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Amor y poder: vínculos y conflictos

Este documento discute el amor y el poder desde perspectivas etnopsicológicas. Examina las investigaciones sobre estos conceptos, incluyendo las teorías del amor de Díaz Loving y Sánchez Aragón y los marcos conceptuales del poder de Kazdin y Rivera Aragón y Díaz Loving. También explora la confusión entre el amor y el poder en México y Latinoamérica, donde están ligados conceptos como la obediencia afiliativa. Finalmente, analiza aspectos positivos y negativos del amor y el poder, y su

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Amor y poder: vínculos y conflictos

Este documento discute el amor y el poder desde perspectivas etnopsicológicas. Examina las investigaciones sobre estos conceptos, incluyendo las teorías del amor de Díaz Loving y Sánchez Aragón y los marcos conceptuales del poder de Kazdin y Rivera Aragón y Díaz Loving. También explora la confusión entre el amor y el poder en México y Latinoamérica, donde están ligados conceptos como la obediencia afiliativa. Finalmente, analiza aspectos positivos y negativos del amor y el poder, y su

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Etnopsicología del amor y el poder

Sofia Rivera Aragón, Rolando Díaz Loving, Melissa García Meraz


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Al indagar sobre el amor y el poder de inmediato surgen la imagen y la obra de Díaz-Guerrero
(2004), pionero e investigador incansable acerca de ésta y múltiples otras temáticas. Al
respecto de estos conceptos, él planteaba que sería difícil poner en duda la afirmación de que
el poder, el amor y su uso por la humanidad han sido los determinantes fundamentales de su
historia. De la misma forma postulaba que la conceptuación y manifestaciones conductuales
del amor o el poder son cardinales para la salud y el bienestar del individuo, así como para la
tranquilidad y el desarrollo social. De hecho, las vicisitudes de estos conceptos y la confusión
entre el amor y el poder están en la base de múltiples conflictos, malos entendidos y
problemas.
En cuanto al amor, Aron (2002) considera que la investigación realizada respecto de este
constructo puede clasificarse dentro de cuatro temas:
• Estudios de lo que para la gente significa la palabra amor.
• Estudios sobre los diversos tipos de amor.
• Investigaciones relativas a diferenciar el concepto de amor de otros conceptos.
• Teorías acerca del amor.
En México, la única teoría que sobre el amor se ha escrito es la planteada por Díaz Loving y
Sánchez Aragón (2002), a la cual dieron el nombre de teoría bio-psicosociocultural del amor en
las parejas.
En cuanto al poder, Kazdin (2000) considera que para comprender lo que se ha investigado del
poder es necesario definirlo en tres marcos conceptuales: el poder personal o individual, el
poder en relaciones interpersonales o intergrupales y el poder social o político nacional o
internacional. En México, Rivera Aragón y Díaz Loving (2002) plantean un estudio extenso
sobre este concepto.

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Al escudriñar el amor, el poder y sus vínculos, los reportes de investigación provenientes de
otros nichos socioculturales no encuentran que el amor sea definido como poder, mientras que
el poder siempre se define como amor. La investigación en México, por su parte, señala una
insoslayable confusión en los patrones conductuales vinculados al amor y al poder. Así, la
pregunta surge en cuanto a la interpretación de la conducta de cuidado de los padres (amor)
cuando impiden el desarrollo personal de los hijos (poder). Esta incógnita es la que llevó a
Díaz-Guerrero (2003) a señalar que en México, y también en Latinoamérica, está
indisolublemente ligado el amor y el poder, como es el caso de la obediencia afiliativa,
característica central de la relación de padres e hijos. Una en la cual los padres protegen y a
cambio exigen obediencia, y los hijos obedecen y a cambio reciben cuidados y amor. De allí
que los padres en la cultura amenacen con el "si no te portas bien te voy a dejar de querer". La
misma encrucijada enfrentada por Díaz-Guerrero (2003) y por los mexicanos en cuanto a la
disyuntiva de amar o controlar hace necesario que en este capítulo se presente una serie de
apartados sobre las aventuras y mezclas hi bridas de estos conceptos como constructos
cercanos y distantes a la vez.
ASPECTOS POSITIVOS Y NEGATIVOS DEL AMOR Y EL PODER
La caracterización del poder como positivo o negativo no siempre es clara; un elemento que
complica el entendimiento del poder es cuando en algunas culturas se le relaciona con afectos
positivos construidos sobre el papel del sufrimiento y el sacrificio. No cabe duda que como
seres gregarios es necesario un toque de indulgencia; no obstante, cuando resulta difícil admitir
que se hace en vano y se continúa por esa senda, el sacrificio acumulado se hace demasiado
grande y frustrante, convirtiéndose en mucho casos en antecedente de una reacción tardía y
violenta. Así, el poder es un híbrido caracterizado por la modalidad someter-sumisión, “si yo
gano, tú pierdes", y por el ceder, ante lo cual es difícil confrontar la carencia de poder, admitir la
poca influencia que se tiene sobre otros y la insoportable insignificancia que acarrea. A su vez,
existen elementos claramente negativos del poder, como los actos de destrucción, que con
seguridad están muy relacionados con el hecho de que destruir es más fácil que construir.
Existen casos de este poder evidentes al infringir o contemplar el dolor de otra persona o aun
su muerte, pero el mayor peligro para la sociedad surge cuando se legitiman esas conductas,
como sucede con frecuencia en la guerra. En el lado claramente oscuro no sólo es cierto que
las ganancias del poder suelen ser transitorias, sino además el poder exhibe síntomas de
patología, de no adaptación y de futilidad en varias formas. Cuando el ejercicio del poder no
aumenta u obstaculiza las posibilidades de gratificar las necesidades más fundamentales
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de la supervivencia y la satisfacción; cuando el ejercicio del poder es ambiguo, fortuito,
arbitrario, regresivo, demasiado intenso y rígido a pesar de las consecuencias; cuando el
ejercicio del poder se hace lo bastante autónomo en intensidad que pervierte las facultades
críticas, racionales y morales en las relaciones interpersonales, cuando el poder ocasiona un
sentimiento de futilidad y tedio que deriva en la incapacidad de usar el poder creador (Boulding,
1994).
Para establecer la parte positiva del poder debemos observar que puede superponerse con el
amor. Es decir, la persona que ama a otra, como sucede entre amantes, matrimonios, padres e
hijos y amistades en general, se deja influir e intenta hacer y satisfacer los deseos de aquel a
quien ama. Claro está que cuando se lleva al extremo, en el que una de las partes tiene la
necesidad compulsiva de someterse a todas las necesidades, caprichos y deseos del otro,
tendríamos que buscar la explicación en otros factores distintos del amor, como serían el
miedo, la pasividad, la dependencia y el masoquismo. Es así que el poder se convierte en
motivo de reflexión, ya que por una parte es un método de la naturaleza para desplegar las
capacidades ocultas de la vida y, por otro, acecha en contra de la unión y la convivencia. De
hecho, Hoffs (1986) explica que sin ciertas cualidades de carácter insociable, los humanos
llevarían una vida en completa armonía, satisfacción y amor mutuo, pero en tal caso, muchos
talentos permanecerían en estado latente. Al expresarse la fuerza de la influencia social
aparece el individualismo, que es creador y productivo, aunque no descarta que el afán del
poder deba restringirse dentro de ciertos límites, de ahí el origen y desarrollo de la sociedad
civil.
Al transformar la visión del poder del individuo al grupo en el que se presenta el po der, la
mirada se torna estructural. Desde esta orientación se encuentra que las formas más puras de
poder, como es el caso del dominio patriarcal, se ejercen en la célula social más pequeña, la
familia. El señor es obedecido en la asociación tradicional en virtud de sus propias cualidades,
investidas por la tradición en dones de mando y superioridad legítima. A pesar de ello, al
atribuírsele autoridad a la madre con base en el amor, se empieza a pensar en poner un límite,
reconociéndosele ciertas prerrogativas y derechos personales junto con los niños y
adolescentes. Incluso en algunas ocasiones el control viene disfrazado del manejo de la mujer
hacia el hombre y los hijos en una actitud de culpa. En otras palabras, en una tendencia a
provocar sentimientos de culpa por daños reales o su puestos inflingidos, sobre todo, a ella
misma (Howard, Blumstein y Schwartz, 1986). ,:"Tomando en cuenta el entorno del poder, es
claro que la familia tiene participación en el proceso de socialización, encontrando relevancia
en su carácter como organizador de relaciones de poder. Esto implica que dentro de la
dinámica general de interacción familiar es posible captar procesos específicos de adquisición,
control y distribución del poder para tomar las decisiones que conciernen a cada miembro de la
familia y a ésta en su conjunto. En algunas ocasiones estos procesos hacen que el poder de
decisión se centralice en alguno de los miembros de la familia.
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En estos casos, las decisiones pueden ser definitivas e inapelables, o pueden dar margen a
una posible negociación, modificación o, incluso, evasión; las normas que rigen la conducta de
los padres son una síntesis de sus valores conscientes y de las motivaciones muchas veces
reprimidas en el inconsciente. Esas normas que implican la actitud y la ideología tienen un
margen de rectificación y adaptación de acuerdo con los cambios en las pautas socioculturales
de los grupos de referencia en los cuales participan. Es precisamente aquí donde el constructo
de premisas histórico-psicosocioculturales, desarrollado por Díaz-Guerrero, se convierte en una
referencia obligada. En ellas se declaran las pautas del comportamiento apropiado para los
miembros de un grupo sociocultural, y en el caso de los mexicanos la obediencia y respeto
hacia aquellos más altos en una jerarquía, el dominio del padre en la familia y el sacrificio de la
madre por su familia (Díaz-Guerrero, 1994).
En la familia, el poder destructivo puede tomar la forma de daño, amenaza o aun privación. Se
envía al niño travieso a la cama sin cenar, la esposa o el marido a veces intentan privar al otro
de afecto o satisfacción sexual. El lenguaje puede ser una poderosa arma de destrucción al
humillar a otras personas, al quejarse, al regañar. La ira lleva con suma facilidad al ejercicio del
poder destructivo. La envidia lleva a desear el poder destructivo. Además, en la familia se
puede aprender el bien y el mal. Los niños mal tratados muchas veces se convierten en
maltratadores de niños; los niños humillados, casi siempre impotentes, se pueden convertir en
criminales, quizá dictadores. Los niños que reciben amor y se crían en familias en las que se
hace un uso mínimo de poder destructivo tienen muchas más posibilidades de ser miembros
productivos y valiosos de la sociedad (Boulding, 1994).
Ante el escenario, parte del rompecabezas se inserta en la educación a padres. Desde hace
algún tiempo se viene planteando que las pautas familiares están siendo objeto de modificación
y ensayo, en ocasiones, de un cambio cercano a la mutación cultural, pasando por una amplia
gama que va desde la coparticipación mayor, más franca y directa, hasta la inversión de
papeles entre el hombre y la mujer (Barry, 1970). La pregunta es qué piezas mover para lograr
un revolución cultural dirigida a la resolución de diferencias de una manera más constructiva y
propositiva. Un factible camino se deduce del trabajo de Sagrestano, Christensen y Heavey
(1998), quienes mencionan que las estrategias de poder incluyen un proceso de justificación,
reconocimiento del problema y resolución. De esta forma, cuando se culpa a otros o a
condiciones externas, el sujeto identifica la conducta del otro o la situación como un problema
hacia él mismo, y por tanto se defiende, escuda o excusa su conducta. Bajo estas condiciones
aparecen la evasión y el desinterés, la persona cambia el tema, ignora y se aleja y evita la
conversación, y con ello el afecto negativo en el cual el sujeto muestra desacuerdo, emplea
abuso verbal, interrumpe, manipula, usa sarcasmo y critica a su compañero.
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En cambio, el sujeto puede preguntar para aclarar cierta situación inconveniente o puede
describir la conducta de otros como base de su comportamiento, lo cual lo lleva a emplear la
negociación, hacer mención de sus emociones y sentimientos, demostrar interés por los
sentimientos de los otros, lo cual repercute en general en que la persona se muestre
complaciente, agradecida, sonriente y bromista.
Como se ha visto, el constructo poder con frecuencia es entendido a partir de su aspecto
negativo, que le caracteriza por la modalidad dominio-sumisión, que es una forma primitiva de
acepción, en el sentido de que las estrategias empleadas se aprenden desde muy temprano en
la vida, donde también se aprende sobre el amor. Al abordar esta arista del fenómeno, May
(1972) plantea que el poder y el amor se han citado por tradición como opuestos. Es decir, a
más poder, menos amor, y a más amor, menos poder. Dicho de otro modo, entre más
desarrollada esté la capacidad de amar de un individuo, menor será su interés por el poder; el
poder conduce a la violencia y al dominio, mientras que el amor nos acerca a la igualdad y al
bienestar humano, aunque es posible que estos constructos en la realidad se mezclen. Ahora
bien, esta encrucijada no es del todo novedosa; de hecho, la relación entre el amor y el poder
se muestra en los mitos. Por ejemplo, Afrodita, a quien los griegos hicieron símbolo de la
belleza y la gracia, tuvo un amorío con Ares, dios de la guerra o la contienda, de quien tuvo a
Eros (Cupido), dios del amor. Esta unión entre Afrodita y Ares fue bendecida precisamente por
Armonía. ¿De qué mejor manera podían los antiguos griegos decirnos la importancia que tiene
la unión entre el amor y el poder? En el acto sexual es indispensable combinar la
autoafirmación (poder) con la ternura (amor). También puede observarse que los linderos del
amor y el poder se sobreponen. Es decir, la persona que ama a otra, se deja influir y trata de
hacer y satisfacer los deseos de aquel a quien ama (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 1988).
Con una mirada más contemporánea Rosen y Bird (1996) estudiaron la relación entre el amor y
la violencia con énfasis en el efecto de las ideologías de los roles de género, la distribución del
poder entre las parejas y la resolución del conflicto. Estos investigadores reportan que los
hombres que violentan a su pareja tienen actitudes más tradicionales acerca de los papeles de
género en los cuales aparece un revoltura de control y provisión de protección. En otra
investigación, Díaz Loving (2004) reporta que los hombres mexicanos perciben la hostilidad y el
afecto como independientes, lo cual implica que al menos 25% de ellos consideran que pueden
coexistir ambos factores. De esta forma, amor y violencia pueden coexistir en una relación de
pareja.
Por oro lado, el amor ha sido concebido a través del tiempo y del conocimiento como el más
profundo y significativo de los sentimientos. Su presencia da lugar a un involucramiento
emocional espontáneo y dinámico entre dos personas, por lo cual, ha ocupado un lugar
privilegiado en la literatura, la filosofía, la poesía y la ciencia.
185
No obstante, “es aparente que la ambigüedad, abstracción y desacuerdo que gira en torno al
amor ha inhibido su cabal entendimiento” (Elkins y Smith, 1979). Es por esto que los estudiosos
de esta área han centrado su interés en responder las interrogantes de su definición,
naturaleza, expresión y forma de medición.
Al abordar al amor y sus significados, se ha observado que entre las definiciones más célebres
se encuentra la planteada por Skolnick (1978), quien menciona que el amor es: “Una
experiencia construida por sentimientos, ideas y símbolos culturales." Se subraya que el amor
es conceptualizado por este autor, basándose en la cultura como determinan te de la definición,
expresión y percepción de este constructo en la relación de pareja. Es decir, la cultura permea
y define al amor, sus correlatos y procesos. El amor incluye, entre otras, características como
altruismo, intimidad, admiración, respeto, confianza, aceptación, unidad, exclusividad, etc.
(Scoresby, 1977; Turner, 1970). Con base en estas características es posible pensar que la
naturaleza y expresión del amor puede clasificarse en conducta, juicio o cognición, actitud y
sentimiento.
Para quienes consideran al amor como conducta, el amor puede ser cuidado por el otro,
responder a sus necesidades, expresar afecto físico. El amor como juicio se enfoca en la
estimación o valoración de la bondad que implica para uno mismo experimentar amor; en
esencia, es una decisión cognoscitiva entre los miembros involucrados que se basa en un
criterio consciente en el cual se compara la pareja en términos de funcionalidad. El amor como
actitud se enfoca en la evaluación de conductas o sentimientos experimentados a partir de la
interacción y conocimiento de otra persona. Por último, el amor como un sentimiento o emoción
presupone respuestas fisiológicas, que surgen ante la presencia del ser amado y que van
integradas con una atribución de actitud favorable ante la persona estímulo. Cada una de estas
tres posturas representa una faceta de la compleja realidad que es el amor, que aporta
elementos significativos a su conceptuación y categorización en términos de sus disposiciones
fisiológicas, emocionales, cognitivas y conductuales que determinan su experiencia y
necesidad, así como los rasgos de personalidad propios de los miembros involucrados (Tzeng,
1992). Del lado oscuro, el amor en ocasiones se encuentra inserto en obsesión, celos,
inseguridad y desesperación (Díaz Loving y Sánchez Aragón, 2002).

LA SEMÁNTICA DEL PODER Y EL AMOR


¿Qué significan amor y poder? De acuerdo con Ellis y Kimmel (1994), quienes preguntaron a
diversos grupos culturales el significado de amor y poder por medio de la técnica del diferencial
semántico, la evaluación del amor fue bastante baja para los mexicanos, quienes lo juzgan a la
vez como menos potente que los otros grupos.
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En cuanto al poder, son los españoles quienes lo evalúan más bajo que los otros grupos. Por
su parte, los anglos e hispanoamericanos atribuyen más potencia al poder que los mexicanos y
españoles. Los españoles también atribuyen más baja actividad al poder que los otros tres
grupos. También se realizaron pruebas estadísticas para conocer la diferencia entre ambos
conceptos. Los análisis arrojaron datos de que el significado de amor y poder está relacionado
para la muestra española; sin embargo, pese a lo predicho, los mexicanos no reportaron
relación alguna entre amor y poder. Al explorar el significado de ambos conceptos en la
relación de pareja, Thagaard (1997) indica que el amor está asociado con la percepción de la
estructura de poder en términos de igualdad y con la confirmación de la identidad de género;
mientras el concepto de amor es asociado con cuestiones de fuerza emocional, como
gratificación, afirmación, un lugar abrigador y de pasión.
Desde un enfoque estructuralista, el amor no es percibido sólo como un sentimiento envuelto
entre individuos, sino también es parte de las interacciones y actividades en las cuales
participan las parejas. El contexto social del matrimonio por amor en sociedades modernas es
paradójico y complejo. Becky Beck-Gernsheim (1995) afirman que el amor es más importante
que nunca. Pero el éxito y duración de las relaciones de amor son también más difíciles que
nunca, porque las parejas crean nuevas formas de compañerismo, que envuelven nuevas
formas de combinar el empleo y pareja en una sociedad moderna que enfatiza el
individualismo, la vida propia y la asertividad como una prioridad, por encima de la colaboración
y el ajuste mutuo (Beck y Beck-Gernsheim, 1995). Al entender la importancia sistémica y de
interacción de los constructos, se hace imprescindible un vistazo sociocultural. En 1988, Díaz-
Guerrero y Díaz Loving proponían que el significado de amor y poder en México podría ser muy
diferente al de otras naciones debido a su historia particular, teniendo evaluación del significado
afectivo superior a la de las demás naciones. En parte, el ecosistema histórico y sociocultural
desempeñó un papel en el desenlace. Los acontecimientos acaecidos en la Conquista, con la
derrota del Imperio Azteca a manos de las tropas de Cortés, trajeron consigo un cambio en los
patrones de influencia social e intimidad en la vida de estos pueblos, con mujeres indígenas
obligadas a unirse a hombres españoles, creando entre otros efectos el extremo machismo en
el México contemporáneo.

EL PODER Y EL AMOR EN LA PAREJA


La aproximación al amor y el poder en el presente capítulo se centra alrededor de la interacción
de pareja y recorre el papel que desempeñan en la mediación, negociación y amoldamiento a
las necesidades del otro.
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Las posturas psicosociales hegemónicas sobre la relación, construidas desde el
interaccionismo simbólico (Mead, 1934; Blumer, 1969), enfatizan la mutualidad y la equidad
(Hochschild, 1989; Giddens, 1992); en tanto que la prescripción feminista sostiene que la
identidad de género dentro del matrimonio es confirmada dentro de un esquema de dominancia
masculina. En el enfoque del interaccionismo, el significado asociado con las acciones es
importante y las emociones son vistas como el comienzo de la construcción de las situaciones
sociales. De acuerdo con Hochschild (1989), la "economía de gratitud" describe el balance
entre dar y el recelo en una relación de amor, y esto es vital como una capa fundamental del
vínculo marital. El énfasis en la mutualidad es también importante para Giddens (1992) en su
perspectiva sobre el "amor confluente", que se refiere a los procesos por los cuales se
envuelven unos con otros.
Ahora bien, la asunción de mutualidad y equidad de la perspectiva presentada por Hochschild
(1989) y Giddens (1992) es cuestionable desde una perspectiva feminista. El principal
argumento feminista enfatiza una relación entre el amor y el poder, el cual refleja la dominancia
del hombre en la sociedad. Jónasdóttir (1991) argumenta que el amor es una dimensión básica
patriarcal, pues considera que el amor de una mujer puede ser explotado por hombres dentro
de las relaciones sociosexuales, las cuales son dominadas por sociedades occidentales. Las
implicaciones de la dominancia del hombre en relación con el amor es que la posición de los
hombres en la sociedad les da la autoridad para controlar y usar el amor y la preocupación de
la mujer; las mujeres son vistas como representantes del "amor-poder", el cual es
sobreentendido como una socialización formada de capacidad creativa expresada en prácticas
relacionales. Los hombres explotan el amor-poder de las mujeres, por usar la preocupación de
las mujeres como avance a la obtención del poder del hombre. El amor ente hombres y
mujeres refleja condiciones de inequidad social, donde las mujeres son forzadas al compromiso
y proveer cuidados. La autora explica que la mujer da amor y recibe inequidad.
Al continuar por el mismo sendero, Kaufmann (1994) argumenta que el miedo a la cercanía,
asociado comúnmente con la masculinidad, puede ser reinterpretado hasta cuando se busca
cercanía. Es así que aun cuando la prioridad de los hombres sea de cercanía física (más que
de intimidad) ésta se puede interpretar como una demanda de poder y control. El esposo puede
retener el control por el cuidado de una distancia emocional entre él y su esposa, confirmando
su masculinidad. Es así como la identidad de los esposos está bastante comprometida con las
jerarquías y repartición de poder en la relación. De hecho, las relaciones de poder en el
matrimonio pueden ser comprendidas como la confirmación del esposo de su género y su
intento por mantener el poder sobre su esposa. Paradójicamente, la esposa no tiene
condiciones de correspondencia para confirmar su identidad de género. Una falta de cercanía
en el matrimonio presenta un problema de identidad de género para la esposa porque las
mujeres son más dependientes respecto de sus esposos para la confirmación de su identidad
de género.
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Los hombres confirman su masculinidad no sólo en su relación con su esposa, también lo
hacen en relación con otros hombres.
Rompiendo con los esquemas tradicionales, Moxnes (1990) argumenta que el patriarcado es
enemigo del amor, y asocia el amor con relaciones caracterizadas por la equidad. De esta
manera, el poder, el género y el amor están interrelacionados con las implicaciones de la
cualidad del vínculo emocional. El amor es definido según como el esposo describe la cualidad
de su vida emocional y como ellos caracterizan a sus parejas, Con esta perspectiva, una
pregunta importante es cómo el poder está envuelto en la división del trabajo entre esposos.
Las familias en donde ambos tienen trabajos remunerados combinan aspectos de modelos
tradicionales e igualitarios para la organización de la familia y el trabajo. En el modelo
tradicional el esposo es considerado como el principal proveedor económico, en el modelo
igualitario ambos esposos se ven como responsables del sustento económico de la familia y el
cuidado de los niños y el manejo de la casa (Moss y Brannen. 1987). Al evaluar las relaciones
en términos de la contribución del otro se define el concepto del poder en la pareja. Por una
parte, al discernir sobre las bondades y contrapesos de las relaciones tradicionales y las
tendentes hacia la igualdad, las mujeres dan al modelo equitativo alta prioridad, incluso tienden
a asociar la participación del esposo en casa con amor y consideración hacia ellas (Hochschild,
1989). En la otra arista, la interpretación de los significados, asociados con la contribución del
esposo, puede resultar en sentimientos de frustración y decepción. Importante en este estudio
es cómo el amor es asociado con el poder en la asociación de la organización de la cercanía y
el espacio. Al intercalar ambas visiones, Thagaard (1997) encontró que entre las parejas con
cercanía emocional, ninguno de los esposos experimenta subordinación al otro. Es por ello que
no es la estructura de poder per se, sino la percepción de estar subordinado la que es
incompatible con la gratificación emocional.
Las relaciones entre amor, poder y género son en particular explícitas cuando los esposos no
están de acuerdo con la división del trabajo. Un ejemplo típico es cuando la posición de poder
del esposo y su definición de masculinidad está establecida sobre su trabajo y alta prioridad,
con lo que siente que las labores de la casa no están de acuerdo con la imagen de sí mismo
como jefe de familia. El agravante se da cuando su esposa insiste sobre su participación en
casa, porque ella siente que su identidad como mujer profesional está amenazada cuando su
esposo es negligente al tomar parte en las tareas del hogar. Conflictos de este tipo afectan la
identidad de género con respecto al poder, y a su vez pueden estar asociados con la distancia
emocional. De hecho, existe evidencia de que la cercanía emocional entre esposos está
vinculada con la interpretación de las relaciones en términos de igualdad. La importancia de la
confirmación de la identidad de género para el amor está relacionada con una necesidad de
reconocimiento de las relaciones cercanas (Vannoy-Hiller y Philliber, 1989).
189
Es así como más importante que la estructura de poder es el significado que la persona otorga
a su identidad de género en la relación. Una confirmación de este estudio es que hay una
relación entre la interpretación de la organización de la vida familiar en términos de la igualdad,
la confirmación de la identidad de género y las emociones cercanas. Una implicación
desastrosa de lo anterior es que el poder inhibe el amor cuando el valor de la esposa
subordinada es amenazado porque su identidad de género no está confirmada.
Las relaciones entre las interpretaciones de las experiencias con poder, género y amor no son
únicas. El amor puede ser visto como una motivación a la fuerza. El poder del amor se refiere a
la influencia que el amor tiene sobre la relación entre esposos. Las relaciones de poder entre la
pareja pueden ser influidas por la atracción entre esposos. La perspectiva del amor como parte
de la interacción social implica que género, poder y amor están entrelazados en una compleja
relación, cada una de las dimensiones es importante para el cómo las relaciones entre esposos
se desarrollan y para la satisfacción que ellos experimentan en el matrimonio. Como corolario a
la complejidad del fenómeno, las relaciones entre amor y la confirmación de la identidad de
género se vuelven en particular desafiantes en una cultura donde los roles de género rígidos y
tradicionales son sacudidos, y hombres y mujeres exploran nuevas formas de crear el género.

AMOR, PODER Y VIOLENCIA


Rosen y Bird (1996), al referirse al maltrato hacia la mujer, declaran que éste es un problema
social alarmante que ha permanecido demasiado. Algunos estudios indican una ligera
tendencia a que los hombres que perpetran la violencia tengan más actitudes tradicionales
hacia roles de género diferenciados que los no abusadores (Hotaling y Sugarman, 1986). Al
parecer esta relación es más consistente en casos de violencia severa (Crossman, Stith y
Bender, 1990). Asimismo, las actitudes tradicionales de género femeninas han sido
inconsistentemente asociadas con ser víctimas de violencia (Hotaling y Sugarman, 1986). El
cómo la distribución del poder entre parejas está relacionado con el uso de la violencia aún no
es claro. En algunos estudios, las mujeres que sufren abusos son más prevalentes cuando el
esposo es dominante o ambos toman las decisiones que cuando la esposa es dominante o
ambos toman las decisiones (Murphy y Meyer, 1991). En contraste, la violencia del hombre ha
sido asociada con su falta de poder, y el uso de la violencia, como una forma de compensar su
falta de influencia en la relación (Babcock, Waltz, Jacobson y Gottman, 1993). Otros estudios
han encontrado un vínculo entre las expectativas estereotípicas de los roles de género y el uso
de la violencia en hombres. Stith y Farley (1993) reportan que la combinación de la ideología
estereotípica de género y las actitudes de aprobación de la violencia son en particular
tendentes a la violencia del hombre.
190
Además, las características dinámicas de las relaciones provocan violencia cuando se
presentan cambios en los patrones de control en la relación. Horning, McCullough y Sugimoto
(1981) e Yllo (1983) indican que la incongruencia entre las expectativas del balance de poder
dentro de las relaciones íntimas y el balance de poder actual está asociado con el incremento
de riesgo de abuso.
Debe señalarse que la violencia se da también de manera indirecta; la falta de apoyo o
intimidad, cuando son necesarias, son formas de violencia psicológica. Los investiga dores
también relacionan la alta necesidad de poder y control con la ambivalencia en la intimidad. Por
ejemplo, Dutton (1988) argumenta que los hombres con altas necesidades de poder y altos
niveles de ambivalencia en la intimidad también tienen alta necesidad de controlar la distancia
emocional entre ellos y sus parejas. Es así como en ocasiones la violencia queda
institucionalizada en las relaciones de hombres y mujeres por normas sociales que dictan
estatus y estructuras sociales inequitativas. Por ejemplo, la estructura patriarcal de nuestra
sociedad es un aspecto de la política que no puede ser ignorada cuando se examina la
violencia del hombre hacia la mujer. La política llega a ser personal cuando la violencia y el
amor coexisten. La comprensión de la complejidad es un precedente necesario para encontrar
formas de prevención y estrategias de intervención que hagan más que identificar al villano. La
violencia hacia la mujer debe ser considerada como una incongruencia de la dinámica del
poder entre hombres y mujeres, en donde su visión individual y la compleja dinámica de la
relación son antecedentes fundamentales para que continúe la violencia.

AMOR Y PODER EN LA HISTORIA


La historia del amor público y el amor privado en el siglo XVIII habla del amor y el poder
(Eustacc, 2001), el amor romántico para ella es de privadas emociones. Explica la prevalencia
de las cartas de amor público en el siglo XVIII como parte de un periodo crítico para conocer el
amor romántico actual. Historiadores como Daniel Blake Smith (en Eustacc, 2001) han
identificado ese siglo como un punto clave de transición en áreas de decisión en las relaciones;
la relativa influencia de los padres versus las parejas, la selección forzada versus el cortejo por
elección o por gusto y el relativo peso del amor versus las consideraciones económicas y
sociales. En el siglo XVII, la participación pública en los noviazgos fue muy común y los padres
ejercían una decisiva influencia sobre la elección de matrimonio de sus hijos. En consecuencia,
la afirmación de la abertura del amor y la devoción que se desarrollaron en las relaciones del
siglo XVIII no son transparentes, ni carentes de la negociación del estatus económico y social,
y por tanto rebosantes de con notaciones de poder.
191
De hecho, las declaraciones de sentimientos son inseparables de las afirmaciones de estatus,
amor y poder que están íntimamente conectados. Al analizar quién o quiénes expresan qué
emociones y a quién durante el noviazgo, se revela mucho acerca del cálculo de estatus y el
poder de negociación que delinean las decisiones en el matrimonio.
Mientras muchos historiadores han notado las discrepancias en las declaraciones de amor de
hombres y mujeres, Rothman (en Eustacc, 2001) encontró que en el siglo xix ambos expresan
el amor, aunque los hombres eran mucho más elaborados y rara vez se vinculaban tales
diferencias a temas de poder. Por su parte, el cambio de la mujer en su emancipación
promueve su encuentro con su yo romántico y las mueve hacia bases más igualitarias de las
relaciones familiares. Aparecen entonces esfuerzos de los hombres jó venes de la época para
que sus relaciones se fincaran sobre las bases del afecto y la igual dad, aunque aún no
aparecían comentarios directos sobre las motivaciones del noviazgo y el cortejo. Como efecto
de los cambios en las expectativas en torno de las relaciones, tanto hombres como mujeres
inician el largo camino hacia enfatizar el amor sobre lo económico y el individualismo sobre la
demarcación sociocéntrica, generando una creciente revolución contra el patriarcado. El
cambio ha sido dolorosamente paulatino; antes los hombres tenían el poder de otorgarle a su
mujer identidad y estatus social. Así, el vínculo de pareja transcurrió sobre la base de un
modelo vincular asimétrico de dominio-sumisión, donde a la figura del "jefe de familia"
correspondieron fenómenos subjetivos de dependencia, idealización y restricción para las
mujeres, mientras los hombres enfrentaron la dura lucha entre pares y la exigencia de ejercer el
dominio de forma eficaz, disponiendo de algunas compensaciones derivadas del ejercicio de la
sexualidad menos restringida, una mayor aceptación de la expresión hostil y la posibilidad de
acceder a los ideales valorados socialmente a través del refuerzo, la creación o la heroicidad.
El énfasis sobre los temas de sentimientos y amor en el matrimonio a lo largo del desarrollo del
individualismo fomentó la autonomía de la mujer y la cotidianidad del amor romántico. Sin
embargo, esta tendencia inicial en el siglo xviii salvaguardaba la exclusión de la mujer del
control de la transferencia de la propiedad y las negociaciones comerciales. Más certeramente,
sólo cuando el estatus marital y el estatus social del vínculo de hombre o mujer cesó, pudo
desarrollarse el individualista amor romántico. De esta forma, la negociación se convirtió en un
paliativo fundamental para el conflicto y la lucha del poder. Burín y Meler (1998) plantean que la
construcción de la pareja tiene un efecto pacificador respecto de los conflictos potenciales
originados en la competencia entre los sexos, generando una situación contemporánea más
simétrica. En el mundo contemporáneo es evidente la diversidad. En algunos casos, tanto
hombres como mujeres pueden entregarse por igual a la ilusión de poseer al otro, como si
fuese un bien material. Sin embargo, el imperativo de constituir una familia es aún muy pode
roso, aunque con un realce de la importancia de la unión, la convivencia y el amor.
192
Por su parte, las parejas tradicionales, caracterizadas por la jefatura masculina y la estricta
división sexual del trabajo, se encuentran en retroceso pero siguen vigentes en amplios
sectores de la población.
El movimiento de reacción o aceptación del nuevo régimen se observa en varios ámbitos. Los
hombres intentan reconstruir su cuestionada sensación de soberanía mediante la afirmación de
su autonomía, el hostigamiento económico y la violencia. En parejas más jóvenes o
innovadoras ha disminuido la simetría de poderes propia del contrato conyugal tradicional, pero
aún no logran revertirla del todo. La diferencia de poder se deniega, los varones se identifican
menos con el personaje del hombre dominante, expresando de forma manifiesta sus
inconformidades, deseos y conflictos. La guerra entre los sexos se plasma hoy en la crisis de
los matrimonios que desemboca en el divorcio. La creciente posibilidad femenina de generar
recursos económicos ha favorecido la terminación de uniones desavenidas. Los varones han
sido despojados del poder sobre el cuidado de sus hijos, ya que en la mayoría de los casos son
las mujeres las que ejercen la patria potestad. Esto indica que los hombres buscan sustraerse
del mero rol de proveedores y compartir la crianza de sus hijos, lo que revela cambios
profundos en relación con el género y abre caminos hacia la equidad. La crisis del divorcio
transita con menos dificultades para aquellos que tienen el poder de la autonomía económica,
subjetiva y social (Burín y Meler, 1998).
Yela (2000) estudia la relación entre las variables sociodemográficas, psicológicas e
interpersonales relacionadas con la conducta sexual, las actitudes y el amor. Este autor realizó
un estudio con 412 hombres y mujeres estudiantes universitarios de España. En el estudio
administró a todos los sujetos un cuestionario que evalúa información acerca del sexo, la edad,
el nivel cultural, el estatus marital, el estatus económico, la orientación sexual, el tipo de
relación, la equidad del poder, la frecuencia del contacto sexual con la pareja, la variedad de la
conducta sexual con la pareja, la satisfacción, los componentes de amor, los estilos de amor, la
percepción de la atracción física, los celos, la fidelidad sexual, las actitudes sexuales y la
ideología política y religiosa. Dentro de los resultados obtuvo que el compromiso, la intimidad y
la frecuencia del contacto sexual con la pareja son factores importantes relacionados con el
amor y la satisfacción tanto para hombres como para mujeres; que la longitud y el tipo de las
relaciones, además de la permisividad, los celos y el balance entre el compromiso y la
interdependencia son importantes para los hombres, y que la pasión erótica y el romanticismo,
la comunicación fluida, la satisfacción en general, los celos emocionales y las actitudes hacia la
Iglesia católica son importantes para las mujeres. Yela (2000) no encuentra relación
significativa entre la equidad de poder y la satisfacción amorosa y sexual.
193
AMOR Y PODER EN MÉXICO
Díaz-Guerrero (2003) afirma que en la sociocultura mexicana la toma de decisiones lleva a una
dualidad entre autoridad (poder) y obediencia afiliativa (amor). Cuando se habla de quién
decide y quién acata, se habla de quién ejerce el poder y quién es el subordinado. En general,
dentro de las culturas sociocéntricas y en especial en México, quedo prescrito que en la familia
el hombre debería ejercer todo el poder y la mujer todo el amor. No obstante, hoy día se ha
encontrado que la mujer accede cada vez más a la toma de decisiones en áreas que
originalmente eran asignadas a los hombres, lo cual lleva a re plantear el balance del poder en
la pareja (Hesse-Biber y Williamson, 1984). Lo anterior llevaría a pensar que la falta de
equilibrio se presenta porque no hay una distinción clara entre el ejercicio del poder y el
ejercicio del amor. Por ejemplo, aunque la bibliografía de países alocéntricos marca que el
amor no es poder, en México, para las personas el poder es definido como amor (Rivera
Aragón, 2000). Incluso hay parejas que perciben que no hay suficiente amor donde no hay
aspectos negativos, como los celos, la posesión, la pasión y el resentimiento (Reyes, 2002).
El hecho de conceder poder a uno u otro miembro de la pareja implica que el otro se subordine
o se empiece a entrelazar la obediencia afiliativa con la autoridad (Díaz Guerrero, 1982, 1984).
Donde el sujeto obedece por amor o hace lo que el otro desea por el amor que le profesa, es
donde empieza el amalgamamiento o mezcla híbrida entre el amor y el poder. En la
sociocultura mexicana, la obediencia y la abnegación conforman expresiones de poder que van
amalgamadas al afecto, es decir, uno de los miembros obedece y se sacrifica por el amor que
le profesa al otro. Es precisamente esta mezcla híbrida de amor y poder la que necesita
conceptualizarse y estudiarse para comprender los procesos que le subyacen (Díaz-Guerrero y
Díaz Loving, 1988).
La relación de pareja es una magnífica oportunidad de hacer y manifestar poder, ya que es la
conformación de una relación en la que se establecen reglas y fórmulas de poder que
adquieren un único y común acuerdo. Es un enfrentamiento de afectos, signos, símbolos,
estilos, valores y creencias que habrán de buscar imponerse, mediarse o re traerse en favor del
establecimiento del nuevo contrato, definiéndose así el nuevo poder y su correlación de fuerza.
Los conceptos de amor y poder dentro de la relación de pareja han sido muy estudiados por
separado en otras culturas (Safilios, 1990; Berger, 1985; Henderson, 1981), situación que ha
propiciado que la definición y medición del mismo se haya realizado en función de los patrones
de esas culturas. Por otro lado, en México las investigaciones hechas hasta el momento
reportan una vinculación entre el poder y el amor a través de técnicas exploratorias que
indagan el significado de los conceptos (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 1988; Rivera, 2000).
Asimismo, los resultados encontrados muestran que los linderos del amor son los que se
sobreponen, ya que en todos los
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AMOR Y PODER EN MÉXICO
Díaz-Guerrero (2003) afirma que en la sociocultura mexicana la toma de decisiones lleva a una
dualidad entre autoridad (poder) y obediencia afiliativa (amor). Cuando se habla de quién
decide y quién acata, se habla de quién ejerce el poder y quién es el subordinado. En general,
dentro de las culturas sociocéntricas y en especial en México, quedo prescrito que en la familia
el hombre debería ejercer todo el poder y la mujer todo el amor. No obstante, hoy día se ha
encontrado que la mujer accede cada vez más a la toma de decisiones en áreas que
originalmente eran asignadas a los hombres, lo cual lleva a re plantear el balance del poder en
la pareja (Hesse-Biber y Williamson, 1984). Lo anterior llevaría a pensar que la falta de
equilibrio se presenta porque no hay una distinción clara entre el ejercicio del poder y el
ejercicio del amor. Por ejemplo, aunque la bibliografía de países alocéntricos marca que el
amor no es poder, en México, para las personas el poder es definido como amor (Rivera
Aragón, 2000). Incluso hay parejas que perciben que no hay suficiente amor donde no hay
aspectos negativos, como los celos, la posesión, la pasión y el resentimiento (Reyes, 2002).
El hecho de conceder poder a uno u otro miembro de la pareja implica que el otro se subordine
o se empiece a entrelazar la obediencia afiliativa con la autoridad (Díaz Guerrero, 1982, 1984).
Donde el sujeto obedece por amor o hace lo que el otro desea por el amor que le profesa, es
donde empieza el amalgamamiento o mezcla híbrida entre el amor y el poder. En la
sociocultura mexicana, la obediencia y la abnegación conforman expresiones de poder que van
amalgamadas al afecto, es decir, uno de los miembros obedece y se sacrifica por el amor que
le profesa al otro. Es precisamente esta mezcla híbrida de amor y poder la que necesita
conceptualizarse y estudiarse para comprender los procesos que le subyacen (Díaz-Guerrero y
Díaz Loving, 1988).
La relación de pareja es una magnífica oportunidad de hacer y manifestar poder, ya que es la
conformación de una relación en la que se establecen reglas y fórmulas de poder que
adquieren un único y común acuerdo. Es un enfrentamiento de afectos, signos, símbolos,
estilos, valores y creencias que habrán de buscar imponerse, mediarse o re traerse en favor del
establecimiento del nuevo contrato, definiéndose así el nuevo poder y su correlación de fuerza.
Los conceptos de amor y poder dentro de la relación de pareja han sido muy estudiados por
separado en otras culturas (Safilios, 1990; Berger, 1985; Henderson, 1981), situación que ha
propiciado que la definición y medición del mismo se haya realizado en función de los patrones
de esas culturas. Por otro lado, en México las investigaciones hechas hasta el momento
reportan una vinculación entre el poder y el amor a través de técnicas exploratorias que
indagan el significado de los conceptos (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 1988; Rivera, 2000).
194
Asimismo, los resultados encontrados muestran que los linderos del amor son los que se
sobreponen, ya que en todos los casos se menciona que el poder es amor, pero nunca que el
amor es poder. Esto implica que las personas conceptualizan el amor como una forma de
poder, pero nunca al poder como una forma de amar Díaz-Guerrero y Balderas (2000) plantean
que para entender la sociocultura mexicana es necesario analizar la disyuntiva que plantean las
dos necesidades básicas que son el amor y el poder. De acuerdo con estos autores la forma
histórica y tradicional de alcanzar el poder en México es a través del amor, la simpatía, la
amistad y la omnipresente opción de la corrupción.
Al revisar las diferentes definiciones que se dan del amor, casi ninguna hace referencia al amor
como poder. No obstante, dentro de la teoría triangular del amor, Sternberg (1990) habla del
componente "pasión", y menciona que éste tiene que ver con la atracción física, consumación
sexual, afiliación y la dominación-sumisión; esta última dicotomía está muy relacionada con el
poder (Olson y Cromwell, 1975; Boulding, 1994). Asimismo Sternberg (1998), en su
planteamiento sobre las historias de amor, reporta en su clasificación algunas historias que
están bastante vinculadas con el poder, como la historia de gobierno, la historia policiaca, la
historia de negocios y la historia de guerra, que implican una dualidad de dominio-sumisión o
de poder-amor.
Por otro lado, el estudio del poder en culturas individualistas tampoco habla del poder como
amor; sin embargo, cuando se estudia el poder dentro del área de los proc dimientos, es decir,
el uso de estilos y estrategias de poder en la relación de pareja, hablan del afecto como una
forma de poder (Marwell y Smith, 1967; May, 1972; Cody, McLaughlin y Jordan, 1980; Falbo y
Peplau, 1980; Howard, Blumstein y Schwartz, 1986; Rivera, Díaz Loving y Manrique, 2000). Al
hablar de poder como amor, French y Raven (1959), al plantear sus seis tipos de poder,
mencionan que los recursos utilizados para ejercerlo incluyen el amor y el respeto. Otro
ejemplo de este patrón es que la productividad propuesta por Erikson se predice, tanto por una
orientación interpersonal instrumental masculina y de agencia (poder), como por una comunal y
femenina (amor) (Ackerman, Zuroff y Moskowitz, 2000). Utilizando un registro contingente del
comportamiento instrumental y comunal en el trabajo, se encontró que la instrumentalidad es
un pronosticador más fuerte de la productividad para los adultos jóvenes varones, mientras que
la comunión predice el comportamiento de las mujeres.
La investigación sobre poder y amor en la cultura mexicana se aboca por un lado a las
definiciones de ambos conceptos, y por otra a la evaluación y relación entre las mismas. En
cuanto a las primeras (Rivera Aragón y Díaz Loving, 2002), en general se encuentra que
ambas palabras son mencionadas por hombres y mujeres, con y sin pareja; no obstante, es
más mencionado el poder que el amor y más aun en aquellas personas
que viven hoy día con su pareja (fig. 10.1).
Al analizar el significado del poder con y sin pareja, Rivera y Díaz Loving (2002) encuentran
que para los hombres se conceptualiza como fuerza, dominio, dinero, mando, amor,
superioridad. No obstante, los hombres con pareja hablan de definidoras negativas, como:
machismo, control, manipulación y autoridad, en comparación con los hombres en la etapa de
noviazgo, en la cual hablan de aspectos positivos, como: cariño, confianza, respeto, apoyo y
comunicación (fig. 10.2).
195
En cuanto a las mujeres, los autores reportan que la acepción de poder es muy similar a los
hombres; diferenciándose en tres definidoras: responsabilidad, seguridad y compartido. En
cuanto a su estado civil, las mujeres con pareja, al igual que los hombres, mencionan
conceptos negativos asociados al poder, como: egoísmo, ambición, prepotencia. En este grupo
se hace alusión a conceptos como el trabajo y el respeto; dos aspectos que quizá dan poder en
el caso de las mujeres. En cuanto a las mujeres sin pareja el concepto de poder está
relacionado con aspectos positivos, como: confianza, igualdad, inteligencia, etcétera (fig. 10.3).
196
Con respecto al amor, Rivera y Díaz Loving (2002) mencionan que para los hombres significa
cariño, comprensión, amistad, ternura, comunicación, respeto, fidelidad; no obstante, al
separarlos por estado civil, el hombre con pareja estable habla de conceptos relacionados con
la familia, como unión e hijos, y el hombre soltero, desde una perspectiva más romántica, como
un todo (fig. 10.4).
Por su parte, para las mujeres el amor es cariño, comprensión, ternura, confianza, sinceridad,
respeto, pasión, pareja, amistad y felicidad.
197
No obstante, al separarlas por estado civil las mujeres casadas, al igual que los hombres,
relacionan el amor con conceptos vinculados a una relación estable, en tanto las mujeres
solteras mencionan el concepto de infidelidad y conceptos relacionados con el sexo y el
acercamiento físico, como besos y caricias (fig. 10.5).
Como puede verse, el amor nunca es definido como poder, pero el poder siempre es definido
como amor, aspecto que Díaz-Guerrero (2003) ya había encontrado en las investigaciones
sobre el mexicano. Por otro lado, cuando se estudia cómo el poder se encuentra vinculado al
amor, Rivera y Díaz Loving (2002) llevan a cabo una investigación en 672 participantes a través
de dos instrumentos desarrollados y validados en la cultura mexicana, como la escala de
estilos de amor, que fue desarrollada por Ojeda (1998) con base en el modelo de estilos de
amor planteado por Lee (1973), y la escala de estilos de poder, desarrollada por Rivera y Díaz
Loving (2002).
La escala de estilos de amor está constituida por seis subescalas que constituyen o reflejan
seis formas o estilos de expresar el amor:

1. Estilo de amor amistoso. Se refiere a una ideología cuya expresión de amor se fundamenta
en alimentar día con día una profunda amistad con su pareja, donde ésta es considerada como
el(la) mejor amigo(a). De tal forma que este tipo de amor, al igual que las “buenas amistades",
se llevan bien y se caracterizan porque en su relación existe entendimiento y acuerdo mutuo en
cuanto a compartir actividades y formas y lugares para convivir, jugar y divertirse. De modo que
entre afectos y agrados recíprocos, suelen manifestar su amor amistosamente, percibiendo
compatibilidad y cierta "química" con su pareja, lo que lleva a sentir y expresar seguridad en
cuanto a la elección de pareja y gusto por permanecer a su lado. Aunque tanta convivencia
también conlleva a preocuparse por el bienestar del otro y proporcionarle ayuda.
198
2. Estilo de amor ágape. Se refiere a una ideología cuya expresión de amor se fundamenta
bajo la consigna de que la pareja es más importante que uno, por lo que prime ro, y ante
cualquier circunstancia, se busca cubrir las necesidades de ella o él. Se maneja con base en la
idea de que todo lo suyo es de su pareja. de tal modo que quien manifiesta su amor altruista
vive para su pareja y sufre por ella (el); busca complacerla(o) en todo, sacrificándose y siendo
tolerante bajo cualquier circunstancia en pro de su bienestar
3. Estilo de amor erótico. Se refiere a una ideología que se fundamenta en el juego del amor y
la atracción física hacia la pareja, por lo que es un estilo que expresa el amor a través de una
búsqueda constante de nuevas formas de coquetear y seducir a la pareja, pues lo que más les
importa es llegar al goce y a la consumación sexual. Por consiguiente, mantenerse muy
cercano al otro (la pareja) provoca excitación y una diversidad de intensas emociones,
despertando mucha pasión y deseo por acariciar a su pareja.
4. Estilo de amor lúdico. Se refiere a una ideología que se fundamenta bajo el pensamiento de
que sólo se vive una vez, por lo que se debe conocer hombres (o mujeres) de todo tipo y tener
muchas parejas y buscar nuevas relaciones; para ello, hay que mantener un tanto incierta a la
pareja con respecto al compromiso que se mantiene con ella (él) y ser coqueta(o) con personas
del sexo opuesto. De modo que el lúdico piensa que no hay hombre o mujer (según el caso)
que se le resista. Sin embargo, muy en el fondo, le angustia pensar en la soledad y sus
sentimientos hacia sus relaciones son inestables.
5. Estilo de amor maniaco. Se refiere a una ideología que se fundamenta en ser demandante
con la pareja y celarlo con mucha frecuencia. En este estilo el sujeto mani fiesta su amor por el
otro a través de una búsqueda constante por controlar todo lo que hace, para ello supervisa y le
pide cuentas de su comportamiento.
6. Estilo de amor pragmático. Se refiere a una ideología que se fundamenta en la planeación
tanto de la elección de pareja como en todo aquello que entra en juego en la dinámica de dicha
relación. Para ello hace uso de su inteligencia, analizando y proyectando su relación de pareja
con mucho cuidado, e incluso hace consideraciones (previas a la propia relación) respecto de
lo que su pareja estaba planeando al momento de conocerla.

199
La segunda escala, que evalúa estilos de poder, consta de ocho factores:
1. Estilo autoritario. Persona que hace uso de conductas directas, autoafirmativas,
tiranas, controladoras, inflexibles y aun violentas; intenta mantener sometido bajo el yugo
de su dominio. Los indicadores de este estilo son: áspero, violento,
brusco, explosivo, estricto.
2. Estilo negociador-democrático. Existe un compromiso con la pareja que trae
beneficios mutuamente aceptables. La forma de pedir a la pareja se entiende como una
decisión de dos, en intercambio en la posesión de la influencia. Sus indicadores son:
seguro, directo, sugerente, comunicativo, equitativo, recíproco,
controlado, empático, tolerante, negociante.
3. Estilo tranquilo-conciliador. Es una manera sublime de manejar la situación sin
que se perciba la influencia o control sobre el otro. Los indicadores son: amable,
accesible, flexible, paciente, conciliador.
4. Estilo afectivo. El sujeto se dirige a su pareja con comportamientos social, emocional y
racionalmente aceptables, siendo amable, respetuoso y cariñoso. Los
indicadores son: cariñoso, tierno, cordial, expresivo, comprensivo.
5. Estilo rígido. El sujeto ejerce el poder a través de ser riguroso e inflexible en las
peticiones. Sus principales indicadores son: estricto, exigente, competitivo.
6. Estilo apático. El sujeto ejerce poder a través del distanciamiento y actitud evasiva y
negligente. Los principales indicadores son: superficial, confuso, irresponsable, inaccesible
7. Estilo sumiso. Es una forma de resistencia pasiva, se basa en el descuido, desgano, la
necedad y el olvido, sin que se dé jamás el enfrentamiento directo. Los indicadores son:
callado, distraído, desordenado, indirecto.
8. Estilo laissez faire. Otorga libertad y permiso al dominado. Sus indicadores son:
permisivo, liberador, comprometido, abierto.
Los principales resultados mostraron que en cuanto a la relación entre estilos de poder y amor
para hombres es amistoso, correlaciona positiva y significativamente con el estilo de poder
afectivo, tranquilo-conciliador, negociador-democrático y laissez faire, y en forma negativa con
los estilos autoritario, apático y rígido. Esto indica que las personas que sienten que se llevan
bien con sus parejas y comparten actividades que son compatibles, también manifiestan un
estilo amoroso, cariñoso y tierno, además de ser colaboradores, equitativos y calmados.
Asimismo, las personas que alimentan día con día una amistad profunda con su pareja no son
agresivos, dominantes, bruscos, exigentes y chocantes. En el caso de las mujeres, el patrón
encontrado es muy similar en cuanto a la dimensión del estilo de amor amistoso; no obstante,
la única diferencia radica en que el estilo de poder sumiso se correlaciona en forma negativa
con este estilo de amor, es decir, aquellos que sienten que su pareja es su mejor amigo no
harían uso de la debilidad o de mostrar sumisión y sometimiento para convencerla de hacer
algo (Rivera y Díaz Loving, 2002).
Al analizar el estilo de amor erótico, existe una paridad con estilo de amor amistoso y el
comportamiento encontrado con los demás estilos de poder.
200
Se observa que cuando un miembro de la pareja se basa en el juego del amor y la atracción
física, también utiliza estilos de poder positivo, como el afecto, el ser tranquilo-conciliador,
democrático negociador y laissez faire, y hace menos uso de estilos negativos, como son el
autoritario, apático e impositivo. En el caso de las mujeres, las correlaciones encontradas son
similares a las encontradas para los hombres, a diferencia de la correlación negativa entre el
amor erótico y el estilo sumiso, donde el amor basado en la atracción hace menos uso de la
sumisión y el sometimiento para convencer a la pareja de hacer algo que desea.
Para el estilo de amor ágape las relaciones encontradas con los estilos de poder son similares
a las encontradas en los estilos amistoso y erótico, tanto en el caso de la mujer como en el
caso del hombre. Se observa que cuanto más un miembro de la pareja siente que es más
importante que él, también usa como estilo de poder el afecto, negociar y con ciliar, y menos el
estilo autoritario, apático e impositivo. Por su parte, el estilo maniaco, que representa el amor
obsesivo, se encuentra en el caso de los hombres que se correlaciona con los estilos de poder
negativos, es decir, cuanto más obsesivo y demandante es un miembro de la pareja, también
usa un estilo de poder autoritario, impositivo, apático y sumiso. Por otro lado, también se
encuentra que se correlaciona el maniaco en forma negativa con laissez faire, situación que
indica que una persona celosa y demandante no es permisiva ni liberadora. En los datos para
las mujeres la relación encontrada entre este mismo estilo, demandante y posesivo, refiere la
misma secuencia encontrada que en el caso de los hombres; no obstante cabe señalar que no
se relaciona con el factor de laissez faire.
Para el estilo de amor lúdico, la forma de pensar que representa al sujeto que tiene muchas
parejas y busca nuevas relaciones se comporta en el caso de los estilos negativos para
hombres de la misma forma que el estilo maniaco, ya que este estilo se correlaciona con ser
autoritario, impositivo y apático. Sin embargo, a diferencia del anterior se correlaciona en forma
negativa con los estilos positivos, como ser afectivo, tranquilo conciliador y negociador-
democrático. De forma semejante, en el caso de las mujeres este estilo se correlaciona de
forma positiva con los estilos negativos y de forma negativa con los estilos positivos. Cabe
señalar que el único factor de los estilos positivos de poder con el cual no se relaciona es el
afectivo. Por último, para el estilo de amor pragmático, que implica un estilo de amor planeado,
éste sólo se correlaciona con los estilos de poder positivo, pues la persona que piensa que su
pareja es útil, conveniente y que su relación es práctica, también utiliza el afecto, la negociación
y la conciliación como formas de pedir algo que él o ella desean, En el caso de esta dimensión
no se correlaciona con factores negativos (tablas 10.1 y 10.2).
201
Por otro lado, Díaz-Guerrero y Szalay (1993) encuentran en un estudio transcultural que incluye
Estados Unidos, México y Colombia, que los universitarios estadounidenses no asociaron la
palabra amor con el poder, no obstante, los mexicanos y los colombianos, sí; de la misma
forma, estos estudiantes asociaron el poder con bueno y ayudar (tabla 10.3).
202
Otros estudios sobre valores, donde el amor y el poder se usan como variables de pendientes
(Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 2001; Díaz-Guerrero, Moreno Cedillos y Díaz Loving, 1995),
reportan que la importancia de los valores para los individuos, y en su caso a través de tres
culturas, depende de las variables de las necesidades homónimas. Así, los autores reportan
que los pronosticadores para el valor amor son el placer derivado de la satisfacción de la
necesidad de amor y la intensidad original de la necesidad de amor (tabla 10.4). Es decir, la
importancia del valor amor es demasiado predecible por el placer que brinda satisfacer esa
necesidad y la intensidad original de la necesidad de amor.
En el caso del poder (Díaz-Guerrero y Díaz Loving, 2001; Díaz-Guerrero, Moreno Cedillos y
Díaz Loving, 1995), los autores reportan una correlación mayor de la que se obtuvo para el
valor amor en la muestra de mexicanos, y que los pronosticadores también son el placer, en la
satisfacción de la necesidad del poder, y la intensidad original de la necesidad, observando que
el valor poder es menos importante que el valor amor. Por otro lado, los autores plantean que
los pronosticadores intensidad original y goce de la satisfacción de la necesidad) son más
fuertes para el amor que para el poder, donde hay una clara tendencia para que sea más fácil
satisfacer la necesidad de amor que la de poder (tabla 10.5).
203
Por último, al hablar de la investigación que ha trascendido fronteras sobre el amor y el poder,
Díaz-Guerrero (2003) y las múltiples investigaciones con las premisas histórico socioculturales
(PHSC) y las de filosofía de vida (Díaz-Guerrero, 1973, 1984, 1994) pro ponen fuertes rasgos
idiosincrásicos sobre la personalidad del mexicano. En estos estudios propone que la cultura
mexicana es una cultura del amor, ya que en sus investigaciones encuentra un factor al que
denomina amor-poder, y observa que 82.7% de los encuestados opta por el amor para
enfrentarse a los problemas que plantea la vida (Díaz-Guerrero y Szalay, 1993). De la misma
forma, en estudios posteriores se confirma este factor de filosofía de vida amor versus poder
(Díaz-Guerrero, 1996). En la tabla 10.4 se observan los resultados obtenidos en este factor. En
ella se anota que el amor está sobre el poder en todos los aspectos de la vida, siendo en el
segundo estudio (Díaz-Guerrero, 1996) aún más importante el amor hacia la familia que el
dinero como símbolo de poder (tabla 10.6).
204

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES
En cuanto concierne al amor y al poder cabría volverse a preguntar si son conceptos similares
o diferentes, ya que en la bibliografía en inglés, May (1972) planteaba al poder y el amor como
tradicionalmente opuestos. Es decir, a más poder, menos amor, y a más amor, menos poder;
mientras en México quedaba en pie la mezcla de estos conceptos. Como mencionan Díaz-
Guerrero y Díaz Loving (1988), el poder y el amor en México son una mezcla híbrida. Esto
porque, entre otras cosas, desde la infancia el obedecer al padre por amor y la protección
ofrecida por amor, y el ejercer la autoridad sobre el hijo en nombre del amor que se le tiene, se
confunde y se funde como un solo elemento. De esta manera, a través de la socialización
aprendemos que la obediencia afiliativa (Díaz-Guerrero, 1982) es una situación normal en
nuestro entorno, porque lo vivimos como parte de nuestras relaciones y lo llevamos a la vida
adulta dentro de una relación de pareja. Es por eso que ya en pareja acatamos una serie de
solicitudes hechas por la pareja en nombre del amor. De la misma forma, en las investigaciones
plasmadas el amor está muy vinculado con el poder, ya que en primer lugar este sentimiento es
una forma y un medio para solicitar algo a la pareja. Si bien parece contradictorio pedir cosas
haciendo alusión al amor, la verdad es que los sujetos perciben esto como congruente y
adecuado, ya que indican que esta es la mejor manera de influir en otra parte, se encuentra
que tanto hombres como mujeres han definido al poder como amor (Rivera, 2000). Al hablar del
poder como amor, Safilios (1976) menciona que el amor es un recurso psicológico del cual se
vale la pareja para manipular (poder).
Por otro lado, al vincular de modo directo estilos de amor y estilos de poder, se encuentra que
cuando los estilos de amor son positivos, como considerar que la relación es de amistad,
pensar que la pareja es antes que uno (ágape), sentir que una relación es planeada
(pragmático) o que la atracción, la seducción y el coqueteo son importantes (erótico), éstos se
asocian con los estilos y estrategias de poder positivos. Como lo menciona Lee (1973) al hablar
de los estilos de amor, cada uno tiene estrategias muy claras de acuerdo con el sistema de
cada estilo de amor, para no incurrir en errores. De la misma forma, la mayor parte de los
estudios aquí expuestos encuentran que cada estilo de amor tiene estilos de poder asociados
con estos estilos de vida. En otras palabras, los estilos de amor positivo, en este caso el ágape,
el erótico y el práctico, con frecuencia se encuentran cuando existen estilos positivos de poder.
Cabe señalar en esta parte que en todos los casos, menos en el estilo pragmático, existe una
correlación negativa con los estilos negativos del poder. En el estilo pragmático sólo existen
correlaciones positivas con estilos positivos, esto aduce a que la gente que ha elegido bien a su
pareja, de acuerdo con la lista de necesidades prácticas y funcionales sólo usa estilos de
petición positivos, pero esto no los exime, si la relación lo requiere para el óptimo
funcionamiento de la relación, de usar estilos negativos.
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En cuanto a los estilos posesivo y compartido de amor, como el maniaco y el lúdico, se
encuentra que éstos están asociados a los estilos y estrategias negativas de poder. En
esencia, los maniacos y lúdicos utilizan más la evitación, el autoritarismo, el chantaje y la
manipulación. Si se hace un análisis detallado del estilo maniaco, el cual corresponde al amor
obsesivo, celoso y persecutorio, se observa que la relación va a ser negativa y que incluso, en
el mejor de los casos, el sujeto se presenta como una víctima. No es raro que estos sujetos se
sientan siempre amenazados en su relación, y al sentirse amenaza dos, ya sea en una forma
real o imaginada, utilicen más estrategias de tipo coercitivo. Incluso Díaz Loving. Rivera y
Flores (1989) indican que estas personas con rasgos obsesivo-celosos sienten más dolor y
enojo ante la amenaza de pérdida, por tanto responden a la defensiva. Asimismo, otro aspecto
implicado es que el estilo de amar maniaco es bastante dependiente del otro (Lee, 1973), lo
cual es congruente con peticiones (estrategia y estilo de poder) que aluden a la responsabilidad
del otro a través de la culpa, el chantaje y la manipulación.
Por otro lado, al hablar del estilo lúdico-el que parafraseando diría “para qué hacer infeliz a una
pareja si puedo hacer feliz a varias"-, implica por una parte una falta de compromiso e
involucramiento afectivo, y por otro la necesidad de repartir entre varias parejas una serie de
recursos no renovables y finitos. Esto implica un paradigma en el que se usan estrategias y
estilos de poder negativos que permiten controlar las parejas al mantenerlas en incertidumbre,
permitiéndole evitar la relación cuando busca otra. Así, los estilos de poder negativo pueden
servir ya sea como protección a sí mismo o como una forma de evitar involucrarse. Por otra
parte, puede funcionar como un blindaje emocional ante el dolor y el sentimiento de soledad,
que es típico de este estilo de amar. Asimismo, el estilo lúdico es un estilo dependiente de las
reglas del juego, y si su regla constituye la propuesta de que en la variedad está el gusto, utiliza
esta serie de estrategias y estilos negativos para no cambiar la regla, y evitar así permanecer
mucho tiempo en la relación (Lee, 1973). Si esto lo planteamos desde la perspectiva de
Kowalski (1997), quien afirmó que “los comportamientos sociales aversivos se usan cuando
privan a las personas de resultados favorables o les imponen resultados desfavorables”, el
estilo de amor lúdico y maniaco utilizan estilos de poder negativos con la finalidad de obtener
resultados favorables a las reglas del propio estilo de amar.
Aunque el patrón de resultados encontrados es consistente y claro en teoría en las
investigaciones, es importante resaltar que proveen sólo una parte de la historia, ya que se
debe incorporar la interacción, Con esto es importante retomar lo planteado por Lee (1973) al
mencionar que el estilo de amor es un estilo de vida.
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Así como los estilos de vida varían, también pueden variar los estilos de amor; se puede
intercambiar y hacer mezclas de los estilos de amor, lo cual se puede hacer de la misma forma
con los estilos de poder. No obstante, dentro de la relación no sólo hay que ver el estilo de
poder o amor que un miembro de la relación tiene, sino tomar en cuenta el de la pareja y el que
se crea por la interacción de ambos. De acuerdo con ello se hacen mezclas e intercambios
entre el amor y el poder de acuerdo con la forma de ser de cada uno de los miembros, de
acuerdo con la situación, la pareja y el momento.
Al reconsiderar la sociocultura mexicana, cuando a la gente se le pide que describa esta
mezcla entre el amor y el poder, manifiestan que una forma de poder es el amor (te obedezco
porque te quiero) y que muchos de los conceptos asociados al amor, el cariño, los besos, los
abrazos, un encuentro sexual, aunque son elementos sublimes en toda relación de pareja,
muchas veces se usan para cambiar algún comportamiento deseado o no en la pareja. Con
frecuencia se oye: "Y ahora por qué tanto beso, ¿qué quieres? ¡No seas barbero(a)!” La gente
en general cree que muchos de estos actos son para pedir algo; en realidad no es bueno o
malo usarlos para pedirlo, siempre y cuando esta forma de pedirlo no dañe la relación. Por otro
lado, cuando Díaz-Guerrero (1975) menciona que los mexicanos somos una cultura del amor, y
que el amor está siempre sobre el poder (Díaz-Guerrero, 1996) dentro del primer factor de la
filosofía, quizá esté vinculado con los rasgos de personalidad que han sido encontrados en
otros estudios. Como en el auto concepto la cortesía (La Rosa y Díaz Loving, 1991), en la
flexibilidad la amabilidad (Melgoza y Díaz-Guerrero, 1990), en la obediencia afiliativa (Díaz-
Guerrero, 2000), la no asertividad (Flores Galaz, Díaz Loving y Rivera Aragón, 1987) y en la
abnegación del mexicano (Avendaño Sandoval, Díaz-Guerrero y Reyes Lagunes, 1997),
aspectos en don de se demuestra la clara forma de afrontar los problemas por el mexicano a
través del amor y no del poder.
Como consideración final puede decirse que un punto importante para hacerse notar es que el
uso del amor para ejercer el poder sólo será efectivo cuando la otra persona nos ama, de otra
manera si sólo el amor se da y se recibe por un solo miembro, el uso del amor para manifestar
poder deja a este miembro de la pareja en una posición precaria, pues el otro se aprovecharía
de ello para ejercerlo, y aunque si bien es efectivo, provoca un daño a la relación. Otro punto
importante es que la cultura en México, a partir de la socialización en la familia, ha ejercido un
papel muy importante en el aprendizaje de esta mezcla (poder-amor), y en ella radica el hecho
de evitar dicha confusión (Díaz-Guerrero y Balderas, 2000). Para finalizar, usando las palabras
de Díaz-Guerrero (2003), diremos que ojalá en algún futuro nuestra cultura del amor logre
ascender hasta el amor del que habló Carlos Pellicer: "Amor sin celos, amor de dar, amor de
amor."

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