0% encontró este documento útil (0 votos)
189 vistas13 páginas

Obsolescencia Programada: Un Ciclo Sin Fin

La obsolescencia programada ha definido nuestras vidas desde antes de los años 20, cuando los fabricantes empezaron a acortar la vida útil de los productos como las bombillas para aumentar las ventas. En 1924 se formó el cártel Phoebus para limitar la vida útil de las bombillas a 1000 horas a través de la ingeniería inversa. Aunque originalmente las bombillas duraban 1500-2500 horas, la obsolescencia programada redujo su vida útil a solo 1000 horas. Hoy en día, algunos consumidores se oponen a este concepto de "usar y
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
189 vistas13 páginas

Obsolescencia Programada: Un Ciclo Sin Fin

La obsolescencia programada ha definido nuestras vidas desde antes de los años 20, cuando los fabricantes empezaron a acortar la vida útil de los productos como las bombillas para aumentar las ventas. En 1924 se formó el cártel Phoebus para limitar la vida útil de las bombillas a 1000 horas a través de la ingeniería inversa. Aunque originalmente las bombillas duraban 1500-2500 horas, la obsolescencia programada redujo su vida útil a solo 1000 horas. Hoy en día, algunos consumidores se oponen a este concepto de "usar y
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La obsolescencia programada: comprar, tirar y volver a comprar.

La historia de Marcos y su impresora…


Texto del film español Comprar, tirar y volver a comprar.

Marcos es un joven de Barcelona, aunque podría ser cualquiera de nosotros en cualquier parte.
Se va a encontrar con algo que ocurre cada día en la oficina y hogares de todo el mundo: una
pieza de su impresora ha fallado y el fabricante recomienda llevarla a un soporte técnico.
En la casa de venta de equipos de computación, telefonía y de impresoras, el vendedor le dice
que el técnico hará un diagnóstico previo para saber cuál es el problema y que el costo de ese
diagnóstico será de unos 15 euros más IVA. “Seguramente será difícil”, le adelanta el vendedor,
encontrar los repuestos para poder repararla, por lo que le aconseja comprar una nueva. La
reparación rondará los 110 a 120 euros y se consiguen impresoras desde 39 euros, según sus
necesidades. “Yo le aconsejo, dice finalmente el vendedor, mirar impresoras nuevas y no
reparar esta vieja impresora. Yo, remata diciendo, para mí, me compraría una impresora
nueva”.
No es casualidad que esto le haya pasado a usted también. La sugerencia será siempre, al final:
comprar una nueva.
Si Marcos acepta, comprar una impresora nueva, será una nueva víctima de la “obsolescencia
programada”: el motor secreto de nuestra sociedad de consumo.
Nuestro papel parece limitarse a pedir créditos y comprar cosas que no necesitamos. Nuestra
sociedad está dominada por una economía de crecimiento cuya lógica no es crecer para
satisfacer necesidades sino “Crecer para Crecer”.
Dicen: “Si la gente no compra, la economía no va a crecer”. ¿Qué es la Obsolescencia
programada? Es: “el deseo del consumidor de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor y
un poco ante de los necesario”
La obsolescencia programada ha definido nuestras vidas desde antes de los años ´20, cuando
los fabricantes empezaron a acortar la vida útil de los productos para aumentar las ventas. Así,
redujeron a 1.000 horas la vida útil del bombillo, fue cuando diseñadores e ingenieros se vieron
forzados a adoptar nuevos valores y objetivos. Tuvieron que empezar de nuevo para crear algo
más frágil.
Está calculado: terminar de pagar algo que ya no sirve. El concepto empieza a ser: “usar y tirar”.
Pero, hay una nueva generación de consumidores que están en contra de este concepto.
¿Es viable una economía sustentable, sin obsolescencia programada y sin impacto negativo
sobre el medio ambiente?

1
La posteridad no nos perdonará. Ellos descubrirán que tuvimos un estilo de vida despilfarrador
en los países avanzados: “Comprar, tirar, comprar”, ese es el circulo de la economía.
“Bienvenidos a Livermore”, California. Aquí es el hogar la bombilla más antigua del mundo, dice
Lynn Owens, presidente del comité de la bombilla. En 1972 descubrieron que una bombilla del
edificio de bomberos era una bombilla importante. La bombilla de Livermore ha estado
encendida sin interrupción desde 1911. En el año 2011, cuando cumplió un siglo, se realizó una
fiesta de cumpleaños al mejor estilo americano. Se esperaban unas 200 personas, sin embargo,
concurrieron a festejar unas 900. ¿Usted se imagina esto? Nadie se lo imaginaba, pero sucedió.
El origen de la bombilla fue en Shalby, Ohio, donde fue fabricada en 1895.
El filamento es un invento de Adolph Chaillet, quien inventó ese filamento con el fin de que
durara. ¿por qué dura tanto? Él se llevó el secreto a la tumba.
La fórmula para un filamento de larga duración no es el único misterio en la historia de las
bombillas. Es un secreto mayor: es por lo que fue este producto, la bombilla, el que se convirtió
en la primera víctima de la obsolescencia programada.
El día de navidad del año 1924 fue un día muy especial. En Ginebra, varios caballeros trajeados
se reunieron para la ejecución de un plan secreto: acordaron el primer cártel mundial para
controlar la producción de bombillas y repartirse “el pastel” del mercado mundial. A ese cártel
se lo llamó “Phoebus”.
Phoebus incluía a los principales productores de bombillas de USA, Europa e incluso de las
lejanas colonias de Asia y África. El objetivo era intercambiar patentes y controlar la
producción, pero, sobre todo, todo, controlar al consumidor. Querían que la gente comprara
bombillas con regularidad. Si las bombillas duraban mucho, era una desventaja económica para
ellos.
Desde un principio la meta de los fabricantes era una larga vida para sus productos. “El 21 de
octubre de 1871 (Dice Thomas Edison) nuestros experimentos dieron como resultado una
pequeña lampara de enorme resistencia, con un filamento de gran estabilidad”.
La empresa Edison puso en venta la bombilla que duraba 1.500 horas.
En 1924, cuando se funda el Cártel de Phoebus se había avanzado mucho tecnológicamente. Se
anunciaba con orgullo, en las publicidades de la época, que los productores garantizaban 2.500
horas de durabilidad de las bombillas. Los fabricantes destacaban la longevidad de sus
bombillas.
De modo que en Phoebus, donde esos mismos fabricantes estaban, pensaron en limitar la vida
útil de las bombillas a 1.000 horas.

2
En 1925 se creó el “Comité de las 1.000 horas de vida” para reducir técnicamente la vida útil de
las bombillas. Más de 80 años después, se encontraron muchas pruebas sobre la actividad de
este Comité, fue en Berlín.
Empresas como Philips de Holanda, Osram de Alemania y otras francesas, españolas, etc. Dan
muestras de las operaciones del Comité.
Existen documentos del Cártel donde la vida media de las bombillas de iluminación, en general,
no debería ser garantizada ni ofrecida por más de 1.000 horas.
Presionados por el cártel, los científicos hicieron más de un experimento para crear la bombilla
más frágil, para que cumpliera con la nueva norma del máximo de 1.000 horas.
La fabricación estaba rigurosamente controlada para asegurarse de cumplir con las nuevas
normas. Se montaron estantes con muchos portalámparas en los que se enroscaban muestras
de cada serie producida. Compañías como Osram registraban, meticulosamente, la duración de
las bombillas.
Phoebus creó una complicada burocracia para imponer sus reglas. Los fabricantes eran
multados severamente si se desvivan de los objetivos marcados.
En una tabla del año 1929 se puede observar las multas fijadas, en francos suizos, que debían
pagar a los miembros del Cártel si sus bombillas duraban más de las 1.000 horas estipuladas.
A medida que la obsolescencia programada surtía efecto, la vida útil empezó a caer y en solo 2
años se pasó de 2.500 horas a menos de 1.500 horas. En los años ´40 ya se había conseguido el
objetivo y se ofrecían bombillas con una garantía de vida útil de 1.000 horas.
“Entiendo que esto fuera tentador en 1932, por entonces la sustentabilidad era menos
importante, dice Warner Philips, biznieto del fundador de la empresa. No veían que el planeta
tuviera recursos finitos. Por el contrario, veían al planeta desde la perspectiva de la
abundancia”.
Irónicamente, la bombilla que siempre se la ha simbolizado como la de las ideas e innovación,
es uno de los primeros productos ejemplo de la obsolescencia programada.
En las décadas siguientes se patentaron docenas de nuevas bombillas incluso una que duraba
100.000 horas, pero nunca llegaron a comercializarse.
Oficialmente Phoebus nunca existió, pero su rastro nunca ha desaparecido. Su estrategia era ir
cambiando de nombre. Se llamaron, también, “Cártel internacional de electricidad” y poco
después volvieron a cambiarlo.
Lo importante es que la idea como institución aún sigue existiendo…
En Barcelona, Marcos ha ignorado el consejo de los vendedores de reemplazar su impresora
por una nueva. Está decidido a repararla y ha encontrado a alguien, en internet, que ha

3
descubierto que le ocurre a su impresora: “el secreto sucio de las impresoras de chorro de
tinta”. Al intentar imprimir, sale un mensaje que dice: “algunas de sus piezas deben ser
reemplazadas”. Marcos no está dispuesto a eso, decidió repararla él mismo.
Esto es lo que le dice, quien lo ayudará a repararla: “hay una esponja en el fondo de la
impresora donde se acumula la tinta sobrante. Las impresoras limpian constantemente los
cabezales echando chorros de tinta que caen sobre esa esponja. Tras un número prefijado de
chorros, la impresora determina que “está llena” y dejará de funcionar. Dirán que se hace para
no manchar la mesa con tinta, pero el problema real es que la impresora está diseñada para
que falle”
La obsolescencia programada surgió al mismo tiempo que la producción en masa y la sociedad
de consumo.
El problema de los productos hechos para durar menos es un patrón que empezó con la
revolución industrial. De las nuevas máquinas salían mercancías mucho más baratas y esto era
fantástico para los consumidores. Había tanta producción que la gente ya no podía seguir el
ritmo de las máquinas.
En 1928 una revista, de mucha influencia en la época, advertía que “un artículo que no se
desgasta es una tragedia”.
De hecho, con la producción en masa bajaron los precios y la gente empezó a comprar por
diversión más que por necesidad. Así, la economía se aceleró.
En 1929 la crisis de Wall Street frenó a la insipiente sociedad de consumo y llevó a USA a una
pronunciada recesión económica.
El desempleo alcanzó proporciones escalofriantes. En 1933 se situó en el 25%.
Las colas ya no eran para comprar sino para pedir trabajo y comida. Desde New York llegó una
propuesta radical para reactivar la economía. Fue de Bernard London, quien sugirió salir de la
depresión haciendo obligatoria la obsolescencia programada. Era, así, la primera vez que este
concepto aparecía formalmente por escrito. London planteaba que todos los productos
deberían tener una vida útil, limitada con una fecha de caducidad después de la cual se los
consideraría legalmente “muertos”. Los consumidores los devolverían a una oficina de gobierno
para su destrucción.
“Se intentaba, de esta forma, equilibrar al Trabajo y Capital. Así, habría mercado para nuevos
productos, explica Giles Slade, el autor de “Made to break”. “Siempre haría falta mano de obra
y el capital tendría su recompensa”.
Bernard London creía que con la obsolescencia programada obligatoria las fábricas seguirían
produciendo y la gente continuamente consumiendo. Habría así, más trabajo para todos.

4
Nos fuimos a Nueva York para saber más sobre lo que hay detrás de la idea de Bernard London.
Lo que nos preguntamos es si con la obsolescencia programada, London pretendía maximizar
los beneficios de las empresas o ayudar a bajar el desempleo. Dorothea Waitzner conoció a
Bernard London, cuando ella tenía 16 años y este le contó su idea de reducir la depresión
económica. London estaba obsesionado con su idea. De hecho, la idea fue inadvertida y la
obsolescencia programada obligatoria nunca se puso en práctica.
20 años después, ya en los años ´50 la obsolescencia programada: “el deseo del consumidor de
poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco ante de los necesario” resurgió ya no
obligando al consumidor a comprar sino “seduciendo” al consumidor a hacerlo.
Bruk Stevens, un diseñador industrial creó desde electrodomésticos, automóviles y trenes hasta
aparatos sencillos y casas, contando siempre con la obsolescencia programada.
Acorde con la época, los diseños de Stevens, apóstol de la obsolescencia programada,
transmitían velocidad y modernidad.
“Mi padre diseño nuestra casa, en la que me crie”. Dice su hijo Kipp. “Durante su construcción,
rememora, todos creían que sería una estación de autobuses porque no parecía una casa
tradicional. Para mi padre lo más importante, al diseñar un producto, era que tuviera carácter.
Él odiaba los productos insulsos, los que no provocaban en el consumidor ningún deseo que le
impulsara a comprarlo”.
El antiguo enfoque europeo era crear el mejor producto para que durara “para siempre”. Te
comprabas un traje para la boda, para luego llevarlo hasta la tumba. El enfoque americano es
crear un consumidor insatisfecho con el producto que está disfrutando, que lo venda para que
pase a ser un producto de segunda mano, y que compre lo más nuevo, con la imagen o diseño
de más nuevo.
Bruk Stevens viajó por todo Estados Unidos promoviendo la obsolescencia programada en
charlas ante pocos asistentes y discursos multitudinarios. Sus ideas cuajaron y tuvieron una
amplia repercusión.
En esa época la gente comienza a poner más atención a todo lo nuevo, bonito y moderno.
El diseño y el marketing seducirán al consumidor para que naturalmente deseara algo más
moderno, siempre.
“Mi padre, agrega Kipp Stevens, nunca diseñó un producto para que fallara intencionalmente o
se volviera funcionalmente obsoleto en poco tiempo. La obsolescencia depende del
consumidor. Nadie lo obligará a ir a una tienda a comprar un producto nuevo. Irá por su propia
decisión y deseo. Será su elección”.
Libertad y felicidad a través del consumo ilimitado. El estilo de vida americano de los años ´50 y
´60 sentó las bases de la sociedad del consumo actual. Sin la obsolescencia programada los
lugares como los Shoppings no existirían. No habría productos novedosos, ni industrias que los
5
hicieran, no habría diseñadores, arquitectos, vendedores, personal de limpieza y seguridad.
Todos ellos desaparecerían.
Hoy en día la obsolescencia programada se enseña en las universidades, escuelas de diseño e
ingeniería. “El ciclo de vida del producto” es el eufemismo moderno de la obsolescencia
programada.
Se les enseña a los estudiantes a diseñar para un mercado empresarial dominado por un único
objetivo: compras frecuentes y repetidas.
Los diseñadores deben entender para que empresas trabajan. Deben entender su modelo de
negocios. Este modelo determinará la frecuencia de renovación de sus productos y se deben
diseñar para que “encaje en la estrategia” del negocio del cliente.
La obsolescencia programada está en la raíz del crecimiento económico que el mundo
occidental ha vivido a partir de los años ´50. Desde entonces, el crecimiento ha sido “el Santo
Grial” de nuestra economía.
Vivimos en una sociedad de crecimiento cuya lógica no es crecer para satisfacer las necesidades
sino “crecer por crecer”. Crecer, infinitamente, con una producción sin límites.
Serge Latouche es un destacado crítico de la sociedad del crecimiento y escribe a menudo sobre
sus mecanismos. Hay tres instrumentos fundamentales: la publicidad, la obsolescencia
programada y el crédito.
“En la última generación, dice, John Thackara, diseñador y filosofo, nuestro papel se limita a
pedir créditos para comprar cosas que no necesitamos. No tiene sentido, pero es así”
Los críticos de la sociedad del crecimiento alertan que no es sostenible, a largo plazo, porque se
basa en una concepción fragante: quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un
planeta limitado o está loco o es un economista. El drama es que, ahora, todos somos
economistas.
Se crea un producto cada tres minutos o menos. ¿Es necesario? Infortunadamente muchos no
se dan cuanta que las cosas tienen que cambiar. Cuando los políticos dicen que ir de compras y
consumir es la mejor medida para reactivar la economía, algo está mal.
Podríamos decir que con la sociedad de crecimiento estamos montados en un bólido que,
claramente, nadie pilotea y va a toda velocidad hacia una muralla, donde se estrellará o hacia
un precipicio, donde se desbarrancará.
Marcos está consultando manuales de instrucciones. Se da cuenta de que los equipos de
ingenieros determinan la vida útil de las impresoras que han diseñado. Esto lo consiguen
colocando un chip dentro de la impresora. Marcos nos cuenta que ha encontrado un chip. Es un
chip EEPROM, donde se guarda información sobre la cantidad de impresiones. Cuando llega a
un numero determinado, la impresora se bloqueará y dejará de funcionar.

6
¿Qué opinan los ingenieros cuando tienen que diseñar un producto para que falle? “El dilema
se resuelve en “The man in the white suit”, es un clásico film inglés del año 1951, donde un
joven químico inventa un tejido que no se desgasta nunca. El joven considera que ha
conseguido un gran progreso, sin embargo, a todo el mundo no le gusta su invento y entonces
los persiguen los dueños de la empresa y también los trabajadores, que temen ser despedidos.
Es muy importante, dice Nicols Fox, periodista, que recuerda que algo así ocurrió en la industria
textil, y no fue una película sino la realidad. En 1940 el gigante químico duPont´s presentó una
fibra sintética revolucionaria: el Nylon. Tal vez haya sido la fuente de inspiración del film inglés.
Quien sabe…
Para las mujeres, el tener medias que no se corrieran, era un gran progreso. Pero la alegría duró
poco.
“Mi padre ha trabajado en duPont´s antes y después de la guerra, en la sección de las medias
de Nylon. Él me contó, continúa Nicols Fox, que cuando las medias aparecieron los trabajadores
las llevaban a su casa para que las mujeres las probaran. Mi padre se las llevó a mi madre, y a
ella le encantaron porque, las primeras, eran muy resistentes”.
Los químicos de duPont´s tenían motivos para estar orgullosos, incluso los hombres admiraban
su resistencia y arrastraban con un automóvil a otro.
El problema era que duraban demasiado. “Las mujeres estaban muy contentas, continúa Nicols
Fox, porque las medias no se corrían, pero, lamentablemente, eso significaba que los
fabricantes no venderían muchas medias.
duPont´s dio nuevas instrucciones al padre de Nicols y sus compañeros de trabajo. Los hombres
de la sección de medias de Nylon comenzaron a trabajar desde cero para crear fibras más
débiles y dar con algo más frágil, que se rompiera y así las medias no durarían tanto.
Los primeros químicos que habían aplicado todo para crear un nylon duradero, siguiendo la
corriente de la época, lo rehicieron más frágil. El hilo eterno desapareció de las fábricas igual
que en el film “The man in the white suit”, donde se puede ver, en una escena entre el dueño y
el químico, donde le ofrecen pagarle el doble de su contrato… por suprimir el tejido.
¿Qué opinaban los químicos de duPont´s de reducir la vida útil de su producto de manera
deliberada?
“Debió ser frustrante para los ingenieros, comenta Nicols, tener que usar sus conocimientos
para crear un producto de inferior calidad, después de tanto esfuerzo para hacer un producto
de excelencia. Pero supongo, continúa diciendo, que esa es la visión desde afuera. Ellos sólo
hacían su trabajo, haciendo más fuerte o débil al producto porque ese era su propósito,
respondiendo a su empleador”.
“Éticamente eran tiempos complicados para los ingenieros. Este enfrentamiento les hizo
reexaminar sus conceptos éticos más fundamentales. La vieja escuela creía que debían hacer
7
productos duraderos que “nunca” se rompieran, mientras que los ingenieros de la nueva
escuela, motivados por el mercado, querían hacer productos tan desechables como fuera
posible”, concluye Giles Slade.
El debate se resolvió cuando la nueva escuela ganó la partida.
La obsolescencia programad no sólo afectó a los ingenieros y diseñadores, sino que la
frustración llegó al consumidor. Se hizo eco en el clásico film de Arthur Miller, “Muerte de un
viajante”. Miller presenta diálogos, donde el consumidor común dice: “me gustaría que algo
fuera mío antes de terminar de pagarlo”. “Es una lucha constante contra el basurero”. “Acabo
de terminar de pagar el automóvil y ya está en las últimas”. “La heladera ya gasta correas como
loca, y aún no termine con el crédito”. “Cuando terminas de pagar algo ya no sirve o está
pasado de moda”.
Mientras tanto, los consumidores no sabían que detrás de la cortina de hierro, en los países del
Bloque del Este, había una economía comunista que no se basaba en la economía de libre
mercado, sino que su economía era planificada por el Estado. Se trataba de una economía débil
e ineficiente y sufría una falta crónica de recursos. En ese sistema la obsolescencia programada
no tenía ningún sentido.
En la antigua Alemania del Este, la economía comunista más eficiente, las normas estipulaban
que las heladeras y lavarropas debían funcionar, por lo menos, durante 25 años.
“Compré una heladera en 1985 y nunca he tenido ningún problema ni siquiera he cambiado la
bombilla de su interior”, dice un alemán de la antigua Alemania comunista.
En 1981 una fábrica de Berlín del Este empezó a producir una bombilla, de larga duración, para
presentar en una feria internacional de Alemania Occidental. Se trataba de buscar
compradores.
Cuando los fabricantes de Alemania del Este presentaron la bombilla de larga vida en la feria de
Hanóver en 1981 sus colegas del Oeste le dijeron: “Os quedareis sin trabajo”. Los ingenieros y
diseñadores de Alemania del Este les dijeron: “No, todo lo contrario, conservaremos nuestros
empleos si ahorramos recursos y no malgastamos tungsteno”.
Los occidentales rechazaron la bombilla. En 1989, cayó el Muro de Berlín, la fábrica cerró
definitivamente y la bombilla de larga duración dejó de producirse. Ahora sólo puede verse en
algún museo de Berlín.
20 años después de la caída del Muro de Berlín, el consumismo desenfrenado se da tanto en el
Este como el Oeste. Con una diferencia: en la era de internet los consumidores están dispuestos
a luchar contra la obsolescencia programada.
“Nuestro primer trabajo de éxito fue un cortometraje sobre IPod. Compré un IPod que valía
unos 450 dólares, relata Casey Neistad, un artista de videos. Unos 8 ó 12 meses después, la
batería se “murió”. Fue entonces que llamé a Apple para cambiar la batería, prosigue Casey, y
8
me informaron que su política, por entonces, era decirles a sus clientes que compraran otro
aparato, que no tenían recambio de baterías.
“Lo molesto, continúa Casey, no fue que se muriera la batería, sino que no tuviera recambio.
Las baterías se pueden cambiar en las computadoras portátiles de Apple, pero no en los IPod´s.
Tendría que cambiar el aparato completo.
Mi hermano tuvo la idea de hacer un corto sobre eso. Íbamos con una plantilla y un spray
pintando sobre las publicidades de IPod, en las calles, la leyenda: “la batería irremplazable del
IPod dura 18 meses”.
Colgamos el video en nuestra web y durante el primer mes tuvo unos 6 millones de visitas. La
web se volvió, literalmente, loca.
Una abogada de San Francisco, Estados Unidos, Elizabeth Pritzker, oyó hablar del video y
decidió demandar a Apple por el tema de la batería del IPod. Medio siglo después del caso del
Cártel de la bombilla, la obsolescencia programada regresaba a los tribunales.
Al empezar el litigio, el IPod llevaba 2 años en el mercado, Narra la Dra. Pritzker, y Apple ya
había vendido, sólo en USA, tres millones de aparatos. Muy buena parte de los IPod ya tenían
problemas con las baterías. Sus propietarios estaban dispuestos a ir a los tribunales. Uno de
ellos, Andrés Westley. Pritzker comenta que: “de entre los consumidores que habían llamado
escogimos representantes para componer una demanda colectiva”.
Una demanda colectiva es un mecanismo particular en Estados Unidos. Un pequeño grupo de
personas representa a un grupo mayor para presentar una demanda ante un tribunal.
“Mi papel, en este caso, explica la abogada, fue representar a miles, tal vez decenas de miles es
mejor, de personas. El caso se lo conoció como “Westley contra Apple”. “Cuando mis amigos
oyeron que era un caso importante creyeron que me estaba radicalizando, nos dice Westley,
parecía que me había convertido en otra Erin Brockovich”.
En diciembre de 2003 Elizabeth Pritzker presentó la querella ante los tribunales del Condado de
San Mateo, a pasos de la oficina central de Apple. “Pedimos a Apple diversos documentos
técnicos, narra Pritzker, en relación con la vida útil de la batería del IPod y recibimos muchos
datos sobre el proceso de diseño. Muchas pruebas sobre la batería. Así, efectivamente,
descubrimos que la batería de litio del IPod se diseño para tener una vida útil corta. La premisa
en el desarrollo del IPod fue la obsolescencia programada y la batería era la manera de
lograrlo”.
Después de meses de tensión, las dos partes llegaron a un acuerdo: Apple creó un sector de
recambio de baterías y prorrogó la garantía a 2 años. Los clientes recibieron una compensación.
“Algo que me molesta, personalmente, agrega Pritzke, es que Apple se presenta como una
compañía moderna, joven y avanzada. Sin embargo, es una empresa sin políticas

9
medioambientales que permitan al consumidor devolver los productos para su reciclado o
eliminación. Es contradictorio y esa actitud va en contra de su mensaje”.
La obsolescencia programada provoca un flujo constante de residuos que acaban en países del
tercer mundo, como Ghana en África.
“Hace unos 8 años me di cuenta de que llegaban a Ghana muchos contenedores con residuos
electrónicos”, relata Mike Anane, activista medioambiental. “Hablamos de ordenadores y
televisores estropeados, que nadie quiere en los países desarrollados”, continúa.
Un tratado internacional prohíbe enviar residuos electrónicos a tercer mundo. Pero los
mercaderes utilizan un simple truco: declararlos productos de segunda mano. Más del 80% de
esos residuos electrónicos que llegan a Ghana no podrán repararse y acaban en basureros en
todo el país.
“Estamos en el basurero de Agbogbloshie”, dice Mike Anane. “Aquí había un rio precioso, el Rio
Odaw que serpenteaba por esta zona. Rebozaba de vida y había muchos peces. Yo iba a la
escuela muy cerca de aquí, veníamos a jugar futbol y a pasar un rato con mis amigos”. “Los
pescadores organizaban paseos en barcazas. Ahora todo ha desaparecido y eso me hace sentir
muy triste y enojado”. “Ahora ya no hay niños jugando después de sus clases y en su lugar
jóvenes y familias pobres vienen a buscar chatarra que queman para sacar sus cables de cobre
o desarman buscando rescatar algunas piezas de metal que llevan dentro.” “Los niños más
pequeños siguen buscando en la chatarra que los mayores han abandonado”.
Los que están detrás de los envíos dicen que quieren cerrar la brecha digital y tecnológica entre
los países desarrollados de USA y Europa con África y Asia subdesarrollada. Pero los
ordenadores que se envían, simplemente, no funcionan.
No tiene sentido recibir residuos que no se pueden reparar. Menos aún si son residuos de
terceros y el país se convierte en el basurero del mundo.
“La basura escondida durante tanto tiempo, en la era industrial, ha llegado a nuestras vidas y ya
no podemos evitarla”, concluye Mike Anane.
John Thackara reflexiona: “la economía del despilfarro está llegando a su fin porque, ya no
quedan lugares donde enviar los residuos”.
Warner Philips dice: “con el paso del tiempo nos hemos dado cuenta de que el planeta no
puede sostener esta situación para siempre. Los recursos naturales y energéticos de los que
disponemos son limitados”.
Mike Anane agrega: “la posteridad no nos perdonará nunca el estilo de vida despilfarrador de
los países desarrollados”.
Gente de todo el mundo ha empezado a actuar contra la obsolescencia programada. Mike
Anane lucha desde el final de la cadena. Ha empezado a recopilar información y dice: “aquí

10
guardo los residuos que llegan con sus etiquetas perfectamente identificables por ejemplo de
Centro Amu en Sjaelland, Dinamarca o de Alemania de la Universidad de Westmister, de Apple
que tanto alardea de ser una empresa ecologista. Todas envían residuos a Ghana”. “Tengo una
base de datos con todas las etiquetas y contactos de las empresas a la que pertenecen esos
residuos que han enviado a Ghana”. Mike piensa convertir toda esa información en una
denuncia que presentará ante un tribunal. “Debemos pasar a la acción, sentencia, con medidas
punitivas y procesar a las personas y no a las empresas”.
Nuestro amigo Marcos está en internet nuevamente. Está buscando como alargar la vida útil de
su impresora. En la web encuentra a alguien en Rusia que ha desarrollado un software, que está
disponible en forma gratuita y con el podrá desbloquear su impresora. El programador de dicho
software, que desbloquea al chip contador interno de la impresora, se ha tomado la molestia
de explicar sus motivaciones. “Esto ocurre por una “mala construcción”. Ese es el modelo de
negocios. Es decir, es malo para el consumidor y el medio ambiente. Así es que “encontré una
manera de crear un software, dice Vitaly Kiselev, que permite resetear al chip contador de las
impresoras”.
Marcos no sabe que puede pasar, pero decide bajarse el software de todos modos.
Desde un pequeño pueblo de Francia, John Thackara lucha contra la obsolescencia programada
ayudando a gente de todo el mundo a compartir ideas de negocios y diseños contrarios a ella.
“En los países más pobres, las cosas siempre se reparan. La idea de tirar un producto será
porque ya no se puede reparar. Es impensable que alguien lo tire así porque sí.
“En la India tienen una palabra “Jugoad” para describir esta tradición de reparar cosas sin
importar la complejidad. Intentamos encontrar gente con proyectos concretos que no haga
afirmaciones abstractas, continúa Thackara. Hay que entender lo mal que está todo y la
necesidad de cambiar de una buena vez”.
W. Philips, descendiente de la dinastía de fabricantes de lamparitas, está dispuesto a colaborar
con este cambio. “Recuerdo cuando mi abuelo me llevó a una fábrica de Philips para que viera
como se fabricaban las bombillas. Es algo realmente genial”.
Casi un siglo después del Cártel de la bombilla, W. Philips sigue la tradición familiar, pero desde
una perspectiva diferente: fabrica una bombilla LED que dura 25 años.
“No hay un mundo ecológico y un mundo de los negocios y la sustentabilidad. Ambos van de la
mano”. De hecho, es la mejor base para un buen negocio. La única manera de lograrlo es
considerar los costes reales de los recursos utilizados y considerar también, el consumo de
energía e incluso el consumo directo del transporte”.
“Si los transportistas pagaran el coste real del transporte, sin mencionar que el petróleo es un
recurso no renovable, menciona Serge Latouche, los costes se multiplicarían por 20 o por 30”.

11
“Si se considerara todo eso en cada producto fabricado, ilustra Philips, los empresarios de todo
el mundo tendrían poderosos incentivos para hacer productos que duren para siempre”.
También se puede luchar contra la obsolescencia programada replanteando la ingeniería y la
elaboración de los productos, un concepto nuevo es: “de la cuna a la cuna” o economía circular.
Se afirma que, si las fábricas funcionaran como la naturaleza, la propia obsolescencia quedaría
obsoleta.
“Cuando hablamos de proteger al medioambiente, aclara Michael Baungard, coautor del libro
“Cradle to cradle”, siempre pensamos en recortar, renunciar o reducir, pero en la primavera la
naturaleza no le recorta a un cerezo”.
El ciclo natural produce en abundancia, pero las flores caídas y las hojas secas no son residuos
sino nutrientes para otros organismos.
“La naturaleza, agrega Baungard, no produce residuos sino nutrientes”. Él cree que la industria
puede imitar el circulo vital de la naturaleza y lo demostró al rediseñar el proceso de
producción en una fábrica textil, en Suiza.
“Cuando tapizas un sofá con tela común, los recortes son tan tóxicos que se deben eliminar
entre los residuos tóxicos”. Baungard descubrió que la fábrica utilizaba, por inercia, cientos de
tintas tóxicas y productos químicos también altamente tóxicos, para fabricar sus tejidos. Él y su
equipo redujeron la lista a 36 substancias, todas biodegradables.
“Seleccionamos ingredientes que podrías comer, si quisieras, añadiéndolos en tus cereales de la
mañana”, bromea. En una sociedad del despilfarro un producto de vida corta crea un problema
de residuos. Si una sociedad produce nutrientes, los productos de vida corta se convierten en
algo nuevo”.
Para los críticos más radicales de la obsolescencia programada no basta con reformar los
procesos productivos, ellos quieren replantear nuestra economía y nuestros valores. Es una
verdadera revolución, una revolución cultural porque es un cambio de paradigma y de
mentalidad.
Esta revolución se llama “Decrecimiento”, dice Jean Latouch, que viaja de charla en charla
explicando como abandonar la sociedad del crecimiento, definitivamente.
“El decrecimiento es un slogan provocador, que intenta romper con el discurso eufórico del
crecimiento viable, infinito y sostenido. Intenta demostrar la necesidad de un cambio de
lógica”, agrega Latouch.
La esencia del decrecimiento se puede resumir en la palabra “reducir”. Reducir nuestra huella
ecológica del despilfarro. La sobreproducción y el sobreconsumo. Al reducir el consumo y la
producción, podemos liberar tiempo para desarrollar a otras formas de riqueza que tienen la
ventaja de no agotarse al usarlas tales como la amistad o el conocimiento.

12
Cada vez más dependemos de objetos para formar nuestra identidad y autoestima. Eso es
consecuencia de la crisis de aquello que solía darnos identidad, como la relación con la
comunidad o la tierra. O aquellas cosas sencillas que el consumismo ha ido reemplazando.
Si la felicidad dependiera del nivel de consumo, deberíamos ser absolutamente más felices
porque consumimos 36 veces más que en los tiempos de Karl Marx. Pero las encuestas
demuestran que la gente no es 20 veces más feliz, porque la felicidad es siempre subjetiva.
Los críticos del decrecimiento temen que destruirán la economía y nos llevarían a la Edad de
Piedra.
Volver a una sociedad sostenible, cuya huella ecológica no sea mayor que la de un planeta, no
significa, de ninguna manera, volver a la Edad de Piedra, sino volver considerando los
parámetros de un país como Francia en los años ´60, que no es para nada la Edad de Piedra.
La sociedad del decrecimiento hace realidad la visión de Mahatma Ghandi: El mundo es
suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será tan
pequeño para la avaricia de algunos”.
Marcos está instalando el software ruso en su computadora. Con el nuevo programa puede
poner a cero el chip contador de su impresora. La impresora se desbloquea e inmediatamente e
imprime la palabra FIN.
Buenos Aires, mayo 2020

13

También podría gustarte