Nicolás Izquierdo Martínez
En el Museo Nacional de Antropología existe una variedad apabullanete de
colecciones y exposiciones acerca de las diversas culturas habidas en la faz de la
Tierra. Desde tribus nómadas del África austral hasta aborígenes de Oceanía. Un
elemento fascinante es el lenguaje de cada uno de estas etnias, tópico al que los
carteles de las vitrinas dedican escasamente unos pasajes introductorios. No obstante,
la posbilidad misma de que estemos provistos de órganos facultados para la fonación
y de una masa cerebral capacitada para la formación y entendimiento de textos
propios y ajenos es un punto pormenorizadamente tratado e investigado en ámbitos
académicas. Nuestra tarea ha sido, en consecuencia, rescatar el debate como
profundización en la información del centro, pues pese a su enjudioso haber en
términos de antropología física, osamentas y cráneos antropomórficos, por ejemplo,
hay un sector de la antropología que cae en igual proporción sobre la biología
humana, la historia, la filosofía, la genética, etc., y es la antropología linguistica.
Fundamentación genético-neurológica
del lenguaje y evolución antropológica
El mito bíblico de la Torre de Babel posee un trasfondo superior al propósito que
seguramente existía dentro de sus autores, es decir, que el relato de una lengua común
después fragmentada es ciertamente una hipótesis que hasta las especulaciones del
propio de Darwin no tuvo cabida en la mentalidad de los estudiosos y estudiosas. El
origen del lenguaje fue un campo tabú, un terreno vedado para el análisis científico
hasta finales del siglo XIX. El naturalista del Beagle sostuvo en su obra On the origin
of species by means of natural selection (1859) que se dio una transición desde los
rudos gritos animales hasta el lenguaje claro y sencillo de hoy día. Aquí ponía de
manifiesto Darwin su tradicional lema de Natura non facit saltum, que significa que
la Naturaleza no procede por catástofres ni saltos repentinos. No obstante, tanto el
que actualmente se conozcan las habilidades comunicativas del resto de seres vivos
como el hecho de que haya sido posible enseñar lenguas de signos a chimpancés y
demás simios han constituido objeciones a la tesis del británico1.
Lo cierto es que hasta el papa Pío XII hubo de aceptar en su encíclica Humani
Generis las evidencias de la teoría de la evolución, tales como, por ejemplo, las
pruebas del registro fósil. Puede que el concepto de la selección natural requiriera
mayor erudición y amplitud teórica para entenderse, sobre todo hasta que no se
sintetizara el darwinismo con la genética mendeliana, pero al fin y al cabo había
demostraciones empíricas de la progresión biológica en las especies. Ahora bien, ¿y
el lenguaje? En el Génesis se afirma con rotundidad, en el principio fue el Verbo.
1 Abler, W. L., 1997. “Gene, language, number: the particulate principle in nature”, Evolutionary
Theory, 11.
Indagar en ello se revelaba una tarea ardua todavía debido a los prejuicios y
dogmatismos anticientíficos.
Pese a todas las trabas externas, la investigación lingüística prosiguó. La base era, por
el momento, la teoría de un protolenguaje compartido tanto por animales como
humanos —aquí se aprecian raíces darwinianas—. La justificación consiste en la
comparación de algunas expresiones paradigmáticas de cuatro diversos casos
filolóficos: un niño angloparlante de dos años, un primate al que se ha instruido en
Ameslan (lengua de signos americana), una niña criada al margen de la civilización
que recibió lecciones de inglés después de los trece años (es el caso de los llamados
niños lobo, cuya veracidad reside entre un salvajismo absoluto y una educación
silvestre y aislada de la sociedad), y las de un pidgin (el pidgin es un tipo de idioma
que consiste en un código simplísimo de estructuras convencionales para posibilitar
la comunicación entre individuos que ignoran las respectivas lenguas maternas del
otro, y por ello es una lengua escueta y fragmentaria con fines vehiculares y
ocasionales) de base inglesa de que se sirven marineros rusos y noruegos en
intercambios comerciales en el Mar del Norte. La metodología para verificar la
existencia de ese fundamento es cotejar los diveros sintagmas y frases que emiten los
sujetos de cada categoría (véase el cuadro I). El xiquet de dos anys alude al infante de
habla inglesa, Washoe es el simio, Genie es la muchacha de la ya mencionada
casuística de crianza y Russonorsk corresponde a los marinos citados.
Cuadro I. Bickerton, D., 1990. Language and Species. Chicago University
Press. Chicago.
Se percibe con nitidez, aunque se desconozca la lengua inglesa, cómo las cuatro
columnas se reducen a locuciones de tres o cuatro palabras, sin apenas determinantes,
preposiciones o tiempos verbales. Una morfología elemental y una sintaxis realmente
sencilla. Queda probado, pues, que los seres humanos disponemos de ciertos
circuitos neurológicos compartidos, como mínimo, con algunas especies de nuestro
mismo orden, que nos habilitan para el uso de un sistema comunicacional complejo
de signos lingüísticos: el lenguaje. Destacables es que el sentido de la vista se
asemeja en términos orgánicos a la capacidad de la lengua, ya que la corriente
nerviosa del córtex visual se bifurca en dos: una rama que transcurre cerca del área de
Broca y que se especializa en la asociación de imágenes percibidas —y lo peculiar es
que el área de Broca está dedicada a la sintaxis o unión de vocablos—, la otra pasa
por el área de Wernicke, y su funcionalidad es el reconocimiento de los objetos —lo
peculiar, de nuevo, es que tal sección cerebral se orienta a la semántica o
identificación de los significados de las palabras—2. Como conclusión, la ontogénesis
individual (el desarrollo y adaptación de las estructuras cognitivas para el lenguaje
por parte de un sujeto) se relaciona con la filogénesis previa (el desarrollo de esas
estructuras en términos colectivos de selección natural y mutaciones), pues los cuatro
especímenes mantenían unos rasgos equivalentes a nivel morfosintáctico.
Sin embargo, nos hallamos exlusivamente frente al susodicho protolenguaje, que es
tan sólo la antesala de ese código complejo de interrelación informativa e
interpretación textual. Para ello, algunos autores apelan al efecto Baldwin —el efecto
Baldwin es un mecanismo evolutivo cuyo nombre proviene del psicólogo infantil
americano James Mark Baldwin, que lo propuso en 1896; básicamente, la idea
consiste en que características ambientales, aprendidas por los individuos, pueden
acabar incorporándose al genoma al cabo de varias generaciones, es decir, que
podemos producir cambios genéticos por medio de la cultura 3—. En nuestra
cuestión, al incrementarse la vida social del grupo, seguramente para hacer frente a
ciertos retos del entorno, se privilegian determinados individuos poseedores de
circuitos neuronales específicos y a la larga todo el grupo incorpora áreas
comunicativas. De ahí al lenguaje sólo habría un paso: estos circuitos comunicativos,
destinados originariamente a garantizar la cohesión social, habrían terminado por
ampliar su función hasta permitirles la expresión de informaciones cognitivas (es lo
que se llama exaptación, a saber, cuando un órgano o característica de un ser vivo
adquiere una funcionalidad distinta de la que en un principio tuvo)4.
Y, a modo de crítica respecto al pensamiento ingenuo que concedería a esta evolución
el mismo papel para la progresión hasta los distintos idiomas contemporáneos, ¿cómo
se trasciende desde la fraseología elemental y ciertamente infantil, escasamente
elaborada y muy rudimentaria, que vemos en la tabla, hasta los phrasal verbs
ingleses, las declinaciones latinas, el verbo del euskera o todas las construcciones de
longitud exasperante propias del alemán? Es decir, ¿cómo se oscila entre la
simplicidad de una utilitaria y pragmática forma de enunciación hasta las
complejísimas variaciones de la gramática que generan tanto malestar y hastío en los
y las estudiantes de segundos idiomas? Este cuestionamiento pone en duda la tesis
internalista que esgrime que el lenguaje se fraguó en el sistema nervioso central, y
pone de relieve la necesidad de factores extrínsecos en la explicación de la
constitución del fenómeno del habla. La cultura versus los genes.
2 Givón, T., 2002. Bio-Linguistics. The Santa Barbara Lectures. John Benjamins. Amsterdam,
3 [Link]
4 [Link]
[Link]
Hasta reputados etólogos y biólogos evolutivos como Richard Dawkins valoran el
anteriormente traído a colación efecto Baldwin. Este último autor refleja su
ponderación científica del valor de la tradición y la praxis humana y social en su
conocida expresión del paso de los genes a los memes. Estos últimos son unidades de
transmisión cultural, como una metáfora de los genes en su desempeño de transporte
del material genético codificado en relación a las características heredadas. Así pues,
es posible un modelo que actúe de puente entre el interior y el exterior, entre la
determinación biológica y el entorno del sujeto.
Cuadro II. Cavalli-Sforza, L., 1996. Geni, popoli e lingue. Adelphi. Milán
Finalmente, para enardecer aún más la confrontación entre ambas teorías —debido a
que pensamos que un término conciliador adormecía y aletargaba la comezón
científica del lector—, presentamos dos argumetos a favor de las dos perspectivas
bien contrapuestas: la internalista que propone una naturaleza lingüística como
origen de las lenguas, y la externalista que pretende indagar en el ambiente y las
relaciones socioeconómicas en las primitivas comunidades. El primero, internalista,
es obra de Noam Chomsky, ilustre erudito norteamericano, que se interroga por cómo
los niños y niñas pueden aprender un idioma recibiendo únicamente fragmentos del
mismo. Es decir, ¿cómo pueden dominar una lengua si tan sólo se nutren de
expresiones aisladas y simples? Por ende, ha de darse alguna estructura previa e
innata al muchacho o muchacha destinada a la función comunicativa. Chomsky la
denomina gramática generativa, como una suerte de ínclita habilidad antropológica.
El segundo, por otro lado, reside en el Cuadro II. La división lingüistica encaja a la
perfección con las divergencias minúsculas del ADN mitocondrial, esto es, las etnias
esparcidas a lo largo de la Tierra, con sus variaciones culturales, poseen una analogía
con el grafo II casi exacta. Así pues, ¿acaso será casualidad que coincidan las
discrepancias entre culturas y civilizaciones con sus discrepancias entre lenguas
utilizadas?
BIBLIOGRAFÍA
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Darwin en serio. Implicaciones filosóficas del darwinismo. Salvat. Barcelona].
Wilson, E. O., 1978. On human nature. Harvard University Press. Cambridge, MA.
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López García, A., 2002. Fundamentos genéticos del lenguaje. Cátedra. Madrid.
Lorenzo, G. y V. M. Longa, 2003. Homo Loquens. Biología y evolución del lenguaje.
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Cavalli-Sforza, L., 1996. Geni, popoli e lingue. Adelphi. Milán.
Givón, T., 2002. Bio-Linguistics. The Santa Barbara Lectures. John Benjamins.
Amsterdam,
López García, A., 2001. “Species Building and Evolution in Biology and
Linguistics”, Sprachwissenschaftlicher Kolleg ueber Variationslinguistik. Universität
von Heidelberg. Heidelberg.