Definición y Contexto del Genocidio Armenio
Definición y Contexto del Genocidio Armenio
EJE CENTRAL
Antonio Elorza
«GENOCIDIOS».......................................................................................................................................... 9
Asamblea General O.N.U.
CONVENCIÓN PARA LA PREVENCIÓN Y LA SANCIÓN DEL DELITO DE GENOCIDIO ........... 14
Carlos Antaramián Salas
EL MÁRTIR ARMENIO: LA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA DE UNA FIGURA EJEMPLAR
DESPUÉS DEL GENOCIDIO ................................................................................................................... 17
Carlos Antaramián Salas
EL ESBOZO HISTÓRICO DEL GENOCIDIO ARMENIO ..................................................................... 21
DOCUMENTOS AUXILIARES
IMÁGENES Y SECUENCIAS DE FILMS ............................................................................................... 33
ANTOLOGÍA
DE
TEXTOS
Antología de textos El genocidio armenio Proyecto Centuria XX
Dr. A. García Megía – Dra. M. D. Mira y Gómez de Mercado
«GENOCIDIOS»
ANTONIO ELORZA
9
Antología de textos El genocidio armenio Proyecto Centuria XX
Dr. A. García Megía – Dra. M. D. Mira y Gómez de Mercado
hacer desaparecer la cultura y la identidad ucranianas. Y como en el caso armenio, las autoridades
de la URSS negaron siempre la evidencia.
La innovación de Lemkin consiste en su apreciación de que tales actos de «vandalismo» y de
«barbarie», destrucciones de los hombres y también de su cultura, han de ser vistos desde una
perspectiva internacional, por afectar a intereses que van más allá de los de un simple Estado.
Conciernen a toda la humanidad y en calidad de tales han de ser juzgados.
En su estudio preliminar a ¿Qué es un genocidio? de Lemkin, Jean-Louis Panné reconstruye
puntualmente su itinerario intelectual. Así, el memorando enviado a la Asamblea de Derecho
Penal reunida en Madrid en octubre de 1933 contiene ya el núcleo de la doctrina propuesta por él
en 1946 a la ONU sobre el genocidio: quien por «odio hacia una colectividad racial, confesional
o social, o con el propósito de exterminarla» emprenda acciones contra «la vida, la integridad
corporal, la libertad, la dignidad o la existencia económica de una persona perteneciente a aquella,
se hace acreedor, por acto de barbarie (sic) de una pena…».
Los componentes de la definición del delito de genocidio están ya ahí: a) la comisión del acto
criminal de masas como base material; b) la causa primera, el odio o la voluntad de exterminio
de un grupo humano; c) la caracterización de éste por rasgos étnicos (raciales), religiosos o
«sociales».
El «acto de barbarie» considerado no es una simple explosión de violencia, sino la aplicación de
unas ideas y actitudes que lo preceden y explican.
La experiencia nazi no hará sino confirmarle en esta hipótesis. El tratamiento por Hitler de los
pueblos conquistados y de los judíos se basa en su concepción expansiva y destructora del interés
de Alemania. En 1943 Lemkin escribe Europa ocupada bajo el poder del Eje, donde propone por
vez primera el término «genocidio» para expresar los inmensos efectos de devastación
provocados por el nazismo. El «crimen sin nombre» de que habló Churchill ya tenía uno.
La trayectoria seguida por su reconocimiento se explica porque en este caso el derecho sigue a la
historia, tropezando con el principio de no retroactividad de la norma. De ahí que la calificación
de «genocidio» para los crímenes de guerra nazis fuera utilizada en el curso del proceso de
Núremberg, pero no figurase en las sentencias.
En un memorando dirigido en 1946 a la ONU, Lemkin insistió en la necesidad de adoptar su
neologismo: la expresión «crimen de masas» no basta, ya que no incluye un elemento esencial,
«el motivo del crimen». (A veces el propio responsable declara de antemano su culpabilidad. Así
cuando en la Asamblea bosnia el presidente Izetbegovic anunció la independencia, la respuesta
del serbio Karadzic fue inequívoca: «Bien, hacedlo, os exterminaremos»).
A continuación Lemkin plantea otra exigencia, la de distinguir distintas categorías de genocidio,
físico, biológico o cultural. Consiste este último en la supresión de las elites, un hecho que
contemplara en la Ucrania de entreguerras, mutilando una cultura nacional. Sería el caso actual
del Tíbet.
En diciembre de 1948, la comisión jurídica de la Asamblea de las Naciones Unidas adopta el texto
de la convención contra el genocidio, aun cuando Lemkin no logrará ver reconocido por la
Asamblea el «genocidio cultural». Por intervención británica será rechazado también el
«genocidio político». En el texto aprobado por la Asamblea el 9 de diciembre de 1948, por
genocidio se entiende «el exterminio total o parcial de un grupo nacional, étnico, racial o
religioso».
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La concepción de Lemkin es más amplia y resulta más operativa para el análisis, al incluir los
genocidios políticos o culturales. La caracterización nacional, étnica o racial no ofrece otra
dificultad que el previsible solapamiento, en especial entre lo nacional y lo étnico, pero en
cualquier forma desde tal planteamiento no existen fisuras para que los crímenes de masas contra
judíos, armenios o tutsis dejen de ser incluidos en el espacio del nuevo delito. No obstante, aun
cuando la ONU lo rechazara, a inclusión del genocidio político resulta imprescindible, ya que a
lo largo del siglo XX, con especial intensidad en la URSS, en China o en la España del 36 la
motivación del aniquilamiento del otro es fundamentalmente de naturaleza política.
Y otro tanto sucede con el genocidio cultural, la destrucción de las elites del grupo-víctima,
procedimiento una y otra vez empleado en la era contemporánea, incluidos los procesos de
colonización europea, y con especial intensidad para garantizar la consumación del genocidio
político, (de nuevo Armenia, la URSS y España ofrecen ejemplos de la importancia de este tipo
de aniquilamiento cualitativo de un grupo).
Siempre en el último siglo, el genocidio por excelencia es el sufrido por el pueblo judío. No nos
detendremos en el mismo por existir una amplísima bibliografía que esclarece sus distintos
aspectos, subrayando la importancia decisiva del proceso de gestación, el cual, con el
antisemitismo, recuerda de paso otra exigencia, la de no dar por terminado el genocidio cuando
cesa, e incluso cuando son castigados los culpables, ya que en todos los casos sigue un efecto
bumerán, bien de negacionismo, bien de trivialización, a partir del cual pueden rebrotar las ideas
genocidas.
La reaparición del antisemitismo en países como Francia sería una muestra de que las advertencias
de Primo Levi siguen vigentes: «Ciertamente no ha muerto la idea, porque nada muere
definitivamente; todo reaparece bajo nuevas formas…».
Es en este sentido donde adquiere su significado el negacionismo: «Quien niega Auschwitz es
precisamente quien estaría dispuesto a volver a repetirlo». No es, sin embargo, la shoah el único
genocidio del siglo XX con cientos de miles de vidas humanas perdidas. De ahí la pertinencia de
los estudios de casos que a continuación proponemos.
EL ANTECEDENTE ARMENIO
El debate sigue vivo en torno a la existencia de un genocidio que afectó a los armenios de Anatolia
en 1915. La visión turca es tajante: no hubo genocidio armenio, sino una deplorable mortalidad
debida a las circunstancias de la guerra, eso sin olvidar que también los armenios, como los
pontios griegos en la costa del Mar Negro, se sirvieron del terror y de la violencia. En sentido
contrario, no son sólo los cientos de miles de muertos, sino la definición de la estrategia homicida
por parte del gobierno otomano de los Jóvenes Turcos y su aplicación inexorable desde el primer
momento por las autoridades civiles y militares lo que abona tal calificación.
Los antecedentes históricos resultan imprescindibles para entender y calificar lo sucedido en 1915.
En primer plano, la propia lógica represiva del Imperio otomano, juzgado como un modelo de
tolerancia en la medida que autorizó la supervivencia en su interior y bajo el poder ilimitado del
sultán de grupos humanos de los países conquistados, conservando su religión y sus costumbres.
Las comunidades (millet) mantenían desde el siglo XVIII un cierto grado de autogobierno bajo la
autoridad de sus dirigentes religiosos, designados por el sultán, siempre con primacía de la ley
turca. Como contrapartida, toda rebeldía era castigada con el exterminio. Es más, tolerancia o
muerte eran gestionadas desde una estricta lógica del poder: cuando Solimán marcha en 1529
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hacia Viena, pensando en su conquista, exige un respeto total a los campesinos; al regresar
frustrado, ordena la muerte de quienes se encuentren al paso de su ejército.
Tal será la suerte dispuesta para los armenios, en nombre de la exigencia de conseguir una nación
turca unitaria, tras los éxitos alcanzados por otras minorías y el trauma de la práctica desaparición
de la Turquía europea. La gran guerra y la amenaza rusa ofrecen la oportunidad estratégica para
poner en marcha la eliminación de los armenios de Anatolia.
Las ideas asesinas responden a la modernidad, la conversión del imperio de dominación otomano
en un Estado-nación turco. Contaban asimismo la sensibilización contra la minoría armenia de la
población rural, ya materializada en los pogromos de 1895-96, con decenas de miles de asesinados,
y el sanguinario comportamiento de todos los ejércitos en las guerras de los Balcanes de 1912-13.
El modo del exterminio es en cambio arcaico, deudor del atraso tecnológico del imperio, un
camino de la muerte en que confluyen la fórmula musulmana clásica de la ejecución sumaria de
hombres y la deportación mortífera de supervivientes masculinos, mujeres y niños.
El rasgo específico que permite hablar del asesinato masivo como genocidio, la voluntad de
aniquilamiento previamente adoptada, resulta confirmado en el caso armenio por la acusación del
fiscal en el proceso de los dirigentes «jóvenes turcos» en 1919-1920 y por el consentimiento y las
órdenes dictadas por Talaat Pachá, ministro del Interior, desde abril de 1915.
Tal y como revela en su informe el citado fiscal, ya en 1914 el centro de dirección joven-turco,
Comité Unión y Progreso, crea una organización encargada de eliminar al «enemigo interior». Es
así como «una fuerza central organizada afirma el fiscal acerca de los actos criminales, compuesta
por las personas citadas, los ha premeditado y hecho ejecutar [a los armenios], sea por órdenes
secretas, sea por instrucciones verbales».
«No había que creer que las deportaciones hubiesen sido decididas apresuradamente, siendo por
el contrario resultado de largas deliberaciones», explicó el propio Talaat Pachá al embajador
americano Morgenthau (Ambassador Morgenthau’s Story, capítulo 25).
Pero más que la orden de deportación de mayo, son los telegramas de Talaat Pachá a los
gobernadores regionales los que confirman el carácter del crimen de masas: «El gobierno, por
orden del Ittihad (Comité de U. y P.), ha decidido exterminar enteramente todos los armenios que
habitan en Turquía», explica el ministro al prefecto de Alepo, el 15 de septiembre de 1915
(documentos del proceso por el asesinato del ministro en Berlín).
Los informes de los mismos cónsules alemanes, y en particular el del pastor Lepsius, publicado
en Alemania en plena guerra, confirman la matanza programada, objeto asimismo de una
descripción precisa por Leslie A. Davies, un cónsul americano en el centro de Anatolia cuyo
informe sólo podrá ser consultado en los años sesenta y publicado como The Slaughterhouse
Province en 1989. El hecho de que Estambul estuviera bajo ocupación aliada hizo posible además
la salvación de la masa documental recogida por el Patriarca armenio entre 1919 y 1922, base del
estudio Le génocide des arméniens, de Raymond H. Kévorkian, Paris, 2006. Los hechos son
irrefutables.
El negacionismo turco tuvo en su día una motivación pragmática: reconocer el genocidio era tanto
como sentar las bases del Estado armenio que deseara el presidente Wilson y poner bajo acusación
a las autoridades del partido Joven Turco que una vez decapitado el vértice Enver, Djemal y
Talaat Pachá constituían el armazón del nuevo poder nacionalista de Mustafá Kemal. Con la
victoria de éste sobre el ejército griego, la causa armenia perdió todo apoyo real, más allá de la
«universal simpatía» expresada en 1920 por la Sociedad de Naciones.
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La secuencia es, pues, clara en este primer genocidio étnico-religioso: a) designación de los
armenios como cuerpo extraño a eliminar y primeras matanzas a fines del siglo XIX; b) soporte
ideológico y político de la propensión genocida: c) adopción de una estrategia de exterminio; d)
puesta en práctica de la misma mediante asesinatos de masas, con más de un millón de víctimas;
e) réplica negacionista, muy violenta hasta hoy, por parte del Estado turco […].
Antonio Elorza, «Genocidios», Hispano Nova. Revista de Historia Contemporánea, Nº 10, 2012.
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Art. I.- Las partes contratantes confirman que el genocidio, ya sea cometido en tiempo de paz o
en tiempo de guerra, es un delito de derecho internacional que ellas se comprometen a
prevenir y a sancionar.
Art. II.- En la presente Convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos
mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o
parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:
a) Matanza de miembros del grupo.
b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo.
c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de
acarrear su destrucción física, total o parcial.
d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo.
e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.
Art. III.- Serán castigados los actos siguientes:
a) El genocidio.
b) La asociación para cometer genocidio.
c) La instigación directa y pública a cometer genocidio.
d) La tentativa de genocidio.
e) La complicidad en el genocidio.
Art. IV.- Las personas que hayan cometido genocidio o cualquiera de los otros actos enumerados
en el art. III, serán castigadas, ya se trate de gobernantes, funcionarios o particulares.
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Art. V.- Las partes contratantes se comprometen a adoptar, con arreglo a sus constituciones
respectivas, las medidas legislativas necesarias para asegurar la aplicación de las
disposiciones de la presente Convención, y especialmente a establecer sanciones penales
eficaces para castigar a las personas culpables de genocidio o de cualquier otro de los
actos enumerados en el art. III.
Art. VI.- Las personas acusadas de genocidio o de uno cualquiera de los actos enumerados en el
art. III, serán juzgadas por un tribunal competente del Estado en cuyo territorio el acto
fue cometido, o ante la corte penal internacional que sea competente respecto a aquellas
de las partes contratantes que hayan reconocido su jurisdicción.
Art. VII.- A los efectos de extradición, el genocidio y los otros actos enumerados en el art. III no
serán considerados como delitos políticos. Las partes contratantes se comprometen, en tal
caso, a conceder la extradición conforme a su legislación y a los tratados vigentes.
Art. VIII.- Toda parte contratante puede recurrir a los órganos competentes de las Naciones
Unidas a fin de que éstos tomen, conforme a la Carta de las Naciones Unidas, las medidas
que juzguen apropiadas para la prevención y la represión de actos de genocidio o de
cualquiera de los otros actos enumerados en el art. III.
Art. IX.- Las controversias entre las partes contratantes, relativas a la interpretación, aplicación
o ejecución de la presente Convención, incluso las relativas a la responsabilidad de un
Estado en materia de genocidio o en materia de cualquiera de los otros actos enumerados
en el art. III, serán sometidas a la Corte Internacional de Justicia a petición de una de las
partes en la controversia.
Art. X.- La presente Convención, cuyos textos en inglés, chino, español, francés y ruso serán
igualmente auténticos, llevará la fecha de 9 diciembre de 1948.
Art. XI.- La presente Convención estará abierta hasta el 31 de diciembre de 1949 a la firma de
todos los miembros de las Naciones Unidas y de todos los Estados no miembros a quienes
la Asamblea General haya dirigido una invitación a este efecto. La presente Convención
será ratificada y los instrumentos de ratificación serán depositados en la Secretaría
General de las Naciones Unidas.
A partir del 1º de enero de 1950, será posible adherirse a la presente Convención en
nombre de todo miembro de las Naciones Unidas y de todo Estado no miembro que haya
recibido la invitación arriba mencionada.
Los instrumentos de adhesión serán depositados en la Secretaría General de las Naciones
Unidas.
Art. XII.- Toda parte contratante podrá, en todo momento, por notificación dirigida al secretario
general de las Naciones Unidas, extender la aplicación de la presente Convención a todos
los territorios o a uno cualquiera de los territorios de cuyas relaciones exteriores sea
responsable.
Art. XIII.- En la fecha en que hayan sido depositados los veinte primeros instrumentos de
ratificación o de adhesión, el secretario general levantará un acta y transmitirá copia de
dicha acta a todos los Estados miembros de las Naciones Unidas y a los Estados no
miembros a que se hace referencia en el art. XI.
La presente Convención entrará en vigor el nonagésimo día después de la fecha en que se
haga el depósito del vigésimo instrumento de ratificación o de adhesión.
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Adoptada y abierta a la firma y ratificación, o adhesión, por la Asamblea General en su resolución 260 A (III), de 9
de diciembre de 1948 Entrada en vigor: 12 de enero de 1951, de conformidad con el artículo XIII. [Fragmentos]
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En los últimos decenios del siglo XIX los armenios1 (habitantes de tres imperios: Persa, Otomano
y zarista) tuvieron un despertar político, social e intelectual que hizo posible su incorporación al
cauce de las ideas occidentales (Zekiyan, 1999).
Su mundo religioso, que los había formado y definido desde su conversión al cristianismo en el
siglo IV, fue sacudido por la fuerza de las reformas políticas, la educación moderna y el
nacionalismo. Este último era una expresión nueva, moderna, en la cual los armenios intentaron
manifestarse y expresarse no sólo como minoría religiosa sino también como nación. El Imperio
Otomano, que gobernaba a la mayor parte de quienes se denominaban armenios, no se quedó con
los brazos cruzados ante este despertar, sobre todo porque el pueblo turco también transitaba por
la misma construcción moderna de nación.
Fue entonces cuando se instrumentó una serie de políticas de control y subyugación articuladas
por los gobiernos del sultán Abdul-Hamid II (1876-1909) y de los jóvenes turcos (1908-1918) en
contra del despertar y la modernización armenias. Fueron una especie de ensayos similares al
pogromo antisemita centroeuropeo: violencia dirigida hacia la población armenia en ciudades
identificadas como «revolucionarias». Sin distinción de edad, sexo o filiación política, sino por el
hecho de haber nacido armenios y, por tanto, ser acreedores a la causalidad diabólica que suelen
animar las minorías; los armenios fueron responsabilizados de los males del Imperio Otomano en
desintegración y de las amenazas de injerencia europeas; también eran vistos como los autores de
una conspiración o complot que tenía como fin la destrucción del poder Otomano establecido.
1
Antes de 1914, la civilización armenia había existido en la planicie armenia por casi dos milenios. Se convirtieron al
cristianismo en el año 301, lo que los hace el Reino cristiano más antiguo. Tienen una Iglesia autocéfala, un idioma
particular indoeuropeo y un alfabeto propio. Conquistados por romanos, árabes, mongoles, griegos y hacia 1050 por
los turcos. Desde el siglo XIV no tuvieron ningún Reino o Estado propio, sin embargo el pueblo armenio vivía
relativamente seguro como minoría étnica al interior de diversos imperios. De 1918 a 1920 formó en 10% del territorio
habitado por armenios una República independiente que cayó bajo el dominio soviético de 1920 a 1991, desde ese año
existe una independiente República de Armenia. Sin embargo, aquellos sobrevivientes del genocidio que emigraron a
diversos países, y sus descendientes, mantienen una sólida identidad y suman una población mayor a la de los armenios
de la República de Armenia.
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Las masacres de 1895-1896 —que produjeron la muerte de entre 100 y 200 mil armenios2 y cerca
de 500 mil huérfanos— fueron el inicio de una serie de políticas violentas (de exterminio
premeditado) en contra de la minoría armenia. Posteriormente, durante el primer año de gobierno
de los jóvenes turcos (tras el derrocamiento del sultán en 1909), éstos permitieron las masacres
en la ciudad mediterránea de Adaná, donde murieron entre 20 y 25 mil armenios.
La política de subyugación y exterminio de la minoría cristiana armenia, considerada de segunda
clase y conocida como «la cuestión armenia», produjo su internacionalización y logró que las
potencias europeas plantearan demandas al Imperio Otomano en busca de mejoras para las
minorías, las cuales nunca se cumplieron. Esta situación también ocasionó la emergencia de los
primeros partidos políticos armenios de carácter clandestino: el Partido Liberal Armenagán (1885)
en Van (Imperio Otomano), el Partido Marxista Hnchakián (1887) en Ginebra (Suiza) y la
socialista Federación Revolucionaria Armenia o Tashnaksutiún (1890) en Tiflis (Imperio zarista).
Más tarde se crearía el Partido Demócrata Liberal de la burguesía, conocido como Ramgavar
(1908) en Constantinopla (Imperio Otomano)3.
La entrada en la Primera Guerra Mundial del Imperio Otomano al lado de Alemania y Austria-
Hungría y en contra de Rusia, Francia y Gran Bretaña dividió a los armenios en dos campos
antagónicos. Fue la ocasión para el gobierno de los jóvenes turcos de inculpar a los armenios,
bajo el manto de la guerra, de sedición y de ser aliados de los enemigos rusos. Lo anterior sirvió
de pretexto para trasladarlos a lugares donde no fueran peligrosos para la seguridad del Estado —
como el desierto de la provincia siria—; así inició una política de deportación y exterminio
tendiente a eliminarlos como pueblo, es decir, se programó un genocidio.
El 24 de abril de 1915 dio inicio la deportación de entre 300 y 600 personas de la elite intelectual
y política de Constantinopla (hoy Istanbul), con destino a Anatolia (la actual Turquía asiática)
donde fueron asesinados. Posteriormente ocurriría la emasculación o eliminación de los hombres
en edad de combatir (18-45 años) quienes, requisados para cumplir con el servicio militar, fueron
obligados a trabajos forzados y aniquilados en puestos de retaguardia, fusilados o enterrados en
trincheras construidas por ellos mismos (Morgenthau, 1919).
La tercera etapa fue la deportación de ancianos, mujeres y niños mediante un plan con tiempos
establecidos para cada ciudad de las provincias armenias, combinando marchas forzadas con
privaciones de agua y alimento, pillajes, violaciones y masacres colectivas antes de llegar a sus
futuras fosas comunes en los desiertos de Deir ez-Zor y Mesopotamia. Del millón y medio de
víctimas —casi 70 por ciento de la población armenia del Imperio Otomano— la mitad murió de
sed, hambre, enfermedades y cansancio por las marchas forzadas; otra mitad murió por vejaciones
en los caminos, ahogadas en el caudaloso Éufrates o finalmente masacradas en el desierto. De los
dos millones 100 mil armenios que aproximadamente habitaban en el Imperio Otomano, hubo
cerca de 600 mil sobrevivientes quienes se convirtieron, en su mayoría, en refugiados.
El holocausto padecido, como toda experiencia trágica, produce emociones profundas y
desgarradoras; es referido por los sobrevivientes armenios bajo formas que recuerdan la pasión
de Cristo o historias de martirologio de los antiguos testigos cristianos (Tölölyan, 1987a: 93).
La construcción de narrativas traumáticas post-genocidas hacen un uso extensivo del Gólgota y
el millón y medio de víctimas son consideradas como mártires. La historia del genocidio armenio
se articula en dos niveles: el nacional y el familiar.
2
300.000, dice El-Ghusein, 1918: 4.
3
El cual sería refundado en 1921 en El Cairo (Egipto) con la fusión del Hnchakián reformado y antiguos miembros del
Armenagán.
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4
Antes que Roma (311 d.C.), Armenia fue el primer reino cristiano.
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parecidas. Lo que resulta ejemplar para los armenios no es su agonizante muerte sino el legado
de su fe que, como los santos, según la hagiografía cristiana, son más «admirables que imitables»
(Albert, 2001: 18).
El esquema de valores articulador de la figura-arquetipo del mártir sí es un ejemplo a seguir, así
como la fe y el sacrificio por los que tuvo que pasar por y para el «nosotros» (armenios) en contra
del «ellos» (turcos), a semejanza de Cristo. Sin embargo, no es lo mismo ser un modelo construido
en el siglo I que otro del Renacimiento o bien uno fabricado en el siglo XX. Mientras la
ejemplaridad de los primeros siglos de nuestra era se edificaba exclusivamente bajo modelos
religiosos, los paradigmas de santidad o martirio de la época de la Reforma europea ya
combinaban religiosidad con persecución política.
Finalmente, en los más recientes siglos XIX y XX predomina una santificación de héroes de
estirpe nacional para satisfacer proyectos de construcción de Estado-Nación. Las figuras de santo,
héroe o mártir han tenido una transformación que se origina en el modelo religioso y que llegan
al secular pero nunca han dejado de tener una intención política. Y es que las capacidades
movilizadoras del heroísmo y del martirio se sustentan en tradiciones muy arraigadas que
permiten transitar sin dificultad de la esfera religiosa a la política secularizada.
La construcción de la ejemplaridad y su estrecha relación con formas de dominación y poder,
como dice Balandier (1992), se hace y conserva al producir y organizar imágenes en cuadros
ceremoniales. Las elites en busca de legitimidad y/o reconocimiento no sólo se apropian de la
tradición sino que también la reinventan, moldeándola en función de sus intereses.
De manera similar, las elites también hacen uso de la ejemplaridad y construyen formas
ejemplares. Dichas figuras se encuentran en el pasado y las elites sólo necesitan echar mano de la
historia para reincorporarlas a sus objetivos inmediatos (Giordano, 2001); o bien, encontrar en el
presente figuras que respondan claramente con lo que colectivamente se ha considerado ejemplar
en otro momento. La ejemplaridad depende no sólo de las elites contendientes en las arenas
políticas disputando variados modelos ontológicos, sino que la utilización de modelos de
ejemplaridad del pasado son utilizados de distinta manera por grupos culturales diversos.[…]
Carlos Antaramián Salas, «El mártir armenio: la construcción política de una figura ejemplar después del Genocidio
(1915-1918)», Revista Liminar. Estudios sociales y humanísticos, año 6, vol. VI, núm. 2, 2008, Tuxtla Gutiérrez,
Chiapas, pp. 83- 87.
BIBLIOGRAFIA
1. Albert, Jean-Pierre, 2001, «Sens et enjeux du martyre: de la religion à la politique», en Centlivres, Pierre
(ed.), Saints, sainteté et martyre. La fabrication de l”exemplarité, Editions de l’Institut
d’ethnologie, Neuchâtel, Editions de la Maison des sciences de l’homme, Paris.
2. Balandier, Georges, 1992, El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la
representación, Paidós, Barcelona.
3. El-Ghusein, Fa’iz, 1918, Martyred Armenia, George H. Doran Company, Nueva York.
4. Morgenthau, Henry, 1919, Memorias, Publicación de la Comisión Pro Causa Armenia de la América
Latina, Buenos Aires, 1975.
5. Tololyan, Khachig, 1992, «Terrorism in Modern Armenian Political Culture», en Weinberg, Leonard,
Political Parties and Terrorist Groups, Frank Cass, Londres.
6. Zekiyan, Boghos Levon, 1999, «The Armenian Way to Enlightenment: The Diaspora and Its Role», en
Hovannisian, Richard y David N. Myers (ed.), Enlightenment and Diaspora: The Armenian and
Jewish Cases, Scholars Press, Atlanta.
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Se estima que produjeron la muerte de entre 100 y 200 mil armenios y dejaron cerca de 500 mil huérfanos. Véanse:
Bournoutian (1994); Hovannisian (1986).
6
La Cuestión Armenia es el conjunto de exigencias presentadas por el pueblo armenio en el orden internacional, ex-
teriorizadas a través de las luchas que sostuvieron para obtener su independencia, y las exigencias diplomáticas sobre
este tema que las potencias europeas hacían a Turquía, con la intención de imponer su dominio en Oriente. Esta es un
derivado de la Cuestión de Oriente, que fue la expresión de la voluntad diplomática europea por introducir reformas en
los Balcanes, destinadas a aliviar a los cristianos de esta zona de la opresión y exacciones turcas. La independencia de
muchos países balcánicos generó que el nacionalismo turco militante buscara la solución de la Cuestión Armenia por
métodos violentos y radicales. Véanse: Dadrian (2008).
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De la noche a la mañana el regocijo de los turcos, armenios, griegos, judíos, árabes y kurdos era
tan intenso que se llamaban hermanos; los cristianos, quizá la mitad de la población del Imperio
en ese momento, dejaban de ser «gueavurs» (infieles asquerosos), y salían a las calles en
manifestaciones multitudinarias. Bajo el grito de libertad, fraternidad, justicia, orden y diversos
clichés de la modernidad, se abrazaban como recibiendo un nuevo mundo tanto tiempo esperado.
«Una atmósfera de ternura general siguió al establecimiento del nuevo régimen, y escenas
de reconciliación casi frenética en las cuales turcos y armenios se abrazaron en público,
señalaron la aparente unión absoluta de dos pueblos antagónicos» (Morgenthau, 1919:
15).
En todo el Imperio se organizaron celebraciones públicas y manifestaciones en las que los
combatientes sublevados conocidos como fedayínes bajaban de las montañas y eran aclamados
en sus poblados como héroes que lucharon por la liberación de «todos los pueblos» otomanos
[…]. Pero muy pronto (marzo-abril de 1909), el sultán trató de instaurar el ancienne régime con
la asistencia de algunos elementos reaccionarios.
El ejército turco liderado por los Jóvenes Turcos reaccionó y logró destronar al sultán, además de
suspender los derechos constitucionales y declarar un estado de emergencia. Los armenios se
convirtieron en los más ardientes defensores del nouveau régime y, a pesar de la masacre de unos
30 000 armenios en Adaná en 1909, el Tashnaksutiún continuó con su política otomanista y no
alteró su cooperación con el partido Ittihad.
El rompimiento se hizo total en 1912, cuando Ittihad asumió una política chovinista y de opresión
a las pocas minorías nacional religiosas que quedaban en el imperio: la armenia, griega y asiria.
Al independizarse los pueblos cristianos de la parte europea del imperio griegos, búlgaros y
serbios, el otomanismo perdió su raison d’être dando lugar a dos orientaciones que competían
entre ellas: el panislamismo y el nacionalismo turco (Melson, 1986:74). Inspirado este último por
el movimiento panturanio un nacionalismo racial turco que buscaba la unión de todos los
pueblos turcos en una patria conocida como Turán7.
La secularización y su impacto sobre la laicización ya era parte del proyecto de la dirigencia
de los Jóvenes Turcos, y sus líderes ultranacionalistas tomarían el poder en un nuevo coup en
1913. Un triunvirato gobernado por Mehmed Talaat, ministro de Asuntos Internos y
posteriormente Gran Visir; Ismail Enver, ministro de Guerra; y Ahmed Djemal, gobernador
militar de Constantinopla, posteriormente comandante de la IV Armada y luego ministro de
Marina, fueron quienes contemplaban la transformación del multinacional y anacrónico Imperio
otomano en un homogéneo y secular Estado turco, cuyo lema sería «Turquía para los turcos».
Como ha mostrado Vahakn Dadrian (1993), para 1914 el plan de exterminio ya había sido
pensado y redactado en un importante documento conocido como Los diez mandamientos del
Comité Unión y Progreso.
El inicio de la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914 alarmó profundamente a la dirigencia
armenia, ya que si el Imperio otomano entraba a la conflagración del lado de Alemania, la planicie
armenia se transformaría nuevamente en un teatro de guerra ruso/turco, algo que siempre fue
altamente problemático para los armenios al ser súbditos de ambos imperios y encontrarse en la
7
De acuerdo a este sistema de creencias, del cual Enver Pashá era un ardiente seguidor, todos los pueblos de habla
turca comparten una misma cultura y deberían unirse en una misma unidad estatal. Como hay pueblos de habla turca
desde Anatolia hasta Siberia, pasando por el Asia Central y el Cáucaso, el turanismo aspiraba a controlar un espacio
mucho más grande que el Imperio otomano. Aunque debemos decir que no es ni era un proyecto posible, desarrolló en
ese particular momento el sentimiento turco entre los turcos otomanos, al mismo tiempo que se minimizaba el derecho
de los no turcos, entre ellos lo armenios, a vivir en la nueva entidad imaginada.
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línea misma de la conflagración. Por ello, la dirigencia armenia imploraba que los Jóvenes Turcos
permanecieran neutrales, sin embargo tanto Talaat como Enver, dos de los máximos líderes del
Partido Ittihad, ya habían posibilitado la firma de una alianza secreta entre Alemania y el Imperio
otomano.
La admiración que tenía el triunvirato Joven Turco no era exclusivamente por la poderosa
maquinaria bélica germana. La noción de Völkisch desarrollada en Alemania un populismo
romántico y nacionalista también tenía una firme aceptación por el grupo. De este modo, los
líderes del Ittihad plantearon su nueva concepción del Turquismo, inspirados sobre todo por el
escritor nacionalista Ziya Gökalp, suprimiendo el otomanismo fraternal esbozado en la
Constitución otomana por un nacionalismo que buscaba trasformar al heterogéneo imperio, en un
Estado homogéneo basado en los conceptos de nación y pueblo.
Si la nación turca no existía, habría que inventarla. La tarea sería terminada por Mustafá Kemal
años más tarde, pero es innegable que los cimientos de la Turquía moderna se fraguaron en las
cabezas del triunvirato de los Jóvenes Turcos: quienes esbozaron un nacionalismo a ultranza en
el que la creación de la diferencia se hace con la finalidad de construir una unidad, y en donde el
millet8 deja de ser concebido como parte del Estado, convirtiéndose en una figura extraña y dañina.
Se construye así un nacionalismo excluyente en el que el «otro» es un traidor y merece
desaparecer. La guerra es un medio idóneo en la búsqueda de ese deseado nuevo orden social[…].
8
En el Imperio otomano, bajo la figura del millet palabra que deriva del árabe millah que es utilizada en el Corán
para designar a los ‘pueblos del libro’ (judíos y cristianos), se permitió que cada minoría se gobernara por medio de
sus autoridades eclesiásticas, bajo su propio sistema, pero al interior del sistema musulmán; los miembros de cada uno
de los grupos confesionales del Imperio, es decir; griegos, ortodoxos, judíos -en su mayor parte sefaradíes- y armenios
-apostólicos que tenían jurisdicción sobre los asirios-, mantenían sus barrios separados y sus propias escuelas. A pesar
de este acuerdo, griegos, armenios y judíos eran considerados ciudadanos de segunda clase: un hombre dhimmi no
podía casarse con una musulmana, ni testificar en corte contra un musulmán, ni tener caballos o armas, etcétera.
9
. «En el atardecer del 24 de abril la policía fue acuartelada; al anochecer arrestó a 235 insignes intelectuales, conforme
a la lista previamente confeccionada. Pronto el número de detenidos ascendió a 800. Eran ilustres escritores, publicistas,
los grandes poetas […] numerosos científicos, juristas, conferenciantes, docentes, dirigentes de cultura. El mismo
destino siguieron intelectuales armenios de otras ciudades» (Ohanian, 1986: XXIV).
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Debido a que gran parte de la información que obtenían los armenios acerca del trato a sus
conciudadanos provenía de la prensa que se producía en Constantinopla, fueron los periodistas y
escritores los primeros en la fila de la deportación. […] Eran los que tenían facilidad de hablar
lenguas europeas y podían transmitir, de manera coherente y clara, las atrocidades vividas en ese
lugar al que consideraban «patria». Este interés en eliminar a la intelectualidad es, de hecho, una
de las primeras acciones utilizadas por todo régimen autoritario para eliminar a sus opositores, o
a sus minorías indeseables10.
Esta primera etapa tenía también como finalidad eliminar a los dirigentes, sobre todo a los
miembros de los partidos políticos, para lo cual se instrumentó una fase de propaganda que sería
ampliamente divulgada en todo el Imperio en la que los armenios se representaban como traidores
y conspiradores. […]
El interés primordial del gobierno yihadista fue el de inculpar a todo un pueblo por las supuestas
acciones de complot que algunos miembros de distintos partidos políticos realizaron, así como
por las poquísimas sublevaciones armadas que bien podrían recibir el calificativo de
«desesperadas». Fueron cinco poblados, de los 2.900 asentamientos armenios existentes entre
pueblos, vecindarios y ciudades de Anatolialos que se sublevaron en contra del plan de
deportación, entre ellos Zeitún, entre agosto y diciembre de 1914; Musa Dagh, entre agosto y
septiembre de 1915, 20 de abril al 17 de mayo de 1915; Shabin Karahisar, 6 junio al 4 de julio de
1915; y Urfá, 29 de septiembre al 23 de octubre de 1915, además de algunos grupos guerrilleros
aislados que se sublevaron y mantuvieron una resistencia momentánea al ejército turco.
En realidad, la gran mayoría de los poblados armenios no presentaron ningún tipo de resistencia,
por lo que resulta paradójico sino imposible culpar a toda una nación de traición como gusta
decir el gobierno turco actual al referirse a las causas de la deportación durante el genocidio.
Desde una óptica comparativa, sería como culpar de sedición a todos los judíos europeos por los
sublevados en el gueto de Varsovia.
La segunda etapa fue la eliminación de los hombres aptos físicamente y en edad de combatir,
aquellos entre 18 y 40 años, que responden al llamado otomano de movilización general. Al
estallar la guerra en julio de 1914 y entrar Turquía en ella en el mes de noviembre, los jóvenes
armenios como cualquier ciudadano otomano tuvieron que cumplir con el deber cívico en
defensa de la patria otomana. Sin embargo, los conscriptos armenios fueron transformados en
soldados/obreros (amele taburi) destinados a construir caminos y vías férreas para luego ser
aniquilados en puestos de retaguardia como «carne de cañón», al tiempo que otros fueron
fusilados en trincheras construidas por ellos mismos. Fueron pocos los que sobrevivieron a las
ejecuciones sumarias por parte de sus propios compañeros, los soldados y oficiales turcos […].
En esta etapa es importante llamar la atención sobre el papel de los oficiales turcos, ya que en los
genocidios, tanto en el judío como en el armenio, la importancia de planificar y manejar la
logística requiere de cuadros comprometidos en el marco de la estructura de mandos y control
que debe asegurar, además de una operación fluida, una secrecía especial. Dichos oficiales, sean
nazis o yihadistas, tenían un compromiso total con la ideología de sus respectivos partidos, más
que con el Estado.
Además, como hemos mencionado, la guerra apareció como una oportunidad única para convertir
a ese poder político en una maquinaria militar capaz de planear, generar y orquestar un proceso
genocida. Es por ello que al estudiar los genocidios, más que tratar de entender al Estado, el interés
10
Los ejemplos sobran, pero es particularmente interesante el proceso que el gobierno del presidente turco Recep Tayip
Erdogan ha realizado a partir del reciente coup en este país. Véase: Ebrahim (2016).
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debe concentrarse en tratar de entender a los partidos políticos nacionalistas, esas cofradías que
han sido capaces de movilizar y reemplazar al poder estatal.
La tercera etapa fue, consecuentemente, la más fácil. Con el pretexto de trasladar a los armenios
desde las zonas de combate en el frente de guerra hacia lugares más seguros, inculpándolos de
cooperar con el enemigo y de que estaban en una inminente rebelión a escala nacional, comenzó
la deportación y exterminio de la masa popular con destino final a los desiertos de Siria y
Mesopotamia. Las deportaciones iniciaron el 25 de mayo de 1915 y se componían
predominantemente de mujeres, ancianos y niños, quienes eran sometidos a situaciones extremas
para provocar su muerte por inanición o enfermedad, o exponiéndolos a que fueran atacados por
bandas de Hamidiye, Çetes o de la Organización Especial; además muchas mujeres y niñas eran
raptadas para ser islamizadas.
Como señala Morgenthau, las deportaciones constituían un nuevo método de matanza utilizado
posteriormente por los nazis en contra de gitanos y judíos, ya que el destierro hacia esas zonas
desérticas tenía como finalidad el robo y la destrucción (1919: 36)[…]. El oasis/aldea de Deir ez-
Zor, en el desierto sirio, se convirtió en símbolo de tumba y destino final en el imaginario armenio
durante y después del genocidio. Las deportaciones también llegaron a otros lugares que
funcionaban como campos de tránsito o de concentración, todos improvisados en zonas desérticas
y en las inmediaciones de pequeños pueblos y aldeas que fueron la antesala en donde los
sobrevivientes se arrebataban la poca comida existente y deambulaban casi al borde de la locura,
algunos quizá cometieron actos de antropofagia11 antes de llegar a sus fosas, su destino final […].
Uno de los argumentos esbozados por el actual Estado turco para tratar de justificar las
deportaciones, es que las mismas se realizaron con la intención de alejar a la población armenia
del frente de guerra, lo que no explica que también haya habido deportaciones en zonas alejadas
del frente, como en la costa mediterránea.
11
«La población desaparecía: necesitaba alimentos y no había. Yo vi a la gente comer asnos, caballos, perros famélicos,
etcétera, incluso cadáveres humanos». Testimonio de Krikor Ankout en Kévorkian, 1998: 144-145).
12
Véanse: Svazlian (2011 y 2004); Miller (1999).
25
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de la sociedad musulmana en el Imperio otomano implicaban que sus víctimas también vieran su
adhesión a una religión como motivo de su persecución13.
Las más terribles masacres del siglo XIX coincidieron varias veces con arengas al yihad hechas
por los mollahs en la obligatoria oración semanal de los viernes en la mezquita. La declaración
de la guerra santa de 1915 fue hecha por el Comité de Unión y Progreso con el fin específico de
hacer inflamar las pasiones del pueblo musulmán, 28 a pesar de que los Jóvenes Turcos no eran
religiosos en lo absoluto.[…] Señalemos que el Islam practicado en el Imperio otomano era
«tolerante» para con la gente del libro (Biblia), pero ésta estaba basada en la sumisión y el
mantenimiento de un perfil subyugado y de segunda clase; en este marco, el nacionalismo armenio
así como el árabe, griego y búlgaro representaba una traición ante el statu quo, y esta traición
debía pagarse con la muerte. Dicha severidad en el castigo necesitó de un plan premeditado, con
un trabajo preparatorio y una ardua labor para incitar al pueblo creando una representación del
cristiano/armenio como provocador, traidor, ingrato, sedicioso y rebelde.
La creación de un clima de opinión pública que aplaudía el castigo y que, además, ayudara a su
consecución, fue algo que se fraguó desde el ensayo general de 1909, se instauró en el poder con
la llegada del ala chovinista de los Jóvenes Turcos en 1913, y se llevó a cabo bajo el manto de la
guerra entre 1915 y 1918, con secuelas hasta 1923. Fue un plan modernista estatal en la cabeza
del gobierno, pero con una articulación religiosa en la base social.
El populacho kurdo y turco que mató a los armenios estaba indudablemente motivado por razones
religiosas, pero los que verdaderamente concibieron el crimen no tenían tal móvil. Casi todos eran
ateos sin ningún respeto por el mahometanismo o el cristianismo; para ellos el único móvil era el
Estado, frío y calculador (Memorias del embajador estadounidense, Henry Morgenthau, 1919:
47-48). Sus víctimas también lo entendieron así: mientras que para el campesino armenio aislado
el grupo mayoritario de los masacrados se trataba de una lucha en defensa de la religión,
para los líderes que habitaban en Constantinopla o en las comunidades (gaghut) de la dispersión,
ya habían sido interpretadas como luchas nacionalistas seculares.
El plan de agitación se movía en dos niveles, el primero iba dirigido a los educados notables
turcos y funcionarios de alto rango, el segundo buscaba al pueblo en su mayor parte
analfabeto, inflamando pasiones xenófobas con mucha violencia (Dadrian, 1993: 192).
Esta construcción emotiva de odio, fraguada desde Constantinopla, tuvo en la violencia hacia el
cristiano su vehículo de expresión y en diversos musulmanes, no solo turcos, su mano criminal.
La función de la incitación como iniciador de un genocidio, nos dice Dadrian, está directamente
relacionada con la disparidad entre las actitudes y las acciones de los grupos incitados con la de
los arquitectos del genocidio.
La inocencia, candidez y excitabilidad de los primeros contrasta con el cinismo persuasivo de los
segundos. También para esa mayoritaria masa armenia entre 70 y 80% de los armenios eran
campesinos apolíticos dedicados a tareas agrícolas en sus territorios ancestrales que estaba siendo
deportada hacia el desértico sur por bandas de soldados turcos, circasianos, chechenos y kurdos,
13
«Los gendarmes torturaban de esta manera a las víctimas armenias hasta que se desmayaban, luego les hacían revivir
echándoles agua sobre la cama y comenzaban nuevamente. Si con esto no lograban que la víctima se rindiera, recurrían
a otros numerosos métodos de persuasión. Les arrancaban las cejas y la barba casi pelo por pelo, les sacaban las uñas
de las manos y de los pies, les aplicaban hierro candente sobre el pecho, les arrancaban la carne con tenazas candentes
y luego les echaban manteca hirviendo en las llagas. En algunos casos los gendarmes clavaban las manos y los pies a
pedazos de madera –evidentemente imitando la crucifixión- y luego, mientras la víctima se retorcía de dolor, le gritaban:
"¡Di a tu Cristo que venga y te socorra!"» (Morgenthau, 1919: 33, testimonio parecido al de Mardiganian, 1918).
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y pillada por éstos, constantemente castigada con adjetivos de infidelidad y, en algunos casos,
forzada a la conversión, las masacres se presentaban más bien como una motivación de tipo
religioso.
La conversión al Islam aunque no siempre existía dicha posibilidad14 para un armenio en el
Imperio otomano de 1915 implicaba devenir turco y, quizá, salvarse, especialmente para las
mujeres y niños, como refiere Toynbee:
«Solo un tercio de los dos millones de armenios de Turquía ha sobrevivido, y éstos a costa
de su apostasía hacia el Islam o dejando cuanto poseían y huyendo a través de la frontera.
Los refugiados vieron morir a sus mujeres y niños en los caminos y, para las mujeres, la
apostasía significó la muerte en vida por el casamiento con un turco y la internación en
su harem»15.
[…] Entre los grupos de sobrevivientes debemos contar, también, a las mujeres que se dedicaron
a la prostitución. El elevado número de viudas cuyos familiares habían sido exterminados, así
como el creciente número de mujeres que eran cabezas de familia generó que muchas de ellas
tuvieran que recurrir a la prostitución para sobrevivir y sostener a sus familias; según un estudio,
en el año 1919 de las 140 prostitutas en Mosul 100 eran armenias16.
El estigma social que estas mujeres cargaban era imposible de superar, aunado a que sus clientes
habían sido, de hecho, los asesinos de sus familias. En ocasiones, algunas de las mujeres que
habían sido raptadas durante la deportación fueron rescatadas de los harenes en que se
encontraban 17 , y al ser reintegradas a los campos de refugiados armenios en Siria o Líbano,
recibían un nuevo rechazo, ahora por venir tatuadas con los símbolos de sus raptores.
El último grupo de estos habitantes del limbo eran los huérfanos, un tema que ha sido estudiado
en detalle en los últimos años, y que arroja luz sobre cómo fue la lucha para apropiárselos por
parte de los Jóvenes Turcos, así como por parte de organizaciones tanto armenias como de
misioneros protestantes.
Para los nacionalistas del Ittihad los niños constituían una valiosa forma de propiedad y era
necesario dotarles de ideas nacionalistas y de una identidad turca. También como parte del
proyecto genocida, y nuevamente apoyándose en leyes para actuar bajo el «principio de la
legalidad», Talaat emitió un decreto el 12 de julio de 1915 que decía «los niños que pudieran
quedarse huérfanos durante la transportación de los armenios serán internados en orfanatos
administrados por el gobierno cuanto antes» […].
14
Morgenthau menciona: «Aunque aceptaran la nueva fe, lo cual hacían muy pocas, sus desgracias terrenales no tenían
fin. Las conversas eran obligadas a entregar a sus hijos al llamado ‘Orfanato Mahometano’ accediendo a que fueran
educados para ser devotos fieles del Profeta. A su vez, debían demostrar sinceridad de su conversión abandonando a
sus esposos cristianos y casándose con mahometanos. Si ningún buen mahometano se ofrecía como esposo, entonces
la conversa era desterrada, por más que protestara fervorosamente su devoción por el Islam» (1919:39). También El-
Ghusein menciona que algunos armenios trataron de abrazar el Islam para salvarse pero que, después de un tiempo,
también fueron deportados (1918: 39).
15
Arnold Toynbee The murderous Tyranny of the Turks, Londres, 1917:15. apud Ohanian, 1986: 578.
16
Tachjian, 2009 citado en Ümit Üngör, 2015: 84.
17
La misionera danesa Karen Jeppe fue reconocida por su ayuda a los refugiados y sobrevivientes del genocidio
armenio, desde 1903 hasta su muerte en Siria en 1935. Trabajó para la misión alemana de Oriente que dirigía el doctor
Johannes Lepsius, testigo fundamental en el Juicio a Tehlirian. Jeppe, a partir de 1921 y como directora de la Comisión
para la Protección de Mujeres y Niños en el Cercano Oriente, dependiente de la Liga de las Naciones, tuvo un papel
primordial para salvar a muchas mujeres armenias que estaban cautivas en harenes de turcos, kurdos y beduinos de la
zona del valle del Éufrates. En 1926 realiza un documental dramatizado para mostrar su trabajo como jefa del equipo
que rescataba a estas mujeres-esclavas. Véase: [Link]
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Durante los siguientes años, las políticas contra los huérfanos armenios siguieron siendo las
mismas, la orden era «criar y asimilar» (terbiye ve temsil) a los niños de acuerdo a la tradición
musulmana. Pero también los armenios buscaron «salvar y educar» a sus huérfanos. De especial
mención es el Comité Americano para la Asistencia de Siria y Armenia que después sería
conocido como Near East Relief (NER), organización fundada en 1915 que dio cobijo, vivienda
y alimento a unos 132.000 huérfanos armenios y asirios.
Muchos de los orfanatos estaban en los protectorados de Siria y Líbano, algunos en Chipre y
Grecia; especialmente importante por el papel que jugó en la reconstrucción de la Primera
República de Armenia, fue el complejo de orfanatos instalados en Alexandropol/Leninakan hoy
Gyumri conocido como City of Orphans, y que en el año de 1919 tenía unos 50 000 huérfanos
sobrevivientes del genocidio armenio18.
Los orfanatos imprimieron un sentido de comunidad entre los sobrevivientes; en ellos, además de
volver a aprender la lengua ancestral que quizá algunos nunca habían hablado, aprendieron
a escribir y tuvieron un rencuentro con su identidad armenia. En esos mangabardez orientales
jardín de infantes se les enseñaba a leer y escribir, pero el aprendizaje que los modificaría para
el resto de su vida fueron los oficios.
Allí, los huérfanos aprendieron a ser zapateros, sastres, mecánicos, etcétera, profesiones que serán
la piedra angular para rehacer su vida en los nuevos contextos del desplazamiento, en esas
comunidades que empezarían a crear alrededor del mundo. Y es que estaban imposibilitados de
regresar a su patria ancestral que se había quedado en el centro de Anatolia, ahora llamada Turquía
[…].
Carlos Antaramián Salas, «Esbozo histórico del genocidio armenio», Revista Mexicana de Ciencias Políticas y
Sociales, Nueva Época, Año LXI, núm. 228, septiembre-diciembre, Universidad Nacional Autónoma de México,
2016, pp. 337-364.
BIBLIOGRAFÍA
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4. Ebrahim, Shannon, (2016). «When will we learn from history?», en The Star. Disponible en:
[Link] [Consultado el 9 de
agosto de 2016].
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8. Melson, Robert, (1986). «Provocation or Nationalism: A Critical Inquiry into the Armenian Genocide
of 1915», en Richard Hovannisian, (1986) The Armenian Genocide in Perspective. New
Brunswick, Transaction Publishers.
18
Véase: Nercessian (2016).
28
Antología de textos El genocidio armenio Proyecto Centuria XX
Dr. A. García Megía – Dra. M. D. Mira y Gómez de Mercado
9. Miller, Donald y Lorna Touryan Miller, (1999). Survivors, an Oral History of the Armenian Genocide.
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10. Morgenthau, Henry, [1919] (1975). Memorias. Buenos Aires, Comisión Pro Causa Armenia de la
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14. Svazlian, Verjiné, (2011) The Armenian Genocide. Testimonies of the Eyewitness Survivors. Yereván,
Gitutiun Publishing House.
15. Ümit Üngör, Ugur, (2015). «Huérfanos, conversos y prostitutas: consecuencias sociales de la guerra y
la persecución en el Imperio otomano, 1914 1923», en Ístor, Armenia. Una Historia. Año xv,
núm. 62, otoño, pp. 65-91, México, CIDE.
29
Documentos auxiliares
Antología de textos aires de guerra Proyecto Centuria XX
Dr. A. García Megía – Dra. M. D. Mira y Gómez de Mercado
IMÁGENES
SECUENCIAS CINEMATOGRÁFICAS
El destino de Nunik (diversas escenas) – P. Taviani (2007)
33
2019 Antonio García Megía
Mª Dolores Mira y Gómez de Mercado
El genocidio Armenio.
Para Centuria XX. Angarmegia: Ciencia, Cultura y
Educación. Portal de Investigación y docencia
[Link]
angarmegia@[Link]