Varillon - Alegría de Creer Alegría de Vivir
Varillon - Alegría de Creer Alegría de Vivir
Índice
Introducción
LO ESENCIAL DE LA FE
Sentido y sinsentido
¿Tiene un sentido la vida?
Lo esencial de lo esencial
Cristo revela quién es el hombre y quién es Dios
Las características del amor
Morir y resucitar
Transformación
Tres Pascuas o pasos transformadores
Primera parte
CRISTO, VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE
El corazón de la enseñanza de Jesús: El Sermón del Monte
¿Qué se quiere decir cuando se afirma que “Cristo murió por nosotros”?
Presentación rudimentaria del misterio de la Redención.
Propuesta de reflexiones teológicas
¿Es un hecho histórico la resurrección de Cristo?
Cristo resucitó de entre los muertos y subió a los cielos...
La resurrección
La ascensión
Segunda parte
LA ACOGIDA DEL DON DE DIOS
La Virgen María
La Iglesia, visibilidad del don de Dios
Visibilidad del don de Dios
Triple origen de la Iglesia
Misterio de amor
Tercera parte
CRISTO VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE
REVELA QUIÉN ES DIOS Y QUIÉN ES EL HOMBRE
Introducción
Dios-Trinidad: la intimidad de un Dios que no es más que amor
Dios crea al hombre creador
La experiencia de un amor liberador, de un dinamismo de liberación
Eliminar tres palabras peligrosas
Posibles teorías sobre el misterio de la creación
El misterio del acto creador
El pecado original: todos los hombres son pecadores en la raíz de su ser
Propuesta de reflexiones teológicas
El dogma del pecado original es esencial para nuestra
verdadera relación con Dios
La resurrección de la carne o divinización del hombre y del universo
No inmortalidad del alma sino resurrección total del hombre
Valor del cuerpo. Ningún alma sin cuerpo, ningún cuerpo sin alma
En la soledad de la muerte, reencuentro con Cristo resucitado
Nuestro cuerpo actual no es plenamente cuerpo
Nota 1: El reverso de la divinización: el infierno
El infierno en la Biblia
Reflexión teológica
Nota 2: El purgatorio
Cuarta parte
ALGUNOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO
PARA LLEVAR A CABO LA TAREA HUMANA
Vivir es esperar
Las esperanzas humanas
Las esperanzas humanas pueden transformarse
en cristianas
Dios es el poder de nuestros poderes, la iniciativa
de nuestras iniciativas
El Evangelio, una llamada a la Fe y a la Libertad
Vivir el Evangelio en su integridad
Vivir el Evangelio es vivir de fe. Los cinco pasos de la fe
Vivir el Evangelio es elegir a Cristo como educador
de la libertad
Orar
¿Cómo orar?
El riesgo de una oración pagana
¿Por qué orar? Los fundamentos de la necesidad de orar
Combatir el mal y el sufrimiento
El escándalo del mal ...puede transformarse en un misterio de purificación ...
Conclusión
La Eucaristía recapitula todo
Unión a Cristo que se da como alimento
Signo eficaz de la tarea humana realizada
Acción de gracias
Sacramento de la comunidad humana por construir
Epílogo
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Introducción:
LO ESENCIAL DE LA FE
Sentido y sinsentido
Págs. 31-53
Una situación de crisis como la que atravesamos actualmente es bienhechora. Una crisis puede
ser mortal, pero también hay crisis de crecimiento.
Péguy distinguía, tanto en nuestras existencias individuales como en la historia de las
civilizaciones, periodos y épocas. Un periodo es un tiempo en el que no pasa gran cosa, los individuos y
las colectividades viven con tranquilidad, no tienen necesidad de tomar decisiones importantes. La
época es un tiempo en que sucede algo, porque la libertad, esencial para el hombre, es zarandeada por
problemas que quitan el sueño. Una época es un momento crucial de la historia en el que es preciso salir
a cualquier precio del adormecimiento. No son precisamente los adormecidos quienes entrarán en el
Reino de Dios.
Vivimos en una época, no hay duda. Hay importantes decisiones que tomar y no podemos
eludirlas. Decisión, una palabra que me escucharéis pronunciar muy a menudo. Valemos lo que valen
nuestras decisiones, pequeñas o grandes; por nuestras decisiones somos hombres.
Un tiempo de crisis como el nuestro debe ser a la vez de vigilancia (hay crisis mortales) y de
optimismo. Como sabemos, no insistiré en ello, la crisis presente no es sólo eclesial, es una crisis de
civilización en la que la Iglesia, como es normal, sufre de rebote.
Por decirlo en dos palabras, lo que caracteriza a la crisis de civilización presente, es que existe un
desequilibrio entre el dominio creciente del hombre sobre el conjunto de sus medios (técnicos,
económicos, políticos, etc.) y una ausencia cada vez más evidente de metas comunes. Existe
actualmente una gran inteligencia, un progreso creciente en el plano de los medios, y un absurdo en el
plano de los fines. Se ha llegado a la luna y, como decía André Malraux: si con ello conseguimos
suicidarnos más fácilmente, no hemos progresado. Se persigue el bienestar, pero ¿para qué?, ¿para
hacer (o para ser) qué?
El problema que se le plantea al hombre es el del sentido de la existencia. Paul Ricoeur escribió:
“Los hombres carecen de justicia y de amor pero más aún carecen de sentido”. ¿Qué significa esto en
definitiva?
El problema fundamental de la Filosofía es el siguiente: ¿por qué hay algo y no nada? En el
terreno práctico la cuestión sería, ¿por qué tiene que haber un desarrollo, un poder, un ser más? ¿a
dónde nos lleva esto? Es la cuestión del sentido y del sinsentido de la vida.
Sentido según la doble acepción del término: sentido como dirección, como se dice de un río o de
la dirección única de una calle, y sentido como significado, como se dice aplicado a una frase. ¿Cuál es
la dirección de nuestra existencia, a dónde vamos? ¿Qué sentido tiene, qué quiere decir esto?
Muchas cosas tienen sentido afortunadamente, la amistad, el amor, la cultura, el progreso
económico y social, el progreso de la justicia en el mundo. Todo esto tiene sentido.
Pero existe también el sinsentido. Esa muchacha de veinte años que veo en el hospital y me dice
que tiene un cáncer y va a morir dentro de unos meses, hermosa, llena de talento y con un porvenir
magnífico, me dice: “Me rebelo”. Lejos de escandalizarme, le respondo: “Yo me rebelo contigo”. Ella
se sorprende creyendo que iba a decirle que la rebelión es pecado. Ante el sinsentido, ante el absurdo, la
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rebelión es sana. Un padre de familia con cuatro hijos que muere de repente como consecuencia de un
frenazo en una carretera mojada. Un terremoto que reduce a la miseria a miles de paquistaníes. Es
absurdo, no tiene sentido.
¿Cómo evitar plantearse el problema de saber quién vencerá, el sentido o el sinsentido?
¿Vencerá el sinsentido? ¿Es la muerte el final de todo? ¿Es la muerte el tope contra el que choca lo que
tiene sentido y habrá que decir con Paul Valery que “Todo es enterrado y forma parte de una cadena” , la
cadena de la naturaleza, y nuestros cadáveres servirán de estiércol para las verduras de nuestros nietos?
En términos más filosóficos, ¿será nuestra libertad, esa magnífica libertad que nos permite
elevarnos sobre los seres de la naturaleza, vencida finalmente por la naturaleza? No creo que pueda
evitarse la cuestión del sentido, aunque se puede naturalmente no prestarle atención.
Estamos rodeados de gentes que se estancan en sentidos parciales de la existencia, en el amor,
la cultura, el progreso económico y político. Pascal diría: se distraen. Dicho de otro modo, viven de
manera superficial. Se puede no prestar atención a la cuestión fundamental, pero cuando se le hace caso
se plantea de manera insoslayable.
El Cristianismo se presenta como una respuesta a este interrogante que nos define como hombres.
Ser cristiano es creer en la respuesta que Dios da en Jesucristo a esta interrogación humana. La fe
cristiana nos convierte en adversarios del absurdo o del sinsentido, profetas del sentido o si lo preferís,
testigos del sentido. Ser cristiano es poder dar un sentido más profundo al que ya lo tiene (amistad,
amor, cultura, música, incluso la simple camaradería), y poder dar sentido a aquello que no lo tiene.
Yo le decía a la muchacha del hospital tras haberme rebelado con ella contra el sinsentido de su
muerte prematura: “¿Vamos a dejarlo así? ¿Crees que te es posible darle tú misma un sentido al
acontecimiento de la muerte que, en sí es absurdo y carece de sentido? ¿No constituye la grandeza de
nuestra libertad el que el sentido no esté en las cosas sino que le demos un sentido a lo que no lo tiene?”
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debemos decir que tiene razón. Nadie debe afirmar lo que afirma la Iglesia si no estima en conciencia
que tiene el deber de afirmarlo.
Santo Tomás de Aquino no temía decir: “Creer en Cristo es en sí una buena cosa, pero es una falta
moral creer en Cristo si la razón estima que este acto es malo; cada uno debe obedecer a su conciencia
aunque sea errónea”. Naturalmente, ni qué decir tiene, pero conviene decirlo aquí, que el error no ha de
ser voluntario, ni siquiera indirectamente por negligencia.
Hablo de los que dudan porque quieren ser honrados con el coraje que supone la honradez. Son
quizás los testigos dolorosos de la mediocridad, mediocridad intelectual si no nos esforzamos por
purificar nuestras creencias de los aspectos míticos que acarrea inevitablemente la mediocridad moral
(cuántos, por ejemplo, confunden caridad con limosna, o amor con sentimiento y se vuelven incapaces
de comprender el verdadero sentido de las palabras de San Juan: “Dios es Amor”).
Los que dudan por honradez de conciencia se niegan a adherirse a las verdades de la fe hasta ver
claro, se niegan a contentarse con una fe ingenua y en cierto modo precrítica. Lo que importa es que no
pasen junto al Himalaya y digan que no han visto nada, porque no se puede negar que el gran
movimiento judeo-cristiano, desde Abraham, guarda riquezas considerables. Hay que pedirles que sean,
al menos, capaces de admirar pero, al mismo tiempo, hay que comprender que puedan muy bien
admirar sin estar convencidos y que sus reticencias no son, por otra parte, sospechosas.
Quien duda sinceramente no es el escéptico que hace de la desconfianza un principio, lo cual es
una enfermedad de la inteligencia. No es tampoco el que tiene miedo a comprometerse y que, a causa
de este miedo, se refugia en la duda teórica; aquí hay una enfermedad de la voluntad. ¿Dudáis porque
tenéis miedo a comprometeros? La fe no es sólo una opinión, es comprometerse. No se cree que Dios
existe como se cree que hay o no platillos voladores; pues si Dios existe es esencial comprometerse
con El desde lo más profundo del ser.
Es evidente que hay actualmente muchos enfermos de espíritu y muchos de voluntad. El mayor
mal es no estar atentos, no dejar surgir de uno mismo la pregunta fundamental sobre el sentido último
de la existencia humana o, lo que es lo mismo, no interrogarse acerca de lo esencial de la fe.
Lo esencial de lo esencial
Hay algo esencial. No lo digo yo sino el Concilio Vaticano II: “Hay un orden o jerarquía de
verdades de la doctrina católica por su diferente relación con los fundamentos de la fe cristiana” . Dicho
de otro modo, no se trata de ponerlo todo en un mismo plano. Podría daros una conferencia sobre los
ángeles pero os diré que la cuestión de los ángeles es mucho menos esencial que el misterio de la
Trinidad. Incluso los dogmas relativos a la Virgen María, mucho más importantes que los ángeles, son
sin embargo menos importantes que la Trinidad y la Encarnación. Y si la Virgen María es importante, es
en función de la Trinidad y de la Encarnación porque es madre de Jesucristo.
No diré que se haya de distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque pienso que cuando se han
comprendido las cosas, no hay nada accesorio. Lo que digo es que existe lo esencial y lo que es menos,
lo que está ligado a lo esencial de manera más o menos directa. Lo que se echa en falta hoy es la
capacidad de distinguir lo esencial de la fe, diría lo esencial de lo esencial.
Quisiera que los cristianos fueran capaces de responder en dos renglones a esta pregunta: ¿en qué
creen? Y de la misma manera quisiera que el incrédulo pudiera también responder en dos líneas a la
pregunta: ¿en qué no creen ustedes? ¿Qué se niegan a creer exactamente?
Nosotros creemos en la respuesta que da Dios a la pregunta insoslayable sobre el sentido de la
existencia. Esta respuesta está contenida en un adagio tradicional de la Iglesia de los primeros siglos; al
parecer, el primero en utilizarlo fue San Ireneo, obispo de Lyón, muerto hacia el año 200, y no dejó
nunca de ser repetido y comentado por los Padres de la Iglesia tanto en Oriente como en Occidente. Lo
cito en latín para que conserve su sello de autenticidad: “Deus homo factus est ut homo fieret Deus”, es
decir, “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios” o, si lo preferís “Dios se hizo hombre
para que el hombre se hiciese Dios”.
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¿Es esto lo esencial de vuestra fe? Si al escuchar esta breve frase pensáis que hay una
exageración, vuestra reacción indica que no habéis profundizado todavía en lo esencial de la fe. Ocurre
con frecuencia que uno se pregunta: ¿No fue acaso el pecado original querer ser Dios? Hay aquí un gran
equívoco: sí, el pecado original es pretender hacerse Dios con las propias fuerzas, pero no es pecado
original sino lo esencial de la fe aceptar el don absolutamente inaudito de nuestra divinización.
¿Habéis reflexionado bastante para comprender que, de no ser así, la Encarnación de Dios no
sería más que una visita de Dios a la tierra, como vemos en las mitologías paganas donde los dioses se
pasean por la tierra disfrazados? De no ser así, habría que decir que Dios tomó nuestras vestiduras para
estar con nosotros durante cierto tiempo y predicarnos una moral que se puede decir que es superior a
todas las morales; hecho lo cual, subió al cielo desde donde vigila nuestra manera de comportarnos aquí
abajo, a fin de premiarnos si practicamos las virtudes cristianas y castigamos si preferimos vivir en el
pecado. ¡Estamos en plena mitología!
No os sorprendáis si nuestros contemporáneos y en especial los jóvenes se niegan a aceptar esto.
Pues si esto es la fe, el deber de un hombre inteligente es salirse cuanto antes. No bromeo, lo que estoy
diciendo es muy doloroso y temo que haya todavía hombres y mujeres, sacerdotes y religiosas, que
están viviendo en plena mitología sin darse cuenta.
El adagio que os he propuesto como expresión de lo esencial de la fe es de lo más tradicional en
la Iglesia. Digamos de pasada que no hay que llamar tradicional a lo que algunos de nosotros
aprendieron a principios de siglo. Hay confusiones que conviene disipar enérgicamente. Muchos se
dicen actualmente tradicionales pensando en lo que se les enseñó cuando eran jóvenes. Pero hay que
saber que hace cincuenta años fuimos educados en una época en que la Iglesia estaba bastante lejos de
su propia Tradición, lo que no tiene nada de escandaloso, pues en la vida de la Iglesia ha habido
momentos de una bajada de tensión. Algo así como ocurre en la obra de un escritor en la que nos
sorprende encontrar en partes de su obra cosas que rozan la tontería. Sucede lo mismo con una partitura
de un gran músico, hay momentos en que da la impresión de olvidarse de su identidad por lo flojo que
aparece. En una gran obra esa bajada de tensión es normal, en general no dura y el genio se repone muy
rápidamente.
Lo mismo ocurre en la vida de la Iglesia; hay momentos en que estamos lejos de lo esencial de la
Tradición. Que los mayores de entre vosotros traten de acordarse: ¿Os hablaron de san Pablo cuando
erais jóvenes? No mucho, se tenía miedo a la libertad. Es un ejemplo entre mil. Tenemos pues que
prestar mucha atención para no confundir la Tradición de la Iglesia con lo que se nos ha enseñado que,
en la mayoría de los casos y de ahí la crisis actual, era relativamente ajeno a la verdadera Tradición de
la Iglesia (digo relativamente pues no hay que exagerar, una bajada de tensión no es un error).
Hay dos verdades que son rigurosamente correlativas, la encarnación de Dios y la divinización
del hombre. Es lo absolutamente tradicional, la base de la fe, lo permanente, lo inmutable, lo que
ningún contexto cultural nuevo puede modificar, lo que la Iglesia no pondrá jamás en tela de juicio
aunque tenga que cambiar su formulación. Nos lo han dicho siempre, pero en términos terriblemente
desgastados, como se dice del tejido que se puede ver a través de él.
GRACIA SANTIFICANTE: gracia quiere decir don y santificante quiere decir divinizante. Santo
es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento (Cf. Santo, Santo, Santo es el Señor...) Por consiguiente,
en términos estrictos, lo santificante es lo divinizante. Todos hemos aprendido que existe la gracia
santificante pero no se nos dijo que se trataba de nuestra divinización.
SALVACIÓN: ¿Hay palabra más utilizada que esta? Albert Mury, intelectual marxista, quien
durante una semana de Intelectuales católicos en París me ayudó a precisar mi propio pensamiento
sobre la salvación, me decía: “A mi modo de ver, esta palabra conlleva cuatro preguntas:
“¿Quién es salvado?”
“¿Quién salva?”,
“¿Salvado de qué?”
“¿Salvado para llegar a qué?”
He aquí la respuesta marxista: ¿Quién es salvado?, el hombre. ¿Quién salva?, el proletariado
organizado en partido. ¿Salvado de qué?, de la alienación (injusticias, explotaciones, etc.) ¿Para llegar a
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qué?, a la sociedad sin clases, a la ciudad armoniosa y fraterna. Tras ello, di la respuesta cristiana.
¿Quién es salvado?, el hombre. ¿Quien salva?, Jesucristo. ¿Salvado de qué?, de la finitud de la criatura
(somos seres finitos) reforzada por el pecado que es una alienación mucho más profunda. ¿Para llegar a
qué?, no a la sociedad sin clases sino a una vida eterna divinizada, que no excluye el objetivo humano
de una sociedad más justa y fraterna (digamos de paso que no seremos divinizados, que no iremos al
cielo -hablando como el viejo catecismo- si no trabajamos ya desde ahora cuanto podamos, por crear un
mundo más justo, mas fraterno, más profundamente humano). Se nos habló siempre de salvación pero
omitiendo esta precisión.
HIJO DE DIOS. Esta palabra no quiere decir solamente criatura sino que vive la misma vida que
Dios. Un padre no da solamente la vida a sus hijos sino que les da su propia vida. Cuando decimos que
somos hijos de Dios decimos que Dios nos da su propia Vida, es decir, que nos hace participar de su
divinidad, en resumen, que somos divinizados. Esto es muy serio, que el bautismo nos haga hijos de
Dios no es poco.
VIDA SOBRENATURAL: Haced una encuesta en vuestro medio social, en vuestras parroquias,
escuelas, colegios, ¿qué significa esta expresión? Para algunos, una aparición de la Virgen María en
Lourdes es un fenómeno sobrenatural. Otros dirán que lo sobrenatural es lo que la naturaleza no puede
explicar, un platillo volante es un fenómeno sobrenatural. ¿Cuántos cristianos saben hoy que esta
palabra significa estrictamente la vocación del hombre a compartir la vida misma de Dios, a ser
divinizado?
Aunque las palabras se gasten o se degraden, no perdamos de vista la realidad enseñada pues se
trata de lo esencial.
¿Qué es un misterio?
Hay que comprender bien lo que significa la palabra misterio. Cuando yo era pequeño me decían
que un misterio es lo que no se puede comprender. No era yo muy listo entonces. De haber tenido un
poco de inteligencia hubiera replicado: qué curioso, si Dios me habla es para que yo le entienda. Es
absurdo afirmar, por una parte, que Dios por amor me revela su vida y, por otra, que yo no pueda
entenderlo. Es como si yo le dijera a uno de vosotros: tengo una gran amistad y simpatía por ti, dame un
poco de tiempo y te contaré toda mi vida, qué amo, qué hago, cuáles son mis amistades, etc. Me diréis
que es muy amable por mi parte y que os doy una gran prueba de amistad. Pero si me pongo entonces a
hablaros en chino, pensaréis que estoy loco, pues por una parte me dispongo a haceros partícipes del
secreto de mi existencia y, por otra, os hablo en chino.
Es lo que sucede cuando se afirma que el misterio es lo que no se puede entender. Acabáis de
comprobar con este ejemplo lo que representó una cierta enseñanza cuando la Iglesia olvidó su propia
Tradición. San Agustín nunca definió el misterio como lo que no se puede comprender sino como lo que
no se termina de comprender, que es muy distinto. Un hombre casado, muy feliz en su hogar, viene y
me dice al cabo de veinte años de matrimonio: “Padre, mi mujer es todavía un misterio para mí”. Yo le
contesto: “Ello no quiere decir que ella sea un enigma, sino que veinte años de vida en común no te han
bastado para penetrar en lo más profundo de su ser. Tanto mejor, pues vas a descubrir en tu mujer
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arcanos insospechados”. De la misma manera yo puedo preguntaros a la salida de un concierto, ¿os ha
gustado esa fuga de Bach? Cuidado, me diréis, es muy profunda y hay que escucharla varias veces.
Entonces, quizás a la duodécima vez, puesto que Bach no es Dios, no habrá ya misterio, pero hace falta
tiempo.
Dios nos hace penetrar en su misterio. Pero no se trata de curiosidad intelectual ni de responder a
una pregunta filosófica, ¿quién es Dios? sino de saber cual es nuestra vocación, convertir-nos en lo que
es Él. Es preciso que sepamos quién es Él. En otros términos, el sentido de la vida es nuestra relación
con Dios hasta el extremo de que viviremos eternamente su vida. El Cristianismo es esencialmente la
verdad de una relación. Lo contrario de la verdad no es el error (dos y dos son cuatro, es una verdad;
dos y dos son cinco es un error) sino la mentira. Hay relaciones verdaderas y relaciones engañosas.
Decir a una mujer que se le ama y tener relaciones amorosas con ella pensando en otra, es una relación
engañosa, no verdadera.
El Cristianismo contiene los elementos necesarios para que nuestra relación con Dios sea verdadera.
Todo en el Cristianismo (dogma, moral, sacramentos...) está encaminado a garantizar o a autentificar
nuestra relación con Dios. Obviamente, para que nuestra relación con Dios sea verdadera, hay que saber
quién es el hombre y quién es Dios, hay que conocer la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios.
No se tiene una relación verdadera con alguien que no se conoce. Cristo, que se hizo hombre para que el
hombre se hiciera Dios, nos revela quién es el hombre y quién es Dios.
¿Quién es el hombre?
Si me preguntáis qué es el hombre os responderé que pertenece a la categoría de lo divinizable. Es
la respuesta más profunda que se pueda dar más allá de lo que puedan decirnos las ciencias humanas
por interesante que sea. Los estudiantes llenan las facultades de ciencias humanas, sicología, sociología,
sociosicología, sicoanálisis, etc. El tema es apasionante, pero no llegan hasta la profundidad última del
hombre, no nos informan sobre el misterio del hombre, porque el hombre es un misterio.
¿Por qué el hombre es divinizable? Sencillamente porque hay un hombre que es Dios, un hombre
plenamente hombre. El Evangelio y San Pablo nos repiten que Cristo es plenamente hombre, salvo en
lo que se refiere al pecado, añaden. Cristo es plenamente hombre precisamente porque no es pecador. Y
lo que nos impide a nosotros ser plenamente hombres es el hecho de ser pecadores.
Si un miembro del género humano, de la especie humana, es Dios, quiere decir que hay en
todos los hombres la capacidad de ser Dios. Si un hombre es Dios, todos pueden serlo. El misterio del
hombre, el sentido del hombre, la significación de la vida humana, es la aptitud esencial del hombre
para ser lo que es Dios. De no ser así, habría que decir que Cristo no es hombre sino un paréntesis en la
historia de la humanidad, un aerolito, un fenómeno caído del cielo. La Iglesia luchó durante siglos por
mantener, a todo precio y contra todos, la humanidad de Jesucristo. Cristo no es un paréntesis sino el
Hombre en su plenitud. Existe ciertamente el hombre según Sócrates, según Nehru, etc., pero nosotros
los cristianos creemos que sólo Cristo nos dice qué es el hombre verdadero. Sólo Cristo realiza a la
perfección la definición misma de hombre: Él es Hombre y es hombre Dios. Por eso nosotros seremos
plenamente hombres sólo cuando seamos divinizados.
Tropiezo con estas objeciones: no me interesa saber cómo seré divinizado, pido sencillamente ser
humanizado; no me dice nada llegar a ser Dios, sí llegar a ser auténticamente hombre. Hay que tratar de
comprender que, al mismo tiempo, Cristo nos humaniza y nos diviniza. No tenemos que escoger entre
llegar a ser plenamente hombres y llegar a ser Dios. Se nos quiso encerrar en un dilema: o el hombre o
Dios. Si yo tuviese que escoger entre el hombre y Dios de modo que uno de los dos tenga que ser
excluido, yo escogería el hombre. Lo cual sería conforme a mi dignidad: pues soy hombre y he de llegar
a serlo. No podría creer en un Dios que me obligase a hacer esta elección, pues este Dios no podría ser
más que un ídolo. Llegar a ser Dios no quiere decir dejar de ser hombres.
¿Qué diferencia hay entre Cristo y nosotros? Hay dos. Primera: lo que Él es, nosotros tenemos
todavía que serlo. El hecho de no ser como Él desde nuestra concepción sino tener que llegar a serlo -a
lo largo de nuestra vida- crea entre Él y nosotros una diferencia infinita que durará toda la eternidad.
Segunda: sólo por Él llegamos a serlo. El modelo de hombre que se trata de ser es Cristo, norma
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absoluta, tipo de humanización acabada. Sólo por Él llegamos a ser hombres.
Estas dos diferencias bastan para mantener entre Cristo y nosotros una distinción eterna
irreductible. Jesús es el único Hombre-Dios, pero todos los hombres son divinizables; nos convertimos
perfectamente en Él. Jesús nos lo revela por su existencia como hombre-Dios. Incluso antes de oír sus
palabras, si creo que hay un Hombre-Dios, creo que mi vocación es llegar a ser yo también divino,
llegar a ser Dios. Como dice G. Morel: “Llegamos a ser por participación lo que Dios es por
naturaleza”.
¿Quién es Dios?
Jesús nos revela quién es Dios: Dios es Amor. Lo sabemos, pero ¿1o tomamos en serio?
Evidentemente, si existe un hombre que es Dios, es porque Dios es Amor. De otro modo no se
comprende la Encarnación si Dios no es Amor. En efecto, la tendencia profunda, el dinamismo
profundo del amor conduce a convertirse en el ser amado, no sólo estar unido a él sino ser uno con él.
Este dinamismo existe también en el amor humano pero no es plenamente realizable.
Pienso que no hay alegría comparable con la de amar; no tiene punto de comparación con la alegría
del arte o de la investigación científica. La alegría de amar es única pero no está exenta de sufrimientos.
Entrar en el amor es entrar en la alegría pero también entrar en el sufrimiento, no sólo porque existe
siempre el riesgo de la traición, del hábito, de una disminución progresiva del sentimiento recíproco,
sino porque de manera más profunda, el deseo íntimo del amor no puede realizarse aquí abajo; no se
trata solamente de que tú y yo estemos unidos, sino que tú y yo no seamos más que uno, sólo uno.
Es lo que Dios realiza en la Encarnación: se hace uno conmigo; en Jesucristo, Dios no está
solamente unido al hombre sino que es uno con él. El amor se ha realizado plenamente. Pues cuando la
Iglesia me dice que Cristo es a la vez Dios y Hombre, una sola persona, yo sé ya que Dios es amor.
Toda la Biblia lo desarrolla.
¿Qué es un amor todopoderoso? Es un amor que va hasta el final del amor. La omnipotencia del
amor es la muerte, ir hasta el final del amor es morir por los que se ama, y es también perdonarlos.
Si hay alguien entre vosotros que haya pasado por la dolorosa experiencia de una desavenencia familiar
o con un amigo, sabe hasta qué punto es difícil perdonar de verdad. Hace falta que el amor sea muy
fuerte para perdonar, lo que se llama perdonar de verdad. Hace falta el poder de amar.
¿Qué es un amor infinito? Es un amor sin límites. Tenemos límites en nuestro amor humano pero
el amor de Dios es infinito y por tanto capaz de convertirse en hombre sin dejar de ser Dios.
Él realiza lo que nosotros no podemos realizar ni siquiera en los hogares más profundamente
unidos. Por eso os decía que es imposible entrar en el amor sin entrar en el sufrimiento, si de verdad se
ama y se realiza lo que representa amar, es decir convertirse uno en el otro. El infinito de Dios no es un
infinito en el espacio, un océano sin fondo ni orillas, es un amor que no tiene límites.
No hay que ser sentimental, hay que combatir tanto el sentimentalismo como el racionalismo. Uno
de los beneficios del canto gregoriano, del que soy devoto, es que me ha apartado a un tiempo del
racionalismo seco y del sentimentalismo bobo. Repetir machaconamente la palabra amar termina por
ser un poco simple.
Pobreza de Dios
En mi experiencia de hombre veo que no hay amor sin pobreza. Tratemos de imaginar una mirada
de amor en la cual sólo hubiera amor. Es muy difícil, pues en toda mirada humana hay siempre algo
más. Incluso en la mirada más amorosa hay siempre una mirada hacia sí mismo. Soy pecador y ello
quiere decir que cuando te digo que te amo, debería añadir, si fuera sincero, que hay alguien a quien
prefiero a ti y ese alguien soy yo. He ahí el pecado, cualquiera que sea la forma que revista. El pecado
original es mi incapacidad de amar puramente, lo que hace que el otro no lo sea todo para mí (en
sentido estricto) y que yo no sea puro dinamismo hacia el otro (puro en sentido estricto), como en la
Trinidad el Padre es puro dinamismo hacia el Hijo y el Hijo hacia el Padre, y el Espíritu Santo es la
reciprocidad, la fuerza del amor, el dinamismo.
Existe un medio de imaginar una mirada de amor donde no haya más que amor pues pienso que,
en la experiencia del amor humano (ya se trate del amor conyugal, de la simpatía fraternal, del amor
paternal o maternal, de la caridad y de la dedicación a los otros, etc.), hay suficiente amor aunque esté
mezclado con el egoísmo, para que podamos comprender qué es el amor vivido en Dios, en toda pureza,
y en toda plenitud.
Cuando un hombre mira a su mujer con esa mirada de amor en la que no hay más que amor ¿qué
puede decirle que traduzca esta mirada? No encuentro más que una frase: “Lo eres todo para mí, eres
toda mi alegría”. Es una expresión de pobreza: si tú eres todo, yo soy nada. Fuera de ti soy pobre. Mi
riqueza no está en mí sino en ti. Mi riqueza eres tú y yo soy pobre.
Si es cierto en el amor humano, lo es más cuando se trata de Dios. Dios es la Pobreza Absoluta,
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en Él no hay indicios de tener, de posesión. Eternamente el Padre le dice al Hijo, tú eres todo para mí, y
el Hijo responde al Padre: tú eres todo para mí. Y el Espíritu Santo es el dinamismo mismo de esta
pobreza. Dios es el más pobre de todos los seres. Si vuestra razón vacila ante esta perspectiva, decid
entonces, Dios es rico, pero añadid inmediatamente: rico en amor y no en poseer. Así pues, ser rico en
amor y ser pobre es la misma cosa. Dios es un infinito de pobreza. La propiedad, el poseer, es lo
contrario de Dios.
Cierto que, en la complejidad de lo humano, es necesaria cierta propiedad; quien no tiene nada es
un mendigo. Lo malo es que si no tiene nada le costará mucho ser, lo cual quiere decir que aquí abajo
ser sin poseer es imposible. Por ello la Iglesia reconoce el derecho a la propiedad; para que el ser
humano sea hace falta un cierto poseer. Pero no en Dios, de ninguna manera, Y no entraremos en Dios
más que cuando nos hayamos despojado de todo lo que tenemos. La pobreza material de Belén y de
Nazaret no es más que el signo de una pobreza mucho más profunda, pobreza inmensa de Dios, infinita,
absoluta, sin la cual no podemos decir que Dios es amor. Estamos muy lejos de ciertas imágenes de
Dios. Seamos serios, esto es el centro de nuestra fe, y no es broma. Hay ateos que no son serios pero
también hay cristianos que no lo son. Si uno quiere situarse donde debe, hay que confrontar al cristiano
serio con el ateo serio. Y el cristiano serio es quien afirma la pobreza de Dios.
Dependencia de Dios
Tratemos de imaginar la mirada de amor de una mujer a su marido, donde no haya más que amor, y
procedamos por el absurdo. ¿Puede esta mujer decir a su marido, te quiero, pero quede bien claro que si
tu profesión te obliga a ir a Madagascar, yo me quedo en Francia? Dicho de otro modo, al mismo
tiempo que te expreso mi amor, afirmo mi independencia con respecto a ti. Obviamente una actitud tal
es imposible, impensable. Amar es querer depender, te amo y te seguiré hasta el fin del mundo, quiero
depender de ti. Por otra parte, en toda comunidad humana está implícito decir: quiero depender de
vosotros. ¿Por qué tantas comunidades en nuestros días nacen y mueren tan deprisa? Porque no hay esta
afirmación de dependencia recíproca. Si en el amor humano amar es querer depender, con mayor razón
es cierto cuando se trata de Dios en quien el amor es vivido en toda plenitud. Si Dios no es más que
amor, Él es el más dependiente de los seres, es un infinito de dependencia. El padre del pródigo
depende de su hijo, si su hijo no regresa llorará, si regresa vivirá en la alegría.
Prestemos atención a una ambigüedad que hay que desterrar, pues hay dos tipos de dependencia,
¿es el bebé el que depende de su madre o la madre quien depende del bebé? En el plano del ser y de la
vida es el bebé quien depende de su madre, pero en el plano del amor ¿no es la madre la que depende
del niño? La dependencia del niño con respecto a la madre es ajena al amor, a la libertad. Naturalmente
si la madre no está allí para darle el pecho tendrá hambre, pero en el amor es la madre la que depende
de su hijo y le dice: eres mi alegría. Y si el niño respira mal, si está enfermo, si el médico se inquieta, la
madre no vive, hasta tal punto depende de su hijo. Dios es el más dependiente de los seres, dependencia
en el amor no en el Ser.
Humildad de Dios
Dios es el más humilde de los seres. No sólo Jesús a quien decimos, “Jesús, manso y humilde de
corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”, sino Dios en su profundidad. Pero el que Dios sea humilde
no quiere decir que sea deficiente o débil. Somos nosotros quienes somos humildes reconociendo que
somos unos pobres hombres. La humildad de Dios no tiene nada que ver con esto sino con el hecho de
que el amor no puede mirar de arriba abajo...
Partamos de la experiencia del amor humano. ¿Creéis que es posible que un hombre, en el acto
mismo de amar, le diga a su mujer, “te quiero, pero no olvides que soy profesor de Filosofía y Ciencias,
soy superior a ti que no eres más que una modistilla con un simple certificado de estudiosos?” ¿Creéis
que es amor una mirada que domina, que mira de arriba abajo? De ningún modo.
Cuando Jesús lava los pies a los apóstoles los mira de abajo arriba y en ese momento nos dice que
es Dios. Buscamos a Dios en la luna y nos está lavando los pies. El lavatorio de pies es una lección de
amor fraterno pero, más profundamente, es una revelación del ser de Dios. Dios no puede sino situarse
12
abajo, si no lo hiciese no podríamos decir que Dios es amor. La humildad de Dios es la profundidad de
Dios.
Me diréis que Dios es más grande que nosotros. Ciertamente más grande en amor, puesto que no es
más que amor. En humildad Dios es más grande que nosotros, nunca seremos tan humildes como El. El
Dios en quien creemos es infinitamente humilde, dicho de otro modo, despojado de todo prestigio. El
prestigio es siempre accesorio. Hay en nosotros cierta necesidad de prestigio, de apariencia, que no
existe en Dios. Dios es la plenitud de la humildad.
Al escuchar a esos jóvenes que les suenan mal las palabras de la liturgia: “Tuyo es el reino, el poder
y la gloria”, los comprendo muy bien. No digo que haya que suprimir estas palabras, pues son
tradicionales y tienen su significado, pero hay que comprender que el fondo de la gloria es una
humildad sin la que el amor no es amor. E1 amor que no es más que amor no mira desde arriba nunca.
No hay mirada de amor que sea una mirada de arriba a abajo. Inclinarse sobre el pueblo, no es amar al
pueblo. Inclinarse sobre un niño, no es amar a un niño. Dios no se inclina.
Lo que hay en el corazón de Dios es un poder de anonadamiento de sí. En vuestra opinión, ¿hace
falta más poder para ponerse por delante o para anonadarse? Mi propia experiencia es que hace falta
mucho más poder para anonadarse. Por consiguiente, si Dios es todopoderoso y si yo no puedo entender
este poder más que partiendo de mi experiencia, concluyo que Dios es un Poder Infinito de
anonadamiento de sí.
Ved en qué se transforma entonces la adoración. Os dejo con esta imagen, pensad en una jovencita
sencilla, una campesina de quince años. Imaginad a un Don Juan que la ve, la encuentra bella y quiere
seducirla. Se entera de que ella se llama María y vive en Nazaret. Cuanto más se le acerca, constata más
que emana de ella una majestad tal que todos los planes de seducción se le vienen abajo. Esta es una
majestad ante la que uno no puede hacer menos que inclinarse y el seductor cae de rodillas ante la
humildad majestuosa de esta jovencita. Para saber quién es Dios lo aplico en el mismo sentido y,
entonces, me encuentro con Dios. Estamos muy lejos de Júpiter, del paternalismo y del triunfalismo. Es
este el Dios que nos revela Jesucristo.
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Morir y resucitar
Págs. 55-68
Si no nos contentamos con lo que acabamos de decir, tropezamos inevitablemente con una objeción
tremenda: ser divinizado es imposible pues Dios es precisamente lo que no puede transformarse, y Dios
no puede lo imposible. Es un error creer que Dios puede cualquier cosa; Dios no puede hacer que dos y
dos hagan cinco o seis; no es posible. Cuando decimos que Dios es trascendente, decimos precisamente
que es Totalmente-Otro, absolutamente otro y que entre Él y nosotros, hay un abismo infranqueable. En
consecuencia, atreverse a afirmar que el sentido de la existencia humana es ser divinizada, es decir algo
que no parece posible.
Transformación
Os propongo cambiar la frase: “Nuestra vocación es ser divinizados” por la siguiente, “nuestra
vocación es ser divinamente transformados”. No se convierte uno en Dios deslizándose
tranquilamente sobre un plano inclinado, no se desemboca, sin más en la vida misma de Dios, se
necesita una transformación radical. La entiendo en el sentido más estricto: “radix” significa raíz. Para
llegar a ser lo que es Dios, es preciso que el hombre sea transformado radicalmente.
Así como la expresión clave hasta ahora ha sido “NO ES MÁS QUE” la expresión clave en
adelante será “TRANS”. Encontramos este prefijo en trans-formación, trans-figuración, trans-porte,
trans-siberiano, trans-atlántico. Cuantas veces interviene el prefijo “TRANS” hay muerte de alguna
cosa y nacimiento de otra.
El viajero que va de París a Pau muere a la vida parisiense, para nacer a la de Pau. No hay
“TRANS” sin muerte de algo y nacimiento de algo nuevo. Por ello, si nuestra vocación es la de ser
divinizados, inevitablemente nuestro destino toma la forma de muerte y resurrección. Es importante
definir estos dos términos. Cuando hablo de muerte, no se trata de nuestra muerte final, de la muerte
como final de nuestra vida, se trata de la muerte a lo largo de nuestra vida, la muerte de sí mismo, la
muerte del egoísmo, lo que llamamos sacrificio. Todos sabemos que traer al mundo a un hijo impone
sacrificios. Cuando hablo de resurrección, no se trata de volver a la vida de antes de morir, Resucitar es
pasar a una vida completamente diferente.
Quiero mostraros que el paso o la transformación a la vida divina, a la vida misma de Dios, se
opera no sólo después de la muerte sino a lo largo de la vida e implica siempre un nuevo nacimiento o
una resurrección. Tomemos ejemplos de la vida ordinaria. Se trata de comprender que un crecimiento
no es un agrandamiento sino una transformación.
El agrandamiento sólo existe en el reino mineral. Cuando pasamos a un organismo vivo, hay
transformación. Tomaré tres ejemplos elementales, muy elocuentes a mi modo de ver.
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realidad se encamina hacia la bella espiga que pronto se mecerá con el viento. No hay transformación
sin pasar por una muerte, por el sacrificio de un cierto estilo de felicidad, digámoslo claramente, de
felicidad egoísta. Hay que renunciar al propio egoísmo para conocer la verdadera dicha, la dicha misma
de Dios a la que estamos llamados para la eternidad. Hay que pasar por la muerte para. alcanzar la gran
libertad divina. Uno no puede, sin ser transfigurado, convertirse en hombre libre con la libertad misma
de Dios.
La Pascua de Cristo
Cristo revivió lo que había vivido su pueblo. Lo revivió en primer lugar simbólicamente, pasando
cuarenta días en el desierto en el umbral de su vida pública (cuarenta días que recuerdan los cuarenta
años del Éxodo) y luego, no ya de manera simbólica sino real, subiendo al Calvario: va hacia la muerte,
en realidad hacia la verdadera vida que es la vida resucitada en el corazón de la Trinidad, la vida misma
de Dios. La primera pascua no era más que una imagen, la de Cristo es la Pascua central de la historia.
Cristo, ya lo hemos dicho, es el hombre, el Hombre perfecto, el que vive en plenitud el destino
del hombre, es Dios mismo hecho hombre que muere para resucitar, es decir para “pasar de este mundo
al Padre” (Juan 13, 1). La resurrección de Cristo no es el retorno a su vida precedente antes de morir, es
el paso a la vida de Dios. Después de su resurrección, Cristo vive en el corazón mismo de la Trinidad y
sus condiciones de vida son las de la vida divina. Se ha vuelto otro y ya no está, como nosotros, ligado a
los condicionamientos de espacio y tiempo,
Reflexionemos: Cristo se vuelve otro, pero no es otro sino que sigue siendo el mismo. Algo así
como el París de las nieblas de otoño convertido en otro en verano, transfigurado por el sol, pero
continúa siendo el mismo París. Cristo resucitado no deja de ser un hombre. Como dice Romano
Guardini, “de todas las religiones el Cristianismo es la única que se ha atrevido a poner el cuerpo
(humano) en las profundidades más recónditas de Dios”. (Romano GUARDINI, El Señor, Rialp,
Madrid, 1965). Al resucitar, Cristo no se ha despojado de su humanidad, no ha rechazado su “carne”,
después de treinta años, como un polvo inútil. Cristo resucitado es Hombre-Dios por toda la eternidad.
Tras la resurrección la Trinidad ya no es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es el Padre, el Hijo
encarnado, muerto y resucitado y el Espíritu Santo; es el Padre, Cristo y el Espíritu Santo. Resucitado,
el hombre-Jesús vive en el corazón mismo de la Trinidad. ¿Por qué Dios se ha hecho hombre sino para
llevarnos con Él, para que “por Él, con Él y en Él” vivamos, en el corazón de la Trinidad, la vida de
Dios? Vale la pena dar su vida para que los hombres lo sepan y que ésta sea su esperanza.
Nuestra Pascua
La tercera pascua de la historia es la nuestra, y no hay solamente una sino que cada una de
nuestras decisiones es una pascua, toma la forma de muerte y resurrección.
1) Importancia de nuestras decisiones
Comencemos por comprender que lo que cuenta en nuestra vida son nuestras decisiones. Mi vida
real de hombre o de mujer o, si lo preferís lo que hay de humano en mi vida, es un conjunto de
decisiones. Lo que no es decisión no es nada, no construye nada, es como la paja que se pone en los
paquetes para evitar que se rompa el objeto preciado que contienen. San Agustín tiene una comparación
más poética: “Somos comparables a un arpa cuya única cosa importante son las cuerdas. Está lo demás,
ciertamente, pero son las cuerdas las que vibran”. En mi vida, lo que vibra, lo que me constituye, son
mis decisiones, pequeñas o grandes.
Hay pequeñas decisiones que parecen insignificantes, prestar un servicio a un vecino enfermo,
renunciar a un paseo para pasar el día en el hospital visitando a un compañero herido, etc. A los niños
les diría, decisión de ceder el asiento en el autobús o en el tren, decisión de tomar el pedazo más
pequeño de carne para dejar el más grande a la persona que se sirve después de mí, etc. Es un sacrificio,
es una muerte. Para un niño hacer esto es morir ya a su egoísmo.
Hay asimismo grandes decisiones que orientan toda una vida, decisión de contraer matrimonio,
decisión de entrar en el seminario o en la vida religiosa, decisión de renunciar a una mujer que no es a
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quien he jurado fidelidad. Es terrible tener que renunciar a un hombre o a una mujer a quien se ama,
tengo confidencias al respecto, es una muerte.
Entre las pequeñas y las grandes decisiones hay toda una gama, pero lo que en la vida no es
decisión, acto libre, opción, no es nada. Son nuestras decisiones las que nos construyen. Nuestra vida
eterna la construimos día tras día, minuto tras minuto, exactamente decisión tras decisión. ¿Por qué?
Sencillamente porque Cristo resucitado está en el corazón de las decisiones que tomamos.
2) Cristo está presente en nuestras decisiones
Planteemos simplemente la cuestión: ¿creéis que Cristo ha resucitado? Como sois cristianos me
responderéis sí, claro. San Pablo nos dice que si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe (1 Corintios
15, 14).
Si Cristo ha resucitado ¿está vivo? Estáis obligados a responder sí. Decir que ha resucitado equivale
a decir que está vivo.
Si Cristo está vivo, está presente, ¿dónde queréis que esté? No está en la luna, ni en Sirio, ni detrás
de las estrellas, ni en el espacio que nos separa aquí a los unos de los otros (puesto que ha resucitado,
nada tiene que ver con el espacio). Está presente en nuestra libertad, pues por nuestra libertad
somos verdaderamente hombres, nos elevamos sobre la naturaleza.
Si está presente está activo, hace algo, pues una presencia inactiva no es una presencia real.
Recuerdo a una joven que no conseguía comprender que Cristo estuviera activo en nuestra libertad. “No
irás a creer que es un leño”, le dije. Comprendió al instante, Cristo no es un leño, no está ahí sin más
(dejemos por el momento la Eucaristía, hablaremos más adelante). Cristo está donde estamos nosotros y
no está ni en nuestro hígado ni en nuestro páncreas, está en nuestra libertad y no en nuestra libertad
cuando dormimos sino en nuestros actos libres, es decir, cuando tomamos decisiones.
Si está activo es transfigurador, ¿qué queréis que haga sino transfigurar? Cristo es Amor y el amor
transfigura todo lo que toca. Ved esa muchacha medio neurasténica que no quiere salir de su
habitación, no quiere comer, no duerme. Un día encuentra al príncipe encantado y todos se preguntan
qué le ha ocurrido. Se ha transformado, el amor la ha transformado. El amor no puede dejar de
transfigurar todo lo que toca.
Si es transfigurador es divinizante. Puesto que es Dios quien está presente en nuestra libertad, para
Él transfigurarnos supone divinizarnos, convertirnos en lo que es Él.
Insisto en este punto porque tengo la impresión, según los sondeos que he podido hacer aquí y allá,
que esta verdad absolutamente central de nuestra fe parece difícil a muchos cristianos porque están
todavía atascados en nociones abstractas. No me digáis que es difícil lo que acabo de deciros. Decir que
alguien está vivo no es abstracto (una presencia no es ni mucho menos un abstracto), decir que está
presente en nuestros actos libres, en nuestras decisiones, y que las transfigura tampoco lo es. No me
digáis que soy un intelectual, pues en ese caso os hubiera demostrado que sois vosotros quienes lo sois.
Pues el intelectual en el mal sentido de la palabra es el que utiliza palabras gastadas hasta el extremo sin
romperlas. Hay que romper las palabras como se rompe una hucha o un huevo de Pascua para ver qué
hay dentro. Es indispensable.
3) Cristo diviniza nuestra actividad humana humanizadora
De buenas a primeras esta fórmula es un poco densa pero no abstracta, es completamente real:
Cristo da una dimensión divina a nuestras decisiones humanas humanizadoras. En otros términos,
diviniza lo que nosotros humanizamos.
¿Qué queréis que Cristo divinice si nosotros no humanizamos nada, si seguimos en zapatillas, si por
no arriesgarnos a ensuciamos las manos no tocamos nada en todo el día? Si nuestra vida no está al
servicio de la transformación de las relaciones entre los hombres y las instituciones sociales y políticas
que condicionan esas relaciones, nuestras relaciones ¿son humanas y cada día más humanas?; las
decisiones que tomamos ¿tienden a humanizar el mundo en el plano familiar primero y en el
político después? Por ejemplo, una actividad sindical tiende a humanizar las relaciones entre los
hombres.
El Hombre no está hecho, está por hacer. Somos principios de hombre, dice Santiago. Somos
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bocetos de hombre. Dios no crea al hombre ya hecho, Dios crea al hombre capaz de crearse a sí
mismo.
Nuestra tarea humana es la de crear al hombre, es decir hacer que el hombre sea hombre. ¿Quién de
nosotros se atrevería a decir que ya es hombre? Cuando veo a un bebé en brazos de su madre, la felicito
y le digo, es magnífico, espero que haga usted de él un hombre. Así pues, lo que es evidente tratándose
de un niño es cierto aplicado a cualquier hombre de cualquier edad. Hay cosas que ya están hechas pero
el hombre es otra cosa, tiene que hacerse. Nuestras relaciones y nuestras instituciones tienen que
llegar a ser verdaderamente humanas, están en vías de humanización.
Somos hombres en devenir, son nuestras decisiones las que contribuyen a que seamos hombres y
nuestras decisiones no son verdaderamente humanas si no son humanizadoras. Nuestra humanidad
pasa por la humanización de los demás, nuestra libertad pasa por la liberación de los demás. El hombre
no se hace libre por sus propios medios sino cuando trabaja por liberar a sus hermanos. Se hace uno
más hombre trabajando para que el mundo sea más humano.
Es raro que estas decisiones humanizadoras no sean sacrificios, muertes al egoísmo, no se puede
a un tiempo dar y guardar para sí mismo. Todos sabemos por experiencia que no hay vida humana
humanizadora auténtica sin sacrificio, pero lo que los no creyentes no saben pero nosotros debemos
saber (por algo somos cristianos) es que cada una de esas decisiones humanas humanizadoras que hacen
morir en cierto modo nuestro egoísmo es un paso hacia la vida divina, cada una de esas muertes es un
nuevo nacimiento. Es la decisión la que tiene una estructura pascual, una estructura de muerte y de
resurrección, ya que no pasamos a la vida divina después de la muerte. Os ruego que eliminéis de
vuestra mente la idea de que Dios vierte en nuestra alma un licor que llamaríamos gracia que nos
permite ser transportados después de la muerte a un hermoso jardín llamado paraíso. Esto es mitología.
La vida divina, la vida eterna, la divinización no es solamente la vida eterna, ha comenzado ya. Se hace
uno Dios, se “va al cielo” por cada una de las decisiones humanizadoras. De ahí la fórmula a la que por
mi parte me atengo y me basta para ser cristiano.
Esta fórmula es la siguiente: Cristo resucitado está vivo-presente-activo-transfigurador-
divinizador en el corazón de nuestras decisiones humanizadoras y les da una dimensión de Reino
eterno, divina.
Parece que algunos tropiezan con la palabra dimensión que evoca para ellos las dimensiones de
un objeto. Ayudadme a encontrar otra, pues hace años que la busco sin conseguirlo. Una comparación
podría ayudamos a comprenderlo. He aquí un soltero, su vida tiene una dimensión filial (tiene padres),
su vida tiene una dimensión fraterna (tiene hermanos y hermanas), su vida tiene una dimensión nacional
(es francés), su vida tiene una dimensión musical (le gusta mucho la música), su vida tiene una
dimensión profesional (es abogado, médico o carpintero), pero es soltero y su vida no tiene por tanto
una dimensión conyugal. Si este hombre se casa, su vida adquiere una nueva dimensión absolutamente
privilegiada que va a cambiar su vida, y ésta será la dimensión más esencial.
La comparación es luminosa, si hay una Iglesia es para revelar a los hombres que su vida no es
sólo una vida humana, la vida de los hombres tiene una dimensión humano-divina. Así Cristo está
presente en las decisiones humanizadoras de los que no le conocen, por ejemplo los mil millones de
chinos. Si pudiera ir a China, yo diría que voy allí no para salvar a los chinos (hace tiempo que Cristo
me precedió), sino para revelarles a Aquél que los salva, es decir que los diviniza. Si me decís que esto
no tiene importancia os diré que no amáis verdaderamente a Cristo. Si amo a Cristo quiero darle a
conocer a los que no le conocen, incluso si se salvan sin conocerle, a condición, como se dice, de que
obren conforme a su conciencia, es decir que su actividad sea verdaderamente humanizadora.
Cuantas veces tomo una decisión en favor de la verdad, de la justicia, de la libertad, de lo que
llamamos valores, Cristo resucitado da a mi decisión una dimensión divina. Dicho en resumen, sólo
puede divinizar mis decisiones humanizadoras. El pecado es lo que Cristo no puede divinizar porque
no es humanizador, el pecado es renunciar a humanizar, es deshumanizador. No se puede comprender
bien lo que es el pecado si no se comprende primero cuál es nuestra vocación. El pecado consiste en
faltar a nuestra vocación. Es el rechazo a nuestra divinización y se traduce en egoísmo bajo todas sus
formas, lo contrario de lo que es Dios.
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Esta es la pascua de la historia y hay tantas pascuas en la historia como decisiones humanas
humanizadoras. Día tras día, decisión tras decisión, construimos una eternidad humano-divina, pero esta
eternidad sólo es humano-divina porque Cristo la construye con nosotros. Nosotros, los cristianos,
creemos que éste es el sentido de nuestra existencia y que este sentido se vive en el cumplimiento
mismo de nuestra tarea humana. Si fuéramos sólo hombres no construiríamos más que lo humano y
todo lo humano entra en los versos de Valéry: “Todo se hunde en la tierra y entra en el juego”. Pero Él,
que se hizo hombre para que el hombre se volviese Dios, está en el corazón de nuestra libertad y
transfigura divinamente nuestra actividad humana-humanizadora.
El Evangelio es la Buena Noticia de que Dios no es más que Amor y de que la grandeza del
hombre es inmensa, pues su vocación se sitúa infinitamente más allá de lo que él mismo podría
imaginar o concebir, es capaz de amar como Dios ama.
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Primera Parte
CRISTO, VERDADERO DIOS Y HOMBRE
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discípulos es para atestiguar a los ojos de la multitud que la experiencia de vida propuesta para todos los
hombres puede ser seguida, puesto que algunos ya lo han intentado aceptando seguir a Jesús.
El cuadro que se nos presenta es muy diáfano. Es lo que pide san Ignacio de Loyola en sus
Ejercicios espirituales, claridad. Antes de escuchar observemos: está Jesús, los discípulos agrupados a
su alrededor, y la multitud que se estrecha en la meseta (la precisión es de Lucas). Vedlo vosotros:
¿Qué ve la multitud? Ve a Jesús, y a sus discípulos cerca de Él. Los discípulos, es decir la gente
que hace poco tiempo, formaba parte de la multitud, vivía como todo el mundo, tenía el estilo de vida
de todo el mundo. Ahora estos hombres pertenecen íntegramente a Jesús, viven con Él, como Él, le
siguen “adonde Él va”. La multitud ve que a estos hombres les ha sucedido algo que no les ha sucedido
a los otros. Es evidente, salta a la vista, esta escena lo expresa en cierto modo.
¿Qué ven los discípulos? Ven a la multitud de la que han salido y a la que van a ser enviados.
¿Qué ve Jesús? Ve cerca de Él el núcleo de su Iglesia y, más allá, la gran Iglesia que quiere que sus
límites sean los mismos del universo. Todos a quienes llama por medio de los discípulos a compartir su
experiencia de Hijo de Dios. Él es, sólo Él, el Enviado del Padre, los discípulos serán los enviados de
Jesús (tal es el significado de la palabra “apóstol”). Jesús sabe que ellos serán rechazados por el mundo
como también Él lo será. El misterio de la Cruz que está en el corazón mismo del acto creador (cuando
Dios crea, .arriesga la Cruz del Hijo) será vivido por ellos tanto como por El.
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de sacralizar la miseria, nada de decir a las pobres gentes que no tienen otro remedio que estirar su
presupuesto a fin de mes: ¡No os inquietéis, Jesús declara que sois dichosos porque sois desgraciados!
Si las Bienaventuranzas nos propusieran un consuelo vulgar, el cristianismo sería una religión doliente
y llorosa. La verdad es que soñamos en una felicidad de rebajas hecha de alegrías fáciles. Es este sueño
el que Jesús condena, y lo que propone (he aquí la palabra esencial) es que nuestro apetito de felicidad
sea transformado. ¡Dichosos, bienaventurados aquellos cuya alma es bastante grande para que su deseo
esencial sea vivir como hijo del Padre que está en el cielo!
La pobreza, las lágrimas, el hambre, la persecución, no son por consiguiente condiciones para ser
dichoso con la felicidad que aporta Jesús. La desgracia no es una especie de condición, como si fuera
necesario llorar y tener hambre para conocer la verdadera felicidad. El Padre Guillet ha escrito estas
palabras, a mi modo de ver definitivas: “La miseria, la cautividad, el hambre, las lágrimas, son para
Jesús diversos aspectos de la desgracia del hombre; si proclama dichosos a los que están angustiados es
porque viene a liberarles... La originalidad del Evangelio no consiste en afirmar que lo que era negro se
ha convertido súbitamente en blanco, sino en ofrecer a los que están en la desgracia una salida nueva y
feliz”.
Las Bienaventuranzas comprometen al hombre en un proceso de transformación de la existencia.
Constituyen un comentario anticipado del misterio pascual, paso de la naturaleza en la historia o en la
libertad, misterio de desapego de un yo prefabricado en vistas a la creación de uno hecho por uno
mismo. Se trata de pasar a la libertad a partir del yo prefabricado por nuestra herencia, por nuestro
medio, por la educación recibida. Nuestro deseo espontáneo e instintivo de felicidad es conforme a la
naturaleza, pero debe ser transformado para acceder a la verdadera libertad.
Las bienaventuranzas son, por consiguiente, una llamada. No formulan una verdad de orden
general (los desgraciados son dichosos) sino que comprometen en una actitud, invitan a compartir la
misma experiencia de Jesús. Por consiguiente es la continuación del Sermón de la montaña la que dirá
cuál es el tipo de existencia que responde a la verdadera grandeza del hombre y cuya consecuencia será
la felicidad, no una felicidad de rebajas hecha de alegrías fáciles sino la felicidad digna del hombre, la
felicidad a la medida de la grandeza de los hijos de Dios, la felicidad de amar y no la felicidad de estar
satisfecho. ¿Qué felicidad queréis? ¿Una felicidad de qué naturaleza y situada a qué nivel? Todo
consiste en esto. Pues hay niveles de felicidad, del mismo modo que en el plano de la cultura hay
músicas dignas de las profundidades del hombre y otras músicas que se dirigen a lo más epidérmico o
superficial del hombre.
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Bienaventurados los dulces: tendrán la tierra en herencia
La dulzura está muy cerca de la pobreza, hasta el punto de que se ha preguntado si la
bienaventuranza de los dulces no era sino un doblete de la de los pobres. La palabra hebrea anav
significa a la vez dulzura y pobreza. Es la renuncia a todo derecho propio cuando se está en litigio y no
existe más que una cuestión de amor propio (pero en la sociedad es necesario un orden jurídico, como
es necesaria la autoridad que lo custodia).
La dulzura está unida a la paz y a la fuerza del alma. Es la caridad no sólo de carácter sino de
inteligencia. Conduce a escuchar a los otros y a comprenderlos incluso cuando su forma de pensar es
diferente u opuesta a la nuestra. La dulzura evita actitudes de ruptura ante los imprevistos de la historia,
permite encontrar cada día respuesta a situaciones nuevas a menudo imprevisibles.
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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: ellos serán saciados
Tener hambre y sed de justicia es la única manera de ser justos. No se trata aquí más que
secundariamente de justicia social, se trata en primer lugar de fidelidad. La fidelidad en sí misma es no
dejar nunca de buscan Buscar es una de las palabras clave de la Biblia. Jesús dirá: “Buscad y
encontraréis”, “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, el resto se os dará por añadidura”.
Pero estar satisfecho del mundo y de uno mismo es negar que seamos un infinito. En cierto
sentido, la Iglesia existe para relativizar todas las sociedades cualquiera que sean y todas las políticas
incluso las mejores, con sabiduría y discernimiento, pues nunca el hombre puede estar plenamente
satisfecho aquí abajo. Se puede decir que el hombre es un infinito en hueco que no puede ser colmado
más que por el Infinito vivo que se da.
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los caminos humanos. Cuando la sal está sosa, es decir, cuando el sacerdote no es verdaderamente
sacerdote, cuando el religioso no es verdaderamente religioso, cuando el cristiano no es verdaderamente
evangélico, el discípulo deja de ser lo que tiene de mejor para transformarse en lo que tiene de peor,
sal sosa que no se puede más que pisar con los pies. No interesa, pues no es nada francamente, es una
duda perpetua de ser algo o más bien alguien.
Todas las espiritualidades se reúnen, necesariamente, al pie de la Cruz de Cristo. Muchos caminos
han sido abiertos en el curso de los siglos para conducir al hombre a la unión más íntima con su Dios.
Unos siguen el camino trazado por san Juan de la Cruz y santa Teresa; otros prefieren seguir a santo
Domingo, otros a san Francisco de Asís, otros a San Ignacio, otros a san Francisco de Sales, Otros al P.
Foucauld. Pero también existen caminos que no conducen a ninguna parte y se pierden en las arenas de
la ilusión. Existe lo auténtico y también lo aberrante.
Puede decirse que el criterio seguro, el único criterio de autenticidad espiritual es la Cruz. Todo lo
que conduce a la Cruz es inequívocamente cristiano. Todo lo que elimina la Cruz o la soslaya, es falso o
un sucedáneo.
Pero hay que comprender el sentido de la Cruz. La muerte de Cristo alrededor de sus treinta años
de edad es un hecho histórico situado y datado. ¿Qué significa este acontecimiento? En sí mismo no es
otra cosa que “el fracaso bastante inútil de un predicador ambulante” (Duquoc), que se llamó profeta y
Mesías de Israel, padeció bajo Poncio Pilato, murió y fue resucitado. Esto sucedió al final de un proceso
que causó cierto revuelo en la provincia romana de Judea y la tradición judía se hizo eco, incluso el
historiador Tácito en sus Anales. Para nosotros, los cristianos, este acontecimiento es el centro de la
historia, lo que quiere decir que confesamos que este suceso particular (como todos los sucesos) tiene
un significado universal. ¿Qué significado? Sería una ligereza no plantearse esta pregunta.
Uno se lo plantea hoy tanto más profundamente en cuanto que se advierte que la crisis de la Iglesia
impone, más allá de los múltiples problemas que implica, un volver a centrarlo con rigor, quiero decir
que hay que redescubrir el Centro. Pues el Centro no puede estar sino allí. Lo que más impresiona en
los numerosos ensayos religiosos que se publican actualmente, principalmente en Alemania y en
Francia, es que todos rechazan la presentación del misterio de la Cruz que marcó a nuestros antepasados
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y también nos ha marcado a nosotros mismos; esta presentación ha deformado las cosas.
He aquí cómo se expresa a este respecto el cardenal Ratzinger: “La conciencia cristiana ha sido,
en este punto, muy ampliamente influida por una presentación extremadamente rudimentaria de la
teología de la satisfacción de Anselmo de Canterbury (1033-1109)”. Os ruego que os deis cuenta de las
expresiones que emplea Ratzinger, dueño de su pluma. No pone en cuestión la concepción de Anselmo
pero emplea la expresión “presentación rudimentaria de la teología de Anselmo” y añade:
“Para un gran número de cristianos y sobre todo para los que no conocen la fe más que de lejos,
la Cruz se situaría en el interior de un mecanismo de derecho lesionado y restablecido. Esta sería la
manera en que la justicia de Dios infinitamente ofendida habría sido de nuevo reconciliada por una
satisfacción infinita... Ciertos textos de devoción parecen sugerir que la fe cristiana en la Cruz
representa a un Dios cuya justicia inexorable reclamó un sacrificio humano, el sacrificio de su
propio Hijo. Esta imagen es tan falsa como extendida. La Biblia no presenta la Cruz como parte de un
mecanismo de un derecho lesionado”. Tenía que citaros a alguien que es una autoridad en teología.
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sacrificios eran ineficaces, sólo mi muerte puede conseguir lo que estos sacrificios querían obrar y
significar6. Se puede, pues, decir que la muerte de Jesús es “sacrificial”, es lo que dice el Evangelio.
Se ha originado durante mucho tiempo un gran sinsentido queriendo interpretar la epístola a los
Hebreos según las categorías del Antiguo Testamento. Desde el principio hasta el fin, el autor de esta
epístola se refiere al antiguo Templo, a los sacrificios de la Ley judía, al sacerdocio levítico. Se estaba
intentando creer que su autor, un discípulo de san Pablo probablemente, comprendía la muerte de Cristo
según estas categorías. De hecho su pensamiento es distinto, compara la muerte de Cristo a los antiguos
sacrificios para acentuar que entre esta muerte y esos sacrificios existe una diferencia esencial. Se sirve
de categorías conocidas por sus interlocutores (es una carta a los Hebreos, a los Judíos) para hacerles
comprender cómo su espera ha sido cumplida más allá de lo previsible.
Ratzinger resume admirablemente en pocas líneas el pensamiento del autor: “Todo instrumento
sacrificial de la humanidad, todos los esfuerzos de que el mundo está lleno para reconciliarse con Dios
por el culto y los ritos, estaban condenados a quedar como obra humana ineficaz y vana, pues lo que
Dios quiere no son machos cabríos ni toros, ni ninguna ofrenda ritual. Se puede sacrificar a Dios
multitud de animales en toda la superficie del globo, a Dios no le importa, pues en todo caso, esto le
pertenece; no se aporta nada a Dios quemando todo esto para su gloria... El hombre, sólo el hombre,
es quien interesa a Dios. La sola adoración verdadera es el “sí” incondicional del hombre a Dios.
Todo le pertenece a Dios, pero le da al hombre la libertad de decir “sí” o “no”, de amar o de rechazar
amar; la adhesión libre del amor es la única cosa que Dios puede esperar.” 7 Fuera de esto, nada tiene
sentido. Sólo esto es irreemplazable.
En consecuencia todo el culto antiguo buscaba reemplazar lo irreemplazable, sustituir las
ofrendas de los animales por la ofrenda del amor del hombre. Tal sustitución era perfectamente vana.
Jesús se ofreció a sí mismo, pronunció el “sí” a Dios de la obediencia filial (notad que resumo la
epístola a los Hebreos, no pretendo explicar en este momento por qué la muerte de Cristo es un “sí”
filial de obediencia a Dios, puesto que precisamente estimamos inaceptable y escandaloso que Dios
pueda, en nombre de su justicia, exigir la sangre de su Hijo; volveremos sobre ello).
Para el autor de la epístola a los Hebreos Cristo sustituye las ofrendas vanas e ineficaces de los
Antiguos por su propia persona. Ciertamente, el texto afirma que es por su sangre por la que Jesús ha
cumplido la reconciliación con Dios (9, 12). Pero esto no quiere decir que esta sangre vertida sea un
don material, un medio de expiación cuantitativamente mensurable, la sangre vertida es la expresión
concreta de un amor que va hasta el fin de sí mismo. Cristo para el autor de la carta a los Hebreos es el
que lo ha dado todo, absolutamente todo. Es el Hombre, el hombre en la plenitud de su perfección, Él
es el absoluto del amor, tal que sólo podía ofrecerlo Aquel en quien el amor mismo de Dios se había
transformado en amor humano.
Por ello, no porque los Evangelios, san Pablo y la epístola a los Hebreos expresen la muerte de
Cristo en términos de rescate, expiación o sustitución, debemos quedar prisioneros, como lo hemos sido
demasiado tiempo, de la teoría según la que el Padre exigió la sangre de Cristo como satisfacción a su
justicia lesionada por el pecado de los hombres. En otros términos, no es ser infiel a la Escritura huir de
tal teoría (pues no es más que una teoría, y no es el único caso en que los teólogos indebidamente han
unido lo esencial de la fe a una teoría explicativa). En el sentido de la muerte de Cristo, no sólo la teoría
que durante siglos prevaleció en los tratados de teología y en los catecismos es discutible, es,
repitámoslo, gravemente deformante. Estamos en el punto de partida: ¿qué sentido tiene pues la
expresión del Credo, Cristo murió por nosotros?
Hay que volver a la palabra de Jesús en el Evangelio de san Juan: “Quien me ve a mí, ve al
Padre” (14, 9). Ver a Jesús, es ver a Dios. No conocemos a Dios más que por Jesús. Pero conociendo a
Jesús conocemos verdaderamente a Dios, porque nos es necesario conocerle para tener con Él una
relación verdadera. Lo esencial es no equivocarse acerca de quién es Dios.
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Todo lo que Jesús dice y hace, revela o desvela a Dios. Lo visible en Jesús existe invisiblemente,
misteriosamente, en Dios. Si la Encarnación es un acto de humildad, es porque Dios es un Ser humilde.
Si Jesús es pobre, es porque Dios es pobre. Cuando contemplo a Jesús la tarde del Jueves santo lavar
con humildad pies de hombre, veo entonces a Dios mismo ser eternamente Servidor con humildad en lo
más profundo de su Gloria. La humildad de Cristo no es un suceso excepcional de la gloria de Dios sino
que manifiesta en el tiempo histórico humano que la humildad está eternamente en el corazón de la
Gloria. En el momento en que Jesús muere sobre la Cruz le escucho decirme: “Quien me ve, ve al
Padre”. La muerte de Jesús me revela, me desvela, me hace ver quién es Dios, cuál es su ser, cuál es la
profundidad del Ser eterno de Dios.
Para Cristo, “obedecer” al Padre, no es ejecutar una orden, como vemos aquí ejecutar a un inferior
la orden de su superior jerárquico. No hace falta imaginar a Dios Padre diciendo a Dios Hijo: te ordeno
sufrir y morir a los treinta años. Si esto fuera la obediencia estaría de acuerdo con toda clase de
contestatarios para rechazarla. Cristo “obedece” al Padre revelándole tal como É1 es; esto significó para
Jesús aceptar morir. Si Jesús no hubiera aceptado morir, no habría revelado a Dios tal como es.
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Cristo, haciéndose esclavo, dejándose apresar en su Pasión y desposeyéndose de su misma vida,
traduce a Dios en gestos y actos humanos. El es, como se ha dicho, el “prisma” de Dios que
descompone para nuestros ojos de carne la luz blanca esplendorosa de la Divinidad. Él es este prisma de
un extremo a otro de su vida, pero lo es sobre todo por su muerte. Es cuando da su último suspiro
cuando se desposee de la vida misma, por tanto de todo, es en este momento cuando es humanamente lo
que .Dios es divinamente por toda la eternidad, es en este momento cuando es humanamente
todopoderoso al igual que Dios es divinamente todopoderoso, es en este momento cuando Él participa
de la omnipotencia de Dios; que no es una potencia de dominación ni de exhibición, sino de
anonadamiento de sí.
En tanto que no se ha comprendido que la omnipotencia de Dios es una omnipotencia de
anonadamiento de sí en tanto en .cuanto no se ha experimentado en la propia vida que es necesario más
poder de amor para anonadarse que para exhibirse, todo lo que acabo de decir es literalmente
ininteligible. Amar al otro ~.s querer que él sea, y no querer pasarle delante para que sea menos, ¡tal es
el poder del amor!
Págs. 101-116
Abordamos el problema de la resurrección de Cristo. Problema o misterio muy importante, pues
debemos creer a san Pablo cuando dice que “si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana o vacía”, es decir,
sin fundamento (1 Cor 15, 14).
Historia y fe
La batalla de Austerlitz es un hecho histórico, la muerte del general de Gaulle también. ¿Hay que
decir que la resurrección de Cristo es igualmente un hecho histórico? Sí y no. La resurrección es a la
vez e indivisiblemente un acontecimiento para la fe que comporta un hecho histórico (sin el cual no
podría hablarse de acontecimiento).
Lo histórico es el testimonio de los apóstoles: hombres que vivieron con Jesús, le tuvieron por
Mesías y proclamaron haberle visto vivo después de su muerte en la Cruz.
Este testimonio histórico implica algo que no es histórico y tampoco puede serlo, la Resurrección,
como acto de pasar de la muerte a la vida eterna, no puede ser una realidad más que para la fe. Los
apóstoles no fueron testigos de este hecho y no podían serlo (incluso si se hubiesen quedado en la
tumba de Jesús hasta la mañana de Pascua). En efecto, con relación al mundo, en el que cualquier
acontecimiento puede ser constatado, la resurrección es pura y simplemente una desaparición. El
cuerpo de Jesús resucitado no pertenece ya a nuestro universo físico de espacio y tiempo.
En consecuencia, es imposible que se pueda constatar el paso -el acto de pasar- de la muerte a la
vida eterna. Es por lo que la resurrección de Jesús no puede ser asimilada de ningún modo a la
reanimación de un cadáver, como fue el caso de Lázaro.
La resurrección de Lázaro no es el paso de la muerte a la vida eterna, al mundo de Dios, sino el
retorno a la vida tal como era antes de su muerte. Lázaro volvió a su vida de antes de morir. Cuando me
dirijo a los niños les digo que, al salir de la tumba, Lázaro quizás estornudó, tosió, apreció el tiempo
que hacía (sol o lluvia). En todo caso, reencontró a sus parientes, a sus amigos, al universo tal y como lo
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había dejado antes de morir, reemprendió su vida y no fue dispensado de morir una segunda vez. Por
consiguiente nada hay de común entre lo que se llama la resurrección de Lázaro (que es más bien el
milagro de un cadáver reanimado) y la resurrección de Jesús.
Lo que podemos tener por histórico es lo que fue para los apóstoles objeto de una constatación
sensorial o sensible (por los sentidos). En consecuencia, lo que constataron con sus sentidos, lo que fue
para ellos objeto de una constatación sensorial, son sólo dos cosas: la tumba vacía y por otra parte no
diré la manifestación de Jesús resucitado sino la manifestación de alguien que se presenta a ellos sin
que le reconozcan todavía como Jesús viviente. Si le hubieran reconocido enseguida como Jesús
viviente habría que decir que se trataba de un cadáver reanimado.
Se teme bromear cuando se trata de un misterio tan profundo pero se puede decir que uno no se
imagina a los apóstoles exclamando: ¡toma! ¿tú has salido de la tumba? o ¡toma! ¿cómo se hace eso?
¡estabas muerto y ahora estás aquí! ¡Esto es impensable! Los apóstoles han constatado la presencia de
alguien, jardinero para la Magdalena, viajero para los peregrinos de Emaús..., y es en un acto de fe
como a continuación reconocieron a este alguien como aquél con quien habían vivido durante tres años
y de quien fueron discípulos.
Insisto, sería falso imaginarse que los apóstoles constataron (constatación -por los sentidos- por
tanto histórico) que este alguien que se presenta a ellos es el Jesús que ellos habían conocido antes de
su muerte en la Cruz, y que enseguida creyeron al Resucitado. Los textos evangélicos dicen lo
contrario:
- ellos percibieron a alguien, pero sin reconocerlo;
- de esta percepción pasaron a la fe por medio de una reflexión sobre su existencia anterior con
Jesús, esclarecida ahora por las Escrituras que Él les interpreta y por la misión que les confía.
Tenemos por consiguiente:
1) Constatación de la presencia de alguien que se manifiesta.
2) Entendimiento de las antiguas palabras de Jesús, de su anterior conducta y de las profecías
relativas a su muerte (es en el relato de los peregrinos de Emaús donde este tiempo de reflexión por
medio de las Escrituras está más desarrollado, pero todos los relatos de apariciones hacen notar que la
simple manifestación de Jesús resucitado no es suficiente a los apóstoles para reconocerle, mientras
que todo el mundo reconoció a Lázaro).
3) Reconocimiento (por la fe) de este alguien como Jesús viviente, el cual Jesús les orienta, a partir
de su pasado, hacia el porvenir con-fiándoles una misión, la de construir la Iglesia.
La tumba vacía
¿Cuáles son los signos por los que se manifiesta Jesús resucitado? El Evangelio responde que hay
dos: uno, negativo (la tumba vacía); otro, positivo (Jesús se aparece a los apóstoles).
Precisemos que el descubrimiento de la tumba vacía, tal como nos ha sido relatada por el
Evangelio, casi no ha desempeñado un papel en la génesis de la fe de los apóstoles. La tumba vacía, en
efecto, no prueba por sí misma la resurrección. Por otra parte, en la fórmula más antigua del Nuevo
Testamento (alrededor del año 50), san Pablo afirma que “Dios ha resucitado a Jesús de entre los
muertos” (1 Tes 1, 9); no hay mención al sepulcro. El descubrimiento de la tumba vacía es relatada
ciertamente en los evangelios, pero no forma parte del mensaje apostólico fundamental (ocurre algo
distinto con las apariciones).
“La tumba vacía es un hecho curioso que plantea un interrogante. La respuesta no se impone”. 1 Se
puede interpretar el hecho de otra forma, por el robo del cuerpo. No decimos que la tumba vacía no sea
una realidad, un hecho, decimos simplemente que si se aísla este hecho del contexto, es decir
esencialmente del testimonio de los apóstoles en lo concerniente a las apariciones, se reduce a un
detalle, al que el historiador podrá siempre discutir su solidez (como tal o cual hecho diverso relatado
por el historiador Tácito). Tomado por sí mismo, a dos mil años de distancia, tal detalle, incluso bien
atestiguado, no tiene gran valor histórico. No se pueden declarar “históricos” más que los sucesos de
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cierta amplitud e integrados en un conjunto tenido como “histórico”.
No hay que asombrarse de que el historiador moderno muestre la mayor reserva con respecto al
descubrimiento de la tumba vacía. Y no saldrá de su reserva de historiador más que si reconoce el
valor del testimonio de los apóstoles relativo a las apariciones.
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no llega incluso ni a constituir un problema, el no-creyente, tiende a suprimir el dato de la tumba vacía
como hecho histórico (dirá que los primeros cristianos inventaron este hecho por necesidades del
momento, o bien, si el estudio serio de los textos concluye en el carácter verdaderamente histórico de la
tumba vacía, encontrará una salida a la cuestión planteada por el hecho histórico en la leyenda judía que
aporta Mateo 27, 64 y 28, 13 según la cual “os discípulos de Jesús vinieron durante la noche y robaron
el cuerpo con el fin de poder decir al pueblo que ha resucitado de entre los muertos”). Y, con respecto a
las apariciones, el no-creyente tenderá a interpretarlas como fenómenos de autosugestión o de
alucinación colectiva. El punto importante es éste: cuando se desconoce el sentido del acontecimiento
se acaba por disolverlo, el desconocimiento del significado tiende a refluir sobre el acontecimiento y a
disolverlo.
Pero estemos en guardia, inversamente, en no exagerar el dato histórico. Es la tentación del
creyente, razonamos como si el significado fuera perceptible en el dato histórico, como si la tumba
vacía fuera por sí misma una prueba de la resurrección, como si las apariciones permitiesen identificar
a Jesús instantáneamente sin que haya que hacer un acto de fe, como si Jesús fuera Lázaro vuelto a la
vida. Pongámonos en guardia porque si así fuera, habría que decir que la resurrección de Jesús cae en
bloque bajo las tomas de sentido y de la historia. Sería preciso concluir entonces que el no-creyente es
un imbécil o un ignorante, que no conoce los textos, o que es incapaz de leerlos correctamente o,
todavía más, que tiene mala fe (Dios sabe que uno no está exento de tratar con increyentes imbéciles o
gentes de mala fe). Pero esto no es honrado y no tenemos derecho a hacerlo. No exageremos el dato
histórico, la resurrección de Jesús no es pura y simplemente un hecho histórico como la batalla de
Lepanto. La fe es libre, si no, no es fe.
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los rechaza categóricamente. No quería que se creyese a causa del prodigio, ¿qué valor tendría tal fe?
En el desierto no convirtió las piedras en panes; cuando se le pide un signo del cielo responde que el
gran signo será su muerte (Mt 12, 40). La multiplicación de los panes no es una sobreproducción de
vituallas que, por ella misma, no podría más que encerrar el deseo de los hombres sobre las
comodidades terrestres, un puro hecho maravilloso mitológico en consecuencia. El verdadero signo
orienta la esperanza y la fe hacia realidades definitivas, para saber que el hombre no sólo vive de pan.
Por eso el discurso sobre el pan de vida, la eucaristía, forma cuerpo con la multiplicación de los panes
(Jn 6).
El peligro es querer investigar para reconstruir lo que pudo pasar exactamente y apartarnos de lo
que quieren decir los evangelistas. Pues lo que quieren decir, no es lo que sucedió exactamente, hora a
hora o día a día, sino introducirnos en una experiencia, la de la presencia nueva de Jesús. Esta presencia
nueva no es descriptible, no puede reconocerse por el testimonio de los sentidos, es otra cosa. No es
otro, sino el mismo, transformado del todo en otro.
Como escribe el Padre X. León-Dufour, tenemos dos series de textos evangélicos:
- Una que insiste sobre el hecho de que Jesús resucitado no es un fantasma, un espíritu (los judíos
creían fácilmente en los fantasmas y en los espíritus), “Tocadme y red que un fantasma no tiene ni
carne, ni hueso, como veis que yo tengo” (está al pie de la letra en Lc 24, 39), una serie para afirmar
que Jesús ha resucitado realmente en su cuerpo.
- Otra serie de textos para afirmar que ese cuerpo ya no es el mismo, el resucitado aparece,
desaparece, atraviesa las puertas cerradas, su cuerpo escapa a los determinismos de espacio y tiempo. Él
es el mismo (primera serie), pero el mismo convertido en totalmente otro (segunda serie). Hay pues, dos
series de textos para permitirnos vislumbrar -la palabra es importante- lo que no puede ser objeto de
una representación precisa, un “cuerpo espiritual”, como dice san Pablo.
Entre los signos, uno sólo puede ser objeto de constatación: la tumba vacía. En cuanto a las
apariciones, ya es otra cosa.
Podemos estar seguros de que los discípulos de Emaús, María de Magdala y los discípulos,
aisladamente y en grupo, han sido los que sólo han visto y oído a Aquel que se manifestaba. Si hubieran
dispuesto de cámaras o magnetófonos, no habrían podido grabar ni fotografiar nada. Lo que se les pide
es testimoniar.
No sabría insistir bastante sobre la diferencia entre el testimonio y el reportaje. Muchos estarían
tentados de ver en un reportaje provisto de todos los medios de grabación la cúspide de la verdad
histórica. No ven que las cámaras y los magnetófonos no pueden fijar más que las apariencias externas.
Para grabar una experiencia profunda, el único instrumento válido es el corazón en el sentido bíblico de
la palabra, es decir, la conciencia. Lo que me lleva a plantear la pregunta ¿por qué creéis?, ¿cuál es el
motivo de vuestra fe? Dicho de otra forma, ¿cuál es el sentido que la resurrección de Jesús da a vuestra
vida? No importa tanto el hecho como el sentido del hecho.
Si se quiere respetar una palabra que la fotografía utiliza, diría que lo que fue “impresionado” por la
experiencia de Jesús resucitado es el fondo del ser, nuestra existencia misma. Cuando los apóstoles
dicen, “Nosotros somos testigos” (Hch 5, 32), no significa que lo hemos visto salir de la tumba, quiere
decir: estamos absolutamente seguros de que Jesús vive, que ha abierto de una vez por todas, en su
persona, las puertas de la Vida verdadera, es decir que él es, Él mismo, la Resurrección. Y con esta
certeza que es más que humana, el don que hacemos de nuestras vidas hasta el martirio es la garantía.
Este es el testimonio.
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Weygand, se trata de una cuestión que supera toda posibilidad de solución (entiéndase: en el plano
puramente histórico). No sólo no está resuelta sino que no es solucionable. La resurrección, en el plano
histórico, no puede ser afirmada como hecho histórico, pero no puede dejar de ser una cuestión
histórica, una cuestión objetivamente planteada. Como historiador es imposible ir más lejos.
Pero ningún historiador es puramente historiador, al igual que ningún sabio es sólo sabio. Un sabio
es un hombre, un historiador también es un hombre que puede estar casado, tener hijos, ser músico, ser
creyente.... por tanto, porque es un hombre, el historiador no puede decantarse en el estudio de un
objeto cuidadosamente limitado y considerado con la indiferencia de una ciencia que no es más que
ciencia. El historiador no puede dejar de sentirse él mismo comprometido con la historia, es necesario
que deje hablar en él al hombre, confrontado al sentido de esta historia.
Hoy no se puede ignorar la cuestión planteada por veinte siglos de cristianismo, uno no puede dejar
de interrogarse sobre el posible sentido divino de la historia humana. El hecho original de la
resurrección de Cristo (digamos para no prejuzgar nada, el hecho original del testimonio de los
apóstoles sobre la resurrección de Cristo) no puede dejar de plantearle la cuestión de una “dimensión
trascendente” de la historia. Puede por consiguiente admitir razonablemente que el “dedo de Dios” está
allí, puede admitirlo en tanto que hombre que se plantea cuestiones sobre el sentido de la existencia
humana.
¿Hay que ir más lejos y añadir que ésta es incluso la única salida razonable para una cuestión
inexpresable? Esto exige que se admitan los límites radicales de la razón humana al explicar el
encadenamiento de los fenómenos. Es preciso también, si se quiere ser verdaderamente serio,
profundizar en una filosofía del cuerpo, para comprender que la desaparición del cadáver de Jesús no es
una volatilización de materia sino una asunción transfigurante de la materia en Dios.
Al historiador le será siempre lícito rechazar este juicio, pero entonces quedará encerrado en la
consideración de un hecho desprovisto de sentido. El sentido es que la muerte ha sido vencida, o que el
amor es más fuerte que la muerte. Mi exigencia más profunda es la vida, yo quiero vivir para siempre.
Si me decís que vosotros no lo tenéis igualmente claro, estoy obligado a romper el diálogo, no puedo
hacer otra cosa. Todo lo que os podré decir es que no estoy hecho como vosotros. Pues yo, yo mismo,
quiero vivir para siempre. La resurrección me dice: tú vivirás para siempre. Este es el sentido. Es por lo
que creo.
Cuando Marc Oraison era cirujano en Burdeos, veía morir cotidianamente a los hombres, dejar de
vivir. Decidió ser sacerdote para que en el seno de la universal mortalidad se dijera la misa y, por la
misa, la Resurrección estuviera presente en el corazón mismo de un universo donde todo es mortal. Lo
dice extensamente en varios lugares de sus libros. La resurrección está, en efecto, más allá de toda
muerte; la Vida, la brecha abierta en el círculo de la universal mortalidad; sin ella, estaríamos sin
remisión encerrados en la muerte.
Págs. 117-129
La resurrección
Vamos a estudiar el sentido, la significación del Misterio. Una frase es suficiente para decir lo
esencial: “E1 amor es más fuerte que la muerte, a condición de que sea en primer lugar más fuerte que
la vida”. El amor más fuerte que la vida es el sacrificio y la muerte; el amor más fuerte que la muerte es
la resurrección. En otros términos, el sacrificio, que es una muerte parcial, y la muerte, que es el
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sacrificio total, transforman la vida según la carne y la sangre en vida según el espíritu. El misterio
pascual -muerte y resurrección juntos- es un misterio de transformación, la transformación del hombre
carnal en hombre espiritual e incluso divino por participación.
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“Tú no morirás”, pero el ser amado muere. Él pretende la eternidad (como dice Bau-delaire, vierte
sobre nosotros el sabor de lo eterno) pero, en realidad, forma parte del mundo de la muerte, está
encerrado como nosotros en el círculo de la mortalidad, con su soledad y su poder de destrucción. La
paradoja es violenta.
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En Jesús sólo (pongo aparte el caso de María su madre) el amor ha sido más fuerte que la vida. Su
muerte es la de un hombre absolutamente libre, absolutamente desprendido de sí y de todo, totalmente
amante. ¿Cómo Dios no le acogería en Él, para vivir eternamente en Él? Cristo no ha vivido más que
por el Padre y para el Padre, por tanto en un Otro más que en sí. Esto es el amor, vivir en otro. Pero
vivir en otro es morir para uno. Decir que Jesús ha resucitado o que el Padre ha resucitado a Jesús, es
decir que, para este hombre plenamente hombre, en quien el amor ha sido más fuerte que la vida, el
amor es para siempre más fuerte que la muerte. El ha resucitado, está Vivo.
Estamos en el camino de comprender esta proposición que tal vez nos ha parecido un poco sibilina,
el amor es más fuerte que la muerte, a condición de que sea en primer lugar más fuerte que la vida.
La ascensión
El Credo dice: “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. ¿En qué medida nuestros
contemporáneos son engaña-dos por las imágenes, por las tres imágenes reunidas en esta frase?
Francamente no lo sé. El problema se plantea en la educación de los niños, ¿qué quiere decir “subir”
(Cristo subió)? ¿Qué quiere decir “sentado”? ¿Qué quiere decir “derecha” (a la derecha de Dios Padre)?
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Imágenes y realidades
Para ayudar a los educadores, los teólogos, en libros recientes, insisten sobre la necesidad de
superar las imágenes para interpretar el significado. A título de ejemplo leo en uno de estos libros:
“Ascensión”. La palabra evoca al mont Blanc, al Everest, o al pico Lenín, y todos los pertrechos del
alpinista... Ascensión: la imagen expresa en términos diversos las aspiraciones fundamentales de los
hombres, la “subida” de los pueblos subdesarrollados, el “alza del nivel de vida”, la “promoción en la
escala social”, la alegría del que ve “subir” su oro, sus dólares o sus acciones, “trepar” a su cota y su
popularidad. Estas expresiones simbólicas, estos desplazamientos en vertical no engañan a nadie,
jugamos con imágenes como un organista juega con Bach con el teclado del órgano. El teclado, las
imágenes no son más que imágenes”. ¡Ya lo veo! Es sin duda así como hay que enseñar a los niños.
Me impresionó ver al cardenal Ratzinger, cuyo libro está escrito para personas cultivadas, insistir en
esto. Se podría decir que es necesario hacerlo. “Hablar de ascensión al cielo o de descenso a los
infiernos (e incluso en el Credo de Nicea, del descendimiento del Verbo eterno a la tierra, "Por nosotros
los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo") refleja, a los ojos de nuestra generación despertada
a la crítica por Bultmann, la imagen del mundo en tres pisos que llamamos mítica y consideramos
definitivamente prescrita. Que sea "en alto" o "en bajo", el mundo es en todas partes y siempre mundo,
está regido por las mismas leyes físicas, puede ser explorado en todas partes con los mismos métodos.
No hay pisos... La concepción de un mundo de tres pisos, en sentido de lugar, ha desaparecido. ¿Pero es
esta concepción la que querían afirmar los artículos de fe sobre el descenso a los infiernos y la
ascensión del Señor? Esta concepción ha dado las imágenes por las que la fe se ha representado estos
misterios, pero también es cierto que no es lo esencial de la realidad afirmada”. No hay tres pisos
cósmicos, hay mejor tres dimensiones metafísicas de la existencia humana.
¿Qué dice el Diccionario del Nuevo Testamento en la palabra “Ascensión”? Dice: “Escena contada
por Lucas e indicada al final de Marcos. Dos aspectos la caracterizan. En tanto que separación, dice el
término de un cierto modo de relación entre Cristo y sus discípulos, hasta la Parusía. Como elevación a
lo alto o subida al cielo, simboliza la exaltación, la glorificación, o el Señorío de Cristo presente en todo
el universo”.
Exaltación. Vale la pena buscar en el mismo Diccionario lo que se dice en esta palabra: “Para decir
que Jesucristo es Señor en la gloria, vivo para siempre después de su muerte, existe un lenguaje
primitivo distinto al de Resurrección, el de Exaltación. Se inscribe en la tradición judía según la cual
Dios eleva al que ha sido humillado y preserva al justo de la muerte elevándolo al cielo (por ejemplo
Elías). Este lenguaje presupone una teología elaborada partiendo de una cosmología de tres pisos, el
cielo arriba o sede del Altísimo, la Tierra bajo donde viven los hombres, los infiernos por debajo donde
se encuentran los muertos... Otros textos no conservan la imagen de la subida: Jesús ha “entrado (no
subido) en el cielo” (Hch 9, 24), “É1 se ha ido de aquí” (Hch 1, 10)”.
Leo, en fin, lo que se dice en el mismo Diccionario en la palabra “Derecha” (Cristo está sentado a la
derecha de Dios): “Calificación que denota el lado más noble del hombre (mano o mejilla). La derecha
designa también el Poder divino”. Cristo se sienta a la derecha del Poder de Dios quiere decir que
participa en este Poder, que es igual a Dios en Poder, que es Todopoderoso como Dios, en definitiva que
Él es Dios.
Aún hay una palabra que explicar que no está en el Credo pero sí en san Lucas, es la palabra “nube”. El
teólogo que nos hablaba del Mont Blanc, de saco y piolet, nos habla aquí de meteorología: “Hace falta
insistir mucho, dice: ¿esta Nube existirá sin relación a la meteorología?” “No es la nube que anuncia la
lluvia o procura la sombra, la nube en la Biblia es lo que manifiesta a Dios presente sin desvelar el
misterio, lo que a la vez le manifiesta y le esconde”. La nube que según san Lucas oculta a Cristo de la
mirada de los apóstoles, es la misma nube que conducía a los Hebreos por el desierto y reposaba sobre
el arca de la alianza, la misma de donde salió la voz del Padre en el momento del bautismo de Jesús, la
nube de la Transfiguración sobre el Tabor, y la nube sobre la que Cristo volverá al fin de la historia para
juzgar a vivos y muertos. La nube bíblica es a la vez opaca y luminosa, es un elemento esencial en el
lenguaje de las manifestaciones de Dios.
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Cielo: reencuentro íntimo de Dios y del hombre
Lo que se llama, el cielo, o los cielos, donde “sube” Jesús, es, exactamente, la intimidad de Dios.
Lo que los cristianos llaman “cielo”, no es un lugar eterno, supraterrestre, un dominio metafísico. No es
más que Dios. El cielo es el contacto del ser del hombre con el ser de Dios, el reencuentro íntimo de
Dios y el hombre.
Guardini tiene una frase que hace pensar: -Sólo el cristianismo ha osado situar un cuerpo de hombre
en la profundidad de Diosas. Evidentemente, esto no podría ser imaginado. Más que nunca, aquí, hay
que mortificar severamente la imaginación. Un hombre está en el corazón de la Trinidad. Un hombre es
igual al Padre y al Espíritu.
Y si nosotros nos acordamos de la palabra de Jesús, en san Juan, la noche del Jueves santo: “Voy a
prepararos un lugar” (Jn 14, 2), o de esta otra palabra: “Para que estéis donde yo estoy (Jn 14, 3),
debemos concluir diciendo que el cielo es el porvenir del hombre, el porvenir de la humanidad. Si hay
un hombre glorificado en el corazón de la Trinidad, es para que toda la humanidad esté eternamente en
este hombre, Jesucristo, en el corazón de la Trinidad. La Ascensión es el signo que inaugura el cielo,
digámoslo en el rigor del término, quien le hace existir.
La Ascensión es también, en un sentido que hay que comprender, la partida necesaria de Cristo. Una
partida que es un nuevo modo de presencia, no más exterior y localizada, sino interior y universal. La
verdadera presencia, bajo aspecto de ausencia. Si Jesús no hubiera “subido” al cielo, estaría aún entre
nosotros, en medio de nosotros, al lado nuestro, exterior a nosotros, como yo os soy exterior y como
vosotros me sois exteriores. Pero, dice san Pablo, ha subido al cielo “para llenar el universo” (Ef 4, 10).
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serpientes, cándidos como palomas” (Mt 10, 16). Dicho de otra forma, no podéis dispensaros de
analizar tan correctamente como os sea posible las situaciones -morales, culturales, económicas,
políticas- a partir de las que tendréis que decidir qué hay que hacer. Sois hombres adultos. Contad con
el Espíritu Santo que está en vosotros para conservar un alma de oveja o de paloma, pero no contéis con
él para proponer soluciones hechas. Los cristianos no están dispensados de ser hombres. No se es
hombre limitándose a ejecutar consignas. Dios, que ama a los hombres, no les da consignas. Jesús dice:
“Os conviene que me vaya”. Y se va.
Es así como Él nos es lo más profundamente presente. Nuestra imaginación divaga cuando querría
persuadirnos de que si Cristo resucitado “está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso”, dicho
de otro modo si está en el cielo, no está sobre la tierra; si está arriba, no está abajo. Ciertamente creemos
que desciende sobre el altar para hacerse presente en la Hostia consagrada. Se empleaba a menudo no
ha mucho el verbo “descender” que no hace más que reforzar la ilusión.
Decíamos: el cielo es el contacto del ser del hombre con el ser de Dios, el reencuentro íntimo del
hombre y de Dios. Por tanto allí donde está Dios, allí está Cristo. Cristo con su cuerpo y su alma de
hombre está, como Dios, presente en todas partes. Según eso es exactamente aquí donde nuestra
imaginación se arriesga a jugarnos malas pasadas. Uno la deja ir, imaginando un cuerpo parecido a
nuestro cuerpo terrestre, biológico, agrandado con las dimensiones del mundo. Un poco como, a la
inversa, uno deja ir su imaginación representándose el cuerpo de Cristo como “en miniatura” -reducido
infinitamente pequeño- en una parcela de hostia consagrada. Es absurdo, y como uno no se da cuenta de
que esto es absurdo, se deja llevar, o lo que es peor, llega a imaginar un Cristo que ya no tiene cuerpo.
Como escribe graciosamente el Padre Rey-Mermet: “¡É1 no ha abandonado su cuerpo como un
módulo lunar que ha quedado inutilizado! ¡Es tanto como imaginar que un Rubinstein vaya a meter su
piano en una caja”. Se puede apreciar de muchos modos esta clase de humor, uno puede incluso
horrorizarse. ¡Sea! pero entonces estemos muy firmes en esto, que la misma teología enuncia en
términos excelentes: ((Si Dios se ha hecho hombre, no es precisamente para rechazar lo que le ha
“hecho hombre”, lo que ha construido su "personalidad" de hombre. Sin lo cual no sería ya un hombre...
El Señor resucitado está pues liberado, no de la materia, sino de las limitaciones terrestres de la materia.
Aquí abajo su cuerpo, por donde pasaba todo encuentro, era también traba y barrera. Resucitado, este
cuerpo no es más que un maravilloso medio de comunicación con todos sus hermanos en humanidad,
totalmente próximo a todos a la vez y de cada uno como si fuera él solo”.
A nosotros nos corresponde, con plena responsabilidad, lo repito, tomar las decisiones convenientes
para el advenimiento de un mundo más humano, pero Cristo está presente en cada una de esas
decisiones humanizantes para darles una dimensión divina. Cristo está presente y activo para divinizar
lo que nosotros humanizamos. Para hacemos pasar, no mañana, sino hoy, día tras día, decisión tras
decisión (digo “pasar”), pues la palabra “Pascua” significa probablemente “paso”) de la tierra al cielo
(siendo el cielo la intimidad de Dios). He aquí lo esencial de la fe.
47
Segunda parte
LA ACOGIDA DE DIOS
La Virgen María
Págs. 133-138
Afirmamos en nuestro Credo que Jesús, nacido de la Virgen María, fue concebido por el Espíritu
Santo. Es incontestable-mente una afirmación escandalosa para la razón. ¿Cómo no sentirse ofuscados
por la idea de que un hombre fue concebido sin la intervención de un elemento masculino? ¿Cómo una
mujer fue al mismo tiempo virgen y madre? Esto es, sin embargo, lo que los cristianos se atreven a
afirmar como un punto sustancial de su fe.
48
“En ninguna parte, es cierto, dice el Nuevo Testamento que María hablase de la concepción
virginal. Pero hay indicios. Por ejemplo éste: "María guardaba estas cosas en su corazón y las meditaba"
(2, 19 y 51). Ahora bien, ésta es la fórmula empleada varias veces en el libro de Daniel cuando se trata
de una revelación que se debe mantener en reserva para el futuro, de un mensaje que sólo debe
transmitirse más tarde. En la composición del Evangelio, san Lucas se ha inspirado mucho en Daniel.
Cuando dice que “María conservaba y meditaba estas cosas en su corazón” es para hacernos
comprender que María no habló enseguida. En vida de Jesús calló; era Él quien tenía que hablar si lo
juzgaba conveniente. Pero cuando Jesús resucitó y la Iglesia vio al Espíritu Santo, es normal que se
dirigiesen a María y le preguntasen sobre sus recuerdos”. Y ella, que los había guardado precisamente
para aquel tiempo, los confió a Lucas.
Se ha tratado también de hacer entrar el testimonio del Evangelio en el marco de la historia de las
religiones con el fin de presentar la concepción virginal como la variante de un mito universal. Es un
hecho que el mito del nacimiento milagroso del niño-salvador está muy ampliamente extendido. En
nuestros días ha sido renovado por Freud y el psicoanálisis. Expresa una nostalgia de la humanidad: la
virgen intacta significa la lozanía y la pureza, la maternidad tranquilizadora y buena. ¿Ha hecho el
Evangelio suyas las aspiraciones oscuras de la humanidad sobre la “virgen-madre”?
Un estudio a fondo nos mostraría2 que los relatos de san Mateo y de san Lucas no están enraizados en
la historia de las religiones sino en el Antiguo Testamento. Subrayemos, con el cardenal Ratzinger, que
hay una diferencia radical entre el Evangelio y los relatos paganos relativos al mito del nacimiento
milagroso. En los relatos paganos, el dios es padre del niño-salvador en un sentido físico, biológico,
tiene una actividad que, en cierto modo, es sexual, él procrea, él fecunda, de forma que el ser
engendrado es un semidiós, mitad dios, mitad hombre.
Nada de esto hay en el misterio de la Encarnación. Dios no es el padre de Jesús en sentido
biológico como si el Espíritu Santo hubiese depositado una semilla en el seno de María. La virginidad
de María no es el fundamento de la filiación divina de Jesús. Jesús no es mitad dios y mitad hombre. Él
es verdadero Dios y verdadero hombre, es decir, del todo Dios y del todo hombre.
Ratzinger piensa (pero no todos los teólogos comparten su opinión) que la doctrina de la divinidad
de Jesús no se habría cuestionado si Jesús hubiese sido el fruto de un matrimonio normal, si hubiera
sido concebido como todos por la unión sexual de un hombre y una mujer. Este teólogo tiene razón en
que los apóstoles creyeron en la divinidad de Jesús gracias a la resurrección, con independencia de la
concepción virginal. Pero cuando los Padres de la Iglesia argumentan contra los herejes en favor de la
divinidad de Cristo, la concepción virginal juega sin embargo un papel importante.
Sea lo que fuere, concepción virginal no significa para la fe cristiana que es un nuevo Dios-hijo el
que va a nacer. Es el Hijo eterno de Dios, Dios mismo por lo tanto, el que se hace hombre. No es, pues,
en el marco de la historia de las religiones donde se llegará a reducir el Evangelio a la simple variante
de un mito.
Lo fundamental es que Dios es el Padre de Jesús, Dios sólo. Cristo no es un fruto de la historia de la
humanidad, no es la humanidad quien lo engendra. Él es el Don de lo Alto. No procede del propio fondo
de la humanidad sino del Espíritu de Dios. Es, como dice san Pablo, el “Nuevo Adán”(1 Cor 15, 47).
Adán es la humanidad. Con Cristo comienza una nueva humanidad.
Ratzinger hace observar que si se da a la concepción virginal un sentido puramente simbólico, si se
suprime el hecho, como muchos tienden a hacerlo hoy, no hay más que razonamientos vacíos y una
falta de honestidad.
49
demasiado a menudo en la superficie en detrimento de la profundidad.
La sobriedad no excluye el calor. La verdadera intimidad no es seca ni fría. Hay una alabanza
maravillosa en el silencio amante. Alabar a alguien, en efecto, es hacerle saber que es digno de ser
amado. Por consiguiente se expresa con mayor elocuencia en una simple mirada que en la profusión de
palabras.
Calor y sobriedad, toda la vida profunda de la Iglesia. El uno no va nunca sin la otra. El calor se
traduce en el surgir espontáneo e ininterrumpido de la oración en el pueblo de Dios. La sobriedad es el
atributo de las definiciones dogmáticas. Cuando la Iglesia lo juzga necesario, formula breve y
netamente lo que debe ser afirmado para que la luz de Cristo sea acogida correctamente. Si la piedad no
estuviera iluminada por el dogma tendría mucha dificultad para evitar el exceso, la exageración, y por
tanto la desviación. Pero si la formulación dogmática no fuese vivifica-da por el empuje caluroso del
corazón, sería seca como un teorema, abstracta, y finalmente estéril. Para las almas hambrientas sería
como una piedra, cuando lo que debe ser es pan.
Desde el principio de su historia la Iglesia reflexiona ante el misterio de Cristo, verdadero Dios y
verdadero hombre. La Encarnación es el centro de todo, el corazón de lo Real, la Realidad misma. No
un misterio entre otros, sino el Misterio.
Sin embargo, no es posible que la reflexión sobre María no acompañe a la reflexión sobre Cristo.
Acompañamiento, palabra pronunciada al parecer por los observadores del Oriente cristiano en el
último Concilio. Es esclarecedor. La melodía y su acompañamiento. Lo que importa es la melodía, y si
importa el acompañamiento, lo es de manera subordinada y en función de la melodía. Un
acompañamiento musical no suena por sí mismo y con independencia de la melodía, sino únicamente
en relación a ella.
Así es como la Iglesia ha comprendido siempre las cosas. Ha rezado a María, ha formulado
dogmáticamente la grandeza de María, pero siempre como acompañamiento de su oración a Cristo y de
su reflexión sobre Cristo, un acompañamiento no arbitrario sino necesario. Como dicen muchos
teólogos, la devoción mariana no puede reposar sobre una mariología que sería una especie de
segunda edición reducida de la cristología; no se puede, ni hay motivo para establecer este tipo de
duplicación. Los Padres de la Iglesia han visto siempre en María la figura de la Iglesia, la figura del
hombre creyente que no puede llegar a su plena realización más que por el don del amor, lo que la
teología llama Gracia. Cristo es el Don dado, María el Don acogido.
Págs. 139-151
Si hay tantos contemporáneos, sobre todo jóvenes aunque también adultos, que se preguntan si no
es posible adherirse a Cristo sin pasar por la Iglesia, es porque la Iglesia aparece como un obstáculo a la
fe. Querrían amar a Cristo y su Evangelio pero sin lo que llaman el “sistema”, entendiéndose por éste
todas las instituciones pontificales, diocesanas, jurídicas, morales, sacra-mentales, etc., que pesan sobre
los hombros de muchos como una argolla o una capa de plomo.
51
puede conducirnos a las peores aberraciones. A la inversa, donde no hay más que reglas, leyes,
disciplinas, sin ninguna vida ni empuje, no hay sino puro juridicismo que no responde a ninguna de
nuestras necesidades profundas. Lo esencial en la vida es la fuente.
Ahora bien, la fuente es Cristo. No nos comunicamos con Dios más que a través de Cristo y no nos
comunicaremos con Cristo si no a través de la Iglesia. Es muy bonito querer abandonar la Iglesia,
querer ir a Jesucristo sin pasar por la Iglesia, pero sin embargo es “nuestra madre Iglesia” la que nos
enseña quién es Jesucristo. ¿Qué es eso de subirse a los hombros de la que ha sido nuestra nodriza para
golpearla? Tiene sus defectos y sus faltas que hacen sufrir, como se sufre con las imperfecciones de una
madre. Pero sin la Iglesia ¿cómo sabríamos que Dios es amor y que se encarnó? Suprimid la Iglesia y
dentro de veinte años ya nadie sabrá que Dios se da, nadie sabrá que el sentido de la vida es compartir
eternamente la vida misma de Dios. Ciertamente hay en la Iglesia pedagogías caducas, estructuras que
hay que modificar, incluso de arriba a abajo. 1 Hay que reformar siempre la Iglesia, según el adagio
tradicional: “Ecclesia semper reformanda”. Ello no impide que sea la Iglesia la que nos enseña el fondo
de las cosas, a saber, que hay un hombre-Dios y que en Él somos plenamente humanizados y
divinizados; ella nos da también la vida misma de Cristo por medio de los sacramentos.
La Iglesia no es como algunos podrían pensar, una necesidad pedagógica transitoria, comparable a la
autoridad de los padres de la que uno se separa a medida que se avanza en la vida. Al contrario, cuanto
más se avanza en la vida más cercana está la Iglesia, pues se avanza por medio de ella, es ella la que
hace avanzar. Yo propondría una comparación: el hombre es polarizado o imantado por Dios que viene
y nos atrae hacia Él. La fuerza de imantación es la Iglesia, dejar la Iglesia es dejar el campo magnético.
Por consiguiente, la Iglesia no es un absoluto como algunos le reprochan, una especie de
intermediaria entre el hombre y Dios que impide que haya un contacto directo. No es mediadora en el
sentido de una nación que media entre otras dos con puntos de vista opuestos a fin de acercarlos y llegar
a una conciliación. La Iglesia no se sitúa justo en medio del hombre y Dios; es ella, por el contrario, la
que establece el contacto. Es en cierto modo la luz que ilumina la comunicación directa entre el hombre
y Dios en Cristo. Para profundizar en el entendimiento de la Iglesia hay que conocer su triple origen.
Origen histórico
La Iglesia nació de la fe en la resurrección de Jesús y de la fidelidad de los creyentes en el
dinamismo provocado por esta resurrección. La primera convicción que vive la Iglesia primitiva es ésta:
Cristo resucitó y está vivo para siempre. Progresivamente todos los que comparten esta convicción
sacan conclusiones: en Jesús se ha manifestado una superación radical de las posibilidades humanas. Él
es el Señor universal, de Él se puede decir lo que se decía de Yahvé, “el Santo”, Él es aquél por quien y
en quien tenemos una relación con el Absoluto vivo. El hecho histórico que nadie puede eludir es el
testimonio de los apóstoles ligado al nacimiento de la Iglesia.
Esta constituye la voluntad de mantener este testimonio en una comunidad que se organiza. En pleno
entorno judío, el hecho cristiano surge como una novedad absoluta. Para la mentalidad judía la distancia
entre Dios y el hombre era insalvable; el judío estaba como aplastado por la trascendencia de Dios, y he
aquí que se rinde culto a Jesús de Nazaret. Los que le han cono-ciclo dicen de Él que es “Señor y
Mesías” (Hch 2, 36; 4, 26), “Príncipe de la Vida” (Hch 3, 15), “Jefe y Salvador” (Hch 5, 31), “Señor de
todos” (Hch 10, 36), “Juez de vivos y muertos” (Hch 10, 42), “Luz de las naciones” (Hch 13, 47).
“Hubo quienes, todavía incrédulos y desamparados la víspera, testimonian sobre el terreno,
prácticamente al día siguiente del acontecimiento, en favor de un hombre, Jesús, a quien todos habían
visto muerto en el patíbulo infamante de la Cruz, gentes que testimoniaron ante sus propios jueces, cuya
cólera era temible, y afirmaron que este muerto estaba todavía vivo y que es Señor de la gloria de Dios,,
(P. Moingt). Los apóstoles no pudieron dejar de aportar este testimonio: “No podemos callar lo que
sabemos y hemos oído” (Hch 4, 20). Los miembros de esta comunidad descubren (está en los Hechos
de los Apóstoles) que la trascendencia de Dios que se manifestó en Jesús implica la universalidad
52
absoluta de su mensaje. Todos los hombres están llamados a formar el Pueblo de Dios.
53
que le constituye fundamentalmente, creará sucedáneos de Iglesia haciendo del sexo, del dinero, de la
droga o de los “paraísos artificiales” un absoluto y un medio de reunión. Pero los caos de la historia
provocan en la Iglesia renacimientos en los que su fidelidad sale renovada, presentando al mundo de
manera más auténtica, el rostro de Cristo.
Misterio de amor
Para penetrar en el misterio de la Iglesia hasta su realidad más profunda, que es Cristo resucitado
dándonos su Espíritu de amor, debemos percatarnos de que no hay diferencia entre la frase fundamental
de Jesús, “En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 35) y
lo que decimos en el Credo, “Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica”, pues amor es una
palabra vaga, fácilmente superficial, sentimental. Uno puede equivocarse sobre el verdadero amor. Son
las cuatro notas o características de la Iglesia las que dicen cómo debe estar animada por el amor y
cómo debe trabajar para reunir a los hombres en el amor. Decir que la Iglesia es una, santa, católica y
apostólica, equivale a decir que es un misterio de amor.
Una
Sólo el amor une y unifica. Hay que comenzar siempre por la justicia, pues el amor es quimérico si
no florece sobre el fundamento de la justicia. Pero la justicia puede mantenernos separados; habrá
respeto mutuo pero no comunicación o comunión recíproca. No hay comunidad auténtica si el cimiento
no es el amor.
Cuando Cristo nos dice: “Amáos los unos a los otros como yo os he amado”, no utiliza una simple
comparación: del mismo modo que yo os he amado, amáos, sino que quiere decir: amáos con el mismo
amor con el que yo os amo. Ahora bien, este amor no es un sentimiento sino una persona viva, el
Espíritu Santo que, en la Trinidad, es la unidad del Padre y del Hijo y su lazo de amor. Se nos da en el
bautismo y en nuestras comuniones eucarísticas para que tengamos en nosotros la fuerza o la energía
para superar los obstáculos que se oponen al amor. Pero nosotros nos resistimos, no nos desarraigamos
del egoísmo que separa y divide. Por eso la unidad de la Iglesia es muy imperfecta.
La comunidad ideal que sería la Iglesia en un mundo sin pecado no existe, marcha hacia la unidad.
El designio de Dios es que todo el mundo sea a imagen de la Trinidad, que los hombres sean uno en el
amor, a imagen de la unidad de la Trinidad. La unidad no está hecha, hay que hacerla.
Esta unidad no excluye cierta diversidad de funciones, de escuelas teológicas, de espiritualidades, etc.,
al igual que en la: Trinidad, la verdadera unidad no es la uniformidad. La fidelidad a la unidad en la
moda no conduce a que todas las mujeres vayan de uniforme: imaginémoslas así ¡no sería un bello
espectáculo! El que el hombre y la mujer sean diferentes no es motivo para que no haya unidad en el
hogar; hay unidad y es fruto del amor. Por eso hay que evitar el espíritu sectario. La unidad sólo se
rompe cuando las diferencias se convierten en oposiciones rechazando el diálogo.
Santa
La palabra “santo” no significa principalmente la santidad de las personas humanas sino la de
Cristo. La Iglesia es santa porque Cristo es santo. Cristo es quien aporta a un mundo de pecado la
santidad de Dios, o, lo que es lo mismo, el Amor puro. En el Antiguo Testamento la palabra “santo” se
aplica sólo a Dios (así en el cántico de Isaías 6, 3: Santo, santo, santo es el Señor; el Magníficat
proclama: Santo es su nombre). Dios es “E1 Santo”. Por eso, cuando se calificó a Jesús de santo, hubo
gran escándalo, pues por primera vez en Israel se osaba llamar a un hombre con este nombre reservado
a Dios. Más adelante, los cristianos también fueron llamados “santos”, lo que se ha convertido en un
artículo del Credo: creo en la comunión de los santos.
Hay que comprender que santo no es sinónimo de perfecto, de sabio o de héroe que, en
circunstancias excepcionales, muestra mucho coraje. Los santos son los vivos con vida divina. Pues este
es el corazón de nuestra fe: todos los hombres están llamados a, compartir eternamente la vida misma
54
de Dios, a amar como El ama. Hay, pues, una comunión misteriosa de santificables santificados o de
divinizables divinizados; digo misteriosa, pues se trata de saber quién es divinizado y en qué medida.
La santidad de la Iglesia es el poder de santificación o de divinización que Dios ejerce a pesar de
los pecados de los hombres. Karl Rahner habla de la “santa Iglesia de los pecadores”. Decir que la
Iglesia es santa, es decir que coexisten en ella, a la vez, la fidelidad de Dios y la infidelidad de los
hombres y que Dios permanece fiel a pesar de nuestra infidelidad. Lo inaudito cuando reflexionamos, es
que Dios escoge “manos sucias”, por tomar el título de la obra de Jean-Paul Sartre, como receptáculo de
su presencia y de su acción.
No hay contradicción entre la santidad de la Iglesia y nuestra mediocridad. Al contrario, la santidad
de la Iglesia resplandece cuando no tiene miedo de ser manchada por el contacto de quienes somos
pecadores. A lo largo de su vida pública, Jesús frecuentó a los “pecadores”, comía con ellos, se sentía a
gusto en su compañía. No había en Él ninguna actitud rígida y tajante: “No vine a llamar a justos sino a
pecadores” (Mt 9, 13); “he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Si la Iglesia
excluyese de su seno a los tibios, los mediocres y los pecadores, buscando ser un “ghetto” de puros,
dejaría de ser santa. Imagináos una Iglesia que fuera una sociedad de perfectos, ¿cómo podría ser
humilde? Una Iglesia gangrenada por el orgullo no podría ser signo de un Dios infinitamente humilde,
ya que no hay peor imperfección que la de imaginarse perfecto.
A nosotros corresponde aportar santidad a la iglesia. Pues ¿quién es la Iglesia sino todos nosotros?
Si decimos que la Iglesia no es santa, queremos decir sencillamente que nosotros no somos santos, a
menos que estéis aún confundiendo, como hace algunos años, la Iglesia con su jerarquía. Ésta es una
función en la iglesia, los laicos representan otra función: la santidad se requiere para unos y otros.
Católica
Esta palabra significa universal. ¿Cómo podría ser de otro modo si la Iglesia está encargada de
volver visible el amor de Dios? El don de Dios no puede ser particular, es para todos los hombres de
todos los tiempos y de todos los países. Del mismo modo que Cristo es el sacramento de Dios, es decir
Dios mismo visible, del mismo modo la Iglesia es el sacramento de Cristo para todos los hombres.
No vayamos a creer que la universalidad de la Iglesia es geográfica. La Iglesia es católica en el sentido
profundo de que es capaz de unir en Jesucristo a todas las naciones, razas, culturas y civilizaciones. “La
Iglesia ya era católica la mañana de Pentecostés cuando todos sus miembros se encontraban en una
pequeña sala, lo era cuando las rebeldías arrianas parecían hacerla naufragar, lo sería aún mañana si
apostasías masivas le hicieran perder casi todos sus fieles”.
La Iglesia es católica porque sólo ella puede revelar a los hombres el sentido de su vida. Es una
capacidad que procede del Espíritu Santo, responder a las necesidades verdaderas de todos los hombres
sean quienes sean. Para pertenecer a la Iglesia, el hombre no tiene que renunciar a nada esencial pero,
en la práctica, las cosas aparecen muy diferentes. He viajado por Camerún, por Tchad, por la República
Centroafricana y si supierais lo triste que es ver iglesias edificadas al estilo europeo cuando existe un
arte negro tan magnífico...
Conocéis la historia de los jesuitas en China en el siglo XVII, con el Padre Ricci: los astrónomos,
comprendieron inmediatamente las letras chinas; fueron también acogidos por todos los estratos
populares, pues hablaban la lengua del país. Se guarda-ron de imponer a los chinos los ritos
occidentales. Desgraciadamente, tal manera de obrar fue condenada por Roma. Pero hay en las almas
chinas, como en la de todos los hombres, motivos para esperar en Cristo aunque no hay ninguno para
esperar en la cultura occidental. ¿Por qué queréis que los chinos abandonen su exquisita educación, su
arte, su música? Ha habido una relación entre cierto estilo de vida y el Evangelio; igual que la hubo en
el último siglo con la cultura “burguesa”. Para ser cristiano, no se tiene que renegar de una riqueza
humana; al contrario, la Iglesia es católica, capaz, a pesar de sus errores y sus faltas, de acoger todas las
riquezas humanas para que sean divinizadas por Cristo.
Apostólica
55
Cuando decimos que la Iglesia es apostólica queremos decir que a pesar de las diferencias, a menudo
considerables, en el plano de las formas y de las modalidades exteriores, la Iglesia de hoy es la misma
que la de los apóstoles. Es fiel a Cristo que la fundó a través de todas las vicisitudes y cambios de la
historia. Es la continuidad, desde los apóstoles hasta nuestros días, de un servicio a la humanidad, la
educación en el amor. Los doce apóstoles (cifra simbólica correspondiente a las doce tribus de Israel, es
decir a todo el pueblo de Dios) eran ya la Iglesia. Desde la Ascensión, Cristo es invisible pero
permanece presente y actuando. Él nos llega hoy invisiblemente por su Espíritu, y visiblemente por los
sucesores de los apóstoles y los sacramentos.
Bastaría que la Iglesia fuera una comunidad regida sólo por el amor donde no hubiera ninguna
función de autoridad. Sería el ideal y así será la iglesia en el Reino de Dios. En el cielo no habrá
jerarquía, no habrá ni papa ni obispos. Pero estamos en un mundo de pecado. La Iglesia es una
comunidad de amor que necesariamente tiene aspectos de sociedad. Hay tres grados de agrupamientos
humanos:
- la masa o el rebaño; domina la fuerza, la ley de la jungla;
- cuando la masa se organiza se convierte en sociedad; el derecho sustituye a la fuerza, y se
necesita una autoridad para hacer respetar este derecho o este orden jurídico;
- la comunidad, donde reina el amor que fundamenta la comunión fraternal.
No olvidemos que la fuerza no es abolida cuando se opera el paso al derecho, ni éste cuando se
opera el paso al amor; de otro modo, sería imaginar que ya estamos en el paraíso. Ningún camino es
posible si no se tienen en cuenta las relaciones de fuerzas que subsisten.
En la Iglesia tal como es, es inevitable un derecho, una autoridad, un gobierno, etc., o estaremos
soñando. Pero todos los debates actuales corren el riesgo de ser falseados si se ve a la Iglesia
únicamente como una sociedad o una institución ordinaria. Los problemas de estructuras, que son reales
y hay que estudiarlos de muy cerca, deben ser corregidos en relación con el Absoluto de Amor de quien
la Iglesia es la visibilidad en la historia.
56
Tercera parte
CRISTO VERDADERO DIOS, VERDADERO HOMBRE,
REVELA QUIÉN ES DIOS Y QUIÉN ES EL HOMBRE
(Págs. 155-170)
Introducción
Los cristianos se arriesgan afirmando de Jesucristo que es verdadero Dios y verdadero hombre;
esta afirmación constituye lo esencial de su fe. Uno se ve tentado a veces a plantear en términos
conceptuales la cuestión de cómo puede ser que Dios sea un hombre y un hombre sea Dios. Hay que
resistir la tentación, pues ¿quién es el hombre y quién Dios? No lo sabemos más que por el Hombre-
Dios, es Él quien nos lo revela. Es preciso, pues, renunciar a elaborar, en un primer tiempo, los
conceptos de humano y de divino, para intentar, en un segundo tiempo, armonizarlos para dar cuenta de
la posibilidad de un Hombre-Dios. Es éste un método de reflexión familiar para muchos y no será de
extrañar que nos conduzca a callejones sin salida. Ciertamente, las ciencias humanas nos dicen algo del
hombre y el discurso filosófico nos dice algo de Dios, pero es la existencia misma del Hombre-Dios la
que nos lleva sin contradicción a la posibilidad del Ser absoluto de tomar figura en el mundo de lo
relativo (nuestro mundo) sin dejar de ser el Absoluto, la posibilidad para Dios de convertirse en hombre
sin dejar de ser Dios. No se puede construir una ciencia de Cristo partiendo de una ciencia de Dios y de
una ciencia de hombre que le serían previas. La teología (ciencia de Dios) y la antropología (ciencia del
hombre) deben por el contrario encontrar su origen en la Cristología (ciencia de Cristo).
El ser de Jesucristo es Apertura total. Él es Hijo. Decimos equivalentemente Hijo y Verbo quiere
decir Palabra; Él es completamente Palabra. La palabra no subsiste nunca en sí misma, viene de alguien,
es la palabra de alguien. Del mismo modo el Hijo es hijo de alguien, existe por alguien, el Padre. La
palabra está dicha para ser escuchada, está ordenada para otros. Así el Verbo es pronunciado para ser
dado a los hombres. Decir que el ser de Jesucristo es Apertura total, es decir que es “a partir del Padre”
y “para los hombres”. Es decir, Él es amor, pues amar es estar suspendido entre dos polos, el polo de la
acogida y el polo del don. Acoger, es “ser por” otro; dar, es “ser para” lo otro o los otros. No hay que
decir que en Jesucristo existe amor, hay que decir que Él es amor. Pero sólo Dios es amor. Si Jesús es
amor, hay que decir que es Dios, Dios como Hijo perfectamente hijo, Hijo único de Dios, verdadero
Dios.
Pero también verdadero hombre. Si Jesús es completamente lo que hace, si es completamente lo
que dice, si él es completamente para los hombres, es el más humano de los hombres, es la plenitud de
lo humano, en verdad el único hombre plena y absolutamente hombre, cerca de quien estamos desde los
comienzos del hombre, de los hombres en devenir de humanidad. Él es lo que nosotros tenemos que ser,
verdadero hombre.
Se trata del hombre y como debe ser. Cristo es este hombre. Por eso san Pablo le llama “l nuevo
Adán” o “el último Adán” (1Cor 15,45), es decir el hombre tipo, el hombre ejemplar. El hombre es
tanto más hombre cuando está menos replegado sobre sí mismo, menos limitado. El paso del animal al
hombre o el paso de la vida al espíritu se ha cumplido cuando un ser de tierra y polvo h a podido llevar
su mirada más allá de sí mismo y de lo que le rodea, y decir “tú” a Dios. Pues el hombre es plenamente
hombre, no sólo cuando entra en contacto con el Infinito, sino cuando es uno con Él. Jesucristo el
hombre uno con Dios.
1
Extractos del manuscrito Jesús Christ Fils unique de Dieu, n.3 de la primera serie del Credo redactado en 1977-
1978.
57
Hay que añadir que si hay un hombre que es uno con Dios, es porque todos los hombres pueden
llegar a serlo. Llegar a ser lo que es Jesucristo es la vocación del hombre. Jesucristo no s una excepción
en la humanidad, en el sentido de curiosidad eminente en quien Dios mostraría todo su Poder. La
existencia del Hombre-Dios concierne a la humanidad entera. En la Biblia, la palabra “Adán” expresa la
unidad de toda la realidad humana. Si san Pablo llama a Cristo el “nuevo Adán”, es para decir que en Él
ha sido reunida toda la humanidad. Él es la Cabeza de un Cuerpo del que nosotros somos los miembros
o, como dicen los ingleses, es una corporate personnality, una “personalidad corporativa”, o, en
términos teilhardianos, el máximo de complejidad en la más perfecta unidad.
58
en manos de alguien que amenaza nuestra libertad. No puedo afirmar que creo en un Dios todopoderoso
si no tengo la certeza de que se trata de un poder que no amenaza mi libertad.
En otros términos (sopeso mis palabras pues de esto depende todo, depende lo esencial de mi fe),
si yo no creyese que Dios no es poderoso más que para amar y para llegar hasta el límite del amor, es
decir la muerte (morir por los que se ama) y el perdón (perdonar a los que os asesinan), si no creyera
que el poder de Dios es un Sobrepoder cuya naturaleza es la de renunciar por amor al empleo de los
medios del poder respecto a las criaturas, comprendería enseguida que se acceda a la pendiente del
sueño nihilista, y me guardaría de acusar a mis contemporáneos a quienes fascina este sueño.
Pero todo cambia si la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del amor. Entre una
omnipotencia y un amor todopoderoso hay una diferencia abismal, existe un abismo. El cristiano no
dice que cree que Dios es todopoderoso, dice que cree en un Dios Padre todopoderoso. ¡Importancia
decisiva de la preposición “en” seguida de un nombre de persona! En el Credo, la afirmación de Dios y
de su omnipotencia está tomada y comprendida en un movimiento de confianza y amor que expresa
precisamente esta preposición. Decir creo en ti, es decir: yo sé que tu poder no es un peligro para mi
libertad, sino que al contrario, está al servicio de mi libertad. “Creer en”, todo reside en esto.
El novio que dice a la novia que cree en ella -son palabras cargadas de sentido- no dice: doy fe
de tu existencia y de tus cualidades, creo que eres esto o aquello, creo en los informes que me han dado
de ti, creo todas las verdades que se refieren a ti. Dice esto otro: te doy mi confianza, me comprometo a
fondo contigo, tú serás en adelante el centro de mi vida, yo me descentro para que en adelante el centro
de mi existencia no sea yo sino tú, te confío por un acto de donación de mí mismo mi felicidad, eres
digna de ser amada y te amo, quiero depender de ti. Amar es consentir depender del amor. La vieja
palabra francesa “fianza”, caída en desuso, ha sobrevivido en “confianza” y en “novia” 4; la “confianza”
es la “fianza” recíproca donde el amor, fe y alegría no son mas que una misma cosa.
La fe es el impulso de todo el ser hacia Dios, el compromiso de lo más profundo de sí; de otro
modo, no es fe. Este impulso sería delirio, locura, si no se estuviera seguro de que Dios no es poderoso
más que para amar, que es el amor y no el poder la .esencia de Dios, ya que el poder es un atributo del
amor. Sería locura confiarse sin reservas a un poder que pudiera ser peligroso para mi libertad.
Abandonarse a un ser sin poder, sería igualmente una locura. Y la idea de un amor desprovisto de poder
o de energía es una idea loca, insensata. Pero lo que, en cambio, está lleno de sentido es la acogida de la
Energía de amar. Esta energía es el Espíritu Santo, una energía divina de amar que se nos da.
En verdad, no existe nada tan tradicional y tan constante entre los Padres de la Iglesia como
subrayar la preposición “en” y su importancia doctrinal cuando está seguida de un nombre de persona.
Es un solecismo, es decir una incorrección gramatical, pero precisamente los escritores cristianos,
empezando por san Juan, no temen ser gramaticalmente incorrectos para expresar mejor el misterio de
la fe. “La obra de Dios, dice Jesús, es que vosotros creáis en aquél que ha enviado” (Jn 6, 29).
Creer en la omnipotencia de Dios, creer que Dios es todopoderoso sin creer en Él, nada mejor
para falsear la vida religiosa de raíz. La historia de las religiones muestra que la mentalidad y las
prácticas mágicas han proliferado en la historia y proliferan aún en nuestros días, incluso en medios
cristianos, a despecho del decoro eclesial del vocabulario. No hay que dejarse engañar por las palabras.
Lo que funciona demasiado a menudo con respecto a Dios es el interés y el miedo. El interés que nos
empuja a utilizar la omnipotencia en beneficio propio, el miedo que exige encontrar los medios de
defenderse del peligro que se recela. Esto no tiene nada que ver con la fe, es magia. Si se pudiera
psicoanalizar a un cierto número de cristianos educados mal, uno se daría cuenta de que dicen por lo
bajo: “¿qué es lo que me guisa Dios allá arriba en su cielo? ¿qué me prepara? ¿felicidad o desgracia?
¿salud o enfermedad? ¿éxito o fracaso? Por interés y por miedo voy a rezar para que no me prepare
nada desagradable”.
Hasta el día en que surge la tentación de exorcizar radicalmente la amenaza diciendo
sencillamente que no hay Dios todopoderoso. Es entonces cuando el ateísmo aparece en la conciencia
adulta como la actitud más racional, lo que no es absolutamente falso, aunque no debemos olvidar la
4
N. del T.: Imposible traducir, siguiendo el texto, el juego de palabras: «fiancé» = novia, prometida, en correlación
con «fiance» y «confiance» = fianza y confianza, respectivamente
59
frase de Pascal: “Ateísmo, señal de fuerza de espíritu, pero hasta un cierto grado solamente.” Pues, bajo
el cielo transformado en desierto, vaciado de un todopoderoso supremo, otros poderes nacen y
proliferan, poderes que no se temerá absolutizar alegremente en todos los planos de la vida individual y
colectiva. Estos poderes los conocemos de sobra: dinero, sexo, raza, partido, etc. Nada más sagrado que
un mundo pretendidamente desacralizado; todo puede llegar a ser poder de dominación, de opresión, de
destrucción. Toda mutación de civilización es en cierto modo una mutación de idolatría.
Esto -magia supersticiosa o ateísmo que niega (a escoger)- es inevitable si el poder de Dios no se
comprende como el poder del amor. La fe es un acto íntimo de libertad que compromete en lo más
profundo de sí y pone en movimiento hacia un Amor que no sabe hacer otra cosa que amar. El cristiano
no dice que cree en Dios todopoderoso, dice que cree en Dios Padre todopoderoso. Lo que proclama, lo
que canta, es el poder de una Paternidad. La estructura del Credo es trinitaria [Link] no creo que Dios sea
un Narciso eterno que se contemple a sí mismo, que se quede absorto en sí mismo, que esté encantado
de sí mismo. Creer en tal Dios sería manifiestamente absurdo. Yo podría a lo sumo pensar que este Dios
narcisista existe, pero creer en él, en absoluto.
Si la preposición “en” es esencial en el acto de fe. Aquél en quien creo no puede ser más que
Padre. Y si nombro al Padre, exige que, en un mismo impulso de pensamiento y amor, nombre también
al Hijo y al Espíritu. Decir que Dios es Amor y decir_ que es Trinidad, es exactamente lo mismo.
61
proponer dos aproximaciones al misterio del Espíritu Santo. La primera a partir de la exigencia de
reciprocidad, esencial para la perfección del amor. En el amor [.humano esta reciprocidad, no la
percibimos más que por el intérprete de los signos, por sí misma escapa a los que se aman. “Yo te amo a
ti, mi mujer, y veo que tú me amas por lo que me dices, por tus gestos, por tu comportamiento hacia mí,
pero no veo tu amor mismo. De ahí el sufrimiento, la duda en ciertos momentos, cuando esas palabras,
esos gestos, ese comportamiento, parecen menos ardientes, menos espontáneos. Si yo viese el amor esas
fluctuaciones no existirían, pero no veo más que los signos del amor. Por eso existe en mí ese violento
deseo de conocer tu amor de otro modo que por signos, cuya presencia me encanta y me hace feliz, pero
cuya disminución me mortifica y cuya ausencia me desespera.” San Agustín ha escrito una frase amiga
de la memoria: “Ella ve a él, él ve a ella, pero nadie ve el amor”.
En la Trinidad, donde la reciprocidad es perfecta, el Amor mismo es una persona, el Espíritu
Santo, Amor del Padre al Hijo, Amor del Hijo al Padre, beso común si se quiere. La reciprocidad del
amor hecha persona en el sentido que podríamos decir: Mozart es la música hecha hombre. El amor se
vive en plenitud, existe el Amante, el Amado y el Amor. El Amante es amado, el Amado es amante, y el
Amor es el dinamismo del impulso por el que dos no son más que uno siendo distintos.
Otra aproximación a este misterio de la tercera persona puede intentarse partiendo de la
exigencia de pureza en la perfección del amor. Entiendo por pureza la exclusión de todo egoísmo, de
todo tener. En Dios no hay señal de propiedad de sí mismo, pues el amor no puede ser propietario. Si no
hubiera tercera persona, el Padre encontraría en el Hijo y el Hijo en el Padre, una posesión de sí, algo
así como un padre de familia que verdaderamente se hubiera sacrificado por su hijo y le hubiera dado
todo; cuando contempla a su hijo él se reencuentra: yo soy quien ha dado todo a mi hijo. El Padre se
encontraría en el Hijo e igualmente, el Hijo en el Padre. Pero si el amor recíproco del Padre y del Hijo
se abre a un tercero, hay exclusión absoluta de toda forma de tener, de toda mirada sobre sí, es la pureza
absoluta del amor, la Pobreza de Dios.
Vivir es amar
Amar es ser y vivir para el otro y por el otro, para los otros y por los otros, nunca por sí y para sí.
Cada una de las tres personas divinas no es ella más que siendo por y para las otras dos. Para el otro, es
el don; por el otro, es la acogida. Acoger es dar, es amar. Dios es un Poder infinito, sin límite, de
renuncia a ser para sí y por sí. Reemplazad “poder” por “energía” que traduce, tal vez mejor, de manera
menos ambigua, la palabra griega dynamis, o incluso “dinamismo”. Yo creo en un Dios cuya energía de
amor, cuyo dinamismo es infinito. Creo en una energía sin límite de renuncia a ser por sí y para sí. Creo
en la Energía eterna de una Voluntad sin límite de ser para el otro y por el otro, más aún, creo que Dios
es una Impotencia absoluta de encerrarse en sí.
Se nos revela así que la relación de amor es la forma original del ser, o, lo que es lo mismo, que
el fondo del ser es amor o comunión. El misterio trinitario esclarece todos los avatares de la existencia
humana.
Porque sabemos quién es Dios, aunque en misterio, sabemos lo que debemos ser. Ciertamente,
como decía el antiguo catecismo, Dios es infinito y puro espíritu pero, cuando san Pablo dice que hay
que “imitar a Dios” (Ef 5,1), que toda mi vida consiste en parecerme a Dios, no veo cómo puedo
parecerme a un puro espíritu infinito. En esta definición se habla de atributos de Dios que no puedo
imitar. Mientras que, si lo esencial de la Revelación cristiana es que Dios es amor, comprendo que debo
de esforzarme en amar y que toda la vida debe conducirme a amar.
¿Qué es la persona humana? Es el ser que se realiza dando y, no buscándose a sí misma, se
encuentra en otro. La vida se nos dio para que nos dirijamos a los otros, para darnos como las tres
personas divinas, no para conquistarlos, poseerlos o anexionarlos, sino para enriquecerles y hacerles
crecer. San Agustín decía: “No debemos amar a los hombres como los comilones aman la comida, pues
eso no es amar a los hombres sino quererlos asimilar”. No hay que amarles para sí sino para ellos.
Para amar como se aman las tres personas divinas hay que ser uno mismo lo más profunda y
conscientemente posible, hay que querer que los otros sean lo más profunda y conscientemente posible
y no sólo quererlo de pensamiento, en deseo, sino obrar para que lo sean. Quiero que seas tú, y me
62
consagro totalmente para que tú seas plenamente tú. Lo que es válido para los individuos vale para las
patrias, las razas y las civilizaciones.
La verdadera unidad no es la unicidad sino la riqueza de un pluralismo unido por el amor. Una
sinfonía está hecha por una pluralidad de notas que no valen sino por las relaciones que tienen unas con
otras, pero cada nota debe ser ella misma y querer que las otras sean ellas mismas pues, si ella
desapareciese, el acorde sería más pobre. El ideal de la orquesta no es que no haya más que violines; el
violín debe querer que el violonchelo sea plenamente violonchelo, que la flauta sea plenamente flauta, y
que esta diferenciación, esta riqueza y esta diversidad de instrumentos, constituyan una orquesta
verdaderamente una.
El amor trinitario nos obliga a excluir la voluntad de poder y el deseo de anexión, pero también
la “voluntad de debilidad” y la ruindad de ser anexionados.
Ya se trate de nuestra vida personal más íntima o del ejercicio de nuestra libertad en los
diferentes niveles de la familia, de la profesión, del Estado, de la sociedad internacional, todo consiste
en no equivocarse sobre el amor. Para enseñar a los hombres lo que significa amar, cuáles son sus
condiciones, las consecuencias y las implicaciones del amor, cuáles pueden ser las falsificaciones y las
ilusiones, la Iglesia pregunta a lo largo de los siglos al Espíritu Santo que le ha sido dado. Sólo Él
conoce el secreto de Dios, El nos da la Energía de vivir, de amar como Dios ama. Tal es la forma más
alta de existencia a la que es posible acceder, si el hombre la acoge como un don (en sí misma es
inaccesible) y si no rechaza, como gustaba decir Maurice Blondel, pagar el “peaje” del don mortificante
de sí mismo.
Advertencias preliminares
Cuando se aborda este tema es preciso a toda costa renunciar a la imaginación. Sé de sobra que
es muy difícil, pues estamos más dispuestos a imaginar las cosas que a concebirlas y, cuando no
llegamos a imaginar decimos que no comprendemos. Hay que realizar, pues, un serio esfuerzo por
mortificar totalmente la imaginación. Así como no se puede imaginar a Dios, tampoco se puede
imaginar su acción creadora, el acto por el que crea al mundo.
Igualmente hay que mortificar nuestra curiosidad, incluso intelectual, pues la Revelación no
intenta satisfacer la curiosidad de los hombres sobre Dios. El cristianismo no es una filosofía, la
6
Manuscritos: «Los relatos de la creación en el Génesis» y «El sentido cristiano de la creación», n° 1 y 2 de la
serie redactada en 1975-1976 (el n° 2 retoma una conferencia dada en Grenoble en Diciembre de 1972); «Creador
del cielo y de la tierra», n° 2 de la serie sobre la primera parte del Credo redactada en 1977-1978.-Hojas
ciclostiladas: Boulogne (18 de Noviembre de 1969); Auteil (13 de Octubre y 10 de Noviembre de 1975); Lyon-
Sainte-Héléne (6 de Noviembre de 1975); Carcassonne: «Los dogmas, ¿para qué?» (26 de Enero de 1978).
63
Revelación no se sitúa en el plano de la explicación de las cosas, esclarece nuestro caminar hacia Dios
que es totalmente distinto. La Revelación nos dice algo de Dios y algo del hombre en la medida en que
es necesario para nuestra relación viva, real, con Dios.
Es pues absolutamente indispensable comprender la diferencia entre explicación y significado.
La fe nunca se sitúa en el plano de la explicación científica y filosófica, sino siempre en el terreno del
significado, es decir, del sentido de nuestra existencia. Esta distinción es absolutamente esencial y la
equivocación de muchos es la de pedir a la religión informaciones que pertenecen a la ciencia. No es la
religión quien os dice que el agua se congela a 0° o que la suma de los ángulos de un triángulo es igual
a 180°. Imagino a un hombre, a un supercerebro competente en muchas disciplinas, que conoce la
explicación del mundo tanto como es posible conocerla a un hombre; si su mujer acaba de traicionarle,
este sabio será capaz de suicidarse porque, para él, la vida no tendrá significado, no tiene ya sentido, no
tiene razones para vivir. El sentido de su vida no estaba en la explicación que encontraba en las ciencias
sino en el amor de su mujer. El cristianismo no sirve para explicar el mundo.
8
Para el estudio detallado de los primeros capítulos del libro del Génesis, el Padre VARILLON se refiere a las notas
del curso del Padre P. BEAUCHAMP; y, para la noción de creación en la Biblia, remite a los libros de Cl.
TRESMONTANT editados en Seuil, así como al vocabulario de teología bíblica ya citado.
65
Es necesario, por otra parte, estar muy convencido de que no se puede apreciar el comienzo de
nada. Probad a advertir el momento en que os dormís, el momento en que no podéis decir “yo duermo”
ni “yo no duermo”, temed entonces no poderos dormir, pues en el momento en que podáis decir “estoy
a punto de despertarme” sin duda ya os habéis despertado. ¿Podéis hablar de vuestro propio nacimiento
de modo que sin ningún testigo que os lo haya contado, podáis decir cómo sucedió? Vuestro nacimiento
fue seguramente un acontecimiento, pero no un acontecimiento para vuestra conciencia. No podemos
comprender el comienzo de la historia. El conocimiento del comienzo del mundo es absolutamente
imposible, porque es impensable que haya quedado testimonio de alguien que sea consciente de ser el
comienzo absoluto de la humanidad. Nunca se escribirá el capítulo primero de la historia de la
humanidad, en un plano estrictamente histórico.
Subrayemos con el Padre Ganne: “La Alianza da sentido a la Creación, la fe en el Creador es el
reconocimiento de un Poder de liberación remontando hasta los orígenes, lo-extensivo a todo el
universo” 9
67
físico, y el físico, en tanto que físico (lo subrayo), no tiene por qué recurrir a la hipótesis de un creador.
Tampoco el químico en tanto que químico, ni el biólogo como biólogo.
Recuerdo que, meses después de los sucesos de mayo del 68, se organizó en Lyón una
conferencia para alumnos de clases superiores de toda la ciudad. Había allí de tres a cuatrocientos
jóvenes, chicos y chicas, de diecisiete, dieciocho años. El tema tratado era la Creación. Se habían
pedido dos oradores, un físico, profesor en la Facultad de Ciencias, y un servidor. Fue el profesor de
física quien primero tomó la palabra. Explicó que como físico no tenía necesidad de la hipótesis de un
Dios Creador, e incluso que esta hipótesis le molestaba mucho hasta el límite, de que con ella no podía
honestamente ejercer su profesión de físico. Ciertos adultos que estaban en la sala se enojaron con
horror diciendo: “Imaginaos lo que se dice ahora a nuestros alumnos: ¡uno no tiene necesidad de un
Dios Creador!” Cuando el profesor hubo terminado, ciertos alumnos le interrogaron diciendo:
“Pero usted, Señor, ¿en qué cree? Él respondió: “¡Ah! si me preguntáis lo que creo, yo creo en un
Dios Creador y digo el Credo cristiano”. Los alumnos comprendían muy mal. A continuación se me
concedió la palabra y dije para empezar: “Estoy completamente de acuerdo con todo lo que acaba de
decirse”. ¡El escándalo llegó entonces hasta el colmo!
La ciencia se interroga sobre el modo como se producen los fenómenos de nuestro mundo, los
rayos, el viento, los temblores de tierra, la evolución biológica de las especies, etc.; la ciencia no tiene
por qué interrogarse sobre el origen primero de los seres ni sobre su sentido último. Digo origen, no
digo comienzo, ¿captáis la diferencia? Una persona de ochenta años puede preguntarse cuál es su origen
cuando tiene ochenta años. Es distinto a su comienzo que tuvo lugar hace ochenta años. Pero puede
plantearse ahora la cuestión de su origen, del fundamento de su existencia, como podría planteárselo a
los treinta o a los cincuenta años.
La ciencia no tiene que examinar más que las transformaciones que se producen en el seno de un
universo dado. No quiere decir que alguna cuestión sobre el primer comienzo ni del fin último no se
plantee a nivel de la ciencia física, por ejemplo: ¿qué sucederá al final?, ¿hay un final?, ¿qué significa la
degradación de la energía?, pero estas cuestiones científicas son algo ajeno al Credo cristiano, son
problemas de termodinámica. No es pues en la ciencia donde hay que buscar teorías acerca del misterio
de la creación.
La creación artística
En nuestra experiencia hay, me parece, dos teorías posibles acerca del misterio de la creación.
Digamos algo sobre la creación artística pero insistiremos más bien sobre el amor (el amor que de por sí
es creador). No somos todos genios creadores, pintores, músicos o poetas, pero todos tenemos, de una
manera o de otra, la experiencia del amor.
Pensad en un músico o en un pintor que os guste, Rembrandt, Beethoven, Mozart, Chopin, poco
importa. La creación artística no es una producción, hay una invención totalmente gratuita. ¿Os habéis
planteado saber cómo es posible que tal fragmento de Mozart haya podido brotar de un cerebro
humano? Es prodigioso y digno de admiración. No es lo mismo que una fabricación, la invención es la
marca misma del genio.
En la obra de arte es verdad que hay una parte de fabricación, imposible ser de otra manera. Es
necesario que la idea gratuita, el tema de la fuga, el leit-motiv, se exprese a través de las notas musicales
o de palabras, de mármol, de colores. Es preciso que el artista que es creador, inventor en el sentido
latino de la palabra, dé cuerpo a su idea transformando la materia. La Venus de Milo era antes un bloque
e hizo falta que el bloque fuese tallado. Allí hay un elemento de producción, es cierto. Por un proceso
continuo el escultor talla la piedra, el escritor lucha con la materia lingüística; desde este punto de vista
la creación artística se parece a una fabricación. Pero, en el origen, hay una creación, hay una
discontinuidad entre la materia preexistente (mármol, colores, piedras, sonidos, palabras) y la obra de
arte en sí misma.
Si uno se orienta con la imagen de la creación artística sin olvidar que, en la obra de arte, hay una
parte de fabricación, uno se orienta correctamente respecto al acto creador de Dios.
68
El amor re-creador
La experiencia del amor es aún más apropiada. Estoy impresionado por la posibilidad que
tenemos todos los hombres de recrear. Recrear un gangster, un vagabundo, un pobre tipo cuya
existencia es apenas una existencia pues no es amado en la vida y, precisamente por no ser amado, se
dirige hacia una existencia que se parece a la nada.
Estamos obligados a plantear la cuestión, ¿ciertos seres existen? Existen, ciertamente, en el
sentido de que comen, beben, respiran. Pero no llamemos a esto existencia en sentido intenso, son
parecidos a una nada, se le aproximan, si se puede decir, degradándose progresivamente. ¡Y bien! tengo
el poder inaudito de recrear tal ser, simplemente mirándole con amor, interesándome por él, dirigiéndole
mi atención. A partir del momento en que vea posarse sobre él una mirada de amor vuelve a la
existencia, pues se encontraba caminando hacia la nada y puede convertirse, o reconvertirse,
auténticamente en un hombre.
Hace algunos años, sacerdotes y laicos de la parroquia de Saint-Severín de París organizaron
comidas con jóvenes marginales, gamberros, así se les llama. Los sacerdotes me dijeron que fue como
si se asistiese a un regreso. Estos muchachos estaban en camino hacia la nada; cuando vieron que
alguien se interesaba por ellos, que se posaba sobre ellos una mirada de amor o de amistad, volvieron a
la existencia, tomaron confianza en ellos mismos, empezaron a vivir en el sentido fuerte de la palabra y
no simplemente a respirar, beber y comer.
69
¿Qué hacía este hombre a mi lado? Existía, eso es todo. Su sola existencia era contagiosa en el
sentido de que mi deseo continuo era parecerme a él, existir como él, con la misma nobleza de alma, la
misma grandeza, la misma cultura. La existencia de este hombre era contagiosa en el sentido de que no
me era posible ser sistemáticamente mediocre a su lado. Si yo hubiera querido ser mediocre y
pervertirme, hubiera sido necesario escapar a su contagio estimulante y sugerente. Aunque no hayáis
tenido un maestro como éste en vuestra existencia, habréis experimentado que hay momentos en la vida
en que uno se dice: si yo permanezco en relación habitual con este hombre o con esta mujer, no puedo
ser mediocre. Ser mediocre es ser una semi-nada, la mediocridad es una seminada.
El acto creador de Dios es esta existencia pura y simple. En el fondo Dios no hace nada, y pienso
que hay que abstenerse de decir: Dios hace esto o aquello, pues todo el mundo entenderá: fabricar;
ahora bien, crear no es hacer algo. Dios es absolutamente simple. Esta simplicidad es terrible, preguntad
a los místicos que han tenido alguna experiencia. No hay en Dios una existencia y una acción como si
fueran dos cosas. Su acto es idéntico a su ser. Él es, es todo. Dios crea existiendo, nada más, pero esta
existencia es contagiosa pues es amor, y el amor es una fuente de existencia.
Acto por el que Dios hace que los seres se hagan a ellos mismos
Intentemos ir más lejos, nos aproximamos a lo esencial. La creación es el acto por el que Dios
hace que los seres se hagan a ellos mismos por ellos mismos. Si imaginamos que somos manipulados,
no podemos decir que Dios es Amor. Pero Dios es Amor y quiere que nos hagamos a nosotros mismos,
por nosotros mismos. Lo dice la Biblia: “El Señor creó al hombre... y lo entregó en poder de su
albedrío” (Eclo 16,14).
¿No os lo imagináis? Yo tampoco. Sin embargo, me acuerdo de un grupo de jóvenes hogares que
tenían hijos de diez, doce años. Cuando trataba de explicarles esto, eran más o menos escépticos. De
repente, un padre de familia, desde el fondo de la sala, me interpela: “¡Ya está, lo he comprendido! El
ideal sería que mis hijos se hagan ellos mismos por ellos mismos, dicho de otra manera que la
educación no comporte golpes, consignas, molestias. Un verdadero educador debe sufrir si ha de dar
golpes, incluso cuando son inevitables”. Este padre de familia empezaba a comprender que la creación
es el acto que hace que los otros se creen a ellos mismos.
Recuerdo haber asistido a una discusión bastante viva entre un joven sacerdote y un comunista
militante del partido. La discusión podría haber durado indefinidamente. El sacerdote decía: “Es Dios
quien ha creado el mundo”, poniendo el verbo crear en pasado”. Yo temblaba en mi rincón diciéndome:
¿cuándo dejará de hablar en pasado? El comunista respondía: “No, es el hombre quien se crea a sí
mismo”. ¿Qué habríais hecho vosotros en esta discusión? Pienso que algunos hubieran tomado partido
por el sacerdote contra el comunista, y otros partidos por el comunista contra el sacerdote. Al cabo de
un rato, intervine diciendo: “Perdéis el tiempo, tenéis razón los dos o, lo que viene a ser lo mismo, si El
no estuviera en génesis creadora, en cosmogénesis como dice Teilhard, haría falta decir que Dios lo
fabrica. Y si decimos que el mundo se crea a sí mismo no somos cristianos, puesto que lo afirmamos al
principio de nuestro Credo:
“Creo en Dios el Padre todopoderoso creador”. Precisamente Dios no sería creador si fabricase
todo acabado. No hay un todo acabado, hay lo que “se está haciendo a sí mismo”.
70
es entonces ininteligible. Si el corazón de Dios es amor, por consiguiente renuncia a sí, por tanto
humildad, el acto creador es un acto de humildad. Ahora puedo comprender que la creación es el acto
por el que Dios no renuncia a Él mismo en el interior de la Trinidad, en el interior de su ser eterno, sino
que, en cierta manera. El se “retira” verdaderamente para no ser todo. El se “contrae” como dicen
ciertos espirituales orientales, Boulgakoff por ejemplo, en la gran Tradición de san Gregorio Palamas
(somos desgraciadamente muy ignorantes en Occidente de la admirable espiritualidad del Oriente
cristiano).
El acto creador es el acto por el que Dios se retira, desaparece para dejar surgir libertades que no
son El. Se ha citado mucho estos últimos años la frase del poeta alemán Holderlin:
“Dios ha hecho todo como el mar ha hecho los continentes, retirándose”. Amar no es imponerse,
es querer que el otro sea. No vamos a imaginar el acto creador de Dios como una voluntad de tener
satélites, ¡nada de eso! Si Dios no renunciase a ser todo no podríamos decir que es amor. La imagen del
mar que se retira y que crea los continentes, retirándose, es admirable pero un poco peligrosa porque,
cuando se trata de Dios, Él no se retira de manera espacial, está presente en su creación. Las imágenes
cojean siempre, de una o de otra manera.
Es la omnipotencia de Dios quien crea el mundo, sí, pero ¿qué poder? No un poder de
dominación o de fabricación, no un poder que va a petrificar o congelar nuestra libertad. El poder
creador es un poder de renuncia tan absoluta de sí que otros vienen a existir en ellos mismos y por ellos
mismos. Cuando Dios me crea, me da el poder de ser yo mismo y por mí mismo.
Ahora ya no podemos decir que Dios es un competidor que amenaza nuestra libertad, puesto que
Dios renuncia y se retira para que existamos en nosotros-mismos y por nosotros-mismos, no quiere ser
un competidor. No hay nada más divino, más altamente divino, que esta renuncia de Dios, que no es
otra cosa que la renuncia eterna que es Dios en Él mismo, en el seno de la Trinidad.
71
Es evidente que el hombre humaniza el mundo con una increíble lentitud. Esto es muy doloroso.
Pero, creedme. Dios es el primero en sufrir. Siempre, y como es amor, se guarda de intervenir. Es asunto
nuestro. El hombre es el responsable de la humanización del mundo y de la humanidad.
El pecado original:
todos los hombres son pecadores en la raíz de su ser 12
(Págs. 191-202)
10
Cf. F. VARILLON, L'humilité de Dieu, p. 154.
11
Publicado por Ediciones du Cerf 1 1979 en la colección “Dossiers libres”.
12
Manuscrito: ninguno; no he encontrado más que hojas antiguas y resúmenes de sus tres “fuentes(P.
Hubtamann, P. Gibert, y J. Moingt); eso es lo que me permite comprender que ciertos aspectos faltan en esta
conferencia, la cuestión del bautismo de niños p.e.. –Hojas ciclostiladas: Le Péage-de-Rousillon (12 de
Diciembre de 1967); Boulogne (27 de Enero de 1977).
72
Tres advertencias para allanar el terreno 13
1) ¿Por qué hablar del pecado original? Jesús no dijo nunca una palabra sobre él y no aparece en
el Evangelio, al menos directamente. El Credo nos hace confesar que hay “un sólo bautismo para el
perdón de los pecados” sin mención explícita al pecado original. Esto no es extraño, pues el centro del
Credo es la unión de Dios y la humanidad en Jesucristo.
Hay que comprender que un enunciado dogmático, como el del pecado original, es siempre una
precisión de la fe sobre tal o cual intención de esta Realidad central. Todo enunciado dogmático es una
iluminación que procede del misterio de Cristo acerca de nuestra condición humana. El conjunto de los
dogmas es la suma de las afirmaciones necesarias en el curso de la historia para recibir correctamente la
luz de Cristo.
2) En consecuencia, no se trata de considerar el pecado original partiendo del relato del Génesis,
hay que partir de Cristo. Un dogma, una precisión de fe, se sitúan siempre al nivel de la Nueva Alianza
(que ilumina la Antigua y la asume). El enunciado de la fe con respecto al pecado original tiene su
origen en las reflexiones de la Iglesia a partir de: - Nuestra experiencia: existe pecado en el mundo,
fuera de nosotros y en nosotros, es un hecho. - Del bautismo que, tradicionalmente, ha sido
comprendido como un nuevo nacimiento en Cristo.
- Ciertos pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo la epístola a los Romanos (5,12ss) donde san
Pablo escribe: “Del mismo modo que vosotros, los judíos, decís que todos somos solidarios en Adán,
por lo mismo os declaro, yo Pablo, que todos somos solidarios en Jesucristo resucitado”. San Pablo
llama a menudo a Cristo el nuevo Adán. Antes de ser considerado como el primer pecador (porque hace
falta que el pecado haya comenzado), Adán debe ser considerado como la imagen que prepara al Nuevo
Adán, “figura del que debía venir” (Rom 5, 14), es decir Cristo. Así lo pensaron los Padres de la
Iglesia de los primeros siglos empezando por san Ireneo, obispo de Lyón, en el siglo II: “Creando al
hombre, Dios pensaba en Cristo”.
3) De donde se sigue que uno se equivoca siempre en teología cuando aísla un dogma. Se ha
pretendido (por ejemplo ciertos pensadores del siglo XIX como Bonaid, Maistre, Veuillot, etc.)
presentar el cristianismo sólo a partir del pecado original, como si la caída, de la que se habla en el
libro del Génesis, fuese el punto de partida sobre el que se edificó el cristianismo.
Cierta educación daba motivos para imaginar las cosas del modo caricaturesco llamado “el
arreglo del divino fontanero”:
Dios, el fontanero supremo, fabricó el mundo con una tubería que funcionaba perfectamente
bien; el hombre se las arregló para estropear esta tubería, de ahí la decisión del fontanero de enviar a
su Hijo para reparar el estropicio de manera que funcionase aún mejor que en el plan primitivo. No, el
cristianismo está completamente fundamentado en Jesucristo. Teníamos falsas costumbres, teníamos la
tendencia a poner el acento donde no se debe poner. Existe progreso en la Iglesia no cuando se reniega
hoy de lo que se creía ayer, sino cuando se eliminan los falsos hábitos, cuando más allá de las
deformaciones inevitables (efímeras en derecho pero tenaces de hecho, como todos los malos hábitos)
se reencuentra la Fe más tradicional de la Iglesia.
75
encontrado establecidos para siempre en la virtud. Francamente, pensar esto es pura imaginación,
infantilismo.
Suponiendo que el primer hombre no hubiera pecado, ¿quién nos garantiza que no lo habría
hecho el segundo? ¿Y por qué no el tercero o el cuarto? Si la culpa del primer hombre tuvo tanta
influencia en nosotros, ¿por qué la del segundo o del tercero no la habría tenido tanto? Es cuanto menos
un poco raro. Y después, se llega a la idea de una humanidad que habría podido alcanzar la gloria
perfecta de su divinización olvidándose completamente de Jesucristo, se llega a imaginar que, si Adán
no hubiera pecado, hubiera tenido el poder de conducir por sí mismo a la divinización a toda su
descendencia humana. ¡Desgraciadamente hizo un estropicio e hizo falta que Jesús viniese a repararlo!
¡Hay que reflexionar! No tenemos más que leer el Nuevo Testamento para ver que no hay más
que una sola fuente de divinización que es Cristo. Desde el principio Cristo es querido por Dios y, como
dice san Pablo, hemos sido creados en Él (Col 1,16). Esto quiere decir que nuestra humanidad, desde
sus orígenes, está destinada a entrar en la filiación divina por Cristo y en Él.
Ciertos predicadores daban la impresión de que Dios estaba tan ofendido por el pecado del
primer hombre que decidió que todos los hombres, en adelante, estarían esclavizados al pecado. ¡Hay
que reconocer que es ésta una conclusión extraordinaria! La preocupación de Dios no es tanto la de
esclavizar a los hombres al pecado sino librarles. No es Él quien ha decidido por su voluntad soberana
imputarnos la culpa del primer hombre, como si hubiera estado despechado de que hubiera infringido
su ley. No. La libertad absoluta no puede querer otra cosa que liberar.
Si el pecado se transmite, significa que es propio de todo pecado transmitirse a los otros. El
pecado no se transmite como un acto de culpabilidad. Cuando cometemos una falta esta falta es nuestra
y no pasa a nuestros hijos o a nuestros vecinos. A este respecto, la expresión misma de “pecado
original” se presta a equívoco, pues el pecado original se distingue del pecado personal por la ausencia
de consentimiento personal. El pecado original en nosotros no es un acto pecaminoso sino la
consecuencia en nosotros de todos los pecados cometidos desde el primero. Es una situación en
relación con una vocación.
Lo propio de todo pecado es desencadenar un desorden que perturba las relaciones humanas. Si
un hombre no viviese más que obsesionado por el deseo de dinero, su relación con los otros estaría
falseada. Si un hombre es un don Juan, no piensa más que en la lujuria, todas las mujeres bonitas del
mundo se le aparecerán como ocasión de placer, todo está perturbado, no existe fraternidad. El menor
de nuestros pecados es una provocación al mal que depositamos en la conciencia del prójimo. Siempre
que obro con egoísmo, incito al prójimo a hacer otro tanto. Siempre que busco mi goce, provoco al otro
a obrar de modo parecido. Todo pecado se convierte en camino por el que una tendencia al pecado se
infiltra en la conciencia humana.
El conjunto de relaciones humanas constituye lo que se puede llamar conciencia común de la
humanidad, la voluntad común del género humano. Los actos malos de todos los hombres contribuyen
a esparcir y a propagar el pecado. Cada acto malo que cometemos es como una onda que se expande
por los terrenos de todas las relaciones humanas. Es así como los pecados de los hombres se aglutinan
y forman entre ellos como un verdadero cuerpo de pecado. El niño que viene al mundo entra en una
comunidad de pecado. Yo soy pecador desde el primer momento de mi existencia, porque el primer
momento de mi existencia es vivido en un mundo de pecado. Ningún hombre puede formarse sin la
ayuda de los otros, pero los otros le ayudan tanto a destruirse como a construirse. Así podemos
comprender la propagación del pecado original.
Advertid que el mundo, si es cuerpo de pecado, también es cuerpo de gracia. Si pesamos en el
sentido del pecado, igualmente pesamos en el sentido del bien y el bien, cualquiera que sea, es una
colaboración en la obra divina.
El dogma del pecado original es esencial para nuestra verdadera relación con Dios
76
Pecadores perdonados en la raíz de nuestro ser
Si la Iglesia mantiene el dogma del pecado original es porque es esencial para nuestra relación
con Dios; si olvido el pecado original, mi relación con Dios no es ya una relación verdadera. Esto no
aparece a primera vista, hay que descubrirlo. Es precisamente porque no aparece a primera vista por lo
que muchos están tentados a decir: después de todo, ¿qué más da? ¿qué cambiaría en mi vida? En
realidad, cambia mucho.
En Las palabras, Jean-Paul Sartre cuenta que siendo niño, desobedeció a sus padres jugando con
cerillas y quemó una alfombra; escondió el estropicio como pudo y saltó sobre las rodillas de su mamá
sin decirle nada de la falta cometida. Y añade, relación falsa, relación mentirosa. Mi relación de hijo con
mi madre habría sido una relación verdadera si yo le hubiera dicho: mamá, te pido perdón, te he
desobedecido, he jugado con cerillas y he quemado la alfombra, espero que me perdones y me permitas
abrazarte. Entonces, la relación hubiera sido verdadera.
Si el hombre no se reconoce pecador su relación con Dios es i falsa. Cuando la Iglesia nos habla
del pecado original quiere hacernos entender que en la raíz misma de nuestro ser, somos no sólo
criaturas finitas sino también criaturas pecadoras. Existe en nuestra raíz una orientación que no es una
orientación hacia Dios.
El fondo de todo (se advierte mejor en los Ejercicios de treinta días en que muchos están
asombrados de que se pase una semana hablando sobre el pecado) es que, si yo no me reconozco
esclavo, no puedo saber qué es la libertad y no puedo ponerme en camino hacia un liberador. La peor de
las esclavitudes es la de no conocerse a sí mismo. Únicamente en función de la libertad es urgente
saberse esclavo, en otro caso no tendría ningún interés. Es Cristo Salvador, Liberador quien nos libera
no sólo de la finitud (somos seres finitos y si somos divinizados, es preciso que seamos liberados de
esta finitud que nos encierra; por todas partes) sino también de la esclavitud del pecado que es una
esclavitud redoblada. Es una liberación la que debe hacernos acceder a la libertad misma de Dios.
Así la verdadera relación con Dios, la relación de verdad entre el hombre y Dios, es una relación
de pecador perdonado en un infinito de amor y de perdón. Decir que el hombre es una criatura y que
Dios es creador es verdad, pero no es éste el fondo de la cuestión. La distancia entre lo que somos y el
Dios de amor que nos diviniza es infinitamente más grande, está entre un infinito de amor que perdona
y una criatura que no es sólo finita sino que es a la vez pecadora y perdonada. Con la sola excepción de
la Virgen María, es imposible al hombre presentarse ante Dios con la cabeza alta. Si me presento ante
Dios con la cabeza alta, como un inocente, mi relación con El es falsa y al mismo tiempo desconozco lo
que Él es con relación a mí, es decir, no sólo quien nos crea sino también el que nos diviniza y nos
perdona.
La gran realidad no es el pecado sino el perdón. Dios no se revela en plenitud más que cuando
revela ser un poder infinito de perdón. Yo no sé si tenéis la experiencia del perdón; yo no la tengo como
tal pues no tengo conciencia de haber sido gravemente ofendido en toda mi vida, lo he sido en pequeñas
cosas pero no tengo la impresión de haber tenido ocasión de revelar la gratuidad total de mi amor
perdonando, es decir dando a fondo. Lo más profundo que se puede decir de Dios es que es un poder
infinito de perdón. Si no fuéramos pecadores, conoceríamos a un Dios que da, pero no le conoceríamos
como aquél que da hasta perdonar y podríamos siempre preguntarnos si Dios continuaría dándonos
cuando le ofendiéramos. Dicho de otro modo, no conoceríamos el fondo de Dios.
Hay tres grados de gratuidad en el amor de Dios hacia nosotros:
- la gratuidad del amor que nos crea;
- la gratuidad del amor que nos diviniza;
- la gratuidad del amor que nos perdona, es decir que nos devuelve perpetuamente lo que
perdemos perpetuamente por el pecado.
No pidáis a la Iglesia lo que no pretende dar. La Iglesia no pretende que el pecado de Adán sea
una explicación del mal y del sufrimiento. Pues al mismo tiempo que la universalidad del pecado,
afirma la universalidad del amor liberador. No se debería hablar nunca de pecado original, sino llamar
siempre pecado y perdón originales, pecado y redención originales, a condición de comprender que
77
redención quiere decir liberación. Si la divinización de los pecadores que somos se llama redención, es
porque nuestra salvación no lo es únicamente en forma de crecimiento, sino también en forma de
enderezamiento. Dios, para divinizarnos, no viene sólo a buscarnos en una situación de inocencia sino
en una situación de pecado, de forma que nuestro crecimiento, cuyo fin es el mismo Dios, lo es en
forma de enderezamiento.
78
La resurrección de la carne o divinización del hombre y del universo 16
(Págs. 203-222)
El término español “carne” no tiene las mismas connotaciones que la palabra hebrea
correspondiente: un judío no opone carne a espíritu, como nosotros hacemos. La carne, para él, es el
hombre entero, con su debilidad y fragilidad pero también con su arraigo en la naturaleza, en un medio
determinado, en su raza; la carne incluye todas las relaciones con las personas y las cosas. Cuando
decimos que creemos en la resurrección de la carne -éste es un artículo de nuestro Credo-, decimos que
es el hombre total quien resucita.
Os hago igualmente notar que nuestros Credos no hablan de la resurrección de los cuerpos. En el
Símbolo de los Apóstoles se habla de la “resurrección de la carne” y en el símbolo de Nicea, que
recitamos o cantamos en la misa, se habla de la “resurrección de los muertos”. El cuerpo está implicado
en un conjunto mucho más vasto que la Biblia llama carne.
La fe de la Iglesia en la resurrección de la carne, es decir, del hombre y de todo el mundo,
escandalizó tanto al pensamiento pagano que no hay que sorprenderse de la dificultad que tuvieron los
autores cristianos de los primeros siglos para que se aceptase. Hay que subrayar que, entre las obras de
los primeros Padres de la Iglesia, un gran número está consagrado a este dogma. Y como el cristianismo
es una doctrina de vida, yo replantearía brutalmente la misma cuestión que he planteado a propósito de
la Trinidad: si un concilio declarase que no hay resurrección de la carne, ¿qué cambiaría prácticamente
en vuestra vida cotidiana?
16
Manuscritos: un texto de 15 páginas titulado «¿Cómo comprender la resurrección de la carne?» (bastante
antiguo); «El sentido de la muerte» y «La Resurrección», n° 3 y 6 de la serie redactada en 1975-1976.- Hojas
ciclostiladas: Boulogne (24 de Febrero de 1970); Annecy (29 de Abril de 1971 y 13 de Enero de 1972); resumen
impreso de una sesión teológica celebrada en Montauban en 1972 sobre «La Resurrección de Cristo»; Lyon-
Sainte-Héléne (8 de Marzo de 1974, 6 de Diciembre de 1975 y 4 de Marzo de 1976); Auteuil (8 de Diciembre de
1975 y 4 de Marzo de 1976); Pau (Octubre de 1976).
17
Sobre la progresión de la Revelación cristiana a partir de la doctrina del sehol, ver Elementos de doctrina
cristiana, t. II, Nova Terra, Barcelona, 1964.
Padre FONTOINONT, citado en Elementos de doctrina cristiana, t. II.
79
puros. Veis pues que es importante el punto de vista.
80
encarnada y divina o, en otros términos, permanencia espiritualizada y divinizada de todo el hombre y
de todo el universo del que el hombre es solidario. Por ello, tratemos de comprender qué es el cuerpo,
aunque las siguientes reflexiones sean un poco difíciles.
Valor del cuerpo. Ningún alma sin cuerpo, ningún cuerpo sin alma 18
¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es nuestro cuerpo de hombre? No es un objeto entre los múltiples
objetos del mundo físico, no es una cosa entre las cosas, aunque aparezca al principio como tal; no es
una cosa pesada, opaca, que impone límites, que se presenta como un conglomerado de límites, una
especie de prisión que hace que estando aquí, no esté en otra parte. Es cierto que el niño descubre su
cuerpo al principio como si no fuese el suyo: la punta de su pequeño pie es una cosa como la sábana o
la sobrecama sobre la que está puesto.
El cuerpo no es algo, el cuerpo es alguien, mi cuerpo soy yo. Cierta cosa pesada y opaca, sí;
límite y limitativo, sí; agregado de materia, sí en cierto sentido; pero sobre todo mi cuerpo es un hogar
de energías y de energías poderosas y flexibles, una masa de células vivientes, pero ved en qué se
transforma esta masa en el deporte o en la danza.
Si sois deportistas, reflexionad en el delantero centro de un equipo de fútbol, está en el terreno
de juego en todas partes a la vez. Si sois artista, reflexionad en un bailarín o una bailarina. Ved el
pequeño diálogo a imitación de Platón que Paúl Valéry tituló “El alma y la danza”, título muy sugestivo,
pues es el alma, el espíritu, quien toma cuerpo para nuestro asombro en los saltos del bailarín y, también
él está en todas partes sobre el escenario: “(La bailarina) nos enseña lo que hacemos, mostrando
claramente a nuestras almas lo que nuestros cuerpos oscuramente cumplen. A la luz de sus piernas
nuestros movimientos inmediatos nos parecen milagros, nos asombran tanto como es posible” 19. Valéry
quiere decir, si le tradujera en prosa sencilla, que el arte del bailarín o de la bailarina ilumina lo que
todos realizamos, sin apercibirnos, en la vida ordinaria, cuando caminamos por la calle o por nuestro
jardín.
¡Qué despliegue de energías! Es también comunicación con el otro. Es en fin expresión radiante
de la vida, de la fuerza, de la belleza y de la inteligencia. Me diréis: hacéis el elogio del cuerpo de los
bailarines y nosotros no somos bailarines, hacéis el elogio de los cuerpos de los deportistas y nosotros
no somos deportistas. Precisamente por eso hago el elogio del cuerpo de los bailarines y de los
deportistas que tiene como meta el elogio del cuerpo de todos. El deportista y el bailarín manifiestan de
modo espectacular este hogar de energías que es el cuerpo.
Mirad la mano (no sólo los pianistas tienen manos). Santo Tomás de Aquino decía que lo que
constituye al hombre es el espíritu y la mano. La mano parece la extremidad banal de los miembros
anteriores, de hecho, en el hombre, que es un animal de pie, la mano está liberada (el hombre no tiene
necesidad de sus manos para caminar), ella puede cogerlo todo sin unirse a nada de lo que se apropia.
Es decir que la mano es el signo más impresionante de la inteligencia, ella permanece idéntica
adquiriendo relaciones universales. Como se ha dicho correctamente, el hombre ejerce una
manumisión, pone la mano sobre todo, y todo cae en el reino del hombre. Por la mano el hombre es el
artesano del mundo. La mano es el obrero del espíritu, la presencia práctica del espíritu en el mundo.
Paúl Valéry, después de haber hecho el elogio de la danza, inteligencia misma encarnada en los
pies, las piernas y en todo el cuerpo, hace el elogio de la mano: habla de las “manos sabias,
clarividentes e industriosas del cirujano”. Del mismo modo que el danzante llena toda la escena y que
el deportista ocupa todo el terreno, los hombres, por su trabajo, llenan el mundo con su cuerpo, con su
actividad corporal. Hay que decir (por banal que sea, aunque capital para nuestro trabajo) que todos los
productos del trabajo y del arte, desde la pluma que me ha servido para escribir las líneas que tengo
bajo los ojos hasta los cohetes de los cosmonautas, son la prolongación del cuerpo de los hombres o, lo
que viene a ser lo mismo, su presencia corporal activa extendida al universo entero. En definitiva, el
universo entero se transforma en el cuerpo de los hombres.
18
En esta segunda parte, el Padre VARILLON utiliza a G. MARTELET, L'an-delá retrouvé, Desdée, 1975, p. 15-62, en
Nolivelle Revue théologique, abril de 1974, p. 374-383, y notas de curso de P. VALADIER.
19
P. VALÉRY, L'ame et la dame, Pléiade, p. 157.
81
En su poder de aprehensión universal la mano del hombre supone el cerebro y se une a él. Los
sabios explican cómo la posición derecha (el hecho de que el hombre esté de pie) ha liberado el
edificio craneano de una especie de yugo muscular que bloqueaba su despliegue; levantado este
impedimento, la hornacina protectora del cerebro cortical ha podido desarrollarse. En esta hornacina
se ha alojado ese fabuloso ordenador viviente que contiene en su interior una quincena de millares de
células: el cerebro. Es él quien hace posible el juego indefinido de asociaciones y de relaciones del que
se nutre y que produce el espíritu.
Luego está el rostro. Mejor que rostro, digamos cara. Es la mano la que permite la aparición de la
cara humana. Sin la mano, la mandíbula o la quijada o la boca o la lengua o el colmillo, atacarían
directamente los alimentos y esto implicaría violencia. Pero cuando la mano, liberada por la posición de
pie, aprehende los alimentos, la cara, sustraída a la violencia, se reajusta y se humaniza para otras
funciones que la alimentaria. Entonces la cara se convierte en rostro, es decir, sonrisa, mirada, y sobre
todo palabra (por otra parte la sonrisa y la mirada son ya, en cierta manera, palabras).
Hay que insistir un poco sobre esta maravilla que es la palabra. ¿Qué es hablar? Es hacer brotar
ideas en el seno de un conjunto sonoro, por sí mismo, un juego de vibraciones. Sólo "el hombre tiene el
poder de hacerlo. Hablar es proferir un conjunto organizado de sonidos, vocales y consonantes
formando sílabas y palabras, que se encuentra unido a un conjunto organizado de significaciones. Este
sistema de sonidos, unido a un sistema de sentido (o de significados) que varía en cada país, se llama
una lengua, el francés, el inglés o el chino. El hombre aprende una lengua, o mejor su lengua llamada
“materna”, y es desde entonces capaz de abrirse al universo del encuentro y del diálogo. Digo el
universo, es decir que por la palabra el hombre se universaliza, se convierte en un sujeto entre otros
sujetos. Como bellamente dice el Padre Martelet: “Cuando la palabra ha nacido, el hombre ha.
franqueado verdaderamente el Rubicán inaugural de su humanidad”.
El hombre no podría pensar si no pudiera hablar y no hay pensamiento reflexivo más que donde
hay lenguaje. El lenguaje es corporal. Tal vez primitivamente era gestual, se hablaba haciendo gestos,
pero poco a poco, se pasó a lo que se llama gesto laringo-bucal, es decir de la laringe, de la garganta y
de la boca. Si no pudiésemos gesticular ni hablar no podríamos hacer razonamientos ni emitir juicios.
El hombre no es doble sustancia, cuerpo y alma, donde el cuerpo, encadena a la otra, el alma, y
la sirve. El cuerpo no es un elemento exterior del que podría prescindir el alma, el cuerpo esencialmente
forma parte de nuestro ser. El cuerpo y el alma están tan unidos el uno al otro en el acto mismo de
existir como el sonido y el significado en el acto de hablar. Así como la palabra es indivisiblemente
significado y sonido, del mismo modo, también indivisiblemente, la existencia humana es cuerpo y
alma. El alma no existe sin el cuerpo, el cuerpo no existe sin el alma, y el cuerpo y el alma no existen
sin el mundo.
El cuerpo no es otra cosa que el alma misma en el despliegue de su poder y de su energía. Esta
masa de células vivientes a la que llamamos cuerpo, hogar de energías, sostiene y nutre las funciones
que desarrollan una vida psíquica, que se expande en sentimientos superiores, en inteligencia, en
voluntad y en amor. El cuerpo es la expresión misma del espíritu y el espíritu no es nada fuera de esta
expresión o manifestación. En otros términos, el espíritu no es sino una energía hecha cuerpo, más aún,
lo que llamamos alma es “el espíritu en la maestría del cuerpo”.
Esto hoy está admitido, pero hay que decirlo si queremos expulsar la idea de una inmortalidad
del alma sin el cuerpo. Es evidente que el alma no obra y no existe más que por el cuerpo. Para vivir
hay que comer y beber. Para realizar una civilización no es suficiente pensarla, hay que construirla a
golpe de esfuerzos corporales; hacen falta las manos del albañil, las del artista, las del cirujano, etc.
Incluso para los actos más espirituales, el cuerpo es igualmente necesario. En un libro, ya antiguo, Jean
Mouroux escribía: “No es la inteligencia quien piensa, sino el hombre” 20. Se puede incluso decir: no es
el espíritu quien reza, es el hombre entero. Todos los autores espirituales han insistido sobre el papel del
cuerpo en la oración: ¡preguntad a todos esos jóvenes que rezan hoy en los movimientos de Renovación
20
J. MOUROUX, Sentido cristiano del hombre, Studium, 2a ed., Madrid, 1993. Ver también D. de ROUGEMONT,
Pensar con las manos, Ed. Magisterio Español, Madrid, 1977. Cl. BRUAIRE, Phüosophie du corps, Senil, 1968; y
Cl. TRESMONTANT, Le probléme de l´ame, Seuil, 1971.
82
carismática!
83
El sufrimiento de Dios
Dios es amor y el amor es necesariamente vulnerable. Lo que a nuestro mundo enrabieta (la
expresión es de Jacques Maritain) es imaginar a un Dios que se incline sobre el sufrimiento humano con
una especie de serenidad olímpica, algo así como la mujer que dijera: sé que mis hijos sufren mucho
más que yo, pero soy feliz de que el sufrimiento de mis hijos no me alcance. Si escucháramos a una
mujer expresarse con este lenguaje, diríamos que su felicidad es monstruosa. Y, en cambio, lo
aceptamos como bueno cuando se trata de un Dios que imaginamos como un Júpiter, detrás de las
nubes, a quien el sufrimiento de los hombres no afecta en su serenidad indefectible. “Si las gentes
supieran que Dios sufre con nosotros y mucho más que nosotros por todo el mal que asola la tierra,
muchas cosas cambiarían sin duda y muchas almas se sentirían liberadas” 21. Dios no hubiera arriesgado
el sufrimiento del hombre se habría ahorrado también el sufrimiento en Él mismo, pero nos hubiera
creado hechos del todo.
Eternamente Dios prevé la angustia del hombre ante la muerte, pero, según la fe cristiana, al
mismo tiempo abolió el escándalo de esta angustia. En el momento mismo en que Dios crea al hombre
mortal, crea la trascendencia de la muerte en una resurrección, rompe el círculo de la mortalidad en el
momento mismo en que la crea.
Me diréis: ¿no es esto un juego? ¿Por qué, al mismo tiempo, romper lo que se ha establecido?
¿No habría sido más divino no establecerla y crear al hombre inmortal? Henos aquí en el centro del
misterio del amor: en lugar de evitarnos la muerte por un acto que hubiera sido un prodigio, yo
diría una magia (en la que el hombre no hubiera sido respetado, donde Dios no habría arriesgado ni
para El ni para nosotros) decide eternamente entrar Él mismo en nuestra finitud y participar de
ella. Dicho de otro modo, decide morir Él mismo.
En un mismo acto Dios crea y se encarna. Al mismo tiempo (la palabra “tiempo” es inadecuada,
debería decir “en la misma eternidad”) que el infinito crea al finito. Él se convierte en finito para
introducir al finito en la vida misma del infinito, se hace hombre para que el hombre se haga Dios,
según el adagio tradicional. Dios no quiere ni puede crear dioses, pero los crea capaces de crearse a
ellos mismos, y se hace hombre para que su historia desemboque en su divinización. Es necesario, pues,
abandonar la idea un poco infantil según la cual habría sido en primer lugar la creación (al principio) y a
continuación la encarnación. La creación no está al principio, está ahora y, si bien es verdad que Cristo
apareció en el centro de la historia (Navidad está fechada históricamente), preexiste eternamente en
Dios. Releed los principios de la epístola a los Efesios y de la epístola a los Colosenses; san Pablo
insiste: “Dios es indivisiblemente Creador y Encarnado”. Dice explícitamente que Cristo es “el
Primogénito de toda criatura”. Yo creo firmemente que la creación no es pensable desde el punto de
vista de Dios independientemente de la Encarnación. Dios, dice Teilhard de Chardin, se convierte en el
hombre que Él crea. ¡Es una frase inolvidable!
En el jardín de Getsemaní Cristo tembló, se angustió, tuvo miedo; estas palabras están en el
Evangelio. ¡Afortunadamente para nosotros! Pues si Dios se encarna, no es para asomarse a nuestra
angustia, es para vivirla a fin de que convirtiéndose ella misma en acontecimiento de Dios (digo algo
tremendo: que nuestra angustia de hombre ante la muerte se convierte en acontecimiento de Dios
mismo), sea transformada. No suprimida (caeríamos en la magia) sino transformada; la muerte asumida
con todo lo que comporta de fracaso, de angustia y de soledad, se transforma en el umbral de una
resurrección.
La resurrección comienza en la muerte pero no será total más que al fin de los tiempos
Aquel a quien san Pablo llama “el Primogénito de toda criatura”, el Apocalipsis le llamará “el
Primogénito de entre los muertos” (1, 5), el Primer Viviente de todos los que han muerto y de los que
morirán. La muerte permanece como un fin (imposible de otra manera) pero el fin sólo de una forma de
vida y el paso a otra forma de vida, la de Dios mismo.
Cuando cruzamos el umbral de la muerte nos reencontramos con Cristo, resucitado.
21
J. MARTTAIN, Revue thomiste, 1969,1 (citado en La souffrance de Dial, p. 15).
84
¿Cómo lo podemos representar? No lo podemos representar. Nuestra certeza de fe no suprime la
oscuridad profunda en que quedamos acerca de Cristo resucitado, porque vivimos en un mundo
sometido a la muerte. La Vida más allá de la muerte, la Vida que no es más que Vida o, lo que es lo
mismo, el Amor que no es más que Amor, no lo podemos imaginar.
Lo que resucita en mí, exactamente lo que empieza a resucitar desde la muerte misma, es mi
relación con los otros y con el mundo (con los otros, con mis padres, mis próximos, mis amigos; con el
mundo, es decir, todo lo que mi cuerpo conseguía con el trabajo, el arte, la cultura, las aficiones). Es la
relación con los otros y con el mundo (es decir, mi vida) la que resucita con un poder y una intensidad
divinas, que viene de otro -del Cristo vivo- pero experimentada como mía.
Mi alegría es entonces la alegría del amor; la felicidad me viene de otro -de Aquel a quien amo-
y por eso es mi felicidad. Pues si te amo tú eres mi alegría, no quiero tener alegría más que de ti, de otro
modo no te diría que te amo. Esto significa para el hombre, en su cuerpo y en su alma, un nuevo modo
de existir. En su cuerpo, cierto, puesto que es por el cuerpo como el hombre se relaciona con los
hombres y con el mundo. Y es esta una verdadera resurrección, puesto que ha necesitado pasar por la
soledad absoluta de la muerte.
Esta resurrección comienza desde el momento de la muerte (no hay sala de espera donde el
alma separada del cuerpo espera el fin del mundo para recuperar su cuerpo) pero no será total hasta el
fin de los tiempos, pues no soy verdaderamente yo mas que en compañía de todos mis hermanos.
Para decirlo como el catecismo elemental, será al fin del mundo cuando todos los hombres estarán en el
cielo.
Para que la felicidad celestial sea la felicidad del amor que no es más que amor, es preciso que
estemos absolutamente desprendidos de nosotros mismos (absolutamente en sentido estricto, soledad
absoluta).
Cristo resucitado lo será todo para mí pero todos mis hermanos son miembros de Cristo.
Cristo no es separable de los miembros de su Cuerpo, pues ¿cómo queréis que reencuentre a Cristo que
es la Cabeza, sin encontrar a los miembros de su Cuerpo? Se oye a veces preguntar: “¿Encontraré en el
cielo a mi hijo fallecido a los veinte años?” Por supuesto, señora, puesto que usted está hecha por la
relación con sus hijos. Lo que he llamado cuerpo, es vuestra historia y ella resucita en Cristo, pues
¿qué somos nosotros sin los seres que amamos?
86
voluntaria.
Es necesario pronunciar la palabra que expresa que muerte voluntaria y amor son lo mismo, la
palabra “sacrificio”. La energía que nace de mi ser de carne y sangre, si no se transforma a nivel da mi
ser espiritual (de mi libertad), sacrificio, está destinada a la decrepitud, es un residuo que llegará a ser
polvo. Por consiguiente no hay que pretender imaginarse la resurrección de un residuo de decrepitud,
no la tiene.
En resumen, se puede morir de decrepitud o, como se dice, en el trabajo, morir de decrepitud es
la fatalidad de la naturaleza; morir trabajando es un holocausto (sacrificio total de sí mismo)
voluntario. En realidad todo hombre, a excepción de Cristo y de su madre, muere a la vez de decrepitud
y de holocausto, de muerte sufrida y de muerte voluntaria. La tumba de Cristo está vacía, porque todo
en Él fue holocausto, acto de amor, don voluntario de sí. Nuestras tumbas no están vacías porque todo
en nosotros no es holocausto, acto de amor, don voluntario de nosotros mismos; nuestra tumba es la
señal, para todos los que van allí a depositar flores, de que somos unos pobres pecadores.
Pero, gracias a Dios, existe en nosotros la verdadera vida. Ha habido amor verdadero en nuestra
vida: hemos trabajado, no hemos visto en nuestro trabajo sólo provecho individual o familiar, nos
hemos entregado, hemos cumplido una tarea, hemos muerto en cierto modo en la tarea. Hay, pues, una
parte de nosotros mismos que resucita, no somos residuo. Si no fuésemos más que residuo, sería el
infierno, una destrucción eternamente perseguida y jamás alcanzada.
Decía que no es posible representarse un cuerpo espiritual, un cuerpo de libertad. El Padre
Pousset propone esta comparación: “hay bellotas y encinas. Aquel que no ha visto más que bellotas no
puede representarse una encina. Así, nosotros no podemos representarnos nuestro cuerpo de
resurrección. Pero quien ve una encina no debe preguntar cómo subsiste en ella la bellota; subsiste
siendo encina.”. Es poco más o menos lo que dice san Pablo: “Se siembra en corrupción, se resucita en
la incorrupción; se siembra en ignominia, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en
fuerza; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42).
NOTA 1
El reverso de la divinización: el infierno 22
(Págs. 223-233)
Es tan grande la incomodidad, por no decir la desazón, de los cristianos ante lo que el catecismo
designa con el nombre de infierno que, prácticamente, se ha dejado de hablar de él salvo rarísimas
excepciones. El silencio vale más que explicaciones que prolongarían viejos malentendidos
persistentes. Se hace bien en callar si no se es capaz de hacer comprender que la negación pura y simple
del infierno conduce en definitiva, si no a una negación de Dios y del hombre, sí al menos a una
mutilación de Dios, del hombre, y del amor.
Anticipo algo que, a primera vista, es una paradoja, pero, precisamente, hay que afrontar la
paradoja de la estrecha relación entre el amor y el infierno. Si se tuviera tiempo para desarrollarla
minuciosamente, se podría mostrar que la eventualidad de la condenación -digo eventualidad y no
realidad, porque nos es imposible afirmar que la condenación sea una realidad-, es necesaria para
comprender:
-el misterio de nuestra vocación a ser eternamente los Vivientes con Vida divina (es evidente que
fuera del misterio de nuestra divinización la eventualidad de una condenación es absurda)
-la seriedad o la gravedad del amor (ya se trate del amor de Dios por nosotros o del amor que El
nos da por El);
- la dimensión absoluta de los actos de nuestra libertad en el tiempo, por consiguiente del tiempo
mismo que nos es dado;
-la verdadera naturaleza de la esperanza y su fundamento, es distinta a las múltiples esperanzas
humanas, de modo que una meditación sobre el infierno debe desembocar en un himno a la esperanza.
22
Manuscrito: «Uenfer et k pnrgatoire», n° 5 de la serie redactada en 1975-1976. El Padre VARILLON utiliza a J.
Ratzinger, op. cit.. G. MARTELET, Uan-delá retrouvé, p. 181-191; y sus Élements de doctrine chrétienne, cap. 62 y
64.- Hojas ciclostiladas: Nantes (4 de Noviembre de 1970); Annecy (14 de Enero de 1971); Auteuil (9 de Febrero
de 1976); Lyon-Sainte-Héléne (26 de Febrero de 1976); Pau (Octubre de 1976).
88
El infierno en la Biblia
En el vocabulario cristiano hablamos de infiernos y de infierno. Decimos: Cristo bajó a los
infiernos, por una parte, y el condenado baja al infierno, por otra. Siendo la misma palabra, se trata de
dos destinos diferentes, y si no existe más diferencia que entre singular y plural no es por azar, no es
casual; hay una lógica profunda que expresa una verdad capital. Los infiernos como el infierno son el
reino de la muerte. Sin Cristo no habría en el mundo más que un infierno y una muerte, la muerte
eterna, la muerte con todo su poder, la muerte del ser finito encerrado en su finitud, en el círculo de la
mortalidad.
Si existe una “segunda muerte”, por hablar como el Apocalipsis (21, 8), separable de la primera y
que llamamos infierno, es porque Cristo con su muerte ha destruido el reino de la muerte. Como Cristo
bajó a los infiernos, los infiernos no son ya el infierno, porque hay dos muertes.
“Infiernos”, en plural, es la traducción de la palabra hebrea sehol, equivalente de la palabra
griega Hades (exactamente Aides, es decir, el lugar donde uno no ve nada). Para los judíos el sehol era
el “lugar de cita de todos los vivientes” (Job 30, 23). Al igual que muchos otros pueblos, imaginaban la
otra vida como una sombra de existencia, sin valor y sin alegría, algo más próximo a la nada que al ser.
El sehol era “una tierra bajo la nuestra, un lugar de tinieblas, de polvo y cieno, donde los muertos bajan
desnudos, de donde no se sube, donde se reúnen con sus padres (exactamente, donde se acuestan con
sus padres) y donde se lleva la vida pálida y disminuida de las sombras, vida en nada envidiable,
estando ausente Dios”. Tal es el séhol, o el hades, o los infiernos.
Decir que Cristo bajó a los infiernos (un artículo de nuestro Credo), es decir en primer lugar que
murió realmente. Y si Dios, resucitándole, le ha librado del séhol como dice san Pedro (Hch 2, 24), ha
sido sumergiéndose en él. Él conoció la soledad de la muerte, la soledad radical, la soledad a cuyo lado
cualquier soledad de este mundo no es más que una aproximación a la soledad; conoció el abandono
total.
89
camaradería, la amistad y el amor, es imposible. Todo reencuentro, bello en apariencia, no hace más
que anestesiar la llaga incurable de la soledad. Hay allí un pesimismo negro, que viene a decir que el
hombre lleva el infierno en él mismo y que es algo tan terrible que uno se aferra a lo que sea para
escapar de él, que se tiene la ilusión de conseguirlo pero nunca se consigue.
Cualquiera que sea la soledad en el transcurso de la vida, hay una soledad ineludible, la de la
muerte. Uno muere siempre solo. La muerte es una puerta que no puede ser franqueada más que en la
soledad y todo el miedo del mundo es, en el fondo, miedo a esta soledad. He aquí por qué el Antiguo
Testamento no tiene más que un solo nombre para el infierno y para la muerte, la palabra sehol. La
muerte es soledad simplemente, por eso creemos que Jesucristo murió. El infierno es la soledad donde
el amor no puede penetrar, por eso creemos que Jesucristo descendió a los infiernos. Si franqueó la
puerta de nuestra última soledad, si entró en el abismo de nuestro absoluto abandono, hay que decir que
allí donde ninguna mano, ninguna voz, ningún “tú” podía entrar, está ahora Jesucristo. El infierno,
como idéntico a la muerte, ha sido superado.
En otros términos, la muerte, que antes era infierno, ya no será más el infierno. En el corazón de
la muerte está la vida; Jesucristo es la vida. En el corazón de la muerte está el amor;
Jesucristo es el amor, el “Tú” absoluto que no puede convertirse en un “Él” (alguien de quien se
habla) sino que es aquel que habla y a quien se habla.
El infierno, en adelante, es otra cosa. Es una “segunda muerte”, no la muerte simplemente, sino
la muerte eventual de los que están hasta tal punto encerrados en ellos mismos, en el egoísmo, que no
pueden abrirse ya al amor. Si hay una mano tendida, no la ven; si hay una voz, no la escuchan; si hay un
“tú” que se ofrece, le toman por un “él”, por un ser extraño. Ellos siguen tal como suena -aquí hay que
sopesar las palabras, son muy duras- extraños a todo; digámoslo en lenguaje moderno, alienados.
El Antiguo Testamento presintió que había una distinción entre la muerte y el infierno. Los
judíos no tenían más que un nombre para los dos pero multiplicaban las imágenes y las comparaciones
para expresar qué es la muerte del egoísta endurecido, imágenes de azufre y de fuego, de devastación en
el valle de la Gehenna, muchos versículos que expresan ideas de infecundidad y de esterilidad, de
rechazo y de no-valor, de corrupción 23, etc. Por esta multiplicidad de imágenes, pusieron las bases de lo
que, más tarde, la Iglesia definirá dogmáticamente en el plano del pensamiento. En los pasajes de la
Escritura, repleta de imágenes sobre el dogma formulado por la Iglesia, es donde tenemos que trabajar.
No hay que lanzar por la ventana las imágenes diciendo que es infantilismo, hay que hundirse en ellas y,
a partir de los enunciados dogmáticos que la Iglesia propone, tenemos que reflexionar lo mejor posible
como hombres inteligentes.
Reflexión teológica
El cristiano debe trabajar para interpretar correctamente la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento);
no debe ser fundamentalista, es decir, atenerse a una lectura literal del Evangelio; pero no se le permite
componendas con trozos escogidos de la Biblia reteniendo los que le gustan y rechazando los que le
molestan. La reflexión teológica debe hacerse con todos los textos bíblicos, incluso los más difíciles.
24
J. Ratzinger, o.c., 181.
91
estructura misma de su libertad. La eventualidad del infierno es un elemento estructural "de nuestra
libertad divinizable.
La fe de la Iglesia, es exactamente ésta: la grandeza de Dios, la santidad de Dios, la pureza del
amor de Dios que se prohíbela sí mismo el uso de cualquier poder para obligarnos a amar; la grandeza
del hombre, la grandeza de la libertad del hombre, implican que la condenación esté inscrita como una
eventualidad real en lo más íntimo de sí mismo. Eso es todo, pero es ir muy lejos.
El infierno de Dios
Quiero citar aquí una frase de Kierkegaard y otra de Nietzsche 25. Son dos gigantes del
pensamiento humano, uno cristiano, el otro no. Kierkegaard, el cristiano, dice que “el pecado contra el
Espíritu Santo” del que habla el Evangelio es el pecado “llevado a su supremo poder”. ¿Cómo es
llevado el pecado a su supremo poder? Cuando el hombre decide aniquilar en él el amor mismo de
Dios. El amor de Dios no puede ser aniquilado en sí mismo, pero yo tengo el poder de aniquilarlo para
mí como aniquilo para mí el oxígeno, sin aniquilarlo en sí mismo si rechazo respirarlo. La condenación,
o el pecado contra el Espíritu (es la misma cosa), consiste en la decisión de negar que hay amor en mi
existencia; en el fondo, es rechazar ser amado.
Para que haya condenación hace falta, cierto, que esta decisión comprometa el fondo de sí. Es
evidente que no se comete el pecado contra el Espíritu -le llamamos pecado mortal- como quien pisa un
charco o como cuando se tropieza por la calle, se trata de una eventualidad apenas pensable, pero que
me es imposible tachar sin disminuir al mismo tiempo a Dios, al hombre y al amor. Esto es lo que la
Iglesia no quiere. El día en que los hombres comprendan qué idea tan espléndida tiene la Iglesia del
hombre, que no pueden encontrar en ninguna parte, ese día serán menos severos con ella, a pesar de sus
deficiencias, de sus defectos y de sus expresiones desafortunadas.
La otra frase es de Nietzsche: “Dios mismo tiene su infierno: es el amor que tiene por los
hombres”. Desgraciadamente disminuye la profundidad de esta frase añadiendo más adelante: “Pero
¿cómo encapricharse con los hombres?” Esta adición es lamentable pero esclarecedora, hace falta en
efecto escoger o un Dios sin amor, que no puede ser más que un ídolo, o un Dios de amor que tiene,
también Él, su infierno.
O bien Dios nos manipula, manipula nuestra libertad, utiliza poder para hacerse amar, y no hay
ninguna eventualidad de infierno ni para Él ni para nosotros. O bien Él, la pureza absoluta del amor que
respeta hasta el fondo nuestra libertad, se prohíbe obtener cueste lo que cueste la reciprocidad del amor,
y entonces la eventualidad del infierno existe tanto para El como para nosotros. Escoged: si Dios es
amor el infierno es una eventualidad real, y si negáis el infierno tened el coraje de decir que Dios no es
amor. Reconozco que la paradoja es muy fuerte pero verdadera.
Llegados a este punto, la inteligencia vacila sobrecogida y desarmada. ¿Pero por qué, cuando
evocamos esta terrible eventualidad, no pensamos más que en nosotros mismos y tan poco en Él? No
hay que tener sólo confianza en los hombres, sino antes tenerla en El.
Los textos del Evangelio hay que leerlos bajo esa luz. Cuando el Evangelio parece decir que
Dios toma a su cargo la condenación de los hombres, que es Él quien pronuncia la sentencia
condenatoria (Mt 13, 41; 25, 41), significa que Dios mismo, no puede nada más que sufrir ante una
libertad que se cierra al amor. El castigo no viene de Dios, viene del interior del hombre, algo así como
quien cierra sus ventanas y al mismo tiempo, se priva de la luz del sol. También significa que el acto
creador, que es eterno, no puede dejar de incluir esta eventualidad; es el gran riesgo del acto creador.
El dogma del infierno muestra una actitud del alma, pues ningún dogma existe para satisfacer
nuestra curiosidad intelectual. Ni Dios revela ni la Iglesia enseña más que lo que nos es necesario para
que nuestra actitud interior sea una actitud de verdad y para que nuestra acción sea una acción
verdadera. La actitud interior, el valor espiritual, que implica el dogma del infierno, es la esperanza en
forma de oración. No podemos superar la tensión entre una fe en la eventualidad de la condenación y la
esperanza de salvación de todos los hombres. No es posible que nuestra salvación eterna, nuestra
divinización, sea una certeza de tipo matemático como 2 y 2 son 4; eso nos haría salir de repente del
25
Citadas por MARTELET, p. 183,189 y 382.
92
Reino del amor. Mi certeza, si se trata de amor (pensad en la experiencia que podéis tener del amor), no
puede ser más que una esperanza. Es una certeza en forma de esperanza y la esperanza está en forma de
oración.
El descenso de Cristo a los infiernos es un artículo del Credo, pero la eventualidad del infierno
no lo es. ¿Por qué? Porque todos los artículos del Credo están capitaneados por dos palabras: Credo in,
creo en... y no creo que. “Creer en” no puede estar seguido más que por un nombre de persona, se cree
en alguien. Esta es la misma palabra del amor: creo en ti, te doy mi confianza, te amo, me fío de ti, me
abandono en ti. El Credo es la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la estructura del Credo es
trinitaria. Creer en el infierno no tendría absolutamente ningún sentido; se cree que el infierno es una
eventualidad, exactamente se cree en Dios, cuyo amor no puede nada en contra de la eventualidad del
infierno.
NOTA 2 El purgatorio
(Págs. 235-240)
La teología le da un matiz de certeza más débil que la de la eventualidad del infierno, pero
confieso que pienso que si no existiera el purgatorio habría que inventarlo.
El purgatorio es necesario para participar en la vida de Dios
La profundidad de un abismo es proporcional a la altura de la montaña. Si la montaña tiene
trescientos metros el abismo correspondiente tiene trescientos metros, si la montaña es el Himalaya, el
abismo correspondiente hasta el nivel del mar es de ocho mil ochocientos ochenta y dos metros. ¿Cuál
es la altura de la montaña cristiana? Es infinita, inconmensurable. El abismo correspondiente, el revés
de este lugar, no tiene fondo. Si nuestra vocación no fuera la de participar en la vida de Dios, de
transformarnos nosotros mismos en dioses (como no temen decir los místicos), no habría infierno. Hay
que decir igualmente que, en esa hipótesis, no habría tampoco purgatorio.
Os ruego a los que seáis educadores que no habléis a los niños de infierno o de purgatorio antes
de haberos asegurado de que creen que lo esencial es nuestra vocación, nuestro destino a compartir la
vida misma de Dios; de otra forma, todo viene a ser absurdo, no significa absolutamente nada, incluso
el pecado original.
La doctrina del purgatorio está fundada en que, para estar unidos a Dios en una comunidad de
vida, hace falta que seamos todo amor como Él mismo es todo amor. Ni un átomo, ni un grano de
egoísmo puede entrar en Dios, pues el egoísmo es lo contrario de Dios, por consiguiente la oposición a
Dios. Sólo el amor es asimilable al amor. ¿Quién se atrevería a pensar que, en la hora de su muerte, uno
está en estado de amor perfecto y no hay en él el menor átomo de egoísmo? Exceptuando sólo a la
Virgen María, es imposible.
Es probable que ninguna criatura pueda producir aquí abajo un solo acto despojado de todo
retorno egoísta sobre sí. Es necesario -puesto que no se trata de disfrutar de una felicidad natural sino
de la participación en Dios tal como es en sí mismo- que este residuo de egoísmo sea enteramente
consumido: tal es el sentido del purgatorio. Decimos: para que el amor sea consumado hace falta que el
egoísmo sea consumido. Para que el amor sea consumado en felicidad es preciso que el egoísmo sea
consumido en arrepentimiento purificante.
Si tenéis una auténtica vida espiritual, si vivís verdaderamente en el interior de vosotros mismos
con Dios, sabréis muy bien que egoísmo, no son solamente nuestros actos explícitos contra el amor, es
también, como dice Claudel, esa “temperatura continua” de repliegue sobre sí, inmanente a nuestros
actos incluso los más generosos; nuestros actos pecaminosos no son más que señales de peligro.
Una purificación que alcance al fondo del ser, no puede dejar de ser dolorosa. Se trata de estar
enteramente desprendido de sí para ser capaz de estar totalmente entregado a Dios. Como el
desasimiento de sí es el sufrimiento mismo, en el sufrimiento del tiempo presente comienza ya esta
93
purificación, y si el sufrimiento no tuviera este valor de purificación sería pura y simplemente un
sinsentido, un escándalo. Hay pues un purgatorio aquí abajo, pero el sufrimiento del tiempo presente
tiene que acabar más allá de la muerte de un modo misterioso (sobre el que la Iglesia es de una
prudencia notable) pero cierto.
No hay nada de sorprendente que la Tradición compare con un fuego a esta purificación.
Purgatorio significa purificatorio. En el fondo es el mismo fuego que daña en el infierno el que purifica
en el purgatorio, el que santifica en el cielo. Dios no cambia, el fuego del amor es siempre el mismo.
Somos nosotros los diferentes ante el amor inmutable e infinito: si somos contrarios al amor, el fuego de
Dios nos tortura, si somos capaces de purificación ese fuego nos purifica, y si estamos unidos a Dios
ese fuego nos santifica.
El purgatorio no es pues un sufrimiento impuesto y contra el que uno lucharía en vano; hay que
comprenderlo como un sufrimiento voluntariamente asumido cuando, en presencia de la fulgurante
santidad de Dios, uno se horroriza por lo que es. Este horror de sí ante el amor, es el arrepentimiento. El
arrepentimiento es una intensidad de amor que querría compensar la mediocridad del pasado. Se
comprende que nazca espontáneamente en el hombre a medida que la luz divina le invade, le pone
frente a lo que él es. Es en cierta forma el balance viviente de toda su existencia, de toda su historia.
El purgatorio es un sufrimiento voluntario del que no se querría escapar por nada del mundo y es
al mismo tiempo una alegría. ¡Hay que hablar de la alegría del purgatorio! En un admirable Tratado
sobre el purgatorio, santa Catalina de Génova escribe que nada, si no la alegría del cielo, es comparable
a la alegría del purgatorio, pues cuando más se arde en el fuego de amor purificador, más se siente, más
se ve uno puro y capaz de entrar en Dios. Algo así como una barra de hierro, cubierta de óxido y
purificada con papel de lija, experimentaría, si fuera consciente, el dolor del frotamiento, pero se
alegraría de verse limpia de su propio óxido raspado y disuelto.
Cuando uno es puesto en presencia del amor, no se puede desear otra cosa que amar. El
sufrimiento es constatar que uno no es capaz. Hay aquí abajo un comienzo de purgatorio, cuando
experimentamos el más noble de los sufrimientos que es constatar que en el momento mismo en que
decimos al ser querido que le amamos no es verdad, no nos amamos más que a nosotros mismos, nos
preferimos a él. Es hermoso llorar cuando se experimenta que al decir “te amo” uno no es nunca
absolutamente sincero. Se es sincero sólo hasta cierto punto y, muy a menudo, el otro es un medio
privilegiado para el amor que me tengo a mí mismo. Mi sufrimiento es que me siento obligado a decir,
con toda lucidez, que soy incapaz de amar verdaderamente.
El purgatorio es este sufrimiento pero intensificado, llevado a un grado gigantesco de intensidad
por la luz divina qué descubre a la vez el infinito de Dios, la pureza de su amor que no es más que
amor, y la parte enorme de egoísmo en el balance de nuestra vida.
El purgatorio es, tal como suena, la hora de la verdad, el ins-tante de la verdad. Hay una frase de
Fénelon terrible: “Todo lo que aún está en sí es del dominio del purgatorio”. En el momento de morir,
lo más mío soy yo; más que mi tener es mi ser mismo, y es preciso que sea “despegado” de mí mismo
para reunirme con Dios y entrar en una comunidad de vida con Él.
Cuando me encuentro a la cabecera de la cama de un hombre que acaba de dar el último suspiro,
cuando su rostro se vuelve apacible después de todas las contracciones de la agonía, oigo alrededor de
mí a los cristianos que dicen con fe, ¡al fin, es dichoso! Preferiría que dijesen, ¡al fin es capaz de amar!
pues la dicha del cielo no es cualquier dicha, es la felicidad de amar como Dios ama, sin la sombra de
un retorno sobre sí, de un repliegue sobre sí, de una atención a sí mismo. El purgatorio nos hace por fin
capaces de ser como Dios, pura relación con el Otro y con los otros.
Este balance de nuestra vida que se nos descubre, que en cierta manera nos coloca desnudos sin
posibilidad de máscara, es lo que también se llama en lenguaje tradicional el juicio particular (¡no hay
una alfombra verde con sillones, un juez y asesores!). Es en efecto una misma cosa la de ver claro en
94
sí, sufrir esta claridad, y disfrutar inmensamente la disminución progresiva del obstáculo que impide
entrar plenamente en Dios.
Por eso, en la quinta Gran Oda titulada La casa cerrada, Claudel hace decir a las “almas del
purgatorio”:
“Rezad por nosotros, no para que nuestro sufrimiento disminuya sino para que aumente, y así
termine por fin el mal en nosotros y la abominación de esta resistencia detestada “ 26.
Estos versos son teológicamente perfectos. El purgatorio (o juicio particular) es una total
presencia de sí ante sí, un perfecto conocimiento de sí por sí, una perfecta visión de sí por sí que es, al
mismo tiempo una crucifixión de sí por sí. Mi Cruz es conocerme tal y como soy, lo que no es posible
más que si estoy iluminado por la luz divina. Todo esto nos aloja en Dios eternamente.
Dada la imperfección de nuestra inteligencia y de nuestro lenguaje, es inevitable que
traduzcamos cuantitativamente lo que pertenece al orden de la cualidad. Haría falta expresarse
únicamente en términos de intensidad, intensidad del amor que disuelve el residuo del pecado. Lo
expresamos desgraciadamente en términos de duración y hablamos de un “tiempo” más o menos largo
que se pasa en el purgatorio. ¿Por qué esta inexactitud de lenguaje? Muy sencillo, pienso que en épocas
menos críticas que la nuestra era el único medio de ser comprendido.
Hay que criticar esta representación temporal recordando que no es más que un símbolo. La
transposición en términos de duración o de tiempo somos incapaces de expresarla en términos
adecuados. Si entramos en el camino de la crítica (nuestros contemporáneos son muy exigentes, si la
Iglesia tiene un lenguaje inexacto lo sabe muy bien : ¡habla un lenguaje muy sencillo pues es para todo
el mundo!), hay que ir hasta el fin de la crítica filosófica.
No se dice que el purgatorio está después de la muerte y la felicidad está después del purgatorio,
ya que, hablando con rigor, no hay después. El antes y el después están en relación con el tiempo, por
consiguiente en esta vida. Si uno se precia de saber filosofía tendrá que decir: la muerte es la condición
del purgatorio y el purgatorio es la condición de la felicidad. La palabra condición es correcta, no hay
nada de temporal, no implica un antes ni un después.
Yo añado, concluyendo, que el uso inmemorial de rezar por los difuntos ha engendrado la
doctrina del purgatorio y no a la inversa. La Iglesia declara que existe un purgatorio, porque siempre ha
existido la costumbre de rezar por los difuntos. En la Iglesia, siempre la vida es lo primero, la vida
precede a la doctrina y no a la inversa. Seamos prudentes y rigurosos en nuestro modo de hablar de
estos misterios. No hay que acumular obstáculos sobre el camino de la fe que como sabéis es tan difícil
para nuestros contemporáneos.
26
P. CLAUDEL, Oeuvre poétique, Pléiade, p. 292.
95
Cuarta parte
ALGUNOS CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO PARA LLEVAR A
CABO LA TAREA HUMANA
Vivir es esperar 27
(Págs. 243-260)
Voy a seguir, a veces citándole literalmente, el cuaderno “Culturas y fe” redactado por el Padre
Ganne. Tiene por título: La esperanza que existe en nosotros. Es una obra maestra de lógica concreta o
de crítica severa de esa forma peligrosamente abstracta y demasiado corriente de entender la Biblia. El
espíritu que anima este trabajo es eminentemente bíblico, las referencias explícitas a la Biblia son
constantes pero supeditadas a una reflexión sencilla sobre la vida de los hombres, la nuestra y la de
nuestros hermanos. “Estar en la vida”, “partir de la vida”, debe ser distinto a un eslogan. Se trata a la
vez del Evangelio eterno y de la más candente actualidad.
Partimos, pues, de la vida. Planteémonos la cuestión: ¿cuál es la esperanza de los hombres de
hoy? ¿esperanza de qué? ¿esperanza que se apoya sobre qué? ¿qué es lo que permite a los hombres de
hoy esperar lo que esperan? ¿qué relación vamos a descubrir entre la esperanza de los hombres de hoy y
la esperanza cristiana? Estas dos esperanzas se oponen de hecho en el sentido de que, para la mayoría
de nuestros contemporáneos, la esperanza que viven, que es su vida misma (pues vivir es esperar), no
tiene nada que ver con lo que llamamos “virtud teologal” de la esperanza. ¿Pero, quién tiene razón?
Dicho de otra forma, ¿es fatal que la esperanza de los hombres de hoy conduzca al ateísmo? Si la
respuesta es sí, hay que concluir que la fe no tiene que estar situada más que fuera de la vida, y es lo que
el marxismo llama alienación. Si no, si la fe no es auténtica más que unida a la vida, ¿dónde están los
malentendidos y qué hacer para evitarlos?
Cuando hay que escoger entre lo humano y lo divino, entre las esperanzas humanas y la
esperanza cristiana, algo no funciona, hay una puerta falsa, hay algo falso. Escoger entre lo humano y lo
divino es desconocer la Encarnación, pues la Encarnación es precisamente la unión indisoluble de Dios
y del hombre en Cristo. No hay que escoger entre el hombre y Dios, es lo mismo, Cristo es hombre y es
Dios. Hay que borrar ese falso problema que nos hemos fabricado que tiene consecuencias
extremadamente graves.
27
Manuscritos: «La esperanza I y II», no 3 y 4 de la serie redactada en 1976-1977.- Hojas ciclostiladas: Belleville
(7 de Diciembre de 1975). El cuaderno no 14-15, «Cultures et Foi», ha sido editado en la colección «Dossiers
libres» del Cerf bajo el título Espérer.
96
Aquí el poder sobre el que me apoyo es el dinero, es el dinero quien garantiza mi esperanza,
quien hace que mi esperanza no sea un sueño, un castillo en el aire. En otros casos el poder será el
triunfo social, el progreso científico, la toma de poder político o la revolución; si no hay poder, no hay
esperanza.
En consecuencia ¿cuál es el contenido de toda esperanza? La esperanza siempre significa la
búsqueda de una liberación. No se quiere cambiar por cambiar, a menos que el gusto de cambiar por
cambiar aparezca como liberación de una rutina que engendra hastío, hastío de estar siempre en el
mismo sitio y hacer siempre lo mismo desde la mañana a la noche. Pero no busquemos tres pies al gato,
lo que el hombre espera es, como decía Rimbaud, citado mil veces desde Mayo del 68, “cambiar la
vida”, es decir transformar las condiciones de existencia que sojuzgan inhumanas. No se puede decir
que se espera si uno no aspira a transformar una situación de servidumbre más o menos intolerable.
Ser liberado, ¿para qué? Para vivir una vida que sea verdaderamente humana, para ser mas
hombre en una sociedad más humana. La cuestión estará en saber qué es ser más hombre, qué es una
sociedad más humana. Todas las tentativas de liberación en la historia suponen una concepción del
hombre. El freudismo, por ejemplo, es una concepción del hombre, una antropología; el psicoanálisis
siempre ha tenido como fin, ¡Dios quiera que lo consiga como efecto!, que el hombre sea más hombre.
Aquí podríamos hablar ya de la Biblia, que es la larga historia de una liberación, el
descubrimiento de un Poder eficaz para la liberación de la humanidad. La Biblia dice cómo los
hombres, empujados por su historia a buscar una liberación, descubrieron y acogieron, en su
experiencia humana, el Poder liberador de Cristo resucitado.
Esperar es estar mirando hacia el futuro, es rechazar estar bloqueado en lo inmediato
resignándose al presente, a las insuficiencias del presente. De hecho, la conciencia de servidumbre es la
que hace surgir la decisión de salir de ella. Se puede decir que la esperanza es una desesperación
superada, y yo añado que la esperanza es siempre colectiva, pues nunca se espera solo. Se puede
imaginar que se espera solo o para sí solo, pero es una ilusión; el aislamiento es por el contrario
desesperante. Una esperanza que no es vivida colectivamente se degrada o se atrofia. La esperanza se
parece a la alegría, necesita ser compartida, no existe alegría estrictamente individual. La esperanza
está, pues, unida a la solidaridad.
97
Por otra parte, si probáis a Dios científicamente, ese Dios que probáis es el primer eslabón de
una cadena de explicaciones. Veréis que no es Dios sino el primer eslabón de una cadena formando
parte de ella. Por eso Jean Lacroix tiene razón al afirmar: “Lo que la ciencia encuentra, rechazamos
llamarle Dios”
La ciencia moderna desarrolla tanto más una mentalidad atea cuanto más se ve operativa, quiero
decir que ha hecho una alianza con la técnica. No se trata de conocer por conocer, se trata de conocer
para hacer (hacer puentes, viaductos, cohetes, etc.). Uniendo ciencia y técnica se construye la
humanidad, se asume la responsabilidad de la historia. Tres revoluciones sucesivas han transformado la
civilización. La primera fue la de la máquina de vapor, la segunda la de la electricidad, la tercera la de
la energía atómica.
Desde hace un siglo la técnica ha desarrollado de modo prodigioso las condiciones de vida, ya se
trate del hábitat, de los transportes, de lo que nos rodea etc, etc. Incluso si se puede hacer un uso
inhumano (se puede emplear la energía nuclear para hacer saltar en pedazos el planeta), incluso si los
accidentes se multiplican (accidentes de carretera, accidentes de trenes, catástrofes aéreas...), incluso si
el progreso industrial plantea problemas de polución, es cierto que el poder técnico da al hombre una
confianza en sus propios poderes, engendra la esperanza de estar liberado de las servidumbres de la
naturaleza. Nada impide esperar que el poder técnico libere a los hombres del poder de los ciclones, de
los terremotos y de las erupciones volcánicas; la técnica destruye la idea de fatalidad contraria a la
esperanza que nos hace decir: ¡la suerte está echada, es inútil actuar, está escrito y ha de ser así!
En resumen, la naturaleza ya no es sagrada o sacra. Los paganos hablaban del Destino; los
espíritus religiosos prefieren hablar de Providencia, ¡qué más da!, se quería decir que las fuerzas
naturales aparecían como sagradas. Cuando las fuerzas (o poderes) de la técnica son más fuertes que las
fuerzas de la naturaleza, la naturaleza deja de ser sagrada. El tiempo ha cambiado mucho desde que el
hombre religioso consideraba a Dios como el tapa-agujeros que iba a llenar las lagunas de la ciencia. En
otros tiempos se rezaba a Dios para que hiciese llover o brillase el sol, hoy se le reza cada vez menos
porque se tiene la esperanza de que el hombre se las arreglará por sí mismo. La técnica es un poder que
permite esperar, mientras que la resignación, que estaba unida a la religión, no lo permitía.
2) LA POLÍTICA es el segundo poder en el que arraiga la esperanza del mundo moderno. Es
evidente que no se puede escapar de la política, que la dimensión política es una dimensión esencial del
hombre, pero durante milenios, la política fue únicamente labor de algunos individuos, de algunas
familias, o de una sola clase social. Hoy, es la masa humana la que toma conciencia de su existencia
política, el hombre se siente capaz no sólo de dominar las fuerzas de la naturaleza sino de orientar las
energías de las masas.
Dios aparece a los hombres de nuestro tiempo como la autoridad suprema que sirve para
mantenerlos en una especie de minoría de edad e impedirles acceder a su mayoría política. Se podrá
decir que Dios nos ama, pero eso no arregla nada, al contrario, pues el Dios paternalista es más temible
que el Dios dictador. Con el dictador uno sabe a qué atenerse; con el paternalista, hay una pantalla de
caridad que sirve de fachada a un desorden profundo en el que la injusticia se mantiene. Aquí palpamos
lo que J. Lacroix llama “el peor de los dramas”, a saber, que “la misma exigencia de justicia conduce
a los hombres al ateísmo”. La fe en Dios aparece a muchos como un obstáculo a la esperanza y la
religión consuela a los hombres decepcionados en sus esperanzas aportando el consuelo del más allá.
3) Está por fin LA ENERGÍA MORAL, le llamamos la conciencia que quiere ser responsable. Para
los ateos, la negación de Dios es condición de una moral auténticamente humana, es decir, digna del
hombre. Hay que comprender qué quieren decir con ello antes de poner el grito en el cielo.
El hombre moderno piensa que es moral cuando asume la responsabilidad integral de la
transformación de la vida social para la liberación del hombre. El ateo precisa que no puede hacerlo
más que si niega la situación de culpabilidad que los cristianos llaman pecado original. Hay que
reconocer que, muy a menudo (no digo siempre), los cristianos han utilizado el dogma del pecado
original para ser inmovilistas. ¡Cuántas veces he escuchado despropósitos como éste: ¿por qué tomarse
la molestia de querer transformar al mundo?, al fin y al cabo el hombre es pecador desde el principio y
lo seguirá siendo siempre!
98
El filósofo Merleau-Ponty (que en su juventud fue católico militante) escribe que es necesario, a
cualquier precio, descartar la hipótesis de la existencia de Dios pues, si Dios existe, lo sabe todo, lo
conoce todo, para El todos los problemas están resueltos y todos los dramas solucionados; es Él quien
maneja los hilos de la comedia en la que los hombres funcionan como verdaderos títeres o marionetas.
Para que el hombre sea verdaderamente hombre, moralmente hombre, es necesario que no haya en
alguna parte una verdad hecha del todo sino que es preciso que, día tras día, el hombre invente la verdad
trabajando sin ninguna garantía, que sería siempre exterior a él, para transformar las relaciones humanas
con la esperanza de alcanzar un mundo más justo y más fraternal.
En otros términos, durante mucho tiempo lo esencial de la moral consistía en someterse a la
autoridad legítima, ya se trate de la autoridad en la familia, de la autoridad en el Estado o de la
autoridad en la Iglesia. Para el hombre moderno estas morales de autoridad han prescrito, incluso la
autoridad de Dios; lo que cuenta es la primacía de la responsabilidad con respecto a la sumisión a la
autoridad.
De este modo la esperanza del mundo moderno que reposa sobre una fe en el hombre y en sus
poderes o energías, técnica, política, moral, desemboca de hecho en el ateísmo. Hay una
“desacralización” en toda regla de la naturaleza, de las estructuras sociales y políticas, de las
autoridades morales. Ni la naturaleza, ni el Estado, ni la conciencia moral, son ámbitos de la presencia
de Dios, sino del poder creador del hombre. Desacralización, secularización.
99
mismo tiempo a la angustia (la precariedad engendra angustia y la angustia engendra desesperación). Lo
que el hombre desea, conscientemente o no, es una intensidad de vida sin límites, una plenitud de
existencia sin fisuras, lo que Nietzsche y Rimbaud llamarán “eternidad”, es decir Felicidad.
¿Cuál es el poder capaz de franquear nuestros límites y hacernos “vivir” en el sentido profundo
de la palabra? Hay que encontrar este poder. Decíamos: el hombre espera porque cree que puede. ¿Qué
o quién, le dará poder? No tiene más que tomarse la molestia de escoger, por eso tiende a sacralizar
todo poder que le supera y parece poder realizar su esperanza. El hombre ha sacralizado los poderes
naturales cósmicos (sol, luna, astros, tierra, fuentes, ríos), los poderes o energías biopsíquicas
(árboles, animales, sexo, los poderes de fecundidad), los poderes sociales (raza, patria, clase, partido,
jefe, guerra, oro, plata), sin olvidar la proliferación indefinida deformas inferiores de superstición. En
resumen, todo lo que parece detentar un poder, una energía excepcionalmente prometedora, atrae al
hombre y fija en este poder el misterio de su esperanza; es la idolatría. Decía Bossuet: “Todo es Dios
menos Dios mismo.”
He aquí no sólo un fenómeno del pasado que surge de una mentalidad primitiva sino una
constante de la condición humana. Sacralizar la luna, el automóvil o la vedette, es exactamente el
mismo fenómeno. Se oye decir a veces 'que el hombre moderno no tiene ya sentido de lo sagrado.
Nada más falso: ¡lo tiene más que nunca! Se escucha también decir que el cristiano tiene sentido de lo
sagrado, y el pagano no lo tiene. Precisamente es en el paganismo donde todo es sagrado o puede
llegar a serlo.
El cristiano que, a menudo, no es más que un pagano que no lo sabe (entendedme, el cristiano
que no está seriamente convertido), no se priva de sacralizar toda clase de poderes. Evidentemente no
sacralizará el sol o la luna, no dirá que el sol y la luna son dioses, pero sacralizará como bello y bueno al
Jefe o a la Propiedad, sacralizará la Naturaleza, diciendo que es conforme a sus leyes que haya
desigualdad entre los hombres (es decir algunos ricos y muchos pobres), sacralizará las estructuras
sociales, políticas o eclesiales. La idolatría es una constante de la condición humana. Para que no
hubiera idolatría, sería necesario que en el corazón de los hombres hubiera esperanza, o que la
humanidad estuviese convertida a la fe pues, sólo ella desacraliza verdaderamente. Para salvar la
esperanza del hombre, se alzan los profetas.
101
hizo para el hombre, no el hombre para el sábado” (Me 2, 27).
Cristo desacralizó la autoridad. Nada más pagano que la idea de que la autoridad es superior a
la libertad. No, dice Jesús, la autoridad es servicio: “Quien quiera ser el más grande que se haga el más
pequeño, y quien gobierne sea como el que sirve” (Mt 20, 25-28).
Cristo desacralizó la riqueza. La denunció como un poder de desgracia: “¡Desgraciados
vosotros los ricos!, pues ya tenéis vuestro consuelo” (Le 6, 24), es decir no esperéis nada, no sois
vivientes.
Cristo desacraliza los poderes para liberar la fuerza de la esperanza. Es necesario hacer un
poco de historia para comprender cómo vivió Jesús la esperanza de su pueblo.
Jesús es un hombre. Salió del pueblo judío. Conoce la historia de su pueblo que, como toda
historia, es la de una esperanza. No vayamos a creer que se desolidariza, reconozcamos que los
cristianos tenemos tendencia a desdoblar al hombre: por una parte sus esperanzas temporales, por otra
un Dios que les vigila, un Dios del más allá, un Dios que vive detrás del mundo. Jesús es lo contrario de
un Dios que vigila. Un Dios que, encarnándose en el mundo, “sobrevolase” el mundo, sería el colmo de
la marrullería. Jesús no hace trampas. Miradle vivir entre sus hermanos. Él sabe que, desde la guerra de
los Macabeos, la esperanza de restaurar el reino de Israel permanece viva. En lo que se refiere a la
liberación, ve que Palestina está ocupada por los romanos. No se asombra de escuchar a su alrededor
que se espera un día liberarse de la ocupación extranjera.
Pero también ve, al vivir con sus compatriotas, que su preocupación es totalmente política.
Constata que la esperanza judía de liberación se apoya en diversas teorías: la de ¿os Zelotes (que
esperan expulsar a los ocupantes romanos por medio de la guerrilla); la de los Esenios (que
constituyen alrededor del monasterio de Qumrám una comunidad de puros); la de los Saduceos (que
son los colaboracionistas).
Jesús determina entonces educar la conciencia de sus contemporáneos. Poco a poco, les lleva a
superar sus ideologías y a descubrir el contenido verdadero de su esperanza de liberación. Él no dirá a
los apóstoles, ¿qué buscáis? Bien sabe Él lo que buscan en su conciencia clara, no analizada por la fe.
Él les dice: “¿A quién buscáis?” para conducirles a descubrir que, en el fondo de ellos, buscan a
Alguien y no cualquier cosa. El verdadero Poder de liberación del hombre es Dios y no una ideología
cualquiera, pero, para encontrar al Dios que libera, hay que salir de la actitud mágica y entrar en la
gratuidad del amor.
Es difícil educar a los hombres. Educar a los hombres es conducirles a ese punto de profundidad
donde reconocen el verdadero contenido de su esperanza de liberación. Después de la multiplicación de
los panes. Jesús aparece como un excelente ministro de Avituallamiento. Hay que coronarle, darle el
poder político. La masa le propone ser el representante de la ideología política; así, piensa ella, su
esperanza será escuchada favorablemente. Jesús dice no, rechaza ser el Poder sacralizado que dispense
de la conversión profunda de conciencia. Los apóstoles, tan aturdidos como los otros, aceptarán dejarse
criticar por Cristo, salvo Judas que se enfada, pues él ha dicho no a la exigencia de transformación de sí
mismo, permanece fijado en el poder del dinero, en la ideología del provecho. Jesús le había dicho sin
embargo que, de todas las ideologías, esa es la que se revuelve más fácilmente contra el hombre, pues
no se puede servir a la vez a Dios y a Mammón.
Dios es Amor, Presencia y Libertad. Estas tres palabras deben estar unidas, presencia del amor
que vuelve libre, que suscita o crea la verdadera libertad. El hombre no despierta como libertad más que
si se sabe reconocido, amado. Si el amor no vuelve libre no es amor, si el amor no es una presencia no
es amor. Presencia total de un Amor infinito (es decir sin límite) que vuelve libre absolutamente. Dios
no es el todopoderoso, es la omnipotencia del amor. El amor no es poderoso más que en hacer libre. Así
es el Evangelio.
102
los poderes humanos que, para muchos de nuestros contemporáneos, permite toda clase de esperanzas,
¿está en oposición al poder que procede de Dios y que san Pablo llama “la energía (o dinamismo) de
Cristo resucitado” (FU 3, 10)? ¿El poder del hombre se opone al poder de Dios? ¿El poder que
procede de Dios destruye las energías que proceden del hombre?”
¿Cómo Dios podría pedirnos que renunciásemos a nuestros poderes? El nos crea creadores, nos
confía la tarea de crear un mundo verdaderamente humano. Que este mundo verdaderamente humano
no existe, salta a la vista. El hombre no está hecho del todo, está por hacer. Dios no quiere hacerle,
quiere que nosotros nos hagamos, nos da el poder de hacerlo, pues es evidente que el hombre no va a
construir el mundo con otros poderes o energías que las suyas. Un mundo humano se construye con
medios humanos técnicos, políticos, morales.
Pero estos medios humanos deben ser criticados. Criticar quiere decir discernir. Hay todo un
trabajo de discernimiento que se impone, porque automáticamente los poderes del hombre no se ponen
al servicio de la justicia y de la libertad. Cuando nuestros poderes no se critican ni se convierten, se
ponen sin más al servicio de la injusticia y de la esclavitud. No hay más que mirar lo que sucede,
carrera de armamentos, millones de hombres mueren de hambre, embrutecimiento del hombre por las
condiciones inhumanas del trabajo... Somos prisioneros de un mundo absurdo a pesar del despliegue
de inmensos recursos. Los recursos son considerables y el absurdo es flagrante. Los poderes humanos
son, de hecho, inhumanos. La esperanza está frustrada.
Cuando digo que soy cristiano digo exactamente esto: el Evangelio me da criterios de
discernimiento para juzgar si el uso que se hace de los poderes del hombre va, o no, en el sentido de un
mundo más humano, el Evangelio me dice quién es el hombre, qué debe ser un mundo humano, en qué
sentido la técnica, la política, el ejercicio de las responsabilidades, deben orientarse para estar
verdaderamente al servicio de la liberación y no de la esclavitud.
Si me decís: ¿vuestra conciencia no os basta?, me guardaré de contradeciros, me abstendré sobre
todo de deciros que sois un cristiano que se ignora, pues sé que os ofendería y con razón, me abstendré
también de deciros que el cristiano incorpora a Dios a su esperanza de hombre. No hay que dar la
impresión de que Dios es una cantidad que se añade a otra cantidad, esto convertiría a Dios en una
especie de “decorador”. ¡Se puede prescindir del decorador!
Yo os diría más bien, sí, la conciencia es suficiente, la esperanza humana es suficiente por sí
misma, el don de sí a los otros es un absoluto, el amor de los otros es una razón suficiente para vivir y
morir. Estoy de acuerdo. Y al decirlo soy fiel al Evangelio, puesto que es el Evangelio quien me dice:
“Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos menores, me lo hicisteis a mí” (Mt 25, 40).
Pero creo que la exigencia de mi conciencia es un don de Dios. Lo que Dios da son tareas a
realizar, de modo que la obediencia a la conciencia es el amor de Alguien que me ama. Dios no está en
la luna. Dios no está detrás de las estrellas. Dios no está más que en mi conciencia de hombre. Esta
conciencia está habitada por alguien que me ama y porque este Alguien me ama me quiere creador,
creador de un mundo más humano. Es lo que constituye el corazón de toda esperanza: amar y ser
amado. Esta es la profundidad del hombre. Cristo nos revela la profundidad de nuestra esperanza.
La cuestión se reduce en definitiva a ¿cuál es la fuente de la esperanza humana? Creemos que es
Dios creador. Creándonos, Dios crea nuestra esperanza, pone en nosotros un apetito de libertad total.
Por consiguiente la libertad total es una participación en la libertad misma de Dios, ya que sólo Dios es
absolutamente libre. Él es absolutamente libre porque es Amor. Nuestra esperanza es pues la del amor.
Vivir y amar, si Dios es Amor, es exactamente una misma cosa.
Creándonos, Dios nos da poder amar como Él ama. Vivir la vida de Dios o amar como Él ama, es
exactamente lo mismo. Es lo que llamamos Vida eterna, pero la vida eterna no es la vida futura, es la
Vida presente: “Desde ahora, dice san Juan, somos hijos de Dios” (1 Jn 3, 2).
No es cualquier clase de vida, no es una vida que se soporta, ni en la que uno se abandona, es una
vida en la que, como dice san Juan, uno “obra la verdad” (3, 21). La verdad, en el sentido bíblico de la
palabra, no está del todo hecha, la verdad es lo real que está en génesis; Dios no la creó (en pasado), la
crea y no sin nosotros, si no es así, no es amor en plenitud. El nos da el poder de crearla.
Esto viene a decir que en el corazón de los poderes técnicos, políticos y de las responsabilidades,
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está el Poder del Espíritu Santo. En el corazón, no al lado, no en lugar del hombre. Dios está en el
corazón de nuestra actividad que utiliza los poderes que tenemos para esperar de manera eficaz. Dios no
es una energía al lado o por debajo de nuestras energías. Él es el Poder de nuestros poderes, la Energía
de nuestras energías, la Iniciativa de nuestras iniciativas.
Nuestra tarea es un don de Él. “Obrar la verdad” es, pues, cumplir nuestra tarea. Nuestra tarea es
siempre, de un modo u otro, hacer al hombre, trabajar en que el hombre sea más hombre, en que el
mundo sea más humano, en que las relaciones de los hombres entre sí sean más humanas, es decir, más
justas y más fraternales. “Obrar la verdad” es transformar el mundo. “El que obra la verdad se acerca a
la luz” significa que el conocimiento de Dios (la luz) está unido a la génesis del hombre.
Ya seáis padre o madre de familia, militante sindicalista o político, patrono o ingeniero, obrero o
campesino, educador o psicólogo, construid al hombre y conoceréis a Dios. Recuerdo que en sentido
bíblico “conocer” es “vivir-con”. Vivir-con Aquél que nos ama y a quien uno ama, es la Vida, la
verdadera Vida, la Vida eterna. En presente. Un día, esta Vida-con Dios, esta intimidad con Él, nos será
manifestada en plenitud y eso será la Felicidad a plena luz.
Last but non least, la última cosa pero no la menor: el conocimiento de Dios y la transformación
del mundo (inseparables ambos) pasan por la Cruz. La palabra “transformación” es suficiente para
decirnos por qué: el crecimiento no es un agrandamiento sino una transformación, el hombre no es un
bebé grande, la mujer no es una gran jovencita, la mariposa no es una gran oruga, la espiga de trigo no
es un grano grande. Dios no es un hombre grande. Ser transformado es morir y renacer.
La muerte no es, pues, una fatalidad, es un momento necesario de todo crecimiento. No hay
cosecha sin que muera el grano, no hay conversión sin opción. La opción es una muerte. Poner lo
poderes terrestres al servicio de la justicia es renunciar a ponerlos al servicio del aprovechamiento.
Educar a un hijo es querer para él, y por tanto renunciar a quererlo para sí. Vivir una esperanza es morir
a un cierto número de costumbres, consentir en el advenimiento de otras estructuras políticas y sociales.
No hay vida real sin sacrificio.
La muerte de Cristo es la entrada de la humanidad en una vida transformada. La Cruz opera la
verdadera desacralización de los poderes, pues viendo a Jesús clavado en la Cruz sabemos, sin equívoco
posible, cuál es la naturaleza del verdadero Poder. Ante la impotencia de Cristo clavado, uno no se
arriesga ya a creer que Dios es un Poder de dominación y que se le volverá favorable con prácticas
religiosas sin conversión de conciencia. Es preciso leer los tres primeros capítulos de la primera carta de
Pablo a los Corintios, de los que el Padre Ganne dice que constituyen “una teología del verdadero
poder de Dios”. Jesús crucificado es la omnipotencia del amor y del perdón. La liturgia sabe lo que
dice cuando nos hace cantar: ¡Salve, Cruz, nuestra única esperanza!
107
mientras que, en la casa de al lado, un muchacho está a punto de morir, un viejo no auxiliado muere de
hambre, y canta: “Somos demasiado dichosos para tener corazón”. Es necesario que mi deseo de
felicidad sea criticado y transformado. Como dice Bernanos: “Dime qué idea te haces de la felicidad y
te diré quién eres.”
Aquí intervienen los valores. Llamo “valor” a lo que “vale” más que nosotros o aquello sin lo
que no “valemos”, por lo que merece sacrificar la vida y que constituye una razón de vivir superior a la
vida. ¡Mejor morir que cometer una injusticia grave! La justicia es un “valor”. ¡Mejor sufrir que mentir!
La verdad es un “valor”. Llamo “valor” lo que la conciencia manda, lo que hace que el hombre sea
hombre. Tener sentido de los valores y tener conciencia es exactamente lo mismo. Lo que define al
hombre es ser capaz de escoger y vivir los valores. El animal no escucha en su fondo una voz de
conciencia que le diga: tal situación es injusta, debes trabajar para transformarla para que reine la
justicia. El animal es lo que es, eso es todo. El hombre escucha la voz de la conciencia que le recuerda
continuamente la primacía de los valores. Si me decís que alguien no la oye, entonces está
deshumanizado.
Cuando uno hace depender su vida de los valores que son imperativos de la conciencia, es decir,
cuando se rechaza una felicidad puramente egoísta, se conoce ya a Dios en cierto modo. Uno no le
“reconoce” pero le conoce. Millares de no-creyentes que no reconocen al Dios de Jesucristo, del
Evangelio y de la Iglesia, le conocen ya en la medida en que someten su búsqueda de la felicidad al
criterio de los valores, en la medida en que dicen : la felicidad ¡sí!, pero no a costa de lo que sea, no a
una felicidad obtenida contra los otros y en su detrimento. Es posible, sin creer en Dios, sin creer que
Jesucristo es Dios, leer el Evangelio bajo el ángulo de los valores; no es cuestión más que de verdad, de
libertad, de justicia y de amor fraternal. En este sentido el Evangelio es para todo hombre.
En la educación cristiana de los niños es esencial empezar por ahí; si no, nos arriesgamos a
hablar de un Dios que no tendría nada que ver con los valores de justicia, de libertad y de fraternidad,
un Dios que sería Todopoderoso, es decir, el más fuerte y a quien es prudente obedecer. Ved las
consecuencias: separarse de la fe y caer de cabeza en la religión
El niño dirá un día: creo lo que se me ha enseñado, que Dios existe, creo también que Jesucristo
es Dios, creo incluso en la autoridad de la Iglesia, pero dejadme tranquilo con la justicia, la fraternidad
y la verdad, hay que mentir y dar codazos para triunfar en la vida.
Muchos os dirían que la justicia social, la verdadera fraternidad humana, nada tiene que ver con
Dios. ¡Sois sacerdotes, habladnos de Dios pero no nos habléis de nuestro deber profesional! Mientras
que los que tienen el corazón en su sitio preferirán decir que creen en la justicia y en la fraternidad, pero
que no creen en Dios ni en Jesucristo. Recuerdo haber escrito algunos meses después de la liberación de
Lyón, en la II Guerra Mundial:
“Es preferible negar a Dios y ser capaz de sufrir y morir por la Justicia que creer en un Dios que
no mandara que se sufra y que se muera por la Justicia.”
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contradicción concebir que pueda ser impersonal. Si hablo de amor debo decir que amo y soy amado,
soy amado por alguien. Amar es darse a alguien, no a cierta cosa. Karl Marx decía, hablando de la
sociedad futura: “Será suficiente ser un ser amante para convertirse en un ser amado”. La frase es
admirable, pero no puedo ni podré nunca, en cualquier sociedad, decir de un ser humano que me ama y
me amará siempre con el don de sí hasta la muerte que implica el verdadero amor. Sin embargo lo digo
de Dios. Esta es mi fe, el núcleo del Credo cristiano, todo el Evangelio.
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todos los riesgos que implique. Esto quiere decir que en la práctica el amor o la caridad que pide el
Evangelio ha de ser eficaz. Precisamos esto en la línea de la “Carta de Pablo VI al cardenal Roy”
aparecida en 1971:
1) La vida cristiana es esencialmente una vida consagrada a la justicia y al amor. Esto puede
sorprender pues se podría decir que es una vida consagrada a Dios. Las dos proposiciones no se oponen,
es Cristo mismo quien da la fórmula del mandamiento nuevo que contiene a los demás: “Amaos los
unos a los otros como yo os he amado”, es decir con el mismo amor de Dios. Dios no está excluido,
pero Cristo, que da el mandamiento de la caridad, nos deja el cuidado de ejercer nuestra inteligencia
para saber en qué condiciones será auténtica. Tal es el punto de partida.
2) La justicia y el amor se dirigen evidentemente a personas. No se puede ser justo con cosas o
amar cosas; es a hombres a quien se dirige. Pero los hombres están siempre comprometidos en
situaciones e influidos por acontecimientos. Por consiguiente, para vivir de justicia y de amor, ser fiel al
precepto del Señor, no hay que olvidar que las personas no están en las nubes. El hombre abstracto no
existe, es joven o viejo, hombre o mujer, casado o célibe, ciudadano o habitante de campo, obrero o
abogado, etc. No conozco a nadie que no esté comprometido en una situación real y concreta ni que sea
indiferente a los influjos de los acontecimientos (que modifican más o menos las situaciones,
nacimiento, quiebra, enfermedad, revolución, huelga, etc.). Si nuestra justicia y nuestra caridad quieren
ser reales y no abstractas, es preciso que las personas se vean en su contexto real, en su contexto de
vida.
3) Estas situaciones y estos acontecimientos ponen en duda ordinariamente los valores. No hay
hechos puros, implican siempre más o menos los valores, justicia o injusticia, verdad o mentira, libertad
o esclavitud, odio o amor, etc. Cuando en Inglaterra, hace algunos años, sucedió un accidente
provocado por el desplome de un vertedero industrial, los sindicatos buscaron responsabilidades y se
preguntaron si se tenía derecho a edificar una escuela a algunos cientos de metros de un vertedero sobre
un suelo que se sabía movedizo.
Recordemos que Dios está en nuestras decisiones y no en Saturno o en las estrellas. Dios no es
un Júpiter que domine desde las nubes, es interior a nuestra libertad pues la libertad es el fondo de
nuestra humanidad. Vivir el Evangelio es encontrarle allí donde está, en la libertad creadora y
transformante de los hombres, en las decisiones que tomamos pequeñas o grandes. Por consiguiente
nuestras decisiones deben hacer triunfar los valores implicados en las situaciones y en los
acontecimientos.
4) En el complejo mundo en que vivimos donde hay de todo, las verdaderas soluciones que harán
triunfar la justicia y la fraternidad son en definitiva decisiones políticas (en sentido amplio, es decir en
todo lo que concierne a la vida de los hombres en sociedad). ¿Cómo queréis que sea de otro modo? Si
nosotros no nos metemos en política, no habrá eficacia, pues no bastará nuestra buena voluntad.
¿Vamos a resignarnos a una generosidad tal vez muy enternecedora, que conduzca a actos individuales
de auténtica entrega pero donde no se dan las verdaderas soluciones? Este es el nudo de la cuestión. Es
imposible para los cristianos desinteresarse de la vida pública, colectiva, comunitaria, si hacen
profesión de interesarse por la suerte de sus hermanos, comprometidos en situaciones de justicia o
injusticia y relacionados con los acontecimientos.
Cristo contó la parábola del Buen samaritano (Lc 10). En aquellos tiempos, las cosas eran
relativamente fáciles, hubo un pobre judío atacado por salteadores y herido en el camino. El samaritano
supo inmediatamente lo que tenía que hacer: proporcionar a este hombre los cuidados más urgentes,
verter aceite y vino sobre sus heridas, aceite para suavizar y vino para desinfectar, después conducirle a
la hospedería más próxima, pedir al hospedero que cuidase de este pobre hombre, proveerle en fin de
dinero, y prometer que, al día siguiente, aportaría dinero suplementario si no era suficiente.
Si Cristo contase hoy esta parábola, no nos trasladaría con la imaginación a un desierto con
bandidos que frecuentan lugares solitarios como en las películas de gansters. Hablaría el lenguaje
actual: si queréis ser mis discípulos, no podéis dejar sobre el pavimento personas que sufren, tienen
hambre, son torturados o masacrados, debéis ir hasta el final, debéis encontrar las verdaderas causas de
la miseria humana y de la injusticia. ¿Quién es hoy el judío herido en el camino? ¿dónde está? ¿dónde
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están los bandidos? ¿qué hay que hacer ahora para impedir que los bandidos asalten? Tales son las
verdaderas cuestiones, es de un realismo aplastante. Un cristiano no puede contentarse con apiadarse de
las desgracias de un pobre hombre herido o enfermo, debe trabajar directa o indirectamente para
encontrar soluciones para que haya menos bandidos, no en los desiertos sino en las multinacionales,
bancos, cancillerías, en los grandes intereses financieros, etc.: debe también ponerse a sí mismo
profundamente en cuestión, debe preguntarse por sus prejuicios y preocuparse por sus privilegios.
Cristo añadiría sin duda: no podéis hacer en solitario tal trabajo, porque no se puede hacer
fácilmente. Yo me declaro radicalmente incapaz de llegar solo a un discernimiento. Cuando tomo en
serio mi deber de poner las cosas en su sitio, para buscar una solución eficaz a los problemas que sufren
mis hermanos, confieso que me alegro de trabajar en grupo y saludo con reconocimiento a los que
pueden ayudarme a reflexionar. ¡No me impondrán nada, estoy seguro! No corresponde a los sacerdotes
ni a los movimientos de la Iglesia imponerme una opción temporal. Su papel es ayudarme a caminar a
través de lo temporal en los dominios familiares, económicos y políticos, para que mi vida no esté en
contradicción con las exigencias fundamentales del Evangelio sino para trabajar realizando la
reconciliación de los hombres significada en la eucaristía en la que participo en tanto se trate de una
reconciliación no sólo individual sino también universal; ¿cómo queréis que no intervengan lo
económico y lo político?
5) Pienso que hay pecado al rechazar sistemáticamente buscar la eficacia en materia temporal.
Tengo el deber, no de encontrarla sino de buscar; y no buscar cada uno por su cuenta y según sus
medios, pues eso sería escabullirse. Qué pensaríais del Evangelio si el samaritano se hubiera inclinado
desde su caballo sobre el herido, diciéndole: ¡mi pobre viejo, cómo te compadezco, verdaderamente
estoy conmovido de verte así de modo que adiós, amigo mío y buena suerte! Qué pensaríais de los
cristianos que fuesen a visitar a un pobre hombre en un cuchitril y le dijeran: es triste que existan aún
alojamientos tan miserables, pero la Iglesia te ama; ¡si supieras cuánto te ama la Iglesia! ¡Así que adiós!
Espero que tales actitudes no existan, ¡sería demasiado escandaloso!
Lo que evoco son mentalidades que se esconden detrás de una falsa preocupación de pureza
evangélica y de rechazo al compromiso temporal. Una observación logra inquietarme profundamente:
“¡Usted, al menos, nos habla de Dios y no de política!” No estoy aquí para aseguraros, para hablaros de
Dios y daros buena conciencia, proponer un Dios que fuera una coartada. Como dice Jean Guéhenno:
“El mundo revienta de hambre y las almas bellas van al cielo”. Os digo simplemente que ése no es el
verdadero Dios.
Todo el mundo, sabiéndolo o no, hace política. La cuestión no es hacerla o no hacerla, es hacerla
conscientemente. El silencio o la abstención en materia política (entiendo esta palabra siempre en su
sentido más general y no en un sentido estricto de compromiso en un partido político) es también hacer
política. Muchos piensan no hacer política, sin embargo no haciéndola la hacen porque su silencio, su
abstención, forman parte de una relación de fuerzas. Todo es relación de fuerzas en un país y en el
mundo; hay fuerzas morales, militares, económicas, etc. No hay que hablar del mal de la fuerza; la
salud, por ejemplo, es una fuerza. Hay que hablar del mal de la violencia, ése es otro asunto, pues la
violencia es una fuerza desvinculada de la razón y en consecuencia se transforma en animal. Las
soluciones violentas, salvo excepciones previstas por otra parte por Pablo VI en la Populorum
Progressio, no son buenas soluciones, lo que no quiere decir que porque una sociedad tenga un orden
jurídico las relaciones de fuerzas estén suprimidas, están en todas partes.
En particular hay una fuerza que se llama la fuerza de la inercia. Se sabe muy bien en sitios
importantes, se trate de cuestiones económicas o internacionales, dónde están las fuerzas de la inercia.
No querría herir a nadie evocando ciertas profesiones que todo el mundo sabe que han sido manipuladas
porque representan fuerzas de inercia, es decir que, cualesquiera que sean las decisiones tomadas en un
lugar elevado, no moverán o moverán tan poco que se pueden despreciar las reacciones previsibles de
tal medio profesional o social.
Los cristianos tenían tendencia en otro tiempo a decir que no había que mezclarse en política
porque se ensucian las manos siempre. Un eslogan de medios católicos era: ante todo, conservad puras
las manos. Aunque fuera así, sería la Iglesia la que aparecería en el país como una fuerza de inercia real
y todo el mundo lo sabría. Es lo que Mounier llamaba “el falso apoliticismo de las manos puras”; eso no
111
es un apoliticismo, una ausencia de política, es una pesada política real. La peor de las impurezas
consiste en no querer ensuciarse las manos, pues según una famosa frase: quien no hace nada no comete
errores nunca pero toda su vida es un error. Lo peor será hacer una torpe política pretendiendo que no se
hace política.
Frecuentemente, se es víctima de la herencia; porque mi padre que... mi abuelo que... en tal
medio... en tal circunstancia..., etc. La educación recibida pesa también sobre cada persona. Creéis que
sois libres pero no lo sois del todo, la presión de vuestro medio obra a través vuestro. Vuestra herencia,
vuestra educación, vuestro egoísmo, vuestros prejuicios, vuestras preferencias sentimentales o
pasionales que no habéis puesto nunca en cuestión, todo eso es en definitiva lo que depositará la
papeleta en la urna electoral. No sois libres puesto que no habéis trabajado para liberaros. Yo no diré
nunca que el cristiano es libre en sus opciones políticas o económicas sin precisar antes que debe
trabajar por liberarse, de suerte que sea un hombre libre quien se entregue para ejercer una acción
auténtica en el plano temporal.
Uno no se transforma a sí mismo en hombre libre más que trabajando por liberar a los otros. La
conquista de nuestra libertad personal pasa por la acción, el trabajo, el cumplimiento de la tarea humana
por la libertad de todos;, si no, desconfiemos, no haremos nada en verdadera libertad.
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Algunos puntos de meditación sobre la libertad de Cristo
1) Jesús en el Templo, a los doce años, deja a sus padres buscarle durante tres días (Le 2).
Cuando sus padres le encuentran, les dice con calma: “¿No sabíais que debo ocuparme de los asuntos de
mi Padre?” Libertad con relación a la familia, lo familiar como signo de lo íntimo. Es necesario ser libre
con relación a lo que nos es familiar, horizontes familiares, opiniones familiares, costumbre religiosa
familiar, lengua litúrgica familiar, política familiar (en mi familia, decimos, siempre se ha leído tal o
cual periódico; normal). El Evangelio en estado puro no existe aún, hay que tender a ello. Uno de mis
hermanos en religión a quien no le falta humor dice que, en la Compañía de Jesús, hay un 80% de
virtudes “burguesas” y un 20% de virtudes evangélicas...
La libertad consiste en consentir el destierro, lo cual es muy duro pues significa la verdadera
pobreza, lugar en que libertad y pobreza significan exactamente lo mismo. Se trata de una actitud
fundamental que no se confunde con el desarraigo. Tener raíces en algún sitio forma parte de la vida,
del gusto de vivir. El ideal es a la vez el arraigo (social, incluso geográfico) y el destierro.
Si uno está desterrado es espantoso. Millares de personas están desterradas por la Iglesia de hoy
y no consienten en el destierro pues ellos también son propietarios. Si una religiosa es dueña de su
vestido, otros son propietarios del latín litúrgico, otros de cierta manera de formular los dogmas, se es
propietario y se permanece allí. Se pretende poseer la verdad y se olvida que es la verdad quien nos
posee, se rechaza entonces el destierro y se está, sin apercibirse, en el extremo opuesto del Evangelio.
2) Antes de la salida del sol Jesús se escapa de la casa donde había pasado la noche (Me 1, 35-
39). Los apóstoles, cuando despiertan, se ponen a buscarle. Le encuentran y le dicen: ¡vuelve a
Cafarnaum; allí estás bien, todo el mundo te conoce, se te escucha, tienes auditorios hechos! Hay que
mirar el rostro de Jesús, el rostro de un hombre libre, ¿no existe más que Cafarnaum en el mundo?; es
necesario que yo vaya a toda Galilea, no me debo dejar acaparar por una clase social, una raza, un clan,
un campanario, una nación, soy libre, disponible para hacer la voluntad de mi Padre. ¡Esto es la
libertad!
3) Un día de sábado los apóstoles tienen hambre (Mc 2, 23-28). Cogen algunas espigas de trigo,
frotan los granos y los comen. Pero los fariseos que les espían se aproximan y dicen a Jesús: Mira lo
que hacen en sábado: algo prohibido. Jesús les mira “profundamente” y les dice: tienen hambre y
¿querríais que yo les impidiese comer? Existe, es verdad, una ley positiva, pero la caridad pasa delante.
Libertad de Cristo con relación al “¿qué dirán?”.
4) Poco después un hombre cuya mano está seca desde hace mucho tiempo, pide a Jesús que le
cure (Me 3, 1-6). Los fariseos vigilan, ¡a ver qué pasa! ¿Va a tener la audacia de curar a este hombre un
día de sábado? El Evangelio hace notar que Jesús les mira con cólera, después dice al hombre:
“Extiende la mano” y le cura. Inmediatamente los fariseos salen y deliberan sobre el mejor medio de
matar a Jesús. Libertad de Jesús con relación al “¿qué se me hará?” Que me hagan lo que quieran, soy
un hombre libre.
5) Habría que evocar la escena de la multiplicación de los panes, en la que Jesús es libre con
respecto a la gloria humana (Me 6, 30-46). Podría dejarse coronar rey, le sería muy fácil. En lugar de
aceptarlo, manda a los apóstoles tomar la barca y pasar al otro lado del lago, después desaparece y va a
orar al monte. Libertad con respecto a la gloria humana, con relación a presiones que le harían desviarse
de su misión.
6) Volvemos a ver a Jesús durante su proceso en el que calla. Hay una frase varias veces repetida.
Jesús callaba (Me 14, 61; 15, 5). Suprema dignidad de este silencio. Libertad de Jesús con relación a la
gente de categoría, a los notables, a los poderosos. Él es libre. ¿La Iglesia ha sido siempre libre? Haría
falta que hiciese su examen de conciencia. Sería necesario releer la epístola de Santiago,
encontraríamos cosas terribles sobre cuál debe ser la verdadera libertad cristiana.
7) En fin, la imagen de Cristo en la Cruz, el rostro cubierto de escupitajos, de sudor y sangre, el
rostro de un hombre libre que prefirió morir antes que renegar de su razón de vivir. Su razón de vivir era
revelar al verdadero Dios. Si hubiese revelado una omnipotencia de dominación nadie le hubiera
conducido al calvario, su vida hubiera sido poderosa y alabada, habría podido vivir tranquilamente
largos años y las masas no habrían cesado de aplaudirle, pero reveló al Dios que no es más que Amor y
113
tiene que denunciar las falsas felicidades que busca el hombre.
No hay que hacerse ilusiones, el cristianismo contradice al hombre, lo termina y le ensancha el
ánimo pero contradiciéndole. Si en Cana el agua se cambió en vino (símbolo de fiesta), en la Cena el
vino se convertirá en sangre. Existen siempre dos polos: el polo del humanismo y del amor a la vida, y
el polo de la necesidad de morir para reencontrar a Dios. El Evangelio es la transformación del apetito
de felicidad. Si vuestro cristianismo no choca con los que os rodean, hay fuertes razones para creer que
no es auténtico y profundo; como dice P. H. Simón está “desca-feinado”. No impedimos que los
hombres hagan trampas en sus actividades económicas, sociales y políticas y nos quejamos diciendo
que el mundo va mal y que no sabemos dónde vamos a parar. ¿De quién es la culpa? ¡Si al menos los
cristianos fuesen cristianos! La única opción es la Cruz. Cuando el cristiano hace lo que tiene que hacer,
cuando es libre con la libertad de Cristo, no evita la Cruz.
En resumen, el Evangelio es la revelación de la “libertad liberadora” de Dios, es la misma
definición del amor. Amar a los hombres es querer que sean (en el sentido profundo). Querer que el otro
sea es justicia, por consiguiente el respeto está en el corazón de la justicia. Pero el otro no existe más
que si es libre, pues sólo por la libertad el hombre es hombre, fuera de la libertad no hay verdadera
humanidad. En definitiva uno no es libre más que de amar, pues, fuera del amor hay poder de
dominación que oprime e impide al hombre ser plenamente hombre. “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y
“nosotros hemos sido llamados a la libertad” (Gal 5,13), cuando se ha comprendido la identidad o el
lazo íntimo, estrecho, entre amor y libertad, se ha comprendido verdaderamente lo esencial de la fe.
Orar… 30
(Págs. 283-316)
Abordar este tema hoy puede parecer una concesión a la moda, pero no hace falta que la oración
esté de moda. Conocéis la ley del péndulo de la historia que Bergson llamó ley del doble frenesí:
cuando se ha ido frenéticamente en una dirección, se va a continuación frenéticamente hacia la
dirección opuesta.
Hemos conocido la generación del compromiso, palabra que Enmanuel Mounier puso de moda
después de la generación que se podría llamar generación del diletantismo. El compromiso o, si lo
preferís, la dedicación al servicio de la sociedad, es poco eficaz aparentemente; exige análisis difíciles
en el plano social y político, las actuaciones necesarias para que un compromiso al servicio del mundo
sea eficaz exigen mucho esfuerzo.
Parece ser que la exigencia del compromiso está actualmente devaluada y hay un retorno a la
oración. Para emplear cierto lenguaje, se oscila entre lo horizontal y lo vertical; después de una
generación que olvidó lo vertical, la relación con Dios, se vuelve sobre ello. No hay que quejarse, pero
es lamentable que todo esto suceda bajo el signo de la oscilación, sería deseable que se asumiese a la
vez lo horizontal y lo vertical, sería necesario que “la extensión en lo temporal estuviera acompañada
por una concentración en lo espiritual”.
La oración sin compromiso no es mejor que el compromiso sin oración. No es deseable que esta
generación, que reencuentra la importancia de la oración, olvide el compromiso, la acción, la tarea
humana.
¿Cómo orar?
30
Manuscrito: notas dispersas con resumen de un artículo de Ph. BÉGUERIE, «Évangeliser la priere».— Hojas
cisclostiladas: Le Péage-de-Roussillon (14 de Noviembre de 1968); Boulogne (21 de Octubre de 1969); Annecy
(25 de Mayo de 1970); Belleville (12 de Octubre de 1975); Carcassonne (16 de Marzo de 1978).
114
¿La crisis presente de la Iglesia conocerá una renovación mística? Es de desear, tanto más cuanto
que todas las crisis que se han dado en la historia de la Iglesia han conocido una renovación mística.
Fue éste el caso del Renacimiento, en el que se dio la admirable floración mística del siglo XVII. Tal
vez estemos en vísperas de una renovación similar. Todo el problema reside en que sea auténtica.
La oración es un elemento esencial de la vida espiritual. Espiritual significa, con el Espíritu
Santo. La vida espiritual es la vida normal pero vivida con el Espíritu Santo. Ciertas personas dicen:
¡tengo tantas preocupaciones y tanto trabajo que no tengo tiempo de tener vida espiritual! Decid más
bien que tenéis tanto que hacer que no encontráis tiempo para la oración, pero no digáis que vuestra
actividad humana es ajena a vuestra vida espiritual.
San Juan de la Cruz dice que seremos juzgados al atardecer de la vida sobre el amor. Y el amor lo
vivimos en el cumplimiento de nuestro trabajo, familiar, educativo, o en los múltiples compromisos de
orden sindical, social, económico o político; en resumen, en toda la vida.
116
tiempo distintas. La religión es una andadura de origen humano, la fe es la adhesión a una iniciativa de
Dios. La religión es un hecho cultural, se puede pensar que ha existido siempre, hace millones de años
que apareció la especie humana sobre la tierra, mientras que de Abraham nos separan menos de cuatro
mil años.
La cuestión es saber si, durante estos miles y miles de años, el hombre era ya un animal religioso
según la expresión de Aristóteles. Marx lo negó pensando que la religión no apareció sobre la tierra más
que con la explotación del hombre por el hombre, y deducía de esta conclusión que, cuando la
explotación del hombre por el hombre desapareciese en la sociedad sin clases, con el advenimiento de
los gozosos días siguientes, la religión ya no tendría ninguna razón de ser. La mayor parte de los
marxistas no están de acuerdo en este punto con Karl Marx y los intelectuales marxistas de hoy han
abandonado esta tesis pensando, como nosotros, que la religión existió siempre entre los hombres.
La religión es un hecho cultural, un hecho humano. Digo bien: la religión, el sentimiento
religioso, en tanto que distinto a la fe y en tanto que se puede contemplar independientemente de la fe,
es un hecho que responde a ciertas necesidades del hombre, esencialmente a dos tipos de necesidades 31.
La utilización de Dios
Una abundante literatura originada por Marx, Nietzsche y Freud ha explotado la religión que
desemboca en un dios del pasado y del más allá o de detrás-del-mundo que tiene observancias y ritos,
caricaturas de oración evidentemente, y no desaparecerán más que si somos capaces de hacer caer las
caricaturas de Dios y las de la oración. Es evidente que, en grupos cristianos modernos, aún hay mucho
de paganismo.
Una de las caricaturas más burdas pero más sutiles de Dios es la del mago supremo. Dios
considerado como útil para satisfacer nuestras necesidades, el todopoderoso a quien llamamos cuando
nos reconocemos impotentes. La oración es entonces una oración útil dirigida a un dios considerado
como un objeto de consumo espiritual, como proveedor de nuestras necesidades.
Si queremos ser auténticamente cristianos hay que llegar a creer que Dios es perfectamente
inútil, pues sólo partiendo de un Dios del que no se tiene necesidad se podrá llegar a una adoración
auténticamente gratuita. El amor o es gratuito o no es nada. Todo lo que introducimos de utilidad en el
amor conduce a su muerte y por consiguiente a la muerte del cristianismo.
No puedo más que esbozar aquí una distinción esencial entre la necesidad y el deseo. ¿Tenéis
necesidad de Dios o deseáis a Dios? Todo consiste en eso. Se tiene necesidad si algo es para uno; el
deseo consiste en querer al otro por él mismo y no para uno. El Padre Denis Vasse escribe en su libro:
“El tiempo del deseo”: “La oración que no lleva a la experiencia de la no-necesidad de Dios es como un
sueño... Orar no es “tener necesidad” o “no tener necesidad”, sino llegar a una conciencia cada vez más
viva de que nos es posible desear a alguien por él mismo, amarle, en la medida en que no le
necesitamos porque nos es imposible consumirle o conocerle. Orar es revelar que es posible al hombre
desear lo imposible” 32.2 La necesidad puede ser satisfecha, el deseo nunca. Desear al otro por él mismo
(tal es la definición del amor), es emprender un proceso que no puede más que ahondar el deseo.
Los cristianos tenemos que dialogar con el mundo ateo que nos rodea; estas cuestiones son
cruciales en el diálogo contemporáneo del que no debemos ser la “hermandad de ausentes” de la que
hablaba a menudo Jean Guéhenno. Es preciso que terminemos con un dios de caricatura que vendría a
ser como el fontanero universal, el dios de las suplencias, que tomaría el relevo cuando llegáramos a
nuestros límites; daos cuenta de que este dios tiende a cero. Cuando la medicina era muy rudimentaria
como en tiempos de Moliere, enseguida se rezaba a Dios; con el progreso de la ciencia, hace falta estar
muy mal para pedirle a Dios que tome el relevo. El Dios contemplado como reparador universal, ése
falso Dios, tiende a cero. No digo que alcance el límite cero, digo que tiende en el sentido de que es en
cierto modo inversamente proporcional al progreso de la ciencia.
119
más yo que yo mismo, está en el interior de todos los diálogos que sostengo conmigo mismo, con las
cosas, o con los otros. Como dice Claudel traduciendo a san Agustín (intimior intimo meó), Dios es un
yo más yo-mismo que yo.
Dios no es un tercero, casi me atrevería a decir un tercero concurrencial, como le consideran por
otra parte cierto número de ateos que rechazan a Dios como un tercero. Un personaje de Dostoievsky,
en su gran novela titulada Los demonios, se suicidó porque no pudo soportar la mirada de Dios que le
violaba. Por eso resulta peligroso hablar de la mirada de Dios pues no es una mirada que mire y menos
aún que vigile (“el ojo estaba en la tumba y miraba a Caín”).
Atención a ciertas expresiones utilizadas con los niños: tus padres no te ven pero hay alguien que
te ve siempre, ése es Dios. ¡Horror! ¡hay motivos para suicidarse! Jean-Paul Sartre en un pequeño libro
autobiográfico, “Las palabras”, nos confía que también él estuvo tentado de suicidarse porque, en su
infancia muy puritana, en el ambiente de los Schweitzer, en Alsacia, jugó con cerillas y quemó una
alfombra; trató de esconder el estropicio diciéndose: mamá no me verá pero existe un Dios que me ve.
Se salvó, se encerró en el cuarto de baño y creyó volverse loco pensando: mi conciencia ha sido
violada, perpetuamente violada por la mirada de Dios. Fue entonces cuando empezó a perder la fe.
Dios no nos mira, ¡no querríais ser un espectáculo para Dios! Es preciso destruir esas
imaginaciones de consecuencias terribles. ¿El hombre un espectáculo para Dios? ¡Vamos! No tengo
ningún interés de ser un espectáculo para vosotros y no quiero ser un espectáculo para nadie y si ese
otro se llama Dios, lo rechazaré en nombre de mi dignidad. Gracias a Dios, el Dios que nos ha revelado
Jesucristo no es un Dios que nos mira sino un Dios que nos abraza, lo cual es muy distinto.
120
cristiano es su poder de acogida. Acogemos el don de Dios de poder dar y damos a nuestros hermanos
el amor que Dios nos da.
El Padre H. De Lubac escribía un día: “Toda actividad que merezca ser llamada cristiana se
despliega necesariamente sobre un fondo de pasividad”. No tenía miedo de la palabra pasividad pero
podría reemplazarla mejor por la palabra acogida, pues no creo que nadie desconfíe de la palabra
acogida.
Amar no es sólo dar sino también acoger. La oración es la acogida del beso divino. El beso es un
símbolo magnífico, es en el beso donde se ve la reciprocidad, en el amor humano, de la acogida y del
don. Un salmo dice: ensancha tu boca y yo la llenaré, yo acojo tu aliento en mí y vierto mi aliento en ti.
El intercambio de alientos con la reciprocidad de la acogida y del don significan el intercambio
profundo de las almas. Esto es tanto más verdadero cuanto que la misma palabra latina (anima)
significa aliento y alma. Por eso no hay que prostituir el beso, es algo magnífico.
121
beneficiario de un bien inmenso, por ejemplo, de una suma importante, una fianza para que uno pueda
salir de prisión, alguien no dé las gracias a aquél que le ha dado todo para que sea hombre libre. Es ésta
una imagen imperfecta de lo que Dios es y hace por nosotros.
- Perdón: cuando tomo decisiones deshumanizantes, puesto que soy pecador, ¿qué queréis que
haga Cristo que no puede divinizarlas y cómo queréis, cuando tomo conciencia de ello, que no pida
perdón a Dios? Es lo que llamamos penitencia.
- Don: es la oración de petición en la que, según el Evangelio, debemos pedir a Dios que nos dé
el Espíritu Santo, es decir, un aumento de caridad, una presencia más intensa en nosotros de Aquél que,
en la Trinidad es, como dicen los teólogos, el amor sustancial.
¿Podemos pedir a Dios bienes materiales? Sí, ciertamente, la Iglesia nos anima a ello, porque si
me abstengo de expresar a Dios lo que deseo humanamente (salud, triunfo, no ser traicionado en un
amor en el que me apoyo, etc.), no le considero como Padre. Las peticiones materiales significan que
nos ponemos en actitud filial de acogida con relación a Dios.
Pero estas peticiones no son más que signo de una petición mucho más profunda, la de ser
invadido por Dios, transformado por Él. Sólo esta petición es escuchada siempre, como los pulmones se
llenan siempre que respiramos. Cuanto más progresamos en la vida espiritual, más se reduce nuestra
oración a pedir a Dios lo que quiere darnos, un aumento de amor. El Evangelio es claro: “El Padre del
cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Le 11, 13). Nuestro Padre da el Espíritu Santo, en el
supuesto de que nos pongamos en actitud de acogerle.
122
creerse, clara y pura, pero al mismo tiempo es débil, abstracta por así decirlo, evanescente, desvirtuada,
incapaz de levantar la menor polvareda, porque la fe no es un asentimiento cualquiera dado a los
valores o a verdades sino adhesión personal al Dios vivo” (H. De Lubac).
Es normal que se purifique lo sentimental de la oración, pues en el sentimiento hay siempre algo
gratificante para uno mismo. Si verdaderamente se quiere que la oración sea a Otro querido por él
mismo, hay que aceptar privarse de todo sentimiento. Esto es extremadamente doloroso, los místicos lo
saben, todos han experimentado a Dios como un desierto y la oración como una estación silenciosa en
el desierto. Al principio Dios no es verdaderamente Dios para nosotros más que cuando no es sentido,
puesto que siempre que Dios es percibido, lo que tomamos por Dios es un sentimiento sobre Dios. ¡La
fe es diferente al sentimiento religioso! Santa Teresa de Ávila decía: que las joven-citas como yo
necesiten del sentimiento para orar se comprende, pero cuando veo a hombres adultos que no oran más
que cuando tienen ganas de orar, en verdad, me enojo. He aquí la autenticidad en la oración.
Concluyo con la admirable oración que Soljenitsyne compuso el día que recibió el premio Nóbel:
“¡Que me sea fácil vivir contigo, Señor,
Que me sea fácil creer en Ti
Cuando, desde la perplejidad, mi espíritu se aparte o se humille,
Cuando los más inteligentes no vean más lejos que esta noche
Y no sepan lo que hará falta mañana,
Tú, tú me infundirás la serena certidumbre de que Tú existes
Y que Tú cuidas para que todos los caminos del bien
No estén cerrados.
Sobre la cima de la gloria terrestre,
Veo con asombro el camino a través de la desesperanza,
A la humanidad un reflejo de tus rayos.
Todo lo que haga falta que yo reflejo todavía,
Tú me lo otorgarás.
Y todo lo que no logre reflejar,
Querrá decir que Tú lo has asignado a otros.
(ICI, 15 de diciembre de 1970).
Conclusión
33
La Eucaristía recapitula todo
(Págs. 319-336)
El misterio de la Eucaristía es de tal profundidad, sus aspectos son tan diversos y complejos, que
no se puede esperar en una conferencia exponer todo su contenido. La Eucaristía es la recapitulación de
todo, el punto de partida del que divergen todas las líneas y hacia el que convergen. Significa la unidad
de Dios y el hombre en Cristo; del pasado, del presente y del porvenir; de la naturaleza y de la historia;
de la acogida y del don; de la muerte y de la vida, etc. No puedo más que limitarme a algunos aspectos,
los que me son más queridos.
Unión a Cristo que se da como alimento
La Eucaristía es el sacramento de Cristo que se da como alimento a los hombres para
transformarles en Él mismo y así construir su Cuerpo místico que es la Iglesia (“místico” no se opone a
“real”). Para comprender esto, hay que volver a lo que se ha dicho en la primera conferencia: el
designio fundamental de Dios es unirse a todos los hombres en el amor y hacerles compartir su Vida
33
Manuscrito: compuesto por numerosas notas con resúmenes de lectura de artículos de [Link], C. DUQUOC
(Lumiére et Vie, n° 94); X. LA BONNARDIÉRE y M. MASCHINO (Promesses, Junio 1970) y notas de curso del Padre
E. Pousset. -Hojas ciclostiladas: Belleville (martes santo 1967); Le Péage-Roussillon (9 de Enero de 1969);
Boulogne (15 de Diciembre de 1970); Macón (21 de Enero de 1971); texto fotocopiado sin indicación de lugar.
123
propia. Como no dejo de repetiros. Dios compartió nuestra humanidad para que nosotros
compartiéramos su divinidad. En otros términos, si nuestra humanidad existe es para nuestra
divinización, la creación sólo tiene sentido para realizar la Alianza.
La Alianza es, en efecto, la realidad mayor de la Biblia, con diferentes etapas desde Noé hasta
Jesucristo, que consagra “el cáliz de la Nueva y Eterna Alianza”. La Alianza no es una unión jurídica
sino una unión de amor. He aquí por qué, de un extremo a otro de la Biblia, está presente el simbolismo
del matrimonio; la Tradición ha unido siempre el sacramento del matrimonio al sacramento de la
Eucaristía.
Dios crea la humanidad para desposarla y la desposa encarnándose, desposar en el sentido más
fuerte, es decir, no formar más que una sola carne con ella. Dios quiere ser con la humanidad una sola
carne, este es el fondo de la cuestión. Sabemos que el deseo profundo del amor conyugal no se detiene
en el abrazo de dos cuerpos que permanecen exteriores el uno al otro, el deseo del amor es la fusión, sin
confusión, en la que cada uno no quiere subsistir más que para dejarse consumar por el otro,
transformándose en cierto modo en su alimento, carne de su carne.
El simbolismo del beso es elocuente, es el comienzo del gesto de comer. Las mamas dicen que
sus hijos “están para comérselos”. Se querría comer al otro y dejarse comer por él para ser carne de su
carne. Te amo, quiere decir: quiero dejarme consumar y consumir por ti, tú eres mi razón de vivir. El
hombre y la mujer no llegan a realizar el deseo de su amor porque sus cuerpos, instrumentos de su
unión, son al mismo tiempo obstáculos para la unión total. Su deseo no se realiza, pues implica una
muerte en la. naturaleza y en la historia. Hay que morir a la naturaleza que hace que permanezcamos
exteriores unos a otros y que incluso en los momentos de unión íntima no son fusión total y no duran
más que un instante. Transformarse verdaderamente en carne de la carne del otro, de aquél que amo,
implica la muerte.
Es éste el gran sueño del romanticismo alemán. En la ópera de Wagner, Tristán e Isolda cantan
que no podrán conocer la plenitud del amor más que por la muerte. En el segundo acto, el amor y la
muerte se -entrelazan en unos temas musicales admirables, inseparables el uno del otro. Esto es muy
bello pero absurdo porque la muerte no realiza el amor, pone más bien un obstáculo brutal. Por eso,
aquí abajo, el deseo profundo del amor no se realiza jamás en plenitud. Entrar en el amor es entrar en la
alegría pero es también entrar en el sufrimiento, es el inevitable sufrimiento del no-acabamiento del
amor. El deseo supremo del amor no puede agotarse en el plano de la existencia natural, a ello se opone
la naturaleza del hombre.
Cristo por ser Dios y sin pecado, puede renunciar a su ser natural e histórico inmediato, puede
morir al mundo de las limitaciones corporales, sin dejar de ser para la humanidad el Esposo que se da.
Por eso, más allá de la muerte, pero solamente más allá de la muerte. Cristo realiza el deseo supremo
del amor. Cristo que muere y resucita se hace Él mismo alimento a fin de transformarse verdaderamente
en carne de la carne de la humanidad mucho más radicalmente que un abrazo, que no une dos cuerpos
más que un solo instante. Dios, en la Eucaristía, desposa verdaderamente al hombre. En la base del
misterio eucarístico está la idea de alimento, es esencial.
La Eucaristía no es solamente una comida que se toma juntos y en la que se unen unos con otros;
éste aspecto es importante pero insuficiente. La unión, antes de ser la de hombres entre sí por la comida
que han compartido, es unión de cada uno con Cristo que se da como alimento, es Cristo quien une
entre sí a quienes comulgan. El simbolismo tomado al nivel de comida, como estar juntos, no expresa la
realidad fundamental que es la fusión final del amor entre los esposos.
Para comprender esto, hay que estar persuadido de que la Encarnación de Dios no se termina en
Cristo sino en toda la humanidad. Mientras que imaginemos que la Encarnación es Dios que se une a un
hombre llamado Jesús, no comprenderemos nada. El fondo, es que Dios se une o desposa con toda la
humanidad en Cristo, Dios se hizo hombre para que todos los hombres fuesen divinizados. La
Eucaristía es la universalización de la obra de Cristo.
Lo primordial de la Eucaristía no es la presencia de Cristo; Cristo no está allí para estar allí, está
para darse a nosotros como alimento a fin de que la unión entre Él y nosotros sea la mayor posible. La
Eucaristía no es principalmente una presencia, es una unión, y la unión implica presencia.
124
Presencia real
La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, es incluso la más real de las presencias pues es
una presencia realizante. La Eucaristía realiza la presencia de Cristo en nuestros actos libres: “Quien
come mi carne y bebe mi sangre tiene la Vida en él” (Jn 6, 54), ¡nada más real! Os recuerdo la
distinción entre el plano de la significación y el de la explicación. La fe se sitúa siempre en el nivel de
la significación. El misterio eucarístico significa que Cristo se da en alimento para unirnos a El,
uniéndonos los unos a los otros de manera tal que nosotros mismos no sabríamos cómo llegar hasta allí.
Esta energía unificadora implica su presencia real, pero esta significación no se fundamenta en el
absurdo. La significación o el “cómo” de la presencia real depende de la filosofía; para abordarla es
necesario recurrir a conceptos filosóficos.
Me contento con recordar que no hay oposición entre signo o símbolo y realidad. Haced la
experiencia haciendo dos preguntas a un niño:
- ¿Qué es un apretón de manos? No os responderá que es un intercambio de energía muscular
provocado por la presión de dos palmas, os responderá que es el signo de un buen entendimiento, de
camaradería, de amistad. La realidad de un apretón de manos es ser un signo.
- ¿Qué es un semáforo en rojo? El niño empezará por reírse de la pregunta que le hacéis y
después no os dirá que es una bombilla encendida detrás de un cristal colorado sino una prohibición de
pasar; el signo es la realidad del semáforo rojo.
Con estos ejemplos elementales, comprendemos que el signo no es algo exterior a la realidad
sino la realidad misma en toda su profundidad. Decir que los sacramentos, empezando por la Eucaristía,
que es el Sacramento por excelencia, son signos y “signos eficaces”, no quiere decir que estén fuera de
la realidad sino que son la realidad más profunda.
125
ser el mismo Cristo, plenamente hombre y plenamente Dios; El no puede transformarnos en lo que es
sin humanizarnos y divinizarnos a la vez.
Unas buenas religiosas creían hacerlo bien presentándome con satisfacción un librito destinado a
hacer comprender a los niños la presencia real. En la primera página de este librito había dibujada una
hostia, entre la primera y la segunda página había un cordoncillo; bastaba decir al niño, ¡tira y verás! El
niño tiraba, desaparecía la hostia y en su lugar, se veía aparecer a Cristo sonriente. Miré a estas
religiosas con cierta ironía y con afecto les dije: “Hermanas mías, sois herejes”. Estaban desoladas:
“Padre, ¿exageráis?” -¡En absoluto! el Concilio de Trento rechazó la palabra sustitución. Cristo no
viene a sustituir el pan. La frase del Concilio de Trento es “conversión eucarística”. Esta frase es difícil
de comprender actualmente en auditorios poco cultivados, pero es el pan el que se transforma en Cristo
y no Cristo quien viene a sustituir el pan”.
Las religiosas lo comprendieron enseguida; si Dios se ha hecho hombre no es para suprimir al
hombre. Muchos se imaginan que Jesús resucitado cae del cielo sobre un pedazo de pan, sin eso no
sabría dónde meterse, para estar lo más cerca posible.
Se lleva al altar un soporte que tiene la gran ventaja de ser comestible, uno lo come porque es así
como Cristo estará más íntimamente presente... Hablar así es espantoso y, sin darse cuenta, se fabrican
varas para hacerse azotar. No confundamos proximidad y presencia transfigurante.
En la Exposición universal de París, cuando se inauguró la torre Eiffel, mi padre estuvo muy
interesado por la galería de máquinas en Champ-de-Mars. Era prodigioso, se asistía al proceso de
transformación de la madera en papel. En un extremo de la galería, se veían troncos de árboles llegando
del bosque y al otro extremo, después de una serie de transformaciones (sierra de los troncos,
fabricación de la pasta de papel, etc.), se veía el papel; era la historia del papel.
Imaginad que en lugar de hacer asistir al espectador a la historia del papel, se hubiera decidido
hacerle asistir a las etapas de la historia del pan. Hubiera sido exactamente lo mismo, con un matiz
importante: se puede pasar sin papel, pero no se puede pasar sin pan, al que se relaciona con la vida más
directamente. En un extremo de la galería los sacos de trigo fruto del trabajo de la agricultura llegan del
campo, después se desarrollan toda una serie de transformaciones y, al otro extremo de la galería, el pan
sale del horno del panadero. Esta es la historia del pan, es decir, la historia del trabajo bajo las especies
de pan, y en definitiva la historia del hombre. Pues en la historia de un hombre, el trabajo tiene un lugar
importante, puesto que la vida privada, el amor, y las diversiones están condicionados por el trabajo.
Si se quiere escapar de la abstracción y al mismo tiempo, de la mitología, hay que tomar al
hombre en su realidad. El hombre no se toma en su realidad más que cuando se le considera en su
historia; el hombre abstracto no existe. El hombre real, el hombre que toma Jesucristo para
transformarlo, es el que vive una historia; hombre o mujer, célibe o casado, con o sin niños, desocupado
o en el trabajo, etc.
Cuando tengo un poco de tiempo, me gusta, antes de celebrar la misa, tomar en mi mano una
hostia que no está consagrada y meditar ante ese trozo de pan. Hay por otra parte dos expresiones
sinónimas, ganarse la vida y ganarse el pan; el pan es la vida. Y yo me digo: ¿cómo mira Dios este trozo
de pan? No lo ve como vería un guijarro, pues este pan es resultado de toda una historia. Para que yo
pueda tenerlo en mis manos ha hecho falta el trabajo del labrador, del sembrador, sin hablar de los que
han fabricado el arado; ha hecho falta luego el trabajo de los segadores y de los que han fabricado la
máquina segadora, después el trabajo del molinero, del panadero, todos los oficios que han fabricado la
amasadera del panadero, etc.; este pan es fruto de la transformación de la naturaleza. Nuestra obra,
nuestra tarea humana, es la humanización de la naturaleza, la transformación del mundo para que se
transforme en humano; por eso hay que ser tan severo con un trabajo que no humanice verdaderamente.
Si la materia sale ennoblecida del taller y el hombre sale envilecido, es un escándalo. Existe un atractivo
diálogo con los marxistas sobre ello, puesto que la idea de que el hombre se hace hombre en y por el
trabajo está en la base del marxismo.
Si uno se detiene ahí, todo ha terminado. La historia del hombre permanece puramente humana,
da vueltas sobre sí misma; uno comerá este pan y después continuará trabajando para transformar la
naturaleza y producir pan, no hay salida más allá de la historia. Pero si traigo éste pan al altar. Cristo
126
hace de él su propio Cuerpo, diviniza o cristifica lo que yo he humanizado. La oración de la preparación
del pan y del vino es excelente: “Te presentamos este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los
hombres, que será para nosotros pan de vida. Te presentamos este vino, fruto de la vid y del trabajo de
los hombres, que será para nosotros el vino del Reino eterno”.
Si el trozo de pan que llevo al altar no es el hombre, no hay nada que comprender de la
Eucaristía sino un Cristo que cae del cielo sobre un trozo de pan para llegar a ser nuestro alimento en el
sentido de que nos consuele, nos fortifique, nos permita luchar contra las tentaciones; recaemos en un
moralismo infantil, en el que es imposible que puedan entrar nuestros contemporáneos. Lo verdadero es
que toda la historia del hombre se transforma en el cuerpo de Cristo; no deja de ser una historia
humana, pero desemboca sobre un más allá del hombre que es su verdadera vocación. Cuando el
hombre llega a ser verdaderamente Cuerpo de Cristo es cuando llega a ser verdaderamente hombre.
¿No podríamos, para educar a los niños, hacer films cortos donde se viera toda la historia de la
hostia, desde la elaboración hasta el altar? La hostia no existe más que al término de toda una
transformación de la naturaleza por el hombre y Cristo diviniza, cristifica, lo que el hombre ha
transformado cumpliendo su tarea humana. La Eucaristía es el signo eficaz de la tarea humana
realizada.
Parece que, en una sacristía a la que cambiaron su destino en Leningrado, cuando la revolución
de 1917, los comunistas tiraron los vasos sagrados y pusieron simbólicamente en su lugar sus
instrumentos de trabajo. Hicieron bien al llevar sus instrumentos de trabajo pero habría sido mejor
ponerlos en los vasos sagrados en vez de tirarlos. Tal historia, si es verdadera, es típica de un
malentendido existente en el que nosotros, los cristianos, somos en parte responsables pues hemos
olvidado que Jesucristo es hombre. Si Dios se ha hecho hombre, ¡no hay que suprimir al hombre!
La observación de una jovencita comprometida con la guerra de Vietnam, muy inteligente, me
viene a la memoria: “La misa, ¡ya tengo bastantes! ¡Mis padres quieren obligarme a que vaya!”
- “Veamos, le digo, pienso que entenderás la relación entre la Eucaristía y tu compromiso
político”.
Ella me mira creyendo que me he vuelto loco: “¡En absoluto!”
“¡Oh! entonces, si no captas esa relación, comprendo muy bien que no vayas a misa, porque
Cristo diviniza toda vuestra actividad comprometida, por eso Cristo da una dimensión de Reino eterno a
toda vuestra tarea humana. Vuestro trabajo para vosotros no consiste en hacer pan, sino en establecer la
paz entre los hombres, es una actividad transformante. Toda actividad humana humanizante es
transformante, ya se trate de las relaciones entre esposos, entre padres e hijos, entre profesores y
alumnos, etc., o se trate de instituciones. En la comunión. Cristo se nos da como alimento para que
tengamos no sólo una energía humana, sino también una energía divina para trabajar construyendo la
comunidad humana fraternal. Sin Cristo, no podemos hacer nada” (Jn 15, 5).
Cristo está presente no como quien cae del cielo sino como el fruto de la transformación
divinizante que opera en el misterio central de nuestra fe que es la Eucaristía. La hostia consagrada no
es sólo Cristo, también es el hombre cristificado.
Sacrificio
Esto debe permitirnos comprender cómo la Eucaristía es el sacramento de un Sacrificio. Esta
palabra está devaluada, desviada de su sentido original en el lenguaje corriente, pues hemos tomado la
costumbre de identificar sacrificio y privación y así no vamos a la raíz de las cosas.
Resulta muy difícil comprender que acto sacrificial es el acto por el que uno se relaciona con
Dios (etimológicamente sacrificio significa: hacer algo sagrado, divino). En la cumbre de la existencia
humana ratificamos nuestra vocación profunda de abrirnos a Dios, al Absoluto. El sacrificio no es una
privación sino la orientación positiva de todo nuestro ser, de toda nuestra vida hacia Dios. Darse a Dios
es la única manera de ser uno mismo, pues Dios es Amor. El hombre no es plenamente hombre más que
si es para Dios.
Esto implica una privación porque, en un mundo de pecado, no se puede a la vez vivir para Dios
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y vivir para sí, estar referido al Otro al mismo tiempo que uno se refiere a sí. Ser pura referencia a Dios,
es renunciar a ser uno mismo su propio centro. Conocemos nuestro egoísmo, sabemos que en nuestros
actos más generosos nos replegamos sobre nosotros mismos. ¿Quién de nosotros se atrevería a afirmar:
yo no existo más que por Dios y mis hermanos los hombres? En el vocabulario de la Iglesia
(desconfiemos siempre de las palabras que no comprendamos), equivaldría a decir: yo soy capaz de
ofrecer un sacrificio perfecto.
En la historia del mundo, si dejamos aparte el caso particular de la Virgen María, no existe más
que un solo hombre de quien podamos decir que toda su actividad, toda su vida, ha sido un sacrificio.
La vida de Jesucristo es una referencia continua a Dios. En su ser profundo -por eso creemos en Él y
por eso sabemos que Él es el Centro de todo-. Él es el único que no ha puesto nunca un acto libre para
El mismo sino que todo acto libre ha sido Amor. Toda su vida no ha sido más que caridad, ni el menor
rastro de repliegue sobre sí, de voluntad de sí, de mirada sobre sí, de movimiento de egoísmo. Todo el
ser de Jesucristo efe ser sacrificial. Cristo es el hombre perfecto, puro, absoluta referencia a Dios y a los
otros. Y digo a los otros pues, lo repito, no hay oposición entre el hombre y Dios. Dios no nos pide otra
cosa que trabajar por la verdadera felicidad de nuestros hermanos humanos; si lo que hacemos por el
hombre es por su bien profundo, al mismo tiempo es para Dios.
En su muerte en la Cruz culmina el Sacrificio de Cristo, pues sólo la muerte puede aportar la
prueba de que no se vive para sí. Sabemos que tratamos de huir de la muerte, casi siempre por cobardía.
Si no de la muerte definitiva, total, sí de esa muerte parcial que significa disminución del confort,
renuncia a ciertos privilegios, en resumen aquello que nos arranca de nuestro egoísmo y de nuestra
pereza. De ahí la admirable frase de Péguy: “La vida no existe más que para darla”.
La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo, es el Amor que no es más que Amor, quien por
consiguiente llega hasta la muerte y de donde surge el nuevo nacimiento, la Resurrección. Hay que
escoger entre dos afirmaciones: o bien decir que el amor es más fuerte que la muerte, o que la muerte es
más fuerte que el amor. El misterio pascual significa que el amor es más fuerte que la muerte. Es verdad
para Cristo y también para nosotros si Cristo no nos es un extraño, si estamos en Él como miembros en
el cuerpo. Bastaría tener el corazón en su sitio para comprender que una vida no es auténtica si no es
una vida sacrificada, es decir, un pasar (pascua) hacia Dios. La Eucaristía es signo de ello.
Acción de gracias
Etimológicamente, Eucaristía significa acción de gracias. No es por azar. El primer sentido de
gracia es el de belleza, de ahí se pasa a la idea de gratuidad, por consiguiente a la idea de don. El
verdadero don es gratuito. El don supremo es el perdón, es decir, el don perfecto, de ahí la expresión
“hacer gracia” (el derecho de gracia pertenece al jefe del Estado). Dar gracias es reconocer que todo es
gracia, de ahí el reconocimiento en el sentido de gratitud. Si todo es gracia, todo debe ser acción de
gracias. Es una lástima que no exista el sustantivo “rendición” de gracias.
En el Evangelio, Cristo nos muestra la naturaleza toda como recibida de la mano del Padre, como
don del Padre. El Evangelio muestra que debemos en primer lugar vivir el amor bajo la forma de
acogida. Acoger. Todo es dado, el mundo nos es dado, es puesto en nuestras manos. “No os preocupéis
diciendo: ¿qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos? Son los paganos quienes
buscan estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis” (Mt 7,31-32). Los paganos son
propietarios de cosas, las adquieren y poseen. Los cristianos son administradores de las cosas, las
reciben y las acogen. Por eso los paganos son inquietos, los cristianos son o deberían ser sosegados. El
mundo moderno está enervado en la medida en que su fe no es viva, cuando olvida que todo procede de
Dios; y si Dios es nuestro Padre, debemos estar sosegados como están los que tienen confianza.
Jesús proyecta sobre la naturaleza una mirada limpia, sosegada, incluso ante el hambre y la
muerte como situaciones límites. Para Él pedir y dar gracias se confunden, pide en forma de acción de
gracias, tan seguro está de que el Padre se ocupa de sus hijos. Suponiendo que tengan la preocupación
por el Reino de Dios: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por
añadidura” (Mt 7, 33), lo demás, el pan cotidiano: “Padre, que venga tu Reino, danos nuestro pan”, es
decir, lo que necesitamos para vivir, el condicionamiento de nuestra vida.
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Mirad qué dice Jesús ante la situación límite del hambre, no dice “Padre, te pido que
multipliques los panes en mis manos” sino “Padre, te doy gracias” (Jn 16, 11). Antes de que los panes
sean multiplicados Jesús agradece, tan seguro está de que será escuchado. Y ante otra situación límite,
estando presente la muerte en la tumba de Lázaro, Jesús dice: “Padre, te doy gracias porque me has
escuchado”; aún no ha sucedido. Lázaro todavía es cadáver, no ha vuelto a la vida, pero Jesús dice:
“Padre te doy gracias” (Jn 11, 41).
Si en el desierto. Jesús rechaza el alimento, es porque no le es dado por el Padre; éste es el
sentido profundo del rechazo a convertir las piedras en panes. Él no quiere comer si no le es posible dar
gracias, no se reconoce con derecho a usar cualquier cosa de la naturaleza sin que el Padre se la dé. Por
consiguiente, si transformase las piedras en pan por magia, sería un alimento que no habría recibido del
Padre. Bastaría que, en el Evangelio, Jesús hubiera hecho este prodigio para tener derecho a sospechar
de todo el Evangelio.
San Pablo da gracias como quien respira. Se puede decir que la respiración de Pablo es una
respiración de reconocimiento: “Damos continuas acciones de gracias, no cesamos de... sin cesar damos
gracias...” (1 Tim 1, 2; Filp 1, 3; 1 Cor 1, 4; Ef 1,15-16, etc.). Corazón dilatado el de Pablo. Para él, por
otra parte, la acción de gracias está siempre unida a la gracia o a la fe. La gracia es lo que Dios da al
hombre, la fe es la acogida del don de Dios. Así: “Doy gracias por vuestra causa, por la gracia que os ha
sido dada” (1 Cor 14) o “No cesamos de dar gracias (Timoteo y yo), habiendo sido informados de
vuestra fe” (Col 13).
Es preciso entender el vínculo entre Eucaristía-acción de gracias y Eucaristía-alimento. El
alimento es nuestra relación esencial con la naturaleza. Tenemos necesidad de comer para vivir y ¿qué
comemos? Carne, frutos, legumbres, todo procede de la naturaleza de la que no estamos desligados.
Claudel dice que “la menor lombriz necesita para vivir del conjunto de los planetas” y que “para el
vuelo de una mariposa es necesario el universo entero”. Yo también necesito para vivir al universo
entero, comprendidos el sol y el mar.
El pan es el símbolo de todo lo que Dios nos da para vivir. El pan y el vino son el alimento
elemental de los países mediterráneos, del mismo país de Jesús. Apartando de mi alimentación un poco
de pan y algunas gotas de vino, significo que toda la naturaleza debe volver al Padre. La Eucaristía es
por consiguiente la acción de gracias bajo las especies del alimento. Si todo es gracia todo debe ser
acción de gracias y para significar este todo nada mejor que el pan y el vino sin los que nada es posible.
Son los elementos de la vida misma. Dios da para que volvamos a dar lo que nos ha dado. “Bendito
seas. Señor, Dios del universo, por este pan que Tú nos has dado...”
Advertid que no tenemos que dar sino volver a dar, pues lo que tenemos es ya don. Dar es hacer
una acción de propietario, se da lo que se posee y por eso la frase de Pascal “Dios mío, os lo entrego
todo” no es cristiana. La frase cristiana es la de san Ignacio de Loyola al final de sus Ejercicios
espirituales “Dios mío, os lo devuelvo todo”. No somos propietarios de nada, somos administradores.
La caridad sin acción de gracias no sería caridad cristiana, sería generosidad de propietario.
El pan y el vino eucaristizados son el retorno a Dios de toda la naturaleza que Dios da al hombre
para que viva. Para el marxista, la relación del hombre con la naturaleza es el trabajo; para el cristiano
también, bien entendido, pero con una disposición contraria a la mentalidad de propietario como exige
la base de la acción de gracias. Sin la Eucaristía nuestra vida es falseada, es una vida de propietario. La
Vida eterna es la ausencia total de propiedad; Dios de ningún modo es propietario. Con la Eucaristía
nuestra vida es verdadera, es una vida de reconocimiento, es decir, de conocimiento reflexivo de la
verdad.
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Alianza: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. La cláusula de la unión con Dios es la
unión fraternal de los hombres entre sí, es decir, la construcción de la comunidad humana. No hay
alianza con Dios si no hay alianza entre los hombres.
El simbolismo del pan y del vino ha sido explicitado desde los primeros siglos, quedan huellas
en ciertas oraciones eucarísticas: “Del mismo modo, o Dios nuestro, que los granos de trigo estaban
dispersos en las llanuras y han sido molidos en una sola harina, del mismo modo que los granos del
racimo estaban dispersos por los montes y han sido reunidos en un solo vino, que nosotros seamos
reunidos todos en una misma comunidad fraterna”. San Agustín decía: “Cuando comemos el Cuerpo de
Cristo, nos incorporamos a la humanidad entera”.
Cuando se ha comprendido que el trozo de pan consagrado que recibimos es una parcela de ese
pan inmenso que es toda la humanidad divinizada por Cristo, no se tiene ya motivo para aburrirse. Se
puede revestir la celebración eucarística con elementos culturales, la eucaristía debe ser una fiesta pero
nunca un music-hall; la eucaristía es más bien la condición de toda fiesta pues, si no hubiese eucaristía
no habría esperanza de resurrección y la fiesta humana estaría encerrada en el círculo de la muerte.
Una comunidad no es sólo una colectividad, no existe si no existen lazos recíprocos de amor o de
amistad, si cada uno es para los otros más que para sí. Aquel que nos hace “uno” es Cristo, y nos da su
Cuerpo más que cuando es compartido. El pan eucarístico es un pan partido, la misa es la “fracción del
pan”, es decir, la construcción de la comunidad. Cuando digo una oración antes de la comida, me
guardo de decir “Señor, bendice este alimento que vamos a tomar y da pan a los que no lo tienen”,
tendría miedo de que Dios me respondiese “Eres tú quien se lo ha de dar”. Digo Siempre: “Enséñanos a
compartir”.
Compartir el mismo Pan significa que debemos compartir con los otros todo lo que es posible
compartir: nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra cultura, etc. sucede, estoy seguro, que habiendo
compartido el mismo pan, uno habla mal de su vecino, se rechaza un servicio, etc., esto es el pecado.
“Aquel, escribe Bossuet, que reciba la Eucaristía teniendo odio en el corazón contra su hermano, hace
violencia al Cuerpo del Salvador.” “Cuando presentes tu ofrenda en el altar, si tu hermano tiene algo
contra ti, deja allí tu ofrenda, ve a reconciliarte con él, y vuelve entonces a presentar tu ofrenda” (Mt 5,
23). Si no es así, la Eucaristía no significa absolutamente nada. Siempre he soñado que, al llegar a misa
de once, me empujase alguien saliendo con prisas de la iglesia diciendo: “Me acuerdo de que estoy
reñido confín miembro de mi familia, voy a reconciliarme, espero que tendré tiempo de volver a la
misa”. Si tomásemos conciencia de que este compartir el pan es signo de que debemos compartirlo
todo, nuestra civilización tendría una base sólida. La Eucaristía es el sacramento de la unidad humana.
Hay que comprender que nuestras comidas son impotentes para expresar una humanidad
totalmente reconciliada en el amor. Las comidas que tomamos en casa con nuestras familias y amigos,
no pueden significar más que una fraternidad parcial; somos ocho o doce a compartir el mismo
alimento, eso es todo. Por otra parte, uno no invita a los enemigos a su mesa, no hay reunión humana
sin exclusión. Se puede ir más lejos y decir que, en la comida humana, el trozo que yo como vosotros
no lo coméis. Esta puntualización puede parecer infantil pero no lo es, pues, mientras estamos en una
economía de abundancia, hay en otros continentes pueblos enteros que no tienen qué comer para saciar
su hambre. Estos problemas son múltiples y complejos, se trata de economía de mercado, de egoísmo
de las naciones prósperas, pero hay que reflexionar para comprender que la humanidad no es aún
fraternal.
Celebro a veces eucaristías “domésticas” en el comedor de una familia: se empieza con la
comida de amigos, se prosigue con una reflexión sobre el Evangelio, y se termina con la celebración.
Hay algo conmovedor, verdaderamente se palpa una relación real entre el signo eucarístico y la vivencia
de la fraternidad humana. Pero hay un inconveniente: los que están reunidos son ya fraternales, son
grupos de amigos, hombres y mujeres, que se conocen, que participan de la misma cultura, que tienen
entre ellos muchas afinidades. El peligro es que la Eucaristía sea la consagración de una fraternidad ya
realizada.
Uno de los más bellos recuerdos de mi vida es un encuentro con un grupo de patronos,
ingenieros, empleados y obreros de la misma empresa, cristianos todos. Durante dos horas la reunión
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fue muy dura, los puntos de vista de los patronos, ingenieros y obreros eran opuestos. Al final, cuando
íbamos a separarnos, un obrero se levanta y dice: “Somos cristianos, no vamos a separarnos sin decir el
Padre Nuestro”. Esos hombres que, durante dos horas, se habían enfrentado duramente, dijeron juntos el
Padre Nuestro. Habríamos podido celebrar la Eucaristía, hubiera adquirido todo su sentido, pues no es
la coronación de una fraternidad ya realizada sino la exigencia de una fraternidad para la que uno trata
de trabajar reconociendo sus carencias, cada uno según su vocación y sus capacidades. Es la dialéctica
del “ya si” pero “todavía no”.
La Eucaristía es la crítica de nuestras comidas legítimas que excluyen mucho más que reúnen.
En ellas, uno se apropia el alimento. Sólo el Cuerpo de Cristo resucitado no puede ser apropiado, pues
está más allá de los límites de la naturaleza y de la historia. El es. Él mismo, la Desapropiación
absoluta, la Caridad, Aquél que es sin ninguna clase de propiedad. Uno no puede apropiarse una
desapropiación. Toda comida humana no es si no una victoria provisional sobre la agresividad, el odio,
el egoísmo; nadie puede presumir de que es una victoria definitiva. La única comida que significa la
reconciliación universal es compartir el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía nos recuerda, día tras día, que
fuera de la muerte y resurrección de Cristo no hay fraternidad universal posible.
No sin razón, durante siglos, la Iglesia ha hecho un deber para los cristianos participar en la
asamblea eucarística, al menos una vez por semana. Hoy insiste mucho menos, pues le repugnan los
actos de autoridad demasiado explícitos. Lo que espera la Iglesia es que el progreso de los años
venideros será tal que los cristianos no tengan necesidad de un mandamiento concreto para participar en
la misa.
Así pues, la Eucaristía es el Sacramento por excelencia, es Cristo sacrificado que, como hombre,
está completamente vuelto hacia Dios y, como Dios, está completamente vuelto hacia el hombre. Cristo
es el abrazo, me atrevo a decir, la cristalización de estos dos impulsos. El Beso de Rodin es un solo
bloque de mármol, la mujer no es más que movimiento hacia el hombre, el hombre no es más que
movimiento hacia la mujer. Es una imagen, pero puede ayudarnos a comprender la realidad del amor
entre Dios y el hombre. La hostia consagrada es a la vez el don del hombre a Dios (es decir el
Sacrificio) y el don de Dios al hombre (es decir el Sacramento). Al final se logra lo que yo me obstino
en llamar nuestra definitiva divinización, el objeto de nuestra esperanza, nuestra plena y total libertad en
la alegría. “Quiero que allí donde yo estoy estéis vosotros conmigo” (Jn 17, 24). “Nosotros le veremos
como Él es” (1 Jn 3,2). Esto es lo que aporta Jesucristo de irremplazable.
Epílogo
Quiero terminar con una nota de optimismo y de esperanza. Si habéis seguido los temas que os
he ofrecido, debe imperar entre vosotros la esperanza y la alegría. Pues en medio de los ajetreos de la
vida, a pesar de las aflicciones provocadas por las discrepancias entre los cristianos, la Iglesia está en
plena renovación; todos debemos contribuir a ella, y no puede realizarse sin esfuerzo.
Así lo expresan las últimas palabras de Juana de Arco en la hoguera (de Claudel), puestas
admirablemente en música por Arthur Honegger:
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