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Obaldia, Rene de.-EL DIFUNTO

Este resumen describe una obra de teatro titulada "El Difunto" de René de Obaldía. La obra presenta una conversación entre Julia, una viuda joven, y la señora Grampa sobre la muerte del esposo de Julia, Víctor, tres años atrás. Durante la conversación, Julia comparte detalles coloridos e inapropiados sobre la vida sexual de Víctor y su posible infidelidad, lo que incomoda a la señora Grampa. La conversación se vuelve más tensa a medida que Julia insiste en quedarse con el sombrero de la

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Obaldia, Rene de.-EL DIFUNTO

Este resumen describe una obra de teatro titulada "El Difunto" de René de Obaldía. La obra presenta una conversación entre Julia, una viuda joven, y la señora Grampa sobre la muerte del esposo de Julia, Víctor, tres años atrás. Durante la conversación, Julia comparte detalles coloridos e inapropiados sobre la vida sexual de Víctor y su posible infidelidad, lo que incomoda a la señora Grampa. La conversación se vuelve más tensa a medida que Julia insiste en quedarse con el sombrero de la

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EL DIFUNTO

de René de Obaldía

Estrenada en el Théâtre de Lutèce el 8 de julio de 1957.

Personajes
La señora Grampa
Julia

Nada de decorados. El acto puede transcurrir frente al telón. Inmediatamente después de los tres
golpes, Julia y la Sra. Grampa llegan, por los dos costados, arrastrando con ellas, dos sillas cada
una.
La señora Grampa, en la cincuentena, tiene un sombrero extravagante poblado de una multitud
de pájaros con picos terribles. Julia, de luto riguroso, ofrece el espectáculo de una viuda aún joven
y apetitosa. Ambas conducen sus sillas al medio de la escena, las colocan lado a lado, se sientan
y quedan silenciosas un momento. Al descubrirse de golpe, se levantan como si fueran dos
resortes.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Julia!

JULIA. — ¡Señora Grampa! (Se besan. Se vuelven a sentar. Pausa.)

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Hablando de la hora, hemos llegado a hora!

JULIA. — Sí... Expresamente, como lo hubiéramos querido...

LA SEÑORA GRAMPA. — Me siento feliz de verla. ¿Cómo está usted desde la última vez?

JULIA. — Usted sabe...

LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, sí, lo sé... ¡Pronto hará un año que nuestro querido Víctor nos ha
dejado!

JULIA. — Tres años, señora Grampa.

LA SEÑORA GRAMPA. — Tres años, eso es lo que quería decir. Tres años. ¡Cómo pasa el
tiempo tan rápido!

JULIA. — ¡Los minutos son los largos!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Por favor?

JULIA. — (Fuerte.) ¡Los minutos son los largos!

LA SEÑORA GRAMPA. — Por supuesto, por supuesto... sobre todo por la noche.

JULIA. — Sobre todo por la noche.

LA SEÑORA GRAMPA. — Víctor querido. (Lanza un suspiro.)


JULIA. — ¡La quería mucho, señora Grampa! Antes de que quedara mudo, a menudo me hablaba
de usted.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Dios mío! ¿Por qué tuvo esa idea de quedarse mudo?

JULIA. — La parálisis, querida, la parálisis... Comenzó por el lado derecho.

LA SEÑORA GRAMPA. — Por el lado del hígado.

JULIA. — ¿Por favor?

LA SEÑORA GRAMPA. — El lado del hígado. A la izquierda es el lado del corazón, a la derecha
el del hígado.

JULIA. — Es posible... Dése cuenta, mucho antes de su primera crisis no tendría que haber
desconfiado.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Si uno supiera!...

JULIA. — Nuestras... nuestras... relaciones... se espaciaban cada vez más.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Súbitamente interesada.) ¿Ah, sí?, cuénteme eso...

JULIA. — Esto entre nosotras, señora Grampa.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Julia!... usted conoce mi discreción... Así pues, usted me daba a
entender que sus relaciones...

JULIA. — En fin... mi marido era de aquellos que se pueden llamar un conejo caliente.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Un conejo caliente! (Cloquea.) ¡Adoro esa expresión!

JULIA. — Demasiado caliente... Sospecho que incendió todo el combustible que se encontraba a
su alrededor.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Oh!

JULIA. — El número de secretarias y de dactilógrafas que ascendieron estando a su servicio...

LA SEÑORA GRAMPA. — No es posible.

JULIA. — No crea que quiero cargarle la romana, pobre Víctor querido... ¡Gustosa le procuraría
todas las mujeres del universo si eso pudiera hacerlo salir de su tumba!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Usted iría hasta allí!

JULIA. — Más lejos aún, señora Grampa, más lejos aún... La pasión no se detiene en pequeños
detalles. El error que tuve, cuando vivía, fue, precisamente, detenerme. ¡Cuando pienso en
la escena que le hice a la cremera!

LA SEÑORA GRAMPA. — Porque... también la cremera...

JULIA. — ¡Todos sus quesos blancos en plena caída! (De pronto se deja caer de sus silla, se
arrodilla y junta las manos.) ¡Víctor, te pido perdón!

LA SEÑORA GRAMPA. — (Muy molesta.) Se lo ruego, siéntese... Si nos vieran...

El difunto - 2/9
JULIA. — (Vuelve a sentarse.) Perdóneme, el dolor me trastorna...

LA SEÑORA GRAMPA. — Si comprendo bien, ¿Víctor la descuidaba?

JULIA. — (Picada en lo más vivo.) ¿Yo? ¡Absolutamente no!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Y bien!...

JULIA. — Pero como se lo explicaba, antes de su parálisis, mi esposo ya no era el mismo... Nos
quedábamos, a veces, diez días, doce días, trece días sin...

LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, sí, sí, sí, sí, sí.

JULIA. — Primero me acusaba: Julia, sos fría; Julia, no alcanzás las cimas de tu Víctor; Julia, te
falta aliento...

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Era muy exigente?

JULIA. — ¿Exigente? Sí y no..., refinado sobre todo, refinado. Se llamaba Badouin, como usted
sabe, Víctor Badouin, pero en realidad descendía directamente de los “de Saintefoix Vilmure
de Saintonge”.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Con aire de sospecha.) ¿Cómo es eso?

JULIA. — Durante la Revolución, su antepasado, Jules de Saintefoix Vilmure de Saintonge, con el


fin de evitar algunos disgustos, tomó prestado el nombre de Badouin. Más exactamente,
había pagado a un cierto César Badouin para que fuera a hacerse guillotinar en lugar suyo.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Y ese señor Badouin se dejó cortar la cabeza por procuración?

JULIA. — ¡Oh! ¡Usted sabe, por la plata!... Esto, con el solo fin de explicarle algunas “sutilezas” de
mi difunto. Sangre azul corría por sus venas... ¿Usted, señora, una “de” las Grampas me
sigue por cierto?

LA SEÑORA GRAMPA. — La sigo, la sigo...

JULIA. — Pues, para volver a lo que nos ocupa, después de haberme excusado primero, me doy
cuenta de que exageraba mi incuria... en ese dominio... que mi frialdad podía nutrir ciertos
fuegos temibles... Otras anguilas están bajo esas rocas, pensaba... Entonces una noche,
que había regresado más tarde aún que de costumbre, fui a encontrarlo en el baño, cerré la
puerta con llave y le dije: “¡Víctor, ya tengo bastante! ¡Elige, o soy yo, o Bernabé!”.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Casi estrangulándose.) ¡Bernabé!

JULIA. — Sí, Bernabé, el nuevo contador.

LA SEÑORA GRAMPA. — (El aliento cortado.) Porque Víctor, el señor Badouin...

JULIA. — ¡Evidentemente, era un hermoso muchacho! ¡Sobre todo, los ojos! Nunca se hubiera
sospechado que aquellos ojos comieran cifras desde la mañana a la noche. ¿O quizás fuera
eso lo que le daba esa pureza... esa suerte de brillo matemático?

LA SEÑORA GRAMPA. — Veamos, mi querida Julia, ¿no se siente enferma?

JULIA. — La aburro con todas mis historias.

El difunto - 3/9
LA SEÑORA GRAMPA. — (Vivamente.) ¿Aburrirme? ¡Oh! ¡Nada de eso!... ¿Qué respondió
Víctor, cuando usted le habló de Bernabé?

JULIA. — Nada. Fue a partir de ese momento que se quedó mudo. La horrible enfermedad ya le
roía su médula de jefe de oficina... Y yo (Se golpea violentamente el pecho.), yo lo acusaba
a ese querido esteta, yo lo abrumaba, yo caía en la mezquindad, en pequeñas cuestiones de
pequeños puntos de vista... (De nuevo cae de rodillas.) ¡Víctor, te pido perdón!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Se lo ruego, Julia!

JULIA. — (Volviéndose a sentar.) Perdóname. Los remordimientos me matan.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Mirándola con ternura.) ¡Pobre ángel querido, pobre tulipán negro!

JULIA. — Qué buena es usted, señora Grampa. (Se deja caer sobre el seno de su amiga.)

LA SEÑORA GRAMPA. — (Cada vez más molesta.) ¡Veamos, Julia!... (Intenta enderezar es larga
flor sin tutor.) ¡Julia!... ¡No soy Víctor!

JULIA. — ¡Eso se dice!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Vamos, Julia, un poco de dignidad! ¡Póngase derecha! ¡Vamos!... (Se
pone derecha.)

JULIA. — Cada vez que encuentro a un amigo o amiga de Víctor, vuelvo a encontrar un poco de
él mismo. Hay un poco de Víctor en usted, señora Grampa.

LA SEÑORA GRAMPA. — Escuche, hija mía, yo también he sido viuda. Quiero decir: he conocido
muchas pruebas en el curso de mi existencia. No estoy muerta.

JULIA. — ¡Usted se muere, señora Grampa, créame, usted se muere!

LA SEÑORA GRAMPA. — (Maternal.) ¡Vamos! ¡Vamos! Usted todavía es joven... La Tierra


continúa girando, los hijos trepan a los árboles... Las niñitas saltan a la cuerda, el océano
toca la gaita... los pajaritos pían... Francia...

JULIA. — (Levantándose.) ¡Ah! ¡Los pajaritos! ¡Víctor quería tanto a los pájaros! (Con aire
extraviado se fija en el sombrero de la señora Grampa.) Señora Grampa, déme su sombrero.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Sorprendida.) ¡Mi sombrero!

JULIA. — Sí, su sombrero. ¡Su sombrero que es más que un sombrero, que es un gorjeo!
(Tendiendo las manos hacia el objeto codiciado.) Se lo ruego...

LA SEÑORA GRAMPA. — (Retrocediendo.) ¡Ni lo piense!... ¿Quiere que me vaya con la cabeza
desnuda?

JULIA. — Le daré el mío, si le gusta.

LA SEÑORA GRAMPA. — No tengo necesidad de que me guste. (Hundiéndose sólidamente su


sombrero en la cabeza.) Cada cosa en su lugar.

JULIA. — Le gustaban tanto los pájaros a Víctor... La primera vez que violó a una muchachita, le
pregunté, oh, muy suavemente para no resentirlo: “¿Víctor, por qué has hecho eso?” ¿Usted
no sabe lo que me respondió?

LA SEÑORA GRAMPA. — (Extremadamente pálida.) ¡Palabra que no!

El difunto - 4/9
JULIA. — “Porque se parecía un pajarito”. Mi Víctor era un poeta.

LA SEÑORA GRAMPA. — (A sí misma.) ¡No, no es posible! ¡Un hombre tan distinguido! Tan
puntual, nunca una palabra más alta que la otra...

JULIA. — Se lo ruego, querida amiga... (Terrible, de golpe.) Víctor me pide ese sombrero;
¡emplumado o desplumado, lo obtendré!

LA SEÑORA GRAMPA. — (Quitándoselo, temblorosa.) Ahí lo tiene, si es que eso la hace feliz.

JULIA. — (Saltando sobre el sombrero.) ¿Cómo se atreve a hablar de felicidad? (Examinando el


objeto y enterneciéndose.) ¡Oh! ¡Los hermosos pájaros! ¡Oh! ¡Los graciosos volátiles!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Julia, usted no está en su estado normal!

JULIA. — Porque usted, señora Grampa, ¿usted se cree en un estado normal?

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Si alguien pasara?

JULIA. — ¿Cómo?

LA SEÑORA GRAMPA. — Es decir... evidentemente, nunca se sabe. (Muy rápido.) El moho no


cobija a la piedra movediza. Más vale un pájaro en mano que cien volando... Perro que ladra
no muerde. Hábleme más de Víctor, del querido Víctor. La primera vez que lo encontré fue
en el entierro de su abuela... (Alegre.) ¿Se acuerda usted del entierro de su abuela? ¡Era en
primavera!

JULIA. — Me acuerdo... Él fue quien la mató.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Cómo?

JULIA. — Dése cuenta, a partir de cierta edad no morirse es indecente. No solamente indecente
sino, inmoral.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Aterrorizada.) Muy justo.

JULIA. — ¿Quiere que le cuente la historia?

LA SEÑORA GRAMPA. — Temo que se me haga tarde... Una charla, charla y las horas pasan...

JULIA. — Mi abuela, como muchos viejos, adoraba los dulces. La jalea de grosellas, sobre todo.

LA SEÑORA GRAMPA. — La jalea de grosellas.

JULIA. — Hubiera vendido su alma por un solo frasco. Un domingo de abril estábamos en familia
y nos dimos cuenta de que Víctor se había aproximado a su oreja deslizándole algunas
palabras en el tubo... Diez minutos más tarde sus dos lugares se encontraban vacíos...

LA SEÑORA GRAMPA. — (Sosteniéndose el corazón, respirando mal.) Mi corazón me deja.


Siento que mi corazón me deja.

JULIA. — ¿Dónde podían estar?

LA SEÑORA GRAMPA. — (Haciendo un gran esfuerzo.) Sí, ¿dónde podían estar?

El difunto - 5/9
JULIA. — En la bodega... ¡Víctor la había arrinconado entre dos frascos de dulce y había abusado
de ella!... ¡Cuando llegamos, era demasiado tarde, estaba muerta!

LA SEÑORA GRAMPA. — (En un murmullo.) ¡Muerta!

JULIA. — Como que la gula siempre es castigada... Naturalmente, mutis. Cada uno hizo como si
nada hubiera visto. En nuestra familia somos muy cosquillosos en cuestiones del honor
¿Usted sabe que Víctor tenía la roseta de la Legión de Honor?

LA SEÑORA GRAMPA. — (Con un semi-murmullo.) ¡Muerta! (Su cabeza cae hacia atrás.)

JULIA. — ¡Y bien! Señora Grampa, ¿qué ocurre?

LA SEÑORA GRAMPA. — (Entreabriendo su corpiño.) ¡Aire, aire!

JULIA. — Vamos, señora Grampa. (Le golpea las manos, las mejillas.) ¡Usted no irá a marcharse!

LA SEÑORA GRAMPA. — (En un cuarto de murmullo.) ¡Yo querría!... ¡Aire! ¡Abran las ventanas!

JULIA. — (Aventándola con el sombrero.) ¡Y bien! ¡Y bien! ¡Yo soy la viuda, no usted!

LA SEÑORA GRAMPA. — (Aullando.) Abran las ventanas. Dejen regresar a los pájaros...

JULIA. — ¿Lo que usted quiere es su sombrero? Ahí está, se lo entrego. (Se lo vuelve a poner
sobre la cabeza.)

LA SEÑORA GRAMPA. — (En forma muy distinta.) ¡¡¡Cuando pienso que me he acostado con
ese monstruo!!!

JULIA. — ¿Qué? ¿Qué es lo que usted dice?

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Un hombre tan puntual! (Cayendo de rodillas y juntando las manos, a
la manera de Julia.) ¡Víctor, Víctor mío, dime que no es verdad!

JULIA. — ¡Víctor mío! (Golpeándose la frente y lanzando un grito.) ¡Ah! ¡Ya caigo! Debió pasar
entre el 21 de marzo y la mitad de julio... Le preguntaba: “En este momento, ¿qué es lo que
haces, mi grande?” Me respondía invariablemente con un fino resplandor en la mirada: “¡Me
engrampo! ¡Me engrampo! ¡Así era!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Ah! ¡Mi cabeza!... ¡Mi cabeza!... (Se vuelve a levantar.)

JULIA. — (Cayendo de rodillas a su vez.) ¡Víctor, te pido perdón...! ¡Debí hacerte desgraciado
para que te fueras a buscar consuelo con esta vieja lechuza!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Quién habla de lechuza? (Mira alrededor de ella con aire
completamente trastornado.)

JULIA. — Perdón, mi grande; vos, cuya sombra todavía cubre todas las cosas.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Quién es esta mujer? ¡Cómo parece sufrir! (Aproximándose a Julia.)
¿Señora, quién es usted?

JULIA. — (Cada vez más abismada en el dolor, y continuando su parlamento en el vacío.) ¿Quién
soy?... ¡Oh, destino cruel de la mujer que no puede ser sino siendo, que no puede
encontrarse sino perdiéndose!... ¿Cómo no puedo ser con el fin de ser, dado que el objeto
de mi pérdida no está más?

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LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Usted ha perdido algo, señora?

JULIA. — Simulo ser, pero al hacerlo engaño al universo, engaño a la brizna de hierba más
pequeñita, al menor brote, al menor renacuajo... Me engaño a mí misma y engaño a Víctor...
¡Perdón, mi grande!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Víctor? (Ese nombre parece remover algo doloroso en su pobre
cabeza.) Ese nombre lo he escuchado en alguna parte...

JULIA. — (Volviendo a levantarse.) Este cuerpo inútil, este cuerpo inútil que imita los gestos de los
vivos, no es más que una terrible vacuidad incapaz de dar realidad a la plenitud... ¡Viuda!
¡Soy viuda!

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Ah! ¡Usted es viuda! Me lo decía, también...

JULIA. — Estoy amputada, como la tierra del cielo. ¿Cómo?... ¿Cómo existir?... Me siento cada
vez más contaminada por mi apariencia.

LA SEÑORA GRAMPA. — Vamos, vamos, usted exagera por cierto.

JULIA. — El dolor ha hecho vacilar mi espíritu, las tinieblas se apoderan de mí... ¿Dónde estoy?
¿Es verdad que los granaderos de Napoleón se fueron a España para comer sandías?...
¿Quién es usted, señora?

LA SEÑORA GRAMPA. — Su amiga, su amiga.

JULIA. — Debo haberla encontrado antes...

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡El mundo es tan pequeño!

JULIA. — Sobre todo cuando una pena inconmensurable lo habita. Diga, señora, ¿es verdad que
todo cuerpo hundido en un líquido recibe un empuje vertical de abajo para arriba, capaz de
proyectarlos hasta las estrellas?

LA SEÑORA GRAMPA. — Es exacto.

JULIA. — Entonces voy a ahogarme.

LA SEÑORA GRAMPA. — Veamos, no diga tonterías... Aguarde, siéntese usted: ahí tiene dos
sillas que parecen haber sido creadas expresamente para usted y para mí.

JULIA. — (Mirando largamente las sillas.) ¡Son muy buenas! (Se sientan las dos juntas,
absolutamente igual que al comienzo de la escena. Largo silencio.)

LA SEÑORA GRAMPA. — Todo, en usted, deja suponer que ha atravesado pruebas terribles...

JULIA. — No se atraviesan nunca las pruebas, son las pruebas las que nos atraviesan.

LA SEÑORA GRAMPA. — Así como millares de espadas... Le pido perdón, me vuelvo lírica.

JULIA. — Está perdonada.

LA SEÑORA GRAMPA. — Gracias. (Pausa.) ¿Qué es lo que usted me perdona?

JULIA. — Volverse... Yo, he sido, pero ya no soy más... Hace muchísimo tiempo, muchísimo
tiempo, amaba a un hombre...

El difunto - 7/9
LA SEÑORA GRAMPA. — Víctor.

JULIA. — ¿Cómo lo sabe?

LA SEÑORA GRAMPA. — Usted acaba de confesármelo hace un rato... Todas las mujeres aman
a un Víctor; les hace falta un monstruo para pretexto de su propio laberinto.

JULIA. — Usted dice cosas muy fuertes, señora.

LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, desde hace algunos minutos. (Mostrando su cabeza.) ¡Me hace clic
ahí dentro!

JULIA. — ¿Clic?

LA SEÑORA GRAMPA. — ¡Clic!

JULIA. — Es eso: ¡Clic! (Silencio.) Lleva un lindo sombrero.

LA SEÑORA GRAMPA. — (Quitándoselo y examinándolo.) ¿Le parece?... Se lo doy. (Se lo da a


Julia.)

JULIA. — Gracias, lo pondré en mi pajarera.

LA SEÑORA GRAMPA. — ¿Por favor?

JULIA. — Lo pondré en mi pajarera.

LA SEÑORA GRAMPA. — Usted es emocionante, verdaderamente emocionante.

JULIA. — Quizá, pero nadie me puede tocar, no soy sino una apariencia.

LA SEÑORA GRAMPA. — Debe tener razón. (Pausa. Y con otro tono.) Susana, entregame mi
sombrero.

JULIA. — ¿Tu...?

LA SEÑORA GRAMPA. — Sí, deben ser las seis, por lo menos...

JULIA. — ¡Oh, qué lástima!... ¡Cinco minutos, sólo cinco minutos más!

LA SEÑORA GRAMPA. — No, te aseguro, es necesario regresar, mi codorniz chiquita.

JULIA. — No en seguida... Hoy estamos sublimes... ¡Qué diálogo! Aún tiemblo.

LA SEÑORA GRAMPA. — Yo también. No me siento la misma... El momento de la abuela y el


frasco de dulce... Pero el tiempo pasa y están las contingencias.

JULIA. — ¡Las contingencias!

LA SEÑORA GRAMPA. — Las máquinas de lavar, los niños que castigar, la carne que masticar,
los diarios que analizar... (Se levanta.) ¡Vamos, Susana, ánimo!... Volveremos mañana.
Mañana como ayer, como pasado mañana...

JULIA. — ¿Volveremos a hablar de Víctor?

LA SEÑORA GRAMPA. — Si vos querés. Y traé a mi loro.

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JULIA. — ¡Oh! ¡Sí! Traé a tu loro; así grabaremos (Se levanta.) Y yo me pondré mi traje de novia
con un brazalete negro.

LA SEÑORA GRAMPA. — De acuerdo... Hasta la vista, mi Susanita.

JULIA. — Hasta la vista, Honorina. (Se besan. Cada una se va por su lado, se vuelven al mismo
tiempo y...)

LA SEÑORA GRAMPA. — Mañana...

JULIA. — A la misma hora... (Desaparecen como habían venido.)

FIN

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