender a saciar un egoísmo tenaz, puedo querer hacer mi felicidad
en detrimento de la felicidad de otros, puedo explotarles, robarles, asesinarles. Sin llegar a esto, es
cierto que hay mucha búsqueda de sí y comportamientos egoístas en la búsqueda de la felicidad. Hay
una frase genial en la canción de Édith Piaf “La fiesta continúa”. Ella baila en brazos de su amante

107
mientras que, en la casa de al lado, un muchacho está a punto de morir, un viejo no auxiliado muere de
hambre, y canta: “Somos demasiado dichosos para tener corazón”. Es necesario que mi deseo de
felicidad sea criticado y transformado. Como dice Bernanos: “Dime qué idea te haces de la felicidad y
te diré quién eres.”
Aquí intervienen los valores. Llamo “valor” a lo que “vale” más que nosotros o aquello sin lo
que no “valemos”, por lo que merece sacrificar la vida y que constituye una razón de vivir superior a la
vida. ¡Mejor morir que cometer una injusticia grave! La justicia es un “valor”. ¡Mejor sufrir que mentir!
La verdad es un “valor”. Llamo “valor” lo que la conciencia manda, lo que hace que el hombre sea
hombre. Tener sentido de los valores y tener conciencia es exactamente lo mismo. Lo que define al
hombre es ser capaz de escoger y vivir los valores. El animal no escucha en su fondo una voz de
conciencia que le diga: tal situación es injusta, debes trabajar para transformarla para que reine la
justicia. El animal es lo que es, eso es todo. El hombre escucha la voz de la conciencia que le recuerda
continuamente la primacía de los valores. Si me decís que alguien no la oye, entonces está
deshumanizado.
Cuando uno hace depender su vida de los valores que son imperativos de la conciencia, es decir,
cuando se rechaza una felicidad puramente egoísta, se conoce ya a Dios en cierto modo. Uno no le
“reconoce” pero le conoce. Millares de no-creyentes que no reconocen al Dios de Jesucristo, del
Evangelio y de la Iglesia, le conocen ya en la medida en que someten su búsqueda de la felicidad al
criterio de los valores, en la medida en que dicen : la felicidad ¡sí!, pero no a costa de lo que sea, no a
una felicidad obtenida contra los otros y en su detrimento. Es posible, sin creer en Dios, sin creer que
Jesucristo es Dios, leer el Evangelio bajo el ángulo de los valores; no es cuestión más que de verdad, de
libertad, de justicia y de amor fraternal. En este sentido el Evangelio es para todo hombre.
En la educación cristiana de los niños es esencial empezar por ahí; si no, nos arriesgamos a
hablar de un Dios que no tendría nada que ver con los valores de justicia, de libertad y de fraternidad,
un Dios que sería Todopoderoso, es decir, el más fuerte y a quien es prudente obedecer. Ved las
consecuencias: separarse de la fe y caer de cabeza en la religión
El niño dirá un día: creo lo que se me ha enseñado, que Dios existe, creo también que Jesucristo
es Dios, creo incluso en la autoridad de la Iglesia, pero dejadme tranquilo con la justicia, la fraternidad
y la verdad, hay que mentir y dar codazos para triunfar en la vida.
Muchos os dirían que la justicia social, la verdadera fraternidad humana, nada tiene que ver con
Dios. ¡Sois sacerdotes, habladnos de Dios pero no nos habléis de nuestro deber profesional! Mientras
que los que tienen el corazón en su sitio preferirán decir que creen en la justicia y en la fraternidad, pero
que no creen en Dios ni en Jesucristo. Recuerdo haber escrito algunos meses después de la liberación de
Lyón, en la II Guerra Mundial:
“Es preferible negar a Dios y ser capaz de sufrir y morir por la Justicia que creer en un Dios que
no mandara que se sufra y que se muera por la Justicia.”

Cuarto paso: paso de los valores impersonales a Alguien


Para saber qué es la fe cristiana hay que dar dos pasos, primero el paso de los valores
impersonales a Alguien, a una Persona viva que fundamente los valores, que los viva ella misma. Aquí
abajo nadie puede decir, yo soy la Verdad, yo soy la Justicia, yo soy la Libertad. Solo aquél a quien
llamamos Dios es quien puede decir la Verdad soy yo; la Justicia soy yo; la Libertad soy yo.
Me diréis, ¿es necesario ese paso? Respondo que no. Ese paso no es necesario, es libre, pero
razonable (la Iglesia en el primer Concilio Vaticano dice que la fe es libre y razonable). Tengo razones
para creer. ¿Cuáles son las vuestras? Mi razón más profunda para creer que no hay valores impersonales
imperativos de la conciencia humana sino alguien que vive estos valores y que al mismo tiempo los
fundamenta, es que, entre los valores, hay uno que supera a todos los demás y que se llama amor. El
amor no puede ser impersonal, el amor es necesariamente una relación de persona a persona.
Se concibe que el sabio busque la verdad sin buscar a una persona. El sabio no dirá “la verdad es
alguien”. Se concibe también que uno no haga de la justicia una persona. Mas el amor, no puedo sin

108
contradicción concebir que pueda ser impersonal. Si hablo de amor debo decir que amo y soy amado,
soy amado por alguien. Amar es darse a alguien, no a cierta cosa. Karl Marx decía, hablando de la
sociedad futura: “Será suficiente ser un ser amante para convertirse en un ser amado”. La frase es
admirable, pero no puedo ni podré nunca, en cualquier sociedad, decir de un ser humano que me ama y
me amará siempre con el don de sí hasta la muerte que implica el verdadero amor. Sin embargo lo digo
de Dios. Esta es mi fe, el núcleo del Credo cristiano, todo el Evangelio.

Quinto paso: este Alguien no es más que Amor


Queda un último paso, ¿quién me dice que Dios es Amor? Jesucristo y sólo Jesucristo. Él me lo
dice no sólo con palabras, sino por medio de su vida y de su muerte. De aquí el tercer carácter de la fe
según el Vaticano I: es sobrenatural, es un don de Dios. Dándose al hombre en Jesucristo, Dios da al
hombre el poder acoger el don que hace y adherirse a él.
¿Y los dogmas? ¿los sacramentos? ¿la moral? ¿la institución eclesial? Es todo lo necesario para
que no nos equivoquemos sobre qué es el amor. Directa o indirectamente, mediata o inmediatamente.
No se trata, no se puede tratar, más que de condiciones del amor y consecuencias del amor.
La gran diferencia entre el creyente y el no-creyente, según todo el mundo, es que el no-creyente
obedece a su conciencia y el creyente, obedeciendo a su conciencia, ama a alguien. ¿Por qué soy
cristiano? Porque, obedeciendo a mi conciencia que me manda respetar y promover los valores de
Verdad, Belleza, Justicia y Libertad, amo a Alguien que me ama.
En esto, pongámonos en guardia ante la tentación de inmediatez, una de las tentaciones del
mundo moderno: todo o nada, y todo enseguida. Vivir el Evangelio es entrar en la lógica del amor a lo
largo de un devenir. Hay que subrayar aquí la importancia del tiempo. Sin tiempo, el tiempo de vivir,
nuestra felicidad eterna no sería obra nuestra. Si Dios no es más que Amor, no puede no querer que
nuestra felicidad eterna sea completamente una construcción de nosotros mismos por nosotros mismos
a lo largo de un devenir.
Vivir el Evangelio es elegir a Cristo como educador de la libertad
El Evangelio es normativo, palabra esencial que hay que comprender. Una norma no es una
consigna, una regla rígida, un mandamiento que entra en el detalle de las cosas. Hay, por ejemplo, una
moda femenina en nuestra época que es normativa, no impone para todas las mujeres la misma ropa,
cada mujer puede crear su ropa siendo fiel a la norma de la moda. Un ejemplo más noble, Bach, de
principio a fin de su obra, fue fiel a las normas musicales de su tiempo siendo un magnífico creador. La
norma es creadora. El Evangelio no nos impide ser creadores, creadores de nuestra vida sexual, de
nuestra vida sentimental, de nuestra oración, de nuestra vida económica, social y política. Dios no crea
más que creadores. El Evangelio es pues una luz en nuestra vida, necesaria pero insuficiente.
La decisión libre está en la confluencia del Evangelio y un análisis
Antes de obrar, antes de tomar las decisiones que construyen nuestro ser, hay que interrogar al
Evangelio pero también hay que analizar la situación en la que uno se encuentra. Si se trata de una
situación conyugal o familiar será tal vez más difícil, si se trata de una situación profesional será más
difícil, y si se trata de una situación social, nacional o internacional, será aún más complejo. No pienso,
por ejemplo, que se pueda juzgar la política francesa sin ocuparse de los países subdesarrollados, a los
que púdicamente se llama en vías de desarrollo.
Una decisión creadora la toma siempre un cristiano en la confluencia de dos luces, una luz que
baja desde el Evangelio y habla de justicia y amor, y otra que sube de la situación correctamente
analizada. Si me contento con el Evangelio sin adquirir competencia en el análisis de las situaciones, mi
moral será infantil. Imaginad lo que podría pasarle a quien quisiera ser fiel únicamente a la frase “Si
alguien te golpea en la mejilla derecha, ponte la izquierda” (Mt 4, 39), o más aún “Da a quien te pide”
(Mt 5, 42). No se puede fundamentar una sociedad sobre tales frases. El Evangelio no da soluciones
hechas, no dicta nunca la conducta a seguir en la práctica, no es un programa. Si me contento con
analizar la situación sin referirme al Evangelio, mi moral es pagana, lo que se llama en lenguaje técnico
una moral de situación. Hay que combinar estas dos luces y, en su confluencia, tomar la decisión con

109
todos los riesgos que implique. Esto quiere decir que en la práctica el amor o la caridad que pide el
Evangelio ha de ser eficaz. Precisamos esto en la línea de la “Carta de Pablo VI al cardenal Roy”
aparecida en 1971:
1) La vida cristiana es esencialmente una vida consagrada a la justicia y al amor. Esto puede
sorprender pues se podría decir que es una vida consagrada a Dios. Las dos proposiciones no se oponen,
es Cristo mismo quien da la fórmula del mandamiento nuevo que contiene a los demás: “Amaos los
unos a los otros como yo os he amado”, es decir con el mismo amor de Dios. Dios no está excluido,
pero Cristo, que da el mandamiento de la caridad, nos deja el cuidado de ejercer nuestra inteligencia
para saber en qué condiciones será auténtica. Tal es el punto de partida.
2) La justicia y el amor se dirigen evidentemente a personas. No se puede ser justo con cosas o
amar cosas; es a hombres a quien se dirige. Pero los hombres están siempre comprometidos en
situaciones e influidos por acontecimientos. Por consiguiente, para vivir de justicia y de amor, ser fiel al
precepto del Señor, no hay que olvidar que las personas no están en las nubes. El hombre abstracto no
existe, es joven o viejo, hombre o mujer, casado o célibe, ciudadano o habitante de campo, obrero o
abogado, etc. No conozco a nadie que no esté comprometido en una situación real y concreta ni que sea
indiferente a los influjos de los acontecimientos (que modifican más o menos las situaciones,
nacimiento, quiebra, enfermedad, revolución, huelga, etc.). Si nuestra justicia y nuestra caridad quieren
ser reales y no abstractas, es preciso que las personas se vean en su contexto real, en su contexto de
vida.
3) Estas situaciones y estos acontecimientos ponen en duda ordinariamente los valores. No hay
hechos puros, implican siempre más o menos los valores, justicia o injusticia, verdad o mentira, libertad
o esclavitud, odio o amor, etc. Cuando en Inglaterra, hace algunos años, sucedió un accidente
provocado por el desplome de un vertedero industrial, los sindicatos buscaron responsabilidades y se
preguntaron si se tenía derecho a edificar una escuela a algunos cientos de metros de un vertedero sobre
un suelo que se sabía movedizo.
Recordemos que Dios está en nuestras decisiones y no en Saturno o en las estrellas. Dios no es
un Júpiter que domine desde las nubes, es interior a nuestra libertad pues la libertad es el fondo de
nuestra humanidad. Vivir el Evangelio es encontrarle allí donde está, en la libertad creadora y
transformante de los hombres, en las decisiones que tomamos pequeñas o grandes. Por consiguiente
nuestras decisiones deben hacer triunfar los valores implicados en las situaciones y en los
acontecimientos.
4) En el complejo mundo en que vivimos donde hay de todo, las verdaderas soluciones que harán
triunfar la justicia y la fraternidad son en definitiva decisiones políticas (en sentido amplio, es decir en
todo lo que concierne a la vida de los hombres en sociedad). ¿Cómo queréis que sea de otro modo? Si
nosotros no nos metemos en política, no habrá eficacia, pues no bastará nuestra buena voluntad.
¿Vamos a resignarnos a una generosidad tal vez muy enternecedora, que conduzca a actos individuales
de auténtica entrega pero donde no se dan las verdaderas soluciones? Este es el nudo de la cuestión. Es
imposible para los cristianos desinteresarse de la vida pública, colectiva, comunitaria, si hacen
profesión de interesarse por la suerte de sus hermanos, comprometidos en situaciones de justicia o
injusticia y relacionados con los acontecimientos.
Cristo contó la parábola del Buen samaritano (Lc 10). En aquellos tiempos, las cosas eran
relativamente fáciles, hubo un pobre judío atacado por salteadores y herido en el camino. El samaritano
supo inmediatamente lo que tenía que hacer: proporcionar a este hombre los cuidados más urgentes,
verter aceite y vino sobre sus heridas, aceite para suavizar y vino para desinfectar, después conducirle a
la hospedería más próxima, pedir al hospedero que cuidase de este pobre hombre, proveerle en fin de
dinero, y prometer que, al día siguiente, aportaría dinero suplementario si no era suficiente.
Si Cristo contase hoy esta parábola, no nos trasladaría con la imaginación a un desierto con
bandidos que frecuentan lugares solitarios como en las películas de gansters. Hablaría el lenguaje
actual: si queréis ser mis discípulos, no podéis dejar sobre el pavimento personas que sufren, tienen
hambre, son torturados o masacrados, debéis ir hasta el final, debéis encontrar las verdaderas causas de
la miseria humana y de la injusticia. ¿Quién es hoy el judío herido en el camino? ¿dónde está? ¿dónde

110
están los bandidos? ¿qué hay que hacer ahora para impedir que los bandidos asalten? Tales son las
verdaderas cuestiones, es de un realismo aplastante. Un cristiano no puede contentarse con apiadarse de
las desgracias de un pobre hombre herido o enfermo, debe trabajar directa o indirectamente para
encontrar soluciones para que haya menos bandidos, no en los desiertos sino en las multinacionales,
bancos, cancillerías, en los grandes intereses financieros, etc.: debe también ponerse a sí mismo
profundamente en cuestión, debe preguntarse por sus prejuicios y preocuparse por sus privilegios.
Cristo añadiría sin duda: no podéis hacer en solitario tal trabajo, porque no se puede hacer
fácilmente. Yo me declaro radicalmente incapaz de llegar solo a un discernimiento. Cuando tomo en
serio mi deber de poner las cosas en su sitio, para buscar una solución eficaz a los problemas que sufren
mis hermanos, confieso que me alegro de trabajar en grupo y saludo con reconocimiento a los que
pueden ayudarme a reflexionar. ¡No me impondrán nada, estoy seguro! No corresponde a los sacerdotes
ni a los movimientos de la Iglesia imponerme una opción temporal. Su papel es ayudarme a caminar a
través de lo temporal en los dominios familiares, económicos y políticos, para que mi vida no esté en
contradicción con las exigencias fundamentales del Evangelio sino para trabajar realizando la
reconciliación de los hombres significada en la eucaristía en la que participo en tanto se trate de una
reconciliación no sólo individual sino también universal; ¿cómo queréis que no intervengan lo
económico y lo político?
5) Pienso que hay pecado al rechazar sistemáticamente buscar la eficacia en materia temporal.
Tengo el deber, no de encontrarla sino de buscar; y no buscar cada uno por su cuenta y según sus
medios, pues eso sería escabullirse. Qué pensaríais del Evangelio si el samaritano se hubiera inclinado
desde su caballo sobre el herido, diciéndole: ¡mi pobre viejo, cómo te compadezco, verdaderamente
estoy conmovido de verte así de modo que adiós, amigo mío y buena suerte! Qué pensaríais de los
cristianos que fuesen a visitar a un pobre hombre en un cuchitril y le dijeran: es triste que existan aún
alojamientos tan miserables, pero la Iglesia te ama; ¡si supieras cuánto te ama la Iglesia! ¡Así que adiós!
Espero que tales actitudes no existan, ¡sería demasiado escandaloso!
Lo que evoco son mentalidades que se esconden detrás de una falsa preocupación de pureza
evangélica y de rechazo al compromiso temporal. Una observación logra inquietarme profundamente:
“¡Usted, al menos, nos habla de Dios y no de política!” No estoy aquí para aseguraros, para hablaros de
Dios y daros buena conciencia, proponer un Dios que fuera una coartada. Como dice Jean Guéhenno:
“El mundo revienta de hambre y las almas bellas van al cielo”. Os digo simplemente que ése no es el
verdadero Dios.
Todo el mundo, sabiéndolo o no, hace política. La cuestión no es hacerla o no hacerla, es hacerla
conscientemente. El silencio o la abstención en materia política (entiendo esta palabra siempre en su
sentido más general y no en un sentido estricto de compromiso en un partido político) es también hacer
política. Muchos piensan no hacer política, sin embargo no haciéndola la hacen porque su silencio, su
abstención, forman parte de una relación de fuerzas. Todo es relación de fuerzas en un país y en el
mundo; hay fuerzas morales, militares, económicas, etc. No hay que hablar del mal de la fuerza; la
salud, por ejemplo, es una fuerza. Hay que hablar del mal de la violencia, ése es otro asunto, pues la
violencia es una fuerza desvinculada de la razón y en consecuencia se transforma en animal. Las
soluciones violentas, salvo excepciones previstas por otra parte por Pablo VI en la Populorum
Progressio, no son buenas soluciones, lo que no quiere decir que porque una sociedad tenga un orden
jurídico las relaciones de fuerzas estén suprimidas, están en todas partes.
En particular hay una fuerza que se llama la fuerza de la inercia. Se sabe muy bien en sitios
importantes, se trate de cuestiones económicas o internacionales, dónde están las fuerzas de la inercia.
No querría herir a nadie evocando ciertas profesiones que todo el mundo sabe que han sido manipuladas
porque representan fuerzas de inercia, es decir que, cualesquiera que sean las decisiones tomadas en un
lugar elevado, no moverán o moverán tan poco que se pueden despreciar las reacciones previsibles de
tal medio profesional o social.
Los cristianos tenían tendencia en otro tiempo a decir que no había que mezclarse en política
porque se ensucian las manos siempre. Un eslogan de medios católicos era: ante todo, conservad puras
las manos. Aunque fuera así, sería la Iglesia la que aparecería en el país como una fuerza de inercia real
y todo el mundo lo sabría. Es lo que Mounier llamaba “el falso apoliticismo de las manos puras”; eso no
111
es un apoliticismo, una ausencia de política, es una pesada política real. La peor de las impurezas
consiste en no querer ensuciarse las manos, pues según una famosa frase: quien no hace nada no comete
errores nunca pero toda su vida es un error. Lo peor será hacer una torpe política pretendiendo que no se
hace política.
Frecuentemente, se es víctima de la herencia; porque mi padre que... mi abuelo que... en tal
medio... en tal circunstancia..., etc. La educación recibida pesa también sobre cada persona. Creéis que
sois libres pero no lo sois del todo, la presión de vuestro medio obra a través vuestro. Vuestra herencia,
vuestra educación, vuestro egoísmo, vuestros prejuicios, vuestras preferencias sentimentales o
pasionales que no habéis puesto nunca en cuestión, todo eso es en definitiva lo que depositará la
papeleta en la urna electoral. No sois libres puesto que no habéis trabajado para liberaros. Yo no diré
nunca que el cristiano es libre en sus opciones políticas o económicas sin precisar antes que debe
trabajar por liberarse, de suerte que sea un hombre libre quien se entregue para ejercer una acción
auténtica en el plano temporal.
Uno no se transforma a sí mismo en hombre libre más que trabajando por liberar a los otros. La
conquista de nuestra libertad personal pasa por la acción, el trabajo, el cumplimiento de la tarea humana
por la libertad de todos;, si no, desconfiemos, no haremos nada en verdadera libertad.

Jesús es hombre libre con la libertad eterna de Dios


Si me preguntáis por qué soy cristiano, os responderé que he escogido el Evangelio como
educador de mi libertad. Si el budismo o el Islam educasen mejor mi libertad, yo tendría el deber de
hacerme budista o musulmán. Todos conocemos el adagio: amo a Platón pero amo aún más a la verdad.
Yo lo transpondría de buena gana: amo a Jesucristo pero prefiero aún el más alto nivel de existencia y,
si no es Jesucristo quien educa mi libertad para alcanzar el más alto nivel de existencia, voy a buscarlo
en otra parte. Si quien os habla es cristiano, es porque tiene la certeza de que es imposible que el Corán,
los Upanishad u otros libros sagrados, puedan conducir al hombre a un nivel tan alto como el
"Evangelio. Tal es mi certeza, tal es mi fe.
La libertad no consiste en hacer lo que se quiere sino en querer lo que se hace, en asumir la
responsabilidad de los actos. Un hombre no es auténticamente hombre más que cuando asume la
responsabilidad de su vida. La verdadera libertad consiste en ser capaz de afrontar la muerte, no
necesariamente la muerte final, definitiva, sino esa muerte cotidiana que entraña la justicia, la verdad, la
libertad. Uno no puede a la vez darse y guardarse para sí. Cuando uno se da de verdad, cuando uno se
compromete a fondo por los otros, es evidente que eso duele, y exige verdaderos sacrificios. Hay que
saber morir a sí mismo, pues se es esclavo sobre todo de sí mismo, del “querer-vivir” que surge desde
las entrañas. El tipo de hombre libre es Cristo que prefirió morir antes que negarse a sí mismo. Él es
testigo de la libertad eterna de Dios.
La libertad no es el poder de escoger o de optar entre el bien y el mal. Esto es el libre arbitrio, y
no existe en Dios, que no puede optar por la injusticia o el odio. Pero nosotros, criaturas, construimos
nuestra libertad por medio de elecciones; Jesús también tuvo que escoger, fue tentado.
La escena de la tentación en el desierto es absolutamente capital, es un montaje literario de lo
que fue sin duda permanente en la vida de Jesús, la tentación constante de utilizar el poder de Dios para
dominar. Si Jesús hubiera escuchado a Satán habría tenido una existencia honorable, gloriosa. Satán es
por otra parte portavoz de Israel y nuestro portavoz, en la medida en que quisiéramos que Dios fuera un
Dios que nos domine y mande, tanto miedo tenemos en el fondo de ser hombres libres.
No es poca cosa ser hombre libre y mujer libre. También decimos nosotros a Cristo: ¡Cambia las
piedras en pan! ¡Nuestra fe no será ya libre, estaremos obligados a creer! ¿Cómo no creer en alguien
que transforma piedras en pan? Precisemos, Jesús dice no: no quiero revelar un falso dios, un ídolo.
Estemos persuadidos de que Dios no es glorificado si dimitimos de nuestro oficio de hombre que es un
oficio difícil. ¡Qué falso Dios sería! ¡Un Dios dichoso de que nos abandonásemos en sus manos!
Péguy le hace decir: los prosternamientos de esclavos no me dicen nada.

112
Algunos puntos de meditación sobre la libertad de Cristo
1) Jesús en el Templo, a los doce años, deja a sus padres buscarle durante tres días (Le 2).
Cuando sus padres le encuentran, les dice con calma: “¿No sabíais que debo ocuparme de los asuntos de
mi Padre?” Libertad con relación a la familia, lo familiar como signo de lo íntimo. Es necesario ser libre
con relación a lo que nos es familiar, horizontes familiares, opiniones familiares, costumbre religiosa
familiar, lengua litúrgica familiar, política familiar (en mi familia, decimos, siempre se ha leído tal o
cual periódico; normal). El Evangelio en estado puro no existe aún, hay que tender a ello. Uno de mis
hermanos en religión a quien no le falta humor dice que, en la Compañía de Jesús, hay un 80% de
virtudes “burguesas” y un 20% de virtudes evangélicas...
La libertad consiste en consentir el destierro, lo cual es muy duro pues significa la verdadera
pobreza, lugar en que libertad y pobreza significan exactamente lo mismo. Se trata de una actitud
fundamental que no se confunde con el desarraigo. Tener raíces en algún sitio forma parte de la vida,
del gusto de vivir. El ideal es a la vez el arraigo (social, incluso geográfico) y el destierro.
Si uno está desterrado es espantoso. Millares de personas están desterradas por la Iglesia de hoy
y no consienten en el destierro pues ellos también son propietarios. Si una religiosa es dueña de su
vestido, otros son propietarios del latín litúrgico, otros de cierta manera de formular los dogmas, se es
propietario y se permanece allí. Se pretende poseer la verdad y se olvida que es la verdad quien nos
posee, se rechaza entonces el destierro y se está, sin apercibirse, en el extremo opuesto del Evangelio.
2) Antes de la salida del sol Jesús se escapa de la casa donde había pasado la noche (Me 1, 35-
39). Los apóstoles, cuando despiertan, se ponen a buscarle. Le encuentran y le dicen: ¡vuelve a
Cafarnaum; allí estás bien, todo el mundo te conoce, se te escucha, tienes auditorios hechos! Hay que
mirar el rostro de Jesús, el rostro de un hombre libre, ¿no existe más que Cafarnaum en el mundo?; es
necesario que yo vaya a toda Galilea, no me debo dejar acaparar por una clase social, una raza, un clan,
un campanario, una nación, soy libre, disponible para hacer la voluntad de mi Padre. ¡Esto es la
libertad!
3) Un día de sábado los apóstoles tienen hambre (Mc 2, 23-28). Cogen algunas espigas de trigo,
frotan los granos y los comen. Pero los fariseos que les espían se aproximan y dicen a Jesús: Mira lo
que hacen en sábado: algo prohibido. Jesús les mira “profundamente” y les dice: tienen hambre y
¿querríais que yo les impidiese comer? Existe, es verdad, una ley positiva, pero la caridad pasa delante.
Libertad de Cristo con relación al “¿qué dirán?”.
4) Poco después un hombre cuya mano está seca desde hace mucho tiempo, pide a Jesús que le
cure (Me 3, 1-6). Los fariseos vigilan, ¡a ver qué pasa! ¿Va a tener la audacia de curar a este hombre un
día de sábado? El Evangelio hace notar que Jesús les mira con cólera, después dice al hombre:
“Extiende la mano” y le cura. Inmediatamente los fariseos salen y deliberan sobre el mejor medio de
matar a Jesús. Libertad de Jesús con relación al “¿qué se me hará?” Que me hagan lo que quieran, soy
un hombre libre.
5) Habría que evocar la escena de la multiplicación de los panes, en la que Jesús es libre con
respecto a la gloria humana (Me 6, 30-46). Podría dejarse coronar rey, le sería muy fácil. En lugar de
aceptarlo, manda a los apóstoles tomar la barca y pasar al otro lado del lago, después desaparece y va a
orar al monte. Libertad con respecto a la gloria humana, con relación a presiones que le harían desviarse
de su misión.
6) Volvemos a ver a Jesús durante su proceso en el que calla. Hay una frase varias veces repetida.
Jesús callaba (Me 14, 61; 15, 5). Suprema dignidad de este silencio. Libertad de Jesús con relación a la
gente de categoría, a los notables, a los poderosos. Él es libre. ¿La Iglesia ha sido siempre libre? Haría
falta que hiciese su examen de conciencia. Sería necesario releer la epístola de Santiago,
encontraríamos cosas terribles sobre cuál debe ser la verdadera libertad cristiana.
7) En fin, la imagen de Cristo en la Cruz, el rostro cubierto de escupitajos, de sudor y sangre, el
rostro de un hombre libre que prefirió morir antes que renegar de su razón de vivir. Su razón de vivir era
revelar al verdadero Dios. Si hubiese revelado una omnipotencia de dominación nadie le hubiera
conducido al calvario, su vida hubiera sido poderosa y alabada, habría podido vivir tranquilamente
largos años y las masas no habrían cesado de aplaudirle, pero reveló al Dios que no es más que Amor y

113
tiene que denunciar las falsas felicidades que busca el hombre.
No hay que hacerse ilusiones, el cristianismo contradice al hombre, lo termina y le ensancha el
ánimo pero contradiciéndole. Si en Cana el agua se cambió en vino (símbolo de fiesta), en la Cena el
vino se convertirá en sangre. Existen siempre dos polos: el polo del humanismo y del amor a la vida, y
el polo de la necesidad de morir para reencontrar a Dios. El Evangelio es la transformación del apetito
de felicidad. Si vuestro cristianismo no choca con los que os rodean, hay fuertes razones para creer que
no es auténtico y profundo; como dice P. H. Simón está “desca-feinado”. No impedimos que los
hombres hagan trampas en sus actividades económicas, sociales y políticas y nos quejamos diciendo
que el mundo va mal y que no sabemos dónde vamos a parar. ¿De quién es la culpa? ¡Si al menos los
cristianos fuesen cristianos! La única opción es la Cruz. Cuando el cristiano hace lo que tiene que hacer,
cuando es libre con la libertad de Cristo, no evita la Cruz.
En resumen, el Evangelio es la revelación de la “libertad liberadora” de Dios, es la misma
definición del amor. Amar a los hombres es querer que sean (en el sentido profundo). Querer que el otro
sea es justicia, por consiguiente el respeto está en el corazón de la justicia. Pero el otro no existe más
que si es libre, pues sólo por la libertad el hombre es hombre, fuera de la libertad no hay verdadera
humanidad. En definitiva uno no es libre más que de amar, pues, fuera del amor hay poder de
dominación que oprime e impide al hombre ser plenamente hombre. “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y
“nosotros hemos sido llamados a la libertad” (Gal 5,13), cuando se ha comprendido la identidad o el
lazo íntimo, estrecho, entre amor y libertad, se ha comprendido verdaderamente lo esencial de la fe.

Orar… 30
(Págs. 283-316)
Abordar este tema hoy puede parecer una concesión a la moda, pero no hace falta que la oración
esté de moda. Conocéis la ley del péndulo de la historia que Bergson llamó ley del doble frenesí:
cuando se ha ido frenéticamente en una dirección, se va a continuación frenéticamente hacia la
dirección opuesta.
Hemos conocido la generación del compromiso, palabra que Enmanuel Mounier puso de moda
después de la generación que se podría llamar generación del diletantismo. El compromiso o, si lo
preferís, la dedicación al servicio de la sociedad, es poco eficaz aparentemente; exige análisis difíciles
en el plano social y político, las actuaciones necesarias para que un compromiso al servicio del mundo
sea eficaz exigen mucho esfuerzo.
Parece ser que la exigencia del compromiso está actualmente devaluada y hay un retorno a la
oración. Para emplear cierto lenguaje, se oscila entre lo horizontal y lo vertical; después de una
generación que olvidó lo vertical, la relación con Dios, se vuelve sobre ello. No hay que quejarse, pero
es lamentable que todo esto suceda bajo el signo de la oscilación, sería deseable que se asumiese a la
vez lo horizontal y lo vertical, sería necesario que “la extensión en lo temporal estuviera acompañada
por una concentración en lo espiritual”.
La oración sin compromiso no es mejor que el compromiso sin oración. No es deseable que esta
generación, que reencuentra la importancia de la oración, olvide el compromiso, la acción, la tarea
humana.

¿Cómo orar?
30
Manuscrito: notas dispersas con resumen de un artículo de Ph. BÉGUERIE, «Évangeliser la priere».— Hojas
cisclostiladas: Le Péage-de-Roussillon (14 de Noviembre de 1968); Boulogne (21 de Octubre de 1969); Annecy
(25 de Mayo de 1970); Belleville (12 de Octubre de 1975); Carcassonne (16 de Marzo de 1978).

114
¿La crisis presente de la Iglesia conocerá una renovación mística? Es de desear, tanto más cuanto
que todas las crisis que se han dado en la historia de la Iglesia han conocido una renovación mística.
Fue éste el caso del Renacimiento, en el que se dio la admirable floración mística del siglo XVII. Tal
vez estemos en vísperas de una renovación similar. Todo el problema reside en que sea auténtica.
La oración es un elemento esencial de la vida espiritual. Espiritual significa, con el Espíritu
Santo. La vida espiritual es la vida normal pero vivida con el Espíritu Santo. Ciertas personas dicen:
¡tengo tantas preocupaciones y tanto trabajo que no tengo tiempo de tener vida espiritual! Decid más
bien que tenéis tanto que hacer que no encontráis tiempo para la oración, pero no digáis que vuestra
actividad humana es ajena a vuestra vida espiritual.
San Juan de la Cruz dice que seremos juzgados al atardecer de la vida sobre el amor. Y el amor lo
vivimos en el cumplimiento de nuestro trabajo, familiar, educativo, o en los múltiples compromisos de
orden sindical, social, económico o político; en resumen, en toda la vida.

Las tres formas de oración


El Evangelio es muy claro en lo que concierne a la oración. Escogeré dos frases solamente entre
las múltiples de Cristo concernientes a la oración: “Es preciso orar siempre y no dejar nunca de orar”
(Le 18,1). “Cuando recéis, cerrad la puerta de vuestra habitación y retiraos en lo secreto” (Mt 6, 6).
El mismo Espíritu Santo que conduce al desierto es quien reúne a los hombres en comunidad
fraternal. De un extremo al otro de la Biblia escuchamos resonar, me atrevo a decir (como se escucha
sonar un tema musical en la orquesta), el tema del desierto. El desierto significa soledad, silencio,
concentración, recogimiento, y también desnudez interior, sequedad, calcinación, hambre y sed de Dios.
Y por lo que concierne a la comunidad fraternal, basta Pentecostés para decirnos que el Espíritu Santo
reúne a los hombres, a la inversa que Babel. La torre de Babel significa dispersión de los pueblos en la
confusión de lenguas; Pentecostés es la reunión de los pueblos en la inteligencia de las lenguas.
Las grandes Reglas religiosas (san Agustín y san Benito, por ejemplo) han distinguido
tradicionalmente tres formas de oración.
- Ante todo, la eucaristía que es la oración total, la oración perfecta, puesto que es la
prolongación hasta nosotros de la oración misma de Cristo.
- La oración privada o secreta, lo que se llama oración, el cara a cara o el corazón a corazón con
Dios. Es la oración en la que obedecemos la palabra del Evangelio que recomienda “cerrar la puerta de
nuestra habitación y retirarnos en secreto”. La habitación es un símbolo. La verdadera habitación es la
habitación interior (como dice Claudel en La cantata a tres voces), se trata de la oración a conciencia en
el secreto del “corazón” (esta palabra tan frecuente en la Biblia no significa el sentimiento sino la
conciencia).
- La oración habitual, es la oración de todo momento, oración en el trabajo, en la acción y la que
se hace incluso sin saber que se ora. Esta forma de oración hace honor a las palabras de Jesús: “Es
preciso orar siempre sin interrupción”. Se entiende que, si se tratase de oración en sentido estricto en la
que se interrumpe el trabajo para ponerse de rodillas, no podría tomarse en serio la instrucción del
Evangelio; el Señor quiere decirnos que Dios no debe estar ausente nunca del horizonte de nuestra vida,
aunque yo no sea consciente de ello. Esta oración se podría comparar al niño que juega y sabe que su
madre está cerca y sin embargo no la mira, sabe que está allí, y si se aleja, el niño se apercibirá
inmediatamente.

Dificultades de la oración en secreto


Cierta comodidad nos hace a menudo ignorar la segunda forma, la oración por la que se
interrumpe el trabajo, la actividad habitual, la oración secreta un poco larga. Digo un poco larga porque
me dirijo a una mayoría de laicos y no es cuestión de promover para los laicos la amplitud de oración en
el tiempo propia de los religiosos.
Siendo fiel a la eucaristía uno puede creer ser fiel a la “oración continua” pues se piensa entonces
poder prescindir de otro tiempo de oración. El peligro estará en que la eucaristía no se interiorice, que la
115
liturgia que se celebra ante nosotros no se transforme en liturgia en nosotros; la comunidad orante
correrá el riesgo de ser una comunidad de superficie y en consecuencia una comunidad precaria. Es el
riesgo que corren actualmente muchas pequeñas comunidades de religiosos o de laicos sin oración en
profundidad.
La oración habitual, si no existen lo que comúnmente se llama tiempos fuertes de oración, corre
el riesgo de degradarse sin que uno se aperciba. Mirar hacia Dios en la vida normal es cada vez menos
frecuente y las decisiones que tenemos que tomar (lo esencial de nuestra vida, puesto que en el ejercicio
de nuestra libertad construimos nuestro ser eterno por decisiones pequeñas o grandes) no están tomadas
con Dios y mirando a Dios sino para uno mismo y en provecho de uno mismo.
Sabemos por experiencia hasta qué punto es difícil decir, de verdad que venga tu reino. Incluso
en actividades generosas y apostólicas, cuando decimos de boca que venga tu reino pensamos por lo
bajo, que yo haga llegar tu reino, que mi congregación haga llegar tu reino, que el movimiento de
Acción católica o de espiritualidad al que pertenezco haga llegar tu reino. Lo que está muy cerca de
decir ¡que venga mi reino! Y dicho más crudamente habría que decir que, en el fondo de nosotros
mismos, decimos a Dios sin saberlo, que venga mi reino por medio del tuyo. ¡La degradación suprema,
la mentira y la hipocresía en persona!
¿Por qué se abandona tan a menudo el cara a cara prolongado, el corazón a corazón con Dios?
Simplemente porque nos cansa, nos “aburre”, pero a uno le gusta dedicarse al servicio de los otros y
experimentar la alegría de entregarse. Sobre todo cuando se es joven se ama la vida acelerada y
detenerse aunque sea por poco tiempo para recogerse sin prisas, viene a ser una especie de
imposibilidad psicológica. La vida es movimiento, iniciativa, toma de responsabilidades; la oración es
reposo, inmovilidad, espera, sumisión. Para quien ame la vida y viva intensamente, la oración es una
especie de muerte y siempre repugna morir.
Entre las razones que retienen a más de uno a dedicar algunos minutos al día a la oración, está la
desconfianza con respecto a la imaginación y la sensibilidad, a la devoción y al fervor. ¿Qué quiere
decir esto? ¿Es posible que un hombre pueda amar a Dios como se ama a una mujer?; ¿no se trata de
otro orden? ¿La vibración sensible que se experimenta en un amor humano es válida cuando se trata de
Dios? ¿Y si esta vibración epidérmica falta, se trata aún de oración?
Desconfianza igualmente con respecto a la introspección. En la época del psicoanálisis nos
ponemos en guardia contra las formas parasitarias de la meditación interior. Hombres y mujeres,
hombres jóvenes y mujeres jóvenes, imbuidos por la sicología profunda, tienen objeciones de principio,
temen el narcisismo. Uno se arriesga siempre a proyectar ante sí un doble de uno mismo al que llama
Dios, se cree estar delante de Dios y en realidad se está ante uno mismo; entonces es fácil hacer a la vez
las preguntas y las respuestas y llamar voluntad de Dios lo que en el fondo es voluntad propia.
Como decía Bonhoeffer, el gran teólogo protestante que ahorcaron los nazis en 1945, cuya
influencia fue considerable: “Uno se entrega a una conversación íntima consigo mismo.”
La oración de petición plantea problemas al hombre moderno. ¿La llamada de la criatura a Dios
no es en fin de cuentas una piadosa estratagema para reconfortar psicológicamente al hombre? Haría
falta abordar aquí, pero sería demasiado largo, el riesgo de confundir lo psicológico con lo espiritual,
entre la vida interior que es la vida consigo mismo (un enamorado tiene una vida interior, un filósofo
tiene una vida interior) y la vida espiritual que es la vida según el Espíritu Santo. El Padre de
Montcheuil escribía: “¿Acaso el hombre no es escuchado simplemente por elevarse?” ¿La elevación del
hombre que ora no es acaso la verdadera escucha de su oración?

El riesgo de una oración pagana


La oración no es un fenómeno, una actitud específicamente cristiana. Los “paganos”, los no-
cristianos, siempre han orado. Y así como habría que evangelizar el compromiso, hay que evangelizar la
oración, ya que la oración no es sólo evangélica.
Se puede distinguir entre fe y religión. Sin duda se ha abusado de esta distinción de origen
protestante, pero no es razón para decir que sea falsa. Religión y fe están unidas pero son al mismo

116
tiempo distintas. La religión es una andadura de origen humano, la fe es la adhesión a una iniciativa de
Dios. La religión es un hecho cultural, se puede pensar que ha existido siempre, hace millones de años
que apareció la especie humana sobre la tierra, mientras que de Abraham nos separan menos de cuatro
mil años.
La cuestión es saber si, durante estos miles y miles de años, el hombre era ya un animal religioso
según la expresión de Aristóteles. Marx lo negó pensando que la religión no apareció sobre la tierra más
que con la explotación del hombre por el hombre, y deducía de esta conclusión que, cuando la
explotación del hombre por el hombre desapareciese en la sociedad sin clases, con el advenimiento de
los gozosos días siguientes, la religión ya no tendría ninguna razón de ser. La mayor parte de los
marxistas no están de acuerdo en este punto con Karl Marx y los intelectuales marxistas de hoy han
abandonado esta tesis pensando, como nosotros, que la religión existió siempre entre los hombres.
La religión es un hecho cultural, un hecho humano. Digo bien: la religión, el sentimiento
religioso, en tanto que distinto a la fe y en tanto que se puede contemplar independientemente de la fe,
es un hecho que responde a ciertas necesidades del hombre, esencialmente a dos tipos de necesidades 31.

La necesidad de seguridad y estabilidad


El hombre arrojado en el mundo se apercibe muy pronto de que su existencia es precaria, frágil,
amenazada. ¿Qué le amenaza? Evidentemente el porvenir. No sabe qué le puede suceder, hambre, la
venganza de los dioses, la enfermedad, los accidentes, la muerte. Aún hoy, nosotros que pretendemos
ser cultos y evolucionados, conservamos secuelas de esa mentalidad primitiva y hablamos de “los
buenos viejos tiempos” o decimos que no se sabe qué nos reserva el porvenir. El porvenir es
amenazador, el pasado es asegurador. El hombre primitivo imagina entonces que en el principio hubo
una edad de oro. El mito de la edad de oro es absolutamente universal. El ideal está detrás de nosotros,
el mal está en el cambio, todo habría debido quedar inmutable. La religión es lo que une a lo inmutable,
es decir, a este pasado en los orígenes en el que todo era puro.
Tocamos aquí un punto extremadamente importante, la interferencia inevitable de lo político con
lo religioso. En efecto, el poder establecido cualquiera que sea (monárquico, democrático, dictatorial,
poco importa), que quiere evidentemente mantenerse y rechaza el cambio, no tiene competencias sobre
las conciencias, promulga una ley pero no es el poder político quien puede imponer a los hombres una
obligación en conciencia de respetar la ley, no tiene potestad sobre lo que se llama el fuero interno. Se
tiende a llamar a los sacerdotes, para que sean sus ayudantes en defensa de la estabilidad y hagan un
deber de conciencia obedecer las leyes dictadas por el Estado, de manera que los sacerdotes son los
aliados naturales de una política conservadora (cf. El Egipto de los faraones, las civilizaciones de
Grecia y de Roma, etc.).
De ahí la tentación permanente de todos los clérigos del mundo a regresar a un sacerdocio
pagano. La religión exige por medio del sacerdote, en nombre de Dios lo que el poder establecido no
puede exigir más que en nombre de la ley. El sacerdote enarbolará la amenaza de sanciones eternas
donde el poder establecido sólo puede obligar con la amenaza de prisión o del proceso verbal. Gracias a
Dios, el clero sabe que debe resistir a esta tentación y si no lo sabe, está mal educado, lo cual es infantil,
pero esto, desgraciadamente, sucede.
Tal actitud desemboca en la imaginación engañosa, tan peligrosa de un dios que está en el
pasado, un dios que es, en cierto modo, contemporáneo de la edad de oro. Se le invoca para que el
status quo se mantenga y el porvenir no sea amenazador, porvenir unido a los cambios que tanto se
teme.

La necesidad de expulsar de nosotros el miedo a lo divino


Para evitar malentendidos, preciso de nuevo que no hablo aquí de fe cristiana sino de religión
como fenómeno universal. La segunda necesidad humana que da origen a la religión es la necesidad de
exorcizar el miedo que se experimenta espontáneamente ante lo divino que no se sabe bien qué es. ¿El
31
Cf. P. GANNE, Llamados a la libertad, Marova, Madrid, 1973.
117
sol es Dios?, ¿el rayo? ¿o está Dios detrás del sol o los rayos? No se sabe muy bien. Lo que sí es seguro
es que el paganismo lo adoró todo, sacralizó todos los elementos de la naturaleza, vacas sagradas,
serpientes sagradas, árboles sagrados, piedras sagradas. El hombre pagano imagina espontáneamente un
poder soberano situado más o menos tras los fenómenos naturales en una especie de más allá del
mundo. Lo que Nietzsche llamaba en su crítica de la religión: un “detrás-del-mundo”.
Por una parte, el sentimiento religioso da origen a un dios del pasado y, por otra, a un dios que se
le va a situar en un detrás-del-mundo, un poder del que dependemos, a quien se puede agradar pero a
quien también se le puede irritar. Este poder hace lucir el sol y caer la lluvia bienhechora pero es el
mismo que desencadena los ciclones y el rayo; hay, pues, que volverle favorable, hay que aplacarle.
Tal puede ser la caricatura de la oración, una oración pagana aunque uno se crea cristiano. Para
volver favorable y reconciliarse con dios, se usan oraciones (que gusten al dios) y sacrificios (que
tendrán como fin aplacar a la divinidad todopoderosa). La religión se presenta así como un sistema de
ritos y observancias para hacer favorable a la divinidad, ritos y observancias que pasan al estado de
hábito y se les considera sagrados. ¡Se sacra-liza el hábito! Tal sería la religión en estado puro sin la fe.

La utilización de Dios
Una abundante literatura originada por Marx, Nietzsche y Freud ha explotado la religión que
desemboca en un dios del pasado y del más allá o de detrás-del-mundo que tiene observancias y ritos,
caricaturas de oración evidentemente, y no desaparecerán más que si somos capaces de hacer caer las
caricaturas de Dios y las de la oración. Es evidente que, en grupos cristianos modernos, aún hay mucho
de paganismo.
Una de las caricaturas más burdas pero más sutiles de Dios es la del mago supremo. Dios
considerado como útil para satisfacer nuestras necesidades, el todopoderoso a quien llamamos cuando
nos reconocemos impotentes. La oración es entonces una oración útil dirigida a un dios considerado
como un objeto de consumo espiritual, como proveedor de nuestras necesidades.
Si queremos ser auténticamente cristianos hay que llegar a creer que Dios es perfectamente
inútil, pues sólo partiendo de un Dios del que no se tiene necesidad se podrá llegar a una adoración
auténticamente gratuita. El amor o es gratuito o no es nada. Todo lo que introducimos de utilidad en el
amor conduce a su muerte y por consiguiente a la muerte del cristianismo.
No puedo más que esbozar aquí una distinción esencial entre la necesidad y el deseo. ¿Tenéis
necesidad de Dios o deseáis a Dios? Todo consiste en eso. Se tiene necesidad si algo es para uno; el
deseo consiste en querer al otro por él mismo y no para uno. El Padre Denis Vasse escribe en su libro:
“El tiempo del deseo”: “La oración que no lleva a la experiencia de la no-necesidad de Dios es como un
sueño... Orar no es “tener necesidad” o “no tener necesidad”, sino llegar a una conciencia cada vez más
viva de que nos es posible desear a alguien por él mismo, amarle, en la medida en que no le
necesitamos porque nos es imposible consumirle o conocerle. Orar es revelar que es posible al hombre
desear lo imposible” 32.2 La necesidad puede ser satisfecha, el deseo nunca. Desear al otro por él mismo
(tal es la definición del amor), es emprender un proceso que no puede más que ahondar el deseo.
Los cristianos tenemos que dialogar con el mundo ateo que nos rodea; estas cuestiones son
cruciales en el diálogo contemporáneo del que no debemos ser la “hermandad de ausentes” de la que
hablaba a menudo Jean Guéhenno. Es preciso que terminemos con un dios de caricatura que vendría a
ser como el fontanero universal, el dios de las suplencias, que tomaría el relevo cuando llegáramos a
nuestros límites; daos cuenta de que este dios tiende a cero. Cuando la medicina era muy rudimentaria
como en tiempos de Moliere, enseguida se rezaba a Dios; con el progreso de la ciencia, hace falta estar
muy mal para pedirle a Dios que tome el relevo. El Dios contemplado como reparador universal, ése
falso Dios, tiende a cero. No digo que alcance el límite cero, digo que tiende en el sentido de que es en
cierto modo inversamente proporcional al progreso de la ciencia.

¿Por qué orar? Los fundamentos de la necesidad de orar


32
D. VASSE, Le temps du désir, Seuil, 1969, p. 30 y 34.
118
A partir de aquí uno ya no puede desconfiar de la oración evangélica, es absolutamente
necesaria. Es la oración que nos hace llegar al nivel de gratuidad más alto y nuestra vida vale lo que
vale su gratuidad, la gratuidad del amor. Decir que es necesario orar, es decir que la palabra sobre Dios,
el discurso teológico, debe terminar en una palabra a Dios. Ciertamente que no hay palabra a Dios si no
se sabe de qué Dios se trata, toda palabra a Dios implica una palabra sobre Dios, es decir, una
catequesis y el conocimiento de una doctrina, pero lo esencial de todo es la palabra a Dios. Voy a
exponeros cierto número de fundamentos profundos de la necesidad de orar y cada uno es válido por sí
mismo.

Dios mismo nos ora


La oración del hombre es una respuesta a la oración de Dios. Hay que hablar con mucha
circunspección de los mandamientos e incluso de la voluntad de Dios. Lejos de mí querer tachar las
palabras tradicionales que el mismo Jesús empleó, pero hay que entenderlas correctamente. No se trata
de voluntad imperativa. En un medio en que se ama, en una familia por ejemplo, no se manda, no se
dan órdenes, se ruega mutuamente, se manifiesta un deseo y se dice, “¿quieres?” o “te lo ruego” o “me
alegraré que acojas mi deseo”. Personalmente prefiero hablar de acoger el deseo de Dios; tiemblo
cuando se le atribuye a Dios una autoridad y un espíritu dictatorial que pueden dar a entender las
palabras voluntad o mandamientos de Dios. Advertid que “mandamiento” viene del latín mandatum que
está en el origen de la palabra “recomendación”. Los mandamientos de Dios indican el umbral más allá
del cual no hay amor.
Como dice Jean Lacroix, en una frase que tanto me gusta citar: “Amar es prometer y prometerse
a sí mismo, no emplear nunca con relación al ser amado los medios del poder”. Los medios del poder
son múltiples en el amor humano, desde la completamente-inocente seducción hasta la más abyecta
violación y entre las dos, toda la gama de utilización de medios de poder.
Dios es el Todopoderoso, pero su poder está constituido por el rechazo a utilizar el poder, tal es
la gran revelación de Jesucristo. Es el amor quien es poderoso; pero el poder del amor es una renuncia
al poder. Quien renuncia al poder no manda, sino ruega. Dios nos ruega.
La vida con Dios es un intercambio de oraciones, es, por parte de Dios y por la nuestra,
expresión de un deseo. Dios nos comunica su deseo de vernos plenamente hombres, de vernos acceder
al más alto nivel posible de existencia, a la más pura calidad de ser. Lo más terrible en una vida humana
es ser mediocre sin apercibirse. Dios no nos dice más que una cosa: sal de tu mediocridad, no te
degrades, accede al más alto nivel humano. Tal es su deseo y es todo el Evangelio. En correspondencia,
nosotros expresamos nuestro deseo de que El sea glorificado y que nuestra propia santificación sea su
gloria y su alegría. San Pablo dice que debemos imitar a Dios; he aquí un punto en el que no podemos
dispensarnos de imitar al Dios que eternamente está en oración ante el hombre.

Dios es un tú que no puede nunca transformarse en un él


Gabriel Marcel ha escrito: “Dios es un Tú que no puede nunca transformarse en un El”. Cuando
hablamos de Dios, llamándole Él, no es ya de Dios de quien hablo, se trata de un objeto. Se habla de un
objeto pero Dios no es en manera alguna un objeto, es un sujeto. Dios no puede ser el complemento de
objeto de un verbo o será una caricatura de Dios. Por otra parte Dios nunca está ausente, se dice “él”
cuando se habla de un ausente, cuando alguien está presente se le dice “tú”.
El Tú de Dios (o el Vos, poco importa, lo que cuenta es que sea una segunda persona) es lo que
llamamos la raíz de la oración. Aquí abajo todo es diálogo. Existe diálogo con nosotros mismos que
llamamos pensamiento; existe diálogo con las cosas o con los acontecimientos que llamamos acción;
existe diálogo con los otros que llamamos camaradería, amistad o amor, y existe el diálogo con Dios
que llamamos oración. ,
Pero el diálogo con Dios no se añade a los otros diálogos, no es exterior a ellos porque Dios no
es un ser que se añade á los otros seres. Como dicen los filósofos. Dios no forma número con las
criaturas, no estamos todos y Dios está por encima. Este es su misterio: Él es otro y no un otro. Él es

119
más yo que yo mismo, está en el interior de todos los diálogos que sostengo conmigo mismo, con las
cosas, o con los otros. Como dice Claudel traduciendo a san Agustín (intimior intimo meó), Dios es un
yo más yo-mismo que yo.
Dios no es un tercero, casi me atrevería a decir un tercero concurrencial, como le consideran por
otra parte cierto número de ateos que rechazan a Dios como un tercero. Un personaje de Dostoievsky,
en su gran novela titulada Los demonios, se suicidó porque no pudo soportar la mirada de Dios que le
violaba. Por eso resulta peligroso hablar de la mirada de Dios pues no es una mirada que mire y menos
aún que vigile (“el ojo estaba en la tumba y miraba a Caín”).
Atención a ciertas expresiones utilizadas con los niños: tus padres no te ven pero hay alguien que
te ve siempre, ése es Dios. ¡Horror! ¡hay motivos para suicidarse! Jean-Paul Sartre en un pequeño libro
autobiográfico, “Las palabras”, nos confía que también él estuvo tentado de suicidarse porque, en su
infancia muy puritana, en el ambiente de los Schweitzer, en Alsacia, jugó con cerillas y quemó una
alfombra; trató de esconder el estropicio diciéndose: mamá no me verá pero existe un Dios que me ve.
Se salvó, se encerró en el cuarto de baño y creyó volverse loco pensando: mi conciencia ha sido
violada, perpetuamente violada por la mirada de Dios. Fue entonces cuando empezó a perder la fe.
Dios no nos mira, ¡no querríais ser un espectáculo para Dios! Es preciso destruir esas
imaginaciones de consecuencias terribles. ¿El hombre un espectáculo para Dios? ¡Vamos! No tengo
ningún interés de ser un espectáculo para vosotros y no quiero ser un espectáculo para nadie y si ese
otro se llama Dios, lo rechazaré en nombre de mi dignidad. Gracias a Dios, el Dios que nos ha revelado
Jesucristo no es un Dios que nos mira sino un Dios que nos abraza, lo cual es muy distinto.

La oración es un intercambio de confidencias entre Dios y el hombre


La Revelación es la confidencia de Dios hecha al hombre (así se puede definir la Biblia); la
oración, como respuesta, es la confidencia que el hombre hace a Dios. La Revelación lleva consigo los
latidos del corazón de Dios. ¿Cómo late el corazón de Dios? ¿Quién es Dios? ¿Cuál es su vida? ¿Cuál
su secreto? Es un misterio, igual que en cierto sentido yo soy un misterio para vosotros.
Si os amo os haré la confidencia de mi ser profundo, pero no os haré esta confidencia más que si
os amo, no hay confidencia sin amor (no iré a decirle a un desconocido, en la calle, que le voy a contar
toda mi vida) y recíprocamente no existe amor sin confidencia (no me imagino a la novia diciendo al
novio: te amo pero no sabrás nada de mí). Nada más conmovedor, por otra parte, que el paso de la
camaradería a la amistad por el intercambio de confidencias, y, más allá de la amistad, en el amor, la
confidencia se profundiza hasta la transparencia.
A la confidencia de Dios el hombre responde haciéndole a Dios confidencia de su ser profundo,
confidencia por confidencia, intercambio de confidencias. La oración no es únicamente repetición de
fórmulas sino un corazón-a-corazón con Dios, le expresamos lo que constituye nuestra vida con sus
deseos, sus dificultades, sus angustias, sus alegrías. La verdadera actitud de un hijo de Dios es estar en
actitud de confidencia. Ciertamente que no enseñamos nada a Dios, lo que somos lo sabe. No se trata de
enseñarle algo sino de estar en una actitud de verdad en profundidad; es esta la actitud de hijos e hijas
de Dios en camino de divinización, pues es normal que nuestra actitud sea filial, es decir, confidencial.
No hay amor mudo. La oración es la expresión del amor, como aquí abajo la confidencia es
expresión del amor. Y si me decís que dos enamorados pueden quedar mudos uno con otro durante
mucho tiempo, os diría que en este caso el silencio sería la cualidad suprema de la palabra. Nada sin
expresión, lo que no se expresa se degrada y acaba por no ser. La oración es la expresión de la fe.

La oración es la acogida del don de Dios


Si el amor es a la vez acogida y don, no debemos ser sólo “donantes” sino también y sobre todo
acogedores. Tocamos aquí, probablemente, lo específico cristiano. Muchos no-cristianos dan mucho, no
hay que poner en duda la generosidad de gran número de ellos. No hay estadísticas y más vale no
establecerlas, pero no estoy seguro de que los cristianos se revelasen como los más generosos de los
hombres. Sólo el cristiano acoge de Dios lo que dará a continuación a los hombres. Lo que distingue al

120
cristiano es su poder de acogida. Acogemos el don de Dios de poder dar y damos a nuestros hermanos
el amor que Dios nos da.
El Padre H. De Lubac escribía un día: “Toda actividad que merezca ser llamada cristiana se
despliega necesariamente sobre un fondo de pasividad”. No tenía miedo de la palabra pasividad pero
podría reemplazarla mejor por la palabra acogida, pues no creo que nadie desconfíe de la palabra
acogida.
Amar no es sólo dar sino también acoger. La oración es la acogida del beso divino. El beso es un
símbolo magnífico, es en el beso donde se ve la reciprocidad, en el amor humano, de la acogida y del
don. Un salmo dice: ensancha tu boca y yo la llenaré, yo acojo tu aliento en mí y vierto mi aliento en ti.
El intercambio de alientos con la reciprocidad de la acogida y del don significan el intercambio
profundo de las almas. Esto es tanto más verdadero cuanto que la misma palabra latina (anima)
significa aliento y alma. Por eso no hay que prostituir el beso, es algo magnífico.

La oración es contemporánea a la toma de conciencia de lo que Dios significa y hace en nuestras


vidas
En nuestra vida vamos tomando poco a poco conciencia de ciertas cosas. Cuando se es joven, por
ejemplo, se tiene una conciencia extremadamente débil del amor hacia los padres y, de pronto, a causa
de una palabra o una circunstancia, se toma conciencia de una manera más viva y más intensa.
Cuando se trata de Dios, tenemos la mayor parte del tiempo una conciencia muy débil y es
porque oramos poco y mal. La oración debería brotar espontáneamente cuando tomásemos conciencia
de lo que Dios significa y hace en nuestras vidas.
Toma de conciencia de que Dios, en el interior de cada uno de nuestros actos libres, da una
dimensión divina a nuestra actividad humana humanizante. Una actividad sólo es verdaderamente
humana si es humanizante. Nuestra tarea, cualquiera que sea la forma que revista, consiste en construir
un mundo humano. El hombre no es más que un esbozo de hombre, a nosotros corresponde hacer que el
hombre lo sea. No hay más que un Hombre, Jesucristo. Nosotros estamos en camino de humanización y
llegamos a ser cada vez más hombres en la medida que hacemos actos libres, en que tomamos
decisiones humanizantes, que son las que se dirigen hacia la justicia, el amor, la fraternidad y la
libertad. En este punto todos estamos de acuerdo.
Pero lo que nosotros, cristianos, creemos, es que Dios está en el interior de esas decisiones y las
toma en cuenta para darles una dimensión divina, para que nuestra actividad humanizante no sea
simplemente humana sino humano-divina. Si un hombre casado toma la decisión de engañar a su mujer.
Cristo no puede ser parte activa en esta decisión; si por el contrario, toma la decisión de favorecer con
coraje la justicia en su empresa. Cristo es parte activa en esta decisión, que no es una decisión humana,
es una decisión humano-divina.
Cada una de nuestras decisiones, minuto a minuto, día a día, porque Dios está dentro, construyen
lo que llamamos la vida eterna. He aquí lo que yo llamaría la condición cristiana pensando en el libro de
André Mairaux, “La condición humana”. ¿Tenéis conciencia de vuestra condición cristiana? Si la
respuesta es afirmativa, ¿cómo queréis que la oración humana no brote espontáneamente?: ¡Señor sí.
Señor gracias! La oración es, en su misma raíz, simultánea a una toma de conciencia seria de la
presencia activa y divinizante del Padre, de Cristo resucitado y del Espíritu, en mi libertad.
Se pueden distinguir cuatro formas de oración (se hablaba en otro tiempo de adoración,
eucaristía, propiciación e impetración) que se expresan en cuatro palabras:
- Sí: el sí a Dios es la adoración. El musulmán adora inclinando la frente ante la trascendencia de
Dios. Nosotros podemos hacerlo, (¿por qué no?) pero, para nosotros, la adoración es ante todo la
acogida del beso divino, el sí al beso de Dios, el beso divinizante. Es posible que la palabra adoración
venga de la palabra latina os, oris que significa boca. La adoración es el boca a boca, el sí a Dios.
- Gracias: eucaristía o acción de gracias. ¿Cómo no dar gracias a Dios cuando se toma
conciencia de cómo transfigura nuestra vida, cuando se toma conciencia de cómo da a nuestra vida una
dimensión mayor que todo lo que podemos imaginar y concebir? Uno no imagina que siendo

121
beneficiario de un bien inmenso, por ejemplo, de una suma importante, una fianza para que uno pueda
salir de prisión, alguien no dé las gracias a aquél que le ha dado todo para que sea hombre libre. Es ésta
una imagen imperfecta de lo que Dios es y hace por nosotros.
- Perdón: cuando tomo decisiones deshumanizantes, puesto que soy pecador, ¿qué queréis que
haga Cristo que no puede divinizarlas y cómo queréis, cuando tomo conciencia de ello, que no pida
perdón a Dios? Es lo que llamamos penitencia.
- Don: es la oración de petición en la que, según el Evangelio, debemos pedir a Dios que nos dé
el Espíritu Santo, es decir, un aumento de caridad, una presencia más intensa en nosotros de Aquél que,
en la Trinidad es, como dicen los teólogos, el amor sustancial.
¿Podemos pedir a Dios bienes materiales? Sí, ciertamente, la Iglesia nos anima a ello, porque si
me abstengo de expresar a Dios lo que deseo humanamente (salud, triunfo, no ser traicionado en un
amor en el que me apoyo, etc.), no le considero como Padre. Las peticiones materiales significan que
nos ponemos en actitud filial de acogida con relación a Dios.
Pero estas peticiones no son más que signo de una petición mucho más profunda, la de ser
invadido por Dios, transformado por Él. Sólo esta petición es escuchada siempre, como los pulmones se
llenan siempre que respiramos. Cuanto más progresamos en la vida espiritual, más se reduce nuestra
oración a pedir a Dios lo que quiere darnos, un aumento de amor. El Evangelio es claro: “El Padre del
cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Le 11, 13). Nuestro Padre da el Espíritu Santo, en el
supuesto de que nos pongamos en actitud de acogerle.

La oración es el ejercicio de la gratuidad


Nunca pondremos bastante el acento sobre la importancia de la gratuidad; es otro nombre del
amor, y vivimos en un siglo en que no hay casi nada gratuito. Está el arte, es verdad, pero el arte mismo
se comercializa. Estamos verdaderamente esclavizados a lo útil. Los cristianos deberían tomar como
tarea la de abrir en la sociedad un espacio de gratuidad.
¿Para qué orar? Para nada, sencillamente porque Dios es Dios, y si el deseo de Dios es que yo
acceda a la gratuidad más pura, ejerzo esta gratuidad cortando la corriente de actividad humana y
ofreciendo a Dios tiempo, un tiempo que es la trama misma sobre la que se insertan mis actividades (el
tiempo es lo más fundamental en la existencia humana).
Corto la corriente, apago la luz, y le digo a Dios: te doy mi tiempo pues no puedo darte nada
más, y te doy un poco de tiempo como la pecadora del Evangelio que habría podido verter sólo algunas
gotas de perfume sobre los pies de Jesús pero rompió el frasco; yo rompo también el frasco,
gratuitamente, por nada. Aquí no hay ya objeción contra la oración: ¿no os dice nada? Dad tiempo.
¡Pero yo no tengo nada que decirle a Dios! No le digáis nada, dadle el tiempo; es una verdadera muerte,
muerte de poca duración, y la experiencia muestra que nos repugna morir, pero no sucedería más que
algunos minutos al día.
Emmanuel Mounier (fue un hombre activo, murió a los cincuenta años por exceso de actividad)
escribía: “Retirarse de la agitación no es del todo reposo. Aquél que, bajando en sí mismo, no se detiene
en la tranquilidad de los primeros refugios sino que resuelve llevar adelante hasta el fin la aventura, es
rápidamente precipitado lejos de todo refugio. Artistas, místicos, filósofos, han vivido a veces hasta el
aplastamiento, la experiencia integral que uno llama curiosamente “interior”, pues son lanzados a los
cuatro vientos del universo”. La oración nos lanza a un compromiso al servicio de nuestros hermanos,
pero para llegar ¿a qué? Para que sean devueltos a la verdadera interioridad. ¿Por qué es preciso que
todos coman para saciar su hambre, tengan un alojamiento decente, y no tengan fines de mes
angustiosos? Para que puedan ser auténticamente hombres, es decir, entrar hasta el fondo de sí mismos,
habitar su propia profundidad, y ser capaces, a su alrededor, de dar auténticamente, de ser ellos mismos
“donantes”.
Un esfuerzo de purificación intelectual se impone en nuestros días en el plano de la fe (no es
posible que los cristianos sean tan infantiles), pero este esfuerzo debe ser acompañado de una
profundización vivida en la oración, si no la fe estará en peligro. “La fe de un individuo puede ser, o

122
creerse, clara y pura, pero al mismo tiempo es débil, abstracta por así decirlo, evanescente, desvirtuada,
incapaz de levantar la menor polvareda, porque la fe no es un asentimiento cualquiera dado a los
valores o a verdades sino adhesión personal al Dios vivo” (H. De Lubac).
Es normal que se purifique lo sentimental de la oración, pues en el sentimiento hay siempre algo
gratificante para uno mismo. Si verdaderamente se quiere que la oración sea a Otro querido por él
mismo, hay que aceptar privarse de todo sentimiento. Esto es extremadamente doloroso, los místicos lo
saben, todos han experimentado a Dios como un desierto y la oración como una estación silenciosa en
el desierto. Al principio Dios no es verdaderamente Dios para nosotros más que cuando no es sentido,
puesto que siempre que Dios es percibido, lo que tomamos por Dios es un sentimiento sobre Dios. ¡La
fe es diferente al sentimiento religioso! Santa Teresa de Ávila decía: que las joven-citas como yo
necesiten del sentimiento para orar se comprende, pero cuando veo a hombres adultos que no oran más
que cuando tienen ganas de orar, en verdad, me enojo. He aquí la autenticidad en la oración.
Concluyo con la admirable oración que Soljenitsyne compuso el día que recibió el premio Nóbel:
“¡Que me sea fácil vivir contigo, Señor,
Que me sea fácil creer en Ti
Cuando, desde la perplejidad, mi espíritu se aparte o se humille,
Cuando los más inteligentes no vean más lejos que esta noche
Y no sepan lo que hará falta mañana,
Tú, tú me infundirás la serena certidumbre de que Tú existes
Y que Tú cuidas para que todos los caminos del bien
No estén cerrados.
Sobre la cima de la gloria terrestre,
Veo con asombro el camino a través de la desesperanza,
A la humanidad un reflejo de tus rayos.
Todo lo que haga falta que yo reflejo todavía,
Tú me lo otorgarás.
Y todo lo que no logre reflejar,
Querrá decir que Tú lo has asignado a otros.
(ICI, 15 de diciembre de 1970).

Conclusión
33
La Eucaristía recapitula todo
(Págs. 319-336)
El misterio de la Eucaristía es de tal profundidad, sus aspectos son tan diversos y complejos, que
no se puede esperar en una conferencia exponer todo su contenido. La Eucaristía es la recapitulación de
todo, el punto de partida del que divergen todas las líneas y hacia el que convergen. Significa la unidad
de Dios y el hombre en Cristo; del pasado, del presente y del porvenir; de la naturaleza y de la historia;
de la acogida y del don; de la muerte y de la vida, etc. No puedo más que limitarme a algunos aspectos,
los que me son más queridos.
Unión a Cristo que se da como alimento
La Eucaristía es el sacramento de Cristo que se da como alimento a los hombres para
transformarles en Él mismo y así construir su Cuerpo místico que es la Iglesia (“místico” no se opone a
“real”). Para comprender esto, hay que volver a lo que se ha dicho en la primera conferencia: el
designio fundamental de Dios es unirse a todos los hombres en el amor y hacerles compartir su Vida

33
Manuscrito: compuesto por numerosas notas con resúmenes de lectura de artículos de [Link], C. DUQUOC
(Lumiére et Vie, n° 94); X. LA BONNARDIÉRE y M. MASCHINO (Promesses, Junio 1970) y notas de curso del Padre
E. Pousset. -Hojas ciclostiladas: Belleville (martes santo 1967); Le Péage-Roussillon (9 de Enero de 1969);
Boulogne (15 de Diciembre de 1970); Macón (21 de Enero de 1971); texto fotocopiado sin indicación de lugar.
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propia. Como no dejo de repetiros. Dios compartió nuestra humanidad para que nosotros
compartiéramos su divinidad. En otros términos, si nuestra humanidad existe es para nuestra
divinización, la creación sólo tiene sentido para realizar la Alianza.
La Alianza es, en efecto, la realidad mayor de la Biblia, con diferentes etapas desde Noé hasta
Jesucristo, que consagra “el cáliz de la Nueva y Eterna Alianza”. La Alianza no es una unión jurídica
sino una unión de amor. He aquí por qué, de un extremo a otro de la Biblia, está presente el simbolismo
del matrimonio; la Tradición ha unido siempre el sacramento del matrimonio al sacramento de la
Eucaristía.
Dios crea la humanidad para desposarla y la desposa encarnándose, desposar en el sentido más
fuerte, es decir, no formar más que una sola carne con ella. Dios quiere ser con la humanidad una sola
carne, este es el fondo de la cuestión. Sabemos que el deseo profundo del amor conyugal no se detiene
en el abrazo de dos cuerpos que permanecen exteriores el uno al otro, el deseo del amor es la fusión, sin
confusión, en la que cada uno no quiere subsistir más que para dejarse consumar por el otro,
transformándose en cierto modo en su alimento, carne de su carne.
El simbolismo del beso es elocuente, es el comienzo del gesto de comer. Las mamas dicen que
sus hijos “están para comérselos”. Se querría comer al otro y dejarse comer por él para ser carne de su
carne. Te amo, quiere decir: quiero dejarme consumar y consumir por ti, tú eres mi razón de vivir. El
hombre y la mujer no llegan a realizar el deseo de su amor porque sus cuerpos, instrumentos de su
unión, son al mismo tiempo obstáculos para la unión total. Su deseo no se realiza, pues implica una
muerte en la. naturaleza y en la historia. Hay que morir a la naturaleza que hace que permanezcamos
exteriores unos a otros y que incluso en los momentos de unión íntima no son fusión total y no duran
más que un instante. Transformarse verdaderamente en carne de la carne del otro, de aquél que amo,
implica la muerte.
Es éste el gran sueño del romanticismo alemán. En la ópera de Wagner, Tristán e Isolda cantan
que no podrán conocer la plenitud del amor más que por la muerte. En el segundo acto, el amor y la
muerte se -entrelazan en unos temas musicales admirables, inseparables el uno del otro. Esto es muy
bello pero absurdo porque la muerte no realiza el amor, pone más bien un obstáculo brutal. Por eso,
aquí abajo, el deseo profundo del amor no se realiza jamás en plenitud. Entrar en el amor es entrar en la
alegría pero es también entrar en el sufrimiento, es el inevitable sufrimiento del no-acabamiento del
amor. El deseo supremo del amor no puede agotarse en el plano de la existencia natural, a ello se opone
la naturaleza del hombre.
Cristo por ser Dios y sin pecado, puede renunciar a su ser natural e histórico inmediato, puede
morir al mundo de las limitaciones corporales, sin dejar de ser para la humanidad el Esposo que se da.
Por eso, más allá de la muerte, pero solamente más allá de la muerte. Cristo realiza el deseo supremo
del amor. Cristo que muere y resucita se hace Él mismo alimento a fin de transformarse verdaderamente
en carne de la carne de la humanidad mucho más radicalmente que un abrazo, que no une dos cuerpos
más que un solo instante. Dios, en la Eucaristía, desposa verdaderamente al hombre. En la base del
misterio eucarístico está la idea de alimento, es esencial.
La Eucaristía no es solamente una comida que se toma juntos y en la que se unen unos con otros;
éste aspecto es importante pero insuficiente. La unión, antes de ser la de hombres entre sí por la comida
que han compartido, es unión de cada uno con Cristo que se da como alimento, es Cristo quien une
entre sí a quienes comulgan. El simbolismo tomado al nivel de comida, como estar juntos, no expresa la
realidad fundamental que es la fusión final del amor entre los esposos.
Para comprender esto, hay que estar persuadido de que la Encarnación de Dios no se termina en
Cristo sino en toda la humanidad. Mientras que imaginemos que la Encarnación es Dios que se une a un
hombre llamado Jesús, no comprenderemos nada. El fondo, es que Dios se une o desposa con toda la
humanidad en Cristo, Dios se hizo hombre para que todos los hombres fuesen divinizados. La
Eucaristía es la universalización de la obra de Cristo.
Lo primordial de la Eucaristía no es la presencia de Cristo; Cristo no está allí para estar allí, está
para darse a nosotros como alimento a fin de que la unión entre Él y nosotros sea la mayor posible. La
Eucaristía no es principalmente una presencia, es una unión, y la unión implica presencia.

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Presencia real
La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, es incluso la más real de las presencias pues es
una presencia realizante. La Eucaristía realiza la presencia de Cristo en nuestros actos libres: “Quien
come mi carne y bebe mi sangre tiene la Vida en él” (Jn 6, 54), ¡nada más real! Os recuerdo la
distinción entre el plano de la significación y el de la explicación. La fe se sitúa siempre en el nivel de
la significación. El misterio eucarístico significa que Cristo se da en alimento para unirnos a El,
uniéndonos los unos a los otros de manera tal que nosotros mismos no sabríamos cómo llegar hasta allí.
Esta energía unificadora implica su presencia real, pero esta significación no se fundamenta en el
absurdo. La significación o el “cómo” de la presencia real depende de la filosofía; para abordarla es
necesario recurrir a conceptos filosóficos.
Me contento con recordar que no hay oposición entre signo o símbolo y realidad. Haced la
experiencia haciendo dos preguntas a un niño:
- ¿Qué es un apretón de manos? No os responderá que es un intercambio de energía muscular
provocado por la presión de dos palmas, os responderá que es el signo de un buen entendimiento, de
camaradería, de amistad. La realidad de un apretón de manos es ser un signo.
- ¿Qué es un semáforo en rojo? El niño empezará por reírse de la pregunta que le hacéis y
después no os dirá que es una bombilla encendida detrás de un cristal colorado sino una prohibición de
pasar; el signo es la realidad del semáforo rojo.
Con estos ejemplos elementales, comprendemos que el signo no es algo exterior a la realidad
sino la realidad misma en toda su profundidad. Decir que los sacramentos, empezando por la Eucaristía,
que es el Sacramento por excelencia, son signos y “signos eficaces”, no quiere decir que estén fuera de
la realidad sino que son la realidad más profunda.

Signo eficaz de la tarea humana realizada


Se dice a veces que, en la hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo reemplaza el pan. Es una
herejía y hay que saberlo. Si se procediese en un laboratorio al análisis químico de una hostia
consagrada, no se encontraría otra cosa que los elementos que componen el pan. Esta puntualización
elemental no es una evidencia para todos. Nunca ha sido problema en la Iglesia creer que las palabras
de la Consagración cambiaban la estructura físico-química del pan. Por eso la expresión clásica
procedente del Concilio de Trento, “transustanciación”, es decir, cambio de sustancia del pan en
sustancia del Cuerpo de Cristo, no puede ser empleada sin ser explicada extensamente, porque la
palabra sustancia no tiene en nuestros días el sentido que tenía en el siglo XVI.
Decir que Cristo viene a sustituir el pan equivaldría a decir que Dios se encarna para sustituir al
hombre, como si nos dijera: “¡apártate de ahí que yo me pongo en tu lugar pues no sirves para nada! tu
vida, tus sudores, tu angustia, la educación de tus hijos, todo eso no significa nada: ¡yo vengo y ocupo
tu lugar!” Si Cristo ocupase el lugar del pan sería abominable. Un Dios que se hiciera hombre para
sustituir al hombre no existe y, si fuera preciso creer en este Dios, estad seguros de que yo sería ateo.
Los “maestros de la sospecha” como Marx, Nietzsche, Freud, para hablar como Ricoeur, tendrían razón
al sospechar que la fe es una vasta mistificación o alienación. Mi dignidad de hombre me prohíbe creer
que Cristo viene a sustituirme.
Cristo no sustituye el pan como tampoco la mujer sustituye a la jovencita, es la jovencita quien
se transforma en mujer. No es la mariposa quien sustituye a la oruga, es la oruga quien se convierte en
mariposa. No es otro quien viene a ocupar mi lugar, soy yo quien me transformo en otro. No me gusta
que se hable del otro mundo pues, en rigor, no existe otro mundo. El mundo de nuestra vida eterna es
sencillamente el mundo que se transforma en otro. Ser sustituido por otro o transformarse uno mismo
en algo distinto, no es lo mismo. Cuando san Pablo dice que somos “miembros de Cristo” (1 Cor 12,
27), no suprime nuestra cualidad de hombre, nuestra personalidad humana; no es el miembro de Cristo
el que viene a sustituir al hombre, es el hombre quien se transforma en miembro de Cristo. Lo
expresamos así: precisamente cuando el hombre es divinizado es cuando es plenamente humanizado por

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ser el mismo Cristo, plenamente hombre y plenamente Dios; El no puede transformarnos en lo que es
sin humanizarnos y divinizarnos a la vez.
Unas buenas religiosas creían hacerlo bien presentándome con satisfacción un librito destinado a
hacer comprender a los niños la presencia real. En la primera página de este librito había dibujada una
hostia, entre la primera y la segunda página había un cordoncillo; bastaba decir al niño, ¡tira y verás! El
niño tiraba, desaparecía la hostia y en su lugar, se veía aparecer a Cristo sonriente. Miré a estas
religiosas con cierta ironía y con afecto les dije: “Hermanas mías, sois herejes”. Estaban desoladas:
“Padre, ¿exageráis?” -¡En absoluto! el Concilio de Trento rechazó la palabra sustitución. Cristo no
viene a sustituir el pan. La frase del Concilio de Trento es “conversión eucarística”. Esta frase es difícil
de comprender actualmente en auditorios poco cultivados, pero es el pan el que se transforma en Cristo
y no Cristo quien viene a sustituir el pan”.
Las religiosas lo comprendieron enseguida; si Dios se ha hecho hombre no es para suprimir al
hombre. Muchos se imaginan que Jesús resucitado cae del cielo sobre un pedazo de pan, sin eso no
sabría dónde meterse, para estar lo más cerca posible.
Se lleva al altar un soporte que tiene la gran ventaja de ser comestible, uno lo come porque es así
como Cristo estará más íntimamente presente... Hablar así es espantoso y, sin darse cuenta, se fabrican
varas para hacerse azotar. No confundamos proximidad y presencia transfigurante.
En la Exposición universal de París, cuando se inauguró la torre Eiffel, mi padre estuvo muy
interesado por la galería de máquinas en Champ-de-Mars. Era prodigioso, se asistía al proceso de
transformación de la madera en papel. En un extremo de la galería, se veían troncos de árboles llegando
del bosque y al otro extremo, después de una serie de transformaciones (sierra de los troncos,
fabricación de la pasta de papel, etc.), se veía el papel; era la historia del papel.
Imaginad que en lugar de hacer asistir al espectador a la historia del papel, se hubiera decidido
hacerle asistir a las etapas de la historia del pan. Hubiera sido exactamente lo mismo, con un matiz
importante: se puede pasar sin papel, pero no se puede pasar sin pan, al que se relaciona con la vida más
directamente. En un extremo de la galería los sacos de trigo fruto del trabajo de la agricultura llegan del
campo, después se desarrollan toda una serie de transformaciones y, al otro extremo de la galería, el pan
sale del horno del panadero. Esta es la historia del pan, es decir, la historia del trabajo bajo las especies
de pan, y en definitiva la historia del hombre. Pues en la historia de un hombre, el trabajo tiene un lugar
importante, puesto que la vida privada, el amor, y las diversiones están condicionados por el trabajo.
Si se quiere escapar de la abstracción y al mismo tiempo, de la mitología, hay que tomar al
hombre en su realidad. El hombre no se toma en su realidad más que cuando se le considera en su
historia; el hombre abstracto no existe. El hombre real, el hombre que toma Jesucristo para
transformarlo, es el que vive una historia; hombre o mujer, célibe o casado, con o sin niños, desocupado
o en el trabajo, etc.
Cuando tengo un poco de tiempo, me gusta, antes de celebrar la misa, tomar en mi mano una
hostia que no está consagrada y meditar ante ese trozo de pan. Hay por otra parte dos expresiones
sinónimas, ganarse la vida y ganarse el pan; el pan es la vida. Y yo me digo: ¿cómo mira Dios este trozo
de pan? No lo ve como vería un guijarro, pues este pan es resultado de toda una historia. Para que yo
pueda tenerlo en mis manos ha hecho falta el trabajo del labrador, del sembrador, sin hablar de los que
han fabricado el arado; ha hecho falta luego el trabajo de los segadores y de los que han fabricado la
máquina segadora, después el trabajo del molinero, del panadero, todos los oficios que han fabricado la
amasadera del panadero, etc.; este pan es fruto de la transformación de la naturaleza. Nuestra obra,
nuestra tarea humana, es la humanización de la naturaleza, la transformación del mundo para que se
transforme en humano; por eso hay que ser tan severo con un trabajo que no humanice verdaderamente.
Si la materia sale ennoblecida del taller y el hombre sale envilecido, es un escándalo. Existe un atractivo
diálogo con los marxistas sobre ello, puesto que la idea de que el hombre se hace hombre en y por el
trabajo está en la base del marxismo.
Si uno se detiene ahí, todo ha terminado. La historia del hombre permanece puramente humana,
da vueltas sobre sí misma; uno comerá este pan y después continuará trabajando para transformar la
naturaleza y producir pan, no hay salida más allá de la historia. Pero si traigo éste pan al altar. Cristo

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hace de él su propio Cuerpo, diviniza o cristifica lo que yo he humanizado. La oración de la preparación
del pan y del vino es excelente: “Te presentamos este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los
hombres, que será para nosotros pan de vida. Te presentamos este vino, fruto de la vid y del trabajo de
los hombres, que será para nosotros el vino del Reino eterno”.
Si el trozo de pan que llevo al altar no es el hombre, no hay nada que comprender de la
Eucaristía sino un Cristo que cae del cielo sobre un trozo de pan para llegar a ser nuestro alimento en el
sentido de que nos consuele, nos fortifique, nos permita luchar contra las tentaciones; recaemos en un
moralismo infantil, en el que es imposible que puedan entrar nuestros contemporáneos. Lo verdadero es
que toda la historia del hombre se transforma en el cuerpo de Cristo; no deja de ser una historia
humana, pero desemboca sobre un más allá del hombre que es su verdadera vocación. Cuando el
hombre llega a ser verdaderamente Cuerpo de Cristo es cuando llega a ser verdaderamente hombre.
¿No podríamos, para educar a los niños, hacer films cortos donde se viera toda la historia de la
hostia, desde la elaboración hasta el altar? La hostia no existe más que al término de toda una
transformación de la naturaleza por el hombre y Cristo diviniza, cristifica, lo que el hombre ha
transformado cumpliendo su tarea humana. La Eucaristía es el signo eficaz de la tarea humana
realizada.
Parece que, en una sacristía a la que cambiaron su destino en Leningrado, cuando la revolución
de 1917, los comunistas tiraron los vasos sagrados y pusieron simbólicamente en su lugar sus
instrumentos de trabajo. Hicieron bien al llevar sus instrumentos de trabajo pero habría sido mejor
ponerlos en los vasos sagrados en vez de tirarlos. Tal historia, si es verdadera, es típica de un
malentendido existente en el que nosotros, los cristianos, somos en parte responsables pues hemos
olvidado que Jesucristo es hombre. Si Dios se ha hecho hombre, ¡no hay que suprimir al hombre!
La observación de una jovencita comprometida con la guerra de Vietnam, muy inteligente, me
viene a la memoria: “La misa, ¡ya tengo bastantes! ¡Mis padres quieren obligarme a que vaya!”
- “Veamos, le digo, pienso que entenderás la relación entre la Eucaristía y tu compromiso
político”.
Ella me mira creyendo que me he vuelto loco: “¡En absoluto!”
“¡Oh! entonces, si no captas esa relación, comprendo muy bien que no vayas a misa, porque
Cristo diviniza toda vuestra actividad comprometida, por eso Cristo da una dimensión de Reino eterno a
toda vuestra tarea humana. Vuestro trabajo para vosotros no consiste en hacer pan, sino en establecer la
paz entre los hombres, es una actividad transformante. Toda actividad humana humanizante es
transformante, ya se trate de las relaciones entre esposos, entre padres e hijos, entre profesores y
alumnos, etc., o se trate de instituciones. En la comunión. Cristo se nos da como alimento para que
tengamos no sólo una energía humana, sino también una energía divina para trabajar construyendo la
comunidad humana fraternal. Sin Cristo, no podemos hacer nada” (Jn 15, 5).
Cristo está presente no como quien cae del cielo sino como el fruto de la transformación
divinizante que opera en el misterio central de nuestra fe que es la Eucaristía. La hostia consagrada no
es sólo Cristo, también es el hombre cristificado.

Sacrificio
Esto debe permitirnos comprender cómo la Eucaristía es el sacramento de un Sacrificio. Esta
palabra está devaluada, desviada de su sentido original en el lenguaje corriente, pues hemos tomado la
costumbre de identificar sacrificio y privación y así no vamos a la raíz de las cosas.
Resulta muy difícil comprender que acto sacrificial es el acto por el que uno se relaciona con
Dios (etimológicamente sacrificio significa: hacer algo sagrado, divino). En la cumbre de la existencia
humana ratificamos nuestra vocación profunda de abrirnos a Dios, al Absoluto. El sacrificio no es una
privación sino la orientación positiva de todo nuestro ser, de toda nuestra vida hacia Dios. Darse a Dios
es la única manera de ser uno mismo, pues Dios es Amor. El hombre no es plenamente hombre más que
si es para Dios.
Esto implica una privación porque, en un mundo de pecado, no se puede a la vez vivir para Dios

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y vivir para sí, estar referido al Otro al mismo tiempo que uno se refiere a sí. Ser pura referencia a Dios,
es renunciar a ser uno mismo su propio centro. Conocemos nuestro egoísmo, sabemos que en nuestros
actos más generosos nos replegamos sobre nosotros mismos. ¿Quién de nosotros se atrevería a afirmar:
yo no existo más que por Dios y mis hermanos los hombres? En el vocabulario de la Iglesia
(desconfiemos siempre de las palabras que no comprendamos), equivaldría a decir: yo soy capaz de
ofrecer un sacrificio perfecto.
En la historia del mundo, si dejamos aparte el caso particular de la Virgen María, no existe más
que un solo hombre de quien podamos decir que toda su actividad, toda su vida, ha sido un sacrificio.
La vida de Jesucristo es una referencia continua a Dios. En su ser profundo -por eso creemos en Él y
por eso sabemos que Él es el Centro de todo-. Él es el único que no ha puesto nunca un acto libre para
El mismo sino que todo acto libre ha sido Amor. Toda su vida no ha sido más que caridad, ni el menor
rastro de repliegue sobre sí, de voluntad de sí, de mirada sobre sí, de movimiento de egoísmo. Todo el
ser de Jesucristo efe ser sacrificial. Cristo es el hombre perfecto, puro, absoluta referencia a Dios y a los
otros. Y digo a los otros pues, lo repito, no hay oposición entre el hombre y Dios. Dios no nos pide otra
cosa que trabajar por la verdadera felicidad de nuestros hermanos humanos; si lo que hacemos por el
hombre es por su bien profundo, al mismo tiempo es para Dios.
En su muerte en la Cruz culmina el Sacrificio de Cristo, pues sólo la muerte puede aportar la
prueba de que no se vive para sí. Sabemos que tratamos de huir de la muerte, casi siempre por cobardía.
Si no de la muerte definitiva, total, sí de esa muerte parcial que significa disminución del confort,
renuncia a ciertos privilegios, en resumen aquello que nos arranca de nuestro egoísmo y de nuestra
pereza. De ahí la admirable frase de Péguy: “La vida no existe más que para darla”.
La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo, es el Amor que no es más que Amor, quien por
consiguiente llega hasta la muerte y de donde surge el nuevo nacimiento, la Resurrección. Hay que
escoger entre dos afirmaciones: o bien decir que el amor es más fuerte que la muerte, o que la muerte es
más fuerte que el amor. El misterio pascual significa que el amor es más fuerte que la muerte. Es verdad
para Cristo y también para nosotros si Cristo no nos es un extraño, si estamos en Él como miembros en
el cuerpo. Bastaría tener el corazón en su sitio para comprender que una vida no es auténtica si no es
una vida sacrificada, es decir, un pasar (pascua) hacia Dios. La Eucaristía es signo de ello.

Acción de gracias
Etimológicamente, Eucaristía significa acción de gracias. No es por azar. El primer sentido de
gracia es el de belleza, de ahí se pasa a la idea de gratuidad, por consiguiente a la idea de don. El
verdadero don es gratuito. El don supremo es el perdón, es decir, el don perfecto, de ahí la expresión
“hacer gracia” (el derecho de gracia pertenece al jefe del Estado). Dar gracias es reconocer que todo es
gracia, de ahí el reconocimiento en el sentido de gratitud. Si todo es gracia, todo debe ser acción de
gracias. Es una lástima que no exista el sustantivo “rendición” de gracias.
En el Evangelio, Cristo nos muestra la naturaleza toda como recibida de la mano del Padre, como
don del Padre. El Evangelio muestra que debemos en primer lugar vivir el amor bajo la forma de
acogida. Acoger. Todo es dado, el mundo nos es dado, es puesto en nuestras manos. “No os preocupéis
diciendo: ¿qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos? Son los paganos quienes
buscan estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis” (Mt 7,31-32). Los paganos son
propietarios de cosas, las adquieren y poseen. Los cristianos son administradores de las cosas, las
reciben y las acogen. Por eso los paganos son inquietos, los cristianos son o deberían ser sosegados. El
mundo moderno está enervado en la medida en que su fe no es viva, cuando olvida que todo procede de
Dios; y si Dios es nuestro Padre, debemos estar sosegados como están los que tienen confianza.
Jesús proyecta sobre la naturaleza una mirada limpia, sosegada, incluso ante el hambre y la
muerte como situaciones límites. Para Él pedir y dar gracias se confunden, pide en forma de acción de
gracias, tan seguro está de que el Padre se ocupa de sus hijos. Suponiendo que tengan la preocupación
por el Reino de Dios: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por
añadidura” (Mt 7, 33), lo demás, el pan cotidiano: “Padre, que venga tu Reino, danos nuestro pan”, es
decir, lo que necesitamos para vivir, el condicionamiento de nuestra vida.

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Mirad qué dice Jesús ante la situación límite del hambre, no dice “Padre, te pido que
multipliques los panes en mis manos” sino “Padre, te doy gracias” (Jn 16, 11). Antes de que los panes
sean multiplicados Jesús agradece, tan seguro está de que será escuchado. Y ante otra situación límite,
estando presente la muerte en la tumba de Lázaro, Jesús dice: “Padre, te doy gracias porque me has
escuchado”; aún no ha sucedido. Lázaro todavía es cadáver, no ha vuelto a la vida, pero Jesús dice:
“Padre te doy gracias” (Jn 11, 41).
Si en el desierto. Jesús rechaza el alimento, es porque no le es dado por el Padre; éste es el
sentido profundo del rechazo a convertir las piedras en panes. Él no quiere comer si no le es posible dar
gracias, no se reconoce con derecho a usar cualquier cosa de la naturaleza sin que el Padre se la dé. Por
consiguiente, si transformase las piedras en pan por magia, sería un alimento que no habría recibido del
Padre. Bastaría que, en el Evangelio, Jesús hubiera hecho este prodigio para tener derecho a sospechar
de todo el Evangelio.
San Pablo da gracias como quien respira. Se puede decir que la respiración de Pablo es una
respiración de reconocimiento: “Damos continuas acciones de gracias, no cesamos de... sin cesar damos
gracias...” (1 Tim 1, 2; Filp 1, 3; 1 Cor 1, 4; Ef 1,15-16, etc.). Corazón dilatado el de Pablo. Para él, por
otra parte, la acción de gracias está siempre unida a la gracia o a la fe. La gracia es lo que Dios da al
hombre, la fe es la acogida del don de Dios. Así: “Doy gracias por vuestra causa, por la gracia que os ha
sido dada” (1 Cor 14) o “No cesamos de dar gracias (Timoteo y yo), habiendo sido informados de
vuestra fe” (Col 13).
Es preciso entender el vínculo entre Eucaristía-acción de gracias y Eucaristía-alimento. El
alimento es nuestra relación esencial con la naturaleza. Tenemos necesidad de comer para vivir y ¿qué
comemos? Carne, frutos, legumbres, todo procede de la naturaleza de la que no estamos desligados.
Claudel dice que “la menor lombriz necesita para vivir del conjunto de los planetas” y que “para el
vuelo de una mariposa es necesario el universo entero”. Yo también necesito para vivir al universo
entero, comprendidos el sol y el mar.
El pan es el símbolo de todo lo que Dios nos da para vivir. El pan y el vino son el alimento
elemental de los países mediterráneos, del mismo país de Jesús. Apartando de mi alimentación un poco
de pan y algunas gotas de vino, significo que toda la naturaleza debe volver al Padre. La Eucaristía es
por consiguiente la acción de gracias bajo las especies del alimento. Si todo es gracia todo debe ser
acción de gracias y para significar este todo nada mejor que el pan y el vino sin los que nada es posible.
Son los elementos de la vida misma. Dios da para que volvamos a dar lo que nos ha dado. “Bendito
seas. Señor, Dios del universo, por este pan que Tú nos has dado...”
Advertid que no tenemos que dar sino volver a dar, pues lo que tenemos es ya don. Dar es hacer
una acción de propietario, se da lo que se posee y por eso la frase de Pascal “Dios mío, os lo entrego
todo” no es cristiana. La frase cristiana es la de san Ignacio de Loyola al final de sus Ejercicios
espirituales “Dios mío, os lo devuelvo todo”. No somos propietarios de nada, somos administradores.
La caridad sin acción de gracias no sería caridad cristiana, sería generosidad de propietario.
El pan y el vino eucaristizados son el retorno a Dios de toda la naturaleza que Dios da al hombre
para que viva. Para el marxista, la relación del hombre con la naturaleza es el trabajo; para el cristiano
también, bien entendido, pero con una disposición contraria a la mentalidad de propietario como exige
la base de la acción de gracias. Sin la Eucaristía nuestra vida es falseada, es una vida de propietario. La
Vida eterna es la ausencia total de propiedad; Dios de ningún modo es propietario. Con la Eucaristía
nuestra vida es verdadera, es una vida de reconocimiento, es decir, de conocimiento reflexivo de la
verdad.

Sacramento de la comunidad humana por construir


Subrayemos en fin que si Cristo se nos da como alimento, es para reunimos en comunidad
fraternal. No porque yo haya insistido mucho sobre Cristo haciéndose alimento de cada uno vamos a
descuidar el simbolismo de la comida, es decir, alimento que tomamos juntos y no cada uno
separadamente. El aspecto personal y el comunitario son ambos esenciales. Cristo instituyó la
Eucaristía, signo de la Nueva Alianza, en el momento en que promulga la cláusula única de esta Nueva

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Alianza: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La cláusula de la unión con Dios es la
unión fraternal de los hombres entre sí, es decir, la construcción de la comunidad humana. No hay
alianza con Dios si no hay alianza entre los hombres.
El simbolismo del pan y del vino ha sido explicitado desde los primeros siglos, quedan huellas
en ciertas oraciones eucarísticas: “Del mismo modo, o Dios nuestro, que los granos de trigo estaban
dispersos en las llanuras y han sido molidos en una sola harina, del mismo modo que los granos del
racimo estaban dispersos por los montes y han sido reunidos en un solo vino, que nosotros seamos
reunidos todos en una misma comunidad fraterna”. San Agustín decía: “Cuando comemos el Cuerpo de
Cristo, nos incorporamos a la humanidad entera”.
Cuando se ha comprendido que el trozo de pan consagrado que recibimos es una parcela de ese
pan inmenso que es toda la humanidad divinizada por Cristo, no se tiene ya motivo para aburrirse. Se
puede revestir la celebración eucarística con elementos culturales, la eucaristía debe ser una fiesta pero
nunca un music-hall; la eucaristía es más bien la condición de toda fiesta pues, si no hubiese eucaristía
no habría esperanza de resurrección y la fiesta humana estaría encerrada en el círculo de la muerte.
Una comunidad no es sólo una colectividad, no existe si no existen lazos recíprocos de amor o de
amistad, si cada uno es para los otros más que para sí. Aquel que nos hace “uno” es Cristo, y nos da su
Cuerpo más que cuando es compartido. El pan eucarístico es un pan partido, la misa es la “fracción del
pan”, es decir, la construcción de la comunidad. Cuando digo una oración antes de la comida, me
guardo de decir “Señor, bendice este alimento que vamos a tomar y da pan a los que no lo tienen”,
tendría miedo de que Dios me respondiese “Eres tú quien se lo ha de dar”. Digo Siempre: “Enséñanos a
compartir”.
Compartir el mismo Pan significa que debemos compartir con los otros todo lo que es posible
compartir: nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra cultura, etc. sucede, estoy seguro, que habiendo
compartido el mismo pan, uno habla mal de su vecino, se rechaza un servicio, etc., esto es el pecado.
“Aquel, escribe Bossuet, que reciba la Eucaristía teniendo odio en el corazón contra su hermano, hace
violencia al Cuerpo del Salvador.” “Cuando presentes tu ofrenda en el altar, si tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda, ve a reconciliarte con él, y vuelve entonces a presentar tu ofrenda” (Mt 5,
23). Si no es así, la Eucaristía no significa absolutamente nada. Siempre he soñado que, al llegar a misa
de once, me empujase alguien saliendo con prisas de la iglesia diciendo: “Me acuerdo de que estoy
reñido confín miembro de mi familia, voy a reconciliarme, espero que tendré tiempo de volver a la
misa”. Si tomásemos conciencia de que este compartir el pan es signo de que debemos compartirlo
todo, nuestra civilización tendría una base sólida. La Eucaristía es el sacramento de la unidad humana.
Hay que comprender que nuestras comidas son impotentes para expresar una humanidad
totalmente reconciliada en el amor. Las comidas que tomamos en casa con nuestras familias y amigos,
no pueden significar más que una fraternidad parcial; somos ocho o doce a compartir el mismo
alimento, eso es todo. Por otra parte, uno no invita a los enemigos a su mesa, no hay reunión humana
sin exclusión. Se puede ir más lejos y decir que, en la comida humana, el trozo que yo como vosotros
no lo coméis. Esta puntualización puede parecer infantil pero no lo es, pues, mientras estamos en una
economía de abundancia, hay en otros continentes pueblos enteros que no tienen qué comer para saciar
su hambre. Estos problemas son múltiples y complejos, se trata de economía de mercado, de egoísmo
de las naciones prósperas, pero hay que reflexionar para comprender que la humanidad no es aún
fraternal.
Celebro a veces eucaristías “domésticas” en el comedor de una familia: se empieza con la
comida de amigos, se prosigue con una reflexión sobre el Evangelio, y se termina con la celebración.
Hay algo conmovedor, verdaderamente se palpa una relación real entre el signo eucarístico y la vivencia
de la fraternidad humana. Pero hay un inconveniente: los que están reunidos son ya fraternales, son
grupos de amigos, hombres y mujeres, que se conocen, que participan de la misma cultura, que tienen
entre ellos muchas afinidades. El peligro es que la Eucaristía sea la consagración de una fraternidad ya
realizada.
Uno de los más bellos recuerdos de mi vida es un encuentro con un grupo de patronos,
ingenieros, empleados y obreros de la misma empresa, cristianos todos. Durante dos horas la reunión

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fue muy dura, los puntos de vista de los patronos, ingenieros y obreros eran opuestos. Al final, cuando
íbamos a separarnos, un obrero se levanta y dice: “Somos cristianos, no vamos a separarnos sin decir el
Padre Nuestro”. Esos hombres que, durante dos horas, se habían enfrentado duramente, dijeron juntos el
Padre Nuestro. Habríamos podido celebrar la Eucaristía, hubiera adquirido todo su sentido, pues no es
la coronación de una fraternidad ya realizada sino la exigencia de una fraternidad para la que uno trata
de trabajar reconociendo sus carencias, cada uno según su vocación y sus capacidades. Es la dialéctica
del “ya si” pero “todavía no”.
La Eucaristía es la crítica de nuestras comidas legítimas que excluyen mucho más que reúnen.
En ellas, uno se apropia el alimento. Sólo el Cuerpo de Cristo resucitado no puede ser apropiado, pues
está más allá de los límites de la naturaleza y de la historia. El es. Él mismo, la Desapropiación
absoluta, la Caridad, Aquél que es sin ninguna clase de propiedad. Uno no puede apropiarse una
desapropiación. Toda comida humana no es si no una victoria provisional sobre la agresividad, el odio,
el egoísmo; nadie puede presumir de que es una victoria definitiva. La única comida que significa la
reconciliación universal es compartir el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía nos recuerda, día tras día, que
fuera de la muerte y resurrección de Cristo no hay fraternidad universal posible.
No sin razón, durante siglos, la Iglesia ha hecho un deber para los cristianos participar en la
asamblea eucarística, al menos una vez por semana. Hoy insiste mucho menos, pues le repugnan los
actos de autoridad demasiado explícitos. Lo que espera la Iglesia es que el progreso de los años
venideros será tal que los cristianos no tengan necesidad de un mandamiento concreto para participar en
la misa.
Así pues, la Eucaristía es el Sacramento por excelencia, es Cristo sacrificado que, como hombre,
está completamente vuelto hacia Dios y, como Dios, está completamente vuelto hacia el hombre. Cristo
es el abrazo, me atrevo a decir, la cristalización de estos dos impulsos. El Beso de Rodin es un solo
bloque de mármol, la mujer no es más que movimiento hacia el hombre, el hombre no es más que
movimiento hacia la mujer. Es una imagen, pero puede ayudarnos a comprender la realidad del amor
entre Dios y el hombre. La hostia consagrada es a la vez el don del hombre a Dios (es decir el
Sacrificio) y el don de Dios al hombre (es decir el Sacramento). Al final se logra lo que yo me obstino
en llamar nuestra definitiva divinización, el objeto de nuestra esperanza, nuestra plena y total libertad en
la alegría. “Quiero que allí donde yo estoy estéis vosotros conmigo” (Jn 17, 24). “Nosotros le veremos
como Él es” (1 Jn 3,2). Esto es lo que aporta Jesucristo de irremplazable.

Epílogo

Quiero terminar con una nota de optimismo y de esperanza. Si habéis seguido los temas que os
he ofrecido, debe imperar entre vosotros la esperanza y la alegría. Pues en medio de los ajetreos de la
vida, a pesar de las aflicciones provocadas por las discrepancias entre los cristianos, la Iglesia está en
plena renovación; todos debemos contribuir a ella, y no puede realizarse sin esfuerzo.
Así lo expresan las últimas palabras de Juana de Arco en la hoguera (de Claudel), puestas
admirablemente en música por Arthur Honegger:

“¡LA ESPERANZA ES MÁS FUERTE QUE LA MUERTE!


¡LA ALEGRÍA ES MÁS FUERTE QUE LA MUERTE!
¡EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE LA MUERTE!”

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