Zombis
Buenos días, ciudadanos. Si ha despertado el día de hoy sintiéndose zombi, si
ha descubierto un tono gris en su piel, los dientes se le han desalineado aún
más, tiene tendencia a arrastrar los pies y a dejar partes de usted mismo
tiradas al descuido, y sin saber por qué ha empezado a masticarse al perro,
pueden ser buenas noticias.
Ser zombi siempre está de moda, poco importa si es debido a un virus
mortal, a un cometa radiactivo, a un ataque subliminal, a una droga sintética.
Lo interesante no es cómo, sino el qué. El ya qué.
Vea a su alrededor, hay zombis en todos lados —no cuente las oficinas de
gobierno.
En música está Rob Zombie, por ejemplo. Hay toneladas de zombis en los
videojuegos, películas, mercadeándose.
Si usted es zombi sabe que el mundo entero está de su lado. Porque un
zombi no tiene mucho chiste. Lo padre es cuando son cien, mil, todo el
mundo. Es decir, si amanece dispuesto a extraer los sesos —sesos, dije— de
sus vecinos, casi seguro que un millón de personas está haciendo eso mismo,
al unísono.
Los zombis no se sienten solos, jamás.
Las diferencias son mínimas cuando uno es parte de la horda que va a
terminar con el mundo. No más timideces. Puede gritarle a quien sea, puede
arrancarle un brazo sin problemas, puede romper puertas, ventanas, destruir
bienes inmuebles felizmente seguro de que la destrucción indiscriminada es
buena para su alma… o lo que sea que siga dentro de usted.
Si bien todo empezó en Haití, los zombis saltaron al estrellato gracias a las
películas. George Romero se convirtió en el papá de todos ellos cuando filmó
La noche de los muertos vivientes en blanco y negro. Con un presupuesto de risa
loca nos narró el asedio de la masa sin cerebro contra unos pocos mortales que
no tienen recursos ni fuerza ni idea de cómo lidiar con una invasión de
cuerpos muertos súbitamente animados.
Era aterrorizante, era inusitado, era fantástico, aventurero. Era rítmico.
Thriller, de Michael Jackson, invadió las pantallas del mundo. Al rey del
pop lo maquillaron para que luciera como un zombi putrefacto. Tal vez le
agarró el gusto. Tal vez es un muerto vivo que quiere disfrutar ser un ídolo
mediático y seguir devorando carne fresca. A algún periódico amarillista se le
va a ocurrir tarde o temprano.
Ser zombi no quiere decir que no seas estrella. El que devores carne humana
cruda no impide los reflectores sobre ti.
Ahí está la fabulosa «Marvel Zombis» de Robert Kirkman, en donde un virus
extraterrestre logra que todos los superhéroes del cómic se vuelvan feroces
bestias asesinas come-humanos. El Hombre Araña devora a su amada tía y
cosas así, y por alguna causa logran un equilibrio entre el humor más negro y
el estremecimiento del miedo. Son zombis hablando en primera persona.
Superzombis.
Eso es bueno. También, si descubres que eres uno, puede ser un buen modo
de conocer chicas. Milla Jovovich ha hecho películas con ellos; Carrie Anne
Moss (la Trinity de Matrix) también. Casi cada heroína de playeras apretadas
ha tenido algún encuentro con cosas semivivas.
Siempre es una opción.
Para esta generación, los zombis han llegado por vía electrónica. Resident
Evil, por mencionar sólo uno, es un videojuego que los usa alegremente. Hay
libros del tema, juegos de rol, muñequitos coleccionables, gomitas con forma
humana para que uno practique.
Los zombis han entrado al nuevo siglo en nueva forma. No más patético
arrastrar de pies, no, no. Los zombis de ahora consumen —junto con sus
alimentos básicos— esteroides, speeds y demás sustancias que los han hecho
veloces, fuertes, atléticos. En vida puedes ser un gordito lento, pero en muerte
puedes perseguir un vehículo sin sudar.
Ser zombi abre muchas posibilidades. Los trabajos de riesgo dejan de serlo.
¿Qué importa que sea venenoso? Estás muerto. Qué si pierdes horriblemente
algún miembro. Te vale.
Muchas películas, series y libros han hablado de cómo una fuerza
trabajadora zombi puede ser una bendición para el capitalismo.
Ups. Ahora bien creo que ser un cuerpo humano desechable sin ninguna
compasión puede no ser tan padre como uno creía. ¿No es lo que intentan las
maquiladoras?
Tal vez el asunto ya no es si quieras o no ser zombi. Es tal vez que debas ser
un muerto vivo para ganarte la vida.
José Luis Zárate. (2013). “Zombis”. Entre la luz (y otros temas igual de
tangibles). Zapopan: Editorial Arlequín, edición digital.