El problema que nos narra san Juan en la multiplicación de los panes y pescados
está clarísimo: problema de alimentación. Hay cinco mil hombres que carecen de
comida. Tienen hambre, y ¡mucha!
Ante este problema hay dos lógicas:
La lógica humana del cálculo egoísta y el interés: ¡despídelos, Señor!
La lógica divina del compartir caritativamente: ¡Dadles vosotros de comer!
¿En cuál estamos cada uno de nosotros?
El mensaje del Evangelio es bien claro: hay que compartir. ¡Lo que no se puede
hacer con cinco panes y dos pescados! Jesús dio de comer a 5.000 hombres y le
sobraron doce canastas. Y sin contar las mujeres y los niños, que llegarían, yo
creo, en total a unos 15.000 personas en ese descampado.
Hay que compartir, y así Dios alimentará a su pueblo.
¿Cómo de los 57 millones de hombres y mujeres hoy a pie por el planeta tierra,
3.700 millones gritan de hambre, cientos de miles enferman del hambre, y 40.000
niños diarios mueren de hambre? ¿Por qué?
¡Por no compartir! No le demos más vueltas.
Ni Eliseo (cf. 2 Re, 4, 42-44), ni Jesús, crearon los panes, sino que les llevaron
unos pocos panes, y Eliseo y Jesús los trocearon, los “milagrearon” y los
repartieron. Y así hubo para todos, ¿qué tal?
Así debemos hacer nosotros: tenemos pocos panes, pero no siempre los
repartimos, ni los compartimos. Y así nos va: 3.700 millones gritan de hambre, de
los 5.700 millones que habitan en el planeta... y 40.000 niños mueren de hambre
diariamente, además de los 15 millones de leprosos y los 800 millones de
analfabetos del mundo. ¡Por no compartir! No le demos más vueltas.
¡Hay que compartir, si queremos solucionar estos problemas que nos aquejan hoy!
Pero como no sólo de pan vive el hombre, igualmente hay que compartir la
justicia, la fe, el amor, la dignidad, los derechos, la paz, la cultura, las desgracias,
las alegrías, las penas... Dios no remplaza al hombre. Lo que el hombre no le da a
Dios, Dios no lo puede multiplicar, no lo puede “trocear”.
¿Siempre tienes disponibles en tu corazón tus cinco panes y los dos pescados?
¿Te importan tus hermanos hambrientos?
Oye, ¿qué haces que te los estás comiendo solo en el rincón de tu egoísmo?
- Es que tengo hambre, mucha hambre, ¿sabe usted?
¿No ves la cantidad de hermanos tuyos en Tucumán, aquí mismo en capital que
se están muriendo de hambre? ¿No te compadeces de ellos?
- Es que mi familia los necesita, ¿sabe usted?
Pero, ¿no te importa que la gran familia de Dios, que también es tuya, esté
mendigando?
- Pues, voy a ver si me sobra algo...¿sabe usted? Y así nos va. ¡Qué egoístas
somos!
Y tú, ¿dónde están tus panes y pescados? ¿ya te los comiste?
- La verdad es que, es que... me los estoy guardando para mañana... no sea que
mañana no tenga para mi vejez...tengo que asegurar algunos mendrugos, ¿no
cree?
Pero, oye, ¿quién te ha dicho que vivirás mañana? ¿Por qué no los compartes
hoy con los hermanos que hoy se morirán, si tú no los compartes? ¿No tienes
corazón compasivo?
- Vamos a ver.
Y así nos va. Jesús hará el milagro, si tú compartieras tus cinco panes y dos
pescados. Si no, nada puede hacer.
El proceso para esa caridad, para que surja esa caridad es claro. Nos da ejemplo
Jesús en este evangelio.
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a
Él. Primero: levantar los ojos y ver. Pues, ojos que no ven, corazón que no
siente. El egoísmo nos impide levantar los ojos. La indiferencia nos tapa los
ojos. Y la ambición nos ciega. ¡Abre tus ojos, amigo! ¡Levanta tus ojos y
mira a tu alrededor cuántos están muriéndose de hambre material, pero
también de hambre de amor, de paz, de justicia, de cariño!
Sintió compasión. Segundo: sentir compasión. Nuestro corazón debería
ser un sismógrafo que sabe registrar las necesidades del prójimo, de
nuestro hermano. ¿Por qué el corazón a veces está parado y no siente esa
compasión? Otra vez: el egoísmo. El egoísmo nos hiela el corazón. ¡Deja
que tu corazón reaccione a la humano al ver tantas miserias”
¡Compadécete! Dios quiere amar a través de tu corazón. ¡Préstale tu
corazón!
Háganlos sentar. Tercero: dar solución concreta. Sí, mirar al cielo y
bendecir y orar; pero también, distribuir esos cinco panes y dos pescados
que entre todos podemos juntar. ¿Qué nos impide esto? De nuevo, el
egoísmo. El egoísmo no mira ciertamente al cielo, ni bendice los alimentos,
ni tampoco los distribuye. El egoísmo se va a una esquina donde nadie le
vea, ni le moleste, y ahí, se los come él solo todos los panes y pescados:
“¡Son míos! Tengo hambre... me los he ganado con honestidad... me queda
mucho camino de vuelta y quiero tener fuerza...”. Somos familia, somos
comunidad, y en cuanto pongas tus panes y pescados se agranda la familia
y se forma la comunidad, y se sentarán, nos sentaremos, y comerán, y
comeremos, y habrá alegría y amor. ¡Venga, comparte! ¡Forma comunidad!
Recojan los pedazos. Cuarto: ¡Impresionante!, habrá en abundancia para
otras ocasiones y para otros hermanos. ¡El milagro de Dios por haberle
dado nuestra poquedad: cinco panes y dos pescados! Todos satisfechos.
¡Así es Dios: frente a la mezquindad del cálculo humano emerge con
claridad la generosidad del don divino! Aprendamos la lección. ¡Da y habrá
para todos y se recogerán para otros hermanos y para otras ocasiones!
¡Qué maravilla! ¿no crees?
El egoísta nunca está satisfecho. Nunca recoge, porque no da. No se le multiplica
su gozo, su alegría, su caridad y su fe, porque nunca los comparte. ¡Maldito
egoísmo que nos cierra ojos, corazón y manos, ante las necesidades de nuestros
hermanos!
“¡Qué nos importa que haya 3.700 millones que gritan de hambre, de los 5.700
millones del planeta! ¡Qué nos importa que haya 40.000 niños que diariamente
mueren de hambre! ¡Qué nos importan los 8.000 millones de analfabetos y los 15
millones de leprosos! ¡Qué nos importa que haya habido inundaciones en Santa
Fe, y se mueran de hambre en Tucumán, y que todas las noches recojan papeles
en las calles, para hacer algunos pesitos y poder comer! ¡Sólo tenemos cinco
panes y dos pescados!”.
¿Es que no sabemos que si los compartimos, el Señor hará el milagro para que
haya para todos, se sacien, e incluso que sobre para otras ocasiones y para otros
hermanos nuestros?
¿Por qué no hacemos la prueba? Abramos los ojos... Abramos el corazón...
Abramos las manos...Experimentaremos la felicidad y repartiremos felicidad.
¿Qué te agobia y necesita ser purificado al comenzar este
tiempo santo?
¿Durante el Adviento, cómo podemos sembrar esperanza actuando por los demás y
por nuestro planeta?
REFLEXIONAMOS Y PARTICIPAMOS Los discípulos tienen para aportar cinco panes y dos peces,
¾¿Cuáles son nuestros aportes como grupo, y los tuyos propios… para hacer posible el milagro del
compartir? ¾¿Cómo es la situación de la gente en el barrio, en tu galería, en el pueblo o ciudad en
la que vives? ¾¿Qué angustia o preocupa a la gente a tu gente? ¿Qué necesidades padece?
¾¿Cómo podemos dar respuestas que produzcan el milagro del compartir?
¿Qué quiso decir Jesús a sus dicípulos cuando la pronunció?
¿Qué nos quiere decir a nosotros, personas del siglo XXI?
Los milagros de Jesús tienen siempre un significado bien concreto.
No es ningún malabarista que saca palomas del sobrero.
No es tampoco alguien que busque fama ni publicidad con ellos.
Jesús realiza milagros con unos fines bien concretos:
o Aumentar la fe de sus discípulos.
o Suscitar la fe en quien le ve.
o Para manifestar la gloria y el poder de Dios y del Mesías..
o Para corroborar sus palabras con hechos.
o Para manifestar la compasión y la misericordia de Dios.
Siempre, para poder realizarlos, pide unas exigencias:
Creer en Él, esto es lo que le pide al jefe de la Sinagoga.
Creer en su poder para hacerlo.
Pide gratitud. Ante aquellos leprosos que había curado que eran diez y solo uno
vuelve a darle gracias, le dice: «Los otros nueve ¿dónde están?»
Pide conversión: Vete y en adelante no peques más.
Hoy vivimos en un mundo que necesita la multiplicación de personas solidarias, que quieran
compartir lo que es de todos.
Los milagros no son algo que Jesús realiza solo en su tiempo. Hoy con nosotros Jesús realiza
también verdaderos milagros, aunque a veces no nos demos cuenta porque estemos
demasiado acostumbrados a ellos:
El milagro de la vida de cada día.
El milagro de la fe en cada uno de nosotros.
El milagro del amor de Dios a todos y cada uno de nosotros. a pesar de nuestros
pecados e infidelidades.
Milagro del perdón de Dios, que nos lo ofrece ¡incondicionalmente.
El milagro que Dios hace a través de la generosidad y solidaridad de los demás, que
sirve para que Dios sea la respuesta a las necesidades más primarias y
fundamentales de las personas.
Diálogo con Cristo
Jesús, ayúdame a saber multiplicar mi amor. Para que el milagro se produzca necesito
simplemente ofrecerte lo que tengo, nada más... pero tampoco nada menos. Tú
multiplicarás estos pocos o muchos dones para el bien de todos. Con humildad y
sencillez te ofrezco mis talentos, consciente de que los he recibido para darlos a los
demás.