Paradigmas de la Ciencia y su Impacto
Paradigmas de la Ciencia y su Impacto
La ciencia se basa en cuatro paradigmas conocidos como: positivismo, realismo, pragmatismo y relativismo.
Las controversias y acuerdos entre estas perspectivas son determinantes para lograr una concepción integral de
la enseñanza de la ciencia. Alrededor de estos paradigmas se han tratado de identificar las características
propias y específicas que lo sostienen, con especial atención a la práctica científica. La investigación se ha
extendido para explicar la historia de la ciencia, las cualidades del método científico y el análisis filosófico-
metodológico a través de los aspectos sociales. Comprender la ciencia no se reduce al saber enciclopédico y sus
principales hechos, conceptos y principios, como lo ha hecho la enseñanza tradicional, sino que abarca los
supuestos ontológicos de la existencia, percepción del mundo, estrategias experimentales, criterios de
evaluación,
POSITIVISMO
El positivismo contempla a la ciencia como un intento de codificar y anticipar la experiencia y, más aún,
considera que el método científico es el único intento válido de conocimiento, basado en los datos
observacionales y las mediciones de magnitudes y sucesos. Así pues, una de las tesis básicas del positivismo
lógico es el dogma de la unidad y universalidad del método científico. Se desarrollan teorías y leyes para
correlacionar datos empíricos y, por tanto, la teoría verdadera es la mejor contrastada, esto es, la que se ajusta
mejor a todos los datos observacionales, denominada teoría empíricamente adecuada. La verdad de la ciencia
consiste en el mejor grado de bondad en ese ajuste, que determina la adecuación empírica de las teorías. En
definitiva, sólo son creíbles aquellas proposiciones cuya verdad pueda establecerse por medio de observaciones.
Además, el positivismo sostiene la existencia de un criterio radical de demarcación entre la ciencia y la no-
ciencia, que sería la aplicación de dicho método científico único y universal, consistente en un conjunto de
reglas objetivas y universales para el diseño de experimentos y la evaluación de teorías que aseguran el éxito y
el progreso.
Relativismo
El relativismo considera a la ciencia ante todo una actividad social y humana, una más de las emprendidas por
la humanidad para lograr conocimientos sobre el mundo, y, por tanto, se la contempla como una vía más de
conocimiento, ni exclusiva ni excluyente de otras distintas, pero igualmente válidas para dicho fin. Por la
consideración e importancia concedida a los aspectos personales (intereses, creencias propias, etc.) y
contextuales (sociales, relacionales, políticos, económicos.) y su influencia en la generación del conocimiento
científico (el contexto de descubrimiento), el relativismo ha sido tildado de introducir aspectos psicológicos y
subjetivos en la epistemología de la ciencia. La tesis básica del relativismo sostiene el falibilismo extremo de la
ciencia (y, en general, de cualquier forma de conocimiento humano): las pruebas, especialmente las empíricas,
no son decisivas para conformar las verdades científicas; es decir, las afirmaciones sobre el mundo no
provienen exclusivamente de los datos observacionales.
Un paradigma está formado básicamente por un conjunto de supuestos muy generales sobre el mundo
(ontología del paradigma) y otro sobre la forma en que éste puede estudiarse (métodos para acceder al
conocimiento o epistemología del paradigma). La parte metodológica y la teoría sustantiva del paradigma no
están entrelazadas de forma inseparable, ya que las teorías no apoyan siempre a las reglas asociadas al
paradigma.
Realismo
Aunque hay muchas formas de realismo, habitualmente se suele denominar así a la posición que se basa en la
existencia de algún tipo de correspondencia entre las creencias sobre el mundo y éste mismo. Así pues, los
planteamientos realistas más duros parten de considerar que el objetivo de la ciencia es buscar teorías
verdaderas según un criterio de racionalidad, representado por la superación de muchos intentos de falsación, es
decir, de demostrar que la teoría falla. Desde este punto de vista, se hace de la verdad un objetivo de la ciencia y
no un atributo de las teorías científicas, pero, desde otros puntos de vista, no es necesario identificar con el
realismo la búsqueda de la verdad como finalidad de la ciencia para ser realistas.
Pragmatismo
Así como también señala que los astrónomos de formación escolástica por ejemplo, se negaban a usar el
telescopio y cuando los menos, procuraban utilizarlo, no veían nada; no veían las manchas solares, no veían las
protuberancias de la luna, ni las lunas de Júpiter.(5) Ello es comprensible, puesto que estos astrónomos estaban
enfrentando los observables, a partir del antiguo paradigma geocéntrico de Ptolomeo y no desde el punto de
vista de un Modelo heliocéntrico, como el que sostenían Copérnico y Galileo. Y por otra parte, es comprensible
también dicha situación, toda vez que tal como hoy sabemos, cualquier instrumento científico requiere
entrenamiento anticipado, demanda un acucioso dominio previo para interpretar adecuadamente el observable.
Por otra parte, de la postura anárquica cognitiva de Feyerabend, debemos rescatar la importancia que le asigna
a factores tales como la revisión metodológica, el uso de procedimientos aleatorios, el empleo de hipótesis
audaces, la confianza en la imaginería del científico, la presencia indirecta del principio antrópico en la idea de
objetividad, entre otras. Pero, su enfoque sobre la marcha científica, más que constituir un acicate para el
progreso científico, es una explicación epistémica muy crítica y analítica sobre la racionalidad científica y sobre
su modus operandis. Y por tanto, resulta más pertinente como elemento teórico de un curso de epistemología, o
como un hito epistémico contemporáneo que hace serias observaciones acerca de como funciona la ciencia, más
que constituir un paradigma generador de avances científicos específicos.
En rigor, es una forma de explicación del progreso científico y no un paradigma específico en el sentido
acotado con antelación. Empero, sus críticas a los procedimientos propios de la comunidad científica, aluden a
la confianza extrema en el paradigma vigente que tienen muchos científicos; es un vivo llamado a la tolerancia
y a la mesura para lograr el adecuado equilibrio del oficio propio del investigador que se desliza entre los
criterios de búsqueda de la objetividad científica y amplitud de las variables de las humanidades y la condición
antrópica en el proceso cognitivo. El constructivismo piagetano
Otro paradigma aún vigente en distintas disciplinas, tales como la psicología, ciencias sociales, educación,
pedagogía, sociología del conocimiento, epistemología e historia de las ciencias, es el constructivismo
piagetano. Dicho modelo explicativo tiene su génesis con los estudios sobre el desarrollo de la inteligencia
infantil realizados por Jean Piaget, ya en la década del treinta, con observaciones y experimentos con niños,
sobre aspectos cuantitativos y sobre las nociones de número, velocidad, cantidad, proporciones y otras. Luego,
continúa sus investigaciones haciéndolos extensivos a diversas disciplinas, gracias a la consolidación en
Ginebra, en 1950 de su Centre Internacional de Épistémologie Genétique, y también gracias a la publicación en
1955, de su magna obra en tres tomos, Introducción a la epistemología genética.
En cuanto a su primera fase, referente a los experimentos sobre la adquisición cognoscitiva en los niños, los
mismos los aplica Piaget primero en sus hijos, luego en los niños ginebrinos y en la década del sesenta y setenta
del Siglo XX, se hacen extensivos a los países del Tercer Mundo. Lo relevante desde la perspectiva de los
paradigmas que nos interesa, es el hecho de que su modelo explicativo, la epistemología genética la concibe la
como “…una disciplina que estudia el paso de un conocimiento de menor validez a otro de mayor validez”, (6)
con lo cual acota el tema epistemológico “al estudio de la constitución de los conocimientos válidos” (7) y por
ende, sitúa el problema de la adquisición cognoscitiva en el fenómeno del conocimiento y en la comprensión del
dinamismo de las estructuras.
Así, su Modelo explicativo del avance científico, permite dar cuenta del desarrollo intelectual del niño, de una
disciplina social, o de una disciplina propia de las ciencias de la vida. O en otras palabras, su visión del
conocimiento es extensivo no sólo al hombre sino a todos los seres vivos. La diferencia únicamente radicaría en
cuando y cómo van apareciendo nuevas estructuras cognitivas que bien pueden ser conductuales y operativas en
unos y lógico matemáticas en otros, como en el caso del ser humano.
Así, desde la perspectiva del Modelo constructivista, resulta comprensible que el conocimiento es el resultado
de una interacción mutua entre un sujeto y objeto dentro de las variables específicas del medio. Con ello se
privilegian los aspectos biológicos y operativos del proceso cognitivo y la construcción interna de novedades,
que en este caso serían las nuevas estructuras, con las cuales el ser vivo o un sujeto epistémico específico tiene
que habérselas con el medio.
Desde esta perspectiva el conocimiento es siempre un resultado visible, un dominio efectivo de nuevas
estructuras de un ser vivo que va ampliando su dominio y comprensión sobre el medio, justamente en la medida
que va internalizando y practicando nuevos niveles de estructuras que en el caso del ser humano terminan con el
pensamiento formal y la profundización lógica, normativa y discursiva de las mismas. Ello sirve de pábulo por
tanto, para homologar la adquisición cognitiva individual y la adquisición de las comunidades científicas, tal
como Piaget lo deja aclarado en obras tales como Introducción a la epistemología Genética, Biología y
conocimiento, Psicogénesis e Historia de las ciencias y otras.
Por cierto, que si nos situamos desde esta perspectiva, la ciencia en su totalidad es siempre un progreso que se
caracteriza por la aparición de nuevas estructuras lógico matemáticas y conceptuales. Y ello dentro de un
isomorfismo entre el desenvolvimiento de la inteligencia individual y el desarrollo de las ciencias formales,
biológicas, psicosociales, educacionales y otras. Resulta conveniente, en todo caso, reconocer la enorme
persistencia de este paradigma especialmente en ciencias de la conducta humana, de la educación, de la
psicología evolutiva, de la sociología del conocimiento, de las ciencias sociales en general y más recientemente
en el campo de la historia de las ciencias; e incluso ha dado pie para el desarrollo de las denominadas ciencias
cognitivas; esto es, aquellas disciplinas que concilian aspectos biológicos, neurológicos y lógico- matemáticos
dentro de las cuales se ubican las corrientes cognitivas de Varela, Maturana, Mpodozis y otros, cuyas ideas han
dejado en claro la importancia del rol del observador y la fuerte unidad que existe entre el observable que se
desea describir y el investigador.(8) Desde el punto de vista de la historia de las ciencias y del desarrollo de las
ciencias sociales, llama la atención la persistente influencia del paradigma constructivista, que aún luego de más
de setenta años, continúa ofreciendo conceptos y teorías en los campos disciplinarios mencionados.
Tanto es así, que la tendencia más moderna y remozada, denominada neoconstructivismo, continúa como eje
directriz de muchas reformas educacionales en Chile, América y España, y ofreciendo interesantes hipótesis
sobre la realidad biológica y social del conocimiento. Luego, si tuviéramos que enumerar algunas conquistas
vinculadas a este modelo explicativo, La Teoría de la Inteligencia, la Teoría de los estadios evolutivos, la Teoría
de la equilibración, la teoría del isomorfismo biología-lógica y otras, nos indican que en los campo de la
psicología, de la sociología del conocimiento, de las Ciencias Sociales, así como en el ámbito de la historia de
las ciencias en general y de la Historia de las Ciencias en América, en especial, ha contribuido con interesantes
hipótesis y nuevas explicaciones sobre los procesos de institucionalización de la ciencia en los países de
América. (9)
Ahora bien, como los paradigmas existentes en el universo de la epistemología contemporánea, son demasiados
para ser analizados en una modesta exposición de esta naturaleza, nos vemos obligado a seleccionar de entre los
existentes, los mencionados, pero es prácticamente un deber mencionar también el “racionalismo científico” de
Mario Bunge, que sostiene que el conocimiento científico requiere de verdades necesarias y momentáneas y que
los resultados observables de la ciencia como institución social se perciben en la ordenación de sistemas
deductivos, o en la coherencia y uniformidad en el ejercicio de la adquisición cognitiva, tal como se señala en
sus obras, entre las cuales, recordemos al menos: La Investigación científica, Racionalidad y realismo, entre
otros.(10) Desde esta perspectiva, por tanto, queda claro que la historia de las ciencias es la marcha de nuevas
verdades que son el resultado de la totalidad del corpus científico y del orden tecnológico imperante.
Y en este mismo camino, pero desde la perspectiva de la Historia de las Ciencias, se ubicaría George Sarton,
quien concibe a la ciencia como un continuo de verdades y de resultados en constante progreso, pero
esencialmente abierta a los avatares de las influencias culturales de Oriente y Occidente, tal como lo deja de
manifiesto en su obra: Ensayos sobre la ciencia. (11) También el modelo de la “Arqueología del saber” de
Michel Foucoult, entre otros, merece una mención especial, toda vez que su análisis sobre el discurso científico
en general, deja de manifiesto que la comunidad científica no está ajena a la influencia de los códigos, o
tendencias de la cultura en la cual se desenvuelve.
Ni tampoco puede distanciarse del propio proceso discursivo que utiliza para dar cuenta de los hechos o para
representar a la naturaleza o la sociedad. Ello toda vez que tal como lo deja de manifiesto este autor en su obra:
Las palabras y las cosas; las explicaciones yo descripciones de los observables de interés de la comunidad
científica, se entrecruzan con el lenguaje. O dicho en términos del propio Foucault: “…la naturaleza sólo se
ofrece a través de la reja de las denominaciones, y ella que sin tales nombres, permanecería muda e invisible,
centellea a lo lejos tras ellos, continuamente presente más allá de esta cuadrícula que la ofrece, sin embargo, al
saber y sólo la hace visible atravesada de una a otra parte por el lenguaje.” (12) Lo anterior es relevante, puesto
que al aplicarlo a la historia de las ciencias, las disciplinas interesadas, por ejemplo a los fenómenos del mundo
orgánico en general, como el caso de la Historia Natural de los siglos XVIII y XIX, únicamente estarían
haciendo nuevas contribuciones en la medida que logren dejar atrás el estatismo o fijismo de los discursos y
nombres consagrados para explicitar el mundo natural.
Y justamente el esfuerzo de toda la Historia Natural, así considerado sería bifronte: por un lado va dando una
nueva ordenación del universo biótico de las distintas regiones del mundo, y por otra, va consolidando una
terminología más precisa que supera la fábula u otras maneras tradicionales de hacer representaciones
discursivas sobre el mundo natural. Así, la botánica, la farmacopea, la geografía, la taxonomía y otras
disciplinas habrían seguido este doble derrotero.
Pero como nuestro objetivo central apunta a apreciar el impacto de ciertos paradigmas en la marcha científica,
es conveniente considerar también corpus culturales, teóricos y metodológicos, que si bien no vienen de la
tradición epistemológica, si provienen del dinamismo de la cultura y la sociedad y de su relación dialéctica,
entonces es conveniente también considerar ciertos modos de ver el mundo, o ciertos movimientos culturales,
que de acuerdo a nuestros criterios de revisión acotados (la definición tentativa y amplia de paradigma, y un
enfoque externalista para concebir la marcha científica), nos instan a ir más allá de las perspectivas
epistemológicas contemporáneas y la interpretación que estos hacen del desarrollo científico.
En efecto, partiendo de los criterios analíticos indicados, resulta pertinente incluir algunos movimientos
culturales, filosóficos, históricos y estéticos, que en general fueron capaces de encontrar expresiones que los
hicieron llegar a la comunidad científica y a sus exponentes. Entre estos, sin pretender dar cuenta de todos,
consideremos al menos al movimiento cultural, político, filosófico e ideológico de la Ilustración, al movimiento
cultural, científico, artístico y estético del Romanticismo, a la corriente científica, filosófica, cultural del
Positivismo.
El aporte de la Ilustración En cuanto a la Ilustración, los ejemplos son innumerables, pero recordemos aquí al
menos, el esfuerzo de Ignacio Molina, para dar cuenta de la flora y fauna chilenas, en sus obras tales como su
Saggio sulla storia naturale del Chile (Bolognia, 1782). Y es de justicia indicar también que el movimiento
cultural y político impacta a la comunidad científica internacional, toda vez que muchos monarcas
simpatizantes de este ideario, contribuyen a la consolidación de Academias científicas, a la instauración de
cátedras de Botánica, construcción de Museos y diseño de Reales Jardines. Estos últimos por ejemplo, pasan a
constituir una clara expresión de acopio taxonómico, de conocimientos florísticos y farmacológicos y de gusto
estético ornamental. Además de lo anterior es prácticamente imposible olvidar la organización y puesta en
marcha de las diversas expediciones científicas y geopolíticas, hacia el Nuevo Mundo, o hacia los territorios de
Ultramar de las distintas monarquías europeas. Recuérdese al respecto, los viajes de Hipólito Ruíz y José
Pavón, a las costas de Chile, Perú y otros lugares de América entre los años 1777-1888, o los viajes de La
Perousse a distintos lugares del Pacífico, entre 1785 y 1788, o la gran expedición global de Malaspina, entre
1789 y 1794, que tanto rédito significó para la ciencias de la vida, para la geografía, la taxonomía y la
farmacopea, aunque el gigantesco acopio de sus observaciones y la abundante diagnosis de la flora y fauna
americana, sólo se analizaron muchos años más tarde.
Desde el punto de vista de la Historia de las Ciencias en Chile, es significativo, dentro de este marco de la
Ilustración, las diversas expediciones que realiza José de Moraleda en Chiloé y la zona austral del Chile
Colonial, las cuales se ubican entre 1786 y 1801. Ello, porque significó para la ciencia española y europea en
general, un incremento muy significativo, en especial en cuanto a la hidrografía, al estudio de las mareas, a la
climatología, la astronomía y la actualización de cartas náuticas. Por tanto, lo anterior ilustra como el
movimiento de la Ilustración potencia el desarrollo de la comunidad científica internacional y actúa como un
mecanismo efectivo que produce un notorio incremento en el acerbo cognitivo de las distintas disciplinas
dieciochescas; entre estas, la navegación, la farmacopea, la balística, la hidrografía, la geografía, la geología, la
taxonomía, la botánica y la cartografía, entre tantas otras.
Por ejemplo, entre los resultados que generó este movimiento, están los centenares textos de geografía, de
taxonomía o de historia natural en general, en los cuales sus autores dan cuenta de los referentes orgánicos del
Nuevo Mundo. Y entre estos, recordemos aquí al menos el libro de Hipólito Ruiz: Tratado del árbol de la Quina
ó cascarilla. Con su descripción y la de otras especies de quinas nuevamente descubiertas en el Perú, que sale a
la luz pública en 1792; o el texto del mismo autor, que dos años después publica su Florae peruvianae et
chilensis prodomus, sive novorum generum plantarum peruvianarum, et chilensium descripciones et icones. O
el ensayo de Antonio de Ulloa, aparecido en 1792, Noticias americanas. Entretenimientos phisico-históricos,
sobre la América Meridional, y la Septentrional Oriental. O el texto de Charles Marie de la Condamine, que sale
d elas prensas en 1778. Relation abrégée d’un vogaye fair dans l’interieur de l’Amerique Meridionale, después
la cote de la Mer du Sud. En rigor la bibliografía científica que queda para la comunidad de especialistas
europeos, como resultado del impulso de la Ilustración es extraordinariamente abundante y si se consideran las
distintas ciencias de la época, pasan de centenares, y esto focalizando la atención nada más en los ensayos que
aportan una visión sobre la naturaleza del Nuevo Mundo, tal como lo ha estudiado Saldino. (13) Por eso no
resulta extraño que en Chile, recientemente algunos investigadores como Rafael Sagrado, traigan a presencia
estos esfuerzos de circunnavegación científica, al dar cuenta detallada de los viajes de Malaspina en América y
en el Chile Austral, en particular. (14)
El romanticismo En cuanto al Romanticismo, por ejemplo, es innegable la notoria influencia que este
movimiento artístico cultural, histórico, estético y científico, influyó durante el Siglo del Progreso, desde al arte
y la literatura hasta en el desenvolvimiento de la ciencias de la vida y a las ciencias de la tierra. En el caso de
América, el romanticismo irrumpe notoriamente después de la obtención de la independencia política, en la
mayoría de los países emancipados de la metrópolis hispana; aludiendo a temas como la naturaleza, la peculiar
realidad social y la búsqueda de una literatura que deje atrás la tradición hispana. Al respecto, piénsese en la
influencia expansionista que ocasionan los trabajos de Vicente Fidel López, Bartolomé Mitre, Domingo
Faustino Sarmiento, José Victorino Lastarria, Alberto Blest Gana, Esteban Echeverría y tantos otros. Los
contenidos tratados por estos autores chilenos y argentinos, así como la prosa de los mismos, trasunta un nuevo
modelo de sensibilidad y de valores estéticos y pasa a constituirse en un acerbo teórico relevante para abordar
problemas vinculados al marco social. Lo anterior, coincide con la consolidación política y cultural autónoma,
en que están empeñados los exponentes de esta tendencia y que se presenta en casi todos los ámbitos del
quehacer intelectual y artístico de los países de América.
En el ámbito de las ciencias, autores como Humboldt y Bompland, luego de su viaje por América Meridional,
(1799-1804), instauran con antelación los ejes de un modelo que se cohesiona con el romanticismo literario y
artístico de los inicios del siglo XIX y que de allí en adelante generan una especie de intromisión de la búsqueda
estética en las descripciones taxonómicas de los diversos observables de la naturaleza americana, amén de una
clara convicción de apreciar los referentes orgánicos como parte del todo del Cosmos y por ello los exponentes
bióticos, aparecen dando cuenta de sus hábitats y en su interacción con el marco social de su tiempo,
especialmente con los nativos americanos.
Esto es un acicate poderoso en taxonomía, en botánica, en farmacopea, en ictiología y otras disciplinas, como la
antropología y la etnografía, e incluso para el desarrollo de la vulcanología, de la geografía humana, la
fitogeografía y otras. Por eso no es extraño entonces, que exploradores como Belt y Squier en Nicaragua,
geógrafos como Ritter en Argentina, o Jiménez de la Espada, que acompaña a otros investigadores en la
Comisión Científica del Pacífico Sur, organizada por el gobierno español. (1862-1866).
Y en Chile, botánicos como Gay e ingenieros en minas como Domeyko, continúen con este modelo explicativo
de lo viviente y de lo inorgánico, que se caracteriza por la búsqueda de un equilibrio discreto entre los
sentimientos del científico en tanto sujeto observador y las exigencias de objetividad propias de la diagnosis
taxonómica, además de un notorio énfasis por los íconos, en lo referente a la descripción de locus específicos y
a la identificación y clasificación de los referentes de la flora y fauna locales.
Entre los logros científicos conseguidos al alero de esta cosmovisión, tengamos presente cuando menos, los
textos de Humboldt, tales como su Cosmos, o sus Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo; o el
texto de Thomas Belt El naturalista en Nicaragua (1874), donde el autor despliega las notas propias del
romanticismo científico y descriptivo, con visos hipotéticos y explicativos, para identificar y describir los
distintos especímenes de la flora y fauna de dicho país centroamericano, matizado con ilustraciones del mismo
autor. La visión de la naturaleza en Belt, corresponde a una mirada apasionada que capta un gigantesco
receptáculo orgánico e inorgánico de formas y colores infinitos que hacen posible el desenvolvimiento de la
vida y la obtención de la belleza y el goce estético.
Su prosa expresa muy a menudo el asombro ante el observable, característica frecuente entre los científicos
románticos; v. gr en su obra ya mencionada expresa: "...mientras cabalgábamos; vimos robles y pinos
enteramente por colgantes festones, con aspecto de musgos grises, de la Tillandsia usneesis o "barba de viejo".
No había ramita que no estuviera agobiada por un fleco colgante, de hasta seis pies de largo que simulaba un
velo gris meciéndose al viento....El aspecto de la región, los árboles, matas, y flores, los pájaros y los insectos,
el aromático perfume de los pinos, todo reclamaba mi atención a cada minuto." (15) También la visión de la
naturaleza nicaragüense que nos ha dejado E. G. Squier, es esencialmente una mirada romántica, interesada en
mostrar lo curioso, lo vernáculo.
La misma es presentada como un universo extraño, lleno de vida y colorido que provoca un claro asombro en
el europeo, o en el visitante del hemisferio norte en general; tanto por los especímenes de la flora y fauna que en
ella viven, como por la forma de vida y comportamiento social y cultural de los nativos que la habitan. Con
razón, también, al igual que Humboldt en la América Meridional, Squier viaja con un artista: James Mc
Donough, quien se encarga de ilustrar muchas de las notas referentes a situaciones sociales, a estatuas
aborígenes y a algunos exponentes del medio orgánico en general del país.
En cuanto a una descripción más específicamente de la flora, la cita a continuación nos ilustra parte de la
percepción de la misma que tiene el autor: “…los mercados de León ofrecen tal profusión de frutas y legumbres
que sería casi imposible enumerarlos todos. Sandías, papayas, piñas, naranjas, mameyes, nísperos, granadillas,
marañones, jocotes, yucas, plátanos, bananos, frijoles, maíz, y a veces cierta clases de papas apenas más
grandes que las balas, llevadas allá en zurrones desde las tierras altas de Honduras y Costa Rica que la venden
por libra”. (16) En el caso de Domeyko, es muy relevante su Introducción al estudio de las ciencias naturales,
(1847), donde frecuentemente cita a Humboldt y también a Schiller, y en otros trabajos cita incluso a Goethe. O
bien su obra La Araucanía y sus habitantes, publicada en 1845, donde deja de manifiesto las observaciones
sociológicas sobre los araucanos y su vinculación con el entorno. Gay, a su vez, nos ha legado los dos Atlas que
complementan los tomos de su Historia Física y Política de Chile (26 tomos), publicados en París, entre 1844 y
1870. Dichas obras en su conjunto, muestran el cuerpo físico y social de la época, focalizando la atención en las
costumbres y eventos sociales en general, y en el medio natural, y para ello se ayudó al igual que la mayoría de
los científicos románticos, de destacados dibujantes y pintores, entre estos Mauricio Rugendas; quien también
había colaborado antes con Humboldt.
Lo precedente es parte de la producción teórica y bibliográfica de los científicos románticos, pero también es
parte de un peculiar estilo de vida que se identifica con la dedicación absoluta y total a un proyecto científico.
El positivismo y su influencia Desde que Augusto Comte, publica su texto: Cours de Philosophie positive
(1830-1842), las ideas del positivismo se empiezan a conocer en la comunidad académica y científica europea.
Y si bien el concepto encierra muchas acepciones, es posible entenderlo como una corriente filosófica, cultural,
científica y epistémica que se desarrolla en Europa a partir de las ideas sobre ciencia y filosofía de Comte y que
se caracteriza por enfatizar la importancia del método y de la ciencia para la obtención del progreso y la
regeneración moral de la sociedad.
Y como adelantáramos, luego de la difusión de la obra ya mencionada, muy rápidamente pasa también a las
nacientes repúblicas americanas. En especial en México, Brasil y Chile, donde se percibe su ideario en la
educación, en las ciencias sociales y en la estructuración de las corporaciones de la educación superior. En el
caso de Chile, principalmente a partir de la fundación de la Academia de Bellas Letras en 1873 dirigida por José
Victorino Lastarria y más aún con la publicación al año siguiente del libro Lecciones de política positiva, de
Lastarria, se consolida un grupo de destacados intelectuales entre los que se cuentan B. Vicuña Mackenna,
Diego Barros Arana, José Manuel Balmaceda, Miguel Luis Amunategui, los Hnos. Lagarrigue y Valentín
Letelier, entre otros. Los objetivos de los mismos, apuntan a la difusión de las nociones comtianas y al estudio y
aplicación o "adaptación" de muchas de ellas a la realidad social, cultural, científica y política chilenas.
La labor de este grupo para nuestro país, en el período finisecular, es extraordinariamente significativa, toda vez
que imbuidos del ideario comtiano; propician la educación científica y la educación de la mujer, el desarrollo de
obras ingenieriles tendientes a la obtención del progreso, la difusión de la ciencia y la separación de los poderes
del estado. Para ello fundan sus propios medios comunicacionales, tales como la Revista de Chile, en Santiago,
o el periódico “El positivista”, entre otros, donde difunden dichas nociones y dan cabida a científicos nacionales
para exponer sus tesis vinculadas a los propios paradigmas vigentes en esta era, en las distintas disciplinas. Por
ello no es extraño encontrar en estas y otras fuentes del período abundantes trabajos de economía, botánica,
taxonomía, ciencias sociales, educación, historiografía, geología, antropología, política, arqueología, higiene
pública.
Y es frecuente además observar en estos medios trabajos de Philippi, análisis de la obra taxonómica de Gay,
tesis de medicina, y de la educación en general, y en especial, los mejores esfuerzos de los seguidores de esta
doctrina, apuntan a inculcar el conocimiento del método experimental y de las leyes de la naturaleza en la
curricula del sistema educacional chileno. Lo propio acontece en muchos otros países de América, en México
ya en 1867 por ejemplo, el positivismo es el eje de una profunda reforma educacional, a cargo de Gabino
Barreda, con el propósito de instaurar los cánones científicos y experimentales en la formación de los
estudiantes, como un mecanismo efectivo que contribuya a alcanzar el anhelado progreso material y el
ordenamiento social. En Venezuela, a su vez, en la Universidad de Caracas en 1866, Rafael Villavicenci
inaugura la Cátedra de Filosofía Positiva, y 1882, se instaura la Sociedad de Amigos del Saber, ambas entidades
apuntan a similares propósitos de sus pares chilenos. Lo relevante entonces, es que esta doctrina genera una
discusión sobre la conveniencia de difundir las características del método científico y al mismo tiempo
cientifizar los sistemas educacionales. Dicha tarea se complementa con las actividades específicas de los
científicos del período, quienes aportan desde sus especialidades enfatizando los aspectos pragmáticos y todos
aquellos elementos que contribuyan a la industrialización, al desarrollo de la economía nacional y a la
incorporación de los referentes orgánicos o abióticos del cuerpo físico de los países de América, al capitalismo
en general.
En el caso de Chile, es notorio el esfuerzo de científicos como Philippi, Gay, Domeyko, Pissis y otros, quienes
comparten estos aspectos utilitarios de la ciencia y su articulación con los sistemas productivos, tal como ya lo
ha destacado por ejemplo Benjamín Subercaseaux. (17) A manera de conclusión. De acuerdo a nuestra hipótesis
formulada en los inicios de esta comunicación, creemos que es posible dejar constancia de algunas conclusiones
propiamente epistémicas y otras relacionadas con la marcha de la comunidad científica internacional. Para lo
primero, queda claro que la idea de paradigma no se agota en la peculiar mirada de Thomas Kuhn, pues su
definición es a ratos muy estrecha y a ratos demasiado operativa, tal como el mismo autor lo reconoce en
diversas obras; por ello resulta aconsejable también abrirse a las cosmovisiones y movimientos propios de la
cultura y la sociedad del tiempo histórico que se desea dilucidar, para comprender mejor el dinamismo y la
emergencia del conocimiento nuevo.
Es también un fenómeno debidamente demostrado, que los paradigmas vigentes dentro de una comunidad de
especialistas, contribuyen a incrementar la adquisición cognitiva dentro de un campo disciplinario específico,
siempre y cuando dicho modelo no muestre visos de alguna crisis teórica significativa o tenga notorias falencias
en el ámbito de la comprobación empírica. Desde luego, los paradigmas mencionados aquí, han sido el
resultado de una selección cuidadosa, pero hay muchos más que no es posible abordar en una comunicación de
esta naturaleza. Así por ejemplo, se sugiere también pensar en la perspectiva del racionalismo griego, en el
modelo mecanicista del universo y en el paradigma marxista, para futuros análisis, debido al enorme impacto
que estos paradigmas, también han generado en la ciencia universal.