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La Tejedora

Este cuento cuenta la historia de una joven mujer que pasa sus días tejiendo. Al principio solo teje para ella misma, pero luego su marido le pide que teja una casa, un palacio y más objetos. La mujer se siente cada vez más sola y triste mientras teje sin parar para satisfacer los caprichos de su marido. Una noche, decide destejer todo lo que había creado y volver a la pequeña casa donde vivía originalmente.

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La Tejedora

Este cuento cuenta la historia de una joven mujer que pasa sus días tejiendo. Al principio solo teje para ella misma, pero luego su marido le pide que teja una casa, un palacio y más objetos. La mujer se siente cada vez más sola y triste mientras teje sin parar para satisfacer los caprichos de su marido. Una noche, decide destejer todo lo que había creado y volver a la pequeña casa donde vivía originalmente.

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CUENTOS BREVES LATINOAMERICANOS

La tejedora 4

S e despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol


llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color
de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la
claridad de la mañana dibujaba en el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora
un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín,
la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más
peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de
plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces la lluvia suave
llegaba hasta la ventana a saludarla.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y
espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos
dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.
De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de
un lado para otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para
atrás.
No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado,
poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en
la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una
lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de
pasar su hilo de oscuridad.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola,
y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.
4
Marina Colasanti nació en Asmara, Etiopía, en 1937. Obras: “Cuentos de amor desgarrados” (1986); “Ofelia
la oveja”. Cuentos (1989); “La mano en la masa”. Cuentos de hadas (1990); “Entre la espada y la rosa”.
Cuentos (1992).

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CUENTOS BREVES LATINOAMERICANOS

No espero al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo


nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían
compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas,
rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a
punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la
puerta.
Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el
picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.
Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que
tendría para que su felicidad fuera aún mayor.
Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos,
pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas
las cosas que éste podía darle.
-Necesitamos una casa mejor-le dijo a su mujer. Y a ella le pareció
justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas
color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la
casa estuviera lista lo antes posible.
Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente.
-¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?-preguntó. Sin
esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con
terminaciones de plata.
Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas,
patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía
tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para
rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo
de la lanzadera.
Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido
escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.
-Es para que nadie sepa lo del tapiz-dijo. Y antes de poner llave a la
puerta le advirtió:-Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!
La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el
palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo
que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

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CUENTOS BREVES LATINOAMERICANOS

Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le


pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez
pensó que sería bueno estar sola nuevamente.
Sólo espero a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido
dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza para no hacer ruido, subió la
larga escalera de la torre y se sentó al telar.
Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y,
pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió
los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los
criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se
vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.
La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado
por la dureza de la cama. Espantado, miro a su alrededor. No tuvo tiempo de
levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus
zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la
nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.
Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha
eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un
delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

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