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El Principe Rana

El documento cuenta la historia del Príncipe Rana de los Hermanos Grimm. Una princesa pierde su bola de oro en un manantial profundo. Una rana la ayuda a recuperarla a cambio de que la princesa la acepte como amiga. Aunque la princesa no cumple su promesa, la rana la persigue hasta el palacio exigiendo que cumpla su palabra. El rey le ordena a la princesa que debe cumplir lo prometido.

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El Principe Rana

El documento cuenta la historia del Príncipe Rana de los Hermanos Grimm. Una princesa pierde su bola de oro en un manantial profundo. Una rana la ayuda a recuperarla a cambio de que la princesa la acepte como amiga. Aunque la princesa no cumple su promesa, la rana la persigue hasta el palacio exigiendo que cumpla su palabra. El rey le ordena a la princesa que debe cumplir lo prometido.

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EL PRÍNCIPE RANA

VERSIÓN DE LOS HERMANOS GRIMM

MIS LIBROS DE PRIMERO


“La niña jugaba en la fuente con su bola
de oro. De pronto, la bola resbaló
de sus manos y desapareció. La fuente
era muy honda, tan honda que no SANTILLANA y los autores
ceden los derechos de la reproducción parcial
de la obra en el marco de
se podía ver su fondo”. la cuarentena por el Coronavirus.

978-950-46-5977-8

9 789504 659778
ESTE LIBRO PERTENECE A

ILUSTRACIONES DE
GUILLERMO ARCE

EL PRÍNCIPE RANA se entrega gratuitamente con El libro de 1.° Lengua.


Prácticas del lenguaje y no puede venderse por separado.
EL PRÍNCIPE RANA

H abía una vez un rey que tenía varias


hijas. Todas ellas eran muy hermosas
pero la más pequeña era tan bella que el mismo
Sol, cuando la veía, se admiraba de su belleza.

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Cerca del palacio del rey había un
bosque grande y espeso, y en el bosque,
bajo un viejo tilo, había un manantial.
Los días de mucho calor, la hija menor
del rey solía ir al bosque y sentarse a la
orilla de la fresca fuente.

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A la niña le gustaba jugar
con una bola de oro. La tiraba
a lo alto y la volvía a tomar.
Una y otra vez. Este era, sin
duda, su juego favorito.

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Sucedió una vez que la bola de oro que la
princesa tiró a lo alto escapó de sus manos,
rebotó en el suelo y rodó hasta el agua.

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La niña la siguió con los ojos pero la bola
desapareció. La fuente era muy honda, tan
honda que no se podía ver su fondo. Entonces,
la princesita comenzó a llorar y llorar. Cada
vez más fuerte, sin poder consolarse.

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De pronto, escuchó una voz que le dijo:
—¿Qué tienes, hija del rey, que te
lamentas de ese modo?
La princesa miró a su alrededor y solo
pudo ver una rana que sacaba del agua su
asquerosa cabeza:

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—¡Ah!, ¿eres tú, vieja rana? —le dijo—. Lloro
por mi bola de oro, que se ha caído en la fuente.
—Cálmate y no llores más —le contestó la
rana—. Yo puedo encontrarla. Pero ¿qué me
darás si te devuelvo tu juguete?
—Lo que quieras, querida rana. Mis vestidos,
mis joyas y hasta la corona dorada que llevo
puesta.

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La rana respondió:
—Tus vestidos, tus joyas y tu corona de
oro no me sirven de nada. En cambio, si
prometes tenerme a tu lado como amiga y
compañera de juegos, sentarme a tu mesa,
darme a beber de tu vaso, comer de tu
plato y acostarme en tu cama, yo bajaré al
fondo de la fuente y traeré tu bola de oro.
—¡Ah! —dijo la niña—; te prometo
todo lo que quieras, si me devuelves mi
bola de oro.

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Pero pensó para sí: “¡Qué tonterías se le
ocurren a esta vieja rana! Tiene que quedarse
con las otras ranas, croa que te croa. ¡Cómo cree
que puede ser compañera de las personas!”.
La rana, en cuanto hubo recibido la promesa,
hundió su cabeza en el agua y bajó al fondo de
la fuente.
Un rato después apareció la rana. Llevaba en
la boca la bola de oro, que arrojó en la hierba.

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La hija del rey, llena de alegría en cuanto
vio su hermoso juguete, lo tomó y se marchó
con él saltando hacia el palacio.
—¡AGUARDA, AGUARDA! —gritó
la rana—. ¡LLÉVAME CONTIGO! ¡NO
PUEDO ALCANZARTE! ¡NO PUEDO
CORRER TANTO COMO TÚ!

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Pero de nada le sirvió gritar con todas
sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos,
seguía corriendo hacia el palacio y no tardó
en olvidarse de la pobre rana, que no tuvo más
remedio que volver a zambullirse en su charca.

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Al día siguiente, todos los que estaban en
el comedor del palacio oyeron que algo subía
fatigosamente las escaleras de mármol y, una
vez arriba, llamaba a la puerta:
—¡PRINCESITA!, ¡HIJA MENOR DEL
REY, ÁBREME LA PUERTA!

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La niña corrió a la puerta para ver quién
llamaba y, al abrir, se encontró con la rana
allí plantada. Cerró de un portazo y volvió
a la mesa, llena de zozobra.

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Al observar el rey cómo latía el corazón
de su pequeña, le dijo:
—Hija mía, ¿de qué tienes miedo?
¿Acaso un gigante quiere llevarte?
—No, padre —respondió ella—. No es
un gigante, sino una rana asquerosa.

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—¿Y qué quiere de ti esa rana?
—¡Ay, padre querido! Ayer
se cayó al agua mi bola de oro.
Mientras yo lloraba, la rana me
la trajo. Le prometí en pago ser
su compañera. Pero nunca
pensé que pudiese dejar la charca.
Ahora está allí afuera
y quiere entrar.

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Entretanto, llamaron a la puerta del
palacio por segunda vez y se oyó una voz
que gritaba:
—¡PRINCESITA!, ¡HIJA MENOR
DEL REY, ÁBREME LA PUERTA!
¿NO RECUERDAS LO QUE AYER
PROMETISTE JUNTO A LA FUENTE?
Dijo entonces el rey:
—Lo que prometiste, debes cumplirlo.
Ve y ábrele la puerta.

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La niña abrió la puerta. La rana saltó adentro
y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa,
la rana se plantó ante sus pies y le dijo:
—¡SÚBEME A TU SILLA!
La princesita vacilaba, pero el rey le ordenó
que lo hiciese.
De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa
y, ya acomodada en ella, dijo:
—AHORA ACÉRCAME TU VASITO
DE ORO PARA QUE PODAMOS BEBER
JUNTAS.
La niña la complació, pero se veía a las claras
que obedecía a regañadientes.

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—AHORA ACÉRCAME TU PLATITO
DE ORO PARA QUE PODAMOS COMER
JUNTAS.
La rana engullía muy a gusto, mientras a la
princesa se le atragantaban todos los bocados.

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Finalmente, dijo la rana:
—¡AY! ME SIENTO CANSADA.
LLÉVAME A TU CUARTITO Y ARREGLA
TU CAMITA DE SEDA PARA QUE PUEDA
DORMIR EN ELLA.

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La princesita se echó a llorar. Le
repugnaba aquel bicho frío, que ni
siquiera se atrevía a tocar y que ahora
se empeñaba en dormir en su cama.
Pero el rey, enojado, le dijo:
—No debes despreciar a quien
te ayudó cuando te encontrabas
necesitada.
La tomó, pues, con dos dedos, la
llevó arriba y la depositó en un rincón.

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Cuando la princesita ya se había acostado,
se acercó la rana a saltitos y exclamó:
—ESTOY CANSADA Y QUIERO
DORMIR TAN BIEN COMO TÚ; CONQUE
SÚBEME A TU CAMA, O SE LO DIRÉ A
TU PADRE.

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A la pequeña se le acabó la paciencia,
levantó a la rana del suelo y, con toda su
fuerza, la arrojó contra la pared:
—¡AHORA DESCANSARÁS, RANA
ASQUEROSA!

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Pero, en cuanto la rana cayó al suelo, dejó
de ser rana y se convirtió en un príncipe; un
apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada.
El príncipe contó entonces que una bruja
malvada lo había encantado, y que nadie sino
una princesa que aceptara su amistad podía
desencantarlo y sacarlo del charco.

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A la mañana siguiente, cuando el sol
los despertó, se encontraron con una
carroza dorada, tirada por ocho caballos
blancos adornados con penachos de
plumas blancas de avestruz y cadenas
de oro. En el pescante iba el criado del
joven príncipe.
El príncipe anunció que él y la
princesa se marcharían a su reino.
Y el rey lo aceptó complacido como
compañero y esposo de su hija.

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Todos vivieron felices,
comieron perdices,
y a mí no me dieron
porque yo no quise.

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GUILLERMO ARCE

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de oro. De pronto, la bola resbaló
de sus manos y desapareció. La fuente
era muy honda, tan honda que no
se podía ver su fondo”.

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