POLITICAS, INSTITUCIONES Y ACTORES EN EDUCACION
Graciela Frigerio, Margarita Poggi y Mario Giannoni (compiladores)
Ediciones Novedades Educativas
El alumno como invención siempre en riesgo
Sandra Carli
Introducción
El alumno es el significante que nombra la posición de los niños en el espacio
educativo. Es en este sentido una tipificación que pauta la inscripción de un niño en
una institución (la escuela), en un vínculo con otros (maestros y pares) y en una
relación con el saber o conocimiento.
El significante «alumno», tal como lo entendemos hoy, designa el producto de una
emergencia histórica, una invención de la modernidad. Los historiadores de la infancia
señalan que la creación de la escuela, la configuración de la familia nuclear y el
reconocimiento de la infancia en la modernidad fueron procesos contemporáneos. Un
producto de ello fue la ubicación del niño en una trama educativa que toma forma de
instrucción pública, y es en esa trama donde el niño deviene «alumno», sobre el cual
la pedagogía se encargará de teorizar prolíficamente.
Podríamos pensar que la pedagogía y la educación en general han intentado alterar
una situación evidente, y es la de que el niño está mezclado cotidianamente con los
adultos, tal como señalaba Philippe Ariés para las sociedades del Antiguo Régimen.
De estar mezclado con los adultos pasa a estar distanciado de los mismos, a ser
individualizado como tal. Esa convivencia con los adultos, más allá de las injusticias y
crueldades que invisibilizaba (por ej. el trabajo desde temprana edad), también nos
sugiere hoy un sentido de horizontalidad en el vínculo, de paridad, que luego de
décadas de psicoanálisis está lejos de admitirse.
Situar al niño en un lugar desigual respecto de los adultos es una de las tareas
acometidas por la pedagogía y la educación, y es el gesto fundacional de la creación
de la identidad de alumno, aun en el marco de un reconocimiento de la especificidad
de la infancia desde Rousseau en adelante. Esa desigualdad no es simplemente
biológica o de edad, sino que es cultural y se asienta en la condición jurídica, en la ley,
de allí que la violencia física pueda ser suprimida en las escuelas del siglo XIX, pero
no la violencia simbólica que fundamenta la necesidad de la escuela, la superioridad
del maestro y la existencia misma del alumno.
En este sentido propongo recorrer algunos momentos de nuestra historia cultural que
marcan el itinerario de esta posición de sujeto- alumno, multideterminada por los
cambios generacionales, por las transformaciones educativas, por los discursos
teóricos. Esta reflexión forma parte de una investigación más amplia iniciada hace
varios años en la Facultad de Filosofía y Letras con apoyo del CONICET, y que tiene
por tema las «Transformaciones de los discursos acerca de la infancia en la historia de
la educación argentina».
El alumno en la instrucción pública: entre la condición de
menor de edad y la autoridad disciplinaria del maestro
En un texto titulado «De los castigos en las escuelas y de la autoridad del maestro»,
de 1858, Sarmiento argumentaba acerca de la decisión política de la Asamblea del
año XIII de suprimir los castigos corporales en las escuelas, que eran uno de los
cargos que los movimientos independentistas hacían al gobierno colonial. Reconocía
en este sentido su importancia para eliminar la crueldad y el sadismo en las escuelas
«que chorrean sangre», pero, sin embargo, le preocupaban los efectos negativos de
semejante disposición que operaba «amenguando al mismo tiempo la autoridad y la
dignidad del maestro». Sarmiento tenía entonces una posición ambivalente y
contradictoria: eliminar la violencia era una cuestión de dignidad moral, pero sus
consecuencias en la práctica escolar podían ser nocivas para el maestro.
Si el dicho de la época «la letra con sangre entra» daba cuenta de una verdad
material puesta en juego cotidianamente, «el maestro siempre tiene razón» era una
verdad a sostener contra toda prueba que intentase demostrar lo contrario. Sarmiento
consideraba que la supresión del primer axioma había arrastrado al segundo, y esto
constituía una verdadera catástrofe en un momento en el cual era necesario legitimar
la necesidad de la educación creando escuelas y para ello había que inventar la
superioridad del maestro.
La visión del alumno que despliega Sarmiento es el resultado de dos miradas,
ancladas en esferas diferentes, pero que articuladas permiten construir ese lugar
desigual del alumno. En primer lugar, la visión del niño como un ser de razón
incompleta:
«El niño ante la razón es un ser incompleto, y el púber lo es más aún, ya porque
su juicio no está todavía suficientemente desenvuelto, ya porque sus pasiones
tomen en aquella época un desusado y peligroso desenvolvimiento»
La falta de razón en el alumno requería que siempre se reconociera la razón del
maestro, portador del saber, aun admitiendo que muchas veces los planteos de los
alumnos eran válidos. Se fundaba así una ficción en la cual la omnipotencia del
maestro debía ser actuada para sostener la ignorancia e irracionalidad del alumno, y
de allí la necesidad de educarlo.
Pero, además, esta superioridad del maestro debía ser también disciplinaria, y para
ello Sarmiento necesitaba recurrir a la ley. En segundo lugar, entonces, la visión del
niño como menor desde el punto de vista legal suma, a la falta de razón, la carencia
de derechos propios.
Señalaba Sarmiento:
«Lo que el padre puede, puede el maestro; y por maestro se entiende todo el
que enseña, ya sea en escuelas públicas, ya en particulares. El niño no tiene
derechos ante el maestro, no tiene por sí representación, no es persona, según
la ley. Es menor»
Esa desigualdad del alumno respecto del maestro, que hacía que este último en tanto
adulto fuera conceptuado como poseedor de la razón y sustituto de la patria potestad
de los padres, no agota sin embargo la explicación de la tarea de la escuela y la
identidad del alumno. La escuela, a través de la enseñanza de la lectura y la escritura,
también intervenía en la producción de un nuevo orden cultural del cual sólo los niños
devenidos alumnos podían formar parte. El alumno pasaba así del orden de la
naturaleza al orden de la cultura.
Señalaba Sarmiento:
«El maestro de escuela, al poner en manos del niño el silabario, lo constituye
miembro integrante de los pueblos civilizados del mundo, i lo liga a la tradición
escrita de la humanidad, que forma el caudal de conocimientos con que ha
llegado, aumentándolos de generación en generación, a separarse
irrevocablemente de la masa de la creación bruta» 5.
El niño que se separaba de la condición de naturaleza y barbarie de las masas era el
alumno de la escuela, el que abandonaba las calles y los trabajos infantiles para
sujetarse al aprendizaje de la lectoescritura que lo conectaba con la cultura.
Por último, la escuela operaba sobre el alumno una estrategia de homogeneización
social: el alumno se situaba entre sus pares, cuyo número podía variar, pero bajo la
autoridad única de un maestro. El efecto de ese vínculo complejo podía eliminar los
resabios de crianzas familiares erradas, sentando las bases, según Sarmiento, del
«primer germen de la asociación».
La identidad del alumno aparece así en el discurso fundador de nuestro sistema
educativo como una especie de segunda naturaleza que opera como freno a los
instintos previos, permite convivir con pares, supone un aprendizaje de la sujeción a la
autoridad e instala al niño en el orden de la cultura. Tal como señalaba Sarmiento
respecto del niño:
«El sacerdote le quita el pecado original, el maestro la tacha de salvaje».
Víctor Mercante y la paidología
Fundada la instrucción pública como trama educativa y el lugar del alumno, éste se
toma objeto de análisis pedagógico. La «paidología» o «estudio del alumno» será el
saber desarrollado en las primeras décadas del siglo XX, bajo la égida del positivismo,
por un pedagogo normalista, Víctor Mercante que escribió numerosas obras, entre
otras La Paidología y La crisis de la pubertad.
El niño comienza a ser conceptuado más claramente como «pequeño salvaje» que
protagoniza motines, que se sugestiona o contagia de las inconductas de sus pares,
que se distrae fácilmente. La violencia corporal no sólo pasa a ser considerada injusta
sino también poco eficaz pedagógicamente. Lo que debe actuar es la sugestión del
maestro que se manifiesta por la mirada, por el gesto, por el ceño, por el silencio, por
la atracción de la enseñanza, y no por la represión. Mercante criticaba las penitencias
y sanciones que operaban como venganza en las escuelas.
Por otra parte, el alumno pasa a ser considerado y estudiado en tanto miembro de
un grupo escolar, de allí que las investigaciones pedagógicas se refieran a esa masa
heterogénea que combinaba datos de la herencia y efectos del medio, edad y sexo,
tendencias innatas y adquiridas. Pero esa masa de alumnos, esa «turba estudiantil
que suele manifestarse unida, exigente y amenazadora», en las palabras de Mercante,
como las masas de obreros que reclamaban democratización y mejoras sociales en la
época, es en el discurso positivista de la época sugestionable y está siempre en
peligro de desbordes, debiendo por tanto ser conducida por un maestro con oficio.
En un relato autobiográfico titulado «Los estudiantes», «falanterio» (viviendas en las
que algunos grupos anarquistas vivían en comunidad) era el nombre elegido por
Mercante para designar la casa en la cual él vivía con otros compañeros en Paraná,
en los tiempos de alumno de la Escuela Normal; allí podía darse la autogestión y las
diferencias entre pares se articulaban en una experiencia de vida colectiva. La
distancia con la experiencia en la propia escuela normal era notoria: allí otro orden los
posicionaba como alumnos en una común sujeción al rector o profesor. Frente a la
autoridad educativa no eran simplemente diferentes, sino desiguales: el saber, su
posesión o su carencia los inscribía como alumnos en un orden jerárquico, que luego
deberían reproducir cuando fueran maestros de escuela y ensayaban en las escuelas
de aplicación.
Medios de comunicación y psicoanálisis: la irrupción del niño
Aquel lugar desigual del alumno se resquebraja luego de los efectos de las guerras
mundiales, de la crisis de la instrucción pública ante las críticas de la Escuela Nueva, y
de la emergencia de procesos culturales nuevos. Fenómenos tan diversos como la
muerte de niños en la guerra, la participación de adolescentes, la convocatoria política
a los alumnos en el fenómeno peronista, la seducción que comienzan a ejercer
distintos medios masivos sobre niños y jóvenes, la nueva configuración de la familia,
provocan una fuerte mutación cultural que pone fecha de defunción a la posición del
alumno tal como fue entendida en el siglo XIX.
Para los años 50', la asistencia al cine o la lectura de revistas de historietas
preocupaba a la educación oficial y particularmente a la iglesia. La conexión con
saberes que circulaban fuera de la escuela y la inscripción de niños y jóvenes en la
cultura masiva amenazaba el éxito de una tipificación que ya no respondía a los
nuevos tiempos. La industria editorial, el cine, luego la televisión, convocan a niños y
adultos, y las fronteras entre las edades dejan de estar pautadas por el ciclo escolar
para comenzar a ser moldeadas en otros espacios.
En este clima, la divulgación del psicoanálisis lentamente opera una fractura en el
orden pedagógico. El alumno es ahora repensado ante una visión nueva de la infancia:
la existencia de la sexualidad infantil, la postulación del complejo de Edipo, la
consideración de los fenómenos de identificación y sublimación que explican la tarea
cultural, etc., son fragmentos de un saber que deja atrás la descalificación de los
rasgos irracionales e instintivos de la infancia que los maestros positivistas insistían en
adjudicar a los alumnos.
La civilización deja de ser pensada como una antinomia a la barbarie a combatir en las
escuelas, siendo los alumnos el botín de esa batalla; con el psicoanálisis la civilización
se postula como antinomia de la sexualidad: tal como señala Millot, la noción de
civilización acabó convirtiéndose, en Freud, en casi un sinónimo de la ley correlativa a
la renuncia del goce. La disociación entre desarrollo cultural del niño y aptitud para la
felicidad que se percibe desde este registro teórico inaugura numerosas críticas a la
intervención de la escuela sobre el niño. Las críticas de Freud a la educación se
referían a los fracasados intentos de sojuzgar a través de la coerción las pulsiones
infantiles y cómo ellos derivan en la represión y en la aparición de la neurosis y otras
enfermedades.
En la experiencia argentina, el circuito de escuelas privadas laicas que se configura en
los años 60' absorberá más fácilmente algunos fragmentos de esta visión, que
favorecerá el trabajo conjunto de psicólogos y pedagogos, y que se combinará, hacia
los años 70', con la divulgación de Piaget. Desde el punto de vista legal, la situación
anterior se potencia con la aprobación, en 1959, de la «Declaración de los Derechos
del Niño» por la Asamblea General de las Naciones Unidas que inaugura una mayor
visibilidad del lugar de la infancia en las políticas públicas.
En los años 60', Eva Giberti divulgaba masivamente a través de artículos en diarios y
revistas, y luego en programas de televisión, la experiencia de «Escuela para padres».
Desde ella se planteaba la necesidad de «saber qué es el niño», y se cuestionaba la
ignorancia de padres y maestros «antiguos» que debían volver a aprender a educar
incorporando nuevos saberes.
En El filicidio, Amálelo Rascovsky lleva al extremo la crítica a los padres y polemiza
con los partidarios de una iniciación temprana de la educación.
Años después, en plena dictadura militar, la matanza de los hijos será una política de
Estado que dará lugar a procesos de sustracción de la identidad de los niños. Las
estrategias represivas de control y privatización del ámbito familiar y escolar dejarán
irremediablemente atrás los debates públicos sobre el niño y su educación, que
aunque polémicos y diversos permitían avanzar en una conciencia social acerca de la
responsabilidad de los adultos frente a las nuevas generaciones.
Si el positivismo reinante en la etapa fundacional del sistema educativo fue una
cuadrícula que situó al alumno en un lugar inamovible dentro del escenario escolar, el
psicoanálisis desde el exterior de la escuela desordenó esa cuadrícula instalándole el
conflicto, antes sólo analizado en su versión de problemas de disciplina escolar.
Los tiempos que corren
Más allá de la polémica entre pedagogos y psicoanalistas en tomo a la posibilidad o
imposibilidad de la educación, en la que la educabilidad infantil resulta entonces el
tema de debate, el alumno transita cotidianamente las experiencias escolares.
La experiencia biográfica infantil está invariablemente sesgada por la escolaridad. Tras
la mirada positivista o escolanovista, freudiana o piagetiana, los alumnos tienen
presencia propia, organizan allí una parte importante de su cotidianeidad, en el nudo
del proceso de enseñanza-aprendizaje o en sus bordes. Las huellas de dicha expe-
riencia pueden encontrarse en los testimonios de los maestros, en la memoria oral de
los alumnos, pero también en la prensa escrita, en la clínica terapéutica, en los casos
policiales.
La visibilidad que adquieren hoy las manifestaciones de los alumnos, que los diarios y
la televisión despliegan cotidianamente, nos permiten leer la configuración actual de la
infancia y de la adolescencia, que según muchos especialistas es necesario analizar
por su carácter inédito y por la reconocida crisis o fractura entre las generaciones
adultas y jóvenes.
Algunos de los rasgos de la identidad del alumno de los años 90' son los siguientes:
- La existencia de trayectorias escolares infantiles y adolescentes
crecientemente desiguales, como producto de la segmentación social que atraviesa
el espacio escolar público. Esas trayectorias se despliegan en un arco que va desde el
dominio experto de los nuevos saberes (informática, ecología, etc.), pasando por los
fenómenos de repitencia como estrategia de los jóvenes de sectores pobres para
permanecer en la escuela, sentida, a pesar de todo, como espacio de contención
institucional ante el desamparo social, hasta la existencia del delito infantil y juvenil
que toma por objeto a la escuela y que protagonizan los que quedaron excluidos de la
misma.
Por otra parte, la evidencia que los psicólogos encuentran en la clínica terapéutica
respecto de la existencia de una «agenda infantil» en niños de sectores medios y
altos, que conlleva el impacto temprano del estrés, es la contracara de los procesos de
desalfabetización de niños de sectores populares.
El reconocimiento de los saberes infantiles (es decir que los niños son portadores de
un saber propio, de una cultura infantil) que en ciertos temas parece revertir
saludablemente en el vínculo educativo posicionando a los niños en el lugar de
educadores, es la primera cara de este fenómeno de segmentación; las presiones de
ciertos sectores para achicar la edad punible del menor constituyen la otra cara que
parece acercar a los niños a una adultez temprana. Los programas televisivos, y en
particular el de Neustad, abundan en un tratamiento espectacular y espantado de las
crónicas de delitos protagonizados por niños y adolescentes, que sirve en muchos
casos de excusa para instalar en la opinión pública la necesidad de la intervención
policial y de la cárcel.
- Los cambios instalados por la Ley Federal de Educación, respecto de la
obligatoriedad de los 5 años, parecen facilitar la extensión de la condición de
«alumno», arquetípica de la escuela primaria, a una edad que, atendida hasta ahora
por la educación inicial, parecía sustraída al tiempo de la escolaridad. Los temores
de las maestras y especialistas en jardín de infantes respecto de la prolongación hacia
atrás de la primaria, y de la posibilidad de invasión de lo pedagógico en un ciclo
marcado por el tiempo de la infancia, son un indicador del debate sobre la identidad de
alumno.
- La irrupción de casos de violencia protagonizada por alumnos contra profesores
o entre pares en la escuela secundaria, que junto con las discusiones recientes acerca
de la disciplina, las amonestaciones, expulsiones y censuras, ponen en escena la
carencia de un código común, la existencia de una fractura en la comunicación y las
fuertes diferencias entre la cultura adulta y la cultura adolescente, ya no mediadas por
la cultura escolar.
Las estrategias comunicacionales de los alumnos parecen oscilar entre el orden
virtual, los múltiples programas de radio llevados adelante en las propias escuelas,
que evidencian la intención de comunicar, y la violencia como expresión del cuerpo
que recurre a la coerción y no al lenguaje.
- La emergencia de los alumnos como testigos y víctimas de la crisis de la escuela
y como portavoces de las críticas al Estado. Las múltiples manifestaciones escolares
en defensa de derechos propios, como la participación activa en manifestaciones de
defensa de la escuela pública junto con otros sectores, evidencian este papel activo
que los muestra interesados en la reapropiación del espacio de la escuela.
Cerrando este panorama complejo y heterogéneo, quisiera cerrar esta exposición con
una reflexión.
El vínculo entre alumnos y profesores es un vínculo arbitrario, cuyas condiciones de
producción históricas y las voluntades de los sujetos que participan en él son las que
legitiman y dan sentido a su cotidianeidad y a su proyección futura.
Una encuesta reciente destaca que el 70% de los alumnos considera que los
profesores no constituyen un modelo a imitar y que la escuela a la que asisten no es
de calidad superior a la de sus padres; por otra parte, la segunda evaluación de la
calidad educativa dio cuenta de que a los docentes no les afecta el interés de los
alumnos en la organización de la enseñanza.
Estos dos datos, dejando de lado la discusión acerca de las características de las
encuestas, sugieren algo que resulta una evidencia insoslayable: el deterioro del
proceso de identificación que marca el vínculo entre alumnos y profesores, la
identificación que acerca al alumno al maestro, que motiva y despierta su interés por el
saber, y que hace que en la memoria adulta se recuerden los buenos aprendizajes con
relación a un maestro o profesor en algún punto de una trayectoria educativa.
Los rasgos anteriormente señalados sobre la condición del alumno revelan, entre otras
cosas, que «ser alumno» es hoy una experiencia problemática, conflictiva y muchas
veces violenta, que permea el clima político y cultural de una sociedad en crisis. La
actual reforma educativa debería incorporar en su agenda estos datos, para lograr que
afecte y convoque efectivamente a los sujetos interpelados por ella.