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La violencia en la campiña inglesa

George Magruder y su familia se mudan a una granja aislada en el suroeste de Inglaterra a finales de 1969. La región se caracteriza por la pobreza y el aislamiento de sus pueblos. Una noche, accidentalmente atropellan con su coche a Henry Niles, un asesino local. A partir de entonces, los vecinos muestran una creciente hostilidad hacia los Magruder hasta convertirse en una amenaza abierta. George se enfrenta a un dilema moral sobre cómo responder a la violencia.

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La violencia en la campiña inglesa

George Magruder y su familia se mudan a una granja aislada en el suroeste de Inglaterra a finales de 1969. La región se caracteriza por la pobreza y el aislamiento de sus pueblos. Una noche, accidentalmente atropellan con su coche a Henry Niles, un asesino local. A partir de entonces, los vecinos muestran una creciente hostilidad hacia los Magruder hasta convertirse en una amenaza abierta. George se enfrenta a un dilema moral sobre cómo responder a la violencia.

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A

finales de 1969, año en que el hombre llega a la Luna, el apacible profesor


George Magruder se instala con su familia en una recóndita granja del
suroeste de Inglaterra, con el propósito de terminar un trabajo de
investigación. Su intención de buscar la inspiración y tranquilidad necesarios,
se unía al deseo de su esposa Louise de volver al lugar donde nació y pasó su
infancia.
Pero aquella región ya no se corresponde con la idílica imagen de la campiña
inglesa; ahora predomina un ambiente de pobreza y desigualdad social que
tiene como válvula de escape, además del alcohol, la violencia y el rencor. Al
regresar a su casa una noche de fuerte tormenta accidentalmente atropellan
con su coche a Henry Niles, un perturbado asesino de niños.
A partir de ese momento la actitud recelosa y desafiante que sus vecinos
habían mostrado hacia ellos desde su llegada, va adquiriendo un cariz más
ofensivo hasta terminar en abierta hostilidad. La casa que los Magruder han
alquilado, la granja de los Trencher, se convierte en su único bastión frente a
la amenaza exterior. George se enfrenta a un dilema moral que nunca antes se
había planteado, ¿será capaz de atravesar el límite que separa la ira de la
violencia?

Página 2
Gordon Williams

Perros de paja
ePub r1.0
Titivillus 20.02.2021

Página 3
Título original: The siege of Trencher’s farm
Gordon Williams, 1969
Traducción: Susana García, 2015

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
A Peter Morgan

Página 5
UNO

En el mismo año en que el hombre viaja por primera vez a la luna y el último
soldado estadounidense abandona Vietnam, todavía quedan rincones en
Inglaterra donde viven hombres y mujeres que nunca se han alejado más de
veinticinco kilómetros de sus hogares. Han pasado toda la vida en la misma
tierra que ha mantenido a sus padres, abuelos, bisabuelos y generaciones
anteriores ya desconocidas.
Los pueblos colindantes de Dando y Compton Wakley son un ejemplo de
aquellos lugares. Allí, formando parte de la misma generación de hombres
que contemplan la tierra desde el espacio, hay ingleses para quienes los
trescientos kilómetros de viaje hasta Londres suponen una experiencia casi
legendaria, algo que puede ocurrir, como mucho, una vez en la vida.
El progreso solo ha traído cambios superficiales a la vida de Dando.
Granjas construidas hace trescientos o cuatrocientos años, cuando los muros
se levantaban con adobe, tienen hoy antenas de televisión en las chimeneas.
Los caballos han cedido paso a los tractores. Las carreteras comarcales, de
márgenes tan altos que no eran mucho mejor que túneles sin techo, ahora
están asfaltadas y, por la noche, el farol bamboleante de las carretillas de
madera ha sido reemplazado por los faros de los automóviles. Los niños del
distrito ya no tienen que caminar diez kilómetros para ir y volver del colegio
en Compton Wakley. En lugar de eso, un autobús pagado por el Consejo de
Educación del distrito los recoge por la mañana y los trae de vuelta a casa por
la tarde.
Prehistóricas tabernas hacia las que los granjeros, generación tras
generación, caminaban cinco kilómetros en la oscuridad después de doce
horas de dura labor en el campo, venden ahora cerveza industrial que se trae
en camiones desde las ciudades.
Sin embargo, estos cambios son como una calandria que, cuando un
animal se acerca a su nido, se arrastra por la hierba fingiendo tener un ala

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rota. Tras las apariencias, las viejas costumbres perviven como antaño. El
rostro del hombre achaparrado y de pelo negro sentado en el tractor es
idéntico al del hombre que trabajó aquella misma tierra hace cien años.
En los atardeceres del otoño, cuando el cielo se convierte en un lienzo añil
manchado por los últimos rayos de sol, cuando la niebla baja lentamente
desde las colinas del páramo, se puede estar de pie junto a una cerca de
madera y mirar hacia los campos y ver la luz de una granja parpadear a través
del valle y pensar en los hombres que han vivido allí antes; en ejércitos que
llegaban a las cimas peladas de aquellas mismas colinas; en los hombres
salvajes de pelo rubio que vinieron del mar; o en los reyes y nobles a lomos
de caballos bien pertrechados.
Por la noche, a la luz de una bombilla cubierta de telarañas, se puede estar
de pie sobre un suelo de tierra dura y beber sidra extraída de barricas
fabricadas por toneleros muertos en tiempos en los que aún se hablaba de
Napoleón. El idioma de los hombres que beben aquella sidra es a oídos
foráneos tan extraño como los dialectos de selvas lejanas. Sus nombres
provienen del Libro Domesday de Guillermo I el Conquistador; los mismos
nombres han vivido en las mismas granjas desde que Drake zarpó de
Plymouth para aplastar el poder de España.
Algunos de aquellos hombres, en honor a la verdad, salieron de Dando
para combatir en la última guerra, la guerra moderna. Lucharon en los
desiertos de África, en las junglas birmanas y en el lodo italiano. Aun así, a
diferencia de los de ciudad, ellos volvieron al hogar con la firme decisión de
mantener las viejas costumbres, como si la civilización moderna que vieron
fuese una tierra alienígena de la que escapar. Muchos de aquellos que beben
sidra, en el año de los cohetes a la luna, no saben ni leer ni escribir. Algunos,
ante la presencia de un forastero, pueden adoptar el idioma de las ciudades.
Otros no.
Incluso algunos de los que pueden no lo hacen. Porque hay un lado oscuro
en aquel rincón de Inglaterra. Aislado del resto del país por colinas y
conectado por carreteras poco más anchas que un coche; sus granjeros y
aldeanos han terminado sintiéndose cada vez más apartados del resto de los
ingleses. La geografía es uno de los motivos del aislamiento de los dos
pueblos. La pobreza, otro. Aquí la tierra es pobre. Los hombres, tanto si son
propietarios como si trabajan para otros, tienen que pasar largos y monótonos
días en los campos. Pocos pueden permitirse vacaciones y tampoco llegan a
Dando forasteros porque no se ajusta a lo que para un urbanita es un bello
entorno rural. Al sur y al oeste se extiende el páramo. Dicen que tiene un

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clima propio, que es el punto de confluencia de los vientos fríos cargados de
lluvia provenientes del océano Atlántico. En el borde del páramo, como
interpuesta entre Dando y el sol, se alza la colina de Tom. Incluso en verano,
esta parece proyectar una sombra sobre los dos pueblos, robándoles el calor.
La influencia del mundo exterior no penetra en Dando. Y su gente, bien
por orgullo o por miedo —si es que ambos sentimientos pueden separarse—
prefiere permanecer dentro de los límites de su pueblo. Nacer, crecer, casarse
y ser enterrado allí. Se dice que algunas de las personas de más edad,
especialmente mujeres, siempre pueden establecer algún parentesco entre dos
personas de la zona.
Cásate con alguien de Dando y déjate de cuidados es un refrán local. En
los pueblos próximos esto se acompaña habitualmente de miradas y gestos de
reprobación. En Dando, dicen, se han casado entre ellos durante demasiados
años. Y no existe familia sin secretos. Los pocos forasteros que compran
terrenos dentro de los límites de ambos pueblos pueden pasarse la vida entera
sin oír aquellas confidencias, porque algunas cosas no se pueden contar.
Quien viene de fuera puede escuchar referencias veladas a cosas que
nunca entenderá. Puede preguntar, por ejemplo, por qué cierto prado tras el
bosque se llama el Campo del Soldado. Le contarán que un soldado fue
asesinado en aquel lugar, pero no le dirán que todavía hay un anciano en la
aldea que estuvo allí la noche en que le cortaron la cabeza con una podadora
de setos. No le dirán que hay algunos que recuerdan que sus padres estuvieron
fuera aquella noche, cuando el muchacho llegó de los barracones en Plymouth
y se encontró con Mary Tremaine, de doce años. Los hombres llegaron desde
las granjas y desde la taberna de Dando para capturar al soldado; un desertor,
un hombre bastante fuerte que había atravesado a pie el páramo. Solo los que
estuvieron allí pueden contar qué se les pasó por la cabeza mientras le
mataban. Uno por uno cogieron por turnos el arma asesina para que todos
tomaran partido.
Los hombres de Dando, tal y como se conoce a los de la zona, han estado
apartados durante más de cien años y cuando el mundo exterior los amenaza,
ellos mismos responden. Una familia tiene que guardar sus secretos.

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DOS

Aquella mañana, George Magruder descorrió las cortinas de terciopelo rojo


de su dormitorio para ver la campiña inglesa, cubierta de nieve por primera
vez. Durante la noche habían caído unos treinta centímetros y, aparte de las
líneas oscuras de los setos y de unos pocos árboles aislados, todo estaba
blanco; desde el murete del patio frente a la casa hasta la cima del Tom, que
como un seno enorme y brillante destacaba sobre el gris oscuro del cielo. Era
una escena fría y desoladora. Nada se movía. Arrancó un carámbano del alero
del tejado, arrodillándose en el amplio alféizar para alcanzarlo. Sintió el frío
cortante del viento del este en el brazo, cubierto solo con el pijama.
Caminó descalzo hasta la cama donde dormía su mujer, Louise. Con la
mano le apartó del rostro algunos mechones de pelo oscuro. Como de
costumbre, dormía con la boca abierta, hábito que no había conseguido
corregir.

Dejándose llevar por un impulso, colocó suavemente el carámbano entre


sus labios, mientras se inclinaba para besarle la mejilla. Louise empezó a salir
lentamente del letargo, hasta que sus dientes y labios se cerraron a causa de la
fría esquirla de hielo.
—¿Qué es? ¡Aparta eso! —Torció el rostro en una mueca. Parecía
realmente horrorizada.
—Mira —dijo él, sujetándolo ante sus ojos—. Es solo un carámbano.
—¿Se supone que es divertido?
Louise se giró, volviendo el rostro y dándole la espalda. Estaba teniendo
un sueño muy agradable.
—Ha nevado esta noche. Inglaterra parece la estepa siberiana.
No mostró entusiasmo alguno cuando él le dijo que se levantara para ver
la nieve. George se dirigió a la ventana.

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—Es diferente a todas las postales navideñas —dijo—. No veo ningún
acebo. ¿Y dónde están el cochero de mejillas coloradas y el petirrojo?
—Espero que la dichosa carretera no esté cortada —respondió ella,
bostezando—. Hoy es el último día que el carnicero pasa antes de las
vacaciones.
—Puede que la nieve dure días y días. ¿No sería romántico?
—No, si tenemos que alimentarnos de latas de comida para gatos.
—¿Vas a despertar a Karen? Le encantará.
—Supongo. Es todo lo que se puede decir de la nieve, que los niños la
adoran.

George arrojó el carámbano por la ventana y se dirigió al cuarto de baño,


que daba a un descansillo pequeño y cuadrado, al final del pasillo de la planta
de arriba. Las mañanas no eran el mejor momento del día para Karen, se dijo
a sí mismo. Comenzó a canturrear. El viento había arrastrado nieve y la había
apilado contra los muros rectangulares del viejo establo y del garaje, edificios
que junto con la casa, formaban los tres lados de un cuadrado. El cuarto lado
lo conformaba el comienzo de un prado largo y estrecho que se extendía por
entre altos terraplenes hasta dar con el cruce entre su propio camino de salida
y uno de los campos de Knapman.
Como de costumbre, se afeitó, aunque era poco probable que fuera a salir
de casa aquel día. Le ayudaba a prepararse para la jornada de trabajo en el
estudio del piso de abajo. Algunas veces bromeaba sobre esto con Louise,
diciendo que su hábito de afeitarse era el equivalente al de un inglés
arreglándose para cenar en mitad de la selva. Desde que vinieron a vivir a la
granja de los Trencher, ella no se tomaba aquellas pequeñas bromas con su
tolerancia habitual. Últimamente, George había intentado insuflar algo más de
mordacidad a lo que le gustaba definir como «el mobiliario de sus
conversaciones conyugales». El carámbano, pensó, había sido un error.

George y Louise Magruder llevaban casados nueve años. Habían vivido la


mayor parte del tiempo cerca de Filadelfia, en Estados Unidos, donde él era
miembro distinguido del departamento de inglés de la Universidad de
Filadelfia. Se habían conocido en casa de los Wilshire. Maurice Wilshire
estaba casado con la hermana de Louise, a quien había conocido en
Cambridge. Este año sabático parecía ser una oportunidad excelente para

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aunar dos metas: el deseo de ella por enseñarle Inglaterra, su país natal, y la
necesidad de él por encontrar un lugar tranquilo donde escribir el borrador
final de su trabajo de investigación sobre Branksheer, escritor de diarios de
finales del siglo XIX. Branksheer ya pertenecía al patrimonio común
trasatlántico y muchos de los documentos útiles estaban a buen recaudo en
Estados Unidos, pero le había parecido apropiado escribir la versión final de
su trabajo en Inglaterra. Esperaba, ingenuamente, contagiarse de la atmósfera.
Sentía que sabía todo lo que había que saber sobre Branksheer sin entender ni
una sola cosa acerca de aquel hombre.
Habían puesto un anuncio en The Times para encontrar una casa apropiada
en el suroeste de Inglaterra y fue Louise quien se decantó por la granja de los
Trencher. Lo que fuera una granja, tras venderse las tierras muchos años atrás,
había quedado reducida a una gran casa de muros blancos, compuesta de un
estudio, un salón, un comedor y una cocina en la planta baja y cuatro
habitaciones, un baño completo y un servicio en la planta superior.
La casa, un edificio tremendamente robusto y achaparrado, daba la
impresión de haber sido diseñada para soportar los peores temporales de
viento y nieve que el páramo pudiera arrojar sobre los dos pueblos. Los muros
de adobe tenían sesenta centímetros de grosor. En las partes principales de la
vivienda, que al parecer tenían cuatrocientos años, las ventanas no medían
mucho más de un metro cuadrado, como si los constructores originarios
hubieran cedido de mala gana cada centímetro que no fuera a ofrecer una
protección total a los moradores. Enormes vigas de roble tiznadas de negro
atravesaban los techos de las habitaciones del piso de abajo. En la parte
trasera, la cocina y el baño de arriba formaban una ampliación construida tras
la guerra. Sus muros de ladrillo y sus ventanas estaban más en concordancia
con las ideas modernas de construcción. Cuando estuvieron inspeccionando la
casa, George señaló varias grietas diagonales en el blanco mate de las paredes
de la planta baja, pero el agente inmobiliario se rio y dijo que, muy
probablemente, aquellas grietas llevarían allí desde los días de Cromwell.
De entrada, habían acordado un alquiler de seis meses por la renta,
exorbitante según Louise, de doce guineas semanales. En cambio George, tras
hacer la conversión a dólares por mes, la encontró baratísima. Sin embargo,
después de llevar tanto tiempo casado con una mujer inglesa era consciente de
la reputación que tenían los estadounidenses en cuanto a la percepción del
dinero, por lo que se cuidó de no jactarse del acuerdo si hablaba con ingleses.

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Las mejillas y la barbilla le cosquilleaban con la loción de afeitado.
Volvió a la habitación y se vistió con sus Levis beis y su camisa roja de
cuadros. Para un hombre de treinta y cinco años, cuyas actividades más
extenuantes eran caminar y nadar, pensó que estaba en bastante buena forma.
—Es mi paseo matutino lo que me mantiene —le dijo a Louise, que
seguía en la cama. Parecía aburrida.
—Sé que piensas que es una tontería, lo de mis rutinas, pero no es tanta
como te crees. Si no tuviera una no podría mantener el ritmo de trabajo.
—Como le dijo el monje a la abadesa, eres una criatura de hábitos,
George. ¿Para quién te mantienes en forma?
—¿Cómo que para quién?
—¿Para qué, entonces? ¿Todavía crees que te van a pedir correr en las
Olimpiadas?

Era mejor dejar a Louise sola cuando estaba de ese humor. Durante
mucho tiempo pensó que la diferencia de nacionalidad no tenía ninguna
relevancia, pero en los tres meses que llevaban viviendo en la granja de los
Trencher, ella había cambiado. ¿Se habría sentido alguna vez como una
extranjera en Estados Unidos? George estaba seguro de que ese no había sido
el caso, pero él sí que estaba empezando a sentirse como un extranjero aquí,
en Inglaterra, en su propia casa.
Cuando llegaron por primera vez, él se fue a pasear, para orientarse. Lo
obvio era girar a la derecha en el cruce entre su sendero y la carretera «de
verdad» que, aunque estaba asfaltada, era tan estrecha que si dos coches se
cruzaban, uno tenía que dar marcha atrás hasta una verja o hasta una de las
hendiduras, no muy profundas, recortadas en la alta ladera. Tras torcer a la
derecha, la carretera seguía cuesta abajo otros tres kilómetros, los tres
kilómetros más largos que había recorrido en su vida, hasta entrar en la aldea
de Dando Monachorum. El nombre, pensaba, era ridículo y no pegaba con el
aspecto del lugar. No era una de aquellas aldeas con casas de tejados de paja
usadas en los anuncios británicos del New Yorker. El nombre era la única
cosa pintoresca del sitio.
Louise dijo que quería encontrar una casa en una zona tranquila, lejos de
los típicos lugares turísticos. Y vaya si lo consiguió. Cualquier turista que
viniera a Dando Monachorum tenía que estar loco. Había siete u ocho casas

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de campo destartaladas, con techos bajos, algunos de paja, otros de teja.
Había una capilla metodista de ladrillo rojo; un edificio poco agraciado que
por alguna razón, parecían haber construido de tal forma que todos los lados
estuvieran siempre en el peor sitio respecto del sol. Había un colegio de
piedra gris que ya no se usaba como escuela sino como bingo los lunes y para
actividades esporádicas del pueblo. Y estaba el bar, la taberna de Dando.
Louise le había advertido que los lugareños tardarían un tiempo en
acostumbrarse a ellos, pero él, viendo que no había ninguna razón para
fomentar el recelo mutuo, bajó una noche a la taberna, esperando establecer
algún tipo de contacto con aquellos temibles vecinos. El bar era más pequeño
que su sala de estar. Había siete u ocho hombres, algunos jóvenes, que
parecían beber poco pero se entregaban de lleno a los dardos. George se sintió
un completo extraño, como alguien que entra sin ser invitado en casa ajena.
Los hombres se le quedaron mirando pero giraron la cabeza cuando les
devolvió la mirada y los saludó.
En una barra de bar no mucho más larga que su escritorio pidió una
cerveza pequeña. El dueño parecía bastante agradable, aunque lo que le
extrañó a George Magruder fue la poca curiosidad que mostró. A fin de
cuentas, ¿cuántos estadounidenses se dejaban caer en antros como aquel?
Mientras que la mayoría de los hombres parecían trabajadores agrícolas o
mecánicos, el propietario tenía el aspecto de alguien venido a menos. Vestía
con camisa y corbata y la americana de un traje azul.
Trató de entablar una conversación banal acerca del tiempo y de la
cerveza, pero el dueño se limitó a contestarle con evasivas, de las que no dan
pie a seguir conversando. Si se hubiera encontrado en una situación parecida
en su país —bastante improbable— le habría pedido al hombre que sirviera
un trago a todo el mundo y habría invitado a una ronda, pero Louise le había
prevenido sobre aquellas costumbres americanas no deseadas. Explicó que
este tipo de gente del campo solo te respeta si eres tan agarrado con el dinero
como ellos. ¡Qué demonios! A él no le interesaba el respeto, solo encontrar a
alguien con quien hablar, pero los clientes lo ignoraron centrándose en sus
interminables partidas de dardos y el propietario no le brindó ni una sola
palabra que pudiera interpretarse como conversación.

—¿Qué tal te ha ido, cariño? —le preguntó Louise cuando volvió a casa.
—No estoy muy abrumado por la tradicional hospitalidad inglesa, si eso
es lo que quieres decir —respondió él—. Ateniéndose a lo de esta noche,

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tendremos que aprender a mantener nuestras propias conversaciones.
Louise estuvo preocupada durante su ausencia. Sabía más del tipo de
gente que vivía en un sitio como aquel de lo que George jamás podía aspirar a
conocer. Para ellos, un londinense era un extranjero, así que un
estadounidense bien podría ser alguien de otro planeta. Sin embargo, Louise
se solía sorprender por la habilidad americana de George para topar con
situaciones que a ella le parecían delicadas y salir victorioso. Era una de las
cosas que admiraba de él.
Después de aquella noche, George Magruder empezó a preguntarse si un
hombre podría vivir estrictamente dentro del círculo de su propia familia. Por
mucho que quisiera a Louise, llevaban casados nueve años, y el tiempo de
exploración mutua a través de conversaciones, o algo más, había pasado. Y
existía un límite en la satisfacción que uno podía obtener de la compañía de
una niña de ocho años.
Parecía muy probable que, durante al menos seis meses, la granja de los
Trencher sería su único mundo. Bueno, incontables hombres habían vivido así
en los días del lejano oeste. Un hombre y su mujer solos, en un mundo
desconocido y brutal, viviendo de sus propios medios. Un hombre que llega a
un valle virgen y se hace con un trozo de tierra y lucha contra indios y
sobrevive a las sequías y labra y cosecha y vive hambrunas y ventiscas y…
Louise decía que aquel pensamiento infantil le impedía convertirse en un
académico viejo y estirado, con la nariz metida en los últimos años del siglo
XIX.

Aquella misma tarde, cuando se fue del bar, los hombres hablaron de él.
Ellos, por supuesto, sabían quién era: el yanqui rico que había alquilado la
granja de los Trencher, una especie de profesor. A los que habían estado en el
ejército no les gustaban los americanos, porque sabían que eran unos bocazas
tripones y unos cobardes de mucho cuidado. Los que no habían estado en el
ejército aceptaron este punto de vista.
Tom Hedden, un granjero de Dando, estaba tirando al dieciséis doble para
ganar el juego cuando George Magruder se marchó. Normalmente lanzaba
tres dardos seguidos al triple y acertaba siempre, pero había perdido la
concentración.
—Esos yanquis se están adueñando del mundo —dijo, arrancando sus
dardos con el enfado visible que se suele dar entre hombres zafios—. ¿Cómo

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puede permitirse pagar la granja de los Trencher? Norman, ¿cuánto dicen que
cuesta el alquiler?
—He oído, que doce guineas a la semana. Más de lo que muchos paisanos
tienen para dar de comer a sus familias.
—Parece un tipo majo —dijo Harry Ware, el dueño. Los hombres
bromearon ante la imparcialidad del propietario.
—Sí, claro, es un amigo tuyo de hace tiempo que no anda corto de pasta.
Harry Ware se había acostumbrado al sarcasmo, las mofas y los insultos
que conformaban la mayor parte de la conversación de sus clientes. Lo que
más les gustaba a los parroquianos era engañar, no importaba si a amigos o a
enemigos. Harry Ware había adquirido el bar porque era pequeño y, hasta
ahora, estaba fuera de rutas multitudinarias. Él y su mujer habían pensado que
les brindaría una forma agradable y tranquila de ganarse la vida, después de
varios años en un lugar ajetreado en una carretera principal no lejos de
Torquay. Había sido verdulero en Sunderland, donde nació, antes de lanzarse
al negocio de la venta de alcohol. Aunque llevaba viviendo en el suroeste de
Inglaterra durante más de veinte años, no entendía a sus gentes. En esto había
mostrado más inteligencia que muchos hombres presuntamente más listos,
porque reconocía que no los entendía. Quien viniera de cualquier otra parte de
Inglaterra, contemplaba a estos hombres rurales del suroeste, de cuellos
gruesos y caras redondas, casi como a payasos. Tenían reputación de ser los
más sumisos, serviles y obedientes soldados de toda la nación. Inclinarían la
cabeza en señal de reverencia o saludarían a un oficial y luego aceptarían la
orden más peregrina sin dudar, en casos en los que un galés o un escocés
pelearía.
Sin embargo, debajo de esa fachada, impasible y casi bovina, sabía que
sus mentes tenían oscuros recovecos. Un escocés de Glasgow era rápido con
sus puños, pero estos hombres eran diferentes; podían estar años sin mostrar
una sola emoción y, llegados a un punto… Se decía que su sangre era muy
antigua, que se remontaba a tiempos ancestrales. Él era siempre muy
cuidadoso, eran sus clientes habituales y, más o menos, vivía de lo que ellos
se gastaban cada noche. Los sábados y domingos otros granjeros y aldeanos
aumentaban sus ingresos, pero sin los hombres que estaban en el bar aquella
noche no tendría ganancias.
Tom Hedden tenía una pequeña granja de solo veinte hectáreas, que
trabajaba en solitario con su hijo de quince años, Bobby. Luego estaba Bertie
Scutt, que vivía de los diez subsidios familiares de su mujer y del paro que
obtenía entre trabajos temporales. Chris Cawsey tenía alrededor de veintidós

Página 15
años y trabajaba como mecánico en el garaje de Compton Wakley. Harry
Ware pensaba que había algo afeminado en Chris, a pesar de que tenía una
moto y llevaba cinturones grandes de cuero con hebillas raras.
Phillip Riddaway era el hombre más grande de los presentes, un
trabajador rural corto y zoquete, de cara grande y redonda y manos como
racimos de plátanos. Phillip trabajaba para el coronel Scott en la granja
Manor. Todo el mundo sabía que era lento en más de un aspecto. A veces,
Chris Cawsey y Norman Scutt, el hijo de Bertie, se burlaban de él, hasta tal
punto que un hombre normal hubiera perdido la paciencia, cosa que nunca le
pasó a Phillip. Parecía que cuanto más se reían de él, más le agradaban.
Bert Voizey era carpintero y, según se decía, un experto cazador furtivo.
Hombre de aspecto insignificante, tenía fama de atrapar zorros con alambre y
cada vez que un granjero local tenía plaga de ratas, se le llamaba para
eliminarlas por una tarifa fija de dos libras. Tenía una receta propia para
preparar el veneno.
Norman Scutt era el hijo mayor de Bertie, aunque en el bar se hablaban
como colegas, y no como padre e hijo. A Harry Ware no le gustaba Norman,
que llevaba el pelo siguiendo alguna extraña moda, con dos patillas largas y
negras. Una de las razones era que Norman se emborrachaba bastante a
menudo, algo que los otros hombres rara vez hacían. Era una cuestión de
orgullo que el alcohol no se notara. Además, tenía antecedentes. Su última
sentencia había sido de nueve meses por robo, y después había ido ajuicio por
varios delitos, algunos de violencia y otros sencillamente de latrocinio.
Cuando se acercaba la hora de cierre, normalmente era Norman el que
quería continuar bebiendo. Aunque como cualquier otro dueño de un bar
recóndito, Harry estaba dispuesto a estirar la ley media hora para mantener la
buena predisposición de sus parroquianos. Siempre le daba cierto temor la
posibilidad de que Norman se pusiera desagradable.

—Yo no gano doce guineas en mis pagas semanales, ¿a qué no? —dijo
Phillip Riddaway, que se tomó su tiempo antes de entrar en la conversación.
—Eso es porque eres corto, Phillip —le replicó Norman—. Ellos, los
yanquis, no lo son. Son más ricos de lo que eres y de lo que serás. ¿Ves a su
mujer? ¡La leche!, Phillip, te lo pasarías bien con ella, ¿eh, viciosillo…?
Phil esbozó una sonrisa. Norman siempre le estaba contando cosas sobre
mujeres. Phil nunca había estado con ninguna. Norman siempre estaba
diciéndole que tenía que probarlo antes de cumplir los cuarenta o ya sería

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demasiado tarde. A Phil le gustaba oír a Norman hablar de mujeres, tenía
mucha experiencia.
—Sí. Para los yanquis, todo es sencillo. Como son tan ricos —se quejó
Tom Hedden.
—Nosotros tenemos que ingeniárnoslas para poder pagar una o dos pintas.
Harry Ware se preguntó si Norman, que había salido de la prisión de
Exeter hacía dos meses, no estaría pensando en cometer un hurto en la granja
de los Trencher. Los otros siempre decían que a favor de Norman estaba el
hecho de que nunca había robado a nadie de Dando, pero un yanqui no era un
lugareño.

Tras bajar las escaleras, George Magruder tenía la costumbre de recoger


la correspondencia que dejaban en la entrada principal y después quitar la
ceniza y encender las estufas de leña. En la sala de estar había una Esse, un
quemador con tapa de vidrio, que calentaba el agua de los seis radiadores de
la casa. Todas las mañanas, cuando recogía las cenizas acumuladas durante la
noche, se decía a sí mismo lo afortunados que eran por haber encontrado una
casa con calefacción central.
Después de hacer un paquete con las cenizas, usando la sección de
negocios de The Times como envoltorio, se dirigió hacia la cocina
atravesando la sala de estar y el comedor. Tuvo que agachar la cabeza para
esquivar la viga de roble, situada a baja altura sobre el comedor. En la cocina,
limpió la Aga, a la que los agentes de la inmobiliaria habían definido como el
Roll-Royce de las cocinas. Louise cocinaba todo en sus dos fogones,
normalmente cubiertos con enormes tapas de acero inoxidable con bisagras, y
el fuego, de combustión lenta, también proveía de agua caliente a la cocina y
al baño. Aunque sabía que la Aga tenía un diseño moderno, le gustaba pensar
que era el tipo de fogones que las mujeres habían utilizado para cocinar
cuando sus maridos estaban fuera arando planicies vírgenes o marcando
terneros de largos cuernos. Por primera vez en su vida había probado algo
cocinado de verdad con otro método que no fuera la electricidad. Le daba a la
vida una especie de sabor a barbacoa.
Salió de la cocina en dirección a la puerta del porche, llevando las cenizas
en el recogedor. Dejó en el suelo los dos montones de ceniza para ponerse las
botas de goma. Tenían suelas dentadas y las había dejado en la carbonera el
anterior inquilino. Había comprado unas plantillas de fieltro para las plantas
pero, incluso con ellas, seguía pensando que había algo antihigiénico en usar

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lo desechado por otra persona. De no haber sido motivo de cierta mofa por
parte de Louise, quien tendía a reírse de sus precauciones ante los gérmenes,
las habría quemado y se habría comprado un nuevo par. Sentía que detalles de
este tipo lo ayudarían a crear la predisposición mental correcta para escribir el
libro sobre Branksheer. Hacendado, académico y escritor de diarios como era,
Branksheer, había vivido en lo que solo podría ser descrito como miseria.
Sencillamente, George Magruder no podía sintonizar con un hombre para
quien el latín y el griego eran su elemento natural y que mantuvo
correspondencia con los principales filólogos europeos y, al mismo tiempo,
asumía como algo normal el tener piojos y, como algo casi inevitable, la
sífilis. A veces, Louise y él discutían sobre si convenía desear una asepsia
clínica. Ella se decantó por sostener que un hombre de verdad, maduro, no
estaría acomplejado por la suciedad.
George abrió la puerta del porche y caminó, a través de una capa de nieve
de treinta centímetros, hacia la esquina de la casa, por delante de la ventana
de la cocina. Entre el garaje y la casa había una pesada valla de madera, en la
que se abría una puerta. Descorrió el cerrojo y pasó de espaldas, con ambas
manos ocupadas con las cenizas. Dejó que la puerta de madera se cerrara de
golpe detrás de él. Caminó junto a la pared trasera de la casa hacia la esquina,
donde la helada superficie de nieve centelleaba bajo el brillante sol de
diciembre.
Enfrente de la casa había un patio pavimentado, no muy grande, donde
unos pocos rosales y arbustos crecían en parterres recortados en las piedras
del pavimento. Estaban protegidos por un muro bajo de ladrillo, que recorría
la parte delantera de la casa. El muro, con una capa de quince centímetros de
nieve, parecía un trozo de pastel de Navidad recubierto de azúcar glas.
Los inquilinos anteriores tiraban las cenizas en montones desordenados,
en el camino de la parte de atrás del cobertizo, pero él había dado con una
forma más útil y ordenada de deshacerse de ellas. Cada mañana sacaba los
dos montones a la parte delantera de la casa y los colocaba en baches del
sendero. Ya había nivelado la mayoría de los agujeros más grandes. La
distancia entre la casa y la carretera era de unos ciento ochenta metros. Tenía
una íntima y curiosa ambición; ver el sendero perfectamente nivelado con los
residuos de las dos estufas. A veces, trataba de calcular cuánto tardaría. La
respuesta variaba de los tres a los cinco años. Pero era una tarea útil y
esperaba que los futuros inquilinos continuaran el trabajo.
Esa mañana no veía los baches por la nieve y, después de pensarlo, tiró el
contenido del envoltorio y del recogedor de ceniza más o menos enfrente de

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la puerta del garaje. Cuando la nieve se derritiera podría barrer las cenizas
hasta el agujero más próximo. Fue en aquel momento cuando pensó en dar
una vuelta. Como siempre, le irritó el viejo y desvencijado cobertizo al otro
lado del camino. Había algo de descuidado en la gente que se gasta un dineral
en instalar una calefacción, un cableado eléctrico nuevo, accesorios modernos
en el baño y luego deja una casucha destartalada como aquella, justo enfrente
de las ventanas delanteras de la casa.
Estaba aprendiendo muchísimo acerca de los ingleses. Por varias razones,
no eran los isleños acogedores que Estados Unidos se imaginaba. Por
supuesto que había personajes peculiares, que parecían sacados de una
película de Peter Sellers, pero por cada viejo aristócrata rural, como el coronel
Scott, había otros: viejas que murmuraban mientras se movían silenciosas por
las huertas de las casas de pueblo o el hombre de pelo oscuro, adusto, que
andaba sigiloso por el camino, como encaminándose hacia algún ancestral rito
pagano bajo un roble.
George había percibido una inesperada brutalidad. Cuando miraba las
frías pendientes del Tom, pensaba en el edificio de grandes dimensiones y de
aspecto carcelario que se alzaba detrás de la colina. Oficialmente descrito
como institución para delincuentes psicóticos, Two Waters, era una lúgubre
fortaleza de piedra, que sobresalía de las inhóspitas laderas del páramo. Le
parecía increíble que una gente que había dividido el átomo y había producido
a Robert Graves fuera tan primitiva como para poner a sus enfermos mentales
en un sitio como Two Waters. Independientemente del hecho de que un
edificio Victoriano fuera adecuado para tratar enfermedades mentales
extremas, no resultaba muy tranquilizador pensar que había asesinos y
pervertidos de todo tipo a solo quince kilómetros de distancia
aproximadamente. No tenía ni siquiera un muro alrededor, solo una valla alta
de alambre de púas. Aquella valla solo se levantó por la indignación popular
después de una fuga tristemente famosa. George solía pensar que nadie
aventajaba a los ingleses en su habilidad para aceptar las diversas
manifestaciones de la barbarie inconsciente.

Louise Magruder —de soltera Hartley— observaba a su marido desde la


ventana del dormitorio. Era una atractiva mujer de treinta y cinco años, que se
peinaba el pelo a lo Jane Austen, en aquel momento de moda; severos
mechones sobre las orejas y un moño atrás. Pensó que se pondría la blusa
blanca con volantes en la parte delantera y mangas de farol. Tal vez era ya

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bastante mayor para vestir como una adolescente, pero atrapada allí, en medio
de la nada, había pocas cosas con las que entretenerse. No ayudaba a su
estado general de irritación el saber que ella había sido, con creces, la máxima
responsable de ir a vivir a la granja de los Trencher.
—Karen, ¿aún no te has levantado? —dijo en voz alta desde el armario
ropero empotrado en el muro de su dormitorio.
Al otro lado del muro estaba el armario de Karen, ambos encastrados en la
pared de adobe. Las voces pasaban con total claridad a través de la delgada
madera que separaba ambos armarios.
—Ya voy, mami.
Con las rodillas ligeramente separadas, como si eso le acercara el pelo a
los brazos contorsionados, se colocó el pasador en el moño. George había
tirado la ceniza en la nieve. Aun sabiendo que era injusta, pensó que había
algo en su esencia que era ridículo. La forma de su cabeza, por ejemplo.
George insistía en cortarse el pelo bien corto, aunque ella le había dicho que
sus orejas, grandes y puntiagudas, deberían ser menos visibles. En Filadelfia,
donde la extranjera era ella, siempre pensó de él que era un marido normal.
Ahora que llevaban viviendo tres meses en Inglaterra, veía cosas americanas
en él.
No eran solo los dramas que montaba para preparar hielo cada vez que
invitaban a alguien a tomar un trago, o el hecho de no poder hacer una simple
llamada sin comentar lo espantoso que era el sistema telefónico británico.
Louise estaba acostumbrada al hielo en sus bebidas y no era el prototipo de
patriota histérica que defendiera lo indefendible, de hecho, los teléfonos
americanos hacían que los ingleses parecieran una cosa salida de la Edad
Media, si es que eso no era un anacronismo. De todos modos, ella sabía a lo
que se refería.
No, ahora veía que su mente era distinta. En Estados Unidos casi se había
olvidado de cómo eran los ingleses pero, desde que había vuelto, se
sorprendía comparando continuamente a George con otros hombres, como el
coronel Scott, por ejemplo, o con Gregory Allsopp, el médico. En cierta
manera, George era más maduro que ellos; para empezar, podía aguantar
mejor el alcohol, no como el coronel Scott, que a juzgar por el color de la
cara, debía de haber empinado bastante el codo. Sin embargo, había algo
infantil en la manera en que se tomaba en serio cosas como la bebida. George
odiaba todo lo que fuera jocoso y, si caía en la trampa de tomarse a pecho
triviales comentarios en broma, solía enfurruñarse cuando se daba cuenta de
que nadie había hablado en serio.

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Conducir era otro de sus puntos débiles. Era un buen conductor y no veía
ninguna razón para decir lo contrario. Seguramente Gregory Allsopp era igual
de bueno, pero como la mayoría de hombres ingleses inteligentes que había
conocido, continuamente se hacía pasar por un payaso torpe, que había
escapado de graves accidentes gracias a una suerte excepcional que le había
acompañado toda su vida. A George no le gustaba esa clase de afectación.
Se tomaba en serio las cosas más estúpidas, como su peso. Si se pasaba un
solo kilo de sus sesenta y ocho, primero se quejaba de la poca fiabilidad de las
básculas británicas, y después, reducía el consumo de patatas, de pan y de
todo. No fumaba, por supuesto. Intachables, así eran los estadounidenses.
Tenían una fijación neurótica por la salud y la higiene.
Pensó en el único amante que había tenido desde que se casó. A Patrick le
olía el aliento y tenía un grave problema de olor corporal. Incluso se tiraba
pedos en público. Se le dibujó una sonrisilla tonta frente al espejo. Se imaginó
la cara que pondría George si alguien se tirara un pedo sonoro durante una
cena. Cuanto más lo pensaba, más se reía.
—Ya me he levantado, mamá —dijo Karen. Tuvo que recordarse a sí
misma, y no por primera vez desde que habían llegado a Inglaterra, que su
hija no pretendía ser una estadounidense. Era estadounidense.
Louise estaba añadiendo leche fría a los cereales cuando Karen dijo que el
gato no había tocado su plato de comida en toda la noche. El gato, un macho
medio adulto que habían conseguido de los Knapman, no había vuelto de su
paseo vespertino la noche anterior y le habían dejado su plato, con comida de
lata, en la carbonera.
—Yo no me preocuparía. Probablemente se quedó atrapado en la nieve y
se refugió en algún sitio cómodo y caliente. Los gatos saben cuidarse solos.
—A los gatos no les gusta la nieve —dijo Karen—. Para un gato la nieve
es un rollo. Mamá, los gatos son muy quisquillosos.
—Lo sé, cariño. Por eso siempre vuelven a casa, no soportan las casas
ajenas —como George, pensó.
Su marido llegó al porche, se quitó con cuidado las botas de goma y se
puso los mocasines de cuero antes de pisar el suelo de linóleo de la cocina.
—Este viejo país es de lo más peculiar —dijo—. Karen, ¿has visto alguna
vez la nieve inglesa? Es curioso. ¿Sabes? Es cálida.
—La nieve no es cálida, papá.
Louise recordó cuando Karen había insistido en llamarle Pa. Les llevó
tiempo corregirlo.
—La nieve inglesa no es cálida. ¿Verdad, mami?

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No sabía con certeza por qué se sentía tan irritada.

Después del desayuno salieron a tirarse bolas de nieve. Louise estaba


confusa. Karen era demasiado seria para una niña de su edad. No corría ni
gritaba como lo haría un niño normal; al menos no como los niños normales
que Louise recordaba de su infancia. Por otro lado, las payasadas de George
parecían forzadas y antinaturales, como si realmente no entendiera por qué la
gente lanzaba bolas de nieve pero estuviera dispuesto a imitar sus actos. Un
poco como sus bromas.
Louise se propuso reprimir su tendencia reciente a criticar a su marido e
hija. Dejó que Karen le diera con una bola de nieve y después entró corriendo
y gritando por la puerta junto al garaje. Estaban de pie sobre la nieve del
sendero, cuando George dejó escapar un grito de terror. Se quedó clavado de
pie, con la cara petrificada por el pavor, mirando al suelo.
—¿Qué pasa, cariño? —gritó Louise—. Pobrecito, ¿la nieve se ha portado
mal y se te ha metido en las botas?
Él no respondió.
Louise pensó que quizás estaba intentando jugar, engañándola para que se
acercara y así poder restregarle nieve por el cuello, pero no era tan buen actor.
—He pisado algo —dijo él.
—Es la ceniza —respondió ella, sonriendo.
—No, era blando. Lo he notado.
Louise se acercó e hincó la punta de su bota de goma en la nieve
compacta, donde su marido había pisado. Allí había algo. Apartó la nieve con
el empeine. Karen lanzó una bola de nieve que salpicó la camisa de tartán de
George, pero no pareció notarlo. La punta de la bota destapó algo marrón.
Siguió apartando nieve. Dejó al descubierto un trozo de pelo atigrado y,
después, una pata.
—Es el gato —dijo—. Está muerto.
—¿Nuestro gato? ¿Es nuestro gato, mamá?
—Sí, me temo que sí. Levántalo, George. Me pregunto qué lo habrá
matado.
—¿Levantarlo? ¡No quiero tocarlo! Levántalo tú.
No parecía importarle. Apartó el resto de la nieve que cubría el cuerpo del
gato. Yacía de lado, completamente estirado. Se inclinó y lo cogió, sujetando
la punta de la cola con dos dedos. La cabeza se balanceó suavemente, con los

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bigotes empolvados de nieve. Le colgaba algo del cuello. Era un trozo de
cuerda fina, el extremo de un nudo corredizo que le habían ajustado al cuello.
—Lo han estrangulado —dijo con rabia.
—Lo mismo se quedó pillado en una trampa —dijo George, que había
retrocedido unos pasos.
—Usan alambres para los cepos, no cuerda. Mira, hay un nudo en la
cuerda. Alguien hizo esto deliberadamente.
—Críos, probablemente —dijo George.
—Ay, papá, no quiero verlo —dijo Karen, sin lágrimas en los ojos.
Actitud muy diferente a la que tuvo Louise cuando a su perro, Billy, lo
atropelló un coche cuando era pequeña.
—Sí, deshazte de él —dijo George. Miró el reloj—. Voy a empezar a
trabajar. Tíralo detrás del viejo cobertizo, podemos enterrarlo después.
Louise llevó al gato muerto al vertedero que había pasado el cobertizo. Lo
dejó caer sobre el montículo de papeles y otros desperdicios que quemaban
una vez por semana, ahora cubierto de nieve. Esperaba que pudieran
enterrarlo o quemarlo antes de que empezara a oler.
Cuando volvió, tanto Karen como George habían entrado en la casa.
Pensó en los días de invierno en los que su padre salía con redes, escopetas y
hurones, y volvía a casa trayendo conejos muertos, con la suave piel gris
cubierta de sangre. Muy a menudo, se quedaba al lado del fregadero y miraba
a su padre despellejar y destripar los conejos.

Una vez por semana, había que llevar a Niles al hospital municipal para
que le pusieran las inyecciones para el riñón. Aquel día no había más
pacientes que llevar en ambulancia y Frank Pawson, enfermero jefe, pensó
que el viaje podría cancelarse por la nieve. Sin embargo, el doctor Tindall dijo
que la quitanieves del condado había despejado la carretera, y que Niles
necesitaba sus inyecciones y su revisión.
—Vamos, Henry, amigo —le dijo Pawson a Niles—. Es la hora de tu
excursión semanal.
—¿Puedo mirar por la ventanilla? —preguntó Niles. Siempre lo
preguntaba, aunque llevaba años haciendo el recorrido de ida y vuelta al
hospital y siempre se le había permitido mirar por la ventanilla.
—Claro, Henry, claro que puedes mirar esta nieve tan bonita. La mágica
moqueta de la naturaleza.

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Cuando Pawson fue trasladado a Two Waters por primera vez, Niles
todavía era un personaje famoso. Pawson recordaba que los enfermeros
sudaban la gota gorda cada vez que tenían que llevárselo para darle un baño o
al ambulatorio. No tenían miedo de Niles, ningún hombre adulto había tenido
nunca motivos para estar asustado de Henry. Les aterraba la posibilidad de
cometer algún error y que se les escapara otra vez. Después de la comisión
que investigó el sistema de seguridad, se colocó una valla alrededor de los
terrenos, a pesar de que no se permitía que ningún interno estuviera más allá
de los límites del alto muro del patio de ejercicios, en la parte trasera. Habían
puesto a Niles bajo vigilancia las veinticuatro horas del día. No le permitían
dormir sin una luz en su habitación y la inspeccionaban cada media hora, para
estar seguros de que la silueta durmiente no era un muñeco. Como si alguna
vez Henry hubiera tenido mollera para pensar en construirlo. Mirándolo
ahora, nadie creería que era, el tristemente famoso, Henry Niles. Su aspecto
era el de un hombre de cincuenta años y solo tenía treinta y cuatro. No parecía
capaz ni de atarse los cordones de los zapatos. Un hombrecillo inútil. Pawson
lo cogió del codo instintivamente mientras subía los peldaños de la parte
trasera de la ambulancia.
—Esto es el colmo —dijo el conductor de la ambulancia, que era
londinense como Pawson—. Pensé que tendría un día libre por la patilla con
lo de la nieve. ¿No podía haberse saltado el pinchazo una puta semana?
—Órdenes del médico —respondió Pawson—. ¿Cuánto crees que
tardaremos con las carreteras así?
—No deberíamos retrasarnos. Hoy no hay mucho tráfico —el conductor
sonrió con ironía—. De hecho, solo un loco conduciría en estas condiciones.
Pawson no se rio.
Henry Niles se sentó en el asiento, con el cuerpo girado para ver a través
de los siete centímetros de cristal transparente. Era la única vista que había
tenido del mundo exterior desde hacía nueve años. Solo él sabía lo que pasaba
por su cabeza mientras miraba a través de la ranura acristalada. Durante diez
años apenas había pronunciado unas pocas frases en algún momento dado. En
sus dos juicios, y en la instrucción pública sobre la fuga, los psiquiatras
habían declarado que tenía la edad mental de un niño de ocho años.
La ambulancia dejó atrás la verja principal de la institución para
delincuentes psicóticos Two Waters y cogió velocidad sobre la capa de nieve
compacta que había dejado la quitanieves. El conductor pensó que podría
hacer el viaje de ida y vuelta al hospital del condado rápidamente. Con un
solo paciente, tenía bastantes posibilidades de estar en casa a las cinco.

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En la parte de atrás de la ambulancia, Pawson sacó de su bolsillo trasero
un ejemplar doblado del Daily Mail. Pretendía acabar un crucigrama. No
prestó atención a Henry Niles, que miraba los blancos terrenos yermos del
inmenso páramo. Frank Pawson se dio cuenta de que no podía concentrarse
en las instrucciones del crucigrama. Lo había decido, aquel día le preguntaría
sin falta a Kate Grandy si quería salir con él.

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TRES

Al reverendo William Hood se le había ocurrido mejorar el sentimiento de


comunidad de Dando organizando una fiesta navideña infantil el miércoles
anterior al día de Navidad, que caía en viernes. La fiesta iba a celebrarse en la
escuela, entre las cuatro y media y las seis y media. Después, a las siete y
media, habría un baile, el primero organizado en el pueblo en años.
—Esto les dará una hora para llevar a los niños a casa y volver —había
dicho el sacristán de la iglesia, Bill Knapman, que no se mostraba
excesivamente entusiasmado—. Hay muchos padres que no regresarán —
añadió—. ¿Quién va a cuidar de los niños para que ellos puedan ir a bailar?
—Todos tienen a alguien que puede hacer de canguro una noche —
contestó el reverendo Hood—. Se las arreglan perfectamente para venir a
jugar al bingo todos los lunes.
Bill Knapman cambió de razonamiento en su intento por disuadir al
reverendo Hood.
—No es que haya muchos padres jóvenes que quieran bailar. Todos se
van a Compton Fitzpaine si quieren ese tipo de cosas.
—Precisamente —replicó el reverendo Hood—. Ya es hora de que
hagamos algo por ellos, aquí en Dando. Si no hacemos un esfuerzo, nunca
conseguiremos que haya nada. Se podría pensar que no quieres mejorar la
calidad de la comunidad.
—No es eso, señor Hood —dijo Knapman, que era ocho años mayor que
el pastor—. La gente de por aquí no tiene una mentalidad muy comunitaria.
Tampoco les gusta mucho que venga gente de fuera. Por eso, para empezar,
pusieron fin a los bailes de los sábados por la noche. Eran un reclamo para
todos esos adolescentes que no hacían más que beber y causar problemas.
Había sido sacristán con cuatro vicarios distintos, todos ellos hombres
mayores medio jubilados, felices dando dos sermones los sábados y haciendo
un mínimo de visitas parroquiales. El reverendo Hood era solo el asistente del

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pastor, pero como el vicario, el reverendo Thomas, estaba enfermo, era el
responsable de la parroquia desde hacía dos meses. Había sido ordenado hacía
poco. Por mucho que respaldara a la iglesia, una influencia vital en esos
tiempos tan difíciles, Knapman no le tenía un gran respeto al asistente
parroquial. Pensó que solo estaba tratando de ahorrarle un bochorno. El baile
sería, sin duda alguna, un fracaso.
—Queremos un poco de vida en la aldea —había dicho el reverendo Hood
—. Ese es el principal problema de estas zonas rurales tan estancadas: no hay
nada para la gente joven y por eso se ven arrastrados hacia las ciudades.
—Sí, bueno, hay gente joven y gente joven, si sabe lo que quiero decir. A
muchos de ellos les gusta ir de pueblo en pueblo, armar jaleo y pelearse.
Podría nombrar a unos pocos de los nuestros que nunca están contentos a
menos que causen problemas.
—¡Oh, la impetuosidad, sí! Ese es el meollo de la cuestión. Hay que
darles a las generaciones jóvenes la oportunidad de liberarse de ese ímpetu de
una manera adecuada. Cuando no se les ofrece nada es cuando se comportan
mal. Si me permite decirle algo, señor Knapman, a veces tengo la impresión
de que usted es bastante desdeñoso con su prójimo.
—Yo no diría eso —replicó Bill Knapman—. Es solo que aquí solía haber
peleas y todo ese tipo de cosas en los bailes. Los de Compton Wakley quería
pelearse con los de Fitzpaine, y los de Dando querían pelear con la gente de
ambos pueblos. Iban y venían del bar y bebían más de lo que podían aguantar
y, bueno, los bailes normalmente son solo una excusa.
—Podemos organizar un sistema de control —propuso alegre el asistente
del pastor, decidido a seguir adelante con su plan—. Y estoy seguro de que en
el distrito tenemos suficientes tipos físicamente capaces de encargarse de
cualquier problema. Dando tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, si no, va
a marchitarse y morir.
Al final, Bill Knapman tuvo que aceptar el baile. Era verdad lo que el
joven pastor había dicho, no tenía muy buena impresión de sus vecinos, pero
él sabía más sobre ellos que ningún otro pastor, incluso los más ancianos.
Nació y se crio a seis kilómetros de Dando Monachorum, en una granja que
su familia poseía desde 1643. Había ido a la guerra y al volver, entendió
muchas cosas sobre Dando. Podía haberle contado al ayudante del pastor lo
de la noche en que hubo un baile en la aldea, cuando encontraron a Mary
Tremaine en la carretera de Fourways, la noche en que su padre y otros
hombres se habían marchado sigilosamente al campo detrás del bosque.
Aunque era parte de Dando, había visto mundo, y podía ver el pueblo tal y

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como era en realidad. Si no hubiera nacido ni se hubiera criado allí,
suponiendo que un día se haría cargo de la granja, dudaba mucho que hubiera
escogido vivir en Dando.
En el ejército, cuando contaba de dónde era, le hacían bromas acerca de la
endogamia, el incesto y cosas semejantes. Entonces entendió por qué los de
fuera pensaban eso del suroeste de Inglaterra, incluso él tendía a dar la
espalda a lo que pasaba al otro lado de los límites del pueblo. Esas divisiones
no estaban marcadas, pero se sentían al conducir por una de aquellas
carreteritas. Sabías cuándo habías dejado atrás Dando y Compton, y querías
volver, regresar a lo conocido. Nadie podía negar que formaran un grupo
cerrado.
Cuando se encontraron con la primera oveja brutalmente apuñalada y
degollada, él había sido uno de los pocos que estuvo a favor de denunciarlo a
la policía en Compton Wakley, la comisaría más cercana. Durante los últimos
meses, se habían hallado otras seis ovejas masacradas del mismo modo;
degolladas y con el vientre rajado, apuñaladas por algún maniaco.
Informó a la policía, pero no se sacó nada en claro porque ningún granjero
tenía nada que decir, aparte de cómo habían encontrado las ovejas. Traer a los
maderos, que fisgoneaban y hacían preguntas, no le granjeó demasiada
popularidad. Todo el mundo tenía sus propias teorías acerca de quién era el
responsable. Fue una suerte para Norman Scutt estar en la prisión de Exeter
cuando la primera oveja fue degollada, porque siendo ya un criminal, era
obvio que las sospechas habrían recaído en él. Era desagradable tener algo así
en la zona. Todo el mundo conjeturaba y sospechaba, pensando lo peor de sus
vecinos, y al mismo tiempo, y esto era lo absurdo, sintiéndose culpables por
estar ellos mismos bajo sospecha.
A la hora de comer, el día de la fiesta infantil y el baile, Bill Knapman
bajó a la taberna con su vecino, Charlie Venner. Quedaban solo dos días para
Navidad y por eso no pasaba nada por ir a beber algo en mitad del día. En el
bar vio a los Scutts, al joven Cawsey, a Phillip Riddaway, a Tom Hedden y a
unos cuantos más. Como siempre, Tom Hedden se estaba quejando de algo; el
precio que el coronel Scott le ofrecía por el heno. La granja de Hedden era
muy pequeña para cultivar todo lo necesario para pasar el invierno. Era
demasiado reducida para un hombre con cinco niños, lo miraras como lo
miraras, pero Hedden aguantaba año tras año, por obstinación, sin duda.
—Si renunciara a ella, ¿qué haría entonces? —decía—. Tendría que
trasladarme a una ciudad y trabajar en una fábrica o qué se yo, de eso nada.

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Intentan que los pequeños propietarios nos larguemos de la tierra, pero no se
llevarán el gato al agua. Vaya que no.
Bill Knapman, a quien sus cien hectáreas le otorgaban una posición más
elevada que la de Hedden, y mucho más alta que la de los Scutts y sus
amigos, entendía por qué Tom Hedden se aferraba a su granja, aunque eso no
significaba que tuviera mucha simpatía por aquel hombre. Un granjero que
estaba siempre quejándose era un incordio. No tenía educación, ese era el
problema. Tenía cuatro hijos, todos en la escuela y una niña, Janice, que había
nacido enferma. Cinco niños que alimentar y un lugar que era pequeño
incluso para mantener a un hombre y a su mujer. Y luego estaba el dinero que
Hedden se gastaba en la taberna. La parte de Bill Knapman que había estado
en la guerra entendía por qué un hombre, con una carga muy pesada sobre sus
hombros, optaba por beber. La otra parte lo atribuía a la estupidez. Un
granjero que no es capaz de cuidar bien de sí mismo ni de su familia debía
largarse. Una fábrica sería un buen lugar para él.
—¿Entonces el profesor viene por aquí últimamente? —Charlie Venner
preguntó en voz alta, sabiendo que esto provocaría la risa de todos.
—¿Quién? ¿El manirroto? —dijo Harry Ware—. No, ¡ni hablar!, he ido
tirando sin sus dos medias pintas.
George Magruder se sorprendería al oír lo que decían sobre él. Se daría
cuenta del temor reverencial que sentían hacia un hombre que podía
permitirse pagar la granja de los Trencher, sin, hasta donde sabían, trabajar. Si
les hubiera ofrecido un trago, puede que no le hubiesen hecho partícipe de sus
secretos más íntimos inmediatamente pero, en cierta medida, lo habrían
aceptado como un forastero generoso.
En lugar de eso, habían tomado su timidez por desdén. Una cosa es que el
coronel Scott los tratara con auténtica indiferencia, porque era superior,
poseía la granja Manor, era coronel, era rico, y durante siglos habían vivido
con la incuestionable superioridad de los terratenientes. Habrían despreciado
al coronel si se hubiera comportado de otro modo. Pero un yanqui era otra
cosa. Era un intruso. Otra gente se había colado, como el médico y el
ayudante del vicario, pero con él era diferente.
A las dos y media Harry Ware gritó: «¡Es la hora!», y puso un paño sobre
los tiradores de cerveza.
—¿A qué viene este revuelo? —preguntó Norman Scutt, empujando su
vaso de pinta vacío hacia Harry Ware—. ¿Acaso no es Navidad? Ponnos otra
maldita pinta.

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—Lo siento —se excusó Harry Ware—. Me espera una noche larga con lo
del baile, necesito una siesta.
—Ponnos otra pinta —pidió Tom Hedden, que parecía bastante tocado,
teniendo en cuenta que era la hora de comer.
—Lo siento, no hay más —zanjó Harry Ware—. Muchachos, por favor,
apurad el trago. Tendréis un montón de tiempo esta noche para todo lo que
aguantéis.

Tom Hedden había estado disfrutando del espíritu navideño, de sus


colegas, los dardos, la conversación, el sentimiento de que las cosas no
estaban tan mal, y ahora, los estaban echando. Se sintió defraudado.
—Va, Harry, venga —dijo, con la voz turbia—. Una pinta más, solo una.
No todos los días son Navidad, ¿no?
Harry Ware negó con la cabeza. Tenía la intención de dejar que Bill
Knapman y Charlie Venner se quedaran a tomar algo. Ellos eran
responsables, hombres serios, y cada vez que iban, gastaban bien. Bill
Knapman lo sabía y se irritó cuando Tom Hedden empezó a implorar.
—Dadme ahora mismo vuestros vasos, por favor —pidió Harry.
—¡Me cago en «tus vasos, por favor»! Ponnos otra maldita pinta —exigió
Norman Scutt.
—Venga muchachos, aquí nadie quiere causarle problemas al bueno de
Harry, ¿verdad? —Medió Bill Knapman. Era uno de sus defectos, lo
reconocía, actuar como si tuviera alguna clase de autoridad. Sin embargo, no
podía evitar pensar que los Scutts y esa gente eran chusma. A él no lo habían
criado de aquella forma y, gracias a su experiencia en el ejército, lo tenía muy
presente.
—No es ningún problema —dijo Tom Hedden, rozando el patetismo en su
ansia por conseguir otro trago—. Solo queremos otra pinta, no es mucho pedir
siendo clientes habituales.
Harry Ware sacudió la cabeza y comenzó a fregar los vasos. Esto molestó
a Tom Hedden; pensaba que se merecía un poco más de respeto. Tampoco le
hizo gracia que Bill Knapman le hubiera hablado con aquella voz petulante.
Golpeó su vaso contra la barra. El cristal se rompió.
Harry Ware frunció el ceño con gravedad, mientras barría los trozos.
—Siento lo del vaso —dijo Tom, inclinándose hacia delante con los codos
sobre la barra—. Lo único que queremos es una más, eso es todo.
—Te he dicho que no.

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—No me vas a volver a ver el pelo por aquí. No vas a volver a ver ni un
maldito penique mío, Harry Ware.
La ira de Hedden no encontraba palabras. Estiró sus brazos hacia Harry
Ware, como si fuera a agarrarlo. Bill Knapman estaba detrás de él, esperando
a que ocurriera algo así. En el ejército había sido policía militar, sabía lo que
debía hacer.
—Venga Tom, no nos pongamos tontos ahora —le dijo, agarrándolo de la
manga. Tom Hedden sacudió el brazo, tratando de soltarse.
—Soy tan bueno como cualquiera —gritó—. Suéltame el brazo, Bill
Knapman o te…
Estuvo a punto de desencadenarse una pelea, pero Bertie Scutt y Bert
Voizey cogieron a Tom Hedden y lo persuadieron para que saliera del bar.
Bill Knapman y Charlie Venner se quedaron donde estaban mientras se
vaciaba el bar. A Bill Knapman no le importaba mucho si Hedden, Norman
Scutt y el resto sabían o dejaban de saber que Charlie y él iban a tomar un
trago a puerta cerrada. Si no fueran gentuza de semejante calaña recibirían el
mismo trato.

Justo antes del almuerzo, Louise y Karen fueron a buscar acebos con
bayas, que aquel invierno escaseaban. Louise ya tenía decorada la casa con
campanas de papel, un arbolito de Navidad y unas cuantas ramitas de acebo,
cortadas de los árboles al final del prado, pero como ella misma decía, un
acebo sin bayas no era un acebo.
—Jean Knapman dice que los pájaros se han comido toda las bayas —le
dijo a George, sabiendo lo poco que le interesaban aquel tipo de vulgaridades.
Él trató de mostrar algo de entusiasmo, pero Louise sabía que tenía la mente
en otra cosa. Ese era otro de sus problemas, cuando él hablaba de
trivialidades, ella quería ponerse seria, y viceversa.
George Magruder se alegraba de que no le hubieran pedido que fuera a
buscar acebos. Jeremy, el hermano de Louise, su esposa Sophia y sus hijos,
llegaban de Londres al día siguiente por la mañana y sabía lo poco que iba a
poder trabajar con ellos en casa. No es que hubiera mucha prisa por acabar el
libro sobre Branksheer, pero le gustaba mantener su rutina de trabajo de la
forma más firme posible. Allí era la única disciplina realizable.
Sin embargo, cuando se sentó ante su escritorio, se notó demasiado
alterado para concentrarse. ¿Por qué no había sido capaz de coger al gato?
¿Qué clase de hombre se paralizaba ante esa visión? Curioseó por el amplio

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alféizar de la ventana, entre las numerosas pilas de hojas mecanografiadas con
las notas de la investigación sobre Branksheer. Colocadas sobre los montones,
había algunas tarjetas en blanco que Louise le había puesto allí para que las
rellenara. Trató de pensar en dedicatorias ingeniosas y originales. No estaba
precisamente de humor navideño.
Hubo un tiempo en el que Louise le había hecho sentir particularmente
viril, como no había experimentado con ninguna otra mujer. Tal vez era por
ser inglesa, tenía una voz más suave que la mayoría de mujeres que conocía.
Sabía escuchar, algo poco frecuente entre las mujeres norteamericanas,
especialmente las inteligentes. Feminidad, eso era. Cuando la conoció, ni
siquiera conducía.
Pero ¿qué clase de relación estaba surgiendo ahora, tras nueve años de
matrimonio? Con pesimismo, pensó que quizá eran la prueba del clásico caso
de opuestos que se atraen, para una vez casados alejarse. El gato se lo había
hecho ver claro; había conseguido que ella se hiciera más autónoma. Louise a
su vez había dejado que él se volviera blando, incluso le enseñó a conducir.
La conclusión que alguien con un poco de sentido común sacaría es que,
inconscientemente, quería que ella le librase de sus responsabilidades como
hombre. El clásico síndrome americano, del que siempre se sintió orgulloso
por no padecer. Fue ella quien organizó la mudanza desde América, la que
hizo la mayor parte de la búsqueda de una casa y gestionó los detalles, la que
arregló el tema de la escolarización de Karen. Hizo todas aquellas cosas, de
las que él tenía que haber sido responsable. ¡Maldito gato!
¿De qué le vale a un hombre saber que tiene cerebro? ¿Cómo podría el
conocimiento académico compensar la pérdida de virilidad? Esto es lo que le
atrajo de Branksheer en primer lugar; aquel borracho y viejo libertino
sifilítico, podía estar en su casa con Ovidio o con una prostituta londinense,
era un hombre completo.
Decidió escribir las tarjetas. Louise también había dejado un listado de
regalos de Navidad para Jeremy, Sophia y para sus tres hijos: Roger, Kevin y
Amy. Para Roger, se volvió a dar cuenta, habían comprado un bate de béisbol.
Él había comentado que era algo estúpido, teniendo en cuenta que el crío no
podría usarlo nunca. Louise respondió que sería algo novedoso.
Trató de pensar en algo divertido para poner en la tarjeta, pero su mente
retrocedió a los días que tenía esa edad en la cual su mayor preocupación en
la vida, era golpear bien con aquel bate para formar parte del equipo de la liga
infantil en Shore Park. Sintió ganas de arrojar su máquina de escribir por la
ventana.

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Mientras inspeccionaban los frondosos y descuidados setos, en busca de
un acebo con bayas, Louise trató de explicarle a Karen lo que para ella
significaba volver a caminar por un sendero inglés en Navidad. Karen
escuchaba obediente, pero en realidad no le importaba.
—Mamá, ¿tengo que ir a esa fiesta? —preguntó inmediatamente después
de que su madre hubiera terminado de describir las mágicas navidades de su
infancia.
—¿Por qué Karen? La fiesta te va a encantar. Todos los niños de los
alrededores estarán allí. Es una oportunidad para que hagas algunos nuevos
amigos. ¿No quieres ir?
—Pero sé que su fiesta no me va a gustar.
—¿Por qué no?
—Solo juegan entre ellos. No les gusto porque soy americana.
—Eso es una bobada, Karen. Lo que pasa es que eres nueva, acabas de
llegar. En las zonas rurales lleva tiempo hacer nuevos amigos.
—Ojalá volviéramos a casa. Odio a Bobby Hedden.
Por lo visto, seguía dándole vueltas a eso, pensó Louise. Habían inscrito a
Karen en la escuela de Compton Wakley, a donde todas las mañanas un
autobús llevaba a los niños de la localidad. Bobby Hedden y otros dos niños
mayores también iban en el autobús hasta Compton Wakley, allí cogían otro
hasta la escuela del condado. Una tarde, Karen volvió a casa llorando. Fue
difícil sonsacárselo, pero al final contó que Bobby Hedden era un abusón y se
metía con los niños más pequeños. Aseguró que le había dado una patada en
el tobillo.
—¿Por qué no se lo dijiste al conductor? El señor Hodgson hubiera
parado a Bobby si se lo hubieras dicho.
—No se molesta en decirle nada a Bobby.
Lo mismo sucedió una segunda vez, y Louise fue a ver a la señora
Hedden, pensando que era preferible a la sugerencia de George de ser él quien
lo resolviera con Tom Hedden. La madre de Tom era una mujer estresada, de
mirada cansada, que se afanaba en preparar la cena para su extensa familia. A
Louise le pareció que la granja estaba en un estado ruinoso. La cocina de
techos bajos, donde aparentemente los Hedden pasaban la mayor parte del
tiempo, era un caos. Había montones de ropa sobre todas las superficies
planas, gatos hambrientos merodeando y correteando bajo la mesa, y varias
cazuelas ennegrecidas humeando en un anticuado fogón.

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Puede que Louise aún tuviera el coraje de mencionar el acoso de Bobby,
pero mientras estaba pensado en cómo abordar el tema con tacto, a la pequeña
Janice Hedden le dio un berrinche. Estaba sentada a la mesa. Era una niña de
la edad de Karen, con el pelo sucio recogido en trenzas, mermelada en las
mejillas y mocos en la nariz; que se chupaba los dedos cada vez que los
sacaba del tarro de mermelada de frambuesa.
—Janice lo está poniendo todo perdido —comentaba de tanto en tanto la
señora Hedden, sin retirar el tarro de mermelada ni limpiarle la cara a la niña.
Louise había oído que Janice Hedden estaba enferma, como decían en la
aldea, aunque no sabía qué le ocurría exactamente. De pronto, la niña lanzó el
bote de mermelada por la mesa. Este rodó hasta el borde y se estrelló contra el
suelo de piedra. A Louise nunca le había gustado el sonido del cristal al
romperse y casi lanzó un grito.
—¡Ay, Janice! —suspiró la señora Hedden, inclinándose cansadamente a
recoger los trozos y la mermelada, que uno de los gatos ya estaba lamiendo.
La niña empezó a berrear como si la hubieran golpeado. Con la cara
contraída en una mueca y los ojos cerrados, llenó de gritos desgarradores la
oscura cocina. Louise parpadeó. Sentía que el grito le atravesaba la cabeza. La
señora Hedden echó los cristales rotos en un cubo. Solo entonces atendió a
Janice.
—Para de lloriquear ahora mismo —le ordenó.
Janice berreó incluso más alto. Respiraba entrecortadamente y su
cuerpecito se convulsionaba de una manera tal que hizo que a Louise le
entraran ganas de llorar. La señora Hedden la cogió en brazos y se la llevó por
una puerta que Louise supuso conducía a los dormitorios. A través del
ventanuco que había sobre el fregadero vio la capota azul de su Zephyr. Se
avergonzó. La señora Hedden regresó. Aún se oían levemente los gritos de
Janice.
—¿Cómo está? Temo haberla asustado. Sé cómo son a esta edad con los
extraños.
—Ah, no ha sido usted —explicó la señora Hedden, agotada, pero
paciente—. Es uno de sus ataques, nada más.
—¿Saben por qué se producen?
—No me acuerdo del nombre que usaron los médicos. Nunca ha estado
bien. Dicen que lo mismo lo supera con el tiempo, pero no creo que sepan
más que nosotros. Tom quería que la metieran en una residencia, pero dijeron
que no estaba tan mal como para ir a uno de esos sitios. A veces está bien.
Acabas acostumbrándote.

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Fue imposible sacar el tema de Bobby y Louise se marchó. No dio, ni se
le pidió, explicación alguna sobre el porqué de su visita. La siguiente vez que
el autobús fue a recoger a Karen, Louise tuvo unas palabras con el señor
Hodgson, el conductor.
—Todos los Hedden son iguales —dijo encogiéndose de hombros—. Sé
perfectamente lo que me gustaría hacerles, si pudiera.
—¿Pero no va a tratar de averiguar si Bobby está molestando a los más
pequeños? —preguntó Louise—. Es una pena, porque mi hija no puede volver
a casa envuelta en un paño de lágrimas.
—Lo críos andan siempre peleándose —dijo el señor Hodgson—. Se lo
diré, pero no me hará caso.
Aun así, Louise estaba convencida de que le echaría un ojo en el futuro. Y
siempre podía fantasear con que Bobby dejara la escuela en Navidad.
Convenció a George de que sería ridículo hacer que Karen dejara de coger el
autobús por una simple riña de niños. George se enfadó mucho.
—Si vuelve a pasar, iré a hablar con la directora del colegio —dijo—. Y
si no hace nada, yo mismo llevaré en coche a Karen. ¿Qué le pasa a esta
gente? ¿Creen que los niños son ganado o qué?
—Es importante que Karen no se sienta diferente del resto —fue el
argumento decisivo de Louise. Conocía a George, como a muchos
estadounidenses, incluso a los más inteligentes, le aterrorizaba ese tipo de
cosas.

Cuando vio unas pocas bayas que los pájaros habían pasado por alto,
Louise trató de captar la atención de Karen, pero ninguna de las dos logró
alcanzar la rama a través de la maraña de espinas.
—Estoy segura de que pronto te gustará este lugar —le dijo a Karen
mientras volvían a casa a través de la nieve. En aquel momento, mientras
hablaba, notó que el sol había desaparecido en un cielo plomizo y encapotado.
—Mamá, ¿quién le haría algo así a nuestro gato? —preguntó Karen.
Louise esperaba que se le hubiera olvidado.
—No lo sé, cariño. A lo mejor encontramos otro gato. ¡Te echo una
carrera hasta casa!
Comieron en silencio, cada cual aparentemente absorto en sus
pensamientos. Al acabar, George dijo que iba a volver al estudio.
—Pensé que ahora envolveríamos los regalos —insinuó Louise.

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—Karen y tú podéis ocuparos de eso. Necesito ponerme a trabajar —dijo
George, levantándose de la mesa de la cocina.
—¿No puedes dejar al absurdo Branksheer por una o dos horas, ni
siquiera en Navidad? —replicó ella, con voz crispada. Era muy propio de él
desaparecer en cuanto se respiraba alguna desavenencia.
—No es absurdo, cariño —respondió George, con esa voz tan afable que
tanto exasperaba a Louise, la que utilizaba cuando se hacía el santo—. De
hecho, es el motivo por el que estamos aquí.
—Ese no es mi motivo. Tengo un montón de cosas que hacer antes de que
lleguen Jeremy y Sophia. Si no quieres envolver los regalos, ¿por qué no
subís Karen y tú hasta donde los Knapman? Les dije que recogeríamos hoy el
pavo.
—Voy retrasado con mi trabajo, Louise.
—¡Dios! ¿No puedes olvidarte de tu trabajo por una vez? El viernes es
Navidad, ¿o lo has olvidado?
—Claro que no me he olvidado, cariño. Pero voy a perder tres días, así
que tengo que seguir con…
—¡Por el amor de Dios! ¿No puedes portarte como un padre normal y
olvidarte del dichoso libro?
—¿Así que eso es lo que piensas? ¿Qué Branksheer es una especie de
chiste? ¿Y a qué te refieres con que me comporte como un padre normal?
¿Crees que no soy un padre normal? Era un padre normal antes de que nos
quedásemos tirados en este agujero perdido de la mano de Dios.
La discusión subió de tono de forma rápida y descontrolada. Cada cual
pensaba que había algo irracional en el otro.
—Ya sé por qué quisiste que viniéramos aquí —dijo George, con el gesto
tenso por el enojo. Como siempre, convertía su ira en sarcasmo—. Piensas
que te estás haciendo mayor y sufres algún tipo de fantasía adolescente
desfasada. Eras tú la que decías: «¡Vayamos a Inglaterra y revivamos las
viejas alegrías del pasado! ¡Busquemos el romance!».
—¿Qué significan esas gilipolleces?
—Karen, sal fuera a jugar a lo que sea —le pidió George. Esperaron hasta
que la niña se marchó. Louise se preguntó si un buen cachete en el culo
sacaría a su hija de aquel ensimismamiento tan antinatural. ¿Qué le pasaba?
—Vamos a ver, Louise —comenzó George, dispuesto a interpretar el
papel de marido estricto—. Ya te he dicho que no conviene usar ese lenguaje
delante de Karen.

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—¿Que ya me lo has dicho? ¿Pero quién te crees que eres, pedante de
mierda? Diré palabrotas si me da la gana, ¡no te jode!
—Delante de Karen, no. De todos modos, no es propio de ti.
—¿Que no es propio de mí? Pareces la reina Victoria. Para ser un
supuesto profesor tienes una imaginación de lo más anticuada, ¿no?
—¡Un supuesto profesor! Eso es mejor que ser una supuesta poetisa.
Supongo que te mueres de ganas por ver a ese gordo baboso.
—¿Te refieres a Patrick Ryman?
—¿A quién si no? Es la razón por la que quisiste venir a tu diminuto país,
¿a que sí? Por una fantasía romántica. ¿Pensabas que subiría el sendero a
caballo y te raptaría? «Vamos a Inglaterra, ¡quiero enseñarte mi país!». ¡Y un
cuerno! Lo que querías era satisfacer alguna de tus sórdidas ensoñaciones
románticas.
—¡Pero qué ingenioso! Has encontrado otro sinónimo de fantasía, estás
mejorando.
—La fantasía te va.
—¿Eso crees? Tú vives en una enorme fantasía de mierda y piensas que el
resto está igual. Estás muy mal.
—Mira, ahora yo no he empezado, así que…
—No, tú no has empezado. Qué va, eres muy listo, me provocas para que
lo empiece yo, ¿no es así? Muy listo.
—¡No te he provocado! Estaba perfectamente bien.
—¡No te lo crees ni tú! Llevas callado toda la santa mañana. ¿Qué te
corroe ahora? ¿Tus problemas de virilidad, o como sea su estúpido
eufemismo americano?
—¿Estúpido eufemismo americano? Escúchame, Louise, ¿a qué viene
todo esto en realidad?
—Viene a que te pasas el día con la nariz metida en ese libro aburrido y
viejo que se supone que estás escribiendo, mientras que yo tengo que
esforzarme y entretener a nuestra hija. Eres su padre, ¿lo recuerdas? Supongo
que piensas que interesarte por tu propia hija está más allá de tu dignidad.
—Me intereso por ella.
—No como un padre de verdad.
—¿No como un padre inglés, quieres decir? Escúchame, Louise, yo…
—¿Por qué siempre me dices que te escuche? No soy un estúpido
estudiante con una beca para futbolistas, ¿sabes?
—Mira, Louise, me estoy cansando de esto. Estar en Inglaterra no te ha
hecho feliz, ¿verdad? No percibo más que tu antiamericanismo. Si tanto te

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entusiasma Inglaterra, ¿por qué no te casaste con algún marica inglés en lugar
de con un estúpido yanqui?
—Dios, si solo…
—Si solo, si solo. Ya sé lo que te molesta, Louise. De nuevo te preocupa
la edad, que pasa de forma paulatina, imperceptible. La cursi y pobrecita de
Louise está toda triste y resentida, porque la vida no está resultando ser una
gran fantasía romántica, ¿a que es así? Pobre.
—¡Qué sabrás tú del romanticismo, cretino! Vives en tus malditos libros y
no conoces más que eso.
—Sabes lo que hacía para ganarme la vida antes de casarte, pero ahora te
gustaría que cambiara. No lo pagues conmigo. Ninguna mujer va a poner en
duda mi hombría.
—Eres tan previsible —sintió que le flaqueaban las fuerzas para discutir.
Todo era vano e insignificante—. Menuda expresión más estúpida. ¿Por qué
los americanos no pueden asumir la castración, como todo el mundo?
Lo dijo en broma, pero no funcionó. Se miraron fijamente, como sin
aliento.
—No me había dado cuenta de que aborrecieras Estados Unidos con tanta
intensidad —dijo George—. Ahora ya sé por qué no invitaste a tu madre a
que viniera aquí en navidades —prosiguió—. Tenías miedo de que acabara de
espantarme de este maldito país, ¿me equivoco?
Louise se encogió de hombros. Por mucho que despreciara a las mujeres
que lloraban sin pudor en las discusiones, se encontró con que las lágrimas se
le agolpaban en los ojos. Se dio cuenta de que nunca había querido volver a
Estados Unidos.
—¿No creerás que me voy a quedar a vivir aquí para siempre, verdad? —
Sonó más seguro que enfadado.
—¡Haz lo que te dé la gana! —explotó ella, al tiempo que se levantaba y
salía de la cocina a toda velocidad. Subió corriendo las escaleras y echó el
pestillo del baño. Allí, se contempló la cara en el espejo y estalló en lágrimas;
sollozó con desesperación por todas las cosas que se había perdido.
—Ay, Patrick, Patrick —gimió.
Cuando vio a Henry Niles desvestido, vigilado y colocado en la cama para
la revisión del médico, Pawson le dijo a la enfermera que iba a la oficina de la
enfermera jefe Grady.
—Ahora pórtate bien, Henry —le advirtió a Niles, que asintió serio con la
cabeza. Pawson se fijó en las piernas escuálidas y blancas, el cuerpecillo
huesudo y se preguntó, de la misma manera que había hecho muchas otras

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veces, cómo aquel insignificante montón de huesos pudo cometer semejantes
atrocidades. Salió por la puerta del consultorio donde le ponían a Henry las
inyecciones para los riñones y cruzó el descansillo embaldosado hacia el
cuarto pabellón.
—¡Buenas Kate! —saludó, asomando la cabeza por la puerta de la oficina
—. Hora del té, ¿no?
—Has llegado muy pronto —respondió la mujer; vestida con uniforme
azul de enfermera y cofia almidonada. Pawson pensó que no aparentaba sus
treinta y nueve años.
—Ya sabes que no vengo por el té. Es a ti a quien quiero ver —entró en la
oficina y se sentó—. ¿Está bien si apoyo mis doloridos pies para que
descansen? —preguntó en tono quejoso—. No me tomes por un caballero que
viene a menudo, más bien soy un herido que puede caminar.
—Vaya, vaya, pobrecito —fingió compadecerse, con su acento irlandés
—. Era menuda, de piel sana y clara y ojos azul oscuro. ¡Una pequeña
belleza, orgullosa de ello! —pensó Pawson—. ¿Pero qué mujer, que merezca
la pena, le pone las cosas fáciles a un hombre?
—A mi paciente le están poniendo su inyección semanal —explicó—.
Parece que tenemos unas navidades pasadas por nieve. ¿También nieva en
Irlanda?
—Aquí no podemos hablar de estas tonterías —protestó ella.
—Ya sabes que esto no es Two Waters; allí sí que no tenemos tiempo ni
para mirar por la ventana.
—Ah, por Dios, no me vengas con el rollo de siempre. Yo también estoy
en el mundo de la enfermería, ¿sabes? Además, soy enfermera jefe. El
próximo año puede que me hagan supervisora. De todos modos, ya sabes lo
que dicen de las enfermeras, todo el mundo sabe de qué va la cosa.
—Sí, eso es lo que dicen los malpensados sobre ellas.
—Supongo. Nunca lo han dicho de mí.
¿Cómo pedirle a una mujer como Kate Grady que salga contigo, cuando
eres un hombre casado?, se preguntó por enésima vez. Estaba convencido de
que le gustaba a Kate; sabía que no había mucha gente a la que animara a
sentarse en su oficina.
—¿Quién te ha sacado hoy del loquero? —preguntó ella.
—Bueno, bueno, no nos gustan esos términos. Somos progresistas. Da la
casualidad que hoy solo hay una personalidad afectada; uno de nuestros más
antiguos e ilustres pacientes, enmendado tras una eficaz temporada en
Bedlam, el bueno de Henry Niles. ¿Te acuerdas de él?

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Ella hizo una mueca y pareció estremecerse.
—¿Cómo me voy a olvidar de él? Me pone nerviosa el mero hecho de
tener una criatura como esa en el hospital. ¿No deberías estar vigilándolo por
si acaso? Quiero decir, hay un niño en el pabellón infantil, en el otro piso.
—Ah, Henry ha dejado atrás todo eso —dijo él, sonriendo burlón—. Sus
días han pasado. Ni siquiera creo que recuerde que es un asesino. Cuando lo
cogimos, tenía la mente de un niño de ocho años. Creo que ha retrocedido
desde entonces. La vida sería mucho más fácil si él fuera lo peor que tenemos
que manejar allí.
A pesar de toda su almidonada frescura y su dinamismo, sabía que ella no
era diferente del resto. Se mostraban visiblemente horrorizados pero se
morían de ganas por preguntar sobre lo que pasaba en Two Waters.
—¿Pero cómo pueden saber si un caso ya no es peligroso?
—Supongo que lo deducen, como el resto de nosotros. Deberías echarle
un vistazo, ya no es nada. Es patético. Si no fuera Henry Niles, probablemente
estarían pensando en dejarle salir, pero la opinión pública no lo toleraría.
Tienen memoria a largo plazo para este tipo de cosas. Por cierto, quería
preguntarte algo, ¿qué te parecería salir conmigo alguna noche? Podemos ir
en coche a algún sitio, a un bar o al cine, lo que te apetezca. Podríamos hablar
sobre las últimas corrientes de la medicina progresista.
Su voz perdía confianza.
—Bueno —dijo ella, mirando a los papeles con los que había estado
trabajando—. Esto es un poco repentino, ¿no?
—Por supuesto que no. Sabes muy bien que no.
—¿Estás seguro de que estás en posición de salir con alguien?
—Así que te has enterado —sonrió sin querer—. ¿Has estado preguntando
sobre mí?
—¡Qué dices! Oí por casualidad que estabas casado, eso es todo.
—Ya veo, por casualidad. Bueno, pues es cierto.
—Ella no te entiende, ¿no es así?
—No, ella me entiende a la perfección, joder. No te lo vas a creer, pero
llevamos viviendo juntos en esa casa dieciocho meses y no nos hemos
dirigido la palabra en todo ese tiempo. ¡Ni una sola palabra en dieciocho
meses! Notas, nos pasamos notas. Había leído cosas así, pero de pronto me di
cuenta de que éramos nosotros.
—¿Por qué no te vas?
—Es difícil. Ella no se va a ir y yo tengo que estar en la casa. No hay
nadie más en la institución. En cierta manera, estamos atrapados.

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—Pero ¿por qué quieres salir conmigo? No soy una jovencita.
—Me gustas, siempre me has gustado —se cubrió la nariz con la mano,
como si tratara de escudarse tras ella—. Podría haberme ido, pero supongo
que soy un cobarde. Aunque quiero el divorcio. ¿Te casarías conmigo si me
divorciara? —Ella hizo una pequeña mueca y bajó la mirada hacia los
papeles. Se había puesto en evidencia, pensó él. Sintió que se sonrojaba—.
¿Nunca pensaste que era extraño que viniera siempre los miércoles, siendo
como soy supervisor? Era para verte, por eso era. En fin, lo siento.
—No lo sientas. Casualmente estoy libre esta noche. Puedes esperarme
abajo en la carretera, en la esquina donde está el garaje.
—¿Quieres decir que sí?
—Siendo supervisor, has tardado en preguntar.
Para ser dos adultos, los dos estaban ridículamente nerviosos, pensó él.
—No son solo los internos los que están locos —se excusó él—. Pensé
que seguramente me denunciarías al director.
—Siempre he querido salir con un enfermero jefe —confesó ella.
Él quiso cogerle la mano.
—Tendré que volver a Two Waters y ver que Henry se queda a buen
recaudo, volver a casa a cambiarme y coger el coche. Podría estar de vuelta a
las seis y media. ¿Qué te parece?
—Ten cuidado con las carreteras, ¿vale? Creo que han dicho que se van a
congelar esta noche, aunque no nieve más. Lo mismo deberíamos posponerlo.
—Ni de… Quiero decir, que estaré bien. A las seis y media.
Cuando se tomó el té, volvió al pabellón del consultorio para ver si podía
meterles prisa. Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos la buena noticia.
Eran las dos y media. A través de los ventanales del pabellón, vio caer los
primeros copos de nieve.

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CUATRO

Bill Knapman y Charlie Venner abandonaron la taberna de Dando sobre las


tres y media. La nieve reciente formaba ya una capa de dos centímetros y
medio de espesor en el escalón de la puerta trasera. Bill Knapman cogió un
trapo del suelo del coche y limpió el parabrisas.
—Aún empeorará más el tiempo —le advirtió a Charlie. Habían tomado
varios güisquis con Harry Ware, pero no parecía haberles hecho demasiado
efecto—. Mejor vente conmigo y echamos un trago rápido, después tengo que
bajar el heno a las ovejas antes de que se vuelva a acumular.
—Apuesto a que esa cuadrilla se fue a casa de Tom —dijo Charlie.
—Tom estará dándoles esa sidra suya.
—Menudo mejunje. Desinfectante para ovejas de la peor clase. Se podría
usar para arrancar pintura de las paredes.
Subiendo la carretera desde Dando Monachorum vieron a la hija del
profesor americano caminando sola. No estaba lejos de su casa y Bill
Knapman decidió no parar a preguntarle si quería que la llevara a casa en
coche.
—¿Qué le pasa? —preguntó Charlie.
—A las niñas de esa edad no se las entiende —dijo Bill—. La mujer es
muy agradable, por cierto.
—Sí, es inglesa. ¿Cómo es él? Nunca he hablado con él, algunos dicen
que pasa de todos.
—Es muy reservado, la verdad. No es de los que se entrometen. Podría ser
peor. Me recuerda a aquel tipo que tuvo la Trencher hace un par de años.
¿Cómo se llamaba, Buckteeth, Scratcherley?
—¿Buckley-Hitching? ¿El tipo de las fuerzas aéreas?
—Sí, menudo gilipollas. Al segundo día después de mudarse, subió a
nuestra casa diciendo que había oído que yo hacía sidra, que si le podía dar
algo. No había manera de detenerle.

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—No duró mucho. Tampoco estos lo harán.
—Puede que no. Aunque ella es muy agradable.
—Sí, es inglesa.

Karen Magruder pensó que podría fingir sentirse indispuesta y negarse a ir


a la fiesta de Navidad. Conocía a Bobby, su pandilla estaría allí y no serían
amables con ella. Si no fuera por lo que papá le había dicho antes de que
dejaran Estados Unidos, se habría desgañitado gritando.
—Puede que al principio en Inglaterra, haya cosas que no te gusten —le
había dicho—. Tendrás que hacer nuevos amigos. Lo siento, pero a tu madre
esto le hace mucha ilusión. Tienes que contribuir a que sea agradable para
ella. Inglaterra es su hogar, donde nació. No ha vuelto a casa en años. Cuento
contigo, Karen.
—Pero este es nuestro hogar —protestó ella.
—Sí, pero el primer hogar de tu madre fue Inglaterra. Está deseando
volver para enseñarte todos los sitios que conoce. Va a ser muy emocionante
para ella y para ti. Prométemelo. ¿Me prometes que harás todo lo que esté en
tus manos para que sus vacaciones sean maravillosas?
—Claro. Ojalá pudiéramos llevar a Sue-Anne con nosotros. Ella es mi
amiga de verdad.
Karen dio una patada a la nieve. Decidió que volvería a casa y que miraría
el calendario. Si tenía tiempo le escribiría otra carta a Sue-Anne. La última
vez que lo miró faltaban solo ocho meses para la fecha en la que papá dijo
que iban a volver a casa.
Pobre mamá, no debió ser muy agradable crecer en Inglaterra.

Louise Magruder yacía temblando en la cama. Las palabras resonaban


cada vez más altas en su cabeza: «no volveré, no volveré». Oía el repiqueteo
de la máquina de escribir de George. ¡Qué frialdad la suya! ¿Qué la poseyó
para casarse con semejante hombre? Su madre tenía razón, maldita sea.
«Cásate con uno de los tuyos, es lo mejor». ¡Así pensaba ella! Ahora estaba
segura de que se había casado con George solo para demostrar a su madre que
pensaba por sí misma. ¡Claro! Toda esta historia no había sido más que un
conato tonto de rebelión adolescente. Qué cansada estaba de él. Pensó en
Patrick.

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Cuando George volvió a casa aquella tarde y le dijo que iban a ir a una
fiesta en honor al poeta Ryman, se irritó tanto que le entraron ganas de
matarlo.
—No, por favor, pensé que íbamos a pasar la noche solos. ¿Es que nunca
te cansas de la misma panda de aburridos?
Sabía que estaba hablando en un tono crispado, pero no podía contenerse.
No le importaba herir a George. Era el típico americano y cualquier cosa que
alterara su maravilloso hogar y su maravillosa relación le resultaba un
mazazo. A veces, pensaba que cada riña que tenían era, en cierta medida, un
insulto al estilo de vida americano.
—Te lo pasarás bien —se limitó a decir él, condescendiente—. ¡Menudo
engreído! —pensó ella.
—No, no me lo voy a pasar bien. ¿No podemos pasar una sola noche sin
ese dichoso sentimiento de pertenencia a un grupo? ¿Qué te pasa, George?
¿Crees que te van a llamar comunista si los evitas una vez?
—No seas tonta. —Dijo de forma paciente—. Se lo prometí a Hal. Al
parecer, el tal Ryman es un poco temperamental. Hal cuenta contigo para que,
bueno, como sois los dos ingleses, estés a su lado.
—Ryman es irlandés.
—Sabes lo que quiero decir.
—Te parecemos todos igual, ¿verdad?
—Vamos cariño, no será tan horrible.
—Si voy, te prometo desde ahora que me voy a emborrachar.
—¡Lo que acabas de decir es muy inmaduro! Claro que no te vas a
emborrachar. Deja eso para los poetas.
En aquel momento llevaban casados siete años, no había estado en su país
desde hacía dos y, de una manera u otra estaba harta. Además fue el verano en
el que Karen estuvo enfadada todo el tiempo.
Los Saperstein habían invitado a casi todo el mundo para que conocieran
a Patrick Ryman; Hal pensaba que vendría un montón de gente, dado que
Ryman se había creado una reputación que se había propagado por toda la
facultad. Jamás había visto que los Saperstein ofreciesen tal cantidad de
bebida a tanta gente, y esto era mucho decir, porque cada vez que iban a su
casa, Hal les llenaba las copas como si la ley seca estuviera vigente. Incluso
George se había puesto contento en casa de los Saperstein.
Aquella noche George estaba casi borracho. Como él no se cansaba de
repetir, estaban pasando por una «fase difícil». En otras palabras, tenía uno de
sus periódicos problemas de virilidad. El sexo entre semana se había ido al

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traste y, ahora tenía problemas incluso los sábados por la noche. Decía que
era una fase normal, en cambio para Louise, se trataba de una excusa muy
común. Estaba cansado de ella, pero ¿cómo iba a admitirlo? Sería como
cometer alta traición.
Al principio, Louise resopló con incredulidad al ver a Patrick Ryman, el
poeta. Llevaba la pajarita y el traje arrugados, y el pelo revuelto. Por un
momento se avergonzó profundamente de ser británica y de estar en la misma
habitación. ¿Cómo podía alguien llevar el pelo así, todo pegajoso y casposo?
Con razón no paraba de rascarse la cabeza. Aparte de que no se acordaba de
un solo verso suyo, no tenía el más mínimo deseo de hablar con él. Pero fue
inevitable que los presentaran. Ella se había tomado cuatro copas.
—¿Ha alquilado el traje? —preguntó Louise, levantando la ceja izquierda,
con la esperanza de que fuera un gesto de arrogante desdén—. ¿O se lo dejó
en su testamento Dylan Thomas?
—Vaya, usted es la inglesa —dijo con una sonrisa de embriaguez—. Mi
mujer me ha dicho que debía montar un poco de teatro para los académicos.
«Vete desaliñado, Paddy, es un claro signo de integridad», me ha dicho. En
casa llevo cuello blanco bien planchado. Resulta difícil saber lo que parásitos
culturales como vosotros quieren de un genio como yo.
—Supongo que no lo está haciendo mal —comentó ella, sin reducir su
desdén—. Ahora debería vomitar en la alfombra, eso convencería a todos de
su autenticidad.
—Puede que lo haga, querida. A fin de cuentas, el anfitrión me dijo que
podía comportarme como si estuviera en mi casa ¿Puedo traerle algo para
beber? ¿O, mejor, puede traerme algo para beber? Si muevo los pies tal vez
me desplome.
—Déjeme a mí —dijo ella—. Aunque me encantaría verle en el suelo.
—Solo tiene que quedarse cerca.
Louise le trajo una bebida del carrito. La habitación estaba abarrotada,
pero la mayoría de la gente, a esas alturas, se conformaba con que les
presentaran brevemente a Ryman para después hablar entre sí.
—Es como ganar la quiniela, joder —dijo él, dando un sorbo de forma
desdeñosa al Glen Grant que había preparado Hal Saperstein.
—¿El qué? —preguntó ella, todavía hostil.
—Venir aquí, a una de estas excursiones culturales. Hace un minuto
estaba en casa; un vago con cuatro críos y veinte camareras a las que
mantener, y al día siguiente se supone que eres Clark Gable. Sabe, señora…
¿cómo era? ¿Mac-algo? ¿Se supone que es escocés? Da igual, cualquiera que

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sea su nombre, le voy a contar lo que solía decirme mi madre, para que me
pusiera ropa interior limpia cuando salía de casa: «Patrick, cariño, si te
atropellan, más te vale que lleves ropa interior limpia en el hospital, o vas a
ponerme en evidencia». Jesús, si vieran mi ropa interior me deportarían. ¿Le
apetece echar un vistazo?
—No, gracias.
—Buena respuesta.
Después de varios tragos se encontró riéndose con él, a pesar de sus
reservas. Todo lo que Patrick decía parecía un deliberado intento de
presentarse como una desgracia humana.
—¿Nunca ha leído nada mío? Entre usted y yo, no debería molestarse; no
merece la pena el esfuerzo. De todas formas, la mayoría de los versos buenos
son robados. Dios, ¿todos estos hombres tan poderosos están aquí reunidos en
mi nombre? Deben de llevar una vida jodidamente vacía.
Patrick siguió hablando con ella, como si Louise fuera otra borracha más
en un bar de Paddington. La fiesta se fue animando. La gente estaba de pie en
el salón y en otras habitaciones, otros subían y bajaban las escaleras. George
no estaba a la vista. Los invitados se acercaban a Patrick y le decía
estupideces. Louise trataba de no reírse cuando él les insultaba con respuestas
cuidadosamente educadas.
—¿Que si estoy familiarizado con Graves? Desde luego, la mayoría de
mis amigos están en una ahora mismo[1]. ¿No ha oído nunca lo del periódico
en Irlanda que estaba informando de un funeral y dijeron que el concejal
O’Teele se resbaló y cayó sobre el ataúd, y el incidente ensombreció todos los
actos posteriores? ¿No lo sabía? Es una historia muy conocida. Muy
evocativa, es más, yo diría hasta evocadora.
La gente sonreía con entusiasmo y, obviamente, no le entendían. Louise
sintió que eran un par de camaradas conspirando. No recordaba por qué
decidieron ir al piso de arriba, pero sí el estar de pie en una habitación oscura,
apoyada contra la pared mientras Patrick trataba de convencerla de que se
acostara con él. Solo se besaron. Debió de ser una visión ridícula, porque ella
era quince centímetros más alta. Recordaba que él estuvo sermoneando sobre
cómo conseguir un divorcio más rápido en Nuevo México, y sobre lo pequeño
y lo bajo que era, y lo poco que les gustaba a las mujeres, y lo mucho que su
mujer lo odiaba porque la dejó embarazada a la primera de cambio, y lo poco
que solía beber. Era el hombre más solitario del mundo y ella, la primera
mujer verdaderamente hermosa que lo había entendido.

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Louise no recordaba haber vuelto a casa con George. Por la mañana tenía
un dolor de cabeza terrible. El teléfono sonó a eso de las diez; Patrick quería
que se pasara por su hotel. Fue un esfuerzo enorme dado su estado. Louise se
dijo que iría solo para decirle que no era tan patético como hacía creer. Por
supuesto, sabía por qué iba; enfebrecida por la resaca y tan deprimida que la
casa parecía una celda insonorizada.
—Aquí están todos mis trucos sexuales, de la a a la z —dijo él, cuando al
fin pararon de hacer el amor—. Espero que hayas notado que me he duchado
en tu honor. Sabía que estarías acostumbrada a hombres aseados. Me habría
cortado las uñas de los pies, pero solo tengo una cuchilla y necesito afeitarme
para mi público. ¿Es cierto lo que dicen de los yanquis?
—¿El qué?
—Oye, cuidado, no deberías hablar con la boca llena. ¿Es que no tienes
modales? ¡Eres una depravada! Nada, una chica que conozco me ha dicho que
los paisanos americanos lo hacen como conejos. Pim, pam, pum; una
embestida rápida y fuera. ¿Es así?
—Se podría decir que sí.
—¡Por el amor de Dios, mujer! ¿Tienes hambre o qué? Señor bendito, qué
gente más extraña hay por aquí. ¿Aún quieres venirte conmigo a México?
—Así que te acuerdas.
—Claro que me acuerdo. Anoche no estaba tan borracho. De verdad,
señoría, si lo hubiera estado, debería haberme visto el sábado por la noche.
No, en serio, larguémonos de aquí, vámonos a México. Lo vi en una película,
divorcios rapiditos. La esposa no tiene ni que saberlo.
—No estoy a tu alcance.
—Nunca dije que lo estuvieras. ¿Y yo estoy al tuyo? Es más bien así.
Mientras el alcohol se desvanecía, empezó a parecer que Patrick estaba
hablando en serio, al menos según sus estándares. El impulso natural de
Louise fue bromear, pero no había manera de saber con un hombre tan raro
como él. Parecía muy desequilibrado.
—Creo que es posible que me suicide si esto se pone peor —comentó en
un momento dado—. Soy una carga para la raza humana.
—Dejaríamos a cinco niños en un hogar roto —replicó ella, tratando de
hacerle entrar en razón, aunque solo fuera por el bien del almuerzo, donde iba
a reunirse con tanta gente supuestamente importante.
—¡Bah! Al infierno con los niños. A mí los míos no me gustan
demasiado, si quieres que te diga la verdad. Piensa en el momento antes de

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morir, toda la vida has hecho las cosas con decencia, yaces allí, a punto de
estirar la pata. ¿Crees que entonces importa?
Louise se fue del hotel y, si George no hubiera encontrado una de las
cartas de Patrick, ella misma se hubiera encargado de olvidarse de todo el
asunto. No es que fuera una carta de amor, sino más bien una serie de bromas
infantiles. George, sin embargo, se lo había tomado muy mal. Le molestó que
ella se carteara en secreto con otro hombre. El incidente arruinó su hermoso
sueño de unidad. ¡George dio por sentado que su mujer ni siquiera había
pensado en irse a la cama con Patrick! Semejante actitud era incluso más
irritante que si él hubiera perdido los estribos por los celos. Louise pensó que
solo una mujer muy inteligente e imaginativa vería más allá de la sórdida
bufonería que Patrick mostraba al mundo.
Y ese fue mi gran momento, se dijo tumbada boca arriba y mirando al
techo, con el libro sin leer sobre el pecho. Un romance ilícito, el único en toda
mi vida. Debería haber huido a México con él. No habría durado, pero
hubiera hecho algo salvaje y egoísta, algo solo para mí. ¿Era demasiado
tarde? Puede que pronto no me quieran ni los borrachos gordos y solitarios.
Supongo que soy yo el que se equivoca, se dijo George Magruder sentado
frente al escritorio de su estudio; aunque realmente no lo pensaba. La vida
sería mucho más sencilla si un hombre todavía pudiera poner a una esposa
puntillosa sobre su regazo y azotarla en el trasero. Pero él no era un hombre
que actuase de esa manera, incluso si Louise hubiera sido una mujer así.
Como muchos académicos era consciente, aunque incapaz de hacer nada
al respecto, de la disparidad existente entre el conocimiento en su área de
especialización —de una profundidad y variedad impresionantes—, y el resto
de sus actividades mentales. Su teoría personal secreta, y algo simplona, era
que el número de neuronas es limitado, así que un hombre que empleara un
número inusual de aquellas células con un solo tema, literalmente tenía menos
espacio para otras cosas. Era bastante difícil esperar que un cerebro humano
capaz de retener una ingente cantidad de conocimientos sobre literatura
inglesa luego tuviera la misma capacidad para otras obligaciones de la misma
intensidad.
Einstein, se decía, no podía ni atarse los cordones de los zapatos. Nabokov
correteaba por los campos con un cazamariposas. A un famoso crítico y
teólogo laico le apasionaba jugar al crícket desnudo. En su caso, las películas
antiguas reemplazaban a las mariposas y las conchas. Él lo llamaba un no-
hobby, pues no requería más implicación que una buena memoria y la
voluntad de sentarse hasta después de medianoche frente al televisor.

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Reconocía a estrellas famosas en sus primeros papeles y ponía nombre
incluso a las caras de actores de segunda fila. ¿Había alguien más en el
mundo con semejante conocimiento de las trivialidades del inmortal
Hollywood? Las estrellas le interesaban menos que las caras anónimas que,
durante años, habían poblado los sueños mecánicos de aquella cadena de
producción de fantasía. Los veía como personalidades prototípicas del siglo
XX: Elisha Cook, la cara retorcida del tercer gánster, el hombrecillo que
siempre confiesa bajo presión; Robin Raymond, Gloria Dickson, Adele
Jergens, Charlie Smith, Luis Van Rooten, Percy Helton, Russell Simpson, que
se salió de su categoría para interpretar al padre en Las uvas de la ira, Don
Beddoe, Raymond Walburn, Paul Harvey, John Little, Tom Kennedy, que
monopolizaba todos los papeles de policía neoyorquino de origen irlandés.
Si las películas eran su no-hobby, las del oeste eran su especialidad.
Recordaba los argumentos de innumerables sagas, ambientadas entre
artemisas, que interpretaba Roy Rogers con Dale Evans. Era un experto en las
estrellas secundarias que encarnaban a vaqueros: Red Cameron, John Payen,
Adolph Scott. No había nada sorprendente en ello, solía decir a la defensiva,
porque conocer a fondo un tema del que poca gente estaba al corriente tenía
algo de embarazoso.
—A las grandes mentes les gustan las cosas simples —decía Louise, en
los días en los que todavía le animaba.
«En la cultura de masas hay un potencial curioso e inexplorado» era otra
de sus máximas. Es más, ¿la fantasía de John Wayne dándose puñetazos con
otros gigantes no era más disparatada que la libidinosa Inglaterra de
Branksheer? Cualquier hombre puesto a elegir, ¿no preferiría saber que podía
defender su tierra y su cabaña de troncos frente a hostiles indios Shawnee, en
lugar de estar pegado a un escritorio?
No era una idea que pudiera siquiera compartir con sus compañeros de
profesión. No resistiría un análisis profundo, aunque era real. Había
comenzado como una broma, pero había enraizado en su consciencia. La
frontera ya no existía y había que conformarse con un segundo puesto: ser
profesor.
No estaba con ánimo para trabajar. Subió las escaleras, Louise estaba
leyendo en la cama.
—Quiero decir que lo siento —comenzó él.
—¿Sentir el qué? —respondió ella con voz enfurruñada, como de niña
pequeña.
—Lo siento. He perdido los estribos sin motivo.

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—¿Conque los perdiste?
—Venga, Louise, he venido a pedirte disculpas.
—Muy bien, ya te has disculpado.
—¿Y bien?
—¿Bien qué?
—¿No quieres decir nada?
—No.
—Mira, me he dado cuenta de que siempre soy yo el que primero hace las
paces. ¿Tú no te equivocas nunca, ni siquiera un poco?
—Probablemente.
—Bueno, entonces…
—¡Cállate la boca y déjame en paz!
—Por favor, Louise, no nos pongamos tontos, ¿eh?
Él se sentó en la cama y le agarró la mano derecha, haciendo que se le
cayera el libro sobre la colcha. Louise clavó los ojos en él, desafiante, como si
estuviera amenazando con golpearla.
—No me mires así. No te voy a pegar, tonta.
Él sonrió como disculpándose, pero Louise pensó que aquella actitud
dejaba traslucir arrogancia.
—Ese es tu problema.
—¿Cuál?
—Que no tienes agallas para pegarme. Venga, inténtalo, te sentirás mejor.
Me lo merezco. Venga.
—Venga cariño, no vamos a…
—No me llames cariño, cabrón. ¿Qué te crees que es el matrimonio, las
hermanitas de la caridad? Me pones enferma. Mírate, menuda sonrisa más
empalagosa. Eres un flojo. ¿Qué está pasando por esa cabezota al más puro
estilo norteamericano? ¿Eh? Sé sincero, por una vez.
—No hay necesidad de…
—Sí que la hay. Estoy harta de todo. ¿Qué te pasa? Luego seguro que
lloriqueas porque te gustaría ser un hombre importante, como Hemingway, ja,
ja. Hemingway, tu prototipo. ¡El pequeño George quiere ser un hombre de
pelo en pecho! Pero el muy blandengue no tiene agallas para pegar a la bruja
de su mujer.
—Está bien, te haré saltar los dientes de una bofetada si eso te hace más
feliz.
—No me sonrías con esa autosuficiencia. No me vas a engatusar así. Mi
madre tenía razón, maldita sea, nunca debimos casarnos. No soy apropiada

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para ti.
—Calla. Tienes que preparar a Karen para la fiesta. Se te pasará, es algo
pasajero. Vivir aquí nos está afectando a los dos. Esta no es nuestra casa, de
hecho casi nada es nuestro aquí. Lo mismo cometimos un error viniendo.
—No, el error fue mucho antes.
—Venga Louise, no digas esas cosas, más tarde te arrepentirás. Voy a
buscar a Karen.
Como siempre, ella se sintió engañada y furiosa. Cabrón, pensó.
Cuando Karen y ella se alejaban de la casa en coche, no dijo adiós con la
mano ni sonrió a George, que estaba de pie en el sendero, junto a la puerta
principal, mirando a los neumáticos del coche salpicar nieve. Incluso cuando
el automóvil se perdió de vista sendero arriba siguió allí, de pie, mientras los
copos de nieve se le iban depositando en el pecho y en los hombros.

Frank Pawson le dijo al conductor de la ambulancia que tenía prisa por


volver a Two Waters.
—Llegaremos sin problema para las cuatro —respondió el conductor—.
Yo también tengo prisa, la carretera podría bloquearse si empieza a nevar otra
vez.
En la parte trasera, Henry Miles parecía cansado.
—Sería mejor que te tumbases en el banco, Henry, criatura —le aconsejó
Pawson—. Échate un sueñecito, que pronto estarás en casa. Ya verás, te ataré
y no botarás con los baches.
—Es buena idea —contestó Henry Niles, como si fuera un niño pequeño
al que se le acaba de enseñar un nuevo juego. Mientras Frank Pawson
abrochaba la hebilla tuvo ganas de disculparse ante él. ¿Acaso no era injusta
la manera en que le sucedían las cosas a cada persona? Ahí estaba él riéndose
porque no le podía ir mejor, y por otro lado estaba el pobre Henry, un
demente. Nunca había tenido una oportunidad, el infeliz. Sin embargo, en
cierta manera Henry era un afortunado, pues hubo un tiempo en el que le
podrían haber colgado a pesar de su enajenación.
—Muy bien, Henry, échate una cabezada —podría haber estado
acurrucando a un bebé. Se sentó en el otro banco y pensó en Kate Grady.
Todo había salido a pedir de boca. A él le gustaba, tenía la edad perfecta, era
una mujer adulta y sabía dónde se estaba metiendo. Las enfermeras eran
grandes esposas; la vida no podría haber dado un giro mejor. ¡Jesús! ¡Menuda
cara se le iba a poner a su mujer cuando se lo contara! Pensó en todas las

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expresiones mordaces y crueles que le diría al marcharse para hacerle pagar
toda su maldad. Notó que el vehículo circulaba deprisa. Pisa a fondo, colega,
no pierdas ni un minuto.
La ambulancia iba a unos sesenta por hora cuando se acercó a una curva
hacia la izquierda, en el punto más alto de la sinuosa pendiente que bajaba
hasta Fairwater Ford. En ese momento, los copos de nieve comenzaron a
cubrir el parabrisas y a adherirse rápidamente. Como muchos profesionales, el
conductor no había puesto en marcha el limpiaparabrisas. Al ver que la nieve
se quedaba pegada, lo encendió rápidamente. No veía bien. Cuando el cristal
se despejó, se había pasado unos nueve metros del punto en el que
normalmente habría reducido la marcha y frenado un poco para entrar en la
curva. Frenó pero la ambulancia derrapó. No había espacio para seguir
derrapando. En vez de tomar la curva por la izquierda, el vehículo resbaló
hacia el terraplén del lado derecho y golpeó con el quitamiedos de cuarenta y
cinco centímetros. El impacto en las ruedas derechas hizo volcar la
ambulancia lateralmente por encima del terraplén. Rodó una, dos, tres veces,
en la escarpada ladera. Después se quedó inmóvil, descansando sobre uno de
los lados, en mitad de la pendiente.
A Henry Niles le llevó unos instantes entender que estaba atado a un
asiento con un cinturón de cuero sobre el pecho. Pawson yacía bajo su cuerpo
inmóvil. Henry Niles estaba confundido. La correa le dificultaba la
respiración.
—¿Señor Pawson? Me estoy haciendo daño.
Pawson permanecía inerte. Henry comenzó a gimotear. Sus dedos no
podían desabrochar la hebilla metálica. Forcejeó con las piernas colgándole
sobre la cabeza del enfermero. Entonces, se deslizó bajo el cinturón y cayó
sobre Pawson. Comenzó a llorar. El señor Pawson no se movía. Henry gritó,
pero no acudió nadie —a veces venía alguien cuando gritabas, otras no—. Las
puertas de la ambulancia estaban abiertas, una de ellas apoyada en el suelo.
Trepó hacia la salida y dejó de sollozar al pisar la nieve.
La recordaba; blanca, fría y húmeda. Unos hombres le habían perseguido
durante mucho tiempo. No sabía la razón por la que lo hacían. Niles corrió y
corrió hasta que cayó extenuado. Los hombres gritaban tan alto que casi le
revientan los tímpanos. Entonces recordó por qué le estaban persiguiendo. En
ocasiones podía acordarse de lo que sucedió, aunque la mayor parte del
tiempo era capaz de no pensar en ello. Sabía que no les gustaba a aquellos
hombres.

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Muchos psiquiatras, psicólogos y médicos habían tratado de penetrar en la
mente de Henry Niles, el deficiente mental que había asesinado a tres niños.
A los veinticinco años, lo habían internado de por vida en Two Waters. Todos
aquellos hombres habían llegado a una conclusión casi unánime: tenía la edad
mental de un niño de ocho años. Ninguno pudo explicar por qué a diferencia
de otros humanos de la misma edad mental, Henry tenía la compulsión letal
de violar y estrangular niñas pequeñas. Ocasionalmente detectaban señales de
una inteligencia más madura en Henry, pero era imposible hacerle salir de sí
mismo. Con los mayores se comportaba como un crío asustado; con los niños
era un ogro gigante. Mientras hubiera adultos presentes, tendía a encogerse de
miedo en las esquinas, como un cachorro al que han apaleado salvajemente,
pero cuando estaba a solas junto a algún niño, se transformaba.
Permaneció de pie junto a la ambulancia volcada. Hacía nueve años que
no estaba solo al aire libre. Atrás en la pendiente vio al otro hombre, el
conductor, que yacía en la nieve. Respirando profundamente, comenzó a subir
la cuesta. Tras él se extendía el gran páramo, ahora cubierto por la nieve que
caía de forma copiosa. Resbaló varias veces mientras gateaba hacia el
conductor. Vislumbró su cara medio enterrada, la sangre le brotaba del oído y
atravesaba en una hilera palpitante la mejilla del hombre.
—Jesús —gimoteó Henry. Empezó a trepar, desesperado, hacia la cima de
la pendiente. No debería haber visto aquella sangre. Le culparían por ello. La
otra vez también hubo sangre. No era su culpa. Tendría que huir antes de que
los hombres vinieran gritando. Anduvo unos ochocientos metros a través de la
nieve. Bajó la carretera hacia Fairwater Ford, cruzó la pequeña pasarela junto
al vado y subió la colina por el otro lado. Entonces, un coche se paró junto a
él.
—¿Te acercamos a algún sitio? —le preguntó uno de los tres jóvenes
trabajadores del campo que viajaban en el coche—. No es un buen día para ir
caminando. Podemos llevarte hasta Compton Wakley, ¿te viene bien?
—No ha sido culpa mía —contestó Henry.
Uno de los hombres se rio. Henry lo miró a través de la ventanilla abierta.
—No te echamos la culpa por estar caminando —aclaró el primer hombre
—. ¿Te ha pillado la nevada, no? No te la juegues en el páramo, el clima aquí
es muy traicionero.
El coche no tardó en llegar a Compton Wakley. Los hombres iban
hablando entre ellos. Henry estaba feliz. Los trabajadores no pensaban que
fuera culpa suya. Eran unos hombres muy agradables.

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Ya en Compton Wakley, se quedó junto al asfalto hasta que el coche se
alejó. Después, echó a andar por una carretera en la que un cartel indicaba
Fourways Cross. Había recorrido solo unos cientos de metros cuando otro
coche paró y un granjero le ofreció llevarlo hasta Compton Fitzpaine. Él se
subió al coche.
—¿Vas al baile de Dando? —preguntó el granjero—. Debes de ser un
loco del baile para intentar ir caminando en una noche como esta.
—No ha sido culpa mía —dijo Henry.
El granjero resopló.
—Será solo culpa tuya si no regresas esta noche —respondió el granjero
—. Creo que seremos el último vehículo que pase por esta carretera, con la
que está cayendo.
—No quiero volver —manifestó Henry.
—Entonces haces bien —dijo el granjero. Los bailes, pensó, atraen
siempre a los jóvenes.

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CINCO

George Magruder deambuló por la casa silenciosa, incapaz de concentrarse en


su trabajo, enojado porque se daba cuenta de su propia estupidez. En la cocina
encendió la radio que Louise usaba mientras cocinaba. Era una especie de
programa presentado por un locutor de voz inglesa falsamente halagadora,
aderezada con lo que el idiota deseaba hacer creer que era acento americano.
Esto le irritó todavía más. ¿Cuántas veces había usado a la BBC en su país
como ejemplo de una emisión de interés público? Ahora sonaba como una
copia de tercera clase de la peor venta ambulante norteamericana.
Oyó al presentador decir que se acercaba la hora de las noticias. Atravesó
el comedor y luego el cuarto de estar. Echaba de menos la vida en sociedad.
Ahí llevaba una vida vacía. Cuanto antes pudiera finiquitar lo de Branksheer,
antes podrían dejar aquel lugar.
En la cocina sin vida, el locutor daba los detalles de una nueva
congelación de salarios. Entonces escuchó: «Henry Robert Niles se encuentra
en paradero desconocido desde que la ambulancia que lo transportaba a Two
Waters tuviera un accidente. Niles, que fue declarado demente y culpable en
dos juicios diferentes por asesinato, uno después de que escapara y asesinara a
un tercer niño, estaba siendo transportado desde el hospital condal de
Trebovir. En la instrucción pública tras su huida, se estableció que tenía la
edad mental de un niño de ocho años y que nunca se le permitiera salir de una
institución de máxima seguridad. La policía afirma que la nieve y la escasa
visibilidad en Tornmoor están dificultando su búsqueda. Las informaciones
señalan que otros dos hombres han resultado gravemente heridos tras el
accidente…». En el cuarto de estar, George Magruder se golpeó la palma de
la mano izquierda con el puño. Decidió bajar caminando a la escuela. Era
ridículo estar enclaustrado allí, como un neurótico en las primeras fases de su
paranoia. Tal vez junto con otras personas Louise fuera más razonable.

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Se puso las botas de goma en la cocina. El locutor dijo que durante la
noche seguirían cayendo fuertes nevadas en el oeste. Apagó la radio. Nada
como los joviales británicos para informar de lo obvio. Afuera nevaba
copiosamente. Probablemente habían hecho el pronóstico del tiempo mirando
por la ventana. Cogió su chaqueta de nailon del perchero, se subió la
cremallera y se encasquetó la capucha, atándose los cordones bajo la barbilla.
—Allá vamos, un solo hombre contra los elementos primigenios —dijo en
voz alta mientras cerraba la puerta de golpe—. A menos de doscientos
kilómetros de la ciudad de Nome los lobos aúllan hambrientos en la intensa
ventisca.
Para cuando alcanzó el final del sendero, con la cabeza gacha para
protegerse la cara del azote de la nieve, se encontraba entregado a una
fantasía que era una combinación entre La quimera del oro de Chaplin y una
película de James Stewart, cuyo nombre, en aquel momento, no conseguía
recordar.

La fiesta de los niños era tan alegre que a Louise le entraban ganas de
llorar. El reverendo Hood y su mujer habían recibido a todo el mundo en la
puerta, les estrechaban la mano y repartían golosinas.
—Y tú eres Karen. Te llamas así, ¿verdad? —preguntó muy sonriente el
asistente del pastor, algo agachado y con las manos en las rodillas—. Feliz
Navidad, Karen. Estoy seguro de que vas a pasártelo muy bien con estos
niños y niñas tan simpáticos.
—Diles feliz Navidad al señor y a la señora Hood, Karen —Louise sonrió
al asistente del párroco y a su esposa—. Es la primera vez que pasa unas
navidades en Inglaterra.
—Nos tienes que contar algo acerca de las navidades en Estados Unidos,
Karen —pidió la señora Hood. El señor Hood le dio una palmadita a la niña,
pero ella agachó la cabeza—. No seas tímida, aquí todos somos amigos.
Louise vio a Jean Knapman y a otras dos mujeres de pie, junto a la
cabecera de una larga mesa de caballete, sobre la que ya estaban puestos los
pasteles para los niños y los refrescos. Había un regalo de Navidad colocado
al lado de cada plato. Jean Knapman presentó a Louise a las señoras Venner y
Hedden.
—Nos hemos visto antes —recordó Louise a la madre de Bobby Hedden.
La señora Hedden sonrió brevemente. Louise agradecía mucho la amabilidad
de Jean Knapman porque lo de la fiesta le había puesto algo nerviosa. Tenía la

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sensación de que no eran especialmente populares en el pueblo. Los niños
pequeños ya estaban corriendo de un lado a otro de la sala. Al principio las
niñas se quedaban junto a sus madres, pero pronto se empezaron a formar
grupitos.
—Siéntate al lado de Karen, Lucy —le pidió Jean Knapman a su hija,
cuando el reverendo Hood anunció que era hora de sentarse para la merienda.
Louise vio que Karen caminaba tímidamente hacia la mesa; había algo triste
en las niñas de esa edad, algo solemne y orgulloso. ¿O era ella la que estaba
triste?
—Vamos, Janice —la animó la señora Hedden—, ¿te gustan los pasteles?
—¿Qué pena, no? —comentó Louise mientras la señora Hedden conducía
a Jane hasta la mesa—. ¿No hay ninguna posibilidad de que mejore?
—Parece que los médicos así lo creen —respondió Jean Knapman—. Los
Hedden quisieron meterla en una residencia cuando era un bebé pero no había
plazas. Ahora, bueno, ahora sería terrible apartarla de lo que conoce, ¿no?
Louise sintió crecer su lástima por aquella niña de cara inexpresiva. ¿Por
qué a una criatura inocente se le arrebataba la vida antes de empezar? Sintió
ganas de llorar por la estupidez de todo aquello.
Después de la merienda, que transcurrió entre el alboroto creciente de las
dos hileras de niños, las madres limpiaron las mesas de tazas, platos de papel
y migas. Los niños iban armando barullo por todas partes. Louise se alegró de
ver que Lucy Knapman y Karen parecían haberse hecho amigas. Se sentaron
juntas en unos bancos frente al reducido escenario, donde el reverendo Hood
dio un breve discurso sobre el significado de la Navidad y luego presentó al
señor Hankison, el mago.
Los niños estaban sentados con las bocas y los ojos abiertos de par en par;
los más pequeños emitían exclamaciones de sorpresa y, los mayores,
murmuraban entre risitas y se daban empujones, con las cabezas bajas en
subversiva conspiración. El señor Hankison rasgó periódicos y los recompuso
mágicamente. Contó chistes malos mientras se levantaba la pernera izquierda
del pantalón para mostrar un calcetín rojo y la pernera derecha para mostrar
un calcetín negro. Se las bajó y cuando las volvió a levantar, los calcetines
habían cambiado. Louise trató de pensar cómo habría hecho eso. ¿Sería uno
de aquellos niños el que estranguló al gato? Frunció el ceño. Durante todo el
día había intentado olvidarse del asunto. Habrían subido el sendero por la
noche. Era la clase de cosas que hacían los críos. ¿Qué niños estarían fuera
después de oscurecer en una noche como aquella? Lo mismo el gato estuvo
deambulado para cazar gallinas. Podía ser eso, lo habían pillado cazando y

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esa era la manera de decir a los de fuera que no dejaran a sus gatos sueltos.
Era demasiado disparatado, nadie sería tan retorcido.
El truco con un vaso de agua debajo de una caja china no terminó muy
bien. Cuando el señor Hankison levantó la caja con un gesto elocuente,
presumiblemente para revelar el vaso de agua vacío, lo tiró al suelo. Los niños
se rieron a carcajadas mientras él se ruborizaba y se inclinaba para recoger los
fragmentos. Louise se estremeció. Sabía que era una de esas cosas de la
infancia, estúpidas e irracionales, pero no soportaba el ruido de los cristales al
romperse. Una vez, fue con George a ver una película de vaqueros en la que
disparaban a botellas vacías sobre una valla y casi se marea.
Después del prestidigitador, las madres repartieron los regalos de Navidad
que los niños más pequeños habían dejado sin abrir. Jean Knapman dio uno a
su Lucy y otro a Karen.
—Karen, ¿por qué no le dejas a Janice abrir tu regalo? —sugirió Louise.
Karen hizo una mueca—. Venga, ella también quiere pasárselo bien, ¿sabes?
Karen y Lucy fueron hasta donde estaba sentada la señora Hedden,
rodeando con el brazo la espalda de Janice. Cuando la señora Hedden vio la
intención de las dos niñas, se ruborizó y se deshizo en muestras de una
gratitud casi patética.
Las tres mujeres hablaron juntas unos instantes, hasta que oyeron gritar a
Janice. Se volvieron para ver qué había pasado. Janice sostenía el regalo e
intentaba sujetarlo contra el pecho. Gritaba cuando Lucy y Karen trataban de
agarrar el otro extremo.
—No lo entiende —se disculpó la señora Hedden. Fueron hacia las niñas.
Les explicaron a Karen y a Lucy que abrieran un regalo para enseñarle cómo
lo tenía que hacer. Janice se negaba a ceder su regalo. Louise sintió que las
otras mujeres en la sala miraban con indolencia. Probablemente no les
gustaba la idea de tener allí a la cría. Sintió la necesidad de hacer algún gesto.
Se sentó al lado de Janice y le puso el brazo sobre los hombros.
—No pasa nada, cariño —la tranquilizó— no te lo vamos a quitar.
Janice paró de llorar pero no soltó el regalo.
—Santa Claus llegará en nada —les anunció Jean Knapman a las niñas.
Habían visto al reverendo Hood marcharse para ponerse el traje de Santa
Claus—. Me pregunto qué tendrá para vosotras en el árbol.
Los críos ya estaban apiñados alrededor del árbol, en el rincón junto a la
puerta.
—Karen, ¿por qué no lleváis Lucy y tú a Janice a ver a Santa Claus? —
sugirió Louise—. Cuídala, ¿lo harás?

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—Debería ir con ella —dudó la señora Hedden.
—Estarán bien —aseguró Jean Knapman—. Lucy es muy responsable
para la edad que tiene.
Louise estuvo a punto de decir que Karen era igual de responsable, pero
se calló.
Observaron a las tres niñitas caminar hasta el extremo donde se
amontonaban el resto de niños, tratando de encontrar un hueco.
—¡Tiempo para una taza de té! —dijo Jean Knapman. Presentó a Louise a
algunas de las otras madres que estaban de pie al otro lado de la sala, enfrente
del árbol de Navidad, disfrutando de un breve respiro. Por primera vez,
Louise sintió que había una oportunidad de empezar a formar parte de la
comunidad de Dando Monachorum. Solo deseaba que hubiera alguna manera
con la que pudieran presentar a George del mismo modo. Tal vez podría
preguntar a Jean Knapman si su marido podía bajar con George al bar alguna
noche. Era muy importante ser presentado por alguien que los vecinos del
pueblo considerasen un igual.
El grito se oyó por encima del barullo. Las madres se volvieron, con las
tazas suspendidas entre los platos y las bocas. Hubo otro grito. Entonces
vieron la puerta abrirse y cerrarse de golpe. Santa Claus acababa de meterse
entre el montón de niños, como un hombre caminando por un campo de maíz.
Se paró y volvió la cabeza encapuchada hacia la puerta. Algunas de las
madres intuyeron problemas. Tardaron unos momentos en abrirse paso entre
la aglomeración de niños vociferantes. No había ni rastro de Lucy ni de
Karen.
—¿Dónde está mi Janice? —La señora Hedden preguntó a los niños. No
parecieron oírla ante la emoción de la llegada de Santa. Louise apartó a los
niños para llegar a la puerta. El porche estaba frío y vacío. Al abrir la puerta
de fuera una ráfaga de aire le abofeteó el rostro. La nieve se coló en remolinos
en el reducido vestíbulo. Jean Knapman y la señora Hedden aparecieron por
detrás. Salieron fuera, a la tormenta de copos de nieve que bailaban bajo la
luz, frente a la puerta del porche.
—¡Karen! ¡Karen!
Louise atravesó corriendo el patio de recreo. Las suelas de las botas le
hacían resbalar sobre la transitada nieve. Las tres madres se quedaron paradas
en la carretera, gritando los nombres de sus hijas. En aquel momento,
aparecieron Karen y Lucy: dos siluetas menudas se perfilaron entre la nieve.
—Mamá, Janice salió corriendo y no vimos adónde se fue —explicó
Lucy.

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—Se asustó cuando Santa entró —añadió Karen—. No pudimos pararla.
A pesar de ello, las tres madres corrieron unos pocos metros carretera
arriba, pero no se veía bien y, en cuanto salieron del alcance de las luces del
colegio, la oscuridad era demasiado profunda; un frío muro de nieve que caía.
Jean Knapman volvió a todo correr hasta su coche a por una linterna que tenía
en el salpicadero. La señora Hedden permanecía parada en mitad de la
carretera gritando: «¡Janice! ¡Janice!». Jean Knapman corrió hacia la casita de
campo más cercana. Karen Magruder estalló en lágrimas.

El primer coche de policía que intentó recorrer la carretera de Compton


Wakley hasta Fourways Cross bajó con dificultad durante kilómetro y medio,
hasta que se topó con un montículo de nieve tan alto como las ruedas y se
tuvo que detener. Los dos agentes de policía salieron del vehículo y
comprobaron que no había esperanza alguna de seguir adelante. El viento les
blanqueaba sus uniformes mientras se esforzaban por empujar el coche para
sacarlo del montón de nieve. Comunicaron por radio que se daban la vuelta.
En la comisaría de policía de Compton Wakely se decidió que no
prosiguieran. Henry Niles tenía mala salud, incluso un hombre mucho más
fuerte tendría dificultades para salir del páramo con el tiempo que hacía.
Ordenaron colocar coches patrulla en las principales carreteras, a ambos lados
del páramo, para impedir que pudiera atravesarlo y perderse entre la
madriguera de conejos que formaban los estrechos senderos de Dando. Otros
coches de policía habían recorrido arriba y abajo la carretera que cruzaba el
páramo hasta que la fuerte nevada lo hizo imposible.
—Deberías sentir lástima por ese desgraciado —dijo un sargento de
policía, mirando fijamente los copos de nieve que se arremolinaban densos en
el haz de luz de los faros delanteros—. Se morirá congelado.
—No será una gran pérdida —respondió el agente de policía—. Locos
como ese no deberían poder salir.
—¿Lo colgarías, no?
—Igual colgarlo no. Una inyección. Es un lastre incluso para él mismo.
—La gente de Two Waters dice que ya no es peligroso. Que tiene mala
salud.
—Para mí nunca va a dejar de ser malo. ¿Has visto alguna vez las
fotografías de lo que les hizo a esos niños? Tuve pesadillas durante meses.
—Sí, ya lo sé. Pero él mismo no es más que un niño. No es responsable.
—Eso seguro que sirve de consuelo a esas criaturas. Y a sus madres.

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Se determinó que por la mañana, policías y soldados harían una batida en
la parte del páramo donde se estrelló la ambulancia.
—No creo que encontremos el cuerpo hasta que la nieve se derrita —dijo
el inspector—. Dicen que te mueres sin apenas sufrir. Te quedas dormido en
la nieve.
Parecía una solución ideal.

Cuando George Magruder llegó caminando a la puerta del colegio, dos


hombres lo pararon.
—Es el americano de la Trencher —dijo uno.
—¿Qué pasa? —preguntó George—. ¿Por qué me miran así?
—Mejor que te lleves a tu mujer e hija a casa tan rápido como puedas —
explicó el otro—. Niles, el maniaco, se ha escapado de Two Waters.
—Podría ayudar a buscar a Janice Hedden —sugirió el primer hombre.
—¿Qué es lo que está pasando? Quiero ver a mi mujer —exigió George.
—Una niña, Janice, ha desaparecido —resumió el otro hombre.
George no entendía nada. Pasó por su lado en dirección al porche,
dándoles un empujón. Al abrir la puerta interior, se topó con grupos de caras
lívidas y tensas.
—¿Qué está pasando? —le preguntó a Louise. Ella le contó lo de Janice
Hedden.
—El señor Hood ha ido a llamar a las granjas más cercanas. Necesitamos
grupos de búsqueda, pero las madres no pueden dejar a sus niños.
—Te llevo de vuelta a casa en coche —sugirió él—. Puede que la
carretera se quede cortada si esperamos más tiempo. Volveré a ayudar cuando
Karen y tú estéis seguras en casa. Vamos.
—Debería quedarme a ayudar. La señora Hedden está fatal. Va a venir el
médico.
—Hay gente de sobra para ayudarla. Trae a Karen y vámonos. Se ha
escapado un maniaco de Two Waters.
Él hablaba en voz alta y Louise sintió que todo el mundo los miraba.
—Los demás están esperando —protestó ella en voz baja, agarrándolo del
codo de su chaqueta para acercarlo—. Les parecerá extraño que nos vayamos.
—No discutas. Más raro sería que me fuera por mi cuenta. ¿Quieres
caminar tres kilómetros bajo esta nieve?
Tratando de evitar las caras de las otras mujeres, Louise le explicó a Jean
Knapman que se iban a casa y que George volvería para unirse a las partidas

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de rastreo. Jean Knapman respondió que era lo mejor que podían hacer, pero
Louise se sintió avergonzada. Eran los únicos que se iban de la sala. Karen se
sentó en el coche entre los dos. El movimiento de los limpiaparabrisas creaba
una cadencia que parecía ir aumentando de volumen mientras se alargaba el
silencio mutuo. Al final, Louise no pudo reprimir más su furia.
—No soporto que te pongas autoritario en público —le echó en cara.
—¿Autoritario? ¿Con un depravado sexual suelto y la carretera a punto de
bloquearse? Utiliza el sentido común, Louise, tú…
—No me hables de sentido común, gilipollas.
—¡Louise! ¡Delante de Karen, no!
—Sí, delante de Karen, ya es hora de que se entere. No sirve de nada
dejarla crecer en un maldito mundo de fantasía. Tenías que llegar y estropear
todo, ¿verdad? Al igual…
—Louise, por última vez, ¿puedes hacer el favor de…?
La nieve era una cascada vertical de plumas blancas. Entre ella, a través
de los faros delanteros, surgió la figura de un hombre. Instintivamente Louise
agarró a Karen con los dos brazos.
—¡George!
Louise sintió el choque. George gritó algo que ella no entendió y paró el
coche.
—Le hemos dado, le hemos dado. No he podido parar a esa distancia, no
he podido…
—¡Por el amor de Dios! ¡Sal y mira a ver qué ha pasado!
Ella y Karen se quedaron mirando por el parabrisas mientras George
caminaba encorvado hacia el morro del coche, contra el viento y la nieve. Se
agachó y su figura desapareció. Después se incorporó y gritó. Louise abrió la
puerta y al momento tembló bajo un latigazo de viento helado que le azotó las
piernas. George se volvió hacia ella.
—Da marcha atrás —le pidió él—. Está debajo. Retrocede como un
metro.
Louise quitó a Karen de su regazo y se colocó al volante. La idea de meter
la marcha equivocada le hizo ponerse aún más histérica. Pareció que el coche
saltaba hacia atrás. George gesticuló con los brazos. Luego se agachó y lo
vieron levantarse con una figura oscura en los brazos. Tambaleándose un
poco llegó a la puerta trasera. Louise se inclinó hacia atrás para abrirla desde
dentro. Con esfuerzo, George logró llevar al hombre hasta el asiento de atrás.
Louise se giró para intentar verle la cara.
—¿Está…?

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—Mejor llevémosle a casa, no creo que le haya dado muy fuerte.
—¿Quién es?
—No lo sé. Vámonos, ¿vale?
Una o dos veces pareció que el coche se iba a quedar clavado en la nieve,
pero dando marcha atrás y volviendo a avanzar, Louise consiguió atravesar
los montículos de nieve.
—Tiene los ojos abiertos —observó George desde el asiento trasero—.
Yo lo llevo dentro, tú mete el coche en el garaje. Karen, quédate dentro del
coche hasta que tu madre aparque.
Mientras transportaba al hombre, de una ligereza casi inquietante, sendero
arriba, George trató de recordar qué sabía de primeros auxilios, pero la única
lección de los boyscouts que recordaba era la de no mover a una persona
herida. El hombre era tan liviano que lo sujetó con un brazo mientras se
palpaba en busca de las llaves. Luego lo cogió y lo llevó en brazos hasta la
sala de estar, donde lo tumbó en el sofá.
Louise entró.
—No he conseguido abrir las puertas del garaje, hay mucha nieve
acumulada —dijo ella.
—No importa, no vamos a ir a ningún lado en coche. Observa, tiene los
ojos abiertos pero parece que no está mirando nada.
—¿Respira?
—Sí. No creo que le diera tan fuerte como para dejarlo noqueado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé y ya está. Será mejor que le quitemos la ropa, está
empapado. ¿Qué narices hacía en la nieve sin un abrigo? Louise, trae alguna
manta.
—¿No deberíamos darle brandy o algo así?
—En un minuto. Karen, tú ocúpate de la estufa, ¿vale? Ponía al máximo.
Karen parecía a punto de echarse a llorar. Desde que entró se había
quedado sin moverse en medio de la sala.
—¡La estufa, Karen!
Puso el manómetro al ocho, el máximo, y al mover la palanca tiró la
ceniza de la bandeja. Louise subió corriendo las escaleras y sacó las mantas
de una de las camas sin usar. Le temblaban las manos.
Cuando bajó las escaleras, George le había quitado los zapatos y los
calcetines y estaba desabrochándole los botones de la camisa. Cuando se
quedó solo en camiseta y calzoncillos —para alivio de Louise parecían
bastante limpios—, George frotó con una toalla de baño las piernecillas y los

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pies del hombre, que eran blancos y pequeños. Louise no paraba de pensar
que tendría que lavar la toalla y las mantas. Oía a su madre: los libros de las
bibliotecas, las monedas y los desconocidos estaban sucios y portaban
gérmenes y enfermedades. El hombrecillo abrió y cerró la boca varias veces,
pero sus ojos no mostraban señales de vida. George plegó las mantas
alrededor de su cuerpo y bajo sus pies.
—Voy a telefonear al médico —dijo él—. No sé qué deberíamos darle de
beber. De todos modos, no hay brandy en ningún sitio.
—Hay güisqui y ginebra, y algo de jerez.
George sonrió con sarcasmo.
—Lo mismo quiere unos hielos también. Será mejor que tiendas su ropa.
—No pienso tocar su ropa.
—Vale, lo haré yo.
El tendedero estaba arriba en el baño. Mientras sacudía la ropa, George
trató de darle a Louise el beneficio de la duda. Estaba seguro de que ella no
había sido siempre así. Sin embargo, cuando trataba de pensar en cómo era, se
sentía incapaz de recordar la realidad. La chaqueta del hombre era un bulto
mojado y frío. La extendió y metió la mano por la manga para darle la vuelta;
todo estaba bastante limpio. Tal vez era un trabajador del campo con sus
mejores galas. Un parche blanco en la parte interior del cuello llamó su
atención. Sacó la manga y levantó la chaqueta para mirarlo. La tela blanca
estaba empapada y por un momento no logró descifrar qué letras formaban las
puntadas de algodón rojo.
Se movió hacia la luz.
Entonces lo vio. Las puntadas formaban cinco letras mal trazadas.
NILES.
¿Niles?
¿Niles el…?
Oyó pasos en las escaleras. ¿Dónde estaba Karen?
—¡Louise! —gritó, corriendo hacia la puerta del baño.

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SEIS

En las escaleras, pasó junto a Louise dándole un empujón. Agachó la cabeza


según atravesaba la puerta del cuarto de estar.
Louise iba detrás de él.
—¡George! ¿Te has vuelto loco?
Karen estaba en la ventana, con la cabeza inclinada de tal forma que su
cara quedaba oculta. El hombre permanecía inmóvil sobre el sofá.
—¿Karen? —Atravesó la sala. Ella no levantó la vista. Él le tomó la
cabeza con ambas manos y le levantó la cara. Estaba llorando.
—¿Qué pasa, cariño?
Karen negó con la cabeza.
—¡No llores, Karen! Papá está aquí. No te hará daño.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué te pasa, George?
Se volvió hacia Louise.
—¿Puedes dejar la histeria por un momento?
—¡No estoy histérica! ¿Por qué has bajado corriendo las escaleras?
¿Quién va a hacer daño a Karen?
La niña empezó a llorar a gritos. Si alguna vez tuvo que reprimir un
impulso en su vida, no fue nada en comparación con el esfuerzo que le supuso
no cruzarle la cara a Louise.
—Quiero que llames al médico —dijo él, con la mano sobre el hombro de
Karen y la expresión grave y serena, como si estuviera tratando de calmar a
Louise.
—¿Por qué estás llorando, Karen? —inquirió Louise.
—No le gustan nada todas estas discusiones. Louise, quiero que llames al
médico. Ahora. Dile que atropellamos a este tipo en la carretera, que puede
que tenga lesiones internas. Llevaré a Karen arriba.
No podía estar seguro de que Karen no hubiera oído el nombre de Niles
en el colegio. Era importante que la niña no supiera de quién se trataba.

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Colocó su mano sobre el antebrazo de Louise y presionó con fuerza. Habló
pausadamente, esperando que su seriedad fuera elocuente.
—Es urgente, Louise. Este hombre puede estar desangrándose por dentro.
No quiero discusión alguna. Venga, Karen.
Cogió la mano de su hija y subieron las escaleras.
—Ahora cariño, vas a lavarte la cara y a cepillarte los dientes. Necesitas
dormir bien, vamos a trasnochar durante las navidades. Voy a enchufar tu
manta eléctrica.
Cuando Karen abrió el grifo, demasiado abrumada por lo ocurrido como
para discutir con su padre, George deslizó la enorme llave en la cerradura de
la puerta del baño. Cerró la puerta y giró la llave. Tal vez la niña no lo había
oído. Si lo había hecho, él podría decirle que simplemente estaba jugando.
Bajó las escaleras rápido y silencioso, evitando el tercer peldaño de arriba, el
que crujía con fuerza al pisarlo.
Niles estaba inerte. George se dirigió al pequeño vestíbulo donde tenían el
teléfono, colocado sobre el alféizar de la ventana. Louise estaba buscando en
el listín telefónico el número de los Allsopp.
—Tengo que decirte algo Louise —comenzó. El rostro de ella mostraba
hostilidad—. Por favor, trata de pensar en Karen antes de ponerte nerviosa.
No importa lo que nos está mortificando por dentro, piensa en ella.
—¿Qué pasa?
—Por el amor de Dios, mantén la compostura. ¿Sabes quién es este
hombre? Te lo voy a decir, Louise. Y si emites cualquier sonido, te voy a dar
un buen sopapo. ¿Me entiendes?
Ella le clavó la mirada, con una mezcla de resentimiento e incredulidad.
—Ese hombre es Henry Niles, el maniaco. Lleva escrito el nombre en el
interior de la chaqueta.
—¿Niles? No creo…
—Lo digo en serio. ¡Te voy a dar un tortazo que te vas a enterar, Louise!
Es Niles, ¿vale? Ahora escucha, he encerrado a Karen en el baño, no quiero
que se entere de esto. Voy a subir otra vez. No creo que él se mueva. Llama
primero al médico y después a la policía. Dile a Allsopp que es Niles.
Seguramente la policía esté viniendo para buscar a Janice Hedden. Si no,
bueno, llámales después de hablar con el médico. Voy a meter a Karen en su
habitación y a cerrarla con llave. Todo va a ir bien mientras mantengamos la
calma.
Ella no se lo podía creer. Por un momento se quedó mirándolo fijamente,
después cogió el listín de teléfonos. Le temblaban las manos. Encontró la

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página que buscaba y comenzó a marcar. Por dos veces tuvo que colgar el
auricular y volver a empezar.
—Hola, Dando dos uno cuatro.
—¿Señora Allsopp? Soy Louise Magruder. ¿Su marido está en casa?
—¿Quién llama? La línea va mal, se oye muy bajito.
—Soy Louise Magruder, de la granja Trencher. Tengo que hablar con
Gregory.
—Ah, hola Louise. Qué mal tiempo hace, ¿verdad? Me temo que Gregory
no está aquí, tuvo que ir donde los Hedden, la señora Hedden no se
encontraba bien. ¿Has oído lo que ha pasado?
—Estaba allí. Mira Alice, no sé…
—Tienes que hablar más alto, cariño, vuelvo a oírte mal otra vez.
No podía gritar o él lo oiría. Colocó las manos como si fueran un
megáfono.
—Alice, hemos atropellado a un hombre en la carretera. Es Niles.
—¿Qué dices? ¿Le disteis a alguien?
—Sí, a Henry Niles. ¿Me entiendes? Niles, el asesino.
—¿Qué? ¡Henry Niles! ¿Estás segura?
—George dice que es él. Ay Dios, no sé qué hacer. Está tumbado en
nuestro sofá. George dice que puede estar herido.
—¡Pobrecita mía! Es terrible. Tienes que llamar a la policía de Compton
Wakley. Dios, están buscándolo por el páramo, lo han dicho en la radio. Oh…
—¿Qué pasa?
—¡Pues que acabo de acordarme de que no pueden salir de Compton
Wakley! Alguien los llamó por lo de Janice. Ellos llamaron a Gregory
diciendo que con los coches no podían llegar más lejos de Fourways Cross.
¿No estás sola, verdad?
—George está aquí. No sabemos qué hacer con él. ¿Debemos darle algo?
Solo tenemos güisqui y ginebra.
—Ahora, por lo que más quieras, no te preocupes. Escucha. Llamaré a la
taberna, Henry Ware puede mandar a alguien a casa de los Hedden. Para
colmo de males, no tienen teléfono. De todos modos, si fuera tú, volvería a
llamar a la policía. Puede que vuelvan a intentar pasar, tienen quitanieves.
—¿Pero qué hacemos con él? Está aquí, tumbado en el sofá, y lo mismo
se está muriendo.
—Mantenedlo abrigado y no dejéis que se mueva. No le daría nada para
beber, puede tener una hemorragia. Mira, mejor colgamos. Llamo a la taberna
y tú a la policía. Gregory tratará de ir allí tan pronto como pueda.

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Louise marcó el número de la centralita.
—Quiero hablar con la policía de Compton Wakley —pidió ella—. No
encuentro el número y es muy urgente.
—Sus líneas están ocupadas —respondió un telefonista—. Lo voy a
intentar de nuevo.
Louise estaba junto a la ventana, con el auricular pegado al oído. En la
línea se oían interferencias y voces confusas. Oyó pasos en la sala de estar.
—¿George?
No hubo respuesta.
—¿George?
—Ahora le pasamos —dijo el telefonista.
—¡George!
—Un momento, todavía no he traspasado la llamada.
—¡GEORGE!
El picaporte de la puerta giró. Louise se quedó paralizada. En ese
momento, George entró en el vestíbulo.
—¡Pensé que era él!
—Ya está conectada —anunció el telefonista—. Adelante.
—Es la policía.
—Ya hablo yo —dijo él—. Tú vete arriba y mete a Karen en la cama.
Aquí tienes la llave. Intenta que no se dé cuenta de que cierras la puerta. Hola,
¿es la policía? Mi nombre es Magruder, vivo en la granja de los Trencher,
cerca de Dando Monachorum. Ya sé que la línea está mal. Escuche, creo que
tenemos a Henry Niles aquí. ¡Henry Niles! Sí, eso es. Espero. El número es
Dando seis nueve cuatro. Sí, le he oído, espero.
Hizo una señal con la cabeza para que Louise subiera al piso de arriba.
—¿Hola? Sí, eso es, estoy seguro de que es Niles. Lleva el nombre cosido
en el interior de la chaqueta. Me llamo Magruder. Mire, ¿de verdad importa
eso? Está bien: M-A-G-R-U-D-E-R. George. Estábamos conduciendo de vuelta a
casa desde Dando Monachorum, correcto, Dando Monachorum, y chocamos
contra un tipo en la carretera. Apenas veía por la nieve. Así que nos lo
trajimos a casa. Sí, eso es: camisa blanca, abrigo marrón, vale, chaqueta,
pantalones grises. Un tipo muy pequeño. No, no le miré los ojos tan de cerca.
Hemos llamado al médico, creo que está en estado de shock. Estaba casi
muerto de hipotermia cuando lo trajimos a casa. Así que, ¿qué hacemos con
él? ¿Pueden venir hasta aquí? Mi hija pequeña está en casa. ¿No tienen
quitanieves o algo parecido?

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Escuchó con impaciencia. Nunca sabías si la policía te creía o no. Hacía
mucho frío en el vestíbulo. Entonces el inspector habló de nuevo.
—Bueno, supongo que no parece muy peligroso.
El inspector le contó que la carretera de Compton Wakley a Fourways
Cross estaba bloqueada y que la quitanieves podría tardar toda la noche en
despejarla.
—Mandaré algunos hombres a pie —dijo el inspector—. Son doce
kilómetros más o menos. No sé cuánto tiempo tardarán con esta tormenta.
¿Puede asegurarse de que permanece con usted?
—Sí, supongo que sí. Mire, inspector, mi hija pequeña está en casa:
¿piensa que me voy a largar a dar un paseo a la luz de la luna? Sí, estoy al
corriente de todo. Puede que le parezca raro, pero cuando en su día ustedes
estaban pensando en colgarlo, yo fui uno de los doce profesores que firmaron
la carta para The London Times. Mi mujer es inglesa. Estoy al corriente de
todo.
—Intentaremos llegar allí lo antes posible —prometió el inspector—. Si
pasara algo, llámeme.
—Claro, sí. Eso sí que lo puedo hacer. ¿Qué haría usted, pedirle que se
ponga al teléfono? Vale.
Colgó el teléfono y fue hacia la sala de estar. Niles no se había movido.
Permanecía con los ojos fijos en un punto del techo. Tenía una cara pálida e
insignificante, y el pelo ralo. Así que ese era Henry Niles, el monstruo. Un
guiñapo insignificante. ¿Era esa la criatura cuyo simple nombre hacía que los
padres se estremecieran?
Hacía ya diez años que Niles se había convertido en una especie de
símbolo de su tiempo. Fue capturado tras asesinar a dos niños al norte, en
Salford, y no hubiera sido más que otro añadido a la larga lista de
horripilantes asesinos —a quienes, según George había comprobado con
sorpresa, los ingleses contemplaban casi con afecto, siempre y cuando
estuvieran muertos—, si no se hubiera escapado en menos de un año. La fuga
le hizo famoso de verdad, o tristemente célebre, el matiz pareció haber
perdido importancia, porque en las tres horas que estuvo fuera del
manicomio; violó, estranguló y mutiló a una niña de seis años.
Fue llevado a juicio por aquel asesinato y su dimensión humana se diluyó
para convertirse en el campo de batalla donde las fuerzas del «progreso» y las
del «castigo» se enfrentaron en otra impersonal y denodada batalla. El público
quería que lo ejecutaran. Hubo psiquiatras que aseguraron que Niles estaba
suficientemente cuerdo como para que lo colgaran. Quienes mantuvieron que

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todavía seguía siendo un deficiente mental eran impopulares. Tal y como
George había comprobado, los ingleses situaban a Niles junto con el resto de
ogros de la época. Para ellos, era como los nazis, una maligna excrecencia
que había que destruir rápidamente. Por un tiempo, pareció que el argumento
contrario —que los nazis habrían eliminado a Niles—, era un ejercicio de
legalismo teórico demasiado complejo. Pero de nuevo, un jurado inglés lo
halló no responsable de sus actos.
Para George aquello había sido una de las acciones públicas más
civilizadas que conociera. ¿Podía su país demostrar algo semejante? ¿El
refinado horror medieval del caso Chessman? Los británicos no colgaron a
Niles, del que nadie podía decir una buena palabra, salvo que era un monstruo
incurable. Había apreciado a Gran Bretaña por eso, incluso había influido en
su actitud hacía Louise y tal vez le creó una especie de complejo de
inferioridad.
Contemplar ahora a ese hombre no añadía ni quitaba nada a aquellos
argumentos tan amargamente debatidos diez años atrás. En el sofá solo era un
hombrecillo extraño, con algún tipo de obstrucción en la nariz que le hacía
respirar ruidosamente por la boca.
¿Cómo puedes pensar en él como un símbolo o un monstruo, cuando has
cogido una toalla y le has secado esos pies helados, de dedos curiosamente
deformes?
Se sentó en un sillón y miró a Niles. Experimentaba una sensación
contradictoria. Allí estaba él, Henry Niles, representante de todas las fuerzas
ciegas del mal que acechan a la humanidad. Ahora las palabras parecían
carecer de significado. Buscaba algún tipo de particularidad, pero para su
sorpresa, no había ninguna.

Harry Ware estaba tan agitado por la llamada de la señora Allsopp que no
se paró a pensar. Entró deprisa en la taberna y habló con el hombre más
cercano, a esa hora su pequeño local estaba atestado.
—Eh, Niles está en la granja de los Trencher —espetó Harry Ware—. El
americano lo atropelló, se lo llevó por delante. Quieren que alguien se
acerque donde los Hedden para buscar al doctor.
Los hombres, que habían estado expuestos al frío y la nieve en las partidas
de rastreo buscando a Janice Hedden, se agolparon en torno a Harry Ware.
Otros vecinos del pueblo y granjeros seguían fuera con la búsqueda. Con

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aquel tiempo, los hombres necesitaban un trago y entrar en calor después de
una hora caminado por la nieve.
—¿Henry Niles? ¿En Dando?
Los hombres se miraron entre ellos con pavor. Janice Hedden había
desaparecido y Henry Niles estaba en Dando.
—¿Qué hay de la niña?
—No han dicho nada —Harry Ware escrutó las caras. Era como si aquella
fuera una noche en la que todo podía pasar. Desde la guerra no salían tantos
hombres de sus hogares a la vez. Cuando oyeron que la carretera estaba
bloqueada y que la policía no podía ayudar, formaron partidas para peinar el
pueblo y los alrededores en busca de la niña desaparecida. Algo había pasado
en Dando y nadie iba a venir de fuera para solucionarlo.
—Chris tiene un Land-Rover. Podría llegar hasta donde los Hedden —
sugirió uno de los granjeros—. Alguien tiene que subir al médico hasta allí.
—¿Médico? No es un médico lo que necesita ese demonio.
Harry Ware buscó a Chris Cawsey con la mirada. Según recordaba, Chris
había estado fuera casi toda la tarde en una de las patrullas de búsqueda.
Acababa de regresar a la taberna.
—Chris, ¿puedes llegar hasta allí arriba con el Land-Rover? —preguntó.
—Siempre puedo intentarlo —en aquel momento, Harry Ware pensó que
había algo extraño en Chris. Parecía que estuviera intentando mantener la
compostura, como si se aguantara las ganas de reír. De todos modos, no había
explicación ante lo que le ocurría a la gente en circunstancias como esta.
Algunos hombres pidieron más pintas y discutieron con pasión. Otros se
fueron a dar la noticia a las partidas de rastreo.
Cuando se puso al volante del Land-Rover, Chris Cawsey murmuraba
algo: se había divertido mucho aquella noche, claro que sí, y puede que aún se
divirtiera más.
Según se alejaba del pueblo, otros hombres comenzaron a subir la larga y
oscura carretera hacia la granja de los Trencher.
Dando no contaba con nadie más. El mundo exterior no podría ayudar, y
nada iba a interferir.

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SIETE

—No me gusta estar aquí sentada con él —manifestó Louise— ¿no lo


podemos mover a otro sitio?
George miró a Niles. Con la estufa encendida, la sala se había caldeado.
Observó que se le estaban empezando a cerrar los párpados.
—Creo que se va a dormir —aventuró él—. No me gusta la idea de
moverlo, no sabemos qué puede tener lesionado.
—Jesús bendito, George. ¡Es Niles! Ni que fuese una víctima inocente.
George miró a su mujer con sorpresa. Louise se movió hasta la ventana de
la sala de estar.
—Cierra las cortinas, cariño —dijo él—. Afuera no se ve nada.
—Podríamos llevarlo arriba, al cuarto de invitados. Tiene llave.
—He dicho que no creo que debamos moverlo.
—¡Por el amor de Dios, George!
—No hace falta que grites. Estoy…
—¡Tiraré el techo a gritos en un minuto! No pienso quedarme en la misma
habitación que este hombre.
George Magruder no era para nada un cobarde, de eso estaba seguro. La
sedentaria vida académica, no brindaba muchas oportunidades para ponerse a
prueba ante desafíos físicos, pero estaba seguro de que podría enfrentarse al
peligro tan bien como otros hombres. No, no era cobardía lo que normalmente
le permitía a Louise salirse con la suya. Él la quería. Los tiempos habían
cambiado, los hombres ya no gobernaban con mano de hierro. Eran iguales. Y
no había ningún motivo para pelear entre iguales, era un gasto de energía sin
sentido.
—Escucha, Louise, ¿de verdad quieres tenerlo arriba, con Karen al otro
lado del descansillo?
Louise cerró los ojos, apretándose el labio inferior entre los dientes.
Maldito George, ¡siempre tan sensato, el muy puñetero!

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—Podríamos encerrarlo dentro —sugirió ella, menos furiosa.
—Bueno, podríamos, pero se supone que estaba encerrado en un
manicomio, ¿no? ¿Máxima seguridad? Si pudo escaparse de allí, no creo que
un viejo pestillo lo retuviera. Por supuesto, tú podrías subir con Karen y yo
me quedaría con él.
—En las películas los esposan a los barrotes de la cama o a otros sitios.
Bueno, está bien, que se quede aquí —los dos miraron a Niles. Se le habían
cerrado los ojos—. Será mejor que lleve a Karen algo caliente de beber.
Suerte que comió tarta y más cosas que había en la fiesta, no me veo capaz de
cocinar nada.
Camino de la cocina, mientras atravesaba el comedor y subía las
escaleras, se sintió avergonzada, aunque eso no mejoró su humor. Sabía que
no se estaba comportando bien, pero no podía evitarlo.
A pesar del radiador de agua caliente, la habitación de Karen estaba fría.
Louise puso la bandeja sobre la cama y se acercó a las cortinas para
comprobar que no se hubieran dejado la ventana abierta. Justo debajo, vio una
mancha de luz sobre la nieve, enfrente de la ventana del estudio. El viento
arrastraba grandes copos contra el cristal. Se oía el movimiento de los árboles
del sendero.
Según iba a correr las cortinas, sus ojos creyeron percibir un movimiento
al otro lado de la ventana. Acercó la cara al cristal, pero no vio nada.
—Será mejor que te pongas la chaqueta de punto por encima del pijama
—le aconsejó a Karen—. Aquí tienes un poco de leche con malta. Si tienes
hambre te caliento una tartaleta de fruta.
—No tengo hambre. ¿Quién es el hombre de abajo? ¿Por qué estabais
gritando papá y tú? Me encuentro muy mal.
—Venga, cariño, estábamos un poco enfadados, eso es todo. Solo es un
hombre que estaba fuera en la nieve y casi se muere congelado, el pobre.
Karen tenía la costumbre de su padre de mirar fijamente, con perplejidad,
como si le acabaran de contar una mentira obvia y diera la oportunidad de
retractarse. Era una característica habitual en Estados Unidos. Nunca averiguó
si la cara impávida expresaba desprecio o era un signo de incomprensión.
—Karen, ¿por qué me miras así?
—No me gusta ese hombre. ¿Por qué papá me cerró con llave, mamá?
—¿Eso ha hecho? Te lo debes de haber imaginado.
—No, lo he oído. Ha cerrado la puerta con llave y tú la has abierto cuando
has subido.

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Louise oyó un ruido justo abajo. Provenía del exterior. Se quedó mirando
las cortinas que tenían un estampado de conejos sobre fondo amarillo. Las
paredes de la habitación eran blancas. Aguzó el oído.
—¿Qué pasa, mamá?
—Nada, cariño. Bébete la leche antes de que se enfríe —se acercó a la
ventana y levantó un borde de la cortina.
De nuevo, no se veía nada, solo la nieve que caía sin pausa a través de la
luz que salía de la ventana del piso inferior. Sintió pavor.
—Volveré a subir en un minuto o dos, Karen. Termínate la leche.
—Pero mamá…
—Haz lo que te he dicho.
Intentó girar la enorme llave mientras corría el pestillo. Luego, se la
guardó en el bolsillo de la chaqueta. Atravesó el pasillo, dejando atrás las
puertas de su habitación, de la despensa y de la habitación de invitados. El
pasillo de arriba era tan estrecho que solo permitía pasar de uno en uno y con
los hombros casi rozando las paredes. Junto al rellano, había dos peldaños que
conducían al cuarto de baño y al servicio, y al hueco de las escaleras que
bajaban a la sala de estar.
Normalmente, cuando bajaba las escaleras apagaba la luz del pasillo;
había aprendido a tener cuidado con las bombillas. En dos ocasiones tuvo que
conducir doce kilómetros hasta Compton Wakley, donde estaba la ferretería
más cercana, porque se había fundido una bombilla. Tenía los dedos apoyados
sobre el interruptor cuando decidió dejar las luces encendidas. De algún
modo, eso le hizo sentirse más segura.
—¿Has oído algo afuera, George?
George, que estaba de pie junto a la ventana del cuarto de estar, volvió la
cabeza hacia ella como si le hubiera pillado haciendo algo a escondidas.
—¿Afuera? No hay nada afuera. ¿En una noche como esta? Debe de haber
sido el viento.
—¿Entonces lo has oído?
—Ha sido el viento. Tranquilízate Louise, no va a pasar nada. La policía
llegará en breve.
—¿Sí? ¿Caminando desde Compton Wakley? Lo mismo no llegan nunca
—no le gustaba el tono desagradable y crispado de su voz, pero no podía
hacer nada al respecto—. Dios, ¿por qué tuvimos que toparnos con él?
—Lo mismo le salvamos la vida. ¿Hubieras preferido que se quedase ahí
fuera? Se habría muerto congelado.
—Ojalá hubiera sido así.

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—Más práctico que colgarlo, ¿eh?
—Aquí ya no se cuelga a la gente.
—Se colgaba cuando…
Alguien llamó a la puerta principal. Era una llamada fuerte, impaciente.
Los dos se miraron. El alivio se les dibujó en el rostro. George fue hacia la
puerta de la sala de estar. Louise lo siguió y se paró en la entrada del
vestíbulo. Miró atrás para asegurarse de que Niles seguía dormido.
George abrió la puerta. Una fría ráfaga de viento irrumpió en el vestíbulo.
Fuera estaba oscuro. Retrocedió hasta el interruptor que encendía la luz
exterior del porche.
Había tres hombres cobijándose en el porche; tres figuras abultadas con
pesados abrigos, botas de goma y caras sumidas en la sombra de sus gorras.
—¿Tenéis a Niles aquí? —preguntó uno.
—Sí, pasad.
George tanteó torpemente la cadena de la puerta.
—Llamamos a la policía —explicó descorriendo la cadena—. Pasad.
Dijeron que iban a venir lo más rápido que pudieran.
—Nosotros no queremos a la policía —dijo otro de los hombres. George
no prestó mucha atención. Le entusiasmaba la idea de quitarse de encima la
responsabilidad de Niles. Dejó entrar a los dos primeros hombres a la sala de
estar. El tercero se quedó atrás, en el porche.
—Pasa, menudo tiempo hace ahí fuera.
El hombre entró. George cerró la puerta. Les llevó unos segundos pasar al
cuarto de estar, porque eran tan corpulentos que se estorbaban en la estrecha
puerta. Cuando vieron a Louise se quitaron las gorras. George reconoció a dos
de ellos. Estaban en la taberna la noche en la que estuvo por allí. Un hombre
grande de cara colorada y un tipo más joven de pelo oscuro y patillas largas.
No recordaba si había visto al tercero, un hombre bajito con una cara bastante
sospechosa.
—Pues este es —dijo señalando a Niles, que seguía dormido—. Le
atropellamos en la nieve, antes de verlo ya estaba encima de él.
Los hombres tenían aspecto de trabajadores del campo. El de las patillas
miró a Niles y les susurró algo a los otros dos. George no entendió lo que
dijo, el dialecto local era demasiado para él. Olía a alcohol.
—¿No habéis traído al médico, verdad? —preguntó inseguro—. Creo que
le hemos herido.
—No lo que se merece —dijo el hombre joven. Norman Scutt se había
sentido intimidado unos instantes, en aquella habitación desconocida y con la

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mujer allí—. Queremos saber lo que le ha hecho a Janice Hedden.
De repente, pasó por delante de Louise y se inclinó sobre Niles, clavando
sus dedos en el pecho del hombre dormido.
—Despierta, Niles. ¿Qué has hecho con Janice Hedden? No nos engañes,
sabemos que no estás durmiendo.
—¡Eh! No le aplastes —dijo George—. Puede que tenga una costilla o
algo roto.
—Tendrá más si no nos dice dónde está Janice Hedden. Despierta,
maldito loco. ¿Dónde está la niña?
De nuevo agarró con fuerza el pecho de Niles. Henry abrió los ojos. Hizo
como si fuera a decir algo pero entonces cerró la boca. Trató de girarse y
ponerse de lado, levantando las rodillas por debajo de la manta. Norman Scutt
lo agarró del hombro y lo empujó de nuevo hacia el sofá.
—Dinos dónde está la niña, pervertido de mierda.
Henry parpadeó con rapidez.
George frunció el ceño. No entendía por qué habían venido aquellos
hombres.
—Escucha, no lo aprietes —pidió él, con una voz todavía educada y
racional—. Si tiene una costilla fracturada podrías hacer que se le clavase en
los pulmones. ¿Sois del equipo de búsqueda? Mirad, no creo que haya tenido
nada que ver con lo de Janice Hedden; estaba bastante desvalido cuando lo
atropellamos. Se encontraba bajando la colina y Janice no ha podido recorrer
todo ese camino…
—La cogió, seguro —aseveró Norman Scutt—. ¿Quién si no? Es un puto
asesino de niños. ¿Dónde está?
Levantó el brazo como para darle un puñetazo a Niles en la cara. George
sintió que tenía que hacer algo. Janice Hedden era asunto de ellos, pero él
tenía una responsabilidad hacia Niles. Fue hacia el sofá y le sujetó el brazo a
Norman Scutt.
—Escucha, amigo, sé que estás preocupado, pero…
—Suéltame, no tienes nada que ver con esto.
Norman Scutt trató de liberarse. George le apretó con más fuerza. Norman
se enderezó. Estaban cara a cara y George era más alto.
—No puedes pegarle —dijo George, frunciendo el ceño—. Estoy tan
preocupado por la niña como tú, pero…
—¿Sí? ¿Así que estás preocupado? ¿Entonces qué pasa si está tirada fuera
en la nieve? ¿No quieres que nos diga dónde? Igual no tuvo tiempo de
cargársela y solo hizo una de las suyas.

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—Te estoy diciendo que nos lo hemos encontrado a unos dos kilómetros y
medio de la escuela, carretera arriba. Janice acababa de escaparse y él no
estaba bien en ese momento. ¿Cómo iba a hacerle algo?
A Norman Scutt no le gustó oír eso. Era obvio que Niles la había cogido.
¿Dónde iba a estar la niña si no? No le gustaba que el yanqui estuviera
agarrándole. Miró a Phillip Riddaway. El grandullón de Phil podría
encargarse del yanqui. Se quedó mirando a Louise.
George se colocó entre Norman Scutt y el sofá. Trató de recordar lo que le
habían enseñado en el ejército acerca de combates sin armas durante el
servicio militar, antes de convertirse en oficial de reclutamiento. Recordaba
fragmentos vagos, manos que estrangulaban cuellos y dedos que se clavaban
en los ojos. No se lo había tomado muy en serio entonces, pero nada de eso
era útil ahora. Se sintió avergonzado, más que otra cosa.
—Mirad, no creo que vuestro amigo deba permanecer en la habitación
con Niles —les dijo a los otros dos hombres.
Phil Riddaway le devolvió la mirada. Norman había dicho que forzarían a
Niles para que hablara sobre Janice, pero no dijo que iba a haber problemas.
Phil no sabía qué pensar.
El tercer hombre, Bert Voizey, nunca se había sentido a gusto en aquel
tipo de casas elegantes. Como los hurones, tenía el instinto de moverse en
silencio por rincones oscuros. No estaba cómodo con personas seguras y
fuertes, de esas que te miran a los ojos cuando te hablan.
—Será mejor que te calmes, Norman —pidió él, dándose aires de
suficiencia y sonriendo a Louise como si le pidiera perdón.
—Hemos venido a por este maldito pervertido —dijo Norman.
Louise dio por supuesto que no había motivos para temer a los tres
vecinos, por muy enfadados que estuvieran. De hecho, le producía cierta
satisfacción ver a un hombre que perturbara la prepotencia habitual de
George. Se preguntaba qué haría su marido.
—Nadie se lo va a llevar —zanjó George—. Mira, si eso es lo que
quieres, le pregunto, pero no creo que esté en condiciones de hablar —se
acercó al sofá—. Eh, Niles, ¿estás despierto?
Henry pareció encogerse de miedo, parpadeando aún más rápido que
antes.
—Nadie va a hacerte daño. ¿Has visto a una niña pequeña esta noche?
¿Antes de que el coche te arrollara?
Henry abrió la boca varias veces. Todavía tiritaba, aunque la temperatura
del salón era muy cálida y que bajo aquellas gruesas mantas debía hacer aún

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más calor.
—Venga, intenta decírnoslo, ¿te has encontrado con una niña pequeña?
Pareció que Henry negaba con la cabeza. Luego brotaron lágrimas de sus
grandes ojos, abiertos de par en par. George, incómodo, se volvió hacia los
tres hombres.
—¿Lo veis? Es un desastre total. Creo que seríais de mayor utilidad
buscando a Janice, en lugar de estar aquí. Iría con vosotros pero no voy a
dejarlo aquí con mi mujer.
—No, claro que no —dijo Norman Scutt—. Para ti es diferente, porque no
es tu hija.
Inseguro como estaba a la hora de lidiar con aquellos ingleses con acento
raro, George se ofendió con la acusación.
—Dije a la policía que lo mantendría aquí hasta que ellos llegaran —
repuso—. Me hicieron responsable de él.
—Venga Norman, se supone que estamos participando en la búsqueda —
dijo Bert Voizey.
Con otras dos copas encima Norman se hubiera negado a ir, pero en ese
momento actuó con cautela. Un salón bien iluminado, con una mujer
respetable presente no era precisamente el lugar en el que armar un follón,
salvo que tuvieras una buena excusa. Y el dichoso americano no le había dado
ninguna. Phil Riddaway estaba acostumbrado a obedecer a hombres que
hablaran con autoridad.
A regañadientes, Norman Scutt dejó que lo acompañaran hasta la puerta.
—Si dice algo os lo haré saber —prometió George, sujetando la puerta
abierta. Se apiñaron en el porche—. Sinceramente, no creo que haya podido
hacerle nada.
—Que te den por el culo, a ti y a lo que crees —gruñó Norman, pero Bert
Voizey se lo llevó. Phillip los siguió, no muy seguro de lo que esperaban que
hiciera.
—Espero que la encontréis —gritó George, pero los tres ya estaban
adentrándose en la ventisca, así que cerró la puerta.
—Dios, realmente te has superado —comentó Louise—. ¿Te has sentido
un héroe protegiendo a ese pobre inocente? Yo les hubiera dejado que le
arrancaran un miembro tras otro, si existiera la más mínima posibilidad de
que supiera dónde está la niña.
—No seas tonta Louise. Sabes tan bien como yo que no puede haber sido
él.

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—Yo no sé nada. Teníamos que ser nosotros, ¿verdad? Teníamos que
proteger a ese, ese animal.
—¿Por qué no haces café, cariño? Es espantoso que haya pasado esto
pero…
Los dos se giraron de un respingo cuando una piedra reventó el cristal y
cayó al suelo, bajo las cortinas.
—¡Joder!
George fue hacia la ventana y descorrió la cortina. Uno de los cuatro
vidrios estaba agujereado. No se veía a nadie fuera. Fue corriendo hacia la
puerta principal, pero Scutt ya no estaba a la vista porque Bert Voizey lo
había arrastrado sendero abajo, seguido de Phil Riddaway. George cerró la
puerta y echó la cadena.
—George, tengo miedo —dijo Louise. Tenía las manos cruzadas sobre la
garganta y con los antebrazos se cubría el pecho, como si estuviera desnuda.
Por un momento se alegró de que hubieran lazado la piedra, así Louise se
olvidaría de su enfado.
—No te preocupes, son unos idiotas. Hemos tenido suerte de que se hayan
ido de forma tan pacífica.

No había sido fácil conseguir que la señora Hedden subiera las escaleras y
se metiera en la cama, pues Tom Hedden era más un obstáculo que una
ayuda. El doctor Gregory Allsopp esperó en el dormitorio, tan sucio y
desordenado como el resto de la casa, hasta que los sedantes empezaron a
hacer efecto. Estaba cansado. Se le había parado el coche en la nieve, como a
un kilómetro de la granja, y él y Tom, que estaba medio borracho y no hacía
más que compadecerse de sí mismo, habían tenido que llevar a su mujer como
los bomberos, a hombros. Tom tropezaba y maldecía porque su mujer estaba
histérica. Al final fue Bobby Hedden quien le ayudó a subir a su madre por
las escaleras, pues Tom ya estaba en ese molesto estado de embriaguez en el
que todo lo que decía y hacía no contribuía más que a aumentar la confusión
general.
Si no estuviera familiarizado desde hacía tiempo con las costumbres de
los lugareños, Gregory Allsopp se habría cabreado con Tom. La señora
Hedden estaba anémica y hacía meses que tendría que estar en tratamiento.
Tener cinco niños, de entre quince y tres años, y trabajar en las tareas de la
granja era algo agotador para cualquier mujer. Si a eso se añadían la anemia y
la tensión de tener que cuidar a Janice, el resultado haría echar humo la lógica

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de cualquier médico. Pero el razonamiento de un médico venía de otro
mundo. Ellos podían ver qué fallaba en las vidas de sus pacientes, pero la
sociedad no estaba interesada en su punto de vista. La sociedad quería que los
médicos pusieran un parche a la gente cuando el daño ya estaba hecho.
Cualquier intento de prevenir las enfermedades era una utopía sin sentido o
bien una intromisión condescendiente. El doctor Allsopp habló con Tom
Hedden en los únicos términos que sabía que entendería. Se aseguró de que
Bobby escuchara, porque realmente la situación dependía del muchacho.
—Tienes que entender qué pasaría si se ve sometida a más presión —
advirtió—. Puede darle un colapso y tú te quedarías solo. ¿Lo entiendes?
—Sí, claro —contestó Tom Hedden—. Ella se quedará en cama, pero no
es mi mujer quien nos preocupa, es Janice. ¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado?
—Aparecerá, no te preocupes —le tranquilizó el médico—. Me vuelvo a
la taberna, cuando la encuentren la llevarán allí. Probablemente se fue a casa
de algún vecino sin teléfono. Lo importante es mantener a la señora Hedden
en la cama.
Padre e hijo asintieron, pero él tenía sus dudas. La gente le ofrecía una
cara al médico, como hacían con la policía, el cura o el patrón, y se guardaban
lo que pensaban de verdad hasta que se quedaban solos. Sabía muy bien lo
que iba a pasar; la señora Hedden se despertaría por la mañana y le dirían que
se quedara en la cama, pero ella se levantaría de todos modos y nadie se lo
impediría. Puede incluso que esta vez no le diera un colapso. Reprimió un
atisbo de rabia. No, un médico no podía permitirse involucrarse tanto en los
problemas de sus pacientes, porque eran demasiados. No se podía ayudar a
gente como los Hedden.
Estaba a punto de marcharse, y se abrochaba el abrigo para la larga
caminata de vuelta al coche, cuando oyó un motor fuera. Gregory pensó que
podía ser alguien que viniera de la aldea para cuidar de los niños de la señora
Hedden. Bobby les había dado la cena a los tres más pequeños y los había
acostado, pero estaban armando mucho jaleo.
Chris Cawsey apareció entre la nieve arrastrado por el viento. Gregory
Allsopp veía a las personas no como granjeros o mecánicos, sino según lo que
sabía de sus historiales médicos. No había tratado a Cawsey desde que dejó la
escuela. Sin embargo, por lo que había visto y oído, siempre había pensado
que algo no era normal en Chris Cawsey. De niño, el tipo de problemas en los
que se metía no eran los típicos líos en los que se veían envueltos los otros
críos.

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—Oiga, doctor Allsopp, tienen a Henry Niles arriba, en la granja de los
Trencher —espetó Cawsey, antes de entrar en la casa—. Quieren que suba
allí, el yanqui lo atropelló en la carretera.
—¿Niles? —preguntó Tom Hedden, con la voz y la mente nubladas por la
bebida—. ¿Niles el chiflado?
—Sí. La mujer del doctor telefoneó a la taberna y Harry Ware me pidió
que viniera hasta aquí y me lo llevara.
—¿Podrás subir por la carretera? —preguntó Gregory Allsopp. Aunque
intentaba pensar en lo que se encontraría en la granja de los Trencher,
inconscientemente notaba un comportamiento peculiar en Chris Cawsey.
Estaba agitado, pero en aquella inquietud había algo más que las noticias
sobre Niles.
—Eso creo.
—Entonces me puedes llevar en coche hasta allí —sugirió él—. ¿Dijeron
cómo estaba?
—No.
A Tom Hedden pareció ocurrírsele una idea. Sin mediar palabra, se dio la
vuelta y salió de la cocina.
—Recuerda Bobby —reiteró Gregory Allsopp— mantén a tu madre en la
cama. Lo mejor sería que te quedaras con ella, tu padre parece un poco
alterado.
—Está borracho como una cuba —respondió Bobby.
—Y trataría de calmar a los niños, por lo que se oye están peleándose.
—Siempre están igual —dijo Bobby.
—Volveré mañana.
Siguió a Chris Cawsey por el patio, iluminando el camino con su potente
linterna que, bajo la densa y virulenta nieve no alumbraba demasiado, cuando
Tom Hedden apareció detrás de ellos, avanzando a trompicones.
—Quédate en casa, hombre —le pidió Gregory Allsopp—. Cuida de tus
hijos.
—No pasa nada —dijo Hedden siguiendo de largo—. Si tienen a ese puto
chiflado, no pasa nada.
Entonces Gregory Allsopp notó que Tom Hedden llevaba un objeto, un
palo, pensó. Levantó la linterna, sujeta entre su brazo izquierdo y el pecho;
Tom Hedden portaba una escopeta.
—Tom, ¿qué es eso que tienes ahí?
—¿Dónde está el Land-Rover Chris? —gritó Hedden.
—Arriba, pasado el granero. No podía arriesgarme a traerlo colina abajo.

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—¡Tom! —Gregory Allsopp tuvo que correr para alcanzar a Hedden. Le
agarró por la manga de su chaqueta—. ¿Para qué llevas una escopeta?
—¡Para Niles!
—¿Qué dices? ¿Estás mal de la cabeza? Vuelve dentro, estás borracho.
—Lo que ha pasado con Janice es que ese chiflado se la ha llevado.
Bueno, pues me voy a ocupar de él.
—No, de eso nada.
Hedden le ignoró.
—¡Tiene una escopeta, Chris! —gritó, mirando hacia delante. Cawsey no
contestó. Estaban subiendo la pendiente hacia el granero. Gregory Allsopp
sabía que Tom había estado bebiendo a la hora del almuerzo y después, otra
vez por la noche. No había manera de saber qué haría con el arma si llegaba a
estar cerca de Niles. Allsopp avanzó corriendo y cogió el cañón de la
escopeta.
—Dame eso, Tom.
—La necesito para él. Para Niles, que se ha llevado a nuestra Janice.
—He dicho que me des eso.
Se tambalearon cuando el doctor trató de arrancar la escopeta de las
manos de Hedden.
—¡Ayúdame, Chris! —gritó, pero de nuevo no hubo respuesta. La linterna
cayó en la nieve, su haz de luz se difuminaba en un tenue resplandor. El
médico resbaló. Tom Hedden le empujó y de un tirón se hizo con la escopeta.
El médico agarró a Tom Hedden por las rodillas. El granjero trató de soltarse
pero el doctor no aflojó la presión. Tom Hedden le clavó la culata de la
escopeta en la cara.
—¿Qué coño…?
Agarró la culata, pero esta vez Tom Hedden golpeó más fuerte. La culata
impactó contra la cabeza del médico. Gregory Allsopp cayó boca abajo.
—¡Déjame tranquilo! —gritó Tom Hedden. Levantó la escopeta de nuevo
y descargó otro golpe con la culata. Después se volvió hacia Chris Cawsey
con la escopeta preparada para volver a la carga—. Voy a subir allí, donde ese
Niles. ¿Vienes conmigo?
—Vamos —Chris Cawsey sonrió—. Le has dado una buena lección.
—No quiero entrometidos.
Se subieron al Land-Rover. Los copos de nieve se habían adherido al pelo
de Gregory Allsopp como virutas metálicas a un imán.

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El viento les azotaba el rostro y la ventisca de nieve los cegaba, pero los
tres policías, el sargento Wills y los agentes Picken y Davies, seguían
adelante tan rápido como los montículos de nieve les permitían. Sus tres
linternas no servían de mucho frente a las cortinas de nieve. Cuando
hablaban, tenían que gritarse al oído de lo ensordecedor que era el bramido
del viento.
—¿Seguimos en la puta carretera? —vociferó Davies.
—Procura estar atento al roble grande —contestó Wills, también gritando.
El gran roble se alzaba en la carretera hacia Fourways Cross, justo antes de
que la calzada descendiera hasta Drabble Ford entre los altos terraplenes.
Calculaba que habían recorrido un kilómetro y medio. Había casi cuatro
kilómetros desde Compton Wakley a Fourways Cross; el cruce que conducía
hacia Compton Fitzpaine, South Compton, Beal Bishop y Dando
Monachorum. Desde allí a Dando había seis kilómetros y medio, y después
tenían como otros tres kilómetros hasta la granja donde estaba Niles.
Antes de que llegaran al roble se habían salido de la carretera dos veces.
Los montones de nieve, formados por la fuerza del viento, habían alcanzado
una altura considerable. En la bajada hacia Drabble Ford no pudieron acelerar
el paso porque entre los altos terraplenes, los montículos de nieve eran aún
más profundos y en ocasiones les llegaban a la cintura. Tuvieron nuevamente
problemas cuando llegaron a Drabble Ford y encontraron el vado desbordado.
Atravesaron con cuidado la oscura corriente de agua agarrados de la mano. El
agua helada se les filtraba por los bordes de las altas botas de goma. El
sargento Wills miró el reloj sujetando su linterna sobre el pecho. Les había
llevado casi una hora recorrer dos kilómetros.
—Hubiéramos estado mejor en las montañas canadienses, joder —gritó
Davies.
—Continuad, muchachos —dijo Wills—. A saber qué estarán haciendo
esos desgraciados de Dando.
Había decidido que tenían motivos suficientes para parar en la primera
granja que encontraran. No sería la primera vez que un hombre moría de frío
con un tiempo así. Al menos, podían estar seguros de que Henry Niles no iba
a irse muy lejos.

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—Tenemos que seguir a pie —dijo Chris Cawsey—, con el todoterreno
no podemos.
—Caminaría cien mil kilómetros por ese hijo de puta —le contestó Tom
Hedden. Salieron del Land-Rover y comenzaron a subir la colina por la
carretera que iba de Dando Monachorum a la granja de los Trencher. En su
ascenso se encontraron con Voizey, Norman Scutt y Phil Riddaway.
—¿Tienen a Niles allí? —preguntó Hedden.
—Sí, y le habría sonsacado donde está Janice de no ser por el yanqui —
explicó Norman Scutt—. Aun así, le tiré una piedra a la ventana a ese bocazas
hijo de puta.
—Tom tiene una escopeta para Niles —dijo Chris Cawsey, de nuevo entre
risas—. ¿A que sí, Tom? ¿Se la vas a enseñar?
—Él sabe dónde está Janice —dijo Tom Hedden—. Un demonio como él,
¡con mi niña!
Comenzó a subir la carretera.
—¿Venís? —preguntó Chris Cawsey a los demás—. Creo que Tom va a
montar una buena.
—No está bien lo que ha hecho ese pervertido —dijo Phil Riddaway.
Norman le había hablado de los pederastas y de las cosas terribles que les
hacen a las niñas.
—Vamos entonces —animó Norman Scutt—. Le demostraremos a ese
yanqui que no vamos a permitir que asesinen a una cría solo porque él se crea
importante.
Apretaron el paso para alcanzar a Tom Hedden. Chris Cawsey casi dio un
brinco de la emoción. Se colocó la mano derecha bajo la gruesa chaqueta
acercando los dedos a la barriga. Sintió la longitud del cuchillo a la altura del
muslo. Le entraron ganas de soltar una carcajada.

Louise Magruder estaba en la cocina esperando que hirviera el café


cuando oyó el ruido. Pensó que habría sido George cerrando de golpe una
puerta. Volvió a oírlo. Fue hacia el salón atravesando el comedor. George
estaba en la entrada del vestíbulo.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Hay alguien dando patadas a la puerta —dijo él.
—¿Puede que sea al médico?

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—¿A ti te parece el médico?
Parecía más bien una banda de hombres salvajes, gritando y tratando de
tirar la puerta.

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OCHO

George intentó evitar la mirada de Louise. Tal vez ella esperaba que abriera la
puerta y lanzara a aquellos hombres contra el muro del jardín. Tal vez él no
quería que su mujer viera que estaba asustado. Era muy consciente de la
diferencia entre arrojar un ladrillo aislado contra una ventana y la violencia de
atacar su puerta delantera. Aquellos hombres querían hacerse con Niles y no
bromeaban. Algo había cambiado.
—¡Largaos! —les gritó.
—Danos a Niles —respondió la voz aguda de Tom Hedden.
—No os lo vais a llevar, largaos.
Siguieron dando patadas.
—No te preocupes, la puerta es muy sólida, resistiría a un ejército —
tranquilizó a Louise.
—¿Ah, sí? ¿Es todo lo que vas a hacer, plantarte aquí y dejarles que la
pateen? Por lo que más quieras, George, haz que paren.
—¿Cómo? ¿Les tiro aceite hirviendo por la ventana del dormitorio?
Escúchame Louise, sé muy bien cómo se sienten, yo estaría igual si fuera
Karen la que estuviera ahí fuera. No son unos criminales. Si abro la puerta
van a hacer algo de lo que mañana se arrepentirán. Ya se cansarán.
El teléfono sonó.
—¡Gracias a Dios! —exclamó ella—. Puede que sea la policía.
George descolgó el teléfono que estaba como a un metro de la puerta.
—¿Quién es?
—Hola, ¿el señor Magruder? Soy Knapman.
—Hola.
—Esta nieve es terrible, ¿verdad? Nunca había visto una noche tan mala.
—Ya lo creo.
George cayó en la cuenta de que probablemente Knapman no sabía que
tenían a Niles en su casa.

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—Siento molestarle, pero Jean quiere saber qué van a hacer con su pavo.
—¿Qué pavo?
—El que encargaron para Navidad. Jean pensó que su mujer quizás lo
quiere tener esta noche para ir horneándolo.
—No nos preocupa mucho el pavo, señor Knapman. Ahora mismo
tenemos a Henry Niles en casa y a una panda de borrachos derribando la
puerta a patadas.
Explicó lo que había pasado con Niles.
—¿Sabe quién está fuera?
—Hay un tipo joven con patillas y otro enorme, muy grande, con la cara
roja. Estaban en el bar una noche que bajé, no sé sus nombres.
Hubo una pausa.
—Mire, señor Magruder, he estado fuera buscando a Janice y acabo de
volver a casa para asegurarme de que Jean y los críos estuvieran bien. Voy a
bajar por ahí de todos modos, aprovecho y le llevo el pavo. Llegaré en unos
diez minutos. Hablaré con ellos, todo el mundo está un poco alterado por lo
de Janice. Ya sabe cómo son estas cosas.
—Sí, claro, solo espero que dejen de golpear la puerta. Dígales que vayan
a emborracharse a otra parte.
Cuando colgó, los golpes habían cesado. Se quedó escuchando. Aparte del
viento que movía los árboles, no se oía nada. Fue hacia el cuarto de estar.
Niles volvió la cabeza, mirándolos fijamente.
—Era Knapman, que se va a pasar por aquí —le contó a Louise, dándole
una palmadita en el brazo—. Les va a decir que se larguen. No creo que a mí
me hagan caso —miró a Niles—. ¿Te has hecho daño en algún sitio? —le
preguntó exagerando el movimiento de los labios, como haría con una
persona sorda o un extranjero.
—La sangre no fue culpa mía —negó Henry con la cabeza—. No fui yo,
lo prometo. Por Jesucristo nuestro señor.
George y Louise intercambiaron miradas de horror. Niles empezó a llorar.
—¡No fue culpa mía, lo prometo! —sollozó—. Era solo un juego, el señor
Pawson me puso el cinturón.
—¡Dios mío! —chilló Louise.
—Por favor, Louise, mantén la calma.
Louise siguió gritando, tapándose la boca con las manos pero con los ojos
abiertos de par en par por el terror. Niles cerró los ojos y lloriqueó como un
bebé. En aquel momento la habitación retumbó con lo que parecía una

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explosión. Las cortinas se movieron como golpeadas por un puño gigante. Un
ladrillo cayó sobre el suelo de piedra, bajo el alféizar de la ventana.
George corrió hacia la ventana. Esta vez estaban cerca, vio sus rostros que
escudriñaban el interior desde la oscuridad, y sus imprecisas siluetas
marcadas por los copos de nieve.
—Queremos a Niles.
Fue un poco tonto decir algo así en ese momento, pero fue lo primero que
se le pasó por la cabeza:
—Fuera de mi propiedad.
—Le prenderemos fuego a la maldita casa si no nos entregas a Niles.
—Os lo advierto una vez más, largaos ahora y no habrá problemas. Pero si
volvéis a acercaros, ¡os juro que vais a acabar en la cárcel!
Dejó caer la cortina. Confiaba en que una muestra de seguridad en sí
mismo los desconcertaría.
—¡Entrégaselo! ¿Qué te cuesta?
—Contrólate cariño. ¿Por qué no subes y te ocupas de Karen? Tiene que
estar aterrorizada con todo este ruido.
—Yo no…
—¡Louise! Sé que es una situación horrible pero, por favor, no lo pongas
peor.
La mujer lo miró con tal desprecio que pensó que le iba a escupir en la
cara. Después, se marchó escaleras arriba.
—La sangre no fue cosa mía —gimió Niles, con la cara roja y salpicada
de lágrimas.
—¡Cállate! —Gruñó George.
A Niles le entró un ataque de llanto. Era tan parecido a un niño que
George estuvo a punto de arrodillarse para consolarlo. En lugar de eso, cerró
la puerta de la escalera. Intentaba permanecer sereno. Con semejante tiempo
fuera, el efecto del alcohol no tardaría en desaparecer y los intrusos se
marcharían a casa.

—Lo mismo es mejor que nos esfumemos —opinó Bert Voizey. Al


experto en ratas no le gustaban aquellos embrollos. Una cosa era vengarse de
alguien dándole veneno a sus cerdos y otra ir peleando así, cara a cara.
—¡Ni hablar!, faltan horas para que llegue la pasma. Haré añicos todas las
ventanas de esta puta casa. Por mis huevos cogeremos a Niles. Un pedazo de
animal como él no tiene derecho a vivir. Los maderos lo detendrán y luego,

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¿qué harán? Lo meterán otra vez en Two Waters y ya está. Ha matado a esos
niños, y a Janice. Estoy harto de que se vaya de rositas.
—¡Quiero a Niles! —rugió Tom Hedden, a quien parecía no importarle lo
que hacía el resto—. ¡Le volaré la tapa de los sesos, lo juro!
Phillip Riddaway seguía pensando en lo que Norman le había contado.
Aquel tiparraco de Niles era el demonio en persona, había cogido a Janice y le
había hecho cosas horribles, como a los otros niños. Era un animal.
Phillip Riddaway solo había estado a más de veinticinco kilómetros de
Dando Monachorum una vez en toda su vida, y fue cuando lo enviaron a las
pruebas del ejército. No le gustó la ciudad; había mucha gente que empujaba,
se abría paso a empellones y lo miraban fijamente. Todo salió bien, porque el
ejército escribió a su madre diciendo que no lo querían. Tenía cuarenta y siete
años, y era más fuerte que cualquier hombre de Dando o Compton. Todo el
mundo lo sabía. Norman no paraba de decirle lo fuerte que era, Phil lo
consideraba su amigo del alma. Le había contado lo que era hacer cosas con
una mujer. Él había estado en prisión y había viajado a cientos de sitios, decía
que un hombre solo tiene uno o dos amigos de verdad, y que tenía que
aferrarse a ellos. Le contaba que en la cárcel, a los hombres no les gustan esos
animales que les hacen cosas terribles a los niños. Le había confesado que una
de aquellas bestias entró en la cárcel y los hombres, sus colegas, cogieron una
cuchilla y le cortaron trozos de la espalda a aquel hijo de puta. Norman sabía
un montón de cosas. Pensaba que a los ricachones no les importaba lo que les
ocurriera a gente como ellos o a sus hijos. Aquello le enfadó muchísimo.
Aunque él no tuviera una hija, no iba a dejar que demonios como Henry Niles
les hicieran barbaridades y no pagaran por ello. Estaba furioso. Norman tenía
razón, había que prender fuego a la casa.
—Lo más conveniente es entrar en la casa y coger a Niles sin que el
yanqui nos vea —dijo Bert Voizey.
—Norman, tú que eres todo un ladrón. —Manifestó Chris Cawsey—.
Dinos cómo entrar —se rio, con la mano descansando sobre el cuchillo.
Cuando empujaba la funda, la punta le tocaba el pene. Eso le gustó. Si lograba
entrar, usaría su precioso cuchillo. ¡Mejor que una oveja! Nadie sabía la de
juergas en las que se había visto envuelto con su precioso cuchillo. Pensó en
la mujer del americano, la había visto andando por la aldea. Tenía un soberbio
par de tetas. Solo de pensar en ellas le entraron ganas de reírse a carcajadas. Y
en el cuchillo. ¡Lo que haría con ellos!
—Vamos a la parte trasera rodeando la casa —explicó Norman—. Tom,
tú patea la puerta. Nosotros nos colamos por una ventana y sacamos a Niles

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en un abrir y cerrar de ojos.

George Madruger estaba intentando pegar con cinta adhesiva cuadrados


de cartón sobre los vanos rotos cuando oyó un ruido en la cocina. Sabía que la
puerta trasera estaba cerrada pero había una ventana muy grande en la cocina.
Las otras ventanas de la casa eran bastante pequeñas, a duras penas podría
colarse alguien, pero por la de la cocina sería fácil acceder. Antes de irse del
cuarto de estar, miró a Niles, que parecía haberse vuelto a dormir entre
sollozos. Resultaba difícil creer que aquel esmirriado y desvalido hombre, que
casi parecía un bebé, hubiera motivado semejante ira. Ver dormir a aquel feo
despojo humano y tratar de imaginarlo acabando con la vida de un niño ponía
malo a cualquiera.
Pero eso no venía al caso. Cuando lo atropellaron estaba deambulando por
la carretera, medio congelado. La niña llevaba fuera de la escuela como
mucho unos quince minutos. Él no pudo haberla… A menos que… A menos
que ella corriera colina arriba… A menos que Niles estuviera subiendo la
colina cuando lo arrollaron… ¿Cuánto tiempo se tardaría? Se estremeció. Si
la dichosa policía estuviera allí. Si no estuvieran desamparados en aquel
desolado agujero. Era ridículo pensar que en un país como Inglaterra
estuviera sucediendo aquello; que un hombre se viera asediado por una banda
de tarados borrachos y no pudiera pedir ayuda. Ridículo.
Volvió a oír el ruido. Agachó la cabeza para esquivar la viga que se
extendía a ambos lados de la puerta que separaba el pequeño comedor de la
cocina. A través de la ventana de la cocina vio la cara y las manos de un
hombre. Trataban de forzar el pestillo. Estaba cansado, harto. Era
nauseabundo que la gente intentara irrumpir por la fuerza en una casa.
—¡Largaos! —gritó.
El hombre desapareció. A través del cristal solo vio copos de nieve.
Revisó el pestillo. Era de los que tenían un asa y una barrita estrecha de metal,
que se deslizaba hacia arriba y se encajaba en una ranura del poste central de
la ventana. Los dos marcos se movían hacia fuera. En la parte inferior había
otra barra larga de metal, con agujeros que se encajaban sobre la varilla
vertical. Una vez roto el cristal, bastaría con que un hombre metiera la mano
dentro para que tanto la barra de metal como el pestillo se abrieran en
segundos. No se le ocurría la manera de asegurar los pestillos.
Revisó la puerta que daba acceso al porche de la cocina. Tenía una
cerradura Yale y un cerrojo bastante fuerte. No pensaba que pudieran

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forzarlo. La puerta exterior probablemente no estaba cerrada. De todos
modos, no les serviría de mucho entrar al porche.
Volvió al cuarto de estar. Henry Niles se había incorporado y estaba
sentado con las mantas alrededor de la cintura.
—Necesito ir al baño —dijo. George se preguntó qué clase de acento
tenía. No era de esa zona. Niles tenía unos veintitrés años cuando lo
detuvieron la primera vez. ¿Qué clase de vida había tenido anteriormente?
¿Cuánto tiempo se estuvo preparando para el momento en que encontrara a
una cría? ¿Mucho tiempo antes de que lo atraparan? ¿Se convirtió en un
asesino poco a poco? ¿Qué sentido tenía aquello? Un hombre así, una mente
pervertida. Como un niño, pero malvado. ¿Por qué?
—Necesito ir al baño —repitió Niles.
—Está arriba —dijo George—. Te acompaño.
Ese era otro asunto. Aunque sabía que aquel hombre era un asesino
demente, se encontraba respetando las normas de cortesía. ¿Le preocupaba
herir los sentimientos de Niles? ¿Qué podía hacer, preguntarle qué se sentía al
ser un asesino de niños?
Aquel patético hombrecillo que apenas podía caminar solo hasta el pie de
la escalera, ¿era el símbolo de una época, la personificación de un mal ciego e
incomprensible? ¿La lujuria degenerada más extrema? ¿Cómo decir que era
un pervertido si tenía la mente de un niño? No se le podía castigar, eso era lo
que el progreso y la civilización significaban, si es que significaban algo. Sin
embargo, habían ahorcado a los nazis. ¿Eran responsables? ¿Eran culpables
más allá del ámbito de aplicación de las normas humanas?
Tal vez pensar que la gente olvidara el mal causado por Niles era
demasiado. Quizás lo mejor sería acabar con él. En aquel siglo, cien millones
de personas habían sido asesinadas a manos de hombres corrientes. ¿Qué
había de especial en el caso de Niles? ¿Importaba? Con el supuesto progreso,
¡qué difícil era extraer un principio moral de un cuerpecillo tembloroso, que
subía las escaleras como Karen cuando aprendió a andar, dando pasitos y
agarrándose al pasamano!
Acompañó a Niles al baño. Llevaba la manta sobre sus hombros como un
niño que juega a los indios.
—¿Puedes… te apañas?
Niles asintió. Dejó escurrir la manta hasta el suelo. George volvió la cara,
asqueado por ver a Niles de esa manera. Era como llevarse bien con el mal.
Cerró la puerta desde fuera. No era más que un pequeño pestillo, pero no

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creía que Niles estuviera en condiciones de forzarlo. Atravesó el corredor y
dio un toque suave en la puerta de Karen.

—¿Louise?
Ella salió con la cara demacrada por la preocupación.
—¿Está durmiendo?
Louise negó con la cabeza.
—Ven, quiero hablar contigo. Mejor cierra la puerta.
¿Qué es lo que le quería decir? ¿Que estaba asustado? ¿Que lo sentía?
¿Sentir el qué? ¿Por qué le hacía sentirse culpable e incompetente? ¿Acaso lo
era? ¿Resultaba así de sencillo?
—Siguen fuera —dijo él. Estaban de pie en la oscuridad de su dormitorio.
George quería que ella lo tranquilizara. ¿Qué sentido tenía luchar por unos
principios si no estabas de acuerdo ni con tu propia mujer? ¿Era esa la razón
por la que algunos hombres se arrojaban a batallas similares, como
compensación de frustraciones personales? ¿Los antiguos colonizadores
toleraron este tipo de tensiones por parte de sus mujeres?
—Si lo quieren con tanta desesperación, no podemos detenerlos —
respondió ella. Parecía molesta—. No le harán daño, solo quieren saber qué
hizo con Janice Hedden.
—Estarás de acuerdo conmigo en que no ha podido estar cerca de Janice.
¿Cómo lo van a saber? Están muy nerviosos, lo puedes ver tan bien como yo.
Al joven que trató de golpearlo, ¿crees que Janice le importa? ¡Una mierda es
lo que le importa! No quieren más que sangre.
—¿Y eso qué más da?
—¿A ti no te preocupa?
—No. ¿Por qué tuvimos que ser nosotros?, eso es lo que me preocupa.
Dios, me va a estallar la cabeza.
—Será mejor que te acuestes un rato.
—¿Con todo esto? ¿Con imbéciles que juegan a indios y vaqueros? No
digas estupideces.
Se escuchó otro estruendo en la planta baja, un ruido de cristales rotos; el
sonido que hace una botella cuando se estrella contra un muro de ladrillo.
Louise respiró profundamente. Pensó que iba a vomitar.
—¡Venga ya, déjales entrar! George, sabes que este ruido me pone de los
nervios.
—¿Eso es lo único que te importa? Mejor bajo a ver.

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Estaba en las escaleras, a medio camino, cuando se acordó de Niles. Subió
corriendo.
—¡Louise! Niles está en el baño. Quédate con Karen.
—No lo dejes aquí arriba.
—Quédate con Karen, joder.
Corrió escaleras abajo. El ruido parecía venir del estudio. Atravesó el
vestíbulo. Cuando abrió la puerta del estudio, la habitación estaba
completamente a oscuras excepto por una débil luz en la ventana, donde la
cortina de gasa blanca se agitaba en pliegues fantasmales. Tanteó la pared
buscando el interruptor.
El brazo de un hombre se había introducido por la hoja de cristal rota, con
la mano contorsionada para alcanzar el pestillo. George se sintió
encolerizado. Tuvo que obligarse a ir hasta la ventana. Se quedó mirando la
mano inerte, quería golpearla, pero sentía náuseas por su proximidad. En el
alféizar no había nada que pudiera usar como arma, solo las notas sobre
Branksheer.
—¿Qué narices os pasa? —gritó—. La policía está de camino. ¿Por qué
no os largáis?
La mano se retiró del cristal resquebrajado. No alcanzó a ver si el hombre
había salido corriendo o seguía fuera en la oscuridad.
Entonces oyó una voz; alguien gritaba. Las palabras eran solo un
murmullo entre el viento. Por primera vez comenzó a sentir verdadero miedo.
¿Y si habían llegado más? Imaginó que quizás habían encontrado a Janice
muerta. Los aldeanos vendrían en bloque, una turba para linchar a Niles. Por
lo que había visto, la gente de Dando era capaz de cualquier cosa.
Alguien llamó a la puerta. Fue hasta el vestíbulo.
—Largaos —dijo. Le faltaba energía para gritar; estaba agotado.
—Soy yo —respondió una voz apagada.
—Ya. ¿Y quién eres tú?
—Bill Knapman.
—Vale, un momento —entreabrió la puerta con la cadena echada en el
pestillo. Vio que efectivamente era Knapman—. Entre.
Volvió a poner la cadena y a cerrar la puerta.
—¿Ha atravesado las líneas enemigas sin problemas? —le preguntó—.
Pase al cuarto de estar. Puede que se hayan quedado sin piedras.
—Les dije que se esfumaran. Afuera están Tom Hedden, Norman Scutt y
Phil Riddaway, han bebido. Supongo que a Tom se le ha ido de verdad la
cabeza con todo este asunto.

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No dijo nada de la escopeta. No había motivo para contárselo al
americano, y Tom podría meterse en problemas solo por llevar el arma. Bill
Knapman estaba seguro de que se marcharían ahora que él había entrado en
escena.
—Mi mujer envía esto —dijo, sacándose el pavo del abrigo y sujetándolo
por el pescuezo. George Madruger se echó a reír—. Entonces, ¿dónde está
Niles? —preguntó Knapman.
—Está arriba, atendiendo una llamada de la naturaleza. Como psicópata
famoso, bien; pero es la decepción personificada en cuanto al tamaño del
pájaro, y no está muy sano de aspecto que digamos. Suba y eche un vistazo
usted mismo. Madre mía, cómo me alegro de que esté aquí. Esos tipos nos
tenían en vilo. Ya han tirado tres piedras.
Deslizó el pestillo de la puerta del baño. Niles estaba todavía sentado en la
taza del váter, con los calzoncillos en los tobillos y la manta sobre los
hombros.
—Tengo diarrea —les anunció, levantando la mirada hacia ellos, más
parecido que nunca a un pobre crío desamparado—. No fue mi culpa.
Bill Knapman sacudió la cabeza. George vio a Niles mirándolos fijamente
y se dio cuenta de que estaba mirando al pavo. Para un hombre como
Knapman, sería sencillo partir el cuello de Niles. Acabar de una vez con todo.
Como explotar un grano.
—Da un grito cuando termines —le pidió.
—Tengo frío —se quejó Niles.
—Vale, pero no te quedes ahí sentado toda la noche —y cerró la puerta.
—No es que haya mucho que mirar, ¿eh? —comentó Knapman moviendo
la cabeza—. Nunca entenderé por qué no cuelgan a estos cabrones. ¿Qué bien
hace? Estaría mejor muerto, creo yo.
Fueron hasta la habitación. George se alegraba por más de un motivo de
que Knapman hubiera llegado, puede que su presencia animara incluso a
Louise.
—Ve abajo. Yo voy a ver a Karen —indicó George.
La niña tenía la cabeza casi oculta bajo las sábanas, pero los ojos estaban
abiertos de par en par.
—No hay ningún problema, cariño. Se han ido ya —le explicó—. ¿Por
qué no te duermes? Nosotros nos ocuparemos de todo. No estabas asustada,
¿verdad?
—Odio este sitio.

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—Yo también, cariño. Miraremos lo de volver a casa en cuanto sea
posible, pero por esta noche ya está bien. Dale un beso de buenas noches a
papá. Duerme bien, amor mío.
Karen consiguió esbozar una sonrisa.

—Menos mal que me traje algo —dijo Chris Cawsey, sacándose del gran
bolsillo una botella llena de ron. Le quitó el tapón y bebió un trago. Tocó el
brazo de Tom Hedden con la botella, este echó otro trago.
—Bill Knapman, menudo hijo de puta —dijo Tom. Estaban resguardados
en el cobertizo, enfrente de la casa. Bert Voizey había arrastrado hasta allí a
Tom antes de que la tomara con Bill Knapman—. Cogió a Janice, ¿o no? ¿Por
qué coño tiene que meterse el puto Knapman en esto?
—Ese Knapman es un sabelotodo —dijo Norman Scutt—. Se cree que
puede mangonear a la gente.
—Niles es un animal —dijo Tom Hedden—. Me las va a pagar por lo de
Janice.
—Tienes toda la puta razón, Tom. Esta vez lo va a pagar. No le dejaremos
que se vaya de rositas, ¡cerdo asesino!
Se quedaron ahí, mirando la fachada principal de la casa mientras se
pasaban la botella de ron. Cada uno pensando en sus cosas, sin embargo,
todos estaban allí por las mismas razones. Eran los hombres a los que nadie
prestaba nunca atención, los mismos que nunca tuvieron suerte. Otras
personas les decían siempre lo que tenían que hacer, los habían insultado, los
habían mandado a la cárcel, los habían despreciado, los habían mantenido en
la pobreza. Todos aquellos años de resentimiento alcanzaban ahora su punto
álgido. Tenían el mejor motivo del mundo; el único que podría juntarlos a
campo abierto, cara a cara con su enemigo. El pecho de Tom palpitaba de
rabia. Bill Knapman le dijo que se largara, como si fuera un crío del pueblo,
un don nadie. Lo que le había pasado a Janice no le importaba para nada;
Niles podía venir aquí y asesinar a su hija, que a ellos les traería sin cuidado,
solo era la hija del tonto de Tom Hedden, que además no estaba muy bien de
la cabeza. Qué va, a ellos no les importaba. No se habían llevado a una de sus
hijas, solo a la mocosa de Hedden.

Norman Scutt, el mangante y delincuente, estaba allí porque Niles le había


devuelto a un mundo donde él era alguien, el mundo de la prisión. Hombres

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como Niles eran lo más bajo de entre la escoria. Hacía que un ladrón
pareciera un juez. Norman había dormido en la misma cama con tres
hermanos más pequeños, hasta los dieciséis años, momento en que lo
condenaron por primera vez a Borstal. A Norman Scutt le gustaba entrar en
las casas a robar. Estar en una habitación bien amueblada, con una cama
grande, gruesa moqueta; los objetos femeninos en el tocador le provocaban
erecciones. Codiciaba vivir en casas así, aunque odiaba a la gente que vivía en
ellas; ya que no entendía por qué ellos vivían en dormitorios elegantes pero él
tenía que dormir con sus tres hermanos pequeños. Disfrutaba arrojando los
cajones contra el suelo, apagando colillas en las moquetas de postín y, lo
mejor de todo, dejando un zurullo en pleno centro, para que les diera en los
morros.
A Chris Cawsey le gustaba tocarse el cuerpo con el cuchillo. Le entraba la
risa floja, seguida de jadeos de excitación. Siempre le gustó usar la navaja,
cuando era niño con gatitos, gallinas… ovejas después. En aquellos
momentos, todos tenían ganas de reírse de forma estúpida. Pero hacerlo en
grupo era mejor que ir en solitario de aquí para allá por los campos. Se había
divertido lo suyo aquella noche, pero no lo suficiente.
A Bert Voizey le gustaba envenenar ratas porque le hacía sentirse alguien.
La gente lo conocía como el hombre de las ratas. Lo miraban de manera rara
porque sabían que era un experto. Procuraba no hacer las cosas en público.
No solía caer bien a otras personas, pero ahora estaba entre colegas y a ellos
sí que les gustaba.
A Phillip Riddaway simplemente le gustaba estar con Norman. Lo
consideraba su amigo; Norman no se reía de él.
—Quiero a Niles —repitió Tom Hedden—. No me importa lo que diga
Knapman, voy a por Niles.
—Espera hasta que Bill se largue —aconsejó Norman.
—No, que se joda, voy a por Niles.
Tom Hedden dejó el refugio del viejo cobertizo y comenzó a atravesar el
sendero. Era un hombre fuerte, recio, pero estaba medio borracho y avanzaba
con pasos entrecortados, dando traspiés en la nieve.
—¡Entregadme a Niles! —gritó frente a las ventanas de la casa, cubiertas
por cortinas—. ¡Se ha cargado a mi niña!
Bill Knapman estaba a punto de irse cuando oyeron los gritos. Miró a
través de las cortinas.
—Es Tom Hedden. Será mejor que salga y hable con él —dijo a los
Madruger. Veía que estaban asustados. Él se sentía muy seguro. Esta gente

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era forastera, no conocía a los paisanos de Dando. En ausencia de la policía u
otra autoridad, tomar la iniciativa dependía de alguien como él—. No se
preocupen por el bueno de Tom, solo está un poco alterado, eso es todo. Lo
conozco, hará lo que le diga.
George Madruger echó un vistazo a través de las cortinas.
—¿Es un arma lo que lleva? —preguntó.
—No, no creo que el bueno de Tom tenga un arma —respondió
Knapman, sonriendo a Louise—. A veces se desmadran un poco, pero no son
malos tipos.
—¿Crees que es conveniente salir? —preguntó Louise.
—Tom Hedden no me preocupa —replicó Knapman.
George se sentía seguro; Knapman era de allí, conocía a esa gente,
hablaba su idioma.
En el cobertizo, al otro lado del sendero, los demás tomaron el último
trago de ron y después salieron para ver lo que ocurría.
—¡Tumbaré la puerta a balazos si no me entregáis a Niles! —gritó Tom
Hedden.

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NUEVE

Antes de salir, Knapman le pidió a George que encendiera la luz del porche.
—Para que Tom vea quién soy —explicó él, sonriéndole de nuevo a
Louise—. No nos conviene que piense que soy Henry Niles o algo así.
Ustedes mejor quédense dentro; a mí me conocen.
Abrió la puerta y salió al porche, que estaba abierto.
—Tom, ¿de qué va todo esto? ¿Estáis buscando conejos en una noche
como esta?
—Busco a Niles.
—Vale ya, Tom. Nadie quiere problemas.
Bill Knapman salió al jardín. Seguía sonriendo.
—Tom, te estás poniendo un poco tonto, ¿no? ¿Qué es esto de ir tirando
ladrillos a las ventanas de esta gente, eh? Tienes que tener un poco más de
cabeza, hombre.
Tom Hedden llevaba oyendo lo mismo toda su vida. Propietarios de
grandes granjas advirtiéndole que no debía beber tanto; directores de banco
informándole de que no podían prestarle dinero; taberneros diciéndole que ya
había bebido suficiente; inspectores agrarios explicándole que no estaba
trabajando bien la granja. Siempre la misma voz diciéndole las mismas cosas:
«Venga ya, Tom Hedden, para de beber»; «Tom Hedden, renuncia a tu
granja»; «Tom Hedden, una pena lo de tu hija pequeña»; «Tom Hedden, no
podemos hacer nada por tu niña»; «Tom Hedden, no podemos acogerla en la
residencia»; «Tom Hedden, cambia de hábitos»; «Tom Hedden, trata bien a tu
mujer»; «Tom Hedden, trabaja más»; «Tom Hedden, vete a una fábrica»;
Tom Hedden. Desde siempre, los mismos hombres con granjas más grandes y
con más dinero lo miraban por encima del hombro y gastaban bromas a su
costa. Siempre lo mismo, tener que pedirles prestado a aquellos hombres,
tener que ser amable, tener que sujetar la gorra entre las manos. Levantó la

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escopeta hasta que el doble cañón apuntó por encima de la cabeza de Bill
Knapman.
—Diles que quiero a Niles —advirtió—. Bill Knapman se lo dices, o
entraré a por él.
—No seas imbécil.
Bill Knapman se acercó hacia Tom Hedden. La nieve le acariciaba las
mejillas.
Tom Hedden pensó en todas las veces en que Bill Knapman le había
hablado así. Todo le iba bien, empezó con buen pie. Bill no tiene una mala
tierra. Bill no tiene una pobre hija enferma. No, no, Bill Knapman era uno de
ellos, amigo del coronel y del vicario y de los de esa calaña. Sí, y amigo de
aquel maldito yanqui. Estaba protegiendo a Niles, un demonio asesino.
—Es un buen tipo Tom, se acabaron las estupideces.
—Vamos, Tom, desgraciado, danos esa puta escopeta. ¡Ya vale de
tonterías!
—¡Tonterías! ¿Y lo de Janice qué? ¡Ay, si hubiera sido uno de los tuyos,
Bill Knapman! Pero no, ha sido Janice. Tuvo mala suerte desde el día en que
nació. Niles ha venido aquí y se lo ha hecho con mi niña. ¡Lo voy a matar!
Bill Knapman vio a los otros acercarse por detrás de Tom Hedden.
—¡Eh, tú, Norman Scutt! Agarrad a Tom y lleváoslo de aquí. No pasará
nada si se va ahora.
—¿Tú qué coño tienes que ver en todo esto? —le gritó Norman—. ¿Te
crees que eres la poli o qué?
—Os las veréis con la policía si no os largáis de aquí —respondió Bill
Knapman, esta vez enfadado. Esa chusma necesitaba que le gritaran. Había
tenido que enfrentarse a cosas así en la policía militar; sabía cómo lidiar con
ello.
—Quiero el arma, Tom. Estás demasiado borracho para saber lo que estás
haciendo —avanzó hacia él—. Y vosotros ahuecad el ala, camorristas, no sois
más que camorristas.
—Ese loco se ha cargado a Janice —respondió gritando Norman Scutt—.
Si no la ha matado al menos sabe dónde está.
—¡Cállate, Scutt!
Se dirigió con rapidez hacia Tom Hedden, con los brazos extendidos
intentando apoderarse del arma.
—Déjame tranquilo —amenazó Tom Hedden, en voz baja, lleno de
amargura y odio.

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Bill Knapman alcanzó el cañón con las manos y trató de arrancar el arma
de los brazos de Hedden.
Phillip Riddaway había estado escuchando; sobre todo a Norman. Saltó
para ayudar a Tom Hedden. Bill Knapman tenía sujeto el doble cañón de la
escopeta. Él y Tom se tambalearon mientras forcejeaban cada uno agarrado a
un extremo del arma. Phil Riddaway trató de empujar a Bill Knapman. Los
otros tres se aproximaron.
George Magruder los veía desde la puerta, sus oscuras siluetas se
entrelazaban en una danza de movimientos lentos. ¿Debería salir? ¿No lo
pondría peor?
¡Bum!
Una de las siluetas saltó hacia atrás como si una cuerda hubiera tirado de
ella. Se tambaleó unos instantes y después cayó de espaldas. Se convulsionó
durante unos breves e interminables instantes. Después se quedó inmóvil
sobre la nieve.
Las otras figuras permanecieron estáticas. George Magruder se apretó el
labio superior con los dedos índice y pulgar hasta que esto le provocó una
mueca de dolor.
¡Le habían disparado a Bill Knapman!
—¡Malditos cabrones! —gritó, saliendo hacia el porche. Los otros
hombres se lo quedaron miraron—. ¡Malditos cabrones, asesinos!
—No ha quedado mucho de su cabeza —exclamó Chris Cawsey,
inclinándose sobre el cuerpo de Bill Knapman—. Te lo has cargado de
verdad, Tom.
Phil Riddaway no podía entenderlo.
—No queríais matar a nadie —dijo, frunciendo su enorme rostro.
—¡Esto lo vais a pagar! —les gritó George Magruder.
—¡Cállate y dame a Niles! —respondió, también gritando, Tom Hedden.
Bert Voizey quería echar a correr y esconderse:
—Estaríamos mejor en otro sitio, Norman —dijo—. No entraba en mis
cálculos matar a nadie.
—Pues es una pena, porque todos estamos metidos en esto.
—¡Yo nunca he matado a nadie!
—Díselo a los maderos. Es la ley. Da igual quién lo hiciera, estamos todos
juntos en esto. La culpa es la misma para todos, igual.
—¿Qué vamos a hacer, Norman? —preguntó Phil Riddaway en un tono
lastimero.

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Norman Scutt sabía que era el líder; tenía cerebro y conocía la ley. Lo que
habían hecho constituía un homicidio involuntario, como poco. No podían
esconderse en ningún lugar porque el yanqui conocía sus caras.
—¡Una mierda voy a ir a la cárcel por ese demonio de Niles! —Sabía cuál
era su única esperanza.
Todos pensaron en la cárcel. Era la cosa más aterradora que podían
imaginar. Estaban atrapados.
—Una vez que has matado a uno —dijo Norman Scutt—, otro no cambia
nada. Aparte de él y su mujer, nadie sabe que fuimos nosotros. No quiero
pudrirme en la cárcel hasta que sea viejo.
Chris Cawsey sonrió con nerviosismo. Desde que era niño, siempre había
querido ver el aspecto de la gente que moría.

George Madruger no podía moverse, sentía que se ahogaba y tenía las


entrañas congeladas. La mandíbula le colgaba flácida. Fuertes pulsaciones le
martilleaban el cerebro. Sus ojos veían a los cuatro hombres de pie en la
nieve, pero su cerebro no reaccionaba. Era como si el resplandor de una
bombilla, el brillo fugaz de una luz cegadora, se hubiera apagado en la
oscuridad.
¿Había visto a Knapman catapultado hacia el suelo? ¿Era Knapman esa
forma oscura sobre la nieve? ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Por qué habían
hecho aquello?
—Quiero a Niles, ¿me oyes?
Vio al hombre acercarse con el arma. Aun así, no podía moverse. Sentía
que la lengua se le hinchaba y le llenaba la boca; le dio una arcada. Desde su
estómago salió un borbotón espeso de vómito. Le faltaba el aliento.
—¡QUIERO A NILES!
Se estremeció. La visión de la muerte, la verdadera muerte, había
conmocionado todo su cuerpo. No podía hacer nada, se le estaban acercando.
—¡George!
El grito de Louise interrumpió la parálisis en que se había sumido su
cerebro.
Se giró e intentó agarrar la puerta. La cerró de un portazo y buscó con las
manos la cadena. Sus dedos no lograban encajar el pestillo en la base.
Apoyando todo su peso sobre la puerta, se peleó con el latón para hacerlo
encajar en su agujero. Por fin estaba en casa. La puerta estaba protegida por

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un cerrojo Yale, un fuerte pestillo y la cadena. Cuando comenzaron a pegarle
patadas, agarró a Louise por el codo y la llevó hacia el cuarto de estar.
—Rápido, la luz —urgió él, pero Louise no se movió. Se dio contra ella al
abalanzarse hacia el interruptor. Se quedaron quietos junto al brillo rojo de la
estufa, escuchando el alboroto de los hombres en la puerta.
—Han disparado a Knapman —explicó él con un hilo de voz—, con una
escopeta. En la oscuridad no pueden vernos. Vete arriba.
—Por favor, ¿qué nos va a pasar?
—¡HENRY NILES!
—No pueden pasar por esta puerta —dijo él—. Lo intentarán por las
ventanas. Vete arriba. Yo…
Algo pesado se estrelló contra la puerta. George apartó bruscamente a
Louise de la entrada del salón.
—¡Espabila, Louise, esos hombres van en serio! Harán cualquier cosa con
tal de hacerse con Niles.
—¡Nos matarán! ¡Entrégales a Niles! ¡Nos matarán!
—¡No! Vete arriba antes de que te sacuda, Louise.
—No serías capaz…
—¡Vete arriba de una puta vez!
Los dedos de él se clavaron en la firme carne de su antebrazo. La arrastró
a través de la habitación oscura y la empujó; ella dio un traspié en el primer
peldaño. George cerró la puerta de golpe.
Pegado al muro, se desplazó hasta la ventana. Sin separarse de la pared,
extendió el brazo y descorrió las cortinas. Con la habitación a oscuras veía a
los hombres afuera, pero no creía que ellos pudieran verle. La ventana del
cuarto de estar tenía cuatro hojas, posiblemente el tamaño justo para que un
hombre si se encogía pasara por allí. Eso a menos que tuvieran un hacha e
hicieran pedazos el marco de madera.
¿En qué otro sitio se encontraba? Tuvo un flash con imágenes de mujeres
cargando rifles, de hombres agazapados bajo ventanucos en paredes de
troncos de madera, de indios…
—Mira George, ¡esto es una locura! —Louise había regresado y
aparentemente su pánico había desaparecido—. Si piensas que voy a
quedarme quieta y a dejar que esos hombres entren haciendo pedazos la
ventana… Karen está muerta del miedo. Quiero que saques a Niles de aquí.
¡Déjales que le hagan lo que quieran!
¿Por qué salvar a Niles? Sería muy fácil abrir la puerta y arrojarlo a la
nieve de un empujón; dejar que lo mataran si tan locos están, después se irían.

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¿A quién le importaba si Niles vivía o moría? ¿Qué era su vida comparada
con las suyas?
—No —respondió él—. Lo matarán.
—No me importa.
—A mí sí. Solo serviría para que nos dejaran en paz. Mira, no será tan
terrible, puedo mantenerlos a raya. Se marcharán. Lo de Bill Knapman fue un
accidente, no creo que quisieran matarlo.
—¿Cómo vas a hacerlo? Tienen un arma, ¿o no? Te estoy diciendo que
saques a Niles de esta casa, George, ahora mismo. Si no lo haces tú, lo haré
yo.
Dejar que Louise entregara a Niles sería incluso más fácil. Nadie le
culparía. Podría decir que estaba luchando en otra habitación para
mantenerlos fuera. Nadie les diría riada.
—¡No! Dijimos que colgar a Niles era un crimen, ¿o no lo dijimos?
—Eso fue pura palabrería.
—Puede que sí, pero ahora es real. ¿Nos damos por vencidos a las
primeras de cambio?
—No seas bobo. ¡Joder, que esto no es una película!
Golpearon en la puerta nuevamente.
Él se cabreó aún más. ¿Quiénes se creían aquellos tipos, irrumpiendo en
su hogar?
—Si les entregamos ahora a Niles, lo matarán. Si aguantamos un poco, la
policía llegará y se olvidará todo. ¿Te vas a rendir tan fácilmente?
Oyeron algo extraño en la cocina. George corrió hacia el comedor. Se
puso en cuclillas y atravesó la habitación protegiéndose tras la mesa para
alcanzar el interruptor; apagó la luz. En la cocina, trató de recordar dónde
estaba el interruptor. Antes de todo eso, la casa era normal y corriente, ni
siquiera le gustaba demasiado; ahora era su refugio. Todo había cambiado y
resultaba vital mantener fuera a aquellos hombres. Niles era solo una parte de
aquello. Ellos vivían allí y una jauría de hombres salvajes quería forzar la
entrada. Si conseguía mantenerlos fuera, habría vencido, era así de sencillo. Si
permitía que aquellos hombres irrumpieran en su hogar, era un don nadie.
¿Dónde estaba el interruptor? Las cortinas de la cocina, hechas de tablillas
rígidas de bambú y sujetas a una barra de latón, estaban todavía corridas.
Echó un vistazo de pie contra la pared, desde la esquina de la puerta. El
interruptor estaba como a un metro.
Sobre la cocina Aga, colgando de un gancho en el hueco del muro, vio el
delgado atizador que usaba cada mañana para recoger las cenizas del fondo de

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la lumbre. Necesitaba algo así entre las manos. Se oyó un nuevo chirrido tras
las cortinas. De nuevo estaban intentando forzar el pestillo.
Tenía que jugársela y confiar en que el hombre del ventanal no fuera el
que tenía la escopeta. Pisando suavemente sobre el linóleo, dobló la esquina
del muro y alcanzó el interruptor con la mano izquierda. Cuando apagó la luz,
el ruido paró. Se movió sigilosamente hasta los fogones y palpó buscando el
atizador. Después, avanzó a tientas junto al fregadero hasta que se situó al
lado de la ventana. ¿Era mejor tener las cortinas abiertas o cerradas? Abiertas
y con las luces apagadas. Así podría distinguir sus siluetas, ya que para ellos
la habitación estaría oscura.
Plegó con cuidado las cortinas de bambú, bien pegado contra la pared.
Vio a alguien al otro lado del cristal. El atizador de acero inoxidable daba la
impresión de ser muy ligero. Trató de imaginar cómo sería golpear a un
hombre con él.
No quería herir a nadie. Si pudiera asegurar la ventana, probablemente los
asaltantes terminarían cansándose y se marcharían. Se acercaba el momento
decisivo, estaban totalmente enajenados. Se preguntó cómo podía bloquear
los dos cerrojos de la ventana; si los consiguiera atar al poste, ninguna de las
mitades de la ventana podría abrirse sin hacer añicos el cristal. Y ese ruido le
daría tiempo para pararlos.
Confiando en que no fuera el tipo del arma, George se dirigió hacia la
ventana y dio un golpecito en el cristal con los nudillos. Creyó ver una figura
alejándose. Volvió al comedor.
—¿Louise?
—¿Dónde estás?
Parecía muy cabreada. Cada vez que su mujer hablaba se sentía estúpido,
como si pensara que estaba participando en algún juego de niños. George
atravesó el cuarto de estar.
—¿Louise?
Entonces la vio, una forma oscura contra la pálida blancura del muro. Eso
le dio una idea; si encendían todas las luces de la segunda planta,
absolutamente todas, iluminarían el suelo alrededor de la casa. De ese modo
podría verlos, pero ellos no lo verían a él.
—Escucha —dijo George, de pie junto ella—, ve arriba y enciende todas
las luces, los dos baños… ¿Y Niles? ¿Sigue allí?
—¡Karen!
Se tropezó con un sillón al salir de la sala de estar. George subió las
escaleras a todo correr. La puerta del baño pequeño seguía cerrada.

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—¿Sigues ahí, Niles?
—Tengo frío —se quejó Niles.
—Tendrás más frío si sales.
George fue al otro baño y encendió la luz. Normalmente no se molestaban
en correr las cortinas del segundo piso. ¿Qué sentido tenía, cuando el vecino
más cercano estaba a un kilómetro y medio?
—¿Tenemos algún tipo de cuerda? —le preguntó a Louise.
—¡Una cuerda! ¿Te has vuelto loco?
George clavó su mirada en ella, tenían las caras a menos de treinta
centímetros; sintió una ola de rabia que le recorría todo el cuerpo. Así no era
como se comportaban aquellas esposas, las mujeres pioneras, se mantenían
junto a sus hombres en las buenas y en las malas.
—Vas a ver quién está loco —dijo George, con la boca contraída por la
rabia. Atenazó a su mujer por el hombro, clavándole a propósito los dedos en
el hueso, confiando en que eso le dolería—. Acércate a la ventana, venga, con
tus amigos. Quédate ahí. ¿Ves a alguien? ¿Ves al tipo del arma?
Vamos, abre la ventana y pégale un grito si piensas que esto es solo un
juego. Mira a ver qué hace.
Ella trató de retroceder, pero la mantuvo cerca de la ventana.
—¿Qué pasa, Louise? ¿No estarás asustada, verdad? No te dispararían, ¿a
que no?
—Claro que no… —Pese a todo trató de liberarse y alejarse de la ventana.
—Si conseguimos que no entren en la casa, se irán —afirmó él—. Están
fuera de sí, eso es lo que pasa; histeria y alcohol. Ya has visto lo que le pasó a
Knapman, por el amor de Dios, lo mataron mientras trataba de hablar con
ellos.
—Tuvo que ser un accidente. Tú has dicho que fue un accidente.
—Bueno ya, pero no queremos más accidentes. ¿Hay alguna cuerda?
Quiero atar los dos cerrojos de la ventana.
—No lo sé.
—Piensa.
—Había un trozo de cuerda para tender ropa en algún sitio —recordó ella.
—¿Dónde?
—Ahora no me acuerdo. ¡Era una cuerda para tender la ropa!
—¡Piensa! La cuerda lo cambia todo.
—Puede que esté en la cocina. La tenía antes de la nieve, pero no me
acuerdo dónde la puse…
Se oyó otro ruido, pero esta vez provenía del otro lado de la casa.

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—El estudio —identificó él.
Un cristal se rompió. Al mismo tiempo, volvieron a dar patadas a la
puerta. George bajó las escaleras de dos en dos, enarbolando el fino atizador.
La puerta del estudio tenía un cerrojo anticuado. Mientras lo descorría con
rapidez, se preguntó por cuánto tiempo aguantaría el peso de un hombre; no
mucho. En la oscuridad de la habitación, la cortina se mecía al viento en
largos y vaporosos pliegues, como un etéreo pañuelo de mujer.
De la ventana rota sobresalía la cabeza de un hombre, que retorcía el
brazo para alcanzar el cierre con la mano. El ruido que habían oído era aquel
tipo retirando los trozos de vidrio rotos del marco.
—¡Fuera de mi casa! —le gritó en la cara. El brazo paró de moverse.
George sabía que tenía toda la ventaja; el hombre estaba indefenso, y tenía el
hombro y el cuello ceñidos por un collar de cristales rotos. Sería fácil
agarrarle de la ropa, de un tirón introducirlo más en el cepo y golpearle en la
cabeza. Golpearle tan fuerte que ya nunca… George sintió asco.
—¡Fuera! —vociferó. Toda su vida había luchado contra la violencia,
firmando peticiones, escribiendo cartas, adoptando posturas impopulares. La
violencia era una obscenidad. Se alegraba de que, incluso entonces, la idea de
cruzar el umbral que separa la ira de la violencia, le hiciera estremecerse. Era
un hombre civilizado.
El joven atrapado en la ventana luchaba por liberarse, dando tirones hacia
atrás. La presión le desfiguraba el semblante. Era la cara de un crío, fina, de
piel suave. Olía a licor barato.
—Díselo a tus amigos, marchaos —le exigió George, mirando hacia abajo
—. En esta casa no va a entrar nadie. ¿Queda claro?
Parecía ridículo, pero sintió pena por el joven que se retorcía para escapar.
Era consciente de lo sencillo que era alterarse en situaciones que no se podían
controlar o entender. Sabía cómo debían de haberse sentido, cuando la niña se
escapó y Niles apareció en la aldea.
—Si hubiera sido Karen…
No era capaz de hacerle nada a aquella cabeza que se contorsionaba en el
marco roto de la ventana. Se consideraba un hombre civilizado, refinado hasta
el punto de que la violencia física le era imposible, incluso como autodefensa.
Si defenderse significaba romperle el cráneo a aquel crío, entonces George no
podría hacerlo. Era un hombre moderno; necesitaba cerraduras, puertas,
ventanas con cerrojos, policía. Los objetos lo defendían. Había perdido su
habilidad para estar solo y luchar. Casi con desaliento, empujó el brazo del
joven.

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—Dejadnos tranquilos, por favor —le pidió, y sintió una ola de alivio
cuando el muchacho sacó la cabeza.

—Aquí está la cuerda de la ropa, George —dijo Louise, de pie en la


penumbra del vestíbulo—. Es un cable, lo podrías cortar con esto —le tendió
el cuchillo de trinchar, del lado del mango; el filo brilló con la débil luz.
Algunos hombres sabían usar ese tipo de cosas.
—No tiene mucho sentido —suspiró él—. Es inútil. Si de verdad quieren
entrar, no podemos evitarlo. Lo mismo se podría abrir la puerta principal y
decirles que entren y que cojan ellos mismos a Niles.
—Pero has dicho que…
—¡No me digas que realmente estabas escuchando todo lo que he dicho!
—¡Pero le han disparado a Bill Knapman!
—Fue su culpa. Solo quieren a Niles. Si tratamos de luchar contra ellos
solo conseguiremos que nos hagan daño; a ti y a Karen.
Louise casi había llegado a sentirse culpable, avergonzada de su
malhumor ante la determinación de George, y ahora, parecía haberse rendido.
—¿Crees que le harán… que le harán daño a Niles?
—¿Qué le van a hacer si no? ¿Crees que lo quieren para tirarse bolas de
nieve? ¡Están locos! No tenemos ninguna posibilidad. Si les entregamos a
Niles nos dejarán tranquilos. Al menos ninguno de nosotros resultará herido.
Los dos se dieron cuenta de que no llegaban ruidos de fuera; escucharon
atentos.
—Lo mismo se han ido —aventuró ella.
—Tal vez. Ya sé, vamos a llamar a la taberna. ¿Por qué no lo he pensado
antes? Tiene que haber más gente en este puto pueblo que no se haya vuelto
loca.
Pero, cuando cogió el teléfono, la línea estaba cortada.

Norman Scutt, Chris Cawsey, Phillip Riddaway, Bert Voizey y Tom


Hedden seguían en el desvencijado cobertizo, al otro lado del sendero.
—Tenemos que entrar —decía Norman Scutt, mordiéndose con fuerza el
dedo pulgar—. Sabía que los otros —a excepción de Tom Hedden— estaban
empezando a desmoronarse. Nunca habían estado en la cárcel y no podían
imaginarse qué les acabaría pasando. Pero él sí que lo sabía; diez años por
homicidio involuntario.

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—Ese yanqui es un hijo de puta bien raro —dijo Cawsey, medio riéndose,
mientras les contaba lo que le había pasado al quedarse atrapado en mitad de
la ventana. Norman Scutt lo interrumpió:
—Entonces seguro que te reconoce, Chris —le advirtió—. Te caen diez
años.
—Ya, sí, me reconoce seguro.
—Bert, Phil y yo hemos estado en la casa, así que sabe quién somos, y
también Tom. Entonces, ¿qué queréis hacer, iros a casa y esperar a que la
pasma venga a por vosotros por la mañana?
—¿Qué hacemos aquí parados entonces? —sugirió Tom Hedden—. Voy a
entrar en esa casa, voy a coger a Niles y…
—¿Cómo vas a entrar, Tom? ¿Piensas abrir un agujero en la puerta a base
de patadas? Mirad, cabrones, hay que usar la cabeza; hacer planes. Eso es lo
que cuenta. Si pensamos nos libraremos de esta.
—No creo que nos lleven a la cárcel porque Tom haya disparado a Bill
Knapman —aventuró Bert Voizey.
—Joder, Voizey, ese es tu problema, que te pasas el día con ratas. Yo he
estado dentro, ¿vale? ¿Sabéis cómo es estar en la cárcel más de diez años? —
Entonces Norman tuvo una idea genial. Se vio como el cerebro de una banda
de hombres desesperados—. ¿No os acordáis de lo que pasó hace años con
aquellos tipos del Campo del Soldado? Mataron a aquel soldado, ¿o no? Y
nunca se atrapó a nadie. ¿Sabéis por qué? Porque sabían lo que hacían;
permanecieron unidos y nadie abrió nunca la boca.
—Todos usaron el arma por turnos —apuntó Chris Cawsey.
—Si alguno de vosotros tiene alguna idea mejor, puede irse.
—No diré nada —aseguró Bert Voizey, entre asustado e indignado.
—Entonces perfecto, haremos piña. Los vecinos no le dirán nada a la
policía. No van a ponerse de su lado, en nuestra contra, ¿verdad?
Supo que ya se había hecho con ellos. Phil no era más que un enorme
zoquete descerebrado, tal vez pensara que podía intentarlo con la mujer del
yanqui. Cawsey sencillamente se moría de ganas por clavarle su cuchillo a
alguien. Bert Voizey estaba demasiado asustado como para salir corriendo y
Tom Hedden era como un toro furioso, loco por atrapar a Niles.
¿Y él mismo? Había bebido la misma cantidad de ron que el resto, pero se
sentía el cerebro del grupo. Era consciente de a que se enfrentaban; sabía lo
que significaban diez años encerrado. Con su astucia nunca los atraparían. Se
convertiría en leyenda, como sucedió con la historia del soldado. Nadie dijo
una sola palabra a la policía sobre lo ocurrido a aquel tipo. Todas las mujeres

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de los que tomaron parte debían de saberlo. Probablemente mucha gente
conoció lo sucedido, pero nadie dijo nada. Los vecinos de Dando cerrarían
filas y se convertirían en héroes por haberse deshecho de Niles.
Otros pensamientos le rondaban la cabeza. Estaba en Bristol cuando
colgaron a un tipo que había asesinado a un granjero. Fue el último
ahorcamiento de todo el país. Aquella noche golpearon sin cesar sus tazas de
hojalata contra los barrotes y se pasaron todo el tiempo gritando y cantado. A
veces habían visto a aquel tipo en el patio, haciendo ejercicio por su cuenta.
Un día fue a la capilla, los reclusos estaban ensayando villancicos para la
misa de Navidad, pero lo colocaron detrás de unas pantallas especiales, para
separarlo de los delincuentes comunes. Todo el mundo dijo que la idea de
ahorcar a un hombre era horrible. ¿Cómo era matar a alguien? ¿Mejor que
golpear a una chica en la cabeza? ¿Mejor que entrar en una casa elegante y
convertirla en un estercolero? ¿Mejor que robar cosas e irse de bares con el
dinero y saber que eres más listo que el resto? ¿Mejor que reírse de los bobos
que tienen que dejarse la piel trabajando? ¿Mejor que pillar a una tía con
clase, con la ayuda de otro, y llevártela al bosque y pegarle hasta que te
hiciera cualquier cosa? Había hecho todo eso y ahora recordaba cómo se
sintió en su día.
—Ahora mismo vamos a entrar en esa casa. Phil, tú inténtalo por la puerta
trasera. Chris, vuelve a la ventana de antes. Tom, tú tienes el arma, prueba por
la puerta principal.
Yo trataré de meterme por la ventana del otro lado. Y Bert, ¿tienes
cerillas?
—Sí.
—Entonces mira a ver si puedes prender fuego a alguna cortina; puede
que con el humo los echemos fuera. Ese hijo de puta yanqui no sabrá qué
hacer.
Bebieron otra ronda de ron. Según atravesaban el sendero, la gorra de
Chris Cawsey salió volando. Se resbaló y cayó al tratar de atraparla. Se rio a
carcajadas mientras se revolvía a cuatro patas y buscaba la gorra, que el
viento iba alejando cada vez más de sus brazos extendidos.

La enfermera jefe Brady abandonó el ala de urgencias sin mirar a la mujer


del abrigo amarillo. No quería saber cómo era la mujer de Frank Pawson. La
encargada de urgencias le acababa de decir que Pawson tenía fracturas
craneales múltiples y, casi con seguridad, la espina dorsal rota. A pesar de la

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conmoción, aún podía pensar con claridad; Frank tenía suerte de tener una
mujer que cuidara de él. Con frecuencia, algo así podía unir de nuevo a las
personas.
Pasara lo que pasara, se dijo, ella tenía mucha suerte. Era responsabilidad
de la mujer cuidar de su marido. La vida es cruel, pero estas cosas solían
resolverse de la mejor manera. Cuando consiguiera un hombre, iba a ser uno
de verdad, no un inválido permanente.

Bobby Hedden, un crío de quince años de pelo negro y ceño fruncido,


abrió la puerta descalzo. Con su padre fuera, su madre durmiendo, sus
hermanos en la cama y Janice desaparecida; por primera vez tenía la
oportunidad de echar un vistazo en condiciones a las revistas de su padre. Las
había descubierto por casualidad, escondidas bajo unas arpilleras sobre el
depósito del agua en el desván, pero nunca se había quedado solo en casa
desde entonces. Se encontraba allí, con una linterna, cuando oyó el ruido en la
puerta.
De pie frente a él estaba el doctor Allsopp, con el abrigo recubierto de
nieve y la frente y las mejillas manchadas de sangre seca. Tenía los ojos
medio cerrados.
—¿Ha tenido un accidente, doctor?
—Tom tiene un arma —farfulló Allsopp—. Tienes que… —Se tambaleó,
pero Bobby no quería tocarlo. El doctor era importante, no como ellos.
—Yo estoy…
El médico empezó a caerse, aunque trataba de asirse con las manos a la
jamba de la puerta. Bobby intentó cogerlo, pero no pudo con el peso y los dos
cayeron en la cocina. Allsopp era un peso muerto entre sus piernas. Bobby
Hedden se deslizó para liberarse mientras el doctor gemía. Bobby lo agarró
por los hombros y lo arrastró por el suelo de la cocina hasta el maltrecho sofá,
junto al fuego.
Solía ayudar a su madre a arrastrar a su padre hasta el sofá cuando llegaba
borracho del bar. Primero le subió los pies, después lo agarró por debajo de
las axilas y levantó el cuerpo, sujetando la espalda con su rodilla hasta
tumbarlo.
El aliento del doctor no olía a alcohol. Tenía que haber sido un accidente.
¿Dónde estaba Chris Cawsey? No podía haber conducido muy deprisa con
aquella nieve. ¿Tal vez el médico luchó con Niles, el asesino? ¿Qué quería
decir con lo de que su padre tenía un arma? Claro que tenía un arma, había

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ido a la habitación trasera a por ella antes de irse a la granja de los Trencher.
El doctor abrió los ojos.
—Tom tiene un arma… —Pareció darse cuenta de la presencia de Bobby
por primera vez—. Corre a la taberna, diles que tu padre tiene un arma… que
se ha… que se ha ido a donde los Trencher, tienes que ir a… —En ese
momento se volvió a callar.
Bobby no entendía nada. Tal vez convendría llamar al doctor, pero es que
el médico era él. ¿Qué quería decir con lo de que fuera a la taberna? A la
mierda, ya vendría alguien. Eso le recordó que estaba solo, y que era la única
oportunidad que tendría de echar un vistazo a las revistas de su padre. Nunca
había visto fotos de mujeres así, con tan poca ropa. ¿Qué hacía su padre con
semejantes revistas encima del depósito de agua? Quería volver a verlas. El
doctor estaría bien frente al fuego del hogar.
Bobby Hedden subió de nuevo al desván. Si alguien venía, podría oírlo, y
tendría tiempo de poner las revistas en su sitio. La nieve del pelo del doctor se
convirtió en agua, al igual que la que tenía en la cara, el abrigo, los pantalones
y las botas de goma. Pronto, de los húmedos pliegues de su ropa, se elevaron
pequeñas volutas de vapor pero él no se movió.

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DIEZ

Aunque Louise quería entregar a Niles a los hombres que lo reclamaban, el


aparente cambio de actitud en George no disminuyó su enojo. Más allá de la
razón de su descontento, que ni ella misma conocía, le angustiaba un
profundo resentimiento. Rencor que no mostró signos de evaporarse, ni
siquiera en ese momento, en que aparentemente su marido empezaba a ver las
cosas tal y como eran de verdad. Porque ahora todo lo que tuviera que ver con
George le irritaba; era demasiado artificial. Por un momento pensó que iba a
darle una torta y, cosa rara, sintió cierto alivio, pero entonces él se controló.
Eso era parte del problema, George se desvivía por mantener el control.
Interpretaba el papel de marido razonable, formal, digno de confianza. En su
resentimiento irracional, Louise lo veía como un insulto; si fuera sincero no
tendría necesidad de interpretar, de mantener ese rígido control sobre sí
mismo.
Lo dejó intentando llamar por teléfono y subió a la habitación de Karen.
Observó a su hija con la mirada recelosa de una mujer que alberga
pensamientos de traición y fue consciente de su maldad. No le salió nada
cariñoso que decir.
—¿Qué está pasando, mamá?
—Karen, ¿por qué no te duermes?
—No paran de gritar su nombre, ¿es malo? ¿Qué le ha pasado a Janice
Hedden? ¿Aún no ha vuelto? Tengo miedo.
—No te pongas pesadita ahora. Se van a ir enseguida; igual ya se han ido.
Es que estaban preocupados por Janice.
—¿Ese hombre le ha hecho algo malo a Janice? No me gusta mamá, tiene
una cara rara.
—¡Venga, Karen! Duérmete, ¿vale? Ya te he dicho que no hay motivos
para preocuparse, eso es lo que yo…

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Pareció que la casa se sacudía, como por una gran explosión. Alguien
estaba dando patadas a la puerta principal. Al mismo tiempo llegó un ruido
sordo desde el otro lado de la casa. Entre el estruendo, se oyeron cristales
rotos.
—Tengo miedo —sollozó Karen.
Santo Dios, pensó ella, ¿qué está haciendo George? ¿Por qué narices no
ha ido a hablar con ellos, a decirles que pueden llevarse a Niles?
—Quédate aquí y no llores —le ordenó a Karen, mientras abandonaba la
habitación. Cerró de golpe la puerta, pero se olvidó de echar el cerrojo.
Al cruzar el descansillo, oyó a Niles gimiendo en el baño. Le estaba pero
que muy bien empleado, pensó. A fin de cuentas, era el mejor lugar si tenía
que quedarse en la casa. Sintió aumentar su furia.
—¡George! ¿Qué cojones estás haciendo?
—¡Están por todas partes! —exclamó él, de pie en la penumbra del cuarto
de estar; era una forma oscura en el rojo resplandor del fuego.
—¡Maldito seas, George! ¡Estoy harta de esto!
Sabía que todo dependía de ella. George no tenía remedio. Maldijo al
darse en la espinilla con el borde de la mesa. Encontró el picaporte de la
puerta que daba al vestíbulo.
—Louise, ¿dónde vas?
—¡Ya voy! —gritó ella.
George se dio cuenta de que iba a abrir la puerta principal. Fue corriendo
hacia el vestíbulo, pero se olvidó del sillón. Tropezó con él, perdió el
equilibrio y cayó de bruces.
—¡Louise!
—¡Parad de patearme la puerta, imbéciles! —les gritaba ella—. Es esta
dichosa cadena.
George se puso en pie con dificultad y fue hacia ella. Se protegía la cara
con las manos, por si acaso se tropezaba con la puerta abierta del vestíbulo.
Llegó hasta donde estaba su mujer, justo cuando estaba deslizando la cadena.
La agarró por las muñecas y la alejó de la puerta.
—Suéltame.
—¿Qué estás haciendo? ¡Esos tipos están locos!
La voz de Louise sonaba calmada:
—George, si no abres esa puerta ahora mismo te dejo. No es broma. Abre
la puerta y deja que saquen a ese hombre de la casa o me voy.
—Pero ellos…

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—¿Me has escuchado? Lo quieren a él, a esa cosa que tenemos ahí arriba.
Decídete, George, o se va él o me voy yo.
Sabía que su mujer tenía razón. Era un hombre civilizado, solo podía abrir
la puerta y dejarles que sacaran a rastras a Niles. Mañana lo pagarían, ya se
encargaría él de ello. Pero aquella noche, en aquel momento, eran como una
manada de lobos y no había solución posible.
—Está bien —suspiró él—. Voy a decírselo.
Descorrió el cerrojo y giró el picaporte. La puerta se abrió unos diez
centímetros hasta que la cadena se tensó.
—Diles que paren —pidió él, sacando la cara por el hueco—. Os podéis
quedar con Niles. Pero si le hacéis daño voy a encargarme en persona de que
la policía sepa exactamente quiénes sois, tú y tus compinches.
Tom Hedden empujaba la puerta con la mano.
—¿Has oído lo que te he dicho? —preguntó George. Sabía que le harían
daño a Niles, sabía exactamente lo que le harían, pero así nadie le echaría la
culpa.
—Déjame pasar —la voz de Tom Hedden fue un gruñido de odio.
—He dicho que no le hagáis nada.
Tom Hedden estaba enloquecido por la ira, el alcohol y la frustración.
Embistió la puerta con el hombro. George soltó el agarre. La puerta tiró con
fuerza de la cadena y rebotó; el cerrojo dio un chasquido cuando la puerta se
cerró de golpe. Tom Hedden la empujó de nuevo con el hombro.
—Te vas a enterar, cabrón, yanqui de mierda —gritó Tom.
—¡Por el amor de dios, George, abre la puerta!
Antes de alcanzar el picaporte, George quedó ensordecido por un ruido
que les sacudió, a él y a Louise, como una bofetada en la cara. Por unos
instantes se quedaron de pie, inmóviles, con el atronador estruendo
martilleándoles la cabeza. Entonces, por instinto, George agarró a Louise y la
empujó al comedor. Como en un sueño, en el que un horror indescriptible se
reconoce al instante, supo que el hombre de fuera había disparado la escopeta.
Louise dijo algo pero en los oídos le retumbaba el sordo estallido. Trató de
hablar pero no oyó sus palabras. Se quedaron pegados el uno al otro,
protegidos por la pared.
Al oír el tremendo ruido de la escopeta los otros vinieron corriendo hacia
la puerta principal.
—¡Abre la puta puerta! —seguía repitiendo Hedden. En ese instante
Norman Scutt se dio cuenta de lo que había pasado y supo lo que debían
hacer; usarían la escopeta de Tom Hedden para matar a quien tuvieran que

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matar. Tom Hedden había perdido los papeles, estaba lo suficientemente loco
como para dispararles a todos. Ese pensamiento le alegró. Tenía que mirar por
sí mismo, sabía lo que había que hacer para que no les encerraran diez años;
pero no pensaba matarlos él mismo. Mejor que lo hicieran Tom y Cawsey.
Así, incluso si los detenían, podría librarse. Diría que Hedden tenía un arma y
que incluso él había intentado detenerle.
—¿Tienes más cartuchos? —preguntó.
—Sí, algunos —dijo Tom Hedden.
—Entonces será mejor que metas un par. Podrías volar esta puerta, ¿eh?
Voizey, Phil Riddaway y él se apartaron para observar lo que Tom
Hedden hacía. Chris Cawsey se deslizó a lo largo de la fachada principal de la
casa. No iba a ser solo Tom Hedden el que se lo pasara bien.

Era como si la onda expansiva del arma lo hubiera cambiado todo. Louise
estaba de pie, sin fuerzas; los sollozos le agitaban el pecho. George tragó
saliva hasta que se le destaponaron los oídos. ¡Aquella bala le habría
arrancado la cabeza de cuajo!
—¿Dónde está esa cuerda que tenías? —preguntó él. Habían matado a
Bill Knapman y no les importaba matar a alguien más. ¡Esos eran los lobos a
los que iba a arrojar a Niles! Por un momento se avergonzó, pero después se
enfureció. Había sido débil y se había dejado convencer para abrir la puerta,
dispuesto a entregar a Niles. Le habrían disparado en cuanto atravesara la
puerta.
—¿Dónde está? —preguntó él.
Louise seguía sollozando. George sintió que era culpa suya, por haber
dejado que su mujer lo dominara. Ese pensamiento le hizo cabrearse aún más.
Sacudió a Louise.
—¡La cuerda! ¡Y el cuchillo!
Ella se sorbió la nariz.
—Creo… yo… Creo que estaba al lado del teléfono. Estoy muy asustada,
George. ¿Qué nos van a hacer?
—Quédate aquí. ¡No te muevas ni un milímetro!
Se agachó y atravesó corriendo la puerta principal, con el brazo levantado
para palpar el pequeño alféizar. Tocó el filo del cuchillo y después la delgada
cuerda de tender. Todavía en cuclillas, se dio la vuelta.
—Métete en el cuarto de estar —ordenó George. Bajo la tenue luz roja del
fuego, cogió la madeja del cable de plástico y comenzó a cortarlo en trozos,

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rasgando bruscamente la fina cuerda con el cuchillo.
—Voy a atar las ventanas —explicó él, controlando la nota de histeria que
amenazaba con convertir sus palabras en un balbuceo—. Tú espera aquí,
¿entendido?
—No me dejes sola, George —imploró ella.
Se oyó un nuevo disparo de escopeta. Él, inconscientemente, lo estaba
esperando. Además del estruendo se oyó un ruido de madera astillándose.
Louise dio un salto del susto y dejó escapar un grito agudo.
—Contrólate —le pidió él—. No pueden atravesar la puerta a balazos
porque es muy sólida. Sabes que si entran, nos dispararán a todos. Han ido
demasiado lejos como para recular ahora. ¿Lo entiendes?
Louise empezó a sollozar otra vez. George dejó el cable y el cuchillo en la
mesita de café, con calma, mientras que con la mano izquierda buscaba a
tientas el pelo de su mujer para agarrarla. Entonces le dio dos sonoros tortazos
que le hicieron hormiguear la palma de la mano. Louise estuvo a punto de
gritar, pero él tiró del pelo con más fuerza y bruscamente acercó la cara de
ella a la suya.
—¡Cállate, Louise! —dijo—. Tú no me importas. Lo único que me
preocupa es que también quieran matar a Karen. ¿Eso es lo que quieres?
Ella respiraba con gran agitación.
—Haz lo que te digo o te doy una paliza —amenazó él—. Quédate aquí.
Yo voy al estudio.
De nuevo se agachó y atravesó corriendo la puerta principal, de puntillas
para que el hombre con la escopeta no lo oyera y disparase otra vez. Mientras
corría, recordó a Knapman, saltando por los aires en la nieve. Al llegar a la
puerta del estudio, deslizó el pestillo con el pulgar tan silenciosamente como
pudo. Una vez que atara esa ventana haría lo mismo con la de la cocina.
La puerta se abrió. Permaneció en cuclillas, mirando la cortina hinchada
por el viento y oyó voces. Con el cuchillo y el cable en la mano derecha,
avanzó como un simio, sirviéndose de los nudillos de la mano izquierda a
modo de tercer pie y rozando la pared con el hombro. Se detuvo un poco
antes de alcanzar la ventana. Las voces estaban a medio metro.
—¿Te colarás esta vez?
—Sí, ahora sé dónde está el cerrojo.
—Se habrán escondido por el arma. Entra con sigilo, ve a la puerta y
ábrela.
—Dile al puto Hedden que no me dispare, que no se confunda de
enemigo.

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—Estaré allí. Y Chris…
—¿Sí?
—No les hagas nada hasta que estemos todos dentro. Como en el Campo
del Soldado, ¿vale? Si nos mantenemos unidos no habrá problemas. Bert está
muy nervioso, a la mínima oportunidad se largará de aquí. Eso no nos
conviene. Tendrá su turno como el resto de nosotros, así no dirá nada. ¿De
acuerdo?
—Sí.
¿El Campo del Soldado? George oyó al hombre avanzando al otro lado
del muro. ¿Campo del Soldado? Gregory Allsopp les había hablado de ello.
Hace años habían encontrado a un hombre asesinado en un campo,
supuestamente, había violado a una chica de la aldea o algo así. Gregory lo
había calificado como «auténtico carácter local». ¿Cómo era el chiste?
¿Alguna estupidez acerca de las pasiones primarias y la sangre turbia? ¿Qué
quería decir eso? Sobre su cabeza, George oyó los movimientos del hombre,
la fricción de un cuerpo contra el muro. Después se escuchó algo dentro de la
habitación, una respiración fuerte. Esperó hasta que le pareció que aquel
resuello estaba justo encima de su cabeza y, entonces, se levantó.
—No te muevas —le dijo—, ni digas nada.
Gracias a la luz de las ventanas del segundo piso, vio que era el mismo
tipo al que ya había pillado con medio cuerpo metido por la ventana. Le
agarró de la mano con la que palpaba en busca del cerrojo y tiró de ella hasta
estirarle completamente el brazo sobre el alféizar.
—¿Ves esto? —le preguntó, sosteniendo el cuchillo de trinchar junto al
rostro del hombre—. Haz un solo movimiento y te clavo el cuchillo en la
garganta. No sabía de dónde le vino aquella idea. Sencillamente se encontró
haciéndolo, como si fuera un hábito. Ató el cable alrededor de la muñeca del
hombre, sin retirar el filo del cuchillo de su cara. Hizo un nudo, tiró
violentamente del brazo hacia arriba, hacia el poste central, y deslizó el cable
alrededor del pestillo.
De nuevo hubo embates en la puerta principal. No pasaba nada, aunque
reventasen el cerrojo y el pestillo, la cadena los retendría. Necesitarían un
cañón para abrir un agujero en una madera tan gruesa.
Ató con fuerza la muñeca del hombre al pestillo. El tipo gemía de dolor
mientras George le retorcía el brazo por encima de la cabeza.
—Mete la otra mano por la ventana. ¡Y no hagas el más mínimo ruido!
—Me vas a cortar con el cristal —gimoteaba Chris Cawsey mientras
George le agarraba el otro brazo y se lo introducía por el agujero dentado.

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—Es una lástima. Te dije que te estuvieras callado, ¿o no?
En ese momento, ya tenía ambas manos atadas y el fino cable se le
clavaba en las muñecas.
—¿Te duele? —preguntó George.
—Tengo el cuello rodeado de cristales.
—Bien. Espero que te lo cortes.
—No será mi cuello el que se corte —amenazó Cawsey. George recordó
que llevaba un cuchillo. Se preguntó si sería capaz de utilizarlo.
Faltaba la cocina. Oyó a los hombres afuera al pasar agachado por la
puerta principal. ¿Cuántas ráfagas de perdigones soportaría?
Ahora que su mente estaba concentrada en mantenerlos fuera de su hogar,
se encontró con que era capaz de pensar en la casa como una plaza que
defender. La cocina, con su ventanal, era obviamente un punto débil.
—Será mejor que subas a echarle un ojo a Karen —le recomendó a Louise
—. Asegúrate de que todas las luces estén encendidas, necesito verlos y que
ellos no me vean. Voy a amarrar la ventana de la cocina. Aunque podrían
trepar y meterse, no les será tan sencillo. ¿La puerta exterior de la cocina está
cerrada?
—La puerta del porche está cerrada, eché el cerrojo —respondió la mujer.
En su voz ya no había rastro alguno de histeria.
—Quédate ahí, en las escaleras, hasta que vuelva. ¡Si lo intentan por esas
ventanas, grita!
Mientras anudaba con la cuerda los dos cerrojos, haciendo tantos nudos
como le permitió el largo de la cuerda, aguzó el oído por si oía pasos. No
venía nadie. Seguían pensando que la puerta principal era su mejor baza.
¿Qué quería decir lo del Campo del Soldado?
Ya está. Les llevaría tiempo desatar aquellas ataduras. Tendrían que
encogerse y hacer añicos el cristal para entrar; lo que no sería muy difícil,
pero, al menos, le daría una señal de alarma. El tipo amarrado a la ventana del
estudio la bloqueaba, no podían pasar para desatarle las manos.
Permaneció atento; sin embargo seguía sin oír ruidos afuera. Decidió que
ese riesgo merecía la pena. Abrió la puerta interior de la cocina, sujetándola
con ambas manos para no hacer ruido. Preparado para entrar de un salto al
menor sonido, manipuló con cuidado la puerta del porche. Tenía un cerrojo
grande y antiguo y una cerradura de muesca. Echó el cerrojo y giró la llave de
la cerradura. Después, cerró la puerta de dentro a cal y canto. Por ahí no
entrarían a la casa. Era cuestión de tiempo, resistir hasta que llegara alguien.

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¿Dónde demonios estaba la policía? ¡Algún medio tendrían para combatir la
nieve! ¿Y dónde estaba Gregory Allsopp, que no llegaba?
Se acordó de algo más, del relato de Branksheer sobre el motín de los
trabajadores agrícolas en Lincolnshire. Branksheer se había quedado a pasar
la noche en una posada local cuando los amotinados trataron de prenderle
fuego, porque pensaban que era el nuevo apoderado del terrateniente. Cuando
lo leyó, le pareció una divertida comedia bucólica; Branksheer en pijama, la
gente gritando desde las ventanas… ¡y el servicio, tirando cazuelas de agua
hirviendo a los pirómanos!
No tenía ningún arma, pero recordó la frase que les decían en el ejército;
establece posiciones, haz creíbles tus defensas y después negocia. No es que
pudiera tirar agua hirviendo sobre nadie, pero resultaría bastante creíble.
Aquellos palurdos lo entenderían.
Bajo el fregadero, había una puerta corredera de madera y dentro, cuatro o
cinco cacharros de cocina de diversos tamaños. Sacó tres cazuelas y las llenó
con agua caliente del grifo de la pila. Las puso sobre los fogones de la cocina.
Se trataba de equilibrar el terror. Ellos tenían un arma, él agua hirviendo; un
equilibrio de fuerzas. Se irían cuando se dieran cuenta de que la casa no
estaba indefensa. Lo que desconocían es que George no iría más allá de su
propia defensa.
Cuando volvió al cuarto de estar, Louise seguía a los pies de la escalera,
arrodillada en el segundo escalón. Ató con rapidez la ventana del comedor,
que era lo bastante grande como para que un hombre la atravesara gateando,
pero no sería una tarea rápida.
—¿Dejé el atizador por aquí? —le preguntó a Louise mientras iba hacia la
ventana del cuarto de estar. Como el resto de ventanas en la parte delantera de
la casa, el vano estaba abierto en el ancho muro de adobe y tenía cuatro hojas
de cristal en dos marcos, que se abrían hacia fuera desde un poste central. Una
vez que fijó ambos marcos al poste central, solo se podría entrar a través de
uno de los paneles rotos, de unos cuarenta y cinco centímetros cuadrados. A
menos que, por supuesto, encontraran un hacha e hicieran pedazos el marco
de madera. Entonces podrían entrar casi como si tal cosa, pues las ventanas
estaban a un metro del suelo.
—¿No lo tenías mientras llamabas por teléfono?
—Sí.
No es que fuera gran cosa, solo un trasto de fino acero inoxidable, con una
especie de cuchillo en un extremo para retirar la ceniza de la estufa, pero

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resultaba tranquilizador tenerlo en la mano. El primitivo impulso del hombre
por sujetar un palo.
—Ahora sí —dijo él—. Veamos lo que ellos…
Escucharon el estruendo de cristales rotos en la cocina.
—Espera aquí —ordenó él—. Vigila aquellas ventanas.
George fue en silencio hacia la puerta de la cocina. Ahora se sentía
confiado. A la luz que arrojaba el baño del piso de arriba, vio a un hombre
reclinado en la ventana, con el brazo y el hombro metidos por el panel roto
para alcanzar los pestillos.
George avanzó pegado al muro. Existía la posibilidad de que el tipo con el
arma estuviera allí fuera. Llegó a la esquina, con el pecho contra la pared.
Levantó el fino atizador y lo bajó con fuerza, estampándolo contra la mano
del hombre. Era como amonestar a un niño revoltoso. El golpe funcionaría
como una advertencia, pero no le haría daño.
El hombre maldijo.
—No vas a entrar así —le gritó George. El brazo se retiró. George se dejó
caer en cuclillas y escuchó, pero no se oía nada.
Se sentía mucho mejor. Era una situación disparatada, que mañana por la
mañana, cuando amaneciera, parecería increíble. Sin embargo, la había
manejado del mejor modo posible. Pronto se marcharían.

Cuando oyó el disparo, Karen Magruder hundió la cabeza bajo las mantas,
se tapó los oídos y apretó el rostro contra las sábanas. Gritó hasta perder el
aliento. Ni mamá ni papá fueron a verla. Al final, gritó para sí misma hasta la
extenuación.
Entonces se dio cuenta de que necesitaba ir al baño. Llamó a su madre,
pero esta no vino. Cuando tenía unos cinco años, pasó una época en la que
mojaba la cama, y recordaba lo desagradable que había sido. Mamá y papá
hablaban de ello; la llevaron a médicos y a un hombre que le hacía un montón
de preguntas horribles.
Aunque estaba asustada por los gritos, le preocupaba más mojar la cama.
Al final, cuando no pudo aguantarse más, ni siquiera cruzando las piernas con
las rodillas temblorosas, se deslizó de la cama. Oyó la voz de su padre en el
piso de abajo; sonaba normal. Tal vez era algún horroroso juego inglés. No
entendía por qué los adultos hacían semejante ruido.
Se puso las zapatillas y fue hacia la puerta. La última vez que mamá había
estado arriba no había cerrado la puerta. Y no le había dicho que no fuera al

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baño. Si iba muy rápido, de puntillas, no se enterarían. Cuando las zapatillas
comenzaron a hacer ruido en el suelo de madera del pasillo, se las quitó y
siguió caminando descalza. La luz estaba encendida. Abajo, oyó que papá
decía algo y mamá contestaba. Llegó al descansillo y esperó un momento, a
continuación lo atravesó sigilosamente. Nadie subía por las escaleras. Subió
los dos peldaños que llevaban al baño uno a uno, deteniéndose a cada paso
para escuchar si alguien venía.
Después, pasó de puntillas por la puerta del baño grande y puso los dedos
sobre el picaporte del servicio. Lo giró lentamente. La puerta no se abría. Vio
que estaba cerrada con pestillo. ¿Por qué había hecho eso su madre? Deslizó
el pestillo con mucho cuidado, temblando de frío y apretando las rodillas,
intentando aguantarse.
—No me podéis tener aquí dentro —se quejó una voz masculina.
Ella abrió bruscamente la puerta. ¡Era el hombre horrible que habían
traído a casa! No llevaba los pantalones puestos. Su cara era espantosa; clavó
los ojos en ella. Esta vez, cuando Karen gritó, no hubo colchones para
amortiguar el sonido.

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ONCE

El grito de Karen le atravesó a George el cuerpo como una descarga de diez


mil voltios y le golpeó el cerebro como un fogonazo de luz incandescente.
Había visto cómo unos hombres disparaban a Knapman, rompían cristales,
atacaban su casa y se encaramaban a sus ventanas; pero todas esas cosas las
vio con los ojos del hombre que creía ser, el hombre civilizado que se
mantiene firme en su lado del umbral y las contempla como si fueran parte de
un sueño absurdo. Todo lo que había hecho hasta ese momento lo hizo de
forma consciente, a pesar de su instintivo descrédito por la posibilidad de que
tales cosas pudieran suceder.
El grito le invadió la cabeza. Apeló directamente a sus músculos y a su
carne. Mientras subía las escaleras, de dos en dos, olvidó todo lo demás. Su
hija había gritado, no pensó en nada más. Detrás oyó a Louise chillando, pero
ella no le importaba, al menos no en aquel momento. Sentía un dolor físico.
Desde la parte superior de las escaleras vio a Karen y a Niles, juntos en la
puerta del baño. Karen seguía emitiendo aquel ruido ensordecedor que surgía
de sus entrañas; con el cuerpecillo encogido, presa de un llanto desesperado.
Los ojos de George asimilaron la escena y su cuerpo actuó. Saltó los dos
peldaños del rellano y se abalanzó sobre Niles.
Louise, que subía las escaleras detrás de él, tropezó y se golpeó la barbilla
con un peldaño, pero no notó ningún dolor. Oyó a George gritar y golpear el
suelo de madera con los pies. No emitía palabras reconocibles, era un rugido
aterrador, espeluznante, endemoniado.
Karen no parecía haber visto a su padre. Estaba quieta, hecha un ovillo.
Seguía gritando, con los ojos cerrados y los oídos tapados por las manitas
cerradas en puños.
George era más alto que Niles, este tenía los ojos como platos y una
expresión pasmada, congelada por el susto. La niña vio a su padre golpear a
Niles con el atizador. George había levantado el codo derecho y tapaba la luz;

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proyectando una gran sombra que se deslizaba por la pared. Louise cogió a
Karen por la cintura, colocándole la cabeza en su hombro.
—Ya pasó, cariño —no paraba de repetir, presionando la cara de su hija,
desencajada por el miedo, contra su cuerpo. Louise se alejó con rapidez hacia
la habitación de Karen.
George golpeó a Niles dos veces en la frente con el atizador. Niles se
llevó las manos a la cabeza y dejó escapar aullidos de espanto. George se dio
cuenta de lo poco adecuado que era su arma; no tenía la contundencia
suficiente para aplastarle el cráneo a aquel hombre. Entonces su brazo se
ralentizó, suspendido en el aire, y se detuvo. ¿Por qué estaba golpeando a
aquel hombrecillo tembloroso?
—¿La tocaste?
—No ha sido culpa mía —balbució Niles, cuyo cuerpo fláccido se
desparramó por el suelo—. No ha sido culpa mía.
George no se molestó en pensar en todas las cosas que podían haber
pasado ni por qué. Había que inmovilizar a Niles de algún modo, encerrarlo
bajo siete llaves, neutralizarlo. Pensó en atarlo, pero no quedaba más cuerda
de tender. ¡El desván!
—Coge esa manta —ordenó a Niles. Al mismo tiempo, levantó el brazo
hacia el techo, donde había una palanca que sujetaba una escalera plegable.
Se pasó el atizador a la mano izquierda, tiró de la palanca y agarró el último
travesaño de la escalera. Arrodillado e indefenso, Niles lloraba a moco
tendido. George se movió con cuidado entre la escalera y la pared y cogió a
Niles por la cintura. Era como llevar a un bebé. Como a Karen.
Volvió al otro lado de la escalera y empujó a Niles a través del estrecho
espacio, sin preocuparse por si le hacía daño. Flexionó las rodillas y se echó a
Niles al hombro derecho. Arrojó el atizador al suelo y ascendió por la
escalera, con la cabeza ladeada para ver el pestillo que cerraba la trampilla del
desván. Retiró el cierre y subió un travesaño más. Levantó la tapa de madera
con la cabeza. El desván estaba sumido en una total oscuridad, no hacía frío
pero olía a humedad. Ascendió otro peldaño, hasta quedarse con los hombros
al mismo nivel que el suelo del desván. Subió a Niles, empujándolo y
depositándolo sobre las desnudas planchas de madera.
—No te muevas hasta que vuelva a por ti —le advirtió. Niles se quedó
sentado en el suelo, con las piernas torpemente cruzadas. George le lanzó el
extremo de manta que había quedado colgando y lo dejó allí. Le tapaba la luz
conforme descendía de espaldas por la estrecha escalera y sujetaba con la
cabeza el peso de la trampilla. Encajó de nuevo el pestillo y acabó de bajar.

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Agachándose, agarró el último travesaño y subió la escalera hacia el techo.
Mientras la sujetaba con la mano izquierda, cerró la palanca que la mantenía
en su sitio. ¡Ya no había que preocuparse por Niles! Un pensamiento
inquietante le cruzó la mente. Atravesó el pasillo a toda velocidad.
—No cerraste la puerta con cerrojo, ¿a que no? —le gritó a Louise.
Su mujer levantó la mirada desde la cama de Karen, que lloraba
desconsolada. Louise parecía aterrada.
—Lo siento, se me olvidó.
—¡Maldita estúpida!
Pensó en encerrar a las dos en el cuarto, pero Louise le hacía falta abajo.
Si intentaban entrar por distintas ventanas a la vez, necesitaba que ella se
quedara en el cuarto de estar y lo avisara con un grito.
¿De verdad la necesitaba? En realidad no, como esposa su tarea consistía
en ayudarlo. ¡Era ella quien lo necesitaba a él! Era la primera vez desde que
estaban casados que podía decir eso y saber que era cierto.
—Vamos —dijo él—. Karen, es mejor que dejes de llorar. Si quieres
ayudar, estate tranquila. No hay motivo para asustarse, nadie va a hacerte
daño.
Louise dudó si dejar a Karen sola, pero George movió la cabeza con
impaciencia. Cuando cerró la puerta, buscó un lugar donde esconder la llave.
—Esos tipos andaban diciendo algo sobre el Campo del Soldado —dijo él
en voz baja, agachándose. No habían enmoquetado el pasillo porque a Louise
la madera le parecía especialmente bonita. Entre las gruesas y relucientes
tablas, la mano de un antiguo artesano, no muy diestro, había dejado espacios
desiguales. Probó los distintos huecos con el extremo de la llave hasta que
encontró el más apropiado. La introdujo a golpecitos hasta dejarla fuera de la
vista y después la sacó de nuevo con la uña. El cerrojo de la habitación de
Karen era uno de los más sólidos de la casa; sin la llave, no lo tendrían nada
fácil para entrar.
—¿Qué era lo del Campo del Soldado? —preguntó Louise.
—No sé. Ya me dirás lo que significa. Dijeron: «como en el Campo del
Soldado». ¿Te suena? Recuerdo que Gregory Allsopp comentó algo…
—¡Eso ha sido en la cocina!
Él también lo había oído.
—¡Vamos!
Corrió por el pasillo. A partir de ese momento no habría concesiones; se
acabó el juego.

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—Espera aquí —le pidió a Louise— y grita si tratan de entrar por las otras
ventanas.
Louise se quedó a los pies de la escalera, mirando a través del cuarto de
estar, tenuemente iluminado. Veía caer los copos de nieve en el anillo de luz
que las ventanas del piso de arriba proyectaban en torno a la casa. Sabía que
se enfrentaban a un gran peligro, pero ese no era el principal pensamiento que
ocupaba su mente. ¡George le había pegado! Su marido no estaba actuando
como solía. Por una vez le estaba diciendo lo que tenía que hacer. Era como si
se hubiera quitado de encima un peso que llevara arrastrando desde hace
mucho tiempo. George por fin estaba al mando.

Norman Scutt ordenó a Phil Riddaway que se abriera paso reventando la


ventana de la cocina, este había encontrado un pesado tronco de madera en la
carbonera. Primero hizo añicos el cristal. Después, buscó a tientas los cerrojos
en el poste central de la ventana, pero estaban atados con una especie de
cable. Sus enormes y recios dedos no lograron desatar el nudo. Intentó
golpear la madera horizontal del marco, una vez, dos… A la cuarta embestida
se agrietó, tiró de ella y la resquebrajó; de esa manera consiguió abrir una
parte de la ventana.
Cuando George entró en la cocina, Phil tenía ya un pie sobre la repisa,
asomaba la cabeza por la ventana y sacudía los hombros con dificultad en el
estrecho espacio.
—¡Fuera de mi casa! —gritó George, mientras le golpeaba la cabeza con
el atizador; propinándole golpes tan fuertes que le aguijoneaban la palma de
la mano cada vez que el acero impactaba contra el cráneo de Riddaway.
—¡Déjame! —Gruñó Phil, tratando de arrebatarle el atizador. Con solo
una mano dentro de la ventana, estaba en desventaja, cada vez que la soltaba
del poste central para intentar detenerlo, perdía el equilibrio. El atizador le dio
en la cara y se le clavó en la carne. Phil maldijo a George y trató de asestarle
un golpe. Estaba a contraluz y su brazo se agitaba en las sombras.
Sabía que no podía herir de gravedad al hombre, por ello George descargó
un golpe tras otro. Llegó un momento en el que Phil se soltó y cayó hacia
atrás. Mientras se escurría de espaldas, su bota derecha salió disparada.
George le agarró el pie que estaba sobre el alféizar y lo presionó contra la
repisa, para que no pudiera incorporarse.
—La próxima vez, te tiraré agua hirviendo a la cara —gritó, retorciéndole
el tobillo, después, de un empujón lo lanzó de espaldas a la nieve.

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Retrocedió unos pasos para colocarse fuera de la luz y esperó. El
hombretón se puso de pie con dificultad y se marchó. George volvió
rápidamente al comedor.
—Creo que los he oído en el estudio —susurró Louise.
—He atado a uno allí y estarán tratando de soltarlo. Por suerte no son tan
listos. Con esa arma podrían…
—George, ¿qué es lo que decías del Campo del Soldado?
—Se lo oí al joven de pelo raro. Dijo: «como en el Campo del Soldado».
Yo no…
—George, allí mataron a un soldado, antes de la primera guerra.
—Ya lo sé, pero…
—Gregory me lo contó. Sale en los libros. Mataron a este soldado porque
violó a una niña del pueblo. Nunca atraparon a nadie.
—Bueno, pero no pueden ser estos mismos tipos, porque son todos
demasiado jóvenes.
—¡No lo entiendes! Fueron muchos, pero la policía no logró ningún tipo
de información.
—Ya lo sé.
—No, no lo entiendes. Gregory me explicó que, como todos estaban
metidos, nunca pillaron a nadie.
—Quieres decir que…
—¡Han disparado a Bill Knapman, George! ¡Ya han cometido un
asesinato, van a ir a la cárcel de todos modos!
En ese momento entendió lo que significaba Campo del Soldado. No se
estaba enfrentando a un puñado de locos borrachos. ¡No iban solo tras Niles!
Querían matarlo a él, y a Karen y también a Louise. Nadie les acusaría sin
testigos.
—Necesito algo contundente —dijo él. Su maldito atizador era como una
pistola de juguete contra un elefante. Ahora entendía el atractivo de las armas.
¿Qué tenían en la casa? ¿Una silla? No, demasiado pesada, no había sitio
suficiente para maniobrar con ella ¿Una escoba? No.
—Mantente fuera de la línea de la ventana —le ordenó George—. ¿Hay
algún objeto contundente?

Fue entonces cuando Bert Voizey, apoyándose contra el muro, bajo la


ventana del comedor, encendió una cerilla y la rodeó con ambas manos
mientras se incorporaba lentamente. El viento le había apagado tres cerillas,

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pero esta vez consiguió mantenerla encendida hasta que tuvo las manos bajo
el cristal roto. Como cuando sacaba ratas con humo; podía encargarse de eso
y dejar a Norman y a Hedden que lo acabaran. Si fuera por él, hacía rato que
habría huido, pero era un cobarde y sabía lo que le harían si lo pillaban.
El padre de Bert Voizey fue uno de los hombres que le habían cortado la
cabeza al soldado. Bert siempre lo había supuesto, pero hasta el momento de
su muerte, el viejo no confesó: «Nos lo cargamos todos, se lo merecía. Nunca
dijimos nada a nadie… Nos hubiéramos cargado a cualquiera que hubiera
hablado». Ya había prendido la fina cortina de gasa, así que la acercó a los
pliegues de la cortina más gruesa.
—Eh, Norman —susurró—, ya está ardiendo.
Norman llegó a la parte delantera de la casa, dejando a Chris Cawsey
atado a la ventana del estudio. Todo hubiera sido más fácil si él tuviera la
escopeta, pero Tom Hedden estaba demasiado loco como para seguir los
planes de nadie; abandonó la puerta principal, que había intentado forzar con
un gran cuchillo, después del poco efecto que habían tenido los tres disparos.
En cualquier caso, a Norman le alegraba que fuera Tom el que tuviera el
arma, pues si la cosa salía mal, podría echarle la culpa.
—Vendrá a apagar el fuego —le dijo a Tom—. Apúntale con el arma. Le
diremos que abra la puerta o la casa arderá por los cuatro costados.
—Puede que tenga algún arma —sugirió Bert—. Dicen que todos los
yanquis tienen una.
—¡Qué va a tener un arma! No es más que un bocazas.
Louise vio la nueva luz que parpadeaba en la pared del comedor. Le dio
un codazo a George.
—Han incendiado la cortina —farfulló—, malditos cabrones. Hay agua en
el fogón, tráela, y mantente agachada, hay suficiente luz como para que nos
vean.
Louise atravesó el comedor como un rayo.
Si tuviera algo pesado, algún tipo de arma. ¡Y pensar en la cantidad de
discusiones que había tenido en Estados Unidos con gente que las guardaba
en casa para impedir que entraran ladrones! Una frase se le pasó por la
cabeza; en Texas no roban casas. Había dejado de pensar de manera racional.
Desde que Karen había gritado, se había olvidado de todo eso. Si ahora
tuviera un arma entre las manos, les habría volado la tapa de los sesos.
Louise se deslizó pegada a la pared, sujetando la pesada cazuela de agua
hirviendo. George avanzó junto al muro del comedor, preparado para sofocar

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las llamas con el agua. La cortina ardía con dificultad, estaba mojada por la
nieve que el viento había introducido a través de los cristales rotos.
—No te muevas —le advirtió una voz áspera desde fuera—, o te pego un
tiro. Vuélvete y abre la puerta.
Ahora era él quien estaba a contraluz y el resplandor de las llamas le
impedía ver el exterior de la ventana. En cambio, los hombres desde fuera
podían verlo, a aquella distancia, era un blanco fácil para una escopeta.
—Vale —dijo en voz alta. Se giró y fue hacia la puerta del comedor. Se
detuvo, presionando la espalda contra la pared; le pareció que se desplazaban.
El resplandor de la cortina era más brillante, las sombras parpadeaban y se
movían deprisa por las paredes del comedor.
—Louise, quédate detrás de la pared de las escaleras, están listos para
disparar —susurró.
Después volvió corriendo al comedor y se dejó caer detrás de la larga
mesa de madera pulida. Con mucho esfuerzo la levantó y la utilizó de escudo.
Ahora, en un extremo, las cortinas ardían de arriba abajo.
—Abre la puerta o te vuelo…
No oyó más. Se movió en cuclillas y cogió la cazuela con agua. Todavía
parecía bastante caliente.
La detonación del arma fue como una patada en el oído. Por un momento
se quedó paralizado. La mesa se vino sobre él. La esquivó como pudo y
volvió al rincón. Se cambió la cazuela a la mano derecha y se colocó en
posición.
—¡Ahhhhhh! —Era el ruido que debía hacer, un grito de desafío. El agua
salió por la ventana. Al mismo tiempo, soltó la cazuela y agarró la cortina, sin
despegarse del muro. Cogió la tela en llamas, pero no sintió ningún dolor, la
arrancó de su riel de latón para arrastrarla por el suelo. Alguien aulló fuera;
era un aullido de dolor. Deseó que el agua hirviendo le hubiera dado de lleno
al hijo de puta en los mismísimos morros.
Las llamas se apagaron. Se peleó con la barra de la cortina, hasta que
pudo desprenderla de la pared. Ahora ya no le podían prender fuego a nada.
Tendría que arrancar las del resto de las ventanas.
Se deslizó a lo largo del muro, agachándose cuando llegó al aparador.
Después volvió de nuevo al resguardo de la puerta del comedor.
—Creo que le he dado a uno —le contó a Louise—. Es una pena no tener
aceite hirviendo.

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El agua le abrasó a Bert Voizey la barbilla y parte del cuello, luego se le
escurrió por el pecho. No estaba hirviendo cuando se la lanzaron, pero parecía
como si un alambre con púas le arrancara a tiras la piel. Siguió aullando,
gritando y rasgándose la ropa durante varios minutos, hasta que el dolor
disminuyó. Se quedó quieto un momento. Jadeaba y con cada respiración
emitía un quejido sordo.
—¡Dame el arma, dame el arma! —exigió de repente, tratando de
arrancársela de las manos a Tom Hedden—. ¡Voy a matar a ese cabrón, lo
mato!
Si hasta entonces habían albergado alguna duda sobre lo que Norman
Scutt les había ordenado, ahora los hombres que rodeaban la granja de los
Trencher estaban dispuestos a hacer pedazos la casa con sus propias manos.
Todos entendieron que el agua podía haber cegado a Bert Voizey o a
cualquiera de ellos.

Después de terminar una taza de té, el sargento Wills le preguntó a Picken


si pensaba que estaba en condiciones de viajar.
—Son mis pies —respondió Picken, haciendo muecas de dolor. Se había
quitado las botas y los calcetines, y había metido los pies en una palangana
grande y esmaltada llena de agua tibia. Davies, a pesar de tener los pies igual,
parecía encontrarse en mejor estado, no obstante los dientes le castañeaban
por el frío.
—Si tuviéramos un teléfono, podrían llamar a la comisaría —se excusó el
granjero—, pero no tenemos.
—Sí, ya lo sé —respondió el sargento Wills.
—Hay teléfono donde los Endacott —observó el granjero—, podrían
llamar desde allí.
Aquella granja estaba como a un kilómetro y medio. El sargento Wills
reflexionó un momento, mirando los pies de Picken. Los policías jóvenes se
quedaban fuera de combate a la mínima. Cuando él empezó, cubría los tres
pueblos, solo con su bicicleta. Entonces, un poco de nieve no le echaba para
atrás. Pero eso era antes de que tuvieran coches, radios, motos y demás
parafernalia moderna.
—No nos conviene salir con este tiempo, sargento —opinó Davies—. No
servirá de nada que nos dé una hipotermia.

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El sargento Wills sabía que el inspector no los culparía por no seguir.
Nadie esperaba que los policías fuesen héroes hoy en día. Hombres corrientes,
eso era lo que se suponía que tenían que ser. Solo él recordaba los viejos
tiempos; cuando estaban él y su bici frente a las bandas de cazadores furtivos,
que tan pronto arponeaban a un policía como a un salmón. No había radios, ni
coches, cuando le llamaron de la granja Fearncombe, porque el hijo sordo de
aquella familia se había vuelto loco, había cogido la escopeta de su padre y
había disparado al cartero y al doctor al pensar que venían para llevárselo al
ejército.
—Tú te quedas aquí, Picken —zanjó él, levantándose y alargando la mano
para coger su casco—. Davies y yo seguiremos un poco más. No daría muy
buena impresión que nos quedáramos aquí bebiendo té, estando Niles en
Dando. Gracias por el té, señora.
Davies había aprendido a no discutir con el sargento Wills. Picken gimió
y se agachó para mirarse los pies, quería dejar claro que eran ellos los que le
estaban paralizando, y nada más.
—No debería llevarnos más de otra hora —pronosticó el sargento,
animado, mientras él y el agente Davies miraban el patio cubierto de nieve—.
Vamos chaval, ánimo.
Davies refunfuñó. Había ingresado en el cuerpo para conseguir un puesto
tranquilo, no para jugar a los esquimales.
Eran las ocho pasadas cuando se fueron de la granja. El sargento Wills
pensó que, si todo iba bien, llegarían a Dando a las nueve y media. Siempre y
cuando no se extraviaran de nuevo.

Cuando Gregory Allsopp abrió los ojos fue para ver sus pies ardiendo y
oír a un niño chillando en la otra habitación. Olía a goma. Incorporándose con
dificultad, se encontró con que estaba tirado en un sofá frente al fogón de la
cocina. De las suelas de sus botas de goma salía humo. Maldiciendo por el
dolor, sacó a rastras los pies del sofá y se las quitó; las suelas se habían
derretido.
—¿Hay alguien aquí? —gritó.
En aquel momento se dio cuenta de que el dolor le traspasaba la cabeza.
Por un momento pensó que se iba a desmayar. Se volvió a tumbar con los
ojos cerrados hasta que se sintió mejor.
—¿Hay alguien? —volvió a gritar.

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El crío seguía berreando. ¿Dónde narices estaba? Recordó todo cuando
Bobby Hedden entró en la cocina, con la cara enrojecida y una extraña mirada
de culpabilidad.
—¡Maldita sea! —exclamó el doctor—. ¿Cuánto tiempo he estado aquí,
tirado de esta manera?
—Una media hora —respondió Bobby. El médico conocía bien aquella
mirada del muchacho, pero se resignó. Lo importante era… ¿Qué era lo
importante?
—¡Joder! ¡Tu padre me ha golpeado con un arma!
Bobby Hedden lo miró con desconcierto. Gregory Allsopp sabía de sobra
que el muchacho no era tan corto de entendederas como parecía. ¿Qué iba a
hacer él?
—¿Sigue nevando? —preguntó, cerrando los ojos y moviendo la cabeza.
—Sí.
Gregory Allsopp hizo un esfuerzo sobrehumano y se puso de pie. Era
como si el cerebro luchara por salírsele del cráneo a martillazos.
—¿Por qué cogió tu padre un arma? —preguntó, levantando sus botas. Ya
habían parado de humear—. Podías habérmelas quitado, casi se queman.
—Vaya.
—¿Para qué cogió tu padre un arma?
—Por el loco, ¿no?
—¡Dios!
El llanto del crío no cesaba.
—Ve y ocúpate de él —sugirió a Bobby—. Yo voy a la casa de los
Magruder.
—Va a ser una caminata dura, ¿no?
—Puede que el aire frío me venga bien para la cabeza. Si llega alguien, le
dices dónde he ido. Ahora vete a ver qué pasa ahí.
El mareo le desapareció pronto con el viento y la nieve. Tom Hedden
estaba fuera de sus casillas. ¡Janice! Cawsey había venido para avisar de que
Niles estaba en la granja de los Trencher. Tom había ido a buscar el arma.
Debía de haberse vuelto loco. ¿Qué demonios pensaba hacer con la escopeta?
¿Qué hora era? No veía las manecillas del reloj. Había un atajo para llegar a
la aldea, cruzando el Campo del Soldado y uno de los campos del coronel
Scott.
Tratando de no caer en la cuneta, caminó por el lado izquierdo de la
carretera, apoyándose en el alto terraplén. Hasta que llegó a la verja de la

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vereda que atravesaba las tierras del coronel, avanzó a trompicones por la
nieve que había apilado el viento y que le llegaba hasta la cintura.
Subió gateando por la orilla hasta la verja de cinco travesaños. No habían
pasado más de cinco o diez minutos desde que salió de la granja, pero el
espantoso frío ya le había atravesado la ropa. Tenía los dedos paralizados por
el dolor y la sangre le martilleaba donde Tom Hedden le había golpeado con
el arma. Debía entornar los ojos para protegerlos de la nieve y el viento, y esa
tensión le provocó una nueva molestia, una incómoda punzada en la frente.
Mientras trepaba la verja, miró hacia la aldea buscando luces o algo que
pudiera orientarlo a través de los campos. Había puntitos de luz en la
oscuridad pero no estaba seguro de si eran ventanas o manchas provocadas
por el golpe. Era ridículo pensar que podría perderse al cruzar dos campos
que conocía tan bien como su jardín trasero. Bajó de la verja y emprendió el
lento ascenso de la colina. El vendaval soplaba en rachas que le daban de
lleno en el pecho y amenazaban con derribarlo. Vio formas oscuras que creyó
serían casas o árboles. Sin embargo, cuando parpadeó y miró detenidamente
para asegurarse, percibió otras siluetas en sitios diferentes; o no había nada,
solo oscuridad. Había oído de hombres muertos en el páramo, en ventiscas
como aquella, a menos de quince metros de sus casas. Pero eso no podía
pasarle a un hombre sensato. Aún percibía que su pie izquierdo estaba en un
plano más elevado que el derecho, lo cual significaba que estaba cruzando la
pendiente del campo en la buena dirección. Fue entonces cuando tropezó. Sus
botas toparon con algo: ¿era un bulto, un ciervo muerto? Cayó de lado y se
torció el tobillo derecho.
Mientras luchaba por incorporarse tocó algo duro con la mano. Palpó la
nieve, arrodillado. Con los dedos entumecidos reconoció la forma de un
zapato. Al intentar levantarse, el tobillo derecho cedió y se cayó de nuevo.
Ahogando un grito por la dolorosa rigidez de sus miembros, se puso a cuatro
patas y tanteó la nieve. Usando las manos como instrumentos que habían
perdido la precisión, toqueteó y giró el peso muerto hasta que no tuvo
ninguna duda; había encontrado a Janice Hedden.

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DOCE

Cuando George fue al estudio para arrancar las cortinas, vio las siluetas de
dos hombres, que se recortaban en el vano de la ventana. Phil Riddaway había
reventado otra hoja para llegar a la cuerda que mantenía maniatado a Chris
Cawsey. Trataba de hacer pasar sus anchos brazos por el reducido espacio
para hundir el filo de su navaja entre las muñecas de Cawsey y la cuerda.
Consciente de que los asaltantes estaban dispuestos a disparar a través de
las ventanas, George se desplazó silencioso a lo largo de la pared hasta
colocarse en posición de ataque.
—Menuda cabronada —refunfuñó Phil Riddaway, molesto por la postura
antinatural.
George se separó del muro y golpeó al hombre en la cara con el atizador.
—¡Ay, ay, ay! —gritó Riddaway, alzando un codo para protegerse.
Como sabía que con el atizador no causaría daños graves, George atacó
con todas sus fuerzas. Asestó un golpe tras otro en la cara y las manos de
Riddaway, con la esperanza de tirar al suelo el cuchillo.
—¡Louise! ¡Trae el agua! —gritó.
De inmediato, Riddaway trató de salir del reducido marco de madera. En
su intento por huir, agitaba los codos y los hombros, y resquebrajaba el
cristal.
—Desátame, Phil —la mano libre de Cawsey pugnaba por soltar la cuerda
que sujetaba su otra mano al poste central. Phil Riddaway no veía el interior
de la habitación y por nada del mundo quería que le arrojaran agua hirviendo
a la cara. De un tirón logró salir y se alejó de la ventana dando tumbos.
Cawsey continuó gritando para que lo ayudaran.
—¡Alejaos de esta ventana o le abraso la cara a vuestro amigo! —
amenazó George.
A aquellas alturas, ya tenía una idea clara de los puntos débiles de la casa.
Igual que un buen comandante en un asedio, pensó. La ventana del estudio era

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uno de ellos, si conseguían desatar a Chris, la ventana de la cocina era otro. El
estudio y la cocina, los dos extremos. Si atacaban al mismo tiempo, George
no sería capaz de ir corriendo de un lado a otro y alguno se colaría. ¿Y qué
pasaría entonces? ¿De verdad tenían intención de matarlos a todos? Tal vez
deberían replegarse en el piso de arriba, ¡en el altillo con Niles! Una vez
bajada la trampilla, no podrían subir por la escalera. Allí arriba, un hombre
podría resistir a un ejército.
Pero ya habían prendido fuego a las cortinas, así que un gran incendio
bastaría a sus propósitos, y en el altillo no habría escapatoria posible.
—¿Me estás escuchando? —le rugió a Cawsey—. Diles a tus amigos que
si intentan tocarte, arderás.
Cawsey movió las muñecas hasta que la cuerda le cortó la piel. George
pensó que era como un animal en una trampa; solo que era su familia la que
había caído en la trampa. Cruzó el vestíbulo, agachándose rápidamente al
pasar por el ventanuco que había junto al teléfono. Por ahí no podía pasar
ningún hombre, pero sí una bala. Se mostraba confiado, y aún no había tenido
que cruzar ninguna estúpida línea en su comportamiento. Al día siguiente, por
la mañana, sería un hombre que había hecho lo correcto; habría salvado a
Niles sin emplear demasiada violencia contra los agresores. Entonces se
acordó de la casa que construyó de niño, en el roble deformado que había al
fondo del prado de Wainwright. Cuando subía la escalera de cuerda, se
quedaba totalmente a solas, aislado del mundo, a salvo en su caparazón.
—Supongo que Karen estará bien —le dijo a Louise, que seguía agachada
a los pies de las escaleras.
—¿Subo a ver?
La voz de Louise le infundió más confianza. Era una voz dubitativa pero
calmada, el tono de superioridad había desaparecido por completo. Sintió que
la quería muchísimo; lo mismo todo aquello había sido una suerte.
¡BUM!
Escucharon el estruendo de cristales reventándose, de madera
resquebrajándose; una sacudida tremenda. ¡La cocina!
Tres de ellos, Scutt, Voizey y Riddaway, habían encontrado un largo y
pesado tablón de madera en el cobertizo. Norman Scutt propuso usarlo como
ariete para hacer trizas el marco de la ventana de la cocina.
George echó un vistazo y comprobó que el tablón sobresalía, y que los
tres hombres lo retiraban para embestir de nuevo porque no habían dado al
poste central. ¿Dónde estaba el tipo del arma? Eso era lo que Norman Scutt
querría saber.

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—¡Tom! ¡Aquí, Tom!
George sabía que no tenía más que unos segundos para actuar. No había
ninguna señal de la escopeta. De unas zancadas se plantó en la cocina de leña.
Las otras dos cazuelas que quedaban tenían que estar hirviendo. Tocó un asa
y notó el calor. Se apoyó la cazuela contra la cadera, corrió hacia la ventana y
les arrojó el agua.
Mientras se pegaba de nuevo contra la pared, oyó a dos hombres
chillando. Después de volcar la cazuela, por una fracción de segundo creyó
ver que el chorro de agua los alcanzaba; aunque lo había arrojado demasiado
bajo como para darles en la cara, con suerte les habría caído en las manos.
Tenía que salir de la cocina antes de que el otro, el del arma, tuviera ocasión
de acribillar el cuarto a balazos.
—¿Dónde está? —Era el que había disparado a Bill Knapman.
—¡Mis manos, mis manos! —bramó alguien.
—¡Dispárale, dispárale! —gritó Norman Scutt.
George estaba tumbado contra la pared bajo la ventana. Si daba un salto
hasta la puerta lo verían.
—¡Dispárale!
—No veo nada. ¿Dónde se ha ido?
—¡Dame la puta escopeta!
—Es mío, es mío. ¿Dónde se ha ido?
Norman Scutt trató de arrancarle la escopeta de las manos a Tom Hedden.
George les oyó discutir. Levantó muy lentamente la cabeza para echar un
vistazo por encima de la repisa de la ventana. ¿Reñían entre ellos? Divide y
vencerás, pensó. Esperó hasta que el arma estuvo apuntando al suelo.
—¡Ahí está!
George alcanzó la puerta de la cocina justo cuando Tom Hedden alzaba la
escopeta hacia la ventana. Se tiró al suelo en plancha para buscar protección.
Se golpeó el hombro con el sólido muro y se estrelló contra el suelo, pero
avanzó reptando. Si los otros tiros habían sido ensordecedores, este parecía
haber detonado dentro de su cabeza. No fue solo un ruido, fue una fuerza que
lo pulverizó. Cuando su rostro tocó el suelo era como si se hubiera
desplomado desde una gran altura. No sabía si le habían dado. A pesar de los
dolores que sentía y la conmoción, oyó voces.
—Solo quedan ella y la cría.
¿Solo quedan ella y la cría? Mientras se incorporaba sintió, por primera
vez, verdadero odio. Ella y la cría; Louise y Karen. Ya no eran hombres, eran

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perros rabiosos. Sus manos ansiaban un arma. No bastaba con repelerlos y
mantenerlos fuera. Quería devolverles el ataque y destrozarlos.
Cerró la puerta de la cocina con un furioso portazo.
—¿Qué pasa, George?
No perdió tiempo en contestar.
—¡Necesitamos el frigorífico! Eso los retendrá.
Por un instante Louise se quedó parada, sin entender el nuevo tono de su
voz.
—¡Date prisa! Entrarán por la ventana.
Agarró el alto y reluciente frigorífico blanco, que estaba en un pequeño
recoveco detrás de la puerta de la cocina, y trató de empujarlo por el piso de
baldosas de piedra. Se movió unos pocos centímetros y se quedó clavado.
—¡Empuja!
Sin estar demasiado convencida, lo cogió por la parte superior, era la
única cosa que habían comprado, el modelo más grande de la tienda.
Los hombres se movían lentamente, ya dentro de la cocina, sin saber si le
habían alcanzado con el disparo.
George apartó a su mujer y empujó el frigorífico desde el lateral. Era
pesado y estaba lleno a reventar, desde el cajón de las verduras hasta los
compartimentos del congelador, con comida para las navidades. La nevera se
balanceó y George arrimó el hombro para contrarrestar.
—¡Empuja! ¡Nos van a matar!
Ella quería decirle que les había costado ochenta libras, que las botellas de
leche se iban a romper, que… Pero le hizo caso y ambos empujaron, y esta
vez el frigorífico sí avanzó, pero para acabar estrellándose contra el suelo de
piedra. George se agachó para arrimarlo a la puerta. ¿Qué más había por allí?
El aparador, que estaba detrás de la puerta del comedor.
—Sujeta la puerta —espetó a Louise.
Los cristales temblaron mientras arrastraban el aparador por la estera de
paja del suelo del comedor. Se les enredaban las piernas. Sin preocuparle que
las esquineras macizas le golpearan las espinillas, George se agachó y levantó
el mueble para arrastrarlo. Cuando se topó de espaldas contra la pared, subió a
la parte superior del frigorífico y saltó al otro lado. Empotró el pesado
aparador en el espacio entre el frigorífico y la pared, magullándose los dedos
al empujar la pesada madera.
En la cocina, los hombres habían encontrado el interruptor de la luz. Uno
de ellos trataba de abrir la puerta de la cocina con el hombro.

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—No podrán entrar por ahí —tranquilizó a Louise. El frigorífico y el
aparador formaban una sólida cuña—. ¡La puerta del estudio! ¿Podemos
poner algo allí?
No estaba hablando con ella. En su mente tenía un mapa muy claro de la
casa. La cocina estaba bloqueada, a menos que los asaltantes tuvieran un
mazo y tiraran abajo la mitad superior de la puerta.
Le quedaba el estudio y las dos ventanas; en el comedor y el cuarto de
estar. Una vez, cuando estaba en su casita del árbol, hubo cuatro críos de otra
calle que intentaron entrar por la fuerza. Los recordaba con todo detalle,
Schneider, que llevaba una camiseta blanca; otro, al que llamaban Bricktop…
Se burló de ellos desde lo alto de la escalera de cuerda y les pateó la cabeza
con sus botas de béisbol. Después, subió y se sentó allí, escupiéndoles y
riéndose de ellos, mientras esquivaba las piedras que le lanzaban. Había sido
capaz de controlar una casita de árbol con un solo acceso. ¿Pero cómo podría
vigilar tres entradas diferentes?
—Dios, ¿es que no hay nada pesado?
Antes lo había intuido pero ahora lo sabía a ciencia cierta; estaba en sus
entrañas y en sus manos. Luchaban por sus vidas. Se maldijo por no haber
usado el cuchillo con aquel tipo cuando lo había tenido…
¡El hombre del estudio!
—Da una voz y dime en qué ventana están. ¡Mantente fuera de la vista!
Atravesó corriendo el cuarto de estar.
Louise se ocultó tras la pared de madera a los pies de la escalera. Seguían
golpeando la puerta de la cocina. Pensó en huir; si lanzaba a Karen por la
ventana de la habitación, caería sobre una capa espesa de nieve y podrían
escapar. Dejarles que cogieran a Niles. Se le ocurría una locura detrás de otra.
Si trataban de tocar a Karen les golpearía con… Un pensamiento le cruzó la
mente. Se había visto a sí misma golpeando a aquellos hombres con un objeto
de la casa. ¿Qué era? Entonces lo supo. Lo había tenido entre sus manos. Se
le ajustaba a la perfección, como si lo hubieran diseñado para golpear. Subió
corriendo las escaleras. No había tiempo para contárselo a George.

Con el cuchillo atascado en el fondo del pantalón, la mano izquierda atada


al poste de la ventana y el pecho atravesado en la repisa, Chris Cawsey se
había debatido durante minutos, tratando de dar la vuelta al brazo derecho
para alcanzar el cuchillo. Había tenido que retorcerse hasta que sintió la piel

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en carne viva, forzando el cinturón a moverse alrededor de su estómago para
dejar el mango del cuchillo al alcance de sus dedos.
Tenía el filo bajo la cuerda y palpaba con cautela, para no cortarse la piel,
cuando George entró agachado en el estudio. Quería a aquel tipo como rehén,
o como escudo humano. Le agarró el cuchillo y le inmovilizó la muñeca con
que lo sostenía. Cawsey forcejeó y se sacudió como un zorro rabioso en una
trampa. George solo podía aferrarse a su muñeca. Esta vez no cruzaron ni
media palabra. Ambos sabían que la situación había llegado a un punto más
allá de las palabras. Hablar con un hombre significaba que todavía lo
considerabas otro ser humano. Una vez que te convencías de que era tu
enemigo, las palabras resultaban demasiado íntimas.
Cawsey trataba de llevar las manos de George hacia la moldura de la
ventana, donde los trozos de cristal le rasgarían la piel. Cawsey tiró de la
cuerda que le sujetaba la otra muñeca hasta que sintió que se había hecho un
corte profundo.
Cawsey gritó algo, pudo haber sido «Tom», pero a George solo le
preocupó que fuera una llamada de socorro. Le cruzó la cara a Cawsey para
hacerle callar. Quería meter a aquel tiparraco en la casa. Cuando lo soltó para
abofetearlo, Cawsey se las ingenió para liberar la mano del cuchillo de un
tirón. George lo soltó para protegerse la cara con los antebrazos. Cawsey
trataba de acuchillarlo.
—¡Te voy a sacar los ojos!
George oyó las palabras, pero no eran más que sonidos. No necesitaba que
Cawsey le dijera lo que estaba intentando hacer. Retrocedió un paso, tratando
de ver dónde estaba el cuchillo, con las manos listas para volver a inmovilizar
las muñecas del hombre.
Con aquella luz era difícil distinguir los movimientos. Cawsey le hizo a
George un corte diagonal en las manos. Después, bajó el cuchillo y presionó
hasta sentir su filo en el hueso de la muñeca; había cortado la cuerda.
Demasiado tarde, George vio que tiraban de él. Fue a agarrarlo pero oyó a los
otros, uno de ellos vociferaba que le dejaran a Tom Hedden intentarlo con la
escopeta.
De nuevo pegó la espalda contra la pared. Maldijo, porque podría haber
dejado a aquel tipo fuera de combate si hubiera tenido un palo de golf o algo
semejante; un palo grande, un ladrillo, cualquier cosa.
Llevado por el pánico de los acontecimientos, se las había ingeniado para
concebir un plan defensivo inmediato, bloqueando las ventanas, usando las
luces para dejarlos en desventaja, arrojando el agua hirviendo… pero en aquel

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razonamiento había una gran laguna. Aparte de escaldar ligeramente a un par
de intrusos, no había sido capaz de eliminar a ninguno. Los asaltantes no
podían perder a ningún hombre. Les había forzado a retroceder, pero
conservaban toda su fuerza. Hasta ahora había tenido suerte, pues a Tom
Hedden no se le había ocurrido entrar él mismo por la ventana, cubriéndose
las espaldas con la escopeta; pero se les podría ocurrir. Había señales de que
alguien usaba el cerebro. Prender fuego a las cortinas habría funcionado si
hubieran tenido la precaución de colocar, al mismo tiempo, a otros hombres
en el resto de ventanas. Pero parecía que estaban aprendiendo, como él.
Fuera, a Norman Scutt se le ocurrió de repente cómo entrar en la casa,
todos a una. El yanqui no podría hacer nada.
—A ver, Tom, te vas a subir a la repisa. Mete primero los pies. Si
mantienes el arma apuntando hacia dentro, no se te acercará.
—¡Eso es! —exclamó otro—. ¡Vuélale la puta cabeza!
George no sabía qué hacer. Podría quedarse pegado a la pared e intentar
agarrar el cañón del arma, pero Tom Hedden era un granjero fuerte como un
roble. Sabía que no vencería en una pelea cuerpo a cuerpo.
¿Podría ir a por la otra cazuela de agua hirviendo lo bastante rápido como
para echársela en la cara a aquel desgraciado? Era demasiado arriesgado,
podía derramarse agua encima al atravesar corriendo las tres habitaciones, o
podía caerse la cazuela y quedarse sin nada.
Tal vez sería buena idea dejarles que se hicieran con el estudio, volver al
vestíbulo y encerrarlos allí. No, aquel cerrojo antiguo no retendría ni a una
niña de diez años, así que menos a cinco locos. Allí no había muebles para
arrastrar y, de todos modos, la puerta se abría hacia dentro. Mentalmente vio
la escena de una película en la que un hombre construye una barricada en una
puerta, clavando y atravesando pesados tablones de madera, apilando
muebles, para que al final la puerta se abra hacia dentro; era una comedia.
Solo quedaba una esperanza. Tenían que replegarse arriba, dejarles la
planta baja. Tal vez pudiera frenarlos desde el descansillo, arrojándoles cosas
pesadas. Se imaginó lanzando sillas y camas, pero era algo que llevaría
mucho tiempo. Mientras buscaba cosas para arrojar, los cinco podrían subir
sin mayores problemas las escaleras a toda velocidad. Parecía que solo le
quedaba intentar lanzarse a por el hombre del arma en cuanto entrara por la
ventana. Le estaban ayudando a encaramarse a la repisa, sujetándolo para que
pudiera poner los pies en la cornisa.
De nuevo vio a Knapman cayendo de espaldas en la nieve. En el momento
en que agarrara el cañón, serían sus brazos contra los del otro hombre.

Página 139
—Louise —la llamó a voces por el vestíbulo—. Enciérrate en la
habitación de Karen.
No hubo respuesta.
No la culpó por haber huido. Ese había sido su primer pensamiento. ¿Pero
cómo? La puerta de la cocina estaba bloqueada y ni un ejército podría
atravesarla. La habría visto salir por una ventana. ¡A no ser que uno de ellos
ya estuviera dentro de la casa! Cerró de golpe la puerta del estudio y fue como
un rayo al cuarto de estar. Pasara lo que pasara, se aseguraría de que uno de
aquellos desgraciados lamentara haber nacido.

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TRECE

Trató de pensar qué podría usar para golpear al intruso. Tendría que ser un
objeto; la pequeña silla que estaba al lado de la mesa, junto a la ventana del
comedor.
—George, he encontrado el…
Louise venía hacía él tan rápido que parecía que alguien la perseguía.
—Yo me encargo.
—George, es el regalo de Navidad de Roger, ¿no te acuerdas?
—Me cago en la puta, Louise, nos van a matar y tú…
Trató de arrancar de un golpe lo que fuera que ella llevara en la mano. ¡La
gilipollez de los regalos navideños en un momento así! Ella siguió hablando.
La podría haber tumbado de una bofetada.
—¿Qué haces? Querías algo contundente.
Se lo clavó en el pecho. George palpó el papel que envolvía algo duro y
largo. ¡El bate de béisbol!
—Louise, yo…
No esperó y regresó al estudio. Sus manos sopesaban la contundente
protuberancia de madera. Buscó a tientas el mango. Notaba una oleada de
rabia y venganza que le salía del fondo mismo de sus entrañas.
Tom Hedden ya había introducido una pierna en el interior. Sujetaba la
escopeta contra el pecho con el codo del brazo derecho. Tenía el dedo en el
gatillo y trataba de introducir la otra rodilla para pasar. Lo estaban empujando
por detrás, demasiado fuerte.
George se paró a unos pocos metros. Veía la forma alargada del cañón del
arma. Tenía que intentar moverse desde el lateral, fuera de la línea de fuego.
Trataría de golpear la escopeta, tirarla de un solo golpe, de lo contrario, sería
hombre muerto. Necesitaba asestar un golpe con ambas manos y para
conseguirlo, tendría que separarse de la pared. Esperó, dejó que Tom metiera
la otra pierna. Tendría que agacharse para pasar la cabeza por debajo del

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marco de la ventana. Entonces estaría más o menos tumbado, casi sobre su
espalda. Joder, golpéale ahora, no esperes, vas a esperar demasiado, va a
entrar, no puedes calcular tan bien. Pero George aguantó.
—Te tenemos agarrado —le tranquilizó alguien. Hedden maldijo y gruñó
por el esfuerzo. En ese momento comenzó a arrastrarse hacia delante.
Deslizaba las nalgas a través de las afiladas astillas de cristal y la madera del
marco, pero le era indiferente si se hacía daño o no, porque había venido a
matar a Henry Niles y nada iba a detenerlo; ni un yanqui ni Norman Scutt. Le
daba igual el discurso de Norman, todo ese asunto acerca de la cárcel y de
matar gente. Él quería a Niles. Esa era la razón por la que no dejaría que nadie
se hiciera con el arma, la quería para dispararle él mismo, como a un perro
que ataca a las ovejas. Quería volarle el sucio corazón de asesino de un solo
disparo.
George levantó el bate de béisbol. Se estremeció, aunque no sentía frío.
Entonces se separó de la pared y blandió el bate. La sensación fue
desconcertante. El suave mango le encajaba perfectamente en las manos. El
golpe al cañón de la escopeta fue un impacto limpio. El arma chocó contra las
rodillas de Tom Hedden. George Magruder se acercó un paso, levantó de
nuevo el bate y le propinó un nuevo golpe en el pecho, consciente de que
tenía que seguir golpeándolo o le dispararía.
Tom Hedden luchó para salir del marco que lo aprisionaba. Distinguía a
George, que agitaba el bate, y apretó el gatillo. Tenía el codo atrapado en el
poste central de la ventana. Cuando disparó la escopeta, estaba apuntando a
sus botas.
Por encima de la atronadora detonación, George oyó un grito espantoso.
Sabía que a él no le había alcanzado. Ladeó el bate y golpeó el estómago de
Tom Hedden. Acometió contra él una y otra vez. Solo cuando el hombre dejó
de oponer resistencia, intentó agarrar el arma; la cogió sin dificultad. Tom
Hedden yacía de espaldas. Las piernas le colgaban dentro del cuarto y la
cabeza le caía hacia atrás, con la cara mirando hacia arriba, donde estaban
Norman Scutt, Bert Voizey y Phillip Riddaway. No podían hacer nada para
que dejara de dar alaridos. Riddaway agarró a Tom por los hombros para
aliviar el peso que el cuerpo, inclinado del revés, ejercía sobre la columna.
—Te estoy sujetando, Tom —le tranquilizó.
Lo arrastraron hasta la nieve, con la cabeza por delante. Sus aullidos de
agonía no cesaban. Entonces vieron por qué no callaba; se había volado los
pies. Los cuatro se precipitaron hacia la ventana. Phil Riddaway agarró los
travesaños horizontales, uno tras otro, y los arrancó del marco como si fueran

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ramitas. No había visto nunca una cosa tan espantosa. ¡Su amigo, Tom
Hedden! Le rompería el pescuezo al yanqui.
—¡Tiene el arma! —gritó Norman Scutt, lanzándose de repente al suelo.
A Phil no le importaba. En toda su vida solo había tenido dos o tres
amigos, que no se reían de él por ser un zoquete que no sabía ni leer, ni
escribir. Lo que le sucediera a Tom, le ocurría también a él. Como un enorme
ariete, embistió. El poste central de la ventana, para acto seguido arrancarlo
con ambas manos. Se había encaramado a la repisa para comprobar cómo
cedía al hacer palanca con sus hombros, apoyado con sus botas en la pared.
—¡Te voy a matar! ¡Estás muerto!
Como surgido de una pesadilla, George vio la inmensa sombra del
hombre que entraba por la ventana, al igual que un enorme monstruo negro.
—¡Muere, cabrón! —aulló.
El poste central se movió a un lado, Riddaway lo forzó una vez más y se
partió por la mitad con un ruido de madera astillada.
George sujetó la escopeta a un metro de la silueta y apretó ambos gatillos,
que emitieron un chasquido. Disparó de nuevo, pero estaba descargada. El
hombre entró apartando de un empujón los restos de la ventana. George arrojó
el arma y palpó el suelo en busca del bate de béisbol. Lo encontró y tanteó
para agarrarlo. Lo cogió por el extremo más pesado. Riddaway se deslizó
hasta el suelo. George se incorporó de un salto y al echarse a un lado casi cae
al suelo.
Por un momento jugaba con ventaja, ya que la silueta de Riddaway se
perfilaba con claridad contra la ventana. George levantó el bate y lo estrelló
contra la cabeza de su adversario, concentrando toda la potencia de sus brazos
en el golpe.
El bate impactó en el lateral de la cabeza, justo sobre el oído derecho. Por
un momento, Riddaway pareció no acusar el golpe. De hecho, levantó las
manos para protegerse, pero después cayó al suelo.
—¡George!
Quería machacarle a golpes la cabeza, machacársela y volvérsela a
machacar; hasta que se le rompieran los huesos, la sangre corriera y los sesos
se hicieran papilla.
—¡George! ¡Hay uno dentro, George!
Mientras corría para responder a los alaridos de pánico de Louise, supo
que había cometido un error al no matar al tipo grandullón, ahora, el acceso al
estudio estaba abierto de par en par.

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El peso de la niña inconsciente hizo que Gregory Allsopp cayera en la
nieve una y otra vez. Tocó la cara y el cuello de la pequeña y, hasta donde sus
entumecidos dedos podían sentir, comprobó que aún tenía calor corporal, pero
en su cuerpo no había movimientos que indicaran si seguía con vida.
Por muy ridículo que pareciera, estaba perdido; cegado por la nieve,
ensordecido por el viento y completamente desorientado en el páramo. A
veces, creía percibir las luces de la aldea, pero después desaparecían. Una
especie de pistón gigante le martilleaba el pecho y los brazos le dolían como
si un torno le estuviera moliendo los huesos.
—¡Socorro! —gritaba al viento cada dos segundos, o pensaba que lo
hacía. No estaba seguro, puede que el sonido solo estuviera dentro de su
cabeza.
—¡Socorro! —Dando había sido una aldea durante miles de años y antes,
un asentamiento de monjes. ¿Cómo pueden borrarse en unas pocas horas
todas las señales del hombre? ¿Tal vez estaba soñando? Se resbaló de nuevo y
por un momento pensó que se iba a caer sobre la niña. No, no estaba soñando.
Estaba avanzando a trompicones por el Campo del Soldado, a escasos metros
del pueblo. Llevaba en brazos a una niña que podía estar viva o muerta y
estaba completamente perdido. Daba vueltas en círculo. ¿Dónde estaba Tom
Hedden? ¿Qué pasaría al día siguiente? ¿Habría un mañana? ¿Los
encontrarían, a él y a Janice, muertos sobre la nieve en el Campo del
Soldado?
—Socorro… —El médico sabía más sobre esa familia que la mayoría de
vecinos, conocía mejor a la esposa que el propio marido. Sabía que la mujer
de Tom Hedden estaba avanzando a marchas forzadas hacia una muerte
prematura. Era consciente de que podría salvarse con una vida mejor, pero allí
nadie se la iba a dar. ¿A quién le importaba una mujer inglesa a la que
conducían, sin prisa pero sin pausa, hacia su propia tumba? El doctor estaba al
corriente, pero solo lo querían para que pusiera parches que le hicieran seguir
tirando, le aliviara el dolor y pudiera volver a funcionar.
—Socorro… —El doctor lo sabía, pero no se le llamaba para que dijera a
la gente cómo debían vivir. Solo les interesaba saber cómo seguir tirando.
Tendría que ser al contrario. El doctor debería decir a la gente cómo vivir,
antes de que enfermaran. Explicarles cómo mantenerse con vida, organizaría,
disfrutar de ella. En lugar de… ¿A quién le importaba una mujer inglesa? No
se moría de hambre, no la apaleaban, no le negaban sus derechos.
Simplemente estaba perdiendo la vida.

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—Socorro… —¿pero qué es lo que sabía el médico? ¿Qué sabía a ciencia
cierta? Tom Hedden llevaba un arma y le había golpeado en la cabeza. ¿Por
Janice? No, Tom no se preocupaba tanto por ella, era una carga. ¿Qué sabía
acerca de aquella gente? Vivías con ellos durante años, conocías a todos los
que había que conocer, pero entonces ocurría cualquier desgracia y te
encontrabas con que no sabías nada de esas personas.
—Socorro…
Dos de los aldeanos que volvían a la taberna, después de haber estado
buscando a Janice en la carretera, oyeron el grito de Gregory Allsopp cuando
rodeaban la parte alta del Campo del Soldado. Treparon la verja y subieron
por la pendiente hasta que lo encontraron. Yacía boca abajo, abrazado a la
niña.
—¿Cómo se encuentra?
—Parece que bastante mal.
—La llevaremos a la taberna, pero necesitaremos ayuda para llevar al
doctor.
—Mejor sería que lo pongamos de pie; podría morir congelado aquí en la
nieve. Tú ve delante con la niña.
Cuando Gregory Allsopp volvió en sí, tenía el brazo sobre el cuello de un
hombre, que lo arrastraba con dificultad. Trato de contarle lo de Janice.
—La niña está bien, doctor. Jim la ha llevado a la taberna. Tiene que
intentar caminar.
Había algo más, algo que tenía que decirles, pero no se acordaba. Solo
quería recostarse y hacerse un ovillo. Pero el hombre que lo llevaba lo forzó a
seguir andando.

Fue Chris Cawsey el que se encaramó a la ventana del comedor. Cuando


Tom apretó el gatillo se separó del resto, sabía que podría colarse por otra
ventana aprovechando la confusión. Quería entrar el primero, solo. El deseo
lo consumía; el ansia de entrar y de usar el cuchillo. Tal vez no había hecho
mucho caso de lo que dijo Norman Scutt sobre la cárcel, puede que solo
hubiera querido pasar un buen rato, pero ahora quería usar el cuchillo. Podría
ser la única oportunidad que tendría y debía aprovecharla. Degollar ovejas
había estado bien, pero por un tiempo. Además, eran demasiado fáciles, no
daban para mucho. Se sabía astuto. Norman, Tom y los demás se habían
empecinado en hacerlo todo de la forma equivocada. En cambio, él intuía
cómo hacerlo; en silencio y por su cuenta. Como era más pequeño que el

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resto, pudo encaramarse al alféizar exterior sin ayuda. La mesa todavía estaba
volcada, apoyada donde el yanqui la había dejado. Si se quedaba quieto detrás
de la mesa sin hacer ruido, no le oirían. Después, poco a poco, fue avanzando
a tientas, tratando de evitar los cristales rotos.
Caminaba pegado a la pared del comedor cuando Louise oyó el ruido.
—¡George!
Chris Cawsey puso la mano sobre el cuchillo. Estaba bastante lejos de la
ventana, casi a oscuras. Se le ocurrió que era como un armiño que se
deslizaba por la oscuridad; silencioso, letal y listo para derramar sangre. Allí
nadie podía tocarle, por eso le gustaba la oscuridad.
—¿Dónde está?
—En el comedor.
Chris Cawsey tocó la pared con la mano. Venga, míster yanqui, entra y
juega conmigo al escondite.
George echó un vistazo a la habitación sumida en la penumbra. Ya había
perdido la esperanza de mantenerlos fuera de la casa, los otros estarían
entrando por la ventana del estudio. Tenían que retirarse al segundo piso. El
tipo grande volvería en sí, no había recibido un golpe definitivo. ¿Quién
estaba en el comedor? Tenía que ser otro hombre.
Se inclinó para buscar el interruptor de la luz, que estaba justo detrás de la
puerta. Al encenderse ambos hombres permanecieron paralizados por la
sorpresa, mirándose fijamente. George enarbolaba el bate, Cawsey, en la
pared de enfrente, empuñaba el cuchillo listo para atacar.
—¡Vete arriba, Louise!
Chris Cawsey empezó a retroceder hacia la ventana. De vez en cuando, se
giraba para mirar atrás y después dirigía la mirada a su adversario. Sostenía el
cuchillo a la altura del pecho, apuntando a George. No quería pelear contra el
yanqui a plena luz, ni mucho menos.
—¡Cabrón de mierda!
George agarró con ambas manos el bate de béisbol, apoyando el extremo
más pesado sobre el hombro derecho. Vio que tenía enfrente al tipo joven al
que casi consigue atrapar y tomar como rehén, lástima que ya no quedara
tiempo para rehenes.
—No…
George se abalanzó hacia él, pero este se agachó detrás de la mesa y el
bate impacto en la madera. Cawsey se apoyó en la repisa pero George empujó
la mesa, que se desplomó hacia la ventana y golpeó a Cawsey cerca de la

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cintura. El joven dio una patada para deshacerse del peso. George se situó a
su izquierda y alzó el bate.
—¡No! —aulló Cawsey, tratando de protegerse la cara con el codo. El
bate trazó una limpia curva antes de golpearlo con dureza en el brazo. Cawsey
soltó un grito desgarrador. George le propinó otro golpe, esta vez en la
cabeza.
—¡Mi brazo!
Hermoso; un golpe, un crujido, un pequeño rebote. Aquel tipo ya no iba a
causar más problemas. George se detuvo cuando vio que manaba sangre del
pelo claro de Chris, que se desplomó junto a la mesa y quedó empotrado
contra la pared. Un cuerpo humano puede adoptar determinadas posiciones,
colocarse de formas que instintivamente reconocemos como correctas. La
postura de Cawsey era antinatural.
Ya había dos hombres fuera de combate.
Uno de ellos, con un disparo de su propia arma.
¿La escopeta? ¿Dónde estaba? La había dejado caer cuando trató de
disparar al hombre de la ventana. ¿Tendrían más cartuchos? Dejó la luz
encendida. Louise estaba en la parte de arriba de las escaleras, con la cara
muy pálida.
—Lo estamos consiguiendo —gritó él—. Han caído tres, ya solo quedan
dos.
Louise frunció el ceño, su marido tenía un semblante extraño. Al
principio… Dios, ¿cuándo había sido eso? Miró el reloj, no eran más que las
nueve menos diez. Parecía que hubieran estado así durante horas. Al
principio, George se mostró débil e inútil; se había comportado de forma
totalmente pasiva, amparado en la fortaleza de su esposa. Después, había
llegado un momento en que tomó el control. A Louise le alegró este hecho.
¡Y pensar que George, el ratón de biblioteca que tenía por marido, era capaz
de encontrar la manera de mantener a raya a una panda de matones!
Por primera vez en años, se sentía como siempre había deseado, como una
mujer protegida. Con un hombre en el que apoyarse, sin ser ella el sostén.
Cuando les habían disparado, Louise no creyó que estuvieran ante un grave
peligro, pero George había sido muy sensato y actuó con gran rapidez. Pero
ahora…, ¿por qué parecía estar tan encantando consigo mismo?
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella. Desde donde estaba situada veía la
calva en la coronilla de George. Era extraño, algunos hombres se dejaban
crecer el pelo para esconderla, pero él lo llevaba corto.

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—Uno se ha disparado a él mismo, y yo he atizado a un par de ellos con
esto —elevó el bate, mientras sonreía con sarcasmo—. Se lo pensarán mejor
la próxima vez. Si es que hay una próxima vez.
Giró la cabeza y escuchó atento.
—Venga, maricones.
Louise estaba inquieta. Decidió ir a la habitación de Karen, porque creyó
oír un ruido que no provenía de abajo. Entonces recordó que Henry Niles
estaba arriba, en el desván. Era una lástima que aquellos aldeanos se metieran
en semejantes problemas por alguien como él. Al atravesar el pasillo lo oyó
de nuevo. Definitivamente, no venía de abajo. Niles debía de estar
moviéndose en el desván. Pensar en aquel hombre, allí arriba, en la oscuridad,
le hizo estremecerse.
George estaba en la puerta del comedor, a la espera de que el resto de
atacantes pasaran al vestíbulo desde el estudio. Estaba convencido de que
entrarían por ahí, pues ahora la ventana estaba completamente abierta y era
fácil encaramarse por ella. Oyó un ruido arriba. ¿Qué diablos era aquello?
Louise, estaría caminando por la habitación de Karen. ¡Se había olvidado de
Karen! ¡Y de Niles! En la penumbra, sonrió con amargura. No lo había hecho
nada mal. ¿Con cuántos problemas puede lidiar un hombre al mismo tiempo?
Niles y Karen, cinco tipos armados afuera y Louise que no era consciente de
la gravedad del asunto. Menudo pedazo de historia para…
La luz del porche estaba encendida. Norman Scutt apareció de pronto en
la puerta del estudio, apuntándole con la escopeta.
—¡Maldito cabrón americano! —Norman levantó el arma—. ¡Te voy a
dejar como un colador!
—¿Sí? ¿Con una escopeta sin balas?
George estaba seguro de que aquel cabrón era quien lo había empezado
todo. Cogió con fuerza el bate de béisbol. Norman Scutt avanzó un par de
pasos hacia delante.
—Ahora ya no está descargada —le respondió.
—Dispara entonces.
Se preparó para saltar hacia su izquierda. Una vez que estuviera detrás de
la pared que separaba el porche y el comedor, no habría manera de que una
bala lo alcanzara. Podría quedarse en la esquina y golpearle con el bate antes
de que abriera fuego.
—¡Ahhh!
Aquel grito era de Louise.

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—Eso es que Bert tiene a tu mujer y a tu niña —dijo Norman Scutt,
avanzando hacia él; sostenía el arma como lo haría un hombre seguro de su
victoria—. Es muy bueno trepando por las cañerías.
A Norman se le había ocurrido que Bert subiera al tejadillo del porche y
luego se encaramara a la cañería frontal. Le había dicho que esperara hasta
que se oyera algún ruido y que después diera un puñetazo a una de las hojas
de la ventana. Bert era como un mono cuando tenía que subir a los árboles y a
los tejados. La cañería lo había llevado hasta la ventana del dormitorio y allí
había dado una patada a la hoja de la ventana aprovechando el ruido de la
pelea en el comedor.
—Si toca a mi…
—¿Tu qué, rata? ¿Sabes lo que haremos? Vamos a quemar la casa con
todos vosotros dentro; con vosotros y con Niles, ese amiguito tuyo. ¿Lo
prefieres a él verdad? ¿Nosotros no somos de tu gusto? Para ti no somos más
que unos paletos, ¿verdad?
Norman Scutt dio otro paso hacia él. George recordó una película de
vaqueros: «No le mires a la cara, vigila su dedo». Se oyeron ruidos y voces
arriba. Comenzó a retroceder, pero Norman Scutt se adelantó, precedido por
la escopeta. George dio algunos pasos lentos hacia atrás, tratando de recordar
dónde estaban los muebles, con la esperanza de dirigir a Scutt hacia la
oscuridad del cuarto de estar.
—Si algo es seguro es que no atraparéis a Niles —afirmó él—. Todo esto
para nada.
—Todavía está aquí, no me cuentes películas. ¿Intentas salir de esta
hablando? Mala suerte, míster yanqui.
George era consciente de que tenía que tomar la iniciativa y tratar de
asustarlo. Aquel joven de patillas extrañas tenía un punto de locura en la
mirada. Ahora estaba quieto en mitad del cuarto de estar.
—Esto ya ha llegado demasiado lejos —dijo Norman—. Esperaremos a
que Bert Voizey las baje. Te estoy viendo, míster yanqui.
George sabía que tenía que moverse rápido y acertar; habían urdido algún
complejo plan o el arma estaba vacía. Estaban tan locos que lo habrían
matado nada más verle. ¿Por qué ahora aquella pantomima? Se trataba de
ganar tiempo, de retenerlo hasta que el otro cogiera a Louise y a Karen. La luz
entraba en el cuarto de estar a través de dos puertas. Él estaba en el medio,
perfilado nítidamente contra la puerta del comedor. Si el arma estaba cargada,
Norman Scutt no necesitaría apuntar a esa distancia. No sintió miedo, eso era
algo que pertenecía a la imaginación y no había necesidad de fantasear en

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aquellos momentos. Era aquel tipo o él. Quien pensase mejor, ganaría. A
menudo, se había imaginado en una situación semejante; enfrentándose a un
hombre con un arma. En ocasiones había meditado sobre lo que podría hacer.
—Niles está muerto —dijo de pronto George—. Lo he matado. Intentó
llevarse a mi hija.
Su voz sonaba sincera, natural. De hombre a hombre. Como si el arma no
estuviera allí.
—¿Ah, sí?
—De verdad. Vamos, te lo enseño. No vas a creer cómo lo hice. Venga, te
lo enseño.
Se giró de manera deliberadamente despreocupada, sin hacer ningún
movimiento brusco. Caminó hacia las escaleras.
—¿No queríais a Niles? Vamos, te voy a enseñar lo que hice con él.
Norman Scutt lo siguió, había picado. ¡La curiosidad! Sigue hablándole,
pensó.
—Está en el baño. Cuando lo vi con mi hija. ¿Crees que me acusarán de
asesinato? Al fin y al cabo era un maniaco.
Dijo esto al subir el segundo peldaño. Mantenía el bate de béisbol pegado
contra el pecho, fuera de la vista de Norman Scutt. Subió otros tres peldaños.
Norman Scutt avanzaba con cautela aunque estaba casi convencido de que el
yanqui no estaba haciendo teatro. De todas formas no es que importara,
porque no podía hacer nada, Bert y él los tenían acorralados. No obstante
quería ver a Niles.
George subió los peldaños, sin volverse para mirar. Oyó sonidos
provenientes del otro extremo del pasillo, pero su mente se deshizo de ellos.
En el penúltimo escalón se giró de nuevo.
—El caso es que con Niles nadie diría que era un maniaco, de verdad,
nadie lo adivinaría.
Norman Scutt subió otros dos peldaños. George estaba parado en el
descansillo, erguido, con el bate pegado al cuerpo. Miraba hacia la puerta del
baño, que quedaba fuera del campo de visión de Scutt.
—¡Es espantoso! —exclamó, haciendo muecas. Scutt se movió más
rápido. Tenía la cabeza unos treinta centímetros por debajo del suelo del
descansillo. George se cubrió la cara con la mano, como horrorizado por lo
que estaba viendo. Ese era el momento, Norman Scutt dejó de fijarse en él y,
por primera vez, miró hacia abajo, a sus pies. George movió el bate de béisbol
sin levantar los brazos, usando solo las muñecas, y le dio un revés con un giro
rápido de cadera. A través del bate sintió el suave impacto de la madera

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contra la cara y después, la sacudida punzante de la madera sobre el metal. Lo
sintió hasta la punta de los dedos. Norman Scutt dio un traspié, al tiempo que
emitía un grito de sorpresa y dolor. George adelantó el pie izquierdo y golpeó
hacia abajo con el bate, empleando toda la fuerza de sus brazos.
—¡Cabronazo! —chilló, y en el rostro se le dibujó una sombría mirada de
satisfacción al ver a su rival caer de espaldas, estrellándose la cabeza contra
los peldaños. George atravesó corriendo el pasillo. Vio al otro hombre, una
forma oscura en la puerta de la habitación de Karen.
—¡Venga! —le gritó—. Yo no soy una mujer.
Bert Voizey no tenía escapatoria. Estaba de espaldas a la puerta,
empuñando el cuchillo que había utilizado para abrir el cerrojo.
—No iba a hacerles daño —se excusó con una voz patética, presa del
miedo.
George se mostró tranquilo, Voizey tenía un cuchillo y él un bate. Lo
elevó por encima de su cabeza, juntando los brazos. Bert Voizey, asustado,
trató de refugiarse tras sus codos y dejó caer el cuchillo. Cuando el bate
empezó a molerle la cabeza, los hombros y los brazos, bramó de dolor. Trató
de escapar a cuatro patas, pero George le dio un rodillazo en la cara y siguió
dándole golpes. No se detuvo hasta que notó que Bert Voizey no se movía.
Cuando Louise abrió la puerta, George estaba de pie, junto a la figura
encogida sobre el suelo del pasillo. Levantaba el bate como si fuera a seguir
atacando.
—Me he encargado de todos —le anunció a Louise. Jadeaba—. Me he
encargado de todos y cada uno de estos apestosos. ¡Vamos, cerdo! —Le pegó
una patada a Voizey en el brazo, pero este no se movió.
—¡George! ¡Para! ¿Has…?
—¿Qué? ¿Yo qué? Les voy a enseñar, van a ver lo que es bueno.
Cogió impulso con el pie derecho y propinó otra horrible patada al cuerpo
de Voizey.
—¡Para, George!
No la escuchaba. Había ganado, los había machacado a todos. Seguía
jadeando. Se inclinó hacia delante para agarrar a Voizey de una manga, sin
soltar el bate. Empezó a arrastrarlo por el pasillo. Tiraba de él con
brusquedad, mientras emitía palabras que ella no acertaba a entender.
—¿Qué sucede mamá? Tengo miedo, mamá. Mamá, mamá…
—No pasa nada, cariño. No te van a hacer daño, tu padre los ha
ahuyentado a todos.

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Acurrucó a Karen entre sus brazos como había hecho antes cuando el
hombre estaba intentando abrir la puerta, para proteger a su hija.
En la parte superior de las escaleras, George tiró de Voizey y lo pateó
hasta que pudo arrastrarlo hasta el primer peldaño. Observó con una leve
sonrisa que el hombre se deslizaba escaleras abajo hasta detenerse ante las
piernas de Scutt. Por un momento se quedó parado con el bate, esperando
algún signo de movimiento, pero no hubo ninguno. Tuvo que dejar el bate
para empujarlos hasta el pie de la escalera. Los manejó como si fueran
pesados sacos de carbón, usando pies y manos. Una vez los hubo extendido
en el cuarto de estar, volvió arriba a por el bate. Lo acarició mientras bajaba.
El que había quedado atrapado bajo la mesa se estaba moviendo ligeramente.
George dio una patada a la mesa, y a Cawsey se le clavó un extremo en el
pecho. No causaría problemas en un buen rato. Volvió al cuarto de estar.
Ahora sabía la verdad. Y pensar que había creído en todas esas bobadas de los
límites y la civilización… ¡Había ganado! Eso era lo que importaba, y nada
más. Jadeaba sin control.
Encendió la luz del comedor. La mesa del café estaba tirada de lado. Bajo
la ventana había cristales hechos añicos y esparcidos por el suelo. La casa no
les había protegido, lo había hecho él. Los había derrotado a todos. Fue hacia
el vestíbulo, que tenía la puerta abierta. Se paró un momento. Moviéndose
con cautela y con el bate en alto, avanzó hacia el estudio. El tipo grandote ya
no estaba, había huido hacia la nieve, sabiendo que lo habían derrotado.
George emitió un grito de satisfacción. Necesitaba hacérselo saber a alguien.
En primer lugar miró fuera, porque se había olvidado de Knapman y del tipo
que se había disparado a sus propios pies. Una pena lo de Knapman, era un
tipo bastante agradable. Con respecto al otro, probablemente se habría muerto
desangrado.
Salió al porche delantero.
Había parado de nevar. La casa estaba rodeada de un cegador brillo
blanco. Estaba cansado y orgulloso. Era el sentimiento más grande del
mundo; hacerlo tú mismo. Saber que podías hacer frente a cualquier cosa, a
cualquier persona. Saber que eras un hombre, sentirlo en las entrañas. ¡Qué
noche! ¡Vaya historia! La gente diría…
El ataque llegó por el lateral, desde la sombra del porche. Se volvió para
responder, pero antes de que pudiera alzar el bate para descargar un golpe, la
mole de Phil Riddaway le dio de lleno. Cayeron juntos sobre la nieve y
Riddaway se echó encima de él. George trató de subir las rodillas, pero no
tenían bastante fuerza para imponerse a aquel cuerpo gigantesco. Trató de

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liberar los brazos, pero los sujetaba el abrazo de un oso. Mientras forcejeaba,
sintió su propia debilidad bajo aquel peso demoledor.

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CATORCE

Era como hundirse en el mar atado a una piedra pesada. Aunque la nieve lo
amortiguaba, el peso muerto de su rival aplastaba el pecho y el estómago de
George. Este trató de sacudirse y retorcerse, pero Riddaway le tenía
inmovilizado —como un hombre que se ahoga—, una parte de él parecía
totalmente desligada de la situación. Su cuerpo sentía lo que Riddaway estaba
tratando de hacer, inmovilizarle las manos, mientras intentaba incorporarse.
Sabía que debía aguantar, que no podía concederle la oportunidad de ponerse
de rodillas. Quiso apresar los tobillos de su adversario con las rodillas,
Riddaway le daba cabezazos, él trató de morderle la oreja. De niño había
luchado así; se había peleado con otros niños y había rodado por columpios,
hierba de parques y patios asfaltados. Al igual que los olores, que pueden
evocar súbitamente imágenes perturbadoras de un pasado ya olvidado, la
sensación de tener otro cuerpo encima, de su peso y su presión, le trajo de
vuelta emociones y recuerdos sepultados desde hacía mucho tiempo. Pegó la
sien contra la cara de Riddaway, pues solo así impediría que este lo dejara
inconsciente a base de cabezazos. Apuntalando su rodilla derecha, trató de
incorporarse para voltear a Riddaway y ponerle de costado, pero no había
manera de levantar semejante peso. Vio la blanca fachada de la casa, la
oscuridad del cielo, la luz en el porche, una ventana. Los objetos pasaban
veloces y sinsentido ante sus ojos como los torbellinos de imágenes que
surgen en una montaña rusa. Estaban confrontados con una intimidad
mortífera, eran dos completos desconocidos que sabían que luchaban por sus
respectivas vidas. Para que uno sobreviviera, el otro debía ser destruido.
Apretó la sien contra la mejilla de Riddaway, moviendo la cabeza
lentamente para clavarle los dientes en alguna parte blanda. Riddaway retiró
la cabeza con la intención de volver a embestir, pero George estiró el cuello
para mantener las cabezas juntas. La mano derecha de Riddaway buscó su
muñeca para intentar asirla. El abrazo de oso se aflojó. George se alzó de

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golpe y subió desesperadamente los brazos para deshacerse de la poderosa
sujeción que lo aprisionaba. Riddaway elevó la rodilla derecha y se la clavó
en la ingle. George levantó la rodilla izquierda, pero la enorme pierna de su
contrincante lo cercaba y anulaba sus movimientos. No estaba a la altura de
aquella fuerza brutal que lo mantenía en el suelo. Olió a alcohol y a sudor;
sudor rancio, viejo, maloliente. ¿Cómo podía vivir así la gente? ¿Eso era un
hombre como él? ¿De verdad hablaban el mismo idioma?
Por un momento, pensó en dejar de forcejear y hablar con ese hombre, en
un tono razonable. Pensó en decirle: «Colega, ¿por qué diablos estamos
haciendo esto?». Entonces notó que su nariz y su barbilla rozaban la piel de su
adversario, abrió la mandíbula hasta notar carne entre los dientes. Lo embargó
un regocijo loco, insensato, electrizante, histérico, sádico. Morder carne.
¡Morder, morder, morder! Regocijo y odio, venganza y poder, todo a la vez.
Brutales sacudidas convulsionaron el corpachón de Riddaway; al pez gordo lo
traspasaba el dolor agudo de la púa. Las manazas se libraron del peso de los
dos cuerpos y le golpearon en la cabeza. En aquel momento, las manos de
George quedaron libres. Las cuatro manos se agarraron, forcejeando y
tensándose unas contra otras. George sentía una fuerza tremenda en su
mandíbula. Quería hundirse todo lo que pudiera, destruirlo.
Riddaway bramaba. Tenía las palmas de las manos extendidas a lo ancho
de la frente y las mejillas de George y con los dedos escarbaba en busca de
lugares blandos. Las manos de George buscaban a tientas las orejas y el pelo
de Riddaway. La mandíbula le temblaba por la horrible tensión que estaba
ejerciendo; apretando los dientes cada vez con más fuerza. Tenía que
aguantar. Las manos de Riddaway lo harían pedazos, sus dedos se le clavaban
en los ojos. Él apretó con fuerza los párpados, mordió con más intensidad y le
retorció las orejas a Riddaway.
Su oponente le tiró del pelo. No había dolor; sentía el tirón, pero no el
dolor. Riddaway le apretó la garganta, presionándole la tráquea con el pulgar,
a continuación elevó las rodillas; forzando a que la espalda se le separara del
suelo. George dejó que Riddaway tirara de él, sin soltarse, como un terrier
que muerde las tripas de un perro el doble de grande. Riddaway le apretó el
cuello con ambos pulgares para ahogarlo.
Entonces George alzó de golpe la rodilla contra la ingle de Riddaway. La
mandíbula se estremecía por la tensión del mordisco, bajo la barbilla se
adivinaban músculos de acero. Tiró de las orejas de Riddaway con más
fuerza, como para arrancárselas de cuajo. La misma mano criminal que soltó

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su cuello le agarró la muñeca para liberar la oreja. De nuevo, George levantó
violentamente la rodilla y embistió.
Riddaway le pegó un puñetazo en el ojo. George redobló la fuerza de su
mordisco, no iba a poder soltarse nunca. Tenía los ojos cerrados, con los
párpados tan apretados que le zumbaban los oídos. Riddaway le hincó
nuevamente una rodilla en el estómago.•¡Sus tripas! Se sacudió de derecha a
izquierda. Ambos cayeron. Dejó que Riddaway tirara de él mientras seguía
aferrado con los dientes y le golpeaba con el dorso de la mano bajo la nariz.
Cuando se sintió libre del peso, abrió la mandíbula. Las manos de
Riddaway dejaron de dirigirle golpes a la cara. George se retorció como un
salmón, se apartó a un lado y se puso de rodillas. Riddaway se había llevado
las manos a la cara y bramaba por el insoportable dolor.
Antes de incorporarse, George huyó. Corría con la única certeza de que
tenía que ponerse fuera del alcance de las manos su adversario. Trató de
alcanzar el porche.
«¡Louise!», intentó gritar, pero su mandíbula estaba inerte. Riddaway lo
perseguía, sabía que no tenía que mirar atrás. Eran como un solo ser, cuya
mera existencia residía en el deseo de matar al otro. Obligó a sus piernas de
plomo a moverse, usando las palmas de las manos para mantenerse apartado
de las paredes y empujando la puerta con el pecho.
«¡Louise!». No oyó su propio grito, no supo si llegó a salir de su boca.
Huyó; huyó del hombre que lo seguía. Corrió por el cuarto de estar, apartando
de una patada los muebles que se encontraba a su paso. Sentía que el odio de
Riddaway le pisaba los talones, que las enormes manos de su enemigo se
alargaban hacia él.
Louise estaba allí, en las escaleras.
Tenía la escopeta. Los dos hombres yacían a los pies de la escalera, uno
de ellos lo miraba. Notó que pisaba a tientas los bultos irregulares de sus
cuerpos. ¡El arma! Louise no se movía. ¡El arma! Tenía las palmas de las
manos apoyadas en las escaleras; trató de gatear, de arrastrarse. ¡El arma! No
tenía fuerzas. Era un sueño. Sus músculos estaban muertos. Se obligó a
levantarse, tenía las manos en el mismo peldaño que los zapatos de Louise.
En aquel sueño él hablaba, pero las palabras no salían de los labios.
Luego, sintió que caía. La cara de Louise lo miraba fijamente desde lo
alto, pero seguía inmóvil con el arma en los brazos. No, no se caía, lo estaban
arrastrando. Unas manos tiraban de sus tobillos. Con los dedos se aferraba a la
moqueta, escarbando en busca de sujeción; con los pies pataleaba. Louise no
se movía.

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Metió las manos por debajo del borde de la moqueta, quería resistir.
Volvió la cabeza; vio la cara de Riddaway, roja y empapada. La moqueta se
arrancaba entre sus dedos abrasados. Las manos de Riddaway eran como
hierro candente en sus tobillos. Dirigió la mirada a Louise.
—¡Ayúdame!
Louise no se movió hasta que vio que el hombretón ponía a George de
rodillas de un tirón, arrastrándole por las escaleras. Lo movió como si George
fuera un perro rabioso al que agarrara por las orejas y sujetara a cierta
distancia. El gigante tenía la cara empapada en sangre, la visión de aquella
espesa mancha de un rojo brillante hizo que Louise se sintiera desfallecer.
George le había causado ese daño; así que no era extraño que le estuviera
pateando, sujetándolo por los hombros de su jersey. George tenía una rodilla
apoyada y con el otro pie intentaba tocar el suelo, mientras su atacante le
pateaba piernas y estómago; haciendo ruidos sordos y secos con las botas.
—¡Ayúdame!
¿Cómo podría ayudar a George? Ella no podía hacer nada contra aquel
hombre. Parecían leones peleando en una jaula a oscuras. Tiraron la mesita
del café. Eran dos figuras enlazadas en una espiral demoledora, tambaleante,
veloz y furiosa; de muebles rotos y ruidos guturales.
George probó a darle un puñetazo a Riddaway, pero no tuvo el más
mínimo efecto. Le pateó las piernas, pero era como si sus zapatos rebotaran.
Riddaway lo tenía cogido por los hombros y no le permitía acercarse lo
suficiente como para morder. Sintió en su espinilla el dolor lacerante de la
pesada puntera del zapato. Riddaway lo giró en redondo, tratando de lanzarlo
al suelo. Louise acababa de mirarlo. Riddaway le golpeaba los pies. Sabía lo
que iba a pasar, como si lo hubiera hecho antes un montón de veces, lo sabía
incluso en la oscuridad. Las fuerzas habían abandonado sus piernas, pero
consiguió que se movieran. El tacón de Riddaway le aplastó los dedos de los
pies. Sintió el crujido, pero no el dolor. Louise tenía el arma, pero no se había
movido para ayudarlo. Solo podía pensar en eso; Louise no se movía. Llegó
un punto en el que paró incluso de pensar. Riddaway intentaba lanzarlo al
suelo, para pisotearlo después. No te hundas, aguanta. Tenía los dedos
hundidos en la cara de Riddaway, lo golpeaba, le tiraba de la piel. Riddaway
le dio una patada en el tobillo para levantarle los pies del suelo. Él estuvo a
punto de caer, pero se aferró a su cara, a sus ropas, no sabía a lo que se estaba
agarrando. Le lanzó un puñetazo a Riddaway a la cara, pero sin llegar a
alcanzarlo. Las enormes manos lo empujaban para que cayera al suelo,
haciéndole girar en redondo.

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Estaban en la puerta que daba al vestíbulo. Por un momento, la cara de su
adversario quedó iluminada. George se debatió para liberarse del jersey,
deslizándose hacia abajo, retorciéndose compulsivamente, pero Riddaway lo
enganchó por el pelo. Dos dedos surgieron frente a su cara. Los veía
sobresalir perfectamente: índice y corazón. Los otros dedos estaban doblados.
Observó que ambos dedos se clavaban en los ojos de su oponente. Sintió que
se hundían en algo blando. Esos dedos eran suyos. Los hincó de nuevo. Veía
perfectamente piel rosada en contraste con la sangre.
—¡Aghhhhhhh!
Riddaway retrocedió a trompicones, dándose palmadas en los ojos.
—¡Aghhhhhhh!
George no sentía las piernas, pero se desplazaron. Se movió, sin saber
cómo. Estaba en el vestíbulo y se dirigió hacia el porche. No sabía nada
excepto que estaba fuera, en la nieve; allí estaba el bate, tenía que cogerlo. El
bate se separó del suelo, pero no lo sentía entre sus manos. Tenía que volver a
entrar. Tenía que matar al hombre grande. Tenía que…
Riddaway estaba con la cabeza inclinada hacia delante, casi sobre el
pecho, y con las manos se tapaba los ojos. Se bamboleaba aullando de manera
inhumana, como un animal herido al que había que exterminar antes de que
matara. Golpeó al animal, una y otra vez. Movía los brazos con lentitud. El
animal trató de huir, pero estaba cegado y se chocó contra el muro. Golpeó al
animal donde se le ofrecía; en la espalda, la cabeza, los brazos. Tenía que
destrozarlo. El animal trataba de levantarse y de coger el bate. George le
apartó las manos de un garrotazo. El animal no veía, tenía los ojos
entrecerrados. Atizó al animal en plena frente.
Louise estaba a su lado. Le agarraba el brazo. Le decía algo. ¿Es que no se
daba cuenta de que había que exterminar a la bestia de una vez por todas,
destruirla, aniquilarla? En aquel momento, ya no pudo seguir blandiendo el
bate.
—Hay que matarlo, matarlo —continuó farfullando mientras los hombres
lo rodeaban, le sujetaban los brazos y se lo llevaban de allí—. Hay que
matarlo, matarlo.
El sargento Wills recorrió el cuarto de estar con la mirada.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Dios mío!

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QUINCE

La quitanieves tardó medio día en atravesar la carretera desde Compton a


Dando y después subir hasta la granja de los Trencher. Era un arado seguido
de una excavadora mecánica que quitaba a paladas la nieve y la lanzaba al
otro lado de los altos terraplenes y de los cercos de setos.
El día de Nochebuena, sobre la ocho y media, George telefoneó a la
granja de los Venner para decirle a Louise, que estaba allí con Karen, que le
trasladaban de vuelta a casa en coche desde el hospital del condado.
—Dicen que estoy bien —le informó. Su voz sonaba más profunda.
—Bien —respondió ella—. ¿Podemos quedarnos aquí, con el señor y la
señora Venner, aunque sea por esta noche? Es decir, ¿crees que deberíamos
volver? Hará mucho frío con tantas ventanas rotas.
—Entiendo que no tengas muchas ganas de volver allí, ¿no? Voy donde
los Venner. ¿Tú estás bien? ¿Y Karen? Ha debido de ser horrible…
—Como tú veas.
—Entonces, te veo donde los Venner. Adiós.
—Adiós.
Al colgar el teléfono, George deseó haberle dicho: «te quiero».
Salieron del hospital por la entrada lateral, la que utilizaban para la
entrega de mercancías. George bajó por una rampa en la que había apilados
brillantes contenedores metálicos, llenos de desperdicios. Caminaba rígido,
con todo el cuerpo dolorido. El joven médico y el celador le ofrecieron ayuda
pero la rechazó. El celador seguía diciendo que nunca había visto tantos
periodistas y gente de la televisión.
George no tenía claro, por lo que habían dicho médicos y enfermeras, si lo
consideraban un héroe o un villano. En cualquier caso, no parecía darlo
mucha importancia. El coche salió del hospital sin llamar la atención.
Con la mirada fija en los montones blancos de nieve iluminados por la luz
de los faros delanteros, George trató de recapitular mentalmente, pero se

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sentía paralizado, sumido en el vacío, como si ya no supiese quién era. Veía
imágenes de sí mismo, pero le era imposible asociarse con el hombre que
había hecho aquellas cosas. Es como si lo hubieran catapultado desde la
butaca de una sala de cine hasta la película misma. No era real. Desde esa
misma mañana, cuando lo llevaron al hospital, las cosas volvieron a ser reales
nuevamente. Los acontecimientos de la noche ya no le parecían algo que le
hubiera pasado a él, sino algo que solo era real en las palabras de la gente con
la que había hablado. El policía, un inglés con acento cerrado, se sentó junto a
su cama para interrogarlo y responder a sus preguntas.
—Presentaremos cargos. La responsabilidad no recaerá sobre usted, será
testigo. Todavía no sé cuáles serán esos cargos, porque es un caso difícil,
homicidio involuntario e intento de asesinato. Le están haciendo trasfusiones
de sangre al señor Hedden. ¡Se voló todos los dedos de los pies! Cawsey tiene
el cráneo fracturado. Le dio a base de bien; fue a por él con ganas, ¿eh?
No entendía por qué al policía aquello de «ir a por él» le parecía lo más
remotamente divertido. Bill Knapman estaba muerto. A Cawsey, Voizey,
Scutt y Riddaway les estaban haciendo radiografías. Se los llevarían a prisión
una vez estuvieran mínimamente en condiciones. Cawsey, Voizey, Scutt y
Riddaway. Incluso podía decir sus nombres con el acento local. Los repitió
mentalmente una y otra vez, como un verso de un poema o un romance
antiguo. Sus nombres se harían famosos. Cuatro hombres de cabeza a la
cárcel. También Hedden.
Y Henry Niles, que estaba de vuelta a Two Waters sin un rasguño; lloraba
como un bebé cuando abrieron la trampilla del desván, lloraba porque no le
gustaba la oscuridad. Seguramente, nunca entendería lo que había pasado.
Y los otros. Gregory Allsopp había sufrido una congelación ligera y
Janice Hedden, una grave. El policía dijo que no le habían logrado sonsacar
nada. Nadie la había tocado. Debió de correr por el campo para intentar
volver a casa y se perdió. Se recuperaría, regresaría con su madre y hermanos.
¿Qué pasaría con los Hedden ahora, con Tom Hedden tullido y en la cárcel?
¿Qué pasaría con los Knapman?
No sabía siquiera si Cawsey, Voizey, Scutt y Riddaway tenían esposas e
hijos. No sabía nada de ellos, excepto que habían ido a su casa e intentaron
matarlo. La policía vino a decir que eran chusma, pero eso es lo que la policía
siempre dice.
¿Cuál había sido su responsabilidad? ¿Aquella turba habría actuado igual
si Niles hubiera estado en la casa de otro aldeano, alguien que ellos
conocieran? ¿De verdad habrían matado a Niles?

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Hizo un gesto de dolor cuando el coche tomó una curva cerrada y se
deslizó unos centímetros en el asiento. ¿Había tenido él la culpa? Lo que
había sucedido era espantoso: muerte, vidas arruinadas. ¿Por qué? Había
llegado, como un completo extraño, a una vida y a un lugar que ni siquiera
comprendía. Si no hubiera venido buscando tranquilidad para trabajar en su
ensayo, ¿seguiría con vida Knapman? ¿Hedden estaría tullido? ¿Cawsey,
Voizey, Scutt y Riddaway estarían enfrentándose a penas de prisión?
Había venido para escribir un libro sobre Branksheer; una bonita
investigación académica, una entretenida incursión en el alegre, libidinoso y
bullicioso pasado inglés. Aquellos hombres también eran ingleses y sin
embargo nunca habían oído hablar de Branksheer. Había un trasfondo más
oscuro y profundo. Algo a lo que estaba intentando dar forma y que acechaba
en la masa informe de palabras e imágenes que bailaban y bullían en el fondo
de su mente.

Solo cuando acostaron a Karen y los Venner se fueron a la cama, él y


Louise se quedaron a solas. Se encontraban en la pequeña y fría habitación de
una granja, con una pequeña estufa eléctrica de dos barras y una bombilla
colgada del techo como única luz.
—¿Y bien? —comenzó él.
Estaban cada uno a un lado de la cama llena de bultos, posponiendo la
vuelta a la rutina que supondría el desvestirse. La voz de ella sonó débil y
llena de pesar. No le miraba.
—Lo siento.
—¿Qué quieres decir?
—Me he portado mal. No hice nada.
—Tú no te portaste mal. Yo sí que…
¿Le respondería ella a la pregunta? Se dio cuenta de que le daba miedo
formularla.
—No fui ninguna ayuda. Lo siento, perdí la cabeza. No me podía creer
que nos estuviera pasando aquello, cuando tú…
—Déjalo. Tendría que haber…
—No. Me porté como una gilipollas. No sé lo que me pasó.
Cayó en la cuenta de que ella estaba hablando de otra cosa y la miró
fijamente, con perplejidad. Los dedos de Louise jugueteaban nerviosos con el
pasador que sujetaba su moño a lo Jane Austen.

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—No lo hice a propósito, en serio. Todo fue una estupidez. Era una
manera de volver a ti… Llevabas razón desde el principio, Patrick
simplemente parecía…
—¡Patrick! ¡Patrick! ¿Ryman? ¿Qué demonios tiene que ver con…?
En aquel momento sonrió, al tiempo que sacudía la cabeza con
desconcierto, aunque sabía exactamente lo que su mujer quería decirle.
—Quieres decir que, después de toda la movida de anoche, con asesinos,
armas y todo lo demás, ¿en lo único que estás pensando es en Ryman?
—Es lo único en lo que puedo pensar —confesó ella, volviendo la cara. El
pasador se desprendió del moño, una cascada de pelo negro cayó sobre su
espalda—. No te merezco, George, es la verdad. No te merezco, no te
merezco —empezó a sollozar.
—Mira que eres una mujer rara —le dijo él.
Rodeó la cama y la abrazó para consolarla. Ambos sintieron la misma
necesidad, el entumecimiento hizo que pareciera incluso más ineludible;
hicieron el amor sobre la colcha, sin sentir el frío. Por primera vez en la vida,
George fue capaz de hacer el amor a una mujer con la luz encendida. En su
cabeza no había espacio para pensamientos. Había resultado vencedor. Era un
hombre que había triunfado, un hombre que sabía que lo era realmente.

Fue desayunando en la cocina de los Venner cuando Louise se acordó de


Jeremy y Sophia. Les pasaron una llamada al número de Sophia en Londres.
No hubo respuesta. Charlie Venner dijo que podía bajarlos hasta su casa.
Cuando vieron que no había ninguna señal del coche de Jeremy, se sentaron
en el Land-Rover de Charlie Venner, al final del sendero, casi sin hablar. La
vista de la casa les hacía pensar en la noche anterior. En ese momento George
se sintió junto a Louise más feliz de lo que se había sentido en los últimos
años.
—Podríamos dejar una nota en el poste —sugirió Charlie Venner.
A los veinte minutos, la ranchera Vauxhall de Jeremy se acercó por la
carretera de Dando Monachorum. Salieron del Land-Rover.
Jeremy se dirigió hacia ellos enfadado, con una gorra baja de tweed.
—¿Qué puñetas ha pasado? —preguntó—. Ayer estuvimos intentando
telefonearte durante todo el día. Nos quedamos atrapados en una ventisca,
tuvieron que sacarnos a paladas y hemos pasado la noche en un bar horrendo.
—La nieve cortó la línea de teléfono —explicó Louise.
—Maldita sea, menuda vergüenza.

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—También nosotros tuvimos un pequeño incidente, amigo —añadió
George, que cogía a Louise de la mano—. A nosotros…
—¿Incidente? ¿Creéis que nos fuimos de pícnic o qué? Al menos vosotros
estuvisteis a gusto y calentitos en vuestra casa. ¡Nosotros sí que lo pasamos
de pena!
Ambos comenzaron a reír.
Solo Karen permanecía seria. Fue educada y distante con sus tres primos
cuando estos salieron del coche. No habló hasta que enfilaron la carretera, de
vuelta a casa de los Venner.
—¿Mamá?
—¿Sí, cariño?
—¿Llevarán a la cárcel a esos hombres malos por matar a nuestro gatito?
George miró a Louise. Sus ojos se encontraron sobre la cabeza de Karen.
Era solo una de las preguntas que ninguno tenía intención de responder.

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GORDON M. WILLIAMS (1934, Paisley, Escocia. - 20 agosto 2017).
Escritor y periodista escocés, trabajó como granjero y formó parte de la RAF.
Es conocido internacionalmente por ser el autor de The Siege Of Trencher’s
Farm (1969), libro sobre violencia y xenofobia llevado al cine a comienzos de
los años 70 por Sam Peckinpah como Perros De Paja. Más allá de ello
escribió al alimón con Terry Venables (entrenador del F. C. Barcelona en los
años 80) con el seudónimo P. B. Yuill los libros de la serie James Hazell,
entre ellos Me Llamo James Hazell, Hazell y El timo De Las Tres Cartas y
Hazell y El Bromista Peligroso. También es el autor de la novela deportiva
Once Héroes y El Mánager y de otros títulos como The Camp (1966), historia
iniciática ambientada en una base aérea en Alemania durante mediados de los
años 50, The Man Who Had Power Over Women (1967), novela centrada en
un disoluto agente de artistas, The Upper Pleasure Garden (1970), o las
historias de ciencia-ficción The Micronauts (1977), The Microcolony (1979) y
Revolt Of The Micronauts (1981). Gordon falleció a los 83 años de edad.

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Notas

Página 165
[1] N. de la T.: juego de palabras. Doble sentido entre Robert Graves, el

escritor y erudito británico, y grave, tumba, en inglés. <<

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