Obaldia, Rene de.-EL DIFUNTO
Obaldia, Rene de.-EL DIFUNTO
de René de Obaldía
Personajes
La señora Grampa
Julia
Nada de decorados. El acto puede transcurrir frente al telón. Inmediatamente después de los tres
golpes, Julia y la Sra. Grampa llegan, por los dos costados, arrastrando con ellas, dos sillas cada
una.
La señora Grampa, en la cincuentena, tiene un sombrero extravagante poblado de una multitud
de pájaros con picos terribles. Julia, de luto riguroso, ofrece el espectáculo de una viuda aún joven
y apetitosa. Ambas conducen sus sillas al medio de la escena, las colocan lado a lado, se sientan
y quedan silenciosas un momento. Al descubrirse de golpe, se levantan como si fueran dos
resortes.
LA SEÑORA GRAMPA. — Me siento feliz de verla. ¿Cómo está usted desde la última vez?
LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, sí, lo sé... ¡Pronto hará un año que nuestro querido Víctor nos ha
dejado!
LA SEÑORA GRAMPA. — Tres años, eso es lo que quería decir. Tres años. ¡Cómo pasa el
tiempo tan rápido!
LA SEÑORA GRAMPA. — Por supuesto, por supuesto... sobre todo por la noche.
LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Dios mío! ¿Por qué tuvo esa idea de quedarse mudo?
LA SEÑORA GRAMPA. — El lado del hígado. A la izquierda es el lado del corazón, a la derecha
el del hígado.
JULIA. — Es posible... Dése cuenta, mucho antes de su primera crisis no tendría que haber
desconfiado.
LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Julia!... usted conoce mi discreción... Así pues, usted me daba a
entender que sus relaciones...
JULIA. — En fin... mi marido era de aquellos que se pueden llamar un conejo caliente.
JULIA. — Demasiado caliente... Sospecho que incendió todo el combustible que se encontraba a
su alrededor.
JULIA. — No crea que quiero cargarle la romana, pobre Víctor querido... ¡Gustosa le procuraría
todas las mujeres del universo si eso pudiera hacerlo salir de su tumba!
JULIA. — Más lejos aún, señora Grampa, más lejos aún... La pasión no se detiene en pequeños
detalles. El error que tuve, cuando vivía, fue, precisamente, detenerme. ¡Cuando pienso en
la escena que le hice a la cremera!
JULIA. — ¡Todos sus quesos blancos en plena caída! (De pronto se deja caer de sus silla, se
arrodilla y junta las manos.) ¡Víctor, te pido perdón!
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JULIA. — (Vuelve a sentarse.) Perdóneme, el dolor me trastorna...
JULIA. — Pero como se lo explicaba, antes de su parálisis, mi esposo ya no era el mismo... Nos
quedábamos, a veces, diez días, doce días, trece días sin...
JULIA. — Primero me acusaba: Julia, sos fría; Julia, no alcanzás las cimas de tu Víctor; Julia, te
falta aliento...
JULIA. — ¿Exigente? Sí y no..., refinado sobre todo, refinado. Se llamaba Badouin, como usted
sabe, Víctor Badouin, pero en realidad descendía directamente de los “de Saintefoix Vilmure
de Saintonge”.
LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Y ese señor Badouin se dejó cortar la cabeza por procuración?
JULIA. — ¡Oh! ¡Usted sabe, por la plata!... Esto, con el solo fin de explicarle algunas “sutilezas” de
mi difunto. Sangre azul corría por sus venas... ¿Usted, señora, una “de” las Grampas me
sigue por cierto?
JULIA. — Pues, para volver a lo que nos ocupa, después de haberme excusado primero, me doy
cuenta de que exageraba mi incuria... en ese dominio... que mi frialdad podía nutrir ciertos
fuegos temibles... Otras anguilas están bajo esas rocas, pensaba... Entonces una noche,
que había regresado más tarde aún que de costumbre, fui a encontrarlo en el baño, cerré la
puerta con llave y le dije: “¡Víctor, ya tengo bastante! ¡Elige, o soy yo, o Bernabé!”.
JULIA. — ¡Evidentemente, era un hermoso muchacho! ¡Sobre todo, los ojos! Nunca se hubiera
sospechado que aquellos ojos comieran cifras desde la mañana a la noche. ¿O quizás fuera
eso lo que le daba esa pureza... esa suerte de brillo matemático?
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LA SEÑORA GRAMPA. — (Vivamente.) ¿Aburrirme? ¡Oh! ¡Nada de eso!... ¿Qué respondió
Víctor, cuando usted le habló de Bernabé?
JULIA. — Nada. Fue a partir de ese momento que se quedó mudo. La horrible enfermedad ya le
roía su médula de jefe de oficina... Y yo (Se golpea violentamente el pecho.), yo lo acusaba
a ese querido esteta, yo lo abrumaba, yo caía en la mezquindad, en pequeñas cuestiones de
pequeños puntos de vista... (De nuevo cae de rodillas.) ¡Víctor, te pido perdón!
LA SEÑORA GRAMPA. — (Mirándola con ternura.) ¡Pobre ángel querido, pobre tulipán negro!
JULIA. — Qué buena es usted, señora Grampa. (Se deja caer sobre el seno de su amiga.)
LA SEÑORA GRAMPA. — (Cada vez más molesta.) ¡Veamos, Julia!... (Intenta enderezar es larga
flor sin tutor.) ¡Julia!... ¡No soy Víctor!
LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Vamos, Julia, un poco de dignidad! ¡Póngase derecha! ¡Vamos!... (Se
pone derecha.)
JULIA. — Cada vez que encuentro a un amigo o amiga de Víctor, vuelvo a encontrar un poco de
él mismo. Hay un poco de Víctor en usted, señora Grampa.
LA SEÑORA GRAMPA. — Escuche, hija mía, yo también he sido viuda. Quiero decir: he conocido
muchas pruebas en el curso de mi existencia. No estoy muerta.
JULIA. — (Levantándose.) ¡Ah! ¡Los pajaritos! ¡Víctor quería tanto a los pájaros! (Con aire
extraviado se fija en el sombrero de la señora Grampa.) Señora Grampa, déme su sombrero.
JULIA. — Sí, su sombrero. ¡Su sombrero que es más que un sombrero, que es un gorjeo!
(Tendiendo las manos hacia el objeto codiciado.) Se lo ruego...
LA SEÑORA GRAMPA. — (Retrocediendo.) ¡Ni lo piense!... ¿Quiere que me vaya con la cabeza
desnuda?
JULIA. — Le gustaban tanto los pájaros a Víctor... La primera vez que violó a una muchachita, le
pregunté, oh, muy suavemente para no resentirlo: “¿Víctor, por qué has hecho eso?” ¿Usted
no sabe lo que me respondió?
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JULIA. — “Porque se parecía un pajarito”. Mi Víctor era un poeta.
LA SEÑORA GRAMPA. — (A sí misma.) ¡No, no es posible! ¡Un hombre tan distinguido! Tan
puntual, nunca una palabra más alta que la otra...
JULIA. — Se lo ruego, querida amiga... (Terrible, de golpe.) Víctor me pide ese sombrero;
¡emplumado o desplumado, lo obtendré!
LA SEÑORA GRAMPA. — (Quitándoselo, temblorosa.) Ahí lo tiene, si es que eso la hace feliz.
JULIA. — ¿Cómo?
JULIA. — Dése cuenta, a partir de cierta edad no morirse es indecente. No solamente indecente
sino, inmoral.
LA SEÑORA GRAMPA. — Temo que se me haga tarde... Una charla, charla y las horas pasan...
JULIA. — Mi abuela, como muchos viejos, adoraba los dulces. La jalea de grosellas, sobre todo.
JULIA. — Hubiera vendido su alma por un solo frasco. Un domingo de abril estábamos en familia
y nos dimos cuenta de que Víctor se había aproximado a su oreja deslizándole algunas
palabras en el tubo... Diez minutos más tarde sus dos lugares se encontraban vacíos...
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JULIA. — En la bodega... ¡Víctor la había arrinconado entre dos frascos de dulce y había abusado
de ella!... ¡Cuando llegamos, era demasiado tarde, estaba muerta!
JULIA. — Como que la gula siempre es castigada... Naturalmente, mutis. Cada uno hizo como si
nada hubiera visto. En nuestra familia somos muy cosquillosos en cuestiones del honor
¿Usted sabe que Víctor tenía la roseta de la Legión de Honor?
LA SEÑORA GRAMPA. — (Con un semi-murmullo.) ¡Muerta! (Su cabeza cae hacia atrás.)
JULIA. — Vamos, señora Grampa. (Le golpea las manos, las mejillas.) ¡Usted no irá a marcharse!
LA SEÑORA GRAMPA. — (En un cuarto de murmullo.) ¡Yo querría!... ¡Aire! ¡Abran las ventanas!
JULIA. — (Aventándola con el sombrero.) ¡Y bien! ¡Y bien! ¡Yo soy la viuda, no usted!
LA SEÑORA GRAMPA. — (Aullando.) Abran las ventanas. Dejen regresar a los pájaros...
JULIA. — ¿Lo que usted quiere es su sombrero? Ahí está, se lo entrego. (Se lo vuelve a poner
sobre la cabeza.)
LA SEÑORA GRAMPA. — (En forma muy distinta.) ¡¡¡Cuando pienso que me he acostado con
ese monstruo!!!
LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Un hombre tan puntual! (Cayendo de rodillas y juntando las manos, a
la manera de Julia.) ¡Víctor, Víctor mío, dime que no es verdad!
JULIA. — ¡Víctor mío! (Golpeándose la frente y lanzando un grito.) ¡Ah! ¡Ya caigo! Debió pasar
entre el 21 de marzo y la mitad de julio... Le preguntaba: “En este momento, ¿qué es lo que
haces, mi grande?” Me respondía invariablemente con un fino resplandor en la mirada: “¡Me
engrampo! ¡Me engrampo! ¡Así era!
LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Ah! ¡Mi cabeza!... ¡Mi cabeza!... (Se vuelve a levantar.)
JULIA. — (Cayendo de rodillas a su vez.) ¡Víctor, te pido perdón...! ¡Debí hacerte desgraciado
para que te fueras a buscar consuelo con esta vieja lechuza!
LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Quién habla de lechuza? (Mira alrededor de ella con aire
completamente trastornado.)
JULIA. — Perdón, mi grande; vos, cuya sombra todavía cubre todas las cosas.
LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Quién es esta mujer? ¡Cómo parece sufrir! (Aproximándose a Julia.)
¿Señora, quién es usted?
JULIA. — (Cada vez más abismada en el dolor, y continuando su parlamento en el vacío.) ¿Quién
soy?... ¡Oh, destino cruel de la mujer que no puede ser sino siendo, que no puede
encontrarse sino perdiéndose!... ¿Cómo no puedo ser con el fin de ser, dado que el objeto
de mi pérdida no está más?
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LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Usted ha perdido algo, señora?
JULIA. — Simulo ser, pero al hacerlo engaño al universo, engaño a la brizna de hierba más
pequeñita, al menor brote, al menor renacuajo... Me engaño a mí misma y engaño a Víctor...
¡Perdón, mi grande!
LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Víctor? (Ese nombre parece remover algo doloroso en su pobre
cabeza.) Ese nombre lo he escuchado en alguna parte...
JULIA. — (Volviendo a levantarse.) Este cuerpo inútil, este cuerpo inútil que imita los gestos de los
vivos, no es más que una terrible vacuidad incapaz de dar realidad a la plenitud... ¡Viuda!
¡Soy viuda!
JULIA. — Estoy amputada, como la tierra del cielo. ¿Cómo?... ¿Cómo existir?... Me siento cada
vez más contaminada por mi apariencia.
JULIA. — El dolor ha hecho vacilar mi espíritu, las tinieblas se apoderan de mí... ¿Dónde estoy?
¿Es verdad que los granaderos de Napoleón se fueron a España para comer sandías?...
¿Quién es usted, señora?
JULIA. — Sobre todo cuando una pena inconmensurable lo habita. Diga, señora, ¿es verdad que
todo cuerpo hundido en un líquido recibe un empuje vertical de abajo para arriba, capaz de
proyectarlos hasta las estrellas?
LA SEÑORA GRAMPA. — Veamos, no diga tonterías... Aguarde, siéntese usted: ahí tiene dos
sillas que parecen haber sido creadas expresamente para usted y para mí.
JULIA. — (Mirando largamente las sillas.) ¡Son muy buenas! (Se sientan las dos juntas,
absolutamente igual que al comienzo de la escena. Largo silencio.)
LA SEÑORA GRAMPA. — Todo, en usted, deja suponer que ha atravesado pruebas terribles...
JULIA. — No se atraviesan nunca las pruebas, son las pruebas las que nos atraviesan.
LA SEÑORA GRAMPA. — Así como millares de espadas... Le pido perdón, me vuelvo lírica.
JULIA. — Volverse... Yo, he sido, pero ya no soy más... Hace muchísimo tiempo, muchísimo
tiempo, amaba a un hombre...
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LA SEÑORA GRAMPA. — Víctor.
LA SEÑORA GRAMPA. — Usted acaba de confesármelo hace un rato... Todas las mujeres aman
a un Víctor; les hace falta un monstruo para pretexto de su propio laberinto.
LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, desde hace algunos minutos. (Mostrando su cabeza.) ¡Me hace clic
ahí dentro!
JULIA. — ¿Clic?
JULIA. — Quizá, pero nadie me puede tocar, no soy sino una apariencia.
LA SEÑORA GRAMPA. — Debe tener razón. (Pausa. Y con otro tono.) Susana, entregame mi
sombrero.
JULIA. — ¿Tu...?
JULIA. — ¡Oh, qué lástima!... ¡Cinco minutos, sólo cinco minutos más!
LA SEÑORA GRAMPA. — Las máquinas de lavar, los niños que castigar, la carne que masticar,
los diarios que analizar... (Se levanta.) ¡Vamos, Susana, ánimo!... Volveremos mañana.
Mañana como ayer, como pasado mañana...
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JULIA. — ¡Oh! ¡Sí! Traé a tu loro; así grabaremos (Se levanta.) Y yo me pondré mi traje de novia
con un brazalete negro.
JULIA. — Hasta la vista, Honorina. (Se besan. Cada una se va por su lado, se vuelven al mismo
tiempo y...)
FIN
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