Derecho Patrimonial de la Iglesia Católica
Derecho Patrimonial de la Iglesia Católica
1. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
a) Los bienes temporales al servicio de la misión de la Iglesia
«Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir,
retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus fines propios» (c. 1254 1). La
afirmación de este principio sale al paso, por una parte, de posibles espiritualismos, que pudieran
menospreciar la dimensión humana y visible de la Iglesia, con las necesidades, también
económicas, que implica (Cf. GS, 76); y, por otra, de visiones estatalistas que pretendieran limitar
indebidamente la capacidad patrimonial de la Iglesia, condicionando así el pleno ejercicio de la
libertad religiosa (Cf. DH, 4 y 13).
No se trata, sin embargo, de un principio absoluto: la capacidad patrimonial de la Iglesia no se
justifica por finalidades de influencia temporal (Cf. GS, 42), ni es ilimitada, sino que está
esencialmente supeditada —también en su medida— al cumplimiento de sus fines propios, que
«son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y
demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los
necesitados» (c. 1254 2; cf. PO, 17).
b) Sujetos con capacidad patrimonial
Tienen capacidad de adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales en el
ordenamiento canónico: a) La Iglesia universal y la Sede Apostólica; b) Las demás personas
jurídicas públicas (circunscripciones eclesiásticas, parroquias, seminarios, institutos de vida
consagrada y sociedades de vida apostólica, asociaciones públicas, etc.); c) Las personas jurídicas
privadas (Cf. c. 1255).
Evidentemente, también las personas físicas gozan de esta capacidad, pero el Derecho canónico,
salvo en algunas cuestiones (Cf. , p. ej., la alusión del c. 1269 0 la del c. 1299, y el régimen de
las causas pías), no regula directamente su actividad patrimonial en el Libro V del CIC, que se
limita a dar normas sobre los bienes de las personas jurídicas y, especialmente, sobre los bienes
eclesiásticos.
El dominio de los bienes (la propiedad, con todos los derechos anejos y la posesión efectiva)
corresponde a la persona jurídica que los haya adquirido con arreglo a Derecho, y se ejerce
siempre bajo la autoridad suprema del Romano Pontífice (Cf. c. 1256), de manera que, también
en la actividad patrimonial, se mantenga la unidad de la Iglesia, garantizada por el Primado
pontificio.
c) Los bienes eclesiásticos
Los bienes que pertenecen a las personas jurídicas públicas son bienes eclesiásticos y se rigen
por los cánones del Libro V del CIC —que, cuando mencionan a «la Iglesia», quieren referirse a
todas esas personas jurídicas (Cf. c. 1258)— y, en su caso, también por los estatutos propios. En
cambio, los bienes propios de las personas jurídicas privadas no son bienes eclesiásticos, se rigen
por los estatutos propios y no por las normas del CIC, salvo que en algún caso se indique
expresamente lo contrario (Cf. c. 1257).
La cualidad de bienes eclesiásticos es una calificación jurídica que se establece exclusivamente
para determinar el régimen jurídico de esos bienes. Pero los bienes de las personas jurídicas
privadas se rigen por los estatutos propios —aprobados por la autoridad eclesiástica (vide XI,
4)— en el contexto de su cooperación a la misión de la Iglesia, es decir, condicionados también
por la ordenación a los fines propios de la Iglesia (Cf. c. 1254),
Estudiaremos a continuación los aspectos principales del régimen jurídico de los bienes
eclesiásticos,
2. ADQUISICIÓN DE BIENES POR PARTE DE LA IGLESIA
El CIC enuncia el principio general de que la Iglesia puede adquirir bienes de todos los modos
justos que estén permitidos a otros sujetos por Derecho natural o positivo (Cf. c. 1259).
Sentado este principio, el Libro V prescinde de dar normas concretas sobre la mayoría de esos
modos de adquisición (incluye sólo algunas sobre la prescripción en los cc. 1268-1270; vide VII,
7), y se centra en un aspecto fundamental, que se hace más evidente a la luz de la eclesiología
conciliar: la corresponsabilidad de todos los fieles, también en materia patrimonial.
a) Deber y derecho de los fieles a sostener económicamente la misión de la Iglesia
«La Iglesia tiene el derecho nativo de exigir de los fieles los bienes que necesita para cumplir sus
fines propios» (c. 1260). Este derecho nativo se fundamenta en la común pertenencia de todos
los fieles al Pueblo de Dios, que los hace copartícipes y corresponsables de la misión de la Iglesia.
Todos los fieles tienen, por tanto, el deber de subvenir a las necesidades de la Iglesia, de modo
que pueda disponer de los medios necesarios para sostener sus fines propios (Cf. c. 222); y gozan
-—en la sociedad y ante el Estado— de la libertad de aportar bienes temporales en favor de la
Iglesia (Cf. c. 1261 ss 1). También es reflejo de esa corresponsabilidad la norma que manda a los
administradores de bienes eclesiásticos rendir cuentas a los fieles acerca de los bienes que
entregan a la Iglesia (Cf. c. 1287 2).
El ius exigendi de la Iglesia enunciado en el c. 1260 implica la potestad de imponer tributos a los
fieles y a las personas jurídicas; sin embargo, el CIC no ha mantenido ningún tributo ordinario
para las personas físicas —como eran, p. ej., los antiguos diezmos y primicias—, aunque no
excluye la posibilidad de recurrir a esa vía, si fuera necesario (Cf. c. 1263). El legislador ha
preferido apelar a la responsabilidad generosa de los fieles, que el Obispo diocesano debe
recordar y urgir oportunamente (Cf. c. 1261
2). Por eso, la ayuda de los fieles se recibirá ordinariamente en forma de aportaciones y ofrendas
voluntarias.
b) Aportaciones voluntarias de los fieles
Las oblaciones o aportaciones voluntarias —es decir, que no constituyen el pago de una
obligación jurídica determinada— pueden ser espontáneas o solicitadas por la Iglesia. El c. 1262
exhorta a los fieles a prestar ayuda cuando se les pidan subvenciones para las necesidades de la
Iglesia, de acuerdo con las normas dadas por la conferencia episcopal.
Una de las formas —aunque no la única— de pedir esa colaboración económica son las colectas
que se hacen ordinariamente en las iglesias para el sostenimiento del culto y las obras de caridad
y apostolado.
Además de las colectas y aportaciones ordinarias, el Ordinario del lugar puede establecer que se
hagan en todas las iglesias y oratorios abiertos habitualmente a los fieles —aunque pertenezcan
a institutos religiosos—algunas colectas especiales para determinadas obras diocesanas (p. ej., el
seminario: Cf. c. 264 1), parroquiales, nacionales o universales (Cf., p. ej., c. 791,3.P). Estas
colectas no quedan en las iglesias u oratorios, sino que se envían directamente a la curia diocesana
(Cf. c. 1266).
El c. 1265 se refiere a las cuestaciones, para prohibir que personas privadas, físicas o jurídicas,
pidan limosnas para instituciones o fines piadosos sin licencia escrita del Ordinario del lugar.
Esta disposición no afecta al derecho de los religiosos mendicantes a pedir limosna, pero la
conferencia episcopal puede dar normas sobre la cuestación de limosnas que obliguen a todos,
sin excluir a los mendicantes (Cf. C. 1265 2).
Las ofrendas que entregan los fieles espontáneamente a los superiores o administradores de
cualquier persona jurídica se presumen hechas a la persona jurídica, no a quien materialmente
las recibe, y normalmente deben aceptarse. Si se entregan para un fin determinado, una vez
aceptadas, no pueden destinarse a otro fin (Cf. c. 1267 1 y 3).
Para rechazar legítimamente una ofrenda voluntaria se requiere justa causa. Las personas
jurídicas públicas necesitan, además, licencia del Ordinario del lugar, tanto para rechazar una
donación importante, como para aceptar una donación que lleve consigo cargas o condiciones
(Cf. c. 1267 2).
c) Tasas y ofrendas con ocasión de sacramentos y sacramentales
El c. 1264 trata separadamente, para mejor distinguirlos, de otros dos capítulos por los que la
Iglesia percibe fondos: las tasas y las ofrendas que hacen los fieles con ocasión de ciertas
celebraciones.
Las tasas son las cantidades que se abonan por ciertos actos de la potestad ejecutiva (por actos
de gracia y asimilados: licencias, certificaciones, etc.; y por la ejecución de rescriptos de la Sede
Apostólica); o por actos de la potestad judicial (Cf, , p. ej. c. 1649). Su naturaleza es retributiva:
son contraprestación del servicio prestado por la organización eclesiástica.
Las ofrendas que han de hacerse con ocasión de la celebración de sacramentos y sacramentales
no son tasas, ni constituyen un pago por sacramentos (que sería simoníaco: Cf. c. 1380), sino
una oblación, hecha en ocasión especialmente oportuna, con la que los fieles —en expresión del
c. 946, que se refiere a los estipendios de misas — contribuyen al bien de la Iglesia y participan
de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades.
La Iglesia procura evitar cuidadosamente hasta la apariencia de interés económico en la
administración de los medios de salvación; por eso, entre otras cosas, insiste en que ningún fiel
se vea discriminado o quede privado de esas celebraciones por motivos económicos (Cf. p. ej.,
cc. 947 y 945 2, sobre estipendios de misas; c. 1181, sobre ofrendas funerarias).
La reunión de Obispos de la provincia eclesiástica debe fijar, en principio, tanto las tasas —éstas
con aprobación de la Sede Apostólica——como las ofrendas mencionadas, de manera que sean
uniformes en todas las diócesis de la provincia.
d) Tributos eclesiásticos
Concretando la disposición general del c. 1260, el c. 1263 reconoce y regula la potestad
impositiva del Obispo diocesano en el ámbito de su jurisdicción, previendo la posibilidad de que
imponga, con carácter ordinario, un tributo moderado y proporcional a sus ingresos a las Personas
jurídicas públicas sujetas a su jurisdicción, después de oír al consejo de asuntos económicos y al
consejo presbiteral.
Únicamente por grave necesidad y con carácter extraordinario —salvo que leyes o costumbres
particulares prevean derechos más amplios podría imponer también una contribución moderada
a las demás personas jurídicas (tanto privadas como públicas no sujetas a su Jurisdicción) y a los
fieles singulares,
El CIC regula en lugar aparte el tributo en favor del seminario (seminarístico), que puede
imponerse también ordinariamente a personas jurídicas privadas (Cf. c. 264).
e) Corresponsabilidad de las diócesis con la Sede Apostólica
La Sede Apostólica necesita de la contribución de todas las Iglesias Para obtener los medios que
requiere su servicio universal. El CIC 501
no establece un tributo determinado para ese fin, sino que se limita a recordar a los obispos
diocesanos su deber de contribuir a dotar de medios económicos a la Santa Sede, en la medida
de las posibilidades de sus diócesis, por razón del vínculo de caridad y de unidad (Cf. c. 1271).
Entre las modalidades usuales de esa contribución se encuentra la tradición del «óbolo de San
Pedro», una colecta anual para las necesidades de la Sede Apostólica; pero también puede haber
otras colectas ordinarias para finalidades concretas, y aportaciones extraordinarias, espontáneas
o solicitadas por la Santa Sede ante alguna circunstancia o necesidad especial.
3. ORGANIZACIÓN ECONÓMICA DE LA SUSTENTACIÓN DE LOS MINISTROS
SAGRADOS: REFORMA DEL SISTEMA BENEFICIAL Y RÉGIMEN VIGENTE
La principal reforma que introdujo el Concilio en el planteamiento general de la organización
económica de la Iglesia se encuentra en este postulado: «ha de abandonarse el sistema que llaman
beneficial o, al menos, hay que reformarlo de tal modo que la parte beneficial o de derecho a los
réditos dotales anejos al beneficio se considere como secundaria y se atribuya en Derecho el
primer lugar al mismo oficio eclesiástico» (PO, 20).
Los cc. 1409-1488 del CIC 17 acogían el tradicional sistema consistente en organizar la
sustentación del clero y de la actividad pastoral a través de beneficios eclesiásticos. Cada
beneficio era un ente moral erigido por la autoridad, compuesto por un oficio (elemento
ministerial, espiritual) y unos bienes o dote (elemento beneficial o patrimonial), cuyas rentas
tenía derecho a percibir el titular del beneficio, que adquiría asimismo las obligaciones propias
del oficio. «La dote, o sustancia patrimonial del beneficio, estaba constituida en los orígenes por
bienes raíces, como correspondía al régimen feudal de la propiedad. El c. 1410 del CIC 17
extendió impropiamente el contenido de la dote beneficial a prestaciones ciertas y debidas por
alguna familia o persona moral, ofrendas ciertas y voluntarias de los fieles, derechos de estola y
distribuciones corales, pretendiend0 mantener la figura del beneficio eclesiástico cuando ya había
decaído como consecuencia de las desamortizaciones» (López Alarcón). Lo que impulsaba a
postular la reforma de este sistema era, sobre todo, su marcada tendencia a dejar en segundo
plano el sentido espiritual y apostólico del servicio ministerial, encarnado en el oficio, y el
entorpecimiento que suponía para la libertad del Obispo a la hora de encomendar oficios y
funciones a los sacerdotes; efectos perniciosos que resultaban agravados por la diferencia de
rentas, a veces muy notable, entre unos beneficios y otros.
La finalidad que justifica y legitima el empleo de bienes materiales por parte de la Iglesia es la
razón de que el Derecho vele por la conservación y por la adecuada gestión del patrimonio de las
personas jurídicas, de modo que no queden imposibilitadas de cumplir sus fines por falta de
recursos. Por esta razón, se establece el concepto de patrimonio estable de la persona jurídica.
El conjunto de bienes que, por legítima asignación (Cf. c. 1291), constituye el patrimonio estable
es la «base económica mínima y segura para que pueda subsistir la persona jurídica de modo
autónomo y atender los fines y servicios que le son propios» (López Alarcón).
Además de las especiales cautelas establecidas para los actos de administración extraordinaria
(vide supra: 4, c), el CIC tutela específicamente el patrimonio estable ante los actos de
enajenación, concepto que —además de donaciones, cesiones, compraventas y otros contratos
que impliquen actos de disposición, a los que se aplican las leyes civiles de cada lugar (Cf. c.
1290)— incluye cualquier operación de la que pueda resultar perjudicada la situación patrimonial
de la persona jurídica (Cf. c. 1295).
Concretamente, no pueden enajenarse válidamente bienes del patrimonio estable sin licencia de
la autoridad competente —que, según la cuantía de la operación, será el Ordinario, la conferencia
episcopal o la Santa Sede—; y en su enajenación deben observarse las demás prescripciones del
Derecho (Cf. cc. 1293-1296).
6. LAS PÍAS VOLUNTADES Y LAS FUNDACIONES PÍAS
Quienes, por Derecho natural y canónico, tienen capacidad para disponer libremente de sus
bienes, pueden dejarlos a causas pías, tanto en vida como después de su muerte (Cf. c. 1299). Se
consideran causas pías los fines de culto, piedad o caridad a los que se destinan unos bienes por
expresa voluntad (pía voluntad) de quien los entrega a la Iglesia.
No queda constituida jurídicamente una causa pía hasta que la disposición de bienes es aceptada
formalmente por la Iglesia —por los administradores de la persona jurídica de que se trate— que
debe comprobar previamente la naturaleza de los fines y la posibilidad de llevarlos a cabo (Cf. ,
p. ej., c. 1304). Pero, una vez aceptada, surge la obligación estricta de cumplir la voluntad del
donante, que es ley fundamental de toda causa pía (Cf. c. 1300), y no se pueden destinar esos
bienes a otro fin.
El deber de velar para que se cumpla diligentemente (con suma diligencia, dice el c. 1300) la
voluntad de quienes dejan sus bienes para causas pías, es la razón de que el c. 1301 establezca
que el Ordinario es el ejecutor de todas las pías voluntades sin perjuicio de la función de los
ejecutores inmediatos que pudieran haberse designado (Cf. también c. 1302)—, y le asigne una
serie de facultades de control y vigilancia, como la visita y la exigencia de rendición de cuentas.
Entre las causas pías se cuentan las fundaciones pías, que pueden ser de dos tipos (Cf. c. 1303):
Fundaciones pías autónomas. Son conjuntos de bienes destinados a fines de piedad, apostolado
o caridad (Cf. c. 114 2) y erigidos en persona jurídica por la autoridad competente (se trata, por
tanto, de un tipo de personas jurídicas.
Fundaciones pías no autónomas. Son bienes temporales que se dan, de cualquier modo, a una
persona jurídica pública para que los administre (Cf. c. 1305), con la carga de destinar durante
un largo tiempo sus rentas anuales (Cf. c. 1303, 1,2.Q-2) a celebrar misas u otras funciones
eclesiásticas determinadas, o a cumplir otros fines de piedad, apostolado o caridad.
Los cc. 1305-1307 dan normas precisas sobre el cumplimiento de las cargas de las fundaciones
pías no autónomas, que procuran garantizar la diligencia a la que alude el c. 1300. Cuando el
cumplimiento se hace imposible o no puede cumplirse exactamente lo dispuesto por el fundador,
por disminución de las rentas o por otras causas justas, están previstas una serie de facultades de
traslado, reducción, moderación o conmutación de cargas por parte de la autoridad, que son
especialmente exigentes en el caso de cargas de misas (Cf. cc. 1308-1310).