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Resumen Ciudades Del Mañana

Este documento resume el libro "Ciudades del mañana: Historia del urbanismo en el siglo XX" de Peter Hall. A lo largo de 13 capítulos, el libro examina la evolución del urbanismo desde 1880 hasta el final del milenio, centrándose más en las ideas que en las realizaciones. Cubre temas como el desarrollo de las ciudades, la planificación urbana, la pobreza y la marginalidad en las ciudades, y el papel futuro del urbanismo.

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Resumen Ciudades Del Mañana

Este documento resume el libro "Ciudades del mañana: Historia del urbanismo en el siglo XX" de Peter Hall. A lo largo de 13 capítulos, el libro examina la evolución del urbanismo desde 1880 hasta el final del milenio, centrándose más en las ideas que en las realizaciones. Cubre temas como el desarrollo de las ciudades, la planificación urbana, la pobreza y la marginalidad en las ciudades, y el papel futuro del urbanismo.

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También culparon al urbanismo de la cultura consumista de los habitantes de los


suburbios, una crítica
basada en un exceso de ego arquitectónico; finalmente los estudios sociológicos
demostraron que la
arquitectura no condicionaba los comportamientos humanos, que el consumismo no
estaba vinculado al
suburbio. En [Link]. el automóvil era claramente hegemónico y las ciudades y sus
centros tuvieron que
adaptarse a las autopistas. Pero ¿qué pasaba en Europa donde las ciudades se
planificaron sobre las redes
de metro? (París, Estocolmo o, incluso, Londres). En Europa el automóvil también
condujo
irremediablemente a la suburbanización, a pesar de la mejor accesibilidad, la gente
prefirió las casas a los
pisos.
En el capítulo décimo, LA CIUDAD DE LA TEORÍA, Hall se detiene ante la
institucionalización del
urbanismo como disciplina científica. Explica, que aunque el urbanismo se empezó a
institucionalizar
tempranamente durante los primeros años 20, no se produjo el divorcio entre profesión
y método hasta la
década de los 50, momento en que también se olvidó el “urbanismo utópico” y el
objetivo social que
originariamente había guiado al urbanista. El Urbanismo que se había venido
desarrollando como un saber
artesanal con teorías prestadas de la geografía y la sociología tuvo que adaptarse a una
“ciudad
rápidamente cambiante” sacudida por el bienestar económico de postguerra y por el
“baby boom”. En la
década de los 50, la Revolución Cuantitativista ofreció a los urbanistas modelos teóricos
y objetivos para
dominar los sistemas urbanos. Aunque, en la práctica, al planificador le fue más difícil
acercarse al bien,
que se empeñó en ser imposible de determinar científicamente. En los años 60 los
radicales y humanistas
atacaron al cuantitativismo despiadadamente (1º) por planificar de arriba a abajo, (2º)
por su imposición
de un pseudocientificismo arbitral y (3º) por su ineficiencia a la hora de dar soluciones a
las necesidades
urbanas. El nuevo urbanista radical de los años 60 volvió al saber artesanal basado en la
intuición; buscó
su sitio en la escena aliándose con los habitantes para mejorar el entorno urbano. Pero,
finalmente, tras el
compromiso de los años 60, el divorcio entre teoría y praxis se consolidó. En la práctica
los urbanistas se
olvidaron de los grandes problemas, se volvieron pragmáticos, aceptaron los encargos;
mientras, los
teóricos, desde las universidades, se preocuparon de solucionar las grandes
contradicciones del sistema
más allá del ámbito del urbanismo. En resumen, la utopía de intervención práctica
ideada por los primeros
urbanistas anarquistas había sido olvidada.
En el capítulo undécimo, LA CIUDAD DE LOS PROMOTORES, Hall nos explica el
impacto que
tuvo la crisis económica de los años 70 sobre el urbanismo. La crisis provocó un cambio
de orientación, el
urbanismo dejó de preocuparse por el control y planificación del crecimiento, para
fomentar el
crecimiento fuese como fuese. El terrible estancamiento del crecimiento hizo
desaparecer las
subvenciones para crear nuevas ciudades, todo el dinero se destinó a sacar del agujero
de la crisis a las
ciudades ya existentes. En los 70, las ciudades estaban en reconversión, se tuvieron que
adaptar a la
desaparición de la base industrial de la economía urbana; todos los esfuerzos se
orientaron a dar un nuevo
papel a la urbe como centro de servicios. El principal objetivo fue atraer a las entidades
financieras, el
turismo y el dinero de los yuppies. “La idea que predominaba era que la ciudad era una
máquina de crear
riqueza y que la función del urbanismo era engrasar la maquinaria”. La deserción de la
industria dotaba a
las ciudades con nuevos espacios a los que se debía encontrar nuevos usos. Fue el
periodo de las grandes
operaciones de renovación urbana (de los Dolls londinenses). El centro de la ciudad se
convirtió en una
boutique para el consumo de los yuppis y en un señuelo para atraer a los turistas. Para
las políticas de
vivienda social no corrieron buenos tiempos durante el periodo de las administraciones
Ronald Reagan y
Margaret Thatcher.
En el capítulo duodécimo, LA CIUDAD DE LA ETERNA POBREZA, Hall inicia el
retorno de
nuestro viaje hacia “los eternos barrios bajos”. Este capítulo está dedicado a la historia
de los estudios
sobre la pobreza y la marginalidad urbana en EEUU. Estudios que se remontan a los
años 20, época en
que los sociólogos de la Escuela de Chicago (Park, Burgess y compañía) localizaron la
pobreza urbana en
los ghettos que acogían a los inmigrantes. Para los de Chicago la ciudad robaba al recién
llegado la
protección y autodefensa que le brindaban las comunidades tradicionales, la ciudad
tentaba al indefenso
hijo del inmigrante hacia la marginación. La marginación llegó a ser considerada como
un problema
transitorio, pues en los años cuarenta los ghettos blancos habían desaparecido, sólo
quedaban ghettos
negros en las ciudades americanas, ghettos que se hacían cada vez más profundos. ¿Que
diferenciaba a los
negros? Los estudios de Frazier substituyeron las explicaciones racistas por los hechos,
en esencia tres
diferencias: partían de una pobreza más extrema, la familia negra estaba descentralizada
y habían llegado
más tarde a la ciudad, cuando los trabajos no cualificados habían comenzado a
desaparecer o
estigmatizaban, y por si esto fuera poco aún se debía sumar el racismo blanco.
Finalmente, a partir de los
60 la extensión de la pobreza a los blancos (aunque siempre en menor medida) arrebató
la razón a los
sociólogos de Chicago, no se trataba de un problema transitorio. Hall no facilita ninguna
solución ante la
persistencia de la pobreza en las ciudades, sólo una pregunta ¿dónde ha estado el
urbanismo? ¿Qué ha
hecho? La respuesta no puede satisfacernos. Es cierto que el porcentaje de pobres es
menor que en 1880,
pero también es cierto que son muchos los pobres de nuestras ciudades a los que no se
les ha querido
ofrecer una vivienda digna.
El viaje de la mano de Peter Hall termina en el capítulo decimotercero, LA CIUDAD A
LO BELLE
EPOQUE, un número para muchos de mal agüero. En este capítulo Hall se pregunta
cuál es el papel del
urbanismo en el futuro, en la época de la globalización y de Internet. Un futuro que el
urbanismo debe
tener pues la ciudad no está muerta ni mucho menos, al ser aún la sede del bien más
demandado, la
información. Pues, aunque se descentraliza la producción, la ciudad aún acoge a las
finanzas, al I+D y al
turismo. El urbanismo tiene trabajo para realizar una ciudad sostenible, preocuparse por
el ahorro de
energía y dar una solución a los problemas del transporte. El urbanismo incluso puede
responder a las
exigencias de aumento de la calidad de vida de sus habitantes. Preocuparse por la
competición
interciudadana por el atractivo turístico. Incluso el urbanismo tiene que responder a un
problema grave,
pues el incremento de las familias uniparentales implica un incremento próximo de la
necesidad de
vivienda que no podrá satisfacer la ciudad a la escala actual.
No obstante, existe un problema más grave, aún no mencionado. Un problema que no
sólo afecta a esta
disciplina, pero por el que se creó el urbanismo hace más de cien años: la pobreza. Sin
duda la noción
actual de pobreza no es la misma que la de la Inglaterra Victoriana, ni las características
de los barrios
pobres de las ciudades son las mismas, pero tampoco el urbanismo es el mismo. Hoy,
según Hall, la
situación se caracteriza por la desaparición de los trabajos tradicionales, el aumento del
paro y el
incremento de la polarización de la sociedad “entre los informados y los infraeducados”.
El miedo a que
estalle la violencia que bulle bajo la superficie, que estalle la revuelta vuelve a
apoderarse de las clases
medias. Los disturbios de Los Ángeles fueron entendidos como un aviso. A finales del
siglo XX hay una
Ciudad de la Noche Espantosa más insostenible que nunca al estar rodeada por la ciudad
de la luz. Hay
pobres. Hay problema, la pregunta que se hace Peter Hall es si este problema afecta a
los urbanistas.
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Peter Hall - Resumen libro Ciudades del


mañana
by javier-lopez-terrazas
on Jul 18, 2015

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Biblio 3W. Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales. Universidad de


Barcelona [ISSN 1138-9796] Nº 26. 2 de mayo de 1997. HALL, P. Ciudades del
mañana. Historia del urbanismo en el siglo XX. Barcelona: Ediciones del Serbal,
Colección La Estrella Polar, 1996 Hall nos propone en este libro participar en un viaje
organizado por el primer siglo del urbanismo anglosajón (aunque en su oferta también
incluye alguna breve excursión por el viejo continente). En las trece escalas (capítulos)
programadas nuestro guía pretende mostrarnos el desarrollo del urbanismo desde sus
inicios allá por 1880 hasta las infociudades del final del milenio. No obstante,
consciente de las limitaciones de estos viajes, centra su oferta según sus propias
palabras "más sobre las ideas más que sobre las realizaciones". Hall nos propone un
viaje organizado consciente de que la mayoría de su clientela quedará insatisfecha.
Todos conocemos las limitaciones de tiempo y espacio de los viajes organizados. No
obstante, también debemos reconocer sus virtudes, en este caso cualquier apasionado
por el urbanismo, la historia urbana, la geografía, la historia de la política social o la
vivienda social sabrá apreciar la labor de Peter Hall como guía en este viaje, no creo que
ninguno de sus viajeros presente a la vuelta de la última página de la obra una queja en
el libro de reclamaciones de la compañía. El libro trata sobre las obras de las figuras
centrales del urbanismo: Howard, Unwin, Parker, Osborn, Geddes, Mumford, Stein,
MacKaye, Chase, Burnham, Lutyens, Le Courbusier, Wells, Weber: Wrught, Turner,
Alexander; Friedmann, Castells, Harvey. Lo esencial de las aportaciones de estas
figuras paradigmáticas puede resumirse en el carácter visionario y utópico de la mayoría
de sus propuestas. Ideas que permanecieron en barbecho porque los tiempos no estaban
maduros Y que cuando por fin las visiones fueron descubiertas y resucitadas, se
aplicaron, muchas veces, en lugares distintos y en circunstancias muy diferentes, y, a
menudo, a través de mecanismos distintos de los que sus autores habían imaginado. En
el capítulo primero, INTRODUCCIÓN, Hall pide al lector un imposible, que lea
simultáneamente todos los capítulos, que este en un sitio y en otro al mismo tiempo. El
lector no podrá realizar este tipo de lectura, no podrá actuar como la realidad,
planteando simultáneamente soluciones e ideas diferentes para la resolución del mismo
problema. Y, antes de embarcar nos advierte que no nos extrañemos que al final del
viaje el autocar lo devuelva al punto de partida. Hall nos advierte desde el principio de
“que en el libro aparece una extraña e inquietante simetría: después de cien años de
debates sobre cómo planificar la ciudad, después de repetidos intentos de llevar las ideas
a la práctica, nos encontramos allí donde habíamos empezado. Los teóricos han vuelto a
los orígenes anarquistas del urbanismo; la ciudad vuelve a ser contemplada como ciudad
de degeneración, pobreza, malestar social, inquietud civil e incluso insurrección. Esto
no significa, evidentemente, que no hayamos avanzado (...) Pero parece que los
problemas vuelven a surgir, quizás porque, en realidad, nunca se solucionaron”. El viaje
se inicia en el capítulo segundo, LA CIUDAD DE LA NOCHE ESPANTOSA DE
FINALES DEL SIGLO XIX, en la ciudad británica victoriana de la década de 1880
donde se sitúan los inicios del urbanismo. En opinión de Hall fueron las pésimas
condiciones de los barrios obreros de las ciudades británicas las que impulsan a las
atemorizadas clases burguesas a hacer algo para solucionar el problema de la vivienda
obrera, a hacer urbanismo originariamente como política social. Fue el miedo a que una
revuelta socialista brotase de entre las capas de pobres y desempleados la causa del
nacimiento de las instituciones británicas dedicadas al ejercicio del planeamiento
urbano. La ciudad gigante se había convertido en un problema en sí misma, en ella
vivían unos cuantos ricos y la clase media rodeada de millares de pobres. Nunca los
pobres habían sido tan conscientes de su pobreza, que en el bucólico campo se
difuminaba. Nunca los ricos fueron tan conscientes del riesgo que corrían o de las
pésimas condiciones en que vivían sus congéneres (los reclutamientos militares
pusieron a la luz el declive físico del habitante urbano que no era válido para el servicio
militar). Era el momento de hacer algo, de encabezar propuestas.
El medio condicionaría al individuo. Un sistema de ciudades jardín proporcionaría
habitantes corteses y templados (controlados). No obstante, “la planificación urbana
dependió sólo de la alianza de los propietarios del suelo con el votante de clase media
dueño de una casa, que no tenía ningún tipo de interés en lo programas de viviendas
para pobres”. En estos primeros años aparecieron las imaginativas propuestas de los
anarquistas británicos encabezados por Howard, sus ideas de reforma social que con los
años se quedaron en nada. Pero a pesar de estas ideas confiadas en el género humano, el
urbanismo se consolidará como el substituto elegido por los poderosos para no aplicar
una política social más directa. En el capítulo tercero, LA CIUDAD DE LAS VÍAS DE
CIRCUNVALACIÓN, Hall nos explica como la difusión de los nuevos medios de
transporte público (ferrocarril, tranvía y metro) posibilitaron la ampliación de la ciudad.
Las nuevas vías de transporte ofrecieron un terreno virgen para la aplicación del
urbanismo, un suelo barato que no amplió la oferta de vivienda a precios bajos, sino que
se convirtió en un terreno virgen para la especulación inmobiliaria. A pesar de las ideas
de Unwin o Parker, no hubo vivienda social. La zonificación fue aceptada por los
agentes urbanos únicamente porque defendía los intereses creados. Los nuevos
transportes posibilitaron la creación de barrios donde se alojaron los nuevos
trabajadores cualificados y de “cuello blanco” aumentando el porcentaje de viviendas.
Mientras que los sistemas de urbanización y zonificación se utilizaron para mantener a
los pobres indeseables fuera de los nuevos barrios suburbanos. Los nuevos transportes
propiciaron la especulación inmobiliaria (los promotores inmobiliarios construían las
líneas de tranvía para promover sus operaciones urbanística) y la substitución de la
ciudad jardín por la ciudad satélite dependiente de la metrópoli. Durante el primer tercio
del siglo XX, en Inglaterra únicamente tras la I G.M. el Estado impulsó la construcción
de vivienda social en casas unifamiliares, no obstante, el gobierno sólo optó por esta
medida ante el peligro que el socialismo supuso en el momento de desmovilización de
las tropas. En el capítulo cuarto, LA CIUDAD JARDÍN, Hall explica como el
movimiento de la ciudad jardín iniciado por E. Howard fue en origen un movimiento de
reforma social cimentado en la confianza anarquista sobre el ser humano. El tiempo y
las aplicaciones prácticas de estas ideas consiguieron reducir este movimiento a “simple
urbanismo”. La ciudad jardín fue ideada por los anarquistas como una tercera vía de
desarrollo (al margen del capitalismo y del socialismo estatutario). Una vía basada en el
colectivismo, la organización local y el autogobierno. La ciudad jardín perseguía la
reforma de la sociedad y recuperar a los pobres, para conseguir este objetivo la receta
propuesta era la construcción de ciudades de 30.000 habitantes, donde se evitase la
separación de clases, donde se permitiese a los pobres el acceso a una residencia junto al
lugar de trabajo, en un intento por salvar la comunidad que junto a la familia eran las
cimientos de la sociedad para estos anarquistas. Quizás un exceso de confianza en la
“salvación geográfica”. No obstante, en seguida se abandonó la construcción de
ciudades jardín, las cuales fueron substituidas por las ciudades satélite, capaces de alojar
a un numero mayor de familias, que además no requerían de la costosa
descentralización de la industria, donde el coste de los desplazamientos diarios al
trabajo caían sobre los obreros, y donde se evitaba el peligro de que los obreros tomasen
consciencia de clase (pues era más fácil que los trabajadores de una misma factoría
residiendo juntos fuesen más conscientes de su situación). Finalmente, el “baby boom”
dio el golpe definitivo a las ciudades jardín, que no tenían la capacidad de absorción
necesaria. Hoy de la ciudad jardín instrumento de reforma social sólo quedan los barrios
suburbanos destinados a las clases acomodadas. En el capítulo quinto, LA CIUDAD EN
LA REGIÓN, nos recuerda que la planificación regional nació como una teoría
revolucionaria de la mano del anarquista Patrick Geddes. Mediante la planificación
regional Geddes pretendía la descentralización de la industria y de la población asentada
en ciudades jardín. Las grandes ciudades debían extenderse en forma de hojas de arce
para posibilitar la cohesión entre lo urbano y lo rural. Las ideas de Geddes atravesaron
el Atlántico, la Asociación para la Planificación Regional de América impulsada por
Mumford y Stein las adoptaron como suyas. Con la llegada a la presidencia de los
[Link] de Roosevelt defensor de las ideas de retorno de la población al campo como
cuna de la pureza social parecía que las reformas sociales que impulsaba la
planificación regional iban a
poder plasmarse. No obstante, ni en la fuerte intervención que el Estado Federal realizó
en el Valle del Tennessee la política social llego más lejos de programas sanitarios o
educativos. Finalmente, se puede sostener que durante el proceso de divulgación de las
originales ideas de Geedes se perdió su aspecto radical. Y al final, se utilizaron los
métodos de la planificación no para la descentralización, sino para conseguir una
centralización más eficiente. El crecimiento de las ciudades se consideró un mal
inevitable, pero se utilizaron los métodos de la planificación para evitar las
deseconomías impuestas por el gigantismo urbano. El resultado fue una dignificación de
las ciudades sin la realización de un cambio en la sociedad. El capítulo sexto está
dedicado al “MOVIMIENTO DE LA CIUDAD BELLA” un urbanismo carente de
carácter social, que tiene su origen en la reconstrucción de París ejecutada por
Haussmann. Es el ámbito del “urbanismo de exhibición” que se concentra en lo
monumental y lo superficial. Sus realizaciones se utilizaron para superar complejos
colectivos de inferioridad estimular empresas o expresar el dominio colonial o racial.
Sus obras se limitaron al diseño de los centros, sin preocuparse de las operaciones de
realojamiento de la población pobre desplazada que se encomendaba a la sabiduría del
libre mercado. Fue un urbanismo centrado en el fasto y lo monumental, olvidado de lo
necesario. Tuvo adeptos entre el capitalismo financiero, los fascismos y los imperios
coloniales. Su aplicación colonial no reconoció al habitante indígena (inexistente en sus
planes) estaba hecha para el dominio y el dominador. Ante los gobiernos fascistas o ante
el stalinismo “los urbanistas trataban de impresionar al pueblo; o, lo más probable, a su
dueño”. El capítulo séptimo, LA CIUDAD DE LAS TORRES, está dedicado a la
influencia de las ideas de Le Courbusier. Quizás este apartado no sea del agrado de los
urbanistas que han subido a un pedestal a este autor, pues para Hall toda la obra del
Gran Arquitecto es criticable. A Hall (más próximo a las ideas de los urbanistas
anarquistas como Howard o Mumford) le horroriza que con Le Courbusier las casas
pasen a ser máquinas para vivir que deben producirse en serie y cambien de nombre
para pasar a llamarse celdas o unidades de habitación en un claro intento de asesinar el
concepto del hogar y la personal idiosincrasia de cada individuo; tampoco le convencen
los intentos de descongestionar los centros urbanos aumentando su densidad mientras en
sus planes olvidaba intencionadamente las deseconomías que comportaban sus
proyectos; también denuncia que inicialmente en los proyectos del maestro la
zonificación estuviese orientada a segregar las clases sociales, hasta que sus ideas
fueron aceptadas en la URSS, momento en que adaptó sus teorías a la construcción de
una sociedad sin clases. Pero la principal crítica de Hall a la obra de Le Courbusier está
basada en su autoritarismo centralizado, un urbanismo que debía ser conducido por los
expertos y en el que la gente corriente sólo tendría el poder de elegir al experto. Esta
crítica al autoritarismo de los urbanistas es uno de lo ejes centrales del libro, aplicable a
toda una serie de planificadores que tratan de “imponer sus propios sistemas de valores
a gente que los tiene diferentes”. La manera de vivir promulgada por Le Courbusier y
sus seguidores no respetaba la idiosincrasia y las necesidades de una gente que no
conocían. Fueron diseñadas sin humildad desde el concepto de belleza y bien burgués.
A pesar de todo, las ideas de Le Courbusier divinizadas por los arquitectos han tenido
una plasmación mucho menor de lo que la leyenda haría suponer. Únicamente el bloque
de alta densidad ha sido universalmente reproducido. No obstante, fuera del contesto
para el que Le Courbusier lo ideó. Este bloque ha sido sufrido como una mala
enfermedad por sus habitantes mayoritariamente pobres, mientras la clase media que fue
la inspiración para su creación ha huido de él como si se tratase de la peste. También en
este mismo capítulo Hall nos explica la historia de las operaciones de la Agencia de
Renovación Urbana durante los años 30 y 40 en las ciudades de [Link]. La Agencia
que reunió a diversos agentes urbanos consiguió con subvenciones públicas destinadas a
renovar los barrios degradados del centro y construir viviendas sociales cerrar su libro
de ejercicios expulsando la población pobre del centro de las ciudades, facilitando el
retorno de la clase media, incrementando el precio del suelo y haciendo desaparecer al
menos la mitad del número de viviendas que estos barrios albergaban, al tiempo que se
incrementó el número de comercios y oficinas; todo un éxito para la planificación
urbana, aunque
un poco alejado a los objetivos originales con que se había creado la agencia. El dinero
público enriqueció al rico, mientras embelleció los centros urbanos. Y para finalizar el
capítulo más denso de esta obra Hall nos presenta la tercera vía que abrió la obra de
Jane Jacobs “Death and life of Great Americam Cities” en la década de los años 60. En
esta obra Jacobs criticó el movimiento de la Ciudad Jardín por considerar a la ciudad
como la cuna de los males de la sociedad y atacó a los courbusianos por su empleo
indiscriminado de la zonificación y el bulldozer. Su propuesta abogaba por ciudades
densas con servicios y soportes subterráneos, barrios que albergaran a todos los usos
posibles, abiertos las veinticuatro horas. Desafortunadamente, con el tiempo, sus ideas
darían lugar a la ciudad yuppie de los ochenta repleta de comercios de diseño adecuados
al poder adquisitivo de unos pocos. En el capítulo octavo, LA CIUDAD DE LA
DIFÍCIL EQUIDAD, Hall nos explica como en los años 60 aconteció un cambio de
mentalidad decisivo en la historia de las realizaciones urbanas; con anterioridad a esta
década, “planificadores y planificados estaban de acuerdo en derribar para conseguir
nuevas viviendas y vías de acceso pero a partir de 1968 la gente defendió la renovación
(que los financieros descubrieron como negocio)”. No obstante, la renovación era una
idea vieja, ya en 1914 Geddes la propuso para reemplazar las destrucciones masivas,
pues consideraba la ciudad contemporánea como el resultado de una adaptación de
centenares de años. Era el fruto de un saber milenario que no se debía destruir sino
mejorar. Pero en la práctica las operaciones de renovación de los centros urbanos
tuvieron el mismo efecto que el método bulldozer: se expulsó a sus humildes habitantes
y se convirtieron los barrios del centro en una ciudad-boutique destinada al consumo de
los yuppies. En este capítulo también se nos relata la aventura de la Autoconstrucción
de los importantes Barrios Esperanza iniciados por Turner en Perú para las clases
pobres iberoamericana; pero también de la experiencias singulares en el mundo
occidental como la Broadacre City de Frank Lloyd Wright. En el capítulo noveno, LA
CIUDAD EN LA AUTOPISTA, Hall nos explica el nacimiento y evolución de los
barrios suburbanos del automóvil. Una historia que se inició en los años veinte en
[Link]. pero que no pudo generalizarse hasta la década de los 50, momento en que los
empleos empezaron a abandonar el centro urbano. El automóvil extendió una vez más el
alcance de la ciudad permitiendo el nacimiento de barrios residenciales (suburbios) a
gran distancia del centro; pero a su vez incrementaba la capacidad de atracción de los
centro urbanos, los cuales tuvieron la necesidad urgente de dotarse de las autopistas y
plazas de aparcamiento suficientes para poder subsistir a los nuevos tiempos. Los
sistemas de tráfico se convirtieron en la estrella de la planificación urbana; al tiempo
que los suburbios fueron criticados con dureza, básicamente por el despilfarro de suelo
que suponían, los traslados diarios, o los elevados costes de los servicios. No obstante,
en el fondo, los arquitectos los despreciaban por carecer de forma, negándose a aceptar
una forma nueva, totalmente diferente, ajena a la tradición más academicista. También
culparon al urbanismo de la cultura consumista de los habitantes de los suburbios, una
crítica basada en un exceso de ego arquitectónico; finalmente los estudios sociológicos
demostraron que la arquitectura no condicionaba los comportamientos humanos, que el
consumismo no estaba vinculado al suburbio. En [Link]. el automóvil era claramente
hegemónico y las ciudades y sus centros tuvieron que adaptarse a las autopistas. Pero
¿qué pasaba en Europa donde las ciudades se planificaron sobre las redes de metro?
(París, Estocolmo o, incluso, Londres). En Europa el automóvil también condujo
irremediablemente a la suburbanización, a pesar de la mejor accesibilidad, la gente
prefirió las casas a los pisos. En el capítulo décimo, LA CIUDAD DE LA TEORÍA,
Hall se detiene ante la institucionalización del urbanismo como disciplina científica.
Explica, que aunque el urbanismo se empezó a institucionalizar tempranamente durante
los primeros años 20, no se produjo el divorcio entre profesión y método hasta la
década de los 50, momento en que también se olvidó el “urbanismo utópico” y el
objetivo social que originariamente había guiado al urbanista. El Urbanismo que se
había venido desarrollando como un saber artesanal con teorías prestadas de la
geografía y la sociología tuvo que adaptarse a una “ciudad rápidamente cambiante”
sacudida por el bienestar económico de postguerra y por el “baby boom”. En la década
de los 50, la Revolución Cuantitativista ofreció a los urbanistas modelos teóricos y
objetivos para dominar los sistemas urbanos. Aunque, en la práctica, al planificador le
fue más difícil acercarse al bien, que se empeñó en ser imposible de determinar
científicamente. En los años 60 los radicales y humanistas atacaron al cuantitativismo
despiadadamente (1º) por planificar de arriba a abajo, (2º) por su imposición de un
pseudocientificismo arbitral y (3º) por su ineficiencia a la hora de dar soluciones a las
necesidades urbanas. El nuevo urbanista radical de los años 60 volvió al saber artesanal
basado en la intuición; buscó su sitio en la escena aliándose con los habitantes para
mejorar el entorno urbano. Pero, finalmente, tras el compromiso de los años 60, el
divorcio entre teoría y praxis se consolidó. En la práctica los urbanistas se olvidaron de
los grandes problemas, se volvieron pragmáticos, aceptaron los encargos; mientras, los
teóricos, desde las universidades, se preocuparon de solucionar las grandes
contradicciones del sistema más allá del ámbito del urbanismo. En resumen, la utopía de
intervención práctica ideada por los primeros urbanistas anarquistas había sido olvidada.
En el capítulo undécimo, LA CIUDAD DE LOS PROMOTORES, Hall nos explica el
impacto que tuvo la crisis económica de los años 70 sobre el urbanismo. La crisis
provocó un cambio de orientación, el urbanismo dejó de preocuparse por el control y
planificación del crecimiento, para fomentar el crecimiento fuese como fuese. El terrible
estancamiento del crecimiento hizo desaparecer las subvenciones para crear nuevas
ciudades, todo el dinero se destinó a sacar del agujero de la crisis a las ciudades ya
existentes. En los 70, las ciudades estaban en reconversión, se tuvieron que adaptar a la
desaparición de la base industrial de la economía urbana; todos los esfuerzos se
orientaron a dar un nuevo papel a la urbe como centro de servicios. El principal objetivo
fue atraer a las entidades financieras, el turismo y el dinero de los yuppies. “La idea que
predominaba era que la ciudad era una máquina de crear riqueza y que la función del
urbanismo era engrasar la maquinaria”. La deserción de la industria dotaba a las
ciudades con nuevos espacios a los que se debía encontrar nuevos usos. Fue el periodo
de las grandes operaciones de renovación urbana (de los Dolls londinenses). El centro
de la ciudad se convirtió en una boutique para el consumo de los yuppis y en un señuelo
para atraer a los turistas. Para las políticas de vivienda social no corrieron buenos
tiempos durante el periodo de las administraciones Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
En el capítulo duodécimo, LA CIUDAD DE LA ETERNA POBREZA, Hall inicia el
retorno de nuestro viaje hacia “los eternos barrios bajos”. Este capítulo está dedicado a
la historia de los estudios sobre la pobreza y la marginalidad urbana en EEUU. Estudios
que se remontan a los años 20, época en que los sociólogos de la Escuela de Chicago
(Park, Burgess y compañía) localizaron la pobreza urbana en los ghettos que acogían a
los inmigrantes. Para los de Chicago la ciudad robaba al recién llegado la protección y
autodefensa que le brindaban las comunidades tradicionales, la ciudad tentaba al
indefenso hijo del inmigrante hacia la marginación. La marginación llegó a ser
considerada como un problema transitorio, pues en los años cuarenta los ghettos blancos
habían desaparecido, sólo quedaban ghettos negros en las ciudades americanas, ghettos
que se hacían cada vez más profundos. ¿Que diferenciaba a los negros? Los estudios de
Frazier substituyeron las explicaciones racistas por los hechos, en esencia tres
diferencias: partían de una pobreza más extrema, la familia negra estaba descentralizada
y habían llegado más tarde a la ciudad, cuando los trabajos no cualificados habían
comenzado a desaparecer o estigmatizaban, y por si esto fuera poco aún se debía sumar
el racismo blanco. Finalmente, a partir de los 60 la extensión de la pobreza a los blancos
(aunque siempre en menor medida) arrebató la razón a los sociólogos de Chicago, no se
trataba de un problema transitorio. Hall no facilita ninguna solución ante la persistencia
de la pobreza en las ciudades, sólo una pregunta ¿dónde ha estado el urbanismo? ¿Qué
ha hecho? La respuesta no puede satisfacernos. Es cierto que el porcentaje de pobres es
menor que en 1880,
pero también es cierto que son muchos los pobres de nuestras ciudades a los que no se
les ha querido ofrecer una vivienda digna. El viaje de la mano de Peter Hall termina en
el capítulo decimotercero, LA CIUDAD A LO BELLE EPOQUE, un número para
muchos de mal agüero. En este capítulo Hall se pregunta cuál es el papel del urbanismo
en el futuro, en la época de la globalización y de Internet. Un futuro que el urbanismo
debe tener pues la ciudad no está muerta ni mucho menos, al ser aún la sede del bien
más demandado, la información. Pues, aunque se descentraliza la producción, la ciudad
aún acoge a las finanzas, al I+D y al turismo. El urbanismo tiene trabajo para realizar
una ciudad sostenible, preocuparse por el ahorro de energía y dar una solución a los
problemas del transporte. El urbanismo incluso puede responder a las exigencias de
aumento de la calidad de vida de sus habitantes. Preocuparse por la competición
interciudadana por el atractivo turístico. Incluso el urbanismo tiene que responder a un
problema grave, pues el incremento de las familias uniparentales implica un incremento
próximo de la necesidad de vivienda que no podrá satisfacer la ciudad a la escala actual.
No obstante, existe un problema más grave, aún no mencionado. Un problema que no
sólo afecta a esta disciplina, pero por el que se creó el urbanismo hace más de cien años:
la pobreza. Sin duda la noción actual de pobreza no es la misma que la de la Inglaterra
Victoriana, ni las características de los barrios pobres de las ciudades son las mismas,
pero tampoco el urbanismo es el mismo. Hoy, según Hall, la situación se caracteriza por
la desaparición de los trabajos tradicionales, el aumento del paro y el incremento de la
polarización de la sociedad “entre los informados y los infraeducados”. El miedo a que
estalle la violencia que bulle bajo la superficie, que estalle la revuelta vuelve a
apoderarse de las clases medias. Los disturbios de Los Ángeles fueron entendidos como
un aviso. A finales del siglo XX hay una Ciudad de la Noche Espantosa más
insostenible que nunca al estar rodeada por la ciudad de la luz. Hay pobres. Hay
problema, la pregunta que se hace Peter Hall es si este problema afecta a los urbanistas.

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