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El artículo examina cómo la narrativa colombiana reciente aborda la violencia política a través de un enfoque emocional, destacando la importancia de lo afectivo en la representación de experiencias traumáticas. Los autores analizan cómo las emociones permiten una comprensión más profunda de la violencia, más allá de sus causas y efectos materiales, y cómo esto impacta en la identidad social. A través de la literatura, se busca explorar el imaginario emocional de la violencia y su influencia en la sociedad colombiana contemporánea.
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El artículo examina cómo la narrativa colombiana reciente aborda la violencia política a través de un enfoque emocional, destacando la importancia de lo afectivo en la representación de experiencias traumáticas. Los autores analizan cómo las emociones permiten una comprensión más profunda de la violencia, más allá de sus causas y efectos materiales, y cómo esto impacta en la identidad social. A través de la literatura, se busca explorar el imaginario emocional de la violencia y su influencia en la sociedad colombiana contemporánea.
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IMAGINARIO EMOCIONAL DE LA VIOLENCIA EN NARRATIVAS COLOMBIANAS

RECIENTES
Author(s): Orfa Kelita Vanegas V.
Source: Revista Chilena de Literatura , No. 100 (Noviembre 2019), pp. 317-339
Published by: Universidad de Chile

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REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2019, Número 100, 317-339

IMAGINARIO EMOCIONAL DE LA VIOLENCIA


EN NARRATIVAS COLOMBIANAS RECIENTES

Orfa Kelita Vanegas V.


Universidad del Tolima
Tolima, Colombia
[email protected]

RESUMEN / ABSTRACT

En un conjunto de novelas colombianas de reciente publicación, lo emocional surge con


fuerza protagónica para significar la realidad intangible derivada de la violencia política. Los
escritores que abordamos retoman preocupaciones recurrentes de la literatura colombiana (la
guerra, la humillación, la derrota, etc.), para tratarlas desde el filtro de lo afectivo y presentar
otra lógica de lo violento. Lo afectivo, como elemento literario, permite no solo la exploración
estética del estado anímico del sujeto que ha vivido en contextos traumáticos, sino también
una aproximación a la violencia que vaya más allá de la lógica de sus causas, victimarios y
efectos materiales, aspectos que han tenido mayor visibilidad en los textos y discursos. Narrar
desde lo afectivo la realidad caótica de un país, da cuenta de un imaginario emocional de la
violencia y del impacto que ha surtido en la identidad social.

Palabras clave: emociones políticas, novela colombiana, violencia, trauma, identidad social.

Emotional imagery of violence in recent colombian narratives

In a set of recently published Colombian novels the emotional arises as a protagonist force
to signify the intangible reality derived from political violence. The writers that we approach
resume recurrent concerns of Colombian literature (war, humiliation, defeat, etc.), to treat
them from the filter of the affective and show another logic of the violent. The affective, as
a literary element, allows not only the aesthetic exploration of the mood of the subject who
has lived in traumatic contexts, but also an approach to violence that goes beyond the logic
of its causes, perpetrators and material effects, aspects that have had greater visibility in the
texts and speeches. Narrating the chaotic reality of a country from the affective field permits
to visualize the emotional imaginary of violence and its impact on social identity.

Keywords: Political emotions, Colombian novel, violence, trauma, social identity.

Recepción: 28/03/2018 Aprobación: 29/06/2018

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318 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

EMOCIONALIDAD TEXTUAL Y VIOLENCIA

Lo emocional es una respuesta psíquica, íntima, tradicionalmente pensada


como especie de “energía nomádica” que atraviesa los cuerpos y que está
privada de razón1. Sin embargo, ya Baruch Spinoza en “Ética demostrada
según el orden geométrico” (1677), se refiere a las emociones como “ideas
confusas” que, dependiendo del marco moral y social en el que se producen,
afectan al sujeto en diversos grados de intensidad y de variadas maneras.
La respuesta afectiva, entendida como idea, se anuda al estar cultural de la
persona. Hablar de emociones como lo hace Spinoza es relativizar su rasgo
natural, preconsciente y biológico, y rescatar a la vez su ambigüedad cultural
y semántica. Sara Ahmed explica lo emocional como fenómeno que solo toma
sentido si se relaciona con la experiencia previa. El dolor íntimo a causa de
una experiencia traumática, por caso, es indicativo de impresiones pasadas,
así no se esté totalmente consciente de ello. Aunque puede existir cierto grado
de inconsciencia en la experiencia de los afectos, estos en sí mismos están
mediados por vivencias anteriores que influyen en su reconocimiento (55).
Por su parte, Martha Nussbaum correlaciona la emoción con el recuerdo
y la memoria. Los afectos pasan por el tamiz de la tradición y la cultura
para habituarse a los intereses individuales y de la comunidad en la que se
ha crecido. Toda respuesta emocional afecta la lógica del orden social y
está mediada por la razón, es condición que fortalece o erosiona los lazos
comunitarios y genera la ilusión de una identidad colectiva (379-382). Estas
observaciones sobre la complejidad de lo emocional, servirán en este artículo
como punto de partida para reflexionar sobre los modos como parte de la
narrativa colombiana de reciente publicación, articula desde una vasta red
de emociones la violencia sociopolítica, abriendo con ello nuevas rutas de
comprensión de la realidad social del país.

1
Una de las líneas de reflexión más relevantes en torno a las emociones y el llamado
“Giro afectivo”, nombra como afecto toda respuesta sentimental del ser humano a estímulos
del mundo real. Esta mirada rechaza cualquier elemento cognitivo, racional o cultural en
esa respuesta; la manifestación emocional, o afectiva, es producto de una fuerza instintiva,
de una energía abstracta que circula entre los cuerpos, los atraviesa y sigue su curso. Una
mera intensificación del cuerpo. Se ignora, en este enfoque, el carácter sobredeterminado de
los procesos corporales. Para profundizar en el tema, remitirse a Parables for the Virtual:
Movement, Affect, Sensation (2000), de Brian Massumi; “El afecto y la poshegemonía” (2008),
de Beasley-Murray, y El lenguaje de las emociones. Afecto y cultura en América Latina, de
Mabel Moraña e Ignacio M. Sánchez Prado (2012).

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 319

En los últimos años numerosos estudios han ido revalorizando lo emocional


como elemento notable para entender no solo lo inefable, sino también
las estructuras sociales básicas que conforman la vida cotidiana del sujeto
contemporáneo. Las texturas sentimentales se muestran más interesantes que
los textos, los discursos y los archivos, para indagar la realidad en sus diversos
vocabularios y simbolismos. El estudio de las emociones viene imponiéndose
sobre el análisis de las razones (Bartra 20). Esta revitalización de lo emocional
se ancla a situaciones socioculturales, procesos trasnacionales y locales,
enlazados a las dinámicas de la globalización. Las relaciones de fuerza que
dan orden al ámbito internacional contemporáneo delimitan nuevos procesos
de construcción de subjetividades e imaginarios colectivos. Circunstancias
como la alteración de los modos de vida a causa del desplazamiento, la
migración y el exilio, o el incremento de la violencia asociada al terrorismo
internacional, el narcotráfico y la trata de personas “ponen sobre el tapete el
factor del afecto como un nivel ineludible para el estudio de las formas con
frecuencia inorgánicas y discontinuas a partir de las cuales se manifiesta y
expresa lo social” (Moraña, El lenguaje 314).
En Latinoamérica, la escalada de la violencia, en sus múltiples expresiones,
genera climas de miedo que envuelven al ciudadano en una sensación de
constante amenaza, y motiva sentimientos de fracaso, apatía, resentimiento,
entre otros. Esta realidad viene reclamando nuevos vocabularios que nombren
lo intangible de su naturaleza, pues el lenguaje que tradicionalmente ha definido
lo violento tiende a priorizar las causas concretas, el contexto histórico y
sus directos responsables, dejando de lado el impacto afectivo de la víctima
(Cavarero, Butler). Sobre esta situación, Sofsky tiene razón al advertir que
el lenguaje enfocado en los agentes y el conflicto impide el acceso a la
verdad de la violencia, es sordo y ciego para el suplicio de las víctimas (65).
Entender lo que nos sucede hoy como sociedad necesita de la exploración
de la respuesta psíquico-afectiva de quien sufre el impacto de la violencia.
El gesto emocional apunta hacia los modos como se constituyen hoy los
imaginarios sociales. De esta manera, parte de la novelística en Colombia,
paulatinamente, viene representando los afectos como estrategia para indagar
la identidad emocional de una sociedad signada por prácticas atroces de poder.
La narrativa, al correr en relativo paralelismo con las dinámicas sociales,
“sitúa la mirada de la violencia en un punto de permeabilidad constante
entre los sucesos violentos y la forma como éstos van siendo entendidos y
narrados” (Rueda 9).

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320 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

Escribir sobre violencia política no es nada nuevo en la literatura


colombiana. Las diversas manifestaciones de violencia, sus causas y efectos,
han sido siempre fuente de inspiración para los escritores nacionales. Ubicada
en la realidad caótica, la narrativa reinterpreta el pasado, da forma a otras
verdades para explicar el presente y recuperar las memorias que han sido
opacadas por el discurso oficial. Asimismo, ante la necesidad de indagar las
múltiples facetas de la violencia, el campo literario permanece en continua
exploración de recursos estéticos e invención de lenguajes. El devenir del
país, en este sentido, es detonante poderoso del quehacer del escritor. El
narrador de Los derrotados, alter ego del autor, frente a los procesos de lo
literario en Colombia, deduce:

Las mejores obras de nuestra literatura, o al menos las más representativas,


son el recuento de una hecatombe colectiva que sucede en las selvas,
la saga sangrienta así haya resplandores mágicos de una familia de
frustrados, el nihilismo de alguien que denuncia con irreverencia la
sociedad criminal en que ha nacido […] Y si no es la violencia de
lo que se debe escribir, sale al paso su consecuencia inevitable: la
humillación, la vergüenza, la derrota (Montoya 145).

Los textos elegidos para este ensayo nuevamente recurren a la violencia y sus
variantes. Pero esta vez, la escritura se articula al lenguaje de las emociones
para explorar de renovada manera las consecuencias íntimas de la violencia
en el seno social. Desde la afectividad del personaje-sufriente la historia del
trauma político adquiere otros sentidos. Se reconoce que a partir de la década
de los sesenta del siglo pasado, la narrativa nacional empezó a representar los
conflictos bélicos, tomando como eje las consecuencias anímicas que éstos
dejan en la sociedad y el sujeto. De un primer momento, que se detuvo en
significar la violencia contando los actos materiales más crudos, se pasó a la
valorización de su huella psicosocial. Desde esa época, el reto de los escritores
colombianos ha sido el de no sacrificar el valor estético en aras de figurar
minuciosamente la crueldad con que se cometen los crímenes más atroces.
García Márquez fue uno de los primeros en señalar que “la novela no estaba
en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo
en su escondite” (12). Es decir, que la riqueza –estética, cultural, política–
del drama literario se centra en la recreación del ambiente emocional, que
se desprende del escenario del crimen.
No obstante, ese primer giro de la novela hacia la valorización literaria de
los efectos íntimos, pese a que matizó la descripción de escenas dantescas,

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 321

siguió enfocando con mayor luz las causas del conflicto y a sus directos
responsables. Esto es, que la orientación narrativa seguía más interesada en
develar la posición crítica –y muchas veces política– de los actores concretos
de la violencia, que en visualizar el impacto intangible, el aspecto emocional
de quien la sufre directamente, especialmente de aquellos que no participan de
las contiendas, que, incluso, permanecen ajenos a inclinaciones ideológicas.
La obra de García Márquez es representativa de este enfoque: El coronel no
tiene quien le escriba y La mala hora, en concreto.
Suele aceptarse que los escritores más contemporáneos han fijado
la atención en las prácticas estéticas de sus antecesores. No obstante, la
representación de los efectos de la violencia se configuran ahora a partir de
lo emocional traumático más íntimo: el dolor, la desdicha, el horror, entre
otros. En novelas de reciente publicación, las emociones emergen con poder
protagónico, significan lo puramente afectivo de quien es avasallado por la
guerra o el hecho atroz. Los elementos ficcionales –tiempo, lugares, tema,
personajes– adquieren densidad gracias a la intimidad perturbada de quien
narra. Sin dejar de lado la alusión a elementos socio-históricos, que sugieren al
lector las causas del conflicto, varios escritores vienen mostrando un marcado
interés por nombrar la sensibilidad herida, por dar forma a la particularidad
emocional del ciudadano común, que sin ser parte activa de la guerra y demás
violencias, se ve arrasado por estas. Los escritores colombianos elegidos para
este estudio van al lugar de los afectos lesionados para luego regresar y contar
lo que hay en ellos. Lo emocional es el lugar donde la novela logra llegar
para descubrir una de las zonas más enigmáticas y ocultas de lo humano, en
su condición individual y social.

LA REALIDAD EMOCIONAL DE LA VIOLENCIA EN LA FICCIÓN

Dentro del conjunto de textos que viene explorando el lenguaje de las emociones
como espacio para situar otros ángulos de indagación de la violencia, prevalecen
aquellos que problematizan el mundo del narcotráfico. La manifestación
psíquico-afectiva de quien padece, directa o indirectamente, las prácticas
criminales derivadas del negocio de la droga, toma especial simbolismo en
narrativas publicadas en años recientes. Estas propuestas se caracterizan por
trascender lo anecdótico y no dar ya centralidad a la descripción de actos
atroces, ni al papel de sus figuras representativas: narcotraficantes y sicarios.
Sobresalen, más bien, las consecuencias psíquicas y emocionales de ese flagelo.

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322 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

El miedo, la desesperanza y el resentimiento son agentes que movilizan la


ficción. De hecho, elementos como el impacto cultural y la configuración
territorial de la ciudad a raíz de la criminalidad del narcotráfico –que fue en
su momento tema central de ficciones icónicas como La virgen de los sicarios
y Rosario Tijeras– aparecen ahora como “telón de fondo” o se referencian
de manera tangencial.
Delirio, de Laura Restrepo, es una de las primeras ficciones nacionales que
indaga el elemento psíquico-afectivo derivado de la violencia del narcotráfico.
La escritora inventa una zona de tensión entre personajes de diferente índole,
simbólicos de la respuesta emocional de la sociedad colombiana al poder
devastador del negocio de la droga. Por su representación explícita de la
enfermedad psíquica, el delirio, la novela ha sido objeto de estudio no solo
desde el eje histórico y sociológico, sino también en relación con conceptos
del campo del psicoanálisis, lo fenoménico y lo axiológico. La propuesta de
escritura de Restrepo reordena la red emocional de la sociedad de los años
ochenta del siglo pasado, que fue la década en que el narcotráfico golpeó al
país con mayor fuerza. El delirio se figura como “síntoma sensitivo que explica
el desorden sensorial de la realidad” (Blanco 12). Desde la perspectiva de
Jaramillo Morales, la narración de la autora colombiana es un recorrido de
la elaboración del dolor íntimo, para remediar en algo el estado melancólico
de la sociedad. La escritura, desde esta perspectiva, conduce al recobro de las
“memorias sepultadas” (130), para dar forma a un pasado nefasto y conducir
con ello a cierta redención.
La figuración del delirio como estado íntimo traumático derivado de la
violencia correlaciona a su vez una gama de emociones de rasgo político,
es decir, de afectos que intervienen directamente en la conformación de
la sociedad y condicionan los imaginarios culturales (Robin, Nussbaum,
Ahmed). Bajo este ángulo, la historia de Midas McLister, narrador central
de Delirio, toma importancia porque a través de sus andanzas se registran
las emociones públicas derivadas de la confrontación social y económica
entre ricos y pobres. Se recordará que tal personaje es el enlace entre los
estratos sociales del país: de familia humilde pasa a posicionarse en la clase
alta gracias al lavado del dinero del narcotráfico. Para Suárez, uno de los
mayores aciertos de la novela de Restrepo es “la tensión que crea McLister
y su función acusadora de la inversión de valores resultado del narcotráfico”
(115). La narración se sirve de este protagonista para denunciar el anquilosado
paradigma social de inclusión/exclusión que la economía del narcotráfico fue
incapaz de solventar y de la cual, por el contrario, agudizó sus diferencias y

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 323

fomentó una cultura de la apariencia y la ostentación. Dice la ensayista, que


McLister le recrimina a Agustina, figura representativa de la burguesía, que
la “diferencia infranqueable” entre su mundo y el de él es únicamente “la
apariencia y el brillo externo”, le reprocha también que su familia lo trate
como un “sultán” por su posición de nuevo rico, y le señala, además, la doble
moral de sus parientes que han roto todas sus bien cuidadas convenciones
para aceptar su lavado de dinero del narcotráfico (115).
Con Suárez estamos de acuerdo en el notable papel que McLister juega
en la novela para retratar la doble moral de la sociedad colombiana frente al
negocio de la droga, también consideramos acertadas sus reflexiones sobre la
capacidad de la escritura de Restrepo, para escenificar los estragos causados
por el narcotráfico en el tejido social; no obstante, somos de la opinión
de que Midas McLister no se ufana de su papel de “nuevo rico” y de su
posicionamiento en la burguesía bogotana. En el presente de la narración el
héroe con “el dolor [del] alma” acepta que se equivocó (Restrepo 136). Sabe
que cometió el error de creer que el contraste entre ricos y pobres era solo
“cuestión de empaque”, de “brillo externo” (182). Midas entiende que pese a
su riqueza material, nunca fue parte del mundo de la familia de Agustina. Los
ricos solo lo reconocen en la medida en que facilita los negocios con Pablo
Escobar, nunca ven en McLister a alguien de su rango y mucho menos a un
amigo. Esta situación le genera al personaje gran desdicha. En una especie
de autoconfesión expresa: “ante mi se arrodillan y me la maman porque si
no fuera por mí estarían quebrados, con sus haciendas que no producen nada
[…] Pero eso no quiere decir que me vean. Me la maman pero no me ven”
(Restrepo 137). La voz remarca en la profunda desazón íntima que produce
saberse menospreciado por carecer de linaje y “verdadero” estatus social.
Con McLister, la escritura de Restrepo propone la formación emocional
de un sujeto en un mundo donde el valor de la persona depende del abolengo
y el dinero: “¿Alcanzas a entender el malestar de tripas y las debilidades de
carácter que a un tipo como yo le impone no tener nada de eso, y saber que
esa carencia suya no la olvidan nunca aquéllos, los de ropón almidonado por
las monjas Carmelitas?” (Restrepo 137). Remarcar sobre la carencia produce
una sensibilidad resentida, que acusa las formas discriminativas del engranaje
social. La anulación del otro como persona a causa de su desfavorable
origen se suma a los actos de injusticia y cultiva sentimientos de rencor
y frustración. A medida que el lector se va enterando de las estratagemas
ilegales de McLister para trepar socialmente, asiste también al develamiento
de las hondas disparidades en la calidad de vida de una sociedad fuertemente

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324 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

estratificada. El poder, el dinero y el prestigio social que en determinado


momento Midas logra tener, paradójicamente, no hace sino recordarle su
condición de desamparo y segregación.
Pese a que “conquista” una posición económica, el personaje sigue
sintiéndose excluido, situación que le empuja a una estimación más baja de
sí mismo y a sentir un profundo rencor. Por esta razón, cuando al final se
queda solo y sin dinero, Midas McLister se siente víctima, pero no tanto de
la persecución de los jeques de la droga y de sus propios equívocos, sino
más bien de la clase privilegiada del país, que ennoblece a unos cuantos y
fija límites más allá de los cuales siempre queda alguien en condición de
excluido. La precisión y el tono irónico con el que el héroe cuenta su propia
vida exterioriza una sensibilidad abatida, que reconoce que ha perdido la
jugada contra una sociedad esnobista y mentirosa. El desenmascaramiento
del rostro falaz de la burguesía bogotana y de sus devaneos con el narcotráfico
se hace a través de la emocionalidad de McLister, del profundo resentimiento
que le despiertan aquellos en los que confió y que luego le abandonaron. En
este orden de argumentos, podemos decir, que lo afectivo se construye en la
ficción como el intersticio en el cual los procesos de subjetivación, derivados
del orden social y del impacto íntimo del narcotráfico, se revelan y logran
tener representación.
Inequidad, desprecio y desdicha, son términos por los que también transitan
los personajes de Plegarias nocturnas. La novela de Santiago Gamboa
representa el panorama de una sociedad sacudida por los revuelos políticos de
la primera década del siglo XXI en Colombia. Manuel, joven filósofo, narra
su pasado mientras está prisionero en una cárcel de Bangkok, esperando la
pena máxima: acusado, sin serlo, de traficante de drogas. Sabemos que este
personaje abandona el país con la idea de reunirse en Japón con su hermana,
quien había migrado dos años atrás a causa de la amenaza de un grupo
criminal asociado con instituciones del Estado. Empero, la otra razón por
la que Manuel se va, es el repudio hacia la realidad opresiva que atravesaba
tanto a su familia como a la sociedad en general:

éramos parte de algo oscuro, triste, que ninguno […] podría ya


cambiar. El aroma de loción barata, el brillador de suelos, el perfume
de gabardinas y chaquetas, no lo sé. El intenso olor de una familia
humillada, que creía merecer una segunda oportunidad, sin jamás
tenerla [...] Siempre odié lo que define la vida en ese lugar: el arribismo,
el afán de figurar, el odio, la tacañería congénita, la envidia […] ¡la
época más horripilante! Un presidente mafioso, un ejército asesino

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 325

y torturador, medio Congreso en la cárcel por complicidad con los


paracos, más desplazados que en Liberia o Zaire, millones de hectáreas
robadas a bala […] este país se sostiene a punta de masacres y fosas
comunes (Gamboa 20, 65).

El momento histórico que Gamboa escenifica se corresponde con los dos


periodos de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, 2002-2006 y 2006-2010,
años cruentos disfrazados de progreso económico y políticas de seguridad
democrática. Desde la perspectiva del politólogo Miguel Herrera Zgaib, durante
esa etapa presidencial, Colombia fue dirigida con una especie de fórmula de
gobernabilidad legal (no) democrática, un régimen para-presidencial que se
concretó en el proyecto regionalizado de la para-república bajo control de las
autodefensas desmovilizadas con la “Ley de justicia y paz”, cuyos jefes, no
sobra decir, fueron extraditados por narcotráfico. El investigador colombiano
caracteriza este periodo como la “(de)generación democrática de Colombia”
(253), en la que se validó la política de guerra en la opinión pública.
El modo como las circunstancias más crudas del país entran en Plegarias
nocturnas y atraviesan la vida afectiva de los personajes da consistencia a
la realidad impalpable y crea un espacio epistémico para las emociones. El
recurso literario consiste en ubicar a los héroes en situaciones históricas
precisas, como el caso de los Falsos positivos2, para narrar emocionalmente
los acontecimientos (Gamboa 211). Este artilugio genera en el lector cierta
ilusión de veracidad sobre lo que se cuenta, efecto que a su vez da mayor peso
a la contestación de la situación social y política que la escritura persigue.
El disgusto hacia el estado de cosas en el país se traza en la novela como
gesto emocional que simboliza la desilusión ante el futuro y el quiebre de
la esperanza de proyectos alternativos optimistas. La narración se diseña
a modo de queja. Es una descarga de indignación contra un Sistema que
frustra las aspiraciones e infunde en la población más joven una sensación
de vacío de futuro.
La escritura de Gamboa representa la realidad del país a partir de una
violencia no siempre visible y mediatizada. En entrevista con Albinson
Linares el autor expresa su preferencia por dejar de lado los factores más

2
Ejecuciones extrajudiciales cometidas por unidades militares de las Fuerzas Armadas
de Colombia. Las víctimas eran asesinadas por soldados para obtener ganancias personales,
pues el Gobierno reconocía económica y simbólicamente a los comandos que más guerrilleros
dieran “de baja”.

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326 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

conocidos de la violencia en Colombia –el tráfico de drogas, las guerrillas y


los paramilitares–, para visibilizar con mayor fuerza los sucesos traumáticos
individuales, que se derivan de esa otra “gran violencia” y, asimismo, socaban
el equilibrio de la vida social y cotidiana3. De esta manera, Plegarias nocturnas,
aun cuando relaciona en su trama los desafueros criminales de un gobierno y
sus vínculos con organizaciones ilegales, presta mayor atención a la realidad
mustia que empaña la vida de los personajes, conduciéndolos al desamparo
y el suicidio. La ubicación en la novela de dos espacios de violencia, uno
nacional y otro familiar, aunque coligados entre sí, identifica lo emocional como
elemento articulador de la vida social y el universo personal. Manuel, al referir
situaciones concretas de confrontación con sus padres y hermana, transforma
el conflicto con su entorno familiar y la lucha continua contra sí mismo, en
experiencia anímica social. En este sentido, el espacio privado se construye
en la escritura a modo de topos-afectivo, simbólico de los grandes estados
anímicos de la contemporaneidad nacional e internacional. La narración del
lugar personal trasciende en espacio potencialmente emocional para significar
el síntoma de la crisis de porvenir y del sentimiento de intrascendencia, que
se viene reproduciendo en diversas sociedades desde finales de los setenta,
a raíz de la fractura de las utopías modernas y de la degeneración política.
Un estado de cosas que tiende a agravarse en contextos tan caóticos como el
colombiano y que impacta con mayor brutalidad, en el universo emocional
del sujeto y la sociedad.
El malestar hacia una época nacional en la que la vida personal y social
parecía invivible, es también motivo de escritura para Juan Gabriel Vásquez.
El ruido de las cosas al caer es la exploración de los estragos íntimos causados
por el narcotráfico en la sociedad colombiana. A diferencia de Restrepo,
que enfoca el delirio como estado psico-afectivo para desenmascarar otras
verdades de la realidad del país, Vásquez centra la atención en el miedo.
Esta emoción es el elemento en torno al cual la narración rastrea el efecto

3
Recuérdese, por ejemplo, que Perder es cuestión de método (1997) se articula
en torno a la investigación del asesinato de un hombre anónimo. Situación “aislada” que
lleva al protagonista por diversas rutas de indagación que van revelando las violencias más
visibles, aquellas generadas del contrabando, el crimen y la corrupción política. Por su parte,
El síndrome de Ulises (2005), concentra la atención en la lucha por la supervivencia de los
exiliados pobres en París. Nuevamente, la trama se ancla a situaciones traumáticas particulares
para reflejar a su vez situaciones de índole social y político: los indocumentados, la pobreza
y los inmigrantes desamparados en las grandes urbes del “Primer mundo”.

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 327

anímico del narcoterrorismo en la esfera pública. La escritura da forma a la


sensibilidad de la generación nacida en la década de los setenta y que vivió
su juventud temprana durante los conmocionados años ochenta –periodo al
que pertenece tanto el escritor como su narrador protagonista–.
Al inicio de la novela, de manera intempestiva, brota en Antonio Yammara
el pasado como un espectro, lo acosan las bruscas invasiones de un episodio de
su vida que creía cerrado, pero que resurge a causa de una imagen publicada
en una revista. La evocación involuntaria se filtra en el presente del personaje
obligándolo a desandar lo vivido, a fusionar el “orden afectivo” con el “orden
intelectual” de la memoria, en el sentido de que cada retazo de recuerdo,
conservado u olvidado a capricho de la emoción íntima, toma forma y
densidad cuando el narrador decide reconstruirlo con palabras4. En el registro
de un pasado, que comprometió la vida social del país, el héroe de Vásquez
rehace uno de los momentos más dolorosos de su juventud temprana, cuenta
su lucha por salir del estado de horror y desamparo a causa de un atentado
homicida dirigido a un amigo, pero en el que él también salió gravemente
herido. A partir de este suceso ficcional, la escritura explora la emocionalidad
traumática de la sociedad colombiana durante la década de los ochenta, años
dominados por un clima de miedo a razón del narcoterrorismo. Este periodo
se erige en la narrativa como espacio de confrontación entre la mirada externa
de la violencia –los victimarios, las bombas, las estadísticas– y la percepción
anímica –el dolor y la turbación–.
El texto cuenta una época en la que los más jóvenes se hicieron
“temerosamente adulto[s] mientras a [su] alrededor la ciudad se hundía en
el miedo y el ruido de los tiros y las bombas” (Vásquez 254). La inscripción
literaria del miedo como elemento fundamental de la memoria compartida
por una generación lo desborda de las fronteras de lo íntimo, de la sensibilidad
individual, para transformarlo en fenómeno afectivo social. Como bien deduce
Gaitán, la obra del escritor colombiano presenta una “radiografía del miedo”,
que hace lectura tanto de las causas del negocio de la droga como de “los
desajustes emocionales que habrían de perdurar entre quienes alguna vez

4
En un estudio anterior de El ruido de las cosas al caer analizamos la incorporación
estética de la fotografía en la trama narrativa. La novela se sirve de la imagen visual como
recurso narrativo y motivo afectivo, para proyectar una nueva mirada del pasado reciente
del país. La imagen en la novela establece un “acto de ver desobediente” que cuestiona la
regulación visual y memorativa de los entes de poder –legales y de facto– sobre los modos
violentos como se ha construido el país y los imaginarios de nación e identidad.

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328 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

fueron víctimas o vieron vulnerada su ciudad” (1). El miedo de Yammara,


en consecuencia, solo puede comprenderse en relación con las circunstancias
sociales y políticas que cercaron el devenir de una generación. Este modo de
contar lo violento, de dar forma estética a lo inefable, recalibra el valor literario
de las propuestas de escritura que tematizan la violencia del narcotráfico
más allá de la descripción de escenas macabras. No es la escenificación de
la expresión visible de la violencia –sicarios, narcotraficantes, destrozos
materiales, torturas–, es lo íntimo muy propio lo que toma protagonismo en
el relato para significar el elemento psíquico-afectivo de una sociedad en un
momento histórico determinado.
Vásquez remarca tanto en el impacto momentáneo del miedo, es decir, en
la conmoción que se produce en el instante inmediato de la amenaza, como
en las secuelas psíquicas que perduran a lo largo de la vida. Han transcurrido
cerca de quince años cuando el narrador se decide a contar el pasado que lo
marcó de manera tan aciaga. Pese a que muchas de las impresiones de esos
años terribles parecían haberse ido al olvido, la narración, desde el presente
ficcional, arroja nueva luz sobre lo ocurrido y descubre que el miedo sigue
permeando la realidad actual de Yammara.
La intención nemotécnica del relato no hace otra cosa que evidenciar
cómo el miedo no se circunscribe únicamente al momento de la amenaza,
sino que extiende sus tentáculos hacia espacios y tiempos insospechados. El
miedo, se sabe, sigue latente en la rutina cotidiana de sociedades que ahora
viven en relativa calma después de atravesar años de guerra. Es una emoción
que socava silenciosamente la intimidad del habitante de las grandes urbes
(Rotker, Martín Barbero), que prescribe, incluso, por varias generaciones los
imaginarios culturales o de representación de la realidad. Este continuum
emocional adverso es el que, paulatinamente, empieza a tomar significación
cardinal en la novelística colombiana reciente.
Así como la propuesta de escritura de Juan Gabriel Vásquez explora la
emocionalidad de la persona que ha sido blanco de un acto atroz, y el modo
como esta experiencia deriva en alegoría de una sensibilidad de época, Evelio
Rosero también propone un texto que hace del impacto emocional inmediato
de la violencia, el núcleo de su narración. La novela titulada significativamente
Los ejércitos, refleja con virtuosismo literario la vivencia cotidiana del terror
sin acudir a la explicación de sus referentes políticos –mas dejando latente
en el relato que estos son la causa–. El personaje narrador, un viejo profesor
jubilado, cuenta los golpes diarios de la guerra a los que se ven sometidos
tanto él como sus vecinos. Ismael, protagonista central, experimenta con

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 329

alucinado terror la devastación de su pueblo a manos de unos “ejércitos


anónimos”. Estos ejércitos pueden ser del gobierno, de la guerrilla y de los
paramilitares, pero la novela no hace distinción entre ellos porque “nada
importan las diferencias entre los tres ejércitos para el anciano narrador y los
habitantes de ese poblado, civiles víctimas de la impunidad, hundidos en el
mayor de los desamparos” (Castellanos Moya 62-63). Para un sociólogo o
especialista quizás sea evidente la confrontación por el poder, pero para un
sujeto desamparado en medio del cruce armado resulta imposible e incluso
intrascendente entender cómo funciona la dinámica militar que lo arrasa.
Por esta razón, en la realidad ficcional los bandidos “son todos [Estado
constitucional y Estado de facto] pues afectan del mismo modo al ciudadano,
que no reconoce el conflicto como suyo sino en tanto lo padece” (Hoyos
285). Con Rosero, la escritura del miedo, que a momentos se transforma
en estado de horror puro, simboliza la insensatez de la guerra en Colombia,
la crisis de la razón y la negación de todo discurso que pretende darle una
lógica a la historia del conflicto. El lector se ubica ante un paisaje trágico,
que le presenta “la intrincada penetración de la guerra en los meandros de
la vida ordinaria y su capacidad asombrosa de minar las fronteras del yo”
(Moraña, La escritura 195).
El tono íntimo y mesurado con el que el narrador cuenta su propio estado
emocional devela una sensibilidad que parece habituada a convivir con el
terror. “Rosero configura el estado mental […] la manera como viven los
colombianos la guerra” (Padilla Chasing 122). El miedo, en este sentido,
es efecto no de una amenaza que surge de manera inesperada, sino de la
suma de diversos momentos surcados por actos de violencia; es una especie
de ambiente afectivo que se instala a lo largo del tiempo y el espacio. El
testimonio personal de Ismael, “más que registrar datos de la realidad, cuenta
la experiencia del horror” (Van Der Linde 189). Desde el comienzo de la
narración nos enteramos de que la percepción del pasado, el presente y el
destino del pueblo y sus habitantes está regida por las circunstancias violentas.
La experiencia del miedo abre historias pasadas de asociación cuando
el narrador revive conmociones traumáticas de su juventud. De hecho, la
novela toma forma a partir de esta lógica asociativa. La historia entre Ismael
y Otilia es resultado de tal procedimiento narrativo. Recuérdese que el
narrador rememora que cuando ve por primera vez en la terminal de buses a
quien será su mujer, un hombre es asesinado, justo en ese momento y lugar.
La pareja de esposos es testigo, a lo largo de sus años de convivencia, de
la intensificación de la guerra, y en el presente de la realidad ficcional son

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330 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

víctimas directas por la desaparición de Otilia. Con ella desaparece también


el pueblo mismo y la existencia propiamente humana del narrador. “El
deterioro físico y mental [y emocional] de Ismael progresa al ritmo de la
violencia creciente” (Van Der Linde 181). Al final de la novela, el narrador
no es más que una presencia fantasmal tratando de conservar la memoria del
país (Fonseca 163-174), que es justamente la memoria del dolor y el miedo.
Lo emocional traumático derivado de la guerra, en consecuencia, deviene
fenómeno articulado al recorrido existencial del héroe, es hilo que se teje a
sus deseos y desesperanzas:

En la montaña de enfrente, a esta hora del amanecer, se ven como


imperecederas las viviendas diseminadas, lejos una de otra, pero
unidas en todo caso porque están y estarán siempre en la misma
montaña, alta y azul. Hace años […] me imaginaba viviendo en una
de ellas el resto de la vida. Nadie las habita, hoy, o son muy pocas las
habitadas; no hace más de dos años había cerca de noventa familias,
y con la presencia de la guerra […] solo permanecen unas dieciséis.
Muchos murieron, los más debieron marcharse por fuerza: de aquí
en adelante quién sabe cuántas familias irán a quedar, ¿quedaremos
nosotros?, aparto mis ojos del paisaje porque por primera vez no lo
soporto (Rosero 61).

La cita deja ver que la conmoción afectiva del personaje no puede entenderse
sin relacionar su pasado personal, pero tampoco sin mencionar la historia de
su propio pueblo. La angustia del narrador, no es solamente la recordación
de proyectos particulares frustrados, es también la negociación con el tiempo
histórico de la violencia política del país. Aunque narración de la experiencia
individual de la violencia, el estado emocional de Ismael es también revelación
de los afectos colectivos, del clima emocional de la sociedad. Rosero,
en efecto, no da forma a emociones inocentes y casuales emanadas de la
psiquis perturbada de un individuo, sino que ante todo personifica de modo
notable, la sensibilidad de una sociedad socavada por décadas de violencia.
La tentativa de la narración de dar voz a un estado emocional como el horror5

5
Son varios los estudios que tratan de descifrar la imposibilidad de la instancia
narrativa de Los ejércitos, pues si se tiene en cuenta la realidad ficcional que persigue y aplasta al
personaje que cuenta, desde una lógica no ficcional y punto de vista narratológico, es imposible
que se pueda articular un discurso con la lucidez expresiva como la que se desarrolla a lo
largo de toda la narración (Moraña, La escritura). Para entender esa imposibilidad del agente

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 331

–que es junto al dolor uno de los fenómenos que con mayor contundencia se
cierra a la posibilidad del lenguaje (Sofsky 65)–, explora de modo sugestivo
“las conexiones entre sentimiento y conocimiento, subjetividad, empiria y
discurso, realidades materiales y simbólicas, historia y ética” (Moraña, La
escritura 193). En suma, la vindicación estética de lo afectivo, que no implica
la cancelación del elemento racional, logra significar los diversos elementos
del conflicto de manera más decisiva que si la novela estuviese atravesada
por un discurso de país o manifiesto político.
La narrativa al involucrar las diversas maneras en que funciona la
experiencia del miedo, ya sea en la cultura pública o en la vida cotidiana,
se dispone como fuente de conocimiento que traduce los efectos derivados
de la relación emocional de un colectivo. Tanto Rosero como Vásquez,
con la representación del miedo ponen en juego una de las emociones más
complejas y determinantes de los imaginarios de la sociedad nacional, y del
mundo contemporáneo en general (Beasley-Murray, Robin, Nussbaum).
La reconstrucción literaria de determinados momentos de la historia del
país evidencia que el miedo ha sido originado y encausado por todo tipo de
gobierno –oficial o de facto–, para controlar en su amplia gama existencial
al colombiano, como individuo y ser social. La escritura, en este orden, se
abre como posible camino para identificar cómo el miedo y sus variantes
definen el funcionamiento social y el orden político.
Para cerrar este apartado, no sobra anotar que la narración emocional de la
violencia comienza también a revisitar y reinterpretar la Historia nacional para
contar desde la óptica del oprimido otra verdad. La propuesta de escritura de
Miguel Torres es decisiva en este propósito. En El incendio de abril6, el enfoque
de la violencia política se hace desde el dolor, la angustia y la desesperación
de los capitalinos ante las circunstancias históricas que el país imponía. Los
sucesos ficcionales giran en torno al miedo y la consternación de personas
comunes que huyen del lugar del atentado y de quienes no encuentran a sus

narrativo que Rosero inventa, Buiting actualiza la idea del “narrador imposible” de Agamben.
La autora sostiene que la imposibilidad de la narración y la inhumanidad experimentada y
confrontada por el personaje narrador de Los ejércitos, están inextricablemente relacionadas,
por tanto, las técnicas narrativas utilizadas por el autor colombiano se fusionan de manera
estratégica, se logra la verosimilitud en la conjugación de los elementos ficcionales.
6
Esta es la segunda novela de la Trilogía el 9 de abril, que narra el Bogotazo: la
barbarie desencadenada horas después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de
1948. Las otras dos obras son El crimen del siglo (2006) y La invención del pasado (2016).

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332 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

seres queridos: desaparecidos durante la reyerta. El asesinato del caudillo


aparece solo como escenario de fondo. No prima la idea de reubicar la memoria
de Gaitán y valorizarlo como actor destacado de la historia política del país,
es la presencia afectiva derivada de ese momento caótico lo que palpita en la
palabra. Lo afectivo, en este orden, abre otros horizontes hacia la comprensión
de las dinámicas sociales y la historia. Los nuevos contextos surgidos de la
violencia extrema, la sobreexposición del dolor, el desencanto político, entre
otros, desbordan los lenguajes que hasta el momento se habían construido
para significar la realidad. El fuerte valor de las emociones y su rol ineludible
en la formación de los imaginarios culturales contemporáneos se propone
como ruta posible para discernir los nuevos contextos. De esta manera, la
narrativa colombiana empieza a reconocer y problematizar los discursos y
la praxis de la violencia, paulatinamente, incorpora el componente afectivo
para fundar un nuevo lenguaje que descifre y visibilice la vida cotidiana
en escenarios de guerra, el universo íntimo derivado de esa realidad y su
potencial simbólico de la historia nefasta de una nación.

NARRACIÓN DE LO ÍNTIMO Y FORMAS DE LO COLECTIVO

El lenguaje emocional de la narrativa en cuestión expresa un pensamiento


y sensibilidad social contemporánea, que recién comienza a sacar a la luz la
otra cara de la guerra. Después de más de seis décadas de conflicto armado
en Colombia, que ha dejado miles de civiles muertos y desaparecidos, es tan
solo en las últimas décadas que se inicia en el país una progresiva valorización
de la palabra de quienes lo han sufrido directamente: desplazados, hijos
huérfanos, viudas, exsecuestrados, mujeres víctimas de violación, entre otros.
Estas voces, poco a poco han empezado a visibilizar la realidad oculta de la
violencia, sus relatos dan forma a la invisible geografía de sentimientos y
emociones que surcan a las comunidades más golpeadas por la arremetida
de los diversos actores armados.
La consolidación del género testimonial en Colombia, a finales de los
ochenta y durante la década de los noventa, es uno de los pasos más decisivos
en la reelaboración del pasado –por cercano que sea– a partir de la memoria
emocional del sujeto afectado. Idóneo para indagar en temas referentes al
conflicto bélico y recurrente en la narrativa de los años noventa, lo testimonial
anunció cambios importantes en la concepción de la literatura (Jaramillo,
Osorio y Robledo 44). Precisa Rueda, que si bien en Colombia ya se habían

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 333

publicado testimonios sobre la Violencia7, estos aparecieron como fundamento


de estudios sociológicos o históricos para mostrar las causas generales del
conflicto o como ejemplo de sucesos atroces. Es a partir de mediados de la
década de los ochenta que se inicia la publicación de la narrativa testimonial
en el formato que prevalece actualmente, y con el objetivo de visibilizar el
trauma social desde una voz personal (126-155). Es decir, que se nombraba la
violencia para reconocerla como suceso histórico pero no primaba el objetivo
de dar visibilidad a la víctima, cuestión que derivaba en la negación de los
afectos y del sujeto en sí mismo.
Dos casos de publicaciones testimoniales, con buena recepción por parte de
la crítica, son Los años del tropel: relatos de la violencia, de Alfredo Molano
y Las mujeres en la guerra, de Patricia Lara. El propósito de Molano fue el
de contribuir a la creación de un archivo histórico alterno, que recogiera las
experiencias aún indocumentadas de gente que sufrió la Violencia de mediados
de siglo XX; mientas que para Lara primó el dar voz a mujeres que sufrieron
la violencia sociopolítica: viudas y madres de personas asesinadas, víctimas
de secuestro o desplazamiento, excombatientes de la insurgencia armada,
entre otras. La construcción de estos relatos, en primera persona, se ofrecen
como umbral en el cual el dolor, el rencor, el miedo, y acaso la esperanza,
coexisten y perseveran en la búsqueda de su camino hacia el reconocimiento
y la representación.
Dentro del género testimonial también aparecen textos que cuentan la
experiencia del secuestro, por ejemplo, Cautiva, de Clara Rojas, y No hay
silencio que no termine, de Ingrid Betancourt. Todos estos testimonios tienen
un carácter colectivizante, pues aunque surgen de la necesidad de narrar lo
vivido, de llevar a la palabra una experiencia personal, son eco a su vez de
muchas voces que se identifican con tal experiencia. La narrativa testimonial en
la cual las memorias, la ficción, la entrevista y otros materiales se entrelazan,
capturan una verdad –individual y colectiva– que de otra manera sería
inaprehensible (Gómez y Giraldo 18-23). De esta manera, la vida emocional

7
Recuérdese aquí que la Violencia, con mayúscula, señala el periodo de entre mediados
de la década de 1940 y comienzos de la de 1960, cuando desemboca la brutal confrontación
entre miembros de los partidos políticos liberal y conservador. Según Sánchez Gómez, fue
una guerra entre las clases dominantes y en cuanto tal una versión tardía de las guerras civiles
decimonónicas; pero también fue una guerra entre las clases dominantes y el movimiento
popular. Cabe destacar también, que el recrudecimiento de esta Violencia se desató a causa
del asesinato del líder político popular Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948.

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334 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

derivada de situaciones de violencia toma forma; lo afectivo social se hace


palpable en los relatos personales del trauma. Como recuerda Moraña en La
escritura del límite, retomando a Taussing, es en esta clase de textos, en los
que aflora lo íntimo, más que en la historia de la violencia y el miedo, donde
puede captarse “la cualidad persistentemente irreal de la realidad” (187).
Una situación más que deseamos resaltar, porque resulta igualmente
decisiva en el proceso que ha llevado la narrativa en la recuperación de la
memoria emocional de la violencia, es el empoderamiento que se le ha dado
a los investigadores del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). En
la última década, el propósito de esta institución de indagar el impacto social
de las secuelas afectivas de la guerra ha dado prioridad al relato de quienes
vienen sufriendo en la propia piel la situación de violencia del país. A partir
de las voces de las víctimas, lo “persistentemente irreal” de la violencia va
tomando representación y sentido. Este proceso ha ido consolidándose en
una serie de informes que, además de situar espacial y temporalmente cada
acontecimiento de guerra, narran las vicisitudes, las impresiones y reflexiones
de cada entrevistado8; particularizan a la víctima devolviéndole su papel
social, su capacidad de voz y resistencia. Se testimonia la voluntad de muchos
para superar el trauma. Los informes construidos desde la verdad subjetiva,
trazan una memoria contundente y veraz sobre la historia social y política
del país. Publicados a partir de 2008, las voces de las víctimas comienzan a
dar forma a lo “fantasmagórico” de la lucha armada. La subjetividad de sus
relatos es lenguaje válido para significar una realidad todavía indocumentada
de la historia nacional.
Por otra parte, entendemos que las formas como actualmente la realidad
caótica del país va siendo entendida y narrada es además respuesta al
colapso de los discursos tradicionales que asocian la guerra y las prácticas
de violencia con la construcción de nación. Las lógicas habituales que se
usaban hasta hace pocas décadas para entender la praxis de la violencia han
perdido credibilidad y validez (Pécaut, Mbembe). En Colombia, parte del
origen de esa problemática puede situarse en la creciente vinculación del
Estado en prácticas clandestinas e ilícitas, y en el cambio de estrategias de

8
Los informes del CNMH contienen relatos precisos de muchos ciudadanos
colombianos que han sufrido los vejámenes más horrorosos a manos de los combatientes
–Estado, guerrilla, narcos, paramilitares–. Se pueden consultar en el sitio web del CNMH:
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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 335

combate presentadas por los cuadros guerrilleros. Hechos como el secuestro,


la extorsión, el tráfico de droga y el asesinato deliberado de civiles erosionan
los principios éticos e institucionales que deben distinguir a todo tipo de
gobierno. El impacto social de estas circunstancias, en efecto, se vislumbra
en el conjunto de emociones que como espacio epistémico se configuran en
la narrativa reciente con el objeto de descifrar el estado de cosas de un país.
Antes de cerrar este texto, queremos hacer un breve comentario sobre
la fase actual de parte de la crítica literaria en Colombia. La narrativa de la
violencia ha sido estudiada principalmente desde el marco de las ciencias
sociales y del discurso histórico, haciéndose especial énfasis en las causas
políticas y sociales de la guerra y sus efectos. Si bien se reflexiona sobre las
consecuencias psicosociales de tantas décadas de conflicto son los elementos
activos que lo desencadenan: los victimarios y la historia de la nación, los
que concentran la atención. La metáfora del poder ha jugado el rol central al
momento de relacionar las propuestas de escritura de los autores colombianos
con el contexto de referencia9. Este enfoque sigue abriendo valiosos panoramas
de comprensión de la sociedad nacional y motiva cuestionamientos para
la exégesis de las novelas; sin embargo, consideramos que la novelística
que viene descifrando los contextos de violencia a partir de lo emocional
traumático reclama nuevos ángulos de interpretación. El miedo, el rencor y
el sufrimiento íntimo son la contracara de la metáfora del poder, necesitan,
por tanto, de una mirada crítica que los reconozca como lenguaje que articula
y da representación a las realidades no siempre perceptibles de la vida social
en el país.
En relación con el argumento anterior, vale citar aquí algunos estudios
recientes que, aunque no se vinculan de manera directa con lo emocional,

9
El propósito de este ensayo se deslinda de la discusión específica en torno a la
tradición de los estudios críticos en Colombia. Para profundizar en este aspecto, recomendamos
las pesquisas de Jaime Alejandro Rodríguez Ruíz publicadas en su blog Novela Colombiana.
Siglo XX. Novela reciente; asimismo, el monográfico Literatura colombiana entre milenios, de
la Revista Literatura: teoría, historia, crítica (2012), de la Universidad Nacional de Colombia;
también resulta valioso el libro producto de investigación: Hallazgos en la literatura colombiana.
Balance y proyección de una década de investigaciones (2011), de Juan Alberto Blanco,
Cristo Rafael Figueroa, Luz Mary Giraldo, Blanca Inés Gómez y Jaime Alejandro Rodríguez.
Los libros de Oscar Osorio igualmente son referente clave en este tema: El narcotráfico en
la novela colombiana (2014) y La virgen de los sicarios y la novela del sicario en Colombia
(2014). Y el ya citado libro Literatura y cultura: narrativa colombiana del siglo XX (2000),
de las compiladoras de Jaramillo, Osorio y Robledo.

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336 Revista Chilena de Literatura Nº 100, 2019

proponen otras rutas explicativas del simbolismo estético de la escritura que


incorpora los conflictos nacionales. Estos estudios no siguen los enfoques
tradicionalmente utilizados por la crítica literaria en Colombia. Por ejemplo,
Jaramillo Morales en su libro Nación y melancolía: narrativas de la
violencia en Colombia (1995-2005), relaciona novela y cine con conceptos
del psicoanálisis. Esta investigación explora los modos cómo lo estético
simboliza la sensibilidad melancólica, un estado psíquico-afectivo que, según
la académica, definió el comportamiento social de la Colombia de finales
del siglo XX. Por su parte, Rueda en La violencia y sus huellas. Una mirada
desde la narrativa colombiana, propone una exégesis diferente de los estragos
del conflicto armado a partir del elemento ético. La investigadora pone en
el centro de la discusión “la ética del lector” para revisitar corpus narrativos
de inicios de siglo XX y de textos testimoniales recientes. El debate gira en
torno a conceptos como ética y violencia, términos que por su recurrencia
misma se han cristalizado en su sentido y se citan en diversas reflexiones de
manera impensada. Residuos de la violencia. Producción cultural colombiana,
1990-2010, de Fanta Castro, asocia la literatura con la pintura, la escultura
y el cine, para explorar la dinámica simbólica de lo marginal-corpóreo en
los contextos de violencia contemporánea y los procesos de subjetivación
derivados de tal situación. Este tipo de trabajos son bienvenidos, ya que
contribuyen, desde perspectivas, metodologías y disciplinas particulares, a
una cuestión tan estimulante como es la estética de la violencia en las letras
colombianas. Son pesquisas que trazan nuevas coordenadas de análisis,
abren un renovado espacio de indagación, y confrontan paradigmas no solo
de rasgo metodológico sino también de carácter conceptual10.
Para concluir, el enfoque socio-histórico de los estudios literarios en
Colombia ha dado forma a un entramado crítico valiosísimo, productor de
múltiples lecturas en torno a la tensión entre los procesos literarios nacionales
y las dinámicas de la historia social y política. Sin embargo, se reconoce
que ese transcurso analítico así como ha propuesto una serie de caminos
significativos para ahondar en los diversos sentidos que propone lo literario,

10
Los estudios literarios desde la perspectiva de género y queer han aportado una
valiosa teoría de los afectos para confrontar el racionalismo heteronormativo y analizar la
construcción de masculinidades y femineidades. Hibridez y alteridades, volumen III del
estudio Literatura y cultura: narrativa colombiana del siglo XX, (2000). Editado por María
Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo, es una fuente importante sobre este
enfoque de análisis.

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Imaginario emocional de la violencia en narrativas colombianas recientes 337

paradójicamente, también ha nublado la posibilidad de líneas de indagación


desde otras ópticas. El estado actual de la crítica literaria en Colombia deja
ver que hasta hace muy poco los estudios que no se alineaban a la mirada
canónica quedaban al margen o pasaban inadvertidos (Suárez, Rueda). La
indagación de la violencia en relación con fundamentos conceptuales del campo
fenoménico, del psicoanálisis o de las diversas líneas de profundización sobre
los afectos y las emociones, que proponen, por ejemplo, los estudios culturales,
la crítica de género, la historia, la filosofía o la psicología, son relativamente
pocos en el campo académico-literario en Colombia, en comparación con
los de enfoque socio-histórico. Ante este paisaje, y las nuevas lecturas que la
narrativa viene haciendo de la realidad social, es necesario abrir otras rutas
de exploración que vindiquen lo emocional como vía de acceso a lo real, lo
simbólico y lo imaginario de las dinámicas sociales del país.

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