CUENTOS BREVES LATINOAMERICANOS
Punto final 10
C uando nos conocimos, ella me dijo: “Te doy el punto final. Es un
punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento
oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces
confianza. Espero que no me defraudes”. Durante mucho tiempo, tuve el
punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y
los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que
nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé.
Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la
mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se
abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las
cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como
los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las
calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las
luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había
agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos
ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar
con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que
respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.
Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No
puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por
ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. “¿Dónde lo
guardaste?”-me preguntó ella, indignada-“¿Qué esperas para usarlo? No
demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido”.
Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los
sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el
estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya
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Cristina Peri Rossi nació en Montevideo en 1941. Obras: “Viviendo”. Cuentos (1963); Los museos
abandonados”. Cuentos (1969); “Evohe”. Poesía (1971); La tarde del dinosaurio”. Cuentos (1976);
“Lingüística general”. Poesía (1979); “Cosmogonías”. Cuentos (1988); “Babel bárbara”. Poesía (1991).
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extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el
dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?
Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el
punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están
hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir
así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son
penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la
estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los
armarios, los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa,
aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto,
de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo
tengo, escondido, para vengarme de ella. “No debí confiar en ti-se reprocha-.
Debí imaginar que me traicionarías”.
Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para
guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el
lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo,
bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara
durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.
Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no
encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad
anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco
podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y
de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron
hermosos.
Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un
bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio
y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores
noveles.
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