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Palabra de Raton - James Patterson

Cuentos para niños
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Palabra

de raton

James Patterson y
Chris Grabenstein
Barcelona, 2017
Índice
PALABRA DE RATON
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
CAPÍTULO 50
CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52
CAPÍTULO 53
CAPÍTULO 54
CAPÍTULO 55
CAPÍTULO 56
CAPÍTULO 57
CAPÍTULO 58
CAPÍTULO 59
EPÍLOGO
CRÉDITOS
Para Red Boy
–JP

Para Parker, Tiger Lilly y Phoebe


Squeak
–CG
CAPÍTULO 1

«El mundo siempre es más grande


cuando eres pequeño.»
Isaías

i historia comienza el día que perdí a


toda mi familia.
Corro todo lo rápido que

M puedo
hermanos
detrás
y
de mis
hermanas
mayores. Por el pasillo.
Pasado el cubo de la fregona.
Hacia la puerta abierta.
Huimos de un lugar asqueroso,
horrible y ¡totalmente TERRORÍFICO!
Y que además es el único hogar que
mi familia y yo hemos conocido.
Mis hermanos y hermanas encabezan
el camino a la libertad. Los noventa y
seis. Yo soy el más joven, además del
más pequeño. Lo único que tengo que
hacer es correr tras ellos, como hago
siempre. Donde quiera que vayan, yo los
sigo. Sé que será a un lugar más seguro.
Y mejor. ¡Tiene que serlo!
Eso es lo que dice Abe. Y también
Winnie.
Nos colamos por la diminuta rendija
que hay entre la puerta y la pared, y
entramos en la Tierra de los Gigantes.
El exterior.
El lugar en el que ninguno de nosotros
había estado antes.
¿He dicho que estoy muy asustado?
¡Oh, no!
Una montaña negra con bultos que
apestan a plantas podridas nos impide el
paso y obliga a mi familia a correr en
todas direcciones y separarnos.
—¡Familia! —grito—. ¡Esperadme!
Pero no pueden esperar. Es
demasiado peligroso.
Trato de tomar un atajo para
alcanzarlos. Corro hacia la cima de la
montaña.
Mala idea.
Mi pata trasera pisa algo tan fino
como una cáscara de huevo. La pierna se
me hunde en un agujero viscoso, y no la
puedo sacar. No es una montaña. Es una
bolsa negra de plástico llena de basura.
—¡Familia!
Mis hermanos y hermanas han
desaparecido por completo.
Y yo estoy atrapado.
Así que hago lo mismo de siempre.
Asustarme.
—¡SOCORRO! —grito.
Esta huida ha sido idea de mi
hermano mayor Benji. Pero Benji no
está. Al igual que Abe y Winnie y…
Oigo detrás de mí el rumor sordo de
zapatos humanos.
Alguien se acerca.
Tiro de la pata. No se mueve. Tiro
otra vez.
Al tercer intento consigo liberar el
pie. Tengo que correr. Tengo que
encontrar a mi familia. ¡Sin ellos, no
tengo la menor idea de adónde tengo que
ir ni qué tengo que hacer!
Al otro lado de la montaña de basura
rodeo una bolsa arrugada con una
etiqueta que dice D-O-R-I-T-O-S, y
llego a un saliente.
—¿Winnie? ¿Abe?
Miro a mi alrededor. No veo a nadie.
Entonces miro abajo.
Hay un abismo de un metro de altura
hasta una rejilla de acero que cubre un
túnel oscuro.
Cierro fuerte los ojos y me lanzo.
Aterrizo en un charco de agua fría y
sucia. Odio que se me mojen las patas.
—¿Familia? —grito—. ¿Ha ido
alguien más por el desagüe? ¿Hay
alguien? ¿Hola?
Ninguna respuesta. Ni siquiera un
suspiro. Solo me llega el eco de mi
propia voz.
He oído decir a los humanos «¿Eres
un hombre o un ratón?», cuando uno de
ellos tiene miedo y el otro necesita ser
valiente.
Bueno, pues está claro que yo soy un
ratón.
Me llamo Isaías. No había estado tan
asustado en toda mi vida, y eso es
mucho decir, porque toda mi vida he
tenido miedo. Pero nunca había sido tan
horroroso como en este momento.
No sé dónde estoy. Y he perdido a mi
familia.
O mi familia me ha perdido a mí.
En cualquier caso, por primera vez en
mi vida, estoy totalmente solo.
CAPÍTULO 2

«Dios nos dio las bellotas, pero no nos


las dio peladas.»
Isaías

igo el aullido de una sirena.


Y destellos de luz roja que penetran
en la oscuridad. ¡Horror!

O Acaban de activar la alarma.


Querría esconderme para
siempre en el rincón más
oscuro de este desagüe que no
para de gotear, pero algo dentro de mí
dice: «¡Sigue corriendo, Isaías! ¡No
dejes que te atrapen! ¡Ve a buscar a tu
familia! ¡Aprisa! ¡Muévete o estás
perdido!».
Me adentro en la oscuridad.
Soy muy rápido corriendo. Es por
todos los meses que he pasado en la
noria de ejercicios. Muevo la cola para
no perder el equilibrio y doblo una
curva cerrada. Los destellos de luz roja
desaparecen. Y también toda la luz. Uso
los bigotes como me enseñó mamá antes
de desaparecer del Lugar Horrible, para
orientarme entre las húmedas paredes.
Entro de cabeza, a toda velocidad, en un
túnel negro y vacío.
Y sigo pisando sobre mojado.
De repente, por encima, veo un fino
rayo de luz.
Es una boca de alcantarilla.
Trepo por la resbaladiza pared lateral
y llego a un callejón repleto de
desperdicios (¡algunos de los cuales
parecen de lo más sabrosos!). Pero
cuando eres un ratón a la fuga que
intenta alcanzar al resto de tu familia, no
puedes parar a echar un bocado, por
tentador que sea. Resbalo en una piel de
plátano marrón y más que pasada, patino
hacia un montón de cajas y caigo por una
rendija más fina que una hoja de libro.
Cuando aterrizo (de culo) al otro
lado, oigo voces.
Voces humanas.
—¡Encuéntralos, idiota! —grita una
—. ¡Encuéntralos a todos!
—No ha sido culpa mía —balbucea
la otra voz—. Solo he dejado la dichosa
puerta abierta un segundo.
No necesito oír más.
Trepo por la pared de un edificio.
Subo en línea recta utilizando unos
agujeros tan pequeños que los humanos
ni los verían. Cuando llego arriba, veo
un cable eléctrico meciéndose al viento.
Salto desde la pared, vuelo por los aires
y aterrizo con un boing y un bote.
Uso la cola para mantener el
equilibrio, igual que un equilibrista
utiliza su pértiga, y corro a lo largo del
cable, que no deja de temblar.
Enseguida me veo en lo alto de otro
callejón. O quizá sea un vertedero de
residuos tóxicos. El aire huele tan mal
que me tiemblan los bigotes. Herrumbre.
Productos químicos en descomposición.
Olor a huevos podridos.
Tengo los oídos taponados por los
aullidos de la alarma de hace un rato.
Me tiembla desde la columna hasta la
punta de la cola. Necesito a mis
hermanos y hermanas para que me
animen y me den valor.
Pero sigo sin ver a ninguno de ellos.
De todos modos, grito hacia el suelo:
—¿Familia? ¿Abe? ¿Winnie? ¿Hay
alguien? ¿Dónde estáis?
CAPÍTULO 3

«Por
muy rápido que corra un ratón,
nunca escapará de su propia cola.»
Isaías

s como si hubiera estado varias horas


corriendo, aunque solo habrán sido unos
cinco minutos.

E Los humanos han quedado


muy atrás, pero hablan muy alto
y mis oídos son muy sensibles.
—Y noventa y cinco —dice
uno.
—Y con ese noventa y seis —dice el
otro—. ¡Cógelo!
¡Oh, no! Han atrapado a toda mi
familia. A Abe, a Winnie, a Benji y a…
—Buen trabajo —grita uno de los
humanos—. ¿Cuál falta?
—Uno de los azules. El pequeñajo.
—Ese es el Azul 97. ¡Mira! ¡Algo se
mueve tras ese barril!
—¡No conseguirás escapar, Príncipe
Azul!
Se alejan. Lo mismo hago yo.
Sus voces se debilitan; debemos
haber tomado direcciones opuestas.
¿Alguna vez habéis estado lejos de
vuestra familia en un lugar desconocido?
¿Qué hicisteis? ¿Sentaros y llorar a
lágrima viva? Pues ese también es mi
plan.
Lo más horrible de todo es que sé
exactamente dónde están los míos. Un
lugar al que nunca jamás volveré.
Sé que los demás intentarán escapar
de nuevo. Mi hermano mayor, Benji, no
es de los que se rajan fácilmente. Nunca
se rendirá. Seguro que pronto se le
ocurre algún plan.
Pero ¿qué haré hasta entonces? ¿Vivir
en la calle solo? Nunca he tenido que
buscarme la comida ni un lugar donde
dormir. ¿Por dónde empiezo?
De repente se abren las nubes. El sol
de mediodía me calienta la piel y me
seca las patas.
Decido seguir adelante. Necesito
encontrar un lugar en el que esconderme
hasta que Benji y el resto de mi familia
consigan salir otra vez del Lugar
Horrible. Y cuando lo hagan, ¡los estaré
esperando!
Sé que estaréis pensando: «Un
momento, Isaías. Eres un ratón. Se dice
que los ratones son criaturas nocturnas,
casi cegatas. Si es mediodía, el sol tiene
que hacerte daño en los ojos».
Bueno, en primer lugar, para que lo
sepáis: nosotros los ratones somos
nocturnos y crepusculares. Eso quiere
decir, claro, que actuamos de noche,
pero también al atardecer y al amanecer.
¿Y cómo es que conozco un palabro
como «crepuscular»? ¡Bah, conozco
muchísimos! Por ejemplo, «tenebroso».
En algunos casos quiere decir lo mismo
que crepuscular.
Pero mientras el sol no me fría los
ojos, no os preocupéis: a diferencia de
muchos ratones de campo, de la
variedad de huerto o de jardín, tengo una
vista perfecta tanto de día como de
noche. Y mi olfato también es
sorprendente. Diez veces mejor que el
de un perro. La verdad es que soy muy
diferente en muchos sentidos.
Por ejemplo, si me vierais, seguro
que gritaríais. No solo porque soy un
ratón, sino porque soy un ratón azul. Del
mismo color azul celeste que las
golosinas que comían los Batas Largas.
No es por fanfarronear, pero también
soy muy inteligente y tengo un
vocabulario muy avanzado (casi podría
decir «refinado»), pese a ser un animal
que apenas pesa treinta gramos y mide
trece centímetros.
También mis hermanos y hermanas
son especiales, pero en otro sentido. Y
no todos somos azules. Por ejemplo,
Winnie es de color aceite de oliva. Abe
es rojo o, como él dice, «carmesí
eléctrico».
Aunque supongo que ninguno de mis
noventa y seis parientes estarán tan
asustados como yo ahora: hablando en
plata, soy el cobarde de la familia. Lo
reconozco. De los noventa y siete que
somos, soy el más miedoso, sobre todo
en cuanto a los gatos.
¡Horror! ¡Qué he dicho!
¿Lo veis? Yo solo me he asustado al
pronunciar la palabra «gato».
¡Cielos, lo he vuelto a decir! Las
patas se me vuelven de goma mientras
corro a toda velocidad por el cable de
la luz. Resbalo y caigo de cabeza.
No hay red, pero, por suerte, debajo
hay un montón de hojas blandas y
esponjosas.
Ya sé lo que estáis pensando. No me
siento orgulloso de ser tan temeroso y
cobardica, pero es la triste realidad.
Benji dijo una vez que mi piel no
debería ser azul sino color caca.
Me hago el muerto durante un par de
minutos, por si alguno de los Batas
Largas me ha seguido. O peor aún, por
si hay un pájaro revoloteando en busca
de comida.

Cuando lo único que oigo es el viento


que agita la hierba y los latidos de mi
propio corazón, levanto lentamente la
cabeza y observo el horizonte,
preparado para todo. Busco un hocico
familiar, unos bigotes amistosos.
—¿Abe? —pregunto, lastimoso—.
¿Winnie? ¿Benji?
No hay respuesta, claro. Lo que oí
decir a los humanos es cierto: los han
atrapado a todos. No se les ha escapado
ni uno.
Solo yo. El ratón más cobarde de toda
mi familia.
CAPÍTULO 4

«Cuando lo has perdido todo, ya no


tienes nada más que perder.»
Isaías

e levanto sobre las patas traseras y miro


a mi alrededor.
Estoy solo en el mundo. ¡Y

M ni siquiera sé en qué mundo


estoy!
Supongo que tengo que
elegir entre:

A) Dar media vuelta, volver


corriendo al Lugar Horrible y
entregarme a los Batas Largas. Si hago
eso, estaré de nuevo con mi familia,
sorbiendo agua azucarada de un tubo y
comiendo pienso antes del anochecer,
cómodo y calentito en mi lecho de
virutas de cedro.
B) Seguir corriendo. Encontrar un
escondite. Esperar a que mi familia
escape y me encuentre.
Elijo B. Confieso que, poco antes de
salir corriendo por la puerta trasera, mis
virutas de cedro estaban algo húmedas.
No se lo digáis a nadie, pero la idea de
escapar del Lugar Horrible me dio tanto
medio que mojé la cama.
Leí en alguna parte (sí, sé leer…
¿cómo creéis, si no, que aprendí esas
palabras tan serias?) que «nunca hay que
tener miedo de nada, salvo del mismo
miedo».
Bueno, eso lo escribió un humano.
Nosotros los ratones somos tan
pequeños que nos dan miedo muchas
cosas: los pájaros, los gatos y el
personal de limpieza con sus gruesas
botas de trabajo.
Puede que no sea valiente, pero sí soy
curioso. Por ejemplo, me pregunto qué
habrá más allá de los árboles del
extremo del campo en el que acabo de
aterrizar.
Así que corro entre las altas hierbas
(que me hacen cosquillas), atravieso a
toda velocidad la arboleda y compruebo
que estoy en las afueras. Eso creo. No
puedo estar seguro porque nunca he
visto el País de las Afueras. Solo he
leído cosas sobre él.
Eso es lo único bueno que puedo
decir del Lugar Horrible: tenemos
libros. Montones y montones de libros.
Una biblioteca entera. También nos
hacen pruebas. Montones y montones de
pruebas.
Pero a veces, cuando los Batas Largas
no miraban, leía por placer. Me gustaban
las historias de aventuras. En realidad,
siempre quise vivir una Gran Aventura.
Ahora sé que solo es otra forma de decir
que uno está perdido y solo.
Pero la curiosidad sigue picándome.
El mundo en el que acabo de entrar es
totalmente diferente de todo lo que he
conocido hasta ahora.
Camino de un lado a otro fijándome
en lo que veo. Filas de árboles, coches
aparcados y triciclos abandonados. Voy
muy pegado a los bordillos de la acera y
a las alcantarillas, por si tengo que
volver a escapar a toda prisa.
En algunas ventanas de las
gigantescas casas humanas hay gatos
observando. Sé que ellos saben que
estoy aquí fuera. Los gatos son listos.
Sobre todo cuando tienen hambre.
Y hablando de hambre…
Después de tanto correr, saltar y
temblar de miedo, el agua azucarada que
he tomado para desayunar (estaba
demasiado nervioso incluso para mirar
el pienso) se ha evaporado por
completo. Empiezo a olisquear a mi
alrededor en busca de comida. Y no
pienso ser muy quisquilloso ni exigente.
¿Sabíais que se cree que la palabra
«ratón» en inglés (mouse) viene del
sánscrito mus, que significa ‘ladrón’?
Yo no me considero un ladrón. Nunca he
cogido nada que no me hayan dado; no
he tenido que hacerlo.
Pero correteando por el País de las
Afueras, un extraño en tierra extraña, me
doy cuenta de que no hay mucho donde
elegir. No hay Batas Largas que vengan
a darme mi cucharada diaria de pienso
crujiente.
Por suerte, muchas de estas casas
humanas tienen grandes contenedores
con ruedas aparcados en la hierba,
encima del bordillo de las aceras. Y
huelen muy bien.
Olisqueo el aire en la base de una de
estas altas torres de plástico. No puedo
creer en mi suerte. Es una especie de
gran almacén de comida apenas usada.
Como tengo uñas que son como ganchos,
trepo por la ladera del monte del Bufé
del Desayuno y llego a la cima. Una de
las bolsas de plástico blanco que hay
dentro del inmenso contenedor tiene la
boca abierta. Veo uvas. Una rebanada de
pan salpicada de manchas azul verdoso.
Y una pasta que debe ser puré de patatas
(leí algo al respecto en un libro de
cocina).
¡Es un bufé libre!
Mi estómago gruñe para recordarme
que estoy muerto de hambre y para
animarme a robar algo comestible. Sí,
por primera vez en mi corta vida, estoy
comportándome como un auténtico ratón
(o sea, un mus). Soy un ladrón de
comida… ¡y me encanta!

¡Esta comida ligeramente usada es


deliciosa!
Me zampo tres uvas arrugadas.
Pruebo un poco de pasta blanda (que
resulta que son tortitas con caramelo).
Devoro el corazón de una manzana.
¡Todo está de rechupete! Estoy
descubriendo nuevos sabores.
Ampliando mis horizontes
gastronómicos. Como he dicho, me he
criado comiendo únicamente pienso. Esa
cosa seca y asquerosa que sabe a cartón.
¿Y cómo sé a qué sabe el cartón? Porque
mordí casualmente la punta de una caja
de cereales y reconocí el sabor en
seguida. Sabía a pienso.
Estoy muy contento de no haber dado
media vuelta para volver al Lugar
Horrible. Este nuevo mundo es mucho
más atractivo.
Me acuesto sobre la blanda cama de
pan para saborear otra uva arrugada,
cuando siento que algo sacude mi torre
de comida.
Algo grande.
Me asomo por el borde.
¡Horror!
¡Es una rata!
CAPÍTULO 5

«Todos nacemos con dones.


Cómo los utilicemos depende de
nosotros.»
Isaías

i fantástica fortaleza de comida está


siendo atacada por ratas.

M ¡RATAS gigantes con dientes


de conejo, piel sucia y muy
mala baba!
Sí, de acuerdo, las ratas
están relacionadas con los ratones.
Ambos somos miembros de la familia de
los roedores. Pero las ratas son como
los primos avariciosos, violentos y
despreciables. No quiero menospreciar
a los parientes, pero seamos sinceros:
las ratas son espantosas.
Noto un doble golpe debajo. Me lleno
de valor y vuelvo a asomarme por el
borde del tonel de comida.
¡Horror!
No me gusta lo que veo.
Una banda de grandes ratas sale por
la boca de alcantarilla más cercana.
Es obvio que las ratas han percibido
el aroma del Almacén de Comida
Ligeramente Usada, al igual que yo. Y
ahora quieren derribarlo y zamparse
toda la comida que caiga… ¡y yo voy a
ser su postre!
Menos mal que el contenedor tiene
ruedas. Cuando las ratas empujan su
base, no se vuelca. Sencillamente se
desplaza por la hierba.
Frustradas, las ratas gruñen y golpean
la base del contenedor con más fuerza,
utilizando la cabeza como ariete. No me
extraña. No suelen utilizar la cabeza
para mucho más.
Veréis, puede que mis parientes las
ratas sean grandes y feas, pero además
son tontas. También es cierto que no han
disfrutado de la educación refinada que
he tenido yo. Ninguna está familiarizada
con la ley de la palanca y el
desplazamiento de pesos.
Por otra parte, han sido lo bastante
listas como para tenerme atrapado. Ni
por asomo voy a bajar para convertirme
en merienda de rata.
Los roedores siguen golpeando,
sacudiendo y empujando el cubo de
lado. El jefe de la banda levanta la
cabeza y me ve. Sacude los bigotes y
lanza una risa burlona. No es un sonido
amistoso. Es más como si se relamiese
pensando en el pincho moruno de ratón
que le espera.
Así que decido que es hora de
desplegar otro de mis raros e inusuales
dones. No solo soy un ratón azul.
Respiro hondo y me estiro cuan largo
soy, lo cual, por si no lo recordáis, es
trece centímetros.
Comparadas conmigo, las ratas son
gigantescas. Tan grandes como botas de
bombero. No importa. Como he dicho,
hay algo casi increíble que sé hacer.
—¡PIENSO! —grito.
Exacto. Puedo emitir otros sonidos
aparte de los habituales chillidos de los
ratones.
Tengo voz. Soy capaz de pronunciar
algunas palabras humanas, sobre todo
las que he oído una y otra vez. —
¡PIENSO! —exclamo.
La rata jefe me mira con una nueva
expresión en sus ojillos brillantes y
redondos. Reconozco esa cara. Es de
miedo. —¡PIENSO! —Esta vez agito las
patas como loco para asustarla. ¡Soy el
Conde Rátula!, ¡el monstruo de
Ratonstein!
La rata jefe chilla y, con una sacudida
de su peluda cola, se vuelve corriendo a
la alcantarilla, seguida por el resto de la
banda.
Desaparecen en un santiamén.
Y el corazón quiere explotarme en el
pecho. ¡Ha sido la primera vez que he
tenido que luchar por mi vida!
Puede que haya asustado a las ratas,
pero yo también estoy muy asustado. Es
verdad, estoy petrificado. Los ataques
de las ratas pueden provocar algo así.
¡Quiero a mi familia!
A propósito, ¿sabíais que, como casi
todas las madres ratonas, la mía nos
parió a los noventa y siete en menos de
un año? ¿Por qué tantos hijos?, os
preguntaréis. Bueno, los Batas Largas
dicen que el tiempo medio de vida de un
ratón es de un año, quizá dos. Supongo
que hacen falta muchos hijos para que a
nuestra especie no le ocurra lo que a los
dinosaurios y desaparezca de la faz de
la Tierra.
Pero también he oído decir a los
Batas Largas que todos los ratones del
Lugar Horrible son diferentes de los
ratones normales en todos los sentidos
imaginables. ¡Uno incluso dijo que yo
podría vivir tanto como un ser humano!
¿Cuánto tiempo es eso? Los humanos,
como no tienen que temer a los pájaros,
ni a los gatos, ni a ser pisados (o a ser
devorados por sus estúpidos primos las
ratas), viven muchísimo más tiempo que
los ratones.
¡Sería genial vivir tanto! ¡Pensad en
la cantidad de fiestas de cumpleaños que
celebraría!
CAPÍTULO 6

«Tencuidado: la luz que ves al final


del túnel
podría ser de un tren que viene.»
Isaías

uando estoy total, completa y


absolutamente seguro de que las

C ratas se han ido, cojo un trozo


de pan verdoso para el camino
y salto del contenedor.
Tengo que seguir
moviéndome. Echo a correr por la calle
y, sin alejarme del borde de la acera,
sigo hacia donde quiera que conduzca.
¡Horror!
No quería que condujera a esto.
Porque esto es peor que todos aquellos
roedores desquiciados que empujaban el
contenedor.
Esto es un gato.
Da vueltas sigilosamente. Despacio y
tranquilo. Buscando el mejor ángulo de
ataque. Sus hombros se mueven con
agilidad mientras me rodea, como si
fuera un león (que, por cierto, viene a
ser un gato enorme pero sin la caja de
arena donde hace sus necesidades).
Todos los felinos son excelentes
cazadores. Ese es su don superespecial.
Paralizado de terror, tengo tiempo de
estudiar a este animal en concreto. Es de
raza esfinge y de color negro. ¿Sabíais
que los ejemplares de la raza esfinge no
tienen pelo? También son muy
musculosos, con fuerte cuello y zarpas
tan anchas que parece que caminen
sobre almohadillas.
Sí, sé mucho de gatos. También sé que
estoy en una situación de vida o muerte.
Así que pruebo de nuevo mi truco. Quizá
me salve la vida por segunda vez.
—¡PIENSO!
El gato ladea la cabeza. Veo
confusión en sus malvados y penetrantes
ojos amarillos.
Aprovecho el momento y echo a
correr por el sendero del garaje. Por
desgracia, el monstruo arrugado y
pelado sale en mi persecución.
Corro hacia las matas que hay debajo
del porche. El gato me pisa los talones.
Doblo a la derecha y me dirijo hacia
el ángulo que forman el porche y los
peldaños de acceso.
El gato repite todos mis movimientos,
bloqueando mi huida. Estoy atrapado,
con el lomo contra la pared de ladrillo.
Pero el gato no salta.
Quiere jugar. A ese juego llamado
«del gato y el ratón» y al que, en mi
humilde opinión, deberían entregarle el
premio al peor juego del mundo. Es
como el pingpong, solo que yo soy la
pelota y las zarpas mortíferas del gato
son las palas.
Como si hubiera oído mis
pensamientos, el gato mueve su inmensa
pata y salgo volando contra la pared.
¡Ay!
Cuando reboto, vuelve a golpearme
con la otra zarpa. Eso le encanta. Incluso
emite una desagradable risa. Y luego me
lanza de nuevo contra la pared.
Veo las estrellas.
El gato se arrastra hacia mí. Más
cerca. Tan cerca que puedo leer su
nombre en la chapa de identificación.
Qué monada.
Se llama Lucifer.
CAPÍTULO 7

«Tienesque aguantar de pie lo que sea,


o te pasarás la vida sentado.»
Isaías

ues aquí estoy. Acorralado. Y el


diabólico gato está listo para el
siguiente asalto del fenomenal

P combate entre Tom el Grandullón


y Jerry el Enano.
Pero resulta que ya me he
cansado. He llegado al límite,
señoras y señores. Estoy harto de que
me ataquen por ser quien soy. No pienso
hacer de peluche de este gato.
Soy un ratón, que recordaréis que en
inglés (mouse) viene de la palabra mus,
que en sánscrito significa ‘ladrón’. Así
que ya es hora de robarle la diversión a
este canalla de color de higo.
La chapa de Lucifer tintinea cuando
levanta la zarpa derecha para golpearme
otra vez. Me encojo en una bola. Lucifer
retrocede y me sacude. Madre mía, qué
castañazo.
Me estrello contra la pared de
ladrillo, rebotando como si fuera una
pelota de tenis. Salgo disparado
directamente hacia el gato y le doy con
la cabeza en la panza.
Su «miau» se transforma en «¡mi-
AY!».
Caigo al suelo. Me encojo y ruedo.
Y mientras Lucifer se aprieta la
barriga con las patas delanteras, clavo
mis pequeños pero afilados dientes en
una de sus patas traseras. Le ataco el
tobillo. Busco un tendón tierno de la
parte trasera del talón. Un tendón que es
fácil de ver porque este monstruito no
tiene ni un solo pelo.
Lucifer chilla como si un hipopótamo
acabara de pisarle la cola.
Me escapo volando. No literalmente
(la verdad es que no puedo volar), pero
como dije antes, soy muy rápido. Es lo
bueno de haber vivido en una jaula con
una rueda de ejercicio. Deberíais
probarlo.
Lucifer no está muy dispuesto a
perseguirme otra vez. Miro a mi espalda
y veo que se está lamiendo las heridas.
Literalmente.
Utilizo los bigotes y la cola para
dibujar un itinerario entre la broza del
jardín. Corro pegado al lateral de la
casa de ladrillo y llego a toda velocidad
al patio trasero.
¿Me estará persiguiendo Lucifer de
nuevo? Estoy demasiado ocupado
corriendo como para mirar atrás.
Delante veo una valla de madera. Hay
un diminuto agujero en una tabla. Un
agujero por el que Lucifer no cabría ni
en un millón de años.
No me lo pienso dos veces.
Aprieto en el último tramo, doy un
salto, estiro las patas y alcanzo el
agujero. ¡Vuelo! (Bueno, algo parecido.)
Atravieso el agujero y aterrizo al otro
lado de la valla, en un lecho de cortezas
de pino, junto a una fila de árboles
frutales. En el suelo veo una manzana
pachucha y la mordisqueo mientras
pienso en mi próximo movimiento. Con
gatos crueles y pájaros hambrientos al
acecho, un inteligente ratón azul no está
seguro dando vueltas por la calle.
Los manzanos están detrás de una
casa que se parece mucho al lugar en
que conocí a Lucifer. La verdad es que
las casas de las Afueras parecen todas
iguales.
Me limpio los restos de la manzana
de las patas, me ahueco el pellejo y me
dirijo a la casa.
Y espero que en esta no tengan gato.
CAPÍTULO 8

«Haga la temperatura que haga, el


hogar siempre es más frío cuando no
hay familia con quien compartirlo.»
Isaías

uizá debería haber seguido corriendo.


Quizá debería haber buscado

Q otra alcantarilla en la que


esconderme.
Quizá debería haber vuelto
arrastrándome al Lugar
Horrible para estar de nuevo con mi
familia.
Pero en vez de eso me acerco a la
casa, porque no puedo resistirme al
tentador aroma a canela, manzanas,
mantequilla y azúcar moreno que sale
flotando por la puerta de tela metálica.
Reconozco ese olor. ¡Es pastel de
manzana recién hecho!
Un día, hace no muchos amaneceres,
una Bata Larga llevó un pastel de
manzana al Lugar Horrible. Pasó por mi
lado con una caja de cartón atada con
cordel rojo y blanco. Yo estaba
trabajando en la noria, pero el olor hizo
que me detuviera en seco. En mi humilde
opinión, el pastel de manzana huele a
cielo.
Observo la puerta de tela metálica. En
la parte inferior hay una gatera con las
palabras PUERTA DE MASCOTAS impresas
en la tira de goma que la bordea. Eso
significa que es una puerta para que
entren y salgan animales domésticos.
Siempre me he considerado un tipo
doméstico. Así que salto los peldaños y
asomo la cabeza por la trampilla.
¡Mmmm! Mis bigotes tiemblan de
gusto al percibir el fuerte olor a
nutritivo pastel de manzana. Me cuelo
por la puerta de mascotas. Ya estoy
dentro de la casa.
La cocinera del pastel también está
dentro.
Es una mujer grande con un delantal
manchado de harina. Tiene las manos en
las caderas y me mira ceñuda. También
tiene un rodillo de amasar en la mano.
—¡Fuera de mi cocina, asqueroso
roedor! —grita.
Me tira el rodillo. Intuyo que es su
forma sutil de pedirme que me largue.
Vuelvo a cruzar la trampilla y me voy
corriendo.
—¡Y no vuelvas a entrar, bicho malo!
Sus palabras duelen al resonar en mis
oídos. No es bonito que a una criatura la
llamen bicho. Significa que eres como
una plaga o un parásito. Una sabandija a
la que aplastar. Una mosca a la que
matar. Un ratón al que atrapar en una
trampa.
Sí, no solo entiendo las palabras,
también entiendo su significado. A veces
desearía no ser tan «inteligente y
habilidoso».
Que quede entre vosotros y yo, pero
la verdad es que no me gusta saber que
hay gente en el mundo que me odia sin
conocerme siquiera.
Así que sigo corriendo.
Pero pronto reduzco la velocidad.
Bien, ya voy al paso. Ni siquiera las
constantes carreras en la rueda de
ejercicio de la jaula me han dado la
resistencia que se necesita para correr
durante ocho horas seguidas.
Exceptuando un par de charcos de luz
bajo las solitarias farolas, las calles
están a oscuras.
Pasa el tiempo. Las estrellas brillan
como carámbanos rotos en el cielo. Me
doy cuenta de que estoy temblando. Por
una vez, no es de miedo. No, me
castañetean los dientes porque tengo
frío.
Normalmente, los ratones no pasan
frío porque se apretujan en una
madriguera y se dan calor corporal unos
a otros. Pero esta noche no puede ser.
Estoy solo. Y también estoy agotado. Me
decido y me asomo a la casa que menos
temor me despierta. La base está
construida con bloques de piedra
artificial, entre los que hay espacios
huecos, como si fueran acogedoras
madrigueras de cemento. Veo un hueco
en uno de los bloques, y dentro hay
hojas marchitas y agujas de pino.
Encuentro blandito musgo verde en una
piedra, lo raspo y lo envuelvo con una
hoja pegajosa que arranco de un arbusto.
Será una buena almohada.
Ya tengo un dormitorio con todas las
comodidades posibles en mi situación,
así que entro, me arropo y me hago un
ovillo.
Estoy muy a gusto. Y también muy
solo. Nunca había pasado una noche
lejos de mi familia. Por mucho miedo
que diera el Lugar Horrible, al menos
estábamos todos juntos. Echo de menos
a mis hermanos y hermanas.
Abe, Benji, Clement, Delilah, Eli,
Felicity, Felix…
Recito mentalmente sus nombres.
Cuando llego a Zuzu, comienzo de
nuevo. Al tercer repaso me quedo
dormido, temiendo soñar con lo que no
quiero soñar.
El día más agitado de mi vida se ha
convertido en la noche más triste de mi
vida.
Y no creo que mañana vaya a ser
mucho mejor.
CAPÍTULO 9

«Por hambre sale el lobo del bosque,


por hambre entra el ratón
en el cubo de basura.»
Isaías

asi todos los ratones duermen unas doce


horas al día.

C Cuando despierto, me siento


como si hubiera dormido un día
entero. Quizá más. Recuerdo
haber despertado una vez y
ahuecado la almohada de musgo.
También recuerdo que me tapé los ojos
con un puñado de paja cuando un
polvoriento rayo de sol se coló en la
madriguera y quiso calentarme la cara.
No le hice caso y me volví a dormir.
Pero la segunda vez que el sol
atravesó mi puerta, el estómago no me
permitió dar media vuelta y cerrar los
ojos: gruñía con furia para que lo
alimentara.
Levántate, Isaías, me digo. Nadie va a
traerte la cucharada matutina de pienso.
¡Si quieres comer, tendrás que salir y
buscar tú mismo la comida!
De modo que salgo a rastras de mi
escondrijo. Mi plan es volver a las
aceras de las Afueras a buscar otra torre
de comida con ruedas. Atravieso
corriendo el césped delantero, en
dirección a otro Contenedor de Comida
Usada oportunamente aparcado en el
bordillo.
De repente suena un ruido tremendo.
El aire explota. Un monstruo rechina los
dientes. Toda la tierra tiembla.
Un inmenso camión blanco se acerca
lentamente por la calle con un humano
sujeto a la parte trasera.
Me escondo detrás de un adorno de
cerámica.
Miro por encima del burro de yeso
que tira de un carro lleno de macetas de
petunias y veo a un humano fornido con
un flamante uniforme naranja, que coge
mi bufé del desayuno y lo vacía dentro
de las mandíbulas abiertas de la parte
trasera del gigantesco camión blanco.
¡Ya no hay justicia en este mundo! Los
muy rateros me están robando la comida
que yo pensaba robar, y no puedo hacer
nada para impedirlo.
Cuando terminan de alimentar el
camión con mi desayuno, los humanos
dejan el contenedor con ruedas donde
estaba, en la franja de hierba entre la
acera y el bordillo. Y luego siguen
avanzando por la calle hasta el
siguiente.
Miro hacia donde ya han estado.
Todos los contenedores están en su sitio.
Sé que están vacíos. Mi delicioso
desayuno ha ido a parar a las fauces del
gigantesco camión blanco que, al
parecer, está aún más hambriento que
yo. Los humanos lo están alimentando
con todas las Torres de Plástico que
encuentran en la calle.
¿Es esto lo que significa realmente ser
ratón? ¿Mi vida fuera del Lugar
Horrible estará destinada a ser una
búsqueda constante de comida y
refugio?
Cuando los humanos y su hambriento
camión están a dos casas de distancia,
trepo al contenedor vacío.
Algo huele mal.
Veo una sustancia grande y pegajosa
enganchada en una de las estrías
interiores del cubo, cerca del fondo. La
masa huele a rancio y podrido.
Pero es comida.
Me aprieto la nariz y salto.
No, aunque tenga una bonita piel azul,
ser ratón no es una bicoca.
Y tampoco lo es esta comida.
CAPÍTULO 10

«La esperanza es poner la fe a


trabajar
cuando rendirse sería más fácil.»
Isaías

e estoy atragantando con un trozo de


comida misteriosa. Podría ser

M un bocado de patata cruda.


Está cubierta de tanta salsa
grasienta que es difícil
saberlo.
El estómago se me revuelve. El olor
avinagrado me da arcadas. Cuando
escupo el pegote de comida, me siento
como un gato que vomita una bola de
pelo.
Vamos, Isaías, me digo. Los mendigos
no pueden escoger.
Sí podemos, dice en mi cabeza una
vocecita que no quiere engullir más
comida asquerosa.
¿Y qué me dices de buscar comida a
la manera antigua, o sea, recogiendo
nueces y bayas?
¿Y dónde vamos a encontrar nueces y
bayas?, me pregunto.
Podríamos hablar con las ardillas,
sugiere la vocecita. Son ratoniles y
parecen más simpáticas que las ratas…
De repente oigo algo que acalla mi
debate interior.
Mi «restaurante» ha captado un
sonido lejano, una canción, y la ha
amplificado hasta que me rodea por
completo. El cubo de basura se ha
convertido en una sala de conciertos.
La voz es hermosa. Totalmente
increíble.
Una soprano angelical con una
melodía rítmica, parecida a la nana que
mi madre me cantaba al poco de nacer.
Es una canción de ratones.
Sí, es cierto. Los ratones sabemos
cantar. Somos de los pocos mamíferos
que sabemos entonar una melodía:
ballenas, murciélagos, humanos y
ratones. De hecho, utilizamos la misma
parte del cerebro para dar serenatas, al
igual que los humanos. A los ratones
también se nos pone la carne de gallina,
como se me acaba de poner a mí al oír
ese dulce canto. Tenemos tantas cosas en
común con las personas que deberíais
tratarnos mejor.
Pero no quiero entretenerme con eso
ahora. Ni siquiera quiero pensarlo.
Solo quiero quedarme aquí un
momento y escuchar esta preciosa
canción de amor. Porque eso es lo que
es.
Normalmente, los ratones machos
cantan baladas de amor para atraer a las
ratonas. Pero esta vez es una ratona la
que entona la melodía. Puedo jurarlo.
Por supuesto, no la está cantando para
mí. ¿Cómo iba a hacerlo? Ni siquiera
nos conocemos.
Todavía.
Olvido la comida. Tengo que salir de
aquí y buscar a esa dulce alondra.
Salgo del cubo de basura con
renovada determinación. Hay ratones en
las Afueras. Ratones cantores, además.
Ahora ya no me siento tan solo en el
mundo, ¡solamente tengo que encontrar a
la ratona musical! Debe de ser guapa
para cantar tan deliciosamente.
Me froto contra unos tréboles para
limpiarme la basura que me cubre.
Mastico algo de hierba porque tiene
clorofila (y por eso es verde), y la
clorofila es excelente para combatir el
mal aliento. Quiero tener el mejor
aspecto y olor posible cuando conozca a
esa magnífica creadora de melodías.
También cojo un precioso diente de
león amarillo. Tengo que llevarle flores:
soy un gran admirador.
Levanto las orejas. Escucho la voz.
Sigo la pista de la canción.
Porque dondequiera que me lleve, allí
quiero estar.
CAPÍTULO 11

«La luz del sol es a las flores lo que


las sonrisas a un ratón.»
Isaías

ien, bravo!
¡B La ratona no solo tiene una
bonita voz, también tiene una
MARAVILLOSA sonrisa y adorables
pestañas rizadas, más largas que muchos
bigotes.
Claro que ella aún no me ha visto.
Lo cual probablemente sea bueno. La
magnífica cantante ha sido bendecida
con una piel marrón oscuro, el color del
chocolate caliente. La mía, como
recordaréis, es azul. Brillante,
resplandeciente, azul fosforito.
Sé que la belleza de piel chocolate
dejará de cantar en el momento en que
vea mi alucinante color azul. Después de
todo, es algo muy sorprendente. Así que,
por el momento, me quedaré agazapado
entre los arbustos, oleré mi diente de
león y la oiré cantar para sí misma y
para las abejas que zumban en los
rosales. A las abejas les gusta zumbar
cerca de cualquier ratón que cante.

Vaya, qué dulce voz tiene, me


atrevería a decir que melosa. Eso, por
supuesto, significa ‘dulce’, pero suena
mucho más suave y melodioso, así
que…
Ah, ah.
Ha dejado de cantar. Mira alrededor.
Se da cuenta de que alguien la está
observando. Todos los ratones tienen
una habilidad especial para percibir a
los intrusos, porque siempre podría
tratarse de un gato.
Decido correr el riesgo. Salgo del
escondite y hago una gran reverencia.
—¡No tengas miedo, hermosa
cantante! —digo.
A pesar de todo, suelta un gritito.
Pero no sale corriendo. O sea que la
cosa promete.
—Solo soy yo, Isaías.
—E-e-eres azul —balbucea.
—Como mi sangre. Tu canción me ha
subido de categoría.
No parece apreciar mi pequeño
piropo. Los ratones normales rara vez lo
hacen. En lugar de eso, me señala con la
pata.
—Tu piel es rara.
—Y que lo digas, aunque yo prefiero
decir «especial».
—Es rara.
—Quizá. Pero conozco a un ratón
llamado Abe que tiene la piel carmesí.
Y la de mi hermana Winnie es del color
del aceite de oliva virgen.
—¿Qué es el carmesí? ¿Y el aceite de
oliva virgen?
—El carmesí es un tono de rojo. Y el
aceite de oliva es un condimento de un
color verde oscuro con unos toques de
amarillo.
—¿Y qué es eso del color?
Vaya, lo había olvidado. Los ratones
normales (yo no) son ciegos a los
colores. Lo único que ven es negro,
blanco y… azul, mira por dónde. Debo
de parecer un trozo de cielo en forma de
ratón.
—Supongo que nunca habías visto un
ratón azul, viviendo aquí, en las
Afueras…
Su piel chocolate se eriza. Los pelos
del cuello se le ponen de punta.
—¿Qué tiene de malo el lugar donde
vivo?
—Nada. Es solo que…
—He estado en muchos sitios,
¿sabes? He estado en la casa de al lado.
¡Y también en esa de ahí!
—Estoy seguro de que sí. Y de que
tienes la voz más dulce y melosa que he
oído nunca.
—¿Qué significa «melosa»?
—Dulce como la miel.
Ahora parece más inquieta.
—No deberías haberme oído cantar.
Juraría que, hasta ahora, mi presencia
no la ha entusiasmado. Sonrío y sacudo
los bigotes como he visto hacer a mi
hermano Rudolpho cuando coquetea con
las chicas.
—Señorita, ¿cómo iba a resistirme?
—Muy fácil. Alejándote.
Y eso es lo que hace ella.
Alejarse.
CAPÍTULO 12

«A ningún ratón le duele la cabeza


cuando consuela a otro.»
Isaías

o estoy muy seguro del porqué, pero voy


tras ella.
Probablemente porque estoy

N harto de estar solo y la soledad


es una sensación de vacío peor
que el hambre. Desde mi fuga,
ha sido la única criatura que no
ha intentado matarme o capturarme, y no
puedo dejarla ir.
—No es mi intención molestarte —
digo, tratando de mantenerme a su altura
—. Pero verás, he perdido a mi familia
hace poco. Por supuesto, te preguntarás
cómo es posible que un ratón pierda a
noventa y seis hermanos de golpe, pero
nos habíamos escapado del Lugar
Horrible. Fue idea de Benji. Benji es mi
hermano mayor. Bueno, uno de ellos.
Somos noventa y siete…
La hermosa ratona chocolate se
detiene en seco y se vuelve para
mirarme.
—¿Has perdido a tu ratonada?
Asiento con tristeza.
A propósito, ratonada es el término
exacto que define un grupo o familia de
ratones. Como una bandada de patos,
una piara de cerdos, un corral de
gallinas o una nube de mosquitos. ¡Una
ratonada de ratones!
—Pero —añado— estoy casi seguro
de que mi familia volverá a escapar en
seguida y vendrá a buscarme. He dejado
algo así como un rastro de olor para que
lo sigan. Ellos sabrán seguir mi pista.
Tengo un aroma muy distintivo.
La ratona se retuerce los bigotes
mientras inhala el aire que me rodea.
—Hueles a basura envuelta en
tréboles.
Me aliso la piel con las patas
delanteras. Aún sigue pegajosa por
culpa del líquido repugnante que
encharcaba el fondo del cubo de basura.
—Bien —digo—, ayer fue un día
bastante desgraciado. Y, francamente,
hoy no ha sido mucho mejor. La verdad
es que ya han debido de transcurrir dos
días desde que huimos del Lugar
Horrible. He perdido la noción del
tiempo…
—Al igual que has perdido a tu
familia.
Me miro las patas traseras. Cuánta
vergüenza siento.
—Sí —murmuro—. Nos persiguieron
y debería haberme quedado con ellos…
La ratoncita se ablanda. Un poco.
—Me llamo Mikayla. Mi ratonada
vive en esa casa de ahí.
—¿Tienes una ratonada?
—Por supuesto que sí. ¿Y sabes qué?
Yo no la he perdido.
Sé que solo se burla de mí, pero a
pesar de todo me duele. He descubierto
que la verdad duele a menudo.
—¿Qué llevas en la oreja? —pregunta
Mikayla.
Toco la etiqueta que me graparon en
la oreja cuando nací. Pone «97», que es
como me llamaban los Batas Largas en
el Lugar Horrible. Les habría dicho cuál
es mi verdadero nombre si se hubieran
molestado en preguntar. Pero ahora me
limito a decirle a Mikayla:
—No quiero hablar de eso.
Toda mi familia tiene etiquetas en las
orejas, pero ningún ratón de fuera la
lleva. Es otra de mis «rarezas».
—Dime, Isaías —dice, mirándome de
arriba abajo—, ¿cuándo fue la última
vez que comiste algo que no encontraras
en el fondo de un cubo de basura?
Me sube a la garganta un eructo
apestoso que me recuerda el desayuno,
por llamarlo de alguna manera.
—Hace algún tiempo —admito.
—Bien, gracias a los Brophy,
nosotros siempre tenemos mucha
comida. Y de buena calidad. Y no nos
importa compartirla —dice Mikayla,
apiadándose por fin de mí—. Vamos.
Sígueme.
Ahora me toca a mí desconcertarme.
—¿Qué son los Brophy? —pregunto
cuando nos ponemos en marcha.
—Nuestros anfitriones humanos. Son
un desastre. Comen en todas las
habitaciones de la casa. Y cuando digo
todas, me refiero a todas, incluso la que
se utiliza para… ya sabes…
Asiento con la cabeza. Creo que se
refiere al cuarto de la lavadora. O quizá
a la sala de estar, que, naturalmente, es
para estar, no para comer. He leído que
las casas humanas tienen habitaciones
para toda clase de fines. Comedores
para comer, baños para bañarse y salas
de televisión para quedarse mirando
unas cajas electrónicas.
—Gracias a los Brophy es fácil
encontrar comida —dice Mikayla
mientras seguimos una franja de
suciedad que recorre la parte trasera de
la casa destartalada que me ha indicado
antes. La franja se debe a la suciedad y
la grasa que deja la piel de un ratón al
frotarse contra la pared. Es como una
señal de tráfico que indica la trayectoria
habitual que ha de seguir la familia de
Mikayla.
—¿Estás segura de que al resto de tu
familia no le importará que me presente
de esta manera?
—No mientras pongas todo de tu
parte, lo que no debería ser muy difícil,
porque, francamente, Isaías, pareces
abultar menos que una hoja de roble.
Parece que a Mikayla le gusta reírse a
mi costa.
Y, para ser sincero, no me importa. Es
lo que hacen los miembros de las
familias cuando hablan entre sí.
Un momento. Mikayla ha dicho que
tengo que poner todo de mi parte. ¿Es
posible?
Bien, yuuupi, porque parece que
Mikayla no me lleva a su guarida solo
para hacer una visita. ¡Me está invitando
a formar parte de su ratonada!
CAPÍTULO 13

«Quienes dan, lo tienen todo. Quienes


no dan, no tienen nada.».
Isaías

ué pasada! Y yo que creía que mi


¡Q familia era grande. Mikayla tiene
más de doscientos hermanos, hermanas,
tías, tíos, primos y primos segundos.
Mikayla lanza un silbido agudo. No es
tan bonito como su canto, pero llama la
atención de todos.
—¡Atención! —grita—. Os presento a
Isaías. Es algo así como un huérfano y
está perdido. Tiene un pendiente en la
oreja y su piel es azul. Tratadlo bien.
—Bienvenido, Isaías —dice un viejo
ratón que, supongo, es el abuelo de
todos los que se agrupan en la bulliciosa
madriguera—. Soy James el Sabio.
¿Puedo hacerte una pregunta?
—Las que usted quiera —digo.
—¿Por qué tu piel es tan… tan azul?
—No estoy seguro, señor. Siempre ha
sido así. Azul.
—Pues bienvenido seas, nuevo amigo
azul —anuncia—. Tus días de huérfano
han quedado atrás. Este será tu nuevo
hogar. Nuestra ratonada es tu ratonada.
Los otros ratones sueltan chillidos de
alegría. ¡Y yo también! Tras pasar una
noche solo en la selva, estoy a salvo en
una ratonada.
Entonces recuerdo algo importante.
—¿Podrían ser ustedes mi familia
«temporal»? La de verdad está atrapada
dentro del Lugar Horrible. Pero seguro
que escaparán de nuevo, lo sé —digo a
James con una risa nerviosa, porque no
quiero parecer un desagradecido ante
aquella hospitalidad por la que, dicho
sea de paso, los ratones somos famosos.
En serio.
Los ratones siempre aceptan a los
extraños, a los rezagados y a los niños
perdidos. (Creo que las tres
circunstancias podrían aplicárseme a
mí.) De hecho, los ratones seríamos
unos hoteleros excelentes. Lo malo es
que los huéspedes humanos se asustarían
cuando nos vieran hacerles la cama.
—Por supuesto —dice James—.
Hasta que te reúnas con tu familia,
nuestro hogar es el tuyo.
Mi estómago gruñe de nuevo porque a
mi nariz ha llegado el olor de algo
delicioso. Algo con chocolate.
—Y, ejem, no me gustaría ser grosero,
señor, pero ¿qué pasa con la comida?
James sonríe.
—Lo nuestro es tuyo. Incluida la
comida.
Soy tan feliz que quisiera abrazar a
Mikayla, pero mi salvadora ha
desaparecido en medio del gentío
marrón y gris que me rodea.
Hay algo que tengo que decir sobre la
piel azul, o carmesí, o aceite de oliva
virgen: gracias a ella, resulta más fácil
encontrar a tus amigos.
Un ratón musculoso de color gris sale
del grupo que hay detrás del anciano
James el Sabio.
—Te enseñaremos esto. Y también te
conseguiremos algo de comida. Soy
Gabriel. Esta es mi hermana Gwindell
—dice, señalando a una ratona gris más
pequeña.
Sonrío con timidez.
—Ah, hola. ¿Alguno sabe adónde ha
ido Mikayla?
—Fuera —dice Gwindell, señalando
con la pata—. Ella es así, un poco
caprichosa, no sé si me entiendes.
—Es una cantante fantástica —digo.
Gabriel se echa a reír.
—¿Cantante?
—Imposible —dice Gwindell—. Las
chicas no cantan.
—Vamos, Isaías —dice Gabriel,
dándome una palmadita en el lomo—.
Por aquí se va al bufé del desayuno.
¡Los Brophy tienen beicon esta mañana!
—¿Beicon? —digo—. ¿Qué es eso?
—Una palabra humana.
—Pero ¿qué significa la palabra
«beicon»?
—Lo mismo que panceta: ‘manjar
crujiente’ —dice Gwindell—. ¡Ya
verás!
CAPÍTULO 14

«La carga siempre es menos pesada


cuando los amigos te ayudan a
llevarla.»
Isaías

ras atiborrarnos de beicon o panceta


(que es la comida crujiente más

T sabrosa que he probado nunca),


Gabriel y Gwindell me llevaron
de paseo por la madriguera.
Su hogar está muy limpio y
bien ordenado, otro aspecto en que los
ratones son muy eficaces. Es cierto.
Puede que las ratas sean sucias, pero a
los ratones nos gusta estar limpios y
secos todo el tiempo. Por eso me sentí
muy ofendido cuando aquella cocinera
me llamó asqueroso roedor. Me siento
muy orgulloso de mi higiene: odio
reconocerlo, pero los ratones nos
bañamos tan a menudo que nos
parecemos a los gatos.
¡Horror!
Otra vez lo he hecho. Me he asustado
al pronunciar la palabra «gato». Tengo
que dejar de caer en mi propia trampa.
—Aquí está el dormitorio —dice
Gabriel, mientras pasamos junto a una
ordenada fila de camas de paja
encajadas en un rincón acogedor.
—Y ya has visto el comedor —añade
Gwindell—. Por favor, no lleves
comida ni bebida a la cama.
—A menos que quieras tener
hormigas —dice Gabriel con un
estremecimiento de asco.
—Y por aquí —dice Gwindell
mientras avanzamos por un túnel—, está
el… ya sabes…
—Haz siempre ahí ya-sabes-qué —
añade Gabriel.
En realidad no lo sé, pero huele que
apesta. Como las virutas de cedro
después de…
Ah.
—¿Siempre hacéis caca ahí? —
pregunto.
—Bueno, verás —dice Gabriel—. No
querrás hacerla donde comes o duermes,
¿verdad?
—No —respondo con una risita
nerviosa—. Claro que no. Eso sería
antihigiénico.
—Y vulgar —añade Gwindell—.
Muy vulgar.
Pero ¿sabéis qué? Eso es exactamente
lo que nos hizo huir del Lugar Horrible.
Era una de las cosas que lo hacía tan
horroroso. Sobre todo si alguna vez te
hacías caca encima durmiendo. No es
que eso me pasara nunca. Normalmente,
estaba demasiado asustado incluso para
cerrar los ojos.
—Bien —dice Gabriel—, ¿estás listo
para ir a ver el resto de la casa?
—¿Hay más?
—Mucho más. Y… puede que haya
más beicon.
—O Doritos —dice Gwindell.
—Doritos —digo—. D-O-R-I-T-O-S.
—¿Eh?
—Nada.
Normalmente, los ratones no saben
deletrear. Yo sí sé hacerlo, por supuesto.
Y además no puedo olvidar aquella
bolsa arrugada que vi antes de llegar al
saliente que encontré al abandonar el
Lugar Horrible. También era de Doritos.
—¿Qué son exactamente los Doritos?
—pregunto.
—Más manjares de los Brophy —
dice Gabriel.
—Si encuentras los que saben a queso
—dice Gwindell—, y no los que saben a
barbacoa o a crema agria.
No tengo ni idea de a qué se refiere,
pero no hay tiempo para preguntar.
Avanzamos en columna con Gabriel a la
cabeza. Es uno de esos ratones que hace
que el resto se sienta seguro
automáticamente, como mi hermano
mayor Benji.
—Siendo tres —dice Gabriel—,
deberíamos ser capaces de traer algo
grande.
—Por aquí —dice Gwindell—.
Iremos por el desagüe del fregadero.
Nos llevará directamente a la cocina de
los Brophy.
Nos metemos por la cañería y
llegamos a un armario lleno de latas,
frascos con pulverizador y otro cubo de
basura repleto.
—¡Comida casi sin tocar! —exclamo,
saltando como una flecha al borde del
cubo—. Aquí hay un bocadillo a medio
comer. ¡Y huele a carne! Veo una ración
de pizza con la huella de un mordisco.
—Déjalo —dice Gabriel—. Estos
Brophy son tan cerdos que pronto
estaremos comiendo solomillo. No hace
falta meterse en medio de sus restos de
basura a medio comer.
—Vamos —dice Gwindell—. Bájate.
Necesitamos tu ayuda para abrir la
puerta del armario. El señor Brophy
deja siempre tanta ropa sucia al otro
lado que no podemos abrirla.
Bajo de un salto. Rodeo una botella
que, aunque tiene la etiqueta LIMPIADOR
MULTIUSOS, parece no haber sido usada
nunca, y me reúno con Gwindell y
Gabriel tras la puerta del armario.
—Apoya bien las patas —dice Gabe
—. Y haz fuerza contra la madera. Una,
dos y tres. ¡Empuja!
Empujamos los tres. La puerta se
entreabre un poquito.
—Ropa sucia de trabajo —dice
Gwindell, olisqueando el aire—. Otra
vez.
Yo también olisqueo. El aroma es
vagamente familiar y durante una
fracción de segundo me recuerda mi
hogar.
Entonces el olor a comida caliente
entra por la ranura de la puerta del
armario. Empujamos otra vez. Aunque,
como he dicho, el primer empujón ya
había abierto una rendija.
Y, como recordaréis, una rendija es
todo lo que necesitamos los ratones.
CAPÍTULO 15

«Las manzanas del otro lado del muro


siempre
son más dulces. Y también las Oreos.»
Isaías

lamar pocilga a la casa de los Brophy


sería un insulto para los cerdos

L de todo el mundo.
El suelo de la cocina está
plagado de bolsas arrugadas de
comida y de fruta podrida.
También hay un alto montón de ropa
sucia frente al fregadero. Calcetines
acartonados. Calzoncillos y bragas
sucios. Y ropa de trabajo pegajosa y
verde que me resulta (y huele)
extrañamente familiar.
Estoy oliéndola a fondo cuando
Gabriel me pone la mano en el lomo.
—Hemos venido a buscar comida,
Isaías, no a oler la ropa sucia.
—Cierto. Pero es que me ha parecido
sentir algo familiar en esos pantalones y
esa camisa verdes.
—Bueno, deben de llevar ahí al
menos una semana.
—Pero yo nunca había venido por
aquí…
—¡Chicos! —grita Gwindell desde lo
alto de la encimera—. ¡Hemos
encontrado galletas! ¡Galletas de
chocolate con trozos de chocolate!
—¡Bravo! —grita Gabriel dando un
fuerte trallazo con la cola—. ¡Bingo!
Trepa por un lateral del armario. Yo
trepo tras él.
—¡Control de calidad! —anuncia
Gwindell.
—Desde luego —dice Gabriel—.
Verás, Isaías, antes de llevar nada a la
madriguera, debemos asegurarnos de
que es seguro para el consumo ratonil.
¡A hincar el diente!
Lo hincamos. ¡Y… mmmm! ¡De
rechupete!
—No se hable más: tenemos que
llevar unas cuantas al grupo —dice
Gabriel.
Gwindell agita el hocico.
—Mmmm. ¡Esta caja también huele
de maravilla!
—¡No! —grito—. No entres ahí.
—¿Por qué no? Huele a mantequilla
de cacahuete. —Se acerca a la caja y
doy un salto para impedirle el paso.
—¡Es una ratonera! —grito, leyendo
lo que hay escrito en el lateral de aquel
ataúd de cartón para ratones—.
El suelo está cubierto de pegamento y
lo han bañado en mantequilla de
cacahuete. ¡Si entras, no podrás salir
nunca! —Gwindell y su hermano
examinan la caja con atención.
—Vaya con esos Brophy, qué listos
—dice Gabriel—. ¿Cómo te has dado
cuenta de que era una trampa, Isaías?
—Ah, porque he leído lo que pone en
la caja.
—¿Qué?
—Eso son palabras —digo,
señalando la etiqueta—. Las palabras
dicen cosas.
Tanto Gabriel como Gwindell se
quedan mirándome fijamente.
—Eres diferente, ¿verdad? —dice
Gabriel.
—Supongo que sí. Aprendí a leer
cuando era pequeño. Resulta muy útil.
Por ejemplo, gracias a la lectura, sé que
esa caja de ahí contiene lenguas de gato.
—¿¡Lenguas de gato!? —exclama
Gwindell, horrorizada.
—Y en esa hay Oreos Doble Crema.
—Vaya —dice Gabriel—. Parecen el
doble de apetitosas.
—Y como son redondas —añado—,
¡podremos llevarlas rodando hasta la
madriguera!
—¡Excelente idea!
Pero en el momento en que estamos a
punto de sacar la primera galleta rodante
del arrugado envoltorio de plástico,
oímos unos pasos. Los pesados pasos de
un caminante perezoso que llevara los
zapatos con los cordones sueltos.
—¡Escóndete! —susurra Gwindell.
Nos acurrucamos los tres detrás de la
caja de cereales. Cuando nos asomamos
por el borde, veo a un muchacho
desaliñado y con barriga saltarina que
lleva una camiseta de fútbol, pantalón
corto y, efectivamente, zapatos sin atar.
El muchacho también lleva
auriculares por los que sale una música
escandalosa e insufrible. Saca del
frigorífico una botella de refresco de
dos litros y bebe directamente de ella.
Después de eructar como un sapo,
empieza a prepararse un bocadillo:
jamón, queso, salchicha, salami, más
queso, pavo, mayonesa, pepinillo, salsa
de tomate y copos de maíz, todo dentro
de un panecillo.
—Ese es Dwayne —me susurra
Gabriel al oído—. Es el hijo de los
Brophy. Su único hijo.
—Pues menos mal —le susurro—. Si
hubiera más hijos, probablemente se
morirían de hambre.
—Dwayne es un gran proveedor de
comida —susurra Gwindell.
Como para darle la razón, Dwayne
saca algo del frigorífico, lo examina
durante medio segundo y lo tira a su
espalda sin probarlo siquiera.
—Válgame el cielo —dice Gwindell,
relamiéndose—. Es un cuerno de crema.
—¿¡Un cuerno!? —pregunto—.
¿¡Además de lenguas de gato, también
comen cuernos!?
—No, amigo azul. —Gabriel casi
babea—. Es un rollo de masa de
hojaldre relleno de crema. ¡Mi postre
favorito!
—Y el mío también —dice Gwindell.
—Caray, chico, a todo el mundo le
gustan los cuernos de crema —dice
Gabriel—. Incluso a la gente caprichosa
como Mikayla.
Eso despierta mi interés por el postre
desechado por Dwayne.
—¿Por qué el hijo de los Brophy lo
tira al suelo? —pregunto.
—Tiene tanta comida para elegir —
dice Gabriel— que ni siquiera es
consciente de las delicias que tiene en la
mano. Tira al suelo la comida que no
quiere para que se la coma el gato.
Trago saliva.
—¿Gato?
—Ah, sí. Los Brophy tienen un gato.
Un monstruo con malvados ojos
amarillos.
—Es calvo y tiene el pellejo arrugado
y colgante —dice Gwindell—. Y es un
auténtico asesino.
Trago saliva de nuevo.
—¿Por casualidad se llama Lucifer?
—Sí —dice Gabriel—. ¿Cómo lo
sabes?
—Nos vimos en una ocasión. —Me
acaricio nervioso el pellejo del cuello
—. Y de veras espero que no vuelva a
ocurrir.
CAPÍTULO 16

«El miedo y el valor son hermanos: de


esos que no dejan de martirizarse
el uno al otro.»
Isaías

ras prepararse un bocadillo más grueso


que la puerta de una iglesia,

T Dwayne Brophy sale de la


cocina. —Se lo comerá en el
sofá de la sala de la televisión
—dice Gabriel.
—Lo hace todos los días —añade
Gwindell.
—Pero debemos darnos prisa —dice
Gabriel—. Lucifer llegará en seguida
para zamparse el cuerno de crema. A los
gatos les gusta la crema casi tanto como
comer ratones.
Ayudo a Gabriel y a Gwindell a
llevar las galletas rodando hasta el
borde de la encimera.
—¿Y cómo las bajamos sin romperlas
en pedazos? —pregunta Gwindell,
mirando por el borde.
Repaso con los ojos la superficie de
la encimera.
—Fácil —digo—. Les pondremos una
almohada para aterrizar.
Voy hasta los fogones y me acerco a
un guante de cocina blando y acolchado.
Lo cojo con los dientes por la cinta de
colgar y lo arrastro hasta el borde.
—Primero empujamos el guante. Es
esponjoso y blando. Será la colchoneta
que amortiguará la caída de las galletas
por el precipicio.
Gabriel y Gwindell parecen confusos.
—¿Qué?
—Precipicio es otra palabra para
describir la altura que hay entre el borde
de la encimera y el suelo.
—Ah.
Deslizamos el guante acolchado por
el borde y cae al suelo con un débil flop.
Luego echamos a rodar las galletas, que
aterrizan suavemente. Sin
resquebrajarse. Sin ni siquiera abrirse,
conservando la crema dentro.
—¡Eres un ratón muy inteligente,
Isaías! —exclama Gabriel—. Pero será
mejor que nos demos prisa. Lucifer
siempre está al acecho.
Recorremos a toda velocidad los
laterales de los armarios y empujamos
las galletas bajo el fregadero. Luego,
pegados al zócalo, nos dirigimos al
frigorífico, donde Dwayne ha dejado el
suelo perdido de queso y carne mientras
se preparaba el bocadillo.
—Un botín de primera —dice Gabriel
cuando toda la comida está a salvo tras
la puerta del armario—. ¡Vayamos a
casa a celebrarlo con un banquete
familiar!
Yo vacilo.
Estoy pensando en el cuerno de crema
que yace en el suelo. Y en que, según
Gwindell, es el postre favorito de
Mikayla. Puede que vuelva a cantar para
mí si le hago un regalo tan apetitoso.
Pero Lucifer podría aparecer en
cualquier momento. Y, como sabéis, no
soy el ratón más valiente de la
madriguera.
—Esperadme aquí los dos —digo,
respirando hondo.
Por primera vez en mi vida me doy
cuenta de que el valor es una extraña
mezcla de nerviosismo y locura. Tienes
que estar un poco mal de la cabeza para
ir a buscar un cuerno de crema sabiendo
que un malvado gato puede atacarte en
cualquier momento.
Pero aunque es algo increíblemente
peligroso (y me atrevería a decir que
también estúpido), corro por el suelo de
la cocina. Con el corazón acelerado,
cojo el hojaldre en mis brazos y doy
media vuelta para reunirme con mis dos
amigos debajo del fregadero.
—Desde luego, eres un ratón muy
valiente —dice Gabriel.
—La verdad es que no —replico—.
Lo he hecho por amistad.
Esa noche celebramos una gran cena
familiar; unos doscientos ratones comen
las viandas y delicias que Gabriel,
Gwindell y yo hemos llevado a casa
desde la cocina de los Brophy. Es como
cuando los humanos celebran la
Navidad, sobre todo cuando James el
Sabio se levanta de su silla-dedal para
bendecir la mesa.
—Señor Dios de los Ratones, te
damos las gracias por estos dones.
Gracias por conducirnos hasta la tierra
de los Brophy, donde todo ratón puede
comer hasta hartarse y compartirlo con
su familia. Porque esa es la mayor
bendición de todas: la familia.
Todos los reunidos alrededor de la
mesa asienten con la cabeza y repiten:
—¡Familia!
Creo que nunca jamás se ha celebrado
un banquete mejor. La carne, el queso y
las galletas están deliciosos, sobre todo,
salpicados con trocitos de beicon.
Pero el cuerno de crema, cortado en
finas rebanadas con una sierra hecha con
hilo dental, es tan celestial como la voz
de Mikayla.
Está sentada en un extremo de la
mesa, luciendo una expresión de
felicidad mientras se relame los bigotes
manchados de crema. Se diría que va a
ponerse a cantar en cualquier momento.
No lo hace, como es lógico. Se
supone que las chicas ratón no saben
cantar.
Cuando la mesa está despejada y los
platos retirados, llega el momento de
acurrucarme con mi nueva familia para
pasar la noche.
Familia.
James el Sabio tenía razón. Es un
mundo cálido y maravilloso. El mundo
más acogedor de todos. En mi opinión,
la familia es el auténtico cuerno de
crema de la vida, relleno de dulzura.
Merece la pena que arriesgues la vida
por ella.
Así que susurro otra oración de
gratitud ratonil.
Doy las gracias por estar con la
familia de Mikayla.
Y espero volver a encontrar la mía.
CAPÍTULO 17

«Es muy importante tener algo que


hacer,
algo que amar y algo que esperar.»
Isaías

la mañana siguiente me levanto antes


que nadie, porque, como

A recordaréis, casi todos los


ratones son nocturnos y
crepusculares, lo que significa
que no suelen ver la mañana
después de la salida del sol.
Sin embargo, a mí me aplicaron el
horario humano desde que nací. Así que,
mientras todos roncan, yo estoy solo con
mis pensamientos.
Mi mente bulle con los recuerdos de
mi familia. ¿Mi deseo secreto? Que
todos puedan escapar del Lugar
Horrible para venir a vivir conmigo y
mis nuevos amigos bajo la casa de los
Brophy. Hay sitio de sobra y los Brophy
tiran comida suficiente como para
mantener a media docena de familias de
ratones. Podríamos alimentar fácilmente
a seiscientos ratones con un simple
bocadillo de Dwayne el Barrigón.
Unas horas después, cuando ya
anochece, mis hermanos adoptivos
empiezan a desperezarse.
Veo a Mikayla en la cocina,
limpiando los restos del fantástico festín
de la noche anterior.
Su piel de chocolate es tan brillante y
hermosa que aseguraría que se la acaba
de cepillar. Resplandece bajo la suave
luz que se filtra por el techo de la
madriguera.
Por supuesto, no se ha dado cuenta de
que yo la he visto. Eso está bien. Pero
daría cualquier cosa por tener otro
arranque de valentía… lo suficiente para
pedirle que cante de nuevo. No para mí,
solo cerca de mí, para que pueda oírla.
Pero desde el mismo momento en que
me trajo aquí y me presentó a su extensa
familia, la ratona más encantadora que
he conocido en mi vida no me ha hecho
el menor caso. No es antipática ni
grosera. Solo indiferente.
Me pregunto si sabrá al menos que fui
yo el que trajo a casa el cuerno de crema
la noche anterior. O que arriesgué la
vida al cogerlo para ella.
Seguro que no. Y si lo supiera, me
temo que no se quedaría impresionada ni
le importaría gran cosa.
Así que suspiro.
He suspirado mucho desde la primera
vez que puse los ojos en mi hermosa
cantatriz de piel de chocolate.
Mientras estoy allí, suspirando una y
otra vez, sintiéndome más bien triste,
aparecen corriendo por una esquina
Gabriel y Gwindell con otros cuatro
ratones.
—Vamos, Isaías —dice Gabriel—.
¡Es el momento de ir a buscar más
comida!
—Es la hora de la cena de los Brophy
—explica Gwindell—, ¡lo que significa
que pronto empezará a llover comida
bajo la mesa de su comedor!
—Démonos prisa —añade Gabriel—.
Entretenerse es peligroso porque Lucifer
estará despierto y alerta.
Sí, los gatos también son criaturas
nocturnas. La vida ratonil sería mucho
más fácil si los ratones no tuvieran el
mismo horario que su principal
depredador.
Así que los siete nos vamos por los
túneles que atraviesan la pared, subimos
por la tubería del fregadero y cruzamos
el suelo de la cocina hasta llegar al
comedor de los Brophy.
No es un paisaje bonito.
Prácticamente no vemos más que
culos. Culos grandes y gordos, y piernas
que cuelgan como alforjas a ambos
lados de las destartaladas sillas de
madera que a duras penas aguantan
semejante peso.
—Pásame el kétchup —dice el señor
Brophy.
—¿Le pones kétchup al puré de
patatas? —dice una mujer ancha que
supongo que es la señora Brophy.
—Sí —dice el señor Brophy—. Nos
hemos quedado sin la dichosa mayonesa.
Y me he bebido todo el jugo.
—Me gusta ponerle mucha
mantequilla al puré de patatas —dice
Dwayne, cogiendo con la cuchara una
impresionante cantidad de pasta
amarilla y grasienta—. ¡La mantequilla
le da sabor a todo!
Gime de placer cuando se introduce
en la boca la enorme pelota de puré con
mantequilla.
La verdad es que todos los Brophy,
ñam ñam ñam, hacen ruido mientras
comen. Aunque explotaran petardos en
la cocina, no oirían nada.
Dwayne se lleva a la boca otra
cucharada de puré con mantequilla. La
mitad se le cae de los labios como una
roca derretida, le aterriza en el pecho y
de ahí pasa al suelo.
—¡Ahora! —susurra Gabriel.
Gwindell corre a la velocidad del
rayo, recoge la masa y, sin variar el
ritmo, la lleva al armario de la cocina.
Lo siguiente que cae es una ración
entera de pastel de carne que la señora
Brophy corta cuando su marido pide otra
por tercera vez.
Dos ratones corren a recogerla antes
de que llegue a tocar la alfombra.
Dwayne se limpia la cara
embadurnada de mantequilla con una
servilleta de tela que después tira al
suelo.
¡Y eso me da una brillante idea!
CAPÍTULO 18

«Ningún equipo trabaja bien


sin trabajo en equipo.»
Isaías

e siento como mi hermano mayor Benji


cuando trazaba un plan. Pido a Gabriel y
a otros dos ratones, llamados

M Gilbert y George, que me


ayuden a utilizar la servilleta
de Dwayne como una red
para atrapar la comida antes
de que llegue al suelo.
—Cogeremos una punta cada uno y
estiraremos la servilleta —explico—.
¡Entonces podremos transportar una
carga mucho mayor que la que
llevaríamos con las patas!
—Y cuando esté llena —dice
Gabriel, captando mi idea—, podemos
hacer un nudo con las cuatro esquinas
para convertirla en un saco.
Nos metemos los cuatro bajo la mesa.
Los Brophy están tan ocupados
llenándose el estómago que no se dan
cuenta de que nos metemos bajo las
sillas y correteamos entre sus pies.
En un abrir y cerrar de ojos pescamos
dos panecillos, otra cucharada de puré
de patatas, una mazorca de maíz, más
puré, una ración más de pastel de carne
y un diluvio de apetitosa coliflor que
Dwayne tiraba de su plato cuando su
madre no lo veía.
Arrastramos el repleto saco por el
suelo cuando los Brophy pasan al
postre, consistente en docenas de dónuts
rellenos de mermelada. Cuando algunos
rebotan en la barriga de los Brophy y
van a parar al suelo, dos ratones
llamados Geoffrey y Gilligan corren a
recogerlos.
Mientras, los otros ratones y yo
llevamos a la cocina el pesado saco de
viandas. Estamos tan contentos que
vamos cantando al andar (las voces de
los ratones son ultrasónicas, así que los
Brophy no pueden oírnos). Por supuesto,
nuestra canción no suena tan bien como
si cantara Mikayla, pero la música
convierte cualquier trabajo en algo
mucho más entretenido.
El saco de comida es tan grande que
tenemos que vaciarlo bajo el fregadero y
meter los deliciosos artículos, uno por
uno, por la tubería.
Ahora nuestro canto resuena entre las
paredes de madera del reducido
espacio. Se oye espléndidamente, como
si estuviéramos en una sala de
conciertos.
—Ojalá pudiera oír cantar a Mikayla
en esta cámara de resonancia —digo a
Gabriel—. ¡Creo que se me pondrían los
pelos de punta!
—Mikayla no sabe cantar —dice
Gabriel con una risita burlona—. Ya te
lo dijimos. Es una chica.
—Mikayla tiene una voz muy
melodiosa. La he oído. Y te juro que
espero volver a oírla cantar.
Gabriel niega con la cabeza.
—Las ratonas no cantan. Cantar es
solo cosa de chicos.
Me limito a sonreír, porque me doy
cuenta de que soy el único ratón de la
madriguera que conoce la verdad sobre
Mikayla y su talento secreto. De alguna
manera, eso hace que me sienta más
cerca de ella, por muy lejos de mí que
se encuentre ahora mismo.
—¿Dónde están los dónuts? —
pregunta Gabriel cuando los demás
artículos están seguros en el túnel, bajo
el desagüe del fregadero.
—Bueno, los hemos tirado —admiten
Geoffrey y Gilligan, que parecen aún
más jóvenes que yo—. La mermelada
hacía demasiado pegajoso el transporte
por el suelo de la cocina.
Gabriel cabecea.
—Gwindell se llevará un disgusto. Le
encantan esos bollos con mermelada.
—Bueno —digo, recordando la
afición de Mikayla por los dulces—, sin
un buen postre no hay auténtico festín
familiar. ¡Volvamos a buscarlos!
Así que salimos todos en tropel por
debajo del fregadero, silbando mientras
avanzamos como si fuera un bonito
desfile de ratones.
Es divertido.
Hasta que deja de serlo.
CAPÍTULO 19

«Al ratón que solo tiene un agujero


lo atrapan en seguida.»
Isaías

ucifer, el gato de pellejo arrugado y


diabólicos ojos amarillos, se pasea por
las encimeras atestadas de la

L cocina, buscando algo para


comer.
Se fija en los dónuts que hay
en el suelo.
Y entonces nos ve.
Ronronea. Creo que eso significa que
prefiere ratones rellenos de ratón a
dónuts rellenos de mermelada. Me
quedo paralizado a mitad de camino
entre el fregadero y los dónuts
abandonados.
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
¿Renunciar al postre y huir? ¿O
arriesgar la vida para recoger lo que nos
pertenece?
Una vez más, me hago esa pregunta
tan vieja como el tiempo: ¿soy un
humano o un ratón?
Bueno, está claro que soy un ratón y,
tras pasar un tiempo observando a los
Brophy, estoy cada vez más seguro de no
querer ser un humano. Pero lo que sí
quiero es que Mikayla tenga bonitos
recuerdos del tiempo que pasé en la
madriguera, aunque no estuviésemos
juntos.
Así que, venciendo mis cobardes
temores y desoyendo mi instinto de
supervivencia, totalmente racional,
corro por el suelo de la cocina.
—¡Isaías! —chilla Gabriel, que se ha
ocultado bajo el frigorífico—. Por el
amor del Dios Ratón, ¿qué haces?
—¡Lo que debería hacer cualquier
ratón amante de la música! —grito con
pasión mientras corro zigzagueando.
Lucifer, todavía encaramado en la
encimera, parece hipnotizado por mis
ágiles movimientos de serpiente. A los
gatos les encanta ver corretear cosas por
el suelo: reflejos, punteros láser,
ratones.
Pero después de quedar hipnotizados,
lo normal es que salten. No tengo mucho
tiempo.
Me detengo delante de los dónuts y
me los pongo en la cabeza, uno por uno.
—¡Tuyo! —grita Gilligan detrás de
mí.
—¡Este es para ti, Geoffrey! —grito.
Giro sobre mis patitas y le doy un
puntapié al último dónut; este vuela por
los aires en dirección a Geoffrey, que ha
salido corriendo de su escondite para
cazarlo al vuelo.
—¡Dile a todo el mundo que el postre
corre de mi cuenta! —grito.
Los otros ratones huyen, llevándose
los dónuts que he podido salvar.
Porque Lucifer ha entrado en acción.
Salta de la encimera, tirando un rollo de
papel de cocina y un molde de hacer
pasteles. Ha sacado las uñas y estoy
seguro de que sabe cómo usarlas.
Un segundo antes de que convierta mi
diminuto cuerpo en picadillo de ratón,
me echo a un lado. Las uñas de
Lucifer terminan arañando el suelo de
madera en lugar de mi lomo.
Una vez más, mi entrenamiento con la
rueda de la jaula me viene muy bien.
Impulsándome con las patas, corro hacia
el zócalo. Lucifer lanza un chillido
furioso y echa a correr detrás de mí.
Pensando a toda prisa, aprovecho los
tiradores de los cajones para subir
rápidamente a la encimera plagada de
objetos. Lucifer da un brinco detrás de
mí. Esquivo montones de platos sucios y
salto sobre algunas tazas también en
estado lastimoso. Lucifer arrasa con
todo y envía la porcelana al suelo,
donde se hace añicos. También se lleva
por delante un tarro de galletas con
forma de cerditos y un bote de plástico
lleno de lacitos de pasta que se estrella
contra el suelo y esparce el contenido
por todas partes.
Mientras Lucifer patina y resbala con
la pasta, yo salto de la encimera, salgo
corriendo de la cocina y me meto a toda
prisa en lo que parece el dormitorio de
Dwayne Brophy.
El suelo está alfombrado de bolsas
arrugadas de patatas fritas, latas de
refresco vacías y envoltorios de Hot
Pockets. Me tapo la nariz y hago un túnel
bajo un montón de calzoncillos sucios
de Dwayne.
Ese olor repugnante podría matarme
antes que el gato.
CAPÍTULO 20

«Quien huye tras luchar como un


valiente,
vive para comer postre al día
siguiente.»
Isaías
ientras me introduzco todo lo q
entre la ropa sucia, Lucifer

M advierte el baile de las


prendas, que revelan todos
mis movimientos. Es casi
como si tuviera rayos X en
los ojos mientras me golpea a través del
oleaje de pantalones, camisetas,
calcetines y calzoncillos tirados.
Desesperado por buscar un escondite
mejor, inspecciono el suelo y me meto
en un zapato de Dwayne.
No ha sido buena idea.
Lucifer da un zarpazo al zapato,
lanzándolo a un lado conmigo dentro.
Veo las estrellas. Me pitan los oídos.
Lucifer ronronea feliz. Está listo para
jugar otra vez al gato y al ratón con mi
vida. Levanta la pata para golpearme de
nuevo y yo me encojo para recibir el
golpe convertido en una pelota de tenis
con pelo.
Descarga la zarpa y reboto contra el
televisor. Me golpea de nuevo y aterrizo
en una hedionda zapatilla deportiva. No
puedo soportar más porrazos en la
cabeza. Las estrellas que veía se están
convirtiendo en constelaciones.
Así que utilizo el último truco que me
queda.
—¡GUAU! —ladro con toda la fuerza
de mis pulmones—. ¡GUAU-GUAU!
Soy capaz de imitar a la perfección los
ladridos del asqueroso perro guardián
del Lugar Horrible.
Atónito y estupefacto, Lucifer se
queda inmóvil en pleno ataque.
Mi imitación de dóberman es lo
bastante buena como para que los ojos
se le salgan de las órbitas como a un
chihuahua. Aprovecho la oportunidad
antes de que Lucifer salga de su estupor.
El pelón que pelotea con pelotas con
pelo me ha dejado un pequeño hueco, y
un pequeño hueco es todo lo que
necesita un ratón.
Salgo zumbando del dormitorio y
vuelvo a la cocina.
Al otro lado del frigorífico hay un
cuarto más pequeño lleno de embarradas
botas de trabajo y de chaquetones
sucios. Y, ¡bingo!, veo una gatera muy
oportuna que da al exterior.
Empujo la trampilla de goma y
atravieso el agujero como un cohete.
Lucifer, que está inmediatamente detrás
de mí, se lanza también hacia la gatera.
Pero, a juzgar por el fuerte maullido que
oigo a mi espalda, estoy seguro de que
no ha acertado.
CAPÍTULO 21

«Cuida tu corazón.
Si te lo rompen, te costará encontrar
piezas de recambio.»
Isaías

or suerte, encuentro en seguida la franja


grasienta que Mikayla y yo

P seguimos el primer día y que


rodea la casa de los Brophy.
Gracias a ella salgo del patio
lleno de hierbajos y entro en la
acogedora madriguera común.
—¡Está vivo! —grita Gabriel cuando
entro—. ¡Isaías ha sobrevivido!
Todo el mundo está reunido alrededor
de la mesa, con cáscaras de bellota
llenas de comida… y con los dónuts tan
duramente conseguidos.
James el Sabio se levanta de su trono-
dedal.
—¡Bien hecho, Isaías! Gabriel y
Gilbert nos han contado cómo te
enfrentaste valientemente a Lucifer, el
astuto gato esfinge. Cómo protegiste a
tus hermanos y nos conseguiste la cena,
una de las mejores que mis cansados
ojos ratoniles han visto en su vida. A
partir del día de hoy, los ratones
cantarán tu victoria sobre el destructor
de ojos diabólicos.
Levanta un grano de maíz, recién
sacado de la mazorca que recogimos
bajo la mesa con la servilleta sucia de
Dwayne.
—Levanto este bocado por ti, Isaías
el Valiente. ¡Hip! ¡Hip!
—¡Hurra! —gritan al unísono mis
nuevos hermanos, hermanas y primos de
todas clases.
¿Isaías el Valiente?
Bien, yo no estoy tan seguro. «Isaías
el Insensato» sería un título más
apropiado para un ratón que arriesga su
vida por la remota posibilidad de que su
loca travesura consiga que la criatura
más hermosa de toda la Tierra interprete
de nuevo sus dulces melodías.
Hablando de Mikayla, la veo sentada
en un extremo de la mesa. Me dirijo
hacia ella, ganándome otra animosa
ronda de «hip, hip, hurra» y de choques
de manos a lo largo del camino.
—Señorita Mikayla, espero que
disfrute usted del postre de esta noche
tanto como al parecer disfrutó del
cuerno de crema ayer. Como habrá
sabido por Gabriel o
Gwindell, arriesgué la vida para
conseguir esas viandas especialmente
para usted.
Agito una mano frente a mi rostro y
hago una reverencia de lo más elegante,
si se me permite decirlo.
—Gracias, Isaías —dice Mikayla—.
Eres casi tan dulce como el azúcar de
este dónut.
Me ruborizo. Eso significa que mis
mejillas azules se vuelven de color
morado.
Mikayla me mira fijamente. A
propósito, sus grandes ojos castaños no
solo hacen juego con su piel, sino que
son extremadamente soñadores.
—Isaías —añade con su voz dulce y
suave—, sé que dices que te gustó
mucho oírme cantar cuando nos
conocimos.
¡Eso es! Mikayla está a punto de
volver a cantar para mí y expresar la
eterna gratitud que siente por las
heroicas proezas que he realizado con
objeto de conseguir postres.
Respira hondo. ¡Ahí viene!
—Pero yo no canto —susurra.
Decepcionado, digo:
—Desde luego que cantas. Yo te oí.
—Porque no sabía que estuvieras allí.
—Sigue susurrando, para que nadie más
pueda oír lo que me está contando—.
Las chicas no cantan.
—P-p-pero…
Mikayla deja escapar un suspiro de
contrariedad.
—Como no eres un ratón normal, no
lo entiendes. En esta familia, lo
tradicional es que las chicas no canten.
Lo tradicional es que limpiemos y
sequemos las cáscaras de las bellotas y
nos ocupemos de los niños. Puede que
no me guste, pero así son las cosas. Ser
diferente no es bueno.
Dicho esto, se vuelve al joven ratón
sentado a su lado, un niño que necesita
que le corten la carne.
Y entonces caigo en la cuenta.
Mikayla me está diciendo que por
mucho que me esfuerce y empeñe, por
muchos postres que consiga llevar
heroicamente a la mesa, esta madriguera
nunca será mi verdadero hogar. La
ratonada de Mikayla nunca será mi
verdadera familia.
Soy ridículamente diferente.
Salgo en silencio del comedor. No
pienso probar la cena. Lo único que
quiero es tirarme en una cama de paja
seca, para suspirar y mirar al techo.
Darme cuenta de la triste verdad
sobre mi triste situación me pone más
negro que azul.
CAPÍTULO 22

«El mejor maestro de un ratón


es su último error.»
Isaías

or la mañana temprano, mientras


Mikayla y el resto de la nocturna
ratonada duermen como troncos,

P salgo en busca de aire fresco.


Sí, es una prueba más de lo
muy diferentes que somos.
Estoy fuera, en el césped
húmedo, sintiendo que la luz del sol me
calienta los bigotes. Mikayla y su
familia siguen acurrucados en sus
camas, soñando con rebanadas de carne
y puré de patatas que llueven del cielo.
Tras mucho meditar, he llegado a la
conclusión de que tengo que concentrar
mis esfuerzos en otro objetivo. Mi
mayor preocupación ya no será hurgar
en busca de sabrosos manjares con la
esperanza de que, de alguna manera,
consigan que Mikayla cante para mí. Por
el contrario, utilizaré una vez más mis
inusuales habilidades y mi talento para
tratar de reunirme con mi auténtica
familia, la ratonada en la que todos los
individuos son exactamente tan
peculiares como yo. Algunos incluso
tienen un vocabulario ampliamente
superior al mío y dicen cosas como
«ampliamente superior» todo el tiempo.
Temiendo que el rocío matutino haya
limpiado el rastro que he dejado en las
Afueras, me voy de excursión para
volver a marcar el territorio con mi olor
distintivo, con mi eau d’Isaías, por así
decirlo. Si Winnie o Abe olisquearan mi
fragante aroma, estoy seguro de que
vendrían corriendo a buscarme.
Mientras recorro el barrio,
frotándome contra todo lo frotable, me
doy cuenta de lo bonitas que parecen las
otras casas de esta calle en comparación
con la destartalada vivienda de los
Brophy. Por ejemplo, la casa que hay
delante mismo está muy ordenada y
limpia, con muchas flores y una hierba
verde y lozana que da gusto ver.
Mientras la estoy admirando, una
sombra revolotea formando un arco
sobre la brillante hierba esmeralda. Y
luego vuelve a formar otro.
Levanto la vista. ¡Horror!
Es un pájaro. Y traza círculos
exactamente encima de mí.
Como sabéis, no soy un gran
admirador de los pájaros. Sin embargo,
los pájaros son GRANDES admiradores
de los ratones.
Les gusta comernos.
Y este pájaro, sin duda hambriento,
me ha echado el ojo. Siento que pronto
se va a lanzar a por mí.
Pero entonces oigo un ruido. Un
impacto metálico y un golpe sordo.
Asustado, el pájaro agita las alas y se va
volando.
Miro hacia el porche delantero. Una
chica enfundada en un albornoz acaba de
abrir una pesada puerta de madera, con
tanta fuerza que la aldaba de bronce se
ha sacudido.
La chica recoge un periódico envuelto
en un brillante plástico azul y vuelve al
interior de la casa.
Temiendo que el pájaro hambriento
regrese, corro a la parte trasera de la
vivienda, donde las copas de los árboles
están llenas de hojas, tantas que
impedirán que un pájaro vea mis
movimientos.
Dicho y hecho. Y ¿lo adivináis? Esta
casa también tiene una gatera.
Durante mi corta estancia en las
Afueras me he dado cuenta de que los
humanos, al igual que los ratones,
tienden a hacer cosas en grupo.
Conducen la misma clase de coches.
Instalan gateras. Decoran sus terrenos
con las mismas variedades de flores,
arbustos y adornos. Muchos incluso
tienen en el patio comederos y pilas de
agua para pájaros.
Esta los tiene.
Y en ambos hay pájaros, pájaros de
aspecto tan matón que espantan a las
ardillas.
Un furioso mirlo que mordisquea unas
semillas vuelve la cabeza en mi
dirección. Para adivinar sus intenciones
me basta con observar sus ojillos
redondos y brillantes y con ver cómo
mueve las alas.
Hummm, parece pensar. ¿Qué estará
más sabroso? ¿Un jugoso ratón o las
pipas secas de girasol?
Sé que me preferirá a mí que a las
míseras semillas. Los pájaros siempre
eligen a los ratones. Somos más jugosos.
Así que yo también elijo. Voy hacia la
gatera de la parte trasera de la casa.
Y así es como me encuentro otra vez
en un mundo totalmente nuevo.
CAPÍTULO 23

«Si no quieres problemas, no los


busques.»
Isaías

l otro lado de la gatera hay un perro.


Debería habérmelo imaginado.
¿Habría una puerta para

A animales domésticos si no
hubiera animales domésticos?
Esta vez se trata de un perro
muy pequeño. Con un lazo rosa
y un collar también rosa. Como el perro
parece cordial (mueve la cola) y más
bien simpático, intento comunicarme con
él telepáticamente.
«Hola, amigo perro. Me llamo
Isaías.»
El perro inclina la cabeza, como si
entendiera lo que estoy pensando. Así
que prosigo:
«Vengo en son de paz y con la
esperanza de que tú y yo pronto seamos
buenos amigos, pues compartimos un
enemigo común: los gatos. Sobre todo,
la variedad pelada. ¿Serías tan amable
de dejarme entrar en tu cocina? Es que
estoy buscando el desayuno. Solo para
mí, si no te importa. Mis días de ladrón
y de escarbar en la basura en busca de
alimentos para otros han terminado para
siempre. También me gustaría añadir
que tienes un gusto excelente para los
accesorios. Ese lazo rosa te queda
divino.»
El perro jadea. Menea la cola.
Y grita «¡GUAU!».
Muy alto. Como recordaréis, mis
oídos son bastante sensibles, sobre todo
para ladridos y/o gruñidos.
—¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU!
Quizá el perro solo quiera decir hola
en su idioma canino, más bien primitivo.
Así que decido devolverle el saludo.
—¡GUAAAU! —grito.
—¡AUUUUH! —aúlla el perro.
¡Ahí va! Creo que lo he asustado. Se
aleja con el rabo entre las patas traseras
y produciendo un tintineo con las uñas.
Fascinante. Acabo de asustar a una
criatura mucho más grande que yo.
Empiezo a entender por qué Benji y
muchos otros miembros de mi familia
me animaban a que fuera más valiente.
Ser valiente tiene sus recompensas.
Por ejemplo, ahora que el «perro
guardián» ha abandonado su puesto, me
doy cuenta de que sobre las limpias y
ordenadas encimeras de esta cocina hay
una gran variedad de sabrosas
golosinas. Veo fruta en un cuenco. Pan
sobre una tabla de cortar. Y, a juzgar por
el olor a canela azucarada que percibo,
algo muy apetitoso en una caja de
cartón.
¿Debería tomar la fruta, que es más
sana y nutritiva, o el misterioso dulce de
la caja? ¡Nunca ha habido una decisión
más fácil en la historia!
Subo por el respaldo de una
mecedora y salto hasta una mesa de
ordenador, que utilizo de trampolín para
llegar hasta la encimera y a la fragante
caja de cartón.
La caja tiene una ventana de plástico
por la que veo un escarpado paisaje de
montículos de dulce azúcar moreno. Leo
las palabras impresas al lado de la
ventana de plástico: SUPREMO PASTEL DE
BIZCOCHO ENTENMAN’S.
¡Bingo!
Este no es un bizcocho normal. Es el
supremo. El no va más de los bizcochos
de la bizcochería. La cima de la
repostería bizcochera.
Tengo que probarlo inmediatamente.
La fina ventana de plástico es fácil de
agujerear con la uña.
En seguida estoy dentro de la caja,
rodando entre los montes de azúcar
moreno con mantequilla y canela.
Entierro el rostro en el pastel.
Está delicioso. ¿Qué digo? Está
supremo.
Levanto la cabeza en busca de aire,
listo para volver a enterrarla en el
esponjoso y húmedo pastel. Y entonces
es cuando la chica entra en la cocina.
¿La recordáis? Es la que iba en
albornoz y estaba en el porche
delantero. Lleva en la mano un
periódico enrollado.
Y ahora me doy cuenta de otra cosa.
No quiero ser grosero, pero tiene un
aspecto extraño. Aunque parece una
adolescente humana, su cabello es
blanco como la nieve, y también sus
pestañas. ¿Y sus ojos? Bueno, son más
azules que mi piel.
También es posible que esté enferma.
Lleva un termómetro en la boca, lo que
significa que podría tener fiebre.
Ay, espero que no sea contagiosa. Los
humanos están muy preocupados por los
ratones y las enfermedades que creen
que transmitimos (¡confundiéndonos,
otra vez, con las ratas!), pero seamos
sinceros… los humanos transmiten
muchas más enfermedades que los
ratones.
Oh, no. Acaba de verme. Se queda
con la boca abierta y el termómetro se le
cae de los labios y se estrella contra el
suelo. Tengo que recordar que he de
esquivar los trozos de cristal cuando me
persiga por la cocina.
Y luego, lógicamente, hace algo que,
como ratón, estoy muy acostumbrado a
ver y oír.
Grita.
—¡Aaaaaah!
CAPÍTULO 24

«Nunca bailes sobre la nariz


de un gato dormido.»
Isaías

oña Chillona tiene que calmarse


¡D inmediatamente!
Si no, podrían entrar corriendo en la
cocina otros humanos adultos y atizarme
con el periódico enrollado.
Un momento. ¡Ella tiene ya un
periódico enrollado! ¡Y viene
directamente hacia mí, lista para
aplastarme sobre el pastel! Atrapado
por la ventana de plástico, no hay
escapatoria posible. No tengo elección.
Debo detenerla como sea.
—¡DETENTE! —grito.
Rayos y truenos. No ha funcionado.
Olvidé que las voces de los ratones son
ultrasónicas, tienen una frecuencia tan
aguda que los humanos no pueden oírlas.
Sus cristalinos ojos azules acaban por
salírsele de las órbitas y ahora grita aún
más fuerte: tres octavas más alto, casi el
nivel de los ratones. De hecho, es tan
agudo que he de taparme las orejas y
agacharme en la caja del pastel. Quizá si
enterrara la cabeza en las migas de la
superficie…
—¡Es mi desayuno! —chilla la chica
—. ¡Has contaminado mi pastel de
bizcocho! ¡El pastel de bizcocho es mi
favorito! ¡Aaaaagh!
De acueeeerdo. La llorona de pelo
blanco empieza a asustarme. Mientras
está ocupada gritándome, voy hacia el
agujero que abrí en el plástico.
Levanta el periódico enrollado y echa
el brazo hacia atrás para tomar impulso,
como si empuñara un hacha.
El movimiento me concede una
fracción de segundo para hacer algo que
sé que está total y absolutamente
prohibido. Nunca lo he hecho delante de
un humano porque habría convertido la
vida en el Lugar Horrible mucho más
horrible aún. Es muy peligroso y
probablemente estúpido.
Pero la chica está a punto de
descargar el golpe. Tengo que hacerlo
ya.
Salgo a toda prisa de la caja, corro
por la encimera y salto hasta la mesa.
Y bailo.
Sobre el teclado del ordenador.
Esto pone a la chica aún más furiosa.
Baja el arma, pero sigue gritándome.
—¡Fuera del teclado, ratón! ¡Si lo
rompes, te rompo yo a ti!
Mientras bailo sobre las teclas, hago
todo lo que puedo para que la chica mire
la pantalla del ordenador. Agito los
brazos. Inclino la cabeza. La señalo con
la cola.
Sin duda cree que todo esto forma
parte de alguna danza típica ratonil.
—¡MIRA, CARAMBA! —chillo
desesperado.
Entorna los ojos y levanta de nuevo el
periódico enrollado.
—Te lo advertí, ratón.
—¡POR FAVOR! —grito, aunque ella
no puede oírme.
Necesito que mire la pantalla del
ordenador antes de que me lance
volando por la cocina como si fuera una
pelota de golf azul.
Bailo más aprisa. Sacudo
furiosamente los brazos, la cabeza y la
cola en dirección a la pantalla.
Viene hacia mí. Aprisa.
Levanta el periódico por encima de su
cabeza.
Cierro los ojos. Sé lo que vendrá a
continuación. Me encojo esperando el
golpe.
Y entonces…
CAPÍTULO 25

«A veces, unas pocas palabras


valen más que mil palabras.»
Isaías

bro un ojo lentamente.


Aterrorizado y con los párpados
entornados veo que la chica

A sigue con el periódico


levantado sobre su hombro.
Pero tiene la mirada fija en
la pantalla del ordenador.
—Pero qué… —murmura.
Se inclina para leer lo que hay escrito
en palabras brillantes.
Finalmente, baja el arma.
—Cálmate, por favor —lee en voz
alta.
Ahora me mira fijamente.
Desconcertada. Creo que la joven acaba
de darse cuenta de que no soy el típico
ratón casero. Sabe que soy diferente.
Bueno, soy azul. Seguro que a estas
alturas ya se habrá dado cuenta.
cálmate por favor cálmate por favor
cálmate por favorcálmate por favor
cálmate por favor cálmate por favor
cálmate por favor cálmate por favor
cálmate por favor cálmate por favor
cálmate por favor cálmate por favor
cálmate por favor cálmate

Se inclina para mirarme más de cerca.


No me importa. Su expresión de
curiosidad me gusta mucho más que la
expresión asesina que tenía hace unos
segundos. Es un progreso. Dejo escapar
un suspiro de alivio. Me ahueco los
pelos. Me los peino. Cuando tengo
miedo, se me revuelven un poco.
—¿Has escrito tú esas palabras? —
me pregunta.
Nunca jamás había visto a un humano
esperando a que yo le respondiera algo.
Asiento con la cabeza.
—¿Son «cálmate» y «por favor» las
únicas palabras que sabes escribir? ¿Te
ha enseñado alguien a hacerlo en,
digamos, un circo de ratones o algo así?
No tengo más remedio que sonreír.
Me pongo a bailar sobre el teclado y
doy unos saltitos para escribir:
«qué va.»
—¿Qué va, qué? ¿A qué pregunta
estás respondiendo? ¿A la del circo de
ratones o a la de si sabes más palabras?
Ja, ja. Muy bueno.
Así que, para responder, me muevo
sobre las teclas como el Rey Ratón del
ballet Cascanueces, que vi por
televisión en el Lugar Horrible.
Esto es lo que escribí:
«perdóname. no quería confundirte
con mi vaga respuesta a tus preguntas.
nunca he estado en un circo de ratones. y
diría que tengo un vocabulario muy
extenso. me atrevería a decir que
voluminoso. sin embargo en ese
momento pensé que la brevedad y
claridad eran de vital importancia.
“cálmate” y “por favor” expresaban en
mi humilde opinión un deseo inmediato
con un gran nivel de eficiencia y
urgencia. ¿no estás de acuerdo?»
La chica sacude la cabeza y se echa a
reír.
—Totalmente —dice.
Yo también río, de puro alivio.
Tecleo la idea que acaba de
ocurrírseme:
«¿qué tal si rompemos el hielo?»
—Me parece estupendo romper el
hielo. Soy Hailey. ¿Quién eres tú?
Se lo tecleo:
CAPÍTULO 26

«Hazte amigo de gente buena


y aumentarás su número.»
Isaías

a verdad es que Hailey es muy


simpática… sobre todo cuando no está a
punto de aplastarme con un

L periódico enrollado.

—¿Cómo lo has hecho? —pregunta


—. ¿Cómo has escrito todas esas
palabras?
Tecleo la respuesta:
«bastante bien. ¿no te parece?»
Se echa a reír.
—Vaya. Eres sorprendente, sobre
todo teniendo en cuenta que eres un
ratón.
«gracias hailey. la verdad es que la
mayoría de los ratones somos
sorprendentes pero rara vez se nos da la
oportunidad de exhibir nuestras
habilidades ante los humanos. y también
me gustaría disculparme por no poner en
mayúscula las palabras que vienen
después de un punto y por olvidarme de
las comas. me resulta difícil poner una
pata en la tecla de las mayúsculas y la
otra en la letra que quiero escribir.
sobre todo si esas teclas están en el
centro del teclado. tendría que estirarme
mucho y se me romperían los pantalones
si los llevara y no los llevo porque
como ya habrás notado soy un ratón.»
—Y además eres azul —dice Hailey
—. ¿Y a qué viene esa etiqueta que
llevas en la oreja?
La verdad es que no me apetece
hablar de mi pasado y de las cosas que
nos hicieron a mí y a mi familia en el
Lugar Horrible, así que me encojo de
hombros y tecleo:
«no lo sé. siempre he sido azul y me
pusieron la etiqueta cuando nací. y
hablando de mayúsculas sé que puedo
pulsar la tecla de bloqueo de
mayúsculas pero ENTONCES
PARECERÍA QUE ESTOY
GRITANDO.»
Otra carcajada.
—Me alegro de no haber ido hoy a
clase. Tú eres más interesante que las
ciencias sociales, incluso que las
matemáticas.
«¿te gustan las mates?», escribo.
Ahora es Hailey quien se encoge de
hombros.
—Este año no me gusta casi ninguna
asignatura del colegio. Acabamos de
mudarnos a este barrio. Soy la chica
nueva en la ciudad y, bueno, no tengo
muchos amigos. De hecho, no tengo
ninguno. Cero. Nada. En la escuela
creen que soy rara.
«¿por qué?», pregunto.
Se señala el pelo blanco y los ojos
azul hielo.
—Supongo que por mi aspecto.
«¿cuántos años tienes?», tecleo.
—Doce.
«pues no me extraña que tu cabello
sea tan blanco. eres una anciana. la
mayoría de los ratones solo vive uno o
dos años. aunque yo espero llegar algún
día a cumplir los doce como tú. entonces
mi piel se volverá blanca como la tuya y
no seré tan diferente de los demás
ratones. hay muchos ratones blancos en
el mundo pero no en mi familia.»
—Oye, nunca es fácil ser diferente.
«cierto. a menos que todos los que te
rodean también lo sean. mi hermano abe
por ejemplo es rojo y muy divertido. mi
hermana delphinia es morada y muy
fuerte. y zoraster es rosa y es capaz de
encontrar siempre el camino más corto
para llegar al queso por muy escondido
que esté en el laberinto.»
Mientras estamos hablando tan
contentos, el pequeño chucho ladrador
que conocí tras la gatera entra orgulloso
en la cocina, golpeando sonoramente el
suelo con las uñas. Y por supuesto,
ladrando.
—Ladridos, no, Dolce —dice Hailey
—. Ladridos, no.
Dolce, como es lógico, ladra.
—En realidad es muy manso —dice
Hailey. Dolce se sienta y menea la cola.
Cuando jadea, su pequeña lengua rosada
le hace parecer un perro de peluche.
«ya nos conocemos», respondo. «y
coincido con tu apreciación, dolce es
muy dulce.»
Hailey sonríe, porque sabe que dolce
significa ‘dulce’ en italiano.
Y entonces suelta la bomba que casi
me hace desear no haber puesto los pies
en esta casa.
—También tenemos un gato.
CAPÍTULO 27

«El remedio contra cincuenta


enemigos
es un amigo.»
Isaías

as piernas me tiemblan tanto que esto es


lo que tecleo:

L «xcxcxcxcxcxcxc».
Hailey sabe lo que he querido
decir.
—No tienes por qué
preocuparte, Isaías. Príncipe Rojo
también es muy dulce.
Un gato con el pellejo tan rojo como
el de Abe entra en la cocina. Encuentra
un lugar en el que da el sol, estira su
largo cuerpo como si estuviera hecho de
chicle y se acomoda para dormitar bajo
el cálido charco de luz.
Pero yo sigo petrificado de miedo.
—Ejem, ¿te gustaría un helado doble
con trocitos de chocolate? —pregunta
Hailey.
Consigo encoger los hombros. No
tengo ni la menor idea de lo que dice.
—Espera aquí.
Quiero teclear: «No te preocupes»,
sin apartar la vista de Príncipe Rojo, no
pienso mover ni un músculo. Pero para
escribir este mensaje necesitaría mover
muchos músculos. Y como he comentado
antes, a los gatos les encantan los
objetos en movimiento, sobre todo si
son ratones. Así que me quedo quieto
sobre la tecla N.
Hailey se acerca al frigorífico y
vuelve con un cucharón lleno de una
sustancia blanda y cremosa con trozos
de chocolate, que lamo en cuanto Hailey
baja la cuchara hasta mi hocico. ¡Está
muy frío, pero es maravilloso!
Príncipe Rojo no ha dejado de
dormitar todo este rato. Incluso cuando
Dolce se pone a ladrar. Creo que el
perro también quiere helado.
—El chocolate no es bueno para los
perros —dice Hailey—. No estoy muy
segura de si lo es para los ratones.
Levanto los pulgares mientras lamo el
fondo del cucharón. Estoy bien. Los
ratones del Lugar Horrible pueden
comer de todo, aunque lo único que nos
dan es pienso y agua azucarada.
Hailey busca una galleta perruna para
Dolce, y aprovecho la pausa para irme.
«tengo que irme a casa», tecleo lo
más silenciosamente que puedo,
esperando no despertar al gato.
—Espero que vuelvas a visitarme —
dice Hailey, ofreciéndome la mano—.
¿Amigos?
Asiento con la cabeza y estrecho su
dedo color de rosa. Podemos ser
amigos. Al menos por el momento.
Veréis, tengo problemas para confiar
por completo en los humanos, incluso en
los que parecen tan simpáticos como
Hailey.
Tengo mis razones, creedme.
Muchísimas razones.
CAPÍTULO 28

«Más vale pájaro en mano


que ratón en la boca.»
Isaías

o es por quejarme, pero la vida en las


Afueras se está volviendo irritante por
momentos.

N Intento volver a
destartalada vivienda de los
Brophy desde la casa de mi
nueva amiga Hailey cuando veo
la

algo en el césped, delante de mí, que me


hace temblar de miedo.
La sombra de unas alas extendidas.
Otro pájaro exactamente encima de
mí, calculando si le serviré de cena. Es
un gavilán colirrojo, para ser precisos.
Lo reconozco por los flecos de sus alas
y su cola, que son como dedos estirados.
Los ratones somos muy buenos
memorizando las formas de la sombra
de los pájaros.
Y el gavilán colirrojo es uno de los
que más tememos. Come ratas. Ardillas.
Conejos. Incluso se come a otros
pájaros. Los ratones somos simples
aperitivos. Por algo los llaman
ratoneros.
Corro más aprisa.
La sombra del gavilán aumenta de
tamaño. Solo que ahora tiene las alas
más pegadas al cuerpo, porque, ¡oh, no!,
está a punto de lanzarse en picado.
¡Viene en línea recta hacia mí!
Creo que me quedaría petrificado en
este preciso momento, pero por
desgracia, no tengo tiempo. ¡Querido
Dios Ratón, ayúdame, por favor!
Ya está encima, y se acerca aún más.
Con un doloroso golpe, el gavilán me
atrapa con el pico.
Cierro los ojos.
Adiós, hermoso mundo.
Me habría gustado ver a mi familia
una vez más. Quizá, si tengo mucha
suerte, los ángeles del cielo ratonil
canten tan dulcemente como Mikayla y
no haya gatos asesinos ni perros
ladradores, ni tampoco gavilanes
ratoneros.
Mientras espero el fatal picotazo, el
golpe sordo y el crujido que significarán
el final de mi vida, siento una sensación
extraña, de ingravidez.
También noto que la hierba
desaparece bajo mis pies. El gavilán no
va a engullirme de dos rápidos bocados
porque…
¡Sorpresa! ¡Me lleva hacia el cielo!
Entreabro un ojo aterrorizado.
¡Estoy volando!
Volar es magnífico, algo que solo
había hecho en sueños. Pero, al ser
míos, en ellos no salían pájaros
ratoneros, como en esta pesadilla.
De repente, subimos más arriba y a
mayor velocidad. Oh, no. La brisa me
peina los bigotes. Mi piel azul se riza
furiosamente. Por una vez, me alegro de
gustar tanto al gavilán como para que no
quiera soltarme, porque hay un largo
camino hasta el suelo.
Entonces el pájaro inclina las alas.
Ahora estamos bajando más aprisa de lo
que subíamos.
Abajo, abajo, abajo… Nos metemos
entre las tupidas ramas de un roble. Las
hojas nos golpean y sacuden mientras
atravesamos la verde oscuridad.
Y entonces el gavilán abre la boca.
Caigo como una piedra sin
paracaídas.
Por un segundo me pregunto si está
jugando conmigo, como el malvado gato
Lucifer, y me ha soltado para luego
cogerme como un juguete. Pero no, el
gavilán se va volando y me abandona a
mi suerte. Mi descenso es muy rápido.
Ahora yo soy el que cae a plomo…
exactamente sobre una rama.
Y sabiendo lo que sé de física,
estrellarme contra la dura rama
pulverizará todos y cada uno de los
huesos de mi diminuto cuerpo.
CAPÍTULO 29

«¡Si está viva, es la madre de


alguien!»
Isaías

s un milagro.
No he muerto. No me he estrellado
contra una rama dura como una

E piedra.
He aterrizado suavemente.
En lugar de partirme la crisma
contra la recia madera, he
aterrizado en una cesta primorosamente
tejida con ramitas, paja y cosas blandas.
Buena jugada, quiero decirle al
gavilán, lleno de alivio y alegría. ¡Un
tiro perfecto! ¡Canasta de tres puntos!
Pero entonces oigo un frenético coro
de piadas.
Ah, ah.
Me doy la vuelta. Estoy rodeado de
peludos polluelos con la boca abierta.
De cerca parecen dinosaurios
hambrientos hechos de nieve. Me doy
cuenta, demasiado tarde, de por qué el
gavilán merodeador me ha soltado allí.
Estoy en su nido y voy a ser la cena
de sus hijos de cabeza peluda y grandes
ojos.
Qué maternal, doña gavilana, salir a
buscar la cena de sus gavilancitos. El
instinto protector que la impulsa a
alimentar a los recién nacidos sería para
echarse a llorar (¡oh, lágrimas!, acudid a
mis ojos), si no fuera porque, claro,
resulta que la cena soy yo.
Uno de los encantadores gavilancitos
se abalanza sobre mí.
Es una reacción natural como la vida
misma: pequeñuelo ve ratón, pequeñuelo
come ratón.
Esquivo el pico y lo único que
consigue es aire, mientras yo aprovecho
para ir al borde del nido. Ahora hay
otros dos polluelos que vienen hacia mí
y me apuntan con sus agudos picos.
Grito una de las primeras palabras
humanas que aprendí:
—¡ALTO!
Ajajá, creo que los he asustado.
Todos los pollos empiezan a piar y a
llorar. Tengo que taparme las orejas; sus
chillidos y gemidos son más penetrantes
que nada que haya oído en una guardería
de ratones, incluso antes de la siesta.
Mientras los polluelos chillan
quejándose del mezquino ratón parlante
que mamita les ha traído, yo aprovecho
el momento: salto del nido y clavo las
zarpas en una rama cercana.
La corteza del roble es buena para
escapar. Tiene un buen agarre.
Corro por la rama, salto a otra y sigo
mi camino árbol abajo. Moviéndome
con rapidez (parece que siempre corro
más aprisa cuando sé que me va la vida
en ello), llego al suelo en veinte rápidos
latidos.
Ya veo la casa de los Brophy; está tan
ruinosa que es difícil de confundir. Hay
una camioneta de reparto aparcada en el
sendero del garaje. Tiene una especie de
techo bajo en la trasera, como si fuera el
caparazón de una tortuga.
Supongo que eso significa que el
señor Brophy está en casa y que la
familia no tardará en tirar cantidades de
comestibles bajo la mesa del comedor.
Atravieso a toda prisa la calle.
¿He hablado ya de lo fastidiosa que
se está volviendo la vida en las
Afueras?
Lo digo porque… en fin, adivinad
quién cruza la calle conmigo. Exacto. La
misma sombra con alas. Mamá gavilana
me persigue otra vez.
¡Nada de repeticiones!, quiero gritar.
Pero no lo hago. Estoy muy ocupado
tratando de buscar un lugar seguro.
Por suerte, los Brophy no son
entusiastas de cortar el césped. La
hierba llega casi a la altura del porche.
Es como un campo de trigo privado.
El gavilán colirrojo, incluso con su
excelente visión, me pierde de vista
cuando me arrastro lentamente panza
abajo. Además, sopla una suave brisa
que mece la hierba, formando olas que
parecen del océano. Mis movimientos
no delatan mi posición. Mamá gavilana
abandona la caza. La veo alejarse en
busca de otra presa.
Puede que al final viva para ver otro
día.
O no.
Cuando eres un ratón, tus
posibilidades de sobrevivir a un día
cualquiera siempre son inciertas.
CAPÍTULO 30

«Los tontos se meten a toda prisa


donde los ratones temen pisar.»
Isaías

ntro a rastras en la madriguera,


exactamente a la hora de buscar la cena.
¿Estoy listo para enfrentarme

E al peligro otra vez?


¡Ja! ¡Naranjas de la China!
¿Estoy listo para enfrentarme
de nuevo a Lucifer?
¡Menos todavía!
Pero cuando Gabriel pregunta
«¿Quién está listo para ir a buscar
comida?» levanto la mano y me presento
voluntario. ¿Por qué? Quizá porque en el
grupo de proveedores he visto a alguien
que no estaba allí las otras veces.
Mikayla.
Por muy herido que me sintiera
cuando me dijo lo diferente que soy, me
es imposible dejar de admirarla. Está
tan arrebatadora empuñando una espada
verde de plástico… Vi algunas
parecidas cuando los Batas Largas
celebraron su fiesta de vacaciones el
pasado invierno en el Lugar Horrible.
Esas espadas de plástico hacían de
palillos en los dados de queso naranja.
Recojo mi herramienta, un bastoncito
de cartón con bolas de algodón en los
extremos (supongo que para limpiar la
comida que quede en el suelo después
de los cinco segundos reglamentarios).
—Estoy sorprendido y encantado de
verte en el grupo de caza —digo a
Mikayla mientras caminamos hacia el
armario de debajo del fregadero.
—En esta familia —dice— nos
turnamos las tareas. Hacemos todos los
trabajos por turnos. Esta noche te toca a
ti fregar los platos.
—Ajá —digo, agitando los bigotes
como lo haría mi hermano Rudolpho—.
Creí que me habías dicho que los platos
solo los friegan las chicas, y no es que
me importe hacerlo. A lo mejor me dices
dentro de poco que vas a cantarme una
canción. ¡Solo tienes que decirme
cuándo!
—Probablemente nunca. ¿Es que no
vas a cansarte?
—La verdad es que yo preferiría…
Gabriel se lleva una pata a los labios
para que me calle.
—Silencio, Isaías. No queremos que
Lucifer nos oiga llegar.
—Tienes toda la razón —susurro—.
¿Serías tan amable de perdonar mi
estúpido intento de…?
—¡Chitón!
Los seis apretamos la espalda contra
la puerta del armario. También esta vez
es difícil de abrir a causa de la ropa
amontonada al otro lado. Nos
deslizamos de uno en uno por el
resquicio y nos escondemos en las
sombras, bajo los armarios.
De repente oímos un tintineo. Pero no
son los cascabeles ni la chapa metálica
de Lucifer. Es algo metálico a lo lejos.
Yo ya he oído ese sonido.
—¡Un humano! —susurra Gwindell.
Todos corremos a escondernos en el
montón de arrugados uniformes verdes
de trabajo. Otra vez me pregunto por qué
el olor me resulta familiar, pero no por
mucho tiempo. El tintineo se acerca. Me
asomo por el bolsillo de la camisa en el
que me he escondido y veo la causa del
sonido. Es un llavero colgado del
cinturón del señor Brophy.
¡Pues claro! Debería haberme dado
cuenta antes. Por eso el olor del montón
de ropa verde me resulta tan familiar. Yo
ya he visto ese llavero. Son las llaves
que cierran las puertas de donde está
encerrada mi familia.
Levanto la cabeza para ver mejor el
rostro del señor Brophy. ¡Es el
encargado de la limpieza del Lugar
Horrible!
CAPÍTULO 31

«Cuando cabalgas sobre un tigre,


es difícil desmontar.»
Isaías

uanne! —grita el señor Brophy—.


¡L ¿Dónde están mis dichosos
Doritos?
—En el armario que hay encima del
microondas.
—Eso son nachos con queso.
—¡No los toques! —grita Dwayne en
el comedor—. Son míos.
—Ya lo sé. ¿Dónde están mis
jalapeños?
—Ya están en la mesa —dice la
señora Brophy—. Detrás del cubo de
pollo.
El señor Brophy sale de la cocina con
paso inseguro.
—Vaya. ¿Por qué no lo has dicho
antes? He perdido un montón de energía
yendo a la cocina…
En cuanto sale, me vuelvo hacia
Gabriel.
—Tenemos que salir de aquí, ¡de
inmediato!
Gabriel olisquea el aire.
—Pero huelo a grasa. Comida rápida.
—¡La comida rápida es lo mejor! —
dice Gilligan con entusiasmo—. Pollo
frito, aros de cebolla, dados de carne,
patatas fritas…
—No lo entendéis. El señor Brophy
es un hombre malo, muy malo.
Gabriel se atusa el bigote y sonríe.
—Quizá. Pero trae a casa comida
buena, muy buena.
—Vamos —dice Mikayla—. ¡Veamos
si tienen pastel de manzana!
Se pone en cabeza y sube por el
armario hasta las bolsas de plástico
blanco con manchas de aceite en el
fondo.
—¡Aquí hay otra bolsa! —grita
Gwindell—. En el suelo, al lado de la
habitación fría.
Se refiere al frigorífico.
Gwindell sale corriendo para
examinar la bolsa de plástico llena de
comida.
—¿No es emocionante? —me dice
Mikayla.
Y como habla conmigo, finjo estar
pasando el mejor momento de mi vida.
Hago como si no supiera que el señor
Brophy es el diabólico encargado de la
limpieza.
—Muy emocionante —digo—.
Excitante, incluso. Pero la verdad es que
yo nunca he probado la comida basura.
—Oh, es muy apetitosa —dice
Mikayla—. Sobre todo los pasteles de
manzana.
Me ofrece un trozo humeante.
—Pruébalo.
Mi debilidad por el pastel de
manzana se impone.
—Bueno, probaré un mordisquito…
Estoy a punto de clavar los dientes en
el bocado, que huele a cielo, cuando
oigo el sonido más horrible del universo
ratonil.
¡CLAC!
Nos quedamos paralizados. Nuestros
rostros se convierten en máscaras de
terror.
Ese ruido es la peor pesadilla de un
ratón.
CAPÍTULO 32

«No busques el peligro.


Él sabrá encontrarte.»
Isaías

ajamos a toda prisa del armario y vamos


hacia donde Gwindell está tendida de
costado, temblando de dolor.

B —Son las mandíbulas de la


muerte —exclama Mikayla.
—Estaba detrás de mí —
gime Gwindell—. No lo vi.
—Tranquila —dice Gabriel—.
Procura calmarte.
—¿Tranquila? ¿Que me calme? ¡Estoy
atrapada, Gabriel!
Es cierto. La cola y la pata derecha de
Gwindell están atrapadas en el siniestro
cepo de una Ratonera de Pedal Víctor
Metal.
Esa es la razón de que en toda nuestra
historia ningún ratón haya llamado
Víctor a su hijo.
—¡Soy demasiado joven para morir!
—gime Gwindell.
—No vas a morir —dice Gabriel, con
voz tan trémula como la de su hermana.
Durante siglos, los ratones han
conocido el peligro que suponen las
ratoneras. Nos hablan de estos malvados
artefactos desde el mismo día en que
nacemos. Canciones de cuna como
«Ratón, espabila y vigila, ratón, no te
alejes de la madriguera, ratón, ten
cuidado con la malvada ratonera» están
pensadas para enseñarnos a evitar estos
diabólicos chismes asesinos.
Pero entonces una ratona ve un trozo
de queso al lado de la puerta. Vencida
por el hambre, cree ciegamente que
podrá llevarse el cebo antes de que la
trampa se cierre.
Ese no fue el caso de Gwindell.
Sospecho que intentó apartar el trozo de
queso con la cola, pero la trampa fue
más rápida. Ahora tiene una pata rota y
la cola atrapada con fuerza.
—Tenemos que abrir la trampa —
digo.
—No podemos —murmura Gabriel
—. Es imposible.
—¡Voy a morir! —exclama Gwindell
con un estremecimiento.
—Vamos —digo—. Todos a echar
una mano.
—Es inútil —dice Mikayla.
—¡La esperanza es lo último que se
pierde! —digo, asiendo la ballesta.
Trato de levantarla.
No se mueve.
Por fin, los demás se unen a mi
esfuerzo. Entre los cinco rodeamos la
ratonera y tratamos con todas nuestras
fuerzas de levantar la ballesta lo
suficiente como para que Gwindell se
suelte.
Cuando parece que van a explotarme
los músculos, Gabriel se aparta.
—No sirve de nada —dice.
Los otros ratones siguen su ejemplo.
Soy el último en desistir.
—Se me está durmiendo la cola —
solloza Gwindell.
Estoy a punto de hacer una sugerencia
cuando el señor Brophy entra de repente
en la cocina.
—Por aquí —susurro.
Empujamos rápidamente a Gwindell y
la ratonera detrás del frigorífico para
que no nos vea.
El señor Brophy abre la puerta del
frigorífico.
—¡Todavía me dan la lata por el que
se escapó! —grita a su familia, que está
en el comedor—. El azul.
—¿Y para qué necesitan con tanta
urgencia al azul? —grita su mujer.
—Porque es el único que escapó. —
Oigo tintineo de frascos—. ¿Dónde está
la dichosa grosella?
—Detrás del frasco de encurtidos —
grita Dwayne.
El suelo de la cocina cruje cuando el
señor Brophy vuelve al comedor.
Normalmente, es ahora cuando
debería darme el ataque de pánico.
El señor Brophy acaba de decir que
los Batas Largas del Lugar Horrible
siguen buscándome. No me sorprendería
ver mi rostro azul en carteles de SE
BUSCA.
Pero aunque el señor Brophy podría
verme en cualquier momento y
devolverme al Lugar Horrible, me niego
a abandonar a Gwindell. Como dicen en
su familia: «Nunca se abandona a un
ratón».
—Tenemos que llevar el cuerpo de
Gwindell a casa —susurra Gabriel—.
Para el entierro.
Gwindell gime.
—Te he oído.
—No va a haber ningún entierro —
replico—. ¡Habrá un banquete de
recuperación! Vamos a salvarte,
Gwindell. Te doy mi palabra.
La ratona asiente con el rostro lleno
de lágrimas y consigue esbozar una
sonrisa. Sabe, como todos, que la
palabra de un ratón es tan sólida como
una piedra y que haré todo lo que esté en
mi zarpa para cumplirla.
O moriré en el intento.
CAPÍTULO 33

«Un ratón que habla mucho y no


realiza ninguna hazaña es como un
jardín lleno de cizaña.»
Isaías

s imposible, Isaías —dice Gilligan.


—Jamás un ratón ha podido

E escapar de una trampa como esa


—añade Gordon.
—Tenemos que intentarlo —
digo.
—¿Para qué? —dice Gabriel—. Solo
aumentará el sufrimiento de Gwindell.
—He dado mi palabra. Y tengo una
idea…
—Yo también tengo una idea —dice
Gilligan—. ¡El voluminoso señor
Brophy volverá y nos pillará a todos!
—¡Eso si no nos aplasta antes! —dice
Gordon, cuyas rodillas chocan entre sí.
—Solo necesito una cuchara. —
Señalo la encimera, al lado del
fregadero—. Probablemente haya alguna
en ese cajón de ahí. Pero necesitaré
ayuda para sacarla.
—Seguro que hay otra ratonera en ese
cajón —gime Gordon—. ¡Seguro que
ahí es donde los Brophy guardan las
ratoneras!
—Vale —digo—. Lo haré yo solo.
—No, no lo harás —dice Mikayla—.
Voy contigo.
—Y yo también —dice Gabriel.
Los tres trepamos por el armario
mientras Gilligan y Gordon se quedan
consolando a Gwindell.
—¿Qué flores quieres para tu
entierro? —oigo que le pregunta Gordon
—. ¿Dientes de león o tréboles?
Gwindell, por supuesto, rompe a
llorar.
—Tenemos que darnos prisa —digo a
Gabriel y a Mikayla—. O esos dos
matarán a Gwindell de miedo.
Corremos por la encimera hasta
situarnos encima del cajón.
—Sujetadme las patas —digo—. Voy
a inclinarme por el borde.
—¿Por qué? —pregunta Mikayla.
—Tengo que abrir el cajón.
Esperemos que sea donde los Brophy
guardan la cubertería. Utilizaremos de
palanca uno de los cubiertos y así
liberaremos a Gwindell.
—¿Qué es una palanca? —pregunta
Gabriel.
—Una de las seis máquinas más
sencillas que existen. Una palanca es
una barra rígida que se apoya en un
soporte llamado fulcro o punto de
apoyo. Nos ayudará a levantar algo que
resultaría demasiado pesado si lo
intentáramos por nuestra cuenta.
Sí, es sorprendente lo mucho que
puede aprenderse en los libros.
—Venga, vamos. Nos estamos
quedando sin tiempo. Sujetadme por los
tobillos.
La verdad es que no puedo creer que
esté a punto de hacer lo que voy a hacer.
Me descuelgo por el borde de la
encimera y me balanceo de un lado a
otro como si fuera un trapecista.
Cojo con fuerza el asa del cajón.
Ahora tengo que utilizar todos mis
músculos, incluidos los del abdomen,
para tirar del asa con todas mis fuerzas.
Para mover el cajón hacia fuera.
Al principio no se mueve, pero
entonces Gabriel y Mikayla me ayudan.
Cuando tiro, ellos tiran a su vez de mis
tobillos para conseguir más impulso.
Gabriel empieza a dirigirnos con un
canturreo rítmico.
—¡Y uno! ¡Y dos!
Cuando dice dos, yo tiro y ellos tiran
de mí. Parece que lo estamos
consiguiendo.
Lenta pero firmemente, el cajón se va
abriendo.
—¡Y uno! ¡Y dos!
El último tirón es extraordinario. El
cajón se abre casi cinco centímetros.
Miro dentro. ¡Eureka! Está lleno a
rebosar de cuchillos, tenedores y
cucharas.
—Creo que una cuchara sopera irá
muy bien para este trabajo —digo—.
Soltadme las patas.
Caigo de cabeza en el cajón abierto.
La cubertería tintinea y tiembla cuando
aterrizo.
—¿Estás bien? —pregunta Mikayla.
—Sí —murmuro, con la nariz
atrapada entre las púas de un tenedor.
Oímos que Gilligan pregunta a
Gwindell si puede quedarse con su cama
cuando muera. Esta, por toda respuesta,
llora con ganas.
—Date prisa —dice Gabriel—. Por
favor.
Cojo una cuchara y trato de levantarla
hasta la encimera, pero no puedo. Pesa
demasiado.
—¡Chicos! —digo—. Necesito más
ayuda.
Mikayla y Gabriel se miran. Se
encogen de hombros.
Inspirados por mi locura, se acercan
al borde de la encimera y saltan al
cajón. Entre los tres cogemos la cuchara,
la deslizamos por la tabla frontal del
cajón, le damos un último empujón y la
arrojamos al vacío. Cuando llega al
suelo, rebota y tintinea un par de veces.
Miro a mis dos amigos.
—¡Ahora, a salvar a Gwindell!
CAPÍTULO 34

«Muchas patas aligeran el trabajo.»


Isaías

ntre los tres conseguimos introducir la


cuchara bajo la ballesta que aprisiona la
pata y la cola de Gwindell.
—Gracias, Isaías —dice esta,

E con voz cada vez más débil.


—No me des las gracias a mí
—respondo—. Es un trabajo en
equipo.
—Nunca se abandona a un ratón —
susurra Mikayla.
—Y menos si es mi hermana —dice
Gabriel, acariciando el pellejo de
Gwindell.
Cuando la cuchara está metida entre
la ballesta y la base de la ratonera,
Gabriel, Mikayla, Gilligan, Gordon y yo
nos ponemos bajo el mango de la
cuchara.
—A la de tres —digo—. Una, dos,
tres, ¡ya!
Los cinco saltamos y nos agarramos
al mango de la cuchara.
—¡Tirad! —grita Gabriel.
La ballesta cede y sube un poco. Pero
no lo bastante.
Nos soltamos y caemos al suelo.
Gwindell gime. Me parece que no podrá
soportarlo mucho más tiempo.
—¡Otra vez! —digo—. Una, dos, tres,
¡ya!
Saltamos al mismo tiempo y
volvemos a colgarnos del mango de la
cuchara.
—¡Tirad! —grita Gabriel—. ¡Más
fuerte! ¡Vamos! ¡Tirad con todo vuestro
peso, chicos!
Gruñimos y gemimos. Las mejillas y
los rostros se nos ponen colorados.
Salvo el mío. Yo me pongo morado.

Gabriel da un tirón final, hercúleo y,


¡bingo!, mi sencillo mecanismo
funciona. El peso de todos sobre el
brazo de la palanca produce la fuerza
suficiente para levantar la ballesta.
Y a Gwindell le queda la fuerza
imprescindible para rodar hacia un lado
y liberarse.
¡Lo conseguimos!
Gabriel acuna la cabeza de su
hermana en sus rodillas.
—Mi héroe —susurra Gwindell con
una débil sonrisa.
—Chitón —dice Gabriel—. Tenemos
que llevarte a casa.
Decidimos abandonar la búsqueda de
comida y correr lo más aprisa posible.
A casa.
CAPÍTULO 35

«Aunque las palabras no tienen alas,


pueden volar miles de kilómetros.»
Isaías

or la mañana temprano, mientras el resto


de mi nueva ratonada duerme tras la
fiesta que organizamos la noche

P anterior para celebrar la vuelta a


casa de Gwindell, cruzo la calle
para visitar a mi nueva amiga
humana, Hailey.
Por suerte, hoy no me persiguen
gavilanes ni gatos.
Cuando entro en la casa me doy
cuenta de que, una vez más, Hailey no va
a ir a la escuela. Parece que está muy
enferma.
—En realidad —me cuenta—, es la
escuela la que me pone enferma.
Además, rompí el termómetro de mamá
para que no pudiera saber si tengo fiebre
o no.
«¿por qué no te gusta la escuela?»,
pregunto con los pies. Por fortuna, los
signos de interrogación están muy cerca
de la tecla de las mayúsculas. De no ser
así, no podría hacer preguntas.
—Me gusta la escuela —dice Hailey
—. Bueno, me gustaba. Hasta que nos
mudamos aquí y me pusieron en la
misma clase que un monstruo llamado
Melissa.
«¿es como la gorgona, la mujer-
monstruo con serpientes en la cabeza en
lugar de pelo, colmillos puntiagudos y
aletas de reptil? he leído sobre ella.»
—No —dice Hailey, riéndose—.
Melissa solo es una chica antipática. Le
gusta llamarme Lechuguina. —Se señala
el pelo—. Porque tengo el pelo del
color de la leche. ¿Lo pillas?
«sí. muy gracioso.»
—Bueno, la verdad es que no. Un
lechuguino es una lechuga pequeña,
Isaías.
Asiento con la cabeza. La verdad es
que no sabía qué es un lechuguino, ni
qué tiene que ver con la leche o el pelo
de Hailey.
Mientras hablamos, me doy cuenta de
que Hailey y yo tenemos mucho en
común. Ambos tenemos nuestro Lugar
Horrible. El mío es la prisión que
compartía con mi familia. El suyo es la
escuela donde Melissa le pone apodos
crueles.
—Quizá vaya mañana —dice Hailey
—. Si Melissa vuelve a llamarme
Lechuguina, la llamaré Gorgona.
«si haces eso, serás exactamente igual
que ella.»
Hailey frunce los labios. Hace una
mueca.
—Sí, a lo mejor tienes razón,
ratoncito sabio. No quiero que eso
ocurra…
«yo tampoco. con una melissa
tenemos suficiente.»
—¿Tienes hambre?
Asiento con la cabeza.
—Vamos. Abajo hay pastel de
bizcocho. Podrás estrenarlo.
Así que nos sentamos en la cocina y
hablamos durante el delicioso desayuno.
Cuando ella pregunta, yo bailo sobre el
teclado del ordenador y le cuento a
Hailey la triste y horrible verdad sobre
mi vida de ratón.
«los ratones somos pequeños y no nos
entienden. casi todas las cosas y
personas son más grandes que nosotros.
vamos por la vida mirando hacia arriba
mientras los demás miran hacia abajo
para vernos. parece que no gustamos a
casi ninguna criatura. salvo por supuesto
a las que les gusta comernos. de esas
hay muchas. ¿y los humanos? a pesar de
lo mucho que tenemos en común la
mayoría excepto tú no nos trata
precisamente bien. ese es mi mundo
hailey. ¡así es realmente!»
No puedo creer que haya escrito todo
eso sin saltarme una tecla.
¿Y Hailey? Está sentada, escuchando.
Bueno, leyendo, en realidad, pero ya
sabéis a qué me refiero. Y cuando por
fin termino, dando un salto realmente
grande, y retiro la pata trasera del
último signo de exclamación, suspira.
—Entiendo por lo que estás pasando,
Isaías —dice—. Porque a mí me sucede
algo muy parecido.
«por suerte tenemos pastel de
bizcocho.»
—Y helado doble con trozos de
chocolate —añade Hailey con una
carcajada.
«y un lugar seguro sin melissas.»
—¡Amén a eso!
A partir de aquel día, visito a Hailey
en cuanto sale el sol y, mientras, mi
ratonada adoptiva duerme.
Me encanta el tiempo que pasamos
juntos. No solo porque Hailey me envía
a casa todos los días con una servilleta
llena de apetitosas viandas. Lo que me
gusta de Hailey es que me escucha.
Incluso cuando le cuento que el señor
Brophy es el encargado de la limpieza y
que desearía quitarle las llaves para
liberar a mi familia. Ella escucha.
Nunca había conocido ni a un humano, ni
a un ratón, parecido a Hailey.
Bueno, quizá Mikayla.
Mikayla es dulce y se parece a
Hailey. Seguro que también sabe
escuchar.
Lo que pasa es que no le gusta
escucharme a mí.
CAPÍTULO 36

«Nuestros fuegos más potentes brotan


a menudo de chispas inesperadas.»
Isaías

arece que cada vez se me respeta más en


la madriguera de Mikayla.
Sobre todo después de haber

P organizado la Operación Bellota.


Una noche, mientras
preparamos la expedición diaria
para buscar comida en casa de
los Brophy, les digo a todos que lleven
tantas bellotas como puedan transportar.
Las subimos hasta la encimera y desde
allí las tiramos como si fueran balas de
cañón sobre todas las ratoneras que
vemos abajo.
¡Las ballestas de las ratoneras saltan
por la cocina como locas cuando las
alcanzamos con las bellotas!
Cuando los Brophy entran corriendo
en la cocina para ver a qué se debe tanto
alboroto, aprovecho la maniobra de
distracción para lanzar un ataque sobre
la mesa del comedor. Corremos entre
los platos abandonados (todos llenos de
comida) y cogemos todo lo que podemos
transportar, tanto con las patas como con
servilletas convertidas en sacos.
Durante la noche siguiente cogemos
una bolsa entera de Doritos que
encontramos escondida en el dormitorio
de Dwayne. Tenemos que abrir la bolsa
desgarrándola con los dientes y
transportar los triángulos, uno por uno,
por la tubería del fregadero, pero es una
excursión divertida. Cantamos canciones
mientras llevamos la carga a la
madriguera. Solo deseaba que Mikayla
hubiera estado con nosotros, porque
quizá se habría unido al coro.
Y luego está la jugarreta que le hice
accidentalmente a la señora Brophy. No
quiero entrar en detalles, pero basta
decir que se trataba de un cuenco de
pasas cubiertas de chocolate y del hecho
de que los excrementos de ratón se
parecen mucho a las pasas cubiertas con
chocolate.
—Podrías ser un buen jefe, Isaías —
me dice James el Sabio—. Sabemos que
eres diferente de los demás ratones de
nuestra ratonada. Pero tus diferencias te
dan ciertas ventajas: inventiva,
recursos…
—¡Azulidad! —suelta Gabriel.
Todos nos echamos a reír. Al fin y al
cabo, soy lo que James el Sabio llama
un «jugador de equipo». Estas
simpáticas tomaduras de pelo son
bastante comunes en las familias. Y por
lo que respecta a mi familia adoptiva,
estoy deseando hacer todo lo que sea
necesario.
Salvo hablar de mi pasado.
Eso es personal.
Y muy privado. Privadísimo.
CAPÍTULO 37

«El silencio es oro.


Todos los ratones viejos son grises.»
Isaías

na noche, James el Sabio y el Consejo


de Ancianos me convocan a su cámara.
Es el momento en que mis

U rodillas se ponen a temblar. La


convocatoria tiene un aspecto
muy oficial. Incluso da miedo.
Pero no tanto como la
cámara donde los ancianos me miran sin
pestañear siquiera.
¿Por qué los ancianos quieren hablar
conmigo? ¿He hecho algo mal aquí?
¿Han decidido expulsarme de su
ratonada? ¿Tendré que volver a lamer el
fondo de los cubos de basura? ¿Y si no
vuelvo a ver a Mikayla nunca más?
—Isaías el Azul —exclama con voz
de trueno uno de los ancianos—. Da un
paso al frente y conoce tu suerte.
Hago lo que se me dice. Doy un paso
al frente para «conocer mi suerte», lo
cual, dicho sea de paso, es una frase
ominosa, quiero decir de mal agüero,
sobre todo en boca de un ratón anciano.
Y cuando digo de mal agüero quiero
decir que la cosa no pinta bien.
Me van a expulsar. Lo sé. Volveré a
vivir en los desagües.
James el Sabio se levanta de su trono,
situado en un extremo de la cámara.
—Isaías. —Su voz es fuerte y firme
—. Nosotros, los ancianos de la
Ratonada Brophy, hemos votado, y
nuestra decisión ha sido unánime.
Ya, ya. Lo de siempre. La vieja
fórmula de la expulsión.
—Tú, Isaías el Valiente, eres a partir
de ahora y con efecto inmediato y para
siempre…
Cierro los ojos.
—… ¡un auténtico hijo de esta
ratonada!
Trago saliva. ¡No me echan a la calle!
¡Me adoptan oficialmente!
Siento una oleada repentina de alivio
y felicidad al saber que no me expulsan
de la ratonada. ¡Les gusto! Y quizá eso
demuestre a Mikayla que podemos ser
aceptados por nuestra propia familia,
aunque seamos un poco diferentes.
Familia. Mi alegría queda oscurecida
por lo que tengo que decir ahora.
—Gracias por este gran honor,
ancianos —digo, inclinando la cabeza
—. Pero yo ya tengo una familia.
—¿Te importaría hablarnos de ella?
—pregunta con presteza un ratón gris
llamado Griswold. Se frota las patas
como si estuviera deseoso de escuchar
mi historia para comentarla después con
sus amigos.
—No, señor, la verdad es que no.
—Todos sentimos una gran curiosidad
—añade una vieja ratona de amplia
sonrisa. Se llama Grundle. Ha perdido
todos los bigotes y lleva unas gafas
oscuras construidas con frascos de
extracto de vainilla—. En nuestra
familia —añade— no tenemos secretos.
Cuéntanos, Isaías. ¿Qué te hace tan
diferente? ¿Qué te hace tan… azul?
El corazón me da un vuelco. ¿Me
quieren por mí mismo o por la diversión
de tener un curioso ratón azul sobre el
que contar anécdotas? No estaba
dispuesto a contar mi doloroso pasado,
y menos a viejos chismosos.
Antes de pronunciar palabra, James el
Sabio levanta la pata.
—Basta —ordena—. Todos tenemos
secretos, Grundle. Por ejemplo, sé que
esos no son tus verdaderos dientes. Son
trozos de goma de mascar humana. Creo
que la llaman chicle.
Grundle se tapa rápidamente la boca
con la zarpa.
Lo mismo hacen el resto de
ancianos… para sofocar la risa.
—Cuando Isaías esté dispuesto a
hablarnos de su pasado, si eso sucede
algún día —prosigue James el Sabio—,
nos lo contará. De momento, Isaías el
Valiente, eres un hijo honorario de la
Ratonada Brophy. Bienvenido a tu nueva
familia.
Me siento muy honrado.
Y un poco solo también.
Tanto hablar de «nueva» familia hace
que añore aún más a Abe, a Winnie y
mis otros noventa y cuatro hermanos y
hermanas.
Ha pasado tanto tiempo desde que
escapé que incluso he dejado de marcar
el terreno con mi rastro oloroso. Puede
que Benji no vuelva a planear nunca más
una fuga.
Quizá no vuelva a ver a mi «antigua»
familia.
CAPÍTULO 38

«Un ratón ensimismado se olvida de sí


mismo.»
Isaías

sa misma noche, más tarde, salgo a


contemplar la hermosa luna.
E

Es lo que hago cuando me siento más


triste de lo habitual.
De mis labios escapa un triste
suspiro. Echo de menos a mis hermanos,
mucho, muchísimo. Los recuerdo a
todos, por supuesto, aunque a unos más
que a otros.
Abe, mi hermano de piel roja. ¡Era mi
mejor colega, además de un gran
bromista! Si estuviera aquí conmigo,
haríamos todas las noches la travesura
de las pasas con chocolate en casa de
los Brophy.
¡Y Winnie! Yo la llamo Winnie la
Fantástica porque…
¡Horror!
Acabo de oír algo en los arbustos que
hay detrás de mí.
Crujido de hojas. Ramitas
rompiéndose. ¡Los ruidos que haría un
gato si estuviera deslizándose entre los
arbustos, preparándose para saltar sobre
su inocente presa!
¿Será Lucifer? ¿Andará merodeando
otra vez por aquí? ¿Seré el plato
principal de su resopón?
—¿Isaías?
Respiro de nuevo. ¡Estaba a punto de
darme un patatús!
Es Mikayla.
—¡No hagas eso! —le digo.
—¿El qué?
—Acercarte a mí de esa manera. Casi
me matas de un infarto y, como soy un
ratón, mi corazón es muy pequeño. ¡No
se necesita mucho para provocarme un
ataque!
—No seas tonto —dice—. Tienes un
corazón muy grande.
—No. Del tamaño típico de un ratón.
Diminutísimo. No soporta a las criaturas
que acechan sigilosamente entre las
sombras.
—¡Yo no estaba acechando!
—Estabas escondida entre los
arbustos.
Mikayla suspira.
—Soy una ratona. Es lo que hacemos.
O nos escondemos o corremos. A veces
saltamos, pero aquí, en el patio, casi
siempre nos escondemos.
Respiro hondo para desacelerar los
latidos de mi corazón. El método
funciona. Ya no oigo tambores en los
oídos.
—Perdona.
—Estás perdonado, Isaías. Y cuando
dije que tenías un gran corazón, no
hablaba de su tamaño. Me refería a que
eres bondadoso y amable. Te he visto en
acción. Vi cómo rescatabas a Gwindell.
Siempre estás pendiente de que los
demás tengan suficiente para comer
antes de probar tú un solo bocado…
No sé qué pensar de todo esto.
Mikayla está hablando conmigo. Y
con mucha dulzura, si se me permite
decirlo. Por tanto me pregunto: ¿le habrá
ordenado Grundle o Griswold o algún
otro viejo arrugado que me interrogue?
¿Habrán pensado que como siento
cariño por Mikayla le revelaré todos
mis secretos, ya que no accedo a
contárselos a ellos?
—¿Te han enviado a interrogarme? —
pregunto con un poco de mala baba.
Mikayla está confusa.
—¿A hacer qué?
—A sonsacarme. A tirarme de la
lengua. A preguntarme sobre mi pasado.
—No. He salido a dar un paseo. Me
encanta caminar a la luz de la luna y
pensé que a ti también podría gustarte.
Me siento mal por haber acusado a
Mikayla.
—Ah.
—Bien, ¿te gusta pasear a la luz de la
luna o no?
—Sí, sí. De hecho es una de mis
actividades favoritas. Pasear a la luz de
la luna.
Sonríe.
—Entonces ¿qué hacemos aquí
parados?
—Buena pregunta.
En consecuencia, nos vamos a pasear
juntos. A la luz de la luna.
—Oye —digo—, ¿es verdad que los
dientes de Grundle están hechos de
chicle?
Mikayla se echa a reír.
—Sí. Gwindell encontró una caja
entera de chicles escondidos bajo su
colchón una mañana que estábamos
haciendo las camas.
—No me extraña que tenga un aliento
tan fresco y mentolado.
Esta vez nos reímos los dos.
Y luego hablamos. De todo y de
todos, especialmente de los Brophy. Lo
pasamos tan bien que reúno parte de mi
valor recién descubierto, y le planteo la
pregunta que deseo hacerle desde el
mismo día que nos conocimos.
—¿Mikayla?
—¿Sí, Isaías?
—¿Te importaría…? Es decir,
¿podrías…? Estamos solos aquí fuera.
Sonríe con dulzura.
—¿Quieres oírme cantar de nuevo?
—Más que todo el queso que hay en
la luna.
Mira a su alrededor.
—Bueno, como estamos solos y nadie
me oirá… —Abre la boca y cuando
brota de su garganta la primera nota
maravillosa de su canción, oímos un
crujido y algo enorme salta de entre las
sombras que hay frente a nosotros.
Lucifer.
CAPÍTULO 39

«Cuando cambia la música,


cambia también el baile.»
Isaías

ikayla y yo saltamos detrás de una gran


piedra, de esas que romperían las aspas
de un cortacésped si los

M Brophy cortaran el césped


alguna vez, y nos encogemos
al máximo.
Pero el gato no nos
persigue a nosotros.
Parece que esta noche ha salido en
busca de los polluelos que pían en la
espesa copa del mismo roble en que
estaba el nido del gavilán.
Un momento.
Los polluelos. Son las mismas crías
que conocí cuando la mamá gavilana me
soltó allí para que fuese su desayuno.
Subido al árbol, Lucifer intenta
atrapar a los polluelos, golpeando sus
peludas cabezas con la parte blanda de
la garra.
—Está jugando al gato y al ratón con
ellos.
—Pero son pájaros —susurra
Mikayla.
—No importa. Para un ser malvado
como Lucifer, la vida es un juego cruel
del gato y al ratón.
—Pero solo son unos recién nacidos
—dice Mikayla—. Aún no saben
defenderse.
—¿Dónde está su madre cuando se la
necesita? —murmuro. Oigo un nuevo
graznido. Lucifer acaba de golpear otra
cabeza peluda.
Una vez más, no puedo creer que vaya
a hacer lo que voy a hacer.
—Espera aquí —digo a Mikayla y me
pongo en pie.
—¿Qué? Isaías, ¿qué crees que estás
haciendo?
—Algo que parece que hago muy
bien: ¡comportarme como si fuera la
cena de alguien! —Salgo de entre las
sombras y encuentro un brillante claro
de luna—. ¡Yuuujuu! ¡Pelado! ¡Por aquí!
Lucifer deja de golpear a los
polluelos y me mira desde el árbol con
sus brillantes ojos amarillos.
—¡Pareces una pasa! —grito.
—No, no parece eso —dice Mikayla,
que de repente se encuentra a mi lado—.
¡Parece un ganso sin plumas!
—Oye, Mikayla —le susurro—.
Creía que ibas a quedarte escondida y…
—Pues te equivocaste.
Lucifer nos interrumpe con un
horrible bufido. Rápido como el rayo,
abandona a los polluelos y baja del
árbol hacia nosotros.
—¡Huid, pajarillos, huid! —grito
mientras cojo la patita de Mikayla para
salir corriendo—. ¡Huid!
—¡Quizá todavía no sepan volar! —
dice Mikayla cuando doblamos la
esquina de la casa, con Lucifer
persiguiéndonos a poca distancia—.
¡Solo son unos críos!
—¡Bueno, pues tendrán que aprender!
¡Y rápido!
Lucifer está ya detrás de nosotros. Es
demasiado rápido.
Cada vez que rodeamos la casa, la
distancia entre él y nosotros disminuye
cinco centímetros.
Digo a Mikayla entre jadeos:
—Deberíamos separarnos. Él vendrá
detrás de mí y yo he entrenado con la
rueda de la jaula.
—Entonces ¿por qué estás casi sin
respiración? —dice.
—Porque hemos dado seis vueltas a
la casa…
—Seguiremos juntos —dice—.
Somos una familia.
—Bueno, eso no significa que
tengamos que morir juntos… —Pero lo
que digo no sirve de nada. Mikayla no
va a abandonarme. Un detalle muy
noble.
Aunque también muy poco inteligente.
Porque Lucifer va a atraparnos.
He hecho cálculos mentalmente. A
mitad de la siguiente vuelta a la casa,
Lucifer estará peligrosamente cerca. Y a
la siguiente vuelta nos echará la zarpa
encima.
Nos matará.
Y nos comerá.
Después de torturarnos unas cuantas
horas.
¿La buena noticia? No sé, es posible
que en el momento en que llegue al cielo
ratonil, Mikayla esté allí conmigo. Le
darán una túnica de ángel y un arpa, y le
pedirán que cante en el coro.
No deja de ser esperanzador después
de la tortura, la ejecución y la muerte.
De repente, oigo un grito detrás de
nosotros.
El grito de un gavilán.
Mamita ha vuelto.
¡Mikayla y yo tenemos ahora a dos
asesinos de ratones intentando cazarnos!
CAPÍTULO 40

«La fe te da fuerzas para no dejarte


dominar por el pánico.»
Isaías

l gavilán colirrojo se lanza en picado.


Aprieto la patita de Mikayla y espero
otra vez el doloroso picotazo en

E la nuca.
Pero no llega. Oigo un
chillido y
desesperadamente por encima
miro

del hombro mientras sigo corriendo.


¡El gavilán está atacando a Lucifer!
Atrapa al gato, lo levanta del suelo,
remonta el vuelo y abre las garras.
¡Lucifer cae a plomo como una tonelada
de adoquines pelados!
Es sabido que los gatos son muy
hábiles aterrizando. Tienen una columna
vertebral muy muy flexible, y unos
«reflejos innatos» que les permiten
mover el cuerpo mientras caen para
aterrizar de pie.
Lucifer aterriza con un bufido.
El gavilán lo ha soltado sobre el
sendero del garaje, que es de hormigón y
tiene un montón de baches llenos de
gravilla. Lucifer ha aterrizado dentro de
uno.
Mientras bufa a la luna, conduzco a
Mikayla al otro lado de la calle y
entramos en el patio de Hailey.
—¿Q-q-qué lugar es e-e-este? —
pregunta Mikayla con voz temblorosa.
Sospecho que no ha viajado tanto como
me dijo cierta vez.
—En esta casa estaremos a salvo —
digo mientras subimos los peldaños de
la puerta trasera.
—¿Aquí viven humanos? ¡Entonces
no estaremos a salvo!
—Sí, lo estaremos. Esta humana es
diferente. —Entramos por la gatera—.
Al piso de arriba —susurro.
—Tengo miedo —dice Mikayla
mientras recorremos el pasillo de
puntillas.
—No tienes por qué —digo—. Mi
amiga Hailey es muy simpática.
—Ah, ¿sí? ¿Y exactamente desde
cuándo un humano y un ratón, eternos
enemigos mortales, pueden ser amigos?
—Oh, desde hace una semana. Nos
conocimos comiendo pastel de
bizcocho.
Recorremos el dormitorio y trepamos
a la mesita de noche de Hailey. Es tarde,
así que está profundamente dormida. Me
siento cuidadosamente sobre su
despertador y espero. Mikayla se
esconde detrás.
—No entiendo cómo puedes ser
amigo de un humano —susurra Mikayla
desde su escondite—. ¡Nos odian!
—Bueno —digo, haciendo una pausa
para reflexionar sobre el tema—.
Supongo que puedo ser amigo de quien
quiera, en el caso, claro está, de que la
otra parte quiera ser amiga mía.
—Qué raro eres, Isaías.
—Gracias. Pero prefiero que digas
«diferente».
Hailey bosteza y abre un ojo. Mikayla
ahoga una exclamación y se agacha
detrás del despertador.
—Hola, Isaías —dice Hailey con voz
soñolienta.
Como no hay un teclado a mano, me
limito a sonreír y saludar.
—¿Quién es tu guapa amiga? —
pregunta cuando Mikayla se asoma por
el borde del reloj—. Los amigos de
Isaías son mis amigos —le dice a ella.
Ahora es Mikayla la que sonríe y
saluda, aunque lo hace con mucha más
timidez que yo.
—¿Tenéis hambre, chicos? —Hailey
baja las piernas de la cama y desliza los
pies en unas zapatillas suaves y blandas
—. Vamos a ver qué hay en la cocina.
Mi madre me ha traído cuernos de crema
de la pastelería…
Mikayla sale de un salto de su
escondite.
Hailey acaba de pronunciar las
palabras mágicas.
CAPÍTULO 41

«Las palabras no tienen músculos,


pero tienen fuerza suficiente
para romper un corazón.»
Isaías

ientras Mikayla disfruta de su tentempié


de medianoche, Hailey y yo

M hablamos.
Sospecho que mi danza
sobre el teclado le parece a
Mikayla una prueba más de lo
raro que soy. Después de todo, ella no
sabe leer las palabras que escribo en la
pantalla. Aunque también es posible que
ni siquiera esté mirando. Tiene un
cuerno de crema entero que dice
«Cómeme» y ha enterrado el rostro en el
escarchado.
«¿qué tal la escuela?», pregunto.
—Creo que mejor. Cada vez que
Melissa me llama Lechuguina, me río de
ella.
«bien hecho.»
—Y tengo un profesor de inglés muy
majo, el señor Randall. Le gusta leer
libros casi tanto como a mí. ¿Y a ti,
Isaías? Supongo que si sabes escribir,
también sabrás leer. ¡O eso o eres un
hábil danzarín que no tiene ni idea de lo
que significa todo ese galimatías de la
pantalla!
El comentario me hace reír. Así que
la siguiente frase es un galimatías. Pero
en seguida me recompongo y escribo un
rápido poema:
«me gustan los libros. ya lo creo.
libros con historias y dibujos de tebeo.
libros de ratones y cosas que crecen en
su nido. ¡libros sobre hailey, a quien me
alegro de haber conocido!»
Tengo que estirarme otra vez para
pulsar las teclas de los signos de
admiración, pero la ocasión lo merece.
Cuando Mikayla termina de engullir
todo el cuerno de crema que le cabe en
el estómago, Hailey envuelve el resto en
una bolsa de plástico transparente.
También nos da un paquete entero de
algo que llaman bolitas de queso.
«había oído hablar de quesos de bola.
Pero no de bolitas de queso», escribo.
—No, no tienen nada que ver. Son
como pelotillas, pero no pueden
llamarlas así para que la gente no piense
que son pelotillas de moco.
«¿qué es el moco?»
—No importa. Vamos. Os llevaré a
casa para que no tengáis que
preocuparos de tropezar con Lucifer otra
vez.
Se mete las bolsas de comida en el
bolsillo delantero de la sudadera. Luego
se inclina sobre la mesa para que
Mikayla y yo podamos saltar a la
capucha. La suave tela de algodón la
convierte en un carruaje muy cómodo y
acogedor.
—Es muy simpática —dice Mikayla,
mientras la gravedad hace que nos
hundamos juntos hasta el fondo de la
capucha—. La mejor persona humana
que he conocido en mi vida.
—Lo suscribo. Es diferente de la
mayoría de su especie.
Nos recostamos y disfrutamos del
claro de luna mientras nos mecemos
suavemente en la capucha. Es como ir a
casa en una cómoda hamaca.
Mikayla suspira de satisfacción. Está
contentísima, lo noto. Estamos cómodos,
calentitos y a salvo.
—Mikayla —digo—, ¿te importa que
te cante? Después de todo, es costumbre
que los chicos canten a las chicas, sobre
todo a las chicas por las que están
empezando a sentir cierto…
Quizá sea cierto que ahora soy Isaías
el Valiente. No puedo creer lo que acabo
de decir.
—Me encantaría oírte cantar —dice
Mikayla, con un aliento tan dulce como
el pastel de manzana.
Así que interpreto mi mejor canción
ratonil.
He olvidado mencionar una cosa: es
posible que todas estas habilidades que
poseo hayan impedido el desarrollo de
otras que podría tener si fuera un ratón
normal y corriente. Por ejemplo, cantar.
Soy un desastre cantando.
—Basta —dice Mikayla riendo, tras
unas pocas notas—. ¡Ahora me toca a
mí!
Entonces allí mismo, en la capucha de
Hailey, ¡Mikayla canta para mí!
Todo es ultrasónico, de modo que
Hailey no puede oírlo, pero yo sí: alto y
sonoro, y a la vez dulce y emotivo. La
letra es sencilla. Trata de la luz de la
luna y de cómo hace que los ratones
jóvenes se enamoren bajo su hechizo, y
dice que el amor es lo único que
importa.
Es celestial.
Mejor aún que el pastel de manzana
caliente.
CAPÍTULO 42

«Cáete siete veces, levántate ocho.»


Isaías

ero cuando llega la noche siguiente,


cantamos una canción muy distinta.
Lucifer vuelve a perseguirnos, esta
vez dentro de la casa.

P Mikayla, Gabriel, Gulliver y


yo hemos formado un pelotón
para explorar la casa en busca de
cena.
Y, por supuesto, Mikayla y yo somos
el objetivo de Lucifer. Creo que
recuerda mi piel azul de la noche
anterior. Y quizá haya memorizado la
cola curvada de Mikayla, dado que
estuvo persiguiéndonos durante aquella
interminable carrera alrededor de la
casa.
Esta noche hay otros diez equipos de
cuatro ratones inspeccionando la casa,
porque nuestros espías descubrieron que
la familia iba a salir a cenar a un bufé
chino donde se puede comer todo lo que
se pueda. Eso significa que sus
armarios, despensa y escondites
secretos con comida quedarán sin
vigilancia.
James el Sabio ha ordenado una
invasión completa de la vivienda.
Hemos previsto volver a la madriguera
con comida suficiente para un mes
entero. Tras el tropiezo de Gwindell con
la ratonera, a muchos ratones les daba
miedo salir a buscar comida cada noche,
así que esta expedición ha de tener la
máxima eficacia.
Pero no habíamos previsto tropezar
nuevamente con Lucifer. Ni que el gato
fuera tan inteligente.
Tras perseguirnos hasta un cuarto de
baño, ahora nos tiene acorralados. Los
laterales de la bañera son demasiado
resbaladizos como para trepar, así que
no podemos escapar por el desagüe. El
gato está al lado de la pila, que a su vez
está cerca de la puerta. En esa posición,
bloquea la salida y nuestro acceso al
desagüe del lavabo.
No nos queda más remedio que
escondernos detrás del inodoro.
Lucifer se agacha y sonríe. Adivino
sus pensamientos tras sus sombríos ojos
amarillos: «Puedo esperar toda
lanoche».
—Se acabó —dice Gulliver—.
¡Somos ratones muertos!
—Tranquilo, soldado —dice Gabriel.
—¿Cómo voy a estar tranquilo? ¡Nos
tiene atrapados! ¡Atrapados y sin
apelación posible!
Puede que Gulliver esté en lo cierto.
El nefasto Lucifer nos tiene sitiados.
Un sitio o asedio es una estrategia
militar en la que el enemigo te rodea,
corta tus vías de escape y bloquea la
entrada de alimentos. Te deja sin los
artículos esenciales, como la comida y
el agua, y finalmente te obliga a rendirte.
A menos, claro está, que tú también
hayas estudiado táctica militar.
El caso es que una vez leí un libro
sobre la estrategia del famoso militar
francés Napoleón Bonaparte, que dirigió
treinta y cuatro batallas entre 1792 y
1815, y solo perdió seis, un porcentaje
excelente. La estrategia militar de
Napoleón consistía en hacer
movimientos rápidos con una cantidad
impresionante de soldados.
Los ratones son rápidos.
Y había cuarenta y cuatro dentro de la
casa.
Y pronto podrían ser más. Un ejército
lo bastante grande como para librarse
incluso del gato más monstruoso.
Me vuelvo hacia Mikayla.
—¡Tenemos que interpretar el Grito
de Batalla de los Ratones! Canta tan alto
como anoche… ¡necesitamos que todos
los miembros de la ratonada entren en
tropel en este cuarto de baño!
—Pero Isaías, ya te lo he dicho —
dice Gabriel—. Mikayla no puede
cantar. Es una chica.
—Oh, pues claro que puedo —dice
Mikayla con firmeza—. Mejor que
cualquier chico.
Asiento con la cabeza para darle la
razón. Está mejor preparada para ello
que todos los chicos que he oído cantar
en mi vida.
—Imposible —dice Gulliver.
—Nada es imposible —responde
Mikayla—. Algunos de nosotros somos,
bueno… diferentes. ¡Hacedme sitio,
chicos!
Mikayla respira hondo y, cuando
expulsa el aire, su voz se eleva y llega
lejos. El grito de batalla es una canción
que conocen todos los ratones, hayan
crecido en una madriguera o en el Lugar
Horrible. Aunque no se canta muy a
menudo, tiene un efecto inmenso,
impresionante.
Lucifer abre unos ojos tan grandes
como Oreos. Sus orejas son
extraordinarias y puntiagudas. Está claro
que puede apreciar las enérgicas
vibraciones ultrasónicas de Mikayla. —
¡Vaya! —dice Gabriel—. No he
conocido a nadie que interprete tan bien
el grito de batalla.
—Ni más alto tampoco —dice
Gulliver, tapándose los oídos—. Seguro
que te oyen en el sótano… de la casa de
al lado.
—Ese era el plan —digo,
poniéndome la pata en la cintura para
parecerme un poco a Napoleón.
¿Y os cuento una cosa? Napoleón
sabía hacer las cosas bien.
Al poco rato, aterrorizado por el
aplastante número de soldados, Lucifer
hace lo mismo que hicieron todos los
ejércitos que perdieron ante Napoleón.
Echa a correr y se esconde.
CAPÍTULO 43

«Un gato mordido por una serpiente


teme incluso a las cuerdas.»
Isaías

«D eberías haber visto correr a ese


gato miserable», tecleo en el
ordenador del dormitorio de Hailey.
Mikayla y yo hemos ido a hacerle una
visita y a que nos dé (ojalá) otro paseo
en capucha.
Príncipe Rojo, el gato de Hailey, salta
al regazo de la muchacha y levanta las
patas traseras, obligándola a acariciar el
punto mágico que tiene delante de la
cola.
Mikayla ahoga una exclamación
cuando el gato entra.
—No te preocupes —dice Hailey—.
Príncipe Rojo solo necesita un poco de
cariño. No le interesa comerte. Le
gustan el salmón, el atún y esa comida
para gatos con forma de peces
pequeños.
Mikayla se vuelve hacia mí.
—¡Vaya! Qué diferente es todo en esta
casa, incluido el gato.
—Sí —le respondo—. ¿No es
maravilloso?
—¿De qué parloteáis? —pregunta
Hailey, que no puede oír nuestras
palabras.
Me pongo a teclear de nuevo.
«estábamos hablando de cómo
derrotamos a Lucifer… al menos por el
momento. quizá no vuelva a meterse
nunca más con nuestra ratonada. nadie se
enfrenta a un ejército que te supera en
mil contra uno.»
—Tú eres algo más, Isaías —dice
Hailey—. ¿Quién iba a suponer que eras
un gran estratega? Para celebrarlo,
mañana te traeré un napoleón.
«¿está todavía vivo napoleón?», tuve
que preguntar.
—No, qué va. Un napoleón es un
pastel con natillas en medio y chocolate
encima.
Mikayla está radiante. Y se le hace la
boca agua.
«mikayla se merece una recompensa
así», escribo. «ella es la que dio el grito
de batalla con gran fuerza y brillantez.
llegaron ratones para unirse a nosotros
desde todas las casas de la calle.
incluso vinieron los de tu sótano.»
—¿Tenemos ratones aquí?
«si tienes sótano tienes ratones.»
Se encoge de hombros.
—No me importa. Quizá uno sea un
héroe como tú. Los ratones han sido
famosos a lo largo de la historia, ya lo
sabes.
«¿te refieres a la historia humana?
porque la historia de los ratones solo
tiene ratones…»
Hailey se echa a reír.
—Sí. A la historia humana. ¿Sabes
que al dios griego Apolo lo llamaban
Señor de los Ratones? Y también está el
ratón sobre el que cabalga la diosa
hindú con cabeza de elefante, Ganesha,
al menos en las ilustraciones.
Me enseña la foto de una persona-
elefante cabalgando sobre un ratón, y lo
único que se me ocurre pensar es «pobre
ratón».
Hailey sigue repasando la lista de
ratones famosos.
—También están Mickey Mouse,
Súper Ratón, Jerry, Speedy Gonzales y
Stuart Little. Y por supuesto, y en mi
opinión los más valientes, los ratones
que han salvado tantas vidas en
laboratorios de investigación…
¡Horror!
La simple mención de la palabra que
empieza por L me pone los pelos de
punta. Salto del ordenador, corro por el
escritorio y escapo a toda velocidad.
Concretamente por la ventana de
Hailey.
CAPÍTULO 44

«Las piedras no necesitan protegerse


de la lluvia. Quién fuera una piedra.»
Isaías

esde la ventana me deslizo al suelo por


la cañería de desagüe.
Hasta el patio.

D Caigo entre los arbustos.


Sigo corriendo y encuentro
un rincón acogedor en las
raíces de un árbol imponente.
Me meto dentro y me hago un ovillo.
Y entonces me permito algo que he
estado reprimiendo desde el mismo
momento en que perdí a mi ratonada
natural.
Lloro.
Dejo que las lágrimas se lleven todo
el dolor y la soledad que he mantenido
dentro de mí.
¿Alguna vez habéis perdido a toda
vuestra familia?
¿A toda a la vez?
Espero que no, de veras.
Si os hubiera ocurrido, sabríais lo
mucho que duele. Y por qué necesito
abrazarme y llorar.
—Ay, pobre Abe, pobre Winnie,
pobre Benji, Hezekiah, Maria, Rudolpho
y Zeke —sollozo—. Yo escapé, pero
vosotros seguís atrapados en el Lugar
Horrible. ¡Torturados en el… en el
laboratorio!
He dicho la palabra con L.
La he pronunciado en voz alta.
Me tiemblan las extremidades y tengo
espasmos en la cola. ¡Oh, las pesadillas
que podría contaros sobre lo que pasa
en el laboratorio! Lo que nos hacen a los
ratones debería ser ilegal. Quizá sea
ilegal, pero a los Batas Largas no les
importa… y lo siguen haciendo a pesar
de todo.
Ah-ah. Oigo ruidos.
Rumor de hojas en los arbustos.
No puede ser bueno. Seguro que es
Lucifer, buscando venganza.
Peor aún, podría ser el señor Brophy
que viene a buscarme para llevarme al
laboratorio, donde trabaja como
Encargado de la Limpieza y Guardián de
las Llaves.
Me encojo aún más, cierro los ojos.
Nunca me había sentido tan perdido y
solo.
—¿Isaías? ¿Te encuentras bien?
Abro un ojo. Es Gabriel. Gwindell,
Gilligan y Godfrey están con él.
Suena una nueva voz.
—Isaías, ¿dónde estás?
Es Hailey.
En un abrir y cerrar de ojos, los otros
ratones corren bajo las hojas para
encontrar refugio. Gabriel ayuda a
Gwindell a agacharse detrás de una
baya.
—No pasa nada, chicos —dice
Mikayla, y salta fuera de la capucha de
Hailey para situarse en su hombro—.
Este humano es diferente.
Los otros ratones se quedan pasmados
y mudos, al menos por un rato.
—Vaya —dice Gabriel al fin—. Su
piel es blanca como la nieve. Como la
nieve buena. Antes de que los perros la
pisoteen.
—¿No es preciosa? —dice Mikayla
—. Y es tan simpática como guapa.
—Alucinante —dice Gwindell—. Sus
ojos son extraordinarios. ¡Resplandecen
con fuego helado!
Hailey, por supuesto, no puede oír
todo este parloteo de ratones. Se
arrodilla en el suelo para hablar
conmigo.
Me doy cuenta de que ha traído el
ordenador.
—¿Te encuentras bien? —pregunta.
Asiento con la cabeza para darle a
entender que, físicamente, estoy bien.
Una lágrima se desliza por mi mejilla.
He de confesar que me ha emocionado
ver que todas estas criaturas se
preocupan por mí. ¡Se han arriesgado a
atravesar de noche el peligroso patio
para rescatarme! Quizá no esté tan solo
en el mundo como había pensado.
—He investigado un poco —dice
Hailey, abriendo el ordenador y
enseñándome la pantalla—. ¿Es aquí
donde vivías antes? Es donde trabaja el
señor Brophy —prosigue—. Y no está
muy lejos…
Miro sus cristalinos ojos azules. Miro
a mis amigos. Miro a Mikayla.
Ha llegado el momento.
Respiro hondo.
Y les cuento mi historia.
CAPÍTULO 45

«Cuando escribas la historia de tu


vida,
no dejes que nadie más baile
sobre el teclado.»
Isaías
e pongo encima del teclado par
mi historia a todos, incluida

M Hailey.
Mientras tecleo,
recitando lo que escribo.
voy

«sí. el laboratorio de investigación de


tejidos fue el único hogar que conocí
hasta que mikayla me invitó
amablemente a conocer la ratonada de
los brophy».
—Nos encanta que estés con nosotros
—dice Gabriel.
—¡Nunca habíamos comido tan bien!
—añade Gwindell.
—Ni habíamos asustado tanto a
Lucifer, el gato diabólico —dice
Mikayla.
«gracias. he disfrutado todo el tiempo
que he pasado con vosotros. también
contigo hailey sobre todo cuando
comparo mi nueva vida con la antigua.
en el laboratorio que yo llamo lugar
horrible nos sometieron a mi familia y a
mí a incontables experimentos. lo hacían
porque podían. ellos eran grandes y
nosotros pequeños. en el mundo humano
querer es poder. el fuerte oprime al
débil.»
—Lo mismo que ocurre en la escuela
—dice Hailey—. Pero algunos tratamos
de no ser así.
«tú hailey eres el ser humano más
diferente que he conocido nunca. ojalá
hubiera más como tú.»
—Quizá los haya y todavía no los
hemos conocido.
«esperemos que sí. el caso es que en
el laboratorio me hicieron muy
diferente. creo que me dieron un cerebro
más grande e inteligencia superior.
sospecho que por eso sé leer y conozco
palabras raras, y hago todas esas cosas
que hago. también me hicieron azul para
ser fácil de identificar. y lo mismo pasa
con mis hermanos y hermanas. nos
dieron colores muy diferentes porque les
dio la gana. nunca nos pidieron permiso
para nada de lo que hacían. lo hacían y
sanseacabó. porque podían.»
—¿Durante cuánto tiempo lo
hicieron? —pregunta Hailey.
«desde que nací. hasta que un día
decidimos que ya habíamos pasado
bastantes penurias. mi hermano mayor
benji es diez veces más valiente de lo
que yo podría ser jamás. un día se
presentó con un plan de fuga. al señor
brophy le gusta abrir la puerta trasera
mientras limpia. la brisa seca el suelo y
así no tiene que hacerlo él. el señor
brophy es muy vago. benji dijo que
deberíamos aprovechar para escapar
por allí la siguiente vez que el señor
brophy fregara el suelo.»
—¿Estabais en jaulas? —pregunta
Hailey.
«sí pero no en jaulas con barrotes.
nuestras jaulas eran como cajas de
plástico. muy parecidas a los recipientes
herméticos que los brophy utilizan para
guardar las sobras en el frigorífico.»
—Esos son muy fáciles de abrir a
mordiscos —dice Gabriel—. Si tienes
tiempo.
«exacto.»
—¿Exacto qué? —dice Hailey, que no
había podido oír la frase de Gabriel.
«que podíamos romper a mordiscos
las paredes de plástico de cada una de
las celdas. benji dijo nada más
levantarnos por la mañana que debíamos
hacer un agujero en el suelo con los
dientes y luego cubrirlo con virutas de
cedro. y como los batas largas nos
habían hecho a todos tan especiales…»
—Tenéis unos dientes muy afilados
—dice Hailey.
Asiento con la cabeza.
«como cuchillas. lo que un ratón
tardaría varios días en abrir, nosotros
podemos abrirlo en una hora. lo hicimos
la mañana de la fuga de la cárcel.»
—¿Así que el señor Brophy abrió la
puerta trasera, vosotros abristeis
agujeros en las jaulas de plástico y
escapasteis de allí?
«sí. salimos corriendo por la puerta
trasera. nos dispersamos en noventa y
siete direcciones diferentes para que los
batas largas no pudieran atraparnos a
todos. yo me escondí en un desagüe y
luego caminé por un cable de
electricidad que cruzaba un callejón
lleno de bidones oxidados que olían a
huevos podridos.»
—Es alucinante —dice Hailey—. Y
lo hicisteis. ¡Conseguisteis escapar!
Negué con la cabeza.
«no. yo soy el único que ha llegado
tan lejos. todos los demás fueron
capturados y devueltos al laboratorio,
donde estoy seguro de que ahora los han
encerrado en jaulas de acero de esas con
barrotes imposibles de abrir a
mordiscos. están prisioneros. yo soy el
único que está libre.»
Gabriel y Gwindell agachan la cabeza
y rezan una oración en silencio por mi
familia perdida.
Mikayla entona un canto fúnebre,
como el que se oiría en un entierro.
Repite el mismo estribillo una y otra
vez.

Querido Dios Ratón,


que nuestros hermanos y
hermanas
encuentren la libertad,
que encuentren la paz,
que un día sean liberados.

Mientras Mikayla canta, me doy


cuenta de algo. Mis hermanos y
hermanas no podrán «encontrar» la
libertad. No podrán «encontrar» la paz.
Y nunca serán liberados por nadie que
trabaje en el laboratorio de
investigación de tejidos.
No. Si quiero que las hermosas
palabras de Mikayla se conviertan en
realidad, solo hay una forma de
conseguirlo.
Y en ese momento, se me ocurre.
Sé lo que tengo que hacer.
¡Sé cómo rescatar a mi familia!
CAPÍTULO 46

«Los mejores planes de ratones y


humanos a veces salen bien.»
Isaías

or la mañana temprano, poco antes de la


salida del sol, me reúno con Hailey en
su dormitorio.

P Desde la ventana tengo una


vista excelente de la casa de los
Brophy y, lo que es más
importante, del sendero del
garaje.
Hailey se ha pasado toda la noche
investigando en su ordenador.
—He tenido que buscar a fondo, pero
he encontrado un artículo sobre el
laboratorio de tejidos, una compañía
líder en ingeniería genética que está
siendo investigada por Humanos
Defensores de los Animales.
Salto y me pongo sobre el teclado.
«¿de veras hay gente como esa?
¿humanos que se preocupan por el trato
que reciben los ratones?», pregunto.
—Claro. Somos muchos. Los de HDA
abrieron una investigación sobre este
laboratorio de tejidos. Pero cuando
alertaron a las autoridades locales y la
policía registró el recinto, «no había
ratones ni ningún otro animal presente en
el laboratorio», según informa este
artículo.
«día de excursión.»
—¿Eh?
«la primavera pasada los batas largas
nos metieron un día a todos en jaulas
portátiles y nos llevaron de excursión
hasta un tranquilo lugar del bosque
donde los árboles eran muy altos y olían
a limpiador de suelos. pusieron las
jaulas sobre grandes mesas de madera
nos echaron queso dentro y lo llamaron
“pícnic”. cuando uno de los batas largas
recibió un telefonazo avisando de que
“el enemigo se había retirado”, nos
llevaron de vuelta al laboratorio.»
—El registro al que se refiere el
artículo tuvo lugar en primavera, a
principios de mayo.
Asiento con la cabeza y tecleo:
«el día de la excursión.»
—Pero aunque la policía os hubiera
encontrado, los ratones y las ratas no
estáis amparados por la Ley de
Protección de los Animales, como los
perros, los gatos y los conejos.
«¿por qué no? si nos pincháis ¿no
sangramos? si nos hacéis cosquillas ¿no
reímos? si nos envenenáis ¿no
morimos?»
—Eso es de Shakespeare, ¿no?
«en efecto. el mercader de venecia. el
señor shakespeare era un humano que
entendía muy bien lo que se siente
siendo un ratón.»
A las siete y cinco veo que el señor
Brophy sale de su casa y se dirige a la
camioneta. Lleva una bolsa grande de
papel. Supongo que será su almuerzo.
«¿qué día es hoy?», pregunto a
Hailey.
—Lunes. Tengo que ir a la escuela…
«y el señor brophy, el hombre de la
limpieza, tiene que ir al trabajo. creo
que podemos suponer, sin temor a
equivocarnos, que va al laboratorio
tisular todas las mañanas a la misma
hora más o menos.»
—Sí. Suelo oír su camioneta cuando
sale alrededor de las siete. Poco antes
de que mi madre entre en mi cuarto para
despertarme.
Suenan unos nudillos en la puerta.
Corro a esconderme. Pero la puerta
ya se está abriendo.
Así que me quedo inmóvil sobre la
estantería de Hailey, como si formara
parte de su colección de extraños
muñecos de plástico.
La madre entra en el dormitorio.
—¿Hailey? Es hora de… ¡Ah! ¿Ya
estás levantada?
—Sí.
—¿Emocionada por ir a la escuela?
—Y que lo digas.
—Bien, me alegra oírlo. Voy a
prepararte el desayuno. Creo que
todavía nos queda pastel de bizcocho.
—Hum, si te parece, preferiría un
tazón de avena. —Lo dice porque
anoche devoramos hasta la última
migaja del pastel.
—Avena, muy bien.
La madre sale del dormitorio y yo
vuelvo al teclado.
«esta noche cuando el señor brophy
vuelva a casa tenemos que averiguar
cuánta carga puede llevar en la parte
trasera de la camioneta.»
—¿Por qué? —dice Hailey.
«es hora de lanzar otro ataque
napoleónico. esta vez llevaremos
nuestro ejército de ratones al lugar
horrible. al laboratorio.»
CAPÍTULO 47

«Ojo con los grandes caballos de


madera.»
Isaías

l lunes por la noche, tras la expedición


de recogida de víveres, Gabriel y yo
salimos en misión de

E reconocimiento.
Corremos por el borde del
sendero del garaje, trepamos por
los embarrados neumáticos y los
abollados laterales de la camioneta del
señor Brophy. Miramos por las
ventanillas de la estructura que cubre la
caja.
—¡Caramba! —dice Gabriel—.
Podrías meter fácilmente a mil o dos mil
ratones en esta pequeña habitación
rodante.
—Ese es mi plan —digo—. Reunimos
un inmenso ejército de ratones y lo
escondemos en la parte trasera de la
camioneta del señor Brophy. Vamos con
él al laboratorio y cuando hayamos
atravesado las puertas de seguridad,
¡asaltamos el castillo!
—¿El laboratorio está en un castillo?
—Es una metáfora.
—Ah, ya había oído hablar de ellas.
Dicen que son muy sabrosas.
Sacudo la cabeza y doy unos pasos.
—Esta camioneta será como el
Caballo de Troya.
—Hum, ¿es otra metáfora?
—En realidad es más bien un símil.
Significa que lanzaremos un ataque muy
parecido al que lanzaron los griegos que
atacaron la ciudad de Troya.
—¿Y qué hicieron?
—Los griegos construyeron un
enorme caballo de madera y unos
cuantos soldados se escondieron dentro;
el resto del ejército fingió retirarse. Los
troyanos creyeron que los griegos habían
desistido y habían dejado el caballo de
madera como regalo, así que lo metieron
en la ciudad. Aquella noche, mientras
los troyanos celebraban la victoria, los
soldados griegos salieron a hurtadillas
del caballo de madera, abrieron las
puertas de la ciudad y el resto del
ejército griego entró al asalto.
¡Destruyeron la ciudad y así terminó la
Guerra de Troya!
—¿Vamos a destruir el laboratorio?
—No. Nos limitaremos a liberar a mi
familia.
Por supuesto, para que mi plan
funcione necesito ratones. Cientos y
cientos de ratones.
Gabriel y yo volvemos a la
madriguera y explicamos nuestro plan a
toda la ratonada.
En el gran salón que hay bajo las
baldosas me dirijo a la masa de ratones.
—¡Amigos míos! Vamos a emplear la
misma táctica que usamos para derrotar
a Lucifer en la Batalla del Baño —digo
—. Superarlos en número. Un ataque
relámpago. En el momento en que el
señor Brophy abra la puerta del
laboratorio, mil, no, dos mil ratones
saldrán corriendo de la parte trasera de
su camioneta y asaltarán el edificio.
Amigos míos, recordad siempre… que
tenemos el factor «¡aaaah!» de nuestro
lado. ¿Qué ocurre cuando los humanos
ven un ratón?
—Chillan ¡aaaah! —dice Mikayla.
—Y se suben de un salto encima de
una silla —añade Gwindell.
—Bien —digo—, imaginad lo fuerte
que chillarán y lo alto que subirán
cuando vean, no un ratón, sino millares
de nosotros. ¡Un vasto ejército de
soldados peludos y con bigotes!
La multitud se entusiasma cada vez
más con mis palabras.
Bueno, la mayoría.
Grundle, la anciana gruñona de
dentadura postiza me está fulminando
con la mirada. Levanta una pata. Entre la
multitud se hace el silencio.
—No tenemos por costumbre
arriesgar la vida por los extraños —dice
con desdén.
—No son extraños —digo—. Son mi
familia.
—Quizá —dice Grundle—. Pero no
son nuestra familia.
Noto que se me caen los bigotes.
—Pero no puedo hacer esto sin todos
vosotros…
—Entonces, principito azul, no
deberías hacerlo. Y ahora, hijos,
dispersaos en silencio. Creo que ya
habéis oído más que suficiente a vuestro
presunto hermano.
—Un momento —grita Gabriel,
saltando a mi lado sobre la caja de
cerillas—. ¿Os tengo que recordar a
todos que para esta ratonada la palabra
que se empeña es sagrada? «¡No se
abandona a un ratón!» Bien, Isaías ha
hecho honor a esta consigna y mucho
más.
—Ya lo creo que sí —añade
Gwindell, adelantándose con sus
muletas—. Incluso cuando había otros
dispuestos a olvidarla.
—Y también he de recordar a los
ancianos —dice Gabriel— que no hace
mucho nombrasteis a Isaías hijo
honorario de esta ratonada. —Gabriel se
lleva una pata al hocico y me susurra—:
Enséñales el medallón.
—Es que… he olvidado dónde lo
puse.
Por fortuna, en ese momento James el
Sabio se levanta de su trono de pastilla
de jabón.
—Lo que dice Gabriel es cierto.
Isaías es nuestro hijo y hermano. Por lo
tanto, su familia es nuestra familia. ¡El
antiguo dicho reza: no se abandona a
ningún ratón! ¡Id, pues, todos y rescatad
a nuestros hermanos y hermanas
encarcelados!
—¡Saldremos al amanecer! —grito—.
¿Quién viene conmigo?
Todos los ratones sanos de la
madriguera gritan al unísono:
—¡Yo!
Al oír esta maravillosa palabra, uno
no vuelve a sentirse solo nunca más.
CAPÍTULO 48

«Con un corazón firme,


un ratón puede levantar un elefante.»
Isaías

ikayla vuelve a cantar para mí.


Bueno, no canta exactamente, ni
tampoco lo hace para mí…

M Lo que hace es lanzar el Grito


de Batalla de los Ratones
para convocar a todos
nuestros primos dispuestos a
combatir por la causa. Pero yo estoy allí
para oírla y, creedme, es her-mo-sí-si-
ma.
Los ratones llegan en tropel a la
madriguera desde todas las casas de la
calle.
—Coged algo de queso, colegas —
dice mi lugarteniente Gabriel, saludando
a los vecinos—. Y servíos los Doritos
de Dwayne. Va a ser una larga noche.
Saldremos con las primeras luces.
Pasada la medianoche, se forma una
columna interminable de nuevos reclutas
que salen del sótano, se dirigen al
sendero del garaje y suben a la parte
trasera de la camioneta del señor
Brophy. Por suerte, hay un agujero en la
cubierta de la caja que el señor Brophy
debería haber tapado hace años con algo
más resistente que un trozo de cartón y
cinta adhesiva. Para la brigada de
ratones resulta fácil deslizarse por el
agujero y caer en el colchón de basura
que cubre el piso del vehículo.
Hailey nos echa una mano llenando su
mochila y su capucha de ratones y
transportándolos a la camioneta. Es una
gran ayuda, porque el gavilán no se
atreverá a atacarnos habiendo un
humano tan cerca.
En cuanto a Lucifer, no interfiere en
nuestros movimientos porque se ha
convertido en el gato más asustado del
mundo. Debe de haber advertido la
presencia del vasto ejército de ratones
que se ha concentrado en las entrañas de
su casa. Por eso pasa la noche hecho un
ovillo en la copa de su árbol favorito.
Cuando todo el piso de la camioneta
está abarrotado de ratones, Hailey sale
de su casa con una red enrollada en un
palo.
—La encontré en el garaje. Papá la
pone en el patio cuando jugamos a
voleibol. Pero si hicierais con ella un
par de hamacas en la camioneta, cabrían
el triple de soldados.
Asiento con entusiasmo.
—Pero tenéis que devolverla —dice
—. Quiero jugar a voleibol este fin de
semana. Creo que podría ganarte sin
problemas, Isaías. Soy un poco más alta
que tú.
Ambos sonreímos.
Alrededor de las tres de la mañana
trepo por el lateral de la camioneta para
inspeccionar mis fuerzas de asalto.
Gracias a la red de Hailey, el grito de
Mikayla y el valor del pueblo ratonil de
las Afueras, se ha reunido un grupo de
cinco mil unidades.
Estoy a punto de saltar dentro con el
ejército cuando Gabriel me da un
golpecito en el hombro.
—He estado pensando —dice—. Uno
de nosotros tiene que entrar en el
laboratorio con el señor Brophy y emitir
una señal ultrasónica cuando la puerta
trasera esté abierta. No podemos atacar
hasta entonces.
Tiene razón.
—Yo lo haré —digo.
—¿Estás seguro? Porque me gustaría
presentarme voluntario…
Niego con la cabeza.
—No, Gabriel. Es mi ratonada. Mi
viejo hogar. Conozco el laboratorio por
dentro.
—Podrías colarte en el laboratorio si
te metes dentro del bolsillo de su
camisa.
—O en el bolsillo trasero de su
pantalón —replico.
—Mala idea. No querrás que el señor
Brophy se siente encima de ti.
—Es verdad. Iré en la camisa.
Ahora solo tengo que idear la forma
de subir por la pechera del señor
Brophy y meterme en su bolsillo sin que
se dé cuenta.
Soy bueno, pero ¿hasta ese punto?
CAPÍTULO 49

«Si no hay más remedio, haz como el


sol,
que se levanta siempre a su hora.»
Isaías

stoy dando una cabezada en la guantera


abierta de la camioneta cuando

E oigo pasos y gruñidos.


—Tienes que comprar más,
Luanne. ¡Hoy sin falta!
¡Porras! Sin duda he dormido
más de la cuenta. El señor Brophy viene
por el sendero del garaje hacia la cabina
de la camioneta, donde estoy recostado
con mi piel azul fosforito a la vista de
todos.
Su mano está ya en el tirador de la
puerta.
¡Si me ve, nuestra invasión habrá
terminado antes de empezar!
Sin pensarlo dos veces, doy un brinco
y me escondo en el hueco que hay entre
el cojín del asiento y el respaldo. Estoy
ya detrás del cierre del cinturón de
seguridad cuando el señor Brophy abre
la portezuela y se sienta al volante. Deja
una bolsa de papel en el asiento del
copiloto, gira la llave de contacto y da
marcha atrás por el sendero.
¡Empieza el espectáculo!
Ya estamos en la calzada. A los pocos
minutos huelo a algo asqueroso. Como a
huevos podridos.
No, no es el señor Brophy ni lo que
ha tomado para desayunar.
Debemos de estar cerca del callejón
aquel, el de los bidones llenos de
residuos tóxicos que crucé corriendo
por un cable eléctrico durante mi fuga.
Eso significa que nos estamos acercando
al Lugar Horrible. El laboratorio de
tejidos. Ahora me toca mover ficha y
subirme al bolsillo del señor Brophy.
En silencio, sin hacer ningún ruido,
salgo de mi escondite.
Mi plan es llegar al asiento del
copiloto, ir de puntillas por los hombros
del señor Brophy, deslizarme por la
pechera de su camisa de trabajo y
meterme en su bolsillo derecho, que veo
perfectamente por el espejo retrovisor
de la camioneta.
¡Lo que significa que el señor Brophy
también podrá verme a mí colándome en
su bolsillo!
En fin, necesito otro plan.
Mientras lo pienso, miro por el
retrovisor lateral.
¡Bravo! ¡Hurra! ¿Y sabéis por qué?
¡Porque Hailey viene detrás del
vehículo del señor Brophy con su
bicicleta!
El señor Brophy alarga el brazo hacia
el asiento del copiloto. Su mano
desaparece dentro de la bolsa de papel
marrón.
Salto hacia atrás, con los brazos
abiertos, y me quedo paralizado contra
la ventanilla trasera de la cabina.
—¿Dónde estará el dichoso huevo en
vinagre?
Encuentra lo que está buscando, lo
saca de la bolsa y se mete la resbaladiza
esfera blanca en la boca.
No solo me da asco, también me da
una idea.
Puedo esconderme dentro de la bolsa
de comida y no en el bolsillo de su
camisa. Seguro que el señor Brophy no
entra en el laboratorio sin sus amados
Doritos. Para mí es fácil deslizarme por
el asiento e introducirme en la bolsa.
Una vez dentro, me escondo bajo las
patatas, procurando que no cruja la
bolsa de plástico.
La camioneta se detiene.
—Buenas, Brophy —dice una voz
fuera de la camioneta.
—Buenas, Tom.
Debemos de estar en el puesto de
seguridad.
—¿Quién es la chica que va detrás de
ti con la bici? —pregunta Tom el guarda.
—No lo sé —dice el señor Brophy—.
No la he visto en mi vida.
—Podría ser otro de esos chiflados
de Humanos Defensores de los
Animales —dice Tom—. Yo me
encargaré de ella. Que tengas un buen
día.
—Lo mismo digo, Tom.
Nos movemos de nuevo. Ahora
parece que vayamos hacia atrás.
Doblamos a la izquierda.
La camioneta choca con algo. Da un
bote y oscila. Oigo a mis espaldas el
chillido ultrasónico de cinco mil ratones
asustados.
—Estúpido andén de carga —gruñe el
señor Brophy—. ¿Por qué han tenido
que ponerlo aquí?
Apaga el motor y coge la bolsa de la
comida. Voy de aquí para allá,
tropezando con otro de esos
resbaladizos huevos en vinagre.
Sé con seguridad que estamos
subiendo peldaños. Llegamos a un
descansillo. Debe de ser el tramo de
hormigón que salté cuando salí
corriendo por la puerta trasera.
Winnie, Abe y Benji se encuentran
solo a siete, quizá ocho metros de mí, al
otro lado de una gruesa puerta de acero.
Oigo tintineo de llaves. ¡Vamos a
entrar!
CAPÍTULO 50

«Si el gato quiere peces, tendrá que


mojarse las patas.»
Isaías

e dejan sobre una superficie metálica y


me asomo por la boca de la bolsa.
Estoy dentro de la taquilla

M del señor Brophy. Veo su


cubo con ruedas, y las
botellas y botes de productos
de limpieza.
—¿Señor Brophy? —dice una voz
que me resulta familiar—. ¿Podría venir
un momento?
—Naturalmente, doctor Ledbetter —
dice el señor Brophy—. En seguida,
señor.
Oigo el chirrido de las zapatillas del
señor Brophy y el tintineo de sus llaves
cuando se aleja. Salgo de la bolsa de
comida, bajo al suelo y miro por el
borde de la puerta para espiar al señor
Brophy y al Bata Larga llamado doctor
Ledbetter.
—Señor Brophy, sepa usted que
estamos en alerta máxima y hemos
activado las alarmas de todas las
ventanas y puertas, incluida la que tengo
detrás. Esa que, según me han dicho, le
gusta dejar abierta cuando friega este
suelo.
—Es por los ratones —dice el señor
Brophy—. Creo que el aire fresco les
sienta bien.
—Sea como sea, esta puerta y todas
las demás del recinto estarán cerradas a
cal y canto hasta el turno de las tres de
la tarde.
Ah, ah.
Si el señor Brophy no abre la puerta
trasera, ¿cómo va a invadir las
instalaciones mi ejército de cinco mil
ratones?
¿Tendré que liberar a mi familia yo
solo?
Y aunque pudiera arreglármelas para
conseguirlo, ¿cómo vamos a escapar los
noventa y siete si todas las puertas y
ventanas dispararán la alarma cuando
intentemos abrirlas?
—Ningún problema, profesor —dice
el señor Brophy al doctor Ledbetter—.
Pero si me permite preguntarlo, ¿a qué
viene todo esto?
—El guarda de seguridad de la puerta
principal acaba de avisarme de que ha
visto a una activista de los derechos de
los animales intentando entrar en las
instalaciones.
—¿La chica de la bici?
—Creemos que es una espía. Así que
no abra esta puerta en ninguna
circunstancia.
—No, señor profesor.
El señor Brophy tira de una llave
cuyo paletón parece un plástico negro
más o menos cuadrado. La llave,
acompañada de otra docena, está unida
al cinturón por un cable extensible.
Veo que introduce el paletón en la
cerradura y gira con firmeza.
En menuda misión de rescate me he
metido. Estoy atrapado. Encerrado de
nuevo en el Lugar Horrible, y mi
ejército de ratones no tiene forma de
entrar.
Tengo que encontrar a Benji. Seguro
que él sabrá qué hacer.
Cuando el señor Brophy no mira,
salgo del armario y me dirijo a la
habitación en la que nos tenían a mi
familia y a mí encerrados en cajas de
plástico.
Pero las cajas han sido reemplazadas
por estanterías con ruedas, repletas de
jaulas de metal.
—¿Benji? —susurro.
No hay respuesta.
—¿Abe? ¿Winnie?
Nada. Quizá estén durmiendo,
agotados tras otra ronda de
experimentos de investigación.
Me acerco a la primera fila de jaulas
para mirar más de cerca.
Oh, no.
Las jaulas están vacías.
Mi familia no está.
CAPÍTULO 51

«La necesidad es la madre del ingenio.


Pero a veces parece una madrastra.»
Isaías

o sé qué hacer!
¡N Mi familia no está. Ha
desaparecido. Quizá estén todos
muertos.
O quizá hayan sido enviados a otros
laboratorios de tejidos para someterlos
a otra clase de experimentos. El artículo
que encontró Hailey decía que los había
por todo el estado… ¡y por todo el país!
Tengo que pensar. Pensar, pensar,
pensar.
Muy bien. Las puertas de este
laboratorio están cerradas con llave.
Todo mi ejército, los cinco mil ratones,
están fuera en una camioneta oxidada y
yo vuelvo a estar prisionero.
¡Horror!
¿Os acordáis de aquel asqueroso
perro guardián del que os hablé? ¿Aquel
que imité para asustar a Lucifer?
Se acerca olisqueando por la fila de
jaulas, siguiendo mi rastro.
Me ve. Pero no ladra ni da la alarma.
Se limita a gruñir y a enseñarme sus
brillantes colmillos.
El dóberman cree que puede
asustarme para que vuelva a mi jaula,
aunque yo ya no pertenezca a ninguna.
Decido darle a probar su propia
medicina, por decirlo de alguna manera.
¡Ladro igual que él!
Se queda atónito, confundido.
Aprovecho el momento para huir.
Salgo de la habitación de las jaulas y
corro por el pasillo más cercano. El
perro guardián solo tardará unos
segundos en recuperarse de la sorpresa.
Tengo que encontrar un escondite
seguro. Ya mismo.
Doblo la esquina y, delante, veo una
ventanilla con un temido brillo familiar.
Es la Sala Azul, el lugar más horrible
de todo el Lugar Horrible. Lo recuerdo
porque lo he visto en mis pesadillas.
También recuerdo que ningún animal del
laboratorio, ni siquiera los perros
guardianes, han querido nunca acercarse
a la sala en cuestión.
Porque la Sala Azul es donde los
Batas Largas hacen el trabajo sucio. Nos
ponían inyecciones y electrodos en la
cabeza, la cola y en todos los sitios que
querían, por muy doloroso que fuera.
La puerta está entreabierta. Veo una
franja de luz azul que sale por la ranura.
Me cuelo por ella.
El perro guardián no querrá seguirme.
Sabe lo que ocurre tras esta puerta y no
es bonito.
Tampoco lo es lo que veo en la Sala
Azul.
Todos mis hermanos y hermanas se
agitan y forcejean en contenedores
sellados que han amontonado contra la
pared. Hay un arcoíris de colores
fosforitos debido a la luz ultravioleta
que ilumina la habitación.
—Les pondremos la inyección de uno
en uno —dice un hombre bajito con bata
de cirujano. Sus guantes de goma brillan
bajo la luz negra.
—Empecemos por el rojo —dice el
Bata Larga más alto.
Oh, no. Oh, no. NO, NO, NO.
Es Abe.
El Bata Larga más alto teclea algo en
un ordenador.
«Abrir contenedor R-2582.»
La lucecita que hay en la jaula de Abe
pasa de rojo a verde. La puerta se abre
deslizándose. El otro Hombre Malo saca
al asustado Abe de la caja, asiéndolo
por la cola.
CAPÍTULO 52

«Nunca se abandona a un ratón.»


Isaías

l técnico del laboratorio sujeta a Abe


con una mano. En la otra tiene una
jeringuilla.
Va a inyectarle algo horrible a

E mi hermano favorito.
Tengo que hacer algo
estúpido, insensato y peligroso.
—¡ALTO! —grito. Los
humanos no pueden oír ultrasonidos,
pero he procurado dar a mi voz
profundidad suficiente como para que
sea audible. ¡Y ha resultado!
Los dos humanos dejan de hacer lo
que están haciendo para mirar a su
alrededor. Tratan de descubrir quién les
grita con esa voz tan diminuta y de
dónde procede.
—¡DEJADLO IR! –exclamo.
Miran al suelo. Me ven.
—¡Es B-97! —dice el más bajo—. El
que escapó.
—Pon al rojo en su jaula. Coge al
azul.
Meten a Abe en la jaula de plástico y
cierran de golpe. La luz verde es roja de
nuevo.
—¿Isaías? —Las gruesas paredes de
su casa de plástico ahogan la voz
ultrasónica de Abe. Pero yo puedo oírla
aunque los humanos no puedan—.
¡Isaías!
—¡Bienvenido a casa! —grita Winnie
con una voz que solo pueden oír los
ratones.
—Creía que habías huido —gruñe
Benji—. ¡Pensé que eras un cobarde!
—¡Pues te equivocaste! —digo.
Y entonces, recurriendo otra vez a mi
voz humana, grito:
—¡SOIS UNOS MONSTRUOS! —
con toda la fuerza que puedo reunir.
—¿Sabe hablar? —dice el Hombre
Malo alto—. ¡Espera a que se entere el
doctor Ledbetter!
Los dos hombres, ambos con
mascarilla, cargan contra mí. Me hago a
un lado y los esquivo.
Si creen que un ratón parlante es
sorprendente, ¡ahora verán lo que voy a
hacer!
Cuando los esquivo por segunda vez,
salto al teclado del ordenador, el mismo
en el que estaba escribiendo el humano
alto. Bailo sobre las teclas todo lo
rápido que puedo y esto es lo que
escribo:
«abrir todo.»
Las lucecitas rojas de las cajas de
plástico se ponen verdes.
Las puertas de la prisión se abren de
par en par. Mis hermanos y hermanas
saltan de sus jaulas y caen al suelo. Los
noventa y seis (los he contado
rápidamente) se dispersan por todas
partes. Los dos técnicos de laboratorio
tratan de atrapar a mi ratonada, pero han
olvidado lo inteligentes, rápidos y listos
que nos han hecho.
—¡Id hacia la habitación trasera! —
grito a mis hermanos y hermanas.
—¿Y luego qué? —pregunta Benji.
Respiro hondo y digo la palabra que
he estado aprendiendo a pronunciar
desde la primera vez que se la oí a
Mikayla:
Tecleo otra instrucción en el
ordenador. Piso la tecla de bloqueo de
mayúsculas porque, esta vez, estoy
gritando.
«ABRIR PUERTA SALA AZUL.»
La puerta obedece la orden y mis
hermanos y hermanas salen corriendo.
Los dos Batas Largas no los
persiguen. Están demasiado pasmados
admirando mis habilidades.
Quiero distraerlos un poco más,
esperando que mi familia aproveche la
ventaja y llegue a la puerta trasera. Sigo
tecleando:
«el viejo señor gómez pedía queso,
kiwi y habas, pero le ha tocado un
saxofón.»
—¡Ha compuesto una frase utilizando
todas las letras del abecedario! —dice
uno.
Tecleo un poco más:
«se llama pangrama, catetos.»
—¡Atrápalo! —dice el otro.
Ah, ah.
¿Y si soy el único ratón que se queda
atrás?
CAPÍTULO 53

«Un plan es malo si no puede


cambiarse.»
Isaías

ierra la puerta! —se gritan los dos


¡C técnicos a la vez.
Salto de la mesa del ordenador, llego
al suelo corriendo y voy a toda prisa
hacia la puerta.
Los dos humanos me pisan los
talones.
Muevo las patas a toda velocidad,
pero los dos gigantes, también. ¡Uno
casi me aplasta!
El más rápido de los técnicos se
inclina hacia delante y coge el pomo.
Está a punto de echar el pestillo, ya
tiene el dedo pulgar en el botón que lo
bloquea.
Pero todavía queda una estrecha
ranura, no más ancha que un sobre,
mientras la puerta corre hacia los
batientes.
Contengo la respiración, trago saliva
y me cuelo por ella… en el momento
exacto en que la puerta se cierra, a punto
de pillarme la cola.
Oigo el chasquido del pestillo cuando
encaja en el cerradero.
—¡Abre! —grita uno de los hombres
que han quedado dentro de la Sala Azul
—. ¡Se va a escapar!
Oigo a mis espaldas un triquitraque
metálico mientras los dos técnicos
manipulan la cerradura y el pomo de la
puerta.
El camino está despejado ante mí.
Corro por el pasillo, doblo a la derecha
y me cuelo en la habitación donde está
la puerta trasera.
Y donde descubro a todos mis
hermanos y hermanas perseguidos por el
furibundo señor Brophy.
CAPÍTULO 54

«Nadie fracasa hasta que deja de


intentarlo.»
Isaías

ran plan, Isaías! —grita Benji con


¡G sarcasmo—. ¡Enviarnos a una
puerta cerrada y con la llave echada!
Brillante, hermanito. ¡Muy brillante!
El señor Brophy no puede oír a mi
hermano mayor, pero puede aplastar a
Benji de un escobazo.
Por suerte, Benji es ágil y rápido, y
esquiva la escoba en el momento
oportuno.
Pero tiene razón. Mi plan quedará en
agua de borrajas si no se me ocurre
cómo quitarle las llaves al señor Brophy
y abrir la puerta trasera.
Así que hago algo que nunca creí que
haría. Hago bocina con las zarpas en el
hocico y grito al señor Brophy:
—¡EH, USTED!
Sorprendido, este suelta la escoba y
se agacha para mirarme.
—Tú eres el que escapó —dice—.
Por todos los diablos, voy a…
Pero antes de que pueda hacer nada,
doy un bote y aterrizo en su rodilla
doblada.
Asustado, empieza a dar vueltas en
círculos frenéticos y a darse manotazos
como si lo atacara un enjambre de
avispas. Me sujeto con fuerza.
—¡Apártate de mí, asqueroso roedor!
No hago caso de su insulto. Clavo las
uñas en el tejido de sus pantalones
verdes de trabajo y trepo por su pierna,
hasta que llego a su cinturón y al llavero
que cuelga de él.
—¡Necesito ayuda! —grito—.
¡Delphinia, forma una torre!
Delphinia, mi hermana morada, es
muy resistente. Silba a los otros
acróbatas de la familia y quince ratones
gimnastas crean rápidamente una
columna que se eleva casi un metro del
suelo.
Está a mitad de camino entre la puerta
y yo.
Keziah, la más fuerte de la ratonada
(puede levantar un sobre de azúcar
sola), está en la cima.
Cojo el llavero del señor Brophy.
—¡Eh! —chilla el hombre—. ¡Suelta
eso!
Le doy un bufido, truco que aprendí
de su malvado gato.
Casi se le salen los ojos de las
órbitas cuando me oye. Está petrificado
de miedo.
—¿Abe? ¿Winnie? —grito—.
¡Pirámide! En la puerta. ¡Que llegue
hasta la cerradura!
—¡Entendido, hermano! —responde
Abe.
Winnie y él rápidamente organizan al
resto de la familia y la forman.
Ahora me toca a mí hacer de
acróbata.
—¿Lista? —grito a Keziah.
Asiente con la cabeza y, con
Delphinia sujetando la base, toda la
torre empieza a mecerse de un lado a
otro. Cuando ha alcanzado el ángulo y el
ímpetu que me convienen, salto de la
cadera del señor Brophy, engancho las
patas traseras en la anilla de su llavero
como si fuera un trapecio y vuelo por
los aires.
El cable que sujeta las llaves a su
cinturón se estira.
Keziah me coge por las patas
delanteras. Ella y toda la torre de
ratones me balancean y me lanzan hacia
la puerta.
Hago una pirueta en el aire. Vuelo
hasta la cima de la pirámide.
Oigo el chasquido del cable cuando
se rompe. No importa… todavía estoy
enganchado a la anilla con las piernas. Y
sin el cable extensible, no hay nada que
me detenga ni tire de mí.
Ya solo tengo que confiar en que Abe
y Winnie, situados en la cima de la
pirámide, me sujeten a tiempo.
La puerta se precipita hacia mí.
Cierro los ojos un instante antes del
impacto.
¡Y cuatro patas familiares me reciben
y me sujetan con fuerza!
CAPÍTULO 55

«Las cosas resultan mejor para los


ratones que
mejor aprovechan el resultado de las
cosas.»
Isaías
octor Ledbetter? —grita el señor Br
¿D —. ¿Profesor?
El hombre de la limpieza sale
corriendo de la habitación.
—Tenemos que darnos prisa —digo
—. El doctor Ledbetter es el Gran
Roquefort del lugar. Hará cualquier cosa
para que sigamos prisioneros aquí.
—Demasiadas llaves —dice Winnie,
observando la anilla del señor Brophy.
—Es esta —digo, señalando la llave
de paletón con forma de cuadrado negro
de plástico—. ¡Le vi cerrar la puerta
con ella!
Abrazo la llave y con ayuda de Abe y
Winnie consigo introducir el paletón en
la cerradura.
—¡Ya está! —grito cuando la llave se
desliza por el cilindro.
—Ahora solo tienes que girarla —
dice Abe.
Abrazo la cabeza de la llave con las
patas delanteras.
—Cuando la muerda —digo—,
cogedme por las patas y saltad a un
lado. ¡Eso nos dará fuerza suficiente
para girarla!
—¡Entendido! —grita Winnie.
Sin soltar la llave, la aprisiono
también con los dientes. «Tiene que
funcionar, es nuestra última
oportunidad», pienso desesperado.
Abe y Winnie me cogen de una pata y
saltan al vacío. Pesan muchísimo
colgados de mi pobre extremidad, pero
de eso se trata.
Nuestros pesos combinados consiguen
girar la llave y el pestillo cede. Con un
suspiro de alivio, me suelto de la llave y
los tres caemos al suelo. Por suerte, los
gimnastas que formaban la torre de
Keziah están allí listos para recibirnos.
Keziah me recoge a mí y me acuna en
sus brazos. Delphinia recibe a Abe y a
Winnie con las patas abiertas. Los
demás hermanos y hermanas, al ver que
estamos a salvo, deshacen la pirámide.
—¡Lo conseguiste! —grita Abe.
—No —digo—. Lo conseguimos
todos. ¡Rápido! Tenemos que empujar la
puerta para abrirla. ¡A arrimar el
hombro!
Mi ratonada al completo, los noventa
y siete, corre hacia la base de la puerta.
Empujamos entre todos.
No se mueve.
Empujamos otra vez.
Nada.
—Se abre hacia dentro —dice una
voz humana detrás de nosotros.
Giramos sobre nuestros talones. Es el
doctor Ledbetter. Los dos técnicos de la
Sala Azul están con él. Y también el
señor Brophy.
—Creo que no os hemos dado
inteligencia suficiente para entender la
diferencia entre empujar una puerta y
tirar de ella —dice el doctor Ledbetter
—. Solo hay dos maneras de abrir esa
puerta. Una, podéis girar el pomo y tirar,
pero no creo que tengáis fuerza
suficiente para conseguirlo. Y dos,
podéis hacer que al otro lado haya
alguien que empuje para abrirla. Pero la
única persona que hay al otro lado de
esa puerta es Tom, uno de mis mejores
guardas de seguridad.
Al otro lado oigo ladrar a una jauría
de perros.
—Bien, espero que hayáis aprendido
la lección —dice el doctor Ledbetter—.
Parece que Tom ha traído unos cuantos
amigos caninos.
Con una sonrisa sarcástica, el doctor
Ledbetter se inclina para observarme.
—Me alegra verte de nuevo, B-97.
Mis colegas me han dicho que
recientemente has dado muestras de
poseer ciertas habilidades inusuales,
incluso alguna que no sabía que te había
dado. Ardo en deseos de abrirte para
ver lo que ocurre en ese diminuto
cerebro azul.
Aunque el siniestro doctor está
hablando de diseccionar mi cerebro, yo
ni me inmuto. Por el contrario, envío un
mensaje ultrasónico a mi ratonada.
«Apartaos de la puerta.»
Mis hermanos y hermanas se retiran
del centro y en silencio se colocan a
ambos lados.
Entonces envío otra señal ultrasónica.
El grito de batalla que acordamos
Gabriel y yo:
—¡LIBERAD A LOS CAUTIVOS!
En el exterior se oye un fuerte
chirrido metálico.
Al parecer, mientras yo estaba
ocupado en el laboratorio, mi ejército
de ratones descubrió cómo se abría la
puerta trasera de la camioneta del señor
Brophy.
Y me imagino que no tendrán ningún
problema para abrir una puerta que no
está cerrada con llave.
CAPÍTULO 56

«Mil mondadientes atados entre sí


son fuertes como un árbol.»
Isaías

os perros que hay al otro lado de la


puerta son los primeros en huir.
Aterrorizados por el

L arrollador enjambre de ratones,


lanzan
corriendo.
chillidos y salen

También oigo a Tom, el guarda


de seguridad, que chilla de miedo. Por
el volumen cada vez más bajo de sus
gritos, deduzco que también escapa a
todo correr.
Suena un golpe sordo y la puerta de
acero tiembla.
—¡Otra vez! —oigo gritar a Gabriel.
Más ruido de soldados. Otro
golpetazo.
—Alguien tiene que girar el pomo —
digo en voz alta al darme cuenta—.
Lánzame allí arriba, Keziah.
Ella me coge por las axilas y me lanza
hacia el cielo como una bala. Aterrizo
sobre el pomo, lo abrazo con las patas
delanteras y las traseras, y me dejo caer
hacia la derecha con fuerza. Pero no
ocurre nada. No peso bastante como
para hacer girar el pomo.
Con la rapidez del rayo, mis
inteligentes hermanos y hermanas ven el
problema y acuden al rescate. Al igual
que antes, Abe y Winnie saltan y me
tiran de las piernas, dándome el peso
necesario para que gire el pomo.
En el exterior, el ejército golpea la
base de la puerta una vez más. Me sujeto
con todas mis fuerzas cuando la puerta
se abre de par en par y casi se sale de
los goznes.
Cinco mil ratones irrumpen en la
habitación y rodean rápidamente a los
cuatro Hombres Malos, que están
paralizados a causa del sobresalto.
Después de todo lo que nos han hecho
sufrir, tienen buenas razones para estar
asustados.
Hay tantos ratones pardos, blancos y
grises cubriendo el suelo, que los
miembros de brillantes colores de mi
ratonada desaparecen por completo.
Veo que el doctor Ledbetter ha
borrado el sarcasmo de su rostro y
retrocede aterrorizado ante el océano de
ratones que hay a sus pies.
Entonces, por encima de los chillidos
de los cinco mil ratones, suena una
nueva voz:
—¿Lo ven? —grita alguien en el
exterior—. Conque no había ratones,
¿eh? ¡Los estaban engañando, agentes!
¡Bien, bravo, hurra!
Adivinad quién acaba de aparecer en
la puerta con un pelotón completo de
humanos uniformados de azul oscuro…
¡Hailey!
—Llamé a la policía —dice al verme
entre la multitud, agitando su teléfono
móvil.
Me llevo la pata al corazón. Como no
tengo un teclado a mano, es la única
forma que se me ocurre de darle las
gracias.
—Bien, bien, bien, doctor Ledbetter
—dice una mujer que lleva una cazadora
azul con las letras SPA impresas en
amarillo en la espalda—. Nos dijo que
no utilizaban ratones en el laboratorio.
—Pero… pero si no los utilizamos —
balbucea el doctor Ledbetter.
—Entonces ¿cómo explica todo esto?
—pregunta un hombre bajo y rechoncho.
Su cazadora lleva en la espalda las
letras PD. No sé lo que significa SPA ni
PD, pero me alegro mucho de que estén
aquí.
—Esto —dice el doctor Ledbetter
señalando el suelo atestado de miles de
ratones que chillan y mordisquean— es
lo que yo llamo plaga de alimañas. Mis
empleados estaban a punto de llamar a
la compañía de desratización.
—Eso es cierto —dice el señor
Brophy—. Iba a hacerlo yo.
—Bien —dice el hombre con las
letras PD en la espalda—. Esa será su
única llamada de teléfono. Desde la
cárcel.
Mientras los humanos discuten y se
gritan entre ellos, decido que ya es hora
de que mis dos familias escapen del
Lugar Horrible de una vez para siempre.
Me vuelvo hacia Hailey y le hago un
saludo militar.
Me devuelve el saludo.
—Te veo en mi casa —dice—. Mamá
ha comprado otro pastel de bizcocho.
Enarco las cejas como me enseñó mi
hermano Rudolpho.
Y entonces envío una señal
ultrasónica que hace que mi corazón se
llene de felicidad:
—¡Seguidme todos!
Cinco mil noventa y siete ratones
salen corriendo por la puerta trasera,
atraviesan el andén de carga, saltan por
el borde y se cuelan por mi ruta de
escape secreta del desagüe, camino de
la libertad.
CAPÍTULO 57

«El verdadero amigo es el que entra


cuando el resto del mundo sale.»
Isaías

quella noche, en el patio de la casa de


Hailey, le presenté a mis hermanos y
hermanas.

A «este es abe, mi hermano y


mi mejor amigo de siempre»,
tecleo en su ordenador, que ha
abierto encima de una mesa
rústica. Como os habréis dado cuenta,
he aprendido a poner más signos
ortográficos.
Hailey sonríe, admirando a Abe.
—¡Qué rojo es! Qué chulo y qué
diferente.
«sí», tecleo, «eso es lo único que
tenemos en común: somos todos
diferentes.»
Los ratones, desde luego, son
criaturas muy sociables. Mis hermanos y
hermanas ya han conocido a toda la
familia de Mikayla, y los ancianos nos
consideraron inmediatamente una
ratonada grande y feliz. Puede que mis
parientes tarden algún tiempo en
acostumbrarse a su nueva vida y a una
madriguera que no conocían, pero yo sé
que están contentos y agradecidos por
haber sido rescatados. Y pondrán todo
lo que puedan de su parte para mejorar
nuestra maravillosa nueva ratonada. Y
con nuestras habilidades únicas,
podemos ayudar de muchas maneras.
Después de instalarse, mi familia
quiso conocer a Hailey, la simpática
humana que los había ayudado a
escapar. Y ella también quería
conocerlos.
—¡Sois tan sorprendentes…! —dice
Hailey cuando los gimnastas de la
familia le hacen una rápida exhibición
de sus habilidades acrobáticas—. Ojalá
hubiera más gente que se diera cuenta de
lo increíbles que sois.
Niego con la cabeza y tecleo:
«he conocido a muchos humanos y son
todos iguales, excepto tú, por supuesto.»
—Solo os tenemos que presentar de
manera que no los asustéis —dice
Hailey—. Encontrar un ratón en un
pastel de bizcocho puede ser toda una
sorpresa, ¿sabéis?
Asiento con la cabeza, sonriendo.
De repente, Hailey agita las manos
con emoción, asustando a algunos
miembros de mi familia.
—Tengo una gran idea. Más que
grande. ¡Es espectacular!
Parece que la iglesia del barrio
celebra el Día mundial de los Animales,
en conmemoración a San Francisco de
Asís.
—Todos los vecinos llevarán a sus
animales domésticos. Es una gran
celebración. Tenéis que asistir.
«¿te refieres a todos nosotros?»,
escribo.
—Es verdad. Tienes razón. Cientos
de ratones correteando entre los bancos
de la iglesia… uf, la gente huiría
despavorida. ¿Qué te parece si vais tú,
Mikayla, Gabriel, Abe y Winnie?
«¿tenemos que ponernos elegantes?»,
pregunto, porque, después de todo, es la
iglesia.
Hailey sonríe.
—Quizá un poco sí…
CAPÍTULO 58

«Puede que nuestras vidas sean


diferentes
y al mismo tiempo iguales.»
Isaías

lega el domingo y detesto con toda mi


alma el traje que Hailey me ha

L elegido.

Por cierto, detestar es una forma


elegante de decir que LO ODIO.
Pero mejor que Hailey no lo sepa
nunca. Estoy muy encariñado con mi
primera amistad humana.
Nos escondemos en la mochila de
Hailey y vamos a la iglesia en el coche
con ella y sus padres.
Nunca había estado dentro de una
iglesia, pero es maravilloso. Cuando
Hailey se sienta en un banco, me asomo
por debajo de la mochila para observar
a la multitud.
La iglesia parece una versión en
miniatura del Arca de Noé, una de mis
historias bíblicas favoritas, ya que salen
muchísimos animales, incluso un par de
ratones.
Los vecinos han traído toda clase de
animales de compañía. Veo perros de
muchas razas y tamaños. Gatos (por
suerte, encerrados en jaulas portátiles).
Hámsteres. Conejillos de Indias.
Conejos. Peces de colores. Periquitos.
Incluso veo un asno y detrás de él, un
hombre con una pala.
Hailey se inclina un poco y me
susurra:
—Supongo que querréis conocer a los
demás animales, ¿no?
Le lanzo una mirada que significa:
«¿Podemos?»
—Pues claro —dice—. Adelante.
Eres un animal. Este es tu gran día.
Dos filas más adelante veo un hámster
que me recuerda a un primo lejano, muy
lejano. Salgo de la mochila. Mikayla,
Gabriel, Abe y Winnie salen detrás de
mí.
—Esto es maravilloso —dice
Mikayla—. ¡A todas estas personas les
gustan los animales!
—Imagino que no todos los humanos
serán como los idiotas que conocimos
en el laboratorio —replica Abe.
Los cinco caminamos por la
alfombrada nave central, sonriendo de
oreja a oreja, y ¡TOMA!
Ocurre lo que suele ocurrir.
—¡Aaaaah! ¡Ratones! ¡AAAAAH!
Chillar. Subirse a los asientos. Lo de
costumbre.
Hay una iglesia llena de amigos de
los animales que, en teoría, quieren
celebrar su existencia… ¿y se ponen
histéricos por cinco ratoncillos de nada?
Es verdad que tres tenemos un color
extraño, pero aun así…
De nuevo se demuestra mi teoría de
que, por mucho que lo intentemos, por
muy sorprendentes que sean las hazañas
que realicemos, los ratones siempre
seremos unos marginados en este mundo.
¡Seguro que ni siquiera a Noé le gustó
ver a dos de nosotros entrando por la
pasarela de su Arca!
Los humanos nos odian.
Siempre nos han odiado y siempre
nos odiarán.
CAPÍTULO 59

«De noche, todos los gatos son


pardos.»
Isaías

ailey corre por la nave central, nos


recoge uno por uno y nos mete en su
mochila.

H Luego, creedlo o no, se


dirige en línea recta al
escenario del fondo, en el que
un humano con túnica estaba a
punto de hablar.
—Discúlpeme, padre Ed, pero tengo
que decir algo a todos. Algo importante.
Antes de que el padre Ed le dé
permiso, Hailey se hace con el
micrófono.
—Buenos días a todos. Antes de que
el padre Ed haga su discurso, quiero
decir algo sobre las criaturas más
pequeñas que hay entre nosotros.
Aquellas por las que cantaremos luego
uno de mis himnos favoritos: «Todos los
seres resplandecientes y hermosos». Fue
escrito en 1848, así que quizá lo
hayamos cantado tantas veces que ni
siquiera nos demos cuenta de lo que
significa la letra. Permitidme que os
refresque la memoria.
Pasa las páginas de un libro lleno de
notas musicales y lee:

A todos los seres resplandecientes


y hermosos,
a todas las criaturas grandes y
pequeñas,
a todos los seres sabios y
maravillosos,
a todos los hizo Dios.

La multitud está en silencio. Hasta el


periquito ha dejado de pedir una galleta.
Hailey prosigue:
—Lo creáis o no, últimamente he
pasado muy buenos ratos con unas
pequeñas criaturas con corazones muy
grandes.
Se lleva la mano al hombro y yo salto
encima.
—Este pequeño es Isaías. Le he visto
hacer cosas increíbles, la mayoría de
ellas para ayudar a sus hermanos y
hermanas. Es sabio y maravilloso.
Me deja sobre el atril para poder
sacar a Mikayla de la mochila.
—Y esta valiente señorita es Mikayla.
No le importó hacerse amiga de un
sujeto de extraño color azul como Isaías,
aunque todos sus amigos son pardos,
grises o blancos. ¿Por qué Mikayla es
tan amable y comprensiva con unos
seres de aspecto diferente?
El padre Ed responde la pregunta de
Hailey:
—Porque ella también es
maravillosa.
Hailey asiente.
—También yo soy diferente, por si no
lo habéis notado. ¿Sabéis qué? Todos
los somos. Como mi sabio y maravilloso
amigo Isaías, aquí presente, me dijo una
vez: «Todos somos diferentes. Es lo
único que tenemos en común».
El sacerdote se aclara la garganta.
—¿Él, ejem, te lo dijo?
—Oh, sí —responde Hailey—. Isaías
sabe hacer muchas cosas increíbles.
Hablar. Escribir. Abrir puertas cerradas
con llave.
Entre las exclamaciones de sorpresa
de todos los reunidos, Hailey coge el
micrófono y lo coloca a dos centímetros
de mis bigotes.
—Vamos, Isaías. Enséñales a todos lo
especial que eres.
Estoy a punto de gritar «¡PIENSO!»
cuando Hailey me dice:
—Canta esa canción de la que me
hablaste. La que Mikayla te cantó
aquella noche en mi capucha.
Miro a Mikayla.
—Adelante —me anima—. Te
ayudaré.
—Pero no podrán oírte. Apenas me
oyen a mí.
—No importa. Cantaré para ti, Isaías.
Tú sígueme. Y esta vez no grites. Canta.
Me pongo frente al micrófono. Me
aclaro la garganta.
—Ejem.
La multitud da un respingo. Nadie
había oído hasta ahora aclararse la
garganta a un ratón.
Mikayla y yo nos saltamos los versos
relativos a los ratones que vagan a la luz
de la luna y vamos directamente a los
que dicen:

Ya seas tan alto como un gigante,


ya seas débil y pequeño,
nuestras diferencias no suponen
diferencia,
la misma luna nos ilumina a todos.

Algunos humanos sentados en los


bancos se echan a llorar.
Miro a Mikayla. Su voz es tan
hermosa que desearía que no fuera
ultrasónica, para que todos los presentes
supieran cómo suena el cielo.
—Bien —dice el padre Ed cuando he
terminado—, gracias, Hailey. Iba a dar
un sermón esta mañana sobre la
tolerancia y el amor a todas las criaturas
de Dios, sin que importe lo diferentes
que puedan ser. Pero tu charla ha sido
mucho mejor que cualquier cosa que yo
pudiera decir.
Todo ha salido según lo planeado. Es
una fantástica mañana de domingo.
Al salir de la iglesia, una anciana de
aspecto dulce se inclina sobre Hailey y
le susurra:
—Disfruta con tus amigos los ratones
cantantes. Pero recuerda, querida, que
transmiten toda clase de microbios.
Hailey sonríe y le da una de mis
respuestas favoritas de todos los
tiempos:
—Es posible. Pero nosotros también.
Porque, a fin de cuentas, ninguno de
nosotros es muy diferente de los demás.
EPÍLOGO
ras salir de la iglesia, Abe dice:

T —¿Sabes, Isaías? El discurso


de Hailey me ha hecho pensar.
Si todos somos criaturas,
grandes y pequeñas, entonces…
todos los animales somos como una
especie de gran familia, ¿no crees?
—Supongo que sí. Aunque no creo
que me apetezca celebrar el Día de
Acción de Gracias con un tigre. Porque
probablemente su cena sería yo. ¿Por
qué lo preguntas?
Sus bigotes se sacuden como siempre
que no quiere contarte algo.
—¿Qué pasa, Abe? —pregunto.
—Bueno, verás, cuando escapaste y
yo seguía en el Lugar Horrible, oí hablar
a los Batas Largas.
—¿Y?
—Hay otro laboratorio de tejidos no
muy lejos de aquí, Isaías. Un lugar en el
que hacen experimentos aún peores de
los que nos hacían a nosotros.
Empiezo a sentir esa indignación que
impulsa a luchar contra la injusticia.
¿Más animales viviendo con dolor y
miedo? Quiero ayudarlos… tengo que
hacerlo. Quizá para esto es para lo que
sirven realmente mis habilidades
especiales… para rescatar a los que lo
necesitan.
—¿Quieres decir que hay otros
ratones en peligro? ¿Otra ratonada a la
que debemos rescatar? ¡Hagámoslo! —
digo.
Hace unas semanas, yo era el cobarde
de mi ratonada. Pero desde entonces he
aprendido muy bien a dominar el miedo,
sobre todo cuando hay vidas de otros en
juego.
Abe niega con la cabeza.
—No son ratones, sino otros
animales. Como has dicho, todos somos
una familia, así que también merecen ser
rescatados, ¿no?
Asiento firmemente con la cabeza.
—Por supuesto, ninguna criatura
debería ser sometida a una vida tan
horrible. Te doy mi palabra de que los
ayudaremos. ¿Qué son? ¿Conejos,
conejillos de Indias, hámsteres?
Abe mira alrededor para asegurarse
de que nadie más oye lo que está a punto
de decir.
—No, Isaías. Hámsteres no. Gatos.
¡HORROR!
¿En qué lío acabo de meterme?
Ojalá pudiera lanzar una carcajada y
decirle a Abe que está loco. ¿Arriesgar
nuestra vida para salvar la de unas
criaturas que nos engullirían en cuanto
estuvieran libres? Los gatos son seres
malvados que nunca harían lo mismo por
nosotros.
Ni por todo el oro del mundo vamos a
rescatarlos. Pero…
Me he comprometido a ayudar a todos
los seres que lo necesiten, grandes y
pequeños.
Y como sabéis, un ratón siempre
cumple su palabra.
JAMES PATTERSON recibió un
Premio al Servicio Extraordinario a la
Comunidad Literaria Estadounidense en
la concesión de los Premios Nacionales
del Libro de 2015. Tiene un récord
mundial Guinness por ser el escritor que
más veces ha estado en el número 1 de
las listas de los más vendidos, con
series como Los peores años de mi vida
y Me parto, y se han vendido más de
350 millones de ejemplares de sus
libros en todo el mundo. Defensor
incansable del poder de los libros y la
lectura, Patterson ha creado un nuevo
estilo en los libros infantiles cuya
misión es muy sencilla: «Queremos que
cuando un niño termine de leer un libro,
diga: POR FAVOR, QUIERO OTRO».
Ha donado más de un millón de libros y
financia más de cuatrocientas becas
Teacher Education en veinticuatro
facultades y universidades. También ha
donado millones a librerías
independientes y bibliotecas escolares.
Las inversiones de Patterson en
iniciativas a favor de la lectura
proceden de las ventas de la colección
americana Jimmy Patterson Books.
CHRIS GRABENSTEIN es otro
autor que ha figurado en las listas de
superventas del New York Times y ha
colaborado con James Patterson en Me
parto, Cazatesoros y la serie de House
of robots, así como en Jacky Ha-Ha.
Vive en Nueva York.

JOE SUTPHIN vive con su esposa y


su gato en un enorme pajar de Ohio que
ha pintado de rojo. Dibuja y crea
historias desde que era pequeño. Y aún
no es muy mayor. Joe pasa todo el
tiempo que puede en contacto con la
naturaleza, cazando grillos y recibiendo
amonestaciones por ello. Es
coleccionista de libros ilustrados y
posiblemente sea adicto al regaliz negro
y a los refrescos de raíces.
Título de la edición original: Word of Mouse

Edición en formato digital: marzo de 2018

© 2016, James Patterson, por el texto


© 2018, Antonio-Prometeo Moya, por la traducción
© de esta edición, 2018 por Antonio Vallardi Editore
S.u.r.l., Milán
Todos los derechos reservados

Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi


Editore
Calle de la Torre, 28, bajos, 1ª, Barcelona 08006
(España)
[Link]

ISBN: 978-84-17128-06-7

Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L.L.


Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por
escrito de los titulares del copyright, la reproducción
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