Conferencia Sanidad Interior
Conferencia Sanidad Interior
SANIDAD INTERIOR
1.1.2 Sanidad y herencia. La sanidad física y la sanidad del alma (más exactamen-
te, la sanidad interior) son, pues, parte de la herencia que Dios tiene reser-
vada para sus hijos que debemos conocer, pudiendo comenzar a disfrutarla
desde ahora: “Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y cohere-
deros con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él
en su gloria” (Rom. 8:17); “Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Pa-
dre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conoz-
can mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que
sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa
herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a
favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz” (Efe. 1:17-
19).
Y si bien es cierto que, por lo pronto, no todos los creyentes reciben la anhelada
sanidad física por razones que escapan a nuestro conocimiento y que reposan
en el soberano secreto de Dios, sí podemos afirmar que aplicando correcta-
mente los principios correspondientes revelados en las Escrituras, todos
los creyentes pueden alcanzar una satisfactoria sanidad interior de todos
sus conflictos anteriores y posteriores a la conversión que les permita vi-
vir desde ahora la vida de calidad que Dios diseñó para todos y cada uno
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de nosotros desde antes de la creación del mundo: “Dios nos escogió en él an-
tes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de
él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de
Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su glorio-
sa gracia, que nos concedió en su Amado. En él tenemos la redención median-
te su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gra-
cia que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento… En
Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el
plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a
fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos
para alabanza de su gloria” (Efe. 1:4-8, 11-12); “Porque yo sé muy bien los pla-
nes que tengo para ustedes ‒afirma el SEÑOR‒, planes de bienestar y no de ca-
lamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jer. 29:11).
Podemos estar seguros que Dios no nos anima a buscar algo que no pode-
mos encontrar o alcanzar. Y si nos exhorta a buscar nuestra restauración
es porque Él ya ha dispuesto esta restauración para nosotros y la ha pues-
to a nuestro alcance. Ahora bien, restaurar es, según el diccionario, reparar, re-
novar o volver a poner a algo o alguien en el estado o estimación que tenía pre-
viamente y del que de algún modo cayó. La restauración en la Biblia consiste,
entonces, en volver a colocar a cada creyente dentro del plan glorioso y el
propósito digno que Él diseñó para nosotros desde el principio, pero que
se malogró por el extravío en que el pecado nos sumió.
Ya hemos visto en Efesios que desde antes de la creación del mundo Dios ya
nos conocía por nombre y nos escogió antes de siquiera existir. Del mismo mo-
do, desde nuestra concepción en el vientre de nuestra madre, por accidentada o
circunstancialmente dolorosa que pueda haber sido, Él estaba presente cuidando
que su propósito se cumpliera finalmente en nuestra vida a pesar de las muchas
salidas en falso que hayamos podido experimentar por nuestra rebelión e indife-
rencia hacia Él: “Fui puesto a tu cuidado desde antes de nacer; desde el vientre
de mi madre mi Dios eres tú... Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre
de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son ma-
ravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando
en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era
yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en
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tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de
ellos” (Sal. 22:10; 139:13-16)
El cambio que Él puede lograr en la vida de los suyos está gráfica y drásticamen-
te ilustrado en el anuncio hecho por Isaías en el capítulo 61 de su libro. El mismo
anuncio cuyo cumplimiento el Señor declaró en la sinagoga en Lucas 4, que en
los versículos 3 al 4 establece el contraste entre el estado del creyente antes de
la restauración y el estado del creyente con posterioridad a ella, así: “… Me ha
enviado a darles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto,
traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento. Serán llamados robles de justicia,
plantío del SEÑOR, para mostrar su gloria. Reconstruirán las ruinas antiguas, y
restaurarán los escombros de antaño; repararán las ciudades en ruinas, y los es-
combros de muchas generaciones” (Isa. 61:3-4)
1.2.4 Aceptar el perdón de Dios. Por obvio que parezca, uno de los obstáculos más
frecuentes para alcanzar la restauración son las dudas que aún embargan a los
creyentes en cuanto a la realidad de su perdón por parte de Dios cuando han
surtido el recurso del arrepentimiento y la confesión. La conversión suele traer
una sensibilización de la conciencia del creyente que a veces le juega malas pa-
sadas, pues el adquirir una conciencia tan profunda de todos sus pecados
pasados y presentes le impide creer que ha recibido de lleno y sin reservas
el perdón que Dios le otorga generosamente. Tal vez por eso el apóstol Juan
escribió: “En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros
delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande
que nuestro corazón y lo sabe todo. Queridos hermanos, si el corazón no nos
condena, tenemos confianza delante de Dios” (1 Jn. 3:19-21). A veces nuestro
corazón sigue condenándonos a pesar del arrepentimiento, pero Dios, fiel a su
palabra, ya no lo hace. El perdón de Dios para quien se arrepiente y confiesa
sus pecados está garantizado de muchas maneras en múltiples pasajes a
lo largo y ancho de las Escrituras, siendo uno de los más sobresalientes el
consignado de nuevo por Juan en su primera epístola: “Si confesamos nuestros
pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda mal-
dad” (1 Jn. 1:9). El diablo acusa continuamente a los creyentes por sus pe-
cados pasados, a lo cual Pablo responde: “¿Quién acusará a los que Dios ha
escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que
murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros”
(Rom. 8:33-34). Debemos perdonarnos a nosotros mismos, pues Dios ratifica su
perdón sobre los que se arrepienten todas las veces que sea necesario y noso-
tros no somos quienes para contradecir el veredicto absolutorio de Dios sobre
nuestras vidas.
1.2.5 Perdonar a otros. Ahora bien, el perdón es de dos vías. Se recibe y se debe
también otorgar. En ningún caso es fácil, pero esto no lo hace menos
necesario para alcanzar la paz y la plena restauración. La verdadera
conversión involucra de manera inobjetable, además de la fe, el arrepentimiento,
la confesión y la solicitud de perdón. En principio, al que viene a Dios con esta
actitud, Dios le concede el perdón sin condicionarlo al cumplimiento de ningún
requisito adicional. Pero todo acto posterior de perdón por parte de Dios
cuando pecamos y debemos arrepentirnos y confesar una vez más
nuestros pecados, sí está condicionado al hecho de que nosotros también
perdonemos a quien nos ha herido: “»Porque si perdonan a otros sus
ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no
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perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las
suyas” (Mt. 6:14-15). Es por eso que la falta de perdón origina en el corazón del
creyente una “raíz amarga” que estorba la gracia de Dios y que afecta
negativamente a quienes lo rodean: “Asegúrense de que nadie deje de alcanzar
la gracia de Dios; de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y
corrompa a muchos” (Heb. 12:15). Después de todo, hay miles de formas en que
podemos ser heridos y ofendidos, pero existe una sola manera en que podemos
tratar exitosamente con ello y dejarlo atrás, y ésta es el perdón: “Y cuando estén
orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que
está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados” (Mr. 11:25-26).
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2.1 Sanidad para el alma. En el marco de la antropología que suscribimos con base
en la Biblia se entiende que el ser humano es un ser tripartito, como lo revela
el apóstol Pablo: “Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y
conserve todo su ser ‒espíritu, alma y cuerpo‒ irreprochable para la venida de
nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel y así lo hará” (1 Tes. 5:23-24).
La sanidad interior es una terapia pastoral dirigida a facilitar la acción de
Dios prometida en este pasaje en lo que tiene que ver con el alma particu-
larmente, comprendida a su vez por tres aspectos diferentes, a saber: men-
te, emociones y voluntad, aspectos que en su conjunto constituyen el alma
humana.
2.2 Sanidad y comunión con Dios. Asimismo, la acción llevada a cabo por Dios
en Cristo y aplicada al creyente por medio de su Espíritu es antes que nada
de carácter personal e individual. Dicho de otro modo, Dios quiere tratar
con el ser humano uno a uno en una relación de amor única, personal e
íntima. El nos brinda su amistad personal “El SEÑOR brinda su amistad a quienes
le honran” (Sal 25:14). Adicionalmente nos asegura que aunque aquellos de
quienes más dependemos y en quienes más confiamos nos abandonen, Él nos
recoge en sus brazos “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el SEÑOR me
recibirá en sus brazos” (Sal. 27:10). De hecho, Él se declara como nuestro Pa-
dre: “«Yo seré un padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice
el Señor Todopoderoso.»” (2 Cor. 6:18). Esta clase de profunda y muy gratifi-
cante relación empieza en el mismo momento en que aceptamos a Cristo
como el Señor y Salvador de nuestras vidas.
2.4 La sanidad y la vida fructífera. La sanidad interior hace posible que los creyen-
tes fructifiquen de manera abundante en todos los frentes de su vida, como esta-
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Existen muchos otros versículos en la Biblia que confirman con otras palabras la
misma idea esencial en cuanto al deseo de Dios de que todos los creyentes ex-
perimenten una sanidad de los conflictos del alma lo suficientemente satisfactoria
para permitirles fructificar y cosechar las bendiciones temporales que Dios nos
reserva. Los que hemos citado son tan sólo una representativa selección extrac-
tada de entre todos los versículos disponibles que garantizan esta sanidad en vir-
tud de la obra consumada por Cristo en la cruz y su posterior resurrección. La
base segura de la sanidad interior es, pues, lo hecho por Cristo en la cruz
hace poco menos de 2000 años y su prometida presencia victoriosa con
nosotros que garantiza la permanencia de todo lo logrado: “porque el Señor
tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso. Se deleitará en ti con gozo,
te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos” (Sof. 3:16-18). Todo ello
justifica la alabanza que le ofrecemos: “Alaba, alma mía, al SEÑOR; alabe todo mi
ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus
beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata
tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y
te rejuvenece como a las águilas” (Sal. 103:1-5)
2.5.3 Mejora de la relación con los demás. Los sentimientos negativos que
entorpecen y dificultan las sanas relaciones con los demás ceden gracias
a la sanidad interior al entender que nuestro valor como personas no
depende de lo que otros piensen o de lo que nosotros mismos pen-
semos de nosotros, sino de la manera en que Dios nos ve, librándo-
nos de buena parte de las presiones que los convencionalismos sociales
ponen sobre nuestros hombros y las actitudes destructivas que las acom-
pañan y nos impiden relacionarnos de la manera más armoniosa con los
demás. Dentro de estos sentimientos negativos encontramos de manera
particular a la ira y el temor, habituales mecanismos de defensa de un
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corazón herido que brindan ocasión al diablo para reforzar estos senti-
mientos con evidente perjuicio para la persona y quienes lo rodean.
2.6.2 Incredulidad. Puesto que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de
Dios : “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Rom.
10:17 RVR), la apatía hacia la Biblia trae, a su vez, como resultado inme-
diato una dificultad para creer o una ausencia de confianza en lo que ape-
nas se conoce vagamente, que impide que la sanidad se dé como deber-
ía. La familiaridad con la Palabra de Dios va modificando poco a po-
co de manera constructiva las actitudes del creyente, a veces de una
forma de la cual el creyente no es del todo consciente hasta que sus
resultados comienzan a manifestarse.
2.7.1 Anhelarla. Nadie recibe la sanidad sin ser consciente de la necesidad que
tiene de ella. Adquirir, pues, consciencia de esta necesidad y desear
obtenerla es, entonces, fundamental para alcanzarla. Dios toma la ini-
ciativa para darnos la sanidad de manera gratuita, pero es nuestra res-
ponsabilidad abrir las manos para recibir su regalo. Y abrir las manos im-
plica rendir nuestro ser por completo y sin reservas a Dios, como lo indica
Salomón en el libro de los Proverbios: “dame hijo mío tu corazón, y no
pierdas de vista mis caminos” (Pr. 23:26).
2.7.2 Oración. La oración es una actividad crucial del creyente que no requiere
ningún motivo diferente al deseo de disfrutar de la comunión con Cristo
que Dios nos brinda por medio de su Espíritu. Como tal, se da por senta-
da. Pero adicionalmente, en vista de las reiteradas invitaciones que la
Biblia nos hace para orar no sólo con el objetivo de disfrutar de co-
munión con Él, sino también de suplir nuestras necesidades expre-
sadas por medio de peticiones a través de la oración, la sanidad se
convierte en una petición que el creyente debe elevar por medio de
la oración. No por nada Dios nos invita en estos términos: “Por eso, con-
fiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean
sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (St. 5:16).
2.7.3 Honestidad. Agustín decía que Dios es más íntimo a nosotros que noso-
tros mismos. En consecuencia, como lo declara con suficiencia el salmo
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2.7.5 Conservarla. Para conservar la sanidad hay que estar revisando todos
los puntos anteriores de manera constante en nuestra vida, sin olvi-
darlos ni descuidarlos, sino renovándolos a diario en compromiso
consciente y voluntario para que sus efectos mantengan toda su vi-
gencia en nuestra vida. Sobre todo porque nunca existe la garantía de
que no volvamos a vivir circunstancias similares a las que ocasionaron las
heridas que hemos padecido en el pasado, por lo que estar vigilantes en
todos estos puntos evitan que puedan volver a dañarnos como al principio.
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Antes de aplicar la medicina particular requerida por el creyente y provista por la Pa-
labra de Dios, es necesario hacer un diagnóstico del estado en que nos encon-
tramos. Particularmente, del estado en que se encuentra nuestra relación con Dios,
pues quienes disfrutan de una relación sana y plena con Dios, como conse-
cuencia de ello disfrutan de sanidad interior y de vida abundante.
Sobre todo teniendo en cuenta que el peso de las responsabilidades que nos
conciernen en este mundo caído puede sobrepasarnos fácilmente en la medida
en que tengamos una deficiente relación con Dios y seamos, por tanto, demasiado
frágiles y vulnerables a la hora de cumplir con nuestros deberes ante Dios, la iglesia
y la sociedad en general. El autor cristiano William McDonald advierte lo siguiente re-
firiéndose a la vulnerabilidad de nuestro mundo interior en medio de las complejida-
des del mundo exterior en que vivimos: “Espero que quedará patente que si lo des-
cuidamos, ese mundo interior no resistirá la carga de los acontecimientos y presiones
que pesan sobre él”.
llevar a cabo esta mirada introspectiva: “Si nos vamos a convertir en gente que
conoce a Dios, que lo experimenta a través de la fuerza que nos sustenta en
tiempos difíciles, entonces debemos dar una mirada introspectiva”, añadiendo
luego: “Para vivir la vida que Dios quiere, se hace necesario descubrir lo sucio y
aprender lo que debemos hacer para participar en el proceso de limpieza. Debe-
mos dar una mirada en lo interior”, todo lo cual no son más que comentarios acla-
ratorios alrededor de la instrucción del Señor en Mateo 23:25-26 “Limpia primero
por dentro el vaso y el plato, y así quedará limpio también por fuera”.
En el desarrollo de este cometido, este autor cristiano considera que las perso-
nas tienden a estar en dos categorías a las que designa con los siguientes califi-
cativos:
Dios con el ser humano en el sufrimiento: “El hombre está llamado a sufrir
con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios”. Por eso,
la verdad más reveladora de la cual se adquiere conciencia en medio
del sufrimiento es la realidad de Dios. Más exactamente: “En las expe-
riencias límite de sufrimiento el ser humano toca fondo y se da cuenta de
que el horror más grande de esas profundidades es la ausencia de Dios…
Esta es la razón por la que, en situaciones extremas de la vida, la palabra
‘Dios’ viene a los labios, incluso en aquellos que nunca la han usado se-
riamente con anterioridad… Se clama por lo que no se tiene y presiente se
debería tener. La ausencia de Dios es su presencia” (Alfonso Ropero). La
Biblia es concluyente en cuanto a los beneficios que el sufrimiento de
cualquier tipo aporta, incluyendo el que se experimenta al profundi-
zar en nuestro interior con escrutadora mirada introspectiva: apren-
der a obedecer a Dios: “Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento apren-
dió a obedecer” (Heb. 5:8), y el perfeccionamiento creciente y definiti-
vo del creyente: “En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, con-
venía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfecciona-
ra mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos” (Heb. 2:10),
método de aprendizaje del que, como podemos apreciarlo en estos pasa-
jes, no estuvo exento ni siquiera el Señor Jesucristo al hacerse hombre.
Por eso el clamor por excelencia, cuya positiva respuesta divina está ga-
rantizada de forma anticipada por Dios, es el que surge desde la profundi-
dad del sufrimiento: “A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades
del abismo” (Sal. 130:1)
Jong de este modo: “Quien no arriesga nada, arriesga aún más”. Y es que,
aunque la Biblia hable de certezas, éstas tienen que ver propiamente
con las cuestiones que tienen que conciernen a nuestro destino fi-
nal. Pero en cuanto a las decisiones y acciones que debemos tomar
y emprender cada día de nuestra vida, los cristianos de todas las
épocas tenemos que asumir riesgos si es que no queremos dejar pasar
de largo las oportunidades que Dios pone delante de nosotros, pues éstas,
a diferencia de las tentaciones, sólo tocan una vez a la puerta.
3.1.4. Mirar al espejo antes de espiar por la ventana. Una manera gráfica de
expresar también nuestra necesidad de la reflexión introspectiva con fines
diagnósticos bajo la luz y la guía del Espíritu Santo es la utilizada por el
autor Max Lucado al dar el siguiente consejo: “Es sabio mirar al espejo an-
tes de espiar por la ventana”. A este respecto el llamado “rey del pop”, el
malogrado Michael Jackson, compuso una canción titulada El hombre en
el espejo que en el coro dice con gran lucidez: “Estoy comenzando con el
hombre en el espejo, le estoy pidiendo que cambie su forma de ser, y
ningún mensaje podría ser más claro: Si quieres hacer del mundo un lugar
mejor, échate un vistazo a ti mismo y haz el cambio”. No por nada el escri-
tor cristiano Patrick Morley también escribió un libro titulado El hombre
frente al espejo.
4. Derribando fortalezas.
Los traumas de la infancia y las heridas del alma que requieren sanidad son en
realidad heridas de guerra. Porque desde la caída en pecado de nuestros primeros
padres estamos en medio de una guerra espiritual. Es por eso que, conscientes o
no de ello, todos nos encontramos en medio del fuego cruzado de las luchas que ca-
racterizan la guerra espiritual en la que estamos inmersos, según nos lo revela la Bi-
blia y nos lo confirma la experiencia: “Por último, fortalézcanse con el gran poder del
Señor. Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las arti-
mañas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra po-
deres, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas,
contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales. Por lo tanto, póngan-
se toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir has-
ta el fin con firmeza” (Efe. 6:10-13).
4.1 Más que vencedores. Sin embargo, los creyentes nunca debemos perder de
vista que en el balance final las Escrituras ya nos han declarado más que
vencedores por medio de Jesucristo: “Sin embargo, en todo esto somos más
que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que
ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por ve-
nir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación,
podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro
Señor” (Rom 8:37- 39).
En razón de ello, debemos comprender bien lo dicho por el Señor al apóstol: “Yo
te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas
del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Porque lamenta-
blemente la iglesia ha actuado en muchos casos como si ella misma estuviera si-
tiada por sus enemigos y reducida a los estrechos límites de sus propias mura-
llas, aguantando a como dé lugar el embate del adversario y reforzando angus-
tiosamente sus puertas para que no cedan ante el ataque. Pero eso no es lo que
esta imagen transmite, sino más bien que la iglesia debe marchar como un
ejército militante a rodear, sitiar y conquistar las fortalezas del enemigo en
el mundo, con la garantía de que éste no podrá resistirnos y que sus puer-
tas no prevalecerán contra nosotros.
4.2 Fortalezas interiores. Ahora bien, antes de continuar desarrollando esta idea
con más detalle hay que decir que las fortalezas no son sólo reductos exter-
nos del campo de la actividad humana en los que Satanás parece muchas
veces campear a sus anchas, como por ejemplo la política, la economía, los
medios de comunicación, etc., ‒campos todos que la iglesia debe infiltrar y con-
quistar recobrándolos para la causa de Dios‒; sino también fortalezas internas
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establecidas dentro de nuestro propio ser que deben ser derribadas. En es-
te sentido una fortaleza se podría definir como una conducta errónea y en
muchos casos pecaminosa que se repite tantas veces que se vuelve ya
habitual y rutinaria para el creyente, siendo el producto de creencias enga-
ñosas tan arraigadas y reforzadas una y otra vez por el mundo y los demo-
nios en la persona que no se es ya muchas veces consciente de ellas, sino
que se llevan a cabo de manera mecánica, inadvertida y no meditada, como
por un acto reflejo.
4.3 La mente: campo de batalla. La mente es, pues, el campo de batalla de esta
guerra. De hecho nuestra mente fue bombardeada y profundamente influenciada
y condicionada durante todos nuestros años de inconversos por ideas engañosas
promovidas por el mundo y Satanás y sus demonios. Ideas que se nos susurra-
ron día tras día al oído de una y mil maneras y nos llevaron a ajustar gradual-
mente nuestras conductas y actitudes a ellas, llegando a constituirse en fortale-
zas casi inexpugnables. Pero Cristo nos dota con armas para derribar esas
fortalezas desde adentro, según lo vemos en 2 Corintios 10:4-5: “Las armas
con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derri-
bar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el co-
nocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a
Cristo”. Ahora bien, esos “argumentos”, esa “altivez” y esos “pensamientos”
que se levantan contra el conocimiento de Dios y que debemos llevar cau-
tivos para que se sometan a Cristo, no son en primer lugar los argumentos
equivocados de los inconversos que procuramos refutar, sino los argu-
mentos y pensamientos propios que se han levantado en nuestra misma
mente constituyéndose en fortalezas que condicionan nuestras actitudes y
nuestra conducta de forma autodestructiva y nos limitan por completo en
el ejercicio creativo y productivo de nuestra libertad. Ideas erróneas previas
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a toda acción que intentemos emprender tales como “nadie me ama”, “todo me
sale mal siempre”, “soy tan poca cosa”, “voy a fracasar”, “estoy solo”, “no puedo
vencer este pecado”, “Dios me ha desamparado”, “el cristianismo es demasiado
duro”, etc., todas la cuales pueden convertirse en fortalezas mentales que condi-
cionan y determinan nuestra imagen propia y nuestro desempeño en la vida.
Puesto que estas ideas son falsas y engañosas, la única manera de ponerlas
en evidencia es confrontándolas con la verdad tal y como ésta se revela en
la Biblia, liberando así todo el potencial del creyente para hacer el bien de for-
mas creativas y productivas para todos, brindando de paso satisfacción a nuestro
Padre celestial que nos ama y nos observa complacido. No por nada el Señor di-
jo: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn. 8:32). La verdad no
sólo saca a la luz y derriba las fortalezas mentirosas en las que nos encon-
tramos confinados, sino que nos libera de ellas para que comencemos a
ser las personas que Dios quería que fuéramos cuando nos creó y eligió
para ser salvos.
4.4 La espada del Espíritu. La Biblia, utilizada bajo la guía del Espíritu Santo se
convierte así en “la espada del Espíritu” (Efe. 6:17) que penetra hasta lo más
profundo de nuestro ser para poner en evidencia y dejar expuestas las fortalezas
engañosas que aún determinan nuestras actitudes y nuestra conducta: “Cierta-
mente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier es-
pada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la
médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”
(Heb. 4:12). Derribar las fortalezas tiene que ver entonces con confrontar de
forma continua y sistemática cada una de las creencias engañosas arrai-
gadas en nuestra mente, en nuestras actitudes y en nuestra conducta con
la verdad de Dios revelada en las Escrituras sobre el particular. El conoci-
miento de la Biblia muestra una vez más su utilidad. Pero la Biblia no se limita a
dejar expuestas estas fortalezas mentirosas en nuestra mente, sino que las de-
rriba al sustituir gradualmente esas mentiras por la verdad de Dios desencade-
nando a su vez de forma natural las conductas saludables y provechosas que
deben caracterizar a los creyentes, puesto que: “así es también la palabra que
sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá
con mis propósitos” (Isa. 55:11). Esto es, por supuesto, un proceso que no
sucede de la noche a la mañana, sino que requiere familiarizarse de tal
modo con las verdades reveladas en las Escrituras que estas pasen de la
mente ‒en donde deben ser primero conocidas y comprendidas‒ al co-
razón del creyente moldeando sus actitudes, su voluntad y su conducta.
Así como las mentiras con las que el mundo, Satanás y sus demonios nos bom-
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Ambos tipos de pensamientos, los que provienen de los demonios y los que
provienen de nuestra naturaleza pecaminosa, pueden llegar a dar origen por
igual a fortalezas en nuestras vidas. Pero a diferencia de los pensamientos
provenientes de la naturaleza pecaminosa, los que provienen de los demonios no
pueden ser evitados y no debemos sentirnos, pues, culpables de su aparición.
Pero sí somos responsables de evitar que prosperen en nuestra mente y
terminen afectando y contagiando nuestro corazón. Valga decir que ambos
tipos de pensamientos engañosos pueden ser combatidos con las armas a nues-
tra disposición. En ambos casos debemos “atraparlos” o “llevarlos cautivos”
evaluándolo a la luz de lo que la Biblia dice sobre el asunto en cuestión, de
modo tal que, si es contrario a lo que Dios dice, debe ser desechado en el
acto sin mayores consideraciones cada vez que aparezca o reaparezca.
Los sentimientos son un valor agregado a los deberes, pero no son lo fun-
damental. Por eso, la Biblia no se refiere a las relaciones conyugales, las de pa-
dres e hijos y las de patronos y empleados en términos de sentimientos, sino de
deberes mutuos que debemos cumplir al margen de los sentimientos. Los cristia-
nos tenemos, pues, que estar en condiciones de declarar todos los días: “…
‘Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”
(Lc. 17:10), sin que se mencionen en este caso como acompañantes necesarios
la exaltación o el despliegue de sentimientos. Al fin y al cabo, la dicha bienaven-
turada que el Señor promete a sus siervos tiene una sola condición que no tiene
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que ver con los sentimientos: “Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo
encuentra cumpliendo con su deber” (Mt. 24:46).
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Tal vez por eso el apóstol Juan tiene que llamar la atención y sacudir a sus interlocu-
tores cristianos de este modo: “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se
nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!... Queridos hermanos, ahora somos hijos de
Dios...” (1 Jn. 3:1-2). Las razones para este velado menosprecio de esta bendición
que Dios nos otorga tienen que ver con el hecho de que, en el contexto secular y
en la tradición católica romana parece que lo único que se requiere para ser
hijos de Dios es existir. En efecto, traemos incorporada la idea de que, por derecho
de creación, Dios es Padre de toda criatura, sea ésta animada o inanimada, inteligen-
te o no, racional o irracional. Y una condición compartida por todas las criaturas sin
excepción por el mero hecho de existir no se tiene en gran estima ni se ve como un
privilegio especial, pues su carácter universal le resta valor a los ojos del individuo
humano que concibe cualquier privilegio como algo que debe traer aparejado algún
grado de exclusividad.
Ahora bien, no se puede negar que en un sentido muy amplio y general podría
decirse que Dios es el Padre de todo lo que existe en la medida en que Él es en
última instancia el Creador y el origen de todas las cosas. Pero el pueblo de Israel
nunca se refirió a Dios como Padre simplemente para indicar la relación universal e
impersonal de causa y efecto existente entre el Creador y su creación, sino que sin
dejar de incluir este sentido, ellos iban más lejos al concebir a Dios como Padre en
una relación interpersonal de carácter restringido y exclusivo que se apoyaba en la
elección irrevocable que Dios había hecho en su momento de Abraham y su descen-
dencia por encima de las demás naciones de la tierra.
Sin embargo, los israelitas veían a Dios como Padre de la nación de Israel como
un todo, y no como el padre individual de cada uno de ellos. En el Antiguo Tes-
tamento un judío no osaría tratar a Dios como Padre a título individual. Eso sería una
irreverencia que rayaría en la blasfemia en labios de un judío. Por esta razón en el
Nuevo Testamento las oraciones de Cristo dirigiéndose a su Padre a título individual
31
son totalmente revolucionarias. Para los judíos el hecho de que Cristo se hiciera a sí
mismo “Hijo de Dios” y se refiriera a Dios como su Padre más que como el Padre de
toda la nación, era considerado una blasfemia: “Las obras que hago en nombre de
mi Padre son las que me acreditan... Mi Padre que, que me las ha dado, es más
grande que todos... El Padre y yo somos uno. Una vez más los judíos tomaron pie-
dras para arrojárselas... No te apedreamos por ninguna de ellas sino por blasfe-
mia; porque tú, siendo hombre, te haces pasar por Dios. ¿Y acaso respondió
Jesús no está escrito en su ley: "Yo he dicho que ustedes son dioses"? Si Dios
llamó "dioses" a aquellos para quienes vino la palabra (y la Escritura no puede ser
quebrantada), ¿por qué acusan de blasfemia a quien el Padre apartó para sí y
envió al mundo? ¿Tan sólo porque dijo: "Yo soy el Hijo de Dios"? Si no hago
las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí,
crean a mis obras, para que sepan y entiendan que el Padre está en mí, y que yo es-
toy en el Padre. Nuevamente intentaron arrestarlo, pero él se les escapó de las ma-
nos” (Jn. 10:25, 29-31; 33-39).
género humano sano. Porque aunque no pueda negarse que existan muchas
relaciones entre padres e hijos problemáticas y cargadas de experiencias ne-
gativas, no todas las relaciones entre padres e hijos encajan en estos moldes.
De hecho, el evangelio nos ofrece la relación ideal entre Padre e hijo que co-
rrige y permite dejar atrás todas las experiencia traumáticas que hayamos vi-
vido en nuestras previas relaciones paternofiliales. Porque Dios es Padre. Pero
es un Padre perfecto (Mt. 5:48), muy superior a todos los modelos más o menos
equivocados de padres terrenales que la experiencia humana provee (Sal. 27:10;
2 Cor. 6:18). El adquirir conciencia de ello debería llevarnos a apreciar más que a
nada la posibilidad de acudir a Dios con estas palabras: “… »‘Padre nuestro que
estás en el cielo…” (Mt. 6:9).
Por otra parte, el Señor Jesucristo ilustró la buena disposición del Padre ce-
lestial para con los creyentes haciendo referencia a la habitual buena dis-
posición de los padres humanos hacia sus hijos que, de manera natural,
piden a los primeros, admitiendo así su necesidad y dependencia de éstos:
“»¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un
pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar co-
sas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas
buenas a los que le pidan!” (Mt. 7:9-11).
Es recomendable que para apreciar mejor la buena disposición del Padre
celestial para con sus hijos, los creyentes ampliaran un poco su perspecti-
va de manera regular y miraran un poco más allá de sus narices para salir
de su entorno inmediato y remontarse al horizonte provisto por la ciencia
al estudiar el universo. Porque es desde este horizonte que llegamos a estar
de acuerdo con Fred Heeren cuando declara: “Muchos científicos... han recono-
cido lo que parece como preparación a propósito, un plan perfecto en todas las
leyes de la naturaleza que existen especialmente para nuestro beneficio”.
En efecto, las conclusiones a las que amplios sectores de la ciencia actual está
llegando respaldan la idea de Dios como Padre que la Biblia revela. Un Padre
que: “… miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno” (Gén.
1:31). En efecto, la ciencia de hoy está esencialmente de acuerdo con esta afir-
mación al reconocer que los múltiples parámetros del universo “han de tener va-
lores que caigan dentro de rangos estrechamente definidos para que pueda exis-
tir vida del tipo que sea”. Es por eso que, cuando nuestras circunstancias per-
sonales nos lleven a pensar que la vida es dura y difícil, haríamos bien en
ampliar nuestro horizonte y considerar nuestra situación desde la perspec-
tiva que nos brinda ese diseño perfecto, esa exacta planificación y esa eje-
cución cabal del universo llevada a cabo por nuestro Padre; pues de no
35
existir todas ellas la vida más que “difícil” o “dura” sería por completo im-
posible. Y es precisamente el Padre Todopoderoso que hizo toda esta serie de
arreglos especiales y se tomó todo este trabajo para que cada uno de nosotros
pudiera vivir y experimentar este idóneo mundo físico, quien nos dice con todo el
peso de la evidencia, la lógica y el sentido común de su lado: “... por qué se pre-
ocupan...?... no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué bebere-
mos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Porque... el Padre celestial sabe que uste-
des... necesitan todas estas cosas” (Mt. 6:28-32). Los creyentes debemos re-
cordar que no solo los mandamientos divinos fueron diseñados por Dios
para nuestro beneficio, sino también las leyes naturales que rigen el mun-
do, y que ni siquiera el pecado del hombre ha podido malograrlas para que
dejen de funcionar tal como fueron diseñadas.
Como si esto no fuera suficiente, nuestro sentido de valor propio procede del
hecho de que el Padre celestial nos consideró tan especiales y valiosos
que no escatimó ni rehusó entregar a su propio Hijo para redimirnos (Rom.
8:32), y que él a su vez estimó que el precio a pagar por nosotros no podía
ser menos que el de su propia sangre (1 P. 1:18-20). No se equivocó el re-
cientemente fallecido pensador cristiano Charles Colson cuando declaró: “Para
que la Iglesia Occidental se reanime tiene que resolver su crisis de identidad,
afirmarse en la verdad, renovar su visión… y, más que todo, tiene que recuperar
el temor al Señor”. Porque es de nuestra crisis de identidad que surgen todo
el resto de nuestros problemas.
5.2 Crisis de identidad. En efecto, incluso los cristianos no sabemos aún a carta
cabal quienes somos. Veamos rápidamente cómo el apóstol Pedro fue en su mo-
mento, en razón de su triple negación del Señor, víctima de este mal, renegando
precisamente de su ser o identidad personal: “no lo soy” (Lc. 22:58; Jn. 18:17, 25),
pasando por la negación de su conocer: “no lo conozco” (Mt. 26:72, 74; Mr. 14:68,
71; Lc. 22:57) y cerrando con la negación de su saber: “No sé” (Mt. 26:70; Lc.
22:60). Es que cuando negamos nuestra identidad esencial, lo que somos;
pronto estaremos a la deriva sin conocer de dónde venimos ni para donde
vamos, y sin saber tampoco lo que debemos hacer y lo que podemos esperar
en la coyuntura histórica en la que nos encontramos. Es, pues, urgente super-
ar “El síndrome de Pedro” (D. Silva-Silva), pues: “... más que nunca, necesita-
mos... Ser gente de este tiempo… conocer... lo... necesario para la comprensión
del fenómeno contemporáneo; y saber... acertar en medio de las complejas cir-
cunstancias de hoy”, asumiendo en primer término nuestra restaurada iden-
tidad de hijos de Dios en Cristo con plena conciencia y en todas sus mara-
villosas implicaciones.
36
6 Mis relaciones
Una vez que la relación con Dios Padre es restaurada conforme a la revelación
en Jesucristo y el poder del Espíritu Santo operando simultáneamente en la persona;
la sanidad interior puede emprender con ventaja la restauración de las relacio-
nes del creyente con su prójimo. Pero antes de abordar este asunto es crucial en-
tender la importancia de las relaciones en la perspectiva de Dios y el evangelio.
6.1 Dios es amor. Esta importancia surge del hecho de que Dios es amor (1 Jn.
4:8, 16). Y el amor es en esencia un vínculo entre personas (en el caso de
Dios, el vínculo perfecto que sostienen las tres personas de la Trinidad desde la
eternidad). Por eso, el mandamiento que resume todo el Antiguo Testamento es
el amor. A Dios, en primer lugar, y al prójimo tanto como a nosotros mismos:
“‒‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente’
‒le respondió Jesús‒ Éste es el primero y el más importante de los mandamien-
tos. El segundo se parece a éste: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’” (Mt.
22:37-39). Vale la pena, entonces, recordar que en el cristianismo el amor
1
propio , siendo necesario, debe estar siempre al servicio del amor a Dios y
al prójimo, en ese orden. Se concluye de esto que lo único que le confiere
sentido pleno a nuestra existencia en este enorme espacio vacío que cons-
tituye nuestro universo son, justamente, los otros. En consecuencia, en el
cristianismo se concede una importancia fundamental a la existencia de los de-
más para que nuestra propia existencia sea posible y tenga sentido. Depende-
mos los unos de los otros. Sin el prójimo nuestra vida no tendría sentido. El
carácter frío, individualista e impersonal que a veces adquiere la existencia
humana, sólo puede ser superado en lo que incluso los filósofos llaman: “el ser-
para-el-otro”. Y el cristianismo debería ser la mejor puesta en práctica de es-
ta filosofía de “ser-para-el otro”.
La verdad final del universo tiene, pues, que ver en esencia con los afectos
y las relaciones interpersonales. Dicho de otro modo, el ser humano nunca
halla su realización personal viviendo para sí mismo, sino viviendo para los otros,
a semejanza de Cristo. Únicamente al vivir en amor para los otros, podremos
vivir también plenamente para nosotros mismos. La tragedia de la vida es
1
El llamado “amor propio” o “autoestima” no es más que el amor que profesamos hacia nuestro propio ser y que gira
y converge, entonces, en el yo y sus más inmediatas y/o prioritarias necesidades e intereses. Aquí preferimos el térmi-
no “amor propio” a “autoestima”, por el uso indebido que la psicología moderna y las diferentes variantes populares
del movimiento de autoayuda infiltrado también de manera peligrosa en el cristianismo ha venido haciendo de esta
última expresión, convirtiendo a la “autoestima” en la legítima finalidad de la vida humana, erigiendo con ella un nue-
vo ídolo en franca competencia con el Dios vivo y verdadero revelado en Jesucristo, en una velada reedición del anti-
guo engaño de la serpiente del Edén, empeñada por todos los medios en hacernos creer que podemos llegar a ser dio-
ses con independencia e incluso en oposición a Dios.
37
que una gran cantidad de personas en el mundo no entiende esto y creen poder
realizarse obteniendo logros que al final no son más que victorias pírricas. Sin
mencionar que para alcanzar estos logros muchas veces se sirven de los demás
de manera egoísta y groseramente utilitarista, alcanzando la cima a costa de pi-
sotear las vidas de otros.
6.2 Victorias pírricas. En relación con las mencionadas “victorias pírricas”, vale la
pena explicar de dónde viene esta expresión. Proviene de Pirro, rey y estratega
militar de la provincia de Epiro que lideró victoriosamente una coalición de ciuda-
des griegas en contra de los romanos. Sin embargo, las victorias obtenidas en
batalla fueron tan cerradas y sus pérdidas tan abrumadoras, que al término de
una de ellas pronunció su célebre frase: “Con otra victoria como ésta y estamos
perdidos”. Desde entonces la expresión “victoria pírrica” ha designado una
victoria cuyas ganancias no compensan las pérdidas sufridas durante la
misma. Y una de las más típicas y generalizadas victorias pírricas que se
repiten de generación en generación es triunfar en el ejercicio de la voca-
ción profesional sacrificando las relaciones con los seres queridos.
A este respecto Patrick Morley manifestó que: “No hay éxito laboral que pueda
compensar el fracaso en el hogar”. Y alguien ha dicho también que en el lecho de
muerte nadie ha lamentado no haber dedicado más tiempo al trabajo o a los lo-
gros profesionales, sino a las relaciones y afectos con los seres amados. En la
Biblia personajes como Elí, Samuel y David, triunfaron en el ejercicio de sus vo-
caciones de dirigentes en el aspecto sacerdotal, profético, político y militar; pero
fracasaron de manera estruendosa al formar y disciplinar a sus hijos (1 S. 3:13-
14; 8:1-4; 2 S. 13:1-18:33), pagando un doloroso costo personal en este crucial
asunto. Por eso el Señor nos cuestiona para que nuestro paso por el mundo
no se convierta en una victoria pírrica en la que sacrifiquemos nuestra re-
lación con Dios y nuestros semejantes para alcanzar logros que no com-
pensan nunca el costo pagado para obtenerlos: “¿De qué le sirve a uno ga-
nar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?” (Lc. 9:25).
6.3 La familia. Ahora bien, la familia consanguínea suele ser el grupo de personas
más próximas (de ahí viene la palabra “prójimo”) con el que sostenemos relacio-
nes. Y a pesar de que sean eventualmente inconversos y difíciles de tratar por
ésta o por cualquier otra causa, el creyente debe esmerarse en restablecer y
fortalecer las relaciones con ellos en la medida de sus posibilidades, por-
que como lo dijo el poeta estadounidense Wallace Stevens después de haber
pasado buena parte de su vida sin sostener ningún tipo de relaciones con sus
parientes consanguíneos y redescubrir hacia el final de su vida estas relaciones:
“El lazo familiar me ha entusiasmado. Es una fuente de fortaleza que la vida me
ha regalado”.
38
Y es que por mucho que deseemos tomar distancia de nuestro linaje, por
mucho que puedan condicionarnos e incluso avergonzarnos nuestros
vínculos consanguíneos, no podemos renegar de ellos de una manera ab-
soluta sin tener que pagar en el proceso un costo demasiado elevado para
poder sobrellevarlo. La familia es una de las realidades otorgadas por Dios al
hombre que le brindan sentido a la vida, con mayor razón en el caso de los cre-
yentes. Y si bien nunca debe colocarse por encima de nuestra lealtad a Dios:
“«Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su espo-
sa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no
puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26), después de Él la familia figura en el segundo
lugar de prioridad de la vida cristiana.
El ministerio de la reconciliación encomendando por Dios a sus hijos (2 Cor.
5:18), pasa entonces, en primer lugar, por las relaciones familiares. En cuanto
dependa de nosotros (Rom. 12:18), los creyentes debemos esmerarnos y tomar
la iniciativa para restaurar hasta donde sea posible las relaciones familiares que
se encuentren deterioradas o se hayan malogrado. No en vano el ministerio de
Juan Bautista incluía de manera puntual y destacada “reconciliar a los padres
con los hijos” (Lc. 1:17). El evangelio amplía enormemente la cantidad de
personas que se encuentran abarcadas bajo la noción de familia, pues da
lugar a la iglesia, el conjunto de los creyentes que al ser hijos de Dios con-
forman a su vez una gran familia espiritual: la llamada “familia de Dios” en
el Nuevo Testamento (Efe. 2:19; Heb. 10:21; 1 P. 4:17).
Pero los nuevos vínculos generados por la fe no eliminan los viejos vínculos con-
sanguíneos que heredamos desde nuestro nacimiento natural ni nos obligan a
menospreciarlos. Dios no ama y manifiesta un profundo interés únicamente
en los creyentes considerados de manera individual y aislada, sino que los
ama en el contexto de la familia a la que pertenecen y ama, por tanto, tam-
bién a nuestros familiares, promoviendo de paso las mejores y más cons-
tructivas relaciones en el contexto familiar (Efe. 5:21-6:4). En el evangelio
vemos que dentro de la iglesia apostólica la madre y los hermanos del Señor
ocuparon un lugar destacado (Hc. 1:14, Gál 1:19), hecho que brinda renovada
confianza para esperar en nuestra propia vida el cumplimiento de la promesa di-
vina: “Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos le contestaron”
(Hc. 16:31).
6.4 La iglesia. Ampliando el alcance de nuestro tema, en este contexto de las rela-
ciones la iglesia cobra gran importancia, ya no sólo en su aspecto doctrinal por el
cual los teólogos se esmeran por definirla con base en lo que la Biblia dice de
ella, sino en su aspecto práctico por el que la iglesia constituye el contexto
social más preciso para vivir lo que la Biblia llama la “comunión de los
39
Además, la comunión de los santos hecha posible por Cristo tiene por sí
misma efectos terapéuticos sobre las personas que la disfrutan. Efectos
que son incluso más eficaces que las terapias profesionales brindadas por
especialistas. A este respecto Bernie Zilbergeld afirmaba: “La mayoría de la
gente puede probablemente conseguir la misma clase de ayuda de amigos, pa-
rientes u otros que la que consiguen de terapeutas”. Por supuesto, dentro de
esos “otros” estarían incluidos, de manera destacada, nuestros hermanos en la
fe en el contexto de la iglesia.
6.5 La amistad. Pero finalmente son las amistades que establecemos en el marco
de la iglesia las que ponen el broche de oro en esta terapia comunitaria, pues
cuentan no sólo con las ventajas propias de las relaciones de amistad y la espontá-
nea y profunda empatía que ésta genera, sino también con el trasfondo de la frater-
nidad que nos obliga a los unos con los otros en estos términos: “Sobre todo,
2
Facultad de identificarse con otra persona o grupo poniéndose en su lugar para percibir lo que siente
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ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de
pecados” (1 P. 4:8).
Por último cabe decir que la comunión y las múltiples relaciones a las que
ella da lugar es necesaria incluso cuando se torne difícil. Porque de otro
modo nunca conoceremos la verdad. La verdad, es decir Cristo, es algo que
únicamente se revela en la comunidad. Cristo no vino a establecer creyentes in-
dividuales, sino que vino a establecer su iglesia, es decir el conjunto o la asam-
blea (esto es lo que significa la palabra “iglesia”) de creyentes reunidos en comu-
nidad solidaria y amorosa alrededor de Él. La relación de Cristo con el creyen-
te es siempre personal e individual, pero no es nunca individualista, pues
no fomenta sino que más bien condena el aislamiento del creyente de la
comunidad. Contrario a lo que pudiera creerse, nadie llega a conocer la verdad
en un ejercicio asocial solitario e individualista, metidos en un laboratorio o en
una biblioteca estudiando sin más compañía que nuestro microscopio, nuestros
tubos de ensayo, nuestros libros y nuestro computador personal. Y es apenas
lógico que así sea, puesto que si Dios es la verdad final, la verdad es algo tan
grande que no puede ser nunca abarcada por completo por ningún indivi-
duo humano considerado de manera aislada, por inteligente, capaz y pre-
parado que pueda ser. Todos tenemos un punto de vista único pero siempre li-
mitado y fragmentario de la verdad. Por eso necesitamos de las relaciones con
los demás. Para completar el cuadro y reunir la mayor cantidad de piezas de la
verdad que podamos encontrar. Debido a ello, el conocimiento de la verdad es
algo que se alcanza de forma permanente en el trato con el prójimo, por
doloroso que pueda ser a veces, pues es en el rostro del prójimo donde es-
tamos llamados a ver reflejado a Cristo (Mt. 18:5; 25:40), descubriendo así
que: “El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre” (Pr.
27:17).
42
7.2 Niñez e inmadurez. El Señor Jesucristo puso como ejemplo en varias ocasiones
a los niños (Mr. 10:14-5), elogiando virtudes de la infancia tales como la inocen-
cia, la humildad, la confianza y la dependencia, rasgos todos necesarios para ac-
ceder al Reino de Dios. Pero no debemos olvidar que la infancia también
implica inmadurez, y el no saber diferenciarlas puede llevar a justificar la
inmadurez en los creyentes marcadamente egocéntricos, indolentes, egoístas,
exigentes, irresponsables e irrazonables. Pablo está, precisamente, lidiando con
ellos en la iglesia de Corinto, interpelándolos en estos términos: “Yo, hermanos,
no pude dirigirme a ustedes como a espirituales sino como a inmaduros, apenas
niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni
pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y
contiendas, ¿no serán inmaduros?...” (1 Cor. 3:1-3). La misma amonestación fue
planteada por el autor de la epístola a los Hebreos: “Sobre este tema tenemos
mucho que decir aunque es difícil explicarlo, porque a ustedes lo que les entra
por un oído les sale por el otro… a estas alturas ya deberían ser maestros, y sin
embargo necesitan que alguien vuelva a enseñarles las verdades más
elementales de la palabra de Dios… necesitan leche en vez de alimento sólido.
El que sólo se alimenta de leche es inexperto… es como un niño de pecho. En
cambio, el alimento sólido es para los adultos, para los que tienen la capacidad
de distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de
percepción espiritual” (Heb. 5:11-14). Dejar la inmadurez que caracteriza la
infancia espiritual debería ser algo natural que se da por descontado:
“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como
niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño” (1 Cor. 13:11),
pero nunca sobra la esclarecedora exhortación del apóstol al respecto:
“Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean niños en cuanto a la
malicia, pero adultos en su modo de pensar” (1 Cor. 14:20).
7.3 Madurez, excelencia y perfección. Uno de los rasgos que indican madurez en
el creyente es la búsqueda de la excelencia en todo lo que hace. Pero aquí hay
que hacer la distinción muy bien señalada por el actor Michael J. Fox al declarar:
“Tengo cuidado de no confundir la excelencia con la perfección. Puedo aspirar a
la excelencia; la perfección es asunto de Dios”. En efecto, el diccionario define la
excelencia como la cualidad por la cual algo sobresale en bondad, mérito y
estimación. La excelencia desarrollada en grado absoluto es llamada
perfección y, como bien se afirma arriba, éste es un rasgo exclusivo de Dios. A
los vanos intentos y pretensiones del hombre por alcanzar esta condición se le
da el nombre de “perfeccionismo”, pero el hecho es que la perfección absoluta
es una meta imposible en esta vida, razón por la cual su fracasada
búsqueda genera depresión y se constituye en una carga pesada para los
44
así atrás ese recurso perezoso, fácil, mágico e irracional que requiere la ayuda
de un Dios paternalista en todo. Un Dios tapa-agujeros y remedia-todo. Por el
contrario, entrados en madurez, Dios desea que resolvamos nuestros
problemas por nosotros mismos, sin que por eso dejemos de ser
conscientes de su presencia, a la manera de un padre que vigila las labores
de sus hijos maduros, una vez han aprendido de él la forma correcta y
responsable de llevarlas a cabo. Por eso, cuando pedimos algo en oración,
debemos evitar la falsa expectativa de esperar que Dios supla nuestro esfuerzo,
pretensión que es, por cierto, característica de la magia, pues el cristiano
equilibrado y maduro no ignora ni hace caso omiso de los medios provistos por
Dios para la obtención de los bienes necesarios para cubrir su legítimas
necesidades, sin que por ello deje de mantener con Dios una sana, madura y
necesaria relación de amor menos dependiente que le ayude a desarrollar a
plenitud todos los dones y capacidades recibidos de Dios. El Sermón del Monte
(Mt. 6:25-26) supone el proverbio sueco que dice: “Dios le da una lombriz a cada
pájaro, pero no se la lleva hasta el nido”.
7.5 Madurez y optimismo. Por último, la madurez cristiana también se define
por el optimismo propio de la fe que todo creyente debe cultivar. Porque es
un hecho que nuestras actitudes buenas o malas condicionan la percepción que
tenemos de la realidad. Por eso, sin caer en posiciones ingenuas o escapistas, el
creyente puede, aún en las circunstancias más difíciles y opresivas, ver siempre
un rayo de realista esperanza que ilumine el panorama, mientras que los incon-
versos suelen volverse tan cínica o amargadamente críticos de todo, que se en-
cierran voluntariamente en la oscuridad aún cuando el sol esté alumbrando de
manera evidente afuera. El optimismo esperanzado del creyente está, por
tanto, llamado a combatir el pesimismo trágico del incrédulo, aunque am-
bos se encuentren confrontados con la misma realidad y sometidos a las
mismas o similares circunstancias. No es cierto, entonces, que un pesimista
sea un optimista bien informado, como lo dicen con mordacidad los pesimistas,
sino que más bien todo depende de si vemos la realidad con fe o con incre-
dulidad. Porque, de igual modo, un optimista podría ser un pesimista bien infor-
mado en la medida que dispone de la privilegiada información de que Dios está a
cargo de la situación. Información de la que carece el pesimista. Como puede
verse, el asunto no es poseer información, sino qué tipo de información se
posee. En efecto, la fe nos permite ver siempre el vaso medio lleno, mientras
que la incredulidad nos lleva a ver el mismo vaso siempre medio vacío. Porque el
“vaso medio lleno” implica la presencia de Dios guiando providencialmente las
cosas, por mal que se puedan ver, mientras que el “vaso medio vacío” implica la
ausencia de Dios y el caos consecuente. Dicho de otro modo, la presencia de
Dios puede hacer un cielo del infierno, mientras que la ausencia de Dios
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obra el efecto contrario: hacer un infierno del cielo, como lo sostenía el puri-
tano John Milton, autor del mundialmente famoso poema épico El Paraíso Perdi-
do: “La mente tiene su propio lugar, y ella misma puede hacer un cielo del infier-
no o un infierno del cielo”.
Así, pues, nuestra percepción favorable o desfavorable de la realidad depende
de si vemos o no vemos a Dios en medio de ella. Y una fe madura es la que
hace la diferencia a este respecto, ya que en realidad: “Dios nos habla una y otra
vez, aunque no lo percibamos” (Job 33:14). Y lo hace en tal variedad de formas
que no tiene que recurrir necesariamente a voces perceptibles. Fue la ausencia
de fe la que truncó y atrofió la percepción de los judíos en relación con Cristo
llevándolos a rechazarlo y no reconocer en Él al Mesías esperado. Y es, asimis-
mo, la fe la que amplía nuestra perspectiva y provee el adiestramiento necesario
por el cual Dios nos enseña lo que no alcanzamos a percibir normalmente, impi-
diendo que nos desviemos del camino: “Ya sea que te desvíes a la derecha o a
la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te dirá: «Éste es el
camino; síguelo.»” (Isa. 30:21) y conduciéndonos a la madurez y confianza de
quienes, como lo leíamos en Hebreos: “… tienen la capacidad de distinguir entre
lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de percepción espiritual”
(Heb. 5:14). Justamente, es en Hebreos donde encontramos la exhortación final
que recoge de manera concluyente todo lo dicho en este capítulo de cierre de
nuestra conferencia: “Por eso, dejando a un lado las enseñanzas elementales
acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez. No volvamos a poner los funda-
mentos…” (Heb. 6:1)