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El Sentido de La Vida

El sentido de la vida es único para cada individuo y no puede ser generalizado, ya que cada persona tiene su propia misión y responsabilidad. La logoterapia enfatiza la importancia de encontrar significado a través de acciones, principios y el sufrimiento, y sostiene que el amor y la actitud hacia el sufrimiento son claves para descubrir este sentido. En última instancia, el verdadero sentido de la vida se encuentra en el compromiso con la vida misma y en la responsabilidad que cada uno tiene ante su propia existencia.

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El Sentido de La Vida

El sentido de la vida es único para cada individuo y no puede ser generalizado, ya que cada persona tiene su propia misión y responsabilidad. La logoterapia enfatiza la importancia de encontrar significado a través de acciones, principios y el sufrimiento, y sostiene que el amor y la actitud hacia el sufrimiento son claves para descubrir este sentido. En última instancia, el verdadero sentido de la vida se encuentra en el compromiso con la vida misma y en la responsabilidad que cada uno tiene ante su propia existencia.

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El sentido de la vida

Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta

pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida

difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a

otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en

términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada

individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos

generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un

campeón de ajedrez: "Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada

que puede hacerse?" Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay

nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la

considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar

personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido

abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión

que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto.

Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida

puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad

para instrumentarla.

Como quiera que toda situación vital representa un reto para

el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la

cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En

última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido

de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En

una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y

únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia

vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo


que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia

humana está en su capacidad de ser responsable.

La esencia de la existencia

Este énfasis en la capacidad de ser responsable se refleja en el

imperativo categórico de la logoterapia; a saber: "Vive como si ya

estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya

hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto

de obrar." Me parece a mí que no hay nada que más pueda

estimular el sentido humano de la responsabilidad que esta

máxima que invita a imaginar, en primer lugar, que el presente

ya es pasado y, en segundo lugar, que se puede modificar y

corregir ese pasado: este precepto enfrenta al hombre con la

finitud de la vida, así como con la finalidad de lo que cree de sí

mismo y de su vida.

La logoterapia intenta hacer al paciente plenamente consciente

de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle

la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera

responsable. Y por ello el logoterapeuta es el menos tentado de

todos los psicoterapeutas a imponer al paciente juicios de valor,

pues nunca permitirá que éste traspase al médico la

responsabilidad de juzgar.

Corresponde, pues, al paciente decidir si debe interpretar su

tarea vital siendo responsable ante la sociedad o ante su propia

conciencia. Una gran mayoría, no obstante, considera que es a

Dios a quien tiene que rendir cuentas; éstos son los que no

interpretan sus vidas simplemente bajo la idea de que se les ha


asignado una tarea que cumplir sino que se vuelven hacia el

rector que les ha asignado dicha tarea.

La logoterapia no es ni labor docente ni predicación. Está tan

lejos del razonamiento lógico como de la exhortación moral. Dicho

figurativamente, el papel que el logoterapeuta representa es más

el de un especialista en oftalmología que el de un pintor. Este

intenta poner ante nosotros una representación del mundo tal

como él lo ve; el oftalmólogo intenta conseguir que veamos el

mundo como realmente es. La función del logoterapeuta consiste

en ampliar y ensanchar el campo visual del paciente de forma que

sea consciente y visible para él todo el espectro de las

significaciones y los principios. La logoterapia no precisa imponer

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al paciente ningún juicio, pues en realidad la verdad se impone

por sí misma sin intervención de ningún tipo.

Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que

debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar

que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo

y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se

tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera

meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se

denomina autorrealización. Esta no puede ser en sí misma una

meta por la simple razón de que cuanto más se esfuerce el

hombre por conseguirla más se le escapa, pues sólo en la misma

medida en que el hombre se compromete al cumplimiento del

sentido de su vida, en esa misma medida se autorrealiza. En otras


palabras, la autorrealización no puede alcanzarse cuando se

considera 'un fin en sí misma, sino cuando se la toma como efecto

secundario de la propia trascendencia.

No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno

mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para

conseguir la autorrealización. En ambos casos la visión del

mundo, o Weltanschauung, se convierte en Weltentwertung, es

decir, menosprecio del mundo.

Ya hemos dicho que el sentido de la vida siempre está

cambiando, pero nunca cesa. De acuerdo con la logoterapia,

podemos descubrir este sentido de la vida de tres modos

distintos: (1) realizando una acción; (2) teniendo algún principio;

y (3) por el sufrimiento. En el primer caso el medio para el logro o

cumplimiento es obvio. El segundo y tercer medio precisan ser

explicados.

El segundo medio para encontrar un sentido en la vida es

sentir por algo como, por ejemplo, la obra de la naturaleza o la

cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo el amor.

El sentido del amor

El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser

humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser

totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le

ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos

y rasgos esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver

también sus potencias: lo que todavía no se ha revelado, lo que

ha de mostrarse. Todavía más, mediante su amor, la persona que


ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Al hacerle

consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser,

logra que esas potencias se conviertan en realidad.

En logoterapia, el amor no se interpreta como un

epifenómeno

de los impulsos e instintos sexuales en el sentido de

lo que se denomina sublimación. El amor es un fenómeno tan

primario como pueda ser el sexo. Normalmente el sexo es una

forma de expresar el amor. El sexo se justifica, incluso se

santifica, en cuanto que es un vehículo del amor, pero sólo

mientras éste existe. De este modo, el amor no se entiende como

un mero efecto secundario del sexo, sino que el sexo se ve como

medio para expresar la experiencia de ese espíritu de fusión total

y definitivo que se llama amor.

Un tercer cauce para encentar el sentido de la vida es por vía

del sufrimiento.

El sentido del sufrimiento

Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable,

insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino

que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad

incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente

entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor

supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del

sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que

tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese


sufrimiento.

Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor

en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que

padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que

había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima

de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle?

Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté

la siguiente pregunta: "¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted

hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?"

"¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido

muchísimo!" A lo que le repliqué: "Lo ve, doctor, usted le ha

ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar

por ello sobreviviendo y llorando su muerte."

No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente,

abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo

sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como

puede serlo el sacrificio.

Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero

sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento

no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su

esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su

actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese

momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.

Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que

el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar

el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el


hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese

sufrimiento tenga un sentido.

Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a

menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente

no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que

puede combatirse con una operación; en tal caso sería

masoquismo, no heroísmo.

La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad

del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la

logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá

al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera

necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al

sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson,

catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su

artículo sobre logoterapia

defiende que "nuestra filosofía de la

higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que

ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema

tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo

de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser

desgraciado". En otro ensayo

expresa la esperanza de que la

logoterapia "pueda contribuir a actuar en contra de ciertas

tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la


que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy

pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo

enaltecedor y no degradante", de forma que "no sólo se siente

desdichado, sino avergonzado además por serlo".

Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad

de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que

nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al

aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el

último momento un sentido y lo conserva hasta el fin,

literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es

de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del

posible sufrimiento.

Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la

experiencia más honda que pasé en un campo de concentración.

Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no

superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las

estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo

pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había

escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues,

tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi

hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a

sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que

fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si

en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquiersentido.

Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada

la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha


apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada.

Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio

los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de

gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez

de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo

de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página

arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la

más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo

interpretar esa "coincidencia" sino como el desafío para vivir mis

pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?

Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no

tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi

interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era:

"¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no

tiene sentido." La pregunta que yo me planteaba era algo

distinta: "¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno

mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la

supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado

depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella—

en último término no merece ser vivida."

Problemas metaclínicos

Cada día que pasa, el médico se ve confrontado más y más

con las preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es el sufrimiento,

después de todo? Cierto que incesante y continuamente al

psiquiatra le abordan hoy pacientes que le plantean problemas

humanos más que síntomas neuróticos. Algunas de las personas


que en la actualidad visitan al psiquiatra hubieran acudido en

tiempos pasados a un pastor, un sacerdote o un rabino, pero hoy,

por lo general, se resisten a ponerse en manos de un eclesiástico,

de forma que el médico tiene que hacer frente a cuestiones

filosóficas más que a conflictos emocionales

Un logodrama

Me gustaría citar el siguiente caso: en una ocasión, la madre

de un muchacho que había muerto a la edad de once años fue

internada en mi clínica tras un intento de suicidio. Mi ayudante, el

Dr. Kocourek, la invitó a unirse a una sesión de terapia de grupo y

ocurrió que yo entré en la habitación donde se desarrollaba la

sesión de psicodrama. En ese momento, ella contaba su historia.

A la muerte de su hijo se quedó sola con otro hijo mayor, que

estaba impedido como consecuencia de la parálisis infantil. El

muchacho no podía moverse si no era empujando una silla de

ruedas. Y su madre se rebelaba contra el destino. Ahora bien,

cuando ella intentó suicidarse junto con su hijo, fue precisamente

el tullido quien le impidió hacerlo. ¡El quería vivir! Para él, la vida

seguía siendo significativa, ¿por qué no había de serlo para su

madre? ¿Cómo podría seguir teniendo sentido su vida? ¿Y cómo

podíamos ayudarla a que fuera consciente de ello?

Improvisando, participé en la discusión. Y me dirigí a otra

mujer del grupo. Le pregunté cuántos años tenía y me contestó

que treinta. Yo le repliqué: "No, usted no tiene 30, sino 80, está

tendida en su cama moribunda y repasa lo que fue su vida, una

vida sin hijos pero llena de éxitos económicos y de prestigio


social." A continuación la invité a considerar cómo se sentiría ante

tal situación. "¿Qué pensaría usted? ¿Qué se diría a sí misma?"

Voy a reproducir lo que dijo exactamente, tomándolo de la cinta

en que se grabó la sesión: "Oh, me casé con un millonario; tuve

una vida llena de riquezas, ¡y la viví plenamente! ¡Coqueteé con

los hombres, me burlé de ellos! Pero, ahora tengo ochenta años y

ningún hijo. Al volver la vista atrás, ya vieja como soy, no puedo

comprender el sentido de todo aquello; y ahora no tengo más

remedio que decir: ¡mi vida fue un fracaso!"

Invité entonces a la madre del muchacho paralítico a que se

imaginara a ella misma en una situación semejante, considerando

lo que había sido su vida. Oigamos lo que dijo, grabado

igualmente: "Yo quise tener hijos y mi deseo se cumplió; un hijo

se murió y el otro hubiera tenido que ir a alguna institución

benéfica si yo no me hubiera ocupado de él. Aunque está tullido e

inválido, es mi hijo después de todo, de manera que he hecho lo

posible para que tenga una vida plena. He hecho de mi hijo un ser

humano mejor." Al llegar a este punto rompió a llorar y,

sollozando, continuó: "En cuanto a mí, puedo contemplar en paz

mi vida pasada, y puedo decir que mi vida estuvo cargada de

sentido y yo intenté cumplirlo con todas mis fuerzas. He obrado lo

mejor que he sabido; he hecho lo mejor que he podido por mi

hijo. ¡Mi vida no ha sido un fracaso!"

Al considerar su vida como si estuviera en el lecho de muerte

pudo, de pronto, percibir en ella un sentido, sentido en el que

también quedaban comprendidos sus sufrimientos. Por idéntico


motivo, se hizo patente que una vida tan corta como, por

ejemplo, la del hijo muerto, podía ser tan rica en alegría y amor

que tuviera mayor significado que una vida que hubiera durado

ochenta años.

Pasado un rato, procedí a hacer otra pregunta; esta vez me

dirigía a todo el grupo. Les pregunté si un chimpancé al que se

había utilizado para producir el suero de la poliomielitis y, por

tanto, había sido inyectado una y otra vez, sería capaz de

aprehender el significado de su sufrimiento. Al unísono, todo el

grupo contestó que no, rotundamente; debido a su limitada

inteligencia, el chimpancé no podía introducirse en el mundo del

hombre, que es el único mundo donde se comprendería su

sufrimiento. Entonces continué formulando la siguiente pregunta:

"¿Y qué hay del hombre? ¿Están ustedes seguros de que el

mundo humano es un punto terminal en la evolución del cosmos?

¿No es concebible que exista la posibilidad de otra dimensión, de

un mundo más allá del mundo del hombre, un mundo en el que la

pregunta sobre el significado último del sufrimiento humano

obtenga respuesta?"

El suprasentido

Este sentido último excede y sobrepasa, necesariamente, la

capacidad intelectual del hombre; en logoterapia empleamos para

este contexto el término suprasentido. Lo que se le pide al

hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que

soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma

racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la


sensatez incondicional de esa vida. Logos es más profundo que

lógica.

El psiquiatra que vaya más allá del concepto del suprasentido,

más tarde o más temprano se sentirá desconcertado por sus

pacientes, como me sentí yo cuando mi hija de 6 años me hizo

esta pregunta:

"¿Por qué hablamos del buen Dios?" A lo que le contesté:

"Hace unas semanas tenías sarampión y ahora el buen Dios te ha

curado.' Pero la niña no quedó muy contenta y replicó: "Muy bien,

papá, pero no te olvides de que primero él me envió el

sarampión."

No obstante, cuando un paciente tiene una creencia religiosa

firmemente arraigada, no hay ninguna objeción en utilizar el

efecto terapéutico de sus convicciones. Y, por consiguiente,

reforzar sus recursos espirituales. Para ello, el psiquiatra ha de

ponerse en el lugar del paciente. Y esto fue exactamente lo que

hice, por ejemplo, una vez que me visitó un rabino de Europa

oriental y me contó su historia. Había perdido a su mujer y a sus

seis hijos en el campo de concentración de Auschwitz, muertos en

la cámara de gas, y ahora le ocurría que su segunda mujer era

estéril. Le hice observar que la vida no tiene como única finalidad

la procreación, porque entonces la vida en sí misma carecería de

finalidad, y algo que en sí mismo es insensato no puede hacerse

sensato por el solo hecho de su perpetuación. Ahora bien, el

rabino enjuició su difícil situación, como judío ortodoxo que era,

aludiendo a la desesperación que le producía el hecho de que a su


muerte no habría ningún hijo suyo para rezarle el Kaddish.

Pero yo no me di por vencido e hice un nuevo intento por

ayudarle, preguntándole si no tenía ninguna esperanza de ver a

sus hijos de nuevo en el cielo. Mas la contestación a mi pregunta

fueron sollozos y lágrimas, y entonces salió a la luz la verdadera

razón de su desesperación: me explicó que sus hijos, al morir

como mártires inocentes

, ocuparían en el cielo los más altos

lugares y él no podía ni soñar, como viejo pecador que era, con

ser destinado a un puesto tan bueno. Yo no le contradije, pero

repliqué: "¿No es concebible, rabino, que precisamente sea ésta

la finalidad de que usted sobreviviera a su familia, que usted

pueda haberse purificado a través de aquellos años de

sufrimiento, de suerte que también usted, aun no siendo inocente

como lo eran sus hijos, pueda llegar a ser igualmente digno de

reunirse con ellos en el cielo? ¿No está escrito en los Salmos que

Dios conserva todas nuestras lágrimas?

Y así tal vez ninguno de

sus sufrimientos haya sido en vano." Por primera vez en muchos

años y, al amparo de aquel nuevo punto de vista que tuve la

oportunidad de presentarle, el rabino encontró alivio a sus

sufrimientos.

La transitoriedad de la vida
A este tipo de cosas que parecen adquirir significado al margen

de la vida humana pertenecen no ya sólo el sufrimiento, sino la

muerte, no sólo la angustia sino el fin de ésta. Nunca me cansaré

de decir que el único aspecto verdaderamente transitorio de la

vida es lo que en ella hay de potencial y que en el momento en

que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al

pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad.

Porque nada del pasado está irrecuperablemente perdido, sino

que todo se conserva irrevocablemente.

De suerte que la transitoriedad de nuestra existencia en modo

alguno hace a ésta carente de significado, pero sí configura

nuestra responsabilidad, ya que todo depende de que nosotros

comprendamos que las posibilidades son esencialmente

transitorias. El hombre elige constantemente de entre la gran

masa de las posibilidades presentes, ¿a cuál de ellas hay que

condenar a no ser y cuál de ellas debe realizarse? ¿Qué elección

será una realización imperecedera, una "huella inmortal en la

arena del tiempo"? En todo momento el hombre debe decidir,

para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.

Normalmente, desde luego, el hombre se fija únicamente en la

rastrojera de lo transitorio y pasa por alto el fruto ya granado del

pasado de donde, de una vez por todas, él recupera todas sus

acciones, todos sus goces y sufrimientos. Nada puede deshacerse

y nada puede volverse a hacer. Yo diría que haber sido es la

forma más segura de ser.

La logoterapia, al tener en cuenta la transitoriedad esencial de


la existencia humana, no es pesimista, sino activista. Dicho

figurativamente podría expresarse así: el pesimista se parece a

un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque,

colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida

que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras

que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es

como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del

calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a

los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas

notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que

contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido

plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va

volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente

joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de

envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el

futuro que les espera? "No, gracias", pensará. "En vez de

posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo

la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los

sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son

precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso

aunque no inspiren envidia".

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