El
Extranjer
o-Albert
Camus
Ficha de lectura
Miguel Ballarín A2
El extranjero, obra de Albert Camus (1913-1960), fue publicada en 1942 desde su
corta estancia en Burdeos, Francia, antes de volver a la costa franco-africana en
Orán.
Como novela, El Extranjero tiene un papel significativo dentro de la obra de Camus
y de la literatura del siglo XX, dado que plantea el paradigma del Absurdismo como
tesis propiamente filosófica. Ya se acercó a esta idea con su Mito del Sísifo, pero es
en esta novela donde consigue presentarla con coherencia y claridad en su aspecto
más crítico y rebelde, lo que le acerca confusamente al Existencialismo de manera
errónea, pues en ningún caso el autor se consideró bajo dicha etiqueta, e incluso se
mostró manifiestamente molesto por ser clasificado filosóficamente al lado de
Sartre. El absurdo del Extranjero es una crítica negativa a la Sociedad, no el
planteamiento positivo de otro modelo, la diferencia es importante. Esta acuciada
mirada sobre el mundo occidental fue más acertada de lo esperado, valiéndole a
Camus el premio Nobel de literatura “por su importante producción literaria, cuya
aguda y brillante visión ilumina los problemas de la conciencia humana en nuestros
tiempo”; es notorio que el Nobel lo recibió en 1957 y no fue debido al éxito de su
novela La Caída, publicada ese mismo año, sino que le fue otorgado en
reconocimiento al conjunto general de su carrera literaria, lo que representa un
gran gesto en la valoración estética de la obra de Camus. Pero no se limita única y
exclusivamente al ámbito académico, todos sus libros siempre tuvieron una gran
acogida entre el gran público, por arriesgados que estos fueran, El Extranjero fue
un record de ventas entre el público francés y lo sería más adelante entre el público
mundial, además dio origen a adaptaciones cinematográficas y musicales de
irrisoria repercusión en comparación. Parte del gran choque que consiguió imprimir
al público de su momento está sin duda justificado por los convulsos tiempos
morales que se vivía en occidente, una época de guerras como jamás en la Historia
se habían visto, de luchas colonialistas, aspiraciones independentistas, ansias de
subyugación invasora y todo un plantel similar que contribuyeron en conjunto a
debilitar la idea de una moral verdadera en el pueblo, o lo que es más terrible, a
relativizarla, y este es el juego a partir del cual posiciona su Extranjero Camus, ese
vacío moral justificado circunstancialmente que niega al hombre hasta el punto de
la resignación más vacía y la más inexplicable muerte. Menciono el colonialismo
porque, aunque leves, no se pueden negar las pinceladas racistas del libro, en el
que a los Árabes nunca se les distingue o nombra por su nombre o facciones, sino
simple y llanamente por su etnia o su vestimenta, y cuya muerte no tiene más
trascendencia ni es más reprobable que el no acordarse de la edad de su madre o
el no mostrarse temeroso de Dios (en su acepción Católico-cristiana).
El argumento gira en torno a la persona de Meursault, habitante de la colonia
francesa de Argel; comienza con el anuncio de la muerte de su madre, episodio
ante el cual se muestra como distante y abstraído, y del que no le cuesta nada
reponerse una vez superado, se nos narra su vida cotidiana, sus flirteos, su vida
vecinal, ante todo lo cual muestra una indiferente ausencia, una falta absoluta de
examen de conciencia que no vaya más allá de que le duela la cabeza, tenga
hambre o esté incómodo. La primera parte finaliza cuando asesina a un árabe a raíz
de un complicado conflicto en el que toma parte por amistad pero que
verdaderamente ni siente ni padece (hasta ahora), la segunda revela más
profusamente su personalidad, pues narra su juicio y reclusión, ante lo cual no
sufre más que por lo que le disgusta en un primer momento, ni siquiera ante una
muerte a la que es condenado y que el considera simplemente anticipada, pero no
algo ciertamente terrible, lo que hace que ni se plantee acogerse al perdón cristiano
ni por parte del juez ni del capellán que intentan convencerle.
Es un hombre que asume la realidad sin deseo ni esperanza alguna, que ya no se
mueve ni siquiera por instinto, sino más bien por apetencia o ausencia de
objeciones una falacia que se repite como fórmula a lo largo de toda la obra, una
desquiciante apología del “por qué no”:
“A mí me daba lo mismo ser su camarada y él tenía verdaderamente aire de querer
serlo” –Meursault en casa de Raymond, Capítulo 3, pg.39.
“No dije nada y volvió a preguntarme si quería ser su camarada. Dije que me daba
lo mismo y pareció contento” pg.35
“Dijo que me necesitaba como testigo. A mí me daba lo mismo, pero no sabía lo
que había que decir”- Meursault acepta declarar a favor de Raymond casi sin
conocerle- Capítulo 4, pg.43
“Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me
daba igual y que podíamos hacerlo si ese era su deseo”- Capítulo 5- pg.46
Es una indiferencia que roza lo detestable, y que desde luego llega a lo
desesperante. En cuanto a la propia naturaleza del personaje él mismo se describe
muy acertadamente frente a su abogado de oficio en el primer capítulo de la
segunda parte, de tal modo:
“Contesté, sin embargo, que había perdido la costumbre de interrogarme y que me
resultaba difícil informarle. Por supuesto que yo quería a mamá, pero eso no quería
decir nada. Todos los seres normales habían, más o menos, deseado la muerte de
los que amaban.”
“La expliqué, sin embargo, que yo era de tal naturaleza que mis necesidades físicas
alteraban con frecuencia mis sentimientos.”
Ciertamente esa es la razón por la que el narrador está personificado en el
protagonista, porque el verdadero mensaje de la novela no está en la acción, sino
en la respuesta emocional que sufre Meursault para consigo mismo. De hecho,
hablar en esta ficha del resto de personajes sería completamente secundario
comparado con otras obras, por introspectivas que pudieran ser (la Metamorfosis)
pues en esta los otros personajes ni siquiera influyen al protagonista a nivel
personal, ni aun la muerte de su madre, una petición de matrimonio o una condena
a muerte, todo parece tan superfluo que no vale la pena ni formarse una opinión
fuera de uno mismo.
El punto clave en la construcción del carácter de Meursault es el mismo por el cual
se establecieron analogias entre esta novela y el Existencialismo, y es la paradójica
noción de libre albedrío que se maneja; el protagonista no es un personaje
existencialista, más bien al contrario, es un consumado nihilista que no cree que
sus acciones tengan la importancia suficiente para preocuparse por ellas, y sin
embargo esta actitud en la práctica le hace distinto al resto, como si de verdad
posicionarse incluso en este sentido bastase para cambiar de facto los
acontecimientos, es este resultado paradójico lo que hace de nuestro hombre un
Extranjero en la propia sociedad. Quiero apuntar que el propio título, Extranjero, es
una imposible traducción del francés en el que “étrange” cuenta tanto con la
acepción de extranjero como con la de extraño, y es una ambigüedad estética que
hay que tener en cuenta a la hora de analizar al protagonista; así como su nombre,
Meursault, que en francés hace referencia fonética a “mar”, “asesinato”, “sal” y
“salto”.
Por eso es en la segunda parte de la obra donde se pone el acento a esta tesis,
porque es allí donde entran en juego la arbitrariedad de la justicia y la idea de
responsabilidad, factores irrelevantes, como el número de disparos efectuados, el
intervalo entre estos, la hora de su ejecución, la noción del pueblo en nombre del
cual se le ajusticia… son elementos insignificantes que prácticamente restan
seriedad al castigo; un fiscal que considera más grave el no llorar la muerte de una
madre que el propio crimen, la acusación en general es una alegoría de la absurda
y generalista moral social intransigente que es la que verdaderamente viene a
juzgar al propio Meursault, y no ya a sus actos.
Respecto al punto anterior, y teniendo en cuenta la reconocida influencia de
Nietzsche en su obra, puede registrarse una lectura de la acusación en clave
nihilista, entendiéndola como contrapuesta al vitalismo visceral que manifiesta
Meursault, como vividor intrascendental del presente condenado por una sociedad
mucho más preocupada por su impasibilidad moral y religiosa que por sus propios
actos. Esta visión del protagonista se lee en las constante referencias que hace a su
estado físico inmediato como justificante de sus actos, el calor, el cansancio, y su
escepticismo acerca de la importancia de sus acciones, como es su reacción ante el
matrimonio o su traslado a París.
El tiempo y el espacio no tienen particular relevancia más que en las reflexiones de
Meursault en su celda, donde no hace sino relativizar aún más estas dos nociones
restándoles importancia y prioridad.
El aspecto por el que considero más recomendable esta obra es por la crítica
nihilista de la moral que lleva a cabo con delicadeza y precisión. Vigente por
completo en nuestra sociedad, donde los hechos, y por ende la culpa, se supeditan
(e incluso a veces se justifican) con asombrosa facilidad ante el propio sujeto, una
falacia ad hominem generalizada palpable tanto en la calle como en las cortes de
justicia, y de la cual, de entre todos los elementos tratados en la obra, más
urgentemente deberíamos hacer examen.