Desarrollo y Aprendizaje en Discapacidad
Desarrollo y Aprendizaje en Discapacidad
1. DISCAPACIDAD INTELECTUAL
4. INTERVENCIÓN EDUCATIVA
4.1 Criterios de evaluación
4.2 Adaptaciones curriculares individualizadas
4.3 Programa para el desarrollo de habilidades
4.4 Los apoyos
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1. DISCAPACIDAD INTELECTUAL
El enfoque psicométrico nace con Binet en 1905. Este autor con el fin de distinguir que
niños podrían beneficiarse del sistema escolar y cuáles no obtendrían ese beneficio creó
un instrumento para medir la inteligencia. El test agrupaba una serie de ejercicios y
actividades que representaban las ejecuciones propias de cada edad. Posteriormente la
revisión de Terman de la escala de inteligencia de Stanford-Binet (1916) fue adoptada
como un método estandarizado, objetivo y con referencia a normas para la
identificación de sujetos con retraso.
Este enfoque pretende identificar las características básicas de los sujetos para
clasificarlos en distintas categorías, determinar la posición relativa de cada uno respecto
al grupo y pronosticar su comportamiento en situaciones semejantes. Las mediciones
más utilizadas son la Edad Mental y el Cociente Intelectual. La edad mental es el nivel
en años de las tareas que el niño realiza correctamente, con independencia de su edad
cronológica. El cociente intelectual se obtiene multiplicando por 100 el cociente entre la
edad mental y la edad cronológica. De esta forma si la media en CI es 100 con una
desviación típica de 15, se considera retrasado mental al sujeto cuya puntuación en CI
está dos desviaciones típicas por debajo de la media, es decir, es inferior a 70.
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Desde un enfoque conductista se argumenta que el retraso mental se debe a retrasos en
la conducta. La conducta retrasada, igual que la conducta en general, puede someterse a
análisis funcional en términos de situaciones antecedentes y situaciones consecuentes
de comportamiento y, por lo tanto, puede ser modificada variando los precedentes
conductuales y manejando los reforzadores, según los principios que se derivan de los
procesos de condicionamiento clásico y de condicionamiento operante o instrumental.
Este enfoque define al individuo con retraso mental como un sujeto que posee un
repertorio comportamental limitado, siendo este repertorio función de la historia del
individuo y de sus interacciones con el ambiente. Algunos programas específicos para
enseñar habilidades básicas de la vida cotidiana a niños con retraso mental se basan en
estos procesos de aprendizaje.
El enfoque evolutivo asume que el retraso mental conlleva un desarrollo lento que, en la
mayor parte de los casos, impide alcanzar determinados umbrales evolutivos. Es
decir, se define como la precocidad pero en sentido opuesto. Así, los niños con retraso
mental pasan por los mismos estadios que el resto de niños pero con más retardo, debido
a fijaciones en esos estadios o a una lentitud en la superación de los mismos.
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1.3 El retraso mental según el DSM-IV-R
Para poder aplicar esta definición resulta básico según la AAMR tener en cuenta las
cinco puntualizaciones siguientes:
1. Una evaluación psicopedagógica válida que ha de considerar la diversidad
cultural y lingüística así como las diferencias en los modos de comunicación y en los
factores conductuales.
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2. Las limitaciones ene las habilidades adaptativas se manifiestan en entornos
comunitarios típicos para los iguales en edad y reflejan la necesidad de apoyos
individualizados.
3. Junto con las limitaciones adaptativas específicos existen a menudo capacidades en
otras habilidades adaptativas o capacidades personales.
4. Un propósito importante de la descripción de las limitaciones es el desarrollo de un
perfil de necesidades de apoyo.
5. Si se ofrecen los apoyos apropiados durante un periodo de tiempo prolongado, el
funcionamiento en la vida de la persona con retraso mental mejorará
generalmente.
Según esta concepción, el entorno estimula y afecta al desarrollo mental, considera que
los niños que se hallan dentro del intervalo de retraso mental en las puntuaciones de los
tests de inteligencia pero que funcionan adecuadamente en casa, en el colegio con los
otros niños no se consideran retrasados mentales y que la mera ubicación física de estos
niños en el aula ordinaria no trae consigo necesariamente consecuencias positivas, además
hay que ofrecer apoyos, adaptaciones y programas individualizados.
A pesar de las ventajas que supone concebir el retraso mental en relación con el
ambiente, este enfoque ha sido criticado por aportar una definición más sociopolítica
que psicobiologica y perder en base científica tanto como aporta para la concienciación
social.
Existen diversos factores de riesgo que pueden tener como consecuencia la discapacidad
intelectual. Tradicionalmente se ha distinguido entre causas genéticas y causas
ambientales. En las causas genéticas se suelen diferenciar tres clases: aberraciones
cromosómicas, anormalidades de genes dominantes y anormalidades en genes
recesivos. Como ejemplo de aberraciones cromosómicas podemos citar el síndrome de
Turner, el síndrome de Klineferter, el síndrome de Down, el de Patau o el de Edwads.
Como ejemplo de anormalidades en genes dominantes tenemos la esclerosis t uberosa, la
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neurofibromatosis o el síndrome de Sturge-Weber. Como ejemplo de anormalidades en
genes recesivos se puede citar la galactosemia, la fenilcetonuria, el síndrome de Hurler
o el de Tay-Sachs.
Por otra parte las causas ambientales se agrupan según el momento en el que se
producen en prenatales (afectan antes del nacimiento) como consumo de drogas por
parte de la madre, enfermedades infecciosas como rubeola o sífilis durante el embarazo
o consumo de medicamentos; perinatales (tienen lugar durante el nacimiento) por
ejemplo anoxia, traumatismo obstétrico, infecciones contraídas al nacer; y posnatales
(se producen después del nacimiento), y abarcan malnutrición, infecciones,
envenenamientos con sustancias tóxicas o traumatismos craneales.
No se puede hablar de un perfil homogéneo entre los sujetos afectados por discapacidad
intelectual. Las diferencias en el perfil y en las habilidades, a igualdad de condiciones
biológicas y nivel de afectación, son explicables y predecibles en base a variables
exógenas tales como el programa de estimulación temprana o el estilo educativo de los
padres. El carácter incapacitante de una condición cromosómica, metabólica o
neurológica no reside en si misma sino en la forma en que el entorno responde a las
necesidades específicas derivadas de dicha condición.
En este punto nos vamos a centrar fundamentalmente en los niños que presentan
síndrome de Down, por ser ellos en los que se han centrado la mayor parte de los
estudios, dado que constituyen el grupo más amplio de personas con déficit mentales y
son más fácilmente reconocidos al nacer.
El Síndrome de Down fue descrito por primera vez por Langdon Down en el año 1866.
Sin embargo fue Léjeune en 1959 quién demostró la presencia de un cromosoma extra
en el par 21, dándolo como causa de las alteraciones presentes en las personas con
Síndrome de Down.
Este cromosoma extra que presentan las personas con Síndrome de Down va a ser el
responsable de las alteraciones que en mayor o menor medida pueden presentar, tanto
fisiológicas como cerebrales (y, por tanto, cognitivas). Resulta de gran importancia
conocer estas alteraciones porque van a repercutir directamente en el proceso de
aprendizaje del niño.
Visión
Un gran porcentaje de estos niños presentan problemas de visión, entre ellos miopía,
hipermetropía o cataratas congénitas, que si no son corregidos, dificultarán su proceso de
aprendizaje. El diagnóstico precoz de una miopía o una hipermetropía, que fácilmente
se corrigen con gafas o lentillas, va a evitar retrasos añadidos en el aprendizaje y
dificultades de socialización.
Audición
Un elevado porcentaje de sujetos con Síndrome de Down, el 78%, padecen en mayor o
menor grado hipoacusia. Este déficit de la audición puede deberse a trastornos en la
conducción del sonido a través del oído medio en relación con infecciones, acumulación
de líquido u otros motivos. En muchos casos es fácilmente corregible. El diagnóstico
mediante controles auditivos periódicos de los déficit de audición es fundamental ya
que repercutirán directamente en retrasos del lenguaje.
Bucales
Normalmente suelen presentar un paladar ojival y una cavidad bucal más pequeña lo
que lleva a una mala implantación dentaria que es necesario corregir para una buena
articulación.
Cardiacos
Aunque no se presentan en todos los niños, si se dan en un gran porcentaje, variando la
gravedad de la lesión. Es muy importante el diagnóstico precoz y la corrección
quirúrgica, ya que algunas alteraciones pasados los primeros años se pueden convertir
en una patología para toda la vida.
Respiratorios
Suelen presentar predisposición a enfermedades infecciosas en las vías respiratorias
inferiores.
Aparato locomotor
La hipotonía muscular es uno de los síntomas más evidentes en el niño y va a repercutir
en el retraso en las adquisiciones motrices, desde el sostén de la cabeza hasta la
sedestación, bipedestación y deambulación.
Al trabajar con el niño deberemos conocer si presenta alguna de estas alteraciones para
adaptar nuestros métodos y que estas no supongan un hándicap para su aprendizaje.
Los estudios referidos al desarrollo motor de los niños con síndrome de Down indican
las edades en que los niños alcanzan los logros motrices en el desarrollo y en qué
medida su desarrollo motor se desvía del desarrollo de un niño normal. Estos datos
son importantes ya que si la evolución en este aspecto está retrasada puede tener
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implicaciones importantes en otras áreas del desarrollo.
La diferencia entre la edad en que los niños con síndrome de Down (SD) y los normales
consiguen diferentes logros motrices, aumenta con la edad. Así por ejemplo las
conductas de mantenerse sentado y gatear se adquieren a una edad media de 12 meses
(frente a los 7-8 meses en un niño normal). No obstante hay que resaltar la gran
variabilidad que existe para todos estos desarrollos. Algunos datos han hecho pensar
que los retrasos observados no son una consecuencia inevitable del síndrome, ya que
por ejemplo el desarrollo motor de los niños criados en el hogar está más adelantado
que el de aquellos que han permanecido en instituciones.
En definitiva las investigaciones demuestran que estos niños son menos competentes en
tareas psicomotrices que otros niños de su misma edad mental pero es importante tener
presente que el área motriz es especialmente apta para la estimulación por lo que los
resultados de las investigaciones van a depender de las características de la muestra
elegida.
Según los resultados obtenidos, los niños con SD están retrasados con respecto a los
niños normales, en memoria de reconocimiento de colores y diversos tipos de estímulos
(círculo, cuadrado, fotografía, etc.). El problema concreto de los niños con síndrome
de Down parece ser el no recordar lo que han visto más que en una incapacidad de
discriminación. En definitiva las diferencias que aparecen al comparar estos
sujetos con sujetos normales de su misma edad cronológica parecen ser cuantitativas
más que cualitativas.
Los estudios que han examinado las habilidades táctiles de adolescentes y adultos con
síndrome de Down, coinciden en obtener un rendimiento inferior en este tipo de
sujetos frente a sujetos con déficit mental pero sin síndrome de Down.
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En resumen los resultados de la investigación sobre desarrollo perceptivo parecen
sugerir que determinados procesos sobre todo implicados en la discriminación
táctil, se desarrollan de forma más lenta en estos sujetos, aunque en muchos otros
aspectos del desarrollo evolutivo, el niño con síndrome de Down parece ser muy
similar al niño normal.
El desarrollo cognitivo es un área de especial interés. En esta área los sujetos con
síndrome de Down no llegan a alcanzar los mismos niveles de inteligencia que los
individuos normales. Se considera que de un 10 a un 15% de los trisómicos tienen un
retraso severo, un 60% tienen retraso moderado, un 30% son ligeros o límites, incluso
algunos entran en la gama de la torpeza o de la normalidad. Vamos a analizar el nivel
intelectual que pueden alcanzar y de qué factores depende.
Parece existir un acuerdo general de que, aunque el niño con síndrome de Down tenga
un cociente intelectual de 70 en su primer año de vida, éste disminuye cuando se hace
mayor. El desacuerdo se centra en si comienza su vida con una inteligencia media o
padece el déficit ya desde el nacimiento. Según los estudios realizados, su ritmo de
desarrollo es más lento que el de los bebés normales a partir de una edad tan temprana
como las 6 semanas. Para muchos bebés con síndrome de Down el curso de su desarrollo
intelectual parece ralentizarse desde los 6 meses. Alrededor de esta edad el niño
normal está realizando aprendizajes muy rápidamente.
Cuando los niños con síndrome de Down se hacen mayores, los estudios evidencian que
el intervalo entre su nivel de desarrollo y el de los niños sin déficit se incrementa. Dentro
de este cuadro de patrones evolutivos generales existe gran variabilidad
encontrándose con niveles intelectuales que van desde la severidad a la normalidad.
Uno de los principales factores que influye en el resultado del desarrollo es la naturaleza
del ambiente en el cual el niño se ha criado. Así, los niños institucionalizados están
cognitivamente más atrasados que los educados en el hogar familiar. Asimismo, los
niños tanto de instituciones como que viven en el hogar familiar y que han recibido
programas de intervención han presentado un desarrollo que superaba lo
característicamente esperado para un niño con síndrome de Down.
Todos estos estudios indican la necesidad de un ambiente diferente para este tipo de
sujetos. La aplicación de programas de estimulación precoz también ha puesto de
manifiesto la influencia del ambiente, al elevar el cociente medio de los niños que la
habían recibido. Algunas ideas sugerentes que conviene retener se refieren a que estos
niños, como todos, se desarrollan mejor si son estimulados y que su potencial puede no
haber sido plenamente utilizado. Además está comprobado que a pesar de su menor
capacidad intelectual con respecto a los niños normales, esta capacidad intelectual se
desarrolla, aunque no se produzca un desarrollo de acuerdo a su edad cronológica.
Zeaman y House (1963, 1984) señalaron que los retrasados mentales tienen dificultad
para atender a las dimensiones relevantes de los estímulos, y por tanto son menos
hábiles para diferenciar lo que es importante de lo que no lo es. Asimismo, el niño con
retraso mental necesita una presentación secuencializada de los estímulos para facilitarle
el procesamiento de la información, puesto que no pueden atender a varios estímulos a
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la vez. El niño con retraso mental no distribuye adecuadamente la atención de acuerdo
con las demandas de la tarea. Para mejorar su atención debemos enseñarles a realizar
clasificaciones, seriaciones, categorizaciones en función de diversos criterios.
Se acepta que el niño con retraso mental tiene un déficit de memoria a corto plazo, pero
las interpretaciones de este hecho difieren. Los resultados de las distintas investigaciones
señalan que los niños con síndrome de Down tienen deficiencias en la utilización de
estrategias activas de recuerdo, no producen estrategias nemotécnicas espontáneamente
pero pueden aprender a usarlas, el mantenimiento de la estrategia entrenada es fácil de
conseguir pero la generalización de dicha estrategia es difícil. Los déficit atencionales,
en la memoria a corto plazo y en las estrategias de memoria dificultan la medida de la
memoria a largo plazo, pero lo que los resultados de las investigaciones en este área son
contradictorios. Las investigaciones indican que estos niños tienen dificultades para
almacenar la información de modo que después les resulte fácil de recuperar.
Por metacognición entendemos la capacidad que tiene un sujeto para conocer y regular
su propio aprendizaje. Este aspecto cobró importancia a raíz de las investigaciones
realizadas por Flavell en los años setenta. A partir de este trabajo inicial se han realizado
otros (Kendall y col., 1980) que analizan las deficiencias metacognitivas en los niños
con retraso mental, descubriendo además que el entrenamiento en metacognición tiene
un efecto muy limitado en niños con retraso mental educable. Más recientemente Hale y
Borkwiski (1991) han demostrado que es posible enseñar a seleccionar y supervisar
estrategias pero el problema sigue estando en la generalización.
2.4 Desarrollo de la comunicación
Con respecto a las señales que el bebé proporciona a los padres, se ha encontrado que el
llanto de los niños con síndrome de Down durante el primer año de vida es cuantitativa
y cualitativamente diferente al de un niño normal. Lloran menos frecuentemente ante el
dolor, tardan más en llorar y presentan un tono más bajo que el llanto del bebé normal.
Esto determina la reacción de los adultos ya que el llanto de un bebé normal se percibe
como una señal de mayor intensidad que el llanto de un bebé con síndrome de Down. El
bebé con síndrome de Down se percibe como más "bueno", menos exigente y menos
dispuesto a llamar la atención lo cual influye en la cantidad de tiempo que el bebé y el
adulto están en contacto.
Otra conducta que puede influir en las interacciones con los adultos es el contacto
ocular. Se ha comprobado que estos bebés establecen contacto ocular 2 semanas y
media después de lo que lo hacían los bebés normales, establecían poco contacto ocular
hasta los 3 meses, edad a partir de la cual comenzaba a aumentar la duración del
contacto, de forma que a los 6 meses mantenían un contacto ocular mayor con sus
madres que los bebés normales. También se ha comprobado que son menos dado s a
cambiar la mirada de un juguete a la cara de la madre y de nuevo al juguete, que los
bebés de una edad mental similar. La reunión de personas y objetos o actividades es
parte importante de la comunicación temprana.
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Otros estudios han confirmado que los bebés con síndrome de Down sonreían por
primera vez 3 semanas más tarde que los bebés normales, además de no conseguir
nunca los niveles de sonrisa, la cual resulta más difícil de provocar en este tipo de niños.
En cuanto a los patrones de vocalización, los bebés con síndrome de Down empezaban
más lentamente y realizaban menos vocalizaciones hasta los 4 meses. A partir de esta
edad, los bebés normales disminuyen la cantidad de vocalizaciones porque escuchan
más a las otras personas, disminución que no se produjo en los bebés con síndrome de
Down. El bebé con síndrome de Down vocaliza más a partir del cuarto mes, mientras
que el bebé normal está más concentrado en escuchar y atender a los demás.
No podemos centrarnos únicamente en las características de los niños, hay que analizar
también el comportamiento de los adultos para con el bebé. Es decir si los adultos se
comportan de manera distinta cuando interactúan con un niño con síndrome de Down y
si existen diferencias, a qué factores pueden ser debidas.
Los estudios realizados demuestran que las madres de niños con síndrome de Down
entre 1 y 2 años dan más órdenes verbales, sus expresiones son más breves (sobre todo a
partir de los 17 meses) e incompletas (una sola palabra). Estas son características de la
forma en que los adultos se dirigen a los niños más pequeños. Al analizar las
interacciones entre madres e hijos con síndrome de Down se ha comprobado que se
producen más choques entre las vocalizaciones de ambos. Esta ausencia de sincronía
parece existir desde los primeros meses.
Según lo que hemos visto la comunicación temprana entre el niño con síndrome de Down
y su madre es diferente a la que ocurre en situaciones normales. Si nuestra
comprensión sobre la importancia de la interacción temprana es correcta estos retrasos y
diferencias han de tener consecuencias. Se han realizado intentos por cambiar
determinados aspectos de la interacción que han demostrado que el comportamiento de
las madres puede resultar inhibitorio para el bebé y que si los padres adaptan su
comportamiento al bebé, éste responderá más. Por ejemplo si las madres de los niños
con síndrome de Down imitaban los comportamientos faciales y vocales de sus bebés en
lugar de iniciar ellas el contacto, los hijos sonreían más.
En cuanto a la etapa lingüística, estos niños presentan un nivel lingüístico más bajo que
su nivel cognitivo y destaca el gran desajuste entre el nivel comprensivo y el expresivo.
Los niños con síndrome de Down siguen la secuencia normal de sonidos en el balbuceo
que los niños normales, sin embargo existe gran variabilidad en cuanto a la edad de
aparición de las primeras palabras.
Según Rondall (1981) el comienzo del lenguaje con sentido tuvo un retraso de por lo
menos 8 o 9 meses y en raras ocasiones se produjo antes de los 2 años. A esta edad
constituía menos de un 5% de las verbalizaciones del niño. Este porcentaje aumentó
lentamente hasta los cuatro años cuando se manifestaban las primeras combinaciones de
2 y 3 palabras.
El niño con SD presenta los siguientes tipos de dificultades que afectan a su lenguaje:
o Auditivas: la capacidad auditiva suele ser inferior a la normal.
o Respiratorias: es frecuente la falta de potencia y capacidad para mantener la
respiración.
o Fonatorias: su voz es más bien grave, de timbre monótono y a veces gutural.
o Articulatorias: los trastornos articulatorios son producidos por inmadurez, hipotonía
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lingual y bucofacial, inadecuada implantación dentaria, malformaciones del paladar, etc.
o De estructuración lógica: por su modo de razonamiento, sus problemas de
estructuración espacio-temporal y sus dificultades para sintetizar y enlazar la
experiencia nueva con situaciones anteriores.
El desarrollo del lenguaje del niño con síndrome de Down sigue un curso similar al del
niño normal, pero sus expresiones son más cortas, menos complejas y más incompletas
que las de niños normales de edad mental similar.
Según las investigaciones de Hurtado (1995) el desarrollo del lenguaje en niños con
síndrome de Down presenta las siguientes características:
o El desarrollo del lenguaje desde el nacimiento hasta los 4 años permanece retrasado
con respecto al desarrollo que se considera normal, a pesar de recibir estimulación
temprana.
o El desarrollo fonológico progresa en los niños SD con un patrón de adquisición
similar al de los niños normales, solo que con retraso a pesar de la estimulación
aplicada. El retraso es ligero para la adquisición de vocales y consonantes oclusivas,
tanto sordas como sonoras. Ninguno de los niños estudiados adquirió la vibrante
múltiple (rr) antes de los 48 meses.
o Presentan dificultades articulatorias más acusadas en los grupos consonánticos que
son más difíciles para el niño normal, los grupo de las fricativas (b de caballo, g de
agarrar) africadas (ch de muchacho, y de cónyuge) y las líquidas (b de blanco, s de
abstinencia). La causa puede estar en la mayor dificultad que requiere su punto de
articulación, pues necesitan de una gran coordinación de los órganos fonadores y de una
mayor rapidez de movimientos. El retraso que presentan en las conductas motoras y en
la coordinación en general, se refleja también en la coordinación y articulación en
particular.
O El retraso en la adquisición del lenguaje es ligero en la etapa inicial de prelenguaje y
en las primeras manifestaciones de crecimiento léxico, ya que son habilidades que
requieren poca complejidad en la elaboración lingüística. Pero cuando aumenta la
complejidad aumenta el retraso. Aspectos como el uso de plurales, poseer un
vocabulario amplio o relatar historias no son adquiridos antes de los 48 meses.
o El 26% de los niños estudiados tenían trastornos en el ritmo del lenguaje, en concreto
farfulleo. Sin embargo ningún niño manifestó signos de tartamudez, dato que contrasta
con los que suele ser frecuente en la población infantil. Un 46% mostró alteraciones
como voz ronca, más bien grave y de timbre monótono debido sobre todo a alteraciones
anatomofisiológicas.
Existe una idea estereotipada del niño con síndrome de Down como un niño sociable y
extravertido, alegre y con buen humor. Una explicación de esta opinión puede ser que
las expectativas del resto de las personas sobre estos sujetos son tan bajas que cualquier
comportamiento está sobrevalorado simplemente porque no es esperado. Lo que si
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parece cierto es que el niño con síndrome de Down es percibido como más sociable que
niños con otro tipo de déficit mentales. Según Cuilleret (1985) no existe una
personalidad única y estereotipada del niño con síndrome de Down pudiendo mostrar
una amplia variedad de estilos de temperamento.
Con respecto a sus habilidades sociales existen estudios que demuestran que son
superiores a su capacidad mental, aunque al igual que ocurre con el CI, el cocient e
social también disminuye con la edad.
Al bebé con síndrome de Down se le ha descrito como un bebé plácido e inactivo, que
duerme mucho. Esto suele ser cierto en aquellos niños que tienen problemas de corazón
y otras complicaciones. Su debilidad muscular y la aparente falta de fuerza en piernas y
brazos, tiende a dar al niño un aspecto de inactividad. Muchos padres tienen miedo de
manejarlos con la energía que a un bebé normal, por lo que disminuyen sus
oportunidades de estímulo y movimiento cuando está despierto. Se ha encontrado que
cuando se les estimula adecuadamente los bebés se vuelven más activos y disminuyen
sus diferencias con el bebé normal.
El análisis de las interacciones entre niños y adultos ha mostrado que las madres de los
niños con síndrome de Down dan más órdenes cuando juegan con sus hijos, dirigen más
el juego y asumen frecuentemente el rol de profesor frente a los niños normales de su
misma edad cronológica.
Cuando los estudios se han centrado más en analizar diferencias individuales que
diferencias entre grupos, se han encontrado relaciones significativas entre la
sensibilidad de la madre, la complejidad del juego, la cantidad de estimulación
proporcionada y el afecto positivo mostrado. Si la madre era autoritaria, el niño parecía
menos interesado y raras veces iniciaba el juego con objetos. Las madres de los niños
más capacitados combinaban sensibilidad y firmeza y suministraban la estimulación
apropiada.
En definitiva son muchas las variables que influyen en la conducta de un niño con
síndrome de Down y la evidencia demuestra que existe una amplia gama de caracteres y
personalidades, desde los niños sociales y presumidos, hasta los tímidos y vergonzosos,
desde los activos y bulliciosos a los silenciosos y pensativos.
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Un factor que puede influir en las actitudes de los padres hacia su hijo es el impacto que
el nacimiento del hijo ha tenido en la familia. Este factor puede influir no sólo en la
actitud de los padres sino también en su forma de interactuar con él. Este impacto se
centra inicialmente en reacciones de shock y tristeza al saber que su hijo tiene un déficit
permanente. Una parte de las madres sufren depresión y pueden aparecer conflictos
entre los padres y problemas con los hermanos. Se han realizado estudios sobre la
influencia de la forma en que se comunica el déficit del hijo a los padres. Muchos de
ellos tenían quejas por la demora en comunicárselo, por la forma abrupta de hacerlo o
por la falta de información ofrecida. Es importante, por consiguiente la forma en que se
les comunica a los padres esta información por su influencia en la actitud que ellos
adopten, en la aceptación del hijo y en su forma de interactuar con él
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- En relación con las dificultades de comunicación, de expresión y comprensión oral,
necesitan de un entorno comunicativo y lingüístico rico y motivador para establecer
relaciones, que se respeten sus producciones orales y que se les motive a
mejorarlas en vez de sancionarlas. Hay que desarrollar a su alrededor muchas
situaciones interactivas y comunicativas con iguales y adultos, así como ofrecer el apoyo
logopédico más idóneo para desarrollar sus habilidades sociales y comunicativas.
4. INTERVENCIÓN EDUCATIVA
En segundo lugar, hay que delimitar los aspectos de la programación en los que hay que
introducir los cambios o las modificaciones individuales. Los cambios intentan dar
respuesta a las necesidades de un alumno concreto pero pueden resultar
favorecedores para el resto de los alumnos, con lo que tales modificaciones podrían
incorporarse a la dinámica general del aula, o incluso, a la del centro. El
procedimiento a seguir supone organizar la respuesta relacionando las necesidades
educativas especiales del alumno con los siguientes elementos del currículo:
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La mediación en el aprendizaje consiste en ofrecer ayuda didáctica para que el alumno
resuelva la situación o lleve a cabo la actividad. Las ayudas pueden ser físicas, verbales o
visuales y se seleccionarán según la modalidad sensorial que predomine en el alumno, la
que más le motive y le resulte más eficaz. A medida que el alumno se muestra más
autónomo hay que ir desvaneciendo las ayudas progresivamente. La mediación puede
ser ofrecida por el docente o por los iguales, resultando en este último caso muy e ficaz
la tutorización entre iguales.
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aspectos psicolingüísticos que desarrollan el fisioterapeuta y el logopeda
respectivamente.
Entre los programas de modificabilidad cognitiva dos son los más populares en nuestro
contexto educativo: El Programa de Enriquecimiento Instrumental (PEI) de Feuerstein y
colaboradores (1980) y el Proyecto de Inteligencia Harvard (PIH) (1983).
Por último, en relación con los programas para modificar el comportamiento, las
estrategias de análisis y modificación de conducta resultan muy eficaces. La
modificación de conducta se inspira en los principios clásicos del aprendizaje
(condicionamiento clásico, operante, vicario) y usa programas de reforzamiento,
castigo, extinción, moldeamiento, economía de fichas, de control de estímulos, etc.
La determinación de las necesidades educativas especiales del alumno nos indica los
apoyos que necesita, teniendo en cuenta las potencialidades y limitaciones del sujeto y
de su entorno. Los apoyos no deben referirse únicamente a los servicios, sino que deben
tener en cuenta los apoyos naturales partiendo del propio sujeto, la familia, los amigos
pudiendo abarcar los informales, los genéricos y/o los especializados.
La AAMR (1992) establece cuatro tipos de apoyo que varían según su intensidad, y
cuyo propósito debe ser conseguir la autonomía, la mejora de las relaciones, la
participación escolar y comunitaria y el bienestar personal. Los niveles de apoyo son:
El criterio para establecer los apoyos es doble. En primer lugar de progresión, es decir
que el apoyo permita avances y progresos al alumno y mejore su integración escolar y
social. En segundo lugar, el criterio de naturalidad y beneficio, esto es, que el apoyo que
se proporcione sea natural, poco intrusivo y el más eficaz posible.
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BIBLIOGRAFIA
20
Educación, vol III. Necesidades educativas especiales y aprendizaje escolar. Madrid:
Alianza.
SHEA, T.M. Y BAUER, A.M. (1999). Aprendices con deficiencia mental leve o
moderada. En T. M. Shea y A. M. Bauer Educación especial. Un enfoque ecológico.
(pp.319-341) México: McGraw Hill.
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