¿ME AMAS?
que estuvo a punto de ahogarse amará a la persona que se
lanzó al mar desafiando el peligro y con grande esfuerzo
lo libró de una muerte segura? Incluso un niño podría con-
testar a estas preguntas. Pues de la misma manera, y bajo
los mismos principios, el verdadero cristiano ama al Señor
Jesús.
Este amor a Cristo es el compañero inseparable de la fe
salvadora. La fe de los diablos es una fe desprovista de amor,
y también la fe que es tan sólo intelectual; pero la fe que
salva va acompañada del amor. El amor no puede usurpar el
oficio de la fe; no puede justificar, ni unir el alma a Cris-
to, ni traer paz a la conciencia. Pero allí donde hay verdadera
fe, habrá también amor a Cristo. La persona que ha sido
verdaderamente perdonada, es una persona que realmente
ama (Lucas 7:47). Si una persona no tiene amor a Cris-
to, podéis estar ciertos de que no tiene verdadera fe.
El amor a Cristo es la fuente del servicio cristiano. Poco
haremos por la causa de Cristo si nos movemos impulsados
por el simple sentido de la obligación, o por el conocimiento
de lo que es justo y recto. Antes de que las manos se muevan,
el corazón ha de estar interesado. La excitación puede -gal-
vanizar las manos del cristiano para una actividad capri-
chosa y espasmódica, pero sin amor no se producirá una per-
severancia contínua en el obrar bien ni en la labor misionera.
La enfermera puede desempeñar correctamente sus cuidados
facultativos y atender al enfermo con solicitud; pero aún así,
hay una gran diferencia entre sus cuidados y los que pro-
digará la esposa al esposo enfermo, o la madre al hijo que
está en peligro de muerte. Una obra por el sentido de la obli-
gación, mientras que la otra obra impulsada por el afecto
y el amor; una desempeña su labor por la paga que percibe,
la otra obra según los impulsos del corazón. Y es así tam-
bién en lo que respecta al servicio cristiano. Los grandes
obreros de la Iglesia, los que han dirigido avances claves en
el campo misionero y han vuelto el mundo al revés, todos
se han distinguido por un intenso amor hacia Cristo.
Examinad las vidas de Owen, Baxter, Rutherford, Geor-
ge Herbert, Leighton, Hervey, "\Vhitefield, Wesley, Henry Mar-
tín, Hudson, l\1cCheyne, y otros muchos. Todos estos hom-
bres han dejado su huella en el mundo. ¿Y cuál era la ca-
racterística común de sus vidas? Todos amaban a Cristo. N o
sólo guardaron un credo, sino que, por encima de todo, ama-
ron la Persona del Señor Jesucristo.