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GRITOS DEL INFIERNO (4 Parte)

El documento discute los abusos de padres que obligan a sus hijos a unirse a la religión o al clero por razones equivocadas como aumentar la riqueza familiar. Señala que Dios castiga estas acciones obligando a las familias a la pobreza. También menciona ejemplos históricos de cómo Dios frustró estos planes y castigó a quienes los llevaron a cabo.

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GRITOS DEL INFIERNO (4 Parte)

El documento discute los abusos de padres que obligan a sus hijos a unirse a la religión o al clero por razones equivocadas como aumentar la riqueza familiar. Señala que Dios castiga estas acciones obligando a las familias a la pobreza. También menciona ejemplos históricos de cómo Dios frustró estos planes y castigó a quienes los llevaron a cabo.

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Si dice alguno, que ni aun con dicha crianza se inclina su hija a religiosa y que por desfavorecida de la naturaleza, o la

fortuna, nadie la pide por mujer y que avanzada ya de edad, sirve esta suspensión de estorbo a sus hermanos, respondo,
que aun en este caso tan urgente, no es lícito violentarla a la Religión, sino consolarse el padre pues ella se consuela; y
esperar a que la desengañe el tiempo y la experiencia, ya ven es cosa dura, pero en lo duro se riza la paciencia: Lucas 4.
Más ¿qué remedio tiene el padre que cometió la violencia de que hablamos, que ya no tiene remedio? Porque el recurso
al Juez para anular la profesión, es tan difícil, que se reputa por impracticable, especialmente en gente blanca.
Respondo, que cuando no hay medicina que quite el mal, se ha de aplicar remedio que lo disminuya; y así, yo no
encuentro otro al padre que hizo este mal a su hija, que el de aliviárselo con lenitivos que se lo suavicen en lo temporal y
espiritual, ya socorriéndola con emolumentos, que compensen su repugnancia, ya exhortándola por si, o por otros a la
resignación, para lo cual hay los motivos siguientes.
Lo primero, que sí por haber pecado merecía estar ahora en el Infierno debajo los pies de los demonios, mejor puesta se
halla en esa reclusión al lado de las santas Religiosas.
Lo segundo, que si se hubiera quedado en el siglo, quizá estaba decretado que muriese, o contagiada de un marido, o a
los recios dolores del primer parto, como tantas. Y que la cosecha de este estado, es una gustosa y consolada muerte,
fruto que no es para perdido, pues toda la vida se trabaja por cogerlo.
Lo tercero, que está en su mano el convertir en oro ese hierro, haciendo voluntaria esa violencia y por consiguiente
meritoria y así traducirá la angustia en gozo y en vez de quejas, prorrumpirá en acción de gracias.
Lo cuarto, pues la voluntad no se ceba en imposibles, conciba como tal la mudanza y dígase a sí propia: Ea, esto ha de
ser para toda la vida. De cavar en lo hecho no alivio mi dolor, sino que lo agravo; ¿pues no es un disparate irracional,
porque no puedo llevar este peso, aumentármelo yo misma con la sobrecarga de esta continua imaginación? Ya, si fuera
fructuosa, sería disculpable; pero no siéndolo, es locura malgastar el dolor por un mal que el dolor no remedia:
Supervacaneum est, dice Seneca, dolere, si dolendo non proficias. No se ha de entristecer una persona sino de aquel mal
de quien la tristeza es su remedio; y como este mal es solo el pecado, solo en él se ha de emplear el dolor.
Lo quinto, porque aunque hubiera conseguido el estado que deseaba, apetecería y envidian este, porque el demonio
ingiere tedio a lo que se tiene y sugiere deseo de lo que falta. Él fue el primer descontento con su estado, aunque tan
feliz y quiso mudar, pareciéndole que mejoraría; véase el éxito lamentable que tuvo su mudanza. Sepa, pues, el doliente
de este mal, que el demonio es quien se lo influye para arrastrarlo tras sí al Infierno por el descamino en que cayó.
Lo sexto, ha de proponerse como cosa indubitable, que aunque mudase estado y fuera el más descansado, que no se
libraba de penas, sino que las trocaba en otras, porque también padecería en él y si no díganme, ¿quién no tiene por más
deliciosa vida la de un Rey, que la de un Labrador? Pues preguntándole a un labrador, que de repente fue hecho Rey,
¿cómo había podido sufrir antes la vida de Labrador? Respondió, no habéis de preguntar, sino, ¿cómo puedo sufrir
ahora la vida de Rey? a Saúl era Rey y padecía, aun en que nadie lo compadecía. Y así, porque ninguno está contento
con su estado. Cada cual se ha de componer con el suyo. Y Boecio, con tan especial como especiosa elegancia. Prov. 4.
Lo mismo digo contra los padres, que sin causa estorban a sus hijos el estado de la Religión, en que se ha declarado la
divina venganza con extraños modos. Bautizando san Andrés Corsino a un hijo de un Caballero, arrojaba el Santo más
agua por los ojos que por la mano; y preguntándole, ¿por qué lloraba en una función de tanto gozo? respondió: Lloro
porque este infeliz, niño nace para ruina suya y de su linaje y solo tiene uno de dos remedios; o morir temprano, o si
vive ponerse fraile: Entonces dijo el Caballero: ¿Mi hijo Fraile? más quiero verlo Ladrón, que Fraile: Y le cumplió Dios
el deseo, porque a los veinte años de edad, pagó en una horca los delitos de Ladrón público y traidor alevoso a su misma
Patria.
El gran Padre Lorino, aunque no suele usar de ejemplos en sus Comentarios, trae el siguiente citando a San Gerónimo.
Hubo, dice, un Padre, que para quitar a su hija de la cabeza el que fuera Monja, hizo que otra mujer le pusiese la vanidad
en la cabeza, peinándola y adornándola a la moda; y aunque esta mujer no fue más que instrumento, se le apareció un
ángel y con rostro airado, la dijo: Queden secas tus manos, en pena de haberlas puesto con ese fin en la cabeza de esa
muchacha: Dentro de cinco meses bajarás a los Infiernos; y si prosigues, morirán antes tus hijos y tu marido. Todo
aconteció; y si esta justicia hizo en quien indirectamente la desvió de este propósito, ¿a qué puede temer quien
directamente influía en ello con obras, palabras, o amenazas? También excomulga a estos el Tridentino: Sermón 25,
capítulo 3 de Regular. Como con su acostumbrado Magisterio lo expende Suarez, tic. 3. de Relig, leg, 5. c.9.
Los hijos que padezcan esta paternal contradicción, respondan lo que un Novicio, cuya madre lo exhortaba a que dejase
el hábito, en fe de que no tenía fuerzas para llevar el rigor de la Orden y él la respondió: Pues menos las tendré para
llevar el rigor de las penas del Infierno y podía añadir con Job, donde no hay orden en el padecer y con esto dejó a su
madre tan convencida, como edificada: respóndanlo mismo todos aquellos, a quienes les arguyan lo propio. Otro
importunado también de su madre, iba a dejar el hábito: Se arrodilló ante una imagen de Cristo a pedirle licencia y
brotando el Crucifijo del Costado un Surtidor de caliente Sangre, le dijo: Más costosamente te crie Yo, que tu madre,
¿pues por qué me dejas a mí por ella? Esta es una inconstancia, que mueve a Dios a ira y a risa al Demonio. Como
experimentó el Novicio Jesuita, de quien trae el Venerable Padre Rodríguez, que los cariños de su madre le hicieron
dejar la Religión; y al entrar en un Templo donde conjuraban a una espirituada, luego que el Demonio vio al miserable
mozo, prorrumpió en ignominiosas carcajadas, diciéndole: Mamá, mamá. Los que se resuelven, pues, a este estado,
desde que han oído a Dios, han de ensordecer a su carne y sangre y esta es la causal que dio Cristo de la Bienaventuran-
za de San Pedro.

DE OTRO ABUSO DE LA MISMA ESPECIE


No es menos frecuente, ni menos enorme destinar los Padres a un hijo para el siglo, y a otro para la Iglesia, quiera, o no
quiera el hijo, valga, o no valga para ello; y como si no bastase su maldad a esta injusticia, suele añadirse el fin
interesante de no desmembrar la hacienda y aumentarla con rentas Eclesiásticas, queriendo que la Casa de Dios sea
pechera de su casa y que la Sangre de Jesucristo, vertida para extinguir la sed del pobre, sirva para embriagar la vanidad
y fausto de los parientes. Esto hace quien esto hace; yo no sé qué pueda haber exageración más superlativa de esta
maldad, que la desnuda relación del mismo hecho. Verdades, que suele Dios (y le alabo el gusto) frustrarles el logro de
este fin y el fin de este logro, sucediéndoles lo que, a quien por aumentar manzanas, añade a las buenas que tiene otras
podridas, el cuál inutiliza las que tiene con las que aumenta y pierde unas y otras. Así las rentas Eclesiásticas, añadidas
a las patrimoniales, hacen que unas y otras se pierdan.
Yo conocí sujeto, que desde que añadió doce mil ducados de renta Eclesiástica al pingue patrimonio de sus Padres, ni el,
ni ellos tenían jamás un real y no solo vivían pobres, sino adeudados; y esto, no porque hubiese sobrevenido nuevo
desaguadero, bien, que aunque lo hubiera, debía atribuirse a pena de aquel injusto aumento. Otro Eclesiástico, que aún
vive, me dijo, que desde que empezó a adelantar la casa de sus Padres con su renta, vino (estando ante muy sobrada) tan
a menos, que no tenían sino trabajos y miserias. No traigo otros ejemplos, por ser tan actuales, que están corriendo
lágrimas y tantas, que aumentan con ellas los ahogos de su pobreza. En fin, no hay experiencia más palpable, que
castigar Dios en esta vida a los que violentan a sus hijos al estado por fin de propio interés: De lo cual tengo tanto visto,
que si encuentro en la calle a uno de estos, lo compadezco más que si lo viera herido de muerte; porque aunque lo vea
sano y bueno, creo que no puede tardar la ira de Dios a llover sobre él, sobre su casa, e hijos mil plagas, enfermedades y
desdichas.
Si preguntas la razón, de ¿por qué en tantos no escarmientan otros? Respondo, que porque no atribuyen estos aciagos
efectos a la causa primera que tos dirige, sino a la segunda de donde visiblemente nacen; si es continua falta de salud, se
atribuye al desorden; sí es perderse la cosecha, se atribuye a la tronada; si es no tener un real, se atribuye a la calamidad
de los tiempos; y como nadie cree que ese desorden, que esa tronada y que esa calamidad tienen por principio a Dios,
que en pena de esa culpa las envía, con eso nadie escarmienta; pero sí lo atribuyeran, como debían, a justicia que hace el
Señor por ese pecado, todos lo evitarían, porque nadie habría tan loco, que para el fin de tener bienes de fortuna aplicase
un medio, que quita fortuna y bienes y que para enriquecer sus hijos usase de lo que conducía para echarlos por puertas:
en fin ninguno, si creyera que este es inconcuso porte de Dios, que ni a apostárselas a Dios: luego cundir en el mundo un
engaño como este, nace de no creer este desengaño. De estos habla Ezequiel, según el Aposto! de Valencia, cuando dice
cap. 7. Y lo que más puede afligidos, es la causal que da. Salga, pues, fuera este dorado estiércol al campo seco de los
pobres donde fructifica, sáquese de casa donde a todo lo que alcanza su hedor daña, infesta y esteriliza.
En la segunda parte trataré del Estado Eclesiástico no más que dos puntos; el primero será este, pero por camino
extraño, porque no las he de haber contra los Clérigos que dan a sus parientes, sino contra los parientes que reciben; y
espero los ha de amedrantar tanto lo que les amenazan Santos y Escrituras, que no han de hallar los Clérigos parientes
que quieran recibir de ellos, huyendo los seglares de este dinero, como aquellos Indios, de quienes trae el gran Teólogo
el Padre Mercado de Contractibus, que viendo en una playa ochenta mil ducados en unos fardos, que por un
contratiempo dejó allí la flota de Nueva España, llegaban con gran miedo los Indios, cortaban el grosero lienzo de los
fardos y se lo llevaban muy contentos; y dejándose en el suelo aquella inmensa cantidad de reales de a ocho, huían de
ellos con tanta prisa, como pudieran de un veneno. Así fío, que han de huir todos los seglares del dinero del Clérigo
pariente, cuando lean que para ellos es peor que veneno. Cuando el Emperador Constantino con santo celo enriqueció a
la Iglesia en sus principios con tantas rentas, se oyeron voces de ángeles, que ruando por el aire, exclamaban: hoy ha
caído veneno sobre la Iglesia de Dios.
Lira in Deuteron. Ludolfo Cartujino, dice, que Dios quitó los hijos a los clérigos y el diablo les dio sobrinos, lo cual
explican no mal los dos versos siguientes.
El otro punto de que trataré en la segunda parte será mostrar con evidencia, que el Clérigo que habla en el Coro con el
de a lado, no cumple, ni puede en conciencia llevar las distribuciones; y que si él no las restituye, debe restituirlas el
Presidente que lo ve y no lo remedia. La principal prueba se librará, en que no asiste con presencia moral, pues no la
tiene quien asiste hablando, cuyas dos premisas son de todos los teólogos; y así, la consecuencia ha de ser de todos,
como también la obligación de restituir lo que percibió y que en caso que él no lo haga, redunda este cargo en el
Presidente del Coro, no he visto Autor que lo niegue y es conclusión expresa de Trullench, como se verá cuando
exprofeso la trate; pero por sí muero antes he querido advertirlo aquí, para que en el ínterin conste a todos esta
obligación de residir en el Coro con silencio y la de volver a las Iglesias lo que se ha percibido, habiendo faltado este
necesario requisito, como también para que empiece a enmendarse abuso tan común, irreverente y escandaloso.
GRITOS DE UN CONDENADO
POR AGRESOR DE ESTA VIOLENCIA.
DOCTRINA ÚTIL A TODOS, PORQUE TRATA DE LA OPRESIÓN DEL INFIERNO.
Mateo 22, 12.
¡Oh mortales, cuán certísimo es lo que dice Jeremías, que Dios ve los caminos de los hombres para castigar a cada uno
por donde peca y para que al fin de la invención humana corresponda su divina venganza! Jeremías 19, 32. Entre tantos
ejemplos de la Escritura, solo traigo el de Adoni Vecez, por ser el que más se conforma con mi desventura y con el Tema.
Este Rey cogió prisioneros a setenta Reyes; y después de cortar les las extremidades de pies y manos, los hacia comer
debajo su mesa, como si fueran gatos, dándoles, o por mejor decir, arrojándoles los huesos que él dejaba; pero dispuso la
Providencia, que Judas, Coronel del Ejército de Dios, cogiese después prisionero a este inhumano Rey, y cortándole pies y
manos lo condenó también a comer debajo de su mesa, castigándolo por los mismos filos que él a los Otros; en cuyo ig-
nominioso estrecho, el miserable Monarca, clamaba y exclamaba: Quien tal hizo, que tal pague: Esto es lo que yo hice y
esto es lo que yo padezco: Yo con mi precepto até de pies y manos, a una hija, para que no corriera por el camino a que se
inclinaba: Yo la encarcelé en un Monasterio y la privé de la luz del mundo con aquella clausura involuntaria y Dios, ¡Ay
de mí! me tiene de pies y manos indisolublemente atado en este celiginoso abismo, donde ni sé, ni he de saber ya qué cosa
es luz en toda una eternidad. Ved Tobías 5.
Enmudeció el reo del Tema al cargo del Señor, porque según el Abulense, no tuvo excusa que dar. Por lo mismo enmude-
cí yo a este cargo en el Juicio: porque, ¿qué excusa podía dar a la desvergüenza de entrar por fuerza en la voluntad de una
criatura, cuyo Creador la dejó libre? Esta (según la etimología de lo inicuo) es propiamente iniquidad; la iniquidad, según
David, opila la boca; y como la opilación, según se ve, impide el movimiento, no lo tuvo entonces mi lengua para
disculparse de tan enorme iniquidad, con eso enmudeció. Fui también como el del Tema entregado a la voluntad de los
Ministros; ¿pero quién podrá exprimir el infernal levantamiento que entonces se excitó? ¿Quién mi contusión y pena?
Acordaos, que San Mateo resume las inmensas penas del Redentor, diciendo, que fue entregado a la voluntad de los
judíos, pareciéndole, que con insinuar que fue dejado al arbitrio de sus contrarios, se dice mucho, se exagera más y se
entiende todo. (Pero ¿qué tienen que ver aquellos con los míos? Aquellos Ministros eran humanos, porque eran hombres,
pero los míos son demonios, cuyo coraje, es tanto más fuerte, cuánto es más poderoso, especialmente en esta negra región
de las sombras, donde tienen su Principado. Estos, pues, como hambrientos voracísimos lobos, cogiéndome tan sin
defensa, como sin la nupcial vestidura de la final gracia, me asieron y amarraron de pies y manos y con furia infernal me
impelieron a este hondísimo, formidable, obscuro caos, dando sobre mí tumultuariamente todo aquel batallón de Ministros
de las tinieblas: Mittite eum in tenebras exteriores.
Ponderar cuánto excede la opresión que tengo a la que di: la que di fue una cárcel Santa, no angosta, no lúgubre, no
eterna, sino de por vida; y en la que yo gimo, es una cárcel maldita, funesta, angustiada, inconsolable y eterna. No tenéis
que cansaros, que no hallareis en lo posible opresión semejante a mi opresión. Ideaos, que a un hombre, estando vivo lo
amortajan y qué cerrado dentro del ataúd lo sepultan y que cargan sobre él toda la tierra del mundo; esa obscuridad y
agonía, que os parece la mayor sería respecto de esta un Paraíso; porque en fin, aquel tenía el consuelo de forcejar
rabiosamente dentro de la caja, gozaba el alivio de hacer esfuerzos para ahogarse con sus mismas manos, o de morder sus
propias carnes, esperando acabar con su vida, o con las ligaduras. ¡Pero ay mil veces de mí! que ni aun este amargo
consuelo me entretiene, porque no es mortaja, no es ataúd, no es tierra lo que a mí me ata y me abruma, sino toda la
Omnipotencia de todo un Dios, que ha jurado no concurrir conmigo al menor movimiento que ceda en mí descanso. Ved
cuando podré menear un pie para sacudir, aunque en vano, este fuego que me abrasa vivo. ¿Cuándo podré mover las
manos para acabar yo mismo con mi vida, o con estas ligaduras? El preso más agobiado de cadenas, puede moverlas y
moverse, aunque poco. El más débil paralítico, si no puede mudar de lado, lo pueden mudar otros. Al doliente de gota, que
nada puede sufrir encima del pie, le interponen una almohada, para que, ni la sabana delicada lo lastime, pero aquí. ¡Oh
miseria imponderable, sobre la que estoy! No sobre tierra, ni sobre colchones, como esos otros, sino aferrado en vivas
ascuas, que me incitan a su fuga, no puedo, ni por mí ni por otro moverme un solo instante de ellas, ni ellas de mí; y en
vez de enfermeros que me asistan, tengo demonios que me asustan y que en vez de levantar el peso, que tanto me lastima
y congoja, descargan sobre mí continuas martilladas, que con clavos de encendido hierro me hunden, aseguran y fijan en
el profundo: sal. 128.
En fin supón, que sobre una criatura recién nacida cayese un pesadísimo monte y cree, que aún era más posible que des-
viase con sus tiernas manecitas aquella vasta pesadumbre, que el que yo forme el menor amago para rehuir el menor de
tantos tormentos como aquí me cubren y si no puedes concebir, cómo puede ser tal este aprieto, que no me deje, ni re-
bullir, ni pestañear, ni abrir la boca para un suspiro, ni una respiración, acuérdate de que nada de esto es posible sin el
concurso de Dios y que, como dije, este es ya caso negado eternamente para la menor acción, o ademán que me haya de
dar alivio. Tan constreñidamente inmoble me tiene el ancora de su decreto irrevocable en este lago de plomo derretido;
¡Pero quien creerá, que aún es ligera esta, opresión, respecto de otras que me afligen, que son las que ya os dice el mejor
intérprete de San Mateo a (Paulus de Palacio hic) es a saber, que no solo tengo aprisionadas manos y pies, sino sentidos y
potencias: de manera, que no hay cosa alguna en mí, que no esté entorpecida y con candentes grillos aprisionada. Bien
predijo David, que lloverían lazos de fuego, porque hay lazos que atan al entendimiento, para que solo piense en lo que le
ha de atormentar, sin que se pueda divertir a otra cosa que lo pueda aliviar. Hay lazos que atan a la memoria, para que se
acuerde solo del Dios que ha perdido, de las delicias de su gloria, de la felicidad con que pudo lograrlas, de la miseria en
que ha parado y que ya no tiene, ni ha de tener remedio. Hay lazos que atan a la voluntad, para que siempre esté deseando
lo que el entendimiento le representa, que nunca ha de alcanzar, con que su continuo ejercicio, es el desesperar. A esta
potencia aprieta el torcedor más acerbamente la prensa, en pena de haber sido mi culpa el torcer la voluntad ajena; y así,
aunque sobre cuanto soy llueven lazos, pero sobre mi despechada voluntad caen de golpe, llueven a Cielo roto y al modo
de plagas: Deut. 15. y David: salmo 10, 6.
Supuesto, pues, que padezco esta opresión en mi voluntad, por la que induje en la ajena, alerta, o Padres, o Tutores y
cuantos tenéis jurisdicción en otros. Considerad, que el humano albedrio es un vedado de que el mismo Señor de él, que
es Dios, se abstiene: ved como llevará el que un triste hombre entre por fuerza en este vedado a imposibilitar al corazón
los voluntarios frutos a que tiene derecho. Abrid los ojos ahora, antes que os los cieguen estas nieblas y ved lo que
importa no incurrir en la excomulgada acción de violentar a estado a vuestros hijos y en particular en no diferírseles sin
razón, porque os hago saber el secreto de que no es el mundo, sino el demonio, quien introdujo y conserva el alto punto en
que están las bodas, a fin de que amedrentados del gasto, tardéis a casar los hijos, para que mientras sean solteros, sean
suyos. No llega el tiempo en que Satanás, mediante sus diabólicos Ministros, ha de prohibir los casamientos y con eso tira
entre tanto a retardarlos con gastos, que él inspira por precisos y Dios condena por superfluos; y así, no se le dé al
demonio ese gusto y ganancia. Mídase el gasto con la hacienda; y quien no pueda casar con mejor, case con igual: quien
no pueda con igual, case con quien tenga virtud, que compense la falta de hacienda y fausto. Ya os dijo Séneca, que solo
hallará mujer buena, quien solo la busca buena.
Pónganse, en fin, los ojos, no en el juicio que hará quien no tiene juicio, que es el mundo, sino en los cuerdos que lo
tienen y en Dios qué lo ha de hacer, cuya aprobación es la que solo se ha de buscar y cuya reprobación es la que solo se ha
de temer, porque en su comparación, todo lo demás es lo de menos. 1Cor. 2, 15. y Rom. 12, 2.

TRATADO QUARTO.
DOCUMENTOS A LA JUVENTUD DE ENTRAMBOS SEXOS .

CAPITULO PRIMERO
DE LA ELECCION DE ESTADO.

Porque antes se ha de tratar de lo universal, que de lo particular; y porque el tomar estado es común a hijos, e hijas de
familia, trataré primero de esto y después de lo específico de cada sexo. Lo primero que advierto y encargo es, que se
tome tiempo para tomar estado. María Santísima lo estuvo pensando desde tres años de edad y ni aun para ser Madre de
Dios quiso determinarse sin premeditarlo. (Luc. 1). De donde sale, que no porque el estado sea sin duda bueno se ha de
elegir sin madurez, antes la pide mayor. La razón es, porque un fervor a lo bueno, suele durar meses, suele parecer voca-
ción y ser melancolía; y si llevado de ella, se resuelve, no será elección del juicio, sino del humor; por esto no ha de
gobernarse un negocio como este, que ha de ser perpetuo, por los recientes movimientos, sino dar tiempo a que los asiente
el tiempo; con esta piedra de toque he descubierto yo la falsedad de muchas vocaciones; a las cuales, sin más diligencia
que dejarlas correr, las he visto parar; en fin, la dilación en estos casos, no daña y aprovecha, porque si la vocación es
falsa, se deshace; y si segura, se asegura. La segunda advertencia es, que no tomes estado, según la voluntad ajena, sino
según la voluntad de Dios, porque con esto lo empeñas a que te ayude a costear los trabajos del Estado. Me explico con
este símil. Si un hijo sale de su tierra con gusto y orden de su padre, le da los medios que ha menester para el viaje; no
empero si se va fugitiva sin su orden y contra su voluntad: así a quien toma estado, según la voluntad de Dios, le da Dios
el socorro necesario para caminar por él al Cielo, lo cual desmerecen los que para esta elección consultan más su gusto,
que el de Dios. Por esto prohíbe el Señor el dominio de los padres con sus hijos en orden al estado, reservándose a sí este
caso, como principal padre de ellos y por no hacerlo así se condenan muchos. Le dijo Cristo a una Sierva suya. Mira (la
dijo) el desatino de los hijos de Adán, que siendo yo su Padre y Señor, toman estado por su voluntad, sin consultarlo con
la mía, ni pedirme luz, para el acierto, por cuya causa te hago a saber, que se condenan muchas almas. In vita B. Annae
Mariae. Este acierto (según Prob. 19) es don de Dios y así solo a Dios se ha de pedir, pero ha de ser con suma indiferencia
y dejándole único arbitrio de la causa, no buscando aprobación de lo que tu deseas sino ingenua noticia solamente de lo
que Dios guste, no preguntándole: Señor, ¿queréis que haga esto? Sino como San Pablo, Señor, ¿qué queréis que haga?
Protesto que no me inclino más a un estado, que a otro, ni que busco aquel en que haya de vivir más contento, sino aquel
en que haya de morir más consolado: no aquel en que haya de servir más a los míos, sino aquel en que haya de servir más
a Vos. A que has de añadir repetidas obras buenas por este fin, en fe de que tiene dicho, (Ecles. 26.) que la mujer buena,
da al nombre por sus obras buenas. Y que los padres dan casa y riquezas al hijo, pero que a la mujer prudente, solo Dios la
da. La obra más oportuna para este fin es, repetir comuniones y después de tener dentro di ti al Señor, preguntarle con
desinterés su voluntad y detenerte esperando la respuesta; suponiendo, que no será por palabra, sino por inspiración y que
esta no ha de hablar al oído, sino al corazón y así atiende adonde señalan entonces sus latidos; y si son siempre hacia un
estado, pasa esta experiencia a tu Confesor y con su aprobación puedes seguirlo, ratificando, que no abrazas aquel estado
por ser el que tú quieras, sino por ser el que Dios gusta, según lo Talar o por el interno movimiento de tu alma y por la
externa voz de tu director. Entre las devociones para este acierto, tengo por la más segura la de los ángeles, como
experimentó el mozo Tobías, de quien fue San Rafael su visible casamentero. El habló al padre de la novia, él movió los
corazones de uno y otro, él inspiró los medios, venció las dificultades y no paró hasta que se hizo la boda; pero oigan los
Padres lo que el ángel dijo a Tobías: Da tu hija a este, que teme más a Dios y no temas errarlo. Así lo hizo y así logró el
que su casa fuese una de las más célebres que hay en los Canónicos Nobiliarios.
Pero se ha de observar, que el órgano por donde sonó a sus oídos la voluntad de Dios, fue la Oración: La practicaron estos
contrayentes con tan uniforme rigor, que las tres primeras noches de la boda, convirtiendo el aposento en Oratorio,
permutaron el deleite en oración: (dice el Texto). Yo tengo por evidente, que errar tantos el estado, nace de que no lo
buscaron en la oración y que estar descontentos con él, es por no soldar este yerro después en su crisol, porque para todo
tiene virtud este ejercicio y especialísimamente para este fin; pues es de fe, que Dios ordenó ah eterno el estado
conveniente a cada uno; y como el locutorio común por donde lo explica, es la Oración, quien no se llega a este locutorio,
¿qué mucho es que no lo oiga, ni lo sepa? El idioma de que usa, es infundir en la voluntad una fuerte perseverante
adhesión al estado, o a la persona con quien conviene enlazarse: y así sea entre todas las diligencias, la primera y
principal, dedicarse quien hada elegir estado a pedir a Dios luz de su voluntad en un rato de Oración mental cada día,
hasta que sienta en su corazón explicársele Dios por las señales dichas.
Algunos aconsejan que se consulte esta materia con personas doñas: Yo te aconsejo, que lo consultes con tus postrimerías,
preguntándote a mí mismo, ¿qué estado me traerá más paz cuando yo agonice? ¿Cuándo entre a ser juzgado? ¿Cuándo me
halle con un pie en la puesta de la eternidad? Y si te parece que entonces te consolará más haber sido casado, sé casado,
acordándote, que tomar estado, es tomar camino para llegar a ver a Dios y que ningún hombre de juicio deja el camino
que guía a donde va, aunque sea áspero, antes en llegando al término, cuánto fue más fragoso el tránsito, que ya pasó, es
mayor su gozo: Prov. 14, 3.

II
REFÚTASE UN MOTIVO QUE SUELE DESVIAR DEL ESTADO DE CONTINENCIA.
Muchos hay que eligen el estado del matrimonio, por ser frecuentemente tentados de la carne y parecerles que no podrán
salvarse en otro estado. Y confirman esta razón con autoridad de San Pablo, que es mejor casarse, que abrasarse: Texto,
que apenas hay mozo, ni moza, ni aun viuda, que lo ignore y que no lo alegue en su favor. Sepan, pues, de paso los que se
casan por librarse de estas tentaciones, que el mismo San Pablo dice en otra parte, que también las padecerán los casados.
Texto, que hizo a muchos mudar de intención.
No basta, pues, esta experiencia de las tentaciones y caídas del siglo, para inferir que no te conviene otro estado, has de
probar antes los remedios que hay contra ellas; y si después de esta prueba experimentas el mismo conato y rebeldía,
entonces ya puedes hacer juicio prudente de que no te conviene otro estado; pero sin preceder este examen, es error el
creer, que porque ahora en el siglo no te conservas continente, tampoco podrás serlo en la Religión.
La razón es, porque ahora no te medicinas, ni te preservas, ni huyes del precipicio, ni tienes estado que te refrene y por eso
caes y recaes; pero en la Religión son los peligros menos y menores y las fuerzas más y mayores; porque sobre las
suficientes y comunes, te entran de recluta las de la gracia especial que Dios promete y da a los de aquel estado; y como
ahora no riñes con iguales armas, con eso del antecedente de ahora no has de hacer consecuencia para entonces. Si uno
fuera desnudo en invierno por no querer vestirse y se ausentase porque no podía sufrir el frío de aquella tierra, no le dirías:
Necio, prueba antes a ir vestido; y si aún defendido de ropa no puedes sufrir el frío, entonces muda de tierra; pero
mientras no, es una fatuidad el dejar esta. Lo mismo digo a quien huye del estado de Religioso, o Eclesiástico, por
parecerle que no ha de poder sufrir la sensualidad, fundando en lo que aquí le pasa; si aquí, porque quiere, anda desnudo
de los defensivos espirituales que hay contra ese vicio, ¿qué maravilla es que no pueda sufrir su extorsión? Defiéndase y
vístase antes con los hábitos de las virtudes que se le oponen; vístase antes de Jesucristo, según el Apóstol; y sí después de
estas y otras diligencias no puede llevar este peso sin caer, mude entonces de resolución y no tome estado de continencia;
pero sin preceder este examen es una resolución tan liviana, como su motivo.
El Soldado, con la confianza de vencer, vence al miedo de ser vencido, aunque fía en fuerzas tan débiles, como humanas:
luego ha de ser mayor la del Soldado de Cristo, que se libra en fuerzas tan irrefragables, como Omnipotentes. Todo lo
puedo (decía el Apóstol) en quien me conforta. El Rey, al Soldado da vestido, armas y sustento, pero no le puede dar
fortaleza si no la tiene; y Dios, no solamente la da, sino que su Majestad sirve de fortaleza a quien le sirve: salmo 117.
Experimentase esto cada día en la señorita, que desde que puso el pie en una Religión austera no le duele la cabeza, no
habiendo tenido antes una hora de salud: esto no puede atribuirse a causa natural; pues lo natural es, que maltratándose
más y conservándose menos se deteriorase en la salud: luego ha de atribuirse a la gracia especial del estado que la
fortalece, causa que no tenía en el siglo; y si este privilegio se extiende al vigor del cuerpo, más seguro será para el del
alma; y así, no siendo iguales las armas con que se combate en la Religión, que en el siglo, no se ha de concebir que es
igual el riesgo; pues en la Religión pelearás con las del estado y en una palabra, con las de todo un Dios: Ecl. 4, 33.
En fin, como la remoja fuera de la Nave la detiene y dentro la Nave pierde la fuerza, así ese motivo, que fuera de la
Religión tiene fuerza, pierde la fuerza dentro de la Nave de la Religión; y si la tiene, no prevalecerá tu resistencia armada
de Dios. Si me dices, que alguna vez se ha visto lo contrario, respondo, que no ha sido por falta de armas y fuerzas para
vencer, sino por renunciar las que tenían; y así, ¿qué mucho salgan heridos de la pendencia los que arrojan el escudo que
había de rebatir los golpes? Estos son vencidos, porque ellos se dan por tales, porque, por no jugar las armas, se entregan
infamemente al enemigo. Nadie infiera de aquí, que yo aconsejo a todos el estado mejor; porque este consejo, como el de
la comunión cotidiana, no puede recetarse sin conocimiento del pulso y sin el informe de la complexión de cada uno.
Puede ser que el estado, que es más perfecto en sí, no lo sea para ti. San Felipe Neri lloraba en la profesión de un Reli-
gioso; y preguntándole el motivo, dijo con su acostumbrada discreción: Lloro las virtudes de este mozo, porque previo,
que las había de perder en la Religión y que en el siglo sería un Santo. Así se lo persuadió antes, pero no lo quiso creer y
sucedió como lo dijo; pues el que en el mundo era ejemplo, fue escándalo en la Religión. Solo digo, que el fruto del
estado más perfecto, suele ser una muerte gustosa y consolada, que es a lo que se endereza toda nuestra vida. Sabido es lo
de aquel Religioso moribundo, a quien se le oyó, que en los aprietos del juicio de Dios respondía: Así fue, pero por eso he
sido Fraile; de allí a un rato decía: No lo puedo negar, pero por eso he sido Fraile, hasta que en fin murió con inefable
gozo. Leyendo yo esto, me acordaba cuán lejos estaría, si hubiera tenido otro estado, de satisfacer a los cargos en aquel
lance, diciendo: Así es, pero por eso he sido casado; así es, pero por eso he sido Mercader, etc. porque aunque todos los
estados son buenos, pero no iguales; y para el fin de pasar la muerte y el juicio con más consuelo, el mejor es el mejor.
El único, pues, el principal y necesario defensivo, es el recurso a Dios, a él solo se ha de pedir la continencia, porque él
solo la puede dar: Sap. 8. Y como el contrario es importuno, ha de ser también importuna nuestra instancia, no basta que
por la mañana se pida a Dios, porque a quien cada instante hace guerra, cada instante se ha de hacer oposición: ni tampoco
basta el pedir, es menester el obrar, así se portó el combatiente, más combatido de este afecto. Yo, dice S. Pablo, peleo, no
como quien azota al aire, (1 Cor. 9) Nótese cuan hermosamente increpa a quien se contenta no más que con hablar,
significando, que como quien azota al aire pierde tiempo y no hace mella, así quien se contenta con súplicas de lengua y
no las acompaña con obras de mortificación, castigando al cuerpo, no hará mella, ni conseguirá el fin. Lo mismo hacia
David en semejantes casos; y dice, que siempre le salió bien y nunca salió burlado, porque al ruido de sus ruegos llevaban
el acompañamiento las obras de sus manos:. Nota, que dice mamitis, no lingua.
Ahora sabrán por qué salen vencidos de la tentación tantos, que en la tentación invocan a Dios y es porque no añaden a
esta invocación la operación, porque azotan con voces al aire y no azotan con castigos al cuerpo, porque solo mueven la
lengua y no las manos; y guerra que toma tanto cuerpo, no se vence con el aire de la boca, es menester poner manos a la
obra y manos a las armas. Ya hay arma de la honda de una disciplina, pues se batalla con un vicio tan gigante, ya al arma
de un Silicio, que ponga cordón al enemigo, que es la carne, ya al arma del ayuno, que impida los vivires al contrario; y
quien después de juntar el invocar a Dios con el castigar al cuerpo salga aun vencido, tema el estado de la continencia y
elija el de casado. Sella lo dicho la etimología de la castidad, que sale del verbo castigar; en fe de lo cual, los antiguos la
significaban en una castaña encuartelada en su erizo, con esta letra, Castum fructum cutis aspera servar. Y que esta prueba
sirva para espiar la voluntad de Dios, lo expresa el Apóstol en Rom. 12. y esto expone.
Al fin de este capítulo no se ponen Gritos, por la razón que di atrás.Suplan por Gritos los que da Ezequiel, 13, 5. diciendo:
¡Ay de los que siguen su propio espíritu! Cuyo ay, que en la Escritura suele ser nota de condenación, cae, según Cornelio
Alápide, sobre los que siguen, no lo que les inspira Dios, sino su fantasía, apetito, o concupiscencia, lo cual venden por
vocación.

CAPITULO SEGUNDO
DE LA CAUTELA CON QUE SE HAN DE CRIAR LAS HIJAS.
Aunque en Madrid y Zaragoza, que es de donde yo puedo hablar, no es necesaria esta doctrina, porque gracias a Dios,
pueden dar ejemplo a todo el mundo en la Crianza de las hijas, pero en otras Provincias debe de ser mucha la relajación,
cuando es tanta la batería que fulminan los Autores contra este descuido. Para su remedio, pues, yo no quisiera sino que
los Padres hicieran la reflexión siguiente. De que esta niña sea buena, pende nuestra honra, la suya, la del marido, e hijos
que tuviere y la de una y otra descendencia. Todo esto, que es tanto, está pendiente de su modestia y su modestia de su
educación y su educación de nuestro cuidado y este cuidado se reduce no más que a imponerla desde luego en el temor de
Dios y alejarla de las licencias del mundo. Siendo este medio tan útil y tan fácil y el bien que trae tan honroso y necesario
y el mal de que priva tan grave y tan sensible.
Es tan importante este cuidado, que apenas hay otro que recomiende más la Escritura, especialmente en los libros
Sapienciales. En el 26 del Eclesiástico pide el Espíritu Santo, que se pongan guardas a la hija: Firme custodia y no
especifica de quien se ha de guardar, porque se ha de guardar de todos. Del doméstico, del pariente, del vecino, del
anciano; y en una palabra, de todo hombre viviente, aunque sea tan santo, que anualmente obre milagros; de todos se ha
de celar y se ha de temer más, de quien se teme menos. A que viene el texto de los Cánticos, que contra los veniales
aplican los intérpretes, en que se dice ahuyenten de las Viñas a las raposas párvulas; no dice a los Jabalíes, ni a los Osos,
porque estos por sí mismos se dejan ver y son conocidos por malhechores, sino a las raposas párvulas, las cuáles por
Raposas y por pequeñas se calan en la Viña, sin que se repare en ellas, donde cubriéndose con las hojas de la vid, van
royendo lentamente el fruto con tiempo y sin contradicción. Por esto se ha de cautelar a la hija, aun del más pariente, sí es
hombre; pues en cuánto pariente, entra sin contradicción y sin que se repare en él; y en cuánto hombre, por lo mismo que
es de su árbol, podrá cubrir con estas hojas la culpa, como Adán con las de otro. Gen. 3.
Vean ahora los padres cuán falsamente satisfechos están de que la hija queda guardada, porque queda con un primo, o si
hace alguna romería, porque va con un cuñado, u otro deudo suyo. Desengáñense, que encomendar una mujer sola a un
hombre solo (sea el que fuere) para que la guarde, es lo mismo que entregar un papel al fuego para que lo conserve. Hasta
el adagio está contra esta confianza del pariente; pues dice, que ni aun fuego ha menester la sangre para hervir; y si el
motivo que da el Espíritu Santo en el citado lugar, es quitarla ocasión para que no use de sí. En ningunos es más frecuente
la ocasión, que en domésticos y en parientes: unos porque son de la casa y otros porque están dentro de la casa; y de unos
y otros se ha de celar con el noble ejemplo de la heroica Judit, que se aposentó con sus Damas en el desvío más alto de su
misma casa, por abstraerse aun de la vista de sus mismos domésticos, Judit 8.
Esta custodia supone vigilancia y de uno y otro da la Escritura un esclarecido ejemplo en la mujer fuerte, (Prov.31) de
quien se dice, que consideró las sendas de su casa. De aquí discurro, que en una casa hay sendas y caminos; los caminos
de una casa son aquellos pasos comunes, como son la escalera y puerta principal y las ventanas de la calle: estos son los
caminos de una casa; pero las sendas son unos atajos secretos, que suele haber unas escalas que no se suelen usar, unas
puertas excusadas, unas ventanas que no miran a la calle, sino al Jardín, o al Corral; y la perfecta madre de familia, no
solo ha de cuidar de aquellos caminos ordinarios, sino de estas sendas ocultas y secretas. Reparo lo segundo, en que no
dice el Texto que las vio, sino que las consideró, porque la esfera de la vista solo alcanza lo que actualmente sucede; pero
la consideración se extiende a lo que puede suceder y esta es la obligación de una madre de familia, no contentarse con
ver lo que se hace en su casa, sino pensar muchos ratos en lo que se puede hacer mientras no lo puede ver; esto es,
mientras duerme, considerando, si de noche por estas sendas pueden comerciar criados con criadas, o Hijas con vecinos:
en esto ha de gastar la consideración y ha de ser para reparar los peligros que repara, porque de otra suerte se le imputarán
las culpas que sucedan mientras duerme, como si las viera suceder. No excusa a un Pastor el que durmiendo se le anegó el
ganado, porque debía asegurarlo antes de echarse a dormir, poniendo tierra en medio, que estorbase el precipicio. Así no
será escusa de una madre el que ni supo, ni vio el mal que de noche se hacía en su casa, porque debiera antes de echarse a
dormir, poner llave en medio, entre la habitación de los que lo podían perpetrar. Si Noé hubiera hecho esta diligencia
antes de entregarse al sueño, se hubiera excusado afrenta tan vergonzosa; y a su hijo hubiera preservado de tan enorme
desacato. Pero que hay que admirar, dice San Ambrosio ¿si se echó a dormir el Padre sin considerar lo que podía hacer el
hijo? Siendo San Francisco de Borja, a más de lo que por si era, Virrey de Cataluña, iba a media noche con un farolito en
la mano reconociendo las oficinas más bajas y los más hondos aposentos de sus Lacayos, por si en alguno se cometía
ofensa de Dios. Esto era ver y considerar las sendas de su casa.
No ha de ser menor la vigilancia de una madre, de día en abstraer a su hija de ver y ser vista, a que hacen las exposiciones,
que sobre el referido Texto de los Proverbios congloban Alápide y Quirino de Salazar y que omito por no fatigar al lego,
que es para quien escribo, pasando a una cuestión, que entiendo que hay entre los Políticos, sobre si es mejor que una
madre lleve consigo a su hija a las visitas, que dejarla en casa. Cuestión que podían excusar las madres, excusando las
visitas, lo cual era sin cuestión lo mejor; pero porque algunas son inexcusables, diría yo, que la respuesta pende de la
custodia con que la hija queda en casa; si esta es equivalente a la de su madre, será mejor que no salga, ni aun con su
madre; pero si no lo fuere, tengo menos malo el que la lleve consigo y digo menos malo, por no abonar el que deje el
retiro a que la obliga el estado que no tiene.
Mucho increpan los Autores Políticos y Morales este oficioso empleo de las visitas. Por esto dijo el ingenioso Don
Francisco Manuel, que a las mujeres eran más dañosas sus amigas, que sus enemigas, ya porque las enemigas no las
sacaban de su casa, no las lisonjeaban, antes le quitaban la materia de su vanidad y las dejan en que merecer, en cuánto las
daban en que sufrir; pero las amigas, cuánto más las corresponden, más las perjudican, pues las sacan de su económico
gobierno y concluye con lastimarse de que de todo sea amiga una mujer, sino de su casa. El V. Señor D. Juan de Palafox,
jugando del vocablo, dice que andar siempre fuera de su casa una casada, es andar descasada.
Siendo, pues, esto tan reprehensible, reprehendido, aun en una madre, no es bien el que sea cómplice la hija.
En Venecia, no solo no era vista una doncella de hombre alguno hasta que se casaba, pero ni el mismo con quien casaba la
veía para casarse, porque el estilo era enviar el pretendiente a un hombre anciano para que viese a la hija y la pidiese a sus
padres; y si la concedían, informaba este anciano al Novio de la cara y facciones de la Novia y con este informe entraba a
verla y casarse a un mismo tiempo. Como en esta Republica forman el más hermoso vidrio, saben cómo se ha de criar la
juventud de una doncella, cuya pureza es igualmente delicada, cuya custodia no ha de ser menos prolija, cuyo riesgo no es
menos y cuya caída es más irreparable. San Pedro aprueba la metáfora: Pedro 1, 3.

II
SE PROSIGUE LA MISMA MATERIA.
No solo ha de celar una madre a una hija de todo hombre viviente, sino aún dé los muertos: de tales trata el Rey Don
Alonso a los Libros, y de los profanos ha de guardar una madre a la hija, como del fuego, porque son fuego para la seca
juventud y fuego de que no suelen saltar menos Centellas contra la honra, que contra el alma, sin embargo, no hay cosa
más común, que divertirse las hijas leyendo un libro de comedias y tolerarlo sus padres, contra quienes formó este
argumento. Si uno de estos encontrara a su hija cerrada en un camarín con una viejecita de mala fama, se inquietaría,
reprehendería agriamente a su hija y echaría por las escaleras abajo a la pobre vieja, esto sería por sospechar, que aquella
mujer la hablaba en amores, o que la tentaba para algún mal hecho: luego más razón tiene para inquietarse y reprehender a
su hija, cuando la encuentra con un libro de Comedias en la mano. Lo primero, porque de aquella mujer lo dudaba; pero
de este libro sabe de cierto, que la habla en amores y que en cabeza de otra la está enseñando ardides, para mantener;
oculto un galanteo y arbitrios para vencer las dificultades que se opongan y todas las tercerías que son posibles y otras
cien cosas, que no la diría la ignorante vieja: luego más razón hay para inquietarse contra este libro, que contra aquella
mujer.
Lo segundo y principal es por la incomparable ventaja en la persuasión; porque aunque aquella simple mujer la informase
a la hija estas mismas especies, sería con su rudo estilo y torpe aplicación: pero los Autores de estos Libros de Comedias
tienen más entendimiento y empeñan todo el que tienen en infundir aquellos afectos en quien los lee, no dejan arma
retórica que no esgriman para concluir, sacando, aun con tragedias, fingidas lagrimas verdaderas; véase qué afectos
sacarán con sucesos tan deliciosos, como apetecibles; y ¿cuán segura y ejecutiva será su moción en una imaginativa, que
vive menos que pared en medio de la voluntad? Luego cuando no por Dios, debe cualquier padre por su honra y por la de
su hija vedarla estos libros, por saber que enseñan a su hija, lo que él no quiere que sepa y que la hablan en lo que él no
quiere que oiga y que la mueven a lo que él no quiere que obre, provocándola con ejemplos de otras mujeres, quizá
mejores que ella: y usando para esto de un estilo, tan halagüeño y eficaz, que se lleva los afectos del Lector adonde quiere
y como quiere; yo no sé cómo se cierran los ojos a unos perjuicios tan claros; fío que desde ahora no ha de haber hombre
de bien que no purifique su Casa de tanto mal.
Pero para que las personas de primera línea no tengan excusa y tengan ejemplo, traigo el de un gran señor, que no le
nombro porque vive; (bien, que aunque viva muchos años, ya no serán tantos como sus victorias) en cuya casa, sí se
encuentra un libro de Comedias, (que es rarísima vez) se inquiere con rigor el dueño de aquel libro entre todos los de su
numerosa familia y jamás se halla de quien sea, por saber el que lo trajo, que si se averiguase, inviolablemente había de
salir al punto de su casa y caer para siempre de su gracia. Con eso, sin contradicción de parte, condena el señor el libro al
fuego. Diga el extremo de Faustina, sí asalta este peligro aun a los Palacios, pues siendo hija, no menos que del
Emperador Antonino, se enamoró tan incurablemente de un Comediante, que fue menester para quitarla a ella el amor,
quitar al Comediante la vida, haciéndola después beber la sangre de aquel por quien bebía antes los vientos.
Para la gente de menor clase, sirva de escarmiento lo que refiere, como castigo de experiencia, el erudito D. Francisco
Manuel, en la carta y guía a casados, que imprimió en portugués. Este dice, que caminando en día de gran nieve, llegó a
una posada donde había una huésped con dos hijas encerradas en un cuarto; llamaba y no le respondían; les amenazaba
que se iría a otra posada y le respondieron: no tiene vuestra merced que cansarse, que hasta que acabemos una novela que
estamos leyendo, ninguna se levantará, porque es una novela gustosísima y de muy lindos enredos. Oyendo esto se fue a
otra parte y volviendo a pasar en breve tiempo por aquel lugar, preguntó por las hijas de aquella huésped y supo, que cada
cuál de las dos hizo por la obra una novela, saliéndose una noche de su casa cada una con su galán, haciendo y padeciendo
aventuras por el mundo.
Por esto dice Oseas 9, 10, que se hacen los pecadores abominables, como aquellas cosas en que ponen su afición y San
Agustín dice: Tal es cada uno, cuál es su amor. Con tanto miran algunas hijas este divertimiento, que no extraño, que si no
prácticamente como las dichas, se transformen especulativamente en lo que leen y que pierdan la castidad de espíritu,
adulterando en él, como dijo el Poeta: Intus adulter erif. Apud Alap. tn 7. Eclici.
Tanto daña esta leyenda, que no me atrevo a resolver, si inficiona más una Comedia vista, que leída; porque aunque en la
Comedia que se ve, da la representación cuerpo más sensible a las especies y las envían mujeres y hombres vivos, a
diferencia de cuando se lee, que no se miran, sino que se figuran; pero de la Comedia que se ve, no se percibe, ni queda
tanto y lo que se olvida, o pierde, no sé puede recobrar, porqué pasa luego, lo cual no sucede en quien la lee, que se hace
capaz de todo, se detiene en lo que gusta; y lo afirma y refirma en la memoria, encerrándose con la peste dentro de casa.
Por este lado es más perniciosa una Comedia leída, que vista y por lo mismo aprueba el demonio estas impresiones,
infundiendo en su tinta veneno contra el alma, como en la tinta de las cartas llegó a poner veneno contra el cuerpo la
malicia humana.
Tiene también de menos malo quien lee una Comedia, el no pisar los impuros umbrales del teatro: y si fuese verdadera la
opinión de que absolutamente es pecado el verlas, (punto que no he de tratar en tan corto volumen ) se ahorraba quien deja
de verlas la circunstancia del escándalo, por concurrir a lo ilícito; pero aunque no se han declarado los Papas en condenar
este hecho, se ha declarado Dios en castigarlo, como modernamente experimentó Sevilla y otras Ciudades. No se explicó
menos en una mujer moza, que siendo poseída del demonio y conjurado para que diese la razón de haber entrado en aquel
cuerpo, respondió Satanás: que entró en él porque la halló en territorio suyo en fe de estar en el teatro de la Comedia,
dando a entender tenía en aquel sitio su jurisdicción, horca y cuchillo; horca, para tener colgados los entendimientos; y
cuchillo, para degollar las voluntades; y ojalá no fuera mayor el mal, que entrar el demonio en los cuerpos de los que ven
Comedias, aunque sea para atormentarlos: lo más lamentable y dañoso es, entrarse en sus almas el pecado a vueltas de
algún mal pensamiento detenido.
Observó un discreto, que estos teatros y su conservación, solían siempre arrimarse al socorro de algún Hospital, o al
empleo de algunas obras pías; y dijo, que hasta en esto mostraban ser delincuentes las Comedias, pues se acogían a
sagrado. No les valió esta inmunidad con un Prelado que conocí yo, el cual se informaba del útil, que cada año resultaba al
Hospital de haber Comedias y daba aquella cantidad porque no las hubiese. ¡Oh qué obra tan del agrado de Dios,
aumentar al mérito de la limosna, el de preservar de tantos pecados a las almas! Quiera su Majestad mover los corazones
y las manos de todos los Prelados, para que imiten a este.

§. III.
DE LO QUE HA DE SABER O IGNORAR UNA HIJA DE FAMILIA.
Suele dudarse si conviene a una mujer el saber leer y escribir. Yo tendría por conveniente lo primero y por inconveniente
lo segundo; porque el perjuicio de leer lo que no conviene, como son Comedias, puede precaverse desterrándole estos
libros y subrogando en su lugar otros de espíritu, con cuya leyenda aproveche a sí y a sus criadas; pero en que una
doncellita sepa escribir, no hallo, ni este, ni otros bienes, sino muchos riesgos, porque un papel ha menester menos para
entrar en una casa, que un hombre, pues no hay reja que le impida el paso; y quien escribe a la que por sí puede responder,
tiene menos que conquistar, porque sin valerse de nadie, está en su mano la respuesta y es más fácil convenirse dos, que
tres. Más si no sabe escribir, la necesidad de haberse de valer de otro y declararse con él, la servirá de freno para lo que el
saber escribir la daría rienda, como también por lo que dijo Ovidio: Dicere quae puduit scribere jusit amor.
Si dicen, que a una mujer puede ofrecerse asunto, que no deba fiarlo a mano ajena, respondo, que ese asunto forzosamente
ha de ser, o bueno, o malo; si es bueno, digno es de que lo fíe a otro a y si malo, no es digno de que lo escriba ella; y así,
nunca puede ser útil esta habilidad; sin embargo mudaría de opinión, si se hallase camino para que supiesen escribir y no
supiesen responder; mientras no, siempre lo tendré por arriesgado. De donde debe inferirse, que si no le importa saber lo
que alguna vez la podía importar, menos la convendrá el saber jugar a naipes, que jamás puede importar y puede dañar
siempre.
Las habilidades de danzar, tañer, cantar, etc. aunque son unos dotes que agracian, pero no son dotes que acomodan, antes
para esto suelen más retraer, que atraer; porque sí todas desean por esposo a un hombre cuerdo, ningún hombre cuerdo
desea por esposa a una mujer solo por estas gracias. Todos la aplaudirán por ellas, pero solo por ellas no la elegirán por
mujer; porque para un fin tan alto y serio, como el de casarse, tiene el hombre otra vista, que la de los ojos y no la aplican
para esto en lo que las mujeres danzan con los pies, sino en lo que obran con las manos, o en lo que gobiernan con el
juicio.
Todos los cuerdos quisieran para mujer una, que no hubiera sido vista, ni oída, ni que hubiera hecho ruido en el lugar y sí
no ha de ser vista, ¿para qué ha de saber danzar? Si no ha de ser oída, ¿para qué ha de saber cantar? Y si no ha de hacer
ruido, ¿para qué ha de saber tañer? Luego todo esto es perjudicial en las que se crían para casadas, pero más lo es en las
que se crían para Monjas; porque las disposiciones, según el filósofo, han de proporcionarse con las formas y estas
correrías del siglo mal pueden disponer pava dejarlo; y así, poner en este andar a la hija que quieren sea Religiosa, es lo
mismo que poner el agua al fuego para que se hiele.
Si aprueban estas habilidades porque se pueden usar bien, también pueden reprobarlas porque se pueden usar mal; y más
se evita el riesgo quitando la causa, que reteniéndola, mayormente cuando la ignorancia no trae inconveniente alguno. Si
la hija de Herodías no hubiera aprendido a danzar, no hubiera usado mal del danzar; y el saber danzar costó a San Juan la
vida y a ella atrajo la muerte temporal y eterna. En fin, hay riesgo de indecencia en aprenderlo, hay riesgo de culpa en
enseñarlo, hay riesgo de vanidad en saberlo, hay riesgo de impureza en usarlo y quiera Dios que en todo no haya daño; lo
cierto es, que solo el ignorarlo no trae riesgo ni daño.
Si aún las gracias naturales, no enseñadas por hombres, sino recibidas de Dios, son peligros a la fragilidad humana, no hay
razón para que de estudio se aprendan y aumenten más peligros contra ella. Adulteró una mujer con quien se enamoró de
ella por haberla visto peinar; y sabiendo el marido el efecto y la causa de su ofensa, para que el instrumento de la culpa lo
fuese de la pena, ahorcó a la mujer, haciendo dogal de su cabello mismo y fue lazo de su garganta, el que fue lazo del
delincuente. Si a esto traen las gracias naturales, ¿qué harán las artificiales? Si la perfección que Dios da es tropiezo, ¿qué
será la que el arte y la vanidad fabrica?
San Basilio (tib. de Ver. Dom. ) dice, que de la que es virgen han de ser también vírgenes sus oídos, ojos, boca, manos y
movimientos; y yo discurro, que si es virgen la que no conoce a hombre, para que sus ojos lo sean no han de conocer a
hombre de vista; y para que lo sean sus oídos, tampoco lo ha de conocer por la voz; y para que lo sea la boca, tampoco ha
de ser ella conocida por el habla, como para que lo sean sus pies, nadie ha de conocerla por el movimiento, en que
abomina el Santo la afectación, que hasta en esto usan; con que prohíbe a la doncella, que mueva las manos para tañer, los
pies para danzar y la boca para cantar. Confírmalo el Nacianceno. Apud Alapid. iu 5. Eccl. v. 7.
Aunque de lo dicho se infiere, que para ningún estado, ni para ningún fin, aun de los que desean, conducen estas
habilidades; sin embargo, ni quiero persuadirlas, ni disuadirlas, por cargar toda mi recomendación en lo que más importa,
que es, en que ya que las aprendan no sean hombres los que se las enseñen; y dejando aparte los lastimosos sucesos que se
han sabido y que no se han sabido, el motivo que tengo es, no por el peligro de algún desmán externo, porque supongo
que hay siempre guarda de vista que lo estorbe, sino por el peligro interior del pensamiento, contra el cuál, ni hay guardas
que lo impidan, ni centinelas que lo puedan espiar; y si de la integridad externa cuida el celo de los padres, de la interna
debe cuidar el celo de las almas.
La experiencia enseña, que a tales Maestros se les cobra cariño; lo enseñado de sí es halagüeño y delicioso; la frecuencia
del trato cotidiana; la cercanía que requiere la enseñanza es íntima y el cristal no ha menester más que el aliento para
empañarse. En fin, aun no me atrevo a aconsejar lo que los teólogos de los Saludadores, que si son de aprobada vida,
pueden permitirse. Miqueas 6. Entre las finezas que Dios hizo a su Pueblo, cuenta la de enviar con él a María, hermana de
Aarón al Desierto; y la Edición Chaldaica dice, que la envió para que enseñara a las mujeres, por excusar el que las
enseñasen los hombres y con entera claridad lo expresa San Pablo, donde entre las mujeres pide, que sean las de más años
las maestras y decanas que instruyan a las jóvenes, (Tito 2, 3-4) y el Erudito Pedro Gregorio, que es voto político, dice lo
mismo: Puella a viris non instuantur, si possint havere mulieres y quae eas docere possint. lib. t5. capít. a. de Republíc.

§.IV.
OTROS AVISOS CONTRA OTROS ABUSOS EN ESTA MATERIA.
EL primer aviso es, contra el común abuso de asistir las hijas en la conversación de vecinos y deudos, que noches de
Invierno suelen juntarse en su casa: Se justifican los padres con que están presentes; pero aunque eso sirva para que
entonces se evite el mal, no para que entonces no se piense y se ejecute después; y aunque bastase para enmudecer al qué
dirán; (que ni aun para eso basta) pero no para impedir el interior riesgo de las conciencias, resultado de verse y tratarse
cada día las juventudes de ambos sexos. Si una casual vista suele ser principio de innumerables ruinas, qué producirá una
vista, no casual, sino de todas las noches, cebando esta vista con la conversación, fomentándose esta conversación con el
juego y complicándose este juego con las cortesanas licencias que ocasiona. Yo no sé en tal caso qué falta para que a la
colorada juventud arda en interiores culpas; mayormente distando tan poco la vista del pensamiento, el pensamiento del
deseo y el deseo de la obra, como dijo el Nacianceno: Audire fari, facere non procul distant.
Cornelio Alápide trae por cosa nueva, e inaudita, que en un monte del Oriente se crían dos especies de piedras, que las
unas tienen nombre de hembras y las otras de machos; y que no más que con carearse la piedra que tiene nombre de
hembra, con la que tiene nombre de macho, resulta un fuego, que instantáneamente quema a la comarca. (Córn. in versic.
28. cap. 5. Mateo) Pues sí en unas piedras, que no tienen de varón y hembra sino el nombre, levanta llama la cercanía,
¿qué hará en hembras y varones, que no son piedras?
No habrá Madre que no responda: Esta doctrina no habla con mi hija, ni con los que a mi hija hablan, porque ella es pura
y ellos son atentos. Yo doy que tu hija sea más pura, y cándida que la misma nieve; pero a la nieve el Sol la despoja de su
firmeza y candidez, sin más hechura que con su presencia, no más que confrontándose con ella y si esa nieve estuviera tan
empozada, que no la viese el Sol, mantendría su candor y pasaría de nieve a roca. Nota también, que el Sol derrite su
integridad no aplicándose físicamente por sí mismo a ella, sino por medio de los rayos que la envía y que según Platón y
otros filósofos, salen de los ojos humanos unos rayos visuales, que sirven de pasadizo al amor de los corazones; luego no
es menester para este daño más diligencia que esa vista y confrontación que permites a tu hija: Y el Profeta Isaías en
cabeza de los tales: Is.4, 16.
Y así la prudente madre, para quitar esta y otras ocasiones, ha de hacer este discurso. Aunque yo en mi hija jamás he visto
indicio malo; pero esto no es prueba de que no lo tiene, porque no lo había de usar en mi presencia, ni en parte que
hubiese de llegar a mi noticia: y aunque en la verdad no lo tenga, puede tenerlo y quitarla este peligro; sino es medicina,
será preservativo, el cual nunca es dañoso y provechoso siempre: Ecl. 18. Prosiga y adelante el raciocinio, diciendo: Este
buen concepto, que de la inocencia y candidez de mi hija he formado, ha sido mientras no ha tenido ocasión; este continuo
trato ya lo es, la ocasión engendra a la pasión, la pasión muda las personas, porque no hay cosa que más transforme que el
amor; luego si con esta ocasión puede ella dejar de ser la misma y ser otra, también desde ahora, mi concepto no ha de ser
el mismo y mi confianza ha de ser otra.
La satisfacción que tienes de los que entran, no es satisfacción al argumento; porque si la fundas en su cristiandad,
prudencia, atención y calidad, militan contra esta seguridad infinitos escarmientos, que enlutan las Historias Sagradas y
Profanas. Entre tantos, basten, por ser los más ciertos y sabidos el de un David y un Salomón. No puedan ser esos jóvenes
que entran en tu casa, ni más prudentes, ni más nobles, ni más ilustrados de Dios, que fueron estos; y sin embargo la
espuela de la ocasión les hizo romper estos frenos, siendo tantos y atropellar sus obligaciones, siendo mayores. La razón
es, porque estos frenos detienen a la voluntad que está en sí, pero no a la que la pasión la saca de sí: pues si ese escollo de
la oportunidad echó a pique a estos navíos de alto bordo, ¿a qué seguridad te prometes de esos menores vasos y de la
trémula faluca de tu hija, cuando la pones y expones al ínfimo escollo? Y si para su naufragio basta, que por las rimas de
oídos, u ojos le entre el agua salada de una discreción, o el agua dulce de una lisonja y esto pasa en tu presencia, ya no
estorba tu presencia lo que basta para que naufrague el alma de tu hija: Por eso en estos casos una madre se ha de hacer
ojos, para ver en quien pone la hija los suyos: (Eccles. 16) Y aunque tuviera cien ojos no bastarían. Ovid. lib. 3. Eleg. 4.
El segundo aviso es, que la madre de familia no se fije a empleo, o devoción habitual, que lo necesite a estar fuera de su
casa, de tal hora a tal hora, tal día de cada semana. La razón es, porque si algún domestico maquino algún mal, no lo
aplace para la hora de aquel día, con el seguro de que entonces está seguro de su registro; y he dicho aunque sea devoción,
porque ni aun por servir a Dios pueden los padres descuidar de sus hijos, lo cual es tan cierto, que excomulga un Concilio
a quien diga lo contrario: Conálum Grageas, c. 15. ¿Qué merecerá, pues, o qué no desmerecerá la que da posesión a su fa-
milia, no de faltar una hora de un día de la semana, sino muchas horas de todos los días, volviendo a su casa a las diez de
la noche; y no por venir del ejercicio espiritual de alguna devoción, sino del perjudicial pasatiempo de alguna visita? Tan
continua es esta costumbre en algunas, que aquellas horas quedan tan sin madre las hijas, como si se les hubiera muerto;
porque tan lejos están de volver de la visita hasta la hora acostumbrada, como de volver de la otra vida si hubieran muerto;
y si en ese caso, porque no estuvieran sin madre en el siglo, se tomaría providencia, tómese para este intervalo de tan
repetida ausencia, o poniendo guarda que sustituya, o adelantando el padre a estas hijas el estado para evitar esta cierta,
continua, peligrosa posesión, que tienen de estar sin madre aquellas horas. Persuádelo el adagio que trae Alápide, de que
a la hija, o se la ha de dar muro que la defienda, o marido que la guarde, Corn. in c. 7. Eclici.
El tercer aviso que doy es, que no adornen las madres a sus hijos, o hijas cuando niños, con una manecilla de azabache, o
de Cristal, que suelen ponerlas entre otros dijes, por tener una alusión tan torpe, como gentílica, que no hay necesidad de
explicarla aquí, porque ya la traen uno y otro teólogo y aunque hasta ahora haya disculpado esta costumbre la falta de
intención y su ignorancia, pero no es bien, que ni aun inculpablemente se contribuya a tan impura significación.
El cuarto aviso es, que no obligue una madre a que su Confesor mismo confiese a la hija, especialmente sí entra mucho en
su casa, como se suele usar, o abusar.
El quinto aviso es, que ninguna madre críe perritos de falda, ni los permita en su casa. Las razones que hay para esto, el
día del Juicio se sabrán, como también los castigos que tendrá quien no me crea.
El sexto aviso es, no permitir a la hija especial amistad con alguna de las criadas con quien pase sus secretos tanto por las
discordias, que la envidia de las otras puede mover, como porque esta parcialidad es muy sospechosa.
El séptimo aviso es, que ponga raya la madre de familia hasta la pieza a que pueden llegar los domésticos, prohibiendo
que lleguen a pisar donde habitan las mujeres, reprendiendo, o castigando a quien pase de la raya, sean pequeños o
grandes, porque como dice un discreto, sí son grandes, pueden abogar por sí; y si pequeños, pueden procurar por otros.
El octavo es, que no permita una ama exceso en el traje a las criadas, porque prescindiendo del costo y de todo aquello a
que puede inducir el conservarlo, influye en ellas deseos no humildes de mostrarse a la vista de todos por mostrar la gala,
de donde se sigue, que corran después estado tan infeliz, como buscado por ellas y por un camino como este.
El nono y principalísimo aviso que doy a una madre es, no permita que cuando niña salga la hija con la suya en cosa
alguna, por leve que sea; y la razón es, porque de cumplir su gusto en lo que no importa, toma posesión para cumplirlo en
lo que importa; y de aquí nace, que cuando grande, si apetece el divertimiento indecoroso, o el traje profano, o la boda
desigual, lo cumple contra el gusto de sus padres y la paz de las familias. Nada de esto hubiera deseado y aunque lo
desease, no tendría animosidad para cumplirlo, si desde niña no estuviese hecha a desear y cumplir lo deseado; y así, la
madre que en la niñez deja hacer su voluntad a los hijos, los instruye para que después obren contra la suya y para que
sean ruina y confusión: Proverbios 29, 25. Aunque este Texto se dirige también a los padres, nombra solo a las madres,
porque estas aman más a sus hijos, o porque, como dice Aristóteles, están más ciertas de que son sus hijos, o porque Ies
cuestan más dolor; motivo porque, según trae el Derecho, el matrimonio tomó el nombre de la madre y no del padre: Pero
los setenta Interpretes comprehenden uno y otro, leyendo: Confundit parentes suos. Apud Qtúrin. Salaz, ibi.
Porque nadie extrañe lo que me detengo en este asunto, admiren todos lo que trae S. Clemente Papa, en recomendación de
su importancia. Este dice, que estando su Maestro el Apóstol San Pedro en la Cruz para morir, lo llamó antes de expirar; y
viendo que había de ocupar después de su muerte la Tiara, le encargó algunas cosas muy importantes a la Cristiandad y
una de ellas dice que fue, el que cuidara del bien espiritual de las doncellas, especialmente de aquellas, cuyos padres
tenían sin casar, no defraudarse de la hacienda y que les pusiera en conciencia la obligación de evitar los pecados ocultos a
que el demonio las instiga; y que de esos pecados han de dar estrecha cuenta a Dios aquellos a cuya cuenta están: sean
padres, hermanos, tíos, o tutores. Ahora amplifique tu reflexión, lo que por abreviar omite la mía, ponderando de cuanta
consecuencia será este cuidado de las hijas, cuando todo un San Pedro, que dejaba tantas causas por ajustar en la recién
nacida iglesia, se acuerda de esta, la encomienda y recomienda tanto y en el paso de las agonías de la muerte y de tal
muerte.
Sea últimamente el fruto de este capítulo, hacerse cargo los padres, no solo de la obligación de impedir a una hija los
pecados de palabra y obra, sino la ocasión de los pecados de pensamiento, que es en lo que, ni aun los padres celosos
reparan; y no solo se ha de ahuyentar la ocasión cierta y próxima, sino aun la más dudosa y contingente: de que da la
Escritura literal ejemplo en Job. Pues dice, que madrugaba para sacrificar a Dios por los pecados de corazón, que sus
hijos, e hijas pudieran cometer. Los criaba tan bien, que no le daba cuidado lo que podían desbandarse por afuera, solo
temía lo que podían pecar en su corazón, que es de donde nacen los malos pensamientos y como estos no los podría curar,
porque no los podía ver, acudía con sacrificios a Dios para que los remediase: Y nótese en confirmación de lo segundo,
que no le movía a esto la noticia de que era así, porque no podía saber sus interiores, sino la dudosa sospecha de que podía
ser, o de que era contingente que fuese. Job 1, 5.
Pocos son los Padres, aun de los cuerdos, que pasan pena de la culpa que en su corazón puede cometer la hija en las
ocasiones, aunque lícitas, que la permiten. Suelen apartarla de aquellos caminos por donde ciertamente se puede perder,
pero no de aquellas ocultas sendas por donde hay duda, o contingencia de su interna perdición. Teman, pues, como Job
estas contingencias, de no sea cosa, que por aquí, o por allí, mi hija pueda consentir en este, o el otro mal y cójanle todos
los caminos y sendas a esta posibilidad, no solamente aquellos caminos que derechamente tiran al mal, sino estas sendas,
que por rodeos pueden llevar a él, porque estas sendas y esos caminos guían al Infierno: Proverbios 7, 27. Y en el capítulo
segundo, versículo 18. A los padres que no lo hacen así, amenaza Oseas, 5 con que buscarán a Dios y no lo hallarán; y la
razón que da es, porque engendraron hijos ajenos. Si los engendraron, parece que no pueden ser ajenos. Si lo son, dice,
(Paultts de Palacio, ibi.) porque no los criaron para Dios, sino para el Demonio y semejantes padres, dice el Profeta,
buscarán a Dios en la muerte y no lo hallarán. Así sucedió a una madre pocos tiempos há, (según trae en la lección 4. el
venerable P. Carabantes) la cuál era muy dada a músicas, visitas, galas y afeites; y usándolo ella es ocioso advertir, que se
lo toleraba a una hija que tenía; pero no tardó a experimentar lo que acaba de amenazar Oseas, porque sin darle tiempo, le
dio el mal de la muerte. Exhortaban la a que se volviese a Dios y cada vez que se lo decían, respondía, que no quería,
porque ella estaba ya condenada; y con esta respuesta en la boca, la cogió la muerte. Así mueren las madres, que teniendo
hijas viven así y así hace ronca señal la trompeta del Juicio a las que pasan la vida en las armonías vanas de semejantes
pasatiempos y así convierte sus festines en lamentos y sus músicas en llantos, como según la Escritura, experimentó la
hija del príncipe de Canaan: 1 Macab. 9. Óiganse los implacables gritos en que se desboca en el Infierno una de estas
madres.

GRITOS DE UNA MADRE CONDENADA


POR LA MALA EDUCACIÓN DE SU HIJA:
Incluyen desengaños útiles a todos los Estados.
Jerem. 9, 20.
Bien cumple aquí Jeremías las leyes del Exordio, pues entra pidiendo audiencia a las mujeres que predica: Audite ergo
mulieres y para autorizar su dicho, lo engasta en la boca del Señor: Verbum Domini. Empieza su Sermón diciendo:
Enseñad, o mujeres, a vuestras hijas, llantos y lamentos; y Cornelio Alápide: (ibi.) No alegres músicas, no profanos tonos,
sino enseñadlas a llorar: Lamentam. La razón con que persuade a su propuesta, es con que entra por la ventana la muerte a
destruir la juventud. Yo, pobre de mí, quebranté esta ley, con que incurrí en su pena: Yo fui una madre, que por no
contristar en algo a mi hija la complacía en todo. Nada la negué que pudiera divertirla y entended y temblad, madres, que
esto era en la línea de lo usado y permitido, como son, paseos, visitas y comedias.
Yo me gozaba en que supiese todo género de habilidades y que se luciera con ellas en el frecuente concurso de mi Casa.
Ocurrió me alguna vez, que este continuo trato y conversación la inquietaría con malos pensamientos; confirmaba esta
sospecha con que lo experimenté yo cuando era de su edad; pasaba a tener escrúpulo de aquella tolerancia; y lo desechaba,
sin más razón, que decir entre mí: quizá no debo de pecar en esto, quizá para ella no será peligro y no hilará Dios tan
delgado, que me lo atribuya a culpa. Sin más razón, que estas y otras necedades desviaba este recelo; y como no lo
confesé en vida, ni en muerte, fui en el Tribunal de Dios condenada por obrar con esta duda, sin salir antes de ella,
preguntándolo, a dejando de obrar hasta saberlo. ¡Oh mujeres! ¡Oh hombres! ¡Si supierais cuantas legiones de almas
descienden cada día por eso a los Infiernos! Sabed, pues, que pecáis siempre que hacéis, decís, o pensáis algo con duda de
si es pecado, porque debéis antes salir de la duda de sí lo es con alguna razón, que os asegure la conciencia; no basta el
pareceros que no lo será, sino el saberlo y mientras no, codo lo que hacéis con duda de si es pecado, es pecado sin duda.
Esta fue la cabeza de mi proceso; y el Juez, o para confundir mi vergüenza, o para justificar su causa, desplegó a mi
conocimiento las innumerables ofensas suyas, resultadas de aquellas permisiones mías. Aun fueron más de las que podían
caber en mi sospecha; ¿pero qué hay que no se pueda sospechar de una concurrencia cotidiana de la juventud de
entrambos sexos? Y sin embargo, no hay cosa más común, que asistir las hijas en tales conversaciones, en ellas sacan sus
gracias corporales y sus espirituales desgracias. Todo este número de caídas sin número, hallé en mi cuenta, porque no la
tuve de quitar la causa, a pesar del remordimiento que tenía y así, padres abrid los ojos y ved en mí el cargo que os espera
y la culpa y pena que el Tema significa en una muerte que entra por la ventana. La culpa, porque la muerte del alma, que
es el pecado, entra en ese lance por los ojos, que son las ventanas, como explica Alápide ibi. Y Teodoreto, según él
mismo entiende también por el pensamiento.
La pena que significa, es una inopinada muerte; porque quien entra por la puerta, llama, avisa, da tiempo, pide licencia y
se puede excusar el dueño y si no al fin se previene para su recibimiento: Nada de esto se puede con quien entra por la
ventana, porque se lo halla uno encima sin saberlo, ni pensarlo; pues así afirma el Tema, que vendrá la muerte a semejante
juventud; y así lo confirma David, diciendo, que vendrá sobre ellos la muerte. No dice que vendrá cara a cara, sino de alto
super illos; porque a lo que viene cara a cara se puede ver, pero no a lo que viene de arriba, especialmente si están los ojos
puestos en las cosas de la tierra. Tampoco dice, que les vendrá por el lado, porque quien viene así, aunque no es visto, es
oído por sus pasos; y la pena de tales, ha de ser una muerte, que no sea vista, ni oída: esta muerte les vendrá; y luego les
sobrevendrá una condenación tan pronta, que apenas les dé tiempo para morir: salmo 54.
De aquí saca el Tema una consecuencia muy inmediata, aunque no lo parece; y es que las madres enseñen a sus hijas, no a
cantar y tañer, sino a llorar: la razón es, porque solo en esta parte no se muere como se vive, en fe de que quien vive
riendo, muere llorando y al contrario: luego bien infiere el Profeta, que para que las hijas logren esta gozosa paz en la
muerte, no las han de enseñar en la vida tonos con que divertirse y divertir a otros, sino lamentos con que ahuyenten sus
culpas: Docete filias vestras lamentum.
El mismo Tema que amenaza el daño, avisa el remedio, porque si el daño es, entre la muerte por la ventana, el remedio
será cerrar la ventana por donde puede entrar. Así yo dejé de cerrar esta ventana y por esta omisión se me cerró la puerta
para no ver jamás a Dios; y como no lo puedo ver, tampoco quisiera que lo viese nadie; pero oblígame la fuerza a que diga
a mi pesar un secreto, que ha de enmendar a muchos, el cuál es desengañar al mundo, que de cien millones de Almas que
se condenan, los noventa y nueve millones se condenan por pecados de omisión; y si lo dudáis, tended distributivamente
los ojos sobre todos los estados y lo veréis. Entre los casados, los más no son por lo común adúlteros, ni los más quitan
honras, vidas, ni haciendas, que son culpas de omisión: luego si se condenan, es por culpas de omisión, por no hacer
diligencias para cerrar el paso a los vicios de su familia, por no hablar, por no reprehender, o castigar.
Entre los prelados Eclesiásticos, raro es, o ninguno el que viva escandalosamente, o el que haga perjuicio notable, o el que
sea agresor de pecados conocidos: luego si se condenan es, no por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer, por lo que
por humanas atenciones permiten, o no remedian en tantas almas, como cuelgan de su cuidado. Y sabed, que una de las
cosas que admiran aun al Infierno es, que haya quien solicite por conveniencia este amargo afán. Un Santo, en la muerte
tiembla, de la cuenta que ha de dar de su Alma, siendo una sola y hay quien por ser Obispo toma sin miedo a su cuenta el
dar cuenta, a más de la suya, de otras cien mil. Fuerte animosidad es y causa horror, aun considerada en cabeza ajena.
Acordaos de aquel, que viendo en el Juicio de Dios lo que pasó a otros, que fueron Superiores, volvió de la otra vida y
dijo a muchos: según trae San Vicente Ferrer: No me hubiera salvado si hubiera sido Prelado.
Entre los Jueces, raro es también el que da una sentencia conociendo que es injusta, raro, o ninguno el que,
inmediatamente reciba cohecho, raro el que por sí mismo quiebra abiertamente el secreto: luego si se condenan será, no
por la injusta sentencia que pronuncian, sino por no haber aplicado el requerido tiempo y estudió para hallar la justicia; si
se condenan será, no por el soborno que por su mano recibieron, sino por no cortar aquellos domésticos arcaduces, por
donde temía que el litigante encaminaba el agua: luego si se condenan será, no por manifestar por su boca el secreto, sino
por la omisión de no encerrar los papeles, temiendo que el criado los puede ver, y dar traslado a la parte. Cada Juez de
Israel había de saber setenta lenguas, que eran todas las que se conocían en el mundo, porque no se viera obligado a
valerse de intérprete para causa alguna y ahora se valdrá el Juez de un mozuelo por amanuense. Galatin, lib. cap. 4. de
Arcanis Cathol. fidei.
Entre los Médicos tampoco se hallará quien de propósito yerre la curación por matar el doliente: luego si se condenan,
será por no hacer las diligencias bastantes para el acierto, por no aplicarse tanto por la salud de un pobre enfermo, como
por la de un enfermo rico, por no poner singular estudio a la dolencia, que es singular, por no hacerse el debido cargo de
los efectos, causas, complexión, indicantes, complicaciones y consecuencias del mal y de los remedios; y siendo esto, o
por no cansarse, o por no desacomodarse, o por no estudiarlo, es pecado de omisión.
Entre los Confesores se verifica más que en todos esta doctrina, porque ninguno aconseja lo malo; con que si se condenan,
es por no reprenderlo, por no imponer la obligación de pagar las deudas y por no atreverse a negar la absolución a quien
advertido no las paga, por no preguntar al penitente sobre algunas obligaciones, como es, sobre el precepto de la
corrección fraterna (en que dice Suarez, que hay gran descuido en los Confesores) sobre no preguntar al casado si disipa el
dote en lo que no ceda en bien de la casa: en no preguntar si hacen limosna y si hacen respectivamente la que deben,
según su poder: en no preguntar si los pecados son de reincidencia, o de ocasión próxima, o de escándalo, o de daño de
tercero y en no usar de la requerida libertad con los potentados, negándoles la absolución por culpas que lo requieren y
dejando de preguntar los rudimentos de la fe a personas grandes, sospechando, que los han olvidado, o que los ignoran.
¿Pues qué diré de los Curiales? A estos sí, que condenan las omisiones. El Venerable Francisco de Yepes, lib. 1. Cap. 15,
pidió a Dios alargase la vida para despachar sus negocios a un Oficial de la Chancillería, que se moría; y le respondió el
Señor: ya le di la bastante para que lo hiciera; sí él no ha querido usar del tiempo, no es culpa mía sino de su omisión; y
así ha de morir, no te canses; porque en pena de no usar del tiempo pasado le niego el presente. Rogando otra vez por tres
Oficiales de la Audiencia, le dijo Dios, harta mala ventura tienen: mejor les fuera no haber nacido. Replicó, ¿pues, Señor
acaso se ha de condenar alguno? Y respondió: mejor dijeras, si acaso alguno se ha de salvar. En otra ocasión le reveló
Dios la condenación de un escribano y juntamente, que aunque había tantos en aquel Lugar, dos solamente cumplían bien
con su oficio.
La razón de condenarse tantos de esta profesión y otras es, porque por abarcar muchos negocios no pueden dar salida
cabal, ni pronta a todos y de su tardanza resultan perjuicios a las partes. Pues desengaño, que nadie puede en conciencia
tener dos oficios, si el uno le impide el poder dar entera satisfacción al otro; y así debe, o no admitir el segundo, o
renunciar si lo tiene. Esta es una verdad tan cierta, como no practicada; si no, díganme: ¿Qué Abogado despide causas,
porque no puede dar cumplimiento a las que tiene? ¿Qué Medico se niega a enfermos poderosos, porque tiene los
bastantes? ¿Qué Eclesiástico no admite, o renuncia Prebendas, Capellanías, o Jurisdicciones, porque no puede dar vado a
las que posee? La segunda raíz de las omisiones suele ser una ignorancia afectada de los cargos del Oficio. Esta es una
fraude con que el demonio engaña a muchos, sugiriéndoles que no escudriñen los cargos de su incumbencia, para librarse
del remordimiento de no cumplirlos, en fe de que omitiéndolos por ignorancia no faltan, cuyo error es tan falso, como
diabólico, porque antes así pecan más, no solo intensiva, sino extensivamente; ya porque pecan en ignorar lo que per-
tenece a su Oficio; ya porque faltan aún en lo que aciertan, porque lo hacen con la duda de si yerran; ya porque el no
quererlo saber es para no practicarlo. Rom.1, 32.
El remedio que tenían estos pecados de omisión, era sujetarlos al Sacramento de la Penitencia, pero como no son pecados
de hecho, si no se ven, no se repara en ellos y dejan de confesarse. Esto es tan cierto, que todos tendrían por pecado hurtar
el vestido a un pobre y dejarlo desnudo y raro tendrá por pecado, viéndolo desnudo, el no vestirlo pudiendo. Todos
tendrán por pecado el blasfemar y raro tendrá por pecado el no corregir al que blasfema y lo mismo en otras cosas, de
cuya omisión tendrían escrúpulo y no lo tienen de su omisión en evitarlas; siendo indubitable, que son reos de igual culpa
y pena el que obra el mal, que el que debiendo no lo corrige: S. Agust. Epist. 116 y en la pena corren también iguales:
Epist. 17. quaest. 4. Finalmente, habla de ser la confesión donde habían de borrarse estas omisiones y es donde se incurren
otras de nuevo porque entre los cristianos, los más mueren confesados: luego si se condenan será, no por las culpas
positivas que allí cometen, sino por la omisión, o del debido examen, (que es de Derecho Divino) o de alguna declaración
precisa, que por atención humana dejan de explicar, o por omitir algo de lo esencial del Sacramento.

§. I.
PROSIGUEN LOS GRITOS Y DECLARAN LA PENA QUE CORRESPONDE AL PECADO
DE OMISIÓN.
¡Ah negras omisiones! ¡Cuán fácilmente os introducís, cuán tenazmente permanecéis, cuán numerosamente cundís y cuán
acerbamente atormentáis! Como se incurren por no hablar, por no reñir, por no hacer; y esto es más suave que lo
contrario; con eso es más fácil el cometerse y más difícil el enmendarse. A que ayuda también el parecerte, que como tú
no haces el mal que permites al otro, no pecas tú, sino el otro; como si no fuera lo mismo tolerarlo con el silencio, que
fomentarlo con la obra. Así lo dicen todos con San Agustín: Epist.23 quaest. 3. Pero porque he refutado ya este error, voy
a la omisión, que más cunde en el mundo, que se reduce al de no hacer cada cual en su oficio todo lo que debe. Y
supongo, que oficio, según S. Isidoro, sale de officere, que significa hacer; con que dejarle de hacer, es faltar al oficio.
Esto supuesto, no hay estado que no tenga su especial ministerio; y hay obligación, no solo de cumplir este ministerio,
sino de llenarlo: Tim.2, 4. Donde según Primasio, habla con todos los estados. (Apud Magalianum: ibi.) Pues nota, que
para llenar un ministerio, no basta hacer mucho: es menester hacerlo todo, sin dejar nada, porque de otra suerte no se llena
imple. Muchos son los que ejercen su ministerio, pocos los que lo llenan: por esto son pocos los escogidos y muchos los
llamados. Todos lo serán al Tribunal de Dios y a cada uno pedirá menuda cuenta de lo que hizo y dejó de hacer en su
ministerio. Al casado pedirá cuenta de tantos sirvientes como tuvo: al Obispo de tantas almas: al Juez de tantas haciendas:
al Médico de tantas vidas: al Abogado de tantas causas: al Confesor de tantas conciencias. Y aunque todos hallan hecho
mucho en su ministerio, saldrán condenados, si dejaron de hacer algo de su obligación; y aunque todos entren a juicio sin
pecados personales suyos saldrán condenados por los ajenos de sus dependientes, sí no los indagaron, reprendieron,
evitaron, o castigaron. ¡Oh juicio de Dios! ¡Oh locura de los hombres! Ser esta verdad tan cierta como de fe y ser este
descuido tan universal.
Notad todos los símbolos del juicio sembrados en la Escritura y hallaréis, que los condenados lo son por omisiones: las
Vírgenes necias, por no haber prevenido aceite; el que entró en el convite, por no haber llevado la vestidura nupcial; los
llamados a la cena grande, fueron reprobados por dejar de ir, no por hablar mal, pues dieron una excusa muy cortesana;
tampoco por obrar mal, pues las ocupaciones, que alegaron eran muy licitas, más qué mucho, si aún a la inculpable
criatura de un árbol condenó el Señor al fuego, no porque hacia mal fruto, sino porque no lo hacía, ni malo, ni bueno.
(Pero ¿para qué acudo a imágenes del juicio, teniendo prueba viva en el mismo juicio original? Ved el proceso que
auténticamente tiene el Juez ya reglado a todos y hallareis, que los delitos porque ha de condenar son de omisión. No me
disteis de comer. No me disteis de vestir, etc. Todos se fundan en dejar de hacer. Mat. 15, 45.
Confirme un ejemplo lo que he probado con razones y autoridades. Refiere el P. Taix de Ros. que había en Florencia una
publica obstinada ramera y que al invocar el nombre de la Princesa de los Cielos en el Rosario, se le apareció esta Señora
y la dijo; Hija mía, deseo tu salvación; y para que consideres cuantos se condenan, que no han cometido la mitad de los
pecados que tú, te hago saber, que hoy, aquí en esta ciudad un soldado y su amiga morirán de repente y se condenarán,
hoy mismo morirán también aquí cuatro mozos y se condenarán por no haber respondido a las divinas inspiraciones.
También morirá y se condenará hoy aquí un Cura, por no haber instruido a sus feligreses. Un Sacerdote, por no cumplir
con su ministerio, un Ciudadano, por no doctrinar a sus hijos; y dos de tus compañeras serán hoy muertas con acero y
condenadas. Estos doce se condenarán hoy en esta Ciudad y fuera de ella otros muchos: Y este mismo día se condenará en
España un muchacho, porque intentó tratar deshonestamente con una hermanita suya. Nótese en esta lista de condenados,
que los más lo son por omisiones, a cuya noticia hizo aquella mujer una confesión general con un fervor tan especial, que
en adelante dio ejemplo su vida, y envidia su muerte.
En fin, todo el daño temporal y espiritual del mundo tuvo principio de una omisión, por señas que fue muy semejante a la
mía. La omisión fue la de Adán, en no tomar del brazo a Eva para apartarla de la conversación con la serpiente, sobre que
como dicen los Rabinos, tomó aquella serpiente cara de una hermosa doncella; y mi omisión fue (ay de mí) no apartar a
mi hija de la conversación de hombres, temiendo que podían emponzoñar a su conciencia más que todas las fieras juntas.
La pena de Adán fue ser desterrado del terreno Paraíso; la mía fue desterrarme del celeste. ¿Pero qué tiene que ver, un
Paraíso con otro, ni este destierro perpetuo, con aquel destierro temporal? Esta es mortales, la pena de daño, en cuya
ponderación no ha osado entrar aún el Autor de este Libro, por ser asunto para que faltan al entendimiento conceptos, a
los conceptos voces, a las voces expresión y a la expresión afectos con que insinuar el menor grado de esta pena. La razón
es concluyente; porque para conocer lo que es la privación de Dios, se ha de conocer lo que es Dios; y como no se puede
hacer concepto adecuado de lo que es Dios, tampoco de lo que es su privación, o por hablar con rigor filosófico su
negación.
Para un Prodigo, suele ser remedio ponerle delante la suma de lo mucho que desperdicia y no habría freno más apretado
para un alma, como el poder mostrarle lo que suma este perder a Dios para siempre. No hay símil en el mundo que lo
explique; porque a quien confiscan los bienes, le queda el bien de la salud, de la resignación y de la esperanza de adquirir
otros, o de recobrarlos confiscados; pero en esta privación de Dios entran de un golpe todos los males, y en una sola pieza
se pierden todos los bienes, por estar todos en Dios: Deus meus & omina, sin quedar, ni la esperanza del bien, ni el bien de
la esperanza: Sine spe veniae, & misericordia, quod est miseria super miseriam. S. Agust. t. c. 36. Por eso, quien vuelve
de Indias no embarca lo que trae en solo un navío, sino que lo reparte en muchos; porque si todo lo pusiera en uno y aquel
se perdiese lo perdía todo y quedaba sin nada, pues sí el alma tiene todos sus bienes en Dios, de modo, que fuera de él no
le queda bien alguno, ved cuál quedará cuando quede sin él y le diga: apartare de mí, maldita, que ya me has perdido para
siempre. Mateo 25.
Si cuando Alejandro era señor del mundo, jugando con otro, lo echara en un naipe, ¿cuál sería el susto y temblor con que
esperaría ver la carta; y al mirar que lo perdía, cuál sería su angustia, dolor y arrepentimiento? (Pues ¿qué ver tiene perder
el mundo con perder a su Autor? ¿Ni el perderlo por una vida, con perderlo por una eternidad? Ciertamente entiendo, que
cuantos encarecimientos se traen a esta pena, tantos agravios se hacen a su magnitud, porque es disminuirla, pues se ciñe
a comparación lo que no tiene comparación. Baste saber, que todas las penas de los condenados, aunque a las que ahora
hay, se doblen y redoblen infinitas, no llegan a esta sola pena de no ver a Dios. Esta es la quinta esencia de amargura, que
de las hieles de dragones y áspides destila este infernal fuego: Deut. 32, 23.
Sube de punto a este tormento el quedarse el alma después de perder a Dios con el impulso y apetito natural, que a él tenía
S. Tomás 1.2.q.15 art. 4. De cuyo apetito y de la negación de lo apetecido resulta una piensa, que sin cesar está torciendo
y retorciendo a mi oprimido corazón porque a un mismo tiempo me impele este natural conato al Criador y a ese tiempo
mismo me expele de él la obstinación de mí voluntad y la imposibilidad de su alcance, sin que baste jamás este creído
desengaño a parar el movimiento continuo de aquel innato apetito. Yo no sé adónde acuda para darte, no algún retrato,
sino algún desigual borrón de lo que en esto soy atormentada.
Figúrate que Dios te sentencia a ir contra el corriente de un Rio, rompiendo noche y día el ímpetu de sus raudales, hasta
que así contra el agua llegases al Mar; y que su Omnipotencia, para dejarte siempre padecer, nunca te dejase huir. Supón
también, que años enteros, brazo a brazo, estabas luchando contra este despeño insuperable de aguas, sin haberte
adelantado un paso, porque todo era despedazarte tú para desviarlas a ellas y rechazarte ellas a ti. Considera en esta
perpetua infructuosa lucha, cuáles serían tus agonías, tus deliquios y desasosiegos y sabe, que todo esto era baño dulce,
respecto de esta mi ansiedad; porque aunque tú entonces no murieras, pero sabias que al fin habías de morir y yo sé que ya
no he de tener esa ventura: tú forcejabas contra el corriente de una agua suave, yo contra el piélago de un fuego
embravecido; tú, aunque no llegases al Mar, podías engañarte con pensar que en millones de siglos llegarías; pero yo me
estoy deshaciendo con este natural impulso, por llegar a mi último fin y ni aun engañarme puedo con pensar que he de
llegar, porque me hace allá mi obstinación. En fin, este deseo tan vehemente, como intrínseco y está mi obstinación tan
terca, como inflexible, me tiran cuál dos desbocadas furias a contrarias partes, que son hacia Dios y contra Dios, cuya lid
soy yo misma, la combatiente, la combatida y el campo de batalla, en que soy destrozada de mí propia.
Ahora, pues, si solo el considerarte tú en el sobredicho estrecho, sin llegarlo a pasar, ni a creer, te sofoca el aliento y te
hace temblar las carnes, infiere la impresión que hará en mí, que lo paso, que sé y no puedo dudar, que ya ésta y no otra es
y ha de ser ya mi impaciente, inalterable y desesperada tarea. ¡Oh culpas de omisión! ¿Quién diría, que entrando tan
blandas, habíais de tener dejos tan duros? Pero qué mucho ¿si al dejar de obrar por Dios, corresponde el dejar de ver a
Dios? Si al no cansarse en su ministerio, corresponde este continuo fatigarse y al no cultivar las Almas de los súbditos
corresponde en el Superior este erizado cerco de espinas, que aquí desgarran su corazón y dan seco párvulo a estas llamas:
salmo 116.
Pero si cada uno, según San Pablo, (Galat.6, 7.) coge en este mundo lo que sembró en ese y las omisiones son espinas;
¿qué mucho es, que coja en éste espinas quien sembró en ese, omisiones? Se hacen las espinas dejando de hacer. Déjese
de cultivar un campo y sin más diligencia nacen, o por mejor decir, emanan, o sortean en aquel campo espesos bosques de
abrojos. Dos son las causas de no cultivar la tierra; y las mismas lo son de no obrar el alma, la pereza y el sueño. La
pereza, como dice el Espíritu Santo en los Proverbios 15, 19 y el sueño, como consta de la parábola de San Mateo, (cap.
13) donde del sueño de los hombres resultó la cizaña de la tierra. Pues si las espinas nacen de no obrar y el no obrar de
dormir, despertad padres, despertad Prelados, despertad Jueces, despertad Gobernadores y despertad cuantos tenéis
Estado, o ministerio: despertad para sacudir estas torpes desidias, que ahora os halagan como rosas y después os han de
herir y llagar como espinas; y si no despertáis a estos gritos, yo os conjuro a ser quemados como espinas en estos eternos
hornos: Is. 33.
Aunque pido que despertéis, no pido que abráis los ojos, sino que los cerréis, para que recojáis la vista dentro de vosotros
mismos y examinéis vuestra segunda conciencia, quiero decir la del oficio, u oficios que ocupáis, viendo cuánto dejáis en
ellos de hacer, de prevenir, da enmendar, de reprender y preservar en vuestros dependientes. Y sea esto para hacer una
general confesión de tantas omisiones y dar satisfacción de los daños provenidos de ellas, resolviendo para en adelante
dejar el oficio, o cumplirlo llenamente.

II
TRES DESENGAÑOS DE TRES ENGAÑOS
El primer engaño que cunde mucho en muchos es pensar, que esta pena de no ver a Dios es igual en todos los condenados
y se fundan en que según la mejor filosofía, no puede haber una carencia mayor que otra y con esto se arrojan a pecar,
diciendo: Si me condena tanto dejaré de ver a Dios por mil pecados, como por mil y quinientos. Desengaño, que este es un
error contra la equidad divina, y respondo al argumento: Que aunque en mí dictamen es cierto que no hay una carencia
mayor que otra, y que todos dejan igualmente de ver a Dios, pero no es igual en todos la pena de no verlo, aunque en
todos es acerbísima; y la razón es porque esta pena de daño, a diferencia de la de sentido, consiste en el conocimiento del
bien perdido; y como al paso que es mayor este conocimiento es mayor la pena, dispone Dios, que el que se condena con
cien pecados, paga una aprehensión cien veces más viva, que el que se condena con uno, para que sea cien veces más vivo
su dolor y sentimiento: Suarez de Angelis, lib. 8. cap. 5.
Si a dos hermanos, uno grande y otro pequeño se les muere su padre, ambos igualmente dejan de tener padre, pero ambos
no lo sienten igualmente, porque más lo siente el que, por ser mayor, hace mayor concepto de lo que ha perdido. Así dejan
igualmente de ver a Dios todos los condenados, pero no todos lo sienten igualmente; porque quien se condonó por un
pecado, concebirá como uno su lamentable pérdida y lo sentirá como uno; pero el infelicísimo hombre, que se condena
por mil pecados, como es reo por mil títulos, padecerá como mil infiernos y como concebirá mil veces más intensamente
que el otro esta pérdida de Dios, con esto rabiará mil veces más y él solo sentirá como mil condenados juntos. Véase si es
lo mismo condenarse con muchos pecados, que con pocos.
Aun aquí donde se alcanza tan poco de Dios, ha quitado la vida el dolor de haberlo perdido por una culpa; y sí este efecto
hizo un conocimiento tan limitado como el de acá y en tiempo en que podía recobrarse el Dios perdido, ¿qué efecto hará
él conocimiento vivísimo y perspicaz en el condenado, de que ya perdió a Dios, de que un bien como este se le fue ya de
las manos y de que no ha de poderlo ya eternamente recobrar? ¿Os parece que este será un dolor superlativo? Pues sobre
este ha de recaer cuanto dolor es imaginable; sobre que todos estos serán tantos y tan insufribles, aun no llegarán al dolor
de no ver a Dios. Por eso los Teólogos llaman a esta pena de daño; para significar, que todas las demás penas del Infierno,
en comparación de ésta, parece o que no traen daño o que no son penas, o que son como nada. (Chris. apud P. Suarez, ubi
supra)En fin, es un tormento por muchos lados infinito, ya por su infinita duración, ya porque esta duración infinita la
tendrá presente él condenado en todos los infinitos instantes de la eternidad y ya en fin, porque el bien de que priva es
infinito; con que siendo mi expresión y vuestra inteligencia finita, no puede caber su magnitud en vuestra inteligencia, ni
en mi expresión: 22. Mat.
El segundo error más común en gente común, es pecar sin reparo el día antes que han de confesarse, diciendo: Así como
así, me he de confesar y todo saldrá en la colada; este es un sacrílego abuso, aunque no tocado de los Autores, pero más
grave de lo que parece y así, diré lo que siento en cuanto al Penitente y al confesor.
Al Confesor aconsejo, que dilate la absolución al que pecó ayer porque se había de confesar hoy, porque aunque
especulativamente es posible; que se confiese bien pero en la praxis no puede dejar de ser muy sospechosa una confesión,
que la hizo servir el Penitente de motivo para pecar, pues pecó ayer, porque se había de confesar hoy. ¿Qué dolor pensaba
tener de las culpas pasadas, el que antes de tenerlo quiere añadir culpas de nuevo? Y por parte de Dios
¿Qué superabundancia de auxilios puede esperar quien tienta su misericordia, con tan descarada villanía, como es
injuriarle adrede hoy para que mañana tenga más que perdonarle? Es, como si uno que dio una puñalada mortal a un hijo
del Rey, yendo a pedir, perdón al Rey, dijese en el camino: Así como así, voy a que me perdone una herida de muerte que
le di a su hijo; pues démosle antes otra, para que de una vez me lo perdone todo: esta es la locura de quien peca porque se
ha de confesar, pero no es esta sino infinitamente más desesperada como sin mostrarlo se deja ver.
Aconsejo también al penitente que, si tuviere amistad ilícita con una mujer, y se ha de confesar, no vaya antes a
despedirse de ella, ni para desengañar de que eso se ha acabado, que no tiene que hacer cuenta de él, porque Dios le ha
tocado en el corazón y que al otro día piensa confesarse y mudar de vida, no vaya, ni aun para persuadirla a que ella haga
lo propio, ni aunque tenga esperanzas de convertirla a Dios, sino déjela no por palabra, sino por la obra, porque son
innumerables los peligros que esto trae y que se han experimentado, ya de que recaiga en nuevo pecado, ya de que ella lo
haga mudar de1 intento y de que habiendo ido a cortar aquella amistad y convertir a la amiga, salga él pervertido de la
amiga, la amistad más anudada y sin ánimo de hacer ya la confesión que intentaba. Le inspiró el demonio, que para
asegurar su propósito y hacer buena confesión, fuese a verla entonces, para pactar el no verla jamás, sabiendo que podría
más con él la maña de la mujer, que la fuerza de Satanás. Desengaño, pues, que nadie se deje prender de este lazo, aunque
tiene listas de bueno, porque a la ocasión próxima, nadie se ha de arrimar, ni aun para desviarla y es la misma bobería, que
si fuese uno desde lejos a buscar a un fiero toro para ahuyentarlo con las manos de sí y echarlo más allá.
El tercer engaño, o tentación de algunos y no lerdos es, considerando la eternidad del Infierno parecerles que la pena
excede a la culpa, sintiendo menos bien de la justicia y misericordia de Dios, por ver que a un pecado que dura un ins-
tante, castiga con una pena que no tiene remedio, ni fin y porque quien lea este libro no incurra en dicha tentación, la
refutaré con las razones que traen los Santos, sobreponiendo una, u otra reflexión mía.
La primera razón, es un candado que cierra la boca a toda réplica, porque se funda el absoluto poder y supremo dominio
del Legislador, que es Dios, el cuál como no puede obrar lo injusto, el mismo hecho es prueba irrefragable de su
justificación: Sab.2
La segunda razón y más común es ser, según los teólogos, la malicia del pecado terminativamente infinita y por esto
requerir una pena que sea infinita, la cuál debía serio en la Intensión; y por no ser capaz de tanto una criatura, lo es solo en
la duración. La tercera razón, que es prueba de la igualdad del Juez y de su justicia me ocurre es, que por una contrición
que dura un instante, da Dios un premio que no tiene fin, que es la gloria infinita: luego no es desigualdad, el que por un
pecado que dura un instante, dé un castigo sin fin, que es un infinito Infierno; y si tu desprecias lo que no tiene fin por un
gusto que lo tiene, ¿de qué te quejas que Dios también por una culpa, que tiene fin, te dé un castigo que no lo tenga? si es
injusticia tú la empezaste y si en ti no lo es, ¿por, qué lo ha de ser en Dios?
La cuarta razón, se toma de lo que aquí pasa. Aquí, a un salteador de caminos, por un hurto que hizo en un vuelo y que
puede remediarse, porque puede restituirse, condenad Juez a una muerte, que no tiene remedio, aunque el mal lo tenía y
aunque se ejecutó en un punto; ¿pues por qué ha de ser Dios injusto en dar por una culpa de un instante un castigo
perdurable y que no tenga ya remedio?
Sobre lo dicho, cargo yo dos reflexiones. La primera es, que dado y no concedido que esta pena fuera injusta, cruel,
desigual y excesiva, nada de esto militaba contra Dios, sino contra ti, porque Dios no puede hacer más que avisarte de ello
para que huyas, proponer a tu elección el agua y el fuego para que te libres de él; y si tú voluntariamente eliges ese fuego
de que Dios te aparta, no has de volverte contra Dios, sino contra ti, que eres el que con tu iniquidad quieres, porque
quieres el eterno suplicio de esas llamas: S. Gregor. 4. díalog.
Dirás, que aquí solo sale, que por tu Culpa te buscaste pena, pero no eterna, que es la cuestión y de lo que es la queja; y
que así, nunca defiendo a Dios de la injusticia da dar por una culpa temporal una pena eterna. Bien está: luego si la culpa
fuese eterna, ya te parecería razón, que fuese también eterno su castigo. Así es; pues mira, o ciego cómo vienes tú mismo
a concluirte, porque Dios no condena, sino a quien muere en pecado; y quien muere en pecado hace a su pecado eterno,
porque sabe que no ha de poder borrarlo en toda la eternidad: luego siempre se verifica, que te da Dios pena eterna por
culpa, no solo temporal, sino por culpa que tú por morir con ella la haces eterna; y así, no es Dios el desigual, el injusto, ni
el cruel: tú lo eres contra Dios y contra ti; siendo el artífice de tu culpa, de tu pena y de la eternidad, de una y de otra.
No digas, pues, de aquí adelante: fuerte cosa es, que por un pecado, que dura un soplo, me dé Dios un Infierno, que dura
infinito. No has de decir así, sino fuerte cosa es, que tome yo un Infierno, que dura infinito, por un pecado, que dura un
soplo: esto es lo que procede por ser tú el que haces la culpa, el que muriendo con ella la eternizas y el que con esto
justificas el que sea eterno tu castigo. Esto es tan cierto, que según lo explica Dios en la Escritura, no hizo de-intento para
ti al Infierno, sino para el demonio, con que tú te metes por él como intruso, en cuya confirmación, no dirá a los réprobos
en la sentencia: Malditos yo os arrojo al eterno fuego, sino idos vosotros. No dirá, yo os aparto de mí, sino apartaos
vosotros: porque vea el mundo que no faltó por mí, que no fui yo él que os deseché y el qué os llevé a ese fuego, sino que
vosotros por vuestros mismos pies os vais de mí y os arrojáis a él: Mt.25.
En fin, para que veas cuan descaminadamente discurres sabe, que sí hubieras de extrañar algo, había de ser, no el que sea
tanta la pena de un pecado, sino el que no sea más, y que mereciendo un pecado muchos infiernos, lo castigue Dios con
solo uno, especialmente si es pecado de quién es cristiano; esto sí que es lo que extrañaba un San Agustín y lo que
extrañarías tú, si tuvieses vivo conocimiento de lo que es una ofensa de Dios. Entonces te harías cruces, de que al cris-
tiano que peca una vez no hubiese Dios destinado muchos Infiernos y admiraríais, el que aun entre aquellos negros
nublados de humo y fuego se vea relampaguear su misericordia.
La segunda y última reflexión sobre lo dicho, es, quanta y cuál es la fealdad de un pecado, cuando eternas llamas no han
de poder jamás acabar con él, ni vencerlo, ni aun disminuirlo. Considera cuantos siglos de años ha, que el pecado del
ángel, que fue tan veloz como el pensamiento, lo combaten, sin dejar jamás las armas innumerables tropas de penas y
tormentos; y que aún no le han quitado un átomo de malicia. Proseguirán estas llamas en estar combatiendo por millones
de siglos; y después de tanta y tan eficaz batería, estará tan entero su pecado, como el mismo día que lo cometió; infiere
de aquí, cuál será la mancha, que legías tan fuertes y eternas, e incendios tan embravecidos y continuados, nunca han de
llegar a purificarla de un grado de su inmundicia: Bern. de Consid. lib. 5.
Y pues lo que aquí puede recabar una gota de llanto, allá no podrá derretir todo un mar de fuego, o no omitas un remedio
tan fácil, o no te quejes de lo perpetuo e incurable del dolor: Jerem. 15. por ser tu y no Dios la causa de esta tu eterna y
lamentable perdición: Perditio tua ex te.

CAPITULO III.
DE LA VIRTUD MÁS NECESARIA EN UNA DONCELLA,
DOCTRINA ÚTIL A TODOS, POR TRATAR DE LA IMPORTANCIA DEL BUEN NOMBRE Y DEL GOBIERNO
DE LOS SENTIDOS.
§. I.
La virtud más necesaria en una doncella, es la modestia. Diferenciase de las demás virtudes, en que las otras se han de
esconder y esta se ha de manifestar. Lo primero lo dice Cristo; (Mat. 6 y lo segundo San Pablo (Rom. 12 y Filip.4). Yo
reparo que en ambas partes pide, que se manifieste a todos los hombres sin excepción de buenos, o malos, de chicos, o
grandes y será porque la modestia labra la opinión y como todos tienen voto en la opinión, a todos ha de ser notoria la
modestia. Cuelga, en fin, la opinión de todos los que tienen lengua, que es el pincel con que, o se borra una fama, o se
forma un buen nombre. No es poco trabajo, que tenga poder tan absoluto un instrumento que se mueve tan de ligero. Por
esto dijo S. Jerónimo: Delicada cosa es la fama de la honestidad, pues la marchita el vientecillo de un dicen que. Ep. ad
Dom.
Contra este mal daré un remedio, no común, de que se cogerá un fruto muy particular. El remedio es, que no se contente la
Doncella con ser recatada; sino que pase a ser nimia, escrupulosa y excesiva en lo perteneciente al recato, que no admita
materia parva en esta materia, que evite tanto lo poco, como lo mucho y lo menos como lo más, porque donde lo poco es
mucho, no hay poco más, o menos. Quiero decir, que observe un recato, no como el de todas, sino irregular y
extravagante, aunque la tengan por ridícula.
El fruto apreciable que le valdrá este porte, es una inmunidad contra las casuales contingencias.
Explico: No hay persona que no esté expuesta a que un acontecimiento inculpable ponga en tela de duda su opinión.
Pongo el ejemplo: Sucede una noche, un escándalo en una calle en que vives tú y otra doncella; ignorase cuál de las dos
haya sido ocasión de aquel escándalo y no se puede averiguar. Entonces, si tú has vivido con el extremo de modestia que
dije, si te abstuviste de las licencias permitidas que usan otras, lograrás el que nadie, aún dentro de sí mismo te atribuya lo
sucedido; pero si la otra no ha observado el recato con este rigor, sino que ha dado alguna materia, aunque lícita, o en el
traje, o en el despejo, como estos son indicios, todos en caso de duda lo atribuirán a esta que es indicada y entonces cobras
en los pechos de todos la preciosa indemnidad que pierde la otra; porque, aunque fue recatada, no con el exceso y
nimiedad que tú.
Este privilegio comprehende también a un hombre, que en todo cuánto obra se precia de ser nimiamente justificado; si
este es parte de alguna República, o Comunidad, donde con votos secretos se resolvió alguna sinrazón, o injusticia, todos
lo sacan libre y sin saberlo aseguran, que no fue de aquel dictamen; estos buenos oficios debe a su ajustada vida; la cual, si
no lo hubiera sido tanto, en estos casos de duda, tendría contra sí la sospecha, aunque no tuviera la culpa. Catón vivió de
modo, aunque gentil, que oyendo uno que se había embriagado, dijo: Antes creeré que la embriaguez no es vicio, que crea
que cupo como en hombre como Catón. A tal concepto lo elevó la rectitud de su vida, pero con más verdad apliqué yo
esto a San José en uno de los 22 sermones, que le tengo predicados; diciendo, en prueba de que no dejó a su esposa por
sospechar lo que la vista le informaba, diciendo que antes dejaría de creer que el adulterio era pecado, que creer que
podía caber en su Esposa el adu1terio. A tan feliz cumbre de opinión se arriba por cuesta larga derecha y fragosa; larga,
porque no basta andar bien cuatro días, es menester una rectitud de toda la vida, y derecha, porque no basta ir bien en unas
cosas, y torcer en otras: Es menester, que siempre y en todo haya sido igual sin siniestro alguno, es también fragosa,
porque en la verdad, trae mucho que vencer por ser mucho lo que priva. Pongo el ejemplo de una doncella que se queda
en su retiro, viendo que otras como ella van al paseo, a la visita, o al festín. Esto no puede dejar de serle muy duro pero
suavícelo con la memoria de que con este encerramiento se está labrando una opinión que en los casos de duda la ha de
valer honra y fama y que las otras en estos casos perderán para con los hombres, por estas correrías, el arbitrio y con ella
sigue la mejor parte en ese porte, por ser el que autorizan la Escritura, los ejemplares, la gracia y la naturaleza misma.
El gusano, en la clausura, cría los lustres esplendorosos de la seda; el oro, en el vasto centro de un monte, hace méritos
para ser corona; la abejita, enclaustrada en angosto buque, organiza la cera que luce en los Altares; el árbol, dentro de la
tierra estudia sus floridos progresos; y cuánto precioso produce este elemento lo cuece y perfecciona en la oficina obscura
de sus entrañas. Al cielo, en fin, para ser más venerado, lo arrebuja su Autor con el tafetán azul de tanta nube. Guarda, tú
pues, oh doncellita, esa clausura, no envidies a las otras sus salidas, considerando que a ti, ese recato te granjea
veneración, honra, progresos, culto, esplendores, cielo y corona; todo lo cual aventuran las otras con su libertad; y la que
sobre todo ha de moverte es, que en ese retraimiento te estás labrando el buen nombre, que es la única reliquia contra los
nublados, que suelen excitar, oí casualidades dudosas o inopinadas contingencias.
No sé qué haya ejemplo más literal en la Escritura, que el de Judit, sagrado diptongo de hermosura y discreción. Dice el
Texto, que no hubo quien hablase jamás una palabra contra ella. A quién no pasma un indulto tan peregrino, ¿que no se
sabe de otra? Pero que mucho, si aunque tan señora, tan muchacha, tan rica y tan bella vivía en su casa retirada, aun de su
casa, porque para huir del domestico bullicio, se formó un aposento alto, en cuya voluntaria clausura y soledad, pasaba la
vida orando y trabajando con sus criadas. Dice el Texto: In quo cum puellis suis clausa morabatur. Esta clausura, según el
Texto, le valió, no solo buena fama, sino bonísima en superlativo grado y el fruto de esta fama, fue el que nadie en ningún
caso tuviese que decir contra ella.
Con este ejemplo apoya la Escritura y por su orden cuánto yo acabo de aconsejarte, porque sí te digo que observes
clausura para adquirir buen nombre y que adquieras buen nombre para que nadie en ningún caso tenga que decir de ti,
todo esto lo canoniza la experiencia de Judit, a la cual, el retiro le granjeó fama y la fama y el buen concepto, la excepción
inaudita de no haber quien jamás tuviese que decir ni sospechar contra su punto: Jud. c. 8 y porque nadie atribuya el dicho
renombre a la insigne victoria, que reportó contra Holofernes, repara un docto interprete, en que antes de alcanzar este
trofeo recibe este título y no después y da la razón, porque antes venció más en vencerse, siendo mujer, a estarse
encuartelada en un rincón, que después en vencer a un enemigo, como Holofernes y que si esto la hizo famosa, aquello la
constituye famosísima: Viegas in c. 14. Apost. 4.
Dirás que el mundo está de modo, que sin darle ocasión se la toma para segar con la hoz de su lengua por igual, tanto a la
retirada, como a la que no lo es y por esto Celada pondera como milagro esta excepción de Judit. Respondo, que aunque
no hay remedio eficaz que salve de la murmuración, sin embargo más lejos está de las lenguas la que más se ausenta de
los ojos, y lo segundo, que por lo mismo que no es posible, evitarla, no te has de matar por vencer un imposible lo que has
de procurar, es lo que respondió el filósofo avisado de que todos murmuraban: Yo, digo, viviré de modo, que nadie crea lo
que de mí murmuran; esto, es lo que cabe, y lo que te estoy persuadiendo, que vivas con tan demasiada modestia que no
se pueda creer lo que de ti se diga y si aun así murmuran, consuélate con que la moneda más cercenada en esta vida, es la
que más vale en la otra, y que la detracción no tiñe a la inocencia, es humo de sacrificio, que honra obscureciendo.
En fin, es esta vagueación indicio vehemente de falta de pudor y de recato. Muéstralo, no menos que el Espíritu Santo,
descubriendo con esta pinta a una ramera Vaga quietis impatiens, neo valens in domo consistere pedibus suis. Prbv. 7, 2.
Omito la erudición festiva de los Intérpretes sobre este lugar, porque no profane al púlpito con ella el Predicador visorio,
salpicando con sátiras a las mujeres: desorden que el oyente cuerdo había de castigar con las espaldas. Solo digo, que las
mujeres y las piedras preciosas no tienen más valor que el que les da la estimación de los hombres; y que como suele
perderse el diamante que deja el asiento de la joya, también la mujer, que deja el asiento de su casa, pierde la estimación
de preciosa piedra y pasa al desprecio de piedra de la calle, donde cada día se encuentra y donde sirve, solo de escándalo,
o tropiezo. Por eso antiguamente, según Alápide, había un Prefecto, cuyo oficio era impedir que las mujeres saliesen de
casa y restituir a ella a las que encontraba en la calle. Cornl, in cap. 4. Timot.
Muchas ponen a cuenta de Dios sus paseos y cristianan las salidas con que son al Templo, a quienes desengaño, que para
esto no les vale la Iglesia; y porque este es pleito antiguo, que nunca se ha podido acabar, ni recabar con las mujeres y
menos con las más pías, apelo, a sus Confesores para que lo remedien, diciéndolas, que si van al Templo por Dios, es de
fe, que lo tienen más cerca, porque lo tienen dentro de sí mismas; si replican que no está como en el Templo, insten con el
Apóstol, que también está en ellas, como en Templo: (1Cor.6.).Y si esto no las convence, es señal, que el salir de casa no
es por ir al Templo, sino que el ir al Templo es por salir de casa y a tales, si yo las gobernara, diría que mudaren de
costumbre, o mudasen de Confesor.
En la Antigua Ley mandaba Dios a todo el Pueblo acudir a las tres fiestas principales (Exod.17) y solo desobligó a las
mujeres, por no empeñarlas a que saliesen tres veces al año, ni aun a fiestas tan santas, como suyas. Y para confusión
afrentosa de las que se justifican con esto, sepan que dice el Espíritu Santo, que con lo mismo paliaba sus salidas la
famosa Ramera de que hablamos: Salgo, decía, a unas novenas que en la enfermedad ofrecí, o a cumplir este, o el otro
voto de esta, o la otra romería, etc. Si salgo, por esto salgo: (Eccl. ubi supra.)
En conclusión advierto, que dentro de su Casa puede también una doncella faltar al recato para con los de fuera; como
sucede a la que recibe visitas sospechosas. Innumerables son las doncellas que no tienen salida por dar estas entradas y
que viven sin reputación y lo ignoran ellas. De la Magdalena, dice San Vicente Ferrer, que todos la tenían por mala y ella
no lo sabía. Lo mismo padecen las que por hacer ruido tiran más tener nombre, que a tener buen nombre. Consuélame con
que la causa que dan, no es contra la Ley de Dios, aunque parezca mal al mundo, como si Dios no quisiera también que se
cuidase del buen nombre. Eccl.41. Y Quintino de Salazar, sobre el versículo 1 del 21 de los Proverbios.
Si dices que el motivo de entrar esa persona en tu casa es muy sabido, por ser, o el de la dependencia, o el parentesco, etc.
Respondo, que lo sabrán unos, pero otros no; y que según dije con San Pablo, la modestia, no solo ha de constar a
muchos, sino a todos, (fol. 299.) Lo segundo, que ese motivo puede ser que baste para justificar la entrada y no la
frecuencia. Lo tercero, puede ser que te parezca bastante ese motivo a ti, que lo juzgas como interesada en causa propia y
que no se lo parezca al vulgo que lo mira sin esa pasión, el cuál en duda no votará tan en tu favor como te lo presumes; y
así, no te fíes en que hay motivo, en que es suficiente y en que no hay pecado, porque sin pecar puedes perder la opinión,
la cual conoce las causas, no por el cuerpo del crimen, sino por la librea del indicio. Por uno bien inculpable repudió el
Cesar a su Esposa; y extrañándolo todos, satisfizo el Emperador, diciendo, que en la mujer de un Cesar es delito todo lo
que puede ser sospecha. Quédense con esta sentencia, o máxima, o con esta máxima entre las sentencias todas las mujeres
de bien y al ir a obrar algo, que aunque no sea malo, ha de parecer mal, digan entre sí dejémoslo, que en mujeres de mi
punto, es delito lo que puede ser sospecha.

DEL GOBIERNO DE LOS SENTIDOS.


La castidad según los Santos se contenta con la pureza de alma y cuerpo; pero la modestia requiere a más de esto la
reforma de los sentidos. En cuanto a lo primero, es de fe, que la castidad se pierde con el deseo, como con la obra, (Mat.5,
18) tanto, que dice S. Vicente Ferrer, que por un deseo impuro, la doncella deja de ser casta y es ramera pública a los ojos
de Dios y de sus ángeles: S. 2. Dom. 20, y como si no se explicara sobradamente, dice la impresión moderna Idest
meretrix. De donde infiere el Santo, que si la doncella honrada muriera antes que cometer la obra, que públicamente la
desacreditase con el mundo, igualmente debe morir antes que tener un pensamiento consentido, el cual, no solo la deja
desacreditada para con todo el cielo, sino aborrecida y abominada como ramera infame.
Contra este mal tan urgente y tan común, hay un remedio tan seguro, como probado, que es la mortificación de los
sentidos, de cuya falta nace la queja de tantos que no se pueden averiguar con su imaginación. Quien sembró vientos, ¿qué
mucho es, dice Oseas, que coja torbellinos? Os.8, 1. Si en los surcos de oídos y ojos siembras aires revueltos de humanas
vanidades, ¿cómo quieres coser interior quietud? Si la tierra no concibiese aire, no palpitaría en terremotos. Pruébate uno
y otro día a guardar estas puertas de los sentidos y verás la calma interior que experimentas. Si el objeto que viste años há
te inquieta, añadir a ese otros y otros; es cargar a la memoria de peso que la reviente y así, para salvarte en esta tormenta,
no hay cosa como aligerarte de ver y oír y reparar todas las quiebras de los sentidos, que es por donde hace agua de
especies peligrosas la humana fantasía.
Son los ojos las puertas principales por donde suele introducirse este contagio, por eso la naturaleza les dobló las guardas,
poniendo dos puentes levadizos en los parpados, para que según la necesidad y el riesgo, se tiendan y se alcen. En el
movimiento de los ojos y los parpados, dice el Espíritu Santo, que se conoce la deshonestidad de la mujer. Ecles. 26, 12,
mira lo que importa el modesto régimen de la vista. No digo si eres seglar, que vayas siempre con los ojos en tierra,
porque sería singularidad notable y notada; lo que abomino con el Espíritu Santo es un soberbio bullicio de los ojos, en
quien se transparenta la inconstancia volátil del corazón: por eso repara el Apóstol de Valencia, que los de la Esposa son
comparados. Cant. 4, a los de la paloma y no a los del león, que siempre están en continuo movimiento mirando a una y
otra parte.
No es menos reprobado en la doncella el clavar los ojos particularmente en uno con tal intención que suene a misterio;
porque si un abrir y cerrar de ojos suele robar una libertad, ¿qué hará un mirar de pensado? ¿Y qué hará un mirar de
asiento, si un mirar de paso hace tanta ruina? Lo mismo digo contra un mirar como a hurtadillas con un descuido que
indica cuidado, porque es tan pronto el hombre a la vanidad, que a la menor reseña se da por avisado. Por huir de uno y
otro riesgo la Magdalena después de convertida a nadie miró a la cara, ni aun a San Pedro, porque la mujer que desea
conservarse pura, en ningún hombre ha de poner los ojos, aunque sea un Apóstol. El motivo que dio para esta tan
extraordinaria modestia, fue, que la vista la causó el daño, y por eso en ella aplicó el preservativo: Esto dice Egesipo y San
Vicente Ferrer glosa. S.M. Magdalena.
Si dices, que el ver no es malo, respondo, que el ver objetos peligrosos siempre es malo; y que aunque no lo fuera, bastaba
ser principio del mal y haberlo sido de todos los males del mundo, pues lo fue del primer pecado: Vidit mulier. Genes. 5.
Con mucha verdad podía decir Eva, que el ver la manzana no era malo, si no el comerla, porque esto era lo prohibido. Y
sin embargo del ver, pasó a reparar en su hermosura. De reparar en su hermosura, pasó a considerarla como deleitable y de
aquí al deseo y del deseo a la obra. ¿Qué duda tiene, que pensaría lo mismo la mujer de Lot? Y que diría: un volver de
ojos, ¿qué malo puede ser? Y volverlos ella y volverla Dios estatua, fue una misma cosa, sobre que dice San Agustín,
donde miró, allí se quedó como una estatua. ¡Oh cuantas se quedan donde miran más que donde están!
Dina, según el Génesis, salió a ver las mujeres de aquel país, y habiendo salido con toda honra y virtud, volvió a su casa
sin virtud, ni honra. ¿Qué se puede temer de la que sale a donde necesariamente ha de haber hombres? Santa Brígida
Virgen, para hacerse incasable y parecer mal a los hombres, pidió a Dios que dispusiera se le reventase un ojo; y
habiéndolo conseguido, le dio gracias. Diría entonces lo que monóculo, a quien por una enfermedad le sacaron un ojo y
dijo: Anda allá, ya no me harás más mal, ya tengo un enemigo menos, solo temo al que me queda. S. Antón, 2, p. tomo
17.
El gran Lumbier, en el desengaño tercero del destierro de ignorancias, dice, que se apareció a un Siervo de Dios el alma
de una mujer y le dijo con lágrimas de fuego, que era condenada por haber mirado una u otra vez con algún deleite impuro
a un criado y no lo confeso; porque aunque tuvo algún escrúpulo, le pareció que no sería pecado grave, porque nunca
pretendió pasar a más, pero que en el juicio de Dios no le valió la excusa de parecerle que no sería culpa grave, porque
debiera preguntarlo pues tuvo alguna duda y así repito en gracia de los ignorantes lo que otra vez he dicho, que el que
dice, o hace, o piensa algo con alguna duda, de si peca en ello, peca sin duda alguna, como sea duda racional y no como la
de los escrupulosos confirmados. Así lo deciden votos conformes todos los Autores.
Prosigue S. Vicente Ferrer, y en mi concepto es más necesaria la modestia en el oído; que en los ojos, porque a los ojos ya
puso la naturaleza puertas, pero al oído se lo dejó abierto en fe de que el recato había de guardar su entrada y cerrar el
paso a los enemigos; estos son, o dichos menos decentes, o halagüeñas lisonjas. La doncella que oye estas cosas pierde su
recato y el que se las dice la pierde el respeto y así, cuando no por su alma, deben por su punto armarse contra esta tan
dulce, como engañosa honestidad. El adulador, es un verdugo que suaviza el lazo para que corra más y se sienta menos el
mal. Tanto es el de una lisonja, que debiera irritar más que una injuria, como cualquier persona honrada siente más el
golpe de una caña hueca, que el de un palo macizo. Por eso hubo quien volvió un bofetón a quien le dijo una lisonja y aún
no se ha resuelto si la castigó condignamente.
Tenga, pues, la mujer de punto por ofensa de su decoro el oír de nadie razón menos pura, o lisonja cortesana: porque,
quien se la dice, muestra que sus costumbres le han dado esperanza de ser bien oído y en esto la ofende y agravia, como
también porque semejantes dichos, según Peraldo, son salivas del Demonio; y si fuera osadía intolerable el que ese
hombre la escupiera en la cara, menos ha de sufrir que la arroje en el oído una saliva, aun no suya, sino del mismo
Satanás. Y así, en este lance no ha de contentarse la mujer de obligaciones con callar, con indignar el semblante, sino que
ha de volver al agresor enojosamente las espaldas después de haber abominado con acrimonia su atrevida, ofensa, como lo
hizo Cristo una vez que los Fariseos le adularon, Mat. 12.
También aquí se excusan con que el oír y hablar no es malo y con que las palabras se las lleva el aire, como si no llevase
también el aire la pestilencia, como si el aire no avivase al fuego y como si la llama fuera otra cosa que aíre inflamado.
Todo esto es y causa el aire de la boca; mire si por ser cosa de aire no es cosa para temida. Dice de estos coloquios el
Espíritu Santo; con que batiendo y combatiendo este fuego ventilado por la lengua en las puertas de cera del oído, no
puede tardar a derretirlas y entrar por ellas el nocivo veneno de las palabras. Con más recio acumen discurre San Vicente
Ferrer, pues dice, que cuando los sitiados en una Plaza salen a hablar con el enemigo, es señal, o que la Plaza está rendida,
o que está para rendirse, pues parlamentan: así puede temerse de mujer que habla a solas con un hombre, que pues par-
lamentan, está rendida, o está capitulando para rendirse. Serna, Pentec.
Trae el venerable padre Carabantes, que desangrada en lágrimas, dijo una Señora a un Misionero: (Dom. 2o.Pentec.)
Padre, por amor de Dios que grite y amoneste dos cosas a los que tienen hijas: La primera, que no sufran que oigan a
hombres: y la segunda, que si las dan maestro tengan guarda de vista mientras las enseñan; porque por no resistirme yo a
las primeras llanezas (que me decía no eran pecado) llegué a la última disolución, que fue a cometer con él muchas culpas
y callarlas al Confesor; y así, no cese de pregonar este peligro y gritar contra este daño. Lo mismo, refiere de otra Señora
noble, que se mantuvo muchos años virgen, viviendo perfectamente con ánimo de Consagrarse a Dios y (oh dolor) oyó
unas palabras amorosas, que dijo a una mujer un hombre y desde entonces se dejó vencer de otro. Sucedió, que murió este
y con desengaño tan funesto, se arrepintió y volvió a ser un ejemplo de penitencia y santidad, pero (¡quien lo creyera!)
casualmente oyó las cortesanas adulaciones de otro hombre; y llamada de este traidor reclamo, cayó y recayó, viviendo
con él amancebada y de quien así vivió, no hay qué decir cómo murió.
A más de ésta, son innumerables las que muchos años conservaron su castidad mientras negaron audiencia a este género
de lisonjas; y en oyéndolas, la perdieron y se perdieron. Por esto la modestia ha de coger este paso con más diligencia y
vigilancia; ya lo dio a entender el Espíritu Santo, diciendo, que se encrucijáse con un cerco de espinas. Eccl.28, 28, Ardid
con que queda seguro el combatido y con que sale herido el combatiente; esto que se da por preservativo para no oír, lo
tomó Santa Matilde por medicina de lo que oyó, pues en penitencia de haber oído un tono profano, sembró el suelo de
fragmentos de vidrio y revolcando sobre ellos su desnudo cuerpo, estuvo con su delicada carne trillando aquel fragoso
erizado pavimento, donde produjo y reprodujo en sí tantas heridas, que todas fueron una llaga.
No es mucho que cueste mucho lo que vale mucho: la castidad, es una de las virtudes más apreciadas de Dios y de los
hombres; y así, no se ha de dar, ni mantener de balde. Esto se verifica, aun de los remedios físicos que la conservan. El
licor de las hojas del Salce, dice Plinio, que quita y apaga los incentivos de la carne y es un licor ingratísimo al gusto y al
olfato. Ya hubo quien dijo, que cuesta más vencer un deseo de estos, que tomar una Plaza, porque en la Plaza peleo yo
contra otros y en el deseo yo mismo peleo contra mí. En la Plaza tiro contra quien deseo destruir y en el deseo contra
quien más quiero conservar, haciendo fuerza para impedirme lo propio que apetezco; esto no se puede negar que es fuerte
cosa, pero tampoco puede negarse que es más fuerte la grada que ayuda al vencimiento, no se puede negar que es ley
estrecha, pero tampoco que lo es la puerta por donde hemos de entrar, que es la del Cielo y que con anchuras no hemos de
caber por ella: Mat. 7.

SE CONTINUA EL MISMO ASUNTO.


Prosigue San Vicente Ferrer, diciendo, que la modestia es necesaria en las manos, tanto, que la vista y el oído son las
primeras jornadas del amor, pero el tacto es ya su último y desastrado fin: y así, la mujer que sufre la menor llaneza en el
tacto, ya puede llorarse por perdida. Si alguno la dice que no es pecado mortal, porque es materia parva, no lo tenga por
hombre, sino por demonio, que este fue quien quiso también quitar a Eva el escrúpulo de tocar al árbol, cayendo sobre su
contacto la prohibición. Desengaño, pues, que en cosas venéreas no hay parvidad de materia. Así lo definió el Papa
Clemente VIII en el Santo Oficio de la Inquisición. Caramuel, que llevó la sentencia contraria (bien, que excluyendo
peligro grave) por salir con la suya, duda de que haya dicha decisión y pide, que si la hay, se la muestren autentica,
pudiendo contentarse con aseverarlo Báldelo y otros que cita Diana; y cuando fuera así, dice que hablaría como Doctor y
no como Pontífice; todo lo cual es adivinar, más que argüir. Pero lo que no tiene duda es, que después de haber condenado
Alexandro VII la proposición 40, entienden los teólogos, que por identidad de razón queda reprobada la opinión de que
hay parvidad de materia en cosas venéreas.
Movido de esto, yo no excusaría de pecado al hombre, que aunque sea en chanza, juega de manos con una mujer, porque
aunque no sienta en sí peligro, no puede saber si lo causa en la cómplice, antes puede con razón dudarlo: luego no puede
dejar de pecar, ya porque obra con la duda de sí provoca, ya porque aunque no provoque se expone a ello, mayormente
siendo una obra no necesaria; y cuando no fuera pecado, bastaba ser principio del pecado para evitarse. También
desengaño, de que para que una cosa sea pecado, no es menester que se siga el efecto, basta que provoque a él; ni es
menester que la acción sea grave, basta que el fin lo sea; y así, es sin duda pecado grave cualquier tacto leve hecho con
afecto impuro, aunque el tacto no sea en la persona, sino en una manga, o en un guante: lo mismo digo de una cortesía, de
un gracejo y de cualquier amago, si el fin es torpe y sensual. Sepan esto los padres de familia para no consentir este co-
mún abuso, pues si tienen por ofensa suya y de su casa el que un criado ponga manos en otro criado para reñir, más es que
un criado ponga manos en una criada para jugar. Juego en que ambos pierden y culpa que no merece menos pena que la
del destierro de uno y otro.
De la cautela con que se portaron los Santos en esta parte, se infiere la que deben tener los que no lo son. San León,
comulgando a una mujer, la tocó inadvertidamente con un dedo en la cara y de aquí le resultó tan porfiada tentación, que
se cortó aquel dedo: bien, que después se lo restituyó milagrosamente la Reina de los Ángeles. De Santa Pacis se lee, que
aun difunta retiró el rostro de un joven que la miraba. De otra que estando ya en el féretro y pasando un mozo a adorar su
mano, milagrosamente la retiró el cadáver, donde no pudiendo ser por el peligro propio, se ha de atribuir que fue por
evitar el ajeno. Un Santo Anacoreta, habiendo de pasar por agua en un camino a su madre, envolvió la mano en la ropa
por no tocar la mano de su madre, aunque muy anciana; y no obstante, hay entre cristianos unos lances, en que mozos que
no son Anacoretas, con mozas que no son ancianas, ni son sus madres, se dan las manos, sin que sus padres teman peligro
donde lo temían los más penitentes Santos. No dudo, que estas que en el juicio de los hombres se tienen por levedades, en
el juicio de Dios han de ser tenidas y castigadas por liviandades.
De la prolija nimiedad que tuvieron los Santos en este sentido del tacto y del riesgo que incluye, y que temieron se podía
dudar, si sería mejor que las mujeres se abstuvieran de besar la mano a los Sacerdotes, sin más necesidad, ni motivo que
su devota piedad. Y a esto respondo, que no respondo, dejándola resolución a más autorizada pluma. Solo digo lo pri-
mero, que aunque esta es una acción; buena tiene riesgo de viciarse. Lo segundo, que no lo perderá con Dios la que se
defraude, de aquel mérito por evitar este peligro y por el fin de mayor recato. Lo tercero sé, que en una Monarquía de la
Cristiandad no se usa y aquí en España muchos directores doctos y timoratos, no se dejan besar la mano de sus hijas de
confesión. Lo cuarto y principalísimo, es, que aunque fue María Santísima la que rindió más obsequiosos cultos a los
Sacerdotes, no he leído que besase jamás la mano a ninguno, ni aun a su San Juan Evangelista. Lo que hacía era recibir de
ellos arrodillada la bendición y besar la tierra que pisaban, pero no la mano; y si dijo Santo Tomás en otro asunto, que el
no uso de la Iglesia, era argumento más fuerte (aunque negativo) que el dicho de los Autores, yo también diría, que el no
haber usado esto María Santísima es urgente argumento de que no es mejor que su contrario: y así dejarlo de hacer por el
fin de quitar el riesgo propio y ajeno y por mayor modestia y recato, parece que ha de ser más bueno: Bonum est mulierem
non tangeren; dice San Pablo 1 Cor. 7, donde el bonum, es lo mismo que melius, como sabe el que menos sabe de Escri-
tura.
El último indicio de la modestia de una mujer, según el Apóstol, es el moderado ornato y traje; explícalo el texto en
términos de habito y será, porque como por el hábito se distingue y se conoce que este es Religioso Francisco y el otro
Carmelita, así se conoce por el traje la mujer; sí el traje es profano, se conoce que es profana; y si es honesto, se conoce
que es honesta, donde pide el ornato, e impide el exceso y esto sin distinción de fines, ni días. No como la hija de Julio
Cesar, de quien trae Macrobio, que un día se adornaba por agradar a su Padre y otro por agradar a su galán; pero advierte,
que se adornaba más el día que era por agradar a su galán que el día que se ataviaba por su Padre. Algo se parece esto a las
casadas, que se componen más el día que salen fuera, que el día que se quedan en casa, dejándose dentro a quien han de
agradar que es el marido, por quien los teólogos las justifican el mayor ornato, muy aventuradas están, a que el fin de
prenderse más, sea el de prender a más y entonces nadie excusará ese ornato de pecado mortal.
No solo el Apóstol de las gentes, sino las gentes, que son los gentiles, situaban en el traje la modestia, pues los Romanos
la significaron pintando a una Matrona con un velo en la cara y con esta letra Pudicitia y porque Cayo Sulpicio encontró
en la calle sin este velo a su nobilísima Esposa, la repudió al instante. Valer Maxim. lib. 6. cap. 15. De donde se sigue, que
tenían por el traje más modesto de una mujer el que más la ocultaba de la vista; y con razón, pues cuánto menos la dejaba
ver, la hacía más recatada. Tertuliano llamó al Manto de la Mujer foso de su honor, arma defensiva de su honestidad y
muro que la defiende de los riesgos de ver y ser vista. Si hubiese alcanzado los Mantos de ahora, no los llamaría muros
que defienden, sino muros ofendidos y trepados por tener tantas brechas, como portillos, el encaje que los guarnece. Esta
es una red de seda que urdió el demonio, dejándola sin tejer para burlar el santo fin porque se instituyó. Porque siendo
para tapar el rostro, se descubre así con lo mismo que se cubre; y es de notar, que usan las Señoras estos Mantos, no para
el coche, ni para la visita, sino para el Templo, que es donde específicamente prohíbe San Pablo que se dejen ver, con que
no sirve esta moda sino de trampear el consejo del Apóstol y frustrar directamente su fin, con daño propio, y ajeno.
Corint. cap. 11. Y Cornelio Alápide: Si non velar se mulier in templo facit contra naturalem bonestalem, & veraundiam
illi hidkam a Deo. ibi.
Y si tiene por torpeza San Pablo que una mujer descubra la cabeza en el Templo, ¿Qué diría del uso que ahora se
introduce en España de traer las mujeres medio brazo desnudo? Yo no sé cómo hay madres que sufran esta moda a sus
hijas y como hay hijas que obedezcan en esto a semejantes madres: hombres hay que pensarían faltar a su recato y
tendrían rubor de dispensar a la vista publica esta desnudez y hoy no se avergüenzan las doncellas de ir a la Iglesia y por
las calles, mostrando a cuantos tienen ojos el medio brazo desnudo. ¡Oh mal haya tan insolente moda! Oh bien haya la
señora, que celosa del decoro de todo su sexo tome a Su mano él quebrar este uso; y bien haya, también el hombre que se
retire de elegir por mujer de la que así se viste, o a la que así se desnuda, porque ¿qué puede temer de una doncellita tan
idólatra de los usos que les sacrifica su modestia y que tiene por gala éste desahogo, haciendo barato a la vista común de
una parte, que hasta ahora siempre se ha celado a todos? Con razón puede temerse, que si la vanidad inventa otro uso más
degenerante del pudor, lo abrazará también, aunque sea con más dispendio de su recato. Protesto que no prosigo por no
hallar palabras dignas de su abominación; y porque espero no ha de naturalizarse aquí esta moda, porque muchas, por
temerosas de Dios y recatadas, no la usan, ni la permiten a sus hijas. Por lo mismo no me lamento de cuan a menos ha ve-
nido la devoción de España, pues se ha rendido a esta profanidad, a que se ha resistido tanto tiempo.
Todo esto nace de no desengañarse, de que aun para parecer bien conduce más el recato que el ornato. San Pedro, Epist.1,
3 encarga esta moderación en el traje y da a entender, que en premio de ella suplirá Dios la falta de hermosura natural, o
artificial y para esto tiene su providencia dos arbitrios, o el de hacer que el marido esté más contento con lo feo, que con
lo hermoso, o el de hacer que lo feo le parezca hermoso. Uno y otro está en su mano y de uno y otro se ven ejemplos en el
mundo. De fe es, que Sara teniendo noventa años era hermosa, porque lo dice la Escritura del Génesis; y no hallando a
esta maravilla causa natural, lo atribuye la voz común de los Padres a la sobrenatural, de que Dios la pagó en esto su re-
cato, el cuál fue tanto, que con él predica San Ambrosio a las jóvenes, y dice, que hasta esa edad conservó el recato de
muchacha; y así es mucho que hasta esa edad conservase tan inmaculada su belleza. Véase lo que dejo tratado de este
punto, desde el folio 100 lo que hasta 117.

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