Rutherford y Lawrence
Ernest Rutherford andaba detrás de caza mayor... o por lo menos era caza «mayor» en el mundo de la
ciencia, porque la pieza que quería cobrar era el diminuto átomo, cuyo diámetro sólo alcanza algunas
milmillonésimas de centímetro. La pregunta era: ¿que había dentro de ese átomo?
Durante un siglo los científicos habían creído que el átomo era la partícula más pequeña que podía existir y
que tenía la forma de una bola de billar. En la última década del siglo pasado se descubrieron partículas aún más
pequeñas y se comprobó que los átomos radiactivos se desintegran y lanzan partículas «subatómicas» en todas
direcciones.
Rutherford, para averiguar lo que ocultaba el minúsculo átomo, lo bombardeó con partículas aún más
pequeñas: con esas partículas subatómicas que los átomos radiactivos dispersaban en todas las direcciones.
Estas partículas eran tan pequeñas y se movían tan deprisa, que atravesaban láminas finas de materia sin
enterarse. Interponiendo una fina lámina de metal entre un estrecho haz de partículas y una placa fotográfica, el haz
dejaba un punto oscuro en ésta después de atravesar la lámina. Rutherford notó en 1906 que el metal tenía un
extraño efecto: el punto oscurecido era difuso, como si algunas de las partículas, al pasar por el metal, hubiesen
sufrido una desviación.
Rutherford y Hans Geiger, su ayudante, decidieron investigar en 1908 el fenómeno, lanzando partículas
contra un pan de oro de unas cuantas diezmilésimas de centímetro de espesor; aun así, constituía un muro de 2.000
átomos de anchura. El razonamiento de Rutherford era que si los átomos llenaban por completo el espacio, las
partículas no tendrían ninguna probabilidad de atravesar la lámina.
Pero las partículas sí pasaban; prácticamente todas llegaron al otro lado en línea recta. Algunas, muy pocas,
salían con cierto ángulo, como una bola de billar golpeada de lado. Y una de cada 20.000 rebotaba incluso hacia
atrás.
¿Cómo podía ser eso? Rutherford diría más tarde que era como disparar un cañón contra un papel de
celofán y que la bala retrocediera hasta el cañón.
Finalmente halló la explicación: la mayor parte del átomo era espacio vacío, a través del cual podían pasar
fácilmente las partículas subatómicas; pero en el centro de cada átomo había un núcleo diminuto en el que se
concentraba prácticamente toda la masa del átomo. Este núcleo estaba rodeado por partículas que giraban alrededor
de él en órbitas, como los planetas.
Rutherford fue así el primero en descubrir la estructura interna del átomo. Los experimentos se realizaron
en 1908; ese mismo año recibió el Premio Nobel de Química, por trabajos que había realizado anteriormente, es
decir, sus aportaciones más importantes vinieron después de otorgársele el premio.
Ernest Rutherford fue realmente un científico del Imperio Británico. Trabajó en Canadá y en Inglaterra,
pero nació en Nueva Zelanda, el 30 de agosto de 1871. En la universidad, donde puso por primera vez de
manifiesto su talento para la física, obtuvo una beca de la Universidad de Cambridge. Allí estudió con el gran
científico británico J. J. Thomson.
Rutherford trabajó primero en el campo de la electricidad y el magnetismo; pero en 1895 (el año en que
aquél llegó a Inglaterra) Wilhelm Roentgen conmovió el mundo científico con el descubrimiento de los rayos X.
Thomson decidió inmediatamente seguir por esa dirección, y Rutherford le acompañó encantado.
La valía de Rutherford estaba ya por entonces fuera de toda duda, de manera que cuando quedó una
vacante en el claustro de profesores de la Universidad McGill en Montreal, Thomson le recomendó. En 1898 salió
Rutherford para Canadá.
Al año siguiente descubrió que las sustancias radiactivas emitían por lo menos dos clases de radiaciones;
las llamó «rayos alfa» y «rayos beta», por las dos primeras letras del alfabeto griego. Más tarde se comprobó que
los dos rayos eran chorros de partículas subatómicas. Los rayos alfa estaban compuestos de partículas de gran
masa, y Rutherford los utilizó posteriormente como proyectiles para sondear el átomo. En 1903, él y un estudiante
llamado Frederick Soddy elaboraron las fórmulas matemáticas que describían la tasa de desintegración de las
sustancias radiactivas.
En 1908 había descubierto ya cómo detectar una a una las partículas subatómicas: la partícula, al chocar
contra una película de sulfuro de cinc, provocaba un brevísimo destello. El sulfuro de cinc «centelleaba».
Rutherford, con ayuda de esta «pantalla de centelleo», podía seguir y contar cada partícula.
Con los proyectiles que había descubierto y el contador que había fabricado, estaba en condiciones de
explorar el interior del átomo. Diez años más tarde consiguió algo mucho más asombroso: utilizar sus proyectiles
no en metales, sino en gases.
Al bombardear hidrógeno gaseoso con rayos alfa, éstos chocaban contra los núcleos de los átomos de
hidrógeno, compuestos de partículas elementales llamadas «protones». Cuando los protones chocaban contra una
pantalla de sulfuro de cinc, se observaba un tipo especial de destello brillante. Si se bombardeaba oxígeno,
anhídrido carbónico o vapor de agua, no ocurría nada especial. Pero cuando el blanco era nitrógeno, volvían a
aparecer los centelleos característicos de los protones.
¿De dónde salían esos protones? Sólo había una respuesta posible: los rayos alfa, al chocar contra el núcleo
del átomo de nitrógeno, arrancaba protones del mismo. El nitrógeno se transformaba así en un isótopo raro del
oxígeno, y como consecuencia de la reacción se observaba el protón. Rutherford fue el primero en transmutar un
elemento (nitrógeno) en otro (oxígeno): había conseguido (1909) la primera reacción nuclear artificial.
Con el paso de los años aumentó el número de investigaciones sobre la estructura del átomo, para las
cuales se necesitaban proyectiles subatómicos más rápidos y en mayor cantidad. Los rayos alfa cumplían bien su
propósito, pero no tenían una energía suficientemente alta, mientras que las sustancias radiactivas que emitían
rayos alfa no eran fáciles de conseguir.
Los científicos probaron con los protones, que podían obtenerse fácilmente a partir del hidrógeno. Los
protones no eran tan pesados como las partículas de los rayos alfa, pero podían acelerarse hasta energías muy altas
mediante un campo eléctrico, mientras una serie de imanes mantenían a las partículas en la trayectoria deseada. El
hombre que mostró la mejor manera de hacerlo fue otro Ernest: Ernest Orlando Lawrence, nacido en Cantón,
Dakota del Sur, el 8 de agosto de 1901.
Fue en 1930, en la Universidad de California, cuando Lawrence empezó a estudiar el problema de acelerar
protones. La dificultad era que siempre acababan por zafarse del dominio de los imanes que intentaban mantenerlos
en la trayectoria deseada. Había que hallar un modo de retenerlos dentro del instrumento hasta que adquirieran
suficiente velocidad para ser útiles. ¿Por qué no hacer que giren en círculos?, pensó Lawrence.
Dicho y hecho: colocando una serie de imanes de una cierta manera construyó rápidamente un instrumento
de fabricación casera. Los protones se veían obligados a seguir una trayectoria circular, acelerando continuamente,
hasta salir finalmente despedidos del instrumento con una fuerza tremenda. Lawrence llamó «ciclotrón» al aparato,
por ser circulares las trayectorias que seguían las partículas.
En 1931 se terminó de construir un ciclotrón más grande que el modelo original, a un coste de 1.000
dólares y capaz de producir protones de más de un millón de electrón-voltios de energía. Poco después, utilizando
ciclotrones aún mayores, se consiguió comunicar a las partículas energías de 100 millones de electrón-voltios. Hoy
día hay instalaciones, basadas en ese mismo principio del ciclotrón, que pueden producir partículas del orden de
miles de millones de electrón-voltios de energía.
Los primeros «proyectiles» de Rutherford habían sido mejorados increíblemente. Ahora se podía destrozar
un átomo y estudiar sus desechos como no se habría podido ni soñar pocos años antes.
Rutherford murió en 1937, pero llegó a ver el ciclotrón en funcionamiento. Lawrence vivió lo suficiente
para ver cómo su máquina enriquecía los conocimientos atómicos hasta el punto de hacer de la energía atómica una
realidad. Durante la década de los cuarenta participó incluso en la investigación que desembocó en la construcción
de los primeros reactores nucleares. Dirigió un programa para separar cantidades industriales del isótopo uranio-
235 y producir el elemento artificial plutonio. Los átomos de ambos podían escindirse en una reacción continua que
proporcionase energía útil o que diese lugar a la devastadora explosión de una bomba atómica. Lawrence murió en
1958.
Mientras la radiactividad fue sólo una propiedad insólita de ciertos elementos raros, su importancia estuvo
circunscrita a la física teórica y su influencia sobre las actividades del hombre fue muy pequeña.
Lo que hizo Ernest Rutherford fue transformar la radiactividad, de un mero fenómeno, en una herramienta.
Utilizó las partículas subatómicas como proyectiles con los cuales romper el átomo y explorar el núcleo atómico.
Ernest Lawrence inventó un instrumento mejor para hacer lo mismo. Como resultado del trabajo de ambos,
el interior del átomo reveló sus secretos en un plazo increíblemente breve. Veintitrés años después de la primera
reacción nuclear artificial, la humanidad sabía ya cómo iniciar una de esas reacciones y tenerla controlada como
una especie de «horno» nuclear. Hace miles de años, el hombre había aprendido, de manera muy parecida, cómo
hacer fuego y servirse de él.
Las conflagraciones nucleares pueden ser un gran peligro para la humanidad; pero lo mismo puede decirse
de las guerras convencionales. El hombre ha obtenido beneficios ingentes del fuego, pese a sus peligros. ¿Será
igual de sabio con los fuegos nucleares que ahora tiene en su poder?