Psicología Educativa: Desarrollo Infantil
Psicología Educativa: Desarrollo Infantil
CONTENIDO
. Competencias
ANEXO : Examen.
COMPETENCIAS
psicológicos.
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
PRECISIONES TERMINOLOGICAS
Las fuerzas intrínsecas inherentes a la naturaleza del individuo, es decir, los caracteres reales y
potenciales que forman la dotación genética del organismo, constituyen la herencia.
Los estímulos procedentes del medio físico, factores químicos, climáticos y del ambiente
sociocultural, promueven, modifican y completan el desarrollo. De estos elementos ambientales, unos,
como los físicos, tienen una clara repercusión sobre el crecimiento; otros, como los que se deben al
medio sociocultural, ejercen su Influencia de modo particular sobre el desarrollo.
No se puede decir que el desarrollo sea producto de la herencia; la defensa de esta idea implica
caer en un determinismo genético. Ahora bien, se puede afirmar con rigor que ninguna faceta del
desarrollo está libre de influencias hereditarias, y que el medio físico y social ejerce también su influencia
sobre el desarrollo del ser humano. En uno y otro caso resulta verdaderamente difícil concretar qué
rasgos del desarrollo son debidos a la herencia y cuáles al medio ambiente.
Parece sé que la herencia fija el alcance y la dirección general del desarrollo. Gordon W. Allport
llega aún más lejos cuando afirma que: "Las tres principales materias primas de la personalidad, el
físico, las dotes de la inteligencia y el temperamento, están genéticamente determinadas por la herencia
estructural y sólo son ligeramente alteradas por las condiciones subsiguientes al nacimiento. Son éstos
los efectivos agentes de la herencia que actúan en todas las edades influyendo sobre el desarrollo de los
rasgos y aptitudes. A veces aceleran la influencia estructuradora del ambiente; a veces la limitan, pero
siempre su fuerza se hace sentir". Sin embargo, la interacción de la herencia y el medio ambiente es la
verdadera causa que produce el desarrollo y que influye poderosamente en el desenvolvimiento de las
facultades físicas, intelectuales y morales del individuo.
Hay rasgos de conducta que se hallan determinados por el medio ambiente. Gran parte de los
intereses de carácter cultural, profesional, político, religioso o económico son estimulados y encauzados
por el contexto sociocultural en que el individuo se desenvuelve. Igualmente ocurre con el desarrollo del
lenguaje. Se ha comprobado que este desarrollo depende de las relaciones del niño con los otros
miembros del medio familiar, y que los
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sujetos procedentes de medios urbanos superan a los de medios rurales en cuanto a nivel de
vocabulario. Este hecho se explica porque el lenguaje nace y se desarrolla en virtud de un proceso
mimético: por pura imitación articulatoria de lo que el niño oye a las personas que conviven con él.
J. E. Anderson sostiene que el lenguaje del niño que vive con personas adultas o es hijo único,
se desarrolla con más rapidez que el de aquellos que tienen hermanos mayores, y en uno y otro caso
más aceleradamente que el del niño que convive con otro de su misma edad, como ocurre con los
hermanos gemelos. Las razones a las que alude Anderson resultan muy convincentes:
- En el primer caso, el niño imita el lenguaje de los adultos que conviven con él, los cuales se
encuentran en una fase de pleno desarrollo lingüístico.
- En el segundo caso, imita el lenguaje de los hermanos mayores, que, si bien se hallan en una fase
lingüística más avanzada que la suya, no deja de estar llena de Incorrecciones,
- Por último los hermanos gemelos tienden a imitarse entre sí, sin acomodarse a ningún patrón
lingüístico. Por hallarse en una fase inicial, las incorrecciones, tanto articulatorias como de construcción
gramatical, suelen ser considerables.
El juego, por ejemplo, ha sido tomado por gran número de psicólogos como muestra evidente
de la existencia de una diferenciación biológica entre los sexos, que se manifiesta ya en los primeros
años de la Infancia. Así, se acostumbra a decir que las niñas juegan a las muñecas a causa de un
impulso emocional típicamente femenino; como obedeciendo a un oculto instinto maternal. En la isla de
Manus, a consecuencia de una estricta división del trabajo, la mujer pasa prácticamente todo el día
dedicada los quehaceres domésticos, siendo el hombre el encargado de cuidar a sus hijos,
acompañarles en sus juegos e iniciarles en el dominio de determinados usos sociales. Por consiguiente,
el contacto afectivo del padre con la prole, durante los primeros años de la vida del niño, cobra en este
lugar una mayor importancia que los habidos entre la madre y los hijos.
Al repartir unas muñecas entre los niños y niñas de la isla de Manus, donde se desconocía
este tipo de juguetes, sólo los varones las aceptaron y a imitación del padre, cuidaban de la muñeca y
la mimaban, desarrollando una conducta que se ha aceptado en Occidente como característicamente
maternal.
Ha existido una creencia muy generalizada entre los psicólogos, según la cual el nacimiento
de un determinado módulo de conducta, motriz, adaptativa, social, era un rasgo de la personalidad
que aparecía coincidiendo con una edad cronológica más o menos fija. Si bien esto último es cierto, el
supuesto anterior no es válido desde el momento en que se pierde de vista el proceso que había
originado el nacimiento de ese módulo de reacción.
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misma surge por generación espontánea. Su aparición implica, por el contrario, todo un proceso de
desenvolvimiento progresivo que, partiendo de lo que es meramente potencial en el individuo, se va
actualizando a lo largo del tiempo hasta hacerse patente en unos determinados módulos de
conducta.
Arnold Gesell describe de este modo las distintas etapas por las que atraviesa el desarrollo
motriz del niño hasta llegar a conseguir un cierto control motor y postural:
TIEMPO DESARROLLO
4 semanas
Marcada pendulación, hacia atrás, de la cabeza. Reposa en la actitud de
reflejo tónico-cervical; la cabeza bien girada a un costado, un brazo en
extensión hacia ese lado y el otro flexionado cerca del hombro u occipucio.
Las manos están fuertemente apretadas.
Cabeza firme. Postura del cuerpo, cuando está echado, simétrica. Manos
16 semanas
abiertas.
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el paso de la corriente nerviosa desde los órganos sensoriales hasta la médula espinal o el cerebro y de
aquí a los músculos, encargados de la respuesta motora. La sucesión de las primeras reacciones motoras
en diferentes etapas se explica por la mielinización progresiva de las vías sensitivas motrices.
Del mismo modo que existe un desarrollo físico, gradual, continuo y ordenado, existe un
desarrollo mental que obedece a estos mismos principios.
Alpert y Roberts han demostrado recientemente que los niños en edad preescolar son capaces
de resolver problemas. Alpert realizó su estudio con un grupo de 40 niños, de edad comprendida entre
los diecinueve y veinticuatro meses. La prueba consistía en llegar hasta un objeto colgante, para lo cual
se les suministró un material compuesto de sillas, varios taburetes y la tapadera de una caja; para
superar la prueba era necesario seleccionar el material más Idóneo y disponerlo, a continuación, de tal
forma que el niño pudiera llegar hasta el objeto.
Una variante de la prueba anterior consistió en colocar a los niños en un patio de recreo y
situar el objeto fuera del mismo, pero visible a través de una verja. Se les suministró una serie de
instrumentos entre los cuales debían seleccionar aquellos que tuviesen valor de medios para la solución
del problema. Hubo un setenta y dos por ciento de soluciones posibles, lo que puso de manifiesto la
capacidad de los alumnos para comprender la prueba y elegir los medios más adecuados para hallar su
solución.
El experimento anterior demuestra que el niño es capaz de una conducta racional, incluso en
los primeros años de su vida. El planteamiento del problema ha de estar necesariamente unido a la
visión de unas premisas muy concretas: los medios o instrumentos que se le facilitan al niño; pero la
solución del mismo implica una relación entre los medios y el objetivo a conseguir que es totalmente
inteligente.
El hecho de que esta conducta racional pueda aplicarse a la solución de otros problemas - los
de tipo numérico, por ejemplo - será simplemente el resultado de un proceso de desarrollo posterior.
DESARROLLO Y APRENDIZAJE
Se necesita un cierto nivel de desarrollo para que el niño pueda coordinar y controlar su
modicidad; arrastrarse, caminar o saltar son acciones que realiza no como consecuencia de un
aprendizaje externo, sino en función de una maduración biológica. Hasta que ciertos conductos
nerviosos se mielinizan o determinados centros nerviosos maduran, estas actividades son imposibles,
pero una vez que los procesos internos del crecimiento y desarrollo han preparado los mecanismos
nerviosos apropiados, tales funciones aparece, sin que influyan la experiencia o el aprendizaje.
Gesell y Thompson llevaron a cabo una serle de experimentos con un par de gemelas
monozigóticas, a fin de comprobar si la adquisición de una determinada habilidad era debida al ritmo
de desarrollo y nivel de maduración del individuo o si, por el contrario, era consecuencia de un
entrenamiento o modificación impuesta desde fuera.
La prueba se inició a la edad de cuarenta y seis semanas, después de haber observado que, en
situaciones iguales, la conducta seguida por ambas gemelas era semejante. En efecto, colocadas ante
una escalera sólo acertaron a levantar un pie, sin que pudieran apoyarlo sobre el primer peldaño.
A partir de entonces se sometió a la gemela A, a una intensa preparación durante seis
semanas, en tanto que la gemela B permanecía ajena a toda actividad. Una semana después de
haber finalizado con la gemela A, comenzó la preparación de la B, a quien se entrenó por espado de
dos semanas. Al finalizar este plazo, no sólo había alcanzado a la gemela A, sino que la había
superado. Una semana más tarde, cuando la edad de las gemelas era de
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cincuenta y seis semanas, al realizar nuevamente el ejercicio, el tiempo Invertido por ambas fue
aproximadamente, el mismo.
Los resultados demostraron que a una edad determinada ambas gemelas realizaban la tarea
de subir la escalera con igual perfección; la capacidad había sido promovida por el crecimiento y el
desarrollo desde dentro y no por reparación o ejercitación desde fuera.
Los estudios experimentales de Gesell y Thompson son de una gran trascendencia desde el
punto de vista educativo. Con ellos se ha demostrado:
- La necesidad de acomodar el aprendizaje al ritmo del desarrollo, principio que, llevado al terreno de lo
estrictamente escolar, obliga a programar las materias de enseñanza teniendo en cuenta las
posibilidades de adquisición de los alumnos. De este modo desarrollo y aprendizaje serán dos procesos
sincrónicos.
- El aprendizaje que se inicia antes del desarrollo puede producir un adelanto temporal o bloquear la
capacidad de reacción del alumno, no produciéndose entonces adelanto alguno. Se ha podido
comprobar que un gran número de los fracasos escolares son consecuencia de los sentimientos de
insuficiencia que se desarrollan en los escolares al enfrentarles con tareas que escapan a sus
posibilidades de realización.
La segunda infancia comprende de los tres a los siete años de la vida del niño y se caracteriza
por un despliegue de energías y una continua actividad, centrada fundamentalmente en el proceso de
crecimiento. El niño de esta etapa comienza a tomar contacto y establecer enlaces con el mundo exterior,
personal y real, dibujando poco a poco su propia posición. Aunque el egocentrismo es su rasgo
dominante, ya se apuntan ahora los primeros atisbos de sociabilidad y de un acentuado interés por las
cosas; es la típica edad de los "por qué". Paulatinamente emerge la conciencia del "yo" como una especie
de energía que se sitúa frente al medio, sobre todo cuando le ofrece resistencia. Como reacción a esta
serie de obstáculos, fomenta un sistema de defensas que se determinan la aparición de ciertos
fenómenos, como la "testarudez", que no tiene más sentido que el de ensayar un aprendizaje de lo que
será el ejercicio de la propia autonomía. El centro del mundo del niño son los padres, especialmente la
figura de la madre, de quienes copia gestos y palabras; posteriormente tratará de indagar el origen de las
cosas buscando el concurso de los mayores. El sentimiento le inducirá a buscar la aprobación de los
demás para afianzarse en el logro de metas personales.
El despliegue de energías ha de encontrar un cauce altamente constructivo con la aparición del
juego. Mediante la actividad lúdica el niño comienza a hacerse más social, entra a formar parte de grupos
y se halla estimulado a la manifestación de su dinamismo, encontrando, al mismo tiempo, un cauce para
su fantasía, ya que con esta actividad nace su
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tendencia a dar vida a objetos y seres inanimados, los cuales utiliza como instrumentos de juego hasta
convertirlos en recursos necesarios para su enriquecimiento.
Desde el punto de vista del lenguaje, el niño va ganando en expresividad; manifiesta y declara
sus estados de ánimo. Antes de los cuatro años expresa sus primeros juicios y el vocabulario se
enriquece por el contacto que mantiene con las personas que le rodean. Una nota del lenguaje infantil en
esta etapa es su carácter Individualista, en contraposición al carácter social del lenguaje adulto.
El razonamiento y la voluntad comienzan a desarrollarse en esta etapa, constituyendo una
base sólida en beneficio de la futura personalidad adulta del niño. De ahí que el educador tenga que
respetar, y aun fomentar, estas manifestaciones, que vienen a ser los primeros datos de un despliegue
posterior de posibilidades.
MADUREZ PSICOMOTRIZ:
SU EDUCACIÓN
La normal evolución del niño habrá permitido que al llegar éste a la segunda infancia, posea
una serle de movimientos con os que se sentirá más seguro de sí mismo, aceptando, por tanto, de una
manera más completa el mundo que le rodea y sus exigencias. Hacia los cinco años la actividad motriz
alcanza su punto más alto; el niño corre, salta, trepa y le cuesta gran trabajo mantenerse Inactivo en un
lugar determinado; en el fondo de su comportamiento hay una gran tendencia a cambiar de un sitio a
otro y a provocar nuevas situaciones que le sirvan de aprendizaje. Muchas de sus manifestaciones
externas sirven para descargar tensiones que pudieran perjudicarle, caso de no encontrar un cauce en
su modicidad.
Prefiere la deambulación; en sus paseos explora el mundo que le rodea y no deja de disimular
una cierta felicidad al comprobar lo positivo de esta relativa autonomía. Su conducta va adquiriendo
madurez a partir del desarrollo normal de sus facultades físicas.
Los períodos del crecimiento se consolidan dando paso a fases más estables, como si hubiese
una clara tendencia a conseguir un equilibrio total. En esta etapa de la evolución, el niño puede presentar
una cierta analogía con lo que fueron las etapas anteriores: el equilibrio entre miembros y fundaciones
contrapuestas, el uso preferente de uno u otro lado de sus extremidades, el mayor despliegue de la
utilización de ojos y manos, el aprendizaje de los movimientos coordinados, así como el afianzamiento
de actividades puramente personales, van a constituir un campo amplio donde la madurez psicomotriz
tendrá su más positiva manifestación.
Una vez que el niño ha adquirido una habilidad motriz con la exteriorización de un dominio
concreto, su interés se concentra dentro de esa misma dirección en el aprendizaje de mecanismos más
complicados. La actividad escolar en esta etapa ha de orientarse hacia la utilización de trabajos para que
el sujeto logre el perfeccionamiento de todos los mecanismos que hagan progresar su capacidad de
superación de obstáculos.
La educación de todas estas facetas de la conducta infantil requiere el establecimiento de
unas normas en las que impere la espontaneidad, el libre ejercido de la agilidad, el desarrollo, en fin,
de sus facultades físicas, cuidando al mismo tiempo que ninguna de ellas perjudique su normal
crecimiento físico. Los juegos al aire libre son siempre un excelente medio para la madurez del
desarrollo motriz.
Hay que insistir en la necesidad y conveniencia de utilizar el juego como medio de encauzar
debidamente las energías del niño y conseguir una mejor realización de sus posibilidades dentro del
cuadro de la madurez psicomotriz. El juego para el niño no debe concebirse exclusivamente como
algo que le sirva de distracción; puede afirmarse
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perfectamente con Gross que la actividad lúdica es una preparación para la vida o, como dice Spencer, el
desgaste de un exceso de energías.
Es evidente que no se puede dejar a un lado la observación de esta faceta de la conducta
infantil, puesto que en ella se encierran un conjunto de posibilidades que deben ser aprovechadas en
beneficio de la educación completa del sujeto.
Desde el punto de vista práctico pueden indicarse las siguientes ideas fundamentales en tono
al juego infantil:
- El juego infantil no empieza absolutamente en la segunda infancia. Ya en la etapa anterior el niño
juega con su gorjeo o se divierte con su propio cuerpo. Más tarde juega para ponerse en pie hasta que
consigue caminar, correr o saltar.
El sentido profundo del juego consiste en considerarlo como un ejercicio preparatorio; ejercicio que
posee dos características importantes: el ser sugestivo y el ser sustituido. Es aprendizaje sugestivo
porque en él encuentra el niño un cauce para su deseo de imitación automática. Juega a todo lo que ve
en la vida real: el hijo del labrador juega a arar la tierra y con frecuencia se le ve llevar dos supuestas
muías al abrevadero; el hijo de un comerciante juega a vender ciertas mercancías a sus amigos, etc.
pero el juego es, además, sustitutivo porque jugando imita aquello que quiere o le agradaría ser. No
imita lo vulgar, sino que en su tarea lúdica expresa el sentimiento de aquello que, entonces, le gustaría
ser: ingeniero, militar, héroe. Y la niña querrá ser todo aquello que le ayude a sustituir lo arduo por tas
formas más fáciles. Estas dos notas apuntan a reafirmar el deseo de adaptación a la realidad: empieza
a conocer y quiere dominarla y, como no puede hacerlo con las cosas reales, manipula las irreales; de
aquí nace su sentido por lo "maravilloso" y "mágico".
- Al niño de la segunda infancia hay que concebirlo "soñando", moviéndose en un mundo de fantasía.
Sin esta realidad no puede explicarse el fenómeno del juego.
- En el juego el niño obra "como si..." La niña actúa como si fuera mamá; y el niño como si fuera un
marino; y como si la silla o el cojín o la banqueta fueran un coche en el que pasea toda la tarde, sin
cansarse. El niño quiere, pues, imitar; actitud que corresponde a la etapa del juego simbólico, es decir,
ejecuta sus juegos como si acciones y representaciones fueran verdad. Otras veces será el juego libre
que se realiza por propio impulso. Más tarde aparecerá el juego dirigido, al que corresponde un
interesante papel formativo. La última etapa será la del juego reglamentado, que ya es típico de la
tercera infancia. Es un modo de afirmar el propio "yo".
- Todo juego es una preparación para la vida adulta, pues el niño permanece serlo mientras juega a
que lee, aunque no lea, y la niña está seria cuando acuna y habla a su muñeca. Y si juegan varios
juntos y uno exclama: "¡no vale!", todos se afanan por ver qué ha ocurrido. En este caso resulta que
alguno ha quebrantado la seriedad del reglamento. Si aparece algo nuevo, no previsto, todos se
reúnen para reglamentar esta situación. Así se establece un principio o nueva ley que es aceptada en
medio de una gran seriedad.
- Hay notables sugestiones respecto a las diferencias de sexo en el momento de jugar. Tanto los niños
como las niñas ven y observan coches, muñecas, soldados, cazuelas y ropas. Unos y otras crecen en fa
misma casa y escuchan las mismas cosas. Pero cuando brota el impulso del juego el niño hace de
conductor, mecánico, soldado, etc., mientras que la niña finge ser ama de casa, enfermera o ejecuta
funciones del lavado de ropa.
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- El valor educativo del juego radica en que facilita la realización de muchos "papeles" y fomenta un
espíritu decidido. Con él aprende a valerse por sí solo, a defenderse, a dominar a los que le rodean y
cultiva la obediencia, la justicia, el compañerismo y el espíritu de equipo.
- Consecuencia Importante es que, en general, hay que dejar al niño Jugar libremente y según su
"magia". Una interferencia por parte del adulto contribuye a la disminución del carácter constructivo del
juego. El peligro se halla en corregir un juego espontáneo, amordazando la riqueza de su imaginación. Lo
más aconsejable es dejarle jugar respetando las horas que debe dedicar a esta actividad.
- Cuando se Interfiere bruscamente la actividad de un juego, el niño responde casi siempre de forma
agresiva. Y sí no actúa con agresividad, lo hará con regresión que, en definitiva, es sólo una huida de la
propia y espontánea maduración.
MADUREZ INTELECTUAL:
VIAS DE MADURACIÓN
Las primeras fundones del conocimiento las adquiere el niño cuando observa a las personas
que le rodean colocadas en diferente espacio. Estos primeros conceptos empiezan a formarse en su
mente cuando una palabra designa algo conocido por la experiencia. Naturalmente, estos conceptos o
nociones son totalmente globales en su comienzo, ya que el sentido analítico en el conocimiento
aparecerá más tarde.
El niño no puede hacer todavía comparaciones entre las diferentes características de los
objetos; los reconoce sobre una base de percepción totalmente sensorial.
Los primeros juicios, que suelen aparecer alrededor de los cuatro años, son muy elementales
y van siempre cargados de subjetividad. No debe olvidarse que esta etapa es eminentemente
egocéntrica y hasta en sus "razonamientos" el niño no duda en ir contra los más elementales principios
(de contradicción y de causalidad), porque "su lógica" obedece más bien a lo que desea que a la misma
realidad.
Percibir requiere un cierto Interés provocado por un estímulo, de tal manera que gracias a
estas estimulaciones se puede enseñar al niño a ver, oír, explorar las cosas y todo cuanto pueda serle útil
para su desarrollo posterior. De esta forma el conocimiento debe ser dirigido hacia las cosas que rodean
al sujeto y le puedan Interesar; pero habrá que adoptar la postura de responder a sus preguntas con
claridad y sencillez y enderezar sus juicios estando junto a él en el momento de comenzar el desarrollo
de "razonamiento lógico".
Para toda la actuación educativa que lleva consigo la consecución de estas metas es muy útil
el cultivo del dibujo espontáneo, ya que a través de él se comenzará a apreciar la madurez de sus
capacidades perceptivas, sea en lo relativo a la forma, orientación, coordinación, tamaño, etc., sea en
lo puramente intelectual, sin olvidar lo que puede suponer el perfeccionamiento de la imaginación
Inventiva e Interpretativa. Por otra parte, el mismo dibujo ha de ayudar a captar con más fuerza y
realismo las características del ambiente que rodea al niño en su vida ordinaria. Gradas a él se podrán
descubrir más y más estímulos para su perfeccionamiento.
Otro aspecto interesante es el del desarrollo del mundo fantástico del niño. Si al hablar del
juego se ha dicho que en el carácter mágico del mismo se encierran grandes posibilidades, es preciso
afirmar también ahora que los primeros conocimientos deben responder - en la mayor medida posible
- a la realidad, puesto que en ella está la base para una mejor construcción de un esquema mental
duradero. Los niños no tienen el suficiente número de experiencias que le permitan distinguir el
mundo real del imaginativo. Fácilmente
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se identifican con los personajes que crea su vida imaginativa, ampliando su capacidad de proyección e
identificación hasta límites insospechados. Por eso no es desacertada la afirmación de Stern al decir que
"las hadas y las brujas no son más que personificación cuantitiva de cualidades muy conocidas",
mientras que para Wolf "los cuentos tienen el mismo tipo de estructura que las fantasías de un niño que
jamás los ha oído".
La educación, pues, de la vida imaginativa del niño, en esta edad, debe hacerse teniendo en
cuenta todo aquello que sea valioso en orden a fomentar en el sujeto los estímulos que cultivan la mayor
realización de su capacidades de identificación con otros personajes; pero, lógicamente, habrá que
cuidar los peligrosos excesos que pueda ocasionar una transposición desatentada.
A la fase en la que los afectos del niño están regulados por el placer y displacer en relación con
las funciones más elementales, sigue una etapa en la que entran en juego los resortes del interés en
relación consigo mismo. Su afectividad, aún sin una clara diferenciación, le conduce a interesarse de
manera especial por sí mismo y las cosas que directamente le afectan. No conoce cuándo un objeto
puede ser nocivo, apareciendo entonces el conflicto entre su obstinación y la voluntad que el adulto trata
de imponerle por todos los medios.
Surgen entonces las primeras manifestaciones en contra de las personas desconocidas;
manifestaciones que tienen un carácter esencialmente defensivo y apoyadas en un fuerte componente
instintivo. Hada los cuatro años de edad aparecen los primeros sentimientos de culpa por las faltas que
comente el sujeto. En general, se suele abusar - como método educativo cómodo, pero
contraproducente - de tas ideas excesivamente moralizantes con que se consigue una conducta sumisa
y dócil, pero psicológicamente represiva. Si bien es verdad que estos primeros brotes son la mejor
ocasión para inculcar en el niño las ideas de premio y castigo, no se puede desconocer que la íntima
conexión entre moralidad y afectividad llega a provocar algunos traumas que deben ser evitados.
Las manifestaciones afectivas en estos años responden a una necesidad de amor; el niño
desea querer a quien le manifiesta afecto, siendo los sentimientos de hostilidad una clara respuesta a la
privación que se le impone de algo que le agrada. La "buena" o "mala" conducta va muy ligada a lo
afectivo: el niño trata de ser bueno cuando esta actitud es un instrumento para conseguir una
gratificación, mientras que reacciona de manera menos bondadosa para el ambiente cuando es objeto
de un trato inadecuado o que él estima como tal.
La afectividad es la causante de la aparición de los celos. Estos suelen estar dirigidos hacia un
hermano menor, o una persona a la que se siente vinculado en afectos y sentimiento, etc., tomando
cuerpo la celotipia al sentirse aislado o como "dejado de lado" por las personas que le rodean. La
agresividad o el retraimiento suelen ser las dos formas más típicas de reacción en estas circunstancias. Y
es el momento en que las oscilaciones de su vida afectiva pueden ser más virulentas, manifestadas,
fundamentalmente, a través de rabietas, agresiones, deseo de molestar o de perturbar la paz de los que
están con él. '
La educación afectiva del niño necesita un apoyo biológico que condiciona su comportamiento
posterior. El niño pequeño necesita el contacto físico como manifestación de cariño; de ahí que las
caricias de la madre no sean sólo un exponente de una ligazón afectiva, sino un verdadero alimento para
su afectividad, ya que se siente apoyado y seguro bajo ese amparo. El deseo que tiene el niño de ser
tomado en brazos, los besos, las carantoñas de la madre o de los adultos, le son imprescindibles; su
necesidad aumenta en relación a la menor edad que tenga. Paulatinamente irán disminuyendo estas
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manifestaciones, pero todo ello pone de relieve hasta qué punto la vinculación psicoblológica infantil
atraviesa por etapas de una estrecha intimidad, hasta llegar a formas más independientes de
comportamiento: embarazo, lactancia, adquisición de hábitos primarios al lado de la madre, etc., con las
violentas rupturas psicoafecüvas del parto, destete y abandono del hogar para la incorporación a la vida
comunitaria de la escuela y el grupo.
Tal vez la educación de la afectividad sea uno de los aspectos más descuidado en todo sistema
pedagógico. Sin embargo, se hace cada vez más patente la necesidad de educar en este aspecto al niño,
al adolescente y al adulto. No hay madurez total sin integración de cuantas fuerzas intervienen en el
complejo armónico de la estructura de la personalidad, y la afectividad es un elemento Integrador que
no puede descuidarse como se ha venido haciendo hasta ahora. Muchos conflictos de personalidades
aparentemente adultas están enraizados en ese terreno que nadie ha tocado, tal vez por sentirlo muy
unido otros en los que la multiplicación de tabúes ha ocasionado una rémora pesada para la educación
integral.
MADUREZ SOCIAL:
EDUCACION EN FAMILIA
El niño se pone en comunicación con el ambiente que le rodea por medio del lenguaje y de la
acción. Esta última se centra en el juego, pero desde el juego solitario del sujeto que manipula y se
entretiene con los pies y manos de su propio cuerpo, hasta las formas más perfectas de colaboración
con otros, hay toda una gama de aprendizaje social de gran trascendencia. El niño busca la afirmación
del "yo", desea destacar en los juegos en grupo, y el carácter social de la actividad lúdica le va
empujando por el camino que le permite una perfecta integración en grupos más amplios de
comportamiento. Su personalidad se manifiesta paulatinamente, en relación con los otros, a través de
la simpatía, la timidez hacia los desconocidos, la anulación ante las personas autoritarias; por
consiguiente, que un niño sea agresivo, malhumorado, amistoso, seguro o inseguro, depende no sólo
de sus tendencias naturales, sino, sobre todo, del ambiente en el que se desarrolla su vida.
W. Wolff señala diez etapas en el desarrollo de las relaciones sociales del niño:
1. Etapa del monólogo, en la cual el niño vive como unidad independiente de su medio.
2. Etapa de descarga, en la que aparece la agresividad incontrolada, sin una dirección
determinada.
3. Etapa de identificación con el medio.
4. Etapa que se centra en el establecimiento de ideales concretos, en figuras o cosas tomadas
como ejemplos.
5. Etapa de la propiedad.
6. Etapa de la competencia, cuya característica esencial es la de poseer la capacidad de advertir
la diferencia entre su propia individualidad y la de los demás.
7. Etapa de amor y agresividad dirigidos hada una persona determinada.
8. Etapa de exigencia de una acción recíproca de cariño y agresión.
9. Etapa de altruismo, que se expresa en la colaboración, sacrificio y asistencia.
10. Etapa de la cooperación, en la cual el niño comienza a tener conciencia de las relaciones con
los demás en cuanto personas. Esta es la fase que conduce a la cristalización del "yo".
El niño no está familiarizado con las normas sociales del grupo a que pertenece desde los comienzos
de su vida. Sólo a medida que aumenta su experiencia van cambiando sus
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en los juegos como en el resto del comportamiento. Los varones prefieren juegos violentos, mientras
que las niñas se inclinan con preferencia por aquellos que están relacionados con actividades semejantes
a las de la vida familiar y social.
Et desarrollo intelectual, en cuanto puede ser medido por los resultados escolares, presenta la
nota de un crecimiento más acelerado en las niñas, mientras que en los varones es mayor la coherencia,
precisamente por el carácter más lógico de su pensamiento.
Conviene advertir, al mismo tiempo, que la conducta del niño se encuentra estrechamente
supeditada a las normas impuestas por los adultos, y, en general, a las exigencias del medio ambiente
en cuanto que es éste el resultado de distintas concepciones de la educación y de la cultura. En este
hecho se basa la posibilidad de que pueda hablarse de diferencias de comportamiento entre los niños de
unos pueblos y otros, de una y otra dase social, puesto que el mecanismo del proceso educativo lleva
unidades toda una serie de modificaciones que dependen, en cierta parte al menos, de las costumbres y
modos de ser de cada sociedad particular.
A partir del sexto año el niño desarrolla una extraordinaria actividad que se centra en los juegos
tumultuosos o en las tareas que le arrastran al movimiento y al dinamismo. Adquiere una mayor
destreza manual y se interesa por cuantas actividades supongan una ocasión para ejercer esa habilidad
que empieza a observar en sí mismo. De ahí que a partir de los seis años necesite disponer de una gran
cantidad de material para lograr un buen adiestramiento de sus capacidades, al mismo tiempo que en
este tipo de trabajo hallará un estímulo de primera calidad para su iniciación en las tareas escolares. Su
conducta varía hacia un mayor equilibrio, realizándose un paso importante en el sentido de que,
abandonando los juegos excesivamente desorganizados, da entrada a los de tipo competitivo que
requiere orden y disciplina. Esto prepara la etapa posterior en la que el deporte es una actividad de
máxima Importancia en la maduración de su conducta.
Paralelamente se observa el interés que alcanza el trabajo manual. Hay una gran variedad en
este tipo de actividades: desde el niño que simplemente escudriña el mecanismo interno de los objetos
hasta el que fabrica, en forma elemental, rudimentaria, alguno de ellos. Pero en estas tareas importa
destacar lo que tienen de trabajo dirigido con una finalidad determinada, es decir, el valioso servicio que
prestan al aprendizaje.
Su energía y dinamismo, así como el gusto por cambiar casi incesantemente de actividad, le
obligan a adoptar una conducta externa que da la impresión de inestabilidad. Le cuesta un gran sacrificio
permanecer quieto, y sólo pasados los siete años se introduce un cambio con la aparición de intereses
que le obligan a una mayor concentración y quietud. Su misma energía, el amor al riesgo, a los lugares
peligrosos, a los juegos de equilibrio y destreza motriz le impulsarán muchas veces a realizar cosas que
están más allá de sus posibilidades.
Una consecuencia educativa respecto a esta situación del niño es la necesidad de disponer de
espacio suficiente para moverse con soltura. Su desbordante vitalidad reclama lugares amplios en los
que no se sienta cohibido ni ligado a un comportamiento pasivo. Los juegos deben ser dirigidos, y la
organización se aprovechará para aumentar su dificultad y estimular la superación mediante hábitos que
hagan posible la realización de deportes muy elementales.
El comportamiento motriz del niño, pues, debe ser orientado no sólo por cuanto supone de
expansión física, sino por lo que implica de descarga de tensiones emotivas que favorezcan la madurez
de su personalidad.
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actitudes ante los otros; paulatinamente se hace más independiente y los mayores esperan que vaya
asumiendo nuevas responsabilidades.
El ambiente que influye de una manera más poderosa en la adquisición de estas experiencias
sociales es la familia. Ella enseña al niño, a través de una instrucción directa (ejemplos, aprendizajes,
respuestas, estímulos significativos, etc.), cuáles son las exigencias del mundo que le espera. En la
familia adquiere el concepto de autoridad, convivencia, competición sana, etc., encontrando en el
mismo seno del hogar bien planeado los modelos de imitación en las figuras parentales y en la dinámica
de las relaciones familiares con ellas y los hermanos.
Por otra parte, la familia es poseedora de unas normas culturales que actúan como factores
educativos. La idea primera de la sociedad se adquiere en la familia, y tanto el concepto de autoridad y
jerarquía como el no menos valioso de bien y mal social se van fraguando en ese contacto directo con
los valores que encarnan los padres y hermanos. Sólo de este modo se puede conseguir que la
posterior integración en el grupo social sea favorable.
Socializar al niño desde el hogar es tarea en la que deben intervenir todos los adultos que
rodean al sujeto en educación. La escuela completará esta labor mediante la incorporación de los
valores que puede aportar la misma dinámica de la clase como grupo.
Desde el punto de vista escolar puede comprenderse este período entre los límites
cronológicos seis y doce años. El niño, que estaba encerrado en su pequeño mundo de la segunda
infancia, va pasando paulatinamente a un mayor conocimiento de cuanto le rodea. El período
preescolar amplía enormemente sus intereses y la participación en la vida de los demás se hace más
compleja. Su inteligencia y voluntad se desarrollan al aumentar el interés por el entorno. El juego le
confiere una acusada actividad social y la actividad lúdica permite nuevas formas de comportamiento
mediante la integración en las tareas escolares. Los cambios que se operan en este período son menos
notables que los ocurridos en los años anteriores. Su crecimiento sigue y la evolución del niño se va
afianzando hasta dar la impresión de una madurez progresiva.
En esta etapa es capaz de concentrarse en una tarea, gozando con la satisfacción de la "obra
bien hecha" para que los mayores alaben sus realizaciones. Quiere que le encarguen cosas para
sentirse responsable; empieza a sentir la exigencia de sus padres y maestros respecto a los logros
personales en la adquisición de conocimientos; exigencia esta que irá aumentando a medida que
avance en los estudios. Aparece en él un afán de objetividad, observación y exploración que le ayudan
a salir del egocentrismo propio de la etapa anterior.
Juntamente con este proceso va aumentando su carácter expansivo; maneja el lenguaje con
mayor soltura y llega a una mayor capacidad para sostener una conversación sobre un tema cualquiera
que le suponga cierto Interés. Su lenguaje se transforma ganando en posibilidades expresivas y
aumentando el vocabulario, al tiempo que utiliza términos que suponen una mayor capacidad de
generalización, si bien no todas las palabras que utiliza son comprendidas en su exacto significado.
La relación con los compañeros es más estrecha ahora, apareciendo los primeros signos de la
amistad. Al final de esta etapa el niño se integrará en el grupo desempeñando en él un papel de acuerdo
con sus características personales. Durante el ciclo que abarca el período escolar primario, la separación
de sexos se va realizando de un modo gradual, tanto
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
MADUREZ INTELECTUAL
La evolución de la personalidad lleva al niño a ser más consciente de sus actos; capacidad que
ha de ser aprovechada para moldear su carácter y orientar cuanto hay en él de energía. Su sensibilidad a
la crítica y a cuanto pueda, suponer una reacción por parte de los adultos que están a su lado - padres,
educadores, etc.-, respecto a los motivos afectivos de su obrar, suponen una fuente de perturbaciones
emotivas dignas de ser consideradas con todo cuidado.
Esta evolución personal no se hace sin cierto riesgo y a costa de la misma serenidad emotiva
del niño. En sus ocupaciones se muestra impaciente, voluble en sus afectos, impresionable hasta
extremos externamente alarmantes. Los últimos acontecimientos que le afectan suponen una
modificación de los anteriores moldes de su conducta, al mismo tiempo que aprecia y estima cuanto le
proporcionan las personas en la esfera de su afectividad. Todo ello contribuye a que gane su confianza
cualquier sujeto que le manifieste un cierto
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
interés por sus cosas, su orientación y la misma educación que se le pueda proporcionar. Las mismas
exigencias que le Impone la convivencia con los demás sabe aceptarlas si vienen envueltas en ese halo
afectivo que alcanzará niveles cada vez más altos a lo largo del período de adolescencia.
La estructura del complejo de sentimientos que van apareciendo no deja de tener cierta
turbulencia. Los sentimientos de amor y aversión no suelen se duraderos, y están todavía impregnados
de color instintivo propio de los años precedentes. La ligazón afectiva con los padres sigue siendo muy
fuerte, en especial con la figura paterna, puesto que la identificación con ella adquiere en esta edad su
momento más culminante. Sin embargo, esa afectividad, ligada al mismo proceso de identificación
primaria, cambiará para dar paso a la identificación secundaria, en la que las figuras de otros adultos
aportan su caudal de rasgos imitables para el niño que ingresa en la comunidad escolar. El ambiente de
la escuela presentará al niño los primeros obstáculos que van ligados a la experiencia social,
representando para él una buena palestra en la que adiestrar la adquisición de comportamientos
fundamentales para su vida social posterior: sus deseos ya no son tenidos en cuenta del mismo modo
que en el círculo familiar, pues el centro de interés abarca aquí a otros niños; la misma presencia de
personalidades más fuertes que la suya dejará en él profundas huellas, merced a las cuales irá
añadiendo nuevos rasgos a su carácter y podrá seguir el camino ascendente hacia lo que ha de darle
mayor solidez en la adolescencia.
El sentimiento de justicia - esa justicia real o Imaginaria que el niño va formando mediante la
experiencia de los premios y castigos familiares y escolares - conseguirá que su afectividad evolucione
hacia etapas más maduras de comportamiento moral. Este mismo hecho mostrará la necesidad de
dominar sus emociones hasta llevarle al aprendizaje de los mecanismos necesarios que tendrá que
poner en juego para su convivencia dentro del grupo y aun de la sociedad.
En todo este cuadro tan complejo, lo importante es que la escuela se convierta en instrumento
que proporcione medios suficientes y aptos para alcanzar el dominio de sí mismo. Si la educación escolar
fallase en este objetivo, se multiplicarán las frustraciones y las dificultades de los niños a medida que
avancen en edad. La raíz de este hecho puede verse en el necesario proceso de enfrentamiento con los
múltiplos problemas que plantea la vida escolar, familiar y social, actitud que debe seguir el normal
proceso de adaptación a situaciones nuevas y, por tanto, de dominio sereno de impulsos y deseos.
Más adelante, cuando en el conjunto de la personalidad infantil haga su entrada la voluntad,
aparecerá un nuevo dato. A los puros impulsos sucederán los deseos y acciones conscientes y el niño
empezará a ser capaz de comprender a las personas, no sólo por el agrado que le produzcan, sino
también en virtud del proceso de reflexión que le permite, mediante un ejercicio de represión de sus
impulsos primarios, aceptarlas por motivos más racionales y admitidos más libremente. Las preferencias
naturales, por tanto, quedarán en un segundo plano, adquiriendo, en contraposición, una mayor
capacidad de comprensión y una adaptación más ágil ante las distintas posiciones que ha de tomar.
La obediencia a los mayores se realizará de manera más racional, siempre y cuando se consiga
una relación de afecto que haga posible esa aceptación serena. Por ello es contraproducente conseguir
que el niño doblegue su voluntad por la fuerza del castigo o de la violencia física. Lo Interesante es
poder manejar las tendencias infantiles para que ellas mismas le permitan sortear las dificultades que
la vida normal le presente. La escuela es el lugar insustituible para este aprendizaje afectivo y moral. La
salida del ambiente protector del propio hogar permitirá que las defensas voluntariamente elaboradas
se vayan multiplicando, cayendo por el peso de esta misma aceptación toda la gama de mecanismos
defensivos infantiles.
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En las primeras experiencias que realiza el niño en la escuela hay un fondo de nostalgia de lo que
ha sido el ambiente familiar. El hogar apenas si le ha presentado dificultades y obstáculos serios; la
presencia de la madre y la seguridad que comienzan a darle el padre y los hermanos hacen que los años
de vida en casa no ofrezcan particulares vicisitudes.
El encuentro con la escuela, su ingreso en ella, los primeros días de convivencia con niños que no
ha visto nunca, constituyen una situación única donde probar la capacidad de adaptación del niño. No en
vano muchos, aun siendo normales, se resisten a hacer su incorporación a este nuevo ambiente. Sin
embargo, y conforme transcurre el tiempo, la confianza va en aumento y adquiere una mayor seguridad.
Hada los ocho años el niño siente un gusto y atractivo particular por la escuela como ambiente de vida; le
apetece asistir a ella y siente mucho no poder hacerlo cuando una enfermedad o cualquier causa mayor se
lo impiden. Simultáneamente le interesa menos el esfuerzo que debe realizar para cumplir sus deberes
escolares, porque comienza a captar el sentido - y en cierto modo el valor - de la comunidad escolar como
tal. Va creándose un círculo de amigos; empieza a sentir lo que puede ayudarle el contacto con los otros,
fraguando ya sus primeras amistades duraderas.
El niño se ve integrado en el grupo y todas sus actividades e intereses giran en torno a él: le sirve
de estímulo, de diversión, de aprendizaje vital. Si en clase le cuesta mantener una relativa docilidad
respecto a la disciplina, se somete con buena disposición a la del grupo de amigos. Lo que supone este
resorte psicológico para la creación de grupos de trabajo didáctico es algo que debe ser considerado con el
más radical afán.
No puede olvidarse que su madurez social va muy ligada al comportamiento que adopte en estos
momentos. Le agrada hablar de sus éxitos, busca elogios para su trabajo y esfuerzo, prefiere ocupar un
puesto destacado en clase; aspectos que deben ser utilizados como fuente de estímulos positivos que le
ayuden al cultivo de la superación.
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
De ahí que sea preciso tener en cuenta que si el comportamiento del niño en el ambiente escolar
no es adecuado a las líneas que someramente se acaban de esbozar, habrá que desarrollar una
observación atenta que impida la consolidación de rasgos negativos, difíciles de borrar más tarde.
Todo cuanto supone el comportamiento Infantil durante el período escolar debe estar orientado
en el sentido de valorar lo que la escuela ofrece como medio de formación total de la personalidad. El
paso que dará el niño a la adolescencia - con el amplio despertar de posibilidades que encierra ésta - se
producirá con eficacia en la medida en que la familia y la escuela hayan dejado una orientación marcada
en las etapas preescolar y escolar.
El niño va a dejar de ser tal para adentrarse en la adolescencia. El compás de espera que puede
suponer la pre adolescencia no es más que un reajuste de fuerzas, una nueva manera de integrar datos
que pueden convertirse en algo anárquico e inarmónico: es un "nuevo período prenatal" para lo que será
ese "segundo nacimiento" con que debe enfrentarse el hombre antes de dar el paso definitivo hacia la
vida adulta.
PRECISIONES TERMINOLOGICAS
Los términos preadolescente y pubertad son utilizados de muy diversos modos por los
especialistas que se ocupan del desarrollo del niño en la etapa comprendida entre los diez y quince
años.
Algunos autores consideran el término pubertad como sinónimo de maduración sexual; otros
lo definen como la consecuencia de esa maduración, y, en fin, algunos engloban los dos aspectos
anteriores e incluyen, además, en la pubertad, el período de crecimiento brusco anterior a la
maduración sexual.
Teniendo en cuenta la complicación de estos fenómenos, se ha preferido considerar como
pubertad al conjunto de cambios fisiológicos y psíquicos que experimenta el niño a finales de la tercera
infancia.
Muchos autores identifican la pre adolescencia con esa pequeña etapa, posterior a la pubertad y
previa a la adolescencia, en que el púber trata de organizar su caos psicológico para recuperar la
seguridad en sí mismo. Sin embargo, aquí se da al pre adolescencia una mayor amplitud al incluir en
ella el período de la pubertad. De este modo, la etapa del desarrollo que sigue a la tercera infancia se
estudia en dos fases:
a) Pre adolescencia (pubertad y organización psicológica del púber), que abarca de los
diez a los quince años, aproximadamente, y
b) Adolescencia, que abarca de los quince a los dieciocho-veintiún años.
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
LA PREADOLESCENCIA
La pre adolescencia constituye, como ya se ha indicado, una etapa muy difícil de delimitar debido
a que su duración está condicionada por numerosos factores - físicos y sociales, principalmente.
Los factores físicos - clima, tipo de alimentación, estado de salud, raza, etc.- modifican el ritmo
madurativo y, por consiguiente, la duración de la pubertad, que es el rasgo más característico de esta
etapa.
Los factores sociales influyen también en la pre adolescencia, hasta el punto de que en muchas
sociedades primitivas el paso de la Infancia a la edad adulta es rápido y se halla desprovisto de problemas,
mientras que en la cultura occidental constituye una etapa de más larga duración y se caracteriza por la
falta de seguridad y la insatisfacción del púber. Ello obedece a que los medios de difusión (radio, prensa,
televisión, lecturas, etc.), et tipo de vivienda y la multitud de estímulos que reciben en las grandes ciudades
van forjando un tipo determinado de sociedad que condiciona al sujeto en formación.
Existe un gran paralelismo entre el nacimiento y la pre adolescencia, por lo que puede
considerarse a ésta como una especie de nacimiento del individuo a la vida social adulta. Así como al nacer
el niño tiene que efectuar una rápida integración de los nuevos factores internos y externos para poder
sobrevivir (se ha de nutrir valiéndose de sus propios órganos y necesita adaptarse a la temperatura, medio
social, etc.), en la pre adolescencia la aparición de la madurez sexual obliga al púber a encauzar sus nuevos
impulsos, acomodándolos a las exigencias sociales como único medio de ser aceptado en el mundo de los
adultos.
Esto explica que los primeros años de vida y la pre adolescencia sean las etapas más propicias
para la aparición de neurosis que dificultan la integración de la personalidad.
Los dos tipos de neurosis más frecuentes en la pre adolescencia son el infantilismo y la exagerada
sumisión o dependencia respecto de un grupo. Ambas llevan un cierto matiz agresivo y de resistencia a la
autoridad de los adultos: frente a la familia en el primer caso y frente a la sociedad en el segundo.
Y es que el preadolescente, ante el abanico de posibilidades que posee y por carecer aún de la
experiencia suficiente para encauzar su actividad de acuerdo con las preferencias de los adultos, se halla
dominado por un sentimiento de inseguridad que le lleva a tomar una de estas dos actitudes: por una
parte, una actitud de añoranza respecto a la niñez sin problemas que acaba de abandonar, con lo cual
corre el riesgo de anclarse en la infancia, y, por otra, una actitud de apertura a todo lo que su medio
socio-cultural le presente y ofrezca, con lo cual se expone a dejarse arrastrar por el ambiente sin una
asimilación y elaboración personal previa.
Ambas posturas encierran graves riesgos. De ahí la necesidad de ayudar al individuo para que
pueda superar todas las dificultades que la actitud elegida le presente. Esta ayuda sólo será posible en un
ambiente de confianza, en una sociedad sana y en un sistema educativo planificado de tal modo que, al
prever los problemas propios de la pre adolescencia vayan preparando el terreno adecuado para una mejor
solución de los mismos.
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
Dentro del aspecto somático, se pueden distinguir en la pre adolescencia dos momentos
perfectamente definidos: desarrollo corporal acelerado y maduración sexual.
La pre adolescencia se inicia con un crecimiento corporal brusco mediante el que se desarrolla y
completa la osificación, con el consiguiente aumento de peso y talla. Este crecimiento es provocado por
unas hormonas de la hipófisis (glándula situada en la base del cerebro), y se realiza de acuerdo con un
ritmo determinado y diferente para cada órgano. Así, las piernas y los brazos crecen en esta etapa con
mayor rapidez que el tronco, lo cual, unido a otras irregularidades y desproporciones, confiere al
individuo un aspecto un tanto grotesco. Ese ritmo acelerado del crecimiento se reduce a medida que las
glándulas sexuales (gónadas) comienzan a verter en la sangre sus hormonas. Por ello la configuración
física del individuo depende en gran parte del adecuado equilibrio entre esos dos tipos de hormonas, en
el sentido de que, si las gónadas tardan en madurar, el crecimiento físico prosigue de un modo
exagerado, mientras, el crecimiento se detiene, produciéndose el enanismo.
La maduración sexual constituye el momento esencial de la pre adolescencia y una de las fases
más Importantes de la vida humana. Por Influjo de la hormona gonadotropina (producida también por la
hipófisis) maduran las glándulas sexuales que determinan el desarrollo de los caracteres sexuales
primarios y la aparición de los caracteres secundarios propios de cada sexo.
Es éste el momento en que los sexos cruzan la divisoria de la madurez fisiológica y adquieren la
aptitud para la procreación, que se manifiesta con las primeras ovulaciones en la chica y con la emisión
de esperma en el varón.
Estos cambios somáticos tan bruscos son causa de preocupación para el preadolescente, quien,
por querer atender a todos, no logra adaptarse a nada. Y así surgen esos sentimientos de disgusto y la no
aceptación de sí mismo, que con tanta frecuencia se da en esta edad.
Atento al dominio de sus nuevos impulsos y a la actitud que debe adoptar ante la sociedad, el
púber se olvida de su propio cuerpo, hasta que descubre, de pronto, que su nariz o su boca son
demasiado gráneles, que tiene acné, que su voz le resulta desagradable, que le falta elegancia, que no
controla bien sus movimientos debido a las nuevas dimensiones de sus miembros, que duda de la
normalidad de sus órganos sexuales y que desearía saber cómo son y cómo actúan los demás para
poder encauzar su conducta de un modo regular.
Uno de los problemas más frecuentes de la pre adolescencia es el de la no aceptación del propio
sexo que aparece como efecto de una educación equivocada durante la pubertad. Pero este hecho puede
evitarse mediante una información que dé sentido a los complejos fenómenos psicoafectivos que van a
manifestarse en el sujeto, permitiéndole la finalidad de cuanto la sociedad empieza a mostrar como
prohibido. A veces se educa tan erróneamente en este sentido que aún muchos no logran discernir lo
afectivo y sentimental de lo erótico y sexual. Todo en el individuo es un caos porque faltó claridad el
momento oportuno.
La preparación que se dé al púber respecto de su madurez sexual determinará la actitud con
que la chica reciba su menarquía y el chico su primera polución nocturna. Esa preparación debe
consistir en explicar lisa y llanamente todos los cambios que se van a producir en el organismo,
inmediatamente antes de que aparezcan. Si, además, se tiene el cuidado de contestar a todas las
preguntas que el niño formule desde su más tierna infancia, utilizando siempre la verdad, aunque de
un modo adecuado al desarrollo de su inteligencia a fin de no decirle más de lo que pueda comprender,
se creará un clima de confianza que es esencial para ayudar al preadolescente a superar sus
problemas y a integrarlo, de un modo rápido, en la forma de vida de los adultos.
Desde el punto de vista de la escuela, es preciso tener en cuenta que en la pre adolescencia,
paralelamente al crecimiento somático, hacen acto de presencia
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
manifestaciones que tienen repercusión sobre las tareas escolares. Un caso típico es el de la fatiga escolar,
que pone en seria dificultad el rendimiento en los estudios. La razón de muchos casos de fatiga estriba en
la desproporción con que el preadolescente debe atender a la realización de sus obligaciones
intelectuales y la atención que debe prestar al desarrollo corporal. Los fracasos escolares en chicos de
diez a trece años tienen bastante que ver con esta causa puramente biológica. La dificultad de
concentración, las fallas en la atención, el mismo miedo a lo que supone y es la conquista de su
personalidad a través del éxito, se hallan estrechamente vinculados a procesos de crecimiento que
arraigan en la base orgánica del preadolescente.
Hay, por otra parte, una exuberancia de energías que el púber ha de agotar de modo positivo y
que no pueden ser reprimidas violentamente. El juego de la infancia se va a transformar paulatinamente
en competición, y la aparición del gusto por los deportes dejará sentir su huella en el mismo crecimiento
somático del preadolescente.
De este modo la fisiología del preadolescente se convierte en sexo con aficiones y gustos
propios, con una lucha por adquirir la firmeza de la resistencia en el varón y la delicadeza de gestos y
actitudes en las chicas. La fatiga mental puede hacer surgir nuevos conflictos. Una higiene mental
familiar y una adecuada distribución de los esfuerzos deben contribuir a hacer menos crítica y dramática
la aparición del vigor fisiológico en el sujeto que deja de ser un niño.
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la adolescencia, sino que se mira de una manera especial a lo que este fenómeno tiene de "hecho
social". La educación, por tanto, se funda en una psicología con fuertes raíces antropológicas.
Con el bagaje cultural recibido en las etapas anteriores, el preadolescente comienza su vida
social. Su madurez no depende exclusivamente del ritmo de desarrollo que posea por sus condiciones
personales, sino que se va haciendo en un contexto social que deja huella en el tipo de comportamiento
que adoptará en su vida futura. La familia, la escuela y todos los grupos humanos que integran las
sociedades religiosas, políticas o culturales que frecuenta el preadolescente marcan los jalones
fundamentales del desarrollo social.
Su vida social estaba, hasta ese momento, encerrada en la familia. Desde los hermanos hasta
la pandilla hay un crecimiento paulatino que no sólo es cuantitativo, sino cualitativo, en cuanto al
significado y al valor que tiene en orden al aprendizaje del comportamiento social.
No importa al preadolescente la vida social por lo que tiene de convivencia o de relación
humana, sino por el carácter de aprendizaje del uso de la libertad y del comienzo de una emancipación
que considera vitalmente necesaria. El preadolescente se va soltando las ligaduras que le unen a la
figura materna. La eterna tutela femenina sufre un duro golpe por parte del preadolescente. Ese es el
verdadero significado psicológico de la indiferencia afectiva de este sujeto por su madre, sus hermanas o
cualquier otro personaje femenino que interfiera el uso de su libertad. Manifestará la protesta, incluso de
forma agresiva, porque para él "ser grande" y "tener personalidad" es ser uno mismo, sin limitaciones y
sin ataduras.
La entrada en la vida social e el hecho capital de esta fase. Lo que ya hubo de iniciación quedó
reducido al ámbito de la vida escolar. SI el niño sale triunfante de esta primera experiencia se puede
adelantar que su Incorporación a la vida social ha de hacerse sin brusquedades en la medida en que se
sienta protegido, seguro y amparado en el control sereno de la autoridad del padre.
El preadolescente, pese a que trate de demostrar con sus gestos todo lo contrario, necesita
más que nunca el apoyo afectivo de la familia. El reajuste de fuerzas que supone este compás de espera
que dará entrada a la adolescencia no puede hacerse de cualquier modo. Necesita la rigidez
comprensiva del padre y la ternura afectiva de la madre. El concepto que el preadolescente llegue a
tener de la sociedad será muchas veces el reflejo más fiel de lo que fue su familia.
En este terreno socio-cultural crece el preadolescente. Sus vacilaciones o se deben, por tanto,
a lo que lleva consigo la edad considerada aisladamente. Cada sujeto va cristalizando según el ambiente
que le rodea. Sus protestas, sus rebeldías son meras manifestaciones externas de "inadaptación" como
un síntoma de lucha consigo mismo y con el ambiente, pero no siempre es índice de agonía o de derrota.
Se puede decir que lo normal en esta edad es presentarse como algo que el adulto considera "anormal".
No hay posibilidad de seguir un camino rectilíneo, ya que todo su comportamiento debe ir adaptándose
a los mismos recovecos que las exigencias culturales y ambientales le van presentando en cada
momento.
PREADOLESCENCIA Y EDUCACION
Todo el quehacer educativo en este momento de la edad evolutiva debe servir de ayuda al
adolescente para "adaptarse" a cuanto le va a exigir su propio "yo" y la sociedad en que vive.
La tarea educativa requiere, pues, un perfecto conocimiento de las características
individuales de cada sujeto y la forma en que éstas se integran en el ambiente concreto. Cuantos
medios se tengan para educar al preadolescente hay que valorarlos a la luz de las
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LA ADOLESCENCIA
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en cuanto a las actitudes y enseñanzas que se hayan proporcionado al individuo en períodos anteriores.
La importancia de esta orientación estriba en que el adolescente analiza ahora la actitud de
sus padres, la sinceridad de sus afirmaciones, la veracidad de sus enseñanzas, etc. Consecuencia de ello
es la reestructuración del concepto familiar y paterno, por el que hace descender a sus padres del
pedestal de "dioses" y "superdotados" en que les tenía, colocándoles a un nivel humano. En algunos
casos de educación equivocada, la decepción del adolescente es de un grado tal que se traduce en una
infravaloración y desprecio por sus progenitores a los que incluso llega a acusar de los fallos que hubieran
podido cometer durante su vida anterior.
Cada individuo reacciona de una manera determinada y concreta respecto al
redescubrimiento de su "yo", y para estructurar su personalidad se apoya en un determinado valor o
ideal con más fuerza que en otros; con ello adquiere una forma peculiar de entender la vida. Así, hay
individuos que estructuran su personalidad de acuerdo con unos patrones religiosos, otros sobre
patrones económicos o artísticos, etc. Aun dentro de una de estas maneras de entender la vida existe
una gran variedad de reacciones individuales frente a los padres y frente a la sociedad, determinadas por
la actitud de la familia con respecto al niño.
Esta actitud familiar, que en sus extremos puede ser hostil o de excesivo proteccionismo,
tiene un justo medio que es ideal para la formación de una sana personalidad adulta: la confianza de los
hijos en sus padres y la ayuda responsable por parte de éstos.
Para obtener la confianza de sus hijos, los padres tienen que esforzarse, durante toda la
infancia, en atender solícitamente a las necesidades físicas, intelectuales, sociales, etc., que posean
aquéllos, procurando satisfacerlas de un modo adecuado a su desarrollo. De este modo, al analizar la
actuación de sus progenitores, el adolescente les recordará siempre con una actitud afectiva, por lo cual
no sentirá temor de acudir a ellos para pedirles que colaboren en la resolución de los infinitos problemas
que se le presentan y escuchará sus orientaciones sobre el modo de integrar su personalidad.
Por el contrario, el adolescente que descubre que ha sido engañado por su familia en las
etapas anteriores de su vida o que la actuación de sus padres no es consecuente con sus orientaciones,
se encierra en sí mismo y estructura su personalidad sin tener en cuenta la ayuda que aquéllos le
ofrezcan, aun cuando pueda ser muy valiosa. En este caso el individuo se vuelve progresivamente
agresivo y aspira a afirmar su independencia realizando todo lo contrario de aquello que le aconsejan
como bueno los demás.
Una mala orientación durante la infancia puede llevar al adolescente a situaciones que poseen
un cierto matiz patológico. Estas situaciones forman una extensa gama en cuyos extremos se hallan los
siguientes sujetos:
- El niño superprotegido, acostumbrado a que le resuelvan siempre sus problemas, hasta que
acaba por convertirse en un adolescente inepto que no se atreve a independizarse de la
familia, con la que adopta generalmente una actitud agresiva, consecuencia de un
sentimiento más o menos consciente de protesta por el daño que le han causado con esa
superprotección. Esta actitud agresiva se conjuga, frecuentemente, con un excesivo cuidado
y preocupación por la salud de sus padres, ya que teme perder el apoyo que éstos
representan para su personalidad inmadura.
- El niño que vive en un ambiente hostil, porque sus padres no hayan deseado su existencia, bien
porque sus circunstancias económicas y culturales hayan impedido la necesaria comunicación
entre padres e hijos, sobre todo durante la primera infancia; bien porque la comunicación
inicial se haya roto en un momento determinado y a consecuencia de frecuentes choques, el
entendimiento entre unos y otros sea difícil. Estos niños tienden a independizarse muy pronto
de su familia, por lo cual en la
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adolescencia suelen adoptar una actitud excesivamente hostil que, en algunos casos,
degenera en verdadero odio contra los padres e Incluso contra la sociedad.
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orientar a los adolescentes en orden al control del Instinto sexual, es lo que suele provocar la llamada
"crisis de la adolescencia". Esta "crisis" tiene en el deporte su mejor "válvula de escape", porque con estas
prácticas se consumen una gran cantidad de energías sobrantes y los impulsos del instinto se pueden
controlar mejor. Gradas a los deportes y ejerecitaciones musculares, el individuo recuperará de nuevo el
dominio de sus miembros, desapareciendo con ello la falta de elegancia y la torpeza motriz características
de la pubertad.
La afición a los deportes es más exagerada en los varones, quizás porque el instinto sexual y el
superior desarrollo físico les ofrecen mayores exigencias que a las chicas. Aquéllos sienten predilección
por los ejercicios violentos y desean competir con sus compañeros para convencer a los demás, al tiempo
que se convencen a sí mismos de que poseen la fuerza y la destreza de los adultos.
El comportamiento del adolescente ante lo biológico adquiere una variada diversidad de
manifestaciones:
- Los Individuos que no alcanzan un desarrollo físico normal o que poseen alguna deficiencia se
suelen retraer de las prácticas deportivas y, por tanto, no experimentan una buena integración
social.
- La Psicología clínica descubre con frecuencia el caso límite de adolescentes - en particular entre
las chicas - que no han aceptado el propio sexo y todas sus consecuencias. Las inadaptaciones
de tales casos se van acentuando conforme se avanza en edad, por lo que estos individuos no
logran centrar su vida afectiva a impulsos de sus tendencias naturales.
MADUREZ INTELECTUAL
Si en la tercera infancia el individuo queda integrado al medio concreto que le rodea, en la adolescencia
se realiza la Integración al mundo cultural y abstracto. Ello es consecuencia de que el intelecto alcanza ahora su
máximo desarrollo y el adolescente es capaz de adentrarse en el simbolismo abstracto de la cultura,
Durante la pre adolescencia, el niño madura intelectualmente y comienza a analizar con espíritu crítico
todo lo que le rodea. Pero los problemas de la pubertad le hacen fijarse en sí mismo y las manifestaciones
externas de la inteligencia son más escasas de lo que, por su desarrollo, pudiera esperarse. Sin embargo,
durante este pequeño período, que pudiera llamarse de "latencia", el sujeto comienza a pensar por sí mismo y a
dudar de la autoridad intelectual que siempre había concedido a sus padres.
Desde el momento que los problemas puberales entran en vías de solución, el espíritu crítico se agudiza
y el individuo se va entusiasmando cada vez más con la conquista de la verdad. Gracias a la capacidad de
abstracción que ahora se desarrolla comprende el sentido
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dinámico de su existencia y del mundo cultural en que se desenvuelve. Los sucesos históricos, que hasta
este período sólo eran comprendidos como hechos estáticos, anclados en el pasado, es capaz de verlos en
su dimensión psicológica, en cuantos hechos dinámicos condicionados por unas circunstancias y otros
acontecimientos posteriores. De este modo va comprendiendo que es un ser inteligente dentro de una
sociedad dinámica y comienza a estructurar una "filosofía de la vida" y un ideal del hombre que va a
condicionar su vida profesional y, en general, todas las manifestaciones futuras de su personalidad.
En su afán por redescubrir el mundo, el individuo pasa imperceptiblemente de la clasificación y
sistematización de los conocimientos concretos a manejar abstracciones con relativa facilidad. Busca
siempre la ley general que englobe y dé sentido a lo particular y trata de armonizar todos los
conocimientos que adquiere con esa especie de "filosofía de la vida" que ha estructurado. Por este motivo
Rene Hubert ha escrito: "El adolescente desea conocer las cosas en sí mismas, la mayor cantidad de cosas
posibles, todas las cosas accesibles a su entendimiento; pero también desea que esas cosas sean tal
como las desea, y en particular que cada nuevo conocimiento arraigue fácilmente en las adquisiciones
poseídas, que su totalidad satisfaga conjuntamente todas sus aspiraciones".
Este interés del adolescente porque la "cosas sean tal como las desea" resta objetividad a su
pensamiento, puesto que, a pesar de tener la capacidad de raciocinio tan desarrollada como los adultos,
sus ideas están impregnadas de las intenciones e ideales que él mismo se ha forjado, y por esta causa
suele confundir el plano de lo ideal con el plano de lo real, y lo objetivo con lo subjetivo.
Sólo las experiencias que adquiere a través de su enfrentamiento con el medio social en el que
trata de insertarse permiten al individuo razonar de acuerdo con las normas establecidas por la sociedad.
Y por ello la sociedad suele ignorar a los adolescentes y se muestra reacia a encargarles el desempeño de
una tarea determinada, por considerarles incapaces de cumplir con el deber de una manera responsable.
MADUREZ AFECTIVA
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El adolescente busca una seguridad que no encuentra en el mundo externo, perdiendo fuerzas
y energías para integrar sus tendencias, ya que al huir del mundo exterior se refugia en sí mismo,
haciéndose actor y espectador de un mundo nuevo cuajado de afectividad.
La elaboración de su riqueza afectiva, cuando se hace bajo la guía de un educador, moldea
todos los sentimientos, sin que esto quite rigor a la exigencia de que el educador le ofrezca una
aceptación respetuosa de todo lo que es su personalidad. Se encontrará seguro si el adulto está
pendiente de sus Inquietudes y necesidades y le ofrece los medios para llegar a una solidez de tal
sentimiento.
MADUREZ SOCIAL
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PSICOLOGIA EDUCATIVA
PROGRAMA DE EDUCACION
AYUDAR AL ADOLESCENTE A
AYUDAR AL JOVEN A INTEGRANTES
CONCER Y A ACEPTARSE A SI
EN LOS GRUPOS, A COPARTICIPAR
MISMO
ADOLESCENCIA
PREADOLESCENTE ADULTO
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ESTRUCTURA
NORMAL
Tendencias EQUILIBRADA
Barrera emocional
Inadaptación
Por readaptación
ESTRUCTURA NORMAL DESEQUILIBRADA
Conducta anormal
El proceso sería el siguiente: el sujeto tiende a lograr la satisfacción de todas las "tendencias",
que corresponden a la estructura normal y equilibrada en que se puede condensar la plena realización de
la organización, Integración dinámica y diferenciación de todos los elementos que la constituyen. La flecha de
trazo grueso indica la dirección ideal en la satisfacción de tales tendencias, ideal que escasísimas veces se
realiza. Lo normal es que en determinados momentos de la edad evolutiva se choque con una "barrera
emocional", dando cabida en esta expresión a todos los factores individuales, familiares, escolares,
profesionales, sociales, religiosos, etc., que pueden suponer una paralización en la marcha hacia unas
metas. Al producirse el choque entre "tendencias" y "barrera emocional" se ocasiona una situación
zigzagueante que pudiera ser la mejor representación gráfica de la adolescencia: el sujeto vacila, tantea
el terreno, busca un punto de apoyo, y en tanto que no lo encuentra permanece en "desequilibrio" o
"inadaptado'. En esa época su estructura se presenta al exterior como "anormal y desequilibrada",
aunque en realidad no sea tal cosa.
El adolescente lucha biológica y psicosocialmente. Su comportamiento está plagado de
"síntomas" que en la edad adulta rio se dudaría en calificar de "patológicos" si se fijaran esos síntomas,
hasta dar un tono determinado a su comportamiento.
La flecha que va a "conducta anormal" sería la dirección del sujeto que no superase la "crisis" de
desequilibrio, desagradablemente necesario, en esta etapa evolutiva. Por el contrario, la flecha que sube
hacia la "estructura normal y equilibrada" es el camino - más
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largo y difícil en un orden ideal, pero el único en el planteamiento real de la dinámica humana - que
tendrá que recorrer el niño para pasar de su infancia a su edad adulta según las leyes de su misma
naturaleza somato psíquica.
ANEXO
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