Amor y poder: vínculos y conflictos
Amor y poder: vínculos y conflictos
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Al escudriñar el amor, el poder y sus vínculos, los reportes de investigación provenientes de
otros nichos socioculturales no encuentran que el amor sea definido como poder, mientras que
el poder siempre se define como amor. La investigación en México, por su parte, señala una
insoslayable confusión en los patrones conductuales vinculados al amor y al poder. Así, la
pregunta surge en cuanto a la interpretación de la conducta de cuidado de los padres (amor)
cuando impiden el desarrollo personal de los hijos (poder). Esta incógnita es la que llevó a
Díaz-Guerrero (2003) a señalar que en México, y también en Latinoamérica, está
indisolublemente ligado el amor y el poder, como es el caso de la obediencia afiliativa,
característica central de la relación de padres e hijos. Una en la cual los padres protegen y a
cambio exigen obediencia, y los hijos obedecen y a cambio reciben cuidados y amor. De allí
que los padres en la cultura amenacen con el "si no te portas bien te voy a dejar de querer". La
misma encrucijada enfrentada por Díaz-Guerrero (2003) y por los mexicanos en cuanto a la
disyuntiva de amar o controlar hace necesario que en este capítulo se presente una serie de
apartados sobre las aventuras y mezclas hi bridas de estos conceptos como constructos
cercanos y distantes a la vez.
ASPECTOS POSITIVOS Y NEGATIVOS DEL AMOR Y EL PODER
La caracterización del poder como positivo o negativo no siempre es clara; un elemento que
complica el entendimiento del poder es cuando en algunas culturas se le relaciona con afectos
positivos construidos sobre el papel del sufrimiento y el sacrificio. No cabe duda que como
seres gregarios es necesario un toque de indulgencia; no obstante, cuando resulta difícil admitir
que se hace en vano y se continúa por esa senda, el sacrificio acumulado se hace demasiado
grande y frustrante, convirtiéndose en mucho casos en antecedente de una reacción tardía y
violenta. Así, el poder es un híbrido caracterizado por la modalidad someter-sumisión, “si yo
gano, tú pierdes", y por el ceder, ante lo cual es difícil confrontar la carencia de poder, admitir la
poca influencia que se tiene sobre otros y la insoportable insignificancia que acarrea. A su vez,
existen elementos claramente negativos del poder, como los actos de destrucción, que con
seguridad están muy relacionados con el hecho de que destruir es más fácil que construir.
Existen casos de este poder evidentes al infringir o contemplar el dolor de otra persona o aun
su muerte, pero el mayor peligro para la sociedad surge cuando se legitiman esas conductas,
como sucede con frecuencia en la guerra. En el lado claramente oscuro no sólo es cierto que
las ganancias del poder suelen ser transitorias, sino además el poder exhibe síntomas de
patología, de no adaptación y de futilidad en varias formas. Cuando el ejercicio del poder no
aumenta u obstaculiza las posibilidades de gratificar las necesidades más fundamentales
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de la supervivencia y la satisfacción; cuando el ejercicio del poder es ambiguo, fortuito,
arbitrario, regresivo, demasiado intenso y rígido a pesar de las consecuencias; cuando el
ejercicio del poder se hace lo bastante autónomo en intensidad que pervierte las facultades
críticas, racionales y morales en las relaciones interpersonales, cuando el poder ocasiona un
sentimiento de futilidad y tedio que deriva en la incapacidad de usar el poder creador (Boulding,
1994).
Para establecer la parte positiva del poder debemos observar que puede superponerse con el
amor. Es decir, la persona que ama a otra, como sucede entre amantes, matrimonios, padres e
hijos y amistades en general, se deja influir e intenta hacer y satisfacer los deseos de aquel a
quien ama. Claro está que cuando se lleva al extremo, en el que una de las partes tiene la
necesidad compulsiva de someterse a todas las necesidades, caprichos y deseos del otro,
tendríamos que buscar la explicación en otros factores distintos del amor, como serían el
miedo, la pasividad, la dependencia y el masoquismo. Es así que el poder se convierte en
motivo de reflexión, ya que por una parte es un método de la naturaleza para desplegar las
capacidades ocultas de la vida y, por otro, acecha en contra de la unión y la convivencia. De
hecho, Hoffs (1986) explica que sin ciertas cualidades de carácter insociable, los humanos
llevarían una vida en completa armonía, satisfacción y amor mutuo, pero en tal caso, muchos
talentos permanecerían en estado latente. Al expresarse la fuerza de la influencia social
aparece el individualismo, que es creador y productivo, aunque no descarta que el afán del
poder deba restringirse dentro de ciertos límites, de ahí el origen y desarrollo de la sociedad
civil.
Al transformar la visión del poder del individuo al grupo en el que se presenta el po der, la
mirada se torna estructural. Desde esta orientación se encuentra que las formas más puras de
poder, como es el caso del dominio patriarcal, se ejercen en la célula social más pequeña, la
familia. El señor es obedecido en la asociación tradicional en virtud de sus propias cualidades,
investidas por la tradición en dones de mando y superioridad legítima. A pesar de ello, al
atribuírsele autoridad a la madre con base en el amor, se empieza a pensar en poner un límite,
reconociéndosele ciertas prerrogativas y derechos personales junto con los niños y
adolescentes. Incluso en algunas ocasiones el control viene disfrazado del manejo de la mujer
hacia el hombre y los hijos en una actitud de culpa. En otras palabras, en una tendencia a
provocar sentimientos de culpa por daños reales o su puestos inflingidos, sobre todo, a ella
misma (Howard, Blumstein y Schwartz, 1986). ,:"Tomando en cuenta el entorno del poder, es
claro que la familia tiene participación en el proceso de socialización, encontrando relevancia
en su carácter como organizador de relaciones de poder. Esto implica que dentro de la
dinámica general de interacción familiar es posible captar procesos específicos de adquisición,
control y distribución del poder para tomar las decisiones que conciernen a cada miembro de la
familia y a ésta en su conjunto. En algunas ocasiones estos procesos hacen que el poder de
decisión se centralice en alguno de los miembros de la familia.
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En estos casos, las decisiones pueden ser definitivas e inapelables, o pueden dar margen a
una posible negociación, modificación o, incluso, evasión; las normas que rigen la conducta de
los padres son una síntesis de sus valores conscientes y de las motivaciones muchas veces
reprimidas en el inconsciente. Esas normas que implican la actitud y la ideología tienen un
margen de rectificación y adaptación de acuerdo con los cambios en las pautas socioculturales
de los grupos de referencia en los cuales participan. Es precisamente aquí donde el constructo
de premisas histórico-psicosocioculturales, desarrollado por Díaz-Guerrero, se convierte en una
referencia obligada. En ellas se declaran las pautas del comportamiento apropiado para los
miembros de un grupo sociocultural, y en el caso de los mexicanos la obediencia y respeto
hacia aquellos más altos en una jerarquía, el dominio del padre en la familia y el sacrificio de la
madre por su familia (Díaz-Guerrero, 1994).
En la familia, el poder destructivo puede tomar la forma de daño, amenaza o aun privación. Se
envía al niño travieso a la cama sin cenar, la esposa o el marido a veces intentan privar al otro
de afecto o satisfacción sexual. El lenguaje puede ser una poderosa arma de destrucción al
humillar a otras personas, al quejarse, al regañar. La ira lleva con suma facilidad al ejercicio del
poder destructivo. La envidia lleva a desear el poder destructivo. Además, en la familia se
puede aprender el bien y el mal. Los niños mal tratados muchas veces se convierten en
maltratadores de niños; los niños humillados, casi siempre impotentes, se pueden convertir en
criminales, quizá dictadores. Los niños que reciben amor y se crían en familias en las que se
hace un uso mínimo de poder destructivo tienen muchas más posibilidades de ser miembros
productivos y valiosos de la sociedad (Boulding, 1994).
Ante el escenario, parte del rompecabezas se inserta en la educación a padres. Desde hace
algún tiempo se viene planteando que las pautas familiares están siendo objeto de modificación
y ensayo, en ocasiones, de un cambio cercano a la mutación cultural, pasando por una amplia
gama que va desde la coparticipación mayor, más franca y directa, hasta la inversión de
papeles entre el hombre y la mujer (Barry, 1970). La pregunta es qué piezas mover para lograr
un revolución cultural dirigida a la resolución de diferencias de una manera más constructiva y
propositiva. Un factible camino se deduce del trabajo de Sagrestano, Christensen y Heavey
(1998), quienes mencionan que las estrategias de poder incluyen un proceso de justificación,
reconocimiento del problema y resolución. De esta forma, cuando se culpa a otros o a
condiciones externas, el sujeto identifica la conducta del otro o la situación como un problema
hacia él mismo, y por tanto se defiende, escuda o excusa su conducta. Bajo estas condiciones
aparecen la evasión y el desinterés, la persona cambia el tema, ignora y se aleja y evita la
conversación, y con ello el afecto negativo en el cual el sujeto muestra desacuerdo, emplea
abuso verbal, interrumpe, manipula, usa sarcasmo y critica a su compañero.
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En cambio, el sujeto puede preguntar para aclarar cierta situación inconveniente o puede
describir la conducta de otros como base de su comportamiento, lo cual lo lleva a emplear la
negociación, hacer mención de sus emociones y sentimientos, demostrar interés por los
sentimientos de los otros, lo cual repercute en general en que la persona se muestre
complaciente, agradecida, sonriente y bromista.
Como se ha visto, el constructo poder con frecuencia es entendido a partir de su aspecto
negativo, que le caracteriza por la modalidad dominio-sumisión, que es una forma primitiva de
acepción, en el sentido de que las estrategias empleadas se aprenden desde muy temprano en
la vida, donde también se aprende sobre el amor. Al abordar esta arista del fenómeno, May
(1972) plantea que el poder y el amor se han citado por tradición como opuestos. Es decir, a
más poder, menos amor, y a más amor, menos poder. Dicho de otro modo, entre más
desarrollada esté la capacidad de amar de un individuo, menor será su interés por el poder; el
poder conduce a la violencia y al dominio, mientras que el amor nos acerca a la igualdad y al
bienestar humano, aunque es posible que estos constructos en la realidad se mezclen. Ahora
bien, esta encrucijada no es del todo novedosa; de hecho, la relación entre el amor y el poder
se muestra en los mitos. Por ejemplo, Afrodita, a quien los griegos hicieron símbolo de la
belleza y la gracia, tuvo un amorío con Ares, dios de la guerra o la contienda, de quien tuvo a
Eros (Cupido), dios del amor. Esta unión entre Afrodita y Ares fue bendecida precisamente por
Armonía. ¿De qué mejor manera podían los antiguos griegos decirnos la importancia que tiene
la unión entre el amor y el poder? En el acto sexual es indispensable combinar la
autoafirmación (poder) con la ternura (amor). También puede observarse que los linderos del
amor y el poder se sobreponen. Es decir, la persona que ama a otra, se deja influir y trata de
hacer y satisfacer los deseos de aquel a quien ama (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 1988).
Con una mirada más contemporánea Rosen y Bird (1996) estudiaron la relación entre el amor y
la violencia con énfasis en el efecto de las ideologías de los roles de género, la distribución del
poder entre las parejas y la resolución del conflicto. Estos investigadores reportan que los
hombres que violentan a su pareja tienen actitudes más tradicionales acerca de los papeles de
género en los cuales aparece un revoltura de control y provisión de protección. En otra
investigación, Díaz Loving (2004) reporta que los hombres mexicanos perciben la hostilidad y el
afecto como independientes, lo cual implica que al menos 25% de ellos consideran que pueden
coexistir ambos factores. De esta forma, amor y violencia pueden coexistir en una relación de
pareja.
Por oro lado, el amor ha sido concebido a través del tiempo y del conocimiento como el más
profundo y significativo de los sentimientos. Su presencia da lugar a un involucramiento
emocional espontáneo y dinámico entre dos personas, por lo cual, ha ocupado un lugar
privilegiado en la literatura, la filosofía, la poesía y la ciencia.
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No obstante, “es aparente que la ambigüedad, abstracción y desacuerdo que gira en torno al
amor ha inhibido su cabal entendimiento” (Elkins y Smith, 1979). Es por esto que los estudiosos
de esta área han centrado su interés en responder las interrogantes de su definición,
naturaleza, expresión y forma de medición.
Al abordar al amor y sus significados, se ha observado que entre las definiciones más célebres
se encuentra la planteada por Skolnick (1978), quien menciona que el amor es: “Una
experiencia construida por sentimientos, ideas y símbolos culturales." Se subraya que el amor
es conceptualizado por este autor, basándose en la cultura como determinan te de la definición,
expresión y percepción de este constructo en la relación de pareja. Es decir, la cultura permea
y define al amor, sus correlatos y procesos. El amor incluye, entre otras, características como
altruismo, intimidad, admiración, respeto, confianza, aceptación, unidad, exclusividad, etc.
(Scoresby, 1977; Turner, 1970). Con base en estas características es posible pensar que la
naturaleza y expresión del amor puede clasificarse en conducta, juicio o cognición, actitud y
sentimiento.
Para quienes consideran al amor como conducta, el amor puede ser cuidado por el otro,
responder a sus necesidades, expresar afecto físico. El amor como juicio se enfoca en la
estimación o valoración de la bondad que implica para uno mismo experimentar amor; en
esencia, es una decisión cognoscitiva entre los miembros involucrados que se basa en un
criterio consciente en el cual se compara la pareja en términos de funcionalidad. El amor como
actitud se enfoca en la evaluación de conductas o sentimientos experimentados a partir de la
interacción y conocimiento de otra persona. Por último, el amor como un sentimiento o emoción
presupone respuestas fisiológicas, que surgen ante la presencia del ser amado y que van
integradas con una atribución de actitud favorable ante la persona estímulo. Cada una de estas
tres posturas representa una faceta de la compleja realidad que es el amor, que aporta
elementos significativos a su conceptuación y categorización en términos de sus disposiciones
fisiológicas, emocionales, cognitivas y conductuales que determinan su experiencia y
necesidad, así como los rasgos de personalidad propios de los miembros involucrados (Tzeng,
1992). Del lado oscuro, el amor en ocasiones se encuentra inserto en obsesión, celos,
inseguridad y desesperación (Díaz Loving y Sánchez Aragón, 2002).
1. Estilo de amor amistoso. Se refiere a una ideología cuya expresión de amor se fundamenta
en alimentar día con día una profunda amistad con su pareja, donde ésta es considerada como
el(la) mejor amigo(a). De tal forma que este tipo de amor, al igual que las “buenas amistades",
se llevan bien y se caracterizan porque en su relación existe entendimiento y acuerdo mutuo en
cuanto a compartir actividades y formas y lugares para convivir, jugar y divertirse. De modo que
entre afectos y agrados recíprocos, suelen manifestar su amor amistosamente, percibiendo
compatibilidad y cierta "química" con su pareja, lo que lleva a sentir y expresar seguridad en
cuanto a la elección de pareja y gusto por permanecer a su lado. Aunque tanta convivencia
también conlleva a preocuparse por el bienestar del otro y proporcionarle ayuda.
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2. Estilo de amor ágape. Se refiere a una ideología cuya expresión de amor se fundamenta
bajo la consigna de que la pareja es más importante que uno, por lo que prime ro, y ante
cualquier circunstancia, se busca cubrir las necesidades de ella o él. Se maneja con base en la
idea de que todo lo suyo es de su pareja. de tal modo que quien manifiesta su amor altruista
vive para su pareja y sufre por ella (el); busca complacerla(o) en todo, sacrificándose y siendo
tolerante bajo cualquier circunstancia en pro de su bienestar
3. Estilo de amor erótico. Se refiere a una ideología que se fundamenta en el juego del amor y
la atracción física hacia la pareja, por lo que es un estilo que expresa el amor a través de una
búsqueda constante de nuevas formas de coquetear y seducir a la pareja, pues lo que más les
importa es llegar al goce y a la consumación sexual. Por consiguiente, mantenerse muy
cercano al otro (la pareja) provoca excitación y una diversidad de intensas emociones,
despertando mucha pasión y deseo por acariciar a su pareja.
4. Estilo de amor lúdico. Se refiere a una ideología que se fundamenta bajo el pensamiento de
que sólo se vive una vez, por lo que se debe conocer hombres (o mujeres) de todo tipo y tener
muchas parejas y buscar nuevas relaciones; para ello, hay que mantener un tanto incierta a la
pareja con respecto al compromiso que se mantiene con ella (él) y ser coqueta(o) con personas
del sexo opuesto. De modo que el lúdico piensa que no hay hombre o mujer (según el caso)
que se le resista. Sin embargo, muy en el fondo, le angustia pensar en la soledad y sus
sentimientos hacia sus relaciones son inestables.
5. Estilo de amor maniaco. Se refiere a una ideología que se fundamenta en ser demandante
con la pareja y celarlo con mucha frecuencia. En este estilo el sujeto mani fiesta su amor por el
otro a través de una búsqueda constante por controlar todo lo que hace, para ello supervisa y le
pide cuentas de su comportamiento.
6. Estilo de amor pragmático. Se refiere a una ideología que se fundamenta en la planeación
tanto de la elección de pareja como en todo aquello que entra en juego en la dinámica de dicha
relación. Para ello hace uso de su inteligencia, analizando y proyectando su relación de pareja
con mucho cuidado, e incluso hace consideraciones (previas a la propia relación) respecto de
lo que su pareja estaba planeando al momento de conocerla.
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La segunda escala, que evalúa estilos de poder, consta de ocho factores:
1. Estilo autoritario. Persona que hace uso de conductas directas, autoafirmativas,
tiranas, controladoras, inflexibles y aun violentas; intenta mantener sometido bajo el yugo
de su dominio. Los indicadores de este estilo son: áspero, violento,
brusco, explosivo, estricto.
2. Estilo negociador-democrático. Existe un compromiso con la pareja que trae
beneficios mutuamente aceptables. La forma de pedir a la pareja se entiende como una
decisión de dos, en intercambio en la posesión de la influencia. Sus indicadores son:
seguro, directo, sugerente, comunicativo, equitativo, recíproco,
controlado, empático, tolerante, negociante.
3. Estilo tranquilo-conciliador. Es una manera sublime de manejar la situación sin
que se perciba la influencia o control sobre el otro. Los indicadores son: amable,
accesible, flexible, paciente, conciliador.
4. Estilo afectivo. El sujeto se dirige a su pareja con comportamientos social, emocional y
racionalmente aceptables, siendo amable, respetuoso y cariñoso. Los
indicadores son: cariñoso, tierno, cordial, expresivo, comprensivo.
5. Estilo rígido. El sujeto ejerce el poder a través de ser riguroso e inflexible en las
peticiones. Sus principales indicadores son: estricto, exigente, competitivo.
6. Estilo apático. El sujeto ejerce poder a través del distanciamiento y actitud evasiva y
negligente. Los principales indicadores son: superficial, confuso, irresponsable, inaccesible
7. Estilo sumiso. Es una forma de resistencia pasiva, se basa en el descuido, desgano, la
necedad y el olvido, sin que se dé jamás el enfrentamiento directo. Los indicadores son:
callado, distraído, desordenado, indirecto.
8. Estilo laissez faire. Otorga libertad y permiso al dominado. Sus indicadores son:
permisivo, liberador, comprometido, abierto.
Los principales resultados mostraron que en cuanto a la relación entre estilos de poder y amor
para hombres es amistoso, correlaciona positiva y significativamente con el estilo de poder
afectivo, tranquilo-conciliador, negociador-democrático y laissez faire, y en forma negativa con
los estilos autoritario, apático y rígido. Esto indica que las personas que sienten que se llevan
bien con sus parejas y comparten actividades que son compatibles, también manifiestan un
estilo amoroso, cariñoso y tierno, además de ser colaboradores, equitativos y calmados.
Asimismo, las personas que alimentan día con día una amistad profunda con su pareja no son
agresivos, dominantes, bruscos, exigentes y chocantes. En el caso de las mujeres, el patrón
encontrado es muy similar en cuanto a la dimensión del estilo de amor amistoso; no obstante,
la única diferencia radica en que el estilo de poder sumiso se correlaciona en forma negativa
con este estilo de amor, es decir, aquellos que sienten que su pareja es su mejor amigo no
harían uso de la debilidad o de mostrar sumisión y sometimiento para convencerla de hacer
algo (Rivera y Díaz Loving, 2002).
Al analizar el estilo de amor erótico, existe una paridad con estilo de amor amistoso y el
comportamiento encontrado con los demás estilos de poder.
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Se observa que cuando un miembro de la pareja se basa en el juego del amor y la atracción
física, también utiliza estilos de poder positivo, como el afecto, el ser tranquilo-conciliador,
democrático negociador y laissez faire, y hace menos uso de estilos negativos, como son el
autoritario, apático e impositivo. En el caso de las mujeres, las correlaciones encontradas son
similares a las encontradas para los hombres, a diferencia de la correlación negativa entre el
amor erótico y el estilo sumiso, donde el amor basado en la atracción hace menos uso de la
sumisión y el sometimiento para convencer a la pareja de hacer algo que desea.
Para el estilo de amor ágape las relaciones encontradas con los estilos de poder son similares
a las encontradas en los estilos amistoso y erótico, tanto en el caso de la mujer como en el
caso del hombre. Se observa que cuanto más un miembro de la pareja siente que es más
importante que él, también usa como estilo de poder el afecto, negociar y con ciliar, y menos el
estilo autoritario, apático e impositivo. Por su parte, el estilo maniaco, que representa el amor
obsesivo, se encuentra en el caso de los hombres que se correlaciona con los estilos de poder
negativos, es decir, cuanto más obsesivo y demandante es un miembro de la pareja, también
usa un estilo de poder autoritario, impositivo, apático y sumiso. Por otro lado, también se
encuentra que se correlaciona el maniaco en forma negativa con laissez faire, situación que
indica que una persona celosa y demandante no es permisiva ni liberadora. En los datos para
las mujeres la relación encontrada entre este mismo estilo, demandante y posesivo, refiere la
misma secuencia encontrada que en el caso de los hombres; no obstante cabe señalar que no
se relaciona con el factor de laissez faire.
Para el estilo de amor lúdico, la forma de pensar que representa al sujeto que tiene muchas
parejas y busca nuevas relaciones se comporta en el caso de los estilos negativos para
hombres de la misma forma que el estilo maniaco, ya que este estilo se correlaciona con ser
autoritario, impositivo y apático. Sin embargo, a diferencia del anterior se correlaciona en forma
negativa con los estilos positivos, como ser afectivo, tranquilo conciliador y negociador-
democrático. De forma semejante, en el caso de las mujeres este estilo se correlaciona de
forma positiva con los estilos negativos y de forma negativa con los estilos positivos. Cabe
señalar que el único factor de los estilos positivos de poder con el cual no se relaciona es el
afectivo. Por último, para el estilo de amor pragmático, que implica un estilo de amor planeado,
éste sólo se correlaciona con los estilos de poder positivo, pues la persona que piensa que su
pareja es útil, conveniente y que su relación es práctica, también utiliza el afecto, la negociación
y la conciliación como formas de pedir algo que él o ella desean, En el caso de esta dimensión
no se correlaciona con factores negativos (tablas 10.1 y 10.2).
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Por otro lado, Díaz-Guerrero y Szalay (1993) encuentran en un estudio transcultural que incluye
Estados Unidos, México y Colombia, que los universitarios estadounidenses no asociaron la
palabra amor con el poder, no obstante, los mexicanos y los colombianos, sí; de la misma
forma, estos estudiantes asociaron el poder con bueno y ayudar (tabla 10.3).
202
Otros estudios sobre valores, donde el amor y el poder se usan como variables de pendientes
(Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 2001; Díaz-Guerrero, Moreno Cedillos y Díaz Loving, 1995),
reportan que la importancia de los valores para los individuos, y en su caso a través de tres
culturas, depende de las variables de las necesidades homónimas. Así, los autores reportan
que los pronosticadores para el valor amor son el placer derivado de la satisfacción de la
necesidad de amor y la intensidad original de la necesidad de amor (tabla 10.4). Es decir, la
importancia del valor amor es demasiado predecible por el placer que brinda satisfacer esa
necesidad y la intensidad original de la necesidad de amor.
En el caso del poder (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 2001; Díaz-Guerrero, Moreno Cedillos y
Díaz Loving, 1995), los autores reportan una correlación mayor de la que se obtuvo para el
valor amor en la muestra de mexicanos, y que los pronosticadores también son el placer, en la
satisfacción de la necesidad del poder, y la intensidad original de la necesidad, observando que
el valor poder es menos importante que el valor amor. Por otro lado, los autores plantean que
los pronosticadores intensidad original y goce de la satisfacción de la necesidad) son más
fuertes para el amor que para el poder, donde hay una clara tendencia para que sea más fácil
satisfacer la necesidad de amor que la de poder (tabla 10.5).
203
Por último, al hablar de la investigación que ha trascendido fronteras sobre el amor y el poder,
Díaz-Guerrero (2003) y las múltiples investigaciones con las premisas histórico socioculturales
(PHSC) y las de filosofía de vida (Díaz-Guerrero, 1973, 1984, 1994) pro ponen fuertes rasgos
idiosincrásicos sobre la personalidad del mexicano. En estos estudios propone que la cultura
mexicana es una cultura del amor, ya que en sus investigaciones encuentra un factor al que
denomina amor-poder, y observa que 82.7% de los encuestados opta por el amor para
enfrentarse a los problemas que plantea la vida (Díaz-Guerrero y Szalay, 1993). De la misma
forma, en estudios posteriores se confirma este factor de filosofía de vida amor versus poder
(Díaz-Guerrero, 1996). En la tabla 10.4 se observan los resultados obtenidos en este factor. En
ella se anota que el amor está sobre el poder en todos los aspectos de la vida, siendo en el
segundo estudio (Díaz-Guerrero, 1996) aún más importante el amor hacia la familia que el
dinero como símbolo de poder (tabla 10.6).
204
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
En cuanto concierne al amor y al poder cabría volverse a preguntar si son conceptos similares
o diferentes, ya que en la bibliografía en inglés, May (1972) planteaba al poder y el amor como
tradicionalmente opuestos. Es decir, a más poder, menos amor, y a más amor, menos poder;
mientras en México quedaba en pie la mezcla de estos conceptos. Como mencionan Díaz-
Guerrero y Díaz Loving (1988), el poder y el amor en México son una mezcla híbrida. Esto
porque, entre otras cosas, desde la infancia el obedecer al padre por amor y la protección
ofrecida por amor, y el ejercer la autoridad sobre el hijo en nombre del amor que se le tiene, se
confunde y se funde como un solo elemento. De esta manera, a través de la socialización
aprendemos que la obediencia afiliativa (Díaz-Guerrero, 1982) es una situación normal en
nuestro entorno, porque lo vivimos como parte de nuestras relaciones y lo llevamos a la vida
adulta dentro de una relación de pareja. Es por eso que ya en pareja acatamos una serie de
solicitudes hechas por la pareja en nombre del amor. De la misma forma, en las investigaciones
plasmadas el amor está muy vinculado con el poder, ya que en primer lugar este sentimiento es
una forma y un medio para solicitar algo a la pareja. Si bien parece contradictorio pedir cosas
haciendo alusión al amor, la verdad es que los sujetos perciben esto como congruente y
adecuado, ya que indican que esta es la mejor manera de influir en otra parte, se encuentra
que tanto hombres como mujeres han definido al poder como amor (Rivera, 2000). Al hablar del
poder como amor, Safilios (1976) menciona que el amor es un recurso psicológico del cual se
vale la pareja para manipular (poder).
Por otro lado, al vincular de modo directo estilos de amor y estilos de poder, se encuentra que
cuando los estilos de amor son positivos, como considerar que la relación es de amistad,
pensar que la pareja es antes que uno (ágape), sentir que una relación es planeada
(pragmático) o que la atracción, la seducción y el coqueteo son importantes (erótico), éstos se
asocian con los estilos y estrategias de poder positivos. Como lo menciona Lee (1973) al hablar
de los estilos de amor, cada uno tiene estrategias muy claras de acuerdo con el sistema de
cada estilo de amor, para no incurrir en errores. De la misma forma, la mayor parte de los
estudios aquí expuestos encuentran que cada estilo de amor tiene estilos de poder asociados
con estos estilos de vida. En otras palabras, los estilos de amor positivo, en este caso el ágape,
el erótico y el práctico, con frecuencia se encuentran cuando existen estilos positivos de poder.
Cabe señalar en esta parte que en todos los casos, menos en el estilo pragmático, existe una
correlación negativa con los estilos negativos del poder. En el estilo pragmático sólo existen
correlaciones positivas con estilos positivos, esto aduce a que la gente que ha elegido bien a su
pareja, de acuerdo con la lista de necesidades prácticas y funcionales sólo usa estilos de
petición positivos, pero esto no los exime, si la relación lo requiere para el óptimo
funcionamiento de la relación, de usar estilos negativos.
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En cuanto a los estilos posesivo y compartido de amor, como el maniaco y el lúdico, se
encuentra que éstos están asociados a los estilos y estrategias negativas de poder. En
esencia, los maniacos y lúdicos utilizan más la evitación, el autoritarismo, el chantaje y la
manipulación. Si se hace un análisis detallado del estilo maniaco, el cual corresponde al amor
obsesivo, celoso y persecutorio, se observa que la relación va a ser negativa y que incluso, en
el mejor de los casos, el sujeto se presenta como una víctima. No es raro que estos sujetos se
sientan siempre amenazados en su relación, y al sentirse amenaza dos, ya sea en una forma
real o imaginada, utilicen más estrategias de tipo coercitivo. Incluso Díaz Loving. Rivera y
Flores (1989) indican que estas personas con rasgos obsesivo-celosos sienten más dolor y
enojo ante la amenaza de pérdida, por tanto responden a la defensiva. Asimismo, otro aspecto
implicado es que el estilo de amar maniaco es bastante dependiente del otro (Lee, 1973), lo
cual es congruente con peticiones (estrategia y estilo de poder) que aluden a la responsabilidad
del otro a través de la culpa, el chantaje y la manipulación.
Por otro lado, al hablar del estilo lúdico-el que parafraseando diría “para qué hacer infeliz a una
pareja si puedo hacer feliz a varias"-, implica por una parte una falta de compromiso e
involucramiento afectivo, y por otro la necesidad de repartir entre varias parejas una serie de
recursos no renovables y finitos. Esto implica un paradigma en el que se usan estrategias y
estilos de poder negativos que permiten controlar las parejas al mantenerlas en incertidumbre,
permitiéndole evitar la relación cuando busca otra. Así, los estilos de poder negativo pueden
servir ya sea como protección a sí mismo o como una forma de evitar involucrarse. Por otra
parte, puede funcionar como un blindaje emocional ante el dolor y el sentimiento de soledad,
que es típico de este estilo de amar. Asimismo, el estilo lúdico es un estilo dependiente de las
reglas del juego, y si su regla constituye la propuesta de que en la variedad está el gusto, utiliza
esta serie de estrategias y estilos negativos para no cambiar la regla, y evitar así permanecer
mucho tiempo en la relación (Lee, 1973). Si esto lo planteamos desde la perspectiva de
Kowalski (1997), quien afirmó que “los comportamientos sociales aversivos se usan cuando
privan a las personas de resultados favorables o les imponen resultados desfavorables”, el
estilo de amor lúdico y maniaco utilizan estilos de poder negativos con la finalidad de obtener
resultados favorables a las reglas del propio estilo de amar.
Aunque el patrón de resultados encontrados es consistente y claro en teoría en las
investigaciones, es importante resaltar que proveen sólo una parte de la historia, ya que se
debe incorporar la interacción, Con esto es importante retomar lo planteado por Lee (1973) al
mencionar que el estilo de amor es un estilo de vida.
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Así como los estilos de vida varían, también pueden variar los estilos de amor; se puede
intercambiar y hacer mezclas de los estilos de amor, lo cual se puede hacer de la misma forma
con los estilos de poder. No obstante, dentro de la relación no sólo hay que ver el estilo de
poder o amor que un miembro de la relación tiene, sino tomar en cuenta el de la pareja y el que
se crea por la interacción de ambos. De acuerdo con ello se hacen mezclas e intercambios
entre el amor y el poder de acuerdo con la forma de ser de cada uno de los miembros, de
acuerdo con la situación, la pareja y el momento.
Al reconsiderar la sociocultura mexicana, cuando a la gente se le pide que describa esta
mezcla entre el amor y el poder, manifiestan que una forma de poder es el amor (te obedezco
porque te quiero) y que muchos de los conceptos asociados al amor, el cariño, los besos, los
abrazos, un encuentro sexual, aunque son elementos sublimes en toda relación de pareja,
muchas veces se usan para cambiar algún comportamiento deseado o no en la pareja. Con
frecuencia se oye: "Y ahora por qué tanto beso, ¿qué quieres? ¡No seas barbero(a)!” La gente
en general cree que muchos de estos actos son para pedir algo; en realidad no es bueno o
malo usarlos para pedirlo, siempre y cuando esta forma de pedirlo no dañe la relación. Por otro
lado, cuando Díaz-Guerrero (1975) menciona que los mexicanos somos una cultura del amor, y
que el amor está siempre sobre el poder (Díaz-Guerrero, 1996) dentro del primer factor de la
filosofía, quizá esté vinculado con los rasgos de personalidad que han sido encontrados en
otros estudios. Como en el auto concepto la cortesía (La Rosa y Díaz Loving, 1991), en la
flexibilidad la amabilidad (Melgoza y Díaz-Guerrero, 1990), en la obediencia afiliativa (Díaz-
Guerrero, 2000), la no asertividad (Flores Galaz, Díaz Loving y Rivera Aragón, 1987) y en la
abnegación del mexicano (Avendaño Sandoval, Díaz-Guerrero y Reyes Lagunes, 1997),
aspectos en don de se demuestra la clara forma de afrontar los problemas por el mexicano a
través del amor y no del poder.
Como consideración final puede decirse que un punto importante para hacerse notar es que el
uso del amor para ejercer el poder sólo será efectivo cuando la otra persona nos ama, de otra
manera si sólo el amor se da y se recibe por un solo miembro, el uso del amor para manifestar
poder deja a este miembro de la pareja en una posición precaria, pues el otro se aprovecharía
de ello para ejercerlo, y aunque si bien es efectivo, provoca un daño a la relación. Otro punto
importante es que la cultura en México, a partir de la socialización en la familia, ha ejercido un
papel muy importante en el aprendizaje de esta mezcla (poder-amor), y en ella radica el hecho
de evitar dicha confusión (Díaz-Guerrero y Balderas, 2000). Para finalizar, usando las palabras
de Díaz-Guerrero (2003), diremos que ojalá en algún futuro nuestra cultura del amor logre
ascender hasta el amor del que habló Carlos Pellicer: "Amor sin celos, amor de dar, amor de
amor."