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Conferencia Sanidad Interior

Este documento habla sobre la sanidad interior en la tradición cristiana protestante. 1) Define la sanidad interior como un proceso terapéutico y pastoral que busca remover obstáculos para que los creyentes alcancen la vida abundante que Cristo prometió. 2) Señala que la base bíblica es Isaías 53:4-5 que dice que por las heridas de Cristo fuimos sanados. 3) Explica que la sanidad física y emocional son parte de la herencia que Dios reservó para sus hijos y que se pueden comenzar a

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Conferencia Sanidad Interior

Este documento habla sobre la sanidad interior en la tradición cristiana protestante. 1) Define la sanidad interior como un proceso terapéutico y pastoral que busca remover obstáculos para que los creyentes alcancen la vida abundante que Cristo prometió. 2) Señala que la base bíblica es Isaías 53:4-5 que dice que por las heridas de Cristo fuimos sanados. 3) Explica que la sanidad física y emocional son parte de la herencia que Dios reservó para sus hijos y que se pueden comenzar a

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SANIDAD INTERIOR

1.1 Definición. Sanidad interior es el nombre que la tradición cristiana protestante


evangélica ha dado a una dinámica terapéutica y pastoral de orden espiritual,
que busca poner al alcance de todo creyente los recursos provistos por la gra-
cia de Dios en Jesucristo, mediante la acción de su Espíritu, para lograr remo-
ver todo obstáculo, lastre o estorbo que esté impidiendo el desarrollo cabal de
todo el potencial otorgado por Dios a cada uno de sus hijos para alcanzar la
vida abundante que Cristo vino a brindarnos, en cumplimiento de su palabra
cuando dice: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para
que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn. 10:10). La sanidad interior faculta al
creyente para fructificar de manera plena en la vocación de vida a la que fue llamado
por Dios, todo ello basado en el conocimiento de los principios revelados en la Biblia,
la Palabra de Dios, en lo concerniente a este tema.

1.1.1 Fundamento bíblico. La revelación fundamental en la que se sustenta esta


dinámica es el pasaje de Isaías 53:4-5 que dice: “Ciertamente Él cargó con
nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo conside-
ramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras
rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre Él recayó el castigo, precio
de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados”.

En este versículo que aborda con 700 años de anticipación el misterio de la


cruz, el profeta Isaías se refiere a los efectos de la redención llevada a cabo por
Cristo mediante su muerte expiatoria y sustitutoria como si ya fueran hechos
cumplidos, consumados y vigentes en su propia época. La teología ha sosteni-
do con base en este y otros pasajes similares que la redención tiene un efecto
retroactivo, es decir que no sólo se aplica a quienes vivimos con posterioridad a
ella, sino también a todos los santos del Antiguo Testamento que murieron
anunciando y esperando con fe la llegada del Mesías, “la consolación de Israel”
(Lc. 2:25-26, 38). Pero, por lo pronto, nos interesan sus efectos para nosotros,
quienes vivimos con posterioridad a ella.

Observando con detalle el contenido de este anuncio, se nos dice que a


través del cuerpo quebrantado del Señor Jesucristo en la cruz nosotros
obtuvimos la sanidad de nuestras enfermedades corporales y de nuestras
dolencias anímicas o heridas en el corazón. Asimismo, el pasaje añade que
Él sufrió en sustitución nuestra y a favor nuestro el castigo que nuestras rebe-
liones y pecados merecían y pagó el precio requerido por la justicia de Dios pa-
ra poder ser reconciliados y ponernos en paz con Dios.
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La afirmación del profeta que concluye el pasaje es terminante: “gracias a sus


heridas fuimos sanados”. A la luz de la seguridad y firmeza de esta declaración
los creyentes tenemos el deber de hacer lo necesario para apropiarnos y bene-
ficiarnos de lo que a Cristo le costó tanto lograr, pues de otro modo estaremos
menospreciando, para nuestro propio perjuicio, lo alcanzado en la cruz a nues-
tro favor y lo que es peor todavía, tendiendo un manto de duda sobre las pala-
bras de Dios reveladas en las Escrituras, impidiendo que la gloria de Dios brille
como debería en la vida de sus redimidos.

Debemos, entonces, trabajar para que lo que ya es un hecho cumplido en


la historia sea un hecho cumplido y plenamente vigente en nuestra propia
historia personal. Tenemos, pues, que ejercer correctamente la fe para
que estas promesas se hagan realidad en nuestras vidas, creyendo e in-
corporando conscientemente las verdades reveladas en las Escrituras y
actuando en conformidad con los principios contenidos en ellas y no
propiamente guiados por lo que sentimos, pues los sentimientos, con todo y
ser reales, con frecuencia son engañosos y transmiten información equivocada
distante de los hechos. Después de todo: “Los sentimientos corrompen los prin-
cipios; mientras que los principios perfeccionan los sentimientos” (D. Silva-
Silva).

1.1.2 Sanidad y herencia. La sanidad física y la sanidad del alma (más exactamen-
te, la sanidad interior) son, pues, parte de la herencia que Dios tiene reser-
vada para sus hijos que debemos conocer, pudiendo comenzar a disfrutarla
desde ahora: “Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y cohere-
deros con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él
en su gloria” (Rom. 8:17); “Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Pa-
dre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conoz-
can mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que
sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa
herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a
favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz” (Efe. 1:17-
19).

Y si bien es cierto que, por lo pronto, no todos los creyentes reciben la anhelada
sanidad física por razones que escapan a nuestro conocimiento y que reposan
en el soberano secreto de Dios, sí podemos afirmar que aplicando correcta-
mente los principios correspondientes revelados en las Escrituras, todos
los creyentes pueden alcanzar una satisfactoria sanidad interior de todos
sus conflictos anteriores y posteriores a la conversión que les permita vi-
vir desde ahora la vida de calidad que Dios diseñó para todos y cada uno
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de nosotros desde antes de la creación del mundo: “Dios nos escogió en él an-
tes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de
él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de
Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su glorio-
sa gracia, que nos concedió en su Amado. En él tenemos la redención median-
te su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gra-
cia que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento… En
Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el
plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad, a
fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos
para alabanza de su gloria” (Efe. 1:4-8, 11-12); “Porque yo sé muy bien los pla-
nes que tengo para ustedes ‒afirma el SEÑOR‒, planes de bienestar y no de ca-
lamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jer. 29:11).

1.1.3 Sanidad y conversión. Ahora bien, la sanidad fluye naturalmente de la conver-


sión, es decir que sólo cuando nos volvemos a Jesucristo y lo recibimos
en nuestro corazón como nuestro Señor y Salvador podemos comenzar a
experimentar todo lo que Él obtuvo para nosotros en la cruz. No antes.

Al comenzar su ministerio público el Señor Jesucristo leyó e interpretó en la si-


nagoga de Nazaret un pasaje profético de Isaías de esta manera: “Fue a Naza-
ret donde se había criado, y un sábado entró en la sinagoga, como era de cos-
tumbre. Se levantó para hacer la lectura, y le entregaron el libro del profeta Isa-
ías. Al desenrollarlo, encontró el lugar donde está escrito: El Espíritu del Señor
está sobre mí por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los po-
bres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y a dar vista a los cie-
gos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor.
Luego devolvió el libro, se lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos los que es-
taban en la sinagoga lo miraban detenidamente, y el comenzó a hablarles: Hoy
se cumple esta escritura en presencia de ustedes.” (Lc. 4:16-21). En efecto,
Cristo da cumplimiento a todos los anuncios proféticos del Antiguo Tes-
tamento favorables a nosotros, entre ellos la salvación, la sanidad física y
emocional, el perdón de los pecados, la liberación y la restauración. Entremos,
pues, en materia.
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1.2 Buscando la Restauración. El objetivo de este capítulo es enseñar, motivar y esti-


mular a los estudiantes para que trabajen en busca de su restauración, pues
éste es un derecho que Cristo ya adquirió a nuestro favor. La Palabra de Dios en
2 Corintios 13:11 dice: “En fin, hermanos, alégrense, busquen su restauración, hagan
caso de mi exhortación, sean de un mismo sentir, vivan en paz. Y el Dios de amor y de
paz estará con ustedes”.

1.2.1 Responsabilidad personal. Es nuestra responsabilidad personal buscar


nuestra restauración. Esta responsabilidad personal la describe muy bien el
psiquiatra David Allen en su libro Derribando los dioses que llevamos dentro
cuando dice: “Nuestros hijos no necesitan nuestro dinero. No necesitan disfrutar
de la gloria de nuestros éxitos. Necesitan nuestro corazón, un corazón trasfor-
mado, un corazón que ha ido cambiando gracias al esfuerzo hecho por solucio-
nar sus heridas. Entregarle a mi hijo mi propio corazón sobre el que me he esfor-
zado con honestidad y esmero, y con ello motivarlo a que se esfuerce a trabajar
en su propio corazón, genera valor y confianza; es el mayor don que, como pa-
dre, puedo entregarle”.

Podemos estar seguros que Dios no nos anima a buscar algo que no pode-
mos encontrar o alcanzar. Y si nos exhorta a buscar nuestra restauración
es porque Él ya ha dispuesto esta restauración para nosotros y la ha pues-
to a nuestro alcance. Ahora bien, restaurar es, según el diccionario, reparar, re-
novar o volver a poner a algo o alguien en el estado o estimación que tenía pre-
viamente y del que de algún modo cayó. La restauración en la Biblia consiste,
entonces, en volver a colocar a cada creyente dentro del plan glorioso y el
propósito digno que Él diseñó para nosotros desde el principio, pero que
se malogró por el extravío en que el pecado nos sumió.

Ya hemos visto en Efesios que desde antes de la creación del mundo Dios ya
nos conocía por nombre y nos escogió antes de siquiera existir. Del mismo mo-
do, desde nuestra concepción en el vientre de nuestra madre, por accidentada o
circunstancialmente dolorosa que pueda haber sido, Él estaba presente cuidando
que su propósito se cumpliera finalmente en nuestra vida a pesar de las muchas
salidas en falso que hayamos podido experimentar por nuestra rebelión e indife-
rencia hacia Él: “Fui puesto a tu cuidado desde antes de nacer; desde el vientre
de mi madre mi Dios eres tú... Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre
de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son ma-
ravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando
en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era
yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en
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tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de
ellos” (Sal. 22:10; 139:13-16)

1.2.2 Dios tiene la iniciativa. Buscar nuestra restauración es simplemente colaborar


voluntaria y dócilmente en un proceso iniciado y consumado por Dios. Él es
quien ha tomado la iniciativa y que, como tal, nos garantiza que está en
capacidad de llevar a feliz término lo que inició: “Estoy convencido de esto: el
que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de
Cristo Jesús” (Fil. 1:6). Es su prestigio, su gloria, su nombre, su obra lo que está
en juego, por lo que nadie más interesado que Él en honrar todo esto exhibiendo
a cada creyente como el mejor ejemplo de lo que su gracia puede lograr en quien
se rinde a ella.

El cambio que Él puede lograr en la vida de los suyos está gráfica y drásticamen-
te ilustrado en el anuncio hecho por Isaías en el capítulo 61 de su libro. El mismo
anuncio cuyo cumplimiento el Señor declaró en la sinagoga en Lucas 4, que en
los versículos 3 al 4 establece el contraste entre el estado del creyente antes de
la restauración y el estado del creyente con posterioridad a ella, así: “… Me ha
enviado a darles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto,
traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento. Serán llamados robles de justicia,
plantío del SEÑOR, para mostrar su gloria. Reconstruirán las ruinas antiguas, y
restaurarán los escombros de antaño; repararán las ciudades en ruinas, y los es-
combros de muchas generaciones” (Isa. 61:3-4)

1.2.3 Rindiendo el corazón. La conversión auténtica, punto de partida de la restaura-


ción, implica rendirle por completo nuestro corazón a Dios: “»Pero si le entregas
tu corazón y hacia él extiendes las manos, si te apartas del pecado que has co-
metido y en tu morada no das cabida al mal, entonces podrás llevar la frente en
alto y mantenerte firme y libre de temor. Ciertamente olvidarás tus pesares, o los
recordarás como el agua que pasó” (Job 11:13-16). Rendirle el corazón a Dios
es no reservarnos áreas de nuestra vida para poder conducirlas según
nuestros criterios, dejar que Él ilumine todos los rincones de nuestro ser,
no pretender ocultarle aspectos que preferimos encubrir, ya sea por ver-
güenza o cualquier otra razón equivocada. Rendirle el corazón a Dios es
entregarle el meollo de nuestro ser y alinear por completo nuestra voluntad
con la suya. La promesa de Dios para quien le rinde su corazón en arrepenti-
miento sincero (que incluye la decisión de abandonar la práctica de nuestros pe-
cados particulares, esos que hemos aprendido incluso a justificar revistiéndolos
de cierta respetabilidad, sobre todo los que toleramos en nuestra casa de puertas
para adentro) es la restauración plena dejando atrás cualquier estado lastimoso
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en que nos hallemos por cuenta de experiencias o circunstancias pasadas o pre-


sentes.

1.2.4 Aceptar el perdón de Dios. Por obvio que parezca, uno de los obstáculos más
frecuentes para alcanzar la restauración son las dudas que aún embargan a los
creyentes en cuanto a la realidad de su perdón por parte de Dios cuando han
surtido el recurso del arrepentimiento y la confesión. La conversión suele traer
una sensibilización de la conciencia del creyente que a veces le juega malas pa-
sadas, pues el adquirir una conciencia tan profunda de todos sus pecados
pasados y presentes le impide creer que ha recibido de lleno y sin reservas
el perdón que Dios le otorga generosamente. Tal vez por eso el apóstol Juan
escribió: “En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros
delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande
que nuestro corazón y lo sabe todo. Queridos hermanos, si el corazón no nos
condena, tenemos confianza delante de Dios” (1 Jn. 3:19-21). A veces nuestro
corazón sigue condenándonos a pesar del arrepentimiento, pero Dios, fiel a su
palabra, ya no lo hace. El perdón de Dios para quien se arrepiente y confiesa
sus pecados está garantizado de muchas maneras en múltiples pasajes a
lo largo y ancho de las Escrituras, siendo uno de los más sobresalientes el
consignado de nuevo por Juan en su primera epístola: “Si confesamos nuestros
pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda mal-
dad” (1 Jn. 1:9). El diablo acusa continuamente a los creyentes por sus pe-
cados pasados, a lo cual Pablo responde: “¿Quién acusará a los que Dios ha
escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que
murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros”
(Rom. 8:33-34). Debemos perdonarnos a nosotros mismos, pues Dios ratifica su
perdón sobre los que se arrepienten todas las veces que sea necesario y noso-
tros no somos quienes para contradecir el veredicto absolutorio de Dios sobre
nuestras vidas.

1.2.5 Perdonar a otros. Ahora bien, el perdón es de dos vías. Se recibe y se debe
también otorgar. En ningún caso es fácil, pero esto no lo hace menos
necesario para alcanzar la paz y la plena restauración. La verdadera
conversión involucra de manera inobjetable, además de la fe, el arrepentimiento,
la confesión y la solicitud de perdón. En principio, al que viene a Dios con esta
actitud, Dios le concede el perdón sin condicionarlo al cumplimiento de ningún
requisito adicional. Pero todo acto posterior de perdón por parte de Dios
cuando pecamos y debemos arrepentirnos y confesar una vez más
nuestros pecados, sí está condicionado al hecho de que nosotros también
perdonemos a quien nos ha herido: “»Porque si perdonan a otros sus
ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no
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perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las
suyas” (Mt. 6:14-15). Es por eso que la falta de perdón origina en el corazón del
creyente una “raíz amarga” que estorba la gracia de Dios y que afecta
negativamente a quienes lo rodean: “Asegúrense de que nadie deje de alcanzar
la gracia de Dios; de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y
corrompa a muchos” (Heb. 12:15). Después de todo, hay miles de formas en que
podemos ser heridos y ofendidos, pero existe una sola manera en que podemos
tratar exitosamente con ello y dejarlo atrás, y ésta es el perdón: “Y cuando estén
orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que
está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados” (Mr. 11:25-26).
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2. Base Bíblica de la sanidad interior

2.1 Sanidad para el alma. En el marco de la antropología que suscribimos con base
en la Biblia se entiende que el ser humano es un ser tripartito, como lo revela
el apóstol Pablo: “Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y
conserve todo su ser ‒espíritu, alma y cuerpo‒ irreprochable para la venida de
nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel y así lo hará” (1 Tes. 5:23-24).
La sanidad interior es una terapia pastoral dirigida a facilitar la acción de
Dios prometida en este pasaje en lo que tiene que ver con el alma particu-
larmente, comprendida a su vez por tres aspectos diferentes, a saber: men-
te, emociones y voluntad, aspectos que en su conjunto constituyen el alma
humana.

En griego la palabra traducida como alma es “Psujé”, raíz de la palabra psiquis y


psicología. La revelación personal que Jesucristo hace de sí mismo al corazón de
los creyentes es por sí sola una influencia sanadora para muchos de los proble-
mas del alma casi de manera automática, en línea con el pasaje de Isaías 53:4-5
ya citado y considerado con atención. Pero no todas las dolencias del alma
reciben su sanidad con la conversión. Para las que se resisten a ello es
que se ha diseñado la sanidad interior.

En Cristo el tratamiento de Dios para todas las problemáticas humanas que


la Caída trajo como consecuencia es integral. Así, por medio de su muerte y
de su resurrección Cristo proveyó para nuestro cuerpo la eventual sanidad de
nuestras enfermedades físicas y la posterior resurrección con cuerpos incorrupti-
bles. Para nuestro espíritu, la paz con Dios por medio del perdón de nuestros
pecados y la restauración de nuestra perdida comunión con Dios. Y para nues-
tra alma la sanidad de las dolencias y heridas que nuestra experiencia tanto pre-
via como posterior a la conversión pueda habernos acarreado. Ese es el sentido
de promesas bíblicas como las contenidas en el salmo 147:3 que citaremos en
versión Reina Valera del 60: “El sana a los quebrantados de corazón y venda sus
heridas” recordando también la promesa anunciada por Isaías en el capítulo
61:1-2, cumplida por el Señor Jesucristo tal como lo vimos en el ya leído pasaje
de Lucas 4:16-21 en la introducción de la materia. Vale, pues, la pena desglosar
un poco el pasaje de Isaías 61:1-2 para apreciar la riqueza de aspectos com-
prendidos en lo hecho por Cristo a nuestro favor. Dice allí que: “El Espíritu del
Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas
nuevas [esto es, el evangelio de salvación] a los pobres [los pobres en espíritu,
pero también los pobres materiales al promover la justicia social]. Me ha enviado
a sanar a los corazones heridos [sanidad interior], a proclamar liberación a los
cautivos y libertad a los prisioneros [redención de la esclavitud del pecado]…”.
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2.2 Sanidad y comunión con Dios. Asimismo, la acción llevada a cabo por Dios
en Cristo y aplicada al creyente por medio de su Espíritu es antes que nada
de carácter personal e individual. Dicho de otro modo, Dios quiere tratar
con el ser humano uno a uno en una relación de amor única, personal e
íntima. El nos brinda su amistad personal “El SEÑOR brinda su amistad a quienes
le honran” (Sal 25:14). Adicionalmente nos asegura que aunque aquellos de
quienes más dependemos y en quienes más confiamos nos abandonen, Él nos
recoge en sus brazos “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el SEÑOR me
recibirá en sus brazos” (Sal. 27:10). De hecho, Él se declara como nuestro Pa-
dre: “«Yo seré un padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice
el Señor Todopoderoso.»” (2 Cor. 6:18). Esta clase de profunda y muy gratifi-
cante relación empieza en el mismo momento en que aceptamos a Cristo
como el Señor y Salvador de nuestras vidas.

Al rendir nuestra vida a Cristo como nuestro Señor y Salvador Él se mani-


fiesta a nosotros también como nuestro Sanador, nuestro Libertador y
nuestro Restaurador. Recordemos que la obra que Cristo llevó a cabo por
nosotros es también una obra sustitutoria. Es decir que Él nos sustituyó en la
cruz donde todos y cada uno de nosotros debería haber estado de manera per-
sonal y al hacerlo Dios efectúa un cambio drástico, sustituyendo nuestra tristeza
por alegría, nuestro dolor por deleite, nuestra ruina por prosperidad, nuestro luto
por celebración, nuestra ansiedad por confianza, nuestro desánimo por entu-
siasmo, compartiendo con nosotros su gloria y todo lo que ella trae aparejada.
Dicho de otro modo, Él desea sanarnos para que, en la medida de nuestras
posibilidades, mostremos sin reservas su gloria y podamos colaborar con
Él en su labor de restauración de otras vidas arruinadas.

2.3 Sanidad y consolación. Otra manera de expresar la misma idea es mediante


la acción de consolar. No por nada el Espíritu Santo es conocido también con
el nombre propio de El Consolador, pues por su intermedio Dios nos brinda el
anhelado consuelo de todas las heridas en el alma que hayamos podido
recibir en el curso de nuestra vida, como consta en la convicción con la que
Isaías declara: “Sin duda, el SEÑOR consolará a Sión; consolará todas sus ruinas.
Convertirá en un Edén su desierto; en huerto del SEÑOR sus tierras secas. En
ella encontrarán alegría y regocijo, acción de gracias y música de salmos” (Isa.
51:3).

2.4 La sanidad y la vida fructífera. La sanidad interior hace posible que los creyen-
tes fructifiquen de manera abundante en todos los frentes de su vida, como esta-
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ban llamados a hacerlo de no haberse dado la Caída en pecado del género


humano con todas las problemáticas a las que dio lugar. Isaías 32:15-18 descri-
be bien la acción de fructificar que la sanidad interior desencadena entre el pue-
blo de Dios en general y en cada creyente en particular: “hasta que desde lo alto
el Espíritu sea derramado sobre nosotros. Entonces el desierto se volverá un
campo fértil, y el campo fértil se convertirá en bosque. La justicia morará en el
desierto, y en el campo fértil habitará la rectitud. El producto de la justicia será la
paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto. Mi pueblo habitará en un
lugar de paz, en moradas seguras, en serenos lugares de reposo”. La paz y la
seguridad no son tan sólo un valor agregado a la sanidad sin relación directa con
ella, sino que son consecuencias directas de la misma sanidad que Dios nos
provee: “Sin embargo, les daré salud y los curaré; los sanaré y haré que disfruten
de abundante paz y seguridad” (Jer. 33:6). Aquí se da a entender que la paz y la
seguridad son consecuencia de la sanidad y guardan una relación de causa y
efecto entre sí. Debemos, pues, avanzar, como lo indica Isaías 43:18-21: “Olvi-
den las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo! Ya
está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto, y
ríos en lugares desolados”.

Existen muchos otros versículos en la Biblia que confirman con otras palabras la
misma idea esencial en cuanto al deseo de Dios de que todos los creyentes ex-
perimenten una sanidad de los conflictos del alma lo suficientemente satisfactoria
para permitirles fructificar y cosechar las bendiciones temporales que Dios nos
reserva. Los que hemos citado son tan sólo una representativa selección extrac-
tada de entre todos los versículos disponibles que garantizan esta sanidad en vir-
tud de la obra consumada por Cristo en la cruz y su posterior resurrección. La
base segura de la sanidad interior es, pues, lo hecho por Cristo en la cruz
hace poco menos de 2000 años y su prometida presencia victoriosa con
nosotros que garantiza la permanencia de todo lo logrado: “porque el Señor
tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso. Se deleitará en ti con gozo,
te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos” (Sof. 3:16-18). Todo ello
justifica la alabanza que le ofrecemos: “Alaba, alma mía, al SEÑOR; alabe todo mi
ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus
beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata
tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y
te rejuvenece como a las águilas” (Sal. 103:1-5)

2.5 Beneficios de la sanidad interior. Los beneficios de la sanidad interior se defi-


nen en términos de la remoción de los obstáculos que nos impiden fructifi-
car como deberíamos. En este orden de ideas los siguientes son beneficios de
la sanidad interior:
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2.5.1 Corregir una percepción equivocada de Dios. La falta de sanidad afec-


ta negativamente la imagen que tenemos de Dios y, en consecuencia, la
calidad de la relación que estamos llamados a disfrutar con Él. Las heridas
del alma que más perduran son las recibidas de nuestros seres queridos,
lo cual trae como consecuencia una resistencia a confiar y a amar sin
reservas para no exponernos a nuevas heridas quedando vulnera-
bles ante el ser amado. Esa actitud trasladada a nuestra relación con
Dios empobrece esa relación y no le permite revelar todo su poten-
cial transformador. La manera en que la ausencia de sanidad afecta la
confianza que Dios requiere de nosotros la expresa el profeta con estas
palabras: “¿Por qué no cesa mi dolor? ¿Por qué es incurable mi herida?
¿Por qué se resiste a sanar? ¿Serás para mí un torrente engañoso de
aguas no confiables?” (Jer. 15:18)

2.5.2 Corregir una percepción equivocada de nosotros mismos. Una per-


sona que esta herida no puede percibirse a sí misma de manera realista,
de acuerdo a lo que la palabra de Dios nos revela acerca de nosotros
mismos y al gran valor que Dios nos ha asignado a pesar de nuestro pe-
cado: “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te
amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida” (Isa. 43:4). El
sentido de amor propio se ve así afectado. Y no olvidemos que el amor
propio es fundamental para poder amar a Dios y al prójimo como co-
rresponde, llevando mucho fruto en ello. Nuestra identidad está, en-
tonces, bastante condicionada por nuestra sanidad (para profundizar
sobre el concepto de identidad en Cristo consultar Victoria sobre la oscuri-
dad de Neil Anderson, pgs. 45-47, 57-59). Alinear nuestra percepción de
nosotros mismos con lo que la Biblia nos revela sobre nosotros es funda-
mental para alcanzar la sanidad interior. Para ello es indispensable familia-
rizarse con la Biblia y memorizar mediante repetición los versículos perti-
nentes hasta interiorizarlos y ajustar nuestra conducta a ellos.

2.5.3 Mejora de la relación con los demás. Los sentimientos negativos que
entorpecen y dificultan las sanas relaciones con los demás ceden gracias
a la sanidad interior al entender que nuestro valor como personas no
depende de lo que otros piensen o de lo que nosotros mismos pen-
semos de nosotros, sino de la manera en que Dios nos ve, librándo-
nos de buena parte de las presiones que los convencionalismos sociales
ponen sobre nuestros hombros y las actitudes destructivas que las acom-
pañan y nos impiden relacionarnos de la manera más armoniosa con los
demás. Dentro de estos sentimientos negativos encontramos de manera
particular a la ira y el temor, habituales mecanismos de defensa de un
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corazón herido que brindan ocasión al diablo para reforzar estos senti-
mientos con evidente perjuicio para la persona y quienes lo rodean.

2.6 Actitudes que impiden la sanidad. Además de la ya señalada y nunca suficien-


temente enfatizada falta de perdón, hay otras actitudes que impiden la sanidad
de los creyentes, entre las que encontramos:

2.6.1 Apatía hacia la Palabra de Dios que se traduce en un desconocimiento


de ella. La exhortación del apóstol Pablo debe ser tomada en considera-
ción con toda la seriedad por parte del creyente. Con mayor razón si des-
ea alcanzar la sanidad interior que Dios provee para todos los traumas o
conflictos que lo estén afectando: “Que habite en ustedes la palabra de
Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con
toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios,
con gratitud de corazón” (Col. 3:16). La renovación de la mente que
Dios lleva a cabo pasa, de manera necesaria por el conocimiento y
familiaridad con la Palabra de Dios.

2.6.2 Incredulidad. Puesto que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de
Dios : “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Rom.
10:17 RVR), la apatía hacia la Biblia trae, a su vez, como resultado inme-
diato una dificultad para creer o una ausencia de confianza en lo que ape-
nas se conoce vagamente, que impide que la sanidad se dé como deber-
ía. La familiaridad con la Palabra de Dios va modificando poco a po-
co de manera constructiva las actitudes del creyente, a veces de una
forma de la cual el creyente no es del todo consciente hasta que sus
resultados comienzan a manifestarse.

2.6.3 Desobediencia. Por obvio que pueda ser, este es un obstáculo a la


sanidad que no podemos obviar. Por supuesto, la desobediencia abierta y
consciente a la Palabra de Dios es censurable para un cristiano desde
todo punto de vista e impide su sanidad. Pero también la desobediencia
producto de la ignorancia o desconocimiento de la Biblia y la
consecuente poca confianza o credibilidad que ella debería inspirar
en el creyente es también censurable. La ignorancia de la Palabra no
es nunca una excusa, pues la ignorancia es algo de lo que somos
personalmente responsables. En el evangelio decir “yo no sabía” no
exime al creyente de su responsabilidad en su propia sanidad, como lo
advierte el Señor a través del conocido pasaje del profeta Oseas: “pues
por falta de conocimiento mi pueblo ha sido destruido. »Puesto que
rechazaste el conocimiento, yo también te rechazo como mi sacerdote. Ya
13

que te olvidaste de la ley de tu Dios, yo también me olvidaré de tus hijos”


(Ose. 4:6).

2.6.4 Engaño: Si bien la conversión desenmascara muchos engaños de los que


fuimos víctimas antes de ella, muchos otros perduran después de la con-
versión impidiendo que el creyente alcance la vida abundante que Cristo
vino a otorgarle. Satanás se empeña en mantener bajo engaño a muchos
creyentes, pues sabe bien que las creencias engañosas generan con-
ductas incorrectas e impiden que la bendición de Dios alcance ple-
namente a los redimidos. Muchas personas no llegan a experimentar
sanidad porque están engañadas. El prestigioso autor cristiano Neil An-
derson aborda con detalle y gran claridad expositiva el tema del engaño
en sus dos libros fundamentales: Rompiendo las cadenas y Victoria sobre
la oscuridad. Por lo cual no nos detendremos mayormente sobre este pun-
to sino que lo daremos por visto en la lectura obligada de estos dos libros
incluida en la materia.

2.7 Requisitos para recibir la sanidad

2.7.1 Anhelarla. Nadie recibe la sanidad sin ser consciente de la necesidad que
tiene de ella. Adquirir, pues, consciencia de esta necesidad y desear
obtenerla es, entonces, fundamental para alcanzarla. Dios toma la ini-
ciativa para darnos la sanidad de manera gratuita, pero es nuestra res-
ponsabilidad abrir las manos para recibir su regalo. Y abrir las manos im-
plica rendir nuestro ser por completo y sin reservas a Dios, como lo indica
Salomón en el libro de los Proverbios: “dame hijo mío tu corazón, y no
pierdas de vista mis caminos” (Pr. 23:26).

2.7.2 Oración. La oración es una actividad crucial del creyente que no requiere
ningún motivo diferente al deseo de disfrutar de la comunión con Cristo
que Dios nos brinda por medio de su Espíritu. Como tal, se da por senta-
da. Pero adicionalmente, en vista de las reiteradas invitaciones que la
Biblia nos hace para orar no sólo con el objetivo de disfrutar de co-
munión con Él, sino también de suplir nuestras necesidades expre-
sadas por medio de peticiones a través de la oración, la sanidad se
convierte en una petición que el creyente debe elevar por medio de
la oración. No por nada Dios nos invita en estos términos: “Por eso, con-
fiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean
sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (St. 5:16).

2.7.3 Honestidad. Agustín decía que Dios es más íntimo a nosotros que noso-
tros mismos. En consecuencia, como lo declara con suficiencia el salmo
14

139:1-18, Él conoce nuestro interior mejor que nosotros mismos. Pe-


ro aún así, él espera que en nuestra relación con Él seamos todos lo
honestos que nos sea posible y no utilicemos fachadas para llegar a Él
ni escudemos nuestra verdadera condición en convencionalismos religio-
sos protocolarios y ritualistas para guardar las apariencias. La honestidad
ante Dios es un requisito sin el cual es imposible que la sanidad se
dé.

2.7.4 Obediencia y confianza. La fe implica tanto confianza como obediencia.


Confianza en las bendiciones prometidas por Dios en las promesas que
nos revela en su Palabra, como obediencia a las condiciones establecidas
en estas promesas para obtener la bendición correspondiente. Toda pro-
mesa bíblica de sanidad o de cualquier otro orden dirigida al creyen-
te contiene una bendición y una condición. Y la bendición no se ob-
tendrá nunca si no se cumple con la condición previa, que es inva-
riablemente un acto de obediencia motivado por la confianza que
nos inspira la Palabra de Dios. La fe no es un ejercicio intelectual úni-
camente por el que manifestamos nuestro acuerdo con unas doctrinas en
particular, sino un acto de obediencia que nos conduce a actuar conforme
a lo que estas doctrinas demandan. Por eso la obediencia y la confianza
son igualmente importantes para obtener la sanidad prometida.

2.7.5 Conservarla. Para conservar la sanidad hay que estar revisando todos
los puntos anteriores de manera constante en nuestra vida, sin olvi-
darlos ni descuidarlos, sino renovándolos a diario en compromiso
consciente y voluntario para que sus efectos mantengan toda su vi-
gencia en nuestra vida. Sobre todo porque nunca existe la garantía de
que no volvamos a vivir circunstancias similares a las que ocasionaron las
heridas que hemos padecido en el pasado, por lo que estar vigilantes en
todos estos puntos evitan que puedan volver a dañarnos como al principio.
15

3 Evaluando mi Relación con Dios

Antes de aplicar la medicina particular requerida por el creyente y provista por la Pa-
labra de Dios, es necesario hacer un diagnóstico del estado en que nos encon-
tramos. Particularmente, del estado en que se encuentra nuestra relación con Dios,
pues quienes disfrutan de una relación sana y plena con Dios, como conse-
cuencia de ello disfrutan de sanidad interior y de vida abundante.

Sobre todo teniendo en cuenta que el peso de las responsabilidades que nos
conciernen en este mundo caído puede sobrepasarnos fácilmente en la medida
en que tengamos una deficiente relación con Dios y seamos, por tanto, demasiado
frágiles y vulnerables a la hora de cumplir con nuestros deberes ante Dios, la iglesia
y la sociedad en general. El autor cristiano William McDonald advierte lo siguiente re-
firiéndose a la vulnerabilidad de nuestro mundo interior en medio de las complejida-
des del mundo exterior en que vivimos: “Espero que quedará patente que si lo des-
cuidamos, ese mundo interior no resistirá la carga de los acontecimientos y presiones
que pesan sobre él”.

3.1 Examinando el corazón. Y de nuevo, en el propósito de establecer el dia-


gnóstico correcto sobre nuestro actual estado, el corazón cobra una vez
más una importancia mayúscula. Ahora bien, recordemos que en la Biblia la
palabra “corazón” no se refiere al órgano biológico que propulsa la sangre alre-
dedor del cuerpo ni tampoco a los aspectos románticos o meramente emociona-
les o sentimentales de nuestra personalidad sino, como bien lo define David
Allen: “El corazón es el equivalente de la parte central de nuestra persona. Es el
verdadero yo. Es donde convergen todos los aspectos de la persona: El emocio-
nal, el espiritual, el social, el cultural y el intelectual. Es la sede de nuestras emo-
ciones, el lugar donde el bien y el mal se relacionan entre sí en nuestra vida. Pe-
ro es sobre todo el lugar donde Dios, El Santo Totalmente Otro, se relaciona con
nosotros”. Una vez definido de este modo lo que la Biblia entiende por “co-
razón”, se comprenden mejor las advertencias que la Biblia formula alre-
dedor de él y el estado en que éste se encuentra en un momento dado en
nuestra vida, lo cual nos permite establecer el diagnóstico del que debemos par-
tir para realizar la sanidad interior: “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón,
porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Al fin y al cabo: “Nada hay tan engañoso
como el corazón. No tiene remedio. Quién puede comprenderlo?” (Jer. 17:9).

Viene al caso considerar la convicción del evangelista Billy Graham al sostener


que: “La teología nunca cambia. El corazón humano es siempre el mismo... Los
mismos pecados y los mismos problemas que se afrontaban en Egipto, los afron-
tamos hoy”, complementado luego con la frase de Michael Levine al declarar con
16

mordacidad: “Como lo demuestra la historia, es mucho más fácil predecir la con-


ducta humana que el estado del tiempo”. En efecto, es forzoso que la Biblia si-
ga siendo de palpitante actualidad y conserve hoy por hoy toda su vigen-
cia, pues, aun cuando la cultura, la ciencia, el medio ambiente y las cir-
cunstancias cambien, como de hecho lo hacen; el corazón del hombre es
el mismo desde los tiempos del Génesis, como ésta escrito: “Y vio Jehová
que... los hombres... y que todo designio de los pensamientos del corazón de
ellos era de continuo solamente el mal” (Gén 6:5 RVR). En condiciones ideales
en el corazón humano residen en potencia lo mejor y lo peor del hombre; pero
lamentablemente, después de la caída en pecado de nuestros primeros padres el
corazón “pela el cobre” y las intenciones e inclinaciones que prevalecen en él
“son perversas desde su juventud” (Gén. 8:21), tornándolo con frecuencia muy
predecible en términos éticos. Dicho de otro modo, a partir de la caída el corazón
del hombre lo traiciona, sacrificando en el proceso lo mejor de sí mismo. El Señor
Jesucristo lo confirmó al decir que el pecado no es algo externo y tangencial
al hombre sino algo que lo afecta y corrompe de raíz, desde el corazón hacia
fuera: “‒¿También ustedes son todavía tan torpes? ‒les dijo Jesús‒. ¿No se dan
cuenta de que todo lo que entra en la boca va al estómago y después se echa en
la letrina? Pero lo que sale de la boca viene del corazón y contamina a la perso-
na. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulte-
rios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias.
Éstas son las cosas que contaminan a la persona, y no el comer sin lavarse las
manos” (Mt. 15:16-20). Por esta causa Dios apela directamente a nuestro co-
razón de manera urgente, apremiante y amorosa, pues sólo él puede res-
taurar y transformar nuestro endurecido corazón de piedra en un corazón
de carne que esté nuevamente en condiciones de sorprendernos manifes-
tando lo mejor del hombre, como al principio: “Dame, hijo mío, tu corazón y
no pierdas de vista mis caminos” (Pr. 23:26), como resultado de lo cual: “Les
daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón
de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne” (Eze. 36:26).

Teniendo presentes estas advertencias e invitaciones bíblicas, David Allen afir-


ma: “Fundamentalmente, conocer a Dios quiere decir la voluntad de ir resolvien-
do el dolor y los problemas de nuestro corazón de forma que podamos pasar de
la situación de proyectar nuestro dolor a la de llegar a conocer al Dios verdade-
ro”. En este propósito es imprescindible que llevemos a cabo una mirada
crítica a nuestro interior, tomando algo de distancia de nosotros mismos
para poder evaluarnos con objetividad, ejercicio que no está exento de dolor
pero que, a la postre, es muy saludable. Larry Crabb, psicólogo cristiano, en su
libro De adentro hacia afuera comenta respecto de la necesidad que tenemos de
17

llevar a cabo esta mirada introspectiva: “Si nos vamos a convertir en gente que
conoce a Dios, que lo experimenta a través de la fuerza que nos sustenta en
tiempos difíciles, entonces debemos dar una mirada introspectiva”, añadiendo
luego: “Para vivir la vida que Dios quiere, se hace necesario descubrir lo sucio y
aprender lo que debemos hacer para participar en el proceso de limpieza. Debe-
mos dar una mirada en lo interior”, todo lo cual no son más que comentarios acla-
ratorios alrededor de la instrucción del Señor en Mateo 23:25-26 “Limpia primero
por dentro el vaso y el plato, y así quedará limpio también por fuera”.

En el desarrollo de este cometido, este autor cristiano considera que las perso-
nas tienden a estar en dos categorías a las que designa con los siguientes califi-
cativos:

3.1.1. Tanteadores de superficie: Definidos como: “los que ignoran la corrup-


ción y el dolor interno y continúan sus vidas más o menos con eficacia;
gente que sale adelante en la vida con cualquier cosa que puedan manejar
y se despreocupan de todo el resto”. Puede parecer una solución muy
pragmática y recomendable, pero no lo es tanto, puesto que permanecer
tanteando la superficie sin profundizar en el interior de nuestro ser
mediante una comprometida y aun dolorosamente honesta mirada
introspectiva puede ser un muy mal negocio en la vida.

3.1.2. Autoexamen y sufrimiento. Partiendo de la siguiente frase de Fiodor


Dostoyevsky: “El sufrimiento es el único origen de la conciencia”, debemos
comprender, entonces, que, en realidad, el sufrimiento es revelador. La
razón de ello es que, como lo dice Paul Tillich: “... la profundidad del sufri-
miento, única puerta hacia la profundidad de la verdad”, justificando esta
afirmación en el hecho de que: “La luz de la verdad y la oscuridad del su-
frimiento son, las dos, profundas”. Es por esta razón que la máxima reve-
lación de Dios al ser humano se da en el profundo sufrimiento de su
Hijo Jesucristo en la cruz del calvario, pleno de significado. Porque
únicamente en el sufrimiento se adquiere lacerante conciencia de nuestra
frágil condición humana y nuestra indigencia existencial y se puede tam-
bién llegar a comprender el amor, la solidaridad y la identificación divina
con el ser humano que sufre, expresada a plenitud en la persona de Jesús
de Nazaret, compartiendo no sólo nuestra humana condición en virtud de
la encarnación, sino también nuestro sufrimiento humano en grado super-
lativo en virtud de su pasión y muerte. El teólogo alemán Dietrich Bonhoef-
fer, mártir cristiano encarcelado y ejecutado por el régimen nazi en un
campo de concentración, con pleno conocimiento de causa y por expe-
riencia propia expresó de la manera más incisiva y breve la solidaridad de
18

Dios con el ser humano en el sufrimiento: “El hombre está llamado a sufrir
con Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige a Dios”. Por eso,
la verdad más reveladora de la cual se adquiere conciencia en medio
del sufrimiento es la realidad de Dios. Más exactamente: “En las expe-
riencias límite de sufrimiento el ser humano toca fondo y se da cuenta de
que el horror más grande de esas profundidades es la ausencia de Dios…
Esta es la razón por la que, en situaciones extremas de la vida, la palabra
‘Dios’ viene a los labios, incluso en aquellos que nunca la han usado se-
riamente con anterioridad… Se clama por lo que no se tiene y presiente se
debería tener. La ausencia de Dios es su presencia” (Alfonso Ropero). La
Biblia es concluyente en cuanto a los beneficios que el sufrimiento de
cualquier tipo aporta, incluyendo el que se experimenta al profundi-
zar en nuestro interior con escrutadora mirada introspectiva: apren-
der a obedecer a Dios: “Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento apren-
dió a obedecer” (Heb. 5:8), y el perfeccionamiento creciente y definiti-
vo del creyente: “En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, con-
venía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfecciona-
ra mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos” (Heb. 2:10),
método de aprendizaje del que, como podemos apreciarlo en estos pasa-
jes, no estuvo exento ni siquiera el Señor Jesucristo al hacerse hombre.
Por eso el clamor por excelencia, cuya positiva respuesta divina está ga-
rantizada de forma anticipada por Dios, es el que surge desde la profundi-
dad del sufrimiento: “A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades
del abismo” (Sal. 130:1)

3.1.3. Reflexivos preocupados pero o obsesionados: Estos serían, a su vez,


los que encajan en esta descripción que contrasta con la anterior: “Son los
que luchan honestamente por lo menos con algunas de las perturbadoras
partes de sus vidas, para los cuales no tienen respuestas reales. La ob-
servación cuidadosa de los problemas crea luchas que tienen más espe-
ranza de conducirnos hacia un cambio profundo que la complacencia apo-
yada en la negación”. Ahora bien, ser reflexivos preocupados no es lo
mismo que obsesionarse al punto de que nuestra actividad reflexiva
pretenda ser siempre tan profunda y minuciosa que nos paralice pa-
ra las acciones consecuentes.

Justamente, una reflexión más puede ayudarnos a comprenderlo mejor.


Nos referimos a la innegable afirmación formulada por León Wieseltier en
el sentido que: “Ninguna gran hazaña, privada o pública, se ha emprendido
en medio de la dicha de la certidumbre” corroborada a su vez por Erica
19

Jong de este modo: “Quien no arriesga nada, arriesga aún más”. Y es que,
aunque la Biblia hable de certezas, éstas tienen que ver propiamente
con las cuestiones que tienen que conciernen a nuestro destino fi-
nal. Pero en cuanto a las decisiones y acciones que debemos tomar
y emprender cada día de nuestra vida, los cristianos de todas las
épocas tenemos que asumir riesgos si es que no queremos dejar pasar
de largo las oportunidades que Dios pone delante de nosotros, pues éstas,
a diferencia de las tentaciones, sólo tocan una vez a la puerta.

Por eso, sin dejar de lado el examen y la reflexión introspectiva, la fe debe


sin embargo conducirnos a la acción aunque no tengamos todas las res-
puestas y certezas que nos gustaría tener. El psiquiatra austríaco Viktor
Frankl señalaba como la “hiperreflexión”, o excesiva reflexión antes de ac-
tuar puede reducir drásticamente nuestras opciones en la vida e incluso
llegar a convertirse en un trastorno psicológico. La Biblia es clara al res-
pecto: “Si esperas condiciones perfectas, nunca realizarás nada” (Ecl. 11:4
La Biblia al día). Debido a ello y sin perjuicio de la necesaria reflexión y
la mirada introspectiva que debemos llevar a cabo periódicamente
con miras a evaluar el estado de nuestra relación con Dios, la acción
se impone, como lo recomienda Salomón: “Siembra... en la mañana, y no
te des reposo por la tarde, pues nunca sabes cual siembra saldrá mejor...”
(Ecl. 11:6).

Samuel Johnson sostenía al respecto que: “La vida es corta y no debemos


pasar demasiado tiempo de ella en ociosas deliberaciones acerca de
cómo debemos vivirla… El preferir un futuro modelo de vida a otro, basán-
dose sólo en razones, requiere unas facultades que nuestro Creador no ha
tenido a bien otorgarnos”. Y con su ingenioso estilo y contrastante juego
de palabras, Mark Twain declaró: “La vida es demasiado importante como
para ser tomada en serio”. En efecto, tratar de forjar nuestras vidas
apegadas rigurosamente a un modelo meticulosamente reflexivo y
racional puede ser una mala decisión. No solo debido a que la vida
humana nos fue dada fundamentalmente para vivirla y no propia-
mente para dedicarla a reflexionar acerca de ella, sino también porque
para vivir la vida en toda su riqueza es imprescindible incluir en ella una
buena dosis de imprevisible espontaneidad. Porque aunque haya que es-
tar de acuerdo con la sentencia socrática que dice: “Una vida sin reflexión
no vale la pena vivirla”, también es cierto que el aforismo clásico que afir-
ma “Vivir antes que filosofar” no puede rebatirse. Ciertamente, sin vida no
hay reflexión, por lo cual la vida siempre tiene prioridad sobre la re-
20

flexión. La vida es un fin en sí misma, mientras que la reflexión ra-


cional solo es un medio. Reflexionamos para vivir y no vivimos para
reflexionar. Parafraseando al Señor cuando se refirió al día de reposo: la
reflexión se hizo para la vida y no la vida para la reflexión.

La vida del creyente maduro no prescinde, entonces, de la reflexión


racional apoyada en la Biblia y en su comunión con Dios, pero no
hace de ella lo más determinante, no sólo por la imposibilidad de esta-
blecer con certeza la superioridad de un modelo de vida por encima de
otro basado simplemente en argumentos de carácter racional, por bíblicos
que puedan ser; sino también porque el creyente debe poner la confian-
za por encima de la reflexión. En la vida cristiana la confianza está
por encima del razonamiento. Confianza en Dios, en su amor providente
y en sus promesas concretas reveladas en Su palabra acerca de sus
propósitos para nuestra vida. Después de todo Santiago nos confirma lo
que nos enseña la experiencia: “… ni siquiera saben qué sucederá maña-
na!” (St. 4:13-14), motivo por el cual nos reitera más bien la recurrente re-
comendación evangélica de apostar con confianza a la voluntad de
Dios:“Más bien, debieran decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos
esto o aquello»” (St. 4:15)

3.1.4. Mirar al espejo antes de espiar por la ventana. Una manera gráfica de
expresar también nuestra necesidad de la reflexión introspectiva con fines
diagnósticos bajo la luz y la guía del Espíritu Santo es la utilizada por el
autor Max Lucado al dar el siguiente consejo: “Es sabio mirar al espejo an-
tes de espiar por la ventana”. A este respecto el llamado “rey del pop”, el
malogrado Michael Jackson, compuso una canción titulada El hombre en
el espejo que en el coro dice con gran lucidez: “Estoy comenzando con el
hombre en el espejo, le estoy pidiendo que cambie su forma de ser, y
ningún mensaje podría ser más claro: Si quieres hacer del mundo un lugar
mejor, échate un vistazo a ti mismo y haz el cambio”. No por nada el escri-
tor cristiano Patrick Morley también escribió un libro titulado El hombre
frente al espejo.

En efecto, el hombre en el espejo es el primer asunto con el que de-


bemos tratar a diario, antes de pretender espiar por la ventana, en
línea con la recomendación de fijarnos primero en la viga que tene-
mos en nuestro propio ojo antes de pretender sacar la paja del ojo
ajeno. En este propósito, la Biblia se presenta a sí misma como el es-
pejo en el cual debemos mirarnos a diario, no sólo debido a que al con-
templarnos en ella nos vemos realmente como somos, sin fachadas que
21

maticen o encubran nuestra verdadera condición; sino también porque es


en el espejo de la Palabra donde descubrimos la imagen de Jesucristo,
Aquel a quien deberíamos habernos conformado sin haberlo logrado, que-
dando en evidencia nuestro fracaso y la esterilidad de las falsas imágenes
que nos hemos esmerado en proyectar. Por eso, la falta mayor de un
cristiano no es no mirarse en el espejo de la Palabra de Dios, sino
también que cuando lo hace no obre cambios en la defectuosa ima-
gen que el espejo refleja de nosotros, para ajustarla cada vez más en
obediencia a la imagen que la Biblia proyecta de Cristo, engañándo-
nos a nosotros mismos: “Por esto, despójense de toda inmundicia y de la
maldad que tanto abunda, para que puedan recibir con humildad la pala-
bra sembrada en ustedes, la cual tiene poder para salvarles la vida. No se
contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes
mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la palabra pero no la pone
en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de
mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es. Pero quien se fija aten-
tamente en la ley perfecta que da libertad, y persevera en ella, no olvidan-
do lo que ha oído sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla” (St.
1:21-25). Después de todo, la vida cristiana se describe como un proceso
por el cual: “… todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento
del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena es-
tatura de Cristo” (Efe. 4:13). Al mirarnos, pues, en el espejo de la Palabra
y descubrir allí tanto la defectuosa imagen propia como la perfecta imagen
de Cristo, debemos manifestar el mismo deseo del Bautista: “A él [Cristo]
le toca crecer, y a mí menguar” (Jn. 3:30).

3.1.5. Examen mancomunado. Por último, es importante recordar que, para un


cristiano, el examen de su propio corazón no es una labor autónoma
y solitaria, sino una labor mancomunada en la que, sin encubrirle
nada, el espíritu humano es bondadosamente guiado y dirigido por
el propio Espíritu de Dios en este crucial proceso para que nuestras
verdades más profundas e inadvertidas, de las cuales a veces no te-
nemos un claro conocimiento consciente, queden en evidencia, con-
forme a lo declarado en Proverbios [Link] “El espíritu humano es la
lámpara del Señor, pues escudriña lo más recóndito del ser”, pues el co-
mienzo de la solución de un problema es identificarlo con precisión.
Para ello nuestra buena disposición y honestidad son necesarias, como se
estableció ya en el anterior capítulo en el marco del salmo 139 y se reitera
en porciones muy apreciadas de las Escrituras como el salmo 51:6 “Yo sé
que tú amas la verdad en lo íntimo; en lo secreto me has enseñado sabi-
22

duría”. De hecho, Dios es el único ante quien es posible ser absolutamen-


te honestos con plena libertad sin exponernos a que la vulnerabilidad en
que la honestidad nos deja pueda ser utilizada contra nosotros. Por eso
David decía: “Ante él expongo mis quejas; ante él expreso mis angustias”
(Sal. 142:2) y recomendaba a su vez: “Confía siempre en él, pueblo mío;
ábrele tu corazón cuando estés ante él. ¡Dios es nuestro refugio!” (Sal.
62:8). Para profundizar en este tema valdría la pena apoyarse en los libros
de los autores mencionados: Ponga en orden su mundo interior de William
McDonald, Derribando los dioses que llevamos dentro de David Allen y De
adentro hacia afuera de Larry Crabb.
23

4. Derribando fortalezas.
Los traumas de la infancia y las heridas del alma que requieren sanidad son en
realidad heridas de guerra. Porque desde la caída en pecado de nuestros primeros
padres estamos en medio de una guerra espiritual. Es por eso que, conscientes o
no de ello, todos nos encontramos en medio del fuego cruzado de las luchas que ca-
racterizan la guerra espiritual en la que estamos inmersos, según nos lo revela la Bi-
blia y nos lo confirma la experiencia: “Por último, fortalézcanse con el gran poder del
Señor. Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las arti-
mañas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra po-
deres, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas,
contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales. Por lo tanto, póngan-
se toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir has-
ta el fin con firmeza” (Efe. 6:10-13).

4.1 Más que vencedores. Sin embargo, los creyentes nunca debemos perder de
vista que en el balance final las Escrituras ya nos han declarado más que
vencedores por medio de Jesucristo: “Sin embargo, en todo esto somos más
que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que
ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por ve-
nir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación,
podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro
Señor” (Rom 8:37- 39).

En razón de ello, debemos comprender bien lo dicho por el Señor al apóstol: “Yo
te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas
del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Porque lamenta-
blemente la iglesia ha actuado en muchos casos como si ella misma estuviera si-
tiada por sus enemigos y reducida a los estrechos límites de sus propias mura-
llas, aguantando a como dé lugar el embate del adversario y reforzando angus-
tiosamente sus puertas para que no cedan ante el ataque. Pero eso no es lo que
esta imagen transmite, sino más bien que la iglesia debe marchar como un
ejército militante a rodear, sitiar y conquistar las fortalezas del enemigo en
el mundo, con la garantía de que éste no podrá resistirnos y que sus puer-
tas no prevalecerán contra nosotros.

4.2 Fortalezas interiores. Ahora bien, antes de continuar desarrollando esta idea
con más detalle hay que decir que las fortalezas no son sólo reductos exter-
nos del campo de la actividad humana en los que Satanás parece muchas
veces campear a sus anchas, como por ejemplo la política, la economía, los
medios de comunicación, etc., ‒campos todos que la iglesia debe infiltrar y con-
quistar recobrándolos para la causa de Dios‒; sino también fortalezas internas
24

establecidas dentro de nuestro propio ser que deben ser derribadas. En es-
te sentido una fortaleza se podría definir como una conducta errónea y en
muchos casos pecaminosa que se repite tantas veces que se vuelve ya
habitual y rutinaria para el creyente, siendo el producto de creencias enga-
ñosas tan arraigadas y reforzadas una y otra vez por el mundo y los demo-
nios en la persona que no se es ya muchas veces consciente de ellas, sino
que se llevan a cabo de manera mecánica, inadvertida y no meditada, como
por un acto reflejo.

El propósito de la sanidad interior es identificar y hacernos conscientes de


esas fortalezas para proceder luego a derribarlas con los recursos provis-
tos por Cristo en su Palabra. Porque, como nos lo recuerda Charles Dickens:
“El hombre es un animal de costumbres”. Nuestra elección consiste, entonces, en
qué costumbres o hábitos vamos a cultivar: los buenos o los malos, el pecado o
la virtud. El problema es que debido a nuestra condición caída los malos hábitos
vienen arraigados de manera innata en nuestra naturaleza, de modo que no te-
nemos que hacer grandes esfuerzos para adquirirlos. En efecto, todos hemos
heredado la tendencia a pecar de nuestros primeros padres. Sin embargo, el pe-
cado como hábito es algo que nosotros mismos adquirimos en el trans-
curso de nuestra vida a fuerza de repetir las mismas conductas al punto
que parece que ya nada pudiera cambiarlas. Pero la gracia de Dios puede
cambiarlas y romper estos círculos viciosos de comportamiento trans-
formándolos en círculos virtuosos de conducta promovidos por el Espíritu
Santo en nosotros.

En la conversión Cristo nos faculta con la disposición y la capacidad para hacer


lo bueno: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). Pero al igual que
el pecado, la virtud ‒entendida como las actitudes y el comportamiento correcto‒
también es un hábito que tenemos que esforzarnos en adquirir. Esto es lo que
quiso decir Tomás de Kempis, el autor comúnmente reconocido del famoso libro
de devoción cristiana La imitación de Cristo, cuando afirmó en él: “La costumbre
con la costumbre se vence”. Examinemos brevemente este proceso en su aspec-
to psicológico, tal como lo describe el ya citado psiquiatra Viktor Frankl, al soste-
ner que lo que hay que hacer es: “convertir una potencia inconsciente en un acto
consciente, pero con el único objetivo de restablecerlo a la larga como un hábito
inconsciente”. Es decir, desarrollar y adquirir conciencia de todo el potencial
para el bien que Cristo nos otorga y del cual no somos con frecuencia muy
conscientes y convertirlo en acciones concretas y conscientes que, con el
tiempo, se sigan ya llevando a cabo de forma repetida, ya casi de manera
inconsciente, para nuestro propio beneficio.
25

El escritor Albert DiBartolomeo confesó en un artículo de Selecciones Readers


Digest su destructiva adicción al juego que únicamente pudo empezar a superar
cuando la reconoció y comenzó a incorporar en su rutina diaria, de manera esfor-
zada, actitudes y comportamientos específicos conscientemente repetidos,
haciendo un ingenioso y sugestivo juego mental a manera de desafío personal
por el cual, utilizando su misma inclinación al juego y a las apuestas, “apostaba”
a diario consigo mismo que no tendría ese día la voluntad suficiente para dejar
de jugar, sólo para ver complacido cómo, mediante este mecanismo, encontró la
motivación y la fuerza necesaria para perder esta apuesta de forma repetida:
“Hice... una apuesta conmigo mismo... Era una apuesta muy audaz, que iba con-
tra mi naturaleza, una especie de promesa inversa. Y aunque me he visto obliga-
do a refrendarla todas las mañanas desde entonces, gracias a Dios ya la he per-
dido unas 2600 veces”.

El punto aquí no es necesariamente invitar al creyente a inventarse y llevar a ca-


bo dinámicas de este estilo, algo rebuscadas; sino llamar su atención sobre la
necesidad de esforzarse y confirmar a diario su intención: “Precisamente
por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud...” (2 P. 1:5). Porque aunque Dios
es el que produce en nosotros el querer como el hacer (Fil. 2:13), nosotros de-
bemos esforzarnos a diario conscientemente en ello hasta que estas con-
ductas se conviertan en costumbres sanas ya casi inconscientes.

4.3 La mente: campo de batalla. La mente es, pues, el campo de batalla de esta
guerra. De hecho nuestra mente fue bombardeada y profundamente influenciada
y condicionada durante todos nuestros años de inconversos por ideas engañosas
promovidas por el mundo y Satanás y sus demonios. Ideas que se nos susurra-
ron día tras día al oído de una y mil maneras y nos llevaron a ajustar gradual-
mente nuestras conductas y actitudes a ellas, llegando a constituirse en fortale-
zas casi inexpugnables. Pero Cristo nos dota con armas para derribar esas
fortalezas desde adentro, según lo vemos en 2 Corintios 10:4-5: “Las armas
con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derri-
bar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el co-
nocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a
Cristo”. Ahora bien, esos “argumentos”, esa “altivez” y esos “pensamientos”
que se levantan contra el conocimiento de Dios y que debemos llevar cau-
tivos para que se sometan a Cristo, no son en primer lugar los argumentos
equivocados de los inconversos que procuramos refutar, sino los argu-
mentos y pensamientos propios que se han levantado en nuestra misma
mente constituyéndose en fortalezas que condicionan nuestras actitudes y
nuestra conducta de forma autodestructiva y nos limitan por completo en
el ejercicio creativo y productivo de nuestra libertad. Ideas erróneas previas
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a toda acción que intentemos emprender tales como “nadie me ama”, “todo me
sale mal siempre”, “soy tan poca cosa”, “voy a fracasar”, “estoy solo”, “no puedo
vencer este pecado”, “Dios me ha desamparado”, “el cristianismo es demasiado
duro”, etc., todas la cuales pueden convertirse en fortalezas mentales que condi-
cionan y determinan nuestra imagen propia y nuestro desempeño en la vida.

Puesto que estas ideas son falsas y engañosas, la única manera de ponerlas
en evidencia es confrontándolas con la verdad tal y como ésta se revela en
la Biblia, liberando así todo el potencial del creyente para hacer el bien de for-
mas creativas y productivas para todos, brindando de paso satisfacción a nuestro
Padre celestial que nos ama y nos observa complacido. No por nada el Señor di-
jo: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn. 8:32). La verdad no
sólo saca a la luz y derriba las fortalezas mentirosas en las que nos encon-
tramos confinados, sino que nos libera de ellas para que comencemos a
ser las personas que Dios quería que fuéramos cuando nos creó y eligió
para ser salvos.

4.4 La espada del Espíritu. La Biblia, utilizada bajo la guía del Espíritu Santo se
convierte así en “la espada del Espíritu” (Efe. 6:17) que penetra hasta lo más
profundo de nuestro ser para poner en evidencia y dejar expuestas las fortalezas
engañosas que aún determinan nuestras actitudes y nuestra conducta: “Cierta-
mente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier es-
pada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la
médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”
(Heb. 4:12). Derribar las fortalezas tiene que ver entonces con confrontar de
forma continua y sistemática cada una de las creencias engañosas arrai-
gadas en nuestra mente, en nuestras actitudes y en nuestra conducta con
la verdad de Dios revelada en las Escrituras sobre el particular. El conoci-
miento de la Biblia muestra una vez más su utilidad. Pero la Biblia no se limita a
dejar expuestas estas fortalezas mentirosas en nuestra mente, sino que las de-
rriba al sustituir gradualmente esas mentiras por la verdad de Dios desencade-
nando a su vez de forma natural las conductas saludables y provechosas que
deben caracterizar a los creyentes, puesto que: “así es también la palabra que
sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá
con mis propósitos” (Isa. 55:11). Esto es, por supuesto, un proceso que no
sucede de la noche a la mañana, sino que requiere familiarizarse de tal
modo con las verdades reveladas en las Escrituras que estas pasen de la
mente ‒en donde deben ser primero conocidas y comprendidas‒ al co-
razón del creyente moldeando sus actitudes, su voluntad y su conducta.
Así como las mentiras con las que el mundo, Satanás y sus demonios nos bom-
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bardearon y lo siguen haciendo de manera reiterada hasta construir fortalezas en


nuestra mente, así también la Palabra de Dios debe ser reiterada a diario en
nuestra mente y en nuestro corazón para derribar estas fortalezas y dejarlas sin
efecto de manera permanente.

De hecho, los pensamientos mentirosos de Satanás pueden surgir en nues-


tra mente sin previo aviso, repentinamente, como si alguien no los susurrara
al oído o los “sembrara” de improviso en nuestra mente, sin que estén encuadra-
dos dentro de una línea de pensamiento previa y continua, como quien deja caer
una semilla al azar en nuestra mente a ver si logra germinar, a diferencia de los
pensamientos surgidos de nuestra naturaleza pecaminosa que siguen
siempre un orden o secuencia lógica de principio a fin, muy bien descrita por
Santiago en su epístola: “… cada uno es tentado cuando sus propios malos de-
seos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el
pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte” (St.
1:14-15).

Ambos tipos de pensamientos, los que provienen de los demonios y los que
provienen de nuestra naturaleza pecaminosa, pueden llegar a dar origen por
igual a fortalezas en nuestras vidas. Pero a diferencia de los pensamientos
provenientes de la naturaleza pecaminosa, los que provienen de los demonios no
pueden ser evitados y no debemos sentirnos, pues, culpables de su aparición.
Pero sí somos responsables de evitar que prosperen en nuestra mente y
terminen afectando y contagiando nuestro corazón. Valga decir que ambos
tipos de pensamientos engañosos pueden ser combatidos con las armas a nues-
tra disposición. En ambos casos debemos “atraparlos” o “llevarlos cautivos”
evaluándolo a la luz de lo que la Biblia dice sobre el asunto en cuestión, de
modo tal que, si es contrario a lo que Dios dice, debe ser desechado en el
acto sin mayores consideraciones cada vez que aparezca o reaparezca.

Pero hay una diferencia en el tratamiento de ambos. Así, si proviene de nuestra


naturaleza pecaminosa debemos estar vigilantes contra ellos e intensificar nues-
tra vida de oración para restarles su poder: “Vigilen y oren para que no caigan en
tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.»” (Mr. 14:38). Y si
provienen de los demonios deben ser resistidos con la autoridad que Dios nos ha
delegado contra ellos: “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá
de ustedes” (St. 4:7). De este modo evitaremos que, provengan de donde pro-
vengan, lleguen a convertirse en una fortaleza con el tiempo.

4.5 Renovación de la mente. Se entiende, entonces, la gran importancia que el


Nuevo Testamento atribuye a la renovación de la mente del creyente: “No
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se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de


su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y
perfecta” (Rom. 12:2); “Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó
que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por
los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ro-
paje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y
santidad” (Efe. 4:22-24). Renovación que pasa siempre por ejercer a diario
de manera disciplinada lo que el apóstol recomienda: “Por último, hermanos,
consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro,
todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o
merezca elogio” (Fil. 4:8).

4.6 Vida devocional. Como puede verse, la disciplina devocional es crucial en el


propósito de alcanzar la sanidad anhelada y dispuesta por Dios para los
suyos. No siempre nos sentiremos inspirados para llevar a cabo este necesario
ejercicio diario de la vida cristiana. Pero aun cuando no lo estemos, debemos de
cualquier modo procurar hacerlo. Es nuestro deber. ¿Y qué papel juegan, enton-
ces, los sentimientos? En el cristianismo el sentimiento está siempre subordi-
nado al deber. Ya lo dijo C. S. Lewis: “Dios no ha querido que la distinción entre
pecado y deber dependa de sentimientos sublimes”. En efecto, los sentimientos
por sí solos, por sublimes que sean, no garantizan que al dejarnos guiar por
ellos, no cometamos garrafales equivocaciones y pecados. La Biblia nos habla
de deberes antes que de sentimientos y nos advierte para que no ponga-
mos los sentimientos antes que los deberes, pues al hacerlo así aquellos
terminan corrompiendo a éstos y obrando en perjuicio de su cumplimiento.
Dios nos exhorta más bien a que pongamos en primer lugar los deberes para
perfeccionar así los sentimientos, de por sí muy volátiles y cambiantes. Los jud-
íos de Berea “… eran de sentimientos más nobles que los de Tesalónica, de
modo que recibieron el mensaje con toda avidez…”, pero al mismo tiempo cumpl-
ían con el deber de examinar todos los días las Escrituras para ver si era verdad
lo que se les anunciaba (Hc. 17:11).

Los sentimientos son un valor agregado a los deberes, pero no son lo fun-
damental. Por eso, la Biblia no se refiere a las relaciones conyugales, las de pa-
dres e hijos y las de patronos y empleados en términos de sentimientos, sino de
deberes mutuos que debemos cumplir al margen de los sentimientos. Los cristia-
nos tenemos, pues, que estar en condiciones de declarar todos los días: “…
‘Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”
(Lc. 17:10), sin que se mencionen en este caso como acompañantes necesarios
la exaltación o el despliegue de sentimientos. Al fin y al cabo, la dicha bienaven-
turada que el Señor promete a sus siervos tiene una sola condición que no tiene
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que ver con los sentimientos: “Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo
encuentra cumpliendo con su deber” (Mt. 24:46).
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5. Nuestra relación con Dios Padre


En este punto la sanidad interior nos obliga a revisar y enfatizar algunos de los as-
pectos de la doctrina de la adopción ya abordada ampliamente en la materia Funda-
mentos de la Fe. Esta doctrina concierne esencialmente a nuestra relación con
la primera persona de la Trinidad: el Padre. Y es contra este trasfondo que la
doctrina de la adopción cobra una importancia mayúscula. Comprender satis-
factoriamente la naturaleza de la relación existente entre Dios Padre y sus
hijos, los creyentes adoptados por Dios como tales mediante la fe en Cristo es
en sí misma una verdad terapéutica y sanadora. Sobre todo teniendo en cuenta
que los creyentes no suelen valorar en su justa dimensión el hecho de poder
ostentar la condición de hijos de Dios.

Tal vez por eso el apóstol Juan tiene que llamar la atención y sacudir a sus interlocu-
tores cristianos de este modo: “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se
nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!... Queridos hermanos, ahora somos hijos de
Dios...” (1 Jn. 3:1-2). Las razones para este velado menosprecio de esta bendición
que Dios nos otorga tienen que ver con el hecho de que, en el contexto secular y
en la tradición católica romana parece que lo único que se requiere para ser
hijos de Dios es existir. En efecto, traemos incorporada la idea de que, por derecho
de creación, Dios es Padre de toda criatura, sea ésta animada o inanimada, inteligen-
te o no, racional o irracional. Y una condición compartida por todas las criaturas sin
excepción por el mero hecho de existir no se tiene en gran estima ni se ve como un
privilegio especial, pues su carácter universal le resta valor a los ojos del individuo
humano que concibe cualquier privilegio como algo que debe traer aparejado algún
grado de exclusividad.

Ahora bien, no se puede negar que en un sentido muy amplio y general podría
decirse que Dios es el Padre de todo lo que existe en la medida en que Él es en
última instancia el Creador y el origen de todas las cosas. Pero el pueblo de Israel
nunca se refirió a Dios como Padre simplemente para indicar la relación universal e
impersonal de causa y efecto existente entre el Creador y su creación, sino que sin
dejar de incluir este sentido, ellos iban más lejos al concebir a Dios como Padre en
una relación interpersonal de carácter restringido y exclusivo que se apoyaba en la
elección irrevocable que Dios había hecho en su momento de Abraham y su descen-
dencia por encima de las demás naciones de la tierra.

Sin embargo, los israelitas veían a Dios como Padre de la nación de Israel como
un todo, y no como el padre individual de cada uno de ellos. En el Antiguo Tes-
tamento un judío no osaría tratar a Dios como Padre a título individual. Eso sería una
irreverencia que rayaría en la blasfemia en labios de un judío. Por esta razón en el
Nuevo Testamento las oraciones de Cristo dirigiéndose a su Padre a título individual
31

son totalmente revolucionarias. Para los judíos el hecho de que Cristo se hiciera a sí
mismo “Hijo de Dios” y se refiriera a Dios como su Padre más que como el Padre de
toda la nación, era considerado una blasfemia: “Las obras que hago en nombre de
mi Padre son las que me acreditan... Mi Padre que, que me las ha dado, es más
grande que todos... El Padre y yo somos uno. Una vez más los judíos tomaron pie-
dras para arrojárselas... No te apedreamos por ninguna de ellas sino por blasfe-
mia; porque tú, siendo hombre, te haces pasar por Dios. ¿Y acaso respondió
Jesús no está escrito en su ley: "Yo he dicho que ustedes son dioses"? Si Dios
llamó "dioses" a aquellos para quienes vino la palabra (y la Escritura no puede ser
quebrantada), ¿por qué acusan de blasfemia a quien el Padre apartó para sí y
envió al mundo? ¿Tan sólo porque dijo: "Yo soy el Hijo de Dios"? Si no hago
las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí,
crean a mis obras, para que sepan y entiendan que el Padre está en mí, y que yo es-
toy en el Padre. Nuevamente intentaron arrestarlo, pero él se les escapó de las ma-
nos” (Jn. 10:25, 29-31; 33-39).

La doctrina de la adopción es plenamente revelada en el Nuevo Testamento


como complemento necesario de la doctrina de la regeneración o nuevo naci-
miento, puesto que ésta última (el nuevo nacimiento) implica un cambio de na-
turaleza, mientras que la doctrina de la adopción implica un cambio de rela-
ción. Dicho de otro modo, el creyente es regenerado o “nace de nuevo” en la medida
en que adquiere una nueva naturaleza que participa de la misma naturaleza divina,
pero es adoptado en la medida en que se establece entre él y Dios una relación
filial en pleno derecho caracterizada además por un amor, afecto e intimidad sin
precedentes. Lockyer lo expresa así: “La regeneración es un cambio interno obrado
en nosotros por el Espíritu de Dios, y que trae como resultado una nueva naturaleza
en la que nos asemejamos a Dios. La adopción es el acto de Dios por el cual Él ad-
mite a los renacidos dentro de las condiciones y privilegios de hijos por su soberana
voluntad. Esta es una posición que se basa en el cambio interno producido por
la regeneración”.
El peso de la adopción de los creyentes recae es en el hecho de que, simultá-
neamente con la regeneración, Dios nos concede los derechos que corres-
ponderían a un hijo que obtiene la mayoría de edad en el seno de la familia en
que ha renacido. Por eso en la Biblia, como lo concluye Lockyer: “la implicación de
la palabra en el Nuevo Testamento... es, ser puestos como hijos en una posición de
autoridad. ‘La regeneración tiene que ver con la creación de un hijo. La adopción con
la colocación de éste en su autoridad de hijo’”. Contra este trasfondo se pueden en-
tender mucho mejor estos pasajes bíblicos: “Todos ustedes son hijos de Dios me-
diante la fe en Cristo Jesús... En otras palabras, mientras el heredero es menor de
32

edad, en nada se diferencia de un esclavo, a pesar de ser dueño de todo. Al contra-


rio, está bajo el cuidado de tutores y administradores hasta la fecha fijada por su pa-
dre. Así también nosotros, cuando éramos menores, estábamos esclavizados por los
principios de este mundo. Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, na-
cido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, a
fin de que fuéramos adoptados como hijos. Ustedes ya son hijos. Dios ha en-
viado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!» Así
que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también herede-
ro” (Gál. 3:26; 4:1-7); “Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice
al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba!
¡Padre!»” (Rom. 8:15).
Tal vez es el teólogo Charles Ryrie quien mejor concluye lo expuesto con estas pala-
bras: “La adopción es un acto de Dios que coloca al creyente en Su familia, como
adulto. En contraste, el nacer de nuevo enfatiza la idea de entrar en la familia de
Dios como bebé, con la consiguiente necesidad de crecimiento y desarrollo... Pero
la adopción enseña las ideas de la edad adulta y los privilegios completos en
la familia de Dios... Tanto la adopción como el nacimiento ocurren al momento de la
fe salvífica, pero indican diferentes aspectos de nuestra relación con la familia de
Dios”. Lo más sorprendente, maravilloso y extraordinario de esta doctrina es que pa-
ra hacer posible la adopción del hombre por parte de Dios, fue necesario primero que
Dios fuera adoptado por el hombre, evento que tuvo lugar en la persona de Jesús de
Nazaret, Dios hecho hombre, pues no debemos olvidar que, en lo concerniente a su
humanidad, José no era el padre natural del Señor, sino tan sólo su padre legal en
virtud de la adopción que, a instancias del ángel de Dios, aceptó obedientemente lle-
var a cabo (Mt. 1:20-21; Lc. 3:23).
5.1 Privilegios de la adopción. Podrían relacionarse muchos privilegios derivados
de la adopción, pero es preferible destacar tal vez los más importantes entre
ellos como son: Ser miembros de la familia de Dios: “Por lo tanto, ustedes ya
no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de
la familia de Dios” (Efe. 2:19). Unido a ello, esta membresía conlleva el derecho
de ser herederos de Dios: “Y si somos hijos, somos herederos; herederos de
Dios y coherederos con Cristo...” (Rom. 8:17). Derivados de estos dos podríamos
mencionar también el derecho tanto a la dirección: “Porque todos los que son
guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom. 8:14), como a la disci-
plina divina: “... «Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te des-
animes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a
todo el que recibe como hijo»... Dios los está tratando como a hijos... Si a uste-
des se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no
hijos legítimos” (Heb. 12:5-8); pues Dios desempeña todo lo relativo a su condi-
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ción de Padre de manera absolutamente responsable para con nosotros sus


hijos.
Todo converge entonces de nuevo en el más grande privilegio obtenido en la
adopción que no es otro que el hecho de tener a Dios por Padre. Un Padre
que nos considera hijos suyos sin reservas: “«Yo seré un padre para ustedes, y
ustedes serán mis hijos y mis hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Cor. 6:18), y
que hace de Jesucristo nuestro hermano mayor, quien tampoco reniega nunca
de nosotros: “... por lo cual Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos”
(Heb. 2:11).
Tener presente de manera personal y vivencial en nuestra vida cotidiana
todos estos aspectos de la doctrina de la adopción y ver nuestros proble-
mas contra este maravilloso trasfondo desencadena en nosotros un poder
sanador que renueva el optimismo y la esperanza en nuestras vidas y nos
permite ver toda la realidad desde una perspectiva más elevada y promete-
dora, impidiéndonos permanecer improductivos y sin fruto en este mundo,
como lo anuncia el apóstol: “Para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin
culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan
como estrellas en el firmamento” (Fil. 2:15).
No podemos, entonces, definir nuestra relación con el Padre celestial de-
gradándola al trasladar a ella los aspectos de nuestra relación con nues-
tros padres terrenales, muchos de ellos erróneos, dolorosos, traumáticos y
destructivos. Lo que hay que hacer es lo contrario: depurar hasta donde
dependa de nosotros nuestras relaciones problemáticas con nuestros pa-
dres terrenales dignificándolas, tomando como referencia la rica, íntima e
ideal relación paterno-filial que, como creyentes, sostenemos ahora con al
Padre celestial en virtud de lo hecho por Cristo, nuestro hermano mayor, a
nuestro favor.
Podríamos decir que Freud hizo lo primero al afirmar que el origen de la religión
se halla en el complejo de Edipo, por lo que la religión no sería para el psicoaná-
lisis más que una enfermedad de la que a estas alturas ya debíamos estar cura-
dos: “La religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo
que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre…
hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la… fata-
lidad de un proceso de crecimiento” (Sigmund Freud).
Es posible que este diagnóstico se aplique a ciertos tipos patológicos de religiosidad,
contribuyendo de paso a denunciarlos, pero lo cierto es que Freud cometió el cra-
so error de generalizar, proyectando arbitrariamente las conclusiones deriva-
das del estudio de un grupo de pacientes neuróticos, sobre todo el resto del
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género humano sano. Porque aunque no pueda negarse que existan muchas
relaciones entre padres e hijos problemáticas y cargadas de experiencias ne-
gativas, no todas las relaciones entre padres e hijos encajan en estos moldes.
De hecho, el evangelio nos ofrece la relación ideal entre Padre e hijo que co-
rrige y permite dejar atrás todas las experiencia traumáticas que hayamos vi-
vido en nuestras previas relaciones paternofiliales. Porque Dios es Padre. Pero
es un Padre perfecto (Mt. 5:48), muy superior a todos los modelos más o menos
equivocados de padres terrenales que la experiencia humana provee (Sal. 27:10;
2 Cor. 6:18). El adquirir conciencia de ello debería llevarnos a apreciar más que a
nada la posibilidad de acudir a Dios con estas palabras: “… »‘Padre nuestro que
estás en el cielo…” (Mt. 6:9).
Por otra parte, el Señor Jesucristo ilustró la buena disposición del Padre ce-
lestial para con los creyentes haciendo referencia a la habitual buena dis-
posición de los padres humanos hacia sus hijos que, de manera natural,
piden a los primeros, admitiendo así su necesidad y dependencia de éstos:
“»¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un
pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar co-
sas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas
buenas a los que le pidan!” (Mt. 7:9-11).
Es recomendable que para apreciar mejor la buena disposición del Padre
celestial para con sus hijos, los creyentes ampliaran un poco su perspecti-
va de manera regular y miraran un poco más allá de sus narices para salir
de su entorno inmediato y remontarse al horizonte provisto por la ciencia
al estudiar el universo. Porque es desde este horizonte que llegamos a estar
de acuerdo con Fred Heeren cuando declara: “Muchos científicos... han recono-
cido lo que parece como preparación a propósito, un plan perfecto en todas las
leyes de la naturaleza que existen especialmente para nuestro beneficio”.
En efecto, las conclusiones a las que amplios sectores de la ciencia actual está
llegando respaldan la idea de Dios como Padre que la Biblia revela. Un Padre
que: “… miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno” (Gén.
1:31). En efecto, la ciencia de hoy está esencialmente de acuerdo con esta afir-
mación al reconocer que los múltiples parámetros del universo “han de tener va-
lores que caigan dentro de rangos estrechamente definidos para que pueda exis-
tir vida del tipo que sea”. Es por eso que, cuando nuestras circunstancias per-
sonales nos lleven a pensar que la vida es dura y difícil, haríamos bien en
ampliar nuestro horizonte y considerar nuestra situación desde la perspec-
tiva que nos brinda ese diseño perfecto, esa exacta planificación y esa eje-
cución cabal del universo llevada a cabo por nuestro Padre; pues de no
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existir todas ellas la vida más que “difícil” o “dura” sería por completo im-
posible. Y es precisamente el Padre Todopoderoso que hizo toda esta serie de
arreglos especiales y se tomó todo este trabajo para que cada uno de nosotros
pudiera vivir y experimentar este idóneo mundo físico, quien nos dice con todo el
peso de la evidencia, la lógica y el sentido común de su lado: “... por qué se pre-
ocupan...?... no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué bebere-
mos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Porque... el Padre celestial sabe que uste-
des... necesitan todas estas cosas” (Mt. 6:28-32). Los creyentes debemos re-
cordar que no solo los mandamientos divinos fueron diseñados por Dios
para nuestro beneficio, sino también las leyes naturales que rigen el mun-
do, y que ni siquiera el pecado del hombre ha podido malograrlas para que
dejen de funcionar tal como fueron diseñadas.
Como si esto no fuera suficiente, nuestro sentido de valor propio procede del
hecho de que el Padre celestial nos consideró tan especiales y valiosos
que no escatimó ni rehusó entregar a su propio Hijo para redimirnos (Rom.
8:32), y que él a su vez estimó que el precio a pagar por nosotros no podía
ser menos que el de su propia sangre (1 P. 1:18-20). No se equivocó el re-
cientemente fallecido pensador cristiano Charles Colson cuando declaró: “Para
que la Iglesia Occidental se reanime tiene que resolver su crisis de identidad,
afirmarse en la verdad, renovar su visión… y, más que todo, tiene que recuperar
el temor al Señor”. Porque es de nuestra crisis de identidad que surgen todo
el resto de nuestros problemas.
5.2 Crisis de identidad. En efecto, incluso los cristianos no sabemos aún a carta
cabal quienes somos. Veamos rápidamente cómo el apóstol Pedro fue en su mo-
mento, en razón de su triple negación del Señor, víctima de este mal, renegando
precisamente de su ser o identidad personal: “no lo soy” (Lc. 22:58; Jn. 18:17, 25),
pasando por la negación de su conocer: “no lo conozco” (Mt. 26:72, 74; Mr. 14:68,
71; Lc. 22:57) y cerrando con la negación de su saber: “No sé” (Mt. 26:70; Lc.
22:60). Es que cuando negamos nuestra identidad esencial, lo que somos;
pronto estaremos a la deriva sin conocer de dónde venimos ni para donde
vamos, y sin saber tampoco lo que debemos hacer y lo que podemos esperar
en la coyuntura histórica en la que nos encontramos. Es, pues, urgente super-
ar “El síndrome de Pedro” (D. Silva-Silva), pues: “... más que nunca, necesita-
mos... Ser gente de este tiempo… conocer... lo... necesario para la comprensión
del fenómeno contemporáneo; y saber... acertar en medio de las complejas cir-
cunstancias de hoy”, asumiendo en primer término nuestra restaurada iden-
tidad de hijos de Dios en Cristo con plena conciencia y en todas sus mara-
villosas implicaciones.
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6 Mis relaciones
Una vez que la relación con Dios Padre es restaurada conforme a la revelación
en Jesucristo y el poder del Espíritu Santo operando simultáneamente en la persona;
la sanidad interior puede emprender con ventaja la restauración de las relacio-
nes del creyente con su prójimo. Pero antes de abordar este asunto es crucial en-
tender la importancia de las relaciones en la perspectiva de Dios y el evangelio.
6.1 Dios es amor. Esta importancia surge del hecho de que Dios es amor (1 Jn.
4:8, 16). Y el amor es en esencia un vínculo entre personas (en el caso de
Dios, el vínculo perfecto que sostienen las tres personas de la Trinidad desde la
eternidad). Por eso, el mandamiento que resume todo el Antiguo Testamento es
el amor. A Dios, en primer lugar, y al prójimo tanto como a nosotros mismos:
“‒‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente’
‒le respondió Jesús‒ Éste es el primero y el más importante de los mandamien-
tos. El segundo se parece a éste: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’” (Mt.
22:37-39). Vale la pena, entonces, recordar que en el cristianismo el amor
1
propio , siendo necesario, debe estar siempre al servicio del amor a Dios y
al prójimo, en ese orden. Se concluye de esto que lo único que le confiere
sentido pleno a nuestra existencia en este enorme espacio vacío que cons-
tituye nuestro universo son, justamente, los otros. En consecuencia, en el
cristianismo se concede una importancia fundamental a la existencia de los de-
más para que nuestra propia existencia sea posible y tenga sentido. Depende-
mos los unos de los otros. Sin el prójimo nuestra vida no tendría sentido. El
carácter frío, individualista e impersonal que a veces adquiere la existencia
humana, sólo puede ser superado en lo que incluso los filósofos llaman: “el ser-
para-el-otro”. Y el cristianismo debería ser la mejor puesta en práctica de es-
ta filosofía de “ser-para-el otro”.
La verdad final del universo tiene, pues, que ver en esencia con los afectos
y las relaciones interpersonales. Dicho de otro modo, el ser humano nunca
halla su realización personal viviendo para sí mismo, sino viviendo para los otros,
a semejanza de Cristo. Únicamente al vivir en amor para los otros, podremos
vivir también plenamente para nosotros mismos. La tragedia de la vida es

1
El llamado “amor propio” o “autoestima” no es más que el amor que profesamos hacia nuestro propio ser y que gira
y converge, entonces, en el yo y sus más inmediatas y/o prioritarias necesidades e intereses. Aquí preferimos el térmi-
no “amor propio” a “autoestima”, por el uso indebido que la psicología moderna y las diferentes variantes populares
del movimiento de autoayuda infiltrado también de manera peligrosa en el cristianismo ha venido haciendo de esta
última expresión, convirtiendo a la “autoestima” en la legítima finalidad de la vida humana, erigiendo con ella un nue-
vo ídolo en franca competencia con el Dios vivo y verdadero revelado en Jesucristo, en una velada reedición del anti-
guo engaño de la serpiente del Edén, empeñada por todos los medios en hacernos creer que podemos llegar a ser dio-
ses con independencia e incluso en oposición a Dios.
37

que una gran cantidad de personas en el mundo no entiende esto y creen poder
realizarse obteniendo logros que al final no son más que victorias pírricas. Sin
mencionar que para alcanzar estos logros muchas veces se sirven de los demás
de manera egoísta y groseramente utilitarista, alcanzando la cima a costa de pi-
sotear las vidas de otros.
6.2 Victorias pírricas. En relación con las mencionadas “victorias pírricas”, vale la
pena explicar de dónde viene esta expresión. Proviene de Pirro, rey y estratega
militar de la provincia de Epiro que lideró victoriosamente una coalición de ciuda-
des griegas en contra de los romanos. Sin embargo, las victorias obtenidas en
batalla fueron tan cerradas y sus pérdidas tan abrumadoras, que al término de
una de ellas pronunció su célebre frase: “Con otra victoria como ésta y estamos
perdidos”. Desde entonces la expresión “victoria pírrica” ha designado una
victoria cuyas ganancias no compensan las pérdidas sufridas durante la
misma. Y una de las más típicas y generalizadas victorias pírricas que se
repiten de generación en generación es triunfar en el ejercicio de la voca-
ción profesional sacrificando las relaciones con los seres queridos.
A este respecto Patrick Morley manifestó que: “No hay éxito laboral que pueda
compensar el fracaso en el hogar”. Y alguien ha dicho también que en el lecho de
muerte nadie ha lamentado no haber dedicado más tiempo al trabajo o a los lo-
gros profesionales, sino a las relaciones y afectos con los seres amados. En la
Biblia personajes como Elí, Samuel y David, triunfaron en el ejercicio de sus vo-
caciones de dirigentes en el aspecto sacerdotal, profético, político y militar; pero
fracasaron de manera estruendosa al formar y disciplinar a sus hijos (1 S. 3:13-
14; 8:1-4; 2 S. 13:1-18:33), pagando un doloroso costo personal en este crucial
asunto. Por eso el Señor nos cuestiona para que nuestro paso por el mundo
no se convierta en una victoria pírrica en la que sacrifiquemos nuestra re-
lación con Dios y nuestros semejantes para alcanzar logros que no com-
pensan nunca el costo pagado para obtenerlos: “¿De qué le sirve a uno ga-
nar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?” (Lc. 9:25).
6.3 La familia. Ahora bien, la familia consanguínea suele ser el grupo de personas
más próximas (de ahí viene la palabra “prójimo”) con el que sostenemos relacio-
nes. Y a pesar de que sean eventualmente inconversos y difíciles de tratar por
ésta o por cualquier otra causa, el creyente debe esmerarse en restablecer y
fortalecer las relaciones con ellos en la medida de sus posibilidades, por-
que como lo dijo el poeta estadounidense Wallace Stevens después de haber
pasado buena parte de su vida sin sostener ningún tipo de relaciones con sus
parientes consanguíneos y redescubrir hacia el final de su vida estas relaciones:
“El lazo familiar me ha entusiasmado. Es una fuente de fortaleza que la vida me
ha regalado”.
38

Y es que por mucho que deseemos tomar distancia de nuestro linaje, por
mucho que puedan condicionarnos e incluso avergonzarnos nuestros
vínculos consanguíneos, no podemos renegar de ellos de una manera ab-
soluta sin tener que pagar en el proceso un costo demasiado elevado para
poder sobrellevarlo. La familia es una de las realidades otorgadas por Dios al
hombre que le brindan sentido a la vida, con mayor razón en el caso de los cre-
yentes. Y si bien nunca debe colocarse por encima de nuestra lealtad a Dios:
“«Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su espo-
sa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no
puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26), después de Él la familia figura en el segundo
lugar de prioridad de la vida cristiana.
El ministerio de la reconciliación encomendando por Dios a sus hijos (2 Cor.
5:18), pasa entonces, en primer lugar, por las relaciones familiares. En cuanto
dependa de nosotros (Rom. 12:18), los creyentes debemos esmerarnos y tomar
la iniciativa para restaurar hasta donde sea posible las relaciones familiares que
se encuentren deterioradas o se hayan malogrado. No en vano el ministerio de
Juan Bautista incluía de manera puntual y destacada “reconciliar a los padres
con los hijos” (Lc. 1:17). El evangelio amplía enormemente la cantidad de
personas que se encuentran abarcadas bajo la noción de familia, pues da
lugar a la iglesia, el conjunto de los creyentes que al ser hijos de Dios con-
forman a su vez una gran familia espiritual: la llamada “familia de Dios” en
el Nuevo Testamento (Efe. 2:19; Heb. 10:21; 1 P. 4:17).
Pero los nuevos vínculos generados por la fe no eliminan los viejos vínculos con-
sanguíneos que heredamos desde nuestro nacimiento natural ni nos obligan a
menospreciarlos. Dios no ama y manifiesta un profundo interés únicamente
en los creyentes considerados de manera individual y aislada, sino que los
ama en el contexto de la familia a la que pertenecen y ama, por tanto, tam-
bién a nuestros familiares, promoviendo de paso las mejores y más cons-
tructivas relaciones en el contexto familiar (Efe. 5:21-6:4). En el evangelio
vemos que dentro de la iglesia apostólica la madre y los hermanos del Señor
ocuparon un lugar destacado (Hc. 1:14, Gál 1:19), hecho que brinda renovada
confianza para esperar en nuestra propia vida el cumplimiento de la promesa di-
vina: “Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos le contestaron”
(Hc. 16:31).
6.4 La iglesia. Ampliando el alcance de nuestro tema, en este contexto de las rela-
ciones la iglesia cobra gran importancia, ya no sólo en su aspecto doctrinal por el
cual los teólogos se esmeran por definirla con base en lo que la Biblia dice de
ella, sino en su aspecto práctico por el que la iglesia constituye el contexto
social más preciso para vivir lo que la Biblia llama la “comunión de los
39

santos”, una de las doctrinas centrales del cristianismo, al punto de ganarse un


lugar en el credo de los apóstoles, la declaración doctrinal más antigua y funda-
mental de la iglesia cristiana.
En efecto, si lo analizamos con cuidado descubriremos que el propósito que
Dios tenía en mente cuando envío a su Hijo a hacerse hombre por nosotros
no era simplemente lograr nuestra salvación. Era hacer posible la comu-
nión. La salvación era el medio, pero la comunión era el fin. Y es que la co-
munión, con todo y los defectos de los que pueda adolecer en las actuales cir-
cunstancias de nuestra existencia, es necesaria. Tanto que es siempre preferible
una comunión deficiente a una total ausencia de comunión. No se justifica, en-
tonces, que un creyente se margine voluntariamente de la comunión, como lo ra-
tifican las Escrituras (Heb. 10:25).
Porque la fortaleza de la iglesia radica, en primer lugar, en la comunión con
Cristo, pero también en la comunión con los hermanos que Cristo hace
posible y que no podemos despreciar impunemente. Por eso, vale la pena res-
catar la imagen de la iglesia como prometida y futura esposa de Cristo (Efe. 5:21-
32), ya que a la luz de ella el que menosprecia la comunión es como el que pre-
tende mantener una buena relación con el esposo, Cristo; al tiempo que menos-
precia a la esposa, la iglesia. La práctica actual de la comunión, por imper-
fecta que pueda ser, es la mejor forma de prepararse para la comunión per-
fecta que un día disfrutaremos como propósito final de la vida cristiana.
Esa misma comunión que hará que en el reino de Dios no exista estado conyu-
gal, como lo reveló el Señor: “‒La gente de este mundo se casa y se da en ca-
samiento ‒les contestó Jesús‒. Pero en cuanto a los que sean dignos de tomar
parte en el mundo venidero por la resurrección: ésos no se casarán ni serán da-
dos en casamiento, ni tampoco podrán morir, pues serán como los ángeles. Son
hijos de Dios porque toman parte en la resurrección” (Lc. 20:34-36), pues en él la
comunión será tan plena entre todos los hijos de Dios que las relaciones anterio-
res entre padres e hijos y cónyuges, por buenas que hayan sido, estarán manda-
das a recoger, pues ninguna de ellas podrá compararse con la relación fraternal
que disfrutaremos, sin celos ni egoísmos y con un verdadero y puro amor desin-
teresado de los unos por los otros, sin exclusividades, exclusiones, ni favoritis-
mos de ningún tipo.
En el mundo venidero todos seremos ante todo hermanos disfrutando de la más
pura y perfecta comunión y la única relación conyugal que existirá será la de
Cristo, el esposo, con su esposa, la iglesia. Mientras tanto: “¡Cuán bueno y cuán
agradable es que los hermanos convivan en armonía!... Donde se da esta armon-
ía, el SEÑOR concede bendición y vida eterna” (Sal. 133:1-3)
40

Además, la comunión de los santos hecha posible por Cristo tiene por sí
misma efectos terapéuticos sobre las personas que la disfrutan. Efectos
que son incluso más eficaces que las terapias profesionales brindadas por
especialistas. A este respecto Bernie Zilbergeld afirmaba: “La mayoría de la
gente puede probablemente conseguir la misma clase de ayuda de amigos, pa-
rientes u otros que la que consiguen de terapeutas”. Por supuesto, dentro de
esos “otros” estarían incluidos, de manera destacada, nuestros hermanos en la
fe en el contexto de la iglesia.

En efecto, la empatía2 es mucho más fácil de experimentar y cultivar con aque-


llos a quienes nos unen afectos y vínculos sociales estrechos y fuertes. Por eso
la “terapia” más eficaz para el tratamiento de los problemas psicológicos y de
comportamiento que afectan a un significativo número de personas no es pro-
piamente la “ayuda profesional” que se viene promoviendo de manera insistente
y creciente, incluso en el seno de la iglesia, sino simplemente el formar parte de
una comunidad empática y solidaria entre sí, como la que se constituye en la
iglesia en virtud de nuestra compartida fe en Jesucristo y la redención por Él
otorgada a los creyentes que nos une llevándonos a hacer causa común alrede-
dor de los puntuales intereses del reino de Dios y nos vincula los unos a los otros
en una manifiesta relación fraternal, dada la condición inobjetable de hijo de Dios
que ostentamos todos los cristianos.

En la iglesia todos sus miembros somos, pues, hermanos entre quienes la


empatía y solidaridad debe darse de una manera mucho más natural que
en cualquier otro grupo social, pues los vínculos generados por la fe tienen el
potencial de llegar a ser incluso más fuertes en algunos casos que los vínculos
consanguíneos que nos unen con nuestros familiares biológicos. Esta “terapia”
comunitaria no profesional, informal, fluida y continua extrae toda su eficacia sa-
nadora del amor que define a Dios y que Él derrama sobre los suyos: “Y esta es-
peranza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón
por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom. 5:5) para que nosotros, a su vez, lo
manifestemos a nuestros hermanos y hermanas en la iglesia en todas las múlti-
ples formas concretas de solidaridad eclesiástica a las que esta empatía fraternal
puede dar lugar.

6.5 La amistad. Pero finalmente son las amistades que establecemos en el marco
de la iglesia las que ponen el broche de oro en esta terapia comunitaria, pues
cuentan no sólo con las ventajas propias de las relaciones de amistad y la espontá-
nea y profunda empatía que ésta genera, sino también con el trasfondo de la frater-
nidad que nos obliga a los unos con los otros en estos términos: “Sobre todo,

2
Facultad de identificarse con otra persona o grupo poniéndose en su lugar para percibir lo que siente
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ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de
pecados” (1 P. 4:8).

Por último cabe decir que la comunión y las múltiples relaciones a las que
ella da lugar es necesaria incluso cuando se torne difícil. Porque de otro
modo nunca conoceremos la verdad. La verdad, es decir Cristo, es algo que
únicamente se revela en la comunidad. Cristo no vino a establecer creyentes in-
dividuales, sino que vino a establecer su iglesia, es decir el conjunto o la asam-
blea (esto es lo que significa la palabra “iglesia”) de creyentes reunidos en comu-
nidad solidaria y amorosa alrededor de Él. La relación de Cristo con el creyen-
te es siempre personal e individual, pero no es nunca individualista, pues
no fomenta sino que más bien condena el aislamiento del creyente de la
comunidad. Contrario a lo que pudiera creerse, nadie llega a conocer la verdad
en un ejercicio asocial solitario e individualista, metidos en un laboratorio o en
una biblioteca estudiando sin más compañía que nuestro microscopio, nuestros
tubos de ensayo, nuestros libros y nuestro computador personal. Y es apenas
lógico que así sea, puesto que si Dios es la verdad final, la verdad es algo tan
grande que no puede ser nunca abarcada por completo por ningún indivi-
duo humano considerado de manera aislada, por inteligente, capaz y pre-
parado que pueda ser. Todos tenemos un punto de vista único pero siempre li-
mitado y fragmentario de la verdad. Por eso necesitamos de las relaciones con
los demás. Para completar el cuadro y reunir la mayor cantidad de piezas de la
verdad que podamos encontrar. Debido a ello, el conocimiento de la verdad es
algo que se alcanza de forma permanente en el trato con el prójimo, por
doloroso que pueda ser a veces, pues es en el rostro del prójimo donde es-
tamos llamados a ver reflejado a Cristo (Mt. 18:5; 25:40), descubriendo así
que: “El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre” (Pr.
27:17).
42

7. Avanzando hacia la madurez


La primera epístola a los Corintios (1 Cor. 2:14-3:4) nos brinda una clasificación en la
que podemos ubicar a todas las personas: creyentes e inconversos por igual. En el
capítulo 2, versículo 14 el inconverso es catalogado invariablemente como una per-
sona “natural” (RVR), “mundana” (LPH) o “que no tiene el Espíritu” (NVI, TLA), tra-
ducciones todas que quieren indicar que tal persona es guiada exclusivamente
por su psiquis o alma, sin la participación de su espíritu debidamente condu-
cido por el Espíritu, puesto que, debido a su incredulidad, el espíritu de esta perso-
na es prácticamente inoperante, pues se encuentra muerto, en palabras del apóstol
Pablo, en razón de lo cual esta persona: “… no acepta lo que procede del Espíritu de
Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiri-
tualmente” (1 Cor. 2:14). Como tales, los inconversos (personas naturales) pueden
manifestar una amplia gama de conductas y estilos de vida, desde los estilos de vida
más improductivos, destructivos y moralmente cuestionables como los que definen a
los delincuentes abiertamente promiscuos y desafiantes a las normas morales más
básicas y elementales de la sociedad; hasta la personas socialmente respetables,
promotoras y externamente respetuosas de la moral social, participantes incluso de
causas muy afines con la moral cristiana como dinámicos activistas desde posiciones
humanistas, llegando en muchos casos a ser modelos de conducta social que super-
an externamente los estándares morales de comportamiento alcanzados por los cris-
tianos. Sin embargo, estos personajes podrán gozar de una significativa respetabili-
dad social, por encima de los cristianos incluso, pero no por eso disfrutan necesaria-
mente de la aprobación de Dios, pues aunque sus buenas obras sean encomia-
bles, estas obras no proceden de la fe y el amor a Dios sino de motivos egoís-
tas y centrados en último término en sí mismos, algo que las descalifica delante
de Dios.
7.1 Creyentes maduros e inmaduros. Pero dejando atrás a estos personajes y
concentrándonos en los creyentes, estos son catalogados en “espirituales” por
contraste y oposición a los “carnales” (o “inmaduros” en la NVI). Los creyentes
espirituales son elogiados, mientras que los carnales o inmaduros son
reprendidos por esta condición, que puede hasta cierto punto ser atenuada y
tolerada en creyentes nuevos y débiles aún en la fe, pero es intolerable en
creyentes que llevan ya tiempo en el evangelio, pues el hecho de reconocer la
condición de carnales o inmaduros a ciertos creyentes no significa que
esta condición esté justificada de algún modo, pues el creyente carnal o
inmaduro siempre será un creyente disfuncional que dista de los estándares
mínimos de madurez que Dios requiere de todos sus hijos sin excepción. Esto
nos conduce a dos conceptos relacionados que suelen confundirse de manera
muy inconveniente. Son la niñez y la inmadurez.
43

7.2 Niñez e inmadurez. El Señor Jesucristo puso como ejemplo en varias ocasiones
a los niños (Mr. 10:14-5), elogiando virtudes de la infancia tales como la inocen-
cia, la humildad, la confianza y la dependencia, rasgos todos necesarios para ac-
ceder al Reino de Dios. Pero no debemos olvidar que la infancia también
implica inmadurez, y el no saber diferenciarlas puede llevar a justificar la
inmadurez en los creyentes marcadamente egocéntricos, indolentes, egoístas,
exigentes, irresponsables e irrazonables. Pablo está, precisamente, lidiando con
ellos en la iglesia de Corinto, interpelándolos en estos términos: “Yo, hermanos,
no pude dirigirme a ustedes como a espirituales sino como a inmaduros, apenas
niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni
pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y
contiendas, ¿no serán inmaduros?...” (1 Cor. 3:1-3). La misma amonestación fue
planteada por el autor de la epístola a los Hebreos: “Sobre este tema tenemos
mucho que decir aunque es difícil explicarlo, porque a ustedes lo que les entra
por un oído les sale por el otro… a estas alturas ya deberían ser maestros, y sin
embargo necesitan que alguien vuelva a enseñarles las verdades más
elementales de la palabra de Dios… necesitan leche en vez de alimento sólido.
El que sólo se alimenta de leche es inexperto… es como un niño de pecho. En
cambio, el alimento sólido es para los adultos, para los que tienen la capacidad
de distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de
percepción espiritual” (Heb. 5:11-14). Dejar la inmadurez que caracteriza la
infancia espiritual debería ser algo natural que se da por descontado:
“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como
niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño” (1 Cor. 13:11),
pero nunca sobra la esclarecedora exhortación del apóstol al respecto:
“Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean niños en cuanto a la
malicia, pero adultos en su modo de pensar” (1 Cor. 14:20).
7.3 Madurez, excelencia y perfección. Uno de los rasgos que indican madurez en
el creyente es la búsqueda de la excelencia en todo lo que hace. Pero aquí hay
que hacer la distinción muy bien señalada por el actor Michael J. Fox al declarar:
“Tengo cuidado de no confundir la excelencia con la perfección. Puedo aspirar a
la excelencia; la perfección es asunto de Dios”. En efecto, el diccionario define la
excelencia como la cualidad por la cual algo sobresale en bondad, mérito y
estimación. La excelencia desarrollada en grado absoluto es llamada
perfección y, como bien se afirma arriba, éste es un rasgo exclusivo de Dios. A
los vanos intentos y pretensiones del hombre por alcanzar esta condición se le
da el nombre de “perfeccionismo”, pero el hecho es que la perfección absoluta
es una meta imposible en esta vida, razón por la cual su fracasada
búsqueda genera depresión y se constituye en una carga pesada para los
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que la promueven y los que los rodean, sobre todo en calidad de


subordinados. Los cristianos inmaduros, paradójicamente, pretenden a veces ser
perfectos en lo que hacen y esperan de los demás, convirtiéndose en una
molestia para todos los que tienen que trabajar con ellos. Pero los cristianos
maduros sí deben caracterizarse por la excelencia en sus actividades,
puesto que aunque todavía no seamos perfectos, sí podemos, con la gracia de
Dios, irnos perfeccionando cada día más en aras de la excelencia. No olvidemos,
además, que el éxito es una consecuencia natural de la excelencia que llega,
entonces, sin estarlo buscando necesariamente.
Distinguir con madurez la perfección de la excelencia nos lleva a la humildad que
nos permite estar de acuerdo con el pensador cristiano Henri Nouwen cuando di-
ce: “Los que piensan que han llegado, han equivocado su ruta. Los que piensan
que han alcanzado su meta, la han perdido. Los que piensan que son santos,
son demonios”. Así es. Porque si algo debe caracterizar al cristiano es que,
mientras dure esta vida, siempre se mantiene en pos de la meta pero sin
presumir haberla alcanzado en ningún momento. Ésta es una de las más se-
guras señales de verdadera madurez en el creyente: no pretender nunca haber
alcanzado ya la condición de un santo acabado y terminado, sino permanecer en
la condición de un santo en continuo, inacabado, y a veces incluso accidentado
proceso formativo. El cristianismo no es al fin y al cabo una carrera de velo-
cidad y ritmo explosivo, sino de resistencia y de largo y sostenido aliento.
La presunción de haber llegado o haber alcanzado ya la meta en esta vida es
síntoma claro de engañoso extravío y fuente de pecaminoso y censurable orgullo
que mancha y echa por tierra aún los más denodados esfuerzos del creyente por
alcanzar altos estándares de piedad, devoción y excelencia moral. Por eso, aun-
que la Biblia afirme que todos los creyentes somos santos, no somos no-
sotros los llamados a proclamarlo, sino más bien a esforzarnos callada y
humildemente en actuar como tales, conscientes siempre de que aún nues-
tros mejores esfuerzos al respecto son deficitarios. Hay, pues, que mante-
nerse en carrera con la meta en la mira, pero recordando la sorprendente decla-
ración que el apóstol Pablo hizo sobre este particular dada su condición apostóli-
ca de intachable integridad: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea
perfecto… Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya”, indicando
enseguida cuál era su ejemplar curso de acción ante esta realidad que nos atañe
a todos los creyentes sin excepción: “… Sin embargo, sigo adelante… sigo avan-
zando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llama-
miento celestial en Cristo Jesús” (Fil. 3:12-14).
7.4 Madurez, oración y acción. La madurez también se caracteriza por una fe que
lleva al creyente a adquirir conciencia del potencial que tiene en Cristo, dejando
45

así atrás ese recurso perezoso, fácil, mágico e irracional que requiere la ayuda
de un Dios paternalista en todo. Un Dios tapa-agujeros y remedia-todo. Por el
contrario, entrados en madurez, Dios desea que resolvamos nuestros
problemas por nosotros mismos, sin que por eso dejemos de ser
conscientes de su presencia, a la manera de un padre que vigila las labores
de sus hijos maduros, una vez han aprendido de él la forma correcta y
responsable de llevarlas a cabo. Por eso, cuando pedimos algo en oración,
debemos evitar la falsa expectativa de esperar que Dios supla nuestro esfuerzo,
pretensión que es, por cierto, característica de la magia, pues el cristiano
equilibrado y maduro no ignora ni hace caso omiso de los medios provistos por
Dios para la obtención de los bienes necesarios para cubrir su legítimas
necesidades, sin que por ello deje de mantener con Dios una sana, madura y
necesaria relación de amor menos dependiente que le ayude a desarrollar a
plenitud todos los dones y capacidades recibidos de Dios. El Sermón del Monte
(Mt. 6:25-26) supone el proverbio sueco que dice: “Dios le da una lombriz a cada
pájaro, pero no se la lleva hasta el nido”.
7.5 Madurez y optimismo. Por último, la madurez cristiana también se define
por el optimismo propio de la fe que todo creyente debe cultivar. Porque es
un hecho que nuestras actitudes buenas o malas condicionan la percepción que
tenemos de la realidad. Por eso, sin caer en posiciones ingenuas o escapistas, el
creyente puede, aún en las circunstancias más difíciles y opresivas, ver siempre
un rayo de realista esperanza que ilumine el panorama, mientras que los incon-
versos suelen volverse tan cínica o amargadamente críticos de todo, que se en-
cierran voluntariamente en la oscuridad aún cuando el sol esté alumbrando de
manera evidente afuera. El optimismo esperanzado del creyente está, por
tanto, llamado a combatir el pesimismo trágico del incrédulo, aunque am-
bos se encuentren confrontados con la misma realidad y sometidos a las
mismas o similares circunstancias. No es cierto, entonces, que un pesimista
sea un optimista bien informado, como lo dicen con mordacidad los pesimistas,
sino que más bien todo depende de si vemos la realidad con fe o con incre-
dulidad. Porque, de igual modo, un optimista podría ser un pesimista bien infor-
mado en la medida que dispone de la privilegiada información de que Dios está a
cargo de la situación. Información de la que carece el pesimista. Como puede
verse, el asunto no es poseer información, sino qué tipo de información se
posee. En efecto, la fe nos permite ver siempre el vaso medio lleno, mientras
que la incredulidad nos lleva a ver el mismo vaso siempre medio vacío. Porque el
“vaso medio lleno” implica la presencia de Dios guiando providencialmente las
cosas, por mal que se puedan ver, mientras que el “vaso medio vacío” implica la
ausencia de Dios y el caos consecuente. Dicho de otro modo, la presencia de
Dios puede hacer un cielo del infierno, mientras que la ausencia de Dios
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obra el efecto contrario: hacer un infierno del cielo, como lo sostenía el puri-
tano John Milton, autor del mundialmente famoso poema épico El Paraíso Perdi-
do: “La mente tiene su propio lugar, y ella misma puede hacer un cielo del infier-
no o un infierno del cielo”.
Así, pues, nuestra percepción favorable o desfavorable de la realidad depende
de si vemos o no vemos a Dios en medio de ella. Y una fe madura es la que
hace la diferencia a este respecto, ya que en realidad: “Dios nos habla una y otra
vez, aunque no lo percibamos” (Job 33:14). Y lo hace en tal variedad de formas
que no tiene que recurrir necesariamente a voces perceptibles. Fue la ausencia
de fe la que truncó y atrofió la percepción de los judíos en relación con Cristo
llevándolos a rechazarlo y no reconocer en Él al Mesías esperado. Y es, asimis-
mo, la fe la que amplía nuestra perspectiva y provee el adiestramiento necesario
por el cual Dios nos enseña lo que no alcanzamos a percibir normalmente, impi-
diendo que nos desviemos del camino: “Ya sea que te desvíes a la derecha o a
la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te dirá: «Éste es el
camino; síguelo.»” (Isa. 30:21) y conduciéndonos a la madurez y confianza de
quienes, como lo leíamos en Hebreos: “… tienen la capacidad de distinguir entre
lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de percepción espiritual”
(Heb. 5:14). Justamente, es en Hebreos donde encontramos la exhortación final
que recoge de manera concluyente todo lo dicho en este capítulo de cierre de
nuestra conferencia: “Por eso, dejando a un lado las enseñanzas elementales
acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez. No volvamos a poner los funda-
mentos…” (Heb. 6:1)

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