El Baúl
El Baúl
El Baúl
San Miguel Arcángel de la Boca del río Tinaco
Localidad
El Baúl
El Baúl es una localidad ubicada al sur del estado Cojedes en Venezuela. Fue fundada el 1
de mayo de 1744 por fray Pedro José Villanueva, dándole por nombre San Miguel Arcángel de
la Boca del río Tinaco. Más tarde pasó conocerse como El Baúl por distintas teorias, siendo la
más aceptada la de su geografía, ya que está rodeado de grandes cerros y rios. El pueblo
está atravesado por ríos navegables los cuales son Rio Cojedes y Rio Tinaco. Sus tierras son
ricas para la agricultura y la ganadería. Su principal festividad es la dedicada a la Virgen de la
Candelaria el 2 de febrero.
Ubicación y límites[editar]
Ubicación: Se ubica al sur del estado; entre los 08º 32’ 27’’ y 09º 13’ 29’’ de latitud norte y los
67º 59’ 21’’ y 68º 47’ 08’’ de longitud oeste. Límites: Por el Norte limita con los
municipios Ricaurte, Rómulo Gallegos y Pao de San Juan Bautista; por el Sur con el estado
Barinas; por el Este con el municipio Pao de San Juan Bautista y el estado Guárico y por el
Oeste con el estado Portuguesa.
División político territorial[editar]
División Político-Territorial: Se divide en 2 parroquias: El Baúl y Sucre.
Enlaces externos[editar]
Girardot
Municipio
Relieve[editar]
La mayor altura en el municipio es el Macizo de El Baúl con aproximadamente 400 metros. El
macizo de El Baúl estado Cojedes, localizado cerca del meridiano de los 68 grados oeste,
permite dividir la depresión en dos grandes secciones situadas al oeste y al este del mismo
macizo. Al oeste, se localizan los llamados Llanos Occidentales y en el sector este, los Llanos
Centrales y parte de los Llanos Orientales.
Límites[editar]
Al norte limita con los municipios Pao de San Juan Bautista, San Carlos y Ricaurte, al sur con
el estado Barinas, al este con el estado Guárico y el municipio Pao de San Juan Bautista, al
oeste limita con el estado Portuguesa.
Organización parroquial[editar]
Municipio
km² 11.906 hab. hab./km²
Girardot
Símbolos[editar]
Flor Municipal: La cayena (Hibiscus rosa-sinensis).
Ave Municipal: El pico de plata negro (Sporophila crassirostris), también llamado
semillero picón.
Árbol Municipal: El josefino (Delonix regia), también llamado flamboyán.
Personalidades[editar]
Ángel Zapata: Cantautor.
Cecilio Antonio Sosa: Maraquero.
José Antonio Borjas Nieves: Abogado, escritor e historiador.
José Antonio Guillén: Cantante.
Carmelo Medina Mieres: Músico.
Ramon Izquiel - Docente y Escritor.
Eladio Ramón Campos Quiñonez: Arpista.
Rafael Silva: Poeta y escritor.
Geiser Arturo Mendoza Rojas: Sociólogo e Investigador .
Luis David Guillén: Cantautor.
Napoleón Moreno: Cantante y compositor.
Luis Miguel Herrera: Docente, cantante y compositor.
Armando Rafael Alejo: Docente y libro viviente.
Victor Nieves: Profesor y director de teatro.
Ramoncito "El JEEP": Personaje popular.
Uvencio Rodriguez: Docente e Impulsador del deporte y la cultura.
Lugares importantes[editar]
Hato Piñero
Las Cadenas del Socorro
La Casa De Alto
Plaza Bolivar
Manga de Coleo "Fermin Teran"
Estadio "José Ojeda"
Valencia, 1 marzo 2016.- En la carretera de Tinaco hacia el pueblo del El Baúl del estado Cojedes,
frente al Hato El Socorro, se encuentran las famosas “Cadenas de El Baúl”, que llevan miles de años
en este sitio, lugar que ha sido asociado con leyendas que se cuentan llano adentro. Su tamaño y
grosor es de curiosidad para todo aquel que pasa por esta localidad.
Son dos enormes cadenas de más de 100 metros de largo cada una, que pesa 70 kilos y están hechas
de acero macizo, sin empates o soldaduras visibles.
Sin embargo, un dato curioso, las cadenas de célebre Titanic son idénticas a las estás que se
encuentran en este humilde pueblo.
Sobre el origen se escuchan diversas leyendas, ya que se dice que quien sabe la verdad de estas
cadenas no las puede contar, porque todas las personas que viven cerca del pueblo, dicen que
esconde un misterio.
También se dice que son milagrosas y para conceder un deseo hay que levantar el primer eslabón, lo
más se pueda. Luego la persona debe arrodillarse y pegar la frente a cada uno de los eslabones que
logró mover, así hacer su petición.
Cuenta la leyenda
Una expedición de conquistadores españoles por el año 1740, encontró en los cerros de esa región
un inmenso cajón de madera con dos cadenas grandiosas.
Se conoce que estos colonialistas pernoctaron una noche armados dentro del cajón y con las bestias
amarradas a las cadenas.
Al día siguiente continuaron la marcha y llegaron a la confluencia de dos ríos donde había una
comunidad indígena. Allí se quedó un sacerdote con algunos españoles y el resto continuó hacia el
sur.
El sacerdote fundó un pueblo católico y para construir las primeras casas utilizaron la madera de
aquel gran cajón o baúl que estaba con las dos cadenas.
El nuevo pueblo se llamó “La Misión de San Miguel del Baúl” y con el transcurrir del tiempo el
nombre quedó reducido a El Baúl solamente.
Pero su verdadera historia se esfumó con el pasar de los años y hoy sólo quedan mitos, pero según
anécdotas de muchos pobladores, estas cadenas fueron traídas por un empresa que fundo los
potreros del El Hato El Socorro, para deforestar.
Hoy en día sólo quedan las dos cadenas y esta leyenda que forma parte del folclore llanero.
El baúl. Apuntes para su historia (página 3)
Enviado por Angel M. Bravo
Partes: 1, 2, 3
En 1872 el presidente Guzmán Blanco estuvo en El Baúl, procedente de Apure, donde había estado en
campaña. Algunos epidemiólogos de comienzos del siglo XX afirman que con estas tropas infectadas de
malaria llegó el paludismo a la zona.
En 1873 el Departamento Girardot tenía 1.973 casas y 13.389 habitantes. La parroquia El Baúl tenía 10.015
habitantes distribuidos en 1.442 viviendas, y Sucre tenía 3.374 personas en 531 casas.
En 1880 la iglesia estaba en ruinas y los bauleños le escribieron una carta a Guzmán Blanco, el 23 de
septiembre, pidiéndole una nueva. Calcularon que podía costar unos 80.000 pesos. Contaban los feligreses
con nueve imágenes de bulto, pero ya no estaba la Virgen del Amparo ni la del Carmen. Esto probablemente
quiere decir que la Virgen del Amparo había sido trasladada a la nueva población surgida después de 1878,
en la ribera superior del río Cojedes, denominada El Amparo. Entre las nuevas imágenes existentes en El
Baúl se encontraba ya la Virgen de la Candelaria, que desde esa fecha empezó a compartir el patronazgo del
pueblo con San Miguel, el primer patrono.
En 1880 llegó a El Baúl el Dr. Juan Aponte, oriundo de Valencia. En este poblado se dedicó el resto de su
vida a ejercer la medicina, hasta poco antes de su muerte en 1932. El Dr. Aponte contrajo matrimonio en El
Baúl y procreó a varias hijas, una de las cuales, María Antonia se casó con el comerciante Carlos De Bona.
En 1881 Girardot contaba con 10.767 habitantes distribuidos en 1.763 viviendas, y la parroquia El Baúl tenía
4.216 personas en 664 casas, mientras que Sucre poseía 2.965 almas en 594 casas. En la
nueva Constitución sancionada ese mismo año el departamento Girardot estaba compuesto por tres
parroquias, dos urbanas y una foránea, ellas eran El Baúl y San José, en primer caso, y Sucre en el otro. La
parroquia El baúl estaba integrada por los vecindarios Charco Azul, Cordero, Quitacalzón, Carrao, Dividivi, La
Quesera, San Miguel, El Socorro, Zanja de Lira y Cerrillos. La parroquia San José la integraban los caseríos
Guanarito Arriba, Guanarito Abajo, El Oso, El Cerro, El Guayabo, El Frasco, Coje Borra, Caño de la Pica, El
Rebote, Samancito, Santa Barbara, San Miguel del otro lado del río, y Las Empalizadas. La parroquia Sucre
se componía de los caseríos Bejuquero, Portuguesa, Las Matas, Paso Real de Cojedes, Costa del rio Tinaco,
Santa Rita (Mata Oscura), Arrecifal, y La Culebra. El censo de ese año dio a conocer que el departamento
Girardot tenía 1.763 casas y 10. 767 habitantes, de los cuales la parroquia El Baúl contaba con 4.216
personas asentadas en 664 casas, Sucre tenía 2.965 personas en 505 viviendas, y San José poseía 594
casas con 3.586 habitantes.
En 1882 se extingue en El Baúl la sociedad mercantil "Pérez y Maury Cª", de Eulogio Pérez y Juan José
Maury. En Septiembre 1884: fue creada en El Baúl una sociedad mercantil entre D. W. Sánchez (comerciante
de Valencia) y Francisco Lavieri (italiano residente en El Baúl), bajo la razón social "DW Sánchez & Cª", para
el ramo de mercancías secas nacionales y extranjeras, con un capital de Bs 20.000,oo aportado por Sánchez
como socio capitalista y Lavieri como socio industrial para manejar y administrar el negocio, con una
asignación mensual para gastos de Bs 200. Una vez repuesto el capital de Sánchez, las utilidades serían de
Lavieri.
La prosperidad del pueblo conllevó a la creación de un periódico: El Tribuno, órgano de comunicación social
que se hizo famoso porque llegaba a muchas poblaciones fuera del Estado, aunque solo publicó 53 números;
en este medio impreso se hacía publicidad a los comercios locales, pero también se escribían obras literarias
y crónicas que reflejan el esplendor de ese momento Este periódico era un quincenario dirigido por Antonio
Peña, que empezó a circular en febrero de 1884, se editaba en la imprenta municipal, en una maquina
donada por Guzmán Blanco al Concejo Municipal, que además ofrecía servicios al público en impresión
de libros, tarjetas, volantes, folletos, recibos, pagarés, facturas, etc. En este mismo año se anuncia que el
nuevo templo estaba casi concluido, solo faltaba la portada y la torre. Circulaba en El Baúl la morocota,
moneda de oro que equivalía en ese momento a 26 pesos o 104 Bs. En ese mismo año 1884 hizo su
aparición la plaga de la langosta, que azotó las plantaciones agrícolas en El Baúl y afectó grandemente
la economía local.
En Noviembre de 1883 Felipe Ricardo Borges y Marcelino Guillén tenían boticas en El Baúl. Dr. Leandro
Herrera ejercía la medicina.
En 1885: Francisco Lavieri, italiano, comerciante radicado en El Baúl., ese mismo año Daniel Hidalgo (de
Maracay) poseía establecimiento mercantil en el pueblo de Sucre y una sociedad mercantil en El Baúl
con Ramón Matute Román.
En junio de 1885, al desaparecer El Tribuno, empezó a circular otro periódico que llevaba por nombre El
Regenerador, dirigido por Teodosio Estrada; dicho órgano de prensa duró 4 años. El Regenerador señala
que el invierno era muy fuerte y había mucha agua, y como consecuencia de ello los precios de
los productos comestibles habían subido bastante, por ejemplo: el maíz estaba costando 4 reales la cuartilla y
14 pesos la fanega; el cazabe 2 reales la torta y 6 pesos la cuenta; el queso 2 pesos la arroba; la carne de
2,50 a 3 pesos la arroba; el papelón criollo a 3 pesos la cuenta; el frijol a 3 pesos el almud; arroz a 8 pesos el
quintal; el aguardiente de caña a 8 pesos la carga y el café a 9 pesos el quintal.
En junio de 1890 dos nuevos medios impresos se editaban en El Baúl: El Zamorano, redactado por el mismo
Teodosio, y El Humilde (manuscrito) redactado por Bernardino Torres. Al año siguiente otro periódico nuevo
salía desde El Baúl: El Giraldeño, también dirigido por Don Teodosio Estrada.
En 1891 la parroquia El Baúl tenía 6.571 habitantes distribuidos en 1.193 casas. Sucre contaba con 2.537
personas y 443 viviendas. El casco urbano del Baúl tenía 2.306 moradores en 421 casas. Ese año el Dr
Carlos Manuel Cardenas y el Dr. Juan Aponte tenían botica en sociedad en El Baúl.
En abril de 1892 el Gral. Joaquín Crespo llegó a El Baúl al frente de la Revolución Legalista, aquí libró un
combate el 21 de ese mes, y cuenta la tradición oral que, en un sector ubicado en la periferia del pueblo,
mandó fusilar a un hombre y allí mismo lo enterraron; con el tiempo una mata de cují creció al lado de la
tumba y muchos bauleños empezaron a realizar ofrendas "al ánima del cují" por favores recibidos, quedando
asentada esta devoción en el sentir del pueblo durante muchas generaciones, hasta llegar a la actualidad,
cuando aun es posible observar, en una pequeña capilla que hay en el lugar, gran cantidad de objetos
dejados allí por los estudiantes en pago de promesas por algún favor recibido del "ánima del cují".
En 1894 vio la luz el periódico La Bandera, y en 1897 Don Pablo Borjas editó el semanario 27 de Abril, clara
demostración del alto nivel cultural y económico de El Baúl.
Desde mediados de la década de 1870 El Baúl había sentido la mortífera presencia del paludismo en su
gente, ocasionando una incidencia negativa en la salud de sus pobladores, lo cual se fue agudizando y
profundizando con los años, hasta el punto de lograr un considerable merma demográfica en los años veinte
del siglo XX. Un estudio acerca de los índices y causas de mortalidad en el Distrito Girardot entre 1918 y 1920
ofrece los siguientes resultados: Muertes ocasionadas por paludismo 89, que representaba el 28 % del total
de decesos ocurridos en ese trienio; pulmonía 51 casos (15 %); disentería 48 casos (13 %); el 44 % restante
fue causado por tétanos, tuberculosis, tifoidea, hidropesía, pleuresía, sífilis, corazón, lombrices, etc, sin
embargo sorprende descubrir que Dtto Girardot fue quizá el único que no sufrió el impacto mortal de la gripe
española a finales de 1918 y comienzos de 1919. El efecto adverso del paludismo y demás enfermedades se
comprueba al observar que según el censo de 1926 solo había dentro del perímetro urbano 163 casas con
815 habitantes, la cual se redujo a 632 en 1936, fecha a partir de la cual, gracias a la campaña antimalárica,
empezó a recuperarse, alcanzando a tener 780 personas en 1841, 838 en 1950 y 1.551 en el censo de 1961,
una lenta pero clara demostración de recuperación demográfica. No obstante que el poblado se recuperaba,
la población del Distrito Girardot se redujo grandemente entre 1920 y 1941, iniciando una leve recuperación
en 1950, según los datos censales respectivos: En 1920 contaba con 9.163 habitantes, en 1926 disminuyó a
6.376, en 1936, bajó a 2.808, en 1941 llegó a 2.954, y en 1950 subió a 3.130 habitantes. Al respecto Pablo
Perales Frigols señala lo siguiente: "En veinte años la población quedó reducida a menos de la tercera parte,
lo cual quiere decir que de cada tres personas subsistía una, apenas. Lo mas lamentable es que esa
reducción no se debía a emigración, sino pura y llanamente a fallecimientos. El paludismo penetró en Cojedes
precisamente por la vía de El Baúl, o por lo menos pasó por ahí y se quedó devastando con la frialdad y la
parsimonia del que tiene que destruir metódica y concienzudamente. Los caseríos desaparecieron en pocos
años. La epidemia tenía épocas de benevolencia y otras en las cuales redoblaba su furor.... Así se explica esa
multiplicidad de nombres de sitios donde no hay nada, donde hubo un caserío, una población dispersa,
aunque cobijada bajo la misma denominación".
En el año 1900: Milciades Bermúdez tuvo casa comercial en El Baúl.; En 1903: Juan Bautista Mujica socio
mayoritario de la sociedad mercantil "Nieves Mujica & Cª". El Baúl; el 22 abril de 1904: Donato Pinto vendió a
Luis Lavieri un establecimiento comercial de su propiedad en El Baúl; además de las existencias en
mercancías y víveres extranjeros y nacionales, se incluyen tres embarcaciones (bongos), un caballo rucio
moro y la casa del local, todo al precio de Bs 16.000,oo.
En 1911: Abel Valenzuela (dentista) y Hilario Malpica (médico) prestaban servicios en El Baúl. En este mismo
año el naturalista y comerciante M. Grisol asoció en su farmacia al Dr. Antonio Trujillo por un año, aportando
este su titulo y conocimientos y recibiendo el 10% de ganancias. También Pedro Celis Turbay (libanés)
tenía comercio.
En 1912: Pedro A. Celis Turbay, libanés, con establecimiento mercantil en El Baúl; ese año Juan Simón
Nieves tenía establecimiento comercial en El Baúl.
En 1916: Julián J. Cecilio y Sucesores, Donato Pinto e hijos, Serapio Borjas e hijos, y Faustino Padrón, eran
importantes firmas comerciales de El Baúl; el mismo año existía la firma comercial Leonardo De Bona e hijos.
En 1919 Luis y Agustín Lleras Codazzi, eran comerciantes colombianos establecidos en El Baúl; en Febrero
de1922 Napoleón Boquete, un comerciante residenciado en El Amparo, vende por Bs 800 a García Hnos &
Cia, de Barquisimeto, una canoa de caoba (bongo), de diez y seis metros de largo, con todos sus aparejos,
con capacidad para dos toneladas, la cual había comprado a Jacinto De Palma. Dicha canoa era conocida
con el nombre "Seis de Enero" y navega desde El Amparo a San Fernando y viceversa. La venta con retracto,
conviene que si Boquete devuelve el monto en término de doce meses, con el interés de 1% mensual, le
devolverían la canoa.
El 31 octubre de 1926: Antonio Falótico y Pompilio Torrealba establecieron en El Baúl una sociedad mercantil
regida por las siguientes clausulas:
1. Antonio Falótico se compromete a entregar a Pompilio Torrealba seis mulas carreteras con sus
correspondientes carros y demás accesorios para que trabaje con ellas, cuyas utilidades o pérdidas serán por
mitad. Hacer las compras para el negocio, de los artículos necesarios para cargar los carros, proporcionando
en todo caso el cargamento de estos.
2. Pompilio Torrealba se compromete: 1) A recibir las mulas y carros para trabajar con ellos en la
forma expuesta por Falótico, ocurriendo donde este negocie artículos a cargarlos y trasladarlos para donde
fuere preciso. 2) Cuidar y atender muy bien las mulas y carros, de manera que siempre se conserven en buen
estado. 3) A abonar las facturas compradas por Falótico para el negocio, muy correctamente.
3. Ambos contratantes reconocen y aceptan todo lo determinado en este contrato y se someten a
su texto.
4. Las deudas o controversias suscitadas entre las partes en la interpretación de este contrato serán
resueltas por árbitros amigables componedores, cuya decisión será firme, sin que haya lugar a otra vía distinta
de lo que aquí hemos convenido.
5. Ambas partes han convenido en que la duración de este contrato será hasta que ellos de mutuo y
amistoso acuerdo les convenga, y empezará a regir del primero de noviembre del corriente año en adelante.
Además de las estipulaciones arriba mencionadas, son condiciones para este contrato: 1º Ambos contratantes
no podrá el uno sin consentimiento del otro celebrar ningún negocio con las mulas o carros. 2º Cualquier
reclamación de tercero por deuda u otra cosa proveniente de negociación de uno de los contratantes, de la
cual no tenga conocimiento el otro, correrá a cargo y responsabilidad del que la haya celebrado. 3º Las
utilidades que resultaren del negocio serán para el pago de las mulas y carros. 4º Al finalizar este negocio
podrá cualquiera de los contratantes cargar las mulas y carros según le convenga. Esta sociedad fue disuelta
el 25 enero de 1927.
En Noviembre de 1928 Faustino Padrón cancela Bs 39.965 a las siguientes casas comerciales de Caracas:
Santana Hnos y Cª sucesores; Boccardo y Cª; P. Prosperi y Cª; Estayag Hnos Cª; Palenzona Binda Cª; Luing
& Cª; Salomón Yaber & Cª; Cubria & Cª sucesires. En esa misma fecha también cancela 41.642 BS a las
siguientes firmas: Kumeron & Cº; Blohm & Cª y Ramos y Ramos (de Valencia), Baasch & Rómer sucesores y
R.O, Kolster (Pto. Cabello).
A comienzos del siglo XX la iglesia que había sido construida en el período de Guzmán estaba en ruinas, por
eso en la visita pastoral del Obispo Monseñor Felipe Neri, en febrero de 1908, este ordenó la construcción de
una nueva. El templo fue inaugurado y bendecido por el mismo Obispo Neri el domingo 4 de mayo de
1913, en una gran fiesta del pueblo y las autoridades. Esta misma edificación fue mandada a reconstruir en
junio de 1951, siendo gobernador el Dr Adolfo Salvi, y las obras concluyeron en abril de 1952. A comienzos de
enero de 1954 se empezó a construir la torre y el reloj, lo cual fue terminado en junio de ese mismo año. Esa
es la iglesia actual de El Baúl, que nada tiene que ver con la iglesia colonial original, de cuyas ruinas apenas
quedan dos o tres muros en el cerro "morrocoy", el mismo lugar donde en la actualidad hacen el calvario.
Crónicas y personajes
El Baúl, ese pueblo portentoso que a finales del siglo XIX gozó de gran prosperidad y tuvo miles de
habitantes, después de 1920 empezó a sufrir un proceso decadente por efecto del paludismo, que casi lo
borra del mapa nacional. La lucha contra el paludismo se inicio a partir de 1941 y ya a partir de 1945 la
epidemia había cedido, pero el pueblo de El Baúl en 1950 apenas contaba con 836 habitantes, y el distrito
había llegado a 3.130 personas.
Extranjeros en El Baúl.
Santiago Gallardi (1878), oriundo del pueblo de Olayo, provincia de Novara, Italia. Era vecino del caserío
Cerrillos.
Tomás Flores (1877) Canario.
Antonio Marques (1872, aunque estaba desde 1855), español.
Miguel Calafat (1866) comerciante español. En 1869 mudó a Valencia.
Pedro Celestino Mujica (1868) comerciante español.
Diego García (1864) español.
Pedro Celis Turbay (1911) libanes
Julián Cecilio (1911) Sirio.
Francisco Lavieri (1884) italiano.
José Marquez (1859) español.
Luis y Agustín Lleras Codazzi (1919) colombianos.
Leonardo De Bona (1916) italiano.
En medio de la batalla contra el paludismo llegó a El Baúl, en 1941, el Dr. Ricardo Archila, jefe de la División
de Malariologia del Ministerio de Sanidad, quien luego escribiera una valiosa información sobre el pueblo, y
entre otras cosas nos dice que El Baúl tenía solamente tres calles longitudinales, paralelas al río Cojedes, y
como 18 pequeñas calles perpendiculares que terminaban en la orilla del río. Todas eran de tierra y solo tenía
aceras encementadas la calle principal, que era donde se asentaba el comercio local. En el verano El Baúl
contaba con una calle estacional, producto de la bajada de aguas del río, que dejaba ver sus playas; a esta la
identificaban con el nombre de calle del río o calle de los tramposos. El recinto del pueblo estaba cercado
para evitar la entrada del ganado. Las aguas del río eran la única fuente de abastecimiento de la gente del
pueblo. Había una medicatura rural atendida por un médico español de nombre Mateo Alonso, y poseía
una escuela graduada denominada Nicolás de Castro y dos planteles unitarios. El comercio local era próspero
y el pueblo contaba con 12 establecimientos entre pulperías y tiendas, sin contar los bares. La población tenía
una planta eléctrica, y el único hospedaje y restaurante era la pensión morillo, denominado así porque su
dueña era la señora Petra Morillo, personaje reconocido por el rico sabor de sus comidas.
Para es época en el pueblo se consumía mucha carne de marrano, además de la de ganado. Los marranos
eran beneficiados en casa de sus propietarios, quienes anunciaban la oferta de esta carne colocando una
banderita blanca en la puerta de la casa. En ese momento (1941) El Baúl tenía 176 casas, de las cuales 80
eran de tejas, 95 de palma y 1 de zinc, 117 tenían piso de tierra, 35 de ladrillos y 24 de cemento.
La vida en El Baúl durante la década 1930 al 1940 la refleja muy bien el Dr Virgilio Tosta en su libro El Baúl;
allí nos cuenta que aun no había llegado la planta eléctrica y el pueblo se alumbraba con lámparas de
carburo, que la mayoría de las veces iluminaban poco tiempo, bien por lo viejas, porque el carburo se
quemaba muy rápido, por la brisa que las apagaba, o por las travesuras de los zagaletones, y a veces por los
Donjuanes enamorados que las apagaban para evitar que los vieran en sus andanzas amorosas,
especialmente si se trataba de amores robados. El farolero, que encendía las lámparas era un negro a quien
le decían Pedro Michibú, quien hacía el oficio con mucha alegría, tarareando canciones llaneras y
soltando chistes picarescos. En 1937 el gobierno del estado mandó a instalar la primera planta eléctrica en El
Baúl.
El primer acueducto de El Baúl fue mandado a construir por decreto del gobierno regional, con fecha 24 de
julio de 1943, y fue inaugurado el 5 de julio de 1944. Este acueducto tenía una tubería de 3 pulgadas de
diámetro, que era alimentada por un tanque con capacidad para almacenar 50 mil litros de agua potable, mas
que suficiente para abastecer el consumo de la población bauleña en ese momento.
Se refiere también Virgilio Tosta a la loca Mariana, y dice que ella se adornaba la cabeza con flores de cayena
y trinitarias, y se pintaba las mejillas con onoto. Usaba trajes de escandalosos colores y eran también
escandalosas las constantes carcajadas que soltaba en las calles en su diario deambular, siempre descalza
porque tenía los pies deformados, razón por la cual los muchachos traviesos le gritaban desde lejos,
burlándose de ella, y como no podía alcanzarlos para pegarles, se levantaba la falda para mostrarle sus
partes íntimas en señal de insulto. El Dr José Antonio Borjas, cronista de San Carlos, pero nacido en El Baúl,
en su libro personajes populares de mi pueblo se refiere a ella y dice que nadie sabe con certeza de donde
vino, ni quienes fueron sus padres ni familiares; dice Borjas que Mariana era un reloj, que desde las 5 de la
mañana andaba en las calles del pueblo, desgranando su buen humor y haciendo reír a la gente, pidiendo
para comer, pero con suma decencia, respeto y buenos modales, a pesar de su demencia. Borjas recogió en
su libro este verso:
Dicen que vino del campo
Con una flor en el pelo,
Surca que surca la calle
Como buscando consuelo
Otro personaje mencionado por Virgilio Tosta es el canoero Cantalicio, que con un simple canalete guiaba
magistralmente la canoa, enfrentando el peligro de los peligrosos remolinos que se formaban en el encuentro
de las aguas de los ríos Tinaco y Cojedes, frente a San Miguel.
Otro de los relatos de Tosta es el referido a los saraos en la casa de Don Faustino Padrón, un rico
comerciante propietario de varios bongos que movilizaban cargas a San Fernando de Apure; también
menciona los bailes en la residencia de los Borjas, con música de ortofónica o el conjunto donde era solista el
clarinete de Santiago Colmenares o el violín de Esteban Sequera.
En las procesiones de Semana Santa y el día de la Candelaria hombres y mujeres marchaban separados, los
primeros delante y las mujeres atrás; cuenta que los muchachos traviesos jugaban bromas uniendo las largas
faldas de las damas mayores con alfileres. Relata la concurrencia nocturna en la casa de Félix Padilla y
Manuel Sánchez, que fueron las primeras personas que poseyeron aparatos de radio en El Baúl, para
escuchar los noticieros, las comedias de Ana Teresa Guinán y los cantantes internacionales de la Caravana
Cámel.
Rafael Román, personaje recitador de versos de extraordinaria memoria, que se sabía
extensos poemas y discursos, pese a su analfabetismo.
Carlos María Medina era otro interesante personaje bauleño, del cual nos habla el Dr Borjas en su libro ya
mencionado, allí el autor refiere que Carlos María, con su azafate en la cabeza, o sentado frente a la iglesia
en misas y procesiones, vendía algunas chucherías que elaboraban sus hermanas, tales como pan dulce,
bizcochuelos, cucas o catalinas, polvorosas, pan de horno, y majarete. Otras veces salía en burro a vender
carne en los barrios o se iba a pescar palometas para después venderlas en las calles, llevando siempre una
vida transeúnte y solitaria, porque nunca tuvo esposa o compañera y tampoco hijos. El envejecimiento le hizo
endurecer su carácter y se volvió sensible a las bromas, a las que no toleraba, tomando actitudes agresivas
hacia los bromistas, en especial con aquellos que le dijesen Comegallo, apodo puesto por Manuel Jacinto
Sánchez desde el día que Carlos María se llevó de la gallera el gallo perdedor para comerse un hervido.
Sereno o Serenao, ese era el apodo de un interesante personaje del que también Borjas nos habla. Su madre
fue Juana Ascanio y supuestamente su padre José Ramón Parra, pero lo crió Rómulo Gutiérrez, de quien
heredó el apodo, porque en una oportunidad sufrió una enfermedad venérea y tratando de ocultársela al
médico le contó que la había adquirido por haberse chupado una caña aserenada. De allí en adelante le
endilgaron ese apodo, pero luego se marchó para Apure y el apodo le quedó a su criado, quien lo popularizó.
Era un personaje que llevaba la risa a flor de labios, hacía todo tipo de oficios, desde limpiabotas, mandadero,
limpiar casas, etc. Siempre cargaba una sinfonía o armónica en el bolsillo, tratando de sacarle melodías al
instrumento, con los años se aficionó a la bebida y no le faltaba una carterita de aguardiente en el bolsillo,
vicio que terminó llevándolo al cementerio.
Abuelito, cuyo verdadero nombre era José Avelino Durán, es un personaje nacido allí mismo, en San Miguel,
en las primeras décadas del siglo XX. No sufría demencia, sino que se le creó una deformación física en la
espalda, una especie de joroba que lo obligaba a caminar inclinado y lento, y la gente del Baúl le gustaba
tocarle ese lobanillo porque suponía que le daría buena suerte. El trabajó como canoero en el paso real de
San Miguel, cobrando medio por cada pasajero que llevaba de un lado a otro del río. También vendía leña y
palometas que pescaba en el río, pero siempre con gran jocosidad y buen trato.
Hubo un curandero a quien le decían Dr Félix García Tortosa, que vivía en La Puerta, al final de la calle Los
Placeres, frente al río Cojedes. Gustaba usar un liquiliqui azul claro con una franela debajo de la blusa. Era un
hombre introvertido que casi no hablaba ni salía, y fabricaba medicamentos de hierbas, de los cuales el mas
conocido fue el famoso "paramuerto", denominado así porque la gente decía que era tan bueno que hasta los
muerto los paraba de la tumba. Este brebaje era de gran aplicación y efectividad para contrarrestar
mordeduras de serpientes y picaduras de raya, alacrán, y hasta de avispas. El precio era de 1 bolívar la
carterita de paramuerto. Murió muy viejo, y el Dr Borjas recoge esta copla bauleña en su libro:
Faculto entre los facultos,
Ese era un dicho muy cierto,
Por eso sus coterráneos
Lo llamaban paramuerto
Uno de los personajes esenciales de los pueblos eran las comadronas. Cuenta Borjas que en su tiempo había
dos en El Baúl, una ubicada en lo que llaman el pueblo arriba, que va desde la casa de alto hasta la casa
Cruz Verde, cuyo nombre era Petra Aranguren, y otra en el pueblo abajo, que va desde la casa de alto hasta
la puerta, frente a Julián Benítez, cuyo nombre era Olimpia Torres de Torres. Se dice que durante la visita
pastoral del Obispo Monseñor Gregorio Adam, este fue recibido con gran alborozo por la población, y luego
de pasar el río, en San Miguel, se fueron caminando hasta la iglesia. El Obispo iba escoltado por las
autoridades y varias personalidades, entre ellas Petra Aranguren; al llegar a la iglesia el Obispo comentó que
se sentía asombrado por lo devoto que eran los bauleños, ya que noto que todos a su paso pedían la
bendición, pero el Jefe Civil lo asombró aun más cuando le dijo: ¡Monseñor, disculpe, pero a quien le piden la
bendición no es a usted, sino a Petra Aranguren que anda a su lado, que es la que ha traído al mundo a la
mitad de la gente aquí en El Baúl!
Un hecho histórico importante narrado por Borjas es la repercusión de la muerte del Gral Gómez en El Baúl,
del cual nos dice que la noticia se supo en el pueblo por vía telegráfica el 18 de diciembre, y la gente empezó
a reunirse y comentarlo en voz baja, hasta que un envalentonado como Manuel Antonio Jiménez levantó una
poblada y fue en busca del Jefe Civil para pedirle la renuncia. Este, sin aguársele el guarapo marchó con ellos
hasta frente a la casa de comercio de Faustino Padrón, donde estaba la muchedumbre, se subió en una silla y
allí puso su renuncia. Empezaron a barajarse nombres para el cargo, sometidos a la voluntad popular,
muchos de los cuales fueron rechazados, hasta que acordaron nombrar a Don Alonso Tosta, comerciante
respetado, padre del Dr Virgilio Tosta, en el primer acto democrático en el Baúl. Luego llegaron noticiasde los
saqueos en distintos pueblos del país y esto animó al Renco Carmelo para organizar una poblada que le
ajustara cuentas al único andino que vivía en el pueblo, un señor de nombre Lucio Fajardo, quien tenía
muchos años en El Baúl, con una pulpería en la calle Los Placeres, en el lugar que llaman Los Almendrones.
El Renco Carmelo arengaba a la gente diciéndole ¡ vamos a saquearle el negocio a Lucio y de una vez lo
colgamos en los almendrones, ese fulano es andino y andino significa Gómez, y todo eso huele a podrido!
Cuando Lucio se enteró de lo que le venía encima salió corriendo a la casa de alto, donde vivía Don Alonso,
el recién nombrado Jefe Civil, para pedirle protección. Al rato llegó la poblada buscando a Lucio para lincharlo,
pero Don Alonso salió y los convenció de la inocencia del gochito, quien ninguna culpa tenía de lo malo que
había sido Gómez, y su único pecado era ser andino igual que el dictador, pero lo que más los convenció fue
que Don Alonso les dijo: ¡como lo van a matar, no se dan cuenta que si ustedes lo matan, entonces quien les
va a fiar el papelón y el café para hacerle el guarapito a sus muchachos! La gente se tranquilizó y se volvió a
sus casas, pero entre ellos, no se sabe quien, hubo una voz que entonces gritó ¡Viva Lucio!
Otro de los personajes que abundaban en el llano y en este caso en El baúl, eran los pacotilleros, titulo o
calificativo que se les daba a los comerciantes ambulante que vendían pacotillas, es decir, mercancía menor
de todo tipo, en especial las bisuterias de quincallas y aquellos productos novedosos y llamativos para
el campesino, porque no se encontraban en las pulperías del pueblo. Nos menciona Borjas la existencia de un
pacotillero de nombre Francisco Gadea, quien viajaba en su bongo desde El Baúl a Guadarrama y de allí
aguas arriba por el río Portuguesa hasta Los Pelaos y La Capilla. Entraba en las casas campesinas
ofreciendo y vendiendo sus mercancías portadas en una maleta de cuero, tales como telas para vestidos,
franelas, alpargatas, café, jabón en panelas, agua de colonia, perfumes, sal, quinina, aspirinas, canela,
cominos, creolina, etc. Este pacotillero le dejaba en casa la mercancía, anotaba monto y nombre en su libreta,
y recorría un gran trayecto hasta que colocaba todos sus productos. Luego venía de regreso cobrando, con la
modalidad de que él recibía el pago no solo en dinero, sino también en especies, aceptando en pago gallinas,
pavos, cochinos, pescado seco y chigüire, carne seca de res y de venado, queso, manteca de cochino, etc,
productos que recogía, trasladaba al pueblo de El Baúl, negociaba en el comercio local, y luego volvía a
emprender su ruta de nuevo.
Otra de las interesantes crónicas que nos brinda Borjas cuenta que la luz eléctrica llegó a El Baúl en 1939,
con la puesta en servicio de una pequeña planta diesel. Este aparato cambió los hábitos de los bauleños,
porque en vez de acostarse a las 8 o 9 de la noche, lo hacían después de las 10, que era la hora en que
apagaban el motor de la planta. El mecánico de esta novedosa máquina era un señor de nombre Julio
Salcedo Hurtado, a quien apodaban Mocho Julio, y desempeño este oficio durante 4 décadas. En esa época
no se conocían en El Baúl las neveras o enfriadores, y como es lógico suponer, aquel que no había tenido
oportunidad de salir a San Carlos, Valencia o San Fernando, no conocía lo sabroso que era un helado,
una cerveza o un refresco bien frío. Pero resulta que en el marco de las fiestas patronales del año 1938 llegó
a El Baúl un camión cargado de helados El Polo, que eran vendidos a medio la unidad. Aquello conmocionó a
una chiquillería que jamás había degustado tan exquisito placer, y durante tres días gastaron los ahorros y
hasta las tarjetas de bautizo quedaron sin los mediecítos que traían pegados en su interior, los cuales fueron
recogidos por los vendedores de helados. Al tercer día de permanencia en el pueblo ya el hielo que habían
traído estaba derretido, y los pocos helados que aun les quedaban empezaron a derretirse también, motivo
por el cual empezaron a rematar los helados al precio de una locha, es decir, a mitad de precio, y había un
muchacho mandadero, a quien apodaban "pata è buey", que cada día se comía un fuerte en helados, o lo que
es lo mismo, 20 helados diarios, pero en vista de que los helados se iban a terminar pronto y los estaban
rematando, el muchacho con su ingenuidad campesina buscó los últimos 2 bolívares que le quedaban y
pensando aprovisionarse compró los últimos 16 helados que le quedaban al vendedor, pero como ya él se
había comido 20 helados ese día, decidió guardarlo para el siguiente día envolviéndolos en un trapo y los
guardó en una totuma bien cerrada que tenía en su casa; su inocencia le cobró una dura decepción la
siguiente mañana cuando en vez de helados encontró la totuma llena de hormigas comiéndose el dulce
derretido.
Una interesante anécdota es la que ocurrió con un señor de nombre Victorio Aldao, llanero que vivía en San
Miguel, quien además de trabajar su finca se dedicaba a conducir el ganado de muchas personas que le
contrataban para que les movilizase sus animales desde Apure hasta la Romana de Valencia por caminos
que en época de invierno se volvían intransitables hasta para las mulas.
En una oportunidad Don Victorio había convenido con el General Alfredo Franco para trasladarle una gran
cantidad de reses desde Apure a Valencia, pero cuando llegó a orillas del caño Ave María, al sur del Baúl,
este se hallaba muy crecido, de monte a monte como dicen los llaneros, pero además varios peones estaban
enfermos con fiebre o con tanto sabañón en los pies que casi no podían caminar, y por si esto fuera poco se
le había agotado el dinero para las provisiones, es decir, que Don Victorio estaba de malas. En eso llegó un
telegrama del General Franco a El Baúl, que de inmediato le fue hecho llegar a Victorio, y en él le decía que
en el término de la distancia debía presentarse con el ganado en la Romana de Valencia, pero el caporal, que
estaba como plancha de chino por las adversidades del momento, sin importarle la fama de bravo del caudillo
le respondió con otro telegrama que decía así:
Gral Alfredo Franco. Valencia. "Caño crecio, ganao regao, peon con chiquichiqui y comiendo fiao. Vaya pal
carrizo. Victorio Aldao".
Un personaje muy importante en El Baúl de esa época, aunque vino de otras tierras, lo fue el Br Higinio
Morales, en cuyo honor se bautizó un centro educativo en El Baúl y otro en San Carlos, como reconocimiento
al valioso aporte que hizo a la cultura y educación de Cojedes. Higinio Morales fue un ilustre calaboceño que
llegó a El Baúl en agosto del año 1939, a ejercer la función de maestro y director de la escuela Nicolás de
Castro. Aquí contrajo matrimonio con Carmen Hernández y tuvo un hijo que luego falleció trágicamente. El Br
Morales también se desempeño como Concejal, y se supo ganar el aprecio, respeto y admiración de los
bauleños. Fundó un periódico denominado Primicias y desde allí fomentó la elección popular de Miss Baúl,
resultando electa una joven de nombre Josefita Monasterios, que según dice Borjas, era hija adoptiva del rico
comerciante Faustino Padrón. También fomentó la practica del béisbol en El Baúl a partir de 1940, creando
dos equipos: uno de nombre Los Rojos y otro denominado Los Azules, uno de cuyos jugadores estrella, en la
posición de shor stop era el famoso negro padronero, a quien apodaban Birragüilla. Ste personaje era una de
los criados de Faustino Padrón, de ahí el cognomento de negro padronero. Dicho personaje falleció hace
algunos años, ya muy viejo, y tengo de él varias fotografías y una interesante entrevista porque él fue uno de
los últimos bongueros que viajaban con cargas desde El Baúl a San Fernando y viceversa. Cuenta Borjas que
era tanta la fiebre del béisbol en El Baúl, que en 1941, en ocasión de la realización del campeonato mundial
de béisbol amateur en La Habana, el Br Morales y sus alumnos se congregaban, casi amontonados, en el
negocio de Manuel Sánchez, para oír los partidos por radio, ya que apenas existían dos aparatos en el
pueblo.
En el período vacacional de 1945 el Br Morales se enfermó a consecuencia de una vieja hernia que le
afectaba. En ese momento no había médico en el pueblo, y por descuido se retraso 5 días la salida del
enfermo. Como era invierno lo sacaron en canoa con un señor de nombre Ramón Blanco de patrón y Lino
León de canaletero, ya que no existían los fuera e´borda, los acompañaba el practicante del dispensario,
señor Rafael Herrera La Riva. Al final de un intenso remar de tres días y dos noches llegaron a San Fernando
de Apure con el enfermo, pero lamentablemente era demasiado tarde y este falleció en la mesa de operación.
En esa ciudad permanecen sus restos.
Bibliografía
APPUN, Karl Ferdinand: En los Trópicos. U.C.V. Caracas. 1961
BORJAS; José Antonio: Personajes Populares de mi Pueblo. UNELLEZ, San Carlos. 1983.
CARROCERA DE, Buenaventura: La Misión de los Capuchinos en los llanos de Caracas. Tomos I y II.
Academia Nacional de la Historia. Caracas. 1972
CUNILL GRAU, Pedro: Geografía del Poblamiento Venezolano en el Siglo XIX. Tomos I y III. Ediciones de la
Presidencia de la República. Caracas. 1987.
MARTI, Mariano: Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas. Tomo II. Academia
Nacional de la Historia. Caracas. 1988.
PERALES FRIGOLS, Pablo: Geografía Económica del estado Cojedes. Ministerio de Fomento. Caracas.
1956.
TOSTA; Virgilio: El Baúl. Caracas. 1972.
TOSTA; Virgilio: Historia de Barinas. Tomos III y IV. Caracas. Academia Nacional de la Historia. Caracas.
1989.
HEMEROGRAFIA
LAMPOS TINAQUEROS. Semanario editado en Tinaco desde el año 1904 hasta 1971. Edición microfilmada
existente en la biblioteca pública "Andrés Bello", en San Carlos, Estado Cojedes.
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Antigua casa comercial de El Baúl
Iglesia de El Baúl
¡PRESTAME LA LINTERNA,
RAMÓN VILLEGAS IZQUIEL!
El Baúl: el lamento de la tierra hecha carne,
la herida, la tentación de la orilla, los libros, mis amigos y una larga
esperanza de 264 años
Un bollo de pan que se le quemó al olvido y allí está escondido en las pampas
cojedeñas… (Las malas mañas se pegan: No son pampas, Mauricio Pérez Lazo; no es
ésta la pampa argentina, Reynaldo Armas; ésta es la tierra de pastos reseñada por los
Cronistas de Indias y que el conquistador aludió con el calificativo de llano, los llanos,
la llanura).
El tabaco, los ríos (el de uno y el de los otros) y la calle Los Placeres…
Un par de cubana y un par de alpargatas nuevas…
Un cielo azul —ralito—, en paso apresurado hacia adentro del monte, en los
calderos del ocaso.
El contrapunteo de un baile, al son de una periquera, cobijado por un sol color
de araguato.
La fama de sus mujeres bonitas murmuradas en todas las partes del llano por
las carcajadas de tiples, tenoretes y bordones; por la gracia de las ochos silabas de la
copla; por el temple de ese linaje de hombres que le dieron la espalda al progreso y le
cerraron las puertas al nuevo coloniaje que se apoderó bien temprano de Venezuela,
cuya identidad está allí en el imperio de la sirenita, superman, los simpsons y la
comida chatarra impuesta en la dieta básica del venezolano, que no es otra cosa que las
mismas adiciones y gustos moldeados desde y por la televisión, la publicidad
desbocada y la invasión de los centros comerciales.
Esa estirpe de hombres prefirió y se quedó con el “llano atrasao”, según lo dijo
un sobrino del baúleño José Manuel Sánchez Ostos, traído a Apure cuando apenas
cuenta 40 días de nacido que llegó a ser Miembro Correspondiente de la Academia de
la Historia y promotor en San Fernando de la conmemoración del Centenario de la
muerte de Bolívar: Julio César Sánchez Olivo de extraordinaria jornada de ciudadanía
cumplida que después de haber ejercido los más altos cargos públicos, murió en el
“Hogar de ancianos de Biruaca”, con una pensión de cronista y víctima de un
desasosiego que recogió en el opúsculo Vistazo a Acción Democrática a través
del recuerdo y de la angustia (1986):
Primero supe de la existencia de este pueblo allá en la orilla del Matiyure, por la
mención de algunos de mis paisanos en recuento de alguna de travesía, o lo más
probable, Villegas Izquiel, por algunas de esas canciones de Jesús Moreno o Francisco
Montoya.
Después vinieron hasta mí las palabras de los libros, el trato con nativos que
cruzaron muy a su pesar las fronteras de este pueblo; copleros unos, arpistas y
escritores, otros… hasta que por fin, un buen día, creo que por razones estrictamente
políticos-partiditas, en compañía de José Ríos y el musio Juan Pérez Rodríguez, pisé la
calle Los Placeres… contemplé por vez primera el río; ese río que llevamos por dentro y
aparece —porque así lo escribió el arismendeño Adhely Rivero—, cuando lo deseamos.
Así, en lugar de sentirlo extraño, resultó familiar: me remitió al Guanare por los
laos del Guanarito; y detrás de éste como en fila, el Portuguesa o el mismísimo
Apureseco; o el Meta o el Cinaruco en algunos de sus tramos… en fin, es el río nuestro,
de cada día, que no se cansa de cabecear nuestras vidas…
Hilda tenía la mirada nublada de una luna de agua, querido Villegas, poblada
permanentemente por la tragedia aquella del hijo mayor, como si esa tragedia
sucediera a cada instante de manera infinita. ¿Quién puede sobrevivir a la muerte de
un hijo? ¿Quién?
Ya sabía yo de Candido Herrera, Amado Lovera, Inés Carrillo y Lionso Vera, en
su doble vertiente, de arpista e intérprete del pasaje: Reynaldo Armas, a manera de
elogio que agradecemos, pide en su canción dedicada a El Baúl que lo escuchen cantar
“Mujer piriteña” y “Tardecitas del Baúl”…
Ya conocía algunas de las letras de Ángel Zapata y las faenas de José Mileno…
Ya conocía la proeza de Antonio Sosa Mejía —devoto del Ruiseñor de Atamaica—, que
podemos concentrar en la manera como él solo nos interpreta “Omaira”, de lo que me
convencieron los arpistas Lovera y Freddy Cancines.
Ya conocía también la brega de Amilcar Alejo (n. 1963) con el colorido de estos
parajes, estos paisajes, desde el lienzo y el óleo. “Amilcar Alejo es uno de los más
destacados artistas plásticos del Estado; además, es uno de los pocos que siempre ha
mantenido una seria preocupación por la actitud del artista ante el objeto de su
actividad, ante la orientación de su arte”, escribió en una oportunidad Eduardo
Mariño. Actualmente es el Director del Museo La Blanquera.
Así llegaron los noventa… Era yo, coordinador de literatura del ICEC… Por
razones laborales, participé de la caravana que llegó a El Baúl, bajo la misma excusa
que hoy nos congrega en este sitio. Organicé y tomé parte del recital en la iglesia. Aún
mantengo fresco el gesto de Rafael Masabé, “El pajarito del cerro”, a quien nunca había
visto, pero sí oído en ese contrapunteo famoso con Montoya: siendo prefecto, pagó una
abultada cuenta —mía y de mis amigos— en un botiquín allí mismo frente al río…
Después me dijo que “no comulgaban con mis versos”… Yo le contesté muerto de risa,
que a mí tampoco me gustaban, pero que eran los que podía escribir…
Ya tenía yo noticias de un tal Rafael Silva, nacido aquí en este pueblo de El Baúl
(1874-1946)… poeta, narrador, de la saga privilegiada con espacio en El Cojo Ilustrado,
compañero de estudios de Eloy Guillermo González en el Tinaco de finales del siglo
XIX, otro de los olvidados por los hombres y mujeres de la cultura, a quien
dedicaremos unas cuantas líneas…
El suyo era el tiempo en que la hora emergía del reloj de los positivistas y la nota
literaria provenía de esos “fulanos decadentes” —como llamaba Felipe Tejera a los
discípulos del “loco Rubén Darío”— que simplemente era la replica desesperada de la
“tribu romántica” —reacia al cambio— de los Calcaño, los Racamonde y los Arismendi
Brito, obligada, además —en su condición de sobrevivientes del siglo XIX— a convivir
con la legión de los criollistas, cuya lista encabezaba entre otros, Sergio Medina, Udón
Pérez y Francisco Lazo Martí. Mariano Picón Salas en su examen de la poesía de esta
época, refiere otra: la de la “queja enluta”, aquella “a veces un poco popular como
nuestros valsecitos”. Pero, ¿es acaso sostenible la apreciación de Felipe Tejera ante
logros indiscutibles de la “forma modernista”, alcanzados en autores como José Tadeo
Arreaza Calatrava, Carlos Borges, Alfredo Larriva, Rufino Blanco Bombona, entre
otros? No sé, si estos exabruptos, empujaron a Rafael Silva, a la conclusión razonada
de que por aquel “tiempo la Academia no estuvo en la esquina de la Bolsa, sino en la
redacción” de El Cojo Ilustrado.
Y a esa Venezuela —la del adulo que aduce Pío Gil desde sus panfletos, pero al
mismo tiempo, las de las costas bloqueadas y el suelo sagrado de la patria profanado,
por la insolente planta del extranjero, tal como lo denunció ante el mundo, Cipriano
Castro— lo integra definitivamente su sensibilidad literaria y su manera de
comportarse. Uno de sus contemporáneos: Fernández García —su colega columnista
en la ilustre revista mencionada— en la nota “Cuentistas Venezolanos”, lo reporta
como esclarecido representante de la narrativa de esos días: "De los que en Venezuela
han trabajado el cuento, M. Díaz Rodríguez, R. Cabrera Malo, L. M. Urbaneja
Achelpohl, Pedro Emilio Coll, César Zumeta, Rufino Blanco Fombona y Rafael
Silva son sin dudas los mejores (El Cojo Ilustrado, 15 de diciembre de 1901; Nº 240.).
En esos días —“días de gloria del saloncito de El Cojo”— él se consideraba como “un
honesto boticario de pueblo”, quien mientras cumplía con su trabajo de farmacéutico,
“placiáme leer literaturas”.
Como puede leerse en las obras completas de Lisandro Alvarado fue de los
integrantes de la caravana que acompañó a Cipriano Castro en su visita a Cojedes en
1904.
De El Baúl son los realistas: coronel José Pereyra y comandante Miguel Antonio
León. Un “alto porcentaje de la gente llevada por Boves pertenecían”… a los territorios
del sur de Cojedes, “sobre todo de El Baúl, Lagunitas y El Pao” (Pedreáñez Trejo, 1982:
119).
José Tomás Boves residió eventualmente aquí, auxiliado por el misionero Fr.
José de Cazalla, con quien vino por primera vez a San Carlos como comerciante
(Pedreáñez Trejo, 1982: 119). El Baúl aprovisionó con ganados sacados de sus hatos y
hombres nacidos aquí a la causa de ese terror que se llamó Boves y pasó como un
relámpago con uña en el rabo por la historia de Venezuela: incorporó a los abajo a la
contienda república-monarquía que después fueron patriotas con Páez y federales con
Guzmán y Zamora, anduvieron con los andinos, siguieron a AD y a COPEI, una parte
se alistó en el movimiento guerrillero de los sesenta y bajaron de los cerros el 27 de
febrero, hiriendo de gravedad el orden de la llamada democracia representativa
surgida con el Pacto de Punto Fijo.
Por aquí, por El Baúl pasó La segunda división del Ejército de Pablo Morillo, el
pacificador, “después del encuentro del Herrero y del regreso de las tropas à la isla de
Achaguas”:
escribe el ayudante general Manuel Carmona por ausencia del coronel 2º gefe, desde el
Cuartel General de Calabozo, con fecha del 14 de mayo de 1819, bajo el encabezado de:
ESTADO MAYOR GENERAL. Campaña de 1819. Boletín del egército pacificador núm.
6. (Gaceta de Caracas del miércoles 26 de mayo de 1819).
Por aquí pasó hacia aquellos montes lejos; Villegas Izquiel, el general José
Laurencio Silva, en 1846 cuando el alzamiento de las empalizadas en contra del
gobierno de Monagas. Silva vino a sofocar a los alzados.
Por aquí pasó El Agachao —tuvo casa de comercio— y levantó una tropa de 300
hombres en 1858, debajo de la bandera amarilla y el grito de “horror a la oligarquía”.
Joaquín Crespo tuvo potrero y ganao en las riberas del Portuguesa a finales del
siglo XIX.
Por aquí pasó Luis Loreto Lima con las tropas mochistas en 1898. La última
lanza del llano, el hombre de las cinco eles, natural de Tinaco, como ustedes saben,
siempre que anduvo en campaña estuvo en contra, nunca a favor de ningún gobierno.
Guzmán Blanco, al regreso de la Campaña de Apure, pasó por aquí en 1870 con
sus tropas infestadas de paludismo. Dejó amistades y le obsequió una imprenta tres o
cuatro años después, comenzando así una historia intensa del periodismo en El Baúl
que en 41 años reporta el fruto de 21 rotativos, en el tramo comprendido de 1884 a
1925:
14 durante las tres primeras décadas del siglo XX: El Obrero Liberal (1901), El
Crisol (1903), El Restaurador Girardeño (1904), El Aerolito (1904), La
Razón (1904), El Restaurador (1906), Doctrinario (1907), La Concordia (1909), El
Siglo (1915), Paladín (1916), El Girardeño (1918), La Idea (1921), La Voz de la
Pampa (1925) y Aganipe (1925).
Por aquí pasó Emilio Arévalo Cedeño en 1921, enfermo, con cuatrocientos
hombres de caballería, mal remontao, sin municiones, la mitad de su tropa también
estropeada por la gripe, procedente de Altagracia de Orituco, en retirada hacia la
frontera, teniendo encima las fuerzas de los Estados Anzoátegui, Guárico, Cojedes,
Portuguesa, Zamora y Apure en una de sus tantas tentativas de derrocar a Gómez. Con
ese propósito siete veces invadió a Venezuela, tres de las cuales hizo por Apure (la 3ª,
la 4ª y la 7ª: Méndez Echenique, 1979: 48).
Puso preso al jefe civil y se adueñó del pueblo. En su autobiografía Cedeño nos
cuenta:
En ese texto de Tosta se nos dice que ya para 1802 el Baúl había evolucionado
de pueblo de misión a curato de doctrina. Se precisa sus avatares en cuanto a división
político-territorial: Para 1810 seguía siendo uno de los pueblos de la vasta Provincia de
Caracas o Venezuela (p. 23); la Ley de División Territorial de Colombia (1824), lo
anexó a la provincia de Carabobo del departamento Venezuela, formando parte del
cantón San Carlos (p. 27); para 1830, a la Provincia de Carabobo se le suman nuevos
cantones, entre estos, el del Pao de San Juan Bautista, al que ahora pertenece El Baúl
(p. 29); para 1856, nos encontramos que por decreto del Congreso Nacional, fue
erigido en la Provincia de Cojedes el cantón Girardot, con las parroquias de El Baúl, su
cabecera, y Sucre, llamada antes los Menuditos (p, 34); en 1881 integra el territorio del
gran Estado Sur de Occidente, en la versión de departamento Girardot de la sección
Cojedes; en 1893 la Constitución Nacional cambia el nombre de Estado Sur por el de
Zamora y las secciones se dividen en distritos (en caso Cojedes, estos eran siete: San
Carlos, Pao, Tinaco, Falcón, Ricaurte, Girardot y Anzoátegui; división que se
mantendrá cuando Cojedes vuelve a ser autónomo en 1909, hasta finales del siglo XX
con la promulgación de Ley de Gobernadores y Alcaldes en que se adopta la
denominación de Municipio).
Tres ilustres viajeros, en gesto digno de imitar, refieren lo aquí visto, oído y
palpado en sus travesías por esta tierra.
Cuenta Virgilio Tosta que “el 22 de marzo de 1781, como a las once de la
mañana, llegó al pueblo de El Baúl el Doctor Mariano Martí, Obispo de la Diócesis de
Caracas, quien andaba de vista pastoral. Había salido el 20 de la villa del Pao, y en tres
jornadas, recorrió las 25 leguas que separaban a El Baúl de aquella población. Al
Prelado le pareció bueno el camino, “a excepción de algunas cortas distancias, o de
algún cerrito pedregoso, de algunos terronales o de algunos caños y pasos del río Pao”
(p. 11).
Ese pueblo que recibe al Obispo Martí contaba “con 538 almas y la población se
componía de 168 indios, 201 blancos, 51 mulatos, 112 negros libres y 6 esclavos negros
y mulatos. Los indios estaban agrupados en 33 familias con 37 casas; y los españoles,
en 58 familias con 50 casas. Fuera del perímetro del pueblo no vivían español ni indio
alguno” (p.14).
“Los indios eran buenos y ‘no ladrones’. No se mezclaban con los españoles, y
evitaban que éstos llevasen relaciones ilícitas con sus mujeres. Los blancos y los negros
tenían sus casas en el pueblo: gente pobre que no molestaba a los indios. En cambio,
acaudalados vecinos de San Carlos habían ocupado las sabanas de El Baúl, con gran
disgusto de los indios, quienes pedían que los intrusos fuesen expulsados de aquellas
tierras” (p. 14).
“Las tierras de El Baúl eran buenas. Producían maíz, yuca, arroz, algodón,
plátanos, frijoles y otros frutos. En ellas se cultivaba la caña de azúcar, y había ‘algunos
trapiches de mano’. Abundaba la miel de abejas” (p. 15).
A los ojos del Obispo, “los indios andaban ‘poco aseados en el vestido, y algunos
casi desnudos’. Las hembras solían llevar el ‘fustán aterciado’, o sea, colgado de los
hombros. Atribuía en parte su desnudes a que eran perezosos. Rehusaban sembrar e
hilar el algodón, aunque podían hacerlo fácilmente. No había cacique en la misión;
pero sí un gobernador, dos alcaldes, un procurador y un capitán” (p. 15).
Este pueblo, sin duda alguna, ya había dejado de ser el pueblo de su fundador
Fray Pedro José de Villanueva, fundador también en los terrenos sus alrededores de un
hato que “para el tiempo de la visita del Obispo Martí, apenas tendría 200 cabezas y
pertenecía a la misión”; y promotor antes sus autoridades superiores, éste Villanueva,
en horas bien temprana de una “casa de educación para niñas” (Tosta, 1972: 14).
Este ya no era El Baúl de 1806 del que se quejaba el padre José Damián Acosta:
“un lugar sin comercio, ni camino real, y sin fiestas religiosas” (Tosta, 1972: 21): era
otra cosa, presa de otro delirio, objeto de otro experimento, distintos al de los
conquistadores, en cierta medida, pero en esencia engendrador de una tragedia tan
funesta, tan devastadora y sombríamente dolorosa de la misma magnitud de la
conquista y la colonización; alertada a tiempo por el Libertador en su conocida
conclusión del arado del mar de sus últimos días cuando estos pueblos prefirieron
seguir a Páez y a Santander…
¿De qué estamos hablamos? Nada menos que del empoderamiento de esa visión
del progreso que hemos visto naufragar desde entonces hasta nuestro días: el progreso
concebido sobre las bases de cartón de la riqueza fácil, de una mera renta de cualquier
actividad económica, en donde los intereses de las elites se confunden con los intereses
del país, muy ilustrada esa visión de gobierno en el Mensaje que el Dr. Guillermo Tell
Villegas, gobernador de la Provincia de Cojedes presenta a la Honorable Diputación de
1856:
Ese es El Baúl de los años cincuenta, de Guillermo Tell Villegas, el mismo que se
incorpora a la red fluvial del eje Orinoco-Apure, con fondeadero, casi obligado como
segundo puerto del país, San Fernando de Apure, cuyas casas comerciales contaban
con oficinas en Paris y como destino principal a Ciudad Bolívar; el mismo Baúl surtidor
de sus estados vecinos, ensalzado por el viajero Michelena y Rojas en 1867:
...de El Baúl, por la Portuguesa, todos los demás víveres, como plátanos,
papelón, casabe, maíz y hasta gran cantidad de pescado salado. Puede decirse con
propiedad, tal es la abundancia de toda especie de alimentos que vienen de El Baúl a
San Fernando, que aquel pueblo, rico y laborioso, basta por si solo para alimentar a
este último; lo que lo hace ser el mercado indispensable para sus abastos. (Cunill Grau,
1987: 1.980).
Ese delirio duró hasta los años 40 del siglo XX, arrasado por el general
paludismo, mucho más devastador que los generales de nuestras montoneras y
conflictos armadas, entre las elites y el pueblo; y por su puesto, arrastrado por un
nuevo delirio, eso que Rodolfo Quintero denominó la cultura del petróleo y la nueva
realidad que surgió en el país a partir de su aparición y comercialización.
El Baúl de 1881 se compone de tres parroquias: dos urbanas (El Baúl y San
José) y una foránea (Sucre) (Tosta, 1972: 42).
La parroquia El Baúl, con 664 casas y 4216 habitantes. Sucre, con 505
habitaciones y 2965 personas. Y San José con 594 casas y 3586 almas.
Testimonios de El Baúl de las tres primeras décadas del siglo XX la ofrendan los
ilustres historiadores —barinés uno, apureño, el otro— Virgilio Tosta y Ricardo Archila.
El Municipio Girardot de estos primeros ocho años del siglo XXI lo componen
dos parroquias: Sucre y El Baúl —la capital.
Este Baúl, para las elecciones de 2006, de acuerdo con las estadísticas del
Consejo Nacional Electoral, aportó una población de 7.492 de votantes: 5.988
provenientes de la parroquia El Baúl y 1.504 de la Parroquia Sucre.
Así pues, Villegas Izquiel, ese pueblo tuyo tiene suerte: cuenta con partida de
nacimiento, biografía, un cuento de buena factura literaria, poemas y hasta dispone de
un corto y extraordinario cancionero que me dio por compilar, cuyos autores en su
mayoría conocemos y ahora se pueden comprender porque yo, los traté de héroes y del
linaje de los libertadores, al inicio de estas palabras, de cual presentamos las muestras
siguientes:
¿Te acuerdas de TARDES COJEDEÑAS, letra de Juanito Navarro y música del
viejo Andrés Vera?
De Mataoscura a la aduana,
y el mogote Iturricero;
más bella se ve la aurora (arpa sonora);
más verde se ve el estero.
En el Manire nací,
un caserío lleno de amor y recuerdo,
donde mis ojos allí,
una mañana, por primera vez , se abrieron.
El quejido de la tierra unido al del hombre; una sola herida, la del paisaje
maltrecho, los animales y el humano ser parados en un mismo escenario, sin
estorbarse; otra manera de conjurar la soledad y sortear el peligro, mantener viva la
esperanza; la llaga y el charco, el terrenal, el suelo cuarteado, el azulejo y el arrendajo,
el silbo de la brisa en los pajonales, todo en un solo grito; formado parte de la huella
que queda después de lo andado…
Gallegos hizo el balance del llano del feudalismo y lo disfrazó de Doña Bárbara,
frente el cual imaginó y pretendió superar con unos remedios que a la postre
resultaron peor que la enfermedad, simbolizado en la figura de Santos Luzardo: la
universidad, la civilización y los valores de la sociedad capitalista…
Por hacer, el balance del llano de Luzardo y sus cercas de púa, donde antes todo
era rumbos.
Si eso es civilización,
si eso llaman avanzá,
prefiero las cosas mías
en mi llanura atrasá:
mi franela “Cocodrilo”
(…)
mis patas encotizás,
mi sombrero pelo ‘e guama
en mi pelo sin peiná,
(…)
y mi cobija terciá,
y mi grito sin linderos
como voz de tempestá
cantando el “Seis por Derecho”
al pie del arpa vená
con mi boca oliendo a ron
y a tabaco de mascá,
después de ganá la arepa
con mis dos manos honrás.
Hasta aquí llego; viejo poeta; de auditórium tengo gente muy ocupadas que
carecen de tiempo para hablar de las cosas que a nosotros los poetas nos gusta hablar…
Tiempo y Espacio
versión impresa ISSN 1315-9496
Tiempo y Espacio v.20 n.54 Caracas dic. 2010
Sergio Foghin-Pillin
Resumen
Abstract
This paper discusses the book El paludismo jugaba garrote en El Baúl, written and
published in 2004 by Professor Virgilio Tosta Izquiel, born November 27, 1922 in
Guadarrama, Barinas State and died in Caracas on 5 September 2009. Virgilio Tosta,
doctor of Political Science, was a researcher in the fields of Sociology and History;
author of numerous books and Venezuelan newspapers columnist. In 1963, he was
elected Member of the National Academy of History. For more than five decades he
was teaching in the Department of Geography and History of the Instituto Pedagógico
de Caracas. Along the 231 pages of his book, Tosta describes the environment and
customs of the first 16 years of his life, in the towns of Guadarrama (Barinas State)
and El Baúl (Portuguesa State). In his work, kind of autobiography, full of anecdotes
and humor, Tosta brings valuable historical, social and economic data about life in the
Llanos of Barinas and Portuguesa states, during the second and third decades of the
20th century.
"Yo experimenté muchas veces aquellas fiebres extenuantes, y aquel frío para el cual era
inútil la más gruesa cobija"
VIRGILIO TOSTA
Introducción
Para esa fecha, Don Virgilio aún atendía un curso de Seminario de Historia Regional en
el Departamento de Geografía e Historia, donde había comenzado a dictar la materia
Sociología en 19521, durante el sexto año de la Jefatura de Don Pablo Vila. En dicha
asignatura sería también nuestro profesor, 20 años más tarde, en el mismo
Departamento. El texto básico para aquel curso era la sexta edición del Manual de
Sociología (Tosta, 1967), publicado inicialmente con el título de Apuntes de
Sociología (Tosta, 1952), el mismo año en que el profesor Tosta comenzara a dictar la
materia en el entonces denominado Instituto Pedagógico Nacional.
Entonces ya estábamos jubilados. Don Virgilio, en cambio, tras más de medio siglo de labor
docente e investigativa, continuaba "jugando garrote", en el Departamento de Geografía e
Historia del Instituto Pedagógico de Caracas.
Jugar garrote
El juego de garrote venezolano, también llamado juego de palo, proviene del mundo rural
del occidente del país, donde surgió, en tiempos imprecisos, como técnica de defensa
personal para luego integrarse al folklore larense, en particular de la población de El Tocuyo
y alrededores, incorporado a la fiesta del Tamunangue como "una danza inicial de palos
denominada La Batalla" (Lizcano, 1950, p. 151).
El juego de garrote es muy rápido, con tajos fulminantes. La transmisión insectil del
paludismo era igualmente rápida. Y sus efectos, muchas veces, también fulminantes.
La lectura, repetida, de El Paludismo jugaba garrote en El Baúl, nos despertó una viva
motivación por conocer los parajes en los que transcurrieron los primeros dieciséis
años de la vida de su autor, de suerte que realizamos un primer viaje a El Baúl hacia
finales de noviembre de 2007, en compañía del apreciado colega profesor Orlando
González Clemente.
Durante nuestra primera visita al pueblo, el libro en el que Tosta vuelca sus "añoranzas y
recuerdos" (Tosta, 2004, p. 20), sirvió de precisa guía turística; tan poco ha variado, desde
los tiempos que evoca en su obra Don Virgilio, el trazado general del centro urbano,
localizado en la confluencia de los ríos Tinaco y Cojedes (figura 01).
Figura 01. Sector noreste del pueblo de El Baúl. En la parte superior izquierda de la
imagen se aprecia el meandro del río Cojedes sobre el que confluye el río Tinaco. A la
derecha, paralela a los ríos, se observa la carretera nacional, bordeada por los cerros de
San Miguel. (El norte está hacia la parte superior. Fuente: Google Earth)
Era una vivienda de dos plantas. En la primera, cuatro corredores cercaban un amplio
patio, del cual se sacaron muchas carretillas de excremento de murciélagos (
) El
fondo de la casa daba hacia la orilla del río. (
) Don Alonzo se dio a la tarea de
repararla, hasta convertirla en una mansión cómoda y hermosa, como lo había sido en
1863, año en que se terminó su construcción, para convertirse en la casa de la
aduana. (Tosta, op. cit. pp. 19-20).
El cerro del Calvario, de unos 300 metros de altitud, que se eleva al sur del pueblo de El
Baúl, aparece en la cartografía actual con el topónimo de Los Morrocoyes. De las
excursiones por aquellas pendientes, en sus años de infancia, Tosta diría que:
"contribuyeron a vitalizar y robustecer mis piernas, y a darles el vigor y la resistencia que
todavía conservan" (Tosta, 2004, p. 53). Don Virgilio, ciertamente, era un gran caminante
y no usaba vehículo particular para desplazarse. Muchas veces, siendo sus alumnos,
coincidíamos con él en alguno de los colectivos cuya ruta pasaba por la avenida Páez de El
Paraíso. Nosotros también subimos a aquel alcor, desde donde se divisa el centro poblado,
así como los relieves del célebre arco de El Baúl, con su geología paleozoica (figura 03).
Pero lo hicimos en un vehículo de doble tracción, del Instituto Pedagógico de Caracas.
Figura 03. Vista parcial del pueblo de El Baúl y del paisaje circundante, desde el cerro
El Calvario. Al fondo (hacia el norte) se observan los relieves del denominado arco de
El Baúl, en el cual afloran rocas paleozoicas. (Foto: SFP. 2007).
Volvimos a El Baúl a mediados de diciembre del mismo año. En esta oportunidad nos
acompañó también el profesor Reynaldo Gil, un distinguido ex alumno. Íbamos, esta
vez, dispuestos a llegar a Guadarrama, "un abandonado y medio pintoresco pueblecito
del Estado Barinas, situado en la orilla derecha del río La Portuguesa" (ib. p. 7), donde
el 27 de noviembre de 1922, tras "un parto muy difícil para Doña Ricarda
", viniera al
mundo "
de pie y asfixiado
" (ib. p. 8), Virgilio Antonio Tosta Izquiel.
Determinante para lograr nuestro propósito fue el apoyo que nos prestaran los funcionarios
del Puesto de Protección Civil de El Baúl, al poner a nuestra disposición lancha, motor y
operadores, con el fin de poder llegar a Guadarrama por vía fluvial, descendiendo por el
curso del río Cojedes hasta su confluencia con el Portuguesa (figura 04) y luego por éste
hasta Guadarrama, ya en el estado Barinas.
Figura 04. Confluencia de los ríos Cojedes y Portuguesa (izq.). Al igual que a lo largo
del Orinoco y del Apure, a través de este sistema fluvial se desarrolló un activo
comercio que declinó rápidamente durante la década de 1930. (Vista hacia el norte.
Foto: SFP. 2007).
Para la fecha, los caudales de ambos ríos ya habían mermado bastante y sólo la admirable
pericia de Omar Sosa, el avezado motorista, logró evitar las peligrosas caramas
sumergidas, con las que habría podido chocar la hélice y ocasionar un susto; o algo peor.
Durante una hora, aproximadamente, que duró el trayecto, el hombre permaneció con la
vista clavada en la terrosa superficie acuática, sin soltar el timón ni un instante. Mientras
tanto, Emil Sulvarán, el ayudante, para hacerse oír sobre el ruido del motor gritaba,
señalando hacia las cercanas orillas: "-¡aquellas son chenchenas!"; "¡-una garza morena!";
"-allá, galápagos
¡y un babo!"; "-¡una garcita azul!"; "-allá va un pájaro vaco y
aquél es
un alcaraván".
Como se ha dicho, por aquellos días de diciembre de 2007 las aguas del río Portuguesa
habían bajado considerablemente, de modo que al desembarcar tuvimos que ascender por
la alta barranca que separaba el nivel del río de la primera calle del pueblo de Guadarrama
(Figura 05), paralela al curso de agua, donde estuvo situada la casa natal de Virgilio Tosta.
Figura 05. Calle de Guadarrama, a orillas del Portuguesa. A la derecha, entre los
árboles, se aprecia un recodo del río. Sobre esta calle se encontraba ubicada la casa
natal de Virgilio Tosta. (Vista hacia el norte. Foto: SFP. 2007).
De la vida familiar a la orilla del gran afluente del Apure, Tosta apuntaba:
Durante la estación lluviosa, el caudal del río La Portuguesa se hinchaba, subía por los
barrancos y casi lamía los bordes de la calle donde estaba situada la casa de la familia,
donde mi padre tenía, además, un establecimiento comercial, con locales para la venta
de mercancías secas, víveres y medicinas, y piezas para almacenar sacos de café, de
sal y de arroz; latas de manteca de cerdo y agajes de panela (ib., p. 8).
No bien llegados a la primera calle del pueblo, tras superar la barranca, un niño se nos
acercó, con natural curiosidad, al percatarse del arribo de tres forasteros. Dijo llamarse
Tomás (figura 06). No es casual el nombre de pila del infante. "El patrono de
Guadarrama es el apóstol Tomás, famoso por su incredulidad y por sus procedimientos
para evitar el engaño. Para el llanero, la desconfianza del discípulo de Jesús, es una
mezcla de astucia y bellaquería". (ib., p. 206).
Figura 06. En Guadarrama. Tomás junto con los profesores Orlando González (izq.) y
Reynaldo Gil. Atrás, el río Portuguesa. (Foto: SFP. 2007).
Tomás nos acompaño un corto trecho, caminando por el pueblo y, luego de comprobar que
nuestra conversación no le interesaba, se despidió. Iría a jugar, imaginamos. Entre sus
juguetes, sin embargo, sin duda faltarían algunos de los que sí disfrutó el niño Virgilio
Tosta:
Una de las pocas diversiones que disfruté durante mi niñez en Guadarrama, consistía
en jugar con caimancitos muy pequeños (
) los cuales, en ciertas noches,
abandonaban el río, atravesaban la calle y penetraban en las habitaciones (ib., p. 8).
El primero de junio de 1930, la familia Tosta Izquiel emprendió en bongo, por el río
Portuguesa, el viaje de tres días que los llevaría a El Baúl. "Fue como una aventura
que jamás he olvidado", anotó Virgilio Tosta (ib., p. 20).
Poco después de la muerte del tirano Juan Vicente Gómez, fue establecida en El Baúl la
Escuela Federal Graduada Nicolás de Castro, de la cual fue su primer director un
pedagogo de apellido Delgado Zamora. La creación de ese plantel agradó mucho a mi
padre, y no sólo por el bien que le haría al pueblo y a sus hijos. También se contentó
porque vio en aquella escuela la solución para apartarme de la vida ociosa que yo
llevaba. (ib., 68).
Tarde o temprano, también Tomás tendrá que dejar su terruño, para labrarse un futuro
como quiere el lugar común-en la ciudad, la cual probablemente no será ni siquiera la
capital de su estado, ya que debería viajar primero hasta San Carlos, en el estado Cojedes,
de allí a Acarigua y Guanare, en el estado Portuguesa, para finalmente llegar a Barinas.
Resulta más viable entonces, sobre todo durante la temporada de lluvias, bajar por vía
fluvial hasta La Unión o Camaguán, para luego tomar la carretera que conduce a Calabozo,
ciudad que ofrece mejores servicios que San Fernando de Apure, más cercana. Tal es la
ruta habitual, por ejemplo, para trasladar personas enfermas desde Guadarrama y caseríos
circunvecinos.
Como es sabido, el comercio fluvial por los principales afluentes llaneros del Orinoco fue
muy importante en ciertas épocas, llegando a tener gran peso en la economía regional y
hasta nacional.
A diferencia del tiempo presente, nuestras aguas, particularmente las de los ríos, se
presentaron como verdaderos caminos para comunicar pueblos, como fuente de provisiones
para la dieta del campesino y del indio, como factor de desarrollo comercial y como eje
orientador en el establecimiento de vecinos y comunidades. (Briceño, 1993, p. 5).
fue un centro comercial de innegable importancia en la segunda mitad del siglo XIX.
Fue un puerto adonde llegaban barcos, desde Ciudad Bolívar y San Fernando de Apure,
cargados de mercancías secas y víveres. Y numerosas embarcaciones, denominadas
bongos, mantuvieron por muchos años un intenso ritmo comercial entre El Baúl y las
poblaciones de Guadarrama, La Unión, Camaguán y San Fernando, a lo largo de los
ríos Cojedes, La Portuguesa y el Apure. (ib., p. 125).
en mi tierra de Apure las gentes no conciben una población distanciada de las riberas del
río, todos aspiran situarse lo más cercano a él. Muy natural si se considera ser el río la vía
más expedita y barata de comunicación, y la fuente de los mayores recursos; y como todos
son navegables, es circunstancia propicia a su valimiento. (Calzadilla, Ed. 2006, p. 304).
Para Virgilio Tosta (op. cit., p. 9), el comercio fluvial por el río Portuguesa se cuenta
entre los recuerdos más entrañables de sus días de infancia en Guadarrama:
Una diversión, quizá la más agradable durante mi niñez en Guadarrama, me la producían
las frecuentes llegadas de bongos, provenientes de Ciudad Bolívar, San Fernando de Apure
y El Baúl, cargados de objetos que me parecían maravillosos.
Bongos cargados de objetos maravillosos. Como aquel que, no muchos años antes,
remontaba "el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha." (Gallegos, Ed.
2005, p. 11). Bongos que remontaban también el Apure, el Portuguesa, el Guanare, el
Caipe y tantos otros, impulsados con el tremendo esfuerzo de los bogas, o canoeros,
"mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes" (Gallegos, op. cit., p. 11). Así
consideró también Tosta la ingrata labor de aquellos hombres:
que se ocupaban en la dura tarea de impulsar los bongos, colocando las horquetas de
las palancas3en las ramas y troncos de los árboles que bordeaban los ríos;
hundiéndose el otro extremo de las palancas en el pecho y caminando con fuerza hacia
la popa, sobre el entablado, para que las embarcaciones remontaran la corriente
(ib.
p. 126).
En otro párrafo, Tosta da cuenta de cómo la evolución de los medios de transporte cambió
la dinámica espacial en los llanos venezolanos:
La década de los años treinta presenció la liquidación total del comercio por las arterias
fluviales de la zona. Los bongos desaparecieron, para ser sustituidos por los camiones.
El comercio fluvial con San Fernando de Apure y (
) con Ciudad Bolívar, fue
reemplazado por la negociaciones con el centro del país, principalmente con Valencia.
(ib., p. 127).
Algunos lustros más tarde, numerosas represas también harían lo suyo, cercenando "el
curso pausado de los grandes ríos solitarios que se deslizan hacia el Orinoco" (Gallegos,
1972, p.7).
Era fácil para la gente evitar que la lluvia la sorprendiera fuera de sus casas; porque los
aguaceros llegaban a El Baúl por la vía de San Miguel, lo mismo que los camiones
provenientes de El Tinaco, y porque avisaban a los vecinos su proximidad; de modo que se
podía llegar a las viviendas, con apurarse un poco, antes de que los chaparrones cayeran
en el pueblo. Lentamente, los cerros de San Miguel comenzaban a desdibujarse, como si
los cubriera una inmensa sábana blanca, lo que era señal de que un aguacero venía en
camino hacia El Baúl. Cuando la colina desaparecía y todo se tornaba en blanco, la lluvia ya
estaba en el pueblo. Entonces podía verse el agua sacudiendo el polvo de las calles, o
cayendo sobre los cuerpos de quienes no supieron o no pudieron aprovechar el tiempo para
guarecerse en sus casas.
Estas líneas, que encierran uno de los más hermosos pasajes del libro 4, exponen una
observación que resulta por completo consistente con la dinámica habitual de las
precipitaciones a través del territorio venezolano, particularmente durante la
temporada pluviosa5, o "invierno", dado que las lluvias se desplazan generalmente con
los vientos del este, los alisios. El antiguo caserío de San Miguel y los cerros del mismo
nombre, se localizan al este de El Baúl, por lo que los aguaceros se presentan desde
esa dirección.
Se trata de un caso similar al que es común en la capital venezolana, donde los caraqueños
observadores, para saber si va a llover, miran hacia el este, hacia Petare: "-se está
poniendo por Petare", dicen. Y al rato llega la lluvia.
Respecto a la alusión de Tosta a los "camiones provenientes de El Tinaco" hay que precisar
que si bien este centro se localiza al norte-noroeste de El Baúl, el último trecho de la
carretera que comunica ambos poblados cojedeños sigue un rumbo noreste-suroeste:
exactamente igual que los aguaceros. Así lo hizo también, tras visitar El Tinaco, el obispo
Mariano Martí, en la mañana del 20 de marzo de 1781: "Al atisbar el cerro lejano que a
manera de baúl emergía en la amplia llanura, torcieron su rumbo hacia occidente; tras
aquél estaba San Miguel de la Boca del Tinaco." (Vila, 1981, p. 180). El alto prelado y su
comitiva arribaban a "la población que más tarde comenzó a llamarse El Baúl." (Tosta,
2004, p. 21).
El paludismo
Quizá para entonces no había aparecido. Quizá atacaba por épocas, de la misma manera
que lo hacían la peste, el cólera, la fiebre amarilla. Grandes epidemias, o aún pandemias.
Sin embargo, ya para principios del siglo XVI se había tenido alguna experiencia:
Del Welser Ambrosio Alfinger, a su regreso de una de las tantas correrías por el
occidente venezolano a comienzos de la tercera década del siglo XVI, también se
señaló algo relacionado con fiebres palúdicas: "pasó Alfinger a Santo Domingo, por
estar aquejado de cuartanas"8 (ib., p. 199). Humboldt también había señalado la
presencia de:
esas fiebres del Orinoco (
) semejantes en un todo a las que se padecen todos los
años entre Nueva Barcelona, La Guaira y Puerto Cabello (
). Degeneran a menudo en
fiebres adinámicas. Desde ha ocho meses no más tengo mi calenturita, decía el buen
misionero de Atures, (
) Hablaba de ella como un mal habitual y fácil de soportar. Los
accesos eran violentos, mas de poca duración (Humboldt, Ed.1985, T-IV, pp. 21-22).
Lo cierto fue que, en los llanos altos occidentales, como en muchas otras regiones de
Venezuela, el paludismo aparecería, o reaparecería, dado que:
en todo cuento hay un malvado. El lobo feroz o el ogro devorador de carne humana.
Aquí lo fue el paludismo. Veinte años atrás9 imperaba en la región con sus banderas
de miedo. Dolía, entonces, el color de las gentes, el silencio de los pueblos, el aire
triste por los terronales. (Urriola, 1985, p. 20).
En El Baúl "fue terrible esta enfermedad (
) -dice Tosta-Se manifestaba con fiebres
extenuantes y un frío incontenible que hacía castañetear los dientes." (2004, p. 24).
En las páginas de Casas Muertas, la gran novela venezolana sobre el paludismo y otros
males aún peores que asolaban la Venezuela de las primeras décadas del siglo XX, el
señor Cartaya aconseja a Sebastián Acosta: "métete en el chinchorro y arrópate bien
que el frío que se te viene encima no es para gente" (Otero Silva, Ed. 2001, p. 115).
Quien contraía la enfermedad se sentía "invadido en pleno trabajo por pastosas
oleadas de pereza, de lasitud, de abandono, sacudido por breves latigazos de frío. (Ib.,
p. 108).
No cabía distinción entre la ficción y la realidad, como puede comprobarse. Tosta (2004, p.
24) observa:
Por alguna razón, en otras comarcas llaneras pareciera que la enfermedad no debió ser tan
frecuente ni virulenta como se presentó en Ortiz, El Baúl y otras poblaciones venezolanas,
más o menos por la misma época. Al respecto, de algo debió haberse enterado Rómulo
Gallegos. Tal puede suponerse de la conversación que sostiene Santos Luzardo, recién
llegado a tierras altamireñas, con el viejo Melesio Sandoval:
-Tiene usted una familia que da gusto, Melesio (
) Fuerte y sana. Se ve que por aquí no
reina el paludismo. (
) -Voy a decirle, niño Santos. Es verdad que por aquí no es tan
enfermizo como por esos otros llanos que usted ha atravesado, pero a nosotros también
nos jeringa el paludismo. (Gallegos, Ed. 2005, p. 57).
Por esos "otros llanos", que atravesara Santos Luzardo durante las primeras jornadas del
viaje que, desde Caracas, le llevaría en cruzada civilizadora hasta la mesopotamia apureña,
debieron contarse varias leguas a través de los Llanos altos centrales, donde, en la ruta
que de San Juan de los Morros, con rumbo franco al sur, pasando por Calabozo llega a San
Fernando de Apure, se localiza el pueblo de Ortiz, sobre el que fuera "camino real de
Caracas a los llanos" (Vila, 1981, p. 151).
De lo que no cabe duda es del hecho de que en el drama del paludismo confluían múltiples
factores. Sobre los aspectos socioeconómicos incidentes en dicho problema sanitario,
observa Tosta:
El paludismo atacaba a todos los sectores de la sociedad; pero producía mayores bajas
en los núcleos pobres que, debido a la escasez de recursos y a la ignorancia, no podían
combatir la enfermedad y menos evitarla. (op. cit., p. 24).
En las líneas finales del Preámbulo de El Paludismo jugaba garrote en El Baúl, sin
omitir el elemento humorístico, del cual está salpicado el libro, el propio autor expresa:
Las páginas que siguen pretenden dar una visión del pueblo de El Baúl, en la década
de los años treinta del siglo XX, a través de los recuerdos y las vivencias que conservo
de mi infancia. Mucho he vacilado antes de llevarlas a la imprenta. Pero ya el paso está
dado. O el mal paso. No son páginas de Historia. Ni tienen la categoría de Memorias.
(Tosta, 2004, p. 20).
Más allá de cualquier posible categorización, que por lo demás escapa a nuestros
objetivos y competencias, podemos afirmar que a través de las páginas de El
Paludismo jugaba garrote en El Baúl, Virgilio Tosta presenta una parte de su historia
de vida, entrelazada con copiosas referencias geográficas, históricas, económicas,
sociológicas, ambientales, folclóricas y humorísticas, que hacen de ésta una obra sui
generis.
Durante su infancia en tierras cojedeñas, Tosta fue testigo de una Venezuela en la que
comenzaban grandes transformaciones. En El Baúl,
El Arribo del primer aparato de radio sucedió poco antes de la muerte del tirano Juan
Vicente Gómez. Lo llevó el telegrafista (
) Gracias al Philco de aquel caballero, se
conoció muy pronto en El Baúl la muerte del tirano (
) y se sabían a diario los sucesos
que este acontecimiento originó en toda la República. (Ib. p. 37).
Mi caballo (
) tenía otra maña. No se había usted aún acomodado en la silla cuando el
castaño se ponía a andar (
) Jamás pensé que pudiera ponerme en peligro. (
) Cierta
vez (
) emprendió la marcha, y no sé cómo pude quitarme de encima una cuerda de
alambre que casi me degüella. Grande fue el susto que pasé y no fue menor la
angustia de Don Alonzo. (Ib. p. 56).
Muy niño, venció al tifus sin "más asistencia médica que la de Don Alonzo" (Ib. p. 12)
y luego al paludismo: "Yo experimenté muchas veces aquellas fiebres extenuantes".
(Ib. p. 24). Y también probó "las delicias de la calle del río":
Desde sus tiempos de estudiante de Bachillerato, en los liceos Fermín Toro y Andrés Bello,
hasta el final de su vida, Virgilio Tosta desarrolló una notabilísima actividad literaria que le
llevó a publicar centenares de artículos en diferentes periódicos y revistas, además de
numerosos libros y folletos.
Sin embargo, a Don Virgilio Tosta se le recordará sobre todo por su larga trayectoria como
educador, la cual comenzó recién graduado de Bachiller, como "Profesor de Historia
Universal y Castellano, desde 1945, en el Colegio Sucre, del doctor J. M. Núñez Ponte."
(Academia Nacional de la Historia, 1975, p. 16). La Escuela Militar y la Universidad Central
de Venezuela también lo vieron pasar por sus aulas. Pero será el Instituto Pedagógico de
Caracas, donde su actividad docente se prolongó por más de cincuenta años, la institución
en la cual su magisterio resultará más fecundo. ¿Cuántos centenares de sus ex alumnos, y
de ex alumnos de aquéllos, estarán hoy multiplicando las enseñanzas del Maestro Virgilio
Tosta a lo largo y ancho de Venezuela?
"-Son más de ochenta años sobre estos dos palitos", nos dijo deteniéndose un instante
para descansar, mientras caminábamos por los pasillos de la Biblioteca, una de las últimas
veces que hablamos personalmente con él, en el Pedagógico.
El lector dispone de varias fórmulas, que puede emplear al concluir la lectura de este
capítulo (
) Puede decir que (
) me vaya a escribir libros al carrizo. O al ca rajo, que es lo
mismo. Allá nos veremos, lector amigo. (p. 227).
Notas