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Modelos de Comunicación: Un Análisis Exhaustivo

Este documento describe varios modelos de comunicación, incluyendo modelos técnicos (Shannon y Weaver), lingüísticos (Jakobson) e interactivos (Kerbrat-Orecchioni, Charaudeau). Critica el modelo lingüístico de Jakobson por considerar el código de forma singular y lineal, en lugar de reconocer las diferencias individuales en el código. También analiza el trabajo de Kerbrat-Orecchioni sobre la comunicación lingüística, que cuestiona la noción de un código lingüístico común y

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Modelos de Comunicación: Un Análisis Exhaustivo

Este documento describe varios modelos de comunicación, incluyendo modelos técnicos (Shannon y Weaver), lingüísticos (Jakobson) e interactivos (Kerbrat-Orecchioni, Charaudeau). Critica el modelo lingüístico de Jakobson por considerar el código de forma singular y lineal, en lugar de reconocer las diferencias individuales en el código. También analiza el trabajo de Kerbrat-Orecchioni sobre la comunicación lingüística, que cuestiona la noción de un código lingüístico común y

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La comunicación.

Modelos de comunicación:
Técnicos (Shannon y Weaver); lingüísticos (Jakobson); interactivos
([Link]-Orecchioni; [Link]); psicosociológicos (P. Watzlawick
y la escuela de Palo Alto)_____________________________________________

MODELOS DE COMUNICACIÓN
Esther López
Constanza Padilla

Documento de cátedra

Desde distintos modelos y desde diferentes disciplinas se ha procurado dar cuenta


del proceso de la comunicación.
Numerosos fueron los avances, desde los primeros intentos de formalización, que
concebían a la comunicación en términos lineales, es decir como la transmisión de
información desde un punto a otro -implicando esta transferencia la pasividad del
receptor que se limitaba a descodificar las señales emitidas- hasta los más recientes,
los cuales, dejando de lado esta concepción, la conciben de manera interactiva.
A continuación, se desarrollarán las distintas aproximaciones propuestas:

Modelos Técnicos
Un punto de referencia obligado, en este sentido, lo constituye el modelo de
Shanon y Weaver (1949) que entiende la comunicación como una cadena de
elementos: la fuente de información que produce un mensaje (la palabra en el
teléfono); el emisor que transforma el mensaje en señales (el teléfono transforma la
voz en oscilaciones eléctricas), el canal que es el medio utilizado para transformar las
señales (cable telefónico); el receptor que reconstruye el mensaje a partir de las
señales, y el destino que es la persona (o la cosa) a la que se envía el mensaje.
Durante la transmisión, las señales pueden ser perturbadas por ruidos (chirrido en
línea). El esquema propuesto puede graficarse del siguiente modo:

Canal

EMISOR RECEPTOR

FUENTE mensaje código descodificación mensaje DESTINATARIO

ruido

Un aporte que supera en cierto modo la linealidad de esta propuesta, es el que


proporciona [Link] con la introducción del concepto de feed-back o
retroalimentación. Con éste se pone el acento en el carácter no lineal, sino circular del
proceso, dado que el concepto implica que, si bien, de acuerdo con el modelo anterior,
alguien comunica algo a alguien, éste, a la vez, es un potencial emisor que puede
reaccionar y producir un nuevo mensaje.
El modelo esbozado, proveniente del ámbito de las telecomunicaciones, fue
reformulado para ser aplicado al ámbito de la comunicación humana. Ésta, siguiendo
este esquema, se reduciría a la transmisión de información desde un emisor
(encargado de codificar) a un receptor (cuya misión es descodificar) a través de un
determinado canal. Pero las limitaciones de esta analogía son evidentes, dado que el
código del lenguaje no tiene las mismas características que un código formal, en el
cual existe una relación unívoca entre significante y significado (tal es el caso del
código Morse).

Modelos lingüísticos
Un ejemplo de la transposición del modelo anterior al ámbito lingüístico, lo
constituye el modelo de la comunicación verbal propuesto por [Link] (1960), el
cual, aunque depurado, conserva rasgos del anterior:

Contexto o Referente

Emisor-------------------------- Mensaje-------------------------- Receptor

Canal

Código

Este modelo distingue seis factores esenciales, a cada uno de los cuales le
corresponde una función comunicativa específica:

La función referenciaI, pone el acento en el referente, en aquéllo de lo que se


habla. En consecuencia, implica la comunicación de datos, hechos o ideas. Los
textos informativos y expositivos constituyen ejemplos de textos en los cuales
se privilegia esta función.

La función emotiva o expresiva, orientada al emisor, implica una expresión


directa de la actitud de éste hacia lo que está diciendo. Conversaciones, cartas
familiares o íntimas constituyen ejemplos de textos en los cuales se privilegia
esta función

La función conativa se refiere a la incidencia sobre el receptor para que


piense y/o actúe de determinada manera. Predomina esta función en la
publicidad y en los discursos políticos.

- La función poética está orientada hacia el mensaje, ya que consiste en la


creación de mensajes por el mensaje mismo. Se manifiesta en los textos
literarios en general.

La función metalingüística privilegia el código. El lenguaje es el único código


reflexivo que se vuelve sobre sí mismo; es decir que habla sobre sí con el
mismo código. A través de esta función, el hablante y el oyente verifican si
están usando el código en el mismo sentido o no. Enunciados como: ¡que
significa connotación? o bondad es un sustantivo abstracto son ejemplos de
esta función.

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La función fática se centra en el canal y en el Interés por parte de los
participantes del acto verbal de establecer, prolongar o interrumpir la
comunicación, para comprobar si el canal funciona. Se manifiesta a través de
enunciados del tipo ¡me escuchas? ¡ajá! destinados a informar si el canal sigue
disponible o no.

Es importante señalar que, como es difícil encontrar mensajes verbales que


realicen un cometido único, las funciones no se excluyen unas a las otras, sino que
establecen entre ellas una relación jerárquica que implica el predominio de una sobre
las otras según sea la intencionalidad del hablante.
Este modelo pese a sus limitaciones, es el más difundido. Son numerosas las
criticas y las modificaciones sufridas por el modelo pero no se ha salido del binomio
emisor/ receptor. En este sentido, podemos señalar las reformulaciones propuestas
por [Link]-Orecchioni (1993) al esquema de Jakobson, las cuales constituyen una
superación del carácter lineal del modelo lingüístico jakobsoniano y una apertura hacia
los modelos interactivos de comunicación.
A continuación, proporcionamos un resumen del capítulo "La comunicación
lingüística" del libro de [Link]-Orecchioni, La enunciación. De la subjetividad en el
lenguaje.

Modelos interactivos

[Kerbrat-Orecchioni (1993) La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje, Buenos


Aires, EDICIAL, pp.17-38.]

1. La comunicación lingüística.

1.2. Críticas al esquema de comunicación de [Link].

[Link] considera que puede reprocharse a Jakobson no haber considerado


suficientes elementos y no haber intentado hacer un esquema algo más complejo con
el fin de que "el mapa" dé mejor cuenta del "territorio". La crítica fundamental de
Kerbrat al modelo jakobsoniano se centra en el concepto de código y lo hace en los
siguientes términos:

1.2.1. El código

Dentro del esquema de Jakobson, el "código" aparece en singular y suspendido en


el aire entre el emisor y el receptor, lo cual plantea dos problemas y sugiere dos
criticas:

a) El problema de la homogeneidad del código: Es inexacto pensar que los dos


participantes de la comunicación, aun si pertenecen a la misma "comunidad
lingüística” hablen exactamente la misma “lengua”.
Respecto a este punto se dan dos posiciones rigurosamente antagónicas:
los que privilegiando el rol del receptor opinan que el emisor se adecúa a los
términos de éste.
los que dándole un papel preponderante al emisor afirman que éste tiene el
derecho de atribuir el sentido que quiera a toda expresión que desee emplear.

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Por su parte, Bourdieu (1975) estima, que el empleo de ese artificio teórico que es
la noción de “lengua común” desempeña un papel ideológico bien preciso: sirve para
enmascarar bájo la apariencia euforizante de una armonía imaginaria la existencia de
tensiones, enfrentamientos y opresiones muy reales; negar la existencia de esas
tensiones y mecerse en la “ ilusión de comunismo lingüístico”, significa de hecho un
intento de conjurar, por el desvio del lenguaje, las diferencias sociales.
Como puede verse, las opiniones difieren, tanto respecto del fenómeno mismo
como de su interpretación ideológica. En cuanto al primero, diremos prudentemente
que la verdad está en el medio. Por un lado, para tomar el caso del componente léxico
en el que se reúnen más masivamente las divergencias idiolectales, es innegable que
se establece un cierto consenso sobre las significaciones que hace posible una
intercomprensión al menos parcial; y que las palabras tienen, en la lengua, un sentido,
o más bien, sentidos relativamente estables e intersubjetivos.
Por esta razón, después de haber admitido en primer lugar que la comunicación
verbal autorizaba una intercomprensión parcial, a continuación debemos insistir sobre
el hecho de que esa intercomprensión no puede ser sino parcial. Hay que tomar
partido: la intercomunicación es un fenómeno relativo y gradual. No hay ninguna razón
para favorecer los casos de comunicación "lograda" y considerar como "basura"
fenómenos tan frecuentes como los malentendidos, los contrasentidos, etc. Bien por el
contrario, como lo afirman C. Fuchs y P. Le Goffic (1979, p. 133) siguiendo a A. Culioli:
La disimetría entre producción y reconocimiento, la falta de coincidencia entre los
sistemas de los enunciados obligan a colocar en el centro de la teoría lingüística
fenómenos hasta ahora rechazados como “fallas” de la comunicación.
Desde un punto de vista metodológico, esto quiere decir que esta "idealización
teórica que implica el hecho de identificar la competencia del hablante con la del
oyente" (postulado del "modelo neutro") no es tan "legítima" como lo estima Lyon
(1978, p. 71); y que por el contrario, es preciso admitir que la comunicación (dual: no
hablamos por el momento más que del caso más sencillo) se funda sobre la
existencia, no de un código, sino de dos idiolectos (que alude al modo particular e
idiosincrásico de uso de ese "código común"). De este modo, en el intervalo que
separa las operaciones de codificación y descodificación, el sentido sufre muchos
avatares. No es verdad, entonces, como parece decirlo Jakobson que el mensaje pase
en su totalidad de mano en mano sin sufrir alteraciones en la operación.

b) Problema de la exterioridad del código.-

Habiéndose así multiplicado por dos el constituyente "código" los generadores


individuales que se obtienen deben insertarse uno en la esfera del emisor y el otro en
la del receptor. Podría incluso considerarse que cada uno de los dos idiolectos incluye
dos aspectos: competencia desde el punto de vista de la producción frente a
competencia desde el punto de vista de la interpretación (la primera en la esfera del
emisor y la segunda en la esfera del receptor).
Kerbrat prefiere hablar de “competencia de un sujeto”, para referirse a la suma de
todas sus posibilidades lingüísticas, al espectro completo de lo que es susceptible de
producir y de interpretar.

1.2.2. El universo del discurso.

Sin embargo, es inexacto representarse al emisor como alguien que, para


confeccionar su mensaje, elige libremente tal o cual ítem léxico, tal o cual estructura
sintáctica, tomándolos del stock de sus aptitudes lingüísticas y abreva en este inmenso
depósito sin otra restricción que “lo que tiene que decir”. Aparecen limitaciones
suplementarias que funcionan como filtros que restringen las posibilidades de
elección (y orientan simétricamente la actividad de descodificación). Estos filtros
dependen de dos tipos de factores:

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1) las condiciones concretas de la comunicación;
2) los caracteres temáticos del discurso, es decir, grosso modo, las restricciones de
"género".
Por ejemplo, para analizar el discurso de un profesor de lingüística hay que tener en
cuenta:
(1) la naturaleza particular del locutor (donde entran en juego numerosos parámetros);
la naturaleza de los alocutaríos -destinatarios directos- (su número, edad, nivel
sociocultural, comportamiento); la organización material, política y social del
espacio en que se instala la relación didáctica, etc.
(2) el hecho de que se trata de un discurso que obedece a las siguientes restricciones:
discurso didáctico (restricción de género) que se refiere al lenguaje (restricción
temática).
Del mismo modo, para analizar las producciones infantiles es necesario considerar:
(1) si se trata de textos orales o escritos, monologados o dialogados, emitidos en
situación escolar o no, etc.,
(2) si se trata de textos narrativos, descriptivos , poéticos (restricciones de género).

De este modo, Kerbrat llama universo del discurso al siguiente conjunto:


1. situación de comunicación (lugar y tiempo, marcos institucionales, etc.);
2. limitaciones genéricas y estilístico-temáticas.

Con respecto al modelo de Jakobson, Kerbrat propone dos principios de


enriquecimiento:

2.2.3. Las competencias no lingüísticas.

Puede agregarse a las competencias estrictamente lingüísticas (y a las


competencias paraiingüisticas -entonación, intensidad y timbre de la voz; mímica y
gestos, etc.-), los siguientes aspectos, tanto en la esfera del emisor como en la del
receptor:
Las determinaciones psicológicas y psicoanaliticas, que desempeñan
evidentemente un papel importante en las operaciones de codificación/
descodificación, pero de las cuales Kerbrat habla muy poco por falta de
competencia en la materia.
Las competencias culturales (o "enciclopédicas", el conjunto de los
conocimientos implícitos que los hablantes poseen sobre el mundo) e
ideológicas (el conjunto de los sistemas de interpretación y de evaluación del
universo referencial) que mantienen con la competencia lingüística relaciones
tan estrechas como oscuras y cuya especificidad contribuye todavía más a
acentuar las divergencias idiolectales.

2.2.4. Los modelos de producción y de interpretación.

Los modelos de competencia lingüística explicitan el conjunto de conocimientos que


los sujetos tienen sobre su lengua; pero cuando esos conocimientos se movilizan con
vistas a un acto enunciativo efectivo, los sujetos emisor y receptor hacen funcionar
reglas generales que rigen los procesos de codificación y descodificación y cuyo
conjunto constituirla los modelos de producción e interpretación. Admitimos
provisoriamente la hipótesis de que, a diferencia del modelo de competencia
lingüística, esos modelos son comunes a todos los sujetos hablantes, vale decir, que
todos utilizan los mismos procedimientos cuando emiten/reciben los mensajes.

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2.3. REFORMULACIÓN DEL ESQUEMA DE LA COMUNICACIÓN.

Kerbrat propone la siguiente reformulación del esquema de Jakobson:

Observaciones:
a) Kerbrat considera imposible disociar las competencias lingüística y paralingüística
en la medida en que, por lo menos oralmente, la comunicación es multicanal: para
transmitir las significaciones, los apoyos fonemáticos y paralingüísticos -que se
intersectan a nivel de los hechos prosódicos- prestan mutuamente su concurso.
Según [Link] y [Link] (1975), hablar es, en primer lugar, proceder a la
selección de las diversas categorías de apoyos formales de la comunicación
(lengua, gesto, mímica, etc.)...
La importancia de los comportamientos paraverbales se manifiesta, entre otros, en
el hecho de que es la dirección de la mirada del hablante lo que define
prioritariamente el oyente en la comunicación oral. En cambio, cuando a una
persona presente en la situación de comunicación se la nombra mediante un
pronombre de tercera persona (él, ella), podemos llegar a la conclusión de que esa
persona está excluida de la relación de comunicación, si la mirada del hablante no
se dirige hacia ella.
b) Kerbrat llama universo del discurso a algo extremadamente complejo y
heterogéneo, que abarca:
- Los datos situacionales, y en particular la naturaleza escrita u oral del canal de
transmisión, y la organización del espacio comunicacional, objeto de la reflexión
"proxémica" (Hall, Moscovici). Conviene precisar que todos estos datos no son
:e~ nentes más que bajo la forma de "imágenes", de representaciones, que los
s je to s enunciadores construyen a partir de ellos, y que es necesario en particular
=3~itir en su competencia cultural las imágenes (I) que el emisor (A) y el receptor (B)
se forman de ellos mismos y de su interlocutor, es decir, los cuatro elementos que
Wichel Pecheux (1969) simboliza de
a siguiente manera:

A (A) (imagen de A para A): "¿quién soy yo para hablarte así?


A (B) (Imagen de B para A): "¿quién es él para que yo le hable así?
B (B): "¿quién soy yo para que él me hable así?"
! B (A): "¿quién es él para que él me hable así?".

- Las restricciones temático-retóricas que pesan sobre el mensaje que se va a


producir.

2.4. (AUTO)CRÍTICAS

Kerbrat considera que su modelo de la comunicación verbal, al darle un lugar a las


otras competencias a las cuales se incorpora la competencia lingüistica, y a los
diferentes factores que mediatizan la relación lengua/habla y permiten la conversión de
una en otra, hace ciertos arreglos positivos al modelo de Jakobson. Pero, según ella
misma lo afirma, aún no es más que un esquema, demasiado esquemático y
demasiado estático.
Al respecto, es necesario tener en cuenta los siguientes aspectos:

1.4.1. Las propiedades de la comunicación verbal.

El esquema propuesto no muestra ciertas propiedades características de la


comunicación verbal (y que permiten oponerla a otros tipos de comunicaciones
semióticas), a saber:

a) la reflexividad: el emisor del mensaje es al mismo tiempo su primer receptor;


b) la simetría: el mensaje verbal pide generalmente una respuesta, es decir, que
todo receptor funciona al mismo tiempo como un emisor en potencia.
El esquema supone que cuando uno habla el otro escucha en silencio y viceversa;
es decir que los dos enunciadores desempeñan alternativamente los papeles de
emisor y de receptor. Esta simplificación es aceptable en lo que concierne a los
comportamientos verbales propiamente dichos en los que tal situación suele ser la
más normal. Pero es inadmisible cuando se trata de comportamientos paraverbales
pues los usos conversacionales requieren por el contrario, que mientras que H habla,
O reaccione en forma mímica y gestual (mímica de aprobación, mueca escéptica, etc.)
Cuando se trata de comportamientos paraverbales, los usos conversacionales
requieren, por el contrario, que mientras que H habla, O reaccione en forma mímica y
gestual (mímica de aprobación, mueca escéptica, etc.) reacciones cuya ausencia total
y prolongada acaba por inhibir completamente el discurso de H. Para dar cuenta de
ese funcionamiento, el esquema debería, pues, afinarse de la siguiente manera:
• del lado del emisor, entran en funcionamiento: su competencia verbal de
codificación; su competencia paraverbal de codificación y descodificacíón (de los
comportamientos "activos" del receptor);
• del lado del receptor: su competencia verbal de descodificación ("pasiva"), su
competencia paraverbal de descodificación y ciertos elementos de su competencia
de codificación (unidades de función "fática").

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c) la transitividad: consiste en que si un emisor (X) transmite a un receptor (Y)
una información (i), (Y), a su vez, tiene la posibilidad de transmitir (i) a (Z), sin
haber éxperimentado él mismo la validez de (i). Esta propiedad fundamental
permite al lenguaje humano (a diferencia, por ejemplo, del de las abejas)
funcionar como el instrumento privilegiado de la transmisión del saber.

1.4.2. La complejidad de las instancias emisora y receptora.

Por otra parte, esta presentación sólo da cuenta del caso más simple, el de la
comunicación dual ("cara a cara"). Ahora bien, sin hablar siquiera del discurso literario,
en el cual las instancias emisora y receptora se encuentran desdobladas
(autor/narrador, por una parte, lector/narratario, por otra), numerosos casos de
comunicación “corriente” se desvían de este esquema canónico, y sería urgente
establecer una tipología de las situaciones de alocución que tome en cuenta el número
y el status de los miembros del intercambio verbal.
a) En la fase de emisión, se pueden encontrar superpuestos muchos niveles de
enunciación (problemas del discurso referido, de la transcodificación, etc.). Así,
cuando un anunciante encarga a una agencia una campaña publicitaria, el esquema
de la comunicación se complejiza de la siguiente manera:

Anunciante — agencia mensaje "blanco" (objetivo)


I I
Emisor complejo

(la agencia misma comprende diferentes roles emisores: jefe de publicidad, redactor
creativo, fotógrafo, diagramador...)
Otro ejemplo: también la comunicación teatral obliga a admitir la existencia de una
cadena de emisores, en la que el emisor original (el autor) es reemplazado por una
serie de emisores “interpretantes” (director, decorador, luminotécnico, actores...)

b) En cuanto a la categoría del receptor conviene también afinarla, haciendo


intervenir un cierto número de ejes distintivos:
Receptor

Alocutario no alocutario

previsto por L: no previsto por

(destinatario directo) (audiencia) (receptor


adicional)

- El destinatario propiamente dicho o alocutario (que puede ser singular o plural,


nominal o anónimo, real o ficticio), se define por el hecho de que es explícitamente
considerado por el emisor L (lo que atestigua el empleo del pronombre de segunda
persona y/o la dirección de la mirada) como su compañero de la relación de alocución.
Por lo tanto, las operaciones de codificación están parcialmente determinadas por la
imagen de ellas que se construye L.
- El emisor puede preocuparse, además, por la presencia en el circuito de la
comunicación de destinatarios indirectos (audiencia) que, sin estar integrados en la
relación de alocución propiamente dicha, funcionan como “ testigos” del intercambio

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9

.erbal e influyen a veces en él de manera decisiva (ejemplos de chistes, discursos


oo ¿micos, defensas de tesis, etc.).
- Es necesario, finalmente, admitir para todo mensaje la existencia de receptores
adicionales y aleatorios, cuya naturaleza el emisor no podrá prever ni tampoco, en
consecuencia, la interpretación que darán al mensaje producido. Es así que una carta
puede caer en otras manos que las de su destinatario intencional, o un curso puede
ser escuchado por alguien que pasa; sobre ello el emisor no tiene posibilidades de
actuar para controlar la manera en que “ pasa” su mensaje.
Los destinatarios directos e indirectos pueden estar físicamente presentes en la
situación de comunicación o bien estar ausentes.
Pueden tener o no la posibilidad de responder, de ahí la posibilidad de fundar sobre
estos ejes cuatro clases de receptores:
d) presente + "locuente" (intercambio oral cotidiano)
e) presente + no-locuente (conferencia magistral)
f) ausente + locuente (comunicación telefónica)
g) ausente + no-locuente (en la mayoría de las comunicaciones escritas)

El receptor puede también ser real o ficticio.


Finalmente, en la definición de receptor conviene hacer intervenir la relación social
y afectiva que mantiene con el locutor. Esta relación se define a partir de diferentes
parámetros (según el grado de intimidad que exista entre los dos miembros del
intercambio verbal, la naturaleza de las relaciones jerárquicas y la del contrato social
que los una), pero se reducirá a un archí-eje-gradual distancia / no distancia que
subsumirá a la vez el eje de la intimidad y el de la dominación social (y que interviene,
por ejemplo, en la utilización de los pronombres "usted" frente a "tú" o "vos").

2.4.3. Las interacciones que se dan entre estos diversos componentes.

Pero el inconveniente esencial del esquema de Kerbrat, según ella misma lo afirma,
es que no ubica, en sus respectivas casillas, más que términos (en los dos sentidos de
esta palabra):

(a) No son más que palabras a las que se trata de dar un contenido referencial
preciso.
(b) Son términos de relaciones: los diferentes elementos están yuxtapuestos, como si
entre ellos no existiera ningún problema de definición de límites ni ninguna clase
de interacción.

1) En este esquema el emisor y el receptor se enfrentan y sus "esferas" son como


dos burbujas impermeables. Ya se han introducido algunas correcciones a esta
presentación diciendo que todo receptor es al mismo tiempo un emisor en
potencia, y que es necesario incorporar la imagen que se forman de ellos mismos,
que se hacen del otro y la que se imaginan que el otro se hace de ellos: no se
habla a un destinatario real, sino a aquello que se cree saber de él. Hay una
modificación recíproca de los protagonistas del discurso a medida que se
desarrolla, lo que ciertos teóricos como Watzlawick denominan justamente una
"interacción".
2) La competencia ideológica inviste en todas partes y en forma preferencial los
contenidos lingüísticos y el límite entre la competencia lingüística e ideológica es,
en realidad “poroso”.
3) El status del referente es igualmente complejo. Poruna parte, es exterior al
mensaje y envuelve a la comunicación. Pero al mismo tiempo se inserta allí en la
medida en que una parte de ese referente está presente y es perceptible en el
espacio comunicacional, y esto es lo que se entiende por situación de discurso.
Finalmente se refleja en la competencia ideológica y cultural de los sujetos, es

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decir, en el conjunto de conocimientos que poseen y de representaciones que se
han construido de él.
4) El canal e? ante todo el soporte de los significantes, soportes éstos a su vez de las
significaciones. Pero al mismo tiempo funciona como un filtro suplementario puesto
que la naturaleza del canal no carece de incidencia sobre las elecciones
lingüísticas.
5) En cuanto al "universo del discurso", integra a la vez, los datos situacionales y las
restricciones de género:
las restricciones retóricas están en parte determinadas por los datos
situacionales;
puede considerarse que el emisor y el receptor son parte integrante de la
situación de comunicación;
la situación integra una parte del referente. Pero, ¿cuál? ¿Lo que ven el
hablante y el oyente?
Según Kerbrat, su esquema tiene, al menos, el mérito de plantear estos problemas;
de mostrar que los diferentes parámetros extralingüisticos no ocupan aquí de ningún
modo un lugar marginal. Es necesario investigar cómo se articulan entre ellas las
diferentes competencias; cómo actúa, en la codificación y en la descodificación, ese
filtro complejo que es el universo del discurso; cómo se efectúa, en una situación
determinada, la puesta en referencia del mensaje verbal; tratar, en fin, de elaborar
esos modelos de producción y de interpretación que permiten la conversión de la
lengua en discurso.

La evolución entre los modelos de comunicación que se ha presentado lleva


progresivamente a destacar la dimensión interactiva y convencional de la
comunicación. Este punto de vista encuentra su más clara expresión en las
aproximaciones que introducen en el centro de su reflexión el concepto de
interlocución, entendido éste como el proceso fundamental donde se fundan, a la vez,
la identidad de los interlocutores, los significados que comparten y la comunicación.
Esta perspectiva lleva a definir el concepto de interlocutor y a concebir la
comunicación como un encuentro dialéctico -entre dos procesos: un proceso de
expresión (donde un yo-enunciador se dirige a un tú- destinatario) y un proceso de
interpretación (donde un tú-interpretante se construye una imagen del yo-enunciador).
A continuación, transcribiremos un extracto del libro de Gerardo Álvarez,
Textos y discursos, introducción a la lingüística del texto, en el cual explica la postura
de [Link] (1992), representante de esta perspectiva interlocutiva.

ALVAREZ, GERARDO (1996): Textos y discursos. Introducción a la lingüística del


texto, Univ. de Concepción, Chile, pp.66-71.

Siguiendo a Charaudeau (1983, 1992), distinguiremos sistemáticamente las


entidades discursivas -"los seres del habla"- y los individuos empíricos que son
responsables de la producción/recepción del texto.
"Todo acto de lenguaje resulta de un juego entre el implícito y el explícito que
nace en circunstancias de discurso particulares que se realiza en el punto de
encuentro de los procesos de producción y de interpretación y que es puesto en

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escena por dos entidades, cada una de las cuales se desdobla en sujeto de habla y
sujeto actuante (los cuatro protagonistas del acto del lenguaje) (...)
Como consecuencia de ese desdoblamiento, observamos que el acto de
enguaje, en su totalidad, se compone de dos circuitos (...):
a) el circuito de la palabra configurada, en cuyo interior se encuentran seres de
habla en forma de imagen del sujeto enunciador e imagen del sujeto destinatario
(•••). y
b) el circuito externo a la palabra configurada, donde se encuentran seres
actuantes en forma de imagen del sujeto comunicante e imagen del sujeto
interpretante"

En esta perspectiva el enunciador y el destinatario son entidades discursivas,


sujetos que sólo tienen existencia en el discurso. Sus contrapartidas empíricas ("seres
dotados de un estatus psico-social", dice Charaudeau) son el sujeto comunicante y el
sujeto interpretante. El sujeto comunicante pone en escena a un enunciador, e
instituye a un destinatario. Obsérvese que el sujeto comunicante y el sujeto enunciador
pueden ser y generalmente son la misma persona, pero con estatus diferente en cada
caso. Por ejemplo, en una aserción como no me gusta el vino, el sujeto comunicante
se pone a sí mismo en escena como sujeto enunciador que afirma que "no le gusta el
vino". Que al individuo empírico - sujeto comunicante - le guste o no le guste el vino es
algo que no podemos saber fehacientemente. Si apostamos a que entre el sujeto
comunicante y el sujeto enunciador hay una relación de transparencia ("sinceridad")
podemos pensar que no le gusta el vino. Si la relación es de opacidad, es probable
que al individuo le guste el vino.
La relación de no equivalencia "sujeto comunicante" - sujeto enunciador - se da
claramente en el caso de la ironía. Si una madre dice ¡muy bonito!, ¡Siga no más! A
un niño que está ensuciando la alfombra, el niño entenderá que la madre (sujeto
empírico) quiere decir lo contrario de lo que está diciendo (como sujeto enunciador). A
menos que no capte la ironía, y siga efectivamente ensuciando la alfombra, lo que le
puede costar caro.
Un caso similar se da con la equivalencia "sujeto destinatario" - sujeto
interpretante. Si una agencia comercial le escribe a Pérez ofreciéndole su tarjeta de
crédito, puede decirle:
Para Usted que pertenece al sector más selecto de la población, para Usted que
siempre compra lo mejor, etc., etc.
El Señor Pérez, como sujeto interpretante puede captar el discurso demagógico de
esa compañía (=construir una imagen halagadora de destinatario, que agrade al
interpretante) y puede rechazar la identificación con la imagen de destinatario que le
propone.
En la comunicación cotidiana, las personas parecen funcionar sobre la base de
una relación de identidad entre los sujetos discursivos y los sujetos empíricos. Es por
ello que en el discurso publicitario se tiende a presentar como enunciadores del
mensaje a individuos que, como seres del mundo empírico, tengan una buena dosis
de credibilidad. Por ejemplo, en una publicidad de detergente hablarán "dueñas de
casa" que "usan ese detergente" y a quienes "siempre les da excelentes resultados".
En una publicidad de aceite, aparecerá como sujeto enunciador un señor que, en la
vida real, tuvo un infarto y asegura que desde entonces "sólo consume el aceite X".
Esta asimilación "comunicante-enunciador" llega al extremo de que personas
sencillas toman al actor como responsable de las palabras que emite como personaje.
Por ejemplo, Charles Aznavour, en algún momento, cantaba una canción en que se
ponía en escena a un homosexual:
"Je sui un homo, comme ils disent..."
lo que no dejaba de chocar a personas que "nunca hubieran creído eso de
Aznavour". Algo parecido le ocurrió a Georges Brassens cuando cantaba "La priére"
("La oración"), que era una musicalización de un poema de Francis Jammes.

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Inmediatamente surgieron voces que se felicitaban de que ese cantante tan irreverente
se hubiese convertido a la fe cristiana! (René Fallet, Brassens).
Se puede observar que, en los ejemplos recién citados, la cadena de
"protagonistas" del acto de lenguaje es muy compleja. Está, por ejemplo, "Brassens-
cantante" que presenta un texto del que es co-autor ("Brassens-autor"), pero que de
todos modos es distinto de "Brassens-sujeto empírico".
Otro ejemplo: en la pieza de teatro "L 'Impromptu de Versailles" de Moliére, se pone
en escena a Moliére, ensayando una obra, en la que actúa él mismo, y en la que éste
(¿cuál?) discute sobre la pieza misma y sobre el teatro de Moliére ¿Cuántos Moliére
hay, en el último análisis?: Podemos dejarle la pregunta a los especialistas del texto
literario. Al lingüista, aclara Ducrot (1983), le interesa poco saber quién es el ser
empírico que construye el texto (un publicista que construyó el mensaje que dice "la
dueña de casa" en la publicidad de un detergente, una secretario que construyó la
carta que firma el director...). Todo lo que el lingüista puede determinar es quien es el
sujeto enunciador que se presenta como tal en el acto del lenguaje. Nosotros diríamos
que tenemos poco acceso al sujeto empírico que comunica, y que lo que vemos es
sólo la imagen que él se da como sujeto enunciador.

El acto de lenguaje como juego de imágenes

El acto de lenguaje puede ser considerado, entonces, como un juego de


imágenes: una imagen de YO y una imagen de TU, construidas por el sujeto
comunicante. Pero también una imagen de TU y de YO construidas por el sujeto
interpretante, y que pueden coincidir, o no, con las que propone el sujeto comunicante.
El éxito del acto de lenguaje dependerá de la mayor o menor coincidencia que
haya entre estas imágenes. Como lo dice Pécheux (1969), todo proceso discursivo
supone, por parte del emisor, una anticipación de las representaciones del receptor, en
la cual se basa la estrategia del discurso. Este juego cruzado de imágenes puede
resumirse así:
-imágenes forjadas por el sujeto comunicante
¿ Quién soy yo al hablar?
¿Quién es él con respecto a mí y cómo le debo hablar?

-imágenes forjadas por el sujeto interpretante


¿ Quién es él para hablarme así?
¿Quién soy yo para él?
Este juego de imágenes incluye también al mundo referencial: el sujeto
comunicante construye, y pone en escena, una imagen del mundo (o de un fragmento
del mundo). Es decir construye una representación del "mundo real". Llamaremos
estas dos entidades "el mundo hablado" (o "el mundo enunciado") y "el mundo
empírico". Ahora bien, lo que el acto de lenguaje nos muestra es el mundo hablado y
no el mundo empírico. Dicho de otro modo, lo que se nos presenta por medio del
lenguaje, no son "los hechos reales", sino la representación que de estos hechos tiene
el sujeto comunicante, y que de algún modo quiere imponer al interlocutor. Nótese que
no se trata de hablar aquí de una manipulación - intencional o inconsciente -, sino de
un fenómeno general de la comunicación humana. Muchas veces se dice que los
periodistas no informan de los hechos reales, sino que "construyen" la realidad. Pero,
de hecho, todos los hablantes hacen lo mismo: todos contribuyen a construir - por
medio del lenguaje - representaciones de la realidad. El mundo del hombre es un
mundo de lenguaje, y por lo tanto un mundo de representación. Lo que nosotros
escuchamos o leemos son discursos sobre el mundo y estos discursos son
construidos por enunciadores específicos, de acuerdo a sus estrategias comunicativas
específicas.
Retomando, entonces, a Charaudeau, diremos que estas seis entidades, tres
del mundo del discurso y tres del mundo empírico, se representa así en los circuitos
“ temo y externo:

Circuito del HACER.

r Circuito del DEC

Enunciador Destinatario

Comunicante Interpretante

Mundo hablado

Mundo empírico

Esta concepción del lenguaje como representación del mundo es bastante


difundida en el campo de la sociología del conocimiento. Como dicen, por ejemplo,
Berger y Luckmann /1986:40), aquello a que asistimos en la vida humana es a "la
creación social de la realidad", la cual se efectúa fundamentalmente a través del
lenguaje. "La realidad de la vida cotidiana se me presenta como un mundo
intersubjetivo, un mundo que comparto con otros. (...) En realidad, no puedo existir en
la vida cotidiana sin interactuar y comunicarme continuamente con otros". Y es en
este comunicarse permanentemente con otros, donde se van construyendo las
representaciones socialmente compartidas sobre el mundo, que funcionan como si
fuesen la realidad objetiva. "La vida cotidiana se presenta como una realidad
interpretada por los hombres y que para ellos tiene el significado subjetivo de un
mundo coherente" (Berger y Luckmann, 1986:36).
Esta noción de discurso como "imagen del mundo" o como "escenario del
mundo" puede ponerse en relación con la noción de "mundos posibles" y de "creación
de mundos", que utiliza Van Dijk (1983, 1984) y con la noción de "espacios mentales",
o "espacios referenciales" de Fauconnier (1984). "La producción y la interpretación de
los discursos instala paralelamente a las formas lingüísticas, o fuera de ellas,
construcciones mentales o espacios mentales, relacionados entre ellos por
conexiones. Estos espacios están llenos de elementos: es generalmente el discurso el
que los introduce y que especifica las relaciones que satisfacen". Siguiendo a
Pécheux, podemos decir entonces, que el funcionamiento del discurso supone un
mecanismo de "mise en place", de "posicionamiento" de los protagonistas, uno con
respecto al otro, y de posicionamiento del objeto del intercambio. Es en este juego de
posiciones imaginadas donde se desarrolla el acto de lenguaje.
A nosotros, desde una perspectiva didáctica, lo que nos interesa examinar son
los mecanismos lingüísticos de esta construcción de imágenes: cómo el sujeto
comunicante va construyendo la imagen de sí mismo, la imagen del otro y la
representación del mundo.

Modelos Psicosociológicos
En el curso de los años cincuenta, cuando el modelo de transmisión comienza a
adquirir una posición dominante en la reflexión teórica sobre la comunicación, algunos
investigadores norteamericanos (el antropólogo [Link], y un equipo de psicólogos
y psiquiatras) tratan de partir de cero en el estudio de la comunicación interpersonal,
sin pasar por la teoría de Shannon.

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Entre estos investigadores, representantes de la Escuela de Palo Alto, existía un
consenso de fuerte oposición a la aplicación de este modelo en el ámbito de las
ciencias humanas porque concebían que la comunicación debía estudiarse según un
modelo que le fuera propio.
En este sentido, rebasan el circuito emisor/ mensaje/ código, al considerar que la
comunicación es un proceso social permanente, que integra múltiples modos de
comportamiento. La manera en que conciben este proceso no sólo implica la
comunicación que involucra un querer comunicar; sino que les permite explicar la
comunicación efectiva pero no voluntaria.
Desde esta perspectiva, [Link] y otros (1986), en el libro Teoría de la
comunicación humana, postulan un axioma fundamental:

(1) No es posible no comunicarse.

Para explicar este axioma, parten de una propiedad básica de la conducta: no hay
nada que sea lo contrario de conducta. Es decir, es imposible no comportarse. Si se
acepta que toda conducta en una situación de interacción tiene un valor de mensaje
(es comunicación), se deduce que por mucho que uno lo intente no puede dejar de
comunicar. Actividad o no actividad, palabras o silencio, tienen siempre valor de
mensaje: influyen sobre los demás, quienes, a su vez, no pueden dejar de responder a
tales comunicaciones; y en consecuencia, también comunican. Es necesario señalar
que tal concepción implica un cambio, en relación con los modelos lineales, en el
modo de entender el mensaje; éste no es ya una unidad monofónica sino que es un
conjunto fluido y multifacético de muchos modos de conducta- verbal, postural, gestual
etc.

Además postulan otros axiomas tentativos para explicar la complejidad del fenómeno
comunicativo:

(2)Toda comunicación tiene un aspecto de contenido y un aspecto relaciona!...

Consideran que toda comunicación implica un compromiso y, por lo tanto define


una relación; es decir, una comunicación no sólo transmite información sino que, al
mismo tiempo, impone conductas. Siguiendo a Bateson estas dos operaciones, son
conocidas respectivamente, como los aspectos referenciales y conativos de toda
comunicación.
El aspecto referencial se refiere a la transmisión de información; en consecuencia,
en la comunicación humana, es sinónimo de contenido del mensaje. Puede referirse a
cualquier cosa que sea comunicable al margen de que la información sea verdadera o
falsa, válida, no válida o indeterminable.
El aspecto conativo se refiere a qué tipo de mensaje debe entenderse que es y,
por lo tanto, a la relación entre los comunicantes.
Al respecto, [Link] y [Link] (1992) proponen el siguiente intercambio entre un
marido y su mujer:
Querida, ¿sabes dónde está mi reloj?
No tienes más que ordenar tus cosas.
En este caso, puede pensarse que la mujer percibe la pregunta de su marido con
un sentido implícito (qué has hecho con mi reloj)] a partir de esta interpretación ella
responde según la relación: -No soy responsable de tus cosas, es tu trabajo
ordenarlas. Ella rechaza, pues, por su contestación, la relación de lugar que interpreta
que le da su marido. Este tipo de relación implica qué posición desea ocupar el
enunciador y correlativamente qué posición le otorga el otro.
La relación de lugar puede estar, en efecto, determinada desde el exterior por el
status y los roles de los interactuantes (médico/enfermo, profesor/alumno,
proveedor/cliente) o por su identidad social (padre/hijo, hombre/mujer); pero también

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:esde el interior mismo de la relación, por el lugar subjetivo que cada uno toma en
-e ación con el otro (dominante/dominado, demandante/consejero, seductor/seducido).

Asimismo la relación puede entenderse a partir del contexto en el que la


::-nunicación tiene lugar. [Link] y [Link] (1992), haciendo alusión a este axioma,
:an el siguiente ejemplo:
Si un hombre pregunta en un café a una chica solitaria que está en la mesa del
3do: -¿Tiene hora?, el contenido es evidentemente una demanda de información, pero
el sentido implícito puede ser: -Me gustaría establecer una relación con usted, existe
pues, una intención de establecer con el otro una relación de seducción.

(3) La naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias de


comunicación entre los comunicantes.

Una serie de comunicaciones puede entenderse como una secuencia


ininterrumpida de intercambios. Sin embargo, quienes participan en la interacción
(entendida ésta como el intercambio de mensajes) siempre introducen lo que,
siguiendo a Whorf ha sido llamado por Bateson y Jackson , la puntuación de la
secuencia de hechos.
Es indudable, que en una secuencia prolongada de intercambio, los participantes
puntúen la secuencia, de modo que uno de ellos, o el otro tiene iniciativa, predominio,
dependencia, etc. Es decir, establecen entre ellos patrones de intercambio acerca de
los cuales pueden o no estar de acuerdo. La falta de acuerdo con respecto a la
manera de puntuar la secuencia de hechos es la causa de incontables conflictos en las
relaciones. Esto se evidencia en la toma de turnos en una interacción: quién toma la
palabra, en qué momento, con que duración; si ese turno de palabra es autoasignado,
otorgado por otro, arrebatado o autoimpuesto.

(4) Los seres humanos se comunican tanto digital como analógicamente. El


lenguaje digital cuenta con una sintaxis lógica sumamente compleja y poderosa
pero carece de una semántica adecuada en el campo de la relación, mientras
que el lenguaje analógico posee la semántica pero no una sintaxis adecuada
para la definición inequívoca de la naturaleza las relaciones.

En la comunicación humana es posible referirse a los objetos de dos maneras


totalmente distintas. Se los puede representar por un símil, tal como un dibujo, o bien
mediante un nombre. Así en la oración escrita: “El gato ha atrapado un ratón ", los
sustantivos podrían reemplazarse por dibujos; si se tratara de una frase hablada, se
podría señalar a un gato y a un ratón reales. Estos dos tipos de comunicación -uno
mediante una semejanza explicativa y el otro, mediante una palabra- dan cuenta de
la comunicación de tipo analógica y digital, respectivamente. En este último caso,
puesto que se utiliza una palabra para nombrar algo, resulta obvio que la relación
entre el nombre y la cosa nombrada está arbitrariamente establecida .
En la comunicación analógica hay algo particularmente similar a la cosa en lo que
se utiliza para expresarla. De modo, que se podría decir que la comunicación
analógica es todo lo que sea comunicación no verbal; no se limita a los movimientos
corporales sino que incluye la postura, los gestos, la expresión facial, la inflexión de la
voz, la secuencia, el ritmo y la cadencia de las palabras mismas y cualquier otra
manifestación no verbal de que el organismo es capaz.
El hombre es el único organismo que utiliza tanto los modos de comunicación
analógicos como los digitales. Por un lado, no cabe duda de que el hombre se
comunica de manera digital. Ello tiene particular importancia en lo que se refiere a
compartir información acerca de objetos y a la función de continuidad temporal

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inherente a la transmisión de conocimiento. Y, sin embargo existe un vasto campo
donde utilizamos en forma casi exclusiva la comunicación analógica.

(5) Todos los intercambios comunicacionales son simétricos o


complementarios, según estén basados en la igualdad o en la diferencia.

En el primer caso, los participantes tienden a igualar especialmente su conducta


recíproca, y así su interacción puede considerarse simétrica. En el segundo caso, la
conducta de uno de los participantes complementa la del otro, constituyendo un tipo
distinto de gestalt y recibe el nombre de complementaria. Así la interacción simétrica
se caracteriza por la igualdad y por la diferencia mínima, mientras que la interacción
complementaria está basada en un máximo de diferencia.
En una relación complementaria hay dos posiciones distintas. Un participante
ocupa lo que se ha descripto de diversas maneras como la posición superior o
primaria mientras el otro ocupa la posición correspondiente inferior o secundaria. Una
relación complementaria puede estar establecida por el contexto social o cultural
(como en los casos de madre e hijo, médico y paciente, maestro y alumno) o ser el
estilo idiosincrásico de relación en una diada particular. En cualquiera de los dos
casos, es importante destacar el carácter de mutuo encaje de la relación en la que
ambas conductas, disímiles pero interrelacionadas, tienden cada una a favorecer a la
otra. Ninguno de los participantes impone al otro una relación complementaria sino
que cada uno de ellos se comporta de una manera que presupone la conducta del
otro. Así los comportamientos y los mensajes son de diferente naturaleza, aunque se
ajustan los unos a los otros (dar/recibir; preguntar/responder; ordenar/obedecer).
Sin embargo, como bien señalan [Link] y [Link] (1992), esta oposición no es
suficiente para dar cuenta de toda interacción, porque si bien el concepto de simetría
es relativamente sencillo, el de complementariedad aparece más complejo ya que
remite a dos tipos de relación, según exista o no una relación jerárquica entre las dos
posiciones. Por ejemplo la relación entre un comandante y un soldado no es la misma
que entre un comerciante y un cliente. En el primer caso hay una relación jerárquica
de modo que uno ocupa una posición superior (alta) y otro una posición inferior (baja)
y por tanto da lugar a un cierta relación de poder.
También puede ocurrir que una relación complementaria no jerárquica en el curo
del tiempo se transforme en jerárquica porque, como afirma [Link], los tipos de
relación aunque sean relativamente estables, no son estáticos; tienden a un cierto
equilibrio como resultado de un juego de fuerzas, acciones y reacciones, tensiones o
ajustes.

Por último, rescatamos una analogía interesante que utilizan varios miembros de la
escuela de Palo Alto para explicar la comunicación: la analogía de la orquesta que
está tocando. Este paralelismo tiene la finalidad de hacer comprender cómo cada
individuo participa en la comunicación, en vez de decir que constituye el origen y el fin
de la misma. Aunque no lo quiera, sólo por estar presente en una situación
comunicativa, ya participará en la construcción de una red compleja de significaciones.

BIBLIOGRAFÍA

ALVAREZ, GERARDO (1996): Textos y discursos. Introducción a la lingüística del


texto, Univ. de Concepción
BATESON, G. et alt. ( ): La nueva comunicación, Madrid: Visor.
CHARAUDEAU, P. (1992), Grammaire du sens et de l’expression, París: Hachette.
JAKOBSON, R. (1988), Lingüística y poética, Madrid: Cátedra, pp. 32-40.
KERBRAT-ORECCHIONI, C. (1993) La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje,
Buenos Aires, EDICIAL.

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