Regresión
S
Ilencio… un silencio sublime me abraza; todo es obscuridad. Semejante al alba
en crecendo unos violines rompen la monotonía de la paz y crean una nueva
melodía, un nuevo amanecer. En crecendo perpetuo abriéndose van las voces,
pianísimo, piano y forte; un clarinete elocuente que a voz en cuello proclama, se unen los
bassones reconfortando y las flautas unidas de los oboes en plegaria celestial, cual obertura,
y marcha que entona aquella melodía de coro angelical: “Recuerda, recuerda, recuerda…”.
Las notas se tornan inestables: paz en caos. Un contrapunto atonal de emociones e
imágenes claroscuro. “Recuerda, recuerda, recuerda…” --¿Dónde estoy? —. Me pregunto.
El ahogado eco de mi voz; enjambre de abejas, estruendo de Dios. Mi voz… mi
conciencia. —deseo la paz ¡callen sonidos infernales! —. ¿Dónde está aquella melodía,
donde está la paz del silencio? ¡Me atacan! —. Los aguijones son espinas ardientes, se
clavan incansables en mi piel. Corro a través de la densa obscuridad, mas como inerte no
logro moverme “Padre mío, padre mío, padre mío…” A lo lejos se escucha una voz y logro
articular una palaba —¡Basta! —. Mis ojos se abren y la luz de mi alcoba deslumbra, mi
visión empañada por las lágrimas trata de enfocar la silueta, logro sentir las manos
hirvientes sobre mis muñecas y solamente después de la calma miro que mi cuerpo
convulsiona, mi frente en sudor frio y mi cama rociada en sangre: —esta enfermedad
comienza a empeorar.
—¿Padre mio, puedes oírme?
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—Si hijo, lamento que tengas que presenciar este tipo de cosas—. Sus manos le
tiemblan por el esfuerzo, el sudor del cansancio corre por sus mejillas mezclándose
con lágrimas, en sus ojos miel una mirada de dolor y alivio se une con la mía.
—Te traeré un té —. Dice mientras suelta mis muñecas y bajándose de la cama, sale
por la puerta de madera.
Una inyección de sangre sube hasta mi cabeza, cual puñalada en el corazón me llena
de un miedo repentino, mis ojos asustados miran todo con confusión y cual grito de
moribundo exclamo —¡Dios ayúdame por favor! —. Se escucha el ruido de algo que se
parte en mil pedazos, mi cuerpo no responde a ordenes —¡Quien esté allí, por favor váyase,
soy un hombre bueno! —. Una figura entra rápidamente a la habitación, me parece familiar.
—¡¿Quién es usted, que hace en mi casa?! ¡Amanda, por el amor de Dios! ¿Dónde
estás? —. Aquel hombre corre hacia mí y me abraza con mucha fuerza, no puedo
librarme, soy demasiado viejo —Por favor no me haga daño, no recuerdo haberle
hecho mal alguno—. Aquel hombre comienza a temblar y lágrimas corren por sus
mejillas mojando cálidamente mi cuello —¿Qué le sucede varón?
—Padre mío, soy yo tu hijo…
—¿Mi hijo?
—Sí ¿no me recuerdas?
—Por supuesto que sí, hijo mío, solo estoy algo confundido ¡vaya que haz crecido!
—. Dile a tu madre que me traiga un poco de comida, tengo un hambre
extraordinaria—.
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—Ella… ella falleció, ¿no lo recuerdas?
—Estoy muy confundido hijo mío, tráeme algo de comer.
—Si padre.
Pasado un breve lapso de tiempo, Augusto entra por la puerta, bajo sus botas cruje la
madera del piso, me levanto del lecho y sentándome en el escritorio bendigo los sagrados
alimentos, tomando las manos de mi hijo pido por él y saludamos a Amanda en el cielo.
Antes de empezar a comer enciendo la vela de Amanda, pongo un disco compacto de los
nocturnos de Chopin y apago la luz del candelabro.
—¿Qué significa esto padre?
—Come hijo mío, que ahora te contaré algunas cosas.
Un buen trago de whiskey, unos bistecs bien preparados y enchilados; tiene la sazón
de su madre. Algunas risas durante la merienda y la plática más amena que haya tenido con
mi hijo, después de haber comido me dirijo a lavar los trastes y habiendo acabado,
caminando lentamente por el pasillo alfombrado veo cada uno de los objetos que tienen una
historia, el taburete del final del pasillo, las réplicas de cuadros famosos, el espejo que fue
un regalo de bodas, el candelabro que nos regaló el pastor de la iglesia bautista
metropolitana, me miro en el espejo ¿qué veo? un anciano de días, lleno de arrugas, una
cabellera blanca, una piel manchada, pero más cerca, mis ojos son los mismos y más
adentro mi alma es la misma, entrando de nuevo a la habitación le pregunto a Augusto —
¿Qué ves cuando me vez?--.
— A mi padre, por supuesto.
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— ¿Que ve la gente?
— A un anciano ejemplar, presbítero de la iglesia, un padre, un amigo, un
consejero, todos te aman ¿Por qué preguntas?
— ¿Y los médicos que ven?
— Un hombre enfermo —. Responde pesaroso.
— ¿Yo a quien veo?
— Es, una pregunta muy complicada ¿Qué ves tú?
Ven siéntate a mi lado. Veo alegría y dolor, veo paz y guerra, veo el principio y el
fin, solamente cuando olvidar es tu destino, recordar se vuelve tu más grande anhelo…
—No entiendo —. Interrumpe
—No te preocupes por entender a un anciano, solo escúchame y guárdalo en tu
corazón.
— Te escucho padre.
Prosigo, soy un niño no deseado por sus padres, el producto de un error, alguien que
fue educado bajo la ley del más fuerte y siempre le toco ser débil. Soy un niño que desde
siempre se preguntó el porqué de muchas cosas y solo después de mucho tiempo encontró
la respuesta, soy un alma libre corriendo por el campo de riego de un rancho enorme,
metiéndose a hurtadillas bajo la tela ciclónica de un lugar cercano a su infierno mal llamado
hogar, soy aquella criatura corriendo entre interminables surcos de campo sembrado,
mojado por enormes dispositivos de riego, iluminado por el sol, mientras grita —Puedo
volar—. Mientras grita —Libertad—. Mientras grita —Soy Feliz—. Puedo ver en el reflejo
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del espejo la mirada de un niño que sabía que la libertad tenía un precio y era el ser azotado
con el cinturón de la ira, por un padre alcohólico y desobligado, ere el ser asfixiado
constantemente por las delicadas manos de una madre adultera y rencillosa, pero aquella
libertad valía cada uno de los azotes.
Yo no veo en el espejo un anciano enfermo e inútil, veo un niño que encontró al
otro lado de un interminable cercado, su libertad y su felicidad, entre el verdor del campo,
el aroma de la tierra mojada, corriendo tras las mariposas, persiguiendo liebres y brincando
al ritmo de los saltamontes, tratando de ocultar la alegría en la bóveda de su corazón,
sellando herméticamente aquella sonrisa que solo él conocía y regresando a casa en su
bicicleta a toda velocidad sabiendo que debía pagar su cuota diaria.
Pero no siempre las cosas son como uno quiere. ¿Has visto un juicio injusto? ¿un
hombre privado de su libertad siendo inocente? ¿un menesteroso perdiendo la vida por el
frio o por el hambre? ¿un desempleado sin esperanza? ¿a un padre cruel, desarmando y
colgando con cadenas y candado a lo alto una bicicleta? No es de mucho meditarse, que el
que practica la injusticia es porque tiene el poder de hacerlo.
No veo un anciano que va perdiendo la cordura al paso de los días, no veo una
fotografía amarillenta y quebradiza, veo una constelación de estrellas danzando por el
cosmos, veo partículas de luz en un vaivén eterno, veo el caos que precede al nacimiento de
una estrella.
El árbol del conocimiento, tan deleitoso y mortal fruto que crece en sus ramas, el no
saber es paz y fácil acceso a la liberta, el mucho saber es guerra y añoranza de libertad.
—Hijo mío, la noche está avanzada, necesitas descansar, después continuare.
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—Está bien, descansa padre, ha sido un día muy largo.
Augusto se levantó de la silla giratoria del escritorio de madera, cerró tas de si la
puerta y segundos después se escuchó el cerrar de la suya. Mi mente está en completa
calma, apago de un soplo aquella vela color cereza, subo un poco el volumen de la música
y enciendo la luz, el tiempo pasa tan deprisa y aun sabiéndolo antes, nunca lo sentí como
hoy, camino lentamente hasta la bañera y preparo una ducha tal y como Amanda solía
hacer.
Seis de la mañana, Augusto se ha ido ya al trabajo, se ha despedido con un beso que
delataba preocupación, llevando puesta aquella chamarra de piel que yo mismo le regale a
sus quince años, me levanto de la cama y exclamo un —¡Aleluya! —. Aún tengo vida, hay
una cosa que nunca me fue entendida en la juventud, aún menos entendida me será en la
ancianidad, tomo aquellas viejas botas, un pantalón entallado color negro, la playera blanca
de mi primer concierto y una réplica de la chamarra de piel que hoy mismo mi hijo se ha
llevado, arreglo mi cabello de lana y rasuro mi descuidada barba dejando aquellas patillas
largas de mi juventud, me sirvo un trago de whisky, celebrando la vida, tomo las llaves del
maverik y conduzco en dirección a Hidalgo; mi tierra natal. El aire de la ciudad hoy me
pesa más que nunca y su insoportable ruido, hoy no tengo porque fingir, mientras avanzo
por el camino a través de la carretera México-Pachuca imágenes bellas comienzan a llegar,
a mitad del camino cerca de un lugar llamado Tecámac, aparco el auto en una bella
cafetería en la cual conocí a la que sería mi bella esposa, el día está soleado, la hora del
desayuno ha comenzado, diferentes negocios de comida abren sus establecimientos dando
la amable bienvenida a los comensales, una suave música va en crecendo mientras
encuentro mi mesa de siempre, al sentarme en una mesa de cristal con sillas cromadas con
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motivos florales, una joven de cabello rizado y voz melodiosa me ofrece la carta del menú
del desayuno, haciendo un ademan de agradecimiento le pido solamente un café
cappuccino con licor de nuez y una porción grande de pan de elote, a lo que accede
inmediatamente y no muchos minutos regresa con la orden, al ritmo en una pieza de jazz, el
sitio se va llenando paulatinamente mientras yo degusto mi desayuno, por un instante cierro
mis ojos y vislumbro un bello decorado blanco y azul cielo, a una bella mesera de cabello
negro intenso y quebrado, mirándome a los ojos dudando si darme el menú o no, miro
también a un delgado joven sonriéndole, fingiendo seguridad diciendo —Solamente quiero
un capuchino con licor de nuez y un pan de elote—. Aquel apuesto joven deja su propina y
una tarjeta que dice “músico multi-instrumentista” semanas después aquel joven tocaba
piezas de Chopin para amenizar las tardes de los comensales, iniciando así una bella
historia. Al abrir mis ojos una pequeña carcajada se escapa, coloco mi propina y continuo
mi camino.
Al llegar cerca de un pueblo mágico, llamado Santa María, aparco el auto en un
gran supermercado, me dirijo por los blanco pasillos hasta el área de deportes, donde
compro a un buen precio una bicicleta, estando ya afuera miro las calles empedradas, las
casas bien conservadas al estilo antiguo, y mirando que nada ha cambiado en estos años,
pedaleo por un estrecho camino de terracería dejando tras de mi todo lo humano y
adentrándome en lo natural, bajando por unas pendientes y cruzando un pequeño bosque,
por así llamarle llego a la avenida que lleva desde los terrenos ejidales hasta la zona
turística, donde nacen aguas termales, el olor a campo llena mis pulmones, una húmeda
brisa besa mis mejillas, al pasar por viejas casas de adobe, el sonido de los animales, el
aroma a leña me rejuvenece, tengo la fuerza de un niño y también su libertad, una vez en la
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zona turística, entro al balneario. En un instante el día se torna noche y un susurro se
escucha en mi oído izquierdo “Atrápame tonto…” Miro rápidamente a Amanda correr entre
el pasto húmedo, corro tras de ella con alegría de corazón, cruzamos las palapas, también la
zona de vestidores, todo está desierto esta noche, yo lo había preparado así. Alcanzándole
hasta las aguas termales le abrazo por la espalda teniendo la luna y las estrellas como únicas
testigos, le beso el cuello con dulce ímpetu, la volteo hacia mi mientras le arranco la ropa y
arrojo de mí todas mis prendas, nos lanzamos al manantial cual Adán y Eva sin pudor ni
vergüenza mirando el cielo e imaginando la sonrisa de Cristo, porque habíamos vuelto al
jardín del Edén; nuestra noche de bodas.
Desempaño mis ojos y un amable joven se ofrece a ayudarme a bajas las escaleras
—Quiero ir al manantial —. Indico. —Por supuesto abuelo —. Responde. No pasa mucho
tiempo cuando la noche comienza a caer y aquel manantial lleno de ancianos y algunos
niños va quedando solitario.
Una puñalada en el vientre y una inyección de sangre sube hasta sentir que mis
cienes revientan, mi vista se apaga y busco rápidamente un lugar seguro para sentarme, mi
respiración se vuelve complicada y después de un hormigueo en mis extremidades, dejo de
sentir mi cuerpo, aquella silenciosa noche me abraza cual madre amorosa.
—¿Qué ves, que lees? ¿un anciano loco arriesgando su vida? ¿un corazón lleno de
preguntas sin respuesta? Entiende esto, nunca sabrás las respuestas si no encuentras la
libertad, te diré que es lo que veo, veo una pizca de cielo en la tierra, escucho la voz de
Dios, puedo ver a un joven que no sabía nada del amor; enamorarse. Puedo ver a un joven
que convirtió la imagen de una bicicleta oxidada colgando en el desván en un concierto
para dos guitarras en si bemol menor, puedo ver a un artista interpretando a Chopin delante
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de los comensales, pero más aún delante de Amanda, puedo ver a este menospreciado
interpretando música propia delante de expertos y ser aplaudido preguntando por el
compositor y afirmar que era él mismo, toda libertad tiene su sacrificio, aquel artista paso
noches en desvelos, en soledades, en hambres, bebiendo un café al día y fumando
cigarrillos para no tener hambre, a fin de componer como lo hicieron los grandes e
interpretar como lo hicieron los virtuosos, y descubrir las maravillas que sus manos podían
interpretar y su mente concebir, y no solo él sufrió, también Amanda, ella creyó en él y
gracias a ella él tuvo la fuerza para componer la Magnum Opus, de la cual ahora puede
vivir su hijo y sus nietos.
¿No te estoy diciendo que la libertad tiene un precio? Dime ahora ¿Eres libre?
¿Puedes escuchar la Sinfonía? ¡Oh sí! Es la novena de Beethoven, tan… tan… tan.. tan..
tadan, tadan, tadan, tadan…. Escucha los instrumentos de viento iniciar. Mudamente se
puede sentir el océano entero, el corazón puede confundirse con el brazo cansado del
timbalero, pero la cálida voz de Amanda diciendo “Recuerda, recuerda, recuerda…” no
puede ser olvidada.
***
EL TELÉFONO suena y contesto:
—Bueno.
—¿Señor Von Carlo?
—Sí
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—Su padre está internado en el hospital general de Pachuca, fue hallado con
hemorragia de segundo grado en una zona turística, esperamos pueda venir en cuanto
antes…
—Muchas gracias —. Respondo y cuelgo el teléfono, saco la licorera de la bolsa
interna de mi chaqueta y bebo un trago, le pido a un amigo que me lleve rápidamente, trato
de encender un cigarrillo, pero las manos me tiemblan demasiado, Jorge me ayuda.
—Todo va a estar bien compa.
—Eso espero mi vale.
Al llegar al hospital Jorge arregla los asuntos secundarios, y yo me dirijo inmediatamente
con mi Padre, ese horrible aroma, los lamentos de la gente, es terrible. Hago oídos sordos a
las enfermeras y me arrodillo a lado de mi padre.
—¿Padre, estas bien? —. Pregunta estúpida digo dentro de mi
— ¡Oh amigos, dejemos esos tonos! ¡Entonemos cantos más agradables y llenos de
alegría! —. Susurra con voz quebrada —. No le digas a Papá que baje la bicicleta,
me golpearía con la vara de espinos una vez más, la he escondido varias veces, pero
siempre la encuentra.
—Dios mío ayúdanos —. ¿Sabes quién soy?
—Aquel a que la suerte ha concedido una amistad verdadera…
—Su padre no se encuentra bien —. Dice una enfermera.
—No me había dado cuenta —. Esputo —Padre soy yo Augusto tu hijo
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—Es gracioso como papá dice que ira por cigarrillos y va al encuentro de una
mujer, y mamá llama por teléfono y un hombre de un coche rojo la recoge minutos
después, cuando ambos llegan no pelean, mamá me trae un juguete y papá un
chocolate, pero ¿Por qué no descuelgan mi bicicleta?
Salgo de la habitación con el corazón hecho pedazos, compro un café en la expendedora y
miro entrar al pastor de la iglesia.
—Hijo, ¿cómo está tu padre?
—Terrible pastor… —respondo ahogado por el llanto.
—El Señor me manda a darle la ultima cena, tu padre se va.
—Acompáñame.
Entramos a la sala, mi padre no deja de balbucear palabras ininteligibles y entonar la
novena sinfonía.
—Consiervo, tú me recibiste en brazos cuando yo nací y ahora me toca entregarte
en brazos de nuestro Señor Jesucristo. Porque yo recibí del Señor lo que también os
he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo
dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es
partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de
haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas
las veces que la bebiereis, en memoria de mí.
—El abuelo decía que odiaba a Dios, lo que mi abuelo no sabía era que Dios me
había dicho que no era odio, sino que el abuelo estaba triste.
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—Es un niño —. Dijo el Pastor.
—Pastor, verdad que es bueno defender el amor, la fe y la libertad, ¿aunque uno
tenga que llorar mucho? ¿Verdad que no es locura?
—No mi niño, es pelear la buena batalla.
—Sabe eso que dice me hace feliz, yo quería que papá me dijera eso, pero siempre
me pegaba y mamá se reía, yo le dije a Dios, si quería ser mi papá y me dijo que si,
pero nunca fui un buen hijo.
—Dios lo sabe mi niño, ahora tienes que tomar la santa cena.
—¡Si! Me gusta mucho la santa cena, siempre me imagine a mí mismo junto a sus
discípulos en la noche, iluminado por lámparas de aceite en el huerto de Getsemaní,
y que me dijera amigo, yo siempre me considere su amigo, yo creo que el igual me
considera amigo.
—Abre la boquita.
—Ahhhm —-. Mi padre parecía un niño pequeño, miraba sus ojos llenos de alegría,
ni siquiera prestaba atención al dolor que su cuerpo sufría, no sabía si llorar o reir
con él.
— Sabe algo pastor, me gusta mucho Beethoven.
—¿Ah sí?
— Quien haya conquistado a una hermosa mujer ¡una su júbilo al nuestro!
¡Abrazaos millones de criaturas! ¡Qué un beso una al mundo entero! Hermanos,
sobre la bóveda estrellada Debe habitar un Padre amoroso.
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— ¿Un poco desentonado no? —. Rio el pastor y yo con él
— Si pastor —Rio mi padre. pero me tengo que ir —. Añadió feliz.
—Adónde vas padre —. Pregunté
—Con Amanda, está corriendo en el huerto del Edén, también quiero jugar… —.
CerrÒ sus ojos, y dejo de respirar.
FIN
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