Tema 33.
Moral del amor y la sexualidad
1. ANTROPOLOGÍA DE LA SEXUALIDAD HUMANA
• El hombre, ser sexuado. El ser humano está marcado sexualmente en toda su
unidad físico-psíquica. Por eso, la sexualidad humana no puede ser reducida a un
fenómeno puramente fisiológico. Nos encontramos ante una necesidad que,
siendo a la vez física y psíquica, integra y supera los límites de la mera
manifestación genital. La antropología coincide hoy en considerar la sexualidad
humana en el ámbito de la significatividad y de la comunicación interpersonal.
• La difícil comprensión de la sexualidad. La sexualidad parece pertenecer al
ámbito de las realidades más delicadas e intocables: el ámbito del tabú.
Íntimamente unido a este, se encuentra el aspecto de misteridad que encierra la
sexualidad humana. En la línea de la cosmovisión hebrea, la sexualidad se acerca
al misterio en cuanto representa y realiza a hondura misma de la persona humana
y su existencia, configurada como alternancia de donación y rechazo. El
verdadero camino a partir de aquí consistiría en la integración de la sexualidad
en la doble dinámica del crecimiento personal y de la relación interpersonal. Ese
sería el verdadero sentido de la castidad.
• Reduccionismos habituales. En la sexualidad se significa y se realiza de modo
eminente ese “ser-para-los-otros” que configura al fenómeno humano. Pero la
dificultad de comprensión del fenómeno complejo de la sexualidad origina
frecuentes reduccionismos, que la Iglesia se ha visto obligada a desautorizar:
o Espiritualismo. Tiende a considerar al ser humano como puro espíritu,
prescindiendo al parecen de su carácter corpóreo.
o Hedonismo fisicalista. Reduce al ser humano a sus puras energías
materiales, como si la entrega corporal pudiera impunemente sustraerse al
compromiso afectivo.
• Sexualidad y genitalidad. La sexualidad incluye obviamente un aspecto físico
inevitable, pero una buena teoría de la sexualidad ha de relacionarla con todos
los niveles de la existencia humana: físicos y anímicos, personales y sociales. Por
otro lado, hay que diferenciar entre sexualidad (que caracteriza al hombre y a la
mujer en los planos físico, psicológico y espiritual) y genitalidad (expresión
máxima de la comunión de amor de los cónyuges). Por tanto, la sexualidad nunca
se puede reducir a la genitalidad.
• Para una ética de la sexualidad. Una base antropológica suficientemente
coherente debería prestar los elementos para la fundamentación de unas líneas
éticas indispensables. Algunos puntos imprescindibles a tener en cuenta serían la
personalización, la apertura a la revelación del “tú”, la apertura al “nosotros” y
el sentido del pudor.
• Ética sexual cristiana. La ética cristiana habría de afirmar su identidad con una
ética racional de la sexualidad, siempre que trataran ambas de fundarse sobre una
base ontológica. En teoría, los valores éticos que promueve y tutela la fe cristiana
podrían ser alcanzados por la razón humana. Sin embargo, en la práctica, el
anuncio del evangelio significó una novedad revolucionaria ante el panorama
moral de las ciudades griegas. En concreto, la moral cristiana de la sexualidad
nos remite al seguimiento de Jesucristo, que nos ha desvelado definitivamente la
silueta y la vocación del ser humano. La iconalidad del hombre es un don, pero
también es una exigencia.
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2. PUNTOS FUNDAMENTALES DEL MENSAJE BÍBLICO
• La visión de los orígenes. Génesis 2-3 constituye una especie de parábola
sapiencial sobre el sentido de la vida humana, del trabajo, la sexualidad y la
muerte. Respecto a nuestro tema, parece afirmar que la sexualidad humana ha
sido querida y diseñada por el mismo Dios como signo y medio del encuentro
interpersonal. Esta sexualidad marca la diferencia entre los seres humanos y los
demás vivientes; significa y realiza la igualdad entre las personas de diverso sexo;
es signo y expresión de la armonía ideal de las relaciones humanas; es
considerada en la perspectiva de la unión matrimonial. En definitiva, la persona
creada por Dios a su imagen incluye la sexualidad, don y tarea.
• Prescripciones de la Ley antigua.
o El adulterio y la seducción. El adulterio está prohibido expresamente en la
Biblia y las penas contra los adúlteros son severas. Si un hombre seduce a
una doncella, ha de pagar la dote para poder adquirirla como esposa y tiene
la obligación de desposarla.
o Diversas prohibiciones sexuales. El Deuteronomio añade prohibiciones
como la de violación de una doncella prometida, la prostitución sagrada, el
incesto, la bestialidad y la homosexualidad. En relación al divorcio, podemos
decir que era un tema discutido en Israel.
• El mensaje de los profetas. En el caso de Oseas, su experiencia de esposo
traicionado le ayuda a ver la idolatría como un inmenso y desvergonzado
adultero. Jeremías utiliza también la imagen del amor juvenil y las atenciones
típicas del noviazgo para reflejar la ternura que Dios siente por su pueblo.
Ezequiel evoca el hondo misterio de elección y fidelidad que se esconde en toda
experiencia humana de amor y sexualidad.
• La reflexión de los sabios. Job, ante las acusaciones de sus amigos que le
atribuyen los males físicos a la comisión de un pecado, recorre una especie de
examen de conciencia que se expresa en forma de conjuros, declarándose
inocente de cualquier adulterio. Por otro lado, la prostitución es censurada con
frecuencia en los libros sapienciales, el adulterio es condenado desde todas las
motivaciones imaginables y las advertencias contra la mujer y sus seducciones
aparecen especialmente en Eclo. El Cantar de los Cantares sugiere la posibilidad
de un amor basado en la unicidad de la persona amada, evoca un amor de
igualdad y propugna la permanencia del amor. Asimismo, valora la profanidad
de un amor “natural” y realista, reivindica un amor de elección en libertad y
privilegia el aspecto unitivo y amatorio de la experiencia sexual.
• Nuevo Testamento. Los escritos del NT no tratan de ofrecer un tratado moral
sobre el comportamiento sexual humano. Algunas orientaciones o prohibiciones
referidas a la sexualidad nacieron en un ambiente y en un momento de encendida
polémica contra los cultos de la fertilidad.
• El mensaje de Jesús. No son muy abundantes las precisiones que encontramos
en los evangelios sobre la orientación de la sexualidad humana. Destacamos:
o La mujer y el evangelio. En la cultura a la que pertenece Jesús se observa
una clara situación de desventaja para la mujer. Ya en su genealogía, al
incluir cuatro mujeres de moralidad dudosa, parece que el Mesías asume la
historia para salvarla desde sus mismas raíces. Jesús sorprende a sus
convecinos por su novedosa relación con la mujer, signo de la llegada del
Reino de Dios.
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o El divorcio y el celibato. Jesús se coloca en la línea radical de la defensa del
matrimonio indisoluble. Asimismo, ofrece la posibilidad carismática y
vocacional de un celibato por amor al Reino de los Cielos.
o Renuncia a la familia y anuncio del Reino. La importancia del anuncio del
evangelio del Reino exige algunas renuncias inexcusables, como la de la vida
familiar. No obstante, Jesús será presentado como el novio que centra la
atención del banquete nupcial que es el Reino de Dios. En relación al aspecto
estrictamente moral de la responsabilidad ante la sexualidad, Jesús amplía el
ámbito de la responsabilidad ética en un doble sentido: el que apunta a la
interioridad de los pensamientos y los deseos, y el que orienta a sus
seguidores hacia una reconsideración más radical de las normas habituales
de su tiempo.
• El pensamiento de Pablo. Los primeros cristianos se encontraban en medio de
un ambiente en que la relajación de las costumbres en este terreno era proverbial.
Veamos algunos aspectos de Pablo:
o Dignidad de la mujer. El texto de Gál 3, 28 propugna la igualdad entre los
sexos, basada en la justificación por la fe y el bautismo de Cristo. Cabe
destacar la figura de Lidia, que escuchaba la predicación de Pablo en Filipos,
o sus amigos Áquila y Priscila, que parecen gozar de su confianza.
o Matrimonio y celibato. Pablo se ocupa de este tema especialmente en 1 Cor
7, siguiendo el planteamiento de Jesús. En Efesios 5, el matrimonio cristiano
se ilumina a la luz del misterio de la unión de Cristo con su Iglesia.
o La fornicación. Pablo, ante la tentación de prostitución cultual, afirma que
el cuerpo es inviolable, como un templo, y los que acuden a esos rituales
llevan al mismo Cristo a adorar lujuriosamente a los ídolos. Pablo ve el juicio
de Dios en la situación inmoral del mundo pagano y pone en guardia a la
comunidad contra la posibilidad de recaer en el desorden anterior.
3. DOCTRINA DEL CATECISMO
El tema de la sexualidad es tratado en un contexto más dogmático al hablar de la
creación del hombre (parte I) y en un marco moral al explicar los mandamientos del
decálogo (parte III). En este último lugar se encuentran dos apartados importantes
para este tema: «Hombre y mujer los creó» y «La vocación a la castidad». De todo
ello podemos destacar algunos puntos:
• La sexualidad humana es vista en cuanto integrada en la creación del varón y de
la mujer, y en la vocación humana al amor y a la comunicación.
• La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, concerniendo
particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear, y a la
capacidad para establecer vínculos de comunicación con otro»
• Es necesario el conocimiento de la propia identidad, de la complementariedad
entre sexos, la necesidad y el apoyo mutuos.
• Cada sexo es imagen del poder y de la ternura de Dios con una dignidad igual.
La unión matrimonial trata de imitar la generosidad y fecundad del Creador.
• La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por
ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad
se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación
de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del
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Tema 33. Moral del amor y la sexualidad
hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad
de la persona y la integralidad del don.
• La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí que dura toda la vida y está
sujeto a unas leyes de crecimiento, al tiempo que se inserta en un esfuerzo cultural
y requiere la gracia de Dios.
• La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad: la que el Señor nos ha
manifestado y la que nos une con los demás hermanos, del mismo sexo o de sexos
distintos.
4. CRITERIOS PARA LA ELABORACIÓN DE UN JUICIO MORAL
CRISTIANO
Comenzaremos precisando dos puntos respecto al dualismo “constitucional”,
diciendo que el ser humano es una unidad psicosomática, que no puede ser reducido
a una sola energía material. Respecto al dualismo “relacional”, es preciso afirmar
que el hombre no es solo individuo, sino que tiene absoluta necesidad de la sociedad;
sin embargo, tampoco es sólo pieza de un sistema social, puesto que “el principio, el
sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”
(GS 25). Pasaremos a ver dos tipos de criterios:
• Criterios insuficientes. Son insuficientes porque no apelan a la última verdad del
ser humano y de su sexualidad. Pueden definirse como:
o La prohibición. Se ha denigrado como criterio educativo, pero conserva
aspectos plausibles. Obedece a la necesidad de las medidas de emergencia: la
prohibición de un determinado comportamiento trata de comunicar y actuar
los valores admitidos como humanizadores, e intenta proteger al individuo o
a la especie de un peligro reconocido por la experiencia. Sin embargo, la
prohibición dura y desnuda subraya la importancia y la dificultad del
encuentro interpersonal. Aparece como una norma heterónoma impuesta al
ser humano desde una instancia autoritaria, y apelar solamente a ella
engendra culpabilidad y desazón en la persona.
o Normatividad de la naturaleza. La apelación a la ley natural para
determinados comportamientos sexuales tiene el innegable valor de superar
el subjetivismo y el “proporcionalismo”. Remite el juicio ético a la verdad
última del ser humano, mientras apela a una objetividad antropológica de los
valores implicados en la sexualidad. Para la teología moral cristiana, esta
normatividad remite a la majestad del verdadero ser creado por Dios. Como
es evidente, la apelación a una “ley de la naturaleza” ha de evitar el riesgo de
parecer demasiado fijista o ahistórica, y no ha de olvidar la naturaleza
específicamente personal y libre del ser humano. Asimismo, no se puede
hacer pasar por natural lo que es simplemente cultural o “políticamente
correcto” en una época determinada.
o Criterios de la costumbre y de la ley. Las costumbres sociales evidencian la
vigencia actual e histórica de los valores éticos o, al menos, de una
determinada comprensión de los mismos. Pero si se apelara con exclusividad
a este criterio, la exhortación moral difícilmente dejaría espacio al heroísmo
y al anuncio interpelante de la cruz. Las costumbres tampoco son criterio de
moralidad cuando llegan a convertirse en el apoyo de un determinado
ordenamiento legal. Algunos comportamientos sexuales pueden ser
despenalizados, total o parcialmente, por las leyes cuando no infieran daños
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Tema 33. Moral del amor y la sexualidad
a personas inocentes. Pero en modo alguno tal despenalización puede
suponer una declaración de honestidad moral a favor de tal comportamiento.
o Apelación a la revelación. Este criterio es inexcusable para los fieles
cristianos. Sin embargo, si se convierte en el único criterio de discernimiento,
podría dar origen a una ética de tipo positivista. Evidentemente, la necesaria
referencia de la moral cristiana a las fuentes de la revelación bíblica implica
una cuidadosa metodología hermenéutica.
• Criterios antropológicos. Estos permiten una base para el diálogo
interdisciplinar e interconfesional. La base de tal sistema ético habría de ser la
verdad última del ser humano y el sentido intrínseco de la misma sexualidad
humana en cuanto humana. Sin embargo, el ser humano es percibido de formas
muy diferentes. En la práctica hay que referirse a dos sistemas éticos:
o La sexualidad como fin. Una corriente que encuentra su ideal en la
“revolución sexual” considera el ejercicio de la sexualidad como el resultado
de una necesidad biopísiquica, cuya satisfacción es una condición previa al
establecimiento de unas relaciones basadas en el respeto mutuo, en la amistad
y en el compromiso afectivo. La separación entre sexualidad y afectividad, y
entre sexo y procreación, permiten reivindicar una mayor descupabilización
y liberación respecto al placer sexual.
o La sexualidad como signo y lenguaje. Esta opción pretende integrar la
vivencia de la sexualidad humana en la dinámica de una relación
interpersonal estable y duradera. Se quiere convertir la atracción sexual en
signo y lenguaje de un amor afectivo que trasciende al “eros” y se convierte
en una relación integral. El matrimonio constituye el esquema paradigmático
del amor sexual, por su valor de encuentro dialógico, por su apertura al
“nosotros” de la fecundidad, por su asunción de la dimensión social del amor
sexual. El valor ético de la sexualidad viene dado por el grado de autenticidad
de la relación interpersonal total: la motivación de la relación, la sinceridad
de la misma y la disponibilidad interna para asumir las consecuencias de la
relación.
La reflexión ética sobre la sexualidad tendría que intentar una integración critica
de ambas opciones. Tal esfuerzo de reflexión habría de desmitificar y
desculpabilizar el placer sexual, pero debería valorar la dimensión interpersonal
y el compromiso definitivo y público que lleva consigo necesariamente la
sexualidad sana y adulta.