CUENTOS BREVES LATINOAMERICANOS
Amenazaba tormenta 7
U na hora de más o de menos no tiene importancia, salvo que estés
muriéndote o naciendo. “Muriéndome”, es decir, morirse uno a sí mismo, no a
otro; por lo tanto, no es igual un minuto antes que después. Pero esta reflexión
no la hice cuando se interpuso por primera vez en mi vida una nube entre las
tres y las cuatro de la tarde, impidiéndome ver a mí alrededor durante esa
hora. Tampoco me di cuenta de que sólo me cubría a mí, como una venda
sobre mis párpados. Por lo demás, no estaba mal, aparecía justo a la hora de la
siesta, protegiéndome con su sombra de algún rayo de sol inoportuno. Era
grato despertar en medio de una luz amortiguada, sin los deslumbramientos
tan comunes del mes de abril. Porque era abril y aún no llegaban las lluvias,
así que la nube era más bien blanca. La única en protestar fue mi esposa, quien
no dejó de creer que era cosa mía para fastidiarla. Le parecía de lo más
extravagante traer una nube en los ojos, en lugar de unos lentes oscuros. Tal
vez hubiera preferido un antifaz y no mi algodonosa compañía. Sin embargo,
ahí estaba y lo mejor era dormir la siesta bajo su cobijo.
Fue hasta algunos días después, que me percaté de su movimiento.
Estábamos en una comida de bodas, de ésas en que sirven a las cuatro de la
tarde, cuando mi madre, malhumorada, me reclamó: “¿No pudiste dejarla en
la casa?” “¿A quién?”, le pregunté. “A tu maldita nube”. La cual a esas fechas
había descendido a la altura de mi cuello, semejando una escafandra. Por
cierto que, a las cinco, la nube persistía en este estilo. Me hubiera gustado
verificar si en mi casa no estaba en ese momento nube alguna, mas la sola idea
me pareció desleal. Indudablemente la nube era mi seguidora, no tenía
derecho a desconfiar de ella. Excepto que mi tiempo de observar se iba
acortando, no podía objetarle nada; era juguetona, aunque discreta, no pasaba
de envolverme la cara, con lo cual me defendía de los ruidos. ¿Se han puesto
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Martha Cerda nació en Guadalajara en 1945. Obras: “La señora Rodríguez y otros mundos”. Novela (1990);
“Juegos de damas”. Cuentos (1993); “Y apenas era miércoles”. Novela (1993); “Las mamás, los pastores, los
hermeneutas”. Cuentos (1995); “Toda una vida”. Novela (1998).
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alguna vez algodones en los oídos para no escuchar a su cónyuge? También
me permitía reírme sin que me vieran y eludir las respuestas a la misma
pregunta: ¿De dónde diablos sacaste esa cosa?
Cuando la nube se extendió hasta la hora del crepúsculo, adquirió un
tono rosado que me sentaba mejor y, mientras el mundo de afuera se esforzaba
en agredirme por medio de los insultos de mi mujer, a quien cada vez oía
menos gracias a la nube; mi mundo de adentro crecía y se ensanchaba: el
vapor ya me envolvía de la cabeza a los pies, desde las tres de la tarde hasta el
anochecer.
Un lunes amanecía nublado. Mi nube había decidido quedarse conmigo
la noche anterior, porque amenazaba tormenta. Mi mujer estaba furiosa. Como
a las diez de la mañana comencé a llover. “Augusto, deja de hacer
payasadas”, gritó mi mujer a eso de las doce, pero yo seguí lloviendo hasta
que mi última gota empapó la alfombra, ante los gritos ya inaudibles de la que
fuera mi esposa.
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