CUENTOS SUFIES
Un vecino encontró a Nasruddin cuando éste andaba buscando algo de rodillas.
- «¿Qué andas buscando, Mullab?».
- «Mi llave. La he perdido».
Y arrodillados los dos, se pusieron a buscar la llave perdida.
Al cabo de un rato dijo el vecino:
- «¿Dónde la perdiste?».
- «En casa».
- «¡Santo Dios! Y entonces, ¿por qué la buscas aquí?».
- «Porque aquí hay más luz».
¿De qué vale buscar a Dios en lugares santos si donde lo has perdido ha sido en tu corazón?
Este cuento está incluido en el libro “El canto del pájaro” de Anthony de Mello.
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LOS TRES PRINCIPES DE SERENDIP
En el país de Serendip existió, en tiempos antiguos, un rey grande y poderoso llamado Giaffer que tenía
tres hijos. Muy preocupado por su educación, la confió a los mejores sabios del reino. Los tres
hermanos, dotados de una gran inteligencia y extremadamente ingeniosos, pronto adquirieron los más
completos conocimientos en artes y saberes.
El rey, para que siguieran atesorando sabiduría, decidió mandarles a conocer mundo. Los príncipes le
obedecieron respetuosamente y partieron de incógnito hacia tierras extranjeras.
Una tarde, caminando rumbo a la ciudad de Kandahar, uno de los príncipes, el mayor, afirmó al ver
unas huellas en el camino:
- Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho.
El segundo príncipe, el más sabio, señaló:
- Al camello le falta un diente.
El tercer príncipe, el más joven, añadió:
- El camello está cojo de la pata trasera izquierda.
El hermano mayor siguió diciendo:
- Este camello llevaba a un lado una carga de mantequilla y al otro, una carga de miel.
El segundo hermano bajó de su montura, avanzó unos pasos y afirmó:
- En el camello iba montada una mujer.
El hermano menor continuó:
- Es una mujer que está embarazada…
Al entrar en la ciudad, vieron a un hombre que gritaba enloquecido: habían desaparecido uno de sus
camellos y una de sus mujeres.
El mayor de los príncipes se dirigió al mercader:
- ¿Era tuerto tu camello del ojo derecho?
- Sí… -dijo intrigado.
- ¿Le faltaba algún diente?
- Era un poco viejo y se había peleado con un camello más joven…
- ¿Estaba cojo de la pata izquierda trasera?
- Creo que sí. Se le había clavado la punta de una estaca.
- ¿Llevaba una carga de miel y mantequilla?
- Sí, sí… ¡una preciada carga…!
- Y lo montaba una mujer…
- Una de mis esposas…
- Que está embarazada…
- ¡Sí, sí…! Decidme: ¿dónde los habéis visto?
- No hemos visto jamás ni a tu camello ni a tu mujer -le dijeron los tres príncipes riéndose alegremente.
El mercader, muy irritado, convencido de que solo los ladrones podían tener toda esa información,
denunció a los príncipes, que fueron arrestados y condenados a muerte acusados de robar un camello y
de raptar a una mujer.
Poco antes de ser ejecutados, apareció la mujer con el camello gritando que se había perdido y que
estaba a punto de dar a luz. Los viajeros fueron puestos en libertad y llevados a la presencia del emir de
Kandahar que les preguntó cómo pudieron describir tan exactamente al camello sin haberlo visto. Los
tres fueron explicando cómo habían obtenido sus conclusiones.
Dedujeron que el camello estaba tuerto porque habían observado que solo había comido hierba de la
parte izquierda de camino, la que daba al monte y estaba más seca, mientras que la hierba de la parte
derecha del camino, la más verde porque daba al río, estaba intacta. El camello no veía la hierba del río
porque no veía con el ojo derecho.
Le faltaba un diente porque en el suelo, abandonados, había trozos de hierba masticada, que había
caído de la boca, del tamaño de un diente de camello.
Estaba cojo porque había huellas de tres patas y señales de que arrastraba la trasera izquierda.
Sabían que llevaba una carga de mantequilla y miel porque a un lado del camino había hormigas
atraídas por la mantequilla derretida y al otro, un verdadero enjambre de abejas, moscas y avispas
atraídas por algo de miel derramada en ese lado.
Que el camello fuera conducido por una mujer lo dedujeron porque, junto a las señales de las rodillas
del camello al inclinarse, vieron unas pequeñas huellas de pies sobre el barro de la orilla del río.
Supusieron que la mujer estaba embarazada porque había orinado en un lado de la pendiente y había
dejado en el barro las huellas de sus manos porque, debido al peso de su cuerpo, había tenido que
apoyarlas en el suelo para poder incorporarse.
El Emir de Kandahar, quedó verdaderamente maravillado por la sagacidad, la inteligencia, la sabiduría
de estos tres príncipes y les invitó a que se quedaran como consejeros en su reino.
CORAZON DE CEBOLLA
Este cuento está incluido en el libro “El pescador de mentes” de Christian de Selys.
Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales y toda clase de plantas. Como todos los huertos,
era fresco y agradable. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel
verdor y escuchar el canto de los pájaros.
Un buen día, empezaron a crecer unas cebollas especiales. Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo,
azul, verde…
El caso es que los colores eran tan deslumbrantes que a todos llamaban la atención y quisieron saber la causa
de tan misterioso resplandor.
Después de grandes investigaciones lograron descubrir que cada cebolla tenía dentro, en el mismo corazón, una
piedra preciosa.
Una tenía una esmeralda, la otra un rubí, la otra un topacio, y así sucesivamente.
¡Una verdadera maravilla!
Pero, por alguna razón incomprensible, aquello se vio como algo peligroso e intolerable. Total, que las bellísimas
cebollas tuvieron que empezar a esconder su íntima piedra preciosa. Pusieron capas y más capas, para cubrirla,
para disimular cómo eran por dentro.
Algunas cebollas llegaron a tener tantas capas que ya no se acordaban de lo hermoso que ocultaban debajo.
Algunas tampoco recordaban por qué se habían puesto las primeras capas.
Poco a poco fueron convirtiéndose en unas cebollas comunes, sin ese encanto especial que tenían.
Un día pasó por allí una niña que gustaba sentarse a la sombra del huerto. Su inocencia le permitía descubrir lo
que había en lo profundo de las cebollas y entender su lenguaje. Comenzó a preguntarle a cada una:
- ¿Por qué no eres por fuera como eres por dentro?
Y ellas iban diciendo:
- Me obligaron a ser así.
- Me fueron poniendo capas.
- Yo misma me puse algunas capas para ocultar mi piedra preciosa.
Ante esas respuestas, la niña entristeció y comenzó a llorar.
Desde entonces todo el mundo llora cuando una cebolla nos abre el corazón…
En el camino del descubrimiento personal podemos ir retirando las capas que cubren nuestro auténtico ser.
LA ULTIMA CENA
Leonardo Da Vinci tardó en pintar “La última cena” siete años. Las imágenes que representan a Jesús y a los
doce apóstoles, al parecer, fueron retratos de personas reales. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esta obra,
cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser modelos. Leonardo seleccionó en primer lugar a la persona
que representaría a la figura de Cristo. Buscaba un rostro bien parecido, libre de rasgos duros, que reflejara una
personalidad inocente y pacífica. Finalmente, seleccionó a un joven de diecinueve años.
Leonardo trabajó durante casi seis meses para pintar al personaje principal de esta formidable obra. Durante los
siguientes años, continuó su obra buscando a las personas que representarían a los doce apóstoles, dejando
para el final a la que hiciera de modelo para Judas.
Durante muchas semanas buscó a un hombre con un rostro marcado por la decepción, con una expresión dura
y fría, que identificara a una persona capaz de traicionar a su mejor amigo.
Después de muchos intentos fallidos en la búsqueda de este modelo, llegó a los oídos de Leonardo que existía
un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por
diversos robos y asesinatos. Da Vinci fue a visitarlo y vio ante él a un hombre de largos cabellos, que ocultaban
su rostro y unos ojos llenos de rencor y odio: al fin había encontrado a la persona que hiciera de modelo para
Judas.
El prisionero fue trasladado a Milán. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente frente a
Leonardo, que plasmaba en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando le dio la última
pincelada a su obra, se dirigió a los guardias del prisionero y les dijo que se lo llevaran. Cuando salían del
recinto, el prisionero se soltó de los guardias y corrió hacia Leonardo Da Vinci gritándole:
—¡Da Vinci! ¡Obsérvame! ¿No reconoces quién soy?
Leonardo Da Vinci lo estudió cuidadosamente y le respondió:
—Nunca te había visto en mi vida hasta aquella tarde en el calabozo de Roma.
El prisionero levantó los ojos al cielo, cayó de rodillas y gritó desesperadamente:
—¡Leonardo Da Vinci, mírame: soy el joven cuyo rostro escogiste hace siete años para representar a Cristo!
KINSUKUROI
Con mucho arte , Reflexiones
Fuentes: Wikipedia y “Kintsukuroi. El arte de curar heridas emocionales” de Tomás Navarro.
Kintsugi o Kintsukuroi es una técnica de origen japonés para arreglar la cerámica que se ha roto con barniz de
resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Este arte japonés de recomponer la cerámica,
forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto
y, en lugar de ocultarse, deben mostrarse, embellecer el objeto y poner de manifiesto su transformación e
historia.
Los maestros kintsukuroi no recomponen una pieza de cerámica rota disimulando los pedazos que se han unido,
sino que resaltan el principal valor de una pieza reconstruida: su cicatriz. Por eso, la reparan rellenando las
grietas con oro o plata.
En la vida, a veces, las cicatrices son inevitables. No tenemos que avergonzarnos de nuestras cicatrices. No
tenemos que taparlas, porque en ellas tenemos la mejor muestra de nuestra fortaleza. Depende de nosotros
que las tratemos con respeto y que las embellezcamos.
Cuando nos sintamos perdidos, desilusionados, faltos de coraje o simplemente cansados, nuestras cicatrices
embellecidas pueden darnos el impulso, la fuerza y el valor necesarios para seguir viviendo.
Ninguna oreja, ningún crimen
Un día, el juez pidió a Nasrudín que le ayudara a resolver un problema legal.
—¿Cómo me sugerirías que castigue a un difamador?
—Córtales las orejas a todos los que escuchan sus mentiras —replicó el mulá