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SOFISTAS

El documento describe el origen del término 'sofista' en la antigua Grecia y las características de los sofistas como educadores profesionales que enseñaban retórica y otras materias a cambio de dinero. Aunque originalmente el término no tenía una connotación negativa, los sofistas fueron vistos con recelo por algunos debido a su profesionalismo y su condición de extranjeros.

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SOFISTAS

El documento describe el origen del término 'sofista' en la antigua Grecia y las características de los sofistas como educadores profesionales que enseñaban retórica y otras materias a cambio de dinero. Aunque originalmente el término no tenía una connotación negativa, los sofistas fueron vistos con recelo por algunos debido a su profesionalismo y su condición de extranjeros.

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Vila, María Virginia.

TEXTO DE GUTHRIE
¿QUÉ ES UN SOFISTA?
1- EL TÉRMINO SOFISTA.
Los términos griegos “sophós”, “sophía”, comúnmente traducidos por “sabio” y
“sabiduría”, al principio connotaban, primariamente, habilidad para practicar una
operación determinada. “Sophós” podría equivaler a “experto”, aunque más
probablemente esté desplazándose hacia el significado de “sabio en general”.
No es “sophós” el hombre que sabe muchas cosas, sino aquel cuyo conocimiento es útil
(“Sophón” quiere decir “ingenioso”, y lo que es justo y recto es mejor que lo que es
“sophón”). El verbo “sophídsesthai”, practicar la “sophía”, experimentó una evolución
paralela hasta llegar a significar “embaucar” o “engañar”, o ser excesivamente sutil. El
término “sophistés” (“sofista”) es el nombre del agente derivado de éste verbo.
Se suponía que un “sophistés” debería ser un maestro educador. Esto concuerda con el
hecho de que el nombre se aplicaba con frecuencia a los poetas, ya que, a los ojos de los
griegos, la instrucción práctica y el consejo moral constituían la principal función del
poeta. “Los poetas son maestros de los hombres, como los alumnos tienen maestros para
mostrarles el camino”.
Parece, no obstante, como si en el siglo V el término comenzara a ser aplicado a los
prosistas, por contraste con los poetas, a medida que la función didáctica llegaba a estar
cada vez más desempeñada por ese medio.
Un “sophistés” escribe o enseña porque tiene una especial habilidad o conocimiento que
impartir. Su “sophía” es práctica, bien en el campo de la conducta y de la política, o
bien en el de las artes técnicas. Si alguien pudiera producir todas aquellas cosas que
hace cada uno en su oficio y, además, todas las cosas de la naturaleza, ese sería en
verdad un maravilloso “sophistés”. (SOFISTA: sabio, embaucador).
Los atenienses, al igual que otros muchos, tendían a ser suspicaces con los intelectuales,
los muy versados, los profesores y gentes así. Sus cualidades se resumían en un término
de difícil traducción: “deinótes”, con “deinós” como adjetivo (en relación con “sophós”
pasó a significar “listo” o “hábil”).”Deinós, embaucador, sofista y cosas semejantes”.
Aquí encontramos a “deinós” expresamente unido a “sophistés” en calidad de insulto
como para sentirse ofendido.
El término “sofista” tenía un sentido general así como otro especial, y en ninguno de
ellos era necesariamente algo que connotase oprobio. Si recordamos la vocación
educadora de los poetas griegos, cabría decir que el término que más se le adecua en
castellano es el de maestro o profesor. Y es posible también que, desde comienzos del
siglo V, se pronunciase con una inflexión peyorativa o despectiva. No podemos culpar a
Platón como único responsable del descrédito del término, “lo nuevo era el peculiar uso
de una palabra antigua que Platón sacó de su uso habitual y la aplicó a los eminentes
maestros asalariados de la época socrática”.
Los sofistas entraron en las grandes ciudades de Grecia como extranjeros y atrajeron a
la juventud más prometedora persuadiéndolos a dejar sus relaciones y sus amigos y
Vila, María Virginia.

proclamando que su enseñanza era la mejor; y, a los atenienses no les importaba que
alguien se tuviera por “deinós”, con tal de que se lo reservara para sí, pero, si pensaban
que ese tal comenzaba a impartir a otros su superior sabiduría mediante la enseñanza, se
irritaban, ya sea por celos o por cualquier otra causa.

2- LOS SOFISTAS.

a) Profesionalismo.
En la vida de Sócrates, el término se venía aplicando a un grupo en concreto de
educadores profesionales que impartían clases a los jóvenes, y hacían demostraciones o
exhibiciones públicas de elocuencia, por dinero. Reconocían su descendencia de la
antigua tradición de los poetas educadores.
Las referencias a los sofistas como que eran pagados por su trabajo son frecuentes en
Platón. “Aquellos que venden su sabiduría por dinero a todo el que lo desea, son
llamados Sofistas” dice Sócrates y también los describe como “traficantes (o tenderos)
de las mercancías de las que se nutre el alma (o la mente).”
Aristóteles describe al sofista como a quien se lucra de una sabiduría aparente pero que
no es tal; y, dejando a un lado el sarcasmo, éste y otros pasajes evidencian que los
sofistas pagados existían todavía en sus tiempos.
El profesionalismo de los sofistas se pone de relieve por el hecho de que Protágoras
tenía dos clases de alumnos: los jóvenes de buena familia que querían entrar en la
política y otros que estudiaban “con fines profesionales para llegar a ser verdaderos
sofistas”.
La actitud del público ateniense era ambivalente, y reflejaba el estado de transición de la
vida social e intelectual de Atenas. Los sofistas no tenían dificultad en encontrar
alumnos que pagasen sus altos honorarios ni oyentes para sus lecturas y exhibiciones
públicas. Sin embargo, algunos de entre los más viejos y más conservadores los
desaprobaban enérgicamente. Esta desaprobación estaba relacionada, como muestra
Platón, con su profesionalismo. El problema parece que residía, sobre todo, en la clase
de temas que los sofistas afirmaban enseñar mediante el poder del discurso persuasivo,
especialmente la “areté”.
Los sofistas enseñaban la prudente administración de los bienes personales y familiares
para poder gobernar de la mejor forma posible la casa propia, y también la prudente
administración de los asuntos del Estado, para que sea posible conseguir un poder real
en la ciudad tanto como orador como hombre de acción.
Las razones por las que Sócrates criticaba el hecho de recibir dinero eran muy diferentes
y típicas suyas. Sostenía que, al aceptar dinero, se privaban a sí mismos de su libertad:
se veían obligados a conversar con los que pudieran pagar sus honorarios, mientras que
él era libre para disfrutar de la compañía de cualquiera que escogiese. Consideraba que
la sabiduría era algo que debía ser repartido liberalmente entre los amigos y aquellos a
los que uno estimase.
Vila, María Virginia.

b) Su “status” inter-ciudadano.
Los sofistas eran, pues, mirados por diversas razones con disgusto. El odio en que
incurrían a los ojos de las clases dirigentes se debía no sólo a las materias que impartían;
su propio “status” estaba contra ellos. No solamente se trataba de que proclamaban estar
dando instrucción en aquello que en Atenas se pensaba que, para el pueblo sano, era una
especie de segunda naturaleza, sino de que ellos mismos no eran líderes atenienses, ni
aun siquiera ciudadanos. Eran extranjeros, provincianos cuyo “genio” había crecido
hasta rebasar los límites de sus pequeñas ciudades de origen. No tenían ninguna
posibilidad de llegar a ser figuras políticas, por lo que emplearon sus aptitudes para
enseñar a otros.
Los sofistas eran muy buenos retóricos en general, pero era evidente que, “errando
como van de ciudad en ciudad, sin residencia fija de su propiedad”, estuviesen en
desventaja cuando se tratase de cuestiones de política activa en la guerra o en la
negociación.
c) Métodos.
Los sofistas impartieron su instrucción tanto en privado, en pequeños círculos o
seminarios, como en lecturas o “epideíxeis” (exhibiciones o demostraciones) públicas.
Lo primero podía tener lugar en casas de mecenas. Alternativamente, los sofistas hacían
algunas exhibiciones de oratoria ininterrumpida sobre algún tema preparado y a partir
de un texto escrito. Se consideraban a sí mismos dentro de la tradición de los poetas y
rapsodas.
Las lecturas públicas eran de poemas, especialmente de poemas épicos, y, aunque en el
siglo V las de autores en prosa eran también comunes, la elaborada retórica epideítica
de los sofistas, cuando actuaban en los Juegos Olímpicos o Píticos, resultaba un tanto
novedosa.
d) Intereses y puntos de vista comunes.
Un tema, al menos, cultivaron y enseñaron todos en común: la retórica o arte del
“lógos”. En Atenas, a mediados del siglo V, ser un orador eficaz constituía la clave para
el poder. “La palabra es un poderoso soberano”; y con el arte del “lógos” iría todo lo
necesario para una carrera política de éxito. El arte de la oratoria lo practicaron los
sofistas, lo enseñaron personalmente, y lo expusieron en manuales escritos que trataban
tanto el tema de la retórica como el del correcto uso del lenguaje en general. De acuerdo
con su pretensión de ser los sucesores en la labor educativa de los poetas, los sofistas
incluían en su arte del “lógoi” la exposición y crítica de la poesía. (Se ha dicho de los
sofistas que fueron los herederos tanto de los filósofos presocráticos como de los
poetas). No cabe duda en absoluto, de que los escritos de los filósofos les fueron
familiares y de que su manera de pensar en general, con su racionalismo, su rechazo de
la causación divina, y su tendencia al escepticismo, se debe mucho a ellos.
Ha de considerarse también como punto de encuentro su común interés por la
antropología, la evolución del hombre como producto de la naturaleza y el desarrollo de
la sociedad humana y la civilización.
Vila, María Virginia.

Los sofistas, ciertamente, fueron individualistas, en realidad rivales, compitiendo entre


sí por el favor del público. No se puede, por consiguiente, hablar de ellos como de una
escuela. Ahora bien, pretender que filosóficamente no tenían nada en común es ir
demasiado lejos. Todos por igual creían en la antítesis entre naturaleza y convención;
ninguno de ellos hubiera sostenido que las leyes humanas, costumbres y creencias
religiosas fueran inamovibles por estar enraizadas en un orden natural inmutable.
Sí es posible hablar de una mentalidad sofista o un movimiento de pensamiento sofista.
Los sofistas con su instrucción formal fundamentada sobre el escribir y el hablar en
público, fueron los promotores de lo que ha llegado a conocerse como el “Siglo de la
Ilustración” en Grecia.
e) ¿Decadencia o adolescencia?
Para un contemporáneo hostil como Aristófanes, las ideas sofistas eran un síntoma de
decadencia.
Si se piensa en las grandes cosas que quedaban por venir – las filosofías de Platón y
Aristóteles – no cabe duda de que con los sofistas el pensamiento griego entró no en su
decadencia, sino en su primera madurez (adolescencia).
f) Retórica y escepticismo.
Había un arte que todos los sofistas enseñaban, es decir, la retórica, y un supuesto
epistemológico que todos compartían, a saber, un escepticismo según el cual el
conocimiento no podía ser sino relativo para el sujeto perceptor. En Grecia el éxito que
contaba era, en primer lugar, el político y, en segundo lugar, el forense, y su arma era la
retórica, el arte de la persuasión. Los griegos tenían sus maestros de política y retórica:
los sofistas. “Peithó”, la Persuasión, fue para ellos una diosa poderosa; “el ser
encantador a quien nada se niega”. (La oratoria tiene una fuerza de persuasión
irresistible).
Protágoras intentaba entrenar a sus discípulos para alabar y desalabar las mismas cosas,
y en particular para reforzar el argumento más débil, de forma que apareciera como el
más fuerte. La enseñanza retórica no se limitaba a la forma o al estilo, sino que también
se refería a la substancia de lo que se decía). La verdad era individual y transitoria, no
universal ni eterna, ya que la verdad para cualquiera era simplemente aquello de lo que
podía estar persuadido, y era posible persuadir a cualquiera de que lo blanco era negro.
Podía haber creencia, pero no conocimiento.
Tres consideraciones que ilustran la forma en que la enseñanza de los sofistas nacía de
la vida y la filosofía de su tiempo:
1) Las teorías de los científicos naturales, cada uno de los cuales pensaba que tenía
el secreto del universo, pero que, de hecho, lo único que hacían era oponer una
opinión a otra, y exponer ante los ojos de la opinión cosas increíbles y oscuras.
2) Los debates oratorios forzosos y los relacionados con la vida práctica (como los
celebrados en los tribunales de justicia o en la Asamblea), en los que un solo
discurso, aunque no fuese pronunciado según verdad, podía deleitar y convencer
al público precisamente por estar artística e ingeniosamente redactado.
Vila, María Virginia.

3) Las disputas de los filósofos, que sólo iban dirigidas a poner de manifiesto la
rapidez con que el pensamiento podía demostrar la mutabilidad de opiniones y
creencias.

g) Destino de la literatura sofista: Platón y Aristóteles.


Los empiristas del siglo V están representados para nosotros en su mayor parte por
escasos fragmentos o paráfrasis más o menos hostiles, de los extensos escritos que
produjeron.
Muchas obras de la Grecia clásica habían perecido, desgraciadamente, a lo largo de
más de 2.400 años. Pero sus modernos apologistas ven una razón más específica y
determinante del destino de los sofistas, a saber, la autoridad de Platón y Aristóteles.
El idealismo de Platón prevaleció, y, dado que a él mismo le hubiera gustado
suprimir la enseñanza de sus oponentes, sus seguidores a su debido tiempo la
suprimieron; o, al menos, como las filosofías contrarias a ellos acabaron formando
un frente firme en su contra, nadie vio razón para preservar lo que generalmente
consideraban opiniones heterodoxas y censurables. “La historia de la teoría política
griega y de la propia política griega se ha venido escribiendo en nuestros tiempos
exactamente como Platón y Aristóteles hubieran querido que se escribiese”.
Se ha señalado que, en general, los sofistas no eran especialistas que escribiesen
tratados filosóficos ni científicos para el futuro. Eran, más bien, maestros, lectores y
oradores públicos, que tenían como objetivo influir en su propia época, antes que el
ser leídos por la posteridad.
Cuando aparezca Aristóteles ha de tenerse en cuenta que no se habla se habla de
“Platón y Aristóteles” en el mismo tono que si la oposición de ambos al empirismo
hubiese sido idénticamente igual. En aquellos temas por los que se interesaron
primordialmente los sofistas, el punto de vista de Aristóteles estaba, en muchos
aspectos, más próximo al de ellos que al de Platón.
En el terreno de la ética, el abandono del “absoluto” de Platón, de las normas o
pautas morales existentes por sí mismas, tuvo efectos de largo alcance, ya que hizo
posible un divorcio entre teoría y práctica, entre conocimiento y acción, que para
Platón hubiera sido impensable. Aristóteles puede escribir: “El objeto de nuestra
investigación no es el saber qué cosa sea la virtud, sino el llegar a ser hombres
buenos”, mientras que, desde el punto de vista socrático-platónico, “saber lo que es
la virtud” era un prerrequisito esencial para llegar a ser buenos.

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